Matadero Cinco: un soldado perdido en el tiempo

Kurt Vonnegut, ca. 1985. Fotografía: Cordon Press.

Alemania, febrero de 1945. La ciudad de Dresde era un gigantesco hospital de campaña, sus edificios, convertidos en refugio para los heridos del frente oriental. El abastecimiento de comida, cada vez más escaso. Muchas fábricas ya habían sido destruidas por las bombas aliadas. Pero Dresde mantenía un nudo ferroviario que podía dañar los intereses soviéticos, cuyo ejército ya se encontraba a las puertas de Silesia. La inteligencia británica decidió reabrir la Operación Thunderclap del 44, rendir por aire los enclaves del oeste, pero esta vez solo las ciudades más importantes. Para acelerar en el tiempo el final de la guerra, decidieron bombardear Dresde, conocida como la Florencia del Elba por la enorme cantidad de museos y monumentos, una ciudad repleta de belleza. La noche del 13 de febrero, los pathfinders británicos arrasaron Dresde en dos oleadas de bombas incendiarias. Dejaron casas y seres vivos consumidos por una lluvia de fuego gigantesca que succionó el oxígeno e hizo explotar todo lo que había debajo. Al día siguiente, los cazas norteamericanos dejaron caer otras tantas toneladas de bombas sobre diversos objetivos en la ciudad y sus alrededores. A causa de la nube de humo y las condiciones climáticas, algunas bombas se desviaron, llegando hasta Praga.

Durante mucho tiempo, este episodio del fin de la Segunda Guerra Mundial quedó oculto por los acontecimientos de Hiroshima y Nagasaki del verano del 45. Pocos datos se ofrecieron con precisión, especialmente el número de víctimas. Eran casi todos civiles o soldados heridos y la ciudad, su centro urbano, un lugar de gran valor histórico que no poseía interés militar alguno, salvo la venganza del mando británico por los raids alemanes. Los libros hablaron de ciento treinta mil personas muertas, mientras que las cifras oficiales oscilan entre las veinticinco y las sesenta mil. Las pocas imágenes que hay de Dresde tras los bombardeos son terribles, y cuesta imaginar la reacción de los escasísimos supervivientes.

Por puro azar o broma del destino, uno de esos supervivientes fue un soldado norteamericano. Dejémoslo más bien en un crío de diecisiete años, sin la más mínima habilidad militar, que había sido hecho prisionero por los alemanes en Bélgica y trasladado a Dresde para trabajar en una fábrica de jarabe para preparados de vitaminas. Se salvó de morir en estos pavorosos ataques porque corrió a esconderse con sus compañeros en un enorme almacén de carne del antiguo matadero de la ciudad, donde los alemanes los tenían confinados, excavado en la piedra bajo la ciudad. El Matadero n.º 5. El prisionero se llamaba Kurt Vonnegut y venía, sí, de una familia de inmigrantes alemanes que se habían instalado y prosperado en Indianápolis. Ya convertido en escritor, tardó veinte años en llevar a una novela lo que había vivido aquellos días en Europa. Sobre todo, lo que vio nada más subir del improvisado refugio, entre el telón de humo que tapaba el sol. Lo que quedaba de Dresde. Según él, no había mucha diferencia entre la superficie de la Luna y aquello, salvo que el suelo estaba caliente y los pies se hundían en una papilla de cenizas.

Un escritor con semejante experiencia a sus espaldas podría haber aprovechado para formar parte de la lista de autores que han retratado estos acontecimientos, aunque desde distintas posturas ideológicas, siempre con una mirada épica sobre la batalla y sus trágicos desenlaces (desde Jünger a Hemingway). Pero Kurt Vonnegut no era un escritor como ellos. Sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial suponían un peso que le resultaba imposible de reproducir con palabras. En el primer capítulo de Matadero Cinco, que sirve como asidero explicativo de donde parte esta increíble historia, Vonnegut expone la dificultad que le supuso describir lo indescriptible, la contemplación de una ciudad destruida hasta los cimientos, confundiéndose el polvo de los edificios con el de los huesos de los muertos, o cómo antes de llegar a Dresde pasó unos días infames en un campo de concentración para soldados, donde se alumbraban con velas hechas de sebo humano. En el estilo satírico que le hizo mundialmente famoso, el autor explica que él quería hacerse rico con un libro en esa tradición de la literatura bélica, pero tras escribir cientos, miles de páginas, no le salía. ¿Cómo era posible escribir sobre una matanza de este calibre? En sus propias palabras, «No se puede decir nada inteligente».

También deja clara la intención en estas primeras páginas. La novela puede y va a ser muchas cosas, pero por encima de todo es un desesperado alegato antibelicista, una narración que mostrará un mensaje mil veces repetido, pero no por ello escuchado lo suficiente: el absurdo, más trágico que la propia muerte, de las campañas militares. La sucesión de hechos espantosos y situaciones ridículas, a la que vez que idiotas, no exentos de comicidad que rodean a cualquier enfrentamiento de esta clase. Los seres humanos lo sabemos, pero volveremos a la guerra una y otra vez, en un ciclo imperturbable de locura y desgracia.

Matadero Cinco tiene otro título: La cruzada de los niños, en referencia a la edad de los soldados que, como Vonnegut, participaron en la batalla de las Ardenas. En ese primer capítulo nos muestra otros ejemplos de fanatismo loco, por ejemplo, la «cruzada» medieval en la que se embaucó a miles de niños que creían que iban a luchar en Tierra Santa, cuando en realidad, y después de un viaje penoso, serían vendidos como esclavos en África. A lo largo del libro aparecerán mencionados títulos de novelas muy célebres ambientadas en una guerra y más casos de traumas, como el del escritor Ferdinand Céline, quien, tras ser herido en la Primera Guerra Mundial, quedó perturbado, obsesionado por el tiempo y la muerte. El autor también se detiene en la historia de Dresde y repasa sus etapas de esplendor artístico, así como anteriores episodios de destrucción, como el incendio de la guerra de los Siete Años, en el que también quedó reducida a escombros. Igual que fueron devastadas Sodoma y Gomorra, con una lluvia de fuego. Vonnegut incide de esta manera en el aspecto cíclico de la historia, en la incansable e imbatible estupidez humana y la inevitabilidad de los acontecimientos. Las tres ideas sobre las que está construida Matadero Cinco.

Pero esa novela convencional sobre la guerra termina en el capítulo primero. A continuación se despliega una historia que tiene más que ver en el tono con crudas narraciones picarescas, tipo El aventurero Simplicíssimus (Von Grimmelshausen, 1668), o sátiras contemporáneas de Matadero Cinco, como la novela Trampa 22, de Joseph Heller (Catch-22, 1961). Esto es algo totalmente diferente. Vonnegut describirá las penalidades del soldado adolescente desde que es lanzado en paracaídas sobre algún punto de Luxemburgo en el invierno de 1944, pero no se limita a estos hechos, sino que pondrá delante de nosotros la vida entera de su protagonista, porque esta experiencia resonará y volverá a lo largo de todos los días, para que intentemos comprender con él de qué manera ha cambiado su percepción del mundo, cómo se ha trastocado su mente y la realidad. Y nos lo narra de forma no lineal sino a saltos temporales, tal y como los vive Billy Pilgrim, el alter ego de Kurt Vonnegut en la novela. El autor se desdobla en este personaje, muy típico de su literatura, un pobre hombre sobrepasado por las circunstancias, pero además se reencarna un par de veces a lo largo de la narración, apareciendo como él mismo y como el veterano escritor de ciencia ficción Kilgore Trout. Trout, uno de los más celebrados personajes de Vonnegut, está inspirado tanto en él mismo como en su amigo el escritor Theodore Sturgeon (llevando al límite la broma, el autor Philip José Farmer publicaría en forma de novela del espacio uno de los títulos que Vonnegut atribuye a Trout en su novela Dios le bendiga, Mr. Rosewater (1965), con ese mismo seudónimo: Venus en la concha, en 1975). El personaje del señor Rosewater, por cierto, también aparece en Matadero Cinco, un recurso habitual. De esta forma, escritor y personaje recorren un ciclo de realidad-ficción congruente con el de espacio-tiempo.

El soldado Pilgrim (‘peregrino’) experimenta en plena batalla un extraño fenómeno. Es capaz de ver su vida pasada y futura, puede sentirse y verse antes de nacer, saber cuándo y cómo va a morir, qué pasa después de la muerte, así como revivir episodios de su pasado o contemplar con todo detalle experiencias de su futuro. Una explicación racional a estos viajes en el tiempo la daría cualquiera, aludiendo a una herida de guerra o un profundo shock traumático, pero eso es lo de menos, porque la capacidad de Billy Pilgrim de ver el tiempo y ser consciente de que todo está escrito es la filosofía de Vonnegut que subyace en Matadero Cinco. Un determinismo fatalista del que solo cabe aprovechar los escasos momentos felices.

Desde la batalla de las Ardenas, Billy Pilgrim entra y sale de diferentes épocas de su vida con un parpadeo. Lo hace de tal forma que puede presenciar el momento de la muerte de su padre o volver a un instante de sus días como bebé. Así, vuelve a repetir de forma infinita todos los instantes de su vida. En un contrasentido humorístico, se dedicará profesionalmente a la gestión de una cadena de ópticas (un cargo millonario que recibe, de forma totalmente casual, de su yerno) y está empeñado en hacer que sus compatriotas obtengan una visión clara del mundo. Él, que ve las cosas de esta forma tan peculiar. Y si lo de los viajes en el tiempo ya es extraño, cuando Pilgrim es un hombre maduro, casado y con dos hijos, van y aparecen los extraterrestres. No aparecen de forma casual: es durante la fiesta de aniversario de su boda, y en un instante que hace saltar la emoción que el protagonista ha estado guardando desde los días de la guerra, cuando Billy es abducido por una nave espacial y es trasladado al planeta Tralfamador. Allí, los extraterrestres, unos seres de medio metro que parecen desatascadores puestos al revés, pero de color verde, encierran a Pilgrim con una famosa actriz de Hollywood, ambos desnudos, en una cúpula geodésica del zoo, para que los tralfamadorianos se entretengan observando las curiosas costumbres de los dos terrícolas, y a cambio le ofrecen información acerca de su mundo y la sabiduría que han acumulado tras recorrer el universo. La cúpula fue un invento de Buckmisnter Fuller, el arquitecto visionario que desarrolló soluciones para un planeta sostenible y creía que la guerra desaparecería. Será uno de los pocos lugares felices donde viva Pilgrim, que desde los episodios de la guerra vagará por su biografía sin tener conciencia de lo que hace. Se casa con una mujer a la que no quiere, sus hijos serán dos extraños y los acontecimientos del mundo habrán dejado de tener el menor interés.

La novela se desliza por la ciencia ficción, no como simple recurso cómico para aligerar la terrible experiencia del soldado Pilgrim, sino como la única salida que el escritor y también protagonista de los acontecimientos de Dresde encuentra para dar sentido a una vida absurda que culmina en la muerte. En el psiquiátrico donde es recluido tras volver a casa, Billy Pilgrim canaliza sus pesadillas en la lectura de las space operas de Kilgore Trout, el veterano escritor de sci-fi que no ha logrado el éxito comercial. Las historias de robots e invasores del espacio se mezclan con los acontecimientos de la vida de Pilgrim, que son, a su vez, los hechos de la biografía de Vonnegut. Como otros compañeros de generación (Robert Sheckley), el autor escribió la mayor parte de sus libros en clave de ciencia ficción, con un profundo mensaje crítico sobre la sociedad estadounidense. Los mensajes religiosos del cristianismo se subliman en relatos pulp sobre máquinas del tiempo, sus experiencias en Tralfamador se convierten en un novela de Trout titulada El gran tablero, los marcianos devienen en dependientes de librerías de revistas porno, y los militares son constantemente ridiculizados, por ejemplo, a través de Joseph W. Campbell Jr., el histriónico jefe de los Free American Corps, un desertor que se ha pasado a los nazis para luchar contra los comunistas y quiere devolver a sus compatriotas el orgullo perdido. (Salvo en el uniforme y una fantasía como de superhéroe entre cowboy y mando de las SS, el discurso recuerda y mucho al actual presidente de los Estados Unidos. Recomiendo vivamente la novela de Vonnegut donde Campbell es el protagonista absoluto, Madre noche [1961]).

Matadero Cinco se cierra en uno de sus numerosos círculos. Las últimas páginas son las más duras, un viaje a un planeta de sabios tralfamadorianos que conocen la cuarta dimensión. En ellas se revela el corazón de las tinieblas de este viaje del soldado Pilgrim. No se encuentra al final de su vida, sino justo al principio, cuando él y los supervivientes de la destrucción de Dresde tienen que cavar entre las ruinas y encontrar a los muertos, miles de cadáveres reunidos bajos refugios inútiles. La muerte es un absurdo inevitable que solo pueden controlar ciertas entidades extraterrestres con conocimientos superiores a los nuestros. Los seres humanos podemos sobrellevarla de diversas formas —con la religión, el amor a los semejantes, la locura, los tebeos de ciencia ficción o el existencialismo filosófico—, pero lo que no se puede superar son los efectos de la guerra.

Así es la vida

La novela se publicó en un momento crucial de la historia. Kennedy y Martin Luther King habían sido asesinados y la guerra de Vietnam era duramente contestada en la calle. Un relato sobre un episodio tan espantoso, que la opinión pública no conocía, escrito con la mirada sabia y humorística de su autor, en el mejor estilo de escritores como Mark Twain o Cervantes, le convirtió en un ídolo de la contracultura. Por ser «antiamericana», «ofensiva en el lenguaje» y posiblemente también «comunista», Matadero Cinco fue y sigue siendo perseguida por la censura (en algunos lugares de Estados Unidos han llegado a quemarla en público), pero es una obra a la que hay que volver, por el valor literario y por el testimonio personal. Kurt Vonnegut murió hace diez años, pero yo también creo en la noción del tiempo tralfamadoriana. Las ideas e imágenes de su obra son momentos únicos que permanecerán siempre y al mismo tiempo. And so it goes

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La destrucción del legado cultural europeo durante la 2ª Guerra Mundial

Churchill visitando las ruinas de la Catedral de Coventry, tras el bombardeo del 15 de noviembre de 1940

La Segunda Guerra Mundial causó según las estimaciones más conservadoras 36,5 millones de muertos solamente en Europa. Pero además provocó un daño incalculable al patrimonio histórico y artístico largamente acumulado en nuestro continente durante el paso de los siglos, generación tras generación y que, en apenas un instante, fue irremediablemente perdido. Esta destrucción —en ocasiones deliberada y en otras accidental— tuvo, como veremos, una considerable importancia como arma de propaganda.

Convertidos en motivo de orgullo para los lugareños y focos de peregrinación o turismo para los forasteros, las catedrales, museos, palacios, cascos históricos… ya sea por su valor artístico, antigüedad o acontecimientos históricos que cobijaron, adquieren un valor simbólico, un aura de sacralidad que los eleva a seña de identidad para la ciudad y el país que los alberga y son, en último término, un patrimonio de toda la humanidad. Nos fascinan por su belleza y porque representan la continuidad y la memoria, y como criaturas mortales que somos nada nos preocupa más. Hasta que llega una guerra y lo destruye todo.

El daño a monumentos de gran valor histórico o artístico durante un conflicto viene de lejos, pero según señala Nicola Lambourne en War damage in Western Europe fue tras la Guerra Franco-prusiana, durante la Conferencia de Bruselas de 1874, cuando se estableció por primera vez que en el bombardeo a posiciones enemigas se debía “respetar, en la medida de lo posible, iglesias y edificios utilizados para propósitos artísticos, científicos y caritativos”. Las Conferencias de la Haya de 1899 y 1907 añadieron el deber del sitiado de “señalar la presencia de dichos edificios o lugares distintivos visibles, que deberán ser notificados al enemigo de antemano”. Durante la Primera Guerra Mundial su aplicación no fue muy efectiva —con episodios como el bombardeo de la Catedral de Reims— así que en la Conferencia de Washington de 1922 se dictó la prohibición de todo ataque aéreo a objetivos no militares, rotundamente vulnerada en el bombardeo de Guernica de 1937. Este acto simbolizó el punto de inflexión del nuevo tipo de guerra que estaba a punto de sacudir al mundo…

La Catedral de Reims bombardeada durante la Primera Guerra Mundial

La conquista de Europa

El 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia y da comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Dado que su objetivo era adquirir nuevos territorios para su colonización por alemanes, no bastaba con derrotar a su ejército, había que arrasar todo lo que hubiera en ella. Esto lo convirtió en el país más castigado de todos los participantes en la guerra, al perder algo más del 16% de su población. Esta política deliberada y sistemática de aniquilación incluía borrar también su legado cultural, su huella arquitectónica. El 85% de la capital quedó convertida en escombros y en el conjunto del país el 43% de los monumentos resultaron destruidos. El Castillo Real de Varsovia, la Archicatedral de San Juan de finales del siglo XIV, la Iglesia de Santa Ana de mediados del siglo XV y el Palacio Staszic de comienzos del XIX, son algunos de los 782 monumentos polacos que desaparecieron. A los que hay que sumar aquellos que resultaron parcialmente dañados.

El Castillo Real de Varsovia antes de la guerra

La posterior invasión de Europa Occidental por el ejército alemán fue, sin embargo, algo distinta. Su población no era eslava y por tanto racialmente inferior a ojos del Tercer Reich, e incluso en el caso de Francia existía cierta admiración, como luego veremos. Esto hizo que la ocupación resultara menos sangrienta y destructiva, con excepciones como los virulentos bombardeos sobre Róterdam. En algunos casos la conquista militar fue seguida de diversos historiadores del arte alemanes que resaltaban la influencia de su país en tales obras, lo que proporcionaba una justificación teórica a dicha apropiación. Por otra parte, la violencia desatada en Polonia supuso una clara advertencia de lo que el ejército alemán era capaz de hacer y capitales como París se declararon “ciudades abiertas”, es decir, ante la inevitabilidad de su invasión anunciaron que no mostrarían resistencia. También se supieron tomar medidas de protección: trasladar a lugares seguros las pinturas y objetos que pudieran ser transportables (tal como ocurrió en el Museo de Louvre); se retiraron las vidrieras de catedrales como la de Notre-Dame o Chartres; las estatuas más importantes fueron cubiertas de sacos de arena o de paredes de ladrillos; algunos edificios se rellenaron de tierra para minimizar el impacto de los bombardeos; se dispusieron contenedores de agua a su lado para sofocar incendios e incluso se pintaron sus tejados para disminuir su visibilidad a los aviones atacantes. Aun así en Francia 550 monumentos quedaron dañados en distinto grado. Entre ellos la Catedral de Reims, que fue alcanzada por las bombas por segunda vez, cuando apenas dos años antes habían concluido los trabajos de restauración de lo ocurrido en la Primera Guerra Mundial. Una vez conquistada la Europa continental ya solo quedaba Gran Bretaña.

Foto del Palacio Würzburg tomada por el soldado Jerry Pinkowski

Propaganda y guerra psicológica

Londres recibió su primer bombardeo a cargo de la Lutfwaffe la noche del 24 de junio de 1940, la RAF contraatacó poco después con un ataque aéreo sobre Hannover. Desde ese momento se inició un intercambio de golpes cada vez más brutales en los que inicialmente se buscó atacar objetivos militares y fábricas de armamento, pero acabó en el bombardeo sobre la población civil. Especialmente sobre los cascos históricos de las ciudades. De esa manera se pretendía minar la moral de la población, aunque el efecto —al menos inicialmente— resultó ser precisamente el de encorajinar a la población atacada.

La BBC informaba puntualmente con ese fin de los daños que eran infligidos a iglesias y monumentos, de esa manera además hacían creer al enemigo que el ataque no había afectado a objetivos militares. Mientras tanto, Churchill no desaprovechaba ocasión de visitar cada edificio histórico destruido —ya fuera la Casa de los Comunes, el Palacio de Buckingham o la Catedral de Coventry— para alentar el heroísmo y la épica ante los bombardeos, con declaraciones como “preferimos ver Londres en ruinas y cenizas que ser mansa y abyectamente esclavizados”. En Alemania, tras cada bombardeo se retiraban con prontitud los cascotes y en el caso de edificios de valor artístico e histórico hasta diciembre de 1942 fueron inmediatamente restaurados, como por ejemplo la Casa Alemana de la Ópera, reconstruida con gran celeridad para que pudiera celebrar su bicentenario. Pero a partir de ese año se hicieron frecuentes los bombardeos angloamericanos a gran escala y el Ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, ante la imposibilidad de seguir minimizándolos, decidió imitar la estrategia inglesa. Para apelar al espíritu sacrificio e incrementar el sentimiento de agravio había que presentar los ataques aéreos como agresiones deliberadas a la cultura alemana, a su rico patrimonio artístico. Así lo explicaba con su elocuencia característica durante un discurso el 26 de junio de 1943:

“Cuando los terroríficos aviones británicos y americanos aparecen sobre los centros del arte alemán e italiano, transformando en menos de una hora en escombros y ceniza los monumentos culturales que ha costado siglos construir y crear… Hay mucho más en juego que el terror de la población civil. Esto es la furia del histórico complejo de inferioridad que busca destruir en nuestro lado aquello que el enemigo es incapaz de producir y nunca ha sido capaz de lograr en el pasado. (…) Cuando un aterrador piloto americano de 20 años puede destruir una pintura de Alberto Durero o Tiziano… cuando nunca él o sus millones de compatriotas han oído esos venerables nombres… Esta es la cínica batalla a sangre fría de los descendientes de Europa, advenedizos de otro continente que se vuelven contra sus ancestros por ser estos más ricos en su espíritu, profundidad artística, inventiva y creatividad, en lugar de orgullosos propietarios de rascacielos, coches y frigoríficos”.

Sin embargo ese reproche a la carencia de sensibilidad cultural del enemigo no lo tenía en cuenta para su propio bando. En relación a ciudades británicas bombardeadas de gran valor histórico como Brighton, Hastings o Canterbury anotó en su diario: “Hitler comparte completamente mi opinión de que esos centros culturales, balnearios y ciudades deben ser atacados ahora; el efecto psicológico será mucho mayor”. Lo cierto es que la RAF no tenía un interés explícito en destruir monumentos históricos, entre otras cosas porque al lanzarse las bombas desde gran altura el perímetro sobre el que caían era de hasta 8 kilómetros, así que difícilmente podían buscar objetivos precisos. Sin embargo, sí que hubo una acción con la que se buscó agredir un símbolo nacional enemigo: se trató del bombardeo de los bosques de la Selva Negra en septiembre de 1940. Dada la importancia que tenía para el nacionalsocialismo el sentimiento telúrico de pertenencia a la tierra y fusión con la naturaleza (las excursiones campestres eran una constante para organizaciones como las Juventudes Hitlerianas) se pensó que lanzando bombas incendiarias sobre esos paisajes tan apreciados se desmoralizaría a los alemanes. Pero aparte de este pintoresco episodio, como decíamos los cascos históricos de las ciudades alemanas fueron los grandes afectados, y con ellos todos los edificios de gran valor que pudieran contener. En Würzburg el 90% de su parte antigua quedó arrasada, incluyendo su palacio barroco, un edificio de comienzos del siglo XVIII que Napoleón calificó como “la casa campestre más bella de Europa”.

La Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, erigida en honor a Guillermo II, antes de la guerra… y lo que queda hoy

En el bombardeo de Dresde, considerada la “Florencia del Barroco”, murieron unas 35.000 personas y se perdieron casi todos sus monumentos, como la Iglesia de Santa Sofía y la Iglesia de Nuestra Señora, del siglo XIV y XVIII respectivamente. También fueron duramente castigadas Nuremberg (de gran importancia simbólica por las concentraciones anuales del NSDAP), Hamburgo, Berlín (bombardeada en más de 200 ocasiones), Stuttgart, Colonia… en fin, prácticamente todas las grandes ciudades alemanas.

La Iglesia de Nuestra Señora en Dresde, antes de la guerra… y después

La reconquista de los Aliados

“Dentro de poco lucharemos en el continente europeo en batallas designadas a preservar nuestra civilización. Inevitablemente, en el camino de nuestro avance encontraremos monumentos históricos y centros culturales que simbolizan para el mundo todo aquello que luchamos por preservar. Es responsabilidad de cada comandante proteger y respetar esos símbolos tanto como sea posible”.

Así es como arengó a sus tropas el General Eisenhower el 26 de mayo de 1944, apenas unos días antes del Desembarco de Normandía. el célebre “Día D”. Se trataba de un objetivo loable, pero el problema en la práctica es que la Operación Overlord dio gran importancia al apoyo aéreo para facilitar el avance Aliado, lo que provocó grandes daños. Como en la ciudad francesa de Caen, donde el intenso bombardeo dejó en ruinas el 80% de la ciudad. Sin embargo, dos iglesias románicas lograron permanecer intactas. Hecho que los habitantes consideraron un milagro, al igual que en Colonia, donde su catedral sufrió daños pero se mantuvo en pie entre las ruinas circundantes. Curiosamente, cuando el azar sí llevaba a que las bombas destruyeran una iglesia —y según estamos viendo no fueron pocas— como en el caso de Coventry, entonces se interpretaba así: “la ciudad ardió toda la noche y su catedral ardió con ella, emblema de la eterna verdad de que cuando los hombres sufren, Dios sufre con ellos” en palabras de su preboste. Así que la intervención divina valía para explicar una cosa y  la contraria.

Monasterio de Montecassino derruido

El avance Aliado en cualquier caso era imparable y se aproximaba a París. Como decíamos al comienzo, había logrado mantenerse intacta al declararse ciudad abierta. En cuanto fue ocupada  el propio Hitler acudió a visitar sus lugares más representativos y —según el testimonio recogido por Albert Speer— dijo al terminar el día: “¿No es París hermoso? Pues Berlín tiene que ser mucho más hermoso. He reflexionado con frecuencia sobre si París debería ser destruido, pero París será únicamente una sombra cuando hayamos terminado Berlín. ¿Para qué destruirlo entonces?”. Una opción que estuvo a punto de hacerse realidad en los momentos previos a su liberación, cuando el gobernador militar Dietrich von Choltitz recibió la orden de Hitler de destruir París en la retirada del ejército alemán y decidió desobedecerla. Un episodio de la guerra reflejado en el clásico ¿Arde París? (René Clément, 1966).

Respecto al Frente Oriental en el que estaba implicada la Unión Soviética, aunque en pérdidas humanas fue sin duda el más importante, en el aspecto que nos ocupa es menos significativo en comparación. Cabe destacar la iglesia Spas Nereditsky en Novgorod, del siglo XII, o el monasterio de Monasterio de Nueva Jerusalén, erigido en el siglo XVII en Istra. Por último, en el otro frente occidental, en Italia, dada la ingente cantidad de reliquias arqueológicas y monumentos de los que goza este país, era imposible guerrear sin romper nada. Aun así, el daño finalmente fue bastante limitado. Roma se declaró ciudad abierta para evitar cualquier destrozo. Lo más significativo fue el daño a los restos arqueológicos de Pompeya, la iglesia de San Lorenzo fuori le Mura del siglo XIV en las afueras de Roma, los puentes de Florencia dinamitados por las tropas alemanas en retirada y —quizá el más grave de todos ellos— el bombardeo del monasterio de Montecassino, donde se atrincheraron tropas alemanas y fue intensamente atacado durante tres días hasta quedar completamente arrasado. Con esto, damos por concluido este breve repaso a un conflicto del que lo peor fue, naturalmente, la desorbitada cifra de vidas humanas que se perdieron. Aunque tampoco está de más recordar este otro aspecto que hemos esbozado en este artículo, en un continente con tan extraordinaria riqueza histórica y cultural. Que tan frágil resulta ser.


Iker Zabala: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

“Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería solo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan.
¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; algo así como ‘¿Pío – pío – pi?’” (Matadero Cinco, capítulo I)

El escritor Kurt Vonnegut (1922 – 2007) pasó varios años tratando de poner por escrito un testimonio veraz, sincero y relevante sobre la carnicería que él mismo había presenciado en sus tiempos de soldado de infantería del ejército de los Estados Unidos. Prisionero de los nazis en la ciudad de Dresde, fue testigo del brutal bombardeo de la capital sajona a cargo de la aviación aliada en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, así como de las tareas de desescombro y búsqueda de cadáveres, en las que participó. En el silencio de las ruinas comenzaba una batalla de cifras que llega hasta nuestros días: él mismo estimaría las muertes en 130.000 (“fue peor que Hiroshima”, diría). La propaganda nazi lo haría en centenares de miles. La RDA, en 35.000. Una comisión de investigación encargada recientemente por el ayuntamiento de la ciudad estimó en un máximo de 25.000 el número de víctimas.

El recuerdo de lo allí vivido lo atormentaría para siempre. El paisaje lunar de cuerpos calcinados y cadáveres apilados, el silencio de la ausencia de vida, roto por el trinar de los pájaros; el hedor, el indescriptible hedor que podía provocar la muerte de un hombre por reiteración de vómitos. Pensó que sería enormemente fácil escribir un libro sobre aquello. También rentable. En 1967 el Verano del Amor llegaba a San Francisco y la guerra de Vietnam acaparaba los titulares. Una novela sobre una polémica y al mismo tiempo semiolvidada operación de la aviación angloamericana en una ciudad que, a diferencia de otras localidades alemanas, no reunía las características de un objetivo militar estratégico no podía llegar en mejor momento.

Pero tras varios miles de páginas escritas arrojadas a la basura, la inspiración no acababa de llegar. Su editor esperaba noticias sobre el ya “famoso libro sobre lo de Dresde”. Sin éxito. Y en un momento de íntima y clarividente lucidez, Vonnegut consideró que nada nuevo tenía que decir sobre aquello. Que escribir un libro contra la guerra era aún más inútil que hacerlo contra las glaciaciones: por muy aguda que fuera la prosa, jamás podría evitar la siguiente.

En el fragor de las imágenes que alimentaban sus pesadillas, aceptó que nada podía hacer por cambiar el pasado. Que el presente, a la vista de los acontecimientos, era una sarcástica reiteración de aquel. Y que lo mismo podía preverse del futuro. Pero si el “famoso libro sobre lo de Dresde” no podía hacer nada por la humanidad, quizá pudiera hacerlo por él mismo. En su exasperación, atisbó una desesperada vía de liberación y se entregó a ella: el padecimiento humano como esfuerzo estéril, lucha perdida de antemano por la que no conviene sufrir. ¿Y por qué no conviene sufrir? Porque la única vía de escape en esta batalla perdida es asumir que todo está ya escrito. Que todo ha sido, será y es.

El libro adoptó, así, una nueva perspectiva. Y esta fue demencial, irónica, alocada, genial. Vonnegut dio la vuelta a su novela creando un alter ego: Billy Pilgrim. Mitad chiflado; mitad lúcido. Testigo también del bombardeo de Dresde. Pusilánime, débil, estúpido, pero jamás superado por una existencia perfectamente anodina y salpicada de innumerables desgracias personales tamizadas por el filtro del absurdo, que es el único que aplica a la tragedia. Superviviente, al fin y al cabo, gracias a la propia manera de concebir su existencia: Billy asegura haber sido secuestrado por los habitantes de cierto planeta llamado Tralfamadore. ¿Y por qué no? Estos le habrían revelado la cuarta dimensión, el tiempo, enseñándole a aceptar que su vida es un conjunto inmutable, en el que todo ha sido, es y será. Los tralfamadorianos conocen el momento de la muerte y del fin de todas las cosas, incluso del Universo, pero invitan a Billy a obviarlo y recrearse en los mejores momentos de una existencia escrita de antemano. Así, Billy navega a su antojo por momentos de su propia vida, como si esta fuera un libro que puede ser abierto por cualquier página a voluntad. En un grito desesperado, Vonnegut afirma que la única forma de mirar de frente a los cadáveres de sus pesadillas es vivir la vida a lo Pilgrim: como una pluma que se deja mecer por el viento del destino, como un viajero del tiempo que conoce de antemano su nacimiento, su padecimiento y el momento de su muerte, y transita por ellos una y otra vez dejándose llevar, renunciando a toda emoción por cuanto esta solo parece conducir al sufrimiento, y sin siquiera reivindicar su propia personalidad, por cuanto esta no existe en tanto que creación propia. Es una perspectiva ciertamente sombría, pero la única que hace todo soportable.

“En Tralfamadore, según dice Billy Pilgrim, a nadie le interesa Jesucristo. La figura terrestre que más se compenetra con la mentalidad tralfamadoriana es Charles Darwin, quien enseñó que los que mueren están hechos para morir, y que cada cadáver es un progreso”.
(Matadero Cinco, capítulo X )

La muerte no es tal: solo la última página de la novela caleidoscópica, permanentemente revisable, llena de humor, desgracia, sonrisa y llanto que es la propia vida. Esa novela se llama, también, Matadero Cinco, y en ella caben la ironía, el sarcasmo, la mordacidad, la deshumanización, la locura como forma de huida, el viaje lisérgico; también un héroe ridículo, un desquiciado autor de novelas de ciencia ficción, una actriz de cine erótico abducida por extraterrestres, un vengativo asesino en serie, una justiciera revisión del Evangelio, una tienda de revistas porno, varios soldados americanos cagando al unísono, una esposa gorda, una vida estúpida, una auscultación de Jesucristo muerto en la cruz, un militar fascista casado con una go-go, varias carcajadas y decenas de miles de cadáveres entre las ruinas de Dresde. Porque también es una novela “sobre lo de Dresde”.

En el último capítulo, Vonnegut data la finalización de su novela en 1968, pocas semanas después de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Ese mismo año (siempre según el concepto terrestre del tiempo, y no el tralfamadoriano) un director italiano rodaba entre España, Cinecittà y Estados Unidos su western más ambicioso.

Sergio Leone, como Billy Pilgrim, sabía mucho del tiempo. De cómo congelarlo, sobre todo. La secuencia de apertura de Hasta que llegó su hora (pésima traducción del justamente épico Érase una vez en el Oeste original) nos narra, durante nueve minutos y treinta segundos, lo que ocurre mientras se espera la llegada de un tren: uno puede relajarse escuchando el chirriar de un molino, o jugar con una mosca metida en el cañón de una pistola, o contar las gotas de agua que caen sobre el ala del propio sombrero. La espera será deliberadamente larga. La muerte llegará después, pero lo hará como un latigazo, rápida y casi imperceptible, a manos de un misterioso hombre que invoca su pasado a través del sonido de una armónica.

Pero el asesinato también puede orquestarse a modo de ópera trágica de exquisita planificación cinematográfica. En la segunda secuencia asistimos a la matanza de toda una familia a manos de un sorprendente villano: Henry Fonda, que entra en la película como si de una presencia fantasmagórica, cruel e inevitable se tratara. La muerte llega aquí como el oscuro presagio que es bienvenido por el silencio de varias cigarras.

Llega entonces la tercera secuencia. La familia que acaba de morir ya no acudirá a la estación a recibir a Claudia Cardinale, pero Ennio Morricone sí, otorgándonos uno de esos momentos que hacen del cine un disfrute supremo: basta eliminar el diálogo, dirigir la cámara al interior de la oficina de un jefe de estación, sorprender entonces con un movimiento vertical y subir la música. Está hecho.

Cuando Claudia Cardinale consigue finalmente alquilar un coche de caballos y este abandona el desierto andaluz para adentrarse, durante apenas cuarenta segundos, en la llanura de Monument Valley, tenemos ya la boca a la altura del esternón. Poco importa que tras treinta minutos nadie nos haya dicho aún de qué trata esta película (de hecho la línea argumental no nos será desvelada hasta la hora y media de proyección) pues intuimos que lo que estamos viendo es, básicamente, otra cosa.

La historia, escrita a tres bandas entre el propio Leone, Dario Argento y Bernardo Bertolucci tras revisar decenas de clásicos del western americano, mete en una batidora referencias de Centauros del desierto, Solo ante el peligro, Johnny Guitar, Raíces profundas y varios films más y les otorga un lenguaje diferente, por medio del que se nos vuelve a hablar del mundo viejo, el ferrocarril como representación del mundo nuevo y la defunción épica de los antiguos forajidos, que ya no tienen hueco en la vida doméstica, civilizada, familiar y americana del futuro. “Western postmoderno”, podríamos decir hoy en día en un arrebato pijo. Puede ser.

Debo confesar que mi primer visionado de Hasta que llegó su hora fue relativamente traumático. Conecté al máximo con las tres primeras secuencias y el inolvidable duelo final, pero me perdí en el juego de medios tiempos, diálogos confusos y elipsis con tirabuzón de su parte central. Echaba de menos una narrativa más tradicional. En el segundo visionado fue el personaje de Morton, quizá el mejor de la función, el que me atrapó. Y tras varias revisiones, conocida ya la historia, comprendí que Leone podría habernos mostrado cómo acabó Frank en la cama de Jill, qué ocurrió a Cheyenne en el tren de Morton, cómo llegó Jill a pensar en una vida futura con Harmonica, y muchas cosas más. Pero tendría que haberlo hecho a costa de reducir secuencias como la de la estación del principio. En una reacción ciertamente tralfamadoriana, Leone optó por recrearse en los mejores momentos de su película, aquellos que más le satisfacían desde un punto de vista artístico, sacrificando las escenas que menos le motivaban y reduciendo el guión a la mínima esencia, contando una historia de cuatro horas en dos y media. Y escogió así a su público: sabía que muchos se perderían la primera vez, pero que algunos advertirían la calculadísima estilización de sus imágenes, y que ese recuerdo les invitaría a sumergirse en su film varias veces, hasta captar la historia al completo. Y que cuando la captaran, comprenderían que eso era lo de menos.

El resultado de decisión tan personal es que puede haber ciertamente películas mejores que Hasta que llegó su hora, incluso varios westerns, pero es igualmente cierto que pocos films revelan a un director entregado a su oficio con tan absoluta pasión. Un autor que planifica las escenas con precisión de cirujano, caprichoso, que traslada todo un rodaje a Estados Unidos solo para poder permitirse plantar su cámara durante unos segundos en el terreno sagrado de su admiradísimo John Ford. La mirada de Leone es totalmente sincera. También democrática: parece querer compartir su experiencia con nosotros, agarrarnos por el hombro, invitarnos a mirar por el objetivo y tratar de hacernos comprender por qué ama el cine con locura.