Paul Canoville: cuando tus hinchas son tu peor enemigo

Paul Canoville. Foto Cordon.
Paul Canoville. Foto: Cordon.

Ganar un trofeo en fútbol vale una buena onza de gloria. Venderlo, eso ya depende de lo enganchado que estés al crack. A Paul Canoville le bastaron un ticket de metro a Dalston, norte de Londres, cinco minutos en una joyería y setenta libras para empeñar su medalla de campeón de la Segunda División inglesa con el Chelsea. Por la recompensa, el joyero, o no era futbolero, o no era del Chelsea. Pero bastó: «Cogí ese puñado de billetes y me largué directo a comprar crack».

Canoville hizo historia en el fútbol sin darse cuenta. Fue el primer jugador negro en ponerse una camiseta de los blues en partido oficial y a nadie le importó un carajo. Una de esas páginas en minúscula que adquieren valor solo décadas después.

Fichó en diciembre de 1981. Los duros ochenta de Thatcher. El fútbol británico era obrero, frío y racista. En el Chelsea, todavía peor. Los hooligans del Chelsea eran una banda de ultraderechistas con malas pulgas, afiliados al National Front. El 12 de abril de 1982, cientos de ellos se desplazaron hasta Selhurst Park para seguir a los blues en el derbi contra el Crystal Palace. Mediada la segunda parte, el míster, John Neal, lanzó un silbido a Paul Canoville: «Canners, ¡calienta!».

«¡Lárgate, puto negrooo!». «¡Fuera de aquí, monooo!». A Canoville empezaron a caerle patadas de las que no dejan hematomas pero duelen durante años. Jamás pensó que la afición de Selhurst Park —donde, años después, Éric Cantona reventó la cara a un hincha listillo de una patada voladora— fuera tan despiadada con los rivales. Miró de reojo hacia atrás, a las gradas su banda. Los gordos desencajados que le mandaban a la copa de un árbol no llevaban bufandas del Crystal Palace. Iban de azul. Agitaban banderas del Chelsea. Eran los suyos, por así decirlo. Entonces, un plátano aterrizó a sus pies. Y los gritos aislados se convirtieron en un coro organizado: «No queremos al negro, no queremos al negro, lalalaaaa, lalaaaaa».

«Me sentía revuelto hasta físicamente. Estaba aterrorizado. El balón salió y entré por Clive Walker, que había marcado el único gol del partido. Los gritos fueron a peor. Por suerte, el partido acabó pronto y me refugié en el vestuario, con aquellas crueles voces persiguiéndome», escribe Canoville, en su autobiografía Black and Blue.

Sentado, con la cabeza entre las manos, recibió alguna palmada, algún prescindible «¿todo bien?» y unas palabras del entrenador: «Paul ¿qué tipo de gente crees que son? Pagan un dinero que les cuesta mucho ganar para ver a su equipo en casa y fuera, y abusan de uno de los jugadores que puede ayudarles. Así de estúpidos son». La única gasa que llevarse a la herida. Pensó que, partido a partido, la cosa cambiaría. Se equivocó. Cuando , con 0-0, marcaba, algunos coreaban: «Seguimos 0-0, el del negro no cuenta».

Pasó cuatro años y medio en Stamford Bridge: 79 partidos y 11 goles, incluyendo un hat-trick al Swansea. Era un esforzado comodín para las dos bandas del mediocampo. Un zurdo al que casi siempre le tocaba jugar por la derecha. Un tipo que siempre fue por el lado equivocado.

En una concentración de pretemporada, un compañero suyo de vestuario, un John Terry de la época donde todos eran John Terry, le llamó «puto negro» en una salida nocturna. Canoville se dio cuenta de que estaba borracho e intentó apagar el fuego. Impertérrito, su colega le repitió: «Puto negro». Volaron hostias, como es menester, y a la mañana siguiente el blanco le esperaba con un palo de golf, versión rudimentaria de Craig Bellamy buscando a John Arne Riise por un hotel en La Manga. En caso de duda, la culpa solía ser del negro. Y Canoville fue traspasado de inmediato, al Reading, por 50 000 libras. Al poco tiempo, una lesión le retiró.

Y aquí termina la parte feliz de la historia. Canners nunca conoció a su padre. Su madre, inmigrante caribeña, multiplicaba horas en el hospital. Paul dividía su tiempo entre la delincuencia y el balón, lo que no le dejaba mucho para sus estudios. No era el cliente ideal de una empresa de seguros, no. Ni tampoco un gran ahorrador. Cuando dejó el fútbol, sin un penique, empezó a trabajar como conductor, mientras sacaba unas libras como semiprofesional los fines de semana. Primero llegó el aburrimiento. Luego, la cocaína. Después, el crack. Casi sin darse cuenta, se gastaba quinientas libras a la semana en papelinas.

Cuando conseguía un trabajo precario, como guarda, repartidor o reponedor, le duraba unas semanas, hasta que llegaba drogado, y saltaba a la siguiente casilla. Como con las mujeres. Conseguía un lecho en casa de alguna chica, seducida por un exjugador de fútbol, la dejaba embarazada, y saltaba a la siguiente casilla. Así, hasta sumar once hijos con diez mujeres. Uno de sus pequeños, Tye, tuvo problemas de salud recién nacido. No dejaba de toser. Paul lo llevó al hospital. Falleció en sus brazos. 

Desafortunado en el juego y en amores, los refranes no suelen sonreír si eres pobre y negro. Tampoco su salud era de acero. Lastrado por las drogas, un cáncer casi acaba con su vida. En 1997, postrado en un hospital mientras se recuperaba de la quimioterapia, vio al Chelsea alzar la FA Cup. Su entrenador, Ruud Gullit, un negro con rastas, aplaudido en pie por todos los bufandas azules.

Hasta que un excompañero suyo en el Chelsea se topó un día en la calle con un fantasma que le recordó vagamente a Canners. Era Canners. Hablaron y decidió llevarlo a un centro de rehabilitación. Salió de la droga, consiguió un empleo como asistente en una escuela, superó un segundo cáncer, y se dio cuenta de que se le daba bien hablar con los críos. Poco a poco llegó lo demás. Su historia en los periódicos. Su fundación, llamada Motivación para Cambiar (MTC). El homenaje en el descanso de un partido del gran Chelsea de Drogba, Anelka, Essien y otros jugadores negros como él. Su vendida autobiografía. Las charlas a jóvenes del centro de formación de los blues. Y un solo recuerdo de su época en Stamford Bridge: el balón de su único hattrick. Su madre lo había escondido. Si no, también lo habría vendido por una papela de crack.


Mahalo Kaluhiokalani 

Montgomery «Botones» Kaluhiokalani. Foto po
Montgomery «Botones» Kaluhiokalani. Fotografía de Jeff Divine.

Charlie don’t surf. (Coronel Kilgore en ‘Apocalypse Now’)

Convendrán que es una las secuencias más oníricas de la historia del cine. Robert Duvall, bordando el papel del chiflado coronel Kilgore, obliga a sus soldados a surfear en medio de la guerra de Vietnam para hacerse con una playa del delta del Mekong tomada por vietcongs en Apocalypse Now al grito de «me sobran cojones para hacer surf en esta playa». 

Pero esta obscenidad surrealista, que muchos creen que el guionista (y surfista) John Milius introdujo en Apocalypse Now cuando estaba pasado de LSD, está basada en hechos reales. Más allá de la inspiradora escena del film de Coppola, no se ha grabado a día de hoy nada mejor, en lo referente al surf, que Between the Lines. Nada que ver con la perogrullada comercial de Le llaman Bodhi o la arquetípica El gran miércoles, escrita por el propio Milius. En el documental se cuenta la vida de Pat Farley y Brant Page, dos jóvenes que se enfrentan a un dilema: ¿Iir a Vietnam o huir para seguir surfeando? El primero se alistó como voluntario y regresó condecorado, pero también tocado de Vietnam. El segundo acabó detenido por el FBI tras escapar a Hawái tratando de evitar su incorporación a filas.

Sin embargo, el momento cumbre del documental es la confesión real de Tom Lucker, un soldado que cuenta cómo se adentró, junto a otro compañero (y surfista) en las líneas enemigas vietnamitas para coger olas en una playa cercana. Hacían turnos de vigilancia en la orilla y lograron sobrevivir, pero nunca se supo el nombre del compañero de Lucker. Entre los candidatos está un tal Buddy Kaluhiokalani. Un tipo reservado que nunca quiso hablar de lo vivido en Vietnam. A su regreso a Estados Unidos se compró una casa en la playa en Hawái, se dejó crecer una larga melena y se dedicó a fumar y surfear con un viejo tablón de más de diez pies. Un universo al que solo tenía acceso un pequeño de seis años e inconfundible melena afro, su sobrino Montgomery, al que su madre bautizó así por su devoción a Montgomery Cliff. Todos le conocían por Botones, debido a los tirabuzones de su alborotada melena. 

Botones, hijo de un militar de ascendencia africana y una hawaiana, comenzó a alternar el skate con la tabla redonda que le permitía desplazarse por la orilla haciendo giros imposibles que decidió adaptar al surf tan pronto su tío le regaló la primera tabla. Mientras el resto de jóvenes se conformaban con cabalgar las olas y dejarse llevarse hasta la orilla, él implantó un estilo mucho más agresivo incorporando figuras absolutamente innovadoras para una época, los 70, en la que no había límites y los hippies habían invadido las playas. En 1973, cuando Coppola aún andaba rodando El padrino y Apocalypse Now ni existía en su mente, Botones acudió al Campeonato de Estados Unidos en Malibú, donde quedó segundo, pese a ser un simple aficionado de trece años. El chico regresó indignado a casa, donde le habían preparado una fiesta. Se encerró en su cuarto y advirtió: «No volveré a competir. Ningún juez está capacitado para evaluar mis movimientos porque ninguno ha visto nada parecido ni comprende mi forma de entender el surf». Era la primera vez que el carácter indómito de Kaluhiokalani chocaba con el academicismo de los jueces. No sería la última. 

Botones no era un renovador, era directamente un transgresor. Una suerte de Muhammad Alí montado en una tabla o un Garrincha regateando olas. Así lo recuerda uno de sus mejores amigos, otro de los mitos del surf hawaiano, Micky Nielsen: «Fue el primero que se posicionó contra los concursos. La cuestión era que nadie sabía cómo evaluarle. ¡Qué cojones! Hacía cosas que la mayoría ni siquiera imaginábamos que se podían hacer. ¡Y lo hacía con una tabla de una sola quilla! Lo que hacen ahora los surfistas, él ya lo hacía en los 70con una tabla que medía y pesaba el doble y tenía una quilla». 

Botones dejó la escuela a los quince años y se centró en su pasión, el surf, aunque por entonces no era profesional. No se ganaba mucho dinero porque no estaba instaurado el circuito profesional todavía. Cuando Kaluhiokalani entraba en el agua, la multitud se arremolinaba en la orilla para verle hacer alguno de sus legendarios spots: el 360, los cambios de pie, el pocket surf… Su físico imponente, mitad africano y mitad hawaiano, y su incansable sentido del humor le hacían estar siempre rodeado de chicas. Botones comenzó a codearse con otros mitos del surf hawaiano como Abellira Reno, Rory Russell, Jock Sutherland, Jeff Hackman, Eddie Aikau o Larry Bertlemann.

Su fama le precedía y las fiestas se hacían interminables. Corrían los años 70, el consumo de drogas estaba normalizado, especialmente entre los más jóvenes, y el surf, paradigma del espíritu libre, era un reclamo perfecto. Botones fumaba desde los doce años y comenzó a consumir con frecuencia. Marihuana, LSD, cocaína, heroína… «Las drogas estaban aceptadas. El raro era quien no las tomaba. Botones solo quería pasar un buen rato, eso es todo lo que pretendía. Nos conocíamos desde los once años. Creció sin dinero, pero todo el mundo quería ir de fiesta con él porque era ¡Botones! Al principio es divertido, todos te dan esa mierda gratis, pero luego se convierte en una adicción. Y entonces toda la vida gira en torno a eso en lugar de girar alrededor del surf». Las palabras de Nielsen retratan la caída de Kaluhiokalani a los infiernos en los 80. 

Un día, uno de esos vomitivos reality show de máxima audiencia se propuso encontrar a Botones. Y lo hizo. El surfista estaba tirado en un callejón, agonizando con el mono por su adicción a la heroína. El hallazgo fue emitido en prime time. Todo el país pudo ver la lastimosa imagen. Un hombre sin alma se arrastraba por culpa de la droga. Sin embargo, lejos de hundirle, aquello supuso un punto de inflexión para el surfista. Una catarsis. Sus amigos lo sacaron del pozo e ingresó en una clínica de desintoxicación. Botones descubrió, viendo una y otra vez las terribles imágenes del reality show, el esperpento en que se había convertido. Una tarde paseando por la playa, a finales de los 90, comprendió que su lugar estaba en el agua. Luchó por subirse de nuevo a una tabla de surf para volver a ser el mismo que retrató el fotógrafo Jeff Divine dos décadas antes en una icónica imagen del surf que muestra a Botones con su peculiar melena haciendo el gesto de la paz con los dedos antes de coger olas.  

Pese a que ganó el Sunkist Malibu Pro con veintiún años y acabó acumulando más de cien victorias en su carrera, eso solo le reportó el dinero justo para dar de comer a sus ocho hijos y nueve nietos. El Progresista del Surf, el Style Master, el Innovador de la Ola, el Outsider… Muchos fueron los calificativos que recibió. Aún hoy, Kelly Slater, considerado el mejor surfista de la historia, sostiene que «si él hubiera competido con nosotros, difícilmente podríamos haberle ganado. Era un adelantado a su tiempo. Su medio natural era el agua y su forma de expresión, el surf. Había nacido para esto». A la edad de cincuenta y un años Botones tomó parte en la prueba más peligrosa del circuito mundial, la de Teahupoo, donde los surfistas son remolcados en motos de agua para poder coger olas de hasta doce metros de altura. Algunos profesionales del circuito rechazan participar por temor a las gigantescas olas y el suelo rocoso de Teahuppo. Botones disfrutó, como siempre, domesticando aquel muro de agua. 

Kaluhiokalani abrió una escuela de surf en North Shore, en la playa en la que comenzó a coger olas, para contagiar su pasión por el surf a pequeños y mayores. Hace unos años contrajo cáncer. Murió con cincuenta y cuatro años dejando un legado atemporal, una escuela de movimientos abierta hace más de cuarenta años que aún hoy se estudia en las escuelas de surf. Su sonrisa eterna y su físico hercúleo le conferían una imagen de ídolo pop que, de haber nacido un par de décadas más tarde, le habrían convertido en una figura de talla mundial que se rifarían las marcas deportivas. El Jimi Hendrix del surf. 

Mahalo Kaluhiokalan, (gracias, Botones).


Súmate al cambio (oda a los victorianos)

súmate al cambio oda victorianos
La reina Victoria. (DP)

Por empezar agarrados al tópico, hay pocos momentos en la historia de la humanidad tan fascinantes como la era victoriana. La cosa abarca desde 1837 a 1901. Desde que la reina Victoria subió al trono del Imperio británico (en aquella época el imperio era cosa seria) dispuesta a dar carpetazo al periodo georgiano (que había empezado en 1714) que la había precedido y a instaurar un gobierno empeñado en avanzar más que en la contemplación hasta que el siglo XX asomó la cabeza. Ponerse ahora a lanzar nombres al lector podría ser contraproducente pero baste mencionar a algunos de los que citaremos más adelante: Livingstone, H. G. Wells, Arthur Conan Doyle o el inventor de los cliffhangers, el mismísimo Charles Dickens. Y si se quiere, al otro lado del canal, la alargada sombra del maestro francés Julio Verne que, a pesar de las atroces traducciones que soportaron sus obras en suelo inglés, fue capaz de influir en el empujón industrial y generó toneladas de tinta.

Fue un periodo que ha sido analizado del derecho y del revés porque contiene trazos de todos los cambios económicos, políticos y sociales que fueron parte fundacional de lo que consideramos la sociedad moderna. La lectura se convirtió en un fenómeno de proporciones gigantescas, el arte adquirió una dimensión completamente nueva (hasta la llegada de los prerrafaelitas) y la sociedad se convirtió en un organismo vivo y (re)activo. Los movimientos obreros empezaron a estructurarse como fuentes de poder y las mujeres lucharon como jabatas para no perder la dosis de libertad que habían conquistado durante esos años de exaltación de la aristocracia que fueron los georgianos (de Jorge I a Jorge IV). La exploración del mundo se convirtió en una prioridad (por motivos pecuniarios más que por ningún otro motivo) y de repente todo el pesimismo que había irrumpido en las clases medias y altas tras la derrota en la guerra de 1783 (a manos de los futuros Estados Unidos de América) se vio superado por el ansia del comercio. Más práctico y menos doloroso que los conflictos bélicos.

De la reina Victoria se han contado infinidad de historias, entre ellas su obsesivo culto a la muerte, algo que se extendió a lo largo de su vida y que culminó con su extraño ritual de viudedad en la muerte del príncipe Alberto. Cuando este falleció, la reina ordenó no solo dejarlo todo tal como estaba antes de su fallecimiento (por culpa de una fiebre tifoidea), sino seguir llevándole el agua caliente para su afeitado diario y el té a las horas convenidas, amén de hacerle un buen montón de estatuas. Por su parte, ella siguió vistiendo de negro toda la vida, un estado de ánimo que sufrían muchos de sus compatriotas.

Cierto es que desde 1840 el culto a la muerte era una de las constantes vitales de la sociedad inglesa, que seguía una inacabable serie de normas que iban desde el protocolo cuando pasaba un coche funerario a las campanas en los ataúdes, los plazos de duelo o los estrictos códigos de vestimenta. La muerte, más que ningún otro elemento, era algo presente en el periodo victoriano, salpicada por la tuberculosis que en aquellos años afectaba sobre todo a las mujeres de entre dieciocho y treinta y cinco años con un descomunal grado de mortalidad (un tramo de campo funerario de veinte metros cuadrados podía contener miles de cadáveres, lo que era un problema de salubridad que no solucionó George Frederick Carden, un avispado hombre de negocios que después de una visita al —precioso— cementerio parisino de Père-Lachaise decidió exportar el modelo a Inglaterra y llevó la lucrativa lucha de clases al terreno de la Parca).

Sin embargo, en una sociedad oscura (aunque en 1830 se había empezado a probar la luz eléctrica lo del alumbrado público era aún una broma) y afectada por todos los problemas imaginables, los destellos de brillantez en todos los ámbitos eran constantes. La población crecía, los negocios florecían y la cultura, en todos sus ámbitos, explotaba como si de repentes todos los astros se hubieran posado sobre la Isla para inspirar al personal. De entre todos ellos destacaba Charles Dickens, que había nacido en Portsmouth, uno de esos sitios más duros que el granito, en 1812. Dickens, inventor del folletín moderno, fue el renovador del género literario novelesco, ideando el formato episódico (cada semana el escritor lanzaba una parte del relato que los lectores podían comprar depositando dinero en una caja —de ahí proviene el moderno concepto de box-office—) y capturando a la perfección el espíritu de su tiempo con una dosis de crítica social que le convirtió más en un observador con disfraz de antropólogo que en un simple escritor. Su pericia fue el mejor microscopio con el que observar al inglés de a pie, pero no el único.

Sherlock Holmes, la criatura de Conan Doyle, era el otro gran icono de aquella sociedad. Un tipo más listo que el hambre e igualmente complejo, un asocial de manual cuya compañía, el inefable Watson, es más un socio que un cómplice. No han acabado (y no será por intentos) de decidir por qué los libros de Sherlock funcionaron tan bien en aquellos tiempos: unos dicen que el formato de los libros, otros que su gran conexión con la naciente clase media, que se identificaba con Watson y admiraba a Holmes, también los hay que hablan de la habilidad de Conan Doyle para convertir sus libros en una suerte de mapamundi de la Gran Bretaña, llevando a sus protagonistas de aquí para allí, y —más importante— sacándoles de Londres para recorrer las pequeñas villas en busca del crimen. La habilidad del escritor para introducir las migas del progreso y los efectos de la incipiente Revolución Industrial en el relato (la bici, el tren, la lectura del periódico, etc.) chocaban con las costumbres (extravagantes) del detective. Una de ellas era su afición a las drogas, por vía intravenosa. El Sherlock yonqui, cuya descripción alcanzaba su cénit en El signo de los cuatro, cuando Watson explicaba cómo su socio se inyectaba (probablemente opio) y el placer que esto le producía. Años después Billy Wilder haría la que —probablemente— es la visión más realista del mito en La vida privada de Sherlock Holmes, que fue demasiado para las mentes bienpensantes de la época.

Con aquella visión de las drogas recreativas, Conan Doyle perfilaba un perfecto retrato robot de una de las sociedades más abiertas de la historia en lo que se refería al uso de los opiáceos, la sustancia favorita de los británicos de cualquier clase. El doctor Bruce Rosen identificaba entre los usuarios (o adictos, o quizás ambas cosas) al propio Conan Doyle, a Oscar Wilde o al mencionado Dickens, quién sabe si por diversión o por aquello de invocar a la musa, efluvios mediante. La cultura de la droga era apabullante y se calcula que más de la mitad de los obreros de la época consumían opio a diario. Los fumaderos de Whitechapel, auténticos antros regentados por chinos, eran los testigos mudos de un hobby peligroso que desde 1812 (después de la publicación del esplendido libro autobiográfico, Confesiones de un fumador de opio, de Thomas DeQuincey) había ido subiendo peldaños hasta llenar de humo muchas de las estancias del poder, en un ascenso vertical que pocas drogas habían recorrido hasta la llegada de la cocaína.

El opio era para los de abajo una manera de olvidarse de lo jodido que era vivir en una sociedad para la que el progreso significaba sacrificio y en la que la mortalidad laboral era escandalosa. Para los de arriba era una simple celebración de su suerte que a veces iba más lejos de lo previsto. La droga chocaba con el despertar religioso de una buena parte de la sociedad inglesa, donde las vocaciones de misionero se disparaban, en buena parte gracias a la promesa de una vida mejor en las colonias, que en aquellas circunstancias era lo suficientemente tentador como para firmar y largarse.

Un escocés, nacido en Blantyre, al sur de Glasgow, era —en cambio— pura vocación. Su nombre era David Livingstone (prescindiremos de la expresión de Henry Stanley que le hizo popular) y fue —con toda seguridad— el explorador más importante que dio el periodo victoriano, con una personalidad apabullante y un instinto de supervivencia tan afilado que fue capaz de pasearse por media África en nombre de la fe y del imperio. Sus pasos le llevaron a ser el primer europeo en cruzar el corazón del continente negro, puso nombre a las cataratas Victoria, buscó con inusitada vehemencia las fuentes del Nilo y llego hasta el océano Índico en mayo de 1856.

Además, Livingstone fue uno de los hombres más intrépidos de un siglo de pioneros y cambios profundos no solo en las estructuras sociales, sino en la división del trabajo y las conquistas humanas. El misionero (que además, y gracias a sus estudios de medicina, era apreciado por las tribus africanas, que llegaron a apodarle el Hechicero) no dejó nunca de escribir contra la esclavitud y en 1865 publicó el magnífico Narrative of an expedition to the Zambesi and its tributaries, una espléndida crónica de viaje que sirve además para retratar el espíritu de la misión, en la que Livingstone parecía más obsesionado por llegar a la otra punta del mundo que por el proselitismo propio de un misionero, además de su preciosa pasión por el mundo natural.

Paradójicamente, el buen doctor fue ninguneado por el Gobierno de su país, que no valoró los logros del viajero y le obligó a volver a Inglaterra en 1864, donde solo aguanto dos años antes de volver a su querida África. Livingstone siguió viajando hasta que la muerte le pilló en una pequeña aldea africana llamada Chitambo el 1 de mayo de 1873. Su salud había sido frágil desde la muerte de su mujer, Mary Livingstone, en 1862, y la soledad no ayudó a mejorar las cosas. En su haber, más allá de sus logros como explorador, haber observado la relación entre la malaria y el mosquito, algo que ayudaría a mejorar sobremanera la investigación sobre el tema.

Livingstone, como Florence Nightingale (la fundadora del moderno concepto de enfermería) o Darwin, que elaboró su teoría de la evolución a bordo del HMS Beagle (fue editada en 1859), o Karl Marx, que publicó El capital, junto a Emily Brontë, John Stuart Mill, Herbert Spencer o John Reskin, trascendieron su ámbito de acción para convertirse en hijos de una época que determinaría la llegada a la sociedad moderna. La Inglaterra georgiana dejó pasó a la victoriana, y si en 1841 la población era de diecisés millones, en 1901 ya superaba los treinta y dos.

La Exposición Universal de Londres de 1851 mostraba al mundo que el país había sido conectado de punta a punta por líneas de ferrocarril y telégrafo, la prensa empezaba a convertirse en algo masivo y las exportaciones explotaban gracias a la expansión de los territorios en el exterior. La prosperidad, obviamente, no afectaba a todos por igual (a pesar de los esfuerzos de William Gladstone, un político poco ponderado), pero los movimientos sociales crecían y se luchaba contra la explotación infantil y el esclavismo laboral. Nombres tan prominentes como los de Thomas Curle, Charles Kingsly o Charles Dickens se unían a la causa para proporcionar a los obreros un sistema de salud eficaz, salarios mínimos y horarios justos. Con la reforma electoral de 1837 se incluía a la clase media en el voto y la civilización empezaba su industrialización, que cambiaría la faz de la tierra.

La mala salud de la reina Victoria, junto con su locura (de la que empezó a hablarse abiertamente en los círculos de poder) certificaron el final de una época que daría paso a una sociedad algo más equilibrada pero menos agitada, menos brillante en definitiva. El peso de los avances artísticos y culturales se deja notar aún en nuestros días, y los nombres mencionados siguen siendo polémicos en la actualidad (y ni siquiera hemos hablado de la irrupción de Freud en el pensamiento moderno), y el progreso que generó contribuyó a perpetuar un siglo más la influencia del Imperio británico, hasta que esta cayó bajo el peso de la libertad con Hong Kong como última joya de la corona. 

Curiosamente, los victorianos fueron también testigos de la moralidad más —absurdamente— estricta, del castigo a los más pobres y de las diferencias más abismales que se vivieron en el siglo XIX en el seno de una sociedad occidental. Sin embargo, la llegada de la revolución en las comunicaciones, la prosperidad posterior (con la clase media como gran beneficiaria del nuevo orden económico), y la percepción de que el progreso traería bienestar, dejaron a la sociedad en una situación de notable. No deja de ser cierto que si no fuera por la abundante literatura del periodo, ya sea en forma de ensayo, novela o poesía, la época victoriana no hubiera sido un elemento recurrente para el cine, la televisión o la literatura contemporánea. Seguramente ahí radique el gran quid de la cuestión: la capacidad de los cronistas del momento para reflejar una época que cambió a la humanidad y cuyas consecuencias siguen siendo visibles hoy en día. Eso sí, el opio ya no está de moda.


La banda que hablaba con los delfines

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El doctor Harry L. Williams deposita chorros LSD mediante una jeringa en la boca del doctor Carl Curt Pfeiffer. (DP) delfines

En la famosa persecución de Con la muerte en los talones, la de la avioneta fumigadora, Cary Grant tiene un brillo ácido en la mirada. La escena es en sí una especie de alucinación, un sueño que transcurre en silencio en el que una máquina amenazadora cae del cielo sin escapatoria posible. Por aquella época, el actor consumía una dosis diaria de LSD y se había convertido en el apóstol de la nueva droga en el mundillo de Hollywood. «Toda mi vida», comentaba Grant en aquel año 1959, «he estado vagando en la niebla. Eres un puñado de moléculas hasta que averiguas lo que eres realmente».

El sueño de la avioneta perseguidora pertenece a un tiempo en que la sociedad aceptaba con cierta normalidad las alucinaciones. Comenzaba la década de los sesenta y el mundo parecía tan ilusorio como una transparencia de Hitchcock. El Sputnik daba vueltas al planeta con su incansable pitido, la CIA buscaba una droga de la verdad en las selvas tropicales y las dos principales potencias decoraban los desiertos con hongos nucleares. En aquel ambiente se empezó a fraguar un sueño colectivo, el de cambiar la mente humana, que acabó convertido en un «mal viaje». 

Si tuviéramos que rodar la extraña película del LSD, arrancaría con un viaje en bicicleta. El 19 de abril de 1943, el doctor Albert Hofmann estaba retomando en su laboratorio de Suiza su investigación sobre una sustancia, la «dietilamida de ácido lisérgico», que bautizó como LSD-25 y de la que sospechaba que podía actuar como medicamento revitalizante. Después de ingerir una dosis de 0.25 miligramos, Hoffman notó que le costaba hablar de forma inteligible y le pidió a su ayudante que le acompañara a casa. «De camino», escribe Hofmann, «mi estado empezó a ser preocupante. Todo en mi campo de visión empezó a ondularse y estaba distorsionado como en un espejo curvado». Durante varias horas, Hofmann pensó que se había vuelto loco y permaneció encerrado en su habitación con sus propios demonios. Hasta que se despertó despejado y fresco. En los siguientes años siguió investigando las características del LSD desde los laboratorios Sandoz y el alucinógeno emprendió su propio camino por universidades y centros de investigación hasta convertirse en la droga fundacional de la contracultura y el movimiento hippie

La siguiente escena se desarrolla a principios de los años sesenta en la costa oeste de Estados Unidos. Allí, un joven fornido y amante del deporte se apunta a un programa de investigación de la Universidad de Stanford, patrocinado por el gobierno, donde ofrecen LSD y otros alucinógenos a voluntarios para estudiar sus efectos. Aquel joven, llamado Ken Kesey, usaría la experiencia para escribir su famoso libro Alguien voló sobre el nido del cuco y se convertiría en uno de los símbolos del movimiento lisérgico. En el año 2011, para su documental Magic Trip, el cineasta Alex Gibney recuperó las grabaciones originales de aquel primer «viaje» de Kesey en las que el escritor va describiendo sus sensaciones. «Esa luz en lo alto de la habitación», musita delante del micrófono, «es como un gran ojo. Y los nervios ópticos se están extendiendo por las paredes». Durante varios minutos describe «imágenes de un color salvaje», visiones de «testículos machacados» y la grabadora se convierte en un sapo agazapado listo para saltar. «Cuando salí de allí», contó Kesey, «fue como descubrir un agujero que llega al centro de la Tierra y está lleno de joyas. Y quieres que la gente baje y lo disfrute».

Aquella necesidad de compartir la experiencia llevó a Kesey a convertirse en los años siguientes en el capitán del LSD, al frente de su autobús ocupado por un grupo de majaras autodenominados los «Alegres Bromistas». La peripecia, el viaje de costa a costa de aquel autobús de colores en el que todo el mundo experimentaba con el ácido, está fantásticamente descrita por Tom Wolfe en su libro Ponche de ácido lisérgico. Una noche, días después de celebrar una macrofiesta con los Ángeles del Infierno, los Bromistas se tumban en el suelo y tratan de conectar con los extraterrestres. «Kesey tomó unos 1500 microgramos», describe Wolfe, «y otros Bromistas tomaron dosis menores, y se echaron todos en el suelo y empezaron a poner en práctica la “Radio Humanoide”: balbuceos, ecolalia, aullidos, toda suerte de expresiones no verbales… a hablar, por así decir, “en lenguas”. La idea era dar con la frecuencia o el modo que les permitiera comunicarse con seres de otros planetas, de otras galaxias…».

En el otro extremo del país, en la costa este, el otro protagonista de nuestra historia tenía un punto de partida académico, más intelectual. El profesor de la Universidad de Harvard, Timothy Leary, comenzó a experimentar los efectos de los hongos alucinógenos y el LSD con los alumnos y terminó tratando de conseguir cambiar el mundo invitando a probar el ácido a las élites. Él y sus amigos, Aldous Huxley y Allen Gingsberg, también creían que el LSD podía cambiar la mente humana. «El contraste es lo que dispara la risa, el terror», escribe Leary en su autobiografía, Flashbacks. «Descubrimos de sopetón que durante largos años hemos estado programados, que todo lo que aceptamos como realidad es solo una invención social». Al final de sus días, su trayectoria vital fue aún más loca que la de Kesey: se presentó a unas elecciones contra Ronald Reagan, fue expulsado de la universidad, encarcelado y acabó exiliado con los Panteras Negras en Argelia después de que los miembros de la Weather Underground le ayudaran a escapar de la cárcel.

La nueva generación parecía querer traspasar los límites de lo que su cerebro había establecido como verdad. Como en una novela de Philip K. Dick, se consideraban atrapados en una alucinación colectiva de la que solo se salía abriendo las puertas que abren los alucinógenos. «En los dominios de la mente», escribía el neurocientífico John Lilly, otro de los colegas de Leary, «lo que uno cree que es verdad, o es verdad o se convierte en verdad dentro de ciertos límites. Esos límites deben ser encontrados». A principios de los sesenta la investigación de Lilly se centró en la creación de unos tanques de privación sensorial. En su interior, sumergido en agua y sin ningún estímulo externo, Lilly comprobó que el cerebro recreaba toda una serie de experiencias alucinatorias. Después empezó a probar a encerrarse con LSD o ketamina, y más adelante acompañado de delfines, con quienes pasó años intentando establecer algún tipo de comunicación.

Pero el tiempo del desenfreno y las mentes sumergidas en úteros lechosos llegó a su fin. Alrededor de 1970, ante la proliferación del consumo de LSD en el movimiento hippie, y la publicación de falsas noticias sobre jóvenes que se quedaban ciegos mirando al sol, el consumo y experimentación con alucinógenos quedó prohibido en Estados Unidos. Seis años antes, y ante la presión social, Sandoz había dejado de fabricar la sustancia. Los profetas del LSD como Timothy Leary dejaron unas cuantas víctimas por el camino. «Una generación de inválidos de por vida», escribiría después Hunter S. Thompson, los que se tomaron en serio el cuento del ácido y se tragaron la falacia de que «alguien, o al menos alguna fuerza, estaba cuidando la luz al final del túnel». En ese mismo periodo, la CIA había administrado alucinógenos a miles de personas sin su consentimiento; a presos, soldados, a poblaciones enteras e incluso a sus propios agentes, en la siniestra operación MK Ultra que acabó en escándalo nacional. Su búsqueda de la verdad, o mejor dicho, del «suero de la verdad», tampoco tuvo éxito. 

La prohibición del LSD fue el fin de una alucinación colectiva, pero ahora sabemos que también supuso el parón de muchas investigaciones prometedoras. Mientras Leary y los filósofos del ácido se dedicaban a la revolución mental, algunos científicos hacían su trabajo. En 1953, un grupo de psiquiatras canadienses había comenzado a investigar el uso de LSD en el tratamiento del alcoholismo y obtuvieron buenos resultados. La investigadora Erika Dyck publicó una recopilación de aquellas investigaciones y demuestra que el tabú social sepultó estos trabajos injustamente en el cajón de la ciencia lisérgica. Hacia 1960, el grupo canadiense había tratado a unos dos mil pacientes alcohólicos y buena parte de ellos había dejado su adicción al alcohol con una sola dosis. Se calcula que para entonces se habían publicado más de mil estudios científicos sobre las sustancias alucinógenas con resultados prometedores en unos cuarenta mil pacientes.

Aquellas investigaciones también contribuyeron a comprender que las enfermedades mentales se debían a un desequilibrio químico en el cerebro y a dejar de buscar la explicación en traumas freudianos e infantiles. El mecanismo molecular de estas drogas activa vías similares a las que intervienen en la psicosis o la esquizofrenia, lo que codujo a un nuevo enfoque en su tratamiento. A partir de los años noventa el miedo a lo lisérgico empezó a remitir y algunos científicos se adentraron en el peliagudo terreno de la experimentación, aunque hasta 2008 no se permitió en Estados Unidos. Hoy se están empleando sustancias alucinógenas para eliminar la angustia de manera significativa en pacientes con cáncer terminal y se reconoce su potencial para aliviar los síntomas de algunas enfermedades psiquiátricas. 

Un reciente estudio publicado en PLOS ONE, realizado con una muestra de ciento treinta mil sujetos en Estados Unidos, indica que el LSD, la psilocibina y la mescalina, además de no ser adictivos, no han provocado daños en el cerebro de sus consumidores durante largos periodos de consumo. Lo que sí está probado es que estas drogas precipitan la aparición de esquizofrenia o psicosis en personas predispuestas a sufrir estas alteraciones mentales, lo que las convierte en una amenaza universal, pues nadie sabe en qué medida está expuesto a estos males ni hay manera, de momento, de predecirlo.

Lo más interesante, quizá, es que hoy conocemos mejor el mecanismo que llevó al LSD y otros alucinógenos a convertirse en los grandes moduladores de la conciencia de la «era de Acuario». El ácido del doctor Hofmann, el viejo elixir del cornezuelo del centeno, contiene una de esas moléculas que juegan a engañar al sistema nervioso. Estas moléculas se parecen tanto a la serotonina que encajan perfectamente en los receptores que el cerebro tiene para este neurotransmisor. Y la serotonina juega un papel fundamental en aspectos como la percepción, la emoción, el apetito o el sueño, de modo que el efecto de la droga, en función de la dosis, es global e impactante.

Pero lo que convierte a estas sustancias en la llave de «las puertas de la percepción» es su capacidad para alterar la conexión entre las regiones cerebrales donde se reciben los estímulos (la vista, el oído o el tacto) y aquellas en las que se interpretan. Cuando las neuronas de los sistemas sensoriales dejan de interpretar correctamente lo que se recibe del exterior, el cerebro «desconecta» de la realidad y el individuo cree experimentar la visión de nuevas dimensiones o realidades. Una combinación de moléculas haciendo su propia revolución mental en el cerebro. La receta perfecta para hablar con los delfines o mirar al centro de la Tierra por un agujero de colores. 


Jipis decadentes, reaccionarios sonrientes

Jipis
Fotografía: Cordon Press.

Desde que tener hijos no ha servido para que labren la tierra, ni tener hijas para venderlas por una dote, los adolescentes se han dedicado a hacer monerías. En libertad, ¿qué iban a hacer, si no? Pues monerías. Muchas de ellas históricas: la generación beat, la del rock and roll, los jipis, los heavies, los punks, los skins, los góticos, los raperos, los alternativos, los neohipsters, el trap y la Virgen Santísima. Para las camadas de jóvenes, es llegar a tocar chufa y reivindicar una historieta que no viene a ser otra cosa que eso: monerías. Sin embargo, no sería justo despreciar sus babayadas sin entrar a ver su sustrato. Los jipis, el caso que nos ocupa hoy, tenían una razón de ser bastante respetable: que no les sacasen las tripas. 

Tú piensa que naces en el país más rico y poderoso del mundo. En una época en la que tiene un sistema educativo potente, pleno empleo y una libertad que ha abierto pequeños espacios de contestación a un sistema autoritario por los que se cuela el hedonismo. Resumen: con poca pasta tiras, la puedes conseguir fácilmente, tienes veinte años y ves que hay tendencias que promueven el sexo y la drogadicción recreativa, el bienestar e incluso Jauja. En un sentido contrario, el Estado te ofrece irte a un país que no sabes dónde está, a luchar en una guerra que no entiendes muy bien por qué se ha declarado y en la que las muertes que se producen son espantosas. 

En esta tesitura, había muchos matices, sobre todo de clase. Había universitarios y había carne de cañón, pero, en esencia, sin la masa que prefería follar y colocarse a que le arrancasen las piernas con un explosivo en mitad de una jungla húmeda y sofocante, no hablaríamos de aquellos años. Sobre todo, porque, además de querer vivir, eran también los que compraban discos, y enriquecieron obscenamente a las estrellas del rock de su tiempo y, así, marcaron un hito en el calendario, una época. 

Pero pocos movimientos como el jipi despreciaban más al pueblo y eran más incompatibles con él. El famoso «Verano del Amor» en California fue la peste para los auténticos. El verano bueno de verdad fue el anterior, el que creó un efecto llamada entre todos los chavales «de provincias» —medio oeste, sur y demás de Estados Unidos—, que acudieron a California en busca de tres cosas: libertad, sexo y drogas. No fue como en los ochenta, cuando la desindustrialización generó otro éxodo que huía de los curros en el McDonald’s para intentar triunfar como fuera en el mundo del espectáculo en Los Ángeles. En los sesenta, se huía sin ningún objetivo concreto; solo se sabía que no se quería crecer en una sociedad claustrofóbica y autoritaria, pero esa oleada puso de uñas a los jipis verdaderos que tenía que recibirla. Era un aluvión mundano, ¡eran putos paletos!, que no entendían la sofisticación de su mensaje. 

Es muy fácil, de todos modos, reírse ahora de aquellos ingenuos barbudos que salían de debajo de las piedras, porque no cabe duda de que su revolución fue exitosa. Cambiaron los cimientos de la civilización como están haciendo ahora los que derriban las estatuas, aunque dentro de un siglo ya veremos si para bien o para mal, pero aquellos jipis, en esencia, lograron sus objetivos inmediatos y acuciantes: no ir a la guerra a morir como infelices. Y tampoco se lo regalaron. En no pocas de sus manifestaciones, la Guardia Nacional abrió fuego a matar. Hubo huelgas en centenares de universidades. Incendiaron instalaciones militares. Alguno se quemó a lo bonzo. Mientras se producía el dichoso Verano del Amor, en Detroit se produjeron unos disturbios con cuarenta y tres muertos, siete mil quinientos detenidos y daños en dos mil quinientos edificios. 

Al final, lograron la retirada progresiva de las tropas de Vietnam y, en 1973, se acabó el servicio militar obligatorio. Desde entonces, a la guerra solo irían los que no podían librarse, esto es, los que aún tenían menos recursos que ellos, pero esta es otra historia. Al jipi ya no iban a raparle la cabeza, a afeitarle la barba, a meterle una dura instrucción y a enviarlo a que, en el mejor de los casos, le sacasen los ojos con una cuchara y se le mearan en las cuencas. 

No está claro si el movimiento jipi comenzó en 1963 en el Greenwich Village de Nueva York o en Haight-Ashbury, en San Francisco; solo está claro que las comunas que se formaron en estos lugares recibieron la hostilidad de los vecinos desde el primer día. Sí, esos melenudos pedían paz y amor, experimentar con la conciencia y sexo libre, pero, en unas zonas grises, con estos movimientos convivían también moteros que quemaban queroseno con cascos militares, llevaban cruces de hierro en el cuello y barbas pintadas de colores. Los más famosos, los Ángeles del Infierno, de infausto recuerdo por su reguero de cadáveres. La gente de bien acabó teniendo miedo a todo pelanas que se le cruzase. 

Para la historia, tanto la juventud que contestaba a las balas de la Guardia Nacional lanzando flores como la clase obrera blanca que se movía por los márgenes de la ley y del sistema, eran todos ellos la contracultura. Y entre unos y otros, con toda una rica tonalidad de grises, cambiaron las costumbres morales de la sociedad, qué duda cabe. Ahora: en el lance, dejaron juguetes rotos a punta pala. Especialmente, todos aquellos que se creyeron el jipismo y quisieron llevarlo a las últimas consecuencias de una otra forma. Jipis decadentes. 

La primera criba entre lo molón y la decadencia la marcó, como siempre, la droga. En los cincuenta, las autoridades militares coquetearon con el LSD como suero de la verdad. La solución definitiva a los conflictos. De ahí, los cartones pasaron a la comunidad científica y, sin mucho esfuerzo, aquello se convirtió en la droga litúrgica de la intelligentsia, en la búsqueda de la superconciencia, en la elevación sobre todo lo terrenal. Eso le gustó a todo el mundo, no hacía falta haber estudiado para querer evadirse a los mundos de Yupi. Un arma secreta geoestragética acabó en autogol, o en un tiro en el pie, llámelo como quiera, pero el ácido llegó a tener cientos de miles de aficionados en el momento de ser ilegalizado en 1966, cuando la izquierda universitaria se confundía en su consumo con seguidores de las religiones orientales, amantes del yoga, gurús y buscadores de ovnis. El gobierno, entonces, solo pudo defenderse de una manera ante una sustancia prohibida que no necesitaba plantaciones para producirse ni naves donde esconder las remesas: alarmando en los medios. 

Magnificaron sus efectos, aseguraron la locura del que lo consumiera, les pusieron el megáfono a múltiples teorías apocalípticas, y todo ello sumado a que el producto empezó a circular adulterado tras su prohibición, sirvió para que las masas se pasasen a las drogas legales, que no eran poca broma: los barbitúricos. Con pentobarbital murió Marilyn, con quinalbarbitona palmó Hendrix. Y también las anfetaminas. Todas estas sustancias, bienes de consumo presentados como soluciones a enfermedades que no existían, con amplias capas de consumidoras entre las amas de casa, pasaron a los jóvenes por vía directa para modular el consumo de la droga permitida más letal: el alcohol. 

También estuvo el auge de la marihuana, pero poco tuvo que ver su consumo con la búsqueda de sensaciones, con una demanda de efectos, a las que se acoplaron perfectamente las ofertas de coca y caballo. No hace falta ser un lince para adivinar el destino de muchos de aquellos jipis cuando asomaron las adicciones: prostitución, crimen, clínicas de desintoxicación y muerte por sobredosis u otras circunstancias asociadas. Ahí se produjo la gran decadencia del mundo jipi, pero todavía quedaron bastantes vivos. 

Fotografía: Ullstein bild. Cordon Press

Antes de la década de los setenta, en Detroit ya se había organizado el día de «La muerte del jipi». Los manifestantes llevaron ataúdes falsos en los que introducían parafernalia de un movimiento cultural que consideraban que se había vendido al sistema. Esto se podía ver en cómo la publicidad había asumido sus lemas más primarios y, sobre todo, en el tren de vida de las estrellas del rock que se enriquecían obscenamente poniéndoles ripios. 

En esta aludida ciudad de obreros del metal, los grupos musicales que marcaron la pauta por esas fechas fueron los blanquitos Bob Seger, MC5 y los Stooges, antecesores todos ellos del heavy metal y el punk; y los negros Temptations, Smokey Robinson o las Supremes, que buscaban la canción perfecta para encandilar al mayor público posible, la fórmula de los dioses, algo que hacían única y exclusivamente por la pasta, sin coartadas políticas ni intelectuales. En estos desenlaces no cabían jipis coñazo, y quedaron erradicados. 

No obstante, esto eran disquisiciones urbanas. Si se criban el sector artístico y cultural y a todos los que protestaban para que —repetimos— no les seccionasen las extremidades en la jungla y su cuerpo inmóvil fuera devorado por los insectos, el resto del movimiento jipi estaba muy localizado: solo quedaban las comunas. Los auténticos. Timothy Miller, en The 60s Communes: Hippies and Beyond, cuenta que los colectivos de este tipo que sobrevivieron a la drogadicción y al alcoholismo se tuvieron que enfrentar a los vecinos y a las fuerzas del orden por… problemas de drogas y alcohol. 

Tal fue el descrédito que llegaron a tener los jipis, que en una comuna de Illinois se llegó a imponer un dress code y unas normas de higiene solo para evitar que se les unieran. En Black Bear Ranch, al norte de California, por ejemplo, seis vehículos policiales fuertemente armados entraron en una ocasión para llevarse con violencia las plantaciones de tomate sin saber bien ni qué era la marihuana ni qué eran los tomates. 

Este lugar, antes de convertirse en comuna, era un pueblo fantasma al lado de una mina de oro de los tiempos del salvaje oeste. El chollo todavía perdura, pero bajo acusaciones de haber obtenido los dividendos suficientes para hacerse con el terreno en propiedad gracias al chantaje a los famosos que se acercaron a estos anarquistas. La comuna hoy sigue en pie, pero, en el momento de escribir este texto, no admite visitas por el coronavirus. 

El modo de subsistencia en mitad de la nada era, lógicamente, la agricultura. Muy pocas comunas, según este estudio, lograron ser autosuficientes. La mayoría, dominadas por intelectuales y gentes de ciudad, no tenía ni la menor idea de cuándo se sembraba, qué debía plantarse en qué suelos y cómo, o qué fertilizantes y abonos eran necesarios para obtener una cosecha presentable. Las comunidades que lograron aguantar lo hicieron con «una pobreza severa» y «una determinación obstinada» que les condujo a «una especie de autosuficiencia monótona». Condiciones necesarias para el abandono en masa. 

Era una vida durísima, como prueban algunos de los testimonios recogidos en la investigación, que cuentan que se escondían las chocolatinas Snickers como oro en paño. Múltiples historias tragicómicas jalonan estas páginas. Desde unos que tuvieron que pedir ayuda porque encontraron manchas en la leche que ordeñaban de sus vacas, a los que el ganadero al que pidieron socorro les explicó que no tenían que batir tanto las ubres, que las manchas eran mantequilla, a uno que, en su comuna, Packer Corners, en Vermont, descubrió que no se podía ordeñar descalzo cuando la vaca le pisó un pie y le rompió los huesos. En frecuentes ocasiones, había problemas para matar animales. Los más entusiastas acababan hablando de sus cosas con las gallinas en lugar de retorcerles el pescuezo. Así lo documenta Miller. 

Sin embargo, se reflejaban otros problemas más serios en polémicas atávicas como las brechas de género. En las comunas de los sesenta, no era extraño que las mujeres fuesen recluidas en la cocina, como en cualquier otro hogar burgués, pero de décadas e incluso siglos atrás. Un testimonio, el de una tal Kit Leder, decía que, aunque no había patrones predeterminados para repartirse las tareas y todo se elegía en completa libertad, fueron las mujeres las que generalmente se encargaron de la limpieza y la comida en la comuna. 

Hubo casos en los que también les tocaban a las mujeres las labores agrícolas mientras los hombres «estaban sentados hablando o echándose la siesta». En cambio, nunca una mujer condujo un tractor: todo eso estaba destinado a los chicos, para ellas era «demasiado complicado». Lógicamente, una gran cantidad de mujeres que anhelaban la revolución en las comunas las abandonaron descontentas con esos tics premedievales de sus hermanos-camaradas-colegas. En algunos casos, se fundaron comunas solo de mujeres. Algunas, solo de lesbianas. 

El actor Peter Coyote contó que la suya no podía abastecerse por sus propios medios y tenía que acudir a las sobras de los mercadillos. Sin embargo, las ferias ambulantes estaban dominadas por italianos que nunca hubieran regalado sus excedentes a un hombre apto para el trabajo y sin discapacidades, por lo que no les quedaba más remedio que enviar a las mujeres de la comuna a pedir. Su comunidad sobrevivió gracias a ellas. El destino de la revolución era la mendicidad. Evidentemente, muchos —y, en particular, muchas— se bajaron. 

Con el tiempo, hacía falta algo más que el fervor revolucionario para sobrevivir en estas comunidades. Muchas de ellas contaban con miembros que, además de jipis, eran religiosos. Aparte de los que estaban metidos en la meditación hindú, que tantos titulares y documentales han alimentado, la inmensa mayoría eran cristianos. Eso llevó a que muchos de los jóvenes que se quedaban colgados en estas comunidades, obsesionados con la autorrealización a través de la búsqueda espiritual, se dejasen de contraculturas y acabasen adorando sin ambages a Jesucristo. 

En Hippies of the Religious Right, de Preston Shires, se pone el acento sobre la oleada de conversiones al cristianismo que hubo en Estados Unidos a principios de los setenta. Fue un fenómeno generacional que se produjo por oposición a la juventud rebelde y entre la juventud rebelde. Las revelaciones se manifestaron en su mayoría en el seno de la fe del cristianismo evangélico. Fue el poco reseñado movimiento de la Jesus people, o Jesus movement o Jesus freaks. 

Llegaron a celebrar su propio Woodstock, la «Explo’72», con Johnny Cash y Kris Kristofferson entre los platos fuertes. Miles de jóvenes que provenían de la contracultura, previo paso por la Jesus people, acabaron cumpliendo treinta años, casándose y teniendo hijos educados en la estricta obediencia cristiana. Parece mentira que no se haya reseñado más este desenlace de la contracultura, cuando el propio Bob Dylan también acabó convirtiéndose, algo que no era una anécdota ni una frivolidad del divo, sino un reflejo de lo que estaba ocurriendo entre los miembros de esa generación. Llegaron a presumir de alojar en su seno a exmiembros de los Panteras Negras y del Ku Klux Klan al mismo tiempo. Era un auténtico movimiento take-it-all.

Florecieron cientos de nuevas iglesias, el culto incorporó canciones folk rock y también la vestimenta casual. En los ochenta y los noventa, las manifestaciones y cadenas humanas que antes se organizaban contra la guerra se hicieron ahora contra el aborto, y con la misma naturalidad. Si la contracultura original era un rechazo al establishment y la guerra de Vietnam, también contó con unas masas que lo que querían era encontrarse a sí mismas de forma individual. Tras el fiasco de las comunas y la miseria de la droga, hallaron en Cristo la respuesta. Jesús era el jipi de la Biblia. Todo encajaba. Seguían una línea lógica. Las fuerzas cristianas incorporaron así a decididos y valientes activistas que no se detenían ante nada y que habían luchado duramente contra el qué dirán. Mutatis mutandis, estos baby boomers se convirtieron en el gran bastión de la derecha religiosa estadounidense de nuestros días. Y votaron y votan en consecuencia.


Futuro Imperfecto #50: Robots, guerra y marihuana

DP.

Por primera vez un tribunal admite a trámite un recurso contra la ausencia de control parlamentario sobre la exportación de armas españolas. La actividad económica de las empresas exportadoras se ha protegido por todos los gobiernos desde la dictadura, empleando la Ley de Secretos Oficiales de 1968, cuya revisión ha sido solicitada en varias ocasiones en el Parlamento, la última el pasado julio. Su aplicación sobre la venta de armas impide que sepamos si se cumplen las regulaciones que impiden exportarlas a países que incumplen los derechos humanos. Precisamente la demanda interpuesta por Greenpeace se ha admitido a trámite porque ha aportado pruebas de la presencia de morteros españoles en la guerra civil yemení (iniciada en 2015).

Somos el séptimo país exportador de armas del mundo, líderes desde 2012, y el 1% de nuestro PIB ya depende de esta actividad. Un crecimiento que no tiene que ver con la ideología, porque tanto el PSOE como el PP, en sus sucesivos gobiernos, lo han alentado. Pero es especialmente relevante ahora que vuelve a discutirse con intensidad el uso de inteligencias artificiales como arma de guerra, y cuando varios conflictos se recrudecen por todo el mundo.

Robots asesinos, beneficiosos o perjudiciales

Esta semana el gobierno de Austria fue noticia por su iniciativa de introducir una regulación ética en el uso de robots de batalla, alineado con aquellos países que argumentan los peligros para la vida humana de que sea un ordenador quien decida el curso de la guerra. España no es uno de ellos, y junto a Estados Unidos, Rusia, Corea del Norte o Francia, y otros once países, se opone a la prohibición de las armas autónomas —controladas por inteligencia artificial—.

El motivo es económico, ya que empresas como Indra desarrollan drones de vigilancia y hay participación nacional en proyectos de drones armados como Atlantis, destinado a Colombia. Pero también ético, ya que somos uno de los países que defendemos la reducción de bajas humanas que proporcionan estas armas —sustituyen en primera línea a los soldados— y también que su control último dependa de una persona.

Aunque los robots no tienen por qué ser peores ni más crueles que los seres humanos. El ejército australiano pedía disculpas esta semana por haber cometido crímenes de guerra en Afganistán. Algunas de sus patrullas ejecutaron a prisioneros y civiles como «ceremonia de iniciación» de los nuevos soldados. 

Al servicio de la guerra que Trump quiere iniciar

El lunes sabíamos de la iniciativa de Trump para bombardear Irak, mientras tuiteaba sobre la «falsa» victoria de Biden. Posiblemente presionado o influido por Arabia Saudí e Israel, quienes se beneficiarían de este enfrentamiento bélico, y que además temen perder su posición de liderazgo en Oriente Medio con la nueva presidencia estadounidense. Fueron sus propios colaboradores directos, el vicepresidente Mike Pence y el secretario de Estado Mike Pompeo, quienes le disuadieron.

El conflicto inmediato se ha alejado, pero la amenaza sigue ahí; hasta enero Trump podría tomar decisiones como esta, y condicionar el mandato de su sucesor, porque en su país no existe una limitación al gobierno en funciones. Los estadounidenses ni siquiera descartan todavía que baraje dar un golpe de Estado antes de la toma de posesión de Biden.

Por The National Interest, un medio fundado por Richard Nixon y dedicado a analizar las relaciones internacionales de Estados Unidos con el resto del mundo, incluidas las bélicas, conocemos el punto de vista de los militares estadounidenses. A fin de modernizarse y garantizar su supremacía militar, necesitarán una fuerza de robots de tierra armados y coordinados por drones que desde el aire los organicen para analizar el terreno, avanzar y ganar. La administración Biden tendrá que trabajar en esa dirección si no quiere verse superada por potencias rivales. Pero mientras tanto este mismo ejército ha estado comprando datos de geolocalización de ciudadanos a apps comúnmente utilizadas por todos para orientarnos. Lo publicaba VICE esta semana, explicando que esos datos les permiten fijar objetivos sobre individuos o infraestructuras para ataques con drones armados. 

Al mismo tiempo que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, volvía a poner sobre la mesa la necesidad de que Europa tenga su propio ejército de defensa en lugar de depender tanto de la OTAN y Estados Unidos. Esta posibilidad, que se ha barajado como hipótesis desde el final de la II Guerra Mundial, podría cobrar forma ahora que los estadounidenses se preguntan, por primera vez, si su país tiene que seguir actuando como policía del mundo. El New York Times analizaba las dos posiciones, a favor y en contra. 

Sáhara, un berenjenal en el desierto

Marruecos está poniendo especial interés en no usar la palabra guerra para definir el nuevo conflicto desatado en el territorio colonial español. Con ese término califica todavía la ONU al Sáhara, nuestra antigua posesión territorial en el norte de África. Es un tecnicismo, porque no reconocen el Acuerdo de Madrid, 1975, según el cual España cedía su «provincia» a Marruecos y Mauritania. Estamos obligados por tanto a descolonizarla, lo que a estas alturas a saber qué significa. La ONU tiene además una misión de paz, la MINURSO, cuyo objetivo es que los saharauis voten en referéndum si quieren pertenecer a Marruecos o independizarse. 

A quien sí reconocen las Naciones Unidas como único interlocutor válido es al Polisario, un movimiento de liberación nacional saharaui. Su objetivo es desestabilizar la región para evitar que Marruecos pueda explotarla económicamente —el territorio es básicamente un destino turístico—. En la actual reactivación del conflicto el Polisario ha pedido a la ONU que actúe. Aunque lleva sin hacerlo desde que constituyó su misión de paz, en 1991. Marruecos confía en el tiempo para que este asunto se resuelva solo, y España procura mantenerse neutral. ¿Es un conflicto legal, político o militar? No resulta fácil responder

Otros conflictos con enfrentamiento militar siguen muy activos este 2020 en Afganistán, Siria, Yemen, o Tigray, donde ha habido nuevos bombardeos. Incluso el del Nagorno Karabaj, solventado con la entrega de territorios a Azerbaiyán, puede desembocar en un nuevo conflicto en Armenia

Mientras todo esto dure, dame más droga

Junto a la pandemia de coronavirus preocupa a los médicos el aumento de problemas en salud mental, por la amenaza constante del virus, los confinamientos y la incertidumbre. En todo el mundo se busca alivio a esta situación de estrés, y ello ha influido en las drogas que consumimos, y el modo en que lo hacemos. 

En Europa las drogas de consumo social, como la cocaína, han dado paso en su pico de consumo al cannabis, más habitual en el hogar. El confinamiento de marzo generó un descenso acusado del narcotráfico, que se ha recuperado conquistando el canal online, especialmente las aplicaciones de mensajería encriptada. Una conversión digital análoga al teletrabajo. 

En Estados Unidos también se ha producido este fenómeno, aunque en su caso la legalización ha disparado el consumo medicinal y recreativo del cannabis. Especialmente de pastelitos y dulces, en lo que ya se denomina una nueva pandemia, la de marihuana. El helado de chocolate, chile y cannabis se encuentra entre los productos más demandados. Especialmente ahora, cuando al estrés del coronavirus se ha sumado el de las elecciones presidenciales, que han disparado el uso de la marihuana todavía más. También ha cambiado el perfil del consumidor, donde ahora predominan madres y abuelas, que se suman a los jóvenes que ya consumían. Hablamos del país que aún sufre una plaga por el consumo de opiáceos, que los médicos recetaban sin control porque sus fabricantes ocultaron su efecto secundario, la drogodependencia. 

España no tiene en mente la legalización del uso medicinal de esta planta. Bueno, al menos el gobierno no, aunque Podemos asegura estar trabajando en una ley integral que presentará a mediados de legislatura, sin apoyo del PSOE. Ya hablé en un Futuro dedicado íntegramente al cannabis de la escasa defensa que tiene su potencial económico como excusa para su regulación. Hay que considerar además que cada vez más estudios científicos relacionan el comerla o fumarla con dolencias cardíacas, estos dos son de 2020. Ninguno asegura que la relación sea directa, y eso quiere decir que es necesaria más investigación. 

Aunque es imprevisible saber qué efecto internacional generará la próxima legalización federal en Estados Unidos. Es una de las pocas cosas en que los dos partidos parecen coincidir, sí, los de Trump y Biden están de acuerdo en esto, y se cree muy posible que ambos voten a favor en el Congreso. Lo que significaría legalizar por primera vez esta droga en un país de 331 millones de habitantes. 

Ni las IAs pueden vencernos

«Somos colectivamente responsables de todo lo que pasa, pero no individualmente culpables». Esta frase la tomo de esta reflexión del MIT sobre el presentismo histórico, la manía de pensar a corto plazo que caracteriza a nuestras sociedades. Y que según ellos definirá nuestra época. Nunca habíamos tenido a nuestra disposición tantas formas de destruirnos a nosotros mismos, con robots asesinos, guerras, drogas, pandemias que no controlamos, cambio climático, plásticos hasta en el aire que respiramos, y ese largo etcétera de problemas del presente. Podemos enfrentarlos como colectivo. No vencerlos como individuos. Lo dice el Instituto de Tecnología de Massachusetts.


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Futuro Imperfecto #37: A la economía por la maría

Imagen: Pixabay.

Ya es agosto y seguimos sin beber suficiente cerveza. Es al menos lo que hemos podido deducir de esta dato: en plena temporada de cosecha los agricultores están almacenando la cebada en lugar de venderla, porque su precio está por los suelos. Resulta absolutamente insólito en un país que es a la vez un gran productor mundial y uno de los mayores importadores de este cereal. Pero con un 60% menos de clientela en locales de ocio, bares, restaurantes y hoteles, las cerveceras simplemente no lo necesitan. 

No tenemos turistas, no salimos, no bebemos, y tampoco compramos ropa, cuyas ventas han descendido un 20% respecto a la pasada temporada veraniega. En el resto de sectores las cosas no van mejor. El lunes El Confidencial estimaba que apenas hemos recuperado el 40% de la actividad previa a la cuarentena. La consecuencia es un perjuicio individual y empresarial, que también sufrirá la hacienda pública. Menos impuestos, menos ingresos, y una deuda que por las ayudas de los ERTE y el cese de actividad de autónomos, entre otras medidas, puede dispararse por encima del 120 %.

Quizá ha llegado el momento de ponernos a cultivar maría.

La carrera por el cannabis

No, este redactor no se ha fumado nada. Europa es uno de los grandes consumidores de cannabis, y España destino deseado para el cultivo por inversores canadienses y estadounidenses. Por clima, condiciones y tradición en el mercado del cáñamo reunimos las condiciones para ser líderes en el continente, además de puerta de entrada a la Unión Europea. 

Por el momento no se piensa en abastecer el consumo recreativo, sino en el mercado de los tres medicamentos comercializados hasta la fecha: Cesamet® (nabilona), Marinol® (dronabinol) y Sativex®. Se prescriben, donde son legales, para aliviar a pacientes de cáncer sometidos a quimio y radioterapia, para tratar la anorexia despertando el apetito, aplicación equivalente para enfermos de sida, y para alivio del dolor en cuadros de fibromialgia. 

Ya existe un país en nuestro continente, Macedonia del Norte, que aspira a generar el 1 % de su PIB a través de la exportación de marihuana y sus derivados. Para lograrlo ha dictado una serie de medidas que ya han atraído a grandes inversores estadounidenses. Porque además del cultivo libre pretenden avanzar en la investigación de usos médicos y científicos de esta droga. Su gran desventaja frente a España, que no forman parte de la UE.

¿Pero hay tajada o solo humo?

No es fácil informar con rigor sobre la marihuana. Sus defensores prometen la luna y sus detractores recuerdan que es una droga análoga a la heroína o cocaína. Pero la pregunta que yo quiero plantear hoy en este newsletter es si resultaría rentable legalizarla imitando los modelos de Estados Unidos, Canadá, u Holanda. Tenemos el 12% del PIB generado por el turismo en riesgo y a nuestros agricultores sometidos a un recorte en las ayudas de la PAC. 

Veamos las últimas cifras. Según el banco de inversión Cowen el mercado global del cannabis podría alcanzar en 2026 un volumen de 50 000 millones en Estados Unidos. El fondo de inversión canadiense Marijuana Horizons ETFs calcula 174 000 millones como cifra mundial. Este mes de abril informó además que en Canadá la cifra de negocio del cannabis había alcanzado los 180 millones de dólares

Canadá podría ser un modelo de comparación para España porque tiene un número de habitantes similar al nuestro, y allí la marihuana es legal para consumo propio —puede comprarse en tiendas en internet y cultivarse en casa— y también emplearse para uso medicinal. Su cifra de negocio de abril es interesante, porque en nuestro país una de las primeras empresas dedicadas al cultivo medicinal, Linneo Health, facturó en 2018 58,7 millones de euros. Esta compañía cuenta con la autorización más amplia por parte de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, AEMPS. Tiene permitido el cultivo, producción, fabricación, distribución, importación y exportación de cannabis, y esa diversificación explica en parte su volumen. Las otras ocho empresas se dividen entre las que investigan el producto con fines médicos y científicos, y las productoras. El caso de CAFINA es interesante, porque fue adquirida el año pasado por Canopy Growth, el mayor productor de marihuana del mundo, y porque ha sacado su know-how del tradicional cultivo español de cáñamo.

Habría que triplicar la cifra de Linneo Health para alcanzar el volumen canadiense, y ese es un objetivo ambicioso pero no imposible en el medio plazo. Y especialmente fácil de alcanzar si legalizamos su consumo. Somos el país europeo que más cannabis consume, y en donde más incautaciones de hierba y resina se producen. Por tanto, y sin entrar en consideraciones de salud o sociales, tenemos un mercado potencial con grandes posibilidades de negocio. Los que son consumidores y compran en el mercado negro podrían adquirir su producto, caso de legalizarse, en los estancos, si el precio fuera inferior al de la calle.

Más del 50 % de jóvenes españoles entre catroce y dieciocho años consumen cannabis de forma regular.

Cuántos euros ganaríamos con la legalización

Hace dos años la Universidad Autónoma de Barcelona estimó que los ingresos derivados de la legalización del cannabis podrían ser de 3312 millones de euros anuales entre impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social. En su estudio aparecían otros datos interesantes, como que la demanda legal sería de 820,5 toneladas. 

Pero incluso si se cumplieran las predicciones de la UAB, debemos considerar que los ingresos por IRPF de Hacienda en 2018 fueron de 82 859 millones de euros. Tres mil millones más producidos por la maría no es una cifra enorme, aunque casi cubre lo calculado para implantar el Ingreso Mínimo Vital. Ahora bien, si lo comparamos con el resultado fiscal del cannabis en las economías donde hace años que se legalizó, parece un cálculo más que optimista.

Y siendo honestos, con este panorama estamos muy lejos de cubrir los 176 000 millones que el turismo aporta a nuestra economía, o los 25 000 millones de la agricultura. Quizá debemos fijarnos entonces en los posibles ingresos para Hacienda si fomentamos este sector empresarial. Porque desde luego si de algo vamos a estar necesitados en esta crisis es de ingresos vía impuestos. 

Tomemos de ejemplo países y Estados con un largo período de legalización. California esperaba obtener 643 millones de dólares de su regularización pero obtuvo 345, Canadá ha llegado a 32, a Holanda le resulta difícil calcularlo, los cálculos optimistas esperaban 400 millones, y actualmente no existe un dato fiable. Claro que la legalización holandesa es o bien un absurdo, u otro de esos esquemas propios del país para evadir impuestos, de los que hablé en el anterior Futuro Imperfecto.

El problema o la ventaja de una legalización esquizofrénica

La situación del cannabis en Holanda es un absurdo. Puedes adquirir marihuana legalmente para consumo propio en los coffe shops, sobre una carta con diferentes precios y calidades. En teoría debes fumarla allí, pero no tendrás problemas si te la llevas porque la cantidad que te venden entra en la de posesión legal. Pero todo esto no significa que el cultivo y venta sea legal. Las coffe shops adquieren el producto en el mercado negro a las mafias y lo lavan vendiéndolo con autorización. 

Holanda tiene además un enorme problema entre sus agricultores, muchos de los cuales viven al borde de la bancarrota. Ello ha provocado un cultivo generalizado ilegal del cannabis, que ya alcanza un volumen de 4800 millones de euros. Es una cifra que corresponde a la provincia de Brabante, y de la cual 800 millones se generan en la ciudad de Tilburgo. En la UE es un secreto a voces que ese territorio es el principal proveedor de semillas ilegales de cannabis además de exportador ilegal de maría por el continente. De hecho si en España es más común la resina de cannabis es porque llega de Marruecos, geográficamente más cercana a nosotros. Cuando más al norte viajas, más hojas, menos resina.

Lo relevante de todos estos datos es que si Holanda se decidiera a legalizar el cultivo, imitando a Canadá o EE. UU., pasaría a ser el líder indiscutible del mercado europeo. Ya tiene la infraestructura, solo necesita hacerla legal y comenzar a recaudar. Ahora bien, si no se ha decidido a hacerlo puede ser por la impopularidad de la medida, o porque entonces sus agricultores irían definitivamente a la quiebra, al perder la ventaja del cultivo de un producto que no paga impuestos. 

En España no avanzamos

De momento el gobierno no reactivará nuestra economía por la maría, porque para hacerlo necesitaría modificar la Ley de Normas sobre estupefacientes de 1967, actualmente en vigor. Esa legislación responde a la adaptación de España al Convenio de la ONU de 1961, también vigente en todo el mundo. Y resultado además de la posición hegemónica de EE. UU., que en aquel momento exigió que se igualaran las prohibiciones para la heroína, cocaína, opio, hojas de coca, oxicodona y cannabis. De ese modo opiáceos, drogas duras y blandas han acabado teniendo restricciones muy similares. El objetivo final era que solo se usaran con fines médicos y haber acabado con el consumo recreativo en un plazo de veinticinco años. Lo que se consiguió para 1986, más bien, es que los mafiosos se convirtieran en narcotraficantes —ver El padrino III—, que la Yakuza japonesa alcanzara su esplendor, y que el consumo de heroína difundiera el sida —Trainspotting, cine quinqui español—, además de otros muchos problemas sociales.

Nuestro país no tiene intenciones de legalizar la marihuana, más allá de la inclusión de intenciones en el programa de Podemos. El resto de partidos ni lo mencionan. Sí ha habido un camino para la aplicación médica, ahora más prometedora, pues a las aplicaciones de los principios activos del cannabis se ha unido la capacidad para reducir la respuesta inflamatoria del COVID-19, y por tanto evitar la neumonía asociada. Pero las promesas de sus defensores no se corresponden, de momento, con sus proyecciones reales. Si la marihuana puede aportar felicidad al mundo, de momento seguirá haciéndolo como solía, y no reactivando nuestra maltrecha economía. 

Futuro Imperfecto se despide hasta el 29 de agosto

Esta semana me he saltado todas las normas del newsletter, en parte como despedida temporal, en parte como homenaje a la persona con que comencé este proyecto, Guillermo de Haro, y a su otro impulsor, Ángel L. Fernández. Pero también para aliviar a los lectores de tanta realidad atosigante, espero que despertando además alguna sonrisa cannábica. Esta anomalía semanal se publicará otra vez a partir del 28. Hasta entonces, apuesten por la evasión.


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La maldición de la superviviente

Natja Brunckhorst en Yo, Cristina F., 1981. Fotografía: Solaris Film / Maran Film / Popular Filmproduktion / CLV-Filmproduktions / SDR.

Berlín, 10 de abril de 1976.

David Bowie abre el concierto de su gira Isolar con el tema «Station to Station». En los primeros acordes, mientras suena de fondo el sonido de los trenes, se proyectan imágenes de Un perro andaluz. La famosa escena en la que una joven deja tranquilamente que le corten el ojo provoca la catarsis, mientras la voz de Bowie se derrama:

I must be only one in a million
I won’t let the day pass wihtout her
It’s too late…

Entre el público, Christiane, de trece años, se envuelve en una especie de melancolía plástica, sobrepasada por aquella canción que es al mismo tiempo una profecía y una crónica de los hechos. Después del concierto, se inyectará heroína por primera vez.

A diferencia de Bowie, que debido a la cantidad de cocaína que consumía en esos días no recordaba casi nada de aquellos tiempos, ni siquiera la grabación del disco que contenía esa canción, Christiane sí lo recuerda absolutamente todo, con la lucidez cruel con la que recuerdan los niños.

La historia que conmovió a Europa

En 1978 Christiane es llamada a declarar como testigo en un juicio contra un hombre que pagaba a menores con heroína a cambio de sexo. Allí conoce a Kai Hermann y Horst Rieck, periodistas de la revista Stern, que estaban trabajando en un reportaje sobre los efectos de las drogas en los adolescentes. Un tema que en aquel momento estaba rodeado de muchos tabúes, y para el que era complicado encontrar fuentes fiables dispuestas a dar información. Lo que empezó como una entrevista de dos horas se convirtió en un trabajo de documentación de dos meses, una serie de artículos que se publicaron primero en la revista Stern y que más tarde se recopilaron en un best seller traducido a quince idiomas cuyo título original fue Wir Kinder vom Bahnhof Zoo (Los niños de la estación del zoo). Por esos misterios insondables de la traducción de títulos, en español se llamaría: Yo, Christiane F. Hijos de la droga.

La historia de Christiane es el testimonio en primera persona de su infancia y su tierna adolescencia. Comienza cuando llega con sus padres desde Hamburgo para establecerse en Berlín Oeste hasta los quince años, en el momento mismo del juicio de uno de sus clientes por abuso de menores.

Su viaje, estación a estación: niña, drogadicta y prostituta.

En 1981 la escena del concierto se repite: David Bowie ya no consume cocaína y la adolescente Natja Brunckhorst actúa por primera vez ante una cámara, haciendo de Christiane en la versión cinematográfica del libro. El director, Uli Edel, impresionado por el impacto del libro, tenía claro que no había que hacer casi nada más que contar la historia tal cual, llevar al espectador de la mano al mismo lugar al que lo llevaba el testimonio de Christiane, a esa misma atmósfera asfixiante.

No hubo actores profesionales, eran adolescentes de la misma edad que los protagonistas, ni extras, sino verdaderos yonquis y prostitutas, la música era de Bowie y los escenarios fueron las localizaciones reales.

Christiane F. se convirtió en una obra de culto casi inmediatamente. La película que conseguía retratar Berlín sin hablar de Berlín, la sociedad fragmentada sin mencionar el Muro, la plaga de la heroína que estaba en aquel momento barriendo Europa y el golpe mortal a las conciencias que se tranquilizaban a sí mismas pensando que aquello era un problema de inmigración o marginalidad.

Christiane Felscherinow, de trece años, hija de padres obreros, que vivía en una torre de hormigón de un barrio medio del Berlín Oeste, entraba por las noches al club S.O.U.N.D. aunque no tuviese la edad mínima para hacerlo. La que en los setenta se anunciaba como «la discoteca más moderna de Europa» dejaba entrar a menores y ponía todo tipo de drogas a su alcance.

Una niña con un padre primero alcohólico y luego ausente, y una madre que trabajaba todo el día, como tantas, como miles, hacinada en un barrio de bloques idénticos, buscaba un lugar al que pertenecer con la temeridad con la que se salta por un precipicio.

En el tráiler de la película, Christiane y sus amigos corren de noche por el Europacenter, el centro comercial más importante de la ciudad en aquel momento, escapando de la policía mientras se ríen y suena «Heroes».

Though nothing, nothing will keep us together
We can beat them, forever and ever
Oh, we can be heroes just for one day.

Las dos protagonistas de Christiane F., la real y la actriz, ya eran iconos underground. De repente todo el mundo miraba hacia Berlín con los ojos fascinados de quien observa una catástrofe.

La estación del zoo empieza a llenarse de turistas que buscan los sitios exactos donde se rodó la película, gente que hace fotos a las prostitutas y los yonquis como si fuesen parte del decorado de una fiesta temática. Algunos de ellos son amigos de Christiane, que no han conseguido salir todavía de allí, y que ahora se convierten en una atracción.

Carretes de veinticuatro fotos en color para retratar los baños donde se pinchaban y donde Christiane se quedó tirada horas con la aguja en el brazo por una sobredosis, los callejones de alrededor donde buscaban clientes, la parte de atrás, donde se prostituían los chicos. Fotos de vacaciones de ciudadanos normales, honrados trabajadores, tan fascinados por el horror que estaban dispuestos a comprarle una dosis de heroína a uno de los yonquis que deambulaba como un zombi con tal de que les contase de primera mano detalles aún más escabrosos que los del libro.

Niñas en los institutos de toda Europa que imitaban el modo de vestir de Christiane y sus amigos, look de heroinómana y prostituta adolescente de Berlin Oeste. El extraño embrujo del desastre; los yonquis se convierten en los nuevos románticos y, por tanto, en un nuevo estándar de belleza.

Yo, Cristina F., 1981. Fotografía: Solaris Film / Maran Film / Popular Filmproduktion / CLV-Filmproduktions / SDR.

La vida después de la estación del Zoo

El libro y la película terminan con Christiane yéndose a vivir al campo, a casa de su abuela, en Hamburgo, alejada de Berlín, con el organismo limpio de drogas y afirmando orgullosa: he sobrevivido.

Nada deja más reconfortado al público que ver a la protagonista salvarse, saber que hay una salida de emergencia en cualquier historia, por terrible que sea.

Inmediatamente después de la publicación del libro y el estreno de la película, se va a vivir a Zúrich, con sus editores, y, llevada seguramente por esa aura de celebridad con miles de fans en Europa y Estados Unidos, Christiane inicia una breve carrera como cantante, primero con el grupo Sentimentale Jugend y más tarde como solista bajo el nombre de CHRISTIANA. Su estética se vuelve totalmente punk, y las letras de sus canciones son una pura provocación, forzando una vez más esa leyenda de la niña al borde del abismo. Ahora ya no tiene que esconderse de las miradas, puede exhibirse orgullosa.

Ich bin so süchting
Ich find´s so wunderbar.

(Soy tan adicta,
y me parece tan maravilloso).

En 1983 la policía la detiene en casa de un camello y se ve obligada a confesar públicamente que siempre había seguido en contacto con las drogas. Como las desgracias nunca vienen solas, en otoño de ese año recibe una invitación para hacer una gira por Estados Unidos y promocionar la película sobre su vida.

Su realidad ya superaba en aquel momento a su propia ficción. Convertirse en un icono underground no podía ayudarla en nada, era cuestión de tiempo que todo explotase. Sin embargo, peores que una explosión son los pequeños impactos que van alargando una agonía sin sentido.

A partir de este punto la vida de Christiane se vuelve la huida hacia adelante de cualquier yonqui; detenciones, desintoxicaciones, parejas de toxicómanos, relaciones tormentosas, secuestrar a su propio hijo que estaba bajo custodia del Estado y huir, cambios de país para eludir a la policía, hepatitis, cirrosis y unos fans inasequibles al desaliento que quieren seguir sabiendo de ella. No está muy claro si para llorarla, celebrarla o ambas cosas; somos insaciables cuando admiramos a alguien.

En 2013 volvió con un nuevo libro, Christiane F. – Mi segunda vida, explicando, o al menos tratando de hacerlo, qué había hecho todo este tiempo. Dando detalles alrededor de lo que se sabía por los escándalos sucesivos. Que nunca dejó las drogas, que lleva más de veinte años en tratamiento con metadona, que la película no la retrató completamente y que sus padres fueron los responsables de lo que le sucedió. Es curioso, porque en el libro de la segunda vida todo remite a la primera, más bien a la única. Porque toda esta desesperación que transmite una mujer adicta durante tantos años es la frustración de quien no puede volver a un lugar que ya no existe, que en realidad nunca existió.

La maldición de la superviviente

Sobrevaloramos a los supervivientes incluso más que a los muertos. El cine y la literatura nos han inculcado durante años que las víctimas, los perseguidos, los que huyen en general, consiguen ponerse a salvo. El judeocristianismo lleva siglos insistiendo en que Dios busca siempre la salvación de los suyos, aunque tenga que abrir el mar para que huyan de los malos. Y Darwin nos enseñó que sobreviven los más aptos, así que los que resisten, se convierten en seres casi míticos que habitan entre los mortales.

No hay escapatoria; ser superviviente te convierte en protagonista de la película, elegida de los dioses y la más apta para perdurar. Todo ventajas, aparentemente.

Con la emoción, solemos pasar por alto que los que se salvaron tuvieron que ver con sangre fría caer a muchos, y que seguramente su propia supervivencia dependió de dejarles ir y no mirar atrás.

La heroína ha vuelto a Europa con fuerza y Christiane F., la auténtica, volvió también para hablar de sí misma en un ejercicio incómodo de ver, quizá porque los yonquis dejaron de ser sexies hace muchos años, cuando casi se extinguieron.

En su última entrevista dice que hay una parte de ella que nunca salió de la estación del Zoo, que se habría quedado allí si no fuese porque su cuerpo se empeñó en resistir a dos sobredosis y que, a pesar de todo, entre aquellas vivencias horribles de drogas y prostitución están los días más felices de su vida.

Yo, Cristina F., 1981. Fotografía: Solaris Film / Maran Film / Popular Filmproduktion / CLV-Filmproduktions / SDR.


Drugs on the road

Salvajes. Imagen: Relativity Studios.

«La cocaína es el caviar del mercado de la droga». La sentencia procede de una de esas crónicas llamadas de culto del Nuevo Periodismo. Robert Sabbag escribió en 1976 Ciego de nieve, libro fáctico que cuenta las andanzas de Zachary Swan, un pijo listillo que se convirtió en uno de los pioneros del tráfico de coca desde Colombia a los Estados Unidos. Como diría el cursi, el relato periodístico de Sabbag se lee como una novela. Está sabiamente narrado y, sobre todo, plantea situaciones y escenas que de tan reales sobrepasan los lindes de la verosimilitud. El pícaro Swan hizo de todo —incluso inventarse un concurso falso de una marca inexistente de café para utilizar a una pareja de jubilados como felices e ignorantes mulas— y mantuvo un negocio lucrativo hasta que lo cazaron. Carne de talego. Podríamos afirmar que se trata de un visionario del tráfico de farlopa en unos años en los que la heroína y la marihuana eran las reinas del mercado de la droga en Norteamérica. Así cuenta Sabbag cómo era aquel negocio emergente y rentabilísimo:

La preparación de la cocaína no exige procesos químicos complicados; puede montarse en un laboratorio con una inversión de mil quinientos dólares en el equipo. Los traficantes bolivianos compran la pasta a los campesinos y la procesan ellos mismos o la exportan con un beneficio del trescientos por cien a laboratorios de Argentina, Paraguay, Brasil y Chile. Hasta que cayó Allende en 1973, Bolivia exportaba la mayoría de su pasta a Chile, que ha tenido siempre fama de contar con los mejores químicos especializados en cocaína de Sudamérica; fueron ellos quienes enseñaron a los campesinos bolivianos a convertir en pasta la hoja de coca. El Perú (con Bolivia, los únicos países latinoamericanos en donde es legal el cultivo de la coca y que juntos producen aproximadamente 11,5 millones de kilos de hojas al año, de los que el principal importador mundial es Norteamérica, que compra al año de 200 000 a 250 000 kilos) exporta principalmente a Ecuador y Colombia. Y Colombia envía más cocaína a los Estados Unidos que ningún otro país de Sudamérica. 

Nos ubicamos, de esta manera, en el país exportador: Colombia. Sabbag también aventura la hipótesis sociológica del auge de la cocaína en Estados Unidos desde mediados de los años sesenta: «La coca es estatus». Su elevado precio la convierte en la droga de los triunfadores. Sus efectos coinciden con una moral basada en la energía creativa, el optimismo y la euforia desbocada. De ahí que, como es por todos sabido, la coca se convirtió en la droga predilecta de los lobeznos de Wall Street durante las décadas de los ochenta y noventa del pasado siglo. 

Pronto, no obstante, todo aquel festín se desbordaría en un imperio del terror y en pesadilla de enganchados paranoicos y verbosos. Plastas de barra fija con las pupilas a punto de estallar.  

Ficciones farloperas

La literatura, el cine, la música y demás manifestaciones de la cultura popular han experimentado una atracción por el mundo de la droga y el narcotráfico que, en algunos casos, no ha estado carente de fascinación. El precio del poder de Brian de Palma tal vez representa el epítome de este subgénero farlopero. Partiendo del film Scarface de Howard Hawks, Oliver Stone (en funciones de guionista) plantea el ascenso criminal y la caída en pleno éxtasis cocainómano de Tony Montana (un Al Pacino en su vena más desfasada), macarra que sueña en convertirse en el gran narcotraficante de Miami. Ahí es nada. 

Realizada en 1983, El precio del poder ponía el foco en la cultura narco emergente, caracterizada por su ostentación un tanto hortera, una furibunda violencia y el ansia desmedida de poder. Si Robert Stone había novelado en Dog Soldiers la ruta de la heroína durante la guerra de Vietnam, Ridley Scott narró en American Gangster las andanzas tailandesas del traficante Frank Lucas en el mismo conflicto bélico o en Manhattan Sur Michael Cimino ponía el foco en la mafia china y sus trapicheos opiáceos (también con notable libreto de Oliver Stone), de la misma manera la ficción ha rastreado los pormenores del funcionamiento del tráfico de cocaína en América.

Los ejemplos son múltiples, pero si hemos de atender estrictamente al nacimiento de los grandes cárteles colombianos, la serie de Netflix Narcos se debe llevar mención especial. Su primera temporada es un prodigio en cuanto a recreación del apogeo del narcoterrorismo colombiano y especialmente de la figura de Pablo Escobar. Narrada a partir de la voz en off del agente de la DEA (oficina de narcóticos del gobierno norteamericano) Steve Murphy, la serie arranca allí donde el citado libro de Sabbag se detiene. Y si en Ciego de nieve la realidad contada podía parecer inverosímil, Narcos parte de la ficción para abordar unos hechos que sobrepasan la imaginación de los más audaces guionistas hollywoodienses. Sin ir más lejos, resulta increíble que un tipo como Escobar llegara a ser candidato al Congreso de la República como suplente de un parlamentario que fue elegido en 1982 y cuyo puesto ocupó cuando el titular renunció poco después. La carrera política del narcotraficante quedó truncada al poco tiempo, sin embargo, queda como un dato significativo de la visión que la sociedad colombiana de entonces tenía del delincuente. Él mismo se presentaba como un benefactor. Un aguerrido Robin Hood que, haciendo negocios con los capos imperialistas, ganaba la guita para dársela a los pobres. Construyó barrios, instalaciones y campos de fútbol para los más humildes. Dio empleo en sus cultivos de coca y repartió billetes a mansalva para ganarse el favor del pueblo y forjarse una leyenda de bandolero bonachón. Mientras tanto, vivía como un orondo marajá y en guerra abierta con las fuerzas del Estado, practicó el asesinato de políticos, jueces y policías, la extorsión, la tortura y el terrorismo a gran escala. Entre los cinco mil asesinatos que se le atribuyen, destaca el atentado que ordenó en contra de un vuelo de Avianca que le costó la vida a ciento siete pasajeros, seis tripulantes y otras tres personas que estaban en tierra. En fin, un matarife de mucho cuidado. 

En la frontera 

Pablo Escobar y su cártel de Medellín sirvieron de ejemplo a los nuevos capos del narcotráfico en México. La ficción cinematográfica, qué duda cabe, se ha ocupado de ello con mejor o peor fortuna. Traffic, de Steven Soderbergh, Salvajes, de Oliver Stone (esta vez en funciones de realizador y partiendo de la novela homónima de Don Winslow) o la más reciente Sicario, de Denis Villeneuve, son ejemplos al azar de una larga lista sobre una devastadora realidad que supone un filón de ficciones. Pero si hablamos de narcotráfico fronterizo es inevitable detenerse en una novela: El poder del perro de Don Winslow. Nadie mejor que un escritor mexicano para detectar las virtudes incuestionables de este thriller durísimo, adictivo e inmisericorde. Así, Sergio González Rodríguez escribió en El País (8/8/2009):

El poder del perro muestra una fuerza narrativa extraordinaria y una redondez fuera de lo común: el relato abre y cierra un ciclo. Su cuidadoso equilibrio entre lo trágico, la ironía y lo absurdo de las prácticas violentas en plena competencia sin regla alguna parece resumir lo que el lector lleva en su memoria sobre México, y lo acomoda de una forma original y persuasiva por el protagonismo del héroe y sus afectos tensos entre amigos y enemigos. Lejos de plantear un escenario previsible en el que los buenos se diferencian de los malos para facilitar la lectura de los aspectos más amargos de la lucha por la supervivencia, desliz rutinario en el género del thriller, Winslow establece puentes afectivos entre los principales personajes del drama, lo que ocasiona que el lector se contagie y apasione con tal forcejeo. El afecto se transforma en el ingrediente adictivo de la novela: todo es personal.

Todo es personal y trágicamente real. A partir de los resortes del relato novelístico, Winslow fija la mirada sobre una cotidianidad extraordinaria para el cómodo lector de beato sillón: torturas, asesinatos, violencia sin pausa, exhibicionismo gore y perturbado. En estos casos se apela a Shakespeare. El propio Winslow se aferra a los datos para justificar el realismo de sus novelas. Concretamente de El poder del perro. La mejor de todas ellas. Solo hace falta rastrear cualquier reportaje sobre el Chapo Guzmán y el cártel de Sinaloa para apreciar que el novelista, en este caso, no es más que un cronista bien informado con cierta habilidad para enhebrar un hábil best seller. Y, ya que nos referimos al Chapo Guzmán, sería injusto no mencionar al actor Sean Penn metido en labores de reportero dicharachero. Otra muestra ejemplar de que los profesionales de la ficción no han podido resistirse a una realidad que les sirve historias sorprendentes en bandeja de plata. Tal y como dicen que servían la farlopa en las farras de los (falsos o verdaderos) triunfadores de finales del xx y que al final fueron devorados por su delirante y eufórica compulsión inhaladora. 

Aun así, la ruta de la droga no cesa. Ni su festín on the road en rayas continuas. 


Las guerras del Opio: cuando el gigante chino despertó de su letargo

Fumadero de opio, China, 1901.

Conceda Su Alteza, en el mismo momento de recibir esta comunicación, informarnos lo más prontamente posible del estado actual de la cuestión, así como de las medidas que estéis adoptando para detener ese mal llamado opio. Por favor, que vuestra respuesta sea rápida. De ningún modo pongáis excusas o lo dejéis para otro día. Se trata de una comunicación de la mayor importancia.

PS: incluimos como anexo un resumen de la nueva ley que estamos a punto de aplicar:

—Sobre cualquier extranjero o extranjeros que traigan opio a la China continental con intención de venderlo: el responsable principal será decapitado, sus ayudantes serán estrangulados, y toda propiedad hallada a bordo del barco será confiscada. Se concede el periodo de un año durante el cual, si alguien trae opio por error pero voluntariamente lo declara y lo entrega, será absuelto de todas las consecuencias de su crimen. (Extracto de la carta de Lin Hse Tsu, comisario imperial de China y gobernador de Cantón, a la reina Victoria de Inglaterra, 1839).

El 11S de la China imperial

El sueño había terminado. El espejismo de la Gran Muralla, de la milenaria inviolabilidad del Imperio, se había desvanecido para siempre. En 1860, un contingente —no especialmente numeroso— de tropas británicas y francesas profanaba uno de los sacrosantos símbolos de la dinastía imperial china: el fastuoso Palacio de Verano, erigido en las afueras de Pekín por el pretérito emperador Qianlong. Los chinos se sintieron profundamente sobrecogidos por aquel suceso. Para ellos, era como asistir a una pesadilla: por causa de aquel inesperado saqueo, en cuestión de horas, toda una cultura milenaria fue sacudida hasta sus cimientos. Las gentes del vasto Imperio chino, una nación autosuficiente que antes había contemplado con desdén al lejano mundo exterior y para la que todo extranjero era un «bárbaro», asistían ahora atónitas al angustioso espectáculo de unos soldados extranjeros que destruían una de las joyas más representativas de su ahora resquebrajada autoestima cultural, y saqueaban codiciosamente los tesoros alojados en aquellos palacios construidos para el descanso exclusivo de los divinos emperadores. ¿Por qué, se preguntaban los chinos, estaba sucediendo algo así? ¿Acaso los cielos los habían abandonado? ¿Cómo era posible que su nación, que para ellos había sido el auténtico centro del universo durante miles de años, estuviese sufriendo un ultraje de semejante magnitud a manos de un puñado de bárbaros sucios e ignorantes? ¿Cómo era posible que no respetasen la noble y serena belleza de aquellos sacrosantos lugares? ¿Por qué se llevaban hasta el último objeto que podían almacenar en sus barcos, y por qué lo incendiaban y lo destruían todo después? ¿Eran aquellos saqueadores hombres, o animales? ¿Por qué la honorable y civilizada China, que por entonces contaba más de trescientos millones de habitantes, no había podido impedir aquella violación, aquel insulto perpetrado por un rebaño de bestias con forma humana?

En realidad, el traumático asalto al Palacio de Verano —que dejó una hondísima huella en la mentalidad de las siguientes generaciones de chinos— no era más que la culminación de un proceso de choque entre dos culturas que parecían proceder de planetas distintos, dos mundos que muy difícilmente podían entenderse. Por un lado estaba la cultura china: tradicionalista, inmovilista, anclada en antiguas creencias y esquemas mentales inalterables, cerrada en sí misma y hasta entonces felizmente ignorante de cuanto sucediese más allá de sus fronteras. China era el país más poblado del mundo y el tercer territorio más extenso, únicamente por detrás de Rusia y del continente helado de la Antártida. Los chinos nunca habían necesitado al mundo exterior, así que lo habían desdeñado como territorio incivilizado. Ciertamente, sus vecinos asiáticos no solían causarles mayores problemas. Sin embargo, desde algunos siglos atrás, por sus aguas habían ido apareciendo unos personajes exóticos y ambiciosos: los europeos. Primero fueron los españoles y portugueses, más tarde los holandeses, franceses, británicos… comerciantes, soldados y aventureros que representaban la punta más afilada de una lejana cultura, gentes que procedían de lugares muy lejanos y que traían consigo costumbres extrañas. Porque Europa era el reverso de China: aquí, las tradiciones habían volado en pedazos culminando una tradición de siglos y siglos de cambio constante. La ciencia había dado un salto fundamental y la revolución industrial estaba cambiando las vidas de los europeos, así que sus antiguas creencias estaban en entredicho. Los europeos, acostumbrados a pelear entre sí desde tiempos inmemoriales, eran un conglomerado de culturas encerradas en un territorio comparativamente muy pequeño, así que no solamente estaban interesados por el mundo exterior desde siempre, sino que ahora se habían embarcado en un ambicioso esfuerzo por intentar dominar el planeta entero. Aquellas dos culturas, decíamos, estaban condenadas a no entenderse. El detonante final del conflicto, lo que llevó a ambos bandos a protagonizar dos rápidas y decisivas guerras —o más bien una guerra intermitente dividida en episódicos golpes de efecto—, fue el único material que interesaba a ambas partes de la frontera, el único objeto de interés que chinos y «bárbaros» tenían en común: el dinero.

Asia, El Dorado del Imperio británico

A mediados del siglo XIX y de entre todas las naciones europeas que procuraban hacer fortuna en Asia, la que más poder había acumulado era el Reino Unido. Su influencia en aquel continente había crecido exponencialmente gracias a dos importantes factores: uno, el dominio casi hegemónico de los mares por parte de la flota británica, tanto militar como mercante. Aquello había revolucionado la manera en que un país insular, pequeño y con pocos recursos naturales como el Reino Unido podía extender los tentáculos comerciales a prácticamente todos los rincones del globo, llegando incluso a construir un imperio propiamente dicho con posesiones en los cinco continentes. El otro factor, que se aprovechaba de lo anterior, era la considerable potencia industrial británica, apoyada en invenciones como la máquina de vapor. Los británicos fabricaban mucho y muy deprisa. Tenían una ingente cantidad de productos que vender y considerables medios navales con los que llevar esos productos a cualquier parte del planeta, así que una agresiva política comercial convirtió al Reino Unido en una máquina exportadora, la cual en ocasiones empujaba a la industria de otras naciones a la quiebra.

La India, por ejemplo, había sido una de las principales víctimas del potencial económico británico. La industria textil inglesa, impulsada por la productividad de sus revolucionarios métodos, había ahogado la producción local de la India, gran productora de algodón para la que la industria textil había sido un pilar fundamental de crecimiento industrial hasta principios del siglo XIX. Sin embargo, avanzado ese mismo siglo ya había muchos indios que vestían ropas fabricadas en las islas británicas y no ropas fabricadas por sus propios compatriotas. Los textiles indios se quedaban sin vender. No podían competir en ritmo de producción (y por lo tanto en precios) con el textil inglés, así que terminaron sucumbiendo a la competencia. Aquello provocó que la India sufriera una desastrosa balanza comercial con Inglaterra y el país asiático no encontraba manera de compensarla. A mediados del XIX, más de la mitad del total de las exportaciones indias se resumía en seis productos. Por un lado materias primas para la industria textil: el algodón, el yute y la seda a granel. Por otro, productos de alto valor añadido: el azúcar, el opio y muy especialmente el té. Todos tenemos la imagen arquetípica del inglés sosteniendo una taza de té. Efectivamente, el corazón del imperio británico comenzó a consumir ingentes cantidades de té en cuanto sus ciudadanos descubrieron las virtudes de aquella hierba asiática que podía tomarse en infusión, una hierba cuyas propiedades muchos consideraban superiores a las del café. La India era uno de los principales productores mundiales de la planta, así que el té indio se volvió muy preciado en Inglaterra: continuamente partían de Asia barcos bien cargados para garantizar un suministro constante de té en las islas. Pues bien, ni con la masiva exportación de té conseguían los indios rescatar la economía local, porque básicamente no había té suficiente que pudieran vender para pagar todo lo que ellos compraban a los ingleses. Durante aquella primera mitad del siglo XIX, la antaño prometedora industria india implosionó: por cada caja de té, por cada saco de azúcar, por cada bala de seda y por cada pedazo de algodón que lograban vender al exterior, compraban una muy superior cantidad de textiles y productos manufacturados en el extranjero. En consecuencia, la ruina. 

Aun así, los ingleses no tenían suficiente con el té indio. Cuanto más dinero ganaban los británicos gracias a su floreciente imperio comercial, más té deseaban consumir. La demanda llegó a ser verdaderamente enorme y ni siquiera toda la producción de la India podía satisfacerla, así que los comerciantes volvieron sus ojos hacia el otro gigante asiático, China, que también era un gran productor de té. Había que comprar té chino. Los británicos planeaban realizar la misma jugada en China que en la India: llevarse el té local mientras apisonaban la economía local vendiendo sus propios productos a los chinos, productos que la moderna industria británica podía fabricar con la velocidad del relámpago. Así, importaban aquella bebida que sus conciudadanos compraban con entusiasmo pero lo compensaban invadiendo el mercado chino. Una doble vía para enriquecerse. 

Pero existía un serio problema, un obstáculo que inevitablemente iba a imponerse en los planes británicos. Y ese problema era simple de resumir: China no era la India. En la India, los británicos habían encontrado no solamente una víctima propiciatoria para sus tácticas comerciales, sino también un país dividido, desestructurado por el declive del Imperio mogol y, para colmo de males, depauperado por una racha de malas condiciones climáticas que habían dañado la producción agrícola y alimentaria. Cuando Inglaterra volcó su potencial industrial sobre la India, los indios apenas estaban en condiciones de organizarse para defenderse. India era por entonces un país debilitado, sin un centro de gravedad claro ni una dirección concreta. Pero absolutamente nada de eso sucedía en China. 

Mujeres clasificando té. Fotografía: Lai Afong , tomada entre 1860 y 1880.

El país que no compraba nada

Si bien muchas de las costumbres de la China de entonces pueden parecernos —porque lo eran— arcaicas, incomprensibles e incluso crueles, lo cierto es que a su manera se trataba de un país muy sofisticado y en algunos aspectos incluso más sofisticados que los países occidentales. China contaba con un gobierno fuerte, con unas configuraciones sociopolíticas sólidas y con un sistema de valores que reforzaba en ellos la impresión de pertenecer a la civilización más grande del planeta. Los chinos llevaban siglos cultivando la intelectualidad, el refinamiento y el complejo arte de la burocracia. Su evolucionada cultura apenas podía sorprenderse de nada. Los occidentales, acostumbrados a deslumbrar a los habitantes de otros continentes con sus logros técnicos y su ímpetu emprendedor, subestimaron a los chinos —tal y como los chinos subestimaban también a los extranjeros—, creyendo que resultarían fáciles de seducir. Se equivocaron. Cierto es que China tenía un régimen imperial arcaizante… pero que también contaba con gobernantes y funcionarios muy preparados. Gentes a quienes no se podía tomar el pelo fácilmente ni impresionar con trucos llamativos. Los chinos, ante cualquier asunto, pensaban rápido y llegaban a conclusiones claras. Cuando veían lo que estaba sucediendo en la India, tomaban buena nota y preparaban medidas que impidiesen que semejante debacle económica azotase su país. 

A principios del siglo XIX, la reinante dinastía Ching ya había impuesto severas restricciones al comercio con el extranjero. Solamente autorizaban la apertura al exterior de unos pocos puertos navales, en los que además establecían aranceles proteccionistas y diseñaban una compleja burocracia destinada a desanimar a los vendedores extranjeros. De hecho, habían conseguido que los occidentales apenas consiguieran colocar sus productos en el inmenso mercado potencial del país más poblado del mundo. Pero el principal problema para los comerciantes británicos, el peor, era otro: los chinos, en realidad, no querían comprar nada

Los británicos se estaban llevando cantidades cada vez más grandes de té procedente de China, y mientras en Europa aumentaba la demanda hacia otros productos chinos de muy alto valor añadido, así que también empezaron a comprar la delicadísima porcelana, las especias o los sofisticados ropajes chinos (mientras la India se limitaba a exportar seda a granel, los chinos exportaban la seda ya convertida en finos tejidos cuyo precio era evidentemente muy superior al de la materia prima). Los comerciantes ingleses compraban té, porcelana, seda y más té en China, pero no vendían ningún producto europeo allí. Se dieron cuenta de que los chinos no solamente tenían una aguda visión comercial, sino también un marcado sentido de qué era lo importante y lo accesorio en una transacción, además de un sólido criterio para juzgar la calidad de los productos de consumo que se les presentaban. Los chinos, por ejemplo, opinaban que los textiles británicos eran inferiores a los suyos, así que sencillamente no los compraban. Tampoco consideraban necesarias en sus vidas las manufacturas industriales europeas ni se los podía deslumbrar con aparatos tecnológicos de nueva fabricación que, a ojos del chino común, familiarizado con la ingeniería, parecían simples juguetes… y que en realidad a menudo lo eran. Por ejemplo: ¿para qué iba a necesitar un chino un flamante reloj fabricado en Europa si ya disponía de sus propios medios para medir el tiempo? Así pues, en China no existía atracción alguna por adquirir bienes británicos, a diferencia de lo que sucedía en India. Un inglés que vivía en China por aquel tiempo lo resumió en una carta enviada a sus compatriotas: «los chinos tienen los mejores ropajes del mundo, los de seda, y el mejor alimento del mundo, el arroz. Así que, ¿qué podrían querer de nosotros?». Efectivamente, China ya tenía lo que necesitaba y no había nada que los europeos pudieran ofrecerles. Así pues, ¿cómo pagaban los británicos el té y los refinados productos que se llevaban de China? Pues con la única cosa que los astutos chinos admitían como pago: la «plata española». 

La plata española y el ingenio chino

China se había acostumbrado a recibir plata en sus primeras transacciones comerciales con occidentales, cuando realizaban intercambios con compradores de Portugal y España, dos de los primeros países en establecer una red comercial en Asia. En aquellos tiempos los españoles dominaban América, de cuyos territorios extraían ingentes cantidades de plata de gran calidad que después empleaban para financiar sus asuntos. Los españoles lo pagaban todo, desde sus guerras en Europa hasta sus tratos con Extremo Oriente, con aquella plata americana (una ruinosa forma de proceder para nuestro país, por cierto, pero eso ya lo podríamos discutir en un futuro artículo). Los chinos aceptaban felizmente ese metal como pago porque, al igual que los europeos, utilizaban la «plata española» como patrón para respaldar e imprimir su moneda nacional: los taeles. También eran muy conscientes del valor que esa plata tenía para los occidentales y sabían que acumulando un porcentaje cada vez mayor del metal precioso que circulaba en el mundo, estaban consolidando su propia posición frente a Europa. Así que, en pleno siglo XIX, cuando los comerciantes se llevaban el té chino para venderlo en Inglaterra tenían que pagarlo con plata contante y sonante. Ni el más pequeño de los comerciantes chinos se prestaba a aceptar otro pago. 

El problema que esto presentaba para el tesoro británico resultaba evidente: una plantación de té puede producir todos los años, así que los chinos podían seguir vendiendo té indefinidamente… pero tarde o temprano el Reino Unido se quedaría sin plata. Con el transcurso del tiempo, Inglaterra descubrió que su balanza comercial estaba yéndose al traste como consecuencia de la constante adquisición de té chino. Los británicos se estaban quedando sin metal con el que respaldar su moneda, lo que en aquellos tiempos podía conducir a una grave crisis económica. ¡Sorpresa!: el Reino Unido corría el riesgo de padecer una súbita ruina financiera mientras que China era cada vez más rica. Pero, ¿qué podían hacer los ingleses ante esto? ¿Dejar de comprar el té chino? En un mundo como aquel no podía detenerse la rueda del comercio: mientras hubiese demanda de té, la compraventa seguiría adelante. Había demasiados intereses en juego como para que las empresas importadoras consintieran en renunciar a un comercio que personalmente los estaba enriqueciendo a ellos, por más que en términos macroeconómicos pudiese costarle la bancarrota a sus respectivas naciones. Las «compañías de Indias» y demás corporaciones comerciales que los países occidentales tenían establecidas en ultramar eran un poder fáctico al que no se podía desatender, y en cierto modo dominaban buena parte del cotarro, al estilo de nuestros modernos bancos. Los gobiernos no podían o no querían permitir que aquellas empresas quebrasen. Así que había que continuar comprando té para que el ciclo comercial no se detuviese… pero, ¿qué sucedería cuando ya no hubiese plata en Europa?

Así que los comerciantes occidentales —por medio de sus propios gobiernos— comenzaron a presionar a China para que facilitase un intercambio comercial más «equilibrado». Como suele suceder con los grandes defensores de confiar ciegamente en las leyes del mercado, comenzaron a exigir cambios e intervenciones gubernamentales en cuanto esas mismas leyes del mercado les estaban jugando una mala pasada a ellos. El Reino Unido, los Estados Unidos, Francia, Holanda… diversos países con intereses en Asia reclamaban otras condiciones por parte de las autoridades chinas. Pero los chinos no cedieron. Su visión del mundo podía ser demasiado tradicionalista en algunos aspectos, pero también resultaba increíblemente pragmática: a ellos les iba muy bien vendiendo mucho a los extranjeros y no comprándoles nada. Así que, ¿para qué cambiar?

La solución del tráfico de drogas

Fumando opio. Fotografía: Lai Afong ca. 1880.

Los occidentales descubrieron que únicamente existía un producto que podrían introducir rápidamente en el mercado chino y que sería capaz de restablecer la balanza comercial: el opio. Producido en países como la India, los británicos tenían fácil acceso a él. En los escasos puertos que las autoridades chinas habían abierto al comercio exterior, muy especialmente en la ciudad de Cantón —en la que había el más estrecho contacto entre la población china y las colonias de comerciantes europeos y estadounidenses—, resultaba fácil «presentar» el producto a los chinos. Si conseguían convertir a un número suficiente de chinos en drogadictos, podrían restablecer la balanza comercial. Los occidentales no podían comerciar en el interior de China, solo en algunos puertos, pero eso poco importaba: los propios comerciantes chinos de Cantón vieron que podían comprar opio a los extranjeros para revenderlo después entre los suyos con un alto beneficio. Así, para encargarse de la rentable distribución interior de la droga y enardecidos por la promesa de lucrarse rápidamente, esos comerciantes chinos perdieron su cautela habitual y empezaron a adquirir grandes cantidades que accedían a pagar con plata, porque así lo exigían los occidentales que traían el opio en baúles (usualmente conteniendo unos cincuenta kilos cada uno). Así, estimulando redes de comercio de opio entre los propios chinos, los europeos y estadounidenses empezaron a montar un nuevo negocio muy lucrativo, y el Imperio británico halló por fin el producto con el que podía intentar recuperar la plata perdida. Los ciudadanos chinos no habían querido adquirir textiles y manufacturas, pero sí querían comprar opio, como los de cualquier otra nación donde lo hubiesen probado. Una droga es una droga.

Lógicamente, las autoridades chinas no veían estos movimientos con buenos ojos. Entendieron que la rápida proliferación de la venta de opio significaría una doble ruina para su enorme país. Por un lado, el opio era una droga que causaba una tremenda problemática social. Por otro, provocaría que toda la plata acumulada con el comercio del té se esfumase rápidamente de las arcas nacionales, ya que el consumo potencial de opio en un país tan populoso podría crecer exponencialmente y en muy poco tiempo hasta límites impensables. Además, la moral china imperante —al igual que la británica, por cierto— contemplaba con disgusto el consumo de aquella droga. Sin embargo, por mucho que en los círculos imperiales de Pekín quisieran restringir la circulación de opio en zonas portuarias como Cantón, la atracción que el fruto de la adormidera provocaba lo convertía en un producto interesante también para los propios cargos públicos locales. Las ingentes cantidades de dinero que movía el tráfico de opio derivó en la consiguiente corrupción administrativa, cuando funcionarios imperiales hacían la vista gorda. La droga entraba casi libremente por Cantón y durante el primer tercio del siglo XIX el asunto empezó a preocupar de verdad a las autoridades imperiales. En 1839, Pekín decidió intervenir y cortar de cuajo con el problema. El emperador Daoguang eligió a uno de sus más inteligentes y preparados funcionarios, Lin Hse Tsu, como gobernador de Cantón. Lin ejercería básicamente como comisario imperial encargado de erradicar el opio de raíz. Lin era un personaje fascinante en muchos aspectos, una especie de Elliot Ness chino aunque bastante más eficaz y con una personalidad más compleja. Se puso rápidamente manos a la obra y demostró que estaba dispuesto a no dejar títere con cabeza. Prohibió abiertamente el comercio de opio en Cantón, decretando severas penas, y mandó detener a los funcionarios corruptos que se habían estado beneficiando de su tráfico. Después envió una carta a Inglaterra, dirigida personalmente a la reina Victoria, en la que denunciaba las prácticas comerciales sucias del Reino Unido y señalaba la actitud hipócrita de un país que combatía la droga en su propio territorio pero la vendía en territorio de otros.

Así que, ¿bajo qué principio de la razón deberían estos extranjeros enviarnos como pago una droga venenosa que conlleva la destrucción de los nativos de China? Sin pretender decir que los extranjeros alojen tales intenciones destructivas en sus corazones, sí podemos afirmar que, en su desordenada sed de ganancias, se muestran perfectamente indiferentes sobre las heridas que nos infligen. Y siendo ese el caso, nos gustaría preguntar: ¿qué ha sido de la conciencia que el cielo ha implantado en el pecho de todos los hombres? Hemos oído que en vuestro propio país el opio ha sido prohibido con la mayor restricción y severidad. Esta es una buena prueba de que sabéis perfectamente cuán dañino es el opio para la humanidad. Y dado que no permitís que el opio dañe a vuestro propio país, no deberíais enviar esa droga dañina a otro país, ¡y mucho menos a nuestra tierra! De todos los productos que China exporta a vuestros países, no hay uno solo que no resulte beneficioso para la humanidad de una manera u otra.

La carta era muy elocuente, pero raras veces en política —si es que alguna— las palabras han detenido el furioso torrente de los hechos y la elocuencia de Lin no fue una excepción a esa regla. Muchos comerciantes occidentales estaban dispuestos a continuar con su lucrativo tráfico de opio aunque las autoridades chinas se mostrasen dispuestas a no permitirlo. Y en Europa, los gobiernos occidentales tenían pocas ganas de impedir que la plata siguiera saliendo de China. Ante tal conflicto de intereses, una escalada de tensión en la zona de Cantón resultaba inevitable. 

La primera Guerra del Opio

Representación china del comisario imperial Lin Hse Tsu ordenando la destrucción del opio en 1839.

La presión ejercida por el comisario Lin, así como su determinación por acabar con el tráfico de opio incluso a costa de bloquear todo el restante comercio, no dejó sin embargo de tener su efecto sobre ciertos personajes occidentales. Charles Elliott, que era el superintendente de comercio local —básicamente el máximo responsable de todo el comercio británico en China—, cedió a la presión de Lin y decidió ayudarle a terminar con el tráfico de drogas. El funcionario inglés, un aparentemente bienintencionado oficial de la marina, cometió un severo error: atribuirse el respaldo del Gobierno de Londres sin estar seguro de que contaba con él. Elliott consiguió que los mercaderes británicos de Cantón entregasen sus valiosos cargamentos de opio al comisario Lin, que tenía la intención de destruirlos, para así cumplir con la legislación china y restablecer un flujo comercial normal. Pero para convencerlos Elliott tuvo que prometer que serían compensados por la pérdida con dinero de la Corona británica. Algo que, cabe comentar, Elliott no había consultado con Londres (las comunicaciones de la época, naturalmente, no eran como las actuales). Los comerciantes, confiando en esta promesa, entregaron nada menos que veinte mil baúles de opio a Lin, una cantidad de más de mil toneladas de droga que fue quemada por orden del gobernador imperial de Cantón. El problema era, naturalmente, que Elliott había actuado de buena fe pero sin cerciorarse de que su gobierno iba a desembolsar esa enorme cantidad de dinero que se necesitaba para cumplir lo prometido y resarcir a los comerciantes de opio por haberse deshecho de su mercancía. El superintendente no tenía la autoridad necesaria para ofrecer esa compensación y se había limitado a confiar ingenuamente en la nobleza de su propio gobierno… aunque pronto se dio cuenta de que nadie en las altas esferas de Inglaterra estaba dispuesto a autorizar el pago de esas enormes sumas. De hecho, la posibilidad del pago causó un vendaval parlamentario en Londres. Inglaterra no podía, ni quería, ni se planteaba abonar esa cantidad.

La consiguiente decepción y cabreo de los comerciantes, que acababan de perder unas ganancias potencialmente enormes, produjo un considerable incremento de la tensión en la zona y empezaron a producirse incidentes. La detención de un capitán de barco británico por parte de las autoridades chinas fue vengada por su tripulación, que organizó trifulcas callejeras, asaltó un templo y llegó a asesinar a un ciudadano chino. La escalada de incidentes continuó hasta producirse un intento de bloqueo naval por parte de los chinos. Era 1839 y aquello significaba el comienzo del conflicto. La primera guerra del opio empezó con un enfrentamiento naval en el que no había color, porque los anticuados barcos incendiarios y los juncos chinos no podían enfrentarse a los buques de guerra británicos, muchos más sofisticados, para los cuales la armada imperial china era como un mero juguete. El tremendo desfase en tecnología bélica entre ambos bandos permitió que los británicos se impusieran con una sucinta flota de quince carracas —que en algunos casos eran meros barcos mercantes con algo de artillería añadida a posteriori— y cuatro barcos cañoneros de vapor. No necesitaron mucho más para quebrar las defensas navales chinas y conseguir desembarcar cuatro mil marines en Cantón. Después fueron tomando anticuados fuertes defensivos mientras fuerzas chinas numéricamente superiores se retiraban viendo que el armamento europeo estaba muy por encima del suyo. Sin demasiada oposición, los británicos avanzaron hasta tomar Shangái, momento en que China decidió firmar una paz desfavorable, el Tratado de Nanking, de 1842. Además de ceder la soberanía de Hong Kong al Reino Unido (la cual duraría hasta 1997) y abrir varios de sus puertos al comercio exterior, China consintió en pagar a Inglaterra la entonces enorme cantidad de seis millones de dólares de plata en concepto de compensación por el opio confiscado y destruido por el comisario Lin.

Pero, ¿cuál era la causa de aquel desfase militar que provocaba que una enorme nación de trescientos millones de habitantes no pudiese defenderse de un puñado de barcos de segunda clase y de unos pocos miles de soldados? Lo cierto es que en China la profesión militar no gozaba de prestigio y estaba mucho peor vista que el funcionariado civil. Los soldados eran una clase pobremente considerada, uno de los peores caminos profesionales que podía tomar cualquier chino con un mínimo de posibilidades de proyección. Para los chinos la guerra era un asunto engorroso que solía resolverse con ayuda de mercenarios y reclutamientos temporales, los cuales duraban exclusivamente mientras se prolongase el conflicto, ya que mantener una tropa requiere buenas cantidades de alimentos, suministros y dinero. Naturalmente, en China había guerras como en todas partes, pero estas guerras eran afrontadas con mucha más desgana que en Europa. Tal actitud de desprecio hacia lo bélico se remontaba a siglos atrás y, como consecuencia lógica de ello, la tecnología bélica china era muy, muy arcaica, anclada en el pasado y completamente obsoleta. Los buques de guerra chinos eran ridículamente inefectivos: sus barcos incendiarios fueron tomados poco menos que a guasa por los británicos. Y aunque sus juncos disponían de cañones, los tenían montados en soportes fijos que hacían prácticamente imposible apuntar hacia un blanco con precisión (el mismo problema tenían las torres de defensa y los fuertes de tierra adentro), máxime si el blanco estaba en movimiento o si el propio junco se balanceaba a causa del movimiento del agua. Buena parte del armamento pesado chino estaba más basado en la intimidación que en la eficiencia destructiva, porque nunca se habían topado con un enemigo que de verdad tuviera una artillería funcional. Los ingleses sí la tenían, claro: apuntaban su cañón hacia un objetivo… y lo destruían a la primera. Los chinos contemplaban el prodigio con horrorizado asombro: era la primera vez que los occidentales conseguían impresionarles, con su habilidad para la destrucción. También las armas de la infantería chinas eran, cómo no, muy inferiores a las británicas. Tal desigualdad tecnológica, unida a la falta de un ejército organizado y permanente que pudiese defender el país, explica que toda una enorme nación de trescientos millones de habitantes se rindiese ante un puñado de británicos. Si se producía otra guerra, los chinos seguirían sin poder defenderse. 

La segunda guerra del Opio

Propaganda de guerra del Imperio británico que muestra a oficiales chinos arrastrando la bandera británica y arrestando a la tripulación del barco británico Arrow. Obra de William Heysham Overend, en The Century Edition of Cassell’s History of England, de 1856.

El Tratado de Nanking no suponía el final de los problemas. Durante la siguiente década, ninguna de las dos partes estuvo realmente contenta con los términos de dicho tratado. Los chinos seguían dificultando el comercio extranjero de las formas que se les ocurrían, mientras los británicos pensaban que merecían más de lo obtenido por el acuerdo de paz, dado su estatus de potencia mundial y dado que habían comprobado que China era militarmente incapaz de defenderse. El tráfico de opio seguía siendo ilegal, lo cual frustraba a los británicos porque continuaba existiendo un problema con la balanza comercial. Habían ganado una guerra pero, aparte del territorio de Hong Kong y de la victoria moral, poco habían sacado como recompensa. Ambicionando nuevas ventajas y siguiendo el ejemplo de lo que también estaban haciendo los franceses, Londres propuso renegociar el Tratado de Nanking. Querían incluir nuevas cláusulas muy duras para el gobierno de Pekín, como la apertura de todo el territorio chino al comercio exterior, y muy especialmente la legalización del comercio de opio. Los chinos, naturalmente, se negaron.

En 1856, catorce años después del Tratado de Nanking, se desató el segundo conflicto. La tensión en la zona de Cantón había seguido latente durante aquellos años, pero lógicamente los chinos se habían cuidado de no intentar provocar un nuevo ataque. Sin embargo, los británicos parecían esperar una excusa idónea. Y tal pretexto llegó con un caso de piratería naval: la tensa negociación en torno a un barco de tripulación china pero bandera británica que había sido abordado por la guardia costera china bajo acusación de piratería. El Reino Unido exigió la liberación de los tripulantes y acusó a los guardias chinos de haber insultado la bandera, mientras China insistía en que no había ondeado cuando habían abordado el barco. El asunto provocó otra escalada de enfrentamientos y finalmente la exigua armada británica local volvió a atacar, barriendo una vez más a los juncos chinos de su camino, destruyendo con su artillería varios fuertes costeros y finalmente cañoneando la ciudad de Cantón desde los mismos buques.

El Reino Unido, que obviamente no disponía de muchas fuerzas en la zona —dada la cantidad de frentes que tenía que cubrir en todo el mundo— solicitó una alianza a varios países que podían tener intereses contra China, como Estados Unidos, Rusia o Francia, aunque solamente Francia se unió a la campaña militar. Juntos, británicos y franceses ocuparon Cantón, mientras otra fuerza anglo-francesa empezaba a remontar el río que los conduciría directamente hacia las inmediaciones de Pekín. El 21 de septiembre de 1860 se produjo la batalla de Palikao, decisiva para la guerra: una tropa combinada de diez mil soldados chinos y mercenarios mongoles fue aniquilada cerca de la capital por una tropa numéricamente inferior, pero con una mucho mayor potencia de fuego. Una vez más, la tecnología bélica europea estaba ganando la guerra.

Ante el desastre de Palikao y la invasión inminente de Pekín, el emperador huyó de la capital, lo cual de por sí constituía ya un duro revés para la autoestima de los chinos. Sin embargo, las tropas europeas no se molestaron en ocupar Pekín y ni siquiera llegaron a atravesar sus murallas. En cambio, se dirigieron a los Palacios de Verano (habían dos, uno «antiguo» y otro «nuevo»), ambos repletos de preciadas obras de arte, reliquias y objetos muy valiosos que los soldados anglo-franceses podían saquear a gusto. Ambos palacios fueron efectivamente pasto del vandalismo y la destrucción por orden del administrador colonial británico, Lord Elgin, quien incluso llegó a considerar la idea de arrasar la mismísima Ciudad Prohibida. Elgin quería castigar a los chinos como represalia por las torturas que habían sufrido prisioneros occidentales (incluidos dos diplomáticos y un periodista del Times) en sus manos. Los chinos, que tenían un concepto distinto del juego bélico, habían intentado utilizar rehenes civiles como medida disuasoria. Los británicos respondieron golpeando en algunos de sus más preciados símbolos nacionales. 

Aquellos asaltos al Palacio de Verano quebraron lo que quedaba de la moral china. Aunque militarmente ya habían sido vencidos en la batalla de Palikao algunas semanas atrás, fue el ataque a aquellas joyas arquitectónicas de su milenario imperio lo les hizo capitular. Comprendieron cuán indefensa se encontraba su nación frente a los desagradables pero poderosos «bárbaros» de Occidente. El país más grande del mundo se tuvo que rendir por segunda vez ante un puñado de barcos y un modesto contingente de infantería. Esta vez, los términos del tratado de paz fueron todavía más duros: además de tener que pagar ocho millones de taeles de plata al Reino Unido y a Francia como indemnización de guerra, de abrir nuevos puertos al comercio y de permitir la emigración de mano de obra local a Estados Unidos (por ejemplo para construir su red de ferrocarriles), China se vio finalmente obligada a hacer de tripas corazón y legalizar la venta de opio en su territorio. Que era lo que, en realidad, las potencias occidentales habían deseado desde un principio.

Sin embargo, el tremendo trauma sirvió para que el gigante asiático comenzase a despertar. El viejo sueño de la inviolabilidad imperial frente a los «bárbaros» se había esfumado para siempre, y el espejismo de la Gran Muralla se convirtió precisamente en eso: en un espejismo. El orgullo ancestral de los chinos quedó hecho añicos, dejaron de creerse el centro del universo y comenzaron a hacerse preguntas. Había todo un mundo ahí fuera que los chinos ya no podían permitirse el lujo de seguir ignorando. Existían avances tecnológicos que habían puesto a los occidentales en posición de ventaja, tanto desde el punto de vista bélico como desde el punto de vista industrial. Si querían sobrevivir ya no bastaba con creerse superiores; había que trabajar para, al menos, estar en igualdad de condiciones. Empezaron a surgir en China movimientos que abogaban por la modernización del país y por el abandono de las tradiciones más paralizantes. El siglo XIX fue para China una transición entre la Edad Media y una modernidad que todavía no conseguían comprender, pero que supieron que necesitaban adoptar. Naturalmente, cambiar una nación milenaria no resultaría fácil ni rápido, y llevaría (o está llevando) tiempo. Pero el coloso chino finalmente había abierto los ojos después de un prolongado letargo. Hoy, en pleno 2013 —siglo y medio después de aquellos hechos— contemplamos al gigante chino poniéndose en pie; unos se asombran, otros se preocupan, otros incluso se asustan. Ahora somos nosotros quienes despertamos de un sueño de superioridad. Y cabe preguntarse cuánto de lo que estamos viendo suceder ahora tiene realmente su origen en aquellos tiempos, en las guerras del Opio que cambiaron China y que por ende, nos guste o no, estaban también destinadas a cambiar el mundo.