Días de verano en el páramo: castillos del Duero

Castillo de Berlanga de Duero.
Castillo de Berlanga de Duero.

Hace muchos años, cuando yo era un chaval recién metido en la universidad, pasé un verano excavando en Tiermes. No voy a hablar de esto, pero este dato previo es fundamental para entender por qué tenía tanto interés en volver al sur de Soria, que es como volver al culo del culo del mundo, y lo digo sin ninguna intención de ofender, porque a mí me encanta Soria, como me encanta Teruel, pero una cosa no quita la otra: estas son dos de las provincias más despobladas y olvidadas de Europa, y la situación no va a cambiar hasta que se asuma la realidad en toda su crudeza. No está nada claro que vaya a mejorar mucho, no si los políticos iluminados de turno piensan que la cosa va a cambiar a base de cemento y concursos de arquitectura. Y sí, me refiero a esa maravilla del capitalismo patrio llamada «Ciudad del Medio Ambiente». Pero no vamos a perder el tiempo hablando de cómo se ha tirado el dinero en infraestructuras, que no acabamos nunca, sino que vamos a explicar por qué hay que ir al culo del culo del mundo (en este caso el sur de Soria, aunque bien podría ser alguna comarca de Palencia, Zamora, Teruel, Cáceres o Guadalajara: España está vacía por dentro, como una fruta con una piel muy lustrosa y fresca pero un corazón abrasado y desierto), y vamos a indicar algunas pistas para no perderse, lo cual no resulta muy difícil como, se verá.

Como algunos lo van a citar (o deberían hacerlo), lo cito ya de entrada: hay un libro básico que ha salido hace poco: La España Vacía, de Sergio del Molino. Es un libro muy interesante, pero aquí no vamos a hacer análisis serios, vamos a hablar de turismo, de esa cosa que trae algo de dinero y de gente a un sitio donde hacen falta ambas cosas. Cuando estuve excavando en Tiermes, hace ya más de veinte años, allí no había nada. Solo el yacimiento, un pequeño museo (muy pequeño) y una cantina perdida donde se citaban algunas de las personas más extrañas que uno, recién salido de la ciudad, se había tropezado en su vida. Era un auténtico lujo poderse tomar unas cervezas frías en un lugar como aquel, y a nosotros, estudiantes tumultuosos, nos bastaba con eso. Ahora hay un restaurante muy decente, con un hotel igual de decente. Y hay turistas, hay bastantes turistas porque han mejorado la carretera, que era muy mala. También han ampliado el museo, con lo cual los turistas pueden ver algunas de las cosas que se han encontrado en el yacimiento (aunque la mayoría están en Soria ciudad). Pero lo más interesante, además del yacimiento en sí, y de ese muro perfecto que es la sierra de Pela, es la iglesia románica que señala el lugar. Se ve desde la carretera y sirve de faro perfecto, porque en ese paisaje tan hermoso y tan vacío de todo indicio de poblamiento humano, ver una iglesia, aunque sea una iglesia pequeña y modesta, supone un alivio para los viajeros no habituados a tantos kilómetros de soledad absoluta.

Iglesia de Tiermes.
Iglesia de Tiermes.

Cuando llegué a Tiermes por primera vez me contaron que por uno de estos valles perdidos los americanos habían montado una base secreta, tan secreta que nadie sabía dónde estaba. Por entonces las sierras no tenían esos modernos molinos de viento y las carreteras eran aún peores, lo que ya es decir. Las nevadas del invierno eran (y son) terribles. No sé si la historia es cierta o no, pero me pareció que aquel era el mejor lugar del mundo para esconder una base militar secreta. Si sales de Berlanga del Duero, de El Burgo de Osma o de San Esteban de Gormaz, todo lo que encuentras durante cientos de kilómetros a la redonda son trigales, campos de girasol, encinares, pinares y estepas desoladas. Los pocos pueblos que hay, además de ser muy pequeños, tienen la extraña costumbre a primera vista de colocarse en los lugares más recónditos, generalmente alejados de las pocas carreteras. Tal vez el hecho de buscar el fondo de los barrancos o los pliegues de las colinas se deba a las terribles condiciones climáticas; o tal vez se deba a que sus habitantes, a fuerza de estar solos, han llegado a amar la soledad. O no, o uno lo ve todo desde el prisma del urbanita y la vida en el páramo es otra cosa, otra cosa que para entender hay que vivirla en primera persona.

Decía Sergio del Molino que se ha idealizado mucho la vida rural y que esa es una de las causas del fracaso del movimiento neorural. Lo de «fracaso» es relativo. Volviendo a Tiermes hay que decir que solo el hotel y el restaurante ya dan trabajo a algunos jóvenes. Al pasar por el pueblo vemos que hay parada de autobuses y eso es nuevo: hace años no había servicio de autobús. Uno tenía que buscarse la vida para llegar allí como podía. Si han puesto servicio de autobús es que hay demanda suficiente para mantener una línea de autobús. Y esto no es una tontería: hace ya años se habló de suprimir la única línea de ferrocarril que aún queda en la provincia de Soria, la línea que conecta con Madrid. Si este plan hubiera prosperado (y no prosperó por la oposición de los sorianos), Soria hubiera sido la primera provincia de España en quedarse sin ferrocarril.

Y hablando de ferrocarril uno piensa en lo que siempre se dice: que la llegada del ferrocarril traía el progreso, el capitalismo, la industrialización, los nuevos tiempos que iban a poner fin al atraso español. Pues no, parece que aquí no: parece que aquí el ferrocarril solo sirvió para vaciar los pueblos, para que las gentes de la zona se montaran en un vagón para no volver nunca. Aquí el tren era siempre un tren de ida, o al menos esa es la impresión que uno tiene. Y ahora, una vez vaciados los pueblos, ya ni hay tren. De las tres líneas que cruzan la provincia ya solo queda en activo media línea y con muy pocos trenes al día. Las estaciones o están abandonadas o se han convertido en simples apeaderos donde pocas veces se ve algún pasajero. Pero, eso sí, junto a las ruinas de Numancia tenemos esa otra ruina actual, la Ciudad del Medio Ambiente, con la diferencia de que la primera trae turistas y no ha costado más de cincuenta millones de euros. Cincuenta millones tirados a la basura. Se dice pronto.

Estación abandonada de Monteagudo del Castillo.
Estación abandonada de Monteagudo del las Vicarías.

Si no queda apenas gente en Soria, y no queda apenas  gente en el sur de Soria, ¿qué queda? Pues lo de siempre: un paisaje magnífico. Y un pasado que uno se tropieza al tomar una curva y que, sin gritos, sin estridencias, sin llamar la atención escandalosamente, se planta delante de ti y te obliga a parar el coche o a tomar un desvío no previsto. El castillo de Gormaz, por ejemplo, se ve desde cualquier punto. Vayas a donde vayas, si pasas por estas carreteras, lo verás sobresalir entre una masa boscosa. Porque aquí también hay bosques de pinos, aunque sea el norte de la provincia el que tiene los bosques más extensos y conocidos. El castillo de Gormaz fue uno de los principales castillos musulmanes de la península. Los cristianos quisieron tomarlo muchas veces, sufrió muchos asedios, pero ninguno tuvo éxito. Aunque hoy en día está muy deteriorado merece la pena pasar toda una mañana o una tarde allí, y digo toda una mañana o toda una tarde porque hay que verlo con mucha calma, y hay que sentarse en la muralla y contemplar cómo corre el Duero por debajo. Y cómo pasan las nubes y cómo el viento sacude levemente los chopos. Si lo que ves y lo que sientes no te relaja, es que no te relaja nada. Y si lo que quieres es encontrarte a ti mismo pues francamente no se me ocurre otro mejor lugar para hacerlo. Estamos en agosto pero hay pocos turistas. Ya he dicho que hace falta que venga gente a Soria, porque sin gente no funciona la economía. Pero aquí no hay ningún turismo masificado. A veces llegan autobuses y durante un rato hay un pequeño bullicio de personas disparando fotos y estirando las piernas, pero luego se van y uno se vuelve a quedar solo o casi solo. Con tiempo para pensar. Con tiempo para pasear tranquilamente y sentarse en un alto a contemplar los campos, los montes, los bosques y el cielo. Y las piedras, claro, las piedras de los castillos, de las iglesias, de las viejas casonas. Las piedras mudas que no cuentan su historia a primera vista, que son adustas y hurañas hasta que te cogen suficiente confianza. Porque las tierras difíciles guardan muy bien sus secretos. Y por eso algunos viajeros impacientes piensan que no tienen secretos, cuando en realidad tienen montones de ellos.

Castillo de Gormaz, al fondo.
Castillo de Gormaz, al fondo.

Hay un dilema que he visto en otras partes, en otros pueblos. En cierto lugar cuyo nombre no es necesario mencionar ahora los habitantes estaban divididos entre pedir que se asfaltara el camino o dejarlo como estaba, sin asfaltar. Los que estaban en contra decían que eso traería gente que no venía nada más que a molestar, que no aportaría nada al pueblo, que solo vendría de paso. Otros decían que el pueblo necesitaba mejor comunicación. Que el pueblo tenía que abrirse al mundo. Que todos los visitantes eran buenos, tanto si quedaban allí o no. Este es un caso extremo pero el debate es el de siempre: hemos destrozado la costa, masificándola y llenándola de hormigón. ¿Qué vamos a hacer con el interior del país, con lo que aún queda por «colonizar»?

En Tiermes han montado una fiesta pagana para atraer turistas. Cada cierto tiempo, cuando la luna así lo dispone, organizan una cena celtíbera con salto de hoguera incluido, como no podía ser menos. Lo llaman «Fiesta del Plenilunium». Me dice el camarero del restaurante que la bebida «celtíbera» que ofrecen consiste en una especie de orujo de la zona y que «lo hacen los arqueólogos». Me quedo muy preocupado. El camarero no me aclara si los arqueólogos hacen la hoguera, la bebida o las dos cosas, pero en cualquier caso la cosa debe de ser digna de ver, aunque supongo que muy peligrosa. No sé cómo serán los arqueólogos que hoy en día pululan por Tiermes en verano, pero los que yo conocí estaban como una cabra. Es comprensible: pasar dos largos meses en el páramo, a mil doscientos metros de altitud, con calor terrible y frío terrible, sin ninguna comodidad y teniendo que vigilar a hordas de estudiantes tumultuosos, siempre propensos al desorden, la lujuria y la rebelión, tenía que afectar forzosamente a su salud mental.

San Esteban de Gormaz.
San Esteban de Gormaz.

Por desgracia me pasé por el museo y lo encontré cerrado. El yacimiento estaba vacío (eran las dos de la tarde y el sol de agosto golpeaba de lleno). No vi tiendas de tumultuosos estudiantes en el prado, lo cual me hizo pensar que no había ninguna campaña de excavación en curso, lo cual es una pena. En cualquier caso hay un cartel que indica que se hacen visitas organizadas a las ruinas, y eso es magnífico. Como es magnífico que se hagan todas las fiestas paganas que la luna permita (las próximas son el 18 de agosto y el 17 de septiembre). Aporto este dato por si este reportaje sale a tiempo y alguno tiene la tentación de ir. Y en ese caso le pido un favor: que cuente la experiencia. Aquí en el culo del culo del mundo hay gente que se busca la vida para poder vivir dignamente sin tener que emigrar a ninguna gran ciudad, y eso es algo que me merece todo el respeto del mundo. Lo que no entiendo es para qué carajo necesitaba Soria una «Ciudad del Medio Ambiente». Pero esa es una pregunta que hoy, de vuelta al bochorno mediterráneo, se quedará sin respuesta.

Sierra de Pela.
Sierra de Pela.

Fotografía: Alfonso Vila Francés


Un lugar que ya no existe

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8 Fotografía: José Antonio Gil Martínez (CC).

Hoy quiero llevarles a la iglesia de un lugar que ya no existe. Y no, no es un juego de palabras ni un eslogan turístico al estilo de la diputación de turno. Les hablo de una iglesia cuyas campanas repicaron en una población que dejó de aparecer en los mapas y por tanto, de existir.

Tendremos que ir a Tierra del Pan, comarca zamorana de cereales y ríos: el Duero, el Esla, el Valderaduey, el Aliste… En 1904 el pueblo de San Pedro de la Nave todavía existía, estaba, en la vega del Esla, uno de los afluentes más importantes del Duero. En aquel año apareció por allí el historiador D. Manuel Gómez Moreno que recorría la provincia con el encargo de de preparar el Catálogo Monumental de Zamora y entonces se encontró con la iglesia parroquial de San Pedro de la Nave. El granadino enseguida se dio cuenta de que estaba ante un monumento especial, una iglesia visigoda, tal y como él la definió. Sus primeras notas y fotografías serían fundamentales para el estudio del templo, no imaginan cuánto. El catálogo de monumentos por diversos problemas no sería editado hasta 1927 pero Gómez Moreno dejó plasmado su interés por esta iglesia de San Pedro en el estudio que publicó de la misma en 1906 en el Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones. Esa publicación haría que desde Bellas Artes se hicieran todos los informes favorables y el 22 de abril de 1912 la iglesia del pueblo de San Pedro de la Nave fue declarada monumento nacional.

La vida en el pueblo continuó apaciblemente, con un monumento nacional, sí, pero apaciblemente. La tranquilidad se truncó el 24 de agosto de 1926. Ese día, mediante real decreto, le concedió a la Sociedad Hispano Portuguesa de Transportes Eléctricos (Saltos del Duero) el aprovechamiento de todo el río Duero y sus afluentes. Sus afluentes, el Esla. San Pedro de la Nave estaba, como les dije, entre los ríos Malo y Aliste y a orillas del Esla, a unos veinte kilómetros de Zamora. Es más, San Pedro de la Nave se encontraba en el paso natural del río, paso que había sido usado durante siglos por los peregrinos que acudían a Santiago por el llamado camino mozárabe. El primer proyecto de la Sociedad Saltos del Duero: embalsar el Esla justo en esa zona. Por eso el pueblo de San Pedro de la Nave ya no está en el mapa. Se encuentra bajo las aguas del embalse del Ricobayo junto a otros pueblos como La Pueblica, Losacino y San Vicente del Barco. ¿Y qué ocurrió con la iglesia visigoda, la iglesia de los siglos VII-VIII según Gómez Moreno y dedicada a San Julián y Santa Basilisa? Digamos que ocurrió un milagro, un milagro en forma de artículo 15:

Artículo 15. El concesionario queda obligado a trasladar al lugar que le ordene el Ministerio de Instrucción pública y Bellas Artes, o sus Delegados, el templo visigodo de San Pedro de la Nave, declarado monumento nacional por Real orden de 22 de abril de 1912, ateniéndose para hacer el traslado a las órdenes e instrucciones que por dicho Ministerio o sus Delegados se le comuniquen, y siendo de cuenta del concesionario la adquisición de los terrenos para el nuevo emplazamiento del templo citado; pero una vez verificado el traslado y la recepción por el repetido Ministerio o sus Delegados, el terreno en que está emplazado el templo en la actualidad quedará de propiedad del concesionario, aunque serán del Ministerio de Instrucción pública y Bellas Artes todos los objetos que en cualquier tiempo se encontrasen en citado terreno, quedando el concesionario, respecto al particular, sujeto a la legislación que rija en la época en que se realizaran los hallazgos.

El valor de expropiación de los terrenos a los a los que se ordene hacer el traslado de ese templo visigodo deberá ser, aproximadamente, igual al de los terrenos en que hoy está instalado.

Este es el artículo 15 de ese real decreto. Gracias a él la empresa Saltos del Duero quedó obligada a salvar la iglesia. Mucho tuvo que ver en esto el empeño de D. Severiano Ballesteros, director del museo provincial de Zamora, que desde 1919 venía haciendo peticiones formales para que se impidiese la construcción del pantano ya que era un proyecto del que se venía hablando muchos años. El 4 de julio de 1930 Bellas Artes, dirigida entonces por Gómez Moreno, encarga el trabajo de salvaguarda del monumento al arquitecto Alejandro Ferrant. Se barajaron varios métodos para hacerlo. Incluso se llegó a proponer acomodar la iglesia en una plataforma de hormigón que hiciera como balsa, llenar el embalse y dejar que de este modo que la iglesia «navegase» así, enterita, hasta el lugar elegido para su emplazamiento, o protegerla de las aguas por un muro. Afortunadamente estas ideas fueron desechadas. Imaginen dónde estaría el templo ahora. La iglesia sería desmontada, piedra a piedra, sillar a sillar, friso a friso, capitel a capitel, basa a basa. Piedras numeradas y trasladadas. ¿Trasladadas a dónde? Pues tras un acalorado debate que incluyó la opción de llevar la iglesia al Castillo de Zamora y que enfrentó a los dos periódicos de la ciudad se decidió, de acuerdo con el alcalde de San Pedro de la Nave, dejarla en El Campillo, población que distaba 1,5 km de San Pedro y donde no había templo. Siempre los habitantes de El Campillo habían acudido a la iglesia de San Pedro de la Nave, ahora la iglesia iría a ellos. Dos años de trabajo y cien mil pesetas de la época después, en 1932, la iglesia de San Julián y Santa Basilisa se hallaba sana y salva en El Campillo y ya siempre sería «la iglesia de San Pedro de la Nave», el pueblo que no volvería a aparecer en ningún mapa.

Fotografía: Jacinta Lluch Valero (CC).

Gracias al cuidado de Gómez Moreno y de Alejandro Ferrant hoy podemos contemplar un templo único datado por la mayoría de expertos entre finales del siglo VII y el siglo VIII. Aunque existe un horario de visitas, de estas se encarga por turno uno de los vecinos de El Campillo. Si la encuentran cerrada seguramente en la puerta alguien habrá dejado un teléfono o alguna instrucción y si no es así, no lo duden, llamen al timbre de cualquier casa y pregunten. Les abrirán encantados.

El templo que a ojos profanos nos parece unitario y armónico realmente se construyó en dos fases. En la primera, como en cualquier iglesia, se construyó la cabecera con dos celdas monásticas adosadas a cada lado del presbiterio y es que seguramente San Pedro de la Nave comenzó siendo un monasterio. Para este uso monacal parece que la idea era hacer un templo de planta de cruz griega. Pero cuando acometieron la obra del crucero se dieron cuenta de que la nave central era más ancha que las laterales y que los arcos torales no tenían dónde apear. En ese momento se cree que se paró la obra para ser continuada más tarde por otros canteros. Estos solucionaron el entuerto adosando cuatro columnas a los muros de la nave central, dos por lado. De ese modo la longitud de la nave central quedó acortada y se permitió el descanso de los torales sobre los capiteles de dichas columnas. Este error que sin duda debió de tratarse de un quebradero de cabeza para constructores y clérigos nos ha proporcionado cuatro joyas de arte visigodo únicas. Y es que no hay mal que por bien no venga: los cuatro capiteles de las columnas que sirvieron de solución están bella y profusamente decorados. A la mano que los talló se refieren los expertos como «el maestro de San Pedro de la Nave» y no es para menos.

Fotografía: José Antonio Gil Martínez (CC).

Los dos del lado occidental son historiados. En uno de ellos, que presenta a Daniel en el foso de los leones, «VBI DANIEL MISSVS EST IN LAQVM LEONVM» aparece tallado encima de la escena por si quedaran dudas. El profeta aparece en el ábaco surgiendo de las aguas en actitud orante y dos leones le flanquean mientras beben. El capitel está decorado con roleos vegetales con aves y en cada uno de sus laterales aparecen Santo Tomás y San Felipe.

Fotografía: José Antonio Gil Martínez (CC).

El capitel de enfrente a este nos cuenta otra escena del Antiguo Testamento: el sacrificio de Isaac. Abraham levanta el cuchillo sobre el pobre Isaac mientras por una esquina, entre nubes, la dextera domini, la mano del Señor, surge del cielo para impedirlo. En el lado contrario pace tranquilamente el cordero que será finalmente inmolado pues no sabe lo que le espera. Otra cartela sobre la escena nos la explica: «UBI HABRAAM OBTULIT ISAC FILIUM SUUM OLOCAUPSTUM DNO». Lo que está claro es que estos visigodos eran detallistas. En los laterales aparecen San Pedro y San Pablo y también aparece una decoración de roleos con aves y frutos.

Los otros dos capiteles no son historiados pero están exquisitamente decorados con aves picoteando frutos, símbolo de la eucaristía. También aparecen los roleos vegetales y en uno de ellos, entre las ramas, rostros humanos y frutas.

La decoración de la cabecera es más esquemática, más rústica, recuerden que no se trata del mismo maestro sino del primer equipo de canteros. A la cabecera se accede por un arco de herradura que nace en dos columnas de mármol. En su interior aparece un friso con motivos estrellados, cruces patadas, triángulos, cuadrúpedos esquemáticos… motivos que se repiten en los capiteles del arco triunfal y en las impostas de las portadas del transepto. La bóveda que cubre la cabecera es de medio cañón, con sillares perfectamente cortados y colocados a hueso, es decir, sin ninguna argamasa, como el resto de la construcción. En el lado norte del arco triunfal aparece un reloj tallado. Un reloj especial en el que constan los meses, las horas y los pies. Pero está inacabado, solamente llega hasta el mes de marzo. Seguramente este fue el mes en el que se percataron del error en el crucero y se paralizó la obra. En una de las naves verán un sarcófago de piedra, la tradición cuenta que es el sarcófago de los santos Julián y su esposa Basilisa. Esa misma tradición reclama para los dos santos la construcción del templo y la posesión de una barca con la que ayudaban a los peregrinos a cruzar el Esla. Muchos dicen también que el topónimo «de la Nave» hace referencia a esta barca santa.

No les quiero aburrir. A San Pedro hay que ir a disfrutar, a apreciar esa extraña y a la vez cercana belleza de más de mil años.

Cuando dejen El Campillo es el momento de dar un salto hacia delante en el tiempo y visitar y disfrutar de Zamora. Y digo en el tiempo porque el esplendor de «la Bien Cercada» se vivió entre los siglos X y XIII. Es una ciudad pequeña, sí, pero «Zamora no se ganó en una hora» y por eso merecería un artículo propio, porque es rica en historia, monumentos y leyendas. A modo de aperitivo les recomiendo que no se pierdan sus iglesias románicas, y ver las iglesias románicas de Zamora les va a llevar bastante tiempo, se lo advierto. Veintidós iglesias románicas o con restos románicos tienen por delante. Por eso Zamora es la ciudad europea con más iglesias y restos de este estilo: Santo Tomé, La Magdalena, San Cipriano, San Claudio de Oivares, Santiago de los Caballeros, Santa María la Nueva (escenario de un motín que se llamó de la Trucha y que acabó con gran parte de la iglesia quemada en 1158). Por supuesto deberán pasar por la catedral, con su cimborrio de estilo oriental y su puerta del obispo borgoñona, el castillo, la puerta y palacio de Doña Urraca, la puerta de la Traición… Pero como no solo de románico vive el hombre en Zamora también hay palacios renacentistas como el de los Momos o el palacio de los condes de Alba y Aliste, hoy parador de turismo y una excelente opción para alojarse. Paseen por la calles de Santa Clara y de San Torcuato como un zamorano más y no pierdan ojo a las casas modernistas repartidas aquí y allá.

Fotografía: José Antonio Gil Martínez (CC).

A estas alturas seguramente se les habrá abierto el apetito. Lo mejor es acercarse a la calle Alfonso de Castro, una de las más tradicionales para tapear. Los famosos tiberios (mejillones) del bar Bambú, los callos del Tupinamba, los pinchos morunos de Casa Lobo y las tapas del hostal restaurante Trefacio les esperan. Acompáñenlos de tinta de Toro y tendrán el aperitivo perfecto. A la hora de comer pueden elegir el restaurante del hotel Trefacio (Farándula) que ofrece un menú variadísimo donde siempre suelen incluir platos tradicionales como el arroz zamorano o bien acercarse al Rincón de Antonio y probar sus deliciosos garbanzos de Fuentesaúco al ajoarriero con boletus.

Antes de dejar la ciudad asómense al Duero desde la zona de la catedral para despedirse del río, de su puente de piedra y de sus aceñas, y recuerden que aunque San Pedro de la Nave ya no exista en los mapas las campanas de su maravillosa iglesia, gracias a aquel artículo 15, siguen repicando.

Para dormir:

Parador Nacional de Turismo
Condes de Alba y Aliste
Pza de Viriato 5, 49001
Tfno.. 980514497

NH Palacio del Duero
Pza. de la Horta 1, 49002
Tfno. 980 508 262 

Para comer:

Restaurante Hotel Trefacio
c/ Alfonso de Castro 7, 49014
tfno. : 980 509 104

El Rincón de Antonio
Rúa de los Francos 6, 49001
Tfno. 980 535 370

Para picar:

Casa Lobo, Bambú, Tupinamba, Trefacio, El Maestro…

Visita a San Pedro de la Nave:

C/Larga sn.
El Campillo, 49183.
Tfno: 980 555 761-695 577 979

Del 1 de marzo al 30 de septiembre:
De martes a domingos de 10:00 a 13:00h y de 17:00 a 20.00 h (Lunes cerrado).

Del 1 de octubre al 6 de enero:
Viernes y Sábados: De 10:00 a 14:00 h. y de 16:30 a 18:30 h.
Domingos: sólo mañanas.

Fuera de estos horarios y fechas, pregunten por el vecino que abre la iglesia.

Fotografía: Jacinta Lluch Valero (CC).