El secreto del gin-tonic

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Soldados británicos tomando su dosis diaria de quinina, 1916. Fotografía: Imperial War Museums (CC).

Hay escenas que explican la trayectoria de un país. Jardín Botánico de Madrid, agosto de 1861, interior de uno de sus cobertizos. Un hombre de unos treinta años contempla asombrado las decenas de cajas que permanecen allí amontonadas. No comprende cómo parte de la mejor ciencia europea del Siglo de las Luces puede compartir espacio con los aperos de labranza. En su tierra, desde luego, jamás ha visto desatino semejante. Esta dejadez no solamente supone una deshonra para la institución que debería velar por la conservación de estas joyas de la historia natural, sino también un despilfarro para la nación que las financió en mejores días. Cortesía obliga, en cualquier caso, por lo que, en vez de expresar sus críticas, pide ayuda a los jardineros con un peculiar castellano aprendido al otro lado del océano Atlántico. La obtendrá puesto que porta una carta de recomendación del director de los prestigiosos Jardines de Kew de Londres.

Los tiempos han cambiado. No hace tanto, esta colaboración hubiese resultado inviable. Pero ni España es ya un imperio ni considera la ciencia un apoyo fundamental para mantener una posición de supremacía en el panorama internacional. Posiblemente, esto explique por qué nadie en medio siglo ha sido capaz de organizar los materiales recopilados por las célebres expediciones botánicas realizadas durante el reinado de Carlos III. Aunque acaso simplemente se deba al temor a enfrentarse al ingente trabajo que espera a quien lo intente. Del Virreinato del Perú, Hipólito Ruiz y José Pavón regresaron con dos mil dibujos y tres  mil descripciones de plantas que, al menos, publicaron parcialmente en vida. Pero José Celestino Mutis murió en Nueva Granada dejando cuatro mil páginas manuscritas y siete mil ilustraciones de dos mil setecientas especies vegetales diferentes, que se trasladaron a Madrid deprisa y corriendo poco antes de que la colonia lograse su independencia. Ahí las tiene, criando polvo en los mismos arcones en que fueron enviadas.

El grupo se pone manos a la obra. Trabajando como un auténtico equipo, los operarios del jardín van separando cajas del montón mientras que el visitante evalúa su contenido. Lo hará de un simple vistazo ya que el tiempo apremia. En alguna parte de este desbarajuste se esconde el único motivo de su viaje: la mejor colección sobre el árbol de la quina que existe en el mundo. Y él no dispondrá más que de unos pocos días para estudiarla debido a que el deber para con su país le reclama en la India. Allí le esperan centenares de plantones de este vegetal incautados en diversas partes de Sudamérica.

Al cabo de varias horas, la tarea de los jardineros españoles ha concluido. No así la del invitado inglés, que en ese instante comienza realmente la suya. Ya en solitario, Clements Markham, pues así se llama nuestro protagonista, examina con todo el detenimiento que le es posible los materiales seleccionados. Necesita ampliar sus conocimientos sobre las decenas de variedades que existen de este árbol y los entornos en los que crece cada una. Toda información es poca cuando la propia suerte del Imperio británico puede estar en juego. Continuará por ello durante varias jornadas entre antiguos herbarios y manuscritos y aún regresará cinco años más tarde para completar su escrutinio.

Hasta aquí la escena, retrocedamos ahora en el tiempo para enmarcarla. Pero ¿qué momento escoger entre todos los posibles dado que vamos a hablar de la enfermedad con mayor impacto en la historia del ser humano? Podríamos remontarnos hasta el Neolítico, cuando los cambios asociados al desarrollo de la agricultura aumentaron enormemente la incidencia de la malaria en su lugar de origen, África Occidental. O tal vez hasta la Grecia clásica, cuando a pesar de no conocer su causa —para eso habría que esperar a finales del siglo XIX— la escuela hipocrática describió los síntomas de las fiebres tercianas con precisión. Por acotar la cuestión, sin embargo, nos conformaremos con empezar por el Perú colonial, donde en 1633 se publicó la primera crónica que menciona el «árbol de las calenturas».

Poco se sabe de los inicios del uso de la corteza del árbol de la quina como antipalúdico. Relatos míticos como el de la curación de la condesa de Chinchón, que hizo fortuna durante siglos, se han demostrado falsos. Tan solo podemos conjeturar una probable búsqueda por parte de los indígenas del área andina de un remedio contra las fiebres intermitentes que comenzaron a sufrir tras la conquista, pues la malaria no existió en América hasta el arribo de los españoles, y la posibilidad de que ya empleasen previamente la corteza de este árbol como febrífugo. Sí podemos afirmar, en cambio, que la «cascarilla del Perú» llegó a Europa por la época de su primera referencia escrita de la mano de los jesuitas, que controlaron durante décadas un lucrativo negocio alimentado por la presencia de estas fiebres en buena parte de Europa. Así es, hoy ya lo hemos olvidado, pero el paludismo fue un mal endémico en amplias zonas de nuestro continente hasta mediados del siglo XX. Por poner un simple ejemplo, en la España de 1943 se registraron cuatrocientos mil casos y mil trescientas muertes por esta enfermedad. No es de extrañar, por tanto, que este medicamento alcanzase fama rápidamente y su utilización se volviese habitual, al menos para quien podía pagarlo, primero en España y Roma y luego en el resto del mundo católico.

Flor del árbol de la quina en un grabado de 1878. Imagen: DP.
Flor del árbol de la quina en un grabado de 1878. Imagen: DP.

Esta creciente demanda todavía aumentaría más una vez desaparecieron los recelos que en el ámbito protestante causó un remedio promovido por la Compañía de Jesús y, llegados a la segunda mitad del siglo XVIII, la corteza del árbol de la quina se había convertido en uno de los principales artículos indianos, suponiendo en torno al dos por ciento de todas las importaciones procedentes de Sudamérica. La mayoría de ella salía de los bosques andinos del valle de Loja, al sur del actual Ecuador, donde cascarilleros indígenas la recolectaban y transportaban a lomos de mula hasta los puertos del Virreinato del Perú, en los que embarcaba rumbo a la metrópoli previo paso por el istmo de Panamá. Poco se conocía, no obstante, sobre la especie vegetal que reportaba tales beneficios, una cuestión no menor que la Corona española trató de paliar durante su periodo ilustrado.

El reinado de Carlos III representó uno de esos escasos momentos en los que nuestro país se percata de la poca atención que dedica a las ciencias y trata de ponerse al día. Conseguiría su objetivo, dado que políticas audaces e inversiones generosas irían de la mano en este caso. Así lo reflejó el sabio alemán Alexander von Humboldt en lo referente al campo de la botánica cuando dejó escrito «ningún Gobierno europeo ha invertido sumas mayores para adelantar el conocimiento de las plantas que el Gobierno español». Con ese dinero se pondrían en marcha diversas expediciones que recorrieron los distintos territorios ultramarinos del imperio con intención de catalogar una flora en gran parte ignorada hasta entonces. Y si bien la labor desarrollada fue mucho más allá del mero utilitarismo de estudiar especies con posibles beneficios económicos, el árbol de la quina se convertiría en uno de los protagonistas de este monumental empeño.

Por desgracia, las dos expediciones que se ocuparon de investigar las numerosas variedades de este árbol no congeniaron bien y, en vez de sumar esfuerzos, acabaron tirándose los trastos a la cabeza. Una pena porque, visto en perspectiva, podían haberse complementado perfectamente. Mientras que la del Virreinato del Perú dirigida por Hipólito Ruiz y José Pavón abarcó las regiones tradicionales de recolección de cascarilla, la de Nueva Granada a cargo de José Celestino Mutis descubrió nuevas áreas de distribución de esta especie que despertaron particular interés por sus ventajas a la hora del transporte a España, si bien quedaba por ver su eficacia frente a las fiebres. Y aquí surgieron los problemas, ya que ambos equipos clasificaron de manera diferente las variedades de quina que hallaron en su territorio y criticaron abiertamente las conclusiones del contrario. Este desencuentro formaría dos bandos irreconciliables entre los botánicos de Madrid, que se fueron posicionando a uno u otro lado movidos muchas veces por simples afinidades personales. Un frentismo muy nuestro que lastró los réditos tanto científicos como económicos que deberían haber acompañado al titánico trabajo de campo realizado pero que, para ser justos, se vio agravado por circunstancias todavía más negativas. Cuando llegó el momento de sacar a la luz la enorme cantidad de datos recogidos había transcurrido demasiado tiempo y nuestro país se encontraba en una situación poco boyante, por lo que se fue haciendo a cuentagotas. Poco después, la invasión napoleónica iniciaría en España una época desastrosa, con pérdida de la mayoría de las colonias americanas incluida, que sepultó definitivamente el material recopilado en oscuros almacenes donde nadie se acordaría de ellos hasta bien entrado el siglo XX.

Nadie en España, al menos. Ya conocemos la escena que nos ocupa. La entrada en el siglo XIX no sentó nada bien a nuestro país, que volvería a encerrarse en sí mismo y a olvidarse del progreso científico, pero no así al resto del continente. A lo largo de esta centuria las principales potencias europeas se lanzaron a la conquista del mundo y, con ello, aumentaron sus necesidades de cascarilla debido a la alta incidencia de la malaria en los trópicos, lo que hizo evidente un problema que tarde o temprano tenía que aparecer dado que se estaba explotando una especie silvestre. Cada vez era más difícil encontrar árboles de la quina en los bosques andinos. Las alarmas saltaron definitivamente en la década de 1850, cuando el precio de este remedio subió de manera patente. Aunque, para ser exactos, habría que decir que lo que aumentó fue el coste de su principal principio activo, la quinina. Tres décadas antes, los farmacéuticos franceses Pierre Pelletier y Joseph Caventou habían desarrollado un método para extraer este producto natural de la corteza de la quina, iniciando una nueva etapa en el tratamiento del paludismo.

La sustitución de la fuente natural en bruto, la cascarilla, por su principio activo, la quinina, había conllevado dos ventajas obvias, simplificar su transporte y permitir conocer las dosis administradas con precisión, y otra menos evidente pero igual de importante, la posibilidad de identificar las variedades de quina con mayor contenido de este alcaloide. También había derivado en el nacimiento de una todavía rudimentaria industria farmacéutica, pues en distintos países de Europa se habían abierto factorías que procesaban corteza procedente de Sudamérica para aislar el nuevo fármaco de referencia contra las fiebres. Pero, por supuesto, no había mejorado el problema de escasez de materia prima. Particularmente preocupadas por esta cuestión se encontraban Holanda y el Reino Unido, que pensaron una misma medida para solucionar el inconveniente: cultivar el árbol de la quina en sus dominios. Y aquí, en los intentos de lograr este peliagudo asunto, es donde ubicamos al protagonista de nuestra escena.

Clements Markham fue un historiador metido a botánico circunstancial para mayor gloria del Imperio británico. Especializado en cultura andina, había recorrido Perú y aprendido español y quechua, lo que le convertía en el candidato idóneo para encabezar un audaz proyecto que pretendía apropiarse de plantones del árbol de la quina en su lugar de origen y trasladarlos a la India. La malaria asolaba la «joya de la corona», por lo que a los funcionarios allí destinados se les suministraba diariamente una ración profiláctica de quinina, que algunos mezclaban con soda, azúcar y ginebra en un gin-tonic primigenio del que dependía la buena salud de la administración colonial. De ahí la importancia del cometido de Markham que, al mismo tiempo, presentaba multitud de dificultades.

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Sir Clements Markham ca. 1910. Fotografía: Library of Congress (DP).

Hagamos un recuento rápido: las trabas de las naciones productoras para no perder su monopolio, lo poco que se sabía sobre las decenas de variedades del árbol de la quina existentes, el traslado de los plantones y su aclimatación a los ecosistemas de destino, cualquiera de ellas podía dar al traste con la operación. Es lo que había ocurrido con las tentativas anteriores de Holanda y Reino Unido, que sobre todo habían chocado con la defensa por parte de los países andinos de sus intereses comerciales. Esta se producía no solamente a nivel gubernamental, con prohibiciones que impedían la salida legal de ejemplares de especies autóctonas, sino también a nivel individual, ya que los cascarilleros contratados acostumbraban a calentar las semillas para hacerlas estériles y añadir arsénico a la tierra de las plántulas recogidas. Un tipo de sabotaje que había sido efectivo durante años pero que los británicos consiguieron vencer al fin gracias a un exhaustivo control de todo el proceso de recolección.

Entre 1859 y 1861, Markham y su equipo, integrado por botánicos de la talla de Richard Spruce, se adentraron en distintas zonas del norte de Perú y el sur de Ecuador para reunir centenares de plantones de árbol de la quina que fueron embarcando hacia la India. Vivirían momentos de peligro dado lo comprometido de su misión pero saldrían airosos al sacar ventaja de la inestabilidad política de la región y los sobornos con que calmaron a las autoridades locales que deberían haber imposibilitado su trabajo. También intentaron acceder a Bolivia, de donde procedía una nueva variedad de cascarilla de gran calidad denominada calisaya, pero aquí sí se toparon con una administración firme que les denegó el acceso. Y, en una escala de sus viajes entre Sudamérica y Asia, Markham pasó por España para estudiar las colecciones del Jardín Botánico de Madrid, donde halló abundante información útil para la siguiente fase del programa.

Una vez llegados a la India, los especímenes supervivientes del largo viaje interoceánico debían servir como germen de una plantación concebida para abastecer de quinina a todo el Imperio británico. Para ello, fueron transportados al sur del subcontinente, hasta las montañas Nilgiri, donde se daba un entorno similar al de los bosques andinos. Y como los futuros árboles se aclimataron bien, el éxito del plan pareció seguro. La vida está llena de imponderables, sin embargo, y acababa de producirse una azarosa circunstancia que iba a dar un vuelco al devenir de esta historia.

En 1861, Charles Ledger se encontraba en Australia enfrascado en uno de tantos negocios ruinosos con los que toda su vida trató de salir de pobre. Esta vez pretendía convencer a los ganaderos de la isla de las bondades de la lana de alpaca y para ello había realizado la extravagante heroicidad de reunir un rebaño de estos animales en la lejana Bolivia y cruzar con ellos medio mundo. Pero nada podía competir con los rendimientos que proporcionaba la oveja merina, por lo que la empresa estaba destinada al fracaso. Una vez más, se tendría que dar por vencido. Y entonces, al borde de la bancarrota, leyó una noticia en el periódico que creyó capaz de cambiar su suerte.

La llegada a la India de las plantas recolectadas por Markham se vio reflejada en los diarios del Imperio británico. También su imposibilidad de entrar en Bolivia, prohibición en la que Ledger vio su oportunidad. Él llevaba dos décadas viviendo en el país andino, a donde había emigrado con tan solo dieciocho años en busca de la fortuna que Inglaterra no le podía ofrecer. De hecho, recordaba perfectamente la localización de un espléndido bosque de quinas de la variedad calisaya con el que se había topado en una de sus múltiples correrías junto a su inseparable asistente indígena Manuel Incra Mamani. Solo tenían que volver allí y recoger unas cuantas semillas. Así que envió a Mamani una carta explicándole sus intenciones y algo de dinero y buscó la manera de regresar a Bolivia lo antes posible.

El plan de Ledger no resultó como este había calculado pero acabaría transformando por completo el mercado de la quina. La peor parte se la llevaría Mamani, que pagó con la vida su participación en un negocio ilícito. Tras cumplir el encargo, lo que no le resultaría nada fácil ya que hubo de volver al bosque indicado durante tres años hasta coincidir con el momento adecuado para la recolección, sería apresado por la policía boliviana y torturado cruelmente para que delatara a su patrón. No lo haría, en un valeroso acto de fidelidad que su cuerpo no resistiría pero que permitió a Ledger salir indemne del asunto. Para entonces, este ya había enviado las semillas de calisaya a un hermano residente en Londres, que trató de venderlas sin mucha fortuna. Sus compatriotas no mostraron el menor interés ya que estaban satisfechos con la marcha del programa liderado por Markham y solo pudo persuadir a un cónsul holandés, que pagó un precio ridículo teniendo en cuenta el provecho que su nación llegaría a obtener de ellas.

Las semillas cosechadas por Mamani fueron sembradas por los holandeses en la isla de Java, dando inició a una plantación que en pocas décadas monopolizó la producción mundial de quinina. La corteza de sus árboles poseía una cantidad de alcaloide muy superior a la de los cultivados por los británicos en la India, lo que les permitió producir a precios mucho más baratos. Tampoco encontrarían rival en los países andinos pues estos nunca pasaron de la explotación de ejemplares silvestres. Y así, a principios del siglo XX, todas las naciones compraban este fármaco a Holanda. Incluso Gran Bretaña, que nunca lo produjo en la cantidad que su gigantesco imperio requería a pesar de que, como el resto de estados colonizadores, no atendía las obvias necesidades de la población autóctona de sus posesiones. La quinina se había convertido en un instrumento de dominación más. Por eso, la existencia de un único proveedor plantearía una peligrosa situación de dependencia que, si bien no ocasionó contratiempos de consideración en las etapas de paz, provocó graves conflictos durante los episodios bélicos.

Fotografía: Imperial War Museums (CC).
Soldados británicos recibiendo formación sobre la malaria (Segunda Guerra Mundial). Fotografía: Imperial War Museums (CC).

El mejor ejemplo lo encontramos en la Segunda Guerra Mundial, cuando la campaña japonesa en el sudeste asiático dejó a los aliados al borde del colapso. Tras el ataque a Pearl Harbor, los nipones invadieron Singapur y Java y con ello pasaron a controlar los cultivos que producían la inmensa mayoría del caucho y la quinina consumidos en el mundo, dos mercancías fundamentales para el discurrir de la guerra pues todavía no existían equivalentes sintéticos que los pudiesen sustituir con garantías. En lo referente al fármaco, quizá el mejor resumen de la delicada tesitura vivida fuera expresado por el general Douglas MacArthur cuando dijo: «Esta será una guerra muy larga si por cada división que tengo enfrentándose al enemigo debo contar con una segunda división en el hospital con malaria y una tercera convaleciente por esta enfermedad». Como medida de choque, el Gobierno de Estados Unidos requisó todas las provisiones de quinina del país para usarlas en los frentes del Mediterráneo y el Pacífico. Pero sabían que solo se trataba de una solución provisional a la espera de lo que realmente necesitaban, un sustituto. Para su suerte, enseguida lo descubrieron, con la curiosa circunstancia añadida de que serían sus propios enemigos los que inadvertidamente les brindaron la respuesta. Los alemanes llevaban años manteniendo una línea de investigación orientada al desarrollo de antipalúdicos sintéticos tras sufrir una situación similar durante la Gran Guerra. Y, como buena parte de este trabajo se había realizado antes de la llegada de los nazis al poder, los aliados habían tenido acceso a las patentes comerciales registradas. Así que solo tuvieron que poner a punto los procesos industriales de obtención de unos compuestos ya estudiados, en una operación desde la retaguardia que posiblemente les salvó de la derrota.

La Segunda Guerra Mundial constituiría el último episodio en el que la quinina jugó un papel fundamental en la lucha contra la malaria. Si posteriormente se consiguió erradicarla de Estados Unidos y Europa fue gracias a otras armas, como la fumigación con insecticidas y los nuevos antipalúdicos sintéticos. Tras tres siglos de empleo, un récord absoluto para cualquier fármaco que cure una enfermedad infecciosa, la eficacia del principio activo de la corteza de la quina había disminuido considerablemente. Las especies de Plasmodium causantes de esta plaga se habían vuelto tan resistentes a ella que se abandonó su uso para este fin. Aunque no desaparecería de nuestras vidas. Todavía le queda un ámbito donde mantiene intacta su fama. Cada día, miles de personas rememoran un hábito iniciado en la India hace más de un siglo. Naturalmente, el agua tónica contiene hoy una cantidad muy inferior de quinina pues su propósito es simplemente añadir ese toque amargo tan característico del rey de los cócteles. Qué disfruten su gin-tonic.

Bibliografía:

The Fever Trail: In Search of the Cure for Malaria, Mark Honigsbaum, Farrar Straus and Giroux, 2001.

La carga palúdica en la humanidad. Una historia universal de la malaria, James L. A. Webb Jr., Universidad de Valencia, 2013.

Remedios para el Imperio: Historia natural y la apropiación del Nuevo Mundo, Mauricio Nieto Olarte, Universidad Externado de Colombia, 2009.

Visible Empire: Botanical Expeditions and Visual Culture in the Hispanic Enlightenment, Daniela Bleichmar, University of Chicago Press, Chicago, 2012.


Elogio de la papa (y unos apuntes sobre la batata)

25th July 1952: Four young dancers of the Italia Conti School compete in a potato eating contest in Green Park, London. They are (L to R) Frances Reynolds of Palmers Green, Sonia Hoey of Hampton Court, Maureen Bullion of Catford and Elizabeth Hewitt of Erith in Kent. (Photo by Reg Speller/Keystone/Getty Images)
Fotografía: Getty Images.

La papa es un alimento humilde, vulgar. Una cura para las hambrunas, una sombra en el imaginario de lo pobre. «Para puta y guiso de patatas prefiero verme beata», dice el refrán. A la papa le falta carisma y le sobra una tradición de desprecio desde que llegó a Europa. En primer lugar, por ser comida de esclavos en América; y en segundo, por su generosidad natural, que por un lado salva vidas y por otro alimenta las diferencias sociales. «Cuanto más grande es el regalo de la naturaleza, más extremo es el contraste entre su actividad dual: la alimentación y la explotación», escribe Redcliffe Salaman en la mejor biografía que se ha escrito del tubérculo, Historia e influencia social de la patata (1949). Ponía dos ejemplos: el de los indígenas condenados a la muerte en las minas de Potosí y el de los obreros de la revolución inglesa (una dieta a base de patatas era extremadamente barata, permitiendo a los dueños de las fábricas pagar sueldos de miseria).

Hay infinidad de mitos sobre el origen divino de las papas. Uno de los más famosos cuenta que los hombres de las tierras bajas, cultivadores de quinoa, oprimían a los de las montañas y les robaban las cosechas. Azotados por el hambre, los pobres pidieron ayuda al cielo y de él cayeron unas semillas redondas y carnosas. Los hombres las cultivaron y de ellas nacieron flores de color lila. Sus opresores esperaron hasta que la cosecha maduró y segaron las plantas. Los hombres de la sierra volvieron a dirigirse al cielo y este les respondió: «Removed la tierra y sacad los frutos que allí quedaron, pues los he escondido para burlar a los hombres malos y enaltecer a los buenos». Los pobres descubrieron las papas, las comieron y tuvieron fuerza para derrotar a sus enemigos. La patata era un don del cielo cuyo valor solo estaba a la vista de los desheredados. Algo similar ocurrió cuando llegó a Europa: mientras los campesinos las comían avergonzados (alimento subterráneo), la aristocracia se interesó por sus exóticas flores (adorno superficial).

Respecto a su carácter divino, Cristóbal de Molina recoge en sus Ritos y fábulas de los incas (1573) la oración de un indígena antes de un banquete: «¡Oh, Hacedor! Señor de los fines del mundo, misericordioso que das ser a las cosas, y en este mundo hiciste los hombres que comiesen y bebiesen, acreciéntales las comidas y frutos de la tierra; y las papas y todas las demás comidas que criaste, multiplícalas para que no padezcan hambre ni trabajo, para que todos se críen, no hiele ni granice; guárdalos en paz y en salud».

Otra leyenda narra cómo un dios andino sintió hambre después de un largo viaje. «Inkarri, que tenía mucha sabiduría, y como no tenía fiambre, fabricó bollos de barro y los colocó muy superficialmente bajo la tierra. Entonces, a su mirada no más, brotó con sus frutos el atoq sawasiray [la papa silvestre]». Más adelante, Taytacha, nombre que recibió el dios cristiano, reunió las distintas variedades, las sembró e hizo que lloviera sobre ellas. «Si Taytacha no hubiese cultivado, juntando la papa del Inkarri, ¿qué hubiéramos comido?, ¿hubiéramos masticado piedras?» (1). Y como la papa nació de la tierra, los hombres que la comen también volverán a ella. El mito de Inkarri es posterior a la conquista y cuenta que fue engañado, torturado y decapitado por Españarri (rey de España), que enterró su cabeza en Cuzco. Pero su cuerpo ahora crece bajo tierra y un día volverá para reconstruir el imperio incaico o, según otras versiones, celebrar el juicio final.

El detalle de los «bollos de barro» conecta con este otro: la cultura mochica (asentada en la costa norte de Perú entre los siglos II y IX) es famosa por sus cerámicas, muchas de las cuales representan papas mitológicas (y otras, escenas de sexo). La vasija más célebre está en el Museo Larco de Lima y tiene la forma de una gran patata de la que germinan protuberancias humanas, señal de comunión con la naturaleza y de que, literal y metafóricamente, les debían la vida a las papas.

(Re)descubrimiento

A Quechua Indian farmer harvests native potatoes at the International Potato Center (CIP) experimental station in the village of Aymara in the Andean highlands of the Huancavelica region, which is 3,950 meters (12,959 feet) above sea level, May 28, 2007. The CIP conserves genetic samples of most of the potatoes native to Peru, the birthplace of the potato with more than three thousand varieties. Most of the varieties that the CIP keeps cannot be grown outside the Andes due to the region's particular climatic and ecological conditions. REUTERS/Mariana Bazo(PERU)
Fotografía: Cordon Press.

Los pueblos de los Andes peruanos siembran patatas desde hace al menos ocho mil años. La planta, cultivada en terrazas en las montañas, a salvo de plagas y animales, se «domesticó» durante los dos milenios anteriores. Los tubérculos descubrieron a los españoles durante la conquista del Imperio inca. Al llegar a Europa, su nombre original, papa, se mezcló con el de la dulce batata, que Colón había traído de Haití medio siglo antes, dando lugar al término patata. Para aligerar el relato, no entraremos en detalles sobre los miles de variedades del tubérculo: la papa es como Dios, una, trina y omnipresente.

Aunque es seguro que Francisco Pizarro las conoció en 1532, cuando llegó a Cajamarca para desangrar Perú, no se mencionan en los documentos. Cinco años después, Gonzalo Jiménez de Quesada llegó a la actual Colombia y observó que, como en otras regiones de las Indias, «el principal mantenimiento» de la gente era el maíz, la yuca y otras dos plantas: «unas a manera de turmas de tierra, que llaman yomas [patatas] y otras a manera de nabos que llaman cubias, que echan en sus guisados». Las turmas o criadillas de tierra son hongos subterráneos o trufas, y era lo más parecido a las papas que los españoles conocían.

En su Historia del Nuevo Reino de Granada, el cronista y sacerdote Juan de Castellanos narraba cómo los hombres de Quesada habían entrado «por las grandes poblaciones de Sorocotá, ya todas desiertas, con el mismo temor de sus vecinos», y en sus casas habían encontrado «maíz, frijoles y turmas, redondillas raíces que se siembran y producen un tallo con sus ramas y unas flores, aunque raras, de purpúreo color amortiguado». Las raíces de esta «hierba» tenían el tamaño de un huevo y eran «blancas y moradas y amarillas, harinosas raíces de buen gusto, regalo de los indios que bien acepto, y aún de los españoles golosina». Es improbable que Castellanos estuviese allí (en 1537 solo tenía quince años), así que el relato procede de otras fuentes. Su manuscrito, una crónica rimada de unos catorce mil quinientos versos endecasílabos, no fue publicado hasta 1886.

Una de las primeras descripciones apareció en la Crónica del Perú (1553) de Pedro Cieza de León, redactada durante su estancia en América. El historiador constató que la gente cogía «gran cantidad de papas» en distintas provincias: Cuzco (Perú), Quito (Ecuador) y Popayán (Colombia). El cultivo «después de cocido queda tan tierno por dentro como castaña cocida; no tiene cáscara ni cuesco [hueso] más que lo que tienen la turma de tierra; porque también nace debajo de la tierra como ella; produce esta fruta una hierba ni más ni menos que la amapola».

El indígena Felipe Guamán Poma de Ayala, que trabajó al servicio de funcionarios españoles, redactó e ilustró una joya sobre el dominio colonial en Perú, El primer nueva coronica [crónica] y buen gobierno (1615), un ejemplar único que por extrañas razones ha terminado en la Biblioteca Real de Dinamarca. Dentro del capítulo de los meses del año, tres páginas están dedicadas al cultivo de la papa: junio y julio, tiempo de recogerlas y almacenarlas; y diciembre, momento de cosecharlas. El resto están dedicados al mantenimiento de la tierra y al cultivo de maíz. Por último, el Inca Garcilaso de la Vega, hijo de una princesa inca y de un explorador extremeño, ponía la papa como ejemplo de un mestizaje exitoso del que él mismo, que llegó a ser uno de los grandes historiadores de la época, formaba parte (Comentarios reales de los incas, 1609).

Llegada a Europa

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Litografía de Los comedores de patatas, de Vincent van Gogh, 1855 (DP).

«Los conquistadores españoles que se encontraron con ella inmediatamente se dieron cuenta de su importancia económica, pero a la vez la relegaron como comida para esclavos», escribe Salaman. Los hombres que trabajaban en las minas de Potosí se alimentaban de chuño (patatas deshidratadas que pueden conservarse durante años) y algunos españoles se hicieron ricos comerciando con él. El doble filo del que hablábamos al principio. Al comprobar que eran altamente nutritivas, los colonos las incluyeron poco a poco en su dieta y empezaron a usarlas como provisión en los barcos: bien almacenadas podían aguantar tres o cuatro meses en las húmedas bodegas.

El tubérculo llegó a España hacia 1565. En los libros de cuentas del Hospital de la Sangre de Sevilla aparecen partidas de compra en 1573, lo que significa que habrían llegado al menos tres años antes, tiempo necesario para dominar el cultivo y sacarlo al mercado. Se compraron en otoño, lo que confirma que habían sido cultivadas en la Península ese mismo verano. El alimento, desdeñado y asequible, era ideal para un sanatorio de pobres.

Cómo cruzaron el Atlántico no está tan claro. Se fantasea con un primer envío desde Cuzco al rey Felipe II, que se las habría enviado a su vez al papa Pío IV para aliviar sus dolencias (1565), pero ni las fechas encajan (el pontífice murió ese mismo año) ni hay documentos en el Vaticano que lo demuestren. También circulan historias sobre el explorador Walter Raleigh (que supuestamente las introdujo en Inglaterra desde Virginia), el pirata Francis Drake (que saqueaba los barcos españoles) y el negrero John Hawkins, pero el relato más plausible es el de la introducción hispana.

Según Salaman, las papas habrían sido trasladadas de los Andes a Cartagena de Indias para servir de provisión en los barcos que zarpaban hacia la Península y, una vez allí, las que hubiesen sobrado habrían llegado a manos de campesinos. El viaje desde la costa oeste —saliendo de Lima y rodeando el continente— habría sido demasiado largo y las patatas se habrían podrido. Algunos registros de compra sugieren que llegaron primero a Canarias. En cualquier caso, lo hicieron en los años sesenta. Dos décadas más tarde ya se cultivaban en Italia, Francia, Suiza, Alemania y los Países Bajos, sobre todo como alimento para el ganado.

El inglés John Gerard fue el primero que incluyó la patata en un tratado botánico. El autor sostiene un ramo de flores del tubérculo en la portada de su Herbal (1597). El flamenco Carolus Clusius y el suizo Caspar Bauhin publicaron sus estudios poco después, añadiendo un detalle importante: causaba «flatulencias». Bauhin, que bautizó las patatas como Solanum tuberosum esculentum, anotó también que los campesinos de Basilea las cocinaban de distintas formas «y las comían para excitar a Venus y aumentar su semen» (Prodromos Theatri Botanici, 1620). Ya saben lo que dicen: donde hay pelo hay alegría y donde no hay mata, no hay patata.

Un siglo más tarde, el franciscano Juan de Altamiras volvía a alertar sobre los insondables peligros del tubérculo. Lo hacía en mitad de una receta de criadillas de tierra recogida en su Nuevo arte de cocina (1745): «Esta es una yerba muy regalada, criada como las patatas, debajo de la tierra; las mondarás y las podrás echar en remojo en pedazos: escáldalas, ponlas a cocer […]. Las patatas se componen del mismo modo, y si comes muchas te advierto, estarás de tan buen aire, y tan favorable, que con el aire que soples puedes componer embarcación para ir al Papa, si no es que sea tan fuerte, que por romper las velas sea necesario su reparo […]».

A mediados del siglo XVII el consumo se había extendido entre las clases humildes del norte de Europa «gracias» a la hambruna provocada por la guerra de los Treinta Años (1618-1648). Pero al mismo tiempo surgieron historias sobre los peligros del alimento americano (decían que causaba la lepra y otras enfermedades) y en algunos lugares se prohibió su cultivo. El trabajo de Antoine Parmentier fue crucial para la aceptación del tubérculo en Francia. El farmacéutico descubrió sus propiedades nutricionales en unas mazmorras prusianas, cuando fue apresado durante la guerra de los Siete Años (1756-1763). Después de promocionar la patata durante años y de lograr el apoyo de algunos obispos, Parmentier ganó un concurso científico en el que se buscaban alimentos que pudiesen «atenuar las calamidades causadas por el hambre» en tiempos de escasez.

El éxito de su Examen chymique des pommes de terre acabó con la prohibición que pesaba sobre ellas desde 1748 y les abrió las puertas de Versalles. Años antes de la Revolución francesa, el agrónomo le regaló un ramo de flores de patata a Luis XVI, que las prendió en el corpiño de María Antonieta. El rey también le entregó unos terrenos para que pudiese continuar con sus experimentos. Los sucesos de 1789 lo condenaron brevemente al ostracismo, pero la otra revolución, la de la patata, ya estaba en marcha. En 1794 apareció el primer libro de recetas dedicado íntegramente a las «manzanas de tierra», cuyo título indica que el pueblo las había hecho suyas: La Cuisinière républicaine, de Madame Mérigot. La tumba de Parmentier en Père-Lachaise siempre está cubierta de patatas.

Batatas y patatas

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Cultivo de batatas. Fotografía: USDA (CC).

Cuando llegó a la Península, la papa tuvo una aceptación casi nula como alimento humano (2). Sucedió al contrario que con la batata, que Cristóbal Colón había traído a la vuelta de su primer viaje y que tuvo un éxito inmediato porque era dulce (recibió el nombre de «patata de Málaga» por ser allí donde más se cultivaba). El nombre de los tubérculos se confundió hasta el siglo XIX, cuando el consumo de patatas se extendió a las capas medias de la sociedad y las especies empezaron a diferenciarse de nuevo. El nombre original, papa, siguió usándose en Andalucía y Canarias.

El malentendido era más que un error de pronunciación (b, p). «Hasta mediados del siglo XVIII la papa es “comida insípida” (Diccionario de autoridades), carece de atractivo culinario y de prestigio social, es para uso exclusivo del ganado. Su consumo humano va asociado a épocas de penuria y de grave crisis nutricional; su ingestión por el hombre pone de manifiesto el fracaso del sistema alimentario tradicional. Es la paupérrima clase campesina quien para mitigar su hambre recurre a la papa, que solo era consumida por la cabaña. Come papas pero por decoro se resiste a admitirlo ante sí y ante los demás, por ello para revestir de dignidad la base de su mísero condumio acude al término patata, que gozaba de gran prestigio», señala Jesús Moreno Gómez, historiador y miembro de la Academia Gastronómica de Málaga. Mientras los españoles se resistían a comerlas, la población europea había crecido gracias a ellas (su vitamina C ayudaba a combatir el escorbuto) y en Irlanda eran el «alimento nacional». A mediados del siglo XIX una plaga afectó a los cultivos europeos y el país perdió dos millones de personas: la mitad murió y la otra mitad emigró a Estados Unidos.

Existe otra explicación de carácter religioso: «Al coincidir dos términos homófonos para designar a la máxima jerarquía de la Iglesia católica y al tubérculo andino, en los ámbitos eclesiásticos debió de propiciarse la utilización del vocablo patata, que así pasó al uso popular, para preservar la dignidad de la suprema figura del Catolicismo», señala la americanista María Isabel Amado Doblas. En un estudio bastante reciente, la investigadora demuestra que los autores del Siglo de Oro también cayeron en la trampa lingüística. Salvo Góngora, que en A otra monja que le había pedido unas castañas y batatas (1611) escribe:

No me pidáis más, hermanas,
castañas con este frío,
que enjertas os las envío
y las volvéis regoldanas;
fruta que por las mañanas,
habiendo batatas bellas,
hace parir las doncellas,
milagros de monjas son,
que, sin obra de varón,
paren hijos para ellas.

Quevedo erraba en su Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado (1626):

[…]
vinieron, muy preciados de sus garras,
los castellanos con sus votos a Cristo,
los andaluces de valientes, feos,
cargados de patatas y ceceos.

Vicente Espinel y Lope de Vega serían los primeros en comparar las manos sucias o groseras con los tubérculos (manteniendo la confusión de nombres). En el segundo caso, el dramaturgo sugiere que las batatas, aunque pardas por fuera, son dulces por dentro:

Llegueme a la ventera, que era una mujer coja y mal tallada, […] las manos parecían manojos de patatas. (Marcos de Obregón,1618).

Tello (a Finea): Con esta mano te llama
mi amor, ¿qué aguardas?
Finea: ¡Ay, Tello!
¿Esa es mano, o es patata?.

(Las bizarrías de Belisa, 1634).

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada a América #JD16

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(1) Narración de Roque Paniura, comunero de Fuerabamba (Perú), recogida en el Archivo de la Tradición Oral Quechua del Cusco con motivo de la celebración del Año de la Papa (2008).

(2) La cita y varios fragmentos literarios proceden de «Apunte bibliográfico acerca de la batata/patata en la literatura del Siglo de Oro», María Isabel Amado Doblas, publicado en Isla de Arriarán. Revista Cultural y Científica, 2001. Para profundizar sobre este y otros temas el Anuario de Estudios Americanos (CSIC) es una fuente de referencia.


Byron Moreno, matón de esquina: quien a hierro mata, a hierro termina

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Moreno saca tarjeta a Zanetti en el partido de octavos del Mundial de fútbol de 2002 entre Italia y Corea del Sur. Fotografía: REUTERS.

En el minuto doce de la prórroga entre Italia y Corea del Sur, Francesco Totti recibe la pelota tras un rechace y queda uno contra uno en la frontal del área, de espaldas a la portería. En una maniobra propia de su talento, da la vuelta, deja atrás al defensor y se prepara para chutar. Ahí duda. El ángulo no es malo, pero la ventaja le permite pensar en otra opción. La opción del penalti. Si tira, puede ser gol o no. Si es gol, Italia se clasifica para cuartos de final y juega contra España. Si no es gol, hay que seguir jugando hasta que uno de los dos marque.

Ahora bien, si en vez de chutar, recorta, el defensa tiene que arrollarle. Pura física. Y si le arrolla, es penalti y si es penalti, Vieri o él se encargarán de acabar con esta broma.

Así que, en efecto, Totti recorta, o más bien se para un segundo de más, y justo antes del inevitable contacto, dobla un poco las rodillas y ensaya el grito para que quede bien claro. Luego, la inercia hace el resto: el coreano efectivamente le barre y el árbitro hace sonar el silbato. En Daejeon, de repente, todo el mundo calla. Decenas de miles de coreanos enfebrecidos, con sus pañuelos, sus tirantes y sus tambores a lo club de fans de Oliver Atom, se quedan mirando con cara de pánico al hombre fondón vestido de negro, que se acerca al área en apoteosis del trote cochinero, que diría aquel.

El hombre se llama Byron Moreno. Tiene treinta y un años y es ecuatoriano. Pese a su juventud y su evidente falta de forma física, la FIFA lo ha elegido no solo para pitar un Mundial sino para pitar el partido de octavos de uno de los organizadores. Moreno debería estar nervioso por el papelón que le viene encima: tiene que pitar penalti, ver cómo Corea pierde y salir de ahí como pueda. No necesita mirar al juez de línea porque lo ha visto claro. Él lo ha visto claro. Totti lo ha visto claro. Daejeon entero lo ha visto claro y hasta yo lo vi claro en la tele, aunque fueran las ocho de la mañana.

Moreno respira hondo, se acerca al tumulto, espera a que Totti se levante del suelo y le saca amarilla por fingir; la segunda, es decir, que le expulsa por recibir un penalti.

No es la primera y no será siquiera la última. En el minuto cuatro de partido pitó un penalti a favor de Corea del Sur a la salida de un córner. Siendo sinceros, aquello no fue ningún escándalo y además Buffon lo paró. Más rara quedó la permisividad con algunas entradas extremadamente violentas de los coreanos o el gol anulado a Tommasi, posterior a la expulsión de Totti, por un fuera de juego inexistente. Si uno se queda con el resumen del partido, puede que fuera un mal día. Malos días de los árbitros hay muchos. Si se ve el partido entero, falta a falta, es complicado explicárselo.

No fue un gran Mundial para Italia, en cualquier caso, que consiguió el récord de cinco goles anulados en tres partidos consecutivos, al menos cuatro de manera injusta. Sí lo fue en cambio para Corea del Sur, que se encontró de nuevo en cuartos de final, contra España, con otro amigo en forma de Al-Ghandour. Los medios españoles, que tanto habían celebrado el atraco a Italia, como solo en este país se puede celebrar un atraco a Italia o a Francia, clamaban setenta y dos horas después contra la FIFA. A buenas horas, mangas verdes.

Como saben, Corea del Sur ganó los dos partidos, se plantó en semifinales y ahí la Alemania de Ballack y Kahn fue demasiado. Tampoco convenía exagerar el asunto. Ahí acabó la historia de Corea en su Mundial. No así la de Moreno, que acababa de empezar.

«El Justiciero» ha llegado ya a la ciudad

La FIFA, la misma FIFA que le había designado para el partido y que le había hecho debutar como internacional con veinticinco años, le expulsó del torneo y prometió iniciar una investigación que acabó como empezó, es decir, en nada. A su vuelta a Ecuador, Moreno descubrió que se había convertido en un héroe, la típica historia del lugareño que cruza los mares y le da una lección a todo el mundo. Aquel inútil, apodado «el Justiciero» por su facilidad para sacar tarjetas rojas —pitó durante ocho años y mantuvo un promedio de una por partido—, era justificado en todos los medios por el único mérito de «ser de los nuestros».

Tanta efusividad le llevó a dar un paso adelante y presentarse a concejal por Quito. Su lema «saquemos la tarjeta roja a la corrupción» era burdo pero podía ser efectivo. Hablamos de política al fin y al cabo. En medio de la campaña le fue asignado un partido entre Liga de Quito y Barcelona de Guayaquil, dos de los principales equipos del país, que andaban jugándose el campeonato. Partido en Quito con un candidato a concejal por Quito arbitrando, curiosa coincidencia. Después de pitar un penalti por bando, Moreno decidió que había que añadir seis minutos a los noventa reglamentarios. Barcelona ganaba 2–3. Pasaron los seis y Barcelona seguía ganando. Pasaron siete. Pasaron ocho. A los nueve y medio, Liga consiguió empatar. Pasaron diez. Cuando estaban por cumplirse los once, Liga de Quito marcó el 4–3.

No se llegó a sacar de campo. Ni corto ni perezoso, Moreno puso en el acta que los goles habían llegado en los minutos ochenta y nueve y noventa. Poner cien y ciento dos habría sido un poco escandaloso. La Federación le suspendió durante veinte partidos, no por los trece minutos sino por no saber redactar un acta. Para rematar, perdió las elecciones.

Moreno pasó unos meses explicando que no había nada de irregular, que los seis minutos había que jugarlos enteros, a tiempo parado y no corrido, algo sorprendente en el fútbol. Luego se cansó de explicar nada y se fue a Italia, apenas seis meses después de la que había liado en Daejeon. La RAI, siempre comprometida con el periodismo de calidad, estaba por entonces emitiendo un programa llamado Stupido Hotel. En España, Telecinco hizo algo parecido: se llamó Hotel Glam, pero al menos no metieron ningún árbitro. Eso lo hicieron en Gran Hermano VIP.

Obviamente, Moreno duró poco en el reality, aunque el viaje mereció la pena: fue el mejor pagado de todos los participantes. De vuelta a Ecuador, esperó a que se cumpliera la sanción y cuando pudo pitar de nuevo expulsó a cuatro tíos y se ganó una nueva suspensión. «Me siento perseguido», dijo Byron, y decidió dejar el arbitraje.

Paseando un traje de heroína por el JFK

A partir de este momento, la vida de Byron Moreno se hace algo confusa de relatar: funda una academia de árbitros, luego la cierra, colabora en la radio y después se hace fijo en la televisión, primero en la RTS; luego, definitivamente en Canal Uno, comentando partidos. Mantiene una cierta fama y popularidad, al menos lejos de Guayaquil, pero su vida empieza a descomponerse rápidamente: su hijo enferma y le detectan un soplo en el corazón. Tras una operación a vida o muerte, el niño queda con daños cerebrales irreparables y muere pocos meses después.

Esta es la época en la que empieza a viajar asiduamente a Estados Unidos, o, más que asiduamente, periódicamente: en 2006, una vez; en 2007, otra; en 2008, otra más. Ir y volver. Moreno, según cuenta en una entrevista de 2011, aún más gordo, descuidado, coleta grasienta, va adquiriendo más y más deudas. Deudas que no puede pagar la televisión ni la radio ni la Rai 2 porque Italia es campeona del mundo y quién se acuerda del hombre este ahora. Deudas que tendrían que ver con el tratamiento de su hijo o con el aborto espontáneo de su mujer de otro niño varón a los cinco meses de embarazo, no queda claro.

Mientras, sigue en Canal Uno, muy serio, muy justiciero aunque cuando se apague la luz roja de la cámara, se venga abajo. Le están amenazando, dice. Quieren matar a su hijo, Dylan, el único que le queda, aunque en realidad no es suyo sino de su pareja. Le amenazan con matar al niño si no acepta hacer de «mula» en uno de sus viajes a Nueva York. Y, claro, Byron acepta. Una vez que uno se pone a aceptar cosas, seguir aceptándolas es de lo más natural. Si han visto Breaking Bad sabrán de lo que les hablo.

El 20 de septiembre le envuelven de heroína. Diez bolsas con 6,2 kilos rodeando el cuerpo de Byron, quien, pese a todo, pasa el control en Guayaquil como si nada, pero al llegar al JFK se muestra nervioso, agitado, sudando como un pollo. La policía le para, le pregunta, le cachea. Todo lo que tocan es acolchado. Un cuerpo acolchado por encima de un cuerpo fofo. Byron ya no tiene treinta y un años ni tiene cara de niño pelota. Ronda los cuarenta y su pelo engominado no es señal de nada bueno en Estados Unidos. Inmediatamente, se da cuenta de que le han vendido —«tú venías caído», le dicen en la cárcel—, que es el regalo que los narcos entregan a la DEA para que se consuelen con algo, que probablemente alguien haya reducido su condena gracias a este chivatazo y que a él le espera un tiempo muy largo por delante en el que pensar muchas cosas.

Byron Moreno, tú estás peor, tú estás en

La noticia llega a Ecuador como llega a un pueblo que se aburre, esto es, con estrépito. Grandes titulares en varios colores y música tremendista. Byron Moreno es famoso, sale en la tele y por lo tanto se merece un tratamiento así. Por otro lado, todos saben quién es realmente Byron Moreno y tampoco conviene cebarse. Donde no hay, no hay, así que se finge un cierto escándalo y se pasa a otra cosa. Algunos hablan de cadena perpetua, otros de diez años, pero el juez lo deja en treinta meses.

Es un tiempo asumible, un tiempo que tiene que pasar en Estados Unidos, recluso, junto a otros traficantes de los que se hace amigo inmediatamente. Puede que Byron Moreno fuera el símbolo de algo para mucha gente. No lo sé. Puede que esas amistades no tuvieran que ver con su fama mundialista sino con sus aficiones peligrosas. En cualquier caso, decide portarse bien y que todo pase lo antes posible. Su pareja sufre otro aborto, se refugian en Jesucristo. De él venimos y a él vamos. El juez considera que su conducta es ejemplar —Jesucristo está bien considerado en el sistema penitenciario estadounidense; Jesucristo no es, pongamos, Marilyn Manson— y deciden reducirle la condena diez meses. Ya ven, hay gente que alarga y gente que descuenta.

Moreno sale de la cárcel pero no sabe dónde ir. Piensa en quedarse en Estados Unidos pero el dinero está en Ecuador. El dinero y su hijo. El dinero, su hijo, su pareja… y los peligros y las viejas amistades y la imposibilidad de mantener un trabajo cara al público. ¿Quién sacará la tarjeta roja al contrabando en la próxima campaña electoral? Se pasea por entrevistas propias de Callejeros, consigue que una Ana Rosa Quintana local le invite para una charla íntima.

El Byron Moreno que nadie conoce. El Byron Moreno que no es «el Justiciero», no tiene amigos en altas esferas, no decide partidos a su antojo y no trafica con heroína. Un perfil vacío. Una silueta en blanco dibujada en el suelo de una habitación rodeada por una banda de plástico rojiblanca. «Me vendieron», insiste una y otra vez, quizá porque sabe que reconocer, sin más, que le compraron quedaría mucho peor. El hombre con el que Italia no contaba, reducido a escombros.


La última cultura prehispánica

Bebé Awá
Bebé Awá en edad de ser raptado por la Tizgaya

Explorando viejos mitos

Cuenta la leyenda que la Tizgaya vivía escondida en las zonas más húmedas de la selva, o entre las rocas de una quebrada, o bien en las interminables grietas que arañan las laderas de las montañas. Allí, agazapada, esperaba la hora del almuerzo, que en su caso consistía ni más ni menos que en devorar a uno de los niños de los awás, indígenas que habitan la cordillera de los Andes en el sur de Colombia y el norte de Ecuador.

La Tizgaya es un humano pequeñito, un enano, casi un hobbit, con dedos alargados, nariz arrogante y la nuca monda. Cuando uno escucha por primera vez la manera en que engulle lentamente a los infantes, sin masticarlos, es imposible no pensar en una serpiente con patas, una pitón bípeda capaz de zamparse cuerpos enteros de un solo bocado. Después de tragarse a los niños, la Tizgaya suele invadir el lecho de sus madres, quienes, en su inocencia, le tocan el cuerpo creyendo que se trata de sus propios hijos, pues estos siguen vivos en el interior de ese misterioso fantasma que pulula desde tiempos inmemoriales por la conciencia de los awás. A veces, envueltos en la callada oscuridad andina, es fácil distinguir sus voces en el interior de la Tizgaya.

Según los ancianos, una noche, allá por los inicios de la historia, los awás decidieron acabar con la Tizgaya. Con este propósito, organizaron un banquete en el que no faltaron ni la marimba ni el guarapo, un licor a base de caña de azúcar fermentada. Charlando con esa voz queda propia de la gente humilde, los awás esperaron con paciencia la llegada de la Tizgaya. Cuando la vieron aparecer trataron de emborracharla a base de guarapo. No fue una tarea fácil. La Tizgaya tenía tantos agujeros en el cuerpo, probablemente a causa de los forcejeos de los niños que trataron de escapar de su interior una vez tragados, que todo el guarapo que bebía le chorreaba inmediatamente por la garganta, el costado o los muslos. Para resolver este problema, a los ancianos se les ocurrió cubrir aquellos huecos con hojas secas y la Tizgaya acabó emborrachándose. Después de eso bastó media hora de baile para que la Tizgaya, ebria, mareada, fuese incapaz de resistirse a los empujones de los awás y cayese en una paila —digamos que una paellera— con brea hirviendo. La Tizgaya consiguió escapar de la paila, pero lo hizo con el cuerpo achicharrado. A partir de aquí, su suerte es confusa: tal vez muriese en el bosque, o tal vez viviese para siempre con la mitad del cuerpo quemado. Lo cierto es que, pese a que algunos niños awás siguieron extraviándose de vez en cuando, nadie volvió a saber de ella. Es posible que sea la Tizgaya quien devore a los jóvenes desaparecidos, aunque hay quien asegura que la Tizgaya murió y que los niños simplemente se desorientan en el espesor del bosque.

Sea como fuere, el mito ha permanecido vivo hasta el día de hoy. Eso sí, un ladino misionario español consiguió introducir una pequeña variante en la historia, según la cual la Tizgaya no devoraría a todos los niños, sino solo a los aucas, es decir, a los no bautizados.

Paisaje
Resguardo awá de Magüí.

El hombre de la montaña

Awá significa «hombre de la montaña». Como los incas o los pastos, los awás se movían libremente por las vastas laderas de los Andes, hasta que la llegada de los españoles los obligó a confinarse en las regiones más escarpadas e inaccesibles de la cordillera. Afanados por proteger a sus mujeres de los conquistadores barbudos llegados de Dios sabe dónde, alérgicos a cualquier tipo de mestizaje, los awás se retrajeron allá donde no llegaba el hombre blanco y continuaron viviendo en paz, fieles a sus tradiciones.

La cultura awá se basa en una simbiosis perfecta con la naturaleza. Esto se refleja entre otras cosas en su alimentación y, sobre todo, en el sincretismo de sus creencias. Empecemos por este último punto. A día de hoy, la mayoría de los awás se autodefinen como cristianos —mal que les pese a los primeros misioneros, una buena parte de ellos ha acabado adhiriéndose a alguno de los grupos evangélicos que proliferan como setas por América Latina—. ¿Lo son realmente? Si uno los observa de cerca, si convive con ellos y sus ideales, es difícil convencerse. En realidad, los awás recuerdan a los moriscos, esos musulmanes bautizados por orden de los Reyes Católicos que siguieron practicando a escondidas su religión, o a los marranos, término que definía a los judeoconversos cuya única motivación para trocar su fe era escapar a los estatutos de limpieza de sangre.

Como casi todos los creyentes, los awás tienen un Padre. Curiosamente, su supuesta condición de cristianos no les impide que este sea una antigua divinidad llamada Astarón —nada que ver con el demonio Astaroth—, a quien consideran el dueño de todas las plantas y animales. Astarón permite que los Awás cacen de acuerdo a sus necesidades alimenticias, castigándolos si cazan en exceso. Lo mismo ocurre con los cultivos: es legítimo «botar monte» —i. e. talar árboles— para sembrar maíz, pero si uno bota más monte de la cuenta tendrá que vérselas con un Astarón enfadado y ceñudo. Astarón es la «ley de origen», una forma de mantenerse en balance con la montaña y los seres vivos que la habitan.

En la naturaleza, quién sabe si compartiendo escondrijos con la Tizgaya, vive la Vieja, culpable de todos los trastornos, de todos los dolores, de todos los achaques. Si uno se adentra en los resguardos indígenas de los awás, donde abigarradas mariposas conviven con culebras venenosas y los helechos alternan con las palmeras, llegará a un mundo donde no existen los virus ni los microbios ni las bacterias. Los males, cuando existen, son siempre culpa de la Vieja. De modo que si un awá se enferma es únicamente porque se tropezó con la Vieja al caminar por la montaña. Claro que también existen males que emanan de la propia naturaleza, como el espanto de agua, que se adquiere al bañarse en algunos ríos y produce náuseas, mareo y debilidad muscular, o la ojeada de piedra, que da lugar a fiebre, escalofríos y malestar de huesos al awá que se sienta a descansar sobre la roca equivocada.

El medio ambiente y el respeto a los mayores, valedores de la sabiduría ancestral, son las piedras angulares de esta cultura amerindia. Los awás andan desparramados por docenas de resguardos, cada uno de ellos con su propio gobernador, cargo electivo que suele durar un año, y con su propio Consejo de Mayores, un grupo de cinco ancianos que, apoyándose en los llamados «bastones de mando», velan por los intereses de la comunidad, solventan los inconvenientes, conciben nuevos proyectos y, lo más importante, atesoran las leyendas de la Gran Familia Awá.

Panela
Fabricación artesanal de panela.

Caña de azúcar y cañazas

De día, los awás cazan guatusas —roedores de unos cincuenta centímetros—, venados e iguanas, cuyos huevos ovalados, por cierto, desentierran a veces en las orillas de los ríos. De noche, cuando la mayor parte de su dieta sale a pasear por la selva, atrapan raposas, tejones, sachacuyes y borugas, a los que suelen encandilar con cebas de enormes racimos de plátanos o con peperos, que no son los votantes del PP, sino una fruta silvestre. Por supuesto, también recurren a la pesca. Los riachuelos que surcan los Andes están plagados de lisas, sabaletas y barbuditos.

Entre los cultivos predilectos de los awás destacan el plátano, el chiro —plátano pequeño—, el maíz, el frijol, la yuca, el chontaduro y la caña de azúcar. Esta última se prensa en molinos conocidos como trapiches, formados por un engranaje de ruedas dentadas de madera que se accionan gracias al trote circular de una mula, atada a un tronco de unos tres metros. El jugo que se extrae de este proceso es la quintaesencia de la cultura awá. Hirviéndolo se obtiene panela —un azúcar mascabado que se usa como endulzante— y miel. Fermentando el extracto de caña de azúcar por tres días se obtiene guarapo, una bebida alcohólica bastante suave que se usa en fiestas y celebraciones. El guarapo, a su vez, es el padre del chapil. En efecto, a través de tanques y alambiques metálicos, el guarapo destilado se convierte en chapil, un licor acre que se emplea para agasajar a los huéspedes y ahuyentar a los malos espíritus. Si usted entra en un resguardo de indígenas awá, le recibirán con una hoja de chachajo en forma de cáliz con un chupito de chapil. Al atravesar la primera quebrada le informarán de que, según manda la tradición, hay que consumir otra dosis de «vitamina che». Lo mismo con el primer puente, la primera loma, etcétera. Finalmente, «prendido» —entonado— o «jincho» —borracho como una cuba—, le pedirán que vuelva a tomar chapil para evitar la ojeada de tal o cual piedra. Usted se negará educadamente y su guía awá le explicará que en ese caso, para evitar los peligros, es necesario que acepte ser escupido con chapil por todo el cuerpo. Tras unos gargajeos previos, le rociarán chapil desde la boca en mejillas, cuello y espalda.

En época de festividades, los awás sacan la marimba, un instrumento musical fabricado con ramas de chonta y cañazas de guadua, las cuales golpean con bolas de caucho para producir un sonido suave y cadencioso que suele venir acompañado del cununo —una especie de tambor labrado en madera de balso y recubierto con cuero de venado— y la sonaja —una rama de yarumbo henchida de pequeñas pepitas—. Antaño, o eso aseguran los mayores, la marimba resonaba a diario por la región andina ocupada por los awás. Cuando un vecino tocaba, otro, situado normalmente a varios kilómetros de distancia, le respondía con su propia marimba, inundando las montañas de una música incesante, para gozo y deleite del mismísimo Astarón. Hoy la marimba, como el awá pit, la lengua originaria de los awás, están en vías de extinción. Según la nueva generación de awás, muchos de sus padres, avergonzados y hartos de recibir las burlas de los blancos, mestizos y afrodescendientes que pueblan el sur de Colombia y el norte de Ecuador, decidieron educarles usando únicamente el castellano. Pese a ello, todos los awás recurren al awá pit cuando necesitan nombrar plantas o animales, esto eso, los elementos primordiales de su universo. Así, llaman wam al águila, paina al venado, wanta al conejo e ishu al tigre. Solo el caballo, animal apócrifo para la lengua awá pit, tiene un nombre similar al de su homólogo castellano: caballu.

La pérdida paulatina del awá pit y el declive de las marimbas son solo síntomas de un problema mayor que amenaza con poner fin a la última cultura prehispánica.

Soldados
Soldados del ejército colombiano en la vereda de Cumbás, resguardo awá de Magüí.

El regreso de la Tizgaya

Colombia lleva más de cinco décadas inmersa en un conflicto armado interno donde los enfrentamientos entre el Estado, los paramilitares y los guerrilleros han sumido al país, especialmente a su zona rural, en una sangría perpetua de muertos y desaparecidos. El asesinato, el secuestro, la extorsión y el pillaje de bienes civiles han convertido a Colombia en el lugar del mundo con mayor número de desplazados internos: entre 4.900.000 y 5.500.000 civiles se han visto forzados a abandonar sus tierras para buscar refugio en barrios de chabolas a las afueras de las grandes metrópolis. Según la Campaña Internacional contra las Minas Antipersonales, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ostentan también el triste récord de ser los mayores sembradores de minas antipersonales. En 2005, Colombia arrebató a Afganistán y Camboya el primer puesto en el ranking de víctimas a causa de esta mortífera arma. Una buena parte de esos muertos y heridos fueron miembros de la fuerza pública enzarzados en labores de erradicación de cultivos de coca. Los grupos armados utilizan las minas para proteger estos cultivos, que a su vez constituyen la principal fuente de financiación para la guerrilla. Nariño, el departamento del suroccidente colombiano en el que viven la mayor parte de los awás, puede lamentarse de un tercer récord igual de funesto: ser el mayor productor de coca de todo el país. Al igual que en el resto de la selva nariñense, en los resguardos awás abundan las plantaciones de coca, unas matas de un metro de altura cuyas hojas se tornan amarillentas al contacto con los rayos de sol.

Sumen a todo lo anterior al hecho de que el conflicto se desarrolla precisamente en selvas y montañas, lejos de la engañosa tranquilidad con la que Colombia recibe a los extranjeros que deciden visitar algunas de sus joyas urbanas como Bogotá, Medellín, Cali o Cartagena, y empezarán a entender cuál es la mayor amenaza para el pueblo awá. En tan solo dos décadas, el 40% de los awás del municipio de Ricaurte se ha visto obligado a abandonar sus resguardos. Muchos se han concentrado en torno a un nuevo cabildo, bautizado como Renacer Awá, pese a que, por desgracia, las verdaderas tradiciones awá, como los ritos en torno al chapil o el sonido de las marimbas, así como la pesca de barbuditos, la caza de las guatusas por el día, la de los tejones por la noche, o el cultivo del maíz, que se han tornado imposibles en unas montañas sembradas de minas y otros restos explosivos de guerra, son solo el recuerdo de los más mayores.

Naciones Unidas también ha denunciado en repetidas ocasiones el reclutamiento forzoso de menores por parte de los actores armados del conflicto colombiano. Tanto las FARC como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) aparecen de vez en cuando por las veredas —el núcleo de la vida rural colombiana— para engrosar sus filas con niños de entre doce y diecisiete años, a quienes reclutan con falsas promesas o simplemente por la fuerza, y que a menudo ni siquiera pueden decir adiós a sus familiares. Desaparecen sin despedirse, como en las leyendas ancestrales de los awás. A día de hoy, cuando un niño awá se marcha a la escuela y no regresa, todos asumen de inmediato que ha sido raptado por la guerrilla.

Colombia es un país esquizofrénico. Por un lado, se trata de una nación moderna y pujante, con festivales de cine y literatura, playas paradisíacas que atraen al turismo internacional, enormes centros comerciales, una economía floreciente y una población educada y próspera. Por el otro, el país cuenta con millones de desplazados, muchos condenados a malvivir en barrios marginales en una situación de extrema pobreza, y con una zona rural cuyos habitantes tienen una única esperanza: el fin del conflicto.

Los awás, que hace ya siglos, huyendo de los conquistadores, decidieron retraerse a las lomas más inaccesibles de los Andes, jamás imaginaron que un día tendrían que compartir sus montañas con guerrilleros que no creen en Astarón ni en las «leyes de origen» y que en las últimas décadas, por una burda e indeseable metamorfosis, se han convertido en una suerte de Tizgaya moderna, rencorosa, resentida, que, presta a vengarse de la sabiduría de los ancianos que consiguieron arrojarla a la paila, ya no se contenta con robar solo el futuro de los niños.

Cosecha
Indígena awá cosechando maíz.

Fotografía: Daisuke Shibata


Selva tóxica

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Fotografía de ONG Ali Supay

La Amazonía ecuatoriana respira rodeada de oleoductos. El petróleo es sinónimo de dinero pero también un peligro para uno de los pulmones de la tierra. Solo en los últimos siete años, el volumen total de crudo derramado es superior a 588 barriles. De todo este veneno negro solo se recupera un 60%. Cuando el calor aprieta, el crudo baja por el río hasta la reserva natural del río Cuyabeno y las comunidades indígenas que habitan la zona solo pueden beber el agua de lluvia. Según denuncian varias organizaciones, el petróleo ha causado deterioro ambiental, social y cultural en la Amazonía ecuatoriana. Greenpeace asegura que el 80% de los ecosistemas de los bosques primarios han sido destruidos o alterados, entre otras razones, por culpa de la extracción de crudo.  El otro 20% están amenazados. Cuyabeno, en Ecuador, está entre ellos.

Todo empezó en los años 60, momento en que Texaco entró en Ecuador. “Desde entonces la extracción de petróleo en la Amazonía ecuatoriana solo ha provocado destrucción, desolación y tristeza para las zonas intervenidas. Se han derramado millones de galones de petróleo en los ríos, han contaminado el subsuelo y el aire con la quema de gas, han violentado a las comunidades…”, relata Oscar Francino, director de la ONG Ali Supay.

Se llama Lago Agrio. Curioso nombre para una ciudad que vive del petróleo entre el espesor verde de la Amazonía ecuatoriana. Esta pequeña ciudad con olor a gasolina fue fundada en 1979 en la provincia de Sucumbíos gracias a o por culpa de la aparición de petróleo en la zona. Ahora, con más de 66.000 habitantes que sudan con su 90% de humedad, se ha convertido en uno de los centros de operaciones del petróleo en Ecuador. El otro gran enclave para las petroleras en este país es Yasuní, una joya ecológica donde opera Repsol.

No ha habido un derrame, han sido muchos”, cuenta Sixto López, propietario de una agencia de viajes que oferta tours a la reserva faunística del Cuyabeno, en la Amazonía ecuatoriana. “Compañías americanas y ahora chinos y brasileños… por aquí ha pasado a llevárselo crudo todo el mundo”.

Para llegar a esta reserva de la biosfera hay que pasar por Lago Agrio, punto de partida para explorar el entorno del río Cuyabeno. La ciudad parece improvisada y poco atractiva, casi mal dibujada en medio de la selva. Es una urbe consecuencia de las prisas por la fiebre del oro negro. Aquí la mayor parte de la gente vive del petróleo, pero respira gracias al bosque húmedo tropical de la reserva. El petróleo, que da de comer a sus habitantes, envenena los bosques de la Amazonía. Esta es la sala de espera antes de entrar en las habitaciones inmensas de los pulmones del mundo. Sixto es guía hace casi 15 años. Piensa en voz alta y mueve la cabeza mientras pregunta “¿Qué haremos cuando se acabe el petróleo? Solo nos queda petróleo para 10 o 15 años, y después, ¿qué?”.

La reserva faunística del Cuyabeno cuenta con una de las biodiversidades más ricas del planeta. En sus árboles, suelos húmedos y aguas viven un importante número de especies. El Cuyabeno es parte de la Amazonía, el bosque primario más grande que queda en la Tierra y que almacena entre 80.000 y 120.000 millones de toneladas de carbono, un elemento fundamental para ayudar a estabilizar el clima.  Por esta razón Greenpeace se opone de forma contundente a que se extraiga petróleo de un lugar fundamental para mantener el planeta con vida.  Por otro lado, según la organización ecologista, esta actividad afecta directamente a millones de personas que viven en la Amazonía. Solo en la parte que corresponde a Brasil hay 20 millones de personas afectadas por la incansable búsqueda del oro negro. En Ecuador, no se sabe cuántas.

7250 metros cuadrados contaminados

A las preguntas sobre cuándo fue el primer derrame y cuándo el último no hay respuestas concretas ni registros exhaustivos. Hay fechas que se solapan y derrames que coinciden con otros antes de limpiar la zona.

Según el Grupo de Trabajo sobre Auditoría del Medio Ambiente (GTAMA), en la zona que rodea la reserva del Cuyabeno, solo desde diciembre del 2004, se han producido 16 derrames, con un total de 7250 metros cuadrados contaminados.

Se calcula que el volumen total derramado es de 588,75 barriles de petróleo. De todo este veneno negro solo se recupera, según la GTAMA un 60% del crudo derramado.

Desde Greenpeace denuncian que la extracción de crudo, junto con otras actividades humanas como la expansión agrícola y ganadera, la tala ilegal, la minería o la construcción de embalses y carreteras ha hecho que el 80% de los ecosistemas de los bosques primarios haya sido destruido o alterado.  El 20% restante está amenazado y el Cuyabeno está entre ellos.

Cuando llegaron las petroleras, décadas atrás, se produjo otro fenómeno: una masiva migración de colonos provenientes de varias latitudes del país en busca de puestos de trabajo en la industria petrolera. En los últimos tiempos ha sido fuente de ingresos en el orden económico para las comunidades, en especial para los Sionas, que se encargan de realizar las labores de limpieza de las zonas afectadas por los derrames de petróleo. Ingresos pero también muchos disgustos.

Los serios problemas que las compañías petroleras han creado no son solo ecológicos. Van desde la contaminación del suelo, a la del agua, pasando por la deforestación, problemas de salud en las comunidades indígenas y la aculturización de las comunidades”, explica Oscar Francino, director de la organización ecologista Ali Supay .

Cuando hay derrames llueve sobre mojado. Hay heridas negras abiertas en muchos puntos de la inmensidad verde amazónica. Desde 1993, momento en que se produjo otro derrame, los abogados representantes de los residentes locales sionas buscan forzar a la excompañía Texaco, y la ahora nueva compañía Chevron Corporation, a limpiar el área y resarcir a los afectados. Eso aún no ha sucedido.

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Fotografía de ONG Ali Supay

Los sionas y el oro negro

Sandra López tiene 21 años. Quiere terminar ingeniería ambiental turística. Ahora hace prácticas para ser guía en la selva. Mientras desayuna en Lago Agrio antes de adentrarse en la selva, cuenta que hace seis meses una petrolera derramó crudo en el río Cuyabeno, que atraviesa y da nombre a la reserva, con el peligro que ello supone para las comunidades. Sandra asegura que varios animales murieron y que, aunque trataron de limpiarlo, no volvió a ser igual. La reserva y el río son el centro de la vida de comunidades de inmenso valor antropológico. Esta futura guía explica que “el Gobierno apuesta ahora por el turismo responsable pero también por el autoabastecimiento de petróleo y eso implica sacarlo de la Amazonía”. Los indígenas de la zona se dedicaban a la caza y a la pesca tradicionalmente, pero turismo y petróleo lo han cambiado todo. La nueva Constitución ecuatoriana de 2008 reconoce los derechos de las nacionalidades indígenas. “Ahora al menos estudian en sus lenguas”, se alegra Sandra. Pero esta Constitución no habla de la extracción de petróleo en sus tierras.

Para llegar hasta una comunidad siona son necesarios una canoa, un motor y muchas horas de navegación por el río Cuyabeno. Eso después de horas de furgoneta desde Lago Agrio viajando con un oleoducto en paralelo a la carretera. Al llegar al oasis de cabañas y cultivos en medio del espesor de la selva se escucha el ritmo pausado de la lengua baicocá. Suena reguetón a través de unos enormes altavoces que escupen sintetizadores y ritmos frenéticos y algunas personas bailan en el centro. Celebran el aniversario de la comunidad. El chamán está completamente borracho y resulta imposible hablar con él. Ya no solo beben chicha, ahora aquí también ha llegado la cerveza. Casi nadie viste como solían hacerlo. Amelia se afana en preparar kasabe de yuca. Ella sí viste las ropas tradicionales del pueblo siona.

Sí contaminaron la zona”, afirma en voz muy baja Amelia, que prefiere ocultar su apellido. Cuenta que en la comunidad mucha gente sufrió enfermedades intestinales. “Siguen las petroleras pero no dan trabajo a las comunidades. Limpiaron por encima pero quedó algo y cuando hace sol el crudo baja con las aguas. Cuando el río crece no podemos beber su agua. Nos queda solo el agua de la lluvia”, explica. Hace nueve años de ese vertido y sigue sin estar limpia la zona. “El petróleo no es bueno”, sentencia.

Oscar Francino, director de la ONG Ali Supay, explica que los pueblos indígenas viven directamente de la tierra y que tienen una relación espiritual muy estrecha con lo que ellos llaman la Pachamama, la madre tierra. “La irrupción de la industria petrolera en la Amazonía ha supuesto un descalabro social y cultural. Las prácticas de las compañías con las comunidades nativas han sido y son totalmente racistas. El ingreso del petróleo ha traído consigo la violencia, la prostitución, el alcoholismo y enfermedades directamente relacionadas con la industria petrolera”, relata.

Silvana Larrea, portavoz de Repsol en Ecuador, asegura que en caso de derrame, están certificados internacionalmente “y reconocidos por su eficacia”. La compañía, que opera en la Reserva de la Biosfera del Yasuní, dice que solo ha sido responsable de un vertido en 20 años de trabajo en Ecuador y que están trabajando para limpiar la zona. La hemeroteca de distintas organizaciones no dice lo mismo; Ecologistas en Acción denunció un derrame en 2008, Biodiversidad.org da cuenta de otro en marzo de 2011 en el Bloque 16, donde trabaja la compañía.

La portavoz de la trasnacional declara que los derrames de toda magnitud “se reportan a las autoridades nacionales y a través del Informe de Responsabilidad Corporativa”. En la misma línea, Repsol asegura que “el Ministerio de Ambiente de Ecuador tiene un protocolo muy exigente para casos de derrame para garantizar que se subsanen”.

Deterioro social, cultural y medioambiental

Para quien llega de otras latitudes la selva inquieta. Es tan espesa que parece imposible adentrarse y sus sonidos son una banda sonora con mil matices. Ángel Toro se mueve en este escenario como si fuera parte del mismo. Este conservacionista ecuatoriano lleva 12 años dedicado a la reserva del Cuyabeno. “En 2004 hubo un derrame justo aquí, en el Puente Cuyabeno. La compañía fue Petroproducción pero ha cambiado de manos, de nombre y de nacionalidad ya unas tres veces. Hicieron dos limpiezas pero no llegaron a solucionarlo bien porque se quedan algunos residuos en el fondo…” expone.

Ángel fue supervisor ambiental en aquella época. “Enterraron el crudo pero no sirvió de nada. Se contaminó el agua, la flora y la fauna. Afectó a las comunidades que ahora recogen el agua de lluvia”, prosigue.

Según la legislación ecuatoriana, en el parque no se pueden hacer prospecciones. “Es una locura pero hay miedo de que se haga. Cuando las hacen cerca de la reserva las aves migran por los sonidos. Los animales huyen. A las comunidades les pagan y se van y cuando se oponen, el Gobierno manda al Ejército”, denuncia Ángel Toro.

Algo cambió con la llegada al Gobierno de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa y la redacción y aprobación de la nueva Constitución. El pueblo ecuatoriano empezó a disfrutar algo de lo que se extraía de su subsuelo. “Al menos se benefician del petróleo mínimamente pero, ¿el futuro qué? Por mucho que ahora estemos bien. Por mucho que las comunidades tengan ahora algunos dólares, ¿qué pasa con sus hijos y sus nietos? Mis hijos se van a quedar sin bosques. Los dueños de estas tierras son legalmente los indígenas”, lamenta.

Es una situación complicada porque se entiende que se debe extraer petróleo y punto y nadie lo cuestiona, ni puede oponerse”. El Gobierno ha dado mucho apoyo a las comunidades, incluidos paneles solares, pero no detiene el expolio de sus tierras. Hay cinco etnias en el área protegida del río Cuyabeno, lo que equivale a unas 1500 o 2000 personas.

Toro lamenta que no exista presupuesto para la conservación. Tampoco para estudiar convenientemente qué sucede con los animales o con determinadas plantas por la extracción de crudo.

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Fotografía de ONG Ali Supay

Encontrábamos aves muertas flotando en el río”

Después de un vertido de petróleo la limpieza es muy complicada y las consecuencias duran incontables años. Desde Ali Supay aseguran que “apenas se remedian y a menudo son los propios miembros de la comunidad quienes, sin protección alguna, hacen lo posible para remediarlo pero en la mayoría de los casos quedan restos del vertido.”

La contaminación baja igualmente por el río hasta la reserva y en el último vertido murieron aves. Las encontrábamos muertas flotando en el río” relata el conservacionista Ángel Toro.

Aunque oficialmente no se puede extraer en las áreas protegidas del Cuyabeno y el Yasuní, Oscar Francino, director de la organización ecologista e indigenista Ali supay, asegura que “en el Yasuní Repsol lo hace y lo reconoce, y en el Cuyabeno hay prospecciones de petróleo y se extrae muy cerca de la reserva”.

Para esta organización, los “accidentes” petroleros son comunes y poco a poco han ido contaminando lagunas y ríos y alterando los ecosistemas de la zona. “En el Yasuní opera la compañía Repsol. Un caso que nos preocupa porque en esa zona vive el pueblo waorani, contactados hace una década de forma violenta”. Esta compañía, siempre según Ali Supay, opera en 200.000 hectáreas. Francino denuncia que “su actividad no solo afecta negativamente a su área de influencia sino que va mucho más allá. Dentro de estas 200.000 hectáreas viven comunidades indígenas waoranis que son totalmente dependientes de la compañía. Este trozo de Amazonía en el que interviene Repsol está completamente militarizado y ni las propias comunidades son libres de andar de un sitio a otro sin previo consentimiento de la compañía”.

Repsol asegura que compensa sus trabajos en la zona con proyectos para las comunidades indígenas. Desde sus oficinas en España nos remiten directamente a una página donde se explica “la inversión social” de la propia compañía en Ecuador.

Silvana Larrea, gerente de Relaciones Externas de Repsol en Ecuador, asegura que la compañía mantiene un Acuerdo de Buena Vecindad con la nacionalidad waorani que hace que “en el área de operación, durante 20 años haya cero conflictividad entre los indígenas y la compañía por el respeto que se ha mantenido por ambas partes”.

Según la portavoz de la multinacional petrolera en el país, el apoyo “de Repsol a los pueblos waorani dentro y fuera del Bloque 16 ha llevado a que se duplique su población”. De la misma forma, Silvana Larrea expone que los “waorani tienen total libertad y autonomía para moverse dentro del Bloque 16 y el ingreso a sus comunidades lo conceden ellos mismos ya que Repsol no interviene en esas autorizaciones”. Concluye Larrea que “Repsol cuenta con una política a nivel mundial que impide a la empresa intervenir en la vida de las comunidades alrededor de su operación”.

Sin embargo, durante la visita de los Príncipes de Asturias a Ecuador el pasado octubre, miles de indígenas y ambientalistas protestaron al grito de “Repsol fuera del Yasuní” contra la explotación de la zona protegida por parte de la compañía española. “Yasuní no es hacienda de Repsol”, rezaban algunos carteles.

La compañía recuerda que “Repsol no tiene ninguna sentencia por tema de derechos humanos o vulneración a la vida de pueblos indígenas en Ecuador y que cuenta con todos los permisos y autorizaciones para actuar en su zona de concesión”. Eso sí, la multinacional ha sido denunciada públicamente en muchas ocasiones por parte de organizaciones ecologistas e indigenistas.

Muchas organizaciones denuncian que el impacto generado por las compañías petroleras en el bosque tropical y en las poblaciones indígenas y campesinas de la Amazonía ha provocado un gran deterioro social, ambiental y cultural. 

Greenpeace asegura que la extracción de petróleo en la Amazonía junto con la deforestación y el cambio climático pone en serio peligro un ecosistema que, según los científicos, es el que tiene mayor diversidad de la Tierra, con cerca de 60.000 especies de plantas, 1000 especies de pájaros y más de 300 especies de mamíferos. La selva y su famoso río también mantienen la vida de más de 2000 especies de peces de agua dulce y mamíferos acuáticos como el delfín rosa de agua dulce y la nutria gigante. Además, muchas áreas siguen siendo vírgenes y no han sido exploradas a fondo por la ciencia. Solo en la zona del Yasuní hay dos nacionalidades indígenas que viven en aislamiento voluntario y que están protegidas constitucionalmente,  los tagaeri y los taromenane.

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Fotografía de ONG Ali Supay

Constitución versus realidad

Esta situación choca con la nueva Constitución ecuatoriana de 2008 que otorgaba protección y derechos a las comunidades indígenas y al medio ambiente desde la propia Carta Magna.

Por una parte la constitución recoge el sentir de los movimientos sociales y el movimiento indígena enmarcado en el Sumak Kawsay, sin embargo el Gobierno abre las puertas a la industria extractiva para que operen compañías mineras y petroleras en la Amazonía violando descaradamente la Constitución. En la nueva ronda petrolera que el Gobierno ha presentado se pretenden conceder cuatro millones de hectáreas para que se explote petróleo en el centro y sur de la Amazonía. No olvidemos que en esta vasta extensión encontramos los territorios de los pueblos indígenas, que en ningún momento van a aceptar que se violen sus derechos como pueblos y personas.“, explica Oscar Francino. Añade que “el Gobierno ecuatoriano dista mucho de cumplir con los artículos de la Constitución que se refieren a pueblos indígenas, biodiversidad y derechos de la naturaleza”. 

Para el ecologista Oscar Francino, el trato de las compañías de antes y las de ahora es el mismo. “El objetivo de una compañía es únicamente rendir cuentas a sus accionistas. Poco les importan las comunidades o el medio ambiente. La Responsabilidad Social Corporativa es maquillaje para la opinión pública. La industria petrolera es sucia de por sí. Desde los sitios donde se extrae el petróleo hasta donde se comercializa, en cada fase hay oscurantismo. En la selva amazónica este oscurantismo es más notorio porque allí donde no hay cámaras, no se registra lo que pasa. Y lo que pasa, tanto antes como ahora, es muy grave”.

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Fotografía de Emilia Laura Arias Rodríguez