Barcelona, entre Mendoza y Bolaño

Barcelona fotografía Alberto Gamazo.
Fotografía: Alberto Gamazo.

Madrid podría presumir de grandes novelas: Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós, Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway, La colmena de Camilo José Cela, los Alatriste del Siglo de Oro de Arturo Pérez Reverte o Romanticismo de Manuel Longares. A Madrid solo le falta mar; respirar sal, algas y libertad marina. Barcelona, además de mar y pausa, tiene La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza y al gran González Ledesma.

Italo Calvino, un escritor mayúsculo del XX, sostenía que la felicidad consiste en encontrar el lugar en el que uno se siente más cómodo como extranjero. Nueva York sería perfecto: un país vertical en sí mismo, capaz de acoger a miles de heterodoxos, raros y errantes; una ciudad que vive y deja vivir, en la que cada cual puede elegir si le afecta la caída de una cornisa diez calles más arriba; no como otras en las que cualquier nimiedad se transforma en dolor colectivo y obligatorio del que nadie puede escapar. Es lo que escribió en los años 40 E. B. White en Esto es Nueva York, un retrato psicológico de la capital del mundo.

Me gustan las ciudades-mapa, en las que se puede pasear sin norte, sin coordenadas ni rumbos, solo dejarse llevar. Me gustan las ciudades invisibles, como las imaginadas por Calvino, porque son únicas, irrepetibles; dependen de quién las mira, de cuándo las mira: otoño, primavera, día, noche. Me gusta Lisboa, la ciudad donde duerme eterno José Saramago, y me gusta El año de la muerte de Ricardo Reis, que nos conduce por el cementerio de Prazeres en busca de heterónimos, nos muestra otras lisboas impregnadas de una saudade pessoadiana, de la nada que nos invadió. Esa Lisboa en blanco y negro es adictiva.

Barcelona estaba anclada a la montaña, sujeta, impasible. Los Juegos Olímpicos le cambiaron el eje obligándola a mirar el mar, a respirarlo. Fue el último portento de la ciudad de los prodigios tras las exposiciones universales de 1888 y 1929 que sirvieron de marco para la transformación urbana y mental que narra Mendoza. Además del personaje de Onofre Bouvila, Barcelona se alimentó de buena parte del boom latinoamericano que la adoptó como madre-exilio.

Me gusta el Dry Martini porque es territorio de Enrique Vila Matas. Se sirven cócteles, cava, ostras y sueños. A él acuden náufragos, periodistas, poetas malditos y alguno por maldecir. Se encuentra en la calle Aribau 162 que, por algún cortocircuito idiomático, me transporta a la canción de Lluis Llach, «Si Arribeu», que también me sabe a África. 

En Eixample se exhibe parte de la Barcelona moderna, presumida: tiendas de diseño, muebles artificiosos, incómodos y restaurantes de lujo en los que se gasta más tiempo en pronunciar el nombre del plato que en degustar la comida que presenta. Esa Barcelona pija se mezcla con la cotidiana: bares, tráfico infernal, fútbol, la pequeña historia. En Girona 70, junto a la boca del metro, está el portal donde fue detenido y apaleado Salvador Puig Antich, uno de los últimos fusilados del franquismo. Aún quedan los restos del tiroteo.

En la ciudad de los prodigios es obligado entrar en un espacio mágico y borgiano como la Biblioteca Pública Arús. Su creador, Rossend Arús, fue el principal impulsor de la masonería en Catalunya y legó este mundo paralelo repleto de libros y signos. Su principal fondo son los textos sobre el movimiento obrero, esencial en Catalunya, y presente en la novela de Mendoza. Se encuentra en el paseo de Sant Joan 26, también en el Eixample.

El Raval fue siempre territorio arrabalero, fronterizo, de putas, chulos y chivatos, hasta que Richard Meyer levantó su Museo de Arte Contemporáneo por encargo del alcalde Pascual Maragall. Algunos edificios tienen la fuerza de transformar una ciudad, revivirla como el Guggenheim en Bilbao. Meyer solo cambió un barrio, el alma de la Barcelona que describen Mendoza y González Ledesma: cerraron tugurios y abrieron salas de arte; se fueron las putas unas calles más abajo y se apareció la posmodernidad.

En el Raval está una parte de Roberto Bolaño, en el estudio de veinticinco metros de la calle Tallers en el que se soñó escritor, tal vez inmortal. Allí están sus territorios de pobreza entre el bar Cèntric y el Parisienne. No lejos, Rambla abajo, en la calle Josep Anselm 6, está el Margarita Blue. Solo por el nombre merece una borrachera: cocina mexicana, más cócteles. Dicen que cuando Pedro Almodóvar visita Barcelona se deja caer por su barra.  

Al otro lado de la Rambla, en el barrio Gótico, se encuentra la plaza de San Felipe Neri. Me recuerda a Sarajevo: una foto fija del cerco de cuarenta y cuatro meses. Las paredes aún están mordidas por la metralla de la matanza del 30 de enero de 1938. Murieron cuarenta y dos personas, la mayoría infantes de la escuela. El techo del sótano en el que se refugiaron no soportó el bombardeo franquista. Hoy es un lugar apacible, en el que el tiempo parece suspendido. A veces cruzan niños a la carrera; gritan, ríen, juegan. Pasean enamorados de la mano. Nadie escucha el rugido de los aviones. Hay otra guerra civil oculta en los refugios del Poble Sec, en el 169 del Nou de la Rambla. Es historia y es presente, y olvido. En ellos se puede sentir la memoria.

En el barrio del Carmel, fuera del perímetro de la ciudad, se hallan las baterías de defensa del Turó de la Rovira, un museo de la guerra civil. Desde allí se divisa una maravillosa vista de la ciudad. Desde esa altura se respira un mundo sin fronteras y una brisa que limpia y ventila. A lo lejos, la Sagrada Familia, el puerto, la torre Agbar, las calles ordenadas del Eixample. Se llega en el autobús 28 desde la plaza Catalunya. 

Otra vista excepcional está en El Mirador de la plaza del Doctor Andreu, a la que se subía en el mítico Tramvia Blau, que acumula problemas de servicio tras un par de accidentes. Más arriba, en el Tibidabo, además del parque de atracciones más antiguo de España (1899), está el Museo de los Autómatas: muñecos, juegos mecánicos, infancia.

En la ciudad rescatada en los Juegos Olímpicos está la Barceloneta. Para algunos, un segundo Raval al que la modernidad también le robó el alma. Aún quedan calles estrechas que huelen a pescado, a estraperlo, personas con un ir y un venir diferente. A primera hora de la mañana en el muelle de Pescadores se celebra una de las dos subastas diarias. No es la Bolsa, no es un casino, pero es un espectáculo. En la calle del Baluard 12 está Can Maño, un templo gastronómico, un náufrago de otra época que se resiste a desaparecer.

Lisboa, la ciudad que navega en el decir de Cardoso Pires, se hunde en la crisis, se desconcha y empobrece edificio a edificio, habitante a habitante. Le queda Pessoa, el fado, Sostiene Pereira de Antonio Tabucci y Saramago: el Memorial del convento, Historia del cerco de Lisboa

Hay ciudades con literatura mayúscula y ciudades-cine como Nueva York. También existen las ciudades literarias, París, que se escriben solas, que exudan una belleza reposada, melancólica. Está Nápoles 1944, el libro capital de Norman Lewis, el del reconocimiento de la existencia del otro. Están los libros de las ciudades vivas, muertas y moribundas. De todas me quedo con una de las invisibles de Calvino: Zobeida, creada por hombres de varias naciones que tuvieron un sueño idéntico en el que perseguían a una mujer hermosa. Cuando la extraviaron en el sueño, los hombres decidieron construir la ciudad soñada. Las mejores son así: una suma de miles de sueños y pesadillas, de pequeñas y grandes historias, de silencios y bullicios, de pérdidas y encuentros, de esperanzas que no siempre se dejan de soñar sean o no novela.


Pedro Rivera: «El cómic, el cine y la literatura me han ayudado a tener una mente abierta»

Pedro Rivera Barrachina (Cartagena, 1974) es licenciado en Derecho por la Universidad de Murcia y desde 2016 forma parte del Consejo de Gobierno de la CARM, primero como consejero de Fomento y actualmente como consejero de la Presidencia. Firme defensor de la justicia gratuita ejerció como letrado y luego como coordinador del turno de oficio del Colegio de Abogados de Murcia.

Pedro nos recibe en su despacho presidencial y a primera vista ya observamos que esta entrevista no se va a centrar en cuestiones políticas. Las paredes, tapizadas con láminas y pósteres de cómics y películas clásicas, nos muestran la admiración del consejero por personajes como Tintín, Corto Maltés o Alack Sinner.  También por Ransom Stoddard, Sherlock Holmes o Atticus Finch, del que se confiesa admirador y quien a la postre le ha inspirado su nick en Twitter.

Alfonso Zapico dedicó un ejemplar de su Dublinés al consejero de la Bande Desinée del Gobierno de Murcia. ¿Cómo es la relación de consejero de la Presidencia con el consejero de BD?

Me gusta mucho Alfonso Zapico. Y me encantó esa dedicatoria que me hizo. Soy un apasionado del cómic en general desde que tengo uso de razón y no lo oculto, como puedes ver en mis redes sociales e incluso en la propia decoración que adorna mi despacho en la Consejería. De las distintas corrientes existentes, la que más me gusta es la europea y dentro de ella el cómic franco-belga. Empecé a leer precisamente con los álbumes de Astérix y los de Tintín y a partir de ellos me interesé por otros cómics.

¿Por qué el cómic franco-belga tiene tanta riqueza y goza de tan buena salud y el cómic español no?

Es una buena pregunta y creo que la respuesta pasa por la conciencia que tienen los propios lectores respecto del cómic. En España el cómic, o tebeo como lo hemos llamado tradicionalmente, se ve como un arte menor y encuadrado dentro del mundo del entretenimiento, con minúsculas. Sin embargo, tanto en Francia como en Bélgica, los lectores lo equiparan a la literatura y ya desde los años sesenta comienza a ser objeto de investigaciones y estudios académicos. En cualquiera de los dos países es prácticamente imposible entrar en una casa sin que haya un cómic; es un regalo habitual y tiene lectores en todas las franja de edad. No es infrecuente ver en librerías de cómic especializadas a niños con sus abuelos. En su momento se dio el salto de considerar el cómic como un mero entretenimiento a verlo como un arte capaz de producir obras muy interesantes. Tal es así que  podemos encontrar cómics en cualquier librería o museo. En España, sin embargo, el cómic está entrando en las pinacotecas ahora precisamente: los museos del Prado, Reina Sofía o el Thyssen le han dedicado exposiciones e incluso han editado cómics.

Hay un dato muy curioso y revelador y es que este proceso de prestigio de los cómics en nuestro país comienza sacándolos de los quioscos, que era donde se vendían habitualmente, para llevarlos a las librerías. Y esto se ha conseguido pasando a denominar determinadas obras con el término novela gráfica, ideado por Will Eisner, que se ha demostrado muy eficaz. En el momento en que la gente ve una publicación en una librería generalista con una edición bien cuidada se supera la dificultad inicial. En cualquier caso hay mucho que hacer todavía. Está ayudando también en España que se haya creado el Premio Nacional de Cómic, un prestigioso galardón que concede el Ministerio de Cultura.

El año pasado lo ganó la obra El paraíso perdido del ilustrador Pablo Auladell y escoció un poco en el mundo del cómic.

Pablo Auladell es un dibujante extraordinario y es verdad que hubo algo de polémica con la obra porque su formato se asemeja más a un libro ilustrado.  Ahora bien, me pregunto por qué se ha generado esa discusión cuando el cómic, del mismo modo que ocurre con otras artes, no se debe encorsetar. Eso sí, veo positivo que se entable ese debate precisamente entre críticos, porque ayuda a la consideración del cómic como el arte que es.

Estudiaste derecho y tu nick en twitter es @pedroatticus. ¿Cuándo descubriste Matar a un ruiseñor? ¿El cine influyó en tu decisión de hacerte abogado?

Pues yo diría que sí. Matar a un ruiseñor es una película  que a mí me impactó mucho cuando la vi. De hecho hace poco presenté la película en un ciclo de la Filmoteca Regional que se llamaba La película de tu vida donde invitan a personas de la Región de Murcia de distintos ámbitos a elegir un filme que para ellos haya sido importante en su vida. Mis dos películas preferidas son El hombre tranquilo, de John Ford y Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan. El hombre tranquilo ya había sido escogida, y aunque tengo especial debilidad por ella por encima del resto, pensé que en realidad a mí vitalmente me había influido mucho más Matar a un ruiseñor, por el personaje de Atticus Finch. En todos mis lugares de trabajo siempre ha habido una imagen de Gregory Peck interpretando a Atticus. Como podéis ver, tengo aquí en el despacho el cartel de la película. En mi vida profesional he procurado regirme por una ética intachable y Atticus Finch siempre me ha inspirado en mi ejercicio como abogado. También es el padre que me gustaría ser para mis hijas.

Fuiste coordinador de la Comisión de Turno de Oficio y Justicia Gratuita de la Comunidad. ¿Es la justicia igual para todos los españoles?

Efectivamente, tuve el honor de coordinar durante ocho años el turno de Oficio del Colegio de Abogados de Murcia y ser el representante en la Comisión de Justicia Gratuita de la Región de Murcia de los tres colegios de abogados de nuestra comunidad autónoma: Murcia, Cartagena y Lorca. Durante ese tiempo pude constatar la importancia que tiene el turno de oficio y la justicia gratuita para que la justicia sea igual para todos. El abogado de oficio tiene una cualificación y una profesionalidad incuestionable: se le exige llevar varios años ejerciendo la abogacía y realizar unos cursos de especialización para poder acceder al turno. Gracias a esos abogados se puede decir que las personas sin medios, sin recursos, tienen la posibilidad de defenderse ante los tribunales de justicia en igualdad de condiciones que el resto de ciudadanos. Son grandes profesionales. Estoy muy orgulloso del trabajo de mis compañeros y de haber sido letrado del turno de oficio.

«La libertad de expresión no es patrimonio de nadie. Es de todos y la seguiré ejerciendo. Le pese a quien le pese». ¿Es una frase de Valtonyc?

Es una frase mía que escribí como reacción a varios comentarios injuriosos vertidos en redes sociales sobre cierto tema que había generado polémica. Me gustan las redes sociales, especialmente Twitter, y suelo utilizarlas para comunicarme. Respeto todas las opiniones por distintas que sean, pero siempre con un límite, los derechos de la otra persona. Las cosas dichas con respeto enriquecen, aunque no nos gusten. La libertad de expresión es un derecho fundamental que tenemos todos y que hemos de defender. Pero ciertos comentarios injuriosos y calumniosos no se deben consentir. Hay veces que en las redes sociales la gente, incluso con sus propias identidades, traspasa esos límites sin darse cuenta que están utilizando un medio de expresión público.

El eternauta fue una obra censurada por la dictadura Argentina desde 1976. Además fue la causa del asesinato y la tortura de su autor, H. G. Oesterheld. Actualmente, Mauricio Macri también la ha prohibido en las escuelas por el supuesto adoctrinamiento que puede provocar su lectura. ¿Qué te pareció este cómic? ¿Crees que los cómics pueden adoctrinar?

Oesterheld fue uno de los desaparecidos durante la dictadura argentina, posiblemente fuera torturado y asesinado. Sigo preguntándome y seguiré preguntando, como hacen muchos, ¿dónde está Oesterheld?

Oesterheld era maravilloso. Como guionista fue absolutamente extraordinario, estaba dotado de una gran sensibilidad. El hecho es que lo que Oesterheld escribía molestaba a algunos porque ejercía su libertad de expresión y además lo hacía con belleza. Sus cómics siguen siendo actuales. Los valores que Oesterheld muestra en su Eternauta son valores positivos y universales. No sé qué pudieron ver en la dictadura argentina para entender que Oesterheld era un peligro. Lo que él contaba consigue emocionarte todavía años después de su muerte. Si han prohibido el cómic en Argentina es un craso error porque ni los cómics ni los libros adoctrinan motu proprio.

¿En esa línea no te parece que el cómic tiene un elemento subversivo que va un poquito más allá que el libro?

Puede que tengas razón y se dé ese componente más subversivo en el cómic que en otros medios. En cualquier caso es un medio de expresión que da pie, como ocurre con el resto, a realizar cualquier tipo de planteamiento ideológico. Y no hablo necesariamente del cómic satírico pues hay muchos autores, por ejemplo Oesterheld, que hacen una crítica política muy interesante, consiguiendo despertar conciencias y hacernos reflexionar y pensar. Escuchar solo lo que quieres oír y lo que tú piensas es lo más cómodo, pero no te aporta nada. Conocer lo que opinan quienes tienen ideas distintas a la tuyas te enriquece. Y a mí el cómic, el cine y la literatura me han ayudado a tener una mente abierta. Otro de mis autores preferidos, que me han marcado mucho a la hora de desarrollar un pensamiento crítico, es Hugo Pratt. Su Corto Maltés representa a ese tipo de persona libre, que no se casa con nadie y que cuando interviene en los acontecimientos lo hace siempre poniéndose del lado del más débil. Los guiones de Pratt son un canto a la aventura y a la libertad, a lo que contribuyen, sin duda, los paisajes en los que ambienta gran parte de sus historias: la mar, la sabana, las estepas siberianas…

Otro gran personaje es el Capitán Trueno de Víctor Mora. ¿Tiene algún parecido con Corto Maltés?

Creo que llegué demasiado tarde al Capitán Trueno porque es un personaje de una época muy anterior a cuando yo empecé a leer cómics, aunque conservo algunos álbumes guionizados por Victor Mora y dibujados por Ambrós. Sí que diría que comparte elementos y valores con Corto Maltés porque vive aventuras por todo el mundo, participa en acontecimientos históricos importantes de su época y porque entra en relación con los débiles para ayudarlos.

Corto Maltés destaca por esa forma de ser silenciosa con la que contempla la realidad que le rodea.

Corto Maltés recorre uno de los períodos más interesante del siglo XX: desde la Primera Guerra Mundial hasta su desaparición en la Guerra Civil Española, a la que Hugo Pratt llamó la última guerra romántica. Yo, sin embargo, niego que se la pueda denominar así porque en ella se usaron armas muy destructivas y se cometieron grandes infamias por ambos bandos. En cualquier caso, es cierto que la Segunda Guerra Mundial superó a ambas y las armas que se emplearon causaron una muerte y una destrucción como jamás había conocido el ser humano. Esa guerra jamás le habría gustado a Corto Maltés vivirla.

Respecto de su papel en el mundo que le toca vivir, hay quien ha definido a Corto Maltés como una especie de Doctor Who, que se mueve por distintos lugares y acontecimientos como actor pero no protagonista, más bien como personaje secundario. Está en la sombra y su intervención siempre es discreta, se pone de lado de los débiles, sí, pero apenas actúa, y si toma partido en algo su actuación nunca es determinante en la producción del hecho histórico destacado al que está asistiendo. Lo mismo ocurre con el Capitán Trueno. La diferencia entre ambos es el carácter cínico, descreído, del marinero frente a Trueno. Aunque hay quien diría que el Maltés es un cínico pretendido que en el fondo es un héroe…

Hablábamos de que el cómic no adoctrina.

A ver, cualquier obra puede ser utilizada para adoctrinar, todo depende de quién y cómo la explique. Lo importante es que los chicos en el colegio puedan, además de leer literatura, acercarse al cómic a través de distintas obras bien seleccionadas que puedan ayudarles a pensar, a plantearse cosas, a formar un pensamiento crítico, en definitiva.

Desde luego estoy en desacuerdo con que el Eternauta sea una obra que adoctrine. Contiene un mensaje muy potente acerca de la importancia de la colectividad, del grupo frente a una amenaza exterior representada por una invasión alienígena. Es cierto que tras la lucha de la especie humana contra esa invasión se esconde una segunda lectura, la de la lucha contra la dictadura y es ello lo que hacía temer a los militares argentinos. No sé si la prevención del gobierno de Macri irá en la misma línea de no querer que la gente identifique determinados gobiernos con ese poder frente al que ha de luchar el pueblo. En cualquier caso no lo entiendo porque sus políticas no tienen nada que ver con las dictaduras que tanto rechazaba Oesterheld.

Como cartagenero conocerás bien la historia del Cantón de Cartagena que se declaró independiente de España en 1873 e incluso pidió su adhesión a Estados Unidos con tal de no caer en manos del gobierno de Madrid. ¿Es Cartagena una aldea irreductible como la de Astérix?

La historia del Cantón de Cartagena es un episodio histórico muy curioso. Si queréis acercaros a él recomiendo leer Mister Witt en el cantón de Ramón J. Sender.

El cartagenero comparte con los galos de la aldea de Astérix un firme orgullo por su tierra y sus tradiciones. Y no le faltan razones para ello porque Cartagena es una ciudad maravillosa con casi tres mil años de historia y que tiene unas potencialidades tremendas. Además de ser el centro industrial de la Región de Murcia es uno de sus principales motores turísticos.

También habéis tenido al alcalde más chulo de España.

Es una lástima que de Cartagena se haya estado hablando en medios de comunicación nacionales por las impertinencias, groserías y otras salidas de tono del que fue dos años alcalde de nuestra ciudad. Alguien que llegó a Cartagena merced a una carambola pues su partido no ganó las elecciones de 2015, sino que las ganó el Partido Popular. Sin embargo llegó a un pacto con el PSOE para «repartirse» la alcaldía dos años cada partido. Un extraño pacto contra natura que acabó como el rosario de la aurora entre el anterior alcalde y la actual alcaldesa, que gobierna en solitario una ciudad de más de doscientos mil habitantes con tan solo seis concejales de un total de veintisiete. El resultado ha sido que estos cuatro años se han perdido completamente para el municipio. Sin embargo, estoy convencido que tras las elecciones la cosa va a cambiar para mejor.

La Cartagena de entre 1960 y 1970 era una Cartagena pobre donde la gente no decía que tenía vacaciones, decía «estuve de permiso», era una Cartagena donde siempre había un uniforme detrás de todo. ¿En qué se parece esa Cartagena a la Cartagena de ahora?

Pues se parece bien poco. Recuerdo perfectamente la crisis espectacular que Cartagena sufrió de finales de los ochenta hasta mediados de los noventa por la desafortunada confluencia de varios factores: el servicio militar obligatorio desapareció, cerraron varias empresas públicas importantes que había en Cartagena y se produjo también la llamada desindustrialización de la zona. Eran los principales motores económicos de la ciudad, Cartagena se hundió en una depresión tremenda y parecía que no iba a levantar cabeza. Sin embargo, desde el año 95, coincidiendo con la llegada del Partido Popular al gobierno regional y al ayuntamiento, la ciudad experimentó una transformación espectacular. Me atrevo a decir que hay pocas ciudades de España que hayan tenido una metamorfosis tan importante, tan extraordinaria, tan revolucionaria como Cartagena en los últimos veinte años.  Ahora es una ciudad nueva, distinta y eso es un hecho que está ahí y que se puede constatar perfectamente.

Cartagena hizo algo importante como Barcelona: abrirse al mar. El  derribo del muro que delimitaba la zona del puerto comercial fue revolucionaria. Con él desapareció una barrera que impedía que la gente pudiera pasear frente al mar. Se trasladó la actividad comercial del puerto a otra zona y se transformó en lugar de paseo y de recreo, situando allí el puerto deportivo y conectando la explanada del puerto con el eje principal de las calles más emblemáticas del centro histórico de Cartagena. Se han recuperado los más importantes edificios modernistas y junto con la recuperación del teatro romano, se ha conseguido que Cartagena sea una ciudad de gran interés turístico. Se añade además la apuesta del gobierno regional por el turismo de cruceros que hace que lleguen a Cartagena miles de turistas, casi doscientos treinta mil en 2018.

Eres fan de Eduardo Mendoza. ¿Sigue siendo Barcelona la ciudad de los prodigios?

La ciudad de los prodigios es mi novela preferida de Eduardo Mendoza, uno de los autores españoles que más me gusta. Y Barcelona es una de las ciudades en las que me hubiera gustado vivir. Soy un enamorado de Barcelona. El problema de Barcelona, y de Cataluña, es la irresponsabilidad de muchos de sus políticos que han generado artificialmente un problema donde no existía, convenciendo a muchos catalanes de la falacia de que el resto de España les robaba para ocultar así su pésima gestión en unos casos así como  la corrupción de muchos de sus dirigentes. Es una lástima y espero que en Cataluña las cosas vuelvan a su cauce, pero va a ser un proceso largo porque llevamos casi dos generaciones con un adoctrinamiento constante a través de la educación y la televisión pública que recuerda a la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la que se sometía desde el nacimiento a los niños a adoctrinamiento durante el sueño, empleando drogas y técnicas hipnóticas. Ello ha hecho que Barcelona haya pasado en apenas unos años de tener una vocación de polis cosmopolita a desarrollar planteamientos de aldea.

Aprendiste a montar en bicicleta en el mar Menor. ¿Tuviste allí algún verano Diabolik? ¿Llegaste a vivir esos veranos de tres meses donde todo iba lento?

Un verano Diabolik es un cómic fantástico, con un dibujo de Alexandre Clérisse muy pop que ilustra un gran guion de género negro a cargo de Thierry Smolderen; ganó el premio al mejor thriller en el prestigioso Salón de Angouleme. Lo recomiendo.

Los veranos de mi infancia no se asemejan, afortunadamente, a los sucesos narrados en aquel. Los recuerdo con mucho cariño y se asocian con La Manga del Mar Menor. Y sí, tengo grandes recuerdos de paseos por La Manga en bicicleta con mis amigos, recorriéndola de arriba a abajo. Aquellos largos y cálidos veranos comenzaban el 20 de junio cuando acababan las clases y terminaban casi a mediados de septiembre cuando volvíamos al colegio.

Al vivir en Cartagena y tener la suerte de tener mi familia una casa en La Manga podíamos disfrutar de esos veranos porque nuestro padre, los días que estaba trabajando podía ir y venir cómodamente en el día. Lo mismo ocurría con Semana Santa, que se acaba convirtiendo en una semana de cerca de diez días junto al mar Menor…

Es un estilo de vida que se nos ha olvidado, ahora parece que las vacaciones tengan que ser un apresurado tres días aquí, tres días allá, y a ser posible irme a Cancún o Japón…

Hoy día ya no son posibles esos veranos y las vacaciones son muy distintas. Creo que probablemente el cambio tiene que ver con el papel que desempeñaban nuestras madres. La mayoría de ellas eran amas de casa que sacrificaron en muchos casos su vida profesional para estar en casa y dedicarse íntegramente a cuidarnos como ocurrió con la mía y la de muchos de mis amigos.

Lo habitual hoy en día es que trabajen fuera de casa tanto el padre como la madre, lo que ha condicionado completamente el modo de disfrutar las vacaciones y la duración de las mismas.

Eso sí, lo que hemos perdido por un lado, lo  hemos ganado con creces por otro, pues la incorporación de la mujer al mundo laboral ha sido un importante elemento transformador de la sociedad y nos ha enriquecido mucho. A mis dos hijas, que aún son pequeñas, les digo constantemente que tienen que estudiar y trabajar muchísimo para poder hacer en su vida lo que quieran y no depender absolutamente de nadie.

Por cierto, si tienen niñas, recomiendo que les compren Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes de Elena Favilli y Francesca Cavallo, editado por Destino sobre mujeres extraordinarias.

El mar Menor es la mayor laguna litoral de todo el Mediterráneo occidental y se está muriendo, a pesar de tener siete figuras de protección. ¿Cuál es su futuro?

El mar Menor es una de las joyas de la corona de la Región de Murcia, un patrimonio no solo de los murcianos, sino de todo el país. Hay muy pocas lagunas en el mundo como ésta. Entre 2015 y 2016 la transparencia del mar Menor, una de sus características más propias, dio paso a una turbidez verdosa que apenas permitía ver unos centímetros como consecuencia de la proliferación de pequeñas algas que se estaba produciendo en la zona por distintas causas, según apuntaban los científicos.

El gobierno regional se encontró con esta situación  y no se quedó quieto, abordó el problema tomándoselo muy en serio. Se creó, en primer lugar, un comité de expertos para analizar el estado de la laguna, cuáles eran las causas que habían provocado esa situación y, sobre todo, cuáles eran las medidas para revertirla y que en el futuro no volviera a producirse. Tanto se ha hecho desde entonces que la situación actual del mar Menor es radicalmente distinta. La transparencia y visibilidad han mejorado ostensiblemente y lo dice todo el mundo, no hay más que venir a verlo y a disfrutarlo. Hoy día es, probablemente, la laguna más analizada y estudiada desde el punto de vista científico que existe. Somos optimistas en el gobierno regional, pensamos que va a ir todavía a mejor y lo que hemos hecho es adoptar las medidas necesarias para que no vuelva a repetirse. Quizá esto se pueda ver como un aviso importante para que todos nos detengamos a pensar que es una especie de ser vivo que requiere respeto, cuidado y mimo.

En mayo de 2016 te nombran consejero de Fomento por «tus inquietudes intelectuales y tu formación jurídica», con dos retos enormes: el nuevo aeropuerto y la llegada del AVE ¿Cómo están ambos proyectos?

Cuando el anterior presidente de la Comunidad Autónoma me ofreció incorporarme a su equipo no me lo esperaba, era algo que no estaba en mi horizonte. De hecho esa semana tenía varios juicios. Pero me pareció un reto tan interesante, que no supe decirle que no, a pesar de carecer de experiencia política. En ese momento había varios proyectos estratégicos que se encontraban estancados, entre ellos la llegada del AVE y la apertura del nuevo Aeropuerto Internacional de la Región de Murcia, que ya estaba construido pero se encontraba inmerso en una especie de laberinto jurídico, con varios nudos gordianos que cortar, que no permitían su puesta en marcha. Finalmente y gracias a un extraordinario trabajo de equipo salió a concurso la explotación del aeropuerto por los próximos veinticinco años resultando adjudicataria AENA. El pasado 15 de enero fue inaugurado por su majestad el rey.

El aeropuerto es una infraestructura absolutamente imprescindible para aumentar el número de turistas que vienen a nuestra Comunidad Autónoma. El anterior aeropuerto era una infraestructura militar con un uso  autorizado civil pero incapaz de desarrollar todas nuestras posibilidades de crecimiento de turistas. Este aeropuerto es capaz de llegar a los cinco millones de turistas al año y creemos, desde luego, que va ser un auténtico revulsivo para nuestro turismo. Tenemos muchísima confianza en esta infraestructura.

Respecto al AVE, se llegó a compromisos importantes con el anterior gobierno para que en el año 2019 estuviera absolutamente operativo, sin embargo el gobierno de Pedro Sánchez lo ha retrasado.

¿La vía ya está hecha?

Lo único que queda es la electrificación de la vía, que es precisamente lo que permite la circulación de trenes de Alta Velocidad. Y se ha paralizado. Algo absolutamente incomprensible porque la Región de Murcia es, junto a Extremadura, la única región de España que no tiene un solo kilómetro de línea férrea electrificada. Tenemos el mismo trazado del siglo XIX. El AVE nos hubiera permitido saltar, automáticamente, del siglo XIX al siglo XXI, en materia de infraestructuras ferroviarias.

Una ciudad como Murcia que tiene cerca de cuatrocientos mil habitantes, la séptima ciudad de España, carece de AVE mientras que otras muchas ciudades mucho más pequeñas de España sí cuentan con red de Alta Velocidad. Es una infraestructura absolutamente necesaria que iba a estar operativa en 2019, como estaba negociado y acordado con el anterior gobierno del PP, el de Mariano Rajoy. Sin embargo, de una manera absolutamente incomprensible, cuando se produce el cambio de gobierno se cambia de planes.

¿El famoso muro?

El verdadero muro lo constituyen las vías del tren que llevan más de ciento cincuenta años rompiendo, marcando como una cicatriz la ciudad y separándola en dos mitades. Es una herida abierta en la trama urbana y se iba curar precisamente con la llegada del AVE. Era el AVE el que iba a permitir que se soterraran todas las vías del tren a su paso por la ciudad de Murcia y eso iba a ser así, estaba pactado, había presupuesto, licitaciones abiertas y obras. De hecho, ya se había iniciado el soterramiento de las vías. La idea inicial era que mientras se ejecutaba el soterramiento se iba tender una vía paralela para que provisionalmente discurriera por ella todo el tráfico ferroviario, incluido el AVE. Y habríamos tenido AVE en la ciudad de Murcia funcionando en 2019. Tras la moción de censura, el gobierno socialista cambió los planes y frenó las obras para que llegara directamente soterrado, algo que se producirá, como pronto, en 2022.

Eso sí, los trenes van a tener que seguir circulando por una vía provisional que estará separada de los barrios por las mismas pantallas, muro les llaman algunos, que iban a colocarse para el AVE. Pero no tendremos AVE. Es algo kafkiano. Creo que es un error que vamos a lamentar mucho los murcianos porque el AVE hubiera sido un importante catalizador de la actividad económica de toda la región. Una infraestructura que no era solo para que lo usáramos nosotros, sino para que llegaran turistas. Se había calculado que podrían llegar a multiplicar por cuatro el número de viajeros. Imagínese lo que es eso para una ciudad como Murcia desde el punto de vista turístico y empresarial. Es un error muy grave del que los murcianos nos vamos a resentir por una decisión meramente electoralista del PSOE sin valorar el interés general.

En abril de este año López Miras hace la primera remodelación de su ejecutivo y dejas Fomento para llevar Presidencia. ¿A qué se debe el cambio?

En mi caso, comencé en el gobierno de Fernando López Miras como Consejero de Presidencia y Fomento. En aquel momento había dos proyectos importantes, la apertura del nuevo Aeropuerto y la llegada del AVE que estaban por concluir y decidió que era conveniente que el equipo que estaba trabajando en ellos y que mejor los conocía pudiera continuarlos. Quizás por mi formación jurídica añadió la Consejería de Presidencia a mis funciones para ayudarle a coordinar la acción de gobierno.

Luego decidió reconfigurar el gobierno volviendo a dotar a Fomento de una consejería específica que se centrara exclusivamente en el impulso y desarrollo de los proyectos estratégicos de infraestructuras. Y yo continué en Presidencia. El presidente ha querido que en su gobierno se conjugue la política con la experiencia profesional y ha procurado que todos sus consejeros tengan una trayectoria profesional que pueda aportar experiencia a la acción de gobierno. En cualquier caso, las razones últimas de los cambios solo las conoce el presidente, que es quien tiene esa prerrogativa de conformar el gobierno. Yo solo puedo dar las gracias por la confianza depositada pues es un honor servir a todos los ciudadanos de la Región de Murcia.

Explícanos qué hace la Consejería de la Presidencia de un gobierno regional.

La Consejería de Presidencia tiene sus propias competencias en materia de seguridad ciudadana, emergencias, acción exterior, Unión Europea, cooperación o administración local y luego tiene una parte de relaciones institucionales en general y con la Asamblea Regional en particular, preparar los contenidos de los consejos de gobierno y la coordinación de la acción de gobierno, es decir, ayudar a que se desarrollen todas las políticas marcadas por el presidente de la Comunidad. Para un jurista es una consejería muy bonita. Está siendo una experiencia apasionante.

La CARM va a convocar 8194 plazas de empleo público la mayoría para el Servicio Murciano de Salud. ¿Cuál es la salud del SMS?

La mejora de los servicios públicos es una de las principales prioridades del gobierno del presidente López Miras. Y ello a pesar de que somos la comunidad autónoma peor financiada de todas merced a un sistema de financiación muy injusto. Los presupuestos generales de la comunidad autónoma destinan ocho de cada diez euros a sanidad, a educación y a servicios sociales. A sanidad, en concreto, cuatro de cada diez. Contamos con uno de los mejores servicios sanitarios regionales. Las valoraciones que hacen los ciudadanos del servicio murciano de salud son muy positivas en cuanto a la calidad del servicio y la atención recibida por sus profesionales.

Tú has sido profesor de la UCAM. ¿Qué opinión te merece esta universidad privada?

En la Región de Murcia contamos con dos magníficas universidades públicas, la Universidad de Murcia y la Politécnica de Cartagena y con una universidad privada, la Universidad Católica de San Antonio.

He sido profesor del Máster de Acceso a la Abogacía, tanto en la universidad pública como en la Universidad Católica de San Antonio. En ambos casos impartía asignaturas relacionadas con la deontología profesional así como la materia correspondiente a la asistencia jurídica gratuita y turno de oficio, precisamente por mi condición de responsable en el colegio de abogados durante ocho años de esa materia.

El gobierno regional entiende que el hecho de que haya tres universidades nos enriquece. Respecto de la Universidad Católica, cuenta con miles de estudiantes y está generando miles de empleos directos e indirectos, está apostando por la investigación y también por el deporte, llevando el nombre de la Región de Murcia más allá de nuestras fronteras. Todo ello justifica que reciba el reconocimiento y apoyo del gobierno regional.

Uno de los mejores divulgadores científicos españoles es el investigador murciano de la UM José Manuel López Nicolás, autor de Vamos a comprar mentiras: alimentos y cosméticos desmontados por la ciencia. ¿Conoces su trabajo?

Conozco a José Manuel. Es un tipo genial y uno de los mejores divulgadores científicos del momento. Consigue explicar la ciencia de una manera muy amena. Y además es un gran fan de Star Wars y de Tolkien.

En tus redes sociales siempre estás animando a la lectura, sin embargo Murcia tiene los índices más bajos de lectura en prensa y libros. ¿Qué se hace para fomentar la lectura desde la comunidad?

La lectura es una de mis pasiones desde pequeño. En casa ya no me caben más libros. Además de ser un placer es muy importante para aprender a expresarte, adquirir vocabulario y, por supuesto, para conformar un pensamiento crítico.

Conscientes de esa importancia, desde el gobierno regional estamos desarrollando un ambicioso plan de fomento de la lectura que está dando muy buenos frutos y que tiene su epicentro en las bibliotecas públicas. La Región de Murcia tiene una red de bibliotecas muy interesante y cuenta con una biblioteca regional, en la ciudad de Murcia, con unos magníficos fondos, no solo de libros sino también de películas, series y documentales. Y su comicteca es una de las más importantes de España.

Sé que te gusta Jiro Taniguchi. ¿Sueles acudir al Salón del Manga de Murcia o te pilla mayor tanto cosplay?

Suelo acudir cada año con mis hijas al Salón del Manga de Murcia, un certamen que se ha consolidado como uno de los mejores del país. Al igual que me ocurre con la literatura y el cine, no me encasillo en géneros con el cómic. Hay buen cómic franco belga, americano, español…y también hay muy buen manga, que es como los japoneses denominan al cómic. Dentro de él hay histórico, para adolescentes, más intimista, de acción, de ciencia ficción… Tengo bastante manga en casa y hay dos autores de los que he comprado prácticamente todo lo que se ha publicado en España, que son Osamu Tezuka, al que se conoce como el padre del manga y, por supuesto, Jiro Taniguchi, que es mi preferido. Lamentablemente ha fallecido recientemente, dejándonos huérfanos a millones de lectores.

Taniguchi es un poeta, cada una de sus viñetas es como un cuadro. Creo que es el más europeo de los dibujantes japoneses. Tiene un dibujo muy limpio que entra muy bien por los ojos y sus historias son pura poesía. Utilizo a Taniguchi para introducir a la gente en el mundo del cómic. Barrio lejano o El almanaque de mi padre, son dos de sus mejores novelas gráficas y son perfectas para regalar a una persona con inquietudes que nunca ha leído cómic.

Taniguchi tiene un éxito gastronómico: El gourmet solitario, ¿lo conoces? Como asociado al Murcia Club Gourmet, ¿cómo recomiendas el arroz? Ojo con lo que contestas que el lobby de la paella valenciana en Jot Down es tremendo.

También he leído El gourmet solitario, por supuesto. Combina dos de mis grandes pasiones, el cómic y la gastronomía.  Respecto de la paella, y que me perdonen los valencianos, me quedo antes con cualquiera de los arroces que se hacen aquí en la Región de Murcia, en especial con el caldero, el arroz con verduras o el de conejo con caracoles. Cuando quieras entablamos un duelo gastronómico al respecto. El guante está lanzado.

¿Cómo surgió el Murcia Club Gourmet?

El gusto por la buena mesa es la que nos llevó hace ya más de diez años a tres amigos a fundar un club gastronómico, el Club Murcia Gourmet. Hoy tiene cerca de cuarenta socios que una vez al mes visitamos un restaurante en la Región de Murcia al que le pedimos que nos presente una cena con un menú degustación con los platos más significativos de su carta maridado con vinos. Tenemos una página web que tiene un gran número de visitas y se ha convertido en una auténtica referencia de la Región de Murcia para buscar y conocer nuevos restaurantes. Somos muy respetuosos con los restaurantes que visitamos, hacemos crónica de la cena, con fotografías de los platos y luego hacemos una valoración atendiendo a varios parámetros, como maridaje, servicio, presentación del plato….

Al mejor restaurante visitado le damos un premio, que se llama Mursiya Mezze, dos vocablos en honor a dos civilizaciones que han tenido una gran importancia en la historia de la Región de Murcia: Mursiya es como llamaban los árabes a Murcia y Mezze es un término fenicio que significa degustación de platos con distintos sabores, colores y texturas.

Me encanta disfrutar de una buena mesa con buenos productos, bien regados con buen vino pero, sobre todo, acompañado de buenos amigos. En la Región de Murcia tenemos unos vinos excelentes, unas frutas y hortalizas espectaculares y también buen pescado y buenas carnes. El turismo gastronómico está en auge y es uno de los grandes valores, de los grandes activos que tiene nuestra comunidad y en el que estamos trabajando mucho desde el gobierno regional para reforzarlo.

En tus palabras «Somos lo que somos por quienes nos rodean». ¿Es una frase aplicación universal?

Sin duda alguna. La escribí en cierta ocasión pensando en mi buena suerte por contar con la familia y los buenos amigos que tengo. El problema es que muchas veces, por la vorágine de la vida, no eres consciente de ello. A mí me pasa demasiado. A veces has de pararte, mirar a tu alrededor, dar las gracias por lo que tienes y disfrutarlo.

En un duelo sacado de un spaghetti western de Sergio Leone, ¿quién ganaría? ¿La gamba roja de Águilas o el langostino del mar Menor?

Me haces una pregunta muy complicada, porque me he criado en el mar Menor pero desde que me casé con María, mi mujer, veraneo en Águilas donde ella ha veraneado toda la vida. No me atrevo a elegir ninguno de los dos pues son dos productos absolutamente extraordinarios, únicos. Lo que si haré es invitar a los lectores a acudir a la Región de Murcia a disfrutar de ambos y de la gran cantidad de productos del mar que podemos ofrecerles. No se arrepentirán.

¿El excomisario Villarejo daría para personaje de cómic? ¿Quien tendría que dibujarlo? ¿Podría ser un villano de Superlópez, de Marvel o de Mortadelo y Filemón?

Villarejo ha sacado a la luz lo peor del Estado, sus cloacas. Tanto en mi condición de abogado como de político me repugnan esas prácticas. Cuesta creer que puedan producirse cosas así en un Estado de derecho como el nuestro.

Respondiendo a tu pregunta, lo que se ha conocido por los medios parece más bien una combinación de lo más cutre del Anacleto de Vázquez con lo más miserable de los personajes del dibujante francés Vuillemin.

Durante la construcción del Parador de Lorca permitió sacar a la luz la Sinagoga de la Judería. ¿Por qué es tan importante esta sinagoga?

Porque a diferencia del resto de las sinagogas halladas en Europa nos ha llegado prácticamente como fue diseñada en el siglo XIV, además de que en ella solo se ha celebrado la liturgia hebrea. Es algo único que merece ser visitado. Se encuentra en la zona de la antigua judería de Lorca. Actualmente el ayuntamiento está intentando integrar a la ciudad en la Red de Juderías de España. Si se consigue será un auténtico revulsivo para el turismo de Lorca y de la Región de Murcia.

¿Has leído Maus de Art Spiegelman?

Por supuesto. Y varias veces, pues me interesa mucho la cultura y la historia de los judíos y dentro de esta última, la Shoah, el Holocausto. Un horror como no ha conocido otro igual la historia de la humanidad pero que muchos todavía se atreven a negar, por un antisemitismo que no acaba de desaparecer de la vieja Europa. Creo que Maus es una obra que debería de estudiarse en los colegios.

Para acabar, recomienda a los lectores un cómic y un motivo para visitar Murcia.

Voy a recomendar dos La balada del Mar Salado de Hugo Pratt y El almanaque de mi padre de Jiro Taniguchi.

Y respecto de la Región de Murcia os diré que es una tierra maravillosa donde puedes encontrar todo lo que buscas, desde una costa magnífica a un paisaje interior absolutamente extraordinario, combinado con una de las mejores gastronomías de España y con una gente muy amable y muy acogedora.

No puedo darte un solo motivo porque literalmente hay mil. Te costará irte de aquí y volverás seguro si vienes. Venid, no os defraudará.


Izaskun Arretxe: «El universo de librerías de Cataluña es un ecosistema maravilloso»

Fotografía: Jorge Quiñoa

(Versió en català)

Izaskun Arretxe llegó al mundo editorial de casualidad. En principio ella quería ser medievalista, pero la buena suerte —y una recepcionista— la hizo cambiar de opinión. Ha sido mi editora y ya son muchas las conversaciones que hemos tenido acerca del catalán, el castellano en casa, la naturalidad de los bilingües y el mundo literario. Nos reunimos en el Institut Ramon Llull, en el que trabaja desde hace algunos meses. Tenemos que elegir un lugar para la entrevista: es un palacio, impresiona, pero cuando llevas meses reuniéndote en la misma sala, te acabas acostumbrando. La confianza que nos tenemos hace que la conversación se rescate de las anteriores que hemos mantenido, pero Izaskun es una mujer con las ideas muy claras, no se traiciona en ningún momento y su discurso no se tambalea. No tropieza, no duda, es una persona inteligente que ya ha reflexionado sobre las cosas que hay que reflexionar: no se arrepiente de nada de lo que ha dicho al acabar la entrevista. Ambas somos castellanoparlantes en casa, pero hemos acabado en el mundo de la edición y la cultura catalana. El castellano, eso sí, tiene un espacio íntimo en nuestra vida más cotidiana y en el pensamiento.

¿Piensas en castellano?

Yo, las cosas profundas, profundas de verdad, las pienso en castellano.

¿Y cuando te enfadas con tus hijos, por ejemplo?

A ese nivel, no tan profundo, en catalán. Pero las de verdad, las pocas dos o tres cosas de verdad, me las cuento en castellano.

Yo tenía una profesora que, cuando se enfadaba, lo hacía en castellano. ¿Y las palabrotas?

Todo eso lo tengo en catalán. He vivido en catalán y las digo en catalán, son solo pensamientos profundos. Y cuando quiero tener pensamientos profundos pero no quiero implicarme mucho, lo pienso en inglés, me hablo en inglés, porque cuando vivía en Australia me acostumbré mucho a hablar de cosas muy profundas en inglés. Era como si hablara otra, no era yo. Y entonces hay veces que me digo que eso quiero entenderlo bien y no me atrevo a decírmelo ni a mí misma… me las digo en inglés, que es como si no me las dijera yo.

Izaskun Arretxe. El segundo apellido no lo sé…

Irigoien.

Irigoien… tienes los ocho. Hay muchas cosas que aún no sé. ¿Cómo hablabas en tu casa, y cómo has acabado siendo editora en catalán?

Yo creo que he acabado siendo editora en catalán porque mis padres eran vascos. Mis padres son vascos de expresión castellana, ellos no hablan euskera. Son de una segunda generación que no habla euskera. Sus padres y abuelos lo hablaban, pero al ir del campo a la ciudad, se perdió la lengua, y en el País Vasco lo acusaron mucho. Desruralizarse era perder la lengua. Pero ellos tenían la sensibilidad, pese a no tener la lengua. Siempre digo que mis padres fueron unos emigrantes de país normal, como si nosotros fuéramos un país normal. Cuando ellos vinieron, hicieron como si aquí el catalán fuera una normalidad, y por tanto ellos vinieron a vivir a un lugar y a sus hijos debían escolarizarlos en una escuela en la que se hablara catalán y se viviera en catalán, con toda naturalidad.

¿Por qué vinieron?

Por cuestiones de trabajo. Mi padre vino aquí a trabajar. Tranquilamente, y no era fácil entonces, porque aún… soy mayor, ¿eh? [ríe], estábamos en el franquismo.

¿Y, pese a todo, les pareció un país normal?

No se lo parecía, pero actuaron como si lo fuera. ¿Qué hicieron? Buscaron una escuela catalana, porque era lo que tenían que hacer si venían aquí a vivir. Aunque era difícil, la encontraron. Y ellos no hablaban euskera ni catalán.

Y el euskera… ¿no lo hablaban nada?

No, nada.

Es algo que me sorprende. Hay mucha gente con esa sensibilidad en el País Vasco, pero no todo el mundo conoce la lengua.

Porque la identidad nacional no está vinculada a la lengua. Y aquí, hasta hace muy poco, estaba muy vinculada a la lengua. Ahora ya no lo está tanto, por fortuna, también. Pero allí no. Allí está la cuestión de la identidad nacional y la cuestión de la lengua, y no necesariamente van unidas.

Desde fuera se les intuye radicales en algunos aspectos, y en cambio con la lengua…

Los hermanos de mi madre, por ejemplo, han aprendido euskera de mayores, sus hijos ya han ido a la ikastola, y después de ese salto lingüístico, sus hijos ya hablan con sus hijos en euskera con naturalidad. Han hecho una recuperación lingüística con una generación, o dos. Lo han recuperado, dijéramos. Un poco artificial, pero lo han recuperado.

¿Empezaste en Anagrama?

Empecé en Quaderns Crema.

Hay muchos secretos que aún no sé…

[Ríe]. Empecé en Quaderns Crema porque venía de Australia. Estuve cuatro años en Australia estudiando la poesía de Ausiàs March, algo muy marciano, porque tenían mucho dinero y estuve haciendo de research assistant allí, y enseñando catalán. Hacía de lectora cuando aún no existía el Institut Ramon Llull. Y cuando volví quería hacer la tesis, pero necesitaba dinero para vivir, y pensé: iré a una editorial. Pero nunca en mi vida había puesto los pies en una editorial. Yo no quería ser editora, no tenía vocación de editora, porque no había máster… no había nada.

No era estudiable.

No era estudiable, y yo no sabía cómo se podía ser editora. Lo único que sabía era que había hecho Filología Catalana, que me encantaban los libros y que quería ser medievalista.

¿Medievalista?

Yo estaba estudiando Ausiàs March y quería hacer una tesis sobre un tema relacionado con la Edad Media, la literatura y el amor hereos.

No lo hubiera dicho nunca.

Y, de hecho, había estudiado literatura y me había especializado en literatura medieval. Y entonces empecé la tesis con la doctora Lola Badia, las cuestiones previas a la tesis, los cursos del doctorado, etc., y necesitaba recursos para comer, y pensé: iré a una editorial. Imprimí mi currículum y tomé una cerveza con una amiga mía. Le dije: «Mañana mandaré todos estos currículums a las editoriales de Barcelona, las he encontrado en un listado». Y me dijo: «Desengáñate, Izaskun, mañana no tienes nada que hacer, coge esos currículums y llévalos uno a uno». Y pensé: «Tiene razón, no tengo nada que hacer». Cogí los currículums y los fui llevando a las editoriales, y la última a la que llegué fue Quaderns Crema. Recuerdo que iba muy despeinada, cansada, todo el mundo me miraba mal y con poco interés… y entré allí y empecé a hablar con una recepcionista. La recepcionista era muy simpática y empezamos a hablar. Yo estaba cansada, ya no quería trabajo, solo quería irme a casa. Y, entonces, aquella tarde Jaume Vallcorba me llamó: me dijo que si podía ir aquella misma tarde a hacer una entrevista. Y yo fui y él hizo la pregunta que salvó mi vida, porque, si no, quizá ahora sería recepcionista. Me preguntó: «¿Tú qué quieres hacer en una editorial?». Yo jamás en la vida había puesto los pies en una editorial, y le empecé a hablar de literatura medieval.

De lo que sabías.

De lo que sabía. Y él me dijo: «Pues el trabajo que tengo no es para ti, porque tengo una vacante en recepción, que es esa chica con la que has hablado esta mañana, pero tú no puedes ser recepcionista, no lo serás, y por tanto lo siento mucho, pero vuelve a casa». Y yo me fui a mi casa y al día siguiente me volvió a llamar, y me dijo: «¿Puedes venir otra vez?». Era un viernes. Fui y me dijo: «Es que cuando le he contado la historia a Ernest Folch —que era el editor que había entonces—, Ernest me ha dicho: “Ah, ¿sabes qué? Que yo también me voy”. Y entonces he pensado: este trabajo sí que puede hacerlo la chica que ha venido esta mañana».

Y tú sin experiencia ni vocación…

No había puesto los pies en una editorial nunca. Y entonces me dice: «Esta tarde vamos a Romanyà de Valls, que hay una imprenta allí y empezarás a ver cómo es el sector editorial». Tenía un Mercedes, un coche gigante, y nos fuimos Ernest Folch, Vallcorba y yo a Romanyà de Valls con aquel coche. Por la mañana no tenía trabajo y por la tarde estaba en una imprenta. Y él el lunes se iba quince días, o tres semanas, a Argentina, Chile y no sé qué más, y era verano. Ernest se iba a los quince días o tres semanas… el primer día llegué y le dije: «Mira, Ernest, es que yo no sé nada del mundo editorial». Y dijo: «Ahora pasaremos quince días sin Vallcorba y te lo enseñaré todo». Hice durante quince días el máster más potente que se haya podido hacer. Recuerdo que cogió un libro y dijo: «Esto es un libro, estas son las guardas, eso son los créditos».

Empezar de cero.

De cero. Él se fue, yo me quedé, y duró poquito, porque no era fácil trabajar con Vallcorba [ríe]. Duró poquito porque me ofrecieron otro trabajo. Y entonces Anagrama buscaba a alguien, le preguntaron a Ernest si conocía a alguien, no directamente a Ernest, pero una cadena de personas, hasta que Herralde me llamó un día y me dijo: «¿Puedes venir?». Y fui…

Pasaste de querer ser medievalista a trabajar en una de las editoriales más potentes que había en aquel momento.

Sí. En Anagrama llevaba producción y edición de cubiertas, el catálogo, etc. No trabajaba de editora, pero de pronto fue entrar por la puerta grande a ver cómo era la cocina de, sin duda, si no la mejor, una de las mejores editoriales del mundo. Fue espectacular, y Herralde fue muy generoso conmigo.

¿Cómo era trabajar con Herralde?

Yo entré cuando tenía veintisiete o veintiocho años, y para mí fue un máster bestial. Trabajar con Herralde ha sido uno de los grandes privilegios de mi vida, porque es una de las personas más inteligentes que conozco. Es rápido, tiene sentido del humor… hay gente que dice que no es un hombre fácil, para mí lo fue. Era un hombre exigente, es un hombre muy exigente, pero yo aprendí muchísimo y conmigo fue generoso de principio a fin. Entendí algo que creo que después me ha ayudado mucho en el mundo editorial, que es que, para que las cosas salgan bien, se debe cuidar no solo el texto, que por supuesto, sino todo lo que envuelve al texto, y se tiene que hacer con mucha pasión. Tienes que ir defendiendo cada minuto lo que haces, si no, no funciona. Y eso… él vive para eso, y es un aprendizaje que procuro no olvidar en el día a día, no es algo que él tenga impuesto y diga: mira, ahora lo hago. No, no, vive así. Y así tienen que hacerse las cosas. Quizá el mundo está yendo en otra dirección, pero el respeto por el contenido, el trabajo del contenido y la pasión por el resto es lo que hace que todo funcione.

Apasionarte también por una cubierta, la tipografía…

Y él hacía algo que me hacía mucha gracia: siempre que podía, en cualquier conversación, fuera de lo que fuera, sacaba sus libros [ríe]. Él estaba hablando de cocina con alguien en algún sarao, y acababa saliendo alguno de sus títulos. Porque siempre estaba defendiendo sus títulos… siempre lo hace, hablo en pasado pero todavía es así. No bajaba la guardia ni un minuto. Y ver cómo se cocina todo… para mí, una cosa mágica era que de un manuscrito llegaras a un libro. Todo ese proceso que yo desconocía —lo conocía un poco de Quaderns Crema, pero estuve muy poco tiempo—, con toda su complejidad y riqueza, aquello fue un flechazo. Me enamoré del oficio.

Empezaste en el oficio con Vallcorba y Herralde. Después de eso solo puedes ser editora de tu propia editorial.

Con Vallcorba estuve menos tiempo, porque enseguida salió lo de Anagrama. Con Herralde estuve seis años. A mí no me gusta mucho que me manden, en general [ríe]. Pero en el caso de Herralde, no tenía nunca esa sensación… es un hombre que manda mucho, ¿eh?, pero yo no tenía la sensación de que él me mandaba. Yo tenía la sensación de que él tenía razón.

¡Lo hacía muy bien, entonces!

Sabe mucho, sí. La sensación no era: «se hace porque yo lo digo». Se hace así porque lo que te digo tiene sentido. No quiere decir que siempre tuviera razón. Había días que salías de la oficina enfadada, pero la sensación de que estás aprendiendo y de que hay un maestro allí la tenía muy vívida. Yo no sentí nunca que tenía un amo, por decirlo de algún modo, y él es muy amo de su parcela, pero la sensación siempre fue de que había una persona que sabía infinitamente más que yo, y que además me estaba transmitiendo conocimiento. Y eso para mí es un tesoro.

Ara Llibres forma parte de una cooperativa. ¿Cómo funciona? ¿Qué quiere decir que una editorial forme parte de una cooperativa, y qué hace que Ara Llibres que no sea estrictamente una editorial?

Una de las cosas que a mí más me gusta de Ara Llibres, aparte del proyecto editorial, evidentemente, es el hecho de que sea una cooperativa. Creo que es importante y creo que a veces nosotros mismos no le hemos dado el valor que tiene. Lo hemos asumido tanto como una forma de organización propia que no lo hemos explicado suficiente. La idea es que en el siglo XX, y en el siglo XXI también, hay muchas editoriales que son de una persona que tiene una editorial, un modelo de editoriales unipersonales. Cuando ahora mismo conviven con un modelo de grandes grupos, y por tanto tienes la editorial de una persona y cada vez más grandes grupos editoriales, como puede ser Planeta o Random. Y a eso hay que sumar los nuevos players, Amazon, Google, etc. Y nosotros decíamos: queremos que sea diferente, que el universo de los libros no solo sean editoriales muy pequeñas y grandes grupos, y eso solo puede ser diferente en una tradición que Cataluña tiene muy arraigada, que es la tradición de hacer cosas colectivamente desde la sociedad civil. Que haya un grupo de gente suficientemente importante que se pueda expresar fuera de esos dos modelos, y que haga de contrapeso a los grandes grupos, pero con músculo. Y pensamos: hagámoslo nosotros. E hicimos Ara Llibres y formamos el grupo cooperativo Som. Y, por tanto, que la propiedad sea de todos. Eso quiere decir que las decisiones son de todos, y que la información es de todos y que los resultados económicos son también para todos. Y los derechos y los deberes. ¿Eso quiere decir que en Ara Llibres las cosas se deciden de forma asamblearia? No. ¿Eso quiere decir que hemos tenido que aprender a ser empresarios? Sí. Funciona así, los propietarios son los trabajadores, y la organización del día a día es muy similar a la que podría tener una empresa que no fuera cooperativa. Es decir, hay unas personas que llevan la gerencia, unas personas que llevan la dirección editorial, unos editores, jefe de prensa… cada uno tiene muy explícita y muy delimitada su tarea. Pero, entonces, hay un momento al mes, que es cuando se reúne el consejo rector, el equivalente al consejo de administración, en que las grandes decisiones estratégicas se deciden y en que la información se comparte. Y por eso, para mí, cambia completamente el tipo de empresa que haces. Nos ha costado mucho aprenderlo, porque tú tienes dos sombreros. Hay días en que tienes el sombrero de editor, y hay un día en que tienes el sombrero de empresario. Y editor y empresario quizá se parecen, pero hay una persona que es administrativa, y en el día a día opera como administrativa, pero hay un día al mes en que también es propietaria, y por tanto a veces tiene que tomar decisiones que como trabajadora no tomaría. Y el aprendizaje ha sido duro, pero a la larga es el modelo más justo.

¿Trabajas de otra manera si todo de algún modo es tuyo?

Absolutamente. Primero, que hay un proyecto que se piensa en su nivel más estratégico por parte de todos y, por tanto, no solo lo decide una persona que determina hacia dónde quiere ir, y eso lo hace más tuyo. Se piensa desde todo el mundo y se ejecuta desde todo el mundo. Y todo eso para mí lo hace mucho más fuerte, porque al final la potencia que tiene una persona para defender un proyecto colectivo en el que se siente representada es enorme. Nosotros en Ara Llibres siempre decíamos: no tenemos vocación de editorial pequeña, tiene que ser una editorial cuanto más grande mejor, porque cuanta más gente pueda participar de la propiedad, más fuerte, más diverso y más rico será el proyecto. Por tanto: ambición total por crecer. Con un modelo determinado, pero para crecer. No a cualquier precio, evidentemente, pero a mí me gustaría ver que Ara Llibres es una editorial potentísima con muchos recursos de todo tipo y de mucha gente.

¿Eso quiere decir que todo el mundo que trabaja en Ara Llibres es socio?

Eso quiere decir que después de un periodo de tiempo, que está fijado en dos años, a todo el mundo se le invita a ser propietario. Eso conlleva un aspecto que me gusta mucho, y es que para los socios que ya están, cuando entra un socio nuevo, la propiedad queda dividida aún más, tú tienes menos propiedad, y en cambio tú lo que quieres es que entren muchos socios. Sabes que cuantos más socios entren, menos propiedad tendrás tú, porque la propiedad se distribuye de manera equitativa, pero tú quieres que entren socios, y me parece que eso también lo hace un proyecto muy potente. En lo que se refiere a Som, el grupo cooperativo del que participa Ara Llibres, parte de la siguiente base: el siglo XX es el siglo de las industrias pesadas, el siglo XXI tiene que ser el siglo de los contenidos. Y por tanto además de una editorial tiene que haber más cosas, porque la industria de los contenidos es muy amplia, y se creó una productora, que es BataBat, la revista Sàpiens, el Descobrir Catalunya, la cooperativa que nos da servicios al resto de las empresas, se integró en el periódico Contrapunt, etc.

Entonces, ¿tú también tienes una parte de la productora, de las revistas…?

No. Cada socio es socio de su cooperativa, que es la cooperativa en la que trabaja. Entonces hay una supracooperativa, que es una cooperativa de segundo grado, que es una cooperativa que no factura, por decirlo de alguna manera, que lo que hace es que las líneas estratégicas de todas las cooperativas estén alineadas y hace más fuerte el proyecto entero, con más músculo. Porque no es lo mismo ir a un banco siendo solo Ara Llibres que ir a un banco y tener detrás varias empresas. No solo por eso, no solo por cuestiones prácticas, sino porque si lo que queremos es ser más grandes, si lo que queremos es que el proyecto sea cooperativo y tenga incidencia social, tenemos que atacar desde distintos frentes. Y poder trabajar los contenidos desde diferentes perspectivas, la audiovisual, la de las revistas, la de los libros, etc., nos hacía mucho más fuertes, y por tanto mucho más ricos. Y para mí, que eso vaya bien y que se haga grande es una gran esperanza para el mundo de los contenidos.

¿Estáis, entonces, haciendo también un trabajo social?

Para mí, absolutamente. También hay una repercusión social, más allá de la aportación cultural.

El éxito podría ser no solo que Ara Llibres acabe creciendo, sino que hubiera más editoriales que apostaran por esta organización.

Y más gente que se organice de una manera que me parece más justa y más productiva, y más rica… sobre todo más rica, porque la suma de gente tiene que ser positiva necesariamente. Y, por tanto, cuanta más gente se sume, más fuerte y diversa será. Estamos yendo hacia un mundo en que la diversidad tiene poco valor, la diversidad no es algo que se potencie. Yo creo en una manera de organizarse en cooperativa que no es sencilla, porque no nacemos aprendidos, se tiene que aprender mucho, tienes que aprender muchas cosas, pero al final da esa diversidad. La tiene que dar, porque los propietarios no son una persona, son un conjunto, y cuanto más grande sea, más será el reflejo de una sociedad.

Tú formas parte de la sociedad y dejas de ser la editora, pero no te desvinculas de la sociedad.

En mi excedencia, ahora, soy simplemente socia en excedencia.

¿Vas a la reunión mensual?

Al consejo de administración, consejos rectores, que es donde se marcan líneas estratégicas, pero no se trabaja el día a día. Es decir, yo tengo mi duelo, por decirlo de alguna manera, al no participar en absoluto del día a día, porque el consejo rector de la cooperativa nunca discute títulos o autores.

Que es lo que a ti te gusta.

Es lo que yo hacía y me encanta. Allí lo que trabajas son otros temas: si en la empresa hay que hacer más títulos, si tenemos que trabajar estos mercados, qué pasa con la distribución, qué parte del presupuesto se dedica a la promoción… cosas mucho más prácticas, de funcionamiento de empresa. Y qué estrategia a medio y largo plazo se debe tener. No entras nunca en el día a día, porque no es el trabajo de la cooperativa, la cooperativa no decide esas cosas. Ahora hay un director editorial, Joan Carles, y él decidirá todas esas cosas. Como me explicaron muy bien el día que entré, el consejo rector no te cuestiona nunca lo que tú haces en el día a día, tus superiores, sí, pero la cooperativa como tal, no… eso sí, el consejo rector ratifica si en conjunto no estás haciendo bien tu trabajo y si tienen que tomar medidas, que puede incluir un despido en los casos más extremos. Y eso está bien. Para mí el buen equilibrio de este sistema cooperativo que nosotros tenemos, que no es necesariamente el de todo el mundo, es que permite una operatividad también. No podemos estar decidiendo entre todos, en nuestro caso, porque no sería óptimo. Y es un entorno duro, es un mercado duro, y necesitamos que sea óptimo.

Al ganar Eduardo Mendoza el Premio Cervantes, volvimos a hablar de los escritores catalanes que escriben en castellano, un tema del que hemos charlado a menudo y del que quiero que hablemos ahora. ¿De qué sirve traducir al catalán y al castellano simultáneamente? ¿Son realmente dos mercados diferentes o se mezclan?

No tengo la certeza absoluta. ¿Por qué tenemos que salir juntos? Tenemos que salir juntos sobre todo porque el catalán no puede salir después. ¿Por qué? Porque en estos momentos, todo el mundo, diría que el 100% de la población, puede leer en castellano y, por tanto, si primero sale la oferta en castellano, y la gente tiene ganas de acceder a aquel libro, de leerlo, lo hará en castellano y el mercado catalán es demasiado pequeño para permitírselo.

No esperará.

No. No esperará porque pienso que ahora no compramos libros tanto por cuestiones lingüístico-patrióticas.

Hacer país.

Ahora creo que hay otra naturalidad. Todo el mundo lee en castellano, y si primero sale la traducción en castellano, cuando sale la catalana ha perdido una gran cantidad de lectores, enorme, y por tanto nos resulta útil ir juntos. También nos resulta útil ir juntos porque nos potenciamos los unos a los otros y llegamos más lejos. Pese a que hay una parte del mercado que es confluente, hay una parte del mercado que no lo es, y por tanto tenemos que trabajarlo de formas distintas. Es muy diferente trabajar un libro en Cataluña que fuera. El universo de librerías de Cataluña es un ecosistema, para mí, maravilloso, que no es replicable en el resto de España. La librería mediana y pequeña tiene un peso en la venta de libros, en la facturación y sobre todo en la prescripción, muy grande, más grande que en el resto de la península, que trabajan mucho más con las grandes cadenas de librerías. Y eso condiciona también la manera de trabajar los libros, especialmente cuando son en catalán. Aquí tiene que hacerse mucha más microcirugía y no entender eso es trabajar los libros de una manera no óptima.

Cuando las pequeñas y medianas editoriales españolas vienen a presentar a Cataluña, se van a las grandes librerías, y es un error. No va nadie, si no es un autor mediático o con conocidos en la ciudad.

Hay un ecosistema que se tiene que entender, y que tiene que trabajarse en pequeño y distribuido por todo el territorio, no solo en Barcelona. Y, después, no solo son las librerías, los medios también. Los medios nacionales catalanes son diferentes, por tanto, tienes que pensar específicamente cómo los trabajas.

Y en los periódicos con ediciones en castellano y catalán, pese a tener oficina en Barcelona, a menudo tienen redactores distintos.

Absolutamente. Y después la prensa comarcal, teles comarcales, los medios locales, etc. Es mucho más de microcirugía. El espacio es más pequeño, y eso permite también que haya, si el autor es de aquí, mucho movimiento presencial. Yo lo vivo como una oportunidad, un goteo que puede alargar en el tiempo la vigencia de un libro, en esta época de dictadura de la novedad, que incluye bibliotecas… el trabajo que están haciendo las bibliotecas aquí es increíble. Bibliotecas, librerías, presentaciones, clubs de lectura. Y eso es diferente al resto del Estado. Seguramente no es diferente para los grandes blockbusters, o los grandes éxitos, pero sí para una cosa que a mí me preocupa mucho, que tengo que decirla en inglés porque no sé cómo se dice en catalán, que es la midlist. Para los libros que no son éxitos fulminantes, que no salen nunca en la lista de los más vendidos, pero funcionan, tienen una masa crítica de lectores. Que este tipo de libros exista es absolutamente fundamental para la riqueza cultural de un país, porque garantiza la diversidad y porque de esos libros también saldrán los grandes autores del futuro. Si dejamos yerma esa franja, no podremos crecer, no habrá grandes autores. Y no habrá libros buenos de público no tan mayoritario. Yo creo que para que funcione esa midlist entender bien nuestro mercado es fundamental. Los grandes blockbusters funcionarán igual, los tendrá todo el mundo, estarán en todas las librerías, tanto si son en castellano como si son en catalán, pero para los libros que no son de esa primera línea de venta hace falta un trabajo mucho más pequeño, un trabajo diferente.

En cuanto a las ediciones en castellano y catalán a la vez, habría que hablar también del tema del precio, tenemos que poner un precio igual al del castellano porque, si no, hay una desventaja competitiva; este precio igual al castellano para nosotros es más difícil, porque las tiradas son más cortas. Pagas los mismos fijos, pagas lo mismo por la traducción, pagas lo mismo por la corrección, pagas lo mismo por la cubierta, pero tu tirada y tu venta es necesariamente inferior. Y, en cambio, el PVP no lo decides tú. Lo decide el mercado español.

Laura Huerga habló de ello: el castellano se te come.

Se te come y además no tienes el poder de decisión. ¿Qué empresa no puede decidir el precio de su producto?

¿Por qué tienes que pagar lo mismo que la editorial en castellano?

Porque a un traductor no puedes decirle que, como es en catalán, le pagarás menos, porque el trabajo es el mismo.

Y menosprecias el catalán, claro.

El trabajo es el mismo. O a un corrector. Y en cambio la tirada es más corta. Y, después, para mí hay otra dictadura… es fuerte, la palabra, pero es algo que me preocupa casi más que lo del precio, que es la dictadura de los calendarios editoriales. La editorial en castellano acaba decidiendo en qué momento publicas aquel libro, porque si tú tienes que publicarlo cuando lo publican en castellano… Con algunas editoriales hay más flexibilidad y pactáis cuándo, pero con muchas otras la realidad no es esa. Te dice tal editorial: lo haremos en este momento, y tú tienes que adaptarte, o, si no, hazlo cuando quieras, pero sabes que no puedes salir después. Eso, que parece algo sin importancia, tiene una importancia crucial, por dos motivos, porque nuestros calendarios del libro del año son diferentes, y porque, como se publican en una misma editorial libros que en castellano salen en editoriales diferentes, se producen contrasentidos como lo que me pasó hace poco: tener cinco traducciones potentísimas, todas el mismo mes.

¿Y después de Sant Jordi?

Era antes de Sant Jordi, pero eso tampoco era bueno. Porque además a mí no me interesaban para Sant Jordi, porque para Sant Jordi nosotros estábamos trabajando otro tipo de libro distinto. En cualquier caso, lo que para mí es un problema es que no lo estábamos decidiendo nosotros. Lo decidía otra empresa.

Tu logística de prensa no puede soportar cinco libros potentes…

Y si decidimos nosotros que los queremos sacar todos juntos porque nos hemos vuelto locos, adelante, pero es que no lo hemos decidido nosotros, lo ha decidido otro mercado. Otro mercado me está diciendo a mí cómo tengo que vender mis libros. Y, además, de una manera ilógica. Eso sí que me parece ponernos en una segunda posición. No poder decidir sobre nuestro propio producto… no pasa en ninguna empresa. ¿Os imagináis que Coca-Cola dependiera de Pepsi para sacar un nuevo producto?

Y, por ejemplo, ¿con Libros del Asteroide es más fácil porque compartís el tipo de editorial y la complicidad lo facilita?

Hay editoriales y hay editoriales. Como siempre, el mundo se hará muy grande, muy tecnificado, muy no sé qué, pero al final las personas trabajan con personas, y esa sigue siendo la ley que mueve el mundo. Incluso en un grupo muy grande. Tú puedes encontrar un editor que tenga cintura, que te entienda… para mí no es tanto de grandes o pequeños, sino de personas y personas. Menospreciamos mucho el poder del individuo. Muchísimo. Si me preguntas si pasa con todas las editoriales, o si pasa con todas las grandes… tiende a pasar más con editoriales grandes, porque tienen la fuerza de imponer más cosas, pero no siempre.

En los grandes grupos ni siquiera los sellos pueden decidir demasiado…

Por eso con los grandes cuesta más que tengan cintura, pero al final muchas veces depende de la persona que tienes delante. Tú me dices: ¿con Asteroide a mí me ha resultado fácil hacer cosas conjuntamente? Facilísimo. Repetiría en cualquier momento. ¿Es porque son más pequeños que algunas editoriales y por tanto entienden más nuestras problemáticas? Seguro. Pero también porque Solano y yo nos entendimos bien en aquel momento, y porque él es una persona que entiende las cosas. También me ha pasado con editoriales grandes. Con el libro de Ramón Gener con Random… nos entendimos perfectamente, y son Random. Y, en cambio, las personas que estaban allí eran personas que no te menospreciaban, que te escuchaban, que podían entender tus problemáticas. Y, por tanto, intentaban planificar conjuntamente. Y después, con pequeñas y con grandes, y aquí sí que no diré nombres, ha habido veces que ha sido «ordeno y mando». Soy el castellano y salgo, y te aguantas.

Ir acompañado de una buena editorial en castellano también guía al lector que pueda conocer mejor un mercado que otro. Si ven que sales con Asteroide y leen en catalán, te presenta bien y te compran.

Nosotros como editores, cuando recibíamos un original, hacíamos dos preguntas muy prosaicas al agente internacional: una pregunta que me parece espantosa, «si el libro es muy largo», porque las traducciones en catalán, con la poca venta que tienen, es muy difícil que no supongan pérdidas, muy difícil, y por lo tanto hacíamos esa pregunta terrible… que casi la primera cosa que preguntas de un libro es cuántas páginas tiene, pensando que por favor tenga menos de 300, es patético… al margen de si es una obra maestra o no, me parece muy triste y muy sintomático, pero esa es otra conversación; y la otra cosa que preguntábamos era «quién lo hace en castellano». Porque los compañeros de viaje son importantes. Y no solo por si podrás entenderte o no, sino por cómo plantearán el libro, cómo lo cuidarán, por cómo sus agentes prescribirán el libro.

Y qué cómplices tienen.

Absolutamente. Es muy importante. Porque cuando digo que las personas son muy importantes, los sellos también son importantes. El sello que hay detrás de la persona también te da mucha información.

Uno de los problemas que pueden encontrarse las pequeñas y medianas editoriales es que los grandes grupos hayan incorporado también sellos en catalán, bloqueando los derechos en catalán (e incluso sin llegar a publicar después el libro). Por ejemplo: Random podría quedarse a Toni Morrison en castellano para Lumen y en catalán para Rosa dels Vents, y comprar los derechos por una cantidad que no puedas permitirte como Ara Llibres. ¿Eso pasa?

A mí no me ha pasado.

Laura Huerga lo comentó un día y todo el mundo parecía aceptar que ocurre a menudo.

Lo he oído muchas veces. A mí no me ha pasado… diría que nunca, querer una cosa, que la haya comprado alguien en castellano y catalán, y que no haya acabado saliendo en catalán. No quiero decir que no pase, estoy segura de que pasa, pero en mi experiencia personal no. Lo que sí me parece muy preocupante es: «Por el mismo precio, ponme dos». Cuando las editoriales están comprando a la vez catalán y castellano sin darle un valor al catalán. Porque, ¿qué pasa al final? Imagínate que una cosa la pagas, me invento el precio, cuatro mil por el castellano y mil por el catalán, en una correlación normal de fuerzas. Y dices: mira, te hago una oferta que son cuatro mil más mil, imaginémonos. Y el agente dice: muy bien, perfecto, adelante. Lo que ocurrirá con la oferta paquete es que no serán cuatro mil más mil, serán cuatro mil por los dos, no habrá valor del catalán. Y si tú no pagas por una cosa deja de tener valor para ti. Pero no solo me preocupa eso, sino que después, cuando tú compres los dos de ese modo, el catalán resulte subsidiario. Lo he comprado porque, como podía comprar los dos, alguno venderé en catalán y me aseguro de que nadie lo esté vendiendo en catalán y me esté robando algunas ventas. La parte de pasión, de conocimiento, de trabajártelo, de creértelo, de ir a buscar un mercado concreto… no lo harás. Porque no estás comprando porque realmente quieras aquello y te vayas a ocupar de ello. Estás comprando un paquete porque crees que de ahí obtendrás un rendimiento, pero no hay un trabajo específico sobre esa edición en catalán. Cuando decía que cuando lo hacen dos editoriales para mí es rico, lo es porque al final dos personas suman más que una persona. Si hay una editorial que trabaja su mercado en castellano de una manera determinada, y hay una editorial que lo hace en catalán… pero, incluso si se hubieran trabajado de maneras iguales, cuando lo trabajan dos suma. Pero cuando lo hacen todo en la misma campaña, primero, no tendría que hacerse en la misma campaña y, segundo, ¿quién acaba sufriendo? Dos nunca es igualdad. Desengañémonos. Acaba sufriendo y acaba siendo relegada la edición en catalán. Evidentemente.

Ahora tienes otras luchas distintas. En el Institut Ramon Llull… ¿qué haces?

Hago una cosa muy bonita, que es que la literatura en catalán pueda cruzar fronteras, y por tanto pueda ser disfrutada más allá de la gente que es capaz de leerla en catalán. Y eso, si no es un regalo, que baje Dios y lo vea. Es precioso. Eso es a grandes rasgos lo que hago.

Cuando dices que la literatura en catalán cruce fronteras… ya lo hemos hablado muchas veces, pero la gran frontera que tiene que cruzar la literatura catalana es España.

Sí. A mí eso me preocupa mucho, porque de forma natural la primera frontera que tendría que cruzar la literatura catalana tendría que ser la del castellano, por proximidad histórica y cultural, por pasado común, y en cambio muchas veces es un hándicap. Yo creo que en los últimos años se ha hecho aún más grande, pero viene de lejos. Cuando yo estaba en Anagrama, Herralde hizo un gran esfuerzo siempre por traducir a Montcada, Monzó, Sagarra, Pàmies… él iba traduciendo, y evidentemente algunos libros funcionaban, pero no en la medida que tendrían que hacerlo si no estuvieran escritos originalmente en catalán, creo. Al mercado español, no tanto el latinoamericano, le cuesta mucho.

¿Y al latinoamericano crees que no le cuesta?

No, quiero decir que al que sería más natural, que es el español, le cuesta muchísimo porque tiene más prejuicios. Yo creo que al mercado latinoamericano, si no hemos llegado más en profundidad es porque cuesta trabajarlo, ya que la puerta de entrada natural sería la traducción en castellano de la Península, porque creo que allí no hay los mismos prejuicios. En cambio, nuestro mercado natural es que en Segovia alguien lea a Llucia Ramis o a Jordi Nopca, o tanta otra gente que está siendo traducida a otras lenguas de forma natural… y cuesta. No quiere decir que todo cueste mucho. Hay libros que funcionan, Cabré funciona. Y no tenemos que olvidar que la primera lengua de traducción del catalán es el castellano, pero creo que tendría que traducirse más.

Pero Cabré funciona donde va. Es la excepción.

Absolutamente.

Hay libros comerciales que funcionan en ambas partes. Pero hay autores que aquí venden mucho, y que fuera de Cataluña no llegan proporcionalmente. Sílvia Soler, Màrius Serra…

No hay una proporcionalidad entre los lectores que leen en catalán aquí y los lectores que encuentran en un mercado como el castellano.

Pero aquí sí leemos a Almudena Grandes, Mendoza o Vila-Matas.

Sí. Aquí no hay un problema con la literatura en castellano, pero en el resto de España cuesta mucho.

Primero que los traduzcan.

Y que funcionen con naturalidad, porque tendrían que funcionar, porque son dos culturas que están absolutamente imbricadas. Forma parte de un prejuicio, obviamente. Es un problema no literario, es un problema que va más allá de los temas literarios. Yo siempre pienso, y más desde que estoy aquí, que tenemos que hacer un esfuerzo para intentar revertir esta situación, pese a que para nosotros, desde el Institut Ramon Llull, no es fácil, porque cuando hay un componente que no es literario es más difícil encontrar elementos. Pero tenemos que hacerlo, porque no puede ser que siendo una cultura tan próxima no esté más próxima culturalmente, me parece increíble.

Como editora has trabajado siempre como una gran empresa, con equilibrios. Has publicado todo tipo de libros: vermut, cocina, Kilian Jornet y Toni Morrison. Cuando presentas el catálogo, lo haces todo con la misma pasión porque todos los has elegido tú.

Sí, pero la misma pasión no quiere decir que lo presentes todo por igual. Es decir, que expliques todo de la misma manera. Yo creo que es muy importante creer todo lo que haces, pero las cosas las haces por distintas razones, como en la vida misma. Para mí es diferente defender a una Toni Morrison, a un Colm Tóibín, que defender a un Kilian Jornet. ¡Adoro a Kilian! O defender un Ramón Gener, o una Natza Farré.

A Natza no has podido defenderla, finalmente…

No he podido defenderla, que me da mucha pena. Pero me gusta mucho que le esté yendo tan bien. Es un gran libro. En cualquier caso, lo explicas con pasión, pero en cada caso es diferente. No dices: todo esto es maravilloso, todo esto es literario, todo esto tiene una calidad de… no, no. Yo lo que quiero es que si haces un libro de cocina, que sea el mejor libro de cocina que podemos hacer. Y si hacemos un libro de Kilian Jornet, que hagamos el mejor libro sobre superación, sobre reto, sobre la libertad que puedas hacer. A mí una cosa que me encantaba era ir a contar a los comerciales nuestros libros. Incluso en narrativa no puedes contar del mismo modo a Marc Pastor, Milena Busquets, Fonalleras o a ti, o a Lolita Bosch. En cada caso lo tienes que explicar de una manera. Y cuando vas a explicar cocina, no vas a hacerlo igual. Eso no quiere decir que no lo hagas con cariño ni apasionadamente. Simplemente tienes que saber que lo que estás ofreciendo en cada caso es distinto. También tengo que decir que el hecho de intentar abarcar tanto como hemos hecho nosotros, que de la misma manera hemos publicado un libro de no ficción o un Francesc Torralba, nos ha costado a veces que no nos entienda bien la librería. Y eso fue un problema que tuvimos. Fue un reto para nosotros, decir: no hemos explicado bien nuestro proyecto a las librerías. Y entonces hice aquella ruta, Amsterdam Tour, que para mí fue importantísima.

Quería preguntártelo.

Era muy importante, porque había mucha gente que no acababa de entender la dispersión.

En cambio, sí que lo entienden con los distintos sellos de un mismo grupo.

Sí, lo que pasa es que nosotros no nos habíamos explicado bien. Aquí el problema no era de los libreros, era nuestro. Al final, cuando explicas las cosas, se entenderá más o menos, y evidentemente lo tienes que demostrar libro a libro, pero yo creo que la dispersión, que era una dispersión para los demás y no para nosotros, que la entendíamos, nosotros no fuimos capaces de explicarla. No lo habíamos hecho, no se nos había entendido bien. No era culpa del receptor.

El purismo lingüístico. A veces me pregunto por qué mi padre no ha hablado ni una palabra de catalán entendiéndolo y pudiéndolo hablar, y creo que el pudor de hablarlo mal hace que mucha gente prefiera no hablarlo en absoluto. Por ejemplo, Arrimadas habla en catalán y nos burlamos de ella.

O con Montilla.

¿Esa tensión perjudica al catalán? ¿Es una barrera?

Lo que pasa es que yo creo que esa barrera ya se ha superado y en el mundo editorial se nota mucho. Hace unos años, quizá muchos, quizá veinte, parecía que en catalán solo se podía publicar determinado tipo de libro considerado literario. Y es evidente que tiene que trabajarse para mantener un catalán literario y una producción editorial literaria, pero, como en todas las lenguas y culturas del mundo, hay libros literarios y libros que no lo son.

Eso sería sintomático, en el caso del catalán, de la naturalidad de la lengua.

Absolutamente. En catalán, hasta hace mucho tiempo, solo había eso. Yo creo que se ha abierto mucho el abanico. Si tú vas a una librería, antes solo encontrabas literatura en catalán. Y ahora encuentras de todo. Y eso, que es la gran polémica sobre si Sant Jordi, qué es Sant Jordi… pero para mí es un síntoma de normalidad. Tenemos que consumir porno en catalán.

Ya tenemos el titular.

No, no. No me digas. [Ríe]. Natza me matará. Revistas del corazón en catalán. Sin olvidar que hace falta un catalán literario. No tenemos que banalizar tanto las cosas hasta que todo valga porque es en catalán, porque da igual, qué importa si se escribe bien o mal… No, hay diferentes registros, como en todas las lenguas, y tiene que haber un registro literario, tiene que haber un registro correcto. También para trabajarlo literariamente y hacerlo incorrecto si hace falta, pero tiene que estar. Y después tiene que haber el resto. Tenemos que vivir con naturalidad en todos los aspectos de la vida en catalán. Pero eso yo creo que está pasando. Y cuando entras a la librería se nota mucho que el catalán ya tiene su espacio. Seguro que no suficientemente. Se puede hablar de muchas cosas en catalán.

Salió un artículo hablando de los autores jóvenes (Forns, Adam, Espasa, Nopca) que preguntaba si estaban modernizando el catalán.

Yo creo que eso es también un síntoma de normalidad. La lengua no puede estar en una torre de cristal. Tiene que haber una lengua formal, con unos parámetros de corrección establecidos, y también autores que, a partir de esa lengua correcta, la trabajen literariamente y la hagan evlucionar. La lengua es una cosa viva, no estática. Incluso que la usen de manera incorrecta voluntariamente, si es con voluntad estilística.

¿Crees que Quim Monzó nos ha hecho esa transición hacia un catalán más moderno?

Absolutamente. Especialmente cuando él empezó a escribir, él y otros también, pero sobre todo él, Ferran Torrent en su momento, Pàmies un poco más tarde, demostraron que se podía hacer literatura moderna en catalán.

Parece una tontería, pero…

Sí, parece una chorrada, pero eso tenía mucho valor en aquel momento. Y, por tanto, somos herederos de aquello. Gracias a Dios que existió.

Como editora has publicado libros que han estado marcados políticamente. Colau, Junqueras, Puigdemont… ¿Hay que mojarse cuando editas?

No tienes que estar de acuerdo con todo lo que editas. Eso es imprescindible porque, si no, eres un sectario. Pero también hay unos límites de lo que a ti te apetece editar. Tienes que defender unas determinadas cosas, que no quiere decir contenidos de un libro. Es difícil encontrar el límite, pero yo no suscribo muchas de las cosas de los libros que he publicado. Pero, primero, no eran libros que me ofendían en su conjunto; tengo que decir que como editora si un libro me hubiera ofendido muchísimo, incluso si me pareciera publicable, habría decidido no publicarlo, porque después tengo que defenderlo, y por tanto siempre hay esa parte. No que te cases con su contenido, no es eso, sino que no te ofenda. Es un límite muy amplio. Ahora, lo que para mí es importante es que las personas a las que he publicado tengan cosas que decir y las puedan decir de una manera articulada y que no exista ya en la librería, y por tanto que aporten una visión que pueda ser interesante para los lectores. Me ha pasado solo una vez, y tampoco diré de quién, recibir una propuesta de libro, que el libro no necesariamente estaba mal, pero que me ofendía… y pensé que no hacía falta.

No dirás quién.

No. [Ríe]. Me ofendía.

¿Político?

Era un libro político, sí. Para eso… tenemos que estar muy al límite, porque, si no, hay muchas perspectivas que me parecen interesantes, y con las que yo quizá no comulgo, ni en una gran parte, pero que me parece que necesitan ser contadas. Es muy divertida esa parte de la edición. Muy bonito estar emitiendo, es una parte de Ara Llibres que a mí me interesaba mucho, también, y que es decir: «Ostras, ¿quién está diciendo cosas?». E irlos a buscar.

Las editoriales independientes en castellano rescatan mucha literatura olvidada, autores que no tuvieron prestigio en su época, y diría que en catalán no se está haciendo tanto. Como también se está descuidando la traducción de autores importantes. Ahora Club Editor y L’Altra están haciendo una gran labor de traducción nueva de Ginzburg y McCullers, pero todavía queda mucho por hacer. ¿Por qué durante tantos años no nos hemos ocupado de eso?

Yo creo que eso ocurre porque somos una industria muy débil. Es decir, pasa porque es más difícil que un libro funcione en catalán, porque el mercado es más pequeño, y por tanto nos hemos dedicado a ir, sobre todo en momentos de crisis, que ha afectado muchísimo al catalán, a hacer cosas más seguras y a la novedad. Le ha afectado mucho porque ya era una industria débil, y porque si una tirada de un libro antes era de tres mil de media, y ahora es de mil quinientos, eso quiere decir que, para que un libro funcione, tienes que hacer muchos milagros. Y ciertos experimentos ya no puedes permitírtelos, y ahora que parece que habríamos salido de eso, seguramente tampoco nos hemos dedicado a hacerlo. Pero creo que la razón va por ahí. Y después pasa otra cosa que a mí me preocupa mucho, cuya explicación no tengo, y es: nosotros, cuando mirábamos Nielsen, que no es demasiado bueno para el catalán porque no refleja bien ese entramado de librerías medianas…

¿Porque no aparecen, porque hacen la aproximación?

Sí, y el territorio no funciona siempre así. Y el peso de las grandes cadenas de librerías es menor que en otros mercados, y por tanto las extrapolaciones no siempre funcionan, pero te ayuda a ver cosas. Veíamos una cosa que a mí me resulta muy sorprendente, y es que no hay venta de fondo del libro de no ficción. Cuando un libro de no ficción se detiene, hemos vendido muchos y llega un momento en que el libro se detiene, tú ves que el libro en castellano, aquel mismo título, cada año aún coletea. Poquito, pero sigue. Y en catalán se detiene en seco. Yo no sé por qué, y con la ficción pasa un poco lo mismo. Dices: ostras, este libro, que en castellano vas viendo que ya es un libro antiguo, que igual tiene seis, siete u ocho años, pero que aún va goteando, a ti no te gotea ni de la manera proporcional. ¿Por qué a nosotros se nos seca el mercado y ya no hay una lógica, y en el mercado castellano, al menos en nuestras interpretaciones de Nielsen, eso no pasaba? No sé por qué es, pero es algo muy preocupante, porque una de las cosas que era maravillosa de Herralde era la cantidad de reediciones que hacía. Cuando yo estaba, igual reeditaba veinte o veintidós o veinticuatro títulos cada mes. ¿Sabes lo que es eso? Es una burrada. Quiere decir que el peso del fondo es enorme. Él tenía un fondo muy rico, pero esos mismos libros en su versión en catalán estoy segura de que no iban vendiendo de la misma manera ni proporcionalmente. ¿Por qué? No lo sé, y sería muy sano para el sector, porque lo que te permite funcionar bien es tener un buen equilibrio entre novedad y fondo.

El equilibrio imposible.

El equilibrio deseable. [Ríe]. Pero es muy difícil. La dictadura de la novedad es terrible.

No solo publicas libros que recibes, sino que tú también los propones.

En no ficción.

Por ejemplo, Natza Farré. ¿A quién le propondrías un libro ahora?

[Ríe]. ¡No puedo decírtelo! Pero le doy muchas vueltas. Últimamente he pensado muchos. Después te los digo.

Aunque no seas editora, entonces, sigues pensando como si lo fueras.

Vas viendo cosas…

Desde fuera, ¿propones a los editores de Ara Llibres autores o libros para publicar en la editorial? ¿O esperas a tu vuelta?

No. Me espero. ¿Sabes qué pasa? No me gustaría interferir demasiado. No es fácil sustituir a alguien. Ellos tienen que crear su espacio, a veces no es fácil. Y creo que está bien que no interfiera, porque no es fácil cambiar de editor y construirte tu propio mundo, dentro de una coherencia. Por eso muchas veces me muerdo la lengua y no sé a quién decírselo. [Ríe].

¿Por qué un libro como el de Milena Busquets, escrito en castellano, tiene que ser traducido al catalán?

El caso de Milena es un caso muy especial. A mí me importa bastante la mirada. Cuando defiendo que haya un mundo de lectores en catalán, no es porque hay autores que escriban en catalán y ya está. Que muy bien, es mi lengua de adopción, por decirlo de alguna manera, y me parece rico. Pero no solo es eso, es que en una lengua hay una mirada. Y perder la lengua es perder esa mirada. Nosotros no traducíamos novelas en castellano para el mercado catalán, porque no creíamos que tuviera sentido pudiendo ser leídas en el original. Cuando me pasaron el manuscrito de Milena, que me lo pasó Pontas, me lo pasó primero Marina y después Anna, recuerdo perfectamente que lo estaba leyendo y pensaba que esa mirada estaba escrita en castellano, pero esa mirada existía, y por tanto me parecía raro que no se hiciera en catalán. Me pareció antinatural lo que normalmente me parece natural, y es que no estuviera en catalán. Pero pensé, con un gran ojo comercial, que en catalán sería un fracaso. [Ríe]. Me enamoré de la novela, y hubo un punto de locura al decir: esto no funcionará en catalán, funcionará muy bien en castellano pero no en catalán, porque todo el mundo se leerá el original, pero no me chirría traducirlo al catalán porque hay una mirada, y además me gusta mucho la novela y me gustaría que la hiciéramos. Presentamos una propuesta. Fue una historia bonita, porque al final creo que a Anna y a Milena les convencieron también las ganas que teníamos de hacerlo, cómo lo planteábamos, más allá de la propia propuesta estrictamente de condiciones económicas, y eso fue un voto de confianza… y pensé que entonces teníamos que dar el callo, teníamos que hacerlo bien. Y recuerdo que estaba yo en Donosti, en el festival de cine, y me mandó un WhatsApp Marina y me dijo: «Es una locura, lo está comprando todo el mundo». Porque era cuando aún no lo había comprado nadie. Y yo pensando: «Ostras, a ver si venderemos alguno que otro en catalán». Y entonces la cosa se fue haciendo grande, y en el momento en que salieron los dos libros y vi cómo Milena, que es obviamente catalana, lo defendía en los medios en catalán, pensé: «Esto funcionará». Funcionó mucho mejor, desde luego, de lo que yo había previsto en el primer momento para el catalán. Yo creía que en castellano vendería muchísimo, como así ha sido, porque no podía ser de otra manera.

La Feria del Libro de Madrid tiene algo que Sant Jordi no tiene: como son más días, el lector que se acerca no es solo el lector que quiere una firma y persigue a los autores, sino que es un lector que pasea y descubre. En Sant Jordi firmas pero no vendes, y en Madrid vendes libros firmados.

Yo soy fan de Sant Jordi. No puedo decir otra cosa. Es verdad que el hecho de que Sant Jordi esté tan concentrado en un día tiene un punto prehistórico, incluso. Los editores nos pasamos un mes antes mirando las noticias del tiempo como si fuéramos campesinos de la pera, con todo el cariño del mundo, pero es que nosotros no vivimos de la tierra. Y es una cosa tan… tiene un punto gracioso. [Ríe] Y si es domingo, y si lloverá, y si habrá viento, y han dicho que…

Y si el Barça juega esa día.

Que esté todo concentrado en un solo día tiene un punto absolutamente loco. Porque dependes de una serie de elementos que además no puedes rectificar. La campaña de Navidad… tú puedes ver. En Sant Jordi no tienes tiempo de reacción. Lo peor que te puede pasar en Sant Jordi es romper stock. Es decir, que un libro que no preveías que funcionara tan bien, resulta que por razones x lo peta y todo el mundo lo quiere. Eso es terrible. Pero para no romper stocks la única posibilidad que tienes es sobreproducir, y después tienes unas devoluciones que hacen que libros que podrían ser viables dejen de serlo, porque has producido por encima de tus posibilidades. Solo hay que imaginarse que todas las librerías de Cataluña tienen los mismos libros dentro de la librería, y después tienen una parada fuera llena de libros que cuando se acabe Sant Jordi sigue llena de libros, y esos libros se devuelven. Eso, desde un punto de vista de lógica de mercado, es muy duro. Yo creo que sería mucho mejor si pudiéramos alargarlo unos cuantos días más, pero es verdad que Sant Jordi es Sant Jordi, y por tanto es difícil hacer cambios a un evento tan maravilloso que funciona tan bien. Los editores lo hablan, los libreros lo hablan… de qué forma podemos hacer que el libro sea la culminación, pero que haya un calentamiento. Que ya lo hay, ¿eh?… pero de una manera más intensa, porque es que, si no, es una locura fiarlo todo a un solo día. Pero… no deja de ser mágico. Si lo miro desde mi mentalidad infantil, de niña, es muy bonito. Ahora, si lo miro desde cualquier otra perspectiva, ¿qué estamos haciendo mirando si caerán dos gotas en Olot? Por favor, que llevamos un año entero trabajando este manuscrito, hablando con el autor y pensando cómo lo haremos, qué cubierta le pondremos, cómo haremos la promoción, y resulta que llueve en Olot, y que aquel autor era de Olot… [Ríe]. ¿Qué estamos haciendo? Si consiguiéramos que la gente leyera… es decir, el gran tema es ese. Pero, dejando a un lado el gran tema, después hay otros temas. Si consiguiéramos que no todo fuera tan estacional en estos momentos concretos, llegar a una cierta desestacionalización. Ahora para mí la Setmana del Llibre en Català es un gran momento para hacer una rentrée en catalán. Si conseguimos eso sería muy sano. No todo es Sant Jordi. Es la fiesta que es, es maravillosa, es singular, no existe nada igual en ningún lugar del mundo. Por tanto, eso está ahí. Si pudiera durar unos días más, sería bueno. Y después busquemos otros momentos. La Setmana del Llibre en Català…

El Off Sant Jordi.

Exacto. Intentemos que no todo sea Sant Jordi.

Y que no todo sea Barcelona.

Y sobre todo que la gente lea todo el año.

Lo dices apenada.

Es que, al final, Sant Jordi, que es una fiesta maravillosa, es una fiesta en la que hay un gran consumo de libros. ¿Cuántos de esos libros se leen? Como editora estoy encantada de que se inventen los Sant Jordis que quieran. El consumo de libros es bueno también para la industria, es necesario, es bueno, me gusta, pero…

Como autor, es desesperante ver las colas que hay para personajes.

Sí, pero yo creo que nos lo tenemos que tomar con mucho relax. El problema que yo veo de fondo es que pretendemos que en Sant Jordi se arreglen todas las carencias que tenemos nosotros, y la carencia principal es que somos gente que lee poco. Si fuéramos gente que lee mucho, y después un día de Sant Jordi te encuentras a Frank de la Jungla firmando libros, no sería un problema, porque es una gran fiesta. No de la literatura, sino del libro, así que adelante. Ahora, claro, todos ponemos todas nuestras esperanzas, porque como el resto del año no leemos, cuando podemos nos aferramos. Yo creo que tendríamos que ir solucionando el problema de fondo, pero no tengo la receta.

¿Qué opinas de los cursos de escritura creativa? Porque publicasteis un libro de Maria Escalas, que descubristeis gracias al Ateneu Barcelonés, si no me equivoco. ¿Te parecen útiles los cursos?

Yo creo que los cursos de escritura creativa son útiles, pero también que somos un país un poco extraño. Muchas veces he tenido la sensación de que se escribe más de lo que se lee. La cantidad de manuscritos que llegábamos a recibir… si toda esa gente que nos está mandando manuscritos, hubiera entendido una cosa que para mí es importante, que es que al mismo tiempo que escribes, lees… porque la lectura también te ayudará en tu proceso de escritura, estaría muy contenta. Pero muchas veces tenía la sensación de que hay mucha gente que escribe y no es lectora. Y eso me resulta increíble.

En un curso que impartí, el primer día de clase pregunté qué libros leían y muchos alumnos decían que no, que no tenían tiempo ni de leer el periódico.

Es la sensación que tenía, entonces. Si son una estafa los cursos de creación… no. Porque si sale una Maria Escalas, estoy satisfecha. Contaba el editor de El señor de los anillos que, en toda su vida lectora, nunca encontró otro manuscrito enviado espontáneamente que le resultara interesante. Pero encontró El señor de los anillos, y lo justifica todo. ¿Qué tienen las escuelas de escritura, bajo mi punto de vista, que sea bueno? Primero, que está muy bien que, si la gente tiene un hobby que es escribir, también nos sirve un poco de filtro, y creo que eso para un editor es interesante. Te llegan muchos manuscritos sin filtro, y te llega cada cosa… Tanto los agentes literarios, en otro orden de cosas y con mucha más intensidad, como las escuelas de escritura hacen un poco ese trabajo. Ahora, que de todo lo que se produce en las escuelas de escritura, creo que hay pocas cosas realmente que sean publicables con garantías… Y hay muchas escuelas. ¡La del Ateneu es la segunda del mundo! Después de Nueva York, la segunda escuela de escritura con más alumnos es el Ateneu. Me lo dijo Muriel Villanueva, que era profesora allí. Eso es insólito. ¿Si son una estafa? Hombre, entre eso e ir a jugar a marcianitos, me parece un hobby mucho más bonito. Ahora, si eso es realmente útil… será útil en algunos casos. En el caso de Maria, por ejemplo, es un caso precioso. La escuela de escritura le sirve como lugar en el que canalizar una cosa que no sabe muy bien cómo hacer sola. Te da una pauta.

Marta Orriols también.

Ya la he leído. Me ha gustado mucho, porque tiene una voz muy personal, porque los cuentos no son fáciles, y ella a todos les saca punta. Si somos capaces de que salgan unas cuantas personas como Marta o Maria, perfecto. Ya lo justifica. Hay muchísima gente y lo que sale no siempre es publicable. Es escribible, pero no es publicable.

¿De qué libro te sientes más orgullosa como editora?

Yo, del libro que me siento más orgullosa, por motivos literarios y también no literarios, seguramente es de Un cel de plom. Es un libro que para mí ha sido…

¿Lo propusisteis vosotros?

No. Nos lo propuso Anna Soler-Pont. Un verano que yo estaba de vacaciones en Ibiza y se lo propuso a Marina. Marina Penalva estaba trabajando en Ara Llibres en aquel momento. Le dijo: «Tengo esto, solo es un capítulo, pero me tienes que decir algo enseguida». Y es sobre Neus Català. Lo ha escrito Carme Martí, que era una persona a quien yo no conocía. Había escrito un libro de relatos orales, y no la conocía. Me dijo: «Te lo tienes que leer hoy porque tenemos que decirle algo». Yo pensé: Neus Català, de entrada me interesa, pero para mí fue muy bonito porque lo que leí me dejó agarrotada, pero no solo por el contenido, sino por la fuerza literaria. Carme es una escritora de primera línea, y por tanto encontrar una historia como la de Neus Català, que tenía que reivindicarse… una mujer que aún estaba viva y que le podíamos hacer aquel regalo, que además era una restitución por todo lo que le había pasado… y que además eso fuera una magnífica novela. Y para mí lo fue porque además Pontas nos dio un voto de confianza, porque nosotros en aquel momento habíamos publicado pocas cosas de ficción. Era un libro importante, y nosotras estábamos seguras de que lo podíamos hacer bien, pero no necesariamente lo sabía todo el mundo. [Ríe]. Carme no había acabado de escribir la novela. Tenía aquellos capítulos, que eran muy potentes, y por tanto decidimos que lo haríamos, hicimos el contrato y entonces se acabó la novela, y la novela era maravillosa. Es una gran novela, Carme Martí es una gran autora y es una historia que se tenía que contar. Un país como el nuestro, con una persona como Neus Català, no puede ser que no tenga este libro. Y además, que fue un gran éxito de público lector. Es decir, encontró y sigue encontrando lectores. Es uno de los pocos casos en que diría que sí que hay fondo, sí que hay goteo. Funcionó en cuanto a encontrar lectores, y lectores apasionados. Eso me hizo muy feliz. Después, hay muchos otros libros que por muchos motivos diferentes me han hecho muy feliz. Me hizo muy feliz publicarte a ti, por ejemplo [sonrisa de complicidad].

Eso no puedo dejarlo.

[Ríe]. Y muchos libros que me han hecho muy feliz, por diferentes razones. Y libros de los que me siento muy orgullosa y no han funcionado. Pensaba: ¿qué libro te gustaría que hubiera funcionado y no ha funcionado? Nicolàs Valle, que es reportero de TV3, durante muchos años enviado especial de conflictos bélicos, hizo un libro, que se llamaba Secrets de guerra, precioso. Muy potente. Es un libro que habla de guerras, porque él las ha vivido, dijéramos, como reportero, en primera persona. Pero no es el típico libro de reportero de guerra. Es un libro muy profundo, que habla de guerra, pero sobre todo habla de nosotros. Es un libro que pasó, no te diré sin pena ni gloria, porque no es verdad, pero no encontró los lectores que yo sigo creyendo que necesita. Me siento muy orgullosa de haberlo publicado. Me da pena, porque pienso que algo hice mal para que un libro tan bueno no encontrara lectores. En algo me equivoqué.

¿Los editores en realidad lo que querrían es escribir?

Yo no. Clarísimamente. No he tenido nunca esa pulsión. Es una carencia que tengo. Siempre he encontrado en algún libro lo que yo sentía. Lo que quería contarme. Siempre lo he encontrado. De una manera o de otra. Quizá porque soy una persona simple, no lo sé. No me ha pasado nunca, sentir algo y no encontrarme en las páginas de otro. Y, por tanto, no he tenido nunca la necesidad de explicarlo. De una manera muy profunda, nunca he querido escribir. Solo me he escrito cosas a mí misma cuando yo sabía que tenía que salir de algún agujero, tenía que cicatrizar algo. Pero nunca en mi vida con voluntad estilística alguna. Siempre con voluntad vomitiva, por decirlo de alguna manera. No sé si es una cosa buena o mala.

Buenísima.

Siempre me he encontrado en los demás.

Hace un tiempo salió un libro de Sebastià Portell y lo entrevistaron en el programa Estat de gràcia, y por la tarde presentó en La Calders y fue un éxito. Al día siguiente, Isabel Sucunza dejó muy claro que sin los medios no podemos promocionar bien los libros y que, si todo el mundo hace su trabajo, salimos adelante. ¿Qué tienen que hacer políticos, medios o quien sea que no forme parte de la cultura para potenciarla y que las cosas funcionen?

Lo que me parece es que tenemos que poner la cultura en el centro. Es una cosa muy sencilla. Muy obvia. Tengo muchas veces la sensación de que hablamos de cultura cuando tenemos un problema y decimos: ahora vamos a hablar de cultura. No, la cultura forma una parte consustancial importantísima. Yo no lo veo reflejado en la clase política. No lo veo. No los veo hablar de libros, no los veo leer libros. No digo que sean los únicos, digo que eso refleja también un estado de las cosas. Acabas hablando de las cosas solo porque toca hacerlo. Hace falta que todos nos impregnemos de eso. Y por tanto, evidentemente, más presencia en los medios. Es obvio. Hay una parte que, si no está de una manera natural porque no le hemos dado como sociedad la importancia que debería tener, tendremos que forzarlo y por tanto tiene que estar. Una vez me preguntaron si yo quería más programas de libros, y yo decía que lo que quería era más libros en los programas. Es evidente que también quiero programas de libros. Por una parte, programas de libros.

Y, por favor, con Anna Guitart.

¡En todos! [Risas]. Sí, porque tenemos que hacerlo, debemos tener programas de libros, y después todo el mundo tendría que hablar de libros. Si le hacen una entrevista a alguien, a un político, o a alguien con proyección pública, preguntarle: «¿Y tú qué estás leyendo?». Da miedo la pregunta porque da miedo que el otro no tenga respuesta. Eso tenemos que incorporarlo de manera natural. Y después programas de libros… ¿cómo? Tenemos que hacer programas de libros que sean atractivos. Que sean atractivos no quiere decir que tengan mucha luz y colores. Yo, cuando veo a Anna y la oigo hablar de libros, me engancho. La empiezo a escuchar hablar de libros y me quedo clavada, me gusta. Si dejamos de ponerla a una hora que no sabemos cuál es, para empezar, que no sabemos ni a qué hora saldrá, y la ponemos en un lugar al que nosotros le damos importancia… coloquémosla en prime time en TV3. Eso es que le estamos dando importancia y por tanto la gente lo verá.

No es solo el programa, sino el mensaje que estás dando con el horario.

Estás diciendo muchísimas cosas con respecto al horario. Si publicas un libro en el mes de enero o junio, estás dando muchos mensajes. No necesariamente es peor antes de Sant Jordi o después, pero tú mandas un mensaje. Y, por tanto, el momento en que pones un programa dice mucho. Los medios tienen que hacer los libros más naturales en sus programas, y después algo que me resulta insólito: tienen que aprovechar mucho algo que tenemos en este país, quizá en otros también, pero que para mí es impagable: la prescripción de nuestros profesionales. Tenemos un ejército de libreras, bibliotecarias, periodistas culturales que son una joya, y que se saben expresar, y que tienen sus capillas, y que tienen seguidores. Y tenemos que aprender también que tenemos todo eso y tenemos una oportunidad única. Única, que no teníamos antes, que son las nuevas tecnologías. Las posibilidades que nos dan determinadas maneras nuevas de comunicarnos. Aprovechemos todo eso, porque tenemos carencias, pero también un tesoro. Que esa gente haga llegar esos mensajes en los medios convencionales, evidentemente, porque al final siguen siendo de masas; y en los no convencionales, porque también pasa ahora que de pronto una cosa funciona y nadie sabe por qué. Y resulta que la Sucunza ha dicho no sé qué, la Fe, en el Altell, ha comentado no sé cuánto, y Júlia de Can Roca ha dicho la suya. Aprovechemos eso y situémoslo en el centro. Tenemos que empezar por darle la importancia que tiene. Pero no le doy importancia porque me han dicho que es importancia. Le doy importancia porque es caudal. Me parece que socialmente no nos lo creemos. Si nos lo creyéramos…

Eso me va muy bien para acabar la entrevista, porque en Jot Down siempre acabamos pidiendo un libro y una película a todo el mundo, independientemente de su oficio.

A Trump le pidieron un libro y se ve que dijo un título que era lectura obligatoria en el instituto al que iba. Ahora no recuerdo el título. Eso es imperdonable. Libros: ¿puedo decirte dos?

Venga…

Te diría uno, pero es de un escritor hombre, y me hace ilusión que haya una escritora mujer. Para mí, La carretera, de Cormac McCarthy, es un libro que es una catedral, y es un libro sobre el abandono. Es un libro sobre saber abandonar, que es algo que a mí personalmente me interesa. No sobre que te abandonen, sino sobre saberlo hacer. Y otro libro que me conmovió mucho es el de Delphine de Vigan, Rien ne s’oppose à la nuit, Nada se opone a la noche. Es un libro sobre las heridas.

Muy alegres ambos.

Me gusta mucho leer libros alegres, pero los pocos libros que yo considero transformadores, los que me transforman a mí, los que me hacen ser una persona diferente… hay muchos que me gustan mucho y que no hacen esa función, pero los que lo hacen son terribles. Y de películas para recomendar… cuando era joven siempre decía Rumble Fish, porque es una peli de Coppola que me gusta mucho, que habla sobre la familia y sobre la fragilidad, cómo de difícil es ser frágil cuando todos somos frágiles… pero, si miro más cerca, una peli que me ha gustado mucho es Boyhood. Richard Linklater siempre me apasiona, porque simula que no pasa nada, y pasa todo. Es la trascendencia de la vida, de cuando parece que no pasa nada. La enorme trascendencia que tienen determinadas cosas que no parece que sean trascendentes. Eso también lo cuenta siempre muy bien Ian McEwan. De un detalle acaba transformándolo todo, porque los detalles de la vida a veces tienen ese poder. Y eso es muy guapo.


Izaskun Arretxe: «L’univers de llibreries de Catalunya és un ecosistema meravellós»

(Versión en castellano)

Izaskun Arretxe va arribar al món editorial de casualitat. En principi ella volia ser medievalista, però la bona sort —i una recepcionista— la va fer canviar d’opinió. Ha estat la meva editora i ja són moltes les converses que hem tingut sobre el català, el castellà a casa, la naturalitat dels bilingües i el món literari. Ens reunim a l’Institut Ramon Llull. Hi treballa des de fa uns mesos. Hem de triar un lloc per fer l’entrevista: és un palau, impressiona, però quan fa mesos que et reuneixes a la mateixa estància, t’hi acabes acostumant. La confiança que ens tenim fa que la conversa sigui rescatada de les anteriors que hem tingut, però la Izaskun és una dona amb les idees molt clares, no es traeix en cap moment i el seu discurs no trontolla. No ensopega, no dubta, és una persona intel·ligent que ja ha reflexionat sobre les coses que cal reflexionar: no es penedeix de res del que ha dit, un cop hem acabat l’entrevista. Totes dues som castellanoparlants a casa, però hem acabat al món de l’edició i la cultura catalana. El castellà, això sí, té un espai íntim a la nostra vida més quotidiana, i al pensament.

Penses en castellà?

Jo les coses profundes, profundes de veritat, les de verdad, les penso en castellà.

I quan t’enfades amb els teus fills, per exemple?

En aquest nivell, no tan profund, en català. Però les de veritat, les poques dues o tres coses de veritat, me les explico en castellà.

Jo tenia una professora que quan s’enfadava, ho deia en castellà.

I les paraulotes?

Tot això ho tinc en català. He viscut en català i les dic en català, són només pensaments profunds. I quan vull fer pensaments profunds però no em vull implicar molt, ho penso en anglès, em parlo en anglès, perquè quan vivia a Austràlia em vaig acostumar molt a parlar de coses molt profundes en anglès. Era com si parlés una altra, no era jo. I llavors hi ha vegades que em dic que això ho vull entendre bé i no m’atreveixo ni a dir-m’ho a mi mateixa… me la dic en anglès, que és com si no me les digués jo.

Izaskun Arretxe. El segon cognom no me’l sé…

Irigoien.

Irigoien… tens els vuit. Hi ha moltes coses que encara no sé. Com parlaves a casa teva, i com has acabat sent editora en català?

Jo crec que he acabat sent editora en català perquè els meus pares eren bascos. Els meus pares són bascos d’expressió castellana, ells no parlen euskera. Són d’una segona generació que no parlen euskera. Els seus pares i avis el parlaven, però a l’anar del camp a la ciutat, es va fer la pèrdua de llengua, que al País Basc era molt acusat, això. Desruralitzar-se era perdre la llengua. Però ells tenien aquesta sensibilitat, malgrat no tenir la llengua. Sempre dic que els meus pares van ser uns emigrants de país normal, com si nosaltres fóssim un país normal. Quan ells van venir, van fer com si aquí el català fos una normalitat, i per tant ells van venir a viure a un lloc i els seus fills els havien d’escolaritzar a una escola on es parlés en català i es visqués en català, amb tota naturalitat.

Per què van venir?

Per qüestions de feina. El meu pare va venir aquí a treballar. Ells ho van fer tranquil·lament, i no era fàcil en aquell moment, perquè encara… sóc molt gran, jo [riu], era el franquisme.

I tot i així els hi va semblar un país normal?

No els hi semblava, però van actuar com si ho fos. Què van fer? Van buscar una escola catalana, perquè era el que havien de fer si venien a viure aquí. Tot i que era difícil, la van trobar. I ells no parlaven euskera ni català.

I l’euskera… no el sabien?

No el sabien, no.

És una cosa que em sorprèn. Hi ha molta gent amb sensibilitat al País Basc, però alhora no tothom coneix la llengua.

Perquè la identitat nacional no està vinculada a la llengua. I aquí, fins fa molt poc, estava molt vinculada a la llengua. Ara ja no ho està tant, per fortuna, també. Però allà no. Allà hi ha la qüestió de la identitat nacional i la qüestió de la llengua, i no necessàriament van unides.

Des de fora ens semblen radicals en alguns aspectes, i en canvi en la llengua…

Els germans de la meva mare, per exemple, han après euskera de grans, els seus fills ja han anat a la ikastola, i després d’aquest salt lingüístic, els seus fills ja parlen als seus propis fills en euskera amb naturalitat. Han fet una recuperació lingüística amb una generació, o dues, que no el tenien. L’han recuperat, diguéssim. Una mica artificial, però l’han recuperat.

Vas començar a Anagrama?

Vaig començar a Quaderns Crema.

Hi ha molts secrets que encara no sé…

[Riu] Vaig començar a Quaderns Crema perquè jo venia d’Austràlia. Vaig estar quatre anys a Austràlia estudiant les poesies d’Ausiàs March, una cosa molt marciana, perquè tenien molts diners i estava fent de research assistant allà, i ensenyant català. Feia de lectora quan encara no existia l’Institut Ramon Llull. I quan vaig tornar, volia fer la tesi però necessitava diners per viure, i vaig pensar: aniré a una editorial. Però mai en la meva vida havia posat els peus en una editorial. Jo no volia ser editora, no tenia vocació d’editora, perquè no hi havien màsters… no hi havia res.

No era estudiable.

No era estudiable, i jo no sabia com es podia ser editora. L’únic que sabia era que havia fet Filologia Catalana, que m’encantaven els llibres i volia ser medievalista.

Medievalista?

Jo estava estudiant Ausiàs March i volia fer una tesi sobre un tema relacionat amb l’Edat Mitjana, la literatura i l’amor hereos.

No ho hagués dit mai.

I de fet havia estudiat literatura i m’havia especialitzat en literatura medieval. I llavors vaig començar la tesi amb la doctora Lola Badia, les qüestions prèvies a la tesi, els cursos de doctorat, etc., i necessitava recursos per menjar, i vaig pensar: aniré a una editorial. I vaig imprimir el meu currículum i vaig fer una cervesa amb una amiga meva. Li vaig dir: demà enviaré tots aquests currículums a les editorials de Barcelona, que les he trobat en un llistat. I em va dir: desengáñate, Izaskun, mañana no tienes nada que hacer, coge esos currículums y llévalos uno a uno. I vaig pensar: té raó, no tinc res a fer. Vaig agafar els currículums i els vaig anar portant a les editorials, i l’última on vaig anar a parar va ser Quaderns Crema. Me’n recordo que anava molt despentinada, cansada, tothom em mirava malament i amb poc interès… i vaig entrar allà i vaig començar a parlar amb una recepcionista. La recepcionista era molt simpàtica i vam començar a xerrar. Jo estava cansada, ja no volia feina, només volia anar a casa. I llavors aquella tarda el Jaume Vallcorba em va trucar: em va dir si podia anar-hi aquella mateixa tarda a fer una entrevista. I jo vaig anar-hi i ell va fer la pregunta que va salvar la meva vida, perquè si no potser ara seria recepcionista. Em va preguntar: tu què vols fer en una editorial? Jo mai de la vida havia posat els peus en una editorial, i li vaig començar a parlar de literatura medieval.

Del que tu sabies.

Del que jo sabia. I ell em va dir: doncs la feina que tinc no és per tu, perquè tinc una vacant a la recepcionista, que és aquesta noia amb qui has parlat aquest matí, però tu no pots ser recepcionista, no ho seràs, i per tant ho sento molt, però vés-te’n a casa teva. I jo me’n vaig anar a casa meva i l’endemà em va tornar a trucar, i em va dir: pots venir un altre cop? Era un divendres. Vaig anar allà i em va dir: és que quan li he explicat aquesta història a l’Ernest Folch, que era l’editor que hi havia en aquell moment, l’Ernest m’ha dit: ah, saps què, és que jo també me’n vaig. I llavors he pensat: aquesta feina sí que la pot fer aquesta noia que ha vingut aquest matí.

I tu sense experiència ni vocació.

No havia posat mai els peus en una editorial. I llavors em diu: aquesta tarda anem a Romanyà de Valls, que hi ha una impremta allà i començaràs a veure com és el sector editorial. Tenia un Mercedes, un cotxe d’aquests gegants, i ens en anem l’Ernest Folch, el Vallcorba i jo a Romanyà de Valls amb aquell cotxe. Al matí no tenia feina i a la tarda estava a una impremta. I ell el dilluns se n’anava quinze dies, o tres setmanes, a Argentina, Xile i no sé on, i era l’estiu. L’Ernest marxava al cap de quinze dies o tres setmanes… el primer dia vaig arribar i li vaig dir: mira, Ernest, és que jo no sé res del món editorial. I va dir: ara estarem quinze dies que no hi és el Vallcorba i t’ho ensenyaré tot. I vaig fer durant quinze dies el màster més potent que s’hagi pogut fer. Recordo que va agafar un llibre i va dir: això és un llibre, això són les guardes, això són els crèdits.

Començar de zero.

De zero. Ell va marxar, jo em vaig quedar, i va durar poquet, perquè no era fàcil treballar amb el Vallcorba [riu]. Va durar poquet perquè em van oferir una altra feina. I llavors Anagrama buscava algú, li van preguntar a l’Ernest si coneixia algú, no directament a l’Ernest però una cadena de persones fins que l’Herralde em va trucar un dia i em va dir: pots venir? Jo hi vaig anar…

Vas passar de voler ser medievalista a treballar a una de les editorials més potents que hi havia en aquell moment.

Sí. A Anagrama portava producció i edició de cobertes, el catàleg, etc. No feia feina d’editora, però de cop va ser entrar per la porta gran a veure com era la cuina de, sens dubte, si no la millor, una de les millors editorials del món. Va ser espectacular, i l’Herralde va ser molt generós amb mi.

Com era treballar amb l’Herralde?

Jo vaig entrar-hi que tenia 27 o 28 anys, i per mi va ser un màster bestial. Treballar amb l’Herralde ha estat un dels grans privilegis de la meva vida, perquè és una de les persones més intel·ligents que conec. És ràpid, té sentit de l’humor… hi ha gent que diu que no és un home fàcil, per mi ho va ser. Era un home exigent, és un home molt exigent, però jo vaig aprendre moltíssim i amb mi va ser generós de principi a fi. Vaig entendre una cosa que crec que després m’ha ajudat molt en el món editorial, que és que perquè les coses surtin bé, s’han de fer amb molta cura no només del text, que per descomptat, sinó de tot el que envolta el text, i s’ha de fer amb molta passió. Has d’anar defensant cada minut allò que fas, si no, no funciona. I això… ell viu per això, i és un mestratge que procuro no oblidar en el dia a dia, no és una cosa que ell tingui imposada i digui: mira, ara ho faré. No, no, viu així. I així s’han de fer les coses. Potser el món està anant en una altra direcció, però el respecte pel contingut, el treball del contingut i la passió per tota la resta és el que fa que tot funcioni.

Apassionar-te també per una coberta, la tipografia…

I ell feia una cosa, que em feia molta gràcia: sempre que podia, en qualsevol conversa, fos del que fos, treia els seus llibres [riu]. Ell estava parlant de cuina amb algú en algun sarao, i acabaven sortint algun dels seus títols. Perquè ell sempre estava defensant els seus títols… sempre ho fa, parlo en passat però encara ara. No baixava la guàrdia ni un minut. I veure com es cuina tot… per mi, una cosa màgica era que d’un manuscrit arribessis a un llibre. Tot aquest procés que jo desconeixia, el coneixia una mica de Quaderns Crema, però hi vaig ser molt poc temps, amb tota la seva complexitat i riquesa, allò va ser un enamorament. Em vaig enamorar de l’ofici.

Vas començar l’ofici amb el Vallcorba i l’Herralde. Després d’això només pots ser editora de la teva pròpia editorial.

I sobretot… amb el Vallcorba hi vaig estar menys temps, perquè de seguida va sortir el tema d’Anagrama. Amb l’Herralde vaig estar sis anys. A mi no m’agrada gaire que em manin, en general. [Riu] Però en el cas de l’Herralde, no tenia mai aquesta sensació… és un home que mana molt, eh, però jo no tenia la sensació que ell em manava. Jo tenia la sensació que ell tenia raó.

Ho feia molt bé, llavors!

En sap molt, sí. La sensació no era: es fa això perquè jo ho dic. Es fa això perquè això que et dic té sentit. No vol dir que sempre tingués raó. Hi havia dies que sorties de l’oficina emprenyada, però la sensació aquesta que estàs aprenent i que hi ha un mestre allà, aquesta la tenia molt vívida. Jo no vaig sentir mai que tenia un amo, per dir-ho d’alguna manera, i ell és molt amo del seu hort, però la sensació sempre va ser que hi havia una persona que en sabia infinitament més que jo, que a més a més m’estava transmetent coneixement. I això per mi és un tresor.

Ara Llibres forma part d’una cooperativa. Com funciona? Què vol dir que una editorial formi part d’una cooperativa, i què hi ha amb Ara Llibres que no és estrictament l’editorial?

Una de les coses que a mi més m’agrada d’Ara Llibres, a part del projecte editorial, evidentment, és el fet que sigui una cooperativa. Crec que és important i crec que de vegades nosaltres mateixos no li hem donat el valor que té. Ho hem assumit tant com una forma d’organització pròpia que no ho hem explicat suficient. Una mica la idea és que al segle XX, i al segle XXI també, hi ha moltes editorials que són d’una persona que té l’editorial, un model d’editorials unipersonals. Quan ara mateix conviuen amb un model de grans grups, i per tant tens l’editorial d’una persona i cada vegada més grans grups editorials, com pot ser Planeta o Random. I a això cal sumar els nous players: Amazon, Google, etc. I nosaltres dèiem: volem que això sigui diferent, que l’univers dels llibres no només siguin editorials molt petites i grans grups, i això només pot ser diferent en una tradició que Catalunya té molt arrelada, que és la tradició de fer coses col·lectivament des de la societat civil. Que hi hagi un grup de gent suficientment important que es pugui expressar fora d’aquests dos models, i que faci de contrapès als grans grups, però amb múscul. I vam pensar: fem-ho nosaltres. I vam fer Ara Llibres i vam formar el grup cooperatiu Som. I per tant, que la propietat sigui de tots. Això vol dir que les decisions siguin de tots, i que la informació sigui de tots i que els resultats econòmics siguin també per a tots. I els drets i els deures. Això vol dir que a Ara Llibres les coses es decideixen de forma assembleària? No. Això vol dir que hem hagut d’aprendre a ser empresaris? Sí. Funciona així, els propietaris són els treballadors, i l’organització del dia a dia és una organització molt similar a la que podria tenir una empresa que no fos cooperativa. És a dir, hi ha unes persones que porten la gerència, unes persones que porten la direcció editorial, uns editors, cap de premsa… cadascú té molt explicitada i molt delimitada la seva feina. Però llavors hi ha un moment al mes, que és quan es reuneix el consell rector, l’equivalent al consell d’administració, on les grans decisions estratègiques es decideixen, i on la informació es comparteix. I això, per mi, canvia completament el tipus d’empresa que tu fas. Ens ha costat molt aprendre-ho, perquè tu tens dos barrets. Hi ha dies que tens el barret d’editor, i hi ha un dia que tens el barret d’empresari. I editor empresari potser s’assembla més, però hi ha una persona que és administrativa, i en el dia a dia opera com a administrativa, però hi ha un dia al mes que és també propietària, i per tant de vegades ha de prendre decisions que com a treballadora no prendria. I fer aquest aprenentatge ha estat costós, i molt dur, però a la llarga el model és molt més just.

També treballes d’una altra manera si tot d’alguna manera és teu?

Absolutament. Primer, que hi ha un projecte que es pensa en el seu nivell més estratègic per part de tothom, i per tant no només ho decideix una persona, que determina que vol anar cap aquí o cap allà, i això ho fa més teu. Es pensa des de tothom i s’executa des de tothom. I tot això per mi ho fa molt més fort, perquè al final la potència que té una persona per defensar un projecte col·lectiu en el qual se sent representada és enorme. Nosaltres a Ara Llibres sempre dèiem: no tenim vocació d’editorial petita, ha de ser una editorial com més gran millor, perquè com més gent pugui participar de la propietat, més fort serà el projecte, més divers serà el projecte, i més ric serà el projecte. Per tant: ambició total per créixer. Amb un model determinat, però per créixer. No a qualsevol preu, evidentment, però a mi m’agradaria veure que Ara Llibres és una editorial potentíssima amb molts recursos de tot tipus, i de molta gent.

Això vol dir que tothom que treballa a Ara Llibres és soci?

Això vol dir que després d’un període de temps, que està fixat en dos, a tothom se’l convida a ser propietari. Això té un aspecte que m’agrada molt, i és que pels socis que ja hi són, quan entra un soci nou, la propietat queda dividida encara més, tu tens menys propietat, i en canvi tu el que vols és que entrin molts socis. Tu saps que com més socis entrin, menys propietat tindràs tu, perquè la propietat es distribueix de manera equitativa, però tu vols que entrin socis, i trobo que això també ho fa un projecte molt potent. Pel que fa a Som, el grup cooperatiu del qual participa Ara Llibre, parteix de la següent base: el segle XX és el segle de les indústries pesades, el segle XXI ha de ser el segle dels continguts. I per tant a més d’una editorial hi ha d’haver més coses, perquè la indústria dels continguts és molt més àmplia, i es va crear una productora, que és BataBat, la revista Sàpiens, el Descobrir Catalunya, la cooperativa que ens dóna serveis a la resta de les empreses, es va integrar el diari Contrapunt, etc..

Llavors tu també tens una part de la productora, de les revistes…?

No. Cada soci és soci de la seva cooperativa, que és la cooperativa on treballa. Llavors hi ha una supracooperativa, que és una cooperativa de segon grau, que és una cooperativa que no factura, per dir-ho d’alguna manera, que el que fa és que les línies estratègiques de totes les cooperatives estiguin alineades i fa més fort el projecte sencer, amb més múscul. Perquè és diferent anar a un banc sent només Ara Llibres, que anar a un banc i tenir darrere diverses empreses. No només per això, no només per qüestions pràctiques, sinó perquè si el que volem és ser més grans, si el que volem és que el projecte sigui cooperatiu i tingui incidència social, hem d’atacar des de diversos fronts. I poder treballar els continguts des de diferents perspectives, l’audiovisual, la de les revistes, la dels llibres, etc., ens feia molt més forts, i per tant molt més rics. I per mi, que això vagi bé i que es faci gran és una gran esperança pel món dels continguts.

Esteu fent també una feina social, doncs?

Per mi, absolutament. També hi ha una repercussió social, més enllà de l’aportació cultural.

L’èxit podria ser no només que Ara Llibres acabi creixent, sinó que hi hagués més editorials que apostessin per aquesta organització.

I més gent que s’organitzi d’una manera que em sembla més justa i més productiva, i més rica… sobretot més rica, perquè la suma de gent ha de ser positiva necessàriament. I per tant, com més gent s’hi sumi, més forta i més diversa serà. Estem anant cap a un món que la diversitat té poc valor, la diversitat no és una cosa que es potenciï. Jo crec en una manera d’organitzar-se en cooperativa que no és senzilla, perquè no naixem apresos, se n’ha d’aprendre molt, has d’aprendre moltes coses, però al final dóna aquesta diversitat. L’ha de donar, perquè els propietaris no són una persona, són un conjunt de persones, i com més gran sigui, més serà el reflex d’una societat.

Tu formes part de la societat i deixes de ser l’editora, però no et desvincules de la societat.

En la meva excedència, ara, sóc simplement sòcia en excedència.

Hi vas, a la reunió mensual?

Al consell d’administració, consells rectors, que són on es marquen línies estratègiques, però no es treballa el dia a dia. És a dir, jo tinc el meu dol, per dir-ho d’alguna manera, de no participar en absolut del dia a dia, perquè al consell rector de la cooperativa mai es discuteixen títols o autors.

Que és el que t’agrada a tu.

És el que jo feia i m’encanta. Allà el que treballes són altres temes: si a l’empresa hem de fer més títols, si hem de treballar aquests mercats, què passa amb la distribució, quina part del pressupost es dedica a la promoció… coses molt més pràctiques, de funcionament d’empresa. I quina estratègia a mig i llarg termini s’ha de tenir. No entres mai al dia a dia, perquè no és la feina de la cooperativa, la cooperativa no decideix aquestes coses. Ara hi ha un director editorial, el Joan Carles, i ell decidirà totes aquestes coses. Com em van explicar molt bé el dia que vaig entrar,  el Consell rector no et qüestiona mai el que tu fas al dia a dia, els teus superiors sí, però la cooperativa com a tal no… ara, el Consell rector ratifica si en conjunt no estàs fent bé la teva feina i si s’han de prendre mesures, que poden incloure un acomiadament en els casos més extrems. I això està bé. Per mi el bon equilibri d’aquest sistema cooperatiu que nosaltres tenim, que no és necessàriament el de tothom, és que permet una operativitat també. No podem estar decidint tot entre tots, en el nostre cas, perquè no seria òptim. I és un entorn dur, és un mercat dur, i necessitem que sigui òptim.

En guanyar Eduardo Mendoza el Premi Cervantes, tornem a parlar dels escriptors catalans que escriuen en castellà, un tema que nosaltres hem xerrat sovint i que vull que en parlem ara. De què serveix traduir el català i el castellà simultàniament? Són realment dos mercats diferents o es barregen?

La certesa absoluta segur que no la tinc. Per què hem de sortir junts? Hem de sortir junts sobretot perquè el català no pot sortir després. Per què? Perquè en aquests moments, tothom, diria que el 100% de la població, pot llegir en castellà, i per tant si primer surt l’oferta en castellà, i la gent té ganes d’accedir a aquell llibre, de llegir-lo, ho farà en castellà i el mercat català és massa petit per permetre-s’ho.

No s’esperarà.

No. No s’esperarà perquè penso que no comprem ara tant els llibres per qüestions lingüístico-patriòtiques.

I faig país.

Ara crec que hi ha una altra naturalitat. Tothom llegeix en castellà, i si primer surt la traducció en castellà, quan surt la catalana ha perdut una gran quantitat de lectors, enorme, i per tant ens és útil anar junts. També ens és útil anar junts perquè ens potenciem els uns als altres i arribem més lluny. Tot i que hi ha una part del mercat que és confluent, hi ha una part del mercat que no ho és, i per tant hem de treballar-lo de maneres diverses. És molt diferent treballar un llibre a Catalunya que fora de Catalunya. L’univers de llibreries de Catalunya és un ecosistema, per mi, meravellós, que no és replicable a la resta d’Espanya. La llibreria mitjana i petita té un pes en la venda de llibres, en la facturació i sobretot en la prescripció, molt gran, més gran que a la resta de la península, que treballen molt més amb les grans cadenes de llibreries. I això condiciona també la manera com es treballen els llibres, especialment quan són en català. Aquí s’ha de fer molta més microcirurgia i no entendre això és treballar els llibres d’una manera no òptima.

Quan les petites i mitjanes editorials espanyoles venen a presentar, se’n van a les grans llibreries, i és un error. No hi va ningú, si no és un autor mediàtic o amb coneguts a la ciutat.

Hi ha un ecosistema que s’ha d’entendre, i que s’ha de treballar en petit i distribuït per tot el territori, no només a Barcelona. I després no només són les llibreries, els mitjans també. Els mitjans nacionals catalans són diferents, per tant has de pensar específicament com els treballes.

I als diaris amb edicions en castellà i català, tot i tenir l’oficina a Barcelona, sovint tenen redactors diferents.

Absolutament. I després la premsa comarcal, teles comarcals, els mitjans locals, etc. És molt més de microcirurgia. L’espai és més petit, i això permet també que hi hagi, si l’autor és d’aquí, molt de moviment presencial. Jo ho visc com una oportunitat, un degoteig que pot allargar en el temps la vigència d’un llibre, en aquesta època de dictadura de la novetat, que inclou biblioteques… la feina que estan fent les bibliotecàries aquí és increïble. Biblioteques, llibreries, presentacions, clubs de lectura. I això és diferent que a la resta de l’estat. Segurament no és diferent pels grans blockbusters, o els grans èxits, però sí per una cosa que a mi em preocupa molt, que ho he de dir en anglès perquè no sé ni com ho diem en català, que és la midlist. Pels llibres que no són èxits esclatants, que no surten mai a la llista dels més venuts, però funcionen, tenen una massa critica de lectors. Que aquesta mena de llibres existeixi, és absolutament fonamental per la riquesa cultural d’un país, perquè en garanteix la diversitat i perquè d’aquests llibres també sortiran els gran autors de futur. Si deixem erma aquesta franja, no podrem fer créixer ningú, no hi haurà grans autors. I no hi haurà llibres bons de públic no tan majoritari. Jo crec que perquè funcioni aquesta midlist entendre bé el nostre mercat és fonamental. Els grans blockbusters funcionaran igual, els tindrà tothom, estaran a totes les llibreries, tant si són en castellà com si són en català , però pels llibres que no són d’aquesta primera línia de venda, cal fer una feina molt més petita, i és una feina diferent.

Pel que fa a les edicions en castellà i català alhora, caldria parlar també del tema del preu, hem de posar un preu igual al del castellà, perquè si no hi ha un desavantatge competitiu; aquest preu igual al castellà per nosaltres és més difícil, perquè les tirades són més curtes. Pagues els mateixos fixes, pagues el mateix per la traducció, pagues el mateix per la correcció, pagues el mateix per la coberta, però la teva tirada i la teva venda és necessàriament inferior. I en canvi, el PVP no el decideixes tu. El decideix el mercat espanyol.

La Laura Huerga en va parlar: el castellà se’t menja.

Se’t menja i a més a més tu no tens el poder de decisió. Quina empresa no pot decidir el preu del seu producte?

Per què has de pagar el  mateix que l’editorial en castellà?

Perquè un traductor… no li pots dir que com que és en català, et pagaré menys, perquè la feina és la mateixa.

I menysprees el català, és clar.

La feina és la mateixa. O un corrector. I en canvi la tirada és més curta. I després per mi hi ha una altra dictadura… és forta, la paraula, però és una cosa que em preocupa gairebé més que la del preu, que és la dictadura dels calendaris editorials. L’editorial en castellà acaba decidint en quin moment publiques aquell llibre, perquè si tu l’has de publicar quan la publiquen en castellà… amb algunes editorials hi ha més flexibilitat i pacteu quan, però amb moltes editorials la realitat no és aquesta. Et diu tal editorial: ho farem en aquell moment, i tu has d’adaptar-te, o si no fes-ho quan vulguis, però saps que no pots sortir després. Això, que sembla una cosa que no té importància, té una importància cabdal, per dos motius, perquè els nostres calendaris del llibre de l’any són diferents, i perquè com que es publiquen en una mateixa editorial llibres que en castellà surten en editorials diferents es produeixen contrasentits com el que em va passar a mi fa poc temps: tenir cinc traduccions potentíssimes, totes el mateix mes.

I després de Sant Jordi?

Era abans de Sant Jordi, però això tampoc ho feia bo. Perquè a més a mi no m’interessaven per Sant Jordi, perquè per Sant Jordi nosaltres estàvem treballant un altre tipus de llibre diferent. En qualsevol cas, el que per a mi és un problema és que no ho estàvem decidint nosaltres. Ho decidia una altra empresa.

La teva logística de premsa no pot suportar cinc llibres potents…

I si decidim nosaltres que els volem treure tots junts perquè ens hem tornat boges, endavant les atxes, però és que no ho hem decidit nosaltres, ho ha decidit un altre mercat. Un altre mercat m’està dient a mi com he de vendre els meus llibres. I a més a més, d’una manera il·lògica. Això sí que em sembla posar-nos en segona posició. No poder decidir sobre el nostre propi producte… no passa a cap empresa. Us imagineu que Coca-Cola depengués de Pepsi per treure un nou producte?

I per exemple amb Libros del Asteroide és més fàcil perquè compartiu el tipus d’editorial i la complicitat ho facilita?

Hi ha editorials i hi ha editorials. Com sempre, el món es farà molt gran, molt tecnificat, molt no sé què, però al final les persones treballen amb persones, i això continua sent la llei que mou el món. Fins i tot en un grup molt gran. Tu et pots trobar un editor que tingui cintura, que t’entengui… per mi no és tant de grans o petits, sinó de persones i persones. Menystenim molt el poder de l’individu. Moltíssim. Si em preguntes si passa amb totes les editorials, o si passa amb totes les grans… tendeix a passar més amb les editorials grans, perquè tenen la força d’imposar més coses, però no sempre.

Als grans grups ni tan sols els segells poden decidir gaire…

Per això amb les grans costa més que tingui cintura, però al final moltes vegades depèn de la persona que tens al davant. Tu em dius: amb Asteroide a mi m’ha resultat fàcil fer coses conjuntament? Facilíssim. Repetiria en qualsevol moment. És perquè són més petits que algunes editorials i per tant entenen més les nostres problemàtiques? Segur. Però també perquè el Solano i jo ens vam entendre bé en aquell moment, i perquè ell és una persona que entén les coses. També m’ha passat amb editorials grans. Amb el llibre del Ramón Gener amb Random… ens vam entendre perfectament, i són Random. I en canvi les persones que estaven allà, eren persones que no et menystenien, que t’escoltaven, que podien entendre les teves problemàtiques. I per tant intentaven planificar conjuntament. I després, amb petites i amb grans, i aquí sí que no et diré noms, hi ha hagut vegades que ha sigut ordeno y mando. Sóc el castellà i surto, i t’aguantes.

Anar acompanyat d’una bona editorial en castellà també guia al lector que pugui conèixer millor un mercat que l’altre. Si veuen que vas amb Asteroide i llegeixen en català, et presenta bé i et compren.

Nosaltres com editors, quan rebíem un original, fèiem dues preguntes molt prosaiques a l’agent internacional: una pregunta que em sembla espantosa, si el llibre és molt llarg, perquè les traduccions en català, amb la poca venda que tenen, és molt difícil que no suposin pèrdues, molt difícil, i per tant fèiem aquesta pregunta terrible… que gairebé la primera cosa que preguntis d’un llibre és quantes pàgines té, pensant que per favor en tingui menys de 300, és patètic… al marge de si és una obra mestra o no, ho trobo molt trist i molt simptomàtic, però aquesta és una altra conversa; i l’altra cosa que preguntàvem era qui ho fa en castellà. Perquè els companys de viatge són importants. I no només per si t’hi podràs entendre o no, sinó per com plantejaran el llibre, com el cuidaran, per com prescriuran el llibre, per com els seus agents prescriuran el llibre.

I quins còmplices tenen.

Absolutament. És molt important. Perquè quan dic que les persones són molt importants, els segells també són molt importants. El segell que hi ha darrere de la persona també et dóna molta informació.

Un dels problemes que poden trobar les petites i mitjanes editorials és que els grans grups hagin incorporat també segells en català, bloquejant els drets en català (i fins i tot sense publicar-los després). Per exemple: Random podria dir de quedar-se Toni Morrison en castellà a Lumen i en català a Rosa dels Vents, i comprar els drets per una quantitat que no et puguis permetre com Ara Llibres. Això passa?

A mi no m’ha passat.

La Laura Huerga ho va comentar un dia i tothom semblava acceptar que això passa sovint.

Ho he sentit a dir moltes vegades. A mi no m’ha passat… diria que mai, de voler una cosa, que l’hagi comprat algú en català i castellà, i que no hagi acabat sortint en català. No vull dir que no passi, estic segura que passa, però en la meva experiència personal a mi això no m’ha passat. El que sí que trobo molt preocupant és: pel mateix preu, posi-me’n dos. Quan les editorials estan comprant alhora català i castellà sense donar un valor al català. Perquè què passa al final: imagina’t que una cosa la pagues, m’invento el preu, quatre mil pel castellà i mil pel català, en una correlació normal de forces. I dius: mira, et faig una oferta que són 4.000+1.000, imaginem-nos. I l’agent et diu: molt bé, perfecte, endavant. Però l’oferta paquet acabarà per no ser 4.000+1.000, seran 4.000 pels dos, no hi haurà el valor del català. I si tu no pagues per una cosa deixa de tenir valor per tu. Però no només em preocupa això, sinó que després, quan tu compres els dos d’aquesta manera, el català esdevingui subsidiari. Ho has comprat perquè com que podia comprar els dos, algun en vendré en català o m’asseguro que ningú l’està venent en català i m’està esgarrapant algunes vendes. Aquella part de passió, de coneixement, de treballar-t’ho, de creure-t’ho, d’anar a buscar un mercat concret… no ho faràs. Perquè no estàs comprant allò perquè realment vols allò i te n’ocuparàs. Estàs comprant un paquet perquè creus que d’allò en trauràs un rendiment, però no hi ha un treball específic sobre aquella edició en català. Quan deia que quan ho fan dues editorials per a mi és ric, ho és perquè al final dues persones sumen més que una persona. Si hi ha una editorial que treballa el seu mercat en castellà d’una manera determinada, i hi ha una editorial que ho fa en català… però fins i tot si s’haguessin de treballar de maneres iguals, quan ho treballen dos suma. Però quan ho fan tot en la mateixa campanya… primer, no s’hauria de fer una mateixa campanya, i segon, qui acaba patint? Dos mai és amb igualtat. Desenganyem-nos. Acaba patint i acaba sent relegada l’edició en català. Evidentment.

Ara tens altres lluites, però. Què fas a l’Institut Ramon Llull?

Faig una cosa molt maca, que és que la literatura en català pugui traspassar fronteres, i per tant pugui ser gaudida més enllà de la gent que és capaç de llegir-la en català. I això, si no és un regal, que baje Dios y lo vea. És preciós. Això és a grans trets el que faig.

Quan dius que la literatura en català traspassi fronteres… ja ho hem parlat molts cops, però la gran frontera que ha de traspassar la literatura catalana és Espanya.

Sí. A mi això em preocupa molt, perquè de manera natural la primera frontera que hauria de traspassar la literatura catalana hauria de ser la del castellà, per proximitat històrica i cultural, per passat comú, i en canvi moltes vegades és un handicap. Jo crec que en els últims anys s’ha fet encara més gran, però això dura de sempre. Quan jo estava a Anagrama, l’Herralde va fer un gran esforç sempre per traduir Montcada, traduir Monzó, traduir Sagarra, traduir Pàmies… ell anava traduint, i evidentment alguns llibres funcionaven, però no en la mesura que ho haurien d’haver fet si no fossin escrits originalment en català, penso. Al mercat espanyol, no tant el llatinoamericà, li costa molt.

I al llatinoamericà vols dir que no costa?

No, vull dir que el que seria més natural, que és l’espanyol, li costa moltíssim perquè té més prejudicis. Jo crec que el mercat llatinoamericà, si no hi hem arribat més és perquè ha costat treballar-lo, ja que la porta d’entrada natural seria la traducció en castellà de la península, perquè penso que allà no hi ha els mateixos prejudicis. En canvi, el nostre mercat natural, és que a Segòvia algú llegís la Llucia Ramis o el Jordi Nopca, o tanta altra gent que després veus com s’està traduint en altres idiomes amb molta naturalitat… i costa. No vol dir que tot costi molt. Hi ha llibres que funcionen, el Cabré funciona. I no hem d’oblidar que la primera llengua de traducció del català és el castellà, però crec que s’hauria de traduir més.

Però el Cabré funciona allà on va. És l’excepció.

Absolutament.

Llibres comercials n’hi ha que funcionen a totes dues bandes. Però hi ha autors que aquí venen molt, i que fora de Catalunya no arriben proporcionalment. Sílvia Soler, Màrius Serra…

No hi ha una proporcionalitat entre els lectors que llegeixen en català aquí i els lectors que troben en un mercat com el castellà.

Però aquí sí que llegim Almudena Grandes, Mendoza o Vila-Matas.

Sí. Aquí no hi ha un problema amb la literatura en castellà, però a la resta d’Espanya costa molt.

Primer que els tradueixin.

I que amb naturalitat funcionin, perquè haurien de funcionar, perquè són dues cultures que estan absolutament imbricades. Forma part d’un prejudici, òbviament. És un problema que no és literari, és un problema que va més enllà dels temes literaris. Jo sempre penso, i més des de que estic aquí, que hem de fer un esforç per intentar revertir aquesta situació, tot i que per nosaltres, des de l’Institut Ramon Llull, no és fàcil, perquè quan hi ha un component que no és literari, se’t fa més difícil trobar elements. Però que ho hem de fer, perquè no pot ser que sent una cultura tan pròxima no estigui més pròxima culturalment, em sembla increïble.

Tu, com editora, has treballat sempre com una gran empresa, amb equilibris. Has publicat tot tipus de libres: vermut, cuina, Kilian Jornet i Toni Morrison.  Quan presentes el catàleg, ho fas tot amb la mateixa passió perquè tots els has triat tu.

Sí, però la mateixa passió no vol dir que ho presentis tot per igual. És a dir, que expliquis tot de la mateixa manera. Jo crec que és molt important creure tot el que fas, però les coses les fas per diferents raons, com a la vida mateixa. Per mi és diferent defensar una Toni Morrison, un Colm Tóibín que defensar un Kilian Jornet. Jo l’adoro, el Kilian… O defensar un Ramón Gener, o una Natza Farré.

A la Natza no las pogut defensar, finalment…

No l’he pogut defensar, que m’ha fet molta pena. Però m’agrada molt que li estigui anant molt bé. És un gran llibre. En qualsevol cas, ho expliques amb passió, però en cada cas és diferent. No dius: tot això és meravellós, tot això és literari, tot això té una qualitat de… no, no. Jo el que vull és que si fas un llibre de cuina, que sigui el millor llibre de cuina que podem fer. I si fem un llibre del Kilian Jornet, que fem el millor llibre sobre la superació, sobre el repte, sobre la llibertat que puguis fer. A mi una cosa que m’encantava és anar a explicar als comercials els nostres llibres. Fins i tot en narrativa no pots explicar de la mateixa manera el Marc Pastor, la Milena Busquets, en Fonalleras o a tu, o la Lolita Bosch. En cada cas els has d’explicar d’una manera. I quan et dic això, quan vas a explicar cuina, no vas a explicar el mateix. Això no vol dir que no ho facis amb carinyo ni apassionadament. Simplement has de saber què és el que estàs oferint en cada cas és diferent. També t’he de dir que el fet d’intentar abastar tantes coses, com hem fet nosaltres, que de la mateixa manera que hem publicar un llibre de no ficció polític o un Francesc Torralba, ens ha costat de vegades perquè ens entengui bé la llibreria. I això va ser un problema que vam tenir. Va ser un repte per nosaltres, dir: no hem explicat bé el nostre projecte a les llibreries. I vaig fer aquella ruta, Amsterdam Tour, que per a mi va ser importantíssim.

T’ho volia preguntar.

Era molt important, perquè hi havia molta gent que no acabava d’entendre aquesta dispersió.

En canvi sí que ho entenen amb els diferents segells d’un mateix grup.

Sí, el que passa és que nosaltres no ens havíem explicat bé. Aquí el problema no era dels llibreters, era nostre. Al final, quan expliques les coses, s’entendrà més o menys, i evidentment això ho has de demostrar llibre a llibre, però jo crec que la dispersió, que era una dispersió per als altres i no per a nosaltres que l’enteníem, nosaltres no vam ser capaços d’explicar-la. No ho havíem fet, no se’ns havia entès bé. No era culpa del receptor.

El purisme lingüístic. De vegades em pregunto per què el meu pare no ha parlat ni una paraula de català entenent-lo i podent-lo parlar, i crec que el pudor a parlar-lo malament fa que molta gent prefereixi no parlar-ne gens. Per exemple, Arrimades parla català i ens en fotem d’ella.

O amb el Montilla.

Això fa mal al català, aquesta tensió? És una barrera?

El que passa és que jo crec que aquesta barrera ja s’ha superat i en el món editorial es nota molt. Fa uns anys, potser molts, potser vint, semblava que en català només es podia publicar determinat tipus de llibre considerat literari. I és evident que s’ha de treballar per mantenir un català literari i una producció editorial literària, però, com a totes les llengües i cultures del món, hi ha llibres literaris i llibres que no ho són.

 

Això seria simptomàtic, en el cas del català, de la naturalitat de la llengua.

Absolutament. En català, fins fa molts anys, només hi havia això. Jo crec que s’ha obert molt aquest ventall. Si tu vas a una llibreria, abans només trobaves literatura en català. I ara trobes molt de tot. I això, que és la gran polèmica sobre si el Sant Jordi, què és el Sant Jordi…, però per a mi és un símptoma de normalitat. Hem de poder consumir porno en català.

Ja tenim el titular.

No, no. No diguis això. [Riu] Em matarà la Natza. Revistes del cor en català. Sense oblidar que cal un català literari. No hem de banalitzar tant les coses que tot valgui perquè és en català, perquè és igual, tant se val si s’escriu bé o malament… no, hi han diferents registres, com a totes les llengües, i hi ha d’haver un registre literari, hi ha d’haver un registre correcte. També per treballar-lo literàriament i fer-lo incorrecte si cal, però hi ha de ser. I després hi ha d’haver-hi tota la resta. Hem de viure amb naturalitat en tots els aspectes de la vida en català. Però això jo crec que està passant. i quan entres a la llibreria es veu molt que el català ja hi és molt. Segur que no suficientment. Es pot parlar de moltes coses en català.

Va sortir un article parlant dels autors joves (Forns, Adam, Espasa, Nopca) preguntant si estaven modernitzant el català.

Jo crec que això és un símptoma també de normalitat. La llengua no pot estar a una torre d’ivori. Hi ha d’haver una llengua formal, amb uns paràmetres de correcció establerts, i també autors que, a partir d’aquesta llengua correcta, la treballin literàriament i la facin evolucionar. La llengua és una cosa viva, no estàtica. Fins i tot que la utilitzin de manera incorrecta voluntàriament, si és amb voluntat estilística.

Creus que Quim Monzó ens ha fet aquesta transició cap a un català més modern?

Absolutament. Especialment quan ell va començar a escriure, ell i alguns altres també, però sobretot ell, Ferran Torrent en el seu moment, Pàmies una mica més tard, van demostrar que es podia fer literatura moderna en català.

Sembla una tonteria, però…

Sí, sembla una xorrada, però això tenia molt de valor en aquell moment. I per tant som hereus d’això. Gràcies a Déu que va existir això.

Com a editora has publicat llibres que han estat marcat políticament. És a dir: Colau, Junqueras, Puigdemont… Cal mullar-se quan edites?

No has d’estar d’acord amb tot el que edites. Això és imprescindible, perquè si no ets un sectari. Però també hi ha uns límits del que tu et ve de gust editar. Has de defensar unes determinades coses, que no vol dir continguts d’un llibre. És difícil el límit, però jo no subscric moltes de les coses dels llibres que he publicat. Però sí que, primer, no eren llibres que m’ofenien en el seu conjunt; he de dir que com editora si un llibre m’hagués ofès moltíssim, fins i tot si em semblés publicable, hagués triat de no publicar-lo, perquè després l’he de defensar, i per tant sempre hi ha aquesta part. No que et casis amb el seu contingut, que això no és així, sinó que no t’ofengui. És un límit molt ampli. Ara, el que per a mi és important és que les persones a qui he publicat tinguin coses a dir i les puguin dir d’una manera articulada i que no existeix ja a la llibreria, i per tant que aportin una visió que pugui ser interessant per als lectors. M’ha passat només una vegada, i tampoc no diré de qui, rebre una proposta de llibre, que el llibre no necessàriament estava malament, però que m’ofenia… i vaig pensar que no calia.

No diràs qui.

No. [Riu] M’ofenia.

Polític?

Era un llibre polític, sí. Però això… hem d’estar molt al límit, perquè si no hi ha moltes coses que a mi em semblen interessants, perspectives que em semblen interessants, i amb les quals jo potser no hi combrego, ni en una gran part, però que em sembla que necessiten ser explicades. És molt divertida, aquesta part de l’edició. Molt maco estar emetent, és una part d’Ara Llibres que a mi m’interessava molt, també, i que és dir: ostres, qui està dient coses? I anar-los a buscar.

Les editorials independents en castellà rescaten molta literatura oblidada, autors que no van tenir prestigi a la seva època, i diria que en català no s’està fent tant. Com també està descuidant la traducció d’autors importants. Ara Club Editor i L’Altra estan fent una gran feina fent traducció nova de Ginzburg i McCullers, però queda molt per fer encara. Per què durant tants anys d’això no ens hem ocupat?

Jo crec que això passa perquè som una industria molt feble. És a dir, passa perquè és més difícil en català que un llibre funcioni, perquè el mercat és més petit, i per tant ens hem dedicat a anar, sobretot en moments de crisi, que ha afectat moltíssim al català, a fer coses més segures, i a la novetat. Li ha afectat molt perquè ja era una industria feble, i perquè si una tirada d’un llibre abans era de 3.000 de mitjana, i ara és de 1.500, això vol dir que perquè un llibre funcioni, has de fer molts miracles. I certs experiments ja no te’ls pots permetre, i ara que sembla que hauríem de sortir d’això, hauríem de fer-los. Amb això no ens trec les culpes col·lectivament, segurament tampoc ens hi hem dedicat. Però crec que la raó va per aquí. I després passa una altra cosa que a mi m’amoïna molt, i que no tinc l’explicació, no tinc la resposta a això. I és: nosaltres, quan miràvem NIELSEN, que no és gaire bo pel català perquè no reflecteix bé aquest entramat de llibreries mitjanes…

Perquè no hi apareixen, perquè fan l’aproximació?

Sí, i el territori no funciona sempre així. I el pes de les grans cadenes de llibreries és menor que en altres mercats, i per tant les extrapolacions no sempre funcionen, però t’ajuda a veure coses. Vèiem una cosa que a mi em resulta molt sorprenent, i és que no hi ha venda de fons del llibre de no ficció. Quan un llibre de no ficció s’atura, n’hem venut molts i arriba un moment que el llibre s’atura, i tu veus que el llibre en castellà, aquell mateix títol, cada any va fent. Poquets, però va seguint. I en català, s’atura en sec. Jo no sé per què és, i amb la ficció passa una mica el mateix. Dius: ostres, aquest llibre, que en castellà tu el vas veient que ja és un llibre antic, que igual té sis, set o vuit anys, però que encara va gotejant, a tu no et goteja ni de la manera proporcional. Per què a nosaltres se’ns asseca el mercat i ja no hi ha una lògica, i en el mercat en castellà, com a mínim en les nostres interpretacions de NIELSEN, això no passava? No sé per què és, però és una cosa molt preocupant, perquè una de les coses que era meravellosa de l’Herralde, era la quantitat de re-edicions que feia. Quan jo hi era, igual re-editava vint o vint-i-dos o vint-i-quatre títols cada mes. Saps el que és això? És una burrada. Vol dir que el pes del fons és enorme. Ell tenia un fons molt ric, però aquests mateixos llibres en la seva edició en català, estic segura que no anaven venent de la mateixa manera ni proporcionalment. Per què? No ho sé, i seria molt sa pel sector, perquè el que et permet funcionar bé és tenir un bon equilibri entre novetat i fons.

L’equilibri impossible.

És l’equilibri desitjable. [Riu] Però és molt difícil. La dictadura de la novetat és terrible.

No només publiques llibres que reps, sinó que tu també en proposes.

En no ficció.

Per exemple, la Natza Farré. A qui li proposaries un llibre ara?

[Riu] No t’ho puc dir! Però hi penso molt. Últimament he pensat molts. Després te’ls dic.

Encara que no siguis editora, doncs, segueixes pensant com si ho fossis.

Vas veient coses…

Des de fora, proposes als editors d’Ara Llibres autors o llibres per publicar a l’editorial? O t’esperes a tornar-hi?

No. No m’espero. Saps què passa? No m’agradaria interferir gaire. No és fàcil substituir algú. Ells han de fer el seu espai, de vegades no és fàcil. I crec que està bé que no interfereixi, perquè no és fàcil canviar d’editor i construir-te el teu propi món, dintre d’una coherència. Per això moltes vegades em mossego la llengua i no sé a qui dir-li. [Riu]

Per què un llibre com el de la Milena Busquets, escrit en castellà, ha de ser traduït al català?

El cas de la Milena és un cas molt especial. A mi m’importa bastant la mirada. Quan defenso que hi hagi un món de lectors en català, no és perquè hi ha autors que escriguin en català i ja està. Que molt bé, és la meva llengua d’adopció, per dir-ho d’alguna manera, i em sembla ric. Però no només això, és que en una llengua hi ha una mirada. I perdre la llengua és perdre aquesta mirada. Nosaltres no traduíem novel·les en castellà pel mercat català, perquè no li vèiem el sentit podent-les llegir en l’original. Quan em van passar el manuscrit de la Milena, que me’l va passar Pontas, me’l va passar primer la Marina i després l’Anna, recordo perfectament que l’estava llegint i pensava que aquesta mirada estava escrita en castellà però hi havia aquesta mirada, i per tant em semblava estrany que no es fes en català. Em va semblar antinatural el que normalment em sembla natural, i és que no hi fos en català. Però vaig pensar amb un gran ull comercial, que seria un fracàs en català. [Riu] Em vaig enamorar de la novel·la, i va haver un punt de bogeria de dir: això no funcionarà en català, funcionarà molt bé en castellà però no en català, perquè tothom se’l llegirà en original, però no em grinyola traduir-lo al català perquè hi ha una mirada, i a més a més m’agrada molt aquesta novel·la i m’agradaria que la féssim. Vam presentar una proposta. Va ser una història maca, perquè al final crec que a l’Anna i a la Milena les va convèncer també les ganes que teníem de fer-ho, com ho plantejàvem, més enllà de la pròpia proposta estrictament de condicions econòmiques, i això va ser un vot de confiança… i vaig pensar que llavors havíem de donar el do de pit, ho havíem de fer bé. I recordo que estava jo a Donosti, al festival de cine, i em va enviar un WhatsApp la Marina i em va dir: és una bogeria, ho està comprant tothom. Perquè era quan encara no l’havia comprat ningú. I jo anava pensant: ostres, a veure si en vendrem algun en català. I llavors la cosa es va anar fent gran, i en el moment que van sortir els dos llibres, i vaig veure com la Milena, que és òbviament catalana el defensava en els mitjans en català, vaig pensar: això funcionarà. Va funcionar molt més bé, per descomptat, del que jo havia previst en el primer moment pel català. Jo pensava que en castellà en vendria moltíssim, com així ha estat, perquè no podia ser d’una altra manera.

La Feria del Libro de Madrid té una cosa que Sant Jordi no: com que són més dies, el lector que s’hi acosta no és només el lector que vol una signatura i persegueix els autors, sinó que és un lector que passeja i descobreix. A Sant Jordi signes però no vens, i a Madrid vens llibres signats.

Jo sóc fan de Sant Jordi. No puc dir una altra cosa. És veritat que el fet que Sant Jordi estigui tan concentrat en un dia té un punt prehistòric, fins i tot. Els editors ens passem un mes abans mirant les notícies del temps com si fóssim pagesos de la pera, amb tot el carinyo del món, però és que nosaltres no vivim de la terra. I és una cosa tan… té un punt que fa gràcia. [Riu] I si és diumenge, i si plourà, i si farà vent, i he sentit…

I si hi ha Barça aquell dia.

Que estigui tot concentrat en un sol dia té un punt absolutament boig. Perquè depens d’una sèrie d’elements que a més a més no tens una oportunitat per rectificar. La campanya de Nadal… tu ho pots veure. A Sant Jordi no tens temps de reacció. El pitjor que et pot passar a Sant Jordi és trencar estocs. És a dir, que un llibre que no preveies que funcionés tan bé, resulta que per raons x, ho peta, i tothom el vol. Això és terrible. Però per no trencar estocs, l’única possibilitat que tens és sobre-produir, i després tens unes devolucions que fan que llibres que podrien ser viables, deixin de ser-ho, perquè has produït per sobre de les teves possibilitats. Només cal imaginar-se que totes les llibreries de Catalunya tenen els mateixos llibres dintre de la llibreria, i després tenen una parada fora plena de llibres que quan s’acaba Sant Jordi, continuen plenes de llibres, i aquells llibres es tornen. Això, des d’un punt de vista de lògica de mercat, és molt dur. Jo crec que seria molt millor si poguéssim allargar-ho uns quants dies més, però és veritat que Sant Jordi és Sant Jordi, i per tant és difícil fer canvis a un esdeveniment tan meravellós que funciona tan bé. Els editors en parlen, els llibreters en parlen… de quina manera podem fer que el llibre sigui la culminació, però hi hagi un escalfament. Que ja hi és, eh… però d’una manera més intensa, perquè és que si no, és una bogeria fiar-ho tot a un dia. Però… no deixa de ser màgic. Si ho miro des de la meva mentalitat infantil, de nena, és maquíssim. És magnífic. Ara, si ho miro des de qualsevol altra perspectiva, què estem fent allà mirant si cauran dues gotes a Olot? Per favor, que portem un any sencer treballant aquest manuscrit, parlant amb l’autor i pensant com el farem, quina coberta li posarem, com farem la promoció, i resulta que plou a Olot, i aquell autor era d’Olot… [Riu] Què estem fent? Si aconseguíssim que la gent llegís… és a dir, el gran tema és aquest. Però deixat una mica de banda el gran tema, després hi ha altres temes. Si aconseguíssim que no tot fos tan estacional en aquests moments concrets, arribar a una certa desestacionaltizació. Ara per a mi la Setmana del Llibre en Català és un gran moment per fer una rentrée en català. Si aconseguim això seria molt sa. No tot és Sant Jordi. És la festa que és, és meravellosa, és singular, no existeix res igual enlloc de món. Per tant, això està allà. Si pogués durar un dies més, seria bo. I després busquem altres moments. La Setmana del Llibre en Català…

L’Off Sant Jordi.

Exacte. Intentem que no tot sigui Sant Jordi.

I que no tot sigui Barcelona.

I sobretot fem que la gent llegeixi tot l’any.

Ho dius amb veu de pena.

És que al final, Sant Jordi, que és una festa meravellosa, és una festa en què hi ha un gran consum de llibres. Quants d’aquests llibres es llegeixen? Com editora estic encantada que s’inventin els Sant Jordis que vulguin. El consum de llibres és bo també per la indústria, és necessari, és bo, m’agrada, però…

Com autor, és desesperant veure les cues que hi ha per personatges.

Sí, però jo crec que ens ho hem de prendre amb molt de relax, això. El problema que jo veig de fons és que pretenem que en el Sant Jordi s’arreglin totes les mancances que tenim nosaltres, i la mancança principal és que som gent que llegeix poc. Si fóssim gent que llegeix molt, i després un dia de Sant Jordi et trobes a Frank de la Jungla signant llibres, no seria un problema, perquè és una gran festa. No de la literatura, sinó del llibre, i per tant som-hi. Ara, és clar, tots posem totes les esperances allà, perquè com que la resta de l’any no llegim, quan podem ens hi agafem. Jo crec que hauríem d’anar solucionant el problema de fons, que no tinc la recepta.

Què opines dels cursos d’escriptura creativa? Perquè vau publicar un llibre de la Maria Escalas, que vau descobrir gràcies a l’Ateneu, si no m’equivoco. Són útils, els cursos?

Jo crec que els cursos d’escriptura creativa són útils però crec que som un país una mica estrany. Moltes vegades he tingut la sensació que s’escriu més que es llegeix. La quantitat de manuscrits que arribàvem a rebre… si tota aquesta gent que ens estan enviant manuscrits, hagués entès una cosa que per mi és important, que és que alhora que escrius, llegeixis… perquè la lectura també t’ajudarà en el teu procés d’escriptura, estaria molt contenta. Però moltes vegades tenia la sensació que hi ha molta gent que escriu i no és lectora. I això em resulta increïble.

A un curs que vaig impartir, el primer dia de classe vaig preguntar quins llibres llegien i molts alumnes deien que no, que no tenien temps ni de llegir el diari.

És la sensació que tenia, llavors. Si són una estafa els cursos de creació… no. Perquè si surt una Maria Escalas, estic satisfeta. Explicava l’editor de El senyor dels anells  que de tota la seva vida lectora, mai va trobar cap altre manuscrit enviat espontàniament que li semblés interessant de publicar. Però va trobar-hi El senyor dels anells, això justifica tot. Què tenen les escoles d’escriptura, per a mi, de bo? Primer, que està molt bé que si la gent vol tenir un hobby que sigui escriure. També ens serveix una mica de filtre, i crec que això per a un editor és interessant. T’arriben molts manuscrits sense filtre, i t’arriba cada cosa… Tant els agents literaris, en un altre ordre de coses i amb molta més intensitat, com les escoles d’escriptura, fan una mica aquesta feina. Ara, que de tot el que es produeix a les escoles d’escriptura, crec que hi ha poques coses realment que siguin publicables amb garanties… I n’hi ha moltes, d’escoles. La de l’Ateneu és la segona del món! Després de Nova York, la segona escola d’escriptura amb més alumnes és l’Ateneu. M’ho va dir la Muriel Villanueva, que era professora d’allà. És insòlit, això. Si són una estafa? Home, entre això i anar a jugar a marcianitos, em sembla un hobby molt més maco. Ara, si això és realment útil… serà útil en alguns casos. Ara, en el cas de la Maria, per exemple, és un cas preciós. L’escola d’escriptura li serveix com un lloc on canalitzar una cosa que no sap molt bé com fer sola. Et dóna una pauta.

Marta Orriols també.

Ja l’he llegida. M’ha agradat molt, perquè té una veu molt personal, perquè els contes no són fàcils, i ella a tots els hi treu la punta. Si som capaços que surtin unes quantes persones com la Maria o com la Marta, perfecte. Ja ho justifica. Hi ha moltíssima gent i el que surt no sempre és publicable. És escribible, però no és publicable.

De quin llibre et sents més orgullosa, com editora?

Jo del llibre que més orgullosa em sento, per motius literaris i també no literaris, segurament és Un cel de plom. És un llibre que per a mi ha estat…

El vau proposar vosaltres?

No. Ens el va proposar l’Anna Soler Pont. Un estiu que jo estava de vacances a Eivissa i li va proposar a la Marina. La Marina Penalva estava treballant a Ara Llibres en aquell moment. Li va dir: tinc això, només és un capítol, però m’has de dir alguna cosa de seguida. I és sobre la Neus Català. L’ha escrit la Carme Martí, que era una persona a qui jo no coneixia. Havia escrit un llibre de relats orals, i no la coneixia. Em va dir: t’ho has de llegir avui perquè li hem de dir alguna cosa. Jo vaig pensar: Neus Català, de sortida m’interessa, però per a mi va ser molt maco perquè el que vaig llegir em va deixar garratibada, però no només pel contingut, sinó per la força literària. La Carme és una escriptora de primera línia, i per tant trobar una història com la de Neus Català, que s’havia de reivindicar… una dona que encara era viva i que li podíem fer aquest regal, que a més a més era una restitució a tot el que li havia passat… i que a més a més això fos una magnífica novel·la. I per mi ho va ser perquè a més a més ens va fer confiança, Pontas, perquè nosaltres en aquell moment havíem publicat poques coses de ficció. Era un llibre important, i nosaltres estàvem segures que ho podíem fer bé, però no necessàriament ho sabia tothom, això. [Riu] La novel·la no l’havia acabada d’escriure, la Carme. Tenia aquells capítols, que eren molt potents, i per tant vam decidir que ho faríem, vam fer el contracte i llavors es va acabar la novel·la, i la novel·la era meravellosa. És una gran novel·la, la Carme Martí és una gran autora i és una història que s’havia d’explicar. Que un país com el nostre, amb una persona com la Neus Català, no pot ser que no tingui aquest llibre. I a més a més, que va ser un gran èxit de públic lector. És a dir, va trobar i continuar trobant lectors. És un dels pocs casos que et diria que sí que hi ha fons, sí que hi ha degoteig. Va funcionar a nivell de trobar lectors, i lectors apassionants. Això a mi em va fer molt feliç. Després hi ha molts altres llibres que per motius diferents m’han fet molt feliç. Em va fer molt feliç publicar-te a tu, per exemple [somriure còmplice].

Això no ho puc deixar.

[Riu] I molts llibres que m’han fet molt feliç per diferents raons. I llibres dels quals em sento molt orgullosa i no han funcionat. Pensava: quin podria ser un llibre que t’agradaria que hagués funcionat i que no ha funcionat? El Nicolàs Valle, que és reporter de TV3, durant molts anys enviat especial a conflicte bèl·lics, va fer un llibre, que es deia Secrets de guerra, que és un llibre preciós. Molt potent. És un llibre que parla de guerres, perquè ell les ha viscut, diguéssim, com a reporter en primera persona. Però no és el típic llibre de reporter de guerra. És un llibre molt profund, que parla de guerra, però sobretot parla de nosaltres. És un llibre que va passar no et diré sense pena ni glòria perquè no és veritat, però no va trobar els lectors que jo continuo pensant que necessita. Em sento molt orgullosa d’haver-lo publicat. Em sap greu, perquè penso que alguna cosa vaig fer malament perquè un llibre tan bo no trobés els lectors. En alguna cosa em vaig equivocar.

 

És veritat, que la majoria d’editors en realitat el que voldrien fer és escriure?

Jo no. Claríssimament. No he tingut mai aquesta pulsió. Jo ho trobo una carència meva. Sempre he trobat en algun llibre el que jo sentia. El que jo volia explicar-me. Sempre ho he trobat. D’una manera o d’una altra. Potser perquè sóc una persona simple, no ho sé. No m’ha passat mai, sentir una cosa i no trobar-m’hi en les pàgines d’un altre. I per tant no he sentit mai la necessitat d’explicar-ho. D’una manera molt profunda, mai he volgut escriure. Només m’he escrit coses a mi mateixa quan jo sabia que jo havia de sortir d’algun forat, havia de cicatritzar alguna cosa. Però mai de la meva vida amb cap voluntat estilística. Sempre amb una voluntat vomitiva, per dir-ho d’alguna manera. Terapèutica però absolutament personal. No he tingut mai aquesta necessitat. No sé si és una cosa bona o dolenta.

Boníssima.

Sempre m’he trobat en els altres.

Fa unes setmanes va sortir un llibre del Sebastià Portell i el van entrevistar al programa Estat de Gràcia, i a la tarda el van presentar a La Calders i va ser un èxit. L’endemà, la Isabel Sucunza va deixar molt clar que sense els mitjans no podem promocionar bé els llibres, i que si tothom fa la seva feina, ens en sortim. Què han de fer polítics, mitjans o qui sigui que no formi part de la cultura per potenciar això i que les coses funcionin?

El que crec és que hem de posar la cultura al centre. És una cosa molt senzilla. Molt obvi. Tinc moltes vegades la sensació que parlem de cultura quan tenim un problema i diem: ara hem de parlar de cultura. No, la cultura forma una part consubstancial importantíssima. Jo no ho veig reflectit en la classe política. No ho veig. No els veig parlar de llibres, no els veig llegir llibres. No dic que siguin els únics, dic que això reflecteix també un estat de les coses. Acabes parlant de les coses només perquè toca fer-ho. Cal que tots ens impregnem d’això. I per tant, evidentment, més presència als mitjans. És obvi. Hi ha una part, que si no hi és d’una manera natural perquè no li hem donat com a societat la importància que ha de tenir, haurem de forçar-ho, i per tant hi ha de ser. Una vegada em preguntaven si jo volia més programes de llibres, i jo deia que el que volia era més llibres al programes. És evident que també vull programes de llibres. D’una banda, programes de llibres.

I si us plau, amb l’Anna Guitart.

A tots! [Riuen] Sí, perquè hem de fer això, hem de tenir programes de llibres, i després tothom hauria de parlar de llibres. Li fan una entrevista a algú, a un polític, o algú amb projecció pública… preguntar-li: i tu què estàs llegint? Fa por aquesta pregunta perquè fa por que l’altre no tingui la resposta. Això ho hem d’incorporar de manera natural. I després programes de llibres… com? Hem de fer programes de llibres que siguin atractius. Que siguin atractius no vol dir que tinguin molta llum i colors. Jo quan veig a l’Anna i la sento parlar de llibres, jo m’enganxo. La començo a sentir parlar de llibres i em quedo clavada, m’agrada. Si deixem de posar-la a una hora que no sabem quina és, per començar, que no sabem ni a quina hora sortirà, i la posem en un lloc que nosaltres li estem donant importància… col·loquem-la en prime time a TV3. És que li estem donant importància i per tant la gent anirà a mirar-ho.

No és només el programa, sinó el missatge que estàs donant amb l’horari.

Estàs dient moltíssimes coses respecte l’horari. Si publiques un llibre  al mes de gener o al juny, estàs donant missatges. No necessàriament és pitjor abans de Sant Jordi o després, però tu envies un missatge. I per tant, el moment en què poses un programa diu molt. Els mitjans han de fer els llibres més naturals en els seus programes, i després per mi una cosa que em resulta insòlita: han d’aprofitar molt una cosa que tenim en aquest país, potser n’hi han d’altres, però que per a mi és impagable: la prescripció dels nostres professionals. Tenim un exèrcit de llibreteres, bibliotecàries, periodistes culturals que són una joia, i que se saben expressar, i que tenen les seves capelles, i que tenen seguidors. I hem d’aprendre també que tenim tot això i tenim una oportunitat única. Única, que no teníem abans, que són les noves tecnologies. Les possibilitats que ens donen determinades maneres noves de comunicar-nos. Aprofitem tot això, perquè tenim carències, però tenim allà un tresor. Que aquesta gent faci arribar aquests missatges en els mitjans convencionals, evidentment, perquè al final continuen sent de masses; i en els no convencionals, perquè també passa ara que de cop una cosa funciona i ningú sap per què. I resulta que la Sucunza ha dit no sé què, la Fe, a l’Altell han comentat no sé quants, i la Júlia a Can Roca ha dit la seva. Aprofitem això, i situem-ho al centre. Hem de començar per donar-li la importància que té. Però no li dono importància perquè m’han dit que és important. Li dono importància perquè és cabdal. Sí que aquí penso que socialment no ens ho creiem. Si ens ho creguéssim…

Això em va molt bé per acabar l’entrevista, perquè a Jot Down sempre acabem les entrevistes demanant un llibre i una pel·lícula a tothom, independentment del seu ofici.

A Trump li van demanar un llibre i es veu que va dir un títol que era lectura obligatòria a l’institut quan ell hi anava. Ara no recordo el títol. Això és imperdonable. Llibres: te’n puc dir dos?

Sí…

Et diria un, però és d’un escriptor home, i em fa il·lusió que hi hagi una escriptora dona. Per mi, La carretera, de Cormac McCarthy és un llibre que és una catedral, i és un llibre sobre l’abandó. És un llibre sobre saber abandonar, que és una cosa que a mi personalment m’interessa. No sobre que t’abandonin, sinó sobre saber-ho fer. I un altre llibre que em va colpir moltíssim és el de la Delphine de Vigan, Rien ne s’oppose à la nuit, Res no s’oposa a la nit. És un llibre sobre les ferides.

Molt alegres tots dos.

M’agrada molt llegir llibres alegres, però els pocs llibres que jo considero per a mi transformadors, els que em transformen a mi, els que em fan ser una persona diferent… n’hi ha molts que m’agraden molt i que no fan aquesta funció, però els que ho fan són terribles. I de pel·lis per recomanar… quan era jove sempre deia Rumble fish, perquè és una pel·li de Coppola que m’agrada molt, que parla sobre la família i sobre la fragilitat, com és de difícil ser fràgil quan tots som fràgils… però si miro més a prop, una pel·li que m’ha agradat molt és Boyhood. El Richard Linklater sempre m’apassiona, perquè fa veure que no passa res, i passa tot. És la transcendència de la vida, de quan sembla que no passa res. L’enorme transcendència que tenen determinades coses que no sembla que siguin transcendents. Això també ho explica sempre molt bé Ian McEwan. D’un detall acaba transformant-ho tot perquè els detalls de la vida de vegades tenen aquest poder. I això és molt guapo.


La mejor novela española de los últimos cincuenta años

Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1979. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.
Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1970. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.

1. Los rivales

Dar premios es fácil, lo complicado es que nos pongamos de acuerdo en los elegidos —como los trabajadores de la tienda de discos de Alta fidelidad, que componían listas en torno a los criterios más disparatados— y, si bien no existen razones para que los libros, los discos, las pelis, compitan entre sí, aunque no exista tal cosa como «La mejor novela española de los últimos cincuenta años», supongo que hacen falta de vez en cuando carteles, anuncios de neón, campanadas. Quién teme al premio feroz, me pregunté una vez, cuando en principio solo parece haber ventajas en los concursos: ganan los premiados, los medios tienen un estupendo evento informativo, la editorial consigue la carta de la promoción, los lectores escuchan nuevos nombres. Los únicos que pierden, claro, son los no premiados, qué tontería más obvia, pues esta falta de reconocimiento público se convierte en ocasiones en causa de ostracismo editorial, criba de lectores o, peor aún, un progresivo silencio literario según pasan los años.

A la hora de seleccionar el título de este artículo, yo ya había decidido mucho tiempo antes, sin pasar por ningún complejo sistema de selección, cuál era, a mi juicio, la mejor novela española de los últimos cincuenta años («española» se usa aquí solamente con su valor de gentilicio, por supuesto). Hice trampas, pues. Mi objetivo no es la tiranía de los nombres —la jerarquía en la literatura es absurda—, sino conseguir su atención sobre esta novela, que hablemos de por qué es excepcional y merece más lectores, aunque hayan pasado cuarenta y cuatro años desde su publicación. No hace falta consenso, al fin y al cabo: esto no es una lección de anatomía, solo juegos de palabras.

Para aligerar la trifulca, para que este texto no fuera un repaso al canon de los últimos cuarenta años, por el que aún tiene que pasar tiempo, me he centrado en los grandes títulos de los sesenta (solo a partir de 1966) y setenta, el periodo de la gran eclosión de la narrativa española a mi juicio, impulsada por el boom editorial de la narrativa latinoamericana, y las décadas de la gran transformación social y cultural de la Península.

Empecemos con los santones. Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, quizá la novela más radical estilísticamente publicada en los sesenta en España, se queda fuera del debate porque su primera edición es de 1961; Cela publicó durante esas décadas dos de sus novelas más reconocidas, San Camilo, 1936 (1969) y Oficio de tinieblas 5 (1973); Miguel Delibes, mucho más prolífico, publicó entre otras la famosa Cinco horas con Mario (1966; Las ratas es de 1962). Cualquiera de estas merecería el título, supongo, pero ya hemos dicho que a los consagrados no les hace falta más publicidad gratuita, así que, ¿para qué seguir? Además, creo ya haber insinuado lo suficiente que este premio obedece a mi falible criterio, y la verdad es que ni Cela, que es un prodigioso maestro de la lengua castellana, ni Delibes, un narrador nato con un prodigioso oído para el castellano, están entre mis clásicos personales. A cada cual, lo suyo, que decía Sciascia.

Una de las que puntúan más alto de aquellos años para mí es Parte de una historia (1967), de Ignacio Aldecoa, la última novela de su autor antes de su muerte en 1969. Me sorprende que no sea más conocida: prodigioso relato ambientado en una isla de pescadores cercana a Isla Mayor (trasunto ficticio de Lanzarote), está escrita en una prosa cuidadísima, afilada como un cuchillo, que no cae nunca en topicazos retóricos ni en simplicidades. Más famoso como cuentista, Aldecoa demostró con Parte de una historia que dominaba el género de la novela (corta) con una soltura apabullante. Lo que acaso se viera en algún momento como defecto (es una especie de diario de viaje y, por tanto, se sale del realismo social imperante) se ha convertido en una de sus grandes virtudes: una novela sobre el destino inevitable (el individual y también el colectivo) contada con atmósferas de trazos opresivos y nítidos.

La novela galardonada más previsible sería Si te dicen que caí (1970), de Juan Marsé, quizá la mejor novela de los últimos cincuenta años si esto fuera la lista de un jurado académico y no la de un solo lector. Después de haber publicado varias novelas magníficas, Marsé decide dejarse la piel en esta y darlo todo. Aquí, con una prosa en su plenitud, está concentrado el microcosmos de su literatura: la necesidad de la invención y del juego conjugada con la recuperación de la memoria, a menudo también recreada y ficticia; los personajes desamparados, los buscavidas, los que pelean por saber quiénes son; y, sobre todo, un narrador portentoso que fabula entre los recuerdos y la ficción, entre la ilusión de la fuga y la realidad más descarnada de la posguerra. A Marsé, en cualquier caso, no le faltan lectores ni reconocimiento, labrado con un largo historial narrativo, así que sigo pensando que el premio le hace falta más al otro.

Imagino que también debería entrar en la disputa cualquiera de las novelas de Benet de este periodo, Volverás a Región (1967) y Una meditación (1970), aunque yo tengo debilidad por esta última, con esa frase de una musicalidad hipnótica con la que empieza: «De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la de mi abuelo, con ser de las más modestas, era una de las mejor emplazadas». Maravillosa descomposición del hilo narrativo, con una voz que juega a la digresión constante y a las oraciones interminables, Una meditación es una piedra de sol de nuestra lengua, menos reconocida de lo que se merece, pese a que a mi juicio pierde por KO contra la ganadora si se valoran otros factores que debe tener una gran novela, como olfato para rebuscar en la basura y ahondar en el corazón de los humanos. A Benet, el grand style, como él siempre reivindicó, le pierde, para bien y para mal.

De las que he leído de Francisco Umbral, otra bestia parda de los setenta, la que más me impresionó con diferencia fue Mortal y rosa (1975), un bellísimo artefacto a medio camino entre el diario, el libro de apuntes y el ensayo literario. Curioso que sea el libro que mejor ha sobrevivido al prolífico Umbral, un estilo más que un narrador, quizá porque las páginas escritas a raíz de la muerte de su hijo pequeño están escritas con una rabia contra la literatura que trasciende la retórica y el jugueteo verbal que tanto encandilaba a Umbral. Además, un libro a veces se cruza en nuestra biografía, tiene el peso de una amistad o de un suceso, y adquiere un valor de lupa desde la que mirar los placeres y los días; en mi caso me pasó con Mortal y rosa, así que no soy, no puedo ser, neutral con él.

¿Y Goytisolo? El eterno desplazado, el más secreto, pese a ser un inmenso dotado para los vericuetos de la lengua, Goytisolo lleva años haciendo una obra rigurosa, encarnada en la libertad de la poesía más que en la narración. De los setenta es nada menos que la trilogía del mal, que incluye esa belleza llamada Reivindicación del conde Don Julián (1970), de la que solo recuerdo, sin embargo, la espesura de los signos y un viaje, bastante solipsista, hacia uno mismo. Altamente recomendable para lectores escogidos. No es mi caso, me temo.

Por cierto, que en 1975 se publicó La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, de la que alguien ha dicho que es la gran novela de los últimos cuarenta años. Yo, en cambio, que leí en la adolescencia El misterio de la cripta embrujada (1978), y guardo esa lectura como un tiempo de felicidad absoluta, me he quedado a medias con La verdad varias veces. Prometo volver.

Y, en fin, seguro que hay muchos otros, todos grandes, que ahora no me vienen a la cabeza o que a lo mejor no he leído, que es lo más probable, pero, después de todo, esto ya estaba decidido de antemano: de estos años prodigiosos para la literatura española, la más grande, la más ambiciosa, la que sacó todo el talento que llevaba su autor dentro, es El gran momento de Mary Tribune, de Juan García Hortelano. No me digan que no estaba cantado.

2. Juan

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Juan García Hortelano, el editor Jaime Salinas y Mario Benedetti, 1982. Fotografía cortesía de Alfaguara.

El premio Biblioteca Breve por su novela Nuevas amistades (1959) permitió que el nombre de un jovencísimo autor madrileño, funcionario de la Administración, comenzara a sonar en los círculos literarios y editoriales. ¿Quién era aquel tipo bajito, tan serio y formal, del que dijo Carlos Barral aquello de «le hemos dado el premio a un guardia civil»? Pese a los dichos, la literatura es menos un oficio que una revancha y ahí apareció Juan García Hortelano para demostrar que merece la pena partirse la cara hasta el final.

Primero vino el trabajo concienzudo. Cuando se le concede el Biblioteca Breve a su primera novela publicada, Hortelano ya tenía varias terminadas en el cajón, una de las cuales incluso fue finalista del Premio Nadal, todas inscritas dentro de eso que llamamos «realismo social», por lo que era difícil predecir lo que vendría trece años después. De hecho, Nuevas amistades es una buena novela, un paisaje humano de la sempiterna lucha entre la realidad y el deseo, acentuada si acaso por el ahogo vital de la posguerra, pero no es una obra maestra ni por asomo. Relato de método, heredera talentosa de las técnicas del realismo literario imperante (que Ferlosio había sublimado en El Jarama en 1956), en Nuevas amistades ya se nota la ternura y empatía de su tono, lejos de los personajes usados como símbolos ideológicos de otros autores. Desde luego, esa mirada introspectiva suya va a caracterizar su obra, y el lastre costumbrista de algunas páginas va a desaparecer completamente en el último tercio de Nuevas amistades, a mi juicio el mejor, cuando la voz está enfocada en un espacio dramático muy concreto —los jóvenes encerrados en una casa de campo matando el tiempo mientras en una de las habitaciones una chica, convaleciente por culpa de un aborto ilegal, tal vez muera— y lo narra minuciosamente, sin prisas, con pasión por los detalles más vivos.

Solo tres años después, Hortelano sorprendería con su soberbia Tormenta de verano, que se alzó con el Premio Prix Formentor, una especie de gran lanzamiento editorial impulsado por varios editores europeos. Es impresionante la rapidez con la que Hortelano dio un salto adelante en su narrativa: narrada en primera persona (una decisión fundamental), Tormenta de verano se vuelve una introspección sobre la vida de la pequeña burguesía, igual que Nuevas amistades, solo que en esta ocasión se narra desde dentro, sin juicios externos, y su protagonista deambula entre la vida en la urbanización privada en la costa en la que está pasando el verano (donde se mueve con su familia y amigos) y las escapadas al pueblo costero, que le atrae con sus peligros y tentaciones. De nuevo, como en su primera novela, los conflictos individuales, los líos amorosos de los personajes, sus derrotas personales, su desorientación y su incapacidad para escapar de sus ataduras sociales, son más importantes que el cuadro ideológico.

Y de repente, tras alcanzar fama y lectores, Hortelano entró en un silencio editorial de casi una década. Publicó en el entreacto, es cierto, un excepcional volumen de relatos, Gente de Madrid, en 1967, en el que ya da muestras de que está experimentando con voces y estilos, que no se conforma con las técnicas desplegadas en sus novelas; al tiempo comenzó a circular el rumor de que estaba trabajando en una gran novela, en un texto largo con el que imprimir un nuevo tour de force a su narrativa.

Pasan los años y aquel texto no sale a la luz. A Hortelano no parecía inquietarle su desaparición de la escena pública, y seguramente ese es el único secreto, el tiempo que le dedicó, el que explica que en 1972, nueve años después de Tormenta de verano, Juan García Hortelano publicara una tragicomedia de casi ochocientas páginas narrada por un protagonista vividor, mordaz y alcohólico, y escrita con una prosa deslumbrante, plagada de ironías y juegos de palabras, trabajada hasta la extenuación. En lugar de los dramones literarios de su generación, Hortelano había conseguido con El gran momento de Mary Tribune convertir el desencanto en una orgía divertidísima de la lengua.

3. El gran momento (spoilers incluidos)

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Imagen: Círculo de Lectores.

La primera parte de El gran momento de Mary Tribune comienza con un in medias res resacoso: los amigos del narrador han llegado a su casa para el aperitivo del sábado; no saben que en una de las habitaciones duerme Mary, una norteamericana que conoció a última hora de la noche. Al fin consigue echarlos a todos y quedarse a solas con la extranjera. Comienza entonces, espoleado por la aparición de esta mujer singular, un viaje de varias semanas a la rutina del protagonista, rebosante de alcohol con su cuadrilla de amigos o a solas, salidas nocturnas, ligoteos, escapadas intempestivas, desilusiones, apariciones en el trabajo tedioso en el Ministerio y los encuentros y desencuentros con Mary y otras mujeres varias, desde su otra amante (la mujer de uno de los amigos de la pandilla) hasta las que se se van cruzando en sus noches y días. Esta primera parte de la novela deben de ser, más o menos, unas quinientas páginas, pero tan marcadas por el humor y un estilo ingenioso y juguetón que no aburren jamás, o al menos al que esto escribe. Leer Mary Tribune se parece mucho a hacer compañía a su protagonista, con la narración exhaustiva de sus despertares, desayunos, baños, conversaciones desopilantes y demás, por lo que es una especie de diario en el que la repetición de los actos cotidianos se combate con el fulgor verbal de su narrador. La magia de la literatura se llama eso.

La segunda parte de la novela (que se publicó en otro volumen en su primera edición) transcurre tras una elipsis temporal de varios meses y un salto también en el espacio, porque su protagonista ha trasladado su residencia a una casa en la sierra madrileña, donde ahora convive con otra mujer. Esta parte, unas doscientas páginas para narrar apenas dos días, tiene un tono distinto a la primera: si esta traducía en un estilo torrencial y a veces delirante la afición de su protagonista por el alcohol, a la segunda parte le corresponde un tono mucho más sosegado y melancólico, como le toca a un narrador empeñado en dejar la bebida y enderezar su vida. De fondo, en ese paisaje rural de invierno en que trascurre la acción, aparece la sombra de Mary, que desapareció de la vida del narrador tras unas cuantos desencuentros dolorosos. Que el enamoramiento, o simplemente el deseo, es el punto de fuga para el desencanto de su protagonista es una de las claves de la novela, desde luego.

Al final, Hortelano escribió, no sé si con una intención deliberada o, como pasa con algunas novelas, por resultado de una historia que se le fue imponiendo, un texto sobre personajes que pululan por un Madrid «absurdo, brillante y hambriento», que decía Valle, solo que con un hambre no de alimentos sino de sentido, de vida con un fin o una ruta, perdidos como están en un mundo sin aspiraciones. Individuos desorientados, felicidades minúsculas, ansia por vivir, placeres cuyo límite se agota en un solo día. Lo que ni Marsé, ni Benet, ni Umbral habían hecho, Hortelano lo consiguió: contar con una prosa ácida el viaje a ninguna parte de una España resignada, no porque no queramos tener memoria (que también), sino porque el presente concedido es insulso. Dulce la sal, que decía Mario González Suárez.

Misteriosamente, y aunque El gran momento de Mary Tribune tuvo cierto éxito comercial en su momento, dejó de sonar con los años, y más aún tras la muerte de Hortelano en 1992, quien prácticamente había dejado ya la ficción (aunque su último libro es de 1990, una novela erótica publicada con seudónimo, Muñeca y Macho, ocho años después de Gramática parda). Mi hipótesis que explica esta indiferencia de la crítica y los lectores reside, más que en la extensión de su novela, en aquello que decía alguien, creo que Nabokov, de la ridiculez de los «grandes temas», los cuales siguen pesando a la hora de confeccionar el canon literario: El gran momento de Mary Tribune es una farsa sobre un mujeriego borrachín, un enfoque difícilmente asumible por parte de cierto establishment y sus acólitos. Una pena, la verdad. Cualquier tema, en manos habilidosas, como demostró Hortelano, es carne para la gran literatura, pues El gran momento de Mary Tribune es uno de esos libros que, más que leer, se vive. Se puede decir de pocos.

Hace un año busqué un ejemplar de Nuevas amistades para llevármelo a Panamá. Imposible. Ya no se reedita. Tampoco los cuentos completos o Gramática parda.

Ni siquiera El gran momento de Mary Tribune.

Ahí fue cuando comencé a pensar en escribir este artículo.


El silencio os sienta tan bien

Thomas Pynchon. Fotografía: DP.
Thomas Pynchon. Fotografía: DP.

En estos tiempos de literatura selfie, en los que autores de pequeño y largo recorrido procuran estar presentes en todos los mentideros digitales y alargan el cuello cuanto pueden para ser vistos en cada foto, en cada evento o eventillo, la noticia de que un autor novel como Joseph Andras rechace todo un premio Goncourt y declare valorar su independencia lo suficiente para alejarse de los focos debe contemplarse como un salto a contracorriente al alcance de muy pocos. En este momento, la polémica del plantón de este joven al Goncourt está en su momento más vivo ¡qué envidia la cultura en Francia, en donde a la gente parece realmente importarle la cuestión y llueven ríos de tinta sobre el hecho!, con hipótesis que van desde la inexistencia del tal Andras, acompañadas de la suposición de que se trata del seudónimo de un autor de carrera, hasta las que incluso apuntan que pudiera tratarse de todo un colectivo quien ha resuelto la magnífica obra que lleva por título De nos frères blessés. Este tipo de historias nos fascinan porque nos sabemos incapaces de hacer algo así. No podríamos tenerlo todo en nuestras manos (una fama literaria, unos lectores entregados, un talento de esa naturaleza) y negarnos a vivirlo, o al menos a vivirlo de esa forma. Pero el hecho que más me interesa, y el que detona este artículo, es la elección voluntaria del silencio y la reclusión por parte del escritor, algo que ha llegado a ser una tradición más de las letras.

Hay reputaciones literarias forjadas desde el ruido y la ubicuidad, con escritores que luchan por estar en todas partes y ofrecen un flujo constante de textos. Un ejemplo al respecto sería esa insistente e incontenible Amélie Nothomb, a quien las páginas parecen fluir sin descanso, como si escribir hubiera llegado a ser para ella una especie de segunda respiración. Nothomb es eso, cantidad. Pero también hay leyendas literarias forjadas a partir del silencio. La condición evidente para que ese silencio sea efectivo, tenga un significado en sí mismo y sobre todo una consecuencia duradera es que previamente haya un gran texto. Teniendo en cuenta esas normas, la princesa de las escritoras silentes sería Harper Lee, quien debuta allá por el año 1960 con una novela como Matar a un ruiseñor, apabullante, evocadora, global, eterna, y después calla para siempre. Cincuenta años sin ofrecer un texto y rechazando cualquier tipo de entrevista o aparición pública con notas manuscritas de una refinada dulzura, como si se tratasen de una página más de su única novela que merece llamarse así.

El interés fundamental de los escritores que se apartan voluntariamente del mundo es que, por magia de su reclusión, el autor se convierte en una ficción en sí mismo. La falta absoluta de información provoca que la mente de sus admiradores trabaje para ficcionalizar lo que les falta: por qué se aparta de todo, qué hace cada mañana, qué le impide producir, por qué se niega a dar más textos al mundo… Los escritores que desaparecen se vuelven personajes de ficción, y eso para adictos a la lectura es una auténtica droga, pues el deseo mitómano no cesa de completar las zonas oscuras del personaje. Precisamente por eso odiamos cuando ese silencio se rompe, sobre todo si lo que lo interrumpe no merece la pena. Para la memoria de muchos lectores, Harper Lee no murió el pasado febrero sino un año antes, en el preciso momento en el que se publica Ve y pon un centinela, un texto destinado al fracaso no por ser una especie de engendro editorial que lo era sino por una cuestión más profunda: rompía la ficción más importante referida a la escritora americana, la de su silencio. Ve y pon un centinela es un libro perversamente desafortunado no por lo que su contenido pueda ofrecer o dejar de ofrecer, sino porque ha roto la ficción de Harper Lee, y con ello no me refiero a la de Matar a un Ruiseñor, que resiste todo. Podemos volver a sentir su magia con solo abrir una de sus páginas. Lo que Ve y pon un centinela interrumpió fue la construcción que todos sus lectores nos habíamos hecho de una Harper Lee anciana y huraña que seguía envejeciendo sola, aferrada a un solo libro y preparada para morir con poco más de doscientas páginas a sus espaldas.

Como me gustan las clasificaciones simples y por tanto arriesgadas, diré que hay dos tipos de escritores recluidos: por una parte, el autor abrumado por la fama, cercado por el éxito o mareado por el vértigo de la actualidad, que opta por un ostracismo voluntario. De otra parte, los escritores que se esconden de sí mismos y a un tiempo del resto del mundo, detenidos por el miedo que les produce sospechar que les va a resultar imposible igualar y aún acercarse a lo ya conseguido. Hay una tradición de escritores congelados por su pasada genialidad. Por supuesto, este es el apartado en la que nadie quiere estar y sin duda la más discutible, ya que muchos seguidores de tal o cual escritor se niegan a incluir a su ídolo en el lecho de la improductividad, aunque parezca evidente que ese puede ser su caso.

Emily Dickinson ca. 1846. Fotografía: DP.
Emily Dickinson ca. 1846. Fotografía: DP.

Emily Dickinson sería un feliz ejemplo del primer grupo: vivió recluida de una manera más o menos intermitente durante gran parte de su vida, pero no cesó de aumentar su producción con una poesía tan valiosa que se elevaba directamente a la historia de la literatura en lengua inglesa. Marcel Proust, encerrado muchos de sus últimos años en habitaciones acolchadas y con una vida social tan escasa como un régimen de visitas carcelario, aquilataba cada frase de su En busca del tiempo perdido. Para estos escritores, la vida fuera de su obra había llegado a tener bastante menos sentido que la contenida en su producción, de manera que podemos decir que hicieron de la escritura su vida de una manera bastante literal. Aunque es cierto que ambos autores se vieron arrastrados en su decisión de aislamiento por cuestiones vitales, simplificando podemos decir que en algún momento sintieron la necesidad de elegir entre la vida o el arte, y prefirieron lo segundo.

Plenamente contemporáneo, el misterio Elena Ferrante no cesa de producir buenas novelas, al tiempo que se especula si es hombre, mujer o aparición. Pero mi favorito de entre los escritores ocultos, de cualquier forma, es el simpar Thomas Pynchon. El americano es todo un humorista del silencio personal, al tiempo que un maestro del ruido público. Algunas de sus apariciones estelares, como estar en Los Simpson sin estar en Los Simpson o enviar a un actor vodevilesco a recoger el National Book Award, le convierten en el escritor oculto más listo de todos, porque toma lo bueno del ruido mediático la exponencialidad de nuestra curiosidad y el morbo de la desinformación al tiempo que evita la invasión de su privacidad. Su foto de recluta en la marina es un icono de nuestra cultura a la altura de cualquier Warhol.

En el lado amargo de la cuestión, se encuentran los silencios improductivos. Ya hemos hablado del encierro yermo de Harper Lee, pero también podríamos recordar el de J. D. Salinger, o el de Juan Rulfo, aunque este último nunca afirmara que hubiese dejado de escribir, y siempre hablase de aquella novela llamada de una manera muy apropiada La cordillera. Tras monumentos literarios como El guardián entre el centeno o Pedro Páramo, ambos se sumieron en una especie de tragedia prolongada y silenciosa. Salinger no ofreció nada tras elegir vivir recluido durante sesenta años, saliendo de su finca lo justo para conseguir una mujer nueva. También nos regaló alguna imagen totémica. La fotografía del americano amenazando al cámara el día en que su rancho es pasto de las llamas posee una especie de lirismo violento difícil de olvidar, como si se hubiese convertido en una especie de epílogo a El guardián entre el centeno.

Cuesta emitir un juicio acerca de si una decisión como la de no escribir después de haber producido una gran obra por el vértigo que provoca la incapacidad de volver a coronar la cima puede ser tomado como una muestra de honestidad máxima y una demostración de tener los pies en la tierra o si por el contrario se trata de una tremenda cobardía. Tampoco es fácil opinar acerca de si decide mejor el otro tipo de escritor, el que tras un comienzo fulgurante lucha de una manera algo vergonzante según qué libro para intentar reencontrar el brillo que una vez tuvieron sus textos. Cela dio la impresión de pelear toda la vida contra La colmena, oscilando entre la cercanía de la cima caso de Mazurca para dos muertos y el abismo más profundo, con episodio de plagio incluido. El Eduardo Mendoza serio dejando a un lado aceitunas y tocadores de señora también conoce lo fría que puede ser la sombra de las imprescindibles La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios.

Una de las verdades universales de la industria cultural es que el público siempre quiere más. Le fascina el silencio de los artistas como divertimento, pero simplemente se niega a entender que un autor pueda haber dejado de tener la habilidad, o el ánimo, o el interés de seguir produciendo. Cuando Philip Roth hizo pública su voluntad de dejar de escribir, la red se llenó de protestas de admiradores que se acercaban mucho al insulto y la amenaza. Cualquiera de esas personas entenderían que otro profesional descansara a partir de cierta edad, pero su Philip Roth no podía hacerlo. Al final, en el universo de la literatura, todo es ficción. Por eso empezaba diciendo que lo que realmente buscamos en la biografía de un autor es continuación o final a la construcción que hemos creado en torno a ellos, porque los lectores entendemos de una manera poco consciente pero no por ello menos intensa que su trabajo nos pertenece. Y su silencio, también.


Libros para leer, libros para pensar, libros para mirar

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Fotografía: Ginny (CC).

Jot Down para FNAC

Leer

No son pocos quienes, ante ciertos fenómenos editoriales de dudosa calidad, afirman eso tan manido de «al menos, consiguen que la gente lea». Bueno, leer es fenomenal, desde luego, pero como dicen otros que tampoco son pocos: «para leer eso, mejor no leer nada». No estoy de acuerdo con ninguna de las dos sentencias; tal y como yo lo veo, para leer algo malo, mejor leer algo bueno.

Parece una obviedad porque es una obviedad, pero claro, no siempre nos apetece escudriñar profundas introspecciones psicológicas ni adentrarnos en textos hercúleos que cambien nuestra percepción de la existencia. A veces solo queremos leer. Sin más. Divertirnos, entretenernos, acompañar a personajes que no somos nosotros en aventuras que no vivimos nosotros. Con frecuencia se ha catalogado a la literatura escapista de género menor, pero qué quieren que les diga, escapar es tan necesario en la vida como poder tomarse un vermú a la una de la tarde de una tarde de primavera. Solo hay que elegir el escape correcto.

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Fotografía: vanderfrog (CC).

Piensen en la Odisea, en Tirant lo Blanch o en La isla del tesoro. Quizá Homero, Joanot Martorell o Robert Louis Stevenson pretendían algo distinto, pero sus obras no dejan de ser pura diversión, puro escapismo. Del bueno. Y no hay que fijarse solo en los clásicos; hay cientos, miles de libros contemporáneos cuya misión esencial es el disfrute despreocupado del lector. Llevarle de viaje por el tiempo entre escritores románticos y magos egipcios, como hace Tim Powers en Las puertas de Anubis; quitarle años de encima hasta volver a ser un niño del extrarradio, como hace Elvira Lindo en Manolito Gafotas; o llevarle de paseo por la Barcelona de 1992 con asombrados ojos marcianos, como hace Eduardo Mendoza en Sin noticias de Gurb. Pero si buscan algo aún más reciente, adéntrense en el Área X que Jeff VanderMeer nos abre en su trilogía Southern Reach. En Aniquilación, Autoridad y Aceptación descubrirán un territorio abandonado por la civilización, solitario y boscoso, casi selvático, sujeto a leyes ajenas al ser humano y a la propia lógica de la naturaleza. Un paisaje que no debería existir;  tan intrínsecamente extraño pero tan magnético que, por mucho que les estremezca, no podrán resistirse a la necesidad de regresar. Aunque ya hayan cerrado la última página.

Pensar

Pensar es lo más importante de nuestra especie. Lo que nos distingue y lo que nos define. Ya lo decía el filósofo: «Pensar es un placer, genial, sensual. Pensando espero al hombre a quien yo quiero, tras los cristales de alegres ventanales». O algo así, que tampoco soy yo un experto en grandes honduras del intelecto. Para eso siempre pueden acudir a los tochos fundamentales de la literatura universal y que ellos les activen las neuronas. Qué se yo, En busca del tiempo perdido de Proust, La insoportable levedad del ser de Kundera, Ensayo sobre la ceguera de Saramago o ¡Hala Madrid! Sobran los motivos de Tomás Roncero.

Ahora bien, hay días donde queremos descubrir algo que nos haga pensar casi sin darnos cuenta porque, vaya, no siempre tenemos el cerebro para farolillos pero nos resistimos al deleite de lo insustancial. Ahí es donde la mejor ficción especulativa llega a nuestro rescate.

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Fotografía: Literaturlärm (CC).

¿Que son ustedes personas muy concienciadas con las desigualdades sociales pero ya tienen desgastado El capital? Lean Los desposeídos de Ursula K. Le Guin y conviértanse en un nativo de la luna anarquista de Anarres, donde hasta el verbo «poseer» ha desaparecido, y comprueben la extrema diferencia con el capitalismo exhibicionista del planeta Urras. Por el contrario, ¿es usted una persona que cree firmemente en la inalienable libertad e individualidad del hombre pero Ayn Rand le parece una petarda insufrible? Coja una novela de Philip K. Dick. Ubik, El hombre en el castillo, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, SIVAINVI… Prácticamente cualquiera, en serio. Porque todas describen, de forma explícita o soterrada, las lucha de los protagonistas contra un Estado realmente totalitario, pese a sus apariencias. De hecho, su totalitarismo es tan extremo que ha modificado hasta la propia estructura de la realidad. ¿Quieren reflexionar sobre los problemas de género pero la tercera ola del feminismo les da un poco de respeto? Abran Justicia Auxiliar y embárquense gracias a Ann Leckie en una sociedad futura donde la inteligencia artificial está formada por miles y hasta cientos de miles de humanos operando en mente colmena y donde cada uno de ellos pertenece a una nave espacial y son, en sí mismos, la propia nave. Pero sobre todo, comprueben lo incrustado que está el género masculino en la literatura de ciencia ficción, en la literatura general y hasta en los propios mecanismos del lenguaje y el pensamiento. Porque en esa sociedad hiperevolucionada, los géneros han perdido toda importancia y, de hecho, la lengua no los distingue. Tal es así que, aunque mantienen los mismos dos sexos de la humanidad convencional, en su idioma no existen los pronombres masculinos, solo los femeninos. Al cabo de unas cuantas páginas se darán cuenta de que su cerebro ha entrado en un curioso conflicto cada vez que denominan «ella» a un personaje que ustedes saben que es un hombre. Y quizá entenderán la cantidad de veces que, a lo largo de la historia de la literatura, han dado por hecho que, sin especificarlo, el protagonista era un hombre.

Mirar

Todo empezó con el libro de las mutaciones, el I Ching. No con los resultados del oráculo chino, sino con la manera en que los caracteres se colocaban en las páginas. Tan importante era el contenido como la estructura gráfica: distintos tamaños, distintas presiones del pincel, distintas posiciones; conformando así una verdadera expresión pictórica. Casi tres mil años después, entre 1913 y 1916, Guillaume Apollinaire publicó sus Caligramas. Las letras y las palabras se despegaban de la rigidez del renglón para flotar libremente en trazos, a veces figurativos y a veces puramente plásticos. En los años treinta se les encuadró en la denominada «poesía concreta», porque aislaba al poema como entidad per se. Esto es, las ataduras clásicas como el ritmo o la rima perdían gran parte de su envergadura en favor de la comprensión del poema como objeto único y, por tanto, de la investigación visual o espacial que propusiese.

Pero si los Caligramas buscaban desatarse de reglas explorando libremente, el colectivo OuLiPo hizo justo lo contrario: se autoimpusieron límites. Fundado en París en 1960 por Raymond Queneau, el grupo llamó a esta técnica Littérature à contraintes. Escritura con restricciones. Podían ser fonemas, palabras, ecuaciones matemáticas o incluso el movimiento del caballo en el ajedrez.  

El mejor ejemplo de este método puede ser El secuestro, donde George Perec concibe un tormentoso cuento de misterio en el que es el propio lector quien debe resolverlo. En principio no es muy distinto de otros: se nos exponen indicios, se nos introduce en el enredo y se nos dirige por un confuso bosque de señuelos. Creemos conocer lo que sucede, pero volvemos por nuestro recorrido sin comprender que no es nuestro, sino el que Perec pone conscientemente en nuestros pies. Y entonces, de repente, nos detenemos de leer.

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Fotografía: Emi Yáñez (CC).

Y comenzamos a mirar. Y a remirar, arriba y abajo, por cada una de las doscientas ochenta páginas que tiene la novela en su estupenda traducción en español. En ese momento nos damos cuenta de cuál es la ausencia que siente el protagonista, Tonio Vocel. De qué es lo que le han secuestrado y de quién es el autor del rapto. Si miran el párrafo anterior, que apenas es una obtusa imitación de Perec, quizá lo vean. Falta una letra. Y créanme que me ha costado un triunfo componer un párrafo de noventa palabras omitiendo una vocal; pues el escritor galo escribe una novela de trescientas veinte páginas sin usar en ningún momento la «e»: la vocal más frecuente en francés. Por eso la traducción necesitó hasta diez manos —las de Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda y Regina Vega—  y por eso es tan formidable. Porque además, rizando el rizo, sustituyeron la «e» por la letra de mayor empleo en lengua castellana. La «a».

Y si quieren seguir explorando en la literatura para mirar, lo mejor que pueden hacer es encontrarse con Mark Z. Danielewski, quien lleva desde que publicó House of Leaves en el año 2000 convirtiendo la lectura en una experiencia absoluta. Como dijimos en esta misma revista, los libros del escritor neoyorquino no se leen de adelante a atrás, sino desde todas las direcciones; hay que girarlos, doblarlos y hasta salirse de ellos. Bailar en círculos a su alrededor como en Only Revolutions o sumergirse en la policromía textual de The Fifty Year Sword.

MIGUEL BUSTOS

Como todos los años, abril es el mes del libro en la FNAC. Para 2016 cuentan con el ilustrador Miguel Bustos, quien les ha diseñado tres bandoleras promocionales que resumen los tres conceptos sobre los que se asienta la campaña de este año: Leer, pensar, mirar.

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Pepe Colubi: “La reflexión a través del humor me parece una actitud vital, filosófica”

Pepe Colubi nació en 1966 en Madrid, ejerce de asturiano y para completar el tour nacional y atender a todas las sensibilidades nos encontramos con él en Barcelona. Es complicado encuadrarlo en alguna rama laboral pues él mismo se desmarca de cualquier calificativo, aunque por su labor como guionista, crítico o periodista en programas y medios como Ilustres Ignorantes, El Jueves, y muchos otros, y su faceta de escritor bien podría aplicársele el tópico “un profesional como la copa de un pino” así, en general. Profesional en muchas vertientes, no solo dentro del humor cerdo que acostumbra compartir en Ilustres Ignorantes o su cuenta de Twitter. Tanto que cuando nos reunimos con él en el hotel Barceló Raval, y enterado de que venimos directos de las oficinas de una productora pornográfica, se muestra dispuesto a superar la situación dejándose fotografiar mientras lame el ano de una escultura ecuestre, para regocijo de unos serios empresarios alemanes que allí orbitaban, entre cata de vino y expolio de riqueza patria, y no dudaron en unirse. Y además de todo esto, fue capaz de atendernos en la larga conversación que sigue.

Las notas que se escriben sobre ti te califican como periodista y escritor. ¿Qué te consideras más?

No lo digo por epatar, pero realmente no me considero nada. Todos los trabajos que he hecho en la vida han venido por casualidades no buscadas. Yo nunca pensé en ser periodista ni en escribir; hago muchas cosas porque hay que hacerlas, pero mi ansia y mi anhelo es no hacer nada.

No hacer nada de una manera activa.

Sí, yo relleno la Bonoloto con una fe casi ciega. En la Primitiva pongo mi edad. Empecé poniendo 18, que es cuando en España salió la Primitiva, ahora pongo 46… y se me acaban ya los números, porque son 49. Me quedan tres años para hacerme millonario. Empecé en la radio de casualidad, el primer libro fue un encargo, empecé a escribir en periódicos por mucha casualidad… de hecho, el primer reportaje que hice en un periódico fue porque quería ir a los campamentos del Polisario en Tinduf, en el Sáhara, y hacía falta un periodista para poder entrar en esa caravana de ayuda. Entonces me puse en contacto con un periódico asturiano y aceptaron. Y luego resultó que les gustó lo que hice. Pero no iba más allá, tengo memoria de pez, no tengo un plan… y así me va. Pero a raíz de eso que escribí me pidieron que les enviara algo más. En esos años lo que tenía hecho era un reportaje de opinión sobre la Teletienda, que todavía entraba por parabólica. Y entonces ese periódico me propuso escribir algo sobre la tele, de ahí vino ese primer libro. Como ya he dicho, no tengo un plan, por lo que me daría mucha cosa denominarme como escritor y, ni mucho menos, periodista. Me gustaría decir que soy periodista, pero no tengo el don. Toco mucho la guitarra, pero muy mal y jamás me pagarán por ello. Entonces… podemos decir escritor, pero lo matizo mucho porque luego ves gente con el pánico al folio en blanco, la necesidad de expresar, el trabajo constante… y ahí yo no encajo. Tengo la suerte inmensa de haber publicado libros y de tener más o menos una continuidad, pero no ha sido buscada, por eso no me atrevo a decirlo abiertamente.

Dices que el primer libro que publicaste fue de casualidad, pero para California 83, la novela, sí tenías una idea e intención. Estuviste cinco años con ella de un lado a otro.

Sí, pero también fue todo un poco casual. Hay un amigo, Enrique Bueres, que fue fundamental porque, como cuento en los agradecimientos de la novela, un día de mayo del año 2000 empecé a contar unas historietas que realmente me habían pasado en California, donde estuve en el año académico 1983-84. Y Enrique me dijo que eso podía ser una novela. Y, en ese proceso impetuoso mío, dejé pasar dos años hasta que empecé a escribir. Cuando acabé estuve cinco años enviándola y hablando con distintas editoriales. Finalmente, y de nuevo de una manera muy casual, me llamó Espasa para un encargo, que sería lo que luego salió como Pechos fuera, y aproveché para ofrecerles mi novela. Quiero dejar de decir la palabra casualidad, pero la editora de ficción, por pura casualidad, acabó leyéndola en el momento adecuado y se decidió a lanzarla. Todo es como parte de un plan imprevisible. El feedback que he recibido después de su publicación me ha hinchado el pecho. Por eso ahora debería seguir la senda de la novela, pero aquí estoy, viendo la vida pasar.

¿Quizá una segunda parte?

Pues desde que salió, en 2008, la idea está ahí. Si alguna vez me decido será la continuación de este personaje en España. Hace muy poco empecé una especie de intento, pero como todo lo mío: sin ningún plan ni estructura, todo lo antiescritor que se pueda ser, porque quería ver por dónde tira. De manera natural me sale continuar con el mismo personaje y, como veo que de manera constante —aunque minoritaria— los que han leído la novela me piden una continuación, podríamos decir que estuve en ello. El mismo personaje, igual de patoso, despistado y fantasioso pero en la España de los 90.

Y supongo que con menos problemas para conseguir cerveza.

Cerveza toda la que quiera. Los mismos problemas para follar, eso sí lo tengo claro.

En diez años la cosa debería haber mejorado.

Tendría más pericia, pero… bueno, la primera escena de la continuación es sexual. La segunda palabra de la novela es “chorromoco”. Por cierto, siempre que la cito aprovecho para reivindicar a Federico Corriente, que es el traductor de Irvine Welsh en Anagrama, porque lo considero el descubridor y difusor de la palabra “chorromoco”. Como hallazgo lingüístico me parece fascinante que mezcle el tipo de sustancia y el tipo de eyección, porque es chorro y es moco, para describir el semen. La primera palabra de este inicio es un artículo, y la segunda es “chorromoco”.

Se dice que en la ficción es muy importante el arranque: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Creo que “chorromoco” tiene incluso un futuro mayor como inicio de novela.

Mira, tal y como lo dices me está apeteciendo quitar el artículo. “Chorromoco”, punto y ya seguir.

¿Sacaste algo en claro de estar en California en 1983, aparte de aprender inglés, conseguir alcohol e ir a un concierto de The Clash?

De hecho fui a dos. Hice más cosas de las que salen en la novela, igual que hay cosas en la novela que no me ocurrieron.

¿La “novela del chorromoco” será ficción o ahora también te ocurren cosas extrañas?

No lo tengo claro, porque escribir California 83 cuando decidí cómo era fue muy fácil. Tenía una estructura muy clara y una serie de acontecimientos que pude espaciar entre los diez meses, porque tampoco es cronológicamente exacta. Eso sí, cuando nombro algo está muy datado. Por ejemplo, el concierto de Police al que fui o al de The Clash. También fui a uno de David Bowie, pero ya me parecía demasiado para Pipi. El concierto de cierre de la gira Serious moonlight, brutal, pero fue a la semana de llegar a California, y era demasiado espabilado para Pipi. En los 90… pasaron muchas cosas musicales. Uno de los puntos vitales en el camino es el Nevermind de Nirvana o la irrupción de Rage Against The Machine. Pero luego tuve la suerte de que trabajé en el Festival de Cine de Gijón y conocí a mucha gente muy interesante que además trabajaba en rollos de música, por lo que es muchísima más información y mucho más difusa. Entonces, o abarco toda la década de los 90 o ficciono cosas que he vivido… Pero es que tampoco tengo claro ni en qué ciudad va a ocurrir. California 83 sucede en San José, pero es totalmente falso, las calles que nombro no existen. No se puede hacer un tour de la novela.

Ahí has perdido mercado.

De eso me di cuenta luego, pero da igual, era una forma de situarlo.

Ahora que has mencionado los 90 y Nirvana, vamos a hablar un poco de música. ¿Fueron los 90 el último momento de gran éxito comercial del rock?

Es que estamos hablando de la época preinternet. Igual que hay que hablar de otros movimientos pre-MTV y de qué manera el vídeo mató a la estrella de la radio. De hecho, la primera vez que oí a Nirvana fue en la MTV, el Smells like teen spirit. E hice algo que ahora suena obsoleto y viejuno, pero era la que podía hacer: fue a mi tienda de discos habitual y les pedí el Nervemind. Todavía no había llegado y a los pocos días me llamaron por teléfono para avisarme de que ya lo tenían. Esto ahora mismo suena prácticamente a Atapuerca, pero es que el consumo de música tiene que ver con la repercusión de cualquier movimiento. Respecto al grunge soy muy fan. En 1995 o 1996 tuvimos de invitado en el FICX a Doug Pray, que dirigió el documental Hype!, sobre el grunge. En su día me impresionó mucho y el tío me cayó de puta madre. Se dedica a desmitificar un poco. Claro, hablar ahora de mito con Kurt Cobain muerto y lo que pueda quedar de Soundgarden y todos estos… hay una distancia desde la que se puede hablar, pero en esa época… Por eso, hablar del grunge como último gran movimiento…

Más que el grunge me refiero a la década de los 90, porque aparte de Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam y los grandes del grunge, también fue el momento de la gira del Use Your Illusion de Guns ‘n Roses o del negro de Metallica… grupos que llenaban estadios, los chavales se compraban las camisetas y se los querían follar, y que eran un fenómeno social. Ahora hay nuevos grupos de rock, pero ya no son fenómenos sociales.

Lo que echo en falta ahora es un recambio generacional de espectadores. Hay muchos factores, pero uno de ellos y que no se puede negar es la mala influencia de los “reality-shows” musicales. Hablo de gente muy joven. Recuerdo cuando yo tenía catorce o quince años,  teníamos otra forma de consumir porque era lo que había. No digo que sea ni mejor ni peor, pero te especializaba de otra manera. No me gusta llegar a axiomas ni sé llegar a verdades absolutas, pero cuando de pronto tienes acceso a los 13 LPs de un grupo de golpe… tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Y uno de los inconvenientes es que no lo valoras de la misma manera. No quiero sonar a batallitas, pero cuando alguien iba a Londres y le encargabas vinilos, a ese vinilo le dabas unas oportunidades que ahora no le das. Recuerdo LPs sobre los que pensaba que, como me habían costado 800 pesetas, tenía que tener algo y lo escuchaba y lo escuchaba hasta que lo desechaba, pero ya con un juicio crítico tremendo. Pero me da la impresión de que no hay un recambio generacional y los grupos que triunfan absolutamente duran muy poco. No sé si es bueno, malo o, simplemente, un nuevo hábito de consumo. Ahora las grupos que llenan son Muse, Coldplay, siguen siendo U2… me parecen fans muy válidos, pero creo que tienen otra manera de relación con la música. Antes la música era un ocio más absorbente, ahora está muy relacionada con otras cosas, y ahí hay una parte positiva. Por ejemplo: sale el nuevo videojuego de Call of duty y es una revelación absoluta. El Grand Theft Auto 5, por ejemplo, para mí también es música. A mí me gusta mucho mucho el reggae y me llama mucho la atención cómo hay gente que, sin darse cuenta, tiene una cultura de reggae gracias a la emisora de reggae del GTA. Pedro Vera, el dibujante, es muy amigo mío, y a él no le interesa el reggae en absoluto, pero un día le enseñé una portada de Scientist, que es un artista mítico de dub en los 80, porque quería enseñarle el dibujo que había. Le gustó la portada y no le hizo más caso, pero luego puse el disco y se quedó flipando. Me dijo que esas canciones él las oía en la emisora del GTA. No sabía quién era, pero conocías las canciones. Y eso dice mucho a favor de la investigación musical que han hecho en el GTA y del buen gusto que tienen.

Los videojuegos son ya superproducciones. Hay un grupo ruso que apenas conocería nadie, Kinó, pero una canción suya salía en el GTA y se hizo famosísima.

Yo no soy fan del GTA, pero comentándolo con Pedro y animados por unas cervezas me puse casi místico y resulta que ese LP me lo compré en 1983 en California y, unos años más tarde, el CD en Londres; y lo he escuchado hasta la saciedad. Yo lo consideraba muy minoritario, pero paralelamente había millones de jugadores de GTA que tenían las canciones perfectamente localizadas. Puede que no hubieran investigado de quién eran, pero las conocían y apreciaban tanto como yo. Por eso, volviendo al tema, el consumo de música ahora está mucho más difuso, es otro tipo. Estamos viendo cómo se venden menos discos. Es obvio, evidente y comprensible. Estamos en el proceso de adaptarnos a otro tipo de consumo musical.

Supongo que lo que más tocarás con la guitarra y pincharás es reggae.

Quiero dejar claro que soy un fraude en todo lo que hago. Cuando pincho discos me gusta decir que soy “pinjahdiscos” (Jah es el dios rasta). Y tengo otra faceta, si se puede decir así, que también es un fraude, que es que pincho brasileño. No es que sea una maravilla, pero si me llaman para pinchar otro tipo de música diré que no, aunque con gran dolor porque me gusta. Cuando pincho reggae suelen ser vinilos porque tengo una colección que me da para pinchar unas cuantas horas. No hago grandes virguerías, pero como hobby lo gozo muchísimo.

Es decir, que así como en el programa Ilustrres Ignorantes habláis de lo que no sabéis, en música te gusta pinchar solo lo que conoces.

Sí, pero sin grandes alardes. Para dar un ejemplo: pincho reggae y pongo muchísimo a Bob Marley. Hay gente muy purista que no lo aprobará porque le parecerá que está muy oído, pero a mí me sigue pareciendo grandioso. Luego, hago una cosa que está muy mal vista, y es que si alguien me pide una canción y la tengo, la pongo. Queda fatal, pero si alguien me pide una canción, yo la tengo y encaja con el momento, qué más quiero que esa persona disfrute. Además yo soy mucho de dar la vara a los disk-jockeys.

Empatizas con el que te la pide.

Sí, sí. Es más, si tengo la canción y me encaja soy capaz de quitar la que tengo ya preparada. Y si la que me lo pide está buena ya no te digo nada.

Ese tipo de cosas suelen influir.

Hombre… ¿y a quién no? No, fuera bromas: si es un feto malayo pero la canción encaja la pondré igualmente.

¿Los DJ te hacen caso cuando les pides cosas?

Tampoco me arriesgo mucho, porque más o menos sabes quién te escuchará. Si es un DJ de esos profesionales ni llegas a la cabina, pero no me quejo del caso que me hacen. Suelo enviar a amigas que estén buenas a que pidan ellas, y si lo pide una tía buena puede entrar hasta Camela.

Varias veces has dicho que donde más cómodo te sientes es en Ilustres Ignorantes. ¿Qué es lo que hace que sea así?

Que no se parece a nada. Tampoco tengo un currículo tremendo en televisión, pero he estado en Channel nº4, que era un programa “mainstream” en las tardes de Cuatro, he estado en Paramount comedy con Ricardo Castella, con el que también tenía libertad absoluta… pero en Ilustres hay varios elementos que lo convierten en algo insólito. Para empezar estoy con Cansado y Coronas. Si en los años 80, cuando veía con una admiración absoluta El orgullo del tercer mundo, me hubieran dicho que yo compartiría programa o incluso escenario como estamos haciendo con la gira, con Cansado, me hubiera tumbado para esperar ese momento, porque es una especie de cumbre en la vida. Pero es que encima estoy con Coronas, con el que llevo años trabajando en guiones, colaboraciones y mesas redondas… que entre los tres haya esta cosa tan hortera que se llama química, pero que la hay, y luego oyes hablar a Cansado, que tiene el culo pelado de experiencias televisivas y teatrales de todo tipo, y entiendes por qué a él le motiva tanto algunas cosas que compartes honestamente, como el buen rollo que tenemos, la preparación… llevamos cinco años haciendo Ilustres, y parte de la preparación son estos cinco años de rodaje que llevamos. Pero estamos hablando de un programa básicamente improvisado en el cual tenemos muy pocas pautas previas. Sabemos alguna pregunta, pero no todas las que va a hacer Coronas. Es muy importante el apoyo, porque puedes arriesgar muchísimo, cosa que no me ha pasado jamás en la tele. A veces hago chistes y luego, cuando los oigo, me dan ganas de pegarme un tartazo en la cara, pero es una prueba de ese relax que permite que te arriesgues sin ningún tipo de compromiso con un chiste arriesgado, elevado, absurdo, una broma privada o incluso malo porque ahí están Coronas o Cansado —o incluso los invitados— que en seguida van a coger el testigo y tirar hacia otro lado. No hay esa presión que puede tener un monologuista, aunque estoy hablando sin tener ni puta idea porque no hago monólogos. Pero esa presión del chiste que no funciona se me antoja como una pesadilla tremenda. En Ilustres además contamos con la libertad absoluta que nos da Canal +, que es un lujazo en la televisión actual. Por eso creo que es un buque insignia de Canal +, porque esto jamás podría estar en un canal generalista.

Viendo el programa es la sensación que uno se lleva. En un canal generalista has de pensar muy bien lo que vas a decir, mientras que en Ilustres parece que si se os ocurre algo lo dejáis ir.

O, en un generalista, quizá si te dejas llevar para el siguiente programa ya no te llaman, porque los límites están mucho más marcados. Pero ya no solo lo que puedas o no decir, tampoco vamos a vender que vivimos en un estado represor, sino simplemente el formato: cinco tíos sentados a una mesa hablando, sin SMS ni piezas fuera de la mesa, con tiempo para expresarse… es un formato que ya es llamativo que sea tan novedoso con toda la oferta de canales que hay. Resulta distinto y original.

Además del formato, el mismo humor. ¿Crees que cada vez está peor visto tocar ciertos temas o decir ciertas palabras? ¿Dónde crees que está el límite si es que lo hay? Parece que el rey, por ejemplo, ya no es tan intocable.

El caso del rey me encanta porque, aunque no es mérito de Ilustres, hay que recordar que hace unos años secuestraron una portada de El jueves. Todo ese proceso me pareció fabuloso. Yo estoy en la revista, y lo viví muy de cerca. Un detalle curiosísimo, que lo cuenta Manel Fontdevila —que es el autor del dibujo con guion de Guillermo—, es que la postura en la que el príncipe y Letizia están en la portada mucha gente la asociaba a un anal. Que ya es curioso, porque hay maneras de penetrar vaginalmente desde atrás. Eso de entrada. Y segundo, decían que era una postura vejatoria, y la explicación de Manel, que es el dibujante, me parece fantástica: es la única postura en la que puedo dibujar los dos rostros de frente. Y eso anula todas las pajas mentales que gente muy ofendida pudo hacerse. Es una simple cuestión práctica. Pero tampoco es mérito exclusivo de El jueves. Recuerdo que fue muy llamativo cuando en Crónicas marcianas Manel Fuentes comenzó a imitar al rey. Simplemente se ponía una banda e imitaba la voz. Pues eso fue un pequeño peldaño que nos sorprendió a todos. Era humor blanco, pero nos llamó la atención. Esto ahora se nos olvida porque el rey mismo ha dinamitado la poca credibilidad que tenía y todos los humoristas de España le agradecen que sea una persona tan sumamente torpe, engreída y cochambrosa. El rey parece una factoría de crear chistes para humoristas.

Parece que haya estado retenido durante un tiempo y ahora, de repente…

Pero ha sido un proceso muy natural. En España hay cosas que han ido muy despacio, y esta era una de ellas. Siempre se nombra con envidia el ejemplo de la monarquía inglesa, pero aquí hay una diferencia muy importante porque la monarquía inglesa en general es querida en Inglaterra, pero la de aquí cada vez menos. Además, el tipo de manipulación que propugnan desde la misma Casa Real, como el programa Audiencia abierta que hacen en Televisión Española los sábados por la mañana, es demencial. Es como un retroceso. Les hace más daño que el presunto beneficio que puedan sacar de un ejercicio de lameculismo tan llamativo, obsoleto y rancio.

Ni Peñafiel en sus tiempos.

Pero ahora Jaime Peñafiel, al fin y al cabo y a su manera, también les mete caña. Como está resentido con Letizia y con la reina es un palaciego incómodo. Son ellos mismos, con esa especie de escudo protector tan absurdo que han intentado crear a lo largo de los años alrededor de la figura del rey. Yo me imagino al propio rey dentro de ese escudo haciéndolo añicos con un pico: la cacería en Botsuana, las disculpas que pide, el ojo morado, las caídas frecuentes… y luego cosas más serias, como los tejemanejes económicos que hay detrás. Un rey que empezó con una mano delante y otra detrás y ahora tiene una fortuna respecto a la cual nadie se pone de acuerdo en cuántos miles de millones son, con asuntos muy turbios por ahí metidos y una píldora dorada por los empresarios más nefastos del país… no se sostiene por ningún lado. Es bueno recordar que hace no tanto tiempo, unos quince años, aunque por la constitución es una figura inviolable, había gente que se sujetaba mucho y tenía mucho cuidado con decir según qué cosas. Esa veda se ha abierto y, volviendo a la pregunta del límite, yo creo que los límites se los tiene que poner cada uno. Yo sé qué cosas no me hacen gracia, pero es que el humor funciona así. Siempre lo comparo con un portero de fútbol que chuta el balón. Él sabe cómo coge el balón y cómo lo patea, pero el balón cae muy lejos y puede caer entre jugadores enemigos igual que puede recogerlo un jugador de su propio equipo. Pero tú lanzas el balón: sabes lo que quieres decir, cómo lo dices y de qué te estás riendo. Twitter es un ejemplo magnífico. Haces un chiste que para ti está muy claro y definido y, de repente, es alucinante por dónde te sale la gente. Esto es algo muy obvio del lenguaje escrito, que es una fuente continua de errores de interpretación. Si nos pasa con los whatsapp con nuestros amigos o pareja y se monta una bola tremenda, en el humor es todavía más evidente. En Ilustres me pasa a menudo con los chistes guarros. Cuando se sacan de contexto son una cerdada sin más, pero mucha gente que ha visto el programa habitualmente sabe que cuando digo alguna cerdada evidente es, simplemente, eso: un chiste cerdo. Y no tiene más recorrido. Otras veces puede tener algo detrás, pero hay gente que a veces se escandaliza sin más. Y no he tenido ninguna queja, pero quizá hay gente que me identifica demasiado con eso.

Encadenar chistes cerdos para crear tensión escénica esperando el siguiente es un arte.

Lo mío no ha sido buscado ni es premeditado. Pero si te fijas en la televisión es curioso. Hablamos, por ejemplo, de las cadenas “mainstream”: se permite todo tipo de violencia, no hay límite: degollar, descuartizar, violar… se permite todo tipo de sangre y de violencia, se permite el sexo sugerido y las palabrotas están mal vistas. Una blasfemia no se permite. Un sexo sugerido y sin mostrar la polla en erección es posible, pero con la violencia no hay problemas. Por favor, que venga un sociólogo y saque conclusiones. Es decir, sí que hay un tabú que me resulta muy llamativo. Hace muchos años en un artículo yo proponía que, igual que hay Ciencias Sociales o Ciencias Naturales, se estudiaran las Ciencias Marrones. La escatología está presenta en la vida de todos cada día. Y si no está presente tienes un problema que puede ir desde el estreñimiento hasta dolencias más graves. Yo no digo que hablemos todo el rato de eso, pero me llama la atención que una mención escatológica o sexual, por educada o cortés que resulte… porque se puede ser cortés, puedes usar la palabra “secreción”…

O chorromoco.

O chorromoco, o zumo del amor si quieres ponerte cursi, o lo que sea. Pero sigue llamando la atención. Yo no tengo una teoría muy formada de por qué, pero a mí me viene muy bien, porque uno de los aciertos de Ilustres creo que es que hablamos de estos temas con naturalidad. Es decir, no hay voluntad de epatar, de llamar la atención o transgredir, es naturalidad. Y si dentro del acto sexual existe el flujo vaginal y el semen, pues nombrémoslo igual que hablamos de las mariposas en el estómago para hablar del amor. Para mí, una de las claves del éxito de Louis C.K., el monologuista, es que trata estos temas con absoluta naturalidad. Podemos hablar de las comidas en los aviones y del aparcamiento del Ikea, pero la polla también tiene un mundo muy natural y de andar por casa. Hay más gente tocándose la polla que en Ikea. Mucha más.

Ahí tenemos un aforismo.

Hostia, pues sí, me tengo que hacer una camiseta. Lo del chiste de la gente que no sabe salir de Ikea… hay mucha más gente que no sabe entrar en un coño.

Me he acordado de Bill Hicks, cuando en sus monólogos decía: “Tranquilos, va a haber chistes de pollas”.

Es que Bill Hicks era indispensable. Es todo ese punto de más que tiene la stand up americana. Está muy bien que haya una base costumbrista, pero cuando hablas de George Carlin o Bill Hicks y ves que tienen ese punto más que es reflexión a través del humor, me parece ya una actitud vital, filosófica. Y me pongo muy serio, me parece la manera de entender y vivir la vida, de saber que hay ciertas cosas que nos están intentando imponer. Todo lo que decía Carlin sobre la religión me parece axioma. Recientemente lo vi y puse en Twitter lo que decía Bill Hicks sobre las banderas, esa relación casi obsesiva del patriota con la bandera… y además lo hacen desde el humor. Y es que el humor es eso, es una manera de tamizarlo todo. Me gustaría que en los momentos realmente crudos de mi vida me siguiera saliendo la vena humorística, como así ha sido cuando he tenido alguno. Mira, te voy a contar uno: mi madre era muy fan de Muchachada Nui, y entre mis tres hermanos y yo decidimos poner encima de su féretro una chapa de Enjuto Mojamuto. Y en el tanatorio asistimos gozosos a la escena de la gente que se acercaba a presentar sus respetos y veía a Enjuto Mojamuto. Pues el “reconfort” que los cuatro hallamos en la idea de nuestra madre viendo ese momento fue una manera de aliviar el duelo, que era enorme, y no era más que una manera de suavizar a través del humor.

En España hay una gran cultura humorística desde hace siglos, pero está menospreciada frente a otros géneros. ¿Por qué es así?

Es que creo que la comedia está minusvalorada en todo el mundo. En los Oscar, por ejemplo, una película de coña no se lleva premio así lo maten. A mí me encantó Resacón en Las Vegas. Sin perder el horizonte de que la pareja y la familia tienen un valor, hay un canto a la juerga como actitud vital y necesaria absolutamente fascinante. Luego, todo el desarrollo de la película me gustó mucho. Y los títulos de crédito son ya míticos, son parte de la historia del cine. Y, por supuesto, no fue ni nominada. En los Globos de Oro sí rascaron algo, pero es otra cosa. Otro caso aplicado a la tele: House. Es un drama cuya mayor virtud parece ser la actitud cínica, distante y humorística de House. Pues para mí aún era más cabrón el doctor Becker, en la serie de Ted Danson. ¡Es que fumaba! Y eso es peor que la vicodina. Pero lo que pasaba es que era una sitcom. Entonces, automáticamente el mensaje se diluye. Ves a House sufriendo con su adicción mientras que Becker era positivo. Pues al ser sitcom parece que no cuenta. Y esto pasa continuamente con el ejercicio artístico de la comedia. Si sabes que es comedia parece que el mensaje pierde fuerza y valor. No voy a decir que hacer llorar me parezca fácil, pero sí es mucho más fácil que hacer reír de una manera sincera y honesta, no hablo de un tartazo en la cara. Veo muchísimo más mérito en cualquier capítulo de Rockefeller Plaza que en Mujeres desesperadas, que tiene ese tono de “dramedy”. Está pasando en Hollywood, pues en España también se aplica.

Me refería más a la literatura: la cultura anglosajona, por ejemplo, valora muchísimo a los escritores humorísticos, hablo del ámbito académico. Nosotros sin embargo los tenemos, parece, en un escalón inferior.

Un gran ejemplo de eso es Eduardo Mendoza. Las novelas de ese detective raro están consideradas por la crítica como obras menores. En cambio, parece que el Mendoza trascendente de La ciudad de los prodigios es el que cuenta. Pues lo siento mucho, pero para mí no, yo me quedo con el otro Mendoza. Y no es por hacer de menos a su parte más seria. A veces me parece que el propio Mendoza, que es tan humilde y educado, en su discurso habla de sus novelas cómicas en un sentido menor.

El propio Mendoza, en el prólogo de El misterio de la cripta embrujada, explica que aunque se lo pasó en grande escribiéndola fue una especie de descanso entre dos novelas serias.

Y esa es la impresión que da en muchas de las entrevistas promocionales. Mauricio y las elecciones primarias, por ejemplo, reconociendo que está muy bien escrita, no me interesa tanto como otras. La última humorística, sin embargo, reconociendo que la intriga al final se le va un poco, la manera de escribir y los hallazgos literarios y lingüísticos que tiene en cada frase, de qué manera le da la vuelta a una situación que ya es absurda de por sí… es una gozada. Puede que la trama argumental no te interese tanto pero la forma es impecable. Sin embargo, no está valorada, ni siquiera por el propio Mendoza. Y en televisión pasa lo mismo, de repente ha habido una eclosión de humor que se ha ido diluyendo y que ya va por géneros, sobre todo a las series. Pero acuérdate de que estaba Vaya semanita, Agitación + IVA, Corriente alterna, Splunge, El informal… esto se concentró en un período de unos diez años y, de pronto, parece que las cadenas creen que no hace falta humor. O el caso insólito y llamativo de Neox, que tiene en la nevera la tercera temporada de Museo coconut desde hace mucho tiempo y no la emite. Yo creo que había un remanente de espectadores que venían de la segunda de Coconut y hay un grupo de fans del “grupo de Albacete”, alrededor de Joaquín Reyesy compañía… En nuestra historia hay otra carencia importante que es la ausencia de sitcoms. Y ya no digo de producción propia, que es evidente, sino de importación. En su día triunfó Cheers. Es verdad que no había muchas más opciones de televisión, pero las grandes sitcoms americanas de los últimos años han pasado por España con más pena que gloria. Y me refiero a Seinfield, a FrasierFriends tuvo su momento, eso sí. Y no es que no haya hueco, me acuerdo de que a mediados de los 90 El príncipe de Bel-Air tenía millones de espectadores a las 2 de la tarde, esa franja tan rarísima donde también han funcionado Los Simpsons. Hay un público para consumir series americanas de 23 minutos. Antena 3 lo intentó muy vagamente con Seinfield en prime time.

Aquí en España se hizo el remake de Cheers.

Para que veas el trato que se le da a las series. Y cuando digo sitcom son 23 minutos, no el pecado que hicieron con Siete vidas, por ejemplo, que duraba 50 y eso, para los guionistas, es lo peor. Ala… Dina creo que duraba media hora, o 24 horas, con Pilar Bardem; en Cataluña estaba Plats bruts… pero no hay una tradición. Farmacia de guardia podría haber sido nuestro I love Lucy, era un buen punto de partida: una serie familiar, blanca… pero de allí se pasó directamente a Médico de familia. Cuando la estrenaron, a principio de los 90, al ver las promos, pensé que era un poco Padres forzosos, y con ese convencimiento vi el primer capítulo, pero comprobé que no era eso, que era un drama con tintes familiares con una duración excesiva. En la educación audiovisual tenemos ese hueco tremendo. Incluso en la producción. Estoy seguro de que los guionistas, actores y demás han visto y conocen sitcoms, pero desde el punto de vista de educación audiovisual del espectador… Tengo una teoría de que a mediados de los 90 alguien compró un contenedor de series para La 2 de Televisión Española. Durante un período muy gozoso de mi vida la madrugada de La 2 era todo sitcoms. Quizá había cuatro capítulos de cuatros sitcoms distintas cada madrugada. Creo que las compraron a pedo pero luego ningún ejecutivo o programador les encontró el hueco que merecían. En América Los Simpsons están en horario de prime time, y aquí están a las dos de la tarde.

Recuerdo que, si no simultáneamente a Farmacia de guardia, casi, estaba Los ladrones van a la oficina.

No sé si esa sí era de media hora, pero fíjate qué reparto. Era la polla. Creo que la reponen en Neox o Nova.

¿Qué sitcoms americanas estás siguiendo ahora?

Estoy encantado con la reposición de Frasier en La 2. Hasta tengo una alarma en el móvil, porque si estoy en casa me pilla currando. La interrumpieron en verano para emitir Curro Jiménez en su lugar…

Es muy de verano: o eso o Verano azul.

Y al poco se murió Sancho Gracia… no estoy relacionándolo, pero bueno. También fui muy feliz cuando hace dos años Neox emitía Scrubs, tres o cuatro capítulos diarios. Fue una manera de ponerme al día con la serie, que me parece fantástica. Acabé siendo muy fan. Ahora mismo lo soy de Rockefeller Plaza, por decir una que se esté emitiendo. Creo que llevan seis temporadas y hablan ya de acabar. Me parece espectacular. El personaje de Alec Baldwin me deja boquiabierto. Además tiene este componente añadido que me interesa de metatelevisión: los entresijos de un supuesto Saturday night live en el que Tina Fey es coordinadora de guion, como era en el SNL original, los cameos… me sorprende constantemente. Otra de la que soy muy fan y veo que me estoy quedando solo es Episodes, que está ahora emitiendo Canal + su segunda temporada. Es Matt LeBlanc, el de Friends, haciendo de sí mismo. También es metatelevisión. Son unos guionistas ingleses que tienen una serie de éxito en Inglaterra y un productor americano los contrata para que hagan la versión americana. La versión británica es un viejo profesor en un internado británico pero para la americana el productor les impone a Matt LeBlanc para que haga de profesor de un equipo de hockey. De hecho LeBlanc se llevó el Globo de oro. Me gusta pillar series. También pongo DVDs, pero me gusta pillarlas en directo, por eso estoy muy atento a Neox o Fox, que ahora está con Cómo conocí a vuestra madre o The big bang theory, de la que creo que ya estoy en el punto de que no me gusta.

¿Culpa de Sheldon?

Sí, Sheldon en la vida real sería insoportable. Es la ventaja de las sitcoms respecto a otros géneros, da igual que te pierdas quince capítulos que puedes retomarlo en cualquier momento. Por eso cada vez me cuesta más engancharme a un drama actual.

Volviendo al asunto: ¿en que te apoyas para hacer humor?

Insisto en que no me considero humorista y no lo digo para epatar o hacerme el guay.

¿Entonces es involuntario?

Tiene mucho que ver con la actitud vital. A mí siempre me sale un comentario humorístico, irónico, cínico o absurdo. Por eso me identifico mucho con Chandler [el personaje interpretado por Matthew Perry en Friends]. Chandler es un poco irritante en la vida real. Tiene un humor que viene del siglo XIX, es el humor por la contraposición con lo normal. En la revista MAD, revista satírica norteamericana, durante años hubo una sección que era algo así como “Respuestas idiotas a preguntas obvias”. Y ese es el humor de Chandler. Recuerdo un ejemplo en la revista MAD en el que había un avión en vuelo y una cola para el baño. Llegaba una persona y le preguntaba al último si eso era la cola para el baño, a lo que este respondía que no, que los que estaban de pie era porque tenían una fobia que les impedía volar mirando hacia delante. Pues eso es Chandler: “No sé si cocinar cordero o pato. Pues los corderos son más miedosos porque si no la película habría sido El silencio de los patos”. Hace gracia, pero en la vida real es irritante. Cuando alguien te hace una pregunta que es obvia y tópica pero que tiene un sentido porque es una manera retórica de hacer avanzar la conversación y tú sales por peteneras es porque te hace gracia, pero solo a ti. Yo esto lo uso mucho. En la serie Sigue soñando, que es también de Kaufman y Crane, hay una escena que me encanta y que resume mi infancia: el hijo de Martin Tupper está en casa y se pone la cazadora y se carga la mochila y el padre le pregunta si se va. Y el niño le contesta que no, que acaba de llegar y lo está haciendo todo al revés. Pues eso era mi infancia: un continuo gilipollas contestando siempre lo que no tocaba. Por cierto, se me está yendo la olla… ¿a qué venía esto?

A tus referentes.

Cierto. Por eso, hablando de esta actitud vital, hay una generación anterior de humoristas que dividían su faceta de humorista de su faceta cotidiana. Lo típico que conoces a un humorista y es muy serio. Hay una nueva generación —Javier Coronas, Raúl Cimas… los humoristas de nuestra generación— que tienen una actitud vital de coña y que la aplican a su trabajo con la suerte de poder vivir de ello. En mi caso no tengo un referente claro. Sí sé a quién me gustaría parecerme. Me gustaría tener la profundidad de Carlin o Hicks, pero lo mío es mucho más espontáneo y absurdo. En cualquier tema, por serio que sea, hablo con un tono irónico. Me gusta más decir irónico que humorístico, porque no siempre busca la risa algo que se dice en ese tono, a veces busca la reflexión. Yo escribo mucho, libros y artículos, y siempre intento lograr esa distancia irónica. Si tuviera que citar un referente quizá citaría a Mendoza más que a Jerry Seinfield, que también tiene su miga. Hablando de Seinfield, lo que está haciendo ahora me parece… Seinfield siempre había sido el que peor me caía de los cuatro en la serie. Me parecía el más fácil y obvio, el apoyo para que los otros se lucieran, pero ahora me ha cambiado totalmente el chip. Hace una cosa que se llama Comedians in car getting coffee, que cuelga gratis en Internet y de las que debe de llevar ocho o nueve entregas. Es una entrevista muy bien montada en la que él va en un coche de su colección a buscar a un cómico y van a tomar un café; y mientras van hablando de la vida. Son quince o veinte minutos, pero es alucinante. El capítulo que le dedicó a Kramer ya lo he visto varias veces y no deja de asombrarme, porque en 17 minutos hablan de todo: del rodaje de Seinfield, de una crisis que tuvo Kramer hace unos años cuando empezó a lanzar insultos racistas hacia unos espectadores negros que le reventaron el show… Hay otro capítulo con Alec Baldwin, otro con Rick Gervais, con Larry David… El formato ni siquiera es original, ya lo hacía un cómico inglés, pero te permite descubrir cositas muy divertidas y, a la vez, interesantes. Y ese es el tipo de humor que me interesa más. O el humor que descubrió Rick Gervais con The office, ese humor incómodo, anticómico, esa risa por vergüenza ajena… y fíjate, en España lo emitió Cuatro, en verano y a las dos de la mañana. Además el primer capítulo lo vi sin referentes, sin saber quién era Gervais, y dije: “¡Pero si esto es la polla!” Pasó sin pena ni gloria pero es un referente para los humoristas de todo el mundo. Es un tipo de humor que no es tan obvio ni evidente, es más incomodidad, pero del que puedes sacar mucha más enseñanza que de un tartazo en la cara, del que también soy defensor. Me puedo pasar horas viendo vídeos caseros de banquetes de boda. Me parece tan llamativo que haya gente que haya estado meses preparando el momento más importante de su vida y, de pronto, queden inmortalizados resbalando en un baile mientras se agarran a las cortinas y se rompen el vestido…. tiene una gran fuerza de parodia y vergüenza ajena. Reconozco que a veces los busco por Youtube.

Hablando del humor y el absurdo, y volviendo a Ilustres Ignorantes, se ve claramente que el estilo de humor de cada uno se acopla con el de los otros. ¿Cómo crees que encaja el tuyo con el de Coronas y el de Cansado?

Para el espectador menos atento Coronas hace una labor invisible, pero es muy importante. De entrada, repartir juego. Está pendiente de muchas cosas, y en el directo se encarga de que todo el mundo hable más o menos por igual de tiempo, si quieren o no. Evidentemente yo no hablo lo mismo que Cansado, pero no es algo que esté preparado, yo soy más de hachazo y Cansado tiene un humor que desarrolla.

Esa especie de erudición absurda tan suya.

Exactamente. Pero además notas que realmente hay una erudición detrás. Él es un gran estudioso de la historia y juega a juegos de guerra con soldaditos, que requieren una gran preparación histórica. Y además tiene una curiosidad insaciable. Y todo eso lo aplica. Además tiene unas tablas, una manera de contar, un tempo, unos giros radicales que, aunque yo quisiera, no sabría, porque es un don, un arte. A mí me sale más el comentario breve y, cuanto más pueda condensarlo, mejor.

Humor minimalista.

O quizá es pura vagancia, para no extenderme. Si alguna vez el cuerpo me pide extenderme yo noto que no es mi medio natural. Y tengo la suerte de que esto haya encajado así, porque nos compensamos genial. Luego está Coronas, que mete sus puntualizaciones y hace sus juegos de palabras; ya no solo con nosotros dos, con los invitados también. Coronas es como el bosón de Higgs que está uniendo a un electrón —mi caso— con el núcleo del átomo, que es Cansado. No sé de dónde he sacado esta comparación, pero ahora que lo pienso está bien. El núcleo del átomo creo que es Cansado.

Aunque solo sea por el peso atómico del tiempo que pasa hilvanando esos discursos.

Incluso hay esta regla no escrita de que la primera respuesta la da Cansado. Javi plantea la pregunta y le pide la opinión a Javier. Y es como un fractal, abre temas para aburrir. Cansado tiene más ojo analítico que yo porque lleva más años y porque tiene mejor interiorizado el método. Él se da cuenta de que no hay competencia, siempre estamos a favor. Incluso los invitados que vienen, que suele ser gente que ya conoce el programa o que son afines, hay una especie de respeto entre todos. Lo que decía antes de una broma que puede fallar. Las dos primeras temporadas, que grabábamos en un estudio por la mañana, se notaba, en mi caso sobre todo, lo que Coronas llama “capitanas”. En Aragón se llama así a los matojos secos que bajan rodando por Los Monegros. Yo era un experto en capitanas, había chistes que ya no solo el público del estudio sino la propia mesa me miraba como diciendo “What the fuck?” Y ahí no me quedaba más que encoger los dedos dentro de los zapatos y que pase. Eso me vino muy bien como proceso para que ahora sea totalmente inmune. Ahora me da igual, no tengo filtro ni para bien ni para mal, lo suelto y más de una vez ocurre que no funciona. Pero siempre noto que entre los tres se ha creado buen rollo. Que no siempre tiene que haberlo entre humoristas, me acuerdo de la película Muertos de risa, de Álex de la Iglesia. Y aquí todos vamos a favor, incluso reforzados por la experiencia que está siendo la gira. Llevamos alrededor de año y medio haciendo una gira muy puntual y hacemos quizá un bolo al mes, pero esa experiencia ha reforzado esa especie de lazo entre nosotros que hace que cada uno estemos muy cómodo con el papel que juega.

¿Es fácil integrar a los invitados en esa dinámica?

Nosotros contamos con que el invitado haya visto el programa y eso siempre ayuda. También invitamos siempre a gente afín, que nos caiga bien y que esté un poco por la labor. Supongo que habrá gente que diga que no, pero a poco que veas los 23 minutos de un programa pillas el timing. Te llevas sorpresas fantásticas. Recuerdo a Pedro Vera. Era una incógnita, porque no es una persona acostumbrada a estar frente a las cámaras. Resultó que es un gran seguidor del programa y pilló perfectamente el timing. Además los chistes que dijo eran buenísimos. Y fue un descubrimiento de tal magnitud que va a ser nuestro invitado para el bolo que hacemos próximamente en Murcia. Creo que no es tan difícil encajar. Puede crear algo de respeto, porque cualquiera que vea el programa verá a tres tíos que van de la mano y que están muy engrasados, pero también, y nos ha pasado con todos los que han pasado por allí, todos los invitados acaban sintiéndose cómodos porque todos remamos a favor de obra, y ese es el papel de un programa amable que no busca quedar por encima de nadie.

Lo que comentabas antes de que Cansado es el primero en responder ayuda a que se cree la tensión que entonces permite tu comentario.

Sí, es que si la primera respuesta fuera el hachazo… De hecho, si yo fuera el primero en contestar me vería obligado a desarrollar un poco más, sería más incómodo. Lo de Cansado es muy meritorio, es como ver un buen gol, que parece fácil, pero no; él lo hace parecer fácil, pero está creando una expectación. Recuerdo uno que era sobre qué inventarías que no esté en el mercado. Se tiró un buen rato y dijo que en su familia todos eran calvos, así a su manera, con esas iteraciones: “En mi familia son todos calvos, ¿eh?, pero todos, no hay nadie que no sea calvo, nacemos con pelo y tal pero en seguida nos quedamos calvos, yo no sé si pasa en otras familias pero en la mía todos calvos…” y que no inventaría un crecepelo para sus hijos, sino que todo el mundo fuera calvo. Te prepara para una cosa y de repente te abre otra puerta. Es un mérito fantástico, por eso lleva tantos años haciéndolo con Faemino.

Dijiste en Twitter que cuando llegaras a cierto número de seguidores ibas a ser chica en un bukkake. 

Cada vez que voy a alcanzar un número redondo hago una promesa. También dije que iba a follarme un cerdo delante de las cámaras de Telecinco y, en el último, dije que me iba a vestir. Pero como en Twitter no hay notarios ni nadie que te exija hacer una webcam con eso, lo voy haciendo en privado.

Hablando de cámaras, has escrito que la televisión ya tocó fondo.

Yo escribí Planeta rosa, que es sobre el mundo del corazón, y el libro acababa con dos premisas contrapuestas y explicaba que ambas eran validas. Una era que había tocado fondo y otra que no. Y en ambos casos explicaba por qué. De una manera muy poco rigurosa, pero daba dos opciones para que cada lector escogiera la que más le gustara. Y esto lo mantengo. No soy tan negativo con la visión de la tele. Hay una frase que me indigna mucho, y es esa de que pones la tele y no dan nada. Es mentira. Todavía tenemos la idea esa de que como la televisión no se paga, en cualquier momento que enciendas la tele tiene que haber algo que te guste, a diferencia de cuando eliges un libro, un videojuego, un partido de fútbol o una película en el cine, que te lo piensas y escoges. Pues no funciona así y hay que cambiar ese chip. La mala tele es muy subjetiva. Cada uno tiene la opción de elegir y ver la tele que le guste o de no verla. Cuando hablas de un programa abiertamente malo y pernicioso, con la alegría que se usa la palabra “telebasura”… por ejemplo Sálvame, que es el blanco de todas las críticas. Pongamos que tiene tres millones de espectadores. Eso significa que 42 millones de españoles no lo ven. Me encanta este juego del espejo porque no sé por qué se le da tanta importancia a tres millones de personas frente a 42 millones que no lo están viendo. Me gustaría que funcionara mejor un canal como Canal +, TNT o Neox, que hace tanto caso a la sitcom extranjera pero no es así. Hay una audiencia cautiva de la tele generalista que tiene que ver eso porque no tiene tele de pago o porque no le interesan otros programas, pero yo defiendo que haya una tele para todo el mundo. Y todo el mundo incluye que haya gente que quiera ver prensa del corazón. Otro motivo para el optimismo, si quieres llamarlo así, es que hay muchos más realities que han fracasado que los que han triunfado. Un reality que haya triunfado de verdad porque se mantenga es Gran hermano. Es el único. Ahora ponte a mirar la lista de realities fracasados incluso en la primera temporada: Escuela de actores, El bus

Pero Confianza ciega fracasó y era muy grande.

Confianza ciega yo lo considero un reality de culto.

Nube es un personaje mítico.

Por cierto, que allí trabajaba Borja Cobeaga, seguro que tiene muchas anécdotas que contar. Incluso hay otros realities que han fracasado al cabo del tiempo, como La casa de tu vida, El número uno… Cuando salió Gran hermano recuerdo a muchos agoreros diciendo que era el fin de la tele. A mí no me interesa para nada el uso que las cadenas hacen de los realities. Es decir, toda la invasión de Gran hermano cuando se está emitiendo: Ana Rosa Quintana por la mañana, Tania Llasera por la noche, los de Sálvame por la tarde… están todos hablando de Gran hermano. Y eso no es que sea bueno o malo, es que es cansino. A mí no me interesa, y no lo veo, pero el formato en sí lo veo válido. Y más cuando tantísimos realities han fracasado por el camino. Yo soy mucho más optimista, creo que por poco dinero tienes una opción muy amplia de canales. Además yo defiendo mucho el zapping como manera de ver la tele. Es decir, todo el tiempo que tardo en ver qué hay en cada canal para mí ya es una manera de ver tele. Muy fragmentada, pero me parece válida. Aunque para eso hay que vivir solo. Bueno, y para tocar la guitarra todo el día también. Y para masturbarte en el sofá.

Fotografía: Alberto Gamazo


Javier Marías: “Estamos viviendo una especie de enorgullecimiento de la ignorancia, de la bruticie”

El escritor Javier Marías (Madrid, 1951) ha alcanzado ya una cierta inmortalidad. La editorial británica Penguin le ha incorporado a su colección de «modern classics», en la que figuran solo otros cinco autores en lengua castellana (Borges, García Lorca, García Márquez, Octavio Paz y Neruda), pertenece desde 2006 a la Real Academia de la Lengua y es, además, rey del mágico Reino de Redonda. Vive solo en un piso amplio del viejo Madrid, sin ordenador pero con miles de libros y de objetos curiosos. Es un hombre reflexivo, amable y formal. Esta conversación se desarrolla en su casa, entre cigarrillos y refrescos.

¿Cuándo fue la última vez que te acordaste de tu padre, el filósofo Julián Marías?

Me acuerdo a diario, igual que suelo acordarme de todas las personas que han muerto y que han sido muy queridas. El hecho de que alguien haya muerto no es razón suficiente para no tenerle en cuenta. Ahora se cumplirán veinte años de la muerte de Juan Benet, que era un amigo, aparte de un escritor al que admiré mucho. Durante muchos años, cuando veía en una librería de viejo algún libro que le podía gustar a algún amigo, si tenía dinero y me lo podía permitir, se lo compraba. Y aún ahora a veces me viene el impulso de decir «esto para Juan», aunque son solo unas décimas de segundo. En ese sentido, recuerdo a diario a mi padre. Recientemente, la editorial Fórcola ha hecho una reedición de un texto suyo de 1980 que estaba muy bien. Me mandaron ejemplares de esa pieza, que se llama La Guerra civil, ¿cómo pudo ocurrir? A mí no me atraía todo lo que escribía mi padre; tiene libros sobre el cristianismo que nunca me han interesado, pero ese texto está realmente bien. Además han reproducido algunas fotos suyas vestido de soldado republicano, y por ese motivo lo he recordado en particular.

Vivíais los dos como una pareja de solteros.

Sí, durante unos años, por decirlo así, compartimos piso. La casa era lo bastante grande como para que después de mis años de vagabundeo por diferentes países —sobre todo Inglaterra, Estados Unidos e Italia— y de que él enviudara en 1977, con mis hermanos ya casados, viviéramos juntos. Cada uno llevaba su vida y tenía sus zonas, coincidíamos normalmente para el almuerzo. En alguna entrevista de esa época yo ya decía que vivíamos como dos solteros o dos viudos, como prefieras. Él era viudo y yo era soltero. Bueno, lo sigo siendo, he tenido mis parejas pero no me he casado.

Sigues haciendo vida de soltero.

Sí, quitando los períodos que paso con ella, que vive en Barcelona. A estas alturas ya estoy demasiado acostumbrado para otra cosa.

¿Es por voluntad tuya o de ella?

En gran medida viene impuesto por las circunstancias, pero a estas alturas, cuando ya he cumplido sesenta años, llega un momento en el que hay que pensar que dado que cosas parecidas me han ocurrido con diferentes relaciones a lo largo de mi vida… tuve novias que estaban en Estados Unidos y yo aquí, o en Inglaterra. En los setenta sí que conviví plenamente, tenía una pareja de Barcelona y me trasladé durante tres años. Pero es la única vez, desde entonces no he convivido permanentemente con nadie. Siempre ha sido por las circunstancias, pero me temo que hay un denominador común que soy yo, así que a lo mejor algo de elección semiinconsciente sí ha habido.

¿Juan Benet o Sir Peter Russell son para ti figuras paternas?

Son más que eso. Tienen algo de figuras paternas, pero además eran dos personas, cada una con su estilo distinto, muy extraordinarias, cultísimas, inteligentísimas… además de figura paterna han sido personas de las que yo he aprendido mucho; sobre todo con Benet, más que con Russell. Russell es una figura extraordinaria pero lo traté mucho menos. Lo traté los dos años que estuve en Oxford en los ochenta y luego ya más por carta, solo nos veíamos de vez en cuando. Con Benet tuve una amistad continuada de más de veinte años. Siempre he sostenido que Benet es de esos escritores que no admiten a los seguidores. En cuanto uno intenta seguirlo se convierte en parodia, como sucede, por ejemplo, con Kafka. Es curioso que haya tantísimos kafkianos cuando es de esos autores a los que cuando uno intenta seguirlo se convierte en epígono. Y Benet pertenece a esa categoría. No es tanto que su literatura me haya influido, aunque sí que he aprendido cosas, sobre todo de tipo técnico. Fue sobre todo un maestro vital: una persona que te enseñaba a mirar, que te enseñaba a razonar, que tenía un oído finísimo para la música, que tenía un ojo extraordinario para la pintura… sabía enseñarte a ver y oír. Además era muy divertido, a pesar de la fama de adusto que le ha quedado. Cuando salía en televisión, que salía pocas veces, se enfurruñaba y le gustaba hacerse el arisco, pero a la hora de la verdad era una persona encantadora. Era risueño, muy juvenil, gamberro, malicioso en el buen sentido de la palabra, aunque no tenía la mala uva que se da tanto en España. Era muy estimulante en todos los sentidos.

¿Qué encontrasteis el uno en el otro? Porque la diferencia de edad era grande.

Sí, él me llevaba veinticuatro años, me parece. Supongo que lo que pasó fue que Benet, sobre todo a raíz de la publicación de Volverás a Región en 1967, fue para muchos jóvenes una especie de banderín. Era un tipo de literatura española distinta de la habitual y predominante. En 1967 yo era muy joven, aún estaba en el colegio, pero fui muy precoz y empecé a leerlo. Quizá a este pequeño grupo de admiradores jóvenes nos fue viendo la gracia, a cada uno por un motivo, y yo tuve la suerte de que mi primera novela le gustó —cuando él era muy estricto y casi nada de lo que se hacía le gustaba, pudiendo ser bastante brutal en sus críticas—. Pero esa novela le cayó en gracia. A veces tengo la sensación de que yo le divertía, le caía bien, lo que iba haciendo le gustaba con sus más y sus menos (el último libro mío que leyó fue Corazón tan blanco) y me tenía estima literaria. Y para mí era como un regalo, a pesar de la diferencia de edad podía ser más gamberro que los más jóvenes que él, de manera que nunca fue lo que antiguamente se llamaba «un señor». Podía serlo ocasionalmente, como cuando oficiaba de ingeniero, en lo que según tengo entendido era muy competente. Recuerdo que una vez le dieron una medalla de la Escuela de Ingenieros y se empeñó en que todos los amigos literarios fuéramos al acto, aunque nos daba igual y nos traía sin cuidado, porque él le daba importancia a eso.

Hablando de tu precocidad, ¿cómo se maneja eso de ser casi un niño prodigio y luego ir ganando años? ¿Hay alguna sensación de extrañeza o todo fluye naturalmente?

En septiembre cumplí sesenta, y tuve la sensación de «pero esto… ¿cómo ha ocurrido?». Supongo que le pasa a cualquier persona, se dedique a lo que se dedique. Sí es verdad que como empecé muy joven y publiqué la primera novela con diecinueve años fui durante mucho tiempo, quizá más de la cuenta, el más joven de la generación porque lo que yo consideraba mi generación eran más bien mayores: Eduardo Mendoza, Félix de Azúa, toda esa gente. Y luego, durante muchos años, supongo que fui considerado un joven escritor o promesa… bueno, creo que aún se me considera promesa por parte de mucha gente, hay ahí una cosa rara. Quizá se hereda esa especie de sambenito y perdura más tiempo del que toca, pero con cuarenta años ya se es un hombre y un autor más o menos maduro, si no es que uno ha empezado a escribir a los treinta y cinco, como Conrad o el propio Pérez-Reverte, que debió de empezar a escribir novelas hacia esa edad. El otro día recibí un libro que ha sacado Oxford University Press de un estudio llamado Javier Marías debt to translation, que es un estudio sobre la traducción de mi obra. Es muy gordo y pienso: ¿da para todo eso? Ese tipo de cosas me parecen chocantes y me da la sensación de que todo ello es una exageración y no se compadece bien con la idea que yo sigo teniendo de que lo que voy haciendo lo hago de la misma manera que hice las primeras novelas: de una manera muy tentativa, sin saber lo que va a salir, muy inseguro… Es algo que he comentado en muchas ocasiones, es un poco desesperante, y supongo que pasa con otros oficios artísticos. Llevo cuarenta años en esto y una persona que lleve cuarenta años en un oficio determinado, sea de profesor o de carpintero, sabe que la mesa la va a hacer bien o que va a dar la clase bien… o incluso quizá la crónica del corresponsal, supongo que llega un momento en el que…

No te creas.

Sí, quizá eso es más… pero bueno, da un poco de rabia, por lo menos en mi caso, que cada vez que empiezas una novela, en el supuesto de que las anteriores hayan estado bien o así lo haya dicho un cierto número de gente, no te sirva de nada. Pongamos que esta novela y la anterior hayan salido bien; eso no me garantiza que la que estoy empezando ahora vaya a salir bien.

Cabe sospechar que sí.

Desde fuera sí. Cuando empiezo una novela nueva y digo que se me hace una montaña o que me he dado cuenta de que no sé hacer novelas no es coquetería, es que me parece inverosímil haber hecho otras.

Tú construyes las novelas sin demasiados planes previos.

Si, de esa manera extraña que he contado varias veces. Pero me doy cuenta de que no sé hacerlas. Cuando lo digo la gente cercana me toma a guasa y me dice que tiene la seguridad de que mi novela saldrá bien, pero esa confianza que tienen ellos es la que yo puedo tener en esas personas porque sé que hacen muy bien lo suyo; esas personas, a su vez, tienen inseguridad en lo que hacen. Y a mí no me sirve de nada que me digan que luego saldrá, porque mientras no sale lo paso mal. En este sentido, contestando a la pregunta que me hacías, la cosa ha cambiado demasiado poco. Por mi propio interés y tranquilidad me encantaría haber llegado a ser uno de esos escritores, que los hay, que se sienten segurísimos de lo que hacen. Es más, hay algunos que llegan a convencerse tanto de que ellos son Fulano… «Soy Thomas Mann», por ejemplo.

Es un buen comienzo.

No, no me refiero a que alguien crea que es Mann, sino que Thomas Mann, por lo que sé de él a través de la lectura de sus diarios y correspondencia, debió de interiorizar que era Thomas Mann. Más allá de quién era él, era Thomas Mann, que tiene esa figura pública, a quien otorgaron un premio Nobel bastante joven… Supongo que hay gente que, igual que Mann estaba muy convencido de su valía, piensan que, puesto que sale de ellos, lo que sea que escriban va a ser bueno. Hay gente así, lo percibes. Y a mí me encantaría ser así, porque debe de dar una tranquilidad enorme.

En España no creo que haya un escritor con el que los críticos babeen tanto como contigo.

Más fuera de España que aquí. No es por hacerme el modesto, insisto. Lo sé pero no lo siento, no lo acabo de interiorizar. A la hora de ponerme con un texto nuevo no me ayuda mucho; al revés, pienso que han exagerado, se han equivocado… es un poco inevitable tener una cierta sensación de farsante. Si he logrado hacer esto no tenía tanto mérito, porque como uno lo ha hecho ya parece cosa más fácil. Imagino que es como en el fútbol, una vez que se ha ganado un partido el partido parece más fácil de lo que era. Lo difícil es lo no he hecho todavía. 

¿Te resulta cómoda la disciplina del artículo semanal o es una condena?

Depende de las semanas. Ahora llevo ya nueve en El País Semanal y antes había estado ocho en El semanal. Son diecisiete años haciendo una columna semanal todos los domingos y hay días en los que piensas que has hablado ya de todo lo habido y por haber, pero como la realidad es muy repetitiva, te repites.

Hay ritos anuales muy celebrados: el artículo de Manuel Vicent sobre los toros, el tuyo sobre la Semana Santa…

Este año no he hecho el de la Semana Santa porque en verano ya había hecho uno sobre la visita del papa. Hay veces en las que tiene uno la sensación de que se repite, aunque luego probablemente no tanto. Hay semanas en las que te sobran los temas y otras en las que te sientas ante la máquina cuando ya toca y te preguntas de qué diablos vas a hablar. Alguna vez me he sentado ante la máquina porque había que entregar al cabo de unas horas y me he puesto a mirar alrededor, por si en la habitación encuentro un tema. Recuerdo una vez en El semanal, había dormido fatal, estaba medio groggy, y tengo por ahí una carta mecanoscrita de Dashiell Hammett que compré hace tiempo y una foto suya que creo que es inédita y hablé de eso. Traduje parte de la carta y creo que titulé el artículo La carta del hombre delgado. Hablaba también de la foto… a veces con algo de tu propia habitación o estudio sales del paso.

Uno se pone a mirar lomos de libros y algo sale.

Sí, algo sale. Lo que tiene para mí de saludable es que me obliga a estar atento a lo que sucede, a la calle y al resto de las personas. Los novelistas corremos el riesgo de vivir temporadas largas absortos en nuestras novelas. Si yo hiciera solamente mis novelas y un artículo de prensa cada dos meses, como hacía antes, estaría menos atento. Creo que es saludable estar obligado a no perder de vista las cosas que pasan de toda índole, sean de fútbol, de literatura, de cine, de política, de la lengua, de la vida cotidiana… eso es bueno. Prefiero verme obligado a eso que encerrarme demasiado en mis mundos. Siempre he dicho que en la ficción se descansa. Una de las razones por las que escribo novelas es porque en la ficción uno descansa del resto.

De lo que no es ficción.

Sí, es una verdadera evasión si uno quiere. Un antiguo comunista diría: «¡Pero esto qué es, escapismo!». Sí.

Tú fuiste comunista.

Mi paso por la clandestinidad fue breve. En el primer curso de universidad pertenecí a un grupúsculo que estaba a la izquierda del partido comunista.

¿El Partido Comunista Internacional?

Sí. Y duró ese año porque, como pasaba a menudo, se descubrió que uno de los jefecillos era un infiltrado de la policía, con lo cual hubo una desbandada y durante una temporada volvía a casa tarde y miraba si había algún coche aparcado que pareciera sospechoso. Te hablo de mis diecisiete años. Era antifranquista y militar era la manera organizada de hacer algo, pero realmente nunca me convenció mucho. Ahora acabo de escribir un artículo que me pidieron sobre la Eurocopa en el que digo que en las circunstancias actuales de España, más que la victoria en sí misma, lo que importa es que la selección supere fases porque mientras dure la Eurocopa habrá un poco de opio, lo cual no viene mal.

¿Qué le ha pasado a España estos años? Yo me fui y ahora la encuentro distinta, peor.

¿Respecto a cuándo?

Pongamos veinte años.

Desde el 92, entonces. Pues no sé qué ha pasado. Tengo una sensación bastante frustrante, desesperante y rara; y es que dio la impresión en los ochenta y primeros noventa de que el país podía cambiar respecto a lo que habíamos conocido.

Sí, que se había roto un círculo vicioso.

Había un cierto afán de mejorar en todos los sentidos, no solo en democracia, sino que la gente tenía cierto afán por ser más educada, cultivada, guapa… recuerdo que a final de los años ochenta escribí un artículo por encargo que titulé La edad del recreo previendo que esos tiempos parecían un poco banales, pero que los íbamos a echar de menos. La gente se dedicó a acicalarse bastante, a tener mejor aspecto y a cuidarse. Era algo generalizado y de pronto, coincidiendo en parte con los años de Aznar, hubo una especie interrupción de todo eso y de regresión a cosas que recuerdan al franquismo. Si en los ochenta y primeros noventa la gente parecía decidida a saber más y a ser más instruida en el mejor sentido de la palabra, ahora es como si surgiera un cansancio frente a eso y la gente se dijera: «Pues mire, sí, somos brutos, y a mucha honra. ¿Y?». Esa es la sensación muy frustrante que tengo en los últimos años, bastantes ya. Estamos viviendo una especie de enorgullecimiento de la ignorancia, de la bruticie, del «déjennos ustedes en paz porque lo que nos gusta es esto». El otro día lo comentaba con Pérez-Reverte. Le dije: «¿No te das cuenta de que, cuando nos toque, nos vamos a morir y este país no va a haber cambiado esencialmente del que conocimos cuando nacimos en 1951, en pleno franquismo?». Sobre todo teniendo en cuenta que venimos de una dictadura. Los que vivimos parte de la dictadura teníamos la esperanza de que cuando acabara sería distinto. Y parecía que lo iba a ser, pero ahora uno tiene la sensación de que no es muy distinto. Durante el franquismo un alcalde, un ministro o la policía podían cometer una arbitrariedad y no había nada que hacer, había que aguantarse. Ahora es un poco lo mismo. Existe la posibilidad de votar distinto, pero lo cierto es que se vota lo que se vota y durante los cuatro años de mandato los que mandan se comportan como si nada tuviera consecuencias. Es lo que ocurre con el presidente del Consejo del Poder Judicial: se denuncia al que le ha denunciado. Eso retrotrae a épocas de dictadura. No digo que haya una dictadura, en absoluto, pero la sensación es de impotencia. Tampoco se puede culpar solo a la clase política, porque la gente también tiene parte de culpa. Y digo culpa entre comillas. Esa palabra la empleo yo, pero probablemente la mayoría de mis conciudadanos diría: «¿Cómo que culpa? A mucha honra, somos así».

Tú el franquismo lo viviste dentro y fuera, porque de muy pequeño acompañaste a tu familia a Estados Unidos.

Sí, pero era muy pequeño. La primera vez tenía meses, por lo que no me quedan recuerdos; y la segunda fue con cuatro o cinco años, muy niño. Yo esencialmente estuve en Madrid, mi infancia es de niño madrileño.

Pero fuiste vecino de Nabokov.

Poco antes de instalarnos en Massachusetts supe que Nabokov había estado en el mismo edificio, pero no coincidimos por un par de años. Vivíamos en la casa de Jorge Guillén, porque mi padre era su sustituto.

Volviendo a lo de antes del desánimo: tanto Arturo Pérez-Reverte como tú podríais vivir donde os apeteciera, y ambos elegís vivir en Madrid.

Quizá ahí la edad sí cuenta un poco. Llega un punto en el que no es tan fácil hacer un traslado en regla y decir: «Me llevo veinte mil libros…»

Tienes unos cuantos, sí.

En este piso y en otro, abajo, que también alquilo, donde trabajo a veces y donde desde hace unos pocos meses una amiga me hace alguna labor de secretariado, por así decir (ella maneja ordenador, cosa que yo nunca he hecho, y así ya se me pueden enviar e-mails), tengo mucho libro. Deben de ser cerca de veinte mil. Y luego supongo que también hay un elemento raro: yo me siento muy cómodo en Inglaterra y en Italia porque he vivido en ambos países, me siento a gusto y hablo las respectivas lenguas. Cada uno a su estilo, me siento muy a gusto, pero para un traslado… Hay miles de cosas que no me gustan y que me sacan de quicio de mi país y mi ciudad, pero también cuenta el hecho de que soy de aquí. Si por algo me distingo es por no ser nada patriota, pero es la fuerza de la costumbre. Supongo que uno echaría de menos durante demasiado tiempo incluso cosas que a uno le desagradan. Tú has vivido mucho más tiempo que yo fuera y no sé si te pasa algo parecido.

Yo, si pudiera, me iría otra vez.

Quizá es el hábito de estar fuera.

Cambio de tema. Hace años, lo que más me gustaba de los partidos Madrid-Barça eran los artículos enfrentados que publicabais en El País tú y Manolo [Vázquez Montalbán].

A mí, casi desde que murió él, ya no me encargan que escriba sobre esos partidos.

Eres autor de una obra clásica sobre fútbol.

Tengo ese librito que recoge lo que he ido publicando a lo largo de los años. Hace no mucho en un artículo explicaba que ya no es igual. Con eso no contaba, pensaba que una de las cosas que se me quedarían intocadas sería el fútbol, y no. Lo de Mourinho lo llevo muy mal. Cuando gana el Madrid me alegro momentáneamente, porque es la costumbre de toda la vida, pero al cabo de dos minutos pienso: «Sí, pero…»

¿Eso es solo por Mourinho?

Sí, en gran medida. También por la política del club. En el fútbol hay un factor sentimental importante, y cuando a la gente del club no se le deja llegar al primer equipo… No porque los que vengan te parezcan mercenarios y esas tonterías que dice la gente, pero por no remitirnos a la Quinta del Buitre, hasta hace muy poco jugaban tres o cuatro como Casillas, Raúl, Guti… Ahora no queda casi nadie que venga de la cantera.

Y que sepa realmente qué es el Real Madrid.

Y que tenga una cierta conciencia sentimental más que histórica. Pero bueno, sobre todo lo de Mourinho me es muy difícil. El fútbol pertenece más al terreno de la ficción que a otra cosa, tiene mucho que ver con una novela o una película. Como además es algo que casi todo el mundo comienza a vivir en la infancia, y por eso es tan intenso y se mantiene a edades casi provectas, quien más quien menos quiere creer que los de su equipo son los buenos, los nobles, los que ganan con caballerosidad y pierden con elegancia, los que no hacen trampas… Los madridistas siempre hemos tenido esa idea, quizá equivocada desde el punto de vista de un culé o de un colchonero, de que el Madrid gana mereciéndolo o procura que sea así. De pronto, en las actuales circunstancias, te das cuenta de que es imposible pensar que los del Madrid son los buenos. Es tan evidente que son los malos… No lo digo por los jugadores, que son buenos jugadores y en su mayoría deben de ser buenos chicos, pero resulta evidente que Mourinho es el villano de la función.

¿Y esto no formará parte del guion?

Mourinho es muy mal actor, se le nota la falsedad en todo: cuando hace como que se alegra, cuando hace como que se cabrea… probablemente está todo muy estudiado y se le nota. ¿Por qué un club admite tener a un villano oficial como máximo representante cuando su tradición es, con razón o sin ella, la contraria? Por poner un ejemplo de ficción, es como si el Capitán Trueno en un momento dado de sus aventuras se hubiera convertido en un malvado, un chulo y en alguien que maltrata sin razón en lugar de defender a los débiles.

Con Valdano hablamos de una cosa que vi hace unos años en Beirut. Era una de esas semifinales de Champions entre el Barça y el Madrid. Tuvo que venir la policía a separar a dos libaneses que se pegaban por el partido. Valdano me decía que es un público planetario y que el seguidor tradicional se está convirtiendo en una parte menor del negocio, que viene de Asia y de las televisiones.

Sí, da esa impresión, pero al mismo nunca me ha interesado mucho lo que está fuera de la cancha.

Cuando se escribe de fútbol se escribe de lo que está fuera.

Sí, pero a partir de cosas que pasan en el campo. Si hablamos de los presidentes de los clubs, desde la óptica del espectador, son todos horrorosos. Si uno empieza a fijarse en los presidentes mal vamos, se acaba el entretenimiento. Hay que hacer caso omiso. Yo tengo muchos amigos que son del Atlético de Madrid y en los años de Jesús Gil les preguntaba cómo podían seguir siendo colchoneros. Y me decían: «Bueno…» Es cierto, esas cosas están al margen de lo que importa. Todos esos negocios asiáticos tampoco existirían si no siguiera habiendo la base de la gente de la ciudad. Al fin y al cabo los equipos son de las ciudades.

Tu antiguo compañero enfrentado, Manuel Vázquez Montalbán, reinventó al Barcelona, y ha tenido un éxito enorme, porque su reinvención ya se asume como realidad.

Él veía al Barça como un club melancólico, de moral quebradiza, frágil, representado por futbolistas como Martí Filosia, gente que se deprimía fácilmente… y desde hace bastantes años eso no es el Barça. Estaba un poco desesperado de que tuviera esas características y en cierta manera envidiaba la firmeza del Madrid.

Sí, pero hablamos de principios de los setenta, que es cuando él empieza a desarrollar su teoría del Barça como ejército desarmado de Cataluña. Esa fragilidad y carácter quebradizo era también el de la oposición, el de muchos catalanes que sabían que Cataluña había sido franquista y existía algo así como un pecado que había que purgar. Y a partir de ahí se ha establecido como hecho que el Barça encarnó la oposición al franquismo. Le preguntas a un socio del Barça y te dirá: «Claro».

Sí, a un socio del Barça sí.

Pero es que lo asume como cierto.

Ahí también habría mucho que decir. En un artículo que escribí, que se llamaba Real Madrid republicano, reivindicaba algo que no me inventé yo, porque lo decía gente que lo sabía por edad, como Eduardo Haro Tecglen, que además no era sospechoso de no ser de izquierdas, y es que el Real Madrid tenía fama de republicano y que después de la guerra, los perdedores preferían el Madrid. No digo que el Madrid haya sido de izquierdas, pero el Atlético era de Aviación, sus jugadores tenían privilegios dados por el franquismo…

Tuvo un momento puramente fascista.

Sí, claro. Y en esa época el Madrid era preferido por la gente liberal o de izquierdas que quedaba, que no era mucha. Luego el Madrid tuvo los éxitos que tuvo y en una dictadura; si Franco iba al palco, ¿qué iba a hacer la gente? La dictadura se aprovechó mucho del Madrid, del que se ha dicho que era el equipo del régimen, y lo dirán siempre los del Barça y los del Atlético, pero no fue así.

El régimen utilizaba a Barça y a Madrid para fomentar el entretenimiento. Cuando pudo ayudar al Barça lo ayudó, como con el Camp Nou.

Pero en fin, eso son cosas ya un poco pasadas. Es curioso porque en los últimos años ha habido una especie de trasvase de valores e incluso de psicología. El Madrid ha tenido unos cuantos años en que ha sido frágil y quebradizo.

Hay madridistas que se reconocen más en el Barça actual que en el Madrid.

En algunos aspectos sí. Los madridistas de siempre, los de cierta edad, vemos a Guardiola como propio del Madrid. Está más cerca de un Molowny, de un Del Bosque o de un Valdano de lo que lo está Mourinho, que no tiene nada que ver con esas figuras que para nosotros son el entrenador educado, como Pellegrini hasta hace poco. El pobre, no le dejaron llegar al segundo año, cuando creo que habría seguido mejorando, pese a que ya lo hizo bien el año que estuvo. Ese tipo de individuo es el que el Madrid clásicamente ha tenido. Guardiola le pega al Madrid. No creo que él lo piense así, pero bueno.

No creo.

Me refiero a la manera de ser. Es muy catalán, pero pertenece a la estirpe de Molowny, Del Bosque y Valdano: gente muy educada, comedida, que no ha querido destacar, que no se ha impuesto por encima de los jugadores… eso lo tiene Guardiola y no Mourinho.

Por cierto, ¿cómo va tu Reino de Redonda?

Bueno, va. Hace poco hemos dado el premio anual, que no sé cuánto más va a durar, porque la verdad es que en esta época de crisis… Es un dinero que sale de mi bolsillo. Llegaron a ser seis mil quinientos euros y hemos ido bajando. Ahora está en dos mil euros, mas el nombramiento como duque. Lo ha ganado un autor que no he leído, Philip Pullman.

No lo conozco.

Tiene una trilogía que se llama La materia oscura, medio fantástica. Es un hombre simpático. Cuando le informé del asunto… porque claro, cada vez que hay un ganador hay que informarle y siempre temo que no tenga ni idea de quién soy y se diga: «¿Pero qué locura es esta que me cuentan sobre un premio del reino de un chiflado?». Hasta ahora han contestado todos bien y han entendido el carácter del asunto, de broma y juego.

¿El rey de Redonda no abdica nunca?

Sí, el anterior abdicó a mi favor. Así que, aunque solo sea por ese precedente, algún día tendré que empezar a pensar en alguien. Deberá ser escritor, pero puede proceder de cualquier país. Los anteriores habían sido más bien ingleses. De hecho, creo que en Internet, cuando se produjo la abdicación a mi favor del anterior, John Wynne-Tyson, hubo alguna reacción del tipo: «¡Lo que nos costó expulsar a los españoles del Caribe y ahora entregan Redonda a un español!». Esas cosas locas de la gente.

Fotografía: Gonzalo Merat / Vídeo: Javier Villabrille


La mirada alienígena sobre nuestro mundo

Al fin dimos con la playa de mis eternas fantasías tropicales. Estaba adecuadamente flanqueada por cocos y por barcas pesqueras de madera, ancladas. Acuclillado al borde del mar había un hombre, seguramente atareado en alguna vieja costumbre popular marinera. Me acerqué con el saludo en los labios. El hombre, al advertir súbitamente una presencia extraña, se volvió con una mirada de horror, se cubrió las vergüenzas y salió a toda velocidad. Entonces descubrí cómo eran allí los inodoros.

Nigel Barley es, en mi opinión, el mejor antropólogo inglés contemporáneo. Que sea el único que conozca en tal categoría no le resta mérito. El pasaje arriba citado pertenece a su libro No es un deporte de riesgo —recientemente publicado en castellano— en el que relata con mortificante sinceridad todas y cada una de las situaciones embarazosas en las que se vio envuelto durante su trabajo de campo con la tribu de los Toraja, habitantes de la isla indonesia de Célebes. Embarazosas… desde su punto de vista, claro. Puesto que la presencia de un extranjero y sus intentos de adaptarse a las costumbres locales fue, para los nativos, un motivo constante de diversión a su costa.

Resulta curioso comprobar como en sus anteriores El antropólogo inocente y Una plaga de orugas su investigación y convivencia con los Dowayo, en pleno centro de África, provocó exactamente la misma reacción. No hay nada como ser extranjero para que se rían de ti. ¿Por qué?

La explicación inmediata es que esos salvajes tercermundistas son todos unos cabrones esquinados. Suena convincente, sí, y sin embargo… qué fácil resulta imaginarse en su lugar sonriendo al ver a este hombre blanco imitar torpemente el idioma y las destrezas cotidianas que uno adquirió desde pequeño, contemplarlo vulnerar con toda ingenuidad tabúes y leyes no escritas que damos por tan sólidas e incuestionables como las leyes físicas.

Una de las claves del humor es subvertir el orden establecido: ya sea poniendo arriba lo que está abajo y al derecho lo que estaba del revés, quebrando la lógica de las cosas (“en mi antiguo vecindario algunas noches no podía dormir por el sonido de los disparos. Siempre provenían del interior de casa”) o jugando con la polisemia de las palabras atribuyéndoles el significado que no corresponde al contexto, como cuando alguien dice “siempre guardo una muda en el armario para echar un polvo sin que nos oiga mi mujer”. El humor es, en definitiva, una interpretación de la realidad discordante, inhabitual. Y eso es precisamente lo que hace con desconcertante frecuencia quien aún no ha podido familiarizarse con las convenciones sociales del lugar al que acaba de llegar. Ya sea la tripulación del Enterprise en un viaje en el tiempo al planeta Tierra de finales de los 80:

Un médico neoyorkino recién instalado en un pueblo remoto de Alaska, Paco Martínez Soria de visita en Madrid desde algún pueblo perdido, un negro de clase baja yéndose a vivir a Bel-Air, un ejecutivo americano en un pueblecito escocés donde su compañía petrolífera quiere hacer negocio (descripción que corresponde a Un tipo genial, sencillamente imprescindible), un jardinero con ciertas limitaciones intelectuales que sale al mundo tras décadas de aislamiento en una mansión, una joven norteamericana preparando una tesis en Sevilla durante el franquismo, unos viajeros en el tiempo que llegan al presente desde la Edad Media, un periodista kazajo recorriendo Estados Unidos… Son tantos los ejemplos que pueden enumerarse que parece que el 90% de las comedias consisten sencillamente en situar a alguien en un entorno que le es ajeno y esperar a que estalle el conflicto. Por eso también la percepción del mundo de los niños pequeños suele ser tan graciosa, al fin y al cabo, son pequeños alienígenas recién aterrizados en nuestro mundo.

A menudo una carcajada suele ir precedida de un poso de inquietud, como si la risa fuera el equivalente psicológico al acto reflejo de agitar los brazos cuando perdemos el equilibrio. Es la manera en que reaccionamos ante algo que nos desconcierta. Por ello la irrupción del extraño nos hace gracia e inmediatamente se convierte en objeto de mofa al que señalar, pero también nos provoca desasosiego. Tal como dice Savater, en dicho momento “el espejo del prójimo ya no me devuelve la imagen que tengo interiorizada como la única que corresponde al ser que compartimos sino algo inquietantemente diverso, una posibilidad distinta y aún inexplorada. Y brota la turbadora pregunta: ‘Si ellos pueden vivir con nosotros sin ser como nosotros, ¿Por qué nosotros tenemos que ser como somos?‘”

Así que el alienígena, bien con su mera presencia a nuestro lado o expresándonos su visión de nuestro mundo, puede llegar a hacer que nos lo replanteemos. Inicialmente nos divierte su excentricidad, sí, pero al mismo tiempo también nos obliga a tomar conciencia de lo que hasta ese momento era simplemente algo inamovible, en cuya razón de ser nunca habíamos reparado. ¿Por qué ducharnos a diario cuando al sentarse en el metro a nuestro lado esa persona de apariencia tan exótica demuestra contundentemente a nuestro olfato que no comparte nuestra costumbre? Vaya, este ejemplo ha sido muy desafortunado. Pero creo que se entiende lo que quiero decir. El extrañamiento ante lo cotidiano, ese “pensar fuera de la caja” según la expresión anglosajona, opuesto a nuestro fuerte impulso como seres sociales hacia la unanimidad de criterios, ha sido desde siempre el principal acicate de la filosofía. En su En busca del tiempo perdido Marcel Proust dejó escrito que  “el único viaje auténtico, el único baño de juventud, no consiste en ir hacia nuevos paisajes sino en tener otros ojos, ver el mundo con los ojos de otro, de cien otros, ver los cien mundos que cada uno de ellos ver”.

Extranjeros, niños e intelectuales parecen por tanto tener una misma labor de zapa —sean más o menos conscientes de ello— por lo que estos últimos cuando han querido criticar tal o cual aspecto de la sociedad de su tiempo a menudo han recurrido a describirla desde el punto de vista de alguien llegado de fuera. Un recurso que reforzaba su comicidad y daba más libertad al autor que empleando su propia voz.

Un ejemplo de ello es El Diablo Cojuelo, un clásico de la literatura española de comienzos del siglo XVII, atribuido a Luis Vélez de Guevara. Un autor del que sabemos que estuvo “casado tres veces con grande acierto” y murió “de unas calenturas maliciosas y un aprieto de orina a 10 de noviembre, año de 1644”. Escrito en una época en la que nuestro glorioso imperio entraba en decadencia, nos muestra a través de los ojos de un pequeño diablo que sobrevuela el cielo madrileño —junto al estudiante que lo ha liberado de su cautiverio— un retrato mordaz de los vicios e hipocresías de la época. Así, a vista de pájaro y observando a través de los tejados como si hubieran sido levantados como una tapa, el lector ve desfilar a la fauna humana en todas sus miserias:

“mira, allí está pariendo Doña Fáfula, y Don Toribio, su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paría, muy oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en esotro barrio, roncando y descuidado del suceso (…) acompáñame a reír de aquel marido y mujer, tan amigos de coche, que todo lo que habían de gastar en vestir, calzar y componer su casa lo han empleado en aquel que está sin caballos agora, y comen y cenan y duermen dentro dél, sin que hayan salido de su reclusión, ni aun para las necesidades corporales, en cuatro años que ha que le compraron (…) Pero vuelve allí los ojos, verás cómo se va desnudando aquel hidalgo que ha rondado toda la noche, pues quitándose una cabellera, queda calvo; y las narices de carátula, chato; y unos bigotes postizos, lampiño; y un brazo de palo, estropeado; que pudiera irse más camino de la sepoltura que de la cama. En esotra casa más arriba está durmiendo un mentiroso con una notable pesadilla, porque sueña que dice verdad”

Pero seguramente el ejemplo más paradigmático e imitado ha sido el de las Cartas Persas, donde Montesquieu se hace pasar por Usbek, un estudioso persa que visita Francia a comienzos del siglo XVIII y describe sus impresiones en varios intercambios epistolares, tal como indica el título. Tuvo tanto éxito que posteriormente aparecerían por parte de otros autores cartas turcas, judías, indias, tahitianas, chinas, moscovitas… aunque probablemente las más conocidas en nuestro país —al menos para los que no faltaron mucho a clase de lengua en su día— sean las Cartas Marruecas, de José Cadalso. Todas ellas responden al característico afán de la Ilustración por la crítica social y su énfasis en el relativismo cultural como medicina frente al dogmatismo eclesiástico y la intolerancia a la que se oponían:

“El Papa es el jefe de los cristianos. Es un viejo ídolo al que se inciensa por costumbre. Antiguamente era temido incluso por los príncipes, pues los deponía con tanta facilidad como nuestros magníficos sultanes deponen a los reyes de Irimeta y Georgia. Pero ahora ya no se le teme. Se dice sucesor de uno de los primeros cristianos que llaman San Pedro, y ciertamente la herencia es muy rica, pues posee inmensos tesoros y tiene bajo su dominio un vasto país. (…) lo que te cuento sirve para Francia y Alemania, pues he oído decir que en España y Portugal hay unos derviches que no se andan con bromas y queman a un hombre como si fuera paja. Si alguien cae en manos de esa gente, más le vale haber orado a Dios con unas bolitas de madera en la mano, haber llevado consigo dos trozos de trapo atados con dos cintas y haber estado alguna vez en una provincia que llaman Galicia.”

Un recurso satírico también presente aunque del revés en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, o en Un yanqui en la corte del Rey Arturo de Mark Twain. Otro buen ejemplo —aunque ya fuera de la ficción— es La democracia en América de Alexis de Tocqueville, en la que un recién llegado pudo describir la sociedad característicamente moderna que estaba naciendo en Estados Unidos a comienzos del siglo XIX, con más agudeza y capacidad de observación que cualquiera de los que vivían inmersos en ella. Ya más recientemente, por ir cerrando una lista que podría ser interminable si añadiera todos los libros al respecto que desconozco y que por tal motivo no añadiré, el mencionado Savater tiene escrita una novela muy recomendable llamada El jardín de las dudas, donde repasa la biografía de Voltaire. También en estilo epistolar y empleando el mismo recurso, siendo esta vez la mirada extranjera la de una culta aristócrata francesa llegada a una España que no deja de escandalizarla con su barbarie y atraso. Tampoco puede dejar de mencionarse el libro de Eduardo Mendoza Sin noticias de Gurb, sobre un marciano con la apariencia de Marta Sánchez perdido por Barcelona.

Pero probablemente ninguno de todos los protagonistas de estas obras llegó a ser tan intrépido como el único antropólogo y viajero capaz de hacer sombra al mismísimo Nigel Barley. Un señor de apariencia mayor y tamaño diminuto que supo mostrarnos lo rematadamente extraña que es la realidad que nos rodea: