Bowdlerízate para no ofender a nadie

El británico Thomas Bowdler (1754-1825) fue un doctor que nunca llegó a practicar la medicina porque tenía cierta aversión a la gente enferma, un miembro de la Royal Society, un ajedrecista profesional, un caballero viajado que se tiró cuatro años trotando por Europa, un entregado defensor de la reforma penitenciaria (en Londres dedicó quince años de su vida a ello) y una persona tan ilustre como para que su nombre se haya convertido en verbo gracias a su legado. De todo lo anterior, la historia ha decidido que lo último es lo único que merece realmente la pena y por eso mismo los diccionarios de inglés reconocen oficialmente la palabra bowdlerize (que sería algo así como ‘bowdlerizar’) como un vocablo válido que quiere decir: «Extirpar de un texto o similar el material que es considerado ofensivo, obteniendo como resultado una obra más floja y menos convincente». La culpa de todo la tenían los padres de Bowdler, una pareja muy amiga de meterle mano a William Shakespeare y a las Sagradas Escrituras.

Shakespeare edición familiar

La infancia de Bowdler estuvo marcada por un progenitor (un hombre que también se llamaba Thomas Bowdler, porque en el siglo XVIII la descendencia se entendía como una clonación) que entretenía a su esposa e hijos leyéndoles en voz alta las obras de Shakespeare. Con el tiempo, el pequeño Bowdler descubrió que las lecturas de su padre omitían y camuflaban aquellas secciones que el hombre consideraba más inapropiadas para que las almas puras de su mujer y sus seis hijos no sufrieran demasiado. La Sra. Bowdler (una mujer cuyo nombre real se desconoce porque los historiadores son muy de obviar a la gente sin pito), además de ser la esposa de Thomas Bowdler y la madre de otro Thomas Bowdler, también era aficionada a meterle tijera a aquello que consideraba ofensivo: ella misma publicó, en 1775 y de manera anónima, una versión del libro bíblico del Cantar de los Cantares donde había censurado o modificado personalmente todo lo que su criterio consideraba sucio o inapropiado. Aquel Cantar de los Cantares de la Sra. Bowdler era tan exageradamente puritano y pardillo como para sustituir la palabra «cama» por «carroza de nupcias». Con tanto antecedente en su propia casa, no resultó extraño que al pequeño Bowdler Jr. se le ocurriese trabajar en una empresa similar: la de producir una edición de la obra de Shakespeare para todos los públicos, un producto libre de contenido ofensivo o pernicioso e ideado para todas aquellas unidades familiares que no tenían un padrazo con capacidad para editar sobre la marcha la lectura. A la hora de podar los escritos de Shakespeare, recibió la ayuda de su hermana Henrietta Maria (Harriet para los amigos), una erudita muy religiosa que consideraba indecentes a los bailarines de ópera y que acabaría publicando (anónimamente porque estaba mal visto que las mujeres se pasasen de listas) un exitoso libro titulado Sermones sobre las doctrinas y deberes del cristianismo.

En 1807 se publicó la primera edición de The Family Shakspeare (1). Una obra elaborada a cuatro manos por Thomas y Harriet que inicialmente no lucía el nombre de ninguno de los dos autores, pero años más adelante sería atribuida únicamente al primero para no meter en problemas a su hermana. Aquel Shakespeare en modo familiar recogía veinticuatro de las obras del escritor inglés en cuatro volúmenes diferentes, piezas que habían sido convenientemente adaptadas para no herir sensibilidades. En aquellas revisiones los Bowdler se habían cargado un diez por ciento del texto original a base de perpetrar ocurrencias como sustituir las exclamaciones de tipo «¡Dios!» o «¡Jesús!» por cosas más pardillas como «¡Cielos!» para sortear las blasfemias, eliminar los personajes de moralidad cuestionable como las prostitutas, evitar que Lady Macbeth pronunciase la palabra «maldito» o modificar directamente ciertos eventos: en su Hamlet, el personaje de Ofelia no tiene intenciones suicidas y la palma por accidente.

Ofelia de John Everett Millais con Elizabeth Siddal ejerciendo de modelo (circa 1851). Según los Bowdler, aquí la mujer en lugar de canturrear esperando a la muerte estaba ahogándose accidentalmente a cámara lenta.

En 1818, se publicó la segunda edición de The Family Shakspeare, una reimpresión cuyo título completo era The Family Shakspeare en diez volúmenes; en los cuales no se añade nada al texto original pero se omiten todas aquellas palabras y expresiones que no pueden ser leídas en voz alta delante de la familia. El texto llegó acompañado de anuncios en prensa donde el propio autor aclaraba la naturaleza de su mutación literaria: «Mi objetivo con este trabajo es eliminar de los escritos de Shakespeare algunos defectos que disminuyen su valor. Y al mismo tiempo ofrecer al público una edición de sus obras que cualquier padre de familia, ese guardián e instructor de la juventud, pueda colocar en manos de sus hijos sin temor alguno. Un texto gracias al cual el joven a su cargo puede aprender, disfrutar y perfeccionar sus principios morales mientras refina su gusto sin incurrir en el peligro de ser lastimado por ninguna expresión indecorosa. Y aprender, gracias al destino de Macbeth, que incluso un reino puede salir caro si la virtud es el precio a pagar».

Aquella segunda edición se presentó en diez volúmenes que ahora incluían todas las obras del dramaturgo inglés. Y su contenido refinaba de nuevo el material reciclado de la anterior tirada: los hermanos Bowdler aprovecharon para revisar su trabajo y deshacer algunos de los cambios perpetrados en la primera edición, pero también introdujeron otro puñado de nuevas modificaciones. En algunos casos, como Medida por medida u Otelo, ante la presunta imposibilidad de aligerar eficientemente lo indecoroso de la pieza original, los autores optaron por dejarlas tal cual añadiendo una advertencia bien clara: «Poco adecuado para la lectura familiar». Aquella versión definitiva del Shakespeare family friendly se convirtió en una de las ediciones más vendidas de la obra de Shakespeare en tierras inglesas para alegría de sus editores. Tras el éxito, Bowdler planeó producir una versión familiar de la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Edward Gibbon, pero no vivió lo suficiente como para verla publicada.

El legado de Bowdler

Las ventas de The Family Shakspeare propiciaron que durante los años posteriores a su publicación brotasen hasta cincuenta versiones depuradas y corregidas de las obras clásicas de Shakespeare de mano de otros editores y autores. Remakes que ya hacían con el material lo que les salía de las gónadas: expurgar sus elementos ofensivos, inventarse escenas añadidas, reescribir los diálogos, montarse crossovers entre diferentes obras de Shakespeare e incluso pervertir totalmente la idea original, como en cierta edición light de Romeo y Julieta que se anunciaba fardando de final feliz. Pronto la acción de «bowdlerizar» (to bowdlerize en el original) comenzó a popularizarse como sinónimo de saneamiento literario para las pieles más finas. En 1836, el político Thomas Perronet Thompson lo utilizó por primera vez en un escrito y a partir de entonces el verbo sustituyó al clásico «castrar» que se usaba hasta entonces para definir las censuras literarias de naturaleza similar. En la actualidad, el término sigue siendo utilizado con el mismo significado que Perronet le atribuyó en 1836: para señalar aquellos trabajos desbravados por terceros y convertidos en productos estériles y fáciles de masticar para público de todas las edades. Porque lo de destrozar el material original nunca ha pasado del todo de moda.

En 1967, la editorial Ballantine Books aprovechó que poseía los derechos del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury para editar una edición bowdlerizada enfocada al público adolescente que se denominó «Bal-hi edition». Una adaptación que modificaba el texto que consideraba inadecuado, reformaba capítulos y censuraba las palabras que creía malsonantes («infiernos», «aborto» y «maldito», entre otras como «ombligo»). Aquella edición aguada fue comercializada legalmente hasta 1979, el año en el que Bradbury se enteró de su existencia y se le hincharon las pelotas. El conde de Montecristo de Alexandre Dumas sufrió de censura puritana cuando los traductores de la obra al inglés (Dumas era francés y el original está escrito en dicho idioma) decidieron eliminar de la historia el romance lésbico y el consumo de hachís. La vida de las abejas del belga Maurice Maeterlinck soportó una edición titulada La vida de las abejas para niños que eliminó todas las reflexiones filosóficas del escrito (la verdadera gracia del asunto) y lo convirtió en un texto educativo del montón. La novela Adiós a las armas de Ernest Hemingway padeció una edición libre de tacos que sustituyó todos los «joder», «mierda» y «cabronazo» de los diálogos por guiones, una decisión que cabreó tanto al propio Hemingway como para escribir a mano las palabrotas en las copias que regaló a James Joyce y Maurice Coindreau. El clásico Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain recibió recientemente una reescritura que sustituía todos los «nigger» del texto por «slave». En la edición de 1964 de Charlie y la fábrica de chocolate, Roald Dahl describió a los Oompa-Loompas como pigmeos originarios de África, pero las reimpresiones de la década de los setenta modificaron el país natal de los empleados de Willy Wonka por Loompalandia para evitarse problemas. Ciertas ediciones para todos los públicos de Los viajes de Gulliver eliminaban todas las referencias sexuales que Jonathan Swift deslizaba en la historia sin disimulo alguno. El cuento ilustrado La cocina de noche de Maurice Sendak fue motivo de una controversia ridícula tras publicarse allá por 1970: el protagonista era un niño que se paseaba por las viñetas con el culo al aire y lo de ver un pito en imágenes puso tan nerviosos a los concienciados padres como para que con sus quejas obligasen a retirar el relato de las tiendas. Lo gracioso es que algunas librerías optaron por bowdlerizarlo a mano, dibujando pañales sobre el pene del niño protagonista.

El caso de la obra de Enid Blyton es curioso porque sus libros para niños fueron inicialmente criticados por tener cierto tufillo machista, elitista y racista, pero se convirtieron en best sellers potentes. Y hasta la propia BBC prohibió expresamente radiar cualquier extracto de su obra en antena durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, alegando que la escasa calidad de los manuscritos no se merecía atención alguna. En la época actual, las ediciones modernas de algunas de sus creaciones han sufrido una bowdlerización de chiste: en la saga iniciada con El bosque encantado se han eliminado las peleas de la historia y los personajes de Dick y Fanny han sido rebautizados como Rick y Frannie para evitar las connotaciones sexuales modernas que pudiesen tener los nombres anteriores (dick vendría a ser ‘pito’ en inglés, mientras que fanny es sinónimo de ‘vulva’ en Inglaterra y de ‘nalgas’ en Norteamérica).

Los cuentos clásicos son un tema especial, porque llevan toda la vida siendo bowdlerizados y la gente está tan acostumbrada a consumirlos en su versión light como para sorprenderse al descubrir que originalmente eran fábulas muy retorcidas y cabronas: en La Cenicienta las hermanastras de la protagonista se mutilaban los dedos del pie para encajar la pezuña en el zapato de cristal que portaba el príncipe, Pinocho no solo la diñaba de manera horrible a mitad de sus aventuras sino que antes tenía tiempo para cargarse a Pepito Grillo por accidente, el lobo se merendaba a dos de Los tres cerditos, en muchas fábulas tradicionales las ranas no se convertían en príncipe gracias a un beso sino a base de hostias y mutilaciones, Mulan desembocaba en el suicidio de la heroína protagonista, La bella durmiente era violada por un rey durante su sueño y sus hijos perseguidos por una celosa esposa del monarca (que pretendía cocinarlos para dárselos de comer a su marido), La sirenita intentaba asesinar al príncipe del cuento después de que aquel se casase con otra y la fábula original francesa en la que se inspiraron los hermanos Grimm para escribir Hansel y Gretel se marcaba un final feliz con los niños protagonistas rajándole el cuello al mismísimo diablo.

La Cenicienta, Mulan y Los tres cerditos.

Hot on TV

Entre tanto, en el mundo televisivo la bowdlerización está tan extendida y resulta tan delirante que repasar sus grandes éxitos convertiría esto en una letanía (aún más) insoportable. Basta con recordar que la televisión americana es muy amiga de redoblar ciertos diálogos para extirpar las palabras malsonantes que podrían hacer llorar a los niños, cosas tan disparatadas como sustituir en El gran Lebowski un «See what happens when you fuck a stranger in the ass?» («¿Ves lo que pasa cuando le das por el culo a un extraño?») por un «See what happens when you meet a stranger in the alps?» («¿Ves lo que pasa cuando te encuentras con un desconocido en los Alpes?»). Aunque el mejor de ejemplo de dichos remaches surrealistas se encuentra en la versión de Serpientes en el avión que se emitió en el canal FX, aquella cuyo doblaje sustituyó la legendaria frase «I have it with this motherfucking snakes on this motherfucking plane» («Estoy hasta los cojones de esas putas serpientes y hasta los cojones del puto avión») por «I have it with this monkey-fighting snakes on this Monday to Friday plane» («Estoy cansado de esas serpientes que luchan contra monos y de este avión que circula de lunes a viernes»).

Aprended, familia Bowdler.

La leyenda de Tickle Cock

Tickle significa ‘cosquillas’ y cock se traduce coloquialmente como ‘polla’, partamos de ahí. Pues bien, resulta que en el pueblecito de Castleford de Yorkshire del Oeste (Inglaterra) existe un paso subterráneo inaugurado en 1890 y conocido oficialmente desde entonces como Tickle Cock Bridge. Un acceso peatonal que conecta la zona residencial del pueblo con la comercial y es utilizado semanalmente por varios miles de personas. En 2008 se tomó la decisión de restaurar el pasadizo por completo, porque el hecho de que aquello llevase teniendo el mismo aspecto desde la época victoriana ni era demasiado moderno ni parecía demasiado seguro. El gobierno del lugar decidió aprovechar para rebautizar la localización sustituyendo el jocoso «Tickle Cock» por un sosísimo «Tittle Cott», en un ejemplo maravilloso de lo que significa bowdlerizar en la vida real. Una vez finalizadas las obras, se colocó en el lugar una placa que lucía orgullosa la nueva denominación del paso subterráneo, algo que cabreó bastante a los habitantes del lugar. Margaret Shillito, representante de una agrupación llamada Castleford Area Voice for the Elderly y formada por mayores de cincuenta años, lo dejaba bien claro en las noticias: «La placa estaba mal, mostraba el nombre equivocado y aquello nos ofendía. Lo importante es mantener el nombre del lugar, no darle uno nuevo solo porque alguien ha considerado que suena mejor. Tickle Cock es el nombre por el que se ha conocido este puente durante varias generaciones, y nos gusta ese nombre, tiene carácter y tiene su historia. No queremos que el nombre equivocado sea el que pase a la posteridad».

Los habitantes de Castleford llevaron a cabo una asamblea pública en la que casi todos los ciudadanos se mostraron a favor de restaurar el nombre original. La presión de los lugareños logró que las autoridades competentes reculasen por completo y sustituyeran la placa por otra con la denominación correcta, permitiendo que la gente siguiera llamando a las cosas por su nombre.

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(1) En The Family Shakspeare el nombre del escritor inglés está escrito de ese modo (con una «e» ausente) de manera consciente. En aquella época nadie se ponía de acuerdo sobre cómo se escribía dicho apellido y existen multitud de variantes locas del mismo.


¿Qué le debemos a Roma?

Imagen: Warner Bros. / Orion Pictures / Python Pictures Ltd.

El debate académico sobre nuestra deuda con roma recuerda a una escena de La vida de Brian, donde un militante del Frente Popular de Judea organiza, sin quererlo, una discusión en torno al acueducto, el alcantarillado, el vino, la paz, y una larga lista de logros. La diferencia es que en la película al final llegan a un acuerdo, mientras que en el mundo académico la discusión todavía continúa.

Este debate del legado romano está íntimamente ligado a otra cuestión, la de la naturaleza del declive y fin del Imperio, sobre la que ha habido teorías encontradas a lo largo de la historia —a menudo relacionadas con la ideología política imperante—. Aunque la admiración por el mundo clásico viene de muy atrás, la visión del fin de Roma como antesala de un periodo de barbarismo y pobreza se la debemos a la obra magistral de Gibbon de fines del siglo XVIII: La decadencia y caída del Imperio romano. Esta visión gozó de tanta popularidad que encontrar las causas para la caída se convirtió en un deporte académico; el profesor alemán Demandt compiló una lista con nada menos que doscientas diez alternativas, entre las que vale la pena destacar la impotencia, el bolchevismo o la glotonería. No obstante, esta visión cambió hace pocas décadas, cuando un nuevo paradigma, el de la antigüedad tardía, comenzó a cobrar relevancia de la mano de Peter Brown. Bajo esta nueva perspectiva, la transición entre el fin del Imperio de Occidente y los reinos germánicos posteriores se considera más como un continuo que como un evento discreto. Eso nos deja con dos visiones contrapuestas, caída o transición, que además suelen ir asociadas a una opinión sobre el Imperio el general: la visión de la transición sugiere que ni Roma fue tan maravillosa como la pintan, ni los bárbaros tan salvajes; mientras que los partidarios de la caída defienden que el Imperio fue algo único.

Cuando se debaten los logros de la civilización romana se enumeran los acueductos y los molinos, sus leyes, su política, su burocracia, la Pax Romana y el latín, pero en realidad el gran legado de Roma para el mundo occidental es el de la sofisticación que esos logros conllevaron y exigieron. Gracias a su aparato estatal y burocrático, Roma fue la primera entidad occidental con una economía compleja, que permitió a sus ciudadanos, incluso de clases desfavorecidas, gozar de un nivel de prosperidad inusitado hasta la época.

Una economía sofisticada

Como sugiere Temin, una buena forma de plantearnos cómo de sofisticada era la economía romana es considerar la forma en que se distribuían las mercancías para el consumo de los ciudadanos.

Pensemos, por ejemplo, en el caso paradigmático del grano. Si bien suele acusarse a Roma de basar su economía en la extracción de los recursos de las provincias sometidas, lo cierto es que el porcentaje de grano obtenido a través de métodos coactivos, léase impuestos, apenas era entre un 15 % y 30 % del total. Este grano estaba en su mayor parte destinado a la annona, un impuesto pagado en especie para mantener el Ejército y dar de comer a los habitantes de la capital imperial, dependiendo de la época. La mayoría de las mercancías que suministraban sustento al millón largo de habitantes de Roma se producían, transportaban, y distribuían a través de agentes privados en la capital y en las provincias. La existencia de esta industria para el consumo privado es evidente gracias a restos arqueológicos de rutas comerciales que carecerían de sentido si estuvieran definidas por patrones de consumo gubernamental. Por ejemplo, se han encontrado platos y otros enseres domésticos provenientes de una fábrica cercana a Oxford distribuidos por todo el sur de Inglaterra, una zona sin campamentos militares ni empresas estatales que justifiquen la producción o la difusión de estas piezas.

Suele decirse también que este comercio privado respondía solo a las necesidades de las élites, pero lo cierto es que las clases medias y bajas también tenían acceso a productos de primera necesidad de una calidad jamás vista antes. Un ejemplo ilustrativo es el de la cerámica. Una de las principales características de los asentamientos romanos —compruébenlo la próxima vez que visiten uno— es la abundancia de trozos de teja, de ánforas y otros artículos cerámicos de uso cotidiano. No es casualidad. La cerámica romana se caracterizaba por su estandarización y gran calidad, su producción en masa y su difusión tanto geográfica como por nivel social. Comparados con los cacharros que más tarde utilizarían los entes políticos de la antigüedad tardía, la diferencia es abismal. Por otra parte, incluso en áreas remotas del Imperio se han excavado pequeños asentamientos donde los campesinos gozaban de casas de construcción sólida con tejados de teja al estilo de la que se utiliza hoy en el sur de Europa. Compárese eso con la proliferación de cabañas de madera con tejados de paja posteriores a la caída del Imperio.

La tecnología romana

Por supuesto, una economía sofisticada y con patrones de producción industrial está íntimamente relacionada con la maquinaria y herramientas de que dispone. No obstante, el de la tecnología y la innovación es un caso donde el sesgo desfavorable hacia Roma ha sido predominante, en concreto cuando hablamos de molinos de agua. Como dice Jean-Pierre Brun, hasta hace unos años el mito que persistía de Roma, y previamente del mundo helenístico, era el de una sociedad donde los descubrimientos tecnológicos y la ciencia no se ponían en práctica. Las razones aducidas son dos. Primero, la de los incentivos económicos. Los romanos no habrían tenido el menor interés en aplicar la tecnología puntera de la época por la existencia de grandes cantidades de mano de obra barata: los esclavos. Segundo, por un argumento psicológico. Los romanos, o en concreto sus élites, ralentizaron la implantación de las nuevas tecnologías, debido a su mentalidad aristocrática y al desprecio por el trabajo físico y la industria. Los dos argumentos se apoyan en abundantes evidencias anecdóticas, que nos han llegado a través de textos clásicos. Plutarco nos cuenta que Arquímedes consideraba las aplicaciones prácticas de sus molinos de agua algo degradante —si bien Plutarco lo hace como ejemplo de lo raro que era Arquímedes—. También se cuenta que cuando a Vespasiano le ofrecieron un invento para llevar columnas al Capitolio de forma más eficiente, respondió que no estaba interesado porque su prioridad era mantener a los trabajadores empleados.

¿Cayeron los autores en este sesgo antitecnológico por malicia? Cabe pensar que no. Ocurre que el conocimiento del que disponían era limitado, por varios motivos. Por un lado, la evidencia arqueológica de instalaciones industriales que probaran el uso de innovaciones tecnológicas era escasa, y tampoco abundaban las referencias sobre la preponderancia de estas instalaciones en los escritos de la época que han sobrevivido.

El problema, claro está, es uno de selección. Las obras construidas con materiales más duraderos, y por lo tanto las que han pervivido hasta la actualidad, tienden a ser edificios religiosos, civiles o de entretenimiento. Por otra parte, los textos romanos de que disponemos no son en absoluto una muestra representativa. Miles de escritos, entre ellos la autobiografía del propio emperador Adriano, se perdieron para siempre. Los textos que resistieron lo hicieron por azar (como los textos que sobrevivieron por estar escritos en papiros egipcios, que duran más por el clima seco de la región y el material), o porque tenían un valor particular, por ejemplo estético. Como se pueden imaginar, las norias y molinos de agua no entraban muy a menudo en el imaginario de los poetas y artistas romanos por su escaso sex appeal. Afortunadamente, aun así nos han llegado textos deliciosos, entre ellos el del Talmud de Jerusalén, que dice mucho del pragmatismo religioso de algunas comunidades. El Talmud no permite el uso de los molinos de agua para moler grano el día del sabbat, por estar claramente en contra de la prohibición de trabajar. No obstante, si el molinero ha tomado la precaución de dejar la tolva o caja colectora de grano del molino llena el día anterior, le está permitido dejar que el artefacto funcione por su propia cuenta el sábado.

Pese a estas dificultades, en los últimos años ha habido un auge de descubrimientos arqueológicos que ponen en entredicho la visión de la sociedad perezosa del Imperio. Las innovaciones técnicas como las de los molinos de agua mecánicos estaban mucho más extendidas de lo que se pensaba, especialmente en las ciudades y campamentos militares. Esto no debería sorprendernos, dado que la existencia de redes comerciales para bienes de uso cotidiano nos sugiere que tenían que existir centros de producción a nivel industrial que permitieran abaratar costes y abrirse mercados más allá de la provincia donde se encontraban. Los restos arqueológicos de la factoría de La Graufesenque, en Francia, son un ejemplo de la escala gigantesca de algunas de las fábricas imperiales, con hornos capaces de cocer decenas de miles de piezas de cerámica de forma simultánea.

La lengua y la alfabetización

Cabe preguntarse también si esta sofisticación económica y tecnológica vino acompañada de un aumento de la complejidad social y, en concreto, de la alfabetización. Intentar saber en qué medida la población del Imperio estaba alfabetizada es muy difícil porque carecemos de registros. Sin embargo, en esta cuestión parece que los críticos con Roma podrían tener razón. Sabemos que una fracción de las clases populares, al menos en determinados contextos y regiones, podía leer y escribir. De una manera no muy elegante, pero igual de elocuente que el Talmud, tenemos evidencia en los muros de Pompeya y en otros lugares de grafitis cuyos autores esperaban que fueran entendidos por los demás (recuerden el célebre, «Phoebus se echó un buen polvo aquí»). Los temas tratados, como pequeños robos, disputas amorosas y anuncios de comercios, indican una cierta diversidad de perfiles entre los grafiteros. No obstante, como apunta William Harris en su magistral libro Ancient Literacy, Pompeya era una excepción. La sociedad romana no era una sociedad de masas alfabetizadas. Más bien lo contrario: Harris ofrece unas cifras de alfabetización del 10 % de la población, un 15 % de los hombres y un 5 % de las mujeres, y eso solo en las regiones alrededor de Roma. Estos números pueden parecernos desastrosos, pero hay que tener en cuenta que en 1871 el sur de Italia tenía niveles de alfabetización cercanos al 15 %, casi dos mil años después.

La palabra escrita se usaba, por lo tanto, donde era más necesaria para llevar a cabo las actividades u oficios que lo requerían, pero no era priorizada por el Estado. Así la alfabetización aumenta con la necesidad estatal de administrar y controlar ingresos y gastos: el analfabetismo disminuyó a golpe de contabilidad. Por supuesto, en las élites del mundo grecorromano, como dice Harris, un cierto nivel de cultura escrita era una necesidad social, al menos para los hombres. Pero eso no implica que todos los ricos pudieran escribir con soltura, ni que las clases bajas tuviesen vetado el acceso a la escritura; es más, tenemos decenas de ejemplos de esclavos encargados de escribir cartas y despachos ante la incompetencia de sus señores, y se cuenta la historia de un aristócrata al que le preocupaba tanto que su hijo fuera disléxico, que les puso a veinticuatro de sus esclavos las letras del alfabeto por nombre.

Más allá de estas élites, la alfabetización sigue el mismo patrón de interdependencia con la complejidad y la sofisticación. Los funcionarios imperiales necesitaban saber leer y escribir para mantener la contabilidad del Estado, recopilar leyes y fiscalizar lo que estaba ocurriendo cada día. Los comerciantes, aunque se guiaban por reglas sociales y orales, también mantenían archivos y registros de sus transacciones, especialmente cuanto mayores eran. Los juicios, aunque a menudo basados en argumentos orales, empezaron a incluir argumentos escritos basados en la ley codificada a medida que los casos aumentaban en complicación. Por lo tanto, la alfabetización respondía a las necesidades de una burocracia estatal jamás vista y de un mercado globalizado para la época, pero no más. Mientras algunos han querido ver en el Imperio una glorificación de la lectura y la escritura, la cruda realidad es que las escuelas, aunque numerosas, nunca fueron accesibles para la mayoría.

Roma, la sociedad compleja

Roma fue una de las primeras sociedades complejas del mundo, capaz de interconectar su sistema económico con el político. Un mundo que pese a las limitaciones de la época permitió la emergencia de la producción industrial de bienes de consumo y de redes de comercio sofisticadas, capaz de proveer una riqueza material que no habría de verse hasta siglos después. Un Estado que con el desarrollo de un sistema legal sin precedentes, una maquinaria burocrática implacable y unas fuerzas militares temibles hizo posible una era de estabilidad y prosperidad como nunca antes. Esto convirtió a la sociedad romana en la más opulenta, desarrollada y quizá poderosa de todas las que la habían precedido. Sin embargo, esas virtudes la hicieron a la vez más vulnerable, y la expusieron a que una migración bárbara o una mala cosecha tuviera implicaciones para todo el Mediterráneo. Las aldeas sirias que antes malvivían del grano cosechado en las terrazas rocosas que las rodeaban se enriquecieron especializándose en el aceite de oliva que compraba Roma. Pero cuando Roma dejó de comprar, no quedó grano ni dinero en aquellas aldeas.

Si hoy nos sigue causando asombro aquel mundo perdido de Roma es por sus enormes similitudes con muchos mitos románticos de nuestro tiempo: el imperio transnacional, complejo y vulnerable, Roma como la luz de la civilización frente a un mundo que se agosta, la imagen de una Europa fortificada contra los bárbaros. Por esas semejanzas las historias de Roma seguirán teniendo sobre nosotros la ascendente propia de un pasado que hemos idealizado y que, como es sabido, era más complejo que nuestros sueños de legiones y gladiadores. Por eso, y porque sus ruinas no son otra cosa más que los restos de gloria de un mundo sobre el que está edificado el nuestro.


Las situaciones (III): Decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon

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A ver, la situación es esta: Edward Gibbon decidió escribir sobre la decadencia y caída de la ciudad de Roma y su imperio el 15 de octubre de 1764, “sentado meditabundo en medio de las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos estaban cantando vísperas en el templo de Júpiter” (LXXXIV). No publicó el primer volumen de su historia sino hasta 1776, doce años después de haber concebido su plan general y una docena antes de darla por concluida en 1788; por consiguiente, la importancia de la efeméride solo pudo ser comprendida unos veinticuatro años después, cuando Gibbon completó la que es una de las más formidables hazañas intelectuales de un siglo no particularmente exento de ellas como el XVIII inglés. Que mencionara más tarde la efeméride y le otorgase la importancia que tienen los momentos decisivos de la vida es una demostración más de su ambición y de la enormidad de las tareas a las que se creía llamado.

Para entonces Gibbon tenía cincuenta y un años (una edad relativamente provecta en su época) y le quedaban solo seis años de vida. Había nacido en Putney (Surrey) en 1737 y había sido un niño enfermizo (su madre murió cuando tenía diez años) pero inusualmente talentoso para adquirir conocimientos de forma más o menos autodidacta. En 1752 había sido matriculado en Oxford, donde había pasado un período que años después describiría como “los catorce meses más aburridos y desaprovechados de toda mi vida” (LXXVI); había sido expulsado por apostasía (durante ese período se había convertido al catolicismo), su padre lo había enviado a Suiza (donde se había distanciado del monumental error filosófico que aún hoy sostiene a la iglesia de Roma y se había enamorado) y había regresado a Inglaterra en 1758 y sin un plan claro de acción. En 1761 publicaría en francés un Ensayo sobre el estudio de la literatura y en 1770 unas Observaciones críticas sobre el libro VI de La Eneida, ninguno de los cuales anticipaba la ambición y la trascendencia de su obra futura. Gibbon tendía a la obesidad y debe haber parecido a sus contemporáneos alguien un poco ridículo, un historiador de provincias excedido de peso y sin ninguna educación formal; es decir, alguien de quien se puede esperar cualquier cosa (se me ocurren dos en este momento: la misa diaria y el conservadurismo político) pero no algo de la importancia de la Decadencia y caída del Imperio Romano.

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La gran obra de Edward Gibbon se compone de seis volúmenes (más aun: de setenta y un capítulos, de dos mil ciento treinta y seis apartados, de un millón y medio de palabras y de alrededor de ocho mil notas a pie de página), pero suele ser dividida en dos partes: la primera y más extensa de ellas narra la historia de Roma desde el final de la República hasta el año 476, cuando Odoacro depuso a Rómulo Augústulo y envió las insignias imperiales a Constantinopla, poniendo fin formalmente al Imperio Romano de Occidente; la segunda, más breve, comprende desde ese año hasta 1453, cuando Constantinopla fue tomada por los turcos y llegó a su fin el Imperio oriental. Algunas de las críticas que se realizan en ocasiones a la obra tienen que ver con esa desigualdad en el tratamiento a los dos imperios (es evidente que, al menos para el historiador, Roma es principalmente su Imperio occidental); otras (que Gibbon rebatió desdeñosamente en vida) se deben a la que es la principal hipótesis del libro: la de que, además de a factores políticos (la sucesión de príncipes débiles y odiados, las invasiones bárbaras y la dependencia cada vez más estrecha de los volubles ejércitos de auxiliares mercenarios), demográficas (la disminución de la población a causa de los estragos de la guerra) y económicas (la pérdida de las provincias tributarias de África y Egipto y la ruina de la agricultura en Italia), la decadencia y caída del Imperio Romano se debería principalmente al triunfo del cristianismo, con su desprecio por la vida terrena, su moral piadosa, su resistencia al progreso social y tecnológico y su absorción de las estructuras centralizadas del Estado.

Aunque Gibbon parece venir a decir que la caída del Imperio era necesaria para el ascenso del cristianismo, la suya no es, en sustancia, una obra dogmática; por el contrario, para el lector de nuestros días es particularmente placentero comprobar que Gibbon no juzga a sus personajes, o al menos no lo hace de forma deliberada y que ni siquiera se aferra demasiado a sus conjeturas. En palabras de Jorge Luis Borges,

Gibbon parece abandonarse a los hechos que narra y los refleja con una divina inconsciencia que lo asemeja al ciego destino, al propio curso de la historia. Como quien sueña y sabe que sueña, como quien condesciende a los azares y a las trivialidades de un sueño” (Miscelánea. Barcelona: Debolsillo, 2012. 80).

No es el único mérito de la obra. Gibbon narra con una plasticidad y una elegancia que se vislumbran en sus mejores traducciones; sus referentes son clásicos, naturalmente, y Gibbon los mejora con un uso de la ironía y del epigrama que son comparables con sus contemporáneos franceses como Denis Diderot y Voltaire. Según José Sánchez de León Menduiña, la Decadencia y caída del Imperio Romano es “tal vez la única obra histórica occidental que continúa siendo leída frecuentemente por el público educado no especializado” (XCV), lo que se debe casi excluyentemente a la belleza de su prosa y a un mérito adicional, que Borges resume de la siguiente forma: al leer su obra, “no solo nos importa saber cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginárselo un caballero inglés del siglo XVIII” (81).

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De ese modo, leer Decadencia y caída del Imperio Romano tiene un doble atractivo para el lector contemporáneo: el de conocer de qué forma Roma narró su historia (reflejada en cientos de fuentes que Gibbon consultó y resumió en su obra), pero también la forma en que ésta podía ser narrada en la época del autor. Aquí y allá, esa época se entromete en la historia del Imperio Romano, por ejemplo allí donde el historiador afirma que “la posesión y el disfrute de la propiedad son las garantías que convierten a un pueblo civilizado en un país de provecho” (232), cuando sostiene que “la relación entre el trono y altar es tan íntima que muy pocas veces la bandera de la Iglesia ha sido vista del lado del pueblo” (58), cuando dice que “de los primeros quince emperadores Claudio fue el único cuyas aficiones amorosas eran totalmente correctas” (78) (lo que lleva al lector a conjeturar qué era lo que la moralidad pública inglesa consideraba “correcto” en ese contexto) o cuando afirma que Hispania “floreció como provincia y decayó como reino” (48), una afirmación que los más de doscientos años que median desde la época de Gibbon y la nuestra posiblemente sólo ratifique.

César Aira sostuvo en cierta ocasión que la lectura de todo texto se articula en torno a tres fechas: la de su escritura, la de los hechos a los que se refiere y la de su publicación; si Decadencia y caída del Imperio Romano es una lectura imprescindible en nuestros días es (también) debido a la tercera de estas fechas, las de su publicación. Ante los hechos actuales (que tanto recuerdan a los narrados por Gibbon) el lector no puede sino preguntarse si acaso el historiador no hablaba también de épocas futuras cuando afirmaba que el período desde la muerte de Domiciano hasta el acceso al trono de Cómodo fue “el único de la historia en que la felicidad de un gran pueblo era el único objeto de gobierno” (79); también cuando afirmaba que “su reinado está marcado con la rara ventaja de suministrar muy pocos materiales para la historia, la cual verdaderamente es poco más que el registro de crímenes, locuras e infortunios del género humano” (79).

Gibbon sostiene que “el poder de la instrucción rara vez es de mucha eficacia, excepto en aquellas disposiciones felices donde casi es innecesario” (86); si tuviese razón (y creo que la tiene), es posible que nuestra época no aprenda nada de la que vio caer al imperio más poderoso de la Antigüedad y la corrupción de su época en una Edad Media de ignorancia y fanatismo religioso. No importa. Sánchez de León Menduiña recuerda que Gibbon se veía a menudo “obligado a cerrar los volúmenes del historiador [David Hume] con una sensación mezcla de encanto y desesperación” (LXXXI). Decadencia y caída del Imperio Romano provoca en el lector una impresión similar; si nuestra época no tiene nada que aprender del “registro de crímenes, locuras e infortunios del género humano” que es la historia, quizás podamos al menos comprender esa época y sus terribles consecuencias.

*Nota: Atalanta ha publicado recientemente en dos volúmenes Decadencia y caída del Imperio Romano (Girona: Atalanta, 2012) en una traducción de José Sánchez de León Menduiña que sigue la edición de la Everyman Library, considerada por lo general la mejor, aunque prescinde de buena parte de las notas de Gibbon.