Antología de la música secreta: las mejores canciones ocultas

The Beatles, 1963. Fotografía: ingen uppgift (DP).

Her Majesty’s a pretty nice girl,
But she doesn’t have a lot to say
Her Majesty’s a pretty nice girl
But she changes from day to day

I want to tell her that I love her a lot
But I gotta get a bellyful of wine
Her Majesty’s a pretty nice girl
Someday I’m going to make her mine, oh yeah,
Someday I’m going to make her mine

«Her Majesty», The Beatles.

Paul McCartney escribió en 1969 un montón de cosas bonitas a quien por entonces era la reina de UK, una Isabel II que casualmente lo sigue siendo hoy en día. Aquella declaración se convirtió en una tonadilla de veintitrés segundos que intentó encontrar hueco en el Abbey Road de 1969 entre los temas «Mean Mr. Mustard» y «Polythene Pam», pero cuando McCartney descubrió que estropeaba el ritmo del álbum la descartó y ordenó al técnico John Kurlander destruir la cinta. Kurlander se pasó por el forro la orden para conservar intacto el contenido del propio forro porque en EMI no eran tontos y tenían prohibido destruir cualquier tipo de grabación de los Beatles ya fuese una canción descartada, una toma mala o un campeonato de regüeldos. El técnico acabaría incluyendo el tema al final del Abbey Road, separado por catorce segundos de silencio tras el último corte del disco para que la cancioncilla no se interpretase como parte de la obra. La pieza inicialmente ni siquiera aparecía en el tracklist impreso en la cubierta del disco y oficialmente no se mencionaría su existencia. Acababa de nacer el concepto de canción oculta.

Este tipo de creaciones que jugaban al escondite entre los recovecos del disco eran guiños del artista hacia sus fans, regalos para quienes peinaban pacientemente los silencios del compacto intentando localizar tesoros escondidos. Pero la razón de ser de dichas hidden tracks murió cuando el CD perdió su posición como el formato más utilizado para almacenar música. Aquellos momentos íntimos entre el intérprete y su público ya no tienen sentido ante la inmediatez y disponibilidad de la música, actualmente nadie aguanta más de un minuto de silencio entre canciones, casi todo está disponible a un par de clicks en Spotify y los artistas han dejado de ser seres indescifrables al convertir las redes sociales en un escaparate.

Pregap

En un CD de audio que siga el estándar habitual la pregap es una pequeña pista fantasma que antecede al primer corte del disco, una huella que leen por defecto la mayoría de equipos musicales con reproductores de CD pero no los ordenadores. A dicha pista solo es posible acceder si el usuario pulsa el botón de rewind en el primer corte del disco y retrocede hasta el inicio del álbum y más allá; si la pregap aloja contenido el equipo seguirá rebobinando a lo largo del mismo, y en determinados sistemas la pantalla mostrará la posición del disco en números negativos.

Lo bonito es que muchos artistas aprovecharon el escondrijo que proporcionaban las pregaps para ocultar todo tipo de material. Los salados de 2 many DJs escondieron allí un remix de «Can’t Get You Out of my Head» de doña Minogue. En As Heard on Radio Soulwax Pt. 2, Pulp rellenó la pregap con platillos en This Is Hardcore; el recopilatorio Rarest One Bowie ocultó un anuncio setentero de David Bowie; Psyence Fiction de UNKLE alojó allí dos minutos de samplers variados sobre los que probablemente ni siquiera tenían los derechos; el Origin de Evanescence escondió una grabación en tono de broma de la canción «Anywhere»; Muse ocultó en Hullabaloo Soundtrack un poema leído por Tom Waits; Morbid Angel insertó ruido estático en Entangled in Chaos y Public Enemy incluyó en la pregap de Muse Sick-n-hour Mess Age un mensaje profetizando las críticas que iba a recibir el propio disco. Super Furry Animals situaron ahí el «The Citizen’s Band» de su extraordinario Guerrilla. Los punkis canadienses de SNFU se las dieron de elegantes e incluyeron en FYULABA una discusión entre la banda y el dueño de un local que habían arrasado. Muchos otros como Mayhem, Pennywise, Damien Rice, Blur, The Music, Blind Melon o McFly  también jugaron a ocultar material en la pregap.

Secretos ocultos

Pero lo normal era hacer como los Beatles y añadir las pistas secretas al final del álbum tras unos minutos de silencio. The Rolling Stones enterraron una melodía navideña tétrica y ralentizada en su Their Satanic Majesties Request. Green Day incluyó una famosa oda a la masturbación en acústico en el fantástico Dookie. Marilyn Manson colocó una canción extra en la pista número 99 de su Antichrist Superstar. Robbie Williams en Life Thru a Lens incluyó un poema dedicado a un caballero que en el pasado se burló del sueño de un pequeño Robbie de ser una estrella pop, en I’ve Been Expecting You insertó dos hidden tracks y para Sing When You Are Winning ya se tomaba a broma lo de esconder cosas: al final del disco, tras veinticinco minutos de silencio, sentenciaba: «No, no voy a hacer una para este álbum».

En la banda sonora The X-Files: the Album anidaba una pista secreta donde el creador de la serie, Chris Carter, explicaba las mitologías y conspiraciones de la misma. El extraordinario Without You I’m Nothing de Placebo contenía un tema oculto («Evil Dildo») que utilizaba como letra varias amenazas que Brian Molko había recibido en su contestador automático, mensajes de un psicópata que anunciaba querer hacerle el amor por la trasera, podar el pene del cantante y masticarlo como si fuese un Boomer, todo en ese orden. Alien Ant Farm incluyeron en su primer disco una versión primigenia del «Smooth Criminal» de Michael Jackson que les haría famosos. Alice in Chains se saltó el protocolo oficial y toda lógica: se les ocurrió colar una canción oculta («Iron Gland») en medio de su Dirt y no avisar, descolocando así el tracklist oficial. Al tema secreto del disco Transgression de Fear Factory solo se accedía introduciendo el CD en un ordenador y siguiendo el hipervínculo que contenía hacia una dirección de internet, difunta en la actualidad, para descargar aquella alegre melodía titulada «My Grave».

The Rolling Stones. Imagen: Andrea Sartorati (CC).

Secretos más ocultos

En septiembre de 2007 Radiohead anunció un nuevo disco titulado In Rainbows y diez días después, el 10 de octubre (10-10), lo colocaron en internet para descargar pagando lo que cada uno considerase: 1$, 10$, 20$ o nada en absoluto. Unos cuantos comenzaron a tomar nota  de la abundancia de ceros y unos en todo aquello que rodeaba a la obra: el título temporal del disco fue Zeroes and Ones, se emitieron diez comunicados antes de su publicación con una prosa salpicada de la letra X, el trabajo se alojó en diez servidores en internet y curiosamente había sido publicado diez años después de OK Computer, un álbum que al igual que In Rainbows tenía diez letras en su título. Con todo esto los fans acotaron una binary theory donde aseguraban que In Rainbows (al que se referían como 10) era un disco complementario a OK Computer (al que se referían como 01) y ambos podían combinarse en una playlist dando como resultado un álbum secreto: era necesario empezar con «Airbag», la primera pista de 01, continuar con «15 Step», la primera pista de 10, e ir salteando del mismo modo el resto de canciones con la excepción de «Karma Police» y «Fitter Happier», ambas del 01, ya que estas dos debían colocarse una detrás de otra antes de continuar alternando temas para servir como puente entre dos grupos de diez canciones. Supuestamente, al programar los temas de ese modo con un cross fade de diez segundos, las canciones se entrelazaban entre sí con naturalidad musical y lírica. La teoría es cuestionable, y las transiciones han sido documentadas para que cada uno saque sus conclusiones, pero lo más gracioso de toda esta hipótesis chiflada era una fabulosa coincidencia: las letras de OK Computer e In Rainbows pueden reordenarse para formar un combination superwork.

Radiohead. Imagen: michael dornbierer (CC).

Mucho más laborioso de destapar era el supuesto enigma del 10 000 Days de Tool. Según los fans, el álbum contenían una pista secreta que solo aparecía tras combinar con precisión quirúrgica tres canciones diferentes del disco: era necesario reproducir los temas «Viginti Tres» y «Wings for Marie», uno detrás de otro, sobre la canción «10 000 Days». Teóricamente en el resultado la música encajaba y las letras se ensamblaban sin pisarse, y gracias a YouTube es posible comprobar hasta qué punto aquello suena intencionado.

Lo de Arcade Fire también se las traía porque la banda ocultó en la pregap de su Reflektor un collage de diez minutos con versiones instrumentales de los temas del disco sonando al revés, un reflejo al que era necesario darle la vuelta para que tuviera sentido. Además alojaron una pieza de cinco minutos y alma ambient tras la «Supersymmetry» que cerraba el álbum. Y los fans más obcecados defendían que existía una tercera canción escondida, la que ocurría si se reproducía «Supersymmetry» sobre una versión sonando al revés de la misma canción.

Pero fueron The Flaming Lips los que le echaron más morro a lo de obligar al consumidor a montar puzles sonoros, porque idearon un disco que era en sí mismo una hidden track enorme. En el 97 publicaron Zaireeka, un álbum experimental  en cuatro CD diferentes que tenían que ser reproducidos al mismo tiempo en cuatro equipos distintos, aunque también se permitía combinar los CD en parejas, tríos o escucharlos individualmente.

Los rebuscados serían los miembros de Information Society al producir uno de los secretos más disparatados del vinilo. En su Love and Peace, Inc del 92 incluyeron una pista llamada «300 bbp N, 8, 1, (Terminal mode o ASCII download)» que en realidad era un código: si se configuraba un módem con las especificaciones que detallaba el título de la canción, se llamaba desde el módem a un teléfono que estuviese a mano y a través del auricular del aparato se reproducía aquella pista del disco, se obtenía como resultado un documento de texto detallando una loca historia donde la banda aseguraba haber sido extorsionada por el Gobierno brasileño.

Discos mutantes

Los Monty Python publicaron en 1973 el vinilo Matching Tie & Handkerchief, un recopilatorio de sketches con el que jugaron a la broma: algunos ejemplares incluían una corbata y un pañuelo a juego y se vendían en tiendas de ropa con la excusa de que el disco era lo que venía de regalo. En las primeras ediciones la portada escondía una ilustración de Terry Gilliam y ambas caras del disco estaban etiquetadas como «Disco gratis. De regalo junto a la corbata y pañuelo a juego de los Monty Python – Cara 2» para despistar. Pero lo más inusual del producto es que se trataba de un vinilo mutante, porque en una de sus caras se habían tallado dos surcos concéntricos con pistas diferentes, y aquello provocaba que el tocadiscos reprodujera un contenido u otro de manera aleatoria (según dónde comenzase a leer el sonido la aguja). Para aumentar la confusión y que esto pillase a todo el mundo de sorpresa, los Python decidieron no incluir ningún tipo lista de canciones o advertencia de aquella travesura.

Monty Python. Imagen: BBC One.

Pero la ocurrencia de añadir surcos adicionales y provocar que repetidas escuchas de un mismo disco tuviesen resultados diferentes no era una exclusiva de los Python. El trío The Fontane Sisters publicó en los años cincuenta un single, The Fortune Teller Song, con cuatro versiones diferentes escondidas mediante ese mismo truco. Kate Bush, Fine Young Cannibals, De La Soul, Garbage, The Smashing Pumpkins, Marillion, Jack White o Motorpsycho también añadieron surcos concéntricos a sus álbumes. Otros optaron por utilizar la artimaña del loop: el Super Trouper de ABBA se quedaba atrapado en una ovación eterna porque el último surco del vinilo enlazaba consigo mismo condenando a la aguja a reproducir el aplauso hasta que alguien parase el tocadiscos.

Las mejores canciones ocultas

Beck – «Diamond Bollocks»

Tras Odelay todos estaban pendientes de Beck y al hombre no se le ocurrió otra cosa que devolver la pelota en la pista que nadie se esperaba sacando Mutations, un álbum que decidía alejarse de su predecesor y mezclar folk rock con bossa nova, tonos oscuros, blues y grabaciones acústicas. Aquello descolocó al público, encantó a la crítica musical y le tocó los huevos al sello musical (Geffen Records). Lo curioso es que tras la última pista incluía un tema, «Diamond Bollocks», de seis minutos con pinta de pertenecer más al Odelay que al Mutations. Beck se explicaba así: «Grabamos ocho canciones en una noche, las montamos todas en una pista y el resultado es esta locura. Es como el hijo rebelde que no encaja con la familia durante la cena de Acción de Gracias, lo pones al final de la mesa».

The Clash –  «Train in Vain»

«Train in vain» es una canción oculta por accidente. Escrita en una noche y grabada en el estudio al día siguiente, era un corte que iba a formar parte de un flexi disc producido por la revista NME, pero finalmente la publicación descartó la idea. El grupo decidió rescatar el tema para el disco London Calling, pero al hacerlo a última hora se encontraron con que la imprenta ya había producido las cubiertas del álbum y no iban a reimprimirlo todo para añadir una canción a la contraportada. Por eso mismo, «Train in Vain» no figuraba en el tracklist del álbum y su letra tampoco estaba incluida en el interior. Aunque lo cierto es que a la propia canción se le dio fatal lo de jugar al escondite porque acabó lanzándose como single y fue un éxito en Estados Unidos.

Lauryn Hill – «Can’t Take My Eyes Off You»

The Miseducation of Lauryn Hill era un pedazo de disco y gozó de tanto éxito como para que Lauryn Hill desde 1998 se haya tomado la vida con calma y no haya sacado más álbumes de estudio. Su maravillosa versión de «Can’t Take My Eyes Off You» se escondía al final del tracklist, pero la canción triunfó tan a lo bestia como para lograr una nominación a un Grammy y que las reediciones dejasen de considerarla una pista oculta.

Ramones – «Spider-Man»

El ¡Adiós amigos! que Ramones sacaron en 1995 llevaba la despedida en el título por tratarse del último álbum de estudio de la banda. Poco después el grupo se disolvería y sus componentes comenzarían a hacer lo mismo al entrar en los dos miles, Dee Dee Ramone, Johnny Ramone y Joey Ramone la palmarían entre 2001 y el 2004. ¡Adiós amigos! incluía como secreto una versión de la sintonía de Spider-Man, convirtiéndose así en la segunda mejor aportación de los Ramones a los dibujos animados tras el cumpleaños feliz dedicado al señor Burns. La canción acabó formando parte de sus greatest hits, de un disco de versiones de temas de dibujos (Saturday morning cartoon greatest hits) e incluso de anuncios de juguetes de Spider-Man.

Bloc Party – «Everytime Is the Last Time»

El energético Silent Alarm de Bloc Party escondió una pieza instrumental serena y flotante que según el país servía como prólogo ninja o como epílogo fantasma: en el Reino Unido apareció en forma de pregap y en el resto de Europa se agazapó al final del disco.

TV on the Radio – «Mr Grieves»

El EP Young Liars de los neoyorquinos Tv on the Radio incluía cuatro temas y una quinta pista que no venía anunciada en ningún lado. Se trataba de una sorprendente versión del «Mr Grieves» de The Pixies reinterpretado a capela por varias voces que mutaban el original hasta un doo wop fantasmagórico y extraordinariamente marciano.

ZZ Top – «As Time Goes By»

Arrinconada al final del Mescalero de los amigos texanos de las barbacas yacía una versión serena del «As Time Goes By», aquel tema que popularizó Casablanca y que la gente sigue creyendo erróneamente que se detonaba con un «tócala otra vez, Sam».

Keith Urban – «One Chord Song»

No te puedes fiar de quien confunde la portada del disco con la foto que su madre enmarcaría en el salón. Y aceptar a alguien que posa así resulta incluso más complicado si tienes en cuenta que el caballero se dedica al country. Pero bueno, «One Chord Song» venía de incógnito y es un chiste de un solo acorde, tampoco pasa nada.

Queens of the Stone Age – «Mosquito song»

Songs For the Deaf era una especie de álbum conceptual de Queens of the Stone Age que simbolizaba un viaje en coche a través del desierto de California sintonizando diversas emisoras. Nick Oliveri lo tenía clarísimo: «Me aburre que un montón de emisoras pinchen las mismas canciones una y otra vez. Nosotros no sonamos en la radio, por lo que me figuré que podríamos arrojar mierda sobre ella». «Mosquito Song» era la canción secreta incluida, una pieza acústica de cuya letra se extraería el título del próximo disco de la banda: Lullabies to Paralyze.

Van Halen – «Growth»

El tercer álbum de Van Halen, Women and Children First, contenía «Growth», o una de las canciones ocultas más innecesarias de la historia. «Growth» arrancaba con ganas y se desinflaba a los quince segundos. La excusa era que la versión completa estaba siendo horneada para plancharse en el siguiente disco, pero aquello nunca llegó a ocurrir.

Pearl Jam – «Master/Slave»

Jeff Ament, bajista del grupo, aclaraba que «Master/Slave» fue parida en un par de días durante los cuales Stone Gossard estaba pachucho o «en el dentista». Una pieza despiezada: sonaba durante los primeros cuarenta y cinco segundos del disco, desaparecía para dar paso a «Once», y reaparecía de nuevo al final, acurrucada tras el último corte del álbum, «Release».

John Mellencamp – «Let It All Hang Out»

John Mellencamp escondió «Let It All Hang Out», su versión de un tema sesentero de The Hombres, porque no pegaba en el disco Big Daddy, una obra que nacía de la propia agonía del artista. Curiosamente la canción acabó recibiendo un videoclip con rubia explosiva y redneck explotado bailando en el camping.

Yeah Yeah Yeahs – «Poor Song»

«Poor Song» apareció abrazada a «Modern Romance» en el debut de la banda, Fever to Tell, y tenía a una suavizada Karen O entonando un tema que de pobre solo tenía el título.

The Rembrandts – «I’ll Be There for You»

Anda que no dio por el culo en los noventa la cancioncita de las palmitas de The Rembrandts por culpa de ser la sintonía oficial de la serie Friends. El éxito pilló desprevenido al grupo y la canción se añadió en el último momento al álbum que estaban a punto de lanzar (LP). No llegó a figurar en el tracklist de contraportada porque el embalaje ya había sido impreso y de ese modo se convirtió en la pista oculta que todo el mundo conocía.

Alt-J – «Hand-made»

An Awesome Wave como álbum era la hostia. Alt-J pecaban de haberse puesto nombre de una combinación de teclas (en un Mac el Alt+J se corresponde con el símbolo delta) pero lo compensaban acariciando acordes y entretejiendo voces. An Awesome Wave contenía maravillas como «Breezeblocks» (que llegó acompañada de un videoclip espectacular), «Tessellate», «Matilda» o «Bloodflood». Al final del disco ocultaba «Hand-made», una creación que no desentonaba con el resto.

Kings of Leon – «Talihina Sky»

«Talihina Sky», un lamento melancólico se agazapaba al final del Youth & Young Manhood con el que debutaron los americanos y daría nombre al rockumental basado en la propia banda: Talihina Sky: the Story of Kings of Leon.

The Afghan Whigs – «Miles Iz Ded»

El 28 de septiembre de 1991 Greg Dulli, integrante de la banda The Afghan Whigs, recibía dos mensajes en su contestador automático de parte del productor musical David Katznelson. El primero de ellos era la dirección de una comilona a la que ambos pretendían asistir, y el segundo era mucho más breve y conciso: «Miles ha muerto. No te olvides de traer el alcohol». El Miles al que se refería Katznelson era el mismísimo virtuoso del jazz Miles Davis, y la frase serviría de inspiración a Dulli para componer «Miles Iz Ded», la duodécima pista de un disco que anunciaba once canciones.

Misfits – «Hellnight»

Con American Psycho (1997) los Misfits presentaron nuevo cantante, Michael Graves, algo difícil de asimilar para muchos amigos del horror punk que habían crecido escuchando a Glenn Danzig. La pista oculta homenajeaba a la película Noche infernal.

Deftones – «Damone»

Lo habitual era utilizar los rincones del CD para apilar descartes, experimentos extraños o creaciones menos dignas. Pero Deftones eran de aquellos que recompensaban al curioso con un tema que no tenía ninguna razón real para estar escondido.

Eels – «Mr. E’s Beautiful Blues»

Dreamworks obligó a Mark Oliver Everett, líder de Eels, a meter la canción  «Mr. E’s Beautiful Blues» en el disco Daisies For the Galaxy y el hombre añadió dicha composición como una pista oculta al considerar que no compartía tono con el álbum. Pero los de Dreamworks continuaron jodiendo al artista y le forzaron a ceder la canción para la banda sonora de la película Road Trip, algo para lo que además tuvo que rodar un videoclip en contra de su voluntad. A día de hoy Everett no se ha molestado en ver Road Trip. Tampoco se pierde nada.

Tool – «Maynard’s Dick»

A principios del 2000 Tool editó una caja, Salival, con vídeos y canciones que incluía un extraño tema dedicado al pito del cantante. Sonaba infantil, y mucho más en un grupo que la gente se tomaba muy en serio, pero a lo mejor no tanto como lo de cerrar la canción con eructos y pedos.

Nirvana – «Endless, Nameless»

Nirvana asustó a todos aquellos que se dejaron el Nevermind rodando en la minicadena sin vigilancia cuando tras acabar el disco, y después de diez minutos de silencio, Cobain y compañía hacían sangrar las guitarras entre berridos durante los nueve minutos de la anárquica y ruidosa «Endless, Nameless». La jugada caló bastante en el ecosistema musical: Weird Al Yankovic no solo parodió la portada del Nevermind y su canción más famosa (transformándola en «Smell Like Nirvana») sino que además insertó «Bite Me», una pista de seis segundo consistente en un puñado de chirridos y chillidos amontonados, tras diez minutos de silencio al final del disco Off the Deep End que homenajeaba directamente a «Endless, Nameless».


Eels, porque la música no sabe morir

Eels

A principios de los 70, a los Everett les regalaron dos bolas de cristal para decorar el árbol de Navidad. La amarilla tenía inscrito el nombre de su hija mayor, Liz, y la roja el del pequeño, Mark. Los hermanos, en un arrebato de humor macabro, bromearon con que la bola que antes se rompiese designaría al primero en morir.

Mark, sediento de emociones siniestras, llevaba la bufonada al extremo cada Navidad. Arrancaba las bolas del abeto y comenzaba a practicar juegos malabares. Liz observaba angustiada el vuelo tintineante de las esferas mientras suplicaba a su hermano preadolescente que parara. Aquello no tenía ni puta gracia. Y un año, con Liz sollozando al borde de la desesperación, a Mark se le escapó una de las bolas. Trató de agarrarla con la palma de la mano pero rebotó y cayó al suelo rompiéndose en pedazos.

De color amarillo.

Aquel ruido de cristales rotos atormentaría sin piedad a Mark Oliver Everett, alias E, en el verano de 1996. Acababa de grabar Beautiful Freak, su álbum de debut bajo el seudónimo de Eels, y tras años de miserias por fin comenzaba a labrarse un nombre en la escena indie. Pero su adorada hermana nunca escuchó el disco. Liz se había suicidado.

La muerte es protagonista principal en la biografía de E, y por extensión en las canciones de Eels que este fin de semana sonarán en España, en los conciertos que la banda ofrece el 27 en Barcelona y el 28 en Madrid.

El universo paralelo de la guadaña

Tragedias que abren heridas imposibles de cicatrizar, una atracción irresistible hacia el amor kamikaze y todos los pequeños fiascos cotidianos que al sedimentar destruyen cualquier espíritu. La vida de E reúne material suficiente para provocarle lágrimas a Chuck Norris, si eso fuera metafísicamente posible. Quizá por eso su música es tan emotiva, porque se trata de la sublimación de un alma torturada.

Mark Oliver Everett nació en una familia emocionalmente desequilibrada. Su padre, Hugh Everett III, era un físico cuántico que a los 13 años se escribía cartas con Einstein y terminó asesorando a Robert McNamara sobre estrategias bélicas en Vietnam. Ese empleo en el Pentágono, sin embargo, nunca alivió su frustración profesional. Hugh Everett III era un prodigio caído en desgracia en la comunidad científica por haber acuñado la Teoría de los Mundos Paralelos, según la cual existen infinidad de universos donde se reproducen diferentes versiones de nuestras vidas. Aquella tesis pionera fue acogida con ostensible burla por parte de sus colegas, sobre todo cuando la ciencia ficción se apropió de la idea en películas de serie B. Según E, el estandarte de la investigación en la época, Niels Bohr, ridiculizó con saña a su padre y arruinó la vida de un hombre que se convirtió en un despojo taciturno.

E cuenta que su padre vivía tan abstraído que el solo hecho de que pronunciara una frase constituía una noticia en casa. Y el contacto físico con él se limitaba a fortuitos encontronazos en el pasillo, que acababan con una quemadura en el brazo porque Hugh siempre tenía un cigarrillo encendido entre los dedos.

Fumaba tres paquetes diarios, bebía como un pez payaso y había engordado con el desafiante regodeo de quien le importa todo una mierda. En 1982, a los 51 años, su maltratado corazón reventó. Las chicas Everett estaban de visita en casa de unos parientes. E había salido de noche. Al despertarse y buscar a su padre encontró el cadáver, desplomado sobre la cama con la ropa del día anterior.

Hugh era un ateo convencido y había pedido expresamente que sus restos fueran arrojados a la basura. Nancy Everett guardó sus cenizas durante unos años hasta que, finalmente, honró los deseos de su marido.

Décadas después de su muerte, Hugh Everett III recibió el debido reconocimiento como científico, como se explica en el documental Parallel Worlds Parallel Lives que E realizó para la BBC. En el terreno de la investigación la recompensa suele ser tardía, pero E tenía otro poderoso motivo para no seguir los pasos de su padre: “A nadie le gustaría ser el Julian Lennon de la física”.

No es fácil crecer a la sombra de un padre privilegiado en lo intelectual pero lobotomizado en lo sentimental. Y el reto se complica cuando tu madre no logra compensar con amor una exasperante falta de madurez. Nancy Everett era infantil y por tanto imprevisible. Aunque su cariño era incondicional, en ocasiones lanzaba críticas extemporáneas y crueles a sus propios hijos, y era propensa a romper en estruendosos llantos sin motivo aparente. Nancy inspiraba la ternura y compasión de una fiel amiga, pero no el respeto ni el sentimiento de deuda que infunden las buenas madres. E confiesa que la negligencia de Nancy le provocaba una irreprimible sensación de carencia. Irónicamente, ese vacío se magnificó cuando ella murió en 1998.

Meses atrás le habían diagnosticado cáncer de pulmón, y su deterioro en pocas fechas fue atroz. E recuerda escenas de su madre levantándose por error a las cinco de la madrugada para ir a quimioterapia. O despertarse por el ruido de líquido chorreando contra el parqué del pasillo: Nancy quería ir a mear sin hacer ruido pero el esfínter la había traicionado a escasos metros del retrete. Como la traicionó aquella vez que se cagó en las sábanas y, mientras E la limpiaba, sus ojos solo reflejaban la humillación de una mujer avergonzada de sí misma. Aquella mirada, como de niña perdida de noche en el bosque, era escalofriante.

Cuando Nancy sucumbió a la enfermedad, E descubrió que la enfermera que había contratado para atenderla aprovechaba su estancia en casa de los Everett para llamar diariamente a su familia en África. Dejó una factura de miles de dólares y desapareció. Peor aún fue la organización del funeral: Nancy había pedido expresamente que nadie hablara de ella durante la ceremonia, pero el sacerdote abrió turno de palabra para que los asistentes recordaran viejas anécdotas. Y su último deseo era que sonase una canción titulada Happy Trails. El cura obvió la petición porque no encontró la partitura y ni se molestó en llamar a E, que para colmo tenía una copia en casa.

Las muertes de sus padres, por las circunstancias en que acontecieron, fueron desgarradoras para E. Sin embargo, es la historia de Liz la que parece surgida de un sueño húmedo de Haneke en una tarde lluviosa de domingo.

Liz era una rubia con tetas de tronío y debilidad de espíritu. Sin referentes de estabilidad en el ámbito doméstico, cayó con facilidad en un círculo de malas influencias que se aprovecharon de ella sin pudor y la llevaron a una espiral autodestructiva donde el desfile de drogas, relaciones tóxicas y episodios depresivos culminó con un primer intento de suicidio en 1982. Poco antes del infarto de Hugh.

La muerte de su padre agudizó los problemas psicológicos de Liz, que pasaría años entrando y saliendo del frenopático. Gracias a la terapia de electrochoque experimentó leves mejorías que terminaron confirmándose como un espejismo. En todas y cada una de sus recaídas existía un componente de insuperable mala suerte: Liz siempre confiaba en los hombres equivocados. Salió con un tipo que la maltrataba y tuvo otro novio que en un brote psicótico amenazó a E con un cuchillo de cocina. Porque sí. Luego estuvo prometida con un tipo encantador que poco antes de la boda tuvo una epifanía y se convirtió en uno de esos cristianos renacidos.

Cualquier esperanza de rehabilitación se ahogó en alcohol. Liz se emborrachaba continuamente y una noche, totalmente ebria e indefensa, fue violada por un grupo de hombres en un cajero automático. Ese infierno personal continuaba ardiendo cuando años después Liz volvió a enamorarse y por fin se casó. Fue un enlace poco ortodoxo porque se celebró en la cárcel donde el novio cumplía condena. Era el mayor narcotraficante del estado de Virginia.

Siempre perseguida por sus demonios internos, Liz había protagonizado varias tentativas de suicidio desde aquel primer intento en el verano de 1982. El definitivo fue en 1996, cuando merendó un bote entero de pastillas. Escribió una nota de despedida en la que hablaba de reunirse con su padre en uno de sus mundos paralelos.

La guadaña aún no había terminado de ensañarse con E. Su prima Jennifer era azafata y volaba en el avión que impactó contra el Pentágono el 11-S. El gorila que les acompañaba en las giras, Spider, murió de sobredosis después de un concierto. La esposa de su mejor amigo falleció también a una edad ridículamente joven, de cáncer. A E le destrozaba recordar cómo había ido al hospital con su maleta y solo la maleta regresó a casa.

Música contra la depresión

Con tantos funerales a la espalda es difícil esbozar una sonrisa y tratar de mantener una vida normal. La de E, en cualquier caso, no lo había sido desde el principio. En su infancia llevaba el pelo largo y no era raro que lo confundieran con una niña. Quizá por eso era siempre el último en ser elegido para los equipos deportivos en la escuela. Por supuesto, también fracasó en el apartado académico y a lo largo de su juventud enlazó todo tipo de empleos temporales. Trabajó en una gasolinera, en un lavadero de coches, en un establo recogiendo mierda de caballo, en una imprenta, limpiando piscinas en invierno, repartiendo flores, de camarero, montó su propio negocio de mudanzas, dio clases de música a chicos en riesgo de exclusión social…

Mientras consumía su existencia en contratos basura, E componía decenas de canciones cada mes. La música era su pasión desde pequeño, y sus efímeros instantes de popularidad en el instituto se los debía a su habilidad como batería. Sin embargo, E no se planteaba seriamente explorar el mercado discográfico. Carecía de confianza en sí mismo. Y escuchando su primer álbum es fácil comprender por qué.

En su autobiografía, E habla sin tapujos de sus dramas familiares y narra descarnadamente sus problemas con las mujeres. Es un libro honesto, y la omisión de toda alusión a ese disco de debut da idea del sonrojo retroactivo que siente. No es para menos. El LP, que lanzó en 1985 bajo el nombre de Mark Everett, se titula Bad Dude in Love, que libremente podríamos traducir como Malote enamorado. Sí, ese es el nivel. 11 canciones que fusionan el más cutre de los sonidos ochenteros con poesía de adolescente en celo. Vergüenza ajena en estado puro.

Se editaron 500 copias de Bad Dude in Love, algo así como medio millar más de las que la humanidad necesitaba. El disco pasó completamente inadvertido y por eso no hubo una epidemia de oídos hemorrágicos en la época. Pero cuando E se convirtió en un artista de prestigio global empezaron a circular rumores sobre la existencia de ese álbum y despertó cierto interés morboso. En 2005, dos décadas después de su publicación, apareció una copia de esa obra seminal a la venta en eBay. En 2010 otra se vendió por 5.000 dólares. Para escarnio del pobre E, hoy se puede adquirir ilegal pero muy fácilmente en internet. Eso alegan quienes piratean, quiero decir.

Solo un misántropo melófobo habría recomendado en aquel momento a E perseguir una carrera musical. Pero él no se rindió, en gran parte por falta de otro propósito vital. La música era su único sueño y, para convertirlo en realidad, a finales de los 80 decidió marcharse a probar fortuna en Los Ángeles.

En Hollywood vivió tres años miserables, subsistiendo gracias a otra letanía de trabajos deprimentes. Componía nuevas canciones incesantemente y, como hacía en su hogar de Virginia, las grababa metido en un armario con su grabadora de cuatro pistas. Pero no conocía a nadie en la ciudad, y lo más cerca que estuvo de trabar contacto con la industria discográfica fue un empleo respondiendo llamadas en una revista musical.

Cuando estaba a punto de darse por vencido, la suerte de E cambió. Conoció por casualidad a un tipo llamado John Carter que resultó ser un cazatalentos de Atlantic Records. Le dio una de sus cintas y al cabo de unos días recibió buenas noticias. Carter quería ficharle. El problema era que los mandamases de Atlantic Records no compartían su entusiasmo por las canciones de E.

Es una constante en la vida de E: las circunstancias invitan al optimismo y cuando has bajado la guardia el destino te propina otro latigazo despiadado. Al final, no obstante, el karma tiende a compensar las burlas. Meses después de aquel desengaño, E se enteró de que Atlantic Records había despedido a Carter y le llamó para preguntarle por sus planes de futuro. Carter se convirtió entonces en el representante de E y le enseñó sus canciones a un productor llamado Davitt Sigerson. En un genuino golpe de suerte, Sigerson fue nombrado al poco tiempo presidente de Polydor y una de sus primeras adquisiciones fue E.

Firmaron un contrato por dos discos, que esta vez se publicarían con el nombre de, sencillamente, E. A Man Called E se lanzó en 1992, pero musicalmente es un álbum todavía anclado en la horterada de los 80, y equipado con letras que continúan provocando cierto rubor. En mi opinión, E comienza a explotar su talento a partir de Broken Toy Shop, de finales de 1993. Aunque irregular, este álbum contiene pistas como Shine It All On y Manchester Girl, anticipando los rasgos esenciales que más tarde definirán a Eels, esas canciones falsamente naïves, caramelos con veneno en el corazón.

Claro que Broken Toy Shop se esfumó en el olvido. Polydor acometió por aquella época una reestructuración que acabó con Sigerson en la calle. Nadie se molestó en promocionar el disco de E y su contrato no fue renovado. Sueños tan breves, ni siquiera en la siesta.

La carrera discográfica de E acababa de recibir una estocada mortal. A pesar de la decepción, continuó componiendo y experimentando con nuevos sonidos. De las sesiones de aquella época surgieron Novocaine for the Soul o Susan’s House, canciones que revelaban una incipiente madurez artística. Para significar el inicio de una época más sofisticada, y en parte porque utilizar una simple vocal era un engorro logístico, E decidió cambiar de nombre artístico. Carter sugirió Eels, con el argumento de que al compartir inicial sus álbumes viejos y futuros estarían colocados de manera correlativa en las estanterías de las tiendas. Error de cálculo: los Eagles y Earth Wind & Fire poseen una amplia discografía.

Para definir la identidad de Eels, E se rodeó de un batería y un bajista, y el trío comenzó a ofrecer conciertos en diferentes antros de Los Ángeles. Para entonces, un viejo conocido de E, DJ de una radio local, ya pinchaba Novocaine for the Soul en las ondas. Se generó cierto hype en la escena alternativa, y al cabo de unos meses eran varios los sellos que cortejaban a E con suculentos contratos, una situación surrealista después de tantos desprecios.

Tras desestimar otras ofertas, Eels se convirtieron en el primer fichaje de la recién inaugurada DreamWorks Records. Y en 1996 lanzaron Beautiful Freak, con joyas como My Beloved Monster o Flower, y que se erigía en conjunto como un imponente arranque a una trayectoria especial.

Beautiful Freak fue un éxito, pero ya se sabe: unos días eres la paloma y otros días eres la estatua. Liz se suicidó la noche antes de la publicación del disco, y el cáncer se cebó con Nancy mientras E se embarcaba en su primera gira, obligándole a volar de regreso a Virginia en sus pocos días libres. Aquellas demoledoras experiencias terminarían moldeando el segundo disco de Eels, Electro-Shock Blues, así titulado en recuerdo de la agresiva terapia a que Liz se sometía en sus peores fases de depresión.

Para E, Carter se había convertido en una figura paternal. Por eso fue tan difícil de digerir su opinión del álbum: “Nadie quiere escuchar un disco sobre la muerte”. En aquel instante E cayó en la cuenta de que Carter siempre sería su amigo, pero no podía continuar como su representante. Electro-Shock Blues no era un disco sobre la muerte. Al contrario. Hablaba de la vida. De lo realmente jodida que es, de todo el sufrimiento que implica, pero de lo mucho que vale la pena.

Los mandamases de DreamWorks supieron reconocer la carga de emoción que impregnaba Electro-Shock Blues. Era imposible no rendirse ante canciones como Last Stop: This Town, Cancer for the Cure (incluida luego en la banda sonora de American Beauty) o, sobre todo, la conmovedora P.S. You Rock My World, que arranca con un verso poderosamente evocador: “Estaba en un funeral. El día que me di cuenta. De que quiero pasar el resto de mi vida contigo”.

Incomprendido por la industria discográfica

La crítica musical no escatimó elogios hacia Electro-Shock Blues, y eso generó una enorme expectación en torno al siguiente disco de Eels. Por alguna extraña razón, no obstante, los directivos de la discográfica se sintieron defraudados con Daisies of the Galaxy. Es un álbum aparentemente más liviano, pero con innegables dosis de genio atormentado. Contiene canciones, como Grace Kelly Blues o Daisies of the Galaxy, que epitomizan la esencia de Eels. Melodías que te besan en los labios vestidas con letras que te clavan un puñal en las entrañas.

Después de Electro-Shock Blues, DreamWorks esperaba temas más vibrantes y pegadizos para seducir en la radio. Un tema como Mr E’s Beautiful Blues. E había escrito y grabado esa canción mucho después de completar Daisies of the Galaxy¸ y no tenía ninguna intención de incluirla en el disco porque rompía completamente con su hilo conceptual. Sin embargo, la compañía fue inflexible: no editaría el álbum, que llevaba siete meses acumulando polvo, salvo que Mr E’s Beautiful Blues se incluyera como bonus track. En esta ocasión, y después de negociar 20 segundos de silencio antes de la pista oculta, E cedió a los deseos de los encorbatados.

Quizá esa capitulación le dejó mala conciencia. Quizá fueran las turbulencias amorosas por las que atravesaba en la época. La cuestión es que con el inicio del siglo XXI E sintió la necesidad de tomarse un respiro e ingresó en un centro de meditación ubicado entre la espesura de un bosque en California. No tenía permitido hablar ni leer o escribir durante diez días.

Y de repente, en medio de la terapia, surge la inspiración. E, incapaz de sacudirse las musas, se escabulle en plena madrugada para robar el único utensilio de escritura disponible en todo el complejo: un lápiz en el cuarto de baño que los empleados usan para apuntar los turnos de limpieza completados. Como no puede robar también la hoja de servicio, E recurre al cartón de un rollo de papel higiénico. Y clandestinamente comienza a escribir versos que luego evolucionarán hasta convertirse en Souljacker.

Se trata de un nuevo disco más agresivo y feroz. E se dejó crecer la barba y adoptó un álter ego barbudo, el Dog Faced Boy que protagoniza la canción inaugural del álbum. Hay fogonazos como la canción que da título al LP, divida en Souljacker Part I y Souljacker Part II, y un himno sublime como Fresh Feeling. Sin embargo, la acogida en DreamWorks volvió a ser gélida. No estaban preparados para un sonido tan corrosivo y provocador. Esta vez E no sucumbió a las presiones e insistió en no alterar el producto final. Souljacker se lanzó primero en Japón y el Reino Unido, y no llegó a Estados Unidos hasta seis meses más tarde. Las excelentes críticas que recibió entonces el disco dibujaron una sonrisa sardónica en el peludo rostro de E.

Envalentonado por el triunfo en esa pequeña batalla, E empezó a trabajar en su proyecto más ambicioso, un disco escurridizo al que llevaba años dándole vueltas de manera intermitente. Y cómo no, cuando los Eels por fin se reunieron para trabajar en serio en ese álbum, lo que surgió fue uno completamente distinto, Shootenanny! Es una obra creada en apenas diez días y por tanto desbordante de una frescura manifiesta en Saturday Morning o Rock Hard Times. Y para los sibaritas, Love of the Loveless.

Irónicamente, DreamWorks expresó al principio enorme entusiasmo por el disco. Pero se desvaneció al confirmarse que el sello se hallaba al borde de la quiebra y necesitaba hacer caja. Eels son una banda de culto, no una máquina de ganar dinero, y en una situación de crisis su música no interesaba a los contables.

DreamWorks fue finalmente vendida a Universal, donde directamente despidieron a Eels. Al cabo de años de desvelos, E por fin había completado su obra maestra, Blinking Lights and Other Revelations, un doble disco de sentimientos a flor de piel, cargado de reflexiones profundas y de una amargura que desprende pese a todo una irresistible vitalidad. Trufado de pasajes instrumentales para dar fluidez y respiración, el disco presenta incluso rarezas como Going Fetal. Para este tema, E contaba con la promesa de Tom Waits de colaborar, aunque a distancia. Le envió a su domicilio una cinta con dos pistas grabadas e instrucciones precisas sobre qué hacer en las otras dos para cerrar la canción. Pero Tom Waits es Tom Waits y se pasó por el forro las directrices: borró accidentalmente la voz de E y se limitó a grabar en su baño berridos como los de un bebé llorando.

Esa historia podría haber sido un poderoso reclamo, pero Universal ni siquiera quiso escuchar el disco. Indemnizó a E por rescisión del contrato y le invitó a buscar otro sello con el que publicar su maldito doble disco. Ese sello fue Vagrant Records y el álbum salió al mercado en abril de 2005 con dos piezas de calibre. Railroad Man es una exquisita canción de añoranza y confesión de las dificultades para adaptarse a una realidad siempre cambiante. Things the Grandchildren Should Know es quizá el más emblemático de los temas de Eels, y no en vano da título a la autobiografía que E publicó en 2008 y que en España editó Blackie Books como Cosas que los nietos deberían saber. La canción, narrada en primera persona, habla sutilmente de su traumática vida, de su carácter un tanto huraño y, sobre todo, de su relación con su padre, al que por fin ha comprendido y por tanto ya puede perdonar.

Grabar un disco después de Blinking Lights era como rodar una serie después de haber firmado The Wire. Eels tardaron cuatro años en regresar, pero lo hicieron con tres discos publicados en un intervalo de apenas 14 meses. E concibió una trilogía cuyo nexo argumental es el amor. Hombre Lobo habla de deseo y lujuria, y todo el guitarreo remite a las primeras chispas de un romance, con procacidad en canciones como Fresh Blood o Prizefighter. E adoptó la voz de un licántropo, evolución de aquel chico con cara de perro de Souljacker, y recuperó la barba, que se había afeitado cuando los controles de seguridad en los aeropuertos se volvieron insoportables en la psicosis post 11-S. Su vello facial levantaba sospechas, pero al recuperarlo en todo su esplendor aprovechó para asentar verdades y despejar falsos mitos. Por ejemplo, E quiso dejar claro que su barba es tan suave como la barba de un bebé. O que duerme con ella por fuera de las sábanas y no por dentro, como afirmaban los rumores. Y aunque nunca se ha incendiado al encender un puro, sí que ocasionalmente se queda atascada con la cremallera del abrigo. Y duele.

El segundo álbum de la trilogía, End Times, aporta la cara sombría. Es el disco en el que E vuelca las sensaciones de su matrimonio fracasado, arropadas con sonidos lentos, desgarrados. La depresión asoma con especial violencia en la magnífica A Line in the Dirt y su estrofa inicial: “Se ha encerrado en el baño. Otra vez. Así que estoy meando en el patio. Me tengo que reír cuando pienso en lo lejos que ha ido. Pero las cosas ya no son graciosas“. Solo Woody Allen puede utilizar con tanta soltura el humor para retratar la devastadora descomposición de una pareja.

Tomorrow Morning, el tercer disco, es la refutación del anterior. Eels pasan del final de los tiempos a la mañana de mañana, que amanece envuelta en una brisa de esperanza. What I Have to Offer o Looking Up inciden en la noción de que el amor es incontrolable, y que a pesar de todos los desengaños siempre resurge.

Debilidad por las mujeres mentalmente desequilibradas

E es un hombre enamoradizo. En su autobiografía, sin atisbo de épica, repasa varias de sus conquistas y es fácil concluir que su presa favorita son las chicas con un punto de desequilibrio mental. E era un chico extremadamente tímido que solo empezó a salir de su caparazón al ligar con su primera novia. Todo su progreso en habilidades sociales se vino abajo cuando ella rompió por las bravas. Y por eso fue un placer culpable descubrir, una década después, que la joven en cuestión era lesbiana y estaba en tratamiento por su alcoholismo y sus tendencias suicidas.

La segunda novia de E también ejerció una función terapéutica hasta que se mudó de ciudad súbitamente. Con la tercera le pillaron bajando al pilón entre los arbustos del jardín del instituto, anécdota que contribuyó a apuntalar la fama de adolescente conflictivo que E comenzaba a adquirir. Sí, esa reputación que vuelve locas a muchas niñas y que le sirvió para arrimarse a la chica más popular de clase. Pero ella se hartó pronto y empezó a salir con un fantoche al que leía en voz alta las notitas de amor de E. Como si tal humillación se olvidara fácilmente, la chica trató de contactar con E años después, cuando él era ya famoso.

La debilidad de E por las perturbadas continuó en la edad adulta. Y el estandarte de ese fetiche es Anna.

El retiro silencioso en el bosque californiano no era la primera experiencia zen para E. Aconsejado por su terapeuta, en la gira europea de Daisies of the Galaxy había aprovechado un descanso para acudir a una especie de curandero en Hamburgo. En realidad, el tipo regentaba una fábrica de ensaladas orgánicas, y el rollo de recargar las baterías espirituales de los crédulos era un negocio aparte, en B.

Al recogerle en el aeropuerto, el doctor comunicó a E que compartiría las sesiones con otra paciente, una rusa cuyos problemas psicológicos se remontaban a su infancia cerca de Chernóbil cuando se produjo el accidente nuclear. La primera frase que Anna pronunció al conocer a E fue: “Tú no eres guapo”. Amor a primera vista.

Según recuerda E, Anna era una mujer cuyo atractivo se basaba precisamente en su franqueza y en su total falta de complejos, exhibida también en cómo untaba con ketchup las tostadas o embadurnaba los burritos con mayonesa. A su capital erótico se añadía un seductor acento, que no era soviético sino de un planeta propio habitado exclusivamente por ella.

E y Anna se casaron tras un breve noviazgo porque sin papeles de boda ella no habría obtenido el visado para viajar a Estados Unidos. El matrimonio fue para E una de las épocas más felices y a la vez estresantes de su vida. Anna era una mujer demasiado intensa, que martirizaba a E por detalles como no haberla llevado a aquel concierto que Nina Simone dio en Los Ángeles poco antes de morir.

El matrimonio naufragó. ¿Qué otra cosa cabía esperar de una pareja que se había conocido en una fábrica de ensaladas orgánicas cuyo propietario era un brujo new age?

El aterrador concepto de la familia

Desde su divorcio E ha recaído en la trampa del amor. En su nuevo disco hay una canción titulada True Original claramente inspirada en un objeto de deseo femenino. Cuando le preguntan quién es la chica, E responde: “No la conoces. Y forma parte de mi pasado, así que da igual”.

E acaba de cumplir 50 años. No se ha vuelto a casar y no tiene hijos. Por eso es tan genial que titulara su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber. “No quiero tener hijos. Iré directamente a por los nietos”, bromeaba para desesperación de periodistas con poco sentido del humor. A veces, esa coraza defensiva de chistes cae y aparece el auténtico Mark Everett, con sus miedos y sus complejos. En una entrevista telefónica en junio de 2009, le pregunté si nunca se había planteado evitar que la saga Everett muera con él y tener críos. Y respondió: “Sí, a veces. Pero es una cuestión comprometida. En fin, si echas un vistazo a mi historia familiar comprenderás por qué me aterra la idea. Todo lo que sé acerca de la familia es realmente jodido. Es un asunto complicado”.

A falta de descendientes, E es el orgulloso dueño de un pero llamado Bobby Jr, su más fiel compañero en las sesiones de grabación de su último disco, Wonderful Glorious. Se trata de un álbum diferente a todos los anteriores por el solo hecho de que E no tenía un plan preconcebido y renunció a su tradicional monopolio sobre el control creativo, delegando en el resto de los Eels. El fruto de la improvisación es un álbum espontáneo donde convive la lírica de On the Ropes con la osadía de Wonderful Glorious, última pista del disco homónimo y que sería perfecta banda sonora para una blaxploitation dirigida por Tarantino.

Ocupado con la gira, E no valora de momento escribir un segundo volumen sobre su vida. En sus últimas canciones también trata de contar historias ajenas, aunque a veces sus letras se revelan proféticas y tiempo después acaba viviendo las situaciones que describe. Por eso, según declaró recientemente, ha empezado a trabajar en un tema titulado Yo y las chicas desnudas sobre la pila de un millón de dólares.

Esa canción no se incluye todavía en el set que Eels tocarán este fin de semana en España. Habrá rock salvaje, aullidos nacidos de la púa Herco Flex 75. Y probablemente algún momento para la introspección, para recordar que la vida es muy puta pero es una suerte poder devorar cada momento. E lo sabe, y por eso da gracias de que la bola roja con su nombre inscrito aún no se haya roto.


Pablo Carbonell: “Hace falta un periodismo que saque los colores a la gente”

Pablo Carbonell (Cádiz, 1962) ha tocado todos los palos del espectáculo desde que saliera de su tierra natal formando dúo con Pedro Reyes en aquellos remotos años de La Movida. Ha cosechado éxitos en el humor, la música, la televisión, el cine y el teatro. Sus trabajos siempre llevan su sello, que podríamos denominar como gamberrismo delirante. Actualmente interpreta al doctor Gimeno en la serie Hospital Central, prepara obra de teatro y lleva su último disco Canciones de cerca por distintos locales. Fan de los Eels y especialmente de Mark Oliver Everett, adicto a Angry Birds, entusiasta seguidor de El Mundo Today e incipiente twitero, a @carbonellsg le inquieta la desaparición de un seguidor desde hace unos días. Fuimos a buscarlo —a Pablo, no al follower perdido— a Zahara de los Atunes, su lugar de descanso y en el que también practica actividades artísticas próximas al vandalismo, como el grafiti con nocturnidad junto a Mikel Urmeneta. Estuvimos en la playa con él mientras planeaba la redecoración de El pez limón, el chiringuito de su primo Eloy Sánchez-Gijón.

Estamos en Cádiz, tú eres músico, amante del flamenco, y hace poco se han cumplido 20 años sin Camarón¿Cómo viviste aquella época del nuevo flamenco con Camarón, Kiko Veneno… qué supuso para ti?

En mi casa no se escuchaba flamenco. Mi padre es tinerfeño y mi madre gaditana, pero criada en Valencia. Te voy a contar un trauma que es muy difícil de entender, sobre todo por una persona amante del flamenco, como es mi caso. Es un trauma del que me ha costado mucho deshacerme. En mi casa la única persona que escuchaba flamenco era la asistenta y crecí con la idea de que era una música para gente pobre, incluso analfabeta. Toda esa paja mental desapareció cuando escuché a Kiko Veneno, que me parece un intelectual, y cuando escuché La Leyenda del tiempo. Por otra parte yo era un enamorado de Federico García Lorca, el Romancero gitano lo llevaba siempre en el bolsillo y bastaba que me tomase dos copas para ponerme a recitarlo en cualquier plaza. Era un absoluto enamorado de Lorca. Entonces, que Camarón pusiera música a Lorca y que encima lo hiciese con una producción muy moderna fue para mí la apertura al mundo del flamenco. Y ahora mi hija Mafalda, que lleva siete operaciones y que nos dijeron incluso —no voy a decir el nombre del hospital porque es muy prestigioso y les estamos muy agradecidos— que no iba a caminar, pues hace tres días debutó bailando en un espectáculo con la escuela de flamenco de Barbate. Esto es una gran satisfacción que quería compartir.

Eres autor de un tema ya clásico como es Ay que gustito pa’ mis orejas interpretado por Raimundo Amador, sin embargo no te has prodigado en el género.

Es bueno darse cuenta de las limitaciones y yo estoy limitado para cantar flamenco. Me tiene que crujir mucho la noche para que yo de repente me ponga a cantar, porque el cante requiere un desgarro y otro tipo de condición de persona. Prefiero no hacer el payaso con una cultura como la flamenca. Demasiado grande. De vez en cuando me puedo atrever cantando algo como una sevillana, un fandanguito; cosas con poca profundidad —en algunos casos, porque todos los palos tienen sus niveles—. En el último disco que he hecho, Canciones de cerca, canto unas sevillanas que se llaman “globales” porque no tratan sobre Sevilla. Las hice porque se me ocurrió una tontería, para variar. Son sevillanas que hablan de Estambul, del Puente de Brooklyn, de Río de Janeiro… con la pretensión de que esto provocara una demanda desde el extranjero de gente que interpretara sevillanas, que supiera hacer trajes de sevillana, que supiera tocar palmas por sevillanas… y que desde algún país los llamaran a todos y yo pudiera pasear en abril por Sevilla sin escuchar sevillanas. Con esto no sé si te puedes hacer una idea de lo que me gustan las sevillanas. Con dieciséis años no había romería que se me escapara, pero llegó un momento que no podía más, porque la música rociera ha hecho mucho daño. Si miras el mapa de mortalidad española, todo lo que está por debajo del manto de la Virgen del Rocío, aparte de ser la zona más inculta de España, no sé si sabrás que el analfabetismo está considerado una causa de muerte: si no sabes leer un cartel que pone “prohibido pasar” o “perro peligroso” te puede puedes llevar un paseo al otro lado. Pues todo lo que es el triángulo Sevilla-Cádiz-Huelva, digamos la parte más rociera, es lamentablemente la parte con más incultura de España. Y a su vez es la zona que tiene más industrias contaminantes, por lo mismo que te digo: por no saber leer bien los papeles.

Has desarrollado con éxito varias facetas artísticas, vamos a ir haciendo un recorrido por ellas. Tus inicios en el mundo del espectáculo fueron formando dúo con Pedro Reyes en Huelva. En alguna ocasión has dicho que marcó tu carrera un libro de Els Comediants. ¿Qué fue lo que te iluminó de aquel libro?

Pedro Reyes comprobó que tenía mucho éxito contándole cuentos a sus sobrinos, así que decidió hacer un grupo de teatro; llamó a mi hermano —que es un hombre muy alto y se ha dado muchos golpes en la cabeza, por decirlo rápido— y se fueron ellos dos con otro que tenía una moto. Hicieron un grupo de teatro improvisando y contando cosas, números típicos de juegos de campamento y cosas de esas para distraer a los niños. Mi hermano es un chico que hace muchas actividades al aire libre. Es falangista, vamos. Entonces sabía muchas tonterías de esas de canciones de fogata. Le pusieron al grupo Centuria. Seguro que el nombre fue cosa de mi hermano. Como mi hermano llegó tan encendido de la experiencia del teatro, a la siguiente fui yo. Yo ya había visto algunos números de mimo en la televisión y los reproduje allí improvisando, y la cosa funcionó. Todas las semanas hacíamos una función. Bueno, era siempre la misma función pero le cambiábamos el nombre. No sé por qué Pedro Reyes pensaba que la gente no iba a ver todos los días la misma función. Todo era improvisado, Pedro tenía una imaginación desbordante. Y un día encontré un libro de Els Comediants en el Paseo del Chocolate en Huelva, lo miraba y lo remiraba sabiendo que tenía que leerlo. Y lo robé. Gracias a ese libro tú y yo estamos hablando hoy aquí. Si un camarero me hubiera pillado robando aquel libro con el que aprendí a hacer mimo y que Pedro y yo leímos de principio a fin, tú y yo no estaríamos hablando; a lo mejor estaba trabajando de estibador o qué sé yo.

Cuando entrevistamos a Faemino y Cansado, Javier nos dijo que aquella generación fue un eslabón y que se pasó a hacer un humor más sofisticado. ¿Estás de acuerdo?

No creo que hubiera una sofisticación, en algunos casos hubo un embrutecimiento. Visto desde el parámetro actual. Las primeras canciones de Siniestro total, Parálisis permanente… todos estos grupos se tomaban en serio pero tenían una gran carga irónica, y sobre todo tenían algo que hemos perdido totalmente: el uso de la libertad de expresión. Entre lo políticamente correcto y el pensamiento único, que ahora todo el mundo se la coge con papel de fumar, no hay nadie que sea capaz de sacar un poco los pies del tiesto. Por otro lado, en los años ochenta la juventud era la masa, estábamos moviendo España. Menuda masa, que éramos todos unos cafres, pero teníamos razón porque éramos más. La calle era nuestra y pisábamos con muchísima seguridad.

¿Crees que sería posible hacer algo similar a La bola de cristal o la televisión española es ahora es más remilgada?

Sería imposible, porque tú ves ahora La bola de cristal y parece cine a cámara lenta. Los niños ahora devoran productos muchísimo más rápidos. Por otra parte, hacer ahora un programa que incitara a la lectura, que atacara el imperialismo yanqui, que se metiera con las nucleares…

Los Simpson, pero no es española.

Sí, efectivamente, son un oasis de libertad. Los Simpson son un prodigio. A mi hija Carlota le tenía prohibido ver mucho la tele, salvo los Simpson. Me parecen unos guiones brillantes.

Y en esa época llegaron Toreros muertos. ¿Qué era Toreros muertos?

Una porquería, puedes decirlo tranquilamente.

Hombre, en su momento tenían su sitio, lo que pasa es que es difícil de catalogar.

Habría que remontarse más atrás para entender el fenómeno de Toreros muertos y por qué yo hice un grupo como ese.

¿Por divertirte?

Primero para divertirme. Me lo pasaba muy bien actuando con Pedro Reyes en el Rockola. Fuimos la única pareja de cómicos que estuvimos cinco o seis meses, actuando sin micro para seiscientas personas, a pleno pulmón. Y veía a la gente que tenía grupos como a una especie de semidioses. Entonces pensé humorísticamente en hacer un grupo que hiciera canciones que fueran “la esencia de los estilos”: la balada más llorona, el twist más retorcido, la salsa más caliente… hacer una orquesta —un combo punk, como lo denominó Rubén Blades— que sintetizara y a la vez desnudara el estilo de cada canción. En fin: hacer una parodia. Y aunque ahora no nos prodigamos mucho en Madrid, en Colombia hemos estado actuando en tres polideportivos petados.

Allí Mi agüita amarilla es todo un himno. ¿A qué se debe ese éxito en Colombia en particular?

Es que nosotros actuamos en un concierto en el año 88, en plena guerra de los narcos contra el gobierno. Entonces Bogotá era una ciudad sometida a la lucha de Pablo Escobar exigiendo la no expatriación de él mismo y de sus “compañeros de trabajo” a EEUU. El único grupo español que actuó en el estadio El Campín fuimos los Toreros muertos, aquel concierto se llamaba Rock en tu idioma, y de una manera subliminal había un mensaje en el que se le daba a la juventud la oportunidad de decir “no queremos injerencias de los EEUU en nuestra política interna”. Políticamente eso significaron los Toreros muertos allí. Por otra parte, nuestro lenguaje descarnado, nuestra actitud en las entrevistas, todo aquello caló muy bien.

Actuasteis en una fiesta para unos narcos, ¿no es cierto? ¿Cómo fue aquello?

Sí. Estuvimos actuando para los hermanos Ochoa, algunos ya han desaparecido, otros están encarcelados. A mí no me cayeron mal, a pesar de que me llevaron a punta de pistola. Yo era el canje: cuando el dinero estuviera fuera de la finca, entonces iba el cantante; mientras tanto habían ido los músicos a hacer la prueba, se había instalado el equipo y tal. Y vinieron a por mí, pero no trajeron el dinero. Entonces mi manager, que era un hombre de Talavera, dijo que si no llevaban el dinero yo no iba. Le avisaron de que esta gente se podía enfadar si no llevaban al cantante. “Pues me da igual”, les dijo. Se fueron y yo me fui a tomar algo a una terracita del complejo hotelero y al poco vi llegar un montón de coches a gran velocidad, bajarse cuatro tíos montando las metralletas y entrando en el bungalow donde había estado hacía un momento. Yo iba vestido de Alberto Cortez, todo de negro, como cantante a respetar, y por eso no me identificaron. Entonces ya vi a Carlos, nuestro manager, salir gritando: “Pablo, Pablo, dónde estás, que nos vamos”. Así que fuimos sin dinero ni nada. Empezamos a cantar y a las dos o tres canciones se levantó un montón de gente con la pistola en alto y se empezó a llevar a las familias. El intermediario estaba detrás del escenario llorando y diciendo: “Ha llegado el ejercito, va a ser una matanza, vámonos”. ¡A mí! que me encanta estar en un escenario, me iba a bajar. Empezó a desaparecer gente y nos quedamos actuando para un grupo de mariachis que estaban totalmente aterrorizados, unas prostitutas que había por allí no sé por qué y algunos camareros. Cuando acabamos me preguntaron: “¿Cuánto cuesta que empiecen de nuevo?” Y yo les decía: “No cuesta nada, si quieren más, que digan ¡otra, otra, otra!” Pero es que en realidad no había nadie. Volvimos al hotel y cuando el intermediario trajo el dinero los dólares estaban mojados. Yo le dije al manager: “Nos han dado los dólares mojados para que no nos demos cuenta de que son falsos”, y me contestó: “Mira, Pablo, da igual, vámonos”. Así que empezamos a despegar billetes para pagar a nuestro equipo y los pegamos por las paredes, el suelo, las camas… para que secaran; entonces entró la que luego fue la madre de mi primera hija diciendo: “Ha venido el ejercito, saben que hemos estado allí” y se desmayó. Todo el mundo recogiendo los billetes como locos y luego resultó ser una broma del intermediario que se había emborrachado para celebrar que había vuelto a nacer. De cualquier forma, vuelvo a Colombia siempre que puedo porque, aparte de todo el dolor que hayan pasado, son una gente estupenda, de lo mejorcito que he visto en seres humanos.

En alguna ocasión has hecho campaña contra las drogas, al mismo tiempo que has narrado anécdotas sobre su consumo. Hace poco entrevistamos a Sánchez Dragó y nos decía que los momentos de mayor felicidad y creatividad los ha vivido bajo el efecto de las drogas. ¿Desde tu experiencia apoyarías esta afirmación?

Hombre, mi obra magna, que es Mi agüita amarilla, no la escribí precisamente con agua. Y Ay que gustito pa’ mis orejas y Sentimiento wagneriano se me ocurrieron estando de ácido. A mí el ácido me ha gustado mucho, pero recomendarlo, no, no lo recomendaría. Creo que todo el mundo tiene que tener algún día una experiencia psicodélica, pero controlada. Nosotros comíamos ácidos porque sí, y eso no, hay que tomarlos en una atmósfera controlada, digamos de introspección, de búsqueda. Pero los aterrizajes de ácido son tan violentos, te quedas tan anulado mentalmente después de un viaje, que ahora mismo no me lo puedo permitir. Todas las semanas tengo algún evento y no me puedo permitir ingresar en “la academia de la nada” como yo lo llamaba en aquella época: no tenía nada que decir, nada que pensar… estaba totalmente anulado. El ácido tiene una resaca muy fuerte, no lo recomendaría. Nosotros hicimos conciertos contra la droga —por cierto, en uno de Barcelona tocamos una versión de Cocaine— porque yo puedo decir que la droga es mala. La reina Sofía no lo puede decir, porque no tiene pinta de tener ni idea de lo que es la droga, igual me equivoco. Que yo me drogue no me deslegitima, al contrario, me da credibilidad.

Volvamos al tema de la música. Eres uno de los fundadores del sello independiente 18 Chulos, ¿cómo está el panorama discográfico?

Está jodido. Nosotros hemos estado a punto de cerrar hace poco. Mi primer disco lo grabamos con el dinero que pusimos Faemino, Wyoming, Santiago Segura, Krahe… Lo único que he hecho en la compañía ha sido poner dinero y hace poco mi último disco. Lo he grabado, lo he llevado allí donde tenemos un empleado y le he dicho que me diera discos para repartirlos en conciertos y hacer promoción. Y me dice: “Vale, te lo dejo a seis euros”. Vamos a ver, le dije, si el negocio lo iba a hacer yo con el público, no tú conmigo, no puede ser. En cinco minutos de conversación habíamos ido al lado opuesto en la negociación: He comprado toda la edición y regalo a mis socios doscientos discos de cada mil. Esto se llama relajación en las formas y así no podemos salir a flote. Sacamos los discos que nos gustan o hacemos la gestión a gente que quiere hacérselos, siempre y cuando nos gusten a nosotros. En realidad no somos una compañía de discos, somos una ONG.

¿Qué nuevos modelos de negocio crees que debe seguir la industria del disco y el cine ante el problema de las descargas?

Habría que buscar un modelo de negocio en el cual los contenidos —no digo videoclips, que cuanta más gente los vea, mejor— como discos o películas tengan alguna forma de recaudar el dinero que cuesta hacerlos. Creo que Telefónica tendría que haber creado una plataforma, ya que cobra tanto dinero por engancharte —nunca mejor dicho— y una forma de cobrar por ver esas películas. Este tema me preocupa, claro que me preocupa. Me he gastado en hacer mi último disco unos doce mil euros y me he ido del estudio ya ni siquiera con un disco, con un pendrive, después he tenido que ir a una compañía para que me lo saquen. Si después de dos años de trabajo, cualquiera puede hacer lo mismo que yo y vender ese disco sin gastar nada en grabarlo, yo creo que se está cometiendo una injusticia. Una injusticia que me lleva a pensar que mi próximo disco me lo voy a descargar gratis yo también y que lo grabe Rita la Cantaora. Si no se pone coto a esta situación la cosa es más peligrosa de lo que parece. Se embrutecerá a la gente, porque entonces los artistas no trabajarán. ¿Y quién grabará discos o hará películas? ¿La gente que esté subvencionada por el gobierno de turno? Entonces, ¿qué tipo de cultura, qué voces, va a tener una sociedad si todo está controlado por el Estado? Vamos hacia una sovietización de la sociedad: el control por parte del Estado de toda la creatividad.

¿Qué te parece la iniciativa de Paco León y la forma de comercializar su película Carmina o revienta?

Lo veo muy interesante, me parece muy bien. Una película de bajo presupuesto, se exhibe de esta manera y la gente apoya a Paco León entre otras cosas porque es uno de los tres personajes más graciosos de televisión.

¿Cuáles son los otros dos?

No sé, no me lo he planteado, pero estoy convencido que él es uno de esos tres (risas). Entonces, por simpatía, y porque tiene una red de apoyo en Twitter y demás, ha funcionado. Pero esto no es lo mismo para dos hippies enamorados del cine que hagan una película con una cámara de fotos. Paco León ha podido hacer esto, ¿pero qué precio se paga por ello? Posiblemente la gente espere que todas las películas se las den a 1,95 por Internet y ya renuncia a entrar en un cine y pagar siete euros por ver una película de otro tipo de formato. Yo no soy distribuidor, pero me hubiera llevado las manos a la cabeza diciendo “cierro el quiosco”. Aun así, la buena noticia es que la película, distribuida en Internet, en salas y en DVD simultáneamente, ha sido un éxito en los tres formatos. La estrategia comercial ha sido tocada. Es el futuro, sin duda.

Con la subida del 8% al 21% de IVA la cultura pasa a ser considerada un artículo de lujo. ¿Qué repercusiones crees que puede tener esta medida a corto y largo plazo?

A corto plazo, te diré que estuvimos a punto de suspender el comienzo de los ensayos de Si no hay paga no se paga porque no salían las cuentas.  Lo bueno es que tratándose de una obra sobre la solidaridad nos hemos apretado toda la compañía el cinturón para sacar el proyecto adelante. Cuando recortan en cultura sabe muy bien lo que hace el poder. Una de las pancartas que más me llamó la atención en las manifestaciones la llevaba un joven y decía así: “El peor enemigo de un gobierno corrupto es un pueblo culto”. Y es así. Y aunque a la derecha no le interesen otros escenarios que sus tribunas y sus púlpitos la gente tiene que tener su propia voz, el cantautor tierne que tener un escenario para responder a alguien que le dice que se joda, las obras de teatro tienen que agitar las conciencias e invitar a reflexionar, las películas tiene que hablar de nuestra historia, etc. Actualmente la mayoría de las cadenas de televisión y prensa se dedican a hacer propaganda o a embrutecer sin cortapisas al ciudadano y este tiene derecho a que los artículos que le forman como ciudadano —la música, el teatro, el cine— y que lo  desencorsetan del papel impuesto por el poder como hormiga trabajadora, no sean considerados un articulo de lujo. Un capricho, vamos. Un lujo son los coches oficiales y los sueldazos de los políticos, las subvenciones a la educación privada, a la Iglesia, esos son los lujos que no se puede permitir este país. Yo le pediría a Hollande que viniera a decirle a los torpes de nuestros políticos de dónde tienen que recortar para no fastidiar más a la gente. Habría también que asegurarle a ese señor francés que no le vamos a montar un dos de mayo, claro.

 CQC fue un éxito debido en gran parte a tu papel de reportero excéntrico. Hablando del programa con los compañeros de Jot Down, había un momento que todos recordábamos: cuando preguntaste a Antonio Burgos si era su último libro, el respondió que sí y tú, acto seguido: “¿Lo promete?”

Ese momento y todo el reportaje de Antonio Burgos fue… Hay algunos reportajes que recuerdo y todavía me revuelven las tripas. Cuando me mandaron a lo de Antonio Burgos la pregunta importante para mí era si a su mujer le gustaba la morcilla de Burgos, pero para poder hacer esa pregunta tenía que empatizar con él, y no lo conseguía. Puse a parir el puñetero libro, hice la entradilla esa en la que lo arrojaba al río. Me sentí como los que quemaban libros en El Quijote. Llamé a varios amigos sevillanos para preguntarles cómo les caía Antonio Burgos, menos mal que todos me dijeron que como el culo. Después estuve esperando la columna en que me pusiera a parir, menos mal que el hombre fue muy inteligente, comprendió que yo era un troll al que no tenía que responder.

¿Estaba guionizado o improvisaste?

No recuerdo. La pregunta del libro es un clásico, no es muy original, lo que pasa es que hay que hacérsela a Antonio Burgos. Hace falta un arrojo especial.

Y aquellos momentos con Esperanza Aguirre. ¿Te sientes responsable de la evolución de la figura de Esperanza Aguirre?

Bueno, es más responsable ella, ¿eh? (risas)

Pero nos hiciste creer que era inocente.

Inocente y buena, sí. Tienes razón. Incluso me he encontrado gente de IU que me ha dicho: “Mira la que está montando tu novia, y todo por tu culpa”. La verdad es que yo ayudé a hacerla famosa pero ella también demostró mucha inteligencia no mosqueándose conmigo. Tampoco es que yo la tratara mal, lo que pasa es que me había inventado una pulsión sexual no resuelta y ella supo aprovechar y se lo tomó con mucho humor. Ahí la tenemos de presidenta.

¿Dónde crees que puede llegar?

Pues no se va a parar, porque es imparable.

¿No sería bonito revivir vuestra relación abordándola por sorpresa un día de estos y que te dijera: “Hola, majete”?

No. Mira, yo no he estudiado periodismo. He estudiado muchas cosas por inquietud, pero siempre de forma autodidacta. No soy periodista, por tanto: seis años y medio trabajando de reportero callejero, que es durísimo, y más para un programa como CQC, me parecen suficientes. Andreu Buenafuente se empeñó en que hiciese un reportero para su programa y menos mal que, después de hacer una patochada en el Festival de Málaga en directo, quedé con él y me preguntó si me gustaba lo que estaba haciendo para él y le dije: “No, me da la sensación de que he metido un trozo de CQC en tu programa, no tiene sentido”. Es más, no tenía sentido ni para mí. Cuando hice CQC estaba desahuciado a todos los niveles: interpretativo, musical e incluso humano, y tenía lógica que estuviera al otro lado de la valla en la alfombra, pero, después de hacer varias películas, dirigir Atún y chocolate… irte a ir dar voces al otro lado de la valla a Emma Suárez —a la que si quiero decir algo, cojo el teléfono y la llamo— ya no era creíble. Esa época ya pasó. Que vengan otros jóvenes y que muerdan bien el tobillo del poder.

Ahora está de moda Jordi Évole, ¿lo ves como el heredero del estilo CQC? ¿Qué te parece que sea el periodista más respetado por el público?

Le sigo poco porque veo muy poca televisión. Por lo que he visto de él, me parece una persona de una habilidad tremenda, además no tiene pelos en la lengua. No lo conozco mucho, aunque he trabajado con él en Buenafuente. Entiendo que hace falta un periodismo que saque los colores a la gente. Nosotros disparábamos con balas de goma, cuando Wyoming me enseñó el formato del programa argentino me dijo: “mira, esta gente cae bien, meten el dedo en la llaga pero les quieren y es importante que lo hagamos así”. Y estamos hablando de Wyoming, al que algunos consideran una persona sin moderación, y es una persona moderada —aparte de gran amigo mío—. El gobierno en aquel momento era del PP, mi primer reportaje fue la investidura de José Mª Aznar y duramos lo que estuvo en el poder prácticamente, hasta que se mosqueó con Arturo Valls por la cobertura de la boda de su hija y llamó a Berlusconi. Y es posible que ahí se acabara CQC. Creo que es un programa muy necesario que deberían hacer jóvenes periodistas, incluso ya sin la moderación que me pidió Wyoming entonces.

Y ahora, Hospital Central. ¿Te has inspirado en George Clooney para interpretar el papel de médico?

Pues no, pero mucha gente me confunde con él, porque me dicen: “Te veo en Urgencias”. En realidad me he inspirado en mi familia, en la que hay médicos, y he podido asistir a varias operaciones. Cuando me dijeron que iba a hacer de cirujano recordé All That Jazz, en la que hay una operación a corazón abierto que cuando la vi casi me caigo de la butaca, y para saber si podía resistir ver rajar a una persona pedí asistir a varias operaciones. La verdad es que sí, lo he podido resistir, pero cuando me di la vuelta y vi una mujer desnuda encima de una mesa iluminada, casi voy al suelo. He visto una rinoplastia, una de implante de mamas, una de una recanalización del intestino… he visto varias. También he visto la cesárea de mi hija y ya casi me considero un médico.

Desde La curva de la felicidad parece que te has acomodado en el teatro.

Ahora mismo estoy preparando Si no hay paga, nadie paga, la revisión de un Darío Fo: Aquí no paga nadie, un tema muy de actualidad. Es una obra que se estrenó en el 74 en Roma y estuvo seis años en cartel. Darío Fo ha reescrito la obra, mantiene el mismo espíritu, pero actualizado. Es una obra que trata sobre la solidaridad entre clases. Es un instrumento cómico y político a partes iguales.

¿Te ves interpretando un drama?

Es que en realidad no veo ninguna diferencia entre un drama y una comedia en la manera de interpretarlo. Creo que el papel de Santiago Segura en Torrente y el de Harrison Ford en En busca del Arca perdida son exactamente lo mismo. Bueno, es que son la misma película (risas). Para cualquiera que hace comedia, hacer un drama está chupado. Lo que pasa es que a la gente que hacemos comedia, hacer un drama nos resulta aburrido. Los cómicos tenemos una actitud de esconder los problemas para hacer la vida más llevadera a la gente. Podemos hacer drama con muchísimo más alcance que una persona que solo sabe hacer drama, creo que esto es evidente. En La curva de la felicidad hacía reír, pero el personaje era un desgraciado; en Venecia bajo la nieve el hombre era un poco soberbio al que ponen contra las cuerdas y es dramático, en ocasiones tenía palpitaciones en el escenario de lo mal que lo pasa. La gente se ríe, pero la interpretación tiene que ser dramática. Y lo que voy a interpretar ahora me ha dicho el director, Gabriel Olivares, que va a ser una prolongación del personaje de Atún y chocolate y va a ser muy dramático. La gente se va a partir de risa.

¿De qué trabajo te sientes más orgulloso y de cuál menos?

Estoy muy contento de haber dirigido una película, porque es el trabajo completo. Estás toda la jornada trabajando y eso es maravilloso, me gusta mucho trabajar. Creo que me quedó una película que he revisado hace poco y me emociona profundamente, la hice con el corazón, por amor a mi tierra y por amor la gente humilde y trabajadora. Y todo eso permanece en esa película. La veo y lloro un montón, a pesar de que la gente me dice “cómo me río con esa película” porque creen que es lo que quiero oír, pero sé que lloran. ¿Y el trabajo del que menos satisfecho estoy? Pues un día, por probar, fui a ver si valía de jurado de un programa de esos de buscar talentos. No estoy dotado para decirle a alguien si vale o no. Eso es lo peor que he hecho.

¿Cómo se llamaba?

Es que me da tanta vergüenza que no quiero decirlo, no sea que alguien lo busque. Es espantoso. Además, me decían por el pinganillo: “Cárgate a ese”, y yo decía: “Pero si a mí me gusta”. Porque yo tengo un gusto raro. Sentí, aparte del bochorno ajeno por lo que estaba viendo, vergüenza propia por estar decidiendo si alguien tenía o no talento. En fin, yo creo que todo el mundo tiene talento. Los toreros cuando salen corriendo delante del toro, por ejemplo, me parece que están expresando algo innato del ser humano: el apego a la vida. Y eso es una labor del arte.

¿Tienes abandonada la faceta de dibujante?

He estado pintando hace poco un bar con Mikel Urmeneta. Estábamos los dos tomando una copa y vimos una especie de pirámide maya con unas palmeras y dijimos: “¿Qué hace esto aquí en Zahara?” Y decidimos tunear todo el cartel, y ya de paso le cambiamos el nombre al local. El dibuja más que yo, pero yo dibujo mejor. Tiene una velocidad y una imaginación desbordantes. Yo hace mucho que me convertí en uno de mis dibujos, mi propia caricatura, y ya no necesito dibujar.

Para terminar, dentro de unos días cumples 50 años. Dinos tus trucos para conservarte así.

(Ríe) Cachonda. Ahora estoy de vacaciones y a mí las vacaciones me sientan relativamente mal porque soy un “farra playas”. Y menos mal que tengo que estudiar, porque procuro no mezclar el estudio con la Cruzcampo. De vez en cuando me tiro unas temporadas largas sin alcohol, no fumo… y, sobre todo, hay una cosa que ha causado estragos en mi profesión y que yo vi muy claro: cuando alguien me aplaude y he hecho una actuación saliendo enfarlopado o muy borracho, no me han gustado los aplausos. Y a mí me gustan un montón los aplausos, pero por sentir la satisfacción de hacer un trabajo que ha gustado a la gente, y si estoy borracho o drogado, no tengo esa satisfacción y me voy con una sensación de vacío, como si no fuera mío. Cuando me di cuenta de esto, que afortunadamente fue siendo muy joven, pude trabajar sin drogarme, que es algo que no le ha pasado a tanta gente. Como trabajo mucho, me drogo y bebo poco, esa es la causa de que un tipo que ha llevado una vida tan disparatada como la mía tenga este inmejorable aspecto.


Cuando me siento rechazado…

… me da por leer COSAS QUE LOS NIETOS DEBERÍAN SABER, de Mark Oliver Everett

He rechazado por no entender ni querer hacerlo, por no conocer, por funcionar con prejuicios inmediatos y prefabricados, por desconocimiento, por miedo, por estética, por crueldad, por aburrimiento… Y, luego, me han rechazado a mansalva, como a todos: amantes, parejas, directores de recursos humanos, familiares, funcionarios, compañeros de piso, conductores, Ministerios (con mayúscula), concursos, personas a las que admiro, embajadas e incluso gente anónima a la que creo que ni siquiera conozco (estos últimos parecen ser mi especialidad). Dada la continuidad de su presencia, decidí hace tiempo dar al rechazo la importancia que tiene en mi vida, porque supongo que desaparecer… no lo hará nunca. Ser rechazado parece indivisible al tipo de vida que he decidido que me hace feliz. En el camino he intentado hacer de todo para acostumbrarme a su compañía: obviarlo, darle cariño, contraatacar, ridiculizarlo, aceptarlo, acupuntura, yoga, equinoterapia… todo. Soy plenamente consciente de que no se puede gustar a todo el mundo. Y aún así, sigo sin estar blindado ante él, ni siquiera acostumbrado. Me sigue sorprendiendo la virulencia de su violencia, lo profundo de su dolor, lo insultante de su descaro, lo inidentificable de su voz. Quizá ataque a rincones olvidados de mi infancia o incluso a inseguridades que ni siquiera sabía que tenía. La verdad es que no lo sé. Eso se lo dejo decidir a mi terapeuta. La cosa es que he hecho de todo, lo prometo. Hace nada, en esta web, me enfrenté a una última hornada de mensajes de rechazo, algunos realmente venenosos, a raíz de la publicación de mi primer artículo para Jot Down. Yo, evidentemente, no soy Woody Allen ni Fellini ni Anthony Burguess ni Martin Amis (ojalá), así que no quiero ni imaginar cómo debe de ser el rechazo que ellos tuvieron (y tienen) que soportar sobre sus hombros. Olé ellos. Mi rechazo, el que me toca vivir, es de estar por casa; es un rechazo de página web… aunque a veces yo lo sienta mastodóntico. Ahora, con algunos años y mucha calle a mis espaldas (y la que me queda, espero) sé que la manera más fructífera de canalizar sentimientos y angustias es hablando abiertamente sobre ellos. ¿Por qué no? A mí me sirve. Soy un acérrimo defensor de las palabras y creo en su poder. Las palabras me sanan. Siempre lo han hecho. Por ejemplo, así (respiro profundamente): ¡ME JODE QUE ME RECHACEN! ¡ME JODE QUE NO VEAS! No tanto como cuando sopla el viento, me despeino y me clarea la cabeza haciendo que parezca que sufro de alopecia. O no de la misma forma que cuando no consigo encontrar la palabra que busco. Es otro tipo de sensación, igual de incómoda. Y jode. Yo me lo busco, por ponerme a tiro. Y ellos saben disparar. Pero eso no hace que ellos sean los malos ni yo Michelle Pfeiffer en Las amistades peligrosas. Las historias maniqueas de buenos y malos son aburridas e irreales. La vida es gris. E incontrolable. Intentar dominarla con poses de estratega es garantía de sufrimiento. En la vida hay demasiadas historias entrelazadas como para poder organizarlas con la lógica. Las etiquetas no sirven para nada que esté realmente vivo. Como el rechazo.

Ahora, desde hace un tiempo, y con esfuerzo, vivo en un limbo comodón que me sienta de maravilla: intento llevar mi existencia en equilibrio simplemente siendo. Me es mucho más gratificante acudir a la humildad, ahora que ya no vivo con tanto miedo. Alguien me dijo una vez que el hombre, a veces, buscando respeto, se olvida de ser. Un día debí de levantarme entendiendo, por fin, que no escribía para convencer a nadie de nada, ni para ser respetado. Que lo que escribía, probablemente no sirviese de nada más que para hacerme feliz. Que escribía porque quería ser capaz de leer las historias que nadie me contaba. Que quería dejar ahí fuera mi forma de ver el mundo, aunque nadie me escuchase ni lo viera como yo. Que quería ser. Y dejar de atacar y de defenderme.

Poco a poco, he llegado a la conclusión de que el rechazo es de agradecer. La innumerable lista de virtudes engendradas a raíz del rechazo es inabarcable. Por ejemplo, si no fuera por los comentarios hirientes que leí en esta web acerca de mi primer artículo, quizás nunca habría pensado en escribir acerca del rechazo en el segundo. Así que he decidido no caer en la simplicidad de una primera sensación: del rechazo también se pueden extraer grandes enseñanzas. Es cierto, te lo aseguro: ha habido críticas que me han salvado el culo y rechazos que me han mantenido con vida (y sólo tengo 33). A saber dónde estaría yo ahora de no haber sido rechazado multitud de veces. Alguien me dijo que si te insultan anónimamente es sinónimo de éxito. Un precio deleznable, absurdo e incomprensible para un logro. No creo que haya éxito que merezca la pena si el resultado es un rechazo dañino y doloroso. No. Tiene que haber algo más que eso. Y, efectivamente, hay más. Porque el rechazo genera monstruos pero también héroes, desaliento pero también tozudez. El rechazo fomenta la rabia, la culpa, la vergüenza, el bloqueo, la inseguridad, el miedo y hace palpable la experiencia de la soledad abrasiva (que, para mí, es una de las sensaciones más desoladoras que existen). Pero también es el germen más potente posible de la decisión, el compromiso a ultranza, la motivación, la ilusión, la valentía, la aventura por preservar una voz y el (re)descubrimiento de lo único que te pertenece por derecho propio: tu libertad, tus sentimientos, tus palabras, tus ideas. La conciencia de tu identidad. El rechazo, bien canalizado, puede ser la fuente de energía más preciosa posible.

Todos tenemos técnicas para enfrentarnos a los fantasmas cuando éstos no se esfuman. Yo antes, entre otras muchas maneras, era tristemente efectivo noqueándome hasta perder el sentido con todo tipo de sustancias, estirando las horas y la inconsciencia. Ahora, entre otras estrategias, como escuchar atentamente o encerrarme a reflexionar y escribir (como estoy haciendo ahora), vuelvo siempre a un libro que se me coló bajo la piel al leerlo hace unos meses: Cosas que los nietos deberían saber. La prueba irrefutable de que del dolor y del rechazo pueden germinar experiencias cercanas a la perfección. Y lo cierto es que la (re)lectura de esta joya-libro testimonial me gratifica mucho más y me sale más a cuenta que una serie interminable de pasotones enlazados. Quédate con el título, hazte un favor y léelo (aunque no te sientas [email protected]). Ni siquiera tienes que saber quién es su autor ni conocer su trabajo. Esta confesión publicada por Blackie Books debería ser de obligatoria lectura en la cola del Inem, en las manifas 15-M, en el Congreso de los Diputados, en las oposiciones a Mosso, en la ópera, en los psiquiátricos, en los puticlubs, en las juntas de accionistas, en las raves y en las peluquerías.

Mark Oliver Everett (ese músico prodigioso a la cabeza de Eels metido a escritor) en su autobiografía deja claro cuánto fue rechazado, cuando todo su ser solo quería dedicarse a la música. Años y años de rechazo continúo en donde él sólo grababa y grababa música compulsivamente en sótanos y condiciones más allá de lo amateur intentando encontrar su voz. Para descubrir que, paradójicamente, ese rechazo fue lo que consiguió afianzarla. Se convirtió en el aliciente a su pasión. No sabía hacerlo de otra manera. Ni sabía ni quería: había leído un consejo en una biografía de Ray Charles en el que decía que había que encontrar en ti mismo lo que te hace único. Es gracioso: Everett leía a Charles y yo le leo a él. De nuevo, las palabras. Este librito mágico parece decir que del rechazo se puede sacar verdadero oro. Siempre que no te dejes vencer por él. Bienvenidas las dudas y la inseguridad y el bloqueo y el dolor y el sacrificio y la llorera. Es necesario sentir ese vendaval, por supuesto. Es parte del viaje, desde luego. Sabiendo que lo que espera al final, una vez atravesado el malestar, merece la pena.

Así que cuando me siento rechazado apago el móvil, abro las ventanas del balcón y me sumerjo en silencio (lo confieso: a veces lo hago al ritmo de su Blinking Lights and Other Revelations) en la autobiografía de este músico de barba tupida y adicción al puro tan atípico y friki como su vida. La historia seca, delirante, cercana, épica y profundamente humana de un crío que creció sin saber que tenía un futuro, que aprendió a practicar la reanimación cardio-respiratoria con la operadora del servicio de emergencias al teléfono mientras cargaba con el cuerpo de su padre muerto, que visionaba las múltiples formas en las que moriría suicidándose, que tenía (y tiene) el pasatiempo favorito de imaginar cuánto tiempo pasará entre su muerte y que alguien encuentre su cuerpo. La leyenda real de alguien que supo cómo seguir luchando, incansable, atravesando verdaderos valles de dolor, duda e incomprensión y que es capaz de narrarlo de una manera magistral, con la mezcla perfecta de alegre melancolía. En el extremo opuesto de la autoayuda moña de Bucay. El relato de un hombre que descubrió cómo perdonar y perdonarse a través de su música, que comenzó a entender la vida cuando ésta se le escapó entre sus manos en forma de muerte. Un héroe anti-photocalls problemático (otra etiqueta) y ensimismado, muerto de miedo, abonado a relaciones conflictivas de desamor y que un día escribió una canción titulada La chica de la oficina de correos se casa. El mismo tío que no tenía ni idea de qué cojones estaba haciendo, que se hartó de esconderse y fingir y decidió hacer algo positivo. El tipo ectomorfo peludo que hoy conoce el éxito (aunque realmente no lo desee), que ha llegado a sentirse cómodo con quién realmente es. El chaval que ha sobrevivido y que está bien. Que no es poco.

Así que, a veces, cuando me ataca la desoladora y agobiante sensación de ser yo (como la llama Mark Oliver Everett) buceo en este libro. Nunca sé lo que busco. Pero me apacigua la voz de ese compañero al que no conozco. Y sí, me emociono hasta las lágrimas con las muertes de su hermana kamikaze y de su madre infantil y un escalofrío caliente me recorre la espalda cada vez que leo sus pensamientos en el Royal Albert Hall leyendo cómo Everett reconoce con alegría y orgullo en la cara del público lo jodidos que estamos todos. Y me maravillo ante la vida de este artista y su necesidad incansable de sobrevivir y llenar el pozo de su vacío. Y entiendo que quedan caminos. Que adscribirse al victimismo no sirve de nada. Así que leo a Everett y me emociono y me siento vivo, tristemente eufórico, que, como todo el mundo sabe, es lo opuesto a sentirse rechazado.

Quizás la próxima vez que me rechacen me hunda un poquito, me flagele durante un tiempo, para resurgir al cabo de unos días, con una nueva idea en la cabeza, reforzada, eléctrica. Imparable. Mark Oliver Everett lo hizo. Basta con echarle cojones. Y creer que se puede.


Biografías rockeras

Sexo, drogas, rock & roll. Es el gran tópico en torno a las estrellas del rock: sus vidas repletas de excesos, megalomanía y pérdida del contacto con la realidad; biografías adornadas además con multitud de leyendas truculentas y anécdotas delirantes. Todo esto hace que las biografías de los iconos rockeros constituyan a menudo una lectura fascinante, no solamente para sus seguidores sino para cualquier tipo de lector, le guste o no la música rock. Proponemos aquí una breve selección de títulos que os harán pasar un buen rato: insistimos en que no es necesario apreciar la música de estos artistas —es más, ni siquiera es necesario saber exactamente quiénes son—  para poder disfrutar de estas lecturas:

Último tren a Memphis / Amores que matan, por Peter Guralnick

Los dos volúmenes de la que, sin lugar a dudas, es la obra definitiva sobre Elvis Presley y una de las mejores biografías que se hayan escrito nunca sobre un icono del mundo del espectáculo. Aunque Elvis es quizá el artista al que se ha dedicado la bibliografía más extensa del siglo XX, ningún otro libro ha llegado —ni probablemente llegará en el futuro— al nivel de excelencia de estos dos tomos. Peter Guralnick ha documentado cada momento de la vida de Elvis a través de fuentes fiables y pese a su exactitud enciclopédica no es ni mucho menos una lectura pesada: de hecho la narración resulta dinámica y absorbente. La agilidad del estilo de Guralnick y la constante inclusión de testimonios directos de gente que conoció a Elvis hace que los personajes y las situaciones cobren vida ante nuestros ojos.

El primer volumen, Último tren a Memphis, describe de manera extraordinariamente vívida los humildes orígenes de Elvis Presley y su repentina ascensión al estrellato. El segundo volumen, Amores que matan, describe el proceso de deificación del ídolo y su progresiva decadencia personal. Durante toda la obra se perfila no sólo la personalidad de Elvis, sino las razones que hicieron de él un mito viviente —razones que iban mucho más allá del simple marketing— y la colosal influencia que tuvo sobre la cultura juvenil y la evolución musical de la segunda mitad del siglo XX. Aunque Guralnick es obviamente un fan de Elvis, uno de los aspectos más interesantes del libro es su apabullante objetividad, ya sea para describir al personaje, ya sea para hablar de su música. Peter Guralnick no importuna al lector con sus opiniones, lo cual se agradece, y las pocas veces en que se permite la licencia de juzgar la música de Elvis da muestras de una finura de criterio admirable: uno puede estar de acuerdo o no con Guralnick las pocas veces en que critica tal o cual disco, pero es innegable que el escritor sabe muy bien de lo que habla. Pero insistimos: la música es sólo el telón de fondo de lo que es una obra sobre la epopeya personal de un individuo singular, Elvis Presley, que fue catapultado a un irreal estatus de Dios sobre la tierra que terminó por destruirle. Estos dos libros son la crónica del precio que pagó un individuo por convertirse en la sacrosanta efigie cultural de una generación.

En resumen: lectura recomendada para cualquier lector sean cuales sean sus gustos musicales; imprescindible para quien esté interesado en la música popular y los fenómenos sociológicos asociados a ella… y sencillamente una Biblia que debería lanzarse a adquirir ahora mismo quien sea un fan de Elvis Presley. Dicho de otro modo: una obra maestra del género biográfico.

Los trapos sucios, por Mötley Crüe

El nombre Mötley Crüe quizá no dispare demasiados resortes en aquellos lectores ajenos al mundillo del rock duro, pero han parido una de las autobiografías más divertidas publicadas en años. Es bien sabido que sus vidas han consistido en un maremagnum de sexo, alcohol, drogas, escándalos y en definitiva, un carrusel de constante irresponsabilidad suicida. En Los trapos sucios se han encargado con contárnoslo ellos mismos: los cuatro músicos han escrito el libro, pero no juntos, sino por separado. Lo realmente divertido de esta autobiografía es que los miembros de Mötley Crüe se reparten la escritura de las diferentes partes de libro, con lo que cada capítulo es alternativamente escrito por cada uno de ellos. Esa forma de escribir la autobiografía es una gran idea, porque según quién escriba el capítulo concreto les vemos dar distintas —y contradictorias— versiones de un mismo hecho, ridiculizarse mutuamente, desmentirse unos a otros y dando la hilarante impresión de que entre ellos reina la más absoluta falta de entendimiento.

Además de las anécdotas de toda índole que pueblan el libro —las más aberrantes protagonizadas, cómo no, por el esquizoide Ozzy Osbourne, capaz de esnifar una fila de hormigas o lamer un charco de orín— resulta sumamente ilustrativo contemplar cómo las cuatro personalidades del grupo van emergiendo capítulo a capítulo, hasta que tenemos una buena idea de lo difícil que resulta para individuos tan diferentes seguir juntos en el negocio. Desde la permanente acidez y sarcasmo de Nikki Sixx hasta la evidente cortedad de Tommy Lee, quien —como sospechábamos— es un tontolaba de consideración (por ejemplo, el capítulo en que narra cómo se enamoró de Pamela Anderson es estúpido y sonrojante a partes iguales). Pasando por la más serena reflexión de Mick Mars —el único que parece una persona normal ahí dentro— o las autojustificaciones del autodestructivo Vince Neil, quien debe de tener bono de cliente preferente en todos los antros de strippers de la nación. En resumen, un libro divertidísimo para comprobar en qué han empleado su tiempo tipos que a los veinte años se convirtieron en estrellas y aún no han bajado de la nube… sea cual sea la sustancia que les provoca esa nube.

White line fever, por Lemmy Kilminster.

En dos palabras: humor inglés. Para mucha gente, la apariencia de Ian “Lemmy” Kilminster o la ruidosa música de su grupo Motörhead serán sin duda una barrera difícil de superar, pero eso no debería impedir que se acerquen a este libro. Es una de las autobiografías más divertidas publicadas en años, gracias a la constante ironía típicamente británica que tiñe el texto desde el primero hasta el último renglón. Lemmy es una leyenda del rock y lo ha vivido prácticamente todo en el negocio: vio comenzar a los Beatles y a los Stones, conoció a Jimi Hendrix, ha visto surgir movimientos y corrientes de todo tipo, se ha codeado con estrellas como los Guns’n’Roses y ha tenido romances con célebres féminas del mundo del espectáculo (aunque, haciendo gala de su fama de gentleman, no cita a casi ninguna de ellas). Pero insistimos: el punto fuerte del libro es su sentido del humor y el distanciamiento hilarante con el que narra la evolución de su carrera. En su libro, Lemmy optó por dejar fuera muchas anécdotas, algunas bien conocidas, pero lo suplió con toneladas de ironía. Hay pasajes que no tienen desperdicio, como cuando Lemmy describe su paso por Hawkwind, aquel caótico grupo hippie que logró cierta notoriedad gracias a su música alucinógena —y por momentos intragable—, pero cuyos miembros desaparecían sin dejar rastro en pleno cuelgue de LSD para, en ocasiones, reaparecer al cabo de meses o años como si tal cosa, cuando sus compañeros ni siquiera sabían si estaban vivos o muertos. Lo dicho, un libro muy recomendable para el que hay que dejar a un lado prejuicios musicales, porque el humor de Lemmy trasciende géneros y estilos.

Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett

Una de las sorpresas editoriales en cuanto a autobiografías musicales en los últimos tiempos. El líder del grupo Eels podía ser una figura más o menos apreciada por según qué públicos, pero nadie esperaba que su autobiografía resultara tan interesante. De hecho, el boca a boca ha funcionado de maravilla con este libro y lo ha convertido en un éxito de ventas, incluso en el caso de lectores que —como quien escribe estas líneas— apenas habían escuchado su música o siguen sin interesarse mucho por ella. Hay buenos motivos para el éxito del libro, y uno de esos motivos es que Mark Oliver Everett sabe escribir. Aquí no tenemos el humor de Lemmy Kilminster o las historias truculentas de Mötley Crüe, pero tampoco hace falta. Es un libro serio, en el que Everett reflexiona sobre sí mismo y sus demonios internos, preguntándose constantemente cómo alguien que tenía todas las papeletas para ser un perdedor ha terminado teniendo éxito. Aunque pueda sonar a “músico que adopta la pose de artista maldito”, no nos engañemos: el libro destila sinceridad por los cuatro costados y Everett se destapa como un individuo sumamente inteligente, cuyas cavilaciones nunca dejan de sorprender al lector. La filosofía personal de Everett, su aguda inteligencia y el modo en que ha luchado por superar sus traumas personales y familiares ha conseguido que haya quien incluso etiquete Cosas que los nietos deberían saber somo un “libro de autoayuda”, lo cual es bastante inexacto pero da una idea de por dónde van los tiros. Everett no pretendía escribir un libro de autoayuda —ni mucho menos— pero habla de sí mismo con tal transparencia y perspicacia que acaba ganándose nuestra simpatía y, de hecho, convirtiéndose en una especie de referente. Sin embargo, que nadie piense que el libro es por ello aburrido o espeso: como ya hemos dicho, Everett sabe escribir (de hecho es todavía mejor escritor que músico) y su estilo es ágil, preciso y bastante absorbente. Hagamos que el boca a boca continúe: lectura muy recomendada que difícilmente defraudará a nadie.


Javier Giner: Lo bonito

ESTE SOY YO, A RATOS.

Presentarse no es tarea fácil ni agradable, para qué mentir. Mucho más para mí que soy experto en reaccionar de la siguiente manera: en el momento en el que se me pide que haga algo me bloqueo y acude ese viejo conocido que es el miedo a no ser capaz. Y sólo me vienen a la mente cosas que no tienen nada que ver con lo que necesito decir. Por ejemplo: me piden que escriba un texto de presentación y a mi mente sólo acuden imágenes mentales de todas las posibilidades que tengo para hacerme la comida de hoy y la ristra de alimentos que anidan en mi frigorífico con peligro de descomposición inmediata. Además, en estos días tecnológicos, frenéticos, aisladores, alopécicos e infoxicados en los que invertimos una cantidad de energía insultante en intentar borrar los trazos de las etiquetas que otros nos ponen, plantearse etiquetarse uno mismo resulta paradójico, cuando no directamente absurdo. Pero si queremos jugar, normalmente nos toca hacerlo: en tu perfil del Facebook, en la cuenta del Twitter, en el registro de la lavadora, en cualquier web de puteo, en los currículums vitae, incluso en la cola del supermercado. Es un coñazo esto de que cualquier cosa que hagas o digas se convierta en tu seña de identidad (otro nombre más) y se te cuelgue del cuello como un koala. Sobre todo para gente como yo que cambiamos sin ningún tipo de prejuicio de opinión varias veces al año. Así que no sé por qué dije en algún momento que escribiría esta carta de presentación. Otro motivo recurrente en mi vida: no saber. Otro más: recriminarme haber abierto la boca en un pasado cercano. Y aquí estoy: liado con este texto y obligado por contrato.  Siempre me pasa lo mismo.

Soy escritor, aunque a mí me gusta autodenominarme cuentista. Porque reniego de la realidad y vivo la mitad del tiempo en las nubes (un lujo, pero también una condena). Lo de ser escritor no es nada interesante, por cierto. Básicamente consiste en pasear en pijama por la casa encadenando cigarrillos e infusiones (algunos prefieren lingotazos, es cierto) pensando en cosas que a muy poca gente le interesan, chequeando tu Facebook 189 veces cada hora, deseando que te llame cualquiera (incluso tu peor enemigo) y te proponga irte al fin del mundo (cosa que normalmente harás intentando escapar de la agonía de la escritura) y tecleando cosas abruptas que en pocas horas probablemente borrarás al releer. Algo así elevado a la potencia. También puedes ducharte y vestirte como si fueses a trabajar y ponerte a escribir (si te tomas lo suficientemente en serio). Depende de cada uno. Nací en Barakaldo (dato importante pues espero que esto lo lea mi madre, que también es barakaldesa). El año no importa. Intento ser como las ideas: eternas. Estudié en Bilbao, Madrid y Nueva Orleans. Y después, mochila a la espalda, me trasladé a Los Angeles donde trabajé en los estudios MGM. Estudié escritura y dirección en la Escuela de Cine de Los Angeles y adelgacé un montón (fui niño obeso, así que te puedes imaginar lo contento que me puse). Durante ese tiempo escribí y dirigí dos cortometrajes con un denominador común (según aquellos que los vieron): el gusto por las historias salvajes (esta dicotomía me acompaña desde entonces: aquello que yo encuentro tremendamente tierno, incluso dulce, a otros les parecen verdaderas atrocidades). Al regresar a Madrid me integré en el equipo de El Deseo, la productora de Pedro Almodóvar, donde estuve cuatro años trabajando como responsable de relaciones internacionales y ayudante personal de Pedro. No hay suficiente espacio en esta web para describir todo lo que viví a su sombra. Un sueño. Debuté con la novela El dedo en el corazón (Atico Ediciones, 2006) y me sentí escritor por primera vez (algo que da subidón y terror al mismo tiempo). Después publiqué el relato Dos palabras en el libro El último baile (Odisea Editorial, 2007). También uno que confieso que me gusta releer que titulé  El vacío que dejaste en la Revista EÑE (La Fábrica, 2008). Formé parte de la primera hornada de artistas que publicaron en la revista LUBE, una gesta cultural comandada por David Guillén que me enorgulleció durante todo ese año y el siguiente. En la actualidad colaboro habitualmente en METAL Magazine, NEO2, El País – EP3, VICE magazine, V Magazine Spain, Rocket Magazine, FUXYZ Magazine, SINGULAR Magazine y en otros medios. También doy clases de cine (especialidad de dirección y guión) en La Casa del Cine de Barcelona (cuando puedo, eso sí). Y ejerzo de Editor Jefe de un proyecto que me tiene enamorado perdido llamado TO BE CONTINUED (www.tobe-continued.com) mientras intento sacar adelante la financiación de dos cortos (lo de la financiación en nuestro país es como hacer malabarismos en gravedad cero), escribir un largometraje y terminar mi próxima novela, de título Actus (lo único que ha permanecido sin cambio en estos últimos tres años, el título). No desisto: si algo he aprendido es que la cabezonería, la constancia y la persistencia en esto de la creación es tan o más importante que el talento. Hasta aquí mi currículum, que me aburre hasta a mí. No sé qué impresión te puede haber causado. La verdad es que no dejan de ser cosas que he hecho, sin más. Algunas de ellas han cambiado mi vida y, nunca falla, siempre suelen ser las más anónimas (recientemente he impartido un taller de cortometraje con chavales discapacitados que ha sido un antes y un después para mí en muchísimos sentidos). Me puedes ver a menudo en la sección de libros de la FNAC y en los cines IDEAL y/o Renoir Floridablanca, así como sentado en cualquier portal de Malasaña o el Raval fumándome un cigarro y bebiendo coca cola light o fanta naranja. Hace años dejé las drogas y el alcohol así que estoy de mucho mejor humor y reacciono la mar de bien si me reconoces y me pides un autógrafo, incluso si me pides el Messenger o el teléfono. A no ser que tengas pinta de psicópata en fuga probablemente te lo daré. Si tienes pinta de peligro público además de dártelos, intentaré invitarte a un café para que me cuentes tus problemas. La ausencia de sustancias me ha reconvertido en un pijopunkirustichic con un punto de jipismo descarado tranquilo y sonriente. Ahora, por fin, recuerdo todo lo que hago y digo, que es logro en sí mismo.

¿Para qué te cuento todo esto? Y yo qué sé. ¿Y qué hago aquí metido? Buena pregunta. Estoy aquí para hablarte de quién soy y de lo que me gusta. ¿Por qué? Pregúntaselo a la jefa. Yo sólo cumplo órdenes. A mí me dijeron que contase quién soy y eso intento hacer. Un poco de empatía, anda.

Detesto la depilación, la mentira, el distanciamiento emocional, la arrogancia, los michelines (los míos, principalmente), la intolerancia, la hipocresía, la derecha política, las anchoas, las aceitunas y el foie. Pero no estoy aquí para hablar de lo que no me gusta. Eso que lo hagan otros. Yo no quiero contribuir a destrozar el trabajo de nadie. Por muy patético que éste resulte, el hecho de que exista y de que alguien haya tenido el arrojo y la valentía de parirlo merece todo mi respeto. Que quede claro: a mí lo que me tira es contar lo que me gusta; emocionarme y compartir aquello que me pone la carne de gallina y me humedece los ojos. Mark Oliver Everett (cantante de Eels metido a escritor) decía en su Cosas que los nietos deberían saber que “lo bonito duele”. No puedo estar más de acuerdo. Lo estoy tanto que hay un post-it frente a mí con esa frase escrita, desafiante ante mis ojos. Para que no se me olvide nunca y poder entender así el tipo de dolor que persigo en mi vida. Lo bonito. Eso es lo que soy: un defensor a ultranza de lo bonito (palabra que ahora mismo recupero y reivindico como necesaria en el vocabulario de todos). Se acabaron los maravillosos, los guais, los mola mucho, los de puta madre y demás. Me acabo de dar cuenta de que éste es un artículo reclamando LO BONITO. Por fin tengo un propósito (estaba aterrado pensando que esta diarrea literaria no llegaba a ningún puerto y yo quedaba como un floripondio sin sentido). Pero no. Estoy aquí para contarte, en cada número, en una columna-confidencia-confesionario-terapia lo que ha ido emocionándome en el último mes (en relación a libros y/o películas). “¿Y a mí que me importa lo que te haya emocionado a ti?”, dirás. Y yo te contestaré: “pues también es verdad”. Pero eso no me impide seguir y contarte lo que me gusta.

Algunos datos sobre mí que es importante que sepas antes de seguir leyendo: desde hace dos años me pinto las uñas de negro (las de las manos) y no es por estética (que me gusta), sino porque ha sido la única manera que he encontrado de dejar de mordérmelas. Muchas cosas que terminan convirtiéndose en señas de identidad importantes en mi vida ocurren así, sin realmente pretenderlo. Pero me gusta esa confusión (que los demás sigan pensando que me ha dado por hacerme gótico a los 30). La confusión es sana. Como la incertidumbre. Mi momento favorito del día es cuando me tumbo en la cama, de noche, y leo en silencio (solo o acompañado, eso me da igual). Siempre, en cualquier lugar, situación o momento leo antes de dormir. Es un hábito que conservo desde que era un mocoso. Y si me lo chafan, suelo morder. He hecho verdaderas locuras por amor y no me arrepiento de ninguna. De las que me arrepiento (realmente no, pero es la única manera de que fluya el texto) es de las locuras que he hecho por ninguna razón en concreto que, con la perspectiva de los años y el tiempo, me han traído experiencias y supongo que un camino que se parece a esa palabra que tanto detesto: madurez. He sido (aún continúo activo en este departamento) un experto cum laude en meter la pata en multitud de ocasiones y situaciones. Vivo en Barcelona pero guardo un sitio en Madrid donde tengo parte de mi corazón. Aunque soy cero fan de las fronteras y de la geografía porque sigo pensando que los lugares los hacen las personas. Y a ver quién es el listo que pone a las personas en un mapa con toda su complejidad tridimensional. Lo de las fronteras me parece un concepto de mercadillo vintage sin ningún tipo de atractivo. Ni para revista de tendencias. Yo no me pondría una frontera ni para ir a un festival de música inglés. Si tuviese que elegir dos secuencias que me han emocionado cada una de las mil quinientas veces que las he visto escogería la conversación final entre Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski en París, Texas y a Michael Caine corriendo por el Soho de NY y regalándole un libro de EE Cummings a Barbara Hershey en Hannah y sus hermanas. Ha habido y habrá muchas otras. Tiene que haberlas. Estoy seguro de ello. Si no, mi vida no tendría sentido alguno.

Aquí va, en metralleta. Las cosas que me gustan. Al loro.

Jeanette Winterson, Sam Sheppard, Raymond Carver, Jarvis Cocker, Olvido Gara, JD Salinger, David Bowie, Roberto Bolaño, Woody Allen, Pedro Almodóvar, Martirio y Paquita la del Barrio. Augusten Burroughs, Martin Amis, Laura Fernández, Santiago Roncagliolo, Nick Flynn, Charles Baxter, Patrick Modiano, John Cheever, Vila-Matas, Carmen Laforet, Bernard Schlink, Jeffrey Eugenides, Michael Cunningham, Joe Orton, Sarah Kane, Murakami, John Wray, Jim Thompson, Cole Porter, Cormac McCarthy, Antonio Orejudo, James Ellroy, Alice Munro, Belén Gopegui, Yann Martel, Richard Price, Fernando Vallejo, Philip Roth, Antonio Muñoz Molina, Truman Capote, Michael Chabon y Juan José Millás. Barcelona. Cortarme las uñas de los pies. Los Ángeles. San Francisco. Formentera. Repasar antiguas fotos en mudanzas. El sentimentalismo y la electrónica oscura. Los talleres mecánicos que abren 24 horas. El folk de guitarra. Las tortitas con sirope. Todo lo noir. Las pin ups. La poesía de Leopoldo María Panero. Lucien Freud. Dave Eggers. Christina F. Las ciudades y los bosques. Las playas escondidas. Miranda July, Tracey Emin, A.M. Homes, Nan Goldin, Paul Thomas Anderson, The National, las cantautoras bollo, Elvira Lindo, las Nancys Rubias, Eels, Ana D, Vicente Minelli, Luis Buñuel, Luchino Visconti, Johnny Cash, Sondre Lerche, Jon Brion, Fiona Apple, Melville, Julio Medem, Chet Baker, Federico Fellini (por supuesto), Robert Altman, Lars Von Trier, David Lynch, Cassavettes y Canino. También me apasiona Un profeta de Audiard. Francis Bacon. Carlos Díez. Ella Fitzgerald. Astrud. Sophie Calle. Las actrices que se arrepienten públicamente de haberse pasado con el bótox. El cine, SIEMPRE, de cualquier tipo y en cualquier lugar. El color rojo. Las exposiciones que no entiendo. El exceso de maquillaje sobre cualquier superficie. Las ingles. La danza contemporánea. Los atardeceres. El pelo púbico. La mahonesa. Los niños que hablan y observan con curiosidad y condescendencia (ellos sí que saben). Las oreos de chocolate blanco. Tolerar el malestar. El té rojo de cereza. Amaya Arzuaga. Todo lo incomprensible. Las preguntas sin respuesta. Los perros y los caballos. Javier Cámara y Jorge Calvo. Bernard Wilhem y Tom Ford. Edward Hopper y Carlos Berlanga. Victoria Abril y Rubén Ochandiano. Lola Dueñas y Carmen Machi. Los albornoces. La tortilla de patata. Los sofás con mantas calentitas. La coca cola light. Decir “¡¿Cómo?!”. Mario Vaquerizo. Los fanzines. Los hombres. Los hombres que no se depilan. Los cerebros rotos. Las luces de Navidad. Intentar mantener viva mi planta de aloe vera. Decir “te quiero” temblando de miedo. Mi terapeuta. El ukelele y el violín. Los camellos filósofos. Fracasar mejor. La micropoesía de Ajo. Pucci. Las emociones a flor de piel. Las cosas que no pueden explicarse, como los momentos intensísimos en los que una emoción líquida te invade la garganta y el pecho nublándote la mirada. La lluvia. El calor. Agradecer. Las terrazas con gente que sonríe o que llora en silencio mirándose a los ojos o apartando la mirada. Fumar dos cigarrillos seguidos. Las camisetas de tirantes. La gente que no sabe hablar y sólo se comunica cantando. Las vecinas que hablan de balcón a balcón. No adelantar acontecimientos. El movimiento 15-M. Los petazetas. Escaparme de fin de semana con amigos. El sexo con deseo. El sexo con amor. El sexo en todas sus vertientes. El amor en todas sus vertientes. La falta de prejuicios. Los graffitis. La defensa de la diferencia. El jazmín. Todo lo que sea de plástico y parezca barato (si es dorado me gusta muchísimo más). Los colores primarios, vibrantes. Lo excesivo (en las películas y también en las tetas). Las velas. Los adultos que saben que aún son niños (ellos sí que saben, también). Las duchas de agua caliente. Escuchar a Layla y a Cristina y a Gonzalo (a los dos) y a Rafa y a Xavi y a L-nita y a Ainhoa y a Deborah y a Miguel (a los tres) y a Cenzo y a Dani. El travestismo y la confusión de géneros. Sufjan Stevens, Scott Mathew, Leonard Cohen, Tom Waits, Lou Reed y Placebo. Sudar. Dar toques en Facebook a gente que no conozco. Las fotos de Jesús Ugalde, Markus Rico, Cesar Segarra, Robert Doisneau, Francesca Woodman y Diane Arbus. Decir cosas incoherentes para el mundo que tienen mucho sentido para mí. Las enfermedades mentales. Los locos y los incomprendidos. Los textos de Paco Tomás. Subrayar los libros (los pasajes que me gustan) y escribir en las páginas blancas de delante y de detrás. Amontonar notas en todo tipo de cajones. Las mujeres que se ponen calzoncillos para estar por casa. Las mujeres que salen a la calle en combinación, botas camperas y el pelo suelto. Intentar hablar idiomas que no sé (el de los sordos incluido). Hablar toda la noche (a oscuras o con luz). Ficcionar mi realidad. La gente mayor (si tienen muchas arrugas, mucho más). Los personajes de José Martret, Chéjov, Daniel Sánchez Arévalo y Noah Baumbach. Los peluches con agujeros. La ropa con agujeros. Los agujeros. Aquella chica de La Mode, Pesadilla en el parque de atracciones de Los Planetas y El faro de Joe Crepúsculo. Las millonarias mejicanas. Las millonarias cocainómanas que no hacen nada con su vida, sean de donde sean. Quedarme sentado. La Terremoto. Comunicarme con los ojos. Un café al sol. Mi diario. Fregar. No llevar ropa interior en verano. Cerrar los ojos y sentir la brisa en la cara. Sonreír a un extraño. Tirarme un pedo, y dos y tres. Las lágrimas sin dueño. Las modelos inteligentes y los políticos honrados. Doler por otros. Los silencios compartidos. Los humildes. Aceptar un consejo. Escuchar con atención. Sonreír de nuevo. La gente que responde con preguntas. Los que son valientes y los que se cagan de miedo pero siguen adelante, más valientes que los primeros. Un abrazo por sorpresa (también puede ser un beso). Los ideales imposibles. Las causas perdidas. Una mano que te tapa la boca con cariño. Aceptar en quién me he convertido. Apoyarse. Tratarme con cariño. Respirar. Pasear en moto por la ciudad vacía de noche sin dirección concreta. Un email (a veces). Compartirlo todo (hasta lo prohibido). Mostrar las heridas. Dejar ir. Cooperar. Besar los párpados. Las sonrisas furtivas y las carcajadas insolentes. Responsabilizarme. Dejar de pretender. Derruir personajes (en la realidad, porque en la ficción me gusta justamente lo contrario: construirlos). Seguir hablando. Los dedos en la boca. Los caretos en las fotos. Eyacular dentro de la persona que amo. Apretar la mano con fuerza metiendo todos los dedos dentro del lazo. Que se apoyen en mí. Una canción recuperada. Aprender lo que significa respeto (por los demás y por mí mismo). Una llamada de teléfono. Sentirme querido. Querer.

Estar aquí, desnudándome y escribiéndote. Sí, claro que me gusta. Muchísimo. Más que eso: me vuelve absolutamente loco.