Demokratía y guerra fría (II): El Telón de Bronce

Temístocles. Fotografía: Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

En estos momentos Atenas y Esparta son un remedo primitivo de los Estados Unidos y la URSS de finales de la Segunda Guerra Mundial; son aliados contra el mismo enemigo y tienen el conflicto de cara, y aparentemente son amiguitas. Pero se están jugando muchas papeletas para malos rollos futuros. Sus sistemas políticos son la noche y el día y ambas están destinadas a jugar papel de superpotencia. La diferencia es que Esparta no tiene ningunas ganas de gobernar el Egeo, por lo que esto implica en cuanto a crecer y transformarse, mientras que Atenas no solo lo mira con ojitos, sino que su metamorfosis ya ha comenzado. Cosa que a los lacedemonios tampoco es que les haga mucha gracia. Aunque hay buen rollo oficial entre ambos, quien vio venir el futuro con claridad fue, cómo no, Temístocles.

En cuanto las operaciones bélicas se alejaron de la Grecia continental, los espartanos propusieron, muy sutiles ellos, que estaría genial que se desmontaran todas las fortificaciones y murallas de las polis, con la excusa de que muchas ciudades aliadas del persa se habían tenido que tomar por asalto. Las risas fueron grandes en Atenas, que había sido saqueada por el enemigo y que en aquel mismo momento se encontraba enfrascada en poner sus muros en pie, objetivo en el que estaban pensando realmente los laconios. Temístocles, cual capitán Panaka, urdió una estratagema, plantándose en Esparta a entretenerlos con una patraña mientras mujeres y niños acababan las obras corriendo (479 a. C.). Para cuando los espartanos se asomaron por Atenas, la muralla se había completado a una velocidad que ni las constructoras hispánicas. Esto no les hizo demasiada gracia a los rústicos chicos sureños, que tomaron buena nota de la matrícula del ateniense.

Para acabar de liarla, el «Alto Mando Aliado» despachó la flota ateniense bajo mando espartano a pegar guantazos por ahí y tuvo lugar el feo asunto de la corrupción de Pausanias. Una vez destituido el lacedemonio y puesto al mando un ateniense, un «Telón de Bronce» iba a caer entre las polis. Esparta se desmarcó del asunto mientras que Atenas aceptó encantada de la vida ponerse al mando y para ello Arístides fundó una coalición, la Liga de Delos (477 a. C.). Delos-que-pagan, porque en esencia Atenas ponía los barcos, soldaditos y caballos y los demás aflojaban la cartera. Esta subcontratación de la cosa bélica traería consecuencias inimaginables. Pero de momento quedémonos con que los espartanos no olvidan, así que se las apañaron para acusar a Temístocles de estar implicado en la subversión de Pausanias. ¿Qué tiene que ver esto con la democracia? En pocas palabras, va a ser su sustento.

La flota ateniense. Fotografía: Cordon Press

La flota ha ganado la guerra, y ya no son los propietarios agrícolas y sus lanzas los que defienden Atenas en solitario. La marina no solo es el orgullo de la polis, sino su futuro. Es imprescindible para continuar las operaciones, mantener la Liga (y el cobro de contribución correspondiente) y arrojar al persa del resto de Grecia, así que los modestos van a querer ver su poder político aumentado e irrumpir a saco en la fiesta de la democracia. La facción «democrática» va a salir muy reforzada de la guerra y los acontecimientos posteriores, adquiriendo un tono claramente antiespartano y proexpansionista, como su líder. De hecho, una de las primeras medidas que tomará el demos es quitarse de en medio a la figura oligárquica del momento, Arístides, votando su ostracismo.

Pero paradójicamente, la facción aristocrática también va a reforzarse. Los hoplitas se han batido como machotes y el Areópago, reducto aristocrático, ha adquirido mucho prestigio tras dirigir la evacuación de la ciudad en momentos de grave peligro. Además, cuenta ahora con una joven promesa, el hijo de Milcíades, Cimón, que además ha heredado la inmensa fortuna de papi. Para colmo, muchos de sus cabecillas son strategos del ejército que tan brillantemente conduce la guerra contra Persia; el propio Cimón es puesto al mando de la expedición de la Liga para correr a gorrazos al persa hasta su tierra. Sin embargo, esta facción es partidaria de la amistad con Esparta, «home of the hoplites» polis oligárquica por antonomasia. La lucha política, pues, se va a recrudecer y tendrá como objetivo al hombre que ahora ostenta el título de «más popular de Atenas», el hombre en el cénit de su carrera, Temístocles, que se ha puesto además un poco chulito y al que los espartanos y sus amigos difaman. En 472 es condenado al ostracismo en una votación de la que se han encontrado abundantes ostrakón prefabricadas con su nombre ya impreso. Las irregularidades se inventaron ayer, como se ve.

Mientras tanto, la Liga de Delos se consolida a la vez que el fantasma del peligro persa se aleja. Cimón se hincha a repartir leches de tal modo que los aliados empiezan a plantearse que a lo mejor no hace falta ya la pseudo-OTAN esta. Sin embargo, a los atenienses les va muy bien esto de cobrar sus servicios militares por adelantado, y ese dinerito está haciendo mucho bien en Atenas, porque entre otras cosas servirá para sufragar la adquisición de muchos esclavos y la presencia en las asambleas de los más modestos; el imperialismo ateniense sostiene la democracia popular.

La organización de la Liga ya tiene mala pinta y no responde que digamos al modelo democrático: se reúnen dos órganos por separado, el de los atenienses y el del resto, así que ya se pueden imaginar qué clase de igualdad garantiza eso si el voto de Atenas vale por el de todos los demás juntos. Cuando se huelen que la Liga es un instrumento al servicio de la polis ática, algunas ciudades tratan de salirse. Pero la Liga de Delos es una especie de antecedente de instituciones futuras como la Iglesia católica o las compañías de telefonía móvil; es muy fácil entrar, pero salir es harina de otro costal. Naxos en 470 y Tasos en 465 tratan de borrarse del club y son correspondientemente represaliados por los atenienses, que mandan colonos —clerucos— a todas partes y se aseguran por encima de todo el cobro de sus servicios. ¿El persa? Bien, gracias.

Así están las cosas ahí fuera, pero… ¿qué ocurre en Atenas mientras tanto, una vez expulsado Temístocles? Pues el partido aristocrático, con Cimón a la cabeza, tratará de mantener a raya a los demócratas con un recurso muy actual; el evergetismo. ¿Qué es esto? Pues sencillamente que Cimón gastará parte de su dinero en abrir sus huertos, sus terrenos y su bolsillo para regalar al personal comida y sustento. Como nada es gratis en este mundo, una vez que pasas a ser mantenido de alguien te conviertes en su clientela, y como si de un precursor del camello moderno se tratara, si quieres seguir chupando del bote, en la ekklesía votarás lo que yo te diga. El pesebrismo se inventó hace veinticinco siglos. Así es como Cimón cree manejar el sistema político, pero un oportuno resbalón dará alas a sus enemigos políticos. En 462 a. C., Esparta sufre un tremendo terremoto y pide ayuda ante la rebelión de sus montones de hilotas. Cimón, que es muy proespartano él, convence a la asamblea de que le deje ir con cuatro mil hoplitas.

Cimón. Fotografía: Cordon Press.

Aparte de que los lacedemonios lo envían rápido a hacer gárgaras, porque no quieren saber nada de los atenienses y sus peligrosísimas innovaciones políticas, en su ausencia los cabecillas demócratas, Efialtes y el gran Pericles, han reformado la constitución de Atenas, sin referéndum ni nada. El Areópago es despojado de sus poderes auditores, que pasan a la boulé y la Asamblea del demos y se queda en lo justo para ver casos penales; los thetes ven su poder incrementado. 

Cimón volvió de Esparta con sus hoplitas todo despechado después de que sus amigos espartanos le dijeran que preferían una relación a distancia y que se fuera por donde había venido… solo para encontrarse un bonito ostracismo que le dejará fuera de combate en 462 a. C. Los ánimos en Atenas andaban revueltos y la respuesta de los lacedemonios no gustó mucho; de esta manera, la torpeza espartana demostró no tener límites, porque la influencia en Atenas de los partidarios de llevarse bien con los madelman peloponesios se redujo al nivel del salario mínimo español.

Esto dejó las manos libres a los demócratas para «rediseñar» la política exterior ateniense sin deberle nada a los pueblerinos del sur, por lo que se dedicaron a reforzar su imperio, con la flota en una mano y la lanza en la otra. Atenas no podía renunciar al pingüe negocio de la Liga de Delos, puesto que los ingresos que obtenían son directamente responsables de lo que exageradamente se conoce como «el siglo de Pericles», momento cumbre de la cultura, las artes y todo eso en lo que se gasta la pasta cuando sale por las orejas. Hay que decir, eso sí, que al menos tuvieron la deferencia de prescindir de parques temáticos desiertos y resquebrajados diseños de Calatrava y erigir obras de las que aún pueden verse. Pero no solo se empleaba el dinero para eso; lógicamente se invertía en barcos, caballos y guerreros, y también en una creación del propio Pericles: la subvención. También conocida como óbolo.

¿Para qué este invento del demonio? Básicamente porque para ejercer la politeia hay que ser un ocioso con mucho tiempo libre, y dicho perfil suele coincidir con el aristocrático. Las bases de la democracia, los marinos, se encontraban lejos de Atenas, persiguiendo al persa y metiendo aliados en cintura por el Egeo. Los hoplitas también tenían la cosa difícil para acudir a las asambleas, puesto que los que no guerreaban se dedicaban a sus tierras, y en general, para quien debía buscarse la vida currando era complicado pasarse por allá. Así que si bien la desarticulación (temporal) de la facción aristocrática acabó con la compra de voluntades que Cimón practicaba, la democrática tenía problemas para ejercer el poder desde una asamblea casi vacía compuesta por los más pudientes. En realidad, el óbolo no era mucho dinero, ni la mitad de un salario diario normal; pero poco es mejor que nada, así que los tribunales y las sesiones de la ekklesía comenzaron a llenarse de gente menesterosa que iba allí a cobrar, y si se tercia, a venderse. Una medida que en principio parecía una buena idea, destinada a que el pueblo pudiera tener algo de independencia política, acabó a la larga convirtiéndose en una fuente de problemas. Cosa que al pobre Pericles le va a pasar bastante a menudo, pero eso ya se verá más tarde.

Sea como fuere, finiquitada la práctica del evergetismo y por tanto el control de los ricachos sobre el demos a golpe de talonario, este volvió a tomar las riendas del Estado de la manita del gran Pericles. Que era un señor paradójico, puesto que se trataba de un líder democrático de origen y talante aristocrático; este extraño equilibrio contribuye también a la no menos paradójica situación de que los ciudadanos atenienses y su democracia se vuelvan bastante «aristocráticos» en sus decisiones. Que estaban estaban sobre todo encaminadas a mantener, ampliar y fortalecer el sistema que les permitía gobernarse: el imperialismo. Vamos a patearnos la política exterior de Washington… Atenas.

Se basó esta en dos líneas principales de actuación; una consistió en mangonear en el área alrededor del Ática, lo que incluía Grecia Central y las ciudades de la costa norte del Peloponeso. Un juego bastante peligroso, puesto que si bien los atenienses se limitaron a molestar a algunos miembros de la Liga del Peloponeso (quienes, como buenos griegos, peleaban entre ellos), afectaba indirectamente a Esparta, riesgo que al parecer les importaba tres pepinos. Así, Atenas se alió con Tesalia (expartidaria del persa en las Guerras Médicas) y Argos, en virtud de sus malas relaciones con Esparta, y también consiguió atraerse a Mégara, que como tenía un contencioso con Corinto, no vio mayor problema en pasarse a la Liga de Delos. Por fin Atenas podía rendir cuentas pendientes con potencias marítimas vecinas como Egina, Corinto y sus amiguitos.

Ciudades todas ellas que veían con mucha alarma la enorme expansión ateniense, que amenazaba con estrangularlas y someterlas, y ahí entroncamos con la segunda línea: la guerra con Persia como excusa para incorporar ciudades a la Liga de Delos, ergo a la cuenta de resultados. Después de la galleta tremenda que se llevaron en Eurimedonte los persas a manos de Cimón (antes de que lo largaran), la marcha de las operaciones iba cuesta abajo, y cada vez más los atenienses estaban más ocupados en instalar clerucos por ahí y en favorecer al partido del demos de las ciudades de la Liga que en otros asuntos. Esta exportación de la democracia en realidad era solo aparente, puesto que, si bien los atenienses en política interna no se metían, el demos de cada ciudad aliada en política exterior ni pinchaba ni cortaba, así que se trataba de una democracia bastante poco soberana que nos recuerda algo a todos.

Todo esto, además de suponer una escalada de tensión que acabará muy mal, como el agorero de Tucídides no se cansa de repetir, exigirá a Atenas un esfuerzo muy grande, y como ya sabían las viejas castellanas en su día, «quien mucho abarca, poco aprieta». Para resumir, la triple alianza Atenas-Argos-Mégara empezó a darse piñazos con Corinto & Asociados, lo que preocupó lo suficiente a los lacedemonios como para sacar a sus muchachos a pasear por Grecia central. Además, por entonces Atenas se había metido en Egipto a chinchar al persa; demasiados frentes abiertos, así que Pericles echó marcha atrás. En democrático consenso con la facción aristocrática y aprovechando que el ostracismo de Cimón caducaba, consiguió que el forrado ateniense negociara con sus amiguitos espartanos una tregua para acto seguido ir a hacer lo que más le gustaba: correr detrás de los persas cual toro sanferminero en pos de un grupo de australianos borrachos. Pero hete aquí que en Chipre Cimón palmó, y muerto el mayor partidario de la guerra, no quedó otro remedio que firmar la paz (de Calias, en 449 a. C.), muy necesaria para ambos bandos.

Sin embargo, este armisticio dejó a Atenas en un compromiso; una vez finiquitado el objetivo para el que se creó la Liga, los aliados comenzaron a pensar que iba siendo hora de disolver el club de los paganos. Cosa que a los atenienses ni se les pasaba por la cabeza, ya que los subsidios les permitían mantener veinte mil bocas de ciudadanos aproximadamente. Así que hizo justo lo contrario, reforzar el control sobre la Liga, animar amistosamente a punta de lanza a entrar a nuevos «amigos», reprimir las rebeliones contra esta hegemonía (Eubea, el incidente de Samos, Bizancio) y buscarse nuevos conflictos que la justificaran. Vuelta la burra al trigo: Esparta se enfada, se da un paseo por Beocia, se enseñan todos los dientes, se va salvando la situación como se puede, etcétera. Pero en el fondo, dado que ni Esparta ni Atenas modificaban sus políticas esenciales, todos sabían que el equilibrio no se podía mantener siempre y que al final se iba a liar parda. Uno de estos listos era por supuesto Pericles, que ya había creado un fondo de reserva de mil talentos de oro y tenía un plan bélico diseñado para cuando estallara lo que al final estalló en 431; la guerra mundial griega, más conocida como Guerra del Peloponeso.

(Continúa aquí)


Futuro Imperfecto #26. Fin del confinamiento: y qué

Barcelona, 6 de mayo de 2020. Foto: Adrià Salido Zarco/NurPhoto.

El gobierno salvó el miércoles el estado de alarma, pero por poco. Una parte notable de los ciudadanos, según la matemática del parlamento, hubiera preferido el fin del confinamiento. ¿Habría pasado algo? En lugar de responder con nuestras opiniones, analizamos ese gran laboratorio de experimentación en que se ha convertido el mundo. Sin importar país o cultura, oscilamos entre dos polos opuestos, salvar la economía arriesgando vidas o mantener la cuarentena e ir al desastre económico. Lo que Juan Ignacio Pérez definió como «el diabólico dilema entre salvar la bolsa o la vida».

Suecia admite su error

Su gobierno adoptó desde el minuto uno la estrategia de «inmunidad de grupo», sin cuarentenas. La medida fue impopular, pero sus ciudadanos aceptaron el discurso de que era mejor afrontar muertes que matar la economía. Se les prometió que tenían la mejor y más preparada sanidad del mundo.

Esta semana supimos que ya tienen más muertes en proporción a su demografía que Estados Unidos, con el 90% de fallecidos mayor de setentaaños, y que su banco nacional prevé una contracción del PIB de entre el 6,9 y el 9,7%. Su economía depende demasiado de las exportaciones como para salvarse sola, así que este país, que en abril era un ejemplo para el mundo según la OMS, admitió el jueves su estrepitoso fracaso con esta estrategia de no hacer confinamiento.

Parece una lección a medida para el resto de países, especialmente para el nuestro, que va a comenzar a ser asimétrico. El gobierno de la Comunidad de Madrid no pudo ser más sueco: o aprendemos a convivir con el virus o matamos el 20% del PIB nacional. Solo que desescalar sin más tampoco asegura que salvemos el tejido económico. A los hechos nos remitimos.

La rotura de las cadenas de suministros

Wendy’s, tercera cadena de hamburgueserías de Estados Unidos, se quedó sin producto el miércoles para uno de cada cinco establecimientos. Costco, quinta cadena de supermercados del país, ha limitado la cantidad de carne que puede comprar cada cliente. El desabastecimiento de vacuno, cerdo y pollo se ha generalizado, y va en aumento en todos los estados. Las noticias sobre plantas de procesamiento (mataderos) con centenares de obreros contagiados se suceden. Hablamos de lugares con entre mil y tres mil empleados. A medida que las autoridades hacen test encuentran que la mayoría de los trabajadores contagiados son asintomáticos. Y proceden a cerrar empresas.

Sus trabajadores no son fáciles de sustituir masivamente: suelen ser inmigrantes sin papeles, relativamente bien pagados. Las condiciones de trabajo siguen siendo tan brutales como las describió Uptown Sinclair en La jungla y es prácticamente imposible que adopten medidas de protección suficientes contra el coronavirus. 

Las granjas se saturan sin mataderos donde enviar el ganado, la carne escasea, y Trump ha dictado una orden ejecutiva para impedir que los mataderos se cierren, aunque tengan gente enferma trabajando en ellos. Confía, junto con sus asesores, en estar aplanando la curva, y que la medida no agrave la situación, y de paso acabe con el desabastecimiento. Aunque su epidemiólogos aseguran que el gobierno se equivoca, y los contagios se duplicarán en breve. Estas curvas de predicción por estados dan miedo, pero más miedo le da a Trump perder las elecciones de noviembre si no reabre para estimular la economía. 

¿Todo esto nos pilla lejos? Nosotros no tenemos inmigrantes para recoger las cosechas, y no sería impensable que comenzasen a notarse los efectos de esa escasez en nuestros supermercados o el aumento de precios. En este caso por tener cerradas las fronteras. Veremos. De momento esto no es un problema de salud ni de vidas, sino de decisiones. Tomadas en acuerdo entre técnicos y políticos, gobiernos y oposición, o coaliciones.

¿Cómo me juzgarán las urnas?

En la conciencia de los políticos de todo el mundo pesan más los votantes que los muertos. Y de momento no saben qué les funcionará mejor, si salvar vidas o la economía. Últimamente se ha comentado que los países con mujeres al frente están teniendo mejores resultados en la lucha contra el virus. Y también que aquellos dirigentes que no se enfrentan a una reelección están tomando decisiones similares y más acertadas de momento, en vidas e impacto económico, que los que planean ser reelegidos.

En Francia ha ocurrido algo similar a lo de nuestro país. La oposición trató de acabar con el «estado de alarma» de Macron. El intento quedó reducido a introducir tres enmiendas en el decreto gubernamental. Redujeron el confinamiento hasta el 11 de junio —desde el 23 previsto por el gobierno—; eliminaron las responsabilidades penales por COVID-19 para cargos públicos; y prohibieron que se usen tecnologías de rastreo para el seguimiento de enfermos. Pero avisando que el mandato de su presidente está tomando una deriva totalitaria. O bipolar, según se mire: a la vez que advierte sobre la imposibilidad de viajar en vacaciones dentro del país, reabre los colegios, mientras su número de contagiados no deja de crecer. Pero el PIB francés no se resiente de momento. Será interesante ver cómo le funciona la vuelta al cole para aplicarnos el cuento.

La batalla del aprobado político la gana, de momento, Conte en Italia. El 71% de los votantes aprueba su gestión. Eso ha descolocado a la Liga Norte, principal opositor, porque las cifras de contagiados y fallecidos del país son muy elevadas, casi idénticas a las españolas. Y no le aprueban por lo económico: su ministro de economía prevé una contracción de un -8% en el PIB, una deuda que subirá al 155,7% (estaba en el 135,2%) y diez millones de italianos que pasarán a ser pobres, con dificultades para alimentarse y comprar medicinas. El aprobado pese al desastre puede ser el mayor temor de los partidos opositores, y como en el caso de elegir entre economía o muerte, no hay un indicio claro de qué estrategia es la mejor. Diversos estudios demuestran que se demanda o no a los médicos por su empatía, más que por su conocimiento o impacto en una negligencia médica. ¿Es posible que esté ocurriendo algo parecido con los políticos?

Fuera de los países confinados la pandemia explota

He aquí la otra incógnita. Si nosotros aplanamos la curva, de dónde vendrá el próximo foco. Muchos territorios nacionales como Francia o España, instalados en el top 3 mundial del turismo desde hace años, tienen cerradas sus fronteras. Así que nuestros ochenta millones de turistas internacionales, que sumaban su consumo a los cuarenta y siete millones de habitantes que somos, están por ahí, esperando volver.

Podrían llegar de Nigeria, país que hasta el lunes estaba libre de la epidemia. Ese día los enterradores de Kano, ciudad del norte, avisaron de un súbito incremento en su carga de trabajo. Cuando empezaron los test tuvieron mil casos el primer día, el siguiente tres mil, ahora ya tienen sanitarios muertos y enfermos. Los hospitales privados, que cubren la mitad de la asistencia sanitaria del país, han cerrado por miedo. Los públicos se han saturado. Los necesarios EPI y respiradores del mercado internacional no les llegan, y aunque su gobierno trata de buscar fabricantes en el interior, resulta que no tiene industria para fabricarlos. ¿Les suena? No, no es un déjà vu.

Y Nigeria no está en la peor situación porque es un productor de petróleo y tarde o temprano su economía se recuperará. El centro y oeste del continente, pobres, se enfrentan a una hambruna que afectará a cuarenta y tres millones de personas, provocada por la plaga de langosta y la COVID-19. Es el motivo por el que los «enterradores danzarines» de Ghana han aprovechado su popularidad en internet para pedir que te quedes en casa. Tras esa simpatía se esconde un importante aviso: aunque nosotros frenemos la pandemia, en África, Estados Unidos, y Brasil sigue expandiéndose, por lo que si abrimos las fronteras pueden exportarla. En un mundo cada vez más global y conectado, la cooperación conjunta empieza a ser cada vez más importante, por mucho que la aplicación de medidas deba ser local a nivel práctico.

¿Es una elección entre trabajo o riesgo de muerte?

Los que gobiernan no se atreven a decirlo, y cuando lo hacen terminan por arrepentirse, como le pasó a Boris Johnson y a los suecos. Merece por eso la pena fijarse en el caso argentino. Su economía es un desastre de décadas, si la estropean un poco más irán al abismo… o no, que ya son muchas décadas así. Pero por prudencia no pueden hacer cuarentena, así que intentan evitar el pico de contagios a la vez que dejan que la COVID-19 se expanda. 

La doctora Ángela Gentile —equivalente aproximado por cargo al doctor Fernando Simón— explica que lo van consiguiendo: pasaron de duplicar los casos cada tres días a un intervalo de diez, que ahora ya está en diecisiete. Buscan la inmunidad de grupo, y mantener los puestos de trabajo, pero esta médico explica con serenidad que lo pagarán en muertes… qué remedio. 

Aún tenemos que saber qué pasará con el COVID-19. Si se detiene y no regresa, como pasó con el SARS, MERS, ébola y la gripe aviar, quien haya salvado la economía alcanzará la gloria. En el siguiente gráfico se puede comprobar cómo estamos a día de hoy respecto a muertes y caída esperada en el PIB. Las cifras variarán, la demagogia se olvidarán y los supervivientes emitirán su juicio.

Comparativa entre el impacto económico y las vidas perdidas por COVID-19 por países y situación actual de España. Gráfico: @JesusGilCanals

¿Qué hace alguien como tú en una crisis como esta?

Leer. Ser crítico. Cuidarse. Prepararse. Y aprender. Compartimos uno de los mejores artículos que hemos leído escrito por un médico que ha trabajado en la UCI con enfermos. No es sentimentaloide, ni quejoso. Solo explica cómo es esa neumonía silenciosa del coronavirus que acaba con la vida o deja secuelas permanentes, además de colapsar los sistemas sanitarios. ¿Conclusión? Ninguna. Para sacar conclusiones, la soberanía sigue siendo de ustedes.


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Club atómico español: se ruega entrar en silencio

Bomba perdida en Palomares, 1966. Foto: Cordon.

¿No dedicaremos los últimos años de nuestra existencia al perfeccionamiento de las armas de fuego? ¿No ha de presentarse una nueva ocasión de ensayar el alcance de nuestros proyectiles? (…) ¿No sobrevendrá una complicación internacional que nos permita declarar la guerra a alguna potencia transatlántica? ¿No echarán los franceses a pique ni uno solo de nuestros vapores ni ahorcarán los ingleses (…) a tres o cuatro de nuestros compatriotas? 

Julio Verne, De la Tierra a la Luna. Trayecto directo en 97 horas

Verne era un cachondo. En el Gun Club de su novela De la Tierra a la Luna, oficiales mutilados suplican que vuelva la guerra para seguir ideando armas mientras se rascan con el garfio la cabeza, mitad carne y hueso, mitad goma, y los rescoldos de la chimenea les van chamuscando, sin que se den cuenta, las piernas de madera. El hombre de guerra no se preocupa de sus miembros amputados mientras quede la opción de matar a mordiscos, nos enseñó Monty Python. El Gun Club no son solo hombres de guerra. Son inventores cuya «única preocupación», los describió el francés, «era la destrucción de la humanidad» y «el perfeccionamiento de las armas de guerra consideradas como instrumentos de civilización». 

Ya les hubiera gustado saber a los del Gun Club que un siglo después sería posible idear armas sin demanda de disparos. Que habría guerras a base de amagos, de difundir las veces que era posible destruir al de enfrente, enfrentamientos basados en la velocidad de reacción para que desaparezcan los dos contrincantes en caso de que sea el otro quien empiece la fiesta. Una guerra de medírselas. Una guerra fría. 

En 1966, Estados Unidos contaba con 31 175 cabezas nucleares. La URSS, con 7091. Los primeros estaban a un año de alcanzar su cota máxima. A los segundos les faltaban veinte para llegar a la suya, las 40 159 cabezas nucleares que llegaron a acumular en 1986 según el Bulletin of the Atomic Scientists. En 1966, el Reino Unido tenía 281 cabezas nucleares; Francia, 36, y China, 20. España… 

España vivía el pulso entre falangistas y tecnócratas del Opus que terminó con la victoria aplastante de estos últimos. Entre los falangistas estuvieron los más firmes defensores de hacer todos los esfuerzos necesarios para entrar en ese club de las armas de almacén gracias a un grupo de personas que podrían perfectamente ser personajes de Verne. A los falangistas no les gustaba el Pacto de Madrid, no entendían aquella cesión de territorio y soberanía sellada en 1953 entre Franco y Dwight Eisenhower para el establecimiento de las bases militares estadounidenses. Por eso algunos apoyaron con entusiasmo retar en secreto a la primera potencia mundial pese a ser esta quien, aunque fuese por claros intereses geoestratégicos, estaba contribuyendo a sacar a España de la quiebra. 

Fue Guillermo Velarde, general de división del Ejército del Aire, presidente del Instituto de Fusión Nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid, quien pudo hacer que España entrase en el club de la bomba nuclear. Hizo todo lo posible por lograrlo, incluso después de lo ocurrido aquel 17 de enero.

En 1966, dos bombarderos estadounidenses B-52 y dos aviones cisterna KC-135 se cruzaron en el cielo en la vertical sobre Palomares, pedanía del municipio almeriense de Cuevas del Almanzora. Uno de los bombarderos venía de la frontera de Turquía con la Unión Soviética, el otro iba hacia allá. Formaban parte de la Operación Chrome Dome de Estados Unidos, que mantenía vuelos las veinticuatro horas del día de aviones cargados con armamento nuclear en las proximidades de la URSS y de los países del Pacto de Varsovia. 

Desde la aparición de los B-52 y de los aviones cisterna KC-135, con mayor capacidad de almacenaje de combustible, ya no era necesario que los bombarderos tocasen suelo fuera de Estados Unidos, ni que las bombas y sus secretos se almacenasen o durmiesen por unas horas siquiera en otros países. Eran las naves con el combustible las que salían de las bases de las naciones aliadas al encuentro de los bombarderos para que repostaran en el aire. Debido a este trajín, a Palomares le pasaban por encima cada día seis vuelos (tres de ida y tres de vuelta), cargados con cuatro bombas termonucleares cada uno, y otros tantos aviones cisterna que procedían a realizar sobre el cielo de la pedanía almeriense la maniobra de repostaje. Mucha papeleta diaria para esquivar siempre la mala suerte.

En una de aquellas misiones, uno de los bombarderos colisionó en el aire con el avión nodriza que lo abastecía y los restos de las aeronaves cayeron sobre cientos de hectáreas, entre edificios, cerca de una escuela, junto a un cementerio, mientras los habitantes del municipio veían el cielo venírseles encima convertido en llamas. Las cuatro bombas que portaba el B-52 se desprendieron poco antes. Los paracaídas de dos de ellas suavizaron su contacto con la tierra y con el mar, respectivamente. No ocurrió lo mismo con las otras dos. A una le funcionó parcialmente y el de la otra ni siquiera se abrió, precipitándose contra el suelo con tal virulencia que dejó un cráter de 6,6 metros de diámetro y dos de profundidad. El explosivo convencional de ambas estalló, el envoltorio se resquebrajó y el plutonio que contenían se dispersó por la zona. Aún hoy sigue contaminada sin que España haya logrado arrancar a Estados Unidos un compromiso vinculante de su limpieza.

Robemos la bomba

Bomba recuperada en Palomares. Foto: Cordon.

A mediodía de la jornada del accidente, el comandante de Infantería de Marina Rafael Nuche entraba en el despacho del entonces comandante (después general de división) del Ejército del Aire Guillermo Velarde en la Junta de Energía Nuclear, la JEN. «¿Te has enterado de que esta mañana ha chocado un bombardero americano (…) y han caído dos bombas atómicas en paracaídas?», le suelta. «Es la primera noticia que tengo», responde Velarde, «pero lo que llevan en esos vuelos estratégicos los B-52 no son bombas atómicas, sino bombas termonucleares». «¡No jodas!», le sale a Nuche el analista que lleva dentro, cuenta Velarde en su libro Proyecto Islero: cuando España pudo desarrollar armas nucleares (Guadalmazán, 2016).

Por la tarde, Nuche vuelve al despacho de Velarde y le informa del plan que se le ha ocurrido. Abajo les espera un camión con una grúa preparado para llevarlos carretera abajo hasta Palomares con el fin de recoger una de las bombas, que han encontrado intacta, y poder tenerla en Madrid a primera hora de la mañana. «El comandante del puesto ha colocado un retén de la Guardia Civil para vigilarla», le dice Nuche a Velarde para que vea que el plan no tiene agujeros. No se le ha pasado al comandante por la cabeza que otro B-52 sobrevolaba Palomares en sentido contrario a la misma hora del accidente, que el piloto de ese bombardero vio el accidente e informó a sus superiores y que a mediodía, más o menos a la hora en que Nuche le había hablado a Velarde por primera vez de lo ocurrido, había sobrevolado el lugar un T-39 como primer paso para activar la Operación Broken Arrow, la búsqueda de las bombas. En plena guerra fría, no había cosa que pusiera más nerviosos a los estadounidenses que perder una de sus armas nucleares, imaginarla con sus misterios expuestos a ojos no deseados.

A primera hora del día siguiente, los estadounidenses levantaron con un helicóptero la bomba encontrada cerca del río Almanzora y la cargaron en un camión que la llevó a la Base de San Javier (Murcia) y de allí, en avión, a Torrejón de Ardoz (Madrid). A las 9:30 horas ya habían localizado la segunda bomba, a la que le había fallado totalmente el paracaídas. A las once apareció la número tres, con el paracaídas parcialmente abierto. Ni rastro de la cuarta. Faltaban más de dos meses y medio para que dieran con ella, en el mar. El nerviosismo de los norteamericanos fue creciendo exponencialmente según pasaban los días sin rastro del artefacto.

Proyecto Islero

Cuántas cosas debieron de rondar por la cabeza de Velarde la noche del accidente. Habían transcurrido poco más de tres años desde la carta del presidente de la Junta de Energía Nuclear, José María Otero Navascués, informándole de que tenían luz verde para su proyecto. Era Navidad, 1962. Velarde se encontraba desde hacía años en Estados Unidos, enviado por el propio Otero para estudiar y después trabajar en Atomics International. En octubre de ese año había tenido lugar la crisis de los misiles de Cuba, cuando un avión espía U-2 de Estados Unidos descubrió plataformas de lanzamiento de misiles en la isla. El proyecto del que le hablaba la carta era el visto bueno al desarrollo en España de la bomba de plutonio. La autorización venía de bien arriba, del entonces vicepresidente del Gobierno y jefe del Alto Estado Mayor, el capitán general Agustín Muñoz Grandes, uno de los miembros del Gobierno a los que les salía sarpullido de ver las barras y las estrellas. 

La reacción de Estados Unidos en caso de enterarse de los planes nucleares de España, sobre todo porque dichos planes venían apoyados por el general De Gaulle en Francia, podría convertirse en un grave problema. Otero Navascués tenía claras dos cosas. La primera era que, para llegar a buen puerto, el desarrollo de la bomba atómica española tenía que hacerse en un entorno bajo su control donde blindar el secreto, es decir, en la JEN. Y la segunda, que había que convencer a los de arriba de ideas aparentemente antagónicas: que el proyecto era lo suficientemente fácil como para ser posible y lo suficientemente complicado como para disuadirlos de que quisieran meterle mano. Pidió a Velarde que trabajase en dos documentos: un estudio de viabilidad y el proyecto técnico de desarrollo de la bomba. Uno, simple; el otro, solo para especialistas. Es al proyecto de la bomba en sí al que Velarde le pone el nombre de Proyecto Islero (Proyecto I), nombre del toro que mató a Manolete, tan convencido estaba de que aquello se lo podía llevar por delante.

El Proyecto Islero se dividió en dos fases. La primera, la de desarrollo de la bomba, incluía las configuraciones y densidades para conseguir que el rendimiento de la explosión fuese óptimo. Resumiendo: calcular cómo lograr un buen pepinazo. Resulta que las bombas atómicas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, tanto la de uranio, llamada Little Boy, como la de plutonio, denominada Fat Man, no lograron el poder destructivo previsto. Los veinte kilotones que debieron desatarse en cada una quedaron en doce en Hiroshima y en nueve en el caso de Nagasaki. Eran bombas atómicas. Su energía se medía en kilotones, muy lejos de los megatones de las termonucleares. 

Con el diseño del artefacto listo, se pasaba a la segunda fase: el combustible. Había que elegir el reactor nuclear que iba a producir el plutonio y enriquecerlo al noventa y cuatro por ciento. Todo parecía avanzar de forma óptima. El ministro de la Presidencia, almirante Luis Carrero Blanco, apoyaba en teoría el proyecto negándose a cualquier recorte de presupuestos de la JEN, recurriendo incluso a las divisas reservadas para casos especiales, y las decisiones del día a día sobre Islero seguían en manos de dos personas: Velarde y Otero Navascués.

Según su plan, la idea inicial del Proyecto Islero fue contar con un reactor de pequeño tamaño dedicado en exclusiva al plutonio para las bombas. Los tecnócratas ya eran fuertes para entonces en el Gobierno de Franco y el nuevo ministro de Industria, Gregorio López Bravo, transformó el proyecto en un reactor de producción de energía eléctrica y se lo llevó a Cataluña. Nacía Vandellós I. Pero lo más importante es que López Bravo se negó a que fuese el INI quien asumiese en solitario junto a Électricité de France (EDF), también pública entonces, la construcción y gestión del reactor y no paró hasta lograr que la empresa privada entrase en la ecuación, para desesperación de Velarde, de Otero Navascués y del entonces presidente del INI, Juan Antonio Suances. Con aquella mano privada en su proyecto veían complicarse cada vez más las intenciones de mantener sus planes blindados contra filtraciones que los pusieran en conocimiento de Estados Unidos. Velarde cambió el paso. Elaboró un proyecto de producción de energía eléctrica a partir de plutonio, desarrolló sus códigos y lo llamó también Islero, para poder reaccionar si el nombre llegaba a oídos inapropiados. Según sus cálculos, con el siete por ciento de los elementos combustibles del reactor de Vandellós y el cinco por ciento del tiempo destinado a producir energía eléctrica, era posible obtener el plutonio enriquecido suficiente para fabricar cinco bombas atómicas al año.

López Bravo estaba en contra y no desaprovechaba la ocasión de decírselo a Franco, lo que llegó a oídos de Muñoz Grandes, que explotó de ira y se refirió a él, según Velarde, como el «niñato de los cojones».

El «niñato» se la jugó de verdad cuando a finales de 1965 le dijo a Franco que, según el informe de la JEN, el Proyecto Islero iba a costar cerca de sesenta mil millones de pesetas, un movimiento de capital que hacía muy difícil evitar que se filtrase la operación. Los cálculos de la JEN, que eran los de Velarde, nunca fueron esos. Lo que decía su informe era que, de no haber existido la JEN y sus trabajos en el campo nuclear, podría haberse llegado a esa cantidad, pero que gracias a los avances de este organismo era posible desarrollar y fabricar las primeras tres bombas de plutonio por algo más de diez mil millones de pesetas, que se elevarían a veinte mil millones si se incluía el coste de realizar una prueba nuclear en el Sáhara. 

Y llegó el accidente de Palomares.

Bombas estadounidenses, tierra española

Grupo de militares norteamericanos buscando restos de las bombas nucleares en Palomares, 1966. Foto: Cordon.

Velarde viajó hasta allí para, en las narices de los estadounidenses, recoger restos en las zonas en las que habían caído las bombas dos y tres, las del fallo de los paracaídas, las áreas más contaminadas. El poderoso general Wilson se encuentra con él en plena recolecta. No se puede creer lo que ve. «Se está usted llevando propiedades del Gobierno de los Estados Unidos», le dice. Velarde no se arruga, asegura en su libro. «Me llevo tierra contaminada, que es española», le suelta. «Si contiene trozos de la bomba, no es culpa mía que a ustedes se les haya caído aquí». 

En sus paseos por la zona contaminada, Velarde encuentra una alta actividad en algunas piedras, como si el plutonio estuviese incrustado en algún producto que se hubiera pegado a ellas. Le pregunta a Wilson, que le dice que eso es por la esponja de poliestireno que colocan alrededor de las bombas para mitigar los golpes. Velarde no se lo traga. Aquello era absurdo, pero se queda con la copla de la esponja. Empezó a sospechar que era un componente de la bomba, y con el tiempo seguir esa pista le serviría para redescubrir el método Teller-Ulam, la fórmula para desarrollar la bomba termonuclear, capaz de producir megatones de energía. Según este método, la bomba atómica de plutonio, que va en el interior del artefacto termonuclear, se usa solo para producir rayos X, que son transmitidos a través de una esponja de poliestireno a un recipiente con deuterio-tritio que, al fusionarse, produce la explosión nuclear. Estados Unidos había logrado desarrollarla en 1952, gracias a los estudios de Stanislaw Ulam y Edward Teller. La URSS lo lograba un año después, tras el redescubrimiento del método por Andréi Sájarov, Yuli Borísovich Jaritón y Yákov Borísovich Zeldóvich. Francia y China también desarrollaron sus propios métodos para la bomba termonuclear. En España fue determinante el accidente de Palomares para que Velarde encontrase el método. Con Vandellós I en funcionamiento, según sus cálculos, se habrían podido obtener en ocho años treinta y dos bombas atómicas y ocho termonucleares. 

«He considerado las ventajas que tendría para España poder disponer de un pequeño arsenal de armas nucleares, pero estoy convencido de que, antes o después, sería prácticamente imposible mantenerlo en secreto. España no podría soportar otras sanciones económicas, razón por la que he decidido posponer el desarrollo de este proyecto». A Franco no le sirvieron las explicaciones de Velarde. Ni el desmentido sobre los sesenta mil millones de pesetas ni la explicación pormenorizada de las cautelas que había tomado para mantener el secreto. Tras el accidente de Palomares decidió dar carpetazo al Proyecto Islero. 

Velarde nunca abandonó por completo dicho proyecto. Durante los seis años siguientes a la orden de detenerlo, siguió desarrollando los cálculos para aplicar una versión del método Teller-Ulam. Hubo dos amagos de reanudar el Islero, pero la historia volvió a ponerse en su contra y nunca se reactivó realmente.


Destino Manifiesto: la improbable república de Texas

Sam Houston en la batalla de San Jacinto, de Henry Arthur McArdle, 1898. La obra se encuentra en el Capitolio de Texas. Clic en la imagen para ampliar.

Sam Houston tenía prisa. Tanta, que envió sus tropas a cruzar el río San Jacinto en el ferry de Lynch sin darles tiempo ni para prepararse la comida. No era una cuestión de cobardía: un hombre que se fuga de un hogar acomodado a los dieciséis años para irse a vivir entre los indios cherokee no es precisamente un miedoso. Todo lo contrario. Houston era un hombre de acción acostumbrado a los vaivenes de la vida fronteriza, y sabía reconocer una oportunidad cuando la tenía delante. Tras casi dos meses de duras derrotas y amargas retiradas hacia la frontera estadounidense, huyendo del enemigo, por fin el general-presidente Santa Anna había cometido un peligroso error; encajado entre un bosque elevado al frente y un lago pantanoso a su espalda, el ejército mexicano se encontraba en posición vulnerable. Era el momento de arriesgar y acabar de una vez por todas con un controvertido conflicto que se arrastraba durante al menos las últimas tres décadas.

1804. El famoso naturalista Alexander von Humboldt acaba de terminar un increíble viaje de cinco años a lo largo y ancho del virreinato de la Nueva España. Durante todo ese tiempo, el investigador prusiano ha contado con la generosa ayuda de las autoridades españolas y de lo más selecto de la intelectualidad novohispana para completar un impresionante compendio de conocimientos sobre aquellas tierras. La información recopilada no solo es novedosa por su gran precisión y detalle; Humboldt es el primer viajero protestante que tiene acceso sin restricciones a las maravillas de las regiones coloniales hispanas, hasta entonces un terreno celosamente protegido de ojos foráneos. Tras entregar los resultados de su trabajo al virrey, y antes de volver a Europa, Humboldt aprovecha para visitar a un hombre al que admira profundamente: el presidente de la flamante nueva república de los Estados Unidos de América, Thomas Jefferson.

Por aquel entonces el científico era un personaje tremendamente popular por su defensa del liberalismo político y el humanismo —teñido de cierto clasismo y supremacismo blanco—, al igual que Jefferson, por lo que el encuentro entre ambos dio lugar a una fructífera amistad. Sin embargo, no solo se dedicaron a teorizar sobre la capacidad de los habitantes de América para decidir su futuro en pie de igualdad con los europeos —origen remoto de la doctrina Monroe—; cuando el prusiano mostró los magníficos mapas de la Nueva España que había elaborado, Jefferson apenas podía creerse el golpe de suerte que tenía entre manos. Humboldt era un hombre de ciencia, partidario de compartir el conocimiento, pero aun así es difícil asumir sin más que se le escaparan las implicaciones políticas que tenía la decisión de cederle a Jefferson tan valiosísima información sobre una potencia vecina. Si bien las acusaciones de espionaje son infundadas, y Humboldt se pasó largo tiempo reclamando la devolución de los mapas al gobierno norteamericano, debía al menos intuir la ventaja estratégica que otorgó a la naciente república americana.

Sin duda la fortuna sonreía a los estadounidenses. Tan solo un año antes, habían tanteado al cónsul general francés, Napoleón Bonaparte, la posible compra de una porción de la Louisiana francesa, encontrando una sorprendente respuesta: o la adquirían entera o nada. El futuro emperador había perdido todo interés en el continente americano tras el fiasco de la intervención en Haití y Santo Domingo, y por quince millones de dólares se deshizo de un área gigantesca que comprendía desde la frontera con Canadá a la desembocadura del Mississipi. En la operación de bienes raíces más rentable de la historia de la humanidad, los Estados Unidos doblaron su territorio de golpe. Nuevas fronteras, nuevas preocupaciones: asegurar los flancos del río se convirtió en una prioridad para Washington, dando el pistoletazo de salida a una política de expansión sin precedentes. Era necesario delimitar fronteras con el viejo nuevo vecino que ocupaba la mitad de la actual república federal: España. El tratado Adams-Onís de 1819 solucionó buena parte de los problemas, supuso la venta de la Florida —difícil de administrar para los españoles— y fijó los límites entre la República y el Virreinato. A pesar de tratarse de un acuerdo satisfactorio para ambas partes, del lado anglosajón se alzaron voces discordantes que criticaban el supuesto olvido de las reclamaciones sobre Tejas, territorio que consideraban estratégico para una futura extensión hacia el suroeste. 

Y es que en aquellos años se estaba gestando en aquel remoto lugar una tormenta perfecta de imprevisibles consecuencias. Las autoridades virreinales estaban bastante preocupadas por la despoblación que afectaba a su frontera norte: no más de cuatro mil almas habitaban Tejas, muchas de ellas misioneros o militares encargados de rechazar los ataques de los indígenas karankawa y apache. La situación se complicó con el estallido de los movimientos independentistas mexicanos: partidas de filibusteros procedentes de la Louisiana estadounidense, desertores del ejército español y diversos aventureros se unieron a la lucha contra las tropas realistas. Los intentos de atraer colonos novohispanos o canarios habían fracasado y la opción de alojar inmigrantes anglosajones era mal vista por el gobierno virreinal. Los anglos eran reacios a adoptar la lengua española o la religión católica y se sospechaba de su connivencia con los estadounidenses. 

Mapa de Alexander von Humboldt, 1811. Clic en la imagen para ampliar.

Por todo ello no era en absoluto insólito que Moses Austin, un viejo conocido de la Corona española, tuviera tantos problemas para obtener una licencia como «empresario» para alojar a trescientas familias en Tejas. La familia Austin se había dedicado al negocio de las minas de plomo y Moses se había asentado en el Missouri hispano para ayudar a explotar el mineral allí. Se naturalizó español, aprendió el idioma y catolizó, muy probablemente por interés en la concesión minera; al pasar Missouri a los Estados Unidos en 1803, siguió sus negocios por la geografía sureña de este país sin mayor inconveniente. La crisis financiera de 1819 le llevó de nuevo a la ruina, y el hábil emprendedor intentó por segunda vez la jugada. Movió todas sus influencias, aceptó —o simuló aceptar— las condiciones del gobierno español y finalmente consiguió vencer las reticencias iniciales. Moses no pudo disfrutar de su triunfo, pues murió de neumonía en 1821, así que la empresa pasó a manos de su hijo Stephen. Quien se encontró una sorpresa al cruzar el río Brazos, pues durante su viaje México se había independizado de España. 

Stephen convenció a los mexicanos aceptando parecidas condiciones que su padre y finalmente se asentó con sus colonos en la nueva ciudad de San Felipe de Austin, en el estado de Tejas y Coahuila, en 1823. El gobierno mexicano era más flexible y menos receloso que el español en la cuestión de la inmigración, y su necesidad de repoblación aún más acuciante, así que en pocos años el número de anglosajones que cruzaron el Brazos para instalarse en México se disparó hasta cuadruplicar a la población local: en menos de una década, los autodenominados «texians» totalizaban unas doce mil almas, o quizá más si se pudieran contabilizar las entradas ilegales. La cuestión iba más allá del puro recuento demográfico; la forma de gobierno que adoptó finalmente México fue una república federal descentralizada, donde cada Estado tenía competencias para organizar sus propias milicias, así que los anglosajones pronto crearon la suya, germen de los famosos rangers de Texas. Por supuesto, aunque el propio Stephen llegó a dominar el español, los recién llegados no tenían ninguna intención de cumplir los compromisos adquiridos, y se organizaron según las leyes, usos y costumbres de su patria originaria. 

Una de ellas, fuente habitual de fricción entre México y los colonos estadounidenses, era la posesión de esclavos negros. La Constitución mexicana, basada en la de Cádiz de 1812, prohibía la esclavitud, pero la legislación sobre este asunto fue contradictoria e incoherente durante prácticamente una década, hasta la ley de prohibición definitiva de 1829, lo que contribuyó a que muchos esclavos negros huyeran a territorio mexicano. Los incidentes escalaron durante este periodo: en 1827 un colono llamado Edwards proclamó la República de Fredonia y se alió con los cherokee en una revuelta sofocada por el ejército mexicano y la milicia de Austin. La inestabilidad política de los primeros años en el México independiente, con problemas apremiantes como los intentos de España por recuperar la colonia, las dificultades financieras, la inexperiencia y el caos político, la corrupción y demás, habían desviado la atención sobre los acontecimientos en Tejas/Texas, pero en 1830 la tensión era tan elevada que el gobierno mexicano suspendió los permisos migratorios y adoptó una política muy similar a la del antiguo virreinato: la buena fe hacia los estadounidenses se había esfumado.

Al otro lado de la frontera, el nuevo presidente Andrew Jackson sigue los acontecimientos entre esperanzado e inquieto. Congresista por Tennessee, Jackson era un prestigioso abogado, terrateniente y propietario de esclavos, partidario de la mano dura con los indígenas. Había sido uno de los detractores del tratado Adams-Onís, y uno de sus objetivos declarados era la incorporación de Texas a los Estados Unidos; hoy se le etiquetaría como un halcón. Sin embargo, Jackson no era precisamente un burro —o Jackass, como le llamaban sus rivales políticos—, y tenía claro que optar por la acción directa era impensable. Declarar una guerra a México supondría arriesgarse a una intervención británica, primera potencia mundial por entonces, con amplias posesiones en Canadá e intereses financieros en la excolonia española. Lo que es peor, intervenir militarmente para crear un nuevo estado esclavista sureño desequilibraría la balanza entre estos y los estados abolicionistas industriales del norte, y pondría al país al borde de la ruptura. No, se necesitaba emplear medios menos directos para lograrlo, así que recurrió a dos buenos amigos suyos.

Uno de ellos, el coronel Anthony Butler, fue nombrado embajador en México, con la misión de intentar la adquisición de Texas por vía diplomática. Butler había servido a las órdenes de Jackson en el ejército y tenía un boyante negocio de alquiler de esclavos en Texas. Desafortunadamente también era agresivo, bebedor, usurero, no hablaba español y despreciaba abiertamente a los mexicanos, a quienes consideraba una raza inferior. Se inmiscuyó en la política interior mexicana, intentó sobornar a cuanto funcionario le salió al paso y consiguió en tiempo récord ser despreciado por todos, incluido Austin. Las relaciones con México quedaron irremediablemente dañadas y la posibilidad de compra se esfumó. A Jackson le quedaba la otra carta, que era fomentar la insurrección interna, y en esto le ayudó su íntimo colega de Tennessee, Samuel Houston. Desplegando una frenética actividad, Houston reclutó voluntarios en Louisiana y los introdujo en Texas, mientas agitaba las ansias revolucionarias de la población anglosajona.

Retrato de Antonio López de Santa Anna (detalle), de Carlos Paris, s. XIX.

Araba en terreno abonado, pues los colonos protestaban abiertamente por la suspensión de la política migratoria y la obligación de pagar impuestos. La gota que colmó el vaso vino de la política interior mexicana: la facción centralista, alarmada por la debilidad del gobierno federal, se acabó imponiendo de la mano del joven general Antonio López de Santa Anna. El nuevo gobierno ordenó disolver las milicias estatales, lo que precipitó la insurrección en Zacatecas y Tejas-Coahuila. La rebelión de Tejas, aunque incluyera tejanos-mexicanos opuestos al centralismo, presentó desde el principio un cariz independentista anglosajón próximo a los Estados Unidos. Lo cual no impidió que pretextaran la causa de la libertad, la lucha contra la opresión, el liberalismo y el federalismo, por supuesto. En la Declaración de noviembre de 1835 donde la Convención General de Tejas se separa unilateralmente de México solo hay un nombre hispánico de los más de cincuenta firmantes.  

Santa Anna respondió poniendo en pie un ejército para aplastar a los rebeldes. Después de diezmar Zacatecas, encaminó sus pasos hacia Tejas; las victorias iniciales de los «texians» sublevados eran para él una herida en el orgullo nacional. Arrogante y megalómano, más interesado en ostentar el poder que en las tareas de gobierno, era lo que en España se conocía como «espadón»; un militar con gusto por intervenir en política. El general-presidente pasó por alto el enorme esfuerzo financiero y humano que la campaña exigía a un empobrecido México. La victoria mexicana en El Álamo apuntaló el peligroso exceso de confianza de Santa Anna, que crecía a medida que el débil ejército regular de Houston se retiraba hacia la frontera con EE. UU. 

Hasta el 21 de abril de 1836 a orillas del San Jacinto. El rápido movimiento de Houston el día anterior no pareció inquietar a los mexicanos, que se limitaron a intercambiar disparos y escaramuzas intrascendentes con los texanos. Mientras tanto, estos descansaron, comieron y se prepararon para un arriesgado golpe de efecto. Atacarían con todo simultáneamente desde el frente y ambos flancos. Hacia las cuatro y media de la tarde, todo parecía tranquilo en el campamento mexicano. Cuando los voluntarios de Sherman salieron de los bosques del flanco izquierdo texano, disparando una descarga contra las tropas enemigas, se quedaron estupefactos. No hubo ninguna respuesta al fuego, más allá de algunas voces de alarma, así que cargaron una segunda vez sin ser molestados. Los hombres del general Martín Perfecto de Cos, llegados a toda prisa a primera hora de aquel día, llevaban más de siete horas durmiendo cuando el ataque se produjo. Por todos los frentes de batalla se repetía la misma escena: el ejército mexicano fue sorprendido durmiendo imprudentemente la siesta, incluido el propio Santa Anna. Ni siquiera se había tomado la precaución de situar los preceptivos centinelas. Aquellos que no sesteaban, se dedicaban a la tertulia o a labores de forrajeo. Los texanos no salían de su asombro. 

El caos se desató inmediatamente en las filas mexicanas y los soldados salieron huyendo despavoridos para caer en las marismas, desde donde se convirtieron en blanco fácil para los tiradores rebeldes. En menos de veinte minutos, los texanos destruyeron completamente el ejército de Santa Anna —seiscientos muertos, doscientos heridos y setecientos prisioneros—. El humillado general, cuya identidad fue revelada por los vítores y gritos de «presidente» de algunos prisioneros, fue obligado a reconocer la independencia de Texas en el Tratado de Velasco, el 14 de mayo de 1836. Santa Anna fue enviado a Washington como prisionero de guerra para ratificar lo firmado ante Jackson. Aunque al volver a México dedicó sus esfuerzos a denunciar el acuerdo, lo cierto es que cumplió escrupulosamente con la evacuación de tropas mexicanas de la zona, a pesar de seguir estando en superioridad numérica. El impacto moral de «la siesta de San Jacinto» resultó devastador.

El reconocimiento estadounidense incluía una garantía de independencia, así que, pese a que el Congreso mexicano destituyera a Santa Anna y se negara a reconocer un tratado forzoso, Texas se encontraba de facto fuera de su alcance: una recuperación militar era imposible, pues implicaba una intervención de EE. UU. La república de Texas ofreció rápidamente la anexión a Washington, pero la situación política exigía no precipitarse. Se necesitó una década para que el Congreso votara a favor de la incorporación; el 29 de diciembre de 1845, Texas se convirtió en nuevo estado —esclavista— de la Unión. El periodista John O’Sullivan celebraba la decisión en la revista Democratic Review de Nueva York apelando al «Destino Manifiesto» por el que Estados Unidos tenía la misión de expandirse por América. Los estadounidenses vieron claramente la debilidad de su vecino, y forzaron todo tipo de incidente fronterizos hasta desatar la guerra de 1846, en que le arrebataron la mitad del territorio. Quince años después, como Jackson predijo, los Estados Unidos saltaban por los aires en una cruenta guerra civil.


Ciudades malditas

Buffalo Central Terminal, 1989. Fotografía: Bruce Fingerhood (CC)

Nos habíamos perdido, y no era el mejor sitio donde perderse. Estábamos en Fillmore, un barrio perdido en el Lower East Side de Buffalo, Nueva York, dando vueltas más o menos al azar con el coche intentando alcanzar un edificio abandonado. Buffalo Central Terminal, la enorme estación de tren construida en 1929 por el New York Central, estaba ahí mismo, en medio de un descampado, con las agujas neogóticas de su torre art déco claramente visibles. Todas las calles alrededor parecían estar cerradas, en obras o ir en dirección contraria. El parque frente a la estación, años atrás espléndido, permanecía desierto. 

La estación, en desuso desde 1979, está cerrada al público; una magnífica, gigantesca terminal ferroviaria con catorce andenes construida para manejar más de trescientas circulaciones diarias, ahora un coloso tétrico y medio olvidado utilizado en raras ocasiones para eventos, siempre objeto de planes para su restauración que nunca se cumplen. Es un edificio maldito en medio de una ciudad maldita, una reliquia de glorias pasadas, como muchas otras estaciones del medio oeste del país. Claro que quería verla de cerca. 

La ciudad de Buffalo, al igual que muchas otras ciudades del antiguo corazón industrial de Estados Unidos, había vivido tiempos mejores. En 1950 era una ciudad de quinientos ochenta mil habitantes, rica y próspera gracias a sus fábricas y su privilegiada situación geográfica. Lo que era un pueblecito anodino a principios del siglo XIX se convirtió en un nudo clave de comunicaciones en 1825, con la construcción del canal del Erie. El ferrocarril no hizo más que reforzar su importancia, al estar en el camino natural de la ruta del New York Central entre Nueva York y Chicago. A finales de siglo, cuando el vapor empezó a dar paso a la energía eléctrica, la proximidad de la ciudad con las cataratas del Niágara y sus centrales hidroeléctricas hizo que Buffalo pudiera atraer acerías e industria pesada. Fue entonces cuando se ganó el apodo de City of Light, al ser una de las primeras ciudades del mundo que adoptó la iluminación eléctrica. Buffalo Central Terminal se construyó para servir a una ciudad que iba a crecer hasta tener un millón y medio de habitantes, en el centro de una urbe rica y próspera. 

Esta prosperidad, sin embargo, iba a ser efímera. La apertura del canal de San Lorenzo redujo la importancia de Buffalo como centro logístico. Los barcos mercantes en los grandes lagos tenían ahora salida directa al mar y no necesitaban ya la conexión ferroviaria con Nueva York. La industria empezó a desaparecer, la mayoría camino de los estados del sur. El automóvil y las autopistas interestatales empezaron a quitar tráfico al New York Central, y permitieron que las clases medias de la ciudad empezara a mudarse hacia los suburbios. 

La decadencia ha sido larga y dolorosa: en el año 2015 Buffalo tenía apenas doscientos cincuenta y ocho mil habitantes. De ellos, uno de cada cuatro vive por debajo del umbral de la pobreza. Poco queda ya de los viejos sueños de grandeza de sus líderes, aparte de una estación de tren abandonada. 

Buffalo, Nueva York, es una más de la larga lista de grandes ciudades de Estados Unidos convertidas en una sombra de lo que fueron. Por todo el medio oeste hay decenas de lugares parecidos, centros industriales que han perdido más de un tercio de su población. St. Louis, en Missouri, ha perdido un 63 % de su población desde 1950, más de medio millón de personas. Detroit, el caso más célebre, ha pasado de rozar los dos millones de habitantes a rondar los setecientos mil. Muchas de las ciudades de esta lista son relativamente pequeñas, casi notas a pie de página para todo el mundo que no vive en ellas. Sitios como Scranton, Pensilvania, que pasó de ciento cuarenta y tres mil a apenas setenta y seis mil habitantes, o Dayton, Ohio, de doscientos sesenta y dos mil a ciento cuarenta mil. Lugares que podrían haber sido y nunca fueron. 

En todas estas ciudades uno puede encontrar reliquias parecidas a Buffalo Central Terminal. Detroit, aparte de una gran estación de tren abandonada (Michigan Central Station, una ruina usada como escenario en varias películas recientes), cobija un número considerable de rascacielos vacíos. Rochester, Nueva York, y Cleveland, Ohio, tienen varios kilómetros de túneles de metro en desuso. Waterbury, Connecticut, alberga las ruinas de Holy Land USA, un sórdido parque temático en ruinas que celebraba la Biblia. 

A primera vista, cada una de estas ciudades es víctima de su propia maldición. St. Louis nunca fue capaz de anexionar sus suburbios, y el final de la segregación racial hizo que sus clases medias blancas abandonaran la ciudad en masa en los años sesenta. Detroit sufrió la combinación de los brutales disturbios raciales de 1967, que dejaron cientos de heridos y cuarenta y tres muertos, y la decadencia de Ford, General Motors y Chrysler. Scranton vio cómo sus minas de carbón cerraban en masa tras el desastre de Knox Mine en 1959. Sueños rotos, fallos de cálculo, pérdidas de fe de propios y extraños, y el lento éxodo de las clases medias. Ciudades malditas que se quedaron atrás. 

En cada una de estas historias, sin embargo, hay también un tronco común. Todo empieza con una de las paradojas más persistentes de la política americana, al menos desde tiempos de Andrew Jackson: la desconfianza hacia las ciudades.

Las grandes ciudades americanas son, y siempre han sido, la clave de la prosperidad económica del país. Siendo como es una sociedad relativamente nueva, los centros urbanos estadounidenses están en lugares que son útiles, no en sitios donde siempre ha habido ciudades. En Estados Unidos no hay un Madrid, una gran ciudad construida lejos de las costas y rodeada de montañas, o un Berlín, una capital de Estado sin salida al mar y lejos de su corazón económico. La única ciudad artificiosa del país es Washington D. C., y fue construida en un pantano adrede para quitarle la capital a Filadelfia o Nueva York. El resto siempre han sido centros de comercio e industria más que centros de poder; lugares abiertos, productivos, innovadores y un tanto anárquicos. 

Esta riqueza, precisamente, juega un papel central en la tradición populista del país. Desde su fundación, Estados Unidos estuvo dividido entre los estados del sur rural y esclavista y un norte más urbano, comercial e industrial, cada vez más rico. Desde el principio, los políticos populistas del sur han criticado a los ricachones del norte, contrastando el orden, la paz y los valores de la verdadera América con el caos, el ruido, la corrupción y el libertinaje de las grandes ciudades, llenas de inmigrantes, crimen e intelectuales que miran al resto del país por encima del hombro. 

Como todos los populismos, esta retórica solo resulta efectiva si tiene algo de cierto. En el caso de las ciudades del noreste y medio oeste en tiempos de la segunda revolución industrial la historia no iba muy desencaminada. Cleveland, Nueva York, Chicago o Buffalo eran lugares tan prósperos y creativos como caóticos y corruptos. Eran los tiempos de los robber barons, capitalismo salvaje y rapaz extracción de recursos. En Estados Unidos los gobiernos locales tienen muchísimo poder (educación, policía, bomberos y muchos servicios públicos son estrictamente municipales), y las administraciones municipales a menudo se convirtieron en máquinas clientelares. El poderoso motor del capitalismo industrial americano fue capaz de crear enormes cantidades de riqueza y sistemas políticos extravagantemente deshonestos.

Restos de la Iglesia de los Mártires de Uganda, Detroit, 2011. Fotografía: Cordon Press.

Durante décadas, los vientos del capitalismo favorecieron a las grandes ciudades. Los ferrocarriles, como infraestructuras fijas, favorecían la densidad y concentración industrial. El motor de vapor, que exigía fábricas compactas, requería suministro constante de carbón desde esos mismos trenes. Los estados del sur, devastados por la guerra, rurales y agotados, dejaron a las urbes del norte como el núcleo económico incontestable del país. 

Todo esto empezó a cambiar, sin embargo, en el periodo de entreguerras por culpa de dos nuevas tecnologías: la electricidad y el motor de combustión interna. 

La electricidad hizo posibles dos innovaciones importantes. Por un lado, las fábricas ya no necesitaban estar conectadas a una línea férrea para tener acceso a carbón. La industria dejó de depender de los nodos de transporte ferroviarios para ser viable, y empezó a desperdigarse. El motor eléctrico hizo rentable y práctico el transporte ferroviario de pasajeros a corta distancia, fuera mediante trenes de cercanías, fuera gracias a la proliferación de líneas de tranvía. Los primeros suburbios nacen y crecen a lo largo de estas nuevas infraestructuras, permitiendo que los trabajadores puedan vivir lejos de su lugar de empleo. 

Esta tendencia no hace más que reforzarse cuando los motores de combustión interna y el automóvil empiezan a ser comercialmente viables. Los camiones liberaron a muchas industrias de los monopolios ferroviarios de esa época. El coche privado permitió que las clases más acomodadas se mudaran a las afueras de las ciudades, a suburbios lejos del humo y ruido de las fábricas. Estados Unidos, ya entonces, era un país extraordinariamente rico; el automóvil empezó a proliferar en muchas ciudades en los años veinte. Solo la Gran Depresión previno que el éxodo empezara antes. 

No fue hasta después de la guerra cuando la combinación de estas dos tecnologías y los cambios sociales que iba experimentar el país puso fin a los años de gloria del urbanismo americano. El tranvía primero, y el automóvil después, permitieron que las clases medias empezaran a abandonar la ciudad, dejando atrás el caos, ruido y desorden por la paz rural de los suburbios. El viejo populismo de tiempos de Jackson estaba bien presente; los suburbios debían ser sitios tranquilos, y eso a menudo se traducía como sitios racialmente homogéneos. Las ciudades empezaron a convertirse en el lugar del que los blancos huían, con minorías raciales e inmigrantes excluidas de los suburbios.

Esto era injusto, pero solo se hizo insostenible cuando las fábricas empezaron a marcharse. El transporte por carretera y la electricidad habían hecho que las ciudades ya no fueran el único lugar donde producir fuera viable. Esto hizo posible que los estados del sur del país, más pobres y con salarios más bajos, empezaran a atraer fábricas y actividad de las cada vez más inestables, segregadas y conflictivas ciudades del norte.

La desindustrialización no hizo más que abrir la puerta al descontento, y las décadas de gobiernos urbanos complacientes, corruptos y a menudo agresivamente excluyentes los hizo incapaces de responder de forma efectiva. En los años sesenta y setenta lugares como Detroit, Baltimore o Chicago sufrieron oleadas de disturbios violentos. Muchas de esas mismas ciudades, además, impulsaron extravagantes esquemas de renovación urbana, demoliendo barrios enteros para construir autopistas, centros comerciales o barrios modelo de oficinas, casi invariablemente fracasando en su empeño. 

En la era de Nixon y Reagan, sin embargo, esto no pareció importarle demasiado a nadie. Las ciudades no eran la «América verdadera». El caos, la pobreza y el desorden eran el resultado, fruto de su propia corrupción. Los problemas de Buffalo, Cleveland, Scranton, Trenton, New Haven o South Bend eran cosa suya. Las ciudades americanas, asediadas por el crimen, entraron en espirales autodestructivas de las que muy pocas consiguieron escapar. Lugares empobrecidos antaño poderosos, ahora evitados por las clases medias. 

Esa tarde en Buffalo, ante las ruinas de la vieja estación, lo que estaba viendo eran las consecuencias de esa maldición. Una torre de quince plantas, una playa de vías desierta, calles cortadas. A mi alrededor, un barrio lleno de casas vacías y calles llenas de baches. Una escena repetida en decenas de ciudades del país, con fábricas herrumbrosas, edificios tapiados y abandono. El viejo populismo sureño siempre fue antiurbano; la decadencia de las ciudades fue la confirmación de que estaban en lo cierto desde el principio. Las ciudades trajeron la modernidad, pero no sobrevivieron a ella. 

Estos últimos años, sin embargo, lugares como Pittsburgh, Filadelfia o incluso Buffalo tienen algunos motivos para la esperanza. Nueva York, tras andar cerca del abismo durante dos décadas, empezó a recuperarse en los noventa; la ciudad tiene hoy más habitantes que en cualquier otro momento de su historia. Pittsburgh está lejos de ser lo que fue tras el cierre de las acerías, pero es hoy una ciudad próspera alrededor de sus hospitales y universidades. Boston ha abrazado las nuevas tecnologías, y es una de los centros de investigación más importantes del país. Incluso Buffalo, tras décadas perdiendo empresas, está viendo un cierto renacer industrial. 

El motivo es simple: las ventajas de las ciudades siguen estando ahí, incluso sin el ferrocarril y el carbón. La densidad en sí misma es una virtud, al crear economías de red. La diversidad favorece la innovación. Las nuevas tecnologías permiten trabajar desde cualquier lugar, pero también hacen a quienes trabajan cerca mucho más efectivos. Los viejos núcleos industriales siguen siendo pobres en muchos casos, pero sus áreas metropolitanas, los grandes centros de población del país, son capaces de tomar el papel de las viejas urbes. Incluso sitios como Detroit casi han dejado de perder población. 

No todas las ciudades malditas del medio oeste y noreste resurgirán de sus cenizas. Lugares como Dayton, Waterbury, Holyoke o Gary son seguramente demasiado pequeños y lejanos para recuperar la vitalidad de antaño. Algunos lugares del país seguirán en las sombras. Pero, incluso en sitios como Detroit, Buffalo o New Haven, hay veces que las maldiciones se rompen.


Un adosado en el desierto

Operación Doorstep. Foto: National Nuclear Security Administration / Nevada Site Office (DP).

En una encantadora casita americana, una familia de maniquíes ve la tele. El padre, con su corte de pelo patriótico y su sonrisa de barras y estrellas; los hijos, rubios, como de catálogo; la madre, hermosa y servil. Tienen una parcelita en mitad del desierto de Nevada, rodeada de otras primorosas casitas de gente de plástico. Coches, caravanas, torretas eléctricas y depósitos gigantes de gasolina: todo lo que un pueblo puede desear. La paz y la armonía reinaban en Villa Muñeco hasta que un día, en mitad de la noche, se oyó una voz en un megáfono: «Falta un minuto para la hora hache». Y después: «Nueve, ocho, siete, seis…».

Después de lanzar sobre los japoneses una destrucción novedosísima, Harry S. Truman salió por televisión y dijo: «Ahí tenéis lo de Pearl Harbor». También contó que los alemanes habían estado correteando detrás de la bomba y que menos mal que la Providencia estaba del lado bueno (del lado americano). En su diario escribió: «Hemos descubierto la bomba más terrible de la historia de la humanidad. Podría ser el fuego de la destrucción profetizado en la era de Mesopotamia, después de Noé y su arca fabulosa». En el discurso afirmó: «Es una bomba atómica. Es la explicación del poder básico del universo. La fuerza de la cual el Sol adquiere su poder ha sido lanzada en contra de quienes llevaron la guerra al lejano Oriente». ¿Cómo iban el resto de naciones a resistirse ante un arma tan fascinante?

En agosto de 1949 los soviéticos tenían la bomba. El RDS-1 era una copia de Fat Man, el artefacto que se había lanzado sobre Nagasaki, por cortesía de los agentes infiltrados en el Proyecto Manhattan y en Los Álamos. Perder la hegemonía de la destrucción mundial trastornó muchísimo a las autoridades estadounidenses y ocurrió lo que se esperaba: una escalada de pruebas en busca del artefacto más espantoso y letal. Hubo mucho trasiego en el desierto de Nevada y en las explanadas de Kazajistán.

Más allá de compendiar un montón de toneladas de explosivos tradicionales («Esa bomba tiene más poder que veinte mil toneladas de TNT», dijo Truman, muy serio), la bomba atómica tenía el encanto de la radiación: un enemigo silencioso y terrorífico. Era, como había dicho el presidente, una destrucción bíblica. Y con una idea tan jugosa la propaganda empezó a frotarse las manos. Los Estados Unidos intuyeron que los ensayos nucleares podían servir para algo más que probar explosivos: eran estupendos para enseñarle a la nación qué estaban tramando los malvados bolcheviques, cómo de justificado estaba el esfuerzo de guerra y cuán preparados tenían que estar por si los enemigos del mundo libre se atrevían a cometer una fechoría parecida a la que ellos habían lanzado sobre los nipones. Pero arrasar arena y cactus no era demasiado persuasivo: tenían que darle un toque humano.

Operación Doorstep. Foto: National Nuclear Security Administration / Nevada Site Office (DP).

Entre 1945 y 1948 Estados Unidos probó seis artefactos nucleares. Entre 1951 y 1958, ciento ochenta y siete. Aprovechando este frenesí radioactivo, la Administración Federal de Defensa Civil decidió ponerse creativa: lo temible de la era nuclear era que un solo bombardero con un solo explosivo podía destruir el modo de vida americano. Pero había que averiguar la exactitud de ese daño y si había alguna manera de evitarlo. Se hicieron para la ocasión pueblos en el desierto y se los bombardeó. Annie se llamaba la primera bomba de la Operación Upshot-Knothole. Se llevó por delante dos casas de madera y se probaron varios refugios nucleares. En torno al punto de detonación, a distintas distancias, se colocaron automóviles. Los científicos aprendieron que con las ventanillas abiertas hay más posibilidades de supervivencia que teniéndolas cerradas. Toda la nación pudo ver, desde sus hogares terriblemente parecidos, la detonación a través de la televisión.

Suena una fanfarria de esas de comienzo de documental. The House in the Middle, producido por The National Clean Up-Paint Up-Fix Up Bureau (la Oficina Nacional del Limpia, Pinta y Arregla), con la cooperación de la Administración Federal de la Defensa Civil; copyright de 1954. Las letras rojas están sobreimpresas sobre un hongo nuclear, no sea que alguien se despiste. Cambia a plano desde una avioneta, voz engolada de locutor que dice: «Miren este bonito pueblo americano, hermoso como tantos otros, pero… ¡oh! ¡Hay calles que están sucias! ¡Hogares sin lustre! “Una casa descuidada es una casa condenada en la era atómica”». Cambia el plano al despacho donde un funcionario de la Defensa Civil (logotipo grande estampado sobre un archivador, a la izquierda del apuesto y varonil locutor) tiene algo muy importante que decirnos. «Hemos hecho pruebas para descubrir los efectos de un ataque nuclear en los hogares americanos y les voy a enseñar qué medidas pueden proteger su casa contra los efectos de una explosión atómica». Entra una imagen del desierto, con su cactus. Tres casas puestas en fila: la primera deslucida, mal claveteada, sin pintar; la tercera, llena de basura y sucia. La de en medio, limpia, blanquísima. Detonación, onda expansiva y fuego. Las dos casas de los extremos arden vigorosamente; la del centro ni se inmuta. Y dice la voz del narrador: «¿Se parece su casa a alguna de estas? ¿Ve lo que podría pasar por su negligencia? Han visto la prueba: conocen la historia. Cuénteselo a sus amigos y a sus vecinos; tenga una comunidad mejor, una comunidad a salvo». Salen niños recogiendo papeles, una mujer plantando flores y quitando hierbas secas y un mozo pintando afanosamente una pared. «Es su elección: la recompensa puede ser sobrevivir». Sube la música y vuelven las letras en rojo.

He resumido un poco el documental y les he ahorrado toda la parte en la que nos enseñan los males de uno en uno: primero, pruebas sobre vallas de jardín. Después, sobre casas idénticas, pero con más o menos material inflamable en su interior (¡peligrosísimos periódicos viejos!). Eso sí, la voz del locutor no cesa un segundo de decir: miren lo que pasa, es su responsabilidad, ¿es que quieren morir?

Operación Doorstep. Foto: National Nuclear Security Administration / Nevada Site Office (DP).

En mayo de 1955 se detonó el artefacto llamado Apple-2. Fue la ocasión para poner en marcha la Operación Cue: el pueblo de los maniquíes. Hay, cómo no, otro documental de Defensa Civil, en el que la grácil reportera Joan Collins (una periodista falsa, por supuesto) nos narra con dulzura los desvelos del Gobierno por proteger a toda la nación. La tal Collins, que habla como pidiendo perdón por ser una mujer («Estoy especialmente interesada en las pruebas con los alimentos, como la madre y ama de casa que soy»), es la cara amable del cortometraje. Su voz se alterna con el tono severo del narrador de Defensa Civil, que no quiere que olvidemos ni un momento que todo va muy en serio. Fanfarria y membrete. Luego una clase de conversión de kilotones a megatones: bombas atómicas contra bombas de hidrógeno, el radio de la explosión y otras cosas de meter miedo. Aparece el horizonte del desierto y una voz femenina nos dice que estamos en el sitio de pruebas de Nevada y que allí se va a hacer una prueba para ver cómo afecta una explosión nuclear a las cosas que usamos a diario. Camioneta con los logotipos de la agencia, letrero de «Operation Cue» en tipografía That’s all folks.

El despliegue era serio: torres de alta tensión instaladas por operarios del Instituto Edison, enormes depósitos de combustible, automóviles, casas de distinta factura, neveras y demás enseres domésticos (todo ello donado por industrias nacionales, en un esfuerzo patriótico). Y los maniquíes. El muñeco de pruebas contemporáneo (ese que se estrella en accidentes de tráfico) es anatómicamente indefinido, supongo que para que no dé mucha pena empotrarlo contra un volante. Los sujetos de la Operación Cue fueron, como era de esperar, detalladísimos: cortes de pelo años cincuenta, vestidos a la moda, escenas de la vida doméstica. Así, las cámaras de Defensa Civil podían grabar el antes y después de una cena con los amigos, de una madre cuidando a sus hijos, de una familia viendo la televisión. Y, luego, la esperpéntica hilera de muñecos que miran a la explosión: cada uno vestido de un color y de un tejido, para encontrar el modelito idóneo para una velada radioactiva. El ejercicio propagandístico se hace sin ningún recato. «Estos son miss and mister América», proclama el locutor cuando los operarios meten a dos de estos maniquíes en una de las casas.

Esta es una barbaridad pintoresca. Durante la carrera nuclear se ordenaron maniobras militares para ver los efectos de la radiación en la tropa, se lanzaron bombas sobre atolones que ahora tienen playas de cristal, se irradiaron animales; se envenenó, bien por accidente, bien por negligencia, a las poblaciones cercanas a los campos de prueba. Y esto solo los americanos. Fueron tiempos alocados. La guerra fría tuvo la originalidad de ser un conflicto donde los países se bombardearon a sí mismos para intimidar a sus enemigos.

La detonación nuclear en el atolón Bikini durante el curso de la Operación Crossroads de Estados Unidos, 1946. Fotografía: United States Department of Defense.


Futuro Imperfecto #6: La década que pone fin al Imperio Millennial

Deberíamos haber visto cosas que no creerías, como ataques a naves en llamas más allá de Orión. O rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Al fin y al cabo estamos en 2019, momento en que transcurría el Blade Runner de Ridley Scott, y también cierre de la segunda década del siglo XXI. Pero nos la han vuelto a pegar, así que tendremos que conformarnos con el caos urbano, mezcla de polución y turistas de la película, y resignarnos también a que los coches no vuelen. En todo lo demás los acontecimientos nos han superado, y lo harán aún más en la década siguiente. Esa en que, según los sociólogos, los millennials se harán viejos y la generación Z, que quizá lleve esa letra porque el clima puede convertirla en la última, será la dueña del mundo. Ok, boomer. Vamos con el repaso de la década y la previsión de tendencias.

De generación en generación, ¿regeneración?

Cuatro generaciones, baby boomers, la generación X, millenials y generación Z, han competido a la vez en el mercado laboral. Bueno, es un decir, porque el paro juvenil en España superó el 50% y el futuro del empleo no pinta bien. Las generaciones vienen definidas por la edad y por los impactos sociodemográficos que las dan forma, hasta que adquieren una manera común de entender la sociedad y el entorno. En los próximos años nos encontraremos con varios impactos generacionales. La jubilación de los baby boomers, con los problemas económicos asociados a su salida del mercado. El futuro de las primeras generaciones que van a vivir cien años… o quizá simplemente «sobrevivir», ya que la mala calidad de vida empieza a ser motivo de preocupación desde la adolescencia. La baja natalidad, que algunos postulan buena para «salvar al planeta», otros postulan terrible «para la economía», y quizá simplemente sea una consecuencia natural de los ingresos y el estilo de vida. Nos encontraremos también con el problema del empleo y el déficit, en un entorno donde la deuda es imparable e impagable, donde los países están virando hacia un mayor proteccionismo tras décadas de apertura, y donde tarde o temprano el dinero para pagar todo lo que ahora se considera un derecho se acabará. 

El impacto de estas tendencias sociodemográficas está llevando ya a replantear derechos fundamentales. Quién puede votar y quién no: Podemos propuso rebajar la edad a los dieciséis para ejercer ese derecho, al modo de Austria y Grecia, ya que es la edad legal para trabajar. Privación de libertad con penas más altas para criminales irrecuperables, como la prisión permanente revisable, aprobada por el gobierno del PP, y ya aplicada a casos como el del Chicle, asesino de Diana Quer, fue recurrida ante el Tribunal Constitucional en 2015 por todos los grupos de la oposición. Unos y otros parecen eludir el debate de fondo sobre el asunto, tomando decisiones a golpe de tuit. 

Ese apresuramiento puede estar detrás de la pérdida generalizada de confianza, no solo entre generaciones —millennials achacan sus problemas a boomers—, sino también en los políticos, expertos, y a este paso, en todo lo que nos rodea, con la consiguiente búsqueda de algo nuevo en lo que creer. El nivel de polarización en la opinión pública de la mayoría de los países crece y crece, mientras los políticos confirman, cuando creen que no les escuchan, que les conviene que haya tensión. Vienen tiempos de conflicto y de conflictos.

No parece nada nuevo. Repasando la historia hemos vivido este tipo de situaciones antes ¿La culpa esta vez? En gran parte, de la tecnología

Tecnológicamente, esta ha sido la década del 4G, y ahora viene el 5, con rima

Parecía muy banal cuando lo escuchamos por primera vez, pero ese 4 posibilitó que nuestros teléfonos móviles se convirtieran en pequeños ordenadores. Quién iba a decirnos que nos condenaría también a una conexión permanente con el trabajo, los amigos, y los grupos de Whatsapp. Con el 5G llegará el siguiente paso, el de que nuestros coches y neveras estén conectados a internet. Parece una memez.  

Pero el caso es que no lo es, y en breve todo electrodoméstico, desde una batidora a un timbre, estarán conectados a internet. Es lo que se llama IoT, internet de las cosas, que además de hacernos más vulnerables, posibilitará al fabricante del 5G tener todos nuestros datos. Quien lidera la implantación de esta tecnología es la china Huawei, y eso ha disparado todas las alarmas. Si la compañía es obligada a ceder todos sus datos a China, el país asiático tendría en sus manos el control de nuestro ejército, sistema financiero, comunicaciones, suministro de energía, agua, neveras, etc. Una invasión militar efectiva, sin disparar un solo tiro, y sin enviar tropas.

Estados Unidos puso el grito en el cielo, colocando a Huawei en la lista de empresas con las que no pueden comerciar sus ciudadanos, y obligando así a Apple a dejar de trabajar con ellos. Acaba de seguirle Alemania, con una legislación que pretende ser generalista, pero redactada especialmente para que la empresa no pueda ser la encargada de instalar el 5G alemán. El gobierno chino ha montado en cólera, amenazando con no comprarles un solo coche. Veintiocho millones de automóviles para los que no será fácil buscar un mercado alternativo. La ofensiva ha alcanzado también a Dinamarca, donde el embajador chino ha amenazado a miembros del gobierno de las Islas Feroe con restringir la exportación de salmón a China si no aceptan implantar el 5G… de Huawei. Obviamente, a la noruega Ericsson, con más capacidad de instalación que Huawei, pero patria del salmón, no van a pedírselo. 

¿Y qué defensa hace de sí misma la empresa asiática? La peor posible, afirmando que ellos son buenos y no venderán datos al gobierno chino. ¿El mismo gobierno que les defiende con extorsiones y amenazas en medio mundo? 

Menos mal que en nuestro país tiene vía libre: su consejero delegado asegura en los foros internacionales que España va a ser el ejemplo de Europa en su instalación. Ay, que nos va a tocar la rima del cinco con el 5G chino. 

Esta movida tiene una vertiente imprevisible, porque Estados Unidos está empujando a China hacia su independencia tecnológica completa. Como sea capaz de sacar su propio sistema operativo, distinto a iOs y Android, dejará de necesitar a los desarrolladores estadounidenses. Y es que las guerras, desafortunadamente, suelen tener como positivo el desarrollo de nueva tecnología o conocimiento. Aunque el principio de acuerdo alcanzado puede hacer pensar a muchos que las dotes negociadoras de Donald Trump funcionan, esto es solo el prólogo de lo que está por llegar

Resurge la política de bloques de la Guerra Fría

El presidente Donald Trump y el vice primer ministro Liu He, 2019. Foto: Shealah Craighead / Cordon.

El secretario de defensa estadounidense, máxima autoridad del Pentágono, ha afirmado que China ha desplazado la preocupación militar de EE. UU., para quien Rusia pasa a ser el segundo mayor enemigo, no el primero. Ha afeado al gigante asiático sus intentos por dominar el espacio marítimo al sur del mar de China, así como su injerencia en otros países saltándose leyes internacionales. No solo eso, anuncia una nueva geoestrategia, centrada en limitar la expansión del gigante mediante sus principales aliados en la zona, especialmente Corea del Sur. Los analistas coinciden: esta nueva situación ha venido para quedarse, y ahí tenemos el conflicto que protagonizará los titulares militares de la próxima década.  

De momento, Taiwán ha hecho un llamamiento para no acabar como Hong Kong, y ese abierto desafío al gobierno de Pekín puede entenderse como un intento de alinearse con un posible nuevo bloque de presión estadounidense. 

China no es democrática y tenemos que convivir con ella

Si algo molesta al gobierno chino es que se le denuncie como dictadura. Es lo que tiene reconvertirse al capitalismo, que se abandona la famosa dictadura del proletariado, tan comunista, pero sin abrazar la democracia. Tendríamos que repasar su historia para entenderlo, pero podemos resumirlo en que China, más que un país, es un continente mezcla de varias etnias, lenguajes y creencias, que lleva intentando unificarse bajo la etnia Han desde los tiempos de Mao, y aún antes. Va a hacerlo por las buenas o a la fuerza, y la última minoría con la que se está intentando acabar, con un sistema demasiado similar a los campos nazis, es la etnia uigur. Chinos musulmanes con idioma propio. 

Era un rumor no confirmado hasta que se filtraron una serie de datos de la provincia de Xinjiang, donde están esos nuevos campos de concentración. Ahora sus autoridades destruyen a toda prisa las evidencias del genocidio. Este es el país que nos va a instalar el 5G, del que dependemos tanto económicamente que el aumento de tensión en la guerra comercial con EE. UU. puede hundirnos en una crisis. Coja al azar cualquier producto, cualquier etiqueta, y comprobará que un 80 % de lo que posee tiene la etiqueta Made in China. ¿Vamos a afearle sus costumbres dictatoriales a nuestro proveedor? 

No, y además tendremos que comerciar con él. Quizá debamos hacer caso a Rafael Poch, y aceptar que es un país al que no entendemos lo suficiente, pero que está muy bien gobernado.  

Hemos pasado del presidente negro al blanco, y no nos ha ido mejor

Barack Obama, 2014. Foto: Andrew Harrer / Cordon.

Si algo tuvo la era Obama, el presidente elegido seis meses después de desatarse la crisis de 2008, fue un elogio generalizado del primer negro en la casa blanca. Will Smith llamó a su hijo, llorando, para que viera que, por primera vez, un hombre de su raza gobernaría en Estados Unidos. Poco después le concedían el Nóbel de la Paz al tipo de la gran sonrisa cuyo segundo nombre era Hussein. Menudo chiste después de tanta guerra en Oriente Medio. Al menos Obama reconocía en una entrevista de empleo antes de dejar el cargo que no sabía por qué se lo habían dado. Cosas de suecos.

Y tras el negro, hombre de color, o afroamericano, llegó el blanco, o el zanahoria, según le dé la luz. Donald Trump tiene tan mala prensa como buena tuvo Obama, pero ¿de verdad son tan diferentes? El resumen de los ocho columnistas estadounidenses de The Guardian aseguró al fin de su mandato que no. La sensación es que bajo Obama se instauró la precareidad entre los trabajadores estadounidenses. Ahí estuvo razón del éxito de la gorra roja de Trump con el «Make America Great Again», ligada a hacer regresar las fábricas para sus votantes rurales, los rednecks. Cosa que, claro, no ha sucedido. 

Obama se declaraba adalid de la lucha contra el cambio climático mientras financiaba con fondos públicos mayores explotaciones de crudo en países extranjeros. Deportó a más de 2,5 millones de personas hasta ganarse, concedido por los latinos, el título de «deportador en jefe», imitando el de «comandante en jefe» que todo presidente tiene como mando supremo del ejército. 

Menos mal que nos queda el Impeachment

Si Trump resume los males de nuestro tiempo, siempre podemos echarle. Los demócratas han lanzado el Impeachment, un equivalente aproximado a nuestra moción de censura, que terminaría con su mandato. ¿Funcionará? La aprobación en el Congreso de hacerle un juicio político en el Senado no debe llevarnos a error. Ambos partidos han votado en bloque, y eso quiere decir que los republicanos se han mostrado en contra. Pero para echarle de la presidencia se necesitarán sesenta y siete votos fundamentales que dependen de senadores de su propio partido. 

Lo que van a hacer a Trump en el Senado estadounidense es un juicio, y los senadores norteamericanos no son como nuestros diputados, monos que pulsan el botón que el partido les dicta. Llevan tan a gala su independencia como la honradez, y si unos pocos miembros del jurado consideran que su líder ha cometido traición a sus sacrosantos Estados Unidos de América, le tumbarían. No parece que vaya a ser así, porque el presidente tuitero ha sido listo, y está polarizando el debate como una contienda preelectoral entre demócratas y republicanos, con vista a las próximas elecciones de noviembre de 2020.

Recordemos lo que nos explicaba Roger Senserrich, ningún presidente americano tendría las manos libres para hacer nada, fuera de emergencias, antes de 2020. Nos lo dijo en 2014, usando el término gerrymandering, que, la verdad, parece sacado de las Alicias de Lewis Carroll. Agiliscoso brumeaba. 

O les echamos, o nos echamos todos a la calle. Otra vez.

Protestas desencadenadas por la muerte de Mohamed Bouazizi. Foto: Cordon.

Si algo ha sido esta década, es la de las revoluciones en la calle. Queremos recordar aquí a Mohamed Bouazizi, que no era un activista, ni un revolucionario, ni un héroe. Tan solo un humilde vendedor de frutas, tan desesperado por la confiscación de su puesto por la policía, y las humillaciones posteriores cuando fue a pedir explicaciones, que se quemó a lo bonzo. Su llama incendió Túnez, hizo huir al dictador que llevaba veinticuatro años en el poder, e inició una serie de revueltas denominadas Primavera Árabe

Aunque para ser honestos lo que nos sacudió a nosotros, y con extremada fuerza, fue un movimiento denominado 15M. Nadie tenía muy claro qué era, y lo único seguro en 2011 es que un montón de gente, ya hasta las narices de prometidos brotes verdes, y apaleada por la crisis, acampó en las plazas de media España. No era un movimiento político, sino la sensación de que habíamos dado un gigante paso atrás, con una clase política indiferente e impune, además de soberbia. El movimiento de los indignados lo cambió todo y aquí estamos, todavía sin gobierno, y sin paraíso.

Y eso que durante unos meses pensamos que quizá esta vez íbamos a asaltar, por fin los cielos. Podemos aglutinó el malestar del 15M y puso un partido en las urnas para entregarle nuestra rabia. Bueno, y para que el PP pusiera el grito en el cielo anunciando que regresaban los comunistas, los cuales después decretarían alertas fascistas, y vuelta a empezar. En realidad pocos de sus líderes eran marxistas, casi ninguno estuvo en las plazas, y hasta hubo oportunistas que ascendieron allí declarándose miembros de la PAH. Esta entrevista a Simona Levi explica un poco esa «visión tan particular de la realidad personal» (también conocida como «hechos alternativos»), pero sobre todo históricamente es oro para comprender lo que «Pudieron» ser, y no fue. 

Y esta otra trata de explicarnos que si queremos salir de la crisis tenemos que abandonar o reformar el capitalismo. Hay que darle la razón a Mónica Oltra, la crisis es, o fue, en realidad, una gran estafa. Como las falsas víctimas del 11S o del 11M, o los padres de Nadia, representantes de una nueva moda, el victimismo lucrativo. Curiosamente en todos los casos el resultado es una gran deuda que destruye la confianza.

Tampoco la Primavera Árabe, que nos hizo confiar con esperanza, trajo grandes cambios. Nicaragua, Bolivia, Chile, Colombia, Hong Kong, se han sucedido de revuelta en revuelta, y en todas tiene uno la sensación de que reivindican, con justicia, lo mismo que nuestros indignados, y que los inspirados por Bouazizi. Merecerían tener la razón, pero quizá estemos en el siglo donde toda lucha es estéril. O quizá, poco acostumbrados a pelear, nos demos por vencidos demasiado pronto. 

También es posible que simplemente los que piden cambios en realidad solo quieren uno: «quítate tú para que me ponga yo». No se busca cambiar el sistema o mejorarlo, solo revanchismo con los anteriores para hacer lo mismo que hacían ellos. Ada Colau explicaba cómo la gente le pedía por la calle trabajo para amigos y vecinos, es decir prevaricar. Y basta con un ratito en la cuenta de Twitter de @mejoreszascas para comprobar cuánto político que se quejaba del comportamiento del de al lado lo repite con minucioso mimetismo. Es la moda. Y claro, los políticos han pasado a ser una de las primeras preocupaciones para los ciudadanos de a pie.

La conclusión es que hemos ido de manifestaciones y protestas a movimientos, que se reforzarán cada vez más, saliendo una y otra vez a la calle. Esta vez, educados en no convertirse en partidos políticos, sino en marcarles el camino. Es lo que intentan hacer en Francia la suma de colectivos contra la reforma de las pensiones de Macron, o el Movimiento de las Sardinas en Italia. 

De cincuenta sombras de Grey hasta «El violador eres tú»

Mujeres cantando «Un violador en tu camino». Lima, Perú, 2019. Foto: Carlos Garcia Granthon / Cordon.

Ni la revista Times, al nombrarla persona más influyente en 2012, ni la propia escritora L. E. James imaginaban que al cabo de una década Cincuenta sombras de Grey habría vendido cien millones de ejemplares. Reconocemos el mérito de conseguir esas ventas tras escribir «Oh my» más de setenta veces en el primer libro de la trilogía. Su éxito es una lección para especialistas en marketing y medios de comunicación, responsables últimos de hacer viral algo que no estaba destinado a serlo

Pero hay algo más que pareció pasar desapercibido a las lectoras de entre veinte y treinta años, que han constituido el 70 % de sus compradoras. El protagonista masculino es un maltratador, que trata de controlar lo que ella come, cómo viste, qué coche conduce, y que se cabrea cuando ella no le obedece. Anastasia está lejos de estar empoderada, todo esto la halaga, y mientras nos lo cuenta no para de decir «guau» y hablar de la diosa del sexo que lleva dentro. 

La clave está en las sensibilidades cambiadas, lo que ayer era malo, ahora que estoy en la cima es bueno. Empodera la faja de Kim Kardashian, y Perez Hilton pide perdón a las celebrities a las que haya podido hacer daño con sus comentarios en su blog… ahora que él es una celebrity y no quiere que le hagan lo mismo. El ciclo de la vida, vida en la que debemos evitar o neutralizar a toda la gente tóxica que nos iremos encontrando. Cada vez serán más.

Un grupo de investigadoras publicó un estudio en 2014 advirtiendo del modelo tóxico de relaciones que reflejaba la novela, y su posible negativa influencia en las jóvenes lectoras. Es el eterno debate en que estamos sumidos, ¿no tiene derecho absoluto la ficción a desarrollar su libertad creativa? Error de foco, porque la cuestión aquí es si hoy Penguin Random House se hubiera atrevido a comprar los derechos de una obra erótica publicada en un sello ínfimo de Nueva York. 

Se nos viene encima con mayor fuerza el problema sobre la libertad de expresión. Ya no vale hacer boicots usando nuestra capacidad de compra, es decir no comprando, tal y como explica Enrique Dans en su último libro. Ahora lo moderno es escrachar, prohibir la libertad de expresarse a cualquiera que no nos guste, por cualquier motivo, convirtiendo lugares como las universidades en parques temáticos de lo pírricamente correcto, y actualizando la tradicional quema de libros

Adiós diálogo, negociación, civilización, bienvenidos al conflicto por el conflicto. Cualquier problema, la más mínima molestia, la percepción personal de incomodidad, torna en violencia. La generación blandita lo es para indignarse, pero deja su pasividad para estallar anónimamente en redes o con la cara tapada fuera de ellas. El problema es que a esa generación nunca se le enseñó a luchar, ni aquí antes ni allá en el futuro, por lo que puede llegar a ser utilizada como su Luca Brasi particular por aquellos que mejor sepan venderles el relato o el himno adecuado. 

Terminamos el año en que el himno «El violador eres tú» ha sido coreado en América, Europa, y hasta por las diputadas del Parlamento Turco. Su estribillo, creado por el colectivo Lastesis en Chile, deja claro el problema que persiste todavía en muchas partes del mundo: «Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía». Todo, porque la mujer aún debe demostrar en los tribunales que no deseaba ser violada cuando lo fue. Aquí, con una legislación específica que en lo penal pena más al hombre que a la mujer, vivimos una época que será recordada por «las manadas», grupos de hombres contra una mujer sola. Recordada y distorsionada, tanto, que incluso algunos políticos confunden las manadas con otras… cosas. 

Esta distorsión empieza a suponer un posible riesgo para la presunción de inocencia, que algunos insisten en eliminar; pero sobre todo para la confianza en la justicia, que se ha visto afectada por el populismo y el espectáculo mediático continuado en que viven grandes medios y políticos. En la época de los realities, baratos, rentables y con contenidos tan inevitables como Thanos, incluso el reality por antonomasia, Gran Hermano, no pudo verlo venir ni evitarlo… o eso dicen. 

Es entonces todo un reality, realidad incluida, y por eso hemos confundido ficción con realidad: el artista que creó una falso tour de la Manada de Pamplona ha sido condenado a un año y medio de cárcel y una multa de quince euros. Los medios que tomaron erróneamente por verdadero su falso montaje, creado para denunciar el despreciable tratamiento que realizan en estos casos dichos medios, no han sufrido ninguna consecuencia. Vendrán más condenas y más límites a la libertad de expresión y a otras libertades. 

Es complicado saber el precio que esta sociedad está dispuesta a pagar para que hombres y mujeres lleguen a relacionarse en condiciones de igualdad. Curiosamente se busca ir rápido en el proceso cuando se prevé que la igualdad de género no se alcance hasta 2119. Quizá ni siquiera lo haga nunca. 

Queríamos más mujeres en las carreras STEM y ahora el problema es que cada vez hay menos gente de cualquier tipo en las ingenierías. Queríamos paridad, pero que haya más profesoras de primaria o enfermeras no motiva al cambio. Hay más juezas que jueces, pero a los puestos más altos llegan más ellos. Al menos de momento. 

Quizá no sea tan simple como los himnos y las frases lapidarias de fácil difusión tuitera, quizá haya que entender el problema en detalle para conocer los motivos de algunas de esas diferencias y así plantear posibles soluciones. Lo que es seguro es que podrán identificar a quién vive del problema y no quiere que este desaparezca: repetirá consignas, pedirá que se haga callar a cualquiera que sea crítico o discrepe, y luchará denodadamente por su pan, ocultando datos que puedan arrojar luz sobre el tema. Al menos siempre nos quedará París, donde gritaremos a pleno pulmón «Vive la difference!» y seguiremos combatiendo la intolerancia desde la resistencia.

Nos ha dejado Juego de tronos y el kilogramo, pero tenemos a Rosalía

Rosalía. Foto: Cordon.

Hemos vivido la década del sindiós cultural, por las mezclas de género y la masa decidiendo la creatividad de los autores. Uno de los problemas de los cambios demográficos. De películas en el cine a series en casa. De esperar a la hora señalada cada semana a encerrarnos para ver toda la temporada de un tirón. De recordar a Chanquete con nostalgia a exigir en redes sociales que nos den el final que queremos recordar. Nos quedamos con la explicación de Bárbara Ayuso, que lo resume todo: el escritor no es tu puta

George R. R. Martin vivió acosado para que terminase Canción de hielo y fuego, en parte porque a los fans les obsesionaba ver el final de su serie de televisión, estrenada en 2011. Finalizó antes de que Martin haya acabado de escribir su saga, sin contentar a muchos. Oigan, igual es que faltaba su creador. Será el signo de los tiempos durante la próxima década: la prisa, el atropello. El autor explicaba que los showrunners tuvieron trescientos sesenta minutos, es decir trescientos sesenta páginas de guion, para contar el final, mientras que él no va a bajar de tres mil páginas en su versión. Casi nada.

Y vendrá la limpia, porque lo de crear con calidad no entiende de prisas, ya pueden estar Netflix y HBO obsesionadas con llenar su catálogo. Lo único que consiguen, de momento, es que el 80 % de su producción sea pasable o abiertamente mediocre. El talento de Pareto, de toda la vida, aunque de vez en cuando salve los papeles alguna joya. 

En cuanto al rock, ha muerto. Larga vida al rock. O no, si acaba siendo un producto minoritario, una delicatessen. Led Zeppelin cumple cincuenta años, también el primer festival de Woodstock, y aquel concierto en una azotea de The Beatles. Cuando rebasamos los treinta dejamos de escuchar nueva música, y los rockeros nostálgicos no son más que un producto de la conducta, analizado por la ciencia. El subdirector de esta revista ama el metal, el director es más del indie, todos amamos a Rosalía aunque no la escuchemos. El futuro es el trap y el autotune a tope. Lo dice Jaime Altozano. Y cuando pasa a nuestro lado un chaval con un móvil escuchando algo que no le pondríamos ni a nuestro peor enemigo, un escalofrío nos recorre la espalda. ¿Nos habremos hecho viejos? 

Para saber lo que viene nada como los youtubers, el futuro del entretenimiento disponible hoy en cualquier pantalla. Con ellos podemos entender arquitectura gracias al culo de Kim Kardashian y Ter; entretener a cinco millones de suscriptores con las cosas de niños de MikelTube y LeoTube; o abandonar a los Manolos para ponernos al día con el fútbol de los chavales de Campeones. Sí, también ciencia, magia, una abuela de dragones y mucho más. Cualquiera puede serlo, los niños le dicen a Addeco que es una de sus profesiones preferida, aunque solo unos pocos pueden vivir de ello. Pero quieren ser eso y mucho más.

Pero ya no más…

El nuevo prototipo de la nave de Elon Musk y su compañia SpaceX. Foto: Cordon.

… aunque hay más. Claro que lo hay. Nos ha faltado lo nacional, no le hemos hablado del procés, ni de el día electoral de la marmota, ni del Valle de los Exhumados y su depreciada momia, ni de tantas y tantas cosas que marcaron esta segunda década del siglo XXI. Tampoco del último ataque a la libertad en internet, de las limitaciones en el copyright en la UE, del incendio del Amazonas de París y del Notre Dame de Brasil (los de California ya tal), ni del primer actor y humorista elegido presidente, Volodymyr Zelensky, en Ucrania. No hemos hablado de la nueva carrera espacial, de Musk y Bezos mirando a Marte, de China e India camino de la Luna, o de los fundadores de Google creando alta biotecnología. Tampoco mucho de economía, ni de la deuda, ni del empleo ni de casos como el de Thomas Cook, que quebró por esa dinámica mundial de morir o matar por turismo, sin saber adaptarse a los nuevos tiempos. Sobre todo no le hemos hablado del fin de la risa, y eso que esta vez nos hemos puesto serios. 

Pero no sufran ni se preocupen. Otros les hablarán de todo ello. De un modo u otro, tarde o temprano, siempre encontrarán algunos de esos que viven defendiendo esta bandera negra, con una J y una D. Porque, ¿saben? por encima de cualquier otra noticia, esta ha sido…

… La década Jot Down

El 1 de mayo de 2011 aparecieron, de golpe, trece artículos en una mínima página de internet, otra más en el marasmo de direcciones IP.  Sabemos que se han saltado todos esos enlaces que ponemos para que amplíe la información, pero haga el favor de clicar en este porque fue el primer día de esta revista. Es cierto. Lo sabemos. Viéndolo, nadie hubiera dicho que esos locos de la bola negra fueran a refrescar el periodismo de este país, la forma de escribir artículos, de hacer entrevistas, de mostrarse macarra o erudito, científico, tierno, gonzo, etc. Pero apenas unos meses después, en junio de aquel año, aparecía el primer artículo con el reconocible estilo Jot Down, «El sueño húmedo de la mujer del pescador». 

Jot down significa «apunte rápido y breve», por lo que era evidente que el estilo «yotdaunesco» iba a implicar artículos de dos mil quinientas palabras y entrevistas de dos horas, en persona, en directo y con fotos en blanco y negro. Luego salieron los imitadores, y hasta los jetas que copiaban y pegaban en sus revistas artículos y entrevistas como si fueran suyos, al más puro estilo del sucedáneo homeopático de turno. 

A los primeros se les agradece, como decía el maestro Quino «la diferencia entre el plagio y la inspiración es que inspirarse es lo que hacen tus amigos». Así los vemos, como amigos de la cultura que se han inspirado en unos enamorados del tema, que siendo pioneros parece que han creado escuela. A los segundos no se les guarda rencor. No mucho. No tenemos tiempo para dedicárselo, ya que por aquí pasa medio millón de visitantes únicos cada mes. No personas que repiten, no, 500 000 lectores distintos. Que leen cada artículo durante una media de 14 minutos 23 segundos. Que en sus inicios llegaron a dedicarnos 53 minutos cada vez que venían a saludarnos. Que nos hacen 25 millones de visitas al año. Gente maravillosa como usted, pero también crítica y meticulosa, que incluso a veces nos dejan sus comentarios. Exigentes como para que pensemos en ellos continuamente cuando aporreamos nuestros teclados como estajanovistas pianistas en medio de un complicado concierto. Personas que nos hacen pensar que merece la pena seguir con esto otra década más. Junto a ese hermano pequeño del que no hablamos mucho. Una comunidad a la que queremos ofrecer una visión independiente, un lugar donde se puede hablar de todo y de todos, donde el deporte y el sexo son cultura, y donde el pensamiento crítico nos impide callar, por más que nos exijan silenciar a unos u otros. Y donde, además de escribir, organizar eventos y promover el conocimiento, remamos sin parar.

Ahora que estamos en confianza, es cierto que no hemos cumplido todavía diez años, ya que confesamos que Jot Down nació en 2011. También que la segunda década del XXI no ha acabado todavía realmente. ¡Fake news! Es la moda que viene. Así que no nos tomen demasiado en serio. Que igual que les decimos que las matemáticas desaconsejan jugar a la lotería, les deseamos buena suerte mañana con el bombo. Puede que les toque, o puede que no. En cualquier caso vuelvan por aquí para suscribirse. En Jot Down tienen la seguridad de que siempre saldrán con más de lo que entraron. ¡Tomen nota!


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La lengua underground de Norteamérica

Miembros del Black Panther Party ca. 1960. Imagen: Cordon.

Massachusetts, 1692. «No he hecho daño a nadie», dijo Mary Black. «Candy no era una bruja en su país, no era una bruja en Barbados», se defendía Candy (en tercera persona). Las dos mujeres fueron condenadas a la hoguera junto a una tercera mujer negra, Tituba, tras los juicios de la aldea de Salem. En este triste episodio inaugural de la historia de Norteamérica, en el que veinticinco personas acusadas de brujería fueron condenadas a muerte, hubo víctimas de ascendencia africana.

En la vieja Europa, la quema en la hoguera era el castigo oficial por brujería, y a la brujería se asociaba la negrura. Dado el extremismo religioso de los colonizadores de América del Norte, no es de extrañar que la visión que equiparaba lo negro con el mal continuara imperante en la incipiente sociedad norteamericana y se proyectara sobre la población de raza negra. El racismo, pues, está en el mismo ADN de los Estados Unidos. Hubo muchas más quemas de negros. Algunas muy conocidas, como la hoguera de Foley Square, Nueva York, en 1741, y otras no tanto, como las que se sucedían tras las revueltas de esclavos. La última quema de la que se tiene conocimiento ocurrió en los años diez del siglo XX; la víctima: Jesse Washington.

Son episodios relacionados con una parte de la historia de Norteamérica que permanece en gran medida invisible porque tuvo que llevarse a cabo en secreto y al amparo de la noche. Se trata de la red clandestina de activistas, rutas secretas y casas seguras que ayudó a miles de esclavos a escapar en las décadas anteriores a la guerra civil: las rutas underground. Las primeras menciones a estas rutas aparecen en periódicos de principios del siglo XIX: casos en los que dueños de esclavos fugitivos culpaban a las rutas del éxito de los prófugos y casos en que esclavos que habían intentado escapar reconocían, bajo tortura, sus planes de huir al norte siguiendo una ruta underground. Probablemente, la activista más conocida de la historia de las rutas underground fue Harriet Tubman, una esclava de Maryland que, tras conseguir escapar al norte, regresó cerca de veinte veces al sur para ayudar a escapar a cientos de esclavos.

El término underground —cuyo significado es ‘subterráneo, clandestino, oculto’— se usaba en el siglo XIX para referirse al secreto que los activistas debían guardar para poder lograr su objetivo. Posteriormente, ya en el siglo XX, underground pasó a ser un nombre con el que referirse, en primer lugar, a diversos movimientos de resistencia y, en segundo lugar, con el que designar movimientos contraculturales o subculturas, es decir, los que son diferentes de la cultura dominante, la mainstream. La cultura afroamericana es, por definición y desde su génesis, underground, aunque reconocible como cultura: el R&B, los escritores del movimiento conocido como renacimiento de Harlem, el dancehall, las pinturas de Mickalene Thomas… la lista podría ser bien larga. Sin embargo, hay un elemento central que todavía falta en esta lista: la lengua. Cien por cien underground.

Los intentos de reconocer el estatus de la lengua afroamericana como tal generan casi siempre un debate tan simplista que las ideas se polarizan en dos extremos: los que afirman que el habla afroamericana es una lengua diferenciada del resto y los que mantienen que es simplemente inglés mal hablado. La realidad, en este caso, no está entre los dos extremos.

La lengua entendida como sistema es una herramienta de comunicación que se formaliza desde afuera, por ejemplo, desde una academia, y se usa cumpliendo unas normas. La lengua en uso, sin embargo, es algo más complejo: el habla de las personas, un habla que varía en muchos sentidos. Es por origen y semejanza, por unidad fundamental, por lo que el habla se clasifica como lengua, por ejemplo, la lengua inglesa. Por otra parte, es debido a las particularidades más concretas del modo de hablar de los individuos que forman parte de un grupo social determinado o de una región específica por lo que se clasifica el habla en sociolectos y dialectos. Así observamos algo concreto, la lengua en uso. Eso que llamamos lenguas no son otra cosa que hablas —dialectos, sociolectos, idiolectos—. Científicamente, una lengua es una abstracción y en la realidad no hay sino hablas.

Dicho esto, hay otras cuestiones que considerar en el caso de la lengua underground. ¿Puede la noción de una lengua afroamericana per se explicar las infinitas variaciones en el habla negra norteamericana, que incluye una auténtica lengua, el gullah, además de un abanico de variedades de inglés afroamericano? Por conveniencia, sí. Podemos utilizar el término lengua afroamericana como abstracción para referirnos tanto a la lengua gullah que se habla en la costa de Carolina del Sur y Georgia como a las variedades vernáculas que hablan los individuos de ascendencia africana en el resto de Norteamérica.

Con esto no se sugiere que las dos variedades evolucionaran a partir de un antepasado común. La colonia de Virginia, clave en el origen del habla vernácula afroamericana, y la de Carolina del Sur, clave en el origen de la lengua gullah, no se fundaron al mismo tiempo. Virginia fue fundada en 1607 directamente desde Inglaterra. Por el contrario, los inicios de Carolina del Sur son los de una colonia de segunda generación.

Los primeros africanos, suministrados por una fragata holandesa, llegaron a Virginia en 1619 en calidad de sirvientes no abonados —en inglés, indentured servants, y en francés, engagés—, es decir, individuos con el derecho a recuperar su libertad tras un periodo de servidumbre de cinco o siete años. Normalmente, trabajaban en las casas de los colonizadores y estaban expuestos a la lengua mayoritaria, el inglés. No los hicieron esclavos hasta 1675, fecha en que despegó la producción industrial de tabaco y los dueños de las plantaciones comenzaron a importar africanos esclavizados en masa. Aun así, la población de ascendencia africana de Virginia no llegó a representar el cincuenta por ciento. Aprendieron inglés. De hecho, el habla de las tres mujeres negras quemadas en la hoguera en Salem no difiere sustancialmente del habla de los blancos que también fueron condenados.

La colonia de Carolina del Sur es cincuenta años posterior a la de Virginia. En el inicio, la población de ascendencia africana era minoritaria, pero en solo treinta años duplicó a la población de ascendencia europea. Además, la mayoría se concentraba en la costa, y los individuos de raza negra llegaron a ser mayoría abrumadora, con una ratio de nueve a uno. Apenas hay documentación sobre cómo era esta lengua de Carolina del Sur en su génesis, pero es prudente suponer que era una variedad de la lengua mayoritaria, la de los colonos europeos. También podemos hacer conjeturas sobre por qué se convirtió en una lengua distinta. El escenario sería el siguiente. La vida en las plantaciones era tan dura que la esperanza de vida era de cinco a diez años tras la llegada desde África o el Caribe, así que los colonos tenían que importar más mano de obra, más esclavos, para poder explotar sus plantaciones. Con esta situación, la lengua se iba modificando tanto por diferencias idiolectales o individuales como por el contacto con individuos recién importados, hablantes de otras lenguas. Esto causaba la introducción en cierto grado de elementos diferentes de la lengua de los fundadores dependiendo del tiempo de exposición de unas lenguas a otras, del tipo de relación que hubiera entre los hablantes y de las distancias tipológicas entre las variedades. Así se explica, al menos parcialmente, que surgiera una lengua diferenciada del inglés, la que hoy conocemos como gullah.

En el siglo XXI, si bien es cierto que la mayoría del habla negra se entiende como variante del inglés americano, aunque influenciada por aspectos de otras hablas negras de la diáspora, su uso no refleja la incapacidad de sus hablantes para utilizar el inglés estándar. A esto se suma la cuestión del acento, que tanta discriminación provoca, y no hay acento peor visto que el negro. Incluso los afroamericanos de clase media con carreras universitarias y dominio perfecto del inglés pueden verse discriminados si sus acentos se consideran de alguna manera identificables como de negros. Parte del debate se basa en la afirmación de que la lengua afroamericana no se entiende, y que su uso explica las altas tasas de desempleo entre la población negra. Bien. Si a los no hablantes les suena a chino, que lo llamen chino. O en este caso, habla afroamericana. Aunque sea por conveniencia.

Sankofa es una palabra en la lengua twi de la etnia akan de Ghana que hace referencia a la acción de mirar al pasado para recuperar el presente. En Norteamérica, esta palabra está representada por dos símbolos: uno es una forma de corazón tan estilizada que apenas parece un corazón; el otro es más obvio, un pájaro con la cabeza hacia atrás. El del corazón podría ser una modificación del símbolo del pájaro; el caso es que, si se juntan dos pájaros frente a frente con trazo esquemático, obtenemos un corazón. El símbolo del corazón es especialmente común en los Estados Unidos: aparece en puertas, verjas y ataúdes de afroamericanos. En África occidental, el símbolo del pájaro es frecuente en los diseños de la ropa que la gente se pone para acudir a funerales.

El vínculo con África tiene un gran peso simbólico: tomar del pasado lo que es bueno y traerlo al presente para progresar a través del uso del conocimiento. Sankofa. La lengua afroamericana es parte de la cultura, lleva sus señas de identidad. Si cae en desuso, gran parte de la mentalidad y cultura afroamericana se perderá también. Que no quede atrás la lengua más underground de Norteamérica. Sankofa.   


Bibliografía

—Franklin, John Hope. 2011. From Slavery to Freedom: a History of African Americans. New York: McGraw-Hill / Connect Learn Succeed.

—Mufwene, S. 2015. «The Emergence of African American English». En Handbook of African American English, ed. por Sonja Lanehart. New York: Oxford University Press.


Fuego y arena: el nuevo oeste americano del festival Burning Man

Burn Wall Street, una obra de Otto Von Danger, durante el festival Burning Man 2012. Fotografía: Jim Urquhart / Cordon Press.

Hasta hace nada la mayoría de la gente se divertía por el gusto de hacerlo y no solo para correr y contarlo. Lo que fuera ocurría sin dejar más rastro que cuarenta colillas, tres vomitonas y alguna botella rota. O un buen montón de cenizas, como ocurre cada verano en el desierto de Nevada después de quemar el gigantesco Burning Man, las fallas más bestias del mundo, la cremá que reúne a la friolera de setenta mil personas en medio de la nada desde hace más de treinta años. Una semana sin agua corriente ni electricidad ni señal de móvil. A palo seco. Para algunos el Burning Man es una experiencia chamánica, psicodélica, sanadora. Para otros, una farra de siete días de raves, el after perpetuo. Y para otros, la mayor exhibición de arte efímero y arte al aire libre de todo el planeta. 

El Burning Man es todo eso y más, hoy, pero no fue así cuando empezó, en la playa Bakers Beach de San Francisco, en la noche del solsticio de verano de 1986. Esa noche se reunieron cuatro amigos para nada en concreto, pasarlo bien, hasta que en algún momento a uno de ellos se le ocurrió quemar una estructura de madera de unos tres metros que representaba, según algunos, a una exnovia a la que quería olvidar, prendiéndole fuego, claro. Al verano siguiente repitieron el número, se acercaron más mirones a pasarlo bien. Y al siguiente se juntó aún más gente, hasta que al cuarto año la poli les dijo que se marcharan de ahí porque no tenían permiso y entonces fue cuando de verdad empezó lo bueno. 

Vista aérea del campamento de Burning Man en 2016, cuando reunió aproximadamente a 60.000 asistentes. Fotografía: Jim Urquhart / Cordon Press.

Entre aquellos primeros amigos de la playa de Bakers Beach se encontraba Larry Harvey. Larry Harvey era un chaval de Portland, hijo de un carpintero que se largó a los diecisiete a San Francisco en el Verano del Amor de 1968 y no volvió a moverse de la esquina de Haight-Ashbury durante el resto de su vida. San Francisco en los sesenta y setenta era como siempre ha sido cualquier ciudad de la Costa Oeste, un poco el hermano pequeño que hace lo que le da la gana. Como trepar a las torres metálicas del Golden Gate un día de niebla, algo que solo se les podía ocurrir a los miembros del Suicide Club, un grupo de exalumnos de la Communiversity, la universidad gratuita de San Francisco, que hacían cosas como recorrer en manada el alcantarillado de la ciudad o subirse al tranvía en pelotas. Para cuando llegaron los ochenta, el Suicide Club se transformó en la Cacophony Society, que a día de hoy aún sigue rulando por todo Estados Unidos. La Cacophony Society de Portland sigue siendo, junto con la de San Francisco, la más underground de todas (el mismo Chuck Palahniuk ha reconocido en varias ocasiones que su pertenencia a la Cacophony es lo que le llevó a escribir Fight Club y ha escrito un libro aparte sobre el tema). Pero el capítulo de Portland sí que le gana por tres cuerpos a San Francisco en cuanto a ser más bizarro o más raro o más oscuro. Portland, el sueño húmedo del underground americano que ha pasado de Portlandia a escenario de los mocosos de la serie Crepúsculo. Aún hoy se hacen incursiones en el Memorial Mausoleum, un mausoleo de kilómetros de elegantes corredores subterráneos donde la gente va a perderse o a follar o a pegarse un tiro y que merecería un artículo aparte.

A la Cacophony también debemos el Billboard Liberation Front, un puñado de artistas que tuneaba carteles de publicidad de carretera en los que se inspiraría Shepard Fairey muchos, muchos años después. Miembro de la Cacophony era Carrie Galbraith, una jovencísima estudiante de Historia del Arte enamorada de Europa del Este y del cine soviético. Fue Carrie quien creó el Atomic Café, unas reuniones inspiradas en la serie Mad Max que tenían lugar en sitios raros como un antiguo almacén gubernamental de miembros ortopédicos o las ruinas de una fábrica de pasta de dientes abandonada. Pero fue después de ver Stalker de Tarkovski cuando introdujo en la Cacophony el concepto de «entrar en La Zona», y propuso la primera incursión a «La Zona» el 17 de marzo de 1989 en Covina, Los Ángeles. Reunió a ocho amigos y al llegar al pueblo de Covina, cerca del desierto, trazó una raya en el suelo para indicar dónde empezaba La Zona. Allí las leyes de la física, del tiempo y del espacio dejan de existir y nos abrimos a cualquier tipo de experiencia fuera de lo normal o más allá de la experiencia habitual. Abandona la rutina, abraza lo desconocido, esa viene a ser la actitud al entrar en La Zona. 

Burning Man, 2011. Fotografía: Jim Urquhart / Cordon Press.

Michael Mikel era otro de los miembros fundadores de la Cacophony Society. En realidad fue de los primeritos ingenieros de Silicon Valley y en el 86 ya estaba currando para Apple. Pero también le gustaba la jarana, así que cuando la policía expulsó a sus colegas de la playa de Baker Beach y fueron al desierto, fue él quien trazó una raya en el durísimo suelo calcáreo de Black Rock, Nevada, el lecho de un lago desecado hace trillones de años, y el lugar donde desde ese año, verano de 1990, empezó más o menos oficialmente lo que hoy conocemos como Burning Man. Fueron unos ochenta amigos, San Francisco está a unas seis horas de carretera y en Black Rock no hay absolutamente nada más que sol de 40º a mediodía y tormentas de arena. Sin embargo, en dos años ya se plantaron allí seiscientos visitantes. A Mikel le pirran los coches y ese mismo año apareció con uno muy chungo, el 5:04, un Oldsmobile medio destrozado por el terremoto del 89 y que sería el primer «Art Car» de la historia del festival. Sugirió entonces a sus amigos artistas que trajeran sus piezas, coches, artilugios, artesanías, mamarrachadas. Lo que fuera.

Entre estos amigos se encontraba John Law, también miembro fundador de Cacophony, un artista que trabaja con el neón y que fue quien tuvo la brillante idea de iluminar la figura del Burning Man con neones de noche, lo que ha servido como único punto de referencia nocturna en todas las ediciones posteriores. También fabricó esculturas cinéticas que explotan, peleas entre robots, letreros de luces, miles de neones en lo que ha acabado siendo la seña de identidad del Burning Man: bicicletas y coches y esculturas decoradas con neones multicolores desplazándose en la noche infinita del desierto. Cada vez más gente en el desierto, aquello empezó a ser como la Línea 1 del metro, que se sube todo el mundo y no se baja nadie. Muy pronto los visitantes empezaron a traer armas de fuego y todo empezó a irse un poco de madre, hasta que en el 96 un amigo de John Law murió atropellado por una moto mientras montaba una de las carpas. Pocos días después ardió de manera incontrolada una de las piezas, la «helco», y hubo más heridos. John Law, fundador junto con Harvey y Mikel del festival, se marchó del Burning Man y nunca más volvió (de hecho, en el 2007 Law entró en líos legales contra Mikel y Harvey por la autoría del Burning Man). Ese mismo año de 1996 la revista Wired definió el Burning Man como «el festival más salvaje de América» y «las nuevas vacaciones a la americana».

Había que poner un poco de orden en todo aquello, así que Mikel fundó los Rangers, unas patrullas de voluntarios que velan por la seguridad de los asistentes (actualmente hay también policía local rolando por Black Rock), y en el 98 se propuso el diseño en círculo, un poco como un circo a la romana, alrededor de la «playa» donde se levanta el Burning Man. Toda esta infraestructura en pleno desierto la empiezan a levantar los voluntarios un mes antes, cuando clavan The Golden Spike, ‘el clavo de oro’, con el mismo martillo desde el 98, que oficialmente inaugura el Burning Man. Se levanta la figura del Burning Man y también la del Templo, de madera, que arderán en una grandísima fogata el último día del festival. Y entonces está ya todo listo para el pistoletazo, la llegada en masa de miles de coches, caravanas, autobuses, camiones, todos entrando a la misma hora y por el mismo sitio al Burning Man. 

Burn Wall Street, una obra de Otto Von Danger, durante el festival Burning Man 2012. Fotografía: Jim Urquhart / Cordon Press.

«En entrar al Burning Man tardas cerca de cinco horas, pero ya eso es un flipe, ya es espectáculo», dice Diego de Las Casas, abogado madrileño y miembro fundador de la Plataforma para la Defensa de la Ayahuasca, que se las sabe todas porque ha ido nada menos que cinco veces y las que le quedan por ir.  

«Lo mejor es alquilar o comprar las cosas en un Walmart mastodóntico que hay en Reno, a dos horas de viaje, y donde puedes comprar a las tres de la madrugada, y entonces ya tirar para allá. Pero, aunque compres comida y agua para la semana entera, siempre va a sobrar. Todo el mundo invita. Y la ropa, que es muy Mad Max, llevarla de San Francisco. Se ve mucho disfraz, pieles falsas, zancos, ropa pintada. Algunos están muy currados, la gente de San Francisco se lo empieza a preparar con un año de anticipación». Hay campamentos muy caros pero si les ofreces un proyecto bonito, como Camposanto, que es el campamento de los amigos de San Francisco de Diego, puedes ir gratis. En el Burning encontrarás a gente que se lleva cien pares de patines para montar roller parties, o monta bares donde sirven Bloody Maries sin parar. Diego recuerda una especie de gran dinamo que se activaba haciendo girar una roca alrededor de un poste para enviar señales al espacio, una baliza para extraterrestres. Sí, señor.

Dos gladiadores se enfrentan en la Thunderdome (Cúpula del trueno), una de las instalaciones más populares del festival Burning Man, 2003. Fotografía: Shannon Stapleton / Cordon Press.

La filosofía del festival no es de trueque, como creen los novatos, es de ofrecer algo al festival, explica: «Nosotros ofrecíamos el Sangría Party. El círculo está dividido en secciones, una mitad más de desfase y raves y otra de silencio, más tranquila. En las primeras filas se ponen las mejores raves y espectáculos, y los campamentos que ofrecen mejores servicios. En medio está el campamento central, donde hay hielo y café, lo único que puedes comprar en el Burning. Lo que más llama la atención al llegar es el tamaño. Aquello es inmenso. Tardas hasta cuatro horas en recorrer todo el recinto, pero ni en una semana entera te da tiempo a verlo todo. Es tradición ir hasta el límite, que no es más que una cuerda en el suelo, y entonces saltarlo, pero el día que fuimos aparecieron los polis para llamarnos la atención», dice. «Una vez que entras ya no puedes salir, pero tampoco entrar por donde te dé la gana».

Lo habitual durante el día es coger la bici y salir a ver las instalaciones de arte. Pero aquello es tan gigantesco que no las ves hasta que las tienes encima. «Suele haber camiones muy decorados que hacen rutas por las piezas de arte. Es como una gran feria de arte, algunas están subvencionadas por la organización y luego se “exportan” y se mandan fijas fuera», explica Diego. 

Burn Wall Street, una obra de Otto Von Danger, durante el festival Burning Man 2012. Fotografía: Jim Urquhart / Cordon Press.

Dicen que Pepsi ha querido comprar el festival muchas veces y la organización (en la actualidad una ONG) siempre ha dicho que no. Se ha vuelto más mainstream en poco tiempo. Ahora va Paris Hilton o Katy Perry y se hace tres fotos y se queda en un campamento con aire acondicionado que cuesta cien mil dólares. Quizás por eso la gente más auténtica, las tribus originales que llevan yendo desde siempre, se ponen en las filas de atrás. «Ahora también el consumo de drogas está mucho más vigilado, no solo por la policía, porque hay “secretas” que trincan a la gente y hay algo de paranoia. Antes las drogas se anunciaban con letreros en las esquinas. Pero sigue siendo muy tranquilo, no se consume casi alcohol, no hay peleas, todo lo contrario. El único peligro que puede haber es que te pille una tormenta de arena o una tormenta seca, pero siempre salen en camiones para avisar a la gente y guiarles con linternas. Es un entorno hostil. De hecho, te hacen firmar un documento de descargo de responsabilidad civil si te pasa algo». Diego recuerda un aeropuerto donde igual aterriza Marc Zuckerberg (dicen que Google está allí casi desde el principio, desde los setenta) en un vuelo privado que despega un helicóptero desde el que te tiras en paracaídas.

Sin embargo, y a pesar del ruido y de la farra continua y del espectáculo, la gran mayoría de la gente va para tener una experiencia más interior que otra cosa, más espiritual.

«Es muy chamánico, muy psíquico, hay algo que hace clic cuando estás allí, aunque no consumas nada», dice Diego. «Estar en el Burning ya es estar en una realidad aparte. Quizás por eso ahora se está poniendo más de moda, porque lo psicodélico está volviendo a pegar muy fuerte».

El último domingo, cuando todo se acaba y queman el Burning Man y el templo de madera y todo lo demás, la gente acaba llorando. Entonces se marchan, los setenta mil a la vez, sin dejar el menor rastro detrás y llevándose solo el recuerdo para toda la vida. 

Si le pides a Diego que defina el Burnig Man en una sola frase, no lo duda: «La mejor ciudad del mundo que solo existe una semana».

Burning Man, 2003. Fotografía: Shannon Stapleton / Cordon Press.


La fascinación estadounidense por España

El jaleo, de John Singer Sargent,1882.

El 8 de diciembre de 1779 el puerto de El Ferrol fue honrado con una imprevista visita. El coautor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, quien llegaría a ser el segundo presidente en la historia del país, John Adams, se encontraba a bordo de la fragata Le Sensible en una misión diplomática con destino a París para negociar el final de la Guerra de Independencia, pero una vía de agua en el casco les obligó a tomar puerto antes de tiempo. Ante la incertidumbre sobre cuánto tardaría la embarcación en ser reparada, Adams decidió entonces seguir su viaje por tierra, realizando para ello el Camino de Santiago en sentido inverso. 

Tal como refleja su diario, una persona de inteligencia tan vivaz como la suya no perdió detalle de todo cuanto vio en su recorrido por nuestro país: desde el comercio y las manufacturas a su juicio lastrados por un sistema feudal aún vigente— , pasando por la austera moda en el vestir, hasta la belleza del arte sacro («nada parece lujoso salvo las iglesias, nadie está gordo salvo los curas») que causó una gran impresión en él… aunque tal vez no tanta como el vino, los embutidos y el chocolate a la taza español, inaugurando la devoción estadounidense por los alimentos hipercalóricos. Como abogado y legislador prestó también atención a las leyes, ensalzando con cierta sorna la humanidad y el ingenio de los españoles para interpretarlas, pues si esta requería que los reos de ciertos delitos fueran tirados al mar dentro de un barril con una víbora, un sapo, un perro y un gato, en la práctica se metía el cuerpo ya sin vida del criminal y bastaba con dibujar los animales en la superficie del barril. Aparte, encontraba particularmente irritante la falta de chimeneas allá donde se hospedaba (por la época del año se entiende), mientras que la omnipresencia del catolicismo despertaba en él constantes suspicacias como protestante, sin desaprovechar ocasión de vincularlo con la pobreza. Quizá hace una leve excepción con lo que denomina «The Republick of Bilbao», una villa de febril actividad comercial donde fue recibido por su buen amigo Diego de Gardoqui, quien poco después sería el primer embajador español en Estados Unidos. Pero tampoco vayan a creer que aquí llegara a sentirse a gusto este cascarrabias, pues más adelante, cito: «alcanzamos San Juan de Luz, el primer pueblo francés, y allí cenamos, y nunca un prisionero escapado de la cárcel estuvo más contento que yo lo estaba; todo aquí era limpio, dulce y confortable en comparación con cualquier cosa que habíamos encontrado en cualquier parte de España». Ea, tanta paz lleves como descanso dejas. 

En definitiva, las descripciones que realizó sobre nuestro país durante el poco más de un mes que duró su estancia son muy reveladoras acerca del lugar, pero también de la mirada de quien lo observaba. Como uno de los líderes de la revolución burguesa americana todo lo juzgaba de acuerdo a ese filtro y, paradójicamente, su empeño en independizarse del Imperio británico no impidió que fuera inequívocamente inglés en sus prejuicios. Su visión de España era la de la Leyenda Negra, que ya llevaba un par de siglos circulando en las islas, y con esa conclusión ya de inicio solo debía buscar los hechos que la corroborasen e ignorar el resto. Pero lo más interesante es que el país que fundó no tardaría también en separarse de ese esquema mental, desarrollando otra manera de vernos, seguidora en parte de la tradición inglesa, sí, pero a la que añadió elementos propios a medida que construía su propia historia. Como señala el hispanista Richard L. Kagan en The Spanish Craze: «Los norteamericanos han tenido dos visiones de España. Una estaba asociada con la Leyenda Negra heredada de los ingleses: la España de la Inquisición, la que expulsó a los judíos en 1492, la de los conquistadores sedientos de sangre que cometieron escabechinas recorriendo América. La otra es la España de la Leyenda Blanca. La de los soldados, misioneros y colonos que lejos de diezmar a los indígenas, les llevaron los bienes de la civilización». 

Esas dos Españas, lejos de helar sus corazones, avivaron su interés por lo que consideraban un país de fuertes contrastes, sensual y tosco, muy cercano a ellos y al mismo tiempo exótico. Al fin y al cabo el propio origen de Estados Unidos estaba en deuda. El gobernador de la Luisiana, el malagueño Bernardo de Gálvez, ayudó de forma encubierta aunque decisiva a los rebeldes —hecho por el que hace unos años fue nombrado ciudadano honorario de los Estados Unidos— mientras que el citado Diego de Gardoqui les suministró armas y financiación, un dinero, el «spanish dollar», que daría lugar posteriormente a la moneda norteamericana. La extensión posterior desde esas trece colonias independizadas de la costa este hacia el anhelado país de escala continental, parte esencial de su mitología nacional, se vio facilitada por el Tratado de Adams-Onís en 1821, inicialmente conocido con el más expresivo título «Tratado de amistad, arreglo de diferencias y límites entre su majestad católica el rey de España y los Estados Unidos de América». Hasta un tercio del territorio del país norteamericano formó parte en algún momento del Imperio español sin que el cambio de manos resultara particularmente traumático y finalmente en 1898, tras una guerra de escaso coste, España dejó definitivamente de resultar una amenaza para los intereses estadounidenses. Podía ser ya una nación «simpática».

La colina de la Alhambra, de Samuel Colman, 1865.

Este cambio histórico-político fue paralelo a un cambio cultural. El otro autor de la Declaración de Independencia junto a Adams, Thomas Jefferson, que le sucedería en la presidencia, tenía una visión mucho más positiva de nuestro país. En buena medida debido a la literatura, hasta el punto de leer a sus hijas cada noche un fragmento de El Quijote en castellano, idioma en el que estaban escritos cientos de libros de su extensa biblioteca personal. Pero tal vez quien más contribuyó a moldear la percepción americana de España fue el escritor y diplomático Washington Irving, quien ya se hubiera hecho un hueco en la posteridad solamente por La leyenda de Sleepy Hollow y porque la ciudad en la que vive Batman se llame Gotham, aunque en realidad el grueso de su obra y de su fama gira en torno a España. En 1826 recaló en San Lorenzo de El Escorial para estudiar en la biblioteca del monasterio la figura de Colón, y de ahí surgió un libro que supuso un sensacional éxito con más de un centenar de ediciones. A él se le debe el perdurable mito de que en tiempos del descubridor la gente creyera que la Tierra era plana. Tras ese libro su estancia se prolongó indefinidamente (llegó a ser embajador) y vinieron otros como los Cuentos de la Alhambra, en los que fue acuñando una imagen de España que marcaría una fuerte impronta entre sus compatriotas, pues tal como dejó escrito: «Cada montaña de este país muestra ante ti una vasta historia, repleta de lugares famosos por algún salvaje y heroico acontecimiento». España seguía siendo salvaje en el imaginario anglosajón, pero ahora también heroica, exótica, pintoresca y fascinante.

Difícilmente podía ser de otra manera. Si los estadounidenses eran herederos, partícipes en su ámbito, del proceso de descubrimiento y conquista del continente, entonces esta debía ser buena, noble, admirable… Esas palabras incluso se nos quedan cortas, por citar las que usaba Charles Lummis en The Spanish Pioneers, aquello que hicieron los pioneros españoles fue «la más extensa, prolongada y maravillosa hazaña de toda la historia de la humanidad», algo «sobrehumano» a cargo de una «nación de héroes». Otro escritor decimonónico, elevado con el tiempo al altar de poeta nacional americano, Walt Whitman, en su breve ensayo The Spanish Element in our Nationality ya desde su mismo título establece la hispanidad como parte de la identidad estadounidense y corta de raíz la Leyenda Negra al proclamar que no hallaremos más crueldad, tiranía y superstición en el pasado español que en el anglosajón. 

Pero a muchos no les bastaba con reconocer esa huella histórica, había además que visitar ese país originario, buscar las raíces. Un libro de viajes titulado A Year in Spain, by a Young American que volvió muy popular a su autor, Alexander Slidell MacKenzie, expresaba como motivos para pasar en nuestro país ese año de 1826 (el mismo, como veíamos antes, que eligió Irving) dos razones: el interés por perfeccionar el conocimiento de un idioma muy importante para el continente americano, y el deseo de visitar lugares cargados de leyenda. Era un país simultáneamente cercano y enigmático, en el que dice el autor que «no existe otra ley que la del más fuerte»… aunque a continuación se extienda en pasajes costumbristas menos impresionantes e incluso reconocibles hoy día, como su descripción de La Rambla de Barcelona como una calle que exhibía un variadísimo muestrario humano. Irving y MacKenzie, por lo tanto, de forma prácticamente simultánea, insuflaron entre sus compatriotas el anhelo romántico por viajar a España. Una llamada que tuvo un particular eco entre escritores y artistas, cuya obra serviría a su vez de estímulo para sucesivas generaciones. 

On the Balcony, de Mary Cassatt, 1873.

Nuevamente hemos de mencionar el año 1826 como el de otra llegada decisiva a España de un yanqui (en el sentido original de la palabra). Aconsejado por su padre sobre la relevancia de aprender castellano por su lugar en el contexto americano, Henry Wadsworth Longfellow llegó a Madrid, donde conoció a Irving y fue animado por este para que se dedicase a la escritura. Debió quedarse rumiando la idea sin prisa pues siete años después publicó su primer libro, una traducción al inglés de los poemas de Jorge Manrique. Más adelante escribió The Spanish Student, inspirándose para ello en La gitanilla de Cervantes y en su antología Poems of Places también dedicó una parte a los poemas sobre nuestro país de diversos autores así como de cosecha propia, como este «Castles in Spain», que evoca en tono romántico la época medieval. No obstante, este autor de vida increíblemente desdichada —quedó viudo dos veces, la segunda tras ver arder a su esposa por una vela que prendió su vestido— logró la mayor parte del reconocimiento en su tiempo debido a los temas de corte patriótico tanto apoyando la causa del Norte en la Guerra de la Secesión como en torno a la reconciliación nacional posterior. Un buen ejemplo es este hermoso villancico «I Heard the Bells on Christmas Day». No deja de ser significativo ver nuevamente a un poeta volcado en dotar a Estados Unidos de una literatura nacional y una conciencia colectiva como país y que de forma simultánea esté tan interesado en España. Un caso semejante al de George Ticknor, hispanista miembro de los elitistas Boston Brahmins, cuyo objetivo era convertir a su país en una gran potencia. Para ello era imprescindible adquirir todo el conocimiento posible de Europa, recorriéndola y recopilando la mayor cantidad posible de libros por el camino para llevarlos al otro lado del Atlántico. De tal empeño surgió su Diarios de viaje por España, en el que aún están presentes las secuelas de la invasión napoleónica.

Aunque seguramente nadie haya podido igualar nunca la fiebre coleccionista de Archer Huntington. Heredero de una inmensa fortuna que su padre amasó con los ferrocarriles y astilleros, desde la adolescencia comenzó a estudiar español en Nueva York con una profesora vallisoletana que fue despertando su interés por nuestro país. Primero viajó a varios países hispanoamericanos y finalmente a los veintidós vino a España. Quizá esperando vivir grandes aventuras en una tierra agreste, pues antes dedicó un tiempo a estudiar cirugía por si tenía que curarse heridas por sí mismo. Repitió la experiencia en varias ocasiones, recopilando miles de libros, cientos de incunables, patrocinando excavaciones arqueológicas y adquiriendo cuadros de El Greco, Zurbarán, Velázquez, Goya, Sorolla y otros muchos. Su objetivo era crear un museo español, una institución a la que dedicó su vida y que ha pervivido hasta nuestros días, la Hispanic Society of America. Esta sociedad contribuyó a difundir entre amplias capas de la población un hispanismo como vemos hasta entonces bastante elitista. Al igual que la Exposición Mundial Colombina de Chicago en 1893, que logró más de veintisiete millones de visitantes o que la triunfal gira por Estados Unidos de Carmencita, aquí grabada por Edison

Tampoco podemos dejar de mencionar a los pintores estadounidenses que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX vinieron a España generalmente con un doble objetivo: conocer de primera mano la obra de los grandes maestros —particularmente Velázquez y Murillo, muy apreciado este último en la época— y retratar los paisajes y paisanajes típicos españoles. Fue el caso de Samuel Colman, adscrito a la llamada Escuela del Río Hudson, un grupo de pintores paisajistas que buscaba ensalzar el patriotismo americano, de nuevo aquí vinculado al hispanismo. Aunque también hubo otros nombres destacados, como John Singer Sargent, William Merritt Chase, Mary Cassatt, George Henry Hall o Thomas Eakins. Así como el escultor Augustus Saint-Gaudens

En conclusión, podríamos seguir citando a artistas e intelectuales americanos que en el siglo XX continuaron peregrinando a España en busca de aventura, diversión, raíces, cultura, reencuentro su propia identidad como americanos… Ahí tenemos a Gertrude Stein, John Dos Passos o Waldo Frank, entre tantos, pero seguro que a todos se nos viene a la mente un par de nombres aún no mencionados. A la vista de todo lo anterior y sin demérito alguno hacia su talento, la fascinación española de Ernest Hemingway y Orson Welles no fue una excentricidad de almas singulares. Simplemente continuación una larga tradición, de la que Woody Allen en nuestro días parece haber tomado el testigo. Esperemos que perdure.

Sunny Spain, de William Merritt Chase, 1882.