De Egipto a Las Vegas: una historia del póker

Amarillo Slim en las 1974 World Series of Poker.

A mediados del siglo XX, un periodista estadounidense escribió: «Nuestro juego nacional no es el béisbol, sino el póker». Había, pensaba él, algo intrínsecamente americano en ese juego de cartas nacido, al menos en su versión moderna, en la Louisiana del siglo XIX. Un juego que había alcanzado la madurez y su forma definitiva en los casinos flotantes del río Mississippi. Que había servido de entretenimiento hasta a los regimientos de soldados destacados en el Salvaje Oeste, como atestigua la crónica militar Dragoon Campaigns to the Rocky Mountains, publicada en 1836. Aun así, la primera mención del póker estadounidense, muy famosa entre los historiadores del juego, delata sus orígenes europeos: la hizo en 1829 un actor británico llamado Joseph Cowell, que estaba de visita en Nueva Orleans y observó una partida de un juego al que los nativos llamaban poker, pero que no era no muy distinto a otros que ya se practicaban en Europa. El problema es que nadie ha sido capaz de reconstruir con total fiabilidad documental cuáles son las raíces exactas del póker.

Ni siquiera se sabe con seguridad cuándo se empezó a jugar con cartas, ni de qué manera. La referencia literaria más antigua que se conoce a un juego de cartas procede de la China del siglo IX, pero se especula con la posibilidad de que ya se usaran cartas desde tiempos aún más antiguos. No se ha podido demostrar porque las cartas, al contrario que los dados de marfil o las fichas de piedra, se descomponen y se pierden con facilidad. Una posibilidad es que las primeras cartas no fuesen en sí mismas el núcleo del juego, sino meras representaciones del dinero con el que se apostaba. Desde China, los juegos de cartas viajaron hacia la India y se piensa que en el siglo XII ya se usaban naipes no solamente en Asia oriental, sino también en Persia y en el norte de África. Los primeros juegos de cartas similares a los actuales y bien documentados datan del Egipto de principios del siglo XIII. Durante el sultanato mameluco se usaban barajas de cincuenta y dos cartas, repartidas en cuatro palos que, ya por entonces, estaban representados por copas, monedas de oro, espadas, y mazas para jugar al polo. A lo largo del tiempo han existido juegos que usan un número muy variable de cartas, pero parece ser que el estándar de cincuenta y dos ya era habitual: el relato tradicional dice que era una referencia a las cincuenta y dos semanas del año, y que los cuatro palos representaban las cuatro estaciones.

Las cartas egipcias o naib (origen del término naipe) se parecían mucho a las que todavía hoy se usan en países como España, y también son el origende la baraja francesa que se utiliza en el póker. En aquella baraja árabe cada palo tenía un as y otras nueve cartas numeradas, además de tres cartas superiores o «nobles»: un rey, un virrey, y un ministro. Una baraja elaborada era un producto de fina artesanía, así que podía ser una posesión lujosa. La prohibición religiosa del islam suní impedía representar las figuras humanas del rey y sus ayudantes, así que, para designar la esas tres figuras, se usaba una muy elaborada caligrafía ornamental.

Cuando los juegos de naipes árabes llegaron a la Europa mediterránea, se diseminaron con rapidez por países como España o Italia, donde la nobleza empezó a practicarlos con entusiasmo. Hasta se adoptaron los mismos palos, aunque, como el deporte del polo era casi desconocido en Europa, el mazo de golpear la pelota fue sustituido por el basto de madera que aún hoy vemos en la baraja española. También se usaron figuras humanas para representar al rey, a una reina en el lugar del virrey árabe, y a un paje o «sota» (o, en ocasiones, a un príncipe). Esta adaptación del formato árabe a los gustos de la Europa del sur terminaría siendo conocida como «baraja latina». Poco más tarde, los juegos de naipes se extendieron a Francia y Alemania, países donde se buscó facilitar la fabricación artesanal. Los cuatro palos «latinos» fueron sustituidos por símbolos más sencillos: corazones, hojas de bellota (después convertidas en tréboles), hojas de árbol (que la imaginación reconvertiría en armas, pues hoy se las llama «espadas» en algunos idiomas, y «picas» en español), y losas (después rebautizadas como «diamantes»). Hoy, a esta baraja francesa —o germano-francesa— la llamamos también baraja «de póker», aunque el póker estaba muy lejos de existir cuando fue diseñada.

Los juegos de naipes ya se habían extendido por toda Europa en el siglo XVI, y los había de muchas modalidades. Los que podrían considerarse los más antiguos antecedentes del póker eran un juego español llamado primero y otro italiano llamado primo visto, que implicaban apuestas y faroles, aunque no se conocen bien sus mecanismos y pudieron ser versiones de un mismo juego que cambiaba de nombre y de reglas según la época y el lugar. En cualquier caso, el juego del primero debió de ser muy popular en Europa, pues William Shakespeare lo menciona —por su nombre en español— en la comedia Las alegres comadres de Windsor. Esto era sin duda un guiño travieso de Shakespeare hacia su audiencia, pues los juegos de naipes estaban prohibidos en Inglaterra, al igual que el tenis, los bolos o el primitivo football. El único juego alentado por las autoridades era el tiro con arco.

Entre los viejos juegos europeos ya los había que implicaban apuestas en torno a combinaciones de naipes como parejas, tríos, o cuartetos. En esos casos, solían emplearse barajas que solo tenían veinte cartas, si participaban cuatro personas, o veinticinco, si participaban cinco. Pues se repartían cinco cartas iniciales (y definitivas) a cada jugador y, no habiendo posibilidad de cambiar ninguna de ellas, se iba aumentando la apuesta según una mezcla de intuiciones estadísticas y psicológicas, adquiriendo gran importancia la táctica del «farol». En ocasiones se faroleaba sin haber mirado las propias cartas; en varios países, esta arriesgada apuesta a ciegas y sin saber con qué jugada se contaba, era anunciada con la misma bravucona frase: «Ya las he visto».

No se sabe cuál de los muchos juegos europeos pudo ser el antepasado del póker, por lo que se ha llegado a especular con la posibilidad de que el póker provenga de un juego persa, el as-nas. Pese a la escasez documental, la lógica parece indicar que todas las papeletas las tiene un juego alemán llamado poch, una de tantas adaptaciones europeas del primero. En el siglo XVII, el poch sería adoptado por los franceses y rebautizado poque. Esto encaja a la perfección no solo con la evidente similitud del término poque con el inglés poker, sino con el hecho de que el poker estadounidense nació en Lousiana, territorio francófono que apenas veinte años antes había sido vendido por Francia a los Estados Unidos. Los colonos franceses llevaron el poque a la muy nocturna y animada capital de Lousiana, Nueva Orleans. Se propagó por el Mississippi y en la década de 1840 aparecía ya en diversos libros sobre juegos y apuestas. Aunque todavía era frecuente el uso de veinte o veinticinco cartas, el viejo estándar de cincuenta y dos terminó imponiéndose, surgiendo las primeras variantes modernas del juego, como el straight poker, más parecido al juego europeo, y el stud poker, que combinaba cartas boca abajo con otras visibles, y que fue durante mucho tiempo la versión más popular.

El póker se convirtió en parte indisoluble de la idiosincrasia estadounidense con la expansión colonial hacia la costa oeste y el nacimiento de la muy competitiva cultura de los pioneros, muy en especial las periódicas fiebres del oro que seguían al descubrimiento de ese metal en diversos puntos geográficos. Los buscadores que acababan de hacer fortuna apostaban una parte de sus ganancias en partidas donde, más que la honra o el propio dinero, buscaban decidir cuál de los ganadores de la búsqueda de oro era también el ganador sobre la mesa de juego. Quienes buscaban la emoción del juego con apuestas reales, pero con un bajo riesgo, podían optar a modalidades como el split poker, donde el ganador de cada mano no se llevaba todo el dinero apostado, sino que el botín se repartía entre dos o más jugadores, de acuerdo a un sistema predeterminado de normas. Esto minimizaba las ganancias, pero también las posibles pérdidas. Además, reducía el poder de los faroles y permitía evitar la feroz competitividad de las partidas del Salvaje Oeste. Esta modalidad solía ser practicada entre quienes no disponían de mucho dinero, o entre quienes preferían la caballerosidad a la ganancia, caso de ciertos ambientes burgueses.

El stud poker se mantuvo como modalidad más famosa durante mucho tiempo, incluso después de haberse inventado la modalidad que, con el paso del tiempo, le iba a arrebatar ese papel: la variante Texas hold’em. Apareció a principios del siglo XX en Robstown, un pequeño pueblo tejano. Fue extendiéndose por el resto del estado, aunque durante más de cinco décadas fue una rareza más allá de Texas, hasta el punto de que nadie lo llamaba Texas hold’em, sino sencillamente hold’em. A mediados de siglo, la modalidad tenía sus propios jugadores profesionales en Texas, leyendas como Amarillo Slim, Doyle Brunson o Crandell Addington, pero seguía sin hacer ruido en otros lugares (aunque empezaba a haber jugadores profesionales no tejanos que se abrían camino en el hold’em, como Puggy Pearson, natural de Tennessee). Estos jugadores profesionales tejanos se trasladaron a Las Vegas en 1967 y se llevaron el hold’em consigo, aunque solamente había un casino que organizaba partidas de hold’em. Se llamaba Golden Nugget y su ambiente poco cuidado —el suelo estaba cubierto de serrín mezclado con engrudo— espantaba a los clientes adinerados.

Pese al bajo estatus del Golden Nugget, el hold’em empezó a llamar la atención de otros jugadores profesionales, y hasta de los directores de otros casinos. Crandell Addington recordaba que en la modalidad predominante por entonces, el draw poker, se apostaba dos veces por mano. En el hold’em que él y sus paisanos habían llevado a Las Vegas se apostaba cuatro veces por mano, lo cual, según Addington, permitía jugar de forma más estratégica. Y esto premiaba el talento de los jugadores, lo cual permitía no solo organizar partidas por niveles, sino que ofrecía la posibilidad de montar atractivos torneos profesionales.

Un par de años después, un casino más presentable, el Dunes, les ofreció la posibilidad de organizar allí un torneo llamado Gambling Fraternity Convention, que más tarde terminaría convertido en el celebérrimo World Series of Poker, un equivalente al campeonato mundial de ese juego. Gracias a la preponderancia de los tejanos y de la atención que habían suscitado sus estratégicas partidas, el hold’em (de repente más conocido como Texas hold’em) se convirtió en la modalidad predominante en ese torneo, y más tarde en todo el mundo. Las retransmisiones televisivas demostraron que el hold’em tenía mayor poder de entretenimiento, además de ser un juego más estructurado en el que las tácticas del momento jugaban un papel considerable, y el stud poker, que aún conservaba cierta popularidad, terminó de ser doblegado. Así, una modalidad que durante más de medio siglo había pasado desapercibida en los garitos de Texas terminó convertida en la reina absoluta de los tapetes.


Egipto, donde incluso la dictadura pasada fue mejor

El Cairo, 2013. Fotografía: Thomas Hartwell / Cordon Press.

El 14 de agosto de 2013 Mahmoud Abu Zeid fue uno de los pocos reporteros que no dudaron en jugarse el pellejo. En aquel lugar y en aquel momento, a diferencia de reportajes como este, no se escribía sentado desde casa, sino que la información exigía acudir a ella. Los partidarios de los Hermanos Musulmanes llevaban cerca de mes y medio acampados en la plaza de Rabaa al Adaweya de El Cairo, en protesta por el golpe de Estado del mariscal Abdulfatah al Sisi, que había desalojado del poder a Mohamed Morsi, el primer presidente egipcio elegido democráticamente en las urnas. Que el mismo ejército sublevado desalojara a los islamistas por la fuerza era cuestión de tiempo. Los periodistas esperábamos el susto, pero solo quien estuviera dentro —junto a los acampados— a la llegada de las fuerzas de seguridad, se llevaría la instantánea que después competiría por convertirse en la imagen del año. Mahmoud, también conocido como Shawkan, era parte de la tribu de fotógrafos que convivieron semanas con los manifestantes para ganarse su confianza. Hasta que al amanecer de ese 14 de agosto ocurrió lo que todo el mundo temía. Soldados y policías irrumpieron sin compasión. Y Shawkan estaba allí para fotografiarlo. Quienes acudimos un par de horas más tarde vimos cadáveres y cientos de heridos huyendo desconcertados ante la amenaza invisible de los francotiradores, pero el cerco militar impedía ya presenciar en primera persona las atrocidades del régimen. Cerca de 1000 personas murieron en apenas unas horas en los escasos metros que circundan la plaza de Rabaa. Ninguno de los responsables ha pagado por ello y, sin embargo, Shawkan fue juzgado por estar allí, acusado de delitos de asesinato, pertenencia a un grupo terrorista o incitación a infringir la ley. Fue condenado a cinco años de cárcel. La fiscalía había pedido pena de muerte. 

Antes de meterlo en prisión, la policía le propinó una buena paliza. El fotógrafo tiene ahora treinta y un años, de los que los últimos cinco se le han esfumado en prisión preventiva. Enfermo de hepatitis C, su caso se convirtió en un símbolo de la lucha por la libertad en Egipto. Pero las constantes peticiones de las organizaciones de derechos humanos tienen en este país un efecto absolutamente inocuo. La comunidad internacional tampoco ha elevado en exceso la presión, aunque durante su cautiverio fuera galardonado con premios como el Guillermo Cano por la Libertad de Prensa, que entrega la Unesco. Tras años de retrasos, finalmente la sentencia se conoció en septiembre del año pasado. El joven ya debería estar libre por haber descontado la pena, pero en el momento de escribir estas líneas las autoridades siguen alegando problemas burocráticos por los que no permiten su excarcelación. En el proceso se juzgaban junto a él a más de setecientas personas, incluida la cúpula mayor de los Hermanos Musulmanes. El juez repartió alegremente setenta y cinco penas de muerte, por ejemplo al expresidente Morsi, y otras tantas decenas de cadenas perpetuas. Según Reporteros Sin Fronteras (RSF), «para el gobierno de Egipto, como para otros de la región, la lucha contra el terrorismo se ha convertido en un as bajo la manga que le ha permitido reforzar el arsenal legislativo con el que reprime a los periodistas. Todos los medios de comunicación y periodistas independientes pueden ser acusados de terrorismo».

En la clasificación anual de libertad de prensa que elabora RSF, Egipto se encuentra en la posición ciento sesenta y uno de un total de ciento ochenta países. Un registro que ha ido empeorando progresivamente tras la llegada al poder del militar Al Sisi, quien ha transfigurado su país en una máquina de represión más poderosa incluso que la de su predecesor Hosni Mubarak, contra el que los egipcios se rebelaron en masa. Shawkan es uno más de la treintena de informadores que permanecen en las cárceles del país árabe. Algunos incluso fueron alojados en prisiones militares secretas, donde cualquier respeto a las mínimas garantías es una mera ilusión. Contando con que se tenga la suerte de salir con vida. Casos como el de Peter Greste, periodista australiano de Al Jazeera English, tuvieron un gran eco mediático, pero son los locales quienes más han sufrido esta oleada represora. Lo ocurrido con Greste es paradigmático. Fue detenido junto a su colega egipcio-canadiense Mohamed Fahmy y el productor egipcio Baher Mohamed, acusados de difundir noticias falsas tras reunirse con un líder de los Hermanos Musulmanes. Pero mientras a Greste lo dejaron marchar a su país en 2014, sus dos compañeros tuvieron que pasar otros cuatro años entre rejas, viendo cómo su juicio se posponía incomprensiblemente. El régimen cruzó una línea roja con los extranjeros con el asesinato del joven estudiante italiano Giulio Regeni, quien realizaba un trabajo de investigación sobre el poder de los sindicatos, que en el pasado tuvieron un peso importante en la revolución. Hay sobradas evidencias de que los servicios de inteligencia lo secuestraron, lo torturaron y de que fueron ellos quienes abandonaron su cuerpo en una cuneta. Tampoco nadie ha pagado por ello. Pero, por desgracia, por cada Regeni hay miles de egipcios que han corrido la misma suerte. 

Ningún periodista egipcio podía sorprenderse si la policía entraba en sus sedes y les requisaba el material. Ocurrió en muchas ocasiones. Tampoco si recibían amenazas o eran perseguidos por grupos de matones. En árabe se llaman baltagueya y son criminales de poca monta compinchados con las fuerzas de seguridad, a las que les hacen el trabajo sucio. Ocurrió también que más de un reportero se llevó una paliza de los baltagueya, verdugos en realidad de los contestatarios o de cualquiera en el punto de mira de un señor con uniforme. Pero tampoco fueron los egipcios las únicas víctimas de esta esquizofrenia de aire marcial. También le ocurrió a la prensa internacional, aunque me haya resistido hasta aquí a poner en primer plano lo que debería ser secundario. Hay quienes no tienen la suerte de salir del país y buscarse otro en el que trabajar, porque aquel es el suyo y porque ya quisieran tener la oportunidad de elegir. 

El Cairo, 2014. Fotografía: Cui Xinyu / Cordon Press.

Cuando los periodistas extranjeros llegamos fascinados por las revueltas populares que en aquella época transformaron por una vez Oriente Próximo en una región floreciente, siguiendo a otros que tuvieron la suerte de vivirlo desde la fase embrionaria, fuimos recibidos casi como héroes. Por fin alguien dispuesto a contar la verdad, a salirse de los esquemas de una órbita mediática puramente oficialista. No eran los sindicatos, las ONG, ni la incipiente clase política, sino la gente común la que te daba las gracias por la calle. Apenas dos años más tarde, cuando esa tentativa democrática viró en un régimen ávido de reivindicarse convirtiéndose en un engendro aún más duro que el anterior, esos individuos también cambiaron. Los periodistas foráneos, los únicos que aún mantenían en alerta el nivel crítico, fueron satanizados. Por hablar de lo más cercano, a un grupo de compañeros españoles les dieron una paliza en la plaza Tahrir, la misma de la famosa revolución, acusados de espías por el mero hecho de hablar una lengua que los demás no conocían; otro colega tuvo que abandonar el país a la carrera, tras una extraña advertencia a la Embajada de España (que manejó el asunto con escasa claridad) de que podía ser detenido; mientras que algunos otros hicieron —hicimos— un recorrido turístico de lo más completo por todas las comisarías de El Cairo. Si el trabajo de un plumilla ya era complicado, llevar una cámara por la calle te convertía en una especie de luz de neón que anunciaba: «periodista peligroso anda suelto». El colmo fue cuando las autoridades tuvieron que crear un documento ex profeso por la insistencia de los agentes de policía en pedir un permiso que no existía para tomar imágenes. Como ángel de la guardia contábamos con una consejera de Información en la misma embajada que antes de responder al teléfono «qué tal», preguntaba «dónde estás». Los hay que se mantienen allí y que siguen trabajando de modo excelente. Bravo. La mayoría nos fuimos. 

Quienes lo hicieron antes de 2015 se perdieron el paquete legislativo preparado por el régimen para apuntalar lo ya expuesto en ejemplos más o menos afortunados. Todo empezó aquel año con una ley contra el terrorismo que utilizaba la coartada de la seguridad nacional para obligar a ofrecer siempre la versión oficial en caso de atentados, bajo amenaza de cárcel. Tras el golpe de Estado al Gobierno de los Hermanos Musulmanes se multiplicaron esta serie de ataques, cometidos en su mayor parte por milicias islamistas que presumían de que ya decían ellos que aquello de mezclar islam y política no era la estrategia acertada. Tradicionalmente, la Hermandad había sido acusada por estos grupos de traidora por entregarse al juego político; mientras que para el régimen, que quería extirpar toda oposición organizada, los Hermanos Musulmanes se convirtieron en sinónimo de terrorismo. Y eso que un año antes habían convivido de modo fraterno, con Morsi como presidente y Al Sisi como ministro de Defensa. Se vetó además el acceso a la zona norte de la península del Sinaí, donde se perpetraban multitud de atentados yihadistas, ante la incapacidad de las autoridades para controlar el territorio. Lo ocurrido allí iba a parar directamente a un agujero negro. Había que limitarse a difundir las matanzas de los agentes egipcios, que siempre han ido acompañadas de contraofensivas con la mira puesta en supuestos líderes terroristas. Quién sabe cuántos chivos expiatorios elegidos al azar han muerto como venganza… En 2016 el Gobierno de Al Sisi aprobó una nueva ley de medios, que supuso la creación de un Consejo Supremo para poder mantenerlos a todos bajo control. Y en un último paso, quedó sancionada otra norma para combatir el cibercrimen, que en la práctica cercena también la capacidad para la crítica en internet, la única plataforma en la que aún era posible. 

Decenas de páginas webs fueron capadas, la mayoría extranjeras, aunque también alguna que otra nacional como Mada Masr. Este diario digital, con versión en árabe y en inglés, representa uno de los escasos reductos de libertad en Egipto, aunque desde allí no se puede acceder a él. La página se vio obligada a inscribirse en el registro que impone la citada ley de medios para seguir existiendo. Ellos mismos argumentaron en un artículo que era la única vía para mantener el objetivo de «producir un periodismo crítico en un momento en el que apenas se ve por ningún lado y en el que el Estado está tratando de imponer sobre los medios la censura y su adquisición». Y ni siquiera esto les ha librado del veto. En los años sucesivos al golpe militar se han producido numerosas compras de medios de comunicación por parte de empresarios cercanos al poder, parte de esa élite que compone el llamado «capitalismo de amigos», a quienes no les hacen falta las instrucciones editoriales porque ellos mismos conocen la pauta y la ejecutan a la perfección. Camuflados desde un falso velo de independencia han ido justificando una a una las medidas del Gobierno y han aparentado un pluralismo que en realidad no existe. La otra pata la compone una maquinaria estatal heredada del nacionalismo de los tiempos de Gamal Abdel Nasser, que aun apolillado, todavía se mantiene. En un país en el que cerca de un cuarto de la población no sabe leer ni escribir, obviamente la televisión es el medio más influyente. Y aquí compiten las cadenas públicas con otras privadas, sostenidas en muchos casos por dinero de Arabia Saudí, el financiador de Egipto en la región. En el caso de la prensa escrita ese antiguo control estatal aún es más fuerte. Mientras que en el panorama internacional, Al Jazeera, la cadena árabe por excelencia, se inscribe en el eje del mal, asociada a los Hermanos Musulmanes. Su toma de posición a favor de las primaveras árabes jugó un importante efecto movilizador, por lo que ahora había que sacarla del escenario. Además, la emisora con sede en Doha también es víctima de esa disputa política que enfrenta a Arabia Saudí con Catar, por lo que Egipto se apunta a eso de que el enemigo de mi amigo también es mi enemigo. También otros diarios como The Guardian fueron acusados por El Cairo de recibir dinero catarí. Aunque realmente tampoco hacían falta muchas justificaciones: todo elemento crítico no es permitido y punto. 

Fruto de esa herencia patriarcal del Estado, recuerdo con ternura las oficinas del Centro de Prensa, el ente del Ministerio de Información al que acudir para solicitar permisos o acreditaciones. Mal pagados, pero había muchos puestos de trabajo que repartir. Sobre sus mesas un buen número de funcionarios ociosos se pasaban el día dormitando. También había señoras rellenando crucigramas. Otros, que ni siquiera tenían un ordenador en su escritorio, guardaban en los cajones un ratón por si acaso. Y al único competente de todos ellos, un buen hombre que arrastraba una enfermedad que cada vez le limitaba más la movilidad, que debía haberse jubilado muchos años atrás y que finalmente terminó haciéndolo, tampoco le hacía falta informatizarse. Míster Fuad. Era capaz de conocer de memoria los nombres de los cientos de periodistas extranjeros que tenía acreditados, sus historias personales y cada uno de los medios con los que trabajaban. Años más tarde, son muchos menos los inscritos. Sin embargo, me pregunto qué será de él. A pesar de todo lo anterior, lo pasamos bien. La primavera árabe no solo dejó un sentimiento de decepción, lástima y oportunidades pérdidas. También un reguero de grandes crónicas y excelsos periodistas, a los que no citaré por no levantar envidias. Olviden lo dicho y búsquenlos. En aquel periodo de aire fresco que se abrió camino viendo caer a dictadores, el mayor obstáculo que había que superar en Egipto era un correveidile en ese centro de prensa que esperaba en la sala a que terminaras los recados para venir a pedirte propina.


Mona Eltahawy: «Quiero complicar la visión que Occidente tiene de las musulmanas»

Fotografía: Begoña Rivas

La piel de Mona Eltahawy (Puerto Said, 1967) está decorada con ofrendas a sí misma. Tatuajes que celebran que está viva, pero pudo no ser así. En el brazo derecho se perfila la silueta de la diosa egipcia Sejmet, cuyo aliento cuentan que creó el desierto. La deidad del sexo y la justicia cubre con tinta una de las cicatrices de la violación que sufrió cuando participó en las protestas que derrocaron a Hosni Mubarak. En el brazo izquierdo, que también le fracturaron, tendrá para siempre el nombre de la calle donde se originó la revuelta, junto la palabra «libertad», en árabe. El pelo, rojo sangre, otro manifiesto: «Que os jodan, sobreviví».

Es musulmana, feminista y una de las voces más influyentes en favor de los derechos de las musulmanas. Dispara proyectiles a discreción contra los progres de izquierdas, los radicales de derechas y los integristas musulmanes. A todos les hace cómplices, de una u otra manera, de la opresión. «El odio islamista hacia las mujeres se ha propagado como el fuego por toda la región y arde con más fuerza que nunca», dice. Sus pulseras tintinean al pronunciar los eslóganes que adivina convertidos en titulares: «Si no eres una mujer musulmana, cierra la puta boca y escucha», repite. Presenta en España El himen y el hiyab: Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual (Capitán Swing), un ensayo del que pocos salen bien parados. Una antología de desafíos a nuestras certezas. Viene de ver el Guernica y se confiesa obsesionada por la guerra civil española. Pero es una obsesión menor. La otra, la batalla mayúscula, ansía derrocar la dictadura que asfixia a las musulmanas, en tres frentes: la calle, el Estado y la cama. Sin revolución sexual da igual que caigan tiranos, dice.

Recorre con el índice el último tatuaje. Una frase de la poeta June Jordan: «We are the ones we are be waiting for». Las que sobrevivieron.

«Soy musulmana, soy feminista y estoy aquí para confundiros». Así empezaste una TED Talk hace casi una década, ¿Sigue siendo confuso para la gente que esos dos términos no sean contradictorios entre sí?

Aún confunde mucho a la gente. En las redes sociales me lo preguntan mucho, realmente sorprendidos: ¿Cómo puedes ser musulmana y feminista? ¿No es una contradicción? Y en las entrevistas también suele ser un asunto recurrente, intentan hacerme ver que no son compatibles. Lo que ocurre es que yo no soy una feminista islámica, porque el feminismo islámico basa el feminismo en la reinterpretación del Corán, o de los dichos del profeta Mahoma. Reintepretan esas interpretaciones (que son fundamentalmente de hombres) para hacerlas más feministas. Yo no hago eso, mantengo las dos áreas separadas porque soy una feminista muy secular. En lo que afecta a mi feminismo, cualquier cosa que haga daño a las mujeres y niñas, la combato. Cualquier cosa. Estamos en 2019, y no me importa si esas cosas vienen del Corán, de la Biblia o de la Torah, o las escrituras indias, cualquier cosa que perjudique a las mujeres y niñas, tiene que acabar.

¿A qué te refieres con que mantienes los dos mundos separados?

Aunque no sea mi doctrina, reconozco el feminismo islámico como un arma poderosa contra el patriarcado. Una de las cosas más sencillas que la gente te dice es «¿y por qué no, simplemente, abandonas el islam, dado que es tan patriarcal? Y esto último es cierto: todas las religiones son patriarcales, todas son misóginas, especialmente las religiones abrahámicas. Cuando miras aquí el catolicismo en España, por ejemplo, también ves su larga historia de control sobre las mujeres en beneficio del hombre. Son religiones hechas para los hombres, al igual que el islam, el judaísmo o el hinduismo. Las únicas que, por lo que tengo entendido, no son tan misóginas son las religiones cosmológicas del continente africano.

Cuando la gente se pone tan expeditiva, y les dice a las mujeres que simplemente abandonen su fe, no están teniendo muchas cosas en cuenta. Primero: esa afirmación se dice desde un lugar muy privilegiado, no tienen ni idea de cómo esas mujeres viven su religión, cuáles son sus circunstancias, ¿cómo se atreven a decirlo? La religión te puede fortalecer o te puede debilitar, ambas cosas son posibles. Yo no sé cuál es la relación de esas mujeres en particular, así que ¿quién soy yo para decirles que la abandonen? Segundo: pueden perder todo lo que conocen si la abandonan. Su familia, sus amigos, su comunidad… quizás no tengan el coraje para dar ese paso, no lo sé. Así que «Mr. Hombre» que va lanzando recomendaciones: plantéate que ni siquiera llegas a imaginar el tipo de lucha que están atravesando. Y en tercer lugar: hay patriarcado en la religión y hay patriarcado también fuera de ella. Y ambas hay que combatirlas. Para luchar contra la que está dentro de la religión necesitamos al feminismo islámico. Porque si el patriarcado utiliza todas sus armas contra mí, yo también usaré todo a mi alcance. Cuando las mujeres se me acercan y me dicen «necesito saber lo que la religión dice sobre las exesposas», o cualquier otro ejemplo, les recomiendo que lean a Amina Wadud, la mujer que en 2005 revolucionó al mundo islámico en una oración mixta a favor de los matrimonios homosexuales, el imanato femenino y demás. O les refiero a las líderes del movimiento Musawah que nació en Malasia, sobre la igualdad de deberes y derechos entre hombres y mujeres en las familias musulmanas. Así que lo realmente importante para mí es darles las herramientas para que decidan por ellas mismas. Porque eso las ayudará a convertirse en feministas dentro de su fe. Mi lucha se libra en ambos campos, fuera y dentro.

¿Crees que sería más fácil que calara tu mensaje si fueras una desertora del islam?

Sí, definitivamente. De hecho hay un grupo muy potente de mujeres que se hacen llamar así, «exmusulmanas», y conozco todos los problemas que tienen, porque en muchos casos incluso sus vidas están en riesgo por haber renegado de la que era su fe. No es fácil para nadie abandonar el islam. Pero yo nunca hablo de mi relación personal con el islam, no en entrevistas. Es una pregunta que nunca respondo, me da igual que sea la BBC o el New Yorker. A nadie.

¿Por qué? Has hablado de aspectos muy íntimos y personales tuyos, ¿por qué dejar esto al margen?

Porque es la forma más rápida para que la gente que quiere meterme en una caja, categorizarme, pueda hacerlo. Tildarme de «buena musulmana» o «mala musulmana». Y no voy a concedérselo, que les jodan. Por eso nunca respondo este tipo de preguntas, porque son irrelevantes para mí. La cuestión es que soy feminista y combato el patriarcado en cualquier parte. Dentro y fuera del islam. Es todo lo que tienes que saber.

Es decir, que renuncias a apropiarte del término de «mala musulmana», al estilo de lo que hace Roxane Gay con el feminismo. Entonces, ¿cómo te describes?

La forma en la que yo me describo, en la que me identifico, es que soy feminista y tengo ascendencia musulmana, o egipcia. Y todas estas cosas me han hecho la mujer que soy. Y como digo en el libro mi historial religioso y cultural me ha convertido en quien soy. Donde quiera que hable sé que puedo hacerlo de un modo que conecte con las jóvenes musulmanas, que es lo más importante para mí. También hay un montón de exmusulmanas que me escriben, y que entienden la importancia de lo que estoy haciendo. Así que no quiero estar encarcelada en una etiqueta que provoque en la gente un rechazo, una sensación de que no podrán hablar conmigo.

Para mí es muy importante establecer mi propia identidad, y definirla. Lo único que necesitas saber sobre quién soy es lo que yo escojo contar. Una vez estaba en la BBC, justo en Ramadán. Había muchos más invitados, era uno de esos programas en los que tú hablas entre la emisión de las noticias. Ya en antena me dijeron que tenían un reportaje de una periodista musulmana de la cadena, sobre lo difícil que era hacer el Ramadán este año por la coincidencia con el verano. «¿Cómo ha sido para ti?», me preguntaron. Y expliqué que yo no respondía preguntas sobre religión, ni sobre si ayuno, rezo… Nunca.

¿Qué ocurriría si lo respondieras?

Pues… tan pronto como respondiera esas cuestiones empezarían a instalarse ciertas suposiciones, que no tienen porqué ser ciertas. Si ayuno o no, porqué lo hago… Eso se convertiría en algo que distraería la discusión del trabajo que estoy haciendo. Y para lo que quiero, necesito que mi trabajo activista sea lo más importante de mi discurso.

Escribiste El himen y el hiyab en 2015. En los pies de página de la edición española puede verse cómo han cambiado las cosas en el mundo musulmán para las mujeres en este lapso de tiempo. Cuatro años después de viajar con él por todo el mundo, porque se ha traducido a once idiomas, ¿has repensado alguno de los asuntos que se abordan? ¿Nada de lo que has visto o discutido te ha hecho cambiar de postura?

Esencialmente escribiría el mismo libro. No quitaría nada, pero sí creo que habría incluido algo en el capítulo de arranque sobre la derecha política. Añadiría más énfasis en conectar a la derecha radical con la islamofobia, porque en cada entrevista que he dado desde entonces me han preguntado si estoy preocupada porque los racistas y los islamófobos puedan usar lo que digo sobre el islam contra mí. En el libro sí digo que existe esa derecha islamófoba, que usará cualquier cosa que yo o cualquier otra mujer musulmana diga contra la religión. Y también reconozco que dentro de la comunidad musulmana hay misóginos que quieren silenciarme a mí, y a otras mujeres, para que no les dé munición a los radicales de derechas. Pero claro, ahora Donald Trump está en el poder, y entiendo que eso ha colocado a la derecha en otra posición con respecto a las mujeres y al islam. Es un asunto que estoy abordando en el que será mi nuevo libro, The 7 Necessary Sins for Women and Girls. Pero respondiendo a tu pregunta: en El himen y el hiyab habría aumentado el énfasis sobre cómo la derecha coloca a las mujeres musulmanas entre la misoginia y la islamofobia; igual que hice énfasis en cómo la izquierda es culturalmente relativista con ellas, y muy paternalista. En el fondo, quiero decirles «¡Jódete!» a los dos [Risas].

Otra cosa que cambiaría, que no incluí en el libro es un mensaje sobre el hiyab. En él hablo del burka, el niqab… todo el asunto de «velarse», mencionando las leyes que existen en países europeos sobre la prohibición o no de llevarlos, intentando diferenciar los contexto en Europa de los del norte de África. Ahora habría incluido un mensaje muy claro: a menos que seas una mujer musulmana, cállate y escucha. Shut the fuck up! Porque este es nuestro debate, nuestra discusión. También he de reconocerte algo: de alguna manera, considero El himen y el hiyab como última vez que hablo sobre hiyabs, burkas o niqabs. Estoy harta.

Tu posición está clara: estás en contra del niqab y el burka.

Sí, de lo que suponga cubrir la cara. Porque estoy en contra de la «cultura de la modestia o del pudor» que lleva aparejada. Mi libro se llama así no porque hable sobre el velo, sino todo lo contrario: reivindico que las mujeres musulmanas somos mucho más que lo que haya en nuestra cabeza o entre nuestras piernas.

El libro es previo al estallido del MeToo, y también previo al movimiento que tú encabezaste sobre el MosqueMeToo. ¿Por qué dices que el MeToo fue especialmente angustioso para las mujeres musulmanas?

Aunque luego se convirtiera en otra cosa, el MeToo lo inició una mujer negra en 2006, la activista Tarana Burke. Ella lanzó este movimiento focalizado, sobre todo, a las mujeres negras de Estados Unidos, que eran marginadas por muchas partes del feminismo. Sus casos de acoso sexual eran frecuentemente ignorados. A nadie le importaba, fundamentalmente porque las víctimas eran jóvenes negras y Estados Unidos aún arrastra muchísimo racismo. Y donde más se nota es en ese nicho: en las jóvenes negras y también las indígenas. Cuando en 2017 las actrices blancas empezaron a usar el término MeToo fue muy poderoso, porque son personas con una proyección masiva. El mundo escuchó y es genial que así fuera. Fue muy valiente que se lanzaran a compartir sus historias, porque ya sabes que es durísimo para nosotras, aunque seas famosa o rica, hablar de acoso sexual. Fue positivo que se expusiera a los hombres poderosos, como Harvey Weinstein y otros. También las más de doce mujeres que acusaron a Trump. Fue muy valiente… pero todas ellas eran, básicamente, blancas y ricas, y acusaban a otros blancos poderosos. Para las demás, como yo, se empezó a convertir en un movimiento muy blanco, centrado exclusivamente en eso. Así que me preocupaba mucho que a la gente a la que estaba dirigido originalmente, con Tarana Burke, fuera marginada de nuevo. Y que brindara a los hombres una excusa: «Yo no soy poderoso como Weinstein, esto no va conmigo». Que solo pusiera en la picota a los productores de Hollywood, porque se convirtió en un círculo muy estrecho.

Pero el debate que lanzó fue mucho más allá de eso, no se quedó solo en Hollywood. ¿No crees que abrió una discusión más amplia?

No. Nadie prestaba atención a lo demás. Es cierto que animó a más gente para hablar acerca del acoso sexual, pero el MeToo no ha derivado en cambios reales. No conozco el panorama mediático español, pero en EE. UU. hay muchísimas historias de hombres diciendo que no quieren que una mujer trabaje a su lado en la oficina, porque temen ser falsamente acusados de acoso. Todo eso de la caza de brujas y demás. Así que mucha discusión, pero pocos cambios. Yo quiero saber cómo ha afectado esto a las mujeres que trabajan en fábricas, a las de la clase trabajadora. ¿Está ayudando a las negras, a las latinas, a las musulmanas? Por eso surgió MosqueToo. Porque estaba preocupada por esa marginación que sufrían las mujeres que no tenían acceso a un altavoz, que no estaban siendo escuchadas. Teníamos que convertirlo en algo más universal

En enero de 2018 alguien me mandó un artículo sobre una joven pakistaní, Sabica Khan, que contó en Facebook cómo había sido abusada sexualmente en la peregrinación a La Meca. Escribí sobre ello en The Washington Post. Su texto se había compartido muchísimo, lo que me sugirió que muchas mujeres se identificaban con la situación, aunque también estaba siendo brutalmente insultada. También me recordó mi propia experiencia en el mismo contexto. Tenía quince años, vivía en Reino Unido, y unas semanas antes de mudarnos a Arabia Saudí fuimos de peregrinación a La Meca, donde me atacaron sexualmente dos veces: otro peregrino y un policía saudí. En ese momento, con esa edad, nunca había sido tocada así. Nunca. Estaba avergonzada, me quedé petrificada y solo pude llorar, que es una reacción muy natural. Me llevó años poder contarle a la gente lo que me había ocurrido.

Antes de leer el caso de Sabica Khan, en 2007, compartí mi experiencia en Egipto, en una charla que dí en la que había sido mi universidad en El Cairo. Cuando abordé el tema una mujer egipcia me reprendió: «¡No hables sobre esto, harás quedar mal a los musulmanes!». ¡Yo no les hacía quedar mal! ¡Los hombres que me acosaron eran los que se hacían quedar mal a sí mismos! Poco después me invitaron a la televisión egipcia cuando me mudé de nuevo allí. Era un show en directo y conté lo que me había ocurrido en La Meca, en árabe. Era la primera persona que confesaba algo así jamás, que durante el peregrinaje ocurrían casos de abuso sexual. Eran tan tabú que el productor que me invitó al programa casi pierde el trabajo. Un escándalo. Decidí incluirlo también en el libro, porque quería dar testimonio de lo que ocurría en el corazón mismo del islam.

A raíz de esto me escribieron muchísimas mujeres con casos similares. Pensaban que eran las únicas, y estaban avergonzadas. Y eso está en el núcleo del abuso sexual: el patriarcado aduce que son solo casos aislados, mientras que se siguen produciendo una y otra vez. Impone el silencio, para que las mujeres creamos, individualmente, que somos las únicas a las que nos ha pasado.

En 2018 retomé el tema, cuando comenzó el peregrinaje a La Meca. Publiqué un hilo en Twitter, porque quería alertar a esas mujeres que se dirigían allí de lo que podía ocurrir. Quería advertirlas, porque van a los lugares sagrados pensando que están seguras en un lugar espiritual, pero no lo están en absoluto. De ahí nació MosqueMeToo: como un espacio para que las musulmanas, como habían tenido las actrices blancas, tuvieran una forma de discutir públicamente lo que ocurría en La Meca. Básicamente lo que quería decirles era que si se sentían capaces de hablar sobre lo que les ocurría, porque no es fácil, compartieran su historia bajo el hashtag. En Indonesia (el país con mayor población musulmana del mundo) se volvió viral en pocas horas. Y mucha gente empezó a compartir historias suyas, de sus madres, en Túnez, en Malasia, en India, Pakistán, Turquía… En dos días, había miles de historias parecidas. Y continúa vivo.

¿Esto tiene que ver con desacralizar espacios? Porque también se solía pensar que la familia era un lugar seguro, sagrado, donde no ocurrían cosas así.

Exacto: no hay lugares libres de abuso sexual. Pero la conclusión final es que los lugares no son sagrados, lo que es sagrado es mi cuerpo. También evidencia el modo en el que el patriarcado socializa a los hombres, los habilita y los protege de la misoginia. Porque estos hombres que abusaron de mí y de las demás en La Meca sabían que como se había producido en un lugar sagrado para el islam ellas callarían. Se aprovechan de la vergüenza, se sienten protegidos en ella. El cuerpo de la mujer es sagrado, los lugares de la fe no.

Dices que en libro que nos hemos centrado tanto en repetir el mantra de que el abuso sexual «trata sobre el poder y no sobre el sexo», que por el camino hemos olvidado algo fundamental: también trata del sexo en sí mismo.

Esto está especialmente dirigido a las mujeres musulmanas. A todo el tabú que rodea al sexo. Entiendo por qué el movimiento feminista en su primera ola se concentró tanto en explicar que la violencia sexual tenía que ver con el poder, porque no querían proporcionarle pretextos a los hombres. En muchos países conservadores el sexo continúa siendo un tabú. Así que, si incidías en la idea de que la violación tenía que ver con el poder, les quitabas la excusa a los hombres para decir «es que estoy sexualmente frustrado». Pero al mismo tiempo hay que hablar de sexo. Debemos hacerlo. Porque si lo mantenemos como tabú, como causa de vergüenza, dejamos a la gente más vulnerable expuesta a toda clase de violencia y vulnerabilidades añadidas. Las mujeres jóvenes, el colectivo LGTBi, y la gente no binaria. ¡Por eso tenemos que hablar de sexo! Hay circunstancias donde la mujer y el hombre no pueden expresarse sexualmente con libertad, pero incluso ahí es más duro para las ellas. Por eso el subtítulo de mi libro dice revolución «sexual», no revolución a secas.

De hecho, dices que esa es una de las causas por las que la «Primavera Árabe» (aunque no te guste el término) en muchos países no supuso un avance para las mujeres, sino un retroceso.

Sí. Nosotros empezamos una revolución política en el norte de África y Oriente Medio, contra los dictadores en los palacios presidenciales. Pero esa revolución estará siempre condenada al fracaso si no va acompañada de una revolución social que acabe con el domino masculino de las calles, del espacio público. Necesitamos una revolución sexual contra los dictadores del dormitorio, los que poseen nuestros cuerpos y nuestro sexo. Sacamos al dictador del palacio presidencial, no de nuestras camas. Lo que yo llamo los tres factores de la misoginia, el triángulo: el Estado, la calle, el hogar. Todos esos dictadores se fueron a casa, pero para las mujeres los dictadores más peligrosos y poderosos están en casa.

Cuando les digo a los hombres que necesitamos una revolución social y sexual, feminista, siempre me dicen: «Este no es el momento». Porque en Egipto, por ejemplo, nadie es libre. Los hombres tampoco, porque el Estado oprime a todos. Pero el Estado y la calle y el hogar, todos juntos, solo oprimen a las mujeres. La lucha de los hombres es contra el Estado, pero si esa es la única revolución que tenemos, no deja de ser un grupo de hombres luchando contra otro grupo de hombres. Eso no es una revolución. ¡No voy a arriesgar mi vida para que tú puedas entrar en el palacio presidencial! ¿Qué hay de mí? Frecuentemente mucha gente dice eso de «cuando liberemos la política, después liberaremos todo lo demás…». Pero no. No es así como funciona. Si liberamos a la sociedad y al dormitorio estaremos listos para liberar la política. Porque el dictador más poderoso está en el dormitorio. Esa debería ser la prioridad, pero siempre se nos pide que esperemos. ¿Cómo vas a tener libertad política, cuando la mitad de tu sociedad no es libre? No tiene sentido votar en una circunstancia así. ¿A quién voy a votar? ¿Al que me oprima menos?

Tu historia es testimonio, también, de lo arraigado que está el tabú sobre el sexo en el islam. Cuentas que hasta los veintinueve años no fuiste capaz de liberarte al sexo fuera del matrimonio, y no verlo como un pecado. ¿El sexo fue el último escalón en tu revolución personal?

Es exactamente así. Fui capaz de muchas otras cosas antes, pero el sexo me costó mucho, fue lo más duro. Por eso insisto en hablar tanto de él ahora. Es mucho más sencillo salir ahí fuera y gritar: «Mubarak es un dictador y debe de irse, dejar de regir nuestras vidas», mucho más que decir «yo soy dueña de mi cuerpo. Es mi elección practicar sexo con quien quiera, donde quiera, y como quiera». Para mí esa es la declaración de la revolución sexual. Nadie posee mi cuerpo: ni la mezquita, ni la fe, ni las calles, ni mi hogar o mi familia. Por eso lucho contra todo eso, contra la violación en el matrimonio, los matrimonios concertados o la violencia doméstica. Pero lo más revolucionario, para mí, es el sexo, es mi historia personal. Hablaré más profundamente de ello en mi próximo libro. Sobre lo libres que somos de practicarlo cuando queramos, con quien queramos y con consentimiento, con mujeres, hombres, o todo a la vez. Para mí la liberación sexual es luchar contra el patriarcado, contra la heteronormatividad, la monogamia… Porque reclamo ser libre. No quiero ser igual a un hombre, porque eso no es suficiente. ¡Los hombres tampoco son libres de todo esto! A ellos también les oprime la heteronormatividad, o la mononormatividad o el capitalismo.

Dices en el libro que nada prepara (la educación, la música, la cultura) a los hombres para asimilar el concepto de «consentimiento» sexual. ¿Te refieres a que eso es más acusado en los hombres musulmanes?

Bueno, eso es así en general. Justo antes de venir aquí se lanzó la campaña de Amnistía Internacional denunciando que solo ocho países de la Unión Europea incluyen en su legislación que sin consentimiento el acto sexual es violación. Y aquí tenéis el caso de la Manada, que me lleva a concluir que, a no ser que la mujer luche por su vida, el sexo que practiquen con ella será consentido. Y eso es terrible. Porque la reacción normal de tu cuerpo ante una violación es quedarse petrificado. Lo sé, me ha ocurrido. ¡Eso no significa que lo quieras! Así que hay veinticuatro países en Europa que ponen la obligación de luchar sobre la mujer si no quieren ser violadas. Por eso creo que sea un problema solo del mundo musulmán, va más allá. Digo mucho esto, pero es así: no vengo a los países occidentales para haceros sentir mejor contando las atrocidades que se cometen en el mundo musulmán. Porque entiendo que es muy fácil para vosotros decir «¡pobres mujeres musulmanas! ¡Las tienen tan jodidas allí…! Somos muy afortunados de vivir aquí». No: hay mierda aquí y hay mierda allí. Hay violaciones en todas las sociedades: en EE. UU. al menos tres mujeres al día son asesinadas por sus parejas o exparejas. No es como para sentirse orgulloso. Así que los chicos y los hombres no han sido educados para entender el consentimiento en ninguna parte. Nadie les prepara para esta idea.

Ahora está cambiando, lentamente, en parte gracias a la cultura queer, que puede ayudarnos mucho en este aspecto porque se libra de los patrones de cómo tiene que actuar una mujer o un hombre. Son simplemente dos personas. No quiero decir que no exista violación el la comunidad queer, claro que la hay. Pero los discursos y los debates que se producen en esas comunidades son muy enriquecedores, porque las revoluciones siempre empiezan en los márgenes, no en lo mainstream. Mucho de lo que hemos aprendido sobre consentimiento, sexo y revolución se lo debemos a la gente en los márgenes. No binarios, transexuales, queer… Todos los que rechazan la heteronormatividad. El mainstream es un statu quo, y el statu quo es, por definición, contrarrevolucionario. La revolución siempre pertenece a las minorías. Deberíamos aprender de ellos, los más vulnerables, que han desarrollado modos más sofisticados de hablar de consentimiento.

Muchas veces has criticado que se minimice el concepto de «revolución», dices que la mayoría de la gente no está realmente dispuesta a afrontar las consecuencias de los cambios que desean.

Sí, tienes que estar listo para morir. Mucha gente muere en las revoluciones. Cuando la gente me pregunta qué me ocurrió en Egipto, cuando me rompieron los brazos y me violaron, parece que me echen en cara que hable de ello «fácilmente». Hablo de ello abiertamente, libremente, porque creo que tengo suerte de estar viva porque me salvó mi situación privilegiada. Si hubiera sido una mujer de clase trabajadora, anónima, posiblemente estaría muerta. La gente sabe quién soy, soy famosa, por eso cuando me las apañé para mandar un tweet diciendo «Golpeada y arrestada en el Ministerio del Interior», la gente empezó a luchar por mí. ¿Pero si hubiera sido anónima? Habría desaparecido, como las otras doce mujeres a las que les ocurrió lo mismo ese día. Por eso, porque tengo suerte de estar viva gracias a mis privilegios, estoy obligada a luchar diez veces más fuerte que esos que no lo tienen. Así que mi altavoz, mi fama, la gente que escucha lo que digo; me obliga a contar lo que me ocurrió. Y hacerlo bien alto.

¿Qué cambiaron en ti esas violaciones?

Me enseñó las consecuencias. Si quieres ser parte de la revolución tienes que entender que pagarás un precio. ¿Estás listo para pagarlo? Yo lo hice, y no puedo decir que me alegre haberlo hecho, ni mucho menos, pero pagué ese precio y me ató aún más fuerte a la revolución. Tengo estas cicatrices, un precio que no pedí pagar, por eso me tatué encima. Como un regalo a mí misma por sobrevivir. Tú escribes, eres periodista y usas las palabras para vivir. Sabes que las palabras son poderosas e inspiran acción. Pero en la revolución tienes que actuar, no solo hablar, no solo escribir.

Al principio yo también me serví solo de las palabras, pero creí que haría falta algo más. Iba a volver a vivir a Egipto unas semanas después de que la protesta estallara. Cuando ocurrió estaba en Marruecos, fui de vacaciones después de una charla. Y estando en Marrackech vi las noticias y me conmovió muchísimo lo que estaba ocurriendo, la valentía de la gente que salía a las calles, con francotiradores apostados en los tejados, disparándoles a los ojos. Los niños pequeños se escribían en los brazos los números de teléfonos de sus madres para que si morían en las protestas y su cuerpo acababa en la morgue pudieran avisarlas. Era increíble. Así que simplemente pensé que tenía que volver, y honrar el coraje de esa gente, siendo parte de la revolución. Se suponía que desde Marruecos tenía que irme al Parlamento Europeo a hablar del papel de las mujeres en las revoluciones, me habían pagado el billete para ir. Pero pensé que no tenía que hablar de esas mujeres, tenía que ser una de esas mujeres. Lo cancelé. Y ahí experimenté eso: las consecuencias. Tienes que estar preparado para el riesgo, porque no existe revolución sin riesgo. Lo viví en mis carnes, y estoy agradecida de haberlo hecho, porque ahora, cuando tengo que hablar sobre procesos revolucionarios, lo hago desde la experiencia. Es fácil escribir sobre ello, pero tienes que vivirlo y experimentarlo.

En el libro detallas pormenorizadamente cómo fue esa violación, cómo pudiste salir del Ministerio del Interior. Pero no ha sido la única vez que has sido detenida, ¿no? También te detuvieron en EE. UU., ¿por qué volvió Twitter a salvarte la vida entonces?

Es una historia que cuento menos, porque en gravedad no tiene nada que ver, pero sí, ocurrió. Suelo rechazar el término «Primavera Árabe» porque no creo que sea una estación, porque no es algo que pasa estacionalmente y a otra cosa. Por eso lo llamo revolución, porque defiendo que la revolución vive dentro de ti y va contigo donde vayas. Mis objetivos son siempre los mismos, contra la opresión. Una de las formas de opresión que usa el patriarcado es el racismo, la islamofobia. Y dependiendo de dónde viva en cada momento lucho contra la opresión de cada lugar, porque veo al patriarcado como un pulpo, los tentáculos son las diferentes opresiones: homofobia, transfobia… En EE. UU. tenemos mucho de eso. Así que mi revolución en Egipto fue luchar contra la dictadura militar, contra el fundamentalismo de los Hermanos Musulmanes, contra la misoginia en la sociedad… Y en EE. UU. lucho contra el racismo y la islamofobia.

Escuché que se iba a colocar un anuncio en el metro de Nueva York que decía «En la guerra entre los hombres civilizados y los salvajes, siempre elige a los civilizados. Apoya a Israel, derrota a la yihad». Incluso el propio metro rechazaba el anuncio, porque pensaba que era muy provocador y que ofendería a mucha gente. Para mí el mensaje era problemático en muchos sentidos. La palabra «salvaje» es terrible en sí misma, porque siempre se usa para deshumanizar a la gente, para permitirte matarlos. Se ha usado durante la época colonial contra los indígenas, o los afroamericanos, durante la época de la esclavitud. Y esta vez se estaba usando contra los palestinos y contra los musulmanes. Y lo de «apoya a Israel, derrota a la yihad». ¿Por qué son dos términos opuestos? ¡No defiendo ni a Israel ni a la yihad, no quiero ninguna de ellas! ¿Esas son las dos únicas opciones?

Total, que como el metro rechazó colocar el mensaje, la gente que estaba detrás del anuncio les llevó a los tribunales. Un grupo que en EE. UU. está clasificado como un «hate group», por cierto. Liderados por Pamela Geller. Cada uno de esos anuncios costaba seis mil dólares, y pensaban poner muchísimos, así que imagínate el capital del que disponen. Como no tengo seis mil dólares, pensé que lo mejor que podía hacer era protestar. Soy una gran fan de las protestas. Compré un spray rosa, porque me gusta el rosa como a mis sobrinas, y porque creo que es un color poderoso. Todo lo asociado con las mujeres y la femineidad se asocia al rosa y a la debilidad, por eso quise apropiarme del color en este contexto: no violento pero también poderoso. Mi intención era dibujar la palabra «racista» sobre el anuncio en una de las estaciones, pero resultó que era más difícil de lo que creía [risas]. Lo traté de esparcir y solo conseguí manchurrones. Grabaron un vídeo, así que puedes verlo. Cuando me detuvieron pedí que me explicaran la causa exacta, los cargos por los que se me arrestaba. Y no me lo decían, por mucho que lo hayamos visto en las películas «Mona Eltahawy, estás bajo arresto por…». Pero no, no lo hicieron. Me llevaron a una comisaría de policía y allí me dijeron que otra gente que había protestado por ese anuncio, arrancándolo o poniendo pegatinas encima, fueron liberados ese mismo día. A mí me dejaron allí a pasar la noche, porque el fiscal del distrito de Nueva York había visto el vídeo de la pintada, que lo publicó el New York Post. Yo no les llamé, de hecho ni siquiera sabían quién era, fueron porque ya había gente revoloteando por allí, organizando protestas por el dichoso anuncio. Cuando lo publicaron en las redes sociales se hizo viral, así que el fiscal estaba muy cabreado conmigo.

A la mañana siguiente, antes de ir a la vista preliminar ante el juez, apareció un abogado. Me dijo «no sé quién eres, pero doscientas personas del Occupy Movement me escribieron ayer por redes sociales, y me dijeron que viniera a representarte». Por eso digo que Twitter me salvó la vida otra vez [risas]. Este abogado me representó gratis durante dos años. Poco después de que me arrestaran me ofrecieron un acuerdo con la Fiscalía: doscientas horas de servicio comunitario. Yo no tenía problema con eso, pero también incluía una multa de ochocientos dólares por pintar en los muros del metro, y —esto en serio— por salpicar a las gafas Gucci de una mujer que se interpuso entre el anuncio y yo. ¿Ochocientos dólares? No acepté el acuerdo, por eso fui a juicio. Cuando me mudé a Egipto tuve que estar yendo a Nueva York cada cuatro meses para los procesos correspondientes. Hasta que dos años después el juez decidió retirar los cargos «en el interés de la justicia».

Un matiz: tú no querías censurar el anuncio. No pediste que se retirara en ningún momento.

No. exacto. Yo estoy en contra de la censura, incluso aunque el acto en sí sea altamente ofensivo. Yo creo firmemente en el derecho a ofender. No quería censurar la ofensa. Porque, igual que creo que existe el derecho a ofender, creo que existe el derecho a protestar ante esa ofensa. El juez de Nueva York dijo que ese anuncio estaba protegido por la libertad política, y yo creo que mi protesta también estaba protegida por exactamente lo mismo. Como mujer de ascendencia musulmana también quería rebelarme contra este anuncio islamófobo y antipalestino, porque siempre que alguien protesta contra ello son hombres musulmanes. Quería que la gente viera a una mujer musulmana, con mi aspecto, yendo a protestar. También tiene que ver con los privilegios, de nuevo. Justo el año anterior me habían concedido el pasaporte estadounidense, pero si te detienen teniendo solo la ciudadanía permanente en EE. UU. puedes ser deportado. Así que pensé que no podían deportarme, porque era ciudadana estadounidense, y por tanto, privilegiada. Desde el 11-S los musulmanes han sido acosados constantemente en EE. UU.: «¡Disculpaos, vosotros hicisteis esto!». Solo una semana después de mi pequeña protesta un hombre prendió fuego a la mezquita a la que acude mi hermano, en EE. UU. Hacía pocas horas que mis sobrinas y sobrinos habían salido de allí, de la escuela. No estaba conectado, por supuesto. Era islamofobia sin más. Pero tras el 11-S, especialmente los musulmanes jóvenes, los que tenían cinco años cuando ocurrió, han crecido con la reclamación constante de que se disculpen por lo que hicieron. Imagínate lo que es eso, que te llamen terrorista. Creo que es importante combatirlo, porque la islamofobia no solo es real, es que tiene un impacto diario.

Hablas de usar tu «privilegio» para hacerte oír, pero pones un gesto extraño cuando alguien te dice eso de que eres «la voz de los que no tienen voz».

[Risas] Sí, la verdad es que no puedo esconderlo. Lo odio. «Le estás dando voz a los sin voz» [hace una mueca]. ¡Todo el mundo tiene voz! Pero si no les escuchas, tienes que preguntarte porqué. O no les escuchas, o se les está privando de tener un altavoz.

O no quieren hablar.

Sí, por miedo.

Has vivido en Estados Unidos, Arabia Saudí, Londres y Egipto. Conoces ambos mundos. ¿Cuál crees que es el estereotipo que occidente tiene, respecto al islam, más arraigado?

Uno de ellos es que el islam es monolítico, que solo hay un islam que practican mil quinientos millones de personas en todo el mundo. Pero es que hay muchos. No hablo de las facciones, de suníes, chiiíes… hablo de las realidades diarias. La manera en la que el islam determina las vidas de la gente es diferente en Malasia que en Arabia Saudí, o en Nigeria. O en EE. UU. En todos esos sitios está arraigado a esos países, y esos países son muy diferentes. Eso quiere decir que los musulmanes entre sí son muy diversos, y la gente cree que todos piensan lo mismo, o se comportan de la misma manera. Simplemente no es cierto. Es un estereotipo peligrosísimo, muy reductivo, que los deshumaniza monolíticamente. En Malasia viven con hindúes y con chinos confucionistas, por ejemplo. Es diferente que convivir entre el cristianismo e islam, como en Egipto. O en Palestina, con los judíos. En algunos son mayoría, en otros una minoría, pero todos tienen una historia muy distinta. Vosotros también tenéis una historia islámica en el pasado, y ahora viven aquí como una minoría. Las cosas cambian. El islam es un ente vivo, que cambia y se transforma, aunque muchas veces no se vea de esa manera. Así que los occidentales, muchas veces, miran a Arabia Saudí y piensan que eso es el estándar. También ha sido un aprendizaje para mí, porque yo misma viví lo diferente que era el islam allí de lo que era en Egipto.

En el libro dices que en ese aprendizaje acudiste a teóricas como Leila Ahmed para aclararte a ti misma, por ejemplo, si el Corán decía explícitamente que las mujeres tenían que cubrirse, que velarse. Y descubriste que no. ¿Crees que la gente está al tanto de eso? ¿O que la mayoría de gente piensa que en el propio libro impone velar a las mujeres?

Es curioso, porque la gente me da lecciones del Corán constantemente, y sospecho que muy pocos de ellos lo han leído. Es como un «muslim explaining» [risas], ¡o «infidel explaining», gente de fuera de tu religión viniendo a explicarte tu propia religión! No, estoy bromeando. Fatima Mernissi fue quien dijo que en ninguna parte del Corán se dice que haya que imponer el hiyab a las mujeres. Lo descubrí cuando yo misma estaba luchando con mi hiyab, me costó ocho años quitármelo. El trabajo de Leila Ahmed fue también revelador, porque fue ella quien explicó que el hiyab es incluso anterior al islam, que las mujeres en Mesopotamia y en la Arabia antes del islam ya cubrían su pelo. Eso no es algo que introdujera la religión. Mernissi añadió que no hay nada en el Corán que diga las palabras «debes cubrir tu cabeza si eras mujer». La gente suele pensar que solo el islam comete atrocidades contra las mujeres, pero se olvidan de que todas las religiones son patriarcales y también han impuesto esa cultura de la modestia sobre nosotras.

Pero hay niveles, gradaciones. No es lo mismo que condenen a una abogada a latigazos que…

De acuerdo, de acuerdo. Los hay, pero los hay en todas partes. En un pueblo muy conservador de España entiendo que tampoco es lo mismo que en Madrid. En El Cairo no es lo mismo que en el campo, o en Beirut, o Riad. Yo combato el estereotipo y el reduccionismo. Arabia Saudí no es el islam. Y vuelvo a insistir en esto: en Occidente la derecha trata de salvar a las mujeres del islam, y la izquierda quiere salvar el islam de las mujeres, no vayan a parecer islámofobos. Y en el fondo a ninguno de los dos les importamos una puta mierda. De la misma forma que la derecha dice eso de «el Corán dice que debéis cubriros la cabeza», la izquierda dice «tienes que respetarlo porque es tu religión y tu cultura». Y ninguno de los dos tiene ni idea, están siendo racistas ambos.

¿Qué es el «racismo de bajas expectativas»?

Lo que practica la izquierda occidental con respecto al islam. Porque nos miran, miran las cosas horribles que pasan dentro del islam, y dicen «oh, pobres, es solo su cultura, déjales». El miedo a ser tachados de islamófobos les ha hecho cómplices de los radicales árabes más salvajes. Mira, uno de los ejemplos del libro es el de una mujer marroquí residente en Alemania, que pidió un divorcio rápido porque su marido la maltrataba. Y el juez alemán le dijo «en tu libro sagrado se explicita que tu marido tiene derecho a pegarte». ¿Qué? ¿Qué? ¡No es cierto! Y aunque lo fuera, que no lo es, ¡estoy en Alemania! ¡La ley tiene que protegerme! El problema es que Occidente no ve a los musulmanes como personas complicadas. Y uno de mis objetivos es que esa visión cambie, quiero complicar la visión que Occidente tiene de los musulmanes, especialmente de las musulmanas. Porque cuando complicas, humanizas. La derecha piensa que todas las musulmanas están oprimidas, y la izquierda cree que el islam es maravillo, que no hace daño a nadie. Ninguna es verdad, ambos están simplificando, reduciéndonos a estereotipos. Por eso cuento tantas historias personales en el libro, tantas experiencias de tantas mujeres muy diferentes. Mi objetivo es complicar la narrativa de las mujeres musulmanas.

Para ti el descubrimiento del feminismo se hizo a través de figuras y referentes de mujeres musulmanas, muchas de las que mencionas en el libro: Alifa Rifaat, Huda Shaarawi, Doria Shafik, Nawal Saadaei, Fatima Mernissi… ¿Por qué el feminismo musulmán no ha construido iconos con ellas, como ha hecho el feminismo occidental? ¿No es eso una cuenta pendiente, lo que necesita toda revolución?

Es curioso que menciones esto, porque es algo en lo hago mucho hincapié: yo no necesité importar ningún icono occidental para convertirme en feminista. Hay gente del mundo musulmán que se opone al feminismo, y gente de la fuera que reclama el relativismo cultural, son muy similares también. Sostienen que el feminismo es una idea occidental. Unos dicen que no quieren la «invasión» de conceptos extranjeros, otros sostienen que el feminismo no es adecuado para Oriente, en oposición con Occidente. Pero sí que tenemos nuestra propia historia feminista, en 1923 ya había mujeres quitándose el velo antes de que en Occidente se quemara ningún sujetador. Es importante que reconozcamos esos movimientos, porque son nuestra herencia histórica. Tenemos iconos. En 1954, Doria Shafik, con quinientas mujeres más, invadió el parlamento egipcio para reclamar el derecho a votar, que consiguieron dos años después. Cuando descubrí esos libros sobre feminismo escondidos en la biblioteca de mi universidad en Yedda, digo que llegué «traumatizada» al feminismo, porque fue muy difícil vivir en Arabia Saudí después de haber vivido en Reino Unido. En Arabia Saudí me convertí en feminista porque vi que todo lo que pasaba a mi alrededor estaba mal, pero aún no conocía la palabra «feminista». Hasta que a los diecinueve años hallé estos libros, y esa palabra. Me aterrorizó lo que leí. Es como esas veces que sabes que hay algo que necesitas de verdad, pero inconscientemente sabes que te va a cambiar para siempre.

¿Pero por qué no se convierten esas mujeres en iconos?

Deberían serlo, eso es verdad. Pero ha empezado a cambiar, también hay que reconocerlo. Dos años después de que Mubarak fuera echado del cargo, yo aún vivía en Nueva York, pero volví a El Cairo para el Día Internacional de la Mujer. Para manifestarme junto a las demás aunque la libertad de manifestación estuviera prohibida por Al Sisi. Y ahí, en esa gran marcha de 2012, vi los primeros carteles con Huda Shaarawi, Doria Shafik… Iconos de los cincuenta y de los noventa, un reconocimiento de las etapas que había pasado el movimiento. Son iconos, y deberíamos erigir museos para ellas. Tenemos que enseñarlas en el colegios, tener estatuas, libros. Huda Shaarawi tiene una calle, pero no es suficiente. Son historias que se han ocultado, que no se han querido contar y por eso las incluyo en el libro, para que las conozcan no solo los occidentales, también los propios musulmanes, que a menudo son muy inconscientes de su propia historia. No necesitamos imitar a Occidente, como mucha gente me echa en cara. Esto también es nuestra cultura. La mujer que se quitó el velo en 1923 era egipcia y musulmana: es mi cultura y el historial de mi fe. Mira, dentro de poco va a ser el cumpleaños de Gloria Steinem, la conoces, ¿verdad? ¡Todo el mundo sabe quién es! Todo el mundo debería conocer exactamente igual a Doria Shafik. Y mi trabajo va en esa dirección, también en el próximo libro: descubrirle al mundo otras feministas alrededor del mundo que todos deberíamos conocer. Tenemos que mostrar nuestra solidaridad.

Por otro lado, ¿qué ocurre con los iconos del feminismo occidental, en tu opinión? ¿Crees que le han dado la espalda a las mujeres musulmanas?

No todas. Hay muchas en EE. UU., como Gloria que es mi amiga, o Robin Morgan, que no lo han hecho. Ella, como fundadora y editora de Ms.Magazine, ha publicado tres libros en colaboración con feministas de todo el mundo. En esas antologías incluyó a mujeres de todo el mundo, como Nawal Saadawi. Así que muchas feministas occidentales tienen una gran solidaridad…

¿Pero?

Pues que también creo que es importante que las feministas occidentales no hablen en nombre de las mujeres de otras partes del mundo, más bien deberían amplificar sus voces. Ahí es donde tienen que hacer un esfuerzo mayor. Necesitan señalarlas, pedir que las escuchen. Y hacerlo ellas, claro. Mucha gente de izquierdas sigue teniendo esa noción de que tienen que venir a «rescatarnos», pero yo no quiero que nadie nos rescate, quiero que nos rescatemos a nosotras mismas. Debido a que existe un legado de gente blanca, de imperios, fingiendo que se preocupan por otras partes del mundo al rescatar a las mujeres… como Bush, cuando dijo aquello de que invadía Afganistán para liberar a las mujeres del burka. Debido a eso, especialmente en Oriente Medio y el norte de África, tenemos una historia penosa de instrumentalizar el feminismo y los derechos de las mujeres como una vía para entrar en esos países. Por eso hay mucha gente en esa parte del mundo preocupada por el feminismo blanco. Es muy complicado.

Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Callarnos también? Porque a las mujeres occidentales también se nos echa en cara que «desatendamos» la situación de las mujeres en Irán, por ejemplo, cuando se protesta por cualquier desigualdad que juzgan menor que esa. Aquí también sois un arma arrojadiza.

Lo sé, lo sé. Pero mira, a la gente que me pregunta cosas así les suelo decir que lo mejor que se puede hacer para luchar contra la misoginia, contra el patriarcado, la supremacía blanca es, por ejemplo, protestar ante el hecho de que tu gobierno venda armas a mi régimen. Hay cosas que podéis hacer aquí que ayudarían a muchas otras partes del mundo. Pero la lucha feminista la tenemos que luchar nosotras mismas.

Cuando la ministra sueca de asuntos exteriores, Margot Wallström, empezó a hablar de políticas feministas internacionales, decidió criticar —y debe hacerlo— a Arabia Saudí. Así que el régimen saudí canceló su discurso en la Liga Árabe, y retiró al embajador de Suecia. Y otros países lo hicieron detrás de ellos. Los hombres de negocios suecos se lanzaron contra la ministra, porque eso perjudicaba sus tratos con Arabia Saudí, y no querían perder ese dinero. Dinero que procedía de la venta de armas, porque Suecia le vende armas al régimen. ¡Armas que usan en Yemen! Hace un par de semanas fue la segunda sesión del juicio contra diecisiete mujeres activistas en Arabia Saudí, que fueron encarceladas en mayo de 2018 . El mismo príncipe que se denomina a sí mismo «emancipador de las mujeres», menuda gilipollez. Las han torturado de maneras inimaginables. Y las detuvieron seis semanas antes de que este príncipe, Mohamed bin Salman levantara la prohibición de conducir a las mujeres. ¿Por qué hace eso? Esas mismas mujeres habían protestado a favor de esto mismo. Lo hace por una razón muy sencilla: quiere demostrar que ellas obtienen ese derecho de él. El mensaje es que no puedes demandarme derechos, solo yo puedo dártelos cuando así lo decida. La realidad es que las detuvo, las torturó y ahora las enjuicia porque desafiaron al dios de su sistema, que es la fundación de su patriarcado. Así que lo que yo le pido al feminismo occidental es que condene esto y que le exija a sus gobiernos que dejen de convertirlo en algo explicable. Que deje de vender armas, que boicotee a Arabia Saudi, y que, como Canadá, reclame la inmediata liberación de esas mujeres. Cuando la ministra de asuntos exteriores canadiense lo hizo, Arabia Saudí expulsó al embajador de su país. Así de sensible es para ellos. Quieren poder hacer lo que les de la gana a los activistas.

Cuando hablas de tu propia experiencia con el hiyab, reflexionas sobre cómo, cuando escogiste llevarlo, pensabas que lo escogías libremente pero luego descubriste que quizás no era una elección tan libre. ¿Deberíamos en Occidente cuestionar la libertad de la mujer que escoge llevarlo?

Si eres una mujer blanca occidental debes callarte y escuchar a las mujeres musulmanas. Ese es mi mensaje. Porque es muy complicado, hay luchas que ocurren entre las mujeres musulmanas que son imposibles de entender si no vienes de un entorno musulmán. En mi propia familia, por ejemplo, mi madre suele llevar hiyab. Cree que es un requerimiento religioso. Yo también lo llevé al principio, pero muy pronto decidí que no lo quería. Porque me miraba al espejo y no me reconocía, y echaba de menos el aire en mi pelo, quería quitármelo. Pero no podía, había mucha presión. Me llevó ocho años quitármelo. La cuestión que planteo es: ¿por qué es más fácil escoger ponérselo que la elección de quitártelo? Mi hermana, que es diecinueve años más joven que yo, escogió llevarlo al principio por unas razones, y ahora lo quiere llevar en EE. UU. para decirle a los racistas «que te jodan». Como un acto de desafío. Ojalá pudiéramos hacer algo más que luchar con nuestros cuerpos. Siempre se trata sobre nuestro cuerpo. Mi madre tiene un doctorado en medicina, mi hermana en literatura… ¡Son mujeres con gran cantidad de pensamiento! Y sin embargo estamos en desacuerdo en esto. Completamente. Han pensado por sí mismas y han escogido algo completamente opuesto a lo que he elegido yo. Y somos familia.

Así que lo que quiero es que la gente abandone esta conversación, y dejen liderarla a las mujeres musulmanas o de ascendencia musulmana. Dejarlo para nosotras. Ponednos en un panel y dejarnos argumentar, escuchadnos, así al menos podréis atisbar la complicación. Muchas llevan el hiyab porque les da miedo ser la única en el vecindario que no lo lleva, otras creen que es porque les da libertad… A mí me encantaría que se sintieran libres sin necesidad de cubrir sus cabezas, pero esa es la realidad de sus vidas. Otras lo llevan incluso con la prohibición de sus maridos, y los desafían. Otras al revés: tienen que luchar con ellos porque no quieren llevarlo. El otro día en Barcelona, en la presentación del libro, se me acercó una mujer de Yemen. Me dijo que le encantaba lo que hacía y demás, y no llevaba la cabeza cubierta. Nos hicimos una foto y la colgué en Twitter. Me mandó un mensaje pidiéndome que la quitara, porque su familia no sabía que se lo había quitado. ¡Hay tantísimas historias! ¿Cómo tú, que no provienes de este entorno, crees que comprendes lo complicado que es realmente esto? Es imposible.

Dices que muchas mujeres te piden consejo sobre esto, sobre qué deberían hacer. ¿Qué les dices?

Pues te voy a contar otra historia, de cuanto estaba en El Cairo hace unos tres años. Alguien me llamó en mitad de la calle, y me dijo que estaba encantada de conocerme en un día como aquel. Iba hacia su casa, a contarle a sus padres que se iba a quitar el hiyab. Me quedé impactada, porque conocía ese sentimiento perfectamente, me costó muchos años conseguirlo. Y me dijo que a ella le había contado once, y que le había inspirado mucho mi propia lucha, porque nos habíamos conocido en 2005, aunque yo no lo recordara. Encontrarme ese día en la calle le pareció que había sido una señal. Me puso la piel de gallina porque recordé lo difícil que había sido para mí. Le dí un abrazo y le deseé buena suerte.

¿La felicitaste?

No. Eso no. Solo la abracé. Hubo otra mujer, con la que di un taller de redes sociales, antes de la revolución. Entonces llevaba hiyab. Años después la reencontré en Twitter y se había descubierto. Me contó que lo había llevado durante treinta años. Así que es imposible para mi decir «felicidades» ante eso. Cuando me escriben y me dicen que lo van a hacer, o que lo acaban de hacer, lo único que les digo es que las entiendo. Y que acudan a mí si necesitan alguien con quien hablar. Porque recuerdo que cuando yo lo hice la gente reaccionó de dos maneras: o diciéndome que hacía quedar mal a los musulmanes, o diciéndome que se alegraban porque me veía fatal con hiyab. Eso no ayudó, ninguna de esas cosas. Así que simplemente me ofrezco como ayuda. Es imposible para la gente entender que para cada mujer el hiyab representa algo muy distinto, y no siempre es sumisión. Yo estoy en contra del hiyab, estoy en contra de ese pudor, esa modestia, porque solo se aplica como una virtud de las mujeres y niñas. No de los hombres. Me opongo a eso. Pero por otro lado entiendo que mi hermana lleve algo que la hace sentir orgullosa. Para mí fue algo que me sofocaba, y somos hermanas. ¿Cómo le explicas esto a alguien?

Por otro lado, cuando digo que al menos que seas una mujer musulmana, cállate y escucha, muchísimas mujeres blancas se molestan y me dicen: «¿Cómo te atreves a mandarme callar?». Creen que que te manden callar es algo pasivo, pero no lo es. Cuando escuchas es un acto muy activo. Pero muy frecuentemente me dicen también: «Es asunto mío, porque cuando voy por la calle y veo a una mujer con hiyab me hace sentir mal». Es decir, que va sobre ellas. Vienen a mis eventos, y me cuentan que, en pleno verano, vieron a una mujer en niqab o en hiyab, y le dio ganas de acercarse y preguntarles si no tenían calor. ¿Qué te da el derecho a hacer algo así, acercarte a una mujer con la que no tienes ninguna relación, y preguntarle si tiene calor? ¿Te estás quedando conmigo? ¡Métete en tus asuntos! Otras dicen cosas como [parodia la voz]: «He luchado muchísimos años como feminista y ahora tú vienes a mi país y me haces esto». ¿Así es como se promociona tu feminismo? ¿El velo va sobre ti, porque a ti te hace sentir incómoda? Venga, hombre. Es una aproximación supernarcisista. Porque tú conoces mucho más el patriarcado en tu país de lo que lo conoces en el mío, por mucho que creas que es al contrario.

Alguna vez has contado la anécdota de cuando llegaste a Reino Unido y una profesora te minusvaloró (a ti y a tu familia) por ser mujer musulmana. Tuviste que explicarle que tus padres eran médicos, y que no erais una panda de ignorantes. Dices que ahí descubriste «lo poco que se espera de las mujeres musulmanas». ¿Qué espera ahora la gente de ti? ¿Cómo ha cambiado eso con los años?

Depende de donde esté.

En Occidente.

Aquí la gente espera que solo ataque el islam, o que renuncie a él, o simplemente venga aquí a quejarme de las pobres mujeres musulmanas. Pero en lugar de eso vengo cargada de muchísimas historias complicadas. Y no esperáis tanta complicación. Cuando vengo y digo que «cierra la puta boca y escucha» la gente se queda noqueada. Lo hace más difícil para ellos. Cuando exijo, tanto a la Hermandad Cristiana de EE. UU. como a la Hermandad Musulmana de Egipto, que se mantengan lejos de mi vagina al menos que yo los quiera ahí, no esperan que ponga al mismo nivel ambas hermandades religiosas. Ellos creen que los musulmanes son mucho peores, pero los evangélicos que votaron por Trump también son muy conservadores. El hombre es el líder de la familia, la mujer está siempre por debajo de ellos… y votaron por un depredador sexual. Así que cuando hago estas comparaciones la gente se enfada muchísimo. Especialmente en EE. UU. me preguntan mucho por qué las mujeres musulmanas son tan sumisas, por qué son sumisas a la misoginia. Pero ahora, después de la elección de Trump, con la mayoría de votantes blancas mujeres, yo me pregunto: ¿por qué son tan sumisas?

En el libro dices: «El reino de Arabia Saudí no se avergüenza de venerar a un dios misógino». ¿Dios es misógino? ¿Alá es misógino?

[Reflexiona] Es una reflexión interesante. Depende. Mira, cuando en el libro digo eso, nombro a dios con minúscula. Es intencionado, para distinguirlo de Dios con mayúscula. Hay muchísimos dioses en minúscula, a los que la gente adora como sus dioses reales, y pueden convertir a ese dios en minúscula en un misógino. De la forma que quieran. Solemos decir que la gente tiene los líderes que se merece, y también puedes aplicarlo a esto: la gente tiene los dioses —con minúscula— que se merece. Los saudíes veneran un dios con minúscula que es misógino, porque lo usan como parte del patriarcado. Usan el poder que les confiere tener en su territorio dos lugares sagrados, la manera en la que manipulan la religión dentro de su sistema, para poder decir «dios quiere que las mujeres no conduzcan, dios quiere que tengan un guardián masculino». Es una mierda y lo rechazo totalmente. Lo primero, porque muy cerca de Arabia Saudí están países como Egipto, también musulmanes, que no usan a dios de esa manera. En la siguiente entrevista podremos hablar sobre Dios con de mayúscula.


La revista porno más antigua de la historia

 

Quisiera ser tu espejo para que me mirases siempre.
Quisiera ser tu ropa para que me vistieses siempre.
Quisiera ser el agua que lava tu cuerpo.
Quisiera ser el ungüento, oh mujer, con el que te untas,
y ser la cinta en torno a tus pechos, y ser las cuentas en torno a tu cuello.
Quisiera ser tus sandalias para estar donde tú pisas.
Oh mi hermosa, quisiera ser parte de tu vida, como una esposa.
Con tu mano en la mía, tu amor sería correspondido.

Fragmento de La canción de la flor, poema egipcio, circa 1500 a. C.

En 1824, el francés Jean-François Champollion, padre de la egiptología moderna, estaba preparado para publicar su obra magna, Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios, en la que hacía una increíble revelación al mundo: sabía cómo descifrar aquella lengua escrita que había permanecido como un enigma, en apariencia irresoluble, durante siglos y siglos. Aunque su principal arma fue la famosa «piedra de Rosetta», que había estudiado desde 1808, terminó de asegurar la precisión de sus hallazgos gracias a ciento setenta papiros que Bernardino Drovetti, un inescrupuloso coleccionista italiano, se había traído del expoliado país de los faraones. Champollion se adentró con una reverencia religiosa en la sala de los papiros del Museo Egipcio de Turín, a la que definió con elevados términos: «el columbario de la historia. (…) Ningún capítulo de Aristóteles o Platón es tan elocuente como esa pila de papiros». En la crónica epistolar de su éxtasis empleó una cita del poeta romano Virgilio para expresar la honda emoción que le invadió ante la visión de aquellos antiquísimos documentos: Quis talia fando temperet a lacrimis?, «¿Quién podría contener las lágrimas?».

Hubo, sin embargo, un papiro que lo dejó estupefacto y consternado. Champollion concebía las representaciones artísticas egipcias como un modelo de elegancia y espiritualidad, desprovistas de la sensualidad desbocada de obras romanas y griegas que retrataban prácticas sexuales de toda suerte. El erotismo era un tema casi ausente del arte egipcio, cuya escasa imaginería sexual giraba en torno a los antiguos mitos sobre la creación, donde la eyaculación o el coito representaban el impulso vital que pone en marcha el mundo. En el panteón egipcio, la penetración podía representar también el dominio de un dios sobre otro, en especial cuando ambos eran varones: el dios Seth violó a su sobrino Horus para imponerse a él. En un enfrentamiento, el dios sodomizado sufre la humillación última y es forzado a reconocer su completa derrota. Incluso antes de traducir los jeroglíficos, resultaba evidente que el erotismo es una rareza en el arte egipcio. Es comprensible que el llamado «papiro erótico de Turín» (o, a veces, «papiro satírico») perturbase a Champollion, porque ponía en peligro su ideal de los egipcios como un pueblo solemne y mesurado: «Era una imagen de obscenidad monstruosa que me produjo una impresión realmente extraña sobre la sabiduría y la compostura de los egipcios».

Datado en torno al año 1200 antes de nuestra era, el papiro que tanto disgustó a Champollion consta de dos secciones, de las que muchos fragmentos se han perdido. La primera parte está repleta de imágenes de animales que realizan actos humanos, no a la manera de los dioses con cabeza de animal y otras criaturas mitológicas, sino con intención humorística; las bestias discuten entre sí, conducen carros, recogen fruta de los árboles o practican un juego de mesa que recuerda a una forma primitiva de ajedrez. En definitiva, estampas caricaturescas no muy distintas a las de nuestros dibujos animados. La segunda parte consta de una docena de viñetas en las que un hombre, provisto de un pene desproporcionado, mantiene relaciones sexuales con varias mujeres en diversas posturas, incluyendo el uso de objetos para la penetración vaginal.    

El propósito erótico de estas escenas es evidente y Champollion no podía encontrar la manera de interpretarlas como referencias mitológicas. Las mujeres dibujadas siguen el canon de belleza tradicional del antiguo Egipto, donde juventud y hermosura eran sinónimos; estas mujeres tienen cuello esbelto, son muy curvilíneas en los muslos, las nalgas y las caderas, pero tienen cintura estrecha. También son de piel broncínea, ni demasiado oscura ni demasiado clara. Aparecen rodeadas de simbología amorosa: flores de loto y campanilla, o un sistro, instrumento similar a una maraca hecha de piezas metálicas que, entre otras cosas, servía para invocar a Hathor, diosa del amor y de la danza. Así pues, no hay nada en estas figuras femeninas que rompa con el ideal de mujer que los egipcios plasmaron en casi todo su arte.

Los personajes masculinos del papiro, en cambio, sí rompen con todos los cánones. Están medio calvos, cuando entre los varones egipcios lo aceptable era raparse por completo la cabeza, aunque fuese para llevar una peluca. Aún peor, muestran la barba desarreglada; en la época de este papiro, el no afeitarse era signo de bajo estatus social. Aún podía considerarse aceptable, en determinados estratos, el lucir una barba muy bien cuidada y recortada según la tradición, aunque la moda predominante era la de estar bien afeitado; en pinturas de la época pueden verse escenas de barberos muy atareados, mientras una cola de clientes aguarda con paciencia su turno. Así pues, los varones del papiro erótico son seres ridículos, inadaptados. El enorme pene, que en otras circunstancias podría representar fertilidad, es un detalle de extravagancia deliberada, pues no teniendo una intención simbólica, es una exageración con propósito burlesco. Por el cuidado trazo del pergamino, se asume que estaba dirigido a consumidores de clase alta. Champollion pensó que se trataba de una obra clandestina y que la censura imperante entre los conservadores egipcios había impedido que este tipo de pornografía fuese común.

Esta combinación entre pornografía y comedia es algo que existe en nuestra propia cultura, pero que los egiptólogos del XIX jamás hubiesen atribuido a sus amados habitantes del antiguo Nilo. Quizá por eso alejaron el papiro de los focos, por vergüenza profesional y también por su incapacidad para ubicar semejante anomalía en los esquemas preestablecidos. Aún hoy, de hecho, es el único papiro erótico del que se tiene noticia, aunque sí han aparecido imágenes sexuales, si bien pocas, en algunas pinturas y objetos.

(Click en la imagen para ampliar). Fragmentos del papiro erótico de Turín expuestos en el Museo de Egipcio de Turín (DP).

El que Champollion descifrase la escritura jeroglífica permitió, irónicamente, que el análisis de los antiguos jeroglíficos revelase una sexualidad mucho más colorida de lo que podría haber imaginado su mirada decimonónica. La poesía egipcia ofrece un retrato muy vívido y colorista de su concepto del amor, teñido de un apasionado romanticismo y una fogosa idealización del otro que resultan muy familiares porque son, en esencia, idénticos a los de los poemas y canciones de nuestros días. En los poemas, que se han seguido descubriendo a lo largo del siglo XX y hasta en el XXI, es donde descubrimos que el papiro erótico no debió de ser clandestino, y ni siquiera algo mal visto por la sociedad egipcia. Aunque entre los egipcios había poetas etéreos, no eran pocos los que escribían de manera muy abierta sobre sexo, incluso en mitad de poesías en las que predomina un tono romántico. En La canción de la flor, poema que abre este artículo y que en su mayor parte es delicado y sutil, hay unas líneas donde el autor, con lo que suponemos se consideraba elegancia en su tiempo, describe cómo se masturba preparándose para la llegada de su amada:

Y te diría, bien erguido, de pie en la orilla:
Mira mi pez, amor, cómo yace en mi mano,
cómo mis dedos lo acarician y se deslizan por sus costados…
Y entonces diría, con mayor suavidad y con los ojos brillando cuando te miran:
Es un regalo, amor. No hace falta decir nada. Ven, acércate y mira,
esto soy yo.

En este tipo de poseía, como vemos, no siempre necesitaban convertir lo sexual en metáfora; cuando lo hacían era no por pudor, sino porque, como en cualquier otro tipo de literatura, las metáforas eran consideradas bellas. Frases como «Frotaría mi cuerpo con los vestidos viejos que ella tira» o «Él es el lobo del amor que devora mi cueva» eran muy frecuentes en los poemas. Este género romántico, por cierto, también recogía el punto de vista femenino, como en este fragmento donde hay alusiones sexuales explícitas, pero también un cofre, una de tantas metáforas que usaban para referirse a la vagina:

Si quieres acariciar mi muslo,
te ofreceré también mi seno, ¡no te rechazaré!
¿Te irías porque tienes hambre,
acaso eres un hombre tan centrado en tu barriga?
¿Te irías porque necesitas algo que vestir?
Tengo un cofre repleto de suave lino.
¿Te irías porque quieres algo para beber?
Aquí tienes, ¡toma mis pechos!
Están repletos y desbordantes, ¡y todo es para ti!

El antiguo Egipto era una sociedad conservadora para ciertas cosas; el matrimonio, por ejemplo, era una institución sagrada. Se deseaba, aunque no siempre se cumplía, que fuese para toda la vida. Aunque la ley no dijese nada al respecto, en ciertas comunidades la mujer adúltera podía ser castigada incluso con la pena de muerte. El varón que forzase a una mujer casada podía ser emasculado, cuando no ejecutado. Si el adulterio era de mutuo acuerdo, ambos podían ser castigados. Mientras el matrimonio estaba en efecto, la esposa debía someterse al marido, aunque tenía voz en los asuntos domésticos y la educación de los hijos; el hombre estaba obligado a mantener a la familia. Como existía el divorcio, que podía ser solicitado por cualquiera de los cónyuges sin demasiada justificación, hasta en los matrimonios concertados se esperaba que los cónyuges se amasen y respetasen; si eso no sucedía, preferían la separación.

No parece, sin embargo, que existieran normas rígidas para los solteros, salvo la de respetar los matrimonios ajenos. La virginidad no era un valor intrínseco, ni aun en las mujeres, que podían disfrutar de sus cuerpos antes de casarse sin que eso tuviera repercusión en su idoneidad como futura esposa. No les importaba el historial sexual. Los solteros, de manera pública, usaban anticonceptivos como condones de tela o pieles, y espermicidas como aceites, resina de acacia o extracto de semillas de granada. Se practicaban abortos, que no estaban mal vistos. La prostitución es poco mencionada, signo de que o era poco común o levantaba poco escándalo, o ambas cosas. El lesbianismo era tolerado; en un relato, una mujer es reprendida porque ha tenido un sueño lésbico, pero el motivo de vergüenza no es fantasear con otra mujer, sino con una mujer casada. Una escritora aclaraba que nunca había mantenido sexo con otra mujer «dentro del templo», dando a entender que sí lo había hecho fuera de él. La homosexualidad masculina también era tolerada, o al menos estaba bien visto el sujeto activo, porque ser el pasivo sí era motivo de cierta vergüenza. En cuanto al incesto, los egiptólogos llegaron a pensar que era algo habitual, pero se trató de una confusión debida al lenguaje que se usaba entre cónyuges y amantes, que se llamaban «hermano» y «hermana» como simple expresión de cariño y cercanía. Todos los egipcios sabían que algunos faraones se habían casado con sus hermanas, pero la gente común lo evitaba como un tabú. Como mucho, se celebraban bodas entre primos.

Para disgusto de Champollion, allá donde esté ahora, el papiro erótico de Turín no solo fue la primera revista pornográfica de la historia, sino también una representación fiel del desenfado con el que los egipcios veían todo lo relacionado con el sexo. Salvo el pecado capital de la infidelidad, casi todo estaba permitido. Las personas solteras podían mantener relaciones entre sí con total libertad. La manera en que experimentaban el enamoramiento o la pasión no era diferente a la nuestra, y en algunos aspectos hemos tardado siglos en llegar a un nivel de tolerancia sexual similar a la del antiguo Egipto. Como recomendaba el poema La canción del arpista, escrito hace más de cuatro mil años y grabado por varios egipcios en el interior de sus tumbas: «Disfruta del placer mientras estés vivo».


Raqqa más allá de Raqqa

Fotografía: Ricard García Vilanova

Kobane quedó destruida en más de un 70 % en los combates contra el ISIS.

El sorpresivo avance sobre el Estado Islámico de una coalición interétnica respaldada por Washington en Siria deja a su paso el germen de un experimento político sin precedentes en Oriente Medio. Sus líneas fueron trazadas por un disidente kurdo en prisión desde 1999.

«Mohamed, ¿cuál es tu casa?».

El chaval señaló hacia el escombro sobre el que se alzaba otro edificio sin tripas. Un día vivió en el segundo piso. Había que imaginarse tres habitaciones, un baño y un hermoso balcón con rejas que albergaba un gallinero.

Mohamed, árabe de veintisiete años, nunca había empuñado un arma, pero sabía francés. Podía ayudar con la prensa por lo que, aquel día de agosto, convenció a sus mandos para que le dejaran acompañar a los periodistas. Una hora más tarde era escupido desde un vehículo blindado sobre el fantasma de lo que una vez fue su barrio. En otra vida Mohamed había sido profesor de instituto hasta que el EI cerró las escuelas de Raqqa y echó la persiana sobre las vidas de más de doscientas mil almas como la suya. Había abandonado la ciudad hacía dos meses tras pasar otros dos preso. Los yihadistas lo molieron a palos. Uno se podía acostumbrar a la falta de tabaco o de música; a la barba, a los dobladillos del pantalón cosidos a la altura de las pantorrillas e incluso a las ejecuciones públicas de asistencia obligada. Pero la tortura era otra cosa. Logró escapar, de noche, atravesando a nado uno de los canales que irrigan el Éufrates sobre este desierto. Luego se unió a las fuerzas que luchan por expulsar a los extraños de su ciudad.

Fue en la primavera de 2013 cuando una amalgama de grupos yihadistas se hizo con el control de Raqqa hasta que, en 2014, la ciudad se convirtió oficialmente en la capital del Califato en Siria. La única forma de poner fin a una pesadilla que duraba ya cuatro años parecía pasar por arrasarlo todo desde tierra y aire, como en Sirte o Mosul —las otras plazas fuertes de los yihadistas—. El paisaje lunar resultaba recurrente, pero los matices apuntaban a escenarios radicalmente distintos. Congelemos la imagen para distinguir a Mohamed —árabe, como ya hemos dicho— enrolado en las filas de una coalición multiétnica respaldada por Estados Unidos, pero que lideran kurdos afines a un movimiento incluido en la lista de organizaciones terroristas: el Partido de los Trabajadores de Kurdistán, o PKK. Reducir el capítulo de Raqqa a la mera expulsión de los yihadistas de su bastión sirio es perderse la película entera.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Para entender todo esto hay que remontarse un poco más atrás del año «cero» en la historia reciente de Oriente Medio. Fue en 2011 cuando se decidió resetear eso que se da en llamar «MENA» (acrónimo inglés para «Oriente Medio y Norte de África»).

Muchos recordarán aquella Siria en la que eran los turoperadores los que campaban a sus anchas entre Palmira y la ciudad vieja de Alepo. Seguramente también pervive en la memoria del turista de entonces aquel pintoresco detalle: efigies y retratos de Asad padre e hijo —la saga en el poder desde hace más de cinco décadas— alzándose en piedra o cartón en plazas, avenidas y azoteas, la misma que escrutaba con gesto adusto desde los parabrisas de los coches o salvapantallas de cibercafés donde, al igual que en cada comercio sirio, era obligatorio colgar su retrato de la pared.

Se maravillaba el turista, y con razón, de la libertad de la que gozaban las comunidades cristianas para profesar su culto. Cierto, Siria era un oasis en mitad del erial para la tolerancia religiosa que es Oriente Medio. Pero reivindicar una nacionalidad que no fuera la árabe era un desafío que se podía pagar muy caro. Los kurdos lo sabían bien, pero el mundo desconocía esa realidad por completo. Si un pueblo de cuarenta millones de individuos repartidos por el corazón de Oriente Medio apenas despertaba interés, ¿qué opciones tenían los miembros de esta comunidad en Siria, donde apenas sumaban tres millones?

Además, Damasco había hecho lo imposible para que nadie los viera. Se expulsó a miles de sus casas, e incluso se retiró la ciudadanía a decenas de miles. Kurdos que, como única identificación, contaban con un documento que indicaba explícitamente que su portador era «de origen extranjero», aunque no decía de dónde, y que se le prohibía abandonar el país. Por supuesto, no podían casarse, ni comprar una casa o tierras, ni tampoco dar su apellido a sus hijos. Se les llamó ajanib —‘extranjero’ en lengua árabe—, o maqtum, ‘nada’.

Aquella legión de parias crecía inexorablemente mientras el Gobierno recolocaba en sus tierras a árabes traídos de otras zonas de Siria. A diferencia de las aldeas kurdas, las de los colonos tenían escuelas y mezquitas; sus casas luz y teléfono, así como agua corriente canalizada desde pozos artesianos, o del Éufrates. Damasco también les dio armas para defender lo que tan fácilmente habían conseguido. Uno de los decálogos de dichas políticas de asimilación y exterminio escrito por un oficial de los servicios secretos esgrimía que los kurdos eran «un tumor cancerígeno en el cuerpo de la nación árabe» y que, por lo tanto, había que exterminarlos. Todo valía, y fueron concienzudos. Miles de jóvenes desaparecían en manos de un servicio secreto diseñado por la Stasicomo el de Sadam en Irak o Nasser en Egipto—. Solo volvían a aparecer aquellos cuyas familias conseguían dar con un funcionario corrupto al que sobornar con sumas que se contaban en miles de dólares.

Asimilar a los kurdos, «arabizarlos», pasaba por borrarlos de la faz de la tierra, y a sus topónimos del mapa: Serekaniye se convirtió en Ras al-Ayn; Kobane en Ayn al-Arab; Derik en Al Malikiya… Siria podía ser multiconfesional, cierto. Había cristianos, drusos, musulmanes e incluso ateos, pero todos eran «árabes» por decreto. Lo dice el nombre oficial del país: «República Árabe Siria».

En aquel escenario, la actividad política se desarrollaba en la más absoluta oscuridad. Activistas kurdos se jugaban la cárcel, e incluso la vida, enarbolando siglas de partidos clandestinos que tenían sus réplicas legales en el Kurdistán iraquí, o igualmente prohibidas en el turco. Dar con ellos pasaba por complejas negociaciones con contactos de contactos, y de ahí a concertar entrevistas en lugares cuya localización no llegábamos a conocer hasta llegar allí. Y a veces ni eso.

Salih Muslim era uno de los hombres más buscados por el aparato de Asad. En la primavera de 2008, aquel disidente nunca dormía más de dos noches en la misma casa. Ingeniero químico por la Universidad de Ankara, Muslim pasó diez años trabajando en Arabia Saudí antes de volver al país y meterse en política. Fue uno de los fundadores del clandestino PYD (Partido de la Unión Democrática en sus siglas en kurdo) en 2005, un gesto que le condenaría a vivir bajo la sombra que cubría la vida de todo disidente político en Siria. Su apuesta para la solución del conflicto kurdo era la misma que la del PKK. Según Muslim, el PYD compartía la estrategia del maquis kurdo, un modelo que pasaba por cierto grado de autonomía para las zonas kurdas y el respeto de los derechos lingüísticos y culturales de su pueblo.

Durante aquella primera entrevista en una casa de Alepo que hoy ya no existe, Muslim habló de concentrar la lucha en Turquía: un golpe de timón en el país vecino, decía, provocaría un cambio de rumbo para la región en su conjunto. Poco podía imaginar entonces que, cuatro años más tarde, acabaría convirtiéndose en el líder de un movimiento que sacude hoy no solo los cimientos de Raqqa, sino los de todo Oriente Medio.

Salir a la superficie

—¿Cómo estás, Salih? ¿Todo bien?

—La misma situación, ya sabes. Todo bien, sí.

Cada llamada de control era prácticamente un calco de la anterior, y de la siguiente. Muslim no daba nunca detalles de su paradero por teléfono, pero su respuesta no dejaba de ser igualmente explícita durante los años que pasó antes de salir a la superficie definitivamente.

En 2011, y presionado por una coyuntura cada vez más hostil a sus intereses al calor de unas protestas que adelantaban lo que estaba por venir, Asad aflojó el puño sobre los kurdos del país. Fue aquella amnistía, tardía y forzada, la que posibilitó que disidentes como Muslim —que fuera ya elegido presidente del PYD en 2010— salieran de la clandestinidad, e incluso de las cárceles. Y lo que es más importante: a los maqtum y los ajanib se les devolvía su pasaporte tras décadas en el limbo. En el verano de 2012, los kurdos de Siria se hicieron oficialmente con el control de las zonas donde son mayoría, en el norte del país.

El Berlín de la guerra fría no sería muy diferente de aquello: zanjas alambradas y minas para separar dos ciudades, Nusaybin y Qamishli; la primera en Turquía y la segunda en Siria, pero a ambos lados de una misma calle, literalmente. Muslim se encontraba a unos centenares de metros, pero al otro lado de la valla. Hizo falta un rodeo de cuatrocientos kilómetros a través del Kurdistán iraquí para poder reunirnos de nuevo.

Bajo un ventilador que movía una batería de coche, Muslim explicaba que ellos, los kurdos, no se posicionaban ni con el régimen ni con la oposición. Fue entonces cuando escuchamos oír hablar por primera vez de la «tercera vía» en Siria, una propuesta que parecía arriesgada en un momento en el que nadie apostaba por la supervivencia de Asad. Se daba por hecho que, antes o después, el líder sirio acabaría cayendo como Mubarak en Egipto, Ben Ali en Túnez o Gadafi en Libia.

La prensa internacional, más concentrada en lo que sucedía en Alepo o en Homs, apenas reparó en aquel fenómeno que veía la luz en el noreste del país.

Resultaba difícil de explicar que la zona hubiera pasado a estar bajo control kurdo sin apenas mediar tiros mientras las principales capitales sirias se desintegraban en el fuego cruzado. La narrativa oficial, la del PYD de Muslim, era que Asad no quería abrir un nuevo frente con la principal minoría del país y que, básicamente, les dejó hacer. Se trataba de un pacto, tácito o explícito, que, como supimos después, pasaba por que la nueva Administración abortara todo conato de los kurdos de la zona de sumarse al Ejército Libre Sirio, la oposición mayoritariamente árabe.

Reunión entre líderes tribales árabes y representantes del Consejo Civil de Raqqa, el Gobierno interino de la ciudad sitiada, 2017.

Otro secreto a voces era que centenares de kurdos del PKK, la mayoría sirios, habían vuelto a casa desde su bastión de montaña iraquí para gestionar la seguridad. Se crearon las llamadas Unidades de Protección Popular (YPG en sus siglas en kurdo), y fue gracias a ese paraguas militar, y el político del PYD, que los kurdos de Siria pusieron en marcha su proyecto. De la noche a la mañana se abrieron las oficinas de esos partidos políticos que habían permanecido en la clandestinidad durante décadas, así como centros de formación para mujeres en situación de marginación. Arrancaba el proceso de alfabetización en lengua kurda, vetada en la Siria de los Asad: las primeras clases, los primeros periódicos y hasta un canal de televisión.

Mientras el resto del país se sumía en una pesadilla de la que todavía sigue sin despertar, en el noreste se levantaba una sociedad civil y se apostaba por la autogestión de un territorio autónomo dividido en cantones a través del llamado «confederalismo democrático». No se desafía la territorialidad de Oriente Medio, pero se apuesta por una descentralización de los poderes monolíticos de la región hasta atomizarlos a niveles casi municipales.

Las líneas generales de este ideario que bebe del anarquismo en su versión más actualizada fueron trazadas en 2005 por Abdullah Öcalan. Hablamos el líder del PKK encarcelado en solitario en la isla-prisión de Imrali —en el estrecho del Bósforo— desde su arresto en 1999. Aunque se sigue acusando al movimiento de liberación kurdo de secesionismo, lo cierto es que el propio Öcalan descartó la idea de un Estado propio como solución a la cuestión kurda ya a principios de los noventa. La evolución de su ideario iría mucho más allá, virando del marxismo-leninismo clásico hacia el llamado «municipalismo libertario». Se dice que la correspondencia que Öcalan mantuvo desde la cárcel con Murray Bookchin, quien esbozara esa concepción de un Estado descentralizado, se encuentra detrás de ese giro ideológico.

El feminismo o el ecologismo son otros de los pilares de un pensamiento que sigue reivindicando los valores de Oriente en contraposición a lo que Öcalan llama «hegemonía ideológica eurocéntrica».

Catarsis

Fue en el norte de Siria donde se pasó de las palabras a los hechos. La respuesta más inmediata a este experimento político sin precedentes en la región no tardaría en manifestarse. Yihadistas llegados desde el espacio geográfico entre Marruecos y Pakistán cruzaban la frontera desde Turquía gracias al apoyo logístico de Ankara y a la indiferencia permisiva de Bruselas y Washington. Todo valía para tumbar a Asad; los kurdos que quedarían en las cunetas serían un daño colateral necesario, sobre todo para Turquía, que cuenta con la mitad de los kurdos del planeta en su territorio y contempla impotente cómo el plan diseñado por su preso más odiado toma cuerpo en su frontera sur.

Pero el mundo seguía mirando hacia otro lado, a lugares como Ginebra, donde se celebraban esas inútiles conversaciones de paz entre Damasco y una oposición siria cada vez más descabezada, pero a las que nunca se invitó a los kurdos.

Paradójicamente, fue el EI el que los puso definitivamente sobre la mesa. En su avance entre las fronteras de Irak y Siria, el monstruo llegó hasta Kobane, una localidad incrustada contra la frontera turca que se convirtió en el principal escaparate de un pueblo condenado al ostracismo hasta entonces. La prensa generalista nos abría los ojos hacia la realidad de aquellas «guapísimas» combatientes kurdas, a pesar de que eran las mismas que llevaban luchando desde hacía más de treinta años en las filas del PKK.

Kobane se convirtió en una catarsis mediática a nivel planetario; el mundo ponía rostro a sus héroes y heroínas en la lucha contra el mal. Hipérboles a un lado, fue entonces cuando el suflé islamista empezó a desinflarse. Un año más tarde, en octubre de 2015, se crearon las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF, en sus siglas en inglés), el combinado militar que dirige hoy la operación sobre Raqqa. La matriz de dicha estructura eran, y son, las YPG kurdas, pero había que crear unas siglas nuevas con las que árabes, turcomanos, siriacos, armenios e incluso chechenos, sirios todos, pudieran sentirse identificados.

Ha sido esa cintura política demostrada por los kurdos una de sus bazas. Hablaron con Asad para proteger sus zonas al comienzo de la guerra, pero también mantuvieron alianzas puntuales con elementos del Ejército Libre Sirio. Fueron capaces de coordinarse en la batalla de Alepo con las fuerzas de Damasco a la vez que se enfrentaban al régimen en Qamishli o Hasaka, ciudades norteñas en las que el Gobierno sigue teniendo presencia.

En la arena internacional fueron igualmente diestros, como demuestran las delegaciones del PYD en Europa, que incluyen una en Moscú, y las alianzas con Washington, a día de hoy su principal aliado en la lucha contra el EI.

Y así llegamos hasta el barrio de Mohamed, ese profesor de francés que buscaba su casa en la ciudad vieja de Raqqa.

Hablando de la revolución

La campaña contra el Estado Islámico en el noreste de Siria es hoy una eficaz maquinaria sostenida por un contingente de unos cincuenta mil combatientes sobre el terreno, y que cuenta con apoyo logístico en forma de suministros y ataques aéreos de firma estadounidense. A los americanos solo se les ve camino de sus bases protegidas con «hescos», esos cestos de alambre con forro de molesquina que las tropas internacionales utilizaron en Afganistán o Irak. Desde allí hacen volar los drones, o los helicópteros Apache que rompen el suelo bajo el cielo estrellado de Raqqa cada noche. Es entonces cuando se intensifica la ofensiva desde el aire.

Amnistía Internacional ha criticado recientemente la campaña de fuego aéreo y de artillería de Estados Unidos, subrayando que Raqqa se ha convertido en un «laberinto mortal» para los civiles aún atrapados en la ciudad. Según estimaciones de Naciones Unidas, hay aproximadamente veinticinco mil civiles atrapados en Raqqa, muchos de los cuales son usados como «escudos humanos» por los yihadistas.

«Es una cuestión de puro azar, porque nunca sabes dónde va a caer la siguiente bomba», aseguraba Amina, una residente que pudo escapar cuando los yihadistas que la retenían abandonaron precipitadamente su posición.

Los americanos no pisan el frente; para eso están los locales, así como la legión de combatientes internacionales en las filas del SDF: desde bolivianos hasta chinos y japoneses, pasando por escandinavos, griegos e incluso gallegos.

Para Christian, un californiano «empotrado» con los cristianos siriacos en Raqqa, constituye una nueva oportunidad de combatir «por una causa justa», aunque su pasado reciente habla de motivaciones que van más allá de la mera filantropía. A sus veintiséis años, este exveterano de la guerra de Irak dejó los Marines para unirse a la Legión Extranjera, de la que acabaría desertando para llegar a Siria.

«No me movilizaron nunca y yo no puedo estar parado», dice el chaval, de cuerpo completamente tatuado, desde su posición de francotirador en el frente oeste de Raqqa. Christian comparte batallón con Macer Gifford y, probablemente, poco más. Macer —es nombre falso como el de Christian— se presenta a sí mismo como un «internacionalista», pero sin olvidar que era un bróker más en la City de Londres cuando decidió dejarlo todo para venir hasta aquí, a finales de 2014. Por el momento, apenas chapurrea algo de kurdo, no habla árabe, y mucho menos el arameo siriaco de sus anfitriones.

«Es lamentable cómo hemos despreciado en Occidente a los pueblos de Oriente Medio», lamenta el voluntario británico durante la que, dice, es su «primera conversación real» en semanas. «Todavía sigo escuchando aquello de “esta gente necesita un gobernante fuerte para mantenerlos bajo control; no saben gobernarse a sí mismos, no entienden qué es la democracia”… Hoy resulta que son los kurdos los que nos están dando una lección a todos con un modelo democrático propio que echa raíces en una región que ha sido un desierto político; un lugar donde dictadores, o reyes, se han sucedido en el poder durante décadas».

El inglés habla de una revolución «con todas las letras» y dice soñar con ver cómo se extiende por toda Siria, y luego al resto de Oriente Medio. Entre tanto, apunta, pasará por casa para dar conferencias y participar en campañas de sensibilización. Pero no será fácil. Tras el arresto seguro en el Kurdistán iraquí, Gifford puede tener problemas con las autoridades británicas.

El pasado agosto, un informe publicado por la Henry Jackson Society —un think tank británico de ideología conservadora— señalaba que voluntarios como Gifford pueden suponer un problema de seguridad doméstica a su vuelta a casa. Dicho informe apunta a supuestos vínculos entre el PKK —organización listada como «terrorista»— y las YPG, cuyas filas engrosan los voluntarios extranjeros. Entre otras recomendaciones, la Henry Jackson Society hablaba de la necesidad de valorar si dichos combatientes precisaban de la atención del Estado, fuera a través del sistema judicial o de los servicios sociales. Hay controversia.

Mujeres kurdas toman parte en los enfrentamientos contra el Estado Islámico en Sinjar, 2017.

«Nosotros vinimos aquí a ayudar a los kurdos, los árabes y el resto de las comunidades a luchar contra el Estado Islámico; vinimos a compartir experiencias y aprender los unos de los otros», se defiende la también inglesa Kimmie Taylor desde el centro de prensa del frente oeste de Raqqa. A sus veintisiete años, esta licenciada en Matemáticas por la Universidad de Liverpool es la primera británica en las filas del YPJ, el contingente kurdo formado exclusivamente por mujeres.

Tanto Taylor como Gifford son conscientes de que su principal aportación no pasa tanto por su destreza en el combate como por su capacidad de elaborar un discurso que recabe apoyos en el plano internacional. Sea como fuere, numerosos analistas y expertos coinciden en la relevancia de lo que hoy sucede en el noreste de Siria. Manuel Martorell, periodista e investigador, así como una de las mayores autoridades sobre Oriente Medio en el Estado español, habla de «un momento de enorme trascendencia histórica».

«Se está poniendo sobre la mesa que en Oriente Medio son posibles sistemas democráticos basados en el respeto a las diferencias culturales, religiosas y a los derechos de la mujer, y que no es cierto que en esta región las únicas alternativas fueran las dictaduras o los movimientos islamistas, como hasta ahora generalmente se pensaba», subraya el experto navarro.

Martorell suscribe la tesis de que nos encontramos ante una «verdadera revolución», añadiendo que dicho modelo político-social es ya una «referencia que puede revolucionar las sociedades musulmanas, al menos en esta castigada región de Oriente Medio». Desgraciadamente, añade, ha tenido que estallar una cruel guerra, quedar destruidos los Estados de Siria e Irak y emerger la grave amenaza del Dáesh para que se haya revalorizado esa concepción plural y diversa.

El «arquitecto»

Por el momento, son los árabes de Raqqa, a petición propia, los que engrosan la primera línea de combate frente al EI. Se trata de un gesto simbólico pero muy político, que pasa por reconocer el derecho de los azotados por el Dáesh no solo a liberar su ciudad, sino también a gobernarla una vez expulsado el invasor. El Consejo Civil de Raqqa, una suerte de Gobierno interino de la provincia, se concentra en la pequeña localidad de Ayn Issa, a cincuenta kilómetros al norte de la ciudad. Está formado por doscientos notables de la zona, la mayoría de ellos árabes, como el jeque Amir Mohamed Habur. Los kurdos, insiste Habur, los liberaron del yugo islamista, y hoy este representante de uno de los clanes más numerosos al norte del Éufrates no contempla un futuro que no pase por una Siria federal.

«Cualquier otro sistema fallará, y esta es la única alternativa a Dáesh y a Asad», matiza el jeque.

Las palabras de Habur sobre una Siria federal caen como un jarro de agua fría para otros miembros del consejo.

«Siria es una, y nadie tiene derecho a romperla», interviene el jeque Hasán al-Mandi, otro miembro del consejo. Alguien le replica que Alemania y Estados Unidos siguen siendo países «solventes» a pesar de ser Estados federales.

El jeque Bashir Faysal al-Hueidi no pertenece al consejo, pero tampoco lo necesita para ganarse el respeto de los presentes. No solo es el líder de los Bushaba, otra respetable familia de miles de miembros a esta orilla del Éufrates, sino que se jacta de haber rechazado una petición de entrevista del mismísimo Brett McGurk —el enviado estadounidense para la Coalición contra el EI—. Aun así, se ofrece generoso a posar para una exclusiva foto que, dice, nadie tiene.

Según al-Hueidi, el Consejo de Raqqa nunca habría sido posible de no ser por Omar Alush, el kurdo sentado justo a su lado.

Alush ha dedicado su vida a la causa kurda y a la pura filantropía. Fue uno de los fundadores del PYD en 2005, pero también uno de los impulsores de un hospital en su Kobane natal del que se beneficiaron muchos residentes hasta que fue destruido durante el asedio de 2014. Alush, de sesenta años, bromea pretendiendo ser el «Lavrov» —ministro de Exteriores ruso— del Consejo de Raqqa, pero lo cierto es que su papel pasa por ser el auténtico «arquitecto» de lo que se está gestando aquí. Desde su Kobane natal ha ido cambiando de residencia a las zonas árabes limítrofes que eran liberadas del yugo islamista. Estuvo en Manbiy y hoy reside en Tal Abyad, en una casa que comparte tabique con los restos de otra reventada por una bomba de la Coalición. Ahora le toca gestionar Raqqa, donde fijará su residencia cuando se expulse definitivamente al EI.

«Podemos elegir entre vivir juntos o seguir matándonos entre nosotros», esgrime Alush, reduciendo un elaborado discurso a la mínima expresión.

Sin embargo, se acumulan las preguntas sobre el futuro del proyecto a corto plazo. ¿Hasta qué punto depende su supervivencia de la presencia americana en la región? ¿Se prevé una zona de exclusión aérea, como la que posibilitó la existencia, en el norte de Irak, de lo más parecido a un Estado que han tenido los kurdos? ¿Qué hará Asad? ¿Y Turquía?

Alush arquea las cejas y reconoce que ni siquiera se atreve a elucubrar sobre los siguientes renglones de esa historia que él mismo está ayudando a escribir. Ante el devenir más inescrutable, el kurdo zanja la cuestión con otra frase hecha:

«El futuro es ahora».

Una mujer cose en un campo de refugiados a las afuera de Kobani, 2017.


Clare M. Gillis: «Estoy dispuesta a correr muchos riesgos para cubrir historias que me importan»

Fotografía: Eduard Bayer

Sahafa significa prensa en árabe. Es la palabra que James Foley gritaba una y otra vez tumbado en el suelo del desierto, en algún lugar a las afueras de Brega, en la costa de Libia. Es el 5 de abril de 2011, un par de meses escasos después del inicio de la revolución contra Muamar el Gadafi, esa Primavera Árabe que se tornaría en guerra civil y terminaría en el Estado fallido actual. «¡Sahafa, Sahafa!». A su lado están el fotógrafo español Manu Brabo y el surafricano Anton Hammerl. También Clare Morgana Gillis, reportera de guerra. Es una mujer alta, corpulenta, de mandíbula masculina y ojos severos e irónicos. Si no fuera por la sonrisa, que es ancha e infantil, daría miedo.

Foley, Brabo y Gillis pasarán cuarenta y cuatro días detenidos por el régimen moribundo de Gadafi; les pegaron, les interrogaron y finalmente les liberaron. A Hammerl lo dejaron morir en la arena el 5 de abril. Ese día se habían aventurado más allá del frente sin darse cuenta subidos en la furgoneta de unos rebeldes. Gillis volvería a Libia poco después, y luego a Siria, Irak, el Kurdistán, Turquía y Egipto. Foley también, hasta que una oscura confederación de insurgentes islámicos le capturó en Siria, le retuvo un año y medio y le decapitó ante una cámara. Ese vídeo de YouTube fue la presentación mundial del Estado Islámico.

Los mejores textos sobre Foley son de Gillis. Tiene un doctorado en Historia con una tesis sobre sexo en la Edad Media y posee una prosa precisa, económica y llena de destellos. Durante el interrogatorio al que la sometieron los esbirros de Gadafi el militar al cargo le preguntó, con incredulidad, por qué una doctorada en Historia por Harvard, con trabajo de profesora asegurado, había decidido irse a Libia como freelance, en medio de un conflicto, cobrando una miseria. Ella respondió que prefería ser testigo de la historia que leer sobre ella. Cinco años después vive en Brattleboro, Vermont, en el nordeste deprimido, fronterizo con lo whitetrash, y da clases en Darmouth College y Marlborough College, universidades con contratos muy por debajo de sus posibilidades. Su casa es pequeña y austera. Parece provisional. Menos querer escribir, todo en ella lo parece.

Esa respuesta en la sala de interrogatorio, ¿sigue siendo cierta?

Absolutamente. Lo que he estado cubriendo este último año son historias de refugiados que han venido a los Estados Unidos En el periodismo de guerra ves el proceso que lleva a la destrucción de la vida; cuando empiezas a seguir a los refugiados ves lo que significa intentar reconstruirla en un contexto nuevo. También tuve un contrato con la agencia para los refugiados de la ONU, en El Cairo y Jordania. Es otro tipo de historia, algo que puedo seguir de forma agradable, mientras doy clases.

Seguir a refugiados en Vermont no es como meterse en la furgoneta de unos rebeldes libios e ir al frente. ¿Planea volver a la línea de fuego?

Honestamente, los frentes que veo interesantes en Oriente Medio son contra el EI y, simplemente, no estoy preparada para poner en riesgo mi vida. No vale la pena. En el periodismo de guerra se dice mucho que no hay ninguna historia por la que valga la pena morir, pero eso presupone que existe una manera de calcular con antelación que puedes morir por una historia y no por otra. La verdad es que no puedes escoger la historia que se te lleva, aunque sí puedes escoger lugares de donde no se te van a llevar. Esa es mi decisión.

Cuando decidió ir a Libia por primera vez, hace seis años, ¿su mentalidad era otra? ¿Lo que antes no le parecía peligroso, ahora sí? ¿O la diferencia es el EI?

No lo sé. También es una cuestión de estabilidad. La vida de un corresponsal de guerra freelance supone ir saltando de país en país, de conflicto en conflicto, y ya no es tan satisfactoria como era. No sé a qué atribuirlo, si al EI o al fracaso de las revueltas de la Primavera Árabe. Al principio era tremendamente excitante. Era un momento histórico de tales proporciones que no puedo imaginar ser testigo de otro tan poderoso. Era un cambio radical respecto a lo que habíamos visto hasta entonces. ¿Si ocurriera algo parecido? Quizá. Estoy dispuesta a correr muchos riesgos para cubrir las historias que me importan. Pero lo de ahora no me provoca ganas de ir y contarlo. No veo qué puedo aportar en ese contexto. Voy a tener que salir del país en algún momento, eso está claro. Y voy a seguir historias aquí y allá. Pero no tengo vocación de primera línea de fuego.

Hablando de freelance precarios. Fue así, juntando escasos recursos, como conoció a Manu Brabo y a James Foley. Parece ser una tendencia del periodismo de guerra: menos recursos en los medios y más periodistas jóvenes jugándose la vida por cuatro chavos.

Hubo un tiempo, al inicio de las Primaveras Árabes, en que siempre había un montón de freelance viviendo en El Cairo. Cuando la revuelta se extendió a Libia, todos cruzamos la frontera para contarlo. Además, a diferencia de Egipto, en Libia nunca hubo un servicio estable de periodistas internacionales: era territorio virgen. Y luego, de allí, todos a Siria. Entonces las cosas empezaron a volverse peligrosas de verdad. La captura de James Foley y John Cantlie fue la primera señal. No fue una señal de que las cosas se ponían feas, porque feas ya estaban, sino que marcó el momento en que los periodistas empezaron a preguntarse si valía la pena. Ahora muy pocos medios siguen enviando gente allí, muchos dependen de correveidiles locales, lo que puede acarrear problemas de credibilidad. Me da la impresión de que quien continúa trabajando allí ya no es freelance, porque sin estabilidad ya no se puede. No puedes ir a Irak sin una empresa que pague tus gastos. Con el presupuesto de un freelance es materialmente imposible.

¿Tiene esto un efecto sobre el modo en que se cubren las guerras?

Después de la experiencia en Libia, la aparición del EI, la ejecución de Jim y mi propio contexto —me voy haciendo mayor y quiero más estabilidad— empecé a pensar en todos nosotros como un fenómeno histórico. La generación anterior a la nuestra fue la de la guerra de Irak. La gran mayoría de ese periodismo se hizo con reporteros incrustados en unidades del ejército, dentro de la maquinaria militar más poderosa de la historia. Y produjo un periodismo muy diferente, desde la trinchera, desde las mismas retinas, pero de ojos americanos, no iraquíes. Nuestra generación, en cambio, construyó su voz en las Primaveras Árabes y tuvimos en muchos sentidos la experiencia opuesta: muy cerca de la gente, pero sin ningún refuerzo o estructura militar detrás. Y eso produjo otro periodismo. También así comprendí que los beneficios de tener este estilo de vida no compensaban los costes del estrés, de vivir con lo puesto, de la precariedad. Además, acabé harta de Oriente Medio y del desierto. Sobre todo, del desierto. Quiero estar cerca de lo verde. Árboles. Agua. Vermont.

¿Es posible hacerlo?

¿El qué?

Manu Brabo, por ejemplo, en una entrevista, dice: «Estoy aquí —en España— editando fotografías. Luego voy a cenar con mis amigos y mi vida no tiene ningún sentido. Cuando estoy en el frente, mi vida es completa porque tengo una misión, hay trascendencia».

Sí, claro. En ese preciso momento, sí. Tienes trascendencia por unas horas, pero tienes el resto del día también. Hay una vida entera además de ese momento. Y se vuelve a casa, tarde o temprano, de todo.

La adicción que la adrenalina y el riesgo genera en los periodistas de guerra. La dificultad de adaptarse a una vida menos excitante. Pero usted parece contenta y tranquila con el cambio.

Hasta cierto punto. A mí, simplemente, me gusta una buena historia. Me gusta cuando hay algo excitante en el aire. Cuesta de explicar si todo lo que tienes en mente es el conflicto y la guerra. Este verano he asistido a las reuniones vecinales de la ciudad de Rutlan. Reuniones de cuatro horas, en salas sin asientos, gente gritándose, sin aire acondicionado. Un ambiente eléctrico. Gente reunida discutiendo sobre algo que les importa: si su ciudad debe o no debe recibir refugiados sirios. Hay quien tiene un fetiche con las situaciones de vida o muerte: «El tipo que tenía al lado recibió un tiro y yo no». A mí las experiencias cercanas a la muerte no me han llamado nunca. Lo que me gusta es la intensidad de la conversación.

En el documental en homenaje a James Foley usted habla de la competitividad típica de macho en el mundo de los corresponsales de guerra, que lleva a que unos empujen a otros a correr más y más riesgos. ¿Se trata de un ethos de la profesión?

Necesitas tener un grado antinatural de confianza en ti mismo para creer que vas a meterte en algunas de estas situaciones y vas a salir de ellas bien parado. Esa tensión existe dentro de todos nosotros. Tienes cierta dosis de confianza y cierta dosis de humildad (necesaria para poder acercarte a la gente y entablar conversación). Pero a quienes más he oído hablar de este fenómeno es a los fotógrafos: la obligación de estar lo más cerca posible de la acción, en parte porque eres freelance y en parte por la idea —que viene de Robert Capa— de que si no estás haciendo buenas fotos es porque no estás lo suficientemente cerca. He percibido esta agresividad sobre todo en fotógrafos hombres, si te soy sincera. Como escritora no siento la necesidad de estar encima de la cara de alguien mientras está disparando su arma. No lo necesito.

Fotógrafos hombres. Es usted una mujer blanca que trabaja en una profesión dominada por hombres, en países árabes donde las libertades de las mujeres no son las de aquí. ¿Es difícil? ¿Tiene alguna ventaja?

Te da mucho más acceso. Puedes hablar con hombres, eso no es problema, puedes hablar también con las mujeres a solas y puedes entrar en la parte de las casas prohibida a los hombres de fuera de la familia.

Si es así, ¿por qué no hay más?

Sí las hay: Janine di Giovanni, Nicole Tung, Louisa Loveluck, Ruth Sherlock, Maria Abi-Habib, Leila Fadel, Lulu Garcia-Navarro, Liz Lay, y sigue, y sigue. No es una lista corta.

Ningún problema, pues.

A ver, algunas veces mis contactos o guías locales no han querido dejarme ir a algún sitio porque era demasiado peligroso «para una mujer». Pero no me he sentido acosada nunca.

Excepto por ese camello en Libia que, según cuenta en uno de sus reportajes, le ofreció hachís a cambio de acostarse con él.

Ese tipo era tronchante. Mal está decirlo, pero me encanta ese pasaje porque creo que es gracioso; debería hacerte reír al leerlo. Una de las cosas más difíciles de capturar sobre estos contextos es que la gente ríe en muchos momentos. No es tan serio como nos lo imaginamos. Es decir, claro que es serio, pero quizá por eso la otra cara de la moneda está tan llena de risas y humor negro. Los periodistas occidentales no consiguen enseñar ese humor en sus artículos; yo no lo he conseguido la mayoría de veces. Pero en esa ocasión lo conseguí.

¿Hay mucha droga en el periodismo de guerra?

Manu Brabo, citando a Leguineche, suele decir eso de que las tres D del periodismo de guerra son divorcio, drogas y depresión. Y sí, ves a mucha gente practicándolas. Literalmente. Manu está divorciado, yo estoy divorciada. Todos terminamos en una D u otra.

En un artículo en The American Scholar explica que, cuando intentó volver a Libia, algún medio que se había mostrado muy entusiasta reclamándola como «suya» mientras estaba cautiva, de repente no mostró tanto entusiasmo con ese regreso.

Me dijeron que no iban a aceptar mis piezas. Que no querían publicarme. Así que dejé de publicar con ellos y publiqué con otros.

¿Estaban los medios más interesados en usted como historia que como periodista?

Absolutamente. Esto te enseña que las decisiones editoriales se sustentan sobre todo en el número de clics. Si buscas lo que yo escribí sobre mi detención en Libia y sobre Jim, o las noticias sobre otros periodistas que han sido capturados, verás que las fotos y los textos aparecen en las portadas de los medios. Nosotros no queremos esto. Queremos hacer nuestro trabajo, y si acabas en las noticias es porque algo malo ha ocurrido. Pero los editores quieren publicarlo porque les da muchos clics.

A las audiencias occidentales les interesa lo que les ocurre a otros occidentales; nos importa más la gente que es parecida a nosotros, así que cuando hay prisioneros, o alguien ejecutado, o se pide un rescate, se convierte en la historia más vista. De largo. Los editores se han dado cuenta, claro, y eso alimenta su cálculo económico.

¿Cree que esto también condiciona el modo en que los periodistas informan?

La gente que tiene tendencia a hacer cosas así ya lo está haciendo. Ves a todos esos blogueros flipándose: «Estoy en el Kurdistán iraquí, ¡miradme!». ¿Viste ese periodista, no recuerdo el medio, que salía en las imágenes con un AK-47 colgado del hombro? Alguien le paga, pero no hace eso porque le pagan. Lo hace porque es rematadamente estúpido.

¿Qué margen hay para un periodismo lejos del show business?

La industria del periodismo es un mundo muy difícil para contar las historias que uno quiere contar. Pero hay desarrollos interesantes en periodismo de largo formato. The Guardian ha lanzado una sección de largo formato que a menudo es muy buena. Una de las rarezas estadísticas que parece clara hoy es que de hecho se lee mucho más formato largo de lo que se pensaba. Esto podría forzar cambios en el sector. Ahora bien, con la pérdida de voces sobre el terreno las cosas son difíciles. No sabemos lo que está pasando en Siria. ¿Debería ir alguien a los lugares donde está ocurriendo todo? No lo sé. En algunas zonas del Kurdistán sirio es posible operar, si logras obtener visados del régimen. Pero en la mayoría del país no sé. Da igual qué tipo de seguro tengas, qué tipo de acuerdo con tu empresa: estás en una situación peligrosa.

Quisiera hablar brevemente de James Foley. ¿Le desagrada haberse convertido en la persona que da voz a su vida, su historia, su ejecución?

Sí. Me siento como una hagiógrafa algunas veces. Pero Jim era un tipo tan bueno que nadie tiene malas palabras para él. Por mi parte, a pesar haber escrito ya todo lo que tenía que escribir sobre él, me parece importante dar voz a lo que muchos otros sintieron cuando le ejecutaron. Me lo agradecieron. Y fue útil para mí antes que para nadie. La manera que tengo de procesar lo que he visto es escribir sobre ello. Y una vez hecho lo puedo olvidar, como si lo hubiera sacado del disco duro. Flota allí por el mundo y otros pueden leerlo y quedárselo.

La decapitación de James Foley simbolizó la aparición en los medios de algo nuevo, llamado EI. ¿Qué efectos tuvo su muerte?

Lo de Jim fue el EI anunciándose al mundo de una manera muy poderosa. Es difícil pensar qué efectos concretos pudo tener, además de pintar las cosas de manera mucho más clara si cabe: este es un lugar peligroso. El discurso que se empezó a oír en América y que dura hasta hoy es: «Si algo resulta tan peligroso, ¿no debería importarnos un comino lo que allí ocurra? ¿No podríamos dejar a esta gente a su suerte? Salgamos de este lío». Por otro lado, el miedo. Tanto en EE. UU. como en Europa, con los atentados de los últimos tiempos, cualquier cosa relacionada con el EI se convierte en la principal amenaza a la seguridad.

Si sigues la campaña norteamericana parece que el EI es nuestra principal amenaza. Y no lo es. Parece que estemos peor que nunca. Y no lo estamos. ¡Si hasta sabíamos que Bin Laden quería atentar contra las Torres Gemelas porque lo intentó dos veces antes del 11S! No es nada nuevo. La manera en que los políticos lo manipulan, cómo se convierte en miedo público, eso, eso sí diría que es nuevo. Si el vídeo de la decapitación de Jim tuvo un efecto icónico fue precisamente para ese fin: el EI se convirtió en la peor gente del mundo.

¿Son la peor gente del mundo?

No, en absoluto. No son ni siquiera la peor gente en Siria. Lo son Asad y su Gobierno. El noventa y pico por ciento de las muertes en Siria son atribuibles a Asad y a sus aliados, no al EI. De hecho, lo que el EI hace es lo más parecido en el mundo de hoy a un ataque quirúrgico. Mataron a un solo hombre, James Foley, y obtuvieron el odio de toda América. Como acontecimiento histórico es de locos.

Antes ha dicho que «de todo se vuelve a casa». Según cuenta, al volver, un día entró en un Walmart, vio un pasillo lleno de tupperwares y le embargó un sentimiento de absurdidad. ¿Podría desarrollar ese pensamiento?

La idea de la abundancia es extraordinaria. Resulta inevitable pensar en la gente que no tiene nada, esos refugiados que, por no tener, ya no tienen ni una bolsa. Abandonaron sus maletas en algún lugar del camino, quizá en la frontera turca o en la costa griega. No hay nada, todo ha desaparecido para ellos. A eso suma que todo es más o menos lo mismo: tuppers y más tuppers. Le doy muchas vueltas a este momento del tardocapitalismo. La idea de tener demasiado donde elegir y a la vez no tener en realidad nada que elegir. Y, en fin, la profunda absurdidad del tupper. Es algo tan doméstico. No tiene nada que ver con la vida y la muerte. Todo el mundo con quien he hablado que ha trabajado en zonas de conflicto tiene experiencias similares.

¿Usa papel de periódico para envolver la comida ahora, en lugar de tuppers?

¡No! ¡Uso los putos tuppers! ¡Soy una jodida americana, es mi derecho de cuna! [Carcajadas]

Cuando dice que no tenemos en realidad nada que elegir, ¿quiere decir que la libertad no existe, o que la ilusión de poder escoger nos hace menos libres?

En este caso, lo digo en el sentido más literal. La maquinaria del tardocapitalismo y su economía neoliberal se aprecian en cosas como un comentario que escuché el otro día en la radio. Hablaban de si las compañías aéreas pondrían más asientos de lujo en los aviones, y un tipo dijo: «No, lo que la gente quiere es lo más barato». Si las compañías vendieran billetes a diez dólares para volar de pie o incluso encorvados, los venderían. Llenarían un avión abarrotado de Nueva York a Tokio. Que así sea no significa que esté bien para la gente. Hay muchas fuerzas tomando decisiones por nosotros en contra de nuestros intereses. He aquí un eslogan de Bernie Sanders: «alguien se está haciendo rico, y no somos nosotros».

¿Qué ha aprendido de la guerra?

La única verdad sobre la guerra, y nunca me cansaré de repetirlo, es que, una vez has entrado, ya no hay salida. Si eres corresponsal, sí, puedes salir. Pero como país, una vez te comprometes a entrar, no puedes salir. Y como individuo, estés donde estés, especialmente si estás luchando, no puedes terminarla, no puedes irte, no puedes simplemente parar. Piensa en la decisión de Obama de salir de Irak porque ahora resulta que los norteamericanos ya han tenido suficiente. A ver si adivinas quién ha tenido suficiente también. Los malditos iraquíes. Ellos se hartaron hace tiempo. No estoy diciendo que continuar con la ocupación americana habría sido una gran idea, pero es radicalmente contrario a toda ética destruir un sistema, un orden, para luego marcharse y dejar el país a su suerte. Los EE. UU. pusieron en marcha algo de lo que los iraquíes no se pueden deshacer, les metieron en el estado de guerra, que es irresoluble, especialmente en su contexto.

¿Qué otra opción hubiera sido más ética?

¿Además de no ir, en 2003?

Sí, una vez allí.

Mira las cosas que han tenido éxito: en 2006 y 2007 conseguimos que los insurgentes suníes que luego formarían el EI no nos atacaran y no atacaran instalaciones gubernamentales. ¿Cómo? Dándoles dinero. ¿Es una buena solución? No. Pero no estoy segura de encontrar algo mejor, honestamente. Algo que siempre he dicho sobre ser periodista: mi trabajo es registrar lo que ocurre, no decir lo que debería pasar. Ahora bien, todo el mundo que tenía cerebro en 2003 sabía que sería un desastre. Lo que no se sabía es que sería este desastre absoluto.

Su respuesta sobre lo aprendido en la guerra es muy sistémica. ¿Qué hay de lo que ha aprendido sobre nuestra naturaleza?

Siguiendo mi primera observación, hay un momento en que cruzas ciertas fronteras —no digo ideológicas, sino personales— y ya no puedes volver atrás. Tus vecinos se vuelven tus enemigos. Una vez has cruzado esa línea no hay manera de volver atrás.

Ha sido testigo del surgimiento y la caída de las llamadas Primaveras Árabes. ¿Ve razones comunes a los distintos países que expliquen tanto el surgimiento como la caída?

Por supuesto. Fundamentalmente, lo que hubo es un montón de gente en contra de dictadores autoritarios. Algunos de los insurgentes eran islamistas, otros seculares; algunos militares, otros civiles; e incluso hubo indiferentes que se dejaron llevar por el estado de ánimo reinante. Solo les unía la oposición al dictador. Cuando derrocaron a esos Gobiernos y llegó el momento de construir un nuevo régimen, no existía un camino claro por el que avanzar. En parte, porque en estos países no hay una tradición fuerte de política de oposición; la oposición está toda en la cárcel. Los islamistas, en cambio, sí tenían una muy buena estructura y una base fuerte. En Egipto especialmente, los Hermanos Musulmanes es una organización con ochenta años de historia, con mucha fuerza e influencia en comunidades por todo el país, con dinero y poder.

A la falta de cohesión dentro de las fuerzas de oposición y a la preeminencia de los islamistas hay que sumarle cosas como… los EE. UU. Por ejemplo: hubo una revuelta en Baréin. Mis estudiantes me decían: «¿Cómo que hubo una revuelta en Baréin? Nunca hemos oído hablar de ella». Hay muy buenas razones para ello. Los saudíes la reprimieron con nuestra tácita —ni siquiera tácita— aprobación porque Baréin es donde tenemos la 5.ª Flota de la US Navy y debemos mantener la estabilidad. Cuando ves cosas así te preguntas cuál es el poder real de la gente en la calle contra una maquinaria tan increíble.

Por otro lado, tampoco hay fuerza suficiente para imponer la estabilidad. En países como Irak, Libia, o incluso donde hay un ejército profesional y bien organizado, como el ejército sirio, a las fuerzas armadas no les ha ido nada bien. En Siria deberían haber ganado hace mucho tiempo. Que no lo consigan y hayan tenido que traerse a los rusos y a los iraníes —quienes, por supuesto, están encantados de participar en el jaleo— demuestra qué débiles eran desde el principio esos sistemas. Pero son lo suficientemente fuertes para mantener vivo el caos.

Es muy crítica con el papel de los EE. UU. ¿Se siente culpable?

Siempre siento que me estoy disculpando. Cuando hablo con iraquíes, por ejemplo, siempre les digo que estuve en contra de esa guerra, que me manifesté contra esa guerra, que pensaba que era una idea horrible y que no creo que lo que ahora vemos, la total apoteosis de esa guerra, la aparición del EI, sea más horrible que la guerra misma. Por este motivo siento la necesidad de estar allí y escuchar a la gente, especialmente como norteamericana. La gente de Oriente Medio está muy acostumbrada a ver a norteamericanos entrando en tromba en su país para perpetrar asesinatos encubiertos o prestar apoyo a dictadores, o directamente marchando para ocuparlo militarmente. Así que siento que lo mejor que puedo hacer es simplemente hablar con alguien, como individuo, para que tengan una idea de quién soy, como persona, como estadounidense que está en desacuerdo con su Gobierno. En cierto sentido, en un sentido profundo, sí me siento responsable. Es un desastre. Tanto de lo que hemos hecho es un desastre.

La explicación clásica para el Oriente Medio es: secularistas vs. islamistas. Los secularistas son autoritarios, apoyados por el ejército y por los poderes occidentales. Y los islamistas tienen poder electoral, ganan a menudo si hay elecciones, y cuando lo hacen son sectarios e intolerantes. Las Primaveras Árabes fueron leídas como la esperanza de una tercera opción, quizás como nuestras revoluciones liberales del siglo xix. ¿Existía esa posibilidad? ¿Existe todavía la posibilidad de una tercera opción?

En Egipto hemos visto un crecimiento importante de la sociedad civil. O al menos están intentando crecer en medio de un contexto de destrucción del tejido de ONG, y bajo un Gobierno que parece ser aún más autoritario de lo que era Mubarak. Pero ves jóvenes universitarios, de mentalidad secular, esforzándose por algún tipo de progreso político. Las organizaciones de la sociedad civil se dedican a reunirse con otros egipcios y les enseñan qué es la ciudadanía, qué es una Constitución, qué significa la democracia. Estas cosas son esperanzadoras a nivel micro. En el contexto general, la descripción que has hecho es todavía muy precisa.

En Egipto precisamente, en 2013, el militar Abdelfatah al Sisi echó al islamista Morsi, después de que Morsi y los islamistas ganaran las elecciones posteriores a la defenestración de Mubarak. La Primavera Árabe vino y fracasó, y hoy el Gobierno es más represivo incluso que el de Mubarak. Usted vivió en El Cairo en 2014. ¿Va a continuar todo igual?

Por lo que sé, la oposición está callada, reagrupándose. Saldrán a la calle otra vez. Hay una gran tradición de protesta callejera en Egipto, mucho más que en otros países. Lo más desastroso de 2013 fue que el ejército consiguió que el ala popular de los jóvenes educados y seculares aceptara la idea de que el ejército tenía como prioridad el bienestar de Egipto. Así que formaron una alianza contra Morsi y sus seguidores. Dije esto desde el principio, cuando echaron a Mubarak: no puedes tener al ejército, que es la única institución fuerte del país, diciendo que representa la voluntad del pueblo. Ante esto debes ser suspicaz. El ejército no tiene voluntad. Es simplemente un brazo armado. ¿Quién lo dirige? Hoy el Gobierno es más duro que nunca reprimiendo a la oposición. Las sentencias por violar leyes antiprotesta son tremendamente estrictas. Si tres personas se reúnen, quizás están protestando: esa es una ofensa punible con cárcel.

¿Podemos establecer un contraste entre el modo más sectario de comportarse de Morsi en Egipto, que llevó al restablecimiento del autoritarismo, y el caso de Túnez, con la democratización del partido Ennahda y el liderazgo moderado de Ghanuchi, donde el escenario pos Primavera Árabe es estable y exitoso en comparación?

Es evidente que lo que hizo Morsi en Egipto no funcionó. Túnez es un país con el que no estoy tan familiarizada, pero siempre se señala como el gran éxito de la Primavera Árabe, como la excepción. Es sin duda el mejor caso. Votaron, un partido ganó y obtuvo el poder. Y lo mantiene. No hay protestas violentas. Es estable. Pero si miras al aparato de seguridad, que es, en parte, a lo que se referían las revueltas cuando decían querer el fin del régimen, verás que ese aparato de seguridad sigue intacto. Las instituciones, la policía, el ejército: todo es exactamente lo mismo. Tienen un nuevo amo. Supongo que era suficiente para ellos.

Turquía pareció la excepción durante mucho tiempo. Se nos decía que existía un equilibrio entre el secularismo controlado por el ejército, la democracia y la religión como parte de la cultura popular. Pero, ahora, Erdogan se ha revelado como un autoritario y un islamista sectario a la vez. ¿Cómo ve a Turquía?

Es muy difícil de decir. Desde el principio de la guerra de Siria han servido como base para el ejército y para el liderazgo político de la oposición. O sea, se han posicionado contra Asad y son nuestros aliados, en teoría, porque son miembros de la OTAN. Cuando iniciaron su incursión en Siria este verano entraron en conflicto directo con los kurdos, que reciben apoyo de los EE. UU. Por cierto, este choque pone de relieve la locura absoluta que yace bajo el principio «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Hay tantos enemigos y amigos entrando en contacto en esta guerra subsidiaria que resulta imposible introducir lógica alguna.

¿Guerra subsidiaria de quién?

Irán y Rusia están en un lado, mientras los saudíes y los estados del Golfo apoyan a muchos de los rebeldes, entre otros actores.  En este contexto, no puedes confiar en Erdogan. Piensa por ejemplo en cuántos académicos y profesores han terminado en la cárcel bajo sospecha de estar involucrados en ese supuesto golpe de Estado. Suena como algo que Erdogan orquestó para ser el héroe, culpar a la oposición y purgar a todo el que estaba en su contra. Si vives en Oriente Medio durante un tiempo acabas creyendo en teorías de la conspiración. Hay veinte mil profesores en la cárcel. El Gobierno emitió una orden para que los académicos turcos que trabajasen en el extranjero volvieran a casa. Cualquier estudiante o profesor turco en nuestras universidades ahora mismo debe vivir en una auténtica paranoia.

Libia. ¿Estado fallido?

Sí, claro. Se podría argumentar que nunca fue un Estado, sino una amalgama laxa de ciudades-estado alrededor del culto a la personalidad de Gadafi. Gadafi era tan impredecible y Libia tan pequeña que fue capaz de mantener a la gente a raya enfrentando a distintas partes de la sociedad contra otras. En una zona financiaba a tribus de piel más oscura, más africanos, para luchar contra los árabes. Y hacía exactamente lo contrario en otras zonas. Supo mantener a todo el mundo a punto de perder el equilibrio y, a la vez, lo suficientemente alineados con sus propios intereses dictatoriales. Nunca fue un Estado y hoy es un Estado visiblemente fallido. El Gobierno que hay ahora en el este recibió un avión lleno de billetes impresos en Rusia: son unos billetes que no puedes usar en ningún otro lugar de Libia. Esa es prácticamente la definición de Estado fallido. No pueden imponer ningún tipo de uniformidad dentro de sus propias fronteras.

Escribió una pieza para Foreign Policy en la que habla del intento del Gobierno de transición de sustituir el «Libro Verde» de Gadafi, con el que se adoctrinaba en las escuelas, por un manual que recupere la historia olvidada de Libia. ¿Ve posible la aparición de un consenso?

Lo veo muy improbable en este momento. Ni siquiera sé exactamente qué órganos están funcionando en el país, ni qué tipo de comunicación hay entre este y oeste, entre Misurata, Trípoli y Bengasi. Es muy difícil de imaginar porque la identificación con la ciudad es mucho más fuerte que la identificación nacional. Hay una variedad de identidades más fuertes que la nacional: tribus, familias, barrios. Además, mucha gente se ha ido, sobre todo jóvenes que tenían alguna esperanza en el futuro y que ya han visto que era un desastre. Prefieren formar una familia en algún lugar en paz como refugiados políticos.

El proceso que va de la tribu al Estado, ¿consiste en ampliar lealtades o se consigue a la fuerza, cuando una mayoría se impone a una minoría?

Siempre habrá minorías sobre las que se va a ejercer la imposición. Pero es necesario algún tipo de equilibrio que permita a la gente identificarse con una bandera o un líder, y decida dejar las armas y terminar la lucha. Esto no ha ocurrido en Libia, y no hay ningún signo de que vaya a suceder.

Ha contado que hubo un momento en Siria en que los periodistas dejaron de ser bienvenidos. Al principio la gente les veía como aliados. Y luego, de repente, lo contrario. ¿Qué pasó?

Ocurrió que mucha gente, incluso los periodistas sirios, se fijaba en el ejemplo de Libia. Recuerda que cuando los periodistas cubrieron la inestabilidad y la inminencia de masacres en Libia, la OTAN se movilizó y empezó a dar apoyo aéreo a los rebeldes. Esperaban lo mismo. Que los periodistas enseñarían lo mal que estaban las cosas y la OTAN intervendría muy rápido para dar apoyo y echar a Asad. Pero no ocurrió nada parecido. Ibas allí y te decían: «Os he contado la misma historia muchas veces. Soy un estudiante de Veterinaria y llevo año y medio operando a gente herida por bombardeos del Gobierno. Es la misma situación exactamente, solo que peor». Por otro lado, en cualquier guerra las cosas se van recrudeciendo, pero Siria, además, pertenece a una región que lleva mucho tiempo en conflicto, y existe una clase de criminales que han echado raíces en el caos. Sirios que fueron a Irak a luchar con la insurgencia, e iraquíes que entraron en Siria a sumarse a la guerra. En este contexto, cada vez se daban más situaciones donde te pedían el pasaporte y te preguntaban qué hacías allí. Recuerdo un amigo fotógrafo que tenía unas fotos de los rebeldes a los que cubría: estaban ejecutando a un prisionero. Te conviertes en testigo de un crimen de guerra y todo se vuelve muy delicado: ¿van a dejarte salir? A estas alturas todo el mundo sabe que nadie se hace responsable de nada en Siria, en ningún bando. Y nosotros dependíamos de esa gente para movernos con seguridad. Toda la relación se fue viciando, sin salida. Dejamos de ser bienvenidos.

En uno de sus reportajes sobre Siria, da razón de la antigua coexistencia que allí había entre chiitas, suníes, kurdos, cristianos… y de cómo esa coexistencia se ha roto. ¿Hasta qué punto esa coexistencia era real o más bien un grupo dominando a los otros?

Hay una diferencia fundamental entre la ciudad y el campo. En el campo, claramente podías decir qué pueblo era suní, o alauita, o cristiano. En la ciudad, aunque también tenías el barrio armenio, el barrio judío —sí, había un barrio judío en Damasco, totalmente vacío ahora, por supuesto—, la gente se rozaba, estaba en contacto. Son las ciudades las que han sufrido el desgarro de la guerra. Damasco es un poco más segura, pero Homs está destruida y era una ciudad considerablemente diversa. Cuando alguien huye de situaciones dramáticas va a refugiarse con quien se siente seguro, con quien tiene su misma identidad. Y, aunque es cierto que hasta cierto punto el cosmopolitismo sirio era una ficción, si te fijas en la historia de Oriente Medio, sus ciudades han sido crisoles de culturas desde el principio de los tiempos.

¿Podemos relacionar directamente el escenario actual con el momento de la descolonización, cuando británicos y franceses dibujaron las líneas de los mapas y crearon mayorías y minorías dentro de cada país?

Sí. El verdadero rol que jugaron fue favorecer a ciertos grupos sobre otros. Los franceses, por ejemplo, favorecieron a los alauitas, y eso enfureció a los suníes. Pero también es importante recordar que todas las fronteras son artificiales, en el sentido de que han sido creadas por nosotros. En EE. UU. tenemos este mito, esta fantasía de que empezamos en un océano y fuimos hasta el otro como si fuera natural hacerlo, pero en realidad eso fue el producto de una filosofía muy específica del siglo xix, el «destino manifiesto», según la cual esta tierra simplemente nos pertenece. Y lo hicieron realidad, obviamente, aniquilando a toda clase de grupos étnicos durante el proceso. Lo hicimos de una manera tan concienzuda que no existe un pequeño barrio alauita para alzarse contra nosotros. Si quieres indios, corre, ve a buscarlos a las reservas: 90 % de paro.

Autores como Shadi Hamid o Tarek Osman dicen que puede existir una forma específicamente islámica de ser democrático, y que deberíamos dejar de repetir que el islam debe reformarse según nuestros parámetros.

Esta idea es interesante. Lo que podemos afirmar con cierta seguridad es que los poderes occidentales llevan interviniendo más o menos en Oriente Medio durante siglos y lo han dejado en el estado actual (no sin la colaboración de los locales, claro). Pero debes preguntarte cuánto margen han tenido para desarrollar ciertos tipos de sociedad, después de que los franceses y los británicos dividieran su imperio colonial en distintos países y pusieran a sus reyes-marioneta para controlarlos. En cierta medida, hoy siguen orquestando la función tras las bambalinas. El caso es que la mayoría de la población era agrícola y no necesariamente alfabetizada. En las capitales existía —y existe— una clase educada e influyente, muy pequeña, que tenía su destino y su fortuna atados al del dictador o la marioneta de turno o lo que sea. Cuando nos preguntamos si el islam necesita una reforma, alguien podría responder, hipotéticamente, que lo que el islam necesita es que todos los demás se callen la puta boca y les dejen tranquilos. Que hablen ellos. ¿Por qué seguimos interfiriendo y diciéndoles lo que deben hacer? Interferimos porque es lo que nosotros necesitamos. Sentirnos mejores. Sentir que no nos odian. Sentir que se están convirtiendo en algo más parecido a nosotros. Lo hacemos por nosotros, no por ellos.

La revista Foreign Affairs dedicó su tema central al futuro del ejército de los EE. UU., y se pregunta cuánto más debe crecer y si hay un tope.

Es una circunstancia profundamente extraña y genuinamente americana. Justo estaba leyendo hoy un reportaje sobre suicidios en el ejército de los EE. UU. y sobre el caos y la disfunción de los hospitales de veteranos. Muchos de los veteranos no están recibiendo el tratamiento que necesitan y, mientras, el presupuesto de Defensa es como el PIB de África —África, un continente—. Es incomprensible. Norteamérica es incomprensible, como idea. O se vuelve incomprensible cuando ves cosas así ante tus ojos. No sé si alguna vez has estado en un hospital de veteranos, pero es la cosa más sórdida y jodida que hayas visto, como un lavabo en una estación de autobuses: cutre. Y, a la vez, ahí están las pegatinas amarillas de las furgonetas: «Apoyamos a nuestras tropas». Mira, no. No las apoyamos. En absoluto.

Uno pensaría que en un país donde el ejército es tan importante, el sistema garantizaría una buena vida para los veteranos, para incentivar el enrolamiento.

Es difícil saber por qué la gente sigue alistándose. Algunos creen que es su mejor opción para prosperar. También hay quien vive de la idea de que a los hombres les gusta ir a la guerra: eso siempre ha estado ahí. Es abominable. Incomprensible.

Estas son unas elecciones presidenciales muy centradas en Oriente Medio. En primer lugar, por la insistencia de Trump en poner el mundo musulmán bajo el foco…

Sí, y por no permitir la entrada a musulmanes, o realizarles test ideológicos antes de entrar.

… pero también por Clinton, que fue secretaria de Estado durante los acontecimientos de los que hemos hablado, y que es conocida por ser una «halcona» del ala dura en política exterior. ¿Qué valoración haces de ambos?

Si quieres ser de la línea dura, volviendo a lo que te decía antes —que una vez has empezado una guerra ya no puedes volver atrás—, creo que tienes que comprometerte. Estos halcones hablan ahora de enviar apoyo aéreo y prometen no poner soldados sobre el terreno, pero si quieres tener un efecto real en los acontecimientos, probablemente tengas que mandar tropas. O te olvidas o intervienes del todo. Pero ordenar un par de bombardeos no es una manera de darle la vuelta a la situación. Puedes matar a unos cuantos líderes del EI, y, de hecho, según las estadísticas, parece que han matado a diez mil combatientes, lo que es muy significativo teniendo en cuenta que tampoco es que haya tantos. Pero, de nuevo, con esto no consigues nada si se trata de controlar el territorio. En cambio, ahí tienes al ejército iraquí, al que hemos intentado entrenar durante años sin éxito, no sé si porque estuvo mal planeado o mal ejecutado o qué. Cuando te comprometes a usar la fuerza debes comprometerte al peor escenario posible. ¿Hay alguien dispuesto a ese compromiso? No. ¿Sería positivo para los afectados en cuestión? Me cuesta mucho imaginar qué podría ser peor en Siria ahora mismo. Y, sin embargo, sigue empeorando.

El Gobierno norteamericano, Obama en particular, quizás contra la opinión de Clinton, tomó la decisión de no intervenir en Siria. Fue una novedad, considerando lo que había ocurrido en Afganistán, Irak y hasta Libia.

No te olvides de que dijeron «esto es una línea roja, si Asad la cruza, intervendremos». Esa línea se cruzó y no pasó nada.

¿Cree que su no intervención está también en la raíz de lo que ha ocurrido en Siria?

Exacto, eso mismo dice Hamid en muchos de sus textos: no hacer nada es también hacer algo. En este caso, por ejemplo, envalentonar a Rusia e Irán. ¿Cuál es el uso apropiado de la fuerza? Ojalá lo supiera. Es fácil para mí decir cuán desastroso ha sido todo a toro pasado, y trato de pensar cómo mejorarlo. Pero no tengo ninguna idea clara. Si hubiéramos bombardeado a Asad en 2013 por cruzar las líneas rojas, creo —creo— que probablemente —probablemente— hubiera ido mejor. Dios, no lo sé. ¿Sería más estable o menos estable? En cualquier caso, el gran desastre es haber permitido que Rusia e Irán se hicieran más fuertes. Habida cuenta de que estamos ante una guerra subsidiaria, solo se va a solucionar militarmente sobre el terreno o con diplomacia. Pero si renuncias a presionar militarmente, no obtienes nada por la vía diplomática. Si ni siquiera consigues que dejen de bombardear durante un alto el fuego —nada más básico— significa que no tienes ningún poder. Y esto podría tener su origen en aquella renuncia a intervenir una vez se cruzaron nuestras «líneas rojas». En cambio, Obama ha lanzado ataques contra objetivos concretos del régimen; ¿qué efecto sustancial ha tenido? Es solo otra pluma en el sombrero de los antiimperialistas. «Oh, América está en todos lados, ¡largaos, largaos!». Tiene que haber una respuesta mejor. Tiene que existir.

En estas primarias hemos visto la aparición de Bernie Sanders. ¿Es esta nueva izquierda también el resultado de la última década de guerras y de la manera en que los EE. UU. quieren verse a sí mismos en la arena internacional?

Me encanta todo lo que Bernie ha dicho sobre política interior. No concibo ningún modo de costear todo lo que propone, pero me gusta. Ahora bien, sus ideas en política exterior son inexistentes. Esta no es manera de funcionar para un país como el nuestro.

Trump. ¿Cómo explicamos su éxito?

El problema con Donald Trump… no sé por dónde empezar. Supongo que de eso se trata exactamente. Cualquier cosa que digas sobre él en última instancia le fortalece. El hecho de que yo esté hablando de él ahora mismo le da más fuerza. Incluso siento que no debería. Cuando veo artículos sobre él en internet, no quiero clicarlos. No quiero dar razones a los editores para continuar produciendo ese material. Trump habla al mínimo común denominador de la gente. A sus seguidores les encanta que no le guste ser políticamente correcto y que no le guste cuando los demás son políticamente correctos. Son un grupo de gente acostumbrada a tener el control, y no les gusta, por ejemplo, tener que tratar a las mujeres con respeto y no con el sexismo de 1950. Les molesta tener que hablar con respeto a los que son distintos. Les cabrea. No es algo que me cause simpatía, por supuesto.

¿Y su política exterior?

En lo tocante a Oriente Medio, Donald Trump es el mejor reclutador para el EI que existe. Pone en el centro la idea de que América odia a los musulmanes y que te van a tratar como un terrorista, lo seas o no. Es más fácil imaginar o cometer actos de violencia contra alguien como Trump. Es un desastre.

¿Qué debemos hacer los periodistas con alguien así? ¿Cómo le cubrimos? Ha habido mucha polémica porque se acusa a los medios de no comprobar con suficiente precisión sus afirmaciones y no denunciar con más intensidad sus mentiras. Pero no es cierto. La razón para comprobar si un político dice la verdad es avergonzarle si no lo hace. Pero para avergonzarle, a él y a sus seguidores les tiene que importar la verdad. Y no es el caso. Así que no funciona. Si el periodismo no sirve para decir que un hecho es o no es verdad, ¿para qué sirve?

¿La cuestión no es más bien que los medios que le contradicen no tienen ninguna credibilidad para el votante de Trump?

Cierto. Y se dice mucho también que no existe eso que llamamos la verdad. Popular Mechanics que es, obviamente, una revista científica, desactivó su sección de comentarios después de hacer un estudio que demostró que había gente que entraba en la sección con una comprensión firme de ciertos conceptos científicos y, después de participar en los comentarios, terminaban con una comprensión menos firme de conocimientos que eran correctos. Concluyeron que la sección de comentarios volvía más tontos a sus lectores. Existe una desconfianza hacia los hechos mismos. Todo les parece un invento, probablemente de alguien en Nueva York con algún tipo de propósito político.

Antes me ha dicho que está trabajando en el seguimiento de los refugiados sirios en Vermont. ¿En qué consiste el proyecto?

Hay un plan, en Rutland, Vermont, para reubicar a cien refugiados sirios. El acalde desarrolló el plan con el director del programa de acogida de refugiados del estado de Vermont, que es uno de los nueve centros neurálgicos de reasentamiento de refugiados en el país. Es una ciudad pequeña. Antes era una de las más grandes de Vermont, pero ahora apenas tiene dieciséis mil habitantes. En los viejos tiempos, había canteras de mármol. Ahora tiene una central de General Electric. Está en el epicentro del declive posindustrial de todo el nordeste —y de otras partes— de EE. UU. Gente que solía tener trabajos en fábricas, y ahora todo es una mierda. Adictos a los opiáceos, muchos sintecho, y ninguna oportunidad para los niños. Quien crece allí, a la que termina el instituto, bum, se pira.

Así que el alcalde decidió traer sangre fresca a la ciudad y convertirla en un lugar diverso que fuera atractivo. Habló con empresarios locales, las agencias estatales, y, cuando anunció el plan, parte de la población reaccionó positivamente, «esto es ilusionante, queremos una comunidad más diversa, América va de esto, blablablá». Otro grupo reaccionó negativamente: «no, tenemos veteranos sin techo, los refugiados van a traer tuberculosis, van a querer aplicar la sharía, vamos a tener que construir una mezquita». Este conflicto se ha ido desarrollando a lo largo del verano. Se celebran larguísimas reuniones en el Ayuntamiento, en la biblioteca pública, con discusiones a gritos.

Entrevistarles no es fácil. Hay gente que está sinceramente preocupada por si un sirio va a violar a su hija. Se reduce todo a una asunción sobre otra cultura que se basa en el miedo.

Lo más interesante es que se trata de la batalla por el alma de América, una batalla que está sacudiendo todo el país. Es el tema de esta campaña electoral: ¿Qué tipo de gente somos? ¿Somos un atajo de xenófobos con tanto miedo como para no asumir ninguna responsabilidad en una crisis que ayudamos a crear? Incluso si no lo hubiéramos hecho, basta con mirarlo matemáticamente. Hay un grupo de personas que no tienen nada, que vienen de la guerra y el caos, y en el otro lado estamos nosotros, el país más rico del planeta, con un montón de espacio libre. Es justo, es una forma de justicia que lo compartamos, en lugar de dejar que Alemania se quede sola con su millón de refugiados.

¿Qué piensa de la reacción de Europa ante la crisis de los refugiados?

La acogida de un millón de refugiados por parte de Alemania responde a un bello sentimiento, pero está poniendo su sistema de asistencia al límite y dando argumentos a la extrema derecha en toda Europa. Eso también hay que introducirlo en la ecuación. Si miras el éxito de Trump ves que la gente se siente realmente amenazada. Este año llegarán a EE. UU. menos de ocho mil refugiados sirios, todo un éxito considerando que son muchos más que el año pasado, o si piensas en los que fallecen en el Mediterráneo. Pero sigue siendo un número de refugiados muy bajo. Mientras tanto, Alemania ha acogido a un millón, y su sistema parece estar resquebrajándose. Están sufriendo un impacto cultural, económico, ¡incluso físico! ¿Dónde metes a tanta gente? Pero deben poder ir a algún lado. Al final, ¿no está el fracaso de Occidente, de la diplomacia occidental, en la raíz del problema?


De videojuegos como herramientas de aprendizaje

Assassin’s Creed Origins. Imagen: Ubisoft.

El sol se pone entre las dunas. La ciudad de Siwa se torna azulada, se pliega ante la presencia de una luna llena que acompaña la fría brisa. La Serpiente acecha en cada rincón. La secta secreta que rige el mandato de Ptolomeo, hermano de Cleopatra, que gobernará Egipto manteniendo a su hermana, la mujer destinada a pasar la historia de la humanidad, en el exilio. El medjay, a través de cuyos ojos viviremos la historia de Assassin’s Creed Origins, tiene un solo objetivo: encontrar y decapitar a la Serpiente. Vengar a su hijo. Proteger a los inocentes. Acabar con el faraón Ptlomeo.

En el camino, el que puede ser el antiguo Egipto mejor recreado en una obra de arte.

El equipo de Ubisoft, desarrolladores del título, se han tomado su tiempo para refinar una fórmula que lleva años transportando a sus jugadores a épocas pasadas. La recreación de una época pasada a través de textos, pinturas, fotografías cuando las hay y otros referentes no es cuestión menor: si hay películas que muestran las vestimentas, las costumbres, los escenarios que conformaban la vida diaria de nuestros antepasados, el videojuego tiene de su parte el poder de la inmersión. Al pasear por el Egipto de Ptolomeo no nos limitamos a observar. Vivimos el antiguo Egipto. Caminamos por las calles de una Alejandría recreada con la pasión y el asesoramiento de expertos egiptólogos. Así lo asegura Jean Guesdon, director creativo de Assassin’s Creed Origins, que a partir de principios de 2018 contará con la actualización «Discovery Tour», enfocada por completo en el aprendizaje.

Los videojuegos siempre están en el punto de mira. Cada vez que hay un crimen cometido por un joven, cada vez que algo se descontrola, cada vez que el fracaso escolar se dispara, la sociedad mira al arte digital buscando un chivo expiatorio. Los padres y los profesores nunca tienen la culpa. La culpa es de la violencia en los videojuegos. Pero estas pequeñas piezas de entretenimiento pueden aportar algo más allá de ocio: el aprendizaje dentro del medio se está imponiendo como una herramienta más que útil para relegar, de una vez por todas, eso de «la letra con sangre entra». No es de extrañar que sea un tema que se ve con recelo; que despierta más de una sonrisa irónica. La generación de nuestros padres apenas conocieron lo que eran los videojuegos; mucho menos sus padres. Si echáramos la vista atrás, los profesores de principios de siglo quizás pusieran el grito en el cielo ante la imagen de alumnos viendo una película en el aula. Sin embargo, tenemos algún ejemplo de cómo este arte puede unir fuerzas con los profesores para elevar el aprendizaje. El modo de juego «Discovery Tour» de Assassin’s Creed Origins, pionero en esto, se trata de una recreación 3D fidedigna que ha contado con expertos en el tema, y que invita al jugador a caminar por Egipto y recibir lecciones sobre el comportamiento de la gente, la situación social y política y los procesos de construcción o las biografías de los principales personajes. Un tour por la historia de la humanidad. Una lección que ningún libro o película es capaz de igualar.

José Manuel Galán (Madrid, 1963), es egiptólogo y profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Director del Proyecto Djehuty. También ha abalado públicamente a Ubisoft en su labor didáctica con el reciente lanzamiento de la saga de videojuegos. «Los desarroladores me permitieron acceder a material del juego antes de su presentación y tengo una idea clara» nos cuenta el profesor Galán, «Lo que más me sorprendió fue la exactitud en la recreación geográfica del paisaje: el ambiente del Nilo, el delta, el contraste entre el desierto y el río. Alejandría y la biblioteca es impresionante. En época de Cleopatra mucha de la arquitectura faraónica se encuentra ya en ruinas, pues muchas veces se nos olvida que hablamos de una civilización de tres mil años; entre las pirámides de Giza y Cleopatra han pasado dos mil quinientos años. Esto se encuentra perfectamente recreado en el juego. En la excavación que yo dirijo en Luxor lo vemos de continuo. No es un videojuego común: los detalles de tipo ambiente, social y geográfico están muy cuidados. Lo que más me llama la atención es la luz: volar con el halcón es una experiencia impresionante».

Assassin’s Creed Origins. Imagen: Ubisoft.

Si la recreación más fidedigna que podemos encontrar del Egipto de los faraones está recreado en un entorno 3D, y nace del esfuerzo de varios expertos en la materia y de la mente de los creativos, la terminología nos traiciona. Quizás lo que más daño le hace al videojuego es su propio nombre. Pero, ¿quién dijo que jugar no puede ser educativo? «La fórmula educativa que funcionaba hace veinte años no sirve ahora. Yo disfrutaba mucho leyendo a Heródoto, pero es que ahora Heródoto puede ser el personaje de un videojuego que trasmite de forma oral sus enseñanzas. Y además creo que es positivo que este aprendizaje venga unido a un juego, porque ya hay museos que tienen visitas virtuales y utilizan estas tecnologías, pero si la lección viene unida a un juego de aventuras los chavales absorben conocimientos de forma subconsciente, que es lo más importante». Jean Guesdon nos habló en la presentación del juego en España sobre la atención al detalle del desarrollo: al pasear por las calles de Alejandría, podemos pararnos a ver cómo un comerciante hace pan. La forma en que amasa, los ingredientes que le vemos utilizar, han sido recreados con los conocimientos que tenemos sobre la artesanía y la gastronomía de la época. Son estos detalles, más allá de los textos que acompañan las lecciones, lo que cala en el jugador. En el alumno. La escuela, por lo menos en España, todavía parece resistirse a ver al videojuego como una herramienta de aprendizaje. Y no digamos ya los padres. El niño, y cada vez son menos los niños los que juegan a videojuegos y más los adultos, se sienta frente al videojuego sin juzgarlo. Sin pensar en si aprender algo con el videojuego sería malo. Una traición al carácter lúdico y rebelde de la industria. Él se sienta y juega y, a veces, aprende. Una chica que juegue a Assassin’s Creed Origins va a ver la magna biblioteca de Alejandría mejor de lo que ningún estudioso la ha podido ver. Un chaval que emplee sus tardes en desgranar la historia de Bayek y el origen del clan de asesinos disfrutará del delta del Nilo como pocos. ¿Son estos datos menos importantes para la educación que la memorización de fechas?

«Poco a poco se va cambiando el sistema educativo», continúa el profesor Galán. «Los chavales sí que viven en el siglo XXI y a veces a los mayores, que somos los que producimos para ellos, nos olvidamos de eso. Y una cosa no quita la otra: soy defensor de la lectura, pero también del cine y el videojuego. No te puedes quedar anclado solo en la lectura. Si quieres enganchar a los chavales al conocimiento tienes que emplear los medios que ellos conocen y usan todos los días».

Claro que este no es, ni mucho menos, el primer intento de aunar videojuegos y educación. Y en esto Ubisoft es pionera. Otra de sus producciones, Valiant Hearts, de 2014, recreaba el ambiente de trincheras de la Primera Guerra Mundial inspirado en cartas que se recuperaron durante el conflicto y en hechos totalmente reales. Un videojuego con estilo de cómic que aportaba información sobre un conflicto que se estudia en todas las escuelas, y cuyo guion usaba la realidad como punto de partida. En este caso, el juego resultaba simpático a la vista por su estilo artístico y su violencia edulcorada, pero ¿es muy diferente de los videojuegos bélicos como Battlefield o Call of Duty? Los adultos quieren proteger a sus niños, y eso es loable, pero no somos conscientes de que la violencia que impedimos que consuman con los videojuegos la consumen con películas, en la televisión, en los propios patios del recreo. Quizás la lección más importante fuera que en los conflictos bélicos las muertes no son meros número, sino personas. Que las dinastías de faraones empleaban la traición como método para hacer política; que la caída de monarquías absolutistas e imperios se lograron con la sangre del pueblo. Que la historia, en definitiva, no es un alegre cuento de hadas. Tal vez debiéramos enseñar esta lección para que la violencia sea algo real y no un atractivo misterio. En estos terrenos, cualquier declaración categórica es una tentativa de error, pero quizás los videojuegos sí que puedan ser herramientas del aprendizaje. De retrato de la historia. «En el campo de la investigación, por ejemplo, tiene un valor importante en cuanto a difusión» dice el profesor Galán. «En mi investigación estamos utilizando recreaciones en 3D y de realidad virtual para difundirlo al público. Lo que ocurre es lo mismo que cuando das clase: al tratar de hacer algo asequible a un público que no es experto en el tema, me doy cuenta de ciertas cosas, aprendo de mi propia investigación. Para esto es muy necesaria la tecnología.».

Al videojuego le traicionó su nombre. Cada vez tienen menos de «juego» y más de «herramienta». A los niños se les castiga sin videojuegos y se les obliga a leer. Luego nos extrañamos de que no tengan ganas de leer y sí de jugar con la consola. El día que las consolas invadan las aulas tal vez seamos testigos de una revolución en los sistemas educativos. Tal vez vaya siendo hora de alejarnos de aquello de «la letra con sangre entra» y abrazar nuestro siglo no solo por las comodidades que nos brinda, sino por las oportunidades que podemos aprovechar para crecer.

Assassin’s Creed Origins. Imagen: Ubisoft.


Tres lecturas sobre gatos para amantes de los mismos

Fotografía: Manuel Cacciatori (CC).

Uno encuentra en las tiendas libros sobre vidas de santos, de políticos, tanto comunistas como nazis e incluso democristianos, además de biografías de rockeros y estrellas pop de caprichosas sensibilidades, hasta hay libros sobre la vida de presentadores de la tele y nunca faltan los de futbolistas. ¿Pero libros de vidas de animales? Nada. O poca cosa. Sí que recuerdo leer de crío Lad, un perro, sobre un collie estadounidense, pero eran relatos heroicos, era casi un perro superhéroe, no el chucho torpe y adorable que solemos tener en casa. No había realismo soviético. Porque no es habitual que alguien se dedique a glosar el paso por este mundo de los bichos que nos acompañan. Sus manías, sus desvelos o los objetos absurdos que se convierten en sus juguetes favoritos. ¿Tiene más que enseñarnos Churchill con sus guerras y aforismos que un gato con su cojín favorito para tomar el sol y sus ronroneos? Permítanme que lo dude.

Es por esto que desde el año pasado hemos recibido con sorpresa la agradable presencia en las librerías de Lo que aprendemos de los gatos, de Paloma Díaz-Mas (Anagrama, 2014). Es un libro que cuenta la vida de sus compañeros peludos, sin más, que no es poco. La de la desgraciadamente fallecida Tris-Tras y las de los dos que vinieron después, Tris y Tras. Y es emocionante, porque cualquier persona que tenga el privilegio de vivir con gatos reconocerá en cada línea a sus amigos y, también, porque comienza recordando los últimos minutos de vida de Tris-Tras en el veterinario y se te nubla la vista cuando lo lees. Pero lo que prima de la obra es lo mucho que pueden alegrarte la vida estos bichos, cómo te lo dan todo pidiendo prácticamente nada a cambio. «Y ahora cuando volvemos a casa después de un día de trabajo, los dos, Tris y Tras, acuden a recibirnos tan pronto como oyen el ruido de la llave en la cerradura; llegan con un trotecillo alegre y, cariñosos, pasan alternativamente sus lomos (blanco y negro, negro y blanco) por nuestras piernas, nos exigen caricias a grandes voces felinas y se desploman en el suelo mostrándonos sus tripillas de seda para que las rasquemos suavemente».

Yo entré en el mundo gatuno por casualidad. Me encontré uno de pocos meses en la calle hecho un cristo, me lo subí a casa, puse en Google «gato» y ahí empezó todo. Una aventura que ha durado siete años y que ya me empieza a dar dolor de tripa cuando pienso que me quedan entre otros siete u otros diez como mucho. O algo peor, como se pregunta Paloma en su libro: ¿quién cuidará de ellos cuando nosotros ya no estemos? Eso sí que me da pánico. Si ocurriera una desgracia ¿en manos de quién quedarían? ¿Será capaz quienquiera que sea de entenderlos, de saber tratarlos como son, como merecen?

Tengo dos. Al preguntarle al Google las instrucciones de los gatos me contestó que lo mejor que puedes hacer cuando coges un gato es coger otro más inmediatamente. A través de SOS Felinos adopté a uno que habían tirado al contenedor en una bolsa de basura con todos sus hermanos recién nacidos. Cuando los vi en el veterinario, cuatro gatos pelirrojos de pocos meses, estuve a punto de cogerlos todos. Pero de dar ese paso a comprarme una escopeta y sentarme en una mecedora en la puerta de casa había muy pocos meses.

Y con dos la vida ya es suficientemente maravillosa. Como cuenta Paloma, que su Tris y su Tras tienen relaciones sexuales aunque estén castrados; relaciones que suelen acabar con la gata cabreada y arañando «mientras el macho enardecido busca un desquicio para intentar montarla».

Foto: raider of gin (CC)
Fotografía: raider of gin (CC)

En mi caso, como nunca supe la edad de los míos porque venían de la rúe, y uno de ellos desnutrido y pequeño, los castré tarde y ahora tienen también relaciones sexuales. Dicen que cuando se les castra fuera de plazo les quedan instintos sexuales. Lo simpático es que son dos machos, de modo que todos aquellos teóricos de que la homosexualidad no existe en el mundo animal podrían revisar sus teorías en mi casa: aquí tenemos enculadas todas las tardes a la hora de la siesta. Es muy evocador estar viendo la rueda de prensa del Consejo de Ministros de los viernes y que en el mueble de la tele se produzca una brutal percusión anal. Y ya que hablamos de culos, diré que este fragmento del libro me extrañó: «estira las patas traseras y levanta el rabo, muestra con naturalidad un ano sonrosado y limpio como una flor».

Los míos no siempre lo llevan sucio, pero cada vez que levantan el rabo les veo alguna pelotilla. Tarzanitos en el argot colegial. Y eso que se lo limpian constantemente, incluso el uno al otro. Pero no podría afirmar eso de «como una flor» precisamente.

Por otro lado, la autora dice que también sufre cuando intenta leer y se le suben encima del libro. A mí se me han llegado a poner encima, sentados, de minúsculas libretas. A veces hasta de los pósit. Cuenta ella que se debe a que las hojas están tibias «por el calor que irradia la lámpara con la que iluminamos la lectura y esa leve tibieza es enseguida detectada por el gato, que va a aposentarse ahí». Yo había leído anteriormente que era por celos, que les molestaba que se prestase tanta atención a esa cosa y no a ellos. Sea como fuere, recomiendo la lectura de un periódico formato sábana, el New York Times por ejemplo, delante de un gato ocioso. Ya verás qué risa.

También señala la obra que los gatos te marcan a ti, que te etiquetan como suyos. Lo mismo que hace Sheldon Cooper con todas sus pertenencias. Con esto hay varios episodios de locura. Cuando friegas la cocina o los baños, por ejemplo, se revuelcan y frotan contra el suelo porque huele a lejía, se ponen a dejar su olor en las baldosas con tal histeria que parecen aquellos jugadores del Real Madrid de infausto recuerdo haciendo la cucaracha. O cuando alguien ha pisado algo en la calle y entra en casa, algo marcado por otro gato se entiende, o meado, y deja su huella en el salón, se empeñan en borrarlo con el lomo y el cogote como Kárate Kid encerando en fase maestro. Es digno de ver.

Imagen: Anagrama.

En otro párrafo dice Paloma y no miente que «establecer una hora para juegos es un contrato de por vida». En realidad, hay muchos contratos de por vida que escribes con ellos sin darte cuenta que te esclavizan hasta la extenuación. Los peores son los relacionados con la comida. Desayunar jamón de york a diario supone una juerga en mi casa de maullidos lastimeros, saltos y arañazos a las nueve de la mañana todos los días del año sin excepción que el menos pensado el Gobierno les aplica la ley mordaza y se los lleva presos. También es una rutina infernal como se te ocurra peinarlos con frecuencia. Acercar la mano al cajón donde está su cepillito supone arquear el lomo y maullar agudo alrededor de tus pies como pegajosos pedigüeños. En el libro, sobre esto de cepillarles, Paloma nos trae un curioso refrán catalán y reflexiona sobre su significado: «”qui no té feina, el gat pentina”. Quien no tiene nada que hacer, peina al gato. También podría decirse lo contrario: quien peina al gato, si lo hace como es debido, con la concentración necesaria, suspende durante un rato sus faenas, sus azacanadas tareas, y se concentra brevemente en el mero hecho de vivir».

Porque esta obra sobre lo que más profundiza es sobre su vida de reyezuelos. Dice que no son niños ni bebés, sino adultos capaces de valerse por sí mismos en la calle. Y que domesticados se dedican muy felizmente a tocarse la bolsa testicular día y noche. A enseñarnos a vivir, sencillamente, a nosotros que solemos estar agobiados y preocupados por muchas gilipolleces. A ellos, con sus pequeños placeres, con su compañero de ocio si están acompañados, disfrutando cada día como si fuera el último de los rayos del sol sobre el lomito o achucharrados en pleno sofá, nos les vengas a hablar de espurios quebraderos de cabeza de la vida moderna.

En este aspecto se ve de qué pasta está hecha esta escritora. Es de las que pasa calor, se arriesga a la escoliosis y a la luxación inverosímil porque alguno de sus gatos ha decidido ocupar la mayor parte del sillón. Ya hubo un grupo de Facebook en su día sobre problemas en la columna vertebral por no ser capaces de despertar al gato para que no ocupe tres cuartas partes de la cama en la que estás durmiendo. Dos personas adultas en medio metro aplastadas mientras un gato se estira con su carita dormidita en metro y medio, eso, más que ningún otro detalle, indica la devoción que se puede sentir por estos bichos. Peor que los indios con las vacas.

Dicho lo cual, sobre su carácter sagrado, me viene a la mente otra lectura. Es de las primeras a las que eché mano para ver qué había metido en casa. Se trata del clásico Observe a su gato de Desmond Morris, un libro divulgativo que cuenta todo lo que uno necesite conocer sobre los mininos. Como todo el mundo sabrá, cuando el ser humano dejó la vida nómada y empezó a poner sembrados, el gato, que hasta ese momento le pasaba inadvertido, le fue muy útil para acabar con los roedores, pájaros y demás que se comían las cosechas. Hasta el punto, cuenta Morris, de que en Egipto el gato cuando moría era embalsamado ceremoniosamente, su cuerpo «se liaba con envolturas de diferentes colores y se cubría su cara con una máscara de madera». Eso es amor.

Luego sigue con que en esa admirable civilización los gatos tenían sus propios cementerios donde había enterrados millones. Y tenían su propia diosa, Bastet, que significaba «habitante de Bast» (la ciudad en la que estaba el templo más importante para rendirle culto a los gatos, donde cada primavera acudían hasta medio millón de peregrinos). Posiblemente, cita, eran los festivales religiosos más populares de Egipto «que incluían salvajes celebraciones orgiásticas y bacanales rituales» (seguro que ese insulto despreciable de «la loca de los gatos» que suelen soltar ustedes por esa bocaza en Egipto tendría otras connotaciones menos peyorativas ¿verdad, machotes?).

Pues bien, está uno leyendo todos los detalles de las sanas costumbres de los egipcios con los gatos, todas las estatuas de bronce que les dedicaron, y todo es sonreír bobaliconamente hasta que aparecen los ingleses en el siglo XIX. Iban en busca de los cementerios para saquearlos. Sí, al margen de riquezas y tesoros arqueológicos de todo tipo, los británicos se llevaban también las momias de los gatos para emplearlas como de fertilizantes. «Todo cuanto sobrevivió de este episodio fue un único cráneo de gato que se encuentra en el Museo Británico». Hijos de puta.

Imagen: Crown Publishing.

Ojalá les cayeran encima todo el peso de la ley egipcia, porque según cuenta Morris era impenitente con los delitos relacionados con gatos. Lo normal esa que hubieran exigido trescientas mil muertes por semejante sacrilegio, dice. «En cierta ocasión descuartizaron a un soldado romano, miembro a miembro, por haber herido a un gato». Tenían hasta prohibida la exportación de felinos. Eran sacados ilegalmente del país por los fenicios para venderlos como mascotas en los hogares de las clases altas del Mediterráneo. Luego en Europa cogieron fama de controladores de la peste por perseguir a los roedores y se extendieron rápidamente por el continente. Tanto fue así que en Britania, donde los romanos habían introducido al animal, está documentado que también había castigos para quien hiciera daño a un gato, confiscaciones de grano o de animales, como una oveja o un cordero, que no era poco entonces.

Al final todo se vino abajo con la aparición de Santa Madre Iglesia, como tantas otras cosas buenas. Fueron proclamados, explica, «criaturas diabólicos, agentes de Satanás y familiares de las brujas y se urgió a los cristianos de todas partes a que les infligiesen tanto dolor y sufrimiento como les fuese posible (…) Los gatos fueron quemados vivos en los días festivos. Centenares de millares de gatos fueron desollados, crucificados, muertos a palos, asados o arrojados desde lo alto de las torres de las iglesias a petición de los sacerdotes, como parte de una terrible purga contra los supuestos enemigos de Cristo». Precioso.

Se supone que esta época quedó atrás, si no fuera por algunos desalmados de los que desgraciadamente llegan noticias periódicamente, y que de ella solo prevalece la superstición de que los gatos negros traen mala suerte. Lo cierto es que sí que hemos pasado de esas costumbres a compartir fotos y ver vídeos de gatitos en YouTube más felices que unas castañuelas. Aunque nunca se sabe qué nos traerá el futuro. Hace un par de años un estudio de Nature advertía de que los gatos son la principal amenaza para la vida silvestre. En Estados Unidos son responsables de la muerte de entre mil cuatrocientos y tres mil setecientos millones de aves y entre sesi mil novecientos y veinte mil setecientos millones de mamíferos cada año. Se supone que ya se han llevado por delante treinta y tres especies que se han extinguido por su culpa. Un 15 % de todas las aves estadounidenses mueren a zarpas de alguno de los ochenta y cuatro millones de gatos que hay en ese país. Uno de los motivos es que el gato es el único animal que caza cuando no tiene hambre. Y lo que es peor, si no hay gazuza, se dedica a jugar-torturar a sus presas durante horas, dejando que mueran de mala manera, porque lo que quieren es echar el rato, o aprender o perfeccionar sus técnicas de caza. Sea como fuere son muy cabrones. Pero afortunadamente, Bruce Kornreich, veterinario de la Universidad Cornell, advirtió de que acabar con los gatos callejeros y asilvestrados para conservar la fauna, como ya se intentó hacer en Nueva Zelanda, podría ser contraproducente porque los gatos sirven para controlar la población de otras especies que podrían ser todavía más perjudiciales para el resto de animales, citó El País en un reportaje.

En otro fragmento interesante de Observe a su gato Morris explica que el bufido de los gatos es una «mímica protectora», es decir, que imitan a las serpientes, un bicho al que respetan todos los depredadores. Si esto es así, yo no lo sé. Ahora bien, he visto muchos tipos de maullidos de gato. El mío, por ejemplo, maúlla como un loro. Reproduce los sonidos propios de esos pájaros de color verde. O, en su defecto, R2D2. Si ese robot fuera un loro maullaría como mi gato, para expresarlo correctamente. Y el otro que tengo a veces parece un grajo. Aunque ambos, en cuanto abro un sobre de jamón cocido, lo que expresan son genuinas saetas al Cristo de los gitanitos buenos. Solo les falta llevarse una patita al pecho y levantar la otra. También recuerdo a un gato que balaba como una verdadera oveja. Y tengo un amigo que su gato es mudo. En fin, que las posibilidades parecen infinitas. Esta misma tarde, un par de horas antes de escribir estas líneas, le he bajado comida a una de la calle y se me acercaba maullando melancólica como Gollum en la intimidad de sus rocas de alta montaña.

Y no se puede dejar sin citar de este libro las particularidades del pene del gato. A diferencia de otros falos del reino animal, muchos suaves e incluso aterciopelados si te echas Neutrogena cada día y te acuestas con el miembro envuelto en rodajas de pepino, los gatos tienen uno de los nacles más ásperos de la naturaleza. Vistos al microscopio, se puede ver que están cubiertos de espinas «cortas y aguzadas, todas apuntando hacia un lado». De modo que el pene se introduce con facilidad, pero al retirarlo «raspa brutalmente» las paredes de la vagina de la hembra, lo que a ella le causa «espasmo y cierto dolor». No contentos con ser unos torturadores implacables del resto de especies, cuando tienen relaciones sexuales si no hay dolores insoportables es que no hay sexo. Son como camioneros con el taquímetro fundido aparcando en un club de carretera comarcal. Nuestros pequeños peluchonis tienen las costumbres de los soldados de Gengis Khan, hay que admitirlo, pero si tú te encuentras a un jinete mongol echando la siesta al solillo, o al camionero que ha causado estragos en el puticlub, nunca le darías besitos en la tripita ni le acariciarías detrás de la orejilla. Hete ahí la diferencia. Y los porqués ¿a quién le importan?

Imagen: Kodansha.

Por último, reseñaré una tercera lectura sobre gatos, tal vez la mejor: El dulce hogar de Chi. Cómic japonés de Konami Kanata sobre la vida diaria de un gato que ha sido adoptado por una familia. Una verdadera joya. Y cotizada. Uno de los momentos más lamentables de mi vida fue pelearme con un señor de sesenta años en una librería por el último ejemplar del volumen 6 de la colección. Ahora van por el nueve. Tengan cuidado ahí fuera. Sobre todo porque cuestan más de once euros.

Chi es una gatita callejera recién nacida que va con su madre y hermanitos de paseo. Se entretiene mirando una mariposa y para cuando vuelve a bajar la cabeza, ha perdido a la comitiva familiar. Los busca, maúlla en plan saeta, da vueltas, pero no los encuentra. Desesperada, se oculta entre la hierba para morir exhausta, cuando de repente aparece un chaval y se la encuentra. Con muy buen criterio, el niño se la lleva a casa y ahí empieza este maravilloso culebrón.

Para empezar, «Chi» significa «pipí» en japonés. Resulta que a la gatita la ponen un cajón con papel de periódico en lugar de con arena y prefiere mearse en el cesto de la ropa sucia. Recuerdo yo que una vez se me quedó el gato encerrado en el baño —él mismo se encierra sin querer colgándose de las toallas que penden en la puerta— y se pasó más de un día ahí, yo no estaba. Fue horrible cuando le abrí al llegar, pero me resultó enternecedor que se cagó en mitad del baño y tapó la plastita con la toalla del bidet, como quien cubre un cadáver con suma delicadeza.

Hay momentos tan reales en este cómic. No es de extrañar que Kanata se inspirara para dibujarlo en un gato que ella misma había adoptado. En un momento dado, le compran a Chi un montón de juguetes especiales para felinos y ella se lanza como loca a por la bolsa de plástico pasando de los regalos, que habrían costado un pastizal, porque nos sablean bien con estas cosas. Y otra experiencia común es su primera vez en el veterinario. Ahí lo primero que les hacen en su primera visita es sodomizarlos para medirles la temperatura. Ellos te miran con los ojos grandes: ¿pero por qué? Por eso también pasa Chi. Aunque viene a ser como una venganza anticipada por lo que tendrán que pasar luego sus dueños, como que se afile las uñas en el sofá. Hay múltiples inventos, rascadores, esprays de feromonas que donde se echa se supone que ya no rasca, pero no suelen funcionar. Ellos, o su esquina del sillón para destruirla, o nada. Esperemos que Kim Kardashian presuma en su reality de sofá con una esquina deshilachada completamente destruida para que la cosa al menos sea trendy y nuestros hogares no parezcan pisos francos para la venta de crack.

Quizá el capítulo que mejor resuma lo que es la vida alrededor de felinos sea una del volumen 6, «Chi lo tira todo». Creo que no tienen un instinto más desarrollado que ese, el de arrojar objetos al vacío. Lo hacen con la patita, despacio, recreándose. Y luego lo miran desde arriba, como pensando: «pues sí, se ha caído… voy a hacerlo otra vez». Habrá quien piense que Chi es una lectura para niños. De hecho lo es. Y envían fotos de sus gatos para que las publiquen en las últimas páginas de cada entrega. Pero esta no es más que otra faceta maravillosa de los mininos: permitir que vuelva a ser niño quien alguna vez lo ha sido.

Fotografía: Yağmur Adam (CC).

Fotografía de portada: Josh Antonio (CC).


Los nuevos bárbaros

Un hombre tacha una ìntada de ISIS. Foto Cordon Press.
Un hombre tacha una pintada de ISIS. Foto: Cordon Press.

Las imágenes del asesinato de James Foley, uno de esos periodistas que dignifican el oficio y, según quienes le conocían, una de esas personas que dignifican la especie, son repugnantes. También asquea el jolgorio con que se difunden por la red. No creo, sin embargo, que convenga evitar su visión, porque contienen un elemento informativo relevante. Se trata del discurso del asesino, parte del cual Foley fue forzado a recitar. Ya saben, la culpa de todo es de Estados Unidos y de Occidente en general, de las agresiones imperialistas, de la arrogancia de los infieles, etcétera. Es bueno recordar lo que dicen los sociópatas del Califato y compararlo con un cierto discurso, frecuente entre la izquierda europea, en el que aparecen argumentos similares. Se trata de un discurso tan obtuso e impresentable como el del sociópata británico que decapitó a Foley.

Seamos claros: en el mundo islámico habitan los nuevos bárbaros. La gran mayoría de los musulmanes son gente pacífica y más o menos razonable, como lo eran la mayoría de las tribus bárbaras que se acumulaban junto a las fronteras del Imperio romano y se adentraban poco a poco en él, sin especiales problemas de convivencia. El colapso de Roma y del imperio de occidente no se debió a una voluntad específica de invadir y destruir por parte de esas tribus, que en cualquier caso se regían por valores incompatibles con la civilización romana (igual que ocurre ahora con el islam y los valores de libertad y representación democrática), sino a las guerras internas de los bárbaros. El empuje de nuevos grupos procedentes de Asia provocó el caos más allá del limes y ese caos se derramó sobre una Roma decadente, dispuesta a pactar lo que fuera porque se sentía incapaz de defenderse.

La situación, ahora, no es muy distinta. El islam sufre una compleja y violentísima guerra interna, cuyo eje más visible, pero no único, es el enfrentamiento entre el sunismo, tradicionalmente dominante, y el chiísmo, revitalizado desde la revolución islámica iraní de 1979. Esa fue la única revolución del siglo XX, como subrayaba el historiador Eric Hobsbawm, que no se remitió ni de lejos a los valores de la Ilustración, la razón y las libertades, sino todo lo contrario. El chiísmo ha desarrollado grupos fanáticos como los Guardianes de la Revolución en Irán o Hezbolá en Líbano; del sunismo están surgiendo aberraciones cada vez más estrambóticas, desde Al Qaeda al Estado Islámico.

Estados Unidos y sus aliados, lo que llamamos Occidente, han cometido gravísimos errores y agresiones intolerables. Por supuesto. Francia y Gran Bretaña se repartieron sin escrúpulos las ruinas del imperio otomano (1916) y sometieron de mala manera a las poblaciones locales; Washington aupó a la atroz dinastía wahabista de los Saud (1932) a cambio de explotaciones petrolíferas; la CIA acabó con Mohamed Mossadegh (1967) y destruyó las expectativas de un Irán libre; Jimmy Carter y Ronald Reagan armaron y financiaron a los muyahidines en Afganistán desde 1979; George W. Bush organizó dos invasiones, la de Afganistán (2001) y la de Irak (2003), extremadamente cruentas en lo militar y fallidas en lo político. Existen muchos más ejemplos. Pero debemos ser conscientes de que el problema musulmán viene de muy lejos y es musulmán, no occidental. El islam ha sido incapaz de confrontarse con la modernidad y en su expresión más contemporánea, la que arranca con la descolonización, ha rebotado sin cesar entre las dictaduras nacionalistas y las llamaradas hiperreligiosas. La clave está ahí.

Existen países musulmanes no estrictamente calamitosos, como Indonesia o Marruecos. El panorama global sí lo es. La llamada primavera árabe, un proceso antiautoritario rápidamente sofocado (aunque no extinguido) por las tensiones de fondo, demostró que son pocos los que reclaman libertades. Por debajo del macroconflicto histórico, la guerra entre suníes y chiíes por el dominio geoestratégico y religioso, hierven casi todos los problemas concebibles: la citada e interminable pugna entre militares e islamistas, una corrupción prodigiosa, una evidente incapacidad para alcanzar un aceptable desarrollo económico, una natalidad desbocada y, muy al fondo, el empecinamiento en mirar al pasado y no extraer de él más que recuerdos de humillaciones, reales o inventadas, que exigen venganza. La crueldad casi caricaturesca de las bandas ultrayihadistas (el gran Jon Lee Anderson las compara, en un muy recomendable artículo publicado en The New Yorker, con Los Zetas del narcotráfico mexicano) se ha convertido en un lenguaje, un mensaje y un programa político. Más allá de los degüellos, decapitaciones, crucifixiones y torturas diversas no hay nada más que ensoñaciones de un pasado remoto, frustración, estupidez y furia en estado puro.

No vale la explicación de que las sociedades violentas, como las árabes, generan violencia. Hasta una cuarta parte de los efectivos del Estado Islámico, unos dos mil o tres mil, proceden de Europa. De Londres, de Madrid, de París, de Milán, de Barcelona. De ciudades abiertas y tolerantes. Tampoco vale esgrimir la tragedia palestina: esa tragedia es real, muy real, pero los países árabes no son menos despiadados que Israel cuando se trata de los palestinos. Israel se ha convertido en una coartada cómoda para justificar un inmenso fracaso colectivo.

El hundimiento de las sociedades musulmanas es rápido y generalizado. Siria, Libia, Sudán, Irak, Egipto, son en la práctica estados fallidos, como Afganistán. Pakistán representa el peor peligro de crisis nuclear. Los países más ricos, los que disponen de tesoros fabulosos gracias al petróleo, hacen lo posible por empeorar las cosas exportando fanatismo (caso del wahabismo saudí) o financiando a los fanáticos (Catar ha sustituido a Siria como patrón de Hamás y respalda de forma encubierta a los sociópatas del Califato). La frustración acumulada por los nuevos bárbaros lleva tiempo derramándose sobre Europa y, en menor medida, sobre Estados Unidos. Es el gran problema contemporáneo y conviene encararlo con lucidez y sin gilipolleces bondadosas.

No, el responsable de los atentados del 11-M no fue Aznar por sumarse a la invasión de Irak: fueron los yihadistas. No, los estadounidenses no se buscaron los atentados del 11-S: fueron los yihadistas. Si esa minoría fanática e hiperactiva, que dura ya bastantes generaciones y acumula rabia y locura, no es derrotada y suprimida, el caos musulmán se desplomará definitivamente sobre el planeta. La tolerancia con otras culturas carece de sentido cuando hablamos de teocracias delirantes, déspotas grotescos, opresión y miseria. La represión sanguinaria de El Assad, la brutalidad de Al-Sisi, el sectarismo de los Hermanos Musulmanes, el fundamentalismo saudí, la diplomacia criminal de Catar y la locura asesina del Estado Islámico son lados distintos de una misma figura geométrica. Esta es una guerra por la civilización. El tipo de guerra que perdió Roma.


Egipto: La plaza y el laberinto

Khalid Abdalla y Ahmed Hassan en The Square. Imagen: Noujaim Films.

La plaza

Antonio Tabucchi, autor de la célebre novela Sostiene Pereira y de la menos exitosa pero tan cautivadora La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, inició su carrera literaria con un encantador y poco conocido librito, titulado Piazza d’Italia. En él, Tabucchi cuenta, con evidente influencia de Cien años de soledad de García Márquez y varias dosis de su realismo mágico, unos cien años de historia de Italia —desde los camisas rojas de Garibaldi hasta los partisanos de la Segunda Guerra Mundial— a través de las vicisitudes de una libertaria familia de insurrectos.

No pude evitar acordarme de Piazza d’Italia tras ver The Square, largometraje egipcio-estadounidense galardonado en Sundance y que compitió por el premio al mejor documental en los últimos Óscar. Más allá de que la primera es una obra literaria y de ficción y la segunda es cinematográfica y de no ficción, ambas toman como referente una plaza, ámbito de la geografía urbana que sirve de símbolo para contar la historia de todo un país. En el caso de The Square, la plaza es Tahrir y el país es Egipto, en el que no faltan, como en la Italia de Tabucchi, los insurrectos.

The square relata las protestas desde la caída de Hosni Mubarak, en febrero de 2011, hasta la de Mohamed Morsi, en julio de 2013. En total, menos de dos años y medio, frente a los cien glosados por García Márquez o Tabucchi, pero que bien podrían parecer un siglo a ojos de los egipcios a juzgar por la profundidad de los cambios que han experimentado. Precisamente por la complejidad del objeto de la película —la revolución egipcia, con su entreverado cóctel de factores sociales y políticos, causas y consecuencias encadenadas— merece un reconocimiento especial la despejada, ágil y seductora narración de The Square.

Gran parte de este triunfo se debe a la maestría de la directora, Jehane Noujaim, a la hora de manejar el material de su documental: una revolución, la egipcia, jalonada de hechos de difícil planteamiento lineal, que se desarrollan a espasmos, ahora brotando a borbotones, ahora estancados y que, cuando circulan, lo hacen en función de laberínticas circunstancias, tanto por avenidas principales como por cambios de sentido, direcciones prohibidas y callejones ciegos. Cuando los acontecimientos no han circulado ha sido porque estaban embotellados, esperando a tomar una salida, entre la muchedumbre de una plaza: la de Tahrir.

Es extraordinario cómo, partiendo de estos confusos mimbres, Noujaim se vale de conseguidas transiciones visuales, efectivos acompañamientos musicales y, sobre todo, poderosísimas imágenes para producir un cesto con sentido: un documental que narra, con soltura y claridad y en menos de dos horas, más de dos años de historia de Egipto. Y, lo que es más sorprendente, que lo hace a mismísimo pie de calle. La película transporta al espectador al centro de la plaza de Tahrir, en pleno corazón de las protestas, gracias a una impresionante cantidad de metraje conseguido en el ojo del huracán, cámara en mano y en ocasiones arriesgando la vida entre los disparos, con un coraje asombroso. Así, el público es partícipe de la camaradería revolucionaria entre los esperanzados «habitantes» del campamento de Tahrir, de sus risas, cánticos y momentos de euforia, pero también de su miedo cuando la plaza y la ciudad se convierten en campo de batalla, de la brutalidad policial, la violencia callejera y la tragedia de la muerte.

Precisamente el elemento más poderoso de The Square es cómo cuenta la revolución en primera persona, por boca de los hombres y las mujeres, la mayoría jóvenes, que se lanzaron a la calle en 2011 para reclamar el fin de la dictadura y un futuro de libertad, dignidad y justicia social en Egipto. Su compromiso y determinación, sus anhelos y frustraciones, forman la columna vertebral del documental y golpean sin remedio al espectador, contagiándolo y emocionándolo.

La película elige a tres manifestantes reales como protagonistas y conducto de la narración: Khalid, un actor y cineasta británico-egipcio, es el intelectual, el estratega político que arenga a sus compañeros a base de profundos argumentos con su piquito de oro. Magdy es un barbudo padre de familia y miembro de los Hermanos Musulmanes, por lo que fue torturado bajo el régimen de Mubarak. Y Ahmed, el que más se hace querer por la cámara, es un simpático cairota de un barrio humilde que acude a Tahrir llevado por la esperanza y el entusiasmo por cambiar su país.

Los tres protagonistas funcionan bien como una especie de alegoría de los colectivos que participaron en las protestas contra Mubarak: los más sofisticados políticamente, con unas teorías y demandas más definidas, encarnados en Khalid; aquellos movidos por su islamismo y pertenecientes a un movimiento muy organizado y jerarquizado, representados por Magdy; y los menos ideologizados y más pegados a las calles, como Ahmed.

Una de las fortalezas de la película es cómo explora la relación entre los tres protagonistas, lo que sirve como aproximación para explicar las complejas conexiones entre los grupos sociales que cada uno de ellos vienen a simbolizar. Especialmente enrevesada e interesante es la relación entre los laicos Khalid y Ahmed, por un lado, y el islamista Magdy, por otro. Al principio, los primeros se sorprenden cuando el segundo acude con otros Hermanos Musulmanes a Tahrir. Tras las reticencias iniciales, el contacto diario en la plaza les hace darse cuenta de que tienen más cosas en común de las que suponían. Sin embargo, con la llegada al poder de los islamistas, la armonía se rompe: los Hermanos Musulmanes son acusados por sus antiguos compañeros de Tahrir de pactar a escondidas con el ejército y traicionar la revolución.

Ahmed Hassan. Imagen: Noujaim Films.

Una crítica plausible a The Square es que no representa todas las opiniones de la sociedad egipcia por igual: mientras que los que protestan son personas bondadosas e idealistas, aquellos que aparecen en el documental como más partidarios del statu quo o del ejército son maliciosos o estúpidos. Si imaginamos políticamente la sociedad egipcia, de manera simplificada, como un triángulo cuyos tres vértices son los reformistas laicos, los islamistas y los conservadores pro-ejército, en el que la distancia entre ellos es variable en función de las alianzas coyunturales, el vértice de los conservadores más partidarios de la estabilidad cojea en la película.

La otra laguna de The Square es que, en su retrato de la vida en Tahrir, pasa completamente por alto el aspecto más oscuro y reprensible de las protestas: la alarmante cantidad de mujeres que fueron víctimas de agresiones sexuales, a manos de hombres que aprovecharon cobardemente las aglomeraciones para atacar a compañeras manifestantes, periodistas o transeúntes. La completa ausencia de la más mínima mención en el documental a esta odiosa plaga no puede explicarse sino por una decisión consciente de su directora, que prefirió edulcorar la imagen de las manifestaciones prescindiendo de su elemento más negativo.

Y es que The Square ni es una cinta neutral ni lo pretende: en todo momento se trata de un documental activista y militante que toma un punto de vista claramente pro revolución. Ello no empaña el hecho de que se trata de una magnífica película. La otra cara de la moneda de su falta de imparcialidad es su mensaje directo, fuerza imparable, mareante inmediatez y contagiosa pasión.

Y así lo han debido percibir también los militares que ocupan el poder en El Cairo desde el golpe de Estado que derrocó a Morsi. La exhibición de The Square ha sido bloqueada en Egipto por, según algunos analistas, su descripción crítica del papel de las fuerzas armadas en la política egipcia. Pero, ¿sale tan mal parado el ejército en la película? En algunos pasajes, sin duda. Sin embargo, al final de la cinta, las masas de manifestantes en las calles celebran con una gran algarabía la intervención de los militares para deponer al Gobierno de Morsi. A pesar de que a continuación se nos informa, con un texto en pantalla, de las víctimas mortales de la represión que vino después, el tono en el que acaba The Square desprende una cierta aprobación del golpe militar. Quizás esta aparente bipolaridad política de la película se deba a que sus autores, como tantos otros egipcios y observadores del exterior, no han podido escapar del laberinto que ha sido Egipto en los últimos años.

El laberinto

El periodista especializado en relaciones internacionales Max Fisher describió así esta cierta esquizofrenia de The Square respecto al papel de las fuerzas armadas: «los autores de la película parecieron volverse indulgentes con el ejército una vez que este dejó de apuntar sus armas hacia los activistas liberales y las dirigió contra los Hermanos Musulmanes». Y concluyó: «chirría ver a los protagonistas resistir tan vehementemente el Gobierno militar en 2011, solo para abrazarlo dos años después cuando este desaloja a Morsi».

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La directora de The Square, Jehane Noujaim. Imagen: Noujaim Films.

Ciertamente, el Gobierno de Morsi —que había sido elegido legítimamente en las urnas— dejaba mucho que desear por su incompetencia y sus tintes autoritarios. De hecho, salieron a las calles para pedir su dimisión seguramente más egipcios de los que nunca lo hicieron contra Mubarak. Sin embargo, la exaltada celebración del golpe de Estado militar —y lo que es más grave: la represión posterior— por sectores supuestamente liberales de la sociedad egipcia es una preocupante muestra de que el respeto por el adversario político y las reglas democráticas no se encuentran precisamente extendidos en Egipto.

A este respecto, el académico especializado en política egipcia Samer Shehata denunció que «utilizar medios no democráticos para deponer a un líder electo, por muy inepto que sea, subvierte la misma esencia de la democracia al contradecir su primer principio: la transferencia pacífica del poder por medio de las elecciones». Shehata explicó así la sorprendente reacción de los sectores más liberales: «Egipto tiene un dilema: su política está dominada por demócratas que no son liberales y liberales que no son demócratas.»

Por un lado, expuso Shehata, están los Hermanos Musulmanes, que no solo aceptan la competición electoral sino que se distinguen por su efectividad en ella, pero que no se comprometen con el pluralismo o el respeto a las minorías. Por otro lado, están aquellos que creen en los derechos de las minorías, las libertades personales, los derechos civiles… y las elecciones; eso sí, siempre que no las ganen los islamistas.

Reflexionar sobre este dilema es un útil paso previo para que uno pueda guiarse por el laberinto de los acontecimientos políticos egipcios. Adentrémonos en él.

En mayo y junio de 2012 —más de un año después de la caída de Mubarak, el acontecimiento de mayor significado de la Primavera Árabe con el que arranca The Square—, Egipto celebra sus primeras elecciones libres, imparciales y competitivas, esto es, auténticamente democráticas. El país más poblado del mundo árabe marca un hito histórico: con la victoria de Morsi, por primera vez un islamista accede a la jefatura del Estado de un país de la región. Tras muchos meses de inestabilidad e incertidumbre, parece que los egipcios han encontrado una salida democrática y con posibilidades de progreso al embrollo posrevolucionario. Hay algunos signos esperanzadores: por ejemplo, en octubre el presidente Morsi anuncia un perdón para todos aquellos condenados por crímenes cometidos «en apoyo de la revolución».

Sin embargo, los Hermanos Musulmanes en el poder, además de no conseguir aliviar las pésimas condiciones de vida de tantos egipcios, pronto empiezan a mostrar su cara más autoritaria. El proyecto de nueva Constitución —rechazado por amplios sectores de la población— se aprueba en noviembre de 2012 por una asamblea constituyente dominada por los islamistas. Para evitar que el poder judicial interfiriera en el trabajo de la asamblea, Morsi aprueba un decreto —anulado unas dos semanas después— arrogándose poderes prácticamente ilimitados. Empiezan así una serie de protestas lideradas por los grupos laicos, que se alargarán durante meses y se acrecentarán con más abusos del Gobierno de Morsi contra las libertades fundamentales. Su elección, que había parecido una salida para Egipto, acaba revelándose como una fatal vuelta al triste, oscuro y largo laberinto.

En abril de 2013, uno de los principales asesores legales del presidente dimite, alegando que los Hermanos Musulmanes están acaparando indebidamente el poder. Morsi es cada vez más criticado dentro y fuera de Egipto y la situación empieza a ser límite. El movimiento de base Tamarod («Rebelión») recoge —según afirman ellos mismos— 22 millones de firmas para exigir la dimisión del Gobierno. El 30 de junio de 2013, coincidiendo con el primer aniversario de la llegada al poder de los Hermanos Musulmanes, las protestas alcanzan su punto álgido: en lo que el ejército calificó como la mayor manifestación en la historia de Egipto, millones de personas salen a las calles para pedir la dimisión inmediata de Morsi.

Lo que empieza como una protesta pacífica adquiere características violentas cuando la sede de los Hermanos Musulmanes en El Cairo es atacada y como consecuencia mueren cinco miembros de la organización. Más de dos docenas de personas mueren en enfrentamientos entre partidarios y detractores del Gobierno en varios puntos del país. El 3 de julio de 2013, el comandante en jefe del ejército, mariscal Abdelfatah Al-Sisi, anuncia por televisión que Morsi —que es detenido junto con otros altos cargos del Gobierno y de los Hermanos Musulmanes— ha sido depuesto y la Constitución suspendida.

Así acaba The Square, pero desde entonces los acontecimientos en Egipto han seguido circulando por circuitos enmarañados.

Con el golpe militar, el laberinto del país se hace cada vez más estrecho y asfixiante, amenazando con acorralar a buena parte de los egipcios. El 14 de agosto, las fuerzas de seguridad desalojan por la fuerza dos campamentos de seguidores de Morsi, matando a cientos de manifestantes, la mayoría desarmados (595 según el Ministerio de Salud y 2600 según los Hermanos Musulmanes). Mueren asimismo 43 policías. La organización de derechos humanos Human Rights Watch describe la masacre como el incidente más serio de homicidios masivos (mass unlawful killings) en la historia moderna de Egipto. Como respuesta, se producen disturbios a lo largo del país en los que muchedumbres encolerizadas queman iglesias cristianas y atacan comisarías de policía. Mueren más de 40 personas.

Ahmed Hassan. Imagen: Noujaim Films.

Posteriormente, los Hermanos Musulmanes son designados como una organización «terrorista» e ilegalizados (sin que el Estado haya aportado evidencias creíbles de la involucración del grupo en actividades criminales, según Human Rights Watch). Se estima que al menos 16.000 egipcios —no solo Hermanos Musulmanes, también activistas de los grupos laicos que estuvieron en la vanguardia de las protestas que tumbaron a Mubarak, como el Movimiento 6 de Abril— han sido arrestados desde el golpe militar, muchos de ellos simplemente por el ejercicio pacífico de sus derechos. Además, 16 periodistas se encuentran en estos momentos detenidos, convirtiendo a Egipto en uno de los cinco países con más informadores encarcelados.

Las autoridades egipcias tras el golpe militar otorgaron —en palabras de Amnistía Internacional— a las fuerzas de seguridad un «mandato para la represión» que, unido al clima de enfrentamiento social y político en el país, ha dejado, solo hasta el 31 de enero de 2014, según el Carnegie Endowment for International Peace, 2528 civiles y 59 policías muertos en diferentes altercados violentos. Por otra parte, han perdido la vida en actos calificados como terroristas 150 policías, 74 soldados y 57 civiles. Más de 1200 personas han sido condenadas a muerte en dos juicios masivos carentes de garantías básicas (muchas de estas sentencias fueron conmutadas después por cadena perpetua).

No es de extrañar que Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Rights Watch, haya escrito que «por segunda vez desde la caída de Mubarak, hay un Gobierno con escasa inclinación por limitar su poder a través del respeto a los derechos fundamentales». Después de derrocar al dictador y transitar más de tres años por el laberinto, los egipcios no es que no hayan encontrado la salida hacia la libertad y la democracia. Es que básicamente han vuelto al punto de partida.

El último recoveco de este galimatías en Egipto han sido las recientes elecciones presidenciales de mayo de 2014, diseñadas para darle un barniz civil a la dictadura militar y boicoteadas por los Hermanos Musulmanes. Al-Sisi, líder del golpe como exjefe del ejército, promovido hasta el paroxismo del culto a la personalidad por los poderes económicos y mediáticos del país y con todo el aparato del Estado a su favor, se proclamó vencedor con el 97% de los votos, frente al 3% de su único rival. Sin embargo, la participación —menor a la de las elecciones de 2012 ganadas por Morsi— fue tan baja que se amplió inesperadamente un día el período de votación. Además, varios observadores independientes han señalado que las elecciones no cumplieron con los estándares democráticos internacionales.

Este remedo de elecciones es un recordatorio de que no puede haber democracia plena mientras se excluya a una parte significativa de la población. Las celebraciones callejeras que refleja el final de The Square se debieron a que muchos interpretaron el golpe de Estado del ejército como el fin del autoritarismo, representado por Morsi. Pero desde el punto de vista del respeto a la democracia, peor que la enfermedad de los Hermanos Musulmanes ha sido el remedio de los militares.

Sería imprudente dar definitivamente por muerta la revolución en Egipto, porque como hermosamente muestra The Square, un gran número de egipcios, particularmente jóvenes, se han vuelto políticamente conscientes y activos al compás de la plaza de Tahrir. Al mismo tiempo, sería ingenuo no constatar lo aciago y gris del laberinto sin aparente salida en que se encuentra el país. Como le escribía el columnista local Bilal Fadl en una carta abierta a un amigo encarcelado, activista de la revolución de 2011: «Te escribo en el último día de este funesto año 2013, en que los sueños de los egipcios por un Estado civilizado que trajera libertad, dignidad y justicia social se tornaron pesadillas. Hoy vivimos en la sombra de un régimen que es castrense en su cabeza, represivo en sus brazos y civil solo en su piel, que otorga libertad solo a aquellos que lo aplauden».

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Ramy Essam. Imagen: Noujaim Films.