La revista porno más antigua de la historia

 

Quisiera ser tu espejo para que me mirases siempre.
Quisiera ser tu ropa para que me vistieses siempre.
Quisiera ser el agua que lava tu cuerpo.
Quisiera ser el ungüento, oh mujer, con el que te untas,
y ser la cinta en torno a tus pechos, y ser las cuentas en torno a tu cuello.
Quisiera ser tus sandalias para estar donde tú pisas.
Oh mi hermosa, quisiera ser parte de tu vida, como una esposa.
Con tu mano en la mía, tu amor sería correspondido.

Fragmento de La canción de la flor, poema egipcio, circa 1500 a. C.

En 1824, el francés Jean-François Champollion, padre de la egiptología moderna, estaba preparado para publicar su obra magna, Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios, en la que hacía una increíble revelación al mundo: sabía cómo descifrar aquella lengua escrita que había permanecido como un enigma, en apariencia irresoluble, durante siglos y siglos. Aunque su principal arma fue la famosa «piedra de Rosetta», que había estudiado desde 1808, terminó de asegurar la precisión de sus hallazgos gracias a ciento setenta papiros que Bernardino Drovetti, un inescrupuloso coleccionista italiano, se había traído del expoliado país de los faraones. Champollion se adentró con una reverencia religiosa en la sala de los papiros del Museo Egipcio de Turín, a la que definió con elevados términos: «el columbario de la historia. (…) Ningún capítulo de Aristóteles o Platón es tan elocuente como esa pila de papiros». En la crónica epistolar de su éxtasis empleó una cita del poeta romano Virgilio para expresar la honda emoción que le invadió ante la visión de aquellos antiquísimos documentos: Quis talia fando temperet a lacrimis?, «¿Quién podría contener las lágrimas?».

Hubo, sin embargo, un papiro que lo dejó estupefacto y consternado. Champollion concebía las representaciones artísticas egipcias como un modelo de elegancia y espiritualidad, desprovistas de la sensualidad desbocada de obras romanas y griegas que retrataban prácticas sexuales de toda suerte. El erotismo era un tema casi ausente del arte egipcio, cuya escasa imaginería sexual giraba en torno a los antiguos mitos sobre la creación, donde la eyaculación o el coito representaban el impulso vital que pone en marcha el mundo. En el panteón egipcio, la penetración podía representar también el dominio de un dios sobre otro, en especial cuando ambos eran varones: el dios Seth violó a su sobrino Horus para imponerse a él. En un enfrentamiento, el dios sodomizado sufre la humillación última y es forzado a reconocer su completa derrota. Incluso antes de traducir los jeroglíficos, resultaba evidente que el erotismo es una rareza en el arte egipcio. Es comprensible que el llamado «papiro erótico de Turín» (o, a veces, «papiro satírico») perturbase a Champollion, porque ponía en peligro su ideal de los egipcios como un pueblo solemne y mesurado: «Era una imagen de obscenidad monstruosa que me produjo una impresión realmente extraña sobre la sabiduría y la compostura de los egipcios».

Datado en torno al año 1200 antes de nuestra era, el papiro que tanto disgustó a Champollion consta de dos secciones, de las que muchos fragmentos se han perdido. La primera parte está repleta de imágenes de animales que realizan actos humanos, no a la manera de los dioses con cabeza de animal y otras criaturas mitológicas, sino con intención humorística; las bestias discuten entre sí, conducen carros, recogen fruta de los árboles o practican un juego de mesa que recuerda a una forma primitiva de ajedrez. En definitiva, estampas caricaturescas no muy distintas a las de nuestros dibujos animados. La segunda parte consta de una docena de viñetas en las que un hombre, provisto de un pene desproporcionado, mantiene relaciones sexuales con varias mujeres en diversas posturas, incluyendo el uso de objetos para la penetración vaginal.    

El propósito erótico de estas escenas es evidente y Champollion no podía encontrar la manera de interpretarlas como referencias mitológicas. Las mujeres dibujadas siguen el canon de belleza tradicional del antiguo Egipto, donde juventud y hermosura eran sinónimos; estas mujeres tienen cuello esbelto, son muy curvilíneas en los muslos, las nalgas y las caderas, pero tienen cintura estrecha. También son de piel broncínea, ni demasiado oscura ni demasiado clara. Aparecen rodeadas de simbología amorosa: flores de loto y campanilla, o un sistro, instrumento similar a una maraca hecha de piezas metálicas que, entre otras cosas, servía para invocar a Hathor, diosa del amor y de la danza. Así pues, no hay nada en estas figuras femeninas que rompa con el ideal de mujer que los egipcios plasmaron en casi todo su arte.

Los personajes masculinos del papiro, en cambio, sí rompen con todos los cánones. Están medio calvos, cuando entre los varones egipcios lo aceptable era raparse por completo la cabeza, aunque fuese para llevar una peluca. Aún peor, muestran la barba desarreglada; en la época de este papiro, el no afeitarse era signo de bajo estatus social. Aún podía considerarse aceptable, en determinados estratos, el lucir una barba muy bien cuidada y recortada según la tradición, aunque la moda predominante era la de estar bien afeitado; en pinturas de la época pueden verse escenas de barberos muy atareados, mientras una cola de clientes aguarda con paciencia su turno. Así pues, los varones del papiro erótico son seres ridículos, inadaptados. El enorme pene, que en otras circunstancias podría representar fertilidad, es un detalle de extravagancia deliberada, pues no teniendo una intención simbólica, es una exageración con propósito burlesco. Por el cuidado trazo del pergamino, se asume que estaba dirigido a consumidores de clase alta. Champollion pensó que se trataba de una obra clandestina y que la censura imperante entre los conservadores egipcios había impedido que este tipo de pornografía fuese común.

Esta combinación entre pornografía y comedia es algo que existe en nuestra propia cultura, pero que los egiptólogos del XIX jamás hubiesen atribuido a sus amados habitantes del antiguo Nilo. Quizá por eso alejaron el papiro de los focos, por vergüenza profesional y también por su incapacidad para ubicar semejante anomalía en los esquemas preestablecidos. Aún hoy, de hecho, es el único papiro erótico del que se tiene noticia, aunque sí han aparecido imágenes sexuales, si bien pocas, en algunas pinturas y objetos.

(Click en la imagen para ampliar). Fragmentos del papiro erótico de Turín expuestos en el Museo de Egipcio de Turín (DP).

El que Champollion descifrase la escritura jeroglífica permitió, irónicamente, que el análisis de los antiguos jeroglíficos revelase una sexualidad mucho más colorida de lo que podría haber imaginado su mirada decimonónica. La poesía egipcia ofrece un retrato muy vívido y colorista de su concepto del amor, teñido de un apasionado romanticismo y una fogosa idealización del otro que resultan muy familiares porque son, en esencia, idénticos a los de los poemas y canciones de nuestros días. En los poemas, que se han seguido descubriendo a lo largo del siglo XX y hasta en el XXI, es donde descubrimos que el papiro erótico no debió de ser clandestino, y ni siquiera algo mal visto por la sociedad egipcia. Aunque entre los egipcios había poetas etéreos, no eran pocos los que escribían de manera muy abierta sobre sexo, incluso en mitad de poesías en las que predomina un tono romántico. En La canción de la flor, poema que abre este artículo y que en su mayor parte es delicado y sutil, hay unas líneas donde el autor, con lo que suponemos se consideraba elegancia en su tiempo, describe cómo se masturba preparándose para la llegada de su amada:

Y te diría, bien erguido, de pie en la orilla:
Mira mi pez, amor, cómo yace en mi mano,
cómo mis dedos lo acarician y se deslizan por sus costados…
Y entonces diría, con mayor suavidad y con los ojos brillando cuando te miran:
Es un regalo, amor. No hace falta decir nada. Ven, acércate y mira,
esto soy yo.

En este tipo de poseía, como vemos, no siempre necesitaban convertir lo sexual en metáfora; cuando lo hacían era no por pudor, sino porque, como en cualquier otro tipo de literatura, las metáforas eran consideradas bellas. Frases como «Frotaría mi cuerpo con los vestidos viejos que ella tira» o «Él es el lobo del amor que devora mi cueva» eran muy frecuentes en los poemas. Este género romántico, por cierto, también recogía el punto de vista femenino, como en este fragmento donde hay alusiones sexuales explícitas, pero también un cofre, una de tantas metáforas que usaban para referirse a la vagina:

Si quieres acariciar mi muslo,
te ofreceré también mi seno, ¡no te rechazaré!
¿Te irías porque tienes hambre,
acaso eres un hombre tan centrado en tu barriga?
¿Te irías porque necesitas algo que vestir?
Tengo un cofre repleto de suave lino.
¿Te irías porque quieres algo para beber?
Aquí tienes, ¡toma mis pechos!
Están repletos y desbordantes, ¡y todo es para ti!

El antiguo Egipto era una sociedad conservadora para ciertas cosas; el matrimonio, por ejemplo, era una institución sagrada. Se deseaba, aunque no siempre se cumplía, que fuese para toda la vida. Aunque la ley no dijese nada al respecto, en ciertas comunidades la mujer adúltera podía ser castigada incluso con la pena de muerte. El varón que forzase a una mujer casada podía ser emasculado, cuando no ejecutado. Si el adulterio era de mutuo acuerdo, ambos podían ser castigados. Mientras el matrimonio estaba en efecto, la esposa debía someterse al marido, aunque tenía voz en los asuntos domésticos y la educación de los hijos; el hombre estaba obligado a mantener a la familia. Como existía el divorcio, que podía ser solicitado por cualquiera de los cónyuges sin demasiada justificación, hasta en los matrimonios concertados se esperaba que los cónyuges se amasen y respetasen; si eso no sucedía, preferían la separación.

No parece, sin embargo, que existieran normas rígidas para los solteros, salvo la de respetar los matrimonios ajenos. La virginidad no era un valor intrínseco, ni aun en las mujeres, que podían disfrutar de sus cuerpos antes de casarse sin que eso tuviera repercusión en su idoneidad como futura esposa. No les importaba el historial sexual. Los solteros, de manera pública, usaban anticonceptivos como condones de tela o pieles, y espermicidas como aceites, resina de acacia o extracto de semillas de granada. Se practicaban abortos, que no estaban mal vistos. La prostitución es poco mencionada, signo de que o era poco común o levantaba poco escándalo, o ambas cosas. El lesbianismo era tolerado; en un relato, una mujer es reprendida porque ha tenido un sueño lésbico, pero el motivo de vergüenza no es fantasear con otra mujer, sino con una mujer casada. Una escritora aclaraba que nunca había mantenido sexo con otra mujer «dentro del templo», dando a entender que sí lo había hecho fuera de él. La homosexualidad masculina también era tolerada, o al menos estaba bien visto el sujeto activo, porque ser el pasivo sí era motivo de cierta vergüenza. En cuanto al incesto, los egiptólogos llegaron a pensar que era algo habitual, pero se trató de una confusión debida al lenguaje que se usaba entre cónyuges y amantes, que se llamaban «hermano» y «hermana» como simple expresión de cariño y cercanía. Todos los egipcios sabían que algunos faraones se habían casado con sus hermanas, pero la gente común lo evitaba como un tabú. Como mucho, se celebraban bodas entre primos.

Para disgusto de Champollion, allá donde esté ahora, el papiro erótico de Turín no solo fue la primera revista pornográfica de la historia, sino también una representación fiel del desenfado con el que los egipcios veían todo lo relacionado con el sexo. Salvo el pecado capital de la infidelidad, casi todo estaba permitido. Las personas solteras podían mantener relaciones entre sí con total libertad. La manera en que experimentaban el enamoramiento o la pasión no era diferente a la nuestra, y en algunos aspectos hemos tardado siglos en llegar a un nivel de tolerancia sexual similar a la del antiguo Egipto. Como recomendaba el poema La canción del arpista, escrito hace más de cuatro mil años y grabado por varios egipcios en el interior de sus tumbas: «Disfruta del placer mientras estés vivo».


De videojuegos como herramientas de aprendizaje

Assassin’s Creed Origins. Imagen: Ubisoft.

El sol se pone entre las dunas. La ciudad de Siwa se torna azulada, se pliega ante la presencia de una luna llena que acompaña la fría brisa. La Serpiente acecha en cada rincón. La secta secreta que rige el mandato de Ptolomeo, hermano de Cleopatra, que gobernará Egipto manteniendo a su hermana, la mujer destinada a pasar la historia de la humanidad, en el exilio. El medjay, a través de cuyos ojos viviremos la historia de Assassin’s Creed Origins, tiene un solo objetivo: encontrar y decapitar a la Serpiente. Vengar a su hijo. Proteger a los inocentes. Acabar con el faraón Ptlomeo.

En el camino, el que puede ser el antiguo Egipto mejor recreado en una obra de arte.

El equipo de Ubisoft, desarrolladores del título, se han tomado su tiempo para refinar una fórmula que lleva años transportando a sus jugadores a épocas pasadas. La recreación de una época pasada a través de textos, pinturas, fotografías cuando las hay y otros referentes no es cuestión menor: si hay películas que muestran las vestimentas, las costumbres, los escenarios que conformaban la vida diaria de nuestros antepasados, el videojuego tiene de su parte el poder de la inmersión. Al pasear por el Egipto de Ptolomeo no nos limitamos a observar. Vivimos el antiguo Egipto. Caminamos por las calles de una Alejandría recreada con la pasión y el asesoramiento de expertos egiptólogos. Así lo asegura Jean Guesdon, director creativo de Assassin’s Creed Origins, que a partir de principios de 2018 contará con la actualización «Discovery Tour», enfocada por completo en el aprendizaje.

Los videojuegos siempre están en el punto de mira. Cada vez que hay un crimen cometido por un joven, cada vez que algo se descontrola, cada vez que el fracaso escolar se dispara, la sociedad mira al arte digital buscando un chivo expiatorio. Los padres y los profesores nunca tienen la culpa. La culpa es de la violencia en los videojuegos. Pero estas pequeñas piezas de entretenimiento pueden aportar algo más allá de ocio: el aprendizaje dentro del medio se está imponiendo como una herramienta más que útil para relegar, de una vez por todas, eso de «la letra con sangre entra». No es de extrañar que sea un tema que se ve con recelo; que despierta más de una sonrisa irónica. La generación de nuestros padres apenas conocieron lo que eran los videojuegos; mucho menos sus padres. Si echáramos la vista atrás, los profesores de principios de siglo quizás pusieran el grito en el cielo ante la imagen de alumnos viendo una película en el aula. Sin embargo, tenemos algún ejemplo de cómo este arte puede unir fuerzas con los profesores para elevar el aprendizaje. El modo de juego «Discovery Tour» de Assassin’s Creed Origins, pionero en esto, se trata de una recreación 3D fidedigna que ha contado con expertos en el tema, y que invita al jugador a caminar por Egipto y recibir lecciones sobre el comportamiento de la gente, la situación social y política y los procesos de construcción o las biografías de los principales personajes. Un tour por la historia de la humanidad. Una lección que ningún libro o película es capaz de igualar.

José Manuel Galán (Madrid, 1963), es egiptólogo y profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Director del Proyecto Djehuty. También ha abalado públicamente a Ubisoft en su labor didáctica con el reciente lanzamiento de la saga de videojuegos. «Los desarroladores me permitieron acceder a material del juego antes de su presentación y tengo una idea clara» nos cuenta el profesor Galán, «Lo que más me sorprendió fue la exactitud en la recreación geográfica del paisaje: el ambiente del Nilo, el delta, el contraste entre el desierto y el río. Alejandría y la biblioteca es impresionante. En época de Cleopatra mucha de la arquitectura faraónica se encuentra ya en ruinas, pues muchas veces se nos olvida que hablamos de una civilización de tres mil años; entre las pirámides de Giza y Cleopatra han pasado dos mil quinientos años. Esto se encuentra perfectamente recreado en el juego. En la excavación que yo dirijo en Luxor lo vemos de continuo. No es un videojuego común: los detalles de tipo ambiente, social y geográfico están muy cuidados. Lo que más me llama la atención es la luz: volar con el halcón es una experiencia impresionante».

Assassin’s Creed Origins. Imagen: Ubisoft.

Si la recreación más fidedigna que podemos encontrar del Egipto de los faraones está recreado en un entorno 3D, y nace del esfuerzo de varios expertos en la materia y de la mente de los creativos, la terminología nos traiciona. Quizás lo que más daño le hace al videojuego es su propio nombre. Pero, ¿quién dijo que jugar no puede ser educativo? «La fórmula educativa que funcionaba hace veinte años no sirve ahora. Yo disfrutaba mucho leyendo a Heródoto, pero es que ahora Heródoto puede ser el personaje de un videojuego que trasmite de forma oral sus enseñanzas. Y además creo que es positivo que este aprendizaje venga unido a un juego, porque ya hay museos que tienen visitas virtuales y utilizan estas tecnologías, pero si la lección viene unida a un juego de aventuras los chavales absorben conocimientos de forma subconsciente, que es lo más importante». Jean Guesdon nos habló en la presentación del juego en España sobre la atención al detalle del desarrollo: al pasear por las calles de Alejandría, podemos pararnos a ver cómo un comerciante hace pan. La forma en que amasa, los ingredientes que le vemos utilizar, han sido recreados con los conocimientos que tenemos sobre la artesanía y la gastronomía de la época. Son estos detalles, más allá de los textos que acompañan las lecciones, lo que cala en el jugador. En el alumno. La escuela, por lo menos en España, todavía parece resistirse a ver al videojuego como una herramienta de aprendizaje. Y no digamos ya los padres. El niño, y cada vez son menos los niños los que juegan a videojuegos y más los adultos, se sienta frente al videojuego sin juzgarlo. Sin pensar en si aprender algo con el videojuego sería malo. Una traición al carácter lúdico y rebelde de la industria. Él se sienta y juega y, a veces, aprende. Una chica que juegue a Assassin’s Creed Origins va a ver la magna biblioteca de Alejandría mejor de lo que ningún estudioso la ha podido ver. Un chaval que emplee sus tardes en desgranar la historia de Bayek y el origen del clan de asesinos disfrutará del delta del Nilo como pocos. ¿Son estos datos menos importantes para la educación que la memorización de fechas?

«Poco a poco se va cambiando el sistema educativo», continúa el profesor Galán. «Los chavales sí que viven en el siglo XXI y a veces a los mayores, que somos los que producimos para ellos, nos olvidamos de eso. Y una cosa no quita la otra: soy defensor de la lectura, pero también del cine y el videojuego. No te puedes quedar anclado solo en la lectura. Si quieres enganchar a los chavales al conocimiento tienes que emplear los medios que ellos conocen y usan todos los días».

Claro que este no es, ni mucho menos, el primer intento de aunar videojuegos y educación. Y en esto Ubisoft es pionera. Otra de sus producciones, Valiant Hearts, de 2014, recreaba el ambiente de trincheras de la Primera Guerra Mundial inspirado en cartas que se recuperaron durante el conflicto y en hechos totalmente reales. Un videojuego con estilo de cómic que aportaba información sobre un conflicto que se estudia en todas las escuelas, y cuyo guion usaba la realidad como punto de partida. En este caso, el juego resultaba simpático a la vista por su estilo artístico y su violencia edulcorada, pero ¿es muy diferente de los videojuegos bélicos como Battlefield o Call of Duty? Los adultos quieren proteger a sus niños, y eso es loable, pero no somos conscientes de que la violencia que impedimos que consuman con los videojuegos la consumen con películas, en la televisión, en los propios patios del recreo. Quizás la lección más importante fuera que en los conflictos bélicos las muertes no son meros número, sino personas. Que las dinastías de faraones empleaban la traición como método para hacer política; que la caída de monarquías absolutistas e imperios se lograron con la sangre del pueblo. Que la historia, en definitiva, no es un alegre cuento de hadas. Tal vez debiéramos enseñar esta lección para que la violencia sea algo real y no un atractivo misterio. En estos terrenos, cualquier declaración categórica es una tentativa de error, pero quizás los videojuegos sí que puedan ser herramientas del aprendizaje. De retrato de la historia. «En el campo de la investigación, por ejemplo, tiene un valor importante en cuanto a difusión» dice el profesor Galán. «En mi investigación estamos utilizando recreaciones en 3D y de realidad virtual para difundirlo al público. Lo que ocurre es lo mismo que cuando das clase: al tratar de hacer algo asequible a un público que no es experto en el tema, me doy cuenta de ciertas cosas, aprendo de mi propia investigación. Para esto es muy necesaria la tecnología.».

Al videojuego le traicionó su nombre. Cada vez tienen menos de «juego» y más de «herramienta». A los niños se les castiga sin videojuegos y se les obliga a leer. Luego nos extrañamos de que no tengan ganas de leer y sí de jugar con la consola. El día que las consolas invadan las aulas tal vez seamos testigos de una revolución en los sistemas educativos. Tal vez vaya siendo hora de alejarnos de aquello de «la letra con sangre entra» y abrazar nuestro siglo no solo por las comodidades que nos brinda, sino por las oportunidades que podemos aprovechar para crecer.

Assassin’s Creed Origins. Imagen: Ubisoft.


¿De dónde salieron los egipcios?

Pirámides

“¡Soldados! ¡Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos nos contemplan!” (Napoleón Bonaparte, durante su paso por Egipto)

Dioses, alienígenas y atlantes

Hasta tiempos relativamente recientes, un aura de misterio rodeaba el origen de una de las más grandes y antiguas civilizaciones surgidas sobre la faz de la Tierra. ¿Cómo apareció en las orillas de un anárquico río africano semejante cultura, capaz de erigir las grandes pirámides, los grandes templos, la Esfinge? Uno podría decir sencillamente “por las buenas, como en cualquier otra parte”. Pero lo cierto es que la respuesta en el caso de los egipcios nunca pudo ser así de simple.

Antes de la aparición de la civilización egipcia tal y como la conocemos —a finales del Pleistoceno— el Valle del Nilo ya abundaba en tierras muy fértiles arrastradas por un torrente fluvial en cuyas riberas merodeaban grupos humanos desde bastante tiempo atrás. Pero era un hábitat impredecible y caótico en el que resulta difícil imaginar de qué manera pudieron evolucionar aquellas gentes, que ni siquiera tenían la posibilidad de intentar llevar una vida sedentaria, hasta desarrollar una sociedad tan avanzada y compleja como la egipcia. Hasta hace solamente unas décadas no se había hallado el “eslabón perdido” arqueológico que ilustrase el florecimiento de la cultura egipcia en un entorno tan inconstante y difícil de dominar. Se asumía que un hábitat estable resulta necesario para la génesis espontánea de una civilización avanzada, una asunción muy razonable por otra parte. Sin embargo, los últimos mil kilómetros del colosal río africano —allí donde surgió el imperio de los faraones— no se podrían describir precisamente como un “hábitat estable”. Más bien al contrario, el Nilo era eternamente cambiante, inundando la región cada año con un ímpetu caprichoso e irregular. Dependiendo de cómo y cuánto hubiesen descargado las lluvias tropicales al sur, en las regiones del Lago Victoria y Etiopía desde donde el río traía su caudal, los habitantes de las riberas nunca sabían cuán lejos llegaría  el nuevo asalto de las aguas. Aquellas primitivas tribus, pues, no disponían de un lugar donde establecerse tranquilamente y erigir una aldea permanente que no fuese inundada, un hogar donde desarrollar tranquilamente una cultura avanzada.

Así pues, el surgimiento espontáneo de Egipto en un paraje semejante resultaba difícil de justificar. Los propios egipcios lo atribuían a los dioses. Los arqueólogos solían responder a la cuestión aludiendo a influencias externas, generalmente la llegada de una cultura extranjera a la región, imaginando que los egipcios eran en realidad el producto derivativo de una civilización surgida en otro lugar. Por no faltar, no han faltado ni las explicaciones más delirantes: desvaríos folclóricos que han vinculado el origen de Egipto con elementos tan de ciencia ficción como los atlantes e incluso los alienígenas, aunque lógicamente estas fantasías no satisfacían más que a los consumidores de revistas y libros sensacionalistas. En resumen: se necesitaba una versión que casara mejor con la evidencia arqueológica y el sentido común. Dicha versión se ha ido construyendo poco a poco, pero como decíamos ha sido durante las últimas décadas cuando finalmente se ha podido recomponer buena parte del rompecabezas hasta lograr un relato coherente de la aparición de la civilización egipcia. No es que lo sepamos todo, pero al menos sí podemos reconstruir el argumento de la película… sin recurrir a los extraterrestres.

El griego Heródoto llamó a Egipto “el país con más maravillas que hay en el mundo”.

En busca del “Big Bang” egipcio

Subamos a una máquina del tiempo, tiremos de la palanca de mando y retrocedamos unos 2500 años. Viajaremos hasta el siglo V antes de Cristo, justo la época en que vivió el erudito griego Heródoto de Halicarnaso. Para nosotros, habitantes del siglo XXI, su nombre sugiere una era lejana de la que apenas resta un puñado de ruinas; imponentes, pero ruinas al fin y al cabo. Es la Edad Antigua, cuya realidad hoy se nos aparece como en un sueño desperdigado en fragmentos polvorientos, despojos en forma de vasijas rotas y utensilios repartidos por excavaciones arqueológicas y museos.

Sin embargo tenemos algo más como testimonio de la época y es algo que resulta particularmente valioso: textos escritos por individuos de aquellos años, donde nos hablan acerca de cómo veían la vida y cuáles eran sus maneras de pensar y de actuar. Entre esos importantes escritos están precisamente los de Heródoto, un hombre movido por la curiosidad y el ansia de saber que se empeñó en recoger con detalle los más importantes sucesos del mundo conocido. Su gran obra son las στορίαι (“Historias”), nueve volúmenes en los que narraba grandes hechos y de paso describía algunas de las principales civilizaciones que existían en su tiempo. Es por aquellos textos que se considera a Heródoto como el “padre de todos los historiadores”. Pero además de la crónica historiográfica, el testimonio de Heródoto resulta todavía más importante porque viajó a algunos de los lugares descritos en sus Historias y registró sus impresiones en primera persona. En el segundo de aquellos libros, titulado Euterpe —nombre de Musa, ya que cada volumen estaba dedicado a una deidad distinta— nos retrata Egipto tal cual era cuando él lo visitó, más de cuatrocientos años antes del comienzo de nuestra era. Su descripción es lo suficientemente detallada y vívida como para resultar irresistiblemente fascinante.

Él mismo estaba fascinado también. Así como nosotros miramos con asombro los restos de la Grecia de aquel siglo V a. C. y cuando posamos nuestros ojos en esos restos sentimos que nos asomamos al abismo de los tiempos para atisbar retazos de un pasado fantásticamente remoto, así mismo sintió Heródoto el vértigo de los milenios cuando visitó Egipto. Incluso desde su perspectiva, Egipto era un lugar de ancianidad inmemorial, repleto de monumentos y reliquias que acumulaban ya por entonces miles de años de existencia. Heródoto provenía de una civilización avanzada, la griega, pero no pudo evitar que Egipto lo dejase sumamente sobrecogido. Aunque por entonces la vieja nación de los faraones ya había perdido buena parte de su poder, Heródoto entendió que se hallaba ante la más colosal de las civilizaciones conocidas y que Egipto había constituido el más impresionante despliegue de grandeza en la historia del ser humano.

Durante su estancia en la región conoció personalmente a aquellos mismos egipcios que a lo largo de milenios habían imperado orgullosamente en el valle del Nilo. Cuando visitó el norte de Egipto, este había sido conquistado por el Imperio persa y además se habían establecido allí numerosas colonias de inmigrantes griegos, pero Heródoto pudo comprobar que los egipcios se preciaban de mantenerse separados de los extranjeros, fieles a sus tradiciones inmemoriales y cultivando unas costumbres cuyo fundamento se perdía en las tinieblas de edades ya olvidadas. El historiador fue profusamente ilustrado acerca del pasado y el presente de Egipto por anfitriones como los sacerdotes egipcios de Menfis y los colonos griegos que hablaban su mismo idioma. Pero además de escuchar y anotar aquellos relatos, Heródoto hizo lo que hoy llamaríamos un auténtico reportaje de investigación: salió a la calle y observó de cerca la vida de los ciudadanos de a pie. Mirándolo todo con ojos europeos, quedó asombrado por el carácter exótico y sofisticado de aquellas gentes que mostraban hábitos muy diferentes a los de otras civilizaciones mediterráneas conocidas y estudiadas por él:

En otras naciones los sacerdotes dejan crecer su cabello, pero en Egipto los sacerdotes se rasuran la cabeza. Entre otros pueblos, los familiares de un difunto acostumbran a exhibir el duelo cortándose el cabello, pero los egipcios, aunque habituados a afeitarse, se dejan crecer el cabello y la barba durante el luto. Otros hombres viven separados de sus animales, pero los egipcios viven junto a ellos. En otras regiones los hombres se alimentan de trigo y cebada, pero un egipcio considera que rebajarse a comer dichos granos es indigno y se alimentan de olyra, también llamada espelta. Amasan la pasta con los pies y el lodo con las manos; también recogen el estiércol. Otros hombres dejan su miembro viril intacto, pero los egipcios se circuncidan. (…) Son muy supersticiosos, más que cualquier otro pueblo, y siguen estos ceremoniales: beben en vasos de bronce, que limpian cada día. No limpian un día algunos vasos y otros al día siguiente, sino que siempre los limpian todos. Llevan ropajes de lino y se preocupan mucho de que estén siempre bien lavados. Se circuncidan por motivo de higiene y prefieren mostrarse aseados a ser bellos. Los sacerdotes afeitan todo su cuerpo cada dos días, para que ningún piojo o sabandija halle lugar en ellos. (…) Los egipcios, debido a la peculiaridad de su clima y al río en el que viven, que no se parece a ningún otro río, han desarrollado para casi todos los aspectos de la vida costumbres que son contrarias a las de los demás pueblos.

La Gran Pirámide tenía ya dos milenios de antigüedad cuando un pasmado Heródoto puso sus ojos en ella.

Ese carácter distintivo del ciudadano egipcio le hablaba de un pueblo con una historia tan larga que, aun en las vicisitudes de la decadencia, parecía considerarse en un plano diferente y superior al de otras gentes del mundo. Los egipcios del siglo V a. C. sabían que Egipto había sido un gran imperio incluso en remotas épocas donde muchos otros pueblos del planeta apenas habían dado sus primeros pasos allende la entrada de la caverna. Los egipcios tenían la impresión de ser la nación más antigua de la tierra, la cuna del hombre moderno, y a decir verdad no andaban muy desencaminados. Pero lo que más cautivó la imaginación de Heródoto fue el extraordinario legado monumental de lo que definió como “el país con más maravillas que hay en el mundo”. No nos resultará difícil ponernos en el lugar del escritor heleno para comprender su asombro, porque la Gran Pirámide de Keops ya tenía dos mil años de antigüedad (¡dos mil años!) cuando Heródoto posó sus ojos en ella. Semejante prodigio —la única de las Siete Maravillas del mundo antiguo que todavía queda en pie— era la edificación de mayor altura que existía por entonces sobre el planeta, y si su colosal presencia continúa descolocándonos en la actualidad, cabe suponer la hondísima impresión que dejó en un griego del siglo V a. C. Tal grado de monumentalidad era completamente desconocido más allá de las fronteras egipcias. El Imperio romano, por poner un ejemplo, ni siquiera existía todavía: la República romana estaba prácticamente en el parvulario. Aquellas construcciones no solamente eran las más antiguas, sino también las más enormes, bellas e imponentes que cabía concebir en la imaginación. ¿Cómo no sentirse sobrecogido ante semejantes visiones del pasado? Aunque parezca mentira, el origen de la cultura egipcia estaba más alejado de Heródoto en el tiempo, de lo que el propio Heródoto lo está de nosotros mismos. Si para nosotros Heródoto representa la Edad Antigua, para él la Edad Antigua estaba representada por Egipto.

También se sintió fascinado por el alto grado de conocimiento que los egipcios tenían acerca de su propio pasado; se trataba de un pueblo culto que desde muchos siglos atrás llevaba un cuidadoso registro de los acontecimientos históricos, si bien les danzaban las fechas debido al uso de diversos sistemas de medición temporal que habían variado a lo largo de los milenios. Sin embargo, aquella historia tan longeva se remomntaba a un punto remoto —el origen— del que no quedaban datos fidedignos. Solamente existían explicaciones mitológicas para responder a la gran pregunta “¿De dónde surgió Egipto?”. Estas explicaciones involucraban a dioses, semidioses y hechos fantásticos; mitos que le fueron transmitidos a Heródoto por sus anfitriones y que él escuchó con sumo interés. A falta de información mejor y aun sin creerse estas leyendas, las daba por buenas porque constituían el único conocimiento accesible sobre el Egipto prehistórico. Ni siquiera la memoria colectiva parecía recordar aquellos tiempos fundacionales, así que únicamente restaba recurrir al mito. De todos modos, ese mito era la explicación habitual para muchas otros misterios de aquellos tiempos (no debería extrañarnos, ya que hoy están quienes hablan de la Atlántida y naves espaciales).

Tampoco los propios historiadores egipcios gozaron mejor suerte al buscar pistas sobre su propio origen. Doscientos años después de que Heródoto hubiese escrito sus impresiones, fue un sacerdote del culto a Ra, Manetón, quien trabajó afanosamente para construir una muy elaborada Historia de Egipto (originalmente Αίγυπτιαχά, porque pese a ser egipcio escribía en griego, que era la lengua culta del momento). Todavía hoy nos basamos en esa obra para dividir la crónica egipcia en diferentes períodos dinásticos. Manetón rebuscó en los archivos y las inscripciones de los monumentos, investigó incansablemente en los archivos recopilando todo el material historiográfico posible. Después se aplicó en la reconstrucción del gigantesco rompecabezas. Al contrario que Heródoto, él sí conocía la lengua egipcia y podía descifrar sus escrituras. Sin embargo, a medida que descendía hasta la era predinástica, terminaba topándose también con la mitología.  Manetón se encontró con que el pasado era demasiado lejano y que aprehenderlo de manera coherente resultaba imposible.

Manetón estudió inscripciones con listas de monarcas; así dividió la historia de Egipto en Dinastías.
Inscripción con una lista de reyes, como las que estudió Manetón para dividir la historia de Egipto en dinastías.

Y no es que podamos culpar a Manetón de haber dejado escapar pistas; más bien al contrario, su trabajo fue admirable y asombrosamente concienzudo. Pero todavía no disponía de unas técnicas arqueológicas con las que indagar eficazmente en el pasado. Ni él, ni nadie hasta mucho tiempo después, de hecho. El misterio se mantuvo durante dos mil años más hasta la llegada de la era moderna. Durante los siglos XIX y XX se produjo una explosión del interés por la historia del antiguo Egipto y un auge de la egiptología occidental, la cual empezó a apoyarse en evidencias arqueológicas para elaborar su propia justificación del ignoto origen de aquella civilización. En un principio se recurrió a explicaciones condicionadas por una información incompleta. Dicho de otro modo: muchos asumían que la aparición de una cultura tan adelantada en aquella región de África tuvo que deberse a la influencia de un invasor exterior —procedente de un foco civilizado de Oriente Próximo, como Mesopotamia— que habría introducido grandes avances entre los habitantes nativos, más primitivos, de las riberas del Nilo. El paso de la primitiva prehistoria al Egipto que todos conocemos habría sido facilitado por la llegada de invasores del norte portadores de nuevos conocimientos como la agricultura, favoreciendo un progreso cultural y tecnológico que terminaría cristalizando en el Egipto de las grandes dinastías. Esta hipótesis casaba con la línea de pensamiento predominante en la historiografía europea —quizá teñida de cierto etnocentrismo, todo sea dicho—, la cual defendía una génesis euroasiática para toda gran civilización avanzada. Y además no parecía haber indicios materiales de una versión alternativa o sencillamente no se supieron buscar e intepretar. Sin embargo, con el transcurso de posteriores investigaciones nuevos descubrimientos arqueológicos empezaron a mostrar que la civilización egipcia sí pudo empezar a desarrollarse por sí misma desde los orígenes paleolíticos. Es más, pudo haber iniciado su andadura incluso antes de la época que se había supuesto y sin necesidad de haber sido “iluminada” por un benefactor-invasor del norte. Según aquellos nuevos hallazgos, Egipto fue una civilización genuinamente africana incluso en su origen.

Lo más curioso, sin embargo, es que el desarrollo inicial de la cultura egipcia no habría tenido lugar necesariamente en torno al Nilo. ¿Pudo ocurrir que los egipcios, tal y como los conocemos, empezasen a conformarse alejados de las orillas del río con el que inevitablemente los asociamos?

Hace unos cuantos miles de años…

Remontémonos todavía más en el tiempo, hasta la Edad de Piedra, concretamente a finales del periodo mesolítico. En el nordeste de África, por lo demás una región árida y casi completamente cubierta por el desierto, el caudaloso río Nilo constituía la única arteria portadora de vitalidad y sus riberas eran prácticamente el único lugar habitable. En sus orillas se multiplicaban plantas y animales que servían como sustento a unas primitivas poblaciones humanas que deambulaban de aquí para allá buscando algo que echarse a la boca. Al menos desde finales del Pleistoceno estuvo el valle del Nilo habitado por tribus dedicadas a las formas más arcaicas de existencia: la caza y la recolección de frutos, raíces y demás vegetales comestibles disponibles en la naturaleza salvaje. Aquellos grupos de cazadores no abandonaban las inmediaciones del río, ya que más allá de las húmedas riberas únicamente existía un inhóspito e interminable vacío de arena en el que no había agua ni comida y donde el clima era verdaderamente terrible.

El río Nilo se desbordaba todos los años, haciendo imposible erigir ciudades permanentes en sus orillas.
El río Nilo se desbordaba todos los años, haciendo imposible erigir ciudades permanentes en sus orillas.

Cierto es que en torno a las orillas del río abundaban los recursos alimenticios, pero no por ello la vida allí resultaba fácil. El valle del Nilo, como decíamos al principio, era un entorno eternamente cambiante: una vez al año las tremendas crecidas  sumergían las tierras del valle por las que vagaban las tribus humanas en busca de comida. La magnitud de aquellas inundaciones resultaba completamente imprevisible. El río seguía ciclos dependientes de los cambios climáticos del interior del continente y lo mismo aumentaba su caudal provocando enormes y violentas crecidas que anegaban amplias extensiones de terreno, como al año siguiente disminuía aportando menos agua de la prevista, provocando que las riberas estuviesen más secas y fuese menos abundante el alimento. En mitad de semejante inestabilidad ambiental, aquellas primitivas tribus se las arreglaban para sobrevivir… pero poco más que eso. No estaban en condiciones de evolucionar y desarrollar una cultura compleja, condenados como estaban a ir y venir al dictado de los caprichos del poderoso río. Todavía no disponían de herramientas tecnológicas que permitiesen sacar provecho del fértil aluvión que dejaban tras de sí aquellas crecidas. Cazadores nómadas sin un hogar, no conocían la agricultura y lo único que podían hacer era perseguir a sus presas mientras avanzaban y retrocedían al compás de las inundaciones. Además, aquel terreno pantanoso y cálido escondía muchos otros inconvenientes: estaba repleto de cocodrilos, hipopótamos y alimañas varias como serpientes e insectos, especialmente las incontables legiones de simpáticos mosquitos. En las riberas había comida, sí, pero también bastantes motivos para andarse con mucho cuidado.

Con todo, el balance entre recursos e inconvenientes era favorable a los primeros. El Nilo, al menos, permitía una supervivencia básica que resultaba impensable en los áridos alrededores, en el desierto del Sahara. Así pues, durante bastantes milenios aquellos hombres de la Edad de Piedra salieron adelante en mitad de ciertas dificultades pero con abundante comida silvestre a su disposición.

Sin embargo, hace unos 12.000 años (sobre el año 10.000 a. C. de nuestro calendario) se produjo un acontecimiento que determinaría el destino de aquellas gentes para siempre: el cambio climático. Finalizó una larga etapa conocida como la Glaciación de Würm, que había durado 70.000 años, lo cual trajo consigo una inesperada modificación de los patrones climáticos a nivel planetario. En África, las lluvias anuales del monzón tropical que hasta entonces solían limitarse al centro del continente se desplazaron hacia el norte. De repente, una vez al año, una torrencial descarga de agua caía sobre pleno desierto del Sahara. Durante los siguientes cuatro milenios —y esta es una imagen que probablemente nos resulte bastante chocante hoy— el Sahara disfrutó de una intensa estación húmeda: cada año, en determinada época, llovía abundantemente sobre el desierto. Como consecuencia lógica, el paisaje en muchos rincones del Sahara iba a cambiar. Aquellas copiosas precipitaciones estacionales propiciaron la aparición de grandes oasis en lugares donde el terreno ofrecía depresiones y cuencas que ejercían como embalses naturales para la recogida de agua. Es decir: aparecieron nuevos y numerosos lagos en mitad del Sahara. En sus orillas se gestaron unos microclimas mucho más benignos que los del desierto circundante, donde crecía la vegetación, incluyendo pastos que podían alimentar a manadas de herbívoros: bóvidos, asnos silvestres, incluso avestruces (mucho más tarde, la pluma de avestruz sería el símbolo de la corona egipcia, lo cual estaba inesperadamente unido a la difusa memoria colectiva de tiempos muy, muy arcaicos). También crecían árboles que ayudaban a proteger aquellos oasis del sofocante calor. Cuando los habitantes del Nilo descubrieron la aparición de estos lagos se dieron cuenta de que allí les resultaría mucho más fácil buscarse la vida. Ofrecían un escenario más tranquilo para cazar y recolectar frutos que las inestables riberas del río, así que muchas tribus comenzaron a mudarse hacia el interior del desierto occidental. En consecuencia, la población del valle del Nilo decreció considerablemente a la par que aumentaba en los oasis lacustres del Sahara. En los lagos tendría lugar la evolución hacia otros tipos de subsistencia más avanzada, mientras que las poblaciones que permanecieron en las orillas del Nilo experimentarían una evolución bastante más lenta (aunque allí también hubo cierto avance y los grupos de cazadores terminaron por lo general reconvirtiéndose en pescadores).

Las tribus de los oasis ya no llevaban una existencia encadenada a las crecidas del río, aunque se veían sujetos a otro ciclo: el de la estación de las lluvias. El monzón africano era irregular, más que el asiático. Si algún año flojeaban las precipitaciones, los lagos más pequeños y vulnerables podían llegar a consumirse durante la estación seca, con la consiguiente falta de alimentos y los problemas de las tribus locales para intentar salir adelante. De todos modos, aun con aquella posibilidad de sequías, el nuevo hábitat lacustre resultaba más predecible y fácil de manejar que la cuenca del Nilo. Así que cuando las lluvias no les fallaban, aquellos humanos podían permanecer más tiempo en un mismo lugar y llevar una vida más reposada y tranquila, requisito fundamental para la consecución de determinados avances. Pasaron del nomadismo a un seminomadismo que propició una aceleración de su progreso cultural.

Un oasis lacustre actual en mitad del Sahara, que ilustra cómo pudo ser aquel hábitat durante los cuatro milenios de lluvias.
Un oasis lacustre en mitad del Sahara actual, que ilustra cómo pudo ser aquel hábitat durante los cuatro milenios de lluvias tropicales en los que allí abundaban lagos de muchos tamaños.

El surgimiento de una nueva sociedad

Durante las épocas en que no se veían obligados a moverse a causa de la sequía, los clanes de los oasis podían ir adquiriendo nuevos conocimientos que mejoraban la relación con su entorno. Paulatinamente fueron aprendiendo a domesticar algunos de los animales que los rodeaban; así dejaron de ser cazadores para dedicarse al pastoreo seminómada, aprovechando aquella hierba que bien daba como para alimentar al ganado. El pastoreo era más productivo, no tan cansado y mucho menos peligroso que la caza. Más adelante aprendieron incluso a domesticar plantas: una vez conocido el secreto de la siembra y la cosecha pudieron crear sus propios huertos, procurándose una fuente más o menos regular de hortalizas, legumbres, gramíneas (como el sorgo y el mijo) e incluso alguna que otra fruta (las cuales, por cierto, siempre escasearon en Egipto). Aquello marcaba el inicio de una producción agrícola a pequeña escala que serviría como base para soportar poblaciones más numerosas en un futuro. Así la agricultura egipcia nació, sorprendentemente, en mitad del Sahara y no a orillas del Nilo. Es más, la aparición de la actividad agrícola en la región fue anterior incluso a la de Oriente Medio, así que la agricultura no fue una importación de pueblos orientales como se pensó durante bastante tiempo.

El pequeño crónlech de Nabta Playa: un calendario astronómico de piedra casi dos mil años anterior al de Stonehenge. Créditos: Raymbetz

Aquella migración masiva del año 10.000 a. C facilitó pues una progresiva evolución desde la caza y la recolección del Nilo hacia el pastoreo y la agricultura de subsistencia del Sahara. Durante los cuatro milenios en que la región fue mucho más habitable, aquellos hombres y mujeres llegaron a sentirse lo suficientemente confortables como para poder desarrollar una cultura que con el paso de los siglos llegaría a convertirse en la civilización de los faraones. Así parecen indicarlo yacimientos arqueológicos situados en el interior del desierto o cerca de los bordes mismos del valle del Nilo; yacimientos como el de Nabta Playa, situado en el sur de Egipto —alejados unos cien kilómetros de las orillas del río— en donde se hallaron restos de una de aquellas poblaciones humanas que sacaban provecho a lo que una vez fue un lago alimentado por las precipitaciones monzónicas. Culturas como la de Nabta Playa seguían teniendo un carácter seminómada pero llegaron a conseguir un dominio más avanzado de la agricultura e incluso se familiarizaron con la astronomía y el calendario. Disponían de instrumentos para determinar el momento del año en que se encontraban, así como para intentar predecir la llegada de la estación de las lluvias. Uno de aquellos instrumentos, por ejemplo, era una construcción de piedras dispuestas en círculo con una función astronómica. Todavía se conserva y podríamos apodarla como “el Stonehenge del Sahara”… aunque en realidad es 1000 ó 2000 años más antiguo que el propio crónlech de Stonehenge.

La presencia de megalitos —grandes rocas obtenidas en otro lugar y transportadas hasta el emplazamiento definitivo— nos habla también de que habían desarrollado un elevado nivel de organización, que podían trabajar coordinadamente y realizando esfuerzos en común bajo la planificación de sus primeros ingenieros. Empezaron a diseñar construcciones que iban más allá de la simple cabaña, como esculturas de cierto tamaño y tumbas cubiertas por grandes losas de piedra que parecen indicar el enterramiento de caudillos y personajes importantes. Su ingeniería había dado un salto cualitativo y eran capaces de construir pueblos que parecían seguir una planificación arquitectónica previa —incluidas estructuras subterráneas— en una época donde muchos otros grupos humanos del planeta todavía no habían abandonado las cavernas. También empezaron a adoptar creencias religiosas complejas en las que los cielos, el sol e incluso el ganado tenían un papel preponderante, además de un elaborado culto al Más Allá, emparentándolos con la futura religión de los faraones. Enterraban a sus muertos con ofrendas como alimentos y aperos de caza que facilitasen su tránsito al otro mundo, orientando los féretros hacia la puesta del sol porque aquella era la dirección por la que se entraba al mundo de los muertos (poniente era el lugar donde “moría” el sol cada atardecer). Si bien todavía no podían permitirse el lujo de llevar una existencia total y completamente sedentaria, sí establecieron aldeas que únicamente abandonaban cuando la sequía y la falta de alimentos les forzaban a ello, aunque presumiblemente regresaban a ellas en cuanto las condiciones lo hacían posible. Esto es: aparecieron poblaciones compuestas por edificaciones persistentes. Aquellos cuatro mil años de estabilidad climática posibilitaron que las antiguas tribus paleolíticas se fuesen transformando en el embrión de Egipto.

Se van las lluvias, hay que emigrar de nuevo

Vasija neolítica adornada con dibujos de botes de pesca, vegetación y pájaros.
Vasija neolítica adornada con dibujos de botes de pesca, vegetación y pájaros.

Pero nada dura para siempre y la tranquila era de los oasis también terminó. Hacia el año 6000 a.C. se produjo un nuevo cambio climático y se revirtió el patrón que había imperado durante los cuatro milenios anteriores. Las lluvias monzónicas volvieron a desplazarse hacia el sur, abandonando el desierto para siempre. Los lagos del hasta entonces reverdecido Sahara comenzaron a agostarse uno tras otro, para finalmente extinguirse por completo. La crudeza del mar de arena comenzó a reclamar sus antiguas posesiones y los habitantes de aquellos oasis vieron que su relativamente cómoda existencia como pastores y horticultores ya no encontraba acomodo allí. Como quisiera que las agradables praderitas lacustres languidecían y morían, no les quedó más remedio que hacer el equipaje y marcharse en busca de un lugar mejor para vivir: se produjo una nueva oleada migratoria que seguía el camino inverso a la de 4000 años atrás. Si bien algunos grupos humanos persiguieron a las lluvias hacia el sur estableciéndose en el Sahel —la franja semiárida que todavía hoy separa el África dorada y desértica de esa otra África verde de la sabana—, la mayoría de los habitantes del Sahara tomaron el camino más fácil y volvieron a establecerse a las orillas del Nilo, junto a las poblaciones más primitivas de cazadores y pescadores que habían permanecido allí por 4000 años.

Sin embargo, los hombres y mujeres que ahora se reasentaban junto al río eran muy distintos de aquellos antepasados que se habían marchado milenios atrás. Ya no eran cazadores y recolectores, sino que poseían un arsenal de conocimientos técnicos que les permitía enfrentarse con más éxito al volátil humor del torrente fluvial. Ahora sabían cómo cuidar el ganado, en el que además de vacas empezó a haber cabras, ovejas, asnos y cerdos. También sabían cómo cultivar y cosechar sus propios vegetales, cómo excavar pozos, cómo construir cabañas dotadas de huertos, fogones, chimeneas e incluso camas de piedra; sabían como medir el tiempo y poseían considerables nociones de astronomía. Ahora sí podían intentar aprovechar las hasta entonces catastróficas crecidas del Nilo. Acostumbrados a ingeniárselas en mitad de los vaivenes hídricos de los lagos del interior, no tardarían en descubrir la manera de exprimir las posibilidades de aquella tierra negra de aluvión que el Nilo traía consigo desde el corazón del continente, la cual quedaba al descubierto cuando las inundaciones remitían. Todo lo que aquellas tribus tenían que hacer era plantar sus cultivos al retirarse la última inundación y cosechar justo antes de que se produjera la siguiente. Para cuando el río volvía a crecer y anegaba nuevamente el terreno cultivable, las tribus ya tenían sus graneros llenos, puesto que almacenaban alimentos (ahora también el trigo y la cebada) en silos erigidos al efecto. La productividad del terreno de aluvión —de hecho una de las tierras más fértiles del planeta— facilitó una sociedad de granjeros en la que se producía un creciente excedente de comida y en consecuencia un incremento de la población. Los inmigrantes del Sahara dominaban manufacturas como la alfarería, la cestería y la confección de tejidos de lino y cuero. También disponían de instrumentos muy cuidadosamente labrados en sílex, hueso e incluso marfil, los cuales eran cada vez más delicados y de diseño más estético, entre los que abundaban incluso los accesorios para el aseo personal (incluida la aplicación de cosméticos). También eran comunes los accesorios ornamentales para la vestimenta y los amuletos. Aquellos arcaicos egipcios vivían ya lo suficientemente bien como para preocuparse mucho por su aspecto.

Durante mucho tiempo, eso sí, siguieron habitamdo la región en condición de seminómadas. Al contrario de lo que sucedería en otras culturas como la de Mesopotamia, los egipcios no podían fundar ciudades junto al Nilo Como les había ocurrido a sus antepasados, se veían forzados a avanzar y retroceder según el capricho de las crecidas, ya que no tiene mucho sentido intentar construir una vivienda permanente allí donde el agua terminará apareciendo tarde o temprano. Y dado que dichas crecidas podían ser mucho más extensas de lo normal sin previo aviso, no había forma humana de fundar una aldea permanente cerca de los cultivos del aluvión y tener la garantía de que no terminaría inundada. Quizá por ese motivo la evolución de la actividad agrícola egipcia pareció de repente estancarse y acumular cierto retraso con respecto a la agricultura surgida más recientemente en regiones como Oriente Medio. Es probablemente  que este estancamiento fuese lo que llevó a pesnar durante un tiempo que los egipcios habrían evolucionado hacia la agricultura como consecuencia de la llegada de extranjeros que les enseñaron a labrar la tierra, ya que tras regresar al Nilo sus propios cultivos parecían más primitivos que los de otros lugares del mundo conocido. Con todo, aquellos clanes neolíticos seguían evolucionando y yacimientos como los de El Fayum y Merimde-Beni-Salame al norte del país o el de El-Badari al sur, parecen indicar ya un considerable grado de sofisticación, además de la diferenciación cultural entre el Bajo y el Alto Egipto que se mantendría durante el resto de su historia.

La granja, elemento básico del retorno al Nilo.
La granja, elemento básico del retorno al Nilo.

Hacia el 4000 a. C. llegó a Egipto la Edad de los Metales. Las técnicas metalúrgicas empezaron a extenderse por el cauce del Nilo, aunque en este caso sí las aprendieron de sus contactos con los pobladores de Oriente Medio, donde hacia el 5500 a.C. habían surgido culturas mesopotámicas que sabían cómo trabajar el cobre y el plomo. Los primitivos egipcios habían ido ocupando territorios cada vez más extensos, contactando con otros pueblos, y además se había iniciado el intercambio marítimo. Así irrumpieron en Egipto nuevas tecnologías desarrolladas en el extranjero. Los egipcios, eso sí, se veían obligados a adquirir ciertas materias primas —muy especialmente los metales— mediante el comercio exterior, comprándoselas a los habitantes del Sinaí, de Nubia o de las orillas del Mar Rojo. La tierra de aluvión era muy fértil pero apenas podía encontrarse materias primas como el metal o la madera, y solamente abundaban minerales como el sílex, muy apropiado para construir útiles aunque menos resistente que el metal. Ello explica que Egipto, aun después de haber descubierto la metalurgia, continuara siendo una cultura muy aferrada a la piedra.

La llegada de la metalurgia, en todo caso, posibilitó la construcción de nuevas herramientas y por ende el desarrollo de técnicas punteras de construcción. Los egipcios estaban forzados a agudizar el ingenio debido a las particulares condiciones de su entorno y pronto volverían a sobrepasar a sus contemporáneos en cuanto a desarrollo tecnológico: gracias al metal se produjo otro considerable salto en su ingeniería y comenzaron a aplicar novedosas ideas para hacer frente al neurótico Nilo. Ahora podían trabajar más eficazmente la piedra. Construyeron diques y canales, infraestructuras que les permitían controlar y desviar las inundaciones en determinados puntos del trayecto fluvial, con lo que podían salvaguardar algunos terrenos del asalto de las aguas. Así (¡por fin!) tuvieron la oportunidad de fundar asentamientos fijos desde donde llevar una vida sedentaria que les permitiese dedicar más tiempo y esfuerzo a su propia evolución cultural. Nacieron sus primeras ciudades y dio comienzo el llamado periodo predinástico, en el que aparecieron reinos bien definidos y se siguieron conformando varias de las características que asociamos al Egipto clásico. Con el sedentarismo, cómo no, también se renovó su tejido industrial. La creciente productividad agrícola, pesquera y ganadera de las ciudades y sus arrabales permitió que cada vez más personas pudiesen habitar la cuenca del Nilo. Con una mayor población, más individuos se dedicaban a tareas creativas, científicas y administrativas. Dicho de otro modo: había más cabezas para generar nuevas ideas, había más brazos para ejecutar esas ideas y había unas autoridades centralizadas y fuertes para ordenar que efectivamente esas ideas fuesen ejecutadas. Finalmente, tras varios miles de años, los habitantes de la región habían aprendido a convivir con el ingobernable Nilo y a extraer de él todos los frutos posibles sin tener que vagar constantemente de aquí para allá.

Los restos arqueológicos muestran que comenzaron también a importar piedras preciosas, lo cual, además de demostrar que su comercio exterior estaba floreciendo considerablemente, es signo de una creciente división social y una alta sofisticación. La ornamentación de su cerámica, amuletos y demás utensilios se hizo todavía más rica. La planificación urbana y la arquitectura de las propias viviendas también se tornó más compleja, como sabemos por algunos enterramientos de personajes importantes en donde se han encontrado maquetas a escala de los inmuebles propiedad del difunto (una manera de que tuviese un hogar en la otra vida; ¡eso sí es atarse a una hipoteca!). Sus ritos funerarios y religiosos también seguían evolucionando, incluyendo ya las primeras representaciones de los dioses que veríamos más tarde en el panteón egipcio del periodo dinástico. Después del año 3500 a.C. comenzaron a erigirse los primeros templos de gran tamaño, aunque algunos todavía estaban hechos con ladrillos de adobe y no con piedra. Pero era el primer paso hacia maravillas como las pirámides. La aparición de construcciones cada vez más elaboradas nos habla no solamente de una creciente especialización del trabajo, sino de una lenta y progresiva subdivisión en clases sociales más definidas: con el transcurrir de los siglos terminarían surgiendo aristócratas, sacerdotes y escribas; también artesanos y comerciantes, además de los granjeros y pequeños agricultores, ganaderos, pescadores… aunque en las zonas más áridas, especialmente del Alto Egipto, continuaban concentrándose algunos grupos más empobrecidos de pastores e incluso cazadores que todavía llevaban una existencia nómada y primitiva, pero que ahora constituían poblaciones marginales en lo que era ya una civilización avanzada y floreciente. También se extendió la escritura —como los famosos jeroglíficos—, lo que realmente marcaría la entrada de Egipto en la Historia.

En resumen, estos fueron los orígenes: migraciones masivas a los grandes oasis de un Sahara donde caían lluvias torrenciales y el posterior retorno hacia el Nilo. Más adelante vendría la unificación de los dos Egiptos con sus sucesivas dinastías; los gigantescos templos, los obeliscos, las tumbas faraónicas, los palacios, las pirámides. En definitiva, la civilización egipcia tal y como nuestra común imaginación la concibe. En una progresión lenta pero segura, el Nilo vio cómo sus modestas agrupaciones de cazadores habían metamorfoseado en una sociedad fascinante e increíblemente compleja, bastante más sofisticada que ninguna otra que hubiese por entonces en el mundo. No fueron los dioses, ni los atlantes, ni los extraterrestres, sino largas etapas de cambios climáticos las que posibilitaron la aparición de Egipto. A Heródoto y Manetón, sin lugar a dudas, les hubiese encantado saberlo. Hoy, la vieja cultura egipcia hace ya mucho que se extinguió —los agonizantes vestigios, incluyendo los últimos jeroglíficos conocidos, datan del siglo IV de nuestra era—, pero es precisamente en nuestra época moderna cuando empezamos a conocer mejor el nacimiento de una civilización tan única que algunos incluso quisieron pensar que procedía de otro planeta.

Aunque, bien mirado, un planeta donde llovía en el Sahara era realmente otro planeta. Si hoy realmente nos sobreviene un cambio climático, quién sabe en qué nos convertiremos. Quizá dentro de dos mil años habrá un Heródoto que contemple con fascinación nuestros rascacielos ya vacíos y se pregunte “¿de dónde surgió aquella gente?”.