Esto no estaba en el guion

Los cuatro cocos. Imagen: Paramount Pictures.

Los propios guiones de las producciones protagonizadas por los hermanos Marx eran conscientes de que en ocasiones no podían estar a la altura de las estrellas de la función. A veces, ni siquiera eran capaces de seguirles el ritmo: a la hora de rodar Los cuatro cocos (1929), el primer largometraje de los Marx, la productora filmó las secuencias utilizando varias cámaras porque, debido a lo mucho que improvisaban los cómicos, era imposible repetir la misma escena desde diferentes planos tirando de una sola cámara. En dicha película, varios de los gags que aparecieron en pantalla ni siquiera figuraban en el libreto original de la obra en la que se basaba. Por eso mismo, los posteriores guiones cinematográficos de los Marx comenzaron a adoptar la costumbre de dejar huecos en blanco para que la prole se luciera con su ingenio. En determinados momentos de dichos textos, los guionistas simplemente se dedicaban a especificar que a alguno de los hermanos le tocaba realizar sus business (sus «asuntos»), señalando de ese modo aquellas secuencias que los actores podían rellenar tirando de improvisación. Harpo era a quien normalmente le caían más «asuntos» debido a su capacidad innata para sacarse ocurrencias de la chistera, y Groucho el segundo más solicitado por los escritores a la hora de hablar de business.

Seguir el guion original a rajatabla no siempre es la mejor idea posible. Porque en el set y entre los actores a veces nacen ideas, accidentes y diálogos que mejoran el resultado final o lo redondean convirtiéndolo en algo mucho más auténtico. Porque a veces eso no estaba en el guion.

Business

Quienes trabajaron con Stan Laurel y Oliver Hardy, conocidos artísticamente por aquí como el gordo y el flaco, solían contar que la pareja cómica rodaba a las bravas, improvisando en el plató la mayor parte de lo que ocurría en sus producciones y a partir de libretos de escasas páginas que se asemejaban más a sinopsis ligeras que a guiones reales. El dúo se hizo famoso por renegar de repetir aquellas secuencias que incluían diálogos, solo regrababan sin rechistar los stunts que eran puramente físicos, porque consideraban que una segunda toma restaría frescura al asunto. Henry Brandon, un actor que colaboró con los cómicos en Había una vez dos héroes, lo confirmaba: «Yo pregunté “¿No vamos a hacer otra toma? Y Stan se giró hacia mí y me dijo “¿Es que quieres arruinarlo?”. Lo único que repetían eran los gags físicos, pero nunca el diálogo […] Pretendían capturar la magia de la primera vez».

Laurel y Hardy en Había una vez dos héroes. Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

Lo de Marlon Brando en Apocalypse Now es bastante conocido, pero no deja de ser maravilloso por tratarse de un caso en donde un intérprete improvisó todo un personaje en lugar de un par de líneas. El director, Francis Ford Coppola, se encontró con que el reputado actor que habían fichado para el papel del coronel Kurtz se había convertido de repente en una persona extremadamente obesa (Gray Frederickson, coproductor del film, explicaba que «no existía uniforme de boina verde en el mundo lo suficientemente grande como para cubrir a aquel tipo»), y también que se había hecho un sombrerito de papel con el guion que le remitieron. Coppola optó por esconder a Brando entre las sombras y filmarlo durante horas mientras improvisaba líneas sin parar. Entre aquellas tomas, el actor se marcó un monólogo delirante de dieciocho minutos, dos de los cuales serían utilizados en el montaje final. Una parrafada incoherente tras la cual Brando se dirigió al realizador con un «Francis, he llegado tan lejos como he podido. Si necesitas más tendrás que contratar a otro actor». En general, casi toda la cháchara del personaje durante la historia nos llegó repleto de sentencias improvisadas por el tarado de Brando.

Brando en Apocalypse Now. Imagen: Lionsgate films.

Stanley Kubrick, un director famoso por ser tremendamente maniático, controlador y perfeccionista con cada detalle de sus obras, también tuvo que rendirse en ocasiones y reconocer que la improvisación de los intérpretes beneficiaba el conjunto. En ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú el fichaje de Peter Sellers fue determinante para moldear el tono de la película. El actor, una apisonadora de espontaneidad, interpretó tres papeles distintos en el mismo film, elaborando por su cuenta gran parte de los diálogos y moldeando al Dr. Strangelove, un excientífico nazi en silla de ruedas que se convertiría en uno de los grandes iconos de la historia del cine. Los mejores gags protagonizados por aquel personaje, como la manía de llamar erróneamente «Mein Führer» al presidente de los Estados Unidos o la constante pelea con su propio brazo para no efectuar saludos nazis, eran ocurrencias del propio Sellers. De hecho, en Alerta roja, el libro de Peter Bryant en el que se basaba (vagamente, la verdad) ¿Teléfono rojo? ni siquiera aparece el Dr. Strangelove.

Filmando La naranja mecánica, Kubrick se encalló creativamente a la hora de estructurar la secuencia en la que Alex (Malcom McDowell) y sus colegas asaltaban la casa de un escritor y su mujer. Incapaz de planear la acción de alguna manera vistosa, Kubrick propuso a McDowell improvisar algún tipo de baile durante el asalto y el actor brincó por la pantalla arreando patadas y sopapos mientras entonaba la única canción que se sabía: «Singing in the Rain». El resultado, cómico y aterrador al mismo tiempo, maravilló a un Kubrick que desembolsó diez mil dólares para comprar los derechos de la canción y utilizarla legalmente en la peli. El caso de R. Lee Ermey en La chaqueta metálica fue algo especial: el hombre había sido contratado inicialmente como consejero técnico por su carrera militar pretérita, fue sargento en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, pero Kubrick le otorgó el papel del sargento de infantería Hartman tras descubrir su desparpajo innato para ametrallar con insultos. Ermery gozó del mismo privilegio inusual para una producción de Kubrick que tuvo Peter Sellers: escribir sus propios diálogos, porque cualquier otra cosa que pudiesen idear los guionistas no hubiera estado a su altura.

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Imagen: Columbia Pictures

A Robin Williams nadie le tosía a la hora de improvisar payasadas ante las cámaras. En El indomable Will Hunting la anécdota que relata su personaje a Matt Damon sobre los pedos de su mujer fallecida nunca había formado parte del guion original, sino que fue una ocurrencia del actor que provocó la carcajada sincera del propio Damon. Supuestamente, los meneos de la imagen que ocurren durante dicha escena también fueron provocados por el descojone del cámara que filmaba la secuencia, alguien a quien pilló desprevenido ese diálogo sobre unas flatulencias tan potentes como para despertar a un perro. En la versión animada de Aladdín, la interpretación de Williams como el genio de la lámpara también se convirtió en leyenda por lo sucedido en la sala de doblaje. El libreto inicial dibujaba a un genio mucho más contenido y formal pero, cuando Williams se colocó delante del micrófono e improvisó coñas durante horas, los responsables del film decidieron tirar los diálogos originales a la basura y seleccionar el material de entre todas las bromas que iba disparando el comediante. La cantidad de texto improvisado en aquel personaje fue tan abundante que la película no pudo presentarse a los Óscar en la categoría de mejor guion adaptado. Señora Doubtfire, papá de por vida, Good Morning, Vietnam o Una jaula de grillos también incluyeron una cantidad bastante notable de frases ideadas sobre la marcha por el cómico. Rogert Ebert llegó a escribir que uno podía reconocer lo holgazán de una película de Robin Williams según la cantidad de vocecillas que el hombre imitaba a lo largo de la historia. Ebert metía la pata, porque en Aladdín el actor grabó más de cincuenta imitaciones. Y Aladdín es fabulosa.

El indomable Will Hunting. Imagen: Miramax.

El ejemplo más claro de lo mucho que podía llegar a desmadrarse cualquier cosa en la que Williams tuviese barra libre ocurrió cuando el famoso Inside the Actor’s Studio, un programa presentado por James Lipton y basado en realizar extensas entrevistas a actores célebres, invitó al cómico a participar en una de sus entregas a principios del 2001. En aquel show, Williams entró en el escenario con toda la artillería y Lipton tardó cinco minutos en formular la primera pregunta porque el comediante estaba demasiado ocupado haciendo reír al público con tontadas. La entrevista al completo se convirtió en una enorme perfomance del estilo de comedia de Williams: cuando Lipton le lanzó la pregunta «Si existe el cielo ¿qué le gustaría escuchar decir a Dios cuando usted se presente ante aquellas puertas nacaradas?», el cómico remató con un «Si el cielo existe sería una gran alegría saber que allí también existe la risa. Solamente por oír como Dios se marca un “Dos judíos entran en un bar…”». Por lo visto, el programa tuvo consecuencias fatales para la salud de su audiencia, porque el propio Lipton juraba y perjuraba en los comentarios del DVD que a una persona del público se la tuvieron que llevar en ambulancia por culpa de una hernia que le había aflorado de tanto reírse.

El dolor improvisado

La escena de El Señor de los Anillos: las dos torres en la que Aragorn (Viggo Mortensen), Legolas (Orlando Bloom) y Gimli (John Rhys-Davies) se topan con una barbacoa de cadáveres a medio apagar y creen que sus amiguitos hobbits, Merry (Dominic Monaghan) y Pippin (Billy Boyd), reposan entre aquellas cenizas es muy conocida por lo doloroso que resultan sus imágenes más allá del terreno dramático. Peter Jackson ordenó a Mortensen patear con fuerza, y hacia la cámara, un casco del ejército orco mientras el personaje lamentaba el destino de sus compañeros de aventuras. Y tras rodar unas cuantas tomas, el actor se marcó una interpretación muy visceral donde el puntapié llegó acompañado de un berrido de rabia, instantes antes de que el personaje cayese de rodillas. Ocurría que con aquella patada el muy entregado Mortensen se había roto dos dedos del pie, y que el grito del personaje se debía más al dolor físico y real que al ficticio y emocional. Pero el actor mantuvo el tipo, no dijo nada sobre lo de haberse convertido los deditos en fosfatina hasta que la cámara dejó de rodar, y a Jackson le pareció tan redondo el resultado como para utilizar aquella toma en el montaje final.

La pasión de Cristo. Imagen: 20th Century Fox.

De tanto en tanto las lesiones, los tropezones, la sangre y los huesos rotos se cuelan en el metraje porque a veces la manera más eficaz de que los actores saquen lo mejor de sí mismos supone filmarlos deslomándose en pantalla. En Acorralado, John Rambo (Sylvester Stallone) se comía un montón de ramas entre gritos de dolor, alaridos que tenían muy poco de teatrales porque el actor se rompió tres costillas rodando el batacazo. En El club de la lucha, Brad Pitt recibió un puñetazo inesperado por parte de Edward Norton en la secuencia donde ambos jugaban a pegarse entre ellos. El actor en realidad creía que su compañero de reparto iba a azotarle en el hombro, pero David Fincher, director del film, agarró a Norton justo antes de rodar y le comentó en privado que todo sería mucho más hermoso si apuntaba la hostia hacia la oreja. Tras el tortazo, ambos fueron tan profesionales como para no salirse de sus roles y la escena quedó mucho más natural con los quejiditos de Pitt preguntándose por qué coño acababa de recibir un golpe en la oreja. Harrison Ford se hizo cisco la rodilla mientras filmaba una escena en el bosque para El fugitivo, pero optó por no recibir asistencia médica, pese a necesitar una intervención en la pierna, hasta que hubiese terminado el rodaje, porque la cojera que le producía aquella lesión le resultaba muy práctica para redondear su interpretación del huido Richard Kimble.

Durante el desenlace de Scream, cuando se revelaba la identidad de los dos asesinos y la cosa se desmadraba, Billy (Skeet Ulrich) azotaba sin querer un telefonazo a Stuart (Matthew Lillard) provocando que el segundo escupiese un muy sincero «You fucking hit me with the pone, dick!» que a Wes Craven le hizo tanta gracia como para decidir conservarlo en la cinta. La caída de culo de Anne Hathaway en Princesa por sorpresa tras resbalarse sobre unas gradas fue un tropezón inesperado que tampoco estaba en el guion, pero la contagiosa carcajada de la actriz tras el porrazo y lo poco que desentonaba aquel patinazo con su personaje hicieron que la secuencia acabase formando parte del producto final. En El baile de los malditos, Marlon Brando acabó hecho trizas tras rodar colina abajo pero mantuvo la compostura y no se quejó hasta que las escena estuvo completada para no estropear la toma. Jim Caviezel se dislocó el hombro interpretando a Jesús de Nazaret al desplomarse mientras acarreaba la cruz en La pasión de Cristo, y le insistió personalmente a Mel Gibson para que metiese las imágenes del doloroso accidente en el montaje definitivo, porque en el fondo aquello iba de ver a Cristo pasándolo fatal.

Regreso al futuro. Parte III. Imagen: Universal Pictures.

Durante el rodaje de la tercera entrega de Regreso al futuro ocurrió un pequeño accidente que estuvo a punto de dejar a su protagonista, Marty McFly (Michael J. Fox), como un muñeco colgando de una soga en aquella secuencia donde era ahorcado por Buford Perro Loco Tannen (Thomas F. Wilson). El propio Fox rememoraría el incidente con detalle, y cierta gracia, en su autobiografía Lucky Man: «En el invierno de 1989, mientras hacíamos Regreso al futuro. Parte III me ahorqué accidentalmente durante un stunt fallido. Marty McFly, atrapado en 1885, se encontraba a merced de una pandilla de villanos que pretendían lincharlo. En el último momento, antes de ser izado, el personaje lograba introducir su mano izquierda entre el cuello y la cuerda que lo ahorcaría. Esta escena no había sido diseñada para mostrar mi cuerpo entero, por lo que durante el primer par de tomas yo me mantenía de pie fuera de plano, apoyado sobre una pequeña caja de madera. […] Pero el efecto del balanceo nunca acaba de parecer realista, por lo que me ofrecí a rodar la escena sin la caja de madera de apoyo. Aquello funcionó durante las dos primeras tomas, pero en la tercera calculé mal y puse la mano en el sitio equivocado. Con la soga alrededor del cuello, y colgando del poste de la horca, se me bloqueó la arteria carótida y me desmayé. Colgué inconsciente de la cuerda durante varios segundos hasta que Bob Zemeckis [director del film], siendo tan fan de mi trabajo como lo es, se dio cuenta de que ni siquiera yo era tan buen actor».

Accidentes y casualidades

En un plano de Cowboy de medianoche, Dustin Hoffman se encara contra un taxi que casi le atropella mientras camina junto a Jon Voight por las aceras de Nueva York. La muy famosa frase que espeta Hoffman al conductor («I’m walking here!» en el original) ha cultivado la leyenda de que le salió del alma al actor cuando el taxi, que se había saltado un semáforo en rojo, casi le arrolla de verdad. Uno de los productores afirmaría que todo eso estaba preparado de antemano, pero lo cierto es que aquella escena de Cowboy de medianoche se rodó con cámara oculta, por lo que la posibilidad del accidente imprevisto es bastante factible. Y si uno presta atención a la secuencia, descubrirá que a Hoffman se le olvida recuperar el acento de su personaje tras mandar a pastar al taxista.

Cowboy de medianoche, ellos están andando por ahí.

En Guardianes de la galaxia, la escena en la que a Peter Quill (Chris Pratt) se le resbalaba el Orbe por accidente de la zarpa no estaba planeada, sino que fue fruto de la torpeza del propio actor, pero encajaba tan bien con su rol como para no ser descartada en la sala de montaje. En Las horas, un grifo caprichoso sorprendió a Meryl Streep soltando un chorro de agua inesperado, remojando los alrededores más de la cuenta en medio de una escena dramática, pero la actriz no se salió del personaje pese al percance fontanero. En El Señor de los Anillos: la Comunidad del Anillo, Ian Mckellen realmente se dejó la cabeza hostiándose contra el techo de la casa de Bilbo. Y en Las dos torres una ráfaga de viento reescribió el guion: en un plano, a la vera de Éowyn (Miranda Otto), la bandera de Rohan se desenganchaba del poste al que estaba amarrada y salía volando por los aires hasta caer a los pies de Aragorn. Fue algo totalmente accidental, la bandera se descolgó mientras estaban filmando la escena, y a Peter Jackson le pareció tan adecuado como para aprovechar la toma en la película añadiendo unos segundos adicionales de la bandera en CGI surcando los cielos y grabando posteriormente la escena con Aragorn viendo aterrizar el trapo.

Durante el rodaje Mad Max 2, uno de los especialistas salió disparado por los aires de la peor manera posible mientras se rodaba la colisión de su moto con otro vehículo, y acabó partiéndose las dos piernas al aterrizar. El stunt no había sido ideado para que ocurriera de manera tan aparatosa, pero lo filmado se utilizó en la película porque una hostia con un maloso dando vueltas por los aires de aquella manera era material de primera.

Esto no estaba en el guion

El M.A.S.H. cinematográfico dirigido por Robert Altman estaba basado en un guion de Ring Lardner Jr. que a su vez adaptaba una novela firmada por un tal Richard Hooker que en realidad era el pseudónimo de dos personas: un cirujano que colaboró en la guerra de Corea llamado Hiester Richard Hornberger Jr. y el escritor W. C. Heinz. Pero a la película toda aquella paternidad difusa le importaba bien poco, porque Altman opinaba que la novela original era un texto «terrible y muy racista» y observaba la adaptación de Lardner más como un trampolín para lanzar la historia que como unas instrucciones que seguir al pie de la letra. Por eso mismo, el realizador dejó la puerta bastante abierta a la improvisación durante el rodaje, filmando cuando las escenas supuestamente habían concluido para forzar a los actores a exprimir más sus papeles, colando personajes en secuencias donde no figuraban inicialmente y, en general, podando los diálogos originales para que los actores se inventasen los suyos propios.

Curiosamente, al contrario de lo que ocurriría con Aladdín, tanta improvisación no impediría que la película se llevase, a nombre de Lardner, el Óscar al mejor guion adaptado. Lo cierto es que, según contaban tanto el propio Altman como el actor Elliott Gould, al guionista le enervó muchísimo que el film se pasase su texto por el forro, llegando a afirmar en público que «En la pantalla no aparece ni una sola palabra que yo haya escrito». Tiempo después, Lardner aclararía en su autobiografía que nunca se había cabreado con todo aquello. Porque claro, no vas a tener un Óscar adornando el salón e ir diciéndole a todo el mundo que no te lo mereces.

Paul Schrader firmó el guion de ese Taxi Driver que dirigiría Martin Scorsese, pero la frase más recordada de toda la película nunca brotó de su pluma. Sobre el papel, Schrader se limitó a escribir un «Bickle habla consigo mismo ante el espejo». Delante la cámara, un Robert De Niro muy metido en el papel de Travis Bickle improvisó una vacilada frente a su reflejo en donde espetaba el famoso «¿Me estás hablando a mí?» antes de desenfundar su arma y apuntar. También fue espontáneo aquel siseo espeluznante de Hannibal Lecter (Sir Anthony Hopkins) en El silencio de los corderos después de confesar que se curró una fabada al hígado humano acompañada de chianti. Chris Pratt tuvo la culpa de colar en el metraje el chiste más burro de Guardianes de la galaxia: aquel momento en el que su personaje afirmaba «Si tuviese una luz negra, este lugar sería como una pintura de Jackson Pollock». Y Will Smith soltó en Hombres de negro un descacharrante «Últimamente llueven negros en Nueva York» sin avisar a nadie antes. Según el guion de El Imperio contraataca, Han Solo (Harrison Ford) debería de haber contestado con un «Yo también te quiero» a la declaración de amor de la princesa Leia (Carrie Fisher), pero el actor decidió sustituir la frase por un «Lo sé» porque consideraba que eso le pegaba más a Solo. Y acertó de pleno.

Taxi Driver. Imagen: Columbia pictures.

John Carpenter le permitió a James Woods improvisar todo lo que le viniese en gana en Vampiros con la condición de que a cambio rodase una toma tal y como figuraba en el libreto. Carpenter confesó más tarde que acabó utilizando gran parte de lo improvisado por Woods, porque molaba mucho más que lo que estaba escrito. En El resplandor, Jack Nicholson se sacó de la manga aquel famosísimo «Heeeeeeere’s Johnny!» tras abrir un boquete en una puerta a base de hachazos. Era una referencia al popular, por aquel entonces, The Tonight Show Starring Johnny Carson donde habitualmente se presentaba con esa misma frase al maestro de ceremonias. En España, como aquel Johnny era un completo desconocido, el doblaje se conformó con sustituir la frase por un muy recordado «¡Aquí está Jack!». Fruto de la improvisación también nacieron la frase «Necesitará otro barco más grande» de Tiburón, aquella malrollera escena de «¿Te hago reir? ¿crees que estoy aquí para divertirte?» de Uno de los nuestros en donde Joe Pesci le ponía los huevos de corbata a Ray Liotta, el «¡Soy el rey del mundo!» de Leonardo DiCaprio en Titanic, aquel «¡Tú no puedes encajar la verdad!» que gritaba Jack Nicholson en Algunos hombres buenos, el ruido más molesto del mundo de Dos tontos muy tontos y gran parte de los diálogos que ocurrían en la delirante This is Spinal Tap, un mockumentary donde los tres actores principales (Christopher Guest, Michael McKean y Harry Shearer) acabaron figurando como coguionistas en los créditos debido a lo mucho que aportaron de su cosecha.

En busca del arca perdida y la simpática escena del enfrentamiento de Indiana Jones (Harrisond Ford) contra el árabe de espada gorda es otro de los grandes ejemplos de improvisación sobre la marcha. Inicialmente, la secuencia había sido imaginada como una pelea compleja y mucho más extensa. Pero tanto el actor como parte del equipo padecían en aquel momento de una diarrea severa por culpa de comida en mal estado, no tenían demasiadas ganas de complicarse la vida y, para atajar el trabajo, alguien (los testimonios no se ponen de acuerdo sobre si fue Ford o Steven Spielberg) sugirió que el héroe se limitase a despachar al adversario de un tiro y con desgana. La ocurrencia resultó fabulosa y la escena se convirtió en un momento clásico y muy celebrado.

A Orson Welles le pillaron diciendo por ahí que había escrito él mismo los diálogos de su personaje, Harry Lime, en El tercer hombre. Dicha afirmación era mentira, una vacilada de Welles, aunque escondía una pequeña verdad. Porque fue Welles quiEn improvisó la mejor divagación pronunciada por Lime: «En Italia, cuando mandaban los Borgia, hubo mucho terror, guerras y matanzas, pero también fue la época de Miguel Ángel, de Leonardo da Vinci y del Renacimiento. En Suiza pasó lo contrario, hubo quinientos años de amor, de democracia y de paz ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco».

En la versión en castellano de Casablanca nos perdimos la que algunos consideran la frase más legendaria de la historia del cine: «Here’s looking at you, kid», un brindis que Rick (Humphrey Bogart) utilizaba en varias ocasiones para demostrar, a su manera, afecto a Ilsa (Ingrid Bergman). La difícil traducción de la frase hizo que el doblaje en castellano decidiese tirar la toalla con ella y sustituirla por cosas diferentes cada vez que se pronunciaba («Entonces, por nosotros», «Toda la suerte, Ilsa», «Por todos nosotros» y «Vamos, vamos, ve con él, Ilsa») arrebatándole toda la magia al asunto. Lo que ahora nos interesa es que aquel «Here’s looking at you, kid» original que ha pasado a la historia fue un añadido del propio Bogart. Una expresión, utilizada antes por el actor en la película Medianoche (1934), que en Casablanca era al mismo tiempo una especie de chiste privado porque apareció durante las manos de póquer que el equipo jugaba en las pausas del rodaje: Bergman todavía no controlaba del todo el inglés y Bogart le enseñó aquella frase para que la actriz la añadiese a su repertorio a la hora de encarar partidas con cartas.

Casablanca. Imagen: Warner Bros.


¿Cuál es el spoiler más malicioso? (CONTIENE SPOILERS)

Hubo un tiempo en el que si te perdías el episodio de una serie no había más remedio que alguien te lo contara. Una época en la que había dos canales de televisión, a lo sumo tres, de manera que todo el mundo estaba sincronizado en lo que veía y las conversaciones fluían con naturalidad al día siguiente en los centros de estudio y de trabajo. Entonces llegaron más canales, se popularizó el vídeo y, lo que es peor, apareció internet. Todo ello sembró la confusión a la manera de una torre de Babel: ahora cualquier inconsciente te podía comentar a bocajarro un episodio que aún ni siquiera habías descargado, criticaba películas que todavía no estrenadas en los cines… El caos. Foros y redes sociales se convirtieron en campos minados con desenlaces sorprendentes, muertes inesperadas de personajes y toda clase de giros de guion esparcidos por doquier. Entonces surgió el miedo paranoico al spoiler (o «destripe», tal como recomienda Fundéu y diremos a partir de ahora) y con él la satisfacción un tanto perversa de quien pisa el jardín justo donde el cartel lo prohíbe. Así que en ese jardín nos meteremos a continuación, pero como no somos malas personas pueden seguir leyendo tranquilamente, que algunos destripes nos los hemos inventado, de manera que si no han visto tal o cual película no se la arruinaremos. O sí.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Juego de lágrimas: la protagonista trae sorpresa

Imagen de Miramax.
Imagen de Miramax.

El terrorista que mantiene secuestrado a un soldado británico termina prometiéndole que buscará a su novia si algo sale mal. Efectivamente este muere, pero no por culpa del IRA sino de quienes acuden a rescatarlo (vaya, qué inesperado en el autor de Michael Collins), así que cumple su palabra, acude donde está ella, una cosa lleva a la otra… Y llegamos al momento cumbre de la narración, ese que habría tenido un broche glorioso si el personaje de Stephen Rea hubiera dicho «nadie es perfecto» y ya que estaban en faena lo rematasen. Pero era muy de pueblo y se quedó con la cara de susto que pueden ver sobre estas líneas, en una película que fue la comedia del año, aunque no lo pretendiese.

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Campamento sangriento: Ángela es la asesina, que además tiene pene

Imagen de American Eagle Films.
Imagen de American Eagle Films.

Aquí tenemos también el mismo recurso en un clásico ochentero del subgénero slasher tan abominablemente malo que resultó ser un éxito y tuvo varias secuelas. Al fin y al cabo es de esa clase de películas idóneas para ver entre amigos y con mucho alcohol de por medio, pero mucho. Todo en ella es aberrante: las actuaciones, los diálogos, la banda sonora, las muertes disparatadas que se van sucediendo… Hasta llegar a la escena final, cuando la hasta entonces cándida Ángela es encontrada desnuda, cubierta de sangre y con cara de loca, con un cuchillo en una mano y dejando caer de la otra una cabeza recién decapitada. Pero nada de eso es lo que deja sorprendido al personaje que la descubre, que exclama consternado: «¡Oh, Dios, es un niño!».

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El gabinete del doctor Caligari: todo es una fantasía del protagonista

Imagen de dominio público.
Imagen de dominio público.

Si aún no conocen esta obra maestra del cine o les apetece volver a verla, aquí la tienen libre de derechos de autor. Fue una de las cintas que definieron el expresionismo alemán, una sutil metáfora sobre la situación política de Alemania en su tiempo (y de lo que estaría por venir) y su trama —en la que todo resulta ser el sueño de un loco— una magnífica excusa para esos decorados de una imaginación desbordante. Hasta su cartel es una pequeña joya. Pero lo que aquí nos interesa es el giro final de guion, un hallazgo pionero que luego se repetiría en otras muchas películas. Sin ir más lejos, en una que también tomaría prestados de ella otros muchos elementos, Shutter Island.

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El club de la lucha: Tyler Durden es solo un amigo imaginario

Imagen de Fox 2000 Pictures.
Imagen de Fox 2000 Pictures.

Siguiendo con las fuentes que las generaciones posteriores copian, homenajean, adaptan y retuercen una y otra vez, ¿qué saldría si juntamos El gabinete del doctor Caligari con El invisible Harvey? Pues tal vez algo parecido a la novela de Chuck Palahniuk que David Fincher llevaría al cine. Un director este muy aficionado a desenlaces en los que arrear una patada con carrerilla a los espectadores, y suele atinar. De Seven, por ejemplo, ya hablamos aquí.

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Los caballeros de la mesa cuadrada: locos contemporáneos que creen vivir en la Edad Media

Imagen de Columbia.
Imagen de Columbia Pictures.

El humor es algo muy voluble y los chistes de gangosos que hace unos años eran muy divertidos ahora pueden provocar miradas de extrañeza. Los Monty Python, sin embargo, parecen inmunes al transcurso del tiempo, pasan los años y ahí siguen siendo recordados o descubiertos por las nuevas generaciones. Uno de ellos fue M. Night Shyamalan, que vio esta película y podemos recrear qué es exactamente lo que le pasó por su cabeza: «copiaré la idea del final pero sustituyendo la comedia por el drama/suspense para que no se note, ea, ya tengo película nueva, la llamaré El bosque».

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Los otros: la protagonista está muerta y no lo sabe

Imagen de Sogepaq.
Imagen de Sogepaq.

Y hablando de este cineasta tan aficionado a fiarlo todo a un giro final epatante, podríamos recordar aquella que le dio reconocimiento. O podríamos no hacerlo y remitirnos mejor a la de Amenábar, que al menos no disimulaba sus influencias, concretamente Otra vuelta de tuerca. ¿Quién se acordaría hoy de El sexto sentido si Los otros se hubiera estrenado un poco antes?

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La escalera de Jacob: todo es una fantasía del protagonista, que además está muerto

Imagen de Carolco Pictures.
Imagen de Carolco Pictures.

Un soldado es herido en Vietnam y desde entonces su mundo se hará progresivamente más extraño, hasta que finalmente descubramos que en realidad murió en aquel momento. Lo experimentado desde entonces ha sido una labor de zapa del diablo hacia todo aquello que valoraba en la vida y de lo que tanto le cuesta desprenderse.

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Los puentes de Madison: el protagonista es una fantasía de ella, que además está muerta y tiene pene

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

El mismo año del estreno de este film, Clint Eastwood participó con un breve cameo en Casper, lo que indica ya cierto interés por el ámbito sobrenatural, y en esta quiso centrar la historia en torno a los puentes cubiertos, esos lugares que sirvieron de inspiración a Poe para sus cuentos y donde la pareja protagonista de Bitelchus pasó al más allá sin ser inicialmente conscientes de ello. Por si el guiño no fuera suficientemente claro, escogió el puente cubierto Roseman, un lugar en el que un siglo antes desapareció misteriosamente un joven el día que intentaba huir de su boda. Desde entonces se oyen risas y gritos de ultratumba, o eso sostienen lo lugareños. Con esos mimbres elaboró el veterano director esta espeluznante historia de terror.

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Ghost: el protagonista está vivo y no lo sabe

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Aquí asistimos a la historia de un hombre que creía estar muerto hasta descubrir en un sorprendente giro final que no, que solo era muy aprensivo. Por desgracia también descubre que no tiene pene. No se puede tener todo.

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El tercer hombre: Harry Lime fingió su propia muerte

Imagen de London Films.
Imagen de London Films.

Estos cambios tan bruscos en el estado vital de los personajes vienen de lejos y si nos remontamos al cine clásico tampoco faltan ejemplos. Aquí tenemos al intrigante encarnado por Orson Welles, que había fingido su propia muerte en la Europa de posguerra para salir airoso de la trama de mercado negro en la que estaba metido. Sobre esta obra ya escribimos en su momento.

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Dark City: viven en una realidad virtual inventada por extraterrestres

Imagen de New Line Cinema.
Imagen de New Line Cinema.

Una historia que comienza siendo fiel a las convenciones del cine negro y va incorporando algunos elementos fantásticos desemboca en un alucinante final, que parecería que hubiera inspirado a las hermanas Wachowski para la premisa inicial de Matrix aunque en realidad la producción de ambos filmes fue casi simultánea.

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Los crímenes del museo del cera: las figuras están rellenas de sus víctimas

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

La pericia del personaje interpretado por Vincent Price en la elaboración de figuras de cera quedaba bastante en entredicho al descubrirse su método de trabajo. Claro que siempre pudo haber dicho que vale, que matará a gente para hacerlas, pero al menos sus figuras no eran como las del Museo de Cera de Madrid. Y ahí solo quedaba asentir en silencio.

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Sospechosos habituales: Verbal es Keyser Söze

Imagen de Polygram Film Entertainment.
Imagen de Polygram Film Entertainment.

Aunque a estas alturas es casi como revelar que Norman Bates es su madre tampoco podíamos dejarlo fuera. No hay que perder la esperanza de que aún podamos estropearle a alguien esta sorpresa.

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¿Quién teme a Virginia Woolf?: el hijo del que habla la pareja protagonista no existe

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

Esta pareja un tanto desquiciada encarnada por Elizabeth Taylor y Richard Burton podía lanzarse a las discusiones más agrias en torno a algo que, tal como finalmente terminamos conociendo, solo es un retorcido juego privado.

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Nueve bandas sonoras que pueden cambiar su vida

Escena de La comunidad del anillo. Imagen: New Line Cinema / Wingnut Films.
Escena de La comunidad del anillo. Imagen: New Line Cinema / Wingnut Films.

La banda sonora ha sido siempre uno de los grandes (re)activos del cine. Todos saben que Hitchcock estuvo a punto de tirar la toalla con Psicosis hasta que su amado (y después repudiado) Bernard Herrmann se la devolvió con música; Tiburón de Spielberg (y en general toda la carrera de este) quedaría mutilada sin la presencia de John Williams del mismo modo que Darth Vader no luciría igual sin la fabulosa marcha imperial. También es imposible imaginarse La naranja mecánica sin los matices de Wendy Carlos o Blade Runner sin Vangelis o a El jinete pálido sin Lennie Niehaus o a Conan sin Basil Poledouris. Es más, ¿alguien se imagina La profecía sin el «Ave Satanis» de Jerry Goldsmith o Memorias de África sin John Barry? Más bien no.

Las partituras fílmicas forman parte de nuestra vida (lo sepamos o no) y por eso hoy vamos a recomendarles nueve maravillas llamadas a cambiar la forma de sus cavidades auditivas. Nos hemos centrado en los últimos veinticinco años (Krull es del 83, pero permítanmelo, como rareza legendaria) porque si no deberíamos hacer una lista de cien bandas sonoras y luego se quejarían (otra vez) de que los artículos de esta revista son demasiado largos.

(Por cierto, esta es una lista íntima y personal, los que lo deseen pueden elaborar otra y compartirla en la sección de comentarios —o donde les parezca—, pero no lapiden al articulista. Gracias).

Krull

Para los aficionados a las bandas sonoras James Horner es un tótem. En la cabeza las partituras para Proyecto brainstorm, Star trek II: La ira de Khan, Braveheart, Aliens, Los fisgones (con la inestimable colaboración de Branford Marsalis) o En busca de Bobby Fischer. Sin embargo para algunos (como el que firma) su mejor obra sigue siendo Krull, una película de culto, una preciosa joya de serie B que Horner compuso en clave de épica especial, en un trabajo de más de dos horas que va de la aventura al drama y de ahí a la ciencia-ficción, con toques de brillantez tan deliciosos como «La marcha de las yeguas de fuego». Una partitura tan ambiciosa que cuesta encontrar algo equivalente ya no solo en la obra del compositor sino en la historia del género (dejando de lado a John Williams y Jerry Goldsmith, por supuesto).

El club de la lucha

David Fincher siempre ha buscado lo mejor para sus bandas sonoras (es difícil encontrar una banda sonora tan inquietante como la que Howard Shore, del que hablaremos luego, hizo para Seven) pero se hace difícil pensar que hubiera apostado por Trent Reznor y Atticus Ross en tres filmes seguidos (La red social, Millennium y Perdida) sin la experiencia con los Dust Brothers en una película tan incómoda como El club de la lucha. El impresionante trabajo de EZ Mike y King Gizmo (ya a toda marcha desde los títulos de crédito de Kyle Cooper) convenció a Fincher de que podía prescindir de las partituras clásicas para jugar más al ambiental en constante coqueteo con la electrónica más elegante (y sí, los créditos acelerados de El club de la lucha y Milennium son gloriosos). El trabajo de Reznor y Ross es impecable pero la primera piedra fue la película más radical que ha producido un estudio de Hollywood en la era moderna.

El curioso caso de Benjamin Button

Otra vez Fincher, en esta ocasión confiando en uno de los mejores compositores actuales, un tipo llamado Alexandre Desplat, que nos ha regalado maravillas como El árbol de la vida, De óxido y hueso, El discurso del rey o Syriana. Desplat, parisino de gusto exquisito y cuyas partituras rezuman delicadeza, hizo para Fincher un trabajo de colosos construyendo El curioso caso de Benjamin Button: un drama punteado por una de las reflexiones más poderosas que ha dado el séptimo arte en los últimos tiempos sobre el paso del tiempo y la inevitabilidad del azar. El francés, ayudado por un poderoso ejercito de cuerda, era el complemente perfecto para un trabajo sustentado en un clasicismo feroz pero sorprendentemente contemporáneo. La descomunal parte de «En el Palacio de Murmanks» es la mejor demostración del poder de Desplat a la hora de trabajar con elementos aparentemente convencionales para crear una partitura atmosférica que envuelve (y reconforta) al espectador como un abrigo en invierno.

Los fabulosos Baker Boys

Dave Grusin es el hombre que compuso la (espectacular) banda sonora de Los goonies. Además, es un fabuloso músico de jazz y un seguro de vida para cualquier director en busca de un sonido realmente singular para su trabajo. Lo atestiguan partituras tan magníficas como las de El graduado, La tapadera, Habana, Mulholland falls o Caprichos del destino, en las que demostró un dominio apabullantes de todos los resortes de una orquesta (con especial gusto por el piano, un instrumento que es como una segunda piel para este jazzman). En Los Fabulosos Baker Boys, un peliculón de Steven Kloves, Grusin utiliza la propia inercia de la película (sobre dos músicos) para crear una banda sonora que tiene tiempo para ser energética (como ese temazo llamado «Welcome to the road») o melancólica (esas tremendas apariciones de la voz de Michelle Pfeiffer) y que se clava en la película con un efecto tan duradero como el de la propia fotografía de Michael Ballhaus.

Camino a la perdición

Pocos compositores cinematográficos han tenido tanta influencia en el mundo de la banda sonora como Thomas Newman. Desde Golpe al sueño americano a Tomates verdes fritos, El juego de Hollywood, Cadena perpetua, El escándalo de Larry Flint, American beauty (seguramente su trabajo más experimental) o sus trabajos para series como A dos metros bajo tierra o Ángeles en América. Reconozco una querencia absolutamente personal por su partitura para Camino a la perdición, será por instantes como la llegada a Chicago o ese momento bajo la lluvia que representó la última aparición de ese monstruo llamado Paul Newman frente a las cámaras. La belleza del trabajo de Newman para Sam Mendes es de una excelencia tan rotunda que es francamente difícil no ver la película y sentir la emotividad que viste muchas de sus escenas. Puede que no sea su mejor banda sonora pero de lo que no cabe duda es que es de las más intensas y con una escucha basta para comprobarlo: una sola.

El señor de los anillos

A muchos/as lo de incluir esta partitura en la lista de imprescindibles les va a parecer una boutade, pero cuando se desveló que la partitura de la trilogía la iba a firmar el compositor canadiense Howard Shore muchos se echaron las manos a la cabeza. El tipo que había sonado desde el principio para el encargo era Danny Elfman (el cómplice del mejor Tim Burton) pero al final la cosa le cayó a Shore. No es que él fuera una mala elección, ni mucho menos, es simplemente que Shore era el colaborador habitual de David Cronenberg, con quien formaba una magnífica pareja de hecho (profesional): el primero ponía la inquietud visual y el segundo la inquietud de fondo y juntos manufacturaban pesadillas de primera clase. Lo del canadiense poniéndole notas a un pentagrama para toda la familia era un concepto peligroso y sin embargo su trabajo fue memorable, con un abanico de estilos que nada tenía que envidiar al de maestros del cine de aventuras como Williams, Zimmer o Kamen. La película puede gustarte más o menos pero la banda sonora es extraordinaria.

La última noche

El cine de Spike Lee siempre ha sido una montaña rusa, con picos de excelencia indiscutible y bajadas a los infiernos del séptimo arte. En la primera parte (de la segunda ya hablaremos en otra ocasión) destacan Fiebre salvaje, el documental When the leeves break (su impresionante fresco sobre el Katrina), El verano de Sam y —sobre todo— La última noche. La película, con un elenco impresionante (Philip Seymour Hoffman, Edward Norton, Barry Pepper o Bryan Cox) es —probablemente— el mejor filme sobre el Nueva York post-11S y el más emotivo (y más profundo) de la carrera del de Atlanta. Un filme trufado de reflexiones sobre la vida, la libertad y el inmenso agujero que provocó la caída de las Torres Gemelas en el alma de una ciudad que siempre ha ejercido de corazón inquebrantable de la civilización occidental. Ahora bien, reconociendo el inmenso talento del realizador y de su guionista (el creador de la serie Juego de tronos, David Benioff), nada sería lo mismo sin el impresionante muro musical de Terence Blanchard. El músico de Nueva Orleans, un pequeño genio del jazz, creó para la película un poderosísimo trabajo orquestal, un majestuoso envoltorio que recuerda en ocasiones al cemento de Manhattan y en otras al humo que surge de las alcantarillas pero que siempre se las apaña para sonar rotundamente sincero: un trabajo imperial para un filme memorable.

Contagio

Cliff Martinez ha sido un fijo de Steven Soderbergh desde sus inicios. El director que más veces ha anunciado su retiro del mundo del cine (para volver acto seguido) ha confiado en muchas ocasiones en el talento de Martinez desde que firmara la magnífica Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Este ha correspondido a la confianza del realizador con obras tan esplendidas como Traffic o Solaris, que —como trajes hechos a medida— se adaptaban con sorprendente facilidad a los castillos visuales de Soderbergh, añadiendo a la mezcla un punto de atmósfera siempre agradecida.

Para los que conozcan la carrera de Martinez lo que el de Nueva York hizo para Contagio no fue ninguna sorpresa, pero los que desconocían la facilidad del músico para el empaque sonoro se quedaron haciendo palmas con las orejas. Y es que Contagio es una banda sonora contagiosa, que se pega al pabellón auditivo y mete el cerebro del espectador en modo paranoide, justo como se supone que deben sentirse en el patio de butacas al ver una enfermedad mortal esparcirse como las gotas en un día de lluvia. Por cierto, los que duden de la contundencia y brillantez de esta banda sonora que busquen temas como «They’re calling my flight» o «Move away from the table» y lo pongan de música de fondo cuando empiece el telediario: desde los tiempos de John Carpenter que uno no oía un sintetizador y le daban ganas de sufrir un ataque de ansiedad.


¿Cuál es la mejor escena musical de una película (no musical)?

Era de noche y sin embargo llovía, antes de entrar al portal Debbie Reynolds da un beso a Gene Kelly y este, en pleno estado de euforia, a continuación se pone a bailar y cantar por las calles como si ya nada más importara en el mundo. Seguramente no haya escena musical más celebrada en la historia del cine, pero hay otras muchas que se nos han quedado en el recuerdo. También de las películas no adscritas a este género, que no obstante en algún momento de su metraje logran combinar con brillantez la música y las imágenes creando secuencias memorables. Estas son las que más nos han marcado así que votad, danzad o añadid otra, malditos.

«Wonderful World» en Único testigo

Del talento de Peter Weir para rodar grandes películas y también secuencias muy poderosas ya hablamos aquí. Un buen ejemplo lo tenemos en la excelente Único Testigo, con esa escena de la construcción del establo con la comunidad amish colaborando en tal armonía que dan ganas de irse a vivir allá en el cercano día en que nos echen de España. Pero sin duda el mejor momento de la película es del baile nocturno en el granero, con unos Harrison Ford y Kelly McGillis en sus mejores años, cortejándose al ritmo del clásico de Sam Cooke. 

«Serenata de las calles de Madrid» en Master & Commander

No podemos dejar de mencionar esta otra película de Weir, donde no apela al romanticismo sino a una amistad noble y leal entre el capitán de navío Jack Aubrey y el médico de su tripulación. Uno se debe a la guerra y el otro a la ciencia, pero de una manera u otra acaban compaginando sus objetivos profesionales y también, cómo no, encontrando un momento para interpretar juntos alguna pieza, como en esta vibrante escena final en la que suena una obra de Boccherini.

«Day Oh» en Bitelchus

Cuando Harry Belafonte versionó la canción tradicional jamaicana «Banana boat Song» en 1956 no podía prever que acabaría siendo utilizada por dos fantasmas que quieren expulsar a unos intrusos de su hogar. Claro que con tales artimañas en realidad lo que querría cualquiera es quedarse.  Tuvieron que llegar dos muertos de ultratumba para insuflar algo de vida en lo que parecía una aburrida cena de esnobs, en una de las mejores escenas de esta joya que rodó Tim Burton.

Salieri lee las partituras de Mozart en Amadeus

El papel que quiso atribuir este film a Salieri fue el de alguien con un gran talento para la música, pero no tanto para crearla sino para reconocer las grandes obras musicales. Así que cuando se cruza con Mozart la admiración ante su genialidad es ta extrema que acaba transformándose en una envidia completamente desquiciada. Esta secuencia logra reflejar de forma inmejorable esa rivalidad que en realidad no estuvo tan clara.

«I want Candy» de María Antonieta

Y mientras Mozart andaba con sus composiciones por Viena, María Antonieta vivía en la corte francesa a cuerpo de reina. En este biopic que rodó Sofía Coppola sobre ella incluyó esta escenificación del capricho y la abundancia,  atreviéndose a incluir como banda sonora una versión de «I want Candy» del grupo británico Bow Wow Wow. Aunque parece que nunca llegó a decir realmente aquello de «si los pobres no tienen pan, que coman pasteles», por lo que vemos aquí desde luego le gustaban.

Baile de graduación en Regreso al futuro

«Johnny B. Goode» fue una de las grandes canciones que dieron lugar al rock and roll, supuestamente obra de Chuck Berry, aunque por lo que vemos en realidad la inspiración le vino por parte de un chico del futuro al que oyó por teléfono. Claro que para que ese chico, de nombre Marty McFly, la tocara entonces en el pasado de ese futuro del que provenía ya debió haber a su vez un Marty que sirviera de inspiración a Chuck. Pero mientras pensamos en el huevo y la gallina podemos volver a ver esta escena y envidiar esos bailes de graduación que al parecer tanto marcan las vidas de los norteamericanos.

Danzad, danzad, malditos

Todo musical que se precie tiene sus elegantes coreografías que ensalzan con cierta ingenuidad la alegría y el amor. Viendo esta película en general y esta escena en concreto diríamos que Sydney Pollack odia furiosamente el género y quiso hacer exactamente lo contrario: una escena que retrata la agonía, el dolor y la desesperación, con unos bailarines arrastrándose como zombis. De hecho uno está literalmente muerto.

«We Are Not Alone» de El club de los cinco

Cinco estudiantes son castigados a pasar un sábado en la biblioteca. Inicialmente sus personalidades chocan entre sí pero gracias al porro que se fuman al final se disuelven las rencillas entre ellos y se marcan este baile tan dicharachero. Una de las películas más entrañables de los ochenta.

Escena final en El club de la lucha

Mientras suena «Where Is My Mind?» del grupo Pixies, y ante la mirada de los dos protagonistas cogidos de la mano, todo el centro financiero de la ciudad se desmorona en una escena en la que luego algunos consideraron premonitoria del 11-S. En este vídeo no aparece ESE fotograma, qué le vamos a hacer.

«Always Look on the Bright Side of Life» de La vida de Brian

La canción que escuchamos en la escena final de este film es toda una declaración de principios, una forma de ver la vida y la muerte. Hasta tal punto que cuando falleció uno de los miembros del grupo Monty Python, Graham Chapman, sus compañeros lo despidieron entonándola en su funeral.

«Gutterballs» de El gran Lebowski

El sueño que tiene El Nota por supuesto gira en torno a su gran pasión, los bolos, pero también vemos en él bailarinas, una vikinga, Sadam Hussein y, sobre todo, una manera elegante y señorial de bajar las escaleras.

Duelo de banjos de Deliverance

Los habitantes de la América rural han sido retratados en el cine tal cantidad de veces como paletos violentos y fanáticos, cuando no directamente anormales, que si se cruzan con algún guionista tal vez sientan la tentación de alejarse gruñendo con los ojos en blanco, arrastrando un pie y prometiendo volver con una escopeta. Para no quitarle la ilusión, más que nada. En esta película  de John Boorman salen especialmente malparados y el celebradísimo duelo de banjos del comienzo con ese extraño muchacho ya nos introduce en esa atmósfera inquietante que irá a peor, mucho peor.

Baile en el restaurante en Pulp Fiction

Estamos ante una película en la que cada línea de diálogo es memorable y cada escena han sido imitada, homenajeada o parodiada infinidad de veces. Pero aun así, si preguntásemos a cualquiera por el momento más recordado, seguramente diría que es el baile en el restaurante Jack Rabbit Slim’s.

«Moon River» en Desayuno con diamantes

Aquí vemos a Audrey Hepburn sentada en la ventana interpretando una canción que no solo cautivó a George Peppard, también a la Academia que le otorgó un Óscar a la mejor canción original y a millones de espectadores desde entonces, con una melodía reconocible hasta para aquellos que no han visto la película.

«Wise Up» de Magnolia

La cantante de rock Aimee Mann compuso este tema que es tarareado por cada uno de los protagonistas, sin duda uno de los momentos más conmovedores de la película.

«Canned Heat» en Napoleon Dinamite

Napoleon y su amigo Pedro parecen sufrir algún tipo de retraso, pero en realidad solo son dos adolescentes. Como con ese aspecto y personalidad no están destinados a ser los quarterbacks del equipo ni los más populares del instituto, buscan otra vía para hacerse valer. Pedro se presenta a las elecciones y para apoyar su discurso de presentación su amigo baila «Canned Heat» de Jamiroquai (a partir del 3:30) sacando para ello a la bestia que lleva dentro.


Las mejores películas sobre el sentido

Una escena de La gran belleza. Imagen: Wanda Visión.

Es probable que si han pagado ustedes la entrada para ver La gran belleza en un cine pertenezcan a uno de estos dos grupos: el de los que roncaban a pierna suelta y con toda la potencia de la que eran capaces sus pulmones o el de los que se pasaron las dos horas y media de la película con la piel de gallina. Y es que si una película ha marcado durante los últimos años la frontera entre seres humanos y mostrencos con la sensibilidad de un cactus cholla esa es La gran belleza. Por supuesto, no tengo ningún argumento racional para defender tal afirmación: estas cosas se pillan o no se pillan y no tiene mucho sentido intentar convencer a nadie de lo contrario. Mi consejo, eso sí, es mantenerse alejado de todo aquel que diga haberse aburrido como una ostra durante el pase de la película. Es mala gente, no tengan ni la más mínima duda. Empezará hirviendo a su gato por placer, continuará leyéndose un libro de Paulo Coelho y acabará riéndose a mandíbula batiente mientras suena el Alina de Arvo Pärt.

Lo interesante de La gran belleza es precisamente lo que NO es. No es una película religiosa. No es una película cristiana. No es una película metafísica. Y no es una película filosófica. Es todo eso al mismo tiempo. La gran belleza es, en definitiva, una película sobre el sentido. No sobre el sentido de la vida. Sobre el sentido. Que no es exactamente lo mismo.

Así que la siguiente no es una lista de películas estrictamente religiosas, cristianas, metafísicas o filosóficas, aunque todas ellas lo sean en cierta medida. Es una lista de películas sobre el sentido. Y por eso han quedado fuera de la selección elecciones obvias como La pasión de Juana de Arco (Carl Dreyer), Diario de un cura rural (Robert Bresson), El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini), Matrix (Andy y Lana Wachowski), El séptimo sello (Ingmar Bergman) o Pi (Darren Aronofsky), entre muchas otras. No cabían todas y la lista la hago yo.

30. Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004).

30

Resulta raro leer en las críticas de cine el término «romántico» acompañado del sustantivo «comedia». Tanto hemos banalizado el amor, quizá el sentimiento más trágico, desesperado y absoluto jamás inventado por el hombre moderno, que ya no somos capaces de soportar su visión si no es acompañado de unos cuantos chistes de mariquitas, putas y cojos. Pero el amor contemporáneo, ese amor torpe, infantiloide y egoísta nada tiene que ver con el amor de los siglos XVII, XVIII y XIX. Que era un amor tiránico y atormentado pero aun así inocente y esperanzador. ¿Lo pillan? ¡Es la definición exacta de la fe! Pero no desesperen. Aunque parezca mentira, se han cantado canciones de amor que no avergüenzan el alma. Por ejemplo Ne me quitte pas, de Jacques Brel, que a fin de cuentas es la historia de un calzonazos. Así que hacerse, se puede. En el terreno cinematográfico, ni Cuando Harry encontró a Sally, ni Casablanca, ni Annie Hall. La película romántica por excelencia es Olvídate de mí. Inevitabilidad, arrebato, rutina, despecho, memoria y vuelta a empezar. En el punto exacto en el que lo dejaste e, idealmente, con la misma persona: amor verdadero.

29. Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957).

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Veinteañeros, ni os molestéis: nadie que no haya cumplido como mínimo los cuarenta va a entender ni siquiera los títulos de crédito de esta película. Que, a fin de cuentas, habla del tiempo perdido durante la juventud y de la amargura que comporta esa pérdida una vez llegada la vejez. Paradójicamente, es una película optimista. Pero eso tampoco se entiende antes de llegar a los cuarenta (los adolescentes suelen confundir el optimismo con las expectativas).

28. Sacrificio (Andrei Tarkovski, 1986).

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Otras dos películas de Tarkovski podrían aparecer en esta lista (Stalker y Solaris) pero la escogida es Sacrificio por su bizarra mezcla de surrealismo y misticismo. En realidad, el título español malinterpreta el mensaje de la película. Porque lo que Alexander, el protagonista de Sacrificio, lleva a cabo para evitar el exterminio de la humanidad no es un sacrificio sino una ofrenda. Que por algo es el título original de la película en sueco (Offret). Aunque puestos a enmendar la plana, lo de Alexander no es tanto una ofrenda como una renuncia. A su familia, su casa y su vida. Acérquense con cautela porque si alguna vez se ha filmado una película densa e impenetrable hasta decir basta esa es sin duda alguna Sacrificio.

27. Up (Pete Docter, 2009).

27

Rondaba yo hace una semana por la FNAC de Barcelona cuando un grupo de chavales que debían rondar los quince o dieciséis años se acercó vacilón a la sección de cine de autor. El primero de ellos leyó el rótulo en voz alta, se lo pensó un segundo y dijo: «Esto es…». Las opciones en mi cabeza para el final de la frase, teniendo en cuenta la edad del zagal y el hecho de que hubiera varias chicas en el grupo, eran varias: «…un puto coñazo», «…una puta mierda», «…un puto horror». Pero el chaval remató «…cine». Y añadió: «Esto es cine y el resto son películas». Por poco le doy un abrazo. El caso es que los primeros quince minutos de Up son cine y el resto solo una (excelente) película. Que ya es mucho. Porque ese cuarto de hora inicial que cuenta la historia de amor del sobrio Carl y de la aventurera Ellie, la pérdida de su hijo, la muerte de ella y la posterior decisión de él, a sus setenta y ocho años y decenas de corbatas más tarde, de arrancar por primera vez en su vida los pies del suelo y echar a volar son los más conmovedores que un servidor ha visto en mucho tiempo. Harían bien en ver Up con ojos de adulto porque la lección que encierra merece la pena.

26. Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (Kim Ki-duk, 2003).

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Solo un hotentote con la sensibilidad de un canto rodado podría confundir esta preciosa fábula budista sobre la culpa, la redención y el eterno ciclo de la vida con un curso de autoayuda para adictos a las espiritualidades orientales. Pero de todo tiene que haber en la viña del señor: uvas, pámpanos y agraz.

25. Shutter Island (Martin Scorsese, 2010).

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Scorsese, perro viejo, plantea en Shutter Island el reverso oscuro de la cuestión neurálgica de Matrix. Dada la posibilidad de elección, ¿quién no optaría por el mentiroso consuelo de la locura frente a una realidad atroz?

24. Una historia verdadera (David Lynch, 1999).

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Bienvenidos a la película más malinterpretada de los últimos veinte años. «La menos lynchiana de todas las películas de David Lynch», decían muchos. Pues no: la más lynchiana y cruel de todas ellas. ¿Es Una historia verdadera una tierna fábula protagonizada por un abuelo entrañable que, tras avistar el final de sus días, decide recorrer centenares de kilómetros a bordo de una segadora para reconciliarse con su hermano? Pues no. Una historia verdadera es el retrato de un hombre malvado atormentado por la culpa, un alcohólico violento que destrozó a su familia y provocó su desbandada, que causó el incendio en el que uno de sus nietos fue abrasado (una constante en el cine de Lynch) y que más tarde logró que los servicios sociales arrebataran de las manos de su hija al resto de sus nietos. Un hombre que niega su pasado y que explica su historia, convenientemente mutilada de detalles claros, concretos e inculpatorios, a todos aquellos desconocidos con los que se encuentra. Y de ahí la ironía del título.

23. La carretera (John Hillcoat, 2009).

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La carretera tiene varios niveles de lectura pero el que me interesa por lo que respecta a este artículo es el siguiente: aun en un mundo atroz abandonado a su suerte por dios es posible encontrar minúsculos destellos de bondad. Quién les iba a decir que fuera posible hacer una lectura medianamente optimista de ese pozo de cenizas físicas y morales que es La carretera, ¿cierto?

22. Conan el bárbaro (John Milius, 1982).

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A estas alturas de la vida a nadie le va a pillar por sorpresa conocer que Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Solo diré, para que se entienda de dónde vienen los tiros, que el personaje interpretado por John Goodman en El Gran Lebowski es una parodia, bastante fiel a la realidad por cierto, de John Milius, guionista de Harry el Sucio y Apocalypse Now y director de Amanecer Rojo, probablemente la película más filosóficamente derechista de la historia del cine. Pero por si acaso alguien ha vivido en la inopia durante los últimos treinta años, ahí va la noticia bomba: Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Obviamente, ni el bushido ni el Übermensch de Nietzsche tienen excesivo sentido para el hombre occidental del siglo XXI, pero si anda usted buscando el sentido de la vida en espacios intelectuales, digamos, peculiares, Conan el bárbaro es su película.

21. El topo (Alejandro Jodorowsky, 1970).

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Andarle buscando el sentido a una película abiertamente surrealista es en cierta manera como aprender a nadar por YouTube: una subversión del concepto original. Pero puestos a divagar, digamos que El topo es la historia de un Jesucristo pagano a la búsqueda del sentido de su vida. El mejunje de cristianismo, filosofía oriental y otros desvaríos macarrónicos es de órdago. Pero, más de cuarenta años después de su rodaje, El topo sigue siendo considerada una de las grandes películas de culto de la historia del cine, así que algo debe de tener el agua cuando la bendicen.

20. Umshini Wam (Harmony Korine, 2011).

Difícil saber si el corto Umshini Wam, que por cierto es el nombre de una canción de protesta zulú, es una tomadura de pelo o algo bastante más complejo. Pongamos una historia de amor bizarro a cargo de una pareja de dementes (Ninja y Yolandi de Die Antwoord) abandonados por Dios a su suerte y cuya filosofía vital se resume en «si eres lo suficientemente vieja como para tener la regla y procrear eres lo suficientemente vieja como para reventarle los dientes al prójimo con un ladrillo mientras duerme». Si acaso, échenle un ojo y decidan ustedes mismos.

19. Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1979).

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En realidad la muy atmosférica Picnic en Hanging Rock no es tanto una película sobre el sentido sino sobre el misterio. Su peculiaridad es que ese misterio, como suele ocurrir en la vida real, queda sin resolver al final de la película. Lo cual, por cierto, provocó cabreos sin precedentes entre la audiencia de la época y dio pie a su aura de película de culto. Si buscan mensaje en Picnic encontrarán algo muy parecido a esto: no hay sentido, solo misterio.

18. Waking Life (Richard Linklater, 2001).

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La pretenciosa, en el buen sentido de la palabra, Waking Life es el equivalente de El mundo de Sofía para la generación de los nacidos durante la década de los ochenta. Aunque, en realidad, la película de Linklater está más bien a medio camino de la filosofía y el psicoanálisis. A disfrutar en una sesión doble de cine de animación con pretensiones metafísicas junto a la también muy onírica Paprika, de Satoshi Kon.

17. El club de la lucha (David Fincher, 1999).

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La versión nihilista de La gran belleza. ¿O es que pensaban que El club de la lucha habla de otra cosa que no sea del sentido? Eso sí: el de La gran belleza es el camino de la cruz (la esperanza) y el de El club de la lucha el de la espada (el nihilismo). Lo que por cierto emparenta esta película con la siguiente de la lista…

16. La misión (Roland Joffé, 1986).

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El mensaje de La misión está resumido en ese plano final en el que un grupo de niños indígenas que han sobrevivido a la masacre de su pueblo carga un instrumento musical en una canoa. Dicho de otra manera: algo queda. Pero por el camino hasta ese final Joffé ha reflexionado sobre la culpa y la redención a través de la historia de dos personajes basados en el misionario peruano Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652) y que optan por dos caminos distintos, el de la violencia y el de la fe, para la consecución del mismo fin. Y es que ya lo dijo el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo: la pólvora contra los infieles es incienso para el Señor.

15. Rompiendo las olas (Lars von Trier, 1996).

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Ninguna de las ideas legadas por el cristianismo supera en belleza a la del sacrificio por amor. Que, por cierto, y por aclarar dudas, nada tiene que ver con el martirio, la abnegación y la tortura (ideas heredadas de ese tenebrismo católico al que tanto y tan eficazmente aportamos los españoles en su momento). Por resumir: Rompiendo las olas es a los melodramas de Douglas Sirk, la filosofía de Søren Kierkegaard y la filmografía de Dreyer lo que Mark Millar a Los 4 Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby: un más rápido, más alto y más fuerte a cargo del alumno aventajado de la clase.

14. Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

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No es Blade Runner el primer nombre que viene a la cabeza cuando se piensa en películas religiosas. Pero los simbolismos abundan. Especialmente en el personaje de Roy Batty, ese ángel caído que tras rebelarse contra sus creadores osa cometer el crimen supremo: el deicidio. Su búsqueda de la fecha de su muerte (el conocimiento prohibido) no es más que una metáfora de la rebelión del hombre contra la arbitrariedad de Dios. Al final de su huida, y tras adquirir consciencia de la imposibilidad de escapar del destino programado para él, Batty muestra la compasión de la que carecen sus perseguidores humanos. Blade Runner, en definitiva, se pregunta qué es lo que nos hace humanos. Y se responde: la empatía… y la memoria.

13. De latir mi corazón se ha parado (Jacques Audiard, 2005).

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Si se fijan con atención en las películas de esta lista encontrarán un rasgo común a todas ellas. Es la dualidad. El bien y el mal, el escepticismo y la fe, lo atroz y lo sublime, la violencia y la mansedumbre, la naturaleza y la civilización… En De latir mi corazón se ha parado esa dualidad se encarna en las manos del protagonista, que tan pronto sirven para tocar el piano con exquisita sensibilidad como para partirle el alma a un moroso. En palabras de Lupe de la Vallina, que es quien me sugirió este título para la lista, De latir mi corazón se ha parado es «aconfesional y muy sutil, además de una gran película. Trata de la búsqueda del sentido a través de la belleza». No encontrarán mejor definición.

12. La vida de Brian (Terry Jones, 1979).

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Incluir La vida de Brian en esta lista es el equivalente de ponerse a tocar la zambomba en medio de un concierto de Le Mystère des Voix Bulgares. Pero no incluirla sería hacerse trampas al solitario. A fin de cuentas, ¿hay algo más nihilista que el humor?

11. Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975).

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El Dersu Uzala real era un cazador de la tribu china hezhen que profesaba el animismo y que se relacionaba con la naturaleza de su entorno en un hipotético plano de igualdad. Y, de hecho, en la película de Kurosawa puede verse a Dersu llamar «personas» a las plantas, los animales e incluso al fuego, al que ordena callar cuando crepita con fuerza. Quizá la principal diferencia de la película con el libro del explorador ruso Vladimir Arseniev de 1923 en el que se basa es que Kurosawa pone el acento en el contraste entre civilización y naturaleza hasta el punto de que hace responsable a la primera, en forma de un rifle de mira telescópica, de la muerte de Dersu. Y es que de buenas intenciones está el infierno empedrado. La metáfora es poderosa, pero van a tener que ver la película para entender el mensaje completo.

10. American Beauty (Sam Mendes, 1999).

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Si resumo la película en una sola frase me va a salir un preocupante ramalazo a escritor de libros de autoayuda, pero ahí va y que sea lo que dios quiera: afortunado aquel que ha desistido de perseguir sus sueños porque ha sido capaz de encontrar la belleza en todo lo que le rodea. Hala, ya lo he dicho.

9. Hasta el fin del mundo (Wim Wenders, 1991).

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Supongo que la elección obvia para esta lista habría sido El cielo sobre Berlín, pero el mensaje de Hasta el fin del mundo, una película criminalmente infravalorada desde el mismo día de su estreno, me convence mucho más: a ese futuro en el que la sobredosis de estímulos visuales se ha convertido en la norma estamos llegando mucho más rápido de lo que nuestra endeble naturaleza humana puede asimilar.

8. Adiós muchachos (Louis Malle, 1987).

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Aquí no digo nada excesivamente original, pero Adiós muchachos es la película que debería analizarse en todas las escuelas de cine para incrustar en la mollera de los estudiantes la diferencia entre ñoñez y sensibilidad. Como la mayoría de las películas de esta lista, Adiós muchachos habla de un mundo en el que los viejos valores, en este caso los de la fidelidad o la solidaridad, aún no habían muerto. Es decir de un mundo que jamás ha existido. Pero como bien explica Albert de Paco en este (imprescindible) artículo, lo que importa no es tanto el hecho de que ese utópico mundo con valores haya existido o no en algún momento de nuestro pasado, sino el horizonte moral que suponían esos valores. Y eso sí es algo sobre lo que merece la pena reflexionar.

7. Arizona Dream (Emir Kusturica, 1993).

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Me voy a limitar a traducir unas declaraciones de Emir Kusturica sobre su película porque lo explican todo mucho mejor de lo que podría hacerlo yo: «Está película trata de un hombre joven que deambula por el infierno existente entre dos mujeres de vida trágica. Quizá esta película es mi visión de la civilización occidental. Surge de la filosofía que he desarrollado después de treinta y cinco años viviendo en este planeta. Yo creo que los seres humanos pertenecen a la naturaleza, no a la civilización. Veo a los seres humanos como peces que cruzan una gran ciudad. El pez no entiende nada de la gran ciudad, simplemente flota a su través».

6. Gattaca (Andrew Niccol, 1997).

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En una lista como esta habría sido obligatorio incluir alguna película arquetípicamente uplifting, una de esas palabras sin traducción sencilla al español (sería una mezcla de edificante, optimista, inspirador y estimulante). Por cierto: que uplifting no tenga traducción directa ya dice mucho de nuestra filosofía vital, ¿no es cierto? En cualquier caso, la película uplifting por excelencia es Qué bello es vivir. Pero incluirla aquí habría sido comodón. Una manera como otra cualquiera de remolonear en esa zona de confort por la que suelen moverse los periodistas perezosos. Así que en su lugar he escogido Gattaca, el Qué bello es vivir de la década de los noventa. ¿Su tema? La batalla contra el determinismo biológico. ¿Y qué tiene eso de uplifting? Pues muy fácil: la idea de que esa batalla puede (y debe) ser ganada.

5. El día de la marmota (Harold Ramis, 1993).

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La versión amable, que no diluida, de las películas de Tarkovski, Bergman y Dreyer. ¿Exagerado? Ni de lejos. Mencionen otra película que incluya las ideas de que 1) a vivir se aprende, la de que 2) ni el hedonismo ni el nihilismo ni el cinismo justifican nuestra existencia, y la de que 3) solo mediante la renuncia a la batalla contra nuestras circunstancias se puede avanzar por el camino del conocimiento. De uno mismo y de los demás. Y de ahí a la empatía, la sabiduría ¡e incluso la felicidad! Si alguna vez desean recomendarle a alguien una película humanista en el sentido más profundo del término, escojan El día de la marmota.

4. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968).

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«Moralmente pretenciosa e intelectualmente oscura». Así definió el historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger Jr. 2001: Una odisea del espacio tras su estreno. Se le olvidó lo de provocadora: difícil pensar en otra película en la que se defienda tan explícitamente la idea de que el motor del progreso y la vía de acceso a estados evolutivos superiores no es otro que la inteligencia… aplicada a la violencia.

3. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013).

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«Fauna humana grotesca». «Seres perdidos en sus propias mentiras y vidas impostadas». «Excentricidad superficial». «Frívola existencia». Esto se ha escrito en los medios de este país sobre La gran belleza. Pues sí y no, caballeros: grotescos y perdidos y ridículos y superficiales… pero también bellos. Y fascinantes y entrañables. Pero sobre todo humanos. Que de eso va La gran belleza. Lo que, por cierto, emparenta de un modo bizarro a Sorrentino con Eric Rohmer e incluso con Sofia Coppola. Directores para los que la superficialidad más banal e intrascendente es una de las dos caras de la moneda de la belleza. La otra es, por supuesto, la búsqueda de Dios. Que ambas caras, la del sentido y la de la cháchara, son no solo compatibles sino también complementarias es la lección de Jep Gambardella. A fin de cuentas, ¿qué sería de la trascendencia sin la intranscendencia? Y si no se entiende esto es que no se ha entendido La gran belleza. Lástima: igual no estaban ustedes destinados a la sensibilidad.

2. La palabra (Carl Theodor Dreyer, 1955).

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Incluida en la lista de las cuarenta y cinco mejores películas de la historia del cine según el Vaticano (en la lista también figura, agárrense que vienen curvas, 2001: Una odisea del espacio), la confrontación entre fe formal, fe verdadera y razón científica de la que habla La palabra puede parecer caduca a los ojos del espectador moderno, ese cuyas preocupaciones cotidianas andan tan lejos de las ideas de Søren Kierkegaard como de los agujeros negros de la galaxia Andrómeda. Se estarán perdiendo ustedes una de las grandes películas metafísicas de la historia del cine si caen en ese error.

1. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011).

Inabarcable y oceánica, ninguna otra película ha reflexionado de una forma más exquisita sobre la verdadera naturaleza de ese dios cristiano dual encarnado en una madre tierna, compasiva y de extraterrenal belleza, pero también en un padre autoritario, feroz e inclemente, aunque justo en su aparente arbitrariedad. Y quizá esa reflexión, la de El árbol de la vida, sea más estética que filosófica, pero si han leído esta lista con atención ya habrán advertido que la belleza es uno de los posibles caminos hacia la divinidad, si no el principal. Mención aparte para esos sublimes quince minutos en los que Malick muestra la creación del universo (y de la vida) a los sones del Lacrimosa de Zbigniew Preisner y mientras una voz le pregunta al vacío «¿qué somos para ti?». Y, por supuesto, para la escena del dinosaurio agonizante: el nacimiento de la piedad, la compasión y la moralidad. De la capacidad de elección entre el bien y el mal. El momento en el que un ser vivo se proyecta más allá de los confines de sus instintos primarios y muestra, por primera vez en la historia del universo, amor por un semejante. La huella de dios.