¿Cuál es el duelo definitivo visto en el cine?

Reformar la ley electoral, suprimir el Senado o la Casa Real, aplicar el artículo 155, realizar un referéndum o reformar la Constitución… ahora resulta que todo el mundo tiene su particular receta al parecer infalible pero nadie se atreve a plantear lo que España realmente necesita: una Cúpula del Trueno. Dos hombres entran, uno sale. Esta es nuestra propuesta para el cambio. Sería la forma más razonable de resolver nuestras disputas políticas y mientras qué bien nos lo pasaríamos viéndolo, pues no hay mayor espectáculo que un combate en cualquiera de sus formas. Si incluye mazos con pinchos y motosierras mejor. En las películas hemos presenciado innumerables duelos bajo mil apariencias distintas, a menudo como desenlace y momento álgido de la narración. Así que aquí va nuestra selección, aunque pueden añadir algún otro ejemplo si quieren.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

_____________________________________________________________________________________

Hasta que llegó su hora

Los contendientes clavan su mirada en las pupilas del otro, quietos aunque tensos, midiéndose mutuamente, un matojo rodante pasa por el fondo impulsado por el viento mientras los presentes, de haberlos, guardan silencio expectante. Finalmente uno de los dos desenfunda, intercambian disparos y el malo cae abatido. Nos conocemos de memoria el cliché, pero muy pocas veces se ha contado mejor que en esta escena rodada por Sergio Leone y acompañada por música de Ennio Morricone. Funciona como un cortometraje que permite comprender toda la trama, incluso por qué al protagonista lo llaman Armónica.

_____________________________________________________________________________________

Sanjuro

Basta ver a alguien con una de esas pequeñas coletas en el moño que se han puesto de moda y ya podemos hacernos una idea de qué clase de persona tenemos delante. Sin embargo hubo en otro tiempo gente muy respetable que las llevaba. Hablamos por supuesto de los samuráis, todo un ejemplo a seguir en los que Akira Kurosawa centró parte de su filmografía, como esta cinta rodada en 1962. La secuencia tiene un cruce de miradas y una tensión que nos remiten al western y podría también titularse «El chorro de sangre que emocionó a Tarantino», pues según reconoció el cineasta fue una de sus principales inspiraciones para Kill Bill.

_____________________________________________________________________________________

Cyrano de Bergerac

Don Quijote se debatía en el capítulo treinta y ocho sobre «la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos». El propio Cervantes cultivó ambas artes con esmero y en esta maravillosa adaptación de la obra teatral Cyrano de Bergerac tampoco sabe decidirse entre la pluma y la espada, así que se queda con ambas. Incluso de forma simultánea, componiendo un poema al mismo tiempo que se bate en duelo. Una escena de la que el vídeo que vemos sobre estas líneas solo muestra el comienzo, aunque en el original francés puede verse aquí.

_____________________________________________________________________________________

8 millas

Lo de batirse en duelo mediante versos improvisados tuvo continuidad en el tiempo y aquí vemos a Eminem en esto que los raperos llaman «batallas de gallos». También al igual que Cyrano hace de la autoparodia un recurso con el que dejar a sus rivales sin argumentos.

_____________________________________________________________________________________

El bueno, el feo y el malo

Es curiosa la importancia que le damos a las miradas como forma de comunicación. Según dicen los biólogos evolucionistas la esclerótica, el blanco del ojo, habría evolucionado precisamente para indicar a los demás a dónde dirigimos nuestra atención. Establecer contacto visual con alguien es fundamental ya sea para lograr complicidad, enamorarle o intimidarle; mirar a los ojos a otra persona es un acto de tal impacto emocional que si lo hacemos durante diez minutos seguidos podemos llegar a sufrir alucinaciones. Así que como no podía ser de otra forma los cruces de miradas son una parte esencial del lenguaje cinematográfico. ¿Y quién sostenía mejor la suya que Clint Eastwood? Aquí lo tenemos en este duelo a tres.

_____________________________________________________________________________________

Mad Max: más allá de la cúpula del trueno

Negociudad era una sociedad ecosostenible donde todo podía aprovecharse, el metano en electricidad y la justicia en espectáculo. Uno realmente entretenido de hecho, de forma que el duelo que enfrenta al protagonista con el Golpeador se convierte el momento cumbre de la película.

_____________________________________________________________________________________

El Imperio contraataca

Un combate con espadas láser contra un villano de excepcional carisma que culmina con una de las revelaciones más impactantes de la historia del cine. No le falta de nada a esta escena.

_____________________________________________________________________________________

Karate Kid

La patada de la grulla causó estragos en muchas mentes infantiles: era tal su efecto dramático en el desenlace de la trama que necesariamente debía tratarse de un golpe letal. Compañeros de clase la imitaban durante peleas en el recreo, con la convicción de quien recurre al arma más temible de su arsenal, pero la gravedad era traicionera y el resultado inevitablemente estrafalario. Uno que iba lanzando patadas de la grulla sin acertar más que al aire terminó años más tarde de candidato a alcalde, no les digo más. En cualquier caso en la película el movimiento quedaba muy vistoso.

_____________________________________________________________________________________

Matrix

El combate final entre Neo y el agente Smith es un guiño explícito a los duelos de las películas del Oeste, con ambos contendientes situados frente a frente y unas hojas de periódico haciendo de matojos rodantes (estepicursores, se llaman en realidad).

_____________________________________________________________________________________

Los duelistas

Basada en la novela de Joseph Conrad, quien a su vez se inspiró en la historia real de dos oficiales húsares durante la época napoleónica, la primera película de Ridley Scott (de la que ya hablamos aquí) ya mostraba el esteticismo que distingue al director. Con esos planos que parecen cuadros nos va mostrando los sucesivos duelos que van teniendo lugar con el paso de los años, mientras la historia sigue su curso. Este cuarto enfrentamiento es interesante porque vemos, además, el miedo que atenaza al protagonista antes de intentar librarse de ese pelma al que jamás logra quitarse de encima.

_____________________________________________________________________________________

Barry Lyndon

Esa exquisita atención a la imagen la encontramos aquí aún más acentuada, por algo es un film de Kubrick. A lo largo de la narración los duelos tienen una importancia fundamental, pero nos quedamos con el primero.

_____________________________________________________________________________________

La princesa prometida

¡Cómo olvidarnos de esta escena! Después de ayudarle a subir a la cima de los Acantilados de la Locura para poder matarlo en justo duelo tras soltarle su archiconocida frase, Íñigo y Westley se enfrentan admirando mutuamente su pericia con la espada, mientras mencionan a maestros de esgrima que existieron realmente. El combate es tan limpio y ambos tan nobles que no podía acabar con sangre derramada.

_____________________________________________________________________________________

Aliens: el regreso

Podríamos discutir si esta es la mejor película de James Cameron —para servidor está claro— pero de lo que no cabe duda es que la secuencia más icónica es esta. Se abre la compuerta y Sigourney Weaver aparece al mando del toro mecánico futurista para enfrentarse a la reina alien. Estremecedor.

_____________________________________________________________________________________


In memoriam: Eli Wallach

Eli Wallach
Escena de El bueno, el feo y el malo. Imagen: Produzioni Europee Associati (PEA)/Arturo González Producciones/Constantin Film/United Artists.

Con un quizá obvio aunque igualmente divertido arranque de socarronería bautizó su autobiografía como El bueno, el malo y yo, consciente de que incluso contando con décadas de intensa carrera interpretativa su popularidad se cimentaba en un único personaje, el inmortal Tuco de El bueno, el feo y el malo, cierre de la llamada trilogía del dólar de Sergio Leone. «No sabía que el feo iba a ser yo», comentaría Eli Wallach con sarcasmo. En cierto modo le ha tocado ser siempre el feo.

Paradójicamente, el histrionismo asilvestrado de Tuco era casi como el perfecto reverso de la trayectoria de Wallach. Se entrenó en el Actor’s Studio, donde fue amigo y confidente de Marilyn Monroe —«ella sabía exactamente qué hace vibrar a un hombre, y los hombres sabían que ella lo sabía, y eso es lo que tanto los atraía hacia ella»—, convirtiéndose en uno de los pocos hombres que parecieron llegar a entenderla. Allí fue también compañero habitual de ensayos de Marlon Brando, además cobraba un alquiler mensual por el apartamento que pertenecía a su entonces novia y hoy viuda, Anne Jackson. La íntima cercanía de Wallach con Monroe, Brando o Montgomery Clift parecía situarlo en el pelotón de salida cuando estos se convirtieron en superestrellas. Pero ese estrellato masivo le esquivó y poco importó aquel paso por el famoso Actor’s Studio, del que hablaría con una extraña mezcla de profunda identificación con inesperado escepticismo («¿El Método? No existe tal Método»). Tan pronto se erigía como en un profeta del A.S. como terminaba comparándolo con un gimnasio. Al menos terminó siendo bien consciente de la tontería de los actores de la cantera neoyorquina, de la que por ejemplo Brando intentaría desmarcarse durante casi todo el resto de su vida, especialmente en sus últimos tiempos. Wallach resumía así la aportación al mundo de los actores del Método: «Éramos insufribles. Pensábamos que habíamos descubierto el secreto de la gran interpretación y, francamente, éramos un coñazo».

Y poco importó su sólida formación teatral, sus grandes despliegues en el escenario y los tempranos premios durante su salto al cine. Los grandes papeles protagonistas, esos que separan al secundario de la gran estrella, siempre le esquivaron. Su primer gran papel estelar poco tenía que ver con las obras teatrales de Tennessee Williams que le ayudaron a despuntar en Broadway; interpretó a Mr. Freeze en la serie televisiva Batman. Y lo cierto es que, aunque algunos grandes actores ejercieron como villanos en aquel show —desde Vincent Price a Anne Baxter pasando por Roddy McDowall— no deja de quedar como una curiosa anécdota en el historial de Wallach, el recordar las delirantes imágenes en que aparecía caracterizado como el hombre de hielo. Pero aquello fue lo más cerca que había estado del estrellato —«conseguí más seguidores interpretando a Mr. Freeze que con el resto de papeles de mi carrera juntos»— porque, dejando los cheques fáciles y los disfraces de villano de cómic a un lado, Wallach se caracterizó siempre por preocuparse mucho de la seriedad de los papeles en los que se metía. Con su bagaje teatral y una reputación profesional que superaba con mucho a su fama, fue siempre fiel a un concepto de la interpretación donde primaban la respetabilidad y profesionalidad. Anécdotas como lo de Batman fueron eso, anécdotas. La manera desenvuelta en la que, quizá erróneamente, llegó a despreciar algunas grandes oportunidades fue una buena muestra de ello. Por ejemplo: tras deslumbrar en las audiciones de Aquí a la eternidad —después de verlo leer su parte, Fred Zinemann estaba dispuesto a cualquier cosa para tenerlo en la película— Wallach sencillamente prefirió desechar el papel y regresar al teatro para trabajar con Eliza Kazan. Al final, ese mismo papel terminaría revitalizando la carrera de Frank Sinatra. Pero Eli Wallach podía ser selecto y exigente hasta el punto de que incluso cuando trabajaba en televisión —y obviando, claro, trabajos de esos que llaman «alimenticios» como el de Batman— solía inclinarse por programas de formato teatral dedicados a dar a conocer grandes obras.

Las mismas dudas pudieron desembocar en que nunca llegase a interpretar a Tuco, el personaje por el que hoy y siempre se lo recordará. Ya cuando le ofrecieron el papel de Calvera, el bandido mexicano de Los siete magníficos, le dio muchas vueltas antes de aceptar. La idea de interpretar un personaje semejante en lo que no dejaba de ser un dudoso remake ambientado en el oeste de una película del mundialmente respetado Akira Kurosawa le parecía más bien impropia de un intérprete curtido en terrenos más clásicos. Al final hizo el papel; la película fue mal recibida en los Estados Unidos, aunque generaría un enorme culto a su alrededor en Europa, lo que ayudó a que algún que otro aspirante a cineasta del viejo continente reparase en su presencia. Poco después, y con las mismas reticencias, repetiría género y tipo de personaje en La conquista del Oeste con un papel secundario que le era poco grato pero que serviría para que un todavía desconocido cineasta italiano llamado Sergio Leone decidiese que las inesperadas dotes cómicas de Wallach eran algo que merecía ser anotado en la agenda. Dicho y hecho; algunos años después, aquellos dos personajes servirían como germen para el célebre Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez, la Rata para los enemigos y Tuco para los amigos… si es que Tuco tuvo alguna vez algún amigo. Así son las cosas: un judío neoyorquino de origen polaco iba a dar la errónea impresión de estar especializado en encarnar a caraduras procedentes de México.

Leone se había consagrado internacionalmente gracias al éxito de sus dos primeros westerns, y llamó a Wallach para comenzar lo que pudo haber sido, y nunca llegó a ser, una larga y fructífera relación profesional. Wallach conquistó inmediatamente a Leone como había hecho antes con otros directores, convirtiendo a Tuco en el protagonista de facto de su nueva producción. Incluso le robó una buena cantidad de escenas a un Lee Van Cleef en el apogeo de su carisma y a un más que receloso Clint Eastwood. Aunque ambos actores se hicieron buenos amigos, Eastwood no pudo dejar de notar que Leone estaba dispuesto a convertir a Eli Wallach en la gran estrella del film. Y fue la gran estrella del film, a efectos narrativos, aunque también por el precio de jugarse varias veces la vida durante el rodaje. A causa, cómo no, de la negligencia de Sergio Leone y del entrópico equipo de producción del director italiano, para quien los actores eran poco menos que material reemplazable como los decorados o el atrezzo (basta recordar que cuando uno de sus secundarios se suicidó lanzándose por una ventana, aún vestido como su personaje, lo primero que Leone preguntó fue por el estado del traje).

El idilio entre Wallach y Leone fue breve, como lo había sido entre Leone y Clint Eastwood. Cuando Eastwood rompió definitivamente su relación con el italiano, este concibió una nueva película, ¡Agáchate, maldito!, con Eli Wallach como protagonista absoluto. Persuasivo como de costumbre —al menos para quienes no le conocían lo suficiente— Leone consiguió que Wallach rechazase otros jugosos proyectos para involucrarse en su producción. ¿El resultado? Cuando el estudio quiso que Rod Steiger interpretara el papel, Leone le dio la patada a Wallach, su supuesto nuevo actor fetiche. Enfurecido, viendo que un montón de oportunidades de trabajo habían quedado desperdiciadas, Wallach amenazó a Leone con demandarlo. Con su diplomacia habitual, Leone se limitó a responder: «¡Ponte a la cola!». Rod Steiger estuvo muy bien en el papel, como de costumbre, pero siempre nos quedará la dolorosa pregunta de lo que Eli Wallach podría haber llegado a hacer interpretando a Juan Miranda en aquel film. Wallach y Leone no volverían a trabajar juntos —de hecho, Leone ya solo filmaría un largometraje— y se enemistaron para siempre; algo que sucedió a menudo en el entorno del insensible y manipulador director italiano. En cambio, Eastwood nunca dejó de dedicarle elogios y lo contrató para Mystic River, tratando de recordarle al mundo lo gran actor que Wallach podía llegar a ser.

La gran fama le había esquivado varias veces, pero nunca dejó de imponer respeto en la profesión. Algunos quizá lo reconocieron en El Padrino III, pero para la mayoría del gran público era solamente el histrión que había dado vida a Tuco, aunque los actores sabían bien a quién tenían delante: un hombre que se había probado una y otra vez en los ámbitos más serios del teatro. Sin embargo, no siempre debemos culpar al público por su desmemoria. Wallach había demostrado que dominaba no solamente la más fácilmente apreciable, sino también la más difícil y admirable de las cualidades de un intérprete: la vis cómica, ese don con el que se nace y se muere, que no se aprende o que al menos no se puede enseñar. Como Walter Matthau, de quien el público siempre recordará mejor los papeles cómicos y no todos aquellos en los que probó que el drama no le era nada ajeno, no digamos ya las obras de su trayectoria teatral.

Es posible que en una imaginaria conversación entre Clint Eastwood y Eli Wallach, el primero pudiera decir: «Existen dos clases de actores en el mundo; los que son estrellas y los que interpretan a Tuco. Tú haces de Tuco». Claro que nadie dijo que hacer de Tuco fuese más fácil, aunque al público se lo pareciese. Y Wallach siempre hubiese podido responder: «Hay dos clases de actores, los que están arriba en el cartel y los que se llevan todas las escenas. Yo me he llevado las escenas». Lástima que no podamos ver aquella de obra de teatro que hizo en Francia mientras servía en el ejército como médico. Eli Wallach en el papel de Adolf Hitler, el hombre que diezmó a sus familias materna y paterna en Polonia. Pero no importa; vean Baby Doll, Misfits, How to steal a million, Lord Jim, La conquista del oeste, y después, una vez más, El bueno, el feo y el malo… solo por el placer de contemplar cómo se apropia de una secuencia detrás de otra. A fin de cuentas actuar era su trabajo, y a cualquiera le gustaría ser recordado por aquella vez en que barrió a toda la competencia.  Descanse en paz.

Escena de El bueno, el feo y el malo. Imagen: Produzioni Europee Associati (PEA)/Arturo González Producciones/Constantin Film/United Artists.
Escena de El bueno, el feo y el malo. Imagen: Produzioni Europee Associati (PEA)/Arturo González Producciones/Constantin Film/United Artists.