El gran Lebowski, el indiscreto (des)encanto de la pereza

Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad.

El derecho a la pereza, Paul Lafargue.

Poco podía imaginarse Paul Lafargue, yerno de Marx, cuando escribió en las últimas décadas del siglo XIX El derecho a la pereza que al cabo de un siglo su vindicación socialista del ocio obrero produciría uno de los grandes personajes de culto del cine contemporáneo y encarnación gozosa de uno de los pecados capitales más consuetudinariamente dañinos pero menos citados a la hora de hacer el recuento de los vicios fundamentales. Hablamos, claro está, de Jeffrey Lebowski, el Nota (The Dude) para los conocidos, inefable protagonista de El gran Lebowski, febril monumento fílmico de los hermanos Coen. No puede decirse que el cultivo de la vagancia por parte del Nota sea consecuencia de una conciencia férrea de clase. Más bien responde, paradójicamente, a una voluntad de querer pasar por la vida sin pegar sello alguno. Lo deja claro desde el inicio el narrador del film, un Sam Elliott que enfundado en el uniforme de cowboy relata parsimonioso las andanzas del Nota entre tragos de zarzaparrilla: «seguramente era el hombre más vago de Los Ángeles, lo cual le convierte en favorito para el título de  hombre más vago del mundo». La pereza en el Nota nada tiene que ver con una desidia de carácter depresivo sino que se presenta como una opción vital refrendada por unos dispersos principios hippies.

Sin embargo, la vida del Nota está marcada por unas rutinas férreas que convierten el solaz en un deber ineludible. En el apartado de alcohol y drogas, el protagonista basa su dieta en la ingesta de rusos blancos (vodka con leche), la marihuana para la relajación después de una dura jornada de dolce far niente y algún viaje lisérgico en ocasiones especiales. Musicalmente, destaca su pasión por los Creedence y su aborrecimiento de los Eagles. En cuanto a sus obligaciones más respetadas las competiciones de bolos no tienen parangón. Todo un ritual religioso.

Conocemos poco de la vida laboral del protagonista de El gran Lebowski. Pero parece más bien escasa. En un principio, los hermanos Coen habían pensado en darle al personaje unas rentas que justificaran la vagancia perpetua. Al final optaron por presentarlo como un vividor sin ingresos conocidos, que paga un cartón de leche en el supermercado extendiendo un cheque de 0,69 dólares, lleva un coche destartalado y vive en un pequeño apartamento cuyo alquiler dudosamente llegue a pagar, a juzgar por las tímidas insistencias de un casero apocado y amante del ballet. En varios momentos del film al Nota se le pregunta por su fuente de ingresos y responde con evasivas o explicaciones esquivas. Como única actividad remunerada alude a su participación años ha en una gira del grupo Metallica que zanja con un «eran una panda de gilipollas». Podríamos decir que la vagancia absoluta del Nota lo convierte en un outsider enemistado con la sociedad burguesa. De hecho, no son pocas las veces que es acusado de parásito, vago y desecho social por aquellos que representan el orden establecido.

En todo caso, la grandeza de El gran Lebowski reside en su capacidad para empujar a este personaje a la acción sin tregua. El pretexto, que funciona de desencadenante de una trama deshilachada y que homenajea, mediante la parodia cariñosa, los oscuros argumentos de las novelas clásicas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, es el robo por parte de unos matones de su amada alfombra sin valor material ni sentimental, pero que le daba un mínimo de empaque al salón de su destartalado apartamento. A partir de ahí la sucesión de frenéticos episodios, coronados por unos diálogos de imparable esgrima verborreica, conforma una narración disgregada y mareante (no hay que olvidar que la cuenta un misterioso cowboy bebedor de zarzaparrilla). Descendiente de la estirpe caracterológica del Quijote, el Nota también tiene su escudero sanchopancesco en la figura de Walter Sobchak, irascible excombatiente de Vietnam y amante del estricto cumplimiento de las reglas y las leyes, siempre y cuando estas se amolden a su conveniencia.

Fanáticos de la pereza

Después de su estreno en 1998, El gran Lebowski se convirtió en un fenómeno que sobrepasó los estrictos márgenes cinematográficos: de hecho se considera la primera película de culto de la era de internet, signifique eso lo que signifique. El Nota se convirtió en un icono alabado por miles de personas que vieron en su actitud vital menos un pecado que un ejemplo a seguir. Como no podía ser de otra manera, fue en su país de gestación —Estados Unidos— donde empezó a fraguarse el culto al Nota.  Así nació en Louisville, Kentucky, el Lebowski Fest, un encuentro anual que reúne a los fans del tipo más vago de Los Ángeles y que consiste en la proyección del film (durante la cual los asistentes repiten de memoria las frases y diálogos más memorables) y una competición de bolos nocturna. No hace falta decir que en el festival —al igual que en otros encuentros reverenciales y mitómanos, como en los dedicados a Elvis o Hemingway— abundan los imitadores disfrazados con el atuendo típico del Nota y otros personajes emblemáticos del film. Si uno tiene curiosidad puede pasearse por la web del festival y disfrutar de una galería fotográfica que entusiasmará a los más frikis.

Entre los invitados al evento no ha faltado Jeff Bridges, actor al que se debe una considerable parte del mérito de convertir a un vago redomado en uno de los tipos más simpáticos del cine de las últimas décadas. Los amantes del film, sin embargo, saben bien que el mérito último del éxito universal del Nota, más que a los Coen o a Bridges, se debe a su inspiración real: Jeff Down. Aunque los Coen también han mencionado en alguna ocasión que un amigo suyo, Pete Exline, veterano de la guerra de Vietnam que vivía en un apartamento desvencijado y que hablaba con orgullo de una alfombra que «combinaba con la habitación» sirvió de base a la creación del personaje, sin lugar a dudas el trasunto directo hay que buscarlo en la figura del productor Jeff Down. Los Coen lo habían conocido años atrás en los circuitos independientes. Down era algo así como un cazador de tendencias cinematográficas fuera de los márgenes del cine comercial. Como el personaje del Nota, gustaba de beber rusos blancos, fumar maría y había pertenecido a «los Siete de Seattle», un grupo universitario de corte antisistema. De hecho, Bridges se pasó una temporada frecuentando diariamente a Down con el fin de empaparse de su comportamiento, gestualidad, manera de moverse y hablar. La mímesis fue tal que hasta la ropa que lleva el actor en la película salió del armario de Down.

En la mezcla de desaliño y pasotismo con tintes hippies, de cierto budismo pasado por la bolera del Nota, algunos exégetas han querido ver un nuevo elogio de la pereza por parte de los Coen y una crítica mordaz al sistema capitalista. Sea como fuere, es cierto que el personaje ha sido fuente de inspiración del dudeísmo (por el original The Dude), una religión que se fundamenta en las enseñanzas de un personaje —máximo aspirante al título de hombre más vago sobre la tierra— que decidió pasar por la vida sin pegar palo al agua. Una religión a la que no le importa pecar de pereza eterna. Como Jehová. Así que Dios perdone al Nota y su indiscreto desencanto perezoso.


El otro Lebowski

Jeff Dowd. Foto: Mario Anzuoni / Cordon.

Cuatro partes de vodka, dos de Kahlúa, dos de nata. Agitar en coctelera. Servir. Así se prepara un ruso blanco, «el helado derretido que puedes comprar en el bar», como dice Jeff Dowd, el auténtico Lebowski. Hay un Lebowski de verdad detrás del gran Lebowski y detrás de The Dude, el Nota; un tipo de carne y hueso, sobre todo de carne: grande como un oso, melena enmarañada y cana, gafas de sol y bermudas, Dowd es aún hoy un muchachote de aspecto descuidado que se pasea por las calles de Santa Mónica arrastrando las chanclas gastadas y su fama de gurú del cine indie desde los ochenta o más, exactamente desde 1983, cuando descubrió a los hermanos Coen.

En los ochenta Ethan y Joel eran dos chavales sin otra cosa que un teaser de dos minutos rodado en cinco noches (solo tenían dinero para un día de alquiler de material y esperaron a una semana con puente para disponer de días extra) que exhibían con su propio proyector en los cuartitos de estar de los amigos con la esperanza de encontrar financiación para rodar el largo de la película. Conseguir un millón y medio de dólares les llevó un año entero. La película era Blood Simple.

Blood Simple no funcionó nada bien en taquilla, pero se llevó el Premio del Jurado del Festival de Sundance. Había sido allí, en el Sundance Institute, donde habían conocido a Jeff Dowd. Ya entonces Dowd tenía cierta reputación de productor visionario y sus estrategias de marketing eran cualquier cosa menos aburridas (en la promo de La bruja de Blair ofrecía café cargado y chocolate a los espectadores al llegar a la sala para que entraran ya atacados de los nervios a ver la película).

Cuando vio Blood Simple fue de los primeros en apostar por ellos, y después de pasar una temporada saliendo por la noche angelina bebiendo Coors y fumando canutos con los dos hermanos, tuvo la buena idea de montar una fiesta de presentación de Blood Simple en una bolera de Santa Mónica. Según los Coen fue esa noche, al ver a Dowd en la bolera, cuando se les ocurrió la primera imagen de lo que después sería El gran Lebowski. No tardaron en saber que a su amigo productor lo llamaban desde pequeño Dude (que viene a ser algo así como «tío» o «colega», pero no «nota») porque sonaba parecido a Dowd, y decidieron que Lebowski se llamaría así.

Tomaron de Dowd su forma de vestir, de sentarse, de hablar, de fumar. De mancharse la ropa y quemarse con el canuto. Una noche en una barbacoa que había montado en su casa, Dowd, ya bastante borracho, no paraba de preguntarles si no les parecía que la alfombra que pisaban «daba ambiente a la habitación», y se quedaron con la frase rondándoles la cabeza. El gran Lebowski no se estrenó hasta el 98, pero Dowd seguía ahí, en toda su esencia, enorme y desmañado, «dando ambiente».

El gran Lebowski , 1998. Imagen: Polygram Filmed Entertainment /Working Title Films.

Incluso Jeff Dowd y Jeff Bridges guardan un parecido razonable, y aunque Dowd nació quince días antes que Bridges parece bastante más baqueteado después de una vida agitada y sesentera aromatizada en maría californiana, como probablemente lo esté la de Bridges también. Dowd estuvo metido hasta la enorme cintura en el Seattle Liberation Front, un movimiento contracultural izquierdista liderado por el filósofo Michael Lerner, que años después sería asesor espiritual de los Clinton, esa pareja. Aquellos que recuerden la frase de Lebowski a Maude (Julianne Moore): «Yo fui miembro de los Siete de Seattle» sepan que existieron de verdad. Estos Siete de Seattle eran los miembros del Seattle Liberation Front, condenados a doce meses de prisión por manifestarse contra la guerra de Vietnam, arrojar cosas contra los juzgados y pitorrearse del señor juez durante el juicio al que los llevaron en noviembre de 1970.

Después de aquella racha, Dowd se metió de cabeza en la industria del cine y fue de los primeros en lanzar a Spike Lee, a Jim Jarmusch o a John Sayles. Tenía un amigo, Randy Fielding, propietario de una veintena de salas de cine en Seattle, donde empezaron a hacer ruido las primeras películas que ahora llamamos indies. Su fama de productor, distribuidor y agitador independiente pronto llegó a Hollywood, y en 1980 fue de los pocos escogidos a los que Robert Redford buscó para fundar el Sundance Institute y más adelante el Festival de Sundance.

Se estrenó Blood Simple y se estrenó El gran Lebowski; ninguna funcionó bien en taquilla. Pero cuando empezaron a distribuirse en DVD se convirtieron en películas de culto muy deprisa, larga vida al DVD y a aquellas oscuras tiendas de alquiler de DVD, y larga vida a las suecadas. Tan bien empezó a funcionar El gran Lebowski que en 2002 un grupo de amigos de Louisville, Kentucky, fanáticos de la película, decidieron montar el Lebowski Fest en una bolera. Desde entonces se celebra por decenas de ciudades a lo largo y ancho de Estados Unidos, y también en Londres. Ahora se montan cada dos por tres, acuden impersonators, se disfrazan de Lebowski o de Walter Sobchack mientras juegan a los bolos y se ponen ciegos de rusos blancos.

Es frecuente ver a Jeff Dowd subirse al escenario y saludar a su manera y bailar con la primera rubia que se le pone a tiro. Aquí es Dios. Aquí es el gran Lebowski. También lo es en el Festival de Toronto, donde dicen que a pesar de sus pintas maneja el cotarro como nadie, sabe cómo vender una película en lo que tarda en subir el ascensor y es un especialista en colarse en las fiestas, y en acabarlas.

Hace dos veranos John Turturro empezó a rodar Going Places, un spin-off de Jesús Quintana, el señorito de redecilla, el latino irreverente de la bolera que él interpretó. Quién sabe si veremos a cualquiera de los dos Lebowski sentados al fondo, mirando la partida, quemándose el jersey de punto y haciendo como quien nunca se entera de nada.


¿Cuál es la mejor religión alternativa?

Ricky Gervais aseguraba en una lúcida charla con Stephen Colbert que en materia religiosa a lo mejor lo más importante no era tanto creer en un dios como no creer en los dos mil novecientos noventa y nueve restantes que se apoltronaban entre las diferentes iglesias y doctrinas del planeta. Y lo cierto es que lo nutrido de la demanda de deidades pone hoy en día las cosas un poco más difíciles a la hora de decantarse por una fe u otra para asegurar una vida después de la muerte en el resort más confortable posible. Afortunadamente también existen opciones alternativas a lo mainstream y en esos márgenes habitan religiones tan o más interesantes que las clásicas de toda la vida. La encuesta de hoy es divina: ¿cuál es la mejor de las actuales religiones alternativas? Recuerden votar por su favorita al final del artículo o apuntar en los comentarios las opciones que se nos hayan escapado y consideren oportunas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Dudeísmo

Imagen: Dudeism.com.

Los dudeistas combinan el taoísmo de Lao-Tse y las enseñanzas de griego Epicuro en una filosofía propia cuyo mayor representante es la figura del Nota («The Dude» en la versión original), el personaje interpretado por Jeff bridges en El gran Lebowski de los hermanos Coen. La denominada Iglesia del Nota de los Últimos Días fue fundada en 2005 por Oliver Benjamin, cuenta con cientos de miles de dude-sacerdotes alrededor del mundo, puede oficiar matrimonios legales, ha instaurado el seis de marzo como «Día Sagrado del Nota», tiene periódico propio (The Dudespaper), bibliografía específica (The Dude de ching, The tao Dude, The abide guide o Lebowski 101) y oficialmente utiliza como emblema el símbolo del ying-yang con el añadido de los agujeros de una bola de bolos. Su doctrina se resume principalmente en tomarse las cosas con calma, jugar a los bolos, salir con los amigos y relajarse en la bañera. Los fieles a este credo afirman que el dudeismo existe desde antes del estreno de la película y señalan a Heráclito, Buda o Jesucristo como «Grandes Notas de la historia».

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Jedismo

Imagen: Walt Disney Studios/Lucasfilm.

En el censo de Inglaterra y Gales de 2001 un total de 390 127 seres humanos especificaron que la religión a la que proferían devoción era la «jedi», la famosa orden de amigos del sable láser y el poder de la Fuerza que había nacido en Star Wars. Según aquellos datos, el jedismo sería la cuarta religión más importante de aquellas tierras por delante de otras más clásicas como el budismo. En 2007 Daniel Jones fundó la Iglesia del jedismo, convencido de que en Gran Bretaña había más jedis que cienciólogos. Dos años después, el propio Jones fue expulsado de un centro comercial por negarse a quitarse la capucha y justificar su rostro cubierto como parte de su religión jedi. Ante el revuelo montado, el director del establecimiento aclaró a los medios la situación: «No le hemos prohibido la entrada. Los jedis son bienvenidos en nuestras tiendas aunque les pedimos que se quiten la capucha. Obi-Wan Kenobi, Luke Skywalker y Yoda han sido vistos sin capucha sin que eso signifique que se hayan pasado al Lado Oscuro. Realmente el único de quien tenemos constancia que nunca se ha quitado la capucha es el emperador».

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Iglesia de la eutanasia

Imagen: churchofeuthanasia.org.

Fundada en el 92 por Robert Kimberck y Chris Kordan, a la Iglesia de la eutanasia le gusta mucho fardar de ser la única religión antihumanos existente, una congregación que defiende equilibrar el número de personas con el resto de especies de la Tierra y para ello anima a la población a pisar el freno en lo de perpetuar la especie. Ondea el eslogan «Salva el planeta. Mátate a ti mismo», tiene como único mandamiento un «No procrearás» y se apoya en cuatro pilares fundamentales: el suicidio, el aborto, el canibalismo (exclusivamente de gente muerta, eso sí) y la sodomía, esta última muy celebrada y aceptable en el seno de la Iglesia por no conllevar un fin reproductivo.

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Matrixismo

Imagen: Warner Bros.

El matrixismo, o El camino de Neo, sustenta sus creencias en la saga cinematográfica Matrix y tiene unos cuantos cientos de fieles, un número no tan abundante como el de otras religiones pero bastante aceptable si se considera que se trata de un movimiento que alaba la bosta de Matrix Revolutions. Utiliza como logo oficial un kanji que hace alusión a las pastillas rojas y promueve cuatro principios fundamentales: la creencia en una profecía mesiánica, el uso de drogas psicodélicas como sacramento, la percepción del mundo como un lugar con varias capas y la adhesión a los principios de alguna de las principales religiones del mundo.

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Iglesia maradoniana

Imagen: Wikicommons.

Héctor Campomar, Alejandro Verón y Hernán Amez decidieron profesar amor eterno a Diego Armando Maradona fundando el 30 de octubre de 1998, el día del cumpleaños del futbolista, la Iglesia maradoniana. En palabras del propio Verón: «Tengo una religión racional que es la Iglesia católica y tengo una religión en mi corazón que es Diego Maradona». Los maradonianos cuentan los años a partir del nacimiento de Maradona, se refieren a su dios como «D10S», tienen una biblia propia (Yo soy el Diego de la gente), sus propios diez mandamientos, y sus rezos oficiales incluyen una versión del Credo, otra del Dios te salve e incluso un Diego nuestro que se arranca así: «Diego nuestro que estas en la Tierra, santificada sea tu zurda».

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Pastafarismo

Imagen: Wikicommons.

El pastafarismo es esa religión que ha adquirido una fama desmesurada al utilizar como cimientos a los piratas, la cerveza o las strippers y también por aquello de rendir pleitesía a una monstruosidad con pinta de menú del Ginos. Ideada por Bobby Henderson como una forma de burlarse del creacionismo que se adoctrinaba en ciertas escuelas, el pastafarismo afirma que el sumo creador de todas las cosas es el Flying Spaghetti Monster, una criatura sobrenatural con la apariencia de un rebujo de espaguetis mezclados con albóndigas que es la culpable de haber creado la vida, el universo y todo lo demás durante una borrachera monumental. La agrupación asegura que los piratas fueron los primeros pastafaris de la historia y apunta que su disminución está directamente relacionada con el calentamiento global, también promete una existencia más allá de la muerte con un cielo que acoge un volcán de cerveza y una fábrica de strippers y un infierno que contiene exactamente lo mismo pero con la birra caducada y las strippers repletas de venéreas. En la sociedad actual goza de bastante prestigio, llegando a ser reconocida oficialmente como religión en los Países Bajos y Nueva Zelanda, lo que significa que allí uno puede casarse legalmente bajo el beneplácito de un plato de comida italiana gigante.

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Iglesia de la última risa

Annual Saint Stupid’s Day Parade. Imagen: CC.

Fundada en los setenta por Ed Holmes y probablemente gracias a opiáceos diversos, la Iglesia de la última risa anima a sus fieles a hacer el idiota y se anuncia como la comunidad religiosa con más miembros y más antigua del mundo. Asegura tener un «ciento cincuenta por ciento menos de dogma y tan solo un día sagrado», una jornada que tiene lugar el 1 de abril en San Francisco, en la Annual Saint Stupid’s Day Parade, la celebración pública donde lo único que hay que hacer es parecer estúpido.

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Kopimismo

Imagen: CC.

La Iglesia del kopimismo venera el P2P, hinca la rodilla ante los comandos Ctrl+C y Ctrl+V al considerarlos símbolos sagrados y defiende que toda información sea copiada y distribuida de forma gratuita. Y ya. Ni dioses ni movidas raras, solo torrents, fotocopias y discos regrabables. En 2012 Suecia aceptaba legalmente el kopimismo como una comunidad religiosa y en años posteriores Japón, Canadá e Israel se sumarían a la causa.

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Discordianismo

Diosa Eris. Imagen: CC.

Un movimiento religioso fundando a principios de los sesenta que rinde culto a la diosa del caos Eris, «Discordia», y que se caracteriza en general por ser tan anárquica como era de esperar: el Principia discordia, el libro sagrado oficial de la religión, es un batiburrillo de textos, imágenes, citas de obras de ciencia ficción, coñas e información tan contradictoria como para hablar de manzanas doradas, asegurar en los pies de página que el asunto no es cosa de «jijijaja» aunque lo parezca o elaborar unos mandamientos que se prohíben a sí mismos y no acaban de ponerse de acuerdo sobre si los perritos calientes son obligatorios o están vetados de la práctica religiosa. Dicen los estudiosos que el discordianismo se diferencia de religiones como la del Espagueti Volador en que no se trata de una religión parodia sino satírica, y que incluso puede proporcionar «experiencias religiosas reales».

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Último juevesismo

Imagen: CC.

Los creacionistas suelen esquivar las preguntas incómodas sobre las lagunas de sus creencias utilizando la legendaria técnica «lo hizo un mago». Concretamente suelen asegurar que Dios creó el mundo por su cuenta de la nada pero lo disimuló muy bien con elaborados fakes: pintó los anillos de los árboles para que diesen la impresión de que llevaban allí años, le puso un ombligo a Adán y enterró huesos de dinosaurio por ahí para echarse unas risas. Los creyentes del último juevesismo opinan que si todo eso es verdad la vida en general bien podía existir tan solo desde el jueves pasado y todo lo que nos rodea (recuerdos incluidos) haber sido colocado ahí por una entidad superior para engañarnos. Un razonamiento tan válido como el de los propios creacionistas.

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Iglesia de los subgenios

Imagen: CC.

Una orden para «herejes, blasfemos, hackers, descreídos, mutantes, rebeldes y librepensadores» que tiene como profeta a un vendedor de los años cincuenta llamado J. R. «Bob» Dobbs, con quien una deidad, prima de las criaturas de H. P. Lovecraft llamada Jehovah 1, contactó a través de la televisión. El credo de la agrupación asegura profundizar en la ciencia de la burla, el sadofuturismo, la megafísica, la escatolografía, la esquizofrénica, la sarcastrofía, la cinisreligión, la apocalipticonomía, el espectoracionalismo, el moralismo, la hipnopediatría, el subliminalismo, la satirología, la sistoutopianidad, la sardonicología, el apariencionismo, la ridiculofagia y la teología miscelánea. También celebra fiestas en honor a los Monty Python, Drácula y el alien aquel que salía en Ultimatum a la tierra. La inscripción cuesta treinta dólares y la propia Iglesia se enorgullece de estar diseñada para sacar dinero. Incluso tiene una promoción que bajo el eslogan «¡Eterna salvación o te devolvemos el triple de tu dinero!» asegura que si uno es miembro de la Iglesia y acaba aterrizando en el infierno recibirá como compensación un cheque reembolso de noventa pavos y un folleto titulado Cómo disfrutar del infierno por cinco centavos al día, que cuesta tan solo 89,95 dólares. Hay quien dice que es una religión de broma y que todo lo anterior se lo inventaron tres colgados a principios de los ochenta para mofarse del resto de religiones, pero no existen evidencias fehacientes que lo demuestren.

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Concilio de los bufones fiesteros y borrachos

Pedro I de Rusia según Paul Delaroche.

Pedro I de Rusia era muy de salir con los colegas a liarla y ponerse ciegos por la campiña. En un momento dado la cosas se les fue a todos de las manos y acabaron montando un colectivo fiestero donde se repartían títulos de cardenales, obispos, diáconos o sacerdotes entre sus integrantes y cuyas ceremonias consistían básicamente en emborracharse a lo bestia y organizar orgías. Pedro en el fondo se lo montó bastante bien y perpetuó su Concilio de los bufones fiesteros y borrachos hasta el día de su muerte; entretanto la Iglesia ortodoxa de rusa tuvo tiempo para escandalizarse con todo aquello y llegar a asegurar que el hombre era el mismísimo Anticristo.

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Iglesia de Google

Imagen: CC.

La Iglesia de Google rechaza a todos los seres sobrenaturales pero al mismo tiempo trata al buscador (al que se refiere en femenino) como una diosa al considerarlo lo más cercano al concepto de deidad que existe, llegando a afirmar que a la hora de la verdad es más fácil demostrar con pruebas su divinidad que la de los dioses tradicionales. En esencia los googleistas no siguen una ideología en particular más allá de interpretar que Google es la diosa definitiva, aunque sí que creen que existe una vida después de la muerte: la caché de Google. Tienen una FAQ bastante maja.

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La fe en la Unicornio Rosa Invisible

La Unicornio Rosa Invisible. Dramatización (el real es más o menos así). Imagen: CC.

La Unicornio Rosa Invisible es una diosa que, como su propio nombre indica, se las apaña para ser rosa a pesar de tener la carne transparente, y cuya existencia es un hecho irrebatible porque como es invisible nadie puede probar que no exista. Curiosamente los más devotos seguidores de la divinidad parecen ser exclusivamente ateos y escépticos. Serah Eley acotó con certeza sus virtudes: «Los unicornios rosas son seres con un gran poder espiritual, algo que sabemos porque son capaces de ser invisibles y rosas al mismo tiempo. Como todas las religiones, la creencia en los unicornios rosas invisibles se cimienta en la lógica y la fe: tenemos fe en que son rosas, y deducimos con lógica que son invisibles porque no los vemos».

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El síndrome de Boba Fett

Stranger Things. Imagen: Netflix.

Stranger Things

Tras la fiebre por Stranger Things, la serie cimentada en la nostalgia de referentes añejos que todo el mundo quería de antemano que le gustase (aquí nos divirtió tanto como para desearle que no insistiese en una segunda vuelta), el fenómeno fan desenrolló su costado creativo y publicó en internet decenas de pósteres alternativos, camisetas majas, ilustraciones notables y un montón de pantallazos de juegos que no existieron nunca donde se reimaginaba el show en formato de ocho y dieciséis bits, como aventuras gráficas point’n click, rolazos o un arcade de tollinas firmado por el escultor del píxel Johan Vinet. Entre tanta riada de inventiva fandom una de las ocurrencias más simpáticas fue un falso cartel sobre la desaparición de una chica llamada Barb, un personaje menor de la serie. El aviso rezaba lo siguiente:

Desaparecida.

A su madre no le importa que haya desaparecido, nuestros amigos suponen que está estudiando en la biblioteca y yo ando demasiado ocupada con mi novio. Pero está desaparecida desde hace algún tiempo, así que supongo que va siendo hora de empezar a buscarla.

Conduce un Volkswagen, tiene el pelo rojo, gafas rojas y un vestuario que despierta simpatía.

Responde al nombre de Barb.

El papelito incluía unas tiras para arrancar que sustituían la clásica información de contacto por frases como «¿A quién le importa?» «¿Barb quién?» «Amo a Steve» o «Bla bla bla Barb». Y aunque no se especificaba en ningún sitio, cualquier espectador de la serie deducía que el texto simulaba haber sido redactado por Nancy, una de las principales protagonistas. Y más de uno entendía que la broma hacía cierta justicia a Barb, Barbara Holland, un personaje secundario que a pesar de no tener demasiada presencia a lo largo de la historia (promocionaba a merienda durante los primeros episodios) se convirtió en uno de los favoritos del público. Un éxito entre la audiencia que se debía probablemente a lo amable de su personalidad por un lado y a su llamativa presencia física por otro: pelirroja, pecosa, con gafas de nerd, vestuario inusual y un físico que pasaba olímpicamente de los estándares típicos de belleza televisivos, algo que desgraciadamente solo pueden permitirse los personajes secundarios. Se trataba de un rol desagradecido, porque en el fondo para el guion era más un mecanismo narrativo que una persona, pero se convirtió en el dark horse de la serie, el Boba Fett de Stranger Things.

El síndrome de Boba Fett

En la saga Star Wars Boba Fett era un cazarrecompensas espacial que aparecía en El Imperio contraataca con un par de líneas de diálogo, armadura fardona y pintas de futuro villano. Luego llegó El retorno del Jedi y Boba Fett la palmó de la manera más gilipollas posible cuando Han Solo lo mandó por accidente al estómago de un bicharraco del desierto. Es probable que en un principio George Lucas considerase que la vida útil del personaje acababa ahí mismo, pero los fans se encandilaron del misterioso cazarrecompensas de manera inexplicable y el director tomó nota de ello. Fett acabó protagonizando decenas de aventuras en ese universo expandido de Star Wars que se desplegaba entre libros, series y videojuegos. Nuevas aventuras donde se intentaba moldear la personalidad de Fett, en ocasiones provocando contradicciones entre las diferentes historias, y también explicar unos orígenes sobre los que nunca se pusieron de acuerdo los diferentes autores de los libros, hasta el punto de tener que justificar oficialmente el desmadre asegurando que Fett se inventaba los faroles en torno a su leyenda.

Entre las páginas el cazarrecompensas tuvo una vida muchísimo más completa y emocionante que entre los fotogramas: los cómics lo salvaron de morir permitiéndole escapar del monstruo del desierto y la literatura le metió en líos persiguiendo el culo de Han Solo, lo ascendió a líder de los mandalorianos (originarios del planeta Mandalore, un lugar que ni siquiera se mencionaba en las películas) y lo emparejó convirtiéndolo primero en padre de familia y después en viudo perseguido por una hija que planeaba vengar la muerte de su madre. Tramas enrevesadas con la pinta de culebrón barato galáctico tan clásica de Star Wars: en un momento dado Fett descubría que su mujer no estaba muerta sino congelada en carbonita.

El Imperio contraataca. Imagen: Disney.

Viendo el éxito entre la audiencia, Lucas reinventó el papel de Boba Fett en el cine y lo añadió fugazmente a La guerra de las galaxias aprovechando el estreno de una versión remasterizada. Después utilizó las precuelas para convertirlo a la fuerza en uno de los personajes principales del universo Star Wars: en la trama de la nueva trilogía sus genes clonados fueron la base de las contiendas de la película. Lucas declaró en alguna ocasión que de haber sabido que Boba Fett iba a tener tantos fans hubiese rodado una muerte más espectacular en su momento. Jonathan Rizler, historiador de Star Wars, juraría años más tarde que Lucas le había confirmado que Fett sobrevivía a El retorno del Jedi.

Boba Fett era un caso extraordinario de cadáver resucitado por las lágrimas de los fans. Un personaje cuyo creador no creía que fuese a generar la más mínima de las atenciones que acababa siendo moldeado por culpa del público. Un caballo oscuro por el que nadie había apostado en un principio.

Apostar por el dark horse

Dark horse es el término con el que se denomina en las apuestas ecuestres a ese caballo que no conoce ni dios y acaba ganando la carrera. Boba Fett es probablemente el ejemplo de caballo oscuro más famoso y su fama ha provocado que los fans demanden, de manera incansable durante décadas, un film o un videojuego protagonizado exclusivamente por el personaje. La Barb de Stranger Things tenía alma de dark horse incluso dentro de la ficción: en la trama ni la policía, ni sus amigos (exceptuando a Nancy) ni su propia madre se interesaban demasiado por la chica. A la audiencia le ocurría lo contrario: a todo el mundo parecía caerle bien.  

Bob The Goon en Batman. Imagen: Warner Bros.

El Batman de Tim Burton incluía en el equipo enemigo a un sicario que no destacaba por nada en especial más allá de llevar sombrero. Se trataba de Bob, apodado cariñosamente Bob The Goon, un secundario poco carismático, nada agraciado y que acababa siendo eliminado por el Joker de manera absurda, un personaje que a pesar de todo se convirtió en favorito del público. Años más tarde la frase que le dedicaba Jack Nicholson a Bob en Batman, «You are my number one, guy», inspiraría el estribillo del tema «Ready For the Floor» de Hot Chip (en un videoclip que incluía cosplay de Joker). Lo más curioso fue lo premonitorio de la remesa de juguetes que acompañaron de salida al film, porque solo se produjeron tres muñecos de acción: el de Batman, el de Joker y el de Bob. Aterriza como puedas encumbró a un personaje menor llamado Johnny a base de tonterías. En The Rocky Horror Picture Show el público se enamoró del personaje de Columbia y su voz aguda. Zara (Katie McGrath) en Jurassic World se ganó la condescendencia de los espectadores al morir estableciendo un récord: ser devorada dos veces por dos criaturas prehistóricas diferentes. En la misma película también brilló el «hombre margarita», el tío que se preocupaba de salvar un par de margaritas durante el ataque de los dinosaurios, un extra que tenía dos segundos en pantalla y un guiño fabuloso a sus espaldas: estaba interpretado por Jimmy Buffet, el músico famoso por «Margaritaville». Mad Max: furia en la carretera tenía clarísimo que el más pálido era el caballo más oscuro y Nux ya iba en cabeza para ocupar el puesto mucho antes de gritar «What a day! What a lovely day!».

Inicialmente Sylar (Zachary Quinto) la palmaba durante el desenlace de la primera temporada de Héroes, pero el villano gozó de tanta popularidad entre los fans como para que los guionistas le arrojasen el salvavidas. Horton tenía a una secundaria, con una sola frase y una presencia total en pantalla de poco más de un minuto, que conquistó corazones por culpa de esto. Frank Oz explicó con símiles de volumen como concibió el carácter de algunos de sus Muppets: la cerdita Peggy era un personaje de tres dimensiones, el oso Fozzie tenía dos y Animal cero. Este último, un personaje cafre y gritón cuya mayor virtud era saber aporrear una batería, se convirtió en uno de los favoritos del público y por extensión de la cultura pop. En Power Rangers los personajes de Bulk y Skull que ejercían de alivio cómico, villanos Hacendado y embajadores de la vergüenza ajena, gozaron de un abultado grupo de seguidores. Por Scrubs cabalgaron unos cuantos caballos oscuros, algunos de los cuales amenazaron con convertirse en algo importante desde el primer capítulo, pero el más gracioso y autoconsciente fue el interno Snoop Dogg, un personaje que nació como un chiste de una línea y con el tiempo escaló en la jerarquía evolucionando a residente Snoop Dogg y posteriormente a asistente Snoop Dogg.

Hedonismbot en Futurama. Imagen: FOX

En ciertas ocasiones era posible avistar rebaños enteros de dark horses. Ocurría en aquellos programas donde casi todos los secundarios ofrecían potencial suficiente como para promocionar a estrellas. En Futurama la figura obvia era Zoidberg, pero el show atesoraba una hilera de personajes dignos de culto: el hipnosapo, los integrantes de la robo-mafia, Calculón, Zapp Brannigann, este robot de aquí, el presentador de telediarios Morbo, URL el robot policía, el pequeño Tim, el robot diablo o aquel Santa Claus psicópata. Mordisquitos también podría ser considerado un caballo oscuro, aunque su transformación de mascota a personaje indispensable estaba premeditada por los guionistas. Y Scruffy Scruffington, el conserje bigotudo aficionado al porno, comenzó a aparecer con más frecuencia en la serie solo porque era reverenciado por una horda de internautas. En Padre de familia personajes como el pollo gigante, la Muerte o el mono malvado eran gags fugaces sin demasiado futuro pero acabaron convertidos en secundarios recurrentes. Hora de aventuras gozaba de un reparto de no-protagonistas de los que era demasiado fácil encariñarse: Marceline pasó de secundaria a coprotagonizar capítulos, y otros personajes como la Princesa del Espacio Bultos, el Señor Magdalena, BMO, Trompi, Gunter, Roltas, Linch, Ricardio, la Princesa Llama, el Mayordomo Menta o el Conde Limoncio se ganaron simpatías variadas. En realidad, en Hora de aventuras todo el reparto era carne de merchandishing: ojo a la línea de juguetes para McDonald’s donde más de la mitad de personajes son secundarios del programa. Un caso especial era el de Marshall Lee, la versión masculina de Marceline en los capítulos donde el género de los personajes estaba invertido, porque apareció sin decir una palabra y se convirtió en una obsesión de los fans.

Ha nacido una estrella

Gru, mi villano favorito, llegó acompañado de una tropa de esbirros amarillos que, tras dos películas haciendo de sherpas, acabaron protagonizaron su propio largometraje y arrasando en los cines gracias a una bestial campaña publicitaria. Su película, Los minions, resultó mucho más taquillera que Gru, mi villano favorito o su secuela, y los amarillos se convirtieron en el ejemplo más rentable de una práctica común en el cine de animación, la de convertir a los papeles menores más graciosos en estrellas: los pingüinos que actuaban en segundo plano en las entregas de Madagascar acabaron teniendo película propia (Los pingüinos de Madagascar) y los porrazos de la ardirrata Scrat que salteaban las películas de Ice Age fueron tan festejados que el personaje ganó minutos de metraje en cada secuela, protagonizó sus propios cortometrajes y se convirtió en la mascota oficial del estudio de animación Blue Sky.

Jesús Quintana (John Turturro) en El gran Lebowski era un dark horse relativo porque, aunque su personaje apenas ocupaba cinco minutos del metraje, estaba claro que sería diana del fenómeno fan entrando en escena de aquella manera tan perversa como espectacular. El reflejo de su éxito es la alegría con la que ha sido recibida la idea de repescar al personaje hoy en día (dieciocho años después de su aparición) para protagonizar Going Places, una historia ajena a la trama de Lebowski y dirigida por el propio Turturro donde Quintana compite contra un ladronzuelo (Bobby Cannavale) en la aventura de proporcionarle el primer orgasmo a una mujer (Audrey Tatou).

Jesús Quintana en El gran Lebowski. Imagen: Gramercy Pictures.

Los roedores de laboratorio Pinky y Cerebro nacieron como secundarios de la serie Animaniacs, pero su insistencia por conquistar el mundo a través de planes disparatados acabó convirtiéndolos en predilectos de los espectadores y otorgándoles serie propia (Pinky y Cerebro). Aguantaron por su cuenta bastante bien durante cuatro temporadas, hasta que los productores, que consideraban que la serie tenía un humor demasiado adulto, tomaron la peor decisión posible e impusieron a su propio dark horse con el fin de infantilizar el programa: agarraron a un personaje de Tiny Toons, Elvira (Elmyra en el original), que ni siquiera caía bien entre los fans, y lo colaron en el universo de los ratones reinventando la serie como Pinky, Elmyra y Cerebro. El nuevo show era más tontorrón y la audiencia le enseñó las espaldas: tan solo se emitieron cinco episodios antes de que alguien optase por esconderlo en un armario.

Reese Wilkerson (Justin Berfield) sisó tanto protagonismo en Malcom que en algunos capítulos el personaje que daba título a la serie parecía estar de visita. Barney en Cómo conocí a vuestra madre acabó acaparando tramas para sí mismo. En la longeva Días felices el personaje de Arthur Fonzarelli (conocido en la ficción como the Fonz o Fonzie) que interpretaba Henry Winkler empezó como secundario, pasó a vivir junto a uno de los protagonistas y acabó convertido en estrella total a niveles disparatados: cuando los guionistas consideraron bonito enfatizar la lectura entre los espectadores más jóvenes metieron a Fonzie en una biblioteca con la excusa de ojear un libro y en el mundo real la demanda de carnets de biblioteca aumentó a lo bestia, en Milwaukee se construyó una estatua de bronce en honor al personaje y en una ocasión un adolescente que planeaba suicidarse telefoneó al estudio para «hablar con Fonzie» y acabar recibiendo los consejos de Winkler. Los ejecutivos consideraron cambiar el título de la serie a Los días felices de Fonzie, o Fonzie y el propio Henry Winkler, agobiado por la celebridad del personaje y su condición de salvavidas del show, rechazó protagonizar un spin-off. Fonzie fue también el protagonista uno de los momentos más recordados de la televisión americana: la extravagante secuencia de brinco sobre escualo que instauró la expresión «Jumping the shark» para indicar el momento en el que una serie había perdido el rumbo.

El caso de Johnny Depp es especial porque el hombre funciona como un caballo oscuro que intenta camuflarse con neones. Piratas del Caribe se insinuaba protagonizada por una Keira Knightley acompañada de un Orlando Bloom que venía de El Señor de los Anillos y a quien querían transmutar en un nuevo Errol Flynn. Pero el personaje de Jack Sparrow, interpretado por Depp como un pirata rockstar con mucha línea improvisada, usurpó todo el protagonismo hasta el punto de que en las secuelas Knightley y Bloom pasaban a segundo plano o directamente desaparecían. Los responsables eran conscientes de esto aunque intentaran disimularlo y Depp era un dark horse con alevosía, tanto como para que la operación se exportase a otras películas donde el actor podía pasear nuevo armario y maquillaje extravagante: la Alicia en el país de las maravillas que rodó con Burton se promocionaba anunciando a su Sombrerero Loco y olvidándose de la Alicia del título. Y en El Lanero Solitario el propio Llanero Solitario parecía ejercer de side-kick del personaje de Depp, un indio llamado Toro que se distinguía de Jack Sparrow gracias a llevar un pájaro reseco en la cabeza.

Steve Urkel es el Alfa y el Omega de todos los Boba Fetts posibles. Una criatura concebida en la comedia Cosas de casa, la serie que nació como un spin-off de Primos lejanos cuando la cadena ABC decidió agarrar al personaje de Harriette, la ascensorista del periódico donde trabajaban Larry Appleton y Balki Bartokomous, y construir una sitcom alrededor de ella y su matrimonio con Carl Winslow.

El objetivo de Cosas de casa era atrapar a audiencia negra a través de las aventuras de una familia afroamericana, pero el show entró renqueando en la programación televisiva y sus episodios iniciales no lograron pescar buenas audiencias. Hasta que apareció el personaje de Urkel, un secundario (interpretado por Jaleel White) de voz chillona, pantalones de cintura incierta, tirantes y todos los defectos del estereotipo nerd multiplicados de cara a la comedia. Durante el rodaje de aquel capítulo donde Urkel entraba en escena el público en directo enloqueció con lo desmadrado del personaje y cuando el episodio se emitió por televisión ocurrió lo mismo en los hogares estadounidenses. Los ejecutivos intuyeron una gallina a punto de convertirse en un surtidor de oro y comenzaron a reescribir capítulos, tramas e incluso reimaginar la cabecera para asentar a Urkel en el programa. En el episodio posterior a su aparición el personaje ya se había convertido en vecino de los Winslow para dar más juego a los guiones. La sitcom sobrevivió arrasando en audiencia gracias a la realineación y aquel personaje cargante que comenzó como un secundario casual acabó convertido en protagonista absoluto con el paso de las temporadas.

Llegados a cierto punto los episodios comenzaron a saltar el tiburón con doble tirabuzón y los guionistas convirtieron el disparate en norma y a Urkel en científico loco: sus inventos le permitieron crear clones de sí mismo o juguetear con el ADN para mutar en un doble de Bruce Lee o en un gigoló llamado Steffan Urquelle, aparecieron en escena muñecos diabólicos, se abrazó la destrucción a gran escala y la serie se convirtió en una impresora de dinero para la cadena ABC. Urkel se apuntaló como icono de los noventa y la cultura pop tuvo que dejarse meter mano: se coló a modo de cameo en Padres forzosos y Paso a paso, tuvo sus propios cereales e incluso participó en un vídeo educativo sobre cómo se forman las leyes junto a un caballero llamado Bill Clinton y un puñado de secundarios con cara de políticos como Robert Dole, Tom Foley o Cleo Fields que como actores de comedia tenían un futuro demasiado incierto.


Humos que no se desvanecen

Jeff Bridges en Corazón roto. Un loser sin glamour. Imagen: World Films.
Jeff Bridges en Corazón roto. Un loser sin glamur. Imagen: World Films.

El éxito, por rotundo que parezca, es vaporoso. Como invisibles se hacen las volutas que salieron densas de la boca del fumador. Hacer de ese humo materia pegajosa es labor reservada solo a unos cuantos. Aquí citaremos a dos.

1. Las tres coletas de Jeff Bridges

El concedido a Jeff Bridges por Crazy Heart (Scott Cooper) en 2009 fue de esos premios Óscar aplaudidos mayoritariamente. A sus sesenta años y con casi cuarenta de carrera, había consenso general en dar por merecido el triunfo individual de quien en los ochenta, habiendo protagonizado ya hitos como La última película (Peter Bogdanovich, 1971) o Tron (Steven Lidberger, 1982), aún era considerado, al igual que su hermano Beau, como el-hijo-de Lloyd Bridges. Sí, aquel actor canoso y eternamente pop por su papel de Aterriza como puedas (Jim Abrahams, David Zucker y Jerry Zucker, 1980), un papel bendecido por frases de las que pasan de boca a oreja a boca y permean el paso del tiempo. «Elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento».

Hasta su triunfo en el albor de la segunda década de los dos mil, Jeff había conseguido consolidar su prolífica carrera a base de personajes variopintos, evitando el estancamiento, en ese terreno meritorio que para público y crítica no alcanza la primera línea pero donde se frecuenta la parte alta de la segunda división. El tipo de carrera que permite a un actor llegar a los sesenta y seguir eligiendo buenos papeles. Y en ese itinerario Jeff coronó tres cimas en los noventa con sus personajes-con-coleta.

Empezó todo con El rey pescador (Terry Gilliam, 1991), una de confrontar mito y realidad. El locutor que encarnara Bridges es uno de esos personajes que arruina lo que tiene (y cuando lo pierde comprende que lo que tenía era todo) y encuentra luego un vehículo de redención, en este caso a través del maravilloso chalado que hace Robin Williams. Entre el histrionismo de Williams, en los mejores años de su carrera, y una presencia sobria de Bridges, Gilliam tejió una convincente epopeya de genética clásica: básicamente amor, amistad y fe. La de Jeff fue una interpretación que daba para decir «ojo con este».

Pero no era el primer ojo. Se cumplían entonces veinte años desde que el actor hubiera recibido su primera nominación al Óscar por La última película. Repitió en 1975 con Un botín de quinientos mil dólares, el debut de Michael Cimino tras la cámara. Y había obtenido una tercera oportunidad frustrada por su papel, esta vez protagonista, en Starman (John Carpenter, 1984).

Siete años después de El rey pescador, Bridges desfilaría al fin por los salones del gran favor mutuo de público y crítica por su protagonista de El gran Lebowski (Joel Coen, 1998), una mina repleta de frases como las que inmortalizaron a su padre.

«¿De qué cojones estás hablando?» o «Estoy siguiendo un régimen de drogas bastante estricto para mantener la mente, ya sabes, ágil» conferían a aquel Bridges el manantial de palabras necesario para terminar de sustanciar su look de hippie cincuentón, resquicio de la era dorada de la cultura setentera californiana, con melena que recoge un par de veces para poder colarse en este resumen. El apodo del personaje —The Dude/el Nota— completó la fórmula para una película sobresaliente en la comicidad de sus personajes hasta el punto de que al espectador le pasaba desapercibida la, dicen los detractores, escasa brillantez del relato. A fin de cuentas, el cine trata de pasarlo bien sin darle demasiadas vueltas a la cosa. Como diría el Nota.

Antes de Lebowski y no mucho después de El rey pescador, Bridges había interpretado su segundo papel-coleta en Corazón roto (Martin Bell, 1992). Pese a lo seductor de su cartelería, un Bridges con melena grunge y perfecto torso desnudo, aquel papel era desagradable con ganas. Un año antes de que el cantante Beck lo petara con «Loser» (término que a la sazón hemos acabado incorporando como anglicismo), Bridges le ponía carne a un persona perdedora en serio; exconvicto sin visos de sanación moral y padre malo y cruel sin escrúpulos. Un maltratado maltratador que no puede mover a la compasión. En las antípodas de esos infortunados de buen corazón que escapan a su destino. Así de desolador todo. El seductor del cartel resultaba ser un amargado incurable.

Al desdichado hijo de Jeff, a la víctima de semejante impresentable, lo interpretó Edward Furlong.

El humo denso en la salida desaparece en la distancia, como la carrera de Edward Furlong. Imagen: New Line Cinema.
El humo denso en la salida desaparece en la distancia, como la carrera de Edward Furlong. Imagen: New Line Cinema.

1 b. Los dos crecimientos de Edward Furlong

La galería de actores niños cuyas carreras acaban descarrilando es larga, profunda y simétrica como un pasillo de Kubrick. De la sección primeros noventa sobresalen Furlong y Macaulay Culkin, personajes recurrentes en los espejos antes-ahora y qué-fue-de que circulan por las redes. Furlong atronó en las pantallas con un debut tan espectacular como Terminator 2: el juicio final, destilando rebeldía de hijo de madre soltera y encapsulando, aún tan niño, el atractivo del rebelde con corazón de oro. De Jimmy Dean al Jake de Melrose Place. Furlong apareció en el mayor escaparate posible de aquellos tiempos. El blockbuster con mayor tamborrada promocional, rugiendo la previa con el vídeo promocional de «You Could Be Mine» de Guns N’ Roses. El aparato propagandístico, a la manera del tío que hace de mascarón de proa con guitarra eléctrica en uno de los vehículos del último Mad Max, proclamaba por el universo que la nueva Terminator era entonces la película más cara de la historia.

Después, Furlong hizo Corazón roto y a partir de ahí, a diferencia de Bridges, su estrella se fue apagando. Aún sería protagonista principal de alguna simpática producción de carácter indie. El fotógrafo Pecker de la homónima de John Waters en 1998 y un año después la comedia retro Detroit Rock City, de Adam Rifkin, sobre las peripecias de unos jóvenes para ir a un concierto de Kiss en 1978. (Por qué la tradujeron aquí como Cero en conducta es algo que si quiero acabar este artículo de forma coherente no me corresponde intentar entender). Entre esas dos, Furlong disfrutó su último sorbito de gloria en American History X (Tony Kaye, 1998), un papel hecho a su medida (taylor-made, que decimos los ingleses) con el inconveniente de que Edward se estaba haciendo demasiado mayor para aquellos derroteros de adolescente turbado y con el conflicto de definir su moralidad. La realidad es que, en vez de crecer, el actor había empequeñecido. Un Benjamin Button atrapado en un cuerpo que adquiría facciones de yonqui.

El niño Furlong no creció bien (mide 1,70 m. Sí, lo sé, igual que Tom Cruise) y su proliferación de papeles en películas menores apenas tuvo eco en la industria. Mayor repercusión originaron sus problemas con las sustancias prohibidas, vida disoluta y la circulación de imágenes que atestiguaban su deterioro físico. Se le fue el ángel y apenas queda su inocente debut: una Terminator 2 donde las grandes frases que pasan de boca a oreja y permean el paso del tiempo las pronunció Arnold Schwarzenegger. «Sayonara, baby» y «Hasta la vista».

Se reían de su acento pero ignoraban que Arnold podía con todo. Imagen: 20th Century Fox.
Se reían de su acento pero ignoraban que Arnold podía con todo. Imagen: 20th Century Fox.

2. La pista múltiple de Arnold Schwarzenegger

En encasillamiento tiene dos filos: uno cómodo y seguro que permite a determinados artistas mantener longevas carreras combinando público fiel y nuevos adeptos a una fórmula inequívocamente sólida; otro, que acaba siendo como la casa de Bernarda Alba, con el ocupante chocando contra las paredes y condenándose de forma inevitable a la autoparodia. Unos AC/DC ejemplificarían ambas categorías.

En los ochenta Arnold Schwarzenegger estaba en el tris de quedar firmemente encasillado en un perfil de protagonista arquetípico de la época, titán en un panteón donde combatía con Sylvester Stallone o Chuck Norris y al que intentarían sumarse Dolph Lundgren o Jean Claude Van-Damme. Pero, desmintiendo el falso tópico que asocia el físico espectacular a la carencia de materia gris, Arnold tomó decisiones venturosas. Giró el timón. Una maniobra aplaudida cuando sale bien, pero que analizada resulta presentar el mismo impedimento que el encasillamiento. Los dos filos. El de realzar una carrera o el de arruinarla. Lo que consiguió Dylan electrificándose y lo que sufrió Neil Young cuando se puso electrónico con Trans.

Arnold se pasó a la comedia y la jugada funcionó con recaudaciones apreciables. El hombre de piedra se desinhibió hasta el punto de rodarlas con niños (Poli de guardería, Ivan Reitman 1990) o hacer de preñado (Junior, 1999; también con De Vito y a las órdenes de Reitman). Fueron toneladas de más madera para aquella parte de la crítica que había venido haciendo chanza de sus heroicas encarnaciones de Conans y Commandos. Pero entre tanto tejido de comedia blanca familiar se coló una excepción. Mentiras arriesgadas (James Cameron, 1994) se reveló como uno de esos afortunados casos en los que el cóctel de ideas y géneros produce resultados brillantes. Acción, comedia y romance se mezclan aquí en las dosis equilibradas que requiere un combinado top. La espectacularidad con líneas de guion brillantes y alguna escena para la posteridad como la mítica que concluye con la no menos mítica secuencia del strip-tease de Jamie-Lee Curtis. Sin duda era ella y no De Vito la pareja cómica ideal.

Esta sucesión de comedias, unida a la corriente de ciencia ficción en la que el actor se había embarcado con Terminator y que consolidó con Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), propiciaron que para mediados los noventa, antes de comparecer en nuevos Terminators y ampliar aún más la paleta de subgéneros con su papel de Mr. Freeze en Batman & Robin (Joel Schumacher, 1997), antes de dedicarse a la política en un nuevo giro de timón, el Mr. Olympia más universal cosechase al fin unas onzas de respeto general.

«Escucha hijo, los días de gloria no permanecen; hay que seguir fabricándolos». Imagen: Columbia TriStar.
«Escucha hijo, los días de gloria no permanecen; hay que seguir fabricándolos». Imagen: Columbia TriStar.

En industrias como la del cine, que se alimentan exclusivamente de público, no sobran los profesionales que consiguen conservar o incrementar el estatus a lo largo no digamos de décadas, sino más allá de los quince minutos de fama descritos por Warhol. Sin obviar la variable de la fortuna, casos como el de Arnold o Bridges son el epítome de que el periplo, sea encasillado o ecléctico, requerirá siempre de la capacidad de mantenerse con hambre. De huir del estómago agradecido.

Stay Hungry, como el título de una que hicieron juntos hace apenas cuarenta años.


Guía breve del cóctel cinéfago

Imagen: Horizon Pictures/Columbia Pictures.
Imagen: Horizon Pictures/Columbia Pictures.

Jot Down Magazine para Schweppes

Es una irreal tarde de verano y el sol golpea sobre los suburbios de Connecticut como lo haría una bola de demolición. El agua irreal de una piscina irreal se agita mientras emerge la figura tonificada de un hombre en bañador. Asoma la cabeza junto al pretil y sonríe con entusiasmo cuando unas manos irreales le alcanzan un combinado. Aún chorreante, el bañista coge la bebida sin dejar de sonreír, se la toma de un trago y vuelve a su única ocupación: nadar. Porque la película se llama El nadador y el nadador tiene la sonrisa imparable de Burt Lancaster.

Y es que el cine nos ha salpicado la vida de glamour en casi todas sus manifestaciones posibles, dentro y fuera de la pantalla. Vestidos que ondean voluptuosos sobre la alfombra roja, cigarrillos sujetos en interminables boquillas por femmes fatales de mirada condescendiente, trajes a medida, gabardinas, sombreros de ala ancha. Y combinados. Muchísimos combinados. Desde los meneos postadolescentes de un Tom Cruise precienciólogo en Cocktail hasta el ubicuo Martini de James Bond que Connery y Moore se preocupaban muy mucho de que fuera «agitado, no removido». Luego llegó Casino Royale y Daniel Craig decidió que le importaba un carajo si el Martini era agitado o removido; y en Kingsman, el pigmalionesco Taron Egerton mandaba el cóctel de Bond a tomar por el saco cuando propuso su descacharrante e hiperdeconstruida receta: «Un Martini. Con ginebra, por supuesto. Luego remuévalo durante diez segundos mientras mira fijamente a una botella de vermut sin abrir».

Sí, el combinado forma parte de la historia del cine. A veces en papeles protagonistas, como el Ruso Blanco de El gran Lebowski, y otras escondido en fotogramas a medio metraje. Aparte de los anteriores, vamos a proponerles unos cuantos más para que así puedan epatar a sus amistades con datos y fechas —que todos sabemos que la cosa va de esto— cuando les preparen una bebida este verano. Y si no les sale del todo bien, siempre podrán decir que en la película tenía mucha mejor pinta.

El graduado (1967). Cóctel seductor desconocido

Imagen: Lawrence Turman/United Artists.
Imagen: Lawrence Turman/United Artists.

2 partes de ???
1 parte de ???

Cuando Mike Nichols adaptó la novela de Charles Webb, su principal problema consistió en elegir los interpretes más adecuados para dar vida al apocado joven Benjamin Braddock y a su suegra, la madura señora Robinson. Gracias a la magia del maquillaje y a unas actuaciones sobresalientes, Braddock se convirtió en el treintañero (y apocado) Dustin Hoffman y la señora Robinson en la imperial Anne Bancroft que, por cierto, tenía treinta y seis años. Solo seis más que su contraparte masculina.

En la celebérrima escena del mueble bar, Mrs. Robinson insiste una y otra vez en tomar una copa con el que aún no sabe será su yerno. El objetivo tiene poco que ver con compartir un combinado sino más bien con las aproximaciones de una mujer enredada en un matrimonio infeliz. «Señora Robinson, está usted intentando seducirme, ¿verdad?» adivina el propio Braddock ante la escasa sutileza de la situación. Hay quien dice que la bebida que le ofrece es tan solo bourbon, pero a mí me gusta pensar que es un cóctel con dos partes de insinuación, una de conversación y un toque de cruce de piernas.

Por cierto, que la mezcla tuvo que ser muy buena, porque tanto el filme como Hoffman y Bancroft recibieron sendas nominaciones al Óscar y el propio Nichols se alzó con la estatuilla dorada a mejor director.

Lost in Translation (2003). Vodka-tonic

Imagen: American Zoetrope/Tohokushinsha Film.
Imagen: American Zoetrope/Tohokushinsha Film.

2 partes de vodka
4 partes de tónica Schweppes
1/2 parte de limón Schweppes

Sofia Coppola no se llevó el premio de la Academia a mejor directora por su segunda película, pero sí fue galardonada por un guion original delicado y preciso. De hecho, Lost in Translation estuvo nominada en 2004 tanto a mejor filme como a mejor interpretación masculina protagonista. Porque Bill Murray puso sus mejores ojos cansados detrás de la cara del cansado Bob Harris. Cansado de ser viejo, cansado del cine, cansado de Hollywood, cansado de Japón y, sinceramente, también está cansado del whisky japonés Suntory que está casi obligado a promocionar por ser una vieja estrella de cine. Normal que flote por la megalópolis, por hoteles y karaokes, por bares y sushi-bares. Normal que deambule en el tiempo. Normal que vea su juventud reflejada en ese primer encuentro con la amistad improbable. Con los ojos medio abiertos de Scarlett Johansson, cuya Charlotte resiste su propio cansancio consorte con vodka, tónica y un toque de limón.

La tentación vive arriba (1955). Whisky Sour

Imagen: 20th Century Fox.
Imagen: 20th Century Fox.

3 partes de bourbon
2 partes de limón Schweppes
Azúcar

Dicen las lenguas malas que la buena de Norma Jean Mortenson combatía el cansancio de interpretar a rubias tontas prescindiendo del atrezo. O sea, que los combinados que se bebía en el set no eran agua coloreada sino licor destilado del que se destila en licorerías. Claro que quizá esto sea una invención, al fin y al cabo casi todo lo que rodea a la supernova de la mitología hollywoodiense tiene la misma credibilidad que los cigarrillos que se fuman en Mad Men. De hecho, Marilyn Monroe fue una invención. La vía de escape y salto a la fama de una chica pobre. Todo era atrezo: el corte de pelo, el vestuario, el rubio de rubia tonta y la actitud de rubia tonta con la que conquistó el universo del celuloide. Decía Truman Capote que «Era muy tímida… y también muy brillante. La gente le tomaba el pelo creyendo que era una rubia tonta, pero en realidad era Norma Jean quien les tomaba el pelo a ellos».

La tentación vive arriba no es solo el filme más famoso de Marilyn, sino también el que incluye la madre de todas las escenas de Marilyn. Sin embargo, quizá lo más gracioso de una screwball tan graciosa como solo podía construir Billy Wilder reside en la descripción del marido «de rodríguez» al que interpreta Tom Ewell. «Soy un hombre perfectamente independiente, hasta el punto de que me hago mis propios desayunos» afirma Richard Sherman a su incrédula secretaria. «De hecho, esta mañana me he preparado un sándwich de mantequilla de cacahuete y dos Whisky Sours».

Kill Bill: Volumen 2 (2004). Frozen Margarita

Imagen: A Band Apart/Miramax Films.
Imagen: A Band Apart/Miramax Films.

1 chorrazo de tequila
1 chorrazo de limón Schweppes
Hielo
Pasarlo todo por la túrmix

Una de las cosas chulas de vivir más allá de las posmodernidad es que para tomar un combinado con clase no necesitamos la compañía de un sex symbol en blanco y negro ni tampoco rodearlo de los glamurosos oropeles de El Gran Gatsby. Nos vale estupendamente con una caravana sucia en medio del desierto de Sonora. Eso sí, tiene que estar equipada con un buen tequila, un buen limón, un buen frigorífico y una batidora con función picahielos y las cuchillas convenientemente afiladas. Lo importante es disfrutarlo. Disfrutarlo de verdad, como si fuese lo último que vamos a beber antes de morir. Aunque esté servido en dos tarros de mermelada vacíos.

Y si no que se lo pregunten al sudoroso Budd —un sudoroso Michael Madsen— que, a cambio de una afilada katana de Hattori Hanzō solo recibe la muerte por vía entravenenosa. Es lo que pasa cuando te mezclas con peligrosas asesinas de nombre viperino, que la espichas tras ser mordido por la mamba negra que te ha preparado cuidadosamente la peligrosísima Elle Driver —una elegantísima Daryl Hannah—. Lo bueno de esa túrmix con esteroides que es Kill Bill, y en realidad toda la filmografía de Tarantino, es que lo último que han probado tus labios es un cojonudo margarita con hielo del desierto.

Tarzán de los monos (1932). Johnny Weissmuller

Imagen: Canal+ España/Iberoamericana Films Producción/Sogetel.
Imagen: Canal+ España/Iberoamericana Films Producción/Sogetel.

1 parte de ginebra
1 parte de ron blanco
1 parte de limón Schweppes
Azúcar
1 chorrito de granadina

Tranquilos, ya sé que la imagen de aquí arriba no se corresponde con las hazañas del rey —blanco— de la selva. Corresponde a la emblemática escena del edificio Carrión de El día de la bestia, la cual a su vez se ha convertido en emblema de la cinematografía española. Entre otras cosas por usar como decorado uno de los emblemas más reconocibles de la publicidad: el neón de Schweppes de la madrileña plaza de Callao.

Obviamente, la secuencia no se rodó en las localizaciones reales porque tanto el edificio como el propio luminoso tienen protección patrimonial. Y bueno, también porque no era plan de colgar a una promesa del cine patrio a más de cincuenta metros de altura. Además, el Santiago Segura de 1995 pesaba lo mismo que dos Santiagos Seguras actuales y sus bamboleos apenas sujeto a las manos de Álex Angulo y Armando de Razza no tenían precisamente la gracilidad de un Johnny Weissmuller entre lianas.

Vale que las lianas a las que se cogía el nadador olímpico y plusmarquista mundial metido a actor eran tan falsas como las naves industriales que alojaban los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer de los años treinta, pero los pectorales y los alaridos eran de verdad de la buena. A lo mejor conseguía mantener su apolínea figura gracias a la ingesta del combinado fresco y dulce que lleva su nombre. Al fin y al cabo, ya estaba retirado de la competición.

Por cierto, que quién sabe el limón usaría Weissmuller como mixer en la época del Hollywood dorado, pero seguro que si ahora mismo se tomase su bebida homónima, exigiría un limón tan perfecto como el que parpadea en la cima del edificio Carrión.


¿Cuál es la mejor escena musical de una película (no musical)?

Era de noche y sin embargo llovía, antes de entrar al portal Debbie Reynolds da un beso a Gene Kelly y este, en pleno estado de euforia, a continuación se pone a bailar y cantar por las calles como si ya nada más importara en el mundo. Seguramente no haya escena musical más celebrada en la historia del cine, pero hay otras muchas que se nos han quedado en el recuerdo. También de las películas no adscritas a este género, que no obstante en algún momento de su metraje logran combinar con brillantez la música y las imágenes creando secuencias memorables. Estas son las que más nos han marcado así que votad, danzad o añadid otra, malditos.

«Wonderful World» en Único testigo

Del talento de Peter Weir para rodar grandes películas y también secuencias muy poderosas ya hablamos aquí. Un buen ejemplo lo tenemos en la excelente Único Testigo, con esa escena de la construcción del establo con la comunidad amish colaborando en tal armonía que dan ganas de irse a vivir allá en el cercano día en que nos echen de España. Pero sin duda el mejor momento de la película es del baile nocturno en el granero, con unos Harrison Ford y Kelly McGillis en sus mejores años, cortejándose al ritmo del clásico de Sam Cooke. 

«Serenata de las calles de Madrid» en Master & Commander

No podemos dejar de mencionar esta otra película de Weir, donde no apela al romanticismo sino a una amistad noble y leal entre el capitán de navío Jack Aubrey y el médico de su tripulación. Uno se debe a la guerra y el otro a la ciencia, pero de una manera u otra acaban compaginando sus objetivos profesionales y también, cómo no, encontrando un momento para interpretar juntos alguna pieza, como en esta vibrante escena final en la que suena una obra de Boccherini.

«Day Oh» en Bitelchus

Cuando Harry Belafonte versionó la canción tradicional jamaicana «Banana boat Song» en 1956 no podía prever que acabaría siendo utilizada por dos fantasmas que quieren expulsar a unos intrusos de su hogar. Claro que con tales artimañas en realidad lo que querría cualquiera es quedarse.  Tuvieron que llegar dos muertos de ultratumba para insuflar algo de vida en lo que parecía una aburrida cena de esnobs, en una de las mejores escenas de esta joya que rodó Tim Burton.

Salieri lee las partituras de Mozart en Amadeus

El papel que quiso atribuir este film a Salieri fue el de alguien con un gran talento para la música, pero no tanto para crearla sino para reconocer las grandes obras musicales. Así que cuando se cruza con Mozart la admiración ante su genialidad es ta extrema que acaba transformándose en una envidia completamente desquiciada. Esta secuencia logra reflejar de forma inmejorable esa rivalidad que en realidad no estuvo tan clara.

«I want Candy» de María Antonieta

Y mientras Mozart andaba con sus composiciones por Viena, María Antonieta vivía en la corte francesa a cuerpo de reina. En este biopic que rodó Sofía Coppola sobre ella incluyó esta escenificación del capricho y la abundancia,  atreviéndose a incluir como banda sonora una versión de «I want Candy» del grupo británico Bow Wow Wow. Aunque parece que nunca llegó a decir realmente aquello de «si los pobres no tienen pan, que coman pasteles», por lo que vemos aquí desde luego le gustaban.

Baile de graduación en Regreso al futuro

«Johnny B. Goode» fue una de las grandes canciones que dieron lugar al rock and roll, supuestamente obra de Chuck Berry, aunque por lo que vemos en realidad la inspiración le vino por parte de un chico del futuro al que oyó por teléfono. Claro que para que ese chico, de nombre Marty McFly, la tocara entonces en el pasado de ese futuro del que provenía ya debió haber a su vez un Marty que sirviera de inspiración a Chuck. Pero mientras pensamos en el huevo y la gallina podemos volver a ver esta escena y envidiar esos bailes de graduación que al parecer tanto marcan las vidas de los norteamericanos.

Danzad, danzad, malditos

Todo musical que se precie tiene sus elegantes coreografías que ensalzan con cierta ingenuidad la alegría y el amor. Viendo esta película en general y esta escena en concreto diríamos que Sydney Pollack odia furiosamente el género y quiso hacer exactamente lo contrario: una escena que retrata la agonía, el dolor y la desesperación, con unos bailarines arrastrándose como zombis. De hecho uno está literalmente muerto.

«We Are Not Alone» de El club de los cinco

Cinco estudiantes son castigados a pasar un sábado en la biblioteca. Inicialmente sus personalidades chocan entre sí pero gracias al porro que se fuman al final se disuelven las rencillas entre ellos y se marcan este baile tan dicharachero. Una de las películas más entrañables de los ochenta.

Escena final en El club de la lucha

Mientras suena «Where Is My Mind?» del grupo Pixies, y ante la mirada de los dos protagonistas cogidos de la mano, todo el centro financiero de la ciudad se desmorona en una escena en la que luego algunos consideraron premonitoria del 11-S. En este vídeo no aparece ESE fotograma, qué le vamos a hacer.

«Always Look on the Bright Side of Life» de La vida de Brian

La canción que escuchamos en la escena final de este film es toda una declaración de principios, una forma de ver la vida y la muerte. Hasta tal punto que cuando falleció uno de los miembros del grupo Monty Python, Graham Chapman, sus compañeros lo despidieron entonándola en su funeral.

«Gutterballs» de El gran Lebowski

El sueño que tiene El Nota por supuesto gira en torno a su gran pasión, los bolos, pero también vemos en él bailarinas, una vikinga, Sadam Hussein y, sobre todo, una manera elegante y señorial de bajar las escaleras.

Duelo de banjos de Deliverance

Los habitantes de la América rural han sido retratados en el cine tal cantidad de veces como paletos violentos y fanáticos, cuando no directamente anormales, que si se cruzan con algún guionista tal vez sientan la tentación de alejarse gruñendo con los ojos en blanco, arrastrando un pie y prometiendo volver con una escopeta. Para no quitarle la ilusión, más que nada. En esta película  de John Boorman salen especialmente malparados y el celebradísimo duelo de banjos del comienzo con ese extraño muchacho ya nos introduce en esa atmósfera inquietante que irá a peor, mucho peor.

Baile en el restaurante en Pulp Fiction

Estamos ante una película en la que cada línea de diálogo es memorable y cada escena han sido imitada, homenajeada o parodiada infinidad de veces. Pero aun así, si preguntásemos a cualquiera por el momento más recordado, seguramente diría que es el baile en el restaurante Jack Rabbit Slim’s.

«Moon River» en Desayuno con diamantes

Aquí vemos a Audrey Hepburn sentada en la ventana interpretando una canción que no solo cautivó a George Peppard, también a la Academia que le otorgó un Óscar a la mejor canción original y a millones de espectadores desde entonces, con una melodía reconocible hasta para aquellos que no han visto la película.

«Wise Up» de Magnolia

La cantante de rock Aimee Mann compuso este tema que es tarareado por cada uno de los protagonistas, sin duda uno de los momentos más conmovedores de la película.

«Canned Heat» en Napoleon Dinamite

Napoleon y su amigo Pedro parecen sufrir algún tipo de retraso, pero en realidad solo son dos adolescentes. Como con ese aspecto y personalidad no están destinados a ser los quarterbacks del equipo ni los más populares del instituto, buscan otra vía para hacerse valer. Pedro se presenta a las elecciones y para apoyar su discurso de presentación su amigo baila «Canned Heat» de Jamiroquai (a partir del 3:30) sacando para ello a la bestia que lleva dentro.


Mis hombres favoritos: Jeff Bridges

Fotografía: Gage Skidmore (CC).

Ahí está otra vez, el tío más sexy del mundo, a sus casi sesenta y cinco años, mirándonos desde una foto en un periódico. En la entrevista dice cosas como «es interesante hacerse mayor e ir teniendo una cierta intimidad con tu propia muerte», así, con ese aire relajado, casi somnoliento que siempre gasta. Y ya estamos, de nuevo, a vueltas con ese misterioso asunto: ¿por qué este tipo —por qué esta, esa u otra persona en concreto, y no otra— nos gusta tanto?

El bueno de Bridges. Solo su cara ya consigue, infaliblemente, alegrarnos el día. No es poca cosa. Pero es que, además, con su baúl cargado de trucos y gestos inventados volvemos a pensar en la verdad de ciertas interpretaciones, pasajes y películas que nos dejan boquiabiertos y nos hacen vivir historias que solo son luz y ecos de voces. Y con su trabajo, a lo largo de tantas décadas, nos acordamos de lo que escribió F. S. Fitzgerald, esa sensación de sentirse asombrado y, a la vez, repelido por la inagotable variedad de la vida. Un mosaico enloquecido pintado por nadie. Y precisamente ese es el lienzo en el que siempre trabaja Bridges: fingiendo una y otra vez ser mil tipos diferentes, todos falsamente exactos, todos inventados. Su extraña cualidad reside en conseguir que todos sus personajes, ajenos a vanidades y artificios, al final consigan escaparse de las películas y campen a sus anchas por el mundo.

Tenía cuatro meses cuando una cámara grabó en su rostro por vez primera. Su juventud y madurez, como hemos podido comprobar a lo largo del tiempo, han sido esplendorosas. Es uno de los actores más sutilmente brillantes de la historia del cine, así, calladamente, como de paso. Hace ya muchos años Pauline Kael, crítica de cine del New Yorker y una de las más influyentes del mundo, llegó a la conclusión de que Jeff Bridges era uno de los actores más naturales y menos afectados de toda la historia de Hollywood: «Físicamente, consigue que nos creamos que lleva toda su vida siendo cada uno de los personajes que interpreta», escribió.

Él no cree que sea para tanto. Se autodefine como «un típico producto del nepotismo»: es hijo del actor Lloyd Bridges, que pasó a la historia popular del cine por su papel protagonista en ¡Aterriza como puedas!. Siempre guasón, Jeff afirma que el momento favorito de la carrera de su padre es esta serie de escenas de esa película:

Otra de las cosas que nos gusta mucho de Jeff Bridges es que, de entrada, siempre se ha considerado reacio a la idea de trabajar. Su madre lo llamaba abúlico, su hermano Beau, perezoso. En todo caso, Jeff ha trabajado más que toda su familia junta. Ha hecho casi ochenta películas y, además, dibuja, pinta, hace fotos y trabaja para una ONG desde 1983. También tiene una banda —The Abiders— en la que canta y toca la guitarra, y con la que graba discos y sale de gira de vez en cuando. Así, sin aspavientos, silenciosamente, como de paso. Está visto que hace lo que le da la gana y va completamente a su bola. Como el Nota:

Desde 1998, cuando de la mano de los hermanos Coen llegó al mundo el gran Jeff «el Nota» Lebowsky para quedarse, todos le dicen a Bridges que él es igualito a su personaje: su cósmico fairplay, su educada perplejidad, su bonhomía, su aire fumado, su comodidad en el absurdo, su libre sexualidad, su guasa sideral. Sí, eso es lo que le dicen todos, excepto su íntimo amigo el músico T-Bone Burnett: «No, no. Jeff no es el Nota. En realidad él es más como su personaje de Starman, Scott Hayden: quizás tiene charme, sí, pero es como un marciano, parece llegado de otro planeta». En esta película de John Carpenter de 1984, Bridges interpreta a un alien que llega a la tierra a sustituir a un marido muerto, y que debe aprender lo inaprensible: la extraña vida de los humanos en este planeta y su humanidad inherente:

Sí, T-Bone da en el clavo: se refiere a ese aire que tiene Bridges, entre el asombro y una vieja sabiduría. Tiene una mirada limpia y torcida a la vez, probablemente ahumada por la marihuana y el LSD de sus años de juventud, cuando iba al Avalon Ballroom de San Francisco a ver a The Jefferson Airplane. Y es cierto que, a sus años, Bridges aún mantiene una mirada predispuesta al juego y al misterio, esto es, al arte. Un tipo que, según Tod Williams —que lo dirigió en Una mujer difícil (2004)—, por sus condiciones familiares, nunca ha tenido que intentar siquiera buscar trabajo o cosas así, lo que, en términos creativos, resulta extraordinario, porque ha permanecido puro y entero, indemne a las embestidas de todo periplo vital. A su vez, extrañamente, como ha demostrado en varios papeles de malvado —el oscuro Obadiah Stane, de la saga Iron Man (2008), sin ir más lejos—Bridges tiene una mirada dura, perdida sin remisión:

Algunos datos: su película favorita de todos los tiempos es Ciudadano Kane. En toda su larga carrera, solo una vez ha pedido un papel: le rogó a Martin Scorsese poder interpretar a Judas en La última tentación de Cristo (1988). (No pudo ser: el elegido fue Harvey Keitel). Terry Gilliam —con quien ha trabajado en El rey pescador (1991) y Tideland (2005)— ha asegurado que, si de él dependiera, Bridges participaría en todas y cada una de sus películas. Es cierto que el actor dijo una vez: «Tengo mucho respeto por los directores: su opinión es más importante que la mía», y son muchos los que han tenido oportunidad de comprobar que no miente: ha trabajado con Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich, Michael Cimino, Hal Ashby, John Huston, John Carpenter, Peter Weir, el mismo Gilliam o los Coen. Con los mejores. Su primera nominación al Óscar le llegó con veintidós años, por su interpretación en The last picture show (1971):

Se llevó la estatuilla casi cuarenta años años después, en 2009, por Crazy Heart:

Pocos deben conocer más y mejor qué era y en qué se ha convertido el negocio del cine en Estados Unidos. Podría haber sido una superestrella de Hollywood, pero ha elegido, en cambio, seguir siendo un hombre, un tío. Un tipo eminentemente familiar: para ayudar a preparar un casting a su hermano Beau Bridges, uno de los primeros papeles que memorizó fue un monólogo del El guardián entre el centeno. Les gustó eso de trabajar mano a mano y decidieron actuar en la calle, eso sí, de forma algo bizarra: alquilaban una furgoneta, aparcaban frente a algún gran supermercado y empezaban a pelearse. Cuando la gente llegaba para separarlos ellos decían que solo estaban actuando, aprendiendo a interpretar. Una vez les paró la policía e intentaron hacer ver que estos formaban parte del show pero el truco no funcionó, por lo que cogieron la camioneta y se largaron a otro supermercado. A darse de hostias otra vez. Algo que hicieron ante las cámaras para Los fabulosos Baker Boys (1989), donde ejercen de hermanos que, sí, se quieren y, a veces, se detestan y no se soportan. A ambos los salva la música. De ella viven y, de paso, les ayuda a vivir:

De la mano de su hermano logró trabajar con el grandísimo John Huston: Beau fue a una audición para Fat City, y el director le dijo que era demasiado mayor para el papel. «Pues prueba a mi hermano», le dijo. Resulta que Huston y el pequeño de los Bridges acordaron tener la entrevista en Madrid. La noche anterior Jeff se fue de juerga con una chavala que le llevó a tomar marisco —que resultó estar en mal estado— y copas por el Foro. A la mañana siguiente, la cita era nada menos que en el Museo del Prado: mientras Huston le enseñaba cuadros y le hablaba del genio español, Jeff trataba de evitar como fuera —tapándose la boca con las manos, tragándoselo— que su vómito cayera en tan insigne lugar. «John no notó nada en ningún momento y siguió paseándome por el museo, señalándome sus pinturas favoritas» . Al final el periplo no debió de ir tan mal, porque el papel en Fat City fue suyo:

Nacido en Los Ángeles en 1949, Jeff es un hijo del amor, en su doble sentido: creció en el seno de un matrimonio extrañamente feliz y, a su vez, fue un ejemplar hijo de su tiempo. Vivió los años sesenta —cuando él se refiere a esa época habla de sus años salvajes— y sigue manteniendo un cierto aire a hippy californiano. Su madre, Dorothy, era asombrosa: escribió la biografía de cada uno de sus hijos hasta que llegaron a los veintiún años —y tuvo cuatro—, y le quedó tiempo para escribir un libro de poemas dedicado a Lloyd, su marido. Dos años antes de que llegara Jeff nació Garret, pero murió a los tres meses. La madre no quería tener más hijos, pero el ginecólogo le insistió en que perseverara. Cuando llegó nuestro actor favorito, durante los primeros seis meses Dorothy no le quitaba ojo y siempre le cogía la mano mientras dormía por miedo a que muriera. «Tenía todos los números para ser un niño insoportable que acabara odiándome, pero no fue así», explicó una vez su madre. Lo que más recuerda de ella, explicó su hijo, es un simple consejo: «Acuérdate siempre de divertirte y, sea lo que sea, no te lo tomes demasiado en serio». 

Más datos: normalmente duerme desnudo, fuma puros para relajarse, aún mantiene algo del tartamudeo de su niñez, no soporta que le toquen el pelo, su bebida favorita es el vodka, le encanta Bob Dylan, mantiene el mismo doble desde tiempos de The Last Picture Show, e intenta llevar a rajatabla esa práctica tibetana que dice mantén siempre una mente alegre, aunque a veces se coge grandes cabreos, según confiesa. El tipo lleva más de treinta años casado con Sue Geston: la conoció en Montana rodando Un botín de 500.000 dólares (1974), con Clint Eastwood:

Sue era la camarera que servía la comida del equipo en el rancho donde rodaron muchas escenas de la peli. Cuando la vio, Sue tenía los dos ojos morados y la nariz rota. Jeff se montó una película de héroe-que-rescata-a-bella-pueblerina-de-las-palizas-de-su-novio-redneck. Nada más lejos: simplemente la chica había sufrido un accidente de coche pocos días antes. Él le pidió ir por ahí a tomar algo. Ella le dijo que no. En ese preciso momento el maquillador de la peli les hizo una foto sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Quince años después, cuando ya estaban casados y ya habían tenido a sus tres hijas —Isabelle, Jessica y Hayley—, dicho maquillador le envió casualmente la foto, sin saber que aquella chica se había convertido en su mujer. Así siguen, aunque Jeff dejó escrito una vez que la mera noción del matrimonio le parecía un paso seguro —y lento, añado yo— hacia la muerte.

Cuando tenía treinta años, nuestro querido actor aún no estaba seguro de su profesión: le gustaba demasiado la música, pintar, hacer fotos. Dudaba demasiado a la hora de elegir películas. Un punto de inflexión en su carrera fue cuando el director John Frankenheimer le ofreció un papel en The Iceman Cometh (1973) junto con Robert Ryan y Lee Marvin. Bridges rechazó la oferta y le dijo quería volver a la música. Un par de horas después le llamó Lamont Johnson y le pegó una bronca descomunal: «¿Te consideras actor y desprecias la oportunidad de trabajar con dos tipos como Ryan y Marvin? ¿tú estás zumbado o qué hostias te pasa?». Johnson lo dirigió en The Last American Hero (1973):

«Está bien, me dedicaré a ser actor, como mi padre», decidió por aquel tiempo, y nosotros apoyamos tan sabia reflexión. Y somos felices de verlo en King Kong (1976), La puerta del cielo (1980), Ocho millones de maneras de morir (1986), A la mañana siguiente (1986), Tucker (1988), Corazón roto (1992), Sin miedo a la vida (1993), Seabiscuit (2003), o Valor de ley (2010). Somos felices de saber, a ciencia cierta, indefectiblemente, que siempre que queramos podemos pasar un rato con él. Con cualquiera de sus personajes.

De hermoso joven a hombre hecho y derecho, andando ya en la edad de la verdad, Bridges ha tenido la extraña oportunidad de enfrentarse a su propia juventud entre Tron (1982):

y Tron: el legado (2010):

Ante su propio espejo, algo resquebrajado ya, Bridges afirma en una entrevista en un periódico con media sonrisa que, de tener enfrente a su propio yo más joven, simplemente le diría, con esa voz quemada por décadas de sol californiano: «No hay nada que temer, simplemente tómatelo con calma». Otra forma de decir «no te preocupes por los errores: no los hay», según opinaba Miles Davis. Algo que perfectamente podría haber firmado un tipo tan terrenal como el Nota. O tan alienígena como Scott Hayden.

Imagen de El gran Lebowski. Working Title Films / PolyGram Filmed.
Imagen de El gran Lebowski. Working Title Films / PolyGram Filmed.


Ulises en el Village

A propósito de Llewyn Davis

Llewyn Davis se sienta a un lado de una mesa de oficina; enfrente, su productor discográfico; (más adelante, será el tipo del sindicato de la marina mercante el que ocupe ese lugar); el diálogo roza el absurdo. La sensación es casi de déjà vu; esas escenas en torno a una mesa de trabajo que dan lugar a conversaciones surrealistas, como en Un tipo serio, entre el protagonista y los distintos rabinos; como en El Gran Lebowski, entre el Nota y el jefe de policía de Malibú; como en Crueldad intolerable, entre el personaje que interpreta George Clooney y el director de la empresa; como en… ¿todo el cine Coen?

El fan lo es de algo reconocible; y el cine de los Coen es del que hace fans: a veces de un film que ha devenido en película de culto (como el caso de El gran Lebowski, que incluso tiene su propia congregación anual de aficionados: las Lebowski Fest en Louisville, Kentucky), a veces de varias, a veces de todo su cine. Y hace fans por dos razones: que es muy suyo y que lo hacen muy bien. Estilo propio y maestría. Así que cuando uno va a ver A propósito de Llewyn Davis, con esa mezcla de amor y buena predisposición, pero también temor, que todo fan tiene al ir al encuentro de su ídolo —temor por que no esté a la altura del pedestal en el que lo ha colocado: nadie decepciona más que aquel a quien se ama—, y empieza a reconocer elementos que le dicen que, inequívocamente, esa peli la han hecho los hermanos Coen, solo le queda acomodarse y disfrutar como un bellaco. El film rezuma «estilo Coen», el objeto de deseo del fan, a través de elementos narrativos, personajes, escenas-tipo, etc. Pero no es solo un film para fans, porque también es maestría: Ethan y Joel Coen afrontan ya cualquier película con sobrado dominio del lenguaje cinematográfico, de manera que el resultado siempre tiene calidad. A propósito de Llewyn Davis es rica en referencias de todo tipo (Dylan, el judaísmo, la industria musical de los sesenta, el tándem artístico, etc.), pero ante todo remite al universo particular de estos cineastas. En todas sus obras, la sensación de un ambiente único; en la mayoría, drama y humor en equilibrio, coexistiendo siempre, pero sin descompensarse.

El fan busca reencuentro, y, además, mantener la llama; la rutina, seamos claros, aburre. Dame algo nuevo, pero que me sepa a ti; no me hagas diez Fargos, pero que en todas tus películas encuentre algo de aquella. Así dicho, podría parecer fácil. De eso nada; hay quien nunca es brillante; hay quien logra serlo una vez y luego se queda atorado en un intento de repetición que acaba cargándose hasta aquel primer hito; hay quien lo es un par de veces, se acomoda, se aburguesa, y empieza a aburrir por su falta de riesgo y originalidad; están los irregulares (una película buena, una regulera, un bodrio, otra pasable…) y los que nunca encontrarán un estilo propio, dedicándose a fabricar películas para otros como quien monta lavadoras en una cadena de montaje. Y luego están los que, paso a paso, van probando, construyen una obra detrás de otra, desarrollan en ellas sus obsesiones o preferencias, ensayando géneros distintos, haciéndolos todos suyos, y así cimentan una obra sólida que siempre evoluciona, pero con personalidad propia. Y todo esto es lo que ha convertido a los Coen en un clásico del cine.

Cuando uno va al encuentro de un clásico, busca cosas. Si tú, fan, vas a un concierto de AC/DC y no tocan «Whole lotta Rosie» o «You shook me all night long» —lo siento, la sobreexposición a «Highway to hell» ha sido tal que, personalmente, agradecería que no la tocaran nunca más— te va a faltar algo. El concierto habrá sido bueno, las canciones nuevas no han desentonado, el ambiente ha sido emocionante… ¡pero quieres eso que los ha hecho clásicos! Pues bien, algo parecido a que suenen esas canciones es lo que el fan coenita siente cuando, hacia la mitad del film, John Goodman, inmenso y terrible, dormita en la parte de atrás del coche donde viaja el protagonista. Dan ganas de hacer la ola. Porque no es solo el entrañable Walter Sobchak el que le viene a la cabeza, no; este es ese Goodman con un algo demoníaco que daba la réplica a Turturro en Barton Fink.

Y Barton Fink hablaba ya de los sinsabores del creador que busca triunfar; en aquella era un guionista que prueba suerte en Los Ángeles, en esta es un cantante de música folk en el Village neoyorquino de los sesenta. Han pasado veintitrés años entre una y otra, veintitrés años que han supuesto un proceso de depuración: si se despoja a Barton Fink de barroquismo y se sustituye por un equilibrio sin estridencias, queda algo muy parecido a A propósito de Llewyn Davis. Pero A propósito de… no es solo Barton Fink; es también Un tipo serio. Ambas se centran en un hombre poco carismático, sin ápice de heroísmo, al que le van sucediendo contratiempos, cuando no desgracias, que hacen de su vida un desastre. (Los Coen son especialistas en hacer protagonistas a personajes que nunca soñaron con serlo). La diferencia, fundamental: si al bienintencionado profesor judío de Un tipo serio la vida le maltrataba a pesar de que se esforzaba continuamente por hacer lo que se esperaba de él, a Llewyn no le pasa nada que en realidad él mismo no se haya buscado.

Esa serie de avatares, de peripecias, la conecta con otra película que resuena desde la primera escena: O Brother, where art thou? ¿Qué tienen en común? Sobre todo, dos cosas: la música y la odisea. Porque ambas muestran la pasión de los Coen por la música de raíces americana; en una por el bluegrass y el country, en la otra por el folk sesentero. La música es protagonista de esta historia, como lo fue de aquella, y las actuaciones de Llewyn van haciendo avanzar la película, un relato pausado en el tempo, que no en la trama. Trama que se centra en la odisea del personaje, en tanto viaje, pero también en su segunda acepción: «Sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien». La más evidente de la filmografía Coen es la de Ulysses Everett en O Brother, pero ¿acaso no son odiseas la del Nota en El gran Lebowski, la de Larry Gopnik en Un tipo serio, la de Jerry Lundegaard en Fargo?

La película empieza y acaba casi del mismo modo: Llewyn cantando «Hang Me, Oh Hang Me», la misma canción en el mismo lugar. Por si queda alguna duda, casi al final Llewyn descubre el nombre de ese gato atigrado, uno y trino, cuyas apariciones y desapariciones van marcando su propio viaje circular: Ulysses. No podía ser de otra manera.


Quince canciones para degustar quince bebidas alcohólicas

Slash

Cada bebida alcohólica tiene su banda sonora, como cada mujer de nuestra vida —u hombre, en su caso— tiene su propia canción. Queda al gusto de cada cual elegir con qué tema concreto degustar cada licor o combinado, pero aquí van mis humildes propuestas.  Algunas eran opciones evidentes e incontestables por sí mismas; en otras he recurrido a temas menos manidos. Sea como fuere, intenten no degustar las 15 bebidas de manera consecutiva. Sean prudentes o la resaca podría parecer el infierno de Dante.

Cerveza

Para empezar, si consume usted el producto alcohólico más básico y popular probablemente le guste alzar en determinadas ocasiones una buena jarra al aire mientras intenta vocalizar un indefinido estribillo en inglés —estribillo el cual, naturalmente, usted no tiene la menor idea de lo que dice— con el volumen gutural más elevado posible. No le censuro. Y no se preocupe: hubo una banda que pensó en esos momentos de felicidad incontrolada y tuvo la gentileza de componer estribillos explícitamente pensados para permitirle a usted desgañitarse en la taberna más cercana junto a una bien escogida corte de colegas de bebercio. Hablo, cómo no, de los británicos Slade y su himno alcohólico Mama Weer All Crazee Now. A partir de ahora, si es que usted no utilizaba ya este clásico cervecero como banda sonora, sus borracheras ya no serán las mismas.

Cerveza negra

Quizá sea usted un purista de la cultura de las islas británicas y sus profundidades folklóricas, o quizá sencillamente esté usted deprimido y aferrado a la barra de un bar oscuro y repleto de humo mientras contempla inmóvil un eterno vaso de cerveza tibia y oscura. En cualquiera de los dos casos, es posible que prefiera usted huir de las fiestas multitudinarias al estilo Slade y esté buscando un refugio tranquilo donde abandonarse al desconsuelo y detestarse a sí mismo o a la humanidad en general. No se preocupe: saque su paquete de pañuelos del bolsillo y deje fluir su melancolía en forma de pardas lágrimas de cerveza tostada con esta sobrecogedora Dirty Old Town de The Pogues, quienes, como Slade, también sabían un par de cosas o tres sobre cerveza:

Whisky escocés

Hablando de whisky escocés estamos de acuerdo en algo: necesitamos una gaita. Pero probablemente una marcha escocesa partiría en dos la fiesta, así que buscaremos una canción más movida que contenga una gaita. Sí, quizá sepa usted ya por dónde van los tiros y haya adivinado el tema en cuestión. Aunque oigamos hablar de AC/DC como «banda australiana» (y es verdad que lo son), no es menos cierto que sus miembros eran de origen escocés y presumían muy orgullosamente del legado de sus ancestros. Aquí tiene usted a Bon Scott con su gaita y sus tatuajes —en una época en la que llevar tatuajes era definitivamente una mala señal (baste decir que en su primera banda, ¡le obligaban a tapárselos!)— demostrándonos que la gaita y el rock & roll no tienen por qué estar reñidos en absoluto:

Whiskey irlandés

Es muy probable que haya usted pensado en la opción más obvia para amenizar una velada musical con un homenaje al whiskey irlandés: Whiskey in the jar, aquel tema que interpretaron The Dubliners, Thin Lizzy, o Metallica en una versión basada en la del grupo de Phil Lynott. No voy a pelear contra lo obvio y esta canción es sin duda la indicada, pero sí me apetece incluir una versión quizá menos conocida pero igualmente memorable, interpretada por unos norteamericanos bien familiarizados con la música folk: Jerry García, guitarrista de The Grateful Dead, y el mandolinista David Grisman:

Whiskey de Tennessee

Si sostiene usted un vaso de Jack Daniel’s entre las manos, sabrá que pocas marcas comerciales de una bebida han protagonizado una cantidad semejante de homenajes, muy especialmente dentro del mundillo de la música rock y, cómo no, de la música country. No en vano hablamos de la bebida favorita de los rockeros y de los cowboys, primos hermanos cuando no directamente compañeros de correrías. Existe un considerable número de canciones dedicadas a esta bebida, como la explícita Jack Daniels If You Please del pintoresco outlaw David Allan Coe. Pero una de mis favoritas es, desde luego, la poderosa Jack Daniel’s ol’ number seven, magníficamente interpretada por otro impenitente bebedor, nada menos que Jerry Jee Lewis. Pocas veces un caldo ha recibido un tan sentido tributo:

Bourbon

Vaya, es usted uno de esos puristas enciclopédicos que se empeña en distinguir lo que es simple whiskey de Tennessee del auténtico bourbon. Sin enfrascarnos en una discusión acerca de cuál marca es exactamente whiskey o cuál es bourbon, rescatemos también un tema clásico para este último: aquella canción del pianista Amos Milburn, que no hacía distinciones entre un tipo de whiskey y otro… a él le gustaba el bourbon, sí, pero solamente bien acompañado de un escocés y ya de paso de una cerveza fría para rebajarlo todo. Escuchamos aquí la canción original, aunque quizá esté usted más familiarizado con la versión clásica de George Thorogood —que ha aparecido en películas y demás— u otras como la de John Lee Hooker. La canción original es bastante menos festiva y macarra que la de Thorogood y compañía, pero tiene un tono melancólico que le va que ni pintado al mensaje del tema: «Camarero, póngame de beber. No se preocupe, no he venido a montar follón… es que mi chica me ha dejado». Sincero y directo. Pobre tipo… nosotros le pagaremos la próxima ronda.

Vino tinto

No, no incluiremos esa Red red wine de Neil Diamond que todo el mundo piensa que fue escrita por UB40 (es más, por algún misterioso motivo hay mucha gente que piensa que el autor es ¡Bob Marley!). También me contendré y no recurriré a aquella histérica Nightrain de los Guns N ’Roses sino a otro tipo que le canta a un vino barato que le hizo la vida más fácil cuando estaba sin dinero. Hablo de Seasick Steve, este individuo que ha pasado de vagabundo a estrella y que probablemente todavía tiene a los hipsters decidiendo si deben admirarlo aún o empezar a odiarlo porque ahora es demasiado mainstream y hay por ejemplo desaprensivos que lo nombran en el mismo párrafo que los Guns N’ Roses. Sea como fuere, lo que hace es interesante y su pequeño homenaje al Thunderbird, vino que debió de calentarle muchas noches solitarias bien merece un vistazo:

Vino blanco

Dicen los expertos que el vino blanco es idóneo para acompañar pescado y productos del mar… y cómo no, hay también canciones que hablan de él. Pero se me ocurre un vino blanco que no solamente complementará de maravilla su pitanza oceánica, sino que está elaborado directamente con productos frescos del pantano: ¡vino de cocodrilo! El alocado Screamin’ Jay Hawkins nos explica aquí cómo preparar un sabroso caimán para elaborar este vino que no solamente resultará un perfecto maridaje para nuestras delicias del mar, sino que además tiene poderes vudú y nos permitirá conseguir a la mujer que nos propongamos. Yo ya le he mandado una caja a Scarlett Johansson… espero que no sea abstemia. Les haré saber si me responde.

Vodka

Lo sé, lo sé. Hay varias canciones dedicadas al vodka, pero no he podido decidirme por un tema musical concreto (pese a las carcajadas que me causan siempre los finlandeses Korpiklaani, que en el vídeo de Vodka parecen los Camela del metal) y eso se debe a que ninguna que capta suficientemente bien el amor por esta bebida que muestran algunos de sus mayores consumidores. Sinceramente, y ustedes sin duda me comprenderán, no puedo asociar al vodka ningún otro video que no sea este:

Ruso blanco

Si pide usted por ahí que le sirvan un ruso blanco, no se me ocurre otro motivo que el que lo haya usted visto en la película El gran Lebowski. Sí, hay canciones como White Russian de Marillion —titulada como la bebida aunque no se centra en ella sino que la refiere tangencialmente— pero no nos engañemos, sé lo que usted está esperando: que le sirvan un ruso blanco mientras el DJ pincha a Kenny Rogers. Elección obvia, pero no por ello menos indicada. Y la canción es fantástica, no se lo niego:

Martini

Más allá de su asociación con James Bond (y no, no voy a poner una canción Bond, aunque cómo no me gusta muchísimo la mejor de todas ellas), el martini y sus diversas combinaciones suele ser considerado una bebida elegante. ¿Por qué? ¿Porque se sirve en copita pequeña con una aceituna? Lo desconozco, pero si quiere sentirse elegante a la par que proyecta una imagen dura y varonil, olvide usted a Bond: sírvase un martini con su combinación preferida de colonias y déjese llevar por el espíritu de la noche al ritmo de los tres músicos del planeta a quienes mejor les queda un Martini en la mano:

Champagne

Otra bebida a la que se han dedicado muchos temas (ya estoy temiendo el momento en que alguien diga «¿por qué no has puesto la de Oasis?» protesta seguida de una ristra de improperios), pero si hay una canción musicalmente memorable y que además deja bien claro su mensaje, esta es Champagne & Reefer del gran Muddy Waters: «Traedme champagne cuando estoy sediento y marihuana cuando quiero colocarme, y no me complicaré con la cocaína». Una lección profunda y prudente de uno de los pocos músicos —créanme— a quien merece la pena tomar en serio más allá de su arte. La vida hecha simple en palabras de un hombre sabio.

Ron

Se podría llenar todo un artículo únicamente sobre la relación entre el ron y la música a base de recurrir a antiguas tonadas marineras y canciones compuestas por jamaicanos, cubanos y caribeños en general. Pero lo mejor sería despachar el asunto con la canción más célebre jamás escrita en torno al dulce ron: hablo, cómo no, de la vieja Fifteen men. Si está pensando que el título no le suena, déjeme decirle que ¡la conoce usted ferpectamente!:

Ginebra

Otra bebida que ha gozado del aprecio de un buen número de músicos, ya sea de manera festiva como sucede con los pintorescos Kiss y su Cold gin, festivamente decadente como en el caso de Tom Waits y su adictiva Gin soaked boy, o desde la perspectiva de un bebedor deprimido —la que vamos a elegir aquí, porque hay que estar muy deprimido para apreciar según qué ginebras— como sucedía con Merle Haggard y su conmovedora Misery and gin:

Bloody Mary

Ya he sacado esta canción a relucir más de una vez —culpa mía y de mi obsesión por Willie Nelson— pero no había otra opción posible. El Bloody Mary, maravilloso cóctel para combatir las resacas y los desengaños amorosos de amanecer solitario, fue homenajeado por Willie con este tema que, por si no lo habían notado ya, es uno de mis favoritos. «Es una mañana de Bloody Mary, mi chica me dejó sin previo aviso en algún momento de la noche». Willie se vuelve a Houston con el corazón roto por alguna belleza de Los Angeles… pero no sin regalarnos esta joya dedicada al combinado que lo cura todo:

Buen provecho. Y recuerden: si se pasan, se lo pierden.

Supongo.