Javier Olivares: «Viajar al pasado es descubrir lo traidora que es la memoria»

Esta entrevista se publicó originalmente en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº 20 Guerras.

Javier Olivares (Madrid, 1958) se ha ganado a base de esfuerzo y reconocimiento un papel clave en la producción audiovisual española de los últimos tiempos. Creador de series como Isabel y El Ministerio del Tiempo que le han llevado a ganar tres Ondas en los últimos cinco años, este escritor y showrunner ha sabido conectar como nadie con las nuevas audiencias y se ha ganado a pulso junto a todo su equipo ese halago tan nuestro —le guste o no— de que «sus series no parecen hechas aquí».

Nos citamos con él en el barrio del Raval de Barcelona tras su paso por el Festival Serielizados. Conversamos sobre su obra, su paso por el teatro, su papel anónimo en la movida madrileña o sobre el estado de las series españolas e internacionales, aunque inevitablemente caemos una y otra vez en El Ministerio. Y en Pablo, su hermano. Porque, según nos dice, la pérdida se puede asumir pero no se tiene por qué superar, y Javier no quiere superarlo. No nos cabe duda de que no encontraremos a nadie mejor que él para hablar de la importancia de los recuerdos.

¿De dónde te viene el interés por lo audiovisual, por contar historias?

Desde niño. En mi casa, de crío, no había televisión, pero mi tío Fernando se ganaba la vida arreglando teles… Y las arreglaba en un pispás. Pero tenía que esperar a que le llegara otra averiada para devolver a su dueño la tele arreglada, porque si no yo pillaba unos soponcios terribles. Gracias a él, recuerdo, de niño, The Twilight Zone (Dimensión desconocida), las series de Chicho, Diego de Acevedo (una serie que se puede ver en YouTube ahora)… Contar historias es algo que también me viene de crío. Mi madre no nos llevó (a los tres hermanos mayores) al colegio hasta los diez años. Me pasaba el día observando la calle, dibujando, hablando con mi madre —que me hablaba de tú a tú, no como si fuera un niño—, la escuchaba tararear canciones, oía la radio… Y me fui creando un imaginario sin agobios y a mi aire. Era feliz, y lo que me costó fue integrarme en la vida social del colegio cuando entré en él. Pero lo que más me marcó, ya a los dieciocho años, fue entrar en el Teatro Estable Castellano (secuela del histórico TEI). Allí recibí clases de William Layton, Miguel Narros, Arnold Taraborrelli… Quería aprender a ser actor y lo que me enseñaron fue dramaturgia, a aprender a escribir para que lo que yo escribiera lo dijera un actor que nunca iba a ser yo. Mis padres me dejaron hacer todo esto, pero estaban alarmados. Me decían: «Haz lo que quieras, hijo… Pero estudia una carrera». Supongo que en realidad me estaban diciendo que estudiara Arquitectura, Derecho o Medicina… pero yo me matriculé en Historia y me especialicé en Historia del Arte. Mi hermana Rosa fundó Lápiz y me llevó con ella. Luego pasé a La Luna de Madrid, de crítico de arte, y luego fui redactor jefe con Jorge Berlanga, que en paz descanse. Allí viví la famosa movida madrileña, pero lo hice de una manera anónima y escribiendo y editando. Antes de escribir guiones o teatro, escribí muchos artículos y críticas de arte, entrevistas…

Una movida a la que no le han faltado críticas.

Yo también tengo una visión crítica de aquellos años. Todo el mundo quería ser artista y eso no es posible de repente, sin un esfuerzo y una formación. Pero también, vitalmente, creo que fueron unos años maravillosos en los que la gente tenía ilusión y en los que la cultura era algo importante… Aún a día de hoy leo críticas destroyers sobre la movida. Que si era frívola… ¡Pues claro que lo era! Pero la frivolidad también puede ser provocación. Muchas de esas críticas hacen análisis profundos de un movimiento que nunca quiso ser profundo ni trascendente. Yo era un chaval de Usera, de la periferia de Madrid, rodeado por una mayoría de chicos del colegio Maravillas. Antes ya había sido crítico de arte y comisario de exposiciones con apenas veintiséis años. Y me abrieron la puerta de par en par. Hay una idea equivocada de que la movida era solo Alaska y los Pegamoides y las fiestas, pero no: Madrid entero estaba en movimiento. Solo tienes que ver las fotos de Miguel Trillo para comprobarlo. España acababa de salir de una dictadura de cuarenta años y Madrid era una ciudad gris. Fuera, durante todo ese tiempo, se habían sucedido unas corrientes culturales a otras, tribus urbanas… Y aquí, de repente, en apenas unos años y compartiendo la calle, veías a rockers, neorrománticos, punks… Eso sí que era un Ministerio del Tiempo. Los que tuvimos la suerte de poder viajar fuera nos dimos cuenta de que allí pasaban cosas y aquí no. Y de que ya era hora de que pasaran. Yo fui con diecisiete años a Londres y en la calle me daban flyers del debut de unos tal Sex Pistols… Y en el Oxford 100 un grupo punk cantaba a Aznavour… Una locura. Cuando volví a Madrid, pensé: «Dios, quiero volver a Londres ya mismo». Para mí eso fue la movida. Gente que quiso que su ciudad fuera tan apasionante como Nueva York, Londres… para no morir de aburrimiento. A partir de ahí, que los más sesudos hagan la filosofía que quieran, porque nosotros no teníamos muchas pretensiones en aquellos momentos. Curiosamente, nos reunimos otra vez hace unos años, cuando la Biblioteca Nacional hizo un homenaje a La Luna de Madrid como última revista de vanguardia… Y me dije: «Pues a lo mejor tienen razón y lo éramos». Y recordé una estrofa de la canción que Serrat le dedica a Salvat-Papasseit: «Tampoc sé el que em proposo, perquè el tenir un propòsit no és fer feina». 

El objetivo no era buscar la profundidad en ese discurso, sino entender cómo surgen figuras como las vuestras.

Lo más curioso es que teníamos veintiséis, veintisiete y veintiocho años. Y generábamos opinión. Hasta poníamos en boca de personajes famosos frases falsas que luego los periódicos convertían en citas cultas, cuando no las había dicho nadie. Cada mes nos inventábamos varias. Pero también hablábamos de arte, de publicidad, de cine, de literatura… Éramos gente con ganas de salir de un mundo gris. Si ves películas como Qué hace una chica como tú en un sitio como este, Laberinto de pasiones o Pepi, Luci, Bom, te darás cuenta de que contaban eso: la ilusión por huir de lo gris, del aburrimiento y de la mediocridad a través de la cultura. Si hay alguien que me defina a nivel cotidiano lo que es salir de una dictadura mejor que eso, que venga y me lo explique. Lo pop se mira en este país por encima del hombro. Cuando surge el Equipo Crónica, los críticos les zarandearon. Había que ser profundos y herméticos como los de El Paso (que me encantan… crecí en Cuenca y con su museo de arte abstracto). Es como cuando Donald Judd se quejó de que el pato Donald estuviera en una pintura de un museo. Lo que parece que viene de la cultura pop siempre está mal visto, y en este país excesivamente. Creo que por eso El Ministerio del Tiempo aporta algo muy importante: la revalorización de la cultura pop española. Los festivales de Eurovisión, Salomé, Maneras de vivir, el gol de Iniesta… son importantes en la vida de las personas. Y los ponemos a la altura de Lorca, Lope de Vega, Cervantes, el Empecinado o Isabel la Católica

No sé si en otras partes del mundo ocurre lo mismo, pero cuando aquí hablas de cultura popular, lo que se te dice es que cultura y popular no pueden ir juntos.

En eso los británicos son un ejemplo. Doctor Who se estrenó en 1963. Ellos acuñaron el concepto de youth culture, de cultura de masas, y tienen fenómenos como los Beatles o toda la música pop… De hecho, esa palabra la inventaron ellos. En 1956 hubo una exposición que se llamaba This is Tomorrow, en la que exponían Peter Blake, Richard Hamilton… En un cuadro de este, que se llamaba Just What Is It That Makes Today’s Homes So Different, So Appealing?, aparecía ya la palabra «pop», junto a un culturista, una pin up, una pantalla de televisión… Luego se llevaron la fama Warhol y Lichtenstein, pero el inicio de todo fue en Londres. Es una ciudad símbolo de una cultura superficial, que no es lo mismo que banal, que hablaba de ídolos jóvenes que parecía que jamás envejecerían. Ahora sabemos que lo han hecho. Por eso quienes murieron jóvenes, quienes nunca envejecieron, como James Dean, John Lennon o Marilyn Monroe son iconos imbatibles. Nosotros somos la generación que sabe que sí, que todo el mundo envejece. Tom Stoppard hablaba de ello maravillosamente en su Rock&Roll. Una de sus personajes dice algo así como «¡Éramos tan guapos!». Y en vez de reírte, un escalofrío te recorre el cuerpo. Porque piensas que hay gente que jamás debería envejecer. Pero ahí están los discos, el cine y las series de televisión como museos que se te cuelan en casa para que puedas recordar a esos héroes. La cultura pop es un museo de emociones que no te pide credenciales para disfrutar de él. Y que sabe que, cuando te emocionas, estás pensando. Y se emociona todo el mundo. Desde un filósofo a un conductor de autobuses… Y a veces dudas de quién es de los dos más profundo en sus pensamientos. Porque por muchas carreras que tengas, si no entiendes las señales de la calle, las de tu tiempo, eres un verdadero ignorante. 

Hablabas antes de la crítica. Tú has formado parte de ella, y por lo tanto entiendes y respetas esa crítica que recibes. Es hablar con conocimiento de causa. Es un gran problema en el país en el que estamos. Aquí todos somos críticos. Y politólogos.

La crítica es esencial para la definición de la cultura occidental. De hecho, para entender el arte de una época tienes que estudiar a los artistas y a quienes escribieron de ellos. Cuando haces algo público tienes que asumir que estás expuesto a la crítica. Yo a veces he cometido errores al respecto, lo reconozco. El problema es que ahora, con las redes sociales e internet, todo el mundo opina y todos se creen críticos especializados. Vivimos en una era en la que falta documentación y sobra opinión. Y los buenos críticos son los que primero se documentan, luego saben y después opinan.

La popularización de la crítica.

Exacto. Y no me parece mal. Porque cuando todo el mundo quería ser artista, algunos lo consiguieron ser. Y muy buenos. Ahora todos quieren ser críticos. Y de ahí ha salido gente muy capaz en lo que respecta al mundo de la televisión. Críticos sin los cuales no habría crecido el fenómeno de las series como lo ha hecho. Y no han surgido de los periódicos tradicionales. Han surgido de internet. Un crítico tiene que ser alguien culto. Y lo más independiente posible (la independencia total es imposible y menos ahora, que cobran una miseria). Pero el verdadero problema no está en la popularización, sino en una equivocada expertización. Está en que, en las páginas dedicadas a la tele en grandes periódicos, se han usado sus columnas para hablar de cualquier cosa menos de televisión. Recuerdo en El País a Eduardo Haro Tecglen, que escribía como Dios, pero no hablaba casi nunca de televisión, hablaba de política o de sociedad. Después de él, muchos han seguido su línea. Como en la tele sale todo, se escribe de todo en la columna televisiva y no de la propia televisión como escaparate de entretenimiento, de cultura visual (la buena ficción lo ha demostrado). A nivel político también hay mucho de que hablar y no se habla: por qué TVE ha dejado de tener publicidad y está como está, por qué seguimos teniendo series de setenta minutos, por qué en nuestra ficción no se habla de temas políticos ni de corrupción, cuando ves que se hace (y de manera brillante) no ya en los Estados Unidos, sino en toda Europa. Por qué, siendo europeos, apenas podemos ver series europeas… Con la televisión, y con la ficción, pasa como con todo lo pop: para algunos es cultura en minúscula. Eso sí, luego es muy cool decir que The Wire es la hostia… Que lo es. Pero me apuesto una mano a que de todos los que la halagan, completa no la han visto ni la mitad. Alemania está hablando de los nazis y de cuando estaba dividida por un muro, los italianos están hablando de la corrupción de Berlusconi y de la mafia, los noruegos te hacen hasta una política de ficción como Okkupert en la que la Unión Europea permite la invasión rusa de Noruega por temas industriales. Y tú dices: hombre, alguien podría escribir de eso en la columna de televisión. Sería lo suyo.

Arrastra el lastre de la caja tonta.

La tonta no es la caja, solo los ojos tontos que la ven. Cuidado, hablar —a la inversa— de caja lista no implica mirar por encima del hombro a nadie, a lo que solo se hace por divertir (como si eso fuera poco). Me parece tan trascendente Allo Allo! como Los Soprano. Tan trascendente Curro Jiménez como Anillos de oro. Lo que sí echo de menos es que la televisión sea espejo de nuestras vidas… Nosotros tuvimos en un momento dado una televisión que sí hablaba de lo que pasaba. Surge la ley del divorcio y se hace Anillos de oro, Se hacían series como Turno de oficio, La huella del crimen… Incluso antes estaban los Estudio 1, Chicho Ibáñez Serrador, que adaptaban a grandes clásicos. Algo ha pasado después que sí reconozco que no atiende a la definición de televisión inteligente. Ha habido un crack, se ha generado industria, pero se ha perdido creatividad. Lo que importa es la audiencia al precio que sea y todo se convierte en un reality: la información deportiva, la política… Todos chillan y nadie escucha. Y, ahí sí, la caja vuelve a ser tonta. Y de remate.

Falta autocrítica.

España tiene un mecanismo genial. Es como cuando, en el fútbol, un equipo gana con tres penaltis que no son, dos fueras de juego claros y una expulsión injusta de un rival y luego la prensa no habla de esas injusticias. No citan lo que pasa y todo sigue para delante. ¿Por qué ser infeliz pudiendo ser feliz? En nuestra ficción pasa un poco lo mismo. Dicen que estamos en la edad de oro de nuestras series. Y no es verdad. Seguimos haciendo capítulos de setenta minutos, la televisión pública no tiene presupuesto, apenas existe la figura del showrunner, apenas se habla en nuestra ficción de lo que pasa en este país, nuestros presupuestos no pueden competir con la ficción que se hace fuera (y me refiero a la europea)… Pero como la industria funciona, se vende publicidad y a base de promoción se tiene un dieciséis de share, estamos fenomenal. Es el «Soy español, ¿a qué quieres que te gane?». Si ese esfuerzo de piropearnos a nosotros mismos lo empleáramos en orgullo y trabajo, este país sería la hostia.

Al final, ese mal al que apuntas es un mal endémico a todos los niveles. Mira nuestros programas líderes de audiencia: te encuentras a Isabel Pantoja recién salida de la cárcel con Pablo Motos, luego está el Sálvame

Allá cada cual con su conciencia. Pero eso que dices de las audiencias no es del todo cierto. Amar en tiempos revueltos, cuando estaba en TVE, ganaba a todos en su franja, y nadie decía ni pío. Es como la insistencia en decir que El Ministerio del Tiempo es un fracaso de audiencia. ¿Alguien me puede explicar cómo una serie que no ve nadie es la primera en ganar dos Ondas a la mejor serie nacional consecutivos y tiene cuarenta premios en apenas dos años? Hombre, alguien la verá. Y Netflix no la habrá coproducido por nada, después de haber emitido las dos primeras temporadas. Son tópicos. Las cosas están cambiando, aunque siempre habrá realities y programas o series con los que no comulguemos moralmente… Cambias de canal y punto. El problema es cuando no hay oferta. O no se respeta el horario juvenil y se dice, pues ve a la TDT y le pones Clan a tu hijo. No. Las televisiones generalistas tienen unas obligaciones y son concesiones estatales. Tenemos que exigir a quienes generan nuevas estructuras que haya otras cosas. Es decir, yo no critico que el audímetro sea en función así o asá. Critico que no haya otra forma de medir en un momento tecnológico como el actual, me parece inconcebible. O que no se reconozcan otros logros. O que todo tenga que competir desde un punto de vista meramente comercial. O que cuando venga bien prime el share sobre el número de espectadores, que es lo verdaderamente importante. 

Sobre las audiencias. En algún momento has comentado que con El Ministerio habéis logrado que se descubra que la audiencia no es solo que la gente se siente en el salón de casa.

Es el gran triunfo de El Ministerio. Aun así, que conste que respeto los datos de audiencia porque, por lo general, me han dado mucho. Y sería poco elegante quejarme de ellos cuando no te favorecen. He estado en Los Serrano, Los hombres de Paco, El club de la Comedia, Isabel… La primera temporada de Isabel, la que hicimos nosotros, ganaba a Aquí no hay quien viva y a Tu cara me suena. Eso es mucho decir. Además, hay unas reglas y hay que asumirlas. A veces se gana y a veces se pierde. Y si pierdes, pues felicitas al ganador, que al fin y al cabo no es un enemigo sino un compañero, y santas pascuas. Lo que sí creo es que, cualquiera que vea los datos verá que el consumo de las cadenas generalistas va bajando. Una serie a día de hoy se mantiene con dos millones y poco. Antes, si bajabas de tres, estabas muerto. Hay que empezar a acostumbrarse a estas cosas, y eso es porque hay gente que no quiere ver siempre lo mismo. Y que ve los productos televisivos que quiere donde y cuando quiere. No como quiere un programador. El ciudadano de hoy se hace su propia parrilla. Que alguien lo analice.

Hace falta crítica a la hora de buscar una audiencia que sea más significativa, que sí que exprese realmente lo que hay.

El Ministerio, la segunda temporada, fue Trending Topic mundial en once de los trece capítulos. Evidentemente, Twitter no es un medidor de audiencia… pero sí de impacto social. Pero hay datos que, si se extrapolan, no se comprenden. Yo creo que eso seguirá mejorando… por el bien de una industria que debe mirar al futuro. Pero como es su problema, he decidido que no sea el mío. Todo lo que tenía que decir, con el máximo respeto, lo he dicho. Yo simplemente digo que una serie que es un fenómeno social lo es porque la ve gente. Si una serie es noticia todo el año, emita o no. Si se utiliza como guiño en editoriales políticos de periódicos, en la radio. Si entras en Google Maps buscando El Ministerio del Tiempo y te encuentras… Si estás en los institutos, en los colegios… Si se han hecho ya cinco libros sobre la serie… Si eres líder en redes sociales… Si tienes subtítulos piratas en veinticinco idiomas… Si vas al extranjero o te encuentras con grandes profesionales de otras series de fuera y conocen tu serie… Pues supongo que alguien la verá. 

El otro día comentabas que te llamaban para preguntarte cómo llevas el fracaso de El Ministerio, y al rato te llamaban otros para preguntarte cómo llevabas el éxito.

Muchos decían que era lógico que TVE no nos renovara porque no ganábamos en las audiencias del día siguiente. Perfecto. Pero, primero, creo que no todo es audiencia. Y más en una televisión pública. El prestigio también cuenta. Y segundo: los que dicen eso no saben que teníamos tres ofertas mejores que las de TVE para, si no nos renovaba, hacer la temporada en otro sitio. Si no tienes impacto de mercado, no te quiere nadie. No es nuestro caso. Menos mal que las críticas han sido muy buenas y nuestros seguidores son como los espartanos de las Termópilas. Pero sí, para muchos El Ministerio del Tiempo es un fracaso. Bendito fracaso. En realidad, como bien dices, somos la primera serie de recepción bipolar. Lo que llama la atención es que, cuando te conviertes en la primera serie que gana dos Ondas seguidos, en vez de felicitarte notas que hay resquemor, que diría Fiti. A ver, Game of Thrones ha ganado durante equis años seguidos todos los premios, porque a lo mejor es lo mejor de ese año. Y se repite y si sigue siendo el mejor de ese año, que se le premie. El Ministerio del Tiempo necesita esos premios porque, si no los tuviera, se hubiera vuelto invisible por el peso de tanta gente (y parte de la industria también) que ha insistido en nuestros datos de audiencia tradicional ignorando el resto de datos. Y si mi equipo no hubiera trabajado al 200 %, y no hubiéramos llevado una política de medios de comunicación tan fuerte, estaríamos muertos, seguro. 

Un problema de cultura. Por ejemplo, TVE se mantiene anclada en cierta dinámica del pasado, aunque parece más bien algo a nivel de gestión. Estoy seguro de que hay gente motivada más abajo para dar un toque de aire fresco.

Yo le debo todo a TVE y, antes, a TV3. Ninguna cadena privada habría aceptado el riesgo de Infidels, de la primera Isabel y, sobre todo, de El Ministerio. Porque no es solo lo que cuentas, sino cómo lo cuentas. Además, yo he crecido amando TVE y la BBC. De mayor, me he encontrado con la televisión pública sueca y danesa, que en ficción son imprescindibles a día de hoy. Y todas son vanguardia. Van por delante y hacen que las demás cadenas mejoren. Por eso me parece terrible que nuestros políticos no se preocupen por la televisión pública. Que le quiten los medios y, con ello, la dignidad. TVE es una cadena necesaria que pasa por momentos especialmente difíciles por el abandono al que está sometida en cuanto a medios económicos y desconocimiento de muchos… Hay consejeros que tendrían que haber cesado porque han cumplido el plazo hace años. Y siguen ahí porque no les han relevado. A nadie le interesa TVE, salvo sus posibilidades como instrumento de poder. Faltan medios y falta proyecto… Y dinero. Sobre todo, desde que se le ha quitado la publicidad. Si hablas de Zapatero tienes que reconocer que TVE tenía los mejores informativos del mundo, pero también tienes que decir que quitó la publicidad y eso la está hundiendo. Y de eso no habla nadie. Quitó la publicidad sin plan alternativo de financiación, la dejó inerme. Ni de cómo pasó y por qué pasó, tampoco. Pero no interesa a nadie. Ahora, con la crisis (eterna) sale otro tópico: la televisión es cara. Es un tópico tan sangrante como el de las subvenciones a nuestro cine (uno de los menos apoyado por su gobierno del mundo occidental, si no el que más). El día que Montoro dijo en el Congreso que las series de televisión eran caras para ser mero entretenimiento, alguien en el hemiciclo (estaba casi vacío, por cierto) debería haberle dicho: «Señor Montoro, ¿sabe usted lo que cuesta una serie inglesa, danesa, italiana, francesa?». Porque Montoro habría dicho: «No lo sé». Y alguien le debería haber replicado que de lo que no se sabe, no se habla. Yo le diría a la gente que dice que nuestras series son caras que, quitando las últimas series belgas porque son pequeñitas y baratas, las series noruegas, danesas, duplican o triplican el precio de un capítulo de una serie española. Hablo de Noruega, de Dinamarca, de Italia… O digo lo de siempre: con un capítulo de Games of Thrones o de The Crown se produce una temporada entera de cualquier serie española.

Uno de los grandes problemas que se está teniendo con la televisión pública: tener que medirse por las audiencias.

Sobre todo, si no tienes publicidad ni medios para promocionar tus productos. Así es imposible competir. Porque hay que competir, siempre. De una manera u otra. Los partidos políticos deben hacer una reflexión sobre la televisión pública y actuar rápido o se vendrá definitivamente abajo y será imposible levantarla. Ahí están los datos para comprobarlo. Si no tienes medios para competir, tienes que inventarte otras vías. ¿Que no tengo publicidad? Vale. Capítulos de cincuenta y cinco minutos y a vender fuera y a coproducir. Y TVE competiría con un poco más de medios y volvería a ser referente. Incluso creo que podría abrir unas vías de coproducción muy grandes con cadenas de fuera, con Netflix, como está pasando, HBO… Sería el canal ideal para complementar la gran ola de plataformas que vienen. Luego está el orgullo propio, el de las propias señas de identidad. A mí me duele mucho que, cuando una serie española es buena, el mayor piropo sea decir que no parece española. Llevamos muchos años haciendo televisión industrial, que está muy bien, pero hemos despreciado la autoría. Y TVE tiene un camino estupendo para adentrarse en él, más allá de las audiencias. Porque un servicio público es más que eso. Y series como Isabel, Cuéntame o El Ministerio del Tiempo son ejemplo de ello. Fíjate en los premios a series, TVE sigue arrasando dentro y fuera, jugando en desigualdad de condiciones. 

Cuando se habla de cadena pública, en general se piensa que realizar ficciones es perder dinero, de alguna manera. France Télévisions dice que destinarán cuatrocientos veinte millones de euros en 2017 para desarrollar proyectos, y que doscientos veinte son solo para series de ficción.

Es que France Télévisions ha hecho algo muy sencillo y lógico, porque lo más barato en lo que puedes invertir es en el guion. Tú tienes todo escrito, y lo que es bueno lo haces y lo que no, no. Porque lo que es muy caro es producir. Pero eso lo ha hecho alguien que piensa, como yo, que la televisión pública es necesaria. Es seña de identidad y de credibilidad de una nación. Yo defiendo TVE a muerte, pero necesita un cambio, una épica… No encajar los golpes como un boxeador sonado, sin devolver el puñetazo. Si yo fuera alguien de TVE me plantearía qué modelo seguir. No tengo el dinero de la BBC, no puedo poner un canon… Pues mira el modelo de la televisión danesa. Lo que está claro es que no puedes competir con las privadas haciendo lo mismo que ellas porque lo van a hacer siempre mejor que tú. Tienes que invertir, diferenciarte, crear un proyecto y creer en él. Con orgullo. TVE es muy grande y debe tener ese orgullo Y los españoles estar orgullosos de ella. Ese debería ser el objetivo.

Tengo un amigo que es profesor de guion. El primer día pregunta cuánta gente ha leído algún guion, y normalmente nadie levanta la mano.

Yo, un día (y no quiero con esto generalizar) fui a dar una clase a un máster, y les empecé a hablar de Shakespeare porque, para mí, el origen de la dramaturgia moderna son Shakespeare y Chéjov. Y empiezo a hablar de Shakespeare y vi un mohín en muchas caras como de «vaya coñazo». Eran gente de veinticinco años. Entonces, paré y pregunté cuántos habían leído a Shakespeare. Eran veintitantos. Levantó la mano uno. ¿Cuántos habéis visto alguna obra? Tres. Y dije: «Hombre, entonces de Chéjov ni hablamos». O de Aristóteles. ¿Te quieres dedicar a esto sin conocerles? Primero, tienes que asumir que este oficio no se trata de que quieras ser guionista. Sino de que necesites serlo. Que necesites contar historias. Y luego estudia. Porque la técnica se aprende fácilmente. Pero si no cuentas nada con alma, por mucha técnica que tengas, lo que hagas será malo. Estudiar no significa solo que estés al día en el mundo de las series o el cine (que también). Tienes que leer. Porque cuando lees, imaginas. Cuando solo ves imágenes, solo replicas imágenes, trucos. Y luego debes tener un punto de vista del mundo, de la vida. Y conocer el de otros. No todos los personajes pueden ser clones tuyos. Pero, sobre todo, lee. Y no precisamente manuales de guion (con dos, vas que chutas). Por ejemplo, Mad Men es Chéjov. A Weiner le critican lo mismo que a Chéjov, diciendo que en su serie no pasa nada. ¡¡Que no pasa nada, por Dios!! Menos peripecia y más personaje. Siempre.

Ahora, también te diré que me he encontrado casos de profesores para los que el guionista es un sirviente del director. Hasta llegan a decir en sus clases, a sus alumnos, que no pongan muchas acotaciones en sus guiones que el director se enfada. [Risas] La acotación es tan esencial como el diálogo. Es posible que después no te llamen para leer lo que has escrito con los actores. Y las acotaciones son tu última barricada para defender la intención de tus personajes, el subtexto… Lo esencial, vaya. Cuando quedas fuera del plató, tienes que hacerlo. Yo he tenido la suerte de ser productor ejecutivo en Infidels o Kubala, Moreno i Manchón o en El Ministerio, y cuido de todo el proceso. Pero en general te quedas fuera. He tenido experiencias en series, en las que ha llegado el director y dice: esto lo quitamos, esto de otra manera. Y cuando ves lo que has escrito en pantalla, tu guion es como ese primo lejano que hace años que no ves, que te recuerda a alguien, pero no sabes a quién.

Muchos directores firman como coguionistas simplemente por haber dirigido.

En cine, he tenido una experiencia y ha ocurrido eso. Cuando veo que siempre firman los directores como guionistas me hace sospechar que puede ser cierto. Como ves, procuro ser discreto en mis opiniones.

Y productores.

Eso me dicen, sí. Yo no he estado en el proceso para poder certificarlo. Eso sí, creo que un cine en el que en el 99 % de sus producciones no firma el guion solo quien es guionista tiene un problema de salud grave. El cine de autor es necesario. La historia del cine lo demuestra. Pero no puede haber solo eso.

No hay respeto por la figura del guionista. 

Una serie creada por mí fue Premio Nacional de Televisión y ni me lo comunicaron oficialmente, ni me invitaron a la entrega de premios. En otros prestigiosos premios, muy recientemente, no me invitaban a la comida oficial «porque a los guionistas no se les invita. Solo actores y productores». Como era productor de la serie (no debía saberlo) comí gratis ese día. ¿Te parecen ejemplos suficientes? Si no, recuerda lo ocurrido con Borja Cobeaga y Diego San José en los Goya no hace mucho. Y quiero recordar que con cien folios en blanco no hay nada que dirigir, ni iluminar ni interpretar. 

Aquí, lo de que haya un showrunner en una serie es casi anecdótico.

Por partes. En España los ha habido y los hay. No soy el único. Probablemente, eso sí, soy el que más ha defendido la visibilidad del guionista y de su función como showrunner. O sea, que es más cuestión de cabezonería que de talento por mi parte. 

En segundo lugar, ser showrunner a la manera que se entiende fuera, en España es casi imposible. Sin tiempo de preproducción, con renovaciones repentinas, se funde el proceso de creación con el de producción y no das abasto. Luego está la ignorancia del concepto. Ha habido veces que me han llamado y me han dicho: «Oye, quiero que adaptes esta novela y seas el showrunner de la serie. Cuando tengas la adaptación ya vendrá el director y te dirá lo que sea». Pero, hombre, ¿no me has dicho que soy el showrunner? Y al final te dicen: «Bueno, explícame qué es eso de showrunner». A un tío que lleva veinte años en el negocio, le tienes que explicar qué es un showrunner. Y cuando se lo explicas, es peor. Ya no quieren que lo seas ni de coña. Un guionista que venga aquí a decir lo que tengo que hacer. Vamos, por Dios. Por eso siempre digo que El Ministerio del Tiempo es un milagro. Y una de las razones es que, en ella, sí he podido ejercer como tal… Y se lo debo a Fernando López-Puig (director de ficción de TVE) que me pidió que lo hiciera y a José María Irisarri (mi socio de ONZA) que entendió el concepto y me ha apoyado a muerte. 

Ya que hablamos de showrunners, ¿qué figuras consideras básicas en el pasado reciente?

En España, Chicho Ibáñez Serrador. Es el maestro. Y Jaime de Armiñán. Fueron showrunners cuando aquí no se sabía de la palabreja. A nivel internacional, como guionista que dejó su sello en sus series, adoro a Dennis Potter. Sin él la ficción de la BBC no sería la que es. Y me considero seguidor de Tom Fontana. Yo creo que no se ha hecho una serie policiaca como Homicidio. También fue el cerebro de Oz, para mí la primera gran serie de HBO. Homicidio se emitió en un canal generalista, y con los textos basados en unos textos de David Simon. Creo que, de hecho, David Simon aprendió todo lo que sabe de la tele y de la ficción de Tom Fontana y, cuanto más lejos le queda Fontana, peor ficción hace. Uno puede ir muy de listo y decir «que le jodan al público», pero la televisión tiene su público. Yo respeto hasta al de Matrimoniadas. Y te lo digo yo, que pienso que The Wire es la mejor serie de todos los tiempos. Fontana es un showrunner que elige el equipo y supervisa y decide. Yo intento elegir un director de serie, un director de vestuario, un director de arte, un director de producción… Y delego, para que ellos consideren la serie tan suya como tuya, porque en realidad lo es. No puedes ser la única voz y veinte ojos ven más que dos. El problema, como te he dicho antes, es que, si no puedes tener escritos dos tercios de los guiones, es imposible estar día a día en plató. Para hacer un resumen: en español, Chicho y Jaime Armiñán. Mis maestros son Dennis Potter (Pennies from Heaven, The Singing Detective, Karaoke…) y Tom Fontana. Y siempre he tenido debilidad por Paul Abbott (Shameless, State of Play, Hit & Miss…) y también por Steven Moffat (Coupling, Doctor Who, Sherlock…). Pablo era fan de él. De los más recientes, Noah Hawley. Todo el mundo se ha dado cuenta de lo que vale con Fargo. Pero antes ha tenido creaciones maravillosas, como The Unusuals o My Generation, series que fracasaron en audiencia pero que mostraban ya al gran creador que es.

¿Te ha picado la curiosidad de trabajar en el extranjero? 

He tenido oportunidad de trabajar fuera, en México. Pero no se llegó a dar porque se renovó El Ministerio del Tiempo. No tengo un dominio del inglés suficiente, ni siquiera mínimo. Y aunque lo tuviera, en este trabajo la lengua en la que trabajas es fundamental, es tu herramienta. Incluso si fuera a Argentina o México (que me encantaría) necesitaría a mi lado un guionista que adaptara mi castellano a su forma de hablar o el público no se creería lo que escucha ni lo que ve. Es muy complicado trabajar en otro idioma. Y estoy encantado de trabajar en castellano y en catalán. Fíjate los daneses, que ruedan las series en danés, y podrían hacerlo en inglés, porque todos saben y entienden inglés perfectamente. Pero son daneses y se hace en danés. Hay directores y guionistas jóvenes que sé que están trabajando fuera muy bien. De hecho, a día de hoy, a cualquier joven le recomiendo, si sabe inglés, que se vaya y aprenda fuera, o se quede fuera. Lo digo así de claro. 

Por eso no hay que enfocar al mainstream.

Lo local bien hecho acaba siendo lo más universal. La gente sigue planteando una promoción de su trabajo en un concepto mainstream. Y lo que está empezando a funcionar en el mundo, en todo, es lo colateral, lo especializado, lo que ya no es mainstream. Hasta el último Festival de Eurovisión (reino del mainstream) ha sido una muestra de lo que digo. Todos haciendo lo mismo, imitando modelos anteriores… Y llega un chaval portugués, sin bailarines contorsionistas, efectos especiales ni tonterías, que se pone a cantar y emociona a todo el mundo y arrolla. Ha explicado a todo el mundo con una sencilla canción lo que los más sesudos analistas y expertos en comunicación llevan diciendo tiempo. Pablo y yo decidimos hacer El Ministerio para hacer algo que nos gustara, que nos divirtiera. Una serie hecha como las que nos gustaban tanto de fuera. Y hacerla como queríamos, aunque no se vendiera. Queríamos hablar de nosotros, de España. Que ya hemos visto muchísimas series americanas y demasiado pocas originalmente nuestras. Y, de repente, te encuentras que esta serie en Latinoamérica tiene muchos seguidores. Seguidores americanos. Y he visto artículos en revistas universitarias norteamericanas de El Ministerio del Tiempo. Se han hecho cursos universitarios. Yo creo que lo que hemos hecho es ir por otras vías alejadas del mainstream. Y esas vías al final son tan nutritivas como el impacto de la publicidad, o de hacer audiencias de cuatro millones, que ya lo hacen muy pocas series.

Ya que ha salido el tema… ¿se puede hablar de esa serie tan parecida a la tuya [Timeless]?

Hay gente que ha entendido muy mal ese tema. Primero, no lo he llevado yo, lo han llevado mis socios de ONZA. Y se ha emprendido un pleito no porque se parezca a nuestra serie (y mucho). Hay otras que también se parecen (menos). Y nosotros nos parecemos a otras y tiene fuentes bien claras (y citadas siempre). Emprendimos el pleito porque hubo negociación, se mandó información, guiones… Hay unos mails de: te pago esto, no, mejor esto. Y de repente desaparecen y ves una serie con muchos elementos semejantes. Se les denuncia porque hay un contacto empresarial documentado. Pero aquí ya sabes que mucha gente nunca lee la noticia entera, solo el titular. Piensa que si esa gente leyera la noticia entera no tendría tiempo para mostrar al mundo su opinión, con la convicción de que el mundo dejaría de existir si no la diera. En cualquier caso, me alegro de que renueven, que conste. [Ambas partes acabaron presentando una declaración conjunta de sobreseimiento]. 

Debe de ser un poco desmoralizante que surja este caso, tú dejes bien claro desde el primer momento que son tus compañeros los que llevan las cuestiones legales…

… Y algunos me ataquen a mí. Se lleva con dignidad. Hay que asumir que vivimos unos tiempos en los que se ha olvidado esa máxima del buen periodismo que es informarse en las fuentes. O, simplemente, llamarte por teléfono. 

Cuestión del ego, muchas veces.

Sí, pero no del mío, te lo aseguro. Pero tampoco quiero entrar a responder más. Ya lo hice y fue inútil. Quitando la parte meramente de agradecimiento a la gente, he llegado a la conclusión de que la única manera de responder como creador no es hablando sino haciendo. Creo que hay que responder con el producto en pantalla. Y que la gente diga si es bueno o no, lo que sea… pero esto no es una cuestión de mesa de café, de presentación de serie ni de pelea en Twitter. Esto es: señores, este es mi trabajo, ahí lo tienen. 

Tenéis ministéricos. Es una gran señal de que ha enraizado en un público muy concreto. ¿Lo imaginabas, un cariño tan incondicional?

No. Habría sido un prepotente. Me impresiona mucho. Y aún me impresiona más que mi hermano no lo haya podido disfrutar. Yo siempre digo lo mismo, había un público esperando que le hicieran una serie así o asá, y ha sido esta. Pasó lo mismo con Isabel: la veía gente que ya había dejado la televisión. Yo creo que hay un público que sigue viendo la televisión y otro que la ha dejado. A mí me interesa el que la ha dejado, que no es menos numeroso. La diferencia entre Isabel y El Ministerio del Tiempo es que han pasado los años justos para que la gente que quiera ver otro tipo de televisión no vuelva a la sala de estar. Ahora ve las series en el ordenador, en otra plataforma… Esa es la diferencia. ¿Por qué tenemos estos seguidores tan fieles? Yo creo que porque cuidamos el detalle y el público lo agradece. Porque les divertimos, porque les entretenemos. Y porque estamos en contacto con ellos. Y es un público muy variado. La ven muchos niños. La ve mucha gente mayor, a la que le recuerda a las series de TVE de antes. Pero también la ve mucha gente a la que, a nivel emocional, lo que les estás contando les impresiona. El Ministerio no es una serie fácil, ni busca un público fácil. Para seguir El Ministerio primero tienes que ser curioso. Tener ganas de investigar, de aprender, de dejarte sorprender. Estamos mezclando géneros, hablando de la pérdida. De volver a un momento del pasado en el que pudiste hacer una cosa y no la hiciste. Y de que cuando regresas de ver a un divertido Lope o a las chicas de Esther Williams, cuando llegas al presente, tienes que ser consciente de que tanta inteligencia y tanta belleza está muerta y enterrada desde hace siglos. No son palabras mías, son de Pablo. Es la mejor definición posible de la serie. Estamos hablando de perder seres queridos. Y el destino quiso que perdiéramos a Pablo mientras producíamos la primera temporada. Por eso es un homenaje de duelo a Pablo. Por eso traspasa la pantalla llegando a un público que alguna vez ha tenido o tiene esas emociones. Nuestra obligación es entretener. Pero a Pablo y a mí no nos bastaba con eso. Queríamos emocionar. Y hablar de cosas que, si tienen que doler, pues que duelan. Y si hay que reírse, que sea a carcajadas. Nunca nos gustó lo tibio. Ni escribir con el cerebro de otros. Para contar las cosas como tú quieres hay que aprender a decir «no». El Ministerio del Tiempo es el resultado final de todo esto.

Además de éxito de público, también de crítica. Cerca de cincuenta premios en las dos temporadas.

Sumando premios de webs, estaremos en cuarenta y dos premios, sí. Porque para mí vale lo mismo el premio de una web que un Ondas.

Además, son premios muy repartidos. A veces es por la serie, otras, por el guion… pero también hay premios individuales. Por ejemplo, Nacho Fresneda. La gente está encantada con Alonso de Entrerríos.

Cuando Nacho Fresneda aceptó el papel y Pablo vio las primeras grabaciones me dijo: «Este tipo se come la serie». Con eso te digo todo. 

Como la nominación de Julián Villagrán… ha tenido una forma de expandirse como Velázquez en la serie, brutal.

Villagrán es increíble. Todos mis actores y actrices lo son: Cayetana, Jaime, Juan Cesca, Rodolfo, Aura, Macarena, Hugo… Se pensó el papel para ellos y ellos quisieron acompañarnos en esta aventura. Escribir para los actores que quieres es maravilloso. Escribir teniendo en la cabeza sus rostros, sus gestos, su voz… es lo mejor que le puede pasar a un guionista. Eso no significa que escribas para que los actores hagan lo que han hecho siempre en sus carreras. Cada vez que elijo a un actor le digo: «Te quiero para que hagas algo diferente». Y para ellos es un reto. Ojalá nunca olviden su paso por esta serie. Yo pongo a Dios por testigo de que procuro no poner tonterías en sus bocas. Hasta leemos la versión final de cada guion en voz alta para ver si funciona antes de enviárselo a ellos. 

La función didáctica es indudable. A mucha gente le habrá picado la curiosidad la historia. Han encontrado una forma de interesarse, a través de los personajes. Que se haga Trending Topic Lope de Vega, por ejemplo.

Sí. Lope de Vega es la monda… [Risas] Fue un hallazgo de mi hermano, buscar la parte oculta de Lope de Vega, que tenía no sé cuántos hijos. Aparte están las búsquedas en Wikipedia, que se multiplican y se multiplican. Yo a veces me alegro de que la gente investigue y otras, no. Que Cervantes o Lope de Vega sean Trending Topic es estupendo, pero también me alarma que haya mucha gente que no sepa quién es el Empecinado y se lo tengas que explicar tú, o me alarma mucho que la gente no sepa la historia de los últimos de Filipinas, o la Vampira del Raval. Me parece que hay fallas graves en nuestro sistema de comunicación cultural. 

Se están cepillando la literatura universal de bachillerato, me parece. Las humanidades desaparecen.

Se está educando para formar parte de la cadena productiva. Y la educación no es solo eso. Sin un concepto humanístico o cultural, el ser humano es menos crítico y se queda a medio construir. De todos modos, creo que también se está dejando todo el tema educativo a los colegios y nos hemos olvidado de que el primer colegio es la propia familia. 

He escuchado que incluso se usa en las escuelas, El Ministerio.

Es un honor muy grande.

Que suceda eso es un mérito de todo el equipo, obviamente, pero en concreto de gente como Pablo Lara o Agustín Alonso, con el universo transmedia. Están haciendo maravillas.

Somos la primera serie con un productor transmedia propio. Pablo estaba antes en TVE, y ahora está con nosotros. Y Agustín, que sigue en TVE, ya le conocí en Isabel. Sin ellos no sería posible. Son grandes. De hecho, el proyecto de realidad virtual es el primero que se hace en ficción a nivel mundial. 

Refleja mucho el espíritu de la serie…

En esta serie, los que trabajamos en ella estamos orgullosos de hacerla. Ese es el verdadero espíritu de El Ministerio del Tiempo. Queremos ir más allá siempre. Arriesgar. Hacer lo que otros no han hecho. Pero, sobre todo, lo que más valoro de mi equipo es su amor por el trabajo bien hecho. 

¿Con Cliffhanger estáis metidos en más proyectos?

El Ministerio te deja poco tiempo, la verdad. Pero sí, hemos hecho otros proyectos con una estadística lamentable: no hemos colocado ninguno. Un proyecto de Anaïs Schaaff (Invisible) sobre tres amas de casa de un barrio periférico que adquieren superpoderes gracias a unas pastillas que consiguen en un chino. A mí me parece algo maravilloso. Pero no ha gustado. Otro proyecto, Quijano, que trae al presente al Quijote, como Moffat hizo con Sherlock. Lo hemos paseado por todos los despachos sin éxito. Hemos creado una serie (Cómo hemos cambiado) que, si Anillos de oro hablaba de la familia, de la época del divorcio, nosotros hablamos de cómo es la familia de ahora, porque ha cambiado muchísimo. Lo mismo. También he ofrecido pasar a serie mi novela sobre Felipe II. Igual. La verdad es que no hemos conseguido llamar la atención de nadie. Será que hemos bajado el nivel que ha llevado a mi equipo a ganar tres Ondas en cinco años con series creadas por nosotros. Ahora queremos hacer una serie sobre la España vacía y otra sobre los años de la Transición tratándola como un nordic noir. Esperemos tener más suerte. Pero yo tengo debilidad personal por Quijano. El Quijote es el precedente de Sherlock Holmes, del héroe perdedor de la novela negra tradicional… Y me motiva escribir sobre las causas perdidas de nuestros tiempos. Esas por las que un idealista se dejaría la vida hasta la locura por combatirlas. Y encuentro muchas. La corrupción, sobre todo. Y el silencio que la rodea. Esa percepción de que los corruptos son ladrones de guante blanco que no han matado a nadie… Y, físicamente, no lo han hecho… solo les quedaba eso. Pero me gustaría saber la cantidad de enfermedades que la miseria consecuencia de esa corrupción ha generado en personas normales, anónimas, que se han visto en la calle, sin trabajo, sin casa, con sus hijos. Eso genera suicidios y muerte. En los telediarios españoles se habla de la mendicidad en Venezuela. Pero yo todos los días veo a gente en Madrid recogiendo lo que pueden de la basura. Y no lo veo en esos mismos informativos. Me gustaría escribir sobre gente a la que pagamos entre todos que dedica más tiempo a tejer redes de enriquecimiento que a legislar, por ejemplo, por una muerte digna. O dotar de medios a una ley de dependencia… Me gustaría escribir de todo eso, tratando cada caso en un capítulo, en género thriller y además entreteniendo y divirtiendo (eso es lo primero). Creo que esos serían los molinos de viento actuales contra los que lucharía Alonso Quijano. Y me gustaría ponerles cara y ojos. Aunque ahora que te la he definido, lo mismo entiendo mejor por qué probablemente no la venderé nunca. 

Tal vez ahora, con Netflix por ahí en medio…

Yo encantado de estar en Netflix con El Ministerio del Tiempo. Lo han salvado ellos. Pero sobre proyectos nuevos prefiero esperar para opinar. Les deseo lo mejor del mundo, pero quiero ver lo que hacen. Si sirven para apostar por nuestra creatividad, alejándonos de lo generalista y aportando presupuestos más lógicos, diseños de producción similares a cuando producen fuera, dando poder a quien crea la serie… Perfecto. Si eso ocurre, aplaudiré hasta que se me rompan las manos.

En Cliffhanger sois muy pocos, ¿no?

Cliffhanger es Anaïs Schaaff, que es guionista; Abigail Schaaff, que es directora; Javier Carrillo, que es un abogado experto en temas audiovisuales y yo. Nació para poder producir El Ministerio del Tiempo, para controlar su puesta en pantalla. Nos costó. Ya habíamos vendido la serie y tardamos un año en encontrar un partner que entendiera el concepto. Antes nos consideraban unos advenedizos. O algo peor. Tres grandes productoras a las que acudimos para que fueran nuestros partners exigieron para entrar (en una serie vendida, ojo) que no existiera la figura del showrunner. Incluso que desapareciera yo. Estuve a punto de ceder porque veía que mi hermano se moría y no iba a ver el estreno de la serie que había ideado. El propio Pablo fue el que se negó. Me dijo que aguantara. Que o se hacía bien o no se hacía. Y no llegó a ver el estreno. Es de las lecciones vitales más grandes que he recibido. La que más, creo. Ahora, tras la tercera temporada de El Ministerio, será hora de reflexionar. Creo que está llegando el momento en que hay que ver qué hago y a qué me dedico y cómo. Además, como productores somos muy buenos creativamente hablando, pero, claro, nos interesa mucho más que quede bonito y que sea brillante antes que ir a por la pela, y tampoco es que les demos muchas satisfacciones a nuestros socios. Y esto tiene mucho de creatividad. Pero es un negocio, no una ONG.

Cuando acabes con el trabajo que tienes ahora con El Ministerio, de momento lo que piensas es en descansar.

Sí, totalmente.

¿No te preocupa ser incapaz de pisar freno, de relajarte?

Sin duda, pero tengo que intentarlo. La gente ya publica que El Ministerio se acaba. O que lo dejo. No es así. No tiene por qué acabarse. Pero El Ministerio seguirá si tiene una lógica temporal en su producción. Si tú estás haciendo por hacer, al final no estás estudiando, no te estás nutriendo, no logras inventar nuevas historias. Acabas harto de tu serie. Hay que parar, tener tiempo para poder realimentarse. Lo que sí que tengo claro es que yo no puedo terminar de emitir esta temporada sin saber todavía si se renueva o no por parte de la cadena. Si no se renueva, no pasa nada. Hay otra gente que puede hacer series, y mejor que yo. Pero lo que yo haga lo quiero hacer bien, como me decía Pablo. Y para eso hay que tener tiempo para pensar y escribir. Para cerrar equipos con tiempo… Para que no se te vayan actores, directores, técnicos… Y tener cincuenta y cinco minutos de duración. Dejar de una vez los setenta minutos. Estuvimos a punto en la primera temporada, nos dieron el ok, y luego al final se cambió. Pero no pierdo la esperanza: si José Luis Moreno lo ha conseguido con Reinas, lo mismo acabo consiguiéndolo yo, que he creado Isabel y El Ministerio del Tiempo. 

¿Crees que tanto trabajo te ha permitido sobrellevar la tristeza por la pérdida de Pablo?

Por un lado, sí. Pero como dice la canción: la tristeza no tiene fin, la felicidad, sí. Cada capítulo que se emite es un homenaje a Pablo. Una demostración de que llevo cuatro años de mi vida viviendo para que perviva la última serie que creamos juntos. En lo personal, cuando él murió estaba grabando el capítulo de los nazis y Montserrat. Me jodió no estar a su lado. Pienso que no me ha dado tiempo a asimilar el vacío que ha dejado. Como compañero de trabajo, como hermano, como amigo y como seguidor del Atleti con el que me iba a ver todos los partidos. Pero hay que asumirlo. La gente te dice: eso se supera. Pero es que no quiero superarlo. La vida es eso también: recordar a la gente que quieres y ya no está. No es masoquismo. Es que su recuerdo es algo vivo. Y una persona es su presente y sus recuerdos. 

No hemos hablado nada de tu parte novelística. Qué te lleva a decidir que una historia acabe en una serie o en una novela.

Empezó de manera casual. Yo no quería hacer la novela de Isabel. Odio las novelas basadas en series de televisión. Pero Julia, mi compañera, me hizo ver (tras los problemas con la productora que hicieron que me fuera de la serie tras la primera temporada) que, si no la hacía, nadie iba a saber que yo había creado la serie. Y me planteé que, ya que la hacía, debía documentarla de nuevo. Hacer una novela de verdad lo mejor que supiera (que era poco). Y ha sido un best seller. Pero no te puedes fiar de eso. Lo es por la serie. Mi segunda novela (Felipe: heredarás el mundo) es infinitamente mejor y se ha vendido lo justito. Y me parece que da para una serie mejor que Isabel, incluso. Aunque Felipe surge como novela en sí misma. El tema de escribir novelas, que probablemente será a lo que me dedique pronto, no te permite vivir, pero te permite una libertad, un trabajar en silencio, tú solo, que cada vez echo más de menos. Es un poco ver tus rendijas, tu seña de identidad, tu alma… sin preocuparte por las necesidades de producción. Porque un guionista escribe lo que se puede producir. Y en una novela, no tienes límites. Pero yo soy guionista. Llevo más de veinte años escribiendo guiones. Incluso he escrito más teatro (adonde me gustaría volver, también) que novela. Yo solo soy un aprendiz de novelista. No quiero engañar a nadie. Pero es curioso que, de lo que más contento estoy de lo que he escrito —al nivel de mis series preferidas— sea de unos cuentitos cortos que me pidió Juan Cruz para El País. Memoria, se llamaban. 

¿Qué referentes tienes en novela?

Cuando yo hago Felipe me baso en toda la documentación de libros de historia, no tengo un referente. Sí articulo capítulos muy cortos, que generen elipsis entre capítulo y capítulo. Suelo tender a lo coral. Y a crear imágenes. Pero es una influencia más propia de venir del teatro y del guion. Y eso supone, personajes y diálogo. Las referencias literarias son muchas. De pequeño, todo Verne, todo Salgari, todo Dumas. Luego, la literatura iberoamericana. Vargas Llosa me parece un escritor sublime. Yo he tenido la suerte de conocerle y de adaptar al teatro Pantaleón y las visitadoras, aunque no he tenido la suerte de que dijera bien mi nombre nunca cuando me citaba. Hay más: Sabato, García Márquez… De joven me gustaba mucho Kafka. Y Salinger, Boris Vian, Bradbury. Philip K. Dick… Pero también leo mucha poesía, teatro (Valle Inclán, Lorca, Shakespeare, Chéjov, Stoppard, LaBute, Berkoff…). No hay que leer novela para escribir novela. Ni guiones para escribir guiones. La inspiración y el aprendizaje te puede llegar de donde menos lo piensas. De una canción, de una conversación que oyes por la calle o en el metro… De escritores españoles, Galdós, Baroja, Blasco Ibáñez… Los he leído del derecho y del revés, son unos novelistas fantásticos. Y soy fan absoluto de Jardiel Poncela. Un genio no solo en el teatro. Su novela La Tournée de Dios es maravillosa, se anticipa a mil cosas. Y nunca se le reconoció porque tenía éxito, era popular. Es una novela que estuvo prohibida por beata por la censura republicana. Y porque atacaba a la religión, por la dictadura. Es la mejor definición del sindiós que es este país que se pueda encontrar.

¿Crees que vas a seguir hablando de momentos históricos?

No necesariamente. Sí creo, como dice la televisión danesa, que cuando tú cuentas una historia, tienes que hablar de la historia, de la época que los personajes están viviendo. Y si es en el presente, igual. Lo hacen muy bien los ingleses, sus series, sus novelas… Cuando lees El buda de los suburbios, de Kureishi, que es uno de mis libros fetiche, está haciendo un repaso de toda la época, del glamour al punk, y te está contando una historia maravillosa. Cuando lees El poder del perro (Don Winslow), también se refleja un momento histórico. Porque la historia se estudia en las facultades, pero ahora se escribe en los periódicos y en las novelas. Convertir lo ficticio en realidad, y la realidad en ficticia, y confundirlas. De eso trata la ficción. Porque, al final, no son tan distintas, te lo aseguro. 

¿Somos nuestro pasado?

No, pero si no lo conocemos (o lo intentamos, por lo menos) somos unos ignorantes. Porque saber de él nos ayuda a entender de dónde venimos, cómo somos… Porque somos lo que heredamos de nuestros padres, de nuestros abuelos, y de un mundo que se comporta de una determinada manera y no de otra… Cuando hice Isabel, Víctor Ros y, con Pablo, El Ministerio, fue para hablar sobre de dónde venimos, aprovechando el encargo. Creo que El Ministerio es la más redonda, porque abarca una línea más amplia, en la que podemos mezclar géneros como el fantástico, el histórico… Es una metáfora continua de los recuerdos: personales, formativos y culturales. Tú crees que has estudiado una historia, y te confrontas con la realidad de esa historia y piensas: ¿cómo me la han contado así y no de otra manera? Son recuerdos de ti como estudiante, como ciudadano que se ha ido formando y se ha ido informando… Son recuerdos de las personas que quieres, de las que has perdido. Porque la verdadera máquina del tiempo son los recuerdos. Por eso no viajamos en la serie al futuro (aunque habrá un guiño a esta posibilidad esta temporada). Viajar al futuro es imaginarlo. Viajar al pasado es recrear lo que ya ha pasado. Hay fuentes, documentación… Pero, sobre todo, viajar al pasado es descubrir lo traidora que es la memoria.


Alejo Cuervo: «El friki vive en territorio metafórico toda su vida»

ac0

Alejo Cuervo (Barcelona, 1959) es editor y dueño de la mítica librería barcelonesa Gigamesh, referencia para los aficionados a la literatura de género y los juegos de rol. Dirige la Editorial Gigamesh, que lleva publicando desde 1999 a grandes autores de ciencia ficción y fantasía, desde Tim Powers y Neal Stephenson hasta George R. R. Martin. Ha publicado recientemente Exégesis, un compendio de artículos, textos y notas sobre su larga experiencia en el mundillo editorial. Nos recibe en su casa, un amplio piso abarrotado de libros de ciencia ficción, revistas, tomos de Canción de hielo y fuego, figuritas y un peluche del Don Depresor de Cels Piñol.

Hacer esta pregunta rodeados de libros puede parecer extraño, pero… ¿Crees que dejaremos de leer por ocio algún día?

No, creo que no. Cuando un libro funciona y te engancha, la experiencia de comunicación y de intimidad con el autor no puede reproducirse en ningún otro medio. El libro como forma de abrirse al mundo y explorarlo no es reproducible en una narración audiovisual.

Empecemos por tus orígenes literarios y tus primeras experiencias profesionales. Tu primera lectura «seria» fue Slan, de Van Vogt. ¿Crees que si hubieras empezado con alguna otra obra tu carrera habría sido distinta, o habrías acabado de cualquier modo en el mismo lugar?

No, no hubiese habido grandes diferencias: si no ese libro, habría sido otro. Slan es una de las mejores historias de patito feo que se han escrito, en clave de juvenil fantástico… Me lo regaló un amigo de mi padre, junto a El caso de Charles Dexter Ward, de Lovecraft, como vacuna porque me había enganchado a las novelas de a duro de Bruguera. Devoraba un bolsilibro en los sesenta minutos de una clase aburrida. Otro amigo de mi padre, Javier Coma, me descubrió los clásicos del cómic: El hombre enmascarado, Príncipe Valiente, Flash Gordon… Devoraba todo lo que caía en mis manos y no tenía suficiente. Mis hábitos de consumo de ficción, siempre orientados al fantástico, los incentivó mi padre dándome pasta para gastar en vicio; si me veía leyendo, estaba contento.

Durante esa época, en tus primeros años de fan de a pie, te publicaron cartas en fanzines como Kandama.

Sí, eso fue en el Kandama número cinco, el especial Philip K. Dick… La primera vez que me atreví escribir a alguna parte como aficionado. Descubrí Kandama en Makoki, la primera librería especializada en Barcelona, que estaba a su vez cerca de las oficinas de Nueva Dimensión de Santos. Makoki tenía todo lo que se publicaba en cómics y libros de ciencia ficción. Un concepto incomprensible para el fan actual es la abarcabilidad del género en aquella época: podías leer absolutamente todo lo que se publicaba.

¿Recuerdas el contenido de la carta?

Vacilaba de la biblioteca que tenía, tantos miles de cómics y libros, y que aquí estoy por si alguien quería contactar.

No ha cambiado mucho la cosa, ¿no?

[Risas.] No tanto, no. En Makoki conocí a Juan Carlos Planells, que era especialmente fan de Dick. Yo acababa de leer varias novelas suyas en batería y empezaba a engancharme de por vida. En Makoki tuve mis primeros contactos, pero la cosa se aceleró cuando conseguí la parada de libros del Mercat de Sant Antoni.

A veces, cuando algo me sobresalta, hago algo un tanto friki: repetir mentalmente la letanía Bene Gesserit contra el miedo de Dune. ¿Hay frases de libros míticos que se te hayan grabado a fuego en la mente?

La de Clarke de «toda ciencia suficientemente avanzada es indistinguible de la magia», o la Ley de Sturgeon de que «el 90 % de todo es basura», como defensa de que el 9 0% de la ciencia ficción sea basura. Otra podría ser la de Stan Lee de «un gran poder entraña una gran responsabilidad», que nuestra generación tiene grabada a fuego de manera salvaje y no deja de ser en el fondo una frase muy calvinista. Una vez Martin me la soltó y, años después, le respondí una variante, en referencia a los medios que me han proporcionado sus libros: «un gran poder permite una gran creatividad». Ah, y por supuesto, la máxima de Asimov de «la violencia es el último recurso del incompetente», que me parece maravillosa.

Esa te salvó de un lío siendo adolescente.

Menos que adolescente: es una historia de patio de colegio. Un matón vino en busca de camorra mientras estaba leyendo yo La Fundación en la edición de Fénix, muy difícil de conseguir en esa época; le solté lo de «la violencia es el último recurso del incompetente», se cortocircuitó y me dejó en paz… Al menos así lo he reconstruido, que la memoria funciona reescribiendo algo cada vez que lo recuerdas.

Trabajaste en Ediciones Martínez Roca. ¿Guardas buen recuerdo de tu paso como asesor por esa editorial?

Sí en conjunto. Aprendí muchísimo: entré muy novato e inexperto y salí con un conocimiento de mercado bastante potente. Mi jefe, al que parodio en el cuento «Ostras con salsa picante» de Exégesis, era un editor con una vena muy fuerte de oportunismo. Las pegas que me ponía una y otra vez cuando le intentaba convencer de algo han sido formativas… Es un buen ejercicio ser proselitista, querer publicar cosas incondicionalmente sean o no comerciales, y topar con quien te diga «convénceme de que no es una locura».

Tuvisteis un desacuerdo con las cartas de Magic.

Más que desacuerdo fue expolio. Cayó en manos del jefe de ventas, que barrió para casa todo lo que pudo, y llegó a colocar a su hijo como corredor de Barcelona… El Magic fue un pelotazo impresionante que no esperaban. Cuando me plantearon qué quería yo por la asesoría y por haberles conseguido la licencia del juego les planteé un discreto porcentaje de ventas, y dijeron que solo me lo darían si se facturaba una barbaridad. Contesté que sí: también estaba sacando partido de distribuir el juego en inglés, y tenía confianza en cómo iba a pegar el producto. Contablemente se quedaron justo a las puertas de esa comisión y la usaron como excusa para no pagar nada. Y ni siquiera tengo la seguridad de que esas cuentas no estuvieran apañadas. En cualquier caso, me la metieron doblada, y a raíz de eso me dije que en el futuro solo trabajaría para mí mismo.

Además de este perfil editorial, no todo el mundo sabe que fuiste profesor de física y en el camino quedó una tesis por finalizar. ¿Podrías explicarnos de qué trataba?

Empecé la tesis en historia y epistemología, y me tocó estudiar los papers originales de la teoría cuántica. Al cabo de un año lo dejé y pasé a hacer una tesis de «física de verdad». [Risas.] Bueno, de verdad entre comillas, que la física teórica de hoy en día no ha producido avances significativos desde el Modelo Estándar. Trabajé en simulaciones con métodos de Montecarlo para el tratamiento estadístico de temas fundamentales. Saqué tres papers en publicaciones del ámbito, una de ellas fuerte, Nuclear Physics. Estuve cuatro años de ayudante en Bellaterra, y solo me faltaba escribir la tesis y presentarla. Pero ya había montado la librería, y mi dedicación a la física había bajado. Cuando me dijeron de renovar el contrato, dije: coño, para lo poco que me falta, estar chupando plaza no tiene sentido. Pensé que ya acabaría la tesis en ratos libres. Y ahí se quedó.

ac1

Ya que comentas que apareció esa librería y esa editorial, Gigamesh, por qué el nombre de Gigamesh?

Eso fue un poco culpa de Paco Porrúa, porque el nombre original iba a ser Minotauro. Yo era muy fan del catálogo de Minotauro, y que un sello editorial tuviera su librería era una buena suma de recursos: en aquella época, Ancora y Delfín, por ejemplo, era la librería de Destino. Se lo propuse, pero no quiso. El año pasado me reconoció que debería haber dicho que sí, y lo sentí como un halago, pero ahora ya…

¡Lástima!

Respecto a lo de Gigamesh… Empecé editando, en la parada del Mercat de Sant Antoni, un fanzine llamado Tránsito cuyo lema era «el fanzine que crece y crece como un Imperio Galáctico cualquiera», obra de MarioX, un amigo y colaborador. Empezó como un simple folio doblado por la mitad para regalar en la parada, y creció con crítica de novedades, artículos de fondo, homenajes a autores… Allá por el número siete hubo una revolución: me tenía que ir a la mili, tuve una ruptura de por medio… El Imperio se convirtió en República y yo me desvinculé. Tránsito continuó unos años con su equipo de colaboradores y yo decidí meterme a hacer otro fanzine más trabajado. Por aquellas fechas, Luis Goytisolo publicó en el dominical de El País un artículo con el título «Joyce, al fin superado», con la crítica de un libro llamado Gigamesh, de Patrick Hannahan. Se marcó un texto de descubrimiento literario reivindicando a Hannahan y citando a Stanislaw Lem como uno de los exégetas que le habían puesto sobre la pista. Pero en ninguna parte decía que ni la novela ni Hannahan existían. Su artículo salió publicado un domingo, y recuerdo el lunes a mi compañero de despacho en la facultad preguntándome: «¿Tú conoces a un tal Hannahan?» y yo empezar a descojonarme. Me gustó tanto el bromazo de Goytisolo que pensé: cojonudo, aprovechando el ruido le pondré al fanzine (y más adelante a la librería) el nombre de Gigamesh. Durante mucho tiempo no expliqué de dónde venía.

Y os decían: «¡Os falta una ele: es Gilgamesh!»

Constantemente. [Risas.] Es como determinadas reglas de la Academia, que si te las saltas a conciencia, te crecen los enanos.

¿Y la coletilla de «Vicio y subcultura»?

Esa es de estar en el mostrador de la librería, que he cubierto mis horas de mostrador como el que más. Y entraba mucha gente despistada y se producían anécdotas, claro. Entre los que entraban a buscar macetas de la época en que compartí tienda con mi madre, los que nos buscaban a nosotros pero solo veían las macetas… Un día entró una señora preguntando por La Celestina y la respuesta me salió de dentro: «Lo siento señora, aquí solo tenemos vicio y subcultura». En esa época la ci-fi estaba muy mal vista y estábamos todos a la defensiva. A los clientes que lo oyeron les hizo gracia y se quedó como coletilla. Había otra similar de la que estoy igualmente orgulloso. Era la misma época en la que entraba gente a buscar «timunmasadas» y salía con libros de Philip K. Dick bajo el brazo, que se lo pregunten a Cels Piñol… Bueno, pues una señora entró en la tienda preguntando por el Caballo de Troya 4. Me la quedé mirando muy serio y le contesté: «Lo siento señora, todo lo que tenemos aquí es mentira». [Risas.]

Has mencionado la mili. ¿La hiciste al final?

En tercero de carrera me sortearon, pero presenté una copia del expediente, que en esa época estaba lleno de matrículas de honor, debí de ablandar a algún mando y me prorrogaron. Al año siguiente no me matriculé, me dejé sortear… y salí excedente de cupo. Una lotería: me acababan de regalar un año de vida.

No te veo en el ejército haciendo de Bill, héroe galáctico.

Soy muy reacio a la autoridad, a cualquier tipo de autoridad.

Dices, y cito literalmente, que eres alguien «extremadamente puntilloso y tocacojones». Por otro lado, maquetaste y tradujiste tú mismo las primeras obras de la editorial. ¿Cuál es la causa y cuál el efecto?

Eso viene desde el día uno de editar fanzines. Al principio empiezas muy animado pero lo haces fatal, hasta que empiezas a recibir feedback de la gente. Luego, cuando empiezas a publicar a otras personas, te ves revisando textos y adquieres los recursos de un corrector, un editor en el sentido yanqui. Y no hay otra forma de aprender a corregir que ser puntilloso y tocar los cojones.

Has comentado en alguna ocasión que corriste riesgo editando El Instante Aleph, de Greg Egan, con un estilo y lenguaje difíciles de traducir y editar.

Esa novela es muy sutil: su protagonista es autista y no lo sabe. Y como libro de ciencia ficción es apabullante: habla de autismo, racionalismo, Teoría del Todo. Conecté como lector a tantos niveles que me parecía escrita a medida para mí. La duda que me quedaba a la hora de publicarla es si a alguien más le iba a interesar. Y sí, sí, sin problemas. Tampoco hice un tiraje muy loco, dos mil ejemplares, tardamos en agotarlos pero ya nos toca reeditar, tanto El instante Aleph como Cuarentena, que fue el primer libro que «edité» y publiqué. Y qué mal editaba, joder. Estoy haciendo una nueva corrección del libro, de cara a su reedición, y por un lado me abruman las burradas que se me colaban, y por otro me anima ver lo que he aprendido.

Toca hablar de la obra de George R. R. Martin. Cuéntanos cómo conseguiste los derechos de Canción de Hielo y Fuego. Los cinco mil dólares mejor invertidos de tu vida, ¿no?

Sí, claro. Yo era fan de Martin desde los primeros números de Tránsito, en que hablamos de sus cuentos publicados en Nueva Dimensión, «Los reyes de la arena» y «La ciudad de piedra». Cuando Acervo sacó El sueño del Fevre debimos de ser la única librería de España que la vendió de puta madre a base de recomendarla, a pesar de su portada espantosa. En Caralt salió Una canción para Lya. Pero primero estuvo Muerte de la luz en Nebulae: es un libro de culto, infravalorado por la crítica americana. Martin es de la generación inmediatamente posterior a la revolución de la New Wave, de la dialéctica de los sesenta y setenta entre la ciencia ficción espacial de la vieja escuela y más de ideas versus una ciencia ficción más ambiciosa y literaria, comprometida socialmente incluso. Martin resuelve el conflicto en Muerte de la luz reconciliando la tesis de la ciencia ficción clásica con la antítesis de la New Wave: escenario y psicología de los personajes íntimamente imbricados. Es una novela apabullante a la que el tiempo está poniendo en su lugar. Martin nos tenía a todos encandilados.

Cuando empecé a asesorar en Martínez Roca la única novela que quedaba por ahí era Refugio del viento; Miquel Barceló pilló Los viajes de Tuf para Nova. Queda una novela pendiente, The Armageddon rag. Es una novela bonita, con un apocalipsis rockero en el que escenifica la crisis de los cuarenta, pero tiene un final un poco anticlimático como novela de terror. Será que tampoco hay un final climático en la vida para la crisis de los cuarenta. Editarla en castellano no sería fácil, más que nada por conseguir los permisos para usar los fragmentos de canciones con que abre cada capítulo. Algunos agentes pedían un dineral para usar una cita breve de un poema, así que tuvimos que desestimarlo.

Y cuando salió Juego de Tronos en inglés…

Lo leí nada más salir, pero pensé que eran muchas páginas y no me atreví aún a publicarla en la incipiente colección de Gigamesh. Cuando salió en inglés Choque de reyes, enseguida entró en las listas de los más vendidos, y me dije: «ahora o nunca». Había publicado ya seis u ocho novelas con una entrada buena en el mercado: vendía más o menos lo mismo que los sellos grandes pero sin meter la pata, ajustándome a cada título sin aspirar a ninguna locura de ventas. Y me atreví. La negociación no fue complicada. Y sí, fue un buen negocio. Aunque claro, cada vez que hay que renovar hay que adelantar más.

ac2

¿Nunca ha intentado alguna editorial grande hacer contraofertas a Martin? Supongo que Alfaguara, que tiene los derechos en catalán, estaría interesada.

Contraofertas a su agente, serían en todo caso. Siempre hay maniobras para ver si alguien grande, serio y de confianza puede hacerse cargo de un pelotazo tan gordo y no un mindundi como yo. Pero ni imaginaban la dimensión de lo que se avecinaba y pude aguantar el tipo, aunque renuncié a los derechos para Latinoamérica, ya que no tenía presencia ni distribución allí. Al final, la edición latinoamericana corrió a cargo de Random, que usa nuestra traducción y nuestra maqueta tal cual, sin adaptación idiomática ni nada.

¿Cómo viviste la polémica sobre el precio de Danza de dragones que llevó a acaloradas discusiones en Menéame durante unos cuantos días?

Eso surgió de un tuit de Juan Gómez-Jurado, que andaba escocido porque no le cedía los derechos de Juego de tronos para la plataforma de Apple en España, que tenían la licencia ellos.

Si no recuerdo mal, se vendió al mismo precio que Tormenta de espadas, el tercer libro, y sin embargo, con Danza el revuelo fue mucho mayor.

Salimos con Danza al mismo precio que con Tormenta… Cuestión de percepción, supongo. La repercusión más notoria de la polémica ha sido quizá que la edición trade no esté ya disponible en dos volúmenes sino en uno solo. Cuando editamos Tormenta vimos que o bajábamos el gramaje del papel o en la encuadernadora no cabía un lomo tan gordo. Así que lo sacamos en dos tomos, lo que encarece mucho el coste pero fue bien recibido por la comodidad de lectura. Cuando estábamos publicando Danza y saltó la polémica, comprobé que el encuadernador con el que trabajamos ahora sí admite ese ancho de lomo. Y eliminamos la doble encuadernación, todo el manipulado de retractilar, poner la fajita y empaquetar, y los libros pasaron de treinta y ocho a treinta y dos euros. Que no está mal por un libro de mil doscientas páginas. Al principio me picaba y entraba a contestar a la gente para hacerles distinguir entre un libro con encuadernación americana y uno cosido y con cuadernillos, pero es inútil, el que tiene ganas de quejarse por el precio, la edición o el plazo lo hará igualmente. Ahora hago lo contrario, abrazar la crítica y contestar: «Sí, sí, lo estoy vendiendo carísimo para financiar una tienda maravillosa con tu dinero». [Risas]. Que chillen lo que quieran, que los trolls están para eso. Hay que alimentarlos.

Hace unos meses abriste la nueva librería Gigamesh, un sueño húmedo friki. Lo primero que llama la atención allí es la ordenación cronológica y por editoriales de los estantes. ¿Por qué te decidiste por ese tipo de clasificación?

En la tienda antigua teníamos la segunda mano en los estantes más altos y menos accesibles: como es un género que se mueve con menos frecuencia o es menos rentable, le dábamos un protagonismo secundario. Un día reorganizamos la tienda y dedicamos una pared entera a libro antiguo y colecciones descatalogadas: así cobró más protagonismo la segunda mano y empezó a rendir mejor. Eso le daba personalidad a la librería. Nos encontramos con que había gente que hacía peregrinajes de todas partes, precisamente porque esa sección era una oferta editorial que no existía en ninguna otra parte. En la nueva librería, la pared principal que se ve al entrar es magnífica, treinta metros de estanterías a medida; se me ocurrió ya directamente usarla para poner los libros en orden de publicación. Y era consciente es de que eso no lo había visto en ninguna parte: es el rasgo más original de la nueva librería. Es algo único en el mundo y creo que ha quedado bien. Una idea resultona.

Es un efecto túnel del tiempo.

Así lo hemos bautizado, precisamente.

Vas paseando y piensas de repente: «¡Estos son los libros que leía en mi adolescencia!»

Ese tipo de reacciones me sugirieron el nombre de Túnel del Tiempo: era llegar alguien que veía por primera vez la librería, pasear delante de esa pared y de repente pararse ante un estante y decir: «Mira, aquí empecé yo». Las estanterías anteriores le suenan a arqueología.

¿Te has parado a pensar alguna vez en qué habría pensado el joven Alejo de los fanzines al entrar en la librería?

Me caía de culo, vamos. En la librería antigua había una cosa que le envidiaba a algunos clientes, como el tío que llegaba ahí por primera vez y la descubría. He visto caras de gente a la que se le abren los ojos, que empieza a babear, que entra y no se cree lo que está viendo. Tanto vicio junto, tanto libro de género… Y yo cada vez que veía esa reacción, me quedaba a un lado pensando: joder, qué envidia, quién pudiera sentir eso. Desde dentro de un comercio vas viendo los pequeños cambios, el proceso es más gradual y no tiene ningún impacto comparativo.

En los meses de vida de la nueva Gigamesh hemos visto pasar por la sala de actos a gente como Neil Gaiman o Tim Powers. ¿A quién más planeas traer en el futuro?

Van a caer todos en batería. Pero cuidado, que a día de hoy Neil Gaiman impresiona mucho, pero ya tenemos nuestro historial de firmas y presentaciones. El primer escritor que se ofreció a venir a firmar, cuando teníamos todavía macetas en los años iniciales de la librería antigua, fue Robert Silverberg. El segundo fue Ian Watson. Luego vino Bob Shaw. Y tuvimos dos veces en Gigamesh a Terry Pratchett, en sus dos primeras visitas a España. Eso de traer escritores y poder vender libros suyos probó ser un chollo. Cuando asesoraba en Martínez Roca traía a escritores ingleses, que son baratitos. De hecho esa es una de las razones por las que es más interesante publicar ingleses que americanos.

¿Es más fácil traerlos?

Es mucho más barato traerlos, y hacer promoción de un libro con el autor marca una diferencia como de la noche al día.

¿Veremos ahí a Martin?

Martin ha pasado ya dos veces por la tienda; si vuelve dependerá de cómo tenga la agenda. La última vez fue una sorpresa: fue él el que dijo que quería venir. El festival Celsius de Avilés nació gracias a eso: Martin venía en unas fechas que no coincidían con la Semana Negra de Gijón, el festival al que tenía afición de asistir, y Cristina Macía sugirió montar en Avilés otro para acogerlo.

¿Volverá la revista Gigamesh o ese tren pasó hace tiempo?

Es difícil que vuelva en formato papel, que ahora estamos en otras batallas. Una revista requiere una inversión fuerte, sobre todo si quieres alimentar un equipo de colaboradores. La revista fue deficitaria toda su andadura, y sería una herramienta de promoción y difusión innecesaria en estos momentos. Gigamesh tiene más presencia en redes y más impacto cultural hoy con la sala de actos del nuevo local que la que podría lograr con una revista. Si mantenemos la sala de actos abierta a las actividades de la comunidad, ¡será la propia comunidad la que empezará a planear maldades de las que pueden surgir revistas u otro tipo de iniciativas! Los frikis estamos madurando mucho como comunidad. Muchísimo.

El Triángulo Friki barcelonés es un conjunto de tiendas unidas por una temática similar (cómics, juegos de mesa, literatura y cine de fantasía y ciencia ficción…). ¿Qué tal la convivencia de Gigamesh con el resto?

La convivencia se puede medir por los resultados: ve a cualquier otra ciudad de España donde esa competencia se haya enfocado de forma diferente y compara. En Madrid no hay una red de tiendas con la profundidad de oferta y las maravillas que puedes encontrar en el Triángulo Friki de Barcelona. Y en teoría es un mercado más grande; debería tener más facilidad para sostener algo así. Pero ahí las tiendas frikis siempre han explotado un modelo de mixto muy similar, con todo el mundo compitiendo por su cuota de venta de novedades. En Barcelona establecimos un pacto entre caballeros entre Norma y Gigamesh de no meternos en el terreno del otro. Después de Norma y nosotros, el primer comercio que entró fue Freaks, que inicialmente tenía una sección de libros de segunda mano. Pero nuestra oferta desproporcionadamente mayor hacía que la sección no les fuera rentable, así que se especializaron en nichos que ni nosotros ni Norma teníamos especialmente bien atendidos. Así ha ido creciendo el Triángulo Friki, de forma orgánica. Somos ya quince tiendas más dos bares y el videoclub del barrio, un tejido importante. La gente viene a pasar la tarde al Triángulo Friki, sea quedando en Giga, Norma, Kaburi… No son solo comercios, sino un entorno de socialización.

ac3

LEKTU es una plataforma de venta de contenido digital sin DRM y ofreciendo formas de pago como el pago social: un tuit o una noticia en la cuenta de Facebook del comprador. Habiendo pasado un tiempo prudencial desde su fecha de lanzamiento, ¿está funcionando, en todos los sentidos de la palabra «funcionar»?

El nivel del volumen de negocio que gestiona es muy pequeño, con lo cual, desde ese punto de vista únicamente, está funcionando igual de mal que todas las plataformas. [Risas]. LEKTU no es una fórmula mágica para convertir en negocio algo que no lo era. Pero tampoco es estrictamente esa nuestra aspiración. Estamos muy contentos con el impacto y la acogida que estamos teniendo. Para un editor, invertir en un libro en papel implica arriesgar un capital. Al autor le está haciendo un servicio importante, permitiéndole acceder a unos niveles de gasto para producir ese objeto a los que individualmente no podría, junto a ayuda editorial y conocimiento de mercado. Pero en digital, el precio de copia es cero. Los costes de traducir bien una obra los sigues teniendo: eso se transforma en una barrera. Pero para el producto que ya está en castellano y que lo único que necesita es difusión, el mercado digital es un chollo publicitario. Es un ámbito en el que puedes dar a conocer obras, activar un cierto marketing en redes sociales sea como autor o como editorial, incluso regalar libros a cambio de promoción. Y la parte que está funcionando espectacularmente bien es esa: por ejemplo, Andrés Palomino, que hace cuatro días hacía un webcomic y se autoeditaba su primer libro, el Manual para padres friquis, está compitiendo en ventas en Lektu con Cels Piñol y con Martin. Y ojo, y conmigo: yo también estoy compitiendo en difusión. [Risas]

Con Exégesis

Me gustaría demostrar que después de haber estado regalando ejemplares tanto en físico como en electrónico, podría hacer ahora una edición comercial de la Exégesis y funcionaría, porque ya tengo el trabajo de promoción hecho.

¿Aumentará el catálogo de Gigamesh en LEKTU?

Al ritmo de los resultados de determinadas tácticas y de lo que nos autoricen los agentes. Por ejemplo, algunos no quieren poner un precio de venta por debajo de determinadas cifras porque psicológicamente puede devaluar la percepción de valor del producto. Sí nos han autorizado a realizar un experimento con Las puertas de Anubis de Tim Powers. Aprovechando que está de actualidad gracias al Ministerio del Tiempo —cuyo guionista y director reconoce la influencia del libro en la serie—, lanzaremos la edición digital. Probablemente saldremos a la calle con un precio de venta de dos euros (el mínimo que cubre las comisiones de pago y no cuesta dinero a la plataforma) y pago extra voluntario de cualquier cantidad. El sistema que ha funcionado bien con Alucinadas, por el que mucha gente paga más del mínimo. La idea es sacar Las puertas de Anubis en dos ediciones: la básica, con el texto desnudo, la portada y ya está… Y la edición vestidita con la presentación, la nota del autor con la bibliografía, a lo mejor una galería de imágenes con las portadas históricas, algún caramelito simbólico pero que solo tienes si pagas por encima de la media, para incentivar que suba. Es un truco copiado de los Humble Indie Bundles, que comercializan juegos de ordenador y recaudan millones de dólares así.

Cuando a la gente se le da la opción de pagar más del mínimo…

Lo hace. El consumidor está dispuesto si se lo facilitas. La gran barrera es poner los putos datos de la tarjeta en cada sitio. Ahora que las cuentas se permiten identificar entre ellas se va avanzando, pero sigue siendo una barrera. Hay que dar algún juguete, algún incentivo a cambio. Publicar quién ha pagado más por un libro, por ejemplo… Cels Piñol está a menudo en la lista de los que más pagan, y eso también es visibilidad. Tengo pensadas muchas maldades para que la gente se involucre con la plataforma y vea su transparencia. Pero dependen del tráfico que se genere: no podemos poner todo lo que se nos ocurra si no tiene repercusión. Una de las cosas que quiero hacer es que el pago voluntario por encima del mínimo puedas colocarlo como quieras en los distintos quesitos del pastel. Que el comprador decida cómo se reparten los beneficios de la propiedad intelectual.

Al autor, al traductor…

Tendríamos el pastel promedio de lo que ha querido pagar la gente frente al del reparto original del editor. Podría dar lugar a dinámicas de información de mercado muy interesantes.

Sigues experimentando.

El proyecto de LEKTU es totalmente abierto, se nos han unido muchas editoriales indies inmediatamente. A partir de lo que piden ellos y la comunidad, la propia plataforma se va desarrollando. Uno de los problemas de cualquier revista en digital es recaudar suscripciones, pagos o donaciones. Como usuario yo estoy muy predispuesto a ese tipo de pagos: hago donaciones significativas a la Wiki, por ejemplo. Pero a la que empiece a coger la lista: eldiario.es, Periodismo Humano, Diagonal y todos los que quiero premiar… Solo pensar que voy a tener que poner los datos de la tarjeta uno por uno se me hace cuesta arriba. Pues una de las cosas que me encantaría que se pudiese implementar en LEKTU es que se pudieran facilitar botones de pago. ¿Quieres colaborar con Periodismo Humano y tienes cuenta en LEKTU? Pues invítales a una cerveza desde LEKTU. Será un proceso lento, y los hábitos de consumo no cambian de un día para otro. Lo que sí somos capaces de medir es que LEKTU se está ganando la complicidad de la gente: tenemos mucho friki avezado que se involucra y sabe aprovechar las herramientas.

En 2014 fuiste por primera vez jurado del Festival de Cine Fantástico de Sitges. ¿Qué recuerdo guardas de la experiencia? ¿Estás satisfecho con el palmarés?

La experiencia fue memorable: diez días viendo pelis y fumando petas, como un señor [Risas]. Del palmarés tengo muy buen recuerdo excepto de Orígenes, la ganadora, que es una puta mierda, dicho con todas las letras. El responsable de que saliera ganando fue el director yanqui que estaba en el jurado, que se emperró en que aquello tenía que ganar y preparó las actas como le dio la gana. Orígenes es un oxímoron. No, no, lo siento, pero no: no se puede hacer ciencia ficción new age. No. Son inmiscibles.

¿Qué tal el resto del palmarés?

Una maravilla. Cojonudas las dos de mejor actor: These Final Hours, una peli australiana de ciencia ficción apocalíptica, y The World of Kanako, una japonesa durísima, tangencialmente fantástica pero impresionante. Y la del premio del público, What We Do in the Shadows, un falso reportaje sobre vampiros delirante. Compitió una cantidad inusualmente alta de películas, más de cuarenta, y aparte tocaban tres sesiones de cortos. Llegué como un jabato a prácticamente todas y disfruté como un fanboy. Vicio puro. No todo el jurado iba con el mismo ritmo. Y a los dos yanquis según qué pelis les venían un poco a traspiés, por ejemplo una a la que le arranqué una mención: Pos Eso. Una peli de stop-motion con plastilina, de un valenciano loco del que me declaro fan irredento. Es la España de pandereta parodiada con una elegancia salvaje, a partir de una versión friki de El exorcista en la que Damián es el hijo de una folclórica y un torero. El director viene de familia franquista, y clava el lenguaje. Cuando el cura abandona la diócesis, el obispo clama: «¡Pero esto es desacato!» [Risas]. La primera trastada de Damián en la guardería es coger unas herramientas abandonadas y… su compañero de juego sale chillando con la cabeza de Pinhead.

A ver cuándo la estrenan, que nos has picado el gusanillo.

Acaban de estrenarla: el 1 de mayo. Espero que le vaya fantásticamente y, sobre todo: no os la perdáis. Es una peli de bajo presupuesto en la que su responsable ha invertido tres años de trabajo artesanal. Y debería ser un bombazo en los ámbitos frikis. En los ambientes folclóricos, la parte friki puede resultar indigesta. Para los argentinos del jurado tampoco era fácil seguir aquello, de lo trufada que está de referencias.

ac4

Entremos en cuestiones sobre el mundo editorial. En alguna otra entrevista has dicho que hay que cultivar la paciencia respecto a la tendencia de un mercado como es el de la ciencia ficción o la fantasía. ¿Paciencia es también lo que le falta a aquellos consumidores que optan por otros entretenimientos más inmediatos (videojuegos, películas) en lugar de disfrutar de un buen libro?

Sí, supongo que sí. Estamos acostumbrados a hacer una cierta inversión de tiempo y esfuerzo para acceder a gratificaciones consumiendo ficción. Las nuevas generaciones, cada vez menos. El ritmo narrativo de la ficción ha aumentado espectacularmente: se nota sobre todo en televisión. Coges una serie de hace treinta años, la misma Yo Claudio, que es bien respetable, y parece una tortura de lenta. Pues a los chavales de ahora nuestros productos les parecen aburridos también. Además, las nuevas generaciones están formadas en un ámbito mucho más reactivo, con gratificaciones más inmediatas como un like en una red social. Antes, los procesos de socialización eran mucho más lentos, y en muchos casos viajaban por correspondencia, y estábamos acostumbramos a esperar respuesta y cultivar la paciencia.

Escribe una carta, espera que la publiquen, que la contesten…

A ver cómo ha quedado, a lo mejor en el número siguiente alguien te menciona… Ahora es instantáneo. Pero, eh, en realidad, lo aburrido era lo nuestro.

En Exégesis comentas cómo has empleado la política de asignación de ejemplares de Canción de Hielo y Fuego para «premiar» a las librerías que venden más fondo editorial frente a las que se limitan a promocionar los superventas de turno. ¿Está funcionando bien este sistema?

A un editor más avaricioso le parecería suicida. Estamos postergando ventas para evitar la saturación de mercado: prefiero una venta más baja pero sostenida en el tiempo. Mi confianza en no perder dinero viene de la calidad del producto. La vida comercial de estos libros viene del boca a boca, gente que empieza con el primer libro, se engancha y ya no para. Un editor más inseguro de la calidad de su producto pensaría que las ventas que desperdicias cuando el producto está más hot y lo colocas en todos lados con menos resistencia de venta luego no las vas a recuperar si el libro pasa de moda. ¿Me estoy arriesgando a eso? Puede. ¿Es cuantificable el resultado de una u otra política? Es difícil de juzgar. Yo lo que sé es que haciéndolo así estoy ayudando un poquito a los libreros que venden más midlist. Y hay libreros que sí lo han notado: poder ayudarlos me parece suficiente justificación.

¿Qué motivo crees que lleva a cierta parte del público a afirmar que la literatura de género no es tan buena o de tanto «nivel» como la tradicional?

Una forma cartesiana de ver el mundo. El lector friki es más cuántico, mientras que el lector de realismo sería afín a la física clásica, al determinismo. El problema del defensor de la literatura realista es que piensa que existe una forma correcta de ver el mundo. Y la tentación de creer en un modelo único es imponerlo a los demás. Eso produce personas menos dúctiles para negociar, más rígidas ante los conflictos. El friki vive en territorio metafórico toda su vida. Para él, forzar metáforas o reconciliar conceptos contradictorios son ejercicios triviales que hace a diario. Proyectarse en héroes o fabular te prepara la mente de otra forma que la narrativa realista. Yo siempre he defendido los valores del fantástico frente al realismo, y últimamente, de forma más agresiva: ¿no será que el realismo es pernicioso? ¿Que el pensar en algo como «lo real» tiene implicaciones peligrosas e inquietantes?

¿Qué opinas de los autores que difuminan las barreras de género? Por ejemplo, Iain Banks firmaba sus libros de ciencia ficción como Iain M. Banks, pero en muchos de sus libros «generalistas» hay elementos de ciencia ficción.

Los autores pueden meter más o menos elementos si se dirigen a una audiencia u otra, pero en el caso de Banks, el cambio de nombre añadiendo una «M» fue una imposición del editor inglés para «proteger» su prestigio. Cuando Banks empezó con la ciencia ficción venía de publicar La fábrica de avispas y Pasos sobre cristal, y era la gran revelación de la literatura británica. Escribe entonces una space-opera como Pensad en Flebas y el editor se caga pantalones abajo. Hablamos de cerca de veinte años atrás, cuando el menosprecio a la ciencia ficción existía incluso en Inglaterra, que ha sido país productor y exportador mucho tiempo. En las primeras ediciones de Banks en Martínez Roca, como sabía por la revista Interzone que no era una exigencia del autor, hice que esos libros salieran sin la «M».

Supongamos que algún lector de Jot Down decide iniciarse en el mundo de la fantasía y la ciencia ficción. ¿Por dónde le recomendarías empezar?

Ese ejercicio ya lo he hecho, en cierta forma, y lo he recogido en la Exégesis: la selección de La Biblioteca Ideal para Planeta.

Vi que en la ampliación de 2014 elegiste, entre otros, un libro de Murakami.

Sí. La lista original es de hace veinticinco años o algo así, y no incluye lecturas recientes. Quise actualizar un poco y rellenar: probablemente a esa lista añadiría hoy El mapa del tiempo de Félix J. Palma… Por cierto, ya que estamos, una recomendación más: Mataré a vuestros muertos, de Daniel Ausente.

¡Lo he leído, es buenísimo! Su elección de los animales de poder de Barcelona…

Y la manía que le tiene a las gaviotas, otra marca de la casa de vivir en Barcelona. Es tremendo este hombre.

¿Recomendarías evitar la lectura de alguna obra?

Pues en realidad sí. Es bonito decir que todo libro quiere ser leído, pero si uno no te aporta nada, no tiene nada de malo estamparlo contra la pared. La gente incapaz de no acabar un libro valora poco su tiempo. En la época de las reseñas en Cimoc me aficioné a puntuar las novedades de 0 a 5, de atroz a obra maestra. Los ceros y cincos los administraba a cuentagotas, pero recuerdo dos ceros seguidos, de Acervo: Reconstituida, de Anne McCaffrey, y Superluminal, de Vonda McIntyre. A lo mejor me pillaron en mal momento. En Acervo quisieron sacar ciencia ficción cutre juvenil cuando aquí no había mercado para eso y a mí me dejó traspuesto. También me puedo cabrear con un libro ideológicamente, pero a veces hay otros que me parecen deleznables y no sé por qué. Por ejemplo, le tengo mucha manía a El perfume. Me dejó totalmente frío: una serie de infodumps dignos de un tratado de perfumería, y una narración con un distanciamiento emocional absoluto, sin nada más detrás. O igual fue un poco para ir contracorriente cuando empezó a hacerse tan popular [Risas]. Me pasa algo parecido con El juego de Ender.

ac5

Has bautizado la sala de actos de Gigamesh en honor del recientemente fallecido Paco Porrúa, de la editorial Minotauro. Te recuerdo el día de la inauguración de la tienda sinceramente emocionado al hablar de él. ¿De dónde viene tu admiración por Porrúa y cómo la explicarías a quien no conozca su trabajo?

Viene básicamente de lector, y arranca en lo mal que elegía las lecturas siendo niño. Así como un amigo de mi padre me dio a Slan y Lovecraft como antídoto contra las novelas de a duro, mi profesor de Química de bachillerato me dio su propio antídoto cuando me vio leyendo Nebulaes indiscriminadamente. Era un Tyrion, un enano al que apodaban Fejulín, el más exigente, odiado y querido del colegio pijo de jesuitas al que fui de niño. Me pasó una lista de lecturas de ciencia ficción con valor literario. Y buena parte de la lista eran títulos de Minotauro. Era una lista muy ambiciosa, y muy ecléctica: Hacedor de estrellas, Más que humano, Ciudad, Crónicas Marcianas… Lo mejor de Minotauro y algunas cosas más: 1984, Un mundo feliz…Tuvo cuidado de incluir españoles: recomendaba cosas curiosas como La máquina de matar de Atienza, muy ingenua pero también bonita, o un cuento de Santos llamado «Las alas rotas de los dioses». Con esa lista y el descubrimiento del sello Minotauro empecé a leer de forma más crítica, empezando a exigir algo más más a los libros.

En 2001, Minotauro se vendió a Planeta. ¿En qué circunstancias ocurrió la venta y qué te parece el rumbo que ha seguido la editorial desde entonces?

Fue la crónica de una muerte anunciada. Minotauro era Porrúa, funcionaba a su ritmo, traducía él mismo y publicaba lo que le daba la gana sin mirar nunca su comercialidad. Minotauro se pasó años publicando a Ballard, cuando en España no vendía más de quinientos ejemplares. Pero Porrúa lo seguía editando porque le gustaba su obra y era su amigo, y algo más caía en Argentina. Minotauro estuvo en venta mucho tiempo porque Porrúa quería jubilarse. Recuerdo incluso que me tocó preparar un informe para Planeta con recomendaciones sobre el fondo de Minotauro. Era apetitoso porque había un montón de clásicos que no habían tenido nunca edición de bolsillo, y también una serie de autores como Ballard, Angela Carter, John Crowley o Cristopher Priest, que encajarían en Seix Barral, pues venderlos como género era más complicado. La venta de la editorial no se concretó hasta que se puso en marcha el rodaje de El Señor de los Anillos, que estaba en el catálogo de Minotauro. Pero el problema es que las multinacionales solo quieren rendimiento a corto plazo, y no están interesadas en construir catálogo. Quieren una lista de lo que en ese momento se está vendiendo mejor y el resto no les interesa.

Una de las primeras acciones de Minotauro en su nueva etapa dentro de Planeta fue instaurar un premio bien remunerado de ci-fi, en 2004. ¿Qué opinión te merece ese premio en particular y el papel de los premios en la ciencia ficción?

El primero notorio con una óptica amplia fue el Premio UPC, en el que competían autores de cualquier nacionalidad. Y luego el Minotauro. En cuanto a obras de calidad que puedan tener impacto en el mercado, su influencia es pequeña. Y yo inicialmente era muy escéptico y me quedaba con esa parte; no los veía un mecanismo fecundo para encontrar buenas obras. Pero el efecto sobre la comunidad ha sido grande. Que haya dinero de por medio es un caramelo que crea mercado, aunque sea en aficionados que aspiran a escribir. El problema es que la UPC ya no da premio en metálico, y Planeta no ha sabido capitalizar el Minotauro para formar una escuadra de autores españoles. Aunque por otra parte ha aparecido el sello Fanctasy de Random que sí parece interesado en alinear una escuadra. En la medida en que crean mercado, los premios son siempre positivos, y tendría que matizar mucho mi escepticismo inicial.

¿Te atreverías a afirmar que están menos amañados que otros premios más comerciales?

El UPC no lo está, claro que ahora no tiene recompensa económica. El Minotauro tendrá sus apuestas y repartos por motivos estratégicos, quizá reclutar a un autor y darle el premio como tarjeta de presentación. Son tácticas editoriales normales y corrientes: la gente se puede rasgar las vestiduras, pero al fin y al cabo es su dinero y no vas a decirles cómo invertirlo. Lo importante son los resultados que consiguen, aunque yo veo mucho dinero tirado alegremente. El Minotauro son varios miles de euros, ¿no?

Diez mil.

Hoy en día, un adelanto por las ventas de tres o cuatro mil euros no es desproporcionado, y hay gente que vende más. En cualquier caso, no creo que Planeta haya sabido darle una personalidad: tanto descubren un autor de primera como salen por peteneras.

Últimamente aparecen muchas pequeñas editoriales independientes. ¿Hay alguna que sigas con especial interés?

Sí, en realidad sí. Yo llevaba un tiempo muy a la mía leyendo en inglés lo que me apeteciera, y leyendo poco en comparación con unos años atrás. Pero llegué a Salto de Página a través de Emilio Bueso, y estoy explorando Aristas Martínez, que tiene unas cuantas cosas interesantes. Mataré a vuestros muertos ha salido en Prosa Inmortal, una minieditorial nueva… El de la autoedición y los sellos pequeños es un ámbito en ebullición en el que, encima, aparece gente muy buena. En el sector friki estamos descubriendo que tenemos más tablas y nivel de lo que creíamos.

¿Qué opinas del trabajo de Valdemar? Sus libros tienen un estante destacado en Gigamesh.

Por motivos históricos y estadísticos no solíamos tener fondo de Valdemar en la antigua librería, y al pasar a la nueva ha sido una de las cosas que hemos corregido. Valdemar es un referente, una editorial mediana que ha crecido como indie. Cualquier fan de Lovecraft les tendría que poner un altarcito: están traduciendo todo El horror sobrenatural en la literatura… Que un editor de midlist esté en una posición más o menos sana o estable es motivo de satisfacción.

¿Qué errores son los más comunes que hacen fracasar a una editorial?

El mayor peligro es el desgaste, y lo que más desgasta es no hacer énfasis en la calidad y el contenido. En el oficio de editor, tanto discriminas, tanto vales. Distinguir al que está trabajando bien del que lo hace todo al revés y te hace adquirir vicios, distinguir la crítica constructiva de la violencia gratuita… Ser editor es un camino de aprendizaje. En todo proceso de producción hay dos opciones: el estilo japonés, perfeccionarte y aprender gradualmente; o ir a destajo y preocuparte solo de sacar tantas patatas o libros a final de mes. La diferencia es que el que va a destajo no aprende, pero es una tentación muy fuerte, sobre todo al principio cuando el trabajo no resulta rentable. Por ejemplo, en el campo de la traducción, un traductor novato le va a tener que echar muchas más horas a un texto para sacar la calidad de un traductor experimentado, que se ha enfrentado a esos problemas mil veces. Pero o bien metes esas horas desproporcionadas que no compensan lo que te están pagando, o no aprendes, no llegas a ser competitivo y te quedas por el camino. Y comercialmente, ojo, está también el peligro de triunfar. Un necio nunca se recupera de un éxito.

Muchas editoriales independientes intentan extraer sus beneficios de un solo autor.

Lo puedes enunciar así o al revés: editoriales que han conseguido aguantar una línea gracias a un autor. En estos momentos Gigamesh aguanta su estructura y línea editorial gracias a Martin.

¿Ves viable un modelo así, aguantar pérdidas hasta que con un libro o autor concreto salte la liebre?

Sí. Eso dice dónde están tus prioridades. Si tu prioridad es publicar más y mejor e inviertes en hacer eso aunque unos títulos te den beneficios y otros no, indica que lo que quieres es publicar. Si tu prioridad es ganar lo máximo en el mínimo tiempo posible, no te interesa construir catálogo.

ac6

Hace unos meses leíamos entusiasmados la elección de Barcelona como sede del Eurocon 2016, una convención de literatura de género. ¿Cómo fue el proceso de selección?

Le debemos la Eurocon de Barcelona a Ian Watson, que nos ha llevado de la oreja diciéndonos qué había que hacer y qué papeles rellenar. Había mucho interés en incorporar a España de una vez al circuito europeo de convenciones. Básicamente la selección se decide por los votos de los asistentes a la Eurocon y sus oficiales. Competíamos con una ciudad polaca que será capital europea de la cultura: un proyecto muy serio de gente que mueve convenciones de todo tipo. Nosotros teníamos apalabrada la colaboración con el CCCB, así que nos dedicamos a vender que estamos en el centro turístico de Barcelona. Todo ello junto a que el alcohol es barato y se consiguen vuelos bien de precio fue decisivo: hemos capitalizado el hecho de que a la gente le apetece venir a Barcelona.

Hablando del papel español en la ciencia ficción: te hemos leído quejarte del nivel medio de redacción de los autores españoles.

Como siempre, el 90 % de todo es basura. Ya me quejaba hace quince años cuando discriminaba poco, y ahora mi opinión debería ser muchísimo peor. El nivel medio es muy bajo, la gente se lía a escribir con pocas armas y pocas horas de vuelo, y se vuelve ambiciosa con recursos insuficientes. Pero es que no hay otra forma de hacerlo. Todos hemos aprendido así: yo a lo bruto publicando fanzines, y los disparates que metiera allí han quedado. La forma de aprender las cosas es haciéndolas mal. La diferencia es cultivar la disposición y la paciencia para ir mejorando a largo plazo. Todas las correcciones, hostias y críticas que nos hacíamos unos a otros nos han curtido y nos han permitido progresar. Estoy descubriendo ahora a gente que me deslumbra. Hemos crecido mucho como comunidad y sabemos aprovechar las herramientas: los frikis somos muy productivos trabajando en equipo.

La mayor facilidad actual para publicar, ¿la ves positiva o negativa?

Positiva. Cortando cojones se aprende a capar, así que cuantas más posibilidades haya de meter el cuchillo, mejor.

A un autor no publicado, ¿qué le recomendarías?

Rastrear quién está pidiendo cuentos específicos para algo y enviar relatos. Luego están los concursos literarios: Félix J. Palma hizo carrera profesional a base de ganar premios.

Bolaño escribió un cuento, «Sensini», sobre un autor que vivía de los premios.

Hay todo un circuito de autores que compiten por las dotaciones de los premios. Lo importante es empezar a publicar y a recibir feedback para darte cuenta de qué estás haciendo mal, corregirlo y poner en marcha el proceso de aprendizaje.

Hablemos de la actualidad. Basta echar un vistazo a tu perfil público de Facebook para comprobar que eres combativo en temas políticos. ¿Sería correcto situarte en la órbita del 15M? ¿Te consideras un activista?

Sí. Lo digo sin ambages: a mí me activó políticamente el 15M, y lo que vengo haciendo en redes desde entonces es difusión con mentalidad «quinceemera». Me interesa especialmente el metadiscurso, el mensaje de que tenemos armas en nuestras manos y podemos contribuir al cambio cada uno desde nuestro ámbito. Me encanta cuando veo a un familiar o a un amigo que se activa y se convierte en emisor también, porque se va creando una red de difusión de noticias no mediatizada e independientemente de los medios tradicionales. Hace tiempo que no sigo la prensa tradicional. Las noticias me las dan las feeds de Twitter y, especialmente, Facebook. La politización de las redes sociales es el germen de la revolución, y es lo que permite que se acelere el proceso de cambio. Estamos demasiado cerca y no nos damos cuenta de lo vertiginoso que es, hasta el punto de que nos parecen insuficientes quince escaños en Andalucía para Podemos. ¿Cómo han crecido tantísimo nuestras expectativas en tan poco tiempo? Es todo efecto de la misma marea. Vivimos una época de cambio brutal y estamos atravesando el punto de inflexión.

¿Cómo describirías la situación política actual en tus propias palabras?

Un resumen rápido sería que estamos en la vanguardia, siguiendo el mismo recorrido político que Grecia. Los discursos de los nuevos movimientos sociales, o de Syriza allí y Podemos aquí, no dejan de ser nuevas versiones del discurso Pirata de toda la vida. Es una nueva forma de hacer política: mientras sigan articulados de forma totalmente transparente, puedas verles las tripas, en qué gastan y en qué dejan de gastar el presupuesto… Todo desembocará en una nueva forma de hacer política, más colaborativa que confrontativa. Soy muy optimista con lo que puede a llegar a producir todo esto en un plazo de tiempo muy corto, y me sorprende la velocidad del cambio. Todo eso nace en el 15M, la actitud se ha contagiado a muchos sectores de la población, que les han abierto (¡les hemos abierto!) frentes en todas partes. Y la difusión viral es en última instancia el árbitro anárquico de esa especie de asamblea permanente que no controla nadie.

En las últimas elecciones al Parlament apareciste en la lista del Partido Pirata.

En puestos bajos de la lista, de relleno, porque no me veo con mucho tiempo para dedicarme a esas cosas.

Y en los últimos Sant Jordi, Gigamesh ha cedido parte de su espacio en la parada de Las Ramblas a ese partido.

El problema del Partido Pirata es que está un poquito adelantado a su tiempo. En realidad es muy friki. Está articulado en torno a una variante de las tres leyes robóticas de Asimov, pero con la defensa de los derechos humanos, la libertad de la red y el principio pirata de representación como «principios piratas». Es foolproof. Se articuló así el Partido Pirata catalán, y otros piratas europeos quieren adoptar una articulación parecida. Las asambleas e incluso las juntas son abiertas; solo les faltaría retransmitirlas en streaming. Podemos vacilaba de que había hecho un presupuesto muy modesto en relación votos/dinero invertido… Mariconadas. El presupuesto que dedicó el Partido Pirata frente a los votos que consiguió fue dos órdenes de magnitud inferior. Es un partido muy embrionario todavía, pero tienen la actitud correcta. Se quejan de que no tienen demasiados parados ni jubilados, con lo que les falta mano de obra para hacer más cosas, pero van muy bien orientados. Ahora han montado la estructura federal para acomodar los partidos regionales. Los Piratas son muy monos y lo hacen todo bien. Me tienen muy enamorado. Pero necesitan mucho crecimiento todavía, aunque haya alguna gente de peso involucrada. Pero ojo con el último susto. En las anteriores generales en Islandia habían conseguido representación en el Parlamento. Y al elevar al ámbito representativo su forma de operar, totalmente transparente y en abierto, se han ganado al personal. Había que ver la cara de pasmo de uno de los diputados piratas cuando le daban los sondeos para las siguientes elecciones: un 20 % de intención de voto, segunda fuerza política en Islandia. Y un par de semanas después: primer partido en intención de voto en Islandia.

Caray.

Es como la Wikipedia. Hace años yo mismo decía: «Vaya mierda de enciclopedia gratuita llena de errores. Esto no va a ninguna parte». Me he comido esas palabras, y cada día flipo más con lo buena que es la Wiki. Al principio, a este tipo de estructuras productivas, colaborativas y con elementos imposibles antes de la red no se les da importancia. Pero a la que suman masa crítica y empiezan a tener depuración son estructuras orgánicas que se disparan muy rápido.

ac7

¿La subida meteórica de Podemos puede descafeinar sus propuestas iniciales?

Veremos de todo. Me hizo gracia cómo empezó Pablo Iglesias el discurso en el mitin de cierre de la campaña andaluza. «No somos perfectos, cometeremos errores, vamos a hacer muchas cosas mal», y después de esa precisión entraba con el eslogan de «pero no vamos a ser mayordomos de los poderosos», etcétera. Hay que ser pragmático: la van a cagar y les vamos a reprochar un montón de cosas, pero que sigan con la actitud básica correcta, bebiendo de la red y del consenso. ¿Qué otro partido es parte de la red como ellos? Nadie. Un partido político tradicional con un sistema de toma de decisiones vertical asoma la cabeza en la red y lo único que recibe son hostias. Ellos en cambio forman parte del engranaje, usan la red… Son muy frikis, también [Risas]. Tengo la teoría de que el 15M y la revalorización de la cultura friki forman parte del mismo proceso. Los frikis estamos en todas partes: ¡el 15M fue una revolución friki! Fue el núcleo que nos contagió un montón de actitudes y nos hizo darnos cuenta de un montón de cosas, nos consideráramos 15M o no. Fue un meme que se propagó en red y por redes sociales en una época en la que usábamos las redes sociales para jugar, yo el primero. Se propagó en ámbitos sociológicos muy concretos, todos ellos habitantes de la red. ¿Qué grupos sociales usaban la red? Los inmigrantes, los frikis y la chavalada… Y esos fueron los grupos sociales que se activaron con el 15M.

Ibas a cualquier plaza del 15M, y la gente que tratabas en los grupos de trabajo eran todos frikis. Hay gente que piensa que el 15M ha desaparecido porque hay una parte de su funcionamiento que no han entendido. Esa gente cree que el 15M eran las plazas, que las plazas eran el cerebro del 15M. Y no es cierto. Las plazas eran los oídos del 15M. El 15M contactó con los grupos activistas y sociales, se enteró de qué reivindicaban y con qué argumentos. Yo me enteré en la plaza de que en España las hipotecas no tenían dación en pago. Oí por primera vez mencionar la Tasa Tobin. Y un montón de coletillas que la propia clase política más progresista ha incorporado a su discurso. Hay una imagen del 15M que se me quedó grabada: la foto de un tío con la máscara de Anonymous sosteniendo un cartel con la leyenda «Nobody expects the Spanish Revolution». ¡Por Dios, qué cosa más friki! Esa foto nos estaba hablando a los friqkis de tú a tú.

Cuando pasó Neil Gaiman por aquí comentó que cualquier sistema político nace de la imaginación, de ver las cosas diferentes a como son en la actualidad.

Hay un estudio publicado en una revista médica sobre qué partes del cerebro se activan durante la lectura. Hicieron una comparativa de géneros y encontraron que la ciencia ficción es el género que activa más zonas distintas del cerebro durante la lectura. Tiene más grados de complejidad. No es ninguna sorpresa para los que somos aficionados al género, y me reafirma en aquello de que el realismo es pernicioso.

Las relaciones entre ciencia ficción y política son complejas. Por ejemplo, hay autores que se resisten a posicionarse a un lado u otro del espectro político, quizá por no perder lectores. ¿Qué opinión te merece esa postura?

La disputa más sangrienta con la New Wave en su día fue la lista de autores de ciencia ficción que estaban a favor o en contra de la guerra de Vietnam. Provocó un cisma en la comunidad que ahora no se recuerda, pero fueron palabras mayores y se posicionó gente muy sorprendente en ambos lados. Yo agradezco el posicionamiento ideológico, como persona y como lector. Una novela que no tome partido está descafeinada. En la ciencia ficción busco subversión, que el autor ponga en entredicho mis valores, que me hable de tú a tú. Ese es uno de los grandes méritos de la ciencia ficción: abre amplitud de miras.

¿Qué opinas de los boicots que ocurren cuando algún autor de ci-fi muestra ideas, digamos, impopulares? Por ejemplo con Orson Scott Card y sus declaraciones incendiarias sobre homosexualidad.

Si un autor no se ha tomado la molestia de redactar bien, tiro su novela a la basura: ¿por qué debería tener miramientos en tirar un libro que me ofenda ideológicamente? No hay cosa que me joda más que el adoctrinamiento. Rechazo que un autor me intente adoctrinar, incluso si es sobre ideas con las que comulgo. ¡No, no! Quiero libros que provoquen diálogo, no que me laven el cerebro. Los pecados ideológicos son perfectamente susceptibles de castigar una novela. Pero lo peor que puedes hacerle es un boicot, ya que en último término le das publicidad. Sencillamente no hables de ella.

¿Hay algún libro de ciencia ficción que consideres adecuado para entender la situación política que estamos viviendo?

Yo insisto en El jinete de la onda de shock, de John Brunner. La novela puede funcionar mejor o peor narrativamente, tiene un par de McGuffins descarados y un final feliz un poco inverosímil… Pero me sorprende cómo una novela escrita en 1975 habla tan proféticamente de los años que estamos viviendo. A partir del Minitel francés, Brunner imaginó una red de comunicaciones global, independiente y libre que alimenta activismos y activistas, e imagina cómo el gobierno se opone a esa red llenándola de ruido o librando una guerra de virus informáticos. Todo eso predice. Y sobre todo predice el impacto que el acceso a una red libre tiene sobre el ciudadano consciente, como puede contrastar las noticias y trabajar en oposición a su gobierno. La red esquiva cualquier intento de controlar nuestras percepciones y lecturas. Me resuenan los problemas morales, las dudas del protagonista, un hacker imaginado en una época en la que no existía el concepto.

Y a ver, qué más libros… La mejor novela de carga política que he leído y publicado es Leyes de mercado, de Richard Morgan, una actualización del 1984 de Orwell que narra un proceso de corrupción a manos del sistema, un sistema puesto al día con un circo divertido, duro y con mala leche. Hay otra novela que esperamos publicar el año que viene: New Model Army, de Adam Roberts, publicada originalmente un año antes del 15M… y en la que el autor se inventa un 15M bélico: un ejército mercenario que dispone de wifi privada de comunicaciones y se especializa en guerrilla urbana. Así, cuando los escoceses deciden independizarse del Reino Unido, contratan a una new model army para que se enfrente al ejército inglés. La guerrilla cuenta con armamento eficaz y barato, y toma las decisiones como enjambre, por consenso en una asamblea virtual permanente, y se comen con patatas al ejército regular inglés, cuyas respuestas tácticas son lentas y peor informadas en comparación. La novela abre con un capítulo encantador. El oficial del ejército inglés tiene que rendirse tras una serie de derrotas humillantes ante esa panda de perroflautas. ¿Y quiénes se acercan a pactar la rendición? Los tres que estaban más cerca [Risas] La puesta en escena era un calco de cuando los periodistas llegaban a las asambleas del 15M y preguntaban: «Bueno, ¿con quién puedo hablar?», y le contestaban «pues con ese mismo» [Risas]. Ah, y quizá otra novela: Soft Apocalypse, en la que el problema del paro actual es en realidad el primer escalón de una caída apocalíptica en que la civilización va desmoronándose poco a poco.

Qué optimista.

Cenital de Emilio Bueso va un poco en esa línea, y sería otra novela políticamente significativa y con un eco del 15M.

Una de las claves de la ciencia ficción es la confianza en la ciencia como elemento de progreso. ¿Simpatizas con los círculos escépticos y racionalistas?

Sí, mucho. Somos patrocinadores del Círculo Escéptico de Barcelona: cuando podemos le pagamos el viaje a algún invitado a sus charlas. Pero no tiene nada de particular: no se puede hacer ciencia ficción magufa o new age, la ciencia ficción es necesariamente escéptica, o debería serlo.

¿Cuál es tu postura frente a las religiones organizadas?

Soy profundamente ateo. Es decir, un agnóstico con mala técnica de socialización o con poco arte para convencer al contrario. Un ateo beligerante es más agresivo que un agnóstico: hacemos eso que sienta tan mal de creernos en posesión de la verdad. Pero en cualquier caso me parece la postura más elegante, más bonita. Adoro los ateos pragmáticos: por ejemplo Fredric Brown, que lo transmite mucho y muy bien. William Tenn, en la presentación a sus cuentos completos, explica que Brown era profundamente ateo y se pregunta: ¿por qué habría que molestarse en hacerle un homenaje a alguien si desde el punto de vista ateo nada es especialmente relevante? Y contesta que porque decidimos hacerlo. Cuando decidimos hacer algo a sabiendas de que es irrelevante, por darnos el placer propio y ajeno, eso es lo que lo dota de sentido. Me emociona cualquier cosa que transmita esa filosofía.

ac8

Sabemos que eres un gran consumidor de series de televisión. Pero no caigamos en el tópico: recomiéndanos alguna serie que por tu perfil público nadie esperaría que siguieras.

Uff, ¿que no sea de género ni de política? Que no sería sorpresa que vea Juego de Tronos [Risas] ¿Algo retorcido e inverosímil…? Shameless. He visto dos temporadas de la americana, y me voy a pasar a la inglesa.

¿Qué series de género sigues?

De las recientes me gustan Extant y Orphan Black como series sólidas y bien construidas. Y luego la primera temporada de una serie islandesa espléndida, Äkta människor, traducida como Real Humans, sobre robots caseros, su impacto social, los tabúes… Los islandeses son unos sobrados. Las dos de Sherlock, la de la BBC y Elementary. Las de superhéroes que estoy viendo están un poquito descafeinadas, pero ahora que han estrenado Daredevil, soy feliz. La de piratas, Black Sails, y Vikingos son muy correctas, aunque no sean estrictamente de género sino de aventuras, algo limítrofe… Y claro, El Ministerio del Tiempo, que me parece simpatiquísima y estoy encantado con ella. Independientemente de que se meta en un berenjenal con agujeros estructurales, me encanta el talento que destila: los gags de humor, recursos como convertir un problema de la serie en humor poniéndolo en boca de un personaje… Transmite mucho oficio; hay frikis con mucho nivel tras ese proyecto.

¿Y Black Mirror?

Black Mirror no me gusta. La veo demasiado gafapasta, con historias demasiado triviales vestidas de mucho aparato.

¿Y en cuanto a series políticas?

Estoy enamorado de El ala oeste de la Casa Blanca, que es de las mejores series divulgativas que conozco, junto con Hikaru No Go por otros motivos. Series que te instruyen a través de la construcción eficaz de una ficción… House of Cards es un sueño húmedo: es como El ala oeste, pero en lugar de ser todos más buenos que el pan, son unos hijos de puta, lo que resulta mucho más convincente. The Good Wife tiene su dimensión política también, y es otra serie espléndida… Ah, y la mejor serie española de todos los tiempos: los ocho episodios de Crematorio. Vea usted cómo funciona el pelotazo urbanístico en Valencia, conozca a sus protagonistas… Espectacular.

En literatura, ¿qué tipo de novela que no sea de género te atrae?

He leído muy poco fuera del género. De jovencito tuve mi vena y me gustaba mucho Dostoievski. He leído policíacos sueltos pero no he llegado a coger a nadie en batería. Me gustó mucho Marc Behm, que tiene cosas tanto policíacas como dentro de género. Lo mejor en su caso es La mirada del observador. Ah, y libros que se podrían incorporar al género, como El hombre de los dados, ciencia ficción mesiánica tal vez.

¿Algo de ensayo?

La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn, de mis años universitarios. Ensayos de género, sobre autores y mucha crítica. Le tengo mucho respeto a los textos de divulgación de Asimov. Ah, y Guerrilla Marketing, el original, que fue muy formativo, en realidad toda la preparación que tuve en su día para meterme en embolados comerciales. Y por supuesto, en el ámbito político, La doctrina del shock de Naomi Klein. Y puestos a citar, el documental de Moore, Bowling for Columbine, que es un abreojos.

¿Cómo descubres nuevos talentos? ¿Sigues leyendo originales aún no publicados, o tienes lectores que hacen un filtrado previo?

Estoy dando lecturas a gente para ampliar un poco, pero sigo funcionando por impulso. Mientras estuve haciendo reseñas, leía toda novedad que salía por obligación, complementada con lecturas de cosas en inglés que pudiera publicar en Martínez Roca. Si me apetecía leer lo que acababa de publicar LeGuin no podía porque no tenía posibilidades de publicarlo ahí. Y eso desgasta. No poder leer lo que te apetece es chungo, quizá por reacción soy cada vez más anárquico a la hora de elegir lecturas. A veces alguien me enreda para que lea un original, y si tiene un buen arranque… Ya no perdono según qué cosas y los originales se me caen de las manos muy deprisa, pero hay gente que te da sorpresas.

Muchos recordamos la antigua Gigamesh como un lugar de peregrinación al que veníamos a por los últimos módulos y expansiones de nuestros juegos de rol. ¿Hay más o menos roleros que hace diez años? ¿Han cambiado los juegos?

De todos los ámbitos frikis, el de los juegos es el que está teniendo una evolución más salvaje y divertida. La cantidad de oferta actual es enorme. En su día, cuando querías jugar a rol tenías lo que publicaba aquí Matas y lo que llegaba de importación, pero no había tantas novedades interesantes. Los jugadores de rol son un poco como Los Vengadores: vengador una vez, vengador siempre. Los roleros no lo dejan, a lo mejor se tiran años sin jugar, pero un día se reúnen o montan un grupo nuevo y ahí están como el primer día. También han ido entrando más jugadores. El rol se ha normalizado, se ha incorporado a nuestras opciones de ocio. Y fíjate que yo no soy rolero: me llegó tarde. Me lo llegan a poner más de chavalín y estaría aún tirando dados.

Has hecho mucho por popularizar el go en España: Gigamesh es una de las pocas tiendas donde puede encontrarse buen material al respecto. ¿De dónde viene tu pasión por este juego?

Ponerme medallas cuando hay un japonés de Madrid que lleva un montón de años liando a todo el mundo y enseñando a jugar al go me parecería exagerado. Pero como comercio especializado sí que destacamos. Hace años se articuló un grupo de jugadores que empezó a jugar habitualmente a go en la terraza del bar Mariona: los rescoldos del grupo supervicioso y semiprofesional de jugadores de Magic. El Magic atrajo a gente de todas las procedencias, y de mucho nivel en algunos casos, ya que es un juego competitivo que requiere mucha destreza. Cuando nos empezamos a desenganchar del Magic nos metieron a jugar a go y acabamos aficionándonos un buen grupo. Y en Gigamesh empezamos a traer material de autoconsumo para los cuatro gatos que jugábamos: tableros, bibliografía… Es un nicho pequeño, que son los interesantes en el comercio. Cuando descubres un nicho grande como el Magic, se acaba vendiendo en todas partes y tienes que competir mucho para sacar un rendimiento estándar o bajo. En cambio en el go hay muy poquitos jugadores activos, quizá cien en toda España, pero es un mercado en el que, si te posicionas bien y no abusas de los márgenes, se forma un público cautivo que crea comunidad. Hace años Gigamesh vendía cien tableros al año, un año tras otro. Pero es que el go es un juego tan bonito…

¿Cómo explicarías las virtudes del go a quien no lo conozca?

Los juegos establecen de forma atractiva unos procesos simbólicos de aprendizaje clarísimos, y el aprendizaje es el mecanismo último de la felicidad, somos máquinas diseñadas para adaptarnos y aprender. Quien tenga inquietudes ludópatas sabrá que un juego atrae tanto como lo difícil que sea de quemar. Cuando llevas muchas partidas con un mismo juego y empiezan a hacerse repetitivas, dejas de aprender y el juego pierde interés. En el go las reglas son muy sencillas, pero es el juego más diabólicamente complejo que existe, y su proceso de aprendizaje es eterno. El nivel de complejidad es similar al de aprender un idioma. Como jugador al principio ves ahí un batiburrillo de piedras blancas y negras y no sabes qué significa. No sabes leer. Luego empiezas a distinguir formas, estructuras, lo que está vivo y lo que está muerto, a leer el flujo de la partida, y llegas a apreciar detalles de la personalidad del jugador. Ningún juego da tantas satisfacciones como el go. Y de cara a hacer proselitismo: tener como hobby el go, si eres bueno, tiene como premio viajes a Japón. Los países que más potencian los torneos internacionales son China, Japón y Corea. Pau Carles, un empleado de Gigamesh, es uno de los jugadores españoles más fuertes y cada año viaja invitado para jugar.

Para terminar, según el Fanhunter de Cels Piñol, a estas alturas ya tendrías que haber volado el Vaticano, haberte proclamado papa acto seguido y tendrías que haber prohibido todo lo que no haya escrito Philip K. Dick. ¿A qué esperas?

[Risas] Tranquilos, estoy en ello. Nunca he sido muy bueno con los plazos y las fechas. ¿Qué preferís, que tomemos el Vaticano de cualquier manera o que lo tomemos en condiciones?

ac9

Fotografía: Alberto Gamazo


Lo mejor y lo peor de El Ministerio del Tiempo

10
Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

(Al grano: El Ministerio del Tiempo ha pegado el petardazo más sonado en la ficción televisiva española desde, seguramente, Crematorio. Y pensamos que para bien. Por esa razón dedicaremos este artículo a señalar algunos de los valores que hacen de la criatura de Javier y Pablo Olivares una serie singular, novedosa y valiosa en la industria televisiva española y reseñaremos después los puntos por los que más se tambalea. Y habrá SPOILERS).

Lo mejor

1. Un cuento diferente sobre lo público

Atención, pregunta. ¿Le parece que lo verdaderamente fantasioso sobre El Ministerio del Tiempo es que se trate de una institución secreta que custodia unas puertas subterráneas que conducen al pasado, descubiertas en el siglo XV por un rabino toledano, y que solo funcionan en los territorios que fueron españoles en su día, y que además lleva siglos operando con la complicidad de muchas figuras insignes de la historia, y que algunas se peinan raro, y todo esto sin sucumbir a la tentación de manipular el propio curso histórico del país y llevarlo, qué le diría yo, al liderazgo en el concierto de las naciones y a ser, en suma, la jodida pera limonera? Porque, si lo piensa, a lo mejor es lo de menos. A lo mejor la novedad, lo verdaderamente inverosímil, es que un ministerio español funcione bien. En general.

No es un chiste. Los viajes por el tiempo entran en las convenciones del género fantástico y la ciencia ficción, y por eso le resultan digeribles al televidente. Pero lo segundo no. En la mente colectiva —la mente colectiva española, se entiende— también existen convenciones sobre cómo es lo público y tienen poco que ver con lo que nos están contando los Olivares. España tiene uno de los índices de percepción de la corrupción más altos de la Unión Europea, superado solamente en Italia y Grecia. Y aunque políticos y cargos electos se llevan la palma, un vistazo al Eurobarómetro ilustra la pobre imagen que tenemos también de los profesionales de la Administración y los funcionarios. Se ajuste o no a la realidad —no entraremos en ese jardín—, la imagen que tenemos de ellos es, bueno, la que es.

Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Y por eso El Ministerio del Tiempo incorpora una refrescante novedad, o lo hace el hecho de que se haya ganado la simpatía generalizada de los espectadores. Ahí están las audiencias explosivas de Aída, de La que se avecina y de la muy reciente Allí abajo, una serie al rebufo del fenómeno Ocho apellidos vascos. O la misma Ocho apellidos vascos, la película más vista de la historia del cine español, que comparte la condición de gran blockbuster con varias otras caricaturas de lo nacional, entre ellas Torrente y Mortadelo y Filemón. En España, las ficciones que incorporan un relato sobre lo español que verdaderamente contentan al público son las parodias. Por eso se celebra cuando ocurre, y este es uno de esos casos, que los narradores nos cuenten un cuento sobre nosotros mismos sin complejos y sin ir pidiendo perdón por adelantado, aunque solemos olvidar que no se debe disparar al pianista. Quien no respalda las apologías no es el creador, es el espectador.

Pero los Olivares, empeñados en contarnos la historia de una institución secreta española que no sea la T.I.A., han comprendido que, para ello, deben primero engañarnos y hacernos creer lo contrario. Por eso los chistes sobre la picaresca o esa inclinación tan patria, según el personaje de Salvador, hacia la improvisación. Y su forma de abundar en el verdadero cuento español contemporáneo: la crisis y los demás jinetes que cabalgan en su cortejo, que son la corrupción, la venida a menos, la pobreza y los recortes. Pero siempre, ojo, verbalmente. Con la forma de un aderezo superficial, de un chiste o de una broma que busca satisfacer puntualmente la visión convencional sobre lo español que cimentan decenas de títulos de ficción previos. Para naturalizar lo que, a fin de cuentas, es una historia verdaderamente inaudita: la de una institución pública española que funciona con una integridad y un rigor casi —casi— escandinavos.

2. Servicio público en la televisión pública

Y la convicción de los creadores no debe extrañar, porque eso es precisamente lo que están haciendo ellos: aspirar a la excelencia en un medio público.

¿Cuántas veces han escuchado —o incluso han dicho— lo buena que era la TVE de los ochenta? ¿Diez? ¿Cien? Pues regocíjense porque, a todos los efectos, El Ministerio del Tiempo es La Bola de Cristal. No, ni salen electroduendes ni Kiko Veneno disfrazado de monstruo de Frankenstein, pero sí hace aquello que echábamos de menos del formidable programa de Lolo Rico: enseñar sin que nos demos cuenta. Y lo deja bien clarito desde los estupendos créditos iniciales, que ilustran otro de los objetivos que se marca El Ministerio del Tiempo: impartir una lección de historia de España disfrazada de serie de aventuras.

1
Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Y a fe nuestra que lo consigue. Si no, ¿de qué iba a aparecer Lope de Vega en los trending topics de Twitter? ¿O Isabel II, el Lazarillo de Tormes o Torquemada? Que sepamos, no ha caído del cielo ningún rayo culturizador que haya llevado a las hordas de tuiteros a congregarse para asaltar las bibliotecas armados con gafas de cerca en busca de Fuenteovejuna, ni para inundar las hemerotecas anhelosos de interés por la reunión en Hendaya entre esos dos entrañables coleguitas que fueron Franco y Hitler. Más bien ocurre que El Ministerio del Tiempo ha servido eficazmente el tema de conversación, por cierto asistido por una impecable campaña en redes y online —además de contenidos adicionales sobre cada capítulo, la web de TVE ha ofrecido cada nuevo episodio a la vez que era emitido en televisión—. A lo mejor no es la manera más académica de aprender historia, pero es una manera. Y una manera es mejor que ninguna manera. Más de uno, y de diez y de cien espectadores de La Primera, conocimos a Juan Martín «el Empecinado» gracias a El Ministerio del Tiempo, y para nosotros siempre tendrá la cara de Hovik Keuchkerian.

3. No diga siglo XVI, diga Alatriste

Hay que notar, además, que El Ministerio del Tiempo ha conseguido todo esto sin batallas, sin grandes congregaciones de figurantes y sin demasiadas pirotecnias con los efectos especiales. Seguramente su despliegue de medios está por encima de los estándares de la casa, pero le ocurre lo que a casi cualquier producto televisivo: que siempre agradece más producción. A pesar de eso, la serie ha conseguido evocar con eficacia épocas, localizaciones y personajes, y de nuevo ha sido gracias a la maña de los hermanos Olivares y sus guionistas, Anaïs Schaaf, José Ramón Fernández y Paco López Barrio. Y es buena idea, en este punto, preguntarse cómo demonios lo han hecho.

Sin rodeos, que duele menos: «referencia», «autoconsciencia», «metatelevisión». Tres chorritos de ácido, chuf, chuf, chuf, directamente en sus ojos. Y sabemos que escuece, no crea que no. Estamos en 2015 o,  si prefiere un calendario más apropiado, en el año 11 d.K.B. —después de Kill Bill—. Del boom de la metaficción y del atracón de prefijos que nos dimos entonces —«meta», «post», «auto»— hace ya unos cuantos años. Ahora atravesamos el segundo ciclo del hype: la reacción, la negación por empacho. Entre otras cosas porque lo meta, con frecuencia, es una propiedad que se le atribuye alegremente a historias que no la tienen. Si le pedimos que aguante —y puede agarrar en este punto la tapa de su portátil, quizá quiera seguidamente cerrarla de un portazo— es porque lo decimos completamente en serio.

Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Eso sí: El Ministerio del Tiempo ha sido también víctima de esa ligereza con la que se celebra lo metaficcional. En particular porque lo que han aplaudido muchas reseñas ha sido únicamente el efecto humorístico de sus referencias. Empezando por la que se hacía, vía Rodolfo Sancho, a Curro Jiménez, el crossover con Isabel o el cameo de Jordi Hurtado, entre otros. O ese chiste tan comentado al inicio del tercer capítulo, cuando Velázquez se quejaba amargamente de que, después de restauradas en nuestra época, sus obras están demasiado iluminadas y parecen «una serie española de televisión». ¿Divertido? Sí. ¿El recopetín? Pues no. Pero sí lo es aquello que consiguen los Olivares usando estas bromas como instrumento: que miremos al pajarito mientras ellos, con la otra mano, hacen su prestidigitación.

Porque hacía falta verdadera prestidigitación, y no solo para invocar siglos distintos y realidades remotas. Piense en el perfil del espectador medio de TVE —cof, cof, Acacias 38, cof, cof, Alfombra Roja Palace—, y díganos: ¿cómo se consigue que ese espectador, cuyo mayor contacto con la ciencia ficción es cuando a Mariló Montero se le acaba el teleprompter, se coma sin rechistar y hasta disfrute de tramas más bien complicadas sobre viajes en el tiempo? Bien sencillo: haciendo que, cuando la cosa se parezca a la primera de Terminator, nuestro protagonista nos lo advierta así: mencionando «la primera de Terminator». Y que haga lo propio cuando la cosa vaya de loops en el tiempo, anunciando que aquello que vamos a ver será «como El día de la marmota». Los creadores de la serie recurren a la misma técnica referencial no solo para aclararnos los intríngulis de sus tramas, sino para transportarnos eficazmente a una determinada época: nos están llevando, en realidad, al universo ficcional que ya ha construido otro título, uno bien conocido por el espectador. No diga siglo XV, diga Isabel; no diga siglo XVI, diga Alatriste; no diga principios del XIX, diga Curro Jiménez.

Olivares ha definido El Ministerio del Tiempo como «una serie pop» y eso, que tantas veces no ha sido estrictamente cierto, lo es de forma rigurosa en su caso: explota los conocimientos que acumula el espectador sobre otras ficciones populares y los pone a su servicio, construyendo a partir de ellas sin quedarse meramente en su enunciación.

4. Fantasía, pero. Ciencia ficción, pero.

Por veinticinco maravedís, díganos: ¿es El Ministerio del Tiempo ciencia ficción o fantasía? Pista: la pregunta no tiene truco. Solo hay una respuesta correcta.

Parece ciencia ficción. Parece. Las convenciones a las que recurre, empezando solamente por la ubicuidad de la tecnología, son las de la ciencia ficción. Y la dialéctica policial y detectivesca emparenta muy bien con ese género. Pero no. Es una serie de fantasía. Una serie de fantasía, quizá, con la retórica de una de ciencia ficción. Pero fantástica.

Y eso, si nos lo permiten, es cojonudo. Abracemos la fantasía como un niño abrazaría una gran nube de algodón de azúcar: poniéndose hasta arriba de pringue. Porque no siempre tiene que ver con gnomos, orcos y hadas. Fantasía es cualquier narración que incorpora elementos sobrenaturales sin una explicación científica, y de eso no hay mucho en El Ministerio del Tiempo. ¿Cómo funcionan las puertas? Ni idea, pero funcionan. ¿Cómo funcionan el wifi o los teléfonos móviles en las distintas épocas de la historia? Cualquiera sabe, pero a los personajes no parece intrigarles. ¿Cómo es posible que unas puertas estén en barcos, otras en confesionarios, otras en monasterios, unas sean fijas y otras avancen en el discurrir del tiempo? Ni lo sabemos ni lo queremos saber ni a la serie le importa un pepino. La apuesta de los Olivares tiene mucho más que ver con la aventura y la diversión que con la verosimilitud científica. Al fin y al cabo, no es Looper ni Primer ni Predestination, ni ninguna historia que gire en torno al problema de la paradoja. Por mucho que Javier Olivares no lo admita, El Ministerio del Tiempo se parece más a Doctor Who, que de ciencia ficción tiene poco y preocupación por las paradojas, aún menos. Y él mismo, cuando le preguntan por las referencias de su serie, no cita a Larry Niven ni Robert Heinlein, sino a Tim Powers y Mark Twain.

9
Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Por desgracia, Twain, remedando a Lord Byron, también dejó un aforismo muy recordado: «Por supuesto que la realidad es más extraña que la ficción: la ficción debe tener sentido». Lo cual nos lleva al primer problema de la serie que reseñar y con él, al bloque de crítica.

Lo peor

5. No future

Porque en la ficción no vale todo, por más que se trate de fantasía. Fantasía, sí; Jauja, no. Y El Ministerio del Tiempo no es una excepción.

El que sigue uno de los temas que más ha dado que hablar a los seguidores de la serie, para algunos porque constituye un enigma y para otros porque se trata de un punto inconsistente en el planteamiento mismo de la historia. Las puertas que custodia esta institución conducen al pasado y permiten regresar de él, pero no llevan al futuro. Se nos aclara en el primer capítulo de la serie, cuando Salvador revela a Julián la naturaleza de las puertas del tiempo. El segundo pregunta entonces si se puede viajar al futuro y el subsecretario responde que no, aportando como explicación que «el tiempo es el que es». Llámalo aportar una explicación, llámalo no aportar ninguna en absoluto.

Pero no. Si Amelia o Alonso hubieran estado en esa misma secuencia —y he aquí la razón por la que no estaban—, podrían haber replicado que sí se puede viajar hacia el futuro, porque de hecho ellos acaban de hacerlo. Han viajado desde sus respectivas épocas hacia adelante. Y en ese mismo episodio, el primero, dos personajes secundarios —un general de Napoleón y un español afrancesado— harán lo propio para conocer el resultado de la Guerra de Independencia, viajando hacia adelante desde 1808, de nuevo, hasta 2015. Salvador dice que no se puede viajar hacia el futuro pero no es cierto: simplemente ocurre que la barrera del presente, de 2015, no se puede rebasar.

3
Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

Hubiera sido sencillo explicarlo así, sin más, y aportar un motivo que lo justificase. Sencillo porque esto es ficción; era tan fácil como inventar una razón técnica o científica, o incluso anunciar que este es un enigma cuya razón se desconoce, como el funcionamiento mismo de las puertas. Motos peores se han vendido solo porque alguien las pinta en una pizarra —aquí una, aquí otra, aquí otra–. Pero no. La cuestión, en lugar de enfrentarse y resolverse, se eludió. Y la escurrida de bulto que implica el aforismo de Salvador, por lo visto, no era otra cosa que eso, una forma lírica de dar la cuestión por zanjada. En una reciente entrevista —aquí a partir del minuto veintinueve—, el mismo Olivares revela que «cada serie o cada novela tiene sus propios códigos», que la suya tiene «el tope en el presente» y que eso es todo. Chimpún.

Y sí, claro. Cada ficción sobre viajes en el tiempo tiene sus propios andamios, a falta de unos universales. A esta, como a cualquier otra, no se le reprocha la forma o el color de los suyos, pero sí lo que a todas: que se vean. Y si el asunto ha dado que hablar a los espectadores, sacándoles de la historia para obligarles a especular sobre sus resortes y engranajes internos, la conclusión es clara: es que se le han visto.

6. El problema de Mecano

En este país no veíamos un trío de dos hombres liderados por una mujer desde que Ana Torroja y los hermanos Cano aterrorizaban nuestros oídos y destrozaban la confianza en nuestro vestuario hace ya treinta años. Y eso mola. Mola que la persona más inteligente y más preparada sea la cabeza de nuestro particular comando y que los otros dos agentes del tiempo respondan a especialidades diferenciadas. Vamos, como con Mecano. El problema es que, al igual que pasaba con el trío de tecno-pop-con-hombreras, la calidad de los personajes y de los intérpretes también es dispar.

Si el preferido del público es Alonso de Entrerríos, soldado de los Tercios metido a francotirador y con aspiraciones de salir en Sons of Anarchy, es porque, efectivamente, es el caramelo del elenco. Con sus arrebatos de caballeroso gorila y su ingenua sorpresa ante las maravillas del futuro se ha ganado el beneplácito de la audiencia. Y a la credibilidad del personaje contribuye la estupenda interpretación de Nacho Fresneda, que bascula sin dificultad entre la gravitas de los momentos intensos y el cachondeo de los leves.

Sin embargo, las actuaciones de sus dos compañeros son más planas. Por un lado, Aura Garrido en la piel de la decimonónica Amelia Folch, pero debido a unos diálogos algo romos o a que la actriz aún no se ha asentado del todo en el personaje. Y similar ocurre con Julián Martínez, posiblemente el personaje más desdibujado pese a que, supuestamente, es el hilo conductor de la serie y el sosias con el que se identifica el espectador. No es que estas interpretaciones menoscaben drásticamente la calidad general de la serie ni que nos saquen de la narración, pero se ven más irregulares, sobre todo al enfrentarlas a secundarios tan sólidos como Jaime Blanch.

4
Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.

A quien, por cierto, El Ministerio del Tiempo debe más de lo que se suele conceder en las reseñas. Algo tiene, aparte de lo evidente. Lo evidente es que se trata de un gran actor, nada que haya que ponerse a reivindicar a estas alturas del carrete. Pero lo otro es enigmático. Algo que se tiene o no, aunque seguramente se explique sin necesidad de romanticismos. Mucho es la dicción. Esa curva tan suya, esa forma con la que disuelve el final de la oración. Y lo demás, técnica. Tiene que ver con saber encender y apagar la vis cómica varias veces en el curso de una secuencia, o acaso de solamente una escena. Así es como Blanch sitúa su Salvador Martí, subsecretario de Operaciones del ministerio, en el punto preciso donde debe estar: a medio camino entre aquel M de Ian Fleming y un superintendente Vicente.

7. Un texto espeso

El Ministerio del Tiempo parte de una idea muy potente, sigue un desarrollo más que robusto e introduce algunas apuestas en la realización tan arriesgadas que cuesta creer que vengan del mismo país que emite cimas del cutrerío televisivo como La que se avecina o Gym Tony. Con todo, no es una serie perfecta. Probablemente tampoco quiere serlo, pero eso no es óbice para considerar como tales ciertos errores apreciables en el texto de los ocho primeros capítulos.

Ya hemos mencionado los diálogos a veces algo obtusos, quizá demasiado teatrales, que salpican el texto aquí y allá. Chirrían particularmente por contraste con la locuacidad de los personajes cuando se trata de los chistes —«¿Qué es eso de servicio de habitaciones? / Lo que me sale de los cojones»—, que seguramente es donde el texto consigue brillar más. También hay que señalar ciertos mecanismos de guion un tanto dudosos. Aunque la serie toma forma bajo la estructura clásica de capítulo autoconclusivo con un par de arcos que orbitan por encima de todos los episodios, con frecuencia estos arcos no han acabado de funcionar. Por ejemplo, en lo referente a la historia de la boda entre Amelia y Julián. Podría ser una pistola de Chéjov, pero como nos hemos tirado tanto tiempo sin saber nada de ella, cuando reaparece en el último capítulo ya no tenemos claro si es una pistola o un arcabuz. O el personaje de Nuria, la esposa de Irene. Si resulta tan determinante que va a desencadenar la rebelión del personaje de Cayetana Guillén Cuervo, quizá deberíamos haberla conocido un poquito antes del penúltimo episodio. Si es así, deja de ser una persona y se convierte en un Deus ex Machina, un plot device, un mero artilugio para hacer avanzar la narración que incurre en el peor error: descubrirse como tal ante el espectador.

Con todo, lo que más ha derrapado es la resolución del, por otro lado, estupendo capítulo final, donde nos enterábamos sin comerlo ni beberlo de que nuestra particular Carmen Sandiego, Lola Mendieta, no era tan mala malísima, sino que la mala en realidad es Irene pero resulta que no, que el malo de verdad es Salvador. Y en medio Julián, resolviendo el Cluedo cual Jessica Fletcher, de manera un tanto forzada y por el simple hecho de que es el protagonista, cuando aquí la avispada es Amelia. Es, quizá, lo que más necesita El Ministerio del Tiempo: fluir bien, como lo hace en la realización, y perder un poco de espesor en el texto. Por lo demás, esperamos que Javier Olivares no cambie ni una coma y nos regale, a partir del próximo febrero, otra temporada tan estupenda como la que acaba de firmar.

5
Fotografía: TVE / Onza Partners / Cliffhanger.


Time cops: dieciséis historias sobre policías del tiempo

El Ministerio del Tiempo, 2015. Imagen: Cliffhanger / Onza Partners / TVE.

Quién lo hubiera dicho, con lo odiosas que son las comparaciones. En particular desde que empezó la cacareada edad de oro de la ciencia ficción en televisión, que aquí solamente conocemos de oídas. O conocíamos, porque la cosa ha cambiado. Ahora una serie española se lo está llevando muerto, como sabrá cualquiera que no haya vivido las últimas semanas en una cueva. Con solo cuatro capítulos emitidos, El Ministerio del Tiempo, de TVE, se ha camelado a la crítica y los seguidores empiezan a ser legión, al menos en las redes sociales. Y eso que sus creadores, Pablo y Javier Olivares, tampoco nos están contando nada nuevo —garante inequívoco de que, entonces, nos lo están contando bien—. Fundamentalmente, las peripecias de un escuadrón de agentes que velan por el curso normal de la historia y viajan por el tiempo para atajar los ataques de quienes pretenden cambiarla en su beneficio. Un tema que se ha hecho tanto que lo ha hecho hasta Jean-Claude Van Damme, que ya es hacer. Por esa razón, aprovecharemos que los time cops vuelven a estar merecidamente de moda para repasar algunas de las mejores historias que ha dado hasta hoy este subgénero —policial y detectivesco— dentro del subgénero —de los viajes en el tiempo—, incidiendo particularmente en los títulos que han contribuido a darle una vuelta de tuerca más al tema, ya de por sí enroscado. Si le gustó El Ministerio del Tiempo, no se pierda estas otras dieciséis joyas sobre agentes, guardianes e interventores de la historia.

«El día que hicimos la Transición» (un cuento de Ricard de la Casa y Pedro Jorge Romero) – por Rubén Díaz Caviedes

Todos los países sufren atentados contra su historia, se nos aclara nada más empezar este cuento, que transcurre en 2032. Pero normalmente solo son uno o dos al año. En España se registran cerca de treinta cada semana y la mitad durante la Transición, el intervalo donde la historia nacional resulta más maleable. La razón, je, es que «los españoles estamos tan insatisfechos con nuestra historia y somos tan incapaces de aceptar que otros hayan ganado que realizamos grandes esfuerzos por cambiarla». Nadie dirá que eso es precisamente ciencia ficción.

Por suerte, también se emprenden grandes esfuerzos para evitarlo. El cuartel del Centro de Intervención Temporal en Madrid está sumido en un campo de estasis que lo hace inmune a los cambios históricos. Y menos mal, porque en esta ocasión lo son en profundidad. De repente, Madrid es una ciudad desolada y el país, notablemente atrasado y empobrecido, está bajo la tutela de Naciones Unidas. Fuera del campo de estasis, los libros dicen ahora que a finales de los setenta se desató una segunda guerra civil española, pero dentro tienen claro lo que ha ocurrido: alguien ha retrocedido en el tiempo y ha asesinado a Santiago Carrillo poco después de la Matanza de Atocha, ingeniándoselas para inculpar al Gobierno de Adolfo Suárez. Los cuatro agentes del CIT deberán viajar a 1977 y evitar que los extras —otros viajeros del tiempo— vuelen por los aires el proceso de democratización y a Carrillo ya de forma más literal. Dando su vida si es preciso y no por patriotismo, ojo, sino por física elemental. Eso es algo que se puede remediar después. O antes, dependiendo de cómo se mire.

Carrillo y Suárez, 1983. Fotografía: Cordon Press.

Salvando las —pocas— distancias, «El día que hicimos la Transición» le sonará precisamente a los seguidores de El Ministerio del Tiempo, cuyo punto de partida es muy similar, aunque no tanto su género. A diferencia de la serie, el cuento de Ricard de la Casa y Pedro Jorge Romero es hard SF o ciencia ficción dura y abunda en los hipotéticos fundamentos físicos del viaje en el tiempo, que por supuesto no vamos a destripar aquí. La narración apareció en Cronopaisajes —Nova, 2003—, una recopilación Peter Haining ampliada en español por Miquel Barceló.

Valérian y Laureline (un cómic de  Pierre Christin y Jean-Claude Mézières) – por Iván Galiano

Valérian y Laureline podría considerarse el eslabón entre la ciencia ficción heroica clásica de las novelas pulp y aquella mucho más oscura y distópica de los ochenta que inauguró la revista Metal Hurlant. Creado por Pierre Christin al guion y Jean-Claude Mézières al dibujo, la serie se empezó a publicar en el 1967 en la revista Pilote con el título de Valérian, agente espacio-temporal —excluyendo a la heroína de la serie—. Hace ocho años se tuvo la justicia de rebautizar el cómic con al nombre que tiene hoy, dado que ambos comparten aventuras y no como suele en la  ciencia ficción de estilo pulp: Valerian dista mucho de ser el infalible héroe de acción clásico que resuelve siempre el día y Laureline es cualquier cosa menos una acompañante florero que debe rescatar el protagonista masculino.

Ambos protagonistas, que proceden de diferentes épocas, trabajan para Galaxity, una gran agencia terrestre que, entre otros cometidos, vigila que nadie —empezando por agentes renegados— altere la historia. Aunque el punto fuerte de la obra sea su despliegue de creatividad en cuanto a sociedades, razas y entornos alienígenas —fue tal su imaginería visual que inspiró títulos posteriores muy populares, como la saga de Star Wars—, el viaje en el tiempo llegó a ser el tema central de varios títulos. En «Los malos sueños» Valérian conoce a Laureline en el siglo XI y la recluta para Galaxity, por ejemplo. Y en «La ciudad de las aguas movedizas» visitaremos el futuro cataclismo que asolará la Tierra… ¡en 1986! —se publicó en el 1968—.

Valérian et Laureline, Les Spectres d’Inverloch, 1984. Imagen: Jean-Claude Mézières / Dargaud.

Tales fueron las correrías temporales de los protagonistas que la misma serie —publicada durante cuatro décadas— acabó teniendo que resolver las paradojas en las que ella misma se había metido. Es otro de los encantos de Valérian y Laureline: que contravino las convenciones del cómic francobelga de la época, como la inviolabilidad del contexto de los personajes —que, tras sus aventuras, volvían al status quo inicial— o la ley no escrita que prohibía la reaparición de secundarios. Por esa razón, es una lástima que nunca haya dado el paso final hasta el hall of fame de las series francobelgas, donde sí lo hicieron Las aventuras de Tintin o Astérix. Valérian y Laureline fue tremendamente innovadora e inspiró la ciencia ficción que vino a continuación. Cualquier ocasión para reivindicarlos es poca.

Terminator (una película de James Cameron y William Wisher Jr.) – por Fernando Olalquiaga

En algún momento del devenir histórico que para nosotros ya es pasado, el ser humano, guiado por su simpática tendencia a buscar métodos para maximizar el tiempo diario dedicado a tocarse la entrepierna, ha sido capaz de desarrollar una inteligencia artificial que se ocupe de todos los asuntos desagradables, como por ejemplo trabajar, y que, como es natural, más temprano que tarde termina por dominar el mundo mediante el apoyo de un ejército invencible de robots muy feos.

Se declara una guerra y se forman grupos de resistencia humanos que no tardan mucho en encontrar un héroe a quien obedecer ciegamente, como si ellos mismos fueran líneas de código de algún programa informático, aunque nadie entre a valorar esta apreciación por miedo a ser acusado de alta traición y lesa humanidad. Y como matar a John Connor bien entrado el siglo XXI sería una acción inútil, pues la semilla de la rebelión ya está bien asentada en esa Tierra yerma y oscura, la inteligencia artificial suprema se decide por seguir la subrutina habitual que ofrece un viaje en el tiempo como solución a todos los problemas que conlleven algún riesgo de provocar la pantalla azul de la muerte. Así que, escatimando muchos medios, la verdad sea dicha, mandan al pasado un cíborg cachas que se estrena aporreando en pelota picada a tantos moteros como uno sería capaz de encontrar si lo dejaran así, al azar, en la América no tan profunda, y que posteriormente procede a machacar a quienquiera que tenga un nombre parecido al de la futura madre del generalísimo de la humanidad, con la esperanza de impedir su nacimiento. Por qué los robots del futuro se limitan a mandar a un solo terminator para llevar a cabo la misión es algo que no nos resulta difícil adivinar. Recortes. La guerra contra el hombre ha dejado Cyborland hecha unos zorros. La prima de riesgo aprieta y la troika Apple-Google-Microsoft es muy cabrona. Hay que apretarse los chips, ahorrar y remar todos juntos. Austeridad. Y así seguirán hasta que desarrollen una nueva hiperinteligencia que se ocupe de todo y que permita a las mentes cibernéticas dedicarse a sus actividades ociosas favoritas, entre las que destaca contar las cifras pares que forman los decimales del número pi. Una hiperinteligencia metaartificial que en su día iniciará una guerra por dominar el cibermundo, y etcétera.

TERMINATOR
Terminator, 1984. Imagen: Hemdale Film / Pacific Western / Cinema 84 / Orion Pictures.

Pero de momento la madre de Connor resulta ser más dura de pelar que una suegra de derechas, y además recibe la ayuda de un enviado de los humanos del futuro que, como era de esperar, hace las cochinadas con su protegida, tiene más puntería con los espermatozoides que con el kalashnikov y la deja embarazada del futuro salvador del mundo, que es a su vez quien lo enviará al pasado, iniciando de este modo el clásico rompecabezas plagado de líneas temporales paralelas o convergentes que, a poco que te detengas a pensar en ellas, hacen que el cerebro se te repliegue formando un maelstrom de profundidad infinita.

Años después, pensando —o lo que sea que hagan las máquinas— que quizás sea más fácil eliminar a un John Connor preadolescente que a su marimacha madre, los cíborgs repiten la jugada al mismo tiempo que Sarah Connor busca al inventor del engendro electrónico para matarlo antes de que desarrolle su idea, un genio que, vaya por Dios, en lugar de ser un canalla sin escrúpulos es un padre de familia modelo. Viajes en el tiempo, dilemas morales, bombas atómicas, persecuciones, explosiones y el fin del mundo en tantas secuelas como saltos temporales puedan idear. Se anuncia un reboot en un futuro —ja ja— próximo. Celebrémoslo.

Edición anterior (una serie de televisión de Ian Abrams) – por Olga Sobrido

Un señor con cara de que podría ser usted empieza a recibir todas las mañanas la visita de un gato anaranjado que le trae el periódico, con la particularidad de que se trata del periódico del día siguiente. ¿Quién o qué es el misterioso gato? ¿Por qué le ha tocado esta cruz a él? ¿Debe aprovechar la información para ganar todas las loterías, a lo Fabra, o mejor intentar evitar las catástrofes que anuncian los titulares?

EDICION ANTERIOR
Edición anterior, 1996. Imagen: Three Characters / Angelica Films / CBS / Columbia TriStar / Sony Pictures.

Esta serie de Ian Abrams, que con cero criterio y aún menos consejo de un traductor, titularon en España Edición anterior (en Latinoamérica, con más tino, la llamaron El periódico del mañana), pudo verse en España en Canal + durante el último lustro de los noventa. A medio camino entre lo sobrenatural y la ciencia ficción, la serie consta de cuatro temporadas e incluye entre sus personajes principales a un gatico, ¿qué más quiere, señora?

Millennium (una novela de John Varley y una película de Michael Anderson) – por Rubén Díaz Caviedes

Estamos en la llamada Última Edad, dentro de mil años, y los últimos seres humanos de la Tierra no han tenido más remedio que encender la máquina del tiempo. El deterioro genético de la especie, irreversible tras siglos de radiación, no permite ya la reproducción. La única solución son unos escuadrones de mujeres que viajan a las épocas precedentes y secuestran personas para trasladarlas al futuro, donde tendrán descendencia viable. Y deben hacerlo, ojo, sin alterar ni un poco el curso de la historia.

¿Cómo se come eso? Fácil: la barrera se abre en barcos, aviones y naves a punto de accidentarse, de los que los escuadrones se llevan exclusivamente a los pasajeros que iban a morir en el siniestro, sustituyéndolos por cadáveres prefabricados. Louise Baltimore —en la película, Cheryl Ladd—, que dirige uno de estos grupos, pierde un arma durante una misión rutinaria en un Boeing 747 a punto de estrellarse a finales del siglo XX, pero cuando regresa días después para buscarlo entre los restos del fuselaje el artefacto ya está en manos de Bill Smith —Kris Kristofferson—, un investigador de la National Transportation Safety Board. Y ocurre, claro, lo que no debería. Por alguna razón, él la reconoce y la llama por su nombre. Entonces un «cronoseísmo» —la etimología lo dice todo— evidencia que ha ocurrido la fatalidad, el peor riesgo que implican los viajes en el tiempo: se ha creado una paradoja. Sin saber cómo, Louise ha alterado el pasado. Y no lo sabe porque, en realidad, aún no lo ha hecho. Deberá así anticiparse a sí misma y solucionarlo o la paradoja barrerá la historia como un tsunami, reescribiéndola y llevándoselo todo por delante. Incluyendo a ella misma.

MILLENIUM2
Millennium, 1989. Imagen: Gladden / Twentieth Century Fox.

Fundamento científico, ni un poco; de todo lo demás, en cantidad. Empezando solo por el thriller y la estupenda peripecia de la protagonista, una viajera del tiempo que tendrá que intervenir a posteriori sobre sus propios actos, al estilo de Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo o Regreso al futuro II, de Robert Zemeckis. Además de lo ambicioso del planteamiento, porque en Millennium gato y ratón son uno. Precisamente aquellos que cambian la historia son quienes cumplen a la vez el encargo —muy jodido, estaremos de acuerdo— de ejercer como sus custodios. John Varley escribió esta historia como un cuento —Air Raid, 1977— y como una novela —Millennium, 1983—, que seguramente es la más recomendable. La película homónima, dirigida por Michael Anderson en 1989 con un guión del mismo Varley, es fundamentalmente igual pero con menos intríngulis científico y más romance, como suele ocurrir con esta clase de adaptaciones. Perdonando lo ochentón —y su doblaje incomprensiblemente creativo, si la ve en español—, es una cinta muy completa.

Doctor Who (una serie de televisión de BBC) – por Pedro Torrijos

Hay muchas razones para ver Doctor Who. Muchísimas. Tantas como los treinta y siete años en los que —con el impasse de los noventa— la serie ha cruzado las ondas catódicas desde 1963 hasta la actualidad. Tantas como los doce —¿quizá trece?— intérpretes que han dado vida a los doce —¿quizá trece?— Doctores epónimos pero sin nombre. Tantas como los metros de lana de la bufanda de Tom Baker o las rayas del traje de David Tennant o los hilos de la pajarita de Matt Smith. Tantas como las decenas de agentes del Silencio o los miles de cybermen o los millones de daleks. Tantas como los cabellos pelirrojos de Amy Pond o los negros de Martha Jones o los canos del mostacho del Brigadier Lethbridge-Stewart o los de cualquiera de los más de cuarenta companions que han viajado en una cabina de policía azul más grande por dentro que por fuera.

Que han viajado por el espacio. Y por el tiempo.

Así comenzó la serie, como una manera de enseñar historia a los niños británicos a través de los viajes de un excéntrico alienígena por distintas épocas de la civilización. Y ha viajado por el tiempo. Ya lo creo que ha viajado. Ha viajado por cinco décadas hasta convertirse en un emblema de la fantasía y la ciencia ficción televisiva e incluso cultural. Desde la sintonía de Ron Grainer hasta el azul de la TARDIS.

DOCTOR WHO
Doctor Who, 2014. Imagen: BBC.

Hay muchos caminos para entrar en el universo del Doctor, y le vamos a recomendar el mejor. Ahora bien, si quieren que su viaje sea plácido tienen que hacernos caso: no parpadeen.

«Blink» es el décimo episodio de la tercera temporada de la reimaginación moderna. Lo escribió Steven Moffat antes de convertirse en showrunner de la serie y se emitió el nueve de junio de 2007. Y es, sencillamente, la mejor narración sobre paradojas temporales que ha aparecido jamás en una pantalla de televisión.

El décimo Doctor y su companion están atrapados en 1969 por culpa de una raza de aterradores ángeles cuánticos que se convierten en piedra en el momento en el que alguien les mira. Incluso ellos mismos. Por eso aparecen camuflados en la sociedad como gárgolas o estatuas de granito. Sin embargo, cuando nadie les mira, son más rápidos que la luz y devoran la energía temporal de quienquiera que les sirva de alimento, enviándoles a un punto indeterminado del pasado. Para recuperar la TARDIS y poder volver a hacer gala de su condición de Time Lord, el Doctor tiene que comunicarse con el presente y, para ello, usa la otra manera de viajar por el tiempo. La que hacemos todos cada día: enviar mensajes a través del discurrir natural de los días y los años.

Así, Sally Sparrow, la verdadera protagonista de «Blink», recibe cartas y postales, descubre pintadas ocultas en mansiones al borde de la demolición e incluso habla con un DVD que se vuelve ingeniosamente interactivo gracias al fenómeno de la predestinación y la consistencia temporal. Es difícil explicar lo que es Blink sin ver los inteligentísimos cuarenta y cinco minutos que dura, pero baste decir que el capítulo recibió el premio Hugo a la mejor representación dramática, Moffat ganó el BAFTA Craft a mejor escritor y Carey Mulligan se alzó con el Constellation Award a mejor intérprete femenina.

Y es que para entender «Blink» hay que entender que el tiempo del Doctor Who no es una sucesión estricta y continua de causas y efectos sino que, desde un punto de vista no lineal ni subjetivo, es más bien como una gran bola llena de bamboleantes y burbujeantes…cosas.

El fin de la eternidad (una novela de Isaac Asimov y una película de Andrei Yermash) – por Álvaro Corazón Rural

En todas las historias de viajes en el tiempo siempre ha habido una premisa: cuidado con los cambios. Generalmente, los protagonistas no debían interferir en el pasado si no querían alterar el curso de los acontecimientos, lo que podía acabar con sus propias vidas o con su era, su presente, tal y como la habían conocido. Pues bien, en 1955, Isaac Asimov, consciente de esas paradojas, planteó la situación de un modo mucho más original. Digamos que abordó la cuestión a lo grande, a lo bestia. Si podemos cambiar el pasado para mejorar el presente, adelante. Pero que lo hagan una especie de curas, caballeros escogidos entre lo más selecto de todas las épocas, para que aquello no sea un desmadre. Así nació Eternidad, una secta que controlaba todos los siglos y tenía a la humanidad cautiva, bien controlada, introduciendo constantemente cambios en todas las eras.

En 1955 la informática todavía no se había desarrollado lo suficiente como para que Asimov pudiera anticipar sistemas informáticos con computadoras cercanos a los actuales, y esa es una de las facetas más entrañables de la novela. En Eternidad todo el saber está archivado en microfilms. Trillones de ellos en archivos insondables con la información de centenares de siglos de historia de la humanidad. La novela es un verdadero espectáculo, una genialidad. Aunque el desenlace sea un tanto previsible. El protagonista, uno de los elegidos, se enamora de una chavala del siglo CDLXXXII y decide fugarse con ella en un alocado viaje en el tiempo que les llevará a refugiarse en una etapa de la historia tan futura que ni en Eternidad se habían atrevido a llegar.

EL FIN DE LA ETERNIDAD
Konets Vechnosti, 1987. Imagen: Mosfilm.

Existen dos películas sobre el libro. Una TV movie húngara de 1976 que no hemos tenido el gusto de ver y una producción soviética del director de cine de ciencia ficción Andrei Yermash, Konets Vechnosti —1987—, que no hace justicia a un libro tan redondo, pero que como toda la sci-fi soviética, merece la pena verla. Aunque solo sea para deleitarse con las escenas del antiguo futuro del socialismo real.

Timecop (una película de Peter Hyams) – por Diego Cuevas

En 1994 Estados Unidos desarrolla la tecnología necesaria para permitir el viaje en el tiempo. Como aquello implica que se puede liar parda si alguien decide encaminarse hacia el pasado armado con un cazamariposas, el gobierno crea la Comisión de Control del Tiempo —TEC—, dejando claro que el descubrimiento en sí solo sirve para crear un nuevo puesto de funcionario, a costa del bien de los contribuyentes, para evitar que cualquiera haga uso de la dicha tecnología. La administración recluta en su empresa a un policía con nombre suficientemente noventero, Max Walker —Jean-Claude Van Damme—, al mismo tiempo que la  trama decide ser conservadora llevándose por delante a la mujer de este después de echar un polvete, esculpiendo el molde del héroe de acción de esa década: policía intachable, panadero a la hora de adjudicar las hostias y con los diablos internos de patrullar el tiempo pero a pesar de ello no ser capaz de salvar la vida de su esposa, mordiéndole un escroto acostumbrado a los estiramientos del espagat.

TIMECOP
Timecop, 1994. Imagen: Universal Pictures.

Max Walker se las vería repartiendo patadas en la persecución intertemporal de los tejemanejes de un senador corrupto que gustaba de beneficiarse de tanto time travel. Y la película reivindicaría un nuevo tipo de ciencia ficción, aquella que lo es por ignorante: no resultaba tan increíble la posibilidad de viajar en el tiempo como el hecho de que unos científicos le hicieran la prueba del carbono 14 a unos lingotes de oro confederado, sobre todo teniendo en cuenta que el oro por lo general no suele estar muy vivo en ninguno de sus estados y que el cargamento había aterrizado antes de ayer en el presente. Incluso la cinta remataba la función con la excusa seudocientífica más absurda jamás ideada: «la misma materia no puede ocupar el mismo espacio», para liquidar al villano entre un pudding de burdo CGI.

Un crítico en The Washington Post  escribió en referencia a Timecop que «por primera vez el acento de Van Damme resulta más fácil de entender que la trama» y aquello era un halago al esfuerzo actoral de un maniquí que convertía la película en el Casablanca de la carrera del actor. La futura JVCD sería en cambio el Birdman de Van Damme.

Looper (una película de Rian Johnson) – por Bárbara Ayuso

Pongamos que estamos en 2072 y ya no se puede matar. No nos enredemos: no se puede y punto. La erradicación de esta práctica milenaria, además de traer aciagos avances sociales y mucho menos sitio para aparcar, ha empujado a sectores sociales clave a la reconversión forzosa. Por ejemplo a la mafia, que lejos de lamentarse sobre su excedente de arsenal, idea el modo y manera de continuar mandando gente al otro barrio preservando así el costumbrismo criminal. Dicho sistema no tiene nada de sofisticado: en 2072 el asesinato está proscrito pero en 2042 no, así que valiéndose de los viajes en el tiempo —que por cierto, también son ilegales pero de alguna manera tendrá el hampa que ganarse el pan— envían a los ejecutables treinta años atrás para que les den el tiro de gracia.

LOOPER
Looper, 2012. Imagen: Aurum.

De ello se encargan los loopers, un escuadrón de sicarios bien remunerados que a las órdenes del barbudo jefe del cotarro, Abe —Jeff Daniels—, se deshacen del finado con diligencia, borrándole en el pasado y por ende haciéndole desaparecer también en el futuro. El looper estrella es Joe —Joseph Gordon-Levitt—, que recibe un encargo que desbarata toda su realización profesional y hace arrancar la trama: el tipo que le envían del futuro para que asesine no es otro que él mismo. Su alopécico yo del futuro, en el cuerpo de Bruce Willis.

Y esto es básicamente lo que puede contarse del largometraje de Rian Johnsonn sin desenredar demasiados nudos de las travesuras cronológicas de Looper. Una película que ni es thriller ni es drama ni es ciencia ficción ni es noir, pero paralelamente lo es todo a la vez, porque el juego verdadero —como todo lo que aborde el inagotable género de la anticipación— es la eterna dicotomía. La del quiénes somos y quiénes fuimos, y cómo cojones encajar todo eso entre las ráfagas de balas y las paradojas temporales de Mark Twain. Un filme avasallador que con el mejor instrumento a nuestro alcance —el tiempo y sus galimatías— funciona igualmente como inspección de la naturaleza humana que como placentera celebración de la misma. El bucle de Looper no está entre pasado y futuro, sino entre melancolía y adrenalina.

«Todos vosotros, zombis» (un cuento de Robert A. Heinlein) – por Tirso Montañez

«Todos vosotros, zombis» es un relato breve publicado en 1959 (y adaptado al cine hace poco como Predestination) que plantea la que es, tal vez, la situación más osada que se puede encontrar en una trama de viajes en el tiempo. Imagínese: está sentado en un bar, contándole sus muchas penas a un anodino camarero y de repente este le hace la típica oferta que no puede rechazar. Resulta que el camarero viene del futuro, donde es un agente que viaja en el tiempo para realizar ciertas misiones que no se nos aclaran, y se ofrece a llevarle al pasado para resolver una situación que le ha atormentado toda su vida.

Quien más quien menos se aprovecha de los medios de su empresa, sobre todo si es un asalariado: desde tomar prestados artículos de papelería hasta aprovechar el ancho de banda de la red para remolonear por internet. Así que póngase en situación: si su trabajo fuera viajar en el tiempo y estuviera en su mano, seguro que algo haría por otra persona… o por sí mismo. Es difícil contar más sin destriparlo aunque, para que se sitúen, podríamos decir que está en un imposible medio camino entre La piel que habito y Primer. Dos consejos finales: uno, conviene leerlo de una sentada y dos, lleve casco puesto para que, cuando le estalle la cabeza al intentar desentrañar la tremenda paradoja final, no manche todo el salón con sangre y trocitos de masa encefálica.

Predestination (una película de Michael y Peter Spierig) – por Javier Bilbao

Estrenada en 2014 y protagonizada por Ethan Hawke, la adaptación cinematográfica de «Todos vosotros, zombis» nos cuenta como una agencia secreta envía a sus agentes por diferentes épocas con misiones que cumplir para evitar que el presente se vea alterado.

PREDESTINATION
Predestination, 2014. Imagen: Screen Australia / Screen Queensland / Blacklab / Wolfhound.

Es el caso de un atentado que habría tenido lugar en Nueva York en 1975 que causó la muerte a once mil personas en un pasado felizmente abortado. A partir de ahí los guionistas y directores Michael y Peter Spierig se enfrascan en uno de esos bucles temporales que tanto gustan en este subgénero de los viajes en el tiempo, uno particularmente retorcido, brillante en ocasiones, con un agujero del tamaño del Gran Pozo de Carkoon y que no podemos describir con más detalle porque destrozaríamos la sorpresa a quien aún no la haya visto. Así que les emplazamos a verla sin otro apunte que el de señalar que en un bucle temporal siempre hace falta una causa inicial. Es decir, una primera vez en la que suceden los acontecimientos sin el desencadenante venido del futuro que genera el bucle. Que no existe ni puede existir, en este caso. Y hasta aquí podemos leer.

Day of the tentacle (un videojuego de LucasArts) – por Diego Cuevas

Un empollón de pajarita y bolígrafos que acechan desde el bolsillo de la camisa —Bernard—, una estudiante de medicina awkward de pelo descuidado, mirada inquieta, andares insólitos y domicilio aparentemente situado en las nubes —Laverne— y un heavy con greñas, sobrepeso y un loable desconocimiento de la historia —Hoagie— se convertirían en 1993 en la única esperanza del género humano para evitar un futuro dominado por una raza de tentáculos.

DAY OF TENTACLE
Day of the tentacle, 1993. Imagen: LucasArts.

El videojuego Day of the tentacle, secuela del clásico Maniac Mansion, decidía encaminar el point and click hacia el malabarismo dentro del viaje temporal. Surfeando el oleaje de la cuarta dimensión en váteres portatiles —Cron-O-letrinas— la misión inicial de los héroes consistía en visitar el pasado para evitar cierto incidente ocurrido el día en el que el futuro tentáculo dictador —y púrpura— decidió que hacía una tarde estupenda para ponerse a someter cosas. Pero Murphy todo lo ve, y un accidente inesperado con la máquina del tiempo acababa provocando que Hoagie aterrizase doscientos años en el pasado, Laverne doscientos años en el futuro y Bernard se quedase aparcado en el presente. Con esta premisa, en LucasArts aprovecharon para dotar a la aventura, además de sus típicos puzles ocurrentes —para forzar la tormenta y la lluvia era necesario lavar el carro, algo absurdamente lógico–, de ingeniosos acertijos que jugaban al ping pong con el tiempo, al forzar a los personajes a interactuar entre sí a través de centenares de años de diferencia. Para que un árbol dejase de existir en el futuro, alguno de ellos tendría que arrancarlo de su sitio en el pasado. Y puzles que también divertían trasteando con la historia de Estados Unidos. Estar presente durante la redacción de la constitución estadounidense favorecía el poder modificarla a nuestro favor añadiendo un «todo americano debería tener una aspiradora en el sótano» para incorporar ese objeto a nuestro inventario doscientos años después. Por el camino los salvadores de la humanidad tendrían que volarle los dientes a George Washington, lograr que una momia ganase un concurso de belleza y en general saltar a la comba con las paradojas temporales para salvar nuestro futuro y volver a dejarlo todo en su sitio. O no.

¡Qué bello es vivir! (una película de Frank Capra) – por Javier Bilbao

La idea más recurrente de las narraciones en torno a los viajes en el tiempo es que cualquier cambio en el pasado, por insignificante que pueda parecer, puede generar una cadena de sucesos que altere dramáticamente el presente. Ya saben, haces un viaje para ver de cerca un dinosaurio, pisas sin querer un insecto y al regresar te encuentras en lugar de Toledo una megalópolis habitada por seres con tentáculos llenos de ojos. Es un planteamiento fascinante porque uno nunca deja de imaginar cómo habría sido el mundo si en cada encrucijada histórica se hubiera ido por otro camino. Pero, muy especialmente, todos nos hemos hecho esas preguntas respecto a nuestras propias vidas: cómo sería nuestro presente si en su día hubiéramos estudiado una carrera en lugar de otra, emigrado a uno u otro lugar, si tal día hubiéramos cogido el coche o llamado a un taxi. Quién sabe cuántas veces habremos esquivado un destino catastrófico o hemos dejado de conocer a alguna persona que nos habría hecho felices solo por algún pequeño azar o una decisión trivial de la que no somos conscientes.

QUE-BELLO-ES-VIVIR
¡Qué bello es vivir!, 1946. Imagen: Manga Films.

Ante esa miríada de universos alternativos que nos abruman con la duda de si estaremos tomando las elecciones adecuadas, el consuelo que nos ofrece la ficción es que existen una serie de agentes benevolentes que velan por que no nos metamos en las vías sin salida. Si habitualmente son policías o detectives del tiempo, los de este clásico de Frank Capra son ángeles que, por la manera tan mundana en la que son descritos, parecen también funcionarios del espacio. ¡Qué bello es vivir!, adaptación de un cuento de Philip Van Doren Stern, es la película más genuinamente navideña junto con Willow y probablemente la más veces emitida en la historia de la televisión tras Pretty Woman, así que como recordarán cuando el personaje interpretado por James Stewart ya no ve otra salida más que el suicidio, el enviado celestial le muestra un presente en el que él nunca hubiera nacido… Y toma conciencia de que su vida importa mucho más de lo que él creía. Como la de cada uno de nosotros.

Caballo de Troya (una saga literaria de J. J. Benítez) – por Tirso Montañez

Estamos ante un caso singular puesto que su autor, J.J. Benítez, sostiene o al menos sostuvo durante mucho tiempo que esta no es una obra de ficción. Resulta que el ejército de los Estados Unidos ha realizado viajes en el tiempo y uno de los viajeros, un militar, se pone en contacto con Benítez para que cuente su historia. Esta es la parte más verosímil de la trama ya que todos asumimos, en mayor o menor medida, que las catacumbas del Estado norteamericano, en almacenes gigantescos, encierran secretos como arcas de la alianza junto a paquetes planos con estanterías escandinavas o restos de accidentes de ovnis.

El caso es que, a partir de los diarios que le facilitan a Benítez, descubrimos que la misión ultrasecreta de los norteamericanos consistía, en principio, en enviar observadores a momentos críticos de la historia de la humanidad. En la misión que se relata en esta saga —hasta el momento, diez libros entre 1984 y 2013—, la denominada Operación Caballo de Troya, viajan a la época de Jesús de Nazaret a ver qué hay de cierto en todo eso que se cuenta en el Nuevo Testamento. La mayor parte de las explicaciones —ejem— técnicas se recogen en el primer volumen, cuando se nos explica el procedimiento para viajar al pasado —venía a decir que había que girar unos «ángulos dimensionales»—, los equipos con los que cuentan para documentar la misión y de propia autodefensa, la preparación en costumbres y lenguas de la época, etc. mientras que el resto de la obra se centra en relatar cómo era Jesús, con el que obviamente se encuentran y, cómo no, él —¿Él?— los reconoce inmediatamente como viajeros del tiempo. Es bastante peculiar el Jesús que nos retratan: un tío extraordinariamente sensato, lo llaman gigante porque mide metro ochenta y siempre está de excelente humor excepto, claro —y entendemos que esto no es un spoiler—, cuando lo crucifican y sufre como un perro ahogándose lentamente.

A través del tiempo (una serie de televisión de Donald P. Bellisario) – por Iván Galiano

El doctor Samuel Beckett —Scott Bakula— se despierta una mañana y se encuentra en una casa extraña, en una cama que no es la suya y con una mujer al lado que no conoce de nada. También recuerda más bien poco de lo que le pasó la noche anterior, o el resto de su vida, para el caso. Cuando se mira al espejo, el reflejo le muestra a otra persona. Todavía más, la mujer con la que ha pasado la noche le trata como si estuviera casado con él desde hace años. Pronto se da cuenta de que está viviendo atrapado en el cuerpo de otra persona en el pasado.

Recuerda que estaba trabajando en un proyecto secreto para viajar en el tiempo  y va intuyendo que alguna fuerza misteriosa —en la serie a veces insinuaban que «Dios», otras que el destino o quizás «el tiempo mismo»— está aprovechando el accidente científico para convertirle en un agente que enmiende errores en el pasado. Así lo hace, con la ayuda de Al —Dean Stockwell—, el hologramizado supervisor del proyecto que le va pasando información histórica de los casos en los que se ve envuelto: consigue resolver la situación de la persona en la que se encuentra atrapado y automáticamente, cuando todo está bien, salta a otro tiempo y a otra vida a la que echar un cable. Y su existencia se convierte en un cruce de la de Sísifo y la del buen samaritano, siempre con la esperanza de volver a casa algún día.

THE QUANTUM LEAP
A través del tiempo, 1989. Imagen: Belisarius / Universal / NBC.

Creada por Donald P. Bellisario —que venía de darle al mundo al encantador pero también vividor detective Magnum— A través del tiempo fue una serie de cinco temporadas emitida entre 1989 y 1993 que combinaba aventura, drama y un poco de comedia. Sus protagonistas se dieron un viaje espaciotemporal por parte de la historia de los Estados Unidos del siglo pasado, desde principios de los cincuenta hasta principios de los ochenta, con alguna excepción puntual, desfaciendo entuertos. A diferencia de lo que ocurre en mayoría de obras en esta selección, en esta la historia sucedida no debía ser preservada sino cambiada, debía corregirse. La serie poseía las mejores cualidades de incorporar un protagonista buenista y carismático al estilo de Autopista hacia el cielo y una temática de  ciencia ficción de corte humanista al estilo de Star Trek: la nueva generación, aun quizás a riesgo de resultar un poco campy.

A través del tiempo floreció a partir de la segunda temporada, cuando comenzó a involucrarse con algunas de las grandes injusticias de la historia de Estados Unidos y a situar a su protagonista en parábolas de la América más oscura, que sin embargo cerraba solía cerrar con ingenuidad —al dar los problemas por superados en la actualidad—. Aun así, tuvo la valentía de poner a un hombre blanco en la piel de un negro en la Alabama de mediados de los cincuenta o en la de una mujer que acababa de sufrir una violación, entre otras muchas transformaciones reseñables. En otros casos, buscando contentar al espectador más geek, la serie puso el foco en la fantaciencia y jugó a retorcer las reglas; el doctor Beckett, por ejemplo, tuvo que enfrentarse a sus némesis malvadas, que trataban de alterar ciertos eventos para llevarlos al desastre. También hubo episodios de culto en los que Sam saltaba a los cuerpos de celebridades como Lee Harvey Oswald o el mismísimo Elvis Presley.

22/11/63 (una novela de Stephen King)  por Ricardo J. G.

En ocasiones viajar en el tiempo para arreglar grandes acontecimientos históricos es tan solo una excusa para arreglar acontecimientos fuera de la gran historia. Jake Epping es un profesor de secundaria que por las noches imparte clases de literatura para adultos. Propone un ejercicio de redacción titulado «El día que cambió mi vida» y uno de sus estudiantes, el maduro conserje del instituto, narra como cuando era niño su padre alcohólico asesinó con un martillo a su madre y hermanos y a él le lisió una pierna de por vida. El profundo impacto que causa en Jake este relato es el motor que le impele a aceptar la petición de Al Templeton. Al Templeton es el dueño de un restaurante en cuya despensa ha descubierto un portal que conduce exactamente al 9 de septiembre de 1958, a las 11:58 a.m. en el mismo solar donde en 2011 estará su restaurante. Siempre a la misma fecha, siempre a la misma hora. Cruzar de vuelta el portal implica volver al año 2011 dos minutos después de la partida, y un «reinicio» en el curso histórico. Porque cada vez que se regresa de nuevo al pasado, al mismo día y hora, cualquier cambio obrado allí con anterioridad desaparece del presente. Solo un vagabundo demente y borracho con una tarjeta amarilla en el sombrero recuerda una y otra vez las apariciones del viajero en ese momento temporal, a quien trata de advertir de algo. El gran plan de Al es viajar allí, vivir en los Estados Unidos de finales de los cincuenta y principios de los sesenta durante cinco años e impedir el asesinato de Kennedy. Pero el tiempo es obstinado y pone impedimentos al viajero que quiere efectuar cambios, y el impedimento para Al es un cáncer terminal del que ha enfermado durante sus primeros años en el pasado. Jake, convencido más por la historia de su alumno que por el magnicidio, decide tomar su lugar.

Lee Harvey Oswald. Foto: Dallas Police / Warren Commission (DP)
Lee Harvey Oswald. Foto: Dallas Police / Warren Commission (DP)

Lo impresionante de la novela de Stephen King no son las paradojas temporales, sino más bien las paradojas en la estructura de la propia realidad, de la arquitectura de todo lo que existe, cuando alguien decide manipular los hilos del tiempo. Lo impresionante de la novela es que tras tantos años y tal cantidad de producción literaria King se descuelgue en esta década con un libro a la altura de sus tres o cuatro mejores obras. Porque en esta novela encontramos un trabajo de documentación impresionante sobre aquellos años en Estados Unidos, sobre la vida de Lee Harvey Oswald y las teorías de la conspiración alrededor de su crimen (que el autor descarta en un 99 %, según sus propias palabras), convirtiendo la novela en una obra de ficción histórica tanto como de ciencia ficción. También encontraremos una especie de Policías del Tiempo con tarjetas de colores en el sombrero y antes del viaje a Dallas nos encontraremos con viejos amigos en Derry (¿recordáis Derry) y los ecos de cierto payaso. Encontraremos cómo se puede torcer el presente cuando se retuerce el pasado. Pero sobre todo, y con sorpresa ante la aparente grandiosidad de los acontecimientos, encontraremos la más bella historia de amor que ha escrito King. Porque erigiéndose sobre el devenir de la historia está esta otra historia, sobre cómo sacrificar el amor en nombre del tiempo y que, de alguna manera, ese amor sobreviva al sacrificio y al tiempo.

(Y hasta aquí el repaso. No lo diga, lo decimos nosotros: nos dejamos varias en el tintero. Especialmente algunas cuyos protagonistas podrían considerarse —acaso remotamente— policías, guardianes o interventores profesionales en el tiempo. Al filo del mañana, Código Fuente, El mapa del tiempo o Fringe, entre algunos títulos modernos, o Las puertas de Anubis y Los héroes del tiempo entre otros más clásicos. Y más. Quedan para una segunda tanda de recomendaciones).

Coautor 62