Jot Down flirtea con el Lado Oscuro

La consecuencia inmediata se llama Jot Down Smart y se venderá con El País el primer domingo de cada mes a partir de octubre.

Esta nueva revista, editada por Jot Down, seguirá las mismas consignas que cultiva desde su nacimiento en 2011: divulgación de la cultura y las ideas desde parámetros clásicos. Y lo hará sin renunciar al entretenimiento y dedicándole a cada tema el número de palabras que sea necesario, otro de los rasgos distintivos. Para ello, el nuevo suplemento de El País contará con las firmas que vienen siendo habituales en sus ediciones digital e impresa y se presentará con el elegante acabado gráfico que caracteriza a la casa: ponlos a todos en blanco y negro, cada lector reconocerá a los suyos.

El País y Jot Down también unirán sus fuerzas en lo digital. Además de editar este nuevo número impreso, Jot Down publicará diariamente desde septiembre dos artículos en la web de El País. De esta forma, ambas cabeceras ofrecerán contenidos destinados a aquellos que disfrutan de la lectura sosegada y para quienes el análisis y el humor no son términos excluyentes. Además, los lectores de El País también pondrán disfrutar de las extensas entrevistas de Jot Down, otro de los puntos fuertes de la publicación. En ellas, políticos, músicos, científicos, periodistas, cineastas, empresarios, fotógrafos, escritores, filósofos, pintores o deportistas conversan de forma calmada y reflexiva, transmitiendo el clima de confianza entre entrevistado y entrevistador.

Con Jot Down Smart, El País incorpora a su oferta de fin de semana un producto de gran calidad muy afín a sus lectores. Jot Down, uno de los pocos medios digitales que ha logrado nacer y consolidarse durante la peor crisis que recuerda el sector, cuenta actualmente con 800.000 lectores al mes de su versión digital, según datos de Google Analytics. El País alcanzó el pasado mes de mayo una audiencia de 14 millones de usuarios únicos en todo el mundo, según datos de Comscore.

Imagen: The Walt Disney Company / Lucasfilm.
Imagen: The Walt Disney Company / Lucasfilm.


Montserrat Domínguez: «Me temo que la guerra del Gobierno contra las voces más incómodas no ha hecho más que empezar»

Montserrat Domínguez para Jot down 0

Llega con cara de periodista en ejercicio, la que tiene quien ha estado trabajando hasta las tantas de la mañana y ha madrugado para ir a una tertulia de televisión. Es lo que tiene compaginar una redacción digital, donde no existen los horarios, con la tele, donde transcurrió el grueso de su carrera. Montserrat Domínguez (Madrid, 1963) trascendió la figura del presentador de televisión cuando se hizo cargo de la Mirada Crítica en Telecinco; supo ser incisiva con la actualidad y abrir el espacio a la cultura. Después, tras una experiencia fallida en Antena 3, pasó a la radio en la Cadena Ser y ahora dirige el Huffington Post español, un modelo de medio digital que ha triunfado en Estados Unidos y otros países pero que en ninguna parte ha estado exento de críticas porque sus blogueros no estén remunerados.

Estudias en un colegio de monjas y te decides por el periodismo.

No tenía ni idea de qué hacer y me lo sugirió una profesora. Contar historias me parecía atractivo. Aunque entonces no había tantos referentes para mujeres en el periodismo, me pareció interesante y me lancé. Del colegio de monjas guardo un gran recuerdo. Viví la Transición con ellas. Todas llevaban hábito hasta que murió Franco y se lo quitaron. Algunas incluso lo colgaron definitivamente. Había un ambiente muy divertido y tuve una profesora de Literatura, que no era monja, maravillosa.

Fuiste adolescente en la Movida.

Es complicado hablar de la primera adolescencia sin convertirla en una época mágica. Habría disfrutado de Madrid en cualquier momento, pero sí que es cierto que entonces ocurría algo de lo que yo no era consciente que era el Madrid de la Movida. Con dieciséis, diecisiete, dieciocho y diecinueve años me pilló toda la efervescencia cultural, el ambiente que había en la calle, las ganas de pasárselo bien y grupos de música que eran una ruptura con todo lo que habíamos escuchado antes. Era un ambiente radicalmente distinto, pero tengo mis dudas de si lo que hago no es más que idealizar mi adolescencia y juventud por haber sucedido en plena Movida.

Ana Curra nos dijo que Madrid era muy gris y provinciana y de repente se transformó.

No lo sé, porque cuando yo dejé de ser niña y me convertí en un ser independiente Madrid ya estaba llena de vida. Lo que recuerdo es que era una ciudad algo más sucia, mucho más canalla, donde también se vivía con mucha dureza la droga y la inseguridad ciudadana. Las chicas a determinadas horas por ciertos sitios no podíamos ir solas, nos daba miedo. Esa percepción no la tengo ahora. Sigue habiendo zonas peligrosas, pero no como entonces. Con todo, nunca he percibido una ciudad gris.

Fuiste azafata de vuelo.

Entre otros oficios. Trabajé mientras me saqué la carrera, por eso tardé dos años más que mis compañeros en sacármela. También fui secretaria, y comercial en distintas empresas. Cuando empecé a trabajar de azafata con dieciocho años y me gané la independencia nunca más quise volver a vivir de mis padres. Por supuesto hubieran estado encantados de arroparme y costearme la carrera, pero me parecía que había llegado mi momento de desenvolverme yo sola por la vida.

Hiciste un máster de Periodismo en Nueva York. Publicaste un artículo en El País en esas fechas, 1990, sobre la legalización de la droga. ¿Por qué este tema?

Tenía que presentar una tesina y lo hice sobre la legalización de la droga, que entonces también estaba sobre la mesa y me parecía interesante reflejar cómo se veía en Estados Unidos. En España prácticamente no se hablaba de eso. Contacté con El País y les interesó una entrevista que hice a un profesor de Universidad, Ethan Nadelmann. En aquella época nadie habría augurado lo que está ocurriendo ahora, con la marihuana legalizada en cada vez más estados.

La carrera en la Complutense te decepcionó mucho.

En el máster en Nueva York, en la Universidad de Columbia, el método era sacarnos directamente a la calle a conocer la ciudad a fondo y escribir historias desde el primer día. Recuerdo que nos metían a todos los estudiantes en un autobús con un historiador, recorríamos Queens, Brooklyn, barrios que entonces estaban fuera de las guías turísticas, y nos iba contando qué era todo lo que veíamos. A la vuelta, nos mandaban elegir un barrio, ir solos al día siguiente y volver con una historia redactada por la noche. La verdad es que lo pasé fatal porque mi inglés era británico y el primer día no me enteraba de nada de lo que decía el profesor.

En cambio, la universidad aquí me decepcionó muchísimo. Yo era la primera de mi familia en ir y la teníamos un poco idealizada. Entendías que dar el paso a la educación superior era ampliar los horizontes de lo que habías estudiado. Pero mi profesor de Literatura en primero de carrera era infinitamente peor que la del colegio de monjas. Era un tipo al que solo le importaban las fechas de nacimiento, la de la muerte y el número de obras que había publicado Larra, por ejemplo. Nunca discutimos acerca de su valor o significado. Hubo un par de profesores buenos, pero por lo demás decidí que cuanto antes acabara con el trámite universitario mejor.

Montserrat Domínguez para Jot down 1

Cuando te llama Luis Mariñas para hacer una prueba en Telecinco, entonces frente a un poblado chabolista, con los alrededores llenos de decampados y barrizales, te dijo que si no sabías encontrar dónde estaba la cadena tú sola no eras la periodista que buscaba.

No sé si seguirán las chabolas. Cuando volví de Estados Unidos lo hice, aunque podía haberme quedado un año más, porque empezaban las televisiones privadas. En Columbia había estudiado periodismo televisivo y sabía que estaban buscando estos perfiles. Tuve una entrevista con Luis Mariñas, otra en Canal+ y me decanté por esta cadena aunque estuve muy poco tiempo. Mariñas entonces estaba poniendo en marcha los informativos de Telecinco, trabajábamos en unos prefabricados, con un equipo muy pequeñito, con apenas dos cámaras y un servicio de documentación que eran seis cintas «gente en la calle en verano», «en invierno», cuatro edificios y poco más. Lo llevábamos en fichas, ni siquiera había un archivo. Y cuando llovía se ponía todo perdido de barro. Pero la suerte de entrar en Telecinco en aquella época fue que fui creciendo profesionalmente de la misma manera que los informativos fueron creciendo. Mariñas hizo un informativo muy innovador. Introdujo la opinión de contertulios, Aberasturi, Carmen Tomás, Antonio Remiro, es decir, un plantel de colaboradores con los que rellenábamos minutos porque no teníamos la posibilidad de Televisión Española o Antena 3 de hacer vídeos. En Telecinco he hecho prácticamente de todo: reportajes, guardias, cubrir la Conferencia de Paz de Oriente Próximo y presentar todos los informativos, en verano, por la noche, por la mañana. Esto, ir creciendo con la cadena, te permite ampliar tu campo de acción.

En estos primeros tiempos, con la guerra del Golfo del 90, tuvisteis problemas con los accionistas kuwaitíes de la cadena, KIO, por las opiniones que se vertían en esas tertulias

Antonio Remiro, catedrático en la Universidad Autónoma, que era el comentarista de internacional, estaba radicalmente en contra de la intervención norteamericana y lo decía de una forma clara como no se oía en ningún otro medio de comunicación. Nosotros temblábamos cada vez que le oíamos porque éramos conscientes de que eso podía tener un peaje. En una televisión tan pequeña, en el único informativo tener una voz absolutamente discordante con la intervención americana era muy llamativo. Estoy convencida de que Mariñas sufrió presiones, aunque nunca nos la trasladó. En todo caso, fue un gran ejercicio de libertad. Ahora me he quedado con las ganas de pregúntale a Luis cuánto tuvo que aguantar. Por cierto, que Luis Mariñas consiguió una entrevista con Sadam Hussein que está perdida en los archivos de Telecinco. Yo desde luego no he vuelto a ver las imágenes de algo que ningún otro periodista occidental había conseguido.

¿Se han repetido con mucha frecuencia presiones de ese tipo de los accionistas de una cadena por la información que se estaba dando?

Si te soy sincera, yo nunca las he percibido. He tenido la inmensa suerte de trabajar en medios en los que me he sentido protegida y he trabajado en absoluta libertad. No todos pueden presumir de eso, no sé si es suerte o jefes suficientemente hábiles para parar los golpes, pero ni en Telecinco, ni en Antena 3 ni luego en la Cadena Ser, ni ahora en el Huffington Post he recibido presiones para cambiar una línea, una información o para cambiar una línea editorial. Eso sí, llamadas de atención siempre hay, otra cosa es que lo interpretes como una línea roja que no debes cruzar o das el mensaje por escuchado y punto. He tenido la suerte de nunca tener un enfrentamiento por algo que como periodista creía que se tenía que publicar. Y en Telecinco las pasamos muy duras en la época de La Mirada Crítica. Fue complicada. Por Irak, el Prestige y el Yak.

¿Cómo viviste los atentados del 11-S en directo?

Aún no habíamos empezado los informativos de esa temporada. Yo tampoco lo había hecho con La Mirada Crítica, que comenzaba la semana siguiente. Creo recordar que había unas elecciones gallegas y estábamos pensando en ir a grabar el programa desde allí. Me enteré del ataque cuando volvía a mi casa, di la vuelta y regresé a la tele. Al llegar, Angels Barceló estaba sentada en un estudio provisional, todavía no habíamos estrenado el set nuevo. Había enlazado el final del informativo con las primeras noticias. Llegué, me senté a su lado, me dieron cuatro retoques de maquillaje y así transcurrió la tarde, con invitados y llamadas en directo, y también con esa sensación angustiosa, de vacío, de no saber qué está ocurriendo ni lo que estás contando. Había información muy confusa, las torres podían haberse caído por el avión, o por una carga explosiva, no sabíamos. Y como periodista tienes la responsabilidad de no dar información falsa, pero no tienes los medios para contrastarlo.

En un documental sobre ese día dijiste que estuviste no sé cuántas horas sin ir al baño.

No había manera de levantarse, era información permanente. Pero te digo una cosa, cuando estás en directo y tienes una descarga de adrenalina potente se te quitan los resfriados, puedes estar moqueando hasta un minuto antes, pero en el momento en que se enciende la luz y la cámara no vuelves a toser o moquear hasta que acaba. Y si tienes ganas de ir al baño, te olvidas, sencillamente.

En 2003 te cortaron un informativo para dar el resumen de Gran Hermano. A los personajes de este programa y del cotilleo de Telecinco los calificaste de «castigo divino».

En su momento lo definí como chapapote rosa porque era una locura. Fue cuando los programas del corazón y todo lo que iba alrededor invadieron la parrilla. En informativos nos sentíamos como en un acordeón y desde entonces han ido reduciendo mucho espacio. Para un periodista es tremendamente doloroso tener que renunciar a una parte de contenidos que tú crees que son relevantes para los ciudadanos para dar un resumen de Gran Hermano. Nunca lo he entendido, nunca lo entenderé. Supongo que las presiones comerciales serán tremendas, pero sigo pensando que la columna vertebral de una cadena de televisión son sus informativos. Igual que hay estrategias que a corto plazo pueden funcionar muy bien, a largo plazo unos informativos potentes son imprescindibles y siempre fidelizan.

Montserrat Domínguez para Jot down 2

En la segunda legislatura de Aznar, Telecinco fue un referente de periodismo independiente ¿Qué presiones hubo?

Lo mágico fue que como profesionales no recibimos las presiones. Las paraba Juan Pedro Valentín con una elegancia que nos permitió a todos desarrollar nuestro trabajo. Yo desde luego lo hice así en La Mirada Crítica. No dábamos crédito a lo que veíamos en Televisión Española, ni a lo que nos contaban los compañeros que teníamos allí. Aquellos planos que sacaban buscando zonas de playa donde no se viera el chapapote, periodistas diciendo que todo estaba fenomenal y que en el pueblo estaban satisfechos y felices porque rápidamente se había organizado la limpieza de las playas, es decir, cosas que eran abiertamente mentira. Afortunadamente, tuvimos la ocasión de contar no solo lo que estaba ocurriendo, sino de poner de manifiesto la gran mentira que se estaba transmitiendo desde los informativos de Televisión Española. Era la época de Urdaci y vivían con una manipulación como yo no he visto antes ni después. No hacía falta más que ver los informativos, pero es que nuestros compañeros allí nos lo contaban llorando por las esquinas. Las presiones a nuestro director en aquel momento le costaron muchos quebraderos de cabeza, pero no se llegaron a trasladar a los profesionales.

Fichaste a Nacho Escolar antes de que fuera «Nacho Escolar».

Le conocí en torno a 1998, en una cena. La recuerdo porque fue la primera vez que alguien me habló de internet como herramienta para buscar y completar información. Me pareció fascinante y le pedí que se incorporara al informativo de la noche en Telecinco, que yo dirigía y presentaba, y creamos una sección que se llamaba El Navegante. Cada noche elaboraba una pieza de actualidad husmeando en la web. Debió de ser la primera vez que internet tomó forma en un informativo. Después de eso se quedó en la incipiente web de Telecinco e hizo un gran trabajo.

En La Mirada Critica te convertiste en una «líder de opinión», desde entonces vas a tertulias, opinas…

No acepto ese rol, lo rechazo completamente. Ni lo soy ahora ni lo fui entonces. Tuve la inmensa fortuna de dirigir un programa en el que además pudimos introducir muchísimos cambios. Muchas firmas, también llevé a escritores, voces diferentes, médicos, científicos o los trabajadores de Sintel, que estaban acampados en la Castellana y ese fue uno de los programas más vistos. Con esta pluralidad el programa tuvo un sabor, un look, absolutamente diferente a lo que se había visto hasta entonces.

Con un equipo muy reducido.

Francamente, era pequeño, pero los equipos de la mañana nunca han estado especialmente bien nutridos.

¿Cómo viviste el 11M?

Estaba en La Mirada Crítica, ya habían estallado los trenes. El matinal dio las primeras informaciones y luego lo cogimos nosotros. Lo recuerdo con auténtico horror. Fue un verdadero horror. Horrible. Lo mismo del 11S con el agravante de la cercanía, que había ocurrido a metros de donde estábamos. Y que era un ataque a gente que va a trabajar en un tren, la mayor infamia que se te puede pasar por la cabeza. Pensamos al principio que era ETA, en los primeros compases no teníamos duda porque tampoco teníamos otro esquema de algo similar en España. Al mismo tiempo era extraño, ETA tampoco había atacado de una manera tan indiscriminada, salvo en Hipercor, pero no fue exactamente lo mismo. Colocar mochilas en los trenes… era todo muy confuso. Cuando salíamos del directo fue cuando empezamos a recibir información de que no estaba clara la autoría. Fueron unas jornadas tremendas, intensas, de muchísima responsabilidad, profesional también, a la hora de ver qué decías, qué estaba contrastado y qué no. Pero di gracias de estar en la cadena en la que podíamos discutir, debatir, plantearnos qué estaba ocurriendo sin el tremendo corsé que tuvieron otros colegas y compañeros como los de la televisión pública.

Carme Chaparro nos dijo que Aznar llamó a Telecinco en persona.

Creo que habló con los directores de todos los medios de comunicación. Yo era directora de un programa y lógicamente conmigo no habló, pero creo que sí llamó.

Cuando hacías tus entrevistas preguntabas lo que había que preguntar, pero no repreguntabas o insistías mucho si no te convencía la respuesta. Algo que después de la crisis de 2008 parece que lo exige el espectador.

He hecho siempre las preguntas que quería hacer y he repreguntado cuando lo he visto necesario. Creo que hay un límite y eres tú el que lo tienes que poder en cada momento. Tú tienes que decidir qué le quieres sacar al entrevistado y cuáles son las maneras de conseguirlo. Yo logré sacar mucha información de los invitados. Pero cada uno tiene sus propios medios. Preguntar, preguntar y preguntar hasta que alguien conteste unas veces es cojonudo, la mejor fórmula, pero en otras no vale para nada. No percibo que ahora se hagan entrevistas más incisivas, siempre las ha habido. Lo que sí es verdad es que antes no estaban las redes sociales. Y tampoco hay que hacer caso a todo el que dice qué haría si estuviera en tu piel, porque entonces estás muerto. Es imposible contentar a todo el mundo. La gente que está escuchando, cada uno tiene su pregunta. Tienes que ser como los seleccionadores de fútbol, que tampoco pueden hacer caso a cada español.

Dijiste que los políticos más incómodos son los que solo repiten consignas.

Ahí es donde me siento más frustrada como profesional, cuando eres incapaz de arrancar algo más del argumentario a un político. A algunos se les nota mucho, otros son claramente populistas, que retuercen cualquier pregunta o le dan la vuelta para no contestarte. Pero una buena pregunta no es una en la que tú insistes con lo mismo una y otra vez, sino en la que logras que el entrevistado responda. Da igual cómo lo consigas.

Cascos se negó a ir a tu programa.

Nunca fue.

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Háblame de los políticos con los que te has topado.

Los más inteligentes eran los más interesantes y los más peligrosos. Por ejemplo, Alberto Ruiz Gallardón es notoriamente inteligente, no tiene un pelo de tonto, y por tanto como entrevistado era muy complicado, porque daba la vuelta a todas las preguntas y era capaz de contestarte una cosa y la contraria sin que pareciera que había una ruptura en su línea argumental. Una vez le pregunté si le gustaban los políticos como Giuliani, entonces alcalde de Nueva York, que había estado a pie de escombros tras el 11S, y me dijo que sí, que había que estar con la gente cuando lo pasa mal. Luego le pregunté qué opinaba de Aznar, que ni se había acercado a las costas gallegas. Y con la misma soltura me respondió que un político puede ser más eficaz trabajando desde su despacho [risas]. Otra era Esperanza Aguirre, que continúa siendo igual a como era entonces, muy tramposa con las respuestas. Exactamente capaz de defender una cosa un día y la contraria al siguiente.

¿Zapatero era de los que tiraba de argumentario?

Era un tipo interesante que al menos traía conceptos nuevos a la discusión política. Teníamos dudas entonces de si estaba preparado porque llegó a la secretaría general por sorpresa, contra pronóstico, nadie daba un duro por él. Te recuerdo que el gobierno de Aznar era muy fuerte, con mayoría absoluta, y Zapatero era una incógnita. No fue un mal entrevistado, se enrollaba mucho, eso sí, pero como tantos otros.

¿Podemos y Ciudadanos traen algo nuevo en este aspecto?

Yo sigo escuchando consignas sin parar. Por eso el político que es capaz de romper la imagen y la sensación de que está trasladando consignas tiene un plus de reconocimiento. Porque ese soniquete continuo del argumentario resulta tremendamente cansino. Lo que están haciendo muy bien los nuevos, Podemos, y los novísimos, Ciudadanos, es su capacidad para interactuar con los periodistas en un terreno en el que hasta ahora los políticos nunca habían querido estar, las tertulias. Antes nunca querían aparecer ahí y si ahora van es mérito de Pablo Iglesias. Se ha roto el statu quo de «yo voy pero solo hablamos de mi libro y de estos temas no preguntas». Pactarlas. Aunque ya hemos visto a Podemos en una ocasión decir «habíamos quedado que no íbamos a hablar de Venezuela». A medida que van entrando en el juego y el juego es más poderoso y más sucio, pues… De todas formas, Podemos ha logrado que los demás partidos hayan buscado caras nuevas para medirse a ellos en las tertulias. Este es un fenómeno sin precedentes. Nunca hemos visto un sábado en prime time dos cadenas con contenido político y de actualidad. Es realmente insólito.

¿No se grita mucho?

Sí que hay mucho ruido y, además, me da la impresión de que a medida que nos acercamos a las elecciones sube el nivel de ruido y de codazos para ver quién puede hablar o ha pedido antes la palabra. No tienen la naturalidad que tiene que tener una tertulia para que eso no se convierta en un ruido insoportable, pero sí que creo que tienen un valor, sin ninguna duda. En las elecciones del 96 hicimos varios programas especiales de política, y quisimos llevar a prime time que ETA había asesinado a Tomás y Valiente y nos destrozó un programa de La 1, Hostal Royal Manzanares. Nos machacó. Entonces era inviable, frente al entretenimiento no teníamos nada que hacer. Y este es un termómetro apasionante para ver cómo está cambiando este país.

No fuiste a la fiesta de aniversario de Antena 3. Qué te pasó en esa cadena, porque algo no funcionó.

Me invitaron a la fiesta y pusieron una foto mía en uno de los pasillos de Antena 3, donde han colocado retratos de todos los que han participado, y me hizo mucha ilusión porque fui una parte muy pequeña. La experiencia en esta cadena fue interesante y valiosa, pero frustrante en el sentido de que no pude hacer lo que quería hacer, o para lo que fui. Y ya está. De todo se aprende en las experiencias profesionales. Y no fue solo un problema de la cadena, también los espectadores esperaban a otro tipo de persona al frente de las mañanas, alguien que diera otro giro a las entrevistas o las tertulias.

¿Alguien menos progresista?

Lógicamente no sintonizamos bien. Fui a Antena 3 porque creía que podía dar un golpe a la mañana, nunca habían logrado despegar. Pensaba que podía ser potente, mejoramos mucho los datos de audiencia de los programas anteriores, pero no llegamos a ese territorio en el que hubiera podido trabajar con más libertad y tranquilidad y a la cadena le hubiera permitido sentirse cómoda conmigo.

¿Qué le ha pasado a Cintora?

No conozco de primera mano los detalles de su salida del programa, aunque he leído que continúa en Mediaset. La nota de prensa sí me pareció llamativa y muy reveladora, porque no busca excusas: es una enmienda total al tono combativo que había creado Jesús Cintora, un estilo al que hasta ahora solo se había atrevido La Sexta. Pero estamos en tiempo electoral, el Gobierno se pone nervioso porque las encuestas no soplan a su favor y sacan la artillería… Y parece que Cuatro no ha aguantado el pulso. Me temo lo peor: que la guerra del Gobierno contra las voces más incómodas no ha hecho más que empezar.

En una ocasión dijiste que el público antes de la crisis quería informativos cada vez más light.

Ahora ha cambiado, pero durante unos años asistimos a una banalización de los espacios informativos sin precedentes. En las dos cadenas comerciales, Telecinco y Antena 3, clarísimamente.

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En una ponencia tuya en la universidad dijiste que en los informativos se daban órdenes de que no salieran gordos en las imágenes de playas.

En mi época no, pero sé que eso existe. Tampoco te voy a dar nombres concretos, pero si zapeas no es muy difícil de detectar. Los informativos se han ido infantilizando y banalizando, te dan un caramelito fácil de digerir con mucho dulce y poco ácido. Aunque también hay crímenes e imágenes terribles, te funciona muy bien el cóctel de que ha llegado la Semana Santa, hace calor y la gente se va a la playa, ofreces chicas con buenas tetas y no sacas gordos.

Sabía que se pedían chicas en top-less, por ejemplo, pero prohibir gordos…

Hombre, no hay una circular. Se buscan imágenes de estilo publicitario. No es que se prohíban los gordos expresamente, pero al fin y al cabo es lo mismo. Exactamente lo mismo, ¿no?

¿Y en la radio qué tal?

Un programa, solo con el micro delante, con todo el potencial de la SER, viniendo de la televisión… eso fue toda una liberación. Te permite llegar más lejos. Y no dependes como en la tele de las conexiones del satélite, de si un invitado está o no de cuerpo presente.

Más adelante publicas otra vez en El País un reportaje escrito sobre Camboya, «Un país sin viejos». Te envió allí una ONG. Me llama la atención este dato que destacas de que en el Museo del Genocidio había un cartel que ponía «Prohibido reírse».

Ese cartel ahora mismo ha quedado anticuado, ahora debería ser «Prohibido hacerse un selfie». Es como si vas a Auschwitz y empiezas a descojonarte en la foto como la que se hizo esta chica que se convirtió en viral por lo desgraciado de la sonrisa y del momento. Posiblemente ahora en Camboya, si no lo han hecho, tendrán que poner el cartel de cuidadito con los selfies. Ese lugar transmite lo peor a lo que llega la condición humana. Posiblemente, después del nazi, el genocidio de los jemeres rojos es el único equiparable en la dureza, crueldad, locura, insania y las cicatrices que dejó en un pueblo. Viajé invitada por Marie Claire porque tienen un proyecto de escuela para niñas. La directora, Joana Bonet, me lo propuso. Fuimos con Pepa Bueno y la fotógrafa Ana Nance. Nos quedamos unos días más para conocer mejor toda la zona y de ahí surgió ese reportaje que a los colegas de El País les pareció interesante. Especialmente por las fotos de Ana, que eran excelentes.

En Soitu te hicieron una entrevista al llegar y te preguntaron si no erais ya mayorcitas para ir por ahí «haciendo de Madonna».

Era en tono distendido. La periodista era Ana Cañil, que ahora es colaboradora nuestra y le tengo mucho aprecio, lo que pasa es que no se corta en absoluto a la hora de hacer preguntas. Pero siempre hay esas críticas respecto a si personas conocidas están haciendo el tonto cuando apoyan alguna causa. Eso está superado. Cualquiera que pueda aportar algo dando visibilidad a un problema, en este caso el de las niñas, bienvenido sea. Al menos yo creo que mejor invertido no pudo estar mi tiempo.

¿Visitaste la industria textil?

No tuvimos ocasión. Fuimos a los barrios. Nuestra visita tenía como principal interés entender la importancia de que en un país como Camboya las niñas tengan derecho a la educación, que allí supone que no estén en la calle prostituyéndose o que no estén trabajando desde muy pequeñas en un taller o en una fábrica. Cuando Pepa Bueno y yo preguntábamos a las crías qué querían ser de mayor no te hablaban de grandes profesiones, te decían que querían ir a un taller textil. Para muchas de ellas trabajar en un taller, no necesariamente en condiciones de semiesclavitud como hay algunos, es su única posibilidad de salir de una pobreza aún mayor. Por eso es muy curioso entender de qué manera funcionan estas pequeñas iniciativas, en este caso privadas, como la de la ONG de Marie Claire, que lo que hacen es dar a familias que de otra manera estarían empleando a su hija la posibilidad de que esa niña estudie. Y lo hacen incluso proporcionándoles alimento a esas familias para que ellas no tengan que trabajar o cuidar de los hermanos.

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El año pasado hubo unas protestas en Camboya de chicas trabajadoras del sector textil que pedían sueldos de ciento setenta y siete dólares, las #WeNeed177; en sus pancartas aparecía el logotipo de Zara, entre otros. Hace un par de semanas publicaba la prensa que Amancio Ortega se había embolsado este año 970 millones de euros en dividendos.

No te voy a descubrir quién es Piketty y el trabajo tan espectacular qué ha hecho con El capital en el siglo XXI y cómo ha acertado a la hora de subrayar algo que ya venían varios economistas y sociólogos alertando. La desigualdad máxima hacia la que estamos avanzando nos está enviando de vuelta al siglo XIX. Lo vemos en los sueldos de grandes directivos, pero fundamentalmente en que esas industrias o empresas no dejan en esos países los beneficios sociales que podrían, los beneficios no revierten. Aunque cada vez hay más responsabilidad social. El coste para la imagen de la empresa de un documental como el que ha aparecido ahora de H&M, sobre las condiciones en que trabajaban las jóvenes camboyanas, es tan brutal que me consta que están tomando medidas para evitar estas situaciones en las que se les cae la cara de vergüenza.

«He trabajado en grandes medios y conozco la tensión permanente por el peso de la publicidad», dijiste en un encuentro con estudiantes.

No es descubrir la pólvora. Haberlas haylas. Yo de momento no he tenido que retirar una información, ni plantearme darle una vuelta para que sea más amable. Creo que las empresas saben cuáles son los límites de cada uno. Sabemos que no meten publicidad en un medio que sea especialmente combativo y sabemos que hay pequeños medios que ponen eso como arma, o me pones publicidad o publico información contra tu marca. Hay sablazos en ambos sentidos. Afortunadamente, en el medio que yo dirijo, de momento, respetan el territorio en el que nos movemos.

El Huffington ganó el Pulitzer reuniendo los relatos de los veteranos de guerra.

Para que luego digan que en el medio digital no es posible hacer buen periodismo. El periodista que lo ganó es David Wood. En Estados Unidos los veteranos, todos los que han pasado por distintas guerras, son muchos, tantos como un país entero, y sufren no solo el trauma posterior sino una complicada reinserción social. Es un tema también muy sensible; Philip Roth ha escrito sobre ello de forma prodigiosa en La mancha humana. Están fuera de la sociedad, que les quiere reconocer, el cine y la literatura glosan sus vivencias, pero luego realmente no encuentran un sitio.

Esperanza Aguirre te dijo en televisión que el Huffington parecía el PSOE «lanzado».

No lo sé, pero se lo agradecí mucho porque cualquier tipo de promoción nos viene bien. Somos un medio abiertamente progresista, entiendo que a Esperanza Aguirre no le guste, aunque eso no significa ni mucho menos que seamos el PSOE. Para nada. La prueba es que le sacudimos cuando nos parece que lo merece igual que a otro partido político.

Has comentado que antes del 25 de mayo, de las elecciones europeas, notasteis que algo grande se estaba cociendo en torno a Podemos por el tráfico que os daban en las estadísticas todas las noticias sobre ellos.

Todo lo que publicábamos de Pablo Iglesias se situaba inmediatamente entre lo más visto. Internet arrastra muy mala fama de que solo se ven gatitos, pero si cribas un poco las chorradiñas en las que todo el mundo pica y te fijas en lo más visto, te encuentras con lecciones muy curiosas. Una de ellas fue detectar cómo Podemos estaba desarrollando un interés, una fuerza y un peso específico antes de esas elecciones. Lo mismo que estamos viendo ahora con Ciudadanos.

¿Esto echa por tierra la teoría de que a Podemos lo han creado los medios, La Sexta concretamente?

Ellos son los primeros en reconocer que un escaparate como La Sexta les ha ayudado a transmitir su mensaje político, pero esto no es inventar la pólvora. No están prefabricados, llevaban mucho tiempo trabajando en un movimiento social y político que ha cristalizado en un partido en un momento dado, podría haberlo hecho antes o después. Es lo mismo que Ciudadanos, hay quien cree que lo han manufacturado las élites y los medios, que creen que para contrarrestar el efecto Podemos se puede crear el efecto Ciudadanos. Estos también se equivocan. No es verdad. Hay grupos de ciudadanos que se sienten huérfanos porque no quieren votar al PP y han encontrado en este partido la respuesta a sus plegarias. Te gustará más o menos, pero no está prefabricado. Otra cosa es que les estén haciendo la ola desde lugares muy diversos. Eso sí que es interesante, quiénes les están jaleando y por qué, pero tampoco son un producto manufacturado.

Montserrat Domínguez para Jot down 6

Los blogs son la «columna vertebral» del Huffington, en tus propias palabras, y no son remunerados. Esto os ha granjeado múltiples críticas. En el blog El Descodificador te decían que con esa estructura se daba un paso más hacia una prensa integrada únicamente por jefes y accionistas.

En el Huffington Post trabajamos en torno a veinte personas, somos un medio muy pequeño. Trece de ellas están en plantilla y el resto son colaboradores. Es una fórmula muy similar a la que tienen muchos medios de comunicación en los que están muchos blogueros que se han cansado de insultarnos. Es la fórmula con la que llevan coexistiendo los medios desde hace mucho tiempo. Lo que es nuevo es que a los blogs y los blogueros, que no vienen necesariamente del mundo del periodismo, en el Huffington se les da hueco y voz. Eso hemos hecho y estoy orgullosa. Y no es periodismo, es comunicación. No tiene nada que ver con el periodismo, un trabajo que hacemos nosotros. Las columnas de los blogueros, ya sea un estudiante que escribe de lo que le apasiona, o un científico que se ha tenido que exiliar, o un escritor que acaba de publicar su primer libro, no son periodismo, son espacios de opinión. No entiendo esa agresividad de los periodistas que se sentían amenazados por que estas personas que no son periodistas sean capaces de escribir bien, cosas interesantes y que se publiquen. No entiendo esa actitud.

Igual es una cuestión semántica. Colaborador voluntario es equivalente a trabajador no remunerado. Y visibilidad es igual a cero euros.

Lo que se confunde es blog con periodismo y eso no es verdad. En los blogs no solamente escriben periodistas. Además, los periodistas hemos dejado de tener la llave de decidir qué se publica y que no. Ahora hay gente que escribe muy bien, que se gana la vida de otra manera, y quiere llegar a más gente. Nosotros ponemos a su disposición un blog porque lo que escriben nos parece relevante. ¿Es periodismo? Es posible a veces, pero no buscamos mano de obra no remunerada. Lo que buscamos es dar voz a gente que ocupa un lugar que antes solo ocupaban los periodistas.

Dijiste al empezar el proyecto que seguro que muchos de estos colaboradores gratuitos lograrían irse a otros medios que los contratarían gracias a la visibilidad que les iba a dar escribir en el Huffington. ¿Cuántos ha habido?

Ahora mismo estoy escribiendo una reseña para un libro que acaba de escribir uno de nuestros blogueros; un libro basado en las recetas que publica en su blog del Huffington. Es «El cocinero indignado», hace una especie de cuadro de la actualidad política y propone una receta según sea la situación. Escribe bien y con una fórmula muy divertida. Nos pidió el espacio hace más de un año y ahora va a sacar un libro. También nuestro pediatra, que tenía un blog muy divertido, pero que conocían solamente algunos padres de la zona de Paracuellos de Madrid. Empezó uno con nosotros y ahora ha publicado un libro. ¿Le quita el pan a un periodista? No. Y aquí también hay periodistas. Nunca sabes la situación de cada uno es un mundo. Puedes haberte ido fuera, a otro lugar, pretendes mantener la conexión con España y por eso escribes un blog. ¿Quién eres para juzgarlo?

Dijiste que había un intento de desprestigio de otros medios que tampoco pagan.

Hay una hipocresía. No es que te diga ejemplos, es que no sé decir ejemplos donde no haya blogs que no se pagan. Si lo hacemos nosotros está mal y si lo hacen otros medios no se les critica.

En los blogs, abajo, pone © 2015 PRISA.

En las condiciones que mandamos a los blogueros pone que pueden hacer con lo que publiquen lo que quieran. A veces salen en otros medios, periódicos regionales, por ejemplo. Ellos son propietarios de ese contenido y pueden moverlo como quieran. Es un quid pro quo.

No hay un índice de todos los blogs, no puedo verlos todos de golpe. Pero en las actualizaciones del jueves 19 y el viernes 20 y me encontré con ochenta blogs hechos por hombres y treinta y seis por mujeres. Íñigo Errejón, que también tenía proporciones similares en Podemos en las secretarías generales regionales, nos dijo en el JD#10 que se debía a que las mujeres les costaba dar un paso adelante, aunque estuvieran mucho más preparadas que hombres.

En el Huffington el porcentaje sería ideal que fuese un cincuenta por cincuenta, pero me gustaría verlo comparado con otros medios. Creo que el Huffington es uno de los lugares donde escriben más mujeres.

Pero eso que dice Errejón lo he vivido como directora de programas, había mujeres tremendamente válidas que no quieren salir. Hubo una época en la que a las mujeres las tenías que buscar con lupa. Había una resistencia pasiva. A colegas muy buenas les decía que se vinieran a la tertulia y no querían. Quizá es porque siempre hemos tenido pocas referencias y una tendencia a no valorar nuestras propias capacidades, a no destacar, eso de ¡no te signifiques! que no sé en qué parte de nuestra educación lo hemos absorbido. Es una lacra que he sentido en mí misma y la he visto en compañeras muy valiosas que no tenían nada menos que los colegas masculinos que estaban sentados al lado. Se notaba a la hora de dar el paso adelante, cuando te expones más a la hora de, por ejemplo, salir a decir qué te han parecido unas elecciones, valorar y tal.

Pero creo que eso afortunadamente ha cambiado. Ahora hay muchas más mujeres y ese es un gran valor porque son referentes para las que vienen detrás, les facilita el camino. A que otras digan que si una lo hace por qué ellas no. Por eso es importante la visibilidad de la mujer en puestos de dirección, en mesas de tertulia, como opinadoras y divulgadoras, porque anima a otras a dar el paso. No ha sido fácil para las mujeres nunca en ningún sitio, pero Francia por ejemplo siempre ha tenido mujeres en la prensa. Además, mujeres mayores, no solo chicas jóvenes al frente de los informativos. Empezando por Anne Sinclair, directora del Huffington francés y que dirigió un programa que fue líder en la televisión francesa. Fuera de nuestras fronteras ha habido más respeto a las mujeres.

Montserrat Domínguez para Jot down 7

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Antonio Caño: «Este país lo primero que necesita es información, tenemos un exceso de opinión desmedido»

Antonio Caño para Jot Down 1

Lleva un mes y una semana al frente del periódico más vendido de nuestro país. Su aterrizaje desde Estados Unidos, su último destino, ha sido de todo menos tranquilo. Poco antes de su nombramiento se filtró un mail enviado, teóricamente por error, a la redacción en el que hablaba de la anterior cúpula y no precisamente en tono cariñoso. Además le ha tocado dar sus primeros pasos con un rey abdicando, con el líder de la oposición anunciando que se marcha y el bipartidismo corneado tras las elecciones europeas. A todo eso hay que sumar la situación financiera de su propio medio que ha prescindido de casi doscientos periodistas tras un ERE. Antonio Caño, de cincuenta y siete años y treinta y dos trabajando en el mismo medio, entra puntual en la sala de juntas del edificio de El País donde está previsto que hagamos la entrevista. Pero Lupe, la fotógrafa, pide cambiar de sitio por cuestiones de luz y encuadre; él acepta sin problemas. Es cordial y directo en el trato. Trae en la mano el teléfono móvil que apenas mira un par de veces en las dos horas largas de conversación. Ha accedido a responder todas las cuestiones sabiendo que algunas son terreno pantanoso y le pueden dar algún dolor de cabeza extra.

Es la primera vez que un director de El País tiene despacho en la redacción. Es raro, ¿no?

Efectivamente, antes no había. Yo creo que el director tiene que estar donde está la redacción. En las redacciones que yo había visitado en otros periódicos del mundo siempre veía el despacho del director en la misma planta. Se trata de estar más cerca del trajín diario.

Eres el quinto director de El País. ¿En qué eres diferente de los demás?

(Hace una pausa durante varios segundos. Piensa bien la respuesta) Soy un periodista que llega a la dirección después de haber pasado por casi todos los puestos. Llego después de una larga carrera y después de haber hecho una transformación personal. Procedo del periodismo tradicional y en los últimos años me ha tocado crear una edición digital, con lo cual he experimentado todos los tipos de periodismo que se hacen en este momento. Soy eso esencialmente, un periodista. No tengo otra formación, otra experiencia ni otras ambiciones.

 ¿A qué periódico te gustaría que se pareciera El País?

Los mejores periódicos del mundo son anglosajones. Financial Times o New York Times son los mejores.

¿En España no estamos a la altura?

No. El periodismo español está muy lejos. Es muy distinto. La mejor referencia para nuestro país es El País. Es el mejor periódico que se ha hecho en España.

Hablas en pasado. ¿Con qué época te quedas?

Con los primeros años, no hay duda. Era extraordinario. Tenía una combinación que los periódicos pocas veces consiguen: buena información y una conexión mágica con la sociedad a la que se dirigía. Era un periodismo moderno conectado con la gente. Después no fue igual.

¿Qué habéis hecho mal para que se pierda esa conexión?

Se ha debilitado, pero no se ha perdido. Ha cambiado la sociedad y nos necesitan menos. Cuando El País surgió era tan necesario como el pan de cada día. Se necesitaba ese producto.

Insisto, ¿qué habéis hecho mal para que ya no os necesiten?

Ahora vivimos en una sociedad más desarrollada, más madura. Necesita menos guías, en general, menos tutelaje. Es más autónoma y más moderna. Y también con el paso de los años, nosotros hemos crecido y nos hemos hecho un periódico más institucional. Lo cual es inevitable.

¿No crees que eso es malo?

No necesariamente. Cuando menciono alguno de los principales periódicos del mundo son muy institucionales. Le Monde es un símbolo de Francia. Los periódicos importantes acaban convirtiéndose en instituciones de su sociedad. El New York Times es un símbolo de Nueva York y mucha gente que va a la ciudad hasta va a la tienda del periódico y se compra una camiseta y una gorra que pone NYT.

Has dicho que El País representó algo parecido y se ha perdido. ¿Habéis dejado de representar a la gente?

Yo creo que sí representamos a la sociedad. En España estamos metidos en un debate y una confusión que no nos permite ver las cosas como son. Tengo la fortuna de estar recién llegado tras vivir muchos años fuera. Desde fuera se ve El País como un símbolo de España, de una España moderna que se democratizó. Es marca España.

¿Crees que dentro de España os ven igual?

En España no valoramos lo que tenemos. Ni El País ni muchas otras cosas. Este periódico es mejor de lo que algunos de nuestros críticos creen. No es tan bueno como me gustaría que fuera, pero es mejor de lo que gran parte de nuestros críticos creen. Tenemos esa costumbre de menospreciar cosas que hacemos bien. El País debería ser un orgullo.

Antonio Caño para Jot Down 2

En tu blog señalas sobre el periodismo: «tampoco vendría mal preguntarnos si no estamos observando con demasiada frecuencia la realidad desde el mismo lado del cristal opaco desde el que la miran los poderosos».  ¿Crees que El País hace periodismo contra el poder?

Los periodistas hemos hecho demasiada poca autocrítica. Hemos vivido una crisis económica y además en los medios una crisis de modelo que ha dejado a nuestras empresas famélicas. Y hemos salido a la sociedad a quejarnos de lo mal que estamos y casi a pedir ayuda. Hemos discutido poco en el oficio sobre la culpa que tenemos de que nos vaya tan mal. Tenemos parte de culpa, y también la revolución tecnológica. Ahora les está pasando a los taxis lo que lleva años pasando en nuestro sector. A todos les va a pasar.

¿Cuál es la autocrítica? ¿Hemos estado pegados al poder y no a los ciudadanos? Así lo perciben todas las encuestas.

Estoy de acuerdo en que los periódicos hemos prestado poca atención a los ciudadanos. Incluido El País. A los temas que preocupan a los lectores. Los hemos descuidado. Pero no somos una ONG. Las necesidades de las ciudadanos son una cosa y los intereses de los lectores son otra. Nuestra responsabilidad no es atender sus necesidades sino tener información y datos sobre los asuntos que son relevantes para los lectores. Y es verdad que hemos estado más pendientes de los poderosos de todos los ámbitos. Los periódicos de calidad están más pendientes de lo que dice la gente y hay gente muy interesante en España que no sale en la prensa. Hay muy buenos médicos, investigadores, científicos, etc.

¿Quieres darles ahora más visibilidad?

Eso pretendo. Me gustaría que nuestro periódico enseñara una sociedad que es más laboriosa, optimista, más emprendedora y a la que creo que no prestamos demasiada atención. Los periódicos cubrimos una parte muy pequeña del país que justamente es la más desmoralizada, la más asustada.

¿Dais visibilidad suficiente a la gente que peor lo está pasando?

Yo creo que sí. A la gente que está sufriendo el paro.

Un periodista que viene de trabajar en Estados Unidos, ¿cómo vive el momento «plasma» del presidente de Gobierno o las ruedas de prensa sin preguntas?

En este país tenemos la enorme capacidad de distorsionar los argumentos y enredarnos en debates absurdos. Para mí el debate de las ruedas de prensa sin preguntas es absurdo.

¿De verdad?

Sí. Es todo un gran malentendido.

¿Tú crees? No es que haya declaraciones institucionales como cuando Obama anuncia que han matado a Bin Laden, el problema es que se han extendido y ya casi no nos dejan preguntar. ¿No?

Vengo de un país en el que con mucha frecuencia convocan  a la prensa para hacer una declaración y después se van. Y a veces los periodistas le gritan a Obama y él se va y no contesta.

Rajoy da una rueda de prensa larga al año y cuando está obligado por la visita de un líder internacional admite dos preguntas. ¿Te parece suficiente?

Una conferencia al año es muy poco. Tres o cuatro con muchas preguntas son necesarias. En Estados Unidos cuando Obama sale con otro líder son dos preguntas por país y las decide la Casa Blanca. Los periodistas tenemos que tener un poco más de humildad en todo este asunto. La gente tiene derecho a hablar y a callar. Y eso incluye a los políticos. Ellos pagarán la responsabilidad de su silencio. Pero tienen derecho a callar.

¿Siendo cargos públicos que tienen que rendir cuentas?

Tienen derecho. Y luego serán los electores quienes les juzguen por ello. Rajoy sabrá cuánto tiene que comunicar. Pero tiene el derecho a callar. Desde mi punto de vista se equivoca si calla, pero tiene derecho.

Entonces, ¿al director de El País le parece bien que sea la vicepresidenta del Gobierno quien decida cada viernes en la rueda de prensa del consejo de ministros qué medios preguntan? ¿No le incomoda que se elija a los medios desde el Gobierno en una comparencia que debería ser más abierta?

En España hay carencia de información por parte del Gobierno. El Gobierno facilita poca información. El problema no es de formato. Si la vicepresidenta responde de media seis o siete preguntas a la semana es muy poca información. Y sin embargo, en España se abusa de la información confidencial, del «te cuento pero no digas quién te lo ha dicho». Hay un exceso de eso y me disgusta profundamente.

En general en España se dan pocas explicaciones a los ciudadanos desde la clase política, desde los poderes financieros o la monarquía, que no concede entrevistas. Esto fuera no ocurre. ¿No crees que padecemos una falta de rendición de cuentas?

Instrumentos hay. Es una democracia como cualquier otra en ese sentido. Pero hay poca transparencia informativa. Insisto en que los periodistas disponen de poca información pública y eso incluye a todos: el Gobierno, la oposición, empresas…y hay un exceso de información confidencial. Hemos llegado a un punto absurdo en el que los periodistas cuentan en sus medios menos de la mitad de la información que poseen.

¿Por qué crees que ocurre esto?

Porque gran parte de las veces no tienen autorización para publicarla. Lo peor es que el público dispone de poca información hasta en lo personal. En Estados Unidos saben hasta cuántas veces hace deporte el presidente, si es agresivo jugando al basket, si juega de alero o de pívot, cuál es su handicap en golf. Sabes cuántas horas y minutos lleva jugados al golf Obama.

¿No te da cierta envidia, al margen de la información más superficial?

Por supuesto. Este país lo primero que necesita es información porque tenemos también un exceso de opinión desmedido. Hay hambre de información en la sociedad para modernizarse, para volver a conectar. Necesitamos hechos y datos y menos opinión. Quiero que en El País haya más información y menos opinión. Cuando hablaba de que falta autocrítica me refiero a eso. Los periodistas hemos devaluado los hechos. Hemos entrado en una deriva literaria contando las cosas de forma bonita más o menos acorde con los hechos, pero interesando más que el hecho. Otros dando más importancia a la opinión y a la interpretación que yo hago de los hechos, que pasan a un segundo plano. Los periodistas llevamos años en España despreciando los hechos. Es penoso que desde las ocho de la mañana en la radio estés escuchando opinión. ¡Desde las ocho de la mañana!

También hay información.

Sobre todo opinión, y es imposible que a las ocho de la mañana alguien tenga opinión de nada. ¡No te ha dado tiempo a elaborar una opinión! El periodismo de opinión tendría que estar más limitado en el espacio y en el tiempo. Es desmedido. Y, como se prima frente a los hechos, crea un país histérico. ¿Cómo no va a estar el país histérico si no escuchan más que a gente opinar precipitadamente de hechos que no han tenido tiempo de conocer?

¿El País también ha contribuido a esa dinámica?

También. La deriva general también ha afectado a El País.

Antonio Caño para Jot Down 3

Quiero saber también cuál es tu análisis sobre la importancia de los medios públicos en España. ¿Cómo deberían ser?

La televisión pública debería ser estrictamente de servicio. No entiendo una televisión pública con basura.

¿Se está dando ese servicio?

No. Creo que el mejor periodo de la televisión pública fueron los últimos años. Cuando se hizo información de manera sobria, profunda, seria y objetiva. Las privadas casi renunciaron y la televisión pública quedó como la reserva de ese tiempo de información, por ejemplo, con una gran red de corresponsales. Esa debería ser la línea.

¿Qué opinas del cambio de modelo?

Creo que con la televisión habría que tener una política de Estado y no de partido. Es un bien publico. No creo que a nadie se le ocurra llevarse un cuadro del Prado a su casa porque todos entendemos que ese museo es un bien público que nadie puede usar en su propio beneficio. Pues con la televisión pública debería pasar lo mismo. Es el Prado de los medios de comunicación. Me asombra que me preguntes por algo así porque me parece muy obvio. No sé cómo un político a estas alturas cree que puede utilizar la televisión pública a su servicio. Es incalificable.

Te voy a dar algunos nombres de compañeros de profesión para que me des tu opinión: Pedro J. Ramírez.

No lo conozco.

¿Qué te parece su salida de la dirección de El Mundo?

No puedo decir mucho de él como persona porque no lo conozco. El periodismo que ha hecho El Mundo no me gusta nada. Me refiero a ese periodismo escandaloso, de verdades a medias, de pseudoinvestigación, en el que vale todo. Ese periodismo no me interesa.

¿Incluyes también el periodismo de investigación que, en ocasiones, coincide con El País? Por ejemplo en el caso Bárcenas.

No hablo de un caso en particular. Es una manera de abordar las historias y la actualidad. Contribuye a esta gran confusión general. La gran contribución que un periódico puede hacer a la sociedad, por encima de todo, es la credibilidad y el rigor. Que cuando leas algo en un periódico sea así. Si esa es la gran contribución, te diría que El Mundo no la hace. Es mi punto de vista.

Insisto sobre el cese de Pedro J. Ramírez. ¿Lo atribuyes a Moncloa, Zarzuela, la caída de las ventas…?

Desde fuera lo que puedo decir es que yo no creo que Zarzuela pueda despedir en este país a ningún director si la empresa no quiere. Lo creo honradamente.

¿Y Zarzuela y Moncloa juntas?

Tampoco. No creo que viva en un país en el que el gobierno pueda despedir a un director.

Seguimos: Francisco Marhuenda, director de La Razón.

Lo conozco por los debates en La Sexta, donde no me interesa lo que dice. Considero que es un periodismo ultraideológico. El problema es que los periodistas estamos para unas cosas en la sociedad y no para otras. Estamos para aportar hechos, para dar información, para contribuir a que una sociedad esté bien y objetivamente informada. Para eso estamos. Pero nos hemos creído que estamos aquí para no sé qué coño. Ni somos actores ni estrellas. Tenemos que enterarnos de lo que pasa y contárselo a la gente de la manera más sencilla, sobria y objetiva posible. Eso hace una sociedad más saludable, y Marhuenda no hace precisamente eso.

Otro nombre: Jordi Évole. Juan Luis Cebrián escribió en El País sobre el documental del 23F: «La misma televisión que organizaba acalorados debates sobre idéntico tema había programado semanas antes un falso reportaje, una auténtica invención dolosa, que venía a defender tesis más o menos parecidas: el golpe habría sido algo simulado para tratar de reconducir a partir de él la caótica situación del país. En mi opinión la permisividad, que diría Carrillo, ante tantas vulneraciones de los más elementales principios profesionales y deontológicos del periodismo puede derivar, de hecho lo ha conseguido en parte, en que algunos sectores duden del papel del rey en el golpe de Estado».

¿Lo compartes?

A mi me parece que Jordi Évole está muy bien. Lo veo cuando puedo. Hace un buen servicio. Lo único que me sorprende del fenómeno, que por otra parte hace una contribución positiva, es que sea el periodismo de referencia. Porque es un producto bueno, original y heterodoxo.

Quizá por eso funciona.

Pero ¿dónde está el periodismo ortodoxo en este país?

Igual no tiene que existir la ortodoxia.

¡No, no! Tiene que existir. Porque el periodismo tiene que ser sobrio, no tiene que llamar la atención. Es como un buen árbitro, se considera que arbitra bien cuando no se nota que está. Créeme. El periodismo tiene que ser humilde.

Por supuesto, pero en televisión el periodismo tiene una visibilidad diferente: el director de Salvados, Jordi Évole, tiene más visibilidad lógicamente que el director de El País, ¿no?

La visibilidad que hay que tener en televisión es la credibilidad. Obviamente en televisión todo tiene un ingrediente de espectáculo. También las noticias. Y por eso la persona que sale debería contribuir a la credibilidad. Walter Cronkite es la persona más famosa de información en televisión porque cuando decía una cosa te la creías. Esa es la imagen que él transmitía. Eso debe ser y no esa especie de carrera de celebridades en la que están algunos.

¿Quiénes están en esa carrera?

No quiero dar nombres.

Igual hasta estás pensando en mí. Hay gente que piensa que cuando interrumpimos lo hacemos por protagonismo y no por no aceptar mítines.

No. Me refiero a periodistas que están en mil tertulias, actos sociales, etc. Así no se puede cumplir el papel que tenemos encomendado.

Antonio Caño para Jot Down 4

Hablemos del gran problema de la prensa al margen de los contenidos. El futuro del papel. ¿Está muerto? ¿La prensa escrita está firmando sus últimas horas?

Muerto no está todavía porque yo hago cada día prensa escrita, pero está atravesando por un momento muy difícil. El presente es muy complicado.

Cebrián llegó a decir que la prensa en papel es un producto del siglo XIX. ¿Lo compartes? ¿Sobrevivirá en el siglo XXI?

El tiempo del papel se cuenta en años, en muy pocos años.

¿Sobrevivirá una década?

No creo que más de una década.

¿Cómo se puede convencer a un lector de que pague mañana el periódico en el quiosco si esta noche a las diez le vais a adelantar gratuitamente muchas de las informaciones o incluso las mismas en la web?

Estamos intentando que no sea la misma información. Queremos diferenciar el papel de los productos digitales y vamos a profundizar más en eso. Hemos hecho incluso cambios físicos en la redacción. (La edición impresa ocupaba el centro de la redacción y con la llegada de Caño ha pasado a un lateral).

¿Cuál sería el precio de ese valor añadido en la edición digital? ¿Vais a añadir algún pago en la web?

No es una cosa que tengamos decidida. Es una estrategia muy complicada de llevar a cabo. No tengo claro que la única forma de rentabilizar la web sea el pago.

¿Tiene El País lectores jóvenes?

En la web es altísimo el número de lectores jóvenes. Hay una confusión sobre la pérdida de lectores en los periódicos. El País tiene hoy más lectores que nunca por la edición digital. Tiene más influencia que nunca porque no solo estamos en España sino también en México, Colombia, Chile, etc. Es influencia real. Antes El País era conocido en América Latina. Hoy es influyente. Tú abres la web de El País en México y lees una información complicada sobre el gobierno mexicano, o sobre la violencia, o sobre el proceso de paz en Colombia o las revueltas de estudiantes en Chile. Y automáticamente se convierte en un periódico de influencia local.

¿Y en papel dais por perdidos a los jóvenes?

No es por el contenido. Es el formato. Aunque hiciéramos solo temas que interesaran a ese sector tampoco lo comprarían.

Vamos a repasar algunas portadas y editoriales que han causado polémica últimamente: «El bipartidismo recupera vigor» (7-mayo-2014).

Era una encuesta del CIS. Nosotros reflejábamos eso.

Visto lo que ha pasado, ¿fue un error darle tanta potencia a ese titular?

Es un titular estrictamente descriptivo. Había un ascenso en esa encuesta del CIS para los dos grandes partidos. Y lo que sí ha habido en estas elecciones es un patinazo en las encuestas, no solo en esa, también en la que dimos nosotros de Metroscopia. Pero ese titular no era interpretativo.

Sin embargo, poco antes también leímos en vuestro periódico un editorial aplaudiendo la designación de Elena Valenciano como cabeza de lista en las elecciones europeas. Se titulaba «Subiendo el listón» y decíais que se enviaba un mensaje positivo a la sociedad. Eso es mojarse mucho.

¿De qué fecha es? Yo no era director del periódico.

Pero tendrás opinión del tema, sobre todo porque siempre defiendes que el periodismo no debe ser de derechas o de izquierdas.

Ya, pero no voy a opinar de un editorial que yo no he firmado.

Cómo definirías ahora mismo El País: ¿de derecha, izquierda, probipartidismo, constitucionalista, monárquico?

Nuestro periódico está definido en el libro de estilo. No tengo que inventarme la definición yo.

No te pregunto cómo lo define la empresa, sino cómo lo define Antonio Caño.

Nosotros no podemos cambiar la definición solo porque cambie el director. Lo único que quiero es sacar el periodismo del debate izquierda-derecha. El periódico no se puede medir por esos parámetros porque son muy pobres para un medio.

Pero si os consideráis progresistas supongo que no se os puede enclavar en la derecha. ¿O sí?

Eso son parámetros muy estrechos. Si yo te pregunto si tu programa es de derechas o de izquierdas no está bien porque honradamente no es ni de un lado ni de otro. A nosotros nos tienen que medir por la función que cumplimos. Es decir, debemos medirlo por si somos rigurosos, creíbles y objetivos, o mejor dicho, ecuánimes. Yo no rechazo el parámetro izquierda-derecha pero digo que es secundario y que hay demasiada ideología. Los periódicos se definen primero y sustancialmente por otros valores, que son los que he mencionado.

Entonces ¿te incomoda que el periódico que diriges haya sido considerado como periódico de izquierdas?

Me incomoda porque El País no es un periódico de izquierdas. Ni lo es ni lo ha pretendido. Es un periódico liberal, progresista, que conecta con las tendencias de modernizar y conseguir que la sociedad a la que se dirige progrese. Somos socialmente responsables y avanzados. Y nos gustan los cambios. Y nos gusta la justicia. Es un periódico mayoritario que se dirige al conjunto. Tenemos una visión determinada. Nos interesan unos temas más que otros pero no rechazamos a nadie. Todo eso no significa que seamos de derechas.

En concreto de ti se ha dicho que eres muy conservador. ¿Lo rechazas?

Por supuesto. Ni mucho ni poco. No lo soy. Ni tampoco lo es mi visión del mundo, porque me interesa todo lo que tenga que ver con progresar y avanzar. Como periodista nunca he sido ideológico. Y no me gusta añadir adjetivos. Ni social, ni comprometido, ni de paz, ni de guerra. El periodismo es periodismo, contar las cosas sin trampas, de la manera más ecuánime. Que puedas dormir tranquilo por las noches.

Antonio Caño para Jot Down 5

¿Duermes tranquilo por las noches?

No te lo puedes imaginar.

Otro editorial: «Un éxito de Rajoy» (15-enero-2014). Se titulaba así y trataba de la visita del presidente a la Casa Blanca.

No tuve nada que ver tampoco. Los editoriales son responsabilidad del director. No voy a juzgar el trabajo de Javier (Moreno).

Por cierto, al hilo del debate de izquierda y derecha, quiero saber si estas a favor de la gran coalición que propuso Felipe González. Una idea con la que se armó un gran revuelo en campaña.

Un revuelo que no puedo entender. Me alegré del revuelo por ti, porque la declaración la hizo en tu programa. Pero quién con sentido común puede estar en contra de que, en determinadas circunstancias y llegado el caso, se haga.

La mitad de su partido, el PSOE.

Pero dependerá de las circunstancias.

Las actuales.

Pero Felipe González no dijo actualmente.

No dijo hoy, pero se refirió a la crisis y a Cataluña.

No creo que pueda haber alguien que se oponga. Y quienes se opusieron estaban en campaña electoral. A mí no me suena mal que cualquier clase política en cualquier país civilizado debe tener la opción de que, en determinadas circunstancias, pueda gobernar en coalición. ¿Quién puede oponerse a eso?

¿Podemos es un partido antisistema?

Yo creo que sí. Son antisistema democrático. Sus dirigentes creen en otro sistema que probablemente no es democrático.

¿Crees que están en contra de la democracia?

No quiero entrar a juzgar, pero están en contra del sistema con el que nos gobernamos. Y este sistema es democrático. Claro que requiere reformas. Yo personalmente creo que hay que reformar la Constitución. Pero el sistema es válido, es el que necesitamos. Un sistema de partidos políticos contra los que yo no tengo nada.

Ellos también son un partido político que ha conseguido entrar en las instituciones y en el sistema.

Pero es un partido que desprecia a los demás. Y eso me parece una mala propuesta de convivencia. Yo soy un partido y no como los de mi lado que son una panda de sinvergüenzas. Eso me parece una pésima propuesta de convivencia.

El otro día Carles Francino en la cadena Ser hacía autocrítica sobre cómo los medios no supimos ver el fenómeno de Podemos. ¿Lo compartes?

No veo que sea así. Cuando ese partido tuvo los votos le dimos la portada al señor Iglesias.

Hay quien piensa que Podemos ha ganado gracias a su presencia en televisión. ¿Lo compartes?

La visibilidad ayuda. No sé cuánto depende eso de su éxito, pero ha sido un factor importante.

Otra portada. «El rey abdica» (7-junio-2014). Y vemos que no hay una sola línea crítica en ella. Ninguna referencia a los escándalos y el desgaste que ha provocado que el rey deje el trono.

¿Pero cómo vas a titular el día que abdica el rey?

No me refiero al titular principal, sino al resto de la portada. El rey no se va porque quiere simplemente o solo por la edad. Eso no aparece.

Pero eso de nuevo es buscar primero las interpretaciones.

Hablo de vuestras interpretaciones. El editorial se titulaba «Un rey necesario» y los artículos de opinión de la portada del director y del presidente del grupo son también positivos. No digo cómo deben ser, ojo, solo que lo son.

Nosotros sostenemos en la portada que la Corona ha sido útil. Yo mismo firmé «decisión inaplazable» porque está bien que se haya producido. Claro que hay desgaste, que está mencionado dentro en el editorial donde hablamos de claroscuros. Nosotros tenemos que poner las cosas en contexto. El reinado ha coincidido con el mejor periodo de la historia de España, el más estable y el de más progreso, desarrollo y justicia social. Es importante saberlo y es nuestra obligación decirlo. Ese día lo más importante era eso. Miremos las cosas en perspectiva como hacen los países serios.

¿Crees que se ha instalado el debate monarquía-república en la calle o en caliente por la abdicación?

Absolutamente. Responde a un impulso emocional de un instante. La última encuesta del CIS decía que era la preocupación del 0’2 por ciento de la población.

Pero no había abdicado el rey.

No estaba instalado. Lo instala la actualidad pero desaparecerá con la misma rapidez. No creo que el príncipe lo vaya a tener que afrontar porque no es una preocupación de la gente.

Antonio Caño para Jot Down 6

¿Hay que preguntar a la sociedad sobre el sistema que queremos?

Hay que reformar la Constitución y efectivamente actualizar la monarquía y discutirlo. Ahí cabe la posibilidad de actualizar nuestra forma de gobierno. Si reformamos la Constitución habría que votar y los españoles podrían opinar. El problema del referéndum sobre la república es que no es un debate real sino artificial, al que nos ha llevado la actualidad y se han sumado algunos grupos de izquierda de manera oportunista. Como resultado de su propia incapacidad de poner otros temas en la agenda porque este es más fácil. Pero creo que no ha prendido en la calle ni va a prender. Lo que no se hace en ningún lado es votar continuamente sobre la forma de gobierno.

Entre votar todos los días y votar una vez cada treinta y ocho años quizá hay un punto medio.

¿Qué país vota sobre monarquía y república?

Los países como el Reino Unido no votan entre otras cosas porque la monarquía tiene un apoyo del ochenta por ciento. Aquí no.

Yo no tengo inconveniente. No somos un periódico monárquico. En absoluto. Apoyamos la monarquía porque contribuye a dar estabilidad a la democracia.

¿Cómo se puede decir que no eres monárquico y a continuación que apoyas la monarquía? Cuesta entenderlo.

La soberanía no reside en la Corona sino en el pueblo. La Corona es un instrumento útil para dar cohesión y estabilidad a España. No me preocupa otra cosa de la monarquía. Eso y que sea ejemplar. Al nuevo rey ya le diremos lo que esperamos de él. Lo han dicho Carrillo, Solé Tura o Rubalcaba, lo han explicado ya.

Todos las referencias que me das quizá no convencerían a la gente más joven, porque hay quien piensa precisamente que es un problema generacional. Algunos se preguntan para qué va a servir a este país el nuevo rey. Por cierto, me han dicho que le conoces desde hace años, tras su paso por la universidad de Georgetown ¿Es así?

Es así.

¿Tienes buena relación?

Tengo relación institucional.

Hablemos de Cataluña. ¿Hay que preguntar a los catalanes si quieren independizarse?

Hay que preguntar. No tengo inconveniente. Pero la consulta que propone Artur Mas no es preguntar a la gente.

¿Cómo se debería hacer?

Hay que hacerlo de manera constitucional, pactada, democrática. Así es como se pregunta. No se puede preguntar cada vez que a alguien se le ocurre algo, esto sería ingobernable. Las preguntas a la gente hay que canalizarlas, pactarlas con los demás partidos, hacerlo por los medios legales. Como se han hecho las cosas en Canadá, Reino Unido, como se hace en los países que son una referencia y que tienen problemas similares. En Reino Unido se ha canalizado a través del primer ministro y con la Corona como punto de unión, a través de las leyes.

Dos portadas más: «30.000 inmigrantes subsaharianos preparan el salto a Europa por Ceuta y Melilla» (17-febrero-2014). Primera página muy polémica porque reflejaba una agresividad que no se corresponde, entre otras cosas, con los datos globales de la inmigración en este país. ¿Te gustó esa portada?

Yo no era director, pero no me gusta esa portada.

«La impunidad en Twitter desata una polémica social» (21-mayo-2014). ¿Cuál es la novedad en este tema para que le dierais la portada a la red, donde siempre han ocurrido estas cosas?

La novedad era la polémica por los tweets sobre el asesinato de Isabel Carrasco y los tweets durante el partido entre el Maccabi y el Real Madrid.

Pero no era la primera vez que leíamos tweets así de estos y otros temas. A Pilar Manjón e Irene Villa llevan años amenazándolas e insultándolas en Twitter.

En otras ocasiones no han tenido relevancia social. El Gobierno, el ministro de Interior había hablado, además de la embajada de Israel y el comité de judíos españoles. Estábamos recogiendo el hecho de que instituciones importantes habían hecho pública su queja. No es más que el reflejo de una realidad, de la polémica social. Nosotros en España nos lo tomamos muy a broma, pero el asunto de los judíos es un tema muy grave en toda Europa. Hicimos el ridículo en Europa porque eso se ve con espanto. Que en España alguien diga lo que se dijo en Twitter se observa con horror.

Antonio Caño para Jot Down 11

Te leo una respuesta que diste a los lectores de El País durante un chat con ellos: «En la circunstancias actuales, El País debe también contribuir a la transición hacia la democracia en países como Cuba o Venezuela». ¿Venezuela no es una democracia?

No.

¿Maduro es un dictador?

Venezuela no es un dictadura, pero no es una democracia.

¿Qué es entonces?

Un régimen autoritario, de control. Maduro ha sido elegido en las elecciones, pero en un país donde no hay prensa independiente, donde el gobierno controla la televisión, donde los partidos de la oposición están sometidos a todo tipo de dificultades, donde los ciudadanos viven en un clima de hostigamiento e intoxicación ideológica constante. Eso no es una dictadura porque hay una relativa libertad de expresión y relativa libertad de manifestación, pero no hay democracia.

Se dice que El País siempre es más crítico con Venezuela o Ecuador que con Colombia o México, donde hay gobiernos conservadores.

Claro que somos más críticos con Cuba o Venezuela que con México o Colombia. Es que allí hay democracias completas.

Pero son lugares donde, por ejemplo, el periodismo no se siente protegido, lugares donde los periodistas son asesinados.

Conozco México muy bien. Es cierto que hay muchos obstáculos. Son países que están por hacer en el sentido del perfeccionamiento democrático pero están en esa vía. En México hay caudillos locales, caciquismos que son el origen del asesinato de los periodistas. El Estado no llega aún a todo el territorio y es difícil garantizar plenamente el uso de la libertad de expresión. Pero es un país democrático.

¿Un periódico como El País y un país como el nuestro se puede permitir en un momento como este prescindir de grandes periodistas como Enric González, Ramón Lobo, Txetxo Yoldi y muchos otros? ¿Fue negativo?

Claro que fue malo. Nadie está satisfecho en esta casa de haber tenido que prescindir de ellos y de otros. No era la voluntad inicial. Se hizo porque no quedó más remedio. Porque la empresa entró en un periodo de dificultad económica innegable y había que reajustar la plantilla. No hay otra razón.

Muchos responden que la retribución de Cebrián es de varios millones de euros mientras la redacción es cada vez más pequeña.

Yo no sé cuánto gana Cebrián.

Su retribución es pública porque la empresa cotiza en bolsa.

No creo que su retribución sea el problema financiero de la empresa. En absoluto.

¿Ni en parte?

Ni en parte. Los salarios de cada uno de nosotros son parte. Lo que no puedes hacer es que nuestros ejecutivos no estén bien pagados. Porque los perderías.

A cambio sí has perdido muchos periodistas.

Y ejecutivos. Pero ¡claro que este periódico necesita periodistas! Y este periódico hubiera sido mejor si hubiéramos podido conservar a todos esos periodistas en la plantilla.

Tu llegada a la dirección estuvo precedida por un referéndum en la redacción. (El 42,9% de los redactores se pronunciaron a favor de su nombramiento. Obtuvo 97 votos a favor, 81 en contra, 35,8%, y 47 en blanco, 20,8%). ¿Cómo lo llevas?

Lo llevamos con respeto. Estoy contento con la redacción y la actitud a nuestra llegada. Habla con ellos. Están en la mejor disposición y están muy involucrados en el proyecto.

¿Habrá otro ERE?

No soy la mayor autoridad sobre las cuentas de la empresa, pero confío en que no. Creo que no hará falta más. Esta empresa ha encontrado una vía con la que podemos salir adelante. Pero será necesario un gran esfuerzo y acertar en la estrategia de los productos digitales y América Latina.

El famoso mail llamado «El informe Caño». ¿Se te pidió un informe sobre la anterior dirección y la redacción que después se filtró y le llegó a muchas personas? ¿Cuál es tu versión de todo aquello?

Yo no envié ningún informe ni nada.

¿Todo lo que se ha publicado es falso?

Yo no envié nada. El resto, en la medida en que yo no asumo haber enviado nada, es especulativo.

La respuesta abre nuevas especulaciones. ¿Quién lo envió? ¿Usaron tu correo?

No lo sé. Yo no envié nada.

¿Pero hiciste o no un informe que te pidieron sobre la redacción?

Yo estaba hablando con el presidente de la compañía y con la compañía sobre el futuro del periódico. He tenido varias conversaciones pero no de ahora, llevo treinta y dos años en El País. Algunas veces me han pedido opinión sobre cómo iban las cosas. No es la primera vez que se me pide opinión. Otras veces la he dado.

¿Sospechas que alguien ha intentado hacerte daño?

No lo sé.

Con la duda nos quedamos. Termina una conversación que iba a ser de hora y media y que finalmente se alarga por la generosidad del protagonista otros cincuenta minutos, incluido un paseo por la redacción. El nuevo director de El País bromea con uno de los periodistas de la sección de deportes mientras posa para Lupe. Entre una fotografía y otra vuelve a aceptar preguntas y repreguntas sobre la profesión y el futuro de su periódico. Cruza entre las mesas con las manos en los bolsillos mientras comparte con nosotras una última confidencia. Dice que lo único malo de su nueva vida es echar de menos a sus hijos, de corta edad, que viven aún en Estados Unidos. Solo el tiempo dirá si su batalla ha merecido la pena.

Antonio Caño para Jot Down 8

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Miguel Ángel Aguilar: «Hay una patología en la gran coalición: el encubrimiento»

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 0

Sobrevivió a la voladura literal del Diario Madrid y a unos cuantos consejos de guerra en el ejercicio de la profesión periodística. Sus detractores, no obstante, le identifican con la corona y con ese proceso histórico y político tan denostado actualmente, la Transición. Es difícil tratar de arrancarle opiniones novedosas a alguien que se dedica en el día a día a vender sus puntos de vista. Pero trataremos de que Miguel Ángel Aguilar (Madrid, 1943) retrate las etapas de su carrera, todas las épocas en las que ha trabajado, con sus contradicciones y sus anécdotas. [Nota: esta entrevista tuvo lugar un mes antes de las elecciones al Parlamento Europeo]

¿Cuál es su opinión sobre esa supuesta gran coalición entre PP y PSOE?

Creo que existe cierto pánico en los dos partidos que llevan alternándose tantos años en el poder. Por un lado u otro empiezan a presentir que esto se puede terminar. Tienen clara conciencia del desgaste que han sufrido. Además, ven que empiezan a sonar otras voces que parece que pueden sintonizar mejor con las situaciones que se están presentando. Y ante toda la corrupción, hay partidos todavía limpios. Entonces, esta historia de la gran coalición, que ya ha aleteado en otras ocasiones, puede que esté aflorando. Pero yo creo que sería una coalición a la defensiva, para resistir, y una coalición en la que no está claro cuál sería el resultado. Yo estimo que sería bastante desigual el rendimiento que uno y otro partido podría obtener de ella. Ya sabes eso del abrazo del oso. Y la coalición no tiene por qué sumar. Ya se vio, con otra dimensión, cuando fueron juntos IU y el PSOE, aunque ahora la coalición no sería antes, sino después más para salvar los muebles que para otra cosa.

Siempre se ha oscilado entre dos posiciones con este asunto. Una dice que es necesario el consenso. El ritornello de los pactos de estado. En cuanto un problema tiene cierta enjundia o calado, enseguida hay alguien que dice que esto no puede ser cosa de un solo partido, que hay que hacer un pacto de estado. Ya se han propuesto en las áreas más diversas, en política exterior, de alianzas militares, hay pactos de estado hasta para el balonmano, para… yo qué sé, la casa de la cultura en Hiendelaencina, Guadalajara. Aquí rápidamente se hace un pacto de estado. Hubo incluso una temporada en la que cada mañana Zapatero, cuando estaba en la oposición, proponía uno. El pacto antiterrorista, el pacto por las libertades, por la educación, la justicia, todos los días había una propuesta de este tipo.

Sí que es cierto que antes hubo pactos muy importantes, como el constitucional. Al que se llegó tras un trabajo serio y solvente del 76 al 78. Y es verdad que para sacar adelante la Constitución funcionó el consenso. También funcionó en los pactos de la Moncloa, que se firmaron en una situación mucho más dura que la que estamos pasando. Pero había una diferencia, las actitudes eran distintas. Porque el problema es que después del consenso llegó el cansancio, la abominación del acuerdo, y se pasó al desencanto. Todos los males de España se atribuyeron al consenso. Y luego otra vez, de la abominación, se pasó al ansia de consenso, a la propuesta permanente. Nos hemos movido de un lado hacia el otro y así sucesivamente.

Mi opinión es que el conflicto en política, bien administrado, es iluminador. El público se entera de lo que está pasando cuando hay un conflicto. Cuando está todo apacible, por debajo de esa situación, puede estar pasando cualquier cosa de la que permanecemos ignorantes. Hasta que, claro, un tipo que resulta ser un contable chileno despedido de mala manera por no sé quién saca unos papeles y revela lo que está ocurriendo ahí, la corrupción, etcétera. Hay una patología en la gran coalición: el encubrimiento. Hoy por ti, mañana por mí. Ahora te toca llevarte a ti las comisiones, pero deja un poco para los demás. Al estallar el conflicto, ese antagonismo resulta ser luminoso.

Como expliqué en mi libro Sobre las leyes de la física y la información, en este caso me remito a cómo se veían antes las películas. La máquina de proyectar tenía unos electrodos, un ánodo y un cátodo de grafito, que colocados a la distancia necesaria saltaba una chispa entre ellos que permitía ver la película. La chispa existía por antagonismo. El antagonismo es esclarecedor, luminoso, puede ser una bendición cuando no llega a la barbarie, pero una dosis es muy saludable. Evita que se produzca la opacidad, esa penumbra tan habitable y tan cómoda, o tan corrupta, que muchas veces sustituye al antagonismo.

Dice que sería una coalición a la defensiva. ¿Para defenderse de qué?

Se defendería de la ola que ven venir. La ola del descontento, de los indignados, de las mareas verdes y blancas y de otros colores que las irán siguiendo. De los de Rodea el Congreso. De esa situación en la que se están sintiendo muchas veces los diputados y los políticos en general, que empiezan a tener pánico a ir por la calle. Consideran que la condición de viandantes es de extremada peligrosidad. De eso se defienden. Piensan: «Vamos a ver si somos capaces de resistir y nos recuperarnos un poco de esa sensación de estar cercados, de estar yendo a menos, de estar siendo cuestionados y de estar siendo recluidos». Se sienten como los de la exclusión social.

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 1

Un artículo de Jesús Maraña en Infolibre citaba intereses más prosaicos detrás, hablaba de empresas del Ibex promoviendo la gran coalición.

Leí el artículo de Maraña y me interesó, pero tengo cierta resistencia a las explicaciones omnicomprensivas. Los valedores, los ingenieros de esa construcción de la gran coalición, no sé si son los adecuados. Es decir, tengo muchas dudas de que Felipe González, y todavía más Juan Luis Cebrián y otras gentes que aparecen ahí mencionadas, tengan la capacidad de promover y de llegar a forjar esa gran coalición.

«Si se habla de la gran coalición es para rechazarla», nos ha respondido hace unas horas un diputado nacional del PSOE.

Supongo que una cosa que se ha contado con cierta espectacularidad en Infolibre habrá dado lugar a comentarios. Yo tengo también esa impresión, aunque tampoco he hablado con mucha gente, pero en fin. Siempre ha existido eso de que cuando hay una dificultad se puede salir con un acuerdo entre los grandes, pero se ha hablado de acuerdos, no de coaliciones. Hay cierta aversión en la práctica política española a la gran coalición. Porque ¿y después qué? Porque parece que esa gran coalición fuera siempre el último cartucho. No se ha presentado nunca como una ocasión temporalmente limitada, o para un fin concreto, como reformar la Constitución, o dar una respuesta inteligente, sensible y bien argumentada a la cuestión catalana, o para hacer valer en la Unión Europea algunas cuestiones. No, se habla de esto como un pozo sin fondo, como si fuera la antesala del juicio final.

También estaría detrás la Corona, por seguir con el artículo de Infolibre. Usted ha escrito que la monarquía en España vive de hacer ver que es útil, ¿lo es ahora mismo?

Las instituciones no se establecen de una vez para siempre. De la misma manera que las libertades no se ganan de una vez para siempre. Están siempre sometidas a un proceso de oxidación, de erosión. Precisamente, los medios de comunicación tienen esa misión clave, digamos, que es la de intentar luchar por la vigencia de las libertades, que permanezcan en su integridad, que no se vean mermadas. Y con las instituciones pasa igual. El público acepta la monarquía por su funcionalidad, excepto un sector que supongo que habrá, porque siempre hay adoradores de cualquier culto, pero son una minoría exigua. Y en España, realmente, la monarquía ha sido funcional. Comprendo que las afinidades de cada uno en cualquier dirección, pero creo que hasta los republicanos más indudables a lo largo de estos años han podido reconocer sin esfuerzo ninguno que la monarquía ha prestado servicios para salir de la dictadura. Para hacer ese cambio de lealtades tan difícil que tenían que hacer las Fuerzas Armadas, que son un instrumento muy delicado.

Las Fuerzas Armadas son la última referencia de la fuerza. Si tenemos un problema con el cuerpo de correos o de bomberos, pues mandamos a la policía. Y si tenemos un problema con la policía, mandamos al ejército, pero si tenemos un problema con el ejército ¿qué hacemos? Porque ellos son los que tienen la mayor potencia de fuego. Por eso los militares tienen que ser educados cuidadosamente, no de cualquier manera. Porque están sujetos, como explica muy bien Rafael Sánchez Ferlosio en su libro El ejército nacional, por su palabra. Han dado su palabra de obedecer pero no están constreñidos por un poder mayor. Son, desde el punto de vista de la fuerza, el mayor poder.

Esto se ha visto cada vez que hay un cambio de régimen, como en la II República. Toda esta gente que había prestado juramento de obedecer a las instituciones monárquicas se encontró con que se proclamaba una república. Había que hacer un cambio de lealtades y en estos casos es muy importante que lo hagan y que lo hagan bien, porque si no lo hacen o lo hacen mal, pasa lo que pasó. Es una transición difícil. Azaña tiene un discurso precioso en el Congreso de los diputados explicando la dificultad que significaba ese cambio para que no se hiciera ninguna clase de mofa sobre un momento tan delicado en la conciencia de los miembros de las Fuerzas Armadas. Fue de gran inteligencia hacerlo, lo que pasa es que Azaña tenía una gran superioridad intelectual, pero una escasísima empatía personal. Su inteligencia no iba acompañada de gestos de cercanía o afecto que esta gente precisa para cumplir su función. Aunque el hecho fue, naturalmente, que de manera absolutamente interesada se echaron sobre la Republica como si ella fuera realmente la inductora de las cosas que la estaban impugnando. Es como le pasó a Adolfo Suárez, cuando los atentados terroristas, se los echaban en cara al que más lo padecía, que era el presidente del Gobierno. Suárez no era la causa, era la víctima. Y la República estaba teniendo problemas con la FAI, con la gente más radical, y ella no inducía esas actitudes, las padecía. Todo esto, bien recalentado por las gentes que desde el principio no vieron bien la república y conservaban recursos poderosísimos en todos los campos, pues llegó a lo que llegó.

¿Y qué queremos decir con todo esto? Que el rey en ese campo, no solo en ese, pero sí de forma muy relevante en ese, desempeñó una función muy valiosa. Lo que pasa es que las cosas no se mantienen en el aire. El propio rey decía hace años que la corona había que ganársela todos los días. Eran cosas muy interesantes que igual ahora las dice menos. Sí decía por ejemplo a su familia más directa, al príncipe o las infantas, que en su casa no existe el «no me apetece», que hay que hacer las cosas. Y la agenda de una persona de la familia real que cumpla con su función uno daría cualquier cosa por quitársela de encima. Ir a tantos sitios, poner buena cara, intentar conocer a todo el mundo, haberse preparado qué audiencia les va a recibir, o qué fiesta se va a celebrar o con qué interlocutor de otro país te vas a entrevistar etcétera. Hay que tener un convencimiento de por qué se está haciendo ese trabajo. Porque si no, en una institución que ya no está rodeada de todas esas protecciones que pudo tener en otra época, que está escrutada al microscopio electrónico, tanto sus actitudes como sus gestos, todo eso que ya no está filtrado y pasa directamente al conocimiento de la gente, habrá un proceso de separación recíproca. Si ni al público le gusta ni a ellos les gusta el público, se darán las condiciones para una separación más o menos amistosa.

Me contó una enseñanza valiosa un amigo, un socialista que formó parte de una pequeña comisión de la ejecutiva del PSOE que visitó al primer ministro sueco, Olof Palme, cuando el PSOE todavía estaba en la oposición. Este amigo, que en esa época era muy joven, era incisivo, le preguntó a Palme que por qué el partido socialdemócrata sueco había quitado de su programa electoral la abolición de la monarquía. Y le respondió: «primero, porque hay alguna gente todavía a la que eso le molestaría, le perturbaría, y cuantas menos molestias causemos, mejor. Y, fundamentalmente, por otra razón: porque la monarquía se extinguirá por incomparecencia de sus titulares».

Esta es la cuestión, si los titulares no comparecen, la institución se extingue. Estas cosas de la institución divina del pueblo, de eso ya no queda nada. Hay un servicio que cumplir, que se puede hacer pesado y esta gente puede pensar: cualquiera de mis amigos vive mejor que yo, tiene una casa más moderna, mejor hecha, con más comodidades y tiene un barco anclado en las Seychelles y en cuanto tiene quince días, se coge un avión y sigue dando la vuelta al mundo. Y aquí, si pego un tiro a un elefante se me viene la casa abajo. Claro, qué tienen ellos que no tengan los demás, pues que llegan a un sitio y les rinden honores militares, les tocan la trompeta… Ahora ¿les compensa? Eso es una cosa tan exclusiva que solo tienen tres o cuatro, que se valora por la escasez. Ya no quedan más que unos pocos reyes, para la figuración está bien, pero para vivir es una incomodidad. Esta es la situación en la que se encuentra la institución.

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 2

El libro de Pilar Urbano ha vuelto a poner de relevancia la teoría de que el 23-F lo impulsó el rey, lo que coincide con la que fue la estrategia de los militares y Tejero durante el golpe y su coartada en el juicio posterior.

Este libro de esta señora en realidad es la quinta versión del mismo libro. Ella ya escribió cuando todos estos estaban en danza el Con la venia, yo indagué el 23F. Es la misma patraña contada y recalentada ciento cincuenta veces, y ahora con una ventaja adicional, la inexistencia de los que le podían contradecir. De esto, del paso de los años y la caducidad de la vida se ha aprovechado esta señora, que no es nada recomendable. Pero no por este libro, sino por toda su trayectoria periodística, que está basada en la insidia, es una fabricante de insidia verdaderamente notable, y a la que le dan igual los hechos. Como decía Javier Pradera de su abuela, que le explicabas cualquier cosa, los hechos, y replicaba: sí, pero como yo decía. Tengo muy mala opinión de Pilar Urbano. Pésima. Porque la he visto mentir. Y porque la he visto ser incapaz de rectificar, que me parece que es una de las cosas más honrosas que puede hacer un periodista, reconocer que se ha equivocado, que es un deber de los periodistas y los medios al cual hay mucha resistencia.

Mis problemas con ella vienen de febrero del 80. Yo había publicado una información en primera página titulando a cuatro o cinco columnas que decía «Intentona militar abortada en Madrid, el general Torres Rojas destituido del mando de la División acorazada y enviado a La Coruña». Bueno, pues este asunto, que estaba bastante documentado, que no gustó nada, se publicó un viernes. Entonces salió anticipadamente del consejo de ministros el ministro de Defensa, que era Agustín Rodríguez Sahagún, a comparecer en televisión y, bueno, poco menos que a considerarme el asesino de Manolete. Estaba completamente fuera de sí, algunos amigos pensaban que yo ya estaba en chirona. Y aquel mismo viernes por la tarde recibí una citación para comparecer la mañana del sábado en el juzgado militar número cinco en el Paseo de María Cristina. Los juzgados militares los sábados no abren, pero lo abrieron para mí. Salí de esa declaración procesado. Es decir, me fue incoado un consejo de guerra. Entonces ya estaba la Constitución vigente pero muchas cosas no se habían desarrollado. De manera que la jurisdicción militar todavía era una jurisdicción expansiva que absorbía asuntos si había un litigio entre los civiles y los militares, que se apropiaban del caso y lo depuraban en su jurisdicción.

El lunes me vino a ver el presidente de la empresa, Juan Tomás de Salas, para pedirme muy amablemente que dimitiera. Le dije que de ninguna manera, porque si dimitía estaba admitiendo mi culpabilidad. Tú me destituyes, no pasa nada, —le dije me echas y se acabó. Y esta señorita, Pilar Urbano, el día seis publicó en su columna en el ABC, «Hilo directo», que salía todos los días, que había comido con el ministro de Justicia. Decía «no me mira a los ojos, pero le preocupo, golpeo en su conciencia». ¿Por qué? Porque iba aprobarse la ley del divorcio y ella no era partidaria. Y más adelante seguía: «Y hasta los más cándidos entendieron que al periodista de Diario 16 se le utilizó como megáfono para que difundiera el invento. El único coco que en este país amedrenta y pone firmes a socialistas y comunistas».

O sea, que yo fui utilizado para filtrar una cosa que era mentira para acojonar a los socialistas. Llamé a esta señorita y le dije que eso me había ofendido profundamente. Que era mentira, que yo no fui utilizado como megáfono de nadie. Y que lo iba a rectificar mañana. Contestó: «No tengo nada que rectificar, porque mis fuentes…». Tuve que amenazarla: «A mí me van a echar de Diario 16, pero no les da tiempo a echarme mañana, de manera que o tú rectificas mañana o pasado mañana verás la pequeña notita que voy a sacar de una persona a la que tú veneras de la que tengo muy buena información procedente del lugar donde hizo sus estudios». Y al día siguiente rectificó, pero estaba amarrada a la mentira.

Y esto también se lo he visto hacer con gente que no tenía forma de amenazarla. Una buena amiga mía, Teresa Janini, que había ganado unas oposiciones en el año 74 y en el 82 su marido, Tomás de la Cuadra Salcedo, llegó a ministro. Pues Pilar Urbano dijo que el ministro la había colocado no sé dónde. Ella le mandó una carta diciéndole que a ella no le había colocado nadie, que había ganado una oposición, le mandó una copia con el concurso y la tía no rectificó. Hubo que ir a un juicio y otro juicio y al Supremo. Es de una tenacidad en sostener la mentira y en aferrarse a ella… Eso sí, luego vino el Papa Juan Pablo II y en la nunciatura de la calle Pío XII gritaba «¡Santidad, bendígame la pluma, bendígame la pluma!». ¿Pero esto qué es? Perdona la digresión, pero es que me has sacado un tema… me irrita profundamente esta señora.

Estábamos con las teorías que implican al rey en el 23-F como uno de sus impulsores, o como que estaba al tanto de toda la operación.

Mira, primero hay que recordar qué estaba pasando. Vivíamos una situación en la que todos los días había una propuesta nueva para acabar con Suárez. Se había proclamado esa cosa cainita española que es el vale todo. La señal última de salida de esto fue la moción de censura planteada por el PSOE en mayo del 80. Luego a ellos les pasó lo mismo con el PP y Felipe González. Entonces el que era imposible de doblegar era Suárez, porque era guapo y tal, y había hecho la Constitución. Le consideraban una especie de taumaturgo que no había manera de quitárselo de encima y era muy importante que en las elecciones siguientes no estuviera Suárez en los carteles. Y además, estaban la operación De Gaulle, el golpe a la turca, la operación Osorio… Es cuestión de coger los periódicos de esos días.

Yo escribí mucho de eso en El País, donde era el corresponsal político. ¿Qué pasaba en realidad? Pues que el rey escucha. Y esta es una cuestión muy peligrosa. Hay dos tipos de políticos a mi modo de ver. Los que creen que les compromete lo que dicen, este tipo de políticos suele estar callado. Y los que creen que les compromete lo que escuchan, y este tipo de políticos procura que nada sea dicho en su presencia. Felipe González era claramente de esta segunda clase. Había gente que pasaba horas con él, te lo contaban y yo siempre les preguntaba «¿Habéis dicho algo? —pues no, no ha sido posible decir ni una palabra porque ha arrancado a hablar y…» Tenía un sistema de conversación bloqueante. Era capaz de estar horas con la gente sin que le hubieran podido contar nada. Pero el rey cristaliza en el sistema inverso. Delante del rey se puede decir de todo. Yo por lo menos he dicho bastantes barbaridades. Así que la gente se ha pensado que lo dicho delante del rey estaba convalidado por el rey. Esto se ha dicho delante del rey, ergo quiere decir que el rey está de acuerdo.

Recuerdo una vez que Juan Mari Bandrés, que tuvo mucho que ver con el final de los polimis, me dijo que le había recibido el rey, le había llevado un dossier de fotografías de torturas de la Guardia Civil y que Juan Carlos se había quedado espantado. «Yo creo que van a disolver la Guardia Civil», me dijo. Creo que te apresuras, contesté. Pero claro, como se habían dicho esas cosas delante de él, la gente pensaba que tenía luz verde para operar en consecuencia. Pudo ser temerario haciendo eso, pero le valía para saber, para enterarse, para no estar en la torre de marfil, para hacer que la gente contara lo que había. Miláns del Bosch estaba obsesionado con sus cosas y naturalmente se las contaría, y los que estaban en contra de eso, pues también. Así se produjo el choque de trenes, pero no como estos creen que fue.

El rey en este asunto de los militares tiene dos vacunas indelebles. La primera es la de su abuelo Alfonso XIII. Si uno se apoya en los militares, cuando se acaban los militares, se acaba el rey, que es lo que le pasó a él. Y luego, además, tiene una segunda que es la de su cuñado Constantino, que se deja llevar por los coroneles, no desautoriza el golpe en Grecia y la monarquía dura lo que dura el golpe. Eso Juan Carlos lo tenía grabado a fuego y él sabía que no era viable, ya estaba demostrado que por ahí no había salida. Además, el éxito de un rey es transmitir la corona a su heredero, con los militares no se transmite más que el exilio. Intentar dar la vuelta a eso es de una torpeza interminable.

De todos los libros que se han escrito del 23-F uno de los más interesantes es el del comandante Pardo Zancada, que yo creo que era el más convencido de los golpistas, y el de ejecutoria más limpia, el que lleva la policía militar de la División acorazada al Congreso. Hizo un libro con la dedicación y el esfuerzo permanente de demostrar la implicación del rey y no lo consiguió. Y hay otro de Javier Fernández López, que luego quiso ser historiador, que intenta demostrar que el rey nunca nada jamás supo ¡y tampoco lo pudo demostrar! Había que estar con los oídos tapados para no percibir todo ese ruido de fondo que hubo los meses anteriores al golpe.

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 3

Usted fue testigo directo de los hechos en el Congreso.

En aquella investidura de una persona tan peligrosa para la derecha como indican sus apellidos, Leopoldo Calvo Sotelo, cundió el aburrimiento y los periodistas se bajaron de la tribuna al bar. Entonces escuché ¡fuego! ¡fuego! Pero en realidad era ¡al suelo! ¡al suelo! Y las puertas estas batientes dieron entrada a Tejero y a sus guardias, que empezaron a disparar las armas largas. Nos echamos al suelo como pudimos y en el techo de la tribuna nuestra de prensa pegaron más de cien impactos, cayeron muchos cascotes.

Visto y recordado fue muy impresionante ver cómo se quedaron en su sitio de forma impasible Adolfo Suárez y el que estaba a su derecha, Gutiérrez Mellado, que salió del escaño y fue directamente a por Tejero, quien le intentó hacer una llave de judo a la que él se resistió, y luego vino otra rociada de tiros. Gutiérrez Mellado era artillero, estaba curtido en el disparo de las piezas de artillería, las detonaciones que hubo no le producían especial impresión y las aguantó con los brazos en jarras.

Claro que en esto yo siempre he dicho una cosa, porque todo esto me parece de una enorme injusticia. Entran unos tipos con armas largas y se enfrentan a una gente completamente inerme, que se echa al suelo y luego hay quien les acusa de cobardes. Naturalmente, si hubiera sido al revés, si yo tengo las armas y le digo a Tejero que se tire al suelo, ¿a que se tira al suelo? Y si le digo encañonándolo: «ahora vaya reptando hasta la Puerta del Sol». No tengo absolutamente ninguna duda de que lo haría, ¿verdad? La gente tiene aprecio a su vida.

El caso es que todo esto sucedió a la vista de todos, pero unos ven más que otros. A partir de la indumentaria de la guardia civil, que estaba descompuesta, porque unos iban con tricornio, otros con gorra de visera, otros con boina, otros con correaje, otros con anorak, unos iban con bota alta, otros con bota de campo, otros con zapatos, Mellado vio que eso no era una unidad orgánica. Se dio cuenta de que era un apaño, una tropa de aluvión. Y entonces pensó que ese tipo de agrupación circunstancial, momentánea y entusiasta, no iba a resistir si la situación se prolongaba. Porque claro, esa es otra característica de los militares, la obediencia tiene que ver con el encuadramiento, que es el que permite que la obediencia se convierta en un reflejo automático, mecánico. Se obedece porque es el cabo de mi pelotón, el sargento de mi sección, el capitán de mi compañía, por eso se dice aunque luego se tergiversa «a la orden mi capitán», porque es el mío, el mando natural que tengo ahí. Pero si eso no es así, si este es un tipo que se ha montado en el autobús como yo y le han dicho «tú ponte con estos» ¿cómo me voy a fiar de él? Hay que haber comido mucho rancho juntos, hay que haber hecho mucha instrucción juntos. Tienes que haber automatizado la obediencia, eso es el encuadramiento. Si falla eso empieza la fisura y empiezan a preguntarse a qué hemos venido, este capitán es un suplantador ¿comprendes? Y por ahí percibe Mellado la debilidad, si eso no es absolutamente fulminante se rompe, se cuartea y no resiste, que es lo que pasó.

Por cierto, a la media hora, se dijo que el que quisiera podría bajar al bar y ahí estaba Pilar Urbano, que no sabía quién era Tejero. ¿Quién es este, quién es este? preguntaba. Estábamos en lo que se llama la M-30 del Congreso, un pasillo donde se formó una cola de gente diversa, ujieres, estenotipistas, secretarias, periodistas y diputados. Todos pagaron sus consumiciones, pero al final los guardia civiles se llevaron la caja con la recaudación, además de, ahí está en el inventario, no sé cuántas cajas de whisky (risas).

Muchas veces ha escrito sobre las charlotadas que ocurrieron en la gestación y durante le golpe, especialmente las relacionadas con la gastronomía.

Hay una cronología gastronómica del golpe. Mira, al comandante Pardo Zancada le habían llamado un domingo para que fuera a Valencia sobre las diez o a las once, que le quería ver el general. No se dio mucha prisa, llegó a Mota del Palancar, en Cuenca, paró a repostar y no creas que se detuvo y siguió rápidamente. Paró y ya de paso se quedó a comerse un cordero tranquilamente. A mí eso me parecía que era contraindicado con las urgencias patrióticas.

Al llegar a Valencia pensó que era un poco pronto como para interrumpir el almuerzo de Miláns del Bosch. Dio un par de vueltas a la ciudad, volvió, aparcó y subió. Entonces el ayudante del general, Ibáñez Inglés, le dice que Miláns del Bosch todavía está comiendo. Así que esperó aún más y por fin entró a los cafés.

De ahí se fueron a un piso franco, que más bien era un zulo, que les había dejado un empresario para que no estuvieran muy vigilados. Al pobre Pardo Zancada le encomendaron todos los deberes que los demás no cumplían. Le dicen que a tomar el mando de la División acorazada va a ir el general Torres Rojas. Pregunta quién le ha avisado y se dan cuenta de que nadie lo ha hecho. Le llaman desde allí.

Ya es 23 de febrero, a las diez de la mañana, y Torres Rojas no ha aparecido. Pardo Zancada, inquieto, ansioso, llama a La Coruña y le dicen que el general no se puede poner porque está haciendo sus ejercicios gimnásticos. Habla con él a las doce y Torres Rojas dice que sí, que de acuerdo, pero que cómo va a salir de La Coruña, que no puede hacerlo sin pedir permiso al capitán general. O sea, que iban a dar un golpe de Estado y tenían que pedir permiso a la autoridad superior… grotesco.

Al final dice que va a ir en avión, de uniforme, y el otro sin tener por qué, porque no estaba en el guion, se va a Barajas a recogerlo. En el coche le van contando, llegan a la barrera de entrada en el acuartelamiento de la División Acorazada del Goloso y el brigada del cuerpo de guardia se acerca al coche, ve que va dentro el general Torres Rojas y dice: «¡Mi general! Cuánto le recordamos». Y él contesta en el mismo tono: «¡Qué me va usted a decir, que yo nunca he olvidado los pinchos morunos que nos daba en el bar de oficiales!»

Y más detalles. Tejero necesitaba dos autobuses que estaban en Fuenlabrada en una nave. Cuando envía unos conductores a que se los traigan, le dicen que vale, que van, pero que antes tienen que comer. Se conoce que en ayunas no se dan golpes de Estado. Hay otro momento fantástico también, cuando ya parece que está todo perdido, porque no se han sumado las capitanías generales, que se supone que se iban a sumar todas a la vez, y se ve que eso no va a durar mucho. Así que el aludido Pardo Zancada decide que tiene que salvar su honor y monta una compañía de la policía militar de la División Acorazada para dirigirse al Congreso. Pues estos también, antes de subirlos a los vehículos, pidieron que les dieran de cenar ¡y les tuvieron que dar de cenar!

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 4

Mucho se ha insistido en que el rey paró el golpe, se ha personalizado mucho en él cuando hubo una serie de militares que cumpliendo con su deber fueron más decisivos que el monarca. Sin embargo, a día de hoy están prácticamente en el anonimato. Por no hablar de los militares que no se sumaron a la sublevación del 36, que lo pagaron con la vida.

Recientemente he estado en Melilla visitando la comandancia militar y me han enseñado la galería de retratos de todos los que fueron comandantes militares de esta plaza. Yo me he ido directo al año 36, que me interesaba mucho (risas) y me he encontrado con el general Romerales, fusilado dos semanas después del 18 de julio y suplantado por el coronel que aparece ahí ocupando la comandancia a continuación. Pero me agradó ver que ahí estaba la foto de ese general al cual fusilaron con un consejo de guerra aplicando el código de justicia militar, el artículo que habla de rebelión militar, cuando el que no se había rebelado era él. Lo cual quiere decir que no hace falta cambiar el código, solo ver quién lo usa. Aquí, en el 36, sin necesidad de tocar una coma, los rebeldes fusilaron a los leales.

Es verdad que los militares leales a la democracia están en el olvido. Siempre se lo oí decir con gran énfasis a mi inolvidable amigo Arturo Soria y Espinosa: las primeras víctimas de la Guerra Civil fueron militares. Él tenía la lista completa, dieciocho o veinte, que murieron en el primer mes. Se negaron a seguir a los rebeldes y les pegaron un tiro en la cabeza. Este fue el esquema. De esto, sin embargo, no quedó memoria ninguna. Los militares han quedado todos como golpistas y no es verdad. Unos se jugaron la vida y la perdieron por cumplir honorablemente su compromiso, su palabra dada al nuevo régimen. Se dijo que el que quisiera podía jurar la Constitución y el que no, se quedaba en la reserva con todos los derechos pasivos, que se dedicaron a conspirar, pero bueno. Fue exactamente así, tremendo.

Y si volvemos al 81, eso fue también extraordinariamente verdad. Alguna gente decisiva en ese momento como fue el que entonces era teniente coronel Emilio Alonso Manglano, que mandaba el Estado Mayor de la Brigada Paracaidista, y al que yo había tratado desde la época del Diario Madrid, se ofreció directamente al rey, se puso a sus órdenes para lo que hiciera absolutamente falta. La suya era una unidad de intervención inmediata con unas capacidades que no tienen otras y con gente muy profesional y ese fue uno de los factores decisivos para que el golpe no fuera para delante.

Otro que tuvo un comportamiento absolutamente asombroso de lealtad y firmeza fue el general Quintana Lacaci, capitán general de Madrid, a quien luego asesinó ETA. Y otra serie de gente que son merecedores de un reconocimiento que nunca se les ha tributado, porque se la jugaron, fueron leales al pueblo español y no siguieron esa cosa tremenda de «todo quedará atado y bien atado bajo la guardia fiel de nuestro ejército», que es lo que Franco les prometió a la altura del año 61 en el cerro de Garabitas en la Casa de Campo, cuando ya se veía que estaba envejeciendo y los militares empezaron a preguntarse qué iba a ser de ellos después de Franco.

Ahí Franco erró el tiro, y que en eso fuera un error tuvo mucho que ver el rey, porque ese ejército luego no fue el de Franco. Mayoritariamente tuvo muchas dificultades, con muchos tropiezos, aquello no fue en absoluto fácil, pero al final prefirieron ser el ejército de España al ejército de Franco.

El Caudillo había conseguido una lealtad perruna de los militares y mientras fue apretándoles las tuercas. Terminada la guerra, los militares vivían en una situación de desahogo y privilegio, para empezar por el suministro o la sanidad millitar, que era muy superior a la civil que ni existía. Pero luego apareció la Seguridad Social, los hospitales públicos, y al final el sistema militar pasó a ser un inconveniente. Cuando Franco se puso enfermo en el 74 y en el 75 no le llevaron al Gómez Ulla. Y si el presidente de Estados Unidos se pone enfermo, le llevan al hospital militar de Washington, pues aquí no.

Luego también estuvieron muy mal pagados y se toleró el pluriempleo, estuvieron muy mal adiestrados porque no se modernizó el material, ni la dotación, ni nada. Entonces, ¿cómo se explica la lealtad absoluta que le profesaban? Por algo que Franco siempre utilizó, inocularles la historia del orgullo del ejército victorioso. Ellos pensaban: «Somos más pobres, estaremos peor pagados, pero somos los vencedores». Por eso fue tan delicado cuando Gutiérrez Mellado suspendió el desfile del Día de la Victoria, que pasó a ser el de las Fuerzas Armadas.

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 5

En cuanto a la transición en los medios, en uno de sus primeros libros, El vértigo de la prensa, se queja de que los periodistas que lucharon por las libertades durante el franquismo, al llegar la democracia se fueron al paro. Y los que defendieron el régimen de Franco desde los medios estatales fueron colocados como funcionarios del Estado en la reconversión de la Prensa del Movimiento. La democracia pagó los servicios prestados contra la democracia.

Sí, en España, cuando llega la democracia, no se pagaron más que los servicios prestados a la dictadura. Los que habían estado en los sindicatos verticales, en el Movimiento y su prensa y su radio no llegaron ahí como lo habían hecho los abogados del Estado o los técnicos de Información y Turismo, que habían hecho sus oposiciones, pasado por un tribunal y ganado una plaza, aunque tuvieran que presentar su certificado de adhesión al Movimiento, que naturalmente la gente se lo tomaba un poco a broma. Los de los sindicatos verticales y el Movimiento llegaban directos de los campamentos del Frente de Juventudes, unos niños vestidos de idiota mandados por un idiota vestido de niño.

Pero todo esto fue una anestesia. En la democracia no se intervino a pelo. Una de las inyecciones para que la gente se dejara llevar fue este asunto. Hacer pasar a todas estas personas a la categoría de funcionarios, algo que imprime carácter, pues es hasta que la muerte nos separe.

En el caso concreto de los periodistas, la prensa y radio del Movimiento se transformó en los Medios de Comunicación Social del Estado, pero duró muy poco. Cuando llegaron los socialistas se procedió a desarticular todo ese tinglado. Entonces se les dio la oportunidad de que se quedaran con los medios y que construyeran cooperativas. Y la otra opción era pasar a adquirir esa nueva condición de funcionarios, que es por la que optaron el 90%. Creo que solo hubo un periódico, el Sur de Málaga, que se lo quedaron. Todos los demás entraron en tropel y pasaron a las aguas jurisdiccionales del Ministerio de Cultura que los iba asignando como jefes de prensa con unos destinos más suculentos que otros. Al final lo que hicieron fue trabajar donde les daba la gana y recibir esos emolumentos por trabajos que no hacían, porque ninguno de estos ocupó su puesto en el Museo del Prado o donde fuera, sino que fue a cobrar y se acabó.

Cuando se cierra el Diario Madrid, del que usted había sido director, y se vuela su sede, dice que notó muy poca solidaridad entre los colegas de profesión.

El cierre del Diario Madrid tuvo efectos ejemplarizantes. La plantilla se convirtió en una especie de lista negra y los demás medios pensaban que dar empleo a esa gente era provocar al régimen.

En la otra cara de la moneda, seguimos con personajes poco recordados. ¿Puede hablarnos de la figura de José Antonio Novais y de su importancia periodística durante el franquismo?

José Antonio Novais y tres o cuatro corresponsales extranjeros más fueron decisivos en la época del último franquismo, el que yo viví de forma más implicada. En los sesenta era clave. Era el corresponsal de Le Monde, un periódico que tenía en España una influencia colosal. Lo leía la gente con alguna vibración democrática y Le Monde se ocupaba de los asuntos de España con su corresponsal, que era él. Tenía muy buenas fuentes de información y todas las fuerzas de la oposición sabían que contarle las cosas a Novais era tener la posibilidad de que aparecieran. Y salir en Le Monde era adquirir una cierta inmunidad.

Ser «no torturable».

Efectivamente (risas). Novais daba voz a los que no teníamos voz. Eso irritaba no sabes cuánto al régimen y servía para que Le Monde estuviera prohibido en España cada dos por tres por el liberalísimo Fraga, que también daba órdenes de atacarle. El diario aquel infame, El Español, que dirigía Juan Aparicio, le dedicaba números monográficos llamándolo borracho e intentándolo zaherir de cualquier manera. Novais era un hombre débil, enclenque por así decirlo, no había hecho eso que decía Arturo Soria de «se ve que usted tiene una ventaja, ha podido hacer paralelas en los cuernos de su padre». Novais no las había hecho, era un tipo más bien flaco, enjuto, de poca estatura, normal. Pero tenía un enorme valor moral. ¿Tomaba alguna copa? Pues seguramente. Pero completamente sobrio hay cosas que no se pueden escribir. Lo mismo que existía en la guerra el coñac «saltaparapetos». Para comprometerse como él se comprometía a favor de las libertades igual tenía que tomarse una copa o dos o las que fueran. Pero era un tipo de primerísima calidad moral.

En el Diario Madrid cuando no podíamos publicar algo se lo dábamos a la prensa extranjera, que era la manera de sacar la cabeza por algún lado. Lo publicaba Novais y luego nosotros hacíamos una nota «ha publicado Le Monde». Como se dice en fútbol, hacíamos paredes.

Casi podemos afirmar que Novais volvió progresista a Tarancón, aunque fuera a lo «general de la Rovere».

Cuando cerraron el Diario Madrid fuimos a ver a todas las personalidades que pudimos. A Martín Villa, por ejemplo, le explicamos la situación y Miguel Ángel Gozalo le dijo: ¡cuatrocientas familias en paro si se cierra el periódico! Y contestó: «Vamos a ver, cuatrocientas familias en paro se quedan todos los días, si os he recibido no es porque seáis cuatrocientas familias, sino porque es el cierre de un periódico». (risas) Y tengo otra de él. Martín Villa nos convocó a cenar a un acto de los sindicatos verticales para ambientar una nueva ley. Ahí se habló de una posible amnistía a los sindicalistas de verdad, perseguidos por una ley de 1942. Entonces me tocó hablar a mí, expresé mi preocupación por el asunto y dije inconscientemente: «Quiero tranquilizar a todos, porque la primera medida del postfranquismo será una generosa, completa y total amnistía para todos los franquistas», momento en el que un procurador sindical, Francisco Abella Martín, y un editorialista del ABC se levantaron directamente para sacudirme. Fui protegido por Josep Melià y Pedro Calvo Hernando, que le echó mucho valor. Al final todo se calmó y dijo Martín Villa: «Bueno, es que es muy duro invitaros a cenar para que nos perdonéis la vida».

Me he desviado. Con lo del Diario Madrid también fuimos a ver al entonces príncipe Juan Carlos, en la Zarzuela. Y, efectivamente, un día fuimos a ver a Tarancón, queríamos sacarle una declaración a favor de los redactores y trabajadores del Madrid. Pero a él, muy cauto, no había manera de sacarle nada. Uno de los del comité le decía: «señor Cardenal, como dijo Shakespeare, no solo de pan vive el hombre» (risas) Y nada. Eso era una cosa… Al final, yo dije: «la Iglesia no puede ser neutral entre el abuso y la justicia». Y pareció que hizo un gesto de asentimiento. Pareció. Pero no dijo palabra. Entonces nos fuimos a casa de Novais a hacer una información sobre este encuentro y él inmediatamente convirtió en titular lo del abuso y la justicia. Le dije: «José Antonio, creo que te has pasado, si es que no ha dicho nada, nos ha dado como la impresión de que asentía». Y Novais: «oye, no te equivoques ¡le estás haciendo un grandísimo favor al cardenal!» Y así salió en Le Monde y en todas partes.

Eso también pasó con algunos generales. Recuerdo uno que fue nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército, que era canario. Uno me dijo que tenía unos parientes abogados de cierto talante liberal. Y eso terminó escrito: «enraizado en una familia liberal». Y acabó siendo liberal de verdad, por eso de que la naturaleza copia al arte (risas).

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 6

¿Cómo era el periodismo afín al franquismo?

Eran matones, tenían la confianza del régimen y la empleaban en todas las direcciones. Y como los gánsteres que discuten por el reparto del botín, si oían la sirena de la policía huían todos juntos. Es decir, cuando las cosas se ponían mal, cerraban filas.

Para que te hagas una idea, recuerdo el estado de excepción del 69, cuando el asesinato de nuestro amigo Enrique Ruano, se suprimieron varios artículos del Fuero de los españoles. El derecho a residir libremente en el territorio nacional y volvió la censura. Entonces, lo que ocurría en casos de este tipo es que inmediatamente había una lluvia de telegramas de adhesión al jefe del Estado. El alcalde de Tomelloso, el alcalde de Barcelona, la diputación de Orense, la Academia de Jurisprudencia… una competición a ver quién mandaba antes un telegrama más laudatorio a Franco. En la Asociación de la Prensa también se hacían estas vilezas y ese día la junta decidió mandar uno. Pero algunos nos levantamos y dijimos: «Nos parece muy bien adherirnos al jefe del Estado, pero hombre, por qué no se busca otra ocasión, esperemos al 1 de octubre, que es la fiesta de la exaltación al Caudillo, porque, hombre, ahora que se suprime la libertad de expresión, que la Asociación de la Prensa se adhiera en este momento…». Es que adherirse a la esclavitud, coño, es muy duro.

Se cuenta también que en esos momentos de euforia después de la guerra, en la redacción del Arriba, que se instaló en la que había sido la sede del diario El Sol, Ismael Herraiz, uno de estos esforzados falangistas, en lugar de levantarse a apagar la luz sacaba la pistola y se cargaba la bombilla. Como una gracieta. Ese era el ambiente.

Y este, cuando tenía polémicas con Emilio Romero, que fue director del Diario Pueblo, le recordaba siempre su pasado, enseñaba las copias de una sentencia que le condenaba por haber robado nada menos que las mantas de un hospital de tuberculosos. Lo mejor es que, encima, Romero luego ha figurado como maestro de periodistas. Un tío que, además, enfangó el periodismo. Porque hasta en este contexto había pequeñas hipocresías que no estaban mal. Por ejemplo, cuando el director de ABC, Juan Ignacio Luca de Tena, decidió ser autor teatral, con esos espectáculos como Dónde vas Alfonso XIII, el ABC no publicaba la crítica de esa obra y días después reproducía la de algún otro periódico. Siguiendo ese mismo modelo, Emilio Romero también quiso ser autor teatral, y se tiraba un mes entrevistando a las actrices, los artistas, calentando el estreno, luego daba un cuadernillo de Pueblo con todo sobre la representación y, además, como algún crítico hubiera puesto una objeción a la obra de Emilio Romero, lo perseguía hasta el catre. Es lo que le pasó a Enrique Llove, el crítico del ABC, que le organizó una… Esa utilización del periódico al servicio de su propio ego es una cosa tan repugnante e indigna para el periodismo que queremos…

Otra vez, recuerdo que en una asamblea de la Asociación de la Prensa pedí las cuentas. Las pedía siempre, pero nunca me las daban. Una y otra vez. Hasta que ese día uno de la Asociación de Prensa de Málaga se sacó un pistolón, lo puso encima de la mesa y dijo: «¡Con esta salen las cuentas!». Y se acabó el carbón. Tenían el sentimiento de ser los propietarios y al que no le gustase, que se exiliara.

Esas cuentas, cuando por fin se consiguieron, se propuso entregárselas a la policía para que tuviera documentación sobre cómo se realiza una estafa

Lo que ocurrió es que al principio de los tiempos del régimen, una manera de ganar voluntades era el carné de prensa, que se entregaba a quien les salía de las narices. Luego se fue modulando con la Escuela de Periodismo, pero al principio se regalaba el carné a cualquiera, que a continuación era de una lealtad inquebrantable. Pero luego esas lealtades, del correaje y tal, fueron declinando, iban aflojándose, y la otra forma de comprar a los periodistas pasó a ser la de los pisos. Podrían haberse construido para el necesitado, pero este no podía comprarlos, y los que no los necesitaban se llevaron hasta tres a precios irrisorios, los cuales luego fueron liquidados a precio de mercado y se llevaron la pasta. No podían hacerlo en treinta años desde la adquisición, pero nadie lo cumplió y a nadie se le pidió responsabilidades por el incumplimiento. Se hizo a unos cientos de periodistas millonarios y, por supuesto, leales, y el resto, la institución como tal, quedó arruinada.

Lo de entregarle las cuentas a la policía se lo propuse a Luis María Anson ya después de Franco. Yo le decía: no tenemos más remedio que denunciar a Lucio Del Álamo. Y Anson: «¡Hombre! ¡cómo voy yo a denunciar a un predecesor mío!». Pues mientras tanto, que el cuadro de Lucio del Álamo esté colgado del revés, para que haya algún tipo de sanción a este estafador, repliqué. Y tampoco. No quedaba otra que coger todo el expediente de Lucio y llevarlo a la policía para que al menos pudiera servir como en las escuelas de negocio. Cuando llegasen en el temario a estudiar una estafa, pues que tuvieran un caso real.

En el aludido libro, que es de 1982, subraya usted una cita de un joven Pedro J. Ramírez que defiende la idea opuesta a la cláusula de conciencia recogida en la Constitución. Decía que también debería haber derecho a que si un periodista cambiaba de ideas, el medio pudiera echarle sin indemnización.

Eso lo escribió en 1980 en el que para mí es un libro de culto, Prensa y libertad. Con la cláusula de conciencia el periodista tenía derecho a reclamar una indemnización si el medio cambiaba de línea editorial, en plan: oiga, ustedes se han hecho Legionarios de Cristo, a mí no me interesa seguir, denme mi pasta que me voy. Eso dice la Constitución. Está tomado del precedente francés, es una garantía. Entonces llega ese gran liberal que es Pedro J. y se pregunta qué ocurre si pasa al revés, si cambia de forma de pensar el periodista y pide que ahí se debería poder despedir sin indemnización. Muy bien. O sea que cada mañana el periodista pasa por un aro detector de ideologías y comportamientos y le miran si ha dejado de llevar el escapulario para poderle despedir. Es increíble.

¿Qué opina del despido de Pedro J. Ramírez?

No se debe hablar mal de la gente y a mí me cuesta no hacerlo, pero además él vino a Diario 16 después de mí. Hay unos versos de Agustín García Calvo que a mí me han aliviado en muchas situaciones. Los pronunció Carmen Martín Gaite en un homenaje que me hicieron cuando me despidieron. «Enorgullécete de tu fracaso; que sugiere lo limpio de la empresa; luz que medra en la noche, más espesa; hace la sombra, y más durable acaso». Aunque no creo que el Diario 16 que yo dirigí fuera un fracaso, era un periódico sin medio alguno, estaba permanentemente amenazado de ser comprado cada mañana. Entrené a mucha gente, muy buenos periodistas, y en cuanto los tenía entrenados se iban por mil duros más a El País o donde fuera. Porque eso era el reino de la precariedad. Pero el periódico no hizo vilezas. Resulta que ahora el que ha combatido es nuestro amigo Jota Pedro, pero yo he tenido diez o doce consejos de guerra, no me suena que él haya tenido ninguno. A ese homenaje, por cierto, acudió Pedro J. Él era muy buen táctico, no me sustituyó inmediatamente, hubo unos meses en los que estuvo de director Justino Sinova, suficientes para limpiar el asiento de sangre.

Sobre su trayectoria, en la vida de un periodista hay muchos episodios distintos. A mí me parece que ha habido momentos tremendos. Ni siquiera bajo esta anestesia del corporativismo debo eludir, por ejemplo, que durante años ha exhibido como un éxito periodístico aquella deleznable entrevista a la cúpula encapuchada de ETA. Y también me pareció siempre deleznable que él fuera un favorecedor de la guerra sucia. Hace poco le preguntaron por el editorial y dijo que ese día él no estaba. En fin. Entonces había que alentar al Gobierno, decir: «Aquí lo que pasa es que no tienen cojones…». Y luego se convirtió en el gran revelador de la guerra sucia que él había alentado. En fin, como este tipo cosas hay otras muchas que me parecen de ínfima calidad, pero bueno, el éxito todo lo disuelve y todo lo reabsorbe y su éxito ha sido muy grande.

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 7

Vamos a la actualidad. El año pasado a usted le censuraron un artículo en El País donde explicaba los emolumentos del presidente del Gobierno como registrador de la propiedad.

Pasó que me llamaron una noche y me dijeron que no iban a publicar la columna. ¿Por qué? Porque son cosas en parte ya publicadas y en parte son rumores. Eso me dijeron. De esto de los registradores he escrito bastante, con muy poco éxito, pero mucho. Mi capacidad de contagiar este tema ha sido nula, ahora empieza un poquito desde hace unos meses, pero les contesté: «Rumores ninguno, detrás de cada afirmación de este artículo hay una hoja del Boletín Oficial del Estado». «Bueno, pero no lo vamos a publicar». Y ahí se quedó, eso fue todo. No apareció la columna pero a quien fuere se le olvidó que estaba en la edición digital. Llamé para dar las gracias diciendo que al menos habían salvado la columna, el que cogió el teléfono no me dijo nada, y a los diez minutos la habían quitado también de internet. Ante esto puedes hacer varias cosas. Una es sentirte presa de la indignación, pero yo pensé que, de todas maneras, uno de los poquísimos sitios en los que se puede estar es El País, y que el balance de todos los años que llevo allí no iban a quedar empañados por este incidente puntual. Llevo escribiendo aquí desde el año 84.

¿Por qué El País protege la reputación de Rajoy de una información contrastada con el BOE?

Eso ya sí que no te lo sé decir. Creo que en todo este tema, que lo sigo todavía, lo que no se puede ser es obsesivo. Y reconozco que a veces tengo cierta tendencia a serlo (risas). El asunto del Registro y de Rajoy es impresentable. Es decir, no hay manera de compatibilizarlo. ¿Cómo puede el presidente del Gobierno seguir teniendo una plaza de registrador a su nombre sin haber ido desde hace veinte años? Es una cosa que no cabe en cabeza humana. Como no cabe en cabeza humana que tenga la plaza asignada un interino, que es colindante, que es el amiguito del alma, y que se lleva por ese interinazgo el cincuenta por ciento de la recaudación.

Es que todo el tema del cuerpo de registradores es alucinante. Para mi sorpresa, para mi desánimo, cuando empecé a escribir sobre esto pensé que los lebreles del periodismo se iban a poner con este asunto y lo iban a llevar hasta el final. Pero oye, ningún contagio. He estado siguiendo en solitario esto desde 2007, desde que en el programa de televisión aquel de Tengo una pregunta para usted una pensionista le preguntó balbuciente a Rajoy cuánto ganaba y este, más balbuciente aún, se embarulló y dijo: «menos que usted».

Publiqué una columna en El País llamada «Los dineros de Rajoy» y en esos siete años he escrito con frecuencia de esto, además ha habido pretextos nuevos gracias a las acciones del Benemérito Colegio Nacional de Registradores. Se han querido quedar con el Registro Civil… han hecho infinitas cosas. Yo he vuelto a la carga y… silencio en las filas. Es una de las cosas que pasa en el periodismo, cuando das en un tema absolutamente capital, se produce un silencio total. No entendí cómo un asunto que ponía en una situación tan delicada y vulnerable al que entonces era candidato a presidente del Gobierno nunca fuera utilizado por el Partido Socialista. Claro, luego se entiende mejor. Lo mismo que se dice que la policía no es tonta, los registradores tampoco. Y tenían en el gobierno de Zapatero a Beatriz Corredor, registradora de la propiedad.

También recuerdo a un alto funcionario que estaba en el Ministerio de Justicia, que tenía que ver con esto de los registradores, y le iba a abrir un expediente a Mariano Rajoy. Este hombre fue llamado a capítulo por sus superiores del Partido Socialista y le dijeron: «A Rajoy ni tocarlo, que es nuestra mejor opción para que sea candidato». Cosas que pasan. Pero el asunto sigue ahí abierto (risas), cualquiera lo puede coger. También he escrito sobre el intento de hacer del Registro Civil un negocio privado de los registradores.

La figura de los registradores es un híbrido rarísimo inexistente en ningún otro país del mundo, son entre funcionarios y profesionales liberales porque tienen una clientela absolutamente cautiva, tú no puedes ir a cualquier registrador cuando quieres registrar tu finca o tu piso, tienes que ir al que te corresponde, como tampoco puedes elegir a los jueces. Uno se hace registrador y a dormir la siesta, no tiene que salir a la calle a buscar clientes. Esto viene de atrás, es un asunto largo, tiene que ver con la Ley Hipotecaria y se ha convertido en un escándalo insostenible.

¿Qué opina del nuevo director de El País? Se le ha acusado de llegar para «derechizar» más el periódico.

¿Por qué? Esto no lo he entendido. Con Antonio Caño tuve un par de conversaciones largas en Washington recientemente, antes no habíamos coincidido mucho, y lo que me ha parecido —este es mi punto de vista es que como se ha producido el relevo en La Vanguardia, que se ha explicado en términos inducidos por el Gobierno e incluso el rey, y luego ha venido Pedro Jota, también explicado en términos de venganza fría y lenta pero implacable de Rajoy, pues ahora se produce el tercero y la inercia quiere que se explique en los mismos términos. El tiempo dirá dónde están las cosas, pero yo no veo ningún rasgo en el nuevo director de mayor docilidad al Gobierno, de menor actividad en defensa de la independencia periodística. A mí me parece que Antonio Caño tiene una trayectoria periodística más cuajada, solvente y probada que el anterior director cuya llegada me pareció más improvisada. Casi más caprichosa, por parte de Juan Luís Cebrián, que es el dios del Olimpo.

El éxito produce enconos, venganzas y malestares. El éxito de El País fue fulgurante, impresionante, pero el encono contra el periódico ha sido todavía mayor. Es desproporcionado, incluso respecto del grandísimo éxito que ha tenido. Propondría esto como tesis doctoral en la Facultad de Ciencias de la Información.

Para concluir. La última manifestación generacional de carácter político de relevancia ha sido el 15-M. Usted estuvo en las asambleas de la Puerta del Sol buscando actas de las aquellos encuentros, no logró encontrar nada.

Aquello se burocratizó, recuerdo. Había un plano, creo que aún lo tengo, donde ponía dónde estaba cada uno de los stands. Pasé todas las tardes por la Puerta del Sol porque me pilla aquí al lado. Iba buscando las actas y, como si estuviera en una oficina del ayuntamiento, me mandaban de un sitio a otro, como de ventanilla a ventanilla. Recorrí todo aquello penosamente y al final, pues no había actas. Yo veía que había reuniones, con sus gestos y sus discursos, y quería saber a qué acuerdos habían llegado en cada asamblea, pero nada. Allí me dijeron que estarían en internet, pero tampoco di con ellos.

Luego con los de Rodea el Congreso se me ocurrió decirles que fueran a protestar a donde Esperanza Aguirre, o al Ministerio del Interior, a la Moncloa, pero ¿al Congreso, que es la representación de los españoles? ¿Si nos cargamos el Parlamento después qué queda? ¿Los cuarteles? Mira, ahí no hay dietas. Pues se encabronaron, vinieron a por mí, pero no descompusimos la figura ni echamos a correr. Aguantamos de forma muy torera.

Creo que, volviendo al 15-M, me parece que estaba lleno de buena intención, pero era en gran parte un plató. La presencia de los medios de comunicación alteran los acontecimientos, sobre todo si es una presencia masiva. No se quería de ninguna manera que nadie se erigiera, se apropiara de un liderazgo o adquiriera un perfil. Eso está muy bien, pero es la disolución. Porque al final hace falta algo, un papel, alguien que lo presente, unos que den la cara. Si se quiere prescindir de todo eso lo normal es que el movimiento se diluya.

Y yo no soy partidario de asaltar el Congreso, me parece disparatado. Los de las mareas lo han hecho mucho mejor. Se han fijado un objetivo y lo han logrado. En términos militares hay una enseñanza que es una gran verdad: ninguna victoria puede ser alcanzada si no está bien definida. Eso lo dice Clausewitz. Es que si no la explotación del éxito se ha convertido infinidad de veces en una grandísima derrota. El éxito no es ilimitado. ¿Usted quiere que no se privatice el hospital de Torrelavega? Pues vamos a aguantar ahí. Pero si empiezas por la Sanidad en Europa vamos mal, porque no vamos a llegar y mientras tanto nos quitan de en medio.

Todas estas manifestaciones son muy relevantes y dan cuenta de un compromiso cívico de extraordinario valor, pero el anonimato es una categoría que tiene muchas limitaciones. Puede parecer que iguala, pero no es verdad. El anonimato que impregna todo este mundo digital tiene consecuencias absolutamente desastrosas. Por ahí no se progresa. Hay que poner cara a la protesta, tiene que haber líderes. ¿Que se van a quemar? Pues se sustituyen. Pensar que ahora vamos a inventar el telar sin lanzadera, pues no.

Miguel Ángel Aguilar para Jot Down 8

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Julio Alonso: «Se producen transferencias de renta hacia lobbies que consiguen que el Gobierno legisle en su favor»

Julio Alonso para Jot Down 0

Julio Alonso (Madrid, 1968) es uno de los principales emprendedores y expertos en contenidos e internet de nuestro país, así como uno de esos grandes desconocidos para el gran público. Fue uno de los pocos invitados por Sarkozy en 2011 a la reunión del Forum eG8 junto a referentes como Marc Zuckerberg, Rupert Murdoch, Eric Schmidt o Jimmy Wales. Activista a favor de la libertad en la red, ha sufrido varias demandas por defender sus ideas y la libertad de expresión en internet.

Apasionado de su trabajo terminó en el mundo de los blogs casi de casualidad, pero finalmente dejó todo para dedicarse en cuerpo y alma a Weblogs. Actualmente en Miami para internacionalizar la empresa, está afincado allí con su familia en otra apuesta como la que hizo cuando decidió convertir un proyecto personal como Merodeando en una empresa líder.

¿Cómo se gestó el proyecto de Xataka?

Vengo de una familia de periodistas (aunque yo no lo soy, yo estudié Derecho). Mi padre fue parte del equipo fundador de El País, mi tío también trabajaba allí, mi hermana sigue aún. Recuerdo ver a mi padre recortando noticias del periódico, haciéndose su propio archivo. De manera que todo el tema de los medios, el periodismo, etc., era algo que no me era ajeno. Profesionalmente había estado trabajando durante diez años como consultor estratégico de empresas en distintos sectores. Trabajando como consultor —en mi última época había montado una consultora pequeñita con otros tres socios—, siempre había seguido y me había interesado mucho por los temas tecnológicos. En 2003 descubrí los blogs y empecé a leer un montón de ellos. También empecé a escribir uno, Merodeando, y ya en 2004 fue cuando me di cuenta de que me lo pasaba mejor al final del día leyendo blogs y escribiendo que haciendo mi trabajo de consultor. Es más, también me parecía que era un reto intelectual mayor. Me pilló además en un momento de mi vida en que tenía una situación desahogada económicamente, podía permitirme hacer experimentos. Empecé a interesarme en lo que se estaba haciendo en Estados Unidos, había dos empresas que estaban empezando: Gawker y Weblogs Inc. En Weblogs Inc. estaba con Jason Calacanis, que era un personaje muy mediático. Los blogs que había en España en 2002 a 2004 eran todos personales. Nos conocíamos los que teníamos blogs, éramos prácticamente los únicos que nos leíamos entre nosotros y apenas nadie más. Era como un corrillo de amigos. Y recuerdo —bueno, no solo lo recuerdo, lo puedo enlazar— una entrada de julio de 2004 en la que hablaba de lo bien que estaría hacer un blog especializado en tecnología en español, más o menos profesional. En los comentarios apareció mucha gente interesada. Y me dije «pues vamos a organizarnos». Montamos una lista de correo, un wiki, y empezamos a ver cómo podría llamarse, cómo podríamos llevarlo a cabo, etc. De ese grupo de treinta o treinta y tantas personas que se interesaron al principio nos quedamos finalmente un grupo de cinco o seis personas más o menos estable. Empezamos con un blog cerrado, a ver si éramos realmente capaces de escribir con la calidad y la frecuencia que nos gustaría. Y en septiembre u octubre, hicimos una especie de mailing a amigos blogueros contándoles el proyecto, les pasamos la contraseña, y en noviembre publicamos en abierto.

Ahora cuando miro lo que hacíamos me da una vergüenza horrible… Eran todo artículos sobre he leído esto o aquello, a veces con suerte con alguna opinión más elaborada. El peor de nuestros competidores hoy lo hace mucho mejor de lo que lo hacíamos nosotros en aquella primera etapa. A los dos meses de crear Xataka fundamos la empresa. A mis socios de la consultora les dije que me tomaba un año sabático. Tras Xataka desarrollamos la idea de crear un grupo que fuera sacando distintas publicaciones. Así que esos fueron los comienzos, teníamos claro que queríamos dar información de calidad, pero también teníamos claro que queríamos montar una infraestructura empresarial que a ser posible no demandase grandes inversiones de fuera, y que tuviera beneficios desde el día uno, aunque fuera un euro. El planteamiento era: «sé qué tipo de información quiero dar, y honestamente no me la puedo permitir, entonces voy a hacer la mejor información que pueda con los medios que tengo y sobre esa información voy a construir una empresa, a generar ingresos, y según vaya generando rentabilidad voy reinvirtiendo esos fondos en aumentar la capacidad que tengo de hacer contenidos de calidad, de crear una infraestructura en torno a ellos, etc.» En cierta medida queríamos hacer lo que estamos haciendo ahora. Aunque aún no estoy contento, faltan cosas por hacer y hay publicaciones que tenemos que trabajar más.

Nosotros nos consideramos blogueros, no tenemos la ligazón del papel, somos claramente digitales: enlazamos las fuentes (esto en relación con lo que se suele decir, que un periodista no sabe usar Google y un bloguero no sabe usar el teléfono) y tenemos una forma diferente de abordar las noticias. Es un medio creado en internet desde el principio. Por otro lado también creemos que en el periodismo tradicional hay valores y prácticas que son muy necesarias y que nosotros compartimos. Por ejemplo, el proceso de verificación de la información. Se hace a priori, antes de publicar, no se ve desde fuera, y se hace de forma unilateral. Pensamos que este procedimiento hay que hacerlo, pero cuando en el medio tradicional ya se ha hecho, y se publica, ahí se acaba. Y para nosotros hay un segundo proceso de verificación, el que viene después; una vez que tú has publicado, tu comunidad, tus lectores, entran a leerlo y a discutirlo. Nuestra comunidad sabe muchísimo y, además, les encanta participar. Es más, tenemos lectores que en algunos casos saben más que nuestros editores. «Dado un determinado nivel de audiencia siempre hay alguien que sabe más que tú sobre algo de lo que estás hablando», decía Dan Gillmor. Esto en los medios impresos no es tan inmediato como en los blogs, pero también se da (es la famosa «fe de erratas»). De manera que en nuestro caso el proceso de verificación también sucede a posteriori, con la diferencia de que después de publicar, en abierto, te ve todo el mundo, y cuando se mete la pata también lo ve todo el mundo. Además, nuestra cultura interna lo que dice es que esto hay que reconocerlo. Es más, si es importante hay que atribuir la corrección; y dejamos lo que habíamos publicado para que pueda verse. Esto es lo que hace que nuestro producto editorial sea un producto colaborativo, en parte hecho por nuestra redacción, en parte también hecho por nuestra comunidad. Luego tenemos la parte empresarial. Sí que es una empresa de medios, hay una estructura, gente de publicidad, administración… Es casi lo mismo, muy parecido.

Julio Alonso para Jot Down 1

Estuvimos con vosotros en los premios Xataka. ¿Cómo surgió la iniciativa?

Es algo que llevamos haciendo prácticamente desde el principio, elegimos una lista con los mejores productos del mercado y pedimos a nuestros lectores que voten sobre ellos. Hace cuatro años decidimos que podía ser una buena idea convertir esto en un evento presencial. El objetivo es conectar a las marcas con los usuarios alrededor de la ceremonia de entrega de premios. Tiene sentido que se mezclen. No es exclusivamente un evento de la industria o solamente de público. Es algo conjunto. Estamos muy contentos con nuestra comunidad, con nuestros lectores, y queremos que se mezclen con las marcas, y que las marcas estén expuestas a ellos.  Esta es una de las cosas que hacemos de forma diferente.

El caso es que nos planteamos que para llevarlo a cabo necesitábamos patrocinadores, lógicamente. Y nos dimos cuenta enseguida de que no podían ser marcas susceptibles de ser premiadas. De manera que los que quieren patrocinar no pueden optar a premio y los que sí pueden optar a premio, entonces, a lo mejor no quieren patrocinar… Había que buscar la manera de hacer ese cruce, encontrar empresas que no tuvieran interés por ganar. Y de esta manera la independencia se garantiza. El sistema de votación es compuesto: primero los lectores, que eligen los cinco nominados, y sobre esos cinco nominados un jurado de quince expertos, decide quiénes son los premiados. En el jurado tenemos gente de nuestra redacción y expertos reconocidos del sector tecnológico. Las marcas no saben quién gana hasta que no se pronuncia el jurado en el escenario.  Las marcas hacen mucha presión para saberlo antes, la verdad; «es que si es el primer premio me traigo al director general». Por eso nos importa tanto la independencia y la transparencia. El evento ha ido creciendo poco a poco. Este año nos hemos permitido ir al Teatro Goya, teníamos un aforo de unas ochocientas o novecientas personas. Y ha estado muy bien. Pusimos quinientas entradas a disposición de los lectores y en siete minutos se habían acabado. Estamos muy contentos, hay que decirlo.

Decías al principio lectores, luego has hablado de comunidad. ¿Cuánto tenéis de medio tradicional y cuánto habéis avanzado por derroteros por los que no se aventuran estos medios más tradicionales?

Nosotros pensamos que hay una diferencia entre lo que es tener una audiencia y tener una comunidad. Lo primero se refiere a que haya mucha gente que te sigue, a tener muchas páginas vistas por muchos usuarios. Tener una comunidad es otra cosa; se refiere a que todos los lectores, o a que una parte importante de esos lectores, primero, vengan porque conocen tu medio, porque les gusta, y acudan de forma recurrente de tal manera que haya una identificación con la marca del medio, con los valores que hay detrás, con el enfoque, que va más allá de simplemente acudir a un sitio porque te es útil, porque lo usas. Esto no es fácil de conseguir, pero sí que pensamos que es muy importante.

¿Tenéis periodistas en el equipo?

Sí. Tenemos un equipo editorial de unas doscientas cincuenta personas. Y aquí hay de todo: desde gente que trabaja full time para nosotros, a quien solo colabora un par de horas a la semana. Creo que aproximadamente un tercio son licenciados en Periodismo.

¿Influye el que sean periodistas a la hora de contratarlos? Es decir, la formación específica en Periodismo.

No, la verdad. Influye el tener unas capacidades determinadas. Algunas de estas capacidades se dan de manera más natural en los periodistas, pero no es algo que miremos, si se trata o no de un periodista. Nosotros buscamos tres cosas importantes: la primera es que tengan pasión por la temática, que la conozcan; la segunda, que está relacionada con esta primera, es que sepan mucho de esa temática; y la tercera es que sean capaces de comunicar. Obviamente si es un periodista su fuerte será la tercera. Nosotros históricamente hemos tendido a darle más importancia a las dos primeras.  A los medios especializados en una determinada temática se les exige un nivel de profundidad importante y, además, tienes un primer círculo de audiencia que sabe muchísimo de ese tema y que te empuja a ser lo más riguroso posible.

Julio Alonso para Jot Down 2

Con gente en plantilla además entramos ya en el mundo de los costes fijos. ¿Cómo hacéis para cubrir esos costes fijos? ¿Y los variables?

Hay dos aspectos. Lo primero es que nosotros desde el principio hemos adoptado una política de muy estricta separación de la parte económica y editorial de la empresa, hasta el punto de que son dos sociedades distintas. Nuestras guías de estilo internas dicen que hay que escribir sin pensar en los anunciantes. Nuestros blogueros se enteran de las campañas publicitarias cuando las ven colgadas. De hecho, alguna vez a algún anunciante no le ha gustado algo de lo que se había escrito, incluso hasta el punto de retirar la campaña. Es una parte para nosotros muy importante. Tenemos claro que cualquier contenido que aparezca en la web por el que nosotros recibamos dinero el lector tiene que ser capaz de identificarlo fácilmente sin tener que irse a un pie de página pequeñito.

El segundo aspecto es cómo casas lo que está haciendo tu equipo editorial con lo que da ingresos. Hay algunos verticales que son más rentables y otros que son menos. Cuando elegimos una temática para una nueva publicación buscamos tres cosas: que tenga potencial de audiencias relevantes, buscamos nichos de mercado que se puedan cubrir y que tengan un determinado interés; que además de tener potencial de tráfico tenga un potencial publicitario, y no siempre es una relación de uno a uno, hay temáticas que tienen mucho interés para el público pero ninguno o muy poco interés publicitario (por ejemplo nos gustaría, en este sentido, hacer una publicación sobre Linux, pero es que no estamos seguros de poder mantenerla económicamente); y finalmente debemos tener el talento editorial para poder hacerlo. También hay ciertas temáticas que no queremos tratar por mucho tráfico que puedan generar. Dicho esto, hay publicaciones que van mejor y otras peor. El año pasado cerramos cinco o seis. Y fue porque o no habíamos sido capaces de generar una audiencia suficiente, o no estábamos consiguiendo un mínimo de ingresos en esa publicación, o directamente no teníamos la calidad que había que tener.

¿Tenéis unos plazos para tomar estas decisiones de cierre, os dais un tiempo específico?

No, no está definido. Lo que sí hemos hecho es ceder los contenidos para que el equipo de la publicación siga con ella si quieren. Manteníamos una entrada desviando el tráfico al nuevo sitio, y algunos han seguido.

Las barreras de entrada a los medios tradicionales en unos casos son financieras, en otros legales (licencias de televisión, etc.), pero de repente con internet estas barreras casi que desaparecen… ¿Cómo va evolucionando, por ejemplo, la legislación que afecta directamente a la comunidad?

Aquí hay dos cuestiones. Una es que internet tiene algunas reglas nuevas. Cuando estabas en papel al final había una decisión última del director del medio sobre qué saldría en la portada. En los medios online, obviamente las cosas ocurren infinitamente más rápido. Por eso nos reímos todos cuando oímos lo de «voy a lanzar una edición de tarde en internet». Y también suceden con mucho menos control. Nuestro equipo de redacción tiene libertad absoluta, nuestros blogueros publican directamente. Obviamente hay procedimientos internos de control, tenemos un wiki larguísimo. Aun con todo hay veces que metes la pata. Y los comentarios se publican directamente en la plataforma. Se hace un control sobre lo que pasa en comentarios, claro, pero también le pedimos para ello ayuda a nuestra comunidad. Veréis que los comentarios no aparecen en orden cronológico. Este criterio lo puedes elegir y en nuestro caso el orden por defecto es un orden por valoración de la comunidad. Además, no todos los votos valen lo mismo, hay un sistema de puntuación de usuarios (karma). En este contexto, el que tú como director del medio seas responsable de todo lo que se publica es un poco más complicado que en un medio tradicional. Nuestra política es intentar retirar lo menos posible, solo casos muy claros.

Relacionado también con temas legales, hay una cierta tendencia a intentar desbalancear el juego. Con el tema de las subvenciones, etc., yo no quiero que nos den nada, lo que quiero es que no nos metan el palo en la rueda, que no nos pongan dificultades y, sobre todo, que dejen el terreno competitivo balanceado. Cuando te encuentras a medios tradicionales clamando por ayudas, apareciendo con un sector en reconversión… ¿Hay que darles ayudas en lugar de a los medios más pequeños, a los que poco a poco vamos creando empleo? Hombre, no lo estamos creando a la misma velocidad que lo están destruyendo El País o El Mundo… Lo que no puede ser es que se nos penalice. Cuando los modelos económicos cambian, la Administración Pública como tal lo que tiene que hacer es invertir, o poner las bases para que las nuevas industrias puedan crecer y puedan desarrollarse. Y con las antiguas lo que hay que hacer es facilitar la transición e intentar paliar situaciones personales que sí que es cierto que pueden ser muy trágicas. Quien lleva treinta años trabajando en una mina al día siguiente no se puede pretender que se convierta en informático. Afortunadamente los periodistas no están en esta situación tan extrema, pero es parecido.

Julio Alonso para Jot Down 3

Entonces llega la nueva legislación sobre enlaces, prensa tradicional y su impacto. ¿Cómo crees que afectará y cómo se ve desde fuera?

Me parece una indecencia de arriba a abajo. Buena parte del texto ya lo conocíamos y va en la línea de penalizar más el enlace, reducir el derecho de copia privada, involucrar en su persecución a agentes que nada tienen que ver como los medios de pago y los anunciantes, cobrar a las universidades… El factor añadido ahora es el llamado Canon AEDE. Creo que la frase que mejor resume todo esto es que, en España, de forma sistemática se producen transferencias de renta hacia lobbies que consiguen que el Gobierno legisle en su favor. Esto es solo un ejemplo más de ello. También los hay en otros sectores de actividad económica. El canon posiblemente se apruebe dentro de la reforma de la ley, pero no tienen ninguna posibilidad de generar el efecto deseado: proporcionar ingresos a los editores de medios tradicionales. En el caso de Google News, lo más probable es que Google cierre el servicio para España. O, en su defecto, que llegue a algún acuerdo con los editores para darles algo de dinero a cambio de que inviertan en sus productos o algo así que les permita salvar la cara. Pero en ningún caso les veo pagando por enlazar o por usar «fragmentos no significativos».

Aquí el lobby ha sido espabilado y ha buscado la forma de desactivar el escenario alemán. Allí cada medio podía decidir si reclamaba el pago. Así, Google News decidió que para participar en Google News había que declarar que querías y que no ibas a solicitar el pago. Todos los medios se apuntaron. Fin del problema. Aquí han intentado evitar eso con el recurso al «derecho irrenunciable» manejado por una entidad de gestión. Que, por cierto, tiene guasa que tú tengas un derecho irrenunciable y no puedas disponer de él en ningún caso ni en ningún sentido. A mí siempre me habían dicho que algo que tengo que hacer de una determinada forma sin posibilidad de elección y que normalmente no me beneficia a mí sino a terceros era una obligación, no un derecho. Un agregador puede filtrar a los medios favorables al pago, pero vendrá CEDRO y exigirá el pago en nombre de todos los medios, quieran o no cobrar. Y luego ya, si eso, repartirá entre sus socios y con los criterios que le vengan en gana (¿la difusión en papel quizá?). En el caso de otros agregadores, Menéame es el caso más evidente, les obliga a optar entre cerrar o irse de España. Y les pone en inferioridad de condiciones respecto a operadores internacionales. No te digo la risa que le puede dar a Reddit si les escriben de CEDRO para reclamarles un pago por enlazar. Una vez más desincentivamos la generación de iniciativas innovadoras de internet en España. En uno de los pocos sectores que están generando actividad económica y empleo. Bien.

También impacta en desincentivar el enlace, he escrito sobre ello en mi blog.

A Weblogs directamente no nos impacta. Nosotros enlazamos a otros medios para reconocer y atribuir las fuentes, y también usamos fragmentos no significativos de forma más o menos habitual, pero no somos, per se, un agregador de contenidos. Obviamente esto dependerá de cómo sea la redacción final de la ley e incluso de cómo se interprete. Si la SGAE pretendía cobrar de peluquerías y de obras benéficas, no creo que los de CEDRO les anden a la zaga. Sí que empobrece el internet en español en la medida en que haya menos agregadores, menos posibilidad de descubrir textos en fuentes no habituales y menos enlaces. La verdad es que la distancia geográfica no reduce el mosqueo. Una parte muy importante de nuestra actividad sigue estando en España. Sigue siendo nuestro mercado principal, donde tenemos más lectores. Hoy por hoy no creo que llegue el momento en el que tengamos que tomar la decisión de mover la sede oficial de Weblogs a Miami como hizo el grupo Cisneros desde Venezuela hace años. Pero lo mismo llega el momento. Y si llega será porque la legislación española en materia de internet habrá hecho que no podamos competir en igualdad de condiciones con nuestros competidores internacionales.

Para complicar esta situación la publicidad online no está creciendo al ritmo al que decrecen los ingresos por publicidad en medios tradicionales.

Creo que es algo coyuntural, que tiene que ver con el ciclo económico. Al fin y al cabo existen todavía los mismos anunciantes pero dependen del consumo: si Ford no vende coches tiene menos presupuesto publicitario. Creo que cuando la economía vaya mejor de como va ahora la publicidad debería remontar. Si ves el resto de mercados, por ejemplo, en Estados Unidos, la publicidad online sigue creciendo. No es un problema estructural.

Julio Alonso para Jot Down 4

Te preguntaba por la visión desde fuera porque te has trasladado a Miami para lanzar la empresa allí. ¿Qué expectativas tiene del mercado americano?

Cuando empezamos estábamos pensando en el público español y al ir creciendo nos dimos cuenta de que íbamos teniendo más lectores en Latinoamérica. No es algo que fuéramos buscando, pero surgió así. Entonces nos dijimos que teníamos que tener en cuenta esto, intentar también hacer cosas para ellos, nos dimos cuenta de que eran mercados interesantes. Ahora nuestros usuarios están en un 60% en Latinoamérica. Bien es cierto que la comunidad está en España. Los ingresos son 90% en España, 10% fuera. Tomamos la decisión de que tenía que ir yo porque al fin era quien iba a contarlo mejor. Queremos crecer por ahí. Hay también una parte editorial que requiere estar ahí.

Nosotros, frente a los grandes medios, tenemos la ventaja de no tener imprentas, rotativas, ni un producto en papel que defender, y esto nos da la posibilidad de ser mucho más disruptores, no tenemos miedo a lanzar cosas nuevas. Nuestra estructura no es una estructura como la de ellos, pensada para un modelo económico completamente distinto. Además, lo que ha pasado es que ha habido muchos años de bonanza durante los cuales no solo tenían esta estructura necesaria, sino que se han ido añadiendo capas de directivos que siguen cobrando estando aparcados… Ese tipo de estructura ya no se puede defender, no es viable. Internet no va a pagar nunca los costes del papel. La parte online tiene una estructura de costes completamente distinta. En internet, además, compites con mucha más gente. Se miden mejor también los retornos publicitarios.

Otro aspecto muy relacionado con esto es que antes los contenidos eran prácticamente la única manera de atraer a una audiencia y de luego rentabilizarla publicitariamente. Ahora tienes por ejemplo a Google que no tiene como actividad principal contenidos; es gente que hace cosas completamente diferentes a las que tú haces, pero que está compitiendo contigo.

¿Os habéis planteado hacer una sola cabecera con todos los blogs?

Es algo que hemos pensado. De hecho, hace años teníamos blogs.es, por donde pasaban las noticias de todos los medios. Lo que ocurre es que nuestro modelo es de medios muy especializados. Es verdad que tenemos muchos lectores que leen más de uno, saben brujulear y pasan por varios. Pero pensamos que tiene mucho valor el ser especializado, así que le damos menos importancia a esto; también es cierto que nos faltaría una parte: información política por ejemplo. No nos hemos visto capaces de hacerlo y además pensamos que no es un generador de ingresos, sino que es un generador de costes.

Me refería más a aglutinar en una cabecera todos los contenidos.

Bueno, nuestros lectores no nos lo han pedido mucho… Si lo hiciéramos lo enfocaríamos más en móvil que en web. En móvil fíjate que creo más en las aplicaciones que agregan que en que cada medio tenga que tener su aplicación. En digital la gente lee muchos más medios que los que se leían en papel y no es sensato pensar que alguien se va a instalar diez, quince, o veinte aplicaciones para leerse todo esto. Sí que creo en las aplicaciones tipo Flipboard, etc., que te permiten hacer tu propia selección, que te ayudan a agregar. Si hiciéramos algo así a mí me gustaría, en este sentido, que la gente pudiera agregar otros medios. Pero, sinceramente, estamos ahora mismo en demasiados frentes como para plantearnos ahora mismo desarrollar un producto mejor que el Flipboard.

Pero el Flipboard no te da retorno publicitario.

Ahora no, pero creo que es la tendencia, que ese tipo de modelos acaben compartiendo los ingresos con los medios que tienen.

En Menéame están interesados en hacerlo, pero quizá no saben cómo.

Lo primero es que tienen que ser capaces de generar más ingresos, y luego ya pensar cómo articularlo. No sé, no lo descarto el hacerlo en algún momento. Tal vez planteándonos más colaborar con los que ya están.

Julio Alonso para Jot Down 5

He visto también que habéis desarrollado una estrategia para países de no tan marcada habla hispana, de hecho lo habéis intentando por Brasil.

Brasil lo intentamos hacer un par de años, fue más un experimento que otra cosa. No le hemos dado la atención que deberíamos. Es un mercado difícil. Hemos visto que tenemos ya un activo muy desarrollado en España y el resto de Latinoamérica y que no le estábamos dando la atención que debíamos. Así, que por mucho que nos guste la idea de irnos a Brasil, vamos a ser realistas, empezaremos trabajando México, el resto del continente, y luego ya veremos. Nuestro objetivo como empresa es ser el grupo de medios especializados líder en España. No competimos con medios generalistas como El Mundo, El País… y el entorno es en el mercado de lengua española. Si en algún momento tenemos recursos suficientes tal vez volvamos a plantearnos Brasil pero ahora no es el momento.

¿Y por qué os habéis instalado en Miami y no por ejemplo en Argentina?

Bueno, Argentina no era una de las opciones… por temas económicos, de regulación, etc. La gran decisión era elegir entre México D.F. o Miami. Ahora mismo, básicamente, estamos persiguiendo mercados publicitarios: uno es el de la publicidad panregional y en Miami se manejan los presupuestos publicitarios de todas aquellas campañas publicitarias que van a más de un país. También nos parecía interesante aprovechar que estábamos en Miami para  subir un poco la visibilidad de nuestra empresa en EE. UU. La siguiente presencia que tengamos seguramente será en México.

Entiendo que Xataka España no será igual que Xataka México, ¿no? ¿Cómo os habéis planteado esto? Y por cierto, ¿cómo se os ocurrió el nombre de Xataka?

Xataka es una lección de cómo no hay que elegir los nombres en internet. En su momento buscamos algo internacional, un nombre que resonase. Mezclamos la palabra Xanadú con Gattaca. Es un error, porque es una palabra que no es fácil de pronunciar, ni siquiera en español, ya en otros idiomas no te quiero contar, y tampoco es fácil de escribir. Es una lección de cómo no hay que hacer estas cosas, ya digo.

Sobre Xataka en España y México, sí que comparten marca y valores e imagen y demás, pero hemos montado equipos locales, buscando allí lo mismo que hemos buscado en España, y que sean ellos los que cubran la información. Obviamente, con apoyo, colaboración, etc., pero siempre buscando que den su propio punto de vista. Esto también nos puede llevar a ser ineficientes. Por ejemplo, cubrimos una de las cosas que hace Apple, y nuestro blog sobre Apple, por su propia naturaleza especializada y de público formado por gente que usa Apple, tiene una visión más favorable a la marca. Por ejemplo, las críticas son más en la línea «nos ha decepcionado», etc. De esa misma noticia el lector de Xataka espera un tono más crítico, un análisis de alguien que tiene en cuenta los productos de Apple pero que también trabaja con otro tipo de productos. La visión desde la que se analiza el producto es distinta. Y en el caso de Latinoamérica esto es más claro. Lo que aquí consideramos barato para unas prestaciones allí es algo totalmente elitista… Luego hay blogs como Directo al paladar que es muy divertido: acabamos de lanzarlo en México y los contenidos no tienen nada que ver. La idea es usar los mismos modelos pero, evidentemente, el contenido y la visión es distinta.

¿Qué obstáculos te has encontrado al traspasar el modelo a EE. UU.?

Bueno, estamos en Miami desde agosto… entiendo que algunos de los principales obstáculos aún no se han presentado. Cuando empezamos en España éramos los primeros y el tema de los buscadores era incipiente. Nosotros, sistemáticamente, en cuanto tuvimos una cierta notoriedad, veíamos que aparecíamos en primera, segunda o tercera posición de resultados. Si escribíamos sobre el teléfono de Nokia veíamos nuestros resultados por delante de la página de Nokia. Y esto, claro, nos ayudó a crecer muy rápidamente. Ahora las cosas son más complicadas. Es fácil conseguir esa primera visita de reconocimiento valiéndonos de nuestros propios medios, sí, pero mantenerse es más difícil. No tenemos aún esa masa crítica suficiente.  También tenemos que luchar con cierta apreciación de que somos una empresa española. Y lo mismo que nos pasa con los lectores nos pasa con las marcas. Cuando contamos lo que podemos hacer o lo que estamos haciendo, las reacciones que nos encontramos son muy positivas, es cierto. Estamos haciendo cosas que no está haciendo nadie más en Latinoamérica. Pero eso no basta en un mercado tan competitivo.

¿La estrategia en redes sociales la vais a mantener conjunta?

Cada blog tiene su propia cuenta. Ahora bien, buscamos sinergias. Hay un delicado equilibrio entre intentar dar visibilidad a las cosas que haces mejor y acosar al usuario. Históricamente tendemos a hablar poco, no usamos mucho el email, y hay gente a la que quizá le gustaría que lo hiciéramos más, que fuéramos más proactivos.

Otra parte muy importante es la de servicios a empresas en vuestro negocio. ¿También lo trasladáis a Latinoamérica?

Sí. Esto fue porque en un determinado momento se nos acercaban marcas o compañías a las que les gustaba lo que hacíamos en un blog y nos pedían ayuda para hacer algo así. Nos dimos cuenta de que teníamos los equipos, los recursos para hacerlo. Era algo que ya se hacía de siempre en los medios tradicionales. Y así fue como empezamos. Ahora en Latinoamérica hemos visto que también hay ese tipo de necesidades, que es una oportunidad para nosotros. Son también productos más largos, uno, dos años. Complementa la vía de ingresos de publicidad, que potencialmente es más alta, pero que tiene altos y bajos.

¿No tienes la sensación de que cada vez se pagan menos las campañas?

Sí. Pasa una cosa; el modelo tradicional de publicidad que trasladamos, tantos píxeles por tantos píxeles, tiene un recorrido determinado. Además, tiene un proceso por detrás muy manual de negociación con una agencia, de líos de propuesta… Es muy intenso y poco eficiente. Creo que está evolucionando hacia dos lados. Por una parte está la publicidad programática y por otro lado está el branded content. A nosotros nos interesa lo segundo. Nosotros le explicamos a las marcas que hemos creado un medio con los mejores contenidos posibles, después hemos generado una audiencia y luego una comunidad. Así que tenemos ya un entorno de gente a la que le interesa mucho esta temática, que nos siguen. Nuestro reto con las marcas es ver cómo introducimos las marcas que son relevantes en esa conversación de forma que (uno) no sea intrusiva y (dos) añada valor a los usuarios. Si eres una marca de coches y tienes cosas interesantes que contar más allá de la foto con la chica rubia, pon a los ingenieros a hablar. En internet no tienes la limitación de tiempo que tienes en televisión o en papel. Lo único que nos queda llegados a este punto es diferenciar claramente qué es contenido editorial y qué publicitario. Este enfoque es de medio a largo plazo. Es más difícil vender más producto hoy haciendo eso que usando otro tipo de cosas. Hay muchas cosas de respuesta directa que no hacemos porque pensamos que a nuestro lector no le interesa especialmente. Es decir, si tú lo que necesitas es que tu cliente viaje hoy a Venecia seguramente este no es tu sitio. Tendrá que ir a Google para esto.

¿Y las marcas tienen claro que ese es el modelo hacia el que hay que ir?

Las marcas lo tienen claro. Los que no lo tienen claro son las agencias…

Julio Alonso para Jot Down 6

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


La portada de 2013

Dicen los teóricos del periodismo —categoría que abarca a varios millones de personas solo en nuestro país— que la portada de un periódico es la ventana por la que cada día el lector/ciudadano se asoma al mundo. La manera en que los periodistas delimitan y valoran los acontecimientos que según su criterio profesional tienen más relevancia para el discurso público que vertebra nuestras democracias. Es, en definitiva, la práctica cotidiana de resumir, jerarquizar y aprehender la Realidad. Pura ontología, señora.

Vale, muy bien, pero esto es España —léase con el vozarrón del rey Leónidas— y hay días en los que nuestra prensa, eh… Digamos que no parece atender fielmente a tan nobles propósitos. Así que ahora que acaba el año vamos a decidir y celebrar como merece «La portada de 2013». En dura competencia proponemos como nominadas las siguientes:

«El secreto de la enfermedad de Chávez»

elpais-2

El pasado 24 de enero El País cometió «uno de los mayores errores de su historia». Palabras suyas, ojo, no nuestras. Ese día el periódico abrió su edición de papel con una fotografía del presidente de Venezuela inconsciente, intubado y hecho una pena, en resumen, «durante el tratamiento médico recibido en Cuba». La portada también prometía desvelar «el secreto de la enfermedad de Chávez» y aseguraba que la fotografía era auténtica «según las fuentes consultadas por este diario». No lo era. De hecho, era absolutamente falsa y el hombre que aparecía en ella ni siquiera era Hugo Chávez. A El País le dio tiempo a retirar de los quioscos parte de sus ejemplares, pero no todos. Más tarde publicó una extensa crónica en la que pedía disculpas pero, eso sí, se preocupaba de mencionar expresamente el nombre de la agencia responsable del error hasta en seis ocasiones.

La ingle de Jaime Ostos

LA GACETA

Mostrar la verdad en toda su crudeza, por incómoda e incluso desagradable que pueda resultar, es la labor del periodista. Y vive Dios que en La Gaceta se aplicaron a fondo en este principio el 17 de julio de este año, cuando decidieron publicar esta portada en la que Jaime Ostos le muestra a España su ingle y de paso un sneak peak de todo lo demás, por más que se lo recoja modosamente y a mano llena.

La hernia de Gareth Bale

X BALE HERNIA

Y si Ostos tiene la ingle fatal, Bale tiene una hernia. Así se lo anunciaba el diario Marca a la nación el 12 de octubre con gran profusión de colores y letras en Impact, a falta de que la tecnología permita a los titulares incorporar sonidos y luces o parpadear, como los GIF. Es lo que merecía la hernia de Bale y es lo que la hernia de Bale tuvo, además de una foto del propio Bale frunciendo el ceño como diciendo: «En efecto, tengo una hernia».

Conquistando bloques en Gibraltar

ABC BANDERA

Al alba y con tiempo duro de levante, este verano un señor decidió agarrar la Zodiac, sumergirse en aguas de Gibraltar vestido de buzo y conquistar él solo unos bloques de hormigón. Lo que hubiéramos dado por ver a Isabel II, al premier y a la Royal Navy en pleno atragantándose aquella mañana con los huevos con bacon del desayuno –cada uno los suyos–, después de que el diario ABC decidiese abrir el 24 de agosto con la imagen del héroe triunfal en su particular Occupy los bloques. La portada marca un antes y un después fundamental en el contencioso que mantienen los reinos a propósito del Peñón, que tantas sensibilidades hiere y que tantos periódicos vende. Hará falta, eso sí, que la reina y el primer ministro británico lean el ABC o que lo hagan, a lo sumo, quienes leen cosas por ellos. Con este tipo de portadas, la cabecera española está cada día más cerca de conseguirlo.

«Rajoy vence a Rubalbárcenas»

LA RAZON RAJOY VENCE A RUBALBÁRCENAS

Es un hecho ampliamente documentado que frente a la apuesta de otras portadas por la cantidad, la de la La Razón abunda en la calidad. «Rajoy vence a Rubalbárcenas», tituló a todo trapo el periódico el 2 de agosto de este año hibridando en simpático neologismo al extesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, y al secretario general del Partido Socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba. El motivo era que el presidente del Gobierno había comparecido el día anterior en el Parlamento para dar explicaciones sobre el caso Bárcenas y que aquello fue, según el medio, una cosa apoteósica. Hasta dejó «en evidencia a un Rubalcaba que ha hecho suyo el discurso de Bárcenas», apunta el rotativo en portada como queriendo decir que no te digo nada y te lo digo todo.

«Tongo olímpico»

LA RAZON TONGO OLIMPICO

No ha sido ni el primero ni seguramente el último juego de palabras al que recurre la casa que dirige Francisco Marhuenda, y para muestra un botón. En cada edición, los Juegos Olímpicos reivindican la nobleza en la competición, el juego limpio, el honor tanto en la victoria como en la derrota y, en fin, un montón más de bellos ideales en torno al «espíritu olímpico» que desde luego no encontraremos en esta portada de La Razón del 8 de septiembre. Un joven llora que el COI pasara olímpicamente de Madrid —juegos de palabras malos sabemos hacer todos— y se enjuga las lágrimas, alegórico, con una bandera de España. «Tongo olímpico», tituló el periódico fiel a su afición a jugar con el lenguaje, que por cierto no debería extrañar. A fin de cuentas, La Razón se llama «la razón».

«Matar vuelve a ser delito en España»

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Si fuera por La Gaceta cualquiera diría que en España se asesinan bebés de teta, ya que la diferencia entre esto y el aborto legal son tecnicismos sin importancia cuando se trata de Intereconomía. Tanto que para jalear la reciente reforma de la norma que regula la interrupción del embarazo el rotativo eligió una fotografía de lo primero en lugar de lo segundo, y a nadie se le escapa por qué. Siempre contrasta mejor con el verbo «matar» escrito en mayúsculas la imagen de un niño simpático y sonriente en colores cálidos que la estampa inexpresiva y aburrida de una ecografía. De no haber anunciado ya el cierre de su edición en papel, no descartamos que La Gaceta hubiera seguido ilustrando la cuestión con fotos de bebés disfrazados de repollos por Anne Geddes. Cuando se trata de contribuir al debate de forma honesta y edificante y sin buscar en absoluto vender más ejemplares, no hay que reparar en gastos. Ni en deontologías.

«El Mundo cambia de piel»

EL MUNDO GRÚA

El pasado 8 de noviembre Pedro J. Ramírez sorprendió a propios y extraños, cibernautas todos, al deleitarnos con su presencia en la portada de la edición digital de El Mundo. Y por partida doble. Primero descorría un banner que rezaba que «El Mundo cambia de piel» y después aparecía montado en una grúa, nada menos, para alcanzar el globo terráqueo del logotipo del periódico y ponerlo a girar, todo esto sin perder ni la sonrisa ni los tirantes. Entretanto otras firmas de la redacción, como Casimiro García-Abadillo, Victoria Prego o Eduardo Inda aparecían también ante los ojos de los lectores para subir y bajar por escaleras, subir y bajar cuerdas, subir y bajar palancas y recomponer figuradamente la portada web del periódico, que de esta forma publicitó el rediseño de su web.

¿Qué portada añadirían?


Rubén Díaz Caviedes: Matones de matones

Atención, cuidado. Warning. Hay un matón suelto en la política española, repito, hay un matón suelto en la política española. Se trata de un varón blanco de mediana edad que responde al nombre de David Fernàndez y obra como diputado de CUP –Candidatura d’Unitat Popular– en el Parlamento catalán, donde siembra el terror y no se descarta que también el horror en el ultramarinos. Mediana estatura, pelo castaño, viste así como con desaliño y lleva un pendiente en la oreja, como las mujeres, los mariquitas y los piratas en las películas de Errol Flynn. Y es peligroso. No duda en llamar a las personas «gangster», a tal grado de violencia accede en sus delirantes arrebatos, e incluso ha llegado a acusar a algunas de «generar paisajes devastados», como hizo anteayer con Rodrigo Rato en la sede parlamentaria. Como lo están oyendo. O leyendo. Hasta una sandalia tiene y sabe cómo usarla, cuidado. Como Calígula, solo que peor. Su modus operandi es quitársela en gesto simbólico y esgrimirla en alto con retórica intención, es que no te digo más. El acabose, vamos. El recopetín.

Y no acaban ahí sus fechorías. Fernàndez, no te lo pierdas, es también responsable del «deterioro activo de las instituciones democráticas», según denuncia el diario El País en su editorial de ayer. Y de convertirlas en un «demagógico tribunal popular», razón por la cual el periódico hasta ha acuñado para él una categoría propia en la genealogía del ser lo peor: los Fernández. «El activismo de los Fernández», denuncia el medio, «nutre de jóvenes los actos independentistas y canaliza algunos de los sentimientos de protesta que expresó el 15M». Tan innobles son estos Fernández que lo suyo, pese a diputados, no es política sino «activismo», según califica El País hábilmente. No pase inadvertida tampoco esa relación, sugerida de nuevo entre líneas por las diestras plumas anónimas que escriben los editoriales de la gran cabecera española, que tampoco ha escapado a las fuerzas pensantes de la llamada extrema derecha mediática. «Los Fernández» e «independentistas», ojo. En la misma oración. Son independentistas pero se apellidan Fernández, quiero decir. Con la tilde hacia la derecha, nunca mejor dicho. Y eso es un apellido español. Y ellos se apellidan así. Pero son independentistas. Pero se apellidan así. No sé si se entiende.

El Mundo, por el contrario, no se anduvo ayer con intrincadas jugarretas literarias y recurrió al siempre elocuente Ser ETA para titular El chófer de ETA así, directamente. Bien grande, en portada, con foto del diputado —no sea que alguien no se quede con su cara— y sin GIF parpadeante ni pirulas sonoras no por falta de ganas, sino porque la cabecera acabada de cambiar de piel, como sabrán, y ahora lleva la mercancía en plan más austero. Tal es la amenaza que supone Fernàndez para el contrato social que el ínclito Salvador Sostres, espíritu cualificado como no hay otro para empuñar el cetro moral y llevarse las manos a la cabeza en ejemplar pajarraca, no faltó a la tradición de la casa y denunció, porque alguien tiene que hacerlo, la evidente relación que emparenta a los de la calaña de Fernàndez con los terroristas vía «su dinámica criminal», su simpatía incuestionable por los proetarras y la «previsible» por los dictadores de Oriente Medio, «el terrorismo palestino» y cuanto es enemigo de lo que es justo y bueno en el mundo, en resumen, incluyendo tiranos, terroristas, antisistema, separatistas, orcos, los virus de la nariz roja en Érase una vez la vida, Gargamel y Skeletor. Momentos antes de quedarse tan ancho, Sostres aseguró incluso que «si Saddam Hussein hubiera venido a Barcelona», David Fernàndez «tal vez también le habría hecho de chófer». Tal vez, oye. Quién sabe. Por esa razón, dice, hay que tenerle miedo, permitiéndose señalar a quién hay que temer y a quién no porque así de grave es la amenaza que tristemente nos ocupa, queridos conciudadanos. «Hay que tener miedo a macarras que se hacen nuestros salvadores y a los apologetas de las ideologías que más devastación moral, ruina económica y muertos han causado», clama sin sonar nada, pero nada en absoluto, al NODO. Se refiere Sostres a Fernàndez, por cierto. No a sí mismo. Aunque sea él quien señale con el dedito desde el púlpito y no el truculento agitador del CUP, que a fin de cuentas es político y actúa en una comisión parlamentaria. Lo aclaro porque a lo mejor esto tampoco se entiende.

Y menos mal, oigan. El pobre Rato, objeto anteayer de los accesos inaceptables de Fernàndez, tenía que estar en su casa temblando y tomando sopa a sorbitos como un pajarito, pobrecito mío, después de que el otro alzase el martillo terrible de su sandalia y le explicase que en Irak ese gesto implica «humillación y desprecio» para preguntarle seguidamente, qué osada es la osadía, si no tiene miedo a quedarse sin nada, como sí lo tienen miles de españoles. Agárrate a la goma de la braga. Y en un parlamento, además, autonómico en este caso. En su misma cara y en su misma casa, como quien dice, pese a que Rato habite a la par también la financiera en un «deterioro activo de las instituciones democráticas» sano ejercicio de versatilidad política de contrastado beneficio para la sociedad. Por suerte el país —el concepto— tiene a El País —el periódico—, abnegado en su funfún como puede serlo solo el autoproclamado Pilar Fundamental de la Democracia, y cuenta detrás con El Mundo que, otra cosa no, pero el caldo le sale siempre bien gordo. Tan de acuerdo están las potencias periodísticas españolas que hasta le dedicaron a Fernàndez el mismo adjetivo —el de matón— en afortunada casualidad, fijate tú, y coincidieron en desplegar simultáneamente en su contra el puño del Cuarto Poder, vigilante siempre de los que mandan y al lado de los indefensos. A ver si no quién, si no son ellos, nos iba a abrir los ojos para advertirnos sobre la obra ruinosa de estos perniciosos carismas apolíticos y su acoso inaceptable a los representantes de la ciudadanía, de legitimidad institucional y comportamiento intachable. Los perniciosos carismas son los Fernàndez, por cierto. Y los del comportamiento intachable, los Rato. Lo aclaro porque a lo mejor —a lo mejor— esto tampoco se entiende.

Fotografía de portada: CC/A4gpa.


En formación

Hace tan solo unos meses se oyó un fuerte golpe en una de las tumbas del cementerio Magnolia, en Leakesville, Mississippi. Era la cabeza del cadáver del humorista Bill Hicks al chocar por dentro contra el ataúd. Arañaba la madera, trataba desesperadamente de salir un rato de su cobijo para registrarse en Twitter o Menéame, para comentar en un puñado de blogs. Ansiaba tablet. Ansiaba smartphone. Numerosas personas acosaban a un publicista y deseaba estar con ellos, guiándolos, aunque fuese tan solo por una horas. Algunos querían que recibiese literalmente su merecido. Otros llegaban a amenazar con quemar su oficina. El sueño dorado de quien desde el escenario espetaba: «Si alguno de los que están aquí trabaja en publicidad o marketing… suicídese».

¿Qué había sucedido para que los enterradores de esa pequeña localidad americana se sobresaltasen? ¿Qué había ocurrido para que ni siquiera hiciera falta el suicidio porque había pirómanos voluntarios? Sencillamente se había anunciado la puesta en marcha de la SCPF Academy, vinculada a la agencia publicitaria del mismo nombre e impulsada por Toni Segarra, su director creativo, considerado por muchos como el mejor creativo de España.

Toni Segarra para Jot Down 1
Fotografía de Alberto Gamazo para Jot Down

En multitud de foros se tomó a dicha academia como algo parecido a pagar veinte mil euros por hacer prácticas. Esa confusión unida a la situación económica actual en una profesión además con escasas salidas laborales y unos estudios reglados puestos muchas veces en solfa crearon el caldo de cultivo necesario para que se produjese uno de los cada vez más habituales «linchamientos» en las redes sociales. Cientos de personas se unieron a ese tipo de críticas al estilo «bola de nieve». Los más elegantes hablaron de mitos caídos. Los menos escogieron entre la numerosa gama de insultos que ofrece el idioma español, aunque también hubo insultos en catalán. En esa situación, las propias explicaciones de Segarra avivaron el fuego como quien echa agua en una sartén con aceite ardiendo, mostrando que el tratamiento de las redes sociales aún resulta complicado por su reciente implantación y por la fuerza que pueden cobrar determinados asuntos al margen de su grado de acierto, justicia o análisis.

Una vez llegada la calma y vueltos a sus hogares los diez mil hijos de Bill Hicks, nos podemos aproximar a los orígenes de la SCPF Academy y al debate que suscita en torno a la necesidad de determinados estudios para algunos sectores profesionales. De hecho esta escuela surge por una realidad calificada de «dramática» por parte de su director ejecutivo, Enrique Baeza. Con ese calificativo se refiere a la falta de práctica: «Hay jóvenes que llegan después de cuatro años de carrera y no tienen ni un anuncio. Nunca hemos hecho nada, nos dicen». Baeza continúa: «Así que lo que hacemos es evaluar el trabajo creativo más que fijarnos en los estudios. Me refiero a todo lo que hayan podido hacer, desde cine a poesía. Incluso a veces buscamos perfiles algo peculiares. La puesta en marcha de la SCPF Academy responde precisamente a la necesidad de buscar determinado tipo de talento cada vez más difícil de encontrar». De la misma forma que en el trabajo, los alumnos pueden proceder de cualquier sector laboral, académico o incluso no tener ningún tipo de estudio previo o trabajo ni lejanamente relacionado con el mundillo, pues pasan una suerte de examen donde el único baremo es la creatividad.

Los dieciséis elegidos tras el proceso de selección tendrán como monitores a los propios trabajadores de la agencia (pueden serlo o no voluntariamente), con quienes trabajarán a diario en el desarrollo de su propio proyecto, contarán como supervisores a publicistas de prestigio como Miguel García Vizcaíno, Risto Mejide, Rafa Antón o Guillermo Viglione. A todos ellos se suman conferenciantes que tratan de ofrecer soluciones a asuntos prácticos, entre ellos el cocinero Ferran Adrià, el escritor Agustín Fernández Mallo, el arquitecto Enric Ruiz Geli o el científico Jorge Wasgenberg. En cierto modo, utilizando toda la tecnología actual, se trata de un método experimental de enseñanza maestro-aprendiz, salvando las lógicas distancias.

381px-Cinzano_1920En la publicidad, profesión multidisciplinar, parece valorarse mucho más la creatividad que la formación académica, hasta el punto de que agencias tan prestigiosas como Sra. Rushmore apenas tienen en cuenta si se ha estudiado o no, lo importante son otros factores. Como explica su socio fundador y director creativo ejecutivo, Miguel García Vizcaíno «tenemos dos departamentos. En el de cuentas exigimos una carrera universitaria que no sea publicidad y un nivel de inglés muy alto. En el departamento creativo no hay que tener siquiera necesariamente una carrera, hay que demostrar la creatividad con trabajos, pueden ser por ejemplo relatos o cortometrajes. Sí es verdad que valoramos a veces los estudios de bellas artes. En cuanto a los estudios de publicidad, ahora pueden hacerse en docenas de sitios. Hay facultades, escuelas, postgrados… y unos son totalmente prácticos y en otros no se hace ninguna práctica. Nada tienen que ver entre ellos». Vizcaíno, que como indicamos será también supervisor de SCPF Academy, reconoce que se planteó la puesta en marcha de algo semejante, aunque la descartó al final. «Si hubiese algo así cuando era más joven hubiese vendido piedras para entrar. Desde luego nos quedaremos con todos los alumnos que terminen y no quiera Toni Segarra», concluye entre risas. 

Esto pone sobra la mesa las tensiones entre labores eminentemente prácticas, oficios que se van aprendiendo sobre la marcha y los estudios reglados de carácter universitario que preparan a multitud de alumnos para un mercado cambiante, lo que parece requerir a veces de otro tipo de enseñanzas. No solo es el caso de la publicidad, también el del periodismo o la comunicación audiovisual, pues tres son multitud salvo en este caso en el que siempre van de la mano en alegre comandita. Al periodismo y la comunicación audiovisual los retomaremos algo más tarde. Por supuesto no son los únicos casos de carreras discutibles, pero sí que han constituido siempre un núcleo muy controvertido y criticado por gran parte de sus alumnos y luego trabajadores. A eso hay que añadir que en una sociedad mediática esta circunstancia resulta más que preocupante. Y es algo recurrente desde hace lustros. ¿Son necesarias? ¿Son necesarias así? ¿Resultan más convenientes otras maneras de aprender?

Más tajante con respecto a todos los elementos de este debate es Chacho Puebla, director creativo y ejecutivo de Lola, otra de las agencias punteras en España: « No existe la “carrera de publicidad” universitaria. No aportan nada los cinco años que les sacan a los chicos en la universidad. No les enseñan nada útil. Siempre les digo a los jóvenes estudiantes que abandonen y se dediquen a estudiar otra cosa, que seguramente será más útil. Si quieren estudiar algo de publicidad, que hagan un curso en los institutos terciarios, como la MiamiAdSchool, Tag, Zink, Complot, Brother, etc. Ahí te van a enseñar algo que te sirva.  La publicidad se basa en analizar al ser humano. Si quieres estudiar algo en la universidad para después trabajar en publicidad, estudia Filosofía y Letras, Historia, Diseño, Arte, Sociología. Cualquier cosa, menos Publicidad. ¿Cuál es el rol de la universidad en áreas como la publicidad? Porque creo que ahí es donde está la diferencia. Si ellos usaran ese tiempo para explorar, para investigar, para equivocarse, cuando salgan al trabajo real tendrán mucha, pero mucha, más experiencia. Hay lugares como la St. Martins en Londres que tienen ese estilo y la verdad es que son geniales».  

También hay opiniones a favor de la publicidad como carrera universitaria, por ejemplo la de Carlos Rubio, director general de la Asociación Española de Agencias de Comunicación Publicitaria, para quien «la educación es un elemento clave para el crecimiento sostenido, la innovación y el desarrollo del sector, necesario para mantener un buen nivel de competitividad y excelencia profesional. Quien aspire  a trabajar en el sector deberá conocer los fundamentos de la comunicación comercial: comunicación estratégica; herramientas y disciplinas del marketing desde una perspectiva integrada; creatividad, referido tanto a la generación de ideas como al desarrollo del mensaje; comportamiento y análisis del consumidor; planificación y compra de medios. Así como otros contenidos de otros ámbitos por su cercanía al ámbito profesional como estadística, derecho de la comunicación comercial, diseño gráfico, programación multimedia, ética o deontología profesional. Aunque resulta paradójico el que el mercado se haya ido reduciendo, y consiguientemente  las posibilidades de trabajar, y por el contrario sea la carrera tan demandada. Hay que buscar un punto de equilibrio. Tal y como está hoy el sector  es imposible que absorba a los licenciados que terminan sus estudios cada año».

Se puede considerar como una postura intermedia la del Colegio de Publicitarios y Relaciones Públicas de Cataluña. Una de sus vocales, Mercedes Piera, indica que defienden la existencia de la carrera aunque «tenemos que adaptarnos a la sociedad. El sector ha cambiado, a lo que hay que unir la crisis y la evolución de las nuevas tecnologías. Trabajamos con rondas continuas con la universidad, que se muestra además muy receptiva. Incluso ellos mismos nos piden opinión para adaptarse. La cuestión es combinar lo que sirva de los estudios tradicionales con otros aspectos, ya que el sector es plural, no te diré confuso, pero sí muy variado. La universidad debe abrirse e incorporar fórmulas nuevas». Por otra parte este colegio profesional también se está abriendo a la realidad del sector, y acaba de iniciar un proceso para aceptar como colegiados no solo a licenciados en publicidad sino también a profesionales de otros ámbitos que puedan demostrar una trayectoria laboral de determinados años en este campo.

Y si hablamos de periodismo y comunicación audiovisual, el que escribe estas líneas sufre su pequeño flashbacks cinematográfico. Interior. Tarde. Facultad de Ciencias de la Información de Sevilla.

Orla

De pronto se precipitó un suave goteo sobre aquellos cuadernos y folios del casi centenar de alumnos de uno de los dos cursos de periodismo correspondientes a ese año. Una gotita, otra, otra, otra… Podrían ser goteras salvo por una pequeña cuestión. Las gotitas se movían, andaban. Alguna más espabilada incluso correteaba un poco. Eran gusanos. En el entretecho de la clase habían muerto unas ratas y estos pequeños seres estaban ensimismados en lo suyo hasta que una grieta vino a molestar el desempeño de una labor que suponemos grata, necrófaga e incomprendida. Ante el peligro de derrumbe del aula de aquel viejo edificio se precintó unas semanas mientras duraban las obras. Tiempos de exámenes de, en algunos casos, cinco folios y medio que estudiabas la mañana de antes para sacar un notable esa misma tarde. Emisor. Receptor. Feedback. Buyssens (Eric) y Saussuere (Ferdinand de). Tiempos en los que incluso un profesor que sigue ejerciendo regaló un sobresaliente general en fotoperiodismo a toda la clase  por pegar fotos recortadas de revistas en una cartulina. En una cartulina, no fueron varias, hubiera supuesto un exceso. Curiosamente no hizo falta hacer fotografías en ningún momento en esa asignatura. Como apenas hizo falta redactar noticias y mucho menos pisar el estudio de radio o aprender a estar delante de una cámara.

Tiempos de profesores que desde primero nos insistieron en que lo mejor que haríamos sería abandonar la carrera. Se podría ver como un gesto de honradez. Quizá de cinismo exacerbado. Lógicamente a esas edades semejante consejo entra por un oído y sale por el otro en el mejor de los casos. En la mayoría refuerza la decisión de seguir, pensando que el negro panorama laboral que describen algunos de los que tienen que formarte para afrontarlo estará bien despejado cuando llegue tu turno. Además la alta nota de exigida para la admisión señala que eres de lo mejorcito del bachillerato. Más tarde el desarrollo de un trabajo donde prácticamente no se aplica nada de lo aprendido… cuando hay trabajo.

Desde aquella primera mitad de los noventa muchas cosas han cambiado. En concreto ya no caen gusanos del techo en las facultades. Suponemos que tampoco se conceden sobresalientes generales por pegar fotos en cartulinas, ahora este hombre hará usar Instagram a sus alumnos. Por el contrario se siguen manteniendo las altísimas notas de acceso (en algunas facultades llegó al 9), la masificación en las aulas y unas perspectivas laborales que oscilan entre lo negro y lo inexistente (pese al espejismo del pasado fueron precarias incluso en época de supuesta bonanza). Estas profesiones que estuvieron en crisis entran en un periodo de crisis después de la crisis de su particular crisis.

Constantemente se publican noticias señalando cuántos parados hay en el sector del periodismo desde el 2008. Desde entonces más de diez mil periodistas, según la Asociación de la Prensa de Madrid, se han incorporado al paro entre despedidos y nuevos alumnos que se encuentran sin posibilidades de trabajar. Más de trece mil personas demandaban un empleo como periodista en primera opción. Enrólate en periodismo y verás mundo, decían. Enrólate en publicidad y verás mundo, decían. Según el Informe Anual de la Profesión Periodística hay, redondeando, entre veinte y veinticinco mil periodistas con empleo en España. Y casi setenta y cinco mil licenciados en total desde 1976 sin contar con las promociones 2012/2013 y 2013/2014. En el curso 2011/2012, el número de matriculaciones en Periodismo, Comunicación Audiovisual y Publicidad y Relaciones Públicas superó los cincuenta mil alumnos. Resulta difícil fijar una cifra que sería interesante, la de personas que cursaron estos estudios y jamás tuvieron ni la oportunidad de ejercer.

Ante esto las soluciones que se han tomado han sido soluciones a la «española», o sea, poner en marcha facultades de comunicación hasta en Cuenca (no, no es broma, y con una baja nota de corte para que nadie se quede sin estudiar esta carrera) y facilitar la convalidación del grado de periodismo con el de comunicación audiovisual, un matrimonio de conveniencia para dar respuesta a lo que se llama «periodista multimedia», ese reportero que escribe, lleva la cámara de fotos, también la de vídeo y de paso puede hacer el montaje de las imágenes u ocuparse de una página web mientras hace las veces de community manager. «El periodista multimedia es incompatible con la calidad, un periodista no puede hacer todas esas cosas. Mientras estás tomando una foto no puedes estar preguntando», indica Carmen del Riego, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid y cronista política de La Vanguardia. Del Riego sin embargo se muestra dispuesta a defender la titulación de periodismo, aunque con matices: «Creo que un periodista debe tener una formación académica sólida, aunque sí es cierto que se debería hacer una revisión completa de los planes de estudio para dar entrada a más prácticas. En ese sentido puede ser interesante el plan Bolonia, un plan que resulta controvertido pero que en definitiva contempla más prácticas. Ese es un aspecto atractivo. En definitiva hay que analizar y actualizar todo el programa de las carreras».

Sobre esta cuestión también se pronuncia Guillermo López García, profesor de periodismo de la Universidad de Valencia y fundador de La Página Definitiva: «Un periodista debe saber muchas cuestiones antes de salir al mercado laboral y muchas veces resulta difícil predecir qué va a necesitar, a lo mejor de todo lo aprendido aplica solo dos de esas cuestiones, pero tienes que dar el resto. Eso sí, estoy de acuerdo en que en los planes de estudio no se atiende muchas veces al interés del alumno, sino al interés de los que precisamente hacen esos planes de estudio, por lo que quizá habría que plantearse un modelo distinto, por ejemplo una carrera más corta o una carrera dividida en dos ciclos, uno teórico al principio y luego práctico en los años finales».

Para Antonio Checa, decano de la facultad de comunicación de Sevilla, periodista de amplísima trayectoria (Informaciones, Diario 16, El Mundo) y profesor tanto de asignaturas de periodismo como de comunicación audiovisual o publicidad, la carrera «es más necesaria que nunca», ya que «el periodismo se ha unido actualmente a una evolución vertiginosa del mundo de la comunicación y en este mundo tan complejo tenemos que estar adaptándonos constantemente. El periodista es hoy en la historia una especie de refugio del hombre renacentista. Lo que sí resulta difícil es encontrar prácticas honestas para nuestros alumnos. No digo ya pagadas, digo honestas, donde la empresa no los explote». Checa reconoce que en los estudios de publicidad «todo va un poco más lento», pero este asunto ya lo retomaremos más tarde.

Desde la puesta en marcha de las facultades de periodismo a finales de los setenta y su posterior reproducción como setas por toda España (un hombre, una facultad de ciencias de la información), el modo de acceder a este trabajo ha tenido dos vertientes. La primera hacer la carrera de Periodismo o Comunicación Audiovisual. La segunda hacer otra carrera y luego un máster, doctorado o curso especializado. Los medios de comunicación desde entonces se han nutrido fundamentalmente de este tipo de trabajadores, quedando atrás la figura del periodista que empezaba a trabajar muy joven en el oficio sin formación académica previa o que en algún momento de su vida acababa de rebote en la profesión.

Take your choice

Pablo M. Díez, corresponsal de ABC en China y Asia, pertenece al primer caso. Estudió en la universidad de Sevilla y la Complutense, y aunque echa de menos un mayor contenido práctico: «en ambas universidades aprendí los mecanismos de la redacción periodística en sus distintos géneros y adquirí otros conocimientos culturales, por ejemplo en historia, economía, literatura, sociología, ética o incluso cine, que luego me han servido en mi trabajo. El problema es cómo medir la influencia real que tiene en el trabajo diario el bagaje cultural que uno atesora, o debería atesorar, en una carrera supuestamente tan intelectual como Periodismo. Esto no es como un médico, que recuerda que en este curso aprendió a cortar hemorragias y en aquél a abrir un cuerpo con un bisturí. Pero estoy convencido de que, en algún momento de mi carrera profesional, me ha servido haber estudiado a los pintores impresionistas o haber leído a Truman Capote». Sin embargo también cree que algo ha fallado en los planteamientos generales de estos estudios: «Pero eso no significa que no haya oportunidades en los medios de comunicación. En una sociedad cada vez más tecnológica y dominada por la cultura de la imagen, creo que lo tiene algo menos difícil un buen cámara de televisión o un experto en internet que el prototipo de redactores a la antigua usanza que salían de las universidades en nuestra época, por muy brillantes que estos fueran. Por ejemplo, hay corresponsales de periódicos con dos carreras que cobran entre treinta y cinco y ochenta y cinco euros por pieza y cámaras de televisión, que puede que ni siquiera tengan la carrera de Imagen y Sonido, que se sacan quinientos euros en un solo día de grabación. No digo que esto sea bueno ni malo, pero sí demuestra que las universidades fallaron claramente al no anticiparse al futuro y la sociedad se dejó llevar por la importancia que un título universitario había tenido en décadas anteriores».

Por su parte, Gabriel Núñez Hervás, periodista en lugares como El País, Cadena Ser, la Sexta, Ajoblanco o Rockdelux, y director del magazine Boronía, pertenece al segundo caso, pues estudió Sociología y posteriormente se formó en el conocido máster de El País: «Mi experiencia en el máster fue extraordinaria. Con matices. Siempre hay carencias, profesores mal elegidos y detalles prescindibles, pero en líneas generales, extraordinaria, sobre todo si la comparo con mi experiencia en la Universidad. El máster me enseñó a tener curiosidad, a  perder el miedo,  a buscar las preguntas adecuadas, a ser más concreto y exacto al contar las cosas y, sobre todo, a pensar en el objeto de la información en lugar de en mí mismo. Me enseñó, digámoslo así, a dejar de ser tan pajillero. Aparte de eso, me permitió discutir, a veces acaloradamente, mis puntos de vista, y hasta logró convencerme y demostrarme que muchas veces yo no llevaba toda la razón. En mi caso, la verdad es que tras cinco años de carrera veo que sobraban perfectamente tres, si no cuatro, y que el planteamiento era erróneo en relación a la profesión».

Un caso parecido es el de Miguel Ángel Criado, licenciado en ciencias políticas y sociología y que ha trabajado en El Mundo o Público y sigue escribiendo en un sinfín de sitios, entre ellos la web de divulgación científica Materia o Cuartopoder. «Pues, aparte de la cultura general que adquieres o refuerzas, algo básico para el periodismo, la carrera me sirvió de poco. Descontando lo que pude aprender de mecanismos de documentación y búsqueda de fuentes documentales, mi carrera de Ciencias Políticas y la de Sociología no me han servido para hacer periodismo. Pero, insisto, sin ellas, tampoco sé si habría podido hacerlo por todo el bagaje que me aportaron. Con la irrupción de internet y las nuevas formas de comunicar, es vital que haya mucha más práctica de la que parece que hay. Lo que hoy demanda la gente es periodismo de datos, visualización de esos datos, uso de un cóctel de texto, imagen, infografías, gráficos o animaciones que no se aprenden en un libro. Yo dedicaría la carrera a redacción periodística y al derecho relacionado con su ejercicio y poco más. Creo que con tres años habría más que suficiente para eso».

Ante las conclusiones que se pueden extraer de este debate no hay lugar para el desaliento. Siempre, siempre, siempre hay una solución a la «española». Por ejemplo estudiar el triple grado en Periodismo, Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad Internacional de La Rioja (no, no es broma). A grandes males, grandes remedios.

 


David Trueba: «En Madrid nos gusta tanto el cielo porque no lo alcanzan los concejales de urbanismo»

David Trueba para Jot Down 0

Antes de que cualquier texto sobre España empezase con «la crisis», David Trueba escribió en su columna que en este país las obras maestras del cine fueron «hechas con precariedad de medios, ante la indiferencia de la población, con el desprecio de la élite y al margen de la estructura de explotación más poderosa». Es gracioso. Cinco años después, rodó Madrid 1987 en esas mismas circunstancias. No cometeremos la osadía de decir que esa cinta es «una obra maestra», pero tiene un gran valor. De entrada, simbólico. 1987 fue, a juicio de David Trueba, el año en el que la sociedad española decidió echarse la siesta como si todas las conquistas sociales estuvieran ya alcanzadas. Como dijo Rafael Poch en esta casa, «un gran bostezo social». Ese contexto es esencial para entender el cine de este director, especialmente su última película, sobre la búsqueda y necesidad de una «iluminación», y sus columnas en El País..

Cuando comenzaste a escribir en El País, en 1993, criticabas los banquetes y las fiestas que les ofrecían las productoras a los periodistas para que hablaran bien de las películas antes de los Óscar.

Vivía en Hollywood y me di cuenta de que, efectivamente, existía una extorsión que los periodistas aceptaban con una naturalidad muy normal. La diferencia entre una película checa y una americana era que en la americana había unos señores que te invitaban a un sitio, te llevaban, te lo pagaban todo y luego te decían que si te había gustado la experiencia y querías volver, tenías que sacar una página entera. Mientras tanto, los de la película checa no podían ofrecerte nada. El periodismo aceptaba eso de una manera fácil. Y creo, además, que el periodismo ha empeorado del 1993 a aquí [silencio].

El primer personaje del cine que resulta clave en tu vida podríamos decir que fue Rafael Azcona, que te introdujo siendo muy joven en sus tertulias o reuniones.

Lo primero que decía él era «A esto no se le puede llamar tertulia, venimos aquí a trabajar y a comer» [risas]. Era un hombre duro. Curtido. También era un hombre de una afabilidad impresionante, de una juventud mental increíble y recuerdo su risa, la echo mucho de menos. Creo además que yo se la causaba y eso nos unió. Pero era un hombre duro. Su primera imagen era agradable. Yo le he presentado a muchas personas porque me parecía que a él le gustaba conocer a la gente, siempre en contextos de comidas y tal, yo les decía tenéis que conocer a Azcona, y con todos era afable. Creo que salían seducidos por él. Era un gran seductor. Pero si llegabas a tener con él una relación más estrecha, descubrías un lado muy interesante, con cierto poso de acidez y amargura. Siempre recuerdo que me contaba que hubo una época en la que había estado unos años sin trabajar y estaba medio arruinado, bebiendo, pasándolo mal. De hecho, le rescató Mario Camus porque se lo encontró un día en la Castellana y le dijo: «Hombre, Rafael, ¿qué haces?». Y Rafael contestó: «Nada». «Pero estarás escribiendo algo», insistió. Y Rafael: «¡No!». Entonces le encargó algo y siempre le tuvo mucho agradecimiento por ese gesto, siendo un director con el que luego yo creo que no trabajó. Siempre me contaba esto y ponía ese tono… Lo debió pasar muy mal.

Luego siempre le acusaron de hacer cine negrísimo. Una crítica muy habitual a las películas de Azcona y Berlanga era que se trataba de cine de tullidos, propio de la España negra, como algo contrapuesto a la España que se quería vender en los sesenta desde el fraguismo, de que todo iba bien. Incluso la crítica joven también contribuía a esta campaña y era bastante agresiva con el cine de estos dos. Por eso Azcona tuvo siempre un resentimiento hacia los críticos incluso en la época en que ya le ponían bien. Leí alguna crítica de El año de las luces y decían «y la mano torpe de Azcona». ¿Pero cómo podían decir eso? pensaba yo. En otra ocasión escribieron «Parapetado tras el guión se esconde Rafael Azcona». Y él se volvía loco, porque era un tío muy preciso: «¡¡¡Cómo que parapetado!!! ¡¡¡Si figuro en el guión!!!». Se desesperaba.

Toda esta oleada de críticas que recibía Azcona me lo resumía contándome la anécdota de una noche que se encontró en Riscal con un crítico que lo machacaba. Azcona había pimplado, se acercó al tipo, le tocó en la espalda y le preguntó: «¿Es usted Castillo?». El tipo se giró y le dijo: «¡Identifíquese!». «Soy Rafael Azcona», replicó y… ¡pum! El tío le soltó un puñetazo directamente. Entonces siempre me decía: «Para que veas, intentando vengarme de un crítico, fui yo el que recibí, así que no lo intentes». No sé con quién se confundiría, sería la autoridad de aquel momento, supongo que un falangista o algo así.

Por este motivo, luego me contaba aventuras muy graciosas de cómo compraban a los críticos Ferreri y sus productores. Les llevaban de viaje, con comidas… Azcona contaba anécdotas muy graciosas sobre una corrupción parecida a cuando ahora las empresas de Hollywood se llevan a los críticos a Acapulco a hacer las entrevistas. Cuando ellos hicieron El Pisito, la película tuvo una categoría C, no iba a poder salir de forma natural, en esa especie de censura que había no llamada censura. Entonces lo que necesitaban era seducir a algún crítico del régimen. Cogieron a uno y le invitaron a un viaje para ver la película en Bilbao. Le subieron al avión y el crítico se mareó y se vomitó todo encima. Al aterrizar, Ferreri le dijo «Ahora te llevamos al hotel y te compramos ropa». Y este señor les contestó: «Tranquilo, no hace falta, es solo vómito seco, vómito seco». Era genial cómo imitaba Rafael eso de «vómito seco». Porque es que era gente miserable. Yo llegué a conocer, de hecho, a ese crítico.

El caso es que Azcona no contaba nada de forma normal. Todo se reducía siempre a una anécdota. Nunca jamás decía las cosas teóricamente. Siempre empezaba: «Recuerdo un tipo que…». Todo iba unido a una narración.

En los últimos años, tal y como revelaste en tu columna en El País, Azcona estaba triste por la que le estaba cayendo al cine español.

Él siempre decía: «desengáñate, siempre que te llamen para hablar sobre cine español será para hacerlo de algo negativo. Cuando ha ido algo bien, te llamarán para preguntarte por qué lo demás va mal. Y cuando algo va mal, por qué todo va mal. No les interesa ninguna idea positiva sobre el cine español». Esto se remonta a muchos años atrás. No se puede luchar contra ello. Y con esto, Azcona no se ponía a la defensiva, pero le indignaba mucho. Cuando oía todo esto de que solo se hacen películas de la Guerra Civil se cabreaba mucho: «¡Pero si solo se hacen dos al año! De cien, se hacen dos». Porque yo no he oído nunca decir a nadie que se hacen demasiadas películas de la guerra de Vietnam, que es una guerra infinitamente menos interesante porque es una guerra colonial. La nuestra fue una guerra civil, ideológica, y además la última guerra romántica. Era la guerra sobre la que más libros se han escrito en el mundo, más que de la I y la II Guerra Mundial. Azcona no entendía por qué se decían esas cosas. Y aunque se reía un poco de todo el fenómeno, sí que le provocaba una especie de amargura.

¿Recibiste muchas críticas cuando rodaste Soldados de Salamina? No solo era una película sobre la guerra, sino que presentaba un punto de vista fuera de lo que había sido habitual. ¿Te pasó como al protagonista, un periodista que al interesarse por el falangista Sánchez Mazas le escribían llamándole fascista?

No. Recibí la crítica justa, la habitual que recibes siempre. Además, si la película trata con una cierta ambición el tema de la Guerra Civil en el extranjero despierta mucho más interés, porque sigue siendo muy interesante. Los americanos, los ingleses, los italianos, los franceses, los alemanes… todos están muy volcados. Con lo cual, recibes muchas más invitaciones para ir a presentar la película, a hablar de ella. Incluso hay tesis universitarias en todo el mundo que se interesan. Por eso creo que no importa el precio que pagas por cuatro críticas un poco fuera de madre de gente que todavía está intentando ganar la guerra hoy, o perderla mejor, o no sé muy bien qué les pasa con este tema. Siempre digo lo mismo de eso de la memoria histórica, que surgió un poco después, afortunadamente, porque si no me habría caído encima de la película, para mí ni es memoria ni es histórica. Es una cosa que se debe hacer y punto. ¿Hay unos señores en una cuneta? Pues los sacamos y los identificamos. Lo que necesitamos es tener una naturalidad en nuestro comportamiento, dejar de seguir utilizando los elementos de la guerra como un flagelo en el Parlamento de hoy. A mí me da igual que uno sea nieto de un franquista, le concedo el beneficio de la duda. Si se comporta como un franquista no es problema de su abuelo, es problema de él. Habrá muchos en la bancada de izquierdas que sean hijos o nietos de falangistas, porque hubo un momento en España que eso fue mayoritario.

Pero no creo que haya que llegar a esos límites. Hay que tener una naturalidad para hablar sobre ello como en cualquier país: «Estos cadáveres en una cuneta no podemos dejarlos ahí, estas placas honrando a asesinos se tienen que quitar». Es decir, un alcalde no puede salir con un cuadro de Franco en una foto. No puede porque tiene una responsabilidad política y social. Una persona privada, sí. Si es fan, pues puede hacerlo. Pero debería tener la misma repercusión que si sale uno con Hitler en Alemania. El mismo descrédito social. O alguien que hiciera eso con Stalin, ahí tienes otro fracaso histórico y otro criminal cuya reivindicación es igual de perversa. Aunque, quizá, al ser un líder que no era español, aquí es más raro ver a alguien con el retrato de Stalin en su mesa. Pero el de Franco me produce inmediatamente rechazo. Digo: «Pobrecillos». ¿Y los votantes no se dan cuenta? Aunque si lo hacen para ganar votantes me parece más triste todavía. También hay gente que odia la reconciliación nacional, creo incluso que es la idea más odiada, pero no entiendo por qué. Creo que la reconciliación no debe ser un olvido, pero es en sí misma buena si está hecha sobre unas bases de justicia, entendimiento y de mirar hacia delante. De hecho, creo que falta.

En cualquier caso, en mi película Soldados de Salamina, una de las tareas más importantes de la adaptación fue despojar al personaje de Sánchez Mazas de cierto peso biográfico que tenía en la novela. Yo siempre consideré que lo que era importante era el personaje como metáfora del intelectual atraído por la guerra, por los uniformes, por la heroicidad, que de pronto se encuentra con la miseria de la guerra frente a frente. Pero me interesaba más la metáfora que el personaje. Investigué muchísimo, leí todos los artículos y cada paso que iba dando en la investigación, conocí a alguno de sus hijos, me invitaba más a ir dejando fuera el personaje porque era muchísimo más inasequible de lo que tú te podías creer que era, por eso lo bueno era usarlo solo como un elemento metafórico.

David Trueba para Jot Down 1

Rodaste un documental sobre Fernando Fernán Gómez, La silla de Fernando. Por cierto, una entrevista editada sin las preguntas…

Sí, eso es una herencia de mi educación católica. Lo que más odiábamos era que te dijeran «¿Cuál es el cuarto mandamiento?». Y tenías que responder: «el cuarto mandamiento es…» «—¿Dios es uno y trino? —Dios es uno y trino porque…» [risas]. Tenías que repetir la pregunta hasta la saciedad y por eso ahora la suprimo.

El actor dejó opiniones duras sobre nosotros, los españoles. Por ejemplo, de Buñuel dijo que es considerado por muchos como el mejor director de todos los tiempos…

Por mí también.

… pero que triunfó fuera. Y ahí Fernando Fernán Gómez decía: «Algo pasa cuando sucede esto ¿no?» También contó que el español no sentía envidia, como se tiene por lugar común, sino que es más bien una persona que desprecia.

Luis Alegre y yo éramos muy fans de ese momento de la envidia y el desprecio. A Fernando le gustaba el fútbol, era aficionado del Real Madrid y veía sus partidos. De hecho, actuó en la película que se hizo del cincuenta aniversario, que me gustaría que el Madrid la rescatara. La rodó Sáenz de Heredia como un corto, debió ser una pieza cómica y Fernando me contó que había hecho de árbitro. Los buscadores de tesoros deberían encontrarlo. El caso es que Fernando decía que, desde ese día, se había hecho del Madrid. Así. Era una cosa… [risas]. Pues bueno, le gustaba ver fútbol y ponía el ejemplo de Raúl, que ahora sería lo mismo con Casillas. Hay un momento en el que a la gente le da igual lo que ese tipo haya ganado para ti. Da igual que ese tipo te haya dado las mayores alegrías deportivas de tu vida. En el caso de Casillas, un Mundial. A un país negado en la Copa del Mundo. Que no digo que lo ganara él solo, pero dos o tres paradas están a la altura del gol de Iniesta. Y sin embargo, al final, es un desprecio miserable: «Bah, que le jodan, que está con Sara Carbonero, que le den, y si se lesiona, mejor. ¡Que sea suplente! O mejor, que se vaya». Y Fernán Gómez decía: «no nos equivoquemos, en España no se admira, y por lo tanto se envidia. Decir: quiero ser como Casillas. No, aquí es: ¿Casillas? Bah». Por eso decía esa frase que Luis Alegre y yo seguimos diciendo habitualmente de «¿Es que no hay más que Raúl, es que no hay más que Raúl?» imitando a los aficionados que no lo podían ni ver.

La verdad es que esa película surgió de tantas y tantas noches con él en las que Luis y yo nos volvíamos a mi casa diciendo: Este tío es inigualable.

Yo, cuando la vi la primera vez, me encantó. Luego la he visto hace unos días y he echado de menos que no hubiera durado cuatro horas.

En la edición en DVD tenemos un segundo disco sobre todo de anécdotas de la profesión. Porque no quisimos que la profesión tuviera un peso importante. Recuerdo que el primer montaje duraba dos horas y media y lo fuimos acortando hasta los ochenta minutos. De ahí el segundo disco del DVD con otra hora y media de material, que cuando la gente lo compra me llama y me dice que es buenísimo.

Pero, perdona que te diga, hay una parte que os quedó muy macarra. Me refiero a vuestras risas cómplices tras la cámara cuando dice que la cultura no hace atractiva a una mujer. Quedan un poco tabernarias.

¡Qué va! No son risas cómplices, son asombradas. Tienes que pensar que esa película tenía un componente muy bonito que es que el equipo técnico lo formaban casi siempre amigas nuestras. Pasaron por allí Elena Anaya, Ariadna Gil, Lucía Jiménez, Natalia Verbeke venían y se sentaban al fondo porque querían escuchar a Fernando y a él le encantaba epatar. Por esa respuesta, Luis y yo hemos tenido muchos problemas cuando hemos proyectado la película por ahí, porque siempre hay una chica que se ha levantado, incluso algún hombre, y dice: «Me parece machista ese comentario». Y nosotros siempre decimos que no. Él se refiere a sentirse atraído sexualmente. Y dice que se siente atraído sexualmente por las guapas. ¿Qué ocurre? Pues que habitualmente, creo yo, hombres y mujeres se engañan mucho en esto. Confunden el amor, o incluso la relación sentimental o la relación de pareja, con la atracción sexual. La atracción sexual no da tiempo a saber, como decía Fernán Gómez, si aquella mujer es licenciada en Filosofía Medieval. A lo único que te da tiempo es a ver que entra alguien en una habitación, tú te estás tomando este té, y la chica, a lo mejor en el momento en que habla se va el misterio, pero la atracción si existe tiene elementos instintivos, animales. Y eso es lo que no toleran que diga Fernando, porque en general estamos acostumbrados a esa estupidez y mentira que se traga la gente de que la belleza es interior. Todo eso de que solo me atrae una persona si es inteligente, o me encanta que me hagan reír. Cosas que uno dice y se está refiriendo a su marido. A una chica estupenda que está casada con un imbécil tú siempre le preguntas «Oye, ¿por qué te casaste con este imbécil?» y te va a decir: «Ah, es que es tan majo en casa y cuida tan bien a los niños». No se le ocurre a nadie responder solo «¡Porque es muy guapo!». Creo que la atracción inmediata suele venir por motivos muy animalescos. Y Fernando se atreve a decir esas cosas e inmediatamente la gente se escandaliza. Es porque vamos hacia atrás.

En tu película Madrid 1987 planteaste esto de algún modo. Abreviando, trata de un periodista consagrado que se folla a una estudiante de Periodismo.

¡Y lo mismo! Hubo un montón de chicas jóvenes que me dijeron: «¡Esto no puede pasar, esto no puede pasar!». Sobre todo chicas jóvenes. Y yo les decía: «Ay, bonitas…». Sin embargo, recibí como tres o cuatro cartas de mujeres muy identificadas con lo que se contaba, aunque eran un poco mayores, de treinta o de cuarenta. Curiosamente, las de veinte eran las que lo negaban. Y, ya te digo, yo siempre les comentaba lo mismo: «hablamos dentro de quince años». En mis experiencias de periodista joven encontré muchas, muchas veces ese tipo de situaciones con compañeras mías de la facultad. Porque la gente tiene miedo a enfrentarse a sí misma. En la vida privada más o menos lo tapan, mantienen una mentira, pero no les gusta nada ir al cine o leer una novela y que se revelen elementos que les perturban en su vida común. Creo que hacemos películas para levantar las alfombras. Y hacemos novelas también para lo mismo. 

¿Cómo era eso? La realidad supera a la ficción porque no tiene por qué esforzarse en parecer real.

Exactamente, sí. Pero siempre te vendrá alguien luego a justificar la realidad, porque la ficción no tiene justificación. La realidad es infinitamente más rica, lo digo en el buen sentido. Azcona siempre me decía eso: «Yo no he inventado nada, desconfía de la imaginación». Y yo al principio, periodista joven y escritor joven, confiaba en la imaginación. Si me hubieran preguntado por qué creía que podía escribir hubiera contestado que porque tenía mucha imaginación, se me ocurren muchas cosas. Pero luego con el tiempo me he dado cuenta de que he renunciado a que se me ocurran cosas. Y entiendo perfectamente a Azcona, que insistía: «No he inventado nada, todo lo he visto pasar». Cuando escribías un guión con él siempre decía: «Ah, aquí podemos utilizar lo de un tipo de Logroño que hacía no sé qué no sé cuántos… y aquí, ah, oye, recuerdo tal cosa que me contó no sé quién…». Y te relataba cosas que más o menos las terminábamos introduciendo en la historia. A mí me encantaba, eso de que no había inventado nada, como declaración de principios de un escritor.

A Luis Cuenca le tuviste que convencer para que se afeitara el bigote en tu primera película, La buena vida, porque, dijiste, parecía el típico tío que «Salía por la puerta de Chicote con dos putas cogidas del brazo». Algo que, por otra parte, «no estaba muy lejos en su biografía».

Era una de las estrellas de la revista española y, por lo tanto, tenía un gran poder adquisitivo, que se fundía en whisky. Yo no le conocía personalmente, pero tenía la intuición de que podía ser perfecto para este personaje. Le llamé y quedamos en el Círculo de Bellas Artes. Cuando llegó me encontré a un viejo con un gorrito, a una especie de galán trasnochado… pero no galán, sino como muy simpático también. Entonces me senté, pedí un te y a las once de la mañana, él dijo: «un whisky». Me quedé sorprendido y me explicó: «A mí no me llaman Luis Cuenca, me llaman Luisky Cuenca». [risas] Empezamos a hablar y me dijo que se había leído todo el guión entero, no solo su personaje, y me preguntó cuándo empezábamos. Pero yo le dije que había un problema con el bigote. Su personaje era un abuelo rural… Y me dijo: «Imposible, toda mi carrera ha estado basada en el bigote, cada actor tenemos nuestro punto. Manuel Alexandre tiene el trémolo, Fernán Gómez, la cólera, y la mía es el bigote».

Pero es que él era así. Todas sus anécdotas eran en este plan: «Estaba yo una vez con una puta en el Parador de Segovia —todas eran así— y estaba yo aburrido, durmiendo, y ella se puso a hacer un crucigrama del ABC a las siete de la mañana. Y de pronto me despierta y me dice: “Esta seguro que tú la sabes, segundo apellido del escritor del Quijote“. Dije: “Saavedra”. Y refunfuña ella: “Ah, es que tú le conocías”. ¡Ese era el nivel!», decía.

También, una vez en Barcelona me llamó y me dijo que me quería presentar a Colsada, que era mítico, era el que había descubierto a Lina Morgan. Era un soldado republicano que había hecho fortuna como batería de un conjunto de jazz y luego descubrió el negocio de la revista. Era mayor que Luis, en aquel momento debía tener ochenta y algo. Él había vendido el Teatro La Latina a Lina Morgan. Incluso le puso el mote, o el nombre artístico, por la Banca Morgan. Pues en la misma mesa con Luis y él hubo un momento en el que empezaron a contar anécdotas, que eso era como Broadway Danny Rose, pero en versión music-hall español. Y yo nunca he tenido el prejuicio frente a esto. Es decir, siempre me ha parecido que tiene tanto valor como lo que te puede contar Robert De Niro. Mira, estuve una vez dos horas sentado con Al Pacino, compartimos anécdotas, y eran menos divertidas que estas, me produjeron menos emoción. Al Pacino era un tipo encantador, pero si ahora me preguntaran con quién repetiría, lo tengo claro: con Luis Cuenca. Sin duda, porque además nos hicimos amigos y lo saqué en todas las películas. Se murió con su hijo y conmigo en el hospital, donde todavía yo tuve que convencerle de que íbamos a grabar un vídeo en la habitación, un corto de un actor que se moría interpretando el final del Quijote. La segunda parte del Quijote, que es uno de los diálogos más maravillosos de la historia de la literatura, cuando Sancho se convierte al mundo de la fantasía y Cervantes saca su lado más conservador y reaccionario y obliga al Quijote a renegar de todas sus aventuras. E íbamos a hacer eso en el hospital, con el enfisema y el cáncer, y Luis estaba muy, muy ilusionado con la idea. Pero se murió ahí… Su última frase siempre la rememoro. Miró a su hijo y le dijo: «Nos vamos a la mierda».

Es que me encanta ese carácter de la gente de antes. Hace poco estuve en Calanda y el alcalde me enseñó una carta de Buñuel a su sobrino. Ahí explicaba por qué ya no iba al pueblo, que no tenía fuerza física, que los pulmones, que tal, como un rosario de achaques. De pronto vi la fecha y aluciné ¡estaba solo a un mes de morir! Y leo en el final de la carta: «Así que ya ves, sobrino, a cada cerdo le llega su San Martín». [risas] Me encanta como expresión de la falta absoluta de trascendencia. De nos vamos a morir exactamente igual. Es como ¡ya está, a tomar por culo! Si es que no hay más. De la trascendencia de ese momento se lleva sacando dinero y matando a gente siglos. Me acuerdo de Azcona, que evitó todos los homenajes y dio una orden estricta de que no se avisara a nadie hasta estar incinerado, que siempre me decía: «Cuando yo me muera lo ideal es que cojan mi cuerpo y lo tiren por un terraplén para que se lo coman los cerdos». Odiaba la utilización de la muerte, ya fuera religiosa o laica, como un símbolo de homenaje, como una fiesta o como una celebración. Le parecía asqueroso y siempre me decía que era repugnante. También tenía una anécdota de una persona que había sido, según su expresión, «el tipo que te abre la cabeza», en un sentido cultural e intelectual. Era un tipo de Logroño que se llamaba Godofredo Vergasa, un hombre muy interesante, que le enseñó a hacer fotos… pues este hombre al final de su vida vivía con una gitana y cuando él se murió, a ella la echaron de la casa al día siguiente. Cuando Azcona lo recordaba, días que estábamos los dos con siete copas encima, se emocionaba, sentía amargura y resentimiento hacia la casta religiosa de su tierra. Él fue testigo de cómo a la mujer esta la echaban de su casa. La familia era una institución que a él le generaba una inquina profunda, la familia como imposición, no la suya, que les adoraba. Siempre decía que la Revolución soviética en lo que se equivocó fue en no suprimir la familia. Platón lo dijo claramente: «Al niño según nace se lo quitas a los padres y esa es la manera de la dictadura perfecta». Porque no es posible aspirar a la igualdad habiendo una familia. Siempre habrá una madre que diga: ¡Ay, mi niño! Eso destruye cualquier igualitarismo. Azcona era un hombre demócrata total, pero tenía un resentimiento hacia esos que habían echado a aquella mujer con sus niños a la calle, cuando el otro lo que había hecho fue recogerla de la calle y vivía con ella. Porque era su mujer, en un amancebamiento o lo que quieras, pero lo era. Y Azcona contaba cómo la expulsaron con una amargura increíble, porque era un hombre muy sentimental con esas cosas.

David Trueba para Jot Down 2

En la guerra de Irak, la gente del mundo del cine protestasteis porque considerabais que los argumentos del Gobierno para apoyarla eran falsos. Luego se vio que no había armas de destrucción masiva, es decir, que los que protestabais teníais razón, el Gobierno mentía. Sin embargo, González Macho dice que la gala de los Goya del «No a la guerra» fue un error, ¿no debería ser al revés?

Aparte de la guerra de Irak, hubo una segunda batalla paralela que la vencieron las fuerzas reaccionarias. La guerra la tenían perdida porque el 97% de la población estaba en contra y se había ido a la guerra con mentiras; mentiras en la ONU, en sede oficial, con fotos falsas, montajes, etcétera. Solo quedaba una guerra por ganar y la ganaron, que era la de desactivar las opiniones críticas para el futuro. Hicieron una campaña muy dirigida hacia el mundo del cine y del teatro, el de los actores, que consistía en: esto no puede volver a pasar, desde ningún punto de vista público los actores tienen que tener autoridad moral o por lo menos una participación simbólica.

Los actores se ponían delante de la población porque la población se lo pedía. Ahora que voy a San Sebastián, ya he recibido tres e-mail que me piden que me una a alguna reivindicación. Al final, eres muy insensible si no aceptas. Pero luego hay gente que se pregunta por qué te metes a salvar, en este caso, el cine más antiguo del País Vasco, el Bellas Artes de San Sebastián, si ni siquiera eres de ahí. Bueno, pues es que nos lo piden. Y a los actores, en la guerra de Irak, se lo pidieron. ¿Qué ocurrió? Pues que esa batalla la ganaron. Nadie hoy puede salir ni levantar la voz sin recibir el escepticismo, la crítica, incluso de la gente más progre, que dice: pero este tío, está en todas las batallas, por qué se mete, por qué mezclan el cine y la política… y por qué mezclan el periodismo y la política, y por qué mezclan la política y la política… y acaban donde Franco quería, en el «Haga como yo, no se meta en política», su frase mítica. Pues eso lo han logrado. Han ganado. Hay que felicitarles, es una batalla que libraron de forma muy radical y han vencido por goleada. Hoy, una persona, antes de decir que se opone a algo, se lo piensa tres veces si es una persona pública, porque sabe que solo va a ser perjudicado en su carrera.

Y las palabras de González Macho sí que fueron un error. Creo que esa gala quedará como uno de los poquísimos momentos de dignidad de una profesión, pero por la sencilla razón de que solo tenían cosas que perder. Nadie ganaba nada. Un señor que solo tenía que recoger un premio o el dinero de la recaudación ¿qué ganaba oponiéndose al poder? Cómo han logrado convencer a la gente de que fue un error expresar una opinión que era mayoritaria en la sociedad y que no tenía ninguna relevancia porque el poder la tapaba. Recuerdo un día que fui a echar una carta a correos, la entregué y el tipo según se la daba me dijo «Gracias». Le pregunté que por qué y me dijo que por decir lo que la gente no se atrevía a decir. Prefiero eso a todas las críticas.

Al mismo tiempo te diré que me parece que los actores no deben creer que son Martin Luther King. Fueron solo elegidos por su relevancia y por su nombre, igual que les eligen para promocionar una bebida. Eso no los transforma en ideólogos. Y ahí quizá es donde pueden cometer un error. En pensar que porque de vez en cuando nos llaman para una pancarta, ellos son ideólogos. Para serlo tienes que estar muy preparado y haber leído mucho, y la mayoría no lo ha hecho. Por eso lo que tenemos que hacer es respetar a quien sabe. Pero la gente cuando demanda caras, tiene las de los futbolistas, que no lo van a hacer porque no quieren enfangar su dinero por problemas políticos. Todo el deporte es blanco, nadie opina de nada. No levantan la voz ni contra los ultras de sus equipos. En cambio, los actores sí lo hacen y han perdido muchos espectadores.

Te leo de tus columnas unas sentencias sobre el estado del cine español, a ver si me las puedes explicar: «Ser productor independiente significa sencillamente estar al margen de las cuatro o cinco empresas que dominan toda la producción audiovisual del país, es decir, las que disfrutan de las concesiones televisivas, curiosamente también dueñas de los periódicos y radios, y quizá por ahí venga alguna razón que explique la unanimidad en los ataques a esa cosa llamada “cine español”. Sería mucho mejor para estas empresas, y esto creo que lo van a entender ustedes, que gente como Almodóvar, Amenábar, Álex de la Iglesia, Fernando León, José Luis Cuerda, Jaime Rosales, Javier Fesser o Isabel Coixet fueran empleados suyos y no firmas independientes capaces de producir su propia película y a veces la de un joven debutante. Esa es la verdadera independencia que se ataca, que hay que destrozar. La excusa política es momentánea, pasará. Pero la batalla económica, esa no termina nunca». Y en otra columna «Tres personas, en los departamentos de cine de TVE, Antena 3 y Tele 5, deciden si se puede rodar algo o no».

Añadiría o completaría con un elemento del que no era tan consciente hasta hacer Madrid 1987, que es que no puedes llegar a la sala sin una distribuidora potente norteamericana, con lo que se añade un elemento mayor. Fíjate hasta qué punto la debilidad del cine español es grande que cuando tiene un éxito la mitad del dinero va a una multinacional estadounidense. Es decir, para que Torrente o Amenábar sean un éxito los tiene que distribuir una multinacional americana. Hasta Almodóvar. Esto en Francia no pasa. ¿Por qué? No me preguntes por qué, pero que cada uno cuestione la situación. Hice una película y no conseguí estrenarla prácticamente. Era una película seleccionada en Sundance, vendida en diferentes países del mundo, producida con poco dinero pero que tampoco necesitaba mucho más, y no la conseguí estrenar más que en una sala simbólica, la Sala Berlanga.

¿Qué ambiente había en Sundance?

Era muy entrañable porque está lleno de público norteamericano que quiere ver películas que no puede ver en las salas de su país. El sitio es una estación de esquí, cerca de un rancho, estaba todo nevado, era precioso. Me quedé un día en Seattle porque no podían despegar los aviones. Llegué y tuvimos un día de esos de sol de invierno con todo nevado que son maravillosos. Había muchas películas, también mucho interés por ellas, pero los americanos van ahí a hacer negocio. Los de las películas que se han quedado sin distribuidora van desatados a buscar a los de Sony y tal, pero lo comprendo, porque el cine necesita ese elemento de negocio. Cannes también es un mercado.

Al final hay ya un arquetipo de película de Sundance, de criticar el sueño americano desde unos patrones.

Sobre todo su sección americana, que se empiezan a cachondear de ella. Siempre tiene que trabajar Paul Giamatti… [risas] pero es un cachondeo como nos podemos reír nosotros de lo indie en general.

David Trueba para Jot Down 3

Tu serie ¿Qué fue de Jorge Sanz? en principio no la quisieron en ninguna televisión.

Consideraban que era demasiado arriesgada. De hecho, el primer episodio lo hice solo pensando en colgarlo en Internet porque Jorge ya estaba encaprichado, se había enamorado de la idea. Lo hicimos y alguien le habló a Canal Plus, mientras lo estaba montando, y quisieron verlo. A partir de ahí encargaron la serie y la única condición que pusieron fue que yo dirigiera todos los capítulos y yo dije que mi condición era que fueran solo seis. Al contrario de todo el mundo, que lo que quiere es estabilizarse en algo, a mí no me interesa la estabilidad en ese sentido. Prefiero dedicarme un tiempo y pasar a otra cosa. Pero mi idea, si la consigo hacer, sí que es un elemento novedoso. Me pidieron hacer una segunda temporada y yo les dije que en lugar de grabar apresuradamente doce episodios en el año siguiente, hiciéramos doce a lo largo de los cuarenta años siguientes, que incluyeran la degradación de Jorge y su propia vida. Podría ser divertido, que nuestro personaje siga envejeciendo, pero no artificialmente, no como en Cuéntame que se graban las temporadas seguidas, sino hacerlo ocasionalmente. Ya tengo una idea para grabar algo el año que viene con Jorge y me gustaría rodar un episodio como cada cinco años. Les pareció una idea fantástica, pero ellos mismos me dijeron: «¿Tú crees que seguirá existiendo Canal Plus?»

Pero empezaste en la televisión, eras director de El peor programa de la semana, que fue censurado.

Mi aventura en El peor programa de la semana fue maravillosa. Aceptar dirigirlo cambió mi vida, porque yo entonces vivía en Los Ángeles y tenía una propuesta para escribir algo de televisión allí, pero escribir con total libertad en ese programa fue una oferta que no podía rechazar. Compusimos un equipo de actores maravilloso, que entonces aún no eran tan conocidos como Santiago Segura, Pablo Carbonell, Jesús Bonilla, Ramón Barea o Álex Angulo, además de dos genios absolutos como Chus Lampreave y Luis Ciges, que cuando venían a rodar convertían el plató en una sucursal surrealista.

Fuimos felices, y más con Wyoming, que es el mejor colaborador con el que se puede soñar. Tan felices fuimos que todo tuvo que acabar, cuando los directivos de la tele pública, en aquel momento con carné del Partido Socialista, nos prohibieron hacer una entrevista a Quim Monzó. Lo vetaron, sencillamente, para proteger su cargo de cualquier polémica posible, ya que Quim había hecho unas burlas de la casa real algunos meses atrás en un programa de TV3, y para ellos era absurdo que invitáramos a un escritor desconocido en España. Pero a mí me gustaban mucho los cuentos de Quim, que ya leía desde tiempo atrás. Lo que mejor recuerdo fue la cara de Quim cuando le contamos que nos habían echado de la tele y, cenando juntos, presenció cómo el Reverendo, el pianista de Wyoming, nos insultaba a Wyoming y a mí por ser tan idiotas de renunciar al programa por negarnos a cambiar el invitado de la entrevista dos horas antes de que empezara.

Lo más duro fue aguantar las descalificaciones vertidas en la prensa, donde los directivos de la televisión me acusaban de que yo no era nadie, que solo era el hermano de Fernando Trueba, que no era más que un imbécil. Cosas con las que yo estaba totalmente de acuerdo, pero me importunaba que ellos lo afirmaran en la prensa tan solo para no confesar la sencilla verdad de que solo eran los típicos ejecutivos que querían salvar su culo y su poltrona ante cualquier polémica. Tuve la suerte de que tan solo unos meses después se estrenara Los peores años de nuestra vida, que fue una película escrita por mí, y tuvo mucho éxito.

De todo esto Wyoming era el que más tenía que perder, estaba metido en la compra de su casa y se quedaba sin sueldo y vetado en la televisión pública durante varios años. Yo estaba enamorado, era feliz y perder un trabajo me parecía una bendición del cielo. Me fui a mi casa y me puse a corregir una novela que tenía castigada en un cajón desde hacía dos años. Se titulaba Abierto toda la noche y fue la primera novela que publiqué, exactamente un año y medio después de que me echaran de la tele. Así que no esperes ningún rencor por mi parte hacia esos tres directivos. Curiosamente, luego uno de ellos fue superior de Wyoming en Telecinco y otra es una tertuliana de izquierdas en esas tertulias políticas de la tele… Yo, todo lo contrario, les guardo un agradecimiento absoluto por permitirme comportarme de manera honesta durante una decisión muy complicada y por empujarme fuera de la televisión.

El actor que en ¿Qué fue de Jorge Sanz?, Amadeo Gabarrón, interpreta a ese descojonante exvendedor de quesos metido a representante de artistas, en tu última película le has dado un pequeño papel de acosador sexual basado en tus propias experiencias en este terreno. ¿Qué te hicieron?

El contexto es sencillo, años ochenta, yo tenía entre catorce y dieciséis años, era un niño rubito, no voy a decir guapo porque sería imposible, pero más guapo que ahora, y que iba solo a ver películas subtituladas, a librerías a comprar libros. Tampoco es que fuera un intelectual, no tenía gafas en aquella época, pero sí que sufrí tres experiencias durillas y algunas más bien tontas, como un tío que nos metía mano en la filmoteca, pero que luego se convirtió en amigo nuestro.

No obstante, una vez en el metro me acosó un tío con la edad que tengo yo ahora, igual un poco más joven, que fue una experiencia muy desagradable. Yo siempre digo que entiendo a las mujeres por esto. El tío se me echó encima y empezó a intentar tocarme, pero yo me di cuenta rápidamente, porque otra cosa no pero sí era bastante despierto, y lo que no olvidaré es que llevaba el ABC doblado hecho un canuto, mi padre también lo llevaba a veces así, como es un periódico más pequeño. Pues lo tenía en la mano y con el periódico también me metía mano, como si fuera un mozo de San Fermín. Me cambié de vagón, le dio tiempo a pasarse y volvió a echarse sobre mí. Me bajé en la siguiente estación y salí a la calle, ahí me metí en un portal que conocía, y me dije: «Ahora hay que darlo todo, cuando entre en el portal me echo sobre él y le empiezo a dar de puñetazos». Y el tipo se asomó, vio que yo ya estaba tal, y se fue. Probablemente me hubiera hostiado él a mí, pero era un tío que curiosamente no tenía nada que ver con la idea que uno se haría de un individuo de esa clase, era… como nosotros ahora, un tipo que podría ser, yo qué sé, estudiante de la universidad, o profesor en una academia de Física…

Y otra vez me paró uno por la calle, con bigote y tal, me cogió en General Perón un sábado por la mañana. Me preguntó: «¿Oye tú eres Jaime?» Y yo: «No, no». —«¿Pero dónde vives?». —«En Estrecho» —«¿Cerca de la calle Federico Rubio?». —«Sí». -«Ves, tú sí eres Jaime». Y yo: «Que no, que no». Entonces me agarró del brazo y me dijo: «Bueno, pues si quieres, puedes venir a casa conmigo, porque yo a Jaime se la he chupado muchas veces…». Yo, con carorce años, me entraron ganas de echar a correr gritando: «¡¡Pero por qué, por qué las tías no me hacen caso y encima me pasa esto!!».

La historia de Juan Carrión, que ha inspirado Vivir es fácil con los ojos cerrados, apareció publicada en El País hace un par de años ¿Qué fue lo que te enganchó de ella? ¿Trataste con él? Has adaptado su peripecia a recuerdos biográficos tuyos.

Es una historia muy sencilla. Estamos muy acostumbrados al fenómeno fan, de querer tocar al famoso, hacerse una foto con él, y en este caso fue una cosa completamente contraria, era algo más relacionado con iluminarse. El concepto de sol, que lo he tenido muy presente en la película por Almería. La necesidad de tener algo en tu vida, en tu proyecto, en tu país, que te ilumine. En este caso, Juan Carrión era un profesor que utilizaba las canciones de los Beatles para que los alumnos aprendieran inglés. Y todo iba bien hasta que los Beatles sacaron Revolver, que fue cuando comienza su gran cambio, incluso sonoro, empieza a contener ideas muy psicodélicas, muy surrealistas, con un humor más alambicado que el que tenían algunas canciones anteriores. Él no se enteraba de qué decían. De modo que, según me contó, cuando se enteró de que John Lennon estaba en Almería rodando una película, decidió ir a verle con la intención de agradecerle sus canciones, que le servían para motivar a los chicos a la hora de enseñarles inglés, y para decirle que del álbum Revolver, que lo escucha en Radio Luxemburgo, se le escapan las letras, no podía pillarlas y que qué pasaba, que por qué los discos no incluían las letras impresas. Una cosa que me parece, vista desde hoy, enternecedora casi. Hay que tener en cuenta que el profesor tenía cuarenta y dos años y Lennon veinticinco. No estamos tampoco ante un joven que se acerca a un maestro maduro, sino más bien a un maestro en la plenitud o en la madurez, es un adulto que se acerca a una rareza como fueron los Beatles en ese momento, gente que antes de los treinta años ha hecho su mejor carrera.

Yo había leído una entrevista, un pequeño reportaje sobre el homenaje a los cuarenta años de la visita de Lennon a Almería y este hombre contaba esto. Lo subtitulaban como «El método Lennon» para aprender inglés. Parece que Lennon cuando se enteró de lo que hacía Juan se quedó muy intrigado y admirado. Diciendo: «¿En serio?» Hay que entender que Lennon era la anti-Academia, era un hombre que había sido un horroroso estudiante en su época y no esperaba pasar a ser parte nunca de todo eso. Luego le prometió ir a visitarle a Cartagena, donde daba clase, y nunca le visitó, pero sí que le envió todos los discos que fue sacando. Yo después escribí el guión mezclándolo con dos historias distintas, sin querer saber mucho del personaje, de ese profesor, lo mezclé con una historia familiar que había sido muy relevante en mi casa.

Mi madre siempre me contaba que cuando era un bebé recién nacido y me estaba dando el pecho —yo era el octavo de ocho—, uno de mis hermanos mayores, el segundo, se fue de casa tras una pelea con mi padre por no querer cortarse el pelo. Era un tío muy particular, atractivo, que le gustaba mucho la música en aquel momento, y se fue, estuvo tres días trabajando en el mar. Mi madre me contaba que mis primeros días de vida consistían en que ella me daba de mamar y lloraba pensando qué le estaría pasando a mi hermano, que todo era una tontería de enfado, que se iba a arreglar, y esas lágrimas caían sobre mí. Esa historia me encantaba y de mayor me ha seguido encantando. Yo he dejado de ser religioso, aunque mis padres lo eran, pero siempre he pensado que ese fue mi verdadero bautismo, y narrativo, por otra parte, porque está asociado a una historia.

De todas formas, sería injusto cebarnos sobre ese autoritarismo de los padres. Era un autoritarismo que en aquel momento, y muchos años después, tenían muchos profesores y todos los padres. No era raro que alguien por la calle si te veía hacer algo raro te diera un bofetón. A mí me han estado pegando en el colegio hasta los catorce o quince años y eran los años ochenta. Y mi padre, a mí ya no me dio porque le pilló muy cansado, era muy mayor cuando crecí yo, que así pude ver sus dos caras. Mis hermanos mayores vieron la cara más autoritaria, esas tonterías de la letra con sangre entra, y en cambio conmigo, como era mayor, solo recuerdo que me pegara una vez de una manera totalmente atrabiliaria, como ocurría todo, porque me estaba pegando con un hermano de mi edad, llegó del trabajo cansado, lo vio y se quitó el cinturón y nos pegó a los dos. Humillante, pero mucho menos que cuando nos pegaban en el colegio. Yo era un alumno normal, pero nos pegaban hostias y no sabías ni por qué. Gracias a eso desarrollabas un sentido de la injusticia. Y con mi padre sentí pena cuando me dio, como he sentido siempre pena por cualquier padre que haya pegado a su hijo en algún momento. Es como que algo se te ha ido de las manos, como cuando das un volantazo en la carretera. Ahí reconozco que he tenido suerte y nunca he tenido que hacerlo con mis hijos.

La chica también tiene un lejano origen familiar, de una prima mía. Me acuerdo hablando con Fernán Gómez, que comentamos cómo era el mundo de las chicas que querían dedicarse a ser actrices en los años cincuenta o sesenta. Fernando, que era un hombre que, como hemos dicho, no era de ese tipo de gente que intenta ser correcta, sobre todo a mayor gloria de sí mismos y de su imagen, dijo una cosa muy curiosa: «En general yo era muy atractivo para las chicas que querían pasar la noche fuera». Y añadía: «lo que la sociedad normal llamaría un poquillo putas». Era ese tipo de chica que tenía un problema familiar y social muy fuerte, y me parecía que completaba un recorrido que yo no quería que se quedara solo en la peripecia del profesor o de Lennon

David Trueba para Jot Down 4

Lennon cuando se encontró a Luis Carrión pasó un poco de él, ¿no? Le escribió las letras en veinte minutos, se cansó y se fue.

Creo que en ese momento atenderle veinte minutos, recibirle, y rellenarle con rotuladores de colores los cuadernos, cuidado, no sé cuántos lo harían hoy. Lennon estaba en un momento difícil de su vida, rodando una película que no le gustaba, no sabía qué quería hacer, quería separarse. Habría sido feo decir que no le hizo caso, creo que hizo lo que debía de hacer. Yo me pongo ahora en el perfil de hombre famoso que viene alguien a pedirte algo y creo que lo hizo muy bien. Si te imaginas lo que luego ha hecho Michael Jackson, o lo que hizo en esa época Elvis Presley o Bob Dylan a sus seguidores, creo que fue muy agradable. Así era Lennon, incluso trágicamente, que le firmó un autógrafo a la persona que le asesina pocas horas después. Lo que tiene gracia, y siempre me gustó, es que Lennon le dijo a Carrión cuando le vio: You are late! porque el que llegó tarde a la cita fue Juan, que se perdió por Almería. Lennon estaba esperándole jugando al fútbol en la playa, porque en Almería mucha gente no sabía quién era.

El aludido reportaje de El País contaba que algunos almerienses se santiguaban cuando pasaba el coche de Lennon por delante.

A su Rolls le llamaban el coche fúnebre. También hay otras leyendas. Atropelló a un tipo de Almería, que ahora es un cojo, y me dijeron que si quería conocerle, pero cuando me enteré de que dice que iba Yoko Ono en el coche, preferí no verme con él. A Yoko Ono, Lennon la conoció un año después de todo esto. Hay que tener mucho cuidado porque, además, también hay elementos esotéricos. En la biografía de la mujer de Lennon, dice que la casa estaba embrujada, que se cerraban puertas… En realidad la cosa fue mucho más sencilla de lo que parece.

Has rodado en Almería, que sirvió a Hollywood de localización durante años. Vi un documental hace poco que contaba que todo aquel negocio se perdió por culpa de la picaresca, decía textualmente que se había «matado a la gallina de los huevos de oro».

Almería fue el escenario del spaghetti western, con Claudia Cardinale, Lee Van Cleef, Elli Wallach o Clint Eastwood. Esta gente rodó allí en un momento en el que el wéstern estaba de capa caída en Estados Unidos, quedaba solo la televisión, Bonanza y cosas así, y los europeos rescataron el género, especialmente Sergio Leone. Recuerdo que un día hacía mucho viento y le pregunté a alguien de Almería: «¿Y los americanos qué hacían con este viento?». Y me trajo una foto de Sergio Leone escondido del viento como me ponía yo. Los americanos iban allí porque era barato, pero la leyenda negra dice que las mafias de los caciques fueron las que lo arruinaron todo. Si había un tipo que pedía caballos, al día siguiente le querían cobrar el triple por los caballos. Si uno tenía un papelito secundario, no quería ir el segundo día si no le pagaban más. Entonces claro, la gente no es idiota, hasta la gente del cine tiene una paciencia. Y Almería perdió, muy típico español, las oportunidades. Igual que con el turismo, teníamos un buen turismo y qué hicimos con él: exprimirlo, machacarlo, le juntas con lo peor, con la escoria social, lo humillas, le das la peor paella posible, el peor café con leche relaxing y encima quieres que sigan volviendo felices. ¿Les robas la cartera y quieres que este siga siendo su destino principal…?

Hay una escena en la película que me gustaría que explicases. Es cuando hay un enfrentamiento entre el profesor fan de los Beatles y un campesino ignorante que insultaba y pegaba a los jóvenes con pelo largo. El profesor en venganza le destroza los sembraos con el coche. Se supone que esa escena debería ser un alivio para el espectador, una satisfacción, al menos parece que está así planteada, pero a mí me da pena. Veo al campesino ignorante, que no tiene nada, supongo que no más que sus sembraos, y al profesor, que es culto, le gustan los Beatles, ha podido elegir en la vida porque tiene formación, y va y le destroza al otro todo su trabajo, que es de lo que come…

Es un acto de pura impotencia del profesor, que no ha sido capaz de hacerle razonar, entrar en su argumentación, en su modo de ser. La violencia es siempre un fracaso. En realidad esa escena es una expresión del fracaso. Hay una película que me gusta mucho, que es El hombre que mató a Liberty Valance, donde esos elementos están muy juntos siempre. En el sentido de que es una película que trata sobre cómo puede llegar la civilización a implantarse en el salvaje Oeste, pero la civilización luego es salvada por otro pistolero. Esto lo hablaba mucho Javier Cercas en Soldados de Salamina. Esa dicotomía es una perpetua frustración del ser humano.

Ahora yo sé que el mundo es muy cínico y ya no se plantea estas cuestiones, pero cuando llega Obama al poder y le dan el Premio Nobel, lo que le vienen a decir es que para nosotros era la esperanza de salir del reino de violencia que había significado George Bush, de enriquecer a las empresas de armamento para seguir alimentando esta violencia mundial que se desarrolla en todos los ámbitos. Y, de pronto todo el mundo empieza a decir que Obama va a ser otro fracaso si Siria hay que bombardearla, que si los drones… Al final, te das cuenta de que siempre es lo mismo. Mandela se va a morir en olor de multitudes y santidad, es el Gandhi contemporáneo, pero también, como Gandhi, durante años ha sido considerado un terrorista, y ha sido un hombre de cárcel y acción.

El que tiene grandes ideas siempre es un personaje frustrado y tiene rabia. Para mí eso está ahí, al final tú también tienes la rabia. Lo único bueno del profesor de mi película es que la ejerce en la soledad más absoluta, cuando está con los niños sigue siendo un profesor dialogante y tal. Porque lo que pasa es que él es más niño que los niños, que es algo muy habitual en los profesores. Hay un momento en que, justificando no haberse casado, dice que de tanto tratar con niños uno acaba por no entender el mundo de los adultos. Mi experiencia personal, y a lo mejor me equivoco, es que hay un punto siempre en el trato con jóvenes donde se aplica el código de los adolescentes, que es resolver todo rompiendo algo o enfadándote.

En las novelas me ha pasado muchas veces que lectores a los que les gustan mucho siempre encuentran alguna escena que los perturba. Y siempre les digo lo mismo, y no es por justificarme: «¿Cuántas veces en la vida una persona se perturba a sí misma, hace algo que él mismo cuestiona moralmente?». Eso me parece que es la sal de la ficción, tienes que mostrarlo. En lo que hemos fracasado es en aceptar los personajes heroicos, blancos y negros, que han venido de la tradición norteamericana, que no es la anglosajona, donde su cine y su literatura te exponen a esto constantemente. Los americanos, con esa especie de angelismo pionero han perjudicado mucho a la complejidad del ser humano. Cuando lo digo, a veces la gente se enfada porque parece una crítica a Spielberg, pero lo único que quiero decir es que abogo por la complejidad, porque cuando no defiendes la complejidad provocas una gran frustración a la gente, que dice: «¿Y yo? ¿yo no soy Harrison Ford?». ¡Claro que sí, en tu vida cotidiana eres un héroe! Cada vez que llevas a tus niños al colegio y pagas la factura de la luz inflada con la que te están estafando, eres un héroe. Porque además tú no tienes madera de héroe.

En ese sentido Saber perder, que es mi novela más experimental, la escribí para ver hasta dónde puedes doblar la madera de balsa sin que se rompa, que es esa madera que configura la lectura de los personajes por parte del lector. Hasta dónde aguanta él que tú estés diciendo: «Otra vez va a cometer otro acto impuro, innoble, y se va a esconder y va a mentir». Trato de conducir a la gente a no hacer juicios sobre las demás personas, sino a intentar entenderlas. Si no entendemos a los demás estamos fracasando en nuestra peripecia vital. La ficción es un elemento que no tiene ese valor social, pero que tiene un valor ejemplarizante, porque si soy capaz de sentarme a ver una película en la que un señor no hace el 100% de cosas que admito, sino un 75%, y lo sigo admirando, a lo mejor estoy haciendo un ejercicio de narración más interesante que si cuento que hay una madre muy buena persona que quiere alimentar a sus hijos, pero los malos le quitan siempre la comida de la boca. Bueno, pues yo no soy partícipe de esa película. Por eso me gusta que los personajes sean así, autoritarios, pero al mismo tiempo deficitarios, con carencias y lagunas emocionales. Al final los quieres porque uno es egoísta. A sí mismo y a sus familiares uno siempre los quiere con sus defectos, pero a los demás no. Ahí está la labor y la gran perversidad del ser humano. Es lo que dice la Biblia de no aceptar la paja en el ojo ajeno y sin embargo justificar la viga en el propio, o no verla, que es peor aún.

David Trueba para Jot Down 5

He visto que tus técnicos de sonido eran los de un genio, Alain Tanner.

Han trabajado con muchos. También mi ayudante, Anne Deluz, fue ayudante de Tanner y vive en Ginebra, son muy amigos. Me ha contado muchas cosas de su época gloriosa. De ese tipo de películas que hacía él, basadas en elementos muy sencillos, que ponen a los personajes en discusión moral, en disputa. Parecen películas hechas con muy pocos elementos pero que yo creo que fueron ejemplares, y que en mi formación en los años ochenta fueron fundamentales. Siempre recuerdo Messidor, En la ciudad blanca, Jonás… son películas que muchas no he llegado a entenderlas del todo, pero siempre me colocaban como espectador en un lugar… mi ayudante, esta suiza, vino a España con él a rodar El hombre que perdió su sombra, que grabaron precisamente en Almería, con Paco Rabal y Ángela Molina. Entonces ella se enamoró de un chico español y se quedó.

Messidor se la fusilaron un poco en Hollywood con Thema & Louise…

Sí, claro. Le han fusilado tantas. Y Wenders, y mucha gente ha mamado del cine de Tanner. Hasta vaciarlo, como ha pasado en los últimos años, que ya prácticamente es un director que tiene dificultades para rodar. Me gustan mucho también varios ensayos y libros que tiene que están muy bien. Se echa de menos gente que exprimía el cine no hasta donde puede llegar el efecto digital, sino hasta donde pueden llegar los elementos no narrativos, sino figurativos, evocativos…

¿Tienes estas charlas cinéfilas con tu amigo Guardiola? ¿A él qué le gusta?

Pep tiene un gusto bastante común. Me suelo fiar más de él que él de mí. En general, cuando le gusta una película o una novela, es que puede ser un éxito. Tiene esa cosa del buen lector y el buen espectador. Ahora no se puede decir convencional, porque hay gente que lo entiende como despectivo, pero lo digo en el buen sentido. Es bastante sentimental también, le gusta que le emocionen, que le toquen cosas. Teníamos la costumbre de ir a ver juntos el estreno de la última de Woody Allen el primer viernes, y luego pasábamos la tarde hablando y dándonos cuenta de lo grande que es, aunque fuese solo por una frase. La peor película de Woody Allen siempre tiene seis o siete cosas buenas, ya quisiéramos algunos estar a ese nivel.

En tu columna hiciste una reflexión sobre una película catalana, Fènix 11-23, acerca de un chico acusado de terrorismo por enviar unos e-mail exigiendo el uso del catalán en un supermercado. Cuando en el film el chaval llega Madrid, dices que aparece por Colón, donde se topa con la bandera enorme que hay en la plaza del Descubrimiento, y deslizas que si lo hubiera hecho por la glorieta de San Vicente, en Príncipe Pío, se hubiera encontrado con una bandera de la Unión Europea. Y sentencias: «La mejor España no encuentra ventana por la que asomarse y tender la mano». Tú eres de Estrecho y hablas catalán. Explícanos el porqué y tu punto de vista sobre estos problemas.

Antes de que nacieran mis hijos, al ser su madre catalana, consideré que sería fundamental, y más viviendo en Madrid, que conocieran lo mejor posible la lengua de su padre y la de su madre. Así que traté de familiarizarme yo mismo con ella, empecé a leer en catalán y traté de conocer algo de su gramática. El placer fue mayúsculo, porque no solo es una lengua con inmensos escritores, sino que por razones de trabajo tengo que hacer demasiadas entrevistas cuando ando de promoción de películas o novelas, así que encontré una manera de que fueran excitantes y divertidas: hacerlas en catalán cuando son para medios de allí. Esto a veces me limita y a veces me convierte en un inepto que destroza el diccionario, por lo que pido disculpas a todos los catalanes que me han sufrido en alguna radio, pero creo que también contribuye a apuntar en una dirección poco habitual en nuestro país, la de la gente que no se siente amenazada cuando escucha otro idioma, ni se siente insultada por unos o por otros, por más demencial que sea el debate. De esta manera, los de Estrecho llegan a hablar catalán sin demasiados traumas, lo cual creo que ayuda a no creerse esa imagen de que los españoles andan odiando a Cataluña desde que se levantan hasta que se acuestan y que tanto ayuda en la batallita política.

Recuerdo una vez que me pararon en la calle Hermosilla unas señoras enviadas por Esperanza Aguirre a pedir firmas contra Cataluña cuando se debatía el famoso Estatut. Al negarme a firmar, me preguntaron si era catalán y les contesté que era de Estrecho, pero que me encontraba en algunos barrios de Barcelona mucho más en casa que en algunos barrios de Madrid. Sus miradas de desprecio me confirmaron que estaba en la buena línea de conducta. Hablar catalán siendo de Estrecho no es más que un accidente, pero me sorprende que no suceda más a menudo. Considero que España ha descuidado el estudio de sus lenguas propias y no es natural que un chico de Cáceres o Madrid termine sus estudios sin tener una mínima familiaridad con las lenguas que considera propias de su nación. Esto, además, sucede en un país lleno de patriotas. Del mismo modo, también me parece lamentable que algunos catalanes no quieran beneficiar a sus hijos con un bilingüismo natural, nacido del contacto frecuente con el castellano.

Por otro lado, también te has quejado de la decadencia de Madrid. Crees que ha perdido el brillo porque, según has escrito, está arruinada y cada vez cierra más locales emblemáticos.

En cuanto al estado de Madrid, creo que sobran las explicaciones. La deuda es infernal y ha arruinado cualquier iniciativa social o cultural para las próximas décadas. A medida que baja el poder adquisitivo de la gente, han subido los impuestos locales, desde la basura al IBI, pero a cambio los servicios son penosos y la suciedad es degradante, con plazas tomadas por la pobreza y el desamparo, donde el olor a orín identifica que estás en el centro histórico de tu ciudad. Si ponemos como ejemplo la plaza de España, centro neurálgico de la ciudad, encontraremos un edificio ocupado para fiestas ilegales, el edificio España, corrupto por dentro y por fuera, destrozado y sin proyecto real, a merced de bandadas de pequeños delincuentes y que solo transmite una sensación de quiebra y abandono. Da lástima ver cómo la ciudad ha perdido turistas y que su imagen mundial, en otro tiempo apreciada y deseada, es ahora inexistente salvo por el Museo del Prado. Para salvarnos solo se les ha ocurrido conceder licencia de terraza a cada bar, privatizando las aceras y plazas. Y luego está el cierre del Renoir Cuatro Caminos. La desaparición de los murales de Alberto Corazón. La privatización de los teatros, que le quiten el nombre de Fernán Gómez al suyo…

No sé, me da pena porque amo esta ciudad, y sé que sus ciudadanos son capaces de brillar en las condiciones más penosas. De Madrid siempre me ha gustado que no es una ciudad presumida ni cursi, la gente de aquí no dice esas tonterías de qué ciudad tan bonita ni qué orgulloso estoy de ser de aquí. Sabe que nacer en un sitio es un accidente y que sacar de ello una condición es lamentable. Lo único que nos gusta es el cielo de la ciudad. En Madrid nos gusta tanto el cielo porque no lo alcanzan los concejales de urbanismo. Y si se convierte en realidad esa penosa apuesta de Eurovegas, habrá razones de peso para largarse a otro sitio menos corrupto. Por ahora sigo amando el caos de Madrid, su improvisación, su noche y su gente abierta. Soy de barrio, me gusta el barrio y la Puerta del Sol nunca la he considerado mía. Pero como detalle sobre valores culturales y valores financieros, creo que es bueno recordar que la mayor riqueza de Madrid es albergar en su corazón el Museo del Prado y no su torres de financieros locos, todas degradadas más tarde o más temprano, tras pasar por ellas la rapiña del pelotazo.

David Trueba para Jot Down 6

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Xavier Vidal-Folch: «El mundo del estado-nación independiente en Europa es el mundo de la barbarie»

Xavier Vidal-Folch para Jot Down 1

(Versión en catalán)

Solo tuve que volverme a matricular de una asignatura de Ciencias Políticas: Política Internacional Europea. Y no porque la suspendiera, sino porque no me presenté a las dos primeras convocatorias, presa del pánico. Un pánico similar al que sentí al saber que Xavier Vidal-Folch (Barcelona, 1952) había aceptado que le entrevistáramos, solo unos días después de hacerse público que había sido galardonado con el premio Francisco Cerecedo que entrega la Asociación de Periodistas Europeos. Periodista en una familia de industriales, licenciado también en Derecho e Historia, ejerce desde que en 1974 el servicio militar le llevó a Mallorca, donde comenzó a escribir en las páginas del Diario de Mallorca. Director adjunto de El País tanto en sus mejores épocas como prácticamente hasta antes de ayer, con una breve fuga a los servicios informativos de TVE en pleno debate sobre la entrada en la OTAN y una larga corresponsalía en Bruselas en los 90, hoy observa las crisis del periodismo desde el sillón de presidente del World Editors Forum. Europeísta y federalista convencido, desea ser también convincente en un momento en el que ni una cosa ni la otra gozan de gran fervor entre la ciudadanía. El pánico vuelve y sube a la garganta al acercarnos a la puerta del hotel Majestic, donde hemos quedado, y ver que el personal de seguridad acude rápidamente. Pero al final nada es lo que parece: aprobé Política Internacional Europea, las dos horas y media de conversación con Vidal-Folch fueron muy agradables y el personal de seguridad solo quería ayudarnos a abrir las puertas.

Yo siempre utilizo dos grabadoras. Una vez hice un libro de entrevistas a toda una serie de gente antes de la Transición, líderes de la resistencia, algunos falangistas como Raimundo Fernández-Cuesta, unos personajes extraordinarios, y cuando llegué a casa no estaban grabadas. No recuerdo cómo lo hice, pero publiqué el libro.

De Truman Capote se dice que las escribía de memoria.

Pero ¡yo no soy Truman Capote! Me parece que alguna la repetí, alguna otra la tenía más fresca… Es verdad que siempre tomo notas.

¿Cómo acaba el hijo de una familia de industriales convirtiéndose en periodista? ¿Querías ser la oveja negra de la familia?

El azar. En casa de mi padre eran industriales y en la de mi madre también, pero había bastante gente del mundo de las letras. Mi bisabuelo era un tipo que, además de tener negocios de comercio de café y coloniales a través de Ámsterdam, se dedicaba a escribir teatro. Hizo la primera traducción contemporánea al catalán de la Divina comedia de Dante Alighieri, antes de la normativa de Pompeu Fabra. Es decir, que en la familia también había esta  vena, pero no sé si tuvo mucho que ver, yo no sabía mucho de mi bisabuelo cuando tomé la decisión.

Pero ¿tienes conciencia de haberla tomado? De decir «quiero ser periodista».

Sí, y fue un poco azaroso. En realidad no tenía muy claro qué quería hacer, tenía la cabeza un poco desordenada. Por eso estudié Derecho, para ordenar las ideas y adquirir método, un mecanismo para entender la sociedad. El derecho y la economía son  buenos instrumentos para conseguirlo. En la universidad me gustaba escribir panfletos y cosas un poco rebeldes. Vi que se me daba bien y la inquietud política y social y una vena un poco literaria me hicieron tomar esta decisión.

Y haciendo panfletos qué se te daba mejor, ¿la parte literaria o la de la rebeldía?

Era bastante aficionado a las dos. [Ríe]

Tu hermano Ignacio, también periodista, tiene una inclinación literaria mucho más clara.

¡Mi hermano es un novelista excepcional!

¿Que también ejerza de periodista es porque, como decía él mismo en su primer libro, «el arte no paga»?

A él no le interesa mucho el dinero, le interesa sobre todo el mundo que hay detrás del mundo que se representa. Le interesa la bohemia, el mundo de los losers, los que están en las esquinas, los que no llegan a flotar… y esos intereses son muy buenas condiciones para hacer buena novela. Tengo otro hermano, Estanislau, que también se dedica, aunque ahora menos, al mundo de las letras, a la traducción. Ha traducido a Céline, por ejemplo. Él siempre en el mundo de la lengua catalana, Ignacio en el de la lengua castellana y yo, entremedias.

Decía Pla que, aunque ganaran más, los periodistas siempre serían los hermanos pobres de los literatos. ¿Esto se ha igualado, pero a la baja?

No sabría decirlo exactamente. Lo que sí constato es que en los dos oficios hay una dualización tremenda: gente que gana una burrada de dinero —y me parece bien que haya gente que gane mucho dinero haciendo una cosa honrada como juntar palabras en lugar de especulando, que es lo más habitual— y gente que no. Esto pasa sobre todo en el periodismo radiofónico y audiovisual, en la prensa escrita las diferencias no son tan abismales. En el mundo de la literatura también pasa esto. Entre los habitantes del Olimpo y los transeúntes de la Rambla del Poble Nou hay una distancia que asusta.

Hablando de familia, Vidal-Folch de primer apellido, de Balanzó de segundo… ¿Puede ser que esté ante un producto de aquello que Lluís Millet denominaba «las 400 familias», una élite burguesa que controla la economía, la política y la sociedad catalanas desde hace generaciones?

Serían 401.

¿La tuya es la que hace 401?

No, no, hay más de 400 familias.

Pero, en cualquier caso, vosotros no erais una familia cualquiera.

Es verdad que siempre tuve un plato caliente en la mesa, siempre, así que tuve bastante suerte y no lo escondo. Pero tampoco presumo de ello. Lo que sí recuerdo también es que las costumbres del entorno familiar eran bastante austeras. Por ejemplo, yo siempre heredaba la ropa de mi hermano mayor. Éramos seis hermanos y en mi caso era bastante fastidioso porque yo era gordito y mi hermano, delgado y alto, y la ropa se tenía que arreglar. Los sastres procuraban humillarte diciéndote que estabas gordo. A aquel tipo de gente del Eixample no nos faltaba de nada pero al mismo tiempo no se dilapidaba ni se trataba el dinero como lo trata mucha gente bien situada de ahora. Hay una gran diferencia. Aquella era una burguesía mucho más calvinista que la que hay ahora.

Ahora que dices que heredabas la ropa, un amigo tuyo me ha dicho que heredaste un chaleco muy particular de un abuelo.

Sí señor. Eres un traidor. [Ríe]

¡Yo no!

Pues este amigo mío es un traidor. [Ríe] Este chaleco antibalas era de mi abuelo, que era industrial del ramo del agua, del blanqueo, el apresto y el estampado. Durante unos años bastante complicados fue el representante de su sector, podríamos decir el representante de la patronal. Cada día cogía el tranvía desde el Passeig de Gràcia al Poble Nou en unas épocas en las que las pistolas estaban por todos lados, las del sindicato único y las del sindicato libre. Él era la cabeza visible de los empresarios, y por lo tanto llevaba un chaleco como de romano, por si le disparaban. Lo tengo en casa porque es una parte de la historia que me impresiona mucho. Me gusta recordar, de todas maneras, no solo esto de los años 20, sino cuando vinieron los años 30 largos, el año 37, cuando hubo las colectivizaciones y la compañía de mi abuelo la dominaba la CNT. La colectivizaron y los amos eran los «compañeros directores», que pasaron a tener el mismo sueldo que el resto de los trabajadores, pero se les respetó, primero la vida y después los conocimientos, a diferencia de otros casos. Cuando acaba la guerra, hubo algún exaltado de mi familia, de estos que habían pasado de la Lliga a la camisa azul, que dijo: «Ahora es nuestro momento para ir contra estos que nos han jodido». Pero los otros les dijeron que de ninguna de las maneras: «Es lo que les tocaba hacer y siempre nos respetaron, así que nosotros teníamos el deber de hacer lo mismo». Hubo muchas barbaridades y muchos extremismos en los años 20 y 30, propios de una sociedad en ebullición. Pero también hubo cosas calladas muy bonitas. Dentro de una lucha de clases exacerbada, había un cierto respeto en lo personal. Me gusta recordar también la historia de mi abuelo materno, a quien las patrullas mataron al padre y al hermano, al que un día se lo llevaron al cementerio de Gelida. Este hombre era católico, conservador, pero no era de los que incordiaba a la gente. Les dijeron que rezaran el Padrenuestro y él dijo que ya lo tenía rezado y, en lugar de hacerlo, se puso a cantar el Addio a la vita de Tosca. El jefe de la patrulla que estaba a punto de disparar era un enamorado de esta ópera —la lucha de los liberales contra los estados pontificios y la policía inquisitorial— y se emocionó mucho. Lo envió a casa y le dijo que no volviera nunca más, «vete, vete». Hay algunos a quienes les gusta recordar las matanzas, porque las hubo, pero a mí me gusta más recordar estos guiños a la vida, como fueron estos dos casos.

En un artículo tuyo de 1991, a raíz de un hecho aparentemente menor como unas elecciones a la Cámara de comercio, haces una disección de la burguesía catalana y muestras unas fisuras que hasta entonces no habían trascendido. ¿Continúa dividida? ¿El conflicto catalán es una nueva línea de fractura o continúa siendo eminentemente una élite con intereses de clase y en contra de los intereses de las clases subalternas?

Lo que hay son diferentes acentos. Creo que no hay una burguesía catalana monolítica sino distintos sectores de la élite económica. Desde aquella época se ha ido transformando y en algunos aspectos debilitando más. Por ejemplo, la contradicción entre los liberales y los proteccionistas ahora es menor, todos son más bien liberales de credo y, a veces, proteccionistas de ejercicio. De conservadores y centristas todavía hay un poco de todo. Hay más diferenciación en la línea nacional, catalanismo o no catalanismo. En esto se han radicalizado un poco las posturas, a pesar de que se procura que esto no afecte al negocio. Esto es bastante importante: que no afecte al negocio. Hay una cierta pérdida de peso: antes había una vieja burguesía textil y unos grupos que salían en el entorno de las grandes empresas o grupos bancarios y todo esto ahora ha cuajado de forma un poco diferente y hay una hegemonía muy importante de una institución financiera y de su grupo industrial. El empuje y variedad de los grupos burgueses en Cataluña quizás es menos notorio ahora que cuando escribía estas cosas.

Xavier Vidal-Folch para Jot Down 2

¿Artur Mas está cabalgando sobre un tigre desbocado del que ya no podrá recuperar las riendas?

Tiene muy difícil el control de la bestia. ¿Por qué? Porque ni él, por carácter, familiar y político, ni su partido, que ha sido siempre un partido de entendimiento y de pacto y de regateo, no están avezados a una dialéctica de confrontación total, y por lo tanto es muy difícil hacer eficaz tu propia bestia.

¿Crees que se han puesto al servicio de una causa en la que creen o que han intentado aprovechar una causa con cierto apoyo social para servir a sus propios intereses?

Creo que el presidente de la Generalitat tomó el todo por la parte en la manifestación de la Diada. En aquella manifestación había distintas actitudes: aparte de una idea común de protesta, había muchas motivaciones distintas para asistir. Por lo tanto, por importante que fuera, no estaba todo el cuerpo electoral de Cataluña. Y creo que aquí hubo un error de lectura, que en el fondo ha conducido a que el presidente de la Generalitat esté gobernando no con el programa propio de su coalición, el programa electoral con que se presentó, sino con el programa de su aliado, que es ERC. Es muy difícil gobernar un país cuando tu partido está jugando a un juego al que no está acostumbrado a jugar y que, además, estás gobernando con un programa que no es el tuyo sino que es de otro. Es una situación, como mínimo, un poco curiosa para llevar un poco ordenadamente las cosas, ¿no? Y cuando digo curiosa quiero decir que es muy difícil ser eficaz y eficiente en tus objetivos partiendo de este principio.

¿Puede ser que estemos a las puertas de que se rompa el empate perpetuo entre Cataluña y España que, como apuntas en ¿Cataluña independiente? [Catarata, 2013], hace tres siglos que dura?

Sí, todo puede ser. El problema es si es deseable o no. A mí los empates me gustan. En realidad me gusta que mi equipo gane, pero los empates en política son diferentes de los empates en fútbol. En fútbol lo que quieres es ganar por goleada, si puede ser en el Bernabéu y por cinco. Pero la política moderna se hace a base de compromisos, de pequeñas victorias, de adelantos compartidos y progresos repartidos, de facturas redistribuidas… es un poco aburrido, es alambicado, no es épico, no tiene una gran lírica, no es una cosa hecha de grandes epopeyas, pero para las epopeyas ya había las guerras, que eran un desastre. Creo que la democracia moderna es esto, y además nos conviene, porque los catalanes en esto no somos malos y somos perseverantes en la gestión de las pequeñas cosas. De hecho, a veces digo que el pueblo catalán es un pueblo prudente, y si quieres, incluso cobarde.

¿Puede ser que ahora haya perdido el miedo?

Prudente y cobarde en el buen sentido de la palabra. No está mal que el pueblo catalán sea un pueblo prudente, en general, más bien del seny, que de vez en cuando tiene estos episodios de rauxa, porque los prudentes no hacen guerras. ¿Y cuáles son los puntos fuertes de esta sociedad? Son dos. Cataluña es dos «C». El comercio y la cultura. C-C-C: catalanes, comercio y cultura. Y tendríamos que especializarnos en esto. Quizás hemos hecho un poco de aventura en otras cosas en las cuales no tendríamos que habernos especializado. Históricamente estamos más dotados, no por inclinación natural sino porque estamos más entrenados, para el comercio. Aquí hemos comerciado mucho. Mientras los Papas querían que hiciéramos cruzadas, nosotros íbamos a comerciar con los moros y lo hemos seguido haciendo con una cierta gracia. Y después, en la cultura, no solo hemos tenido el gótico, el románico y el modernismo, sino Picasso, Miró y Dalí, que componen una tríada de cierto gozo. Y esto nos ha dado bastante buen resultado. Cuando a veces escucho decir que Cataluña está asfixiada y veo las cifras que dicen que esta, hasta la crisis, es la región que mejor ha funcionado de los cuatro motores de Europa y que estamos al 115% o al 120% de la renta per cápita europea pienso que de asfixias como estas que me den unas cuantas para desayunar cada día. Pero esto no quiere decir que en el memorial de agravios catalán no haya muchas razones que tengan que ser atendidas, tanto económicas, como políticas y simbólicas.

¿Crees que el encaje actual es el menos malo de todos?

No, yo creo que es muy mejorable y que está en tránsito de un empeoramiento brutal. Estamos empeorándolo. El gobierno central está haciendo una refundación subrepticia del modelo constitucional español. Leyes y proyectos como la  reforma de las administraciones, la garantía de unidad de mercado, el regulador único que acaba con la descentralización de los supervisores, la autoridad fiscal independiente, incluso la reforma eléctrica, están pautando organismos, maneras de hacer y mecanismos que suponen una centralización extraordinaria y más o menos enmascarada por unos objetivos de simplificación administrativa, de evitar duplicidades y dilapidación de recursos, objetivos que, en sí mismos, están bien. Pero en realidad se está desnaturalizando la impronta política del estado de las autonomías, que se tiende a convertirlo en un estado de las diputaciones. Se está yendo hacia la descentralización puramente administrativa y no política, cuando la gracia de las autonomías es que eran un estado prefederal, con una dimensión política. Esto se había hecho, sobre todo, porque los catalanes, muy notoriamente, y los vascos habían presionado. Si el neocentralismo del gobierno del PP se incrementa, y el moderantismo de los nacionalistas catalanes se convierte cada vez más en un radicalismo práctico, es difícil que no nos hagamos daño.

¿Cuál sería la solución, si dependiera de ti? ¿Cuál es tu escenario óptimo?

Un futuro que fuera una cierta mixtura entre el federalismo alemán y otros modelos de estados en los cuales hay plurinacionalidad y plurilingüismo. Una reforma federal puede ser una vía muy practicable si añade no solo un reconocimiento explícito de la plurinacionalidad en el sentido más práctico de la palabra, sino también, por ejemplo, un reconocimiento muy pleno de las cuatro lenguas del Estado. Las algarrobas administrativas y económicas se pueden resolver por la vía federal. Esto es: el Estatuto no rebajado, no reinterpretado a la baja, lo que conecta con el modelo federal alemán. Pero a esto se tiene que añadir una cuestión simbólica, que es un problema de reconocimiento. Yo creo que la gente está pidiendo un reconocimiento, y me parece que una buena mayoría de los españoles no catalanes entiende el concepto. Por ejemplo, yo he ido a presentar el libro en Málaga y había un centenar de personas en la Sociedad Económica de Amigos del País y eran malagueños. Había tres que eran un poco falangistas, pero aparte de estos tres, el resto lo entendían todo, podíamos discrepar en algo, pero era una cosa muy educada, no eran esta España que dicen que nos roba, que no nos entiende, que nos insulta. En Málaga, no. Que Málaga también es España, España no es solo los ministerios de Madrid. ¿Por qué no se pueden utilizar las cuatro lenguas como mínimo dentro del Parlam

ento español? Apliquemos en este tema también el sistema europeo: las lenguas de trabajo, después, serán las que quieran, pero en el Parlamento Europeo se usan todas las lenguas. ¿Es un problema de recursos económicos? ¿De pinganillo? ¡No ridiculicemos el pinganillo! De hecho es un instrumento extraordinario, mientras no todos hablemos las cuatro lenguas. Esto por un lado, y por otro lado, aquellas instancias que tienen más que ver con el ciudadano y con sus derechos, como el Tribunal Supremo o el Tribunal Constitucional, tendrían que poderte atender en tu lengua. A ver, no irás a buscar que te atiendan en gallego en la comisaría de Algete, pero en el Tribunal Supremo ¿por qué no? Que espabilen un poco los jueces, que son gente que hace carrera y que hace oposiciones, que aprendan un poco de idiomas y que después haya intérpretes. ¿Esto no resolvería mucha parte de los problemas? Hay un problema de poder político, de economía y de reconocimiento, y yo creo que, hasta ahora, las propuestas federales que hay —y hay algunas muy interesantes encima de la mesa— van en la buena dirección pero les falta esta parte del reconocimiento. Tendrían que ser algo más osadas.

¿Crees que ahora es demasiado tarde y que los que han dado un paso adelante ya no se conformarán solo con esto? ¿Y que, aunque lo hicieran, las propuestas federales las sostienen actores políticamente irrelevantes, tanto en Cataluña como en España?

Hay dos maneras de enfocar el problema: si no se quiere arreglar o si se quiere arreglar. Dicho de otro modo, si se quiere que se desboque o se quiere que se reconduzca. Y yo prefiero arreglar las cosas antes que estropearlas. Y creo que la mayoría de la ciudadanía de Cataluña y la mayoría de la ciudadanía española está más en esta posición de ordenar y de dar curso a los problemas que en la de estropearlos. La solución no está ni en el centralismo ni en la ruptura, y por lo tanto tenemos que buscar una solución con la cual todo el mundo pueda convivir aunque no sea su ideal. Porque, ¿cuál es el mecanismo de la cultura democrática europea? Pues buscar soluciones en las que todo el mundo pueda habitar, a pesar de que no sean las más satisfactorias. Soluciones en las que todo el mundo esté un poco descontento pero todos estén suficientemente cómodos.

¿Una parte de esta solución podría ser habilitar mecanismos de consulta?

Hay un 76% de la población de Cataluña que quiere compartir identidades, que no quiere renunciar a la identidad catalana ni quiere renunciar a la identidad española, y esto es muy importante. Todos estos han leído a Amin Maalouf, y si no lo han leído, comparten su tesis: se pueden tener identidades superpuestas y no necesariamente enfrentadas. Por lo tanto, hay que buscar soluciones políticas para que estas identidades se puedan desplegar de forma convivencial y óptima. Esta es la primera cosa que se tiene que tener presente.

Hay un porcentaje muy similar que quiere un referéndum.

Hay una mayoría muy significativa de los catalanes que quiere hacer un referéndum sobre el futuro político de Cataluña. Es una mayoría muy cualificada, una mayoría superior a los dos tercios. Nos encontramos con un principio democrático a salvar, y además un principio de legalidad a respetar.

¿Qué principio prevalece sobre cuál?

¿Por qué tienen que contraponerse? La legalidad permite hacer un referéndum. La Constitución permite, en el artículo 92, hacer referéndums. Eso sí, de forma autorizada o delegada por el Gobierno central. La vía es clara. No vale cualquier legalidad. Esta cosa que dicen en el programa de gobierno, que han dicho los líderes políticos del soberanismo «lo haremos con cualquier legalidad», ¿qué significa? ¿Que hay una legalidad de quita y pon? ¿Rebusca y escoge? Hay una ley de consultas catalana —que por cierto está recurrida en el Tribunal Constitucional— que en el artículo siete dice que después de que el Parlamento de Cataluña haya dicho que quiere hacer una consulta aplicará el artículo 92 y enviará al Gobierno la petición de hacer un referéndum. Al final aplicas la legalidad del artículo 92, no hay diferentes legalidades entre las que puedes escoger. Puedes acogerte a diferentes normas, pero después hay una jerarquía. ¿Qué es esto de «la legalidad que se acontezca»? El derecho no tiene agujeros.

El derecho no lo sé, pero su aplicación…

La aplicación es otra cosa, pero el derecho no tiene agujeros porque hay un principio de jerarquía normativa y de expansión de las normas. Esto es lo más bonito del derecho. No puede no hacerse justicia. Si hay una mayoría de ciudadanos que quieren hacer un referéndum, y si esto se plantea de una forma legal y pactada —que es como se plantean las cosas entre gente seria, porque no querremos hacer una kermesse, un referéndum de feria de pueblo, niños de 13 años, unos cuántos extranjeros que pasaban por allí, sin censo, sin documentos de identidad, que la gente presente la partida bautismal—, que se haga. ¿O qué haremos? ¿Una broma? Esto es una cosa muy seria. Por lo tanto un referéndum se tiene que hacer en base a la legalidad y al pacto. De hecho es la única forma que es admisible, y quien diga lo contrario está llevando a la gente a caminos complicados. Ahora bien, si es lo que quieren…

Hablando de pactos, y estando donde estamos, ¿podría repetirse un Pacto del Majestic entre PP y CiU? ¿Hay alguna consecuencia de aquel que podamos percibir todavía hoy o ha habido una fractura total con aquel estado de cosas de no hace tantos años?

Aquel fue un pacto de intereses mutuos de dos partidos. Ahora el pacto que se tendría que hacer es un pacto más de fondo y que incorporara más formaciones y más sensibilidades. No es imaginable que un pacto de aquel tipo nos saque de este problema; hay que ir hacia un pacto de estado.

Pero si pudiera sacarnos de esta, ¿sería posible a corto plazo?

A corto plazo, no. Están empeorando las cosas. El liderazgo del soberanismo está más en la dinámica del agit-prop que no en la de buscar realmente el acuerdo. Y el liderazgo del centralismo está en la dinámica del rechazo sistemático a todo, de utilizar la constitución como un frontón y el recurso al Tribunal Constitucional como un trámite automático, como si las soluciones pretendidamente jurídicas pudieran resolver un problema político de primera magnitud. Por lo tanto, las posiciones no sólo están enfrentadas sino que cada vez se están alejando más. Y el problema crece. Las soluciones tienen que ir por la vía o bien de un acuerdo de base de la reforma constitucional, o bien por la vía del pacto del referéndum, o bien por una vía combinada que integre estos dos caminos. Pero, sobre todo, los protagonistas se tienen que sentar a la mesa. Y no durante dos horas en una reunión en la que uno diga «como sé que me dirán que no, voy allí y hago el trámite y ya estoy justificado» y el otro diga «voy a la reunión para que no me puedan decir que no he escuchado, pero diré que no». ¿Ahora lo resolveremos todo con una carta? ¿Esto es serio? ¿Hay voluntad de negociar por parte de alguno de los dos protagonistas? A mí me gustaría verlo, porque creo que la solución siempre pasa por una combinación de presión, de hacerse notar, y después de dialogar, negociar y pactar. No veo otra.

Xavier Vidal-Folch para Jot Down 3

El año 1991 escribías un artículo durísimo, una tribuna titulada «Qué asco, cómo crece la ciénaga».

Sí, sobre la corrupción.

Un artículo que, si se cambiaran los nombres de los escándalos de los Filesa y Guerra a los Gürtel, Palau o ERE—, se podría volver a publicar hoy. ¿No hemos avanzado nada? ¿O, peor, hemos retrocedido? Porque la magnitud de los escándalos hoy es varias escalas mayor que los de aquella época.

Recuerdo muy bien este artículo. Me escandalizaba mucho que el mundo de la izquierda en el gobierno, que tenía como característica y pretensión el saneamiento de la vida pública y una cierta ética de la cosa pública, cayera en estas cosas. Se tiene que exigir a todo el mundo, pero me escandalizaba especialmente que la gente de izquierda cayera en estos comportamientos. Creo que ahora es peor porque algunos de los casos de entonces existían y eran muy potentes, pero quizás no contaminaban tanto el sistema como los de ahora. Había muchos: un escándalo de financiación del partido, otro del jefe de la Guardia Civil… muchos casos de descontrol y corrupción, pero no sucedía como actualmente, que hay un partido político donde todos los dirigentes —menos uno o dos— han estado activa o pasivamente involucrados o beneficiados de prácticas irregulares.

Visto en perspectiva, no parece que hubiera un esfuerzo periodístico sistemático para denunciarlo, a pesar de saberlo, sino más bien una cierta connivencia con lo que pasaba, quizás por sordera, quizás por falta de atención.

Todavía había mucha ilusión por una democracia acabada de estrenar, hacía poco tiempo que habíamos entrado en Europa, todos éramos más jóvenes… quizás teníamos los oídos menos abiertos al ruido del sistema. Esto de apuntar que se sabía es un punto muy interesante de tu cuestión. ¿Qué quiere decir que las cosas se saben? Una cosa es que se sepa o que se sepan algunas cosas— y otra es que se sepan para ser publicadas. Esto no quiere decir que el periodista tenga que quedarse cosas para él, al contrario, pero a veces no puede publicar una cosa porque no la tiene bastante contrastada.

Pero se puede publicar una columna de opinión, por ejemplo.

Yo hice este artículo, pero no había denuncias concretas. Yo he sabido cosas que me he quedado en el bolsillo y no he podido publicar, y me ha sabido muy mal. Y las sabía, pero me ha faltado el segundo testigo. He sabido casos de los que tengo la convicción moral, porque el primer testigo lo decía, pero no lo he querido publicar porque me parece que la comprobación es una cosa muy seria porque te defiende de ti mismo. He conocido casos de pederastia en un establecimiento eclesial muy importante, por ejemplo, pero no lo he podido publicar. He conocido casos de corrupción urbanística en una institución muy importante de Cataluña, con las más altas instancias de este país pequeño involucradas y explicado por un alcalde del mismo partido. Y hablo de hace muchos años, no ahora que se saben muchas más cosas. Intenté verificarlo y no pude. No debía ser suficientemente bueno. Hay un poco de omertà a veces.

Doy por hecho, pues, que este descubrimiento en cascada de casos de corrupción que afectan a los grandes partidos no te ha sorprendido.

Me ha sorprendido la profundidad, la dimensión y la miseria moral de algunos de los casos —gente que se vende por cuatro trajes, ¡es extraordinario!— y la extensión y su carácter sistémico, que va mucho más allá de la financiación irregular del partido. La financiación irregular es un delito, pero parece que socialmente esté menos penado porque los dirigentes no se embolsan directamente el dinero público. Y es igual de delictivo el delito fiscal, pero la gente lo ve como de menor gravedad. Hemos visto todo esto en su máxima extensión. Esto de los sobres para los dirigentes hace mucho daño a la moral de los ciudadanos. Entre otras cosas porque hay gente a quien recortan el sobre de final de mes y otros a quienes se los duplican de maneras que no acaban de ser demasiado elegantes.

En todos tus años de profesión, si alguien se hubiera jugado una cena contigo apostando que un día El País y El Mundo estarían en la misma trinchera, ¿lo hubieras perdido?

Es que yo no creo en las trincheras.

Pero me has entendido.

Te he entendido, pero no creo mucho en ello.

¿Qué une más, las ganas de decir la verdad, las de tumbar un gobierno o las urgencias económicas de tener que vender papel?

Creo en el trabajo honesto y serio. No pienso criticar a ningún diario de la competencia, ni tampoco al mío. Lo que sí diré, como cuestión general, es que hay una diferencia entre estar sobre la pista de algunas cosas y denunciarlas y que lo que estés denunciando sea tan absolutamente redondo y coincidente con tus intereses ideológicos. Para mí esta es una propensión a la corrupción ideológica del periodismo. La independencia más importante de todas no es solo de los poderes políticos, económicos, eclesiásticos y de los lobbies, sino la de un mismo. Por ejemplo, a mí me sorprende mucho, sobre la presunta corrupción de un partido, que de esta quede excluido un personaje determinado.

Fuiste el responsable de incorporar Arcadi Espada a El País. ¿Te supuso algún problema en el periódico?

Dentro de la casa no, me trajo muchos problemas en general. Teníamos algunas discusiones sobre cuestiones profesionales en las que discrepábamos. Arcadi Espada es un tipo de gran talento. Cuando llevas gente de gran talento a una redacción asumes un riesgo porque muchas veces la gente de mucho talento considera que las normas establecidas en un medio le quedan estrechas o que son caducas, que su visión va más allá. Cuando uno es responsable de una redacción tiene que tratar que las normas sean para todo el mundo, pero al mismo tiempo tiene que dar espacio al talento y al individualismo sin que esto vaya en contra del colectivo. Y esto es una gestión un poco difícil. Hay dos maneras de resolverlo. Hay quien no quiere a nadie con demasiado talento, un equipo de corderos, pero con gente con actitud sumisa normalmente no se hace buen periodismo. Y hay quien opta por el sálvese quien pueda, que también es un desastre. Esta tensión entre el talento y las normas, que supongo que es la misma que tiene un director de hospital o uno de orquesta, es la que hace que un trabajo de dirección sea interesante, porque no está todo en el manual.

Pero más allá de la cuestión profesional, ¿era una elección consciente para ampliar el abanico ideológico del periódico o no fue relevante porque, como nos decía Sol Gallego-Díaz, «El País nunca fue un periódico de izquierdas, ni lo quiso ser»?

Arcadi había escrito cosas muy notorias y había sido menospreciado y excluido por el establishment de la época cuando lo llevamos al periódico. Debían de de ser los primeros años 90. Era un tipo valioso con un coraje moral importante. Después he discrepado más de cómo ha acentuado algunos perfiles de su observación de la realidad y tuve algunas desavenencias profesionales con él, que discutimos, y fue muy interesante. Pero si hay algo que me sabe mal de entonces y si pudiera decírselo, le diría que con las personas y los compañeros, aunque discrepes, es muy importante mantener un nivel de respeto. Yo procuro mantener siempre el respeto.

Hablando de la política en los medios, fuiste subdirector de informativos de Televisión Española a mediados de los años 80.

Unos 15 meses, eso sí, intensos.

Suficientes. Porque era una época muy dura, con críticas al partidismo que llegaron al punto culminante cuando 22 periodistas tuvisteis que firmar un comunicado afirmando que no teníais carné del PSOE.

Hicimos una televisión muy interesante porque no era anodina. Hicimos una televisión mucho más plural de lo que se dice y atravesamos una discusión que rasgó la sociedad, el debate de la Alianza Atlántica. Rompió todas las familias, también las políticas. Hubo intervención plural de todos los partidos. Es verdad que quizás en alguna entrevista poníamos más mala o buena cara de lo que convenía y cometimos algunos errores formales. Pero a quienes dicen que fuimos sectarios y no salen de aquí, muchas veces, por aburrimiento, les digo que prefiero estar en la Alianza Atlántica que en el Pacto de Varsovia, que el Pacto de Varsovia no ha durado mucho…

La acusación de sectarismo no creo que fuera solo por el tratamiento de la entrada a la OTAN. ¿La trayectoria posterior del que era tu jefe de informativos, Enric Sopena, no da un poco de razón a aquellos Fragas que se quejaban del partidismo del Ente?

Enric Sopena vive en Madrid y desarrolla su trabajo allí. Y en el mercado de Madrid es muy difícil no tener que dar de vez en cuando un palmetazo sobre la mesa cuando uno se desayuna con las cosas que se desayuna en cierta prensa local de Madrid, llamada nacional. Pero si tenemos que hablar de televisión de calidad o no, en aquella época recuerdo haber interrumpido por primera vez en la historia la parrilla de la Televisión Española para dar prácticamente en directo la muerte de Paquirri. Y si lo comparo con lo que sucedió con el tren de Santiago, que pinchabas TVE y había cuatro fotos fijas, no había periodistas allí e iban diciendo que estaban a cinco kilómetros de Santiago, ponías las dos grandes televisiones privadas y una hacía una película y la otra un concurso o una retransmisión deportiva… no sé si hemos progresado mucho desde el año 1985.

Por lo menos ahora no cambiamos la parrilla por la muerte de un torero.

Fue revolucionario aquello, ¿eh? ¡Es que tú no sabes lo que era Paquirri! ¡Estoy muy orgulloso de aquello!

Hombre, no sé si quiero que la televisión pública de un país pare la parrilla por la muerte de un torero.

Pues yo sí. Si están dando un programa de entretenimiento quiero que lo interrumpan por esto y por el atentado del restaurante «El descanso».

Esto es diferente.

O por la muerte de Olof Palme. ¡Pero es que esto de tocar la parrilla no se hacía nunca! Supongo que todo lo que hacíamos era mejorable, y si después de tantos años todavía hay quien nos critica quiere decir que algo debíamos hacer mal, pero a aquel equipo no le hubiera pasado lo que le ha pasado ahora a TVE con el tren. Y no le pasó a TVG, ni a TV3 porque conectó con la gallega. La calidad de las televisiones públicas, en algunos casos, ha empeorado notoriamente y dramáticamente. Y en otros casos, no.

Xavier Vidal-Folch para Jot Down 4

¿Alguna vez nos podremos librar del debate sobre la politización de los medios públicos?

En Cataluña se hizo un esfuerzo de un nuevo estatuto para la televisión pública. En  la época del denostado tripartito se hicieron dos cosas importantes: ese estatuto para desgubernamentalizar la televisión pública y la no destitución de los cargos que había en la televisión pública.

Pero en España es un debate muy vigente.

Ha habido intentos y todo esto ha reculado. Me gustaría que estos principios de la televisión pública, profesional e independiente, como la BBC, volvieran a ponerse de moda, pero quizás somos españoles y no británicos. Quizás para tener una BBC se tiene que tener un respeto por la libertad y saber cuándo yerras y cuando aciertas. Los británicos llevan dos siglos largos de libertad de prensa, nosotros solo 38 años.

Has estado en medios públicos y en medios privados…

Insisto, en los medios públicos estuve solo 15 meses, suficientes para aprender y no volver nunca más.

¿Hay que subvencionar a los medios privados? ¿Se puede hacer un periodismo honesto si estás intervenido por las administraciones públicas?

Si tiene que haber subvenciones tienen que ser públicas y con criterios claros, públicos, contrastados, verificables y que no escondan trampa. Dicho esto, creo más en el apoyo a medidas horizontales, es decir, de política industrial como hacen en Francia con los envíos por correo o en el tratamiento fiscal de determinadas inversiones, que no en subvenciones a la cuenta de resultados, que en la práctica es lo que en muchos lugares se está haciendo. Este tipo de subvención directa que va muy ligada a la comunión espiritual del subvencionado con el subvencionador me parece un desastre y una gangrena para la profesión.

¿Detrás de la idea tan repetida de la crisis del periodismo, cuántas crisis se esconden? ¿De formatos, de la publicidad, de las empresas, de la ética profesional…? Parece que ha sido una tormenta perfecta y que muchos la utilizan para derivar responsabilidades.

Creo que hay sobre todo tres crisis. Una, la de las cuentas de resultados, derivada de la crisis económica, que comporta menos ingresos por publicidad y menos ventas en el quiosco. Esto es muy grave porque si afecta las cuentas de resultados al nivel de que se ponga en peligro la estabilidad de las empresas, se tratará de encontrar la supervivencia por vías menos santas con determinadas inversiones y apoyos externos, a veces incluso opacos, que no responden a los intereses del periodismo. Esta crisis económica es especialmente insidiosa en España. Una segunda crisis es la del mismo periodismo convencional de los diarios de papel, por la proliferación de nuevos medios y plataformas. Pero hay una tercera crisis de la que me parece que nadie habla y que es la que las marca a todas, y es que el periodismo tiene una dificultad muy grande para ubicarse en la sociedad. Los diarios habían sido un elemento muy importante para la democracia y, al mismo tiempo, comadronas de la propia democracia porque, empezando por los memoriales de agravios de la Revolución Francesa, eran los que habían galvanizado una opinión pública contra el antiguo régimen. Y una vez instalados los estados nacionales democráticos eran los que organizaban la opinión pública dentro de estos estados. Tenían una función. Estaban muy ubicados como balance de poder, en la lógica de los checks and balances.

Muy anglosajón. Quizá sí que deberíamos ser británicos.

Sí, con eso sí. Pero ha sucedido una cosa, y es que la Unión Europea ha diluido los estados. De hecho, históricamente han dejado de existir, el estado-nación actual no tiene ninguna de aquellas competencias que tenía en el momento de los grandes nacionalismos: ni el control de fronteras, ni la moneda, ni la diplomacia, ni la defensa, que además de los servicios sociales son los cuatro grandes atributos que los definen. La europeización y la globalización, que van más o menos de la mano, lo han hecho estremecer todo, la función del periodismo incluida. No se sabe muy bien cuál es la ubicación geográfica y geopolítica de la prensa en un mundo que está totalmente en transformación.

Desde tu atalaya de presidente de los directores de medios mundiales, ¿pudiste percibir alguna particularidad nacional de la crisis del periodismo?

En los países con menos tradición es más grave. Me gustan mucho los anglosajones o los escandinavos, que tienen muy buena prensa —a pesar de que se lee muy poco en España— y empresas familiares medianas, con un concepto casi industrial del periodismo, el olor de la tinta, el papel, a pesar de que ahora con la tecnología esto es igual en todas partes… En estos países la crisis se nota menos.  Existe, pero más amortiguada. Los que tenemos menos tradición de empresarios, de profesionales, de políticos, de respeto y de todo, hace que todo vaya más a trompicones.

En un caso como el de El País, ¿ha sido una empresa en quiebra la que se ha llevado por delante al buen periodismo o el mal periodismo el que ha acabado provocando la quiebra de una buena empresa?

Tenemos que precisar: El País no está en quiebra. Hasta muy recientemente El País ha ganado dinero. Ha sido el último periódico español entre los medianos y grandes que ha generado beneficios. Y yo estoy muy a favor de que la prensa tenga beneficios, porque si no, no se sabe cómo salen los números y el dinero lo puede acabar poniendo gente extraña, tiburones… Que se gane dinero, pero que se sepa invertir bien y que sea transparente. ¿Qué ha sucedido? Dos cosas: han caído los ingresos por publicidad de manera vertical y, algo menos, los de venta directa. Esto ha hecho que se hayan tenido que afrontar situaciones dolorosas. También es verdad que esto ha coincidido con una lastimosa conjunción astral en la que el grupo periodístico donde estaba incardinado el periódico tenía unos problemas de financiación más gordos que el periódico en sí y había hecho inversiones muy cuantiosas en sectores de lenta maduración.

¿La política expansiva de la dirección puede ser la explicación endógena aislándonos del contexto de crisis— de los problemas que está atravesando el grupo y, en consecuencia, el periódico?

El periódico no ha hecho ningún exceso inversor, y esto es lo que yo conozco más.

Juan Luís Cebrián se quejó de que la plantilla del periódico estaba envejecida y no tenía profesionales con perfil digital. No tienes cuentas en ninguna red, tu teléfono no está precisamente a la última moda. ¿Te sentiste interpelado?

Tengo otro, pero no hay manera porque tengo los dedos muy gruesos y el teclado de estos teléfonos nuevos es muy pequeño, así que sufro mucho.

Teléfonos al margen, cuando hablaba de zombis envejecidos…

El propio Juan Luis Cebrián dijo que había sido una frase desafortunada y yo no le corregiré.

¿Tú también crees que fue desafortunada?

Yo no le corregiré.

¿Y la frase «no podemos seguir viviendo tan bien» en boca de alguien que cobra lo que cobra diciéndosela a unos periodistas que cobraban lo que cobraban? ¿No hay un cierto punto de cinismo?

Vosotros entrevistasteis a Cebrián. Tuvisteis la oportunidad de preguntarle y no lo hicisteis. He cumplido ya los 60 años y soy abuelo. A partir de los 60 tienes que hacer una opción muy importante: decidir si te quieres convertir en alguien desagradable como la señorita Rottenmeyer o en un abuelo simpático. He decidido que la primera opción no me convenía. En general estoy procurando no tener una visión seráfica de la vida, pero sí poner la atención más en las etapas de las personas que son más luminosas que en las etapas o frases que lo son menos. Y esto lo aplico a todo el mundo, incluso a amigos. Ahora he amnistiado a algunos amigos que me habían fallado. Cebrián tiene muchas hojas en su libro profesional y hay algunas muy valiosas, que son con las que me gusta quedarme. Si ha habido algo con lo que no estaba de acuerdo con él siempre se lo he dicho, en este sentido he sido y he podido ser siempre muy libre.

¿Crees que los arqueólogos del futuro tomarán el fundido a negro de CNN+, que pertenecía al mismo grupo que El País, para inmediatamente emitir imágenes de Gran Hermano como una metáfora del periodismo de nuestra época?

No me gusta nada Gran Hermano, pero Mercedes Milà sí, ¿eh? Y me gustaba bastante el canal CNN+. Es posible que esta metáfora pueda hacerse, sí. Quizás sería adecuada.

Más que preguntar por qué se cerró CNN+, quizás sería más pertinente preguntar por qué se puso en marcha una cadena como aquella, que difícilmente sería rentable.

En el grupo se hicieron inversiones discutibles y que la realidad las ha discutido, e inversiones que a pesar de que la realidad las ha discutido, profesionalmente eran indiscutibles. Para mí, Canal+ primero y CNN+ después fueron intentos de hacer una televisión digna, de alto nivel cultural, de 24 horas y con pocos medios, quizás. Pero a mí la gente que apuesta, sean amigos míos o no tanto, por hacer un nuevo medio que tenga interés profesional aunque no aspire a la máxima audiencia, me parece muy bien. Me gusta mucho el canal Arte, por ejemplo. No sé cuáles son sus cuentas de resultados, pero creo que quién invirtió, acertó. No siempre los medios de más calidad son los que tienen más mercado. Die Zeit, el Frankfurter Allgemeine o el Süddeutsche Zeitung, por decir tres de los mejores diarios alemanes, en ventas no le llegan ni a la suela del zapato al Bild. Aquí no ha sido exactamente así, pero en la televisión sí.

De ti se dice que elevaste los estándares morales en el periodismo económico, puesto que cuando empezaste a trabajar más que periodismo era publicidad, y se hablaba en positivo o en negativo en función de si las empresas pagaban y cuánto.

No fui yo solo, fuimos un grupo de gente. En aquella época al periodismo económico se le llamaba «los sobrecogedores» y «los egipcios». En las reuniones informativas del periodismo financiero se repartían talones hasta que llegamos unos cuantos y dijimos que nosotros ya teníamos la suerte de que nos pagaba la empresa. Costó, pero poco a poco se fue consiguiendo.

¿Este umbral se ha relajado actualmente?

Es posible. Antes, quien quería comprar al periodismo tenía que comprar a los periodistas. Ahora es una derivación más sofisticada del sistema donde se trata de comprar, influir o condicionar a las empresas de forma más prioritaria que a los periodistas. Creo que esta es la evolución de estas malas prácticas. Hubo un momento en el que la corrupción se había eliminado bastante en el periodismo económico, que es el que conozco más. Había bastante en el periodismo económico y en el deportivo. En el político también había algún caso muy divertido.

Que no nos vas a contar, ¿verdad?

Es que ahora no recuerdo los nombres… [Ríe]

Xavier Vidal-Folch para Jot Down 7

Tus primeros artículos en El País, en el año 1982, hablaban de Banca Catalana y alguno de los análisis que hacías se podrían volver a publicar hoy si cambiáramos el nombre del banco.

Todas las crisis financieras tienen elementos similares, y la crisis de la banca de los 80 y la crisis de las cajas de estos años tienen muchas similitudes.

¿Y no aprendimos nada?

Galbraith, que lo ha estudiado mucho, dice que la memoria dura diez años. La memoria de los cracks financieros y las burbujas dura diez años. De aquella crisis bancaria aprendimos algunas cosas: se arbitraron algunos sistemas, se cambiaron conductas, se creó el fondo de garantía de depósitos, las reservas anticíclicas… Se limpió bastante el panorama de la banca española. Las cajas quedaron más lejos de esta modernización, cosa que no quiere decir que hayan sido las únicas que hayan cometido errores. No se modernizó ni su regulación ni su comportamiento igual como se habían regulado los de la banca.

De la historia de Banca Catalana hay un episodio que llama la atención: una nota de agencia reproducida por los medios informando sobre una falsa retirada masiva de fondos dio pie a una retirada de fondos masiva real que precipitó la quiebra de Banca Catalana. ¿Los medios también podrían sacar alguna enseñanza? ¿Y los consumidores de los medios?

Los medios serios tienen que dar información contrastada y de ninguna forma tienen que prevalecerse de su pequeño o gran poder para hacer funciones que no sean puramente informativas. Hay códigos, sobre todo en la información económica, pero en la otra también, que a mí me parecen fundamentales. No se puede anunciar la muerte de nadie hasta que no se haya muerto. ¿Verdad que esto parece una tautología? Pero matamos a la gente con mucha facilidad. Y esto, en el periodismo mundial, ha sucedido muchas veces: ¡un diario francés mató a Catherine Deneuve hace 20 o 30 años!

El vuestro sacó en portada una fotografía de Chávez…

No lo recuerdo, esto. [Ríe] Pero hubo una explicación pública. No se puede informar de una suspensión de pagos antes de que haya habido una suspensión de pagos. Y se han dado estas informaciones, o pretendidas conclusiones de inspecciones fiscales sin estar concluida la inspección. Esto ha sucedido, y es lo que se tiene que evitar.

¿Banca Catalana fue un ataque contra Cataluña, como decía Pujol, o la primera muestra de corrupción en determinados entornos nacionalistas?

En Banca Catalana no hubo una buena gestión, hubo algunos elementos irregulares. Por ejemplo, la contabilidad B. Es verdad que después el tribunal que la juzgó dijo que estaba muy bien tener contabilidad B y por así decirlo, la legalizó. Pero allí se mezclaba también el protagonismo político del fundador y se trató de politizar como elemento de defensa. De todas maneras, creo que todo aquello está bastante olvidado.

¿Europa es menos corrupta que España o simplemente nos enteramos menos?

Yo diría que hay algo más de transparencia en las instituciones europeas. Puede haber pequeñas corruptelas, se ha hablado mucho siempre de las corruptelas de los diputados europeos, pero después estas han quedado pequeñas comparadas con las de los parlamentarios británicos. Algunos de ellos eran los principales críticos de la corrupción en el Parlamento Europeo y resulta que se hacían piscinas en su casa con subvenciones que eran para otras finalidades. En la Comisión no se han dado demasiados casos y tampoco en el Tribunal. Las instituciones europeas no son un foco de corrupción porque trabajan con mucha transparencia.

¿Esto es así porque Europa atrae a personas virtuosas o porque el diseño institucional es mejor que el nuestro?

Hay muchos actores que están mirándolas. Todos los estados están vigilando cada euro. Son instituciones más transparentes y, simultáneamente, hay más controladores. Pero con respecto a los países, hay muchos, incluso de los norteños, de los protestantes, donde hay tantas prácticas corruptas como en el sur pero que tienen más facilidad para combatirlas. El presidente alemán tuvo que dimitir. Una ministra alemana dimitió por copiar una tesis doctoral mientras que aquí una vicepresidenta de la Generalitat falsificó su currículum y no ha pasado nada. Aquí, cuando se descubren las cosas, no pasa nada… mientras que en otros países la opinión pública hace más presión y está más presente la cultura de la dimisión.

Tu primera mujer fue una de las primeras catedráticas de temas comunitarios en España. ¿Puede haber condicionado esto tu interés por Europa y explicar, en parte, tu europeísmo?

[Se lo piensa] Es probable que influyera bastante, sí. Piensa que el día del golpe de estado, el 23 de febrero de 1981, yo estaba en un curso de comunidades europeas y la profesora era la madre de mis hijos, que en aquel momento estaba embarazada, y recibimos instrucciones de la Generalitat para que la actividad docente continuara con toda normalidad. Lo hice con mucho gusto y después la acompañé en casa y me fui a la redacción. Sí, supongo que me influyó, y para bien.

Hay quién te atribuye buena parte del grado de europeísmo que hay hoy en España, sea poco o mucho, gracias a tu influencia en la línea editorial, claramente pro europea, de El País. ¿Te sientes responsable de ello?

Me siento corresponsable, no responsable, ha habido muchos corresponsales en Europa, no soy ni el primero ni el último. La cultura del periódico, los principios ideológicos de El País, hablan de Europa, de la economía social del mercado y de la voluntad inequívocamente liberal y europeísta del diario. Y la redacción ha respondido bastante, siempre, a esto. Hoy en día el europeísmo claro tiene que incorporar también una fuerte carga crítica del funcionamiento de la Europa real. Porque si no aquello no es creíble y porque hay muchas cosas que se tienen que mejorar en esta construcción europea. En la construcción europea tiene que ir algo más deprisa la libertad que la seguridad, tiene que ir más deprisa la política que la economía, la soberanía compartida que los intereses nacionales, la vocación de ser alguien en el mundo tiene que ir más deprisa que los intereses particulares de la región… Tenemos que cambiar algunas de las velocidades de la vocación inicial de los pares fundadores, de los refundadores y de los ciudadanos que quieren que esto funcione. Pero sin dar marcha atrás, sin volver al estado de barbarie. El mundo del estado—nación independiente en Europa es el mundo de la barbarie. Quién quiera volver a esto, que lo diga: a los ejércitos nacionales, a las guerras entre naciones, los boches, los franceses y todas estas sandeces… Quién quiera volver, que lo diga claramente. Deshacer la construcción europea es volver, no diré que inmediatamente, a la guerra. No diré, como el presidente Miterrand, «le nationalisme, c’est la guerre!», pero deshacer la supranacionalidad es abrir el camino al aspecto destructivo del nacionalismo, a volver atrás con todos los desastres que esto supone.

Yo, que formo parte de la tan cacareada generación más formada de la historia, tengo la sensación de no saber nada de Europa. ¿De quién es más culpa, mía o de Europa?

¡Tuya! ¡Y bastante!

Por suerte para mí, es un mal bastante extendido: cada sondeo del CIS confirma que los españoles, en general, dan menos importancia a las elecciones europeas, sienten desconfianza por las instituciones comunitarias…

Hay tres problemas. Uno, que el modelo de construcción europea es muy especial, no es el de un imperio y no es el de un estado-nación. Por lo tanto, tiene unos perfiles difíciles. Dos, se crea un conglomerado político no como resultado de una agresión exterior, sino como resultado de una voluntad de no reincidir en los errores que los componentes de este conglomerado han ido cometiendo entre ellos. No es para protegerse del enemigo externo, sino de los propios errores internos de los fundadores. Y tres, la construcción política de este conglomerado tiene algunas dificultades de visibilidad muy claras. Es decir, los organismos no es que no sean democráticos, contrariamente a lo que se dice, sino que son instituciones elegidas por la vía de la democracia indirecta y cuesta mucho identificarse a favor o en contra de un organismo de gobernanza que no has escogido tú directamente.

¿Crees que la ciudadanía dará, por fin, importancia a las próximas elecciones europeas?

Podría ser.

¿De qué dependerá?

De que efectivamente acaben siendo unas verdaderas elecciones en clave europea y no de componente fundamentalmente nacional. Para lo cual que los diferentes partidos nombraran a un candidato como eventual presidente de la Comisión podría ayudar. Creo que es un intento algo más tímido que la idea de Jaques Delors, que pretendía que cada familia política nacional tuviera un mismo cabeza de lista en todos los estados miembros. Esto sería bonito. Por ejemplo, que Donald Tusk fuera el primer candidato del PP español, igual que lo fuera de los conservadores polacos o de la derecha francesa. O que Martin Schulz fuera sometido a elección directa de los ciudadanos griegos, italianos y españoles. Esto le daría todavía más visibilidad. Pero parece que ya hay pasos en este camino de que haya un candidato de referencia, lo que legitimará mucho más la Comisión y no se podrá decir que es el reino de los burócratas de Bruselas.

¿Corremos el riesgo de que pase lo contrario? Ortega y Gasset decía «España como problema, Europa como solución», pero apuntaba Enric Juliana que en Cataluña, por ejemplo, hay quién ve Europa también como un problema.

En Cataluña tenemos que decidir si queremos quemar todos los retratos de la colección o no. ¡Nos quedaremos sólo con Pau Claris! ¿No es más importante para nosotros Helmut Schmidt que Pau Claris? Sí, mucho más importante.

Xavier Vidal-Folch para Jot Down 5

En España, sin Pau Claris, la Constitución Europea se aprobó con un 42% de participación y sin demasiado entusiasmo. ¿Puede ser que las próximas elecciones europeas muestren una desafección ciudadana creciente?

Entonces querrá decir que todos los cambios habrán sido insuficientes y habrá que hacer más.

¿Y la gente entenderá que más Europa sea necesaria?

Si se hace bien y se explica bien, se tiene que entender bien.

A pesar de las cesiones evidentes de soberanía que los diferentes estados han ido haciendo a favor de Europa, para la ciudadanía española esta continúa siendo percibida como un agregado de estados-nación. ¿Cuántas cesiones más hay que hacer para que esto deje de ser así?

Hay que ir más allá y hacer unos Estados Unidos de Europa. En los años 70 el sociólogo Daniel Bell decía que el estado es demasiado pequeño para resolver bien los problemas grandes y es demasiado grande para resolver los problemas pequeños. Es evidente. ¿Qué gran operación militar puede hacer cualquiera de los estados miembros de la Unión Europea? Lo máximo que puede hacer es una operación como la de Malí. Si haces la de Afganistán, de los dos grandes poderes militares que hay en Europa Francia e Inglaterra— ninguno la puede hacer en solitario. Por lo tanto, ¿de qué estamos hablando? ¡Los estados-nación europeos se han convertido en estados-comarca! Y no hemos extraído las lecciones. La solución es el federalismo europeo de verdad. Algo estamos avanzando, y la gente acabará dándose cuenta. Sobre todo cuando nuestros gobiernos jueguen algo más limpio y no digan que las decisiones que ellos también toman son porque Bruselas se las impone. ¡Pero es que en Bruselas ellos también están y, por desgracia, todavía tienen derecho de veto! Afronta tus responsabilidades y haz lo que tengas que hacer.

¿La posición española en Europa ha variado en función de quien lideraba el país? ¿O al final todo se reduce a una cuestión demográfica y económica y, en consecuencia, a medida que entran otros países la posición relativa de cada cual va cambiando, independientemente del liderazgo?

En un estado normal, que no es el de ahora con una economía floja y una pulcritud de la vida política perfectamente cuestionable—, España es un país bastante considerado y de una medida importante. Tiene un patio trasero interesante en el Mediterráneo y en América latina, por lo tanto es un país que, objetivamente, está en condiciones de poder contar. Pero las circunstancias económicas, políticas o de su liderazgo la pueden hacer subir o bajar.

¿Y ahora en qué punto estamos?

En política europea hubo un gran líder, Felipe González, que era capaz de establecer complicidades, de no apropiarse de los éxitos, de estar junto a aquellos de quienes le interesaba estar al lado… Antes de estar en Europa tuvo una carrera europea bastante extraordinaria. Apoyó a Helmut Schmidt y a Helmut Köhl antes de entrar a la Unión Europea en asuntos que a su partido hermano alemán no le gustaron nada, como en la doble decisión en la crisis de los euromisiles, por ejemplo. Fue en ese sentido un dirigente extraordinario, reconocido por todo el mundo. España no produce demasiados así. Alemania, en cambio, ha tenido unos cuántos líderes de primera: Konrad Adenauer, Willy Brandt y los dos Helmuts. Son cuatro en medio siglo. Alemania es un país mucho más potente que España.

A Angela Merkel no la incluyes en la lista.

Ya lo veremos, está a examen. Si hace el cambio social y hacia el crecimiento y encarna más una Alemana europea que una Europa alemana, tal como dice querer Wolfgang Schäuble… Pero todavía le falta mucho a Merkel para estar a la altura de los dos Helmuts.

¿Sin Europa estaríamos peor?

Cuando no teníamos Europa hicimos unas cuantas guerras. Las dos últimas fueron bastante gordas. Europa lo impide. Es una pregunta que se responde solo mirando la historia.

Turquía no está, todavía. ¿Sus dificultades para acceder a la UE son solo económicas?

¡No! Hay una parte cultural: que la derecha francesa y la derecha alemana no lo toleran.

Al final ha sido irrelevante que la referencia al cristianismo no estuviera presente en el preámbulo de la constitución europea.

No es igual que las cosas estén a que no estén, pero Sarkozy ya dijo en su momento que no a la entrada de Turquía. Veremos qué dice Hollande. Pero la derecha francesa no se lo traga y la derecha alemana, tampoco.

Se está renunciando a la posibilidad de integrar la diferencia y convirtiéndola en un enfrentamiento potencial.

Hay una cuestión cultural pero también hay otra de dimensión del país y de dimensión de la Unión. En primer lugar, por la imagen que tienen los alemanes o los franceses de sí mismos, ver un país que es notoriamente mucho más potente en términos demográficos que ellos, que dejarían de ser los primeros del ranking, es un golpe psicológico, no es fácil de aceptar. En segundo lugar, la dimensión territorial de la misma Turquía llega hasta Asia. ¿Hasta qué punto no entra el vértigo de estar extendiéndose demasiado? Aquello de quien mucho abarca, poco aprieta. Son dos temas importantes, junto con el aspecto cultural, que no están en el Tratado. Europa ya está en otros continentes: Martinica está en el Caribe y es Europa, las Canarias están en el mar africano y son Europa… Los países europeos son aquellos que políticamente lo son: es un contrato político, y no geográfico, el que nos une. A Turquía, por el factor geográfico, nada le impide serlo. Pero se hace difícil imaginar cómo funcionaría, yo entiendo estos peros. Lo que me molesta es el pero religioso y cultural. Turquía ha mejorado mucho. Su vocación europea la ha cambiado mucho: ha civilizado al ejército, haciéndole aceptar por las buenas o por las malas la supremacía del poder civil, ha cambiado la Constitución e incluso el problema kurdo está en una situación mejor que hace diez años, a pesar de que no es la situación óptima. Incluso con los retrocesos autoritarios que parece que está protagonizando Erdogan, Turquía está mejor de lo que estaba. La europeización, el camino hacia los valores europeos, le ha hecho un bien extraordinario a Turquía. Si la ciudadanía, que se presupone que tiene que ser inteligente, lo valora, no por entrar o no en el club Turquía tendría que tomar otro camino. Si adoptan unos valores, estos valores tendrían que ser inmunes a los avatares del periodo de negociación. Pero a mí me parece que hay otra cosa que los europeos nos tendríamos que plantear, que es un principio del derecho romano: Pacta sunt servanda. Se pactó que ellos podrían ser candidatos. Lo recuerdo perfectamente. Yo estaba en Helsinki en aquella cumbre de 1999 donde se dijo que Turquía podría ser candidata. ¡Pues haber dicho que no! Pero si dices que sí y después le pones palos en las ruedas porque no te gustaría que lo fuera, vamos mal. La Unión Europea es una comunidad de derecho. ¿Qué quiere decir? Que está ligada no por su poder militar sino por la fuerza de una voluntad de estar juntos, formalizada jurídicamente. Y, por lo tanto, por la seguridad jurídica y los valores que representa el derecho y no por otros tipos de fuerza. Y Europa tiene que ser leal a este valor fundacional.

El año 1994 entrevistabas Jacques Santer, entonces presidente de la Comisión, y decía que si en 1999 no había moneda única fracasaríamos. Estamos en 2013 y hay moneda única, pero también hay una cierta sensación de fracaso que no nos podemos quitar de encima.

El fracaso no es la moneda única, es la crisis. Estamos en crisis, sí, pero no está provocada por la moneda.

¿Pero la crisis sería igual?

¿Sabes cuánto duraba la soberanía monetaria española en tiempos de la peseta? Tres minutos. Este era el tiempo que tenía España para decidir en momentos de turbulencia si devaluaba o no su moneda, dentro de un umbral, o los otros países revaluaban las suyas. Francia y Reino Unido tenían cuatro minutos. Luxemburgo, tres segundos. ¡Esto era la soberanía monetaria!

¿El euro ha amortiguado la crisis o la ha agravado? Hay voces que reclaman salir.

La opinión es libre y equivocarse también.

Por esto queremos saber la tuya.

El euro tuvo diez años bastante brillantes. Es verdad que la situación de calma en los mercados monetarios, de ecualización de las deudas nacionales y de tipos de interés muy bajos facilitaron que no provocaron— que hubiera burbujas como la financiera e inmobiliaria española. La causa del diferencial de nuestra deuda no es el euro, es que aquí hubo una burbuja financiera e inmobiliaria. Como teníamos una situación de tipos de interés más bajos donde era muy fácil endeudarse, tirar de carrete fue mucho más propicio, pero la culpa es de los agentes que estiraron más el brazo que la manga y no controlaron los incentivos al comportamiento desordenado. Ni los españoles, ni los alemanes al facilitárselo. ¡Pero no era el euro! Si tú quieres, el euro, la unión monetaria, facilitaba que se cometieran estos errores. Pero volver a la situación de antes del euro… ¿tenemos que volver a las devaluaciones competitivas y continuadas para salir de las crisis que se den?

Ya estamos en una situación de devaluación, de hecho. No monetaria pero sí interna, con austeridad, recortes, bajada de sueldos, pérdida de prestaciones sociales…

Sí, es cierto. Hay una devaluación interna que se tenía que hacer, pero otra cosa es cómo se tenía que hacer. Pero lo cierto es que nosotros perdimos capacidad competitiva en todos los términos, entre ellos los costes laborales unitarios respecto a la media de nuestros vecinos. Que esta devaluación y un programa de saneamiento de finanzas públicas se tenían que hacer me parece de todo punto evidente, a pesar de que no esté de moda decirlo. Era imprescindible. Otra cosa es cómo, a qué ritmo y de qué manera se han repartido los costes, si es que se han repartido.

No parece que se hayan repartido muy bien.

Se han repartido mal porque la factura la pagan siempre los mismos. Una alternativa era haber hecho y acordado, primero, una periodificación asumible del programa de saneamiento. Esto es culpa de los españoles y de los colegas europeos, no de unos u otros, de todos. No es lo mismo emprender restricciones en un año que en tres. El impacto social varía extraordinariamente. Segundo, se ha cargado sobre determinados gastos y no sobre otros. Tercero, por la parte impositiva, es verdad que se han subido unos cuantos impuestos, pero la carga fiscal adicional ha perjudicado sobre todo a la gente con nómina, a través del IRPF, que es sobre las rentas salariales, y el IVA, sobre el consumo popular. Es decir, la factura principal de la crisis la han pagado y la están pagando las clases trabajadoras y medias.

¿Qué hay que hacer con los impuestos?

El Gobierno ha reconocido por fin que se tiene que hacer una reforma fiscal integral. Y tiene razón. No puede ser que haya tantas deducciones y exenciones al impuesto sobre sociedades como hay ahora, porque acaba siendo un impuesto a la carta, y quien tiene más capacidad para influir es quien se sale con la suya. Y esto no puede ser. No puede ser que la imposición sobre las rentas del trabajo sea tan superior a la imposición sobre las rentas del capital. Se tienen que arreglar unas cuantas cosas. Y no puede ser que haya gente que escape a toda imposición. El fraude fiscal lo tenemos que tratar como primera prioridad y tenemos que dotar a la Agencia Tributaria de los mecanismos suficientes y de orientaciones equilibradas. No puede ser que se revisen tres y cuatro veces rentas ya declaradas, ¡vayamos a buscar las no declaradas! Aquí tenemos uno de los récords europeos en economía sumergida. Hagámosla aflorar. Aprovechemos la crisis para intentar reequilibrar las cosas. En cambio, se ha aprovechado la crisis para hacer más desigual una sociedad que había hecho muchos adelantos hacia una cierta igualdad social.

¿Después de las quitas a los depósitos en Chipre, las clases populares y medianas pueden seguir creyendo que hay algo seguro en Europa?

Vivimos en la sociedad del riesgo, como dicen algunos de los filósofos alemanes. Lo que sería interesante es que esta sociedad del riesgo fuera de un riesgo relativamente controlado y proporcional. Por ejemplo, el escándalo que se formó cuando el Eurogrupo habló de hacer pagar parte de la crisis a los depósitos de menos de 100.000 euros ha vacunado de esta pretensión para siempre jamás, y se ha confirmado lo que ya era ley europea. El caso de Chipre… es verdad que los depósitos en general son una cosa más discutible, pero cuando los depósitos son de millones de euros al 5 o 8% no estamos hablando de depósitos sino de inversiones, por mucho que formalmente sean depósitos. La crisis de Chipre se gestionó fatal pero al final, por los resultados que ha habido tanto en forma de directivas hacia la unión bancaria como por la estructura de pago de las deudas—, no parece que la salida sea tan insensata, aunque las previsiones son demasiado optimistas y tarde o temprano habrá más disgustos. Es parecida a la que ha habido a los Estados Unidos, en la cual se han liquidado muchos bancos sin crear grandes problemas.

Hablando de bancos y riesgos, ¿cuál ha sido el problema: la falta de regulación y supervisión o una regulación mal hecha?

No ha habido regulación, ha habido muy poca.

¿Quién lo tiene que pagar? ¿El que no ha hecho la regulación? ¿El que se ha aprovechado de estos vacíos?

Estaría bien que los primeros en pagar fueran todos aquellos economistas que decían que todo estaba bien como estaba, sobre todo los de la escuela de Chicago. Que pagaran un euro simbólico a una hucha por los destrozos que se han hecho en su nombre, porque hay autores intelectuales de esta crisis. Hay un papel excesivo del sector financiero en toda esta crisis, y no solo del sector financiero convencional, sino también de comportamientos atípicos e irregulares. La City de Londres está llena de este tipo de comportamientos. Es desde allí desde donde se van fabricando todos los procedimientos irregulares. La City no es aquella cosa maravillosa que a veces se imagina, es el emporio de las trampas organizadas, de los productos derivados, de todas las innovaciones que buscan escaparse de la regulación… Parece que ahora se quieran retomar algunas de las cosas que empezó a hacer el G20 después de la crisis de Wall Street de septiembre de 2008 sobre los refugios fiscales y la erosión de las bases fiscales por parte de las multinacionales, que se escapan muchas de ellas de la fiscalidad de los países donde trabajan.

¿Quién crees que tendrá capacidad para hacerlo? Tú has acusado a la jerarquía de resignarse a que escampara la recesión, pero ¿si la jerarquía, que es la única que puede, no quiere, qué podemos hacer?

Acosar a los poderes.

¿Cómo?

¿Crees que esta nueva normativa que está a punto de adoptar el G20 en septiembre en San Petersburgo preparada por la OCDE se hubiera puesto en danza si no hubiera sido porque los ciudadanos han presionado y han hecho saber que están molestos con la forma de gestionar la crisis y de repartir los costes? ¿Si no hubiera sido porque han dicho que era un escándalo la cantidad de gente y empresas que se llevaban la pasta a lugares donde no cotizaban, mientras ellos perdían el trabajo y pagaban todo aquello que no pagaban los otros? ¿Tú crees que los líderes se estarían planteando esto si no hubiera este malestar y estas protestas sociales y organizaciones civiles como la Tax Justice Network, por ejemplo, no hubieran actuado? De ninguna de las maneras, se hubieran olvidado como lo hicieron después de las tres primeras reuniones del G20, después de la crisis de Wall Street. ¿Y por qué ahora se han acordado? Porque los ciudadanos ahora han protestado, porque hay un escándalo continuado de afloramiento de esta maravillosa traición de gente como Falciani que antes no podía traicionar porque no se podían llevar los datos en un lápiz de memoria. Esto ha cambiado y ahora la tecnología juega a favor. Hay una posibilidad de que la energía de la gente sea escuchada por los poderes.

¿A ti no te invitan a las tertulias porque sabes de qué hablas?

Eres muy amable. Yo sé un poco de dos o tres cosas. Y he tenido la suerte de que preguntaras por estas dos o tres cosas: un poco de Europa, un poco de economía, un poco de Cataluña y no mucho de todas ellas. Pero hay muchas cosas de las que yo no me atrevería a hablar en una tertulia. Hay gente que es más osada y habla de todo, sabe de todo. Es estupendo. ¡A mí me encantaría ser como estos leonardos! Oye: ¿no te parece que hemos hablado demasiado?

Xavier Vidal-Folch para Jot Down 6

Fotografía: Alberto Gamazo