Vislumbres de la boa tragando a un elefante

Vislumbres de la boa
Antoine de Saint-Exupéry (inferior) durante el rodaje de Courrier sud, 1937. Fotografía: Cordon Press.

Cuando tenía seis años lo llamaban «el Rey Sol». Era rubio de cabello ondulado, el primer hijo varón de aristócratas franceses. El padre, un vizconde cuyo apellido se remonta a las cruzadas; la madre, descendiente de un secretario real cuyos servicios fueron pagados con una baronía en el siglo XVIII. Este pequeño rey creció, por supuesto, entre dos castillos. Niño feliz, escribirá en uno de sus libros: «¿De dónde soy? Soy de mi infancia. Soy de mi infancia como se es de un país». boa

Nunca pretendió ser escritor, pero ya a los doce supo que sería piloto. Fue después de que el aviador Jules Védrines, celebridad en su época, le diera un paseo por el cielo en su monoplano. Volar entonces era nuevo, raro y peligroso. Tanto que, a los veintimínimos años, la familia de su prometida lo disuadió de perseguir esa carrera. La chica se llamaba Louise de Vilmorin y, muchos años después, sería la última mujer de otro escritor llamado André Malraux, quien por cierto llegó a comandar un grupo de pilotos voluntarios durante la guerra civil española. De cualquier manera, ella rompió el compromiso a los pocos meses y, con ello, el corazón del Rey Sol.

La decepción amorosa le inspiró su primer relato, «El aviador», que publicó Jean Prévost en la revista Le Navire d’Argent. A Prévost lo había conocido en casa de su prima Yvonne de Lestrange, igual que a André Gide y al editor Gaston Gallimard. Prévost, Gide y Gallimard fueron pronto los principales valedores de su creación literaria. Porque que no quisiera ser escritor no significa que no lo fuera. Escribía —y dibujaba— como respiraba, desde siempre; lo que pasa es que odiaba las reuniones de escritores. Le parecían, según le contó a una de sus amigas más queridas, Nelly de Vogüé, «comerciantes de literatura que se sientan a su mesa a una hora fija para cubrir un número previsto de páginas, como otra gente va a la oficina a vender tejas o camiones». Nelly, que lo conocía tan bien que escribió sobre él con seudónimo —Pierre Chevrier— hasta que fue una anciana, decía: «Él mismo no escribía más que movido por un deseo imperioso y animal que le hace apartar todo, a fin de conquistar su soledad creadora».

Esa soledad la encontró en Cabo Juby, adonde lo envió como jefe de plaza la compañía Latécoère, que cubría las rutas de correo aéreo entre Francia y las colonias saharianas. En ese rincón atlántico rodeado por tribus insurgentes, se ocupaba, con solo veintisiete años, de rescatar aviones y pilotos que hubieran caído en el desierto. El Rey Sol era capaz de seducir al jefe de cualquier tribu sublevada con sus maneras y su conversación. Por sus servicios en Cabo Juby, lo nombrarían después caballero de la Legión de Honor. En el silencio del fuerte, desarrolló aquel primer relato hasta convertirlo en una novela, Correo Sur. Le hacía compañía un pequeño zorro al que había amaestrado.

Desde el principio quedó claro que el avión era una herramienta que le permitía observar el mundo desde un lugar desde el que nadie lo había observado antes:

«La tierra, desde arriba, parecía desnuda y muerta; el avión desciende: ella se viste. Los bosques de nuevo la cubren; los valles, las laderas, imprimen en ella un oleaje: ella respira. Una montaña que sobrevuela, pecho gigante que yace, casi se infla hacia él».

El Rey Sol podía servirse de metáforas para hacer entender su pensamiento, pero dijo muy claro que no podía escribir sobre nada que no hubiera vivido. La pluma era consecuencia de su oficio, no viceversa. Toda su vida puede rastrearse en sus libros, estela de su avión. Los trabajaba a conciencia, redactando un mismo pasaje de tantas maneras como le fuera posible, cambiando, recortando, puliendo hasta dejar un diamante al lector. («La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar»).

Tuvo tal éxito su primera novela que Gaston Gallimard le hizo firmar un contrato por siete novelas más. Es el mismo año que al Rey Sol lo nombraron jefe de Aeroposta Argentina. Él y su equipo abrieron la ruta de correo en la Patagonia, entre Comodoro Rivadavia y Punta Arenas, sobrevolando los Andes. Abrir, en este caso, era literal y épico: los aviones en esa época solo podían ascender hasta los tres mil metros, así que los pilotos tenían que buscar el camino idóneo entre las montañas, cegados por las nubes y la nieve. Morían con facilidad, pero la línea, el servicio de correo, no podía detenerse. Para él, la línea era un esfuerzo al servicio de un bien común que elevaba y trascendía a los individuos. Así intentó contarlo en Vuelo de noche, donde retrataba a su jefe, el estricto Didier Daurat, en el personaje de Rivière:

El hombre era una cera virgen que se debía amasar. Había que infundir alma a esa materia, crearle voluntad. No pensaba esclavizarlos mediante esa dureza, sino hacerlos superarse. Castigando todo atraso, cometía una injusticia, pero enardecía la voluntad, creaba esa voluntad. No permitiendo a los hombres regocijarse en el mal tiempo como una invitación al reposo, los mantenía ansiosos de la bonanza, por lo que la espera humillaba secretamente hasta al último mecánico. Aprovechaban el mejor resquicio abierto en la estructura: “¡Buen tiempo al norte, en marcha!”. Gracias a Rivière, en quince mil kilómetros, el culto al correo primaba sobre cualquier otra cosa.

Rivière decía, a veces:

—Estos hombres son felices, porque aman lo que hacen y lo aman porque soy duro.

Vuelo de noche ganó el premio Fémina. Con dos libros, el Rey Sol era un best seller indiscutible. Para entonces, había conocido en Buenos Aires a Consuelo Suncín, una salvadoreña que lo cautivó de inmediato con su gracia y sus historias extravagantes. Aunque tuvo muchos amores a lo largo de su vida, solo se casó una vez, con ella. Fue un matrimonio desventurado. Consuelo era toda una femme fatale, vanidosa, voluble, fantasiosa y caprichosa.

Poco después de acabar él su servicio en Argentina, la Aéropostale fue liquidada por un escándalo de corrupción. Sin compañía en la que integrarse —lo rechazó en su plantilla la flamante Air France—, trabajó como piloto de pruebas y llevando a cabo misiones especiales y retos pagados. En varios casos, las aventuras terminaron en accidentes graves. Uno de ellos, con treinta y cinco años, en el desierto de Libia. Para ayudarse económicamente, no tuvo más remedio que escribir para periódicos y revistas. Paris-Soir lo envió a Moscú (1935) y al frente de Madrid (1937) y L’Intransigeant, a Barcelona, recién comenzada la guerra civil. Lo odiaba. Consideraba el periodismo como un vampiro que le impedía dedicarse a lo que le importaba. Sus crónicas, eso sí, causaban sensación:

Me senté frente a una pareja. Entre el hombre y la mujer, el niño, como pudo, se había hecho un hueco y dormía. Se dio vuelta durmiendo y su rostro se me apareció bajo la lamparilla. ¡Ah, qué rostro adorable! De esa pareja había nacido un fruto dorado. ¡De esos toscos trapos había nacido ese triunfo de la gracia y el encanto! Me incliné sobre esa frente lisa, sobre ese dulce hociquito, y me dije: «Este es un rostro de músico, este es Mozart niño, ¡qué bella promesa de la vida! Los principitos de las leyendas en nada se diferenciaban de él. Protegido, cuidado, cultivado, ¿qué no podría llegar a ser? Cuando en los jardines nace por mutación una rosa nueva, todos los jardineros se conmueven. Se aísla a la rosa, se la cultiva, se la favorece… Pero para los hombres no hay jardinero. Mozart niño será marcado como los demás por la máquina moldeadora. Mozart tendrá sus mayores alegrías de música corrompida en el hedor de los cafés cantantes. Mozart está condenado…».

En Guatemala, tierra de volcanes dormidos y despiertos, tuvo el quinto accidente de su carrera. Se rompió la mandíbula, la muñeca derecha y el brazo y el hombro izquierdos; las heridas se le infectaron y pasó seis semanas delirando en un hospital. Durante la convalecencia, elaboró su siguiente libro, Tierra de los hombres. «Solo seremos felices cuando tengamos conciencia de nuestro papel, incluso del más discreto. Solo entonces podremos vivir en paz y morir en paz, pues lo que da un sentido a la vida da sentido a la muerte». Tierra de los hombres, biblia laica, parecía una consecuencia directa del coma, pero en realidad eran sus artículos periodísticos reordenados y pulidos. La idea se la dio André Gide: si Joseph Conrad había contado la experiencia de la navegación en El espejo del mar, el Rey Sol debía hacer lo mismo con la experiencia de volar. Fue otro éxito rotundo.

Pero su prédica, universalista, honda, compleja, era vana en aquellos tiempos oscuros. Polarización, propaganda, tambores de guerra. El Rey Sol fue movilizado y, desde el aire, vio cómo los alemanes entraban en Francia en 1940 como el torrente de un río desbordado. Lo contó en Piloto de guerra, donde, una vez más, hacía hincapié en la fraternidad entre los hombres, aquello que une por encima de las ideologías. El libro fue prohibido por Charles de Gaulle en la Francia libre. El futuro instaurador de la V República francesa había declarado en plena guerra, demostrando una mezquina comprensión lectora, que el escritor piloto simpatizaba con los alemanes; el escritor piloto consideraba a De Gaulle un autoritario, inadecuado para conciliar el ánimo dividido entre los franceses. La grandeur de Francia, bandera ostentosa del general, lo dejaba al pairo. Dolido y asqueado por las posturas encontradas dentro del bando que defendía la libertad, partió a Nueva York.

Aún intentaría darse a entender en otro librito, casi un panfleto de sus ideas, Carta a un rehén. Está dirigido a su amigo Léon Werth, judío atrapado en la Francia ocupada. La amistad le era un sentimiento primordial:

¿Y no es la calidad de la alegría el fruto más precioso de la civilización a la que pertenecemos? Una tiranía totalitaria también podría satisfacer nuestras necesidades materiales. Pero no somos ganado de engorde. La prosperidad y la comodidad no bastan para satisfacernos. Para nosotros, que fuimos educados en el culto del respeto por el hombre, esos encuentros sencillos que a veces se transforman en fiestas maravillosas cuentan mucho…

Viviendo a la fuerza en un país extranjero del que se negaba a aprender la lengua, dibujaba a todas horas, en cartas, apuntes y servilletas de papel, a un petit bonhomme con bufanda y de cabello ondulado. Así se veía a sí mismo, decía, cuando el espejo se empeñaba en devolverle la imagen de un oso grande y calvo. «¿Por qué no le escribes un cuento a ese personaje?», le preguntó un editor, pues los editores siempre están proponiendo libros a los escritores aunque los escritores no tengan ganas de escribirlos. «Lo publicaremos en Navidad y lo venderemos para niños». El libro salió, pero, a diferencia de todos los suyos anteriores, nadie le hizo mucho caso.

Hoy está traducido a más de trescientas lenguas, incluido el dialecto árabe que se habla en Cabo Juby. Nunca se sabrá qué habría pensado de esto el Rey Sol. Antoine de Saint-Exupéry, como es sabido, desapareció, probablemente derribado, durante un vuelo de reconocimiento en la Segunda Guerra Mundial en 1944. El principito es el sombrero que impide ver a la boa tragando a un elefante.


El príncipe, la princesa y el principito

El principito
Imagen: PFB. Rue des Archives. Cordon Press.

No hay nada tan estúpido como un príncipe. (Stendhal)

El príncipe azul, múltiple pero único, siempre el mismo, tan genérico que ni siquiera necesita un nombre propio; la princesa encantada o encantadora, cautivadora o cautiva, soñadora o durmiente; el principito suicida, fruto de una alucinación y semilla de muchas… Si hay algo tan estúpido como un príncipe —o una princesa— es el uso que del símbolo ha hecho nuestra cultura, y muy especialmente la mal llamada literatura infantil.

En esos «pequeños mitos» que —en palabras de Lévi-Strauss— son los cuentos maravillosos tradicionales, el protagonista suele culminar su peripecia iniciática casándose con la princesa de turno (o, menos frecuentemente, la protagonista con el príncipe) y subiendo al trono, el vértice simbólico de la pirámide social. Y en numerosos relatos inspirados en el acervo tradicional, análogos símbolos suelen transmitir las mismas ideas y valores. Y algunos incluso logran superar a sus modelos en toxicidad potencial. Y digo «potencial» porque el efecto estupefaciente de los cuentos maravillosos y sus derivados depende, en buena medida, de cómo se presenten e interpreten, sobre todo cuando van dirigidos a un público infantil. En este sentido, es especialmente significativo el caso de El principito.

Cuesta entender que algunos progenitores y docentes pongan en manos de niñas y niños de corta edad un libro como El principito, concebido —según cuenta el propio autor— con el cerebro recalentado por el sol del desierto e impregnado de una profunda melancolía, así como de un visceral —por no decir neurótico— rechazo de «las personas mayores». En vez de invitar a superar esa etapa de indefensión e incompletitud que es la niñez, a aventurarse en el mundo adulto —a crecer, en una palabra—, El principito induce al inmovilismo o a la regresión con su visión nostálgica e idealizada de la infancia, una infancia supuestamente edénica, pura e incontaminada.

«Las personas mayores nunca entienden nada —dice Saint-Exupéry— y es fatigoso, para los niños, tener que explicárselo siempre todo… A las personas mayores les gustan las cifras… Pero, por supuesto, los que entendemos la vida nos reímos de los números».

Este tipo de comentarios pueriles —en el mal sentido de la palabra— vertebran toda la narración; algunos, tomados aisladamente, pueden parecer irónicos, pero el relato completo, a pesar de su ambigüedad, resulta inequívoco, al menos en este aspecto.

No deja de ser significativo el anaritmetismo militante del autor, sus reiterados ataques a los números, los cómputos y las mediciones, puesto que el pensamiento cuantitativo supone la madurez de la razón, y no solo a nivel individual, sino en la evolución misma de la humanidad. La ciencia propiamente dicha empieza cuando Galileo proclama que el libro del universo está escrito en el lenguaje de la matemática y lanza su consigna fundacional: «Hay que medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es». Saint-Exupéry, aviador apasionado, parece olvidarse, en su delirio regresivo, en sus pueriles ataques de aritmofobia, de que si puede volar es gracias a los cálculos y las mediciones de esas «personas mayores a las que les gustan las cifras».

El principito vive en un diminuto asteroide, clara metáfora del restringido y egocéntrico mundo infantil. Llega a la Tierra en busca de amigos y encuentra al menos dos: el zorro y el propio narrador; pero decide regresar a su isla celeste, a cuidar de su engreída rosa. Da la espalda al mundo de los otros, que acaba de descubrir, deseoso de volver a su torre de marfil, a su relación masoquista con su tiránica flor, a su fóbico rechazo de la sociedad. Y para poder marcharse se hace picar por una serpiente venenosa, puesto que el suicidio es la única forma de liberarse del peso del cuerpo y abandonar este mundo. No en vano El principito es el testamento literario de un hombre profundamente desengañado que corría —volaba— hacia la muerte.

No se trata de cuestionar el derecho de Saint-Exupéry a suicidarse, si es que lo hizo (sabía que no estaba en condiciones de volar cuando despegó por última vez en julio de 1944), o a volcar su angustia en un cuento, sino de impugnar la conversión de ese canto a la regresión en un clásico de la literatura infantil. Las historias destinadas a las/os más jóvenes no tienen que edulcorar la realidad ni eludir sus aspectos negativos; pueden —y acaso deban a veces— asustar a los niños, pero no deprimirlos; pueden transmitirles preocupación o inquietud, pero no amargura. Pueden —y deben— criticar el mundo de los adultos, pero no descalificarlo con argumentos pueriles o contraponiéndolo a una infancia supuestamente idílica.

Saint-Exupéry
El celo. Imagen:PFB. Rue des Archives. Cordon Press.

Decía Chesterton que los cuentos maravillosos nos dicen dos cosas: que hay ogros y que podemos vencerlos. Ese es su mensaje más claro y reconfortante, la tranquilizadora moraleja tras el susto de ver a Pulgarcito y sus hermanos a punto de ser devorados. Esa es su función exorcística, que pasa por ponerle nombre y rostro al miedo para poder desactivarlo, o cuando menos atenuarlo, mediante la derrota del monstruo o el «malo» de turno. Y eso explica, al menos en parte, la paradójica atracción que sienten muchos niños y adolescentes por las historias de terror. Pero si, veladamente, el cuento nos dice que el ogro es el mundo y que la bruja caníbal es la sociedad o la vida misma, en vez de conjurar el miedo lo convierte en tristeza (esa tristeza roedora que Neruda llamó huevo de telaraña).

Es muy revelador que El principito, el libro (supuestamente) para niños más vendido de todos los tiempos, y los cuentos de Hans Christian Andersen, el más famoso autor de la mal llamada literatura infantil (cuyo premio internacional más prestigioso lleva su nombre), respondan a la misma fórmula: una mezcla de humor, poesía, sentimentalismo y nostalgia tan seductora para muchos adultos como potencialmente tóxica para las/os más jóvenes.

Si Andersen siempre hubiera escrito en la línea de El traje nuevo del emperador, cabría situarlo junto a los Swift y los Voltaire en la gran corriente satírica de la literatura occidental. Pero no podemos dejarnos engañar por los ocasionales —y a menudo geniales, todo hay que decirlo— rasgos de humor del autor de La pequeña cerillera y El soldadito de plomo. Andersen transmitió su escapismo compulsivo (1), su enfermizo sentido de la resignación y su rechazo de lo terrenal a muchos de sus lacrimógenos cuentos, que invitan a pasar del presunto paraíso de la infancia al ilusorio paraíso del más allá, con notable desprecio de la vida adulta y responsable que hay —o debería haber— en medio.

«En la gélida madrugada, encontraron a la niña sentada aún en el rincón de la calle, con las mejillas amoratadas y los labios entreabiertos en una sonrisa, muerta de frío durante la Nochebuena. El sol de Navidad se apresuró a amortajarla con sus primeros rayos. La niña estaba rígida, y guardaba aún en su delantal la caja de cerillas». Ni Poe ni Lovecraft lo habrían hecho mejor.

¿Qué cuentos les contamos a las niñas y niños de corta edad, en esa indefensa etapa denominada «fase de impregnación»? ¿Qué libros ponemos en sus manos cuando empiezan a leer? ¿Qué escribimos quienes nos dedicamos a la mal llamada literatura infantil? ¿Nos lo preguntamos tan siquiera, o nos limitamos a seguir pautas establecidas desde antiguo y rara vez cuestionadas? De las respuestas que demos a estas preguntas, y de lo que hagamos en consecuencia, depende, en buena medida, la salud mental de las próximas generaciones. Es decir, el futuro de la humanidad.


(1) Un escapismo no solo metafórico: Andersen siempre viajaba con una larga cuerda en la maleta por si tenía que huir descolgándose por una ventana.


El Principito traducido al idioma de Star Wars

Imagen: Tintenfass.

El principito, escrito por Antoine de Saint-Exupéry, es el libro más traducido del mundo, solo superado por la Biblia y el Corán. Lo atestigua la Unesco en su base datos Index Translationum, donde registra un total de mil doscientos veinte volúmenes editados con este título en trescientos veintiún idiomas. La cualidad de esta obra para reflejar lo humano de forma universal, que la ha convertido en un clásico de la literatura, justificaría este liderazgo. Pero en realidad no hubiera alcanzado ese primer puesto sin la intermediación del lingüista alemán Walter Sauer, cuya editorial Tintenfass ha realizado ochenta y ocho del total de traducciones, y continúa añadiendo nuevas año tras año.

Walter Sauer es un sabio a la antigua usanza, apasionado por su campo de especialidad, la lengua, y a la vez un idealista que defiende el uso y conservación de lenguajes minoritarios. Su especialización en inglés medio le ha convertido en un profundo conocedor de Los cuentos de Canterbury, escritos en esa versión medieval de la lengua inglesa. En esta reunión de relatos encontramos definidas las características literarias del cuento, análogas a las que aún podemos identificar en clásicos posteriores como los de Perrault y los Hermanos Grimm. Fueron escritos en un lenguaje llano y comprensible por su autor, Geoffrey Chaucer, lo que los hizo muy populares desde su publicación. Sauer ha identificado esa doble sencillez del argumento y la sintaxis como las dos herramientas más útiles para iniciarse en el aprendizaje de cualquier idioma. Y, bajo su personal criterio, no existe libro que mejor recoja estas características en nuestro tiempo que El principito. Es, por tanto, el más idóneo para traducirse a todas las lenguas del mundo.

Con esta intención pedagógica fundó su editorial, que trabaja con apenas una docena de títulos, pero cuyas traducciones suman ya doscientos sesenta y siete volúmenes en su catálogo. En él están incluidas obras de la literatura infantil universal de autores alemanes, como Los cuentos de Hoffman. También Max y Moritz de Wilhelm Busch, uno de los primeros libro-álbumes ilustrados y referencia aún para ilustradores, donde dos hermanos gemelos no paran de hacer divertidas barrabasadas. Tan popular que algunos matrimonios alemanes eligen estos nombres para sus gemelos. También El principito es un libro para niños, aunque haya sido desde su publicación muy popular entre adultos, y por su sintaxis resulta muy asequible al estudiante de una lengua extranjera, tanto si se inicia en ella, como si profundiza en su estudio. Resulta además muy útil a aquellos miembros de comunidades lingüísticas cuyos idiomas se aprenden únicamente de forma oral y en el ámbito doméstico, como el kambaata empleado por medio millón de etíopes, o el dialecto alemán Hunsrücker que se habla en la zona de Río Grande, al sur de Brasil. Las ediciones de Tintenfass ayudan a fijar las normas de transcripción y las reglas sintácticas de estos idiomas, gracias a la colaboración de lingüistas especializados, que suelen hacerlo de forma altruista.  

Esas traducciones a lenguas minoritarias de unas pocas obras han llevado a la prensa de su país a calificar cariñosamente a Sauer de «lunático». Y es cierto que revisando su catálogo hay volúmenes cuyo valor es difícil de entender. Como el que está publicado en inglés pero transcrito con el alfabeto Aurebesh, el sistema de escritura de La guerra de las galaxias. Esta es la grafía de transcripción del «básico galáctico», hablado por gran número de especies humanas y no humanas, y por la mayoría de soldados de asalto imperiales. En el mundo de fantasía de George Lucas, naturalmente. Pregunten si no al próximo Darth Vader que vean paseando por una feria del cómic.

Imagen: Tintenfass.

Pero nos equivocaríamos pensando que Sauer es un excéntrico que se deja arrastrar por su pasión por los idiomas atípicos. También es un hombre capaz de sostener su negocio identificando nichos de mercado, con pequeñas tiradas, apoyándose en la compra online, y en las peticiones de unos cientos de ejemplares que hacen a Tintenfass las instituciones dedicadas a la enseñanza de determinadas lenguas. Como el código morse. Para quien no lo recuerde, este es un alfabeto donde las letras son sustituidas por conjuntos de punto y raya. Un conocimiento muy necesario hace más de un siglo, cuando el telégrafo era un medio de comunicación tan fundamental como internet lo es hoy. Y que fue empleado además en las contiendas bélicas traducido a señales luminosas de largo —raya— y corto —punto—, para comunicarse a distancia. Lo mismo que en los primeros submarinos. Tintenfass cuenta también con su Principito en morse, para quien quiera habituarse a su uso, concretamente «•−•• • / •−−• • − •• − / •−−• •−• •• −• −•−• •». Si están preguntándose por qué ven tres palabras en lugar de dos, se debe al idioma en que se ha transcrito el morse, el francés original con el título Le Petit Prince.

La existencia de este par de extravagantes traducciones se comprende mejor si aclaramos que existen en todo el mundo coleccionistas orgullosos que atesoran cuantas ediciones de El principito se publican. La mayoría de ellos no podrán leerlas jamás, pero su mera posesión les produce un placer indescriptible. El caso más significativo y metódico es del Jean-Marc Probst, un coleccionista que ha creado una fundación para este fin, y que acumula ya cuatro mil seiscientas noventa ediciones de este libro, además de otros documentos relacionados. Su objetivo es conservar y difundir la obra de Saint-Exupéry relacionada con este título. En un grado menor de apasionamiento por El principito, pero mayor por su propia afición, están los seguidores de Star Wars, los practicantes del idioma élfico de El señor de los anillos, que cuentan con sus propias gramáticas, y los que aprenden el idioma klingon de Star Trek. La editorial de Sauer aún no ha proporcionado su título a los últimos dos colectivos, pero no descarta hacerlo en el futuro. Porque si en algo coinciden esos adorables frikis es en comprar cualquier cosa que esté escrita en esos lenguajes imaginados. Además de en los fantásticos disfraces que pasean por los grandes eventos del cómic.

Para ser justos, hay que aclarar que han sido los hijos de Walter Sauer los que han incorporado a Tintenfass estas versiones más lúdicas de El principito, mientras que él mismo permanece fiel a las ediciones útiles para el ámbito académico. La más significativa es la edición bilingüe en francés y jeroglífico clásico. Sí, el idioma esculpido en piedra en las tumbas de los faraones y pintado en las cámaras funerarias de las pirámides. Además de su rareza, es un homenaje a Jean-François Champollion, quien consiguió descifrar la escritura jeroglífica gracias al estudio de la piedra Rosetta. Quien desee dominar la lengua de los escribas faraónicos puede usar el libro de Saint-Exupéry, cumpliendo así la intención original de la editorial, proporcionar libros que faciliten el aprendizaje y difusión de idiomas minoritarios. O, en este caso, desaparecidos. Los apasionados por las lenguas antiguas encontrarán otros como el ladino —El princhipiko—, idioma que aún hablan los judíos sefarditas repartidos por el mundo; o el sánscrito —Kaniyaan RaajakumaaraH—, hoy lengua litúrgica del hinduismo, jainismo y budismo.

El idioma español no ha sido ajeno tampoco a las iniciativas de Tintenfass, una de cuyas realizaciones más recientes se ha concretado en Er Prinzipito. Prueben, por favor, a leer en voz alta, la siguiente frase: «¡A! Ehtoi rezién dihpertá… Le pío ke me perdone… Otabía ehtoi to dehpeluhná…». Esto es idioma «andalú», o andaluz si lo prefieren, y se traduce así: «Ah, me acabo de despertar… le pido que me perdone… todavía estoy toda despeinada». Antes de enarbolar las hachas de guerra para defender que la forma de hablar de los andaluces no es una lengua, recuerden el ideal que guía a Walter Sauer. Cualquier medio lingüístico de expresión humana es relevante, y respetable culturalmente.

Precisamente eso es lo que defienden para sí mismos en Z. E. A., «Zociedá pal Ehtudio´el Andalú», una de esas asociaciones capaces de llamar la atención de Sauer. El lingüista se puso en contacto con ellos para solicitar un traductor pro-bono, que realizara la traslación al andaluz de forma gratuita. Después de algunas dudas, el trabajo lo aceptó Huan Porrah Blanco, doctor en Antropología Social, licenciado en Filosofía, y miembro numerario de Z. E. A. Entendiendo que así colaboraba en la promoción de una lengua cuyo pleno derecho como idioma defiende. Aunque otros lingüistas consideren que no es más que un dialecto regional del español. En opinión de Porrah Blanco, el lenguaje sencillo de Le Petit Prince y su contenido sobre facetas de la condición humana universalmente compartidas por todas las culturas lo convierte en una obra idónea para traducirse a todos los idiomas. En cuanto al andaluz en sí mismo, el traductor defiende que presenta una infinidad de hablas, las cuales son parte de su riqueza, y que su versión corresponde al dialecto de la Algarbía, que él mismo aprendió en su ámbito familiar y social. No vería mal que otros se animaran a trasladarlo a diferentes variedades dialectales andaluzas.

Pero qué utilidad puede tener un libro como Er Prinzipito, entendido como manual para enseñar andaluz, si es una lengua que se aprende en el ámbito doméstico. Esta fue una de las preguntas que Porrah Blanco tuvo la amabilidad de contestarme, haciendo la reflexión personal de que no debe restringirse el andaluz a un acento, ni negarle su condición lingüística como si fuera un castellano mal hablado, que es lo que se hace oficialmente desde el Estado español y la Junta de Andalucía. Esa percepción hará que los niños lo eviten, pues expresarse en correcto español será una forma de mostrar su buena educación, y hará que releguen su lengua al olvido. Si lo consideramos desde ese punto de vista, Er Prinzipito cumple con los principios que Sauer persigue en todo el mundo, preservar las expresiones idiomáticas. El lingüista alemán, fiel a sus ideales, acudió a la presentación de este libro, realizada en la sede de Z. E. A.

Que la publicación de Er Prinzipito suscitara polémica, o que incluso fuera calificada de estupidez, demuestra que la eterna discusión entre qué es dialecto y qué idioma resulta tan universal como los valores humanos contenidos en el libro de Saint-Exupéry. En otro rincón del mundo, la República de Mauricio, país al oriente de Madagascar, la polémica la abandera Zistwar Ti-Prens, título en morisyen, o criollo mauritano. Esta lengua criolla hablada por los esclavos tiene una base francesa sobre la que se han hecho incorporaciones del inglés y el portugués. Hoy es el idioma doméstico de muchos mauricianos, pero no ha sido reconocido como lengua oficial. Y eso es, en opinión de Dev Virahsawmy, traductor de El principito para Tintenfass, una barbaridad. Porque muchos niños no son capaces de tener buen rendimiento escolar en inglés, idioma usado para la enseñanza, pero mejoran notablemente si se les educa en criollo. No es solo su visión, sino la defendida por el MMM, Movimiento Militante Mauriciano, segunda fuerza política en el Parlamento de su país, y partido al que perteneció en el pasado. Virahsawmy es además lingüista, escritor, y autor de obras de teatro, poesía, novelas y ensayos, todas ellas en criollo mauritano. Dado que se trata de un idioma que no tenía versión escrita, ha sido él quien más ha contribuido a proporcionarle su forma léxica, ortográfica, e incluso a fijar su sintaxis. Y con la versión traducida de El principito da un paso más en su reconocimiento.

Pero no todas las iniciativas de Tintenfass suscitan polémica, y el trabajo sostenido de Walter Sauer ha logrado llamar la atención de importantes instituciones dedicadas al estudio de las lenguas. Compartiendo una idea común, recientemente han tomado la decisión de contribuir a su iniciativa de traducir El principito, entendiendo que no solo sirve para difundir el conocimiento de los idiomas, sino para establecer puentes entre culturas. Tal ha sido el caso en la reciente publicación de Ndoomu Buur Si, el volumen en idioma wólof. Hablado en Senegal y Gambia, esta traducción es fruto del trabajo conjunto entre el IFEF, Instituto Francófono para la Educación, la Organización Internacional para la Francofonía, la fundación de Jean-Marc Probst —a la que se hizo alusión más arriba— y la República de Senegal. Su traductor, Nicolas Quint, es director de investigación en lingüística africana. El wólof no es el primero de los idiomas africanos en que Tintenfass publica El principito, que también ha aparecido en kinyarwanda, lengua bantú, o koalib, de la familia lingüística Níger-Congo. Pero puede considerarse el cierre de un círculo en torno a la principal obra de Saint-Exupéry.

Y es que El principito existe gracias a un habitante del desierto. Un hombre capaz de orientarse en sus arenas, un beduino que hablaba nafusi, lengua bereber. Él halló a Saint-Exupéry y a su compañero de vuelo cuando llevaban cuatro días en mitad del Sáhara, ya prácticamente deshidratados y al borde de la muerte. Era el 3 de enero de 1936, y el escritor usaría esa experiencia para escribir su novela Tierra de hombres, publicada tres años más tarde. El pequeño príncipe llegaría casi una década después, como síntesis de la pasión que el autor sentía por el desierto. Ese lugar cuya belleza, según él, radicaba en sus pozos de agua escondidos. El principito encadena dos narraciones, la del piloto que trata de reparar su avión en mitad de las dunas de arena, y la de esa aparición improbable, ese príncipe llegado de un remoto planeta. Es una historia llena de lirismo, pero también un cuento de iniciación en el camino de la niñez a la vida adulta. El argumento que está en la mayoría de mitos y cuentos ancestrales contados por el hombre. Una historia universal que admite su traducción a cualquier idioma. Y es que, sin importar cuál haya adquirido un determinado grupo humano para expresarse, hallará que la historia de Saint-Exupéry les habla a ellos, por encima de diferencias idiomáticas y culturales. Da igual que sea leído en una aldea masái, o en una reunión de locos por La guerra de las galaxias. El texto y los dibujos de aquel aviador que se perdió en el mar siguen hablando, sin distinción, al corazón de cada uno de nosotros, recordándonos, por encima de todas las diferencias en nuestra habla, color de piel o creencias, que somos una misma especie.


Dedicado a quienes nunca leen las dedicatorias

Dedicado a todos aquellos que nunca leen las dedicatorias.
Vosotros os lo perdéis.

La página ignorada

La dedicatoria de cualquier libro es la página que más rápido se lee y la que menos interesa a la mayoría de los lectores. Por su propia naturaleza de misiva para alguien muy concreto y ajeno por completo al resto del texto, no suele llegar a ser mucho más que una anécdota efímera en el mundo literario. Pero en ocasiones, y gracias a la habilidad de ciertos autores, la propia página dedicada, un elemento completamente libre que carece de restricciones, se ha convertido en algo tan maravilloso como para propiciar que existan rincones entregados en exclusiva a coleccionar dedicatorias. Este mismo texto está a punto de convertirse en uno de ellos.

Familia

El matemático Joseph J. Rotman firmó a finales de los ochenta el volumen Una introducción a la topología algebraica y tuvo el detalle de utilizar las páginas de aquel libro de texto para acordarse de su familia más cercana: «A mi mujer Margarit y a mis hijos Ella Rose y Daniel Adam, sin ellos este libro se hubiese terminado hace dos años». La coña de Rotman era maja, pero plagiaba con descaro al escritor P. G. Wodehouse que sesenta años antes había estampado en su colección de historias cortas The Heart of a Goof una dedicatoria que rezaba «Para mi hija Leonora, porque sin su simpatía y estímulo inquebrantables, este libro habría sido terminado en la mitad del tiempo». La cómica Chelsea Handler dedicó su libro Chelsea Chelsea Bang Bang «A mis hermanos y hermanas. Menuda… banda de gilipollas». Matthew Klein rindió homenaje a su madre desde la primera página del libro No Way Back al mismo tiempo que le rogaba que se saltase las escenas de sexo. Las aventuras de La tierra de las historias: el hechizo de los deseos venían precedidas por unas palabras de su autor, Chris Colfer, que decían «Para mi abuela. Por ser mi primera editora y darme el mejor consejo de escritura que jamás haya recibido: “Christopher, creo que deberías de esperar hasta que hayas acabado la escuela primaria para dedicarte a ser un escritor fracasado”».

Tobias Wolff se tomó una revancha en Vida de este chico al escribir: «Mi padrastro solía decir que yo no sabía ni rellenar un libro. Bueno, aquí está». El dibujante Moose Allain explicó en I Wonder What I’m Thinking que aquel libro estaba dedicado a «mi mujer Karen, que es un 90% inspiración y un 90% paciencia. No, eso no suma 180%. Ella es multitarea». John Foot escribió Calcio: a History of Italian Football y se lo ofreció a su padre «porque amaba el fútbol» y a su hijo «porque odiaba el fútbol». Andy Weir otorgó su famosa El marciano «A mamá, que me llama “Pepinillo”. Y a Papá, que me llama “Tío”». Judd Apatow dedicó a sus padres uno de sus libros al mismo tiempo que los acusó de haberle provocado enfermedades mentales. Nothing Can Possibly Go Wrong tenía dos autoras, Prudence Shen y Faith Erin Hicks, y en consecuencia dos dedicatorias que compartían el mismo espíritu: «Para mis padres, a pesar de que nunca me compraron un robot» y «Para todas las chicas geek». Douglas Adams estampó en las aventuras de Dirk Gently un «A mi madre, a quien le gustó la parte del caballo».

Nothing Can Possibly Go Wrong.

En 1991, Christina Rosenvinge escribió «Para Ray, él sabe por qué» en los agradecimientos del disco Que me parta un rayo. Y en 1992 Ray Loriga rotuló un «Para Christina, ella sabe por qué» en las páginas de Lo peor de todo. Los versos satánicos de Salman Rushdie se publicaron con una dedicatoria para su esposa Marianne, pero cuando ambos se divorciaron las reediciones sustituyeron aquella línea por un «Para las personas y organizaciones que han apoyado este libro». La dedicatoria de El fin de la aventura de Graham Greene variaba según la edición: en algunos casos lucía un «Para C» y en otros un «Para Catherine», siendo ambas personas Catherine Walston, una mujer casada, de la que Greene era padrino, con la que mantenía una aventura. Aquello resultaba bastante gracioso teniendo en cuenta el propio título del libro.

C. S. Lewis se montó su propia película entrañable a la hora de dedicar el primer volumen de Las crónicas de Narnia, El león la bruja y el armario:

Para Lucy Barfield.

Mi querida Lucy,

Escribí esta historia para ti, pero cuando la empecé no había caído en la cuenta de que las muchachas crecen más rápidamente que los libros. Por tanto, ya eres mayor para los cuentos de hadas y, para cuando el relato esté impreso y encuadernado, serás aún mayor. Sin embargo, algún día serás lo bastante mayor para volver a leer cuentos de hadas, y entonces podrás sacarlo de la estantería superior, quitarle el polvo y decirme qué opinas de él. Probablemente, yo estaré tan sordo que no te oiré, y seré tan viejo que no comprenderé nada de lo que digas. A pesar de todo seguiré siendo tu querido padrino.

Una serie de catastróficas desdichas.

Cada una de las entregas de la saga de trece libros de Una serie de catastróficas desdichas incluyó una dedicatoria a la misma persona: Beatrice Baudelaire, el amor perdido y ficticio del hombre que firmaba cada libro, un escritor llamado Lemony Snicket que también formaba parte de la ficción. Los textos de Snicket eran tan optimistas y fabulosos como las novelas a las que precedían: «Para Beatrice. Nuestro amor rompió mi corazón, y detuvo el tuyo», «Para Beatrice. Nuestro amor vivirá para siempre. Tú, sin embargo, no lo hiciste», «Para Beatrice. Cuando te conocí me quede sin aliento. Como tú estás ahora», «Para Beatrice. Siempre estarás en mi corazón, en mi mente y en tu tumba» o «Para Beatrice. Nadie pudo apagar nuestro amor, ni tu casa».

Lo de Tad Williams fue portentoso, el escritor estadounidense aprovechó las páginas iniciales de los cinco volúmenes de la serie Otherland para fabricar un running gag muy simpático protagonizado por su mismísimo padre. El primer libro rezaba: «Este libro está dedicado a mi padre Joseph Hill Evans con amor. En realidad, papá no lee ficción, así que si nadie le cuenta esto, nunca lo sabrá». El segundo tenía un «Este libro está dedicado a mi padre Joseph Hill Evans con amor. Como dije antes, papá no lee ficción. Todavía no se ha dado cuenta de que esto está dedicado a él. Este es el volumen dos, vamos a ver cuántos más sacamos hasta que se entere». El tercero anunciaba: «Esto está dedicado a ya-sabes-quién aunque él no lo sepa. A lo mejor podemos mantener esto en secreto hasta el último número». El cuarto explicaba: «Mi padre todavía no ha descubierto los libros, así que no, aún no lo sabe. Creo que tendré que decírselo. Quizás debería decírselo sutilmente». Y el quinto, y último, remataba con un fantástico «Todos los que estén aquí a quienes no les hayan dedicado un libro que den tres pasos al frente. Ups, papá, espera un momento…».

El séptimo arte

Al guionista Charlie Kaufman le encargaron adaptar al cine un libro inadaptable (El ladrón de orquídeas de Susan Orlean) y el hombre optó por escribir un guion muy loco sobre lo imposible de adaptar aquellas páginas. Una trama protagonizada por el propio Kaufman y su inexistente hermano gemelo, la película que surgió de todo fue Adaptation (El ladrón de orquídeas) y llegó con una dedicatoria muy sentida a la memoria de aquel Donald Kaufman que nunca existió. The Beatles dedicaron la película Help! al inventor de la máquina de coser, Elias Howe, tras llegar a la conclusión de que si el hombre nunca hubiese existido no tendrían nada que ponerse. Guillermo del Toro dedicó Pacific Rim al gran Ray Harryhausen (creador de la mejores criaturas de stop-motion) y al no menos enorme Ishiro Honda (el hombre que incubó a Godzilla) por ser los papás originales de los monstruos. Steps Trodden Black, una producción ultra low-cost rodada entre amigos, se presentó con un «Esta cinta está dedicada a la memoria de Jairin Brantly. Él no está muerto ni nada por el estilo, pero se acaba de mudar a Arizona y lo echamos de menos». La dolorosa, por los motivos equivocados, Street Fighter rindió tributo a un Raúl Juliá, que falleció poco después de participar en ella: «Para Raúl. Vaya con Dios». Aquella Batman: la película de 1966 que protagonizó el incombustible Adam West mostraba el siguiente discurso:

Deseamos expresar nuestra gratitud a todos los enemigos del mal y los cruzados contra el crimen del mundo por su ejemplo inspirador. A ello, y a los amantes de la aventura, los amantes del escapismo puro, los amantes del entretenimiento sin adulterar, los amantes de lo ridículo, de lo extraño y de la diversión, está dedicada respetuosamente esta película. Si hemos pasado por alto a algún grupo considerable de amantes, nos disculpamos.

Los productores.

Help! Imagen: United Artists.

Kevin Smith suele acomodar entre los créditos finales de sus películas ristras interminables de agradecimientos hacia todo tipo de personas. Unas listas que siempre están encabezadas por una entidad todopoderosa: Clerks 2 arranca sus agradecimientos con un «A Dios, aquel que mantiene el latido de mi corazón y me vuelve agradecido y temeroso». Mallrats con «A Dios, por darme otra oportunidad para contar mis estupideces». Y en Jersey Girl se puede leer: «A Dios, quien por lo visto sigue siendo un fan mío, y viceversa», justo antes de «A Jenny. La prueba de que Dios sigue siendo un fan». El caso de la secuela de Clerks también es destacable porque en sus créditos finales al gordo de Nueva Jersey se le fue la mano con lo de dar las gracias y se le ocurrió añadir los nombres de todos aquellos que se habían apuntado a la red de colegas de su MySpace: 163.070 personas que convirtieron aquellos títulos de crédito en los más largos y aburridos de la historia del cine.

A lo loco

A los tarados que ejercen de editores en la web Cracked se les ocurrió publicar en 2010 un libro titulado You Might Be a Zombie and Other Bad News: Shocking but Utterly True Facts. Un recopilatorio de los mejores textos de la página que Sarah Silverman definió como «el libro que por fin te cuenta la verdad de todo aquello que deberías saber». Fiel al espíritu de Cracked, la dedicatoria de aquello no podía pertenecer a este mundo: «Por haberse negado, gracias a su asombrosa densidad, a colapsarse en un agujero negro devorador de planetas, queremos dedicar este libro a la memoria del testículo izquierdo de Theodore Roosevelt». Austenland, de Shannon Hale, narraba las desventuras de una treintañera obsesionada por el Mr Dacy que interpretó Colin Firth en la adaptación noventera de Orgullo y prejuicio de la BBC. Y la escritora llevó la broma hasta el punto de dedicar el tomo (que tuvo película propia) al actor inglés: «Para Colin Firth. Eres un buen chico pero estoy casada, así que creo que es mejor que seamos amigos». El diseñador gráfico Adam J. Kurtz dedicó Pick M0e Up «al futuro y en memoria del pasado». Emily O’Neill otorgó You Can’t Pick Up Your Genre a «cada superviviente, cada perra salvaje», y Julie Murphy sirvió Dumplin’ a «todas las chicas de culo gordo».

Xabi Tolosa puso un «Dedicado a todo el mundo. Así seguro que no me dejo a nadie» en sus tebeos garabateados y recopilados en Esto se ha hecho mil veces. Michelle Lovric brindó su The True and Splendid History of the Harristown Sisters a su «caravana de ninfas». David Wong en This Book is Full of Spiders sentenció: «Para Carley, que fue mejor persona que yo, a pesar de ser un perro». Let’s Pretend This Never Happened de Jenny Lawson empezaba con un rencoroso «Quiero dar las gracias a todas las personas que me ayudaron a crear este libro. Excepto a aquel tío que me gritó en el Kmart cuando yo tenía ocho años porque pensó que yo era demasiado escandalosa. Usted es un gilipollas, señor». Naveed A. Khan firmaría en Bodies of Water una dedicatoria tan ocurrente como graciosa y triste: «Para todos aquellos con una línea roja debajo de su nombre en Word».

Cynthia Hand le rinde la primera página de My Lady Jane a quienes al ver Titanic intuyeron que había sitio en esa puerta para Leonardo DiCaprio. La canadiense E. K. Johnston dedicaría Spindle a una amiga por haber perpetrado la peor partida de Los colonos de Catán en la «historia de la humanidad». Diana Wynne Jones escribió: «Para Leo, a quien golpearon en la cabeza con una pelota de cricket», en Las vidas de Christopher Chant. Gideon Defoe aprovechó la quinta entrega de su serie de comedias disparatadas titulada The Pirates! para dedicar la historia a «Evangeline Lilly, Jennifer Garner, Julie Christie, Phoebe Cates, Wendy James cuando no estaba en Transvision Vamp, Alison Clarkson, Molly Ringwald, Beyoncé, Louise Lombard, Miss Francia en 1998 y ese duendecillo de la primera temporada de America’s Next Top Model».

Derek Landy embelleció la novela Ataduras mortales, la quinta entrega de la serie juvenil Detective esqueleto, con una proclama curiosa:

Este libro está dedicado, con bastante reticencia, a mi editor, Nick Lake, porque él me está forzando a ello. Personalmente hubiera preferido incluir a Gilie Russell y Michael Stearns, quienes, junto a Nick, me dieron la bienvenida al mundo editorial con mi primer libro.

Por desgracia, como Nick es mi único editor, él ha amenazado con editar esta dedicatoria hasta convertirla en un revoltijo de líneas tachadas, y por eso mismo esta dedicatoria es para él y solo para él. Personalmente yo opino que esto demuestra una asombrosa cantidad de ********** y **********, lo que deja claro que Nick no es nada más que un ********************* con ********** por ************, pero, eh, eso solo es mi opinión personal.

Hala, Nick. Por fin tienes un libro dedicado a tu persona. Espero que estés feliz de ********.

********.

(Nota del editor: Nick Lake es un tío genial).

En general, Landy era muy amigo de divertirse camuflando como dedicatorias parrafadas similares. La invocadora de la muerte, otra entrega de las aventuras del Detective esqueleto, llegó dedicada a sus sobrinas recién nacidas, a quienes acusaba de haberle robado protagonismo en la familia y de tener unos padres desastrosos. El texto incluso dejaba un espacio en blanco para añadir el resto de nombres de las sobrinas/sobrinos que pudiesen nacer en un futuro para que todas y todos tuviesen su libro dedicado y considerasen a Landy como un tío muy molón. En El reino de los malvados el escritor dedicó el libro al ilustrador de las portadas de la serie, al mismo tiempo que aseguraba que él mismo pintaba mejor.

Con estilo

Charles Bukowski apuntó en el interior de Cartero: «Esto es una obra de ficción y no está dedicada a nadie», y con Pulp se mofó de la literatura ramplona dedicando el texto a la «mala escritura». Carl Sagan se marcó en su Cosmos un «En la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo, mi alegría es compartir un planeta y una época con Annie», que elevó las declaraciones de amor a niveles planetarios. Juan Goytisolo dedicó su Makbara (‘cementerio’ en árabe) «a quienes la inspiraron y no la leerán». Mark Waid y Alex Ross dedicaron su cómic de superhéroes Kingdom Come a la memoria de Christopher Reeve por «hacernos creer que un hombre puede volar». Chris Claremont, guionista de los tebeos de X-men, escribió una novela de ciencia ficción titulada Primer vuelo y se la dedicó a los miembros de la Patrulla X dirigiéndose a cada uno de ellos por el nombre de pila. Buenos presagios (Terry Pratchett y Neil Gaiman) llegó dedicada a G. K. Chesterton porque «él sabía lo que estaba pasando». Agatha Christie en Sangre en la piscina, una aventura de Hércules Poirot, se disculpaba ante unos amigos: «Para Leonard y Danae, junto a mis disculpas, por haber utilizado su piscina como escenario de un crimen». Camilo José Cela dedicó La familia de Pascual Duarte a sus enemigos por ayudarle en su carrera. El amado y odiado El principito de Antoine de Saint-Exupéry se corregía sobre la marcha su propia dedicatoria:

A Leon Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A Leon Werth, cuando era niño.

Y J. K. Rowling aprovechó el cierre de una serie con Harry Potter y las reliquias de la muerte para dibujar con sus dedicatorias el mismo rayo que el niño mago llevaba marcado en la frente:

Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Para ti

Solo una palabra tuya, del irlandés Niall Williams, arrancaba con un «Para ti, por supuesto». La casa de las hojas de Mark Z. Danielewski comenzaba con una antidedicatoria contra la que se estrellaba el lector, un rotundo «Esto no es para ti». Una afirmación acertada en la mayoría de los casos al ser aquel voluminoso libro un puzle gigantesco donde la historia contiene otras historias escondidas en anotaciones y pies de página, que a su vez esconden otros relatos, y la maquetación del texto se toma la libertad de construir dibujos, esconder más secretos, convertirse en laberinto o desparramarse por completo. Dan Wells aprovechó la novela Ruins para remover las emociones del lector: «Este libro está dedicado a todas las personas que odias. Lo siento, la vida a veces es así». El académico Jesse Bering comenzó su Perv: The Sexual Deviant in All of Us con un «Para ti, pervertido».

Ruins.

Y Neil Gaiman en Los hijos de Anansi hizo lo siguiente:

Ya sabes cómo funciona esto. Coges un libro, saltas a la dedicatoria y descubres que, una vez más, el autor ha dedicado su libro a alguien que no eres tú.

No será así esta vez.

Porque no nos hemos encontrado todavía / no hemos tenido la ocasión de echarnos una mirada / no estamos locos el uno por el otro / no ocurre tampoco que no nos hayamos visto en mucho tiempo / ni que estemos relacionados de algún modo / quizás jamás nos veremos, pero, confío en que, a pesar de todo ello, pensamos mucho el uno en el otro…

Este es para ti.

Con lo que ya sabes, y por lo que probablemente ya sabes.

Para nadie

En los años treinta E. E. Cummings (a quien a menudo la gente se refiere como e. e. cummings, en minúsculas, por su afición a juguetear con la ortografía) agarró setenta de sus poemas y los paseó por diversas editoriales buscando gente interesada en publicarlos, pero como respuesta solo recibió negativas. Finalmente optó por autopublicar el libro, con ayuda de los ahorros de su madre, y modificó el título de la antología, de Setenta poemas pasó a llamarse No, gracias en homenaje a aquellas palabras que había escuchado constantemente al visitar a los editores. Remató el asunto de manera extraordinaria: dedicando el libro a las catorce editoriales que lo habían rechazado. Sobre el papel aquella colección de nombres dibujó la silueta de una urna funeraria.

No thanks de e. e. Cumming.


Réplicas Inter-medios

Hace un año leía con agrado un artículo de Roger Senserrich en Politikon donde reflexionaba sobre la menor influencia de la blogsfera española en relación a la de otros países. Entre las causas señalaba la falta de debate inter-medios de la propia blogsfera, por lo que animaba a los lectores de otras cabeceras a criticar y rebatir desde sus tribunas los contenidos que aparecen en su medio. Lo más similar que se da en nuestro país a este tipo de intercambio de enfoques entre comunicadores y tertulianos son las trifulcas al estilo Herman Tertsch vs. Wyoming o las cartas abiertas de Lucía Etxebarría o Pilar Rahola y sus correspondientes y airadas críticas, lo que deja la mala impresión de que solo la comunidad de haters es partícipe del debate. Intuyo que este no es el punto que busca Roger. En mi opinión, lo que propone es el sano ejercicio de la discusión y el debate desde la reflexión y en la medida de lo posible sin los consabidos ataques ad-hominem de nuestros medios patrios. Supongo que tampoco aboga por la correspondencia cruzada de Arcadi Espada, donde la crítica tiene que ir teñida con un velo de desdén que impide cualquier mención directa a la persona o a su escrito. Roger apuesta por enlazarnos unos a otros para dar visibilidad y movimiento a los medios más allá de la propia comunidad de cada uno. Como en Politikon tratan temas muy interesantes sobre política y economía que no domino, he tenido que esperar a esta brillante columna, publicada en Valencia Plaza por Álvaro González, sobre Bob Esponja y El planeta imaginario, para escribir una réplica y hacer mía la propuesta comentada.

Álvaro especula en su artículo sobre la extrapolación de los análisis psicosociales sobre Bob Esponja a El planeta imaginario, serie infantil que él considera de culto.  La especulación al final resulta ser una excusa para narrar su fascinación por El planeta imaginario, “un espacio trabajado con un respeto a sus espectadores, los niños, y a sí mismos, los creadores, que, hoy por hoy, se nos antoja imposible de reproducir”. Precisamente es esta frase la que me impele a escribir este contrapost ya que en mi opinión, Hora de aventuras es la serie infantil más fascinante creada jamás de los jamases y me propongo demostrarlo utilizando la base argumental del propio Álvaro. No obstante, empezaré por contar qué es Hora de aventuras y por qué debería de ser una serie de culto como Deadwood.

Lo primero que atrae de Hora de aventuras es el estilo de la propia animación en sí: de forma clara conecta con la estética de los personajes de La mazmorra de Sfar y Trodheim —y es que Pendleton Ward, el creador de la serie, se reconoce seguidor del trabajo de Sfar—, muchos de ellos animales con características morfopsicológicamente humanas. Los protagonistas son Finn y Jake, dos colegas descerebrados con roles similares a los de Tintín y el capitan Haddock durante sus peripecias. Hora de aventuras transcurre en el Reino de Ooo, situado al parecer en algún lugar perdido de Sudáfrica, donde existen criaturas de aspecto tan terrorífico como los engendros que dibuja Hideshi Hino —qué grande es el niño gusano— y con peor fondo que cualquier artista invitado en Mujeres desesperadas, especialmente el padre de Marceline. En Hora de aventuras el sexo femenino está representado casi en su totalidad por princesas; las hay de todo tipo, como la princesa Hot Dog o la princesa del espacio, a cual más surrealista. El malvado antagonista de la serie es el Rey Hielo, quien convive con sus pingüinos guardianes lobotomizados cuya única obsesión es secuestrar a las princesas para obligarlas a casarse con él. La acción, que es continua,  transcurre a base de mamporros, carreras y en general, como su propio nombre indica, aventuras.

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Bien, espero que después de esta limitada introducción tengan curiosidad por conocer por qué considero a Hora de aventuras la mejor serie infantil de todos los tiempos, superior incluso a —ejem— El planeta imaginario.

El primer argumento que utiliza Álvaro para encumbrar El planeta imaginario es el marco surrealista en el que se desarrolla, con la inclusión de marionetas, danzas y circos televisados. Teniendo en cuenta que el colmo del surrealismo infantil lo detentan Los Teletubbies, una serie investigada extraoficialmente por países como Polonia por la supuesta homosexualidad de sus protagonistas pero en la que se obvian cuestiones de género como que quien ejercía el rol de madre era una aspiradora con vida propia. En mi opinión, Hora de aventuras juega en la misma liga que la serie que protagonizaba Tinky-Winky antes de salir del armario. Una pincelada: Jake, el perro protagonista, tiene una relación amorosa con un unicornio arcoíris que habla coreano y que pertenece a una princesa cuyo cuerpo está hecho de chicle rosa. Todo esto contado sin intención de desmerecer al surrealismo más al uso de El planeta imaginario, cuyo opening parecía un corte de 2001: una odisea del espacio hecha con recortables. Os dejo este memorable corolario a la serie escrito por retroyonki:

Probablemente, la mayoría de enfermedades mentales, fobias y paranoias que sufrimos los que andamos por la treintena, fueron causados durante nuestra infancia por El planeta imaginario. Para los niños de la época, el solo hecho de ver el opening era como comerse un tripi. Tornillos volando, cosas extrañas colgadas de hilos, un planeta deforme parecido a Saturno, fotos ardiendo, malabaristas en calzoncillos y una sintonía electrónica que daba mucho miedo. Luego me enteré de que la música del programa pertenece al Arabesco nº 1 de Debussy, pero en una versión del japonés Isao Tomita, que seguro que ahora está encerrado en una institución mental. El planeta imaginario comenzó a emitirse en 1983, los sábados por la mañana y solo en Cataluña. Debido a lo rápido que se volvieron locos los niños catalanes, pronto comenzó a emitirse en todo el país por la primera cadena de Televisión Española, los lunes por la tarde hasta el año 1986.

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Álvaro nos recuerda que dos episodios de El planeta imaginario comenzaban con Un viaje imposible de René Magritte que tuvo que ser explicado en la prensa: “El mundo de los sueños voluntarios de Magritte podrá resultar igualmente apasionante tanto para los niños como para los adultos”. Más acorde con nuestros tiempos, en Hora de aventuras, durante el episodio Business time, Jake y Finn descongelan un grupo de empresarios que permanecían dentro de un iceberg a los que utilizan para mejorar su vida. Los empresarios actúan como se les espera y resulta, ahora sí, tan apasionante para los niños como para los adultos. No hay que olvidar que los personajes y la estructura de El planeta imaginario beben de las fuentes de Le Petit Prince; los protagonistas de ambos, Flip y el Principito, son adolescentes hippies que visten como los de Abba y sus peripecias planetarias son más soporíferas que la Fórmula 1. Tanto en la novela como en la serie aparecen  personajes abúlicos como el farolero o el lector vampírico. En Hora de aventuras también hay vampiros, aunque algo diferentes al Galindo de Crónicas Marcianas. Marceline, en las antípodas de los blandengues de Crepúsculo, es una vampira rockera que compone canciones y toca su bajo-hacha, le gustan las bromas pesadas y tiene por padre a un auténtico hidepu.

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A veces las comparaciones son odiosas

Por último, y a través de una metáfora digestiva, Álvaro nos señala lo importante que es que un contenido te haga reaccionar, sea positiva o negativamente. Con esto no puedo competir porque la conexión es algo subjetivo y a mí las marionetas siempre me han dado grima, pero desde un enfoque metatelevisivo considero mucho más importante e incluso increíble que una serie de dibujos animados como Hora de aventuras consiga tener tantos adeptos en franjas de edades tan diferentes como la de mi hijo de cuatro años y yo.

Para saber más de Hora de aventuras os recomiendo este fantástico artículo de Daniel Gavilán y el blog de Cels Piñols en Cartoon Network, donde hay varias entradas curiosas y divertidas sobre esta serie. Y si queréis echar unas risas, aquí os dejo un post sobre El planeta imaginario en Retroyonkis.


Perlas literarias contra la depresión

Adrift, de Andrew Wyeth

El gran referente de la literatura fantástica desveló en su trilogía de largo recorrido el poder destructivo que puede llegar a tener un pequeño objeto. En apariencia insignificante, el anillo de poder de Tolkien es la representación del mal, el rostro de la ambición, agua que calma la sed de poder. El maquiavélico objeto dorado es la corona del rey, el símbolo de la ambición ciega y de la codicia humana. El lado oscuro del hombre.

Si Tolkien se sirvió de la épica para esculpir su extensa y elogiada obra, a John Steinbeck le bastaron 100 páginas para culminar la suya. Su relato es más sencillo y terrenal aunque encierra la misma moraleja. Es la historia de la perla más hermosa del mundo. Su brillo de doble filo ciega a un humilde pescador, como a todos el anillo de poder. “Esta perla se ha convertido en mi alma, si me deshago de ella, perderé también mi alma”, señala el ya transformado protagonista al final del relato. Lo bello al final destila un eco siniestro y destructor que lleva a la fatalidad.

La novela corta ha sido a menudo un género infravalorado. También los relatos sencillos quedan a veces sepultados por la pirotecnia estilística de las prosas más complejas. Pero en plena crisis, la mundial y la del libro, es necesario rescatar del mar literario las perlas pequeñas que deslumbran. El Principito, El viejo y el mar, La perla o Relato de un náufrago son breves relatos de moraleja inmortal, historias imprescindibles, tomos concisos, redondos, casi perfectos.

Año tras año, cada día del libro se venden miles de ejemplares de estas novelas sencillas, universales y atemporales, cuyo mensaje trasciende el momento en el que fueron escritas, porque sus enseñanzas no han envejecido. El mar es protagonista en tres de estas historias. Sus héroes, antihéroes, se transforman entre olas, a excepción del Principito.

La perla bella y fea

El érase una vez de Steinbeck comienza como un bello cuento, aunque sin final feliz. Steinbeck forma parte de los grandes autores americanos, de los imprescindibles de la literatura. Tuvo mil vidas, se empapó de la calle antes de empuñar las letras. Retrató con humanidad al proletariado de la América rural. Sacudió conciencias.

La Perla es una crítica a las injusticias sociales, a la avaricia. La perla más bella del mundo se revela al final como la más fea y acaba haciendo desgraciado al pescador, que no puede esquivar el influjo del anillo y evitar el desenlace que le ha sido dado. El trasfondo del texto no es amable pero Steinbeck lo expone como si fuera un cuento. Su poliedro tiene muchos prismas. Certero en pocas páginas, el relato es real, hondo, sencillo de trazo y complejo de fondo. Su perla es profundidad lírica y humana, sensibilidad, moraleja de belleza formal.

El viejo contra la bestia

El héroe cansado de Ernest Hemingway también trazó su destino fatal en el mar. A su viejo pescador lo que le hechizó no fue una joya sino un pez grande, el que iba a solucionar sus penurias y le iba a devolver la gloria perdida. El pescado se convierte en su obsesión y aunque consigue capturarlo, al final su trofeo se queda en la raspa. Los tiburones devoran el tesoro del viejo obcecado en recuperar el respeto a base de grandezas. Sus esfuerzos no sirven de nada. El anillo se le resbala del dedo. Sin embargo, en sus redes tropieza con un trofeo inesperado, el de los valores que su hazaña le devuelve.

El viejo y el mar es la historia del duelo entre pescador y presa. Del hombre y la bestia. Un viaje introspectivo. El viejo se pierde, se busca y se encuentra. Está escrito de manera sencilla, sin barroquismos literarios: un viejo y su bote, el mar y un pez. Un tesoro engañoso y una debilidad compartida. La perseverancia, también la avaricia, resumidas en 140 páginas. No hacen falta más anzuelos. Pica el lector. Su estilo directo, claro, sencillo y breve le dio el Nobel de Literatura. William Faulkner dijo que con esta obra Hemingway había descubierto a Dios.

Relato de un náufrago

La literatura latinoamericana también ha dejado brevedades inmortales que nos retratan. Esta vez en positivo, el Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez habla de la capacidad de supervivencia, de la resistencia humana. El héroe de la trama en este caso es Luis Alejandro Velasco. Sobrevivió diez días en el mar, sin comida ni agua después de que su barco naufragara. “Completamente agotado me incliné sobre la borda y tomé varios sorbos de agua de mar. Ahora sé qué es conveniente para el organismo, pero entonces lo ignoraba”, dijo el superviviente.

La pluma de Márquez mantiene al lector en vilo, lo mece en su oleaje de prosa, lo deja asomado a la borda, casi como queriendo rescatar al desdichado. Para escribirla entrevistó al protagonista de la historia varias veces. Reportaje, pero también novela, su relato es obra maestra del periodismo literario.

La épica del piloto

En su travesía planetaria uno de los grandes héroes de la literatura diagnostica los males del mundo. Con su certera inocencia infantil El Principito del piloto Antoine de Saint-Exupéry desnuda las debilidades del hombre. Hoy sus lecciones siguen vigentes y muchos tratan de rescatar sus valores. Salió de su mundo y en su periplo planetario se topó con los defectos del alma humana. El pequeño libro, traducido a 180 lenguas, es un bofetón que golpea con caricia, un espejo en el que mirarse y ver lo más feo. El hombre es avaro e ignora que lo valioso no se paga con dinero. Pregunta por el cuánto en lugar de por el qué. Es ambicioso, ciego que no sabe ver que el tesoro está en la simplicidad de las cosas y que todas nuestras acciones tienen consecuencias. Todas estas son las lecciones del príncipe viajero.

En su errancia el héroe de Saint-Exupéry se topa con un hombre de negocios, el Gollum que nunca ha olido una flor, que nunca ha contemplado una estrella. El Principito le pregunta al avaro qué hace con todas las estrellas que posee:

—Nada, solo las poseo — responde el financiero.
—¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?
—Me sirve para ser más rico. Para comprar más estrellas si alguien las encuentra.
—¿Pero cómo se pueden poseer las estrellas?