Shyamalanazo (y 3)

Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

(Viene de la segunda parte)

De múltiples, series, cristales y el tiempo en la playa

En los meses posteriores al estreno de la exitosa aventura low-cost de La visita, M. Night Shyamalan se embarcó en aventuras para las pantallas de menor tamaño. Devoró el libreto de lo que iba a ser piloto de una nueva serie titulada Wayward Pines, basada en una trilogía literaria de Blake Crouch, y decidió subirse al carro: «No entendía cómo eso podía tener sentido a la larga. Los llamé y les dije: “Mirad, mientras al final no se descubra que estaban todos muertos durante toda la serie, yo me apunto”». Shyamalan ejerció de productor ejecutivo y se encargó de rodar el primer episodio. El show, definido como un cruce entre Twin Peaks y Lost, tuvo buena acogida y fue renovado, algo que no se esperaban ni sus propios creadores ni sus propios actores, para expandirse durante una segunda temporada.

Meses más tarde, se desveló un teaser anunciando una nueva versión televisiva de Historias de la cripta amparada por Shyamalan: una pequeña secuencia con un conserje en el turno de noche, un tipejo maquillado como el guardián del Atmosfear y un susto facilón. Parecía una asociación acertada, porque las Historias de la cripta originales también remataban casi siempre sus entregas con un twist ending. Pero aquel tráiler era poco más que un Lorem ipsum visual para captar atención mientras se gestaba la serie, y a la larga se convertiría en lo único que se rodaría de ella. Ocurría que resucitar Historias de la cripta suponía embarrarse en un hermosísimo follón legal, porque los derechos del show estaban repartidos entre diversas personas que fueron incapaces de llegar a un acuerdo, cancelando el proyecto antes siquiera de que naciese en serio. En el fondo, tampoco pintaba demasiado bien: aquel reboot habría eliminado al Guardián de la Cripta del programa y reducido el gore, y para cosas desaboridas ya tenemos los productos light en el súper.

A la altura del año 3 Antes del Covid, Shyamalan vuelve al cine con Múltiple, un thriller con toques de horror con la ajedrecista Anya Taylor-Joy donde la estrella de la función es James McAvoy interpretando a un psicópata llamado Kevin Wendell que, por culpa de un trastorno de identidad disociativo, era un container de diferentes personalidades. El rol era un caramelazo para un actor virtuoso, y McAvoy lo bordaba al mutar en pantalla de un personaje a otro en cuestión de segundos.

Múltiple era un film competente, bastante digno pero sin excesivas alegrías más allá de la actuación del escocés. Eso sí, dentro de la filmografía de Shyamalan es una pieza importantísima por lo excepcional de su twist ending. Porque Múltiple contenía un girito final, pero en este caso se trataba de uno muy especial que no afectaba a la trama principal de la película, sino al propio universo de Shyamalan. La gran sorpresa de Múltiple consistía en revelar, durante los últimos segundos de metraje, que en realidad era una secuela de El protegido, algo que la cinta hacía de manera evidente pero sutil: mostrando al protagonista de El protegido, David Dunn (Bruce Willis), mientras deslizaba un fragmento de la banda sonora de aquella película.

Era el shyamalanazo definitivo, el ultimate metagiro tuerceculos, uno que se retroalimentaba de la producción del autor para sorprender. La jugada era de lo más ingeniosa, la audiencia ya se esperaba un twist ending y el creador se la coló a todos al introducirlo por donde nadie lo vio venir. En el fondo, era un ejercicio de reciclaje creativo: el personaje de Kevin y algunas de sus escenas formaron en cierto momento parte del guion de El protegido, pero fueron extirpados de allí porque desequilibraban el asunto. Además de sorprender, Múltiple hizo una buena caja, reforzando la imagen de Shyamalan. 

Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

Shyamalan aprovechó la inercia para estrenar Glass dos años más tarde, en 2019. Una secuela de Múltiple que combinaba definitivamente aquella con El protegido cerrando diecinueve años después una trilogía que nadie se esperaba. Era también una producción muy inusual, porque para llevarla a cabo Shyamalan tuvo que convencer a los dos estudios cinematográficos que poseían los derechos de El protegido y Múltiple (Disney y Universal) para que dejasen a un lado sus diferencias y colaborasen juntos, cediéndose metraje, algo inaudito, y repartiéndose la distribución de la peli, más raro aún.

La premisa de Glass era llamativa, encerraba a los tres personajes con superpoderes de las anteriores entregas (los roles de Willis, Samuel L. Jackson y McAvoy) en un centro psiquiátrico y se dedicaba a juguetear con ellos. Pero resultó ser un patinazo que sabía a poco como cierre, decepcionando a críticos y espectadores. En su favor habría que apuntar que Glass es exactamente lo que quiere Shyamalan: una película decidida a subvertir la grandilocuencia superheroica. Se presenta como un thriller psicológico que encapsula a personajes con potencial en un mismo recinto. A medio camino de su desarrollo anuncia que el colofón a la historia será legendario, con una batalla que supuestamente tendrá lugar en un rascacielos. Y finalmente acaba limitándose a tener al reparto correteando entre habitaciones, urdiendo planes y palmándola en el parking del psiquiátrico. La obligada sorpresita final, el shyamalanazo, ni siquiera era tan espléndida como para perdonarle lo anterior y aunque no se ganó los corazones, sí que mordió una buena taquilla. 

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Pinta superemocionante esta nueva peli de superhéroes. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

A finales de 2019, Shyamalan regresaría a la televisión como productor ejecutivo y director ocasional de Servant. Una serie para Apple TV+, con buena fama entre las masas, que apostaba por los escalofríos tirando de una de las ocurrencias de la vida modernas que más acojonan: los muñecos de bebé reborn

Llega 2021 y el indio-estadounidense estrena Tiempo. Una película rodada en plena pandemia en la República Dominicana y con un reparto coral donde figuraban, entre otros Vicky Krieps, Gael García Bernal, Abbey Lee o Alex Wolff. La publicidad no se molestaba en decirlo, pero en este caso la nueva cinta de Shyamalan ya no era una idea original suya, sino la adaptación de un tebeo titulado Castillo de arena que las hijas de Shyamalan le habían regalado cuatro años antes durante la celebración del Día del Padre.

El cómic Castillo de arena (publicado en España por Astiberri) lucía un guion firmado por el cineasta francés Pierre Oscar Lévy, estaba dibujado por el suizo Frédérik Peeters (autor del famoso Píldoras azules), y narraba las desgracias de un grupo de personas atrapadas en una playa donde el tiempo avanzaba a una velocidad extraña, condenándolas a envejecer prematuramente. A Shyamalan aquella premisa tan de The Twilight Zone, es decir, tan de su estilo, le encandiló tanto como para convertirla en un largometraje que contaría lo mismo que el tebeo, pero peor.

Aunque la prensa solo la anunciaba como «inspirada por…», Tiempo bebía bastante de las viñetas de Lévy y Peeters. Agarraba gran parte del diálogo y los roles originales del tebeo para trasladarlos a los terrenos del producto norteamericano: un inmigrante armenio del cómic se convertía en la pantalla en un rapero negro, y las teorías de un personaje que aparecía en la historieta, pero no en el film, se introducían en el guion en forma de libreta abandonada en la playa. La mala noticia es que a partir de ahí, casi todo lo que añadía Shyamalan era catastrófico: diálogos de chiste, una oxidada pistola de Chéjov enterrada en la arena para meter acción burda en la trama, un ego-cameo de Shyamalan interpretando a un personaje que contemplaba la acción a través del objetivo de una cámara (porque la sutileza no es lo suyo) y un desenlace que, al contrario de lo que hacía el cómic, donde se obviaban las explicaciones, revelaba demasiado sobre la playa maldita e ideaba detrás de ella unos tejemanejes científicos de teleserie barata. También incluía a una rubia repelente jugando al Cirque du Soleil de la peor manera posible.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.

Tiempo resulta curiosa dentro de la filmografía de su autor porque, al utilizar Castillo de arena como esqueleto base sobre el que construir, nos permite estudiar la capacidad del creador para gestionar y elaborar sus ocurrencias. Y el resultado no lo deja bien parado. Es cierto que Shyamalan se casca secuencias meritorias, las de los protagonistas descubriendo el deterioro de sus sentidos al envejecer, y también que demuestra maña en los planos secuencia que caminan marcando el ritmo por la playa. Pero la mayor parte del Tiempo nos encontramos al realizador chapoteando en lo ridículo, en la serie B regulera y en las conversaciones bobas durante un cuento que había nacido con ansias, reconocidas, de ser algo similar a El ángel exterminador de Luis Buñuel.

A orillas de todo esto, existen diferencias curiosas entre el cómic y la película. Detalles divertidos que sirven para medir la distancia entre la mentalidad estadounidense y la europea: en cuanto los personajes de Tiempo descubren que envejecen con extrema celeridad, aquello se convierte en un drama muy tenso que tiende a la histeria. Castillo de arena también contiene tragedia existencial y mucho personaje alterado, pero la actitud de sus protagonistas es en general mucho más interesante. En el tebeo, cuando los condenados descubren que morirán en cuestión de horas, se opta por descorchar botellas, sacar comida, celebrar un picnic festivo, follar, bailar y finalmente dormir ante la hoguera escuchando una historia. El cómic también tiene muchas más carnes al aire y gente lasciva porque a este lado del charco somos así, más casquivanos. Y también acaba mucho peor porque asimilamos mejor los finales crueles.

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Viñetas del cómic Castillo de arena.

De Shyamalan

El 5 de agosto de 2002, la revista Newsweek colocó a Shyamalan en portada arropado por un texto bien gordo que lo anunciaba como «El próximo Spielberg». El agasajado confesaba que llevaba regular tanta expectación y fama repentina, pero en el fondo estaba claro que disfrutaba con la atención: gustaba de incluir sus cortos caseros como extras en los DVD de sus películas y El protegido ya se abría con un texto que rezaba «De M. Night Shyamalan», como si él fuese en aquel momento una marca de prestigio. El tío lo tenía claro: «Tras El sexto sentido comencé a pensar “¿Cuál es mi lugar en el mundo?”. La gente me decía que yo era el próximo Spielberg, pero me preguntaba si mi éxito era solo casualidad. Así que esta película [El protegido] trata sobre un hombre al que le han dicho “Oye, eres extraordinario ¿Te lo crees o solo recuerdas lo corriente que eres en muchos sentidos?”. Dicho de otra manera: “Sí, tienes razón, soy el próximo Spielberg”». 

Lo cierto es que Shyamalan se reunió con Steven Spielberg después de que aquel quedase tan maravillado con El sexto sentido como para verla tres veces seguidas. El indio-estadounidense incluso llegó a ponerse enfermo por culpa de los nervios que le brotaron ante el meeting con el padre de Indiana Jones. Lo menos bonito es que siempre que los medios han nombrado un nuevo heredero del rey midas cinematográfico la cosa nunca ha terminado bien. Porque ser etiquetado como «el próximo Spielberg» es una de las grandes maldiciones Hollywoodienses, la condena a embarcar en un tren del hype que descarrila antes de llegar al destino.

En realidad, la comparación ni siquiera es justa. Y no solo porque Spielberg fuese capaz de parir en menos de diez años Tiburón, Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida, ET el extraterrestre e Indiana Jones y el templo maldito. Sino porque lo hizo en el momento apropiado, en una época en la que descubrió como perfilar el blockbuster perfecto que andaban buscando en Hollywood desesperadamente. A Shyamalan, como a tantos otros (hola J. J. Abrams, un abrazo enorme) se le estampó en los morros la etiqueta demasiado pronto, antes de que fuera capaz de cumplir. 

Shyamalan
El sexto sentido. Imagen: Buena Vista.

En lo que respecta exclusivamente a su cine la conclusión es obvia: Shyamalan da rabia. Pero no porque sea un desastre tras la cámara, en absoluto, sino porque su producción demuestra que dentro de él habita un gran director, uno que a veces asoma la cabeza y otras parece un octópodo rodando por el piso de un garaje. Referentes no le faltan, porque es admirador y estudioso de la obra de Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock, Satyajit Ray, Spike Lee, el mentado Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. Alguien con un talento evidente pero con muchos problemas para gestionarlo. Una persona que ha logrado convertir en películas formales conceptos que sobre el papel suenan a chufla: una de fantasmas, una de marcianos, una de superhéroes o una de monstruos. Él mismo es consciente de ello al definirse como el creador que «agarra una historia de película de serie B, aborda temáticas de película de serie B y les aporta un acercamiento, equipo, reparto y principios de película de serie A».

No es un director sin personalidad, uno de tantos mercenarios genéricos fabricados en Hollywood, es alguien que sabe mirar a través de un objetivo y cuando quiere lo demuestra: El protegido contiene una conversación entre dos personas en un tren filmada con mucho estilo, convirtiendo el punto de vista del espectador en un pasajero invisible que observa la charla espiando entre los asientos a la pareja. La secuencia donde el chaval de El sexto sentido susurra «En ocasiones veo muertos» logra cocinar una atmósfera escalofriante, incluso lidiando con la jeta repeinada de Bruce Willis a contraplano poniendo cara de haberse sentado sobre una chincheta durante un funeral. El bosque contiene un par de secuencias respetables de (no) monstruos atacando, y también un apuñalamiento rodado con elegancia y sencillez entre dos miradas en primer plano. Señales ha grabado para siempre en la memoria de todos sus espectadores aquel bote que se pegaron durante la efectiva maniobra del vídeo cumpleañero con marciano.

La verdad es que incluso las cintas más denostadas de Shyamalan contienen detalles reseñables: El incidente posee una secuencia a ras de suelo donde la cámara persigue una pistola, que salta sobre el asfalto de un suicida a otro según estos hacen uso de ella. Y varios planos de Tiempo circulan con gracia alrededor de los personajes mientras se desata la pesadilla, con un movimiento parece acompasado para asemejarse al de las agujas de un reloj. Todo lo anterior es obra del mismo tipo que hace trotar a Wahlberg para huir del viento, el que idea a un crítico de cine en la pantalla diciendo sandeces para burlarse de los críticos de cine, el que considera ingenioso calentar el ambiente poniendo a los personajes de Tiempo a soltar chascarrillos fáciles sobre el paso del tiempo, el que después de marcarse una narración muy engrasada en El sexto sentido decide cerrar la cinta con un fundido a blanco como si aquello fuese un telefilm teutón de media tarde.  

Shyamalan
Glass. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

Shyamalan parece encallado en ser la eterna promesa porque su gran retorno triunfal es anunciado con cada nueva película, y a lo mejor esa no es la mejor forma de enfocar su cine. Bastaría con asumir que es un creador de películas de género (fantástico) capaz de insuflarle a sus historias un aura de cine de autor, de autor pop al ladear realmente más hacia Historias de la cripta que hacia Buñuel. Shyamalan es alguien muy válido que con frecuencia se cae de morros en el disparate.

Cuando mejor parece funcionar últimamente es cuando trabaja con presupuestos pequeños y se ve obligado a afilar el ingenio para sacarlos adelante, fabricando productos agradecidos de los que resulta más fácil exprimir beneficios que de las grandes superproducciones. Tiempo, siendo lo que es, ha acumulado noventa millones de dólares y solo ha costado dieciocho. Pero lo que de verdad sería interesante en su carrera como director, y probablemente le vendría bien en general, sería dejar de rodar ocurrencias propias y comenzar a trabajar sobre guiones ajenos, relatos de gente que tenga más maña al ensamblar una historia y sepan escribir diálogos que no suenen a coña.

Shyamalan. El del bombazo con El sexo sentido. El guionista en la sombra de Alguien como tú. El otrora futuro Spielberg. El fabuloso inventor del Shyamalazo. Entre sus proyectos futuros ya tiene plan para febrero de 2023: una película titulada Knock at the Cabin en la que trabaja en asociación con Universal Pictures, con quienes ahora se lleva muy bien después de colaborar en películas como La visita, Múltiple, Glass y Tiempo, baratas de fabricar y con muy buen rendimiento en salas.

De Knock at the Cabin no se sabe nada, y toda la producción está envuelta en un secretismo curioso de cara a engordar el misterio. Su otra película en la recámara llegará un poco más tarde y se titulará Labor of Love. Es probable que al lector atento le suene de la segunda parte de este artículo, se trata de aquel guion de 1992 que, en su momento, iba a protagonizar Bruce Willis en el papel de un viudo dispuesto a cruzar Norteamérica a patita en honor de su difunta señora. A saber qué sale de ahí. Mientras no haya plantas asesinas a lo mejor hasta vamos bien. Lo que es casi seguro es que en esa excursión le va a ser difícil colarnos un nuevo shyamalanazo por sorpresa.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.


Shyamalanazo (1)

Shyamalan
He aquí un jpg que puedes escuchar en tu cabeza. El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

M. Night Shyamalan es ese director que gracias a El sexto sentido se convirtió en la gran promesa del cine fantástico y hoy en día, más de veinte años después de aquel éxito, sigue siendo la gran promesa del cine fantástico. Un realizador cuya producción tiene alma de balancín, por atreverse a combinar chispazos de genialidad con ramalazos de payasada y quedarse tan ancho. Alguien capaz de filmar, en Señales, una escena fabulosamente aterradora utilizando como excusa un vídeo casero de un cumpleaños, pero al mismo tiempo, también alguien al que se le ocurre insertar en dicha secuencia a Joaquin Phoenix gritándole a los niños de la tele un «vámonos» (en español en la versión original) que bordea lo ridículo. Un director capaz de lo mejor y de lo peor, con una obra emperrada en remarcar que el hombre tiene mucho potencial pero le hace falta encauzarlo. Shyamalan también es alguien que acabó cayendo en su propia trampa: el shyamalanazo final. 

De vida, milagros, un sexto sentido, gente irrompible y marcianos

M. Night Shyamalan nació como Manoj Nelliyattu Shyamalan en Mahé, un distrito de Puducherry en la India. Cuando tan solo contaba con unas pocas semanas de vida, sus padres, médicos ambos, emigraron a Norteamérica para asentarse en Penn Valley, un pueblecito perdido en tierras pensilvanas, en la zona suburbana de Filadelfia, esa tierra de príncipes raperos. El chico creció en Estados unidos y su interés por el oficio de director le sobrevino siguiendo el cliché clásico: a los ocho años alguien le regaló una cámara Super-8 y descubrió que era bonito observar el mundo a través de aquel objetivo. A la altura de la adolescencia, el chaval ya acumulaba en su cuarto más de cuarenta peliculillas caseras propias y tenía muy claro que lo suyo era contar historias desde las pantallas.

Shyamalan se sacó la carrera escolar entre las aulas de escuelas cristianas, territorios ligeramente hostiles donde la gente le miraba de lado por ser hindú: «Los profesores nos recordaban constantemente que aquellos que no estuviésemos bautizados iríamos al infierno», apuntaba el futuro director, «así que yo andaba en plan “Chicos, a mí no me han bautizado, por lo que supongo que nos veremos todos allí más tarde”». Demostró ser muy buen estudiante, haciendo rabiar a sus profesores al sacar las mejores notas de su clase en la asignatura de religión sin ser cristiano, y acabó aterrizando en la New York University Tisch School of the Arts de Manhattan para ilustrarse sobre las artes cinematográficas.

En aquellos años universitarios fue cuando decidió adoptar «Night» como segundo nombre en sustitución de «Nelliyattu». Una buena jugada, teniendo en cuenta que los norteamericanos se hacían lazos en la lengua tratando de pronunciar correctamente su verdadero nombre. Y también porque llamarse «Night» en el fondo es algo que mola bastante. En 1992, con veintiún años y recién graduado, escribió, protagonizó y dirigió su primera película, Praying with Anger. La historia de un indio americanizado que se reencuentra consigo mismo a nivel espiritual visitando la India en busca de sus raíces. O lo que es lo mismo: una cinta de bajo presupuesto que huele a tostón a kilómetros y que por eso mismo no llegó a estrenarse en salas, limitándose a pasear por algunos festivales indies a los que va la gente que se mesa mucho la barba.

La segunda película que firmaría, Los primeros amigos, le proporcionó el salto a la industria de Hollywood, pero se antojaba igual de poco apetecible que su ópera prima al presentarse como una comedia con toques dramáticos donde un niño católico decidía, tras la muerte de su abuelo, buscar a Dios. La historia incluía la aparición de un ángel celestial, sin alas y con el decepcionante aspecto de un niño rubio, aunque lo único que le acercaba realmente al género fantástico, aquel que haría famoso a su director en el futuro, era tener en el reparto a Rosie O’Donnell haciendo de monja. Shyamalan salió escaldado de aquel rodaje, tuvo que soportar los berridos en el set del miserable de Harvey Weinstein, que pagaba el asunto, y la postproducción de la obra fue tan problemática como para alargarse durante tres años. La película acabó dándose un batacazo descomunal en la taquilla, costó seis millones de dólares y solo recaudó trescientos mil billetes.

Tras el trastazo, Shyamalan comenzó a moverse por la parte trasera del mundo del cine ejerciendo como escritor de cualquier cosa que le pusieran delante. Se encargó de elaborar el libreto de Stuart Little, esa cinta con un ratón asquerosamente adorable que, por alguna razón arcana e insondable, en España tenía la voz de Emilio Aragón. Y también ejerció de escritor fantasma para rehacer gran parte del guion de Alguien como tú, una tontada romántica de finales de los noventa. Este último fue un trabajo que a Shyamalan le daba tanto apuro reconocer, ni siquiera aparece en su ficha oficial de IMDB, como para que el caballero tardase unos nada desdeñables catorce años en confesar su participación como guionista de aquello. Tenía cierta lógica, porque es probable que nadie te vaya a tomar en serio en Hollywood si en tu currículo figura una película protagonizada por Freddie Prinze Jr. Entretanto, su cabeza había comenzado a fraguar nuevas historias originales, relatos que él mismo definía como «más oscuros y profundos» y cuyo tono achacaba al tremendo bajonazo que le produjo el fracaso de Los primeros amigos.

Shyamalan
Estas son las cinco primeras películas en las que estuvo implicado Shyamalan. A la sagacidad del lector le corresponde adivinar cuál de ellas es la que lo convirtió en estrella.

Entre aquellas ideas se encontraba el guion de una película con niño y fantasmas, El sexto sentido, una historia que se le ocurrió a Shyamalan tras ver un episodio de El club de medianoche (Are You Afraid of the Dark?), la popular serie de terror para adolescentes de Nickelodeon. Más concretamente, lo que hizo Shyamalan fue adaptar la premisa del capítulo «La historia de la chica soñada» de la tercera temporada de El club de medionoche, un cuento protagonizado por un zagal que acababa descubriendo, en el desenlace del episodio, que estaba muerto y no era más que un fantasma que solo podía ver su hermana. Inspiraciones y fusilamientos narrativos aparte, el libreto de El sexto sentido propició un bonito follón cuando el indio comenzó a moverlo entre los despachos de los grandes estudios. Porque desató una pequeña guerra entre varias compañías que querían atrapar los derechos de algo que olía a bombazo. Finalmente, un productor de Disney, David Vogel, decidió comprar el guion a lo loco, sin consultar a sus superiores, desembolsando tres millones de dólares de golpe y ofreciendo a Shyamalan la dirección de la película. Vogel tuvo buen ojo, pero la osadía de sacar la cartera sin recibir la aprobación de su compañía le costaría el puesto de trabajo a la larga.

La historia de El sexto sentido arrancaba con un psicólogo infantil, llamado Malcom Crowe e interpretado por Bruce Willis, sufriendo un desagradable asalto en su propia casa a manos de un expaciente al que no fue capaz de ayudar años atrás. Y continuaba meses más tarde, con el terapeuta aceptando tratar a un niño de nueve años, Cole Sear, interpretado por Haley Joel Osment, que sufría un trastorno similar al de aquel agresor que allanó su piso. Lo jugoso del asunto es que el pequeño rapaz padecía un mal singular: aseguraba ser capaz de ver fantasmas.

Era un punto de partida fantástico para facturar una cinta de horror competente, pero Shyamalan fue un poco más allá y fabricó un artefacto redondo. La película se estrenó con menos bombo del habitual, pero se convirtió en un taquillazo descomunal, en gran medida gracias a un público que recomendaba ir a verla a sus conocidos antes de que algún desalmado les contase el final. Y es que aquellos últimos minutos de película contenían la jugada maestra de Shyamalan, un giro final inesperado que le daba la vuelta a toda la historia: el protagonista, Malcom, descubría que en realidad había fallecido en el prólogo del film, durante el asalto inicial, y no había sido consciente hasta entonces, al igual que la audiencia, de que en realidad era un fantasma.

¿Esto era un spoiler? Difícilmente a estas alturas, porque El sexto sentido hoy en día es famosa por su sorpresa final, hasta el punto de que dicha revelación es conocida incluso por quienes no han visto la película. Aquel twist ending fue tan efectivo como para convertirse en un elemento popular y representativo de la película, algo muy difícil de esquivar. Es el equivalente al plano final de El planeta de los simios, a la identidad del asesino en Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie, al destino de Romeo y Julieta o al «Yo soy tu padre» de El imperio contraataca. Un espectador tendría que haber vivido aislado de la sociedad durante los últimos veinte años para sentarse completamente virgen ante esa cinta. Joder, si ni siquiera la banda sonora de la película se molesta en guardar el secreto: la última pista de la partitura firmada por James Newton Howard se titula «Malcom está muerto», así, a pelo y sin rodeos, casi parece una troleada del compositor.

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El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

El truco de El sexto sentido no era novedoso, pero estaba muy bien ejecutado. Porque Shyamalan lo aplicaba con precisión, tejiendo la historia a medida de la sorpresa y valiéndose de estratagemas para jugar con el espectador. Gracias a ello, existen dos formas de ver El sexto sentido: por primera vez, y en una segunda vuelta donde todo encaja mientras la historia se reescribe de manera diferente. Ahí residía la genialidad de aquel guion, en ser capaz de desviar la atención con habilidad y, al mismo tiempo, salpicar el relato con decenas de pistas que resultaban obvias una vez conocido el secreto.

Para hacerlo, el director tiró de todo tipo de argucias. Planteaba situaciones donde la ausencia de interacción de Malcom con otros personajes (que no podían verle al ser un fantasma) no era evidente a primera vista. Deslizaba detalles como vestir al psicólogo exclusivamente con la ropa que había utilizado la noche en que falleció, insinuar su naturaleza fría y fantasmal con secundarios que se abrigaban cuando lo tenían cerca, o mostrar el color rojo en pantalla solo cuando el mundo de los vivos se cruzaba con el de los muertos. Incluso se atrevía a juguetear con la educación visual preconcebida de la audiencia: una escena, en apariencia trivial, mostraba a Malcom intentando abrir la puerta del sótano donde guardaba sus pertenencias, pero al no conseguirlo, el hombre rebuscaba las llaves en sus bolsillos. La película cortaba en ese momento la secuencia para reubicarse inmediatamente en otro plano donde aparecía Malcom en el interior sótano. Parecía un simple trabajo de montaje, pero realmente era otra artimaña simpática: en la historia, el espíritu de Malcom era incapaz de abrir aquella puerta, que estaba bloqueada en el mundo de los vivos, y por eso Shyamalan no podía mostrarlo haciéndolo, pero el público, acostumbrado a esas ediciones en el cine, daba por sentado que lo había hecho. Entretanto, el relato también aprovechaba para soltar por sus fotogramas unos cuantos fantasmas y situaciones aterradoras. Todo era un gran truco, sí, pero uno bien orquestado.

El sexto sentido fue un éxito tremendo que encumbró el nombre de su creador. Recibió seis nominaciones a los Óscar (mejor película, mejor director, mejor guion, mejor actor de reparto, mejor actriz de reparto y mejor montaje) aunque no se llevó ninguno a casa, y se convirtió en la segunda película más taquillera del año, por detrás de aquel Episodio I de Star Wars protagonizado por Jar Jar Binks. El único problema de la película era paralelo a ella y solo se manifestó a posteriori: cuando su creador decidió convertir ese giro final que torcía culos en las butacas, ese shyamalanazo, en su firma personal.

Shyamalan
Nick Fury on motherfucking wheels. El protegido. Imagen: Buena Vsta Pictures Distribution.

Shyamalan se convirtió de golpe, con tan solo veintinueve años, en la gran esperanza india del cine norteamericano. Tras la desmesurada fama amasada de El sexto sentido, o la primera película en la que Bruce Willis hacia el fantasma sin pegar tiros, el director se encontró con Disney besándole los pies, George Lucas y Steven Spielberg llamándole al móvil para ofrecerle colaborar en el guion de una nueva entrega de Indiana Jones y los productores ofreciéndole cheques locos para convertir más ocurrencias de las suyas en películas.

Aprovechando el impulso, Shyamalan escribió y dirigió El protegido (2000). Una película protagonizada por Bruce Willis y Samuel L. Jackson que partía de una premisa la mar de llamativa: Willis interpretaba a David Dunn, el improbable único superviviente de un accidente de tren, alguien que inexplicablemente no presentaba ni un solo rasguño tras la desgracia acontecida. La principal sorpresa de la trama fue descubrir que en realidad se trataba de un cuento de superhéroes de cómic reubicado en un entorno realista. En cambio, lo que no resultó tan novedoso fue toparse con otro giro final, uno que esta vez era más flojo y menos elaborado que el de El sexto sentido. Además, en aquella película Shyamalan ya daba muestras de renquear al cometer uno de los grandes pecados del mundo del cine: rematar la historia con textos sobreimpresos en la pantalla a modo de resumen, como si aquello fuese una teleserie chusca de los ochenta.

Curiosamente, Disney decidió promocionar la cinta como un thriller sobrenatural, en contra de los deseos del productor, para esconder que en realidad la película versaba sobre superhéroes. Porque en aquella época, alejada del cansino fenómeno Marvel actual, los tebeos en el noveno arte eran un repelente de para el público. «Eso solo le interesa al tipo de gente que va a las convenciones» le dijeron los ejecutivos de Mickey Mouse a Shyamalan cuando se le ocurrió mentar los tebeos, «y vas a cabrear a todos los que estamos en esta habitación si vuelves a utilizar esa palabra [cómic]». El protegido era un producto bastante decente, que no brillante, pero su paso por las salas de cine sería discreto. Con el tiempo, una parte del público se dedicó a rescatarla y a dar tanto la brasa con ella como para que haya acabado convirtiéndose en una de esas películas con cierto culto detrás. 

La siguiente ocurrencia de Shyamalan fue Señales (2002). Una invasión alienígena, mucho más minimalista que aquellas a las que nos tiene acostumbrados el cine, donde Mel Gibson (interpretando a un exsacerdote, je) y Joaquin Phoenix se las veían con hombretones verdes from outer space en una granja perdida en algún lugar de Pensilvania. En esta obra, nuestro fantasioso indio-americano ya no incluía un twist ending como tal, sino una perversión de ese concepto en forma de inexplicables pistolas de Chéjov. Señales recaudó mucha pasta y legó a la humanidad aquella utilísima imagen de los gorritos de papel de plata, pero con ella el público comenzó a sospechar que en las creaciones de Shyamalan existían algunos elementos que bordeaban la tontería. 

Shyamalan
Nunca podremos agradecerle a Señales lo suficiente esta estampa, en especial durante las épocas de magufadas. Imagen: Buena Vista Pictures.

Un par de años más tarde, en 2004, ocurrió algo inquietante. La cadena Sci-Fi Channel anunció el estreno de un documental titulado The Buried Secret of M. Night Shyamalan (El secreto escondido de M. Night Shyamalan). Un reportaje que había surgido de manera accidental: durante el rodaje de un making of de la inminente nueva película de Shyamalan, titulada El bosque, los responsables de filmar lo que ocurría entre bastidores intuyeron que el director ocultaba un secreto importante. No solo se mostraba esquivo, por lo visto en el set existía la norma de no mirarle a los ojos, sino que además a su alrededor sucedían cosas raras, fallos técnicos sobre todo, que atufaban a presencias paranormales.

A base de indagaciones y entrevistas, el documental acabó descubriendo que Shyamalan, siendo niño, había estado clínicamente muerto durante media hora al (casi) ahogarse en un lago helado. Y por lo visto, tras recuperarse de forma milagrosa, desde entonces poseía capacidad de comunicarse con los espíritus, algo que, fíjate, alimentó su obsesión por lo sobrenatural. Los días previos a la emisión del programa, el propio Shyamalan mostraba públicamente un notable cabreo con aquel especial filmado sin su consentimiento.

The Buried Secret of M. Night Shyamalan duraba dos horacas, había sido dirigido por Nathaniel Kahn, un documentalista nominado en dos ocasiones al Óscar, y en su metraje incluía sesiones de ouija, adolescentes turbios encapuchados que adoraban al cineasta y entrevistas a famosetes como Adrien Brody o Johnny Depp. Pero olía a tostada chamuscada desde el planeta más cercano. Y con razón, porque en realidad todo aquello era un timo. Una farsa ideada por Shyamalan y compañía para darle más publicidad al lanzamiento de El bosque. La treta no duró demasiado, Sci-Fi Channel tuvo que admitir que todo era un hoax y los ejecutivos de la NBC (hogar del Sci-Fi Channel) pidieron disculpas y se fustigaron públicamente. En sus casas, los espectadores norteamericanos comenzaron a pillarle verdadera manía al realizador y sus fantasmas.

El bosque se presentaría en 2004 con un reparto tremendo compuesto por Bryce Dallas Howard, Joaquin Phoenix, Adrien Brody, William Hurt, Sigourney Weaver, Judy Greer, Michael Pitt, Frank Kranz, Jesse Eisenberg y el propio Shyamalan en un cameo simpático reflejado en un cristal. Pero el estreno de la película, una fábula sobre un pueblo de colonos del siglo XIX que vivía acosado por monstruos extraños, no ayudaría demasiado a disipar las sospechas sobre el talento del creador.

Por un lado, porque la errónea promoción de El bosque, que vendía la cinta como una historia de horror cuando realmente era un drama de misterio, engañó a muchísimos espectadores que acabaron saliendo del cine disparando sapos por la boca. Por otra parte, porque el guion aquí también se marcaba de nuevo un shyamalanazo, un giro que pretendía reescribir la película como hizo El sexto sentido. Pero en este caso el twist ending era tan absurdo como para que la mayoría de la audiencia fuese incapaz de tomárselo en serio. El crítico Roger Ebert resumió el sentir general al apuntar a ese shyamalanazo como culpable de todo en su reseña de la película:

‘El bosque’ es un error de cálculo colosal. Una cinta basada en una premisa que no la puede soportar, una premisa tan transparente que sería objeto de risa si la película no fuese tan mortalmente solemne […] Llamar a su final un anticlímax no es solo un insulto para los clímax, sino también para los prefijos. Es una sorpresa cutre, que en la escalera de la originalidad narrativa tan solo está un peldaño por encima del «Todo era un sueño». De hecho, el secreto es tan tonto que nos hace desear el poder ser capaces de rebobinar la película para no descubrirlo nunca.

Lo cierto es que, a pesar de la tormenta de palos que ha llovido sobre ella, es posible defender El bosque, porque la película tiene ciertas virtudes, contiene escenas más que dignas y un tono interesante. Su revelación es tontorrona, sí, pero si uno se la toma con ligereza, como si fuese un capítulo inflado de alguna serie de cuentos fantásticos tipo En los límites de la realidad o Historias asombrosas, la cosa no está ni tan mal, eh. Años más tarde, otro crítico llamado Carlos Morales revisitaría El bosque y daría en la diana al sentenciar que «el verdadero giro de guion aquí es que la película que el público quería ver no era la que Shyamalan había rodado».

(Continúa aquí)

Shyamalan
El bosque. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.


Los fans de Shyamalan dan más miedo que las películas de Shyamalan

21 Oct 2010, Philadelphia, Pennsylvania, USA --- 19th PHILADELPHIA FILM FESTIVAL CELEBRATES 10TH ANNIVERSARY OF UNBREAKABLE WITH WRITER/DIRECTOR/PRODUCER M. NIGHT SHYAMALAN at the Prince Theatre in Philadelphia, Pa on October 21, 2010 © Scott Weiner --- Image by © Scott Weiner ./Retna Ltd./Corbis
M. Night Shyamalan. Fotografía: Corbis

[Este artículo contiene SPOILERS, pero me lo van a agradecer]

Los filósofos Lacan, Derrida y Deleuze. El dibujante Rob Liefeld. Roy Lichtenstein. El punk. Albert Rivera. Los vanguardistas. Lady Gaga. Los beatniks. El Wu-Tang Clan. Banksy. Los gurús de Silicon Valley. Slavoj Žižek. Milli Vanilli. En la lista de los grandes estafadores de la cultura pop se acumulan los desechos como en el piso de un afectado por el síndrome de Diógenes. Y mejor no rebuscar demasiado entre la cochambre porque ahí en medio debe de haber hasta perros follando. Pero, ¿cómo pretender que los timadores no se amontonen si cada día que amanece el número de incautos crece? Sobre M. Night Shyamalan, sin embargo, flotaba todavía la sombra de una duda. Y ello a pesar de After Earth, Airbender y El incidente. Paguen la entrada para La visita y la ecuación se despejará sola: Shyamalan es el macho alfa del rebaño de los vendemotos.

Por supuesto, no existe estafador sin crédulos que le jaleen su destreza con los cubiletes. Ya lo decía Alaska: «Pero qué público más tonto tengo, no sé por qué aguanto a esta gente, que tengo enfrente». Que una cosa tan imberbe como El sexto sentido, una película de esas que solo pueden verse una vez porque se gastan tras el primer visionado, aparezca regularmente en las listas de las mejores de los años noventa es la prueba definitiva de que desde que los seres humanos hemos dejado de creer en Dios no es que no creamos en nada sino que nos lo creemos todo.

Pero La visita es aún peor. No pasaba tanta vergüenza ajena en un cine desde Extinction. Algunos espectadores, sin embargo, la gozaban sin problemas. El mayor de ellos rondaba los catorce años. Que Dios le conserve la resiliencia porque el buen gusto lo tiene frito. Los fans de Shyamalan no deben de andar evolutivamente lejos de los gusanos de Pompeya, esos animalillos capaces de sobrevivir sobre los chorros de agua magmática de las fuentes hidrotermales del océano Pacífico. Nadie sabe cómo lo consiguen. Como sus parientes poliquetos más cercanos, los seguidores de Shyamalan resisten sin pestañear los cuatrocientos grados centígrados de bochorno que alcanzan las películas del director de origen indio. Y yo ahí, en la sala de cine, luchando para no arrancarme los ojos con una cuchara oxidada. Qué gusto debe de dar vivir en la piel de Shyamalan y poder dirigir películas sin público. Un placer solo comparable al de torear sin toro o al de ponerse cariñoso con muñecas hinchables deshinchadas.

La visita se vende como una película de terror con toques de humor negro. En realidad se trata más bien de un thriller, pero aceptemos pulpo como animal de compañía. En su escena culminante, el supuesto abuelo de los dos chavales protagonistas le estampa a uno de ellos un pañal con tropezones en la cara. Han leído bien: el clímax de una película a la que se le supone cierta ferocidad es un chiste de pedos. Nadie le negará la coherencia interna a La visita. Deanna Dunagan, una digna actriz de setenta y cinco años, se pasa la película enseñando el culo y corriendo por los pasillos de su casa a cuatro patas. En la mente de Shyamalan, los viejos dan miedo pero también risa. Porque llevan pañales y sus culos son feos, ya saben. Es el «humor negro» del que hablan algunas críticas. He visto más finezza intelectual en algunos campos de Tercera Regional.

Con todo, lo peor de la película no es su humor de sal gorda. Lo peor son los chavales que la protagonizan.

Miren. La razón por la que ningún buen director de cine aceptaría jamás darle un papel protagonista a un adolescente es porque resulta imposible identificarse con ellos. Que es precisamente la característica principal de un protagonista: su capacidad de despertar nuestra admiración, o nuestra compasión, o nuestra envidia, o nuestra simpatía. Es decir, su potencial empático. Un adolescente, sin embargo, es un ente estomagante al que solo se puede soportar en su forma idealizada. El Kit Carruthers y la Holly Sargis de Malas tierras, la Lolita de Kubrick, las internas de Picnic en Hanging Rock, las hermanas Lisbon de Las vírgenes suicidas o el Rusty James de La ley de la calle resultan fascinantes porque no son adolescentes reales sino la idealización nostálgica que un adulto ha hecho de un adolescente. No son adolescentes sino conceptos.

Pero los protagonistas de La visita son adolescentes de los de verdad. Granujientos, repelentes, cargantes, redichos y sabiondos sin gracia ni salero alguno. Como no son niños, ni siquiera despiertan nuestro instinto de protección. Como no son adultos, sus angustias nos caen tan lejos como la galaxia Andrómeda. Dan ganas de hostiarlos.

Así que empieza la película y te topas con dos elementos cansinos a los que deseas una muerte lenta, cruel y retorcida. Uno de ellos rapea idioteces a todas horas mientras fantasea con zorritas y guarrillas. La otra pretende salvar la relación de su madre con sus abuelos realizando un vídeo casero al estilo Dogma. Si estos no son los dos adolescentes más aburridos y autoconscientes sobre la faz del planeta Tierra, que venga Dios y lo vea. De sus dotes actorales hablamos otro día: tendrían problemas para ser contratados en una serie de televisión española y con eso lo digo todo.

La visita (2015). Imagen: Universal Pictures
La visita (2015). Imagen: Universal Pictures

Estas son algunas de las mentiras que leerán sobre La visita:

1. «Shyamalan es un gran director de atmósferas» (si lo de Shyamalan son «atmósferas» habrá que inventarse entonces una nueva palabra para lo de Stanley Kubrick, Werner Herzog, Alfred Hitchcock, Francis Ford Coppola, Jean-Luc Godard, Ridley Scott, Federico Fellini y David Lynch).

2. «Es una película divertida» (se refieren al pañalazo: esto da una medida fidedigna de la edad mental del interlocutor).

3. «Su giro final es sorprendente» (no hay ningún giro: un giro de guion es el que te obliga a reinterpretar el sentido de lo visto durante las dos horas anteriores. Memento, por ejemplo. En La visita cambia la identidad «percibida» de los villanos, no el sentido de sus acciones).

4. «Es cine sobre cine» (el tópico que suelen utilizar los críticos perezosos cuando en una película aparece alguien filmando una película; todavía no he logrado averiguar qué quieren decir con eso ni por qué misteriosa razón deberían importarle al espectador las pajas mentales que se haga el director acerca de su propio oficio).

5. «Es una película terrorífica» (los sustos no son aterradores, son solo sustos. Yo mismo salté varias veces de la silla, algo lógico cuando el director sube el volumen de los portazos hasta hacer que te tiemblen los huevos en la butaca del cine).

6. «La visita es, también, un drama» (no hay ningún drama: a los dos protagonistas les chupa un pie el destino final de sus abuelos. Tanto que, a las pocas horas de que los saquen momificados del sótano en el que se pudrían, uno de ellos anda rapeando sobre el asunto como si en vez de corazón tuviera un gorgojo en el pecho).

7. «Es un retorno de Shyamalan a sus mejores momentos» (ahí la han clavado. La visita está al nivel de El sexto sentido, Señales y El bosque: el de la línea 4 del metro).

8. «El mensaje de la película radica en el hecho de que los dos adolescentes son capaces de superar sus respectivos miedos gracias a una experiencia catártica» (mentira: el mensaje de la película es la idea de que lo viejo, lo rancio, debe morir para dejar espacio a lo joven, lo fresco. El referente más obvio de La visita es Hansel y Gretel).

La visita (2015). Imagen: Universal Pictures
La visita (2015). Imagen: Universal Pictures

Estas son algunas de las verdades que no leerán sobre la visita:

1. La «idea de Shyamalan» (un supuesto director de atmósferas, con un negro sentido del humor, amplia cultura pop y cierta profundidad intelectual) es infinitamente más atractiva que el Shyamalan «real».

2. El público objetivo de Shyamalan son los adolescentes de todas las edades.

3. Las películas de Shyamalan no son solo facilitas sino también facilonas, que no es lo mismo aunque se le parezca.

4. El sentido del humor de Shyamalan rivaliza en sutileza con el de los Morancos.

La visita no es la calamidad que uno espera de Shyamalan sino tan solo una película soporífera que se olvida tan pronto se sale del cine.

Plagiarse a sí mismo es totalmente aceptable cuando lo que plagias es una genialidad. La idea de que el protagonista acabe con el monstruo a través de la superación de sus traumas con el deporte (el béisbol en Señales y el fútbol americano en La visita) es ridícula por no decir oligofrénica. Lo repito: Shyamalan es un director para adolescentes de cualquier edad.

La única razón por la que Shyamalan aún goza de crédito entre determinado sector de la crítica es porque no es un completo inútil a la hora de disponer con cierto gracejo los elementos de sus películas. Dicho de otra manera: este hombre es un timador de libro pero conoce los trucos de su oficio. Sus películas funcionan con aquellos espectadores con la inocencia suficiente como para pasarse las dos horas de proyección siguiendo con la vista los tres cubiletes y de sorprenderse cuando el director hace desaparecer la pelotita. Sin esa credulidad a cuestas, el engendro se evapora como un cubito de hielo sobre el asfalto caliente. Shyamalan, en definitiva, parece dirigir películas para ese espectador mitológico de la América profunda que a pesar de haber cumplido ya los treinta sigue leyendo cómics de la Marvel, analizando en foros de internet en los que solo hay tíos con perilla la semiótica de Hora de aventuras y jugando a videojuegos (eso sí: «independientes») mientras se atiborra a Cheetos y sus novias pasan la noche con otros. Yo creo que ese tipo de seres averiados no existen en la realidad. Quizá en Harveyville, Kansas. Pero si existen, se merecen el papel de monstruo en la próxima de Shyamalan mucho más que un par de ancianos con demencia senil.


Radiografía de un fotograma: una pelota en el suelo


John Russell es un exitoso músico, pianista y compositor, cuya vida se ha venido completamente abajo tras perder a su mujer y su hija en un accidente de tráfico. Inexpresivo y reservado —nunca estamos seguros de cuáles son sus emociones al respecto— Russell decide cambiar de vida y mudarse a un viejo caserón señorial, adquirido a través de una empresa inmobiliaria, donde poder concentrarse en el trabajo como forma de intentar sobrellevar su desgracia. Busca tranquilidad y aislamiento; el caserón parece el lugar indicado. Sin embargo, en su nuevo hogar empiezan a suceder cosas extrañas; primero a sus espaldas y más tarde ante sus propios ojos. Russell es un hombre poco dado a la autosugestión, pero no puede evitar darse cuenta de que en la casa se escuchan inquietantes ruidos regulares; se abren y cierran puertas; se rompen cristales. O de que algunos objetos parecen haberse movido de sitio y aparecen en lugares donde antes no estaban. Intrigado por estos fenómenos —aunque más bien escéptico sobre su naturaleza— Russell trata de recopilar información sobre la casa en la inmobiliaria y llega incluso a contratar los servicios de una parapsicóloga que intentará ponerse en contacto con los presuntos espíritus que, supuestamente, habitan el edificio y producen estos sucesos anómalos.

Hasta aquí, todo esto parece el planteamiento típico y tópico de una película de fantasmas convencional. Y lo es; solamente sucede que Al final de la escalera (The changeling, 1980) es el film que recopiló muchos de esos lugares comunes no ya solamente del cine clásico de terror, sino también de la literatura del género; con ellos y con algunas aportaciones nuevas, Al final de la escalera sentó unas nuevas bases, una especie de manual de cómo filmar una película de fantasmas que serviría para posteriores cineastas. De hecho, si uno pregunta a cualquiera sobre films de este subgénero, la mayor parte de la gente citará El sexto sentido y Los otros; pues bien, ambas películas son ampliamente deudoras de Al final de la escalera, no sólo porque se han inspirado en ella para crear atmósferas y situar el tono general de la película, sino incluso llegando a copiar escenas concretas. Y no se puede juzgar muy duramente a sus respectivos directores por ello; lo cierto es que tras la película de Peter Medak no quedaban muchas más opciones para tratar el asunto de los fantasmas en celuloide. Porque Al final de la escalera usó casi todos los grandes recursos que puedan imaginarse para reflejar en pantalla la presencia de espectros invisibles, y lo hizo de forma absolutamente magistral. Fue al cine de fantasmas lo que El padrino fue al cine de mafiosos, al menos en cuestión de poder de influencia artística y genérica: ya no es posible hacer una buena película de espectros sin rendir cuentas con el film de 1980. Quizá es la obra por la que será recordado el susodicho Peter Medak, un director prolífico pero irregular que en sus idas y venidas del cine a la televisión y viceversa no ha dejado una impresión mucho más amplia pese a su amplia producción. Como mucho, y dejando aparte esta obra, su nombre quizá suene a los más observadores por haber figurado como director en algunos episodios aislados en series tan conocidas como The Wire, Breaking Bad o House MD. Sin duda, será difícil que otro de sus trabajos iguale la huella que dejó en la cinematografía con Al final de la escalera.

La opresiva atmósfera que la película va construyendo durante su primera mitad quizá sea reflejo de la peculiar gestación de su argumento. El guionista Russell Hunter escribió una historia llamada The changeling la cual, según sus propias palabras, estaba inspirada por sucesos paranormales ocurridos en una casa que él mismo habitó a finales de los sesenta. La edificación, situada junto al Cheesman Park en Denver —un parque público que permanece abierto hasta las once de la noche— era similar a la mostrada en la película. Allí, asegura Hunter, se dieron situaciones totalmente inexplicables; las que cualquiera identificaría con la presencia de espíritus. El escritor abandonó la casa después de un agitado periodo de fantasmagorías varias; no mucho después, fue demolida y sustituida por un edificio nuevo. Sin embargo, si hacemos caso a la tradición local del barrio, las apariciones extrañas siguen sucediéndose no sólo en este nuevo edificio sino también en otras de las construcciones que rodean al parque; el cual sería, dicen, el origen de los fenómenos. Hunter fue coautor del guión de la adaptación cinematográfica y aseguraba que algunas partes del metraje se correspondían con fenómenos a los que había asistido en primera persona. De hecho, el personaje de John Russell —soberbiamente encarnado por George C. Scott— sería una especie de alter ego suyo y varios (aunque no todos) de los fenómenos mostrados le habrían sucedido en la vida real. Naturalmente, resulta fácil mostrarse escéptico al respecto. Lo único que podemos decir, eso sí, es que la película consigue que varios de esos momentos parezcan asombrosamente realistas. Si Russell Hunter no vivió de verdad esos fenómenos como afirma, desde luego su guión —y la dirección de Medak— logra hacernos creer que sí podrían suceder en cualquier momento y en cualquier parte.

La clave de la escalofriante verosimilitud de la película está en la economía de recursos empleados. Prácticamente no hay efectos especiales y la presencia de espíritus en el caserón es progresivamente introducida con pequeños detalles: la tecla de un piano, una pelota, un trozo de cristal, unos sonidos nocturnos; el espectador asiste asombrado a esas sutiles manifestaciones sobrenaturales mientras el protagonista va pasando de un escéptico cinismo inicial al preocupado convencimiento de que todo cuanto contempla podría tener un origen auténticamente fantasmal. No desvelaré mucho más para no arruinar la absorbente evolución del film a quien no lo haya visto; sólo cabe señalar que toda la primera parte del film es una lección magistral de cómo crear tensión prácticamente de la nada. No hay histerismos de los actores —de hecho, Scott se muestra más bien hierático durante casi todo el metraje—, ni se abusa de los “sustos” —los hay, pero sólo los justos—, ni se tiene más prisa de la debida para mostrar demasiadas cosas al espectador. Los fantasmas son generalmente metaforizados con objetos, sonidos o situaciones casi siempre minimalistas; Medak nunca fuerza la nota —al menos no durante los primeros dos tercios de película— y el resultado es un recital de pequeños momentos horripilantes cuyo poder sugestivo se encuentra no en lo que significan (ni siquiera sabemos si los fantasmas son buenos o malvados) sino por cómo son presentados. Es un film de terror psicológico en toda regla: cada secuencia impactante es cuidadosamente preparada. Por ejemplo, en otras películas estamos acostumbrados a que la aparición de un fantasma (u otro elemento terrorífico) produzca una intensa reacción emocional en el protagonista. Peter Medak, en este film, recurre ocasionalmente al proceso contrario: por ejemplo, algunas de las manifestaciones fantasmagóricas más llamativas e intensas del primer tercio de metraje siguen a una repentina reacción emocional del protagonista y no a la inversa… lo cual, cuando sucede, deja completamente descolocado al espectador.

Medak, pues, gobernó toda esa parte inicial del film con un finísimo pulso, edificando el suspense ladrillo a ladrillo hasta llevar al espectador a un punto en el que basta la aparición de un simple objeto —como ya citamos en un artículo sobre personajes inanimados— para ponernos los pelos de punta; a nosotros, y al propio protagonista. Por ejemplo, la pelota que una vez perteneció a su hija difunta y que él guardó como su más preciado recuerdo. Paradójicamente, la película consigue que nos parezca lógico que un hombre se aterre ante la visión de algo que representa a alguien tan amado y añorado como su propia pequeña, pese a que podría indicar que hay un más allá y que su hija sigue existiendo en él. ¿No sería eso motivo de infinita alegría para un hombre que no cree en la otra vida y que está desolado por la pérdida de su familia? Pues no. Es un momento aterrador y una buena muestra de cómo Medak se las arregló para retorcer las emociones iniciales del personaje principal hasta sumergirnos junto a él en un ambiente tétrico donde la alargada sombra de una oscuridad indefinible acaba tiñéndolo todo.

Aunque la parte final del film decae un tanto —en mi opinión, a causa de cierta exageración y aceleración innecesarias en el desenlace de la historia—, lo cual le confiere al resultado final cierta irregularidad, lo cierto es que Al final de la escalera es el mejor cine sobre fantasmas que se haya filmado jamás. Al menos lo es en sus mejores momentos, en los que podría decirse que se trata de “la película clásica de fantasmas” por excelencia. La clase de film que resulta ideal para una solitaria madrugada —visto a solas, hará removerse en el sillón incluso al más curtido de los espectadores— y que podría ser seguido en días posteriores por una revisión de El sexto sentido y Los otros; un interesante ejercicio para descubrir cómo los buenos directores “roban” o toman prestados recursos de otros buenos directores y saben emplearlos para rodar una nueva y buena película.

Eso sí, no volverá usted a ver del mismo modo una escalera solitaria que ascienda hasta un desván; eso se lo podemos asegurar desde ya.


Shyamalan está triste, ¿qué tendrá Shyamalan?

Hay gente que ha nacido con estrella, hay gente que ha nacido estrellada y luego está él.

El sexto sentido
“Mamá, mamá: la Falta de Ideas me está mirando y va a convertir mi prometedora carrera como director en un páramo”

Lo mejor que te puede ocurrir si eres un director de cine se resume en las siguientes premisas: uno, que tengas un nombre imponente como M. Night Shyamalan, con la abreviatura al principio, arrebato de heterodoxia picassiana al que no se atrevió ni Farrah Fawcett Majors y eso que a ella se lo permitíamos todo. Dos, que todos crean o quieran creer que tu mejor película es de hecho tu primera película aunque realmente no lo sea y se nieguen a admitir que justo antes habías rodado una comedia con Rosie O’Donell. Es decir, ¿qué mayor favor pueden hacerte los espectadores —y los críticos— que sencillamente ignorar tu comedia con Rosie O’Donell? Tres, que te comparen con Alfred Hitchcock y con Steven Spielberg. Cuatro, que tengas un estilo reconocible de esos que te hacen merecedor de recuadros con texto de color distinto en las enciclopedias de cine. Cinco, que la sola mención de tu apellido haga que las multitudes se agolpen en las taquillas de los cines de medio mundo ansiosos por comprobar de qué has sido capaz esta vez. Y seis, que para colmo seas de origen indio, lo cual te garantizará la atención de un vasto mercado asiático generalmente ensimismado con sus propias y coloristas producciones, esas que a los occidentales tanta gracia nos hacen pero que, lo pretendamos o no, nunca llegamos a entender.

Todos estos eran los poderes del director norteamericano. Viento de popa y henchido el velamen, en los inicios de su carrera todo parecía marchar tan idealmente bien que incluso a Charlie Sheen le debió de costar entender cómo un individuo podía acumular tanto “win” en su organismo y no reventar en consecuencia. Shyamalan era amado por el público y por la crítica, la cual rara vez ama en vez de solamente conceder. Algunos, como quien escribe estas líneas, pensábamos y seguimos pensando que Shyamalan tiene mucho talento. Del de verdad, del que se puede aplicar con resultados empíricamente comprobables y no del que los fans imaginan como sustitutivo mágico del fracaso de sus ídolos. Defender esta idea, el que Shyamalan es un director de grandes cualidades, no ha sido fácil, y cada vez lo es menos. Es Shyamalan quien no nos lo pone fácil y nos obliga, a nuestro pesar, a recurrir a la triste metadona de “lo que pudo haber sido y no fue”.

Los amores que no son el de tu vida son siempre mejores al principio

Shyamalan
Actitud indolente, mirada perdida en el infinito… la Pose del Pensador.

El sexto sentido puso a M. Night Shyamalan en el mapa y de qué manera. Le encantó al público, le encantó a la crítica, me encantó a mí y seguro que le encantó todavía más al propio Shyamalan cuando le llegaban los cheques con la recaudación y las ristras longaniceras de hiperbólicos elogios. El sexto sentido era ciertamente una película efectista, pero de un efectismo tan intrincadamente artesanal como el de las celosías de vidrio de una catedral. Esto es, arte. Sus influencias eran obvias: quien haya visto Al final de la escalera, aquel fascinante cuento de fantasmas protagonizado por George C. Scott (la inicial en medio; qué previsible), habrá establecido fácilmente los muchos paralelismos. Pero El sexto sentido, aun siendo un derivado deudor de cosas que ya se habían hecho —incluso con secuencias abiertamente copiadas de esa otra película— triunfaba allí donde Al final de la escalera había sufrido un traspiés: en la resolución del argumento. La tensión no iba de más a menos, sino de menos a más y de manera imparable, hasta hacernos retener el aliento en nuestra butaca mientras una mujer lo exhalaba en la pantalla. Shyamalan creó un cuento que no era original pero sí era sorprendente. Incluso conseguía mitigar la dominguerizante presencia de Bruce Willis —buen icono, mal actor— y conferirle a todo el asunto un convincente tono melodramático que logró que no nos extrañase que Willis no blandiera una metralleta, algo que suele suceder cada vez que “tipee-kay-yay motherfucker” salta la cerca y se adentra en terrenos que no son la pura acción.

Así que el falso debut de Shyamalan (aunque el debut que cuenta no es el verdadero sino el que nosotros queramos que sea su debut…¡naturalmente!) fue una gran y hasta podría decirse que impresionante película. ¿Obra maestra? No sé decirles: en todo caso parecía la obra de un joven maestro. Lo que más sorprendió a los cinéfilos del mundo (esto de “cinéfilos del mundo” ha sonado a ONG pero prometo que ha sido sin querer y que no pienso pedir donativos) era la facilidad con que Shyamalan nos había conducido —a nosotros, el rebaño de espectadores— a través de ese prado de engaños llamado cine para hacernos creer que estábamos viendo una cosa y al final descubrirnos que al final era otra. Magia, prestidigitación, mentira, manipulación, falsedad… todas las malévolas cualidades imprescindibles en un artista de la narración. El sexto sentido era una película que te gustaba, hasta que en el giro final del argumento dejaba de sólo gustarte y sencillamente te hacía salir del cine con la boca abierta. Siempre habrá un listo de turno que diga: “yo ese final lo veía venir”. Pues amigo, lo siento por ti: te perdiste “eso” que se sentía en uno de los momentos más sobrecogedores de las últimas dos décadas de cinematografía mundial. Para bien o para mal (ahora sabemos que para más mal que bien), el director hizo de La Sorpresa Final el señuelo identitario de su obra posterior.

Considerado universalmente un prodigio, capaz de escribir y dirigir su propio material con la soltura de un joven Orson Welles y convertido en ojito derecho de la crítica mientras Quentin Tarantino —que transitoriamente había dejado de ser la princesita mimada del baile— se devoraba las uñas en algún rincón, Shyamalan volvió a agradar con su siguiente película, El protegido, en la que jugaba irónicamente con la figura del superhéroe —aquí sí encajaba como un guante Bruce Willis— y en la que volvía a fascinarnos con una historia bien hilada , culminada de nuevo con un giro final no tan impactante como el de El sexto sentido, pero que cumplía correctamente su función de darle telón a la historia: las películas hay que terminarlas de alguna manera. Como “película después de” no estaba nada mal. El chico tiene talento, a la gente le gusta lo que hace… y no ha tropezado después del éxito. Nos frotamos las manos: Shyamalan ha forzosamente de tener varias grandes obras en camino.

Demasiado grande, demasiado pronto

Señales
—”Yo creo que es un marciano, ¿lo ves? Te dije que este film iba de marcianos”. —”No, papá, soy yo, que me había escondido para que no me vuelvas a leer la Biblia” —”¿Ves? Lo que yo decía. Marciano.”

Una de las teorías sobre el futuro que le espera al cosmos dice que cuando la materia esté tan extendida que dejen de existir cúmulos de masa vibrante —esto es, fuentes de luz y calor—todo quedará oscuro, frío y en silencio. El universo seguirá existiendo como un todo casi vacío pero no habrá nadie a quien le preocupe ni nada medianamente perceptible por lo que preocuparse.  Llamémoslo Hipótesis Shyamalan. Hubo un tiempo, más allá de la memoria, en que un director tenía que rodar varias grandes películas a lo largo de décadas antes de que el mundo se dignase considerarlo un artista, y quien tenía la osadía de convertirte en artista a las primeras de cambio —como el ya mencionado Orson Welles— era condenado al ostracismo por haberse atrevido a desafiar el escalafón establecido de talentos. Como en un ejército bien organizado, era irrespetuoso para con quienes ya habían ascendido y aberrante para con el equilibrio de la cadena de mando el que un cabo se convirtiese en general de la noche a la mañana, no importa cuáles fuesen sus logros o lo ilimitado de su potencial. Los Big Bangs no tenían apenas cabida en el mundo del cine.

Pero desde hace tiempo, supongo que por la desesperante carencia de grandes artistas que ha marcado el final del fértil siglo XX y los inicios del hasta ahora decepcionante XXI, a cualquier director que destaca se le grapa el marchamo de genio en la frente y se le suelta a pastar por los montes de celuloide para ver si nos trae una liebre entre los dientes en forma de obra maestra. Pero el proceso, que tan cómoda hace la caza porque el spaniel bretón corretea en pos de la presa mientras nos preparamos unas suculentas gachas de harina de almortas con chorizo, funciona con los galgos y podencos pero no con los directores de cine. No funcionó con Tarantino, aunque muchos críticos y diletantes con antiparras de montura de concha se aferran a él y su supuesta grandeza como el creyente se aferra a la grandeza imaginaria de un dios invisible, por puro horror vacui. No podemos soportar la idea de que no valga lo que decíamos que vale, así que finjamos todos que vale.

Tampoco funcionó con M. Night Shyamalan. El día en que Shyamalan empezó a creer que verdaderamente era un artista fue el día en que dejó de serlo para convertirse en un mero obrero dedicado a la monótona ingeniería de intentar replicarse a sí mismo una y otra vez. Cometió el grueso error de tantos narradores: creyó que no bastaba con contar bien una historia, sino que además tenía importantes mensajes que transmitir al mundo. De repente, él, M. Night Shyamalan, tiene algo que decirnos. Nos quiere transmitir Sus Ideas. Como si nos importara. Lo que los espectadores queremos que nos den, en primer lugar, es cine: que el director se empeñe en aleccionarnos moralmente sacrificando para ello lo que podría haber sido una buena película es tan ridículo como si Michael Jordan se hubiese puesto a filosofar ante la grada después de encestar tres triples consecutivos mientras el equipo rival se hincha a anotar puntos a sus espaldas.

Señales fue el primer indicio de que Shyamalan estaba siendo devorado por su ego, aunque entonces fuimos muchos quienes confiamos —equivocadamente— en que se tratase de una ínfula transitoria, algo parecido al inevitable eructo tras el empacho del éxito. Nos decíamos que Shyamalan había tenido su Señales como Spielberg tuvo su 1941. La película prometía mucho: un film de platillos volantes en la senda de Encuentros en la tercera fase combinado con secuencias de ese suspense hitchcockiano que a Syhamalan se le suele dar tan bien. En sus películas anteriores había demostrado imaginación, técnica y savoir faire más que suficientes como para justificar el optimismo. De hecho, en Señales hay algunas secuencias memorables y aún debo de ser una de las pocas personas que se entretienen —a ratos— viéndola, pero esa no es la cuestión. Lo que debió haber sido un buen film de ovnis se transformó en una pomposa parábola religiosa, en la que Shyamalan intentaba desesperadamente mezclar los resortes de su éxito con una nueva e inesperada vocación de Revelador de Verdades Metafísicas. Y no era el mensaje lo que resultaba molesto, sino cómo al meter ese mensaje con calzador en el guión, el director se cepillaba la coherencia interna y, sobre todo, el ritmo de lo que bien pudo haber sido un título de ciencia ficción más que apreciable. La sorpresa final del argumento, a la que Shyamalan seguía recurriendo como “marca de la casa”, estaba tan endeblemente construida que no mereció la pena arruinar una potencialmente buena película para justificar una metáfora filosófica más bien tonta. Tanto “flashback” y tanto diálogo de catequesis para absolutamente nada… como si hubiese tenido algo de malo hacer una buena película de género. La gente aún se siente fascinada con Encuentros en la tercera fase y con Tiburón. Taquilla, fantasía y género no son antónimos de arte: Kurosawa amaba Tiburón. Pero Señales, al final, no era ni una película de género, ni un drama, ni una historia rápida, ni una historia lenta, ni era acción, ni era pensamiento. Era un gazpacho irreconocible de intenciones contrapuestas: el Shyamalan filósofo se estaba peleando con el Shyamalan taquillero y nadie salía ganando.

Pero bueno, por aquella vez se lo perdonamos. La película tenía sus momentos impactantes y también sus momentos ridículos, pero nadie puede acertar siempre. Tampoco ayudaban Mel Gibson con su mejor cara de “he vuelto a pasarme con la cocaína” —no insinúo que Gibson sea drogadicto, que no lo sé, pero esa es siempre la cara que pone cuando intenta actuar— ni un Joaquin Phoenix demasiado ocupado en emocionarse a sí mismo como para acordarse de que había espectadores mirando. Señales, aun sin ser tan espantosamente horrible como algunos se empeñaron y aún se empeñan en dictaminar, hizo flaquear la fe de los perplejos seguidores de Shyamalan y le valió a su director las primeras dubitativas objeciones de la crítica. Pero pasemos página. Seguro que Shyamalan ha aprendido la lección y lo hará mejor la próxima vez.

…y después del Big Bang, el universo comenzó a expandirse hasta desaparecer

Joaquin Phoenix
Joaquin Phoenix en “El bosque”, poniendo la misma cara que pone en TODOS los planos de TODAS sus películas: “me emociona tanto pensar en lo bien que estoy actuando, que tan abrumador sentimiento no me deja actuar”. ¿Paradoja? No, poesía.

Si has escuchado discos como Trhiller y Bad, sabes que Michael Jackson tenía talento. Mucho talento. Pero también tuvo mucho éxito y una vez conseguido no quiso renunciar a ese éxito ni una sola vez. Después de esos dos discos era perfectamente capaz de haber grabado cosas muy distintas, lo cual probablemente le hubiese satisfecho más como artista y hubiese producido mejor música, pero no pudo renunciar a los puestos altos de las listas, a los millones de dólares destinados a comprar vasijas chinas con la voracidad de un Randolph Hearst y comenzó a fotocopiarse a sí mismo repitiendo una fórmula que, sí, siguió siendo exitosa, pero que estaba artísticamente agotada y terminó siendo musicalmente irrelevante.

Tras el ligero tropezón artístico de Señales, M. Night Shyamalan empezó a debatirse entre dos necesidades contrapuestas: la de seguir aferrado a la fórmula que le había dado el éxito y aquella nueva necesidad de iluminar al mundo con su sabiduría, aunque nadie en el mundo se lo hubiese pedido (más bien al contrario). Seguramente lo mejor hubiese sido renunciar a ambas cosas y filmar algo completamente inesperado para huir del encasillamiento, como hacía en su día Clint Eastwood o como hacen ahora los hermanos Coen. Es posible que estrenando una película totalmente distinta a sus pasados éxitos (¿otra comedia con Rosie O’Donnell? Como díria Bart Simpson: “¡sigue pensando, Homer!”) se hubiese pegado un batacazo de taquilla, pero  Eastwood por ejemplo sobrevivió a más de un pinchazo comercial y sólo así logró que le tomaran en serio. Pero claro, Eastwood provenía de aquellos tiempos de los que hablábamos unos párrafos más arriba, en los que casi necesitabas tu nombre en una lápida para que los críticos te diesen un aplauso unánime. Shyamalan a sus pocos años ya estaba jugándose un enorme prestigio y eso que sólo había estrenado un pequeño puñadito de filmes. Tenía toda una maquinaria propagandística y comercial detrás, el público estaba algo nervioso y no parecía tener ganas de tolerar otra Señales. Menuda papeleta.

Pero si no quieres caldo, dos tazas. Si Señales nos cabreó porque la anunciaban como película de ciencia ficción y terminaba siendo una versión audiovisual de la hoja parroquial con secuencias de género de por medio a modo de tropezón entre tanta revelación a lo Pablo de Tarso, El bosque nos cabreó porque la anunciaron como película de terror, con monstruos correteando entre los árboles —¡decididamente atrayente!— y terminó siendo una metáfora sociopolítica desconcertante que nos hacía preguntarnos si nos habíamos sentado en la sala de butacas equivocada y habíamos ido a caer en un festival del melodrama costumbrista de los Balcanes. Shyamalan seguía convencido de que bastaba con meter varias escenas de suspense y, una vez más, una sorpresa final, para que creyésemos estar viendo El sexto sentido de nuevo… y de paso para que nos tragásemos su píldora filosófica de turno. Y, hombre, el público es tonto pero ni todo él ni en tal manera. El bosque era dar gato por liebre, como Señales, sólo que peor. El director estaba intentando jugar el gambito imposible de mantenerse encasillado y desencasillarse a la vez. Trataba de seguir siendo el hábil narrador de cuentos tenebrosos en torno a la hoguera y al mismo tiempo el filósofo que compone la civilización frente al Adriático. Y no, no se puede ser Edgar Allan Poe y Aristóteles a un tiempo. Los carraspeos incómodos del público ante Señales se convirtieron en un decibélico bramar ante El bosque. A Shyamalan se le estaba terminando el crédito artístico y a nosotros la paciencia para con sus humos de gran profeta y su solemnidad de mercadillo.

Aquella reacción negativa de crítica y masa anónima, probablemente, le hizo perder el norte. El público es como una novia inestable que un día te ama con arrebato y al día siguiente no te dirige la palabra, y no hay nada peor que una novia inestable porque es algo ante lo que nadie sabe muy bien cómo reaccionar. ¿Será aquello que dije? ¿Será que la llamo poco? ¿Será que la llamo mucho? En esas situaciones lo mejor es siempre recapacitar y pensar qué es lo que uno de verdad quiere —porque la otra parte no se va a volver estable de repente— pero eso es algo que Shyamalan no alcanzó a comprender. Siguió empeñado en combinar su vocación de quiero-que-el-mundo-me-conozca con los tics típicos ya muy vistos y cada vez menos efectivos de su cine anterior. ¿La prueba? Su siguiente film. La joven del agua era la adaptación de los cuentos que el propio Shyamalan contaba a sus hijas para hacerlas dormir: ¿el resultado? Previsible: también nos hizo dormir a nosotros. Entiéndelo Shyamalan, no es nada personal: es que no nos importa lo que opinas, lo que sientes o qué cuentos les cuentas a tus hijas. Eres un buen director, pero eso no significa que queramos que nos vuelques tu diario sobre la cabeza. No nos interesa tu vida, sino la vida de los personajes de tus películas. No somos las fans quinceañeras de John Mayer ni creemos que la caída de ojos sea sinónimo de genialidad. Queremos una buena película. Y tú solito no estás siendo capaz de hacerla. Sabes filmar, pero como escritor se te han agotado las ideas. No pasa nada por contratar a un co-guionista (y no hablo de alguien que te corrija la ortografía) sino de un verdadero creador a quien hagas caso, alguien que sea capaz de decirte “no” y proponerte alternativas, aunque sea un colaborador casi anónimo y nadie diga de él que es un genio. No pensaremos que tienes menos talento por ello. Buscar ayuda no hace de ti un discapacitado. Búscate un socio creativo. Billy Wilder lo tenía y lo que era bueno para él debería ser bueno para ti, ¿o es que crees que eres más inteligente que Wilder? Créeme, la solución es fácil.

Pero no. La joven del agua demostró que Shyamalan ya sólo escribía para él mismo, o para la imagen que él tiene de sí mismo, o para la imagen que él cree que el público tiene de él. Lo cual no sería un problema siempre y cuando lo que se le ocurra sea mejor que lo que piensan sus espectadores mientras ven sus películas. Cosa que no ha ocurrido en sus últimos films.

Zooey Deschanel
Si no entendí mal el argumento de “El incidente”, todo el mundo se mataba por pura desesperación en cuanto aparecía por allí Zooey Deschanel y les iba dando calabazas. Uno de los guiones más realistas jamás escritos, sin duda, porque ¿quién no moriría por una criatura semejante? Y, ehhhm… ¿de qué estábamos hablando?

Tarjetas de crédito sin crédito

Si cada vez resultaba más evidente que M. Night Shyamalan necesitaba un doctor Watson que atemperase su vontrieresca tendencia a quedar fascinado con su propio intelecto, un compañero de fatigas creativas con quien discutir de tú a tú acerca de cuándo una idea es buena y cuándo es, además de buena, aplicable al formato de cinta de celuloide, El incidente no hizo más que recordarnos esa necesidad. Porque el argumento del film, o su premisa principal, no era una mala idea. No para un relato de Poe o Lovecraft, ni mucho menos para una novela de Ray Bradbury o Philip K. Dick. Unos personajes que huyen de una amenaza invisible: el viento, que porta la semilla de la muerte. Como idea, es admirable. Pero, ¿daba esa idea como para construir toda una película a partir de ella? Una cosa es apuntar una ocurrencia en una servilleta y otra muy distinta es mover todo un equipo de producción para convertir la idea de la servilleta en uno de los estrenos de la temporada, sólo porque Shyamalan pensó que sería capaz de hacer del aire un digno McGuffin. Y no. Que Tarkovski lo lograse en Stalker es incluso relativo, porque el espectador medio la encontrará incluso más soporífera que El incidente. Además, Shyamalan es visualmente brillante pero no tanto como el director ruso. Lo que estoy queriendo decir es que resulta casi imposible hacer una gran película edificándola literalmente sobre el aire.

La joven del agua
En “La joven del agua”, a un tipo tímido e insulso le tocaba la lotería y se le plantaba una bellísima pelirroja en el regazo sin motivo aparente. Es decir, como en las películas porno… pero sin las escenas buenas de después.

Para cuando El incidente fue pasto de los comentarios despectivos de público y crítica, meterse con Shyamalan ya era un lugar común. Fuimos pocos quienes no nos dormimos durante el film y sólo porque en él trabajaba una de las criaturas más bellas que han aparecido en las pantallas de cine: Zooey Deschanel. El director ha atravesado lo que yo llamo la “línea Britney Spears”: esa frontera indefinible que separa al personaje que causa cierto respeto, o al menos cierta piedad, del personaje que se convierte sencillamente en objeto de censura cruel al a mínima que asoma el piececito por la puerta. Ni Britney Spears estuvo nunca gorda —en todo caso ganó unos kilos hasta alcanzar un frutal estado de macicez— ni M. Night Shyamalan es tan mal director. Pero al igual que Britney terminó tirando la toalla para raparse la cabeza y hacer toda clase de disparates, como queriendo dar la razón a quienes la tachaban de loquita, pero se preocupó de cómo seguir vendiendo discos, Shyamalan parece rendido ante la idea de que no le consideramos el Artista Pensador que él cree que es, y se ha lanzado —a veces más vale nunca que tarde— a exprimir las taquillas con The last airbender, adaptación de la serie animada Avatar (nada que ver con aquel bodrio de pitufos en 3D que filmó James Cameron). Se me ocurren unas cuantas cosas que Shyamalan podría haber adaptado en vez de la susodicha serie, pero así son las cosas. Ha decidido que si no lo queremos por lo que es, él nos va a querer a nosotros sólo por nuestro dinero. Sea. La crítica ha vapuleado sin misericordia esta nueva película como hacía tiempo no se veía vapulear a alguien (si no contamos los debates electorales de John McCain) pero el público palomitero ha respondido a la llamada de la marca Avatar y ha convertido el film en un éxito. Yo aún no la he visto, pero ¿saben ustedes qué? Me creo lo que dice la crítica. Porque creo que hay gente ahí fuera deseando todavía que M. Night Shyamalan ruede un nuevo peliculón, algo que a sus antiguos admiradores nos haga “salir del armario” —bueno, yo ya he salido en este artículo— y decir en voz bien alta: “¡sabía que algún día Chamalayan lo iba a volver a hacer!”. Y si no lo han dicho es porque no ha ocurrido. Quizá me equivoque confiando en el criterio de un montón de individuos desconocidos con gafas y flequillo, creyéndome lo que dicen sobre el último trabajo de Shyamalan, quizá The last airbender sea, pese a lo que dice la crítica, una pequeña joya incomprendida, pero…

Siendo muy benévolos, podríamos confiar en que esto de ponerse a adaptar “cartoons” haya sido como aquellas películas estúpidas que Clint Eastwood filmaba para ganar dinero con el que financiar sus “otros” films más personales, pero también podría significar que perdamos definitivamente el potencial de Shyamalan en un agujero negro cameroniano: ganar mucha pasta da más gustito que producir una obra de arte. No todo director con potencial se convierte en Akira Kurosawa. Para colmo, esto de The last airbender, aparte de sonar a accesorio para neumáticos, está anunciado como una trilogía, así que tendremos a nuestro amigo ocupado viendo dibujos durante una buena temporada.

¿Qué hacemos ahora? ¿Confiamos en él y vamos a ver su último film aunque toda la crítica haya coincidido en que la película es sólo apta para oligofrénicos y además haya ganado el premio Razzle como peor película del año? Ya sabemos cómo es la crítica a veces, pero también sabemos cómo viene siendo Shyamalan casi siempre. Yo, por mi parte, prometo que si me animo a verla publicaré una crítica sincera y sentida aquí mismo, en Jot Down. Pues este artículo no es una crítica de un film, sino una reflexión sobre la trayectoria de su director y la progeria creativa que le aflige desde hace lustros. Además, tras Star Wars I: the phantom menace aprendí que la nostalgia de lo que un director hizo en tiempos o la fe ciega y sin pruebas en las posibilidades de un nuevo film no te devuelven los euros que has invertido en la entrada, euros que podrías haber incorporado a tu organismo en forma de proteínas mediante la adquisición de un buen bocata de ternera. “Un minuto en la boca y toda la vida en la cadera” me parece un trato más justo que “un minuto en la taquilla y toda la vida en la cuenta bancaria de M. Night Shyamalan”.

¿Cuál es pues el objetivo de este artículo? Este artículo es un lamento. Un lloro. O para quienes estén por encima del bien y del mal, que siempre los hay entre los lectores, una pataleta del redactor. Pese al título, quien está triste no es Shyamalan. Quien está triste es el menda. Quienes estamos tristes somos quienes un día vimos en el futuro del cine en él y no en la frikada enlatada de Tarantino (otro que funcionó durante solamente un par de películas, aunque sus seguidores son bastante menos exigentes y aplauden con entusiasmo cada una de sus nuevas ocurrencias). Este artículo es el réquiem por el director que pudo haber sido y no fue. El aullido nocturno por las películas que, con la vista fija en el techo y entre fríos sudores, imagino que él rodó aunque nunca llegó a rodar. Las ruedo yo en mi mente. En ocasiones veo películas. ¿Y saben ustedes lo peor? A veces me da la impresión de que las películas que ruedo en mi mente son mejores que algunas de las últimas que él ha rodado en los platós. Y eso me da miedo. Mucho miedo. Creo que en cualquier momento voy a notar que la gente exhala un hálito en forma de vaho cuando yo ando cerca. Que caeré en la cuenta de que me acerco a ventanillas que están cerradas, hablo con taquilleras que no están allí, compro entradas imaginarias con dinero inexistente y me siento entre tétricas hileras de butacas vacías contemplando una pantalla a oscuras y convencido de que aquello es la “última de Shyamalan”. Quizá es que estoy muerto y nadie me lo ha dicho. Si ese es el caso, enhorabuena: ustedes, allá en el mundo de los vivos, deben de estar disfrutando de las nuevas obras maestras de Shyamalan, mientras yo crío gladiolos en algún rincón del cementerio.

Lo cual me lleva a pensar (atención: aquí viene el Final con Sorpresa, como no podía ser menos en un artículo dedicado a M. Night Shyamalan)… y si no soy yo quien ha muerto y sí estoy vivo, y sí estoy viendo las cosas tal y como son, entonces… ¿están los fans de Tarantino vivos realmente?

Cha-cháan.

THE END

El bosque
Va, pero lo hago sólo porque sois vosotros: otra fascinante secuencia de Joaquin Phoenix en “El bosque”. Creo que aquí es cuando Caperucita pinta los árboles para que Pulgarcito sepa cómo volver tras haber ido a buscar medicinas para la abuelita. O algo así, pero con mucho trasfondo social y político, y con Adrien Brody haciendo de Arévalo.