Huidas a cámara rápida y un saxo sin sexo: vida y obra de Benny Hill

Benny Hill
Benny Hill. Foto. Cordon Press.

De primeras, una anécdota. Posiblemente apócrifa, les advierto, porque imposible contrastar, y eso no suele ser buen indicio. Pero es que refleja tan bien todo…

Estamos en 1995. Frente a la tele, porque es lo que se hace, ¿no?, ver la tele. Allí hay un busto hablando. Que si bla, que si bla, que si plim. Pasamos a otras noticias, dice. La BBC ha decidido cancelar las reposiciones de El Show de Benny Hill. Rostro serio, circunspecto. Explicaciones. No importa, nadie escucha. Alguna persona (no, algún héroe) ha hecho lo que todos deseábamos hacer en tan señalado instante. Por los altavoces se cuela «Yakety Sax». Sí, esa canción. Esa precisamente. La están ustedes tarareando, bribones. Esa. El último chiste. 

Se non è vero, è ben trovato. 

Inglés, gordito, paliducho, sicalíptico 

Que nadie venga aquí buscando justificaciones, tirones de pelo canallitas, o palabras gruesas como «feminazis». Amigos, Benny Hill apesta. O, más bien, se quedó caduco. ¿Sigue haciendo gracia? Pues oigan, a ratos, para qué les voy a decir otra cosa. Pero así, tomado el todo, digamos que tiene el mismo tono de polilla y pachuli que Ay, qué calor o Contacto con tacto, aquel programa de citas que presentaba un Bertín Osborne perennemente ebrio. Si no lo recuerda (o es demasiado joven) detenga su curiosidad. En serio, Contacto con tacto. A quién se le ocurre. 

Así que nada de panegíricos. Cuando la BBC dejó de emitir El Show de Benny Hill en Estados Unidos, Amy Mulcair, directora de marketing, declaró que el programa era reflejo de «una Inglaterra anticuada y retrógrada, y esa no es la imagen que queremos dar de Inglaterra». Observen cómo la buena moza no entra en disquisiciones sobre si la imagen es verdadera o no, ella solo quiere que no se identifique el país con eso. 

Tiene razón. Hoy ves los gags de Benny Hill (la necesaria labor de documentación nos ha llevado nuestras buenas horas) y, en fin… humor inteligente, lo que se dice humor inteligente, pues no es. ¿Ofensivo, sexista, simplón y viejuno? Mira, eso sí. Ahora, qué coño, a veces aún te arranca risas. Aunque luego mires a tu alrededor, no vaya a ser que tengas algún hípster enarcando la ceja.

Protagonista. Le pusieron, allá por 1924, Alfred Hawthorne Hill. Como ustedes seguramente comprenderán, aquello era imposible de meter en un cartel mínimamente serio. Así que Benny, como Jack Benny, que le gustaba mucho. Tampoco Jack Benny se llamaba Jack Benny, sino Benjamin Kubelsky, y así podemos tirarnos hasta el infinito, ¿eh?

Y eso, que al joven Alfred pronto le tiran las tablas. Bueno, más arena, porque padre y abuelo eran payasos de circo. Empezó a probar suerte tras la Segunda Guerra Mundial. Lo alistaron, pero como mecánico y conductor de furgonetas, así que no busquen heroicidades. Anda que no hubiese molado el Benny Hill por Normandía, ¿eh?, pero nada. Incluso acabó en la Combined Services Entertainment, una compañía encargada de entretener a las tropas. Como Marta Sánchez cantando «Soldados del amor», vaya, pero sin escote. Luego teatros londineses. Pasa que el tipo tenía su buen pánico escénico (aunque parezca increíble), así que fijó mirada en algo novedoso: la tele. Oh sí, allí podía hacer el cabra todo lo que quisiera, equivocarse, corregir, no aguantar miradas de superioridad detrás de los monóculos…

The Benny Hill Show debuta en la BBC allá por 1955. Benny mandaba guiones de sketches a la cadena, y alguno cayó en manos de Ronald Waldman, que le vio potencial al tema. Desde allí, todo éxitos. Thames TV adquiere el programa en 1968, y se está emitiendo, de forma ininterrumpida, hasta tres décadas más tardes. Cuarenta y cuatro años seguidos haciendo gags, poniendo caritas, golpeando calvas e inventando situaciones para que las mujeres quedasen en bragas y sujetador. Esteso y Pajares a la máxima potencia, desde antes hasta después. Aunque él siempre negase esto. No, no. Fíjate, en mis historias el lujurioso siempre sale escaldado. Se le pinta negativamente. Y tiene su castigo. 

Sea como sea, éxito. Ese que hoy miramos con cierta superioridad, representante de un humor zafio y grosero, gozó de reconocimientos sorprendentes. A ver, que Michael Jackson lo admirase tampoco nos vuelve locos, porque a estas alturas de Michael Jackson… en fin. Pero otros sí marcan más. Michael Caine, por ejemplo, buen amigo de Hill. O Charlie Chaplin. Decían que había resucitado el slapstick, y quizá tenían razón, al menos en parte. En 1971 The Benny Hill Show fue visto por veintiún millones de personas. Solo en Reino Unido, ojo. En total vivían allí cincuenta y cinco millones de paliduchos rubicundos. El porcentaje no está nada mal, ¿eh? 

La mejor banda sonora de todos los tiempos

Seguro que ustedes saben de lo que hablo. La cancioncilla. La que acompaña persecuciones a cámara rápida al final de los capítulos. Cómo no descojonarte con eso. A cámara rápida. Tú pones cualquier cosa a cámara rápida y con esa música y es que resulta graciosísimo. Un Madrid-Barcelona, el debate sobre el estado de la nación, la misa del domingo. Hasta los vídeos de Boris Johnson. También les digo, Boris Johnson es el Benny Hill de los millennials

El tema se llama «Yakety Sax». Vamos, todos a ponerla de fondo. Perfecto. Año 1963, unos señores que se llaman Boots Randolph y James Rich. Tampoco se mataron mucho, ¿eh?, porque la cosa suena muy parecida a «Yakety Yak» (no confundir, esta es mejor, pero hace menos gracia), y también pilla prestados ciertos asuntillos de una marcha militar escrita por Fučík, que era un paisano muy serio, muy austrohúngaro y con bigotes realmente marciales. Que se lo pasasen por la batidora del humor es lo mejor que podía ocurrirle.

«Yakety Sax» ha salido a modo de parodia en varias pelis, series y videojuegos, porque casa muy bien con todo. Cualquier chabacanería que quiera imitar la chabacanería primigenia debe incluir este temazo. Ah, también lo tienen ustedes en la adaptación cinematográfica de V de Vendetta. Allí hace bastante gracia y tiene un retintín irónico que aquí siempre aplaudimos. Es fácil fantasear con Alan Moore viendo esto en el castillo abandonado donde viva ahora y no puede por menos que descojonarse. Él no sé, pero nosotros sí.

Luego estaban los secundarios. Los secundarios, en The Benny Hill Show, van por dos categorías: mujeres guapas (y con menos ropa a medida que pasan años y metraje) y un viejo calvito. El viejo tiene su cosa, porque ayudó a crear un gag imperecedero, lleno de sutileza e expresionismo, con profundas implicaciones metafísicas. Sí, sí, ese en el cual Benny Hill le da collejas sobre la cocorota a cámara rápida. Ah, uno se imagina a Foucault observando, ceñudo, con su jersey de cuello alto, su pipa y una cara de intensa introspección. Se llamaba Jackie Wright y era norirlandés (ojo, que igual el tema tiene hasta su trasfondo sociopolítico). Metro y medio de tipo pequeñajo cuya tarea consistía, básicamente, en recibir hostias flojitas y no quemarse con el cigarrillo que escondía en la boca durante las grabaciones (ventajas de trabajar en una serie muda, amigos). Visto detenidamente tampoco se diferencia tanto del laburo medio, también les digo. Personaje peculiar, Jackie. Emigrante a los Estados Unidos, obrero solitario en la Cadillac, despedido durante la Gran Depresión (sí, amigos, tenía tantos años), calvo desde su treintena (todo son desgracias). Así que se vuelve a la Verde Erín, y hace cosas aquí y allá. Lo típico. Chapucillas. También pasar tiempo en el pub, que es tema muy irlandés. Solo que este va, a veces, por obligación. Allende el Atlántico pilló gustillo a eso de las tablas, y sigue haciendo un pequeño espectáculo de stand up. Vamos, monólogos delante de pared con ladrillos, colilla en mano y la pinta siempre cerca, seguro que les resulta familiar. En una de esas hay cierto tipo descojonándose entre el público. Al final del asunto se acerca, tiende la mano, me llamo Alfred, dice. La vida de Jackie acaba de cambiar. 

¿Su nuevo papel? Pues pasar por allí, provocar algún equivoco y recibir unas cuantas hostias. Ya ven, parece fácil, pero debes tener talento, porque el público siente empatía por el viejecillo inocente, pero también desea su buena ración de collejas. Le salía genial, para qué engañarnos. Se tiró más de tres décadas con el asunto, pero como siempre tuvo pinta de viejo apenas se notan los años. Ah, llegó a ser famoso en todo el mundo. También en Estados Unidos, el país que dejó atrás cuando todo eso del dust bowl.

Éxito mundial

Porque sí, amigos, The Benny Hill Show era cosa seria. O no, pero me entienden. Algo que ves en (casi) cualquier país. Hasta ciento cuarenta naciones pudieron disfrutar sonrisas, muecas, ojos bizqueando, pellizcos en los muslos. El humor grosero es, parece, universal.

Aquí en España The Benny Hill Show lo emite la televisión pública porque… en fin, porque no había otra. Cuando nacieron las privadas (aquella caspa noventera que no vale ni para nostalgia) sus derechos fueron adquiridos por… A ver, quién se arriesga. Efectivamente, Silvio, Telecinco. Cómo no. Si es que encajaba como un guante. Digamos que en Telecinco The Benny Hill Show resultaba tan refinado como el sketch ese de los Monty Python con el partido de fútbol entre filósofos. Más o menos. Como de aquellas sobraba la pasta (y, presumiblemente, todas aquellas cosas de las que habla Patrick Bateman) Hill comenzó a ser invitado en varios programas de la cadena. Apareció junto a Jesús Gil (Hill y Gil, ¿lo pillan?, jijajo), dándole unas bofetadas. Dice la leyenda que si el orondo expresidiario se lo tomó regular, y le devolvió una hostia al british. Pero esta de verdad, de las gordas (y vaya dos gordos). En fin, no hemos podido confirmar, pero hay un tal Caneda gritando aquí, en la calle, que sí, que pudo pasar como cuentan. Historias.

Su vida privada fue bastante triste, al parecer. Siempre se elucubró sobre una supuesta homosexualidad encubierta, y ya en fecha tan temprana como 1955 el Daily Mirror le preguntaba por su soltería con cierto retintín. Agárrense, porque igual la respuesta de Alfred no fue del todo políticamente correcta. «Es como trabajar en una fábrica de chocolate. Ves tantas chocolatinas que al final ni las miras con atención. Además, yo no quiero una chica glamurosa, sino una que trabaje en una fábrica o en una oficina. Allí se esconden las guapas con sentido común». Bum. Toma ya. En fin. 

(Una vez pidió matrimonio a la actriz australiana Annette André, pero ella pensó que era un chiste, y lo rechazó entre risas. Que no sé si es algo gracioso o tipo bochorno, pero como historia define perfectamente al personaje). 

¿Me muero? Pues otros dos chistes

Supongo que es a lo máximo que puede aspirar un payaso, ¿no? Morirse y hacer chistecitos con ello. Aunque sea de forma accidental, vaya. Pues a Benny Hill le quedó bastante cuco.

No, el deceso no. Eso regular, porque fue cosa común, y algo guarra. Viendo la tele. Ataque cardiaco. Pasa que nuestro héroe tampoco es que saliese mucho a la calle, y de aquellas no había WhatsApp, así que no podías ver quién había leído tus mensajes sin contestar, el muy sinvergüenza, se lo tengo dicho, que no me deje en ascuas. Y nada, que cinco días estuvo el cuerpo de Benny allí, frente al televisor. Anda que no tragaría mierda. 

Pero, decíamos, los chistes. En fin, el mismo día que se durmió ante la caja tonta, Benny mandó un telegrama. Frankie Howard, colega de profesión. Estaba en el hospital a causa de ciertos problemillas infartantes. El texto de Hill le deseaba pronto recuperar, abrazos, besitos, tienes todo mi apoyo, y añadía, al final, el toque salsero. «Deja de robar mis chistes, aquí quien hace las bromas con los ataques al corazón soy yo». Ya ven. El destino, que tiene sarcasmo de sobras.

Y otro. El tal Frankie falleció, y Hill fue entrevistado por la prensa. Estoy consternado, éramos grandes amigos. Ji, ji, qué risas. Solo que para entonces él también estaba muerto. Llamen a Iker Jiménez, hemos conseguido contactar con ultratumba. O no. Por aquello de agilizar trámites (ya saben ustedes lo tocahuevos que son algunos periodistas) el agente de Benny, Dennis Kirkland, habló en su nombre. Él mismo fue quien lo encontró horas más tarde, el 25 de abril de 1992.

Ni siquiera acabaron allí sus aventuras. Digamos que la fama de tacaño había saltado a la cultura popular, y nada gusta más a la gente que una buena leyenda urbana. Sí, colega, mira el tío este, forrado en diamantes y comiendo fish and chips (cómo tomarse en serio una civilización que alcanza con esto su cumbre culinaria) mientras zurce sus pantalones descosidos. La locura. Así que… cosas. Susurros. Que tenía joyas por valor de millones. Millones de libras, oiga, que suenan a millones más gruesos aun. De oro, a los horterillas el dorado les encanta. Que pidió ser enterrado con todas, cubierto de anillos y pulseritas. Ya ven, los clásicos bisbiseos sobre excéntricos y ricachones. Solo que alguien los tomó como verídicos, y se echó una pala al hombro. La tumba de Hill fue profanada en octubre de 1992. 

Y dentro… nada. 

Os jodéis, colegas. 

Era todo una broma. 

Entra «Yakety Sax».


Gran Bretaña nos hizo así

The Benny Hill Show, 1986. Fotografía: Cordon Press.

Siempre hemos sentido recelo hacia todo lo británico. Quizás la única excepción sea la práctica del fútbol, que acogimos con entusiasmo en los últimos años del siglo XIX, justo cuando los penúltimos restos del Imperio español arrastraban a toda su población a un estado de melancolía, pesimismo e introversión del que aún no hemos salido del todo, y puede que no lo hagamos jamás. Y aunque el ímpetu con el que la marinería y parte de la oficialidad de los cargueros procedentes de Southampton y Plymouth, e incluso hay quien dice que de más allá de las Órcadas y las Shetland, no tuvo muchos escollos que salvar a la hora de montar pachangas en las playas de Guetxo o Punta Umbría, no es difícil imaginar las acusaciones de delitos de lesa patria que en aquel entonces se cruzaron comunidades enteras de vecinos hasta entonces bien avenidos de las márgenes más industrializadas del Nervión y el Río Tinto.

Porque al español le gusta presumir de ser el rey de la festa, pero realmente la vida social en España, la vida social en este país, como al parecer es preceptivo decir ahora, quizás para mantener una ambigüedad respecto a quién debe uno rendir cuentas que puede ser muy útil en alguna situación de la que no estamos plenamente seguros, pero que intuimos que está a la vuelta de la esquina —y este es un ejemplo de esa introversión a la que se hacía referencia y que en principio parece tan poco característica de nuestro élan vital— la expresión de alegría popular que tanto asociamos a lo más característico de sea lo que sea España, no deja de ser un lamento prolongado al que unas veces damos salida en forma de saeta y muchas otras de golpe de Estado. Y en las demás ocasiones, en todas esas situaciones en que tratamos de disimularlo, simplemente refleja una alegría terriblemente triste y hueca.

Para curarnos de nuestros males echamos mano de los británicos. Nuestros amigos los ingleses, pues ya sabemos que la auténtica identidad nacional es tener un equipo de fútbol que te represente, y esa es toda la geografía que necesitamos, son pomposos, engreídos y cargantes. Su humor es negro, mustio y atribulado; beben la cerveza caliente y untan con salsa de menta las chuletas de cordero, cerdo, pato y otros animales, de granja o no, cuya clasificación taxonómica levanta disputas aparentemente irreconciliables, muchas veces de carácter violento, en oscuras publicaciones especializadas a las que nadie confiesa estar suscrito, pero que todos han leído. Los adolescentes que pasan unos meses de verano en las ciudades costeras de East Sussex y Kent regresan con sombrías historias de incursiones nocturnas a la cocina en busca de alimento, y detallan los elaborados planes necesarios para llevarlas a cabo, no siempre a buen fin, y al contarlas les brillan los ojos y se les queda la boca seca. Hablan de restricciones a la hora de usar la ducha y otros servicios imprescindibles para mantener los estándares civilizados de higiene personal; describen, con una precisión técnica que hace temblar al oyente de temperamento más impasible, candados, cerraduras, seguros, pasadores y, en ciertos casos, dispositivos de seguridad electrónica aplicados a cada uno de los electrodomésticos que en cualquier hogar normal serían de uso diario. Buscan los rayos del sol y los absorben siguiendo un proceso fotosintético no del todo explicado, pero que les hace derramar lágrimas de gratitud. Tiemblan al oír la palabra sándwich, aunque sea de lejos.

Todo esto es cierto. En muchos aspectos Gran Bretaña es un lugar terrible, y es difícil no pensar en tasas de suicidio y casos de demencia colectiva cuando se pasea al anochecer por la calle principal de cualquier ciudad de un tamaño respetable, buscando una cena reconfortante y un poco de compañía. Los que gocen de una sensibilidad especial no podrán evitar iniciar una conversación sobre vampirismo y hombres lobo. Pero no todas las acusaciones son justas, especialmente aquellas que tratan sobre la gastronomía británica y sobre su peculiar sentido del humor. La comida británica está muy cerca de constituir una categoría del horror por sí misma, más cercana al splatter y al torture porn que al terror clásico, y no son descabelladas las hipótesis que sostienen, apoyadas en sólidas bases documentales, que el verdadero propósito de la Armada Invencible era evitar mediante la conquista de Inglaterra la expansión por todo el orbe de la costumbre de impregnar cualquier alimento con salsa Perrins; pero esa indigencia culinaria tan querida por los súbditos de su majestad, de la única majestad que queda en el mundo, es fruto de una actitud meditada y tiene sus compensaciones.

Mientras allí no pasaban de desarrollar distintas variaciones del pastel de carne que en 1877 desembocarían en esa oda a la tosquedad que es el shepherd’s pie, que junto al deleznable foater australiano constituye uno de los más auténticos iconos del mal gusto que solo los antigurmetitas convenientemente titulados sabrían apreciar, en España alcanzábamos cotas tan excelsas como la almohada de aceite de oliva con sorbete de agua de tomate o el crujiente andaluz de algas. Un somero ejercicio de gestión de recursos donde el objeto de estudio sea la limitada cantidad de energía intelectual de la que es depositaria cualquier sociedad, y cuya unidad de medida aún está por definir, nos indicaría sin dar lugar a error que el tiempo empleado en inventar o descubrir la máquina de vapor, el radar, la insulina, el protón y el neutrón, la penicilina, el acero inoxidable y otros artilugios más mundanos pero no menos útiles como el retrete, la tostadora, las cerillas, el cepillo de dientes y (postrémonos) el tweed; que el esfuerzo dedicado a desarrollar distintas corrientes filosóficas de no poca importancia como el nominalismo, el empirismo y, si lo podemos considerar así sin traicionar ningún principio fundacional de la idea Juche, el capitalismo; todo el sacrificio necesario para conseguir esos logros y algunos daños colaterales de nefasto efecto como el brit pop, es exactamente el mismo, medido hasta al menos la décima posición decimal, que el invertido para lograr esferificar una aceituna y cocinar un aire de melón.

Hubo un tiempo, a finales de los años setenta, unos años en los que España aún se debatía entre el bien y el mal, en el que pudimos aferrarnos a las series de humor británico para tomar la senda correcta. Eran series de un humor sencillo, inocente, algo ramplón, que aquí enseguida la autoridad competente se encargó de sabotear, ya sea esgrimiendo atentados a unos principios morales que impedían que un hombre, que además se fingía homosexual, compartiera piso con dos mujeres —es difícil olvidar que ese era el único motivo por el que Un hombre en casa estaba calificada con dos rombos—, ya en aras de un curioso concepto del feminismo según el cual el bueno de Benny Hill, de quien quizás lo más patológicamente siniestro que se puede decir es que profesaba un amor enfermizo por su santa madre, atentaba contra la dignidad de la mujer por tener una irrefrenable, divertida y a duras penas salaz querencia por correr detrás de señoras en paños menores. Después llegaron las Mamachicho, Pepelu, el doctor House y el humor inteligente.

En un sketch de El show de Benny Hill aparecen bien alineados una serie de personajes, siete hombres y una mujer, vestidos de uniforme marinero infantil azul celeste, formando un coro estrambótico que, bajo la dirección del mismo Benny, que previamente da la clave golpeando y colocando el diapasón sobre la mítica calva de Jackie Wright, se dispone a representar una particular versión a capela de la «Marcha Turca» de Mozart. Llegado cierto momento de la actuación, tres de los hombres se adelantan, se arrodillan y se descubren la cabeza para que Benny Hill pueda interpretar el famoso rondó golpeando con unas baquetas las calvorotas de sus compañeros, como si fueran una suerte de xilofón alopécico. Cuando llegue el día en que semejante escena nos arranque unas carcajadas con las que cualquier sitcom de producción nacional, presente o pasada, solo sea capaz de soñar, ya estaremos listos para salir de esta miseria moral. Entonces nos compraremos un bulldog, le pondremos un nombre compuesto y lo declararemos nuestro heredero. Fumaremos en pipa, tomaremos el té con pastas de relleno inefable, el pipermín servirá, y discutiremos amigablemente sobre el mejor modo de abonar las petunias. Y por fin desterraremos las bermudas, las chanclas y otros atentados sartoriales para ir adecuadamente vestidos cada amanecer, cuando salgamos del jardín de nuestra minúscula casita adosada después de haber dado cuenta de un desayuno a base de scones y porridge, con el paso firme de quien se sabe capaz de someter al mundo, con seguridad y aplomo, sin reminiscencias de lo peor de nuestro pasado y luciendo en la corbata un nudo Windsor del que hasta la mismísima Inglaterra esté orgullosa.