Crónica de la cuneta hillbilly: atracciones de carretera en el sur de Estados Unidos

Lesage, West Virginia 2014. Foto: Robert Galbraith / Cordon.

Imagine.

Imagine una recta interminable que se pierde en el horizonte. La carretera (buen asfalto, gran anchura, cómoda y silenciosa) quizá hace un poco de curva, pero es tan tenue y lejana que uno no puede discernir si realmente existe o es su cerebro quien inventa recodos. A ambos lados se extiende el mar. Pero es un mar extraño. Es verde y marrón y amarillo, y hace ruido cuando corre el viento, un ruido así, como de tripas agitándose, un ruido como el del teléfono justo antes de sonar. Porque ese océano es un océano de bosques, y parece extenderse hasta donde alcanzan los ojos.

Imagine.

Usted lleva conduciendo horas, cientos de kilómetros, y todo el paisaje es siempre el mismo. Sí, a veces surgen aquí y allá las últimas estribaciones de los Apalaches, en ocasiones se atisban a lo lejos graneros en ruinas o pueblos esbozados como un manchón de Van Gogh. Pero en lo básico el mundo es igual, sin variación que merezca tal nombre. Y entonces lo ve. Allí delante. Un enorme rectángulo que rompe la línea donde se unen cielo y tierra. Colores chillones, tipografía desafiante y desvergonzada, muchos signos de exclamación. Y lo que anuncia el cartel… ay, lo que anuncia el cartel.

Acelera, no puede esperar a verlo.

Las atracciones de carretera son pequeñas joyas que saltan desde las cunetas hasta las más abyectas capas de lo bizarro en ciertos lugares de los Estados Unidos. Sí, ya sé que por aquí también las hay (y algunas hasta se convierten en emblema nacional, fíjese qué cosas), pero yo me refiero a las originales, a la suprema elegancia que surge cuando lo lamentable torna en freak y, más tarde, en sublime. Y eso lo hacen mejor que nadie los yanquis.

Vale, hemos hecho una pequeña trampa. Porque donde va a poder disfrutar de las más estremecedoras atracciones no es, precisamente, «territorio yanqui». No, esos son los tipos serios, rubitos y bien peinados de la costa noreste. Y allí, como tienen Harvard, y Nueva York y todas esas cosas tan de esnobs, pues no necesitan fabricar, pongamos por caso, un donut de más de cinco metros de diámetro. Cuestión de preferencias, seguramente.

No, para ver este tipo de arte majestuoso debemos desplazarnos a lo que antes se llamaba «el Sur». Porque lo excepcional torna común en esos lugares que alimentaban a los confederados. Es la cultura hillbilly, la que tan bien ha descrito (con su punto de nostalgia conservadora, claro) J. D. Vance en la muy exitosa Hillbilly. Una elegía rural (Deusto, 2017). Un sitio donde se inventó la Coca-Cola y, aún más importante, la Coca-Cola con cacahuetes. Donde los refrescos Mountain Dew dejan preciosas sonrisas desdentadas por las que escapan tacos y escupitajos a tiempo completo. Al sur aligátores, al norte zarigüeyas. También, claro, síntomas de decadencia aquí y allá, una mitología fuertemente erigida sobre leyendas fundacionales de los Apalaches, y un pasado que aún encierra algunos de los elementos más interesantes (y escalofriantes) de los Estados Unidos. Banderas Navy Jack apareciendo en los lugares más impredecibles. Barbas largas, instrumentos de cuerda hechos con cajas de puros y crines de caballo. Pistolas, escopetas, rifles, revólveres, fusiles de asalto… en fin, ya me entienden. Alcohol destilado en casa, ilegalmente. Que a veces explota y otras provoca problemas de salud. Pero qué importa, emborracha… emborracha mucho. Todo eso.

Ah, y atracciones de carretera.

The Redneck Shop Laurens, South Carolina, 2012. Foto: Chris Keane / Cordon.

No es el edificio, es el lugar

No deja de ser curioso que haya sido un inglés como Neil Gaiman (aunque Gaiman, a estas alturas, es tan extravagante que uno lo puede considerar ciudadano de cualquier lugar) quien mejor haya entendido la idiosincrasia propia de los mitos norteamericanos. Lo hizo en una novela apabullante, llena de continuas referencias simbólicas, una que es a veces ejercicio de estilo (frecuentemente fallido) y otras relato casi costumbrista (frecuentemente brillante) y que toca varias de las teclas adecuadas para hablar de la divinidad y su pervivencia. Y de lugares, claro.

Porque si leen American Gods (en castellano no se pierdan la edición de Roca Editorial en 2012) verán que uno de los ejes de esta (torrencial) narración es la existencia de puntos sagrados.

Sitios sacros. En otras palabras, la vieja creencia de que lo importante no es la iglesia (o cualquier otra construcción) sino el emplazamiento de la misma. Y aquí Gaiman da un (delicioso) salto mortal mientras hace que sobre algunos de esos pozos de energía se hayan levantado… sí, atracciones de carretera. Porque, en el fondo, hablamos de territorios donde los turistas, o los curiosos, acuden a volcar su fe (en lo divertido, en lo freak, en lo extraño, en lo atemorizante), además de sus monedas. Y, así, el vórtice se va retroalimentando. No es raro, pues, que una de las escenas clave de la novela (atención, spoiler) transcurra en el carrusel más grande del mundo, lugar real que, sospecho, encierra un oscuro plan para dominar el cerebro humano a través de música estridente y luces de colores brillando de forma espasmódica. Un poco como las ferias de mi pueblo, vaya…

Por eso, no lo olvide…lo que a continuación vamos a mostrarle son esculturas, construcciones o intervenciones a cual más sorprendente, inútil y absurda. Pero quizás encierren algo más profundo. Y el hecho de que esté leyendo sobre ellas es el mejor ejemplo.

Al sur de la Línea Mason-Dixon

South of the Border, 2005. Foto: Jim (CC).

Pero entremos en materia, que lo están deseando. Bien, volvemos al principio… estamos recorriendo una carretera desierta (o no, pero hagamos contexto, coño) y vemos un enorme cartel que anuncia una atracción de carretera. Puede ser cualquier cosa, hasta la más incomprensible y anómala. Así que decide parar a verla. Pero ojo… ese aviso puede informarle de algo para lo que aún faltan cientos de kilómetros de viaje. ¿Recuerdan a Neil Gaiman? Contaba que un día estuvo conduciendo durante seis horas en búsqueda de algo que se prometía «Muy cerca». No lo olviden…

Si no se rinden… bueno, disfruten de lo extraño.

Pueden, por ejemplo, visitar la casa del árbol más grande del mundo. Qué coño, si son de emociones fuertes pueden casarse en la capilla que hay en la casa del árbol más grande del mundo. Está en Crosville, Tennessee, tiene siete pisos, un campanario, una campana de metal bruñido, una pila bautismal, una tienda de recuerdos (bueno, de esto va a haber en todas las atracciones de carretera) y está construida completamente de madera. Los cuarenta metros de altura, las más de ochenta habitaciones. Sorprendentemente el cuerpo de bomberos de Crosville (esos malditos burócratas) lo consideran un foco potencial de incendio. Sin salir del estado podrá ir a Gatlinburg y disfrutar de tres mansiones encantadas, tiendas especializadas en simbología sudista una la galería de cera de la Biblia donde se reproducen, de la forma más catastrofista posible, algunos pasajes del libro sagrado. Allí también hay una Casa Blanca al revés, un museo dedicado a los Dukes de Hazzard y una reproducción del Monte Rushmore con los rostros de Elvis, Marilyn, John Wayne y Harpo Marx. A estas alturas sus escleróticas deben estar sangrando, por lo que recomendamos que descanse un ratito.

Seguimos. Si pasa cerca de Smithfield, en Virginia, no puede perderse su principal atracción: el jamón más antiguo del mundo, una pieza de algo que hace ciento veinte años era una pata de cerdo comestible y que ahora parece la peor pesadilla de Wes Craven. Y si está a tiro de piedra de Dillon, en la misma frontera entre ambas Carolinas, puede visitar South of the Border, un parque de atracciones dedicado a la cultura mexicana. Por supuesto, debe abstenerse si respeta la auténtica cultura mexicana. Si además no es racista (rojo, que es usted un rojo) puede que esta muestra de desprecio a otras civilizaciones le resulte algo incómoda, queda advertido. Y, ya que anda por la zona, estaría bien acercarse a Murphy para poder ver, con sus propios ojos, la mayor reproducción de los diez mandamientos… escritos en la falda de una montaña a lo largo de cientos de metros. Tranquilo, también hay una maqueta a tamaño natural del Gólgota, por si le quedan ganas de fiesta.

¿Quiere más? Busquemos las auténticamente absurdas. En Alabama nos encontramos con el ladrillo hecho de ladrillos más grande del mundo, y también con la silla más gigantesca del planeta. En Virginia tenemos una reproducción de Stonehenge fabricada con gomaespuma, cuyo nombre es Foamhenge (algo así como Espuma-henge). En Beaver (Arkansas) podrá situarse bajo el pecho de un King Kong tamaño película, y en Louisville (Kentucky) tocará un bate de béisbol monstruoso, apoyado sobre un edificio de tres plantas.

Sirenas, barbas y mala leche

Circo rodante de P.T. Barnum, 1880. Foto: J. A. French / Keene Public Library.

Phineas Taylor Barnum fue un tipo genial que vivió hace más de cien años y fue el creador del circo moderno. O de las ferias de rarezas modernas, vaya, porque fundamentalmente se dedicaba a eso. Era inteligente, desvergonzado y un enemigo acérrimo de la verdad. Una vez dijo que «cada minuto nace un imbécil, y prefiero ser yo quien vacíe sus bolsillos». Ese es el tono.

Uno de sus números estrella era la sirena de Fidji, un ser disecado, mitad pez y mitad mujer, que lucía en los carteles como una rubia preciosa de bien dotada anatomía. Huelga decir que todos los hombres del pueblo donde arribase la barraca en cuestión pagaban lúbricamente su entrada, solo para mostrarse algo decepcionados cuando llegaban frente a un injerto de mono afeitado y pez raya bastante horrendo.

Sirenas de esas aparecen hoy en muchas atracciones de carretera. Y la gente sigue pagando para verlas. Por feas, por estremecedoras, por… bueno, porque sí. Las hay en Saint Augustine o en Orlando (ambas en Florida), en Myrtle Beach (Carolina del Sur) o en St. Louis (Misouri). Con un poco de suerte podrá contemplar por el mismo precio un montón de cabezas reducidas o conservadas en formol. Estas suelen ser auténticas, así que dan muy mal rollo y, en fin… huelen un poco fuerte.

Claro que si traga con lo de las sirenas a lo mejor no le parece tan extraño el tema del creacionismo. En tal caso está de enhorabuena, porque tiene varios museos, profusamente anunciados en las carreteras del sur, donde podrá solazarse en sus propias creencias sin que ningún científico-no-hillbilly se dedique a arruinárselas. En Catoosa (Oklahoma) verá incluso una reproducción a tamaño natural del Arca de Noé, junto con una bonita ballena azul convertida en tobogán, suponemos que para restar dramatismo al asunto. Y si el cristianismo ultra no es lo suyo tiene otras muchas posibilidades religiosas anunciándose desde las cunetas. Tenemos los koreshanos en Estero (Florida), que creen que la tierra está hueca, que nosotros vivimos en su interior y que lo que vemos cada mañana en el cielo no es el sol, sino el núcleo de nuestro planeta; están los raelianos, que afirman haber clonado a Jesucristo; los oyotunji de Carolina del Sur, que siguen la religión vudú; varios cultos basados en la muy próxima llegada de los alienígenas; y, por último pero no menos importante, un montón de Iglesias de Satán repartidas aquí y allá como delicias para el amante de lo bizarro.

Y cualquier pueblo es una buena opción para encontrar tipos con barbas ralas, probar aguardiente barato (e ilegal, y también posiblemente tóxico) y ver algunas rarezas. Si es de esas personas a las que les encantan los botones (supongo que las hay), en Bischopville (Carolina del Sur) estará como en casa. Porque allí hay un tipo cuyo nombre es Dalton Stevens, y se hace llamar el Rey de los Botones Y, bueno, el resto se lo imaginan: coches recubiertos de botones, casas recubiertas de botones, retretes recubiertos de… lo han adivinado, botones. Botones de mil colores, formas y sabores (si se atreven a chuparlos, algo que no parece muy atractivo a priori). En Texas tenemos algo parecido pero con latas de cerveza, supongo que por prurito de virilidad.

Y no podemos olvidar aquí una atracción de carretera que es móvil y se desplaza a bordo de un típico camión estadounidense. Hablamos, claro, de la patata más grande del mundo, un tubérculo (artificial, lo que le da un nuevo alcance a la expresión ¿realmente era necesario?) de más de cinco mil kilos de peso y quince metros de largo. En Florida también podremos encontrar cierta alita de pollo de casi quinientos kilos de peso (tampoco natural, por supuesto). Seamos sinceros: ¿quién no querría sacarse una foto junto a ella? Tan marrón, tan… bueno, tan con forma de trozo de plástico gigante pintado con tierra. Ustedes me entienden, y además los escucho salivar.

Florida: el pantano, los aligátores y Los Simpson

Amos del pantano, 2017. Imagen: Alfonso Bresciani / History Channel.

¿Recuerdan cuando la familia Simpson viaja a Florida? Pues ese, más o menos, es el ambiente. No piensen en Miami, en cuerpos esculturales tostados al sol y hablando castellano con acento de Cuba. El interior de Florida es un nido de racismo, raíces que se hunden en el pasado y mucha caspa. Mucha. Pero mucha, mucha. Y es, además, el reino de los pantanos.

Porque allí (y en la vecina Louisiana) todo gira alrededor de la ciénaga, desde los cómics de Alan Moore hasta las atracciones de carretera. Las más usuales son los parques de aligátores, esos simpáticos bichejos tan parecidos a los cocodrilos que de vez en cuando se cuelan en la piscina de alguna familia con pasta acongojándoles un rato.

Pero quizá no nos explicamos bien, y están pensando en un zoo. No, esto es otra cosa. Las jaulas de los mapaches tienen apenas su tamaño (lo que quizá explique su perpetua mala hostia), la mayoría de la fauna está disecada, y los saurios se apelotonan en palanganas como la que usted usa para refrescarse en verano. Apelotonarse es apelotonarse, estar continuamente unos encima de otros en lo que parece una orgía de lagartijas cicladas donde es poco recomendable participar. En los Wonder Gardens de Bonita Springs tenían incluso al llamado Big Joe, el aligátor más grande de Florida, que hizo una estelar aparición en el capítulo de Los Simpson ya reseñado. Fallecido hace unos años, aún sigue acojonando tras haber sido disecado con un gusto más que dudoso, muy del Sur. Si les sirve de consuelo, existen idénticos problemas de espacio en los llamados Bear´s Pits que aparecen diseminados por la ruralidad hillbilly, y donde los pobres bichos desfallecen hasta morir, supongo, de aburrimiento. Claro que si pensamos que la lucha contra osos (de hombres contra osos, quiero decir) es uno de los «deportes tradicionales» de la zona (no se pierdan la interpretación que hace Garth Ennis sobre esto en «The good old boys», uno de los spin off de Predicador) pues quizá pensemos que no es mala vida.

Por cierto, no se pueden ir de Florida sin probar el agua de la Fuente de la Eterna Juventud, que brota en St. Augustine. Alrededor existe todo un parque temático, claro, con figuras de cera de Ponce de León y esas cosas. Pese a su espectacularidad, el hecho de que el verdadero Ponce de León lleve siglos muerto nos hace desconfiar de la efectividad de dicho manantial.

Define creepy

Con la palabra creepy hacemos referencia a algo que es terrorífico, sí, pero que tiene connotaciones freaks, sanguinolentas, pura serie B. No sé si han leído los cómics titulados así (o los de Witch´s vault, que son idénticos)… pues eso es. La particularidad si hablamos de atracciones de carretera es que lo creepy, paradójica y deliciosamente, es lo que pretende ser tierno.

¿Ejemplos de creepy?

Babyland General Hospital, 2013. Foto: William McKeehan (CC).

De hecho no teníamos ni que haberlo definido. Si busca en la red fotografías de Babyland General Hospital, en Cleveland (Georgia), entenderá perfectamente el concepto. La idea es hacer protagonistas de todo un complejo a unos inquietantes muñecos que buscan reproducir bebés de cabeza perfectamente esférica y expresión de plácida estolidez. El concepto puede parecer «cuco» (si es que eso no es de por sí espantoso) pero acaba siendo escalofriante. Los disfraces a tamaño natural que mimetizan estos «particulares» juguetes aparecerán en pesadillas hasta el día de su muerte. Ah, y los cabezones brotando en el corazón de algo parecido a repollos o coliflores entran de lleno en mi lista particular de espantos.

La Tierra de Santa, en Cherokee, es también un punto de apoyo a nuestras tesis, con sus Santa Claus totalmente psicodélicos, su decoración a tope de ácido, sus corzos encerrados en mazmorras con pequeños agujeros donde meter nuestras infantiles manos y acariciar su suave pelaje (abstenerse los traumatizados por Bambi) o los preciosos conejos con un cartel enorme que advierte bien claro de sus tendencias psicopáticas.

Lo de los conejos será recurrente, porque hay un montón de Bunny Lands repartidas por toda la zona que pueden llegar a hacer que Stephen King se cague en los pantalones de miedo. La fina línea entre la ternura, el mal gusto y la demencia jamás fue tan tenue como en estos lugares.

En Norris, Tennessee, puede visitar el Museo de Appalachia donde verá… bueno, en realidad no tengo nada claro de qué va el museo, solo sé que todo (absolutamente todo) lo allí expuesto crea un mal rollo grande. Muy grande. Mención especial de nuevo para las espeluznantes muñecas que intentan reproducir personas y alcanzan el grado creaciones lovecraftianas. Ah, también hay una máquina de movimiento perpetuo. Ya ven.  

En Carolina del Norte, por último, tienen un parque dedicado a la «Tierra de Oz», que resulta ser tan aterrador como uno podría imaginarse. A juzgar por las fotos, además, lo más pavoroso suelen ser los visitantes, y no tanto las instalaciones (que también tienen lo suyo).

Y ya. Se nos quedan muchas en el tintero, claro, pero también hay que dejarles a ustedes disfrutar con la sensación del descubrimiento inesperado y bizarro. Porque si a estas alturas no están buscando en su ordenador un vuelo barato al territorio hillbilly es que son seres humanos sin corazón.


Mujeres de cuento: Carson McCullers

Carson McCullers. Foto: Cordon Press.
Carson McCullers. Foto: Cordon Press.

Lo terrible, en mi caso, es que durante mucho tiempo no he sido más que un Yo. Todo el mundo forma parte de un Nosotros, salvo yo. Si uno no forma parte de un Nosotros, se siente verdaderamente demasiado solo. (Carson McCullers)

Si uno piensa en Carson McCullers, y uno debería habitualmente pensar en Carson McCullers, siempre se imagina a una adolescente, una niña adulta lúcida y fascinante. En su momento lo fue, pero la Carson en la que más tarde se convirtió tiene mucho y nada que ver con esa imagen: era una mujer enferma, tan enferma que escribir era al mismo tiempo un martirio y la única razón por la que superarse cada día, porque si había algo que Carson deseaba de veras era sobrevivir, y la escritura estaba fuertemente ligada a su propia supervivencia: pero para escribir debía sufrir unos dolores terribles. Sí, es cierto que la literatura de McCullers no necesita de justificaciones para ser admirada, desde luego se trata de una de las escritoras con más talento, pero no hay que obviar los esfuerzos físicos que Carson debía afrontar cada vez que quería dedicarse a aquello para lo que había nacido.

La vida y la historia de los grandes nombres de la literatura siempre están salpicadas de controversia, y en este caso no podía ser de otro modo, el personaje lo pide a gritos: no solo por ser temida y admirada, sino por ser verdaderamente particular —ambigua, terca y extravagante… contradictoria. Pero antes de empezar a hablar de lo que para los demás era Carson, hablemos de sus libros, sus personajes, su imaginario sudista, caracterizado por el hedonismo, la imaginación, la pereza y, sobre todo, la sensibilidad.

Cuando pienso en Carson McCullers, y habitualmente pienso en Carson McCullers, suelo equivocarme y recuerdo a Frankie; para mí, uno de sus personajes más memorables. No hay manera de deshacer a una de la otra, empezando por el conflicto con el nombre: Lula Carson y Frankie dan paso a Carson McCullers y F. Jasmine, y de ahí, de esa doble imagen de sí mismas, empiezan a brotar la polémica y las dudas, la confusión, el paso de la adolescencia a la madurez. Ambas quieren ser adoptadas, quieren pertenecer a otra tribu, ser miembro de (la boda de un hermano, por ejemplo): sus heroínas están cargadas, asumen la carga de Carson; de ahí, probablemente, de esa manera de desembarazarse de sus propios conflictos, de ahí la necesidad de seguir escribiendo a pesar de que su cuerpo se niegue a ponérselo fácil. Si Lula no puede ser Frankie, tendrá que ser Lula todo el tiempo: y eso es mucho peso para una persona como Carson.

Bailarina, pianista, lectora… Escritora

Cuando digo que McCullers era, sobre todo, una persona sensible, no me refiero únicamente a la sensibilidad emocional, sino también la artística. A través de sus cuentos podemos ver claramente qué cosas gustaban a Carson, qué cosas le desagradaban, de qué injusticias quería hablar, y es en su ficción donde encontramos a la más real de las Lulas: que quiso ser concertista de pianos podemos verlo gracias a sus cuentos, que en muchas ocasiones tienen la música como eje. También quiso ayudar a la economía familiar bailando, pero su padre le dijo, amablemente: «cariño, cuando crezcas, lo comprenderás todo mejor». Pero es probable que Carson jamás creciera lo suficiente para comprender ese tipo de cosas que una adolescente no puede comprender. Tocar el piano era una de las principales actividades de Lula Carson, cuando aún no se había convertido en la escritora McCullers, y una gran fuente de consuelo: a menudo el arte tenía que ver con su estabilidad.

Pero una neumonía con complicaciones a los quince años (que no resultó serlo y necesitaron treinta años para darse cuenta de que era una crisis de reumatismo articular agudo) y su convalecencia dan testimonio de la primera vez que Carson cambió de idea: sustituiría el piano por la escritura, se había decidido, quería dedicarse a la literatura. Por eso, cuando debe trabajar en lugares comunes, ordenados, disciplinados pero poco creativos, se siente tan frustrada. No deberá, de todos modos, tomar parte de la vulgaridad laboral. Con quince años, no son muchos los adolescentes que pueden elegir entre los diferentes dones que creen poseer, pero Carson Smith era excéntrica, rara, y estaba condenada a comunicarse a través del arte. Ya por entonces Carson empieza a ser, y no dejará nunca de serlo, una «rara muchacha con nombre masculino, a la que le gusta vestirse de hombre impulsada por un deseo más o menos consciente de travestirse».

Foto: Carl Van Vechten (DP)
Foto: Carl Van Vechten (DP)

Reeves McCullers, un narrador

Claro que tuvimos momentos felices, pero fueron precisamente esos momentos los que lo hicieron todo más difícil. Si Reeves hubiese sido un hombre enteramente malvado, habría sido un alivio para mí, pues habría podido dejarle sin librar tantos y tan duros combates. (Carson McCullers)

En 1935 ocurrió algo que cambiaría para siempre la vida de Carson, incluido el nombre y el apellido: conoce a Reeves McCullers, el que será su esposo. El flechazo es inmediato y el trágico final de la pareja aún queda lejos. Reeves quiere ser escritor pero le falta talento, a pesar de ser un gran narrador y acaparar la atención de todos cuando está contando alguna anécdota; Carson, en cambio, aún no es demasiado consciente de su vocación, pero tiene lo que su marido tanto anhela: la gracia para escribir. Ambos hacen un trato, una vez casados, para poder equilibrar la vocación y la vida práctica: durante un año, se dedicarán a escribir alternamente, y solo aquel que consiga salir airoso económicamente de la prueba, lo hará de manera continuada. Pero Reeves jamás tendrá la oportunidad de intentarlo, porque enseguida ambos se dan cuenta de que si en la pareja habrá un escritor, será Carson. La frustración que le supone a Reeves este descubrimiento es interminable y, probablemente, uno de los motivos de su suicidio, o el principio de una depresión que lo acapara todo. Carson, por entonces, empieza a sumergirse en lo que pronto será su modus operandi: las iluminaciones. Trabajando en sus personajes se da cuenta de que hay un momento en que sucede la iluminación, que es una especie de dictado que cambia el destino de sus personajes: es un fulgor, un destello que convierte a un hombre sin problemas en un sordomudo.

Mi comprensión es solo fragmentaria. Comprendo a los personajes, pero la novela en sí permanece en un estado de indefinición. La clave aparece a veces como por azar, en esos instantes que nadie, menos el autor, puede comprender. Instantes que, en mi caso, se dan generalmente tras un gran esfuerzo. Revelaciones que son la bendición del trabajo. Toda mi obra se ha escrito así. (Carson McCullers)

Reeves y Carson habían acordado alternar dos años de escritura que no se llevarán a cabo para él, y ahí empieza lo que después se convertirá en el funcionamiento de la relación: son dos amigos que llegan a acuerdos, en los que uno de los dos amigos cede —y este acostumbra a ser siempre Reeves. Para Carson, su marido es su doble, pero en bondadoso. Clarice Lispector decía que un escritor debía llevar una vida casi burguesa, porque su tarea le supone demasiado esfuerzo y dedicación, y en esta pareja de buenos amigos, uno malo y otro bueno, la burguesía intelectual sale a flote, y Reeves llegará a quejarse de que Carson descuida la casa: algo inusual para una mujer. También era inusual en una mujer la vestimenta y el comportamiento de Carson, y todo aquello que le pareció simpático cuando la conoció se le volvió en contra. Como dice Josyane Savigneau en la biografía de CIRCE, «en ese matrimonio, el escritor es ella».

Carson y la sexualidad

Su ambigüedad no era solo física, y no solo desconcertaba por su nombre masculino y su manera de comportarse: también sexualmente se ha dudado de ella. Aunque muchos afirman rotundamente que era homosexual y otros todo lo contrario, la sensación que se tiene tras leer con detenimiento su vida es que Carson amaba la belleza (una belleza subjetiva, no física) y el talento, y no le importaba si el poseedor de ambas cualidades era un hombre o una mujer. El sexo, en sus novelas, siempre está ligado a la vergüenza, a la repulsión, a la perfidia y a la violencia, escribe su biógrafa, y no se descarta que el amor que sentía Carson por ambos sexos fuera un amor infantil, inocente. Así, aparecen esas mujeres-fantasmas, esos amigos imaginarios conseguían desestabilizar al matrimonio; entre ellas, Katherine Anne Porter, Erika Mann o Annemarie Clarac-Schwarzenbach.

Reeves  y Carson McCullers. Foto: Cordon Press.
Reeves y Carson McCullers. Foto: Cordon Press.

Finalmente, los McCullers dejan de ser marido y mujer, pero quedarán para siempre unidos, porque en algunas parejas la separación les une más que la convivencia, como en el caso de Carson y Reeves. Había una atracción que los repelía y los reclamaba constantemente, y Carson amó siempre a Reeves aunque es más que evidente que no eran compatibles. Pero entonces ocurre lo impensable: que el marido se convierte en el teniente McCullers y desde el centro de entrenamiento Camp Forrest le escribe una carta absolutamente tierna a Carson, que pronto adoptará con placer el rol de esposa de la guerra, de esperante. Precisamente porque en la distancia no deberán convivir, Carson y Reeves vivirán a través de la correspondencia un amor indestructible, tierno y puro, que no quedará manchado y roto por la vida diaria. En las cartas, Reeves es un hombre dócil y atento, dispuesto a hacer por Carson todo cuanto ella desee: parece que sí, que es el gemelo bueno, frente a la caprichosa y adolescente Carson. Esa es la imagen que muchos de los que la conocieron tienen de ella, que es la actitud un poco insolente pero sensible que tiene Frankie en la novela; Carson, además, debe combatir no solo contra su excesiva personalidad, sino también contra su enfermedad, que no la abandonará hasta el día de su muerte. Pero el narrador y la escritora están enamorados uno del otro, y Reeves conoce «ese pájaro salvaje que a veces se adueña» del corazón de Carson y la respeta y la acompaña, y es mucho más fácil ahora acompañarla, desde el ejército. Carson y Reeves vuelven a casarse, y cuando le preguntan a él por qué vuelve a hacerlo, dice que se ha casado de nuevo con ella porque cree que todos son abejorros, y que Carson es la reina de las abejas.

Iluminaciones, fulgor nocturno

Aunque esos dictados parecen magia, lo cierto es que Carson es una trabajadora incansable y una lectora voraz.

He hecho un pacto conmigo misma: tener acabada esta monstruosa historia el 15 de marzo. Esta mañana he estado trabajando varias horas. Pero es ese tipo de trabajo que el menor patinazo puede estropear. Algunas partes las he corregido al menos veinte veces. Tengo que acabar pronto y sacarme esto de la cabeza, pero, al mismo tiempo, tengo que conseguir que sea algo hermoso, muy bien hecho. Pues, al igual que para un poema, esa es su única justificación. Desde este punto de vista, la lectura de Henry James es un tanto desalentadora. […] Yo pensaba en lo muchísimo que le debo a Proust. No ya porque haya «influido en mi estilo» ni por nada similar, sino por la dicha de saber que existe algo que uno siempre puede tomar como referencia, un gran libro que jamás perderá su esplendor, que, por muy familiar que resulte, por mucho que se relea, jamás parecerá aburrido. (Carson McCullers)

Carson extrae material literario de sí misma, y su propio tejido emocional, tan variado y con tantos matices, consiguen perfilar a los personajes que habitan en sus cuentos y novelas. Si se lee la biografía después de haber disfrutado de toda su obra, se irán encontrando por aquí y por allá constantes referencias a su propia vida: el amor por la música, el alcoholismo, los sentimientos que Reeves despierta en ella, su propia transformación en otra persona en la madurez. Todo forma parte de Carson y de su obra, y por eso gran parte de lo que la escritora fue aparece en sus personajes. Su hermana Rita afirma que, «de todos los personajes creados por Carson McCullers, el que, según sus padres y amigos, se le asemeja más es Frankie: adolescente vulnerable, tan exasperante como atrayente, siempre en busca de su “nosotros”».

Enfermedad

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Pero todo cuanto Carson puede ser queda anulado por su enfermedad, que le impide ser, para bien y para mal, todo lo que desea ser. Lo más importante: le dificulta la escritura y en más de una ocasión siente que su propia cura debe pasar por avanzar en su historia, pero se ve incapacitada físicamente. La frustración y la desesperación que despierta en ella la enfermedad es más de lo que Carson puede aceptar. Necesita crear, y hacerlo con cierto nivel, utilizar todo su talento para su obra, pero el dolor la paraliza demasiado. El final de su vida queda demasiado marcado por esta circunstancia, que todos ven como espectadores. «El dolor prácticamente jamás se apiada de mí», escribe Carson, y en 1948 intenta suicidarse cortándose las venas. Queda ingresada en un centro psiquiátrico que la destruye, porque su médico considera la escritura una neurosis en sí, pero McCullers se niega —renegar de su condición de escritora sería como hacerlo de su identidad. Entre ella y quienes la rodean intentan creer que la enfermedad es psicosomática, y en realidad, ojalá lo hubiera sido.

Carson deberá volver a familiarizarse con los hospitales tras sufrir un aborto natural, aunque en su autobiografía se empeña en culpar a su madre, que la obliga a deshacerse de un hijo. No se sabe muy bien por qué Carson tendía a inventar parte de la realidad, qué conseguía con ello, ni en qué medida era consciente de su mentira, o si era su manera de combatir su propia circunstancia. En cualquier caso, no deja de haber versiones y versiones sobre un mismo hecho, incluso sobre su relación con Reeves hay una manera fría de contar, en cartas, sus sentimientos, mientras sus hechos se empeñan en contradecirla o, cuanto menos, poner en cuarentena su verdad. Pero, a pesar de todo, y con todo me refiero a su mala salud, Carson continúa adelante y concentra toda su energía en su obra: en los guiones de sus novelas, en su éxito, en las opiniones de los demás. Odiada y admirada, siempre. Sin investigar mucho, por autores como Arthur Miller, que dice haber leído y disfrutado de algunas de sus historias pero no recuerda ningún título: era, bajo su criterio, una autora menor y por eso le dedica su indiferencia y su mala memoria. Era experta en despertar animadversión, lo cual hacía que su talento fuera, para los demás, algo molesto. ¿Por qué iba a ser tan complicado admirar a Carson siendo un conocido suyo, sino por lo que opinaban de ella como persona y no como escritora? La pequeña Faulkner no deja de ponerse trabas, y los demás aceptan estas trabas para no tener que reverenciar el excelente trabajo que lleva a cabo, el gran retrato que hace de la sociedad sureña.

Confío en que sus futuros biógrafos no pretendan hacerla pasar a la posteridad toda vestida de blanco o con una aureola. Carson era una perra, y no quiero que aparezca como un ángel. (Robert Walden)

Todo cuanto yo pudiera decirle acerca de ella podría ser negado por cualquier otra persona, y ambos testimonios serían igualmente ciertos. Carson era el ser más angelical del mundo, y al mismo tiempo el más infernal, el más odioso de los demonios. (Arnold Saint Subber)

En la salud y en la enfermedad

Carson quiere ser capaz de escribir, sin embargo, «tanto en la enfermedad como en la salud pues, de hecho, mi salud depende casi completamente de mi posibilidad de escribir». Después de que en 1953 Reeves se suicide en un hotel parisino, y teniendo en cuenta que la enfermedad y la parálisis del cuerpo le impiden tener vida más allá de la escritura, Carson pone un único objetivo en su vida: seguir creando para seguir sobreviviendo. Así, las últimas páginas de su biografía giran en torno a la figura de su médico, Mary Mercer, y sus dudas sobre si amputarse la pierna inválida o no, sobre su dolor y su literatura. Al principio decía que la calidad de Carson McCullers es incuestionable y lo sería aunque hubiera sido una persona sana, pero además no lo fue. El 15 de agosto de 1967, Carson sufre un nuevo ataque cerebral: después de superar un cáncer de mama y de más operaciones de las que cabe imaginar, finalmente McCullers entra en coma. El ataque le ha paralizado todo el lado derecho, es decir, el bueno, y sabiamente su cuerpo decide no despertar más a Carson: sin el lado bueno, todo su cuerpo, dispuesto para la escritura, le resultará inútil.

Carson era justo lo opuesto una persona suicida. Lo opuesto a una mujer quejumbrosa, autocompasiva. Era… sí… una escritora magnífica, un ser magnífico. Una naturaleza. Una persona. Eso es lo que hay que comprender. (Mary Mercer)


Televisión en alta alucinación

(Este artículo no contiene spoilers de la trama)

El glorioso regreso de HBO

La anécdota es conocida: Piccaso sentado en un café de París. Un tipo se acerca y le pide que le dibuje algo en una servilleta. El maestro lo hace y antes de entregársela le exige al desconocido una —gran— cantidad de dinero. El tipo se indigna: «Ha tardado usted solo un minuto en hacerlo, ¿cómo puede pedirme tanto dinero?». «No he tardado un minuto, he tardado cuarenta años», replica Picasso.

La televisión moderna podría contestar lo mismo si alguien le preguntara a qué viene tanto jaleo con True detective: «Me ha llevado dos décadas llegar hasta aquí».

Veinticuatro años exactamente, los que van de Twin Peaks hasta esta serie de HBO, seguramente lo más cerca que ha estado el universo catódico de sintetizar una droga visual desde aquella maravilla de David Lynch en 1990. Porque eso es True detective, una metanfetamina que haría sonreír a Heisenberg, administrada al televidente por vía ocular, y severamente adictiva.

Cuando HBO cerró su edad de oro (que siempre fue de HBO y no de la televisión, por mucho que algunos se empeñen en subir títulos al carro) las parrillas estadounidenses se llenaron de productos supuestamente revolucionarios, con más sangre, más sexo y —a veces— más charleta. Sin embargo (dejemos Breaking bad aparte y hagamos lo propio con el Reino Unido y su microclima televisivo) pocas series han trascendido el propio elemento donde han sido creadas. Algunos han visto el espejismo en Mad men o Masters of sex, espléndidas series que no serán recordadas como ejemplo de nada dentro de una década. Nada comparado al efecto de The wire, Los Soprano o A dos metros bajo tierra, por hablar en plata.

True detective devuelve a la cadena americana a los territorios de culto donde tan bien supo moverse a principios del siglo XXI y lo hace con la fórmula de la excelencia que tan bien les funcionó con David Simon, Alan Ball o David Chase: el creador es Dios.

(Algunos argumentarán que eso mismo intentó con The Newsroom o Juego de tronos, pero en ambos casos los productores han tenido muchísimo que decir, y no siempre para bien —sobre todo con Aaron Sorkin y su socio Scott Rudin—).

Esa libertad creativa cercana al paroxismo ha resultado ser mano de santo con esta serie de Nic Pizzolato y Cary Fukunaga, guionista y director respectivamente. El hecho de que todos los episodios provengan de la misma pluma y sean ejecutados por el mismo realizador le dan a la serie una continuidad narrativa y estética pocas veces vista por aquello tan americano de darle una pieza del puzle un día a un director y otro día a otro.

El puzle (palabra que parece cincelada para True detective) es en esta ocasión de aúpa. Un viaje que va arriba y abajo a lo largo de diecisiete años (el arco temporal de la serie) con la excusa de una investigación para atrapar a un asesino en serie que bascula entre el sadismo, el satanismo y el simple impulso criminal. Si el inicio de la serie es francamente inquietante (el hallazgo del primer cadáver, narrado con una parsimonia escalofriante), la segunda y tercera entrega confirman la sospecha de que nos encontramos ante una criatura que cambia de piel continuamente, del drama al thriller y de ahí al horror, pasito a pasito.

Dos detectives se encargan de la misión: uno de ellos es un hijo de puta con hechuras de ser humano, cara de no haber roto nunca un plato y de vida emocional cargante; el otro es un yonqui (de la adrenalina, del alcohol, de las drogas y de todo lo demás) disfrazado de filósofo, un cínico que ve en cada hombre un potencial enemigo, una bomba de relojería con el contador a cero: un loco sin espoleta. El primero es un fenomenal Woody Harrelson, un actor que lleva años en la élite: no es de los que cobra más, no sale en la tele, no le persiguen los paparazzi y no tiene más intereses (conocidos) que fumar marihuana junto a su amigote Bill Maher; el segundo se llama Matthew McConaughey y va dando bofetones como panes a los incrédulos desde hace un par de años. Primero fue Mud, luego Dallas buyer’s club y luego True detective. Y ahora es cuando aquellos que le llamaron Cary Grant de baratillo y cosas peores, tienen que comerse sus palabras porque si lo de Harrelson en True detective es de traca, lo de McConaughey es el jodido Hiroshima.

Enjuto, seco, arrastrando los pies como el superviviente de un naufragio que piensa continuamente en volver y hundirse con su barco, McConaughey no interpreta al detective Rust Cohle, es el detective Rust Cohle: el borracho organizado que sabe qué días puede beber, el drogadicto funcional que actúa como una máquina programada para ejecutar sus propias ordenes, sin importar el qué, el cuándo o el dónde, y —por supuesto— sin importarle el cómo. Ese personaje, que parece haber sido modelado con un soplete, se adueña de la serie como si le cupiera en los bolsillos y sobrara sitio. En cierto modo, y con esa bisagra llamada autodestrucción como toda conexión (más como camino que como objetivo) cuesta no pensar en Tyler Durden cuando uno le pone la vista encima a Rust Cohle. Esa idea, terrorífica en su pureza, de que la nada es la auténtica fuente de la felicidad y que cuanto más se acerca uno al nihilismo que marca la (verdadera) anarquía, mejor se respira. Como una especie de versión bélica del budismo, donde el rechazo al materialismo se concreta con un buen arsenal, un montón de drogas y el convencimiento de que cuanto mayor el sacrificio en el altar de la justicia, más alta la recompensa en forma de alivio (temporal) del soldado.   

true-detective

El destino, la idea de que el mal puede ser un lugar o un paisaje, y ese trasfondo religioso que destila la serie, ayudan a sembrar en el hipotálamo del espectador una idea que hace las veces de contexto: el infierno persigue a estos tipos y a uno de ellos le gusta el fuego. Que el rol de macho alfa (Martin Hart, el personaje de Harrelson) bascule del policía sensato (y más socialmente aceptable) al kamikaze sin filtros cuando el primero pierde el norte, es otro de esos momentos donde el recuerdo de El club de la lucha saca la cabeza: en la película el protagonista pierde la cabeza por culpa del insomnio y trata de escabullirse de la desesperación a través del sufrimiento ajeno. En True detective, el descarrilamiento del matrimonio del protagonista «normal» provoca la aparición de un personaje que hasta ese momento ha permanecido agazapado, escondido en una aparente normalidad que solo se rompe por algunas frases soltadas al azar en momentos de transición («¿Alguna vez te preguntas si eres una mala persona?» le dice Hart a Cohle. «No, no me lo pregunto. El mundo necesita malas personas. Nosotros evitamos que otras malas personas entren por la puerta») pero que acaba en el camino de baldosas amarillas que lleva al purgatorio. El Durden de Hart tiene su propio proyecto Mayhem, que es menos ambicioso que el original pero igualmente relevante en términos narrativos y —definitivamente— más personal.

Con ese traje de filósofo loco que le hubiera hecho tilín a Thomas de Quincey, Hart lleva su obsesión por un caso (podría ser este o cualquier otro) a los territorios de la oscuridad más espesa. Sí, el plano-secuencia de seis minutos que contiene el cuarto episodio de la serie es prodigioso, pero aún lo es más la escena que lo precede y donde se establece el cambio de roles que comentábamos antes y empieza una nueva serie que coincide con el ecuador de la misma. «Tengo que volver con mi mujer, tengo que arreglarlo», dice Hart. «Me importan una mierda tus problemas», contesta Cohle.

Luego llega el recuento de armas, la construcción de la coartada y la aplastante lógica del absurdo: «Esto es necesario, hay que hacerlo» repite Hart, metiendo balas en cargadores y sacando armas hasta de la nevera.

Ese plano magistral de McConaughey adentrándose en las sombras en una lancha (que algunos han corrido a comparar con el coronel Kurtz en Apocalypse now) desencadena lo que venía masticándose desde el inicio de la serie: el helter skelter, en versión sureña.

Mucho se podría hablar —también— del rol de las mujeres (inmensas Michelle Monaghan y Alexandra Daddario) en la serie y del elemento racial (el clásico elemento que genera polémica y que ya ha llevado a algunos a calificar la serie de «gasolina para gallitos blancos») prueba evidente de que la serie tiene más capas que el infierno de Dante. También podría hablarse del apabullante envoltorio escénico de Adam Arkapaw, ese gris amarillento de toques pesadillescos que le da a la serie una terrible sensación de asfixia, o la brillantez del diseño de producción de Alex DiGerlando (responsable de The East o Bestias del sur salvaje). De hecho, podríamos estar hablando de True detective durante una semana y siempre quedarían cosas que decir. Un millón de cosas que decir.

Según sus responsables, la segunda temporada de la serie se ocupará de otro caso, con distintos protagonistas. Algo que da idea de la ambición de sus creadores, dos tipos tan locos como los protagonistas de su invención. True detective ya es historia de la tele, moleste o no, y lo es por méritos propios. Hacía mucho que no veíamos algo tan atrevido, brutal y descarnado en la caja tonta. Desde luego, y como se acostumbra a decir, no es para todos los públicos, pero para aquellos que tengan el paladar acostumbrado a los brebajes de alta graduación, esta va ser la borrachera de su vida.


Un blues peligroso en la prisión de Parchman

Campo de Trabajo Parchman

You keep on talkin’ ‘bout the dangerous blues
If I had me a pistol, I’d be dangerous too
Yeah, you may be a bully, then but I don’t know
But I fix you so you won’t give me no more trouble in the world I know
Mattie May Thomas, Dangerous Blues

Todo el tiempo hablas de lo peligroso que es el blues. Si yo tuviera una pistola, también sería peligrosa. Sí, quizás seas un matón. En realidad no lo sé. Pero te aguanto, así que no me des problemas nunca más… Seis meses no son una condena. Cariño, nueve años no es nada. Tengo un colega que ha estado en la casa grande desde los 14 hasta los 29. La cárcel fue mi principio; la penitenciaría está cerca de ser mi fin. La silla eléctrica me queda demasiado grande. Te lo voy a decir, cariño, como el tano le dijo al judío: si no te gusto, hay cosas tuyas que tampoco me gustan a mí”.

En 1939 el antropólogo Helbert Halpert fue a dar a una remota prisión sureña de Estados Unidos. No importa el nombre, de momento. Quería tomar unas muestras del folclore local. Durante los dos días de estancia allí se topó con una enigmática reclusa. La conversación fue breve.

Nombre.

Mattie May Thomas.

y ¿cómo se llama la canción?”

Dangerous blues.

Helbert no preguntó cuál era su delito. Tampoco le interesaba. Solo sabía que Mattie May Thomas cumplía su tercera condena. Sin ningún acompañamiento más que la voz, cantó en sala de costuras de la penitenciaría su blues peligroso, que se oía como un eco solitario, profundo y desasosegante. Aparte del rudimentario sistema de grabación no había nadie más dentro. Sus palabras parecían puros desgarros salidos directamente del rincón más áspero del alma. La franqueza y vehemencia del relato de Thomas resulta escalofriante, incluso para alguien acostumbrado a escuchar las rudas historias del blues. Aportó un par de piezas más: Workhouse blues y No mo’ freedom. No eran espirituales, ni canciones tradicionales, ni estaban muy elaboradas. Tampoco tenía una voz especialmente dotada. Sin embargo, en sus inflexiones y giros vocales escondía algo más que las características blue notes. Se apreciaba un lamento en forma de crónica, una resignación envuelta en desengaño, una perversa confesión tras haber cometido un asesinato, o tal vez dos, quién sabe si tres… Ese blues era su declaración, la prueba del delito, pero también su forma de redimirse. Como un fósil impregnado en la tierra, el blues da voz a tantos y tantos testimonios callados del pueblo afroamericano durante cientos de años de esclavitud y sometimiento. Aflora cuando menos te lo esperas. Por eso es peligroso…

Mattie May Thomas no volvió a grabar nunca más. Ningún productor avispado vio el morbo potencial para lanzar la carrera discográfica de una reclusa. Desapareció literalmente del mapa. En el Sur las cosas funcionaban de otra manera…

El “Gran Teatro” de Mississippi

En Mississippi nada es lo que parece. O mejor dicho, todo es lo contrario de lo que parece. Durante los años 20 y 30, la tierra que vio nacer el blues albergaba el dudoso honor de ser el estado más pobre y subdesarrollado de todo Estados Unidos. Tenía la renta per cápita más baja, menos de la mitad de la media. Raro era encontrarse un hogar con teléfono, radio o vehículo motorizado. De hecho, en 1937 tan solo el 1% de las granjas contaba con electricidad. Aquel que se adentraba en la extensa llanura aluvial de la región del Delta, delimitada por los ríos Mississippi y Yazoo, se topaba con una sociedad arcaica y esclavista, como si de repente el Tercer Mundo se hubiera asentado en pleno corazón americano. Quien lo visite ahora comprobará que la situación ha cambiado algo, aunque tampoco mucho. Sin embargo, la música que emanó de allí ha llegado a todos los confines del planeta y ha influido decisivamente en gran parte de los estilos populares del siglo pasado. Si el blues hubiera sido un bien tangible como el petróleo o el oro, Mississippi podría haberse convertido, sin lugar a dudas, en el estado más rico y rentable del mundo.

Aunque la sobrecogedora realidad del Delta mostraba otra cara. La división racial era más evidente entre el campo y la ciudad. Los blancos duplicaban a los negros en los centros urbanos; los descendientes de esclavos les quintuplicaban en las plantaciones. Apenas participaban de la vida de la ciudad, aunque paradójicamente la experiencia cultural pertenecía a ellos, de una manera primitiva, cruda y austera. A diferencia del estilo eléctrico de Chicago o de los grandes combos de Memphis o Detroit posteriores, los bluesmen del Delta solo se hacían acompañar por un único instrumento: la guitarra.

Mientras que en el resto del país las grandes estrellas del jazz o las cantantes femeninas de blues clásico actuaban ante fervorosas audiencias en recintos —más o menos honorables— destinados para ello, en Mississipi tal concepto simplemente no existía. No había salas de conciertos, ni conservatorios, ni teatros. Tocando la guitarra en cualquier barrelhouse se podían ganar unos cuantos dólares y algunas copas gratis, mucho más que recogiendo algodón, pero nadie hacía carrera de ello. Ninguno de los hombres del Delta se dedicaba en exclusiva a la música.

Por ejemplo, la profesión que aparece en el certificado de defunción de Charley Patton es granjero; en el de una de las figuras más importantes del blues, Robert Johnson, dice que se dedicaba a recoger algodón. Aplicar el término carrera musical a un bluesmen de la zona, aparte de desproporcionado, resulta sencillamente irreal. Es más, en la mitología del blues del Delta, el fracaso se veía como un éxito. Los elegantes señores del swing o las excéntricas y suntuosas vocalistas del vodevil se sustituyen aquí por borrachos, vagabundos, pendencieros o asesinos. Cuanto más miserable y problemática fuera la existencia del músico, más posibilidades de entrar en la historia. Por tanto, la música en Mississippi no creció al amparo de escuelas, salones de baile o salas de fiesta, se manifestó en el “gran teatro” de los campos de plantación y de las cárceles. Y concretamente la prisión de Parchman aunaba ambas funciones.

Parchman Sala de Costura

Annie la Negra

La Mississippi State Penitentiary (aún hoy en activo), también conocida popularmente como prisión de Parchman, se extendía a lo largo de más de 8000 hectáreas de la región del Delta. En un principio, el estado de Mississippi compró los terrenos en 1900, en el condado de Sunflower, para construir una prisión federal. Muy pronto esas fértiles tierras se convirtieron también en una plantación. En el paupérrimo contexto social de Mississippi, que ya hemos comentado, la prisión de Parchman constituía la segunda fuente de ingresos de todo el estado, solo superada por la recaudación de impuestos. Eso sí, a pesar de las apariencias externas que intentaban disimularlo (no había muros, ni alambrada eléctrica, ni torres de vigilancia), el régimen carcelario no tenía nada que envidiar al sistema esclavista vigente hasta la Guerra de Secesión o a un campo de concentración nazi.

A las cuatro de la madrugada sonaba el silbato. Los prisioneros salían de sus barracones de madera. No había celdas. Apuntados en todo momento por armas de fuego, se dirigían en formación cerrada hacia el campo de trabajo. Se dividían por cuadrillas. Les esperaba una ardua tarea bajo un sol de justicia. Almorzaban en el campo con gusanos y mosquitos como compañía. Además, tenían que cumplir con unos resultados de producción. No había negreros o amos blancos que controlaran el trabajo. Esa función quedaba relegada a los propios reclusos, generalmente los más antiguos y de fiar, que, en cierto modo, eran a su vez unas víctimas del sistema en su doble condición de presos y verdugos. En las frecuentes peleas no intercedían, dejaban que los combatientes resolvieran sus diferencias hasta que uno de ellos cayera.

Desde su mansión típicamente sureña, el superintendente divisaba todo el panorama. Para reprimir las infracciones, se jactaba de cumplir a rajatabla con las tradiciones más estrictas. Una de ellas, la más cruel, se denominaba “Annie la Negra” y procedía directamente de la época de la esclavitud. Quien portaba día y noche en su cuello a Annie —una pesada correa de cuero, de diez centímetros de ancho por uno de grosor—, recibía el más humillante de los castigos: reducir su condición humana para cosificarse en el más rastrero de los animales.

Post Office Parchman

Canciones para sobrevivir

Algunos hombres trabajaban hasta caer muertos, otros fallecían abrasados por el sol. En estas condiciones, la automutilación era una de las salidas más habituales. Por la prisión de Parchman se veía a todo tipo de mutilados. Hombres con una sola pierna, un solo brazo o que se habían cortado un pie o una mano a golpe de hacha. Uno de los presos más veteranos, respetuosamente apodado el “Rey del Río”, había transformado sus pies en dos bolsas de huesos, tras patear durante 20 años los campos de la prisión. En circunstancias así, la música, más que como actividad lúdica, brotó como un instinto de supervivencia.

En este punto son claves los viajes que John y su hijo Alan Lomax emprendieron por todo Estados Unidos en busca de las formas de expresión populares norteamericanas. Casualmente, en las prisiones encontraron todo un caldo de cultivo. Sin las grabaciones que los insignes etnomusicólogos realizaron por todas las cárceles del Sur entre 1933 y 1947, jamás hubiéramos escuchado las fascinantes manifestaciones artísticas de la cultura afroamericana, como por ejemplo las auténticas worksongs precursoras del blues. Fruto de estas prospecciones fue el libro/DVD The land where the blues began y la inagotable colección de canciones Prison Songs: Historical Recordings from Parchman Farm.

Según describiría el propio Alan Lomax, de todas las prisiones que visitaron, en Parchman la abundancia de música fue apabullante. Padre e hijo volvieron en varias ocasiones pero nunca consiguieron registrar toda la riqueza musical que ofrecía la cárcel, tan solo un diez por ciento de todo lo que escucharon. Los Lomax oyeron a las reclusas que cantaban apasionadamente junto a sus máquinas en la sala de costuras. La misma sala donde Mattie May Thomas grabó su Dangerous blues. También se registraron las mencionadas worksongs en forma de llamada/respuesta que cantaban los hombres en las cuadrillas de trabajo mientras construían el ferrocarril o el dique del Mississippi. O las canciones de golpe de hacha donde los prisioneros se alineaban en una o dos filas y levantaban sus hachas para cortar madera. El golpe de las cuchillas contra el suelo marcaba el ritmo del trabajo y de la canción. “Se podían escuchar esos asombrosos coros desde varios kilómetros de distancia”, confesaba Lomax. Asimismo había lugar para los espirituales que se entonaban en las ceremonias religiosas del domingo. Todas estas manifestaciones se enmarcaban dentro de la tradición africana de canciones para acompañar la tarea diaria. Para Lomax, es como si la herencia de África perviviera aún en los Estados Unidos.

Esperanza de perdón y libertad

En una de las sesiones de grabación se desplazaron hasta la arboleda de Parchman donde se reunían los prisioneros después de la jornada. Era el ocaso del día y los hombres estaban ya cansados y hambrientos. De repente surgió un anciano encorvado de nombre Jimpson que había pasado desapercibido durante la tarde. Entonó una canción que representaba el anhelo de todos los reclusos presentes:

Ain’t got long, oh mama, ain’t got long, I ain’t got long
Lord, I ain’t got in the murder’s home
Pray for me oh mama, pray for me, pray for me
Lord, I got a long holdover and I can´t go free

[No aguanto más, mama, no aguanto más,
No aguanto más, Señor, en la casa de los asesinos
Reza por mí, mama, reza por mí
Reza por mí, Señor, todavía me queda mucho para ser libre]

El resto de hombres se levantó y alzó la voz junto a él. El lastimero canto se fundió entre la oscuridad de la noche y fue bautizado como The Murder’s Home. Después de cenar la sesión se trasladó al interior. Tras cruzar dos grandes dormitorios con olor a sudor y tabaco donde algunos presos se disponían a dormir mientras otros jugaban a las cartas, llegaron a una pequeña estancia alejada del ruido. Allí les esperaba un tipo alto, apuesto y ágil como una pantera, era uno de los cantantes estrella de la prisión. Respondía al nombre de Bama. Dos guardas blancos armados supervisaban la grabación. Bama empezó a recitar un grito de campo donde se mofaba de una mujer bizca que “cuando lloraba le salían lágrimas por la espalda”. La historia provocó la risa de los guardas. Después cambió el gesto y se lanzó con una canción que nunca había interpretado delante de unos blancos, I’m going home, sobre un campesino paleto que planea asesinar a un negro porque le ha robado a su chica y su cosecha. En el fondo estaba haciendo un retrato cruel de las desigualdades raciales del Sur.

En general, en casi todas las grabaciones los prisioneros hablaban de sus asuntos personales, de los motivos que les habían llevado a prisión, de las injusticias que habían sufrido y de la eterna esperanza de obtener perdón y libertad, que de alguna manera gracias a la música pensaban que podrían conseguir. Las canciones les humanizaban. A finales de 1939, John Lomax pidió a los responsables de la prisión ayuda para encontrar un convicto que mereciera la pena grabar. Le trajeron a Booker “Bukka” White.

El blues de la prisión de Parchman

Gracias a las grabaciones que Bukka White hizo para la Biblioteca del Congreso se ganó un estatus de celebridad en el interior de la prisión, librándose así de los duros trabajos que realizaban otros convictos. Los guardianes de la prisión llegaron incluso a reunir dinero para comprarle una guitarra. Pero la conflictiva personalidad de White y su convulsa vida le hicieron desdeñar más grabaciones. Tal vez porque a pesar de las ventajas de las que gozaba, la vida en Parchman era de todo menos idílica. Afortunadamente para la posteridad quedó el inmortal Parchman Farm Blues, nostálgico relato de su experiencia carcelaria donde habla de su condena, admite que no quiso hacer daño a su mujer asesinada y reconoce que quería volver a casa.

Pero quizá de todos los personajes que pulularon por Parchman, Eddie James House, o lo que es lo mismo Son House, sea el más atractivo. Fue acusado de homicidio e internado en prisión. Nunca llegaron a estar claras las causas, el propio House evitaba hablar del tema. Según parece, una noche en el municipio de Lyon, Mississippi, con unas copas de más, disparó contra un hombre que había enloquecido. El poco tiempo que House pasó en prisión hace dudar no obstante de que fuera un asesinato la causa de su condena. Sin embargo, años más tarde —en 2005 concretamente— unos coleccionistas descubrieron la reveladora pieza Mississippi County Farm Blues, en cuya letra House confiesa abiertamente que ingresó en prisión por matar a una mujer llamada Vera Lee. El hipnótico “Blues de la cárcel del condado de Mississippi” es tan perturbador como atrayente. Puede que no clarifique del todo los motivos que llevaron a Son House a pasar por la trena una temporada, pero deja claro una cosa: hay algo en el blues que lo hace peligroso. Posiblemente en los barracones de Parchman esté la respuesta…

En el infierno abrasador de las cárceles, el espíritu ancestral, reconfortante y curativo de los cantos africanos aliviaba las almas de los exhaustos y esforzados prisioneros y al mismo tiempo, mientra ese canto duraba, les proporcionaba un poderoso consuelo a cada uno de ellos.
Alan Lomax

Prisioneros guardianes Parchman

Lista de Spotify: Recorded Live By Alan Lomax – Negro Prison Blues And Songs

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Fuentes y referencias

The land where the blues began, Alan Lomax, Ed. The New Press. 1993.

Blues: la música del Delta del Mississippi, Ted Gioia. Ed. Turner Noema. 2010.

Barrelhouse Blues: location recording and the early traditions of the blues, Paul Oliver. Basic Civitas Book. 2009.

Fotos extraídas del Missippi State Archives


Camino del Sur

De William Faulkner (25 de septiembre de 1897 – 6 de julio de 1962) lo primero que leí fue Santuario. Recuerdo que estaba en la Facultad, en segundo o tercero de Periodismo, y cogí ese libro sin saber muy bien qué hacía, porque entonces pensaba mucho en América, sobre todo en los estados del sur, donde —me parece a mí— existe un calor primitivo que apelmaza las neuronas, una atmósfera clara de ignorancia ancestral que sobrevuela los campos, yermos, amarillos y extrañamente silenciosos.

Toda historia sureña evoca una tierra hundida, insonorizada por la soledad sonora de la que hablaba el poeta. Son regiones en cuya vastedad, inabarcable y luminosa, se penetra abriendo el plano, desde la distancia. A mí todo eso —las partículas que se pegan a la garganta, el calor terrorista que impide vivir al mediodía— me atrajo desde que llegué a Madrid, ciudad que aprisiona pero libera, como me atraen ahora los paseos por el campo.

En el Sur, de El Paso a Miajadas (Bajadoz), de Misisipi a Camas (Sevilla), el aire se percibe de otro modo. Uno, que de Toledo hacia abajo solo ha ido a emborracharse, lo sabe todo de ellos por los libros, la televisión y las colas de las discotecas de Madrid, porque hacerse amigo de un andaluz implica un pacto social inevitable, un quedar a medio camino como de espíritu de la Transición en ese lugar, Madrid, adonde van a parar todos los desarraigados. La capital es el único modo de ligarse a una andaluza, porque allí, en su tierra, a quien te ligas es a Andalucía entera, para llorar después como Juan Ramón con los amaneceres. Por Andalucía caímos, desagüe de belleza eterna, leyendo al 27 y ahora ya solo podemos recordarla y releerla, porque atravesar Despeñaperros hoy es entenderte a gritos entre extranjeros y canis.

De la Andalucía clara de Lorca ya solo queda la Guardia Civil.

Entre los cavones secos e inertes del sur —y he aquí el carácter literario de toda una tierra— se arrastra, poniéndose perdida de polvo, la certeza misma del asesinato. Y esto ya es serio. ¿Quién no se ha imaginado nunca a un jabalí encabritado surgiendo por entre los olivares de Jaén con la potencia de un ñu, directo a nosotros, pilotos de un coche acatarrado con el aire acondicionado a tope, temerosos de ser embestidos por el animal, la muerte, el sur en tremenda venganza contra la industrialización rampante del norte? En cada gasolinera extremeña, como en las de Yoknapatawpha, hay un psicópata absoluto dispuesto a todo menos a enamorarse y los extremeños, poseedores de un don universal, deben de ser muy parecidos a los tejanos.

Cela es nuestro Faulkner y la familia de Pascual Duarte, disfuncional y fúnebre, es un poco como la de los Compson. Hablamos de historias donde todo son violaciones y muertos, golpes a los animales y el trato humano en general no es bueno. La obra de Cela superó la complaciente literatura de la posguerra e incluso saltó por encima de la novela social de los cincuenta, sobreviviéndola y volando hasta los Estados Unidos, en donde, no obstante, el de Misisipi había comenzado ya, veinte años antes, su particular camino a las profundidades del atavismo sureño. El desproporcionado hieratismo de Faulkner se había impuesto pues, por precoz, a la adiposidad de Cela, entonces un muchachón de cara larga y oscura.

Faulkner, por volver al egocentrismo de antes, llegó a mi vida una tarde en que una ex novia mía, en cuya sangre se mezclaban también varios sures españoles —con todo lo que de bueno y malo tiene eso—, estudiaba en la biblioteca. Aquel día, como me ocurrió otras veces, preferí leer y cogí Santuario, que por decisiones como aquella me he ido yo forjando. Empecé a leer, me atolondré, y a eso de la mitad, ya en casa y en calzoncillos, di con el prólogo de La ciudad y los perros, ese en el que Vargas Llosa se lo agradece todo al autor americano. La conexión boom-Faulkner, cuyo ejemplo más descarado es Pedro Páramo, y la elevación del norteamericano a los altares de la paternidad de esa generación no dejan de ser un ejemplo más de la hermandad sureña que une a todos los que por encima tienen a alguien más rico y afortunado, una Umma en la que incluso, dejando a un lado la literatura, pueden participar los de Móstoles.

Al Nobel de Misisipi, experto en violaciones almodovarianas, yo lo leí de repente, y cuando acabé aquella novela tuve que volver a empezarla, pues no había localizado nada de lo que ponía en la solapa. Se hablaba de la profanación de un cuerpo con una mazorca, pero se advertía —esta es la clave— del modo elíptico con que se describía. Cuando descubrí lo que era la elipsis prometí no dejarme arrollar nunca más por ella. Santuario, con toda su mezquindad descarnada, fue un bestseller en la América posterior al Crack, lo cual dice mucho del lector de entonces. Su autor la odiaba, pues la escribió, según declararía más tarde, con el único objetivo de ganar dinero, introduciendo en ella toda la sordidez que pudo imaginar.

Una muestra:

(Tommy y Temple Drake se encuentran en el granero cuando se produce el atroz incidente)

Sentada sobre las vainas de algodón y las mazorcas roídas, Temple levantó de pronto la cabeza hacia la trampa en lo alto de la escalera de mano. Oyó cómo Popeye cruzaba el sobrado y luego vio aparecer un pie, tanteando cautelosamente en busca del primer peldaño. Mientras descendía la estuvo mirando por encima del hombro.

Temple permaneció completamente inmóvil, con la boca ligeramente abierta.

Popeye se detuvo a mirarla. Proyectó varias veces la barbilla hacia adelante, como si le apretara demasiado el cuello de la camisa. Alzó los codos y se los frotó con la palma de la mano, repitiendo el gesto con el borde de la chaqueta; luego salió del campo de visión de Temple, moviéndose sin hacer el menor ruido, con la mano en el bolsillo. Al ver que la puerta no se abría le dio un empujón.

Abre la puerta— dijo.

No hubo respuesta. Al cabo de un momento Tommy susurró:

¿Quién es?

Abre la puerta —dijo Popeye.

La puerta se abrió. Tommy miró a Popeye y parpadeó.

No sabía que estaba ahí —dijo.

Trató de mirar detrás de Popeye, dentro del cuarto, pero el otro le puso la mano en la cara, empujándolo hacia atrás. Luego se asomó y miró hacia la casa. Después miró a Tommy.

¿No te dije que no me siguieras?

No le estaba siguiendo —dijo Tommy—. Estaba vigilándolo a él —añadió, con un movimiento de cabeza en dirección a la casa.

Sigue haciéndolo, entonces —dijo Popeye.

Tommy volvió la cabeza para mirar hacia la casa y Popeye sacó la mano del bolsillo.

A Temple, sentada sobre las vainas de algodón y las mazorcas, el ruido no le pareció más fuerte que el chasquido de un fósforo: un sonido muy breve, insignificante, que se desplomó sobre la escena, sobre aquel instante, haciéndolo totalmente irrevocable, aislándolo por completo; y ella siguió allí sentada, con las piernas extendidas, las manos vueltas, mansamente caídas sobre el regazo, mirando la espalda de Popeye y las arrugas que le hacía en los hombros la chaqueta demasiado ceñida mientras seguía asomado a la puerta, con la pistola detrás, junto al costado, despidiendo un sutil hilo de humo que descendía pierna abajo. Popeye se volvió y la miró. Movió un poco la pistola, se la guardó en la chaqueta y avanzó hacia ella. No hacía el menor ruido al moverse; la puerta, sin sujeción, se abrió para golpear después contra la jamba, pero tampoco hizo el menor ruido; era como si el sonido y el silencio se hubieran invertido. Temple podía oír el silencio como un susurro atronador mientras Popeye iba hacia ella atravesándolo, apartándolo, y empezó a decir «Me va a pasar algo». Se lo estaba diciendo al anciano con las flemas amarillentas en lugar de ojos. «¡Algo me está pasando!», le gritó al viejo, sentado al sol en su silla, con las manos cruzadas sobre la empuñadura del bastón. «¡Se lo dije!», gritó, haciendo estallar las palabras como silenciosas burbujas calientes en el silencio cegador que los rodeaba, hasta que el anciano volvió la cabeza y los dos coágulos de flema hacia donde ella, tendida sobre las ásperas tablas bañadas por el sol, se agitaba, sacudiendo brazos y piernas. «¡Se lo dije! ¡Se lo dije desde el primer momento!»

Después de asesinar a sangre fría a Tommy y violar con una mazorca de maíz a Temple, el gangster Popeye coge a la chica y emprende su huida. Faulkner ya nos había avisado de que “algo iba a pasar”, algo peor que la muerte. En la siguiente imagen Temple permanece en pleno delirio mientras se desangra en el asiento delantero del coche de su raptor. El automóvil va dando bandazos por la recta carretera, saliéndose una y otra vez a la cuneta, provocando que la adolescente violada chapotee sobre su sangre, todo en un día “suave y brillante, una mañana alegre llena de ese increíble y suave resplandor de mayo”.

Dipsomanía

Faulkner les debe cada párrafo a la Biblia y al alcohol, alianza que en él se reveló sumamente eficaz. Incluso al personaje de Popeye lo descubrió en un bar, tomando una copa con un amigo. Aquella noche se les acercó una joven a contarles la asombrosa historia de un matón impotente que vivía en su pueblo y que violaba impunemente a las muchachas con todo tipo de objetos. Le apodaban Popeye (Ojos saltones) y era, tal y como lo describió Faulkner en su relato The Big shot, “un hombrecillo pequeño, con un rostro cadavérico y cabello negro y ojos como sin vida, y una nariz aguileña, delicada y pequeña y carente de barbilla”.

Este escritor sureño de fino bigote y maneras decimonónicas se emborrachaba cada noche después de escribir, costumbre que solo se saltó el día en que murió Alabama, su hija, apenas unas horas después de nacer.

Yo creo que Faulkner no habría escrito nada memorable, si acaso algunos poemas mediocres —siempre se consideró a sí mismo un poeta fracasado— de no haber sido por su afición desmedida a la botella. Bebía hasta caer desmayado, como buscando una sempiterna resaca que lo ayudase a crear, y por eso sus relatos se desarrollan en torno a imágenes enloquecidas que, en vez de ir cediendo a una lógica narrativa, van sucediéndose de otras peores, más horribles, que acaban engarzando a la perfección entre los vapores de un alcoholismo que busca la catarsis a través de la literatura, o viceversa. Las bragas manchadas de barro de una niña sobre un árbol, la violación con una mazorca citada anteriormente, la imagen de una mujer embarazada recorriendo sola un camino, los juegos de un subnormal frente a un vallado… son pinturas carentes de toda lógica, descabelladas, que sirven de punto de partida para ir armando alrededor, en una especie de huida onírica y, por lo tanto insensata, relatos estremecedores.

De Faulkner, hagan la prueba, queda en la mente una imagen o muchas, si acaso el hedor de un prostíbulo donde los zapatos se pegan a la tarima; nunca un párrafo, por complejos y perfectos que estos sean.

El segundo libro que leí del maestro —a estas alturas del artículo, crecido como estoy, no puedo calificarlo de otro modo— fue El Ruido y la Furia, donde el dipsómano americano novela, entre otras cosas, la subnormalidad, hace narrador al demente y, tan verosímil como pueden serlo las pinturas de Rafael, provoca en el lector un temblor extraño, vesánico, pues lo somete a la dura prueba de ponerlo cara a cara frente a la locura. Allí demostró el narrador sureño haber interpretado como nadie las vanguardias, extraviado como estaba dentro de la Generación Perdida. Quebró con maestría la realidad en planos —en este caso voces, siempre voces—, algo que consiguió sin que Gertrude Stein —una rosa es una rosa es una rosa es una rosa— le acariciase el lomo.

Porque Faulkner fue a París pero no se enamoró, cultivando como única prueba de su paso una barba tupida y afrancesada, a lo Cortazar.

Despreció los ambientes literarios, pues obsesionado con su propia caricatura de hombre rural y respetable, soñaba con reconstruir el sur en su mansión, Rowan Oak, en Oxford, Misisipi, tener un rancho, volver a los tiempos de esplendor en los que su bisabuelo, el viejo coronel William Clark Falkner, escritor, banquero y terrateniente, se paseaba a caballo dejando que los lugareños se quitasen el sombrero a su paso. Por eso, cuando adquirió su vieja y amplísima casa destartalada, lo primero que hizo fue poner sobre la chimenea el retrato del más ilustre de sus antepasados.

Prefirió aislarse para poder releer cada año a solas el Quijote y alejado murió, borracho perdido, cuando ya era incapaz de recorrer en el mismo día todas las hectáreas que había ido añadiendo obsesivamente a su finca como síntoma de una megalomanía que, ya digo, era más general que particular, más del Misisipi que suya. Murió de un ataque al corazón y yo ahí no veo una metáfora de nada, pero con su muerte se cerró un círculo, concretamente el que rodeaba al condado de Yoknapatawpha, un mundo imaginario que ríete tú de la Tierra Media.

Cerrando ya este artículo que empieza a ponerse caótico, solo diré que yo me había prometido a mí mismo —y estas son prácticamente las únicas promesas que cumplo— no escribir nunca sobre Faulkner, pues creo que ya está todo dicho por sesudos expertos de la cosa. Yo vine aquí a hablar del sur y al principio el escritor que ha acabado siendo el protagonista era solo una excusa. Quise retratar modestamente un lugar que fue y nunca más será, violento, despiadado, atávico y con el carácter seductor de la decadencia, abajo un rasgo esencial indeleble, un sur que, paupérrimo y desesperado, ha huido en estampida terrible al norte conformando una diáspora que en literatura ha cristalizado en un aburguesamiento un poco cursi, un refinamiento de los tiempos que acabará por teñir de colores la uniforme turbiedad de antaño.

 

 


César Vidal: “Zapatero va a pasar a la historia como el hombre que aniquiló al partido socialista”

Durante los últimos días nos hemos dedicado a glosar la bibliografía completa de César Vidal. Ni que decir tiene que no hemos logrado ni siquiera cubrir una centésima parte de su producción. Novela, histórica o no, literatura juvenil, tratados de Historia, algunas veces novelada, traducciones de las lenguas más oscuras que imaginarse puedan, manuales didácticos y homenajes musicales al Sur de los Estados Unidos son sólo una muestra. Todo eso añadido a un programa diario en ES Radio (20:00 a 0:00 de lunes a viernes) y un pasado de tertuliano en el cual los enfrentamientos antológicos de fuego cruzado con Maria Antonia Iglesias son imposibles de olvidar. Le esperamos en la madrileña Cuesta de Moyano echando largos sorbos a una zarzaparrilla bien fresquita, hasta que don César se presenta portando dos tomos de mucho cuidado bajo el brazo: Camino a la Cultura y una edición bilingüe del Nuevo Testamento traducida por él mismo. “Me la han publicado en estados Unidos; cada versículo figura en el griego original y debajo mi traducción al español. Aquí es impensable que nadie publique algo así”. Intercambiamos las siete crípticas señales masónicas y empezamos con la entrevista.

Siempre me ha llamado la atención la cantidad de libros que es capaz de publicar al mismo tiempo que tiene un programa de radio, concede entrevistas… ¿De dónde saca el tiempo?

Es una cuestión de disciplina, aunque se acusa el paso del tiempo. Tengo menos capacidad de trabajo de la que tenía hace quince años. Mi agenda es muy apretada, pero si uno es consecuente con ella se pueden hacer las cosas. Hoy a las siete de la mañana ya estaba escribiendo, y eso es así por lo menos seis días a la semana. Generalmente, excepto si tengo que salir para una cosa de este tipo que no es habitual, hasta la una no me levanto del asiento y sigo escribiendo. Y luego hay una serie de cosas, como pueden ser las colaboraciones de prensa, la preparación del programa… que lo vas haciendo en ratos perdidos. Yo siempre he dicho que soy un trapero del tiempo y que igual que no se me ocurriría ir tirando monedas de veinte céntimos, de cincuenta o de diez, no voy a ir tirando veinte minutos, cincuenta o diez. Pero sin disciplina es imposible, incluso con las ventajas técnicas de que disponemos ahora. No quiero pensar lo que hubiera podido escribir Lope de Vega de haber tenido el Wordperfect.

De todos los géneros literarios —porque usted ha escrito de todo: Historia, novela, ensayo…—, ¿con cuál se siente más cómodo?

Depende del momento. Hubo un tiempo en que incluso escribía un género u otro según la época del año.

¿Premeditadamente?

Sí, en una época del año escribía sólo sobre literatura infantil o sólo novela, o me dedicaba sólo a investigación histórica, porque había llegado a la conclusión de que encajaba con esa época del año. Ahora, por desgracia, no me lo puedo permitir. Pero no es tanto la identificación con el género como la identificación con lo que estás haciendo. Si estoy trabajando en una novela, como me pasa ahora, y estoy a gusto con ella, ningún problema. No hay ningún género al que sea más reacio, porque además la construcción de un libro es muy distinta en cada caso: hay ocasiones en las que un libro es una obra de marquetería que dura años o décadas, hay muchos libros que acaban en una carpeta porque han llegado a un callejón sin salida para volver emerger años después o no y hay otras cosas que aparecen en un momento determinado como un fogonazo. He escrito alguna novela de la que lo único que tenía era el final. Así que no, no prefiero un género por encima de otro.

Qué da más trabajo, ¿un libro de Historia o una novela?

Depende de cuál sea el libro y cuál sea la novela. Es decir, si hablamos de una novela con una estructura muy compleja, como algunas de las mías, puede dar tanto trabajo como un libro de investigación histórica. Si es una novela más lineal, evidentemente, lleva mucho menos trabajo. Pero también es verdad que yo no trabajo con cosas que no conozco, es decir, no tengo tiempo para documentarme sobre la vida de los aztecas. Si ahora me viene un editor diciendo que Spielberg va a hacer una película sobre los aztecas, que iría muy bien hacer una novela sobre el tema y me ofrece un anticipo muy bueno, le voy que decir que no tengo tiempo. Mis temas son los que conozco bien desde hace años, que me pueden exigir una documentación adicional pero que no me obligan a prender algo que no sé. Y en ese sentido, por ejemplo la que estoy escribiendo ahora, que es una novela concéntrica de estructura complicada, es más trabajosa que algunos libros de divulgación histórica y viceversa.

¿Podemos saber algo más de esta novela?

Está terminada, pero estoy en la fase de redacción final. Las dos primeras partes ya son definitivas y ahora estoy con la corrección de la tercera. Se sitúa en España a inicios del s.XIII e intenta recoger las distintas formas de ver la vida que había en la gente que vivía en nuestro país en aquel entonces, incluso dentro de la misma cultura. A veces simplificamos mucho diciendo que había judíos, cristianos y musulmanes pero Averroes, por ejemplo, no se marchó de España porque sí y era musulmán. Y entre los cristianos sucedía lo mismo, es decir, la situación de enconamiento entre los distintos reinos era muy clara. La novela intenta recoger algunas de esas visiones que son diametralmente opuestas en torno, sobre todo, a un personaje que está escribiendo un libro sobre los genios. Es decir, la novela tiene su desarrollo normal, pero al mismo tiempo está entreverada con otro libro que está dentro de esa novela que es un tratado sobre los genios, estos seres que están dentro de una lámpara mágica; uno de los protagonistas, que vive en Al-Andalus y tiene escaso interés por otras cosas que puedan suceder en ese momento, que son las cosas que aparecen en los libros de Historia, está redactando un tratado sobre los genios: cómo son, cómo se manifiestan, cómo puede uno tratar con ellos, etc. La novela transcurre en dos planos totalmente distintos que en algún momento se entrecruzan.

Voluminosa, supongo.

Creo que la versión final andará en torno a los 400 folios. Es una novela en la que se ha producido un fenómeno que a mí me molesta bastante, pero no lo puedo remediar; empieza a crecer desordenadamente más allá de lo que tú habías pensado. A veces se te ocurren personajes o situaciones que desbordan la estructura, pero en este caso el desbordamiento ha sido masivo, la novela ha ido creciendo y creciendo y seguramente acabe siendo el doble de lo que originariamente yo había pensado.

¿Cuándo estará en las librerías?

No lo sé. Espero terminar de corregir en una semana o diez días y es posible que aparezca a fin de año, pero eso ya es trabajo del editor y yo me desentiendo, igual que hago con las portadas de los libros.

¿De qué libro suyo se siente más orgulloso? No vale decirme “de todos”.

No, creo que hay diferencias y no quieres a todos los libros por igual. Si me preguntan por un libro juvenil me quedaría con El último tren a Zurich, que es Premio Jaén; si me preguntaran por una novela es muy posible que me quedara con La ciudad del azahar o con Los hijos de la luz; y si me preguntaran por un libro de largo recorrido, de muchos años de trabajo, me quedaría con uno que me acaba de llegar, que se ha publicado en Estados Unidos y que es un Nuevo testamento interlineal griego-español. Es el texto griego original del Nuevo testamento con una traducción palabra por palabra interlineando español que me ha llevado años hacer y que al final lo edita una editorial estadounidense porque, evidentemente, ninguna editorial española acomete una tarea de este tipo. Además, la traducción lleva las variantes de los diferentes manuscritos. Si tengo que quedarme con un libro de Historia seguramente sería la trilogía de los tres grandes fundadores de religiones que empezó con Jesús, el judío, que siguió con Buda, el príncipe y que va a concluir con Mahoma.

Además de toda esa actividad, ¿tiene tiempo para leer?

No voy a decir, como el título de una novela, que todo lo que aprendí lo aprendí en la escuela, pero muchas cosas vienen marcadas desde la infancia. Hace un mes me invitó a comer un editor porque conocía a un coronel que decía que me conocía. Cuando llegó al restaurante el coronel, cuyas facciones me parecían vagamente familiares, se me acercó y me dijo: “Soy fulano de tal, éramos compañeros en primero de bachillerato. Siempre recordaré que, mientras lo demás andábamos pegándole patadas a un balón tú estabas apoyado en una pared del patio del colegio leyendo”. Acabas desarrollando un comportamiento de lectura que hace que, en mi caso concreto, no vaya nunca al baño sin llevarme un libro, que lea en los sitios más insólitos y que si, por ejemplo, me siento aquí un rato a esperar, siempre lleve un libro encima.

¿Qué lee?

Soy un omnívoro en cuanto a la lectura, pero hace años que llegué a la conclusión de que no puedo leer todo lo que quisiera por razones de tiempo y edad. Llega un momento en el que dices: “¿cuánto me puede quedar de vida? ¿Veinte? ¿Veinticinco años? Bueno, pues tengo que dosificar lo que leo”. Entonces procuro leer cosas que me parecen especialmente buenas: sigo leyendo mucho los clásicos y no me importa no leer tanto las novedades. El año que no consigo releer La odisea releo El Quijote, y si no La divina comedia; siempre estoy revisando a Shakespeare, Bulgákov o Dostoyevski. Entonces es muy posible que no me acerque al último premio literario de relumbrón salvo que sea un autor que me merece mucha confianza. Ya estoy recluido en el mundo de los clásicos en su mayor medida y también en algunas obras que me parecen de especial interés y que tienen que ver con mi trabajo. Por ejemplo, para esta novela en la que estoy trabajando ahora, he estado leyendo muchos de los clásicos del sufismo.

¿Cuántas lenguas habla?

Hablo, con distinto grado de dominio, ocho lenguas, pero traduzco dieciséis. Las lenguas son como chicas, a las que tienes que atender, porque si no las acabas perdiendo. Puedo leer de corrido un texto en inglés, ruso, italiano, francés, latín, griego o hebreo. Pero hay otras que se resienten del paso del tiempo. Cuando era mucho más joven y pensaba que me iba a dedicar a Oriente fui traduciendo poco a poco, a lo largo de prácticamente un quinquenio, toda la narrativa del antiguo Egipto. De hecho, la mía es la única traducción completa que hay en español. Si ahora me tuviera que poner a traducir un texto sapiencial egipcio no iría con tanta fluidez como hace 20 años. Pero una de las cosas que uno tiene que asumir con deportividad es que se envejece. Igual que en un momento de tu vida te puedes pegar una caminata de cuatro horas sin cansarte, si ahora tienes que caminar de aquí a la Puerta del Sol te tienes que parar varias veces y vas echando el bofe. En términos intelectuales sucede lo mismo.

Los editores de Valdemar nos comentaron recientemente que usted es muy aficionado a los libros que publican.

Es que Valdemar es una gran editorial. No publico con Valdemar, no soy colaborador suyo, no he traducido nada para ellos ni nada por el estilo, pero soy muy imparcial en mis juicios. Valdemar es un ejemplo de cómo se puede llevar a cabo una labor editorial que es buena cubriendo un nicho de mercado que no cubre nadie y haciéndolo bien. Y, además, con poca gente. Es una de las pocas editoriales, y subrayo lo de pocas, que tiene editores que saben lo que dicen. Y eso por desgracia no se da en los grandes monstruos. Ese gran monstruo permite ocultar la falta de talento y conocimiento del editor tras la cuenta de resultados final. Las editoriales pequeñas o saben lo que hacen, o están condenadas a corto-medio plazo. Han rescatado muy bien a autores extraordinarios y hacen muy bien trabajo. Es una editorial ejemplar. Para mí es un ejemplo de lo que es editar.

También cuidan mucho las traducciones.

Y las ediciones son extraordinarias. Además, hay libros que te pones a buscarlos y sólo los editan ellos.

Pues nos comentó que se sentían menospreciados por las otras editoriales, como si no los consideraran una editorial.

Lo que ocurre es que, en muchas ocasiones, la idea de calidad ha quedado sustituida por otro tipo de consideraciones. En el mundo editorial, cuando llevas viviendo de escribir más de veinte años, como es mi caso, has conocido a casi todos los editores de las editoriales grandes y medias. No son gente con un especial conocimiento de su materia y en muchos casos vienen de fuera del mundo de la edición. He conocido a editores que venían del mundo de los artículos de deporte o de la venta de electrodomésticos. Entonces piensas que el dueño de la editorial cree que vender un libro es lo mismo que vender lavadoras o zapatillas de deporte. Pero esta gente que viene de vender raquetas y la ponen al frente de una división de una gran editorial tiene un concepto de sí mismo que no se corresponde con la realidad. El gran negocio sería comprarles por lo que realmente valen como editores y venderlos por lo que ellos creen que valen como editores. Y esta gente que suele mirar por encima del hombro a otros editores pequeños en términos de ventas y volumen incurren en una soberbia injustificada, porque muchos de esos editores pequeños tienen muchísimo más talento editorial que ellos. Y podría citar muchos casos. Aparte de Valdemar, por ejemplo Mario Muchnik, un grandísimo editor que se ha visto expulsado del mercado editorial español. Es algo incomprensible: en un país como Alemania, Italia o Francia estaría al frente de una de las grandes editoriales. Es un personaje al que se ha ido aislando hasta que desaparece del mundo editorial. De repente aparece un año y saca dos libros para volver a desaparecer después. Y eso explica también la política errática de mucho de lo que se edita en España. Yo, que llevo casi 25 años publicando, he visto modas que luego no duraban, pero durante un tiempo se corría el virus de que algo iba a funcionar y luego ha sido un desastre. Alguna editorial ha estado a punto de ir a la quiebra porque el editor decidió que iba a repetir el boom de la novela latinoamericana y, por supuesto, no lo repitió, igual que no se puede repetir el Siglo de Oro español. Y ha habido una época en la que sólo se quería editar a autoras porque no sé a qué cretino se le ocurrió que las mujeres sólo leen a mujeres. Y, como esos tópicos, muchos otros.

También estuvimos hablando de la bajada de calidad del best-seller. Publican cosas que en su día fueron superventas y, comparados con lo que es superventas hoy, como los vampiros edulcorados o los detectives suecos, la calidad ha disminuido.

Creo que hay de todo y que también depende del público. Entre la saga Crepúsculo y el Drácula de Bram Stoker hay un abismo en términos literarios, pero seguramente para los adolescentes de hoy en día la saga Crepúsculo está muy bien; las tres primeras de la trilogía mi hija las leyó en una semana, empalmando una con otra, siendo ella una adolescente. Yo recuerdo haber leído Drácula con once o doce años y recuerdo que me encerraba en el dormitorio, en la penumbra, me ponía a leer sonando de fondo la Tocata y fuga de J.S.Bach y creo que no he vivido un terror tan delicioso en mi vida. Es decir, todo depende de los que des a la gente. El problema es que hay una tentación no sólo en el editor, sino que también en el productor de televisor, por ejemplo, que cuanto más rebajes el producto, más asequible será y no necesariamente es así. A la gente le gusta lo que es bueno. No creo vean Centauros del desierto y se aburran, sigue siendo una buena película. Si decides que en lugar de eso les vas a dar una ración de telebasura porque crees que no van a entender la película es decisión tuya, pero difícil de justificar.

Hablando de películas, he leído que su favorita es La palabra (Ordet), de Dreyer.

Es una de mis preferidas, sí. Una obra maestra. Entra en una serie de temas que para mí son muy queridos y esenciales: la muerte, el amor entre un hombre y una mujer, la inocencia de la infancia, la esencia del cristianismo…toca temas universales. Es una de las cinco mejores películas que se han hecho. Igual que hay que ver Ciudadano Kane o El tercer hombre, hay que ver Ordet.

¿Qué audiencia tendría Ordet un domingo por la tarde en televisión?

Yo recuerdo haberla visto en La clave y tuvo muchísimo éxito. Todo depende. Nadie está dando la opción a la gente de escoger entre Ordet u otra cosa. Sabemos las series y programas que fracasan, pero a ver… yo creo que mucha gente vería Ordet con mucho interés, igual que El tercer hombre, toda la cinematografía de Hitchcock, la de John Ford o la de Kubrick. Sobre eso no tengo ninguna duda.

¿Qué le atrae tanto de los EEUU y concretamente del Sur?

Estados Unidos me atrae porque es un país que conozco desde hace muchísimo tiempo; si tuviera que definirlo con una palabra sería libertad. Y la sensación de libertad que se siente hay que vivir allí para entenderla. Mi hija, que estudia allí, me decía hace unos meses que lo acababa de descubrir. Que aunque había viajado conmigo muchas veces, nunca lo había captado como ahora. Ese poder tener en tus manos tu destino es impagable. Y el Sur me gusta porque recoge lo mejor de los estados Unidos. El Sur por sí solo tiene una herencia cultural que pocas naciones tienen. Si la guerra de secesión hubiera acabado de otra manera y el Sur fuera independiente, su peso cultural sería impresionante. El Sur es Faulkner, Harper Lee, Flannery O’Connor, Elvis Presley, Escarlata O’Hara, el General Lee, los blues, el country, el gospel…para mí es todo un conjunto de sensaciones y manifestaciones estéticas muy queridas.

Y el origen del jazz, también.

Sí, también, pero si nos ponemos a hablar de géneros musicales gran parte de la música del s.XX es el Sur. Alguien podría decir: “Pero los Rolling Stones no”. Bueno, pregúntaselo a los Rolling, porque te dirán que sin los blues ellos son incomprensibles. Y uno los puede escuchar y no acabar de verlo, pero bueno, tú no lo verás, pero yo sí.

Hace poco volví a ver Lo que el viento se llevó y, pese a ser una película maravillosa, el mensaje final que transmite es una exaltación de un modo de vida con muchas injusticias y contra el que luchó Lincoln.

Creo que la idea fundamental es que ese modo de vida terminó, que es inevitable mirarlo con cierta nostalgia por elementos como la caballerosidad pero que, aunque terminó con un final dramático, no acabó con el alma del Sur. Y esa alma en la película son varios personajes, como Escarlata O’Hara, que sobrevive y que, incluso cuando la deja Rett Butler, te quedas pensando si no lo recuperará; la idea es que mañana será otro día, no me doy por vencida, he perdido la batalla de hoy pero veremos la de mañana. Pero también es el personaje de Ashley, una supervivencia todavía más nostálgica. Es el caso de Melania, una mujer que lo pierde todo pero que, sin embargo, sigue adelante. Cuando pensamos en Lo que el viento se llevó siempre pensamos en Escarlata o Rett Butler, pero hay todo una galería de personajes que, con todo lo idealizada que pueda ser la visión que aparece en la película, tienen mucho dolor. Y he tenido esa misma sensación viendo la nueva versión de Valor de ley: una película extraordinariamente sureña, aunque no se aprecia tanto porque no aparecen los negros, la bandera de la confederación y las plantaciones de algodón, pero tremendamente sureña.

¿Cómo fue su proceso de conversión al protestantismo?

Me interesa profundamente el Cristianismo tal y como se describe en los Evangelios. Tengo claro que eso no es la Iglesia católica. El Cristianismo que yo he visto en el Nuevo Testamento tiene muchos puntos de contacto con la Iglesia católica, pero ésta última tiene muchísimas más cosas que se han ido añadiendo durante la Edad Media y la Contrarreforma por las que no tengo ningún interés. En ese proceso de búsqueda me encuentro con una capilla evangélica cerca de mi casa y descubro que creen exactamente lo mismo que yo. Y ése es el proceso. Yo no me hago planteamientos de si es la posición mayoritaria de la cultura nacional o no, me importa bien poco. Cuando me convierto hacía cuatro años que era objetor de conciencia en una época en que los objetores de conciencia íbamos a la cárcel, y era una postura que no entendía nadie. Cuando la tratabas de explicar te miraban con una cara como si acabaras de descender de un platillo volante. En mi caso concreto, si Franco no se hubiera muerto en noviembre del 75 sino en marzo del 76, hubiera ido a la cárcel.

¿Qué piensa de lo que está pasando con el llamado movimiento del 15M? ¿Puede estar organizado por el Partido Socialista? ¿Qué opina al respecto?

No creo que esté detrás el Partido Socialista, aunque no sé si va a estar mañana. El conglomerado inicial es muy diverso: hay gente harta del desgaste del sistema político que se ha erosionado mucho, sobre todo en los últimos años, y hay unas reformas que hay que acometer cuanto antes y ante las que no se pueden cerrar los ojos; hay gente que va porque cree que hay unas reformas que hay que hacer;hay gente que va, simplemente, porque está indignada con la situación que está viviendo, es decir, hay una crisis económica muy fuerte con el espectro de la quiebra en cualquier momento y sin que parezca que nadie toma medidas al respecto; y luego hay gente de los más diversos estratos políticos: en el caso de Democracia Real Ya uno leía el manifiesto y se parecía muchísimo al programa de Izquierda Unida, en el caso de los okupas las conexiones con movimientos poco recomendables las afirmaba incluso algún sindicato policial. Creo que esto se ha ido diluyendo porque es muy difícil mantener ocupado un lugar público durante dos semanas. Entrevisté a un representante de la asociación de comerciantes de la zona y me decía que, aparte de que están desesperados por las pérdidas, tampoco sabían quienes eran los interlocutores. Me decía que ellos hablaban con los representantes de DRY, les decían que mientras se solucionaba la situación les iban a abrir unos pasillos, a limpiar la zona… pero como en realidad ellos tampoco controlan esto, llegaban a la asamblea y se votaba todo lo contrario. Había días en que era imposible abrir el comercio porque había una serie de personas tumbadas y no se querían levantar. El Ayuntamiento de Madrid ha levantado un acta sobre infracciones que van desde manipulación de alimentos de manera incorrecta a tener combustibles, lo que hace que se parezca más a un poblado de chabolas que a cualquier otra cosa. Lo que persiste es una serie de preguntas sobre el sistema que tenemos en estos momentos, sobre el que hay que hacer unas reformas, y no las veo posibles sin un gran pacto de Estado. Y tampoco tengo nada claro que las vaya a acometer ninguno de los grandes partidos, porque probablemente signifique molestar a gran parte de sus propios votantes.

¿Cómo definiría una democracia avanzada? ¿Cuáles son los puntos fuertes en los que se puede apoyar?

Una democracia lo que tiene, por definición, es una separación de poderes, y uno de los grandes dramas de la Historia de España en las últimas décadas es que la separación de poderes es muy débil en el caso de un sistema parlamentario. Prácticamente ha desaparecido.

¿En cualquier sistema parlamentario?

No, pero el sistema parlamentario tiene una separación de poderes más tenue que un sistema presidencialista, porque en el primer caso el ejecutivo nace del legislativo, por lo que ya se convierte en difícil separarlos. En un sistema presidencialista, como el norteamericano, el alemán o el francés sí existe esa diferencia muy marcada. Eso, en otros sistemas parlamentarios, como el británico, queda en buena medida compensado por el hecho de que los electores eligen por circunscripciones. Y como el elegido tiene que rendir cuentas a quienes le han elegido y no a los gerifaltes del partido que han elaborado una lista cerrada eso hace que, en un momento determinado, ese elegido sea muy independiente. Eso explica que en un momento determinado Tony Blair o Margaret Thatcher tuvieran a gente de sus partidos oponiéndose a sus políticas, porque saben que tienen que responder a sus electores y no tanto a la cúpula del partido. En el caso de la democracia española es un gran problema, porque eso erosiona enormemente el sistema de frenos y contrapesos entre los poderes, que diría un norteamericano, y además llega un momento en el que acaba llegando a la administración de Justicia, que es uno de los grandes dramas que estamos viviendo. Que un Tribunal Constitucional, que está formado por gente que mayoritariamente no son jueces, pueda enmendar la plana a jueces como los del Tribunal Supremo es algo muy grave, porque la categoría de jurista es una categoría demasiado gaseosa, y equivale a decir que a usted le van a operar a corazón abierto y, cuando está en el quirófano, en lugar de aparecer un cardiólogo aparece un dentista. Y cuando usted protesta le dicen que es un médico de reconocido prestigio. Sí, pero es un dentista, no un cardiólogo. Y el problema en el Tribunal Constitucional es que ha acabado convirtiéndose en una tercera cámarapolítica que controla enormemente cuestiones de la Justicia como la sentencia que ha permitido a Bildu presentarse a las elecciones. Ése es uno de los grandes problemas del sistema español. Y el otro gran problema es la ordenación del territorio, que económicamente es inviable.

¿Cuál es el origen de los nacionalimos en España?

Es una larga historia. Las raíces de los nacionalismos en España, antes de su aparición, es la resistencia de la Iglesia católica a la formación de un Estado liberal moderno posiblemente por temor a que pudiera producirse un fenómeno similar al francés. Cuando el Estado liberal moderno comienza a construirse a trancas y barrancas en España ya con bastante retraso en relación con otras naciones europeas, la Iglesia católica apoya determinadas formas de regionalismo como un contrapeso frente al poder liberal. Y eso sucede en la zona vasco-navarra, sucede en Cataluña, etc. En un momento determinado, eso que originalmente eran opciones regionalistas y foralistas, en algún caso se convierten en abiertamente nacionalistas, como en Cataluña, y en un momento determinado en una especie de amasijo heteróclito que por un lado conserva un integrismo católico junto con una visión racista e independentista, como es el caso del PNV, muy inspirado en el nacionalismo catalán. Y eso va siguiendo un desarrollo a lo largo del s.XX que en términos generales no ha sido felizpero siempre ha contado con ese respaldo de un sector del episcopado español, fundamentalmente porque siempre se ha pensado que son unos cuarteles de invierno a los que se podían retirar en caso que el Estado fuera fuerte.

¿Una democracia puede funcionar en cualquier sociedad o necesita digamos un cierto “capital social”? Estoy pensando ahora en las revueltas que se han producido en los países árabes…

Soy muy escéptico sobre el funcionamiento de una democracia que no se asienta en una serie de patrones culturales. Incluso esa democracia imperfecta es siempre mejor que una dictadura. Es decir, si me dan a elegir entre una democracia como la argentina o una dictadura, siempre es mejor la democracia argentina que la dictadura de la Junta militar argentina. Pero eso no me consuela mucho. Sin una serie de factores de carácter cultural las democracias tienden a ser fallidas. Y eso tiene mucho que ver con la evolución histórica de cada país. Es triste, pero como decía Lincoln, con la Historia podemos hacer cualquier cosa salvo librarnos de ella. Y pesa. ¿Por qué funciona generalmente la democracia en países anglosajones o en países del norte de Europa y no funciona bien en países del sur de Europa? Pues obedece a varios factores. Por ejemplo, la Reforma del s.XVI. Aquellos países que pasan por ella absorben dos factores que son muy importantes para la democracia. Uno es una visión pesimista del ser humano. Es decir, el ser humano tiende hacia la tiranía por la acumulación de poder porque es un ser que ha recibido la dentellada del pecado, por lo tanto hay que dividir el poder. E incluso los norteamericanos todavía lo perfilan más y esa división de poderes la llaman de “frenos y contrapesos”. El otro factor, que me lo comentaba una psicóloga en el programa hace un par de semanas analizando precisamente el fenómeno de la ocupación de la Puerta del Sol, es que a partir del s.XVI esa Europa de la Reforma empieza a leer la Biblia por sí sola y con un espíritu crítico, mientras que la Europa de la Contrarreforma recibe órdenes desde el púlpito, y eso forma mucho. Yo no creo que eso sea necesariamente una condición sine qua non o que a partir de ahí surja necesariamente la democracia, pero sí crea un humus cultural que ayuda en el avance de la democracia o la dificulta. Si entramos ya en otras concepciones donde el concepto de ser humano no está claro porque ha sido sustituido por el de la comunidad, como es el caso de un contexto islámico, o en concepciones donde el mismo concepto de libertad es extraño no es fácil que se pongan urnas cada cuatro años y eso se convierta en una democracia.

¿Hasta que punto es importante el incitar al pensamiento propio del ciudadano?

Eso es indispensable. O realmente existe un espíritu crítico propio del ciudadano o no hay posibilidad de mantener el sistema democrático.

¿Ese espíritu crítico está castrado en países católicos o islámicos?

Hay una visión de una autoridad que no se discute. Y ése es un gran problema, por ejemplo en España, en la configuración de la izquierda. El Partido Socialista es España es muy distinto del de Alemania porque fundamentalmente es un negativo de la Iglesia católica. Pretende ser un poder que regule la vida de todos los seres humanos desde antes de nacer hasta después de morir. Pero eso es excesivo para un partido político, no puede tener como meta ser una madre nutricia que atiende y regula cada faceta de la vida de los ciudadanos. Es algo que los laboristas británicos o los socialdemócratas alemanes nunca pensarían, pero en el PSOE existe esta idea. Y eso hace que se cree una mentalidad de único partido verdadero fuera del cual no hay salvación. Igual que los españoles suelen decir “la Iglesia”, sin apellidarla —cosa que nunca haría un norteamericano, por ejemplo, sino que hablaría de la Iglesia católico-romana, de la Iglesia metodista, etcétera—. España es el único país, hasta donde yo conozco, donde se habla de “El Partido”. Los que vivimos la etapa final de Franco sabemos que cuando alguien hablaba de “El Partido” se refería al Partido Comunista, y ese PC es sustituido por el PSOE. Por supuesto que había otros partidos, pero no tenían la misma personalidad. Ése es un gran problema para la mentalidad de muchos españoles. Dicho esto, tengo que añadir que, seguramente, en ningún momento de la Historia de España ha habida tanta gente tan instruida y con tanto sentido crítico como ahora. Es muy posible que todavía no sean suficientes, seguramente no es una mayoría de la población que permitiría higienizar el sistema.

Entonces, ¿cómo es posible que el nivel de los políticos sea tan bajo actualmente?

Eso es objetable. Desde luego, vivimos una época no demasiado brillante en cuanto a políticos, pero en la Historia de España ha habido períodos nefastos y ha habido políticos absolutamente incapaces de asumir sus responsabilidades aunque se estuviera aniquilando el país. No creo que la Historia sea cíclica, como creían los griegos o creen los hindúes, pero en la Historia de España nos encontramos con un fenómeno que me sobrecoge, reconozco que a veces me causa admiración y a veces me espanta. De pronto los españoles hacen algo en un momento histórico que no ha hecho nadie. Eso crea una sensación de admiración en el orbe porque nadie lo ha hecho: después de 800 años expulsan a los invasores musulmanes, conquistan las Indias, derrotan a Napoleón a quien nadie había podido vencer antes, echan a Isabel II de manera pacífica y sin derramamiento de sangre…cosas inauditas. Pero pocos años después siempre aparece un iluminado, un fanático que hunde al país económica y educativamente, se llame Fernando VII, Felipe II o José Luis Rodríguez Zapatero. Es decir, siempre es un personaje que en un momento determinado es un iluminado y dentro de su visión iluminada hunde al país, subordina de tal manera la nación a su visión del orbe que aniquila al país, económica y educativamente. Y entonces el país entra en un período, no voy a decir de siesta, sino de intentar recuperarse del golpe que dura, a veces, décadas. Y además nunca asume responsabilidades, lo mismo te puede salir delante del comité federal del partido diciendo que la crisis económica ha venido de fuera y no tiene nada que ver con él o diciendo que “yo mandé a mis barcos a combatir contra los ingleses y no contra las tempestades”. Es un biotipodentro de la diferencia que pueda haber entre unos y otros verdaderamente sobrecogedor. Eso se da en la Historia de España. Y, en muchos casos, a veces rodeado de nulidades —que seguramente sería el caso actual— pero a veces, aunque esté rodeado de gente brillante, tampoco les hace caso. Ese tipo de iluminado es muy peligroso y suele ir pocos años después de una época en que los españoles han hecho algo maravilloso que, en nuestro caso, habría sido la Transición.

Si algún día tenemos ocasión le comentaremos al Sr. Rodríguez Zapatero que le ha comparado con Felipe II. Ahora se lo pongo difícil: hablando del presidente del Gobierno, dígame algo bueno que haya hecho en los siete años que lleva.

Es difícil, es muy difícil. No veo que haya hecho nada bien. Incluso alguna cuestión que a mí me parecería positiva, como enfrentarse al tabaquismo, se ha hecho de una manera tan sectaria, estatalizada e intervencionista que me daban ganas de echarme a fumar. En términos económicos su gestión ha sido aciaga, en términos de política internacional su gestión ha sido aciaga, en términos educativos su gestión ha sido aciaga, en términos del organigrama constitucional su gestión ha sido aciaga… Uno puede ser muy crítico con Adolfo Suárez, José María Aznar o Felipe González pero siempre hay algún elemento salvable en su gestión pero es que Zapatero… incluso él mismo, a la hora de expresar los logros de su gobierno no sé si causa sonrojo o pena. Para él fundamentalmente son todas las leyes de igualdad, la reforma del Código Civil para el matrimonio homosexual y la ley de dependencia. Y ésta última, que sería lo que se podría asumir, no se puede llevar a cabo porque la gestión económica lo impide, con lo cual Zapatero va a pasar a la Historia como el hombre que aniquiló al partido Socialista.

¿El Partido Popular es la solución? ¿Se conocen realmente sus propuestas?¿Es posible el liberalismo socialdemócrata?

El problema del Partido Popular es que tiene distintas sensibilidades. Algunas sí serían útiles para salir de la crisis y otras nos pueden hundir todavía más. Es decir, si las medidas económicas que se van a tomar, por ejemplo, son las mismas que ha tomado Ruiz-Gallardón en el Ayuntamiento de Madrid, que está endeudado en 8.000 millones de euros, evidentemente lo único que vamos a hacer va a ser sumergirnos aún más en la crisis. Si las medidas, por el contrario, son medidas de austeridad y liberalización, como es el caso de la política que ha llevado Esperanza Aguirre, tenemos una cierta esperanza. Imagino que Rajoy optará por una solución intermedia, pero no sé si esa situación intermedia nos va a permitir salir de la situación en la que estamos. ¿Cuándo? Yo me atrevería a decir que cualquier político de cualquiera de los dos grandes partidos, en los pasillos, y negándolo por supuesto delante de su abogado, reconoce que vamos a tener diez o doce años de desempleo para llegar a la cifra del año 2000. Es uno de los grandes dramas el hecho de que esta sociedad no se puede permitir cinco millones de parados durante la próxima década. Es un coste de carácter social inasumible.

¿Qué opina de la definición del régimen de Franco que ha dado la primera versión del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, en la que lo definía como autoritario pero no totalitario?

Eso es una definición de los años cincuenta, una definición sociológica de Linz, y tiene poca discusión en el sentido de que el régimen de Franco era una dictadura que evidentemente implicó un recorte drástico de las libertades políticas en sus primeros años y más descendente en los últimos; pero no era una dictadura totalitaria. No era La Unión Soviética ni el III Reich. Y una de las pruebas de ello es el enorme interés, a diferencia de los regímenes totalitarios, de Franco por desmotivar de la política a los españoles, cosa que no pasaba en la Unión Soviética, la Alemania nazi o la Italia de Mussolini. Sin embargo, en el caso de Franco, que era una dictadura conservadora, la idea era que la gente no se dedicara a la política. Y la famosa frase de Franco “Hagan como yo y no se metan en política” es imposible de oír a Lenin, Hitler o Mussolini. Creo que esa definición es correcta y diría que mayoritaria entre los estudiosos del tema. Y cuando hablo de los estudiosos del tema no me refiero a gente que se dedica a otro tipo de historias.

¿Qué opina de otras entradas, como las de Azaña o Negrín?

Creo que el problema que ha habido con el diccionario de la Real Academia es que, como toda obra humana, no será perfecto, pero es muy seria en estos datos. La gente que hay en la Real Academia, por eso de que no los han ido nombrando los partidos políticos y no obedecen a consignas políticas, en términos generales es gente muy rigurosa y algunos puede que se dediquen al s.XVIII español, como Gonzalo Ames, o puede que se dediquen a otros siglos, pero en términos generales es gente extraordinariamente profesional que lleva décadas trabajando con fuentes y que el análisis que hace, mal que les pese a algunos, es muy exacto. Pero todo eso tiene un problema, y es que en el momento en que lees determinadas biografías resulta que todo el mundo llega a la conclusión de que el emperador va desnudo. Esta visión que durante toda la era de Zapatero se ha querido dar de la II República y la Guerra Civil, así como todo esto de la memoria histórica, en realidad es un emperador que va desnudo pero que nos dicen que lleva un traje maravilloso. En un momento determinado sale el Diccionario biográfico de la Real Academia y dice “¡pero va desnudo!”. Negrín es un personaje absolutamente execrable por los propios socialistas porque se arrojó en brazos de Stalin y el propio Partido Socialista lo expulsó de su seno. De él hablan mal Indalecio Prieto, Largo Caballero… gente nada sospechosa. Hace unos años Rodríguez Zapatero decide canonizar a Negrín porque fue el último que decidió resistir; como no sabe mucha Historia decide canonizarlo, aparece alguna hagiografía de Negrín, pero es un sinsentido en términos históricos. Cuando sucede toda esta cuestión y aparece la biografía, de nuevo se ve que el emperador va desnudo. Entonces, el gran escándalo es que la Historia no la puede decidir en el Parlamento, cosa típica de regímenes totalitarios y que, como muchas de las conclusiones son falsas, el emperador está desnudo y eso es lo que ha sucedido. Pero cuestionar la categoría historiográfica de un Carlos Seco Serrano, un Luis Suárez o un Gonzalo Ames produce sonrojo. Es como si Belén Esteban saliera diciendo que es mejor actriz que Elizabeth Taylor. Pero a lo mejor, si nos repiten continuamente que es la princesa del pueblo e interpreta mejor que Bette Davis, habrá quien se lo crea.

¿Lograremos algún día analizar la Guerra Civil y la dictadura de Franco con la tranquilidad con que estudiamos otros periodos históricos?

Eso es una cuestión que el paso del tiempo acabará estableciendo por sí solo. El gran problema de la Guerra Civil es que la historiografía de inicios de los años 70 respecto a la Guerra Civil fue muy correcta. Lo fue porque era gente que había decidido estudiar las fuentes y sacar conclusiones de esas fuentes. Y aparecen unos historiadores en esos años 70 que hacen avanzar enormemente el estudio de la Guerra Civil y que la mayoría de las conclusiones a las que llegan han sido irrefutables. El problema es cuando uno decide coger un período de la Historia de España y convertirlo en instrumento político. Eso es un disparate. Hemos visto cosas increíbles: yo recuerdo el centenario de Carlos III —personaje que despierta grandes pasiones en pro y en contra—; uno veía la propaganda de aquella época, con Felipe González, y Carlos III era un socialista. El problema es que aquí ya se ha producido ya una instrumentación de una serie de episodios de la Historia de España. En un país que además tiene una especial habilidad para extirpar trozos enteros de su Historia. Una de las cosas que me sobrecoge mucho es la manera en que determinados períodos y personajes son extirpados y lanzados a las tinieblas y cómo determinados personajes españoles, que tienen una importancia universal, no los conoce nadie en España porque se han extirpado y, sin embargo, son muy conocidos en el extranjero. Por citar mi último libro aparecido, que es “Camino hacia la cultura española,” resulta que hay personajes que son conocidísimos fuera de España porque son de ámbito universal y aquí no los conoce nadie. Nadie conoce a Maimónedes en España, pero seguramente es el judío más importante de la Edad Media y murió en el destierro con una lápida que decía “Moisés el español”. Casi nadie conoce a Ibn Arabi y posiblemente es el místico más importante de toda la historia desde la Edad Media, y era español. Casi nadie conoce a Reina y Valera, traductores de una versión de la Biblia que es la que más se ha traducido al español. Es uno de los elementos que me sobrecogen muchísimo: la incapacidad de asumir entera la Historia y someterla a una crítica positiva.

Ya para acabar ¿ve una España republicana a corto plazo?

El problema es que a la inmensa mayoría de los españoles la cuestión de la forma de Estado le importa muy poco. Yo soy republicano desde que tenía seis o siete años y no me ilusiona lo más mínimo la perspectiva de una III República en España, de todo corazón. La cuestión de la forma de Estado me parece absolutamente secundaria. Puede acabar como el rosario de la aurora. Hemos tenido dos experiencias republicanas —que yo lo siento mucho por los apologistas de la II República— pero en ambos casos fueron muy malas. No tengo yo la sensación de que, tal y como están ahora las cosas, una tercera experiencia fuera mejor. Hay otros problemas que son muchísimo más importantes en estos momentos.

Fotografía: Gonzalo Merat