Crónicas de una guerra: Un retrato de Martha Gellhorn, Ernest Hemingway y Virginia Cowles (I)

Hotel Florida
Collage con fotografías de Cordon Press.

1937. Madrid. España. La ciudad está asediada y el ruido de los obuses, cayendo por doquier, se ha convertido en parte de la cotidianidad de los madrileños. Han aprendido a convivir con el estallido de los adoquines y los esqueletos de edificios que, hasta hace bien poco, llamaban hogar. La guerra civil española, en pleno apogeo, se coronará como la más mediática del siglo XX, atrayendo la atenta mirada de una Europa (y América) que afila sus fusiles bajo la sombra del feto de la Segunda Guerra Mundial. 

Nos encontramos en la Gran Vía, entre dos puntos de referencia. Por un lado, en la parte alta de la calle, en el número 28, «la Telefónica», el, hasta el momento, edificio más alto de toda la urbe y epicentro de las comunicaciones del gobierno de la República con el extranjero. Allí se localizaba la Sección de Prensa y Propaganda del Ministerio de Estado, la Oficina de Prensa Extranjera, lugar en el que el novelista Arturo Barea se encargaba de la censura, y algunos despachos del servicio de contraespionaje republicano. Por otro, calle abajo, el famoso Hotel Florida, en la plaza de Callao, donde se hospedaron gran parte de los archiconocidos escritores y reporteros de guerra que vinieron a cubrir el conflicto a pie de trinchera. 

George Orwell, Jay Allen, Ted Allan, John Dos Passos o el propio Ernest Hemingway son algunos de los nombres que, hoy instalados en el imaginario colectivo, cruzaban la calle al galope de un edificio a otro, bajo una lluvia de balas y explosiones, para enviar sus crónicas a sus respectivos empleadores. Sin embargo, hay un nombre que en numerosas ocasiones ha quedado relegado a un segundo plano, incluso tercero, mencionado normalmente como complemento de uno de los tres anteriores: Martha Gellhorn, una de las corresponsales de guerra más importantes del siglo pasado, que llegó a presenciar y cubrir buena parte de los conflictos bélicos más relevantes del planeta durante los sesenta años que estuvo en activo.

Gellhorn (1908, St. Louis, Missouri, EE. UU. – 1998, Londres, Inglaterra), que en 1930 tomó la resolución de convertirse en periodista tras graduarse en 1926 en la John Burroughs School y abandonar el Bryn Mawr College en 1927, conoció a Hemingway, a quien admiraba por sus novelas Fiesta y Adiós a las armas, en un viaje familiar a Cayo Hueso (EE. UU.) en 1936 y, juntos, decidieron aventurarse a cubrir la guerra de España.

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Fotografía:The Granger Collection, New York. Cordon Press

Ella era una chica bien con contactos en la alta sociedad estadounidense. A lo largo de su vida mantuvo una estrecha amistad con quien fuera la primera dama, Eleanor Roosevelt, quien le presentaría al escritor británico H. G. Wells, un señor que, a pesar de pasar perfectamente como el abuelo de la rubia, quedó prendado de sus encantos y durante el verano del 36 (ella se había mudado a vivir a Francia ya en 1930), momento en el que Martha se hallaba sin trabajo, la acogió como pupila. Para entonces ya se había consagrado como la gran promesa literaria del momento con la publicación de los títulos What Mad Pursuit (1934) y The troubles I’ve seen (1936), libro para el que Wells se había encargado de encontrarle un editor, y estaba entusiasmada con la idea de ir a cubrir la guerra de España con Hemingway, que tenía todos los visos de convertirse en su próximo amante.

«Esto es confidencial. En vista de que somos conspiradores, me he puesto una barba postiza y unas gafas oscuras. Nos mantendremos callados y pondremos cara de tipos duros», le escribió en una misiva, jocosa, al escritor que ya se encontraba en Madrid.

Él llegó a España en marzo de 1937, como corresponsal de la North American Newspaper Alliance (NANA), con la idea de, además de informar sobre el conflicto, realizar un documental titulado Tierra de España con el cineasta holandés Joris Ivens. Ella aterrizaría días después, contratada por el Collier’s. Y, bajo el retumbar de las bombas, se harían amantes en la habitación 109 del Hotel Florida, lo que derivaría en un matrimonio tumultuoso de cuatro años. Gellhorn fue la única mujer en abandonar al afamado escritor y eso es algo que él jamás perdonaría. 

Su relación con Hemingway marcará, muy a su pesar, el resto de su vida. «Yo no soy el pie de página de la vida de nadie. Escribía antes de Ernest, durante, y lo he seguido haciendo después», escupiría con rabia en más de una ocasión al ser interpelada. 

«Sus despachos sobre la guerra civil, difíciles de encontrar impresos hoy día, revelan un don para la observación inquebrantable, siendo mucho mejores que los de Hemingway», escribiría, años después, Marc Weingarten para el Washington Post.

«Ya era un escritor consagrado cuando se embarcó en la cobertura de la guerra civil en el 37. Son sus novelas las que lo hicieron famoso. Ya sabes, consiguió el premio Nobel de literatura. Ella nunca. Martha lo intentó con la ficción, pero casi todo lo que hacía tenía tintes autobiográficos, al igual que Hemingway, sí, pero él fue capaz de insuflar vida a sus narraciones», argumentará la escritora, editora y periodista Amanda Vaill (Hotel Florida: verdad, amor y muerte en la guerra civil, Turner, 2014) al ser preguntada por el dúo. Y si se protesta indicando que Gellhorn, como corresponsal de guerra, fue asaz prolífica en comparación, Vaill sonreirá y replicará: «Sí, pero Hemingway ya portaba una larga historia a sus espaldas, había recorrido, como periodista, buena parte de los Estados Unidos, Canadá, para pasar después por París; mientras que cuando se conocieron, en diciembre de 1936, Martha estaba dando sus primeros pasos como escritora. Había publicado su primera novela [que no tuvo buena crítica y disgustó enormemente a su padre] y un puñado de piezas de no ficción —que más tarde conformarían The Troubles I’ve Seen— y ya, eso era todo. No contaba con ningún tipo de reputación que la amparase, mientras que él había firmado un contrato con la NANA, que se encargaba de distribuir sus piezas por toda Norteamérica. Hemingway podía escribir una sola historia y esta aparecería en montones de periódicos, tendría miles de lectores. Martha contaba con un pequeño blog que nadie leía». Quizá no fuera tan fácil competir con el titán. 

La llegada a España

Un día cualquiera de marzo, 1937. La Telefónica. «¡Hey, chicos! —dice Hemingway irrumpiendo con una mujer alta, rubia, joven, del brazo— esta es Marty, tratadla bien, que escribe para el Collier’s ¿Saben? Una tirada de un millón …».

Una tirada de un millón, de dos, o de tres, da igual. Eso es muchísimo para alguien como Barea que, en el momento de la entrada de la pareja, se encuentra allí, en la cuarta planta del edificio, donde se ha establecido una sala de prensa para corresponsales de guerra extranjeros, así como, a modo de improvisada campaña, una serie de catres para aquellos que quieran siestear entre crónica y crónica. 

Sin embargo, el trepidante viaje de Martha a las profundidades del Madrid sitiado comienza de una forma que ella no habría esperado. Le devora el aburrimiento, no puede dormir debido a los perpetuos estallidos, ruido de fusiles y ametralladoras y apenas ve a Ernest, quien, por lo visto, no puede vivir de otra forma que no sea pegado a una botella de whiskey, rodeado de camaradas que lo miren con ojos embriagados mientras cuenta las mismas anécdotas de pesca, caza, o su participación en la Gran Guerra, una y otra vez. Está encantadísimo de haberse conocido. 

Y ella, ella había ido a España para estar con él y apenas lo veía, a no ser que quisiera tolerar la presencia de los otros hombres, de su séquito. Y, a pesar de todo, estaba empezando a enamorarse del hombre con el que compartía el lecho. Lo atribuía, en parte, a la fascinación que sentía por el compromiso que el escritor tenía con la lucha del pueblo español. «Creo que fue la única vez en su vida en que él dejo de ser la cosa más importante del mundo. De veras le preocupaba aquella guerra. Si no hubiera sido así, no creo que me hubiese llegado a enamorar de él».

Otro de los problemas que le atenazaban, además del hastío y la incertidumbre respecto a su vida sentimental, era que los días pasaban, uno detrás de otro. Y no escribía. Nada.

Tomaba anotaciones y se fijaba muy bien en todo lo que veía, pero no había enviado ni una sola crónica al Collier’s. La frustración comenzaba a ser un elemento más del día a día.

A principios de abril conoció a Norman Bethune, el doctor canadiense que lideraba la intervención de unidades médicas a favor de la República, y a J. B. S. Haldane, un biólogo de Cambridge recién llegado a Madrid, que le ofrecieron los acompañara en su viaje el día 5 a Morata. Aceptó.

Lo que presenció le horrorizó. Tras una escaramuza en el frente del Jarama fueron numerosos los heridos trasladados al hospital de campaña, instalado en una vieja fábrica. Dos detalles le quedaron grabados a fuego: el agua oxigenada que echaba espuma sobre las heridas purulentas y el hedor de aquel sitio al que llamaban hospital.

Cuando regresó, volvió escribir. En su retina se agolpaban las imágenes de lo que había visto hasta el momento, de lo que era la vida en una ciudad en guerra. «Vivir aquí no se parece en nada de lo que has hecho antes», garabateó antes de abordar su retrato de Madrid.

La presencia femenina en la guerra

Poco después de cruzar los Pirineos y asentarse en el Florida, Gellhorn descubriría que, en España, se vivía un momento extraordinario para las mujeres. Estaban siendo tratadas como «camaradas», se les había integrado en la lucha. O, al menos, en el lado salvaje de esta.

Había mujeres luchando en el frente, preparando municiones… De hecho, asevera Vaill, es la primera vez que se escucha la voz de un narrador femenino en España, cosa que había quedado prohibida desde que se produjera el masivo movimiento, en el siglo XX, en favor de los derechos de las féminas:

Y entonces ocurrió lo que pasa siempre, como vemos en nuestra propia era: cuando se produce un esfuerzo en una dirección, este desencadena una reacción y parte de la población se inclina hacia la contraria. Este es un fenómeno curioso que se encuentra, habitualmente, bajo la superficie de un conflicto armado; cuando una parte del país grita «¡no!», se enfrenta a la otra que, casi automáticamente, odiará lo que se está haciendo.

En este caso, lo que se odiaba era el haber dado a las mujeres la oportunidad de luchar, ser asesinadas y, de sobrevivir, escribir sobre ello.

Perlas y tacones en el frente

Virginia Spencer Cowles nació en 1910 en Vermont, Estados Unidos, descendiente de cuatro de los firmantes de la Declaración de Independencia, incluido el hermano de George Washington. 

Su madre, Florence Wolcott Jacquith (1887-1932), era americana sucesora de los hugonotes franceses (antiguo nombre que llevaban los protestantes francos de doctrina calvinista durante las guerras de religión) y su padre, Edward Spencer Cowles (1878-1954), era virginiano.

 «Mi madre estaba orgullosa de su linaje americano: descendía de cuatro de los firmantes de la Declaración de Independencia, incluyendo el hermano de George Washington», prologa Harriet Crawley, hija de Virginia y el periodista británico, Aidan Crawley, en Desde las trincheras: Virginia Cowles una corresponsal americana en la guerra civil española (Siddharth Mehta Ediciones, Madrid, 2011).

Florence se fugó de casa, en 1906, para casarse a los diecinueve años con Edward Spencer, que se licenciaría, en la Facultad de Medicina de Harvard, como psiquiatra para convertirse en un médico de éxito en Nueva York. «Mi madre me contó que si los pacientes eran demasiado pobres como para pagar su consulta los atendía gratuitamente», continúa Harriet. 

El matrimonio, en cambio, no corrió la misma suerte. La fidelidad no era el punto fuerte del doctor Cowles. A los cuatro años, Florence le pidió el divorcio y una pensión de sesenta dólares para mantener a sus dos hijas: Mary y Virginia. Él, como venganza, nunca la pagó y llegó a secuestrar a sus hijas durante varias semanas, mientras ella las buscaba frenéticamente. «Virginia nunca olvidó el momento en que apareció su madre, afligida pero con dignidad y determinación. Cogió a sus hijas de la mano y cruzó con ellas el jardín mientras les indicaba que se fijaran bien en el camino porque regresaban a casa», rememora la vástago de la periodista. 

Todo ello desembocó en que Florence tuviera que criar a las pequeñas Mary y Virgina sola, con poco dinero y sin formación alguna que pudiera ayudarle a ganarse el sustento. Sin embargo, consiguió trabajo en el Boston Herald para escribir la columna de sociedad, pasando largas jornadas componiendo el tipo de letra, con los tobillos hinchados de estar de pie durante horas. Murió en 1932, a los cuarenta y cuatro años, de una peritonitis.

Virginia y su hermana fueron a la Waltham School donde, narra Harriet, «mi madre destacó enseguida: fue votada, no la chica más guapa del colegio, ni la más popular, sino la que más probabilidades tenía de triunfar en la vida». Y, al parecer, así fue. Terminó los estudios con dieciséis años y comenzó a ganarse la vida haciendo anuncios para el Harper’s Bazaar. Su forma de escribir cautivó a la revista de tal forma que le ofreció un empleo.

Su carrera de escritora comenzó haciendo pies de foto, relata su hija, aunque despegó a una tremenda velocidad. En 1933 ya publicaba artículos firmados en la sección March of Events de los diarios dominicales del grupo del gigante Hearst, al igual que en su primera revista, Harper’s Bazaar, así como en Colliers y Boston Post. Todo ello le permitiría recorrer el mundo, junto a su hermana, escribiendo artículos.

En 1935, tras regresar a Nueva York, escribió un extenso artículo para el Harper’s Bazaar, ilustrado con fotografías propias en el que relataba su viaje alrededor del globo. Este llevaba por nombre «The Safe Safe World» («Un mundo muy, muy seguro»). «Este título la atormentaría más tarde», asegura Crawley.

Ese mismo año, una Virginia que contaba tan solo con veinticuatro primaveras, decidió salir de EE.UU. y convenció al director del grupo Hearst para que la enviase a Italia, después de que el país invadiera Abisinia, para cubrir las noticias. Al cabo de una semana había conseguido entrevistar a Mussolini. «Estaba aterrada. Se trataba de su primera entrevista con un jefe de Estado y según ella admitiría en Looking for Trouble (1941): “Mi conocimiento de asuntos exteriores era mínimo”. No hubo razón para preocuparse: el dictador italiano habló todo el rato», sostiene Harriet. 

Para entonces, Virginia Cowles, aún sin saberlo, enfilaba los primeros pasos que le llevarían a convertirse en corresponsal de guerra.

Fue en el 37 cuando tomó la decisión de cubrir la guerra civil desde los dos bandos y convenció al grupo Hearst de que se trataba de una buena idea, aunque como indica al principio de Looking for Trouble, carecía de la cualificación de corresponsal, salvo la curiosidad:«Cuando estalló la guerra civil vi la oportunidad de ejercer un periodismo más arriesgado […] Mis amigos de París no fueron muy alentadores. Me advirtieron de que si no llevaba ropa vieja y desgastada me atracarían; algunos sugirieron que llevara ropa de hombre; otros, que vistiera con harapos. Finalmente me llevé tres vestidos de lana un abrigo de piel». Lo que no cuenta en el libro es que siempre calzaba zapatos de tacón y, en la mayoría de fotografías que quedan de la época, aparece engalanada con un collar y unos pendientes. De perlas, por supuesto. 

En el momento en que aterrizó en Barcelona, desde el aeródromo de Toulouse, el paisaje que la recibió la dejó atónita. Desde luego no era lo que se esperaba, ¿dónde estaban las bombas, los estallidos y los cascotes de edificios tirados por las aceras? En nada se parecía aquello a la imagen que le habían dibujado sus amigos parisinos, pronosticándole una muerte despedazada por un obús camino a Madrid. Y tampoco tenía demasiado que ver con el miedo que sintió al subir al avión cuando, al salir de la cafetería del aeropuerto, un hombre mayor, enboinado, le estrechó la mano deseándole, con un hilo de voz, «Bonne chance, mademoiselle, Bonne chance».

Recuerdo la sorpresa que sentí ante mi primera imagen de España tras descender en círculos para aterrizar y entrar en la sala de espera del aeropuerto. La escena era tan pacífica que rozaba la incongruencia. Detrás de un mostrador había una mujer sentada, tejiendo un jersey; dos caballeros con trajes negros de pana bebían coñac en una mesa; y una niña estaba tumbada en el suelo jugando con un gato. Saludaron a los pilotos franceses con cordialidad, pero cuando uno de ellos hizo un comentario sobre la guerra y preguntó por las últimas noticias, uno de los hombres se encogió de hombros sin mostrar interés y dijo: La guerra no tiene nada que ver con Cataluña. No queremos tomar parte de ella; lo único que queremos es que nos dejen en paz. (Cowles, Virginia, Desde las Trincheras).

Había volado a España a cubrir una guerra a nivel nacional, pero parecía que el combate solo se libraba en la capital y aledaños.

La siguiente parada, rumbo a Madrid, fue Valencia, una ciudad que definiría como «hervidero humano» puesto que, tras el traslado de la sede del Gobierno, había triplicado su población. 

Encontró algarabía, confusión y carteles de advertencia pendiendo de los edificios, en los que se podía leer «¡Fascismo!»  mas, de nuevo, ni rastro de la batalla. 

Cowles, confusa, buscaría con frenesí a gente de la prensa; un corresponsal, a ser posible británico o estadounidense puesto que los idiomas nunca fueron su punto fuerte, que llevase deambulando algún tiempo para que le contara cómo estaban las cosas. Finalmente dio con un americano llamado Kennedy que trabajaba para Associated Press y cuya única finalidad era salir por patas del país. Si lo consiguió o no es un misterio puesto que apenas hay un registro de su actividad.  

Cuando, varios días después, llegó a Madrid acompañada de la corresponsal californiana Milfred (Millie) Bennett, que había llegado a España por un amante que se había enrolado en las Brigadas Internacionales, y un sacerdote católico, cuyo aliento, en palabras de la propia Virgina, apestaba a nicotina, que se había ganado el sustento propagando por Francia, según Millie, la idea de que en la República se trataba bien a los curas, la recibió un sonido que no había escuchado nunca antes: el rugir de la artillería. Al rato, se dibujaría ante ella la figura del Hotel Florida. 

Y, dando muestras de la ingenuidad de la que no tardaría en despojarse, eligió una habitación en la quinta planta, cosa que trato de rectificar en cuanto fue consciente de su error, aunque las expectativas de encontrar algo más cercano al suelo, para evitar someterse al fuego de los bombarderos, no fueron exactamente satisfechas; el gerente trasladó a Cowles a una habitación de la cuarta planta, asegurándole que si una bomba caía en su habitación sería «por error».

Allí, en el Florida, se haría asidua a las reuniones que el corresponsal del Daily Express de Londres, Tom Delmer, famoso por su astucia, hacía en su habitación; donde se juntaban un puñado de periodistas, en veladas que comenzaban poco antes de la medianoche y se extendían hasta bien entrada la madrugada, mientras estuvieran bien pertrechados de cerveza y whiskey. Y, entre los ilustres y habituales invitados encontraría, por supuesto, a Ernest Hemingway.

(Continúa aquí)


La lista de Varian Fry

Una francesa cose la insignia obligatoria para los judíos en la Francia ocupada desde mayo de 1942. Fotografía: Cordon Press.

Decía Lenin que hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas. Algo parecido podría decirse de muchas biografías. Acostumbramos a leer en torno a la infancia y juventud de alguien, ya sea músico, líder político o explorador, buscando con atención un equivalente a eso que en la narrativa se llama «arma de Chéjov», un detalle premonitorio o explicativo de su conducta posterior como si fuera una naturaleza latente del sujeto y este tuviera un destino manifiesto: bien sea una desgracia familiar, un incidente o logro fuera de lo común en la escuela o universidad, quizá un primer amor… Recopilamos anécdotas sobre su figura de las que extraer enseñanzas, sin percatarnos de que cualquier vida las tiene y solo depende de la lupa con que se mire. Lo vemos cambiar de una ciudad, empleo o relación a otra, mientras algo a menudo invisible crece dentro de su espíritu, se alinean las circunstancias a su alrededor, la ventana de lanzamiento alcanza su punto óptimo y… ahí lo tenemos: esa proeza que sacudirá la historia, que será recordada por las generaciones venideras y, sobre todo, por él mismo. Pues no pocas veces llega el posterior declive y la conversión del protagonista en apenas una sombra de lo que fue.

«Las experiencias de diez, quince o veinte años las tuve en uno solo», dijo Varian Fry, para añadir, cuando apenas contaba con treinta y ocho primaveras, «a veces siento como si ya hubiera vivido toda mi vida». Él lo sabría mejor que nadie, pero visto desde fuera eso parece. Después de aquel momento cumbre se divorció, se convirtió en un convencional profesor de escuela, le salió una úlcera, tuvo que ir al psicoanalista y se quejó de sentirse ignorado por todos, llegando incluso a pasar ciertos apuros económicos, hasta que murió a la edad relativamente temprana de sesenta años. Pero esos trece meses que este americano vivió en Francia, entre agosto de 1940 y septiembre de 1941, fueron los que permitieron escapar con vida del nazismo a Hannah Arendt, Arthur Koestler, Marc Chagall, Max Ernst, André Breton, Max Ophüls, Marcel Duchamp…y así más de dos mil judíos y activistas políticos contrarios al Tercer Reich, buena parte de ellos entre lo más granado de las artes y las letras europeas de su tiempo. Todos ellos le debieron la vida a Fry, veamos cómo.

Nuestro protagonista nació en Nueva York en 1907. Era un buen estudiante, pero su carácter propenso a hacer gamberradas le costó varias suspensiones durante su educación secundaria y universitaria, en Harvard concretamente, lo que visto en retrospectiva —que es como siempre se analizan las biografías— nos permitiría aventurar ahí cierto indicio de su capacidad posterior para ir a contracorriente y operar fuera de la ley cuando era necesario. No obstante, hay otra experiencia de sus años de juventud que más allá de la conjetura resultó crucial para lo que luego hizo, y esta vez es algo que él mismo explicó: se trata de su estancia como corresponsal en Berlín durante 1935. Ahí vio con sus propios ojos la naturaleza del nazismo, presenció toda clase de abusos contra la población judía, lo que le hizo temer, con buen juicio, que acabaría en desastre. Al regresar a Estados Unidos se dedicó a advertir sobre la alarmante situación europea a unos conciudadanos que se desentendían de tales problemas. Finalmente, la guerra estalló y, paradójicamente, ese aislacionismo que tanto le sacaba de quicio fue el que le permitió realizar su heroica misión.

Tras la fulminante invasión de Francia por las tropas alemanas, el régimen de Vichy del sudeste del país —en particular el puerto de Marsella— se convirtió en la ruta de huida de decenas de miles de judíos y activistas antinazis, parte de ellos franceses y muchos también de otros lugares de Europa, que habían acabado allí pensando ingenuamente que Francia sería un destino seguro. Pero Marsella amenazaba con convertirse en una trampa sin escapatoria, había pasado en un suspiro del medio millón a los seiscientos cincuenta mil habitantes y, tras el caos y el vacío legal inicial, el régimen colaboracionista podía comenzar a deportar sospechosos a los campos de concentración. Al ser Estados Unidos un país por entonces neutral su consulado sería una tabla de salvación para muchos desesperados. Era el momento para que interviniese sin dilación una asociación denominada Comité de Rescate de Emergencia, que contaba con la colaboración de personalidades ilustres como el escritor Thomas Mann o la primera dama Eleanor Roosevelt. Alguien debía llegar a Francia en representación de este comité para organizar el reparto de visados, el transporte, los sobornos… Una tarea que requería un hombre resolutivo, con grandes dotes diplomáticas, corajudo, alguien hecho de una pasta especial. Pero solo se presentó un voluntario, nuestro Varian Fry, y los dioses quisieron que reuniera en grado excepcional todas esas cualidades, además de una entusiasta motivación por su tarea: «Sabía que entre las personas atrapadas en Francia había muchos escritores, artistas y músicos cuyo trabajo me había proporcionado gran placer. No los conocía personalmente, pero sentía un gran amor por todos ellos y tenía una deuda de gratitud por todas las horas de felicidad que me habían dado sus libros, sus cuadros y su música. Ahora corrían peligro y mi obligación era ayudarlos, del mismo modo que ellos, sin saberlo, me habían ayudado a mí en el pasado».

El ejército nazi desfila por la Avenida Foch de París, cerca del Arco de Triunfo, en junio de 1940. Fotografía: Cordon Press.

Inconsciente de lo que tenía por delante, cogió unas vacaciones de cuatro semanas de su trabajo en una editorial, tomó la lista de doscientos nombres de personalidades por rescatar y tres mil dólares, y comenzó su aventura en un hidroavión que lo llevó a Lisboa. Según llegó, escribió a su mujer sobre su siguiente vuelo: «Deséame buena suerte, ¡es un avión español!», y, pese a sus suspicacias por la tecnología patria, este lo dejó sano y salvo en Barcelona, desde donde tomó un tren hasta Marsella. Apenas llegó, comenzó a percatarse de las dificultades que tenía por delante. Solo contaba con un contacto local, pero ese hilo le bastó para tirar de él e ir tejiendo la red que necesitaba. Se trataba de Frank Bohn, otro americano que estaba allí con una misión parecida a la suya, centrada en salvar a dirigentes sindicales europeos. Ya en su tercer día, cuando Fry había empezado a escribir a la gente de la lista, llamó a la puerta de su dormitorio Hans Sahl. Era un escritor judío nacido en Alemania, de la que salió apenas Hitler llegó al poder, aunque su destino fue Checoslovaquia, poco después anexionada por el régimen alemán, así que de nuevo tuvo que huir, esta vez a Francia. Calamitosa suerte la suya, una vez más se veía forzado a escapar. Para ello Sahl recurrió a este extraño americano nuevo en el lugar, y así describió su primer encuentro con él: «Imagina la situación: las fronteras están cerradas; estás atrapado en una trampa, serás arrestado en cualquier momento; la vida está cerca de terminar para ti, y repentinamente un joven americano en manga corta te llena de dinero los bolsillos y te susurra en el tono conspirativo de un actor primerizo: “Oh, hay manera de escapar de aquí”, mientras, diablos, las lágrimas surcan tu rostro. Y este tipo tan amable te pasa un pañuelo y te dice: “Disculpa que no esté limpio”». La química entre ambos fue tan buena que Sahl colaboró durante una temporada con él para poner en pie esa red de escape, hasta que finalmente él mismo tomó ese camino.

Fry comprendió enseguida que aquella lista con la que llegó era incompleta, la voz se había empezado a correr por la ciudad y había otros muchos que necesitaban su ayuda. Así que organizó un equipo para afrontar las numerosas entrevistas a los candidatos a obtener un visado y una ruta de salida. Fue un grupo tan excéntrico como él mismo, en el que cada uno recibió un mote humorístico; procedían de diversas partes de Europa, eran cultivados, políglotas, con una gran capacidad de trabajo y, al mismo tiempo, cierto sentido lúdico que les hacía terminar muchas noches con fiestas que alteraron la tranquilidad del hotel en el que Fry se alojaba, pues nuestro protagonista tenía una notable afición a la vida bohemia y al alcohol. Como dijo Miriam Davenport, una pintora y escultora americana que se convirtió en una de sus más estrechas colaboradoras: «Al terminar el día Varian solía estar bien lubricado con una o varias copas de vino de Borgoña, Burdeos y Armañac». Era parte de su carácter y también una forma de aliviar la tensión tras jornadas iniciadas a las ocho de la mañana y que concluían a las once de la noche o incluso más tarde, en las que entrevistaban de media a un centenar de candidatos y recibían decenas de llamadas por hora. En total llegaron a tratar con unas quince mil personas.

Tal volumen de trabajo era inasumible para la habitación de hotel en la que Fry comenzó, así que muy pronto alquiló una oficina en una calle céntrica, junto a la ópera. Era también una manera de dar formalidad a su red, pues de cara a las instituciones debía operar dentro de la legalidad, guardando las apariencias en lo posible. Así que organizó un centro de ayuda como coartada, que supuestamente solo proporcionaba alimentos, ropa y dinero. Entre la policía local, dividida en su apoyo al régimen nazi, encontró un capitán que siempre le proporcionó ayuda, su particular Renault, en este caso llamado Dubois. A su pesar, las relaciones con el consulado estadounidense fueron más dificultosas, pues eran perfectamente conscientes de sus actividades y no las aprobaban. Naturalmente, en ese contexto Fry sabía que debía jugar a dos barajas, y bajo cualquier simulada conformidad con la legalidad vigente en Vichy debía estar dispuesto a transgredirla. Para ello no dudo en colaborar con los servicios secretos británicos y con la mafia corsa, lo que le permitió proveer de documentación falsa a quien lo necesitaba, tanto para abandonar Francia como —en la ruta más frecuente— para cruzar España en dirección a Portugal, pues no pocos se habían posicionado en el lado republicano durante la recién concluida Guerra Civil. Por todo ello siempre iba armado, y procuraba mantener a salvo a su equipo guardándose la información relevante por si caían en manos de interrogadores.

Su transgresión de la ley, en una situación tan dramática como la que vivían, tenía a veces algo de burlesco, pues al fin y al cabo eran momentos en que nadie sabía bien a qué atenerse y qué podía ser cierto. En una ocasión dos miembros de su equipo, Charles Fawcett y William Holland, idearon un plan tan disparatado que estaba destinado a salir bien. Utilizaron una ambulancia del American Volunteer Ambulance Corps y uniformes para hacerse pasar agentes de la Gestapo, acudieron a varios hospitales parisinos y, puesto que sabían hablar alemán, entraron dando voces y exigiendo llevarse apresuradamente a algunos pacientes. Así rescataron de la capital a treinta y tres heridos —incluyendo a soldados británicos que no habían podido escapar en Dunquerque—. A continuación, los llevaron al tren y de allí rumbo a Marsella. El problema fue que en la estación de llegada la policía registraba a los pasajeros, pero dos hombres de recursos como ellos encontraron el método para burlar el registro: gracias a un camarero dispusieron de una puerta para el personal de servicio. Y de allí salieron en un camión de repartir fruta hacia una casa en la que estar a salvo hasta salir del país.

Fueron tiempos enloquecidos en los que Fry se sintió como pez en el agua. Las circunstancias requerían a alguien como él y él parecía haber nacido para ello: «Hubo una cantidad endiablada de diversión, aunque no creo que esa sea la palabra que debería usar, en el trabajo de rescate… era estimulante estar fuera de la ley. Y respecto a la depresión o ansiedad, simplemente desapareció». Pero todo acaba tarde o temprano. Tras el caos posterior a la ocupación de Francia, las aguas volvieron a su cauce y las actividades de este efervescente americano llamaban demasiado la atención. La Gestapo estaba al tanto de la ruta de fuga a través de España y trabajó para erradicarla, mientras un valioso contacto que Fry tenía en el consulado fue destituido a comienzos de 1941 y, finalmente, el nuevo jefe de policía de Marsella le cortó el paso. Tras reunirse con él en julio, exigió a Fry que abandonara el país o sería arrestado. Nuestro protagonista se comprometió a irse un 15 de agosto, pero incumplió su palabra y pocos días después fue detenido y trasladado a la ciudad fronteriza de Cerbère. Hasta allí acudió su equipo para despedirlo; se había formado un estrecho vínculo de amistad entre todos ellos, tal como tiempo después recordarían, así que le dedicaron una última comida improvisada en la estación del tren, comprometiéndose a continuar ese trabajo hasta que fueran también a por ellos. Varian Fry tomó el tren y regresó a Estados Unidos, donde recordaría hasta el fin de sus días aquellos vibrantes trece meses en Francia. Sus años siguientes no fueron felices y llevó una existencia bastante solitaria, hasta que poco antes de su muerte fue distinguido como Caballero de la Legión de Honor francesa y, ya a título póstumo, resultó intitulado como Justo entre las Naciones.