Agotados de esperar el fin: la extinción humana según la ciencia ficción

The Road, 2009. Fotografía: Dimension / 2929 / Nick Wechsler / Chockstone Pictures.

Pasa una generación y viene otra, pero la tierra es siempre la misma.

Eclesiastés 1:4

En el principio se creó el fin. Cualquier religión que se precie cuenta con un suceso en el que la vida de la comunidad desaparece de forma abrupta, violenta y muy espectacular. Este acontecimiento puede ya estar prefijado o ser provocado por la ira de los dioses, la estupidez de los seres humanos, y venir con una debacle ecológica o una gran guerra. Pueden darse todos los factores a la vez: tormentas de fuego, ángeles justicieros del espacio exterior, la tierra que se abre… 

El apocalipsis es, con toda seguridad, la idea más popular de nuestra historia. Nos regodeamos, como las criaturas finitas y supersticiosas que somos, en soñar con acontecimientos truculentos que culminarán en la desaparición de nuestra especie. Triste consuelo a nuestra condición, pero que ha generado una cantidad inmensa de literatura y productos de entretenimiento —películas, cómics, televisión, música— para disfrutar padeciendo del fin mientras afrontamos nuestro propio final. Eso no quita para que mientras tanto pueda darse un apocalipsis de padre y muy señor mío, tal y como lo vieron los profetas de las religiones antiguas o lo han ido delineando los autores y autoras de la ciencia ficción. 

Con el perfeccionamiento de las armas de destrucción masiva, más el destrozo medioambiental, todo ello unido a la deriva popular hacia la idiocia y el fanatismo, es muy probable que nosotros (o como mucho unas pocas generaciones más) asistamos por fin a la ansiada extinción, de la que (y esto también es una regla de oro) siempre tienen que sobrevivir unos pocos, aquellos que padecerán indecibles penalidades para volver a fundar la misma y alocada civilización, o morirán tras descubrir que en realidad se encuentran en el planeta de los simios. 

Milenarismo ecológico

El fin de la humanidad, tal y como lo ha escrito la ciencia ficción, es un recurso fantástico. Además de imaginar finales espantosos a nuestra especie, con lo liberador y divertido que este ejercicio resulta, también ha servido para hacer crítica sobre los Gobiernos, su política armamentística, las consecuencias de las guerras, los peligros de la tecnología, así como para establecer dilemas y extraer conclusiones morales. Hace ya mucho tiempo que en estos relatos se sustituyó a los dioses por los científicos y, especialmente, se ha colocado a los productos tecnológicos como los desencadenantes del fin del mundo.

Tras libros de profecías y alarmas del milenarismo, los relatos apocalípticos modernos comenzaron con la primera Revolución Industrial, que dejó muy mal cuerpo en algunos autores. Las consecuencias de la mecanización, las columnas de humo sobre las ciudades y la lucha de clases dieron lugar a desagradables pesadillas sobre el futuro que se avecinaba. Por ejemplo, H. G. Wells describió una humanidad completamente aniquilada en La máquina del tiempo (1895), reducida a esclavos de una raza bestial, los morlocks. El viajero contemplaba el paisaje final, donde ya no había nada, solo criaturas primitivas y siniestras, en una ingenua metáfora sobre a dónde podría llegar el enfrentamiento entre ricos y pobres de no tomar rápidas medidas.

Las sociedades hiperdesarrolladas, en las cuales la destrucción del medio ambiente provoca una enorme escasez de recursos, son el escenario idóneo para llegar al acontecimiento fatal. Casi al mismo tiempo que las fantasías sobre un Armagedón, batalla termonuclear entre ejércitos o contra fuerzas de otros planetas que pulveriza a la raza humana, la literatura también desarrolló otras situaciones donde los seres humanos eran cancelados a causa de un inmenso desastre natural: el inevitable meteorito, una disfunción del Sol, los efectos de la radiación extraterrestre, una sucesión de catástrofes medioambientales, la propagación de virus… Cuando determinadas y muy poco afortunadas decisiones en relación con la agricultura eran capaces de acabar con el alimento o el agua, ya teníamos la debacle. A estos problemas, especialmente los últimos, que cada vez parecen menos ensoñaciones de fantasía, el escritor británico Brian Aldiss, gran erudito y ecologista, los etiquetó como cosy catastrophe (catástrofe acogedora): subgénero de fin del mundo no especialmente hiperviolento, como de clase media, donde los pocos supervivientes intentan reorganizarse como pueden para volver a tener una sociedad como la que han perdido, en contraposición a obras posapocalípticas de contenido durísimo, apenas soportable, como las recientes La carretera, de Cormac McCarthy (2006) o Hijos de hombres (1992), de P. D. James. Hay otras aproximaciones, como Memorias de una superviviente (1975), en la que Doris Lessing muestra un mundo terrible tras la catástrofe (que no se especifica), donde la protagonista intenta luchar contra el caos, dentro de una paradoja temporal y feminista. 

Las catástrofes ecológicas, aunque no tan abruptas como las guerras contra los extraterrestres, también pueden acabar con toda la humanidad, dejando a un pequeño grupo obligado a sobrevivir en el planeta, cuyas condiciones han cambiado de forma monstruosa. De esta forma, el hombre se tiene que plantear su condición de ser y su manera de vivir en sociedad. La literatura británica nos ha ofrecido grandes libros de este subgénero. 

El día de los trífidos, de John Wyndham (1951), es la novela que lo inaugura. Su esquema argumental se ha repetido en numerosos relatos y adaptaciones posteriores. Un tipo se despierta en el hospital convaleciente de una operación de la vista. Descubre que los habitantes de Londres han sido aniquilados (por unas extrañas luces) y los que quedan están, paradójicamente, ciegos. Como consecuencia del caos, se han escapado de unos laboratorios secretos (soviéticos, por supuesto) unos seres terribles, los trífidos, plantas carnívoras que caminan, matan y se alimentan de los humanos. Los supervivientes habrán de luchar contra estos bulbos gigantes y contra los que conservan la vista, que quieren reorganizar la sociedad en un sistema feudal y someter como sus vasallos a los ciegos. Además de la crítica contra la explotación sin medida de los recursos naturales, hay una clara intención política en esta literatura, como sucedía en La muerte de la hierba, de John Christopher (1956): la extinción de las cosechas da lugar a un régimen de terror en medio de la aparentemente tranquila sociedad británica.

Los últimos días, 2013. Fotografía: Morena Films / Antena 3 / Rebelion Terrestre / El Monje / Les Films du Lendemain / Canal + / TV3 / Wild Bunch.

El maestro J. G. Ballard llevaría al límite estas ideas. Sus cuatro primeros libros relatan increíbles situaciones derivadas de cataclismos ecológicos. En El mundo sumergido (1962), Londres está cubierto por el agua, tras derretirse los polos. Este hecho no se vive por parte de algunos supervivientes como una tragedia, sino como un punto de partida hacia la nueva evolución psicosocial. En El viento de la nada (1962), han sido unos vendavales los que han hecho caer todos los edificios de la civilización. El desastre es causado por un elemento diferente en La sequía (1965): la contaminación y los vertidos tóxicos han provocado el crecimiento de una especie de pantalla sobre los ríos que hace imposible la evaporación y la formación de lluvia, con lo que comienza el fin en un ambiente tan deprimente como cercano. Por último, El mundo de cristal (1966) aventura un paisaje inconcebible: en una región de África, la naturaleza y los seres vivos se están quedando congelados, como en una edad de hielo, pero solo restringida a esa zona, sin ninguna razón aparente. Todo permanece cristalizado, ante el asombro de los protagonistas, que quedan alucinados ante la contemplación del mundo detenido en el espacio y el tiempo.

El propio Brian Aldiss contribuyó a esta nueva ola de la ciencia ficción, con obras en las que desarrolla diversas hipótesis acerca de un futuro en el que las condiciones ambientales hayan transformado radicalmente al ser humano. En Invernáculo (1962), la Tierra ha dejado de rotar sobre sí misma y el Sol está a punto de apagarse. ¿Consecuencias? La mitad del planeta es un páramo helado y se encuentra en las tinieblas; la otra mitad es una jungla habitada por un árbol monstruoso que ha invadido todo el espacio y varias especies amenazantes de plantas y hongos. El ser humano es un ser verde e insignificante que, cómo no, emprenderá un viaje al lado oscuro. 

Por último, un ejemplo de la ciencia ficción norteamericana con esta misma constante es una de las grandes novelas de George R. Stewart, La Tierra permanece (1951). Con muchas referencias bíblicas desde su título, la causa del fin del mundo ha sido aquí un virus que ha acabado con casi toda la humanidad. El protagonista, el memorable Isherwood Williams, tendrá que reconstruir la sociedad con ideas más humildes y respetuosas sobre el medio ambiente para convertirse en el nuevo padre fundador de la especie.

Registros del holocausto nuclear

La literatura ha sido muy generosa con la bomba. Las historias del mundo arrasado por la guerra llegaron al cine, los cómics y los relatos cortos de las revistas de ciencia ficción. No solo durante los periodos de la guerra fría, tanto en los años cincuenta como en los ochenta: hasta hoy mismo se siguen publicando distopías sobre un planeta radiactivo, víctima de los dedos torpes de militares fanáticos y presidentes de peinados complicados. Entre los libros que no pueden faltar mencionaré Cuna de gato (1963), donde Kurt Vonnegut realiza una crónica muy negra y divertida sobre la amenaza de la bomba termonuclear en plena crisis de los misiles, aprovechando, como de costumbre, para criticar a todas las instituciones, iglesias incluidas. En un tono muchísimo más lúgubre se escribe La hora final (On the beach, 1957), de Nevil Shute, la trágica historia de los habitantes de Melbourne, que saben que les queda muy poco tiempo, pues se ha producido el cataclismo nuclear en el hemisferio norte y va bajando hasta ellos la nube radiactiva. Leigh Brackett publicó en 1955 The Long Tomorrow, una de las primeras y más interesantes novelas sobre la pesadilla posnuclear: en Estados Unidos, los pocos supervivientes se han organizado en torno a cerradas comunidades religiosas que tienen prohibida la tecnología, así como cualquier pretensión de reconstruir o recrear el pasado, con las consecuencias que todos estamos imaginando. Desde una óptica opuesta y completamente salvaje que prefigura el universo de Mad Max, Harlan Ellison sitúa en 2024 el punto de partida tras la hecatombe en Un muchacho y su perro (1969), las peripecias del adolescente Vic y su perro, Sangre, glorioso animal telépata, en un paisaje lleno de peligros, escasez y mundos subterráneos poblados por mujeres.   

Cuando la humanidad termina con una nueva humanidad

La literatura no se ha quedado en el apocalipsis tradicional. El desarrollo de la robótica y la ingeniería genética ha sugerido nuevas opciones. El concepto de lo poshumano ha servido para imaginar una nueva serie de «¿Qué pasaría si el fin del mundo tal y como lo conocemos fuese en realidad que los humanos han dejado de ser tal y como en realidad los conocíamos?». Por supuesto, aquí las máquinas juegan un papel decisivo. Los temas clásicos se mezclan ahora con el feminismo, el transgénero y una visión satírica del universo a punto de extinguirse.

Entre las pioneras hay que mencionar una obra maestra: Más que humano, de Theodore Sturgeon (1953), relato sobre la evolución de seis jóvenes marginales que consiguen, mediante sus cualidades psíquicas, fundirse en un ser dotado de poderes increíbles. En la serie de novelas The Ship Who Sang (La nave que cantaba), la escritora Anne McCaffrey relató en 1969 las aventuras de la exploradora Helva, con no poca controversia, puesto que Helva es una cíborg, su cerebro está envuelto en una sofisticada envoltura artificial debido a una enfermedad de nacimiento. Más audaz si cabe es la trilogía de Octavia Butler, Xenogénesis (1987-1989). Los terrícolas supervivientes de la guerra nuclear reciben la visita de unos extraterrestres, los oankali, que son muy buenos y les ofrecen su ayuda para volver a dejar la Tierra habitable, pero a cambio deben crear con ellos una nueva raza, gracias a sus conocimientos genéticos. El conflicto está servido (los extraterrestres, por si no han leído las novelas, son un poco distintos en apariencia a los humanos), pero la autora ofrece el texto como reflexión sobre la convivencia entre las distintas especies y el odio xenófobo que mantenemos dentro de la nuestra. Si esta situación va a más (es un decir), el escenario más probable, aunque sin notas de romanticismo ni finales sublimes, será el que describió Clifford D. Simak en su gran colección de relatos Ciudad (1952): solo los perros (¡que hablan!) y los robots poblarán la Tierra.   

Apocalipsis hispano

Antes de apretar el botón rojo, no puedo despedirme sin recordar que en pocos lugares como aquí lo tenemos tan fácil para escribir distopías sobre el fin de los tiempos. En 1974, el escritor catalán Manuel de Pedrolo publicó la estupenda y ya clásica Mecanoscrit del segon origen (Mecanoscrito del segundo origen), una descripción del fin de la humanidad por ataque extraterrestre del que sobrevive una pareja de adolescentes, Alba y Dídac, quienes tendrán que recomenzar el mundo desde lo que fue la cuna de la civilización occidental, el Mediterráneo. 

Los autores Emilio Bueso y Jesús Cañadas son dos referentes de la ciencia ficción en español que piensa sobre el final de los tiempos en entornos muy reconocibles. El primero ha publicado varios relatos sobre zombis, cambios climáticos y pesadillas apocalípticas (Ahora intenta dormir, Valdemar, 2015). El segundo también vio editada su última novela en el mismo año y la misma editorial, la brutal Pronto será de noche. En ella, un suceso muy malo, pero que muy malo, ha lanzado a todo el mundo como loco a un atasco en la carretera, de la que nos tememos va a ser ciertamente difícil que salgan vivos para poder ver, como decía aquella antigua canción pop, el fin del mundo «en directo, por televisión».  


¿Puede la fantasía salvar a la novela en la década que viene?

Fotografía: Sam Greenhalgh (CC BY 2.0).

El 5 de febrero de 2019 fue un día peculiar en las librerías de Nueva York. El autor de estas líneas lo pudo comprobar en persona. Aquel día muchas librerías del noroeste de Brooklyn —centro de la vida literaria de la ciudad desde hace tiempo— colocaron en posiciones privilegiadas de sus establecimientos montones de ejemplares de una de las novedades literarias más esperadas de la temporada. El goteo de lectores ávidos por hacerse con su preciado ejemplar se prolongó toda la mañana. Pósteres promocionales en los escaparates. Aire generalizado de gran evento literario. La situación no era inédita, ni mucho menos. La maquinaria promocional de los Big Six —los seis grandes grupos editoriales americanos— todavía puede crear grandes hypes todas las temporadas y estar a la altura de las circunstancias: colonizar portadas, colonizar expositores, convencerte de que necesitas leer la novedad de turno.

Lo curioso del caso del 5 de febrero, lo que hizo que la situación chocara al autor de estas líneas, era el libro que estaba siendo promocionado en las librerías de más prestigio de la ciudad. Se trataba de Black Leopard, Red Wolf, la cuarta novela de Marlon James, autor jamaicano afincado en Nueva York que hace cinco años se convirtió en el niño mimado de la crítica literaria y del público «exquisito» con su novela A Brief History of Seven Killings, una intriga político-criminal a la manera de James Ellroy basada en el asesinato de Bob Marley. Lo chocante no era el autor, sino la novela en sí. Black Leopard, Red Wolf es una novela de espada y brujería. La pretenciosa (y decididamente elitista) intelligentsia literaria neoyorquina estaba acudiendo en masa a comprar un libro de ochocientas páginas lleno de brujas, demonios, combates con espadas y arcos, ogros, elfos oscuros y una banda de héroes provista de parecidos estructurales con cierta Compañía del Anillo.

Quiero incidir una vez más en esto. Black Leopard, Red Wolf no es una novela con toques de fantasía. No es una novela literaria que hace uso de recursos de género. No es una novela especulativa «de ideas». No es realismo mágico. Que eso triunfe entre el lector «serio» es mucho más común. Philip Roth escribió una novela de ciencia ficción. Margaret Atwood, Salman Rushdie, Murakami, qué sé yo. Joder, hasta John Updike escribió una novela de ciencia ficción. Black Leopard, Red Wolf no es ninguna de estas cosas. Es el primer volumen de una saga fantástica pura y dura, sin disculpas, sin coartada, sin doble fondo metafórico. Es lo que ese mismo lector «serio» hace diez años habría considerado el equivalente en forma de libro a las palomitas con mantequilla.

La misma noche del 5 de febrero, el autor de estas líneas asistió a la presentación de la novela en Brooklyn, la primera fecha de la gira nacional de Black Leopard. Pese a llegar con veinte minutos de antelación, no consiguió entrar en el local abarrotado de la librería (la concurrencia triplicaba el aforo); tuvo que colarse por una puerta de atrás cuando los empleados de la librería no miraban y avanzar por entre una presa mortal de cuerpos hasta conseguir un sitio desde el que se pudiera vislumbrar de lejos al autor. Acabada la lectura, el autor de estas líneas casi murió arrollado por la avalancha de fans que se abalanzaron para conseguir su ejemplar firmado.

No creo que se me pueda recriminar el hecho de sentirme sorprendido aquel día. Crecí, como todos nosotros, en un mundo donde los lectores serios leían literatura seria y las cosas de frikis eran para los frikis. En las últimas décadas he vivido diferentes momentos donde ciertos autores o críticos cuestionaban esta distinción, pero todo se quedaba siempre en el ámbito puramente teórico. La literatura de género duro era un nicho de mercado. Un gueto. Algo que consumían con fervor los asistentes a convenciones de cómics y de ciencia ficción. Los aficionados al cosplay. Los coleccionistas de figuritas y de cartas del Magic. Por otro lado, la presencia de estos libros (normalmente agrupados en sagas de muchos volúmenes) era testimonial o nula en las librerías serias. Y todos siempre habían estado felices de mantener este status quo. Cualquiera que leyera a Patrick Rothfuss y a Martin Amis era un bicho raro. Cualquiera que leyera a Joe Abercrombie y a Richard Ford seguramente sufría trastorno de personalidad doble.

No deja de tener su ironía triste que hayan sido las series de televisión las que finalmente hayan tirado abajo los muros del gueto de la literatura fantástica. Pero los datos están ahí, y a fin de cuentas tiene sentido: la televisión ya es el formato de ficción más consumido con diferencia. Los famosos showrunners de las series son los prescriptores de las historias que gustan a la gente. Juego de tronos abrió la puerta, pero para cuando llegaron Black Mirror y Stranger Things el giro copernicano ya estaba prácticamente cerrado. En la actualidad entre un 30 y un 40 % de la producción de las grandes plataformas como Netflix o HBO está dedicado a series de género fantástico (fantasía, ciencia ficción y terror), entre ellas algunas de las series más vistas. Incluso antiguos iconos del frikismo contumaz como Star Trek o Doctor Who se han hecho sendos lavados de cara para adaptarse a los gustos del gran público.

Y la respuesta del establishment literario está siendo mucho más rápida de lo que nunca hubiéramos imaginado. De pronto suplementos tan conservadores (y elitistas) en materia de géneros como los del New York Times, Washington Post, Los Angeles Times y compañía están reseñando libros de género «duro». En el caso de Black Leopard, Red Wolf de Marlon James, se puede alegar lo que Ursula K. Le Guin decía con cierto resquemor de un famoso coetáneo suyo, practicante tardío de ciencia ficción: el establishment literario le prestaba mucha más atención que a ella porque el coetáneo en cuestión había empezado su carrera como autor de literaria seria y respetable, y solo después se había pasado a la fantasía futurista. Y ciertamente esto es así. Pese a todo, el fenómeno es sorprendente.

Liderados por la jovencísima crítica literaria canadiense Amal El-Mohtar, los reseñistas del New York Times dedican ahora la misma extensión, la misma consideración y el mismo vocabulario canonizante a una autora de sagas de fantasía como N. K. Jemisin que a alguien como Jonathan Safran Foer. Escritores como Matt Ruff (un posmodernista pynchoniano) o Victor Lavalle (satirista de la América multicultural en la onda de John Kennedy Toole) han triunfado en los últimos años con sendas novelas ambientadas en el universo de los Mitos de Cthulhu. Y que yo sepa, no hay nada mas friki que los Mitos de Cthulhu. Los hermanos Grossman triunfan entre la intelectualidad con novelas de magos y superhéroes. Antiguos autores del gueto friki como Richard K. Morgan, James S. A. Corey o Liu Cixin ya han visto su obra transformada en series multimillonarias.

Sin ir más lejos, en un mercado estadounidense donde históricamente ningún autor español ha triunfado (con la única excepción de La sombra del viento), el joven barcelonés Edgar Cantero reventó hace dos años todas las expectativas con su novela Meddling Kids, comedia de terror en la onda Buffy-Scooby Doo-Enid Blyton que entró en la lista de best-sellers del New York Times en su tercera semana de publicación y recibió grandes elogios de medios como NPR o Publishers Weekly. Y no fue un simple golpe de suerte: su siguiente novela, This Body’s Not Big Enough for Both of Us, va camino de revalidar el éxito de su predecesora.

Quiero asegurarme una vez más de que aquí no haya confusión posible de nomenclatura. No estoy hablando de relecturas irónicas posmodernas de los géneros fantásticos, ni de obras fronterizas, ni de novelas literarias que usan ciertos tropos de la fantasía. Hablo de género puro y duro. Cuando en la década de 1990 autores como Michael Chabon, Michel Farber o Jonathan Lethem publicaron novelas con elementos fantásticos, el establishment cerró filas para decretar que aquello no era novela de género, sino novela seria y situada fuera del gueto. Lo de ahora es distinto. Cierto: se trata de un proceso rápido pero gradual. No va a pasar de la noche a la mañana. Periódicos como The Guardian, el otro gran referente de la crítica literaria «seria» junto con el New York Times, todavía no ha dado el salto. Le sigue dedicando a la novela de género notas breves y condescendientes basadas en agrupar tres o cuatro libros y dedicar un párrafo a cada uno. En España tampoco parece que se esté moviendo gran cosa todavía. Los dos autores de novela de genero fantástico más interesantes del país, Emilio Bueso y Marc Pastor, todavía luchan porque su obra se valore en igualdad de condiciones con la de autores no fantásticos. En mi opinión, tendrán que triunfar en el extranjero antes de ser debidamente valorados en su propio mercado.

Sin embargo, también es un cambio que tiene aspecto de ser global e irreversible. El crítico catalán especializado en fantasía Ricard Ruiz Garzón lo considera un proceso de aceptación análogo a la aceptación de la presencia LGBT o femenina en los medios, «normalizando lo que estaba en los márgenes gracias primero a personajes, luego a situaciones y finalmente a identificación». La analogía puede parecer chocante pero realmente parece que es así como se ha desarrollado el proceso.

Por supuesto, estoy convencido de que hay una razón más profunda para esta nueva aceptación de la fantasía literaria por parte de los medios y el gran público. Y en cierta manera, todo lo que he dicho en este artículo hasta ahora no es más que una larga introducción a este último párrafo. Las últimas dos décadas han visto un pronunciado declive de la influencia social y de la popularidad del género de la novela no solo en beneficio del audiovisual, sino también, y lo que es más importante, de la no-ficción. Por un conglomerado de razones, la invención inherente a la novela ha ido decayendo en beneficio de lo testimonial, lo experiencial, lo «verídico», lo autobiográfico y lo simplemente narcisista. La representación de la experiencia propia, tanto personal como colectiva, parece haber reemplazado a criterios como la calidad de la obra literaria o simplemente la capacidad de fabulación. En este panorama algo siniestro, al que muchos autores se sumaron primero por convicción y ahora por razones simplemente comerciales, la fantasía a raudales ofrece algo que está desapareciendo. Ofrece imaginación. Ofrece invención. Ofrece lo que está en la base misma de la literatura. Llena un vacío que los seres humanos ciertamente necesitamos, y que no tiene porqué estar solamente en las series de televisión.

¿Puede la fantasía salvar a la novela en la década que viene? Yo creo que ya la está salvando.


Emilio Bueso: «El terror es la base de organización de todos los sistemas políticos y religiones»

Fotografía: Jorge Quiñoa

Charlamos con Emilio Bueso (Castellón, 1974) durante una visita a Barcelona. Bueso es uno de los escritores españoles de género más conocidos y polémicos, especializado en explorar el miedo desde todos los ángulos posibles. Publicó tres novelas muy diferentes en Salto de Página: una historia vampírica ambientada en Chernóbil (Diástole, 2011), una cáustica crónica posapocalíptica de una sociedad destruida por la crisis energética (Cenital, 2012) y un inclasificable biothriller ambientado en la Transtaiga (Esta noche arderá el cielo, 2013). Con Valdemar publicó una novela lovecraftiana notable por sus personajes marginales (Extraños eones, 2014) y un recopilatorio de cuentos terroríficos (Ahora intenta dormir, 2015). Este año ha dado un aparente volantazo hacia la fantasía y el sword and planet, inaugurando la colección Novum de Gigamesh con Transcrepuscular, primer tomo de la trilogía Los ojos bizcos del Sol. Bueso habla rápido, alternando sentencias lapidarias con un humor algo exasperado muy presente en sus textos, no tan oscuros como parecen al primer vistazo.     

El año pasado hablamos con Kim Stanley Robinson, que se definía como autor utópico y optimista. ¿Te podemos definir a ti como autor distópico y pesimista?

Soy más bien catastrofista. El pesimismo hace que avance el mundo, a los optimistas les gusta tal como está. La gente que no ve futuro ni salida es la que se mantiene disruptiva, la que empuja la innovación… Se analiza mejor la realidad a través de una visión crítica e incómoda del mundo. No le veo sentido a ser utópico. Además, por el modo en que organizo las escenas de acción y planteo las tramas e intrigas, a menudo es en la catástrofe donde encuentro mejores escenarios y ambientes. Soy catastrofista y pesimista, pero es que la realidad ahora mismo tampoco da para más.

Si te diera la oportunidad de mandar un mensaje optimista, algún aspecto del futuro en el que tengas esperanza, ¿qué dirías?

Diría que en el fondo nuestra especie lleva grabada a fuego en los genes la idea de sociedad, el ser animales gregarios. Sabemos instintivamente que cooperar es mejor que competir. Nos han inculcado la idea de que hay que mantenerse competitivo y ser mejor que los demás, cuando esto lo que provoca es empeorar el conjunto de la sociedad. Ahora que nadie parece cooperar y todo es competición, el mundo se ha convertido en un sálvese quien pueda y de ahí vamos al caos. Si tenemos un futuro como especie, estará basado en las energías renovables o no habrá ninguno: de las renovables venimos y ahí volveremos. Y si tenemos algún sentido como sociedad y logramos sobrevivir a nosotros mismos, será porque nuestro instinto más familiar, grupal, gregario y comunitario consiga imponerse a la presión que recibimos para mantenernos como depredadores. Cuando me pongo más dulce es porque pienso que tal vez encontraremos alguna forma de cooperar para sobrevivir. Cuando en Nueva York hubo un apagón de dos días mucha gente decía que iba a ser un caos, tiendas saqueadas, tumultos… Pero las heladerías regalaban el género porque se iba a estropear, y la gente estaba feliz porque no tenían que ir al trabajo. A veces la gente te sorprende para bien.

Hay tendencia a esperar lo peor de los humanos…

A veces sacamos lo mejor de nosotros mismos. Logros como cerrar el agujero de la capa de ozono cuando muchos ecologistas creen que es imposible recuperar situaciones medioambientales adversas… Si hay algún rayo de esperanza, quizá esté en lo más profundo de nosotros mismos. Quiero trabajar literariamente sobre eso, pero por ahora me mantengo más oscuro.

Hasta Cenital, casi todo lo que habías escrito (Diástole, Noche cerrada, cuentos cortos) estaba dentro del género terrorífico. ¿Qué te atrae del terror?

El terror es la base de organización de todos los sistemas políticos y religiones, y sobre todo la forma de organización más sencilla del cerebro de los seres vivos. Muchos animales sobreviven sin sexo, pero ninguno sobrevive sin instinto de conservación. Un miedo atávico, cerval, que aparece en el hipotálamo y provoca una estampida cuando un ruido hace pensar que puede haber un depredador. Somos nuestros miedos. Nuestros miedos nos definen y, al hacerlo, nos limitan. Cuando analizas qué es el miedo y cómo funciona, ves que tanto las sociedades como las religiones están construidas sobre la culpabilidad y el miedo… Esto da mucho juego narrativo, permite trabajar las emociones más poderosas y profundas. ¡La emoción más intensa que podemos experimentar es el miedo! Una persona saludable puede morirse de un susto. El miedo es algo mucho más grande de lo que la literatura de terror convencional ha estado trabajando. Hasta Transcrepuscular he trabajado el miedo en distintas formas. Cenital se escapa del terror gótico canónico sobrenatural, pero se instala en la literatura del pánico… ¿Te da miedo perder el empleo? Pues en Cenital te contaré cómo puede acabar eso. El terror está denostado por la crítica y se considera una literatura menor… Pero pocas cosas hacen reflexionar tanto como los propios miedos, y pocas cosas hacen crecer tanto como enfrentarse a ellos. Me gustaría que los críticos que nos ningunean intentaran escribir terror. Yo puedo poner un pie en la literatura juvenil, en la histórica o incluso en la romántica, pero ¿quién se pone a trabajar el miedo de una forma penetrante? Hay muchos escritores domingueros que no aguantan en el terror más que un par de libros y unos pocos especialistas: un blockbuster como Stephen King, un zumbado como Lovecraft o gente que acaba quemada como Clive Barker. Yo me he propuesto tratar el terror de manera analítica, racionalizando lo irracional desde diversos ángulos… No hay muchos escritores que hagan eso. Eso me mantiene escribiendo: sin ese estímulo estaría dedicándome a mi empleo de ingeniero, que me da mejor vida.

Diástole es una historia con vampiros y yermos posindustriales, pero tiene también un punto romántico no muy presente en el resto de tu narrativa….

No tengo reparos en construir una historia de amor: tengo inéditos al respecto… Pero no me hace juego con los muebles. [Risas] Trabajo el miedo en todas sus formas, y pocas cosas dan más miedo que enamorarse o perder el amor. Pero estoy atento a lo que escriben mis homólogos en el International Horror Guild, y esto parece estar bien guarnecido. Hay obras que lo han trabajado muy bien, así que prefiero centrarme en otras cosas… El amor y el sexo suelen quedarse fuera de los elementos con que construyo mis libros. El sexo lo traté en Esta noche arderá el cielo, pero más que una historia de amor parece la de un polvo en medio de la Transtaiga. No suelo escribir escenas de sexo: las pasiones más carnales y emocionales no ayudan a buscarle el hipotálamo al lector.

Curioseando tu blog, Noche cerrada, he encontrado un libro de 2010 llamado Sewer. ¿Se llegó a publicar?

Lo contrató Equipo Sirius, y cuando se disponía a tener ventana de edición cerró su división de narrativa y luego el sello directamente. Cenital lo contrató AJEC y, tras su quiebra, me lo llevé a Salto de Página, pero Sewer no tuve tiempo de recolocarlo. Sigue ahí.

¿Planeas recuperar Sewer algún día?

Como han pasado unos años, tendría que reescribirla… Es una antinovela de terror juvenil, la novela que no querrían tus padres que leyeras. [Risas] Yo era profesor en la universidad, imaginaba cómo habrían sido mis alumnos unos años antes e intuía personajes flipantes. En algunos aspectos puede que Sewer sea mi mejor trabajo. Hacer literatura de terror con jóvenes es sencillo, pero hacerla con el sonido, que es uno de los temas de la obra, mezclarla con la historia antigua de mi ciudad, su trasfondo histórico y mitológico… Es un pedazo de novela que quiero recuperar algún día, pero el problema con la literatura juvenil en España es que los sellos que más la cultivan pertenecen a la Iglesia. Algunos temas no son bienvenidos, o hay que abordarlos con extremo cuidado y observancia a determinados valores morales. Yo soy un ateo convencido y hago crítica social profunda… Y al escribir una novela protagonizada por adolescentes corro ciertos riesgos. Abordarla me requeriría una cantidad de tiempo y energía que me consume Los ojos bizcos del sol. Pero no la quiero dejar caer, porque con Sewer podría alcanzar segmentos no solo del público sino de la crítica.

Tu blog lo preside una frase de William Blake: «Espera veneno del agua estancada».

Esa frase debería tatuármela… De esta trashumancia hice mi grito de guerra por dos motivos. El primero: para sugestionar al lector hay que ser capaz de sorprenderlo y pillarlo a contrapié. Para eso hay que mantenerse disruptivo, original, rompedor y creativo, especialmente con el público tan leído e instruido que abunda en la literatura de terror. El segundo: tras cinco o seis novelas corro el riesgo de repetirme, instalarme en una zona de confort y anquilosarme como les acaba pasando a todos los autores canónicos del género. Por eso me he metido en el jardín de Los ojos bizcos del sol, pasando del terror al fantástico, aunque haya fragmentos de puro body horror en Transcrepuscular. Hay lectores incondicionales que me buscan para darme una colleja, y otros, que eran detractores de mi narrativa, ahora son los principales valedores del libro.

 

Me hizo gracia otro texto de tu blog en el que pedías disculpas por retirarte como lector de pruebas editoriales, informes valorativos, etc. ¿Trabajabas de lector profesionalmente o te bombardeaban amigos a manuscritos? 

Ambas cosas. A los amigos puedo decirles en confianza que no tengo tiempo de leer sus manuscritos porque quiero centrarme en lo que va publicando la industria. Pero cuando me llamaron un par de sellos para que escribiera informes lectores, me enviaron manuscritos horrendos… Todo me parecía una mierda. Y yo era muy destructivo, arremetía salvajemente contra el texto y al final me sentía mal. No sabía quién era el autor pero lo podía intuir… Tengo cinco o seis homólogos muy válidos en el mercado nacional. Cuando no era ninguno de esos, ya imaginaba que sería de alguno de los otros diez que van por ahí malviviendo y me sabía mal. Además, me comía mucho tiempo, se pagaba mal, no me hacían caso y acababan publicando libros pésimos… Y así les va. No hay nada de lo que haya criticado que llegara a funcionar. Tampoco me considero un lector capacitado para ejercer la crítica: no sigo a autores fijos, todos mis ídolos son irregulares. El mismo Bukowski, el autor que me empujó a escribir y que por orden alfabético suele acabar a mi lado en las bibliotecas, tiene libros pésimos, quizá por querer mantenerse disruptivo.

En Cenital muestras un mundo en que el agotamiento de combustibles fósiles llega de repente y la sociedad se desmorona. Daniel Gómez Cañete, editor de Crisis Energética, me comentó que le gustó mucho Cenital y que cree que estuviste en contacto con foros de peak oil. ¿Empezó el interés por esas webs como parte del proceso de documentación, o fue al revés y visitando ese tipo de páginas se te ocurrió la idea de Cenital?

¿El huevo o la gallina? Antes de que hubiera gallinas los dinosaurios ya ponían huevos. [Risas] Me empezó la curiosidad cuando por una cuestión de trabajo tuve que minimizar el consumo en vatios de una máquina y me di cuenta de que era complicadísimo… Así que empecé a indagar sobre dinámicas industriales por una inquietud profesional. La crisis es el fin del crecimiento, y la energía no es un suministro más, sino la base de producción de todo tipo de bienes y servicios, hasta el punto de ser subvencionada directa o indirectamente. Y, claro, al dejar de crecer, un pensamiento automático es que se nos han acabado las pilas. En cierto modo soy un picolero [interesado por el cénit del petróleo o peak oil], aunque no me eche al monte. Siempre que en internet se tocan estos temas aparecen exaltados y radicales. En Crisis Energética hay estudiosos, gente que mantiene la cabeza fría y serena… O en portales como Oil Crash, de Antonio Turiel, o el que montó Pedro Prieto. Conozco a los ideólogos del cénit del petróleo en España, es un tema que me preocupa como profesional, padre e ingeniero. Y cuando vi cómo puedes acabar echándote al monte si te lo tomas muy a pecho, el novelista que soy vio ahí una historia. En Cenital retraté a los picoleros para bien y para mal, con sus miserias y sus grandezas, como visionarios y lunáticos. Desde que terminé el libro los leo algo menos. Es un tema que me preocupa, pero hace tiempo que entendí que estamos en un proceso mucho más largo de lo que se preveía inicialmente.

Escribiste el prólogo de Apocalipsis suave de Will McIntosh, en el que el colapso de la sociedad es más un proceso lento que un estallido.

Lo que persigue el poder (productores de crudo, industria pesada y los Gobiernos de los países que pintan algo, no como el nuestro) es ganar tiempo e ir convirtiendo lo que podría haber sido un estallido en una voladura controlada. Intentan que aprendamos a racionarnos poco a poco, y mientras tanto tiran de fracking para paliar el déficit de suministros baratos… Frenar el tren antes de que se estrelle porque nos han cambiado la estación. Mantener la calma e ir arrojando a la gente a la exclusión social de manera paulatina, para evitar un estallido violento. Apocalipsis suave se va por las ramas con la experimentación biológica, pero refleja que el sistema ha encontrado formas de convertir una catástrofe repentina en una crueldad prolongada. Nos van a hacer agonizar durante un tiempo para salvar la civilización industrial, mantener el estado del bienestar solo para privilegiados y cada vez más lejos de las masas, y que lentamente nos acostumbremos a la idea de que estamos jodidos por sistema. Buscan que se asuma que la crisis es permanente e inevitable.

El famoso mantra de «no hay alternativa»…

Claudicar. La estrategia les está funcionando, y a lo mejor sin este control cruel y paternalista habríamos llegado al caos violento de Cenital. ¿En qué momento le conviene a una civilización que haya un estallido violento, con las pérdidas que ello comporta, para que las generaciones futuras puedan sobrevivir? Mientras intentamos un aterrizaje energético suave, seguimos consumiendo combustibles fósiles y agotando el medio ambiente hasta un punto de no retorno. Stephen Hawking decía que hemos de salir de la Tierra para salvarnos… Pero ¿qué ocurrirá cuando no quede suficiente energía para escapar? Al poder solo le ha quedado esta alternativa, porque la otra opción sería dejarlo caer todo. Y si no se ha dejado caer a los bancos, a los Estados, ni a Grecia del Euro… A lo mejor, si se hubiera podido trasladar a la industria los costes reales de su actividad, hubiera sido mejor para todos… Excepto para los grandes capitales.

Eres ingeniero en tu vida laboral fuera de la escritura, pero te veo escéptico respecto a las posibilidades de la tecnología. ¿No nos salvarán la biotecnología, la geoingeniería, etc.?

Cuesta mantener la esperanza en la tecnología cuando día tras día te va fallando. Los principales avances tecnológicos en los últimos años, la última vez que lo miré en el Dow Jones, eran Facebook y Nespresso [Risas]. Tecnología de entretenimiento. Al investigar se han cometido errores, no solo académicos, sino por cómo el mercado impone sus normas: hay farmacéuticas que parecen más interesadas en cronificar las enfermedades que en curarlas. A veces la tecnología ayuda: cuando Londres estaba a punto de ser devastada por los purines de la mierda de caballo, apareció el motor de explosión. La revolución verde fue otro salto adelante… Pero en la cuestión ambiental y energética no veo soluciones a corto plazo. No creo que la solución sea tecnológica, antes deberíamos cambiar como especie. En EE. UU. se despilfarra crudo en autopistas y tienen el tejido ferroviario de Lituania, por ejemplo…

¿Por qué dejaste el cambio climático fuera del desarrollo de Cenital?  

Nunca hay que acumular dos insultos en una misma frase: si te llamo bajito y tonto, no sabremos cuál de las dos cosas te ha cabreado. [Risas] Al armar un libro hay que mantener una simplicidad que permita abordar la trama. Yo no quería decirle a la gente, en un momento en que todo se está poniendo feo, que se van a quedar sin suministro de energía y además las disrupciones climáticas les van a hacer la vida imposible. Atacar dos variables que la gente da por firmes y seguras suscita rechazo al lector, complica la presentación del escenario… El consumo energético y el cambio climático están conectados. Los separé adrede y decidí dejar el cambio climático para otros trabajos… Si lo servía todo junto, la complejidad del trabajo se habría comido la posibilidad de que el libro pudiera ser accesible y entretenido para un público promedio.

Cenital ganó el premio Celsius 2013 y recibió buenas reseñas, pero también bastantes palos. ¿Crees que las críticas vinieron del tono y retórica similares a los del 15M, del carácter del protagonista, o hubo otros factores?

Nadie de Podemos ha reivindicado el libro, así que fíjate si el 15M pintaba algo ahí. Cuando menciono el 15M en Cenital es para decir que no sirvió para nada… Ahora lo considero un error mío, porque sí marcó el fin del bipartidismo, para bien o para mal. Lo que cabreó a mucha gente no fue el tono panfletario de Destral, el protagonista, un líder demagógico y mesiánico… Lo que les enfadó es que Cenital parece atacar a la civilización, a la humanidad y al lector de una manera personal. «No es que estéis viviendo por encima de vuestras posibilidades, es que no os quedan posibilidades». [Risas] Es duro de leer, en boca de un protagonista antisistema, que vamos a morir como ratas por no haber tenido los cojones de organizar mejor las cosas. Cuando lee el libro alguien concienciado con el problema energético es muy bonito, pero los creyentes en el crecimiento perpetuo se enfadan y van corriendo a los blogs a desmontar la argumentación de Destral, que es puramente novelística… A veces defiendo la postura picolera porque en ciertos contextos la considero correcta, pero no vivo en una cabaña como Unabomber. No soy Destral. Siempre he tenido claro que no quiero convertirme en un personaje, y mantengo una distancia saludable con ellos. En fin: atacar al lector hizo que Cenital recibiera muchos palos, el discurso antisistema generó otras animadversiones, la forma en que abordo el futuro, no distópico sino posapocalíptico, cabreó a los puretas de la ciencia ficción… Al final me quedé pensando: «¿Qué amigos he ganado?». [Risas] 

¿Te afectan las críticas negativas o has «hecho callo» al respecto?

La mayor parte de las veces me dan igual. Las cifras me han ido dando un poco la razón con las ventas, consigo reeditar cuando ya no lo hacen muchas primeras espadas, y eso es para mí un orgullo en mi sector. Consigo que me resbalen según qué críticas… El crítico promedio, ahora mismo, no está aportando más que tecnicismos para desmontar una novela o argumentos del tipo de que lo que han leído no se corresponde con lo que esperaban… Pero no he venido a hacer lo que él quiera, es mi libro y me lo follo como quiero. [Risas] Pero duele mucho cuando me da la espalda gente con criterio que me sigue desde el principio, duele perder la fidelidad de un cierto tipo de lector. La crítica profesional me resbala un poco más. Y cuando es un blogger o alguien en las redes sociales me da completamente igual.

Tras Cenital publicaste Esta noche arderá el cielo, una mezcla de géneros inclasificable… ¿Cómo la llamamos, un ecothriller rockero?

Solté en la radio que era un biothriller westernpunk narcogótico [Risas]. Venía de reivindicar el new weird, una tendencia de vanguardia en EE. UU. que hice mía en parte porque empleo técnicas new weird, como fusionar diversos géneros, y en parte porque autores como China Miéville o VanderMeer me parecen muy interesantes. Levanté la bandera y llegaron los puristas a decir que el new weird no era exactamente eso… Ya me habían atacado porque «Cenital no es una distopía, es un posapocalipsis», que es como la cantinela de «¡No son zombis, son infectados!» [Risas]. Me volvía loco cuando me venían con estos análisis. ¿Tengo que adscribirme a las etiquetas de un catedrático de literatura? Uno dijo sobre Cenital: «¡Fraude en el etiquetado de la distopía!». Pensé entonces… ¿Qué digo cuando me pregunten por el género de Esta noche arderá el cielo? Respondí biothriller westernpunk narcogótico para mandar al carajo las etiquetas. [Risas]

En ese libro, que por cierto es mi favorito de los tuyos, más que de catástrofes hablas de conflictos personales: las dificultades por reconectar de un padre y un hijo, una expareja de moteros… ¿Crees que te perjudicó haber creado una expectativa de autor apocalíptico de crítica social que no encajaba con ese tono intimista?

Las cifras que arrojó fueron algo peores de lo habitual, es el único libro que me han saldado. También es cierto que tenía una tirada enorme, y además está en electrónico con la piratería por las nubes. Veníamos de reeditar Cenital, que había pegado un pelotazo… Se sobredimensionó la tirada y hubo que saldar unos cientos de copias. Es culpa mía. Puestos a analizar qué errores cometí, uno puede ser que los lectores no esperaban que les hablara de cuestiones intimistas como la tragedia vital de un motero, sino que centrara el discurso en aspectos más exteriores, sociales, lo que ha acabado siendo marca de la casa. Para dimensionar a los personajes necesito meterme en sus sentimientos y emociones, pero no parece ser lo que la gente espera de mí. AC/DC metía gaitas en algunos discos y lo dejó de hacer porque a su público no le hacía tanta gracia…

En 2011 fuiste padre por primera vez. ¿Cómo combinas tu catastrofismo con el impulso de dejar un mundo mejor para tu descendencia?

Al salir Cenital en 2012 me preguntaron: «Acabas de ser padre, ¿cómo escribes un libro sobre el exceso demográfico en el que van a la guerra por unos condones?». Mi respuesta fue que había querido tener un hijo para que me ayudara empujando el carrito de la compra cuando atravesemos un mundo devastado. [Risas] Al año siguiente escribí un libro para mi hijo: Cuentos para Saúl: la crisis explicada a los niños. Y en la contraportada iba a poner frases como «¿Por qué papá ya no trabaja?», «¿Por qué mamá se echa a llorar cuando viene a casa un señor del banco?». Pero el resultado fue tan explosivo que era impublicable.

¿Cómo ha cambiado la paternidad tu escritura?

¡Mi hijo les ha cogido miedo a mis libros! Me llamaron el otro día del colegio para que les contara mi trabajo a los niños. Creí que se referían a lo que hace un ingeniero de sistemas, pero no, querían que hablara de mi trabajo como escritor y trajera mis libros. ¿Cuál traigo, el de la portada del tipo con los ojos arrancados? Van a tener pesadillas… Saúl ha aceptado que su papá cuenta historias de miedo, y lo ve con un respeto reverencial. Cuando empezó con las pesadillas, una noche nos vino a la cama acojonado por un susto sobre algo que había visto en la tele… Y le dije: «Todo eso se lo inventan los tipos como tu papá, y tus juguetes se compran con el dinero que le pagan a papá por inventarse esas cosas». [Risas] Hay literatura de terror para niños, y suele funcionar bastante bien. Cuando estoy fuera de casa dos o tres noches, el chaval duerme en mi lado de la cama, con mi mujer, porque le da miedo que se haga de noche y no escuchar el tableteo del teclado del ordenador de su padre. ¿Dónde está papá? Hay mucho que analizar ahí. Me ha aportado mucho ser padre. Todo el mundo madura cuando se hace padre, es ley de vida. Y los niños juegan un papel vital en la literatura de terror, obras cumbre del cine de género como El exorcistaEl sexto sentido...

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Eso es. Ser padre me ha revuelto ideas anquilosadas, veremos qué le aporta a él. Ahora que Saúl empieza a ser más intrépido, coge libros de mi estantería aunque le insista en que no toque mis cosas, y lee en voz alta los títulos. La joven ahogada, y en portada un cadáver abotargado… Este contraste tan fuerte da mucho de sí, lo quiero trabajar literariamente. A mí no me gustan los niños, me gusta el mío. [Risas] Pero sí me interesa trabajar con ellos el miedo, teniendo en cuenta que ellos lo fraguan, construyen su identidad y sus recuerdos sobre sus miedos… Hay material sobre el que escribir.

Has dicho que tu hijo te oye teclear de noche… ¿Es que escribes siempre de madrugada?

Me encanta esta frase de Bukowski: «Nunca escribo de día, es como bajar al supermercado en pijama». La magia se hace de noche. Corregir, retocar, planificar y documentar lo hago en horario de oficina. Pero redactar, inventar las historias, lanzarme al vacío tanteando, improvisando y decidiendo la manera de hablar de un personaje… Para esos procesos necesito tranquilidad y aislamiento. Ya no es que me moleste oír ruidos en la calle o tener al lado a mi mujer o al crío, no. Es que de noche el cerebro adopta una actitud que necesito para la escritura, tras todo un día de ajetreo. Me pongo los cascos a todo volumen, que me martilleen la cabeza, me sugestiono y estimulo como considero oportuno en ese momento… Y escribo. De noche. Solo de noche.

Publicaste Extraños eones en Insomnia de Valdemar. Como protagonistas, un grupo de niños que viven en el cementerio de El Cairo… Es una novela de terror lovecraftiano, pero casi resulta más terrorífica la forma en que describes la vida cotidiana de estos niños. ¿Cómo te documentaste para esta historia?

En un grupo de conversación en francés me encontré con alguien que había crecido como un homie en las calles de El Cairo, y me dediqué a pagarle cenas y hablar con él. Hice algo parecido para documentar un cuento ambientado en Corea del Norte. Intenté conducirles para que me contaran detalles cotidianos, qué desayunaban, cómo transcurrían sus días. Ese trabajo de campo me apasiona porque soy un fanático de Truman Capote, me encanta ese tipo de periodismo. La única forma de documentar algunos escenarios es mirar a un testigo a los ojos y que te cuente sus experiencias. La macroeconomía de Egipto la puedes mirar en la Wikipedia, pero es mejor que un homie que vivió en un cenotafio de la Ciudad de los Muertos de El Cairo te cuente que usaba una lápida como mesa del comedor. Tenían que mantenerla engalanada por si la familia venía a visitar al difunto, y cuando acababan de comer ponían los pies en alto apoyándose en la lápida… Esos detalles le dan verosimilitud al libro. Ir a un escenario para documentarlo es insuficiente, aparte de que no pude por ejemplo ir a Chernóbil a documentarme para Diástole. Iré a ver glaciares a Noruega para documentarme para Antisolar, pero la inmersión durante una visita es tan fugaz que no lleva más que a arañar la superficie de los datos.

En tu blog dices que las antologías de cuentos no suelen venderse bien, te cito: «Muchos editores apenas se atreven con él, pocos libreros lo empujan y la mayoría de lectores lo rechazan». Sin embargo, Ahora intenta dormir es precisamente una antología de cuentos publicada en el Club Diógenes de Valdemar y, si no me equivoco, funcionó bastante bien… 

Había visto los resultados de antologías de grandes autores, y tenía la idea de que no solían venderse bien… Pero Ahora intenta dormir funcionó. Subestimé el posicionamiento que había ido consiguiendo, el de Valdemar, la forma en que acompañamos los relatos con una breve presentación, la portada de Beksinski… Todo conectó. No habría funcionado en una multinacional, por suerte no llegué a aceptar la oferta que recibí. Valdemar tiene seguidores incondicionales que compran libros en tapa dura de gótico tradicional, leen a Bram Stoker o a Maupassant… Valdemar tiene una capacidad que no creía tener a mi alcance, porque no llevo veinticinco años muerto ni nací en Irlanda. Al firmar con Valdemar, me dijo la secretaria «Qué gustazo, al fin alguien más con quien puedo hablar sin usar una ouija» [Risas] ¡Estábamos Pilar Pedraza y yo! Ahora han entrado otros, tanto en la Diógenes de Valdemar como próximamente en Novum de Gigamesh… Soy un ariete abriendo paso a cabezazos. [Risas]

Hubo un intento previo de autopublicar en Amazon una antología, Esquivando el sueño, ¿no?

Los cantamañanas de la generación Kindle insisten en que viven de lo que les paga la Kindle Store de Amazon… Algún caso puntual habrá de alguien que haya tenido éxito, pero a menudo vendiendo libros a otros autores que intentan hacer lo mismo. Una generación entera de autores leyéndose entre ellos, como el fandom español de los noventa. [Risas] Quise tantear el formato, recopilar mis relatos y ponerlos a unos céntimos. Vi que no había forma humana de vehicular un modelo de negocio para un tipo como yo en un sitio como ese, así que me fui. Unos años más tarde Rafael Díaz Santander me ofreció publicar en Valdemar. Le dije que estaba como una puta cabra, pero contestó que funcionaría… Y sí, salió.

Soy muy fan de la dedicatoria de Ahora intenta dormir: «La dedicatoria más triste y más horrible es la que se queda vacía».

Cualquier libro pretende ser eterno… A mí, que nunca me han dedicado una obra, me parece que perdurar dentro de una dedicatoria es como si te regalaran un ramo de flores inmortal. Pero cuando dedico uno de mis libros no entrego un ramo de flores, sino una corona funeraria. ¿A quién le hago la putada de dedicarle un libro de los míos con lo duros y deprimentes que suelen ser? Le dediqué Cenital a mi hermano y se enfadó. Le dediqué Diástole a mi mujer y le gustó, pero, claro, dedicarle a tu mujer la historia de un yonqui y un aborto es raro [Risas]. Si voy a escribir libros chungos, será que soy chungo y no tengo a quién dedicárselos. Cuando Rafa de Valdemar me preguntó por la dedicatoria de Ahora intenta dormir, le dije que pusiera «Tu mujer y tus hijos», pero nadie iba a entender eso. Así que puse esta reflexión sobre dedicatorias vacías. Mis niños no tienen quien les quiera, son como los homies de Extraños eones.

En Tras una persiana veneciana muestras un apocalipsis zombi. Aun así, habías jurado no escribir historias de zombis: ¿por qué esa inquina a los no muertos?

El zombi en puridad no pertenece al canon de la literatura de terror, que viene de la gótica: fantasmas, hombres lobo, vampiros… Pero el zombi como tal proviene del cómic y del cine. No hay una tradición de clásicos escritos sobre la figura del zombi, quien dice que Frankenstein es el primer zombi o usa el vudú caribeño para darle un trasfondo mitológico lo está cogiendo por los pelos. Hasta que Stephen King escribe Cell no había habido ningún gran autor tocando el tema, se llegó a decir que Cell era la gran novela americana de zombis. A mí Cell me parece desafortunada, y eso que en general me gusta King. Lo de los zombis es una moda, una vanguardia… Se han hecho grandes libros españoles con los zombis, pero no gracias a esos zombis, sino pese a ellos. Un zombi es una fuerza de la naturaleza: tonto, sucio, muerto, podrido. ¿Qué diferencia hay entre una tromba de agua y una tromba de carne podrida? Yo no trabajo con un monstruo tan tontaina, quiero que mis monstruos tengan personalidad e identidad.

En el cuento Bola de mierda y en tu primera novela, Noche Cerrada, utilizaste la guerra civil española como telón de fondo, pero te encontraste con muchas resistencias. ¿Qué tipo de críticas fueron?

España no ha superado la Guerra Civil. En EE. UU. se ha levantado una historia de miedo en cada fosa común y en cada campo de batalla sin que a nadie le parezca que es frivolizar con la memoria de los muertos o aprovecharse del sufrimiento de las familias… En cambio, cuando se toca la guerra civil española salta muchísima inquina. Quizá porque este país nunca tuvo la Transición que se nos ha vendido, sigue habiendo dos Españas y aún hay gente luchando para que sus muertos no sigan en cunetas. Ojalá en el futuro haya un cambio de verdad y se hagan reformas, como en otros países: es increíble que en España no haya un delito de exaltación del franquismo. Cuando ya no queden ni los nietos de los que hicieron la guerra, igual se sanean algunas cosas y vivimos un boom de la Guerra Civil. Pero ahora mismo me encuentro rechazos que me impiden escribir, por ejemplo, sobre la posguerra, que sería muy interesante…

Con Transcrepuscular, primer tomo de Los ojos bizcos del sol, se ha producido un fenómeno extraño: casi se ha hablado más de las tácticas editoriales (ebook barato y edición premium en papel) que de la novela en sí. ¿Cuál fue la idea tras esos únicos mil ejemplares en papel? 

Llevaba tiempo buscando una forma no ya de viabilizar la escritura como un negocio, sino de poderme pagar los alucinógenos, salvar la dignidad, que no me arroje pérdidas este vicio de la literatura [risas]. Los autores de género estamos jodidos, porque hay como mucho unos pocos miles de lectores dispuestos a priori a prestar atención a un escritor como yo. Pues tal vez esos miles valoren el género de tal manera que están dispuestos a pagar algo más de lo habitual por un buen libro. A lo mejor la solución para los autores como yo, que hacen un tipo de literatura minoritaria, está en escribir para unos pocos pero con mayor margen. Es una idea que me daba miedo plantear a un editor. Pero Alejo Cuervo lo vio claro, él sabía que estaba vendiendo libros de lujo, que había gente comprando ediciones Prestige, que en Subterranean Press habían probado un modelo similar… Charlamos, le dije que Los ojos bizcos del sol serían muchas páginas de texto arriesgado, que tenía que dejarme la piel para darle forma… Él planteó este modelo y yo dije que sí. Si le pedimos a la gente que pague un poco más por los libros, igual dejan de quebrar las editoriales y de desmotivarse los autores hasta abandonar la obra o producirla de uvas a peras. Me pareció buena idea, me respaldaron agencia y editor, y la respuesta ha sido formidable, porque en las cuarenta y ocho primeras horas liquidamos en preventa la tirada más cara. Se han distribuido veinticinco copias por varias provincias y tenemos lectores persiguiéndolas como si fueran Pokémons [Risas]. Las tiradas limitadas, numeradas y firmadas buscan incentivar el coleccionismo, y lo hemos dinamizado más con portadas distintas que se suministran al azar. Me sentí como Jon Nieve levantando la espada en Casa Austera: «¡Guardia de la Noche, lectores, conmigo! Sois pocos, de acuerdo, pero ¿sois valientes?». [Risas]

Algunos fans entendieron el propósito, pero otros se molestaron con la referencia a «exprimir» a los fans que apareció en una entrevista. ¿Cómo viviste esa polémica?

Con la energía que me consume la literatura y tras diez años en activo, hay médicos que me recomiendan que me replantee la forma en que la ejerzo… Además, tengo enfermedades crónicas que no llevan nada bien la privación del sueño, necesaria en mi caso para escribir. Se está complicando que siga escribiendo. Recibo la presión de un profesional y ninguna de sus gratificaciones o posibilidades. Con Transcrepuscular a 32 o 42 euros no estoy diciendo que de repente valga el doble que los demás, sino que si tengo que seguir como hasta ahora prefiero quedarme en casa viendo Bob Esponja. [Risas] Lo de «exprimir al fan», teniendo en cuenta que llevo sintiéndome exprimido por la industria un tiempo, y que los lectores también demandan lo suyo… Yo no le pongo la pistola en la cabeza a nadie para que compre mi libro. Tampoco saco uno todos los años: he estado un tiempo en barbecho, he planteado un recopilatorio de cuentos… Me ha sentado estupendamente y me ha dado espacio para Transcrepuscular, pero, si sale mal esto de Los ojos bizcos del sol, a lo mejor me planteo otro timing. Intento establecer un vínculo simbiótico saludable entre la industria editorial, el público y el autor, conciliar las necesidades de cada uno de los estamentos. Los 42 euros se le piden al incondicional por el numerado y firmado, 32 euros al no tan incondicional… Y el ebook salió por 4,95 euros cuando lo normal hubiera sido el doble: hemos hecho un esfuerzo para mantener el precio bajo en el formato que menos márgenes da. Alejo tenía claro desde el principio que el ebook tenía que ser barato, porque hay gente que no puede pagar los libros. Y a esos lectores también los quiero mucho. Cuando estuve en México, en la Feria de Guadalajara, descubrí que tengo lectores ahí de libros que no se han distribuido, y eso es gracias a la piratería. Pero, ojo, ¿cuánto vale un lector que en nada valora las obras que lee? Si es alguien que no puede pagar porque está con el agua al cuello… Pues nada, ahí tienes el libro, descárgalo. Pero si es un lector que se gasta luego dinero en otras cosas de ocio, siento que considera que el acceso gratuito a tus libros es un derecho. No comulgo con la cultura libre, empecé pensando que podía funcionar un modelo así, pero enseguida me di cuenta de que no es viable. Veremos si esta combinación de ebook barato y ediciones premium en papel funciona: por ahora estamos contentos.

Últimamente, tanto algunos autores como minieditoriales usan Patreon para tener mecenas regulares. ¿Te has planteado algún tipo de mecenazgo?

Me pongo a mirar la lista de mecenas de la mayor parte de intentos con Verkami o Kickstarter y compruebo que son familiares, amigos, compañeros de guerra y de escudería, y la base de fans termina desembolsando menos de lo que debería. Si me pasa algo así, me muero del asco y la vergüenza. Además, el mecenazgo supone que antes de que la obra esté terminada haya que hacer un acto de fe. Prefiero otras vías: por ejemplo, he descubierto que mis incondicionales pueden gastar el doble de pasta de la que se les pedía. A regañadientes y perdiendo algunos en el proceso…

Mientras otros se compran las dos ediciones…

Los hay. Yo tengo miedo de que el acto de fe que supone Patreon («lo escribo si me lo pagáis») no funcione. Aparte, hay por ahí autores que se vanaglorian de haber salido adelante con mecenazgos y cuando ves su campaña de captación de fondos parece que estén mendigando. ¿Pero esto qué es? Yo a mis lectores les pido un esfuerzo económico, pero les doy a cambio un libro que entra por los ojos, bien editado y respaldado por unos avales determinados… Trabajo por anticipado, no por encargo. Un escritor de encargo escribe lo que le pida su agente según lo que busca el mercado, ¿en qué se diferencia eso de un mecenazgo? Si mi base de lectores sigue respondiendo de forma tan intrépida como hasta ahora, a lo mejor en el futuro me planteo abordar algo así, pero de momento no lo veo.

En una entrevista criticaste el worlbuilding de Tolkien, Sapkowski o Sanderson, otra declaración que levantó ampollas… ¿Cómo crees que debería construirse un mundo en libros de fantasía?

Tolkien se basó en la mitología nórdica, Sapkowski en la polaca… La creación del mundo, según Tolkien, fue a partir de la música, algo místico y religioso. Pero yo soy ateo racionalista, incluso cuando cuento una de vampiros explico por qué motivos físicos se esconden en Chernóbil. El fantástico debe mantener un pie en el suelo. Soy ingeniero y creo en la ciencia como lo mejor que ha dado nuestra civilización. Al plantear un worldbuilding me parece interesante intentar una cierta profundidad geobiofísica, plantear el biotopo, el ciclo del nitrógeno, elementos que no se suelen considerar excepto en la ciencia ficción. El fantástico es más escapista, la ciencia ficción se centra en lo conocido y de ahí parte hacia lo desconocido. Ese worldbuilding sí me interesa, porque puedo racionalizarlo todo. En los mundos pseudomedievales el escenario lo construye la historia, las civilizaciones, los mitos, las ciudades con nombres impronunciables… ¡Simplifiquemos! Esa forma de construir mundos desde el humanismo tiende a lo acientífico y ni siquiera es tendencia. Fíjate en Patrick Rothfuss: me encanta su forma de definir la magia de su mundo según la termodinámica y principios físicos. Este racionalismo hace que el lector intuya un funcionamiento lógico de la magia, le permite asir lo impredecible. Su inmersión es mucho más intuitiva. Los lectores tienen claras las bases de la ciencia. Si defino una órbita planetaria y unos ciclos de luz, todo lo demás vendrá dado a partir de ahí. El planeta no rota: Transcrepuscular es el cinturón, Antisolar es la cara oculta helada donde nunca llega el sol y Subsolar es el horno, el desierto del mediodía. Acabo de hacer un viaje a lo National Geographic por un mundo fantástico. A mí ese worldbuilding me parecía más interesante que sacar de una troupe de gitanos a un Harry Potter universitario, volviendo a Rothfuss. [Risas] Un worldbuilding mítico es colorido, pero ¿qué profundidad formal tiene? Si el mundo viene de la música, ¿qué otra locura hará falta para explicar el origen de los animales? Eso hacía Lovecraft con sus panteones: una cosmogonía teológica, mágica, mística, religiosa. ¡No me interesa! Yo siempre he tenido un pie puesto en la ciencia, y me interesaba volver racional el wordbuilding en la espada y brujería.

Por un lado Transcrepuscular es bastante lisérgica, mientras que por el otro tiene elementos argumentales tradicionales de la space opera o el sword and planet. ¿Por qué esa combinación de extrañeza y familiaridad?

Por uno de mis gritos de guerra: «Lo más crudo del realismo, lo más enfebrecido y demencial del fantástico». En química de laboratorio dos antagónicos se pueden anular estropeando la reacción… Pero también se hacen así los explosivos. Separar la fantasía y la ciencia ficción con barreras artificiales es un error de concepto. El fantástico no debería tener ningún tipo de límites: si acaso, las cuestiones lógicas y científicas mínimas para que no sea una locura. ¿Por qué mantener la tecnología en la ciencia ficción como viga principal y agarrarse a la religión en el fantástico, y servirlo separado? El sword and planet como subgénero está desguarnecido y no se ha explotado demasiado bien. En Transcrepuscular me apetecía añadirle elementos tecnológicos y científicos, resortes propios del Japón o la China feudales… Esa combinación no es usual, y me permite llevar al lector a un lugar donde no haya estado nunca. Además, me apetecía explorar qué pasaría si salimos de este mundo y logramos infectar con nuestra plaga otros biotopos remotos: será mucho peor que lo que nos espera si colapsamos aquí solos. En la solapa de Cenital decía que iba a ser mi primera y última novela, porque no pensaba que el futuro diera para mucho más. Ahora creo que puede ser incluso peor si sobrevivimos, por lo que nos espera ahí fuera.

Has publicado en varias editoriales, sobre todo en Salto de Página, Valdemar y Gigamesh. ¿Cómo te has sentido en cada una de ellas?

En Salto de Página me veía rodeado de lectores gafapastas, culturetas, gente que venía del realismo, del costumbrismo… Me publicaban a mí y después a un autor de dramas suburbanos sobre la crisis de los cuarenta. Estaba fuera del frikimundo, cuando iba a los bolos del fandom me sentía un outsider, un infiltrado. Cuando fui a Valdemar me di cuenta de que vende más literatura de género que las editoriales grandes. Ahí es donde tenía que estar, con los que editan los libros que pueblan mis estanterías. ¿No es cojonudo estar en mi hábitat natural? Volveré a hacer cosas con ellos, porque siempre me sentiré como en casa y con Rafael Díaz Santander tengo una relación estupenda… Pero no quería apalancarme ahí sin más. Tenía que ir a un sello que fuera no ya intrépido, sino territorio comanche. Y ahí estaba Gigamesh. Alejo era un incondicional de mis libros, así que un día me dijo que teníamos que hacer algo juntos. Le propuse una dragonada y aceptó… No hay ningún autor español que haya estado en Valdemar y Gigamesh. Otros españoles habían estado en Gigamesh, como Rafael Marín, pero él no pondría un pie en Valdemar. Estos cambios de registro son míos, porque probablemente esté zumbado. [Risas]

Has mencionado antes a Bukowski y Capote como referentes. ¿Qué otros tienes, dentro o fuera del género?

Me han influenciado especialmente Lovecraft, Michael Ende, Jack Vance, J. G. Ballard, John Brunner, Stephen Reeder Donaldson, Ursula K. Le Guin… Pero al final me quedo con libros concretos, no con toda su bibliografía. A veces pienso que lo que me puso a escribir fue El espejo en el espejo, de Michael Ende. Y a veces pienso que fueron poemas de Lovecraft. Me marcó La carretera de Cormac McCarthy, y es un premio Pulitzer, pero también novelas alucinantes que pasan desapercibidas, como la de José Miguel Vilar-Bou, Los navegantes, que no editaría más de mil copias. Pero luego lees la obra completa de cualquiera de estos autores y te decepciona. Me fijo más en la bala que en el francotirador. Y yo mismo suelo ser en mis libros no ya irregular, sino impredecible… Cuando un autor se encasilla me aburro, y cuando cambia no me sitúo: soy un culo de mal asiento hasta para leer.

¿Cómo fue tu experiencia como socio de la extinta asociación de escritores de terror Nocte?

Me involucré mucho al principio, gracias al empuje de gente como David Jasó y Juan Laguna. Pero la cosa duró poco, porque «asociación de escritores» es un oxímoron; escribimos solos, no en grupo. Yo quería plantearlo como la International Horror Guild, y que el premio Nocte fuera el Stoker en castellano. Y quería restringir las condiciones de acceso para exigir a los miembros que hubieran publicado más de una novela dentro del género… Empecé a tener diferencias con la evolución del grupo y me acabé desmarcando. Poco después el grupo se desbandó. Fue una pena… Pero, en fin,  tengo dos premios Nocte en casa y los tengo a la vista, no como otros que los esconden. De los cien que llegamos a ser han aguantado el tirón muy pocos, el tamaño del mercado nos tenía muy lastrados. Tampoco tengo tiempo físico para vivir, gestionar mi obra, escribir y encima participar en actividades con mis homólogos.

Últimamente hay un cierto boom de nuevos autores de género en España: Ismael Martínez Biurrun, Guillem López, Jesús Cañadas, tú mismo y otros… ¿Qué te parece que se os agrupe?

Con Ismael he compartido trayectoria: Salto de Página, Valdemar… Y una relación personal con diez años de rodaje: somos amigos y nos contamos la vida. Guillem es de mi ciudad y nos llevamos bien, pero solo le he visto tres veces. Él ha conseguido en un año cosas que antes requerían muchos, va muy rápido y bien. Pero si hablamos de grupos… Ismael es más estático que yo, es más de precisar y atacar siempre un flanco; profundiza y es más introspectivo e intimista. Y Guillem se ha vuelto muy experimental, abordando por ejemplo el transhumanismo… Siempre me he sentido muy solo, incluso como lector. Con cada libro que saco me buscan una generación, me agrupan con unos u otros autores. Pero es difícil saber a qué grupo literario perteneces cuando tienes la virtud de encabronar a todo el mundo.


Todos los Santos: trucos para un buen trato

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El cuervo, 1963. Imagen: Alta Vista Productions.

Como mujer y creyente, estoy preocupada por la decisión del Vaticano acerca de la incineración de nuestros seres queridos. El Santo Oficio ha aprovechado unas fechas muy sensibles, las vísperas de Todos los Santos y Todos los Difuntos, para mandar esta Instrucción a las familias católicas. Desde Roma esperan que no caiga en saco roto, como otras tantas recomendaciones que los fieles no solo no observamos, sino que encontramos un perverso placer en contravenir y ridiculizar. Por ejemplo, esa triste reacción de la sociedad española cada vez que alguno de los delicados representantes de la Conferencia Episcopal expresa sus inspiradas ocurrencias, como lo haría cualquier tuitero famoso.

Pero también me considero un poco progresista, y aunque esto por desgracia me ha llevado a tener más de un conflicto con mi director espiritual, me niego a pensar que esta decisión haya sido motivada por asuntos crematísticos. Digo no a que la Iglesia se haya visto forzada a decirnos a los católicos que volvamos al entierro tradicional porque no genera el mismo volumen de ingresos que antes. Que los cementerios de mascotas son respetables y la Iglesia bendice a las bestias y esta lucrativa demostración de cariño, pero no es igual. Con prácticas como estas se empieza a perder la perspectiva, y la sociedad inicia una peligrosa deriva hacia el panteísmo y conceptos muy cercanos al sacrilegio. Estoy segura de que el Santo Padre ha aprobado la nueva Instrucción ofendido por la experiencia. En sus viajes por países raros, habrá tenido que ver esos columbarios blasfemos contra la teología y el libre comercio, instalaciones que parecen vulgares taquillas de gimnasio unisex. Eso por no hablar de algunos objetos que hemos contemplado en domicilios particulares de gente muy librepensadora, tales como recipientes no homologados para las cenizas, relicarios paganos y altares de cine para los fallecidos.

Para homenajear a los difuntos, he confeccionado una lista de recomendaciones culturales que creo pueden combinar perfectamente el respeto por las tradiciones, y también, por qué no, seguir siendo moderna (y femenina, me apunta el padre confesor).

Los muertos no se tocan, nene

El día de las ánimas ha inspirado obras muy valiosas para la literatura española, e incluso hay artistas que pasaron sus días como verdaderas almas en pena. El Romanticismo nos dejó varios ejemplos de alguno de estos penurias. Gustavo Adolfo Bécquer debe su obra a una vida desdichada, llena de reveses económicos, hambre, desengaños amorosos y enfermedad, en paralelo a la de su hermano, el pintor e ilustrador Valeriano Domínguez Bécquer. Los dos murieron el mismo año, con meses de diferencia, a causa de la tuberculosis. Las Rimas y Leyendas son un monumento del sevillano al folclore nacional sobre lo lúgubre y la dualidad amor- muerte. Acerca de las tiras cómicas Los Borbones en pelota, atribuidas a los Bécquer, no me voy a pronunciar en este artículo.

Carolina Coronado dejó una obra muy extensa en poesía, teatro, novela y artículos periodísticos. Fue una figura importante de la literatura y la vida social del siglo XIX, pero por su sexo nunca obtuvo el reconocimiento que merecía. Revolucionaria y abolicionista, podemos achacar estas desviaciones del pensamiento a que desde niña tuvo visiones, sufría de catalepsia y a punto estuvo de ser enterrada viva tras un primer ataque. Este pánico la acompañó siempre y motivó que su familia también fuese objeto de sus cuidados. Su hija mayor falleció muy joven y la madre ordenó embalsar el cuerpo y a continuación guardarlo en el compartimento secreto de un convento. Cuando murió su marido, su cuerpo permaneció conservado en el palacio de Mitra (Lisboa), hasta la muerte de Coronado. Fue entonces cuando los dos fueron enterrados en Badajoz (no sin antes permanecer un mes corpore in sepulto). A falta de una edición completa de sus obras, recomiendo algunas novelas muy piadosas, como La exclaustrada, Vanidad de vanidades y La rueda de la desgracia.

En el siglo XVIII, el coronel y escritor José Cadalso representó como ningún otro autor el ideal romántico a la española. Aparte de sus viajes, batallas y condenas al destierro, que fueron provocadas por la publicación de obras satíricas (sin duda, producto del pecado de vanidad), me interesa para este grupo de desventurados su historia de amor con la actriz María Ignacia Ibáñez. Gaditana, como Cadalso, era una mujer ilustrada (es decir, afrancesada) que actuaba en los teatros de Madrid. Durante 1770, los amantes hicieron promesa de matrimonio, pero el Ejército prohibía las bodas con artistas. Mientras Cadalso intentaba una recomendación de arriba para saltarse la norma, «Filis», como la llamaba en sus versos, murió de fiebres tifoideas. Fue enterrada en una capilla de la iglesia de San Sebastián, consagrada a los cómicos. Aquí empieza la leyenda. Dicen que Cadalso llegó a la iglesia de noche, y procedió a levantar la lápida. El pobre don José abrazó a la novia cadáver, siendo detenido por los militares cuando se la llevaba en brazos por la calle Atocha. Parece que esta historia fue avivada tiempo después por autores como Ramón Gómez de la Serna (por cierto, sobrino de Carolina Coronado), al descubrir la obra de Cadalso Las noches lúgubres (1798), sobre un desgraciado que ha perdido en poco tiempo a varios familiares y está intentando convencer al sepulturero del satánico propósito de exhumar el cadáver de su mujer, llevárselo a casa, suicidarse y prenderle fuego a la casa. De obligada lectura en el día de las ánimas, para escarmiento de pecadores, más incluso que el Don Juan de Zorrilla.

Un poquito más recientes en el tiempo tenemos otras Noches lúgubres. Son las que firmó Alfonso Sastre en 1964, el grupo de relatos de terror del dramaturgo que ha abordado en varias de sus obras los temas sobrenaturales (La taberna fantástica, Necrópolis, Demasiado tarde para Filoctetes…). El género de terror es usado con un claro mensaje político por el señor Sastre, lo cual ha sido motivo de graves discusiones en el club de lectura de la parroquia, incluso con apercibimiento de expulsión, pero yo siempre opino que el valor literario debe ser apreciado por encima de ideas totalitarias y espectacularización populista. De las tres partes de que constan Las noches lúgubres, traigo la primera, subtitulada «Las Ventas del Espíritu Santo». Los suburbios de la ciudad, chatarreros, vagabundos, negocios muy dudosos y tabernas inmundas se mezclan en este cuento sobre vampiras de provincias y vampiros exiliados. Siempre los pobres y sus circunstancias. Es una obra maestra, compañeros y comp… digo, hermanos y hermanas.

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Vincent Price, Basil Rathbone, Boris Karloff, y Peter Lorre en La comedia de los terrores, 1963. Imagen: American International Pictures.

La literatura actual tiene también distinguidos ejemplos. Pilar Pedraza continúa su carrera en el campo de lo oscuro y la maravilla, con libros tan fascinantes como Lucifer Circus o los relatos de Arcano 13 (Valdemar 2012 y 2000). En la misma editorial, Emilio Bueso publicó en 2015 una gran colección de cuentos de terror, Ahora intenta dormir, donde la actualidad se muestra desde una terrible perspectiva. Esperando su próxima novela, recomiendo otras incursiones suyas en el género, como la vampírica Diástole (Salto de Página, 2012). En tiempos aberrantes como este, escribir sobre el miedo parece ser la postura más acertada…, eso siempre, claro está, desde una opinión muy atea, liberal y casi diría antiespañola, que yo, por supuesto, no comparto.

Entre los clásicos de la literatura extranjera, no me resisto a incluir algunos relatos fabulosos que considero muy adecuados para leer a los niños y las niñas en estos días. Por ejemplo, Vi, del maestro Nicolai Gógol, historia de brujas, seminaristas y monstruos, pero sobre todo, acerca del miedo (Ed. Nórdica, 2009). La escritora norteamericana Joyce Carol Oates ha dedicado una parte de su prolífica obra al género: he escogido la nouvelle El primer amor, un cuento gótico (Edhasa, 1998), porque fue el primer libro que leí de Oates y por su tenebrosa admonición contra los falsos profetas. Para concluir, destacaré las historias de terror adolescente de Mariana Enríquez, en Cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016).

Pantalla Infernal

Verán, es que las proyecciones en la parroquia fueron canceladas hace hoy diez años. Mira que lo hice con muy buena intención, para que los ancianitos vieran por fin una película española, pero de las buenas, con reparto de primera categoría y además, sobre asuntos muy graves que competen a la Iglesia, pero a la media hora de haber comenzado Memorias del ángel caído (Fernando Cámara y David Alonso, 1997), el párroco, que estaba aplicando los santos óleos en un domicilio particular, entró precipitadamente en el club de cine y ordenó detener la proyección (no es por malmeter, pero estoy segura de que el sacristán, que siempre peca de envidia, fue quien se lo chivó por SMS), alegando no sé qué de atentados contra la salud pública y acusándome de querer matar a los abuelos. ¡Si solo estábamos fumando!

Total, que esta es una breve lista de películas para Todos los Santos. Pero eso sí, solo para mayores con reparos (la tercera), o algunas, aviso, gravemente peligrosas (la cuarta):

1) La muerte viaja demasiado (Claude Autant-Lara, José María Forqué y Giancarlo Zagni, 1965)

Tres episodios a cargo de tres directores europeos, en una muy singular comedia negra. «El ciempiés», «La corneja» y «Miss Wilma» son historias ejemplarizantes sobre la irrupción de la muerte en la vida cotidiana, sobre todo la de Forqué, ambientada en un carromato de circo, con Enma Penella, José Luis López Vázquez, un payaso asesino y la presencia del célebre faquir Daja-Tarto.

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2) La muchacha del sendero (Nicholas Gessner, 1976)

Después de pasar inadvertida mucho tiempo, se ha convertido en un clásico esta película con niña inquietante (Jodie Foster), depredadores de niñas (Martin Sheen) y un oscuro secreto escondido en el sótano de una casa familiar. Inspirada en la novela de Laird Konig, un autor de género poco reconocido.

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3) El carruaje fantasma (Victor Sjöström, 1921)

Si hay alguna película que se puede poner con toda garantía el número uno de cualquier lista sobre el cine y la muerte, es esta. Como un wéstern gótico del norte de Europa, cuenta la terrible historia de un alcohólico maltratador, cuyas fechorías se mezclan con una mujer muy piadosa que intenta salvar sus pecados, y la leyenda de una carreta y su conductor fantasma, que recoge las almas de los muertos. Como curiosidad, la famosa escena del hacha en la puerta de El resplandor, está copiada de esta.

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4) Parents (Bob Balaban, 1989)

Aparentemente se trata de un retrato feliz y optimista, ambientado en los años cincuenta, con el color y el ambiente propios de esa época. El niño protagonista se acaba de mudar a una nueva casa con sus papás (Randy Quaid y Mary Beth Orton), y cada vez le sienta peor el régimen de las comidas. Además, sufre horribles pesadillas en las que ve a sus progenitores entregándose a ritos abominables… Un festín satírico, con caníbales de clase media y experimentos químicos del gobierno.

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5) El hundimiento de la Casa Usher (Jean Epstein, 1928)

La primera adaptación del relato de E. A. Poe (eso sí, muy libremente) para el cine es de una belleza sobrenatural. Guion de Buñuel y Epstein, las imágenes profundizan en la pesadilla y los recursos del surrealismo para contar la historia de una debacle moral y amorosa, con la presencia de las grandes estrellas del cine francés, el matrimonio Margarita y Abel Gance.

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6) En la boca del miedo (John Carpenter, 1994)

Un retrato lúcido de la locura, la creación literaria y el fin de los tiempos. Los fotogramas se retuercen para enseñar al espectador el caos de la mente del protagonista, un trama mitad Stephen King, mitad cosmología de H. P. Lovecraft. La caída en un universo que no distingue realidad de ficción y la consecución del mal en su forma más perversa.

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7) La comedia de los terrores (Jacques Tourner, 1963).

Es tan maravilloso ver a Vincent Price, Peter Lorre, Boris Karloff y Basil Rathbone, que cualquier motivo que les hubiese unido serviría, pero esta película del maestro Tourner es una pirueta de estilo y un absoluto must en la historia del cine. Con guion de Richard Matheson, los que fueron las más grandes leyendas de un estilo encorsetado en la figura del monstruo aquí se entregaban a una parodia cínica y muy atrevida de sus personajes, apareciendo como vulgares seres humanos que tienen que sobrevivir sin poderes de ultratumba.

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Hollywins??

Pues estábamos en el Rodilla chateando sobre el disfraz que iba a llevar la criatura para la fiesta de Jalogüins, ¿sabes? cuando hemos recibido un guasap de la profesora, que ponía una noticia sobre no sé qué de la Iglesia, que había que abrir un enlace que te mandaba a una página… un lío de esos… bueno, que ya en casa lo ha visto tu hermano en la tele y me lo ha explicado. Resulta que el papa ha dicho que no se pueden tener en casa las cenizas y que si las hemos echado al mar, como hicisteis vosotros con la tía vuestra, la que vivía sola, pues eso ya no vale. O sea que no es legal. Ya… No, sí sola, no, yo quería decir que como no se casó al final, ya, pero, oye que sí, que cada una… Que yo lo que quería es a ver qué hacemos ahora. ¿Eh? ¿Oye? No te oigo. Yo lo digo por lo del colegio del niño. ¿Eh? Sí. Verás que te explico. ¿Qué? Ay, no te entiendo, no te oigo. Bueno, mira, que la tumba de tu padre pues podría valer para el mío, sabes, que no habrá problemas para enterrarle allí, ¿no? Que tu hermano dice que no, que ahí puede caber mucha gente. Es que no veas cómo está eso de los entierros, que una tumba cuesta un ojo de la cara… ¿El qué? Ah, ya, ¡el recibo! lo venimos pagando, pero resulta que no tenemos terreno… Pero yo digo de tumba, tumba, porque a mi padre, la verdad, pensábamos en lo de la cremación, ¿no?, que es más rápido y económico y mi madre se podía quedar con los restos en casa. Hay unas urnas preciosas que venden por internet que, bueno, parecen jarrones chinos, una cosa muy bonita. Pero claro, ahora, la pobre está un poco asustada, ¿sabes? a ver si por no enterrarle vamos a tener un problema. ¿Qué? No, bueno, problema… no. Ya, es que no entiendo eso, que no te oigo bien. Es que yo quería decir que mi madre, ya sabes, bueno, tú no, que no vienes nunca, pero, ¿eh? ella va a misa, la pobre, sabes y todo eso. Nosotros no, salvo por lo del niño, pero respetamos. Es que hay que respetar las creencias. Bueno, que lo que quería decir es que yo quería que la tumba esa… pues fuese familiar, porque somos familia, al fin y al cabo. Ya, no. No, eso no sé, pero tu hermano me ha dicho que sí, o sea que sí. ¿Mi padre? ¡Pues claro que no se ha muerto!, qué cosas tienes, yo hablaba, pues en un futuro, por lo que pueda pasar. Ya. No, no, yo no sé nada de eso que dices. ¿Apocalipsis y no sé qué niño muerto? No te entiendo. No, que no oigo. ¿Qué? Ah, el trajecito. Sí, pues la verdad es que, hemos tenido muchas discusiones con el niño, ahí negociando, porque él quería uno de no sé qué, pero, claro, es que no entiende que para la fiesta del colegio no podía ser, porque allí celebran lo de jolygüins y entonces, no veas qué problema, porque claro, los disfraces de santo son muy pocos y para no coincidir, mira…. Como todos iban de san José, pues yo he arreglado el hábito de cartujo con el que hizo tu hermano la comunión, que es mucho más bonito, pero el niño, en fin, pues no le gusta. ¿Qué? ¿Uno de qué? Sí, mi padre se llama Sebastián, como su abuelo. Ah, san Sebastián. Ya. Sí, no. Uy, eso no sé lo que es, aquí es que celebramos los cumpleaños, ¿sabes? Ya, no sé nada de esa historia. Ya, oye, es que no te escucho. ¿Qué? ¡Pero como voy a llevar al niño en calzoncillos y con unas flechas clavadas! ¡Vamos! ¡Ni que fuera el día del Domund!

Y yo que siempre he querido vestirme de santa María Egipciaca…

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El péndulo de la muerte, 1961. Imagen: Alta Vista Productions.


La sombra más allá de Lovecraft

Lovecraft
Fotografía: Eric Kilby (CC).

Es preciso que alguien escriba estas líneas. No nos queda mucho tiempo. Se multiplican señales por el mundo como pústulas sobre un cuerpo enfermo. La luna se tiñó de rojo y sin duda es el preludio a la alineación de los astros en el orden correcto. Desde hace ocho décadas Lovecraft y su legado han estado advirtiéndolo. Disfrazándolo de ficción para no ser tomados por locos, pero ¿no es la mayor locura pensar que la existencia del ser humano tiene algún sentido y propósito ante la inmensidad salvaje y lóbrega del cosmos? Terrores incognoscibles que en un universo ordenado no deberían existir aguardan su momento. Pero en el universo no hay orden, no hay Dios ni moral y las leyes físicas que apenas conseguimos atisbar no son sino frágiles velos que aguantan en pie porque los primigenios no han querido todavía rasgar. Somos polvo muerto a la espera de que poderes inefables nos barra por capricho, si acaso una emoción tan humana como esa fuera achacable a Azathoth y su corte en el caos primordial. El momento se acerca, las señales están claras y alguien debe intentar desentrañarlas aun a costa de su cordura. Porque no está muerto lo que puede yacer eternamente, y la influencia de las revelaciones de Lovecraft y su círculo están más vivas que nunca.

En la literatura

Desde la irrupción de Lovecraft no hay prácticamente obra en la literatura de terror que no beba de alguna de sus ideas o las de Poe, el otro gran abuelo del horror moderno. El miedo se construye alrededor de lo desconocido y extraño, y no hay nada más ajeno que ese cosmos en el que no tenemos papel ninguno y tratamos de adaptar a nuestros conceptos morales de bien y mal. Si bien su aportación más importante es el horror cósmico, la soledad y la insignificancia humana en un universo caótico y sin moral, azaroso y hostil, carente de significado y angustiosamente ajeno a nuestras cavilaciones, en sus cuentos primerizos Lovecraft recurría a los clásicos macabros encuentros con cadáveres, monstruos, brujos o espíritus.

Hay algo de Lovecraft en esas realidades subyacentes a la nuestra que describe Clive Barker. Y hay mucho en la obra del más grande escritor contemporáneo del género, Stephen King. La corrupción de toda una comunidad bajo el influjo de un monstruo indefinible en It, las criaturas ciclópeas y tentaculadas de otra dimensión en La niebla, ese señor Gaunt de La tienda que bien podría ser una máscara de Nyarlathotep, el homenaje directo con libro de saberes prohibidos incluido en Los misterios del gusano.

El que llamaban el secreto mejor guardado de la literatura de terror, Thomas Ligotti, quizá sea el máximo exponente de la tradición lovecraftiana. Ya no tanto en lo meramente literario, sino en lo filosófico. Si había un paso más allá en lo fútil del ser humano, en el error de existir por nada y para nada, en el nihilismo y pesimismo más exacerbado, lo ha dado él.

La sombra del caballero de Providence se extiende incluso sobre la literatura fantástica y humorística de Terry Pratchett en las criaturas amorfas de sus Dimensiones Mazmorra, siempre a la espera de devorar la vida del Mundodisco. Ni Borges, en principio reacio a su literatura, a la que acusó de parodia de Poe, pudo resistirse a seguir su estilo en There are more things.

En la literatura española

Y como vemos no solo cubre la literatura anglosajona. Rafael Llopis fue el primero en popularizar su obra en España y crear aquí algún cuento a la manera lovecraftiana. Hoy es una legión de dementes adoradores de Cthulhu la que se ocupa de mantener viva y renovada esa tradición en nuestro país, pero destacan Jesús Cañadas, Emilio Bueso y Daniel Ausente. En Los nombres muertos Cañadas convierte al propio Lovecraft, con la compañía de Frank Belknap Long, Robert E. Howard y Sonia H. Greene en los protagonistas de una historia narrada en excelente tono pulp sobre la búsqueda del Necronomicón. Emilio Bueso traslada los Mitos de Cthulhu a la actualidad, con un estilo que es la vez contemporáneo y homenaje al de Providence, por extraño que resulte, entrecruzando las trágicas vidas de un grupo de niños abandonados de las calles de El Cairo con una pareja de Barcelona y la amenaza de la destrucción absoluta del mundo a manos (o seudópodos) de Azathoth en Extraños Eones, quizá la mejor reelaboración de los Mitos que ha dado nuestro tiempo. Daniel Ausente, por su parte, con Mataré a vuestros muertos, construye un fenomenal artefacto que oscila entre el horror cósmico, la literatura pulp y el cine quinqui. Arquetipos de la Barcelona más marginal del Barrio Chino contra horrores innombrables. Algunos capítulos de su libro, especialmente los dedicados a los animales «totémicos» de la ciudad funcionarían perfectamente como relatos independientes, sin perder ritmo con la historia. En concreto el capítulo «Lo que cuentas las ratas» podría y debería ser incluido como cuento en cualquier antología de lo mejor del género lovecraftiano.

En el cine y la televisión

Lovecraft
Fotografía: Travis Isaacs (CC).

Dejemos de lado las olvidables películas basadas directamente en las obras de Lovecraft, salvando quizá, por cariño, tanto Re-Animator como aquella Dagón, la secta del mar que fue el último trabajo de Francisco Rabal y que tenía el acierto de trasladar la acción de la lovecraftiana Nueva Inglaterra a Galicia, y el hallazgo de convertir el corrompido pueblo de Innsmouth en un tan carpetovetónico como acertado Inboca.

No hablemos de adaptaciones, sino de influencias. Además de la presencia del Necronomicón en la trilogía Posesión infernal de Sam Raimi, las más evidentes las encontramos en John Carpenter, por dos veces. Una de las películas quizá más terroríficas de la historia del cine, La cosa, debe tanto a El enigma de otro mundo como al relato o novela corta Las montañas de la locura. Un grupo de científicos en el vacío y aislamiento de la Antártida enfrentados a un horror ajeno, antiguo, ominoso, informe y casi omnipotente. Y más tarde En la boca del miedo, mala traducción del original In the mouth of madness que hace referencia clara también al de At the mountains of madness. De nuevo horrores informes, esta vez a la espera de que un escritor abra las puertas a nuestro mundo para desatar la locura y la ruptura de la realidad tal y como la conocemos.

Cabe destacar, como curiosidad, un sorprendente filme del sub-subgénero found fotage (tan querido en el terror) titulado The borderlands. Lo que empieza en apariencia como típica historia de una iglesia tal vez encantada o poseída por fuerzas demoníacas termina con uno de esos giros sorprendentes que aquí no es forzado ni tópico, sino valiente y efectivo, y se aleja de las típicas posesiones infernales o cuentos de fantasmas para descubrirnos un fondo lovecraftiano, o más bien influido por Robert E. Howard, amigo y parte de su círculo. Quienes hayan leído relatos como Los gusanos de la tierra lo verán claro.

Y True Detective, claro. La primera temporada, olvidemos la segunda. Precisamente gran parte de la fuerza que mostraba aquella primera temporada se debía al elemento vagamente y nunca confirmado elemento sobrenatural que remite, si no a Lovecraft en puridad, sí a elementos creados por Robert W. Chambers e incluidos en su mitología: el Rey Amarillo y Carcosa.

En la música

Podría decirse que en el mundo del metal hay todo un subgénero dedicado casi en exclusiva a Lovecraft, hasta en el nombre de los grupos. No hay estilo musical más interesado en la literatura oscura y el arte macabro que este. El grupo de metal alemán Rage, sin ir más lejos, dispone en su catálogo de canciones con algunos ejemplos, y destaca «In a Nameless Time», cuya letra reescribe el relato «La sombra más allá del tiempo». Los ejemplos son interminables y darían para artículo propio, subgénero por subgénero. ¿Queremos doom metal? Pues aquí está «Supercoven», la invocación a Yog-Sothoth de Electric Wizard. Y así hasta el infinito o el trono de los Dioses Exteriores en el centro del universo. Pero de mayor importancia por su colosal proyección como una de las más grandes bandas de metal de todos los tiempos tenemos a Metallica y dos canciones concretas: «The Call of Ktulu», una instrumental cuyo título lo dice todo, y «The Thing That Should Not Be», incluida en ese non plus ultra y cumbre del género metálico que es el Master of Puppets. Nuestro amado y nunca olvidado Cliff Burton era admirador de la obra de Lovecraft, e influyó en James Hetfield a la hora de escribir una canción que nos habla del relato «La sombra sobre Innsmouth».

Y como no solo en la pura música influye el hombre, un dato: en la portada del Live after death de Iron Maiden podemos ver una lápida inscrita con los más famosos versos del Necronomicón: «That is not dead which can eternal lie / And with strange aeons even death may die».

En los juegos

Sobre una mesa y con unos dados todo empezó con el juego de rol La llamada de Cthulhu, creado por Sandy Petersen. Son incontables como las máscaras de Nyarlathotep los juegos posteriores, pero destacan El rastro de Cthulhu (con un componente mayor de investigación en la mecánica) en el rol y Arkham Horror y sus variantes y ampliaciones en los juegos de tablero. Estupendos para pasar una larga tarde con los colegas ofreciéndose como víctimas propiciatorias a los primigenios en un intento por salvar al mundo que rara vez termina en victoria. Ese es el espíritu, y es una muestra de respeto a las historias originales, en las que los protagonistas de las historias cthuloides terminan muertos, corrompidos, dementes, o algo peor.

Existen experiencias aún más inmersivas en la lucha contra la locura y el horror: la aventura en vivo. Varias empresas organizan juegos en vivo similares a las famosas supervivencias zombi, aunque con ambientación lovecraftiana e historias de fondo más trabajadas. Entre las recientes iniciativas destaca en España Pueblo Maldito, donde decenas de jugadores pasan toda una noche en un pueblo interactuando con el ambiente y los actores, encontrando pistas y resolviendo pistas para frustrar los planes de la Orden Esotérica de Dagon. Una experiencia imprescindible si uno desea llevar el juego más allá de la mesa. 

Frente a una pantalla, quizá el inicio de la popularidad está en el Alone in the dark de Infogrames. Luego llegarían homenajes directos como Shadow of the comet o Call of Cthulhu: Dark Corners of the Earth. Y cientos de referencias tangenciales: ¿no es esa efigie que provoca locura, mutación y muerte en las distintas entregas del moderno Dead Space una clara muestra?

En el cómic

Lovecraft
Fotografía: Eric Kilby (CC).

Conan. Así, a la brava. Un personaje creado en la literatura por Robert E. Howard, miembro del círculo de Lovecraft. Antiguas civilizaciones en un tiempo olvidado, dioses monstruosos de morfología tentacular y alienígena. Adaptaciones de muchos de sus relatos por Richard Corben, Alberto Breccia y quien quieran imaginar. Los Siete Dioses del Caos en Hellboy, de Mike Mignola, de evidente inspiración lovecraftiana. Hans Rodionoff, Keith Giffen y Enrique Breccia narrándonos en el cómic Lovecraft la gran verdad: que nada de esto es ficción y que el escritor tuvo contacto con los horrores que escribió, y enloqueció y murió por ellos. Todo empieza a encajar.

En el sexo

Lo cierto es que en la obra de Lovecraft el amor no existe: si somos hormigas a la espera de que una lupa azarosa nos fría sin remordimiento, no hay fuerza humana conocida, ni fe ni amor, que tenga la menor importancia. Y el sexo tampoco. O apenas. El sexo solo aparece como herramienta de corrupción para traer al mundo engendros híbridos desde los vientres humanos. No sorprende entonces que la mejor aproximación que Alan Moore haya concebido (mediante el cómic) en los Mitos de Cthulhu gire en torno al sexo perverso y enfermizo. En The Courtyard y Neonomicón desarrolla un argumento casi psicoanalítico en torno a lo que lo que Lovecraft no mostró pero puede subyacer en su obra.

Menos trascendente y más en lo de romper a follar tenemos en Japón cierto tipo de hentai que incide furiosamente en los monstruos con cientos de pollas tentaculares, claro. Y hasta juguetes sexuales siguiendo el concepto.

En la ciencia

¿Qué demenciales e insensatos horrores habrá descubierto la sonda New Horizons en el planeta Yuggoth, mal llamado Plutón por nosotros, los insignificantes humanos? Si queremos conservar la cordura es mejor que nunca lo sepamos.

En la política

«Cthulhu for president: why chose the lesser evil?». Es imposible saber cuántas veces hemos visto estos carteles cada vez que unas elecciones se aproximan. Cthulhu presidente, y equivoquémonos a lo grande. Al menos tenemos la certeza de que sería el único en cumplir a rajatabla sus promesas electorales: devorar a la humanidad y destruir el mundo.

Y una reflexión inquietante: ¿acaso el Mercado no será, más que un entre abstracto e incomprensible, un verdadero primigenio? Un sultán idiota que roe y babea y ruge en el centro del caos primordial, adorado por sectarios dementes y amorales surgidos de las más lóbregas estancias de la escuela económica austríaca y de la de Chicago para ofrecerle nuestras vidas en sacrificio. Cthulhu, Subb-Niggurath, Azathoth, Yog-Sothoth, Mercado… Entes primordiales devorando una existencia sin razón. ¿Y no esconderá el casquete capilar de Donald Trump un cerebro injertado de mi-go, hongo de Yuggoth, presto a despertar a los primigenios y los antiguos?

Me llamarán loco, pero las señales están claras. El momento se acerca y ya apenas nos queda tiempo. Estrépitos de succión babosa corroen mi puerta. Es demasiado tarde y no podré cerrar estas líneas. ¡ESTÁN ENTR…


Editar en tiempos revueltos: Valdemar

Valdemar para JD 0

Cualquier aficionado a la lectura que haya pasado los últimos treinta años apilando libros, e incluso en ocasiones leyéndolos, tarde o temprano habrá terminado con un Valdemar entre las manos. Libros bien confeccionados, bien traducidos, bien editados. Un antídoto contra la epidemia de la piratería digital. Una editorial singular que con mayor o menor éxito sigue dando guerra y presentando colecciones que a nadie más, ya sea en su sano juicio ya sea recién escapado de una casa de orates, se le ocurriría sacar a la venta. Vaqueros y aspirantes a papa; el color que llegó del espacio exterior y la magdalena proustiana; el tarado de Schopenhauer y los hombres topo, que quieren tus ojos… Todo cabe, y así debe ser. Siempre con cuidado, sin embargo, de no traspasar los límites académicos y volverse respetables. Conversamos con Rafael Díaz Santander y Juan Luis González Caballero, editores de Valdemar, Marta Lila Murillo, traductora, y Jesús Palacios, escritor y crítico, sobre estas y otras cuestiones. Cuestiones que esperemos nadie sea capaz de resolver jamás.

¿Veinticuántos años lleváis ya?

Rafael Díaz Santander: En realidad son treinta años, porque empezamos en el 86; por entonces teníamos treinta años. Pero libros no empezamos a sacar hasta bien avanzado ya el 87.

Juan Luis González: Nos costó tanto sacar el primer libro que tardamos un año hasta el siguiente. En aquella época traducíamos y corregíamos nosotros, apenas había ordenadores. Teníamos un XT de hierro que pesa siete kilos, ahí esta, de reliquia. Ni disco duro tiene.

R. D. S.: Iba a la increíble velocidad de 2,5 Mh.

J. L. G.: Ya corregía textos, aunque tardaba varias horas en procesarte una novela.

La decisión de lanzarse al mundo editorial, según se dice por ahí, surgió después de leer a Lovecraft, que por entonces no estaba precisamente al alcance de cualquiera.

J. L. G.: Sí, por aquella época las ediciones de las que disponíamos los aficionados al terror eran más bien cutrecillas. No eran muy fiables en cuanto a traducción. Ofrecían muchos problemas. Nosotros lo que queríamos era editar pero darle cierta dignidad, aunque no es una palabra que me guste utilizar, ponerlas al nivel de otras ediciones. Recuerdo cuando era pequeño, existía una colección que se llamaba Crisol, de Aguilar. Eran unos libros pequeños, muy bonitos, editados en papel de biblia. Era una colección que ponía al mismo nivel a Dostoievski que a Salgari, era totalmente ecléctica, no había distinciones, mezclaban aventuras con literatura «seria», terror, todo salía. Es el espíritu de las grandes colecciones de bolsillo. Es la filosofía de las grandes colecciones de bolsillo. Como ha sido Austral. Sacar el libro de bolsillo, sin dar más relevancia a unos que a otros. Ahora parece que está más compartimentado: la literatura seria para gente seria, el terror para los frikis. La idea era dedicarnos a lo que nos gusta.

Por entonces Lovecraft en España se reducía a lo que había traducido Llopis, y poco más.

R. D. S.: De Llopis había ediciones procedentes de otros países. México, Argentina, pero la primera que se hizo digna fue la antología Los mitos de Cthulhu. Pero digamos que ese no es el motivo principal. Empezamos por una colección que se llamaba «Tiempo Cero», que tenía una intención claramente de literatura fantástica, pero enseguida vimos que si nos quedábamos ahí no íbamos a llegar a ninguna parte. Porque hay muy poca gente a la que le interese, no es suficiente gente para hacer rentable una empresa. Vimos que teníamos que diversificarnos en clásicos y en aventura.

¿Y ahora? ¿Ha crecido ese público de base?

R. D. S.: Ahora las cosas están casi peor. Lo que se vende ahora mismo es irrelevante. Las salidas de las novedades son muy flojas, nosotros nos mantenemos gracias al fondo, quinientos o seiscientos libros. Y por otra parte hay un gran afloramiento de editoriales nuevas. A mí me gusta muchísimo que haya tanta diversidad, pero es que hay muy poco a repartir. Las tiradas que se están haciendo son de mil ejemplares, mil quinientos. Pasar de mil ejemplares hoy en día es un éxito de ventas, y eso en un país de cuarenta millones de habitantes en realidad es un fracaso.

J. L. G.: Se produce una situación paradójica: en un país con un índice de lectura muy inferior al que debería corresponderle por su nivel de vida se produce, sin embargo, un afloramiento de nuevos editores independientes con gran ilusión y una gran oferta editorial mensual increíble. Increíble para el público que hay. Siempre decimos que los lectores en España pueden estar encantados, porque es como en un país donde nadie come dulces pero está todo lleno de pastelerías. Joder, pues para los poco golosos es el paraíso.

Editamos mucho pero leemos muy poco.

J. L. G.: Sí, y es algo paradójico, porque va contra las normas del mercado, no hay una especie de ley inexorable de la oferta y la demanda. En los temas culturales estas cosas se rompen, no es tan automático.

¿Tenéis la impresión de que el mercado editorial lo sostenemos los que compramos libros por encima de nuestras posibilidades? ¿Los que seguimos comprando libros aunque tengamos muchos en cola?

R. D. S.: Sí, al final somos solo unos cuantos, que estamos superagobiados, que somos lectores acosados. Precisamente porque hay mil cosas que nos interesan y que nos gustaría comprar y tener y no podemos, y se nos van acumulando en filas interminables.

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Ahora, con la serie Insomnia, parece que os habéis atrevido a algo que no hacíais antes: editar a autores de terror contemporáneos. Incluso a editar trabajos inéditos, como los de Jesús Cañadas o Emilio Bueso.

J. L. G.: Ahora estamos en condiciones de asumir más riesgos, económicamente hablando. No es que sea lo que más se vende, pero sí lo que más se vende nos permite sacar esto.

R. D. S.: No sé si esto lo debería decir o no, pero Insomnia va floja. Es una colección que la hemos creado con todo el cariño, cuesta mucho hacer cada libro, porque tiene traducción, derechos de autor, tapa dura, contracubierta… y eso tardamos en amortizarlo. Tenemos que vender más de mil para hacerlo. Y no lo estamos consiguiendo.

J. L. G.: Es que es una colección destinada al público norteamericano, solo que está publicada en castellano [risas].

R. D. S.: Y fíjate que es la colección más reseñada de toda nuestra historia. No es que hagamos mucho esfuerzo en mandarla a todas partes, ni que nos reseñen… Somos casi antimarketing. Pero con esta nos hemos molestado en que llegue al mayor número de sitios posible, es la colección más elogiada, pero…

Ya que lo mencionas, el silencio de los medios tradicionales con vosotros es un poco escandaloso…

R. D. S.: Sí, bueno, pero es mutuo.

J. L. G.: Se debe a lo que nos dedicamos. Como publicamos novela y literatura de género, los grandes suplementos literarios de difusión nacional no se dedican a esto, van más al mainstream, al gran negocio editorial, al libro que se tiene que vender mucho. Lo nuestro, en la política de estos suplementos, es una cosa como muy secundaria.

La editorial silenciosa de referencia.

R. D. S.: Somos la editorial con más prestigio y menos reseñas de España.

Y en esto internet es fundamental. Estáis siempre a tope, cuidando a vuestro público y haciendo parroquia.

J. L. G.: Es que Rafael es nuesto community manager particular. Desde que empezó con Facebook tiene una cantidad de visitas y de «me gusta» que ninguna otra editorial tiene. Puedes comprobarlo. Lo he comprobado, y en editoriales más grandes tampoco tienen ese seguimiento. Nos entra mucha gente de Sudamérica, pero no es la única explicación. La gente que lee este tipo de literatura es muy fan de lo suyo. Son pocos, pero todos están ahí.

R. D. S.: Suelen ser gente muy aficionada al terror, a la gótica, y son muy entusiastas y muy leales y fieles. Muy tocapelotas también.

Pero de los «me gusta», de momento, no se come.

R. D. S.: No, claro que no. Con nosotros los lectores son muy considerados, muy atentos. A mí siempre me alucina un poco la cantidad de elogios que te transmite la gente. No tenemos troles.

J. L. G.: Lo que más critican, sinceramente, es el precio. No sé si es porque es gente que lee mucho y no les alcanza para comprar todo, y les encantaría que vendiéramos todo a un euro. Pero no podemos, porque a nosotros también nos cuesta hacerlo. Critican eso y en general, cada vez que anunciamos un libro, les parece maravilloso y estupendo, con frases sonrojantes. «Es que me hacéis feliz, es que mi vida sin vosotros no tiene sentido». Yo entiendo que es de cachondeo.

R. D. S.: Había uno que decía que había tenido más orgasmos con Valdemar que con su novia.

J. L. G.: Son muy maximalistas.

Marta Lila: Pero es que a lo mejor no. A lo mejor es un loco de la pradera que está ahí esperando a que salga un libro para tener un orgasmo.

J. L. G.: A nosotros también nos hace felices editar estas cosas. Quizá no a ese extremo…

R. D. S.: Lo que no encontramos en la prensa, que nunca nos ha hecho ni caso, quitando excepciones, lo encontramos en la gente que nos sigue. El desinterés, en realidad, ha sido mutuo, porque a ellos no les interesamos nosotros, y a nosotros no nos interesan ellos.

¿Pero no creéis que en cierto modo esa actitud de la prensa, de desprecio, refleja un poco la baja consideración social que se tiene hacia la literatura de género?

R. D. S.: Es que creo que hay mucho amiguismo en España, en este rollo literario. Es, como decía Trapiello, el club de las almendritas, que son unos cuantos que se las reparten.

Estuvimos hace poco con Juan, de la librería Estudio en Escarlata y…

J. L. G.: ¡Nos ha dado un premio hace poco! ¡Y venía hasta con regalo, una botellita de whisky!

R. D. S.: Es mejor que los del Premio Nacional, que no nos dieron nada.

Es cierto, en 2001 os dieron un premio nacional. ¿Tenía algún truco? Una editorial que apenas sale en los medios…

J. L. G.: Pues fuimos a Barcelona a recoger el premio, subió Rafa, que se puso hasta corbata, pero no dio ningún discurso lacrimógeno como en los Goya. Nos dieron una placa, que no sé ni dónde está.

Podrías haber dicho lo que cuenta Anguita que diría si volviera al Congreso: «¿Y ahora qué, hijos de puta?».

J. L. G.: No nos habrían dado jamás una ayuda más. Y eso que nos dan y pedimos pocas.

R. D. S.: Fue muy extraño que nos lo dieran. Yo creo que lo hicieron porque fue el año que editamos A la busca del tiempo perdido de Proust.

J. L. G.: Claro, cómo se lo van a dar a una editorial que se dedicaba solo a publicar literatura gótica. Además, es que el responsable de cultura era Luis Alberto de Cuenca, y él es muy fan de la literatura gótica. Pero hay un jurado, eh. Lo sé porque al año siguiente nos tocó ir, porque es como los Óscar, que si te premian vas de jurado el año siguiente. Hay votaciones y no existe ese nepotismo de que lo que diga el secretario de Estado va a misa. Puede intentar meter a un candidato, pero no puede ser solo porque a él le guste la colección gótica —que me consta que le gusta—. Quizá Luis Alberto lo introdujo, pero luego hubo un jurado que votó, y votó a favor. Muchos premios han sido ex aequo, prácticamente todos, pero el nuestro fue solitario. No hubo empate en la votación.

R. D. S.: Nosotros le hemos dado siempre mucha importancia a los clásicos, que en realidad nos dan más dinero que el terror. Nos gusta más el terror, y como nuestra motivación no es el dinero estamos más volcados en ello.

J. L. G.: Sí, pero de Proust hemos vendido mucho más que de autores de terror, curiosamente. Entiendo que van a otro público. En Valdemar hay cierta esquizofrenia porque queremos tener distintos públicos no comunicados entre sí. Los que leen la colección Frontera no coinciden con los que leen la colección Gótica, y los que compran Kafka, Proust y Flaubert no son los mismos que compran Frontera o Gótica. Pero eso está bien.

R. D. S.: También tenemos los valdemarianos, que compran todo.

J. L. G.: Hay gente que se intercambia fotos de la colección Gótica diciendo: «Yo tengo todos, jodeos». De hecho, de libros que llevan años agotados, se piden precios muy por encima de lo marcado. Intentamos deshacer esa especulación reeditando todo, incluso mejorando la edición. Pero claro, no damos abasto, porque a lo mejor quince o veinte de ellos llevan diez años agotados. La gente a la que le falta un título paga cien pavos, doscientos pavos… E intentamos desmontar esa especulación. Es una colección que empezó hace más de veinte años. Había uno de Zaragoza, que era amigo de nuestro amigo Alfredo, que se queda con restos de edición, que quería que le consiguiéramos los títulos que le faltaban. Y estaban agotados. Y claro, Alfredo estaba acojonado, porque este era juez y decía: «¿Cómo le voy a decir que no le puedo mandar los que faltan?» y tal. Que hasta un juez hace la colección Gótica, en un momento dado.

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Un juez, un secretario de Estado como Alberto de Cuenca, el hijo de la duquesa de Alba Jacobo Siruela… Tenéis fans de literatura de género de todo tipo. La imagen de que es una literatura que solo nos gusta a cuatro frikis se desmorona…

J. L. G.: Yo diría que hay frikis en todos los estamentos sociales.

R. D. S.: Ojo, Luis Alberto de Cuenca es muy friki. Es un tío que no se le caen los anillos por coleccionar tebeos, fanzines…

J. L. G.: Es un poco como Savater, en otra línea. Lectores tan compulsivos que conocen las cosas desde un tebeo de el Capitán Trueno hasta una edición erudita de un clásico griego. Comen de todo, son grandes entusiastas y animadores de la lectura con su sola presencia. Hablan de los ratos felices que han pasado en su vida leyendo, y se te cae la baba escuchándolos.

M. L.: O un fiscal del Estado, mira a Eduardo Torres-Dulce. Le encanta la colección Frontera.

J. L. G.: Incluso en la tele lo ha dicho. Ha escrito un ensayo sobre la caballería americana en el cine, es un especialista. Claro, la colección esta le encanta, porque no hay nada en España parecido a eso. Está encantado.

De hecho, os ha recomendado alguna vez en aquél programa que tenía, Cowboys de medianoche.

J. L. G.: Es verdad, ese que hacía con Garci y con César Vidal.

R. D. S.: César Vidal es otro gran fan de Valdemar.

M. L.: Savater, durante una Feria del Libro, hizo una reseña en Babelia de Felices pesadillas alucinante.

J. L. G.: Fue acojonante. Fue uno de los libros más vendidos de nuestra historia. También es verdad que eran los cincuenta mejores cuentos de terror publicados en quince años de Valdemar. Como referencia y especialistas en terror, el que nunca compra terror debió de pensar que era la antología que debía tener. Cuando vendes a gente que no es del grupito es cuando vendes más, porque es un público mucho más amplio. Con H. P. Lovecraft nos está pasando, se está generalizando. Las ventas que tienen los dos tomazos que hemos sacado con toda su obra ya no se justifica con el círculo de lectores de género que hay en España, sino que va mucho más allá. Está comprándolo gente que no lee literatura de terror.

Es cultura popular, ya.

J. L. G.: Absolutamente. También ha sido publicado en la colección de Penguin, en clásicos norteamericanos. Y a Lovecraft, en Estados Unidos, que lo tenían como una especie de friki, ignorado autor pulp, hace ya una década o así, han empezado a considerarlo uno de los grandes autores del siglo XX. Por su difusión mundial, por sus traducciones a otras lenguas… Si no por un valor literario, cuanto menos un valor social, que muchísima gente lo ha leído y le gusta.

Y por eso, por la penetración en la cultura pop, como ya está en videojuegos, cómics, la palabra Necronomicón sale hasta en los dibujos animados…

J. L. G.: No te puedes imaginar, lo de Lovecraft es como lo de Holmes.

R. D. S.: Cthulhu se ha vuelto ya un icono popular. Hay hasta peluches.

¿Y cómo se produce ese salto de consideración? Porque hay autores que continúan relegados a ese desprecio de género, el mismo en el que estaba Lovecraft hasta hace no tanto.

R. D. S.: Pues es difícil. Ahora hay que remontarse hasta atrás, cuando yo era pequeño, y Lovecraft era casi un autor maldito, que había que buscarlo.

M. L.: Creo que es porque ya se ha adaptado a la literatura académica. Por ejemplo, hablamos de Proust, y si las ventas de Proust son regulares es porque se ha incorporado al catálogo de las universidades. El profesor te indica las ediciones en castellano, y la más completa va a ser la edición de Mauro Armiño de Valdemar porque tiene todas las notas… Con lo cual ya tienes a una población estudiantil que va a comprar ese libro. Ya no es solamente el grupito de frikis.

J. L. G.: Hay gente que incluso está haciendo tesis doctorales sobre Lovecraft.

R. D. S.: El caso es que Lovecraft tenía todas las cartas para ser un autor maldito. Era muy incorrecto, sus opiniones políticas eran detestables…

J. L. G.: Todo para triunfar: un misógino, racista, facha… Encantador.

R. D. S.: Pero tampoco hay que olvidar que tenía una vía humorística muy acusada que no todo el mundo ve. Pero si analizas la obra de Lovecraft y de todo su círculo encuentras mucho humor soterrado. ¿Por qué ha triunfado? La verdad es que no lo sé.

J. L. G.: Es que es un tipo de horror que no se ciñe a los fantasmas victorianos, que no dan tanto miedo. El horror cósmico es un horror más penetrante, metafísico, psicológico. Yo creo que permea más en la gente. Lo otro es como más cliché, y por eso Lovecraft es el gran renovador de la literatura de terror del siglo XX.

Que otros autores, tanto literarios como cinematográficos como de casi cualquier medio, le citen como gran influencia ayuda mucho. Como en la nueva serie de Stephen King de 22.11.63 que adapta su libro, donde hay homenajes explícitos. De hecho, King dijo algo en su Twitter sobre Lovecraft y un estudio corroboró que después de eso habían aumentado la venta de libros de Lovecraft.

J. L. G.: Ha pasado con Robert Chambers y la serie True Detective, la primera temporada. Se mencionaba de pasada El Rey Amarillo, y nosotros hemos agotado la edición en un año. Porque hay referencias veladas. La serie no es que tenga nada que ver con el relato, es un homenaje personal de Nic Pizzolatto. Pero claro, la serie ha sido un fenómeno tan acojonante como para que cosas tan laterales como una referencia literaria agoten edición. Porque si la serie va sobre el relato en concreto, lo entiendo, pero no era el caso.

Quizás sea porque el público trató, mientras la serie estaba aún en emisión, de adivinar el desarrollo en El Rey amarillo. Como si fuera a encontrar allí pistas de lo que ocurriría.

J. L. G.: Sí, y al final fue un «no chavales, no vais a salir de dudas». Ha sido una venta por equivocación.

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En una librería nos lo contaban, la cantidad de libros que salieron con la etiqueta «El Rey Amarillo, que inspiró True Detective»…

R. D. S.: Sí, pero el nuestro no lleva esa etiqueta. Porque somos además contrarios a esa tendencia. El libro llevaba un par de años editado. Siempre habíamos querido editarlo porque es uno de los grandes clásicos. Ya por fin lo sacamos, y llevaba su venta lentísima hasta que salió la serie. Y de pronto…

M. L.: Nos hacía mucha gracia, porque parecía que Pizzolatto se sabía los títulos de la colección Valdemar. Mencionaba frases de Thomas Ligotti, de La conspiración contra la especie humana, que son tal cual las dice Matthew McConaughey, luego las referencias al Rey Amarillo, luego lo de Carcosa… ¡Todo estaba en el catálogo de Valdemar!

J. L. G.: Es que Pizzolatto tiene pinta de ser un poco friki, y hay coincidencia, aunque no le conozcamos ni él a nosotros tampoco. En la FNAC pusieron una chapita debajo de la edición de La conspiración contra la especie humana, y lo que ponían era: «Frases literales del detective Cohle en este libro». Y así estaba en el escaparate.

R. D. S.: Es acojonante, es que cualquier cosa apoyada por una serie o una película se dispara. No me quiero ni imaginar ya lo que debe ser Juego de Tronos. Si nosotros a este nivel hemos vendido esto, lo que será aquello.

De hecho, no sé que editorial grande fue la que les ofreció un pastón por quedarse con los derechos en España…

J. L. G.: Hombre, la verdad es que tiene mucho mérito el editor original, Alejo Cuervo, que es un poco underground y minoritario, como nosotros. Normalmente cuando un autor tiene una oferta de una editorial que es la que más distribuye en un país, no él, su agente literario, es el que dice «tú te callas y se lo vamos a vender a estos que son los que saben de vender». Este habrá preferido que se lo edite alguien que le gusta, que disfruta con ella, que se preocupa por hacer buenas ediciones…

M. L.: Y que apostó por él antes que nadie.

Exacto, es que es algo que va en ambas direcciones. Lo que hizo Alejo con George R. R. Martin fue traerlo aquí cuando no lo conocía nadie.

M. L.: Justo, se gastó su dinero en una traducción, y lo dio todo.

J. L. G.: A mí me gusta mucho que una editorial de género de pronto se haga rica, si se puede decir así. Porque normalmente eso les pasa a otro tipo de editores.

M. L.: Lo bueno es que Alejo ha vuelto a reinvertirlo todo en más libros.

J. L. G.: Como suele ocurrir. Nosotros también somos tan románticos que si nos hiciéramos ricos, empezaríamos a editar cosas con las que perderíamos dinero.

Hablando de Ligotti, contadnos, porque creo que llegar hasta él no ha sido precisamente un camino de rosas.

M. L.: No, con él personalmente no hemos dado aún.

R. D. S.: De Ligotti habíamos oído hablar a amigos, mal en general, porque la traducción que había en España no era buena. Nos interesó sacar obras ya completas de él, empezamos con Noctuario, seguimos con Grimscribe y el mes que viene el Teatro Grottesco.

J. L. G.: La colección Clásicos de Penguin le ha publicado recientemente dos colecciones de cuentos, consagrándole ya como un escritor reputado.

Y no habéis llegado a contactar con él nunca, es una especia de leyenda.

J. L. G.: De hecho yo creo que nadie. Y sí, hay una especie de leyenda en torno a si existe o no. Es un tipo tan misántropo yagorafóbico que no habla con nadie. En su página a veces otros comentan por él, pero no se sabe si es él. Hay fotos por internet de Ligotti, pero son confusas. Tiene una neurosis muy potente.

M. L.: Pero las entrevistas que hace son verdaderas tesis doctorales. No hace muchas, pero las que hay las respuestas son increíbles. Pero tendrá tres o cuatro.

R. D. S.: En Teatro Grottesco se ve cómo se transmite la neurosis y la psicosis de Ligotti al cuento.

M. L.: La dificultad que tiene para traducirle es la ambigüedad, la línea roja que no debes traspasar para no darle más pistas al lector de las que puso el autor. No puedes tú explicar lo que no queda claro: es el autor el que lo ha dejado ambiguo a drede para que no quede claro. No hay que poner nada de tu cosecha.

Se le ha definido como el Mallarmé del terror.

J. L. G.: Sí, es que es un autor de terror pero sus lecturas favoritas luego son Nabokov, Borges, Kafka… Clásicos reputados, no de género.

M. L.: Y luego, como lo llama él, utiliza el terror corporativo, que a mí me resulta muy kafkiano. Es su tema: hay fuerzas cósmicas, pero de grandes corporaciones o empresas donde el individuo no es más que un animalillo que está ahí y no puede hacer nada.

Los primigenios son las grandes corporaciones.

M. L.: Sí, incluso tiene un cuento en el que las personas no son de países, son de corporaciones.

J. L. G.: Bueno, ahora casi estamos en eso ya.

R. D. S.: Pero Ligotti tiene también mucho de autor centroeuropeo, por eso nos resulta tan extraño. Hay mucho de Kafka, de autores oscuros. Es muy intelectual, muchos lo llaman terror filosófico.

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Sobre la plaga zombi y vampírica que se desató hace unos años, ¿cómo va la moda de esas dos vertientes del terror soft?

R. D. S.: Coño, pues no sé qué decirte, porque ya no estoy muy enterado de estos últimos fenómenos. Hubo una época en la que sí, estábamos invadidos por vampiros adolescentes. El zombi sigue triunfando.

J. L. G.: Ha declinado un poquito, aunque ya ha durado más de lo que yo sospechaba que podía durar una moda. Y todavía siguen editando bastantes libros.

R. D. S.: A mí es que el zombi me resulta muy aburrido. Nosotros editamos una antología de zombis, que para mí es lo mejor que ha salido, una antología de Jesús Palacios, que te da una visión de lo que es el zombi desde sus inicios en el vudú hasta nuestros días.

J. L. G.: Con ese libro zanjamos todo lo que había que decir sobre los zombis. Darle más vueltas es absurdo. Y como las cosas se repiten mucho, se entra en un cliché, y todo resulta autoparódico y chusco.

Pero la infantilización (en el mal sentido de la palabra) del terror, en general, persiste.

J. L. G.: Estos fenómenos no nos gustan mucho, pero no sé, a lo mejor sí contribuyen a que la gente luego quiera leer otras cosas.

R. D. S.: No. Lo peor es que hay gente que no da el salto, gente a la que le han gustado los zombis y se queda en los zombis y quiere leer el mismo zombi siempre. Que las cosas sean siempre iguales.

J. L. G.: Esto pasa con muchas sagas, como lo de George R. R. Martin o J. K. Rowling. Hay fenómenos increíbles. Hay gente que piensa que esos adolescentes, cuando acaba la serie, se quedan como lectores habituales, y no. Cuando se acaba la serie, se acaba. Alguien que ha leído tres mil páginas y luego no vuelve a leer en su vida.

R. D. S.: Es el lector no evolucionado, que se queda en lo que conoce, en lo que le gustó, y todo lo que lea quiere que sea igual. Pasa un poco también en la música, la gente a los Rolling Stones les pide las mismas canciones, y se mosquean cuando el grupo cambia de registro.

J. L. G.: Y ahí tienes a Kiss FM poniendo las mismas putas canciones siempre, porque es lo que la gente quiere oír.

Vamos, que no llegan a Valdemar muchos lectores de Crepúsculo despistados.

R. D. S.: Yo creo que no. En general, esos lectores se pierden.

J. L. G.: Son fans de una historia concreta, no del género. Porque si extrapolas esas historias a otra época o a otro registro, se bajan.

R. D. S.: ¿Cuánta gente se está leyendo Canción de hielo y fuego y se queda ahí, no investiga otras cosas? La mayoría.

Y, ¿cuánto es culpa de las grandes editoriales que enfocan todo a repetir hasta la saciedad el mismo éxito?

J. L. G.: Mucha.

R. D. S.: Mira lo que pasó con Cincuenta sombras de Grey: las librerías se inundan de libros de igual e incluso inferior categoría para buscar el mismo éxito.

J. L. G.: Y nosotros estamos en las antípodas de eso. Hacemos buenas ediciones para grandes aficionados y esas otras cosas ni las entendemos, ni nos gustan, ni pensamos que esos fenómenos nos podrían traer un público que le interesara algo más. El personal es que es así y no puedes hacer nada.

R. D. S.: Tenemos callo desde hace veinte años, al principio nos llamaba la atención pero ahora ya… Sabemos en qué país estamos y lo que se puede esperar de eso.

M. L.: Yo no conocía Valdemar cuando empecé a traducir para ellos, y de repente mi hermana, que trabaja en la facultad de psicología, y sus colegas me decían: «¡Valdemar! ¡Pero si a mi me encanta!». Se conocían hasta los nombres, ¡pero desde cuándo alguien conoce los nombres de los editores! Se conoce a Lara y poco más. Yo me quedaba alucinada.

J. L. G.: Realmente ese es nuestro premio. La generosidad de algunos lectores que les gusta lo que hacemos y son entusiastas.

R. D. S.: La verdad es que yo no sé si eso ocurre con otras editoriales, ese nivel de fanatismo. Con Valdemar es que hay tíos que te paran por la calle. Aunque lo entiendo un poco, porque yo también he sido muy fanático de muchas editoriales.

La mayoría de editoriales reconocen que alguna cosa sí que han publicado con la nariz tapada, casi para después poder darse el lujo de publicar lo que quieren. ¿Vosotros también?

J. L. G.: No, porque además no tendría mucho sentido. Porque podríamos haber tirado por una línea más comercial desde el principio, por una línea de lo que más se vende. Y entonces no habríamos palmado pasta.

M. L.: Habrían sacado El Código Da Vinci.

J. L. G.: Pero es que cuesta mucho dinero ser coherentes.

R. D. S.: Jesús justo publicó un libro sobre los desastres de Valdemar.

¿Y cuáles son esos desastres?

Jesús Palacios: Pues justo mis autores favoritos. Era una colección con el barón Corvo, Pétrus Borel, la colección de Planeta Maldito. Gente maldita que lo es precisamente porque no vende.

R. D. S.: Autores que sabíamos que eran invendibles pero que tenían que estar ahí, que debíamos publicarlos. Y mira que esa colección funcionaba muy bien, porque metíamos eróticos, tipo Las once mil vergas de Apollinaire, que se leían muchísimo. Pero luego estaban los libros menos vendidos.

Asteroide sacó el libro de En busca del barón Corvo, ¿no ayudó eso a vender?

R. D. S.: No, no, nada.

J. P.: Lo curioso es que su biografía, que ya estaba publicada hace muchos años, es un libro que siempre se ha vendido muy bien. Su biografía se vende, pero sus obras no. Siruela también publicó en la colección Ojo sin párpado y fue de los menos vendidos. Con ese precedente yo le dije a Valdemar que lo sacáramos…

J. L. G.: Y es uno de los mejores libros que hemos editado, pero no vendido.

J. P.: Es que es una colección que tenía mucha querencia por los autores finiseculares, relacionados con el simbolismo, con el modernismo, el decadentismo… Sacamos a dos que son de mis autores favoritos de ese mundillo, Corvo y Ronald Firbank. Son libros que no se han vendido, pero visten mucho.

J. L. G.: Pueden que nos hayan dado prestigio. Aunque muchas veces dices eso de «cambiamos un poco de prestigio por un poco de oro».

R. D. S.: De todas formas he de decir que son libros que me gustan mucho. Yo hubiera querido hacer una especie de «biblioteca del infierno» con todos estos autores. De tocarnos la lotería si que hubiera hecho una cosa así, me habría permitido el lujo.

J. P.: Creo que siempre habéis tenido la política de sacar un libro que os apetecía mucho inmediatamente después de tener dos libros que se habían vendido muy bien, aunque sabíais que aquel no se vendería. Aprovechar la liquidez para daros el gusto.

J. L. G.: Sí, los frikis en general cuando tienen dinero se lo gastan todo en sus vicios, y nosotros reinvertimos lo que ganamos de un libro en otros proyecto de más riesgo. Aunque pierdas una parte de esto.

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Los editores suelen hablar de la «responsabilidad social» de la edición. De proveer al público de una literatura de un determinado nivel, para elevar el de la oferta. ¿Vosotros sentís esa «responsabilidad» con el público en general, o con vuestro público?

R. D. S.: Nuestra responsabilidad empieza y acaba en nuestro público. Los fenómenos de superventas están bien porque ayudan a que las librerías subsistan, si no fuera por ellos estaríamos sin librerías ya. En cierta medida agradezco esos bestsellers, pero nosotros estamos en nuestra guerra, publicamos para el club Valdemar, digamos.

J. L. G.: Aunque nos gustaría que el club Valdemar fuera más amplio.

J. P.: Es absurdo pensar que la gente pueda pasar de leer Crepúsculo a leer al barón Corvo o Bram Stoker.

De hecho hay libreros que nos cuentan que venden el libro de Stoker como «el libro que inspiró a la autora de Crepúsculo».

J. P.: Sí, recuerdo haber visto hace no mucho una secuela de la Isla del tesoro y en la cintita ponía «una secuela, superior incluso a la original». Pobre Stevenson, vaya hostia.

R. D. S.: Nosotros somos muy enemigos de ese tipo de cintas y citas un poco engañosas. «Trescientos mil libros vendidos desde que se editó en Francia» como pasó con El salario del miedo. No queremos buscar subterfugios de esa clase.

J. L. G.: A nosotros nos ofrecieron primero True Blood antes de la serie de televisión, y nos pareció que era una secuela de Entrevista con el vampiro y que estaba muy visto. Y lo rechazamos. Ahora la editorial lleva ocho o nueve volúmenes, pero bueno…

R. D. S.: ¡Si es que somos gilipollas! Pero bueno, hablando de la responsabilidad, yo sí que siento un poco de orgullo de que haya muchas generaciones jóvenes que han mamado de Valdemar. Muchos escritores que nos hemos encontrado ahora como Emilio Bueso o Jesús Cañadas, y eso en cierta manera es gratificante. Y después en la Feria del Libro vemos que hay un público más o menos joven que nos sigue, que muchos se forman en el género con Valdemar.

J. P.: Y no solo en el género, Rafa. La colección de Intempestivas además ha hecho cosas con festivales de cine, y ha dado oportunidades a gente como Rubén Lardín. Y haber publicado en España a gente como Camille Paglia, que es una de las pensadoras más importantes del siglo XX, es una cosa de la que estar muy orgulloso. O los dos libros de Cultura del Apocalipsis de Adam Parfrey.

Llopis ha dicho hace poco que no ha vuelto a sentir miedo como cuando tenía catorce años. ¿Y vosotros?

J. L. G.: Creo que gracias autores como Ligotti, no estoy de acuerdo. Yo no lo habría disfrutado de adolescente, porque no pillaría ni la mitad.

R. D. S.: Siempre vas descubriendo cosas nuevas con la edad, aunque quizá la emoción del miedo realmente solo la tienes cuando empiezas a leer. Luego se va convirtiendo en otra cosa, en un juego intelectual del que participas voluntariamente con la famosa suspensión de incredulidad. Pero el miedo genuino sí que es cierto que lo tienes cuando eres más joven.

J. L. G.: Hombre, porque todas las emociones son más intensas. Luego el juego pierde intensidad pero gana conocimiento, porque se hace más sofisticado.

J. P.: Pensar en la literatura de terror como que su función exclusiva es dar miedo es muy reduccionista.

De ahí viene la losa de ser considerado subgénero.

J. P.: Exacto. Y pasa aún más en cine que en literatura, porque se asocia al susto y a pasar un mal rato. Y evidentemente eso forma parte intrínseca de la literatura de terror, pero no es el único elemento. Hay otros muchos niveles de disfrute, cosas que vas aprendiendo y vas sofisticando con el paso del tiempo. Creo que es el proceso lógico de madurez del lector, y que aprovechan los buenos escritores de género. Lees Drácula con catorce años y lees una cosa, lo lees con treinta y es otra, y cuando lo haces con cincuenta lees otra que al mismo tiempo contiene todas las anteriores. Yo ahora no puedo sentir miedo como cuando tenía catorce años, pero cuando leo a un autor como Grabiński siento una cosa muy aproximada, que me permite resucitar un poco esas emociones en la medida en la que me lo puede permitir mi madurez actual. Que es más decadente.

R. D. S.: El primer libro que recuerde que me impresionó fue El doctor Jekyll y Mr. Hyde, porque me asustó y me hizo descubrir que la literatura era algo importante, porque dejaba aflorar en mí algo que estaba oculto. La parte oscura que llevamos dentro. Esa emoción es muy difícil de repetir.

J. L. G.: Para mí fueron más bien los cuentos de Poe. Y leyéndolos ahora, alucino que con trece o catorce años los leyera, los entendiera, y los disfrutara. Hoy en día me gustaría saber si un chico de esa edad coge a Poe y lo disfruta, porque tiene una prosodia que no coincide con cómo se habla hoy o con los guiones de cine…

J. P.: Creo que lo que ha dicho Rafa es muy interesante, porque una de las funciones de la literatura de horror es asustar, pero otra de ellas, como diría Anton LaVey, no es exorcizar, sino ejercitar a la bestia. Reconocer tú mismo aquellos elementos de ti que te asustan, que son antisociales, primitivos o agresivos, y el ver como eso tiene una función en el arte, literaria y estética. Y no una función domesticadora, prefiero pensar que es ejercitadora, porque esa parte del ser humano es fundamental para la cordura y para la supervivencia. Si no existiera esa literatura y ese cine que nos acostumbra a lo peor de nosotros mismos y de nuestros vecinos, probablemente pensaríamos que el mundo es como las comedias románticas de Hollywood o en las canciones de Los Planetas.

R. D. S.: Es mejor que pensemos que vivimos en un mundo lovecraftiano.

J. P.: No es que lo pensemos, ¡es que vivimos ya en él! Y como vivimos en él, es mejor saberlo.

¿Es casualidad que Lovecraft, junto a Kafka, sean de los pocos autores que tienen un adjetivo propio, lovecraftiano y kafkiano?

J. L. G.: Cuando un autor tiene ya un adjetivo propio es que ha calado definitivamente en la cultura. Se convierte en universal.

J. P.: Porque además ya trasciende lo literario, vas por la calle y dices «esto es un poco lovecraftiano».

R. D. S.: Y sobre todo porque el sistema es cada vez un poco más Cthulhu…

Hablando de lovecraftiano, Revival, de Stephen King lo es. Pero, con todo el reproche, Rafa, creo que tú dices que no te gusta nada el Stephen King desintoxicado…

R. D. S.: Es un poco broma, y aunque no lo he verificado documentalmente tengo la sospecha de que desde que abandonó la cocaína y el alcohol dejó de ser interesante. Al menos para mí. Porque el King que echo de menos es el King de los cuentos, como narrador de historias cortas me parece muy difícil de superar por nadie.

J. P.: Pero como el mercado mismo se ha destruido… Pasa también con George R. R. Martin, que se hizo famoso como narrador de cuentos cortos, y eran cojonudos. A King le pilló justo el cambio de mercado, que volvió a los cuentos, y lo aprovechó. Todo el mundo que hacía novelas de doscientas páginas empezó a hacerlas de dos mil, pero como Stephen King tuvo muchísimo éxito, él mismo contribuyó a que el cambio fuera más radical.

R. D. S.: Como nos dedicamos más a la colección Gótica, cosas anteriores al siglo XX, abundan los cuentos. Nosotros vivimos un poco del cuento, aunque sea un chiste muy malo.

¿Y cómo os hicisteis con Danza macabra, el ensayo de Stephen King?

R. D. S.: Es una larga historia. Estuvimos cinco años detrás de ello…

J. L. G.: Cuando preguntamos por ese ensayo a la agencia literaria que lleva los derechos de King en España, le dijimos que a la editorial habitual no le interesaría publicarlo. Porque habían pasado muchos años desde su publicación en Estados Unidos y nunca lo habían hecho. Les preguntamos que si había alguna posibilidad de que lo hiciéramos nosotros. Y tardaron cuatro años en contestar a esa pregunta, posiblemente porque tampoco al editor español que publicó a Stephen King en España le interesaba publicar el ensayo, ni que otro lo publicara. Y eso es en lo que no estábamos de acuerdo.

R. D. S.: Lo peor de gente como Stephen King, tan grandes y tan famosos, es que es muy difícil acceder a ellos. Siempre hay un agente de por medio que te corta. Y estoy seguro de que a él, si le hubiéramos trasladado la idea de que qdeseábamos editar este ensayo que nadie quería, habría dicho que sí.

J. L. G.: Planteamos a la misma agencia hacer una antología personal de cuentos de distintas obras, para que no compitiera con sus libros, e incluirla en nuestra colección Gótica, donde empiezan a estar los clásicos modernos. Nos dijo su nuevo agente que no nos podía dar ese permiso porque todas las editoriales querrían hacer lo mismo, aunque las editoriales no fueran de terror, solo porque es Stephen King. Nos negaron la posibilidad. Estamos publicando en Gótica a Ligotti, vamos a publicar a Clive Barker, pero Stephen King se quedará fuera no a causa de él, sino de su agente literario.

¿Vais a publicar por fin a Clive Barker?

R. D. S.: Dentro de nada vamos a editar en un volumen los tres primeros Libros de sangre, los mejores, con una ilustración de cubierta fantástica de Santiago Caruso.

Valdemar para JD 6

Sobre la colección Frontera que habéis sacado, ¿el interés era reivindicar el género? Porque si el terror estaba maltratado, el wéstern ya no digamos…

J. L. G.: Sí, era lo peor.

R. D. S.: He de decir que yo era un lector con cierto prejuicio, porque no la conocía. No sabía que había grandes autores con valor literario más allá del género. A través del primer libro que sacamos, Indian Country, me abrí a todo.

J. L. G.: Y descubrir a Dorothy M. Johnson, porque aquí tenemos el cliché de que la novela del Oeste es una caca y nada de eso…

J. P.: Bajo cielos inmensos, de A. B. Guthrie, es una novela que prefiero a todo lo que he leído de Faulkner, sin ninguna duda y sin ningún remordimiento. En España había una gran tradición de publicar novela del Oeste de calidad, tanto de escritores de género pulp buenos, como de grandes novelistas norteamericanos. Lo que pasa es que eso quedó tapado en los años sesenta y setenta por los bolsilibros españoles, por Manuel Lafuente Estefanía y tal. Pero por ejemplo Dorothy M. Johnson estaba publicado ya aquí, o el Wild Wild West de Guthrie. Con traducciones peores, vale, pero sí que estaban.

R. D. S.: El caso es que cuando nos propuso Alfredo publicar, éramos escépticos, porque una novela de wéstern en España… Pero el caso es que funciona, está teniendo muy buena respuesta.

J. L. G.: Porque no hay más oferta en España.

J. P.: ¡O porque a veces lo bueno funciona!

R. D. S.: A veces cosas muy concretas, como la literatura japonesa con los de Satori, funciona.

J. P.: Y también porque en los últimos años ha habido, a lo tonto, una cantidad increíble de películas y series de televisión que son wéstern.

La enésima resurrección del wéstern…

R. D. S.: ¡No lo digáis muy alto, a ver si ahora se va a poner a editarlos todo el mundo!

J. P.: Luego también está el fenómeno de Oakley Hall.

R. D. S.: Nosotros publicamos una novela suya policíaca, pero no funcionó. Ambrose Bierce era el protagonista, una novela de ficción histórica muy buena. No vendimos nada.

J. L. G.: Teníamos la continuación preparada, pero vendimos tan poco que no pudo ser. También lo intentamos con la policíaca en la colección de Valdemar-Es Pop, tampoco funcionó…

J. P.: Dejadme decir que el gran acierto de Frontera es que es cien por cien Valdemar. El tipo de libro, de portada, de edición y tal. Como la colección Gótica es a la novela gótica, Frontera lo es al wéstern. Sin embargo Valdemar-Es Pop por hache o por be, no era tan genuino, ni el sello era tan evidente.

R. D. S.: Al margen de estas disquisiciones, el problema es que hay mucha competencia. Es muy difícil meterte ahí. La de wéstern, además de porque sean buenas, ha funcionado porque no había tanto publicado. Insomnia va a tirones y renqueando, pero esta colección va bien.

Ya que menciones la colección Insomnia, ¿podría ser Extraños eones de las mejores adaptaciones de los mitos de Cthulhu en el siglo XXI?

J. P.: Puede serlo, porque por lo menos da una versión original y distinta, no se queda en un palimpsesto de Lovecraft, aporta algo. Te puede gustar más o menos, pero es algo suyo.

J. L. G.: Eso es, porque no es un remake, es otra cosa.

R. D. S.: No copia la prosa rimbombante de algunos autores que han tratado de seguir la estela de Lovecraft.

J. P.: Aparentemente lo fácil es replicar eso. Pero es mentira, porque Lovecraft escribía muy bien pese a lo que se dice, y los que intentan escribir como él lo hacen muy mal. Todo lo que han leído de que Lovecraft es un mal escritor se lo han creído, y creen que replicarlo es muy fácil… Ponen veinte adjetivos seguidos, diciendo que todo es arcano, todo es cósmico y obscuro y pulsante y abominable, y la cagan.

Académicamente se le cita como ejemplo del «buen mal escritor».

J. P.: Sí, pero eso también se dice de Pío Baroja. El año pasado hablaba con Ramsey Campbell de esto, y estábamos de acuerdo en que cuando vuelves a leer a Lovecraft pasado mucho tiempo de repente descubres que es un tío que se preocupaba mucho, casi tanto como Poe, por la esencia formal del cuento de miedo. Que buscaba muy bien los efectos y construye las historias de puta madre. Coges La llamada de Cthulhu y no solo está perfectamente construida desde el punto de vista de la gradación del suspense, sino que la técnica de collage que utiliza es literalmente lo del falso found footage de La bruja de Blair que tanto se ha repetido después. Pero claro, producido en 1930. Y eso no lo hace alguien que escribe mal. Hay que tener en cuenta que él mismo corregía cuentos de otros, y los mejoraba.

J. L. G.: De hecho, el poco dinero que ganó en su vida fue gracias a eso.

J. P.: Hay una leyenda negra que se fundamenta sobre todo en dos críticos literarios, que son Colin Wilson y Helmut Wilson, que lo pusieron a parir siempre. Y hay que contar con que a Helmunt no le gustaba la literatura de terror. Y Colin, que empezó diciendo eso, acabó escribiendo novelas lovecraftianas…

Rafa, de hecho tú decías que quien ha acusado a Lovecraft de barroco abusivo es que no lo ha leído. Cuando describe la ciudad de R’lyeh como «geometría errónea», es justo el adjetivo que necesita. ¿Dónde está el mal escritor ahí?

R. D. S.: Y aparte de eso, un escritor que ha penetrado en el subconsciente del siglo XXI no puede ser un mal escritor.

J. P.: Sí, y además ha entroncado con arquetipos preexistentes que él mismo definió. El concepto «horror cósmico», que ahora toda esta escuela filosófica del nuevo materialismo especulativo utiliza a mansalva y lo ponen al mismo nivel que cuando hablan de Schopenhauer o de Nietzsche o Hegel… Por algo será. El realismo especulativo bebe del horror cósmico de Lovecraft tanto o más como pueda beber de esos autores.

Valdemar para JD 8

Habéis mencionado antes que ciertos autores de terror empiezan a entrar en los temarios de universidades. ¿Qué otros merecerían estarlo? O en la colección de clásicos de la Penguin Random House…

R. D. S.: Yo es que no soy muy académico, así que prefiero que ninguno. Y la Penguin ya no es garantía de nada, porque también hay mucha morralla.

M. L.: Bueno, pero llega a mucha más gente.

J. P.: La literatura de género tiene muchos niveles de disfrute. Uno de ellos puede ser el académico. Cuando encuentras a un autor que conecta con lo que a ti te gusta, en cualquier género, y además es un buen escritor, estilista y gran creador literario, estás encantado. Pero —al menos en mi caso— a veces prefieres leer a muy malos escritores que también conectan con determinados gustos o con una iconografía que es agradable, que a otros muy buenos escritores que no conectan para nada a ningún nivel, ni con mi inconsciente ni con mi consciente. El género fantástico y de terror se presta mucho a eso. Prefiero leer un cuento mediocre de Robert E.Howard, o…

Los hombres topo quieren tus ojos, que mientras lees los cuentos de la antología piensas en lo mal escritos que están y lo bien que te lo estás pasando.

J. P.: Efectivamente, ese es el ejemplo, porque son cuentos que no están escogidos por su calidad literaria, sino por su cualidad arquetípica. Es como las películas de serie B o de serie Z. Hay gente que te dice que cómo te puede gustar Plan 9 del espacio exterior, que es la peor película de la historia del cine. Pues mira, me gusta porque en un momento determinado sale Tor Johnson de debajo del suelo, rompiendo la tierra con la calva en una escena totalmente onírica que es como si la hubiera soñado cuando tenía seis años. Y para mí eso vale más que ver veinte veces Ciudadano Kane.

Pero tú siempre vas a estar sujeto a la pregunta del ¿por qué? Nadie te va a preguntar por qué te gusta Ciudadano Kane.

J. P.: Cierto, pero te digo una cosa: vete a una isla desierta y escoge película. A ver quién se lleva Ciudadano Kane.

R. D. S.: Siempre digo que soy muy fan de los malos escritores, pero entre comillas. Hay muchos escritores pulp que son considerados académicamente como malos escritores. Clark Ashton Smith a mí me flipa, la exuberancia del lenguaje, las invenciones totalmente insensatas. Yo no sé que tomaba, pero quiero que me dé.

M. L.: Pero Ashton Smith es de los finos, es estilista. Y además era poeta.

R. D. S.: Bueno, hay críticas demoledoras en su época. O Howard, a mí me gusta mucho, y un académico no le considera un gran escritor. Lo que ocurre es que la gente oye «pulp» y como que se asustan. Pero no olvidemos que escritores pulp eran Raymond Chandler, Dashiell Hammett

J. P.: Lo que dice Rafa es verdad, que hay escritores malos que están muy bien. Para mí la escuela de apreciación crítica más interesante siempre han sido los surrealistas franceses, los que sabían de verdad lo que pasa. Y lo que pasa no tiene que ver con la calidad académica o literaria, tiene que ver con el sentido de la maravilla, con lo onírico, con lo subconsciente individual y colectivo. Eso puede funcionar en un gran escritor y todos contentos, pero puede funcionar en un muy mal escritor que sin embargo, por los motivos que sea —porque era un esquizofrénico paranoide incurable— pues de repente te da imágenes y visiones que te descubren cosas. Que te divierten o que te vuelven loco.

R. D. S.: Uno de los libros que más me ha influido a mí en la vida ha sido la Antología del humor negro de André Breton. Me descubrió una cantidad de autores que para mí eran inimaginables.

J. P.: Lo bueno de los surrealistas es que iban más allá, es que se iban a FantômasGaston Leroux

R. D. S.: Joder, ¡cuánto me habría gustado editar a ese hombre! El día que nos toque la lotería será eso.

J. L. G.: Tenemos una colección de pioneros de la ciencia ficción que dirigía Jesús cuando tenía pelo y fumaba que eran cosas también muy pulp. Cosas como muy ingenuas que pensábamos que tendrían interés para los lectores de ciencia ficción, pero claro, leían lo moderno. Lo de los pioneros era demasiado para este mercado, sería más para el anglosajón.

M. L.: Ahora lo está haciendo Paco Arellano, con tiradas de doscientos ejemplares.

J. L. G.: Paco Arellano es el único friki español más mayor que nosotros. Con la ciencia ficción ha habido una frenada, se ha notado mucho.

J. P.: Sí, porque se ha fundido también con el mainstream un poco, en España. Colecciones hay menos que hace treinta años.

R. D. S.: Incluso la serie policíaca. La novela policíaca en ocasiones va camuflada, por ejemplo Siruela las saca dentro de sus colecciones generales.

R. D. S.: Sería digno de estudio ver en qué año el género empezó a tomar mala fama en España, porque antes hemos hablado de colecciones como Crisol que editaban al mismo nivel policíaca, aventuras, y Tolstoi, y no sé cuándo se frenó…

J. P.: Quizás fue un proceso de absorción que a nosotros no nos gusta.

R. D. S.: ¡Fueron los académicos! ¡Malditos!

J. L. G.: En los años setenta la literatura era una cosa muy grave y muy densa, reivindicativa… Coincidiendo con el final del franquismo se leían cosas cosas comprometidas, y la literatura de evasión estaba mal vista.

Hemos abierto el melón con lo de «literatura de evasión». ¿Por qué es un género menor?

R. D. S.: Yo es que ni siquiera estoy de acuerdo con la denominación. Si te gusta, tú disfrutas tanto leyendo a Maimónides como a Lovecraft, el placer lo obtienes tanto de una obra abtrusa como de cualquier otra…

J. P.: El problema de llamarlo «literatura de evasión» es que tenga un sentido peyorativo. Si no, ¿qué hay de malo en evadirse leyendo? La gente se evade mucho más de lo que piensa —y mucho más de lo que reconocería nunca— leyendo historias sobre la guerra del Golfo o la guerra de Yugoslavia. Se evade de su puta vida de mierda con su familia, sus niños gritando y tal. Y encima cree que está haciendo una labor social, pero está haciendo literatura de confesionario, de «qué bien me siento ahora que he leído cómo de putas las pasan los pobres emigrantes». Te estás evadiendo igual, solo que además te diviertes menos, pero ese es tu problema. Hay que darle la vuelta a los términos.

R. D. S.: Por eso es tan irritante ese término. ¿Es que no te evades cuando lees Guerra y paz?

M. L.: Por ahí empieza un poco el desprestigio del género, y el ensalzamiento de la gran literatura, la que vale para concienciarse…

J. P.: Nosotros nos hemos criado como editores y como lectores en una época en la que eso parecía que se estaba rompiendo, en el tardofranquismo. Desde el año 72-74 hasta el 84-85 en España disfrutamos de muchas editoriales y muchos escritores de prestigio, empezando por el propio Alfonso Sastre, que fue uno de los promotores del realismo y también uno de los promotores del fantástico en España, y toda una generación, de Juan Tevar, el primer Garci y un montón de gente que venía del rollo intelectual universitario y de izquierdas. Gente que venía de la izquierda exquisita y estaba abierta la género. Había un interés porque incluso eso era, hasta cierto punto, libertario.

¿Y cuándo se jodió?

J. P.: Mi teoría es que empezó a joderse cuando conseguimos lo que creíamos que queríamos, que era dignificar el género. En el momento en que la gente empezó decir que la novela negra era buena y era marxista, y empezaron a costar cincuenta pesetas como costaban las novelas de Chester Himes en la Casa de Libro… Diez años después esa novela de Chester Himes ya no era una novela policíaca de Brugera, era un clásico de la novela negra de un escritor negro americano, comprometido con el marxismo, y ya costaba mil doscientas pelas. Pasó con todo, cada vez que dignificas algo y lo sacas del gueto, que es lo que todos creíamos que queríamos, toma: la literatura del siglo XX la pagas a precio del siglo XXI y te jodes. Todos los críticos como Javier Coma o Carlo Frabetti, que con todo el respeto los he leído con ganas y me han enseñado mucho, pero lo que consiguieron fue dar la vuelta a la tortilla y cargársela.

R. D. S.: Con todo el respeto también, pero… ¡De toda tu explicación entiendo que acusas a Valdemar de poner unos precios prohibitivos!

J. P.: A ver, vosotros hacéis unos libros de puta madre, pero los de Etiqueta Negra de Júcar, por ejemplo, ¿cómo eran? Que valían mil doscientas pelas y empezaban: «El cadáver estaba caído en la carpeta», ¡que no se me olvidará en la vida! ¡Traducían «alfombra» como «carpeta»!

Valdemar para JD 5

Hablando de dinero, vosotros decís que sois ricos en fans. ¿La piratería os afecta mucho?

J. L. G.: Es difícil saberlo, pero yo creo que no. Que ya no.

R. D. S.: Es complicado, porque creo que afecta a un nivel general. Gente que antes compraba libros ahora ya no los compra. No se sabe si te toca a ti o aquél. Creo que a los que más daño hace son a las grandes editoriales y a los autores que venden mucho, tipo Reverte, Stephen King y tal, son los más pirateados. A nosotros que nos pirateen no creo que nos haga mucho daño.

J. L. G.: Viene un poco en paralelo lo que tú vendes en librerías con lo que te pueden piratear. No es comprensible que vendas dos mil o tres mil libros de una edición y haya treinta mil personas interesadas en internet en piratear ese libro. Eso no tiene mucha lógica.

R. D. S.: Luego, ¿cuántas obras de las que se piratean de verdad se leen, y la gente no las deja en un disco duro…?

M. L.: El Diógenes del pendrive.

J. P.: Para seguir utilizando términos marxistas, es el fetichismo por el objeto, ahora el síntoma es tener mucho, luego escucharlo, verlo o leerlo es lo de menos.

R. D. S.: Con respecto a la música, yo me bajé muchísima. Que luego no he podido escuchar porque me bajé tanto que no me da tiempo ni en esta vida ni en dos más. Durante una época muchos como yo nos abonamos al modo aleatorio, tenías mucha y la ponías así. Pero desde hace dos años o así vuelvo a coger y ponerme un disco en concreto, con su cara A y su cara B.

J. P.: Hay una frase de un pensador americano, Lewis Mumford, que en el año 68 o 69 decía que ningún recipiente debería evolucionar más rápido que su contenido. Y nosotros estamos viviendo justamente en el paradigma opuesto. No se hace casi nada nuevo, me atrevería a decir nada, en calidad artística y estética, ni en literatura ni en música ni en cine —otra cosa es que se hagan buenas películas, libros y canciones; pero no se hace nada nuevo— pero lo que sí evoluciona es la tecnología de los recipientes para conservar, escuchar y almacenar eso. Lo que mola es tener el iPod, el «i» no se qué, donde en lugar de treinta películas te caben tres millones. Tres millones que no solo no vas a ver, sino que la mitad o más son mierda.

M. L.: La piratería relaja el criterio selectivo de antes, tenías que elegir lo que gastarte en un libro. Te devanabas los sesos, lo hojeabas en la librería… ¿Y ahora que tengo todo, qué leo?

R. D. S.: Amigos míos que han pirateado mucha literatura se acogotan cuando tienen que elegir qué leer. Tienen tanto…

J. P.: A la larga tiene que ser beneficioso para una editorial como Valdemar. Lo mismo que ahora hay un boom de editoriales más o menos exquisitas, que trabajan el libro como fetiche y como objeto, y creo que la gente que de verdad le gusta Valdemar, quiere el libro.

J. L. G.: Por eso decimos que no nos ha hecho tanto daño la piratería, porque al lector de Valdemar le gusta el libro como fetiche.

Sois conscientes de que sois editores quitándole importancia a la piratería…

J. L. G.: Ah, ¿que se cabrean mucho? Pero es que si la facturación ha bajado no es solo por la piratería. Es que hay muchos más factores, la piratería es un saco al que se le culpa de todo.

M. L.: Es la cabeza de turco.

R. D. S.: Hay que ser conscientes de que la piratería no es el problema, sino la falta de lectores.

J. L. G.: Somos una de las pocas editoriales españolas que no tenemos libro electrónico, así que los pirateos que hay por la red son escaneos.

R. D. S.: La piratería no es tanto un enemigo del libro en papel como del libro digital. Mientras haya piratería digital lo que no se va a vender es el ebook, porque es un poco absurdo gastarte diez euros cuando lo tienes gratis.

J. L. G.: España tiene un 3% de ventas de libro digital, y a mí me parece que está como hinchado. No me lo acabo de creer, y aun así es una cosa despreciable. Darle tanta importancia a una cosa así, sobre todo cuando se venden más otro tipo de productos relacionados con el libro, que el libro digital…

R. D. S.: Aunque sí que hay una cosa, si quieres que te diga la verdad. A mí los piratas me parecen unos jetas. Pero no es ese el problema, porque si tú tienes la oportunidad de piratear, terminas pirateando. Yo lo he hecho, y casi todo el mundo. Porque es muy fácil, y cuando puedes piratear dándole a un botón y que nadie te diga nada… Aunque cuando entro en esas páginas piratas de libros me hace mucha gracia leer los foros: «¡Gracias! ¡Gracias por tu aporte, gracias por compartir!». Me parece absurdo, y hay alguno que dice: «Coño, esa no es la cubierta original»; pero, ¿para qué coño piensas en la cubierta en una edición digital? ¿qué más te da?

M. L.: Y por supuesto, olvídate del nombre del traductor porque no aparece en ningún lado. Y eso mucha gente no lo piensa, porque ven que el autor está muerto y eso debe estar al alcance del público, no estás robando a nadie. Pero estás robando al traductor.

R. D. S.: La piratería introduce una idea que es absurda en esta civilización: la gratuidad. Es que la gratuidad es contraria al capitalismo, si pedimos gratuidad vamos a pedir más cosas, que el pan sea gratuito…

J. L. G.: Pero la banda ancha no es gratis. Es más fácil piratear contenidos que putean a un montón de pequeñas empresas, que no a Telefónica que es la que vende la avenida por la que va todo.

J. P.: Es que ahí está la paradoja. Es como la piratería en cine, que la conozco muy bien. El problema es que las mismas multinacionales que te están diciendo «hay que perseguir la piratería» son las que están desarrollando el software mejor para piratear, grabar y reproducir.

Valdemar para JD

¿Y es reversible el concepto de gratuidad? Porque una vez que una generación se ha educado en eso…

R. D. S.: Yo me imagino que un chiquillo de quince años que ya lleva toda su vida instalado en la gratuidad es muy difícil que asuma que tiene que pagarlo.

M. L.: El tema está en que no va a haber creadores. ¿Quién va a dedicarse a escribir si no va a recibir un duro, solo por pura afición? ¿Y a editar?

J. L. G.: Y si alguien no puede dedicarse por entero a la literatura o la música, el producto que haga será en ratos libres o en fines de semana. Pero nunca al nivel que había cuando los creadores cobraban.

R. D. S.: Yo no quiero echarle mucho la culpa a la piratería de nada.

J. P.: Claro, porque es un síntoma, no es la causa de la enfermedad. La enfermedad es que la cultura en general interesa muy poco, y hay muchísima gente para repartir una tarta muy pequeña. ¿Quién me ha quitado mi queso? Pues es que aquí el queso son quesitos.

J. L. G.: Hay que decir que dentro de la piratería, las editoriales de libros nos llevamos la menor parte de las consecuencias. En cine y en música sí.

J. P.: Pero la música tiene una ventaja, una que siempre ha tenido. Que le gusta a todo el mundo y que es muy fácil escucharla. Leer un libro requiere un esfuerzo que para mucha gente es un trabajo, si encima tiene que pagar por ello ya…

R. D. S.: A todo el mundo le gusta el cine o la música, pero leer es otra cosa.

J. P.: Es un esfuerzo. Te da muchas satisfacciones, y aunque soy crítico de cine lo pienso así, me da más satisfacciones la literatura que el cine. Pero requiere más esfuerzo.

J. L. G.: Tan poca importancia tiene la industria del libro en España que ni siquiera le han subido el IVA. Seguimos al 4% por ciento, porque no hay dinero. Así somos de insignificantes. Y eso es porque no pueden aplicarle un 10% a las Sombras de Grey que sí se venden, y el 4% al resto. Es lo que pasa con el porno impreso y el cine, el cine es espectáculo y lleva un 21%, pero lo otro como es impreso, sin distinción ninguna, es el 4%.

R. D. S.: El porno en internet afortunadamente no.

J. P.: Yo toda la vida he estado oyendo decir, porque he sido monaguillo antes que fraile, que «los libros están muy caros». Venga ya. Vete a la librería de ofertas de Bilbao, o al Happy Books, que tienes libros de puta madre por un euro veinte. El último bestseller de mierda que te quieres leer, para estar a la moda e ir a la oficina llevando el libro de Dan Brown es caro… Si quieres ser cool, el libro será caro. Pero si lo que quieres es leer buenos libros, posiblemente sea lo más barato que hay sobre la tierra.

M. L.: En relación al tiempo y a la intensidad del disfrute.

R. D. S.: Creo que no hemos polemizado mucho, ahora que caigo.

Adelante, se abre la vía del despotrique.

R. D. S.: Podemos hablar de Rajoy

J. L. G.: No, que ya está muy oído.

R. D. S.: Para polémicos los títulos de libros que podríamos pensar. Pero sucedió lo de Zapata, con los tuits, por ejemplo. Y entonces ya nos lo pensamos. Mira que hace años ya resultaba paradójico que no pudieras decir ciertas cosas públicamente, pero es que cada vez es peor. Cada vez puedes hablar menos.

J. L. G.: En los años setenta, con la apertura después de la dictadura, había mucha más libertad que ahora, eso sí que es verdad. Aunque es cierto que como editorial no nos han «censurado» nunca nada, propiamente dicho.

R. D. S.: Pero porque pasamos de todo.

J. P.: A mí como escritor sí me afecta, no tanto porque te censuren de fuera, sino porque se dan unas circunstancias en las que tú mismo te ves forzado a autocensurarte. Cuando hay una censura exterior por lo menos sabes contra qué estás luchando, pero cuando consiguen que interiorices tú los mismos procesos de censura, porque sabes que de lo contrario vas a pagar las consecuencias, significa que hemos llegado a un punto ya muy orwelliano que funciona muy bien. No necesitas una oficina de censura, porque todos y cada uno de nosotros somos censores de nosotros mismos y del vecino.

J. L. G.: Pero es que España es un país de linchadores, nos encanta el escándalo. Somos un país de corruptos y de linchadores.

R. D. S.: Todo esto me parece espantoso. Todo lo que le han montado a Rita Maestre, por salir en sujetador ahí diciendo unas cuantas blasfemias… ¿Pero a dónde cojones va eso? Si blasfemar es un deporte.

J. P.: Ahora, también te voy a decir una cosa, ¿y si no hubiera ofendido a nadie y no pasara absolutamente nada? ¿Si nadie se indignara y no la metieran denuncias, si la Iglesia pasara del tema? ¿Qué sentido tendría hacerlo?

M. L.: La cuestión es convertir la blasfemia en delito.

R. D. S.: Es como aquello de la obra de los titiriteros. A mí me parecía una obra muy adecuada. Los niños desde pequeños tienen que aprender a odiar las instituciones que nos joden la vida.

J. L. G.: Y que sepan desde pequeños que la policía es capaz de meterte marihuana en tu casa para detenerte.

J. P.: Lo peor es que la obra en sí es inofensiva, cuando debería haber sido ofensiva. Lo peor es que además están pagando las consecuencias por la paranoia social. Es como una profecía autocumplida. En el caso de la literatura la ventaja y la desventaja que tiene es que nadie se fija, que si les llegan alguna de las cosas que están publicadas en Valdemar estaríamos todos en la cárcel.

J. L. G.: ¡No digas títulos!

Valdemar para JD 66

Fotografía: Javier Nadales


Librerías con encanto: Argot (Castellón)

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Cuando llegamos a Argot nos encontramos nada más y nada menos que con Emilio Bueso, autor al que ha invitado para la ocasión Juan Vicente Centelles, responsable de la librería: «Me gusta mezclar, asociar ideas, así siempre sale algo diferente. Le he pedido por eso que se quede, así nos cuenta él también, ya verás que queda mejor». Como lo cierto es que no es en absoluto casual —luego lo veremos— el encontrarnos con un escritor en este despacho, que es muy de la casa el arropar y dar voz a los escritores del propio Castellón, lo menciono, me siento, y a mandar.

«La ciencia ficción se ha vuelto miope, lo hablábamos este año en la Semana Negra de Gijón. El futuro ya no está lleno de aventuras en naves espaciales, tampoco es algo tan lejano», dice Bueso, casi en seguida. «Hay un movimiento en Estados Unidos caracterizado por trabajar lo fantástico pero no desde lo bizarro, sino desde el shock value que dicen los americanos. Es algo desconcertante». Ha salido el tema a raíz de su colaboración en el magacín Presencia Humana. «Hablando con César Mallorquí —ha escrito una novela, La isla de Bowen, que es una puesta al día de Julio Verne, en cierto modo, y que a mí me encantó, está muy chula—, me decía que con la nave espacial más avanzada que tenemos, una nave soyuz setentera soviética, está claro que muy lejos no llegamos. Los temas del género han cambiado, ahora nos encontramos con distopías, temáticas e inquietudes muy diferentes a las que podías encontar hace unos años sobre el futuro. Se han acabado los viajes interestelares», concluye Bueso.

Irrumpo en la conversación para que me cuente Juan Vicente cómo acaba uno haciéndose librero —yo he venido aquí a hablar de mi libro—, si el librero nace o se hace. Me atrevo con una pregunta tan manida porque no parece que vaya a dar una respuesta tipo. Y no me equivoco: «Por casualidad, podía haber sido cualquier otra cosa», contesta, sincero, categórico. «Además, te das cuenta de que estás vendiendo un producto, y de que da igual lo que vendas, tomates, cerezas, libros, ladrillos. Al principio la versión romántica no existe, es esto que te digo, nada más: la mecánica es la de vender. Y es así como orientas tu trabajo. Te haces librero con el tiempo. Es el tiempo el que te acaba aportando esa sensibilidad, el que acaba formándote». Luego habrá que reinventar el concepto de librería; tenemos que hablar de la crisis del sector, es inevitable: «El momento actual no solo está afectando a negocios como este. Hay que replantearse los conceptos, qué es una librería, qué es un librero, qué papeles juegan unos y otros, las editoriales, pasarlo todo por un tamiz para darnos cuenta de qué es lo que queda, qué es lo realmente importante». En este sentido, entiende que lo que hay ahora que hacer es volver a trabajar el fondo de la librería, volver a darle protagonismo, es lo que mejor va a funcionar a nivel comercial, «volver a remover todo lo que habíamos dejado de lado, grandes sellos de toda la vida como Alianza, Cátedra, Austral… Y, por otro lado, apoyar proyectos que están haciendo un esfuerzo importante, pequeñas grandes editoriales como lo puede ser Salto de Página», dice, sonriendo para Emilio Bueso, quien ha publicado ya la friolera de cuatro libros con este sello.

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«Lo que más se ha resentido es la venta del best seller tradicional, por lo que  creo que el camino a seguir es apoyar el fondo, y también en nuestro caso al autor local», continúa. Y es curioso esto, cuando menos, porque no es habitual encontrarse con un apoyo y una comunidad en torno a los autores autóctonos como la que se puede encontrar en Argot. Juan Vicente tiene muy claro que es fundamental apoyarlos, que funciona y se genera, además, un efecto best seller. «Nosotros empezamos a hacer más presentaciones en el años 2004, 2005, una media de cien al año, hazte una idea; y podemos decir que seguramente unos noventa de estos libros serán de gente de aquí. Nos dimos cuenta de que había un potencial enorme». Bueso asiente. «En el caso de Eloy Moreno, por ejemplo, fue muy fácil. Ha vendido ochenta mil libros, ha sido traducido a qué sé yo la de idiomas, coreano, por ejemplo». En la librería, y esto tampoco es muy común, se recomienda la autoedición: «Si quieres sacarlo, adelante». De manera que todas las semanas hay quien lleva algo. Recuerdan ambos un título, uno de los superventas, Asesinato en la plaza de las farolas, que lleva ya vendidas dos mil copias. Novela negra cuya trama se desarrolla en escenarios locales, conocidos por todos, personajes que se adivinan, caracteres sobre cuya identidad real se puede hacer conjeturas. «Neuras típicas», apunta Emilio, «muy reconocibles». El autor de esta novela, Julio César Cano,  publica ya en una editorial vasca, Hiria. La plaza de la farola es un lugar emblemático de Castellón. «Te lees la novela y te das cuenta de que es la mejor guía turística», sigue Juan Vicente, divertido.

Uno de los escritores amateurs que más le ha sorprendido a este librero entusiasta de la autoedición ha sido Luis Rodríguez: «Era asiduo de los clubs de lectura que montamos, empezó también a venir a las tertulias… Su primer libro lo publica con KRK. Es espectacular, La soledad del cometa. Ha sacado un segundo libro, Novienvre. ¿Cuánto venderá? Pues tal vez del primero no haya vendido más de quinientas copias, y del segundo otro tanto». Ahora bien, Juan Vicente lo tiene claro: «A una isla desierta me llevaría dos libros: uno es Novienvre (el otro la Biblia, pero porque es muy largo, duraría más)».

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De manera que este es el universo Argot, una librería en una ciudad no muy grande con vocación de permanencia, un lugar al que acudir, ya seas lector, escritor aficionado o autor consagrado. «Hay quien ha llegado, se ha sentado a leer en la cafetería y, como no le daba tiempo a acabar, ha dejado el punto de lectura para poder continuar desde donde lo dejó».

Estos días, por cierto, la librería está inmersa en el Fantasti’cs. «Nos damos cuenta de que estas jornadas funcionan muy bien sobre todo para que los propios escritores y editores se encuentren y conozcan, para que haya una puesta en común. Esto me gustó mucho. Luego hemos pasado al cine, a hacer concursos de relatos…». El año pasado ya participaron en la muestra de cortometrajes cien cortos. Sucede cada año, en noviembre. Si tienen la oportunidad, vayan. Que cada librería es un mundo, decíamos ayer.

Fotografía: Ángel L. Fernández Recuero