Emir Kusturica: «Decidí hacer cine porque hubiera hecho cualquier cosa para no ser un delincuente»

Fotografía: Dragan Karadarevic

Edición fotográfica: Ivana Todorovic

Muchas veces se habla de que la obra de un artista es el reflejo de su vida. En el caso de Emir Kusturica (Sarajevo, 1954) su vida es su mejor película. Como profesional, admite que es un mal compañero de trabajo, que no respeta ni horarios ni fechas ni presupuestos. Pero explica que eso se debe a la importancia que le da a su libertad personal. También cuando filma lo hace a lo grande. Sin escatimar en gastos. Así viven tradicionalmente los gitanos con los que ha crecido, sin saber qué harán al día siguiente, sin que siquiera les importe. Pero por estos motivos ha conseguido que su nombre se asocie inequívocamente a una forma de hacer cine: el estilo Kusturica.

¿Por qué se dedicó al cine?

Para no ser un delincuente. Hubiera hecho cualquier cosa para no dedicarme a la delincuencia que me rodeaba. Todas las personas con las que crecí en Sarajevo han terminado siendo delincuentes. Yo también viví al margen de la ley en algunos momentos, pero sabía cuándo tenía que parar. Conocía dónde está esa línea que si la cruzas todo se te va a la mierda. Así que se me metió en la cabeza ser artista. Además, siempre he sido muy cabezota con mis ideas, incluso cuando no he tenido razón he intentado llegar hasta el final, mantenerme en mi posición a toda costa. Nadie pensaba que yo pudiera llegar a ser artista, era para mí razón suficiente para intentarlo. El barrio en el que crecí, la gente de la que me rodeé… Nada parecía indicar que de ahí fuese a salir un director de cine, alguien que se dedicase al mundo del arte, pero así fue.

Me gusta que la vida nos guarde ese tipo de sorpresas, de factores inesperados, contradicciones. Porque ahora veo que la vida está muy planificada. Cuando un joven cineasta filma su primera película ya se ve listo para ir a Cannes, se prepara para recibir premios. Los chavales están siguiendo todos un plan determinado. Hacen una cosita y pretenden ir de reconocimiento en reconocimiento, de festival en festival. Mi vida en comparación fue completamente inesperada. Y tengo que decir que me da pena lo que hay ahora. Creo que ya no se valora toda la riqueza de esta profesión, su complejidad, las nuevas generaciones solo tienen en cuenta las formalidades, lo superficial, lo que hay por fuera, en fin, lanzarse a por los premios.  

¿Cómo era ese barrio en el que creció?

Gorica, en Sarajevo, en aquella época era un lugar muy humilde, un barrio obrero en el que convivíamos con los gitanos. Te aseguro que cualquier vivencia allí era más intensa que en cualquier otro lugar. Con los años me he dado cuenta de que toda mi obra cinematográfica es una reacción a ese pasado. Pero no fue hasta el momento en el que empecé a estudiar cuando me di cuenta del valor que tenía mi origen. Mira, para que te hagas una idea de la reputación del barrio, la primera vez que me dieron un premio uno de mis mejores amigos estaba trabajando en un barco en alta mar. Escuchó por la radio que algo había pasado con Emir Kusturica, entre interferencias, y no sabía qué habría podido ser. Pensó que habría robado un banco, un atraco terrorífico, cualquier barbaridad violenta, pero en ningún momento se le pasó por la cabeza que sería una buena noticia. Se quedó muy preocupado y lo que había pasado en realidad es que acababa de ganar en Venecia por mi primera película ¿Te acuerdas de Dolly Bell? Vuelvo a lo de antes. En aquella época la vida no podía ser domesticada ni planificada. Antes era más fácil que cualquiera pudiera llegar a cualquier cosa. La sociedad era distinta a la actual.

Pero un chico humilde como usted entró en la Escuela de Cine de Praga.

Entré en Praga porque mis padres convirtieron su herencia y sus ahorros en esos estudios. Mi padre era asesor del ministro de Información. Eso ahora suena muy rimbombante, entonces todavía más, pero en aquel tiempo no se traducía en dinero. Casi al contrario. No éramos gente de pasta.

Pero antes de que eso sucediera, me tuvieron que aceptar en la escuela y para ser apto tuve que mentir [risas]. Dije que quería estudiar cine en Praga porque en nuestra sociedad ¡había poco realismo socialista! ¡Necesitábamos más! Luego basé mi cine en una ironía sobre el realismo socialista en sí mismo… [risas]. Cuando proclamé aquello se pusieron muy serios y me admitieron, pero no me bastó tampoco, no estudié en Checoslovaquia becado.

¿Por qué?

En mi familia no éramos buenos comunistas. En Yugoslavia existió un campo de concentración que se llamó Goli Otok. Ahí no solo iban los anticomunistas, también todos los comunistas acusados de apoyar a Stalin tras la ruptura de este con Tito o los que simpatizaban con la Unión Soviética. Muchos de los amigos de mi padre estuvieron allí internos. Es curioso, porque las atrocidades que se cometieron en Goli Otok no son conocidas en el mundo occidental. Nunca se denunciaron. Para Occidente nunca fue una causa. ¿Por qué? Porque no les servía para nada, no tenía valor estratégico denunciarlo. Pero por lo que sucedió allí mi padre era crítico con el sistema y en aquella época la imagen de Tito era como una señal de tráfico, estaba presente en todas partes y en buena cantidad. Era un problema esa actitud.

Aunque conviene no engañarse. Al final he entendido en parte a Tito. Con el paso de los años, sobre todo viendo a los políticos de hoy, es muy difícil que en nuestro  territorio, que es como un barranco, se cree algo que se sostenga. Creo que el suyo fue un momento realmente complejo y que al final, hay que reconocerlo, su labor fue valiosa. Ahora he cambiado mi opinión, de joven tenía otra.

Pero mi padre se significó por esto, tuvo sus diferencias, y ya sabes cómo somos en este país. Cuando dos se pelean, no hay ninguna posibilidad de que los que están alrededor se mantengan al margen. Se extiende el veneno y alcanza a todos. No hubo ninguna posibilidad de que hicieran ninguna excepción conmigo. Estaba tachado. No me hubieran dado la beca en la vida. Ya sabes cómo piensa la gente aquí: ¡para qué vas a hacer algo normal si lo puedes complicar! Entonces mis padres vendieron una casa que habían heredado y la invirtieron en mis estudios.

Sinceramente, ahora me alegro de que haya sido así. De todo aquello lo que me queda es ese gesto de amor y cariño de mis padres. Se sacrificaron por mí. También reconozco que no fueron una excepción. Es una característica muy común entre nuestra gente en Balcanes el darlo todo por los hijos. Dudo que haya otro lugar en el mundo donde esto sea así. Al menos yo no lo he visto. Mis padres podrían haber tenido una segunda residencia, la típica casa de verano, y se quedaron sin ella por mí. Al menos en Europa creo que estas cosas no pasan con frecuencia.

¿Por qué era tan importante la escuela de Praga?

Lo que te enseñaban no era tan importante. El valor estaba en estar allí. Era un espectro mucho más amplio, porque podías conocer a mucha gente, no solo empollar. En mi caso, fui un habitual de los teatros de la ciudad. Me hice amigo de todos los actores, los directores, los dramaturgos… Viví de primera mano cómo trabajaban.

Hasta entonces, en Sarajevo, solo veía películas americanas, muchas de Charles Chaplin. También es cierto que asimilé mucho cine francés, incluso ahora tengo la sensación de que cada vez que hago una película estoy haciendo una réplica de la obra de Jean Vigo. Luego también me influyó mucho la cinematografía soviética, pero si tuviera que decir por qué Praga fue trascendental para mí, es porque allí aprendí a medir la distancia irónica. Es decir, a abordar un drama sin estrés.

Digamos que los checoslovacos pintaban dramas y los enmarcaban en humor. No era solo el cine, allí tienen toda una tradición literaria en ese estilo que mezcla géneros tan dispares. Mucho tiempo después, cuando estaba en Estados Unidos, vi por casualidad una foto de una mujer en un coche que acababa de tener un accidente de tráfico ¡y estaba riéndose! Eso era Praga. En los momentos más estresantes, incluso cuando está tu físico en peligro, se puede utilizar la sonrisa como defensa. Esto marcó mi estilo y define el género de ficción de esta región de Europa. Peter Watkins dijo que era como un guion de Shakespeare interpretado por los Hermanos Marx.

Tu primer corto allí fue Guernica, una metáfora en torno al cuadro de Picasso.

Tampoco fue fácil. Para obtener la financiación tuve que recurrir al contrabando [risas].

¿De qué?

Checoslovaquia estaba entonces bajo dominación soviética. Después de la Primavera de Praga, de que metieran los tanques, a los jóvenes del Este no nos quedaba más remedio que aceptar todo aquello como hechos consumados, pero en esta ciudad todavía quedaban reductos alternativos herederos de aquellas movilizaciones, de la revolución democrática, que querían algo más. Bien, yo, que tenía un pasaporte yugoslavo, que en los años setenta era el pasaporte que más países del mundo te permitía visitar, podía salir de allí y comprar discos. Iba a Berlín, conseguía discos de jazz y rock y los vendía. Para los jóvenes checoslovacos todo este material era como una expresión de libertad. Pero no fui más allá. Podría haber seguido vendiendo tabaco y otras cosas, pero me paré.

Como a muchos críos yugoslavos, mis padres me educaron en el valor de la honestidad. Tenía muy claras las barreras que no podía cruzar. Ya no solo era por miedo a convertirme en un delincuente y las consecuencias que esto tiene, tenía más que ver con el amor a mi familia. La moral de la familia yugoslava era un factor que tenías muy presente. Nos enseñaban a ser honestos con los demás y esperar de ellos honestidad aunque no la tuvieran. Todo esto lo puedes ver en los personajes de mis películas. Aunque sean lo peor, siempre les he representado con un pequeño aspecto de bondad. No eran totalmente negros.

El caso es que mi tráfico de discos no me lo tomé como un delito, sino como un ejercicio de misión cultural. Yo era un misionero [risas]. Qué ridículo suena hoy en día, ¿verdad? ¿Te imaginas a alguien cruzando la frontera con un USB lleno de discos? Los jóvenes de mi época, antes de hacer algo malo, como drogarse o emborracharse, dudaban, pero hoy lo hacen todos. Al menos un noventa por ciento. Vete tú a sorprenderles con mi imagen cruzando la frontera con unos discos escondidos [risas].

Con los beneficios que sacaba gracias al contrabando pude reunir dinero para mi película, pero también pude tener el privilegio de ir a visitar a mi novia, la que ahora es mi mujer. Me tenía que meter veinticinco horas de tren hasta Sarajevo para verla. Era en unos ferrocarriles búlgaros horripilantes, ¡qué infames eran! Cogí la sarna una vez en un viaje y me la tuvo que curar mi madre echándome pomadas.

Pero lo importante es que logré dinero para Guernica, mi trabajo de fin de carrera. La rodé en un estudio y en un castillo de Praga. La inspiración no me vino directamente por el cuadro de Picasso, era por un relato del escritor serbio Antonije Isakovic. Un escritor maestro en las historias cortas. El relato, que me impactó, lo desarrollé como un niño que se queda solo en casa mientras a sus padres los van a identificar racialmente los nazis en una investigación antropológica para demostrar que los judíos eran fisiológicamente distintos que los arios. Antes de irse, los padres le explican al niño que son distintos por el tipo de nariz que tienen, lo que impacta al niño, y al quedarse solo coge todas las fotos de la familia y recorta las narices a todos. Entonces, con todas las narices recortadas que reúne, inspirado en el cuadro de Picasso, que lo había visto con su padre, hace una composición similar. Con esto cerraba el círculo, y creo que nunca he cambiado mi estilo. El cine es una obra colectiva, pero la misión del director es que el resultado tenga un sentido. Lo importante es que cualquier persona que vaya al cine, aunque no tenga ni la menor idea de qué va esta profesión, pueda salir de la sala pensando que la película ha sido un todo. Mientras rodé Guernica entendí que así debía ser. Fue la primera vez que lo sentí y aquí sigo.

¿Cómo era estudiar cine en un país en el que los soviéticos acababan de imponer una fuerte censura?

Fueron cuatro años los que estuve estudiando allí. Pero con el tiempo me he dado cuenta de una cosa: en aquella Checoslovaquia se impuso la censura, pero no sé si hoy, en el capitalismo, hay más limitaciones al pensamiento y a la libertad de expresión. Dicho de otra manera, puede que haya más censura hoy en día. Hasta George Lucas ha dicho hace poco que durante la guerra fría había más libertades artísticas que ahora. Creo que deberíamos reflexionar muy seriamente sobre la libertad que tenemos hoy día.

El nivel de libertad no se puede medir por la propina que le dejas al camarero, como está pasando ahora. La libertad en este modelo social es como un préstamo a corto plazo, no creo que tenga nada que ver con el elevado concepto de libertad del que hablaron los filósofos hace siglos. Vivimos en un mundo completamente distinto del que yo crecí. Hoy te pueden vigilar por todas partes. En cada cosa que haces. Y la gente se conecta a las redes sociales con toda alegría y muy buena voluntad para facilitar toda la información sobre su vida y sus movimientos. ¡Toda la humanidad está perdida!

La verdadera libertad es un privilegio de unos pocos nada más. Los que han cuestionado los cimientos de esta sociedad, los que han luchado para que no seamos un rebaño, una masa fácilmente manipulable, tíos valientes como Snowden o Assange, lo han pagado caro.

Su primera película, ¿Te acuerdas de Dolly Bell?, no pudieron censurarla en la Yugoslavia comunista, pero la etiquetaron como «No recomendable».

La censura existía, pero más dentro de la gente. Lo mismo que hoy en día se llama corrección política. Antes se era políticamente correcto pero con la receta bolchevique. Y hoy en día se es políticamente correcto en el sentido consumista. No se hacen muchas preguntas, se consume y se tienen hijos cuando toca.

En esa época no había muchos directores dispuestos a hacer películas comprometidas. Al empezar la década de los ochenta, las autoridades todavía protegían, más incluso que las pupilas de sus propios ojos, a la figura de Tito y al lema sagrado de Yugoslavia de «hermandad y unidad». Ahora suena muy gracioso, pero en aquella época ninguna de esas dos cosas eran para bromear. El nombre de Tito no se ponía en cuestión jamás. Bajo ningún concepto. Y punto.

Mi película no hablaba mal de él, no ponía mal a los comunistas, solo los dejaba un poco en ridículo. En los años sesenta en Yugoslavia hubo una generación de directores de cine que sí que cuestionaban el sistema comunista, eran los cineastas de la famosa «ola negra», terminaron todos mal. Pero yo no hacía nada de eso. No odiaba a los comunistas. Solo quería retratar a esa generación en la que un padre de familia podía olvidar que tenía una gotera en el techo del salón de su casa, que era su mujer la que tenía que agacharse a poner cubos de agua, porque él está preocupado en temas de mucha más envergadura e importancia, los problemas del socialismo en el mundo.

Esa gente era así, en serio. Pensaban que el comunismo iba a llegar hasta el año 2000. Eran idealistas. Tenían en mente los grandes problemas de la humanidad. Se preguntaban cosas en plan: ¿Deberíamos secar el océano Índico para plantar cosechas y acabar con el hambre en el mundo? Estaban dominados por el idealismo. Y fíjate ahora cómo ha cambiado el mundo. Si ahora te quieren ofender o desautorizar tus argumentos te tachan de idealista. Entonces era un orgullo serlo.

Creo que lo bueno que tiene esa película es que sirvió para retratar cómo estaba la situación todavía a finales de los setenta y principios de los ochenta, las ideas de la gente de aquel entonces. El origen de la película está en los recuerdos de mi amigo Abdulah Sidran, que escribió mis primeros guiones. Describía todo este entorno mezclado con las vivencias de su familia de una forma muy poética.

La película obtuvo reconocimiento internacional, fue premiada en el Festival de Venecia.

Sí, y lo celebré emborrachándome de bar en bar y cagándome en Tito y en el Estado en cada uno de ellos. No por nada especial, solo para provocar. Ya te he comentado que siempre he sabido dónde estaba la línea que te arruina la vida, pues aquí estuve una vez más jugando con la frontera. Me he acercado y me he alejado muchas veces en mi vida. Aquellas provocaciones fueron más un rollo callejero que algo con sentido político. Me habían dado el premio, estaba inflado de éxito, me convertí en alguien y lo que me salió fue un vacile callejero. Ya ves. En vez de irme a las Bahamas a descansar, me apetecía más irme a las kafanas [restaurantes] a reírme de Tito.

Recuerdo que mi mujer en una de estas llamó a mi padre para que fuera a buscarme por los bares y mi padre lo que hizo fue aprovechar que salía en mi busca para emborracharse él. Al final llegamos los dos a casa ciegos y él fue a abrir una puerta que habíamos quitado del baño para pintarla y se le cayó encima [risas]. Para que te hagas una idea de lo que quiero decir de cómo era esa generación. Ahí, borracho, en el suelo, con la puerta del váter encima, seguía filosofando con lo suyo: «¿Y qué van a hacer los checoslovacos con toda la producción de hierro si se hunde la URSS?» [risas]. El hombre con toda la buena intención de ser racional e inteligente, al final lo que tenía era ese punto surrealista.

¿Vivían todos en el mismo piso?

Con el premio debajo del brazo solicité un piso al Estado para independizarme e irme a vivir con mi mujer, pero no me lo dieron porque no pertenecía al partido. Hubiera sido imposible, la militancia es algo que nunca me planteé porque, por mi naturaleza salvaje, no hubiera podido sobrevivir ni en los boy scouts, mucho menos en el Partido Comunista.

Respeto mucho mi libertad. Paso de las militancias; ni partidos, ni masones, ni sociedades secretas. Nada. Tengo un concepto muy elevado de mi libertad. No puedo soportar ningún tipo de organización. Y con el Partido Comunista las pasé canutas por esta razón, porque entonces no había forma de eludirlo, se colaba en todas las facetas de la vida. Hasta cuando hice la mili, tenía un comandante que me hacía prometerle cada fin de semana, cuando me iba a casa, que volvería afiliado al partido. Al final me metí en lo del cine y por fin pude ponerle como excusa definitiva que ya estaba demasiado atareado como para ocuparme de la política. Al poco tiempo se murió Tito y ya nadie tuvo que fingir nada.

El problema es que estábamos en una tierra de paso, rodeados de grandes imperios. Por eso nos han dado tanta caña, hemos sufrido tanto y somos tradicionalmente un lugar de conflicto. Yugoslavia como unión de pueblos tenía mucho sentido, fue un país importante lo miraras por donde lo miraras, pero cuando el capitalismo corporativo se abrió paso hacia el este tuvo que arrasarlo. Han conseguido que todo el mundo piense que destruir Yugoslavia fue un mérito exclusivo de Slobodan Milosevic, pero todos sabemos que fueron algunos países europeos y Estados Unidos los que reventaron la federación por muchos motivos. Ahora mismo tienes hasta los datos de cuánto dinero invirtieron en destruirla. Pero la globalización en los noventa destrozaba todo lo que encontraba a su paso y su receta era dividir lo máximo posible para poder dominar el planeta. Es mucho más fácil controlar esta zona si la tienes dividida. Un país de veinticinco millones de personas no habrían podido dominarlo tan fácilmente.

Cuando su siguiente película, Papá está en viaje de negocios, se premió en Cannes, no quiso recoger el premio. Dijo que se quedaba en Sarajevo cambiando el parqué de casa.

Fue una broma, no lo dije en serio. Mira, hace un tiempo estuve en la celebración del aniversario de la cadena de televisión Russia Today y me senté al lado de Putin. Cuando volví, los periodistas me preguntaron qué hablé con el presidente ruso. Para no tener que explicarles nada, dije que le había ofrecido el patio de mi casa para que instalara allí un cohete. Una chorrada, ¿verdad? Pues no. A la gente se le ha olvidado lo que es una broma, igual que con lo del parqué, que todavía me persigue.  

En aquel entonces, con lo de Cannes, ¡cómo podría alguien osar a bromear con la sagrada alfombra roja! Y, con lo de Putin, se lo volvieron a tomar en serio. Dijeron que soy un irresponsable, un diputado dijo que hasta ese día me apreciaba como persona, pero que había sobrepasado todos los límites. Hasta Aleksandra Joksimovic, que era jefa de gabinete del Ministerio de Relaciones con la Unión Europea, hizo unas declaraciones advirtiendo de que una persona física que no sea una empresa no tenía derecho a vender su espacio privado para poner la instalación de un cohete.

Creo que la gente debería tener un poco de sentido del humor, joder. ¿No? [risas]. No tampoco a cualquier precio, pero…

De todas formas, aquel Sarajevo de los años ochenta tiene fama de haber sido una ciudad muy divertida.

Hasta en la Rusia del zar había círculos anarquistas que promovían diferentes tipos de nihilismo. Incluso hoy día siguen existiendo. Los yugoslavos también tuvimos esa energía destructiva, o autodestructiva, de destruir sin sentido. En Sarajevo en aquellos días existían esas pulsiones y tuvieron como particularidad que se expresaban a través del humor. En Gran Bretaña, por ejemplo, estaban por un lado los Clash y Joe Strummer, que tenían su propia visión del mundo, y luego en televisión los Monty Python, que denunciaban con humor la hipocresía de aquella sociedad. En Sarajevo todo eso a la vez estaba en el movimiento «nuevo primitivismo».

Cuando en Londres todo el movimiento punk iba desapareciendo, en Sarajevo repuntaba. Pero ahora en la distancia me doy cuenta de que formaba parte de un porcentaje muy pequeño de gente. Toda esta oleada punk me sirvió para que mi cine fuera el primero de toda Yugoslavia en el que se empleaba el lenguaje que realmente se hablaba en la calle. Pero éramos solo una minoría los que teníamos ese espíritu y escuchábamos esa música. Nos juntábamos en un piso a poner un disco de Lou Reed y era un motivo de orgullo. Creíamos que era una revolución, pero con la distancia me doy cuenta de que en realidad éramos solo cuatro gatos. Si no, ¿cómo es posible que ahora tanta gente por aquí escuche turbofolk? ¿Hasta qué punto de vulgaridad hemos llegado en Serbia, Croacia y Bosnia? Ni es pop, ni es música popular… representa justamente todo contra lo que estábamos luchando en los años ochenta.

Trajo a Johnny Depp de visita justo antes de que estallara la guerra en Bosnia.

Fue una visita muy interesante porque fue la última vez que estuve en Sarajevo. Fue en 1992. Intentamos montar un festival de cine en Bosnia, fuimos a ver al ministro y pensó que Johnny era un gitano y pasó de nosotros. Pero a Johnny no le importaba dónde estaba, no se fijaba en los detalles. Vino por mí, que era su amigo, con el interés de ver cómo era el lugar donde había transcurrido mi infancia más que a conocer cómo era la capital de Bosnia y Herzegovina.

Intenté llevarle a que viera zonas de la ciudad que eran interesantes por la vida que había en sus calles, gente curiosa, pero se puso malísimo. Cogió fiebre. Le tuvo que cuidar mi madre y siempre le ha estado muy agradecido. Muchas veces le ha dado recuerdos. Mi madre le recordó mucho a la suya. Johnny se llevaba muy bien con su madre, los dos fumaban como carreteros y se sentaban a hablar durante horas encendiendo un cigarro tras otro.

Probó suerte en Hollywood con Arizona Dream.

Me costó rodar esa película. Tuve que parar porque sufrí unas crisis nerviosas tremendas. Una fue de tres meses. Pero Johnny Depp y Jerry Lewis me esperaron. Rechazaron otras ofertas que les llegaban. Eran los tiempos ya lejanos en que si alguien era tu amigo era tu amigo. Aunque, bueno, hoy también tengo amigos así, porque me llevó tres años para rodar On the Milky Road [risas].

Cuando se hace una película el equipo ve el sufrimiento que rodea al director, se identifican, y eso ayuda a que lleguen hasta el final del rodaje. Lo que fue interesante de Arizona Dream fue que tuvo éxito en Europa, pero no en Estados Unidos. Fui a filmar allí pero distanciándome de su lenguaje. A día de hoy, creo que no tengo nada que contar allí. Hollywood es una maquinaria gigantesca en la que no hay lugar para el individuo. Para hacer una película tienen que hacer antes un estudio analizando todos los gustos de la gente para poder reunirlo todo y que guste al mayor número de gente posible. Mi libertad de espíritu no me permite pasar por todo eso.

De vuelta de Estados Unidos volvió a triunfar en Europa con Underground, Palma de Oro en Cannes.

El otro día volví a ver la película, que es algo que no suelo hacer, ¿y sabes en qué me fijé? En el mono. Qué bien trabaja el mono, pero se lo cobró bien, eh. Mordió a Lazar Ristovski [uno de los dos protagonistas] y le llevamos al hospital con una infección tan grande que lo tuvieron que dejar ingresado. Y no solo le mordió a él, a mucha más gente; envió a muchos trabajadores al hospital. Parece ser que lo simios machos a partir de los treinta y cinco años pueden enloquecer y los tienen que sacrificar. Luego en Cannes bien, pero tuvimos un incidente y la prensa se quedó con eso. Fue una tontería, hubo una pelea entre gente del equipo, una chorrada; después de pegarse se fueron a tomar algo todos juntos, pero una revista americana aprovechó para darle más importancia a la trifulca que a nuestro premio.

El tiempo de los gitanos y Gato negro, gato blanco fueron dos películas que también tuvieron un gran éxito de crítica en toda Europa, pero a veces se escuchan críticas de gente de Balcanes; se queja de que en sus películas parece que siempre muestra a la gente del sudeste europeo como gitanos.

Sí que es verdad que especialmente los serbios se quejan mucho de que les comparen con los gitanos, y no entiendo el motivo de la queja porque la cultura gitana no me parece ni mucho menos algo rechazable. Los gitanos tienen una especie de elixir especial, una receta mágica, contra el fracaso. Parece que están fatal, pero nunca terminan de hundirse. Eso es bueno. Y no me refiero a algo meramente musical, va más allá de sus orquestas y sus canciones. Yo la verdad es que nunca escondo lo gitano que hay dentro de mí. Pero de diez películas que tengo, dos son sobre gitanos, tampoco creo que se pueda decir que mezclo la personalidad de la gente de aquí con la de ellos.

Estos son estereotipos promovidos por los ideólogos de la Academia del Cine de Belgrado, que se han pasado toda la vida diciendo a los estudiantes que yo no valgo como director y que presento a los serbios como gitanos. Han creado una falsa imagen de mí, que de la academia llegó a los periodistas, que lo han ido repitiendo y se ha quedado. Lo que pienso es que los que ponen el grito en el cielo con esta cuestión lo hacen porque tienen antepasados gitanos y no quieren que se sepa o que les relacionen con ellos de algún modo por sus complejos.

En España ocurre algo parecido con Almodóvar, hay gente que se queja de que retrata a la sociedad española como si todos fueran homosexuales, drogadictos…

Pues a mí me encanta Almodóvar. Y todas sus películas. No he visto las dos últimas, pero creo que consigue en un espacio muy pequeño, con una historia muy sencilla, sacar grandes reflexiones. Mientras tanto, yo necesito que en mi película se queme una casa, otro salga volando… [risas]. Él todo eso lo consigue con un par de intercambios sexuales. Pero ahora estoy tan metido en mi último rodaje que llevo años sin ver cine. La última película que recuerdo que me emocionara fue Le Havre, de Aki Kaurismaki, y es de hace cinco años.

En 2008 grabó un documental sobre Diego Armando Maradona. ¿Qué tal fue la experiencia?

Pues mira, el primer encuentro fue maravilloso, pero el segundo muy humillante. Me sentí como un paparazzi detrás de él. Pero al final surgió entre ambos una gran amistad. Nos queremos mucho. Él está muy agradecido porque justo después de presentarse el documental, después de caminar conmigo por la famosa alfombra roja de Cannes, parece que se volvió a situar en el escenario mundial. La película marcó un cambio en su vida, le dieron un trabajo poco después. Llegó a la última fase de sus adicciones y a partir de ese momento se convirtió en entrenador y ganó pasta con eso. Como sea que esté ahora, he visto que en programas de televisión le han enseñado mi foto y él se pone a darle besos.

¿Siente que existe una conexión mediterránea en el cine, un nexo que le une por ejemplo a usted con el español Buñuel y el italiano Fellini?

Mucho, muchísimo. Me siento más conectado a ese cine mediterráneo que al cine ruso o a otros del este de Europa, aunque también me hayan influenciado, por supuesto. De hecho, si te fijas en las giras de mi orquesta, la mayoría de las fechas las hacemos en ciudades mediterráneas.

¿Por qué le costó tanto terminar su última película con Monica Bellucci?

¡Me he caído del caballo al burro! [Expresión que significa que uno baja de nivel] En sentido figurado y real [risas]. Sí, me caí de un burro en el rodaje, aunque no me pasó nada. Me costó porque empleé tecnología con la que no estoy familiarizado y también era la primera vez que rodaba con cámaras digitales. Es la historia de un hombre y una mujer que se enamoran bajo circunstancias de guerra y les persiguen por su amor prohibido. Termina con la muerte de ella y él ordenándose monje.

Ha rodado un documental sobre José Mujica, el expresidente de Uruguay.

Es un trabajo que realicé con sumo placer. Me parece una persona maravillosa y un personaje de talla mundial. Aunque haya quien no lo entienda, es un luchador por su pueblo y creo que todo lo que promueve de economías autosuficientes, comunas, etcétera, es el camino que tendremos que seguir todos.

También ha publicado libros de relatos y memorias.

Sentía necesidad de embalsamar los recuerdos, mis imágenes del pasado. La memoria es lo único que confirma que somos personas en el sentido literal de la palabra. Los recuerdos son la base de la continuidad humana. Los míos son todos de carácter social. Cuando empecé a estudiar me di cuenta del valor que tenía mi pasado por haber sido en aquel entorno. Con esos libros he querido demostrar que no soy solo un vulgar director de cine, también alguien que puede transmitir la realidad de más formas, en este caso literaria.


Kustendorf 2016: Con Matteo Garrone, Jacques Audiard y Corneliu Porumbiu a -17 grados

Iglesia de Foto: Álvaro Corazón Rural.
Iglesia de Drvengrad. Foto: Álvaro Corazón Rural.

En las montañas de Mokra Gora, en Serbia pero con el roaming del móvil conectándose con Bosnia, está el pueblo de Drvengrad. Es el decorado en el que Emir Kusturica rodó La vida es un milagro, pero con los años se ha convertido en un lugar de peregrinaje turístico en el que el director ha dado rienda suelta a todas sus obsesiones. Hay una plaza de Maradona, efigies de Fidel Castro y Yuri Gagarin por las esquinas. Murales de Fiodor Dostoievski en toda una fachada y una cárcel del pueblo con George Bush Jr. y Javier Solana tras las rejas. Prueba a pedir una Coca-Cola en el restaurante o la cafetería, verás qué cara te ponen. En fin, todo en general es un totum revolutum de imaginería que al fin y al cabo ha puesto en el mapa este pequeño lugar y que sirve de escenario para la celebración del Festival Internacional de Cine de Kustendorf, que este invierno ha cumplido su novena edición.

Las jornadas están orientadas a los estudiantes de cine. Se conciben como una oportunidad de charlar con los mejores directores europeos y del resto del mundo. Para los periodistas, el valor del evento reside en que, entre orquesta de gitanos y licores varios mediante, uno puede terminar hablando con los directores invitados con toda naturalidad y sin cortapisas. Digamos que es un festival cálido, aunque este año el termómetro marcara -17 grados a las diez de la noche el segundo día.

Basile fue un escritor del siglo XVII. En sus cuentos creó personajes como el ogro, el Gato con Botas, la Bella Durmiente o la Cenicienta. Sin embargo, esos personajes se han terminado convirtiendo en los protagonistas de los cuentos infantiles clásicos. En su día, esto no era así ni mucho menos. El sexo y la violencia, con brutalidad gore, eran sus ingredientes: «A Giambattista Basile, aunque es uno de los mejores escritores, un clásico, desafortunadamente muy poca gente le conoce. Él escribía sus cuentos para entretenerse, era pura diversión, para él y para los miembros de la corte. De hecho, fue su hermana la que publicó sus libros, en vida él no sacó nada. Luego cuando apareció una edición alemana de su obra los hermanos Grimm escribieron un prólogo subrayando la importancia que la obra de Basile tenía para ellos».

Una película, El cuento de los cuentos, que conecta con su trabajo anterior, Reality, tan distintos a priori, porque, según explica, «ambas son historias sobre amor y obsesión». Con la salvedad de que el personaje de esa película sobre la televisión moderna estaba basada en hechos reales, en un caso tan cercano como que ocurrió en su familia: «Para Reality me inspiré en el hermano de mi mujer. La crítica se confundió, se pensaron que era una película sobre Gran Hermano, pero no era el caso. Lo que quise mostrar es cómo en nuestros días una persona puede echarse a perder por perseguir unos sueños artificiales. Y no solo él, también todos los que están alrededor, sus familiares, le empujan a que sea famoso para tocar también ellos algo de esa gloria. Para mí era más interesante ese viaje psicológico que puede recorrer hasta perder su identidad que los propios realities de la televisión como tales. Todo el mundo tiene sueños que pueden convertirse en pesadillas, pero hoy existe esa filosofía de que si no sales en televisión es que no existes».

Aunque no vea la televisión, por lo que no podíamos dejarle de preguntar era por la adaptación de Gomorra a la pequeña pantalla que Nacho Carretero calificó en esta casa como «sublime». A Garrone le ofrecieron el proyecto, pero no quiso aceptarlo: «Después del éxito que tuvo mi película no acepté hacer también la serie porque no quise volver al mismo tema, para mí era difícil volver a ese sitio y ponerme a rodar otra vez lo mismo. Pasé. Pero creo que es una gran idea haber hecho la serie, eh. De hecho, cuando leí el libro, antes de que las series fuesen tan trendy, en 2006, vi que una serie era el formato ideal para esa historia, era la mejor forma de desarrollar todo lo que hay en el libro».

Matteo Garrone. Foto: Álvaro Corazón Rural.
Matteo Garrone. Foto: Álvaro Corazón Rural.

Ahora se dice que las series son el nuevo cine, pero Matteo no tiene una opinión formada sobre el fenómeno: «No puedo participar del entusiasmo de la gente por las series, no sé por qué, la verdad es que cuando era chaval sí que seguía con atención la serie Heimat, alemana, pero ahora no sigo ninguna. Creo que suponen una forma interesante de poder contar una historia porque puedes desarrollar más el personaje». Pero en Italia cada vez se hacen más series sobre la mafia, como El capo dei capi en 2007, la aludida Gomorra o Romanzo Criminale. ¿Por qué? pregunto: «Pues porque funcionan, porque le gustan a la gente, el problema que tengo yo es que cuando algo se pone muy de moda prefiero ir en la otra dirección (risas)».

Entonces, tenemos que entender que su Primo amore, en la que un hombre obsesionado con la perfección obliga a su mujer a no comer con régimen salvaje, una tortura, para que sea ideal, no era tampoco un film de denuncia de la presión que sufre la mujer por cuestiones estéticas, entre otras muchas: «En lo que yo estaba interesado era en el cuerpo, es una obsesión para mí, con esas metáforas sobre Cristo y un punto sadomasoquista, pero no puedo comentar mucho porque esta historia fue muy dura, una película muy dolorosa que no he vuelto a ver. En Italia a mucha gente le encanta pero mucha otra la odia».

Jacques Audiard.

Jacques Audiard. Foto: Álvaro Corazón Rural.

La cinta dura casi dos horas, como De óxido y hueso, su anterior trabajo que estuvo nominado a los Óscar, y su reconocida Un profeta dos horas y media. En estos tiempos en los que cada vez es más difícil que alguien fije la atención tanto tiempo sobre una misma historia es interesante conocer la opinión de Audiard sobre el fenómeno, pues va completamente contracorriente: «Es cierto que cada vez queda menos gente que preste atención durante más de dos horas. Antes no era así. También, si pones a un chaval de hoy a ver películas en blanco y negro dudo mucho que las soporte, sería casi imposible que las acabase. Soy plenamente consciente, pero sería un lunático si tratara de corregir esto».

Y en su último trabajo también ha recurrido a técnicas similares, no tan explícitas, para adaptarse a los nuevos tiempos: «Con Dheepan hemos hecho como un videojuego, si te fijas el protagonista va subiendo niveles, como pasándose las fases de un juego. Incluso también mezclo géneros y hay un momento, que fue idea mía y estoy muy orgulloso, en el que el protagonista pinta una raya blanca en mitad del patio para dividir el barrio en dos, y con eso lo que quise marcar fue el cambio de un género a otro. Y estoy muy contento ¡al final no soy tan mal guionista! (risas)».

A Audiard le han acusado en su último trabajo de mostrar una Francia muy degradada, barrios conflictivos que hace años que ya no lo son, y que encima da una visión idílica de Gran Bretaña en comparación. Con el nacionalismo hemos topado: «Siempre me han criticado por meterme con el Estado francés, pero yo no hago documentales. Aunque el actor principal de Dheepan, que no es profesional, me dijo que la historia de esta película venía a ser la historia de su vida».

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Emir Kusturica con Corneliu Porumbiu. Fotografía cedida por Kustendorf Film and Music Festival.

En Kustendorf presentó su última película, Comoara (El tesoro), sobre la búsqueda de un tesoro que habían enterrado en un pueblo antes de la instauración del régimen comunista: «Originalmente era el proyecto de un amigo, lo iba rodando poco a poco porque no tenía dinero, y cuando vio que no iba a ser capaz me decidí a ayudarlo. Cogimos un detector de metales, como los que lleva la gente en la playa, nos pusimos a ello y no encontramos nada (risas), por eso me decidí a filmar la película».

De sus trabajos relacionados con el sistema comunista y sus huellas destacó también en su día Politist, adjectiv, sobre una investigación policial. Llamaba mucho la atención porque parecía pretender abrir un nuevo género de cine negro, el del este de Europa, donde no hay glamour ni femmes fatales, donde el caso en el que trabaja el detective es tremendamente aburrido: «Es que cuando me puse a ver cómo era la vida de los policías en mi país me di cuenta de que era muy burocrática, en realidad se pasan la vida rellenando papeles, y eso es lo que quise plasmar».

Aprovechamos para sacar a colación la entrevista que le hicimos a Francisco Veiga, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que explicaba que en estos países el comunismo gozó de cierta aceptación porque permitió a los hijos de los campesinos ir a la universidad e instalarse en las ciudades con todos los honores, pero nos lo desmitifica también: «Sí que se produjo un flujo importante de población del campo a la ciudad, como en cualquier revolución industrial, pero fue un cambio, al contrario que en otros países, muy poco natural, muchos de los que venían de los pueblos siguieron llevando en realidad la misma vida, tenían animales en los pisos y cultivaban los jardines que estaban alrededor de los bloques (risas)».

La novena edición de Kustendorf ha sido un excelente escaparate de la cinematografía actual, de esa que los organizadores quieren llamar «desconolonizada», pero la película más conmovedora se proyectó al final. Fue Blanka, del japonés Kohki Hasei. Rodada en las calles de Manila, Filipinas, trata de la peripecia de una niña huérfana entre los niños de la calle, carteristas y rateros, pedigüeños en el mejor de los casos. Realizada prácticamente sin actores profesionales, antes de llevarla a cabo su director estuvo meses vagando por las calles de esta ciudad hasta dar con el tema que quería para obtener la financiación que puso a su disposición la escuela de la Biennale de Venecia, ciento cincuenta mil dólares. La niña protagonista la encontraron cantando en YouTube y su compañero, un ciego que pide en las calles tocando la guitarra, falleció al poco de terminarse el rodaje. Hasei escribió las letras de las canciones que cantaba en japonés, se las tradujeron al inglés y de ahí al tagalo. Preguntado por los alumnos de cine reunidos por Kusturica en Drvengrad por su secreto para firmar tamaña maravilla, fue parco en palabras, «ser uno mismo, nada más», y tierno: «pero yo no soy un maestro, solo un little chicken».

Kohki Hasei.
Kohki Hasei. Foto: Álvaro Corazón Rural.

Hasei presentó aquí su película con todos los honores porque ya había sido premiado años atrás en este festival en el certamen de cortos. Este año ganó Wartburg, del húngaro David Borbas, sobre un atraco cometido por unos desempleados. Aunque a quien esto escribe le fascinó el cortometraje iraní Unknown, sobre dos policías que tienen que enterrar el cadáver de un suicida, pecado grave en el islam, y nadie quiere que lo hagan en su pueblo o en sus tierras. Y la representación española, Nothing Stranger, del español Pedro Collantes, un relato sobre amistad y pérdida rodado en el sur de China en parajes privilegiados acreedor de las virtudes propias del nuevo cine oriental. El argumento, sobre una china francesa o viceversa que vuelve a su país y choca con los contrastes y la sensación de no pertenecer ni a Europa ni a Asia. Ya lo hablamos aquí en su día en clave española

Después de cada jornada de películas había programada una actuación musical siguiendo los criterios del festival. Hubo punk rock de la antigua Yugoslavia, Partibrejkers, trompetas moldavas, Adam Stinga, la banda que ganó el festival de la trompeta de Guca el año pasado, quizá el más desmadrado de Europa sin que suene un solo acorde de rock o disco de música electrónica, la Dejan Lazarevic Orchestra, y entre otros, el grupo armenio Reincarnation, todo un descubrimiento. Tocan reggae y ska, con trompetas por supuesto, y no perdí la ocasión de ver cómo terminaron tocando esos estilos en Ereván. La respuesta seguía la línea de lo que ya contamos en la entrevista a la periodista Virginia Mendoza sobre este país: «Es que el reggae es música muy armenia«, dice Tigran, uno de los trompetistas, «¿de dónde la sacaron los jamaicanos? De Etiopía, donde en los tiempos del emperador Haile Selassie había muchos armenios, son dos culturas muy cercanas la etíope y la armenia».

Tigran se despidió de mí contándome un chiste armenio sobre españoles: «Van un azerí, un georgiano, un armenio y un español en un coche, paran, y le dicen al español: bájate, tú no eres de este chiste». Por lo pronto, si nos seguimos esforzando en consumir la cultura de un solo país de los casi doscientos que hay en el mundo, el chiste tendrá rango de profecía.

Foto: Álvaro Corazón Rural.
Foto: Álvaro Corazón Rural.


Goran Bregovic: «La primera vez que escuché flamenco en directo fue como sexo salvaje»

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Hijo de una serbia y un croata, casado con una musulmana, la de Goran Bregovic (Sarajevo, 1950) es una de esas familias mixtas balcánicas que solo pueden identificarse con Yugoslavia. Él siempre insiste en que esa sigue siendo su nacionalidad, pero no desde una perspectiva política, sino como un sentimiento, un lugar emotivo. Eso que muchos de sus compatriotas recuerdan como «The good old times». Y la banda sonora de aquellos tiempos tenía un grupo que destacó por encima de todos, Bijelo Dugme, la banda rockera de Goran Bregovic. Años después, mientras las guerras hundieron la región y segaron miles de vidas, él se reinventó a sí mismo e internacionalizó la música tradicional de los Balcanes, primero con el cine de Emir Kusturica, después con sus orquestas. Ahora es un artista conocido en todo el mundo.

Cuéntanos la historia de tu familia.

Mi madre era serbia. Su padre, mi abuelo, en la Primera Guerra Mundial estuvo en el frente de Salónica. Y luego, en la segunda, luchó contra los nazis con los partisanos. Murió en la batalla del río Sutjeska, en 1943. Mientras él combatía en la guerra, a mi madre y a mi abuela se las llevaron al campo de concentración de Jasenovac, pero fueron canjeadas en el último momento por prisioneros alemanes. Si no hubiese sido por ese intercambio, no estaríamos hablando aquí ahora. Después de la guerra, mi madre para sobrevivir fue traficante de tabaco de Herzegovina a Belgrado. Llevaba la mercancía en ferrocarril y saltaba del tren en marcha antes de llegar a las estaciones.

El hermano de mi madre, mi tío, también fue partisano. Artillero. Al terminar la guerra, como era joven, se quedó de juerga por ahí y tardó más días que los demás soldados en llegar a casa. Cuando por fin apareció, le cogió mi abuela y le dio una paliza. Abofeteó a todo un artillero partisano victorioso, esa era mi abuela.

Esta rama de mi familia, la materna, viene de la frontera con Montenegro, donde todo el mundo es altísimo. Como ves, yo he salido más a mi padre, soy más pequeño. Mi padre era croata. Fue el único de su pueblo, Zagorje, que se unió a los partisanos y llegó luego a coronel. En el pueblo decían de cachondeo que se fue con ellos solo porque con los antifascistas estaban las mejores tías.

Los militares en Yugoslavia, cuando se jubilaban, podían elegir donde vivir. Mi padre primero se fue a Split, pero cuando se vio a sí mismo plantando tomates en la terraza del piso, se dio cuenta de que eso no era lo que quería hacer el resto de su vida. Además, el cura de Zagorje le había pedido que por favor volviera porque no tenía ningún partisano enterrado en el cementerio. Pero hubo un motivo mucho más importante para regresar.

Mi padre bebía mucho, por eso mi madre se divorció de él. Pero en aquella época en Yugoslavia la mayoría de los militares eran alcohólicos. Yo tenía diez años y mi hermano cinco cuando se separaron. Fue una pena porque entre mis padres existía un amor muy grande; un amor que sufrió por el alcohol, pero que luego quedó confirmado por los hechos. Cuando mi madre enfermó de leucemia, la ingresaron en el hospital de Split. La segunda mujer de mi padre me contó que descubrió que por las noches se escapaba. Un día decidió seguirle para ver adónde iba y se encontró con que se pasaba toda la noche fumando enfrente de la ventana del hospital donde estaba ingresada mi madre.

Lo curioso es que, con el divorcio, del disgusto, mi padre había dejado el alcohol, pero tras la muerte de mi madre, decidió finalmente volver al pueblo, puso unos viñedos, esperó unos años a sacar el primer vino y volvió a beber. Se tomaba cerca de mil litros de vino al año. Todo lo que le daba la viña. Murió feliz en ese pueblo.

Pero el amor entre mi padre y mi madre se acabó por el alcohol. Por eso luego yo llamé así a un disco. Y tuve que añadir una explicación en el libreto para que la gente no pensase que con esas canciones les invitaba a beber, sino que tenía otro significado más sentimental.

Te echaron del conservatorio por no tener talento y ser un vago.

No creo que en las escuelas de música se exija tener mucho talento (risas), pero sí. Yo era muy vago para el solfeo. Tocaba el violín y tenía que dar demasiado solfeo. Ahora estoy notando que a mis hijas, hoy en día, también les cae muy mal el solfeo. Por eso me echaron. Luego quise matricularme en la escuela de arte, pero mi tía le dijo a mi madre que ahí solo entraban maricones, de modo que terminé en la escuela técnica. No tenía vocación, fue por un arreglo que hice con mi madre. Me matriculé ahí a cambio de que me dejase llevar el pelo largo. Los niños hacen muchos tratos de ese tipo con sus padres. La moda para mi madre en aquel momento era Jovanka Broz, y le copiaba el look como muchas mujeres en la Yugoslavia comunista. Porque la mujer de Tito era como un icono fashion en aquella época. Por supuesto, el colegio técnico se me dio muy mal y también me echaron de ahí. No entiendo cómo alguien puede acabar eso, a mí me parecía imposible.

Goran Bregovic para Jot Down 1

Trabajabas con dieciséis años.

Cuando se divorciaron mis padres, mi madre tenía que mantener toda la casa, a mi hermano y a mí. Se tuvo que ir al mar a trabajar. Yo me quedé en Sarajevo y tuve que empezar a currar muy pronto. Pero me gustaba la sensación de tener mi propio dinero y no tener que rendir cuentas ante nadie. De esta manera, con quince años empecé a tocar en una kafana (restaurante balcánico donde nunca falta música) en una estación de autobús en Konjic, un pueblo bosnio bajando hacia el mar.

¿Qué recuerdas de las movilizaciones estudiantiles de 1968, que en Yugoslavia fueron importantes?

Recuerdo todo aquello perfectamente. La tía de la que yo estaba enamorado entonces estaba enamorada del tío que llevaba las protestas. Yo iba a las manifestaciones por ella y tenía que soportar que los policías me pegasen como locos y comerme el gas que nos echaban. En aquella época tenía también una orquesta, como ahora, pero sin trompetas, porque las hacíamos con la boca. Éramos jóvenes… El caso es que iba por las noches debajo del balcón de esa chica a cantarle canciones con la orquesta y ella… nada. Estaba enamorada de este tío. Hace unos años conocí en Bruselas a uno de los líderes de las protestas de mayo del 68 en Francia, Daniel Cohn-Bendit, Dani «el Rojo», que llegó a eurodiputado. Me preguntó qué opinaba de aquella época y le contesté que me parecía el periodo más estúpido de la historia humana.

En esos años, has confesado que lo que te perdía era el LSD.

Con dieciséis o diecisiete años había dejado las kafanas para tocar en bares de striptease. Primero en Croacia y después en Italia, en Nápoles, donde se nos llevó un tío que nos vio tocar. No te puedes imaginar lo que era salir del país. Dejar el comunismo y entrar en ese Disneyland. Era incapaz de resistirme a las tentaciones. Lo que más recuerdo, fíjate, es que en ese viaje fue la primera vez que vimos pan tostado en nuestra vida. ¡Nos pusimos a comerlo como locos! También jugábamos al pinball día y noche, porque de eso tampoco había en Yugoslavia. Y luego estaba el LSD. Esos años setenta fueron los más locos de mi vida.

Allí en Nápoles, además, descubrimos a Cream. Aprendimos a tocar música de forma más libre. Por primera vez encontré algo que iba más allá del pop de estrofa-estribillo. Nos pusimos a tocar esa nueva música inmediatamente. Supongo que por eso y por el LSD nos echaron del bar. Nos quedamos sin dinero y tuvimos que llamar a nuestros padres para que nos rescataran. Le prometí a mi madre que dejaba la música y que iba a estudiar. Fueron cuatro años en los que no toqué nada, fui al instituto y llegué a la universidad. Pero en la facultad en el último año nos juntarnos otra vez la pandilla de amigos que nos habíamos escapado a Italia, volvimos a tocar y nos pusimos de nombre Bijelo Dugme (botón blanco) y no terminé la carrera, me convertí en una estrella en cuestión de días.

Sarajevo en los años setenta era una ciudad con una vida cultural alucinante.

Se tocaba mucho, pero sobre todo se recitaba mucha poesía. A los recitales de poesía que se hacían por las noches iban miles de personas, eran como conciertos de rock. Había una generación fantástica de poetas, de Dusko Trifunovic o Rajko Nogo al famoso Radovan Karadzic. Durante la guerra, me encontré con Karadzic en Belgrado, entonces él era el presidente de los serbios de Bosnia y poco tiempo después el criminal más buscado por La Haya. Yo le conocía como poeta. Ya sabes cómo es alguna gente, bajo condiciones buenas, sacan lo mejor de sí; bajo las malas…

Karadzic podría ser ahora el psiquiatra que escribía poesía si no hubiese sido por la guerra. Igual que muchos de mis profesores de la universidad. Si no fuese por la guerra podrían tener unas vidas normales, en todos los bandos, en el serbio, el croata y el musulmán. Pero cuando empezaron los enfrentamientos y la guerra, todos intentaron ajustarse a esas nuevas condiciones y unos estuvieron a la altura y otros no.

En aquel Sarajevo, yo tocaba en muchos grupos, pero como era un chico de la periferia, siempre estaba con grupos de la periferia. A los diecisiete años empezaron a ficharme grupos buenos del centro y me mudé al corazón de la ciudad. Siempre ha existido una separación entre centro y periferia; una separación mucho mayor y más importante que la que pudiera haber entre diferentes tribus urbanas.

Te interesaba el socialismo, aunque fuera en un sentido kitsch.

Era tan exagerado que me tenía que gustar. Me vestía con un abrigo alemán de cuero largo, por debajo de la rodilla, como el de Tito. Con ese abrigo me sentía tan importante como un monumento. La verdad es que las simplificaciones me dan miedo, pero dentro de la estética socialista se difundía un gran ideal, teníamos unas metas más importantes que las pequeñas tragedias personales. Era ambicioso, pero me parecía que tenía sentido en un país como el nuestro donde las cosas siempre solo podían ir a peor. Ese periodo del comunismo y Tito para mí es el mejor periodo que conocemos de nuestra historia.

Goran Bregovic para Jot Down 2

¿Qué opinas de Tito?

En la historia no se dan casos en que los grandes políticos vengan de los países que no tienen fuerza o no son tan poderosos como puedan serlo, por ejemplo, Rusia o Alemania. Porque la política es fuerza, en diferentes formas, pero fuerza. Y Tito fue el primero en la historia que no tuvo ninguna fuerza detrás, pero llegó a ser muy importante en el mundo. Figúrate que Nikita Kruschev, el sucesor de Stalin, antes de entrar en Budapest con su ejército, atravesó en avión una tormenta y aterrizó en Brioni para ver a Tito y que le diera permiso. Cuando murió Tito, yo estaba en Suiza y la televisión dio su entierro todo el día. Como político era extraordinariamente talentoso. Pienso que a lo mejor perdió la oportunidad de introducirnos en la democracia con menos dolor, pero es evidente que él sabía más de nosotros que nosotros mismos. Puede que simplemente no se atreviera a hacer nada porque sabía con qué jauría tenía que lidiar. De hecho, todo esto luego se confirmó.

Tito llamó a tu grupo, a Bijelo Dugme, para que tocaseis para él.

En el 75, el nieto de Tito estaba siempre cantando una canción de Bijelo Dugme, «Tako ti je mala moja kad ljubi Bosanac». Como no paraba de cantarla, Tito pidió que le trajera a ese grupo para escucharlo él. El sitio elegido fue el Teatro Nacional de Zagreb, en Croacia. Pero la actuación duró solo unos segundos porque rápidamente Tito se llevó la mano al oído indicando que eso era demasiado alto para él. Así que nos sacaron en el acto del escenario. Creo que es el récord mundial del concierto más corto.

Llegasteis a grabar en Estados Unidos.

A los Estados Unidos íbamos porque la discográfica ganaba tanto dinero que nos inventábamos motivos para hacer viajes de placer. Fuimos por capricho puro a grabar en el mejor estudio americano. Nos criticaron mucho, pero como siempre nos estaban criticando… Éramos demasiado grandes para que todos pudieran querernos, pero esto es normal en un país pequeño.

Pero un día decidisteis iros a hacer trabajos comunitarios.

Creo que lo necesitábamos como grupo, porque estábamos demasiado locos, todo era lujo, y teníamos que bajar un poco a la tierra. Así que decidimos irnos a hacer trabajos comunitarios y, ciertamente, no nos vino mal estar un mes durmiendo en barracones. Estuvimos construyendo una carretera. Nos hicimos heridas en las manos y no tocamos música para nada. El rock and roll era demasiado, queríamos tranquilizarnos un poco. Echar el ancla. Dormir en ese sitio y comer con todos los obreros de una cazuela enorme, estar con las chicas que no se depilan las piernas ni los sobacos. Volver a unas coordenadas normales, para no olvidar de dónde vienes.

El concierto de despedida antes de que te fueras a la mili reunió a setenta mil personas.

Pensaba que tenía que organizar algo grande antes de irme al ejército. Afortunadamente, solo tuve que estar un año porque había pasado por la universidad, pero normalmente se iban dos. Fue una experiencia surrealista. Pero allí te encuentras o ves lo que es realmente tu país. Me enviaron a Nis, durmiendo en una habitación con ciento tres personas. Imagina lo que era eso. En cada momento, por lo menos, veinte estaban haciéndose pajas. ¿Qué veinte? ¡Cuarenta mínimo! Por no hablar de lo demás, tenías que acostumbrarte a otro modo de vida. Ay, esa masa, que es tan fácil dirigirla, estando ahí te das cuenta de lo sencillo que es luego mandarlos a la guerra. Esa gente, que considera que sabe leer y escribir, pero en realidad son tan incultos que no cuesta nada llevarlos a la muerte.

En el cuartel éramos mil ochocientos soldados. Teníamos una biblioteca de la que habían robado todo, menos Marx, Lenin y Tito (risas) algo de Dostoievski y a los escritores latinoamericanos, que todavía no eran famosos y nadie quería llevárselos. Así que de esa manera pasé el tiempo, leyendo esos libros. Dostoievski, que no leería en mi vida normal, pero como no había otra cosa… y los sudamericanos.

Luego me sentía muy mal viendo a los albaneses solos y aislados en sus pandillas, ya que nadie de nosotros hablaba su idioma. Esto me motivó, o sentí la necesidad de hacer una canción en albanés. Utilicé unas frases y palabras que ellos solían cantar y la compuse. Gracias a este gesto, años después siempre tuve el burek gratis en una de las mejores pastelerías de Zagreb. Ya sabes que las mejores panaderías y pastelerías de Yugoslavia eran las de los albaneses.

¿No tuviste problemas en el ejército por ser quien eras?

Querían que tocase y yo no quería. Al final tuve que organizar un coro, pero lo hice mixto. Mezclado con las chicas del instituto y los soldados. Era muy simpático porque cada semana venían al cuartel treinta chicas, era genial para la tropa. Duró tres meses, hasta que un oficial empezó a maltratarme preguntándome con quién me juntaba cuando estaba en Londres, todo para joderme porque era rockero y estaba grabando mucho fuera del país. Recuerdo también a un director de cine que se negó a jurar bandera y toda la vida tuvo problemas por eso. Además, estando yo en la mili, se murió mi madre, con mi hermano también en el ejército. En general, no fue el periodo favorito de mi vida.

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No estaban mal los impuestos que pagabas en Yugoslavia.

Tuve que registrar la empresa de explotación de Bijelo Dugme en Eslovenia, porque en Bosnia pagaba un 90% de impuestos. En cualquier caso, fuimos los primeros que demostramos que era posible vivir del rock and roll. Antes de nosotros a nadie se le hubiese pasado por la cabeza. Todos tocaban rock por las chicas, luego terminaban la facultad y trabajaban en puestos de trabajo normales. Pero el arte, en el comunismo, era una motivación muy grande. Por rechazo al régimen o por otros motivos, pero cuando cayó el comunismo, toda esta escena desapareció con él. Los artistas todavía están buscando un motivo para hacer música o arte en general. Por eso me gusta mucho lo que llega de China, donde también hay esa rebeldía hacia el sistema.

Nosotros siempre andábamos bordeando esa fina línea de lo que estaba permitido y lo que no, y los que la cruzaban lo pasaban fatal. A mí me faltó poco en el último LP, porque ya podía sentir el olor de la guerra. Quise que la portada del disco me la hiciera Misa Popovic, un artista prohibido en Yugoslavia, quería una foto suya en la que salía gente durmiendo en un parque con el diario Politika en la cabeza, y también quise grabar con los niños del orfanato de Sarajevo. Pero la policía terminó hablando con mi mánager y Misa Popovic me dijo: «Hijo, meterte en esto no lo necesitas en la vida». Hoy, desde esta perspectiva, todo parece muy gracioso, pero en esa época era como cuando un perro mea su territorio, estás dejando como unas huellas detrás de ti para que los otros te puedan seguir.

También tuve problemas por juntar dos canciones nacionalistas prohibidas serbias y croatas. Las grabé en Grecia, sin ninguna connotación, de hecho como canción suena muy bien y muy natural. La música es la primera forma que tuvieron los hombres de comunicarse. No es casual que la música perteneciese antes a la religión que a las lenguas. La música no tiene esos problemas de ideología que tenemos nosotros. Si hablas bien esa lengua que se llama música te puedes entender con todos.

¿Cómo era el modo de vida de rock stars en un país comunista?

La policía siempre estaba detrás de nosotros. Siempre. Sobre todo por las drogas. Por eso le impuse a mi grupo la norma de que nunca podían estar con chicas menores y tener drogas porque siempre iba a andar la policía encima. Pero cuando me fui al ejército les pillaron con droga y entonces mi batería terminó tres años en la cárcel de Zenica. Nunca se recuperó de esa experiencia. Imagina, si en el comunismo la calle era la cárcel, hazte una idea de cómo eran las cárceles del comunismo. Se suicidó años después. No pudo superarlo.

Al final fuiste aparcando Bijelo Dugme. Dijiste que si no llega a ser por la guerra desde los noventa habrías hecho vida de jubilado.

Como te he comentado, siempre tuve el problema de los impuestos, me parecía ridículo trabajar por el 10% de lo que generaba. Me puse a sacar discos cada dos o tres años y, mientras tanto, hacía alpinismo, crucé el océano navegando, fui presidente de un club de boxeo, hacía joyas… Pero cada dos o tres años tenía que disfrazarme de guitarrista guapo. Para mí era como una obligación, por eso ahora disfruto tanto de lo que tengo. Siempre he mirado a Pink Floyd como una carrera ideal, que no sabes cómo son en realidad, les ves en el escenario con sus camisas blancas y luego por la calle no los reconocerías.

Y la guerra, aunque sea algo terrible, al final la entiendes como un estado natural de la humanidad. Pasan los siglos y todo se derrumba y reconstruye una y otra vez. Es una forma terrible que tiene la civilización de avanzar. Yo, por suerte, cuando estalló la guerra en Yugoslavia, estaba en París; la guerra empezó cuando estaba editando la banda sonora de Arizona Dream. Sarajevo estaba bloqueada, incluso si hubiera querido no habría podido volver ahí. Sin embargo, desde entonces, aunque fuese a la fuerza, mi carrera se vio renovada y relanzada por otros caminos.

¿Qué opinas del actual auge del nacionalismo en Europa?

En los temas de nacionalismo hay cosas que no se pueden explicar. Los alemanes son uno de los pueblos más educados y cultos del mundo, pero pasaron por su periodo de Hitler. Eso es lo terrible, porque lo lógico sería que solo los ignorantes cayeran en esas trampas, en los sentimientos de odio y chovinismo. Por otro lado, la democracia también tiene sus peligros. Uno de los más grandes filósofos, Aristóteles, estaba más por la dictadura ilustrada.

El problema con la humanidad es que avanza en todos los sentidos menos en el político. El último pensamiento político fresco es el de Karl Marx. Desde el siglo XIX la humanidad se ha desarrollado mucho, pero la política no se ha movido ni un ápice. Se enseña que el capitalismo es vital, pero si analizas ese sistema desde el punto de vista humano, deberían prohibirlo punto por punto y, por desgracia, es lo único que funciona.

La suerte es que el mundo está lleno de bombas atómicas porque si no, desde hace mucho tiempo, habría estallado ya una nueva guerra mundial. Hay un ciclo, como dijo Marx, en el que el capitalismo se pone su propia soga al cuello y ese ciclo hace mucho tiempo que ha llegado a su fin. Deberíamos derrumbarlo y construirlo otra vez. Porque en la naturaleza del capitalismo está la guerra y solo las bombas atómicas nos están salvando de que estalle. Y cuando los musulmanes también la tengan, espero que las guerras pequeñas también paren. A lo mejor ahí está la clave de la humanidad, en que todos nos armemos de bombas atómicas y podamos vivir en paz.

Es muy difícil encontrar una fórmula para manejar la humanidad, que es tan horrorosa y está formada por tipos de gente tan diferentes.

Dices que sigues sintiéndote ciudadano yugoslavo, pero como una emoción, no como algo político.

Yugoslavia era un territorio y una emoción y hoy en día sigue significando eso. Por eso ya no escribo textos en el idioma de Yugoslavia, porque ya no existe. Escribo en romaní, que es el único idioma que se sigue hablando en todos los territorios que formaban Yugoslavia. Al menos no tiene esos problemas que tienen el idioma serbio, el croata, el bosnio y el montenegrino, que están trabajando día a día para diferenciarse entre sí en lugar de potenciar lo que tienen en común.

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El cine de Kusturica sirvió para que tu trabajo se conociera en todo el mundo, pero luego rompisteis. ¿Qué fue lo mejor y lo peor de tu relación con él?

No existe nada malo. Pero diez años son muchos años, ahora cuando lo pienso me doy cuenta de que fue demasiado tiempo. El cine es un ambiente tan histérico que una amistad de esa duración es casi una eternidad. No se mantienen ni los matrimonios, menos las amistades tan cercanas como la nuestra. Después de la grabación de Underground fue suficiente para él y para mí.

Underground la produjo un alemán. Un día me senté con él a repasar todas las películas que se hicieron en Yugoslavia, porque este productor quería hacer una retrospectiva de la cinematografía yugoslava, y vi todo lo que se hizo. Hasta las películas porno de antes de la guerra. Y en todo ello solo hay un par de películas que destacan: las de Kusturica. Él es una gran excepción en una gran nada. Hizo la mejor fotografía, la mejor edición, la mejor escenografía… Fue el mejor de todos los que estudiaron con él en Praga.

Pero Underground fue una película catárquica. La temática, de lo que iba realmente, era lo que estaba pasando entonces. Hablaba del momento actual del país. Era todo tan histérico que tenía que acabar. Yo estaba harto del equipo que formamos y ellos hartos de mí. Kusturica necesitaba un cambio, pero nosotros también.

Cuando Kusturica ganó su primera Palma de Oro en Cannes, se quedó en su casa cambiando el parqué. ¿Qué significado tenía eso?

No quería ir a Cannes para que en Sarajevo dijeran «mira este…», que le acusaran de convertirse en un pijo que ahora iba caminando de esmoquin sobre la alfombra roja. Sacar cojones así en una ciudad pequeña no se hacía. El era de Sarajevo y sabía ser de Sarajevo. Cannes es también un pueblo pequeño, pero bueno.

Dices que el alcohol no se puede separar de la cultura balcánica.

Cada cultura va con alguna droga. Desde en India, que usan opiáceos que te bajan el ánimo, pasando por la cocaína en Latinoamérica que te lo sube, hasta nuestra rakija (licor de frutas) que llevamos mil años bebiéndola y seguro que ya tenemos algún daño en el cerebro por ese alcohol.

Mi álbum Alkohol no fue nada premeditado y planificado. Surgió cuando estaba tocando en el Festival de la Trompeta de Guca, en Serbia. No quise hacer un concierto habitual y nos pusimos a tocar cosas más especiales, como algo de Bijelo Dugme, canciones que había escrito para Grecia o Turquía, también material que tocábamos en el backstage para nosotros, todo al margen de lo profesional de ese momento.

Y en los contratos que firmo siempre figura que tiene que haber alcohol en el escenario, el único lugar donde bebo. Fuera no porque soy hijo de un alcohólico. El caso es que en Guca me animé y me puse a darle dinero a mis músicos sobre el escenario. A veces lo hago, siempre sube la atmósfera. Luego cuando vi el vídeo me di cuenta de que repartí un montón de pasta, el alcohol me sentaba muy bien esos días, y también de que debería sacar ese material como un álbum.

Y la segunda parte del disco quisiste que fuera un homenaje al pueblo romaní.

La segunda parte del álbum iba a ser un concierto de violines que me habían encargado de la Unión de Filarmónicas Europeas. El concierto iba sobre los tres textos sagrados. Sabes que hay tres formas de tocar el violín, la clásica, como los católicos, la forma en la que lo tocan los judíos y el estilo oriental, como lo tocan los musulmanes. La orquesta en ese momento tenía a un búlgaro que era capaz de tocar de las tres maneras, pero luego cuando entré en el estudio pensé: ¿quién coño bebería con esto? Yo seguro que no.

Justo en ese momento surgieron los problemas con los gitanos de toda Europa, les estaban echando de todas partes. Y pensé que esa segunda parte del disco podría servir para recordarnos que los gitanos no son personas que deban ser expulsadas de ningún lado, sino un pueblo que ha dejado un sello en la cultura allá donde haya estado. Ya era hora de que Europa reconociera el peso cultural de los romaníes, empezando por ejemplo por Charles Chaplin. Imagina que los franceses hubiesen echado a todos los gitanos que huían de Franco. ¿Podrían presumir ahora de tener a los Gypsy Kings? ¡Y una polla!

Llamé a los romaníes que conocía, a los que considero que tienen algo especial, y por eso la segunda parte del álbum se llama Champagne para los gypsies.

Y recorriste las cocinas de los romaníes de toda Europa.

Sí, porque la experiencia con los gitanos es que es mejor no meterlos en el estudio. Incluso en mi orquesta, que se convirtió en una orquesta profesional, en el estudio están a mitad de ánimo. Cuando más se motivan es cuando ven a mujeres bailando mientras ellos tocan. Con la música balcánica no es como en una discoteca que se baila con una coreografía o una rutina, que cada chica la ha ensayado delante de su espejo antes de irse a la discoteca, aquí el rollo es que todo el mundo es sexy mientras baila. No sé por qué, pero es así.

En general, he tenido muchos problemas trabajando con ellos. En Underground tuvimos suerte porque los que hacían la película sabían cómo iba el tema. Un viernes, la orquesta dijo que había una boda y que se piraban. Pero les habían cogido el pasaporte al firmar el contrato y con eso salvaron el rodaje.

A mí me pasaron cosas así un par de veces. Con mi trompeta de Nis, por ejemplo, cuando estábamos yendo a hacer la ópera Karmen y él tenía el papel principal, porque era guapo y alto, no se presentó en el aeropuerto. Al hacer la escala en París me llamó por teléfono y me dijo que tenía problemas con su mujer, una discusión. Y en ese sistema de valores, si tienes un estreno y hay una discusión con tu mujer, es más importante resolver el problema con la mujer. El otro trompetista que tenía tuvo que preparar el papel en el avión.

Otra vez pasé por una situación en la que uno quería irse a casa, pero quedaban tres días para volver. Se empeñó en que justo ese día se tenía que marchar, intenté convencerle de que solo quedaban tres para volver, pero cogió el instrumento, lo estampó contra la pared y se fue. Ellos son cowboys. A cada uno de nosotros nos gustaría alguna vez estar así de libre.

Goran Bregovic para Jot Down

Trabajaste con el gran Saban Bajramovic, el rey de los gitanos.

Lo último que grabó Saban antes de morir fue en mi disco. Sufría una especie de derrames cerebrales y tenía dificultad a la hora de memorizar cosas. Entonces su hija, que iba al conservatorio, intentaba ayudarle a recordar mientras grababan. Luego Saban escribió la canción «Ema con dos pistolas» en homenaje a la caña que le metió para que no se le olvidara el texto.

Yo también escribo en romaní, pero mis canciones no son como las suyas, que tienen la temática gitana auténtica. Las mías solo tienen el idioma. Las de Saban hablan de la verdadera vida de los romaníes, de que la mujer se le pone enferma y tienen que vender un niño para poder pagar el hospital. Los temas difíciles de esta gente.

Es una pena que Saban sea tan poco conocido fuera de Serbia y los Balcanes.

Eso es normal porque viene de un sitio que es muy pequeño. Lo raro es que eso no me haya pasado a mí también, que soy un compositor de una cultura tan pequeña. Si compras un libro de la historia de los compositores no hay ningún yugoslavo, así que lo mío sí que es un milagro.

¿Por qué es tan importante la trompeta y los metales en general en la música balcánica?

Los trompetitas balcánicos tienen una historia similar a los del jazz. Los negros se llevaban las trompetas de las bandas militares a casa y así empezó el jazz. Pues lo mismo que los negros, los gitanos. Les daban a ellos las trompetas porque en una tarde aprendían a tocarlas. Y los gitanos empezaban como los trompetistas en el ejército porque en esa época no había colegios de música. Una vez formados, pasaron a tocar en las bodas.

Ahora, la mayoría de la música de los gitanos ha terminado en las kafanas, que es un triste final para la música. No obstante, la música que es con trompetas de los gitanos ha sobrevivido, porque nunca podrá entrar en una kafana.

¿Porque los instrumentos son muy grandes?

No, porque tienen que escupir y nadie normal puede comer con diez gitanos escupiendo alrededor de la mesa. Gracias a eso se quedó fuera de ese destino. Creo que con el flamenco ocurre algo parecido. Una vez en Barcelona, un mánager me llevó a escuchar flamenco a su barrio. Era un local muy pequeño. Era la primera vez que escuchaba flamenco en directo y fue como sexo salvaje. Era tan bueno. No recuerdo que me hayan dado nunca una dosis de música tan buena como en ese bar de veinte mesas. Ni siquiera tenían escenario, estaban por todo el bar y le daban a todo lo que encontraban… mesas, sillas. Espero que los del flamenco también empiecen a escupir para que su música no quede confinada en sus kafanas.

También trabajaste con Iggy Pop, el padrino del punk.

Hay muchos de esos personajes a los que yo les pediría un autógrafo en el aeropuerto si los viera con los que luego he tenido la oportunidad de trabajar. Porque yo no soy una estrella que va por ahí rodeada de mánagers. Para hacer algo juntos solo hay que hablar conmigo, es fácil. Cuando hacían la audición de Arizona Dream, que se publicó en el New Yorker, Iggy vino, se puso en la cabeza una calabaza y cantó «God bless America» y todos empezaron a decir que deberíamos grabar algo juntos. Le mandé tres canciones mías de Bijelo Dugme con la traducción de las letras y él me llamó al día siguiente. Me dijo que estaba tomando café en East Village, donde siempre lo toma, sabía que un camarero era serbio, le preguntó por mí y le dijo que Bregovic era un dios. Iggy me dijo entonces: si el camarero piensa que tú eres Dios, vamos a trabajar juntos. En esa época él estaba limpio. No quería ir a ningún estudio donde estuvieran fumando porros y terminamos en los de Philip Glass, donde nadie se droga.

Y con Eric Clapton.

Volvamos al bar de striptease, cuando Cream cambió nuestros conceptos sobre la forma de tocar música. Entonces yo pensaba que Clapton era el personaje más importante en mi vida. Si no hubiese sido por él y Cream, seguiría tocando en locales de striptease, donde las mujeres son guapas, te dan buen dinero y la vida es confortable, pero un día te levantas por la mañana con setenta años y sigues en el bar de striptease.

Pues hace no mucho, los que hacían mi página web, me dijeron que un tío de nombre Eric Clapton había llamado y que quería verme. Les dije: llamadle a ver quién es y, efectivamente, era él. Iba a Belgrado y quería ver si yo estaba por ahí en ese momento. Nos encontramos en el backstage de su concierto y, por supuesto, nunca le dije que era la persona más importante de mi vida, porque eso lo hacen las chicas, yo no, pero fue realmente muy emocionante.

Me dijo que Scorsese le había pasado mi primer disco y que desde entonces siempre los compraba. Nunca se me ocurrió que alguien como él pudiese escuchar nuestra música. Me preguntó si nos podíamos ver al día siguiente, antes de coger el avión, a tomar un café. Vino a mi estudio antes de ir al aeropuerto y no les dije a mis asistentes que iba a aparecer, se quedaron todos alucinando cuando lo vieron. Me cantó algunas canciones mías. Creo que a cada uno de nosotros algún día se nos cierran las elipsis, ese deseo que guardas desde hace tantos años al final se resuelve de alguna manera.

Mejor fue lo que me pasó con Ernesto Sábato. Cuando toqué por primera vez en Buenos Aires, me dijeron en el hotel antes de entrar que tenía una carta. La abrí y decía: «Muchas veces su música me ayudó en momentos de depresión, soy demasiado viejo para ir a su concierto, pero le deseo toda la felicidad en la vida. Firmado: Ernesto Sábato». Y dentro estaba el libro Alejandra, que precisamente era uno de los libros que robé del cuartel del ejército donde hice la mili, de los pocos que habían quedado en esa biblioteca porque entonces nadie lo conocía.

Le escribí una carta explicándole lo de la mili, cómo encontré su libro, que era una biblioteca enorme donde solo quedaban un par de libros que nadie quería robar. Después de eso le presté ese libro a mucha gente y luego se quedó en mi biblioteca personal. Pero cuando empezó la guerra, desapareció todo de mi casa de Sarajevo, incluidos los libros. Entonces ya no me veía con ganas para empezar una segunda biblioteca, pero con esa carta me entraron fuerzas, fue como una señal. Todo se puede volver a empezar por segunda vez.

Goran Bregovic para Jot Down 5

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Las mejores películas sobre el sentido

Una escena de La gran belleza. Imagen: Wanda Visión.

Es probable que si han pagado ustedes la entrada para ver La gran belleza en un cine pertenezcan a uno de estos dos grupos: el de los que roncaban a pierna suelta y con toda la potencia de la que eran capaces sus pulmones o el de los que se pasaron las dos horas y media de la película con la piel de gallina. Y es que si una película ha marcado durante los últimos años la frontera entre seres humanos y mostrencos con la sensibilidad de un cactus cholla esa es La gran belleza. Por supuesto, no tengo ningún argumento racional para defender tal afirmación: estas cosas se pillan o no se pillan y no tiene mucho sentido intentar convencer a nadie de lo contrario. Mi consejo, eso sí, es mantenerse alejado de todo aquel que diga haberse aburrido como una ostra durante el pase de la película. Es mala gente, no tengan ni la más mínima duda. Empezará hirviendo a su gato por placer, continuará leyéndose un libro de Paulo Coelho y acabará riéndose a mandíbula batiente mientras suena el Alina de Arvo Pärt.

Lo interesante de La gran belleza es precisamente lo que NO es. No es una película religiosa. No es una película cristiana. No es una película metafísica. Y no es una película filosófica. Es todo eso al mismo tiempo. La gran belleza es, en definitiva, una película sobre el sentido. No sobre el sentido de la vida. Sobre el sentido. Que no es exactamente lo mismo.

Así que la siguiente no es una lista de películas estrictamente religiosas, cristianas, metafísicas o filosóficas, aunque todas ellas lo sean en cierta medida. Es una lista de películas sobre el sentido. Y por eso han quedado fuera de la selección elecciones obvias como La pasión de Juana de Arco (Carl Dreyer), Diario de un cura rural (Robert Bresson), El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini), Matrix (Andy y Lana Wachowski), El séptimo sello (Ingmar Bergman) o Pi (Darren Aronofsky), entre muchas otras. No cabían todas y la lista la hago yo.

30. Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004).

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Resulta raro leer en las críticas de cine el término «romántico» acompañado del sustantivo «comedia». Tanto hemos banalizado el amor, quizá el sentimiento más trágico, desesperado y absoluto jamás inventado por el hombre moderno, que ya no somos capaces de soportar su visión si no es acompañado de unos cuantos chistes de mariquitas, putas y cojos. Pero el amor contemporáneo, ese amor torpe, infantiloide y egoísta nada tiene que ver con el amor de los siglos XVII, XVIII y XIX. Que era un amor tiránico y atormentado pero aun así inocente y esperanzador. ¿Lo pillan? ¡Es la definición exacta de la fe! Pero no desesperen. Aunque parezca mentira, se han cantado canciones de amor que no avergüenzan el alma. Por ejemplo Ne me quitte pas, de Jacques Brel, que a fin de cuentas es la historia de un calzonazos. Así que hacerse, se puede. En el terreno cinematográfico, ni Cuando Harry encontró a Sally, ni Casablanca, ni Annie Hall. La película romántica por excelencia es Olvídate de mí. Inevitabilidad, arrebato, rutina, despecho, memoria y vuelta a empezar. En el punto exacto en el que lo dejaste e, idealmente, con la misma persona: amor verdadero.

29. Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957).

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Veinteañeros, ni os molestéis: nadie que no haya cumplido como mínimo los cuarenta va a entender ni siquiera los títulos de crédito de esta película. Que, a fin de cuentas, habla del tiempo perdido durante la juventud y de la amargura que comporta esa pérdida una vez llegada la vejez. Paradójicamente, es una película optimista. Pero eso tampoco se entiende antes de llegar a los cuarenta (los adolescentes suelen confundir el optimismo con las expectativas).

28. Sacrificio (Andrei Tarkovski, 1986).

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Otras dos películas de Tarkovski podrían aparecer en esta lista (Stalker y Solaris) pero la escogida es Sacrificio por su bizarra mezcla de surrealismo y misticismo. En realidad, el título español malinterpreta el mensaje de la película. Porque lo que Alexander, el protagonista de Sacrificio, lleva a cabo para evitar el exterminio de la humanidad no es un sacrificio sino una ofrenda. Que por algo es el título original de la película en sueco (Offret). Aunque puestos a enmendar la plana, lo de Alexander no es tanto una ofrenda como una renuncia. A su familia, su casa y su vida. Acérquense con cautela porque si alguna vez se ha filmado una película densa e impenetrable hasta decir basta esa es sin duda alguna Sacrificio.

27. Up (Pete Docter, 2009).

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Rondaba yo hace una semana por la FNAC de Barcelona cuando un grupo de chavales que debían rondar los quince o dieciséis años se acercó vacilón a la sección de cine de autor. El primero de ellos leyó el rótulo en voz alta, se lo pensó un segundo y dijo: «Esto es…». Las opciones en mi cabeza para el final de la frase, teniendo en cuenta la edad del zagal y el hecho de que hubiera varias chicas en el grupo, eran varias: «…un puto coñazo», «…una puta mierda», «…un puto horror». Pero el chaval remató «…cine». Y añadió: «Esto es cine y el resto son películas». Por poco le doy un abrazo. El caso es que los primeros quince minutos de Up son cine y el resto solo una (excelente) película. Que ya es mucho. Porque ese cuarto de hora inicial que cuenta la historia de amor del sobrio Carl y de la aventurera Ellie, la pérdida de su hijo, la muerte de ella y la posterior decisión de él, a sus setenta y ocho años y decenas de corbatas más tarde, de arrancar por primera vez en su vida los pies del suelo y echar a volar son los más conmovedores que un servidor ha visto en mucho tiempo. Harían bien en ver Up con ojos de adulto porque la lección que encierra merece la pena.

26. Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (Kim Ki-duk, 2003).

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Solo un hotentote con la sensibilidad de un canto rodado podría confundir esta preciosa fábula budista sobre la culpa, la redención y el eterno ciclo de la vida con un curso de autoayuda para adictos a las espiritualidades orientales. Pero de todo tiene que haber en la viña del señor: uvas, pámpanos y agraz.

25. Shutter Island (Martin Scorsese, 2010).

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Scorsese, perro viejo, plantea en Shutter Island el reverso oscuro de la cuestión neurálgica de Matrix. Dada la posibilidad de elección, ¿quién no optaría por el mentiroso consuelo de la locura frente a una realidad atroz?

24. Una historia verdadera (David Lynch, 1999).

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Bienvenidos a la película más malinterpretada de los últimos veinte años. «La menos lynchiana de todas las películas de David Lynch», decían muchos. Pues no: la más lynchiana y cruel de todas ellas. ¿Es Una historia verdadera una tierna fábula protagonizada por un abuelo entrañable que, tras avistar el final de sus días, decide recorrer centenares de kilómetros a bordo de una segadora para reconciliarse con su hermano? Pues no. Una historia verdadera es el retrato de un hombre malvado atormentado por la culpa, un alcohólico violento que destrozó a su familia y provocó su desbandada, que causó el incendio en el que uno de sus nietos fue abrasado (una constante en el cine de Lynch) y que más tarde logró que los servicios sociales arrebataran de las manos de su hija al resto de sus nietos. Un hombre que niega su pasado y que explica su historia, convenientemente mutilada de detalles claros, concretos e inculpatorios, a todos aquellos desconocidos con los que se encuentra. Y de ahí la ironía del título.

23. La carretera (John Hillcoat, 2009).

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La carretera tiene varios niveles de lectura pero el que me interesa por lo que respecta a este artículo es el siguiente: aun en un mundo atroz abandonado a su suerte por dios es posible encontrar minúsculos destellos de bondad. Quién les iba a decir que fuera posible hacer una lectura medianamente optimista de ese pozo de cenizas físicas y morales que es La carretera, ¿cierto?

22. Conan el bárbaro (John Milius, 1982).

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A estas alturas de la vida a nadie le va a pillar por sorpresa conocer que Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Solo diré, para que se entienda de dónde vienen los tiros, que el personaje interpretado por John Goodman en El Gran Lebowski es una parodia, bastante fiel a la realidad por cierto, de John Milius, guionista de Harry el Sucio y Apocalypse Now y director de Amanecer Rojo, probablemente la película más filosóficamente derechista de la historia del cine. Pero por si acaso alguien ha vivido en la inopia durante los últimos treinta años, ahí va la noticia bomba: Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Obviamente, ni el bushido ni el Übermensch de Nietzsche tienen excesivo sentido para el hombre occidental del siglo XXI, pero si anda usted buscando el sentido de la vida en espacios intelectuales, digamos, peculiares, Conan el bárbaro es su película.

21. El topo (Alejandro Jodorowsky, 1970).

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Andarle buscando el sentido a una película abiertamente surrealista es en cierta manera como aprender a nadar por YouTube: una subversión del concepto original. Pero puestos a divagar, digamos que El topo es la historia de un Jesucristo pagano a la búsqueda del sentido de su vida. El mejunje de cristianismo, filosofía oriental y otros desvaríos macarrónicos es de órdago. Pero, más de cuarenta años después de su rodaje, El topo sigue siendo considerada una de las grandes películas de culto de la historia del cine, así que algo debe de tener el agua cuando la bendicen.

20. Umshini Wam (Harmony Korine, 2011).

Difícil saber si el corto Umshini Wam, que por cierto es el nombre de una canción de protesta zulú, es una tomadura de pelo o algo bastante más complejo. Pongamos una historia de amor bizarro a cargo de una pareja de dementes (Ninja y Yolandi de Die Antwoord) abandonados por Dios a su suerte y cuya filosofía vital se resume en «si eres lo suficientemente vieja como para tener la regla y procrear eres lo suficientemente vieja como para reventarle los dientes al prójimo con un ladrillo mientras duerme». Si acaso, échenle un ojo y decidan ustedes mismos.

19. Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1979).

19

En realidad la muy atmosférica Picnic en Hanging Rock no es tanto una película sobre el sentido sino sobre el misterio. Su peculiaridad es que ese misterio, como suele ocurrir en la vida real, queda sin resolver al final de la película. Lo cual, por cierto, provocó cabreos sin precedentes entre la audiencia de la época y dio pie a su aura de película de culto. Si buscan mensaje en Picnic encontrarán algo muy parecido a esto: no hay sentido, solo misterio.

18. Waking Life (Richard Linklater, 2001).

18

La pretenciosa, en el buen sentido de la palabra, Waking Life es el equivalente de El mundo de Sofía para la generación de los nacidos durante la década de los ochenta. Aunque, en realidad, la película de Linklater está más bien a medio camino de la filosofía y el psicoanálisis. A disfrutar en una sesión doble de cine de animación con pretensiones metafísicas junto a la también muy onírica Paprika, de Satoshi Kon.

17. El club de la lucha (David Fincher, 1999).

17

La versión nihilista de La gran belleza. ¿O es que pensaban que El club de la lucha habla de otra cosa que no sea del sentido? Eso sí: el de La gran belleza es el camino de la cruz (la esperanza) y el de El club de la lucha el de la espada (el nihilismo). Lo que por cierto emparenta esta película con la siguiente de la lista…

16. La misión (Roland Joffé, 1986).

16

El mensaje de La misión está resumido en ese plano final en el que un grupo de niños indígenas que han sobrevivido a la masacre de su pueblo carga un instrumento musical en una canoa. Dicho de otra manera: algo queda. Pero por el camino hasta ese final Joffé ha reflexionado sobre la culpa y la redención a través de la historia de dos personajes basados en el misionario peruano Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652) y que optan por dos caminos distintos, el de la violencia y el de la fe, para la consecución del mismo fin. Y es que ya lo dijo el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo: la pólvora contra los infieles es incienso para el Señor.

15. Rompiendo las olas (Lars von Trier, 1996).

15

Ninguna de las ideas legadas por el cristianismo supera en belleza a la del sacrificio por amor. Que, por cierto, y por aclarar dudas, nada tiene que ver con el martirio, la abnegación y la tortura (ideas heredadas de ese tenebrismo católico al que tanto y tan eficazmente aportamos los españoles en su momento). Por resumir: Rompiendo las olas es a los melodramas de Douglas Sirk, la filosofía de Søren Kierkegaard y la filmografía de Dreyer lo que Mark Millar a Los 4 Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby: un más rápido, más alto y más fuerte a cargo del alumno aventajado de la clase.

14. Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

14

No es Blade Runner el primer nombre que viene a la cabeza cuando se piensa en películas religiosas. Pero los simbolismos abundan. Especialmente en el personaje de Roy Batty, ese ángel caído que tras rebelarse contra sus creadores osa cometer el crimen supremo: el deicidio. Su búsqueda de la fecha de su muerte (el conocimiento prohibido) no es más que una metáfora de la rebelión del hombre contra la arbitrariedad de Dios. Al final de su huida, y tras adquirir consciencia de la imposibilidad de escapar del destino programado para él, Batty muestra la compasión de la que carecen sus perseguidores humanos. Blade Runner, en definitiva, se pregunta qué es lo que nos hace humanos. Y se responde: la empatía… y la memoria.

13. De latir mi corazón se ha parado (Jacques Audiard, 2005).

13

Si se fijan con atención en las películas de esta lista encontrarán un rasgo común a todas ellas. Es la dualidad. El bien y el mal, el escepticismo y la fe, lo atroz y lo sublime, la violencia y la mansedumbre, la naturaleza y la civilización… En De latir mi corazón se ha parado esa dualidad se encarna en las manos del protagonista, que tan pronto sirven para tocar el piano con exquisita sensibilidad como para partirle el alma a un moroso. En palabras de Lupe de la Vallina, que es quien me sugirió este título para la lista, De latir mi corazón se ha parado es «aconfesional y muy sutil, además de una gran película. Trata de la búsqueda del sentido a través de la belleza». No encontrarán mejor definición.

12. La vida de Brian (Terry Jones, 1979).

12

Incluir La vida de Brian en esta lista es el equivalente de ponerse a tocar la zambomba en medio de un concierto de Le Mystère des Voix Bulgares. Pero no incluirla sería hacerse trampas al solitario. A fin de cuentas, ¿hay algo más nihilista que el humor?

11. Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975).

11

El Dersu Uzala real era un cazador de la tribu china hezhen que profesaba el animismo y que se relacionaba con la naturaleza de su entorno en un hipotético plano de igualdad. Y, de hecho, en la película de Kurosawa puede verse a Dersu llamar «personas» a las plantas, los animales e incluso al fuego, al que ordena callar cuando crepita con fuerza. Quizá la principal diferencia de la película con el libro del explorador ruso Vladimir Arseniev de 1923 en el que se basa es que Kurosawa pone el acento en el contraste entre civilización y naturaleza hasta el punto de que hace responsable a la primera, en forma de un rifle de mira telescópica, de la muerte de Dersu. Y es que de buenas intenciones está el infierno empedrado. La metáfora es poderosa, pero van a tener que ver la película para entender el mensaje completo.

10. American Beauty (Sam Mendes, 1999).

10

Si resumo la película en una sola frase me va a salir un preocupante ramalazo a escritor de libros de autoayuda, pero ahí va y que sea lo que dios quiera: afortunado aquel que ha desistido de perseguir sus sueños porque ha sido capaz de encontrar la belleza en todo lo que le rodea. Hala, ya lo he dicho.

9. Hasta el fin del mundo (Wim Wenders, 1991).

9

Supongo que la elección obvia para esta lista habría sido El cielo sobre Berlín, pero el mensaje de Hasta el fin del mundo, una película criminalmente infravalorada desde el mismo día de su estreno, me convence mucho más: a ese futuro en el que la sobredosis de estímulos visuales se ha convertido en la norma estamos llegando mucho más rápido de lo que nuestra endeble naturaleza humana puede asimilar.

8. Adiós muchachos (Louis Malle, 1987).

8

Aquí no digo nada excesivamente original, pero Adiós muchachos es la película que debería analizarse en todas las escuelas de cine para incrustar en la mollera de los estudiantes la diferencia entre ñoñez y sensibilidad. Como la mayoría de las películas de esta lista, Adiós muchachos habla de un mundo en el que los viejos valores, en este caso los de la fidelidad o la solidaridad, aún no habían muerto. Es decir de un mundo que jamás ha existido. Pero como bien explica Albert de Paco en este (imprescindible) artículo, lo que importa no es tanto el hecho de que ese utópico mundo con valores haya existido o no en algún momento de nuestro pasado, sino el horizonte moral que suponían esos valores. Y eso sí es algo sobre lo que merece la pena reflexionar.

7. Arizona Dream (Emir Kusturica, 1993).

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Me voy a limitar a traducir unas declaraciones de Emir Kusturica sobre su película porque lo explican todo mucho mejor de lo que podría hacerlo yo: «Está película trata de un hombre joven que deambula por el infierno existente entre dos mujeres de vida trágica. Quizá esta película es mi visión de la civilización occidental. Surge de la filosofía que he desarrollado después de treinta y cinco años viviendo en este planeta. Yo creo que los seres humanos pertenecen a la naturaleza, no a la civilización. Veo a los seres humanos como peces que cruzan una gran ciudad. El pez no entiende nada de la gran ciudad, simplemente flota a su través».

6. Gattaca (Andrew Niccol, 1997).

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En una lista como esta habría sido obligatorio incluir alguna película arquetípicamente uplifting, una de esas palabras sin traducción sencilla al español (sería una mezcla de edificante, optimista, inspirador y estimulante). Por cierto: que uplifting no tenga traducción directa ya dice mucho de nuestra filosofía vital, ¿no es cierto? En cualquier caso, la película uplifting por excelencia es Qué bello es vivir. Pero incluirla aquí habría sido comodón. Una manera como otra cualquiera de remolonear en esa zona de confort por la que suelen moverse los periodistas perezosos. Así que en su lugar he escogido Gattaca, el Qué bello es vivir de la década de los noventa. ¿Su tema? La batalla contra el determinismo biológico. ¿Y qué tiene eso de uplifting? Pues muy fácil: la idea de que esa batalla puede (y debe) ser ganada.

5. El día de la marmota (Harold Ramis, 1993).

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La versión amable, que no diluida, de las películas de Tarkovski, Bergman y Dreyer. ¿Exagerado? Ni de lejos. Mencionen otra película que incluya las ideas de que 1) a vivir se aprende, la de que 2) ni el hedonismo ni el nihilismo ni el cinismo justifican nuestra existencia, y la de que 3) solo mediante la renuncia a la batalla contra nuestras circunstancias se puede avanzar por el camino del conocimiento. De uno mismo y de los demás. Y de ahí a la empatía, la sabiduría ¡e incluso la felicidad! Si alguna vez desean recomendarle a alguien una película humanista en el sentido más profundo del término, escojan El día de la marmota.

4. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968).

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«Moralmente pretenciosa e intelectualmente oscura». Así definió el historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger Jr. 2001: Una odisea del espacio tras su estreno. Se le olvidó lo de provocadora: difícil pensar en otra película en la que se defienda tan explícitamente la idea de que el motor del progreso y la vía de acceso a estados evolutivos superiores no es otro que la inteligencia… aplicada a la violencia.

3. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013).

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«Fauna humana grotesca». «Seres perdidos en sus propias mentiras y vidas impostadas». «Excentricidad superficial». «Frívola existencia». Esto se ha escrito en los medios de este país sobre La gran belleza. Pues sí y no, caballeros: grotescos y perdidos y ridículos y superficiales… pero también bellos. Y fascinantes y entrañables. Pero sobre todo humanos. Que de eso va La gran belleza. Lo que, por cierto, emparenta de un modo bizarro a Sorrentino con Eric Rohmer e incluso con Sofia Coppola. Directores para los que la superficialidad más banal e intrascendente es una de las dos caras de la moneda de la belleza. La otra es, por supuesto, la búsqueda de Dios. Que ambas caras, la del sentido y la de la cháchara, son no solo compatibles sino también complementarias es la lección de Jep Gambardella. A fin de cuentas, ¿qué sería de la trascendencia sin la intranscendencia? Y si no se entiende esto es que no se ha entendido La gran belleza. Lástima: igual no estaban ustedes destinados a la sensibilidad.

2. La palabra (Carl Theodor Dreyer, 1955).

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Incluida en la lista de las cuarenta y cinco mejores películas de la historia del cine según el Vaticano (en la lista también figura, agárrense que vienen curvas, 2001: Una odisea del espacio), la confrontación entre fe formal, fe verdadera y razón científica de la que habla La palabra puede parecer caduca a los ojos del espectador moderno, ese cuyas preocupaciones cotidianas andan tan lejos de las ideas de Søren Kierkegaard como de los agujeros negros de la galaxia Andrómeda. Se estarán perdiendo ustedes una de las grandes películas metafísicas de la historia del cine si caen en ese error.

1. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011).

Inabarcable y oceánica, ninguna otra película ha reflexionado de una forma más exquisita sobre la verdadera naturaleza de ese dios cristiano dual encarnado en una madre tierna, compasiva y de extraterrenal belleza, pero también en un padre autoritario, feroz e inclemente, aunque justo en su aparente arbitrariedad. Y quizá esa reflexión, la de El árbol de la vida, sea más estética que filosófica, pero si han leído esta lista con atención ya habrán advertido que la belleza es uno de los posibles caminos hacia la divinidad, si no el principal. Mención aparte para esos sublimes quince minutos en los que Malick muestra la creación del universo (y de la vida) a los sones del Lacrimosa de Zbigniew Preisner y mientras una voz le pregunta al vacío «¿qué somos para ti?». Y, por supuesto, para la escena del dinosaurio agonizante: el nacimiento de la piedad, la compasión y la moralidad. De la capacidad de elección entre el bien y el mal. El momento en el que un ser vivo se proyecta más allá de los confines de sus instintos primarios y muestra, por primera vez en la historia del universo, amor por un semejante. La huella de dios.


Maradona by Kusturica


Supongo que cada vez somos menos los maradonianos en estos tiempos de “santifiquemos a Lionel Messi”, pero creo que incluso los más acérrimos detractores del “Pelusa” estarán de acuerdo en esto: en el mundo del fútbol, la biografía deportiva de Diego Armando Maradona es la Historia Más Grande Jamás Contada. Sus inicios, su auge, su accidentado salto a Europa, su novelesco virreinato en el modesto Nápoles, su coronación en México, su accidentado superestrellato, su convulso declive… Maradona es como el Napoleón Bonaparte del balompié; hay individuos cuyas peripecias están más allá de lo convencional. Simplemente llevan la leyenda adherida a la piel porque, además de la grandeza en lo que hacen como modo de vida —ya sea la guerra, el fútbol o todo lo que está entre medio— poseen una personalidad única y un cúmulo de circunstancias casi siempre irrepetibles. El Maradona jugador fue, como George Best o Garrincha, un icono del viejo fútbol; un talento depurado en las calles cuya genialidad se adaptaba a los grandes escenarios, pero cuya personalidad sucumbía fácilmente a las grandes tentaciones. El Diego no conocía límites, ni sobre el campo —donde por ejemplo Messi aún tiene límites que romper… que las marcas y los récords no son los únicos límites que existen, ¡qué días éstos de fútbol de contables y no de historiadores!— ni tampoco fuera de él. Un comentario habitual que escucha uno es el de que no cabe idealizar al Maradona jugador porque el Maradona persona es cualquier cosa excepto “ideal”. Eso es cierto, el Diego Armando Maradona de allende el césped es, cuanto menos, discutible. Y cuanto más, peor que discutible. Pero resulta absurdo pretender que ha de gustarnos un individuo como persona de carne y hueso para que nos guste e incluso nos enamore su leyenda. La leyenda es la leyenda, y va más allá de los números, los títulos y las copas. Los mitos son más grandes que sus protagonistas y sus vitrinas de trofeos, o no serían mitos. Y en el deporte, o más concretamente en el fútbol, es difícil que un jugador de comportamiento modélico genere una aureola semejante. De las imperfecciones de Maradona procede todo su torrente de personalidad. Para hacer el gol de “la mano de Dios” y ese otro gol que todos recordamos, todo en un mismo partido, había que ser una clase especial de individuo. Esa clase de individuo que no sale a jugar un partido de fútbol, ni siquiera a ponerle broche de oro a una carrera, sino sencillamente a vengar una derrota en una guerra. Esa clase de individuo capaz de llamar “hijos de puta” a todo un estadio durante el himno. Es esa clase de individuo. ¿Perfecto? No. ¿Recomendable? No. ¿Fascinante? Desde luego que sí.

La proporción mostrada en la carátula podría no corresponder a lo mostrado en el metraje.

Así pues, todo material biográfico sobre el eterno 10 de la albiceleste resulta siempre bienvenido; nunca nada parece estar de más. Como sería de necios rechazar un nuevo libro sobre Napoleón. Y me había demorado a la hora de ver este documental de Emir Kusturica más que nada por olvidos reiterados, y no tanto por los comentarios casi unánimemente negativos que había escuchado de gente cuyo criterio considero fiable, ya que para mí, cualquier cosa que se filme, escriba o se narre sobre Maradona suele resultar interesante. Sabía ya que Kusturica había recibido críticas por su poca imparcialidad y su visión hagiográfica del astro argentino. Pero eso no me preocupaba. Creo que actualmente hay una fiebre de pretensión de imparcialidad en la información deportiva, como si el espectáculo del deporte fuese algo tan importante que requiriese un extremo rigor o nuestras vidas correrían peligro. Francamente, no es para tanto. Imparcial hay que serlo cuando hablamos de los gobiernos, de los bancos, de la bolsa, del empleo, de la sanidad, de la educación… pero ¿del fútbol? El fútbol es un festival de la parcialidad en estado puro —además de un espectáculo intrascendente, por más que algunos lo quieran convertir en casi una cuestión de vida o muerte— así que pretender presentarlo bajo una óptica objetiva me parece más bien ridículo. Al fútbol se va con una bufanda, eso lo sabemos todos; cuando el mismo periodista que no se decanta por ningún club nacional sí muestra su apoyo a la selección española, por ejemplo, sabes al instante que lo de la imparcialidad es un paripé. Y probablemente esas pretensiones de “objetividad” son un complejo de culpabilidad freudiano, pero cuando hablamos de fútbol —que no sé a ustedes, pero a mí no me ha llenado nunca la nevera— me las tomo un tanto a broma. Así que no; el forofismo de Kusturica por Diego no me iba a molestar.

Desgraciadamente, lo que no tiene ya mucho arreglo es que un documental, parcial o no, sea sencillamente un mal documental. Cuando ni siquiera le estaba pidiendo objetividad. Pero al menos, como mínimo, que reflejara la épica maradoniana, como cabría esperar de todo un director de cine premiado en diversas ocasiones. Cada cual pensará lo que quiera sobre el cine de ficción del serbio, pero desde luego como documentalista es un verdadero desastre.

El propio título, Maradona by Kusturica, ya da una buena pista de por dónde irán los tiros. Por momentos —muchos— parece una película más centrada en el serbio que en el argentino. Una de las primeras cosas que vemos es a Kusturica tocando la guitarra sobre un escenario. Sí. ¿Para qué? No lo sé. Después oímos a Kusturica narrando el documental con su propia voz —y con su propio acento—, y aunque dice alguna que otra frase interesante, lo cierto es que no es Michael Moore precisamente. No tiene ese sentido del ritmo, ni esa habilidad para el montaje, ni la más mínima noción de cuándo debe dejar de salir él mismo en pantalla o cuándo una secuencia se está haciendo demasiado larga. También vemos secuencias de películas anteriores de Kusturica metidas con calzador para establecer paralelismos entre el director y la vida del Diego… probablemente el principal propósito de este documental. De hecho, al principio, oímos que alguien presenta a Kusturica como “el Maradona del cine” y durante el resto del metraje el director intenta convencernos de que su ídolo y él son almas gemelas… y casi figuras equivalentes. El afán de protagonismo del pesadísimo Emir llega a alcanzar cotas verdaderamente sonrojantes, mientras la oportunidad de haber realizado una aproximación humana a la figura de Maradona se va diluyendo entre tanto desvarío propio de fan adolescente. No hay mucho Maradona, aún hay menos fútbol —Kusturica incluso llega a mostrar jugadas repetidas varias veces durante el film, en lugar de hacer una selección amplia de las mágicas producciones del “Pelusa”, ¡que es famoso por su fútbol!— y también repite unas animaciones con música de los Sex Pistols que la primera vez pueden tener su gracia (a quien se la haga) pero después de cuatro o cinco veces empiezan a resultar francamente irritantes. Al final le queda a uno la sensación de que, por una vez, sí se ha topado con un documental completamente prescindible sobre el 10.

Pero no todo es malo. Sí casi todo, pero no todo. Por un lado tenemos lo mejor: los interesantes fragmentos de entrevistas con Diego, en los que el ex-futbolista muestra lo que muchos ya sabíamos: que es un tipo más inteligente de lo que parece. Pero que por otro lado nos dejan el agrio sabor de boca de pensar en lo que esta película podría haber sido de haber tenido a Maradona, y no también al pelma de Kusturica, como único protagonista. Aunque, eso sí, las secuencias donde director y futbolista se ponen a pelotear en el estadio del Estrella Roja tienen su gracia, eso lo admito. Kusturica debería haberse limitado a incluir esas secuencias protagonizadas por él y hubiese quedado como un señor. En el exiguo lado positivo del documental, también es curiosa la aproximación a la “iglesia maradoniana”, un hilarante despropósito que supongo resulta difícil de entender si uno no es argentino, pero que al menos basa su teología en hechos factibles y desde luego resulta tan surrealista que su inclusión en el film merece la pena.

La cosa vuelve a decaer, sin embargo, cuando lejos de indagar en la biografía o sencillamente en la psique del Diego, Kusturica ejerce frecuentemente como portavoz de las opiniones políticas de aquél. Que pueden tener su interés —y lo tienen, por provenir de un personaje tan excesivo y peculiar como Maradona— pero que, francamente, no dan como para sentar cátedra. Una vez más es el afán del documentalista por demostrar que está en perfecta sintonía con el documentado, algo que a los demás, francamente, no nos importa lo más mínimo. Una cosa es que haga este tipo de cosas Michael Moore, que sí sabe hacerlo —el norteamericano será demagogo, parcial, panfletario y todo lo que uno quiera, pero le imprime un ritmo trepidante a sus diatribas cinematográficas— y otra cosa es que Kusturica nos aburra con tanto empacho del propio Kusturica.

Como contador de historias que es, el director serbio ha dilapidado una oportunidad única de poner sus habilidades al servicio de una biografía tan atrayente como la del pequeño genio de Villa Fiorito. La historia de Maradona resulta tan abrumadoramente poderosa que prácticamente se cuenta sola, a poco que uno tenga cuidado de no estropearla. Pero Kusturica, en su afán por equipararse a una leyenda, arruinó por completo la experiencia. Y las pistas de que no tenía que hacerlo están en el propio metraje con el que trabajó. Por ejemplo, en aquella famosa filmación del pequeño Diego, aún niño, dándole toques al balón mientras su hermano —¡su propio hermano!— dice con toda candidez: “es un marciano”. Si por ejemplo hubiese comenzado así la película, con esas mismas imágenes, centrándose en el núcleo de la historia —el talento anómalo de Maradona, con todas sus consecuencias buenas y malas— en vez de con confusas sambas y sonrojantes planos de Kusturica con la guitarra (que ya puestos tampoco da la impresión de ser Slash, francamente), la leyenda se hubiese desarrollado por sí misma en la pantalla, capítulo tras capítulo, como lo hizo en la vida real. Y nos hubiera tenido fascinados de principio a fin. Porque, como decía más arriba, la historia de Diego Armando Maradona es la epopeya futbolística por antonomasia.

Supongo que a Kusturica ya se lo habrán dicho bastantes veces a estas alturas, dado que la película no es nueva, pero no estaría de más recordárselo: Emir, tú no eres Maradona. La historia que nos interesaba era la suya, no la tuya. Mejor suerte la próxima vez. Y lástima de ocasión perdida. Eso sí, admito que tiras bien las faltas, las cosas como son.