Cómics para quedarse en casa

Siempre me ha gustado pensar que una de las bazas que disfruta el cómic respecto a otros medios es tener la virtud de ser ventana a un mundo visual propio, único en cada obra. Una historia contada con un lenguaje de trazos y colores, de luces y sombras cuya representación de lo que enseña o cuenta está intervenida por la «caligrafía» específica de cada autor y autora. Por eso cada vez que abrimos un cómic nos asomamos a una perspectiva visual muy específica que nos acompañará durante el correr de las páginas. Y cuando terminemos, la siguiente obra nos propondrá una perspectiva diferente.

Quizás eso es lo que necesitamos en estos momentos. Los tebeos nos hicieron buena compañía durante el confinamiento. Nos abrieron ventanas, ampliaron nuestro espacio interior. Algunos incluso se crearon durante esos días para hablarnos de lo que nos estaba ocurriendo. Quizás surgieron en las mentes de sus autores como forma de terapia individual pero, al llegar hasta el lector, por la vía digital, nos decían de alguna forma que no estábamos solos. Propuestas como las de David Ramírez, Laurielle o Álvaro Ortíz enfocaron la pandemia desde el humor, los géneros o el relato íntimo y nos lo hicieron un poco más llevadero.

Alguien dijo entonces que la cultura no es algo esencial. Pero la verdad es que el cerebro también come. Así que ahí van unas recomendaciones para llenar la despensa. Ya saben, por si acaso.


Devastación, de Julia Gfrörer (Alpha Decay)

Hay quien pudiera pensar que Julia Gfrörer se adelantó a la pandemia, a este extraño postapocalipsis que estamos viviendo, con la publicación de esta novela gráfica. En realidad basta leer unas pocas páginas para intuir que la autora sabe perfectamente que el apocalipsis ya sucedió en otros tiempos y en otros lugares, sigue sucediendo ahora y sucederá mañana. Con ese conocimiento dibuja uno de esos momentos —en algún momento durante los años de la peste negra en Europa— alejado del momento actual, lo que permite, de alguna forma, «desnormalizar» la catástrofe, verla desde fuera.

Trazo fino y algo rígido con una narrativa que abunda en cierta poesía visual, Gfrörer ahonda en las vivencias de unos personajes sobrepasados por la catástrofe y sus secuelas y que, aun así, de alguna forma, siguen. Alejada de lugares comunes tanto temáticos como visuales en el género de la vida tras la desgracia, la obra destaca como retrato íntimo del dolor y de lo que hacemos los seres humanos con él y a pesar de él.


Verdad, de Lorena Canottiere (Liana Editorial)

Que los cómics sobre la guerra civil abundan y puede que haya quien opine que ya se hayan dibujado suficientes podríamos sentarnos a discutirlo. Sí es cierto que tanto la ficción en cómic ambientada en esta época histórica (y posteriores) como las adaptaciones de memorias biográficas de familiares de los autores han abundado en una serie de rasgos formales. Narrativas convencionales y líneas claras han sido el común denominador habiendo poca variabilidad y mucha menos experimentación formal. Por eso el trabajo de Lorena Canottiere en esta novela gráfica asombra al lector al pasar las primeras páginas. El uso del color que emplea la autora enfrenta fríos y cálidos para un despliegue formas y texturas que construyen la biografía de una mujer. Biografía de ficción con tintes de realismo mágico Verdad es una reflexión sobre las utopías y su consistencia en tiempos de guerra.


Imbatible: superhéroe de proximidad, de Pascal Jousselin (Editorial Base)

Para los más pequeños de la casa también habría que hacer acopio, así que un buen tebeo a recomendar es uno que difícilmente llegará a la gran pantalla cinematográfica. ¿Por qué? Porque Imbatible es una oda al cómic y a la riqueza de su lenguaje visual. El protagonista de este cómic de Pascal Jousselin obtiene sus poderes de la conciencia de saberse en un cómic y que puede saltarse las viñetas arriba y abajo a su antojo. Igualmente, otros personajes demostrarán habilidades similares que sorprenderán al lector. Superhéroes con un estilo visual de vieja escuela —la de Marcinelle, que sigue vivita y coleando—, ingenio a raudales y golpes de humor. Un tebeo que gustará a los más jóvenes pero también a los talluditos con nostalgia de los cómics de los dominicales de antaño como El Pequeño País.

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El Clan de los Poe, de Moto Hagio (Ediciones Tomodomo)

La publicación de las obras de los grandes autores del manga crece cada año en nuestro país. Este año hemos visto la llegada de Cráter de Osamu Tezuka y El niño de los ojos de gato de Kazuo Umezz. Sin embargo, lo que también se está empezando a ver en España por primera vez es la publicación de las obras de grandes autoras, tan históricas como los anteriores. «El grupo del 24», el colectivo de autoras de manga que revolucionaron el shojo manga. Así, mangakas como Keiko Takemiya, Riyoko Ikeda y Moto Hagio han sido recuperadas con justicia.

El Clan de los Poe es un manga de mucho éxito cuando surgió que bien podría servir de muestra ejemplar de algunas de las características compartidas por esta generación, tanto por la cuestión temática como la estilística. Drama, amores prohibidos e inspiración gótica en los devenires de una familia de «vampirnellas» que vagan por Europa destrozando vidas. Todo ello bañado en un preciosismo visual con un dibujo de trazo elegante, expresivo con las emociones y ornamentado con detalles que construyen la atmósfera gótica perfecta… vista desde Japón.


Lluvia, de Mary M. Talbot y Brian Talbot (Ediciones La Cúpula)

Por si una pandemia fuera poco, debemos recordar que estamos viviendo una crisis climática. Así que pocos cómics más urgentes se me ocurren recomendar que este Lluvia. ¿Qué significa adquirir conciencia climática? ¿Cómo se relacionan los diversos aspectos del ecosistema? ¿Qué intereses hay detrás de la continuada destrucción irresponsable del medio ambiente? ¿Quiénes son sus principales victimas? ¿Qué tipos de activismos existen en la actualidad? Mary M. Talbot y Bryan Talbot entienden que la mejor forma de dar algunas respuestas a todas estas preguntas sobre temas que están definiendo ya nuestro presente —y van a determinar nuestro futuro— es construyendo una ficción con base en la realidad. Con el arranque inocente de la historia de dos mujeres que inician una relación, la trama se va desplegando para ir incluyendo más y más temas y así crear una imagen global de las consecuencias de la huella que estamos dejando sobre el planeta. En Lluvia, el formato apaisado resulta ideal para este objetivo. En términos de medio ambiente, el escenario, el paisaje es tan protagonista como los personajes, los seres humanos que están en medio de él. Una historia que engancha, preocupa, que hace pensar. Y que, esperemos, mueva a actuar. El tiempo se acaba.


La espiral, de Aidan Koch (AIA / Ediciones Valientes)

La vanguardia en cómic en España está en un momento interesantísimo, con una quinta de autores y autoras como Begoña García-Alén, María Medem, Andrés Magan, Cynthia AlfonsoJosé Jajaja o J. M. Vaquero, cuya escasa difusión en medios no especializados oculta todo ese gran talento. Si a los divulgadores ya nos cuesta hacer llegar al público general obras más canónicas y de temas más populares, pueden imaginarse la dificultad que supone dar a conocer las obras más experimentales. Pese a todo, los autores entregados a este camino menos transitado van abriéndose paso; y lo van abriendo para que las vanguardias del cómic internacionales lleguen a España también. Dos modestísimas editoriales como AIA (a cargo del autor Arnau Sanz) y Ediciones Valientes (a cargo del también autor Martín López Lam) han unido fuerzas para traernos esta pieza de la autora AIdan Koch. La espiral es una historia de personajes en busca de su lugar en el mundo, en términos físicos pero también emocionales y sociales. La odisea de encajar en sitios y en personas con patrones determinados. Como forma es fondo, la autora expresa entre borrones y manchas contra frágiles líneas. Curvas contra rectas. La espiral es un extraño puzle que es, además, un viaje al interior.


Mis cien demonios, de Lynda Barry (Reservoir Books)

El de Lynda Barry es el recurrente caso de autora de cómics con una historia descomunal a sus espaldas que llega a nuestro país con bastante retraso, especialmente si lo comparamos con homólogos masculinos que han tenido menos presencia y carrera en el medio. Barry ha sido historietista, pintora, profesora, dramaturga, escritora y correctora y ha publicado tiras durante treinta años en varios periódicos en Estados Unidos. Precisamente, Mis cien demonios es una excelente carta de presentación sobre ella misma. La obra recoge tiras de contenido autobiográfico narradas con soltura y profundidad, muy lejos de cierta dinámica historietística de lucir egos, virtudes y defectos para epatar al lector y/o crear un personaje propio más allá del autor. Al contrario, «los demonios» de Barry destilan honestidad: son una suerte de espinitas clavadas en lo más profundo del ser, arrastradas desde diferentes etapas de la vida de la autora, a las que se les trata de dar voz, desahogarlas. Quizás incluso comprenderlas, dejando cierto espacio también para un humor del grosor de un papel de fumar. Dibujo naif y artesanal con una suerte de aire de diario íntimo, se enmarca en elementos de collage, lo que le da un empaque de naturalidad en esta transmisión de la memoria emocional. Como broche, la voluntad de la autora de invitar al lector a la práctica de este ejercicio de confesión. El libro se cierra con una guía en la que se enseña como hacer nosotros también un diario y así plasmar nuestros propios demonios en la página.


Llamarada, de Jorge González (ECC Ediciones)

Otra historia biográfica de coordenadas completamente distintas (y  también muy interesante) es la proyectada por el artista Jorge González. Su propuesta comprende un recorrido por cuatro generaciones en el tiempo: desde su abuelo, Norberto Omar Eresuma, célebre goleado marplatense (cuyo apodo se usa de título a esta novela gráfica) hasta el hijo del autor de la obra. También será un recorrido en el espacio, dado que nos llevará desde la Argentina de principios de siglo pasado a la España de principios de este. Pero el relato sobre la familia González no responde tanto a querer dejar constancia de unas memorias familiares, como de hacerse preguntas sobre cuestiones tan difíciles de asir sobre la predestinación y la herencia familiar. El estilo abstracto de González es idóneo para cada estampa ilustrada y especialmente apropiado para evocar sensaciones y pálpitos que no se pueden explicar. Una trabajo con muchas voces conectadas con una virtud poética que aspira a plasmar un cierto desgarro invisible.


Bella Muerte: La Rata, de Kelly Sue DeConnick, Emma Ríos y Jordi Bellaire (Astiberri)

La gallega Emma Ríos y la americana Kelly Sue DeConnick han vuelto a la carga con el tercer arco de esta serie de fantasía oscura que tiene un cierto aroma a aquellos cómics del sello Vertigo cuyas premisas cruzaban lo mundano con lo sobrenatural empleando referencias de mitología y folclore. Más allá de ese planteamineto, Bella Muerte tiene lo que muchas series de Vertigo no tuvieron, una artista impecable que desafía los límites de lo imaginable, Emma Ríos (recientemente galardonada con un Eisner por las portadas de esta tercera entrega) acompañada de una de las mejores coloristas de la industria americana, Jordie Bellaire.

Bella Muerte: La Rata recoge el testigo de sus dos antecesoras. Si en el primer arco se establecían atmósferas visuales de género y pautas argumentales extraídas del wéstern y del bélico respectivamente, aquí las autoras tiran de noir, emplazando la acción en el Hollywood de los cincuenta. Ahondando en la cuestión de la creación de historias, la explotación del artista y la búsqueda de cierta justicia —que a ratos es indistinguible de la venganza— las autoras nos embarcarán en un inquietante viaje en busca de la verdad que no estará exento de ciertos peajes.


Memorias de una guitarra, de Román López-Cabrera (Panini Cómics)

Lo bonito del cómic es que según pasa el tiempo más y más temas dejan de ser inéditos por la audacia de autores que entienden que, como medio para contar historias, entre viñetas se puede  contar absolutamente todo. No esperaba yo, en estas, que un cómic sobre la profesión de cantautor en la España del tardofranquismo y la transición iba a fascinarme como lo ha  hecho, siendo tan didáctico como emotivo. Román López-Cabrera construye la biografía ficticia de Pepe Soller, el cantautor protagonista, a través de aspectos del histórico cantautor Paco Ibáñez, que es un recorrido por las penurias que estos héroes, que lucharon por la libertad de expresión y multitud de otras causas en solidaridad con otros pueblos, tuvieron que pasar en sus días. Memorias de una guitarra es, de hecho, un testimonio de las múltiples formas en las que funcionaba la represión de la dictadura franquista, desde la censura ejecutada administrativamente —y aquello sí que era censura— hasta las palizas y torturas que ejecutaba su policía. Una notable pieza para la pervivencia de la memoria histórica tanto como para que siga viva la llama.


Squeak The Mouse, de Mattioli (Fulgencio Pimentel)

El cómic underground fundacional se cebó a placer con sus parodias de personajes de rasgos animales, de toons y funny animals. Los furros, para entendernos. En nuestro país hemos visto ya obras notables, desde las fumadas sexuales de Crumb a las irreverencias de Kaz. Nos faltaba, eso sí, esta pieza esencial de este subsubgénero, que son los tebeos de Squeak The Mouse de Mattioli. El italiano tomó de base las inacabables correrías de Tom y Jerry para darles una vuelta de tuerca cruzándolas con las historias de serie B. Slasher, zombis, ciencia ficción, sexo gratuito… toda una serie de recursos y giros de esas temáticas se entrelazan aquí con los ires y venires de gato y ratón. Mattioli juega con la premisa de la inmortalidad del personaje de dibujos animados para trazar toda una serie de ciclos sisifescos donde el lector podrá alucinar viendo cómo y hasta qué punto los dos antropomórficos rivales pueden morir y volver a la vida. Y si todo esto les hace recordar a los famosos Rasca y Pica de Los Simpsons, es porque Matt Groening se inspiró en Squeak The Mouse.


Orlando y el juego – Cheminova, de Luis Durán (Diábolo)

Para terminar, una cumbre. Seis años le ha llevado a Luis Durán elaborar la pentalogía de novelas gráficas de fantaciencia, Orlando y el juego, en las que el autor toca muchos palos distintos y todos con atino. Por una parte, el autor construye una trama de fondo que hila toda la serie: la persecución de una agente rebelde de un grupo que vigila un multiverso de realidades y que está cambiando algunas de ellas por motivos desconocidos. Por otro, va sembrando una intriga ambientada en España en la Edad Media, con la cuestión del traslado de unas reliquias. E intercalado en esas dos tramas, un extenso y rico mosaico de historias ambientadas en diversos tiempos y espacios, que abundan en referencias populares del cine, la literatura y los tebeos. Todo ilustrado con el dibujo de Durán, una caricatura de estilo cubista mutable según la intención del autor y una gran maestría narrativa que conduce al lector entretenidamente a través de las páginas. Con Cheminova, se concluye una de las obras seriadas modernas de cómic más largas en España. Un Ministerio del Tiempo diferente.


 


Bartolomé Seguí: «Quizás no estamos tan lejos de esa realidad que insinuó Vázquez Montalbán»

Cuando conocí a Bartolomé Seguí (Palma, 1962) para llevar a cabo esta entrevista, la primera impresión que me llegó en el intervalo justo de dos segundos es «me cae bien». Abrir esta entrevista con este comentario como carta de presentación podría resultar un poco frívolo y facilón, teniendo en cuenta que estamos ante un dibujante de cómics histórico en España, que vivió la época de las revistas de cómic publicando en muchas de ellas, que publica con éxito en el extranjero y que fue galardonado con el Premio Nacional por Las serpientes ciegas junto a Felipe Hernández-Cava. Pero quizás esa simpatía que destila el autor con cualquiera sea también una virtud que le ha ayudado a avanzar en su carrera artística tanto como su destreza con el lápiz y el papel. Ciertamente, explicaría los buenos tándems que ha hecho con guionistas con carácter y personalidad patentes como Hernán Migoya, Gabi Beltrán o el propio Hernández-Cava. También hace que desarrollemos un buen rollo durante la estancia en el BOOKSTOCK celebrado en Sevilla, en el que compartimos charlas, actos, libros, cómics, cervezas y tapeos. Seguí se apunta a lo que sea.

Esta pregunta que te voy a hacer es típica hasta aburrir. Es sobre tus primeras lecturas. Pero en tu caso me he adelantado y he leído por ahí que fueron tebeos como Lucky Luke, Astérix o Anacleto. Y me choca que no mencionaras los que acostumbra a decir todo el mundo, Mortadelo y Tintín.

De chaval, Tintín me parecía demasiado contenido; en cambio, me descojonaba con los cómics de Astétix, de Iznogud y de Lucky Luke, así que, seguramente, fueran los guiones de Goscinny lo que me gustaba. El humor me ha parecido siempre el más inteligente de los sentidos y Goscinny era el Lubitsch de los tebeos. Así que me enganché a Lucky Luke, también porque era el más fácil de dibujar. Así, copiando a Morris, aprendí a dibujar tebeos. Jolly Jumper ya me costaba un poco más, pero es que los caballos son la hostia de complicados; por eso dudo que haga nunca un wéstern. De los de aquí, Mortadelo estaba muy bien, sobre todo los primeros álbumes, pero Anacleto me divertía más. Vázquez siempre me ha parecido más gamberro. Era como comparar entre los dibujos animados de Disney o de la Warner. Los Looney Tunes eran lo más.

Los tres son personajes similares que mezclan aventuras con humor.

Sí, sí, tanto en Astétix como en Lucky Luke el gag está al servicio del género, de la historia. Hay que tener en cuenta que mis primeros tebeos los hice con unos ocho años, y a esa edad yo no sabía nada de dibujo realista. Me gustaban mucho las historias del Corsario de Hierro, Bernard Prince, Zarpa de Acero o Spider-Man… pero estaba muy lejos de poder imitar ese dibujo, así que me concentraba en lo que estaba a mi alcance. Recuerdo que Bruguera sacó unas plantillas para dibujar tus propios tebeos de Zipi y Zape en las que había caras, cuerpos, manos y tal. ¡Y no practiqué poco con ellas!

¿Crees que esos estilos han llegado un poco a tu obra posterior?

Diría que no. Cuando en el 77 aparece la revista Totem fue un bombazo para todos los apasionados del cómic. Con Totem de repente descubrimos a autores que hacían lo que no te imaginabas que se podía hacer en cómic. No solo eran gráficamente apabullantes, sino que explicaban historias adultas: Moebius, Hugo Pratt, Muñoz y Sampayo, Crepax, Bilal… Todo eso sumado a los que publicaban en la multitud de revistas aquellos años, Corben, Beà, Bernet, hizo que aparcara el dibujo humorístico y, como muchos, me pusiera a imitar a Moebius. De repente, me interesaron más las historias realistas y se acabaron los personajes más caricaturísticos. Que por cierto no lo he vuelto a tocar en mi vida.

Tu eres de Palma y tengo entendido que de joven fuiste a Barcelona a estudiar Pintura, pero que también fuiste un poco de tapadillo para hacer cómic.

Bueno, es que no podía ser irme a estudiar cómics. Primero porque «eso» no se estudiaba. No había universidad ni nada, no estaba la Escuela Joso como ahora. Además, yo vengo de ciencias. Todos mis amigos se habían ido a Barcelona a estudiar Medicina o Económicas. Así que me fui a Barcelona con la excusa de ir a estudiar Pintura, que, aunque igual de bohemio, era más serio. Si les llego a decir a mis padres algo tan peregrino como que me quería dedicar a dibujar tebeos no me hubieran financiado la estancia ni locos. Yo llegué a Barcelona y la única historieta que había publicado era una historia de cinco páginas en Senda del Cómic en una sección de nuevos talentos. Una vez ahí, pues por las mañanas estudiaba Pintura en la Escola Massana y aprovechaba las tardes para irme con la carpeta a visitar todas las editoriales que editaban revistas en esos años: El Víbora, Rambla, Cimoc… a intentar colocarles las páginas que iba haciendo. La fortuna quiso que compartiera clases con Eva Fernández, la hija de Fernando Fernández, quien, junto a Manfred Sommer y Leo Sánchez, acababa de abrir una academia de dibujo de cómic y necesitaban alumnos figurantes para un anuncio de promoción. Acudí con mis páginas, por aquello de dar más realismo, y al verlas me dijeron de participar en la revista que estaban haciendo, Metropol. Y ahí ya fui encadenando historia tras historia.

Las influencias más vanguardistas te llegan por la revista Madriz, pero comentas que también te entraron por la Escuela Massana en la que estudiaste.

En la Massana yo no hacía cómic. Tras un primer año más académico, la cosa se desmelenó. Brillaban las transvanguardias. Ferrán García Sevilla, y sobretodo Miquel Barceló, eran las nuevas estrellas del rock. La pintura, y también la ilustración, eran lo más moderno y bebían unas de otras: Pérez Villalta, Mariscal, Ceesepe, Javier de Juan… así que cuando apareció la revista Madriz fue como una puerta abierta para derivar esa creatividad que descubría en La Massana: cómics en los que puede que primara más una gráfica experimental que la historia en sí. Ahí conocí a Felipe Hernández Cava que se convirtió en uno de mis grandes mentores.

¿La vanguardia actual la sigues? ¿Ves algo que te recuerde a aquel momento?

Bueno… ando muy desconectado de la pintura o la escultura actual. Como que me resulta, salvo contadísimas excepciones, muy difícil encontrar algo realmente rompedor a la altura de los movimientos artísticos que alumbró el primer tercio del siglo XX. El cómic, en parte porque es un medio más joven, da la impresión de que tiene todavía por delante un campo inagotable para la experimentación tanto a nivel narrativo como a nivel gráfico, así que me parece uno de los medios de expresión más libres actualmente. Hay muestras de sobra, lo que hace David Sánchez, Calpurnio, Chris Ware, Jorge González

Tú trabajaste en revistas de cómic muy diferentes en estilo. ¿Cómo hace un autor para entrar y publicar en sitios tan diferentes? ¿Es importante la diversificación en el autor de cómics?

Lo hice de una manera no consciente. Me gustaba dibujar cómics como pintaba en la Massana, experimentando con la técnica, con rotuladores de colores u otro tipo de herramientas. Y entonces aparece Madriz y tienes una plataforma en la que publicar cosas de ese estilo. ¿Quería explicar historias costumbristas para compartir las experiencias que estaba viviendo esos años? Ahí estaban Cairo y El Víbora, que daban cabida, en su versión clara y chunga, a ese tipo de historias de gente joven que vive y descubre la modernidad. Luego estaban los cómics más de género como Simón Feijoo, cuya primera historia se publicó en Madriz, posiblemente porque Felipe tuvo un momento de debilidad y porque me apoyó siempre, pero finalmente terminó en tiras en prensa al estilo de los clásicos Rip Kirby, Terry y los piratas en el diario El Observador y Diario 16. O sea que he podido enfocar cada historia a su estilo y he tenido la suerte de que siempre ha habido un editor dispuesto a publicarme.

Tal y como lo explicas, entiendo que fue como parte de tu formación. Son oportunidades para practicar con toda una serie de estilos, técnicas y temas, ¿no?

Sí. Tener un estilo propio era algo que me preocupaba mucho al principio. Yo veía por ejemplo a Miguelanxo, a Max, a Keko, y a otros muchos que eran totalmente reconocibles. Y yo veo ahora mis primeras páginas y, aparte de que vistas ahora no entiendo que me las publicaran (risas), parecían hechas todas por manos distintas.

¿Hay una presión por la cuestión del estilo?

Reconozco que yo la tenía. Pero era autoimpuesta. Veía a los autores con estilo más sólidos, más maduros. Y yo estaba como experimentando mucho. Quizás con eso de mezclar la pintura con el cómic pues hacía que probara cosas, que buscara un estilo para cada guion. Al final, eso que yo imaginaba como una pega pues al final yo creo que ha sido una ventaja, ¿no? Porque a la vez podía estar en El Víbora, Cairo, Madriz, El Jueves… Y encajar con todas.

¿Y las revistas en el momento actual? Después de la debacle, años atraás, ahora parece que ha habido algo de movimiento… pero tampoco acaban de cuajar. Estaba Voltio, estaba La Resistencia, ahora apareció Alta Tensión. ¿Se echan de menos la revistas de cómic? ¿Podrían cumplir una función ahora? ¿Volverán?

Hombre, yo creo que una función importante cumplían. En el sentido de que para un autor que comenzaba, bueno, y para cualquiera, pues tener una plataforma donde cada mes podías publicar tus cuatro, seis, ocho páginas… y lo más importante, cobrarlas, te permitía mantenerte mientras ibas acumulando páginas para luego recopilarlas y sacar el álbum. Ahora eso es imposible. Ahora y desde hace años, también. Sin revistas de repente te encuentras que tienes que plantearte la obra al completo. Y no un álbum de cuarenta y seis páginas, sino una novela gráfica de ciento y pico. Y lo tienes que plantear de saque, casi. Eso lo complica todo porque los anticipos en nuestro país son los que son y dibujar un cómic de tantas páginas lleva su tiempo. Es un tiempo que tú tienes que invertir a la espera de unos resultados que luego ya veremos cuales son.

El fogueo ahora entonces es más por internet.

Es un poco lo que decíamos. Te das cuenta de que la creatividad va buscando sus caminos para dar salida a eso. Con el tema de los cómics digitales e internet quizás es eso. No hay una rentabilidad inmediata pero te permite esa difusión que tenían antes las revistas. Recuerdo que en El Víbora tenían las encuestas que permitían ver qué serie estaba funcionando más o menos. Era una manera de ir teniendo un feedback de si gustaba lo que hacías o no.

Y hablando de revistas, tú fuiste editor de ¿una? ¿dos revistas?

Dos. RifiRafe fue un suplemento que hicimos Sonia Delgado y yo para un diario de Palma, y luego nos decidimos por editar Esquitx, una revista independiente.

¿Cómo fue la experiencia?

La experiencia muy bien. De hecho, yo conocía a la directora de Tretzevents, que era una revista como el Cavall Fort. En el Tretzevents publicaban muchos autores de Mallorca: Alex Fito, Linhart… yo también había publicado alguna cosilla. Y siempre me comentaban «oye, aquí en Cataluña tenemos el Cavall Fort y el Tretzevents y en Valencia tienen el Camacuc. ¿por qué no haces tú algo parecido para Baleares? Cantera de autores tenéis toda la que queréis». Lo propusimos a las instituciones de allá y aceptaron. En el año 2000 la revista Esquitx sacó su primer número. Fue la primera revista de cómic en catalán enfocada al público infantil. Era trimestral y ahí, aparte de los ya consagrados, empezaron a publicar autores de la cantera balear que han acabado publicando en editoriales profesionales. Y la verdad es que es una gran satisfacción porque el trabajo de editor es muy diferente del de autor pero, en este caso, fue también crear algo que no existía antes, llenar un hueco, y lo más, ayudar a afianzar el cómic entre una nueva generación de autores y lectores en las islas.

¿Y tú ves movimiento ahora en las publicaciones enfocadas al público infantil y juvenil? Yo veo algunas obras cuya calidad es bastante buena, pero luego la salida a los medios o el reconocimiento de estas obras es escaso. Quiero decir que las obras que más se reconocen no suelen ser aquellas dirigidas al público infantil y juvenil.

Aquello que dicen siempre que «de joven lees un cómic y de mayor leerás un libro» yo estoy de acuerdo… pero no así literalmente. El hábito de lectura se adquiere de niño, por tanto es importante leer cómics de niño e ir introduciéndose en este lenguaje (mas difícil de lo que a simple vista parece), pero no para que de mayor pases a leer libros (que también), sino para que leas cómic adultos. Entonces a mí me parece un campo importantísimo a cultivar y que haya autores que hagan cómic infantil serio me parece fantástico.

En tu experiencia, ¿es lucrativo?

No, no, para «pelotazos» los inmobiliarios. Aunque debo de confesar que se gana más dinero como editor que como dibujante (risas), es más la satisfacción de haber sido partícipe de un proyecto que también políticamente era interesante.

La pregunta del millón: ¿cual es la fórmula para vivir del cómic? ¿Qué le recomendarías a alguien que quiera dedicarse al cómic?

Mira, le escuché una frase a Howard Chaykin que se me quedó grabada. El tío dijo que nadie escoge el cómic como segunda opción. Pues es verdad. A los que nos gusta el cómic lo hacemos sin calcular mucho. Somos enfermos del cómic. Y no te dedicas a esto pensando en ganarte la vida con el cómic. Eso no significa que no lo esperas o desearías que fuera así. Pero es difícil que no se te quede cara de tonto cuando explicas lo que ganas por el esfuerzo que supone dibujar una página de cómic si lo comparas con el tiempo dedicado a una ilustración… Lo que a mí me pasa con el cómic es que a sabiendas de que tienes más rentabilidad haciendo ilustraciones, cuando no dibujo cómics me siento como si estuviera engañando a mi mujer (risas). Esa sensación de que debería estar dibujando ese cómic del que finalmente se venderán cientos de miles de ejemplares que me permitirá una dedicación exclusiva a esto de las viñetas. El autor cobra el diez por ciento del precio de venta de la obra y las ventas son las que son. Hablando con gente joven te comentan que se cobra poco y mal. Claro, pero es que ¿cuánto vendemos? Si tú sabes que de cada libro de dieciséis euros te toca un euro y medio y las tiradas son las que son… haz las cuentas. No salen cifras millonarias. Superar los cinco mil ejemplares es toda una proeza en España y eso son unos siete mil euros por un año de trabajo. Cuenta lo que sale al mes y consigue no echarte a llorar.

Hay maneras de aliviarlo, depende del estilo, o de que te dediques al mercado americano y seas capaz de dibujar veinte páginas al mes. No ocupo lo mismo en dibujar una página de Historias del barrio que con los cómics que he hecho con Hernández Cava. O con los de Carvalho mismo. No vamos a quejarnos. Es algo que pasa también con la literatura, la poesía, puede que sea intrínseco al arte. Así que acabas haciendo más cosas: ilustración, dar conferencias, publicidad, dar clases…

¿Cómo ves la distribución de las ganancias?

Ahora mismo creo que podría ajustarse más equitativamente. Más que nada porque recuerdo que antes el autor entregaba al editor la página original de cómic y este se encargaba de todo. Escanear las páginas, rotularlas, imprimirlas, hacer la promoción… En la actualidad, cada vez más el autor entrega el material listo para ir a imprenta. Algunos hacen casi hasta la maquetación y el PDF. Y ahora, además, muchos autores a través de su web o de redes sociales acaban ayudando en la promoción. Pero los márgenes se han quedado igual. Entonces quizás habría que ajustar los márgenes a esa mayor involucración del autor. Claro, luego te dicen que se los costes han aumentado… Pero bueno, que todos, editor, librero, distribuidor, se lleven un trozo más grande del pastel que el autor pues duele un poquito, hace pupa.

La ciudad es un «personaje» muy importante en tus obras. ¿Cómo haces para retratarla, para darle vida en los cómics? En el caso de los de Carvalho, por ejemplo, es Barcelona. ¿Cómo le insuflas espíritu?

Sobre todo intentas no dibujar postales de la ciudad. Por ejemplo, el caso de Historias del barrio. Dibujamos una Palma que ya no existe. Y que además ha cambiado muchísimo el barrio. Ahora es más una cosa para hipsters y pijos. Pero claro, la intención no era tanto de retratar una ciudad digamos fotográficamente real, sino representarla de forma más emocional. Alguna calles que aparecen en el libro no son reales. Intento asimilar lo que me transmite ese escenario y supongo que ayuda haberlo transitado. Y en el caso de Barcelona hay una vinculación emocional total con la ciudad. Tú piensa que yo llegaba como un chico de provincias a la gran ciudad con sus edificios y sus neones como el que hay en Plaza de Catalunya, ahora no recuerdo si era el del Banco de Bilbao… que era como muy neoyorquino, con el reloj arriba. Muy Batman ¿no? (risas). Y claro, quedas impresionado y te enamoras de esa arquitectura y esas calles que no tienen nada que ver con la de mi lugar de nacimiento, de Palma. A mí siempre me ha interesado cuando hacía cómics costumbristas, que los personajes se movieran en escenarios reconocibles. Que el lector pueda decir «yo en este bar he estado». Eso siempre me ha gustado. Yo soy un negado para la ciencia ficción. Sobre todo porque me es imposible retratar espacios inventados. Me es muy complicado. No consigo transmitir realismo a esos espacios que no existen. No soy para nada Moebius en ese sentido. No lo consigo. Pero en cambio sí sé dibujar esas calles y dotarlas de verismo a pesar de que el estilo no sea cien por cien realista.

¿De Barcelona qué dirías que es lo que más ha cambiado? Dado que la estás ilustrando en los cómics de Carvalho a lo largo del tiempo…

Hombre, sobre todo lo que ha cambiado es que está mucho más masificada, ¿no? Todos los años que estuve yo no me moví de lo que sería el centro, la zona del mercado de San Antonio, cerca del Raval. Y claro, no tiene nada que ver con lo que es hoy. La gentrificación se apropia de espacios que ya no reconoces como tuyos. Te sientes en una ciudad ocupada por otra gente. En Mallorca, por ejemplo, es abrumador. No quiero decir que sea aún como Venecia, pero vamos camino de serlo, si nos despistamos. Así que ese recuerdo se convierte casi casi en un tesoro y el poderlo rememorar o recrear en estas historias de Carvalho, todo un aliciente. Me interesa conseguir retratar esa evolución de una ciudad gris a esa ciudad más cosmopolita que hubo con el «Posa’t guapa» de la campaña preolímpica.

Vamos a hablar un poco de los guionistas con los que has trabajado. ¿Nos puedes hacer un esbozo de cómo es trabajar con cada uno de ellos? 

Pues solo puedo decir que he tenido la suerte de trabajar con unos guionistas excelentes que además me han dado libertad para interpretar sus guiones. Sin que se entienda esto como una falta de respeto, pero una vez que tengo el guion en mis manos, me gusta olvidarme del guionista. Felipe me ayudó mucho en ese sentido, porque es de los guionistas que da mayor libertad al dibujante de todos los que conozco. Recuerdo un guion que me hizo hace años, Europe is over, que se publicó en Francia y en Portugal y que aquí sigue extrañamente inédita aún tratando un tema tan de actualidad como la llegada de pateras en el Mediterráneo y la inmigración. Era una historia que sobre el papel podría haberla dibujado con el estilo realista de Carvalho. Y a mí me dio por hacer una cosa muy picassiana. Sin consultárselo. Él me pasó el guion, yo me olvidé de él y luego le pasé las páginas acabadas. Y es una de las historietas de las que yo también estoy más satisfecho.

A eso me refiero: si tú tienes respeto por el guionista, y ese respeto es mutuo, es de cajón que uno y otro pondremos nuestro empeño y todas las armas disponibles para que el trabajo salga lo mejor posible. Tanto con Felipe, como con Hernán Migoya, como con Gabi Beltrán, he tenido libertad para adaptar de la mejor manera posible. Es verdad que en el caso de Carvalho, al estar ahí Vázquez Montalban, es más complicado, porque estamos haciendo una adaptación de unas novelas y tampoco vas a desmadrarte. Pero a mí me gusta pensar que en cuestiones de paginación, cosas como añadir o quitar alguna viñeta en alguna escena… tengo libertad de elección. No sé si podría trabajar con… Alan Moore (risas). ¡Que tampoco sé si Alan Moore da libertad o no! Pero me sería difícil trabajar con un guionista que te marcara de la A a la Z lo que tiene que ir en cada viñeta. Con el único con quien no acabó cuajando nada fue con Jorge Zentner. Estuvimos intentándolo un par de ocasiones y no hubo manera. No conseguimos entrarle a ningún editor. Es el único con el que me sabe mal no haber hecho algo juntos.

Con estos guionistas has hecho obras que requerían mucha documentación. ¿Cómo la trabajas? ¿Te gusta?

Yo siempre había renegado de la documentación. Sí, porque aunque en las historias que hacía en El Víbora había documentación sobre espacios reales, esta era más emocional que no fotográfica, como te decía antes. La documentación tipo dibujar al detalle modelos de coches y así, no me importaba nada. Lo que me importaba era que la atmósfera que dibujaba en las viñetas fuera creíble y nada más. A mí, lo que hay en Francia, que te encuentras series sobre aviones o sobre coches de carreras donde no falta un tornillo, siempre me había parecido una cosa descabellada. Con el caso de los álbumes de Carvalho y los tres con Felipe Hernández Cava, sí me vi un poco forzado a documentarme. Hasta entonces, yo siempre había hecho cosas contemporáneas, con lo cual eran espacios que yo conocía. Las de Felipe eran historias de una época concreta: los años treinta, luego los cincuenta… Entonces te ves un poco más obligado a retratar y que resulte creíble la época que estás dibujando. Pero yo creo que lo intenté más con el color que no con la documentación. Pero bueno, aun así es algo a lo que te vas enganchando y yo creo que es peligroso (risas).

En muchas de las obras que has hecho con Felipe Hernández-Cava se habla de las dictaduras y las resistencias a las dictaduras, pero en tiempos o en espacios diferentes a los que se vivieron. Por ejemplo, en Las serpientes ciegas se habla de la guerra civil pero sucede en Nueva York. En Hágase el caos pasa algo parecido: los lugares son otros y se tratan repercusiones de hechos históricos anteriores. Y estos tiempos que vivimos recuerdan un poco a eso. El eco de los conflictos que sucedieron. O que aún están ahí. ¿Sirve hacer memoria de la historia realmente, si luego se repita todo?

A ver, en el caso de Felipe, las tres historias que hicimos formaban parte de una trilogía que a él le interesaba explicar: cómo personajes anónimos se ven empujados por la Historia en mayúscula. En el caso de Las serpientes ciegas está el tema de las utopías y el maniqueísmo de las ideologías. Eso se repite en Hágase el caos con ese personaje anónimo y las políticas que maquinaban y trazaban fronteras en Yugoslavia y que desencadenaron la guerra de los Balcanes. Y Las manos oscuras del olvido también va de darle voz a las víctimas, que, como siempre pasa con estos conflictos, son las primeras silenciadas cuando se quiere pasar página. En el caso de Carvalho, mucho más allá de la pura trama policíaca, está la crónica de la historia reciente de España, y volver a mirar lo que fue la Transición. En La soledad del mánager hay un pasaje que habla de como a los poderes en esos primeros años les interesó desestabilizar con protestas y atentados para provocar que el pueblo aceptara una respuesta más autoritaria. Y te das cuenta de que ahora quizás estamos repitiendo esos esquemas. Que quizás no estamos tan lejos de esa realidad que insinuó Vázquez Montalbán. Que esa Transición que nos vendieron como ideal, que esas estructuras franquistas después de cuarenta años, pues quizás no desaparecieron de la noche a la mañana con la muerte del dictador… y lo único que se hizo fue meter todo debajo de la alfombra y por eso sigue ahí. Que crees que ciertas cosas han desaparecido y están más frescas de lo que deberían.

Una cosa que he observado en los tebeos de Hernández-Cava, y que creo que ha hecho con otros autores además de contigo, es el tema de introducir siempre una escena en la que algún personaje lee cómic o literatura popular. En Hágase el caos el protagonista lee la revista Beano y en Las serpientes ciegas el protagonista lee revistas de crimen y detectives. Y luego tiene El artefacto perverso, que es un cómic experimental que habla del cómic también. Hay ahí como un intento de visibilizar la importancia del cómic en la cultura.

Sí, sí. Es posible o bastante probable que él, como amante de este arte, tenga la intención de visibilizarlo y reivindicarlo. Lo que sí me han descubierto es que en todos mis álbumes hay siempre una escena de ducha (risas).

¿Utilizas material histórico o material de ficción? Para las referencias. 

Pues un poco de todo. En Las serpientes ciegas utilicé inspiración gráfica para acercarme al estilo de pintores como Daumier o Norman Rockwell, y un libro de fotografías de Berenice Abbott, Changing New York. En cambio, en Hágase el caos sí hubo ya más documentación histórica. Felipe, como es documentalista de saque, me pasaba mucha información. Y luego también me miré, en cuanto a gama cromática, series que me interesaban para buscar una fotografía que me inspirara. Las paletas de colores también las trabajé bastante en ese sentido. Hay que recordar que como colorista siempre me he considerado un desastre. Lo confieso (risas). Cuando dibujaba en Madriz, pues la cosa era muy suelta y muy salvaje, con rotuladores fluorescentes… y cuando El Víbora, era muy ochentero, muy Almodóvar. Claro, luego lo ves y eran supersaturados… Además, yo siempre era muy anárquico con el color. Al pasar al color digital, esta posibilidad de usar gamas de colores y paletas concretas y no salirme de ahí, eso me ha ayudado bastante a no descontrolarme.

Hace un momento hablabas de la salida al mercado francés.  ¿Cómo fue la experiencia en tu caso? ¿Qué requisitos crees que pide el mercado o el público francés para acoger a un autor y sus obras allí?

La primera experiencia fue esto que te he contado con Jorge Zentner, a finales de los noventa, que hicimos como cuatro o cinco propuestas y que no acabó saliendo ninguna. Yo ya no estaba trabajando tanto en El Víbora y llegaban voces de que si querías hacer algo serio tenías que enfocarte por ahí. Porque además el mercado en España en esos momentos estaba por los suelos. Pero yo estaba con otras historias, la edición del Esquitx, la ilustración. No me lo acababa de plantear en serio. Fue tras publicar El sueño de México, con Ramón de España, que lo compró Paquet Editions, vas invitado a algún festival a Francia… y de repente ves que el público es diferente. Gente de todo tipo. Gente mayor, gente joven… Te das cuenta de que no era lo mismo que aquí, que hay un público que es fiel al cómic y que lo leen igual que se leen una novela. Ahí me di cuenta que si realmente quería continuar haciendo cómics, que era lo que me interesaba, y lo mío no eran los superhéroes, pues entonces tenía que preparar algo que encajara en ese mercado. Ahí fue cuando le dije a Felipe, que era el guionista que tenía más cerca y con el que tenía más confianza, «¿te interesa que hagamos algo para Francia?». A mí también me apetecía cambiar de registro y hacer una cosa más de género, histórica. Los dos teníamos el libro de Berenice Abbott de Nueva York de los años treinta, y nos propusimos hacer algo con la ciudad de fondo, con personajes que se enrolaran en las Brigadas Internacionales y viajaran a la España de la guerra civil.Con esos pocos mimbres tejió Felipe el guion de Las serpientes ciegas. Yo había dibujado ocho páginas para presentarlas en Angulema y apareció la posibilidad de ir amortizando la creación en las páginas de la revista BD Banda. Ellos publicaron el primer capítulo en octubre o algo así, y en Angulema, dejé las páginas en un sobre en los stands de varias editoriales y a la vuelta a Palma me esperaba un correo de Dargaud que nos decía que les interesaba la historia.

Allí funcionó muy bien.

Allí funcionó bien, sí. De hecho estuvo seleccionada al premio de las librerías especializadas y eso hizo que su presencia en las estanterías se mantuviera promocionada durante todo el año. Porque claro, lo difícil en el mercado francés, que ahora ya pasa también en España, es que, ante la avalancha de novedades, una obra tuya se mantenga en las librerías.

Cuando llegó a España fue Premio Nacional.

Sí, tras el primero de Max y luego Paco Roca, el tercero fue el nuestro.

¿Cómo fue la experiencia de saber que eras Premio Nacional?

No acabas de creértelo. Teníamos nuestras esperanzas. Las serpientes ciegas había ganado antes el premio a la mejor obra en el Saló del Còmic de Barcelona, como los años anteriores había pasado con Bardín y con Arrugas, y ellos después habían ganado el Nacional, así que igual la cosa se repetía. O igual, no. No he tenido nunca mucha fortuna con los premios, ni con el juego, así que no pensaba en ello. Cuando salió la noticia fueron unos días muy locos de contestar a llamadas de teléfono como si fueras un artista de Hollywood, casi.

¿Crees que son necesarios los premios y las becas para temas de cómic?

Sí. Necesarios… daño no hacen (risas). Depender únicamente de los premios es complicado, porque premio solo hay para uno y hay muchas obras buenas. Yo creo que el verdadero premio es estar en la selección de obras, las nominaciones. El resultado final es una lotería. El Premio Nacional para mí fue una satisfacción más de cara a mis padres porque supuso un reconocimiento al trabajo que había estado haciendo. Piensa que yo me metí a dibujante, no a espaldas de mi familia pero sí un poco a lo loco, y ellos no habían llegado a ver de eso algo serio… Y de repente estás ahí con el rey que te está dando el premio (risas)… Para ellos fue fantástico. Y para mí fue una satisfacción enorme que mi padre viviera que la locura de su hijo por dibujar tebeos tenía un reconocimiento real.Por lo demás, dudo que dicho premio me haya dado más trabajo, más allá de la coletilla que suele acompañar mi nombre en las presentaciones. He de confesar que, particularmente, me siento mucho más orgulloso de haber sido finalista con dos obras en un mismo año, con Historias del barrio y Las oscuras manos del olvido, en el salón del 2014, aunque no ganara ninguna de las dos. Es un subidón que dos obras tan diferentes que han salido de tu lápiz (y de la escritura de sus guionistas) se consideren entre las mejores del año. Luego ganar es una lotería en la que entran en juego muchísimos factores.

Y a veces la diferencia la marca… apenas nada.

Sí, claro. Un año puede premiarse una obra costumbrista y al año siguiente se busque otra cosa diferente. Eso no depende de ti. Como que en una carrera haya otro más veloz.

Quiero recuperar lo que hablábamos del público francés, la consideración que tiene hacia el medio. ¿Tú crees que podría conseguirse aquí en España? ¿Habría alguna fórmula? ¿Quizás trabajar los intereses del público no lector y hacer cómic sobre ello?

Yo creo que en la actualidad ya se está haciendo. Fue una pena que la crisis llegara tan pronto, sin apenas dar tiempo a que el gran público descubriera que había cómics más allá de «los tebeos para niños» de Bruguera; que descubriera a autores como los que he mencionado más arriba y abriera el medio a cualquier tema. Creo que toda una generación de autores nos quedamos de repente sin público, y durante muchos años, durante esa travesía del desierto, los propios dibujantes fuimos nuestro público. Ibas a los salones y tenías esa sensación de que nos leíamos a nosotros mismos. Éramos como un gueto proscrito en la mayoría de librerías. Eso ha cambiado con la novela gráfica y con la inclusión del cómic como una disciplina digna de Premio Nacional. El cómic ahora está de moda. La prensa seria le dedica páginas. Ha entrado en las librerías y vende. Temas que a lo mejor no parecían comerciales en el cómic, de repente lo son. Lectores que no se acercaban al cómic ahora lo hacen sin rubor. Hay cada vez más mujeres autoras y lectoras.

Otra cosa es que la industria esté a la altura como para dar sus frutos. Ahí me reconozco conservador, habría que evitar la sobreproducción y el público es el que es… no vayamos ahora a morir de éxito tampoco.

¿El panorama editorial es mejor que hace unos años?

Yo creo que hay más novedades y gente joven que está haciendo cosas interesantísimas de saque. Pero claro, las tiradas son las que son.

¿Como es el feedback con tus lectores?

El cómic con el que he tenido más feedback es Historias del barrio. Creo que es el único trabajo mío del que consigo hablar sin pudor. Siempre me cuesta hablar bien de mis libros. En cambio con Historias del barrio, no. Puedo decir sin pudor que me parece una buena obra extraordinaria. Quizás porque ahí siento como si mi papel hubiera sido simplemente poner mis manos al servicio de la historia de Gabi. Y ha sido unánime las respuesta de todos los que les ha emocionado su lectura y nos lo han comunicado. Con otros es más difícil porque yo tampoco soy un autor muy mediático. Tengo un perfil bajo, quizás. No me muevo bien con las multitudes. No le doy cancha a Twitter ni a otras redes sociales. Entiendo que si sigo aquí a los sesenta dibujando y publicando cómics es que mi trabajo le interesa a alguien, y eso me basta.

Sobre Historias del barrio. Hemos estado viendo cómo se ha popularizado una nostalgia hacia los ochenta. Una nostalgia que idealiza, claro. Pero lo que hicisteis en Historias del barrio es un poco lo contrario.

Sí. Cuando he hecho presentaciones en el extranjero, en Italia o en Francia, siempre es complicado venderlo cuando te preguntan de qué va Historias del barrio y dices que va de drogas, de prostitución, de delincuencia juvenil, de malos tratos… Eso echa para atrás a cualquier lector. Lo difícil es explicar que es una historia contada desde la esperanza. A priori podríamos haber hecho una historia al estilo del cine quinqui de los ochenta, más explicita y descarnada. Sin embargo se trata de un relato hecho desde la madurez de alguien que ha pasado por esa vida tan dura y consigue mirar atrás sin resentimiento. Con cierta nostalgia incluso. Creo que eso fue lo que me atrajo de los primeros relatos que son el origen del libro. Y eso es muy difícil de hacer en cuanto a guion. Todos tenemos una vida, algunos más interesante que otros. Explicar tu vida particular, salvo excepciones, no tiene demasiado interés. Conseguir que esa cosa particular se convierta en una historia universal, eso ya es más complicado. Y ahí yo creo que Gabi, que para mí es de los tíos que se sabe desnudar (literariamente) con más arte, lo consigue. Yo le pondría todos los calificativos buenos y lo digo olvidándome de que yo estoy ahí también.

No sé si es buscado o es accidental, pero Historias del barrio tiene un tono como de género negro, que también pueda ir relacionado con la universalidad que comentas. Y que además conecta con tus otras obras. La voz en off del protagonista, los temas que decías… ¿lo buscáis voluntariamente? Cuando tú lo dibujas, ¿buscas imprimirle claves de género negro?

Cuando leí los primeros relatos no sabía que acabaría dibujándolos. Pensaba que lo haría Gabi, que también dibuja de puta madre. Pero él no se veía capaz de pasar el trago de revivir todo eso durante meses también con el dibujo. Así que presentamos la primera historia a los premios Ciutat de Palma que por primera vez incluían el cómic y lo ganamos y eso nos obligó a tirar para adelante. Pero ya desde esa primera historia que contaba como los chavales del barrio se sacaban unas perras con los marines americanos que desembarcaban de sus portaaviones al puerto de Palma, llevándolos a las putas del Barrio Chino… tuvimos claro que el tono pedía un estilo más naif que el registro de mis trabajos con Felipe. De hecho rehuimos la sangre en todo el álbum y la violencia se intuye más potente porque no se muestra y es el lector quien se la imagina. Más que El pico, nos salió un Memorias de Queens. Y luego está el contrapunto de las narraciones insertas entre las historietas como una voz en off del Gabi ya adulto.

Tu estilo narrativo es muy cinematográfico. ¿Tienes algunas películas de culto que hayan influenciado tu forma de hacer cómic?

Sí. Mi narrativa es muy cinematográfica. De chaval mamé muchas fotonovelas de las que se publicaban no sé si en Lecturas o en Hola, muy dramáticas todas, pero eso me ayudó a entrenarme en una narrativa secuencial clásica, y el cine ha sido siempre fuente de inspiración. Hay otros dibujantes más conceptuales y abstractos; miras las páginas de Chris Ware y ves partituras matemáticas. Yo siempre me he sentido más un narrador cinematográfico al viejo estilo. Quizás por eso la cosa de inventar se me da tan mal.

Cuando hacía Lola y Ernesto en El Víbora pensaba en historias de Woody Allen, las slice of life. También me he sentido siempre más artesano que artista. Siguiendo los símiles cinematográficos, más Howard Hawks o Sidney Lumet que John Ford o Francis Coppola. Uno de los mejores halagos que me han hecho, no recuerdo ahora quien fue, es que mi dibujo desaparecía al servicio de la narración. A mí me gusta desaparecer.

No te encuentran la estampa icónica. Aquella imagen que resume el tebeo.

Exacto. Conseguir eso… Porque a priori podrías decir pues es que soy un mal dibujante. Pero yo creo que tiene que ver más con la artesanía de oficio que no con el artista.

Vamos a hablar un poco de Carvalho. Empezaste con Feijoo y ahora haces Carvalho. 

Se ha cerrado un círculo. Carvalho era el primer detective español que se comportaba como los americanos pero en tus calles, en Barcelona, y fue todo un modelo a seguir. Feijoo nació absolutamente influenciado por las novelas de Pepe Carvalho. También era un detective del Raval que leía El Mundo Deportivo, exbedel de La Salle, con un confidente gitano… Que te llame Norma para decirte si estás interesado en adaptar al cómic sus novelas… Lo sentí mucho por Felipe, porque habíamos comenzado a trabajar en un nuevo álbum para el que no teníamos de momento editor confirmado. No pude negarme a la oportunidad de recuperar un personaje tan querido y un autor tan respetado como Vázquez Montalbán. Por un lado te da el canguelo, pero por otro está la ilusión de poder hacer una cosa así.

En el tercer o el cuarto cómic, a nivel temporal podría cruzarse Carvalho con Feijoo.

Yo ya lo he metido en la portada del primero, Tatuaje, junto al gitano. Y en una de las viñetas interiores también.

¿Cómo diseñaste a Carvalho?

Con Hernán estuvimos mirando a ver qué aspecto gráfico dábamos a cada uno de los personajes. Hernán había estado hablando con el hijo de Montalbán y este le había comentado que su padre siempre había imaginado a Ben Gazzara como el intérprete ideal de Carvalho. Yo había leído a Vazquez Montalban que Trintignant también le parecía una buena opción. Cuando lo comentamos con Hernán, pensamos que Trintignan quedaba muy francés y Ben Gazzara resultaba más latino. Al final, tras los primeros esbozos, me quedó un cruce entre Ben Gazzara con un toque Burt Reynolds.

¿Vais a hacer juntos tres volúmenes?

Ahora ya estamos metidos de lleno con el tercero, Los mares del sur. Seguimos las novelas cronológicamente, y son unas veinte novelas. Veremos.

Como lector, ¿te has fijado en alguien en particular, algún autor revelación? O autora, ahora que hay como una revolución con las autoras que las está visibilizando más. 

Lo de las autoras me parece perfecto porque que las mujeres se interesen por el cómic, tanto como creadoras como lectoras, sólo puede enriquecer este medio. Ahí están Ana Miralles, Emma Ríos, Ana Penyas, Carla Berrocal… Y no me refiero a ninguna cuota femenina, sino a su capacidad en igualdad de condiciones para crear obras interesantes. Nunca me ha importado el sexo de la firma que hay tras una buena obra.

A raíz de este tema que comentábamos de la artesanía en el cómic, al principio idolatraba a dibujantes virtuosos como Moebius. Pero el cómic es una suma de literatura, cine y dibujo, y te vas fijando en que el dibujo está bien, pero que es más importante que la narración pueda seguirse de una manera fluida. A mí, por ejemplo, y conste que no lo digo peyorativamente, porque es de los autores que más me interesan del panorama nacional, Jorge González me parece tan brillante gráficamente que me quedo alucinado con cada viñeta y me cuesta mucho no descolgarme de la lectura.

Porque es pura ilustración cada viñeta. 

Es que me quedo obnubilado con su destreza gráfica. También me interesa mucho el caso de Christophe Blain. Me acuerdo de unas páginas que usaba de muestra en unas charlas que hice. Una de una historieta de Gus y otra del teniente Blueberry, que es una escena en la que un tren se cae de un puente. Las dos explican más o menos lo mismo. En la de Giraud está todo dibujado al detalle con su habitual destreza, pero la de Blain, mucho más simple resulta muchísimo más efectiva. Antes me interesaba más el virtuosismo, ahora envidio a aquellos autores que dominan sus herramientas y son capaces de sacar a sus aptitudes el máximo de efectividad.

Yo de mayor quisiera dibujar como Calpurnio y en cambio estoy dibujando cada vez con más detalle. Conseguir esa síntesis de tu arte a mí me parece lo más.

¿Y tienes más proyectos similares?

Ahora es complicado porque Carvalho me tiene muy ocupado. Esta es la primera vez que trabajo en un proyecto que es una serie y que tiene que seguir un calendario.

Si tuvieras que recomendarle a los lectores alguna de tus obras, aparte de Carvalho ¿cual sería?

A priori te diría que Historias del barrio, pero también Las oscuras manos del olvido me parece una obra muy interesante porque creo que nunca antes se había tocado el tema del terrorismo de ETA en cómic con esa seriedad, y, por descontado, también Las serpientes ciegas.


Emma Ríos: «Una buena revista es justo el sitio en el que puedes tener libertad creativa»

De la carrera de la autora de cómics Emma Ríos (Vilagarcía de Arousa, 1976) se puede decir que es una de las más variadas dentro del sector, un hito, si se quiere, en la figura del historietista en nuestro país. Emma ha sido dibujante con otro guionista (Bella muerte, nominada al Eisner), guionista con otro dibujante (Mirror) y autora integral (I.D.). Pero también ha sido editora y cofundadora, junto con el artista norteamericano Brandon Graham, de Island, una revista de ciencia ficción y fantasía (nominada también al Eisner) que, pese a tener un corto recorrido, se recuerda ya como revista de culto en el género. Aún más, si algo nos hace empatizar con ella es una ocupación en la que no tiene rival: la de fan. Lectora y espectadora empedernida, Ríos es la entusiasta definitiva: ha desarrollado un millón de formas diferentes de expresar que algo le gusta muchísimo. Como muestra tienen esta entrevista —que tuvo a bien concedernos durante la fantástica 36.º edición del Salón del Cómic de Barcelona— en la que sembró infinidad de referencias interesantísimas, además de hablarnos de su carrera y sus obras, que precisamente lo son tanto o más.

¿Qué cómics leías de pequeña?

Pues yo básicamente aprendí a leer leyendo cómics. Tenía Conan el Bárbaro, de mi tío, de mi madre… a mi madre le molaban los cómics, todavía le gustan y lee de vez en cuando, aunque no esté muy metida en el tema. Y, por supuesto, lo mío se lo lee siempre. Era profesora de Historia y de Arte, y cuando era pequeña se los dejaban los niños con los que jugaba. Recuerdo leer El Jabato, Conan, Dan Defensor y Esther en casa de mi abuela. Y lo que yo sí tenía era todo Astérix, heredado de ella. Me pasaba que, de pequeña, comía fatal, me aburría comiendo. Entonces, tenía que leer para poder comer y los Astérix, si los ves, dan pena. Todavía tienen espaguetis pegados [risas], es un asco, pero son cosas que pasan. Entonces los memorizaba. Me flipaban. Y también tenía cosas de Tintín, pero ya no me gustaba tanto. Recuerdo con especial cariño una adaptación de El sueño de una noche de verano, por Pedro y Miguel Quesada. Luego ya fueron llegando los superhéroes. También recuerdo que me molaba mogollón lo que después averigüé que era la Hulka de Byrne, y cuando me convertí en adolescente pseudorracional la cosa ya tiró hacia los X-Men y Nuevos Mutantes. Luego, en los noventa, llegó el manga y se acabó: con quince años me leí Akira y aquello fue como una revolución. Yo creo que en el rollo americano fue cuando empecé a reconocer a autores y a seguir a autores. Me descolgué del rollo más superheroico con el boom de Image. Que yo los aprecio y les agradezco mucho que ahora me paguen el pan. Es decir, sin Liefeld y sus movidas probablemente no habría podido hacer ni Mirror, ni Bella muerte, ni nada. Pero es que no era capaz de tragar con eso. Me descolgué bastante. Recuerdo seguir Spawn y Young Blood solamente, pero de forma muy vaga. En realidad ya estaba con cosas de Vertigo y con el manga.

¿La época de la revista de ciencia ficción y fantasía, como la Heavy Metal y similares, la viviste?

Sí, pero todo eso lo tenía heredado en casa, por ahí. Eso y algunos tebeos de género que eran porno, también. Yo qué sé, lo primero que leí de Ghita de Alizarr fue con once o doce años, en esa época se entendería como bastante precoz la cosa.

Te lo pregunto porque estas revistas son un poco como el precedente de Island, ¿no?

Sí, nos molaban mucho. Heavy Metal era la inspiración, aunque yo era más de Zona 84 y Garo. Flipaba mucho con Juan Giménez, Liberatore y demás. Al principio no lo entendía muy bien y poco a poco lo fui apreciando más, hasta que acabé comprándome muchas cosas de segunda mano y las ediciones buenas cuando fue posible. Pues eso, me daba igual leerme El Jabato, que Don Miki, que leerme Esther.

¿Y cuando querías buscar material que aquí no había salido? ¿Cómo te lo montas para conseguir cintas de VHS? ¿Cómo te movías?

El tema es que no había internet, hablamos de la Prehistoria [risas]. Mira, la primera vez que me conecté a internet fue en una cabina de teléfonos en la calle con un amigo aficionado a los ordenadores, no me preguntes cómo. Era otra época. Cuando entró el manga con Akira y Dragon Ball, y con los tomitos infames, pseudo comic books de dos capítulos retapados, con viñetas coloreadas como portada… había muy pocas colecciones y yo quería seguirlas todas. Entonces era muy fácil perderse números, porque a Galicia no llegaban o porque no había librerías especializadas… Recuerdo tener que viajar a Santiago de vez en cuando en tren para completarme Sandman en Kómic, por ejemplo, que era la única tienda que había cerca. Y escribiendo a los correos de las series manga de aquel momento —Xenon, Kamui, Alita, etc.— empecé a recibir un montón de cartas, cartas de gente que se estaba leyendo todos los maravillosos artículos de la serie blanca de Dragon Ball sobre manga… que era todo lo que nos llegaba de Japón. Solo había fanzines como Animerica en Estados Unidos, algún otro en Francia y en Inglaterra también, Manga Mania, pero aquí no había nada y cada uno parecía una joya. Estamos hablando de antes de la salida de Manga Video, antes de que se publicara Akira aquí. A través de un amigo que tenía un kiosco conseguíamos bastante material. Cosas como la Fangoria y revistas de videojuegos. Yo era muy fan de la Super Play, con Helen McCarthy a la cabeza. A esa gente llegué a través de los correos cuando yo ya estaba «traficando» con cintas VHS. Y cuando me iba de viaje, que me mandaban en verano a estudiar inglés… pues yo no comía, tío. Me iba a Londres a comprar toda la mierda… En Chinatown, en aquel momento, había un montón de tiendas y era muy fácil encontrar pelis, artbooks y anime en japonés subtitulado en chino. Entre otras cosas había conseguido Silent Möbius, cosas de Gundam y otras movidas superraras. Y, claro, aunque no se entendieran, tú los copiabas y los distribuías como podías. Digo traficar, pero solo intercambiaba material, no me lucraba, vaya. Tenía todo un tinglado ahí montado… llegué a conseguir un vídeo NTSC, sufriendo mucho, para poder hacer las copias. Pero, joder, ¡era cultura! [risas].

Era entre seguidores, entre fans.

Y la primera vez que vi Akira fue una copia en blanco y negro que conseguimos, con la maldita banda que bajaba por la pantalla de haber sido copiada tantas veces. En aquel momento todo lo que se sabía de la peli era lo que se había visto en un mítico especial del programa Metrópolis en La 2. Fue una época muy loca. Aquel Víbora especial Japón, con historietas de Maruo y Tatsumi, Miss 130… Contacté con gente por correo y luego acabé encontrando aficionados en Coruña, todo bastante underground si te digo la verdad. Pedíamos por el Advance Comics desde el kiosco. Joder, es que era superpequeña, tenía quince o dieciséis años. Me cambié de ciudad, por el trabajo de mi padre, de Orense a Coruña con catorce, y me cortó todo el rollo en plena adolescencia. Me volqué en los cómics. De hecho, empecé a dibujar cómics. Y luego, en Coruña, al principio me costó encajar con la gente de clase y al final acabé creando mi grupo de colegas relacionados con los cómics. Después, en la facultad, me metí en el club de cine y vídeo, empezamos a organizar ciclos y cosas. Hicimos una asociación… Nostromo se llamaba. Empezó un poco por ahí. Con el tiempo fue derivando a Polaqia, y todas estas movidas que se fueron generando en Galicia.

Tú luego hiciste Arquitectura, pero querías haber hecho Bellas Artes.

En realidad… yo no sabía qué coño hacer. Mi padre estudió Químicas y madre es profesora de Historia. Y cuando uno de tus padres es profesor siempre tienes cierta presión. O te enfrentas a ellos, o sacas buenas notas para que te dejen en paz. Y entonces yo tenía buenas notas. Para mi familia la carrera era muy importante, había que tener un trabajo normal. Ni los cómics, ni dibujar, ni pintar eran un trabajo normal. Por ello yo no tuve opción de estudiar Bellas Artes. Me lo planteé, tuve mil crisis, cambié la preinscripción mil veces, di un montón de vueltas para decidir qué quería hacer. Al final me metí en Arquitectura. Llegué a pensar en hacer Informática por el tema de los videojuegos, pero en aquella época la cosa era supergris. No había nada especializado, al menos no por aquí. Probablemente, si hubiera habido carrera de videojuegos por aquel entonces, habría caído ahí de cabeza. Porque seguiría pareciendo más serio que pintar y que los cómics. Así que acabé haciendo Arquitectura asumiendo que iba a hacer los cómics el resto de mi vida igual, en segundo plano. Nunca pensé que podría dedicarme a eso de forma profesional. Si me dices con veinte años que iba a poder hacerlo… me da un ataque de risa que ni te cuento. Quién me iba a decir que iba a acabar trabajando para Marvel o en Estados Unidos. Imposible. No te lo crees.

Por ese mismo antecedente de que en casa no se entiende el cómic como una profesión.

Te diré que, cuando empecé a trabajar profesionalmente para Estados Unidos con Boom! Studios, yo tenía un estudio de arquitectura con unos colegas en el que llevaba dos años. Y llevaba ya trabajando casi cuatro como autónoma para otros, como siempre, en este tinglado. Pues, cuando dejé el estudio, tardé como dos meses en decirles a mis padres que me dedicaba al cómic. Supongo que hay ciertas actitudes rebeldes que son un poco difíciles. Que no quieres decepcionar y tampoco sabes cómo te va a salir la jugada. Pero es que sabes también que por el otro lado no estás bien… y yo el último año como arquitecta lo pasé fatal. Las cosas iban regular, fue bastante conflictivo. Yo ya tenía claro que tenía que parar aun sin haber tenido la oportunidad de Boom!. Y, cuando esta llegó, también me coincidió con la beca en Japón y fue encajando todo y me ayudó a tomar la decisión. Fue decirme a mí misma: «Joder, ¿cómo te quieres ver dentro de diez años?».  Pues como ahora.

Justo antes tú hacías fanzines y de repente te descubrió Warren Ellis.

Sí, era la época de Blogger y de Flickr. Ahora está supermuerto todo eso, pero en aquel momento había bastante movimiento relacionado con la ilustración y los cómics. Yo estaba en el circuito de fanzines gallego, conocía a gente, venía aquí al Salón del Cómic, iba al Salón del Manga con mis mierdas… Fue cuando conocí a Ken Niimura y a toda esta gente del Arruequen, que tienen todo mi amor. Twitter no estaba, todo se movía más en blogs. Y Warren Ellis tenía una página superguay, con un foro muy loco, donde se conocieron, de hecho, Kelly Sue DeConnick y Matt Fraction. Warren posteaba todos los días y yo lo seguía. Y recuerdo un día ir a currar al estudio, a Santiago, encender el ordenador, abrir la página de Entrecomics —que me apoyaron siempre muchísimo y les debo mogollón— y leer «a Warren le gusta Emma» [risas]. Lo que había ocurrido simplemente era que Warren enlazaba las imágenes desde Flickr. Yo sabía que él tenía esa cuenta y le empecé a seguir. Él lo vio, tenía tiempo, hizo clic, entró, vio mi trabajo y me dedicó un post. Y, joder, esto es una cosa que precisamente estaba comentando hoy: para poder entrar en el mundo del cómic parece como que te hacen falta siempre padrinos. Porque da igual que tengas mucho curro o que seas superbuena… siempre tienes que tener ese golpe de suerte. Y a mí… ese puto clic me cambió la vida. Un mes después Boom! me ofreció hacer cosas. Matt Gagnon, mi primer editor y quien está a la cabeza de la editorial hoy, justo acababa de entrar y el primer curro que le encargaron como editor fue Hexed. Y dijo: «Me mola esta tía, le voy a ofrecer una miniserie y a ver». Una miniserie entera, tío. Cinco números. Y sin tener ni idea de cuánto tardaba yo en hacer nada, de si había hecho muchos cómics antes, si yo era profesional o no… es que fueron un montón de factores. Y después Mark Waid estaba allí y, a pesar de tener ya un par de contactos por mi cuenta, fue él realmente quien me llevó a Marvel.

Pero es que yo te cuento esta historia, que parece como una carambola de suerte, y al final otros autores tienen historias similares. Si me seguís en Twitter o en Tumblr —aunque ahí ya no estoy tanto—, pues veréis que me flipa estar pendiente de gente, joven o no, que está empezando a currar o sacando cosas… Me parece que es como debe hacerse. Es el ciclo. Por ejemplo, Island me parecía una idea muy buena para meter a gente en el mercado. Huyendo de premios, deudas, mierdas de esas… del rollo Operación triunfo. Necesitamos algo más orgánico. Lo que pasa es que las revistas no funcionan, no las compra nadie, y entonces Island duró lo que duró. Pero al menos conseguimos presentar a un montón de creadores que de otro modo no habrían tenido acceso fácilmente a una editorial mainstream, haciendo lo que les daba la gana. Es una pena que no haya más revistas, porque me parece la forma más orgánica de que la gente pueda entrar sin tener que tragar con editores condescendientes, con reglas, o con una carga de deudas como: «Se le debo a Fulanito, que me ha pedido que le haga un fill-in en tal libro». Queríamos tratar de hacer el mercado más accesible y buscar formas en las que no te putearan tanto. Una buena revista es justo el sitio en el que puedes tener libertad creativa. Puedes estar despreocupado de la promoción, porque como conjunto debería funcionar sola. Y podrías desarrollar cosas, probarlas y arriesgar. Porque no depende de ti solamente que se vaya a vender.

Puedes hacer que unas historias sostengan otras. O meter tanto a autores veteranos con noveles.

Claro, claro. Buscas un equilibrio para que se vayan manejando las cosas.

¿Como decidíais que autores o que historias iban a entrar?

Buf… No aceptábamos submissions. O sea, no aceptábamos que nos mandaran cosas. El rollo era completamente mafioso [risas]. Quiero decir, mafioso en plan se juntan Brandon y Emma y era: «A ver, ¿a ti quién te gusta?». «Pues este, este y este». «¿Qué metemos?». «Pues este, este y este». ¿Sabes? Nosotros estábamos bastante activos, era nuestra revista y metíamos a la gente que nos gustaba, que conocíamos y que creíamos que podía hacer un buen curro. Luego al final fue un puto caos todo. Es que es muy difícil. Quisimos hacer algo un poquito más grande y resulta que ese formato lo hizo todo supercaro. Tuvimos que cambiar el original porque no salían las cuentas…

¿Hay alguna cosa que habríais hecho diferente con Island, ahora en perspectiva?

La revista comenzó como una cosa ilusionante con el objetivo de fomentar la libertad creativa y la diversidad autoral, y acabó convertida en algo bastante extraño. Ni Brandon ni yo éramos las personas adecuadas para conseguirlo.

Por otro lado, también nos habría encantado mantener el formato original de los tres primeros números, esa era la idea. El problema de estas movidas de la venta mensual es que solo venden el número uno y el dos. Del uno al dos hay como un bajón del treinta por ciento en las ventas. Pero del dos al tres hay un bajón del cincuenta al setenta por ciento.

Y eso que teníais series abiertas muy interesantes.

Sí, pero esto sucede independientemente de las series y del contenido en general. Solo importa cuando se está hablando de ello. Si se presenta, está en el Previews, está en portada, está en los catálogos, etc. Las tiendas lo compran. En el tercer o el cuarto número la cosa ya no está de actualidad y no es interesante. Van a apostar por el crossover de turno que sí esté de actualidad antes que por cualquier revista o pequeña serie, por muy buena que esta sea. Es que, además, tienes que vender las cosas tres meses antes de que existan en las tiendas. Es toda una historia. Y en realidad nosotros no éramos tan famosos, ni grandiosos guionistas de Marvel, ni young guns, ni arquitectos, ni nada. Image nos apoya porque creo que esa lateralidad representa bien el tipo de obras que hacemos dentro de la propia editorial. Quiero decir, que no somos Remender haciendo una obra de ciencia ficción con cualquier dibujante que se le ocurra. Es más un «estos tíos escriben y dibujan, hacen sus cositas…».

¿Repetirías la parte de ser editora?

Si te digo la verdad, necesito respirar. Porque realmente lo pasé mal. El año pasado lo dejamos en el número quince, y me parece imposible haber llegado hasta ahí. Y yo… agradezco muchísimo todo el apoyo que nos dieron. Se dejaron unas pelas. Y además quedaron cosas sin meter. Luego había que intentar mover todos los trades que teníamos apalabrados con gente y no pudimos conseguirlo. Claro, es que es supercomplicado. Si volviese a editar, tendría que ser con mucho más control, y también algo mucho menos ambicioso. Pero sí, me fliparía hacerle un sitio a gente cuyo trabajo me flipa… Y a autores de aquí como Luis Yang y Xulia Vicente, que conozco desde que empezaron y que me vuelan la cabeza. Me hace mucha gracia cada vez que me comentan: «Joder con los autores españoles, son la hostia». Pues espérate a ver lo que viene. Es una pasada. En mi propia experiencia yo iba a saloncitos, a cosas muy locales, y tenía conexión con gente de allí. Pero me dan cierta envidia cosas de ahora, como poder contar con festivales de cómic de autoedición o independientes como el Graf o el Autobán. O poder crecer con tutoriales. O poder tener el feedback que se obtiene en internet con el webcomic. Evidentemente, la experiencia es distinta, cada uno crece diferente y eso afecta a nuestra obra. Pero sí que es cierto que yo creo que me he desarrollado de una forma más introvertida que ellos. Por ejemplo, cuando hice A prueba de balas era rollo género puro, ultraviolento… no existía Kill Bill en aquella época. Era lo que yo veía: cine de Hong Kong, cine de yakuzas, Shogo Ishii, Takashi Miike… con el que ahora tengo una relación de amor-odio algo tóxica, pero en aquel momento flipaba bastante con sus mierdas. Y, claro, tú ibas allí con eso y te decían: «Pero ¿qué es esto?». Era un rollo género muy puro, supercutre: una tía en Marte, con una plaga… Muy de finales de los noventa. Mientras aquí en España todo tiraba hacia lo intimista, y yo iba por ahí como un alienígena con eso. Y realmente estaba traumatizada, lo llevaba mal. Lo hacía un poco porque me molaba y no podía evitarlo, y lo leían cuatro colegas. Yo con eso ya flipaba. Pero ni se me ocurría traspasar la barrera invisible de llevar esa mierda a una editorial. Como mucho me atrevía a mandar los fanzines al Víbora, donde Sergi Puertas me hizo unas reseñitas increíbles que todavía le agradecí muerta de vergüenza el año pasado cuando lo conocí en persona. Esas cosas te dan la vida, sobre todo cuando no tienes nada. Si yo hubiera tenido la oportunidad de, en lugar de fotocopias distribuidas malamente, colgarlo como webcomic, habría tenido como una esfera muchísimo más amplia, y tal vez un público más afín, y no tendría que haberme acobardado ante la tendencia de lo que estaba funcionando por aquí. Por otro lado, pasaría mucha vergüenza por haber colgado eso online, sería una exposición lamentable y bochornosa [risas]. Eso ya no se lo enseño a nadie, ni se me ocurriría. Pero, bueno, forma parte de cómo se crea uno.

Ahora que mencionas la parte del cine, ¿cómo te ha influido el cine?

Un montón. En Bella muerte es inevitable. Kelly Sue también es bastante cinéfila y le mola mucho el cine de género. De hecho, Kelly Sue y yo nos conocimos en Osborn y nuestra primera conversación fue sobre Meiko Kaji y Lady Snowblood. Os podéis imaginar la química. Y, claro, cuando me propuso hacer un tebeo con ella, me comentó que quería hacer algo histórico… Y yo me puse en plan: «Bueeeno, pero si tú eres de Texas y yo soy española… ¿por qué no hacemos un spaghetti western?». Y lo que hice fue mandarle un artículo genial que se llamaba «El surrealismo en las películas de Sergio Leone», en el que comparaban su estética con la obra de Chirico, con Dalí, y alababan el estilo de sus encuadres… Yo, por mi cuenta, había tirado hacia un rollo más urbano de acción, pero tanto en Marvel como en Boom! o incluso en un proyecto que llegó a surgir para Soleil —aquello fue bochornoso, el trato y todo, en Francia no conecté con el mercado para nada— me pedían terror urbano, siempre. Yo tenía presente que me lo estaba pasando bien dibujando monstruos. Y pensando en clave de wéstern es fácil darse cuenta de la gran diferencia que existe entre Sergio Leone y John Ford, para mí es la atmósfera. El wéstern de Leone es algo bastante mágico, transmite una sensación de inestabilidad que no es ni real ni irreal. Tiene una lírica. Creo que por ahí había un punto muy guay para poder explorar el wéstern, me gustaba muchísimo. Y lo comentaba con Kelly Sue. Y hablando un poco de eso, hubo un día que ella me dijo: «Me estoy rayando porque no puedo pensar en nada más que en un conejo muerto y una mariposa hablando».

El principio de Bella muerte.

Sí. Y le dije: «Palante». A partir de ahí pues empezamos a trabajar con folclore y mitología, con el wéstern de trasfondo, y con la posibilidad de hacer elipsis. El primer capítulo de Bella muerte, Pretty Deadly en el original, ya era un wéstern tardío, no fue nada difícil trasladar la historia a la Gran Guerra.

¿Porqué Pretty Deadly?

Pretty Deadly salió de Kelly Sue y Bella muerte salió de mí después de que Santiago García nos comentase la posibilidad de traducir el título. Al principio iba a ser un wéstern superclásico, ¿eh? Iba a ser de una tía muy macarra, tipo Meiko Kaji, que iba a matar gente por algo, a vengarse. El espíritu de la venganza. Y, claro, luego se fue complicando y el título quedó un poco descolgado. Buscábamos algo muy sonoro. Además, la dicotomía es graciosa y tiene su trasfondo feminista.

Es interesante porque en alguna entrevista habías comentado que el tercer arco iba a usar el noir y/o el terror como tono de fondo. Y, claro, en el wéstern, en el bélico (que es el trasfondo del segundo arco) y en el noir y en el terror la muerte es un tema muy presente. Y al mismo tiempo es una obra muy estética, que sería la parte pretty.

Es que son lenguajes muy marcados. Recuerdo hablar de esto con un colega chino que me comentaba que tanto el wéstern como el wu xia funcionaban de forma parecida, cada uno con su propio lenguaje estilístico. Es algo muy reconocible. Y trasladar todos esos elementos al cómic es muy agradecido. Sobre todo Leone, con los planos cercanos en contraste con los planos amplios y la horizontalidad. Y, claro, en el segundo tomo, cuando saltamos al bélico, cambiamos, porque ibas a estar en una trinchera y todo iba a ser mucho más estrecho y agobiante. Yo solo estaba pensando en Senderos de gloria, que me flipa cómo está rodada y el tono que tiene. A mí el género bélico no me produce tanta fascinación como el wéstern, pero hay películas que me vuelven loca y suelen ser las que tienen un mensaje pacifista. Senderos de gloria, por ejemplo. Me gusta mucho Feliz Navidad de Christian Carion también. Y me flipa La condición humana, que es una trilogía de Masaki Kobayashi, de nueve horas en total. Y, joder, es que es superhumanista, es una puta animalada. Acabas de verla y te sientes una persona distinta. Es una reflexión sobre cómo todo da igual, pero sin caer en el nihilismo fácil o la pérdida de identidad: fascistas, socialistas… al final vamos a morir todos. Tiene una forma muy profunda de acercarse al género. Luego me puede gustar La cruz de hierro, evidentemente.

Pero, en resumen, me acerco más a la parte antibélica que a la épica. Lo que me preocupaba, de lo que hablaba con Kelly Sue al principio de trabajar en el segundo tomo, era que yo no quería un planteamiento épico de la guerra. Yo quería evitar que el valor estuviera reverenciado. Y estuvimos buscando cómo salir de ahí y al final el cómic habla del miedo y de la suerte. La historia es que el miedo ayuda a protegerte de la muerte y la suerte te ayuda a que sobrevivas en realidad. Pero, si no hubieras tenido miedo, ya no hubieras tenido ninguna posibilidad. Me siento muy orgullosa de que hayamos sido capaces de retratar el género bélico desde ese punto de vista. En el fondo es eso, las mejores películas sobre la gran guerra como Sin novedad en el frente o La gran ilusión también tiran de ahí, y son profundamente antibélicas. Hablan de cómo engañaron a la gente para ir a las trincheras y de la falta de información en general, en el frente de la Primera Guerra Mundial. No en vano solo se puede considerar como guerra moderna por el tipo de armas, la gente se enfrentaba a ellas con placas y cotas de malla. En fin, que me metí mogollón de pelis para documentarme. Bella muerte al final es género y jugamos con él. Y ahora, con el early Hollywood en el tercer tomo, pues también. Cae de cajón.

En el aspecto gráfico, en la narrativa visual, ¿para ti hay un salto respecto de lo que habías hecho antes de Bella muerte?

A ver, yo venía de hacer la novela gráfica del Doctor Extraño, que fue superagobiante porque había bastante límite de tiempo y de contenido. Estuvo un año sin estar en las librerías y me fastidiaba un poco. Era un rollo planteado para primeros lectores. Luego estuve en Capitana Marvel, hice dos números, y me lo pasé muy bien, pero fue después de la novela gráfica cuando me dije: «Estoy dibujando fatal, me estoy dejando llevar por la presión». Entonces, creo que la primera parte de Bella muerte está superbién dibujada, como con muchísimo cuidado. Y luego iba tanteando cómo manejar el tema de las composiciones. Compositivamente el segundo tomo es mucho más arriesgado que el primero. Pero al mismo tiempo estaba el componente fantasmal del caballo, que me facilitaba un montón las cosas. Cada vez que la composición se volvía más orgánica es que entraba algo más paranormal. Y el tercero está guay porque la protagonista es Clara, la niña del segundo tomo, la nieta de Sarah, que hace cine de sombras de marionetas como Lotte Reiniger. Estoy usando eso en la narración, uso mucho las siluetas y me lo estoy pasando muy bien. Estamos trabajando también con cierto tono de locura. Entonces, no es solo compositivo: esos elementos están contribuyendo mucho a la historia. En realidad, este rollo orgánico siempre me produce cierto agobio porque no me gusta meterlo cuando no hay ninguna razón o cuando no hay nada que potenciar. A mí me resulta muy sencillo trabajarlo, no sé, me sale bastante solo, pero me agobia que no venga a cuento de nada. Entonces, es lo que os decía, en el segundo tomo se rompe la paginación porque es cuando entra el caballo fantasma, o el humo, o el gas… Pero en el tercero estas cosas entran de una forma mucho más natural y forman parte del todo. Ya lo veréis.

En relación con esto también, le das mucha importancia a la simbología, a los símbolos.

Es que Bella muerte es un libro muy simbólico en general. Habla de un montón de temas que se disfrazan con folclore inventado. Habla de confinamiento, habla de la percepción sobre las mujeres, habla también del valor y del miedo… Es todo muy conceptual, me parece importante. Y luego me gusta que el propio género narrativo se convierta en símbolo. De la época, del momento… te ayuda a ver cómo evolucionan las cosas. Eso me parece interesante. Las ideas de Kelly Sue son simbólicas y conceptuales, lo tiene muy claro: esto es la suerte, esto es tal otro concepto… Es que ella es así, es fundamental. El cien por cien del libro es eso.

¿Y cómo es el diálogo con Kelly Sue? ¿Con alguna otra autora es igual?

Con ella es un diálogo continuo. Y me pasa lo mismo con Hwei, con Mirror. Para mí ha habido un corte radical cuando me fui del trabajo de encargo. Cuando paré de hacer cosas en Marvel, lo que quería era hacer mis libros. Los cuatro años en Marvel fueron como hacer una carrera para entender cómo funciona el mercado como tal. Y, la verdad, tampoco hice mucho más. Me largué y pensé que no iba a tener curro nunca más porque cuando lo hice hubo algún conflicto y me asusté mucho. Dependía completamente de cómo saliera Bella muerte. Y salió genial. Y a partir de ahí dije que, si podía permitírmelo, no volvía al trabajo de encargo. Porque al final no tengo hijos, no tengo hipoteca, no necesito forrarme… entonces me da libertad como para poder hacer un libro que funcione bien y luego tratar de hacer cosas más pequeñas como Island u otras. Bueno, en Island cobré I.D., pero mi trabajo de editora no lo cobré. Fue algo más kármico que otra cosa. Ni Brandon ni yo lo hicimos, porque la única preocupación fundamental era que los autores pudiesen cobrar su adelanto y eso sí era un tema de principios.

Volviendo al tema, mi determinación era poder decir: «Estos son mis libros, por fin». Y no: «Tengo cinco números en tal serie, cuatro en esta otra…». A mí me gustan muchísimo los tebeos, y creo que puedo aportar algo como autora. No me iba a ir de Marvel para ser dibujante de alguien. No me iba a ir para ser dibujante de Kelly Sue, la única guionista con la que realmente quiero trabajar. Porque, aunque disfrute dibujando, no me llena del todo. Mi cabeza pensaba: «Si me voy, ahora tengo esta oportunidad, estoy en el punto de los fanzines otra vez, puedo hacer lo que yo quiera, me están dando carta blanca, joder, tía, esfuérzate». Fue un poco eso. Dale caña, es el sueño. Demuestra que te mereces haber llegado hasta aquí. Y esto resume un poco lo que llevo intentando estos años. La verdad es que me machaco bastante psicológicamente. Tengo poco control emocional del proceso creativo. No es fácil, y menos hoy, estando tan expuesta. Al final te enfrentas a muchas cosas tú sola, pero merece la pena. Quiero decir, que siempre vas a estar un poco flipada, en plan: «Esto es maravilloso, la vida es maravillosa», o hecha polvo, en plan: «No puedo hacer nada más, esto es una mierda». No hay término medio. Pero yo creo que esto nos pasa un poco a todos los que nos dedicamos a esto, o a algo creativo. Y, joder, Kelly Sue me ayuda un montón, porque ella como persona es maravillosa. Es superinspirador currar con ella. Siempre me escucha, siempre hemos creado todo juntas y cambiado cosas sobre la marcha… Siempre lo decimos: nunca trabajamos sobre guiones acabados. Vamos trabajando por escenas y vamos hablando sobre las relaciones entre los personajes y sobre las cosas que vemos que surgen a medida que se va dibujando el cómic. Esta mañana, precisamente, estuvimos analizando cómo había variado el comportamiento de algunos personajes y recordado cuando Ginny perdía los papeles, porque es un personaje muy difícil de definir y necesitamos fijarnos mucho en lo que hemos hecho con ella. Es que es… ¡como el Jinete Pálido! No puede hablar, no puede hacer nada, es un puñetero icono. Entonces, estábamos como analizando los momentos en los que había sido capaz de variar un poco su comportamiento «actoral» o como quieras llamar a eso. Hacemos siempre ese tipo de trabajo: vamos aportando cosas las dos y luego lo analizamos en conjunto. Vemos cómo va funcionando y adónde nos lleva.

El concepto tradicional de «el guionista escribe» y «el dibujante dibuja», eso ya no existe, ¿no?

Desde luego, en mi vida no existe [risas]. Ni quiero que entre. Lo peor que he hecho yo en mi vida fue hacer dos páginas por el método Marvel. Dos. En Spiderman. No voy a decir quién era el guionista.

Tenía para preguntarte si cuando estuviste en Marvel te quedaste con ganas de trabajar con alguien o en alguna serie en concreto, pero creo que no…

A ver, no quiero tampoco que tengáis la idea de que yo estuve mal. Yo me lo pasé genial también.

De hecho, de Osborn te hemos oído decir que te gustó mucho hacerla.

Sí, sí. Y más cosas. Trabajar con Mark Waid es una pasada. Mark es maravilloso, le debo mogollón y hacer el crossover de Daredevil y Spidey fue la hostia. Porque Matt es muy arrogante y Spidey es un tío histérico, ¿sabes? No para quieto. Entonces fue muy gracioso poder controlarlos a la vez y tratar de trabajar su comportamiento, la «actuación». Y en eso me lo pasé guay. Y, aparte, los guiones son divertidos. Mark Waid es un guionista que me flipa. Es que es un poco eso, el tiempo va pasando y, si tú estás en una posición privilegiada… Esto va a sonar supertraumático, pero te preguntas: «¿Qué legado voy a dejar?». «Legado» suena francamente mal, pero sí te preguntas qué es lo que quieres dejar. Ahora mismo sí que estoy en un punto de desafío personal. Más de decir: «¿Puedo yo hacer un cómic que verdaderamente signifique algo para alguien? ¿Como los cómics que me han cambiado a mí la vida?». Yo no voy a hacer un Akira porque nunca tendré esa capacidad, pero a mí Akira sí me cambió la vida completamente, me cambió la personalidad. Los cómics son algo importante. Poder dedicarte a esto es algo muy especial, y yo no contaba con ello. Entonces, lo que quiero es intentar hacer los libros lo mejor posible. Hasta que pueda. Si en algún momento las cosas no funcionan bien y me estoy muriendo de hambre, pues volveré al trabajo de encargo. ¿Qué le voy a hacer? Pero, mientras, intentaré convencerme de que puedo aportar algo al medio a nivel personal. Y, sobre todo, porque al tener la oportunidad sería supercobarde por mi parte buscar una situación más cómoda, cuando era esto lo que quería todo el tiempo. Sería muy decepcionante para mí misma.

Bueno, pero hasta ahora parece que te has ganado el respeto de la crítica. En la selección de Cómics Esenciales 2016 se eligieron tanto Bella muerte 2. El oso como I.D. Resultaste ser la única autora española con dos obras reseñadas en la selección.

Se agradece un montón, porque al final tú esto no lo haces solo para ti. Necesitas sacarlo, y comunicarte con la gente. Es que hasta que la obra no llega a otra persona, la lee y tiene una reacción al respecto, el cómic no está cerrado, no está acabado. Yo reconozco que, aunque las ventas de algunos de mis libros sean muy modestas, pues, bueno, el feedback ya me hace feliz. Y lo de la crítica también me da la vida. Con I.D., por ejemplo, el haber metido un personaje trans… Las reacciones de la gente o cosas que me dijeron al respecto son algunos de los momentos más emocionales de mi vida. Porque yo ni siquiera era consciente de que iba a ser un movimiento tan político, ni que iba a tener tanta presencia. Al final tú vives en tu burbuja de normalidad y dices: «Si voy a hacer un cómic donde hablo de cambio de cuerpo, ¿de qué coño voy a hablar?». Pues lo más legítimo que puedo hacer es meter un personaje trans. Y, claro, al final ese pequeño gesto parece haber significado mogollón. El haberlo tratado con normalidad, como un personaje principal más. Y no regodearse solo en si tiene problemas. Creo que incluso lo traté de forma algo frívola. «Es que en realidad mi cuerpo no me gusta y aunque me cambie de sexo tampoco me va a gustar, quiero ser peludo, grande, etc.». Este rollo. Y sí, es emocional. Merece la pena el esfuerzo solo por escuchar a alguien decirte: «Es que en este personaje me he visto a mí mismo», es muy flipante, ni te lo imaginas. Porque al final nosotros como autores tenemos una vida un poco aislada, inviertes muchas horas en tu trabajo y siempre vas de cero a cien. Estás bastante solo, encerrado en tus mierdas y tal. Y de repente te vas a una convención y te ves en una hora con doscientas personas. Es que es demasiado. No sabemos gestionarlo bien. Yo no sé gestionarlo bien. Entonces, cuando me dicen esas cosas, no me pongo a llorar de puto milagro.

Ya que mencionas I.D., y con relación al tema que hablábamos de trabajar con guionista, ¿cómo afrontas un trabajo como el de I.D.?

I.D. fue un ataque de ego total. Como os decía, yo no me fui de Marvel para ser dibujante fuera. Y podía hacer I.D. porque quería ayudar a construir Island y, en cierto modo, había que marcar ejemplo. Si vamos a montar una revista para que la gente se arriesgue a hacer cosas, pues voy a hacer la cosa más marciana que se me ocurra. De ahí salió I.D. Y además dije: «¡A la mierda, escribo en inglés!». Yo puedo trabajar en inglés, pero, aunque lleves muchos años estudiando la barrera psicológica de la barrera idiomática, es difícil cruzarla… Y si no eres nativo es complicado pillar el tono de ciertas expresiones, por ejemplo. Pero hay que ir poco a poco, dando un paso más, y otro, y otro… Primero, tebeo de creación propia, después, tebeos yo sola como autora completa. Y, después, tebeo como escritora. Mirror no es solo eso, en realidad, porque es un trabajo superorgánico, y aparte porque quería meter a Hwei. Somos muy amigas, ella es buenísima y escribe bastante mejor que yo. Por otro lado, quería abrirle un poco la puerta del mercado americano, ya que podía. Y, ahora, lo siguiente que quiero hacer es un tebeo yo sola de nuevo, que ya tengo apalabrado con Image. De momento estamos cerrando Mirror, que el segundo arco es como dos números más largo y está dibujado casi a medias por las dos. También estamos cerrando el tercer arco de Bella muerte. Cuando acabe, empezaré con el tebeo nuevo, que no sé muy bien cómo lo voy a sacar todavía. Dependerá un poco de cómo esté el mercado. No sé si sacaré tres números de sesenta páginas o una novela gráfica. Sacaría el libro entero, la verdad, pero también tengo que comer y ver cómo lo vamos a vender mejor.

¿La idea de la obra o el tema? ¿Puedes contarnos algo?

[Emma guarda silencio, dibuja una amplia sonrisa mientras le brillan mucho los ojos].

Vale, vale. Mejor no decir nada. [Risas]

Yo prefiero que no. Casi mejor que no. Lo que sí que os voy a decir es que Mirror, a pesar de que es un tebeo un poco oscuro, es muy luminoso. Pues esto nuevo tiene pinta de ser oscuro y muy oscuro.

¿Y cómo lo gestionas? Estás hablando de llevar varias obras al mismo tiempo, unas que cierras, otras que empiezas… ¿Cómo te organizas?

Bueno, con Mirror llevamos ya tres años, que parece mentira. Es un libro bastante difícil. Luego, Hwei tuvo algunos problemillas, que también me afectaron a mí, y tuvimos que tomárnoslo con calma. La verdad es que no es nada fácil enfrentarse a la presión. Es hora de cerrarlo, ella se va a tomar un descanso. Y yo, bueno, puedo hacer dos libros a la vez si solo escribo uno de ellos, me viene bien, sobre todo porque Kelly Sue también tiene otros. Por ejemplo, ahora tiene que hacer Wonder Woman… pues puede estar un mes sin mandarme un guion sin problemas. Yo ya tengo material, y además me viene bien escribir por la mañana y dibujar por la tarde. Me ayuda. Tener dos libros me ayuda porque, cuando estoy bloqueada con uno, puedo moverme al otro. Puedo mantener un trabajo continuo. El problema entonces es el de siempre, que no sale mensualmente y, consecuentemente, vende menos. Ahora mismo tengo la sensación de que este año pasado trabajé muchísimo, más que otros años y con cosas muy difíciles, pero todavía no he podido cerrar nada. Escribir me resulta más difícil que dibujar, en general, y Mirror es bastante cósmico, y además toca un montón de temas que pueden relacionarse fácilmente con temas de actualidad… que no son nada fáciles de tratar tampoco. No quiero meter la pata. Me lleva bastante tiempo. Y además he estado dibujando bastantes páginas tanto de Mirror como de Bella muerte, aunque no haya salido nada nuevo en Estados Unidos. Mi percepción es que he tenido un montón de trabajo que no veo, y es algo con lo que tengo que lidiar. Saldrá todo hacia finales de este año y durante el siguiente, mientras hago lo nuevo.

Lo que decías antes de que hasta que el lector no lo ha leído no se ha acabado, ¿no?

Sí, a veces me entra el pánico y me siento como encajada, como que necesito cerrar frentes ya porque me vuelvo loca. Es difícil de gestionar cuando tienes varios libros abiertos. De hecho, llevo varios años pensando el nuevo libro y es algo que tengo muchas ganas de hacer. Pero lo estoy separando del resto, en plan «no te acerques ahí, no te acerques ahí» [risas]. Todo es cuestión de controlarse y de no meterse en demasiadas movidas a la vez. Lo ideal sería cerrar bien algunas cosas y luego pasar a otras. Evidentemente yo no lo sé hacer, pero al menos me lo estoy pasando bastante bien con todo, la verdad. Salvo cuando te agobias por temas de dinero, o de que no venda, o que suponga algún problema para la editorial… Me siento bastante en deuda con ellos, algo habitual para los autores y que tenemos que tratar de evitar, ya que nosotros lo damos todo. Es difícil. El resto es guay. Si gestionas medianamente bien la parte emocional, todo mola mucho. Por ejemplo, el tema de las acuarelas, que estoy trabajando gracias a Mirror y que son muy jodidas. Me dije: «No sé hacer acuarelas bien». Pues vamos a hacer, no sé, ciento cincuenta páginas de acuarelas [risas]. Iba a ser raro que no aprendiera algo.

¿Con que objetivo nace Mirror? ¿Cómo decides que quieres contar esta historia? Cuando la leí me pareció una fábula que lanza muchos mensajes… pero has dicho que no ibas buscando lanzar nada específico.

Ya. No tiene una estructura narrativa muy directa.

Tampoco es una fábula maniquea con buenos y malos. Es como que hay muchos puntos de vista. Y esto me recuerda a la portada del primer volumen en el que tienes a todos los personajes en diferentes posiciones, pero mirando en una misma dirección. Que cada lector puede compartir más unos puntos de vista que otros, pero los enseñáis todos.

Sí. Mirror surge cuando estamos haciendo Island, en un momento en el que tanteamos la posibilidad de hacer otro proyecto paralelo un poco diferente, pero también para presentar a otros creadores, darles libertad, etc. Se llamaba 8House. 8House iba a ser una colección de miniseries en la que cada equipo iba a trabajar a su puñetera bola, pero con la autorización de utilizar cosas de las otras historias. Era en plan: «Si ves algo que te guste como elemento, mételo». Todos éramos gente un poco conectada estilísticamente y con influencias similares. Como que nos gustase el manga de los ochenta, las revistas de ciencia ficción, Moebius, cosas así… ¿Qué pasó? Que lo hicimos fatal. Volvemos a lo de antes. Son libros superdifíciles de vender: Island era difícil de vender, Mirror es difícil de vender… 8House era cuarenta veces más difícil de vender. Porque para empezar eran historias que no tenían conexión más allá del subtítulo, pero que salían salteadas aleatoriamente como si fueran de una misma colección. Como el planteamiento de una revista pero llevado al puñetero formato del comic book mensual. Si el mercado nos exigía un número mensual, se lo dábamos. Ahora bien, que estuviesen relacionados entre ellos más allá de un subtítulo era otra historia. Si es que fuimos unos genios, te lo digo [risas]. Resultó que la gente no se enteraba de nada: no se distinguían las distintas series dentro de la colección. Y cuando le iba a tocar a Mirror salir… recordad lo que os he dicho acerca de las ventas, de la bajada bestial después del número dos de cualquier cosa. Pues Mirror salía en el número seis. Entonces a Eric Stephenson, editor jefe de Image Central, donde yo trabajo, le pareció una serie demasiado interesante como para dejarla salir en esa posición y que no vendiera nada. Y nos animó a hacer una serie regular. Y lo hicimos, a pesar de que inicialmente iba a ser algo mucho menos ambicioso de cuatro números. Por eso al principio lo de las elipsis resultaba más artificial. Porque íbamos simplemente a jugar con las elipsis como estructura de la miniserie. Pero al convertirlo en serie regular pasó a ser un elemento más orgánico en la narración y a caracterizar completamente la experiencia de lectura. Cuando comenzamos a hablar de 8house yo estaba dibujando I.D. ya, y además con Bella muerte. ¿Cómo me iba a meter a dibujar Mirror?

Al final la solución fue no dibujar tú.

Le pregunté a Hwei si quería hacerlo entre las dos. Pensé en cosas que le gustaría dibujar, en el tema de los animales, en el manga de los ochenta, en videojuegos JRPG de los noventa o principios de los 2000, Super Nintendo, Play 1… en realidad tenemos muchísimas cosas en común. Entonces ahí empecé a hilvanar. Yo en ese momento estaba rayada con el tema de mi presencia como autora, con cómo debía mostrarme. Sigo ahí, pero en fin. Venía de ser una dibujante de Marvel, donde no era nadie, pero sí me había hecho un pequeño hueco como critical darling, ya sabes. Muy lejos de la imagen de autora. Y luego, estando aquí, lejísimos, con la barrera idiomática y un montón de cosas. Y luego con Kelly Sue como ejemplo, que es un kraken mediático, increíblemente extrovertida. La ves hablando con la gente y cómo la inspira, y te sientes muy pequeña. Es que, vamos a ver, hablamos de Kelly Sue, ella es un espectáculo. Es todo ovación. Puede articular discursos maravillosos de la nada y además es la mejor persona. O ves a Kieron Gillen, por ejemplo, que tiene una personalidad muy marcada, es superocurrente, es un tipo verdaderamente genial. Hay cosas que para mí son casi imposibles.

Yo soy como más seria, me afecta todo, siempre hablo siendo demasiado sincera… Tengo que darme a conocer mayormente en una segunda lengua, y además tengo una lesión en el oído por una meningitis de pequeña, con la que perdí el poder oír altas frecuencias, que me hace sentir todavía más insegura. Cuando salgo y tengo que presentarme en otro idioma uso audífonos. En castellano no me afecta demasiado, porque he oído así siempre, de hecho, descubrí solo hace unos seis años que tenía esta lesión, y me alegro, porque probablemente no habría intentado ni la mitad de cosas de haberlo sabido antes. En según qué contextos es bastante agobiante, cuando te hacen una entrevista, por ejemplo, o en alguna charla en la que te hacen una pregunta y acabas contestando lo que te da la gana. Y lo asumo, soy introvertida, mira mi postura corporal, lo dice a gritos. Hoy no basta con hacer buenos cómics para venderlos. La promoción se hace en gran parte sobre la figura del creador, con el que ya no hay filtros. Y además hay demasiadas cosas a la vista. Es cierto que todos sentimos curiosidad acerca de cómo son las personas que hacen las cosas que nos gustan, pero ahora estamos increíblemente expuestos. Desde el otro lado se hace bastante difícil el tener que gustar. A mí no me gusta todo el mundo. Al final te preguntas demasiado quién coño eres y cómo te puedes mostrar de forma natural en medio de tanta inmediatez. Un tuit, una entrevista… Lo que consumes. ¿Es realmente necesario que se sepa quién soy para vender mi trabajo? Porque los libros hablan mucho de mí. Pero siempre parece que se necesiten fotos, conversaciones… Bueno, vosotros sois periodistas. Esto lo entendéis bien. Y yo ya estoy pareciendo una enferma.

Es llamativo que hablemos de esto para el caso de dibujantes de cómic. Quizás te lo puedes imaginar antes para escritores de literatura, directores de cine, etc., y ha llegado también al mundo del cómic.

Todos hemos cambiado la forma de comunicarnos con las redes sociales. Y, vaya, yo ni de coña soy capaz de crear un personaje. Tú ves mi cuenta de Twitter y la mitad es el puñetero Gundam. Vuelvo a estar obsesionada con los mecha ahora mismo [risas]. Pero, bueno, he entendido que, si tú eres esto, pues dilo, ¿qué pasa? No pasa nada. Me costó un poco hacer las paces con esto. Y yo creo, por ejemplo, que en I.D. se percibe bastante esta angustia porque era un momento en el que yo necesitaba presentarme como autora ante toda esa gente que no me conocía de nada. Para las entrevistas, sobre todo las que hago para Estados Unidos, suelo pedir que me dejen contestar por escrito y me las curro, a lo mejor me tiro cuatro días contestando una entrevista de diez o quince preguntas. ¿Por qué? Pues porque es la única forma que tengo yo de representarme, no tengo muchas más opciones. La gente busca hacerse una idea de quién soy, por eso la están leyendo. Y no me parece justo ni honesto inventarte cosas o tirar de polémica… En persona suele ser un sindiós. Claro, yo trato de hablar de temas serios, pero, igual que cuando un americano habla en español, pues normal que les haga gracia el acento. Entre el acento y que yo físicamente tampoco demuestro mucha seguridad… me agarro mucho las manos, gesticulo mucho, me toco el pelo.  Al final son todo barreras. Aunque te digan que «your english is so cute…». A ver, ese no es el punto [risas]. No quiero ser un puto Pokémon. Es como cuando habla Noa en I.D., que nadie lo toma en serio. Evidentemente, su problema es mucho mayor que el mío, pero no me resulta difícil empatizar con parte de eso. Con que te estén juzgando por lo que ven. En Mirror también hablamos de identidad, pero así como I.D. se centra en el agobio que cada uno tenemos con lo que somos desde el interior, a nivel individual, en Mirror se habla más del colectivo. Creo que hay dos reflexiones aquí, sobre cómo nos sentimos con nosotros mismos, por qué no te gustas, qué es lo que está mal. Pero también sobre cómo te sientes dentro de un colectivo, si crees que te aceptan o no, y si realmente quieres formar parte de ese grupo. Es bastante sonrojante que los dos libros más recientes que he escrito hablen tan claramente de la aceptación, supongo que influye tener que lidiar todos los días con el síndrome del impostor.

¿Y tenías pensado tratar ese tema desde el principio?

Esto es un análisis a posteriori, porque cuando tú lo estás haciendo no estás pensando en todas estas cosas. Simplemente estás hablando. Comunicándote. Desahogándote. Después, hacer entrevistas o analizar el libro una vez ya está ahí fuera te permite hacer el ejercicio de darte cuenta de que en ese momento estabas en este punto. Y piensas que es un poco evidente, y qué vergüenza [risas]. Normalmente empiezo a pensar por los personajes y en este caso muchos eran muy arquetípicos. Sena es una terrorista romántica. Aldebarán es el yojimbo, el tío superleal, samurái a muerte. Kazbek entra como villano pero después tiene un montón de capas. Elena originalmente iba a ser la antagonista y en el segundo arco es la puñetera protagonista. Iván era el tío majo, que al final es bastante controlador y supervictimista. Creo que a pesar de ser originalmente arquetipos hemos sido capaces de hacerlos evolucionar con bastantes matices. Porque en el fondo todos somos así: nadie es bueno o es malo, todo el mundo hace cosas mal.

Y en realidad la idea fundamental de Mirror es que, aunque intentes ayudar, puedes acabar jodiendo al otro. Puedes estar simplemente ayudándote a ti mismo, estar tratando de sentirte mejor creyendo que lo haces por los demás. Todos tenemos principios muy firmes, y creemos que hacemos lo correcto. Son actos egoístas. En Mirror no se encuentran todos en el mismo punto, no son iguales hasta que tienen todos el mismo problema. Creo que esto nos pasa a todos. Entonces finalmente sí que puede surgir ese paralelismo con los temas de las minorías y los refugiados. Cómo dejar de ser paternalista, cómo dejar de ser condescendiente. ¿Tú y yo somos lo mismo? No tengo muy claro si es este el significado del libro. En el fondo, ¿por qué debemos dividirnos en grupos? ¿Y por qué no? ¿Por qué vas a obligar a Sena a que se lleve bien con los humanos después de todo lo que ha sufrido? ¿Por qué no la puedes aceptar como es? Si ella es capaz de estar con ellos, pues los humanos deberían poder aceptar su odio. Es que, ¿por qué no? Todos tenemos derecho a estar enfadados. Y a sentir rencor. No todos tenemos que ser felices a pesar de todo, o no como nos dicen que debemos serlo. «¡Ya basta de positivismo, tíos!». Dejad a la gente enfadarse. Y llorar, si quieres. No lo sé.

¿Y el trabajo de guionista cómo lo afrontas? ¿Trabajas a corto plazo, escena por escena? ¿O tienes una idea del arco más amplia y a partir de ese plan vas escribiendo?

Mirror es bastante complicado porque es un mundo casi creado desde cero. Si ves las notas que tengo, dan para una puñetera ambientación de juego de rol.

Alguna vez has comentado que es más importante la atmósfera que el world building.

Sí, sí. Pero hay veces que sí necesitas el world building para poder crear esa atmósfera.

¿Quizás en Mirror es más importante el world building y en Bella muerte lo es la atmósfera?

Sí, es una diferencia fundamental en los dos. En Bella muerte puedes contar con cosas que tú ya entiendes porque has visto otros wésterns. O has visto pelis bélicas. O has visto cine negro de los cincuenta. Pero con Mirror estábamos pensando en generar un mundo nuevo.  Debe ser muy localizado. Yo creo que estuvo bastante bien hacer esa pequeña utopía falsa dentro de una burbujita… que es literal, porque está dentro de una burbuja terraformada emplazada en un asteroide. Pero, claro, en el segundo arco, que aún no ha salido aquí, vuelven al sitio de origen. Por ello nos vimos bastante obligadas a construir todo lo demás. Está todo detallado: cultura, religión, la parte mágica, la política… Realmente, creo que nosotras mismas queríamos saber cómo era todo. Y eso al final tienes que crearlo. Realmente en el primer arco no es tan complicado de entrar: el rollo de La isla del Dr. Moreau es bastante conocido y lo hace reconocible. No necesitábamos explicar demasiado el conflicto de los animales, ni explicar cómo funcionaba el campo de trabajo… ya se entiende. Son animales, no son respetados como iguales y es normal que odien y que quieran enfrentarse a eso.  Pero luego está contar la historia del asteroide, porque Mirror no va de la historia de los personajes, es la historia del asteroide.

¿Puede haber alguna influencia de La montaña mágica de Thomas Mann? Porque hay un momento en la historia en el que todo cambia.

No, no la he leído. La referencia básica del asteroide es Solaris, un ente más allá de lo humano. Lo que pasa es que yo en Mirror no me veía capaz de crear una inteligencia que no fuese relativamente humana por limitación personal. Intenté alejarme del rollo emocional que conocemos, pero me di cuenta de que iba a ser muy difícil. Entonces, lo que ocurre es que ese asteroide en realidad arranca ya parcialmente transformado con parte de la esencia de los humanos que lo habitan. Y ha ido desarrollándose viéndolos interactuar. Es como que entiende las cuestiones más básicas y se cortocircuita. Es en plan: «Me ofreces unos animales, les doy vida, luego te los cargas. ¿Cómo puedo gestionar eso? No lo puedo gestionar». Su consciencia no puede. Es un poco la premisa. Y, claro, la historia siempre se realiza desde los personajes y siempre lo hablo con Hwei: ella va aportando cosas como yo con Kelly Sue y tal. Es mucho más orgánico. Primero las dos hablamos mucho de ambientación, de los personajes, etc. Luego yo le envío un email con un guion al uso, sin distribuirle mucho las viñetas, igual que Kelly Sue hace conmigo. Yo sé muy bien cómo trabaja ella y solo quiero decirle: «Tía, haz lo tuyo, manéjalo como tú quieras». Entonces ella me manda los layouts, donde también incorpora cosas, y luego sobre sus layouts yo también dibujo. Estamos continuamente matizando y reescribiendo. A partir de ahí trabajamos los diálogos y ya hasta el final. El primer idioma de Hwei es el inglés, lo que para el tema de afinar diálogos es perfecto. Y para la publicación en España lo traduzco yo, lo monto yo, y lo adapto todo al castellano. Es superorgánico. Te digo que a veces reescribimos los diálogos cuatro o cinco veces antes de que vayan a imprenta, así que también es bastante obsesivo. No sabemos cuándo acabar.

Una cosa te quiero preguntar, que creo que no te ha preguntado nadie y que me parece interesante, practicas esgrima, ¿verdad?

No me gusta demasiado hablar de esto en público, la verdad, porque al situarlo en relación con los cómics hace que se me perciba como un coleccionable. Pero en fin. Ahora mismo practico esgrima histórica, del Siglo de Oro, no medieval. Y kárate Shōtōkai. También practico esgrima japonesa tradicional, Katori Shintō-ryū, concretamente la escuela de Yoshio Sugino, que a lo mejor conocéis porque fue el coreógrafo de la mayoría de las pelis de Kurosawa. En Coruña tenemos un pequeño gimnasio, demasiado guay, que parece un dōjo de peli de los setenta y que dirige un maestro increíble, Michio Kodama, quien lleva ya cuarenta años en la ciudad. A veces viene gente de Japón, como Tsutomu Higuchi, quien de hecho estuvo en el rodaje de Yojimbo y es una auténtica leyenda de la esgrima. Y después practico espada ropera y espadín, en Academia da Espada, con Ton Puey, uno de los mejores roperistas del mundo. Así como algo de esgrima escénica, para actores, de vez en cuando, que me interesa mucho por la precisión, al tener que hacerlo sin protecciones ni careta. En este punto de mi vida no me interesa nada la competición deportiva, ni la de la esgrima, ni la del kárate, ni el kendō. Me la suda. Yo hago esto como si fuese dibujar, y realmente me parece un arte.  

¿Y cómo encaja todo eso en el conjunto que es «Emma»?

¡Que soy una friki, joder! [risas] Ya he pasado los cuarenta, es demasiado tiempo consumiendo ficción e investigando cosas sobre ella. Claro que la esgrima me viene por las pelis. Por Douglas Fairbanks, Errol Flynn y Basil Rathbone. Y por coreógrafos como Fred Cavens o William Hobbs. Todos esgrimistas increíbles. Y evidentemente también me flipa el chambara y el jidaigeki. También me gustan los wésterns, pero no me gustan las armas de fuego, no me gusta disparar, ni el tiro con arco, ni los dardos. Son disciplinas que me estresan por lo repetitivo y la concentración. Necesito hacer cosas en las que se mueva el cuerpo solo. Y que sea muy dinámico. Porque al final lo que me gusta es el movimiento…

Yo quería preguntarte por ahí: si esgrima y dibujo para ti, en tu experiencia, tienen algún tipo de relación.

Sí, sí, para mí es como dibujar. Trato de pulir la técnica, y de transmitir algo con ello. También hice ballet de pequeña. Me flipa el tema de los stunts cuando veo pelis, las coreografías, en el wu xia, o en las pelis de artes marciales. En los noventa no veía otra cosa, tío. Yo en la adolescencia estaba a tope con todo eso. Forma parte hasta de mi infancia. Durante la carrera entrené muy poco, por lo obvio, después fui volviendo como pude. Ahora mismo debo llevar ya unos trece años entrenando bastante, con regularidad, por lo menos cuatro días a la semana. Y sí que es verdad que todo forma parte de mí. Todo está muy relacionado. Y sinceramente lo necesito para poner un poco de orden en mi vida de autónoma, como otra gente que hace pilates, va a nadar o corre en cinta.

Cuéntanos sobre el anime que estás viendo ahora, que estás volviendo al anime antiguo, a los Gundam, por ejemplo.

Llevo meses muy pillada con Yoshiyuki Tomino y Mamoru Nagano. Este año me apetecía mucho ponerme con Gundam, porque hay bastantes cosas que me faltan por ver. Pero en lugar de seguir con las series posteriores al Universal Century, la línea temporal de Gundam original, en lugar de entrar en los noventa tardíos, me dio mucha pereza ponerme con Gundam Wing y me puse a investigar sobre robots de los ochenta. He estado viendo cosas como todo Armored Trooper Votoms, que es de Ryosuke Takahashi y que narrativamente es bastante terrible, pero tiene una atmósfera superpotente. Es un rollo posapocalíptico, parece Gundam en Vietnam. En en lugar de ser mechas enormes, las armaduras funcionan como tanques. Creo que deriva de la relación original de Takahashi con Tomino tras hacer juntos Taiyo no KibaColmillo del sol. También me he visto Battler Aura Dunbine y Heavy Metal L-Gaim, que sí son también de Tomino. No es que pueda recomendarlas, la verdad, porque aunque me flipan son bastante anacrónicas y no tienen puñetero ritmo. La parte más exagerada de este trabajo de arqueología viene por una colega que está haciendo un tebeo de robots, Sarah Horrocks, que se metió también a saco y nos hemos estado envalentonando la una a la otra [risas]. Estuve una temporada larga sin acercarme demasiado al anime más allá de series antiguas y cosas muy puntuales. Pero llevo unos tres años bastante a tope y, la verdad, me apetece más que ver lo que me dé Netflix.

La verdad es que el periodista Álvaro Arbonés y tú tenéis una cultura de anime infinita. Para mí, seguir vuestras cuentas en Twitter es como tener dos fuentes inagotables de referencias sobre anime y manga.

Jo, a Álvaro tengo muchísimas ganas de conocerlo en persona. Él sabe mucho más que yo, que no me considero para nada una referencia es este tema. Álvaro acaba de sacar un libro sobre Neon Genesis Evangelion con Héroes de Papel que es una maravilla, se llama Tú (no) necesitas ser un héroe: Neon Genesis Evangelion y es un libro imprescindible. Y sí, joder, me costó bastante acostumbrarme a Twitter, el lugar donde están los editores, los lectores, la prensa… es un lugar un poco agobiante. Pero ya ves, Gundam [risas]. Antes solía ver a Facebook más como un blog, por el tema de los comentarios, esto le confiere cierta privacidad pero también hace que la gente se pase bastante. En estos últimos años se ha convertido en un espacio algo tóxico para mí, y he tenido bastantes problemas con «señoros» en general. Bueno, siempre pasan cosas en todas partes. Pero sí que es cierto que empecé a pasar un poco del tema y me he sentido más cómoda en comunidad, en Twitter. Álvaro es una de las personas con las que suelo hablar habitualmente. También con gente relacionada con los videojuegos y el feminismo. Y en cierto modo me está ayudando a gestionar esa puñetera angustia por la imagen que solemos tener quienes nos dedicamos a esto. Entro ahí, hablo de mis mierdas y no pasa nada. Y si escribo mal en inglés, me equivoqué y punto. Aunque es cierto que ya he tenido un par de momentos difíciles, como lo que ocurrió con la última portada de Island. Metimos la pata, Brandon reaccionó fatal, y todo se fue a la mierda.

¿Qué pasó exactamente con la portada? Yo lo leí de refilón y no me acabé de enterar del todo.

Utilizamos una imagen que recordaba a la estética sambo, al blackface. Piel negra y labios rojos. La hizo Dilraj Mann, que es un historietista independiente inglés, de origen pakistaní, con un estilo muy marcado en lo que se refiere a la racialización de los personajes. Cuando la vi, en mi ignorancia, me pareció una imagen empoderada que estaba muy bien, con ese puño en alto. Era para el último Island. Habíamos sufrido bastante para llegar hasta ahí y podía identificarme con un momento de reivindicación para la revista, con el grupo… La imagen se corresponde con una viñeta de la historieta de Dilraj, que iba dentro y que además hablaba de ello, pero que no iba a poder leerse hasta tres meses más tarde. Por supuesto, una imagen de esas características, aislada como portada, inmediatamente adquirió otro matiz. Y fue cuestión de tiempo que una periodista negra reconociera la estética como sambo y se sintiese incómoda. Tras su queja, totalmente legítima, empezaron a llover comentarios señalando la portada como racista. Y Brandon reaccionó fatal, de libro: «Yo tengo amigos negros», etc. E internet ardió. Cuando me levanté por la mañana y abrí Twitter me quedé a cuadros.

Hay un debate bastante intenso ahora mismo acerca de cómo este tipo de reacciones sociales se están cargando el producto cultural. Y mi opinión es simple, si estás creando cultura, lo mínimo es que estés informado. Ni Brandon, ni Dilraj, ni yo supimos ver que era un problema porque ninguno pertenecíamos al colectivo representado en esa imagen. No la utilizamos conscientemente como provocación, simplemente era un punto ciego para nosotros. Y si una mujer negra te dice que está mal y que es necesario dejar de impostar ese tipo de representaciones, tú tienes que escuchar y, no solo eso, tienes que disculparte por haber sido un racista ignorante y darle las gracias. Como creadores, creo que es nuestra obligación salir de nuestra zona de confort y hablar de cosas que no somos nosotros mismos. Y creo que la diversidad no solo ayuda socialmente, sino que enriquece la obra ya solo por el hecho de esquivar personajes, mal llamados «neutros», repetidos hasta la saciedad. Evidentemente esto es mucho más peligroso que recurrir a lo de siempre, pero si todos tuviésemos una capacidad mayor para escuchar y para admitir nuestros errores, también seríamos capaces de arriesgar más y de hacer cosas bastante mejores. Al final de ahí salió algo muy guay, se generó debate. Surgieron varios podcasts y artículos de creadores racializados hablando sobre representación, como Darryl Ayo o Ronald Wimberly, de los que se puede aprender muchísimo. No voy a negar que fue un cierre agridulce. Porque la revista fue muy dura y acabar así es una  putada. Pero todos sacamos algo de ello y la idea es convertirse en mejores personas. Brandon y yo, tras discutir mucho, fuimos capaces de cerrar el tema en el TCAF el año pasado, en una charla bastante intensita sobre Island, moderada por Tom Spurgeon de The Comics Journal.

Hace no mucho comentabas que estabas cansada de que en las entrevistas la mitad de las preguntas llevaban la palabra «mujer». Pero ¿por qué crees que hay esa insistencia en los medios al entrevistar a autoras?

Porque yo creo que es supermediático decir que no hacemos las cosas o que estamos sufriendo. Y este tipo de representación en los medios es todavía muchísimo peor hacia otros colectivos más minoritarios, como el de las mujeres trans, cuya imagen debe partir siempre desde el drama. Somos todas muñecos de feria, ¿sabes? «Vamos a meter a esta persona aquí en la pecera, a ver qué hace». «Vamos a juntar a un montón de mujeres en esta convención y a ver cómo interactúan entre ellas». Aparentemente, es algo muy vendible. Nos están robando el feminismo y se está mediatizando y mercantilizando completamente. Se está convirtiendo en una herramienta en contra de nuestra propia lucha. Es una movida superloca: sientes que no hay lugares seguros, hacen una película de Wonder Woman que te dicen que es feminista y luego es todo lo contrario… Parece que te tienes que contentar con cualquier cosa. Y luego estás viendo ese producto mediocre y, solo con ver a la tía en el centro de la cámara, ya sientes algo… No estás acostumbrada a ver eso y al final es normal que tenga cierto componente emocional para nosotras. Pero, por otro lado, te das cuenta de que el protagonista real de la película es Steve, no ella. Él es el puñetero centro de la historia. Y te quedas en plan: «Pero ¿qué coño me estás vendiendo?».

El otro día me enfadé bastante con la adaptación de Annihilation porque, aparte de lo conservador del planteamiento desde un punto de vista biológico, algo que podría haberme dado igual en realidad, al final le han dado un montón de importancia al personaje del marido que, por una vez, no pintaba nada en la novela. ¿Es tan difícil hacer una peli sin un personaje masculino potente? La novela puede tener un montón de problemas, son todas víctimas, todas se llevan mal… pero al menos eso lo hacía bien. Te jactas de deconstruir el material original para dar tu propia visión, y solo se te ocurre meter el drama marital como catalizador. Pues nada.

Al final estás alerta todo el tiempo, porque es muy difícil distinguir cuándo te están apoyando, dándote visibilidad, o cuándo te están utilizando para que esa visibilidad se la lleven otros. Bueno, no es tan difícil en realidad, los eventos de mujeres a los que hay que ir son los que organizan las propias mujeres. Punto. El tema de los espacios seguros es bastante necesario. Las tías tienen que ser dios para tener derecho a hacer algo. Nos juzgan todo el tiempo y no podemos ser mediocres en nada. Te van a preguntar: «Pero, a ver, ¿tú ya leías cómics de pequeña? ¿Cuándo empezaste a leer cómics? ¿Cuándo empezaste a dibujar?». Siempre tienes que legitimarte. Es que ya no sabes ni cómo comportarte, parece que a todas las mujeres nos tiene que gustar lo mismo, o que tenemos que hacer lo mismo. Se pueden hacer estudios de productos para nosotras. Tipos de cómics para nosotras. Si una chica va a una librería de cómics, es muy posible que haya un librero que lo único que le dé sea Saga o Bella muerte. Por supuesto que hay productos que son más friendly, pero ¡es que a lo mejor le apetece leer otra cosa! No sé.

«¿Te has leído Watchmen?».

Sí. Los repartecarnets. Y luego el tema de que cada dos por tres alguien está buscando fotos en internet a ver si eres guapa o fea. Es demencial. Al principio, cuando Kelly Sue y yo estábamos en Marvel, siempre aparecían fotos de las dos en los comentarios de las reseñas. «Pues Kelly Sue es un poco mi tipo de novia». «Pues Emma no es guapa, pero parece riquiña». Pero ¿qué coño pasa aquí, tío? Nadie busca si Mignola, Sfar u Otomo son guapos o feos [risas]. Es que, ¿qué problema tenéis? Es un puñetero estrés.

Y no puedes haber tenido suerte o te pueden haber echado una mano, porque eso ya es un demérito.

Claro. «¿Ha sido muy difícil para ti hacer cómics siendo mujer?». Ya no sé cuántas veces me han preguntado esto. No se me ocurre ninguna limitación física para hacer cómics con relación al género, así que es como si murmurasen: «¿Han intentado abusar de ti? ¿Algún editor te ha pedido “algo”? ¿Le has hecho tú ese “algo”?». Siempre tiene que ser escabroso, o difícil, siempre tiene que haber algo relacionado con el prejuicio social. Nunca puedes simplemente hacer algo bien. Y ese «son muy pocas» genera el techo de cristal. «De entre las que hay, la mejor es esta». Se intenta que compitamos entre nosotras, es la hostia. Yo tuve que hacer un trabajo de reflexión personal importante con el tiempo, porque el entorno de mis aficiones siempre fue básicamente masculino. Yo quería ser un tío. Uno más. Porque para qué iba a querer ser una tía. «Tú es que no eres una tía normal, eres una aberración de las mujeres». Menudo cumplido. «Mola como dibujas porque dibujas como un tío, con violencia y crudeza». ¿Entonces para dibujar como una tía hay que dibujar flores y demás? A mí me flipa el shojo manga y me flipa la reivindicación que se hace desde el shojo manga.

En una entrevista maravillosa a Moto Hagio, ella decía que cuando empezó estaba hastiada de que todo fuesen tebeos de señores angustiados que no podían hablar con mujeres. Y que su reivindicación era hacer algo propio, lo más alejado de eso. Algo que les gustase a ellas. Flores, sentimientos, drama… El yaoi —el género de historias de amor homosexual entre hombres jóvenes realizado por y para mujeres— surge de una proyección de las autoras en personajes que no necesariamente las representan. Y de cómo eso les resultaba liberador, y las ayudaba a desinhibirse.

Sinceramente, las tías llevamos un montón de años invirtiendo dinero en cómics, videojuegos y merchandising. Y también hay que ser conscientes del cambio de percepción que existe entre Occidente y países como Japón, en el que el consumo de cultura pop no solo es habitual para toda la población, hombres, mujeres etc., sino intelectual. Volviendo a Gundam: en ZGundam, una serie del 85, hay por lo menos diez personajes femeninos, y todos podrían protagonizar su puta serie. Y hoy tenemos el test de Bechdel. En realidad, yo no fui consciente de que no había cosas para mí en los tebeos hasta que comencé a trabajar en ellos. Me di cuenta de que era verdad que no se hacían para mí, de lo difícil que podía llegar a ser lanzar una serie al mercado americano con protagonista femenina. Pero, bueno, estoy siendo muy vinagre, porque las cosas van a mejor, y sobre todo porque cada vez hay más autoras trabajando. Y cada vez que coincido con alguien joven en una charla me doy cuenta de que su percepción del medio es diferente y más optimista. Y además hay mucho activismo, especialmente online. Una de las razones por las que me siento más cómoda en Twitter es por el gustazo de leer a gente como Elisa McCausland, Eva Cid, Marta Trivi, Laura Lazcano, Paula García, María Recio o Elizabeth Casillas hablando sobre medios que me flipan, desde un punto de vista de género. Las chicas de Todas Gamers, las de Fan Grrrl, Sangre Fucsia, La Nave Invisible, Avocadon’t y todas las que me olvido… Usando el meme, ellas me representan [risas].

Nos queda poquito tiempo. Vamos a rematar si te parece con algunas recomendaciones que nos quieras dar. De lo que quieras, pero si nos quieres recomendar manga… que es un tema que siempre tenemos pendiente en la Jot Down.

Pues en realidad manga es lo que más estoy leyendo últimamente. Y el mercado español está superpetado ahora de cosas bonitas. La pequeña forastera de Nagabe, de cabeza. Lo mejor que leí el año pasado. El león de marzo de Chica Umino, un spokon de ajedrez japonés, el shogi, que habla sobre la depresión, y sobre las formas de relacionarnos con los demás, de forma profunda y matizada. Me flipa especialmente cómo es capaz de analizar los conflictos adecuados a cada rango de edad, sobre todo cuando define a los personajes secundarios que utiliza como antagonistas. Esto me ha dado mucha envidia. Dorohedoro de Q-Hayashida, superpunk y supercute al mismo tiempo… Ahora mismo hay un montón de autoras de manga de mi quinta, cinco años arriba o abajo, que me parecen lo mejor. Otra muy interesante es la historia acerca del rakugo de Haruko Kumota, que se está publicando en inglés como Descending Stories. Rakugo es un monólogo japonés, teatralizado, con una sola persona interpretando los distintos personajes y la atmósfera se consigue utilizando una pequeña percusión. Para los muy roleros, Tragones y mazmorras de Ryoko Kui es un must. El Club del divorcio de Kazuo Kamimura. Bride Stories de Kaoru Mori. Kids on the Slope de Yuki Kodama. Y clasicazos como ¿Quién es el onceavo pasajero? de Moto Hagio, por supuesto Harlock de Leiji Matsumoto y Gundam The Origin de Yoshikazu Yasuhiko y (ejem) Yoshiyuki Tomino.

Mis dos autores favoritos de manga actuales son Taiyo Matsumoto y Daisuke Igarashi. Y fuera del manga probablemente sean Emili Carroll, Eleanor Davis y Olivier Schrauwen. Pero de eso ya hablamos otro día.

¿Por qué nos tardan tanto en llegar ciertas obras que son de autoras? Porque Dorohedoro es de los dos miles.

Q-Hayashida tiene mi edad, y me flipa que estuviese haciendo Dorohedoro cuando yo hacía A prueba de balas. Me siento superidentificada con el rollo.

Sí, tiene momentos muy extremos por un lado y luego se van a tomar unas cervezas o a comer gyozas como si nada.

¡Es que me flipa, tío! Ojalá haber compartido fanzines con ella. Es un rollo generacional total. Otro que también hay que recomendar, y que probablemente sea referencia de ambas, son los Jojo’s (Jojo’s Bizarre Adventure). Nunca pensé que podríamos ver esta serie por aquí.

¿Y de animación? ¿Hay que irse a los noventa?

Nooooooooo…¡Megalobox! Es lo mejor. Las series de los ochenta y de los noventa, bueno, eso ya son mis kinks. Megalobox es una especie de remake actualizado de Ashita No Joe, que es un manga clásico de boxeo, de los setenta, de Ikki Kajiwara. No conozco al equipo que está haciendo la serie nueva, pero tiene un tono retro que es bastante mi rollo… Bueno, el primer capítulo me pareció espectacular.

¿Y Devilman Crybaby?

Devilman fue como: «Me la voy a ver despacio». Y me la tragué entera en tres horas, tío. El día de Reyes, estaba saturada y me quedé en casa sola. «Me voy a poner el primero y luego me pongo a currar». Tres horas, tío. Y me quedé llorando ahí. Yuasa es increíble. Voy a recomendar muy fuerte Kaiba, también suya.

También me parecen increíbles las adaptaciones a anime de Descending Stories, Showa Genroku Rakugo Shinju, y de El león de marzo. Los dos mangas de los que os he hablado.

Y algún juego, para completar el combo de recomendaciones.

Juegos, juegos… a saber… Hay demasiados. A lo que más he jugado este año pasado fue al Zelda Breath of the Wild. Le metí doscientas horas. Me pareció una pasadita… loca, y os diré que es más gratificante pasear en él que por la calle. Me está gustando Celeste, también para la Switch, un juego indie bastante difícil de plataformas. Siguiendo con los indies, otros dos juegos muy bonitos son El conde Lucanor, aventura de terror cuqui en pixelart, y The Red Strings Club, la única aproximación al ciberpunk reciente que no he querido tirar por la ventana. Es un juegazo muy consciente de los tropos del género, y muy bien escrito en consecuencia.

Mi juego favorito es Bloodborne. Demon’s Souls, Dark Souls y Bloodborne son mi fetiche como jugadora. Vuelvo a ellos una y otra vez. Admiro mucho a su director, Hidetaka Miyazaki, y a todo su equipo creativo. El departamento artístico es especialmente increíble. Entiendo que, cuando empiezas, la dificultad puede parecer algo frustrante, pero se aprende a jugar muy rápido. Sin ser amiga de juegos especialmente difíciles porque sí, los souls de Fromsoftware están llenos de trucos que te animan y te empujan a seguir jugando. Casi es como ir al gimnasio, personalmente me meto ahí y me concentro sin pensar en otra cosa. Tampoco es que pueda meterme muchas horas por trabajo, y las sesiones cortas ayudan bastante en este juego. Los videojuegos han hecho que pueda desarrollar bastante mi autodisciplina, ya que hace mucho que no puedo permitirme esas tardes y noches enteras que me metía antes.

¡Ah! Otro creador que me encanta es Fumito Ueda. Shadow of the Colossus y The Last Guardian son juegos que realmente han cambiado mi percepción del medio.

Broche de oro. ¿Autor o autora español que estés siguiendo actualmente?

¡Borja González! ¡Que saca libro! Borja González y Mayte Alvarado son dos autores buenísimos. Todo lo que está sacando Spiderland/Snake es espectacular, El ruido secreto de Roberto Massó también me ha parecido precioso. Y el libro de Borja González, The Black Holes, de verdad es espectacular. Hemos hablado bastante, pero todavía no nos conocemos en persona. Lo haré en breve y por mi parte va a ser un encuentro muy emocional porque de verdad que me flipa lo que hace con la atmósfera y los diálogos. Es una locura. Ya me había gustado muchísimo La reina orquídea y estaba deseando que sacara algo más. Me parece de lo mejor ahora mismo.

Aparte de Borja y de la gente de Spiderland Snake, hay muchos otros a los que no les quito el ojo de encima. Leeros a Rayco Pulido. A Brais Rodríguez. A Ana Galvañ. A Anabel Colazo y su Encuentros cercanos. Toda esta generación de Anabel, de menos de treinta que están a tope ahora con la autoedición y debutando en el mercado editorial, me llaman muchísimo la atención. Xulia Vicente, Luis Yang, Nuria Tamárit, María Ponce, Miquel Rodríguez, Cynthia Alfonso… Fosfatina es otra plataforma a reivindicar, sacan un material muy especial. Y muchos otros… Creo que los autores españoles están en un momento creativo especialmente bueno.


Quince tebeos de diez

Vamos con la selección de lo mejorcito en tebeos del año pasado. En la anterior entrega la lista se acotó a libros de autores españoles o con presencia de autores españoles—; este año vamos a ampliarla para dar cabida a tebeos de cualquier procedencia e igualmente aumentaremos el número de entradas para poder abarcar todas las obras interesantes. Se quedan muchas en el tintero el 2014 ha dado, de nuevo, una buena cosecha de títulos interesantes pero para no tener que hacer un Jot Down 100 annual con estas revisiones, ha habido, inevitablemente, que elegir.

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Las meninas, de Santiago García y Javier Olivares

lasmeninasportadaNormalmente la palabra «imaginación» cuando se refiere a una obra de cómic parece estar siempre asociada a obras de fantasía o futuristas, situadas en universos coloridos y extraños y repletos de personajes ingeniosos. Sin embargo, la imaginación puede emplearse en más de un sentido. Por ejemplo, puede usarse para la construcción de ficciones a partir de elementos reales que, aun siendo ficciones, puedan aportarnos comprensión sobre eventos reales sucedidos. Es el caso de Las meninas de Santiago García y Javier Olivares, novela gráfica que se propuso la labor de desgranar las claves de la creación de la celebrada obra maestra de Velázquez. Lo hicieron construyendo una ficción plausible a partir de los referentes históricos de la vida del pintor. Y ahí van desmenuzando el proceso de la creación artística en este caso dirigido hacia la creación de la obra que da título al cómic desde sus múltiples ángulos : el estado anímico del artista, el desafío de las convenciones de lo que se considera arte en su momento histórico, la visión de la culminación de una carrera, el acceso a una voluntad interna de no repetir patrones propios o ajenos o el entendimiento de lo que significa representar la realidad a través de la pintura son algunos de ellos. En Las meninas se intuye la confluencia del Santiago García autor con la del teórico y de la mano de los múltiples recursos gráficos que es capaz de desplegar Javier Olivares consiguen explicar y mostrar, sin dejar de narrar en ningún momento. Las Meninas es de aquellos tebeos que te lees del tirón y relees con más calma después. Sin lugar a duda ha sido una de las publicaciones capitales del año pasado, pero también lo será de este y se seguirá oyendo hablar de él en el tiempo.

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Cowboy Henk, de Herr Seele y Kamagurka

cowboyEstupendo volumen recopilatorio de varias historietas del personaje creado a principios de los ochenta en Bélgica. De temática underground, pero trazado con la línea clara del cómic franco-belga, cuenta las aventuras de humor surrealista de Cowboy Henk, un tipo que parece una bizarra fusión entre el Tintín de Hergé y el Popeye de Segar. Se le podría emparentar con otros autores europeos que usaban la misma pulcritud y la temática decantada hacia lo underground en el estilo como Joost Swarte; también con El bus de Kirchner que este año también ha visto su reedición en su dominio del surrealismo gráfico. Aunque el libro contiene historias extensas como «Cowboy Henk y los regaladores de caballos», creo que donde mejor se desenvuelve el personaje y mejor lucen sus ráfagas de humor absurdo y escatológico es en las historietas a una página o a tira. No hay frontera para las salidas de Herr Seele y Kamagurka: la caca, los penes, las amputaciones, el sexo y los códigos éticos resueltos en la práctica de forma impredecible son sus temas favoritos. El pasado año, además, Cowboy Henk recibió el Premio del Patrimonio en el Festival de Angulema. La editorial Autsaider ha rendido su particular homenaje a esta obra en nuestro país con un voluminoso y bien editado libro-ladrillo que recoge historietas de varios momentos de su publicación, suficientes para sacarle carcajadas al lector durante mucho tiempo.

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Bella muerte, de Kelly Sue DeConnick y Emma Ríos

bellaUna niña ataviada con plumas de buitre y un hombre con los ojos vendados, anciano pero corpulento, llegan a una ciudad de lo que podría ser el salvaje oeste americano. Suben a la tarima de los ahorcados, despliegan un estandarte que en realidad es un tapiz compuesto por las viñetas de una historia y ante todo el pueblo, empiezan a narrarla. Una historia de belleza y amor, de desamor y venganza, de muerte y nacimiento. Y eso es solo el principio. Bella muerte es una fábula colorista pero a la vez crepuscular a la que se le podría aplicar aquel relato de los sabios ciegos y el elefante cada sabio tocaba una parte del elefante y lo tomaba por aquello a lo que le recordaba según fuera, duro, blando, frío o caliente por lo mucho y lo variado a lo que la han referenciado sus comentaristas. En sus páginas se despliega una imaginería de western, pero con algunos elementos de fantasía. Se intuyen ciertos estilismos de manga, pero también unos combates y unos diseños icónicos de los personajes que podrían remitirse al cómic de superhéroes. Hay quien podría verlo como una especie de evolución contemporánea de aquellos tebeos de tema onírico que escribía Neil Gaiman en los noventa. Pero cuando una obra apunta a tantos posibles lugares, lo mejor es tratarla como algo único. Porque esto es lo que es. Es muy, muy difícil no dejarse maravillar por las bellísimas composiciones que elabora Emma Ríos para narrar las acciones que se van sucediendo en cada página de este trabajo, reforzando el drama emocional de cada escena con la medida distribución de cada imagen o secuencia de las mismas. Con Bella muerte, Emma Ríos demuestra que es capaz de evitar los cánones visuales repetidos hasta la saciedad en los géneros de acción, y refuerza un poco más la reciente generación de historietistas del «nuevo cómic gallego» compuesta por autores como José Domingo o David Rubín en su salida al éxito internacional. El único «pero» que puedo ponerle al libro en su edición española, eso sí, es la pérdida del múltiple significado del título original, Pretty Deadly (muy complicado de salvar en la traducción, por otra parte).

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Fabricar historias, de Chris Ware

fabricar-historias-portadaEn algunas de las listas que ya se han ido publicando de lo mejor de este año pasado una de las obras que he echado en falta sí, servidor también echa en falta elementos en listas es la compleja, pero a su manera también sencilla, Fabricar historias de Chris Ware. Lo atribuyo a que como yo mismo hice en su momento el responsable de la lista se hizo con el libro original, tiempo antes de su publicación en España, disfrutándolo consecuentemente con anterioridad y pasando por alto su publicación en el presente año. No es algo raro, nos ha pasado en esta misma casa, la comentamos aquí y aquí en listas del año 2013. Pero esto es completamente normal: una obra nueva de Chris Ware es fácilmente un ítem esperadísimo. Fabricar historias recoge una vida, una vida observada y retratada en diversos momentos, cuyo enfoque narrativo viene enmarcado por formatos muy diferentes, formando todo parte de la obra mayor. Dentro de una caja se nos presentan catorce piezas muy distintas del puzle de una biografía ante la que el lector debe tomar la decisión de por que parte de la misma debe empezar y luego configurar. Como si encontrásemos un viejo baúl de nuestros bisabuelos y al abrirlo, tuviéramos que decidir por ojear primero un sobre con unas fotos, unas libretas con unos diarios o un paquete de cartas escritas. Chris Ware lo hace desde los múltiples formatos desde los que se puede plantear la publicación física de un cómic y lo deja en nuestras manos para que cada lectura sea distinta, con la secuencia que prefiramos. La edición española en su traducción del título como pasaba con Bella muerte ha perdido los múltiples significados tras el título original Building stories pero creo que la editorial ha elegido bien al optar por la que apunta hacia la creatividad y la intervención del lector en el proceso. Aquí, el único «pero» que le pongo a la obra es el precio, que convierte su adquisición casi en una inversión. Sin embargo, esta puede resolverse como una compra compartida : varios lectores pueden empezar la historia por libros distintos sin estorbarse y luego gratificantemente compartir la experiencia de sus diferentes lecturas. Hagan la prueba. No obstante, también puede ser causa de enfrentamientos a la hora del reparto de bienes en casos de divorcio.

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I am a Hero, de Kengo Hanazawa

heroI am a Hero apareció en nuestro país en un momento ya sobresaturado de obras literarias, cinematográficas, comiqueras y televisivas de zombis. Particularmente, confieso que estaba ya hasta el gorro de muertos vivientes. El subgénero de los zombies normalmente recurre al mismo planteamiento una y otra vez hasta el cansinismo más extremo y donde su aparente originalidad es determinar si son muertos vivientes al estilo clásico o bien infectados o bien… bueno, a quién le importa. El exceso de producciones llevó la temática a una especie de paroxismo mediático donde cualquier historia de supervivencia tendría que funcionar. Y no es así. Sin embargo, Norma Editorial asomó la cabeza en medio de la «burbuja zombie» con un manga del que ya se ha publicado hasta el undécimo volumen. Debo reconocer que tardé bastante en subirme al carro de su lectura, lo que debo agradecer al crítico Daniel Ausente, por ponernos al tanto no ya de su existencia, sino de su calidad. Es cierto que I am a Hero se sale poco de los planteamientos habituales en la vida cotidiana de los protagonistas de la historia empiezan a aparecer zombis y a una velocidad de vértigo se va todo a la mierda y sin embargo, triunfa por su tono, que combina la tragicomedia con situaciones, escenarios realistas y un salpimentado ocasional de intriga. Encuadrable dentro del género que en Japón se conoce como el «humor serio» esto es, situaciones llevadas al absurdo hasta sus últimas consecuencias, lo que puede provocar la carcajada gruesa del lector no abandona para nada algunas alucinantes técnicas de terror casi cinematográficas llevadas al papel. Los autores controlan el ritmo y la secuencia de su historia haciendo que el tiempo subjetivo en el que transcurren las escenas, de repente, se convierta en tiempo real, para más de un susto del lector. A pesar de que el foco de la cámara se centre en Hideo Suzuki una suerte de trasunto del propio autor Kengo Hanazawa también ha sabido saltar de escenario puntualmente, no solo para dinamizar el argumento, sino también para potenciar la intriga de la historia y sembrar el interés en su lectura continuada. Por lo que I am a Hero es una lectura tremendamente adictiva, de aquellas en las que empezar la serie por el primer libro, habiendo ya varios volúmenes publicados, es un genuino peligro para el bolsillo.

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La mujer rebelde, de Peter Bagge

p-mujerrebeldeEste tebeo ha sido una sorpresa para mí, una muy grata. Nunca he sido un gran fan de Bagge y esto, evidentemente, no significa que no sea un gran autor pero jamás conseguí que las historias de Buddy Bradley me engancharan en exceso, ni por identificación con la quinta generacional que ilustra, ni por la mofa implícita de esta. Sin embargo, ha habido un algo especial con La mujer rebelde, la biografía contada en viñetas de la activista Margaret Sanger. Bagge cuenta la vida de Sanger a través de secuencias sueltas de su biografía ilustradas a una página o dos. Entre el carácter de la protagonista y el desarrollo de estas pequeñas historias, consigue mantener el formato de historieta de humor, si bien la mayoría de las anécdotas vira bastante hacia la tragicomedia. Así, a base de ráfagas vitales, de fragmentos biográficos, Bagge va componiendo el relato mayor con todas sus luces y sus sombras. Lo más destacable, en mi opinión, es el riesgo afrontado por el autor. A la hora de dibujar una biografía es posible caer en el error de contar la historia desde unos esquemas convencionales, una narración gráfica «realista», buscando una especie de neutralidad con la intención de compromiso hacia la verdad de la historia. Y eso, al final, puede convertir la obra en algo gris y aburrido. No es este el caso: Bagge no se pierde en el proceso, y sin entrar a juzgar o posicionarse respecto a la persona retratada, mantiene su «voz», su forma de contar la historia haciendo que al mismo tiempo sea enérgica y dinámica en todo momento, sin que el relato pierda veracidad.

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Locke and Key, de Joe Hill y Gabriel Rodriguez

LockeandKey_coverEsta serie de misterio con coletazos de terror publicaba su conclusión en el pasado año, dejando muchas horas de entretenida lectura y un buen sabor de boca a sus seguidores. El desencadenante de la historia no podría ser más típico: una familia que ha pasado por una tragedia familiar, vuelve a habitar la vieja casa de sus antepasados en una península ficticiade Nueva Inglaterra, llamada Lovecraft. A partir de ahí, los personajes empiezan a descubrir unas extrañas llaves que, en ciertas cerraduras… y hasta ahí voy a contar, porque el resto es para el gozo y disfrute del lector. A Joe Hill seudónimo del hijo de Stephen King es cierto que se le notan algunos de los dejes del padre. Como si eso fuera un problema. Los puntos fuertes de la historia residen en un elenco de personajes en el que los autores se molestan en profundizar sin que la interesante metatrama los engulla o los precipite al arquetipo fácil, un despliegue paulatino de los misterios de la historia que a los lectores les permitirá aventurar y apostar sobre los acontecimientos posteriores amén de engancharles irremediablemente a la lectura, el intensivo detallismo de los dibujos de Rodriguez que a un servidor de ustedes le tuvo horas buscando pistas ocultas en las paredes de la casa y un par de números especiales con estructuras narrativas peculiares, de entre los que hay que destacar el genial homenaje al Calvin and Hobbes de Bill Watterson (un experimento que podría resultar contraproducente en una serie de intriga y terror, pero que con mucha inteligencia los autores consiguen salvar con éxito). En la parte negativa, hay que reconocer que en el tomo final la originalidad de la serie se va un pelín hacia abajo, si bien en mi opinión ello no desmerece la buena calidad que hay que otorgarle al conjunto. Un gran tebeo al que aficionarse y para disfrutar viendo la cara de satisfacción de los amigos a los que se lo hayas recomendado.

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Unastoria, de Gipi

unahistoria_Creo que la vuelta de Gipi (Gianni Pacinotti) al cómic es una de las mejores noticias que hemos podido tener este 2014. En las primeras páginas de Unastoria se podría adivinar una especie de tanteo del autor en el regreso al medio, como si ilustrara cómo flexiona y estira los músculos antes de una gran carrera. Casi podría uno aventurar que ese personaje perdido incapaz de recordar ciertas cosas, es un autorretrato de sí mismo. Pero a medida que nos adentramos en el relato, vemos cómo la mano del italiano para la narración dibujada le es tan natural y sus recursos son tan variados que resulta difícil tomar esa intuición de inseguridad o de preparación preliminar como algo más que una finta para distraernos y sumirnos en el gran relato que se nos echa encima. En esta obra, Gipi nos hará malabares con dos historias entrecruzadas, la de un escritor desmemoriado y la de su abuelo en la primera guerra mundial. Gipi juega a la alternancia entre relatos distintos, con estilos gráficos distintos me ha recordado mucho a la variedad de la que hacía gala en Mi vida mal dibujada pero con ecos entre ellos, lo que le permitirá de alguna forma, ligar agua y aceite. Contado en cuatro capítulos, las dos historias, como una sola, se desarrollan en una especie de sinfonía visual, una ópera dibujada, con momentos que se quedarán grabados en la retina del lector.

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Orgullo y satisfacción, de V.V. A.A.

orgylloA principios de junio del año pasado, con motivo de la censura de una portada de un número de la revista satírica El jueves que representaba la abdicación de Juan Carlos I en favor del entonces príncipe Felipe con la imposición de una corona embadurnada de heces provocaba la salida de un gran número de autores que habían sido insignia y referencia de la misma durante muchos años. Albert Monteys, Manel Fontdevila, Bernardo Vergara, Guillermo Isaac Rosa, Luis Bustos, Manuel Bartual, Paco Alcázar, Malagón, Pepe Colubi, Bea Tormo, Mel, Iu Forn, Lalo Kubala, José Luis Ágreda y Miquel Gras abandonaban la revista en protesta por la censura impuesta sobre el número. Sin embargo, de tan triste suceso surgió una nueva iniciativa. Rápidamente, buena parte de los autores que salían de El jueves, estrenaban nueva cabecera, autoeditada y en formato digital. No habría tregua. Orgullo y satisfacción no solo ha entrado a formar parte de la historia de las publicaciones satíricas en España sino también de la historia de nuestro cómic online. Con media docena de números ya a sus espaldas y unos autores con amplia libertad para contar lo que les dé la gana, como les dé la gana, prometen seguir dando guerra.

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Terry, de V.V. AA

TERRY_0Ay, la revista de historietas. Cuánto añoramos algunos aquellos tiempos en que por una cantidad razonable de pesetas se podía llevar uno a casa un semanario o revista mensual con cómics de diversos autores, que nos permitía conocer lo mejor de aquí o lo de allí, seguir los estilos y temáticas más en boga. De la revista de historietas queda actualmente poco o casi nada. Sobrevive y no muy bien en algún semanario satírico y en la escena fanzinera, hasta donde puedan llevarlo sus esforzados autores. Por eso hay que celebrar a lo grande que Fulgencio Pimentel, una de las mejores editoriales de libros no solo de cómics, ya hablo de libros en general que pone muchísimo mimo y detalle en cada una de sus publicaciones, se lance a editar una revista como Terry que busca dar a conocer lo mejor de la vanguardia actual del cómic y la ilustración de nuestro país y del extranjero. Su primer número y hasta la fecha único, esperamos su continuación contiene trabajos de Los Bravú, Olivier Shrauwen, Sammy Harkman, Nacho García, José Ja Ja Ja, Jim Woodring, Sindre Goksøyr, Gonzalo Rueda, Bendik Kaltenborn, Rayco Pulido, Peter Jojaio, Sébastien Lumineau, Ed Carosia, Michael DeForge, Simon Hanselmann y Seiichi Hayashi. Sin duda es un must para todos aquellos que quieran asomarse a la escena del tebeo más experimental e independiente.

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Tiempo de canicas, de Gilbert Hernández

canicasEste pasado 2014 ha visto aparecer también unas cuantas obras interesantes sobre el tema de las memorias de la infancia o el costumbrismo de antes de entrar en una forma de vida adulta, con las pérdidas de inocencia respectivas. Curiosamente, estas mismas obras han sido abordadas desde la ficción más que desde la autobiografía, género que goza de una cierta popularidad entre el público lector de cómics de un tiempo a esta parte, pero que con la temática de las memorias de la infancia no parece haberse prodigado en exceso, quizás buscando narrar experiencias comunes a toda una generación. Desde estas ficciones, sin embargo, se han ensayado reflexiones interesantes, además de entretenidas, sobre esa etapa de la vida. Hay que destacar Aquel verano de Mariko Tamaki y Jillian Tamaki y Lo primero que me viene a la mente de Juaco Vizuete. Pero si me tengo que quedar con una sola, no puedo más que aferrarme al Tiempo de canicas de Gilbert Hernández. El autor de Palomar demuestra que está en una excelente forma narrativa, hace gala de sus mejores virtudes desarrollo equilibrado de una obra coral, manejo de la elipsis, caracterización de los personajes y sabrá atrapar a cualquier lector que haya vivido su infancia y juventud entre los setenta y los ochenta. La pasión por los cómics y por los muñecos articulados, las canicas, los amigos nuevos y los de toda la vida, los prejuicios de género, gamberradas, las peleas y los juegos inventados son algunos de los temas que quedan abordados en una historia o conjunto de historias que no tiene ni principio ni final, aunque a medida que pasa el tiempo quede en nuestras mentes como una especie de paraíso perdido (con permiso de Milton). Por ello hay que agradecerle a Gilbert Hernández que las plasme con tan buen tino en el papel que permita abrir las puertas al recuerdo. Algo bueno traerá.

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Torpedo: 1936 Integral, de Enrique Sanchez-Abulí y Jordi Bernet

TorpedoEn el campo de los integrales y recopilatorios este año ha cundido la reedición de historieta francobelga aparecida ya en nuestro país en revistas de historietas de humor infantil y juvenil. Dolmen ha continuado con la publicación de los tomos de Johann y Pirluit y este año ha añadido a la lista los títulos de Natacha, Quena y el sacramús y una por la que servidor tiene una particular debilidad Los hombrecitos. Trilita ha dado también una buena noticia al empezar a publicar los tomos de Aquiles Talon. Por su parte, Norma Editorial ha puesto a la venta el indispensable integral de Blacksad en castellano, con todos los álbumes publicados hasta la fecha en un solo volumen. Volumen, por cierto, que hace apenas unos años en un Salón del Cómic un encargado de stand me aseguró muy categóricamente que nunca se publicaría. Bueno, pues aquí lo tengo ya en mis manos: si usted me está leyendo, le agradezco que errara el tiro con tan certera rotundidad. Pero si hay que quedarse con un solo volumen recopilatorio de historietas, escojo el integral de Torpedo, 1936 de Panini. Y esto es por muchas razones de las que muchos ya habrán oído hablar: porque es un tebeo único en su género y fuera de su género; porque Jordi Bernet es uno de los dibujantes más grandes que ha visto la historia del cómic; porque las historias que crearon él y Enrique Sanchez-Abulí combinaron el género negro y el humor a través de este mismo color, con una capacidad narrativa sublime. No en vano decidimos incluirlo en nuestros 100 cómics imprescindibles.

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Versus, de Luis Bustos

versusgSi en el 2013 Nela de Rayco Pulido fue el tebeo adaptación de una obra literaria que brilló con luz propia, este año 2014 la adaptación que puede continuar la saga de estos trabajos ejemplares es el Versus de Luis Bustos dibujado a partir del relato Por un bistec de Jack London. La bonita edición del libro, inspirada en un cartel promocional de una velada de boxeo, es coherente con lo que vamos a encontrar en el interior: un combate entre púgiles que empieza en la primera página y termina con la última. ¿Recorta Bustos el relato de London ciñéndolo al enfrentamiento físico? No, al contrario. Toda la historia de Tom King está entretejida en los momentos del combate, desarrollando el personaje a lo largo del enfrentamiento con mucha inteligencia. Es por ello que sería más correcto decir que más que dibujar un combate, Bustos dibuja un proceso. Un proceso en el que paulatinamente nos irá metiendo en la piel de King, en la experiencia de ser King, de pensar como él, de respirar como él, de ver como él. Compartiremos sus miedos, comprenderemos su forma de evaluar la pelea, sentiremos su cansancio, nos invadirá su rabia. Y para conseguirlo tirará de multitud de recursos gráficos que nos obligarán a vivir la narración prácticamente como algo propio. De modo que. cuando el lector llegue hacia el final, difícilmente le importará poco el desenlace del combate. Si London nos contaba un relato y trataba de plasmar toda la emoción a través del lenguaje de las palabras, Bustos apuesta por lo mismo a través del lenguaje de las imágenes y de la narración gráfica. Con Versus, Bustos no juega en la liga de los que simplemente han transpuesto una historia colocando imágenes de forma secuencial, sino en la de los que la han comprendido, la han sentido y luego la han reproducido con lo experimentado.

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¡Cadáver en el Imjin! Y otras historias bélicas de Harvey Kurtzmann

cadaverHe aquí un pedazo importante de la historia del noveno arte y de su evolución hacia el cómic como un producto para adultos. Norma Editorial publicó este imprescindible recopilatorio sobre las historietas bélicas que hizo para EC a principios de los cincuenta que son una muestra de cómo Harvey Kurtzmann revolucionó el género del cómic de guerra con sus concienzudos trabajos de documentación inspiraba sus obras en historias reales pero también desde el empleo de un punto de vista más maduro y realista para escribir sus relatos, alejándolo de las fantasías épicas y del excesivo maniqueísmo. Los tebeos de Kurtzmann no eran necesariamente antibelicistas, pero sí que ilustraban con mucha fuerza la crudeza de la guerra cuando otros se agarraban férreamente a la propaganda y a una visión del conflicto armado más idealizada. También se permitía reflexionar sobre las muchas caras y consecuencias de la guerra de una forma que lo convertía en algo universal. ¡Cadáver en el Imjin! la historieta que da título al recopilatorio por ejemplo, ponía cara y ojos al acto de matar para sobrevivir y la pérdida de la inocencia del proceso; igualaba el enemigo al protagonista de la historia en su necesidad por mantenerse con vida a toda costa. ¡Escombros! mostraba cómo una vida de trabajo y esfuerzo la del enemigo quedaba arruinada en apenas un momento por los estragos de la guerra. Y ¡Abrir fuego! reflexionaba sobre la importancia del miedo como una forma de coraje. Todas estas vueltas de tuerca, además, ilustradas desde la particular forma de narrar secuencialmente de Kurtzmann, que abundaba en técnicas como el uso de repeticiones para crear ritmos o el fijado del punto de vista durante algunas acciones para reforzar la sensación de peligro, tensión o drama. ¡Cadáver en el Imjin! Y otras historias bélicas es una pequeña biblia de cómo hacer buenas historietas cortas y debería estar en la biblioteca de todo amante del medio.

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Fútbol, la novela gráfica de Santiago García y Pablo Ríos

futbolpnovelaLo primero que me atrae de este cómic es su forma tan atípica de tratar un tema tan popular en nuestro país. Para empezar, es cierto que no hay una tradición de cómics de deportes de ningún tipo en España. Pero, además, fuera de nuestro país el fútbol ha sido ilustrado en el mundo del cómic de forma muy puntual y siempre bajo los mismos enfoques. Fútbol, la novela gráfica no es ni una bd de aventuras, ni un shonen de batallas épicas con aspecto de partido, ni un documental sobre «la vida de». Así como sucedía con Las meninas, García vuelve abordar la cuestión de las ficciones plausibles para elaborar un ensayo narrado sobre el fútbol como deporte, como arte, como pasión vital, como elemento de amor y odio entre seres humanos. Conecta con el dibujante Pablo Ríos en el estilo de explicar ideas y contar historias que recuerda a un «documento oral» en el que el locutor en este caso, García se presenta al lector y va presentando los casos y los temas. Esto, de alguna forma, es continuador de la línea de estilo narrativo con la que se manejó muy bien Ríos en Azul y pálido. También debo decir que esta obra me atrae tanto por ser amante de los tebeos desde siempre como por ser un amante muy reciente del fútbol, y se agradece el enfoque inteligente, original y alejado de las parafernalias mediáticas, las polémicas tertulianas y demás planteamientos circenses de muchos medios de comunicación. Es por ello que Fútbol, la novela gráfica no solo es una obra rara y a contracorriente, dentro del cómic cuyo tema es el fútbol, sino que lo es también dentro de las obras o documentos mediáticos que tratan de comunicar la experiencia de lo que es este deporte; se halla dentro de los sanos trabajos que son por desgracia una excepción. Y para finalizar hay que amar este libro, por un solo momento uno de los pocos contenidos que no es de ficción—: una doble página que ilustra un instante de nuestra historia reciente ante el que hay que dibujar una sonrisa, como mínimo, mientras se lee. Es extraño y una lástima también que Fútbol, la novela gráfica haya pasado un tanto desapercibida este año en un país con un amplio número de seguidores de este deporte y en un año de Mundial, además. Quizás esto sea por el posicionamiento del libro y su voluntad de evitar lugares comunes y tópicos manidos. Quizás sea porque el cómic fuera de los géneros a pesar de haber aumentado su capacidad de penetración en la cultura popular, aun tiene muchas barreras que derribar. Pero me queda el convencimiento de que este es un libro que en el boca a boca entre los aficionados apasionados pero inteligentes del fútbol y por las buenas historias del mismo puede gustar mucho. A este novato forofo, servidor de ustedes, que cree que ya le queda menos para entender cómo funciona el fuera de juego, al menos, sí le ha convencido.

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Editar en tiempos revueltos: Aristas Martínez

Logo

El logo con el que ya se identifica perfectamente a Aristas Martínez representa una máscara de Jarramplas, una suerte de demonio, tal vez un brujo, al que los vecinos de Piornal —municipio  al norte de la provincia de Cáceres, entre Jerte y La vera; Jot Down enseña, Jot Down entretiene— quieren echar fuera cada 20 de enero, «cuando más hiela». La imagen cambia con cada nuevo libro, «en función de si le va mejor o peor al ilustrador, dejamos incluso que haga una versión que encaje con su estilo». De manera que aquí estamos otra vez; voy a charlar un rato largo con los dos Aristas, Sara Herculano y Cisco Bellabestia, y no voy a revelar quién dice qué, dejaré que todo se mezcle; a ver qué sale. Las cursivas, decíamos, son mías.

Año 1993. Cisco estudia filología hispánica en Cáceres. Empezamos.

¿Y el nombre?

Entonces yo recibía cursos de encuadernación y me matriculé en una escuela de artes plásticas, en la especialidad de grabado. Quise hacer un libro seriado, de aguafuertes, 20 ejemplares, y decidí inventarme un sello ficticio. Vivía cerca de Almacenes González, Talleres Pérez. Me pareció gracioso lo de Aristas Martínez.

[Libros Martínez no habría sido lo mismo. Las cosas como son.]

El primer libro fue una pieza con ilustraciones de Fidel Martínez y restos de mis antiguos poemarios. Fue un experimento: Zoombi. Se convertiría en el número cero de la colección Libros del caos.

Luego fue cuando apareció el libro de Rodolfo Franco, Almanak, que iba en principio a haberlo editado la Junta de Extremadura. Lo discutimos, lo estuvimos valorando sabiendo, un poco a medias, que aquello era algo más grande de lo que en principio habíamos pensado. Ahora bien, una vez tomada la decisión, la implicación fue total. Y la verdad es que costó ponerse al día con el mundo de la edición, todo nos superaba. Era la primera vez que trabajábamos con una imprenta tradicional. Hasta entonces nuestras ediciones habían sido una mezcla de reprografía o imprenta digital encuadernada y manipulada con procesos artesanales. Cisco venía de Artes Plásticas y yo soy licenciada en Comunicación Audiovisual. Es decir, no sabíamos nada de cómo funcionaba todo esto, y el libro quedó muy bien.

[Doy fe. Es una delicia. Dejo aquí una muestra:]

Almanak
Detalle de Almanak, de Rodolfo Franco.

Hubo un complejo proceso de documentación, sobre almanaques antiguos, dietarios y demás; aunque el autor dejó muy cerrado todo el libro: había estado trabajando en el proyecto más de una década.

El mejor método para encarar la lectura de este Almanak es vaciar la mente de apriorismos y abrirla a nuevas aproximaciones. Se trata de ejercitar el denominado pensamiento lateral para poder relacionar elementos aparentemente inconexos y emocionarse con cada hallazgo. El ingenio es interclasista. No es necesario poseer grandes conocimientos para solazarse con él. Basta con aprender a mirar las palabras de reojo, con los ojos de quien descubre el mundo por primera vez. Cada vez. El ejercicio vale la pena, porque los secretos del ingenio no son tan gratuitos como podrían llegar a parecer. (Marius Serra, prólogo de Almanak)

Así iniciamos la colección Libros singulares; nos exigen una serie de esfuerzos añadidos, un partir desde cero, ya que su diseño, maquetación, calidades, etc., deben ajustarse a sus particularidades. En esta colección luego publicaríamos Fábula de Benito del Pliego y el próximo otoño saldrá Crónica de viaje de Jordi Carrión.

[Fábula es un capricho, uno de esos libros cuyo tacto y figura anticipan y en absoluto engañan sobre lo que contiene bajo sus cubiertas: «Al nadador, que monta el agua sin rienda ni brida, ¿de qué le servirá querer frenar la fuente? Y si lo intenta, ¿qué podría el agua responder? Nada». Los dibujos son de Pedro Núñez.]

En el momento de lanzar Almanak la colección se llamaba Fuera de colección. Cuando empezamos a presentarlo ya habíamos participado en un par de eventos de poesía escénica. En ellos conocimos a una gran número de editoriales pequeñas que compaginaban esta labor editorial con sus trabajos. Por otro lado, nos encontramos con un movimiento en el que, de alguna manera, los libros funcionaban como libreto: La gente iba a los espectáculos, por lo general sin pagar entrada y, ya fuera como recuerdo o porque les había gustado, se compraban el libro. En el año 2008 y 2009 el calendario estaba plagado de este tipo de citas financiadas por instituciones u organizadas por determinadas salas. Era una escena de lo más variopinta, donde propuestas muy buenas compartían espacio con otras horribles. Lo cierto es que hubo una serie de editoriales que nos llamaron mucho la atención por su cuidado en la edición y un estilo personal que no se parecía a nada de lo que habíamos visto: Ya lo dijo Casimiro Párker y El Cangrejo Pistolero, por ejemplo. Con estas primeras referencias nos planteamos qué tipo de libros nos gustaban.

adrifts book

Llegamos a la conclusión de que se trataba de ediciones raras, libros sin género, y razonamos sobre qué podíamos nosotros aportar al mundo editorial. En los años 80, por ejemplo, la crítica literaria no se ponía de acuerdo sobre qué era El libro del desasosiego, si era un diario, si era una novela, ficción, realidad… Finalmente, decidieron que era un libro. 

[Nos reímos: qué sería de todos nosotros sin todas nuestras etiquetas]

Nuestro libro ideal era El libro del cajón. Es decir, cuando uno se pone a escribir tiene dos opciones: una es ceñirse a una serie de cánones marcados por el posible editor, que responden a unas exigencias y estándares del mercado (extensión, género, experimentalidad impostada, etc.); y otra es embarcarse en un proyecto que se sale de todo esto, una escritura que surge de la necesidad de expresar, no del anhelo de verse publicado. Fue así como nació la colección Libros del caos.

Hay títulos que parecen haber sido concebidos para esta colección. Estoy pensando en Luis Gámez con su Libro de las transformaciones, o Sayak Valencia con Adrift’s Book. Encajan perfectamente en la idea de Libros del Caos.

Pero nada es innecesario. Verla caminar, arreglar la cama, soltarse el pelo. Quitarle las últimas ropas y besar todo el cuerpo, mientras ella permaneces de pie y él se va hincando, recorriéndola con los labios, saboreando la piel y el vello, la humedad del caracol; recogiendo en la boca los temblores de la niña erguida que acabará por tomar la cabeza del hombre entre sus manos para obligarlo a descansar, a dejar los labios en un solo lugar. Y se dejará ir de pie… (Sayak Valencia, fragmento de Adrift’s Book)

Este libro es algo así como una parodia del género negro, supone también una ruptura, el masculino o el femenino. Es una investigación que va abriendo todos esos caminos. Muy interesante. Y es casi desconocido. No porque se haya vendido mal, pero es verdad que no ha llegado donde debería estar. Se merece más. A Sayak Valencia la conocimos cuando todavía no éramos editores. En un recital. Me gustó tanto que cuando acabó le dije, en plan profético: «Si algún día tengo una editorial editaré un libro tuyo». Ella aún no tenía publicado Capitalismo Gore con Melusina. Nos pareció una mujer muy interesante, una genia, como ella dice. Es una persona con una presencia increíble; te enamora. Tiene un discurso potente, pero a la vez es muy dulce a la hora de transmitirlo. Escribió Adrift’s Book un poco como terapia para salir de su inmersión en el ambiente de Capitalismo gore, libro anterior donde describe y denuncia la violencia en la frontera méxico-americana. Fue una válvula de escape: trata de una investigación que arranca con un detective que investiga un asesinato. Será la excusa para contar cómo el personaje se encuentra a sí mismo.

Es un libro inclasificable. El lector no sabe a qué género pertenece  y a la vez el protagonista también va descubriendo quién es él. Es un doble descubrimiento, entonces. Muy inteligente cómo está planteado y escrito, prosa, poesía… Es difícil discernirlo, ponerle una sola etiqueta. Con muy buen gusto. Le tenemos mucho cariño a este libro, igual que a ella.

¿Cómo llegáis a la ciencia-ficción?

Habíamos visto que durante los últimos años se habían colado en las listas de libros recomendados determinados títulos en los que habitaban elementos de la ciencia-ficción: Providence, de Juan Francisco Ferré; Fin, de Monteagudo, y algunos otros. De repente, este tipo de discursos, donde aparecían elementos fantásticos, empezaban a estar aceptados por el público y la crítica. Empezamos a buscar literatura entre los autores del fándom (a la inversa, como editorial recién llegada, era inviable).

Detalle de La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías
Detalle de La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías.

Lo cierto es que a mí como lectora aún no me había atrapado este género. Cuando empezamos tuve que ponerme a investigar, y nos dimos cuenta de que había mucho más de lo que imaginábamos. Encontramos a Francisco Javier Pérez y su discurso nos interesó. Era la línea que estábamos buscando, algo sobre lo que no teníamos referentes en España. Así nos llegó el primer manuscrito de Pérez, Cinco canciones de cuna. Y comenzamos a hacernos una idea de todo lo que era ese universo, desde el fándom más puro a los autores más experimentales. Luego, casi del mismo modo, conocimos la obra de Colectivo juan de madre. Se cruzaron varios libros de poesía por medio y Benito de Pliego, antes de presentarnos Fábula, nos remitió al libro de Gabriela Alemán, Poso Wells, que se convirtió en nuestra segunda referencia de género.

[Sobre La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías: el cuatro de marzo de 1916  aparece en el Diario de Barcelona la noticia acerca de la desaparición del «científico castellano Ricardo Zacarías Uz». Seis años más tarde, el 15 de febrero de 1921, es encontrado el cuerpo sin vida de un hombre abatido por varios disparos en una de las habitaciones del Hotel Chelsea (sí, el de la canción; y sí, también, el de la película). La habitación estaba cerrada por dentro. Pues bien, este libro da cuenta de lo que pudo ocurrir, con total exactitud, cómo esos dos hechos, en apariencia sin conexión alguna, pudieron tener que ver el uno con el otro, sin que nada esté de más y nada esté de menos: una trama redonda, perfecta. Diez veces comencé a escribir la reseña, tan loca como me tiene este libro,  y diez veces lo dejé: no supe cómo contar sobre esta historia sin destriparla siquiera un poco, no encontré la manera de hacerlo sin dejar entrever qué se iba a encontrar el que se dispusiera a leerlo, fui incapaz de hallar el modo de no estropear esa primera vez que todo lector de libros como Dios manda merece.

«Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas». Pobre Gaston Leroux.]

¿Por qué no? Aquí tengo la oportunidad de experimentarlo todo de forma simultánea. Conocer el Universo en su totalidad, estar por un instante en contacto con toda la realidad. Algo que los humanos no pueden hacer. Una partitura sinfónica entrando en mi cerebro fuera del tiempo, todas las notas, todos los instrumentos al unísono. Y todas las sinfonías. ¿Entiende? (Philip D.Dick, La hormiga eléctrica, 1968)

Cuando hablo con la gente sobre vosotros y me dicen que aún no os conocen les digo que es porque no ha sabido nadie ocuparse de la distribución de vuestros libros como es debido.

Nos entrevistamos con varios distribuidores. Nos dijeron que no podíamos llevar seis libros y cuatro colecciones, que deberíamos encontrar un nicho. Lo hablamos, y pensamos que podíamos renunciar a todo salvo a los libros de autor y la narrativa ilustrada. Luego comprobamos que, efectivamente, era lo más coherente. Entonces hicimos el esfuerzo y empezamos a trabajar exclusivamente en estas dos colecciones, con la periodicidad que nos habían exigido desde varias distribuidoras. Sin embargo, varios meses y seis libros después, seguían sin cogernos el teléfono. No entendíamos nada.

Aqui hubo un punto de inflexión; decidimos empezar de nuevo, arriesgarnos: hicimos la Black Pulp Box. Fue un trabajo muy pensado, nos tomamos nuestro tiempo. Lo planteamos en junio de 2011 y dimos a más de 100 autores seis meses de plazo para participar en esta idea que era tan complicada de explicar y definir, tan suicida.

[Y aquí ya sí. Aquí ya dices Black Pulp Box y todo el mundo sabe de qué se trata: seis libros en una caja, impresión impecable, tipografías diferentes para cada ejemplar, ensayo, cómic, relato, fanzine; ilustradores y autores implicados en un proyecto, todos a una, casi total libertad a la hora de crear. Un proyecto escandalosamente caro, un precio final que es un regalo, un echar todo por la ventana, vamos a hacer algo que no se ha hecho, y lo vamos a hacer bien, para que perdure, en plan «ya estamos aquí y hemos venido para quedarnos».]

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Detalle de la historieta Querido filho, por José Domingo, del ejemplar Betunia de la Black Pulp Box.

Lo que hicimos fue dar a cada autor el tema: lo negro. Y un elemento inspirador: la blaxploitation; la estética y los temas de la literatura y el cine que nació del Black Power. Pero, y aquí viene lo complicado, tenían que llevarlo a escenarios españoles y prescindir de tópicos. Es decir, «una blaxploitation a lo cañí», les dijimos. Muy al principio a los colaboradores les pareció una extravagancia imposible. Poco después ya era un reto que exigía grandes dosis de enajenación. Salieron cosas maravillosas, no puedo poner ejemplos porque hay 86 autores, sería imposible, pero a modo ilustrativo me quedo con los orígenes afrocubanos de Franco del relato de Robert Juan-Cantavella o del chaval gallego que quiere vengarse de los chulos que mangonean a su madre, una prostituta brasileña, del historietista José Domingo.

La caja contiene seis libros: dos nouvelles en formato bolsilibro –Carnaval según San Judas de Fco. Javier Pérez, y Supernegro, un proyecto de novela por entregas que compilé para la ocasión–, un ensayo sobre superhéroes negros –de Daniel Ausente–, una antología de relatos, Amazing Bold Stories –coordinada por Luis Gámez, en la que hay historias de Grace Morales, Jordi Costa, Vicente Luis Mora o Juan Francisco Ferré, entre otros–, un fanzine –con colaboraciones de los colectivos  Vinalia Trippers o 5.000 negros. Y, por último, la revista de cómic; para la que contactamos con David Rubín y José Domingo para que se ocuparan de ver quién estaba disponible, a quién podría encajarle el tema. Nos sorprendimos porque gente como Emma Ríos, que trabaja para Marvel, dijo que sí, sin conocernos de nada. Creo que les gustó la idea y, sobre todo, lo ambicioso que era el proyecto, un monstruo editorial con muchos tentáculos. Además, la propuesta implicaba hacer algo ex profeso: se trataba de trabajar en bitono, no en blanco y negro como es lo habitual. Y esto también les resultó interesante, pues muchos de ellos nunca habían empleado esta técnica.

En teoría teníamos que empezar a maquetar en enero; no pudimos hacerlo hasta marzo, porque los plazos se fueron alargando. 86 colaboradores. Fue complicado hacer que todos entregaran a tiempo. Aprendimos qué era ser editores de pulp, de encargo, de látigo y consenso. Fue todo un máster de edición. Y lo hicimos sin tener distribución.

Asistimos al arranque de máquinas en la imprenta, y lo acabamos cuando restaban dos días para Sant Jordi. Vimos las pruebas, cotejando cómo quedaba lo que había mandado cada ilustrador. En la imprenta puedes tomar decisiones. No puedes saber con exactitud cómo va a quedar nada antes de verlo en papel. Cuando trabajas en bitono no visualizas el mismo aspecto que en la pantalla de tu ordenador. Bien es cierto que tenemos una ventaja sobre otro tipo de publicaciones, porque si desaturdamos o quemamos colores, estéticamente estamos muy cerca de la edición pulp, cuyas tiradas no eran precisamente muy profesionales. Pero la verdad es que quedó todo muy limpio. Aprendimos mucho, nos trajimos trofeos, como las planchas de las cubiertas.

 [Se lo pasan tan bien como parece.]

El caso es que nos dio tiempo, llegamos a Sant Jordi y presentamos en Miscelánea. Y también a la Feria del Libro de Madrid, tomándonos un vino en Arrebato, y firmando ejemplares en la caseta de Madrid Cómics.

La black pulp en Matadero
La Black Pulp Box en Matadero de Madrid

Tenía que haber costado más de 60 euros; lo ajustamos a 39: nos saltamos todos los protocolos sobre qué precio poner a un libro atendiendo al coste de imprenta, todo para que saliera al mercado a un precio razonable. Ha servido de carta de presentación. Ahora cuando un autor al que no conocemos nos descuelga el teléfono ya sabe quienes somos: «los chicos de la caja».

Encontrasteis un distribuidor. Albricias.

Sí, por fin. SD Distribuciones se hizo cargo de la colección pulpas, donde la Black Pulp Box sería el número cero, y volvió a poner en el mercado las tres primeras referencias de esta colección que en principio habíamos distribuido nosotros a base de visitar librerías.

[Una a una, carretera y manta.]

A partir de entonces la dinámica cambia, el ritmo crece y la colección se consolida. De este momento surgen grandes hallazgos: el artefacto literario o máquina del tiempo como libro: La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías de Colectivo juan de madre, las aventuras intergalácticas de Laura Fernández en El show de Grossman, o la delirante Lady Grecia de Riot Über Alles y Vanity Dust.

A principios de este año es cuando surge el proyecto Presencia humana. Nos rondaba la idea de hacer una publicación iniciática, una guía sobre autores y literaturas que nos gustaban, a medio camino entre la antología periódica y la revista de creación. Entonces apareció el artículo de Javier Calvo en Jot Down: Nueva narrativa extraña española: un mapa. Era justo lo que estábamos buscando, un espaldarazo a nuestra propuesta: literatura de género, cercana y actual, publicada de forma muy concreta, de estética vintage, retro y/o pulp, pero de contrastada calidad, con un discurso extraño a la par que reflexivo.

Nuestra editorial surge en un momento en que también lo hacen editoriales con intereses comunes, con una misma implicación en cuanto al contenido y la forma. Editores con gusto exquisito como La Felguera, Fulgencio Pimentel o Jekyll & Jill.

[No penen: los traeré a todos aquí. Soy fan.]

Hay gente que nos recomienda leer autores: «Deberías leer esto, es muy aristas». Estamos asistiendo a una revitalización del género total. Random House acaba de crear Fantascy. Nos hizo mucha ilusión el que en la presentación en la Feria del Libro de este año nos nombraran: «En la línea de Aristas Martínez», lo que nos llena de orgullo. Te encuentras también con que desde Córdoba Javier Fernández crea la colección de Clásicos Populares de Cátedra, haciendo nuevas traducciones y acompañándolas de sesudos e interesantes ensayos. También otras editoriales que empezaron antes que nosotros participan de esta sensibilidad, con sus respectivas peculiaridades, pero con un compromiso y profesionalidad envidiable: Salto de Página, Alpha Decay. Creo que todo este fenómeno sucede también porque estamos en un momento en el que necesitamos evadirnos del todo. A mí ahora, de hecho, la narrativa normal me aburre.

[Concedo: esta es Sara.]

También es cierto que es complicado encontrar tiempo para leerlo todo. Tienes lo que escriben tus amigos y a los que te interesa publicar. Luego están los manuscritos que te llegan. Lo que hacemos con estos últimos es pedir una sinopsis, y nada de archivos digitales. Esto ya es un filtro importante; solo leemos en papel. Si no, es imposible. No te haces una idea de la cantidad de cosas que nos llegan. La gente está aburrida, se ponen a escribir como quien juega a la bonoloto, «igual me toca», y no ha escrito nada en su vida, mucho menos leído. Te das cuenta en la página cinco. La verdad es que de lo que nos ha  llegado por correo no hemos publicado nada. Siempre hemos encontrado los textos por otros cauces.

fábula
Más sobre este libro aquí.

Me gusta mucho cómo habéis ido aprendiendo, tan lejos de todos los demás, cómo habéis acabado haciendo libros tan chulos y tan bien.

Estamos superatentos cuando vamos a una librería, vemos qué libros hay, quién los edita, dónde se han impreso. Creo que esto es muy importante a la hora de trabajar como editor, así te vas formando. Y también te digo una cosa, el estar fuera del circuito Madrid-Barcelona creo que te hace estar más despierto, más atento a lo que se está haciendo.

[Y ya. Esto es Aristas Martínez, más o menos. Dejo para acabar el comienzo de uno de los cuentos de Presencia humana, Gatos holandeses. Les invito así a que lo lean de principio a fin y a que vuelvan aquí a dar noticia. Yo es que aún no sé qué pensar.]

Tuvo que parar un piso antes de llegar al rellano del sexto. Cada vez era peor, pero de eso uno solo se daba cuenta con el paso de los años: cuando de repente un día, sin aliento, a tan solo un piso de distancia, recordaba cómo solía subir esas escaleras hace tiempo. Un recuerdo vago de sus pies tragándose los escalones de dos en dos, el  dulce ardor en los muslos por un esfuerzo del todo asumible. Por eso era peor: porque en aquel momento el ardor no era dulce, en absoluto. Era un ardor sin duda indeseable y lleno de malos presagios. Y los pies, los pies pesaban cada vez más. Lamentándose peldaño tras peldaño como acumulando crujidos en una cuenta pendiente que pronto tendría que pagar. Había subido aquellos escalones cientos de veces durante más de cuarenta años y era más o menos cada una infalibe náusea reptando entre lo conceptual y lo físicamente obsceno, amortajando cada estertor un centímetro más de aquel cuerpo que un buen día dejo de ser moderadamente bello para convertirse en algo moderadamente muerto. Una cuenta atrás que bien podía representarse matemáticamente: escalones ‘ardor = falta de oxígeno * tiempo empleado. Todo porque siempre fue más barato alquilar un piso en un bosque sin ascensor un error fatal muy frecuente entre jóvenes que en cierto momento ignoraron —o quisieron ignorar— la capacidad autocrítica de la naturaleza, siempre tan categóricamente solvente.


Sketch Down: febrero

Sketch Down

La Novela Gráfica del Juicio Final

Empezaremos las recomendaciones con una serie. “¿Pero cómo? ¿En la sección de tebeos? ¿Hablaremos de animación, acaso?” Pues no. “¿Adaptación de alguna célebre serie de cómic acaso?” Pues tampoco. “Oye, que yo he venido aquí a por tebeos”.

Y es que los tebeos tienen mucha relación con Utopía, la excelente miniserie de seis episodios que acaba de emitirse en tierras británicas. Para empezar porque el tema gira alrededor de una intrigante carrera en la que se ven envueltos cuatro foreros, desconocidos entre ellos en la vida real, por conseguir el manuscrito de la segunda parte de una novela gráfica inédita, tras la que parece estar más gente detrás: asesinos y organizaciones secretas varias. Lejos de estar planteada como una comedia o parodia —aunque nos arranque alguna sonrisa torcida en algún momento— el thriller resultante es absorbente, inquietante en los temas de actualidad que toca, y plantea un juego de conspiraciones e identidades ocultas de las que fuerzan al espectador a elaborar esas deliciosas quinielas sobre qué está pasando realmente y quién es quién en el juego de espionaje que se despliega ante nuestros ojos. Súmenle la garantía de que en seis episodios se finiquita el asunto, con todas las respuestas sobre la mesa.

Lo siguiente que nos lleva a pensar en cómics al ver la serie es el impecable despliegue visual. Una fotografía de lujo donde cabría pensar que cada segundo de plano ha sido dibujado meticulosamente sobre la pantalla: una estética visual impactante con una banda sonora pegadiza.

utopia

Y para terminar… bueno, que es cojonuda. Recientemente, el nivel de fiabilidad de las series británicas es tal que creemos que casi se disfrutan más con el mero apunte de su recomendación. A falta de que nuestro comité de expertos la revise de arriba abajo y la incluya en nuestra lista de imprescindibles, no podíamos evitar dejar caer nuestras cuatro líneas e instaros a verla.

Lecturas y otros hábitos

Algo menos excitante ha sido la lectura del informe sobre Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España en el año pasado, que puede leerse en este enlace. Entre otras cosas, porque el perfil que concluyen del comprador y lector habitual de cómics no revela cambios importantes. Amén de que en algunas categorías se incluye erróneamente el tebeo como género y no como medio. Observamos que tratan revistas, libros, prensa y cómics como soportes diferenciados, pero se le pregunta al entrevistado “¿Cuál es la materia del último libro leído?” y se incluye como categoría —o se acepta como respuesta— “cómic”. ¿Entendemos que lo último que leyeron fue un cómic (soporte) y no un libro? ¿O entendemos que lo último que leyeron es un libro sobre cómics (temática)? Que haberlos, haylos, y muy interesantes. Y de los que parece que cada vez se están editando más.

Al margen de los pocos cambios en el perfil de los lectores de cómics, de sus hábitos de compra y lectura de los mismos este año en comparación con los anteriores, se antoja interesante el aumento de lectura general de libros, revistas y prensa en versiones digitales, porque no lo es tanto en el caso de los cómics. El estudio lo atribuye a una falta de oferta de los mismos. También es interesante ver en las listas de los más comprados a un historietista, Aleix Saló (13º) y su última obra Simiocracia (12º).

También queremos saludar desde aquí al 31’1% del total de la población que navega por internet buscando reseñas y críticas literarias, por la parte que nos toca.

Lecturas

prophetProphet 1: Remisión
Brandon Graham, Simon Roy, Farel Dalrymple, Giannis Milonogiannis, Emma Rios
Aleta, 2013
160 páginas. 17×26 cm
Rústica. Color

La historia de la serie Prophet es la de una babosa fea y desagradable que se transforma en mariposa gracias a un capullo tejido por otros. El Prophet original nació en el 93 con el aspecto de homeless disfrazado de caballero del Zodiaco reprogramado como una máquina de matar y despertado tras años de hibernación. Aquella criatura se gestó en las cuadras de Image Comics y era obra de Rob Liefeld (personaje muy odiado en el mundo del cómic, tanto por sus métodos empresariales como por sus plagios, su memez creativa o lo desastroso de sus dibujos de absurdas proporciones capaces de abonar artículos como este). La obra no sobrevivió demasiado en el mercado, ni siquiera cuando trató de ser relanzada a mediados de los 90.

Y muchos años más tarde, en 2012, la Image Comics actual anuncia que revive la franquicia. Brandon Graham (responsable del loco King City) construye sus cimientos encargándose del guión y mutando la historia hacia la aventura espacial, conservando en principio solo detalles anecdóticos de la obra original: el título y un protagonista proyectado al futuro tras un largo sueño. Y el resultado es tan opuesto a lo que engendró Liefeld como estupendo. Y tan convencido de sí mismo que incluso se decide por echarle huevos y no resetear la memoria de los insulsos tebeos anteriores: la numeración del Prophet de Graham comienza en el número 21, recordando sin ruborizarse que existen 20 entregas noventeras que no tienen nada que ver con la presente. Y esto último es de agradecer.

El Prophet moderno comienza con un John Prophet expulsado a la superficie de un planeta árido, con una misión encomendada por sus propios sueños en un planeta futuro donde lo interesante (para los mangoneados clichés del género) es que la especie humana es un vago recuerdo. Graham arranca construyendo de manera maravillosa la odisea de la supervivencia. No toma un personaje y nos cuenta sus aventuras recubriéndolo de un aura superheroica, suelta a un personaje en un mundo completamente hostil y le grita ¡Sobrevive! Recuenta su inventario, le azota con una lluvia de criaturas feroces, lo abandona en páramos desoladores, lo convierte en un Bear Grylls cósmico que se dedica a cazar todo lo que encuentra para llenar las tripas y lo humaniza pese a vivir en un mundo contrachapado por la ci-fi pura, esa que se retroalimenta y retoza en decenas de ideas pescadas tanto del pulp más elemental como de la reverencia directa a Moebius. Y cuando creíamos que todo el volumen iba a ser una especie de revisitación de Conan en formato espacial, Graham cambia de artista a los lápices*, de historia y de protagonista… o quizá no. Y continua jugueteando con la ciencia ficción enmarañando más y más un universo que esconde más de lo que muestra y explica menos de lo que necesitamos.

Pulp y pulpa de aventuras galácticas, el espíritu del bárbaro cimerio teletransportado al posapocalipsis de la raza humana. Un space western muy hábil con sus armas que aspira a épica galáctica con una estupenda puesta en escena vibrante en el dibujo (y en la que Simon Roy gana de calle y por dos cabezas a sus compañeros).

Asomarse a Prophet es como encontrar hoy en día, sin esperarlo, una veta de la ciencia ficción más pura.

Y ojalá que los números venideros vuelen a la misma altura.

(*)Una de las grandes ideas de la obra es dividir la epopeya en las aventuras de varios protagonistas diferentes y que de cada uno de ellos, y de sus devenires, se encargue un dibujante diferente. Lo premeditado es que los artistas sigan ilustrando las correrías del personaje que tienen asignado en futuras entregas.

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azul y pálidoAzul y pálido
Pablo Rios
Entrecomics Cómics, 2012
88 páginas, 17 x 24 cm
Cartoné. Color

Pablo Ríos ha debutado este pasado año con un tebeo sobre OVNIS. Su opera prima es tan inusual tanto en temática como en enfoque que los reseñadores de Sketch Down hemos decidido tratarla precisamente como una rareza avistada por el horizonte y elaborar un informe con las particularidades del objeto en cuestión que lo hacen precisamente algo realmente “extraterrestre”.

1) Distorsión espacio-temporal
La obra cuenta nueve relatos de testimonios reales sobre casos de ovnis, en menos de un centenar de páginas. Todas las historias están documentadas en casos reales —refiriéndonos a los testimonios de los individuos, sin entrar en que estos puedan ser falsos o no— y, quitando el tema común, no tienen relación entre ellas. La sucesión de las nueve narraciones y la inmersión en estas provoca que el libro nos dure más de lo que aparenta su tamaño.

2) Sinestesia narrativa
Como bien indicó en una de las presentaciones en Barcelona el experto en cómics —y en aliens— Daniel Ausente, el estilo narrativo de Azul y pálido es el de un documento oral. Con el espíritu de la adaptación gráfica de un documental, la lectura de sus textos se reproduce en nuestras cabezas como una voz en off de los diversos protagonistas acompañando a la sucesión de imágenes.

3) Manifestaciones visuales de diferente inspiración
La diversidad de los relatos contados desde el mismo tema que ocupa es amplia. Y también lo será el estilo visual usado para ilustrar cada uno de ellos. Destacamos, por ejemplo, un homenaje a las cosmogonías del gran Kirby. Pero también habrá atisbos del retrofuturismo de los 50, episodios inquietantes que remiten a Encuentros en la Tercera Fase o relatos de intriga y acción relativos a producciones más contemporáneas como Expediente X. Todo ello enmarcado con una introducción y conclusión conducida por un referente clásico de la cuestión de los misterios del universo, el divulgador Carl Sagan.

4) Observador imparcial
Ríos, a través del documento, da voz a cada testimonio, pero no da crédito ni lo retira. No justifica ni parodia. El libro simplemente transmite y, al margen de plantear algunas preguntas y elaborar algunas reflexiones, lo libera de la emisión de juicio alguno; aspecto que, dado el tema planteado, realmente es una rareza.

5) Agente doble e infiltrado mediático
Precisamente la anterior característica ha permitido que el libro haya tenido una buena acogida tanto entre los escépticos de la ufología como entre los creyentes. Es más, no solo ha sido un medio para llevar el tema a los lectores de cómics —muy poco tratado anteriormente y menos en estas claves— sino que ha sido un medio para que el propio medio —el cómic en general— aumente su presencia popular y ayude a aumentar la conciencia en el público no lector habitual de que este tiene unas capacidades narrativas y documentales tan potentes como cualquier otro medio audiovisual.

Diagnóstico final: Para considerarse este un primer avistamiento de las manifestaciones artísticas del señor. Ríos ante el gran público, destaca la buena estructura de la obra, la novedad tanto de la temática como del planteamiento en el medio y la variedad de imaginería a la que es capaz de acudir con un dibujo sencillo y pragmático complementado por una forma externa elegante, bien diseñada y aparentemente inofensiva. Puede ser una buena obra para curiosos de la cuestión ufológica como entradilla neutral al mismo, pero también lo es para los que solo quieran quedarse en esa antesala y conocer los nombres más emblemáticos de la historia de los testimonios sobre abducciones y avistamientos. Recomendamos una vigilancia estrecha sobre el autor responsable y seguir su carrera con detenimiento.

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tokyo sanpoTokyo sanpo
Florent Chavouet
Ediciones Sins Entido, 2012
208 págs. 19,5x 26 cm
Rústica con solapas. Color.

A mi regreso a Francia me preguntaron si me había gustado China, a lo que respondí que, en cualquier caso, los japoneses del lugar habían sido de lo más hospitalarios”.

En 2006, Claire, la novia de Florent Chavouet, se mudó a Tokio durante medio año para realizar unas prácticas. Y su pareja, ese francés graduado en Arte, decidió acompañarla al tiempo que incluía en su mochila una libreta de dibujo, una silla plegable y un puñado de lápices de colores. Una vez allí dedicó su tiempo a rodar en bicicleta por el asfalto japonés, plasmando la urbe y sus entrañas en estampas abocetadas y coloreadas que realizaba sobre la marcha en lugares públicos y cafeterías de amplios ventanales. Y una vez de vuelta, aquel material dio el salto a las librerías. Tokyo sanpo no funciona como una guía de viaje, ni como un tomo de recomendaciones sobre lo más destacado de la capital de Japón. Tokyo Sanpo propone contemplar la ciudad a través de la mirada de un extranjero que se para a curiosear las apiladas formaciones urbanísticas más modestas, las vestimentas y modas de los transeúntes y sobre todo los objetos cotidianos que le resultan marcianos y pintorescos al visitante. Y es que Chavouet confecciona ilustraciones preciosas de callejuelas, de edificios, de carteles publicitarios, de vehículos y de gente que pulula en torno a todo lo anterior. Pero también se para a contemplar las etiquetas de la fruta, los envases de comida insólita, los insectos, las papeleras, las máquinas expendedoras y la señalización de tráfico.

Tokyo sanpo es permitirle al propio Chavouet que nos lleve de la mano por el Tokio que él mismo conoció durante esos meses. Sus capítulos se abren con mapas de los barrios, detallados y dibujados a mano, en los que el autor tiene la amabilidad de señalizar a los Koban —policías de barrio— potencialmente peligrosos para el usuario de bicicleta. En el propio libro Chavouet muestra su colección de multas por aparcar las dos ruedas donde no debía, y también nos narra un curioso incidente en una de las comisarías. Además incluye el detalle de anotar las localizaciones del mapa con pequeños apuntes que van desde lo trivial y anecdótico a lo interesante para el turista. Y desde el comienzo de la lectura nos avisa que la lógica que guía a este paseo por la metrópolis no responde a nada más que a su día a día y a su humor. Son estos factores (visibles y palpables) los que justifican las ilustraciones, esos dibujos que a veces están inacabados porque la lluvia amenazaba o porque el objeto que servía de modelo había desaparecido del campo de visión. Lo más destacable es que el fabuloso uso del lápiz del francés convierte el callejeo en hermosas estampas con alma de dibujo animado y una técnica admirable. El Tokio de Chavouet, un Tokio construido con lápices de colores. Remata la faena la sólida edición de Sins Entido que hace que parezca como si cada página hubiese sido extraída directamente del cuaderno original.

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Señor Mardi-Gras DecenizaSeñor Mardi-Gras Deceniza vol.1
Éric Liberge
001 Ediciones, 2011
128 páginas. 17 x 24 cms.
Rústica, Color

Cuando empecé a leer las primeras páginas de esta obra —publicada aquí hace un par de años, finalizada en Francia hace siete y ganadora de un Premio René Goscinny en Angulema— la primera referencia que me vino a la mente por el ambiente melancólico y su huesudo protagonista fue, inevitablemente, Tim Burton. Ampliada la historia y su universo visual unas páginas después, las siguientes referencias fueron los mundos delirantes de Jodorowski y el —salvando distancias, claro está— Moebius del blanco y negro con desiertos de arenas blancas, cielos profundamente negros y el despliegue de alguna monumental ciudad de fantasía, con un repunte fantasmagórico-fantástico entre lo gótico y lo modernista. Unas páginas más tarde aquello se había convertido en un festival rocambolesco de esqueletos andantes intentando organizarse en sociedad de una forma tan tragicómica que podría hacer fácilmente las delicias de Terry Gilliam o Jean Pierre Jeunet.

Solo llevaba leídas 25 páginas de 125. Así que decidí que, con tanta referencia flotante, el autor —del que no había leído nada hasta el momento— ya había conseguido construir su universo único y personal. Y sumergirme en él, por lo que logré completar y disfrutar su lectura esquivando la frecuente deformación profesional que a veces nos asalta a los reseñadores de buscar símiles autorales por todas las esquinas de una historieta.

Señor Mardi-Gras de Ceniza es una fábula épica y fantástica construida sobre la incognoscible respuesta a la gran pregunta: adónde va el ser humano cuando muere. Según el inicio del relato, de este no quedan más que los huesos —la parte más resistente de su cuerpo— y acaba en un lugar, un desconocido paraje de noche constante en el que va a morar para el resto de la eternidad o mientras le aguante el esqueleto. El protagonista —que da nombre al tebeo— no tardará en encontrarse con todos los difuntos que han llegado allí antes que él y que, en un amago de organización social no muy original les ha dado por reproducir, de nuevo, como en vida, instituciones civiles y religiosas para gestionar la ingente cantidad de fallecidos y tratar de darles una explicación a semejante broma de vida después de la muerte. Esta es una sociedad que también se las ha ingeniado para recuperar pequeños placeres —una gastronomía digamos altamente exótica y un cine basado en los recuerdos de los fallecidos— para tratar de olvidar u obviar el purgatorio presente. Deceniza, de carácter contestatario e inconformista, causará revuelos en la necrópolis, generará interés en los estamentos superiores y facciones secretas del lugar, que le tienen por un activo valioso de cara a desvelar el misterio del mundo debido a su profesión en vida —cartógrafo—; y se verá embarcado en una búsqueda por recuperar un artefacto sobrenatural preciadísimo: su propia alma. Toda una señora historia.

Éric Liberge se inventa una excelente ambientación inframundesca con el uso inteligente de muy pocos colores —blanco, negro, cobre, muchos grises y algún otro color muy puntual— e ingeniosos efectos de salpicado en negativo para los fondos. También despliega ideas creativas para el dibujo caracterizado de los personajes: el autor se deja la mano dibujando miríadas de esqueletos exactamente iguales, distinguiéndolos a través de pequeños detalles como el rechapado con metales que estos hacen sobre su osamenta. Y realmente consigue construir un mundo de fantasía crepuscular con la firma de la imaginación visual de la bd francesa. Pero no estamos ante una fábula escapista, sino todo lo contrario. Ante nuestros ojos se reproduce la pesadilla-broma kafkiana definitiva: después de muertos tenemos que seguir soportando a burócratas haciéndonos rellenar formularios, a sacerdotes diciéndonos en qué tenemos que creer y, en definitiva, a instituciones, facciones y grupos variados tratando de dirigir nuestras vidas para sus propios beneficios. Más o menos como en el mundo real presente, solo que hasta el fin de los tiempos. Lo que inevitablemente no dejará de tocar la fibra al lector.

A este primer volumen, que contiene dos de los cuatro primeros libros franceses, lo único que le puedo reprochar es lo poco lúcido de su edición española —un poco pequeña para mi gusto— porque por todo lo demás ha sido un disfrute —y un descubrimiento— de tebeo en toda regla.

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Tinta de GuatinéTinta de Guatiné
Varios Autores
Libros de autoengaño, 2013
32 págs. 14 x 21 cm
Color

El día a día del dibujante de tebeos en una página. Esta es la propuesta de una recién nacida editorial que abre fuego en su rama de fotonovela-cómic con un pequeño librito en el que han participado hasta 27 autores para dejar constancia ilustrada de los trasuntos del quehacer cotidiano del historietista. El torrente temático ha sido tan variado como los estilos gráficos de cada uno de ellos, que han optado por historias que usan desde una sola viñeta hasta casi una veintena o ilustraciones a página entera, con composiciones ingeniosas y opciones de diseño gráfico. Allí se han expresado la ilusión o la fantasía de un futuro brillante, la desesperación ante la idea que no surge, la cíclica jornada laboral eterna que va de la cama a la mesa de dibujo, las interrupciones de los deberes familiares y paternales y los cantos de sirena de las distracciones que invitan a la procrastinación. Cada uno de ellos ha dado voz a su experiencia personal con originalidad y bastante humor. El libro es una buena muestra de autores, algunos ya conocidos y otros que se darán a conocer muy en breve. Un vistazo a lo que ofrece y puede ofrecer nuestro panorama del cómic.

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Angulema 2013

Para finalizar, os dejamos con el palmarés de Angulema de este año, que contiene obras publicadas en nuestro país y que os invitamos a leer.

-Gran premio de la ciudad de Angulema:

Willem.

-Premio especial 40º Aniversario:

Akira Toriyama.

-Premio al mejor álbum:

Quai d’Dorsay 2. Crónicas diplomáticas, de Abel Lanzac y Christophe Blain (editado en España por Norma Editorial)

-Premio del público:

Tu mourras moins bête 2, de Marion Montaigne.

-Premio especial del jurado:

Le nao de Brown, de Glyn Dillon.

-Premio a la serie:

Aama 2. La multitud invisible, de Frederik Peeters (editado en España por Astiberri).

-Premio revelación:

Automne, de Jon McNaught.

-Premio patrimonio:

Krazy Kat 1, de George Herriman (editada en España por varios editores).

-Premio polar (premio al género en novela negra):

Castilla drive, de Anthony Pastor (editado en España por Ediciones La Cúpula).

-Premio juventud:

Les Légendaires 1. Origines, de Patrick Sobral

-Premio al cómic alternativo:

Dopututto Max, de Misma Editions.