Casting en Hollywood

Peter Jackson lo mismo te manda a la mierda que mete un meme en el reparto. Imagen: New Line Cinema.

Cuando Terminator aún era un cigoto, en Orion Pictures alguien propuso a O. J. Simpson como candidato para rellenar el puesto de cíborg asesino después de que Mel Gibson y Sylvester Stallone declinasen amablemente la oferta. Pero James Cameron, director de aquella primera entrega, optó por desechar por completo la sugerencia al considerar que en el fondo, y sobre todo de cara a la opinión pública, O. J. Simpson no daba la impresión de ser un asesino creíble.

Durante un casting, al exconvicto metido a actor llamado Danny Trejo le preguntaron si se veía capaz de interpretar a un convicto. Lo bonito del asunto es que, pese a tener cara de merendar ratas a bocados, el bueno de Trejo además de ser un actor prolífico hasta el absurdo (participa en una veintena de proyectos al año, entre películas y series de televisión) es un ser humano muy afable y encantador, uno que se emociona jugando con cachorritos. En Hollywood las razones detrás de un casting normalmente deambulan por senderos curiosos.

Fail

Emma Stone explicó en el programa de Jimmy Fallon que cuando contaba doce años se presentó a una audición para All That, una especie de versión infantil de Saturday Night LiVe, sin tener ni idea de que la gente solía prepararse previamente algunos textos para no llegar en bragas a ese tipo de pruebas. Aquel error propició que la pillasen con la guardia baja durante un casting que requería improvisar sobre la marcha personajes de cosecha propia. Sin tiempo para pensárselo demasiado, a Stone se le ocurrieron dos opciones: una cheerleader con serios problemas para deletrear con fluidez y una chica canguro poseída que entretenía a los niños leyéndoles cuentos infantiles mientras su actitud saltaba entre la candidez y la posesión infernal. Inexplicablemente la chica fue rechazada y nunca entró a formar parte del programa. Jake Gyllenhaal también aprovechó una visita al plató de Fallon para confesar sus patinazos durante los castings; el actor rememoró que sus agentes le reservaron con alegría un hueco en el proceso de selección para El Señor de los Anillos, donde Gyllenhaal opositaría para el puesto de Frodo, y cómo la cagó miserablemente: durante la prueba lo hizo tan rematadamente mal —ni siquiera puso acento inglés porque sus agentes se olvidaron de comentárselo— que el propio Peter Jackson le soltó un «Eres el peor actor que he visto».

Damien Chazelle y Emma Stone en el set de La La Land (2016). Imagen: Universal Pictures vía Activités culturelles UdeMCC.

David Tennat comentó que su paso por el casting de Roma, la serie de la HBO, duró aproximadamente cinco segundos. Una Meryl Streep veinteañera escuchó durante la audición para participar en el King Kong del 76 cómo Dino DeLaurentis espetaba a su equipo de selección «¿Por qué me traéis a esta cosa tan fea?» refiriéndose a la propia actriz. Kristin Chenoweth se puso tan nerviosa durante su prueba para participar en el musical de Broadway Smokey Joe’s Cafe que acabó equivocándose de género e interpretando Greats Balls of Fire en tono de ópera ante las bocas abiertas de los seleccionadores. Eddie Redmayne se presentó a la prueba para interpretar a Kylo Ren en Star Wars: el despertar de la Fuerza poniendo voz de Darth Vader, justamente lo que trataban de evitar J. J. Abrams y compañía. Patrick Wilson se largó por su propio pie de una audición cuando los responsables le dijeron que habían pensado que era británico porque a sus treinta años nunca habían oído hablar de él.

A un joven Bryan Cranston se le ocurrió presentarse en Paramount para opositar a un rol de cowboy chulesco metido en el papel y haciéndose el soberbio: llegó calzando botas de vaquero, puso los pies sobre el escritorio del entrevistador y lo echaron a patadas por grosero. Lo de Drew Barrymore explicando cómo fue el peor casting de su carrera resultaba entre deprimente y perturbador: «No diré el nombre de la película, pero me llamaron durante un domingo para presentarme ante la asistente de casting. Por lo visto, ni siquiera consideraron que yo fuese lo suficientemente importante como para entrevistarme con el director de casting. Me hicieron la prueba en el sótano, y en una de las escenas yo tenía que hacerle una mamada a la mano de un tío, pero como no había nadie más me tocó hacerlo sobre mí misma. Fue la experiencia más humillante por la que he pasado y en aquel momento pensé: “piensan que soy una mierda tan grande como para tenerme aquí metiéndome el dedo en la boca un domingo frente a la asistente, esto es tocar fondo”. No creo ni que el director llegase a ver la cinta».

What if…

Gracias a los bailes habituales de equipo en los meses previos al arranque de una producción los universos paralelos de Hollywood están repletos de supuestos «¿Y si?». Al Pacino comentó que el rol de Han Solo en Star Wars habría sido suyo si hubiese entendido el guion que le pasaron. Tom Selleck estuvo a punto de ejercer como Indiana Jones cuando George Lucas y Steven Spielberg le dieron el visto bueno a su audición (de la que se puede ver un breve pero curioso esqueje aquí) junto a Sean Young, pero el contrato que Selleck tenía para protagonizar Magnum P.I., una serie de televisión para la que ya había rodado el piloto, le impidió convertirse en aventurero en las pantallas más grandes. John Travolta ha dicho en alguna ocasión que lamenta haber rechazado el papel de Forrest Gump. Truman Capote estaba emperrado en que Marilyn Monroe protagonizase Desayuno con diamantes pero la diva prefirió no hacerlo al considerar que aquel papel podría dañar su imagen, Audrey Hepburn disiente con gusto de esto último. Nicolas Cage asegura que rechazó el papel de Aragorn en la saga de El Señor de los Anillos porque le venía muy mal pasarse tres años rodando en el culo del mundo. Jack Nicholson rechazó interpretar a Michael Corleone en El Padrino porque «consideraba que los indios deberían de ser interpretados por indios y los italianos por italianos». Will Smith tonteó con Quentin Tarantino para protagonizar Django desencadenado (Tarantino escribió el guion con Smith en mente) pero no llegaron a ponerse de acuerdo porque el primero quería protagonizar una historia de amor y el segundo filmar un relato de venganza. Eric Stoltz se metió en la piel de Marty McFly en Regreso al futuro durante cinco semanas de rodaje hasta que tanto él como el director, Robert Zemeckis, decidieron que aquello no funcionaba como era debido. Michael J. Fox acabó heredando el papel, la película se convirtió en el bombazo de 1985 y el metraje en el que Stoltz asomó la jeta se convirtió en una curiosa rareza.

Este era un posible plan para Expediente X. Imagen: NBC.

Una de las revelaciones más sorprendentes fue descubrir que el rol de Dana Scully en Expediente X estuvo a punto de encarrilarse por sendas bastante marcianas. Porque los ejecutivos de la cadena querían encasquetárselo a Pamela Anderson hasta que el creador de la serie, Chris Carter, acabó interviniendo para dárselo a otra Anderson que parecía más competente: Gillian Anderson. «Ellos estaban buscando a alguien más alta, más rubia y más tetuda que yo. Al principio nadie confiaba en que yo pudiese hacer nada», explicó bastantes años después la Dana Scully definitiva.

Dawson decrece

La disparatada No es otra estúpida película americana bromeaba al colocar a una anciana como periodista infiltrada de incógnito entre los alumnos del instituto por el que trotaban los protagonistas. Era una parodia directa y nada disimulada del argumento de Nunca me han besado, una cinta de 1999 protagonizada por Drew Barrymore y basada en una ocurrencia que tan solo podía funcionar en el contexto del cine romántico noventero: una trabajadora veinteañera del Chicago Sun-Times se hacía pasar por adolescente en un instituto para elaborar un reportaje. La película fue bastante sincera con el mundo real, Barrymore tenía veintitrés años e interpretaba a un personaje de veinticinco mientras las compañeras de reparto más notorias, Jessica Alba y Leelee Sobieski, no pisaban los dieciocho ni en la pantalla, ni fuera de ella. Pero aquella trama reflejaba un recurso muy típico de las ficciones: otorgar papeles de adolescentes a personas que ya hace una década que dejaron de serlo. Un movimiento clásico en el mundo del cine y la televisión, o la mejor manera de evitar lidiar con las edades del pavo y las hormonas pubescentes.

Somos jóvenes. Dawson crece. Imagen: Sony Pictures Television.

El drama adolescente televisivo de Dawson crece es uno de los ejemplos clásicos de programas protagonizados por actores más viejos que sus personajes, hasta el punto de que hay quien denomina «Dawson casting» a este tipo de alineaciones. La serie perseguía las agonías emocionales y existenciales de un grupo de quinceañeros que se pasaban mucho rato mirando la costa y poniendo cara de que les repite mucho la comida, pero estaba protagonizada por veinteañeros cuyas edades iban desde los veintiuno del protagonista (James Van Der Beek) hasta los veintinueve de la actriz Meredith Monroe. Lo gracioso es que la propia serie alcanzó la edad real de Van Der Beek durante su season finale, un capítulo de dos horazas cuya historia saltaba cinco años en el tiempo.

Aquella Dawson crece heredó la fama, pero otros habían trabajado la lana con anterioridad: en Sensación de vivir (Beverly Hills 90210) tanto Luke Perry (Dylan McKay) como Gabrielle Carteris (Andrea Zuckerman) o Ian Ziering (Steve Sanders) ya llevaban en la mochila más de veintimuchas primaveras. Buffy, cazavampiros tenía a Sarah Michelle Gellar (diecinueve años), Alyson Hannigan (veintidós) o Charisma Carpenter (veintiséis) haciéndose pasar por chicas de dieciséis. A la serie Hannah Montana, Miley Cyrus llegó con catorce años, algo coherente con el personaje que representaba, pero la verdadera sorpresa se escondía en la fecha de nacimiento de otro miembro del reparto: Jason Earles, aquel que en la pantalla ejercía de hermano teenager de Hannah Montana, en realidad peinaba ya por entonces los treinta tacos. Sorprendentemente, su físico y su aspecto hacían que colase como quinceañero sin demasiado esfuerzo. Glee, Happy days o The O.C. también convirtieron en teenager a gente que hacía tiempo que había dejado de serlo.

Regreso al futuro. Imagen: Universal Pictures.

En la saga Regreso al futuro el casting caminaba por edades que no iban a juego con el personaje o sus relativos: Michael J. Fox tenía veintitrés años cuando interpretó por primera vez a un Marty McFly de diecisiete en la película original, y a la hora de rodar las dos secuelas el actor ya rozaba la treintena. Sus padres en la ficción eran un caso especial, Lea Thompson (Lorraine, la madre de McFly) tan solo era una semana mayor que J. Fox, mientras el Crispin Glover que calzaba los zapatos de George McFly era en realidad tres años más joven que el protagonista. Aunque todo aquello estaba justificado y condicionado por una historia que requería enviar a los personajes atrás en el tiempo. El caso del doctor Emmett Brown era una suerte de situación inversa: Christopher Lloyd tenía cuarenta y seis años cuando se encargó de interpretar a un Doc de setenta y pico veranos.

En El aviador de Martin Scorsese, la cantante Gwen Stefani junto a sus treinta y cuatro años interpretaba el papel de la actriz Jean Harlow, una chica que durante los hechos narrados en el film contaba con diecinueve primaveras. La verdadera Harlow en realidad no llegó a pisar la treintena, falleció a los veintiséis a consecuencia de una insuficiencia renal. En Teen Wolf, todo el reparto de chavales tenía mucho de veintipico tardíos y poco de niños. Sissy Spacek tenía veintiséis cuando se duchó con sangre en Carrie. La Rizzo (Stockard Channing) de Grease en realidad contaba treinta y cuatro añitos. Una treintañera Stacey Dash hizo de niña tanto en la película Clueless: fuera de onda como en la posterior serie del mismo nombre, un programa donde incluso su personaje bromeaba con la edad de los actores en las series de institutos. La obra teatral Yentl estaba protagonizado por una chica de veinte años, pero cuando Barbra Streisand la llevó al cine optó por elevar la edad de la protagonista hasta los veintiocho para encargarse ella del papel. El problema evidente fue que la propia Streisand  ya estaba sentada en la cuarentena por aquel entonces. Mickey Rooney se pasó la mayor parte de su longeva carrera —ochenta y ocho años permaneció en activo— interpretando a jóvenes porque su altura y el eterno aspecto aniñado que lucía no lograban que los responsables de casting le llamasen para alguna otra cosa. Lo del Martin Short cuarentón haciendo de niño de diez añitos en Clifford directamente no tenía puto sentido.

Telepromoción

La primera vez que Andy Samberg (el tío del Saturday Night Live que forma parte del fabuloso grupo Lonely Island) se situó frente una cámara fue también para hacer el idiota: «Se trataba del anuncio de un coche japonés. Agarraron a un grupo de americanos, nos hicieron volar hasta Tokio en business class y nos metieron en un hotel. El anuncio éramos nosotros vestidos con ropa de lunáticos y bailando la canción “Let’s Groove”, lo rodamos durante seis o siete horas seguidas y no teníamos ni una sola frase. Desde entonces no puedo volver a escuchar esa canción sin sufrir flashbacks y ataques de histeria». A los catorce años Jennifer Lawrence se encontraba de vacaciones con sus padres en Nueva York cuando en plena calle un cazatalentos la animó a presentarse a un casting. Su carrera como actriz despegó sin el glamur que se presupone a Hollywood, pero con un sabor típicamente americano cuando se estrenó en la pequeña pantalla como la novia de la Whooper Jr. del Burger King. Farrah Fawcett, antes de convertirse en uno de Los Ángeles de Charlie, se paseó por las teles untando espuma de afeitar en las jetas de caballeros muy emocionados. Wesley Snipes en un principio decidió encarrilar su carrera en exclusiva hacia los spots televisivos: «A la hora de rodar, mi mayor meta era hacer anuncios». Tobey Maguire encontró trabajo junto a las bolsas de Doritos en la caja tonta y Keanu Reeves bebiendo Coca-Cola tras una carrera en bici. Lo de John Travolta fue especialmente curioso porque durante los años setenta protagonizó los anuncios más gais que podrían emitirse por televisión sin mostrar sodomizaciones explícitas, unos comerciales donde salía cantando alegremente en la ducha mientras se enjabonaba junto a sus compañeros de correrías deportivas.

Qué está pasando, Vincent Vega.

La leyenda de Figwit

Bret McKenzie constituye el cincuenta por ciento del grupo cómico-musical Flight of the Conchords, un dúo de humoristas neozelandeses, donde la otra mitad es Jemaine Clement, que tras llevar sus desventuras a la radio de la BBC acabaron protagonizando su propia serie para la mismísima HBO. Son los culpables de temas como «The Humans are Dead»,  «Albist (The Racist Dragon)», «Too Many Dicks on the Dancefloor» o «You Don’t Have to be a Prostitute». Pero antes de todo eso McKenzie pisó por casualidad la Tierra Media y logró una hazaña inigualable: convertirse en uno de los elfos más famosos de la saga cinematográfica tras aparecer durante tres segundos en pantalla.

Todo comenzó cuando McKenzie superó el casting para hacer de extra en El Señor de los Anillos: la Comunidad del Anillo. Al neozelandés le tocó convertirse en elfo y sentarse para hacer bulto entre los miembros del concilio de Elrond mientras se debatía sobre el destino del anillo en una de las escenas más recordadas de la película. Pero aquel papel tenía poco de interpretación y mucho de relleno, porque al ejercer de figurante random su personaje ni siquiera poseía líneas de diálogo que recitar. Lo cierto es que la mayor parte del público no se daba cuenta de su presencia en la secuencia porque, a pesar de estar sentado junto a Aragorn, apenas resultaba visible en pantalla durante unos segundos escasos.

Todo cambió cuando lo guapo de su porte llamó la atención de Iris Hadad, una fan del mundo de Tolkien que lo descubrió durante la escena en la que Frodo se ofrece a llevar el anillo. Hadad decidió bautizar a ese atractivo extra sin nombre como «Figwit» agarrando las primeras letras de lo que ella exclamó cuando lo vio por primera vez: «Frodo is great… who is that?» («Frodo es excelente… ¿Quién es ese?»). Una broma que se expandió hasta convertir al personaje misterioso en meme y mito: Hadad creó la web Figwitlives.net, dedica en exclusiva a venerar al personaje, y comenzó a recibir emails de otras personas que le habían echado el ojo al atractivo elfo. La broma de Figwit creció con rapidez convirtiendo su silueta en leyenda hasta el punto de que el mismísimo Peter Jackson volvió a llamar a McKenzie para reaparecer de El Señor de los Anillos: el retorno del rey y ejercer de escolta elfo de Arwen con un par de líneas de diálogo, un movimiento que en palabras del propio director era «para que los fans se diviertiesen, sobre todo después de toda la que han liado alrededor de ese elfo durante el último par de años».

Cuando en 2012 la película El hobbit: un viaje inesperado llegó a los cines también lo hizo con McKenzie volviendo a interpretar al elfo en un puñado de escenas de carácter cómico donde el actor tenía más presencia, aunque en dicha ocasión la película decidió bautizar a su personaje como «Lindir». Entretanto, la popularidad del elfo llegó a ser tan tremenda como para extenderse a otros medios: Figwit obtuvo su propio cromo oficial de El Señor de los Anillos firmado por el actor, su muñequito de Heroclix, su miniatura para Warhammer, su propia fanfiction (donde se le denominaba « Melpomaen» una traducción literal en élfico del nombre «Figwit»), su fanart exclusivo, su personaje en los videojuegos de Lego e incluso un divertido documental titulado Frodo Is Great… Who Is That?!! que se dedicaba a explorar todo el fenómeno en torno al personaje.

McKenzie opina que el asunto de la leyenda de Figwit es gracioso pero muy raro al mismo tiempo, aunque le parece estupendo todo lo que se ha creado a su alrededor: «Es tremendamente gracioso porque ha sido propiciado por tan poco. Soy famoso por no hacer nada».

Most overrated elfo ever: Figwit aka Lindir. El Señor de los Anillos: el retorno del rey. Imagen: New Line Cinema.


La La Land existe porque amamos el cine

La La Land, 2016. Black Label Media / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions / Summit Entertainment.

Y entonces, estallan a cantar. En color y canción, como describía Jacques Demy a Los paraguas de Cherburgo. Como en el sueño lúcido de un dramaturgo, los personajes se desplazan de la realidad y la realidad se suspende y nos la creemos. Magnolia también transcurre en Los Ángeles, pero la ciudad que dirigía Paul Thomas Anderson nos agarraba por el pescuezo y las tripas como agarraba a sus nueve protagonistas y les exprimía hasta que ya no podían resistir más culpa y desamparo y dolor. Y no tenían otra alternativa que estallar a cantar.

En Magnolia se habían olvidado de amar porque la vida se nos olvida entre rencor y cinismo, que no es más que cobardía con diploma universitario. Damien Chazelle tiene treinta y dos años y sabe que ama, sabe lo que ama y sabe que lo ama tanto que se le olvida todo lo demás. Se le olvida que Los Ángeles es una ciudad inhumana en la que pierdes todas las mañanas con el hormigón a un lado y el atasco al otro. Se le olvida que el dinero es el único motor de la realidad contemporánea y que una cuenta en bancarrota nos deja en bancarrota el alma. Se le olvida que para ganar dinero hay que producir secuelas y precuelas y spin-offs y spin-offs de los spin-offs, porque el público no quiere ver nada nuevo y, mucho menos, nada antiguo. Hasta se le olvida que los actores y actrices de hoy no son Gene Kelly ni Ginger Rogers y apenas rozan el aprobado cuando les pones a cantar y a bailar, porque, como dice Toni García Ramón en nuestra Smart 16, bailar es cosa de viejos y nosotros ya no somos niños. Se le olvida que el cine tiene que tener mensaje y que ese mensaje tiene que ser duro y áspero porque la vida es una putada y disfrutar nos convierte en seres adormecidos y alienados. A Damien Chazelle, que acaba de cumplir treinta y dos años, se le ha olvidado que la película que acaba de estrenar no debería existir.

Pero La La Land existe. Y existe porque amamos el cine.

Chazelle, director y también guionista del filme, cuenta que se mudó a Los Ángeles porque lo único que sabía hacer era cine. No sabemos si sabrá hacer otra cosa, pero sí sabemos que levantar un musical es un acto temerario, casi kamikaze y, a la vez, el hecho cinematográfico más genuino que existe. La suspensión de la incredulidad desde la situación más increíble. Algo imposible de reproducir en literatura e incluso en teatro, porque no hay coreografía capaz de mirar a los ojos a aquella que danza con una cámara Panavision entre los bailarines.

Por eso, cuando el sol se acaba de poner y comienzan a encenderse las luces de la ciudad, Mia, camarera frustrada y actriz en proceso de frustración, se quita sus agotadores tacones de fiesta y saca sus zapatos de caminar. Curiosamente, y sin justificación ninguna, esos zapatos van a juego con los zapatos de tocar el piano de Sebastian, músico obsesivo, terco y (posiblemente) equivocado. Y entonces, bailan. A dúo. A juego. No, ni Emma Stone ni Ryan Gosling están en la pantalla para enseñarnos claqué ni tampoco van a ganar un festival de la canción. Pero nos da igual. Dos personas en un parque comienzan a cantar y bailar impecablemente acompasados. Es perfecto. Es un prodigio. Apenas han transcurrido veinte minutos de metraje y nosotros decidimos que queremos volver a ver esta película.

La La Land, 2016. Black Label Media / Gilbert Films / Impostor Pictures / Marc Platt Productions / Summit Entertainment.

Queremos volver a ese CinemaScope tan íntimo que hace desaparecer el resto del mundo hasta que solo quedan las miradas y los gestos, los vaivenes y los balanceos de una actriz y un actor empapados en carisma. Verles nadar en la partitura irresistible de Justin Hurwitz mientras nuestros pies, convertidos en entes autónomos, repiquetean con la cadencia involuntaria de «A Lovely Night» o «Someone In The Crowd» como lo hicieron hace medio siglo al ritmo de «Singin’ In The Rain» o «Dans le magasin».

Pero, por mucha tipografía y vestuario cincuenteros que la envuelvan, La La Land no es un homenaje al musical clásico ni una exploración posmoderna del género. Hay un par de guiños y alguna media sonrisa cómplice a Demy, a Minnelli o a Stanley Donen, pero se construye con la audacia del verdadero jazz, el que mira desde el futuro. Crece con sus propias reglas, permitiéndose montar la cámara al hombro o atreviéndose a narrar una vida inexistente en Super 8 y sin más preparativo que los ojos asombrados de Stone. El resultado es una cinta que no pertenece al pasado ni tampoco reanima a un artefacto que creíamos olvidado: La La Land se coloca fuera de cualquier tiempo y, por tanto, solo es posible dentro de sus fronteras.

Salvo que, durante ciento veinte minutos, esas fronteras abarcan todo nuestro tiempo y todo nuestro espacio y la pantalla se transforma en un cosmos lleno de estrellas. Y nos olvidamos de lo que existe fuera de nuestra butaca y nos perdemos entre su centelleo. Las hay rutilantes y las hay leves. Números apoteósicos sobre autopistas y conversaciones solitarias junto a un piano, conciertos multitudinarios y lágrimas en el escenario de un teatro vacío. Piruetas y parpadeos. Lo más pequeño resplandeciendo escondido en el planetario del observatorio Griffith de Los Ángeles.

Entonces comprendemos —en realidad, recordamos—  que la vida es una sucesión de renuncias para alcanzar otros logros. O que hay que renunciar a los logros para llegar a las caricias. ¿O era que podemos cambiar de opinión por muy cabezones (y posiblemente equivocados) que seamos? Tal vez era que si te colocas el mando a distancia del coche en la barbilla, el cráneo sirve como antena amplificadora. Quién sabe.

A lo mejor no hay ningún mensaje. A lo mejor el único mensaje de La La Land es que quizá las películas se vean mucho mejor en casa, con una pantalla gigante de LED, OLED o AMOLED y un home cinema de sonido envolvente 5.1, porque los multicines están llenos de gente que enciende los móviles, consulta el Facebook y habla sin parar. Pero, aun así, seguimos yendo a las salas. Seguimos entregándonos a la felicidad durante dos horas. Seguimos tarareando canciones y bailando bailes. Seguimos queriendo experimentar el instante inabarcable en el que rozamos nuestra mano contra la mano de otra persona por primera vez.

Porque estamos enamorados del cine y, a veces, el cine nos corresponde.


Mujeres maduras, hombres jóvenes y cine

El graduado. Imagen: MGM.
El graduado. Imagen: MGM.

Una película cualquiera. Un argumento cualquiera. El protagonista, un varón; quizá abogado, arquitecto, policía. Eso no importa aquí, que continúe la aleatoriedad. En las películas, normalmente, suceden cosas, y a nuestro protagonista le puede suceder de todo. Tiene los «treinta y cinco y pico» de Hugh Laurie cuando vende cremas, o ya es cincuentón, o más allá. Tampoco esto es relevante. En algún momento se nos presentará a su mujer, su amante, su relación complicada (según Facebook), y su mujer, su amante o su relación complicada tal vez sean relevantes en la historia, aunque las probabilidades en este juego azaroso que ahora iniciamos nos inducen a pensar que no, que será el descanso del guerrero, el fiel e incondicional apoyo que acompañará al héroe hasta la meta.

Pero digamos que ella es la piedra angular de todo el cotarro. Sigue sin importar, a efectos empíricos. Ha quedado dicho que al protagonista puede pasarle de todo, no sabemos de qué película estamos hablando, pero esa hipótesis va con matices; puede pasarle de todo y sin embargo las probabilidades de que en su casa le espere una mujer, amante o relación complicada de su misma edad se pagan muy bien en Betwin. Son ínfimas. No, ella no tiene más de treinta, treinta y cinco años. Él le saca media vida, aunque ese dato forma parte de lo accesorio, como aquel semáforo de allí, o los niños que juegan en el parque, o el tren que pasa tronando por Brooklyn. Esa diferencia de edad es un elemento cotidiano, no se subraya en el guion, no se le explica al actor para que le aplique el Stanislavski.

Cambiamos el rollo (en el proyector). Otra película cualquiera. Ahora la protagonista es una mujer que pasa de los cuarenta, quizá incluso ronde los cincuenta si es que se conserva bien. No puede ser mucho más mayor, porque entonces no sería una película cualquiera, sería una película con anciana a bordo. Así que ella tiene entre cuarenta y cincuenta años, y una relación con un hombre bastante más joven. En esta película ese no es un dato accesorio, ese es inequívocamente el único argumento de la obra. La película va de ESO.

Google, enséñame lo que tienes

Clark Gable corría como un tiro para los cuarenta cuando le soltó a Vivien Leigh, que no pasaba de las veintiséis primaveras, aquello de «sinceramente, querida, con tu pan te lo comas», o algo así. A Kirk Douglas lo crucificaron en Espartaco con cuarenta y cinco años y desde la cruz dejaba viuda a una Jean Simmons que acababa de llegar a la treintena pero aparentaba veinticinco. Y quince eran también los años que separaban a James Stewart del peinado barroco de Kim Novak en Vértigo. ¿Hace falta seguir? De acuerdo, podemos venirnos a Europa, aquí nos tomamos las cosas de otra forma, somos los padres de las vanguardias, de la Bauhaus, de las casas de tolerancia… y del cine. Podemos pensar en Michel Piccoli y Romy Schneider, que rodaron juntos media docena de películas. Con ellos nos va a bastar. Claude Sautet los embarcó en dos terceras partes de su trilogía del amor. Schneider fue la puta con derecho a beso en la boca en Max y los chatarreros, y la segunda mujer de Piccoli en Las cosas de la vida. ¿Coetáneos? Parece que no. Michel sigue con nosotros y Romy abandonó el edificio a principios de los ochenta, pero había un trecho de trece años entre el icono nuevaolero y la criatura más hermosa que se ha paseado por una pantalla de cine. Europa is not different.

A Clark esto de la edad no le importa. (Lo que el viento se llevó). Imagen: MGM.
A Clark esto de la edad no le importa. (Lo que el viento se llevó). Imagen: MGM.

Lo que el viento se llevó, Vértigo, Espartaco, Max y los chatarreros… Ha llovido mucho desde entonces. Ha pasado toda una era glacial por Tara. Valores, edad de emancipación, las mujeres pueden abrir cuentas corrientes sin el permiso de su padre/esposo. Todo ha cambiado mucho, sí. Ahora existe Google y existe Tinder, ahora Leslie Wilkes, el verdadero amor de Escarlata —o eso decía ella—, no habría tenido que ir a la guerra, ya irían los negros libres en su nombre. Pero, hablando de Google, ¿qué dice el oráculo de Mountain View de todo esto? El ojo que todo lo ve, mucho más sabio que tú, más sabio que yo, al introducir en su buscador y en este orden las palabras «mujer madura hombre joven» inmediatamente invierte los términos como si quisiera alertarnos de un error ortográfico. ¿Quizá quisiste decir «hombre mayor mujer joven»? Quizá, Google, quizá. Enséñame lo que tienes.

Lugar, Google, ya ha quedado dicho. Época, segunda década del siglo XXI. Resultados para la búsqueda «hombre mayor mujer joven», miles. Un vistazo general y hay que volver a fusilar a Gil de Biedma, porque «la verdad desagradable asoma». El grueso de los artículos, las referencias, los comentarios se alojan en webs «femeninas» para mujeres muy «femeninas» que rezuman el progresismo de la Sección Femenina.

«Una de las razones por las cuales las mujeres se interesan por hombres mayores es una mera autoprotección, la belleza de la mujer dura menos que el atractivo del hombre. Para la mujer, la máxima expresión de belleza llega a lo más hasta los treinta y cinco años, la del hombre hasta los cuarenta-cuarenta y cinco», dice una tal Alexandra, en EnFemenino. «Actualmente observamos que las mujeres prefieren a hombres maduros cuando quieren establecerse en una relación de pareja», leído actualmente en Salud180. Y continúan, siempre pegados a la actualidad: «Estabilidad, apariencia, inteligencia, son profesionales asentados en la vida, tienen mejores modales, respetan tu forma de ser, y tienen mayor experiencia sexual». Sin un cubo a mano en el que poder apaciguar estas arcadas me niego a continuar con la investigación de campo. Le pido, pues, a Google que respete mi error y entrecomillo: «mujeres maduras y hombres jóvenes». No me devuelve ni un cuarto de los resultados que me ofreció antes, pero los que me devuelve son tan ilustrativos como los anteriores. Cambia el tono, eso sí. Ya no hay verdades absolutas sino una cierta clandestinidad, confesiones al amparo de otras que, como tú, salen con yogurines y se han acostumbrado a que las miren raro. De vez en cuando el punto de mira se vuelve hacia el hombre; la cuestión no es por qué una mujer madura querría salir con un hombre joven —¿por qué querría hacer eso una mujer?, ¿en qué cabeza cabe?— sino qué lleva a un hombre joven a salir con una madura. Y a partir de esta búsqueda en el ciberespacio se pueden construir todas las sinopsis de todas las películas que encaman a mujeres maduras con hombres en la flor de la vida. Todas las películas que tratan de ESO.

La madura desechable, el rito iniciático

Un Fellini niño sumerge su cabeza entre los pechos abismales de una estanquera como lo habían hecho antes que él todos los críos del barrio. Amarcord, recuerdos de una infancia entre camisas negras y pan duro. Pero Fellini no se casó con la estanquera. Tampoco se casó con la peluquera Jean Rochefort, no con aquella peluquera original, también turgente y neumática, que observaba sestear desde una esquina del escaparate. Nadie sabe por qué se suicidó antes de que pudiera regalar al pequeño Jean con achuchones erótico-maternales que aplacaran el revoloteo de las hormonas. Sea como fuere, aquello le marcó, por eso decidió que se convertiría en El marido de la peluquera. De otra peluquera. De una Anna Galiena veinticinco años más joven que él, la típica diosa italiana que sueña con montárselo hasta que la muerte los separe con un protoanciano siempre que la impotencia senil no les juegue malas pasadas.

La mujer madura como figura introductoria a los placeres de la carne no llega para quedarse, es una estación de tránsito desde donde embarcar hacia destinos más adecuados. Estanquera, peluquera, ama de casa, la criada, la prostituta que te lo hace gratis y de camino te invita a El pico. Son desechables, un bonito recuerdo de juventud. La mayoría de las veces, la fantasía no realizada de un escritor, o de un director de cine.

Tienes que estar muy sola para irte con ese chaval

En Texasville nunca pasa nada. No pasan ni bolas de paja rodando, solitarias, por la única calle del pueblo. Lo mejor que uno puede hacer es salir pitando de allí mientras las piernas te sostengan. Hasta quieren cerrar el cine, pronto estrenarán La última película y el edificio se abandonará a la aluminosis y los escombros, como todo lo demás.

Sonny Crawford se acaba de graduar, no es el chaval más brillante de los alrededores pero cree que podrá escapar de ese agujero algún día. No quiere terminar atrapado en una vida de zombi, no quiere ser el entrenador Popper ni casarse con alguien como Ruth Popper, tan gris, tan poco agraciada, tan sola. Ruth ya no cree en esa gran evasión, Texasville será su tumba. Mientras ella se ahoga en el día de la marmota Sonny busca cómo matar el tiempo, y aunque Ruth representa todo lo que no desea los sudores del verano van a hacer el resto. La mirada anhelante de ella, el «¿y por qué no?» de él. Salta alguna chispa, alguien lo confunde con el amor… Pero Sonny no va a quedarse allí para siempre. Las mujeres como Ruth también son desechables, y pecadoras. Ningún remordimiento para él, puñalada en el corazón para ella y el cuchicheo eterno en el colmado del pueblucho.

Solas están también Kate Winslet en El lector y Maribel Verdú en Y tu mamá también. La primera, que por vicisitudes de la vida se ha unido a las SS, se encapricha de un caballerete de quince años que le lee libros, le lleva flores y folla con el apasionamiento torpe pero encantador de la adolescencia. La segunda anda por México huyendo de un marido poco atento y (sobre todo) de sí misma y se encuentra en medio del fuego cruzado de testosterona de Gael García y Diego Luna. Ninguna de las dos repararía en esos niñatos si no fuera para llenar el hueco que otros, o la propia vida, les han taladrado en el pecho. En condiciones normales, la mujer adulta no se fija en los ojos verdes de un Gael de veinte años, y si lo hace piensa que ese trozo de pastel no le conviene, no es para ella. Necesita un motivo de peso, y el cine, por su parte, necesita que las mujeres mayores sean como la Winslet o la Verdú para aplicarles la doctrina del porno: MILF a los treinta, ama de casa desesperada a los cuarenta, abuelita cachonda a los cincuenta. Si no, el personal masculino, el target de esos sueños húmedos, se levanta y se va. Punto.

Gael bate su récord: diez segundos dentro. A Maribel le basta. (Y tu mamá también). Imagen: Producciones Anhelo.
Gael bate su récord: diez segundos dentro. A Maribel le basta. (Y tu mamá también). Imagen: Producciones Anhelo.

Porque son muy malas…

«¿Por qué mataste a madre, padre?», pregunta Antonio Resines al venerable Ciges en Amanece, que no es poco. «Pues porque era muy mala. Es duro decirle esto a un hijo, pero tu madre era muy mala». Y a dormir. Respetándose, porque un hombre en la cama es un hombre en la cama, pero a dormir.

La mujer es mala, es mala en general, no solo la madre de Resines. Eva era mala, Lilith era peor, tanto que la sacaron de la Biblia. Y la maldad es otra de las variables que intervienen en las relaciones entre maduras y jovencitos inocentes. Hay que ser muy mala para tratar de levantarle el novio a tu hija. Sí, señora Robinson, la estamos mirando a usted y a lo que hizo con El Graduado Hoffman. Cómo jugaba con la ingenuidad de aquel chiquillo, qué barbaridad.

—Benjamin, no intento seducirte
Lo sé pero, por favor, señora. Robinson, esto es complicado…
¿Es que te gustaría que te sedujera?
¿Cómo?
¿Es eso lo que me estás intentando decir?

Por supuesto que no, señora Robinson. Es usted una viciosa, se le va la mano con los martinis en las fiestas de la alta sociedad, y es mala. Mala gente, un súcubo. Se ha olvidado de que «Jesús la quiere más de lo que usted nunca llegará a saber». Su par masculino podría ser el conde Drácula, pero el hombre a cuyo paso no quedaba ni un turco sin empalar no puede evitar ser lo que es; lleva océanos de tiempo buscando a Mina. Lo de la sosias de Anne Bancroft es una elección. Elige hacer la puñeta para regocijo propio.

Debe de ser cosa de las mujeres ricas. Como la marquesa de Merteuil, que atrae a su cama con dosel al caballero Danseny, al que le saca diez cabezas en edad pero también en picardía. La marquesa se aburre, vive por y para joder. En su conducta subyacen los proverbiales manejos maquiavélicos de las féminas, aunque Maquiavelo tuviera pene. Retorcida, más inteligente que el hombre; nunca utiliza esa inteligencia para nada bueno. Y el amigo Danseny, enloquecido por los requiebros maléficos de su amante-maestra termina ensartando con su florete al vizconde de Valmont, otra víctima de la viuda alegre. Las amistades peligrosas, eso son las mujeres. Palabra de cine.

Desequilibradas, pervertidas

Louis Malle se llevó por delante con la potencia de Ben Johnson (circa Seúl 1989) todas las líneas rojas que pudo en La pequeña. Metió en la cama a Keith Carradine y a Brooke Shields cuando ella no pasaba de los doce. Tranquilidad en las masas, esto es solo ficción. La realidad siempre es mucho peor; la madre de Brooke cedió a su hija con diez años para una sesión de fotos cuanto menos poco decorosa. Ningún problema. Todo por un sueño. Por favor, volvamos al cine. A ese en el que están echando Harold y Maude. ¿Qué hay en Harold y Maude? Nada. No hay nada, mentes calenturientas al margen, que haga sospechar que entre el adolescente Harold y la septuagenaria Maude se descorchan los botes de lubricante en cuanto las luces se apagan, pero aquí estamos, hablando de esa película en un reportaje sobre relaciones sexuales entre mujeres mayores y hombres jóvenes.

Alguien decidió que Harold y Maude también iba de ESO, e IMDb, que no ve tantas cosas como Google pero casi, bendice la unión con el tag «relación entre mujer mayor y chico joven». ¿Y si fuera así? En ese caso Harold seria para Maude lo que Lolita para Humbert Humbert, pero sin mentiras. Sin matar a nadie. Lolita es un clásico, Harold y Maude una rareza, la película que encuentran en el zulo de un asesino en serie entre una primera edición del Mein Kampf y discos de Heino. Puras aberraciones.

Ah, pero... ¿Harold y Maude iba de ESO? Imagen: Paramount Pictures.
Ah, pero… ¿Harold y Maude iba de ESO? Imagen: Paramount Pictures.

Sigamos con Humbert. A él no le preocupaba tanto la ley como que su mujer, la mamá de Lolita, la apartara de su buen nombre y de aquella piruleta con forma de corazón. Por eso la mata. Cate Blanchett tuvo que escribir el Diario de un escándalo porque ella sí que se jugaba una visita a los juzgados y el ostracismo general liándose con un alumno de dieciséis años. Cate vivía como un calvario lo que para Humbert era un paseo por el lado salvaje —¿qué hombre no soñó con Sue Lyon?— o lo que para Joaquin Phoenix es poco menos que el pan suyo de cada día: llevarse al huerto a la pupila Emma Stone en Irrational Man, la enésima vez que Woody Allen pone sobre la mesa sus querencias personales. Según el cine, siempre según el cine, los profesores varones tienen un cierto derecho de pernada sobre las alumnas. Es algo entendible e incluso aceptable. Pero ellas… Ellas, otra vez, necesitan motivos contundentes para hacer lo mismo: la profunda soledad, ninfomanía, trastornos psico-afectivos.

La pianista Isabelle Huppert reunía las tres condiciones anteriores —cambiemos ninfomanía por masoquismo— y su relación con Benoît Magimel, veinte años menor, es traumática, dramática, grotesca. Todo el bagaje y la represión que ella trae en su mochila y los sentimientos encontrados que le provocan el saberse objeto de deseo de un hombretón de veintisiete tacos, alto, guapo, listo. ¿Cómo puede ser que esté interesado en ella? Ella, que todavía vive con su madre porque nunca encontró a su media naranja y se quedó para vestir santos, solterona, mirando la lluvia golpear el cristal de la ventana. Tal vez Betsy Blair, harta de mirar las gotas de la ventana también se echó a la Calle Mayor para entregarse a un Magimel cualquiera y, católica como era, también acabaría flagelándose. Prohibido, prohibido, prohibido.

Irse de putos, esto no es digno de una dama

William Holden fue uno de los primeros putos oficiales de la gran pantalla. No cobraba en dinero, cobraba en especie y en la promesa del futuro mejor que le ofrecía Gloria Swanson. Por supuesto, Swanson/Norma Desmond estaba más para allá que para acá, una vieja-vieja gloria de Hollywood (de cincuenta años) afrontando El crepúsculo de los dioses. El puto acaba boca abajo en la piscina y Norma hace su último paseíllo triunfal… rumbo al psiquiátrico.

Pervertidas, amargadas, disfuncionales. Solo mujeres así pagan por sexo o por compañía. Probablemente por esto último. Si hay algo a lo que el mainstream no quiere ni puede renunciar es al cliché y si hay un cliché grabado a fuego en lo tocante a mujeres y sexo es que ellas siempre prefirieren el romance al polvazo. Eso es lo que buscaba Lauren Hutton en aquel American Gigoló con la estampa de Richard Gere; no quería un empotrador profesional, quería cariño. Y no es un puto lo que Nathalie Baye encuentra entre el pecholobo de Sergi López durante Una relación pornográfica, pero persiguiendo la carne encuentra el romance. Las películas que van de ESO también suelen ir de esto.

¿Qué puede haber visto Rampling en ese mulato? (Hacia el sur). Imagen: Haut et Court.
¿Qué puede haber visto Rampling en ese mulato? (Hacia el sur). Imagen: Haut et Court.

¿No puede haber sexo y si te he visto no me acuerdo? Por supuesto. Es lo que obtiene una señora austriaca, gorda y divorciada, que para más inri representa, dentro de la trilogía Paraíso, algunas de las miserias de Occidente. Ulrich Seidl pudo haber elegido a un belga de viaje de negocios por Tailandia pero optó por la señora austriaca, la que somete a un chapero keniata a humillantes maratones sexuales compartidas con un par de amigas. En el cine, no conviene olvidarlo, los negros parecen más dispuestos a bajar al pilón de las maduras que los delicados blanquitos. Se ofrecen incluso a un trío en la playa de La noche de la iguana con una Ava Gardner de cuarenta años o a alegrarle la vida a Charlotte Rampling cuando pone rumbo Hacia el sur. Todas ellas, la señora austriaca, Ava, Charlotte, andan perdidas en la vida, como vacas sin cencerro, y es por eso y solo por eso que se compran a un mulato. Prejuicio más racismo. Viva el cine.

Y en otra película cualquiera…

Ella es abogada, arquitecta, policía. Es la protagonista. Ronda los cincuenta años y en su casa le esperan Michael Fassbender o el Brad Pitt del que Thelma/Geena Davis recelaba por ser la friolera de seis años más joven que ella. Otra película cualquiera. Próximo estreno… en la dimensión desconocida.

En esta dimensión que habitamos, lo que más se acerca a la normalización de las relaciones entre mujeres de vuelta y hombres en edad de merecer es The Mother. Anne Reid, que rebasa los sesenta, que no es demasiado guapa, ni es rica, ni posee un magnetismo fuera de lo común, llama la atención del futuro 007 Daniel Craig. Y bien que lo gozan. Ambos. Aun así, cabeza adentro de Anne, existe un sentimiento de culpa, una duda razonable; la culpa y la duda que le han tatuado en el hipotálamo los convencionalismos sociales. The Mother trata de normalizar, sí, pero no se olvida de la realidad, de lo interiorizado por ellas, por los siglos de los siglos. No se puede malgastar la virilidad desbordante de los veinte, de los treinta, de los cuarenta años satisfaciendo a cuerpos femeninos que ya han cedido a la gravedad.

Esto es lo que el cine te cuenta, porque esto es lo que la sociedad le pide al cine que cuente: que las leyes de la física no se pueden contravenir si no media un pastillón de Viagra. Y no nos engañemos: el cine es la oferta, no la demanda, y, salvo en Telecinco, ninguna oferta determina la demanda. No hay que matar al mensajero.

Yacer con Daniel «007» Craig, he aquí una madura en pecado mortal. (The Mother). Imagen: BBC Films.
Yacer con Daniel «007» Craig, he aquí una madura en pecado mortal. (The Mother). Imagen: BBC Films.


Joyas audiovisuales de 2015

Cabecera
«The Less I Know The Better», de Tame Impala, dirigido por Canada.

En 2015 la rabia llegaba con The Armed rociando con gasolina el tocadiscos para azotarle fuego y martillazos en «Forever Scum». John Grant se ponía sentimental entre gimnasios y saunas repletas de bears buscando amor. Kraak & Smaak jugaban a las manualidades con un puñado de fotografías. Se celebraron las vistosas carreras subacuáticas en el «Runnin (Lose It All)» que Naughty Boy firmaba junto a Beyonce y Arrow Benjamin. La cantante Björk fue avistada haciendo cosas muy de Björk en medio del prado. Run the Jewels se aliaría con Zack De La Rocha para aquel «Close your eyes» cuyo videoclip documentaba una pelea eterna e irracional entre un policía blanco y un individuo negro. Karim Huu Do creó un mundo inquietante de cojones para el «Submarine» de The Shoes y Ramona Flowers tampoco se quedaron cortos de surrealismo durante su visita a «Tokyo». Kendrick Lamar disparaba en su «Alright» estampas espectaculares en blanco y negro entre la mofa del prólogo y el drama del epílogo. Will Butler plantearía con Emma Stone y su «Anna» una revisión en modo barco del bailoteo de Christopher Walken en «Weapon Of Choice» de hace ya un puñado de años. El tatuado predicador de Vince Staples guardaba una sorpresa para el final de aquel «Señorita». Rejjie Snow no se contentaba con parir un tema tan pegajoso como «Blaksst Skn», sino que además lo encumbraría a algún podio al utilizarlo para introducir la lluvia dorada en el mundo musical.

Pero también durante estos doce meses han florecido raciones de poesía delicada: por un lado Dennis Rodman le prendería fuego a una banda de bailarines diabólicos que brincaba por el «Burial» de Yogi y Skrillex. Y por otras tierras más cercanas la Terremoto de Alcorcón versionaba la canción y el vídeo «212» de Azaelia Banks al mismo tiempo que otorgaba la corona de rapera de España a Lola Flores.

Una de las ocurrencias más extrañas vendría del Reino Unido con aquel álbum digital llamado Body of Songs en el que agrupaciones del lugar rendían tributo a varios órganos del cuerpo. Algo que serviría como excusa a Raf Daddy (la mitad de The 2 bears) para convertir al apéndice vermiforme en protagonista absoluto de una peliculilla sobre su triste existencia.

Y la propuesta tecnológica llamativa sería todo el asunto de los vídeos en formato 360 grados, aquellos artefactos donde al espectador se le ofrecía la posibilidad de mover el punto de vista a golpe de ratón. Un truco digital que ni siquiera era novedoso: Ruidoblanco ya gestaron un vídeo con la misma técnica un par de años atrás, pero que parecía estar poniéndose de moda con tanto artista pidiendo plaza en el carro: The Weeknd propondría un pequeño paseo apocalíptico bajo una lluvia de meteoritos, Avicii jugaría con un montón de puertas, Anni B Sweet se apuntaría al suspense, Björk cantaría multiplicada en paisajes islandeses y Say Lou Lou ejercerían de banda sonora en directo para escenas románticas.

Y entre tantos destellos de talento otras quince entradas, mejores o peores que las ya mencionadas, acabarían ofreciendo razones para destacar.

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Stromae – «Quand c’est?»

Dirigido por Luc Junior y Xavier Reyé.

stromae

Paul Van Haver, el belga refugiado tras el anagrama de la palabra «maestro», llevaba un par de años ordeñando el segundo disco de su carrera, Racine Carrée, cuando su tema «Quand C’est?» se convirtió en el séptimo single extraído de aquel álbum. La composición llegó embellecida por un vídeo donde la enjuta silueta del cantante ejecutaba una lúgubre danza acompañando versos dolorosos. Un baile retorcido que a la larga se desvelaba como lo menos tétrico del espectáculo, cuando la mirada comenzaba a vagar por las butacas del teatro, al descubrir que la localización estaba invadida por un organismo ulceroso y todo aquello era una función macabra y espectacular que ocultaba entre sus bambalinas centenares de almas derrotadas.

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The Chemical Brothers – «Sometimes I Feel So Deserted»

Dirigido por Ninian Doff.

chemicalbrothers

El desierto de los hermanos químicos es azulado, está hecho pedazos y sus moradores utilizan el hueco de la traqueotomía como acceso al depósito de gasolina. Postal postapocalíptica y metálica de protagonista fácil de querer durante el año en que Mad Max: Fury Road dejó a todo el mundo con ganas de masticar puñados de arena, hierro y sangre. Mucho mejor esto que la guasa del otro videoclip, aquel realizado para el tema «Go», donde contrataron al otrora genial Michel Gondry para que les tomase un rato el pelo con siete azafatas agitando un par de tuberías.

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Rihanna – «Bitch Better Have My Money»

Dirigido por Rihanna y Megaforce.

rihanna

Siete minutos de venganza pura con Rihanna aliándose con los genios de Megaforce para comandar a una pandilla fascinante de secuestradoras y pasarse por la genitalia todo el tema de la corrección formal, en una obra que ya desde su título insinúa que de eso no usa ni tiene ganas: los desnudos y las duchas de sangre aquí son elementos tan gratuitos como orgullosos de sí mismos. Todo tan grandilocuente y excesivo como para permitirse un par de revelaciones con espíritu de plot twist: lo que esconde el misterioso primer plano del baúl con piernas ensangrentadas y la destinataria real de ese «bitch» que escupe la zagala de Barbados un trillón de veces.

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Fur Voice – «Fantasía»

Dirigido por Pablo Maestres.

fantasia

Maestres y Fur Voice ya habían formado una alianza exitosa al convertir aquel «All That» en un maravilloso videoclip de personajes sufriendo devenires fantásticos, un cuento que contenía un par de escenas con cabezas explosivas a lo Scanners que sustituían masa cerebral por alegre confeti. La película para «Fantasía» es otra criatura fabulosa, una Alicia en el país de las maravillas de estampados vivos y contagiosos, viviendas asentadas en tormentas, vajillas cantarinas y artistas con la cabeza muy difusa y la boca muy grande. Una fábula surrealista y visual contenida entre las sábanas y paredes de la habitación de una adolescente.

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Studio Killers – «Jenny»

Dirigido por Cherry.

studiokillers

La banda virtual y electropopera Studio Killers pasó desapercibida por estos campos hace unos años, y es una desgracia porque lo hicieron sangrando pistas de baile con un videoclip para su «Ode To The Bouncer» que era bastante la hostia, sobre todo viniendo de una agrupación que había aparecido de la nada y estaba formada por dibujos animados. «Jenny» era otro de los cortes de su debut en donde glorificaban el europop, y su genial estribillo lésbico «I wanna ruin our friendship / We should be lovers instead» se disparó como single hace un par de años. Pero no sería hasta la nochebuena de 2015 cuando la banda se animaría a felicitar las fiestas vistiendo el tema con imágenes. La huida motorizada de los puños de un campeón de lucha libre, enajenado por un tuit, y su séquito de lobos.

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Ralf Hildenbeutel – «Spark»

Dirigido por  Boris Seewald.

sparks

Hay que lamentar que el videoclip tienda a ignorar tanto algo tan hermoso como toda esa danza situada en la acera opuesta de aquellas coreografías donde los descartes de Mujeres, hombres y viceversa bailan mientras ponen cara de sonreír entendiendo lo que está pasando. El elegante videoclip de Seewald para acompañar «Spark» se bastaba con dos bailarinas, una geometría de presencia efímera y los saltos visuales entre el contraste del blanco y el negro para componer un ballet maravilloso.

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Bro – «Less Than Three»

Dirigido por Bro (Julian G Harding y Garth Lee Vickers).

bro

Este año Iron Maiden intentó arrastrar la nostalgia del videojuego al mundo musical cuando con «Speed Of Light» enviaron de excursión a Eddie por diversas versiones Hacendado de juegos clásicos como Donkey Kong, Mortal Kombat, Robocop y un FPS con huesos de dinosaurios y sacrificio en un altar. Pero serían los cachondos de Bro los que apuntalarían el mejor vídeo con guitarras y juegos retro de los últimos años. «Less Than Three» no solo era un videoclip de corazón pixelado que referenciaba productos específicos sin disimulo, sino que venía vestido con animaciones que no resultaban ridículas, como suele ocurrir cuando la ficción simula el mundo de videojuego, y sobre todo con dos héroes que afrontaban la aventura en pelotas. Y los penes bamboleantes en el mundo del espectáculo siempre suman puntos.

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Braids – «Bunny Rose»

Dirigido por Stephen McNally.

braids

Un paseo por Londres junto a una criatura fantástica e invisible compuesta por telarañas de lágrimas y rocío.

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M.I.A. –«Borders»

Dirigido por M.I.A.

mia

Si a cualquier otro artista se le ocurriese utilizar la inmigración como principal elemento estético de un videoclip la cosa no saldría tan bien como cuando M.I.A. está al cargo del asunto. Porque la rapera inglesa tiene todo un currículo de activismo político que ya se ha asomado en su imaginario visual, aquel «Born Free» firmado por Romain Gravas escandalizó lo suyo hace cinco años. Y porque su visión de «Borders» como herramienta pop para la denuncia social es tan chocante para el desprevenido como efectiva al utilizar a modo de escenario las vallas y los botes sobrecargados, y como atrezo unos cuerpos que se apilan sobre cubiertas o modelan la silueta de una embarcación. Luego uno se asoma a los comentarios del vídeo en Youtube y se acojona al descubrir que el mundo está plagado de cretinos con demasiado odio en las entrañas.

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Azel Phara – «Green»

Dirigido por Bif.

green

Tanques y helicópteros abriéndose paso en un universo que es en realidad una piscina de bolas. Una persecución a través de un bosque de asombrosa puesta en escena, un juguete visual entretenidísimo.

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Lorn – «Acid Rain»

Dirigido por Pavel Brenner, Julian Flores y Sherif Alabede.

Lorn

«Acid Rain» ya había circulado el año pasado por las pantallas digitales con un vídeo de tono futurista, pero la nueva propuesta para vestir el mismo tema en 2015 le da patadas de cheerleader a aquella. Un accidente de coche que detona una coreografía escalofriantemente tétrica enmarcada por un asombroso trabajo de cámara y puesta en escena. Y la sensación de que con esto, el clip de Stromae mencionado más arriba y el genial «Never Catch Me» de Flying Lotus, que hace doce meses también asomó por estas páginas, se le está pillando el gusto a lo de bailar con la muerte.

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Dan Deacon – «When I Was Done Dying»

Dirigido por varias personalidades ilustres de la serie Off the Air de Adult Swim.

dandeacon

En un año donde el feísmo de Pixelord teñía de colores dañinos su «Rescue Cyber Party», Sarc:o se las apañaba muy bien para hacer flipar a las gentes con la imaginería digital y Gunship tiraba de John Carpenter y la animación de plastilina para alabar lo retro, acabaría siendo Dan Deacon el artista con la locura animada más brillante. «When I Was Done Dying» ha tenido el honor de contar con nueve animadores distintos sacados de la serie Off the Air: Jake Fried, Chad VanGaalen, Dimitri Stankowicz, Colin White, Taras Hrabowsky, Anthony Schepperd, Masanobu Hiraoka, Caleb Wood y KOKOFREAKBEAN. Y el resultado de esa batidora de técnicas de animación es un viaje psicodélico, excesivo y maravilloso.

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Gem Club «Speech Of Foxes»

Dirigido por Ben Phillipo.

gemclub

No ardieras.

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Tigres Leones – «Marte»

Dirigido por Miguel Esteban.

marte

El vídeo de «Marte» parido por Miguel Esteban es una de las mayores genialidades del año. Porque plantea una locura  que no se hubiese atrevido a llevar a cabo nadie: agarrar una campaña publicitaria ajena y convertirla no solo en parte del clip sino en tema central y motivo de guasa. Aquel anuncio de Mahou donde diferentes personalidades patrias soltaban chorradas sobre lo bien que sabe el producto es convertido aquí en la excusa para que un Dani Rovira fanático de la marca cervecera lleve a cabo una venganza sangrienta contra todos aquellos que durante el spot estaba fingiendo el amor por la espuma. El toque maestro es perpetrar todo esto sin pedir permiso a los famosos o a la marca de cervezas, recortando las jetas de Loquillo, Christina Rosenvinge, Leiva, Vaquerizo o Alaska y pegándolas sobre escenas de Desafío Total, Muerte entre las flores, Infiltrados, El padrino, Amor a quemarropa o el propio anuncio de Mahou. Un pastiche descacharrante embellecido por frases tan geniales como ese «¿Cerveza para comer? No somos animales», el «Es que soy celiaca» de Rosenvinge o el fugaz «No recuerdo la última vez que follé sobrio», que no es la única bala untanda de mala leche disparada sobre la mitad de Pereza, y que remata con un desenlace descojonante y más estrellas invitadas. Teniendo en cuenta que el tema «Marte» de Tigres Leones, que tiene como invitada especial a La Bien Querida, es además cojonudo, el resultado es una gamberrada tan portentosa que se merece una ovación en pie.

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Tame Impala – «The Less I Know The Better»

Dirigido por Canada.

tameimpala

Es cierto que Tame Impala también ha aterrizado este año con un vídeo espectacular de pánicos y horrores entre aeropuertos y aviones dirigido por David Wilson para embellecer su «Let It Happen». Pero la pieza que filmaría Canada sería la culpable de hacerles el año más redondo al tenerlo todo: cheerleader pelirroja, jugador de baloncesto enamoradizo, dibujos animados, cunnilingus en los vestuarios de la High School y gorilas gigantes.

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Bonus track: David Bowie ya que pasaba por aquí se ha montado su propia película, «Blackstar».


Birdman (o la abrumadora virtud de la consciencia)

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.
Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Empecé con eso. ¿Se oía?

Prepárense que empezamos con un solo de batería. Ba-dum-dum-dum-tschh-dum-dum-ba-dum. Una pantalla en negro y letras separadas que aparecen a cada golpe de la caja y el bombo y el tom y el charles y el crash. Poco a poco, sonido a sonido, las letras van formando palabras.

Y las palabras encajan.

Dum-dum-ba-dum-tschh. Son los créditos y son una declaración de intenciones. Hablando de declaración de intenciones, deberías decir lo de los spoilers. No voy a decir nada de los spoilers; da igual que los lectores conozcan la trama. Para comprender, incluso para disfrutar la película, tienen que verla. Además, la trama podría contarse en cuarenta y cinco palabras. Si no lo dices, se van a enfadar. Está bien.

LA SIGUIENTE RESEÑA CONTIENE SPOILERS QUE NO DESENTRAÑAN LA TRAMA

Porque, ¿tiene trama el último filme de Alejandro González Iñárritu? Sí, claro que la tiene. Y es muy sencilla, ni siquiera es especialmente original: una antigua estrella de cine quiere redimirse de su pasado hollywodiense montando, dirigiendo y protagonizando una obra de teatro seria. Los preparativos de la obra servirán para que, en una serie de catarsis, el protagonista se comprenda a sí mismo y la vida que le rodea. ¿Ven? cuarenta y cinco palabras. Han sido cuarenta y seis, y eso no es una trama, ni siquiera es una sinopsis. Es apenas un esbozo. Dum-tschh-dum-tschh-tschh-ba-dum.

El protagonista es Riggan Thomson, un antiguo actor de Hollywood que, cumplidos los sesenta, quiere demostrar al mundo que no es solamente la estrella de una serie de películas de superhéroes de hace veinte años —el epónimo Birdman—, sino que es un actor de verdad. Un actor de teatro. De Broadway. Y la obra que adapta es, ni más ni menos que De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. Intimista, profunda, seria. Sin artificios ni concesiones; alejada una galaxia de los blockbusters que Thomson ha interpretado. Una obra que habla de los Grandes Temas. ¿Y no hablan todas las obras de los Grandes Temas? Dum-dum-tschh-tschh-dum. A su lado, un actor joven de los de verdad. Tan de verdad que solo es de verdad cuando está en el escenario. Tan de verdad que la crítica nunca ha podido encontrarle una mala interpretación. La primera actriz de la obra es una actriz de Hollywood en plenitud, pero que está tan emocionada como aterrorizada por actuar en las tablas de Broadway. La segunda actriz es la nueva pareja de Thomson, a quien el protagonista trata como un molesto mosquito. Tschh-tschh-ba-dum-dum. Algo parecido puede decirse de la hija de Thomson, adicta recién rehabilitada que hace las veces de su asistente personal; o incluso del productor teatral, prácticamente el único amigo del protagonista y que hará todo lo posible para que la obra llegue a buen puerto. O a cualquier puerto.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.
Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Y Birdman. La imagen del superhéroe que persigue al actor hasta el punto de que nadie le reconoce por otro papel. Hasta el punto de que solo le reconocen los que vieron sus películas hace veinte años. Ni sus hijos ni sus sobrinos ni la gente que tiene Twitter o Facebook o Instagram, porque Thomson no tiene ni Twitter ni Facebook ni Instagram porque no quiere vivir en el pasado pero no sabe vivir en el presente. Ba-dum-dum-tschh-dum. Birdman le persigue y, cuando están solos, le habla y le concede poderes sobrenaturales. No se los concede. Iñárritu no lo llega a dejar claro. No del todo. Birdman le persigue en el camerino y por las calles de Nueva York. Thomson no está preparado para ser un actor de teatro. No está preparado para ser un actor de verdad. Pertenece a los blockbusters de Hollywood. Pertenece a su pasado. Pertenece al público. Pertenece a Birdman. Tschh-tschh-dum.

Pero Riggan Thomson quiere acabar su viaje y demostrar que es más que Birdman. Que no es Birdman. ¿Y a quién se lo quiere demostrar? ¿Al público? ¿A su público? ¿A su exmujer que le abandonó porque Thomson fue un imbécil con ella como lo es con todos los demás? ¿A Birdman? ¿A él? A él, claro. El viaje del protagonista es un viaje a través del ego de un hombre que solo tiene ego. De un hombre que solo ve el mundo detrás de sus propios ojos. Todos vemos el mundo detrás de nuestros propios ojos. Un hombre que confunde el amor con la admiración y que solo respeta a quien admira o a quien teme. ¿No lo hacemos todos? No.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.
Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

El protagonista es Michael Keaton, un actor de Hollywood que hace de actor de Hollywood que quiere ser actor de teatro, que tiene sesenta y tres años y al que casi todos conocemos por haber sido Batman hace ya dos décadas. El segundo actor es Edward Norton, uno de los intérpretes mejor considerados por la crítica mundial. De los pocos de su generación que es un actor de verdad, y que hace de un actor de verdad; pero que, por otro lado, fue El Increíble Hulk. Ba-dum-dum-dum-ba-tschhh. La primera actriz es Naomi Watts, con las arrugas de la plenitud. La hija es Emma Stone, cínica y descreída. Demasiado autoconsciente para la edad que tiene, demasiado dolida como para creer en padres ni mucho menos en superhéroes. ¿Hablas de Stone o de su personaje? De su personaje, Stone ha sido la novia de Spiderman hace nada. Y el productor es Zach Galifianakis, tantas veces tarado y resacoso pero que aquí es el único personaje sensato y centrado del filme. Dum-tschh-tschh-dum-ba-dum.

Y los asistentes, los sastres, los tramoyistas, la gente que pasea por Times Square, incluso la despiadada crítica del New York Times se balancean y gravitan y se arremolinan y revolotean alrededor de Riggan Thomson, que corre y salta y pelea y llora y rompe y se emborracha y camina en calzoncillos bajo las alas de Birdman, en busca de la verdad que está en fondo de lo más falso. Del teatro. Siempre bajo las alas de Birdman. Ba-dum-dum-tschh-dum.

Y todos ellos gravitan y revolotean alrededor de las arrugas de Michael Keaton, que juega a su antojo con lo falso y con lo verdadero, y hace creíble un personaje que es falso en cuanto se sube al escenario. Las arrugas de los calzoncillos de Edward Norton, que nos convence de que es falso cuando es hombre y verdadero cuando es actor. Las arrugas de Naomi Watt, cuarenta y seis años de plenitud y de miedo escénico. Las onduladas arrugas en el alma de Amy Ryan, compasiva con su exmarido, pese a todo. Las arrugas en los ojos de Emma Stone, cansados de mirar apenas cumplidos los veinticinco. Y las feroces arrugas de Lindsay Duncan, implacable con quien quiere usurpar la verdad del teatro, visceral y sanguínea, desde la brillantina de Hollywood: «Eres una celebridad, no un actor».

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.
Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Y todos ellos se balancean en diálogos que flotan como avispas y golpean como mariposas. Tan leves y tan corpulentos que han necesitado ocho manos para emerger. Las del propio Iñárritu y las de Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris y Armando Bo.

Y todos ellos revolotean alrededor de la música del formidable baterista Antonio Sánchez, que bombardea desde el primer al último minuto del metraje sin que nunca sepamos si es diegética o extradiegética. Sin que terminemos de saber si solo la escuchamos en el cine mientras vemos a Keaton o golpea desde el decorado que envuelve el viaje de Thomson y Birdman. Tschh-tschh-dum-ba-dum.

Y todos se arremolinan delante de la lente de Emmanuel Lubezki, hipercromática, profunda y descarnada. Desde el cielo blanco de Manhattan y las guindillas multicolores de una licorería hasta el último milímetro de la última arruga de la cara de Michael Keaton.

Y la cámara. Tschh-tschh-ba-dum-dum. La cámara de González Iñárritu gravita alrededor de todos y de todo en un único plano-secuencia continuo. Ni es un único plano-secuencia ni es continuo. No, no lo es, pero Iñárritu nos hace creer que lo es diciéndonos a la cara que no lo es. Corta el plano cuando no debería haber cámara y fluye suavemente en días y noches como si fueran fracciones de segundo. Enlaza el paseo con la catarsis sin solución de continuidad. Sí que hay discontinuidades. Es verdad, cuando corta el plano y pone la cámara donde no es posible que hubiese una cámara: en una playa llena de medusas. Quizá así transcurre la vida a través de nuestros ojos, en un plano-secuencia donde todo es real incluso cuando no lo es.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.
Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Quizá de eso van todos los actos creativos: de convencer de que algo es algo mientras decimos que no lo es. Quizá Birdman habla de Iñárritu, de rodar en Hollywood con estrellas de Hollywood hablando de Hollywood sin estar en Hollywood y alejándose lo máximo posible de Hollywood. De la dificultad de convencer a todo el mundo. De la dificultad de contentar a todo el mundo. De la dificultad de convencerse a uno mismo. Dum-ba-dum-tschh-tschh.

Quizá de eso van las Grandes Obras: de tomar una idea libre y fresca y llevarla a sus últimos extremos. Con la abrumadora consciencia de lo que se hace. Con la exactitud milimétrica de un torrente desbocado verdaderamente difícil de explicar en una reseña. Esto no es una reseña. No es más que una mala imitación, una copia barata. Es una paja mental ininteligible. Te ha encantado la película y ni siquiera sabes contarla. Ni siquiera sabes cómo decir que te ha encantado. Pero sí que sabes lo que tienes que hacer. Lo sabes perfectamente. Dum-dum-ba-dum-ba-tschh. Dales lo que quieren leer. Lo has hecho muchas veces antes. Solo tienes que chasquear los dedos. Clic.

Si Kurt Vonnegut, padre de la postmodernidad, decía que «La creatividad consiste en estar saltando constantemente desde acantilados y desarrollar alas según caemos», entonces la película de Alejandro González Iñárritu es tan posmoderna, tan metamoderna, tan ferozmente hipermoderna que le da la razón solo en parte. Porque Birdman es temeraria en su idea, pero precisa como un cirujano en su ejecución. Un tour de force por las entrañas del proceso creativo. De cualquier proceso creativo.

Eso es. Una cita de un escritor cool, un par de neologismos y una expresión en francés. Eso es lo que eres. Eso es lo que quiere el lector. Lo que quiere el público. Dum-dum-ba-dum-tschh. Ahí te quedas. Las cosas no se pueden clasificar ni etiquetar porque el mundo no se puede clasificar ni etiquetar. No realmente. Al final, todo son capas que se agregan y se yuxtaponen hasta formar un contorno borroso tan borroso como la realidad. Capas de arrugas. Capas de luz y de color y de movimiento de cámara. Capas de música incidental y diegética. Escritores que hablan de escritura. Directores que hablan de dirigir. Actores que interpretan a actores que quieren ser actores y que se parecen a ellos mismos. Cine que habla de la verdad de la ficción. La reseña de una película que habla de cine que habla de teatro que habla del acto de crear. Todo son capas y las capas se apagan en una pantalla en negro donde aparecen letras separadas que acaban formando palabras.

Y                                               encajan.

———————las

——–todas

————————palabras

Clic.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.
Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.


The Amazing Spider-Man 2: siempre nos quedará Emma Stone

Emma Stone en una imagen promocional de The Amazing Spider-Man 2. Fotografía: Marvel Enterprises / Columbia Pictures / Sony Pictures.

Todos tenemos una mujer por la que aparcaríamos nuestra vida en el arcén. Puedes no haberla visto en años, o puedes trabajar con ella todos los días. Ella siempre estará ahí, amenazando tu amor civilizado con recibos y escena en el sofá. Si tú me dices ven, etcétera. En el caso de Peter Parker, esa chica se llama Gwen Stacy. Gwen Stacy es Emma Stone, y viendo The Amazing Spider-Man 2 uno puede entender perfectamente que, por mucho superpoder que tengas, una chica como esa te haga perder la cabeza.

The Amazing Spider-Man 2 es ante todo la historia de Peter y Gwen, y su relación es lo mejor en una película menor en el género de superhéroes de cómic. La química extrema entre Andrew Garfield y Emma Stone solo se explica por el hecho de que ambos actores sean pareja en la vida real. Los dos cargan sin problema con el peso dramático de la película, que es mayor de lo que Marvel y DC nos tienen acostumbrados.

El poder de Electro, como la subtitulan en España, al final no es para tanto. No es para tanto el personaje, que nunca parece una amenaza real como lo fueran el Joker de Heath Ledger o el Loki de Tom Hiddlestone, y sobre todo no es para tanto Jamie Foxx, que compone el personaje en la sobreactuación, y luego se convierte en un malvado sin diálogo cuyo cuerpo cambia de color cual Allianz Arena.

La elección de dos ganadores del Oscar como Foxx y Paul Giamatti para encarnar a dos enemigos del Hombre Araña se demuestra innecesaria. Si en el caso de Foxx su interpretación no tiene pies ni cabeza, en el de Giamatti tiene los mismos minutos de metraje que le daban en el tráiler.

El que se salva de la quema es el mejor amigo de Peter Parker, un Harry Osborn (Dane DeHaan, visto en la interesante Chronicle) amargado y con un plan, muy lejos de aquel niñato de papá que creó James Franco en la trilogía de Sam Raimi. DeHaan está fantástico bajo el flequillo hitleriano. Su Harry Osborn es un reflejo oscuro de Peter Parker que para salvarse a sí mismo se acaba convirtiendo en el Duende, un villano clásico de los cómics que por algún oscuro motivo aquí aparece caracterizado como el hijo que tuvo Gollum con el Duende Verde Power Ranger del primer Spider-Man de Raimi.

El Duende, sin embargo, justifica su presencia al ser el responsable del momento de mayor intensidad dramática en cualquiera de las cinco películas del superhéroe creado por Stan Lee. Un momento que los que recuerden cierto abrigo verde en los cómics vendrán venir, pero que no por esperado es menos traumático.

The Amazing Spider-Man 2 parece, sobre todo, el Iron Man de Sony Pictures: la película que abre las puerta a todo un universo arácnido. Ya se ha anunciado un primer spin-off, Los Seis Siniestros, basado en el conocido grupo de enemigos de Spider-Man. La tercera parte de las aventuras de Andrew Garfield también ha sido anunciada ya. Y lo demás parece abierto: el Buitre, el Doctor Octopus, Eddie Brock, Cletus Kassady, Alan Smythee, Jonah Jameson… las referencias en la película no dejan lugar a dudas. Incluso la escena tras los créditos deja una puerta abierta a un crossover entre franquicias Marvel para orgasmo geek.

El plan de Sony es arriesgado. Como espectador, sin embargo, qué bueno es saber que si después de secuelas, precuelas y spin-offs al final todo se va al carajo, siempre nos quedará Emma Stone.