El simulador más potente del mundo

Simulador 1970. Fotografía Robert Natkin Getty.
Fotografía Robert Natkin / Getty. Simulador

El primer artículo que publiqué en Jot Down trataba del suicidio. Quería hablar de un tema que, pese a ser una realidad cotidiana —en España se suicidan diez personas al día—, sigue siendo tabú. Y quería hacerlo fuera de los foros especializados: el suicidio nos atañe a todos, y si solo hablamos de él en revistas científicas, difícilmente vamos a acabar con el estigma que lleva asociado. Poder hacerlo en un medio que desde el principio ha apostado por la divulgación y los contenidos de calidad, procurando, además, que el lector pase un buen rato leyendo, era todo un lujo. El artículo tuvo muy buena acogida, también entre los profesionales de la salud mental; no obstante, hubo algún compañero de profesión que cuestionó algunos aspectos. Uno dudaba que una revista cultural fuera el medio más apropiado para hablar del suicidio. Otro criticó los autores en los que basaba mi «aproximación»: Ramón Andrés (autor de Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente), Simon Critchley, Primo Levi, Marek Bienczyk, Sylvia Plath, Peter Handke… «Ese Ramón Andrés, ¿qué estudios tiene?», me preguntó un compañero. «Es ensayista, poeta… Publica en Acantilado». «Pero no es psiquiatra, ¿no?».

También hubo quien dijo que el artículo estaba bien, aunque era «muy literario». Sospecho que estos peros superficiales eran una forma de criticar el artículo sin entrar a debatir el fondo de la cuestión. En el texto aportaba una perspectiva histórica, humanista, del suicidio, pero también cuestionaba la postura que mantiene buena parte de la psiquiatría actual, que defiende que detrás de cada suicidio, salvo en muy contadas excepciones, hay siempre una «enfermedad mental». Tras esas objeciones, había, además, muchos prejuicios.

Han pasado cinco años desde aquel artículo, y ahora que vuelvo a recordarlo, no puedo evitar preguntarme: ¿cómo hemos llegado a esta situación?, ¿desde cuándo que algo sea literario es un defecto? Hubo un tiempo en que médicos y filósofos recurrían a la literatura para apuntalar sus ideas. Uno de los textos más conocidos de Freud trataba de Dostoievski; Derrida no dudó en combinar la lectura de Hegel con la de Jean Genet; la forma de escribir de Lacan recuerda por momentos a Mallarmé… Pero, sobre todo, hubo un tiempo en que no había un abismo de distancia entre «las ciencias» y «las letras». La división entre ciencia y humanidades, además de artificial, solo contribuye a aumentar nuestra, de por sí preocupante, estrechez de miras.

En 1933, Walter Benjamin publicaba un artículo en el que afirmaba que una nueva forma de indigencia había «caído sobre el hombre». Coincidiendo con una época de «enorme desarrollo de la técnica», el ser humano se había vuelto más pobre en experiencias, así como en la forma de hablar de ellas. Pese a los innegables avances tecnológicos, el ser humano estaba perdiendo parte de su humanidad por el camino: «Nos hemos vuelto pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeños por una centésima parte de su valor, y ello para que nos den a cambio un poco de la calderilla de lo “actual”». 

No es casual que Benjamin vinculase la riqueza de nuestras vivencias con el lenguaje. Antes, los mayores contaban historias a sus hijos y nietos, pero «¿quién encuentra hoy personas capaces de narrar como es debido?», se lamenta en un momento del artículo. El filósofo escribió este texto tras la conmoción que produjo la Primera Guerra Mundial. En las trincheras el hombre se quedó sin palabras. Y después llegaron el hambre, la hiperinflación y la pobreza. Tal vez por pura supervivencia, el ser humano fue perdiendo la costumbre de hablar en profundidad de los temas que siempre le habían preocupado. Las divagaciones sobre la muerte, el suicidio, el alma, la culpa, etc. pasaron a ser temas más propios de las novelas del siglo XIX que de las conversaciones habituales. 

Por supuesto, por mucho que anhelemos liberarnos de las experiencias internas, como decía Benjamin, la culpa, el miedo a la muerte, etc. siguen estando ahí, en el fondo de nuestras mentes. Lo que ocurre es que ahora, debido a esa tiranía de lo actual que ha reducido nuestro horizonte al «aquí y ahora» de una forma dramática, tendemos a buscar «soluciones» fáciles e inmediatas a nuestro malestar. A Benjamin le llamaba la atención que, pese al enorme desarrollo de la técnica de la época, hubiera un auge de la astrología, la quiromancia o el espiritismo. Algo similar ocurre ahora con los negacionistas, los terraplanistas o la pseudociencia. Hace poco un «experto» aseguraba que había resuelto el problema de la mortalidad. Según él, en un par de décadas todos seríamos inmortales y la muerte dejaría de ser inevitable para convertirse en una elección personal.

En el ámbito de la psicología, la «calderilla de lo actual» se manifiesta en la irrupción del coaching y, en buena medida, el mindfulness. Esta psicología barata, que se conforma con la calderilla, tiene su correlato en una literatura que está al mismo nivel. Lo que está ocurriendo con la poesía es un buen ejemplo de ello. Mi compañera Bárbara Ayuso escribió un fantástico artículo en esta misma revista donde decía que «la poesía ha sido la disciplina más rápidamente devorada y bastardeada por este coaching de lo artístico». Esta «bastardización», claro está, no es exclusiva de la poesía. La gran mayoría de las novelas que se publican en la actualidad son totalmente prescindibles. Mircea Cărtărescu afirmaba en una conferencia que el noventa y nueve por ciento de los libros que se publican ahora «son libros escritos por dinero, leídos por voyerismo y arrojados luego a un túmulo tan alto como el Gólgota». Simple y llanamente, son libros de usar y tirar. Para el gran escritor rumano, vivimos «la ruina de una civilización, quizá la propia ruina del hombre», entre otras cosas, porque ya no sabemos leer —la lectura literal se está convirtiendo en la variante dominante de lectura— y pronto no sabremos ya escribir. Pese a ello, concluye, la literatura debe continuar. 

Y lo hará. La literatura es un poco como el ataúd de Moby Dick: no solo se ha salvado de todos los naufragios hasta la fecha, sino que además ha ayudado a que muchas personas se mantengan a flote. Para explicar esta supervivencia de la literatura contra viento y marea, hay dos aspectos que Cărtărescu menciona de pasada en su conferencia y que para mí son claves.

Uno es esa alusión al placer voyerista de la lectura (más adelante volveré a este punto). Y el otro es el hecho de que la literatura, y en especial la ficción, permite al lector vivir una experiencia única, una experiencia aumentada, por así decir, que se opone a esa experiencia empobrecida de la que hablaba Benjamin. El libro tiene más en común con una película o un videojuego de lo que pensamos. Para Cărtărescu, «un libro es una hiperpelícula, porque de él no emanan imágenes pasivas, sino que estas son creadas por tu cerebro a partir de tus recuerdos, tus sensaciones, tus sueños y tus lecturas». También Gonzalo Suárez, excepcional escritor y cineasta, ha dicho en alguna ocasión que «la literatura será siempre la más extraordinaria realidad virtual, porque la imagen no la condicionará nunca». La imagen del «simulador» es algo más que una idea bonita apuntada por dos escritores geniales. Quien tenga curiosidad puede leer los estudios de Keith Oatley, profesor de Psicología Cognitiva en la Universidad de Toronto que ha publicado varios artículos sobre el funcionamiento de este «simulador de realidad social». 

Pero, además, esta peculiar forma de vivir a través de otros es muy placentera. Cărtărescu hablaba en su conferencia del voyerismo implícito en la lectura: «Leemos para descansar tras largas horas de trabajo, para satisfacer el vicio de la aventura, el voyerismo social o erótico…». Cărtărescu no critica —y yo tampoco— esta forma de leer por puro placer. Al contrario. Pensamos que está presente en todos los lectores, incluidos los escritores «literarios», y lo está porque satisface una necesidad humana básica. Hay otros placeres asociados a la lectura —el que produce leer un texto bien escrito, el que se deriva del propio lenguaje, los juegos de palabras…—, pero ese placer primario siempre está ahí y me atrevería a decir que es la base de todos los demás. 

No creo que leer nos haga necesariamente mejores personas, ni que las personas que leemos literatura seamos superiores en ningún sentido a los que no leen. Pero sí creo que la ficción ofrece un espacio único, y absolutamente libre, para pensar. Y, sobre todo, creo en el placer de la lectura. El hecho de que una revista como Jot Down, que lleva diez años cultivando ese placer, siga al pie del cañón me hace pensar que no estoy ni mucho menos sola. Como decía Lope, quien lo probó lo sabe.


Cuadernos de delicada locura (y 2)

Cuadernos de delicada locura
Patricia Highsmith. (Cordon)

Literatura, cuadernos escritos a mano, enfermedad mental y redención. Esto es la segunda parte de «Cuadernos de dlicada locura (1)».

Susan Sontag tenía diecisiete años cuando se casó con Philip Rieff, su profesor de sociología en la universidad. Rieff era once años mayor que Sontag.

El 3 de enero de 1951, Susan Sontag anotó en su diario: 

Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción.

4 de septiembre de 1956 reflexiona en otro de sus cuadernos: 

El que haya inventado el matrimonio es un ingenioso torturador. Es una institución comprometida con el embotamiento de los sentidos. El propósito del matrimonio es la repetición. Su mayor aspiración es la creación de mutuas y sólidas dependencias. Las peleas al final se vuelven inútiles, a menos que siempre se esté preparado para actuar en consecuencia —es decir, poner fin al matrimonio. Así que, después del primer año, se dejan de «hacer las paces» tras las peleas —solo, uno se vuelve a sumir en un silencio enfadado, que pasa al silencio cotidiano y, entonces, se reanuda otra vez.

La unión solo duró ocho años. 

El escritor David Rieff, hijo de Susan Sontag, sabía que en el casi centenar de cuadernos que su madre fue apilando en el vestidor de su dormitorio se contenían sus diarios. La escritora falleció de mielodisplasia en 2004 sin tomar una decisión sobre qué hace con sus dietarios. Sin tener muy claro si su madre quería que fueran publicados, Rieff aceptó ocuparse de su edición. Prefería ser él quien lo hiciera, aunque sabía que en el proceso no lo iba a pasar precisamente bien. En el prólogo al primer tomo (Mondadori, 2010), el dedicado a los Diarios tempranos 1947-1964, escribe Rieff: «El criterio de selección (de las entradas que se incluyen) fue determinado en parte por mi impresión de que la crudeza y el retrato sin retoques que estos materiales presentan de una Susan Sontag joven, que de modo consciente y con determinación acometió la creación de una identidad que deseaba, era el aspecto más deseable de los diarios».

19 de noviembre de 1959, a los veintiséis años:

La llegada del orgasmo ha cambiado mi vida. Estoy liberada, pero no hay que decirlo así. Más importante: me ha cerrado […] La sexualidad es el paradigma. Antes mi sexualidad era horizontal, una línea infinita con posibles infinitas subdivisiones. Ahora es vertical; sube y se acaba, o nada. El orgasmo concentra. Deseo escribir. La llegada del orgasmo no es la salvación sino, además, el nacimiento de mi ego. 

El 31 de diciembre de 1957 (con veinticuatro años) anota Sontag:

Es superficial entender el diario como mero receptor de pensamientos secretos propios —como un confidente sordo mudo y analfabeto. En el diario no solo me expreso de un modo más palmario que con cualquier otra persona; me creo a mí misma. […] Con un poco de construcción del ego saldré adelante con la confianza de que yo (yo) tiene algo que decir, que debe ser dicho. 

Mi YO es enclenque, precavido, demasiado cuerdo. Los buenos escritores son estruendosamente egoístas, hasta el extremo de la fatuidad. Los cuerdos, los críticos, los corrigen —pero su cordura es un parásito de la facultad creativa del genio.

Más adelante en el prólogo, David Rieff se duele: «En sus diarios destaca su sensación de fracaso, su incapacidad para el amor e incluso para el eros. Se sentía tan incómoda con su cuerpo como tranquila con su mente». Rieff recuerda una anécdota que le contó su madre: Siendo muy joven, Sontag asistió a una representación de la obra dramática Medea en un anfiteatro del sur del Peloponeso (Grecia). La escritora recordaba emocionada cómo, cuando Medea está a punto de matar a sus hijos, algunos espectadores comenzaron a gritar: «¡No, Medea, no lo hagas!». Rieff añade que, leyendo los diarios de su madre, como a aquellos espectadores griegos, le daban ganar de gritar: «No lo hagas» o «No seas tan severa contigo misma» o «No te vanaglories tanto» o «Ten cuidado con ella, no te quiere».

El 24 de diciembre de 1959 reflexiona:

Mi deseo de escribir está relacionado con mi homosexualidad. Necesito la identidad como un arma, para igualarla al arma con que la sociedad me amenaza. Comienzo a percatarme de cuánto remordimiento siento por ser lesbiana. Serlo me hace sentir más vulnerable, aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible —que he sentido siempre de todos modos.

El 14 de agosto del 1960 se mortifica:

[En mayúsculas en el cuaderno] NO DEBERÍA INTENTAR HACER EL AMOR CUANDO ESTOY CANSADA. SIEMPRE DEBERÍA SABER CUÁNDO ESTOY CANSADA. PERO NO LO SÉ. ME MIENTO A MÍ MISMA. AÚN NO CONOZCO MIS VERDADEROS SENTIMIENTOS. (¿Todavía?)

Y el 5 de marzo de 1961, intenta aclararse:

Subordino el sexo al sentimiento —en el acto mismo del amor. Me asusta la impersonalidad del sexo: quiero que me hablen, me abracen etc. El sexo como agresividad, maldad. Me dio miedo. Atajo: no llamar sexo al sexo. Llamarlo una investigación (no una experiencia, ni una demostración de amor) en el cuerpo de otra persona. Cada vez se aprende algo nuevo. La mayoría de los estadounidenses comienzan a hacer el amor como si se arrojaran por una ventana con los ojos cerrados.

David Rieff resume que lo que queda en los diarios de su madre es «el dolor y la ambición. Estos diarios fluctúan entre ambos».

VI 

Algún día quiero escribir sobre una chica que lleva a su madre (o a su tía, o a su tutora) a la cama, accede a hacerle caso en todo […], le prepara amablemente una taza de leche caliente, le promete que no volverá a hablar con su novio nunca más y, entonces, con una sonrisa en el rostro, clava las tijeras en el pecho de la madre y las gira.

La autora de novela negra Patricia Highsmith escribió esto en su diario cuando tenía veintiún años. No se trataba de un ejercicio de estilo ni de un posible argumento para las novelas que décadas después la harían mundialmente famosa. La relación con su madre, Mary, era mala o muy mala. Pat y Mary pasaban del amor al odio con una facilidad asombrosa. Así fue hasta el fallecimiento de Mary, que vivió hasta los noventa y cinco años. En una carta que en 1972 la madre mandó a su hija desde su residencia de ancianos de Texas le dice que en las fotos de la contraportada de sus novelas se parecía a Drácula y que en Estados Unidos sus libros estaban olvidados. No consta que Highsmith le respondiera, pero sí lo que escribió poco después en su diario sobre ella: «Es un vegetal inerte, un tubo inservible, una cloaca que por un lado devora mi dinero y por el otro expulsa mierda». En una carta con fecha 12 de septiembre de 1974, la escritora cuenta a su primo Dan Coates cómo en un hotel de Paris, cuando dos periodistas acudieron para entrevistarla, su madre (en su ausencia) pasó más de cinco minutos tratando de convencerlos de que ella era su hija. En otra entrada de su diario se pregunta si «estaré enamorada de mi madre». Las relaciones amorosas que Highsmith mantuvo con numerosas mujeres mayores que ella y el hecho que la madre intentara suplantar a la hija constituyen un rico material psicológico digno de analizar. 

Highsmith nunca autorizó una biografía mientras vivió. Cuando la escritora falleció en 1995, dieciocho diarios y treinta y ocho cuadernos fueron encontrados en un armario. Más de ocho mil páginas llenas de anotaciones, garabatos, correcciones, croquis, listas de multitud de cosas e ideas (útiles e inútiles), poemas, fobias y reflexiones sobre ella y los demás. 

Patricia Highsmith utilizó sus novelas para ocultar su vida y sus diarios y cuadernos para reflejarla y ordenarla. En sus diarios llevaba el registro de su día a día y los cuadernos le servían para procesar y transformar sus experiencias para aprovecharlas como materia prima para los argumentos de sus novelas. En la entrada del diario de 18 de agosto de 1953 anota: «Lynn llamó a las 12. Ella siempre bebe un Martini, yo también. Visitamos a Ellen, de cuya casa tengo la llave. Nos tumbamos en la cama. Y eso fue todo». En sus obras de ficción, sin embargo, hace lo posible por confundir al lector mezclando datos reales en su trama. Sirva como ejemplo que las direcciones donde residen los asesinos de sus novelas son las mismas en las que la escritora o sus amantes vivieron, sea en Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Suiza.

En 1952, Highsmith publicó The Price of Salt, una historia de amor lésbico entre una mujer madura y una jovencita. La firmó con seudónimo (solo en 1990 se volvió a publicar con el título Carol y con el verdadero nombre de su autora). Como contraste, en 1945, en uno de sus cuadernos, dibuja una tabla con varias columnas en las que clasifica y puntúa a las ocho amantes (mujeres) que había tenido hasta entonces. Las identifica con las iniciales de su nombre y apellidos y en las columnas a la derecha detalla diferentes características como el color de su pelo, la diferencia de su edad con la suya, la duración de la relación y el motivo de la ruptura. 

En 2009, Joan Schenkar publicó The Talented Miss Highsmit», una muy documentada biografía sobre la escritora tejana. Schenkar fue la primera estudiosa de la autora en tener acceso a sus diarios y cuadernos y con base en ellos, en sus cartas y en sus novelas, hizo un análisis pormenorizado de su vida y de su trayectoria profesional. Destaca Schenkar cómo la escritora usó la escritura a mano para mirar de cerca su precaria estabilidad emocional. De puertas afuera Highsmith era agresiva y desagradable. En su mente el diálogo interior era otra cosa. En la página treinta y siete de la edición en español (Circe, 2010) destaca dos frases de sendas cartas (una de 1964 y otra de 1968): «Creo que tengo algunas tendencias esquizoides que hay que observar» y «Me asusta la locura que tengo dentro, muy cerca de la superficie». En uno de sus primeros cuadernos, cuando tenía poco más de veinte años, anotó: «Qué delicada locura hay en mí. Llega cuando llega el atardecer. Es tan extraña como el estremecerse de una hoja en un árbol, cuando no hay viento». 

Durante su vida, Highsmith inventó treinta y ocho nombres falsos y con ellos mandó cartas a los periódicos para quejarse de temas políticos. La mayoría de las veces, las cartas criticaban el Estado de Israel y a los judíos. Como escribe Schenkar, «para Pat todos los adultos esconden un secreto y todo el mundo —incluida ella misma— es un falsificador». Dada esta opinión sobre sus congéneres y conociendo su miedo a perder la cordura, la escritura de sus diarios y cuadernos —aunque en algún caso falsificara fechas, lugares y hechos— fueron su método para poner orden en su vida (su orden) y mantener mínimamente el equilibrio emocional.

Cuadernos de delicada locura
Lista de amantes en los cuadernos de Patricia Highsmith. (DP)

VII 

Hace cuarenta años, en Oralidad y escritura, Walter J. Ong (sacerdote jesuita e historiador cultural) demostraba la superioridad de la escritura sobre la palabra hablada: «En la escritura, las palabras, una vez “articuladas”, plasmadas en la superficie, pueden eliminarse, borrarse, cambiarse. No existe ningún equivalente de esto en una producción oral, ninguna manera de borrar una palabra pronunciada: las correcciones no eliminan un desacierto o un error. Mediante la separación del conocedor y lo conocido, la escritura posibilita una introspección cada vez más articulada, lo cual abre la psique como nunca antes, no sólo frente al mundo objetivo externo sino también ante el yo interior, al cual se contrapone el mundo objetivo».

Desde hace dos décadas se discuten nuevas teorías sobre mente y cognición. Estas nuevas investigaciones contemplan la mente como un ente que podría expandirse más allá de las fronteras del cráneo. En «Extendida Mente», artículo para la revista Investigación y ciencia, el biólogo Emiliano Bruner (investigador responsable del grupo de paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, CENIEH) afirma: «La teoría de la mente extendida incluye el cuerpo y el ambiente en el mecanismo cognitivo, un ambiente que en su definición abarca la cultura y, por supuesto, la tecnología. Según esta perspectiva, la cognición (la “mente”) no sería el producto del cerebro, sino un proceso que surge de la interacción entre cerebro, cuerpo y herramientas».

El mismo Bruner, esta vez en compañía de la filóloga Carmen Cremades, en «Scripta Manibus», un artículo en Jot Down,  explica cómo esta nueva manera de ver la mente ayuda a entender con más profundidad los efectos positivos de la escritura a mano:

La escritura manual traza un camino sobre la cartografía mental que permite hilar un discurso al tiempo que se escribe. Del mismo modo, ante el papel en blanco, no es que el pensamiento se plasme tal y como fue concebido: el texto no es una simple copia, una foto, del pensamiento mental. El acto de escribir se retroalimenta con el acto de pensar. Escribir es pensar en voz alta. El mecanismo de la escritura activa el engranaje del pensamiento. En muchas ocasiones, coger el boli y deslizarlo por el desierto de papel crea una conexión cerebro-mano que permite que el discurso fluya de un modo que solo pensando o solo hablando no es posible. El movimiento de los garabatos sobre el papel funciona como una dinamo que da vida al propio pensamiento y lo hace fluir de tal modo que se revela aquello que se ocultaba en la mente a nivel inconsciente y se hace no solo consciente, sino físico.


Fuentes

Guion de Seven, 1995.

Susan Sontag, Renacida, Diarios tempranos, 1947-1964 (Literatura Mondadori, 2011).

Notebooks, Tennessee Williams. (Yale University Press, 2006).

Memorias, Tennessee Williams. (Bruguera Ensayo, 2008).

Diario 1887-1910. André Gide (DEBOLSILLO, 2021).

Diario 1911-1925. André Gide (DEBOLSILLO, 2021).

Her Diaries and Notebooks, Patricia Highsmith, (Weidenfeld & Nicolson, 2021).

Patricia Highsmith, biografía, Joan Schenkar, (Circe, 2010).


Cuadernos de delicada locura (1)

Cuadernos de delicada locura
Sylvia Plath. (DP)

El detective de homicidios Somerset, de la policía de Nueva York, entra en una habitación. Las paredes están ocupadas por estanterías que llegan hasta el techo. En ellas se apilan miles de cuadernos. Somerset coge uno. Portada sin etiqueta. En el interior se apelotonan las frases escritas a mano, diminutos y borrosos dibujos y fotos pequeñas, aparentemente recortadas de la sección de contactos del periódico. Los dibujos, imágenes y textos ocupan cada pulgada de las páginas. Somerset toma otro cuaderno y lo hojea. Igual que el primero, lleno hasta el borde. Somerset se acerca a otro estante y saca otro cuaderno. Lo mismo. El detective mira a su alrededor. Están en el domicilio del asesino. Su compañero, el detective Mills, entra en el cuarto.

Se han cometido tres asesinatos brutales. Hay un hilo que une los crímenes: están inspirados por tres de los siete pecados capitales. Los detectives comprueban que los cuadernos no contienen fechas o lugares ni están ordenados según criterio alguno. Todos son iguales y no tienen etiquetas identificativas ni nombres; cada uno de ellos tiene aproximadamente doscientas cincuenta páginas. Tres agentes uniformados entran en la estancia. Somerset abre otro cuaderno y lee en voz alta:

Somos marionetas enfermizas y ridículas. Bailamos en un pequeño y asqueroso escenario. Nos divertimos, bailando y follando. Nadie cuida del mundo. No somos nada. No somos lo que se había pretendido. 

La forma inconexa, la falta de sentido en las anotaciones y, sobre todo, la cantidad de cuadernos a leer, hace imposible encontrar en ellos alguna información útil que ayude a detener al criminal y a evitar los cuatro nuevos asesinatos que casi con seguridad se producirán en los próximos días. 

Esta escena pertenece a Seven, película que fue dirigida por David Fincher y se estrenó en 1995. El guion es obra de Andrew Kevin Walker. El papel del serial killer (que se hace llamar «John Doe»; nombre que se pone en Estados Unidos a los cadáveres no identificados) lo interpretó Kevin Spacey. Morgan Freeman y Brad Pitt se metieron en la piel de los detectives Somerset y Mills.

II 

La poeta Sylvia Plath, desde muy joven, fue consciente de que dentro de ella habitaba una sexualidad exigente, siempre presente y capaz de arrastrarla a situaciones que se podían escapar de su control. Se sabía atractiva para los hombres y conocía su necesidad de tenerlos cerca. Tenía claro que para su vida solo había dos caminos: el de la esposa y madre respetable o el de mujer descarriada y abandonada a las pasiones de la carne. El 17 de julio de 1952, con diecinueve años, escribe en su diario: «¿Cuál de las dos cosas…? ¿La dama o el tigre? En diez años lo sabremos».

Poco antes de casarse, tras pasar un día en la playa, escribe en uno de sus cuadernos:

Era tal el calor que desprendía la roca, un calor tan áspero y confortable, que sentí que podía ser un cuerpo humano. Quemando a través del tejido de mi traje de baño, el inmenso calor se irradiaba a través de mi cuerpo, y mis pechos dolían contra la dura piedra plana. Un viento salado y mojado sopló humedeciendo levemente mi cabello. A través de mi pelo brillante pude ver el azul centelleo del océano. El sol se filtraba por cada poro de mi piel, saciando dentro de mí cada fibra quejumbrosa de una gran paz dorada y resplandeciente. Estirándome sobre la roca, tensaba el cuerpo y luego lo relajaba. Como sobre un altar, sentí que el sol me violaba deliciosamente; me llenaba y me completaba con un ardor que procedía del impersonal y colosal dios de la naturaleza. Cálido y perverso era el cuerpo de mi amante debajo de mí. Y la sensación de su carne tallada era diferente a cualquier otra —no era suave, ni maleable, ni mojada con sudor, sino seca, dura, suave, limpia y pura.

Sylvia Plath intentó suicidarse por primera vez cuando tenía diecinueve años. Desde los once escribía un diario. La escritora nacida en Boston pasó la mayor parte de su vida luchando con la enfermedad mental. En las páginas de sus cuadernos se reflejan sus depresiones, sus problemas matrimoniales, su intensa libido y los altibajos de su trabajo como escritora. Pero también hay espacio para su amor por la cocina y por la comida. Llama la atención que entre páginas que describen descensos a los más profundos infiernos de la mente o reflexiones de una gran inteligencia sobre su obra o sobre el papel de la mujer en la sociedad, se encuentren otras en las que con detalle se habla simplemente de la comida.

Me lo pasé de maravilla comiendo mis primeros caracoles, ostras, gambas y probando los vinos y todo el maravilloso mundo de neón de ladrones y millonarios. (13/12/54)

Como un huevo para el desayuno, luego subo y trabajo, y bajo al mediodía para hacer una gran comida caliente para Susan, Frieda y para mí, que comemos sentados en la alegre sala de juegos. Luego trabajo. Después de una hora de descanso, una taza de té con Susan, y antes de darme cuenta, los bebés están en la cama. (25/10/62) 

El 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath dio los buenos días a sus hijos (de tres y un año); bajó a la cocina, preparó el desayuno para los niños, abrió el gas y metió la cabeza en el horno. Tenía treinta años. 

El poeta Ted Hughes fue responsable de la primera edición (1982) de los dietarios de Sylvia Plath, su mujer. Hughes reconoció que había eliminado numerosas entradas y que de los cuadernos escritos entre 1957 y 1959 no había incluido nada. En el prólogo explicó que había destruido el último cuaderno, el redactado poco antes del suicidio de su esposa. Lo hizo —argumentó— para evitar que sus hijos lo leyeran y por su propia supervivencia. «Necesitaba olvidar», escribió.

Cinco años después de la muerte de Plath, Assia Wevill, amante de Ted Hughes, se quitó la vida de la misma manera, dejando el gas abierto. En esta ocasión, su suicidio ocasionó la muerte de sus hijas. Dejó una nota: «No se puede vivir con el peso del recuerdo de Sylvia».

Cuadernos de delicada locura
Una página de los diarios de Sylvia Plath. (DP)

III 

Cuando ya había cumplido los cuarenta y ocho años, André Gide se enamoró de Marc Allégret, un chico de dieciséis. Gide, por entonces, ya era un novelista de renombre en Francia. Continuaba casado con su prima Madelaine. El matrimonio nunca se consumó.

El muchacho era el cuarto hijo del pastor protestante que fue nombrado tutor legal de Gide al fallecer su padre. En su diario, el 1 de mayo de 1917, anota: «El placer de corromper es uno de los que menos se han estudiado; lo mismo pasa con todo lo que antes que nada nos apresuramos a censurar». En días sucesivos escribe sobre su estado de felicidad y sobre la calma con que disfruta su enamoramiento, pero lo hace de forma velada: «Me abstendré de hablar de la única preocupación de mi mente y mi cuerpo…» (19 de mayo). El 6 de agosto anota: «Cuento celosamente las horas que me separan de Marc». A partir de ese día comienza a utilizar los nombres ficticios de Fabrice (para él) y de Michel (para Marc) en sus cuadernos.

Gide había sido educado en una familia conservadora y pasó parte de su juventud obsesionado por la culpa y la responsabilidad. Con veintidós años conoció a Oscar Wilde en casa del novelista y poeta simbolista Henri de Regnier. Profundamente impresionado por el novelista británico, lo frecuentó durante las semanas siguientes. Dicho encuentro le hizo replantearse las normas de conducta que se le habían inculcado durante su infancia y relajar sus principios morales. «Wilde se dedica a matar en mí lo que me queda de alma con el argumento de que para conocer una esencia es preciso suprimirla», le escribe a Paul Valéry.

Gide y Marc viajaron juntos a Suiza. El 7 de agosto anota: «El temor de ver al adolescente crecer demasiado deprisa atormentaba a Fabrice sin cesar y precipitaba sus amores. Lo que más le gustaba de Michel era lo que aún conservaba de infantil, en su tono de voz, en su fogosidad, en sus mimos, todo aquello con lo que poco después volvió a encontrarse, loco de contento, cuando se tumbaron el uno junto al otro a la orilla del lago». Al final de su vida, Gide escribe a Maria Van Rysselberghe (su mejor amiga): «Solo dos cosas me han interesado apasionadamente: los muchachitos y el cristianismo».

Como cuenta Ignacio Echevarría en su bien documentado prólogo a la edición de los dos primeros tomos de los diarios de Gide (Debolsillo, 2021. Traducción de Ignacio Vidal-Folch), un amigo aconsejó en 1924 al escritor no publicar Corydon. En esta obra justificaba su pedofilia utilizando las prácticas sexuales en la Grecia antigua como argumento para recomendar las relaciones amorosas de adolescentes con adultos. La respuesta que dio Gide a su amigo fue: «Quiero silenciar a todos aquellos que me acusan de ser un mero diletante, quiero mostrarles mi YO real». El libro se editó y tuvo mucho éxito.

Ese afán de sinceridad presidió el proceso de escritura de los dietarios de Gide. En sus novelas, obsesionado por la forma y el estilo, perfeccionista por esencia, el autor se había acostumbrado a «escribir lento». Esa pausada elaboración de sus textos generaba buena literatura —Gide conocía su calidad—, pero restaba sinceridad a sus páginas. Para expresar su verdad, por cruda y escandalosa que fuera, se forzó a «escribir deprisa» en sus cuadernos. 

El 3 de junio de 1893, a los veinticuatro años, anota en su diario: «Mi eterna pregunta (y es una obsesión enfermiza): ¿puedo ser amado?». A su querida María Van Rysselberghe le confiesa que se siente un «hipócrita, que su necesidad de simpatizar con los demás lo lleva a adoptar las opiniones ajenas y terminar dando una engañosa impresión de consenso». Consciente de su inevitable impulso por agradar, conforme Gide avanzaba en la redacción de sus diarios se convenció de que la única sinceridad posible era la que salía de su pluma y quedaba impresa en tinta sobre las hojas de aquellos cuadernos.

En su novela Los falsificadores de moneda se puede leer, en el diario de su personaje Eduard (él mismo): «Este diario es el espejo que paseo conmigo. Nada de lo que me sucede adquiere existencia real hasta que no lo veo reflejado en él».

André Gide ganó el Premio Nobel de Literatura en 1947 y fue el único de los galardonados cuya obra fue prohibida por la Iglesia católica. Falleció cuatro años después, a los ochenta y un años, de una congestión pulmonar. En su lecho de muerte dijo: «Tengo miedo de que mis oraciones se vuelvan gramaticalmente incorrectas. Siempre se trata de la lucha entre lo que es razonable y lo que no lo es».

IV 

El domingo 13 de junio de 1937, el joven Tennessee Williams anota en su diario:

Me hubiera gustado ir a nadar, pero las viejas señoras no me han dejado salir a causa de mi nariz magullada. Enfadado y aburrido. ¿Terminaré como Rose? ¡Dios lo prohíba! Mi obra de teatro marcha de mala manera.

El 19 de noviembre de 1938, Williams acude con su madre a ver a su hermana Rose en el sanatorio mental donde está recluida. Describe la visita en su diario y añade en la misma entrada: 

Mañana voy al Club de Poesía. No he visto a nadie últimamente —vida tranquila tipo sonámbulo— ¡¿quizás tengo un toque de la enfermedad de mi hermana?!

Rose Williams fue diagnosticada de «demencia precoz» (denominación con que se llamaba en aquel tiempo la esquizofrenia) e ingresada en una institución psiquiátrica donde pasó el resto de su vida. Debido a su mal estado, en 1943 se le practicó una lobotomía prefrontal bilateral. Su hermana y su desequilibrio emocional inspiró varios de los personajes de las obras de Williams, entre ellos el de Blanche Du Bois, de Un tranvía llamado Deseo.

Durante la mayor parte de su vida adulta Williams temió padecer la misma enfermedad que su hermana y utilizó sus diarios para medir, para calibrar, qué cerca o qué lejos se encontraba su mente del desequilibrio.

Cuadernos de delicada locura
Una página de Tennessee Williams. (DP)

La expresión, «blue devils» (demonios tristes) aparece muy a menudo en las entradas de los cuadernos de Tennessee Williams. Estas dos palabras, popularizadas por los músicos de blues en sus canciones durante los años 30, pasaron a ser una señal en clave de que se encontraba decaído, triste o desmoralizado. Era un aviso de que el perro negro —como lo llamó Churchill— de la depresión podía estar cerca. El dramaturgo dejó constancia por escrito durante toda su vida de la presencia de los endemoniados e incómodos visitantes: «Un pequeño y salvaje blue devil ha estado conmigo todo el día» (31/08/36). «El blue devil se ha suavizado. Solo queda un pellizco en mi talón» (11/09/43). «Blue devils me amenazaron cuando llegamos a Barcelona, pero de momento se han dispersado» (1/08/54). 

Otras veces, cuando la depresión ya estaba presente y había colonizado su mente, el análisis intentó ser más concienzudo. El 29 de julio de 1951 anota en su dietario:

Finalmente conseguí dormir cerca de dos horas. Creo que hay alguna causa psicológica —más que física— en este insomnio. Aunque soy de naturaleza nerviosa, el insomnio nunca antes había mostrado esta forma. Aunque pienso que también puede haber algo de hipertensión. Creo que abandonaré Venecia mañana, lo veo todo a través de una neblina de enfermedad. ¿Cuál es el camino para salir de esto además del que no quiero tomar? ¿Hay algo más triste que lugares exclusivamente dedicados a perseguir el placer como este gran hotel estilo Miami Beach?

Esa misma madrugada (3 a. m.) vuelve a escribir:

He tomado mi primer Secconal hace media hora y estoy bebiendo un poco de whisky. Me siento relajado, pero no tengo sueño. Me pregunto si con un compañero de cama desaparecería esta extraña aflicción. ¿Y si volviera a mi casa y a mi familia? Voy a intentar usar mi inteligencia para analizar mi vida a través de estos días atormentados. Voy a ser razonable y paciente. Voy a comportarme como un adulto y no me dejaré arrastrar por la desesperación inútil por fácil y tentadora que sea. 

 En 1969, su hermano Dakin ingresó a Tennessee Williams en el psiquiátrico de Saint Louis (Missouri) durante tres meses para recibir tratamiento debido a su abuso del alcohol y otras drogas. 

Su exhaustiva vigilancia acerca de la enfermedad mental (su íntimo enemigo) llegó hasta el final de sus días. En las últimas páginas de sus memorias Williams escribe:

Creo llegado el momento de ponderar si soy o no un lunático, o si puedo ser considerado una persona relativamente cuerda. (…) Cordura y demencia son, en realidad, términos jurídicos. No me consta que el hoy legendario teniente Calley, símbolo de la desalmada brutalidad que tiñó de rojo aquella zanja de la aldea de My Lai (Vietnam) con la sangre de aldeanos indefensos, desde abuelos a bebés, haya sido declarado jurídicamente loco. (…) He hecho conmigo mismo el pacto de seguir escribiendo, ya que no me queda otra opción, tan arraigado está en mí como forma de existencia y de lucha, pero probablemente no volveré a meterme en más montajes teatrales.

Williams tenía entonces sesenta años (murió doce años después) y ya era un autor teatral reconocido en todo el mundo. Sus obras, entre las que destacan Un tranvía llamado Deseo, El zoo de cristal o La gata sobre el tejado de cinc caliente, fueron llevadas al cine e interpretadas por actores y actrices como Elisabeth Taylor, Paul Newman o Marlon Brando, lo que incrementó su fama.

(Continúa aquí)


Del tratamiento moral

Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers tratamiento moral
Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers en 1893. (DP) moral

Howard Phillips Lovecraft mira las imponentes agujas neogóticas del edificio, mientras las nubes grises descargan una fina lluvia plomiza que acompaña a los espantosos graznidos de las gaviotas, y el aire se impregna de un intenso hedor a humedad oceánica. 

A Howard Phillips Lovecraft le causa una honda impresión el antiguo frenocomio, y despierta en él un miedo irracional, que lo desvela cada noche entre terribles pesadillas y horrores abismales. Sueña con sus largos pasillos interminables, sus altas y refinadas estancias y sus redes de túneles subterráneos, que lo sumergen en un mundo irreal.

Ese edificio, el Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers, en Massachusetts, le recuerda irremediablemente al hospital psiquiátrico de Butler, en Providence, donde murió su padre, Winfield Scott Lovecraft, cuando él tenía tan solo ocho años, a causa de una parálisis general progresiva que le provocó una incapacidad mental. En ese mismo hospital también murió su obsesiva, puritana y neurótica madre, Sarah Susan Phillips, tras una larga enfermedad, y desde el que le escribía encamada interminables cartas a su hijo, alimentando su mente con los viejos rencores inculcados en la infancia y subyugándolo con los anhelos insatisfechos de aquella mujer malsana.

Howard Phillips Lovecraft sabe que el frenopático que observa ahora está atestado de locos, que la elegancia que otrora tuviera el vetusto edificio se ha transformado en una decadencia irrecuperable, que sus habitaciones ya no conservan su estética victoriana, debido, entre otras cosas, al hacinamiento de los enfermos. Y sabe que los insanos son de nuevo sometidos a las prácticas más inhumanas y a las más crueles vejaciones, disfrazadas de dudosos procedimientos científicos, donde los electroshocks, los baños de hielo o la inmovilización con camisas de fuerzas o mediante el encadenamiento con grilletes son el pan suyo de cada día. A los más desgraciados les llegan a practicar lobotomías que, en el mejor de los casos, tan solo prolongan su locura. Las habitaciones son ahora oscuras, frías y desnudas, el aire se ha vuelto estancado y opresivo, y la suciedad, habitual. Los reclusos vuelven a ser mendigos chiflados, encerrados la mayoría de las veces junto a violentos criminales trastornados, enjaulados y azotados con palos hasta que acaban obedeciendo. Ya es, otra vez, más una cárcel que un hospital.

Pero toda esa locura contrasta con la antigua belleza del lugar. Una belleza que una vez soñó un hombre antes que él. Un hombre convencido de que la arquitectura podría tener un efecto dominante sobre la enfermedad, que el entorno influía, a la larga, en la salud de los pacientes que, lejos de bizarras teorías de posesiones demoníacas y causas sobrenaturales, aquellos desgraciados podrían llegar a curarse mediante el tratamiento moral y el habitar en un ambiente de sublimidad y refinamiento, y que ello debería tener un indiscutible efecto terapéutico sobre sus manías. Aquel hombre que una vez soñó la curación de los locos se llamaba Thomas Story Kirkbride, y anticipó con clarividencia que el encierro total de los insanos no era la solución, que la luz solar y el aire fresco y un entorno placentero iban a resultar factores cruciales para su sanación. 

Aquel hombre soñó con la belleza como redención de la locura.

Kirkbride supo desde el principio que la cura se obtendría como consecuencia del determinismo ambiental. Presentía que el ambiente ordenado y racionalizado permitiría reordenar y reestructurar la mente del paciente.

Y se puso a ello.

Kirkbride diseñó, con la más fina minuciosidad, el hospital de enfermos mentales más adecuado a sus innovadoras ideas. Los sanatorios mentales debían, según su criterio, asemejarse a palacios victorianos, preferiblemente de estilo neogótico o románico richardsoniano, y debían ser construidos en base al más alto canon de buen gusto, siendo grandes, voluminosos y cuidadamente ornamentados.

Debían disponer de extensos jardines, bellos invernaderos, nutridas granjas y zonas de labranza, por lo que se localizarían lejos del mundano bullicio de las ciudades, y en contacto directo con la naturaleza, por lo que calculó que necesitaría no menos de cuarenta hectáreas de terreno para cada uno de ellos. En aquellos espacios fértiles los pacientes podrían deleitarse con la exhibición de la vida en sus formas activas, y constituirían las extensas vistas de un paisaje siempre bucólico desde sus habitaciones, pensadas para promover la comodidad e intimidad de los pacientes, y que deberían tener techos de no menos de 3.7 metros de altura y acomodar a un máximo de dos pacientes (idealmente uno).

La arquitectura de los sanatorios también estaba predeterminada por Kirkbride: consistiría en un edificio lineal con dos amplias alas conectadas entre sí a un gran bloque central, con ocho pabellones adyacentes, cada uno de ellos asegurando la privacidad e independencia del resto, y que se desplegarían en una estructura de alas de murciélago desde el centro, dispuestas en escalón, lo que permitiría que los corredores se abrieran a la luz del sol y a la ventilación del aire puro. Cada ala dispondría de su propio salón, baño, vestuario y enfermería, mientras en el pabellón central se encontrarían los servicios generales como la recepción, la administración, las cocinas y la casa del superintendente, el cual debía vivir necesariamente allí, junto al resto de trabajadores.

Según el diseño de Kirkbride, la disposición espacial de los diferentes pabellones permitiría separar a los pacientes por estado mental, tanto en las manifestaciones de su patología como en los comportamientos particulares de cada uno. Los más enfermos o más excitables se situarían en los pabellones más alejados del bloque central, acercándose progresivamente a él conforme mejoraran su estado de salud o se tranquilizaran, por lo que la organización de los pacientes estaba íntimamente imbricada con la estructura física del edificio. Para este propósito, los pacientes eran catalogados en tres grupos: maníacos, melancólicos y dementes. También el sexo o el estatus social eran valorados para clasificar a los pacientes, tanto en su acomodo como en el tipo de tareas que se les asignaban, ya que Kirkbride pensaba que el trabajo en los jardines y en las tierras de cultivo eran parte de la terapia, así como la ayuda en las salas. 

Kirkbride planificó con una excelsa finura todos los detalles, desde los caros materiales de construcción a utilizar hasta los puestos específicos del personal sanitario (sus hospitales debían contar con treinta y cinco hombres y treinta y seis mujeres en plantilla, incluyendo médicos, enfermeras, supervisores, maestros, matronas, vigilantes y hasta un capellán); o desde el color de las pinturas hasta el salario de cada uno de los trabajadores, determinando incluso la obligación de los enfermos a asistir a los servicios religiosos de los domingos. También definió algo clave según su entendimiento: la capacidad máxima de sus sanatorios, no debían tener más de doscientos cincuenta enfermos por hospital.

El primer sanatorio de enfermos diseñado por Kirkbride fue construido en 1848 en Nueva Jersey; el Asilo de Lunáticos del Estado de Trenton. Pero no fue el único, desde ese año y hasta 1910 se construyeron otros setenta y dos a lo largo y ancho de todos los Estados Unidos, siguiendo un plan meticulosamente preestablecido por el médico de Pensilvania. Pero aquel plan duró tan solo unas pocas décadas: los cambios legislativos y los consecuentes recortes presupuestarios de la década de 1870 obligaron a los superintendentes a internar a un alto número de pacientes por hospital, y la decadencia económica tras la guerra civil americana acabó convirtiendo aquellos idílicos palacios de enfermos mentales en lúgubres asilos del terror. A día de hoy, muchos de ellos han sido demolidos o reusados para otros fines. Tan solo quedan en pie una treintena en su forma original. 

Pero en esos pocos años, Kirkbride logró demostrar, al igual que lo hizo la escuela de alienistas parisinos de Philippe Pinel y Jean-Étienne Dominique Esquirol al principio de aquel siglo, que los enfermos mentales tenían momentos de lucidez, y que no eran animales irracionales, sino víctimas de situaciones vitales que habían traspasado todas las fronteras de la cordura, como consecuencia de haber sido expuestos durante periodos prolongados a ambientes opresores que les causaba daños orgánicos severos. De igual forma a los insanos de los asilos parisinos inmortalizados por Théodore Géricault en su serie de las monomanías, los enfermos mentales norteamericanos de mediados del XIX fueron tratados durante aquellos años como personas, lo que propició una mejoría nunca antes vista, demostrando la eficacia del tratamiento moral sobre las enfermedades de la mente. 

Pero, irremediablemente, el ocaso del sueño de Kirkbride acabó transmutando en pesadilla lovecraftiana, aunque sirvió para legarnos los más bellos y misteriosos sanatorios psiquiátricos que alguna vez se hayan construido. 

Sin lugar a dudas, el hospital de enfermos mentales de Danvers, que oteaba aterrorizado Howard Phillips Lovecraft, fue uno de los más exquisitos y elegantes del plan Kirkbride. De aquel emblemático edificio de los horrores que el escritor de Nueva Inglaterra inmortalizó en «La sombra sobre Innsmouth», hoy en día solo permanece inalterada la parte que sin duda el maestro del horror cósmico consideraría la más importante del complejo: su cementerio. 

Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers tratamiento moral
El complejo Kirkbride  del antiguo Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers, en 2010. Foto: John Phelan (CC).


Kirkbride, Thomas Story. «On the Construction, Organization, and General Arrangements of Hospitals for the Insane with Some Remarks on Insanity and Its Treatment». Philadelphia, 1854. 


Orden mental y orden público

orden mental
El ojo, como un globo extraño, se dirige al infinito, Odilon Redon, 1882

La concepción del síntoma

No podemos conocer la esencia de las cosas si no identificamos primero sus metáforas. (Borges)

La percepción del síntoma está influida por los significados colectivos que se han dado a las distintas manifestaciones de inadaptación mental a lo largo de la historia y a lo ancho de las diferentes culturas.

No es lo mismo saber a qué causa obedece un síntoma que saber qué significa. En este sentido, es relevante analizar la percepción humana del mundo desde una perspectiva individual y colectiva, porque las personas no solo perciben la realidad, sino que la reelaboran en función de las imágenes sociales predominantes. 

La exclamación «¡Me duele el corazón!» puede tener diversos significados según distintos contextos culturales. Las ciencias de la salud se han decantado mayormente hacia una interpretación biológica de la enfermedad excluyendo su contextualización cultural y de significación subjetiva. La antropología interpretativa o etnográfica ha hecho aproximaciones importantes en este sentido1. Donde unos perciben los síntomas como señales naturales que hablan de una realidad patológica, otros observan una elaboración cultural que remite a un mundo de significados2.

Resulta interesante el análisis histórico que puede hacerse de la melancolía, considerada como el primer desorden mental de la civilización europea3. Esta enfermedad se caracterizaba por sufrir ansiedad, depresión y fatiga por falta o exceso de deseo. Esta indisposición la padecía el conjunto de la sociedad y, curiosamente, siguiendo los anales de la Inquisición española, afectaba a los sospechosos de transgredir cánones establecidos en una época en la que se consideraba que el demonio estaba por todas partes. A partir de los siglos XVI y XVII, la noción de culpa se extiende en la sociedad y la melancolía podría obedecer a la interiorización y gestión subjetiva de la culpa. Se recogen casos de personas que se denunciaban a sí mismas por distintos pecados y que, aunque no se les reconociera culpabilidad, no mejoraban en su trastorno melancólico ni en el sentimiento de culpa.

A lo largo de la historia, se han producido diferentes discursos narrativos sobre la patología.

Metáforas de la enfermedad4

En la Grecia clásica, la enfermedad es entendida como castigo sobrenatural o también como posesión demoníaca. Por tanto, es merecida y motivada por una falta personal, por transgresión colectiva o, incluso, por algún crimen cometido por los ancestros.

El cristianismo establece una vinculación entre la enfermedad y el enfermo. En este sentido, la enfermedad supone un castigo adecuado y justo de acuerdo con la falta cometida.

En la filosofía política de Maquiavelo se introduce la idea de desorden del organismo y la necesidad de prevención y observación del comportamiento de los síntomas.

La modernidad introduce, a través de la filosofía de Kant, la idea de conexión de la enfermedad con los sentimientos y la influencia de la desmesura de estos en la salud5.

El romanticismo ahonda en este sentido y propugna la expresión de sentimientos como indicador de vitalidad y sobre todo de especificidad subjetiva. Las emociones, más que las ideas, son las que nos hacen individuales y originales. La enfermedad sería entendida como deseo intenso y subjetividad interesante. El legado más importante del romanticismo fue la idea de «lo interesante».

Una ocasional vena melancólica será siempre inseparable de la perfección de lo bello. (Edgar Alan Poe)

Hacia 1880 se impone la metáfora de lo militar. La enfermedad es una invasión de entidades enemigas. Los remedios de salud se orientan al descubrimiento de bacterias invasoras.

En el siglo XIX, la salud y la enfermedad son una expresión del carácter y el resultado de la voluntad. La curación se produce si la parte sana de la voluntad es capaz de doblegar a la otra parte. 

Actualmente, las metáforas más potentes hablan de la enfermedad como consecuencia de la represión en personas insensibles, indiferentes, inexpresivas y negadoras del propio deseo; y por otra parte el imaginario colectivo habla de enfermedad ambiental, de una forma de venganza de la Naturaleza ante el maltrato que recibe del ser humano6.

Por último, el síntoma puede ser entendido como la única respuesta adaptativa a contextos patógenos y desestructurados para el ser humano.

Así pues, el desorden físico o psíquico puede atribuirse a desequilibrios humorales, desórdenes fisiológicos y bioquímicos, al alejamiento voluntario de la razón, a la ruptura del pacto social, a disfunciones cerebrales y a mecanismos fallidos de adaptación social7.

Elaboración simbólica del síntoma

Patricia Granada8 elabora una construcción simbólica de la enfermedad desde distintas concepciones, de las que pueden destacarse las siguientes:

Desde la Antigüedad nos acompaña la perspectiva mágica. Su punto de vista defiende que la enfermedad se caracteriza por la existencia de lo sobrenatural y el animismo.

Desde el idealismo, la salud es un estado utópico no alcanzable, pero al que siempre hay que tender.

El enfoque somático-fisiológico apunta a la enfermedad como la ausencia de salud. Su campo disciplinario es la exploración del cuerpo y la valoración de signos y síntomas de la medicina clínica.

La perspectiva psíquica se introduce en el siglo xviii poniendo énfasis en la dimensión no física sino de interacción psicológica del sujeto con su realidad.

Tras la Segunda Guerra Mundial se impone un relato de salud y enfermedad como resultante de la distribución de riqueza y posición social. Disciplinas como la epidemiología, la antropología, la sociología, la economía y la política toman relevancia como sistemas de investigación científica.

Por último, puede apuntarse la dimensión político-legal que defiende la salud como derecho universal reconocido que los gobiernos deben garantizar mediante sistemas públicos de atención.

En síntesis, la manifestación de un comportamiento, la ocurrencia de un pensamiento o la experimentación de ciertas emociones o sensaciones no significan nada por sí mismas. Para que podamos definir una dolencia o un desorden necesitamos una metáfora que le dé sentido. El síntoma necesita de un relato para ser entendido e interpretado. Existen distintos discursos que podemos identificar en la historia del pensamiento, aunque algunas metáforas coexisten en el tiempo.

Hay tres cuestiones involucradas en este aspecto: la concepción del síntoma o forma de entenderlo en épocas y culturas concretas; el relato que le da sentido; y el tipo de terapeuta más idóneo para cada relato.

Metáforas colectivas del síntoma9

CUADRO SÍNTESIS

CONCEPCIÓN SÍNTOMA RELATO QUE LO EXPLICA TERAPEUTA ADECUADO
Es portador de significados simbólicos y oscuros de carácter general que la persona desconoce. El terapeuta sabe más del paciente que él mismo.

La verdad es revelada.

Posesión diabólica.

La verdad está escrita en las estrellas.

Pertenece al exterior.

Oráculo, chamán.
Es manifestación de otros problemas y mecanismos fisiológicos subyacentes y más profundos del interior del sujeto. Bioorganicista. El saber necesario es desconocido por el paciente.

La verdad está escrita en las entrañas.

Pertenece al interior

Médico, sanador.
Es expresión de las carencias del sujeto. Ello puede ser entendido como necesidad de intercambio o suplencia y dar dos tipos de agentes. Mercader,

asesor, coach (figura transversal a otros escenarios).

Es lo reprimido y olvidado

Es querido y no querido a la vez.

Lo olvidado se hace presente. Hay que hacer consciente lo inconsciente. Es necesario el insight.

Resistencia al cambio y ganancias secundarias.

Psicoanalista.
Es expresión de una pauta universal. El cliente actualiza mitologías eternas y universales. Verifica principios y leyes científicas generales. Estudioso, científico académico, diagnosticador.
Es el obstáculo para su felicidad y adaptación social.

Binomio: enfermedad mental-delito.

La persona tiene déficits que hay que corregir. Rehabilitador.

Binomio psiquiatría-justicia.

Es un signo de desajuste en el entorno ecológico. El entorno social, cultural y político es responsable del comportamiento humano. Antipsiquiatría,

asesor filosófico.

Es la insistencia del deseo instintivo sepultado por la exigencia de socialización del sujeto y su necesidad de ser aceptado por la comunidad. La persona intuye la solución, aunque no sepa gestionarla. Su vitalidad ha sido sepultada por la necesidad de aceptación social. Atestiguador, acompañante, educador, pedagogo.
Es un modo de mejora adaptativa y un indicador del nexo entre el sujeto y su entorno. La enfermedad mejora la capacidad adaptativa.

La salud del sujeto depende de las pautas saludables que realice y de la salud ecológica del entorno.

Darwinismo social,

medicina naturista,

psiconeuroinmunología.

La renuncia de la persona a sí misma hasta el olvido

La historia sobre la gobernabilidad de las poblaciones va unida a la historia de la lucha para que las personas olviden sus propios impulsos, para que no confíen en sus sentimientos. En definitiva, para que abandonen la idea de ser ellas mismas y dirijan su esfuerzo a satisfacer las expectativas del entorno.

Este proceso de limitación de lo individual hunde sus raíces en el inicio de la civilización. Y como toda regla cultural dispone de su sistema de prohibición, la fundación de una sociedad se basa en la prohibición del autoconsumo, en la inhibición del uso inmediato de las propias mercaderías10. En la tribu de los guayakíes tienen prohibido que el cazador consuma la pieza cazada; debe cederla a otro miembro del clan con el fin de extender y fortalecer el vínculo con la comunidad11

La inhibición del autoconsumo se amplía a la sexualidad. El cuerpo y la salud cobran importancia, así como la identidad del cuerpo sexual12. Hacia 1710, en Alemania, y en 1760 en Francia, se produce la cruzada contra la masturbación que se ampliaría al resto del mundo. El contacto del sujeto consigo mismo hace peligrar su deseo por atender las expectativas exteriores que se tienen de él. También puede citarse, en este sentido, el caso de la poesía y su uso de las palabras como valores, más allá de los signos lingüísticos. La cuestión es por qué en momentos de inflamación política se persigue a los poetas, que no suelen resultar físicamente amenazantes para el sistema establecido13. La hipótesis es que el consumo de poesía conduce al lector al contacto con su campo interno de producción de sentido y de libertad, lo cual le anima a protagonizar su propia existencia, además de alejarlo de la obediencia debida al mandato sistémico.

En definitiva, estamos hablando de la transición del panteísmo al monoteísmo. O cómo se pasó de concebir que todo era sagrado —las personas, los objetos, la naturaleza— a externalizar esa divinidad de cada persona para crear un dios único al que adorar. La atención pasó del interior de uno mismo a la deidad exterior. 

Relación entre la justicia y las disciplinas del comportamiento. El tránsito de la biografía al caso

La aparición de la modernidad como fenómeno digno de análisis de los historiadores está ligada a la incapacidad que tienen los sistemas políticos para controlar a sus súbditos mediante la fuerza. Las relaciones humanas colectivas evolucionaron desde la coacción física al sometimiento psicológico. 

En un momento determinado, los gobiernos dejan de tener los efectivos coercitivos necesarios para ejercer el control y necesitan que cada ciudadano se autorregule. Se apela al psiquismo de los ciudadanos para que ejerzan el freno de su propio principio del deseo y hasta su olvido, en aras de la imposición del principio de la realidad. Una realidad elaborada y presentada desde el exterior al sujeto, desde el ámbito sistémico de la sociedad. Es la génesis de la corresponsabilidad política de todos los ciudadanos en las decisiones del Estado. La docilidad de cada sujeto es mucho más efectiva y rentable que el control institucional.

El interés por la subjetividad tiene su génesis en las investigaciones relacionadas con el control social. Cuando el juez solicita el peritaje del especialista en comportamiento sobre el reo/paciente, lo que en realidad le pregunta es si cree que el sujeto puede volver a delinquir y cuál es su potencial de reincidencia y, por tanto, si lo considera peligroso para las bases del pacto social.

En consecuencia, resulta esencial conocer el funcionamiento psíquico de las personas para lograr que se autorregulen. Este es el principio del panóptico14, según el cual, las personas se comportan como se espera de ellas cuando se sienten observadas. El panóptico debe ser entendido como un artefacto de búsqueda de la docilidad y podemos encontrar un antecedente de este concepto en las viejas mazmorras que contenían el símbolo del triángulo que enmarca un ojo divino y cuyo título decía: «Dios te ve».

A finales del siglo XVIII se inicia una espesa red de mediaciones de la justicia, policía, psiquiatría y medicina en la que lo banal será analizado desde el código de la administración, el periodismo cronista y la ciencia. Se establece un tránsito que va desde la biografía de la persona al caso, como fruto de la reducción de la persona al conjunto de sus carencias.

No obstante, debemos evitar el pensamiento determinista mediante el cual la estructura social regula irremisiblemente al sujeto. Los nuevos escenarios de inserción y marginación social generan nuevos campos de producción de sentido en los que el sujeto escapa del control y elabora sus propios mecanismos de construcción subjetiva. No debemos olvidar que las personas no solo reciben la influencia de la realidad que las rodea, sino que redefinen su sentido en el tipo de relación que mantienen con el mundo, un diálogo permanente que sostiene su proceso de socialización15.

La literatura, y en general las artes, ocupan el plano de lo que escapa a los grandes códigos reglados; la «fábula de la vida oscura», los grados más bajos y persistentes de lo real. Lo ínfimo, lo que no se dice, lo que no merece gloria, lo infame. También lo más prohibido y escandaloso. La ficción reemplaza a la hazaña. Según el dispositivo de poder de Occidente que consiste en convertir lo cotidiano en discurso, la literatura, tal y como hoy la conocemos, se desplaza de lo hazañoso exterior a lo cotidiano interior. De la épica a la novela16.

Con lo expuesto, podemos intentar una suerte de sistematización de este desplazamiento, sobre el que se asienta el análisis de la identidad, concepto clave para la impartición de justicia, que transita desde la comprobación de los hechos cometidos a la peligrosidad latente del infractor, renovándose así la persistencia del criterio clásico: se condena a la bruja, no por lo que ha hecho, sino por lo que es capaz de hacer. 

A pesar de lo dicho, también es cierto, y por la vía de la polaridad paradojal, que de la psiquiatría han venido las más importantes innovaciones en el campo de la atención a la salud mental, quizá por ser un sector profesional altamente sensible y vinculado al sufrimiento de los seres humanos.

A continuación, desearía analizar dos asuntos aparentemente contradictorios, en los que se relaciona la salud mental con el orden público. 

En primer lugar, hablamos de la situación de la infancia y la juventud sometida a medidas de reforma judicial, un fenómeno en el que se observa una hipertrofia del diagnóstico de la enfermedad mental.

En segundo lugar, veremos la relación entre violencia política y salud mental. En este caso, se observa, contrariamente a lo anterior, una negación de la expresión del sufrimiento psíquico de la víctima.

Infancia y juventud sujeta a medidas judiciales

La fiebre del diagnóstico

El síntoma es un indicador del proceso vital de su anfitrión. El comportamiento del síntoma de desorden psíquico nos hablará de los aprendizajes y procesos adaptativos o no de la persona que lo manifiesta.

No siempre mantenemos una lectura abierta y fértil sobre los problemas. En este sentido, el peor efecto sociolingüístico de la modernidad ha sido la «reificación»17, esto es, convertir los procesos en cosas u objetos que se puedan manosear. Este proceso ha llevado la depresión, la bipolaridad o el trastorno de alteración de la atención a etiquetas del más alto nivel de implantación social.

—Doctor, este niño tiene inadaptación escolar.

—¿Y la ha traído?18

La etiqueta desplaza a su anfitrión y muchas veces lo sustituye. Lo que se aproxima a lo cierto o verdadero nunca es lineal ni de lectura unívoca, sino que suele tener un aspecto paradójico, una contradicción que completa las dos caras de la moneda. Esta contradicción suele ser solo aparente y funciona más en el plano teórico que en el de la práctica profesional.

La valoración de los niños y jóvenes atendidos por los servicios especializados para su inserción social y familiar plantea esta paradoja. Por un lado, el mero análisis de los perfiles de la problemática que los niños presentan puede llevarnos a una posición simplista que priorice los factores de control social e institucional sobre los jóvenes y relegue a un segundo plano sus verdaderas necesidades en su itinerario de inserción social. Por otro lado, no podemos renunciar a un diagnóstico funcional que oriente el futuro programa social y educativo que cada caso necesita. 

El primer aspecto de la paradoja podemos situarlo en el avance social de los procesos de «normalización» y de las instituciones de tratamiento, entre ellas la escuela. Con esto se produce un efecto de incremento de tipificaciones de anormalidad relacionada con el objetivo de búsqueda de docilidad. Francine Muel-Dreyfus realiza un sugestivo análisis al respecto:

Los primeros congresos a favor y en defensa de la entonces llamada «infancia anormal» (1894) parten de una clasificación de trastornos mentales profundos ya existente y aportan un discurso médico y pedagógico que añade un conjunto de trastornos menos profundos19: retrasados (a no confundir con perezosos o ignorantes); inestables: que no están en su sitio, no coordinan movimientos, no controlan instintos, tienen cóleras inexplicables y manifiestan «desvergüenza muscular»; por último, están los «combinados»: retrasados-inestables, etc.

Cabe recordar que, en el discurso clásico, los trastornos profundos, aptos para el manicomio, se reducen a «idiotas e imbéciles». Estas clasificaciones se han ido complicando con el desarrollo de la tecnificación del diagnóstico. Las ciencias del comportamiento alcanzan actualmente niveles de finura en los que parece que nada escapa a su mirada (panoptismo tecnológico).

La construcción de las tipologías está muchas veces al servicio de los mecanismos de control social y sirven sobre todo para conocer la institución en la que están acogidos los jóvenes y sus mecanismos de control cotidiano. Taylor y Bogdan (1986) citan las siguientes tipologías elaboradas por el personal de escuelas estatales en Estados Unidos para retardados mentales:

Hiperactivos, peleadores, espásticos, vomitadores, fugitivos, pestes, muchachos de comedor, muchachos trabajadores y favoritos20.

Más adelante se cita otra clasificación:

Regurgitador, testaferro, tramposo, arrebatador, ensuciador, golpeador de cabeza, de grado bajo, vegetal, mal educado y peleador21.

La etiqueta diagnóstica suele sustituir el problema que padecen los sujetos por el que las instituciones tienen para insertarlos en la sociedad. La tecnificación del diagnóstico desplaza la dimensión social y cultural de la inadaptación social por medio de los mecanismos de la medicalización, psiquiatrización, psicologización y pedagogización de los casos.

¿Problemas de conducta o trastornos mentales?

En el caso de los niños y jóvenes atendidos por los servicios especializados de protección y reforma judicial, sigue abierto el debate acerca de si los problemas de conducta22 que presentan los jóvenes deben ser entendidos como trastornos mentales. El Síndic de Greuges de la Comunidad Valenciana (defensor del pueblo), en su informe sobre centros de protección de menores con problemas de conducta, saca a colación este debate y cita algunos diagnósticos de salud mental que se emiten actualmente sobre los niños y jóvenes de este sector, y destaca como más habituales los siguientes:

  • Alteraciones inespecíficas de conducta. 
  • Trastorno de la conducta desafiante/oposicionista. 
  • Síndrome reactivo depresivo. 
  • Trastorno por déficit de atención e hiperactividad. 
  • Consumo abusivo de múltiples tóxicos.
  • Trastorno de estrés postraumático. 
  • Discapacidad intelectual leve/moderada/grave. 
  • Trastorno afectivo bipolar. 
  • Trastorno reactivo de la vinculación de la infancia o la niñez. 
  • Trastorno psicótico inespecífico. 
  • Trastorno destructivo del control de impulsos y de la conducta. 
  • Trastorno del espectro autista. 
  • Síndrome de Asperger. 
  • Trastorno obsesivo compulsivo. 
  • Trastorno disocial. 
  • Rasgos caracteriales desadaptativos. 
  • Riesgo de autolisis.

Mientras en la población en general el 9 % sufre enfermedades mentales diagnosticadas, en la infancia y la juventud acogida en servicios de atención, el 73 % de la población ha sido diagnosticada por las Unidades de Salud Mental23. Hay que añadir que, en general, la población atendida que recibe tratamiento psicofarmacológico aún alcanza porcentajes mayores24.

Trauma en casos de la violencia política. La travesía del fantasma

En otro orden de cosas, podemos entender el desorden mental como la imposibilidad de sostener la crudeza que a veces muestra la realidad y, en consecuencia, la dificultad para armonizar polaridades contrarias. Tolkien fue soldado en la Primera Guerra Mundial. El horror que pasó le indujo a crear su universo mítico de El Silmarillion y su posterior obra, El señor de los anillos. Esta creación tenía entre sus fines aumentar su capacidad para soportar la realidad que le tocó vivir25.

Las experiencias traumáticas en general, y las situaciones particulares, como las catástrofes, las guerras y la violencia organizada, afectan a la salud mental. Los investigadores están de acuerdo en que las guerras suponen una fuente de traumas y de trastornos relacionados con este tipo de vivencias, como el trastorno por estrés postraumático. En concreto, hay estudios en los que aparecen por primera vez términos como «neurosis de la trinchera», durante la Primera Guerra Mundial, o la «neurosis traumática de guerra», durante la Segunda Guerra Mundial. Los conflictos bélicos suponen una fuente de problemas psíquicos y emocionales que afectan a toda la sociedad26.

Nicolas Abraham y Mária Török fueron los pioneros en el concepto de la transmisión generacional27. Estos psicoanalistas de origen húngaro-francés defienden que la constitución del trauma por violencia política se realiza en el transcurso de al menos tres generaciones. Posteriormente, Clara Valverde aplica este análisis a la situación de la guerra civil española28.

La generación de lo «indecible»

La primera generación es la que vivió el trauma más importante —como en el caso de la guerra civil en España—, es la generación de lo indecible. Lo que vivieron fue tan desbordante que no pudieron ponerle palabras. Experimentaron horrores como la desaparición del freno social que impide matar. Tendieron conscientemente a no hablar a sus hijos de lo que habían visto porque no querían hacerles daño.

A nivel inconsciente, las emociones desbordantes, como el miedo o la rabia, a menudo se reprimieron y el impacto permaneció en la mente y en el cuerpo. Pero lo que no se habla se comunica a través de comportamientos, gestos, lenguaje no verbal y emociones. Y cuanto más se intenta no comunicar el trauma, más intensamente se percibe y se siente, generando repeticiones y obsesiones.

La generación de lo «innombrable»

La segunda generación, los hijos de los que vivieron la situación traumática, son la generación de lo «innombrable». La información que recibieron de sus padres fue, si acaso, en forma de palabras, pero sin estar acompañadas de las emociones congruentes o, sobre todo, en forma de silencio cargado de emociones, y por ello esta generación no pudo construir una representación verbal de lo que les ocurrió a sus padres.

Muchos tampoco pudieron preguntar directamente a sus padres qué habían vivido, porque al verlos heridos y afectados, quisieron protegerles. Cuando uno nota que sus padres sufren, el mensaje no verbal que percibe es «no hagas preguntas», a lo que se añade la represión que exigía silencio de cualquiera que no estuviera de acuerdo con el régimen establecido.

Esta generación tuvo dificultades para aprender a manejar las emociones, ya que habían crecido con padres que habían sobrevivido una situación terrorífica que no pudieron expresar.

La generación de lo «impensable»

Los nietos de la contienda bélica son la tercera generación, la de lo «impensable», porque son los que no se imaginan ni pueden representar con palabras lo que ocurrió. No tienen la información sobre los hechos y, al mismo tiempo, ayuda a entretejer, uno a uno, los hilos que unen el pasado con el presente. El proceso de elaboración consiste en tejer en ese telar.

Esta generación es receptora de la transmisión no verbal más potente, de imágenes sin texto que consolidan la travesía del fantasma.

Es importante ver el proceso de elaboración desde la perspectiva de la reparación y no desde el ajuste de cuentas. Esto significa que debemos dedicar el tiempo necesario para recapacitar y expulsar el exceso de emociones dañinas relacionadas con el trauma transgeneracional. Explicar la historia permite modular las emociones encendidas y excesivas, y así poder integrarlas de una manera más sana. Se trata de hacer consciente lo inconsciente.

Los dolores negados

se apoderan

de la cara oculta

de la sombra.

El horror

cambia de nombre

y se hace sustancia.

Y alimenta

lo no dicho

que transita

el filo del futuro

como amenaza.

(«El fantasma», Trinidad Ballester)


Notas

(1) Geertz, C. (1987), La interpretación de las culturas (Gedisa). Este autor, junto a Victor Turner, son exponentes de la antropología simbólica e interpretativa en los años sesenta y setenta

(2) Martínez, A., «Antropología versus psiquiatría: el síntoma y sus interpretaciones».

(3) Vázquez, M. C. (2004), Transgresión y melancolía en el México colonial (UNAM. Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades).

(4) Susan Sontag enumera las interpretaciones del síntoma más relevantes en su libro La enfermedad y sus metáforas. Sontag, S. (1996), (Taurus), p. 49 y ss.

(5) Kant, E. Anthropologie (1798). En Sontag (1996), op. cit.: 50.

(6) Véase Foucault, M. (1976), Historia de la locura en la época clásica (Fondo de Cultura Económica). Véase también Goffman, E. (1976), «Síntomas psiquiátricos y orden público». En L. Forti (Comp.). La otra locura (Tusquets).

(7) Álvaro, J. L. (2007), en Diccionario crítico de Ciencias Sociales. Dirigido por Román Reyes (Universidad Complutense de Madrid).

(8) Granada, P. (2000), «El campo de la salud como espacio de construcción simbólica», Revista de Ciencias Humanas, Pereira.

(9) Ortín, B. (2018), «La vida es imaginada» (Jot Down), pp. 31 y 32.

(10) Desde el punto de vista estructural, en toda sociedad, la comunicación se opera al menos a tres niveles: intercambio de mujeres, intercambio de bienes y servicios e intercambio de mensajes (Lévi-Strauss (1958: 326). En Ibáñez, J. (1986), Más allá de la sociología (Siglo XXI), p. 140.

(11) Ibáñez, J. (1986): op. cit., p. 143. (12) Foucault, M. (1990b), La vida de los hombres infames (Endymion).

(13) Ibáñez, J. (1986), Más allá de la sociología (Siglo XXI), p. 142.

(14) Bentham (1767), en Foucault, M. (1990), Vigilar y castigar (Siglo XXI).

(15) Berger, P. y Luckmann, Th. (1983), La construcción social de la realidad (Amorrortu).

(16) Foucault, M. (1990), La vida de los hombres infames (Endymion), pp. 175-202.

(17) Ibáñez, J. (1986), Más allá de la sociología, (Siglo XXI).

(18) Ortín, B. (2005), Cuentos que curan (Océano-Ambar), p. 77.

(19) Foucault, M. (1981), Espacios de poder (La Piqueta), p. 123 y ss.

(20) Taylor, S. J.; Bogdan, R. (1986), Introducción a los métodos cualitativos de la investigación (Paidós), p. 162.

(21) Op. cit., p. 238.

(22) Informe del Síndic de Greuges de la Comunidad Valenciana, 24 de marzo de 2017. «Sobre centros de protección específicos de menores con problemas de conducta», p. 5.

(23) Informe del Síndic de Greuges, op. cit., p. 20. Véase también la p. 25, en la que se dice: «De los datos aportados por los centros se comprueba que la práctica totalidad de los/as menores ingresados en estos centros tienen prescrito tratamiento psicofarmacológico, bien por el facultativo del Centro de Salud (USMI) o del propio centro de acogida».

(24) Informe del Síndic de Greuges, op. cit., p. 25.

(25) Bond, D. S. (1995), La conciencia mítica (Gaia), p. 145.

(26) Gómez Marín, I. y Hernández Jiménez, J. A. (2011), «Revisión de la Guerra Civil Española y la posguerra como fuente de traumas psicológicos desde un punto de vista transgeneracional», Revista Electrónica de Psicoterapia, octubre de 2011, pp. 473-491.

(27) Török, M. y Abraham, N. (1978), La corteza y el núcleo (Amorrortu).

(28) Valverde, C. (2014), Desenterrar las palabras (Icaria).


El jardín

Pieza central de El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch.

Este texto ha sido el ganador del concurso DIPCLSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.

La puerta hermética blanca permanecía, como siempre, inalterablemente cerrada.

Encontró el relato entre los papeles del viejo baúl apolillado, arrinconado en el lugar más recóndito del viejo desván, compartiendo espacio con decenas de escritos antiguos, recortes de periódicos de otros tiempos, e historias amontonadas de pacientes muertos en una época lejana. Pero fue ese documento el que le llamó la atención, tal vez por el esmero con el que estaba plegado, tal vez por lo cuidado de su escritura en tinta de pluma violeta. Todavía, a día de hoy, desconozco si aquel legajo responde a un juego literario del doctor o a una historia de alguno de los casos de la enfermedad melancólica a la que dedicó todos los esfuerzos de su vida; aquel mal que se desencadenaba por el exceso de la bilis amarilla, que acababa mutando inexorablemente en la manía más oscura, la enfermedad maldita de los dos extremos infernales, las dos máscaras de un teatro diabólico, la locura circular. El relato decía así:

«Descorrió la ventana, asomándose tímida a un exterior que creía conocer bien. Sus ojos se extasiaron con la visión del jardín, más bosque que jardín, más selva que bosque. Esperaba, y mientras tanto se deleitaba en la observación botánica de los cedros, inexplicables compañeros al costado de los magnolios en flor. Los ipés amarilleaban al lado del estanque, las jacarandás alzaban un vuelo violeta por encima de los pinos, irremediablemente más pequeños, un grupo de helechos ocultaba un tronco milenario de olivera. Todo estaba en flor.  Simultáneamente. Los frutos cargaban las ramas de los árboles casi partiéndolas por el peso. Se sentía inmensamente feliz, mientras una cálida lluvia amarilla humedecía el jardín, salpicando las piedras de rodeno que llegaban hasta el lago.

La escultura de una Venus, colonizada  por el musgo, miraba hacia la casa, al lado del estanque. Era uno de los  mejores días de su vida. Ya había pasado una semana desde la espléndida boda celebrada en la plaza del pueblo, cuando largas mesas acogían a los  centenares de invitados, y se cocinaban corderos enteros en las panaderías, y los negros traían las frutas tropicales en carretas. Recordaba cuando el alcalde se levantó para desearles una feliz y próspera vida a la pareja. Seguía lloviendo y un inmenso arcoíris nacía del jardín, contando por decenas los colores descubiertos justo en ese momento, y que tal vez no podría volver a enumerar nunca, adivinando cada una de las extrañas tonalidades que coloreaban el lago, tornándolo  mágico y extraño a la vez. Abrió la ventana para observar con mayor nitidez el espectáculo y un olor a cereza madura invadió la estancia, mezclándose con el dulce aroma de tabaco de pipa fumada esa misma mañana por el comandante. Decidió salir a pasear sobre la hierba fresca, y sus pies mojados y calientes se deslizaron hasta la orilla del lago, bordeando el camino que conducía hasta la fuente. Se sentó en el banco y observó que el número de nenúfares había disminuido desde el día de la boda. Ahora quedaban menos. Tal vez menos que desde que el comandante partiera esa misma mañana, tal vez desde la última vez que miró el estanque desde la ventana.

Los días se sucedían lentamente, y aunque el calor seguía siendo húmedo y asfixiante, seguía sin tener noticias del comandante. La súbita alegría que sentía en la mañana de los dos días anteriores había dado paso a una  tristeza incomprensible, que le hacía vagar sin sentido por las  habitaciones de altos techos y de ventanas engalanadas con cortinas  victorianas. Una lluvia anaranjada se observaba a través de los cristales.  No solo no había dejado de llover en todo aquel tiempo, sino que cada  vez llovía más intensamente. Manzanas, mangos, papayas y membrillos estaban esparcidos por el suelo del jardín. Ya no quedaba ni uno solo de los frutos en los árboles. Habían ido cayendo poco a poco. Recordaba la  vez que se desgajó el primero de su rama. Hizo un ruido metálico al caer al suelo despertándola en la grisácea oscuridad nocturna. Oía llover cada  vez más intensamente, y como un reflejo en medio de la noche creyó ver una estrella fugaz colarse por la ventana, pero en vez de una  estrella era un rostro familiar que se abalanzaba hacia ella veloz, o igual  había sido un sueño del que no despertó, o tal vez nunca hubiera oído ese ruido metálico que la hizo desvelarse en la noche de las nubes púrpuras.

El aspecto del jardín era desolador. Los frutos se habían podrido en el suelo, dejando fantasmas de pulpa, ensoñaciones de cortezas, almas  frutales desperdigadas tras la tragedia. Nadie había escrito durante esas semanas. Ningún telegrama, ninguna carta desde las tierras lejanas y agrias. Empezaba a dudar de su vuelta. Empezaba a pensar que todo había sido un sueño. Que nunca había existido el comandante, que estaba  a muchas millas de un sitio habitado, que no existía ningún alcalde, ningún pueblo, que nunca había estado casada. Pero aun así seguía esperándole. Confiaba en que volvería. Estaría pronto de vuelta y la felicidad entraría con él por la puerta de la casa, y pararía por fin de llover, esa maldita lluvia roja, y los árboles volverían a florecer, e incluso a echar fruto, comerían granadas maduras cogiéndolas de los árboles, saboreando la pulpa caliente en sus bocas, viendo el atardecer en las  montañas lejanas. Pero seguía lloviendo y ya no se oían pájaros, ya no cantaban los grillos en el bochorno crepuscular. Las hojas de los árboles caían sin cesar; pardas, negras, azabaches. Y cada vez le dolía más el  pecho. Le dolía de ausencia, de tristeza, de desesperanza.

Aquel día casi no se pudo levantar. Se movía por la casa como un  fantasma. Una espesa niebla se alojaba en los techos de las habitaciones.

Ya no olía a cerezas maduras. Ya no olía a nada. Un frío glaciar se colaba  por las ventanas. La lluvia negra caía cada vez más copiosa. Asomándose  a la ventana de la habitación observó un paisaje lunar, adivinando esqueletos en vez de troncos, viendo caer aquella lluvia obscena sin compasión, entristeciéndose más aún con la fría piedra de las estatuas, con la decadencia de las fuentes, con la desaparición temprana de los pájaros, con la muerte sin excusas de los insectos. Se sintió cansada,  tremendamente exhausta. Se dio cuenta por vez primera de que nunca volvería. Se acercó con dificultad hacia la cama. Decidió echarse en ella.  Apoyó suavemente la cabeza en el almohadón de plumas y entornó los  ojos. Los cerró dulcemente, con la consciencia y la seguridad de que nunca más los volvería a abrir. Supo que esta vez era para siempre. Que  no volvería. Que no despertaría jamás. Oyó de nuevo la incesante lluvia  negra en los cristales».

El papel permaneció unos segundos soportado por la tensión de su mano, mientras enjugaba sus ojos. Plegó parsimoniosamente la carta, respetando milimétricamente las guías oscurecidas de los dobleces antiguos. Volvió a mirar con atención el camafeo que tenía en su mano, con aquella mujer anónima, pero de rasgos insoportablemente reconocibles.

Le sacó de su ensimismamiento el eco del ruido pesado de la llave accionando el trabajoso mecanismo de la cerradura. La enfermera, coronada por una cofia de otro tiempo, lo miró recelosa. Él hizo el amago de señalarse los brazos, inmóviles debajo de la apretada camisa y de las cinchas que lo anclaban a una silla metálica incrustada en las profundidades infinitas de la tierra. Ella no respondió a la pregunta que enunciaban sus ojos y que musitó entre dientes:  ―¿Hoy por fin vendrá a visitarme mamá?―. Pero ella no le oyó, o hizo como que no lo oía, mientras le preparaba con desgana la dosis matutina de litio en la sala  de paredes acolchadas.


Algoritmos para el suicidio

Nicole Kidman como Virginia Woolf en The Hours, 2002. Fotografía: Cordon Press.

Aunque el suicidio tiene una gran repercusión en nuestra sociedad (la OMS informa de que se registran 800 000 al año, uno cada cuarenta segundos), ha permanecido en una especie de refugio informativo durante mucho tiempo. El Libro de estilo de El País indicaba en 2003 que «los suicidios deberán publicarse solamente cuando se trate de personas de relevancia o supongan un hecho social de interés general». Aunque no cabe duda de que se trata de un tipo de información extremadamente delicada e íntima, el efecto contagio o «efecto Werther» (por la obra de Goethe) que se esgrimía para no hablar de ello parece no ser tal. En Japón, uno de los países con índices de suicidio elevados, hablar abiertamente del tema ha contribuido, al contrario de lo que se pensaba, a que desciendan los casos. A este tratamiento de la información lo han bautizado con el nombre de «efecto Papageno» (por el libreto de Schikaneder para la ópera alemana La flauta mágica, de Mozart). Lo que se persigue es que los potenciales suicidas encuentren vías alternativas a sus planes.

Pedro Antunes, editor en jefe de la división brasileña de la revista Rolling Stone, se dio cuenta de que en su país estaba aumentando el número de personas que se suicidaban, pero no había labores de detección sistemática con las que interrumpir el proceso que desencadenan los distintos estados anímicos que atraviesa todo suicida en potencia: «Quitarse la vida es un tabú y nosotros en la revista quisimos sacarlo de ahí». Es un gesto valiente. Muchos medios habían optado hasta ahora por la vía fácil: para no caer en un tratamiento de la información morboso, consideraban que lo mejor era evitar hablar del tema. Si bien la sensibilidad ayuda ante un problema social que es el resultado de una concatenación de factores, el silencio no solo no sirve, sino que acaba por volverse cómplice, como demuestra el caso de Guyana. La situación está cambiando y entre las muchas pruebas que lo demuestran no solo está su mayor presencia en la información que ofrecen los medios de comunicación, sino también en los ambiciosos proyectos de especialistas en lingüística computacional.

En la era de la inteligencia artificial, distintas corporaciones y grupos de investigación intentan reducir una de las causas de muerte más importantes en el mundo mediante algoritmos diseñados para detectar indicios y activar mecanismos de prevención. Desde los intentos del equipo de Rolling Stone en Brasil hasta Facebook en Estados Unidos, los protocolos para analizar los testimonios en las redes de posibles víctimas han ido adquiriendo características más sofisticadas sin que los usuarios hayamos sido ni siquiera conscientes de ello. De hecho, tanto la revista como la red social cuentan con sus propios algoritmos para rastrear el lenguaje de sus lectores en busca de pistas. Las herramientas que emplea la inteligencia artificial parecen presentarse ahora como una solución eficaz: pueden analizar millones de datos de un número incontable de usuarios, establecer patrones a partir de ellos y mantener la subjetividad relativamente al margen en un proceso inicial de cribado. Esto abre, sin embargo, numerosos interrogantes, que van desde la utilidad real de estos sistemas hasta la invasión de la privacidad que supone que una corporación esté escaneando las interacciones de todos sus usuarios.

Gramática depresiva

¿Cómo mide una máquina el estado de ánimo más allá de cierto empleo de un léxico negativo que podría quedarse en estados puntuales de tristeza? Son varias las empresas que han desarrollado algoritmos con los que rastrear textos en redes sociales como Twitter o Facebook. En este tipo de foros la gente se expresa con mayor libertad, amparada por el relativo anonimato que ofrecen. El suicidio, en efecto, no está clasificado como enfermedad mental, pero los profesionales que lo estudian coinciden en que, en la mayor parte de los casos, guarda una estrecha relación con algún trastorno, diagnosticado o no, o con una combinación de varios. 

En 2004, tres especialistas del McGill Group for Suicide Studies, un grupo del centro de investigación del área de psiquiatría del Hospital Douglas, que forma parte de la universidad canadiense McGill, en Montreal, analizaron 3275 casos de suicidio. Arsenault-Lapierre, Kim y Turecki hallaron que el 87,3 por ciento de los suicidas ya había sido diagnosticado de una enfermedad mental. El estudio buscaba identificar patrones geográficos y de género para detectar indicios que les ayudaran a analizar las distintas variables que intervienen en la planificación de un suicidio. Encontraron, por ejemplo, que el trastorno bipolar era «especialmente preocupante» entre hombres, que mostraban un «riesgo absoluto de suicidio» con un 7,8 por ciento más alto que en el resto de las enfermedades; los pacientes con bipolaridad tenían de veinte a treinta veces más riesgo de suicidio que el resto de la población. Concluyeron, además, que los hombres habían sufrido en menor proporción desórdenes afectivos en comparación con las mujeres, en quienes, sin embargo, la esquizofrenia adelantaba ligeramente al trastorno bipolar. Todo ello conlleva diferencias considerables entre pacientes según su género y, por tanto, implican distintas soluciones, pero, sobre todo, arrojan la necesidad de considerar un amplio abanico de indicios a la hora de identificar casos de manera individualizada.

En Brasil, Bzsys, la empresa contratada por Rolling Stone para su proyecto, determinó que las personas que sufren de depresión emplean de manera recurrente un número de palabras y frases que desvelan su estado y se convierten en una especie de petición de auxilio. A esta morfosintaxis la bautizó en su campaña con el nombre de «gramática de la depresión». 

Tres modelos: Virginia Woolf como caso de estudio 

En 2018 comenzaron a publicarse algunos de los análisis más significativos mediante herramientas informatizadas a partir de los textos de la autora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), que se suicidó en el río Ouse con los bolsillos cargados de piedras antes de cumplir los sesenta años. Woolf vivió con una salud mental precaria desde su temprana adolescencia hasta el fin de sus días. Como dejan ver sus escritos, desde sus obras literarias hasta las anotaciones y entradas en sus diarios, la escritora alternaba periodos de esperanza con fases de profunda angustia y ansiedad. 

Aunque en los últimos años ha habido varios intentos de categorizar los textos de Woolf mediante análisis semánticos con los que determinar ciertos patrones que confirmaran las tendencias suicidas de la escritora, la introducción de algoritmos clasificadores textuales del comportamiento suicida ha supuesto un avance considerable. Un grupo de investigadores liderados por De Ávila Berni, Rabelo-da-Ponte, Librenza-Garcia, V. Boeira y Kauer-Sant’Anna analizó la producción literaria personal de Woolf dividiendo textos de la autora en dos grupos. El equipo publicó en la prestigiosa revista académica PLOS ONE los resultados de un algoritmo de clasificación textual mediante el que se compararon 46 entradas en los diarios que Woolf escribió dos meses antes de su muerte con 54 fragmentos de otras obras seleccionados aleatoriamente y de distintos momentos de su vida. Usaron para ello un clasificador bayesiano ingenuo; a este modelo supervisado de aprendizaje automático se le llama así porque se basa fundamentalmente en el teorema de Bayes y se asume que hay independencia entre las variables predictoras. Aunque a simple vista el nombre engañe y pudiera parecer un método poco fiable, los resultados tienden a ser buenos. En el estudio sobre los escritos de Woolf, el algoritmo fue preciso a la hora de clasificar qué textos de entre las cien muestras se habían escrito dos meses antes del suicidio de la escritora.

Siguiendo una premisa similar y con pocos meses de diferencia, Androutsopoulou, Rozou y Vakondiou publicaron su estudio «Voices of Hope and Despair: A Narrative-Dialogical Inquiry into the Diaries, Letters, and Suicide Notes of Virginia Woolf». En este caso, la investigación se centró en esclarecer la polifonía de voces en las entradas de los diarios durante los dos meses previos al suicidio de la autora de Una habitación propia. Como el grupo de investigadores anterior, dividieron los textos en dos grupos de voces, los de la esperanza (hope) y los de la desesperación (despair). Con la investigación, pusieron de manifiesto que algunos pacientes luchan entre dos voces a lo largo de todo el proceso de su enfermedad. La carta de suicidio que Woolf le dejó a su marido apuntaba ya en esa dirección:

Querido:

Tengo la certeza de que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos pasar otra vez por esos tiempos horribles. Y esta vez no me recuperaré. Comienzo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que parece ser lo mejor.

El examen que muestra este artículo no es solo útil para mejorar las tasas de prevención, sino para los tratamientos de aquellos que sobreviven al suicidio. Los datos que arrojan las estadísticas son, de nuevo, duros y crueles: se han contabilizado veinte supervivientes por cada acto que llega a su fin.

«Identifying Suicide Notes Using Forensic Linguistics and Machine Learning» ahonda en los dos factores principales de los experimentos anteriores. Lee y Joh repitieron el experimento de mezclar textos de Woolf de distintos momentos de su vida, a los que aplicaron un método de minería de datos denominada «máquina de soporte vectorial» o Support Vector Machine (SVM). Se trata de un conjunto de algoritmos que representa un conjunto de puntos en el espacio y los divide en dos categorías para predecir si un nuevo punto debe colocarse en una u otra. Los investigadores utilizaron textos literarios de Woolf (entre ellos, La habitación de Jacob) y sus notas de suicidio a su hermana, Vanessa Bell, y a su marido, Leonard Woolf.

Un poco de historia

En realidad, el análisis de los testimonios escritos como las cartas de suicidio cuenta ya con un recorrido considerable en el campo de la lingüística, pues forman parte del corpus de documentos que pueden requerirse como pruebas ante un juez y para los que es necesario contar con una opinión experta, complementaria a los informes periciales médicos o incluso caligráficos. Antes del empleo ordinario de algoritmos con los que manejar grandes cantidades de datos, la disciplina de la lingüística forense ya se ocupaba de detectar patrones textuales que pudieran resolver una amplia gama de casos: desde la falsificación documental hasta la detección de la autoría. En 1968, el caso de Timothy John Evans, ejecutado tras ser declarado culpable de los homicidios de su esposa e hija, que no cometió, llevó al lingüista sueco Jan Svartvik a demostrar que los cuatro fragmentos textuales examinados contenían discrepancias considerables y no procedían de un mismo autor. 

Una década antes, en 1957, Edwin Shneidman también utilizó la lingüística para desenterrar algunas verdades: recopiló 66 notas de suicidio; 33 eran auténticas, 33 falsas. Esta fusión de los procedimientos legales y lingüísticos ha ido conformando el avance de una disciplina que ha ayudado a dilucidar importantes casos. En su tesis de 2011, Shapero analizó 286 notas circunscritas al área de Birmingham (Inglaterra). Al ser un género de textos al que Swales bautizó en 2007 como «ocluido», es decir, fuera del alcance de la mayoría de la población, tenían características propias. En 2012, Chaski categorizó varios tipos de enunciados, que iban desde el perdón y el amor hasta la rabia, la queja y el shock, para el manual que Oxford publicó sobre lingüística forense. Con el avance de la tecnología, el ámbito jurilingüístico no hará sino crecer, pues al tiempo que puede ampliar el campo de sus investigaciones con herramientas cada vez más desarrolladas, esas mismas herramientas irán planteando mayores retos al propio objeto de estudio.

Tres iniciativas: las redes sociales como nueva base de datos

En Brasil, la empresa Bzsys bautizó su programa con el nombre de «Algoritmo de la vida» para la campaña de Rolling Stone, que en su vídeo promocional se proclama como «mucho más que una revista icónica» y promete prestar «oídos digitales a aquellos que estén pidiendo ayuda a gritos». Para el corpus lingüístico que utilizaron (el conjunto de textos que integra una base de datos con la que comparar las intervenciones públicas de usuarios en Twitter), recurrieron a diarios de suicidas; entre los más conocidos, los de la escritora británica Virginia Woolf, pero también los del líder de Nirvana, Kurt Cobain. Ahora esperan que, desde el momento en que se detectan signos de depresión en la red, se pueda derivar a las personas detectadas por mensaje privado a recibir tratamiento psicosocial.

«Code of Hope», o código de esperanza, es el algoritmo que se ha desarrollado Publicis España y la agencia digital WYSIWYG en alianza con el Teléfono de la Esperanza. Para identificar pruebas de depresión severa, se han añadido otras variables propuestas por el psicólogo Robert Plutchik, que recurrió a los perfiles de personas que se suicidaron para clasificar sus interacciones en 32 estados de ánimo relativos a la tristeza. Para su análisis, se rastrearon un millón de casos y se seleccionaron trescientos, marcados como «de alto riesgo». Ahora, una vez detectado un caso, hay que pasar a la acción. El programa informático o bot del Teléfono de la Esperanza en Twitter sigue al perfil detectado y lo pone en contacto con un chat virtual. Este nuevo procedimiento de Twitter, el DMCard o Card de Mensaje Directo, es el que permite que los voluntarios de la institución realicen el acompañamiento de la persona que el programa ha identificado. 

Facebook tiene, como cabría esperar, sus propios algoritmos para escanear el material que publican sus usuarios. Solo en caso de que se detecte alguna irregularidad salta la alarma y, entonces, según el New York Times, un equipo de la empresa se pone en contacto con agencias de seguridad local. En un comunicado de Facebook, Mark Zuckerberg ha declarado que están trabajando con organizaciones como la Red Nacional de Prevención del Suicidio, Safe.org y Forefront para avanzar en el proyecto. Desde el 25 de mayo de 2018, cuando entró en vigor el Reglamento General de Protección de Datos (o GDPR, por sus siglas en inglés, General Data Protection Regulation), Facebook no puede operar este servicio en la Unión Europea.

Si el uso de la inteligencia artificial con fines sociales comienza por la identificación de lo que podrían considerarse patrones lingüísticos esenciales para anticipar una predisposición al suicidio en un nivel grave, es importante que se tengan en cuenta ciertas variables que parecen olvidarse, en ocasiones, cuando se programan tareas complejas para una máquina. En primer lugar, no sobra aquí recordar que los sesgos humanos acaban por traspasarse con frecuencia a la estadística que programamos. Últimamente aparecen titulares sobre lo machistas que son las máquinas cuando, en realidad, son los datos, que emanan de las personas que las utilizan y las alimentan, los que revelan las desigualdades de nuestra sociedad. También conviene incluir en los equipos de especialistas a más expertos en lingüística que puedan considerar algunos matices semánticos y pragmáticos del lenguaje, nunca exento de ciertas inclinaciones inconscientes y polarizaciones involuntarias en quienes trabajan con la configuración de los programas. 

Aunque el aprendizaje automático ha avanzado a pasos de gigante, el reconocimiento apropiado de palabras como «desaparecer», «nunca», «morir» o «adiós» es muy complejo debido a las variedades contextuales del lenguaje humano. Aquí no se trata de aplicar un filtrado de fuerte carga léxica, como el que se utiliza, por ejemplo, para descartar el correo no deseado de nuestros mensajes mediante términos bastante inequívocos. Tampoco parece probable que suceda lo que habían programado para Siri: cuando el asistente oía (en inglés) la frase «quiero suicidarme», respondía: «Parece que hablar con alguien podría ayudarte. La línea de la National Suicide Prevention te ofrece apoyo confidencial personalizado veinticuatro horas al día» y facilitaba incluso la opción de marcar el número. Para que la máquina «aprenda» patrones de identificación consistentes y de mayor fiabilidad necesita un entrenamiento basado en un tejido lingüístico más allá de la superficie de las palabras o de simples frases. Dado que una gran parte de los sistemas que se están perfeccionando en la actualidad dependen de bases de datos, conviene obrar con cautela para no construirlas con sesgos que serán muy difíciles de borrar en un futuro próximo.


Y Delphine de Vigan se atrevió

Delphine de Vigan en 2011. Fotografía: Getty.

Su reticencia respecto a la intimidad fue lo que le privó de ser un gran escritor europeo. (Gabriel Ferrater sobre Josep Pla)

«Osez Joséphine», en castellano «Atrévete, Joséphine», es el título de una canción de Alain Bashung, intérprete francés fallecido hace unos años. «Atrévete, Joséphine, nadie te para en la noche». Nada se opone a la noche es el título de la mejor obra de la escritora francesa Delphine de Vigan, que en el año 2011 se atrevió a excavar en sí misma y a lidiar con todos los problemas, riesgos y dramas colaterales que trae consigo esa materia tan viva y vibrante que llamamos «intimidad».

Delphine de Vigan nació en 1966 en Boulogne-Billancourt, una población aledaña a París. La historia que narra en Nada se opone a la noche arranca el día que descubre el cadáver de su madre, afectada por una psicosis maniaco-depresiva, en su apartamento parisino donde llevaba varios días muerta tras haberse suicidado, al parecer. Como suelen recordar varios narradores, nada hay más peligroso para una familia en crisis que que uno de sus miembros sea escritor.

La enfermedad de su madre fue el detonante de su interés por la literatura. Así lo cuenta ella misma. Fue en 1980, y tras visitarla por primera vez en el hospital psiquiátrico. Tal vez fue la forma que encontró de controlar el caos y mantenerse firme en la vida: «Esas puertas cerradas detrás de mí, el tintineo de los manojos de llaves, los enfermos que erraban por los pasillos, el ruido de los transistores, esa mujer que repetía “Dios mío, por qué me has abandonado”».

De hecho, el primer libro de Delphine de Vigan, publicado en el año 2001, creció sobre el sufrimiento causado por la enfermedad de su madre. Se tituló Días sin hambre y lo publicó con el seudónimo de Lou Delvig por temor a una reacción de rabia por parte de su padre. Fue la primera incursión de De Vigan en la ciénaga de la intimidad. En su intimidad y, lo que es más difícil aún, en la privacidad de la vida familiar. La enfermedad mental y, sobre todo, los trastornos de la alimentación, nunca son exclusiva ni primariamente personales, aunque estallen en un sujeto concreto. Días sin hambre es un extraordinario relato de los años que la autora pasó en tratamiento psiquiátrico a causa de una anorexia nerviosa que revolvió su adolescencia. Está escrito con toda la osadía de las primeras obras. Y con todos los temores que asaltan al escritor debutante: las frases cortas, las descripciones exhaustivas de los ambientes que llaman la atención sobre la intensidad emocional… En Días sin hambre se intuye una autora tan valiente como atormentada. Hay fragmentos de gran carga afectiva, sentimental. Y hay otros que, al ser detonados, se llevan por delante a los protagonistas de una historia tan descarnada, a los seres queridos sobre los que se sostiene el relato autobiográfico.

Aunque en las primeras ediciones recurrió al seudónimo, ni siquiera eso frenó la cólera de su padre contra ella, que, no obstante, unos años más tarde decidió que en posteriores ediciones apareciera su verdadero nombre. En un fragmento de la obra, Delphine cuenta cómo un día en su casa su madre bebió tanta cerveza que, de la borrachera que tenía, era incapaz de levantarse del sillón e ir al baño. Y que decidió orinarse encima hasta que sus vaqueros se empaparon. Tras publicarse el libro, la madre se presentó en casa de Delphine para decirle llorando que el libro era muy hermoso pero que ella no era así. Debe de ser difícil enfrentarse a estas situaciones. Hay que ser muy fuerte para escribir sobre la realidad de tu propia familia, sobre todo cuando no es muy edificante ni apacible. En general, hay que ser muy valiente para escribir sobre la realidad sin el parapeto de la ficción. 

Tras Días sin hambre, De Vigan publica dos novelas desiguales, aún no traducidas al castellano. En 2005 ve la luz Les jolis garçons, un recorrido sobre la psicología de tres hombres muy distintos entre sí y sus relaciones con la protagonista. También ese mismo año aparece en el mercado Un soir de décembre, una novela mucho más interesante que la anterior y que describe la crisis existencial de una novelista de éxito, de vida aposentada y tranquila, que ve como reaparece en su vida un antiguo amor. La urgencia y la intensidad que marca el deseo en la vida sentimental es una constante en las obras de De Vigan y aparece aquí en toda su plenitud. Una tarde de diciembre es una muy estimable novela en espera de traductor al castellano.

El primer éxito editorial de De Vigan llega en el año 2007 con No y yo, una novela atípica en su trayectoria literaria. En esta ocasión, De Vigan narra la relación entre la protagonista, una adolescente parisina superdotada intelectualmente, y una joven vagabunda sin hogar. La autora narra con maestría y ternura las dificultades de los primeros amores (¡qué hermosa es la descripción que la protagonista hace de cómo debe ser el primer beso con lengua!) y llama la atención sobre la dureza que supone la vida en la calle de los excluidos del bienestar social. El estilo de De Vigan ya es mucho más suelto, relajado. La novela supuso un gran éxito de ventas, fue llevada al cine y marca el momento en el que De Vigan decide dedicarse profesionalmente y a tiempo completo a la literatura. Las cuatro primeras novelas las había escrito por las noches, robándole horas al sueño, mientras trabajaba para una empresa de sondeos de opinión.

En el año 2009 publica Las horas subterráneas, para mí, una de sus mejores obras. En ella, De Vigan narra la crisis personal y profesional de dos personas sin relación alguna entre sí pero que han de acabar encontrándose, porque muchas veces al azar lo dirige la necesidad. Se trata de una ejecutiva de alto nivel y de un médico que atiende urgencias a domicilio recorriendo París sin descanso. No hay atisbos de moralidad ni de soflamas políticas en la novela. De Vigan simplemente observa y anota el ir y venir de dos personas con vidas muy distintas, con ocupaciones muy diferentes, pero que, en el fondo, comparten a través de la gran ciudad problemas y emociones. El estilo es cada vez más sencillo, más leve, menos complejo. Y la lectura es muy amena. Lo más relevante es que los conflictos de los protagonistas son los que aquejan, en un momento u otro de la vida, a casi toda la población. Sus miedos, sus temores, sus filias y sus fobias, sus ansiedades son las de cualquier ser humano. ¿Qué papel juega el azar en nuestras vidas? ¿Es posible que un acontecimiento sin apenas importancia pueda destruir una carrera profesional consolidada o una vida familiar estable? ¿Es posible el amor en las grandes ciudades, tan inhóspitas y frías, o, como en todos los lugares, siempre hay un espacio para la esperanza y la solidaridad entre las personas en crisis? Las horas subterráneas es una novela tan sencilla como poderosa y de una gran potencia discursiva. 

Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges. 

Mi madre llevaba varios días muerta. 

Ignoro cuántos segundos, quizá minutos, necesité para comprenderlo, a pesar de lo evidente de la situación […] Todavía hoy, más de dos años después, sigue siendo para mí un misterio, ¿mediante qué mecanismo pudo mi cerebro mantener tan alejada de él la percepción del cuerpo de mi madre, y sobre todo de su olor? 

Este es el sobrecogedor inicio de Nada se opone a la noche, la novela con la que Delphine de Vigan entra de lleno, en el año 2011, en el firmamento literario. En ella reconstruye la vida de su madre después de encontrarla muerta en su apartamento. A lo largo del libro va confesando el esfuerzo y la lucha interna que le causa escribir sobre ese tema, sobre su intimidad, sobre la intimidad de los suyos. De Vigan se da ánimos escuchando de fondo mientras escribe la canción de Bashung «Osez, Joséphine» («Atrévete, Joséphine)», y revisa cartas, escritos diarísticos y otros recuerdos de su madre; repasa fotos y las películas en Super-8 de su infancia, y entrevista a los familiares, sobre todo a algunos de sus tíos, hermanos de su madre. Pero las dudas se crecen según avanza su trabajo. Delphine se pregunta a menudo: «¿Tengo derecho a escribir que mi madre y sus hermanos estuvieron todos, en un momento u otro de sus vidas, desequilibrados?».

Delphine no se rinde. Se arma de valor y va contando. Lucile, su madre, es la tercera de nueve hijos de una pareja avanzada para la época. Su abuelo era un publicista de éxito, su abuela, una mujer alegre y despreocupada. Una familia de anuncio publicitario. Y esto no es hablar por hablar. Delphine cuenta el día en que la televisión va a su casa a filmarlos para ofrecerlos como modelo a la sociedad francesa. «En una familia numerosa es raro aburrirse», dice una voz en off mientras la cámara recorre la aparente felicidad de los pequeños detalles. Pero el lector sabe a estas alturas, porque se le ha ido contando, que tras esa imagen idílica y acogedora de una familia feliz palpitan graves dramas. Y lo peor que puede suceder en las familias es silenciar los duelos, acallarlos, hacer un tabú de las desgracias, evitar expresarlas, mantenerlas ocultas, negarlas. ¡Qué mecanismo psicológico tan básico es la negación! Y, sin embargo, tan frecuente. En el camino que ha llevado a la familia a la alegre promoción publicitaria se han quedado dos niños muertos, dos hermanos de su madre: uno ahogado y otro asfixiado con una bolsa de plástico. También hay otro hermano con síndrome de Down, que vive oculto en un altillo de la vivienda. Hay un fragmento final que es como una bengala que ilumina todo el relato. Lucile, su madre, había escrito durante largo tiempo un diario que la autora lee tras encontrarla muerta. Allí cuenta el día en que su padre (el abuelo Georges), le regala un reloj para que con él oculte un reloj tatuado que «él no lo sabe, pero tiene que ver con él». Un reloj que marca las diez y diez, la hora en que su padre, siendo una niña, la violó: «Yo era una niña muy guapa y lo acabé pagando».

La novela se cierra con un mensaje ambivalente por parte de la autora, que afirma, pese a tanto desencanto, que en su mente aún persiste una imagen de Lucile como la de la madre ideal. «Lucile murió a los sesenta y un años, antes de ser una anciana. Lucile murió como deseaba: viva. Hoy soy capaz de admirar su valor».

La reacción del público ante la monumental obra de De Vigan fue inmediata. ¿Es verdad todo lo que ha escrito?, le preguntaban siempre en las presentaciones y en las entrevistas. Cierto es que, además de a la constante interrogación de sus lectores sobre la veracidad de los hechos, ha debido enfrentarse al malestar de varios familiares.

De Vigan sostiene que lo que ha escrito «son hechos reales, pero no verdades irrefutables», situándose así del lado de la ficción, más seguro y tranquilizador, pero poniendo en entredicho el pacto establecido con el lector. 

En este sentido, y citando dos casos similares, resulta grato el duro ejercicio de introspección de la cineasta italiana Alina Marazzi al reconstruir en Por una hora más contigo (2002), película y libro, la triste historia de su madre, Liseli Hoepli, también fallecida por suicidio y aquejada asimismo de una grave depresión. Alina no rehúye el conflicto entre realidad y ficción. Su capacidad expresiva, cosida con fidelidad a los hechos, es más limitada, pero le llega al lector cargada de sinceridad y confianza en el relato. Alina, sin madre desde muy niña, no tuvo tiempo de acumular dudas ni reproches hacia su progenitora y trata, desde la reconstrucción de la vida de una madre que apenas conoció, de pasar una hora más con ella.

En una línea muy similar al caso de De Vigan, aunque alternando tanto amores como odios y recelos, se sitúa la brillante Buscando Mercy Street, el relato que hace Linda Gray Sexton de la dura convivencia con su madre, la poetisa Anne Sexton. La autora reconoce haber querido a su madre tantas veces como las que deseó que se muriera, ante las atrocidades y los disparates que le tocó soportar en su infancia y su adolescencia. Linda tampoco se arrepiente de lo narrado, pero es incapaz de elaborar ese «ideal de madre» con el que cierra su libro De Vigan. Su madre le amargó la vida, y si algo la tortura actualmente es haber deseado su lejanía o su muerte en demasiadas ocasiones. Linda Gray no esconde el dolor ni la culpa que llegan con esos pensamientos.

Nada se opone a la noche supuso un vuelco tan importante en la vida de Delphine de Vigan que dejó pasar tres años para procesar la marejada levantada tanto por el éxito comercial y social del libro como por las críticas recibidas. No volvió a publicar nada más hasta el año 2015. Delphine habla de que en su carrera literaria, tras cada montaña que sube, necesita deambular un tiempo por la llanura. Y así lo ha hecho. En 2015 publica la novela Basada en hechos reales, donde, tomando como pretexto la crisis que le produjo su anterior libro, construye una vigorosa reflexión sobre los límites entre la ficción y la realidad, sobre las relaciones entre el autor y el lector, sobre el papel de la literatura en la sociedad actual. Basada en hechos reales es un gran trabajo, llevado al cine por Roman Polański en 2017. Es el fruto de una mente prodigiosa y madura. Es el resultado de un conflicto personal intenso que perseguirá a la autora mientras viva. Porque, contra lo que algún famoso cineasta y Freud sugieren, los recuerdos siempre son algo que tenemos, nunca son algo que hemos perdido. 

Este año De Vigan ha publicado una nueva novela, aún no traducida al castellano, Les loyautés (Las lealtades), donde retoma el pulso narrativo de Las horas subterráneas y de No y yo: «¿Acaso cada uno de nosotros no alberga en su interior algo innombrable que podría contar un día, en una escritura sucia, desagradable, revelada al calor de la llama?». Sí, puede ser. Puede ser que contar la verdad admita pocos juegos estéticos y que las grandes obras literarias, plenas de bonitos y complejos juegos estilísticos, no sean más que un cúmulo de falsedades. Delphine de Vigan me aclara en un e-mail: «Soy una autora de ficción. Mis dos únicos libros autobiográficos son Días sin hambre y Nada se opone a la noche. El resto de mi obra es pura ficción». Y pienso, sobre su amable respuesta, que no sería una buena noticia que Delphine dejara de atreverse a contar la verdad.


El gesto de alguien que ha visto el infierno

Una mujer congoleña, víctima de violación en grupo, posa en las instalaciones de la ONG Heal Africa en Ndosho, República
Democrática del Congo, 2006. Fotografía: Per-Anders Pettersson / Getty.

—¿Qué fue lo que más te llamó la atención cuando la viste?

—Tenía un gesto muy peculiar, la mirada de alguien que ha visto el infierno.

Emilio Vercillo [1] es un calabrés (resopla cuando lo dice en voz alta) afincado en Roma desde que empezó a estudiar Medicina; se especializó en Psiquiatría. Actualmente, trabaja en un centro de salud público para refugiados. Se encarga de los casos de estrés postraumático y de los trastornos disociativos. Su interés por estas patologías fue definitivo en 2002, durante unas vacaciones en Rodas, tras una larga conversación con Sami Modiano, superviviente de Auschwitz. 

Supe de su trabajo por casualidad, durante una cena, y me pareció imprescindible interrogarle en varios encuentros posteriores con el fin de saber qué ocurre con los migrantes cuando acaba la crónica, cuando se apagan las cámaras de televisión. Qué ocurre cuando están a salvo de aquello de lo que huyen, cuando llegan a la tierra prometida: Europa. 

—Leí el artículo que publicasteis sobre Baluchistán. Curiosamente, tuve un paciente baluche.

—Es tremendo lo que están viviendo allá.

—El trauma que le traté fue provocado por la paliza que le dieron aquí, en Roma, un grupo organizado de jóvenes neonazis que se dedica a la «caza del bangla» (muchos de los que llegan a Italia son de Bangladés). Le rompieron la mandíbula a patadas.

El SaMiFo (salud para el migrante forzado) ASL ROMA 1, centro referencia en la Regione Lazio, recibe y trata a personas de muchas nacionalidades que están a la espera de asilo político (o humanitario). Vercillo aterrizó en este centro tras el cierre, en 2008, del hospital San Giacomo, donde trabajaba en la planta de agudos. San Giacomo era el segundo hospital más antiguo de Europa. A la planta de agudos llegaban pacientes de todo el mundo. Emilio coincidió allí con Goffredo Bartocci, una autoridad en la psiquiatría transcultural, esa rama que se ocupa de las diferencias culturales en la enfermedad mental. 

Cuando le pido que me explique con una frase en qué consiste su trabajo me dice que intenta, con farmacología y terapia, que sus pacientes dejen de revivir los traumas que sufrieron. Que acaben siendo solo recuerdos.

Alexia tiene treinta años y llegó a Roma desde Congo. Esta historia comienza cuando decide participar en una manifestación contra el gobierno de su país. Hay, además, un agravante: ella pertenece a la etnia del anterior presidente. 

La detuvieron junto a otros manifestantes y la trasladaron a un centro para presos políticos en la capital, en el que los reclusos dejan de existir. No se notifica a los familiares el ingreso, no hay datos, ni información; sencillamente, desaparecen. Nadie sabe qué ocurre dentro porque pocos, muy pocos, salen y pueden contarlo. Los que lo consiguen tienen un gesto muy peculiar, la mirada de alguien que ha visto el infierno.

Alexia sufre un trastorno postraumático complejo. Es el diagnóstico de Emilio Vercillo, su psiquiatra. El matiz «complejo» se añade cuando el paciente se ve a sí mismo y ve la realidad de manera distorsionada. Sufre desequilibrio emocional y está afectada la personalidad. Este trastorno se da cuando se sufren traumas repetidos y continuados en el tiempo.

Cuando entró a aquella prisión lo primero que vio fueron esqueletos, mujeres cadavéricas que apenas se sostenían en pie. Inmediatamente, supo que ella acabaría así. 

Cada día, durante nueve meses, entraban varios militares y gritaban nombres. Las mujeres que eran nombradas se iban con ellos; nunca volvían. Eran las elegidas, las que iban a morir ese día. Las que se quedaban eran violadas. Cada día, durante nueve meses, se repetía la misma secuencia; unas desaparecían para siempre, otras eran salvajemente violadas. Alexia cuenta que llegó un momento en el que sangraba tanto por las agresiones sexuales sistemáticas que dejaron de usarla, ya no les servía. Cesó la violencia sexual y comenzaron las palizas. 

La medida del tiempo, en una situación así, la marcan esas visitas. Los nombres a gritos, las caras que dejas de ver para siempre, las violaciones, las palizas. Cuando todo acaba, cuando vuelve el silencio, esperas. Esperas a que empiece de nuevo sin saber si te tocará morir, si mañana será violación o si te darán una paliza. 

A los nueve meses gritaron su nombre. Salió de allí junto a otras mujeres con la cabeza cubierta y los ojos vendados. La subieron a un camión e iniciaron el camino hacia la muerte. Alexia comenzó a rezar. Uno de los soldados que las custodiaban la escuchó y reconoció el dialecto. Se acercó a ella y le preguntó quién era y de dónde; ella respondió. Eran de la misma región. El soldado la levantó en peso y la lanzó fuera del camión.

Cayó en medio de la nada, atada y semidesnuda. Cuando consiguió liberarse y ponerse en pie, a la luz del día, vio el esqueleto en que se había convertido. Caminó hasta el primer pueblo pidiendo ayuda, y cuando al fin pudo llamar a su familia le rogaron que no volviera a casa; los habría puesto a todos en peligro. La opción más segura fue caminar de nuevo hasta la casa de un primo que vivía alejado de la capital. Reunieron entre familiares y amigos dinero para comprar un vuelo a Roma con el fin de que pidiera asilo político. Alexia estaba a salvo.

Estaba a salvo. 

Siento alivio cuando Emilio remata la narración diciendo «estaba a salvo». El alivio dura pocos minutos. 

El psiquiatra de Alexia me explica que, durante esos nueve meses, cuando está sufriendo todos esos traumas repetidos y continuados en el tiempo, el cuerpo y la mente están concentrados en una sola cosa: sobrevivir. Los niveles de adrenalina se disparan, vive en un estado de alerta, toda la energía se utiliza en aguantar con vida hasta el siguiente trauma. 

En el momento en que Alexia pisa Roma y llega al centro de salud siente que está fuera de peligro, y es entonces cuando empiezan a manifestarse todos los síntomas. Ya no teme por su vida y su cerebro responde llevándola de vuelta a Congo.

En este punto, el psiquiatra se detiene para subrayar algo fundamental: no se trata de recuerdos. Es flashback; su mente hace que reviva los distintos episodios traumáticos. Vuelve realmente al confinamiento, vuelven realmente las violaciones y las palizas. Como consecuencia, sufre insomnio, despierta gritando cuando consigue cerrar los ojos, tiene náuseas, taquicardia, cefalea constante. 

Hablar de lo que sufren estas personas en el camino, desde que consiguen salir de sus países de origen hasta que pisan suelo europeo, es repetirse; está todo, o mucho, contado ya. El mejor ejercicio para entender es tratar de imaginar los horrores que les empujan a emprender la huida sabiendo lo que supone llegar de la mano de distintas mafias hasta Libia, última parada antes de intentar cruzar el Mediterráneo. 

Las mujeres saben que serán violadas cuando lleguen; toman la precaución de vacunarse antes de partir para, al menos, asegurarse de que no se quedarán embarazadas. Vercillo preguntó a una joven nigeriana violada salvajemente cómo se preparó durante ese camino sabiendo que esto ocurriría. Ella le dijo que cerraba los ojos e imaginaba que era su marido; la violaba sistemáticamente desde que su familia la entregó en un matrimonio concertado. 

Algunos hombres también son violados, es una de las maneras más eficientes de humillación. En el caso de las mujeres se considera desahogo, diversión, premio.

Binéka tiene veintitrés años y es congoleña. Llegó a la consulta de Vercillo con una de las patologías más graves, un trastorno disociativo. En algunos de estos casos el trabajo del psiquiatra se complica aún más; debe ir recogiendo las piezas que el paciente proporciona desordenadamente hasta conseguir completar el puzle. Hasta llegar al fondo del oscuro pozo para que el tratamiento sea lo más efectivo posible.

Algunos de los soldados enviados a la región donde vivía Binéka para proteger a la población de las guerrillas violaron a su hermana pequeña (doce años), y ella lo denunció a los mandos. La manosearon y la echaron entre burlas. Binéka no quiso rendirse y decidió viajar a la capital a denunciarlo de nuevo. Acabó encarcelada, violada y apalizada. En un descuido de quienes la custodiaban consiguió escapar; la familia consiguió reunir dinero para que volara a Roma. 

Binéka oye voces, dos distintas (los militares). Una de esas voces la mantiene siempre alerta, en tensión. Cuando intenta relajarse le grita, le dice que no se confíe, que no hable, que no cuente lo que le ha ocurrido. La otra voz la insulta, la humilla cuando se siente débil y se paraliza completamente. Y, además, hay una presencia; una niña pequeña a la que le da vergüenza mirar, que está ahí siempre… y llora.

Después de medicarla y de varias sesiones de terapia, su psiquiatra descubrió la parte de la historia que faltaba. Binéka había sufrido abusos en su entorno familiar durante la infancia, y jamás se lo dijo a su madre; sabía que nadie la protegería. Pocos años después, fue también violada por soldados, así que cuando su hermana pequeña le contó lo ocurrido, le pidió ayuda, lo único importante era buscar justicia, salvarla de un horror que ya conocía.

El trauma mayor de Binéka fue no haber podido proteger a su hermana de lo que ella había sufrido. El fracaso. Era incapaz de mirarse al espejo. Se veía como un monstruo. 

***

Los llamados «países ricos» acogen al 16 % de las personas refugiadas en todo el mundo; Bangladés, Chad, República Democrática del Congo, Etiopía, Ruanda, Sudán del Sur, Sudán, Tanzania, Uganda y Yemen reciben al 33 % por ciento. Combinados, apenas suman el 1,25 por ciento del PIB mundial. Líbano es, junto con Jordania, el país con la concentración per cápita más alta de todo el mundo (uno de cada cuatro habitantes).

Si sienten el impulso de preguntar por qué no se quedan en sus países si no son refugiados políticos o por qué no desembarcan en Túnez a los migrantes rescatados en el Mediterráneo, tienen la oportunidad de sentarse frente a Alexia y Binéka. Ellas tienen la respuesta. Todas las respuestas.


Notas

[1] Emilio Vercillo es en la actualidad psiquiatra en SaMiFo (Salute dei Migranti Forzati). Su último libro, Clinica del trauma nei rifugiati. Un manuale tematico, abre las puertas de ese infierno al que da vértigo asomarse.


La psicosis: más de letras que de ciencias

Kirk Douglas como Vincent Van Gogh en Lust for Life, 1956. Imagen:  Metro-Goldwyn-Mayer.

Cuidado, lector, seas quien seas,
si quieres proseguir, no lo hagas sin haber comprendido cuán seria es esta obra;
si no, podrías reírte, y tal vez tu risa fuera necia e idiota.

(Jean-Pierre Brisset, La grammaire logique)

Hay pensadores tan radicalmente singulares que sus ideas no encajan en ninguna escuela de pensamiento conocida. Su obra, pese a haber sido publicada, tampoco goza del reconocimiento de otros intelectuales o científicos, entre otras cosas porque sus afirmaciones no pueden debatirse, y mucho menos refutarse: más que ideas son certezas, no admiten ningún género de duda. No han tenido maestros (son generalmente autodidactas), y menos aún discípulos. Aun así, sus hallazgos son dignos de figurar en una Enciclopedia de las ciencias inexactas. Así lo consideró el escritor Raymond Queneau, que durante años investigó en el fondo de la Biblioteca Nacional de Francia y rescató a unos cuantos de estos autores del olvido en un libro llamado En los confines de las tinieblas. Los locos literarios

Decía Chesterton que los matemáticos, y los jugadores de ajedrez, son más susceptibles de volverse locos que los poetas. El libro de Queneau recoge varios ejemplos en este sentido, algunos de los cuales destacan por sus revolucionarios métodos. J. P. Lucas decía encontrar en sus sueños la solución a problemas matemáticos que se creían irresolubles. Hasta aquí no hay nada extraño (es cierto que su metodología recuerda a la del agente Cooper en Twin Peaks, pero también que el químico August Kekulé dio con la estructura de la molécula del benceno al soñar con una serpiente comiéndose su propia cola). Quizá lo más llamativo del caso es que sus descubrimientos se basaban en el grado en que unos números «simpatizaban» con otros, siguiendo un criterio totalmente arbitrario. N. J. de Sarrazin, por su parte, planteó una nueva trigonometría, llegando a contradecir al mismísimo teorema de Pitágoras (según él, «un absurdo que no tiene nombre y que es a la vez lo más abyecto de nuestras matemáticas y de la mente humana»).

Por supuesto, utilizar rutas de pensamiento alternativas a los cauces oficiales no es señal inequívoca de locura. Ahí tenemos a Joseph Lacomme, que tuvo que aprender por su cuenta el concepto de número y desarrollar su propio método de multiplicación y división porque no sabía leer ni escribir. En un primer momento le tomaron por loco y llegó a estar internado. Luego fue sistemáticamente ignorado por la Academia de las Ciencias francesa durante años, pero la Sociedad de las Ciencias y de las Artes de París acabó concediéndole un diploma que certificaba que había dado con la solución a la cuadratura del círculo (si bien, como señala Queneau, dicha solución era menos precisa que la que había propuesto Arquímedes veinte siglos antes). 

La mente de un psicótico es una máquina de pensar —de hecho, si por algo se caracteriza es por no poder dejar de hacerlo—, por eso no es tan raro que, al adentrarse por rutas de la mente menos transitadas, algunos psicóticos hayan conseguido dar con auténticos hallazgos. Józef Maria Hoene-Wroński fue objeto de burla en su época por lo místico de sus ideas —creyó haber formulado una ley que explicaba el universo entero—, pero el tiempo le acabaría dando la razón en algunas cosas: el wronskiano es un determinante que se sigue utilizando en matemáticas y lleva su nombre. También John Forbes Nash, premio Nobel de Economía (cuya vida fue llevada al cine en Una mente maravillosa), contó que sus principales contribuciones a la investigación habían nacido en sus interludios de «racionalidad forzosa», como él los llamaba. Es posible que la psicosis fuese el caldo de cultivo de sus originales planteamientos y más tarde, en esos periodos de racionalidad inducida por los fármacos, con algo más de distancia respecto a sus delirios, el matemático fuese capaz de pasar sus ideas a limpio, haciéndolas comprensibles para otras personas. 

Así las cosas, a veces resulta difícil distinguir una idea delirante de una que no lo es. Hay una anécdota en el prefacio del libro de Queneau que me parece muy ilustrativa en este sentido: el psiquiatra François Leuret comparó las ideas que escuchó en Charenton, Bicêtre o la Salpêtrière con algunas afirmaciones que circulaban fuera de los manicomios y se quedó «sorprendido, casi avergonzado, por no encontrar ninguna diferencia». Personalmente, las tesis de los terraplanistas no me parecen mucho más cuerdas que alguno de los argumentos de los «locos literarios» de Queneau: «La forma redonda de la Tierra, unida a su poder de girar en el aire, son locuras. Esta idea es repelente, insensata; un día nos avergonzaremos de haber creído algo semejante». 

¿Qué nos indica, entonces, que una idea es más loca de lo «normal»? Por un lado, está el grado de certeza, que es absoluto en el caso del psicótico. Para este, sus ideas ni siquiera son tales, son hechos indiscutibles. Por otro, no suelen venir solas. Pierre Hourcastremé, que defendía que la Tierra no gira alrededor del Sol, sostenía también que no hay manchas en el Sol ni espermatozoides en el esperma… No es raro que estas certezas formen parte de un elaborado sistema de pensamiento, hermético, perfectamente encapsulado en sí mismo, del todo inmune a la realidad exterior. El entramado delirante suele tener también un fuerte carácter personal y es frecuente que su creador desempeñe un papel importante en él (por no decir que está omnipresente). Así, como recoge Jean-Claude Maleval en Lógica del delirio, Davis y Hersh incluyeron el caso de un hombre que creyó haber demostrado el último teorema de Fermat. Como ocurrió antes con la cuadratura del círculo, este teorema fascinó a los matemáticos de los últimos siglos y, hasta que fue finalmente demostrado en 1995, fueron muchos los que afirmaron haberlo conseguido. Lo curioso del caso es que, en medio de su desarrollo matemático, este hombre intercaló numerosos datos sobre su supuesta genealogía (creía provenir de una familia de rancio abolengo), de forma que las formulaciones matemáticas, de por sí bastante peregrinas, acabaron desembocando en una serie de «grabados donde se representaba a los tres últimos reyes de Francia y una larga defensa de la restauración de la dinastía de los Borbones».

Russell Crowe como John Nash en A Beautiful Mind, 2001. Fotografía: Universal Pictures / DreamWorks / Imagine Entertainment.

Al igual que otro tipo de delirios, los de filiación, una de las formas que puede adoptar la megalomanía, pueden ser tan radicalmente ajenos a la realidad que a veces la propia vida del delirante puede llegar a verse comprometida. Muestra de ello es el caso de la señora Delorme, que se convenció de que en realidad era la condesa de Montcairzain y no dudó en estamparlo en su pasaporte en plena Revolución francesa —época en que ser aristócrata podía llevarte directamente a la guillotina—. Se cuenta que, a principios del siglo XIX, solo en Bicêtre había simultáneamente cuatro Luis XVI, un Luis XIV, además de numerosas divinidades. No es de extrañar entonces que Queneau llegara a afirmar que podría trazarse una historia paralela (y paranoide) de la Francia del siglo XIX, con varios anticristos, un Napoleón «pacífico» o un papa alternativo, el padre Cotton, que se autoproclamó sumo pontífice durante el papado de León XIII.

Este Pío X, que precedió unos años al Pío X real, además de considerarse presidente de la República, se definía como «químico del lenguaje». Y es esta faceta del padre Cotton, que le llevó a «transfigurar» la palabra París hasta dejarla irreconocible en una de sus trastornadas encíclicas, la que más nos interesa aquí. Porque, sintiéndolo mucho, tengo que llevarle la contraria a Chesterton. Los poetas enloquecen en la misma medida que los matemáticos (estoy pensando en Artaud, Hölderlin, Nerval…); es más, me atrevería a decir que la locura es más de letras que de ciencias. No es casualidad que algunos de los autores que incluye Queneau en su libro fuesen lingüistas, crearan neologismos o se perdieran en juegos de palabras que solo tenían sentido para ellos. Jean-Pierre Brisset, por ejemplo, creyó demostrar a través de un peculiar análisis lingüístico que el hombre desciende de la rana: según él, las ranas de los pantanos franceses «hablan francés, basta con escucharlas y conocer el análisis de la palabra para comprenderlas». Su retorcido uso de la etimología le llevó a ver un vínculo entre virgen y verga («Virgen: la vida erge = el miembro yergue… La virgen y la verga tienen el mismo origen. Es la verga la que hizo de las vírgenes, la virgen-madre»), por citar solo un ejemplo de sus múltiples, y salaces, asociaciones. Con una metodología similar, el anteriormente citado J. P. Lucas descubrió el «verdadero» significado del gorro de algodón: según sus particulares cábalas, la palabra cotton (algodón) podía descomponerse en «CO-TO-N», lo que, aplicando las leyes de «simpatía» que empleaba también con los números, daba lugar a «TON CON» (tu coño). Este lenguaje roto, muy pulsional y fuertemente ligado al cuerpo, es el núcleo de la psicosis.

Hay una gran diferencia entre los neologismos y juegos de palabras de los psicóticos y los malabarismos lingüísticos a los que son aficionados muchos escritores. Los de Lewis Carroll, por ejemplo, son racionales, parten de la lógica; los de Joyce son meramente literarios, su principal finalidad es producir placer estético en los lectores (al menos en el caso de Ulises; en el de Finnegans Wake es más discutible). Las innovaciones lingüísticas propias de la psicosis surgen de lo más hondo del sujeto y a veces guardan relación con su identidad. Como cuenta Alberto Savinio en Maupassant y «el otro», cuando el escritor se volvió loco —padecía neurosífilis—, acabó poniendo en duda hasta su propio nombre: de repente descubrió que «Maupassant era Mauvais-Passant» (el mal transeúnte). 

En la psicosis, en el principio fue el verbo. Algo va mal en el lenguaje. Al psicótico, las palabras, salidas de no se sabe muy bien dónde, se le imponen. El primer signo de locura de Maupassant se manifestó cuando estaba contando una anécdota en una cena familiar: «Es uno de los acontecimientos más importantes de mi vida, pero no me resultó del todo inesperado porque fui avisado por una píldora». ¿Píldora? ¿Quién ha dicho eso? La palabra se siente tan ajena que parece haber surgido de otro. Si tenemos en cuenta esta «emancipación» del lenguaje, experiencias como el sentirse perseguido, el que sientan que insertan, o extraen, pensamientos de su cabeza, las experiencias telepáticas, etc., resultan más comprensibles. 

Coincido con Queneau cuando dice que comprender la locura nos ayudaría a avanzar en nuestro conocimiento del ser humano, pero me parece más discutible su hipótesis de que la locura habría desempeñado un papel importante en la evolución de nuestro pensamiento, llegando a afirmar que «el primer hombre había sido un mono que se había vuelto loco». En la ficción, Leopoldo Lugones ya había jugado con la idea del mono que enfermó «de inteligencia y de dolor» en su intento de aprender a hablar. Curiosamente, el psiquiatra Timothy Crow se preguntaba en un conocido artículo si la esquizofrenia era el precio que el Homo sapiens debía pagar por el lenguaje. Para Crow, la predisposición a la esquizofrenia está ligada a una variación genética específica de nuestra especie relacionada con el lenguaje. Esta variación genética, y por tanto la esquizofrenia, existiría desde que existe el Homo sapiens. Por el contrario, otros autores, como Colina, Álvarez o Novella, defienden que la aparición de la esquizofrenia es relativamente reciente, y no la relacionan con factores genéticos, sino con los cambios que se han producido en la subjetividad en los últimos siglos. Algo ha cambiado en la forma en que el ser humano se relaciona consigo mismo. Para Novella, nuestra época se caracteriza, entre otras cosas, por una especie de «ensimismamiento» de la conciencia. Esta excesiva autoconciencia nos llevaría a prestar demasiada atención al constante diálogo interno que nos traemos con nosotros mismos en nuestra doble condición de hablantes y hablados. Pese a la enorme distancia que existe entre estos dos tipos de teorías —en muchos sentidos, opuestas—, llama la atención que ambas coincidan en resaltar la importancia del lenguaje en la psicosis. 

Tras el desmoronamiento del lenguaje vienen los intentos del sujeto de reconstituirse. A estos intentos de reconstrucción de la identidad y de dar sentido a esta nueva realidad se les llama «delirios». Con el delirio, el psicótico se ve obligado a levantar un nuevo mundo, un mundo a su imagen y semejanza en el que a menudo se reserva un lugar privilegiado. Su razonamiento es el siguiente: si me persiguen, si no quieren que mis hallazgos o los secretos que he descubierto salgan a la luz, etc., es que debo de ser alguien especial. No es de extrañar entonces que el psicótico crea pertenecer a una familia mejor posicionada, sea portador de saberes exclusivos, sea el auténtico Luis XVI, el verdadero papa, el mismísimo Jesucristo. 

Como dijo Polonio, puede que lo que cuenta Hamlet sea una locura, pero hay método en ella. Es innegable que, bajo ese fárrago de ideas aparentemente incomprensibles, enunciadas en un lenguaje que no parece ser exactamente el nuestro, hay cierta lógica en el delirio. Estas personas no solo merecen todo nuestro respeto, sino también que hagamos el esfuerzo de comprender lo que, a su manera, están tratando de decirnos.