Es país para físicos

Físicos
Enrico Fermi. Fotografía: Smithsonian Institution.

Verano de 1983. Faltaba todavía un año para que la realidad adelantara a la literatura y la novela de Orwell que había estado leyendo durante el largo viaje nocturno a Ginebra, pasara a ser un anacronismo, pero yo sabía que la beca, cuya credencial llevaba en el bolsillo, era mi pasaporte al futuro. 

España acababa de reingresar en el CERN, después de varías décadas viendo los toros de ciencia desde la barrera. La mía era la primera generación de estudiantes españoles que podía beneficiarse de las codiciadas summer student fellowships, que el laboratorio ofrece cada año a un centenar de universitarios seleccionados entre los mejores expedientes académicos de los países miembros. Éramos siete, si la memoria no me falla, pero, curiosamente, no nos tratábamos mucho. Los españoles no nos llevamos bien entre nosotros, ni en casa ni en el extranjero. A cambio, la mayoría de mis amigos eran italianos. 

El programa de estudiantes de verano preveía cuatro horas de clase por la mañana y cuatro de prácticas por la tarde, en alguno de los experimentos operativos ese año. Pero la mayoría de mis compañeros se limitaban a asistir a las clases, deambulaban un ratito por el experimento que les habían asignado y luego dedicaban el resto de la tarde (y de la noche) a pasárselo en grande. No era mi caso. Mi supervisor, Peter Sonderegger, además de un gran físico, era una persona generosa, capaz de dedicarle tiempo a un chaval dispuesto a echar jornadas de doce horas, fines de semana incluidos, con tal de aprender algo. Pronto descubrí que no estaba solo. A lo largo de mil y una trasnochadas, aquel verano y los meses que siguieron, me fui encontrando a los otros desesperados. Casi todos, italianos. Igual de intensos, igual de motivados que yo. Todos venían a trabajar. Todos venían a exprimir el CERN hasta la última gota de conocimiento que pudiera darnos. Todos venían a dejarse el alma en la empresa, conscientes de la oportunidad única que el destino nos había deparado. 

Aquel verano conocí al elegantísimo Antonio Ereditato, que luego se haría famoso por los neutrinos hiperlumínicos, a Eugenio Coccia, serio y cabal, que llegaría a director del laboratorio nacional de Gran Sasso, y a su novia, Caterina Biscari, medio española, hoy en día directora del sincrotrón Alba de Cataluña. Todavía mantengo relación con casi todo aquel grupo e incluso hice algunos grandes amigos entre ellos. Imposible no mencionar a Emilio, Gabriella, Lucio, Valentina o a mi querida Cintia, con quien compartí tantos insomnios a lo largo de los fríos inviernos de 1984 y 1985, cuando sobrevivíamos a base de bocadillos, cafeína, ilusión y un rato de conversación, antes de que cerraran la cantina, sobre la medianoche. 

En cierto sentido, idénticos a mi, mes semblables, mes frères. Y sin embargo, a medida que los trataba más y más, me daba cuenta del abismo que nos separaba.

Mi intuición no andaba desencaminada. Italia, en 1983, solo se parecía a España en lo anecdótico. Ellos, por supuesto, se habían beneficiado del plan Marshall después de la gran guerra, en lugar de soportar cuatro décadas de dictadura. El resultado era un país industrializado, dinámico, mucho más moderno que el nuestro, al menos de Roma para arriba. En cuanto a la física, nos sacaban entonces y nos sacan todavía, años luz de ventaja. Una de las revelaciones de aquel verano fue darme cuenta de la enorme influencia que Italia tenía en el CERN, en una época en que España prácticamente no existía. Para empezar, en el experimento UA1, el demiurgo Carlo Rubbia, licenciado por la Scuola Normale Superiore di Pisa, acababa de descubrir los bosones vectoriales W y Z que le valdrían un Premio Nobel poco después. UA1 estaba de bote en bote de italianos, muchos de los cuales acabarían liderando otros experimentos importantes. Pero lo cierto es que estaban por todas partes. Y siguen estándolo.

Unos cuantos números pueden ser ilustrativos. El número de españoles con puestos permanentes (staff) en el CERN en 2012 era de 115, a comparar con los 275 de Italia. Pero si se añaden los contratos temporales, (fellows and associates) que son los que ocupan la mayoría de los científicos (es corriente que los físicos de partículas pasen entre uno y diez años en el laboratorio con esos puestos temporales) la diferencia entre España e Italia es mucho mayor. A los 363 contratos españoles, los italianos oponen nada menos que 1726.  

Y no es solo cantidad. El CERN ha tenido varios directores generales italianos que también ocupan regularmente muchos de los puestos en la cúpula directiva del laboratorio o dirigen los experimentos que allí se realizan. Por ejemplo, Fabiola Gianotti (cuya trayectoria recuerda bastante la de la ficticia Helena Leguin, una de las heroínas de mi novela, Materia extraña) ha liderado el experimento ATLAS, uno de los dos que ha descubierto el bosón de Higgs y es la primera mujer directora general del CERN. Para completar los números, Italia puede presumir de cinco Premios Nobel de Física (Marconi, 1909; Fermi, 1938; Segrè, 1959; Rubbia, 1984; Giacconi, 2002), España, de ninguno.

¿Por qué esa diferencia abismal entre nuestros países? Parte de las razones, son históricas. Italia, no lo olvidemos, es la cuna del que muchos consideran el primer científico moderno, Galileo, seguido,  ya en el XVIII y el XIX por Galvani y Volta (inventor, este último de la famosa pila voltaica e inmortalizado en la unidad de diferencia de potencial, el voltio). Otros nombres ilustres son los de Avogadro, cuyo estudio del peso molecular fue uno de los pilares de la comprensión moderna de la estructura de la materia, Ferraris, inventor del motor eléctrico de corriente alterna, Pacinoti, inventor de la dinamo, y Meucci, que inventa el teléfono.

A pesar de todas estas luminarias, a principios del siglo XX, la física italiana había caído en un provincianismo no muy distinto al que imperaba en España. Las revoluciones que estaban poniendo la disciplina patas arriba (la relatividad especial y general de Einstein y el desarrollo de la mecánica cuántica, por no hablar de los enormes avances en astronomía y más tarde en cosmología) ocurrían en Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, mientras la periferia europea dormitaba al sol del Mediterráneo. 

Y entonces aparece el gran Enrico Fermi.

Fermi nació en Roma en 1901, en el seno de una familia acomodada, pero no especialmente acaudalada. Fue sin duda un chico excepcional, aunque no un genio infantil al estilo Mozart. Ingresó en la prestigiosa Scuola Normale Superiore di Pisa (como más tarde lo haría Carlo Rubbia y tantos otros científicos italianos de primera fila) se doctoró en 1922 (a la edad en que muchos jóvenes, hoy en día empiezan sus estudios en la universidad) y ganó una cátedra en la Universidad de Roma con veintiséis años. Por esa época, se difunde una de sus mayores contribuciones a la física contemporánea, la descripción de las propiedades estadísticas de los electrones (o para ser exactos de las partículas con espín ½, denominadas hoy en día fermiones en su honor). Unos cuantos años más tarde (en 1933) Fermi publica la teoría de la desintegración beta y especifica las propiedades del neutrino (el artículo, notoriamente, fue rechazado por la revista Nature, que lo consideró «demasiado especulativo» y acabó siendo publicado, primero en italiano, por Nuovo Cimento y más tarde en alemán, por Zeitschrifft für Physik). Poco más tarde, Fermi y su grupo entran de lleno en el estudio del fenómeno, recién descubierto por la época, de la radioactividad, estudiando las propiedades de los neutrones lentos, que andando el tiempo, conduciría a la fisión del uranio y con ella la bomba atómica (y la energía nuclear). 

A finales de la década de los treinta, Fermi y el grupo de jóvenes físicos que ha formado (los celebres Ragazzi di via Panisperna, entre los que se contaban genios como Majorana, Segre y Amaldi, entre otros) están a la cabeza de la física nuclear en el mundo, pero no tienen recursos para continuar sus experimentos. Peor aún, el régimen fascista le pone las cosas complicadas a Enrico (cuya esposa, Laura, era judía). En 1938, el gran hombre recibe el Premio Nobel. Viaja a Estocolmo a recibirlo, pero ya no regresa a Italia. Semanas después, embarca rumbo a Nueva York.

Fermi murió a la temprana edad de cincuenta y tres años, pero tuvo tiempo, no solo de realizar contribuciones esenciales a la física del siglo XX, sino de crear una escuela excepcional en Italia y otra en Estados Unidos. Su lista de discípulos presume de una veintena de nombres célebres, incluyendo media docena de premios nobel (y otra media docena que deberían haberlo recibido). Posiblemente, si Italia ha sido un buen país para la física (a diferencia de España) durante el siglo XX es, sobre todo, gracias a él. 

Todavía hoy suelo pasar varias semanas al año en el CERN, casi siempre en verano y aprovecho para ver a los viejos amigos. No es infrecuente que una buena parte de los ragazzi de entonces nos juntemos de nuevo. Algunos de los summer stupid de hace treinta años, hemos sido profesores en el mismo programa veraniego con el que nos estrenamos en el CERN. Algunos dirigimos nuestros propios experimentos. La proporción a favor de Italia sigue siendo desmesurada. Un ejemplo interesante lo da la comparación entre su laboratorio subterráneo, sito en Gran Sasso, cerca de l’Aquila (el LNGS) y nuestra instalación en Canfranc (el LSC). En el LNGS hay en marcha veinte experimentos diferentes, algunos de los cuales están en la punta de la lanza de sus campos. En el LSC operan tres, de los cuales, solo uno, NEXT (http://next.ific.uv.es) tiene la posibilidad de realizar un descubrimiento. En ciencia, como en economía, aplica el principio de «quién más tiene, más recibirá».

Y sin embargo, la política reciente de los Gobiernos italianos, no menos cegata y cicatera que la de los nuestros, está perjudicando seriamente el tejido científico italiano, hasta el punto de poner en riesgo el liderazgo que han venido teniendo en Europa. Si añadimos otros vicios, comunes con nuestro país, como la endogamia universitaria y la incapacidad de primar la excelencia sobre los intereses creados (que a menudo se traducen en promocionar a amigos, familia y discípulos, a expensas de científicos más valiosos pero peor conectados), nos encontramos con que Italia puede unirse (junto a España, Portugal, Grecia, etc.) al vagón de cola de Europa, también en la ciencia. 

¿Pueden cambiarse las cosas, tanto allí como aquí? En cierto sentido, ambos países tenemos problemas similares. La razón profunda de que nuestros políticos no apoyen la investigación, o nuestras universidades se llenen de inútiles, es que, como sociedad, no tenemos gran interés en la ciencia, ni concebimos la universidad como un motor de progreso. En sociedades así, se diría que la única fórmula válida para hacer ciencia es la del francotirador, más o menos genial, que se echa al monte y trata de hacer la guerra por su cuenta, buscando la excelencia a toda costa y formando escuelas de jóvenes punteros. De hecho, esa fue la fórmula de Fermi en la Italia de la primera mitad del siglo XX y quizás también la única válida para que España deje algún día de ser No country for scientists. 


Ferminismo

El fisico y premio nobel italiano Enrico Fermi en su laboratorio.

Enrico Fermi es uno de los físicos más importantes de la historia, famoso por su intuición científica y su capacidad para resolver problemas complejos partiendo de razonamientos simples. Entre las muchas historias sobre él que se intercambian en clases de la carrera de Físicas y cenas de conferencia, está la de las tremendas preguntas-examen que planteaba a los estudiantes que pretendían trabajar con él: jóvenes nerviosos que tenían que estimar en pocos minutos el número de peluqueros o de afinadores de pianos de la ciudad de Chicago, o cuántas gotas de agua hay en el lago Michigan. Otra anécdota célebre es cómo Fermi estimó con mucha precisión la potencia de la primera detonación nuclear de la historia, el Trinity Test, midiendo la distancia que recorrían unos pedazos de papel que dejó caer cuando la onda expansiva llegó a su posición de observador. La primera formulación matemática de la teoría de interacción de los neutrinos (un artículo que en sí mismo es una leyenda en la historia de la ciencia incluyendo el detalle de que fue rechazado por la revista Nature), o el papel crucial de Fermi —exiliado junto a su mujer judía y sus dos hijos de la Italia fascista—, en el nacimiento de la física nuclear y en el Proyecto Manhattan, son algunas de las muchas tramas novelescas de su vida.

Los llamados «problemas de Fermi» son hoy en día una parte fundamental del arsenal de los cazatalentos, y es frecuente encontrar en internet ejemplos de las que plantean las grandes empresas tecnológicas en sus entrevistas de trabajo. Y hay muy buenos motivos: la capacidad para estimar con poco esfuerzo una buena aproximación al resultado de un cálculo complejo es una habilidad esencial para cualquier científico o ingeniero. Cuando se aborda un problema nuevo, saber que el resultado de un cálculo está entre 10 000 y 100 000, en lugar de estar entre 0.0001 y 0.001, es un primer paso crucial; luego vendrán los tecnicismos y las sofisticaciones para llegar al resultado preciso, pero sin esa guía inicial es a menudo imposible encontrar el camino que lleva hasta él. Planteemos un excelente ejemplo, que parece enormemente relevante en el inquietante ambiente insurreccional que sobrecalienta la política española estos días: ¿fueron las manifestaciones del 8 de marzo un detonante fundamental de la ola de contagios de COVID-19?

Como en cualquier problema, es muy importante aquilatar bien la pregunta. No nos estamos planteando si mantener las manifestaciones tuvo un papel en la decisión del Gobierno de retrasar la adopción de medidas de contención de la epidemia, que eran ya perentorias; de hecho, los autores, que en condiciones normales habrían participado en esas manifestaciones, no solo decidieron no acudir, sino que dedicaron ese mismo fin de semana a preparar un artículo explicando la necesidad inmediata de esas medidas de contención. Lo que queremos saber es si, manteniendo el resto de la secuencia de acontecimientos, suspender esas manifestaciones habría tenido un impacto decisivo en el nivel de propagación de la epidemia… o no.

Ese fin de semana, la infección por COVID-19 estaba ya muy extendida en varias grandes ciudades, y en particular en Madrid. Para atacar nuestro problema de Fermi, primero tenemos que resolver otro: ¿cuántas personas había ya infectadas durante el fin de semana del 8 de marzo? Veamos: el primer estudio de prevalencia serológica sugiere que la cifra real de infectados es unas diez veces mayor que la oficial. Lo mismo vale para la Comunidad de Madrid. Como el período medio de incubación de la enfermedad es de alrededor de 5-6 días, las personas infectadas que emergieron alrededor del 15 de marzo son perfectas candidatas a contagiadores aún no sintomáticos una semana antes. Entre el 13 y el 15 de marzo se registraron alrededor de 30 000 casos nuevos, y, si aplicamos el factor 10, podemos estimar que al menos unas 300 000 personas estaban infectadas sin síntomas manifiestos durante el fin de semana del 8, mil arriba o abajo, como permite un problema de Fermi. Alrededor de la cuarta parte de esas personas estarían en el área metropolitana de Madrid (*).

Para evitar dispersarnos en la casuística de cada territorio, concentrémonos precisamente en Madrid, epicentro de la epidemia en España y teatro de la mayor manifestación del 8 de marzo. ¿Qué hicieron esos alrededor de 75 000 madrileños infecciosos pero aún no sintomáticos ese fin de semana?

El viernes 6 de marzo fue una de las últimas jornadas laborales normales antes del inicio de las medidas de contención. En Madrid habría la cifra habitual de unos 3 millones de desplazamientos en transporte público, realizados por alrededor de un millón de personas. Luego muchos miles de personas infectadas viajaron en el metro, autobuses y trenes de Cercanías de la ciudad ese día.

Entre los días 6 y 8 de marzo se disputaron los habituales partidos de las ligas profesionales de fútbol y baloncesto: dos de primera división, dos de segunda y dos ACB. (En esa jornada no hubo partido en el Bernabéu, el mayor de los estadios de la ciudad.) En total, asistieron alrededor de 105 000 espectadores, cantando, gritando y abrazándose con más de 1000 potenciales contagiadores entre ellos. De ellos, casi 20 000 (200 infecciosos) en los dos partidos bajo techo del WiZink Center. Por la noche, muchos se unirían a los cientos de miles de conciudadanos que poblaban los más de 30 000 establecimientos de hostelería por los que Madrid es conocida en el mundo. En su interior, porque fue un fin de semana fresco, y pocas terrazas estaban ya abiertas.

Según el barómetro del CIS de julio de 2019, alrededor del 12.4% de la población española va a misa todos los domingos y festivos. Hay diferencias entre territorios, pero Madrid está cerca de la media. Supongamos, por lo tanto, que tres cuartos de millón de personas asistieran a misa el domingo 8 de marzo en la capital; eso incluiría a más de 8000 infectados. La asistencia a muchas parroquias del centro de la ciudad es multitudinaria, y es fácil estimar por el número total de ceremonias que el promedio de asistencia estaría alrededor de las 200 personas, con 4-5 infecciosas entre ellas.

El lunes 9 de marzo, la Delegación del Gobierno en Madrid estimó la asistencia a la manifestación del 8 de marzo en la ciudad en 120 000 personas (en 2019 se estimó 350 000). Es sabido que las cifras de asistencia a manifestaciones son las cantidades menos precisas que conoce la ciencia; pero partiendo de ese número, concluiríamos (palmo arriba o abajo, Fermi permettendo) que unas 1500 personas estarían en condiciones de propagar la infección. En una escala de comparación (otra necesidad perenne en el trabajo científico), cifras similares a las de los eventos deportivos, y muy inferiores a los de las habituales concentraciones religiosas y lúdicas de la Villa y Corte, o a los de las cotidianas concentraciones de ciudadanos en los medios de transporte público.

Los lectores pueden ahora atacar por su cuenta el problema de Fermi, y juzgar sobre la necesidad de un estudio científico detallado para decidir si el efecto de las manifestaciones fue importante o marginal. Daremos una pista: de las (casi) innumerables gotas de agua que constituyen el lago Michigan, solo una fracción minúscula se marcha por el río Chicago.

Los autores agradecen a Pilar Hernández sus sugerencia, y su inestimable lectura crítica de este texto.


(*) Para estas estimaciones se están empleando las cifras disponibles aquí, donde aparecen las fuentes primarias.


Aliens: ¿dónde están todos?

Arrival, 2016. Imagen: Sony Pictures Releasing.

En 1950 una conversación entre Edward Teller (físico de origen húngaro, 1908-2003), Herbert York (físico nuclear americano, 1921-2009), Emil Konopinski (científico nuclear de origen polaco, 1911-1990) y Enrico Fermi (físico italiano, 1901-1954) dio como resultado la pregunta de este último que daría pie a la paradoja de Fermi: ¿dónde están todos?

Se refería, desde luego, a los alienígenas. El hombre que contribuyera a la creación de la bomba atómica se preguntaba dónde están nuestros vecinos espaciales si la vida en el universo es una probabilidad difícil de cuestionarse. Si hay tantos millones de galaxias, y tantos posibles planetas similares a la Tierra (no se sabía entonces, pero las actuales teorías hablan de cientos de miles de planetas similares el nuestro solo en nuestra galaxia), y siendo el carbono (la base de nuestro ADN) uno de los elementos más comunes en el universo, ¿por qué no ha venido todavía nadie a visitarnos? ¿O, al menos, por qué no hemos encontrados signos irrefutables de su existencia?

La paradoja de Fermi, que se encuentra con un importante punto de apoyo en la hipótesis de la Tierra especial (que postula que el surgimiento de vida pluricelular en la Tierra se debe a una serie de coincidencias extremadamente difíciles de repetir), surgió en una época en que los avistamientos de platillos volantes proliferaron en Estados Unidos con obsesiva continuidad. El autor italiano Tommaso Pincio (seudónimo de Marco Colapietro) recoge en su libro Gli Alieni (2006) la curiosa anécdota de los platillos volantes y los cubos de basura. Ante el robo de cientos de cubos de basura propiedad del ayuntamiento de la ciudad de Nueva York y la oleada de avistamientos de platillos volantes, el dibujante satírico Alan Dunn decidió unir ambos hechos: los ovnis robaban cubos de basura. ¿Por qué, para qué? Que nadie ose cuestionarse los métodos alienígenas. Y, aunque disparatada y jocosa, esta historia tiene su doloroso reverso: el hecho de que no hay manera de ponerse en contacto con otra raza galáctica señala que, tal vez, no la haya. Se establece una conexión entre dos hechos, en apariencia igual de absurdos.

Así pues, no es de extrañar la pregunta de Fermi: ¿dónde están todos?

La respuesta, de momento, es desalentadoramente clara: en la ficción.

Los científicos en general no son ni ajenos ni escépticos al poder de la ficción. El propio Carl Sagan estableció muchas de sus teorías de contactos con alienígenas en su novela Contacto (1985, editada en nuestro país por el sello Nova de Ediciones B). De las múltiples teorías sobre lo que ocurriría si la humanidad contactara con una raza de otro planeta, la actual ciencia ficción, tanto en literatura como en cine y videojuegos, ha adaptado las nuevas líneas de pensamiento científico a sus historias. De este modo nos hemos encontrado con El problema de los tres cuerpos del autor chino, ganador del premio Hugo, Cixin Liu (1963), cuya extravagante teoría de un mundo con fluctuaciones de clima extremas que empuja a sus habitantes a una invasión interplanetaria se vio curiosamente «demostrada». No, no estamos sufriendo una invasión alienígena, que sepamos, pero las fluctuaciones en Próxima Centauri (la estrella más cercana a nuestro sistema solar y, curiosamente, lugar donde se ubica el planeta extraterrestre en la citada novela) afectan de manera increíble al planeta Próxima B, descubierto en 2016 y del que se dijo, en un principio, que se encontraba en la zona habitable de su sistema. En la novela, las violenta acometidas de la enana roja que tiene el planeta por estrella, unido a la gravedad simultánea de tres cuerpos celestes, da como resultado un mundo en que las estaciones no tienen una duración determinada y se mueven en grandes extremos: un invierno puede durar unos meses, y el verano unos segundos. En este escenario la vida parece complicada, pero el autor fabula con una raza que vive en este clima extremo y planea la invasión de un cercano planeta cuyas condiciones son mucho más amables: la Tierra.

Aprovecha el autor chino para saldar una cuenta pendiente con la humanidad. Alejar el fenómeno alienígena de Estados Unidos y establecerlo en una China comunista herida aún por su pasado. La tradición de considerar a Estados Unidos como eje central de la actividad ovni se estableció en 1947, con la primera mención a un «platillo volador» por parte del piloto Kenneth Arnold. Desde entonces, se ha presupuesto que si hay un contacto con otras razas será allí.

No mucho se aleja el autor Jeff VanderMeer (1968) de Estados Unidos con su trilogía Southern Reach, adaptada recientemente al cine por Alex Garland (1970). En esta obra, editada en España por Destino y compuesta por tres libros que no se regalan en páginas, se narra la caída de un ente extraterrestre a la Tierra, dando como resultado una zona de cuarentena en que la flora y la fauna se ven terriblemente afectadas por el contacto con el ser de otro mundo. El resultado es una mezcla de ADN entre lo terrestre y lo extraterrestre y una incontinencia creativa por parte de la naturaleza que acaba por afectar, inevitablemente, a los humanos. Aunque la película de Garland, estrenada en Netflix y protagonizada por Natalie Portman (1981), se centra casi exclusivamente en el primer libro, Aniquilación, establece algunas de las bases de las que somos testigos en la lectura del resto de la saga. El resultado es una atípica historia de contacto extraterrestre cuya naturaleza no queda del todo clara en las novelas: VanderMeer juega al despiste, a no terminar de explicar nada, y aunque la película ahonda en el tema alienígena, tal vez los lectores de los libros debieran coger esta explicación con pinzas.

Lo que sí queda definido es el Área X, esa porción de tierra con una loca naturaleza que parece querer adueñarse de todo, y que mezcla animales con plantas o con restos humanos al libre albedrío. Una reminiscencia a otra gran obra sobre contactos extraterrestres; una que pone la interrogación en nuestro papel como especie en el universo: Stalker, de Boris y Arkadi Strugatski (1933 y 1925), la novela en que se basa la famosa película de Andréi Tarkovski (1932) estrenada en 1979. En esta historia, reeditada recientemente por Gigamesh, los extraterrestres vinieron, pasaron el rato y se marcharon, y el resultado son unas zonas en que un montón de basura alienígena se ha convertido en auténticos tesoros por los que se paga una fortuna. Los stalker son los encargados de adentrarse en las zonas y extraer la chatarra que puedan. ¿Esa es la posición que nos reserva el universo a la raza humana? ¿Chatarreros y carroñeros de otras razas superiores? Tal es el mensaje que parece destilar de gran parte de la obra de ficción enfocada en el contacto con seres de otro mundo; el de la inferioridad humana. La muerte completa de las ideas antropocéntricas.

La cara más amable recientemente la pone la película La llegada (Denis Villeneuve, 2016) y basada en el relato corto «La historia de tu vida» del autor Ted Chiang (1967). Aquí los extraterrestres (una especie de gigantescos calamares) tratan de enseñarnos a usar su idioma, que es la clave para percibir el tiempo como un todo, un círculo, en lugar de la forma lineal en que lo concebimos los seres terrenales. El contacto con estos seres resulta tremendamente beneficioso para la humanidad, que crece y se desarrolla hasta límites insospechados gracias al descubrimiento.

En España han aterrizado pocos extraterrestres antes y después de El milagro de P. Tinto (Javier Fasser, 1998). No podemos olvidarnos de Extraterrestre (2011), la cinta dirigida por Nacho Vigalondo (1977) que imagina una invasión de platillos volantes en mitad de un trío amoroso. España no se prodiga en espectacularidad en lo que a asuntos ajenos a la Tierra se refiere, pero en literatura tiene bastante más que decir. Como en Arañas de Marte (Valdemar, 2017) la novela de Guillem López (1975) en que los aliens nos invaden a través de la mente. Una narración que vuelve a moverse en supuestos, que no deja clara ninguna respuesta y se puede entender desde el prisma de una invasión, de un amistoso contacto, o de la locura de una serie de personajes que se imaginan cosas.

Más surrealista, aunque también más alejado de los convencionalismos, resulta el contacto imaginado por Laura Fernández (1981) en El show de Grossman (Aristas Martínez). Aquí, el planeta Rethrick es fan de la Tierra; de su cultura, de su basura, de sus maneras y de sus absurdos; presentando personajes perdedores y perdidos de ambos mundos. Parece que no siempre vamos a ser nosotros los impresionados con una raza alienígena superior. Aquí una escritora de ciencia ficción ha sido condenada al ostracismo y la indiferencia del público terrestre, mientras en el otro planeta es una auténtica best seller. Paradojas del espacio, oiga.

Pero, volviendo a Fermi y a su maldita pregunta: ¿dónde están? La obsesión por esa respuesta ha alimentado nuestra (ciencia) ficción desde que el ser humano dejó atrás ciertas creencias y perdió la manía de quemar a astrónomos en plazas públicas bajo la atenta mirada del clero. La respuesta más extendida actualmente es que las distancias en el universo son demasiado grandes; exageradamente imposibles de abarcar por la raza humana y, probablemente, por ninguna otra raza por muy avanzada que esté. Deberíamos ser vecinos y encontrarnos a muy pocos años luz para poder establecer un contacto. Por eso, la ficción es lo que nos queda. Uno puede mirar a los telescopios, los instrumentos del SETI («La gran oreja») e imaginar el tremendo silencio que están captando. La naturaleza en movimiento: colisiones, planetas muertos, órbitas, luces. Y continuamente lanzamos un mensaje, pero nadie responde. Por eso, volvemos a los libros, las películas, el arte, capaz de crear otros mundos que sí estén habitados. Pero, ¿bastará con eso? Hay otros mundos, pero están en este, que decía el poeta Paul Éluard.

Y mientras artistas de todas las épocas y razas siguen componiendo historias de contacto entre especies de otros mundos, anhelando que la suya sea la aproximación más certera, en la Tierra seguimos preguntándonos lo mismo desde hace más de medio siglo: ¿dónde están todos?


El enigma Agustina

El enigma Agustina (2018). Imagen: Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC).

Un baúl encontrado en unas obras de remodelación del Palacio de El Pardo. Un arcón guardado en una recóndita habitación a la que solo tenía acceso el dictador Francisco Franco. Un críptico contenido que incita a la elucubración; unos discos de pizarra de una folclórica olvidada y una tesis doctoral sobre magnetismo, perdidos entre un sinfín de viejos enseres; pases de espectáculos de copla, cartas gastadas, fotos antiguas, un abanico… Pero la tesis no es cualquier tesis. Es un trabajo de investigación revelador. Está fechada en 1923, el año en que Albert Einstein visitó España de la mano de Blas Cabrera. La página de agradecimientos está arrancada. Es una tesis escrita por una mujer. La primera tesis de física de una mujer en España. La tesis de Agustina, Agustina Ruíz Dupont.

La sexta conferencia de Solvay fue celebrada en Bruselas en 1930, bajo el mecenazgo de Ernest Solvay, un industrial belga que se había hecho rico a los veintitrés años al aplicar a escala industrial un método para obtener carbonato sódico haciendo pasar amoníaco y dióxido de carbono a través de una solución saturada de sal común. Es decir, alguien al que la ciencia había cambiado su vida; para bien. La conferencia de ese año, junto con la del 1927, reunió a la más grande generación de físicos de todos los tiempos. Sin lugar a dudas, aquella conferencia produjo un cambio de paradigma en la comprensión de la naturaleza que ha conducido, a la postre, a desentrañar ciertos mecanismos esenciales que transitan desde el mundo subatómico a la inmensidad del universo. Durante esos días en Bruselas los más ilustres científicos de los campos de la química y la física discutieron sobre el tratamiento cuántico del magnetismo. Hombres como Niels Bohr, Enrico Fermi, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg o el propio Albert Einstein, reflexionaron durante aquel lejano octubre de entreguerras sobre las bases del magnetismo. Treinta y dos personas. Catorce premios Nobel, de los cuales dos recaían sobre la misma persona; Maria Salomea Sklodowska, Marie Curie. Era la única mujer de la conferencia. O tal vez no.

En aquella mítica convención de los años treinta, y acompañando a los eminentes genios de la física, se desliza también un español, Blas Cabrera, dicen que invitado por el propio Albert Einstein y por Marie Curie al evento, reconociendo así la publicación de sus importantes trabajos experimentales sobre medidas magnéticas. Ese español está acompañado por la misteriosa Agustina, su discípula, a la que había dirigido la tesis, y que en el transcurso de la sexta conferencia de Solvay ejerció de mediadora entre las enfrentadas posiciones de Bohr y Einstein, argumentando, proponiendo soluciones en la enconada brega de los dos gigantes. Una disputa que acabará cambiando para siempre la concepción de la física teórica. Es durante esa conferencia donde, en el fragor de la batalla, Einstein le espeta a Bohr su famoso «Dios no juega a los dados», y donde el danés insta a Einstein a dejar de decirle a Dios lo que tiene que hacer.

A día de hoy todavía no acabamos de saber si la tal Agustina existió y fue depurada o si, por el contrario, es una ensoñación fantasmagórica que se remonta en la noche de aquellos oscuros tiempos. O tal vez sea el alter ego de Felisa Martín Bravo, aunque los anuarios recogen que esta leyó su tesis en 1926 en la Universidad Central de Madrid. Pero esa tesis no versó sobre magnetismo, sino sobre estructura de cristales determinados por rayos X. Sabemos que Felisa tuvo una estrecha relación con Blas Cabrera, y este consiguió que ingresara en la Sociedad Española de Física y Química.

Blas y Agustina, o Blas y Felisa, surgen de la España de las postrimerías de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, y coincide con la efervescencia cultural de la Generación del 27. Una España de eminentes artistas y literatos, de los que solo emergen los hombres, encumbrados en un halo de genios, mientras ellas permanecen bajo la sombra de sus espesas ramas. Hoy en día las recordamos como «las Sinsombrero», por el gesto liderado por las pintoras Maruja Mallo y Margarita Manso de descubrirse la cabeza en plena Puerta del Sol, lo que fue recibido por el gentío al grito de «prostitutas», y que dibuja la concepción de la mujer de aquellos tiempos.

El Enigma Agustina es una bizarra idea de Emilio José García Gómez-Caro y Manuel González García, desarrollada en un documental no comercial incubado, como otras tantas locuras científicas, en el Instituto de Astrofísica de Andalucía (del CSIC), y que ha visto la luz gracias a una pléyade de brillantes científicos y entregados artistas, que en conjunto muestran una capacidad de crear que desafía a la pobreza intelectual de aquellos que destrozan, año tras año, y legislatura tras legislatura, el futuro de las mejores generaciones de un país que tan solo se ha permitido emitir destellos discretos de lucidez en momentos puntuales de su historia, y que ha desoído consistentemente a los más grandes y mejores sabios que han tenido el infortunio de tener que pelear a la contra, desde don Miguel de Unamuno a don Santiago Ramón y Cajal.

Hoy, más que nunca, somos conscientes de que existen cientos de enigmas Agustina, tal vez miles, salpicados por los laboratorios y centros de investigación que pueblan nuestro país. Historias de lo que pudo ser y no fue. Cuentos anónimos de alas cortadas, de sueños amputados y de carreras truncadas que nos hunden poco a poco en una ponzoña de pringosa ignorancia que aprovecha los resquicios para multiplicarse a diestro y siniestro e invadirlo todo. De ahí que hoy en día sean más necesarios que nunca los quijotes, cuyo objeto sea hacer de este mundo, o de este país, lo que nunca nos hemos permitido ser a nosotros mismos. Pero, al mismo tiempo, también resultan esenciales aquellos que nos ponen el espejo delante de las narices, los que nos hacen ser conscientes de nuestras miserias y defectos, los que nos meten el dedo en la llaga, y nos muestran con crueldad como la ceguera del hoy está matando el progreso del mañana.

El Enigma Agustina cumple con todo ello, nos invita a imaginar un país utópico que pudo haber sido y que nunca fue. Un país en el que no se ha depurado a los científicos, ni por su sexo, ni por sus creencias, ni por su orientación sexual. Un país donde, décadas después, nuestros científicos son valorados por sus logros, un país reconocido científicamente, y por ende artísticamente, por los Einstein del momento. Un país del que inventemos nosotros. Y que inventemos, si se puede, mejor que ellos. Un país en el que cualquier mutilación de nuestras posibilidades de futuro levantara a una ciudadanía ilustrada, afrancesada, donde «la Barraca», o mejor, «la Barraca Cuántica», fuera tan solo un guiño divertido a un pasado que nunca existió. Un país donde cada uno de nosotros pudiéramos sentir orgullo de la buena ciencia hecha aquí, y de la buena gente y la gente buena que es capaz de hacerla. Un país con futuro. Porque la ciencia, tal vez incluso más que la poesía, es un arma cargada de futuro.


Enrique Fernández: «El problema de la energía oscura (y también el de la materia oscura) es fascinante»

Fotografía: Lourdes Peguero

Sería sencillo y políticamente correcto presentar a Enrique Fernández (Sietes, Villaviciosa, 1948) como uno de los líderes de la física de partículas en España, citando su papel destacado en la fundación y dirección del IFAE (uno de los mejores y más competitivos centros de excelencia del campo), o la miríada de importantes cargos relacionados con la política científica europea que ha ocupado. Sencillo… pero, en cierto modo, tan insatisfactorio como presentar al Che Guevara con el título de presidente del Banco Nacional Cubano.  En ambos casos nos quedaríamos cortos. En ambos casos, la primera palabra que salta a la pluma es «insurgente». Una insurgencia que este asturiano de modales calmosos y talante sereno ha mostrado a lo largo de toda una carrera en la que no ha dudado en llevar la contraria al sistema para perseguir sus ideales.   

Se dice que cambiaste tu intención inicial de estudiar Matemáticas por la Física debido a la lectura de un libro que se llamaba La búsqueda del cero absoluto. ¿Has encontrado ese cero absoluto?

La verdad es que todavía no [risas]. Por otra parte, creo que lo sustancial de la anécdota es que, en efecto, la física te conecta con lo real, el cero absoluto no es solo una abstracción matemática, es la descripción de un estado de la naturaleza. Creo que mi motivación para estudiar Física es el hecho de que ofrece una descripción objetiva de la realidad.

Te marchas de tu pueblo a los once años, cuando muere tu padre que fue maestro y tuvo que sufrir represalias durante la posguerra. ¿Cómo viviste aquella experiencia?

Mi padre se hizo maestro antes de la guerra y pasó gran parte de la misma en la cárcel de Oviedo (que fue una ciudad sublevada). Tras la contienda, salió pronto de la cárcel gracias a la mediación de una persona influyente en aquellos momentos. Como a muchos de su gremio le hicieron la vida difícil, por ejemplo al no permitirle acceder a una escuela en propiedad, lo cual hizo que acabara por abandonar la enseñanza. Es curioso, pero yo mismo desconocía muchos detalles relacionados con esto, hasta que hablé con la persona que contactó a la persona influyente antes mencionada. Esta conversación ocurrió al final de los años noventa, es decir, sesenta años después de los hechos. No obstante, en mi niñez se dieron otras muchas circunstancias, que la convirtieron, creo, en bastante singular. Mi madre venía de una familia acomodada y vivíamos en una casa muy grande, que todavía conservamos. Allí mi padre tenía muchos libros que estuvo leyendo constantemente hasta el final de su vida. Creo que su biblioteca jugó un papel muy importante en mi visión del mundo. De alguna manera ya daba por sentado, desde muy pequeño, que me dedicaría a algo intelectual. Por otra parte, la pérdida del padre a esa edad deja una huella que no se borra con el tiempo, al contrario de lo que dice la frase popular.

El padre y su biblioteca, un pueblo que se nos queda pequeño. ¿Ingredientes de la personalidad de un científico?

Supongo que algo de eso hay. Nuestra profesión requiere un cierto espíritu nómada, independiente de nuestros vínculos con patrias chicas (el pueblo o incluso el país del que uno viene). Pero, al mismo tiempo, para mí al menos, la conexión con esas raíces, los libros de mi padre, la casa de mi niñez, los amigos de la adolescencia, son muy importantes. Es el famoso conflicto, que no tiene por qué ser tal, entre lo local y lo universal.

Estudias en la Complutense.  ¿Tienes profesores que te marcan?

Antes estudié en Oviedo (un año), en Zaragoza (dos) y después en la Complutense. La influencia más notable entre los profesores universitarios fue la de Alberto Galindo. Sus clases de Mecánica Cuántica eran un modelo de claridad. Y también Juan Manuel Rojo, un magnífico profesor, que enseñaba Estado Sólido en la Complutense y luego jugaría un papel esencial en la revolución científica de los ochenta. Pero también me influenciaron de manera decisiva algunos profesores del Instituto Jovellanos de Gijón, donde estudié y viví entre los once años antes mencionados y el comienzo de la universidad. De hecho, tuve mejores profesores en el último año de instituto que en el primer año de universidad. Recuerdo en especial al profesor Caso (padre de la escritora M.ª Ángeles Caso), quien enseñaba Literatura Española y cuya fuerte personalidad era notable. Y también a los profesores de Matemáticas y Física, también me influenciaron mucho.

Al terminar la carrera das clase en la Autónoma de Madrid durante un año.

Durante el último año de carrera, entré en contacto con el entonces incipiente grupo de física de partículas del CIEMAT, que entonces se llamaba la Junta de Energía Nuclear, la JEN. Me ofrecieron una tesina, acepté. Y parte de la manera de pagarnos en aquellos tiempos fue como profesores-ayudantes en la UAM. Yo daba clase de problemas de Física General a un grupo, cuyo profesor era nada menos que Javier Solana.

¿Acabas la tesis doctoral en el CIEMAT?

No, me fui con la tesis casi terminada a Estados Unidos, donde empecé de nuevo como estudiante de posgrado en Purdue University, Indiana. Hice experimentos de neutrinos en los laboratorios nacionales de Argonne y Fermilab. Mi tesis fue en el primer experimento de antineutrinos contra protones, un tema completamente diferente del que había casi acabado en España. Creo que soy la tesis número 98 de las miles de tesis doctorales que se han hecho desde entonces en experimentos de Fermilab.

¿Con una tesis  casi acabada en España das un portazo y empiezas de nuevo?

No fue un portazo, sino una reorientación de la carrera. Tenía motivaciones científicas, le había dado muchas vueltas a la posibilidad de continuar mis estudios en Estados Unidos, tal como habían hecho algunos compañeros de curso en Madrid, pero también se dieron circunstancias personales. Mi compañera de entonces, que era norteamericana, también buscaba un lugar para hacer un doctorado (en literatura hispana) y el encontrar un lugar donde nos pagasen a los dos fue un motivo importante.

¿Te lanzaste a la aventura, sin más?

No fue una aventura sin más. Pero es verdad que en aquella época había muy poca gente española que estuviese en Estados Unidos por libre. Había bastante gente que estaba allí con becas españolas o Fulbright, mientras yo estaba por mi cuenta en el sistema de allí. Pero esto también era una ventaja. Recuerdo que me extrañaba cuando al conocer a gente nueva, a nivel profesional, rara vez me preguntaban de dónde era, a pesar del acento al hablar inglés. Cuando terminé la tesis me ofrecieron un trabajo en Argonne National Lab, para empezar la preparación de un experimento en SLAC (Stanford Linear Accelerator Center, en Stanford, California) y allí me fui. Estuve un total de seis años en SLAC, durante los cuales también trabajé, desde allí, para la Universidad de Colorado, aunque nunca residí en Boulder. Por otra parte, cuando estaba a mitad de mi tesis americana, volví un verano a Madrid y me las compuse para terminar mi tesis española. Así que me doctoré dos veces. Pero, desde luego, la tesis que cuenta para mí a nivel científico es la americana, mi trabajo en el experimento de antineutrinos en Fermilab se publicó en Physical Review Letters, en diciembre de 1979. Es uno de los trabajos de los que más orgulloso estoy, entonces era novedoso.

Después de doctorarte, ¿cómo ves tu futuro y cómo ves España?

Cuando estaba en SLAC pensaba que no volvería. Paco Ynduráin (catedrático de Física Teórica en la Universidad Autónoma y personaje muy influyente en la revolución científica de los ochenta en España) me animaba a hacerlo, en concreto a solicitar la llamada «idoneidad», pero no lo vi claro y no la solicité. De hecho, por esa época también surgió la posibilidad de irme a trabajar a Bell Labs, como hizo la mitad del grupo de Argonne. Me ofrecieron un trabajo que doblaba mi salario, pero finalmente decidí continuar como investigador. Y un par de años más tarde surgió la posibilidad de regresar a España y crear un grupo de física de partículas que contribuyera a los experimentos del CERN (España acababa de entrar en el CERN). Me contactaron desde Barcelona. El propio rector de la UAB me mandó una carta, sin duda a instancias de Ramón Pascual (Ramón Pascual y su hermano Pedro, los dos físicos teóricos, fueron los impulsores de que en Barcelona se crease un grupo experimental y también han tenido un papel muy relevante como promotores de la ciencia en Cataluña y España). Hay siempre un elemento de azar en estas cosas, unas llevan a otras y muy a menudo no sabes qué decisiones son importantes y cuáles no.

Háblanos de tu regreso.

Cuando España entró en el CERN, Juan Antonio [se refiere a Juan Antonio Rubio, que fuera director del CIEMAT y director de división en el CERN] con Carlo Rubbia, Manolo [Manuel Aguilar Benítez, que sería director de la división de física de partículas del CIEMAT y representante español en el CERN] y Paco [Francisco Ynduráin] jugaron un papel esencial en planificar todo el proceso. En particular, Juan Antonio convenció al Secretario de Estado, Juan Rojo, de crear tres cátedras: una en Valencia, otra en Madrid y otra en Barcelona. Esas cátedras las ocupamos tres físicos que nos hallábamos en ese momento en el extranjero. Antonio Ferrer, que estaba en Francia, fue a Valencia, Fernando Barreiro, que estaba en Alemania, fue a Madrid y yo fui a Barcelona (de esto iba la carta del rector de la UAB).

¿Por qué decides volver? ¿Es personal, es profesional, son las dos cosas, es una apuesta?

Ambas cosas, pero en este caso creo que pesó más lo profesional. Se trataba de una apuesta interesante: crear un grupo en España, pero integrándonos en el programa científico del CERN. De hecho, cuando regresé me encontré con que Juan Antonio tenía ya preseleccionado mi equipo y mi proyecto. Juan Antonio fue un gran líder y un visionario, pero a la que te descuidabas te explicaba lo que tenías que hacer [risas]. Así que tuvimos una pequeña confrontación durante una reunión en Santillana del Mar. De hecho, ni Barreiro ni yo aceptamos los planes que nos proponían y tuvimos que sacar un poco de músculo, pero al final Juan Antonio y los demás nos dejaron hacer.    

En mi caso me empeñé en integrarme en el experimento ALEPH del CERN, después de escuchar un seminario en SLAC de Jack Steinberger [director de ALEPH y quien posteriormente, en el 89, recibió el premio Nobel de Física por el descubrimiento del neutrino muónico]. Finalmente todo cuadró, pero no fue un camino de rosas. Para darte una idea: nunca es fácil hablar con Jack, así que imagínate hablar por teléfono a las 2 de la mañana (por la diferencia horaria), sin haberlo hecho nunca antes y sin conocerse directamente. Y como esto muchas otras anécdotas de cómo integrarse en Europa, desde España pero viniendo de EE. UU.

España, en ese momento, está muy por detrás del resto de sus socios del CERN. ¿Cómo te las compones para causar un impacto en ALEPH?

En efecto, España estaba bastante por detrás en física experimental de partículas con respecto a los socios fuertes del CERN. Además, o esa era mi impresión, nos miraban un poco por encima del hombro. Así que nuestra estrategia fue, para ponerlo en palabras llanas, «entrar a saco». En ALEPH encontramos dos nichos, uno relacionado con la instrumentación del detector (un proyecto pequeño, como correspondía a la capacidad de nuestro grupo por la época) y otro de tratamiento de datos, mucho más importante, el proyecto Falcon. Con Falcon introdujimos en el CERN (a través de ALEPH) algunas ideas novedosas de SLAC. Previamente yo había convencido de que viniera a Barcelona a Manuel Delfino (originalmente de Venezuela, pero licenciado y doctor por la Universidad de Wisconsin), a quien conocía de SLAC y quien después lideró Falcon. Manuel pronto entendió que, para nuestro tipo de computación, era mucho más eficiente repartirla en muchos procesadores relativamente pequeños que llevarla a cabo en un gran ordenador main-frame (como se hacía entonces). Nuestros procesadores más pequeños eran de hecho doce «estaciones de trabajo» sin las consolas correspondientes. Hoy gran parte de la computación está distribuida en miles de procesadores, pero entonces no era evidente que el futuro iría en dicha dirección, por lo que Falcon llamó la atención de las personas que se ocupan de esos aspectos. Estamos hablando de mitad de los ochenta.

«La revolución de los ochenta», que se extiende a lo largo de la década de los noventa, transforma la manera de hacer ciencia en España y en particular el campo de la física de partículas da un salto gigantesco hacia delante con la entrada en el CERN. Asociados con esta revolución hay una serie de nombres propios, algunos de los cuales ya han sido mencionados en esta entrevista. Pedro Pascual, Juan Rojo, Juan Antonio Rubio, Paco Ynduráin. ¿Cómo valoras a estos científicos? ¿Cómo los sitúas en ese momento? ¿Eran una consecuencia inevitable del cambio o son ellos los que hacen el cambio inevitable?

Jugaron un papel importantísimo, son insustituibles. Su éxito se debe, creo, a la enorme coherencia que demostraron, a pesar de que sus personalidades e intereses científicos eran muy diversos. Por otra parte, date cuenta de que la diferencia de edad entre ellos no es muy grande, son todos casi de la misma promoción. Creo que puede hablarse de un efecto generacional. Se trata de un grupo de personas profesionalmente competentes y políticamente motivadas, que se encontraron con la capacidad de cambiar las cosas y no dudaron en hacerlo. En ese sentido, quizás la persona que mejor representa a todos ellos fue Juan Rojo, por la época secretario de Estado, cuyo rol fue esencial en la modernización de la ciencia en España.

Fundas el Instituto de Física de Altas Energías (IFAE) en Barcelona y lo conviertes en uno de los centros de referencia en ese campo tanto a nivel nacional como internacional. ¿Cómo se monta el IFAE, un centro de excelencia? Y, una vez más, ¿hay un plan o es todo una gran improvisación que va saliendo bien?

Es difícil delimitar la frontera entre planificación e improvisación. Lo más importante es quizás el mantener el equilibrio entre las dos cosas, si lo planteas de esa manera. En España en particular, el planear demasiado es peligroso, sería una fuente de frustración constante [risas]. Inicialmente el grupo en Barcelona se creó como grupo universitario, con capacidad de trabajo y mucha ilusión, pero recursos muy limitados, sobre todo teniendo en cuenta que yo quería involucrarme en todos los aspectos de los experimentos en física de partículas, incluida la construcción de detectores. Esto requiere recursos materiales (talleres, por ejemplo, que sí teníamos) pero también humanos (personal técnico de alto nivel, casi imposible de reclutar en el marco universitario). El golpe de suerte vino cuando a Juan Antonio Rubio y a Ramón Pascual se les ocurrió invitar a Jordi Pujol al CERN. Pujol es un político nato y se dio cuenta inmediatamente de la escala del CERN, comprendió que se trataba de investigación muy avanzada, nada que ver con lo que se esperaba. Poco tiempo después de esa visita, Ramón (Pascual), Josep Laporte (por la época Consejero de Educación) y yo nos entrevistamos con Pujol. Queríamos proponerle la creación de un Instituto de Física de Partículas, pero no teníamos del todo claro cómo articularlo. Así que Pujol, que ya debía de haber pensado en ello, se volvió hacia Laporte y le dijo: «¿Cuánto nos va a costar?» [risas], y Laporte dijo: «Unos cien millones de pesetas al año». Mi intuición me dice que a Pujol le pareció poco, en todo caso le dijo que adelante. Ese fue el momento en que se creó el IFAE. Esto era febrero de 1991, y en agosto salió el decreto que nos declaraba un instituto con personalidad jurídica propia.

¿Cuál es la diferencia fundamental con lo que había antes?

Teníamos libertad de contratar tanto a científicos como a técnicos. Los puestos científicos titulares son contratos laborales indefinidos (hay varias categorías, similares a las que hay en la universidad). La otra gran diferencia es la flexibilidad del procedimiento. Para contratar a una persona para un nuevo puesto en el IFAE recurrimos a una comisión de expertos internacional y sin conflicto de intereses, que le propone al director el candidato que le parece más apropiado. El director toma la decisión y hace una propuesta al consejo de gobierno, quien formalmente la aprueba. Todo esto es bastante ortogonal al sistema que imperaba y aún impera en la Universidad. Fuimos creciendo muy poco a poco, escogiendo al personal científico y técnico de manera muy cuidadosa y procurando diversificar en todos los aspectos, incluyendo la edad. Para que te hagas una idea, desde 1991 hasta ahora hemos ofrecido unos doce puestos (me refiero a científicos) permanentes, menos de uno al año (a esto tendríamos que añadir a los investigadores del programa ICREA).

Sin duda el IFAE de hoy en día es muy diferente al de hace veinticinco años. En retrospectiva, ¿qué te gusta y qué no? ¿Qué habrías hecho mejor? ¿Qué suscribes?

No creo que haya cambiado tanto en veinticinco años, sí en cantidad y calidad, pero no en los conceptos básicos. Algunos temas: el IFAE sobre el papel es una institución muy top down. El director lo nombra el Consejo de Gobierno sin que en principio tenga que preguntar a nadie, podría incluso ser una persona que viniese de fuera. A nadie se le ocurre aquí que haya elecciones a director. Tampoco tenemos claustros o comisiones de esto y lo otro. El director forma su propio equipo de dirección (es su responsabilidad) y tiene también una comisión de asesoramiento, también nombrada por él mismo. Esto, que es sustancial, no ha cambiado desde el principio. También creo que es muy importante que el ambiente científico y social sea bueno, he visto a grupos enteros fracasar por rencillas internas. En el IFAE no ha habido problemas graves nunca (o, digamos, que se han apagado los fuegos antes de que empezase algún incendio). Además hemos procurado, y aquí el trabajo del director es crucial, consensuar en qué actividades participamos y creo que todo el mundo se siente comprometido con todo el programa del instituto. Sin duda que muchas cosas se podrían haber hecho mejor, y algunas decisiones erróneas también las hemos tomado. Pero globalmente el concepto ha funcionado muy bien.

Háblame del programa ICREA.

ICREA es una idea fantástica, que posiblemente va a contribuir a transformar (para mejor) la ciencia en Cataluña más de lo que nos imaginamos hoy en día. La clave del éxito del programa está en su capacidad de inyectar investigadores excelentes en el sistema, saltándose las reglas del propio sistema. Como bien sabes, atraer a un científico puntero para que trabaje en España es muy difícil si se pretende hacer a través de los conductos normales de la Universidad o el CSIC. Simplemente esas instituciones no son competitivas, ni en salario, ni en incentivos, ni en flexibilidad. Pues bien, el programa ICREA soluciona todos esos peros: ofrece contratos con salarios negociados directamente con los investigadores, libertad para integrarse en los grupos que más les atraigan, flexibilidad, etcétera. En resumen, es un programa subversivo. Y gracias a él se ha atraído mucho talento a Cataluña (una prueba, la cantidad de ERCs obtenidas por miembros de ICREA). En el IFAE tenemos a siete investigadores ICREA, a nosotros nos ha beneficiado mucho.

En el País Vasco, el programa IKERBASKE sigue los pasos del ICREA en Cataluña. Además, hay más inversión de los Gobiernos autonómicos en ciencia que en el resto del país e incluso algo de inversión privada. ¿Han dado Cataluña y el País Vasco con una fórmula para hacer ciencia superior a la del resto del país?

Buena pregunta, a la que no podría responder con precisión pues desconozco las cifras objetivas. Pero la impresión que tengo es que lo que dices es cierto, tanto Cataluña como el País Vasco parecen disponer de fórmulas más competitivas que otras autonomías para hacer ciencia. Pero ten en cuenta que tanto ICREA como IKERBASQUE son programas que se han desarrollado gracias a iniciativas casi, casi personales. El riesgo entonces es que, si las personas que los impulsan desaparecen, los programas se esfumen o se diluyan. Pero parece que, poco a poco, estos programas se están consolidando como parte del sistema, así que hay razones para ser moderadamente optimista.

Hablando de ICREA, podías haber optado por uno de esos puestos, pero has preferido una cátedra universitaria. ¿Por alguna razón en especial?

No, no es correcto lo que dices. El IFAE se creó mucho antes que ICREA y desde el principio el programa ICREA ha estado diseñado para atraer a gente que está fuera del sistema catalán de I+D. Este aspecto, el que los que ya estamos dentro del sistema no podamos optar, ha creado alguna fricción. En parte por esto ICREA creó un programa llamado ICREA Academia, que consiste en liberar parcialmente de las clases a los profesores que tengan dicha distinción (que son muy pocos, globalmente hablando) durante cuatro años, el programa paga ese dinero a la universidad más otra cantidad, nada despreciable, en concepto de premio. Yo sí que he tenido uno de estos cuatrienios de ICREA-Academia. Por otra parte, aunque la mayoría del IFAE no pertenezca a la Universidad, es importante que haya personas como yo que tengan una conexión muy fuerte con ella. Aunque en cierta manera somos subversivos, no podemos darle del todo la espalda al sistema. La Universidad es un recurso importante, por ejemplo en lo que se refiere a reclutar y formar estudiantes de doctorado. Y al edificio que ocupamos en el campus, por ejemplo. Y, naturalmente, el contacto con otros departamentos es enriquecedor.

¿Tú crees que la Universidad española funciona bien? ¿Hay que cambiarla? Si la cambiaras, ¿cómo la cambiarías?

No, no creo que funcione bien. Cambiaría muchas cosas, pero quizás la más importante, y desde hace muchos años, es la selección del personal académico. Creo que la Universidad necesita un programa similar al ICREA para atraer talento que a su vez permita mejorar el rendimiento. En este punto tan importante, la planificación brilla por su ausencia, las dotaciones de personal se dan ad hoc, para resolver problemas individuales en muchos casos. Sin un cambio radical con respecto al sistema actual creo que no vamos a progresar. Y no es solo por falta de dinero, que también es un programa real grave.

¿Qué se necesita para desarrollar la ciencia en España? ¿O para que, al menos, no retroceda?

Cuando se puso en marcha lo que hoy llamamos Programa Nacional de Investigación supuso un cambio radical con respecto a lo que existía anteriormente, tanto a nivel cuantitativo (aumentó mucho la inversión en ciencia) como a nivel logístico. Por primera vez se conceden subvenciones a los investigadores directamente basándose en proyectos concretos (anteriormente, el poco dinero que había se daba a los departamentos y se solía repartir con la política de café para todos) y se les hace responsables de desarrollar dichos proyectos. Creo que ese paradigma básico, similar al de otros países, ha funcionado bastante bien y debería conservarse. ¿Es posible mejorarlo? Sin duda, por ejemplo haciendo un seguimiento serio de los logros de los proyectos, lo cual ahora mismo no se hace. Por cierto, lo que sí está ocurriendo es que nos piden cuentas de cómo hemos gastado el dinero de los proyectos, pero no del contenido, sino de la forma, que si falta una firma por aquí o por allá, que si tenemos justificantes de pernoctar en los hoteles cuando viajamos, etc. Hemos llegado a extremos grotescos, o más bien vergonzosos. En ese sentido hemos ido hacia atrás muchísimo, y parece ser cada vez peor.  

¿Cómo afectaría a la ciencia un catalanexit?

Yo creo que mal, que le vendría muy mal. Y no solo a la ciencia. Aparte del trauma de la ruptura, a largo plazo Cataluña sería un país pequeño con una economía pequeña y España sería también un país más pequeño que ahora con una economía más pequeña. Todo el mundo saldría perdiendo.

Tú has ocupado muchos cargos de influencia en el CERN y en muchas comisiones internacionales y por tanto conoces muy bien tanto la ciencia en Europa en general como en nuestro laboratorio europeo. ¿Cómo valoras el CERN?

El CERN es sin duda una gran empresa. Todos los países de Europa se unen para poder hacer en común unos aceleradores que son grandes aparatos y que cuestan mucho y necesitan muchos recursos, o sea, que la idea funcional está muy bien. Y ciertamente el LHC ha sido un éxito rotundo. Por otra parte, si tuviese que hacer una crítica al CERN, apuntaría a que se trata de un organismo internacional, situado en uno de los sitios más caros de Europa, y cuenta con una élite muy privilegiada de científicos y técnicos que ganan salarios muy altos. En estas circunstancias es imprescindible ser riguroso a la hora de medir la eficiencia, y creo que en el CERN eso no se hace, o al menos no se hace rigurosamente.

¿Consideras que el CERN es un motor de progreso también para ciencia aplicada?

Hombre, el caso de la invención de la WWW es bien conocido. Por otra parte el CERN sufre un poco del síndrome not invented here (si no se ha inventado aquí no nos interesa). Esto ocurre bastante con el software. En física de partículas, y por lo tanto en el CERN, ya no estamos en la frontera de los avances tecnológicos en los que sí están Google o similares. Cuando empecé a trabajar en el experimento ALEPH, allá por 1986, me chocó el hecho de que la división IT (la división informática del CERN) había decidido no utilizar LaTeX y querían seguir con su propio sistema (yo me callé pero… seguí usando LaTeX). Es un ejemplo concreto pero significativo de algo más general. Por otra parte, y esta es una defensa del campo de la física de partículas, del CERN y de otros laboratorios, considero que la gente se forma a muy alto nivel, tanto porque la ciencia misma lo exige como por la tecnología empleada para hacer avanzar esta ciencia básica. Esa formación a alto nivel crea un capital humano de gran valor que en muchos casos se transfiere a la industria. De hecho, las empresas de alta tecnología en EE. UU. lo tienen muy claro y un doctorado en física de partículas es una excelente carta de presentación para ellas. Un problema que tenemos en España no es tanto la formación sino la falta de empresas que realmente la necesiten a muy alto nivel, simplemente esas empresas no existen.

Uno de los problemas de la física de partículas (que empieza a ser común en otras áreas de la ciencia, como la cosmología) es la de asignar crédito a los científicos. La colaboración ATLAS cuenta con unos tres mil físicos, cada uno de los cuales firma todos los artículos que la colaboración produce. Es evidente que es imposible asignar el mismo crédito a uno de esos autores que cuando se trata de un artículo firmado por un equipo pequeño. ¿Hemos encontrado soluciones a este problema?

Es un problema muy complicado y no hay fórmulas mágicas, pero creo que el campo (de la física de partículas) no está intentando solucionarlo seriamente. De hecho hubo un intento, por parte de ECFA, pero no prosperó. Se podrían aplicar diversas fórmulas para tratar de asignar el crédito de una manera más clara. Por ejemplo, en cosmología los primeros autores suelen ser los dos o tres que han liderado el análisis (y a menudo han escrito el artículo), detrás siguen los nombres del grupo de trabajo (a menudo unos diez o veinte científicos) y detrás el resto, por orden alfabético. Por supuesto, algunos artículos fundamentales (como el descubrimiento del Higgs) irían por orden alfabético ya que se trata realmente de un esfuerzo colectivo cuyo crédito específico no se le puede asignar a nadie. Una fórmula como esta no es una solución ideal, pero creo que es mejor que la que se utiliza en partículas. En todo caso tenemos la obligación de hacer algo, so pena de que otros campos no nos tomen en serio.

En los últimos años has liderado varias iniciativas para estudiar energía oscura. ¿Por qué?

El problema de la energía oscura (y también el de la materia oscura) es fascinante. Piénsalo. El 80% de la materia del universo es invisible. ¿Qué es esa materia oscura? ¿Y qué es esa energía oscura que está acelerando la expansión? En cierto sentido creo que es válido decir que no sabemos gran cosa del 95% del universo. Y para saber más hay que hacer experimentos.

Sin embargo, tú estabas confortablemente instalado en la ciencia del LHC. Cambiar a experimentos  tan diferentes como los de energía oscura denota un cierto inconformismo…

¡Cierto! Recuerdo que un excolega de ECFA (la Comisión Europea para Futuros Aceleradores de la que fui presidente durante varios años) me dijo: «¿Para qué te metes en líos con lo bien que podrías vivir de rentas?». Ahora me doy cuenta, un poco a posteriori, de que dentro de la cosmología no voy a poder competir con la gente joven, pero me he lanzado por interés científico, que de hecho siempre he tenido, desde que era estudiante, y en ese sentido no me arrepiento en absoluto. Creo además que es una excelente inversión científica para el IFAE el estar en este campo.

¿La financiación de la ciencia en España te parece suficiente?

Muy insuficiente. En los últimos años ha habido una bajada del 40% en la inversión en ciencia (esto es, en subvenciones directas a la investigación). ¿Te imaginas una empresa que de repente ve sus ingresos reducidos a la mitad? Es casi seguro que quebraría. Pues bien, esa es la situación con la empresa ciencia en España. Los efectos, no te quepa duda, van a ser muy negativos.  Además, llegan en un momento en que la ciencia en España estaba a punto de florecer, no solamente no avanzamos, sino que dilapidamos parte de lo conseguido.

Sin embargo, se diría que en los Estados Unidos de la época Trump también se van a dar recortes en ciencia.

Así parece, ciertamente tienen un problema grave con el nuevo presidente. La diferencia es que en Estados Unidos existe un potente sector privado, capaz de mover la economía incluso si atraviesan una racha de bajas inversiones públicas. El dinero que dedican empresas como Apple, Google o Facebook, por nombrar solo unas pocas, a I+D, superar a todo el programa español de ciencia. En España no tenemos nada que se le parezca y si se corta la inversión en ciencia no lo tendremos jamás.

¿Es eso solo culpa de los políticos? Da la impresión de que a la sociedad española no le importa la ciencia y en consecuencia la voz de los científicos pasa desapercibida.

El ejemplo lo tienes en la Marcha por la Ciencia que se organizó recientemente. Movilizó a una parte muy importante de los científicos españoles y ¿cuál fue la cobertura que le dedicó el Telediario? Quizás treinta segundos. Compara con los debates interminables sobre otros asuntos nimios.

Tu amistad con el Premio Nobel Jack Steinberger es bien conocida. Steinberger es uno de los grandes de la vieja escuela, todavía lúcido y activo a los noventa y cuatro años. Háblanos de él.

Es una persona única a la que admiro intensamente. Ha vivido tiempos muy especiales. Nació en Alemania y es hijo de un cantor de una sinagoga. Su familia escapó de Alemania gracias a una asociación de judíos americanos que los sacaron del país justo a tiempo. Se establecieron en Chicago, donde montaron una tienda de ultramarinos. Jack no tenía antecedentes científicos ni demasiados recursos, pero debió de ser un estudiante excepcional, dado lo bien que le fue. Cursó Ingeniería Química en la Universidad de Chicago, donde conectó con el grupo de Fermi (el gran científico italoamericano, autor de la primera teoría sobre el neutrino y padre de la bomba atómica). Jack  hizo la tesis con Fermi y el resto, como se suele decir, es historia.

Es cierto que yo he establecido con él una relación personal que va más allá del aspecto profesional, conozco muchas anécdotas. Hay una característica muy conocida de Steinberger y es su capacidad para desarmarte. Una reacción típica suya cuando te lo presentan es interrogarte sobre algún tema que le interesa, te lanza preguntas muy agudas que no sabes cómo contestar y te deja descolocado. Esto me pasó a mí, pero luego averigüé que le pasa con todo el mundo. Lo curioso es que en el fondo no pretende examinarte o ponerte en un compromiso, Jack está obsesionado por aprender y te lanza esas preguntas a ver si te sabes la respuestas. Es su manera de aprender, pero sus preguntas siempre van muy por delante. Cuando se retiró del CERN le dio por aprender cosmología. Yo di por supuesto que se había leído los textos de referencia (todos los que hemos querido aprender cosmología hemos tenido que estudiarlos, más o menos), pero en su caso no se limitó a leer, dedujo todas y cada una de las fórmulas de los textos, incluyendo las más difíciles. Y para ello no dudó en pedirle ayuda a Veneciano (un físico muy teórico del CERN de gran reputación). Lo que quiero decir es que Jack es un científico puro y para hacerte amigo suyo tienes que asimilar esa forma de ser, en la que no hay compromisos que valgan. Yo lo he visto con ochenta años cumplidos participando en un grupo de trabajo en física de oscilaciones de quarks y compitiendo con posdocs cincuenta años más jóvenes que él.

Para apreciar a Steinberger tienes que apreciar también esa mezcla de curiosidad intelectual y espíritu pendenciero (es capaz de enzarzarse en una refriega científica con cualquiera, sea otro premio Nobel o un estudiante de doctorado, y en todos los casos lo que le importa son los argumentos, la ciencia, el estatus le trae sin cuidado). Recuerdo que Alain Blonde (un prestigioso físico de partículas, catedrático en Ginebra) lloriqueaba porque Jack lo machacaba siempre que podía. Y yo le dije: «En realidad tendrías que sentirte orgulloso, contigo le gusta jugar y competir». Alain tiene muy buenas ideas y Jack las huele de lejos.

¿Cuáles son tus planes para los próximos años? ¿Qué problemas científicos te llaman más la atención? Y, sobre todo, ¿te ves capaz de una nueva insurgencia de las tuyas?

Eso va a ser difícil, porque dentro de un año me retiro de la Universidad, al menos técnicamente, aunque pienso seguir activo y contribuyendo, pero me parece que las siguientes insurgencias hay que dejárselas a los jóvenes.

Estás casado con Martine Bosman, una de las líderes de la Física del LHC en España. ¿Es una buena idea casarse con alguien del gremio? En el caso de los científicos, ¿es la única buena idea?

En parte hay muchas posibilidades de acabar con otro científico de pareja, ya que a menudo la gente se conoce en el ámbito laboral. Por otra parte, la complicidad, el entender el trabajo del otro y la dedicación que este trabajo exige creo que ayudan mucho a que la pareja funcione. Pero no creo que sea la única fórmula posible. Tú sabes tanto como yo de esto.

Eres miembro de la Real Academia de Ciencias. ¿Crees que este tipo de instituciones siguen jugando un papel?

Soy académico correspondiente, no soy miembro numerario. Creo que una institución así podría jugar un papel mayor del que juega. El problema no está en la propia Academia, sino en el uso (o la falta de uso) que hace de esta el resto de la sociedad. ¿Por qué el Gobierno, por ejemplo, no la usa para asesorarse en materias de política científica, por qué no se le saca partido a la gente tan valiosa que hay en ella? No se hace porque en nuestro país hay una cultura científica muy escasa y la verdad es que es una pena.  

¿No te parece un poco vetusta?

Bueno, pero eso es natural. Es verdad que los miembros de la Academia son bastante mayorcitos, cuando fui a las primeras reuniones me sentí joven [risas].

Sé que tocas muy bien la guitarra, pero siempre te quejabas de que no tenías tiempo. ¿La tocas todavía? ¿Tienes tiempo libre?

He empezado a tocar el piano hace más de diez años y he progresado bastante. Con la guitarra siempre me pasó lo mismo, tocaba siete u ocho meses y luego pasaba otro tanto sin acercarme a ella. Creo que nunca llegué a ninguna parte, la guitarra clásica es demasiado difícil. Con el piano soy más constante, ahora estoy en una buena época y toco una hora cada día. No haber estudiado música seriamente es una de mis grandes frustraciones. Es curioso, en la casa donde yo me crie había un piano, era de mi abuela materna, y yo lo tocaba de vez en cuando, pero no estudié música porque creía que para ser pianista tenías que ser poco más que un genio. Estoy seguro de que es cierto si quieres ser un profesional bien retribuido, pero desde luego cualquiera con un mínimo de talento y ganas puede tocar bien y yo ya me contentaría con eso. Pero yo no lo sabía y nunca me planteé estudiar. Cuando me fui a EE. UU. me llamó la atención que había estudiantes en la universidad que estudiaban música como una profesión, pero ya era muy tarde para mí.

Hubo una época, durante mi estancia en Stanford, en la que mi pareja me regaló unas lecciones particulares de guitarra. Resultó que el profesor era un alemán que había aprendido a tocar la guitarra en un campo de concentración en Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial. Tenía una tienda que se llamaba Quality Guitars, al lado del Camino Real en Palo Alto. Mi guitarra era buena, la había comprado en Contreras, que estaba en la calle Mayor de Madrid, y a él le llamó la atención que yo tuviera esa guitarra cuya marca conocía, y me preguntó: «¿Y esta guitarra cómo la has conseguido?», y le dije: «La compré en Madrid», y él: «Pues la próxima vez que vayas a España, dímelo, porque te encargo una».

El caso es que el alemán se retiró y traspasó el inventario de la tienda a otra en el Camino, cerca de Kepler’s Books en Menlo Park, llamada Guitars Unlimited. Y también me traspasó a mí, el dealer de guitarras españolas, presentándome a Bill Courtial, que así se llamaba el nuevo dueño. Así que cada vez que venía a España compraba una guitarra para ellos, llegué a comprar una de concierto que me costó entonces casi doscientas mil pesetas, una auténtica fortuna. Bill era un guitarrista de jazz y había entrado en el negocio de la tienda años antes, sustituyendo a un profesor de guitarra amigo suyo que se había hecho famoso. Se trataba nada menos que de Jerry García, el líder de Grateful Dead. La tienda parecía un tugurio, pero tenía una trastienda inmensa con guitarras e instrumentos de todo tipo. Allí compraba guitarras Joan Baez, que vivía bastante cerca, el propio Jerry García, y alguno de los músicos de Janis Joplin, entre otros. Con esto disfruté un montón. Una vez el propio Bill me pidió una guitarra de flamenco y al probarla me dijo: «Esta es para mí, no para la tienda». En fin, quizás debía haber explotado más mi faceta de traficante, pero la cosa se quedó ahí [risas].


Universos paralelos, explosiones cósmicas y la paradoja de Fermi

Antenas del Gran Conjunto Milimétrico/submilimétrico de Atacama (ALMA). Fotografía: ESO / B. Tafreshi (CC).

Antes del año 1995 solo conocíamos una estrella que tenía planetas a su alrededor: el Sol. El delicado equilibrio del sistema solar, el hecho de que un sistema gravitatorio de más de dos cuerpos sea altamente inestable, caótico, donde cualquier pequeña perturbación (como mover Mercurio unos centímetros) puede desestabilizarlo todo, hacía pensar que no tendría que ser muy común tener planetas alrededor de estrellas, aunque en una galaxia haya tantas estrellas como granitos de arena en una playa. En esa época muy pocos astrónomos pensaban que sería posible encontrar planetas como la Tierra, Marte o Júpiter girando alrededor de otras estrellas. Todo esto cambió dramáticamente en el año 1995 con el descubrimiento del primer planeta fuera de nuestro sistema solar (exoplaneta) por Michel Mayor y Didier Queloz, orbitando la estrella Pegasi 51, una estrella no muy diferente de nuestro Sol. (En realidad unos años antes otros dos planetas fueron encontrados alrededor de una estrella  de neutrones —un púlsar—, pero la radiación del púlsar y la órbita tan cercana del planeta hacen este sistema incapaz de hospedar vida y, por lo tanto, menos interesante).

Aunque previamente se habían formulado especulaciones por parte de astrónomos acerca de la existencia de exoplanetas, fue el año 1995 el que trajo la primera confirmación clara e inequívoca de que existen otros mundos más allá del sistema solar. A día de hoy se han descubierto aproximadamente unos dos mil exoplanetas y, en un centenar de casos, se han descubierto sistemas planetarios.

Uno de nosotros recuerda muy bien cuando en el año 1994, mientras observaba en los telescopios de la ESO (European Southern Observatory) como parte de su tesis doctoral, los astrónomos del observatorio comentaban sobre un «viejo» astrónomo suizo (Michel Mayor) que intentaba medir el bamboleo de las estrellas. Si una estrella tiene un compañero, aunque sea invisible, la fuerza de la gravedad hace que los dos cuerpos celestes giren alrededor de un centro común, como dos bailarines bailando un vals. La estrella entonces parece tambalearse, y así también se tambalea su espectro: la señal que la estrella deja en los instrumentos del telescopio. Este pequeño desplazamiento del espectro de la estrellas era lo que quería observar Mayor.

En un principio, los compañeros invisibles que Mayor buscaba eran otras estrellas, mucho más pequeñas que el Sol y por eso invisibles —enanas marrones—, pero quedó sorprendido al descubrir algo mucho más peculiar: el primer exoplaneta. Es un ejemplo maravilloso de cómo la ingenuidad del ser humano le capacita para hacer descubrimientos asombrosos.

Hoy sabemos que aproximadamente una de cada tres estrellas en nuestra galaxia (la Vía Láctea) tiene al menos un planeta que gira alrededor de ella: los planetas son comunes.

Bien, si es así, la cuestión más interesante para muchos lectores sería: ¿lo es también la vida? Es una cuestión de una importancia fundamental para la humanidad ya que nos indicaría si estamos solos o si la Vía Láctea, y por ende el universo, están llenos de vida. ¿Estamos solos? Es uno de los problemas filosóficos más antiguos y tiene implicaciones fundamentales para nuestra manera de  concebir la humanidad.

Es, sin embargo, importante distinguir lo que entendemos por vida, ya que esta tiene un amplio espectro, desde seres unicelulares hasta seres complejos como el ser humano. En este artículo consideraremos que un virus no es una forma plenamente viva al necesitar de un organismo vivo para reproducirse. El clasificar a un virus como no vivo no es obvio, ya que contiene material genético (DNA o RNA), y algunos investigadores consideran que podrían definirse como organismos vivos. Sin embargo, el hecho de que no se puedan reproducir por sí mismos los cualifica más bien como grandes moléculas. También vamos a definir como vida compleja aquella correspondiente a seres multicelulares, desde medusas hasta seres humanos.

De hecho, en este artículo nos vamos a centrar más bien en la vida compleja como la de los seres humanos. En particular, el summum de la complejidad, y lo que nos diferencia como seres humanos, es la inteligencia. ¿Es la vida inteligente abundante?

El gran físico Enrico Fermi intentó responder a esta pregunta en el año 1950 planteando la siguiente paradoja: ¿dónde están los extraterrestres?

Así procede el razonamiento de Fermi: si existen cien millardos de estrellas en nuestra galaxia y, asumiendo que nuestro sistema solar no es una excepción, casi todas tienen planetas, muchas de ellas entonces tendrán vida, algunas tendrán vida inteligente que con el tiempo se habrá extendido a través de la galaxia… Si es así, ¿por qué no los vemos? ¿Dónde están? ¿Por qué no han contactado con nosotros?

Enrico Fermi era un físico prodigioso. Era notable su capacidad para hacer cálculos al momento en su cabeza sobre procesos físicos y su respuesta nunca estaba muy equivocada cuando se comparaba con el cálculo exacto. Además de esto, fue el último físico completo en el sentido de que deslumbró tanto en la física experimental como en la teórica, además de ser ganador de un Premio Nobel. Él fue el científico clave en el desarrollo de la bomba atómica en los Estados Unidos, pero quizá otra faceta más desconocida para el gran público sea su labor como formador de una escuela italiana de físicos de élite: los famosos «i ragazzi di via Panispermia». Fueron físicos de tal nivel los que formó Fermi que casi todos descubrieron algo acerca de la naturaleza que mereció un premio Nobel. Esta gran escuela de física de Fermi fue crucial para el posterior desarrollo de la física italiana en los siguientes cincuenta años. En España su equivalente sería el genial Ramón y Cajal en la rama de medicina. Ojalá hubiese habido un Ramón y Cajal también en la física española.

Desde que Fermi formuló su pregunta ha habido múltiples respuestas. Las hipótesis son variadas, quizás entre las más descabelladas se encuentran aquellas que postulan que los extraterrestres ya han llegado y se esconden en forma de famosos de la prensa del corazón o presidentes de los Estados Unidos. En cualquier caso, la pregunta de Fermi merece una explicación científica. Es aquí donde los libros de Vilenkin (1), Goldberg (2) y Livio (3) van a servir como excusa para conectar dos aspectos de nuestro universo aparentemente dispares y sin conexión alguna, que sin embargo pueden ayudarnos a entender algunos de los misterios más profundos del universo.

Explosión de una supernova. Ilustración: Greg Stewart/SLAC National Accelerator Laboratory (CC).
Explosión de una supernova. Ilustración: Greg Stewart/SLAC National Accelerator Laboratory (CC).

Algunos lectores estarán familiarizados con el concepto de una explosión de supernova. Debido a que las estrellas masivas —aquellas que tienen masas diez veces mayores que el Sol— finalizan su vida con las reacciones nucleares que dan lugar al hierro, estas colapsan en sí mismas, rebotando contra el núcleo de neutrones y liberando una gran energía en forma de explosión. En realidad, el 99% de la energía liberada en la explosión de una supernova es en forma de neutrinos, partículas que no son visibles ni interaccionan con la materia normal; solamente el 1% de la energía de la explosión de una supernova se utiliza en energía mecánica en su explosión. Aun así hablamos de explosiones de tamaño cósmico.

Las supernovas son muy comunes, de hecho explota una cada cien años en nuestra galaxia. Todavía más espectaculares, aunque más raras, son la explosiones de rayos gamma (ERG). Estas explosiones ocurren cuando estrellas muy masivas, como las supernovas, desarrollan una agujero negro en su interior que está rotando. Durante el colapso de la estrella se forma un disco de acreción que extrae energía del agujero negro, provocando un chorro de materia que a su vez genera rayos gamma, es decir, radiación muy energética como la que se emite en procesos radiactivos: una central nuclear o la explosión de una bomba atómica.

La novedad de la que nos hemos dado cuenta en los últimos años es que las explosiones de rayos gamma pueden ser altamente dañinas para la vida. ¿Por qué es esto así? Resulta que no son los rayos gamma los que producen directamente la destrucción de la vida, sino su efecto derivado de la destrucción de la capa de ozono del exoplaneta.

Cualquier planeta, para poder desarrollar vida, necesita condiciones estables por largo tiempo. Además, para desarrollar vida compleja el planeta necesita protección estable y continuada de la radiación dañina de su estrella, en particular protección de la radiación ultravioleta, cosa que proporciona la capa de ozono de la atmósfera (la Tierra tiene una buena capa de ozono y aun así tenemos que ponernos crema solar en verano). Sin la capa de ozono recibiríamos radiación ultravioleta muy perjudicial, que dañaría nuestro ADN y provocaría mutaciones con efectos catastróficos para la vida. Por ejemplo, se cree que Marte y Venus en el pasado pueden haber tenido condiciones favorables a la vida (agua líquida y una atmósfera placentera) pero estas condiciones no duraron lo suficiente.

Cuando una estrella masiva ERG explota lo bastante cerca del exoplaneta, sus rayos gamma pueden destruir la capa de ozono. Con una capa de ozono débil o inexistente, la radiación ultravioleta de la estrella daña el ADN de las células provocando mutaciones y muerte celular. En el marco de un ecosistema complejo, que inevitablemente tiene que estar desarrollado para que haya vida compleja, y a lo mejor inteligente, esto significa extinción masiva de vida por lo menos en la superficie del planeta y repercusiones para toda la cadena alimenticia. La capa de ozono tarda decenas de años en reformarse después de su destrucción. Esto significa que para que un planeta pueda desarrollar vida inteligente tiene que estar protegido de estas explosiones por un muy largo intervalo de tiempo.

Solo recientemente nos hemos dado cuenta de que la Tierra está situada lo suficientemente lejos de zonas de alta concentración de explosiones de rayos gamma como para evitar extinciones masivas que pongan en peligro la continuidad de la vida compleja, pero quizás estas explosiones sí que han tenido influencia en algunas extinciones como la Ordoviciana, hace quinientos millones de años. Parece que la Tierra está situada en una posición privilegiada en las «afueras» de la Vía Láctea para estar protegida de las explosiones de los rayos gamma. Aun así, los cálculos de los astrónomos predicen que debería haber extinciones debido a explosiones de rayos gamma cada millardo de años.

This magnificent 360-degree panoramic image, covering the entire southern and northern celestial sphere, reveals the cosmic landscape that surrounds our tiny blue planet. This gorgeous starscape serves as the first of three extremely high-resolution images featured in the GigaGalaxy Zoom project, launched by ESO within the framework of the International Year of Astronomy 2009 (IYA2009). The plane of our Milky Way Galaxy, which we see edge-on from our perspective on Earth, cuts a luminous swath across the image. The projection used in GigaGalaxy Zoom place the viewer in front of our Galaxy with the Galactic Plane running horizontally through the image — almost as if we were looking at the Milky Way from the outside. From this vantage point, the general components of our spiral galaxy come clearly into view, including its disc, marbled with both dark and glowing nebulae, which harbours bright, young stars, as well as the Galaxy’s central bulge and its satellite galaxies. As filming extended over several months, objects from the Solar System came and went through the star fields, with bright planets such as Venus and Jupiter. For copyright reasons, we cannot provide here the full 800-million-pixel original image, which can be requested from Serge Brunier. The high resolution image provided here contains 18 million pixels.
Panorámica en 360 grados de la Vía Láctea vista de canto desde nuestra perspectiva en la Tierra. Fotografía: ESO / S. Brunier (CC).

Sin embargo, planetas en el centro de la Vía Láctea sufren constantemente las explosiones de rayos gamma, así que parece muy improbable que la vida compleja se pueda desarrollar en ellos. Por lo tanto, para que un planeta esté protegido de las explosiones de los rayos gamma no debería estar en zonas de muy alta densidad estelar. Por otro lado, sabemos que la producción de elementos pesados como el oxígeno y el carbono por parte de las estrellas masivas es crucial para que se formen planetas rocosos como la Tierra, que puedan tener una superficie sólida y albergar vida. Parece, por tanto, que es necesario un delicado equilibrio entre estar lejos de las estrellas masivas pero tampoco mucho, ya que los elementos pesados que producen son cruciales para la vida. Las afueras de las galaxias como la Vía Láctea parecen satisfacer este equilibrio, y ser «barrios residenciales» para la vida compleja.

Si las explosiones cósmicas juegan un papel crucial en limitar la abundancia de vida en nuestra galaxia, ¿podría ser esta una explicación de la paradoja de Fermi? La conexión entre explosiones cósmicas y la paradoja de Fermi se vuelve todavía más curiosa cuando exploramos las consecuencias cosmológicas de las explosiones cósmicas.

Resulta que las galaxias grandes, como la nuestra, que son las más propicias a albergar metales pesados y, por lo tanto, exoplanetas rocosos, tienen a su alrededor galaxias pequeñas. Estas galaxias tienen entre mil y diez mil veces menos masa que la Vía Láctea. Ocurre que es en estas galaxias pequeñas donde las explosiones cósmicas de rayos gamma suceden más frecuentemente. Estas explosiones son tan potentes que sus efectos dañinos llegan fácilmente hasta los barrios residenciales de las galaxias más grandes. Por lo tanto, tener galaxias pequeñas alrededor de una grande es lo peor que le puede suceder a los exoplanetas desde el punto de vista de la preservación de la vida compleja; su presencia es fatal.

Lo normal es que las galaxias grandes tengan muchas galaxias pequeñas alrededor, pero la configuración de la Vía Láctea resulta no ser común en el universo, sino algo peculiar. Curiosamente, sucede que nuestra Vía Láctea no está rodeada por esas pequeñas galaxias. La galaxia pequeña más cercana que tenemos son las nubes de Magallanes, y estas están demasiado lejos para representar un riesgo por explosiones de rayos gamma. Es así que uno se puede plantear una paradoja de Fermi a nivel cosmológico: ¿dónde están las otras galaxias? ¿Por qué no hay más galaxias pequeñas alrededor de nosotros? ¿Estamos en un lugar especial?

Esto nos lleva a conectar con otro tema aparentemente dispar y sin relación. Uno de los grandes triunfos de la cosmología en los últimos treinta años ha sido el descifrar el origen del universo y sobre todo de la estructura que hay en este. Sabemos que muy probablemente el universo sufrió un periodo inflacionario, lo que llamamos el big bang, que hizo que este creciese desde el tamaño de un átomo hasta su tamaño actual casi instantáneamente. Durante este proceso, y debido al proceso de incertidumbre de Heisenberg, se formó algo a partir de la nada: las fluctuaciones del vacío. Por lo tanto es sorprendente que el hecho de que la mecánica cuántica sea una ley de la física, y por lo tanto que haga regir la incertidumbre en nuestra descripción de la naturaleza, sea la razón de la existencia de galaxias en el universo. En definitiva: somos la consecuencia de la nada gracias a la incertidumbre.

Como nos cuentan Vilenkin, Goldberg y Livio, este mismo proceso para describir el universo primigenio tiene una consecuencia ineludible: la inflación se hace eterna y se generan otros universos paralelos al nuestro, que están desconectados entre ellos. Se describe este fenómeno de multiverso como el summum de la revolución copernicana: no solo no somos el centro del universo sino que nuestro mismo universo es uno más de un infinito de universos. Muchos científicos se muestran escépticos sobre tal descripción de la naturaleza; la crítica va más o menos así: si estos universos están desconectados, nunca podremos hacer medidas experimentales, por lo tanto, la teoría no puede ser falsada nunca y no pertenece al reino de la ciencia sino, más bien, al reino de la creencia. Aunque pueda parecer que esta crítica es fatal, como veremos, puede haber maneras de comprobar la teoría del multiverso y ver si tiene sentido.

Progresiones cíclicas del universo. Imagen: KronicTOOL (DP).
Progresiones cíclicas del universo. Imagen: KronicTOOL (DP).

Mientras que la teoría del multiverso, basada en la teoría de la inflación eterna, tiene una base teórica sólida, su ratificación experimental es más complicada. La razón fundamental es que no podemos salir de nuestro propio universo y ver si hay otros. Para ello habría que poder desplazarse más rápido que la velocidad de la luz, en contra de las leyes de la física, y, por lo tanto, es imposible. Para encontrar pistas de que existen otros universos tenemos que ser un poco más sagaces y desarrollar medidas indirectas. Una posibilidad es buscar signos de que los universos interaccionaron unos con los otros en la época temprana antes de su expansión exponencial. También hay otra forma de verificar su existencia; esta está íntimamente relacionada con la naturaleza de la constante cosmológica: la causante de la expansión del universo hoy día.

Resulta difícil explicar por qué la constante cosmológica de hoy en día es tan pequeña pero no es exactamente cero. Desde el punto de vista de la física debería ser ciento veinte órdenes de magnitud más grande. Puede que haya alguna simetría fundamental que todavía no hemos descubierto que la hace cero, pero ¿por qué tan pequeña y no cero?

Aquí es donde el multiverso resulta muy útil. Una predicción del multiverso indica que en realidad cada universo tiene un valor de esta constante cosmológica y que para cualquier valor de la constante cosmológica hay, por lo menos, un universo en el multiverso. La constante cosmológica que medimos nosotros los humanos en este universo tiene el valor que tiene simplemente porque permite que haya observadores inteligentes como nosotros mismos.

Por lo tanto, si la constante cosmológica fuera muy grande, el universo se expandiría a un ritmo tan grande que no se podrían formar las galaxias ni, por ende, las estrellas y los planetas. Es por lo tanto necesario que la constante cosmológica sea pequeña. Pero ¿podría ser mucho más pequeña?, ¿podría también ser cero? Sin embargo, hasta ahora no había ningún argumento por el cual se podían excluir valores mucho más pequeños que el actual, o incluso negativos. Así, aunque se habían excluido valores muy grandes, había un número infinito de valores permitidos que eran pequeños o negativos.

Es en este momento cuando entran en juego las explosiones cósmicas. Como habíamos comentado al principio de este texto, las explosiones de rayos gamma constituyen un riesgo para la vida compleja. Resulta que cuantas más galaxias pequeñas hay alrededor de una galaxia grande, más peligrosas son las explosiones de rayos gamma. La parte más sorprendente que los astrónomos han descubierto recientemente es que el número de galaxias pequeñas alrededor de una grande depende del valor de la constante cosmológica: cuanto más pequeño es el valor de la constante cosmológica, más galaxias pequeñas hay alrededor de una grande. Por lo tanto habrá más explosiones de rayos gamma y la supervivencia de la vida compleja será más difícil.

La curiosa conclusión es que las explosiones cósmicas están gobernadas (indirectamente) por el valor de la constante cosmológica y esto pone un valor mínimo. Considerando este valor mínimo y el valor máximo anterior, se obtiene un rango que incluye confortablemente el valor que medimos.

Lo que estamos aprendiendo es que fenómenos locales como las explosiones cósmicas, la vida y fenómenos universales como las leyes fundamentales de la física podrían estar íntimamente relacionados. Habría universos con valores ligeramente más altos que la constante cosmológica donde la vida podría estar más protegida de las explosiones cósmicas y donde quizás no hubiese paradoja de Fermi. Si realmente nuestro universo no es más que uno de tantos (infinitos) otros, habríamos entendido que nuestro lugar en este multiverso es simplemente casual. Las mismas fluctuaciones del vacío, es decir de la nada, que dieron lugar a las galaxias, también fueron las causantes de la aparición de múltiples universos. La conclusión final es que toda la estructura que vemos y nuestra propia vida no sería más que el resultado del azar: la existencia del principio de incertidumbre de Heisenberg en mecánica cuántica. Quizás tiene razón Stephen Hawking cuando dice: «Así que parece que Einstein estaba equivocado por partida doble cuando dijo: “Dios no juega a los dados”. No solo Dios juega definitivamente a los dados, sino que a veces nos confunde tirándolos donde no se pueden ver».

Notas:

(1) Many Worlds in One: The Search for Other Universes, de Alex Vilenkin.

(2) The Universe in the Rearview Mirror: How Hidden Symmetries Shap e Reality, de Dave Golberg.

(3) The Accelerating Universe: Infinite Expansion, the Cosmologica l Constant, and the Beauty of the Cosmos, de Mario Livio.


Recordando a Carl Sagan

Carl Sagan. Foto: Corbis.
Carl Sagan. Foto: Corbis.

Cierto día en la estación de trenes de Washington, un mozo ayudó a Carl Sagan con su equipaje, como hacía con cualesquiera otros pasajeros. Sin embargo, cuando Sagan sacó su billetera para darle la propina de rigor, el mozo hizo un gesto de rechazo. Aunque lo relevante de la anécdota no es el gesto en sí, sino la frase con que el mozo lo acompañó: «Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo».

La anécdota es muy famosa y habla por sí misma del papel que tuvo Carl Sagan en nuestra cultura. Ningún otro divulgador científico ha sabido pulsar tan bien los resortes de la imaginación colectiva. Quizá se debiera a aquella característica tan suya: la capacidad para experimentar y compartir un extático asombro ante la magnitud y complejidad del universo. Un entusiasmo que resultaba contagioso y al que él llamaba el «sentido de lo maravilloso». Gracias a Sagan y sobre todo a su serie televisiva Cosmos: Un viaje personal, muchas personas experimentaron ese sentido de lo maravilloso junto a él. Especialmente quienes tuvieron la suerte de verla por primera vez durante la tierna infancia: Carl Sagan era como el mago que abría el baúl de los grandes secretos ante nuestros ojos y desvelaba prodigios que parecían fantásticos, pero que no pertenecían al ámbito de las novelas o películas de ficción, sino que existían de verdad. Prodigios que estaban allá arriba, sobre nuestras cabezas, o a nuestro alrededor, o incluso dentro de nosotros. Carl Sagan fue sin duda el catalizador de las ensoñaciones cósmicas de toda una generación. Incluso de quienes nunca nos convertimos en científicos, porque teníamos escrito otro destino o sencillamente lo elegimos así, prácticamente no hemos pasado una noche sin alzar la mirada hacia las estrellas y entonces resulta inevitable acordarse de él. Siempre nos quedará la imagen inolvidable de aquella «nave de la imaginación» con forma de semilla emplumada con la que Sagan nos condujo hacia lugares que nunca visitaremos, pero que ya forman parte de nosotros mismos, tan familiares como nuestra propia casa, como el «pálido punto azul» que flota en torno a una estrella cualquiera en un rincón poco destacado de una insignificante galaxia.

Sagan diría, naturalmente, que el número 2014 carece de importancia en términos cósmicos, como carece de importancia cualquier otra cosa que los humanos podamos pensar, decir o hacer y que al vasto universo le resultará indiferente. Pero en el fugaz extracto temporal de nuestras vidas llamamos 2014 al año en que se estrena la nueva versión de Cosmos, presentada por el que muchos consideran el sucesor de Sagan, el astrofísico Neil deGrasse Tyson. Y también en este 2014 Sagan está de aniversario: hubiese cumplido los ochenta años, caso de no habernos dejado huérfanos hace casi dos décadas. Pero, ¿quién era Carl Sagan? ¿Cómo pensaba? ¿En qué consistía su mensaje? Sirva este repaso a algunas de las facetas de su vida y de su pensamiento no solamente como homenaje, sino también como recordatorio de todo aquello que lo convirtió en una figura única e irremplazable.

Sagan y el cosmos

Queríamos llegar a todo el mundo, porque pensábamos que tener disponible este conocimiento era un derecho innato de la persona. (Ann Druyan, viuda y colaboradora de Carl Sagan)

Ya cuando el pequeño Carl tenía cinco o seis años, sus padres eran conscientes de su brillantez intelectual, de su ansia por obtener respuestas ante cuestiones como «¿qué son las estrellas y de dónde están colgadas?». Hijo único de una familia de condición muy humilde —su padre era un inmigrante ucraniano que trabajó como acomodador en un teatro y su madre una neoyorquina que había crecido prácticamente en la miseria—, el pequeño Carl tenía pocos medios para saciar aquellas ansias. Pero sus padres eran inteligentes y demostraron una gran sensibilidad hacia las necesidades intelectuales de su retoño, así que decidieron que lo mejor que podían hacer era apuntarlo a una biblioteca pública. Aquello abrió los ojos de Carl Sagan y cambiaría su vida para siempre:

Le pedí al bibliotecario algún libro sobre las estrellas. Y la respuesta a mis preguntas era impresionante. Resultó que el sol era una estrella que estaba muy cerca de nosotros. Que las estrellas eran soles, aunque estaban tan lejos que las veíamos como meros puntitos de luz. De repente, la verdadera escala del universo se reveló ante mí. Fue una especie de experiencia religiosa. Había una magnificencia en ello, una grandeza, una sensación de magnitud que nunca después me ha abandonado. Nunca me ha abandonado.

El mensaje divulgador de Sagan giró siempre en torno a una idea central: el ser humano, especie animal que vive sobre la superficie de un planeta cualquiera, es insignificante cuando lo contemplamos bajo términos cósmicos. La humanidad es apenas un soplo fugaz del que seguramente no quedará ni rastro cuando se extinga; y a nadie ahí fuera le importará, si es que hay alguien. El cosmos es un lugar inmenso, inabarcable, que nos humilla y empequeñece. Y sin embargo, cuando era Sagan quien nos describía ese panorama aparentemente descorazonador, brillaba una intensa luz poética que cautivó a quienes le escuchábamos. El ser humano, nos decía, no es importante para el universo. Pero sí es inmensamente afortunado porque puede contemplar la inmensa grandeza de ese universo y maravillarse a causa de ella. Cuando miras las estrellas, lo importante no eres tú: son las estrellas. Y siéntete feliz por poder mirarlas.

Sagan y la comunidad científica

El polo opuesto de la ciencia popularizada es, al final, una ciencia impopular. (Gregory Benford, revista Skeptic)

Sagan contribuyó significativamente a la ciencia astronómica, particularmente con sus análisis de las atmósferas y superficies planetarias en una época en la que apenas se disponía de información fiable. Su bagaje abarcaba tanto astronomía como biología —trabajó con biólogos tan notables como Stanley Miller, George Muller o Joshua Lederberg— y así ayudó a dar forma tanto a las ciencias planetarias como a la exobiología. Colaboró directamente en varias misiones espaciales de la NASA y fue, como sabemos, quien diseñó los mensajes destinados a posibles civilizaciones extraterrestres que fueron incluidos en las sondas espaciales Pioneer y Voyager.

Sin embargo, estas aportaciones resultaron empequeñecidas por su papel como divulgador. Hoy sabemos que en la comunidad científica existieron muchos recelos hacia Sagan y su siempre creciente fama. Entre los astrónomos gozaba de gran predicamento, pero entre otros científicos —algunos físicos, por ejemplo— podía llegar a estar bastante mal visto porque consideraban que sus intentos de popularizar la ciencia amenazaban con «trivializarla». Otros lo veían como un ególatra que buscaba la fama y otros más, probablemente, tenían envidia de su capacidad para llegar a diversos estratos de la sociedad. El caso es que, académicamente hablando, Sagan pagó un precio por esa celebridad. En 1967, cuando era profesor interino en Harvard, le denegaron una plaza fija pese a sus extraordinarias dotes como docente, dotes bien documentadas por su alumnado. ¿El motivo oficial? Que sus investigaciones departamentales eran «poco relevantes» y «derivativas». Pero en realidad tuvo mucho que ver el que hubiese empezado a aparecer en televisión el año anterior, algo que no agradaba en la elitista universidad. Tras aquello, Sagan se marchó a la Universidad de Cornell para poder obtener una cátedra fija. Así que sí, como suena: en Harvard prácticamente echaron a patadas al divulgador científico más importante del siglo XX… y todo porque aparecía demasiado menudo en la pequeña pantalla.

Otro ejemplo: en 1992, siendo ya una celebridad internacional, Sagan fue nominado para el ingreso en la Academia Nacional de Ciencias. Su nombre fue propuesto por iniciativa de los astrónomos, pero más allá del mundillo científico se esperaba la aceptación de su candidatura como un hecho lógico e inevitable, dado lo mucho que Sagan había hecho por la difusión del saber científico. Sin embargo, su candidatura originó en la Academia uno de aquellos caldeados debates que habían colmado la paciencia de Richard Feynman, el famoso premio Nobel que había llegado a dimitir de la Academia cansado del elitismo y luchas de egos de sus miembros. La candidatura de Sagan fue rechazada cuando la mitad de los miembros votaron negativamente, algo que no sucedía a menudo. El pretexto más aireado fue que más allá de la divulgación sus logros científicos no resultaban lo suficientemente relevantes. Ni siquiera importaron detalles como que Stephen Hawking lo hubiese elegido como prologuista para su Breve historia del tiempo. Fuera de la Academia nadie entendió el correctivo que algunos científicos que se consideraban más «serios» habían querido infligir a la estrella mediática. Aunque Sagan no se pronunció en público sobre su ingreso fallido en la Academia, sabemos por su viuda que «le dolió bastante, porque fue un desprecio que él ni siquiera había buscado». Cuatro años después fallecería sin haber obtenido el honor.

Tras su muerte, la Academia corrigió el error haciéndolo miembro honorífico. Ni que decir tiene que la percepción de la comunidad científica hacia Sagan ha cambiado radicalmente desde entonces. Hoy en día no existe un científico que se permita el lujo de menospreciar públicamente su figura. Muchos científicos de la nueva generación comenzaron a estudiar bajo la influencia de Sagan. Algunos, como Neil deGrasse Tyson, recibieron incluso el respaldo personal del propio Sagan durante sus años como estudiante: Sagan, impresionado por su expediente académico, envió una carta de ánimo a un incrédulo Tyson adolescente e incluso le invitó a visitar su laboratorio. Aún hoy, Neil deGrasse afirma que se siente obligado a animar a los jóvenes estudiantes siguiendo el ejemplo del propio Sagan. Sea como fuere, hoy se reconoce abiertamente la tremenda importancia de su tarea como popularizador de la ciencia. Y aunque no hubiera sido así, él lo explicaba de manera tremendamente sencilla: la mayor parte de la financiación de los científicos proviene del pueblo, así que el pueblo tiene derecho a que le expliquen qué hacen los científicos con su dinero, y los científicos tienen la obligación de explicarlo en los términos más asequibles posibles.

Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)
Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)

Sagan y la fama

Carl Sagan poseía dos cualidades que no pueden transmitirse ni en la más excelsa de las instituciones educativas: un tremendo carisma personal y una gran capacidad para comunicar; características ambas que no abundan entre los científicos y que obviamente constituyeron los cimientos básicos de su estrellato. Antes de estrenarse Cosmos, Carl Sagan ya era famoso en los Estados Unidos gracias a sus frecuentes apariciones televisivas, incluyendo el programa más famoso de América, el show de Johnny Carson. El público quedó rápidamente prendado por su manera calmada pero pasional de hablar sobre el universo. Se convirtieron en coletillas populares algunas de sus expresiones, las hubiese dicho en voz alta o no: a Sagan, por ejemplo, le sorprendía que le atribuyeran constantemente la frase «billions and billions» y en una conversación privada con Carson aseguraba no haberla pronunciado jamás. Pero el presentador se limitó a responder: «pues si nunca la has pronunciado, deberías». Así, entre otras cosas, fue como Sagan aprendió que la fama depende de ciertos estereotipos y tics que pueden ser irreales, pero que capturan la imaginación del público. Entendió que en su labor divulgadora el estilo era tan importante como el contenido, y esto lo distinguió de muchos otros divulgadores científicos. Había que llegar al público, diciendo verdades, sí, pero haciéndolas no solamente fáciles de asimilar sino formalmente atractivas. En el acto de comunicación existen dos partes: el emisor y el receptor. Sagan, saltándose muchas actitudes elitistas extendidas entre los científicos de entonces, trató a sus televidentes y lectores como iguales intelectuales. Los consideró dignos receptores del saber científico y la gente común respondió convirtiéndolo en el rostro más reconocible de la ciencia a nivel mundial. Terminó asumiendo que el público tenía una imagen formada de él y que esa imagen era una importante herramienta de divulgación. Incluso llegó a titular su último libro Billions and billions, un guiño chistoso a aquella frase que nunca había salido de sus labios pero que la gente le había adjudicado como suya.

Sagan y la religión

Sagan no creía en Dios, pero cuando hablaba de sí mismo, rechazaba el término «ateo» porque para él implicaba el conocimiento cierto de que Dios no existe, un conocimiento que sencillamente no estaba a su alcance. Así pues, prefería definirse como «agnóstico». Sin embargo, su discurso no era exactamente el de un agnóstico. Según sus allegados, Carl Sagan era «ateo en todo excepto en el nombre», lo cual es una buena definición de su actitud. Su amigo David Grinspoon, por ejemplo, diría que en la práctica Sagan era prácticamente indistinguible de un ateo que use ese término para definirse.

Su actitud podía parecer contradictoria, pero lo era más que nada a niveles semánticos. Sagan no creía en Dios y con frecuencia calificó el concepto de un Dios personalizado, como el que se venera en casi todas las religiones, de pura fantasía. En su discurso el término «religión» aparecía generalmente acompañado de otros como «superstición», «mitología» y «folclore»; no como sinónimo hay que decir, pero sí en una yuxtaposición que difícilmente podía tener algo de casual. Es más: en sus últimos años, cuando era consciente de que la enfermedad podía llevárselo a la tumba, se preocupó muy mucho de dejar claro que no había comenzado a creer en Dios o en una vida ultramundana ni aun con la perspectiva de una muerte cercana. Incluso sabemos, gracias a su correspondencia publicada póstumamente, de su disgusto cuando alguno de sus colegas científicos consideraba la idea de abrazar la fe en algún dios. Si algo así sucedía, Sagan le enviaba una carta repleta de razones por las que consideraba intelectualmente indefendible la creencia en un dios personal.

El autoproclamado agnosticismo de Sagan era pues más un posicionamiento público que una creencia íntima. Y la gente lo sabía, porque en su mensaje planeaba constantemente una concepción atea del mundo. Conforme crecía su fama lo hacían también las interpelaciones de personas creyentes que discutían sus ideas, incluso ocasionalmente las amenazas de algunos fanáticos religiosos. A menudo lo invitaban a encuentros organizados por asociaciones religiosas para que su opinión sirviera de contraste, pero Sagan era extraordinariamente escrupuloso a la hora de aceptar. En una ocasión declinó participar en un congreso titulado «¿Cómo encontrar a Dios?» porque, como decía en su carta de rechazo, el título del congreso daba a entender que la existencia de Dios era un hecho probado independientemente de las conclusiones a las que se pudiera llegar durante el susodicho congreso. Sagan fue uno de los más notorios representantes del pensamiento escéptico, entendiendo como tal la no aceptación de la certeza de un hecho sin las necesarias evidencias que la sostengan, y acostumbraba a repetir el principio de que «afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias». Aun así, como en muchos otros asuntos, Sagan primaba la ponderación. Pese a manifestar una y otra vez su desaprobación intelectual hacia cualquier tipo de pensamiento mágico, incluyendo el de las grandes religiones, recordaba que mientras hubiese una pequeña posibilidad de que existiese un dios, él no se sentía capacitado para descartarla. Pero, al mismo tiempo, disimulaba mal su concepción de la religión como mera superchería y de manera parecida a Arthur C. Clarke confiaba —o deseaba confiar— en que el avance del conocimiento científico pusiera a las religiones en recesión de una manera progresiva y natural.

Sagan y las pseudociencias

Al igual que con la religión, Sagan se caracterizó por un abierto escepticismo hacia campos como el de la astrología y otras creencias «paranormales» que no podían sustentarse mediante una observación contrastable, como la que tiene lugar en el método científico. De hecho pensaba que estas creencias eran irracionales y estaban inevitablemente ligadas a factores puramente emocionales: en una ocasión, durante un debate televisivo con Stephen Hawking y Arthur C. Clarke, el presentador preguntó a Sagan si los nuevos descubrimientos científicos harían que los astrólogos terminasen perdiendo su negocio. Sagan, con tanta rapidez como sarcasmo, respondió: «¡Nada podría conseguir que los astrólogos se queden sin su negocio!».

Sin embargo, ese escepticismo estaba una vez más matizado por el deseo de ponderación. Ante el disgusto, incomprensión o sorpresa de otros científicos, Sagan veía razonable que los defensores de estas ideas tuviesen voz en determinados simposios, encuentros o conferencias. Su filosofía parecía ser la de que, mientras existiese una posibilidad aun remota de que hubiese oculto algún conocimiento válido entre tanta superchería, merecía la pena el intento de intentar sacarlo a la luz. Por ejemplo, sorprendió mucho su apoyo a algunos congresos ufológicos. Sabiendo que Sagan nunca creyó que seres inteligentes de otros mundos nos hubiesen visitado y que el fenómeno OVNI estaba compuesto de innumerables malas interpretaciones de estímulos visuales explicables o de fenómenos de sugestión, no tenía reparos en afirmar que quizá, y solo quizá, un pequeñísimo porcentaje de avistamientos podría haberse debido a la presencia de naves extraterrestres. Como en el caso de la existencia de Dios, Sagan no creía en ello pero parecía no querer negar algo en un cien por cien mientras no tuviese pruebas suficientes y tampoco quería negar su voz a quienes lo creyesen.

Sagan y la marihuana

Carl Sagan fue un ávido consumidor de marihuana durante muchos años, aunque esto no se supo hasta después de su muerte, cuando sus allegados lo hicieron público. A mucha gente le sorprendió saber que un científico de aspecto tan formal había fumado «hierba» habitualmente. A Sagan siempre le preocupó mucho que la difusión de este hecho pudiera dañar a su carrera. Pensemos que su popularidad se cimentó en unas décadas donde el consumo de marihuana era considerado por mucha gente casi como un signo de personalidad antisocial. Él, sin embargo, comprobó en primera persona que los mensajes emitidos sobre el gobierno sobre los peligros de la marihuana eran una exageración. Eso sí, nunca quiso convertirse en un apologista. Al menos no con su nombre. Sí escribió algún texto con seudónimo en el que defendía el consumo de marihuana de los ataques que recibía por parte del establishment, pero aparte de eso a lo más que llegó fue a abogar por su uso medicinal en condiciones controladas, porque sus efectos terapéuticos sobre ciertas dolencias estaban siendo bien documentados. Por lo demás no quería ser asociado con aquella droga que podría arruinar su imagen pública. De hecho, se enfadó mucho cuando uno de sus amigos escribió un artículo defendiendo la marihuana, donde se decía que muchos profesionales respetados la consumían y se citaba entre esas profesiones la de astrónomo: Sagan pensó que la gente podría deducir que estaba hablando de él porque el autor del artículo era un amigo muy cercano.

Pese a sus preocupaciones, el público nunca supo de su afición al cannabis. Sin embargo, tiene cierto sentido cuando lo contemplamos desde hoy. Sagan publicó muchos libros y artículos, pero en realidad escribía poco; acostumbraba a dictar ideas sueltas y textos a una grabadora que llevaba siempre consigo; después una secretaria lo transcribía a papel. Esta costumbre no solamente le ayudó a perfilar el característico tono conversacional de su discurso, sino que hizo que muchas de sus reflexiones surgieran cuando estaba bajo los efectos de la marihuana. Sagan, en privado, defendía que cuando estaba colocado le surgían ideas que podían ser certeras, pero que resultaban inaceptables para el ego cuando las escuchaba al día siguiente estando sereno. Y entonces abogaba no por descartar las ideas que tenía cuando estaba colocado, sino por examinarlas a despecho de la resistencia que sus esquemas preconcebidos pudieran ofrecer. Así, consideraba la marihuana una herramienta legítima de exploración intelectual.

Sagan y la política

No resulta fácil trazar un perfil convencional de sus opiniones políticas, aunque sí se le podría definir como liberal en el sentido estadounidense del término. En España podríamos llamarlo progresista, por buscar un término más o menos equivalente. Sí fue un activista político comprometido, pero lo fue en algunos asuntos concretos, muy particularmente el pacifismo y las preocupaciones en torno a la ecología.

Sagan fue, como bien sabemos, un estrecho colaborador de la NASA. Al principio de su carrera lo fue también de las fuerzas aéreas estadounidenses, cuando los vasos comunicantes entre ambas instituciones eran bastante fluidos. Sagan llegó a tener un perfil alto como asesor militar, hasta el punto de que estaba autorizado a consultar documentos calificados como alto secreto. Sin embargo renunció a colaborar con las Fuerzas Armadas en el mismo momento en que su país se involucró en la guerra del Vietnam, a la que se oponía abiertamente. Desde entonces se caracterizó por un mensaje abiertamente pacifista. También se opuso a la proliferación nuclear y fue muy activo en contra del programa de Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan (la «Guerra de las Galaxias», para entendernos), llegando a ser detenido en algunos actos de protesta. Consideraba que aquel programa rompía el equilibrio atómico con la URSS y por tanto dificultaba un acuerdo de desarme nuclear total, paso que consideraba necesario.

También se oponía a los totalitarismos y recordaba siempre que buena parte de sus familiares europeos —tanto por parte materna como paterna—, judíos casi todos ellos, habían sido asesinados en los campos de exterminio nazis. Aunque él era pequeño durante la guerra y su madre trató de protegerlo de esas nefastas noticias, Sagan supo que la pobre mujer sufrió intensamente durante aquellos años, así que conocía de primera mano los nefastos efectos de una ideología extremista. En consecuencia, condenaba los estados totalitarios y dictatoriales. También se oponía a que los gobiernos entrasen a regular determinadas opciones éticas de los ciudadanos, y por ejemplo, con su ponderación habitual, lanzó argumentos en favor del aborto en determinados plazos de la gestación, un asunto por entonces muy sensible en los Estados Unidos, incluso más de lo que pueda serlo hoy.

Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)
Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)

Sagan y el calentamiento global

Una de las aportaciones científicas más relevantes del inicio de su carrera fue la deducción de cuáles eran las características superficiales del planeta Venus. Hasta entonces se había especulado con la idea de que podía ser un planeta húmedo, siempre cubierto de una capa de nubes de vapor de agua que lo protegían de la radiación solar y bajo la que quizá se cultivaba un clima benigno y favorable para la vida. Una especie de blanco Edén. Pero Sagan descartó esta idea y dedujo que Venus estaba sufriendo un caso extremo de efecto invernadero, que su capa perenne de nubes impedía que el calor saliese del planeta y que por lo tanto su superficie se habría convertido en un infierno capaz de derretir plomo a temperatura ambiente. Sagan tenía razón, como demostrarían más adelante las sondas enviadas a nuestro planeta gemelo, y esa como decimos fue una de sus grandes aportaciones a la ciencia planetaria.

Pues bien, Sagan citaba el ejemplo de Venus para ilustrar que el efecto invernadero es un proceso que no se autorregula, que perfectamente puede salirse de madre porque, pasado cierto punto crítico, se retroalimenta y se acelera hasta convertir un planeta en un horno. A menudo expresó su preocupación por el fenómeno del calentamiento global en la Tierra, considerando que los gobiernos y las sociedades no se lo tomaban lo bastante en serio. Nos recordaba que el efecto invernadero no se corrige por sí mismo, o de lo contrario Venus sería el vergel húmedo que se había imaginado en otras épocas y no el infierno que sabemos que es. Sagan veía las cosas a escala planetaria e intentaba que los poderes públicos las viesen así también. Los procesos de la atmósfera de un planeta nada entienden de intereses económicos o políticos, y funcionan por sí mismos, más si la actividad humana pudiese contribuir a empeorar sus efectos. La sola posibilidad de que así fuese le parecía motivo más que suficiente para prestar mucha atención al asunto.

Sagan y las mujeres

Siempre se consideró un feminista. Aunque públicamente apenas hablaba de su vida personal, sabemos por su correspondencia que le marcó profundamente el destino que habían tenido sus padres. Su madre era una huérfana a la que por su condición de mujer pobre se le había denegado la posibilidad de sacar partido a su potencial intelectual. Su madre fue muy creyente —cumplía escrupulosamente los preceptos de su religión—, y Sagan siempre creyó que las circunstancias le habían impedido poseer una manera de pensar verdaderamente crítica y una vida acorde a sus capacidades, todo por haber sido mujer en el lugar y momento equivocados.

Carl Sagan se casó tres veces y tuvo cinco hijos. Sabemos gracias a su primera mujer que su matrimonio fracasó porque dedicaba demasiado tiempo a su carrera y poco a su familia; probablemente sucedió lo mismo con el segundo matrimonio. Su tercera esposa, Ann Druyan, fue no solamente su relación más estable sino una estrecha colaboradora en el ámbito profesional (de hecho le ayudó a escribir la serie Cosmos). En todo caso, buscó activamente en sus parejas una contrapartida intelectual, una igual, y en privado lamentaba que su madre no hubiese gozado de las mismas oportunidades.

Sagan y los alienígenas

Sagan creía en la existencia de vida extraterrestre —incluso en la existencia de civilizaciones alienígenas— mucho antes de que fuesen descubiertos los primeros planetas más allá del sistema solar. Para él era cuestión de pura lógica: si la raza humana era producto de procesos naturales, y siendo el universo tan grande, por la pura fuerza de los números debían existir otras razas avanzadas en planetas con unas igualmente condiciones favorables para la vida compleja. Ayudó a impulsar el programa SETI y esperaba que tarde o temprano pudieran localizarse indicios de alguna civilización alienígena, consistentes en algún tipo de señal anómala no explicable mediante procesos naturales. Llegó a decir que le fastidiaba la idea de morir sin haber vivido ese momento en que escuchásemos una voz procedente del espacio.

Esa creencia está bastante extendida entre otros científicos y resulta bastante razonable, pero hoy por hoy no se ha detectado la más mínima señal. Como exclamó un día Enrico Fermi: «¿Dónde están?». Si el universo produce civilizaciones con relativa frecuencia, ¿por qué no las detectamos? Todavía no existe una explicación unánime, pero Sagan defendió hasta el final la creencia de que no tiene sentido pensar que somos la única especie tecnológica en el universo, ni siquiera en nuestra propia galaxia. Solamente el paso del tiempo, con suerte, podrá decirnos si Sagan tenía razón. O quizá nunca lleguemos a saberlo. Pero él jamás dejó de acariciar la idea.

Sagan y nosotros

Carl Sagan nos hizo mirar hacia las estrellas y darnos cuenta de la magnitud del universo, en el que ocupamos un rincón infinitesimal. Nos trató, a los ciudadanos de a pie, como a seres inteligentes y a quienes la ciencia concierne tanto como a los propios científicos, porque el universo no es patrimonio de los científicos, sino de cualquiera que pueda alzar sus ojos y contemplar sus prodigios. Gracias a Carl Sagan, la NASA incluyó en sus sondas una cámara fotográfica que pudiera captar el planeta Tierra desde una gran distancia, y todo porque Sagan quería que pudiéramos entender que estamos todos en el mismo barco, la Tierra, y que ese barco es apenas una frágil chalupa en mitad de un océano inmenso. Que las fronteras, ideologías y religiones son simplemente invenciones de unas criaturas que habitan una esfera hospitalaria, iluminada a la distancia justa por una estrella blanca, y que deberíamos preocuparnos ante todo de que nuestra esfera continúe siendo hospitalaria porque la inmensa mayoría del universo no lo es. Sin nuestra pequeña barca, suspendida en mitad de ese inhóspito vacío, no podríamos contemplar el cosmos y experimentar ese sentido de lo maravilloso, que es una de las mejores cosas que tendremos durante nuestra breve existencia.

Al final, lo verdaderamente importante es que Carl Sagan, más allá de su coyuntura y de sus cualidades o defectos personales, mimó y cuidó su mensaje hasta el más mínimo detalle, como un compositor de sinfonías. Lo resumió en una serie de televisión, el más improbable de los medios, y consiguió crear poesía mientras transmitía conocimiento. Y ese mensaje de divulgación es puro, mucho más poderoso de lo que cualquiera excepto él podría llegar a expresar. Nosotros somos insignificantes; el universo no lo es. Y no podría ser más hermoso si fuese de otra manera.

Mira de nuevo a ese pequeño punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Ahí estamos nosotros. Todos a quienes amas, todos a quienes conoces, todos de quienes has oído hablar alguna vez; todo ser humano que alguna vez existió; cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño repleto de esperanzas, cada inventor, cada explorador, cada reverenciado maestro moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí… en una mota de polvo suspendida en mitad de un rayo de sol.

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«Pale Blue Dot», la imagen lejana de la Tierra —el pequeño punto sobre el rayo de luz amarillento— tomada desde seis mil millones de kilómetros, por iniciativa de Carl Sagan. Foto: NASA. (DP)


Paisaje sin neutrinos (II), Fred & Clyde

¿Es de extrañar que Nature rechace el artículo de Enrico Fermi, cuando se diría que el brillante físico italiano se empeña en formalizar las matemáticas de una entelequia? Incluso el nombre, neutrino, tiene algo de chiste. En 1938, James Chadwick acaba de descubrir una partícula sin carga eléctrica, que tiene aproximadamente la misma masa que el protón y la ha llamado neutrón, así que Fermi tiene que contentarse con un diminutivo que, se diría, menosprecia a la infeliz criatura.

Pero no es solo el nombre. El neutrón no tiene carga eléctrica, pero siente la fuerza nuclear fuerte que le hace abrazar enérgicamente a sus parientes en el núcleo atómico. Neutrones y protones constituyen los ladrillos que forman la realidad y los físicos de la época ya intuyen que ambas partículas vienen a ser dos manifestaciones de la misma cosa. Hay más aún. Dentro de unos pocos años, estos neutrones recién descubiertos van a ser utilizados, por el mismísimo Fermi, para partir núcleos de uranio, abriendo la caja de Pandora de la fisión nuclear.

En cambio, ¿qué decir del neutrino? No tiene carga eléctrica, pero tampoco tiene, por lo que parece, una masa que pueda medirse y para colmo, no parece interesado en reaccionar con la materia que le rodea. Se emite en la desintegración beta, sí, y su supuesta presencia, permite explicar la distribución de energía de los electrones que escupen los núcleos radioactivos, pero a la vez escapa a toda medida, invisible, imposible de detectar. Es, a todos los efectos, un fantasma. Y los fantasmas, se sabe, no existen.

Un célebre astrofísico de la época, Sir Arthur Eddington, resume el punto de vista de muchos, quizás casi todos los científicos de finales de los años 30, en lo que se refiere a tan evanescentes criaturas:

Lo cierto es que no creo en los neutrinos. Incluso me atrevería a afirmar que los físicos experimentales no son lo suficientemente ingeniosos para detectar o producir neutrinos…

Eddington se equivoca, pero lo cierto es que, entre la noche de marzo de 1938 que nos ocupa (esa noche en la que Ettore Majorana mira al mar, acodado en la barandilla del paquebote que hace el trayecto entre Nápoles y Palermo) y la demostración de que el neutrino existe, en el mismo sentido que existen los electrones y los protones, han de pasar todavía 15 años. 15 años y una guerra.

Figura 1.11
Figura 1.1. Fred Reines y Clyde Cowan en el centro de control del experimento de Hanford(1953).

Dejemos un momento a Ettore, a solas con sus pensamientos y adelantémonos hasta 1953. La fotografía nos muestra a dos físicos trabajando en un diminuto zulo, rodeados de aparatos que recuerdan un poco la instrumentación de un submarino. La escena que captura la cámara en blanco y negro representa casi el Nirvana de la física. Clyde Cowan está ajustando uno de los aparatos, anda por los 35, aunque las pronunciadas entradas y el pelo, prematuramente cano, le hacen parecer algo mayor. Fred Reines toma notas en un cuaderno, aparenta ser más joven que su compañero, aunque de hecho tiene un año más que él. Ambos están concentrados en su trabajo, serenos, se diría que felices. Toda la angustia que invade el alma del joven Majorana, brilla por su ausencia en este instantánea que captura el momento mágico en el que el científico ejerce su ciencia.

Quizás esa paz de espíritu se deba a que estos hombres, a diferencia del italiano, han vivido una guerra, la gran guerra.

Clyde ha sido capitán en el ejército del aire, ha ganado una estrella de bronce y ha realizado sus estudios de física gracias a una beca del ejército. Con su tesis doctoral recién acabada, el destino le lleva al célebre laboratorio de Los Alamos, en Nuevo México, en 1949, el año en el que el proyecto Manhattan está a punto de culminar. Allí se encuentra a Fred, niño prodigio, estudiante favorito del genial Richard Feynman. Ambos trabajan en la bomba, el pecado original de la fisión nuclear descontrolada que, ya para siempre, pesará como una lacra en la humanidad.

Pero la guerra ha terminado así que físicos y zapateros vuelven a sus zapatos. Reines y Cowan quieren detectar neutrinos. Pero los neutrinos interaccionan tan poco que hacen falta cantidades astronómicas de ellos para cazar unos pocos. Lo primero que se les ocurre a Fred y Clyde es hacer el experimento cerca de una explosión nuclear. Es el signo de los tiempos. Estamos en la década de los 50, USA y la URRS explotan una bomba atómica, como aquel que dice todos los días, enseñando sus músculos de destrucción masiva al enemigo, en una confrontación barriobajera que no termina en desastre de puro milagro.

Afortunadamente nuestros héroes acaban por dar con una solución más sensata utilizando el reactor nuclear de Hanford, uno de los laboratorios involucrados en el proyecto Manhattan. A fin de cuentas, un reactor nuclear produce, a medio plazo, muchos más neutrinos que una explosión atómica, nada menos que unos 50 billones de antineutrinos por centímetro cuadrado (el tamaño de la uña del pulgar). Estos antineutrinos o neutrinos de antimateria aparecen como subproductos de las copiosas desintegraciones radioactivas que ocurren en el interior del reactor durante la reacción en serie que sostiene el proceso de fisión.

Cuando un antineutrino reacciona con un protón (cosa que ocurre muy raramente a pesar de la cantidad astronómica de neutrinos que el reactor produce) lo transforma en un neutrón, emitiendo un positrón (es decir una electrón de antimateria) en el proceso.

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La idea de Reines y Cowen era sencilla y elegante. Cuando el positrón emitido en la reacción anterior se encuentra con un electrón ambos se aniquilan, produciéndose radiación de muy alta energía, o rayos gamma, un proceso que podemos apuntar así:

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Donde ϒ (pronunciado “gamma”) denota un fotón de muy alta energía. De hecho, como es necesario equilibrar la energía y cantidad de movimiento de la reacción, los dos fotones emitidos en la reacción reculan el uno contra el otro. Así pues, basta con detectar la señal de estos dos fotones, para contar con una evidencia de que se ha dado la reacción.

Los materiales para construir el detector estaban a mano. Por un lado, un par de años atrás, se habían encontrado líquidos orgánicos transparentes y capaces de emitir una ligera chispa de luz cuando una partícula cargada o un fotón los atravesaban. Fred y Clyde, junto con el resto de su equipo, se hicieron con unas pocas toneladas de este líquido centelleante y con unos aparatos capaces de detectar pequeñas cantidades de luz, llamados fotomultiplicadores, o PMTs (de las siglas photomultiplier). Un PMT (figura 1.2) es algo así como una bombilla al revés, si consideramos que una bombilla emite luz cuando pasa por ella una corriente eléctrica. En cambio un fotomultiplicador convierte luz en una corriente eléctrica. Además es capaz de responder a cantidades mínimas (tan mínimas como un solo fotón) de luz, ya que la débil carga eléctrica que produce la chispa de luz se amplifica por factores de decenas de millones para producir una señal medible.

Figura 1.2
Figura 1.2. La figura muestra tres fotomultiplicadores (PMTs) del experimento NEXT, rodeados de blindaje de plomo y cobre en el laboratorio subterráneo de Canfranc.

Así pues, un gran barreño lleno de líquido centelleante y tapizado interiormente por fotomultiplicadores. El positrón se aniquila con el electrón, los fotones se emiten y producen luz en el líquido, la luz es registrada por dos PMTs situados uno enfrente del otro. Sencillo y bonito. Demasiado sencillo, de hecho.

El problema era que el ruido de fondo debido a la radioactividad natural (ya he escrito en este blog que la Tierra es un planeta muy radioactivo) es enorme. En otras palabras, la cantidad de señales espurias debidas a la emisión de electrones y fotones por los materiales de los que está construido el experimento (todos ellos ligeramente radioactivos, incluyendo a los propios físicos) y también el ruido ocasionado por los rayos cósmicos que nos bombardean, hacía esencialmente imposible, encontrar la aguja de los dos fotones producidos por la aniquilación electrón-positrón en el inmenso pajar de chispas aleatorias.

Afortunadamente, en la reacción también se emite un neutrón, el cual, al carecer de carga eléctrica, se pasea libremente por el líquido centelleante. De hecho, el neutrón se escaparía del detector, si no fuera porque R&C cayeron en la cuenta de que era posible capturarlo añadiendo una pequeña cantidad de sales de Cadmio, un elemento ávido de neutrones.

Figura 1.3
Figura 1.3. El principio de la doble señaal retardada. La primera señal se debe a la aniquilación del positrón y el electrón. La segunda a la captura del neutrón.

La figura 1.3 nos muestra la idea, conocida como “coincidencia retardada”. La señal que R&C buscaban era la combinación de una primer flash de luz (la aniquilación del electrón y el positrón), seguida, al cabo de unos pocos microsegundos (estos es unos cuantas millonésimas de segundo) de una segundo flash, diez veces más intenso (la captura del neutrón). El ruido de fondo puede simular una señal y también la otra, pero no ambas a la vez.

La figura 1.4 nos muestra un esquema del detector y las señales. De paso nos da una idea de cómo funcionan los físicos. Primero dar con la idea apropiada (la coincidencia retardada que hace posible suprimir el ruido de fondo). Después, encontrar la tecnología necesaria para el experimento, que a veces existe y a veces se inventa (en el caso de Fred y Clyde, tanto los PMTs como el líquido centelleante estaban en el mercado desde hacía unos pocos años). Luego, diseñar el experimento. A menudo el “diseño” original es un garabato en una servilleta, otras veces un dibujo algo más decente, como el de la figura 1.4. A partir de ahí se refina el concepto (figura 1.5) y finalmente se construye el aparato (figura1.6).

Figura 1.4
Figura 1.4. Un esquema del detector de Reines y Cowen.

Figura 1.5
Figura 1.5. Un diagrama del detector en el reactor de Savannah River.

Figura 1.6
Figura 1.6. El zulo de Reines y Cowen en el reactor de Savannah River.

Para ser un buen físico de neutrinos hace falta un par de características más. Cierta insensatez (para atreverse con experimentos muy difíciles) y mucha paciencia. El experimento de Hanford fue un fracaso a pesar de la coincidencia retardada, debido al escaso blindaje del detector, lo que hacía que el ruido de fondo literalmente anegara cualquier posible señal. Pero dos años más tarde, en 1955, en el reactor de Savannah River, con mejor blindaje y un aparato mejorado, Fred y Clyde encontraron en su osciloscopio las señales que demostraban, sin lugar a dudas, la existencia de la coincidencia retardada (figura 1.7). El neutrino había dejado de ser un fantasma.

Figura 1.7
Figura 1.7. Las señales de la aniquilación del positrón y el neutrón pueden observarse en sus respectivos osciloscopios, retrasadas, tal como se esperaba en unos pocos microsegundos. El neutrino ha sido detectado experimentalmente.


¿Dónde están los extraterrestres?

Es una de esas preguntas que quizá nunca podamos responder pero que tampoco podremos dejar de formularnos:

“Pero, ¿quién mora en esos mundos, si es que están habitados? ¿Somos nosotros los señores de la creación o lo son ellos? ¿Y cómo, entonces, estarían todas las cosas hechas para el hombre?”

Una frase pronunciada en el siglo XVII por el astrónomo Johannes Kepler, quien contemplaba los cielos y ya en aquella época concluyó que el universo era demasiado grande como para estar habitado únicamente por el hombre. Aunque poco podía imaginar por entonces cómo serían las cosas en pleno siglo XXI: a Kepler le hubiese disgustado sin duda la noticia de que el programa SETI —la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre— está en un callejón sin salida. Si el planeta Tierra es el barco en que navega la humanidad, SETI ha sido el catalejo con el que hemos intentado localizar señales de vida en las lejanas orillas de otros mundos. Pero en pleno 2011, tras varias décadas de búsqueda infructuosa, quienes financiaban el programa parecen haber decidido retirar su soporte económico: SETI es un catalejo bastante caro, especialmente teniendo en cuenta que no produce beneficio económico directo y que jamás ha encontrado el más mínimo rastro de señales inteligentes en el espacio. La retirada de la financiación de SETI es un triste hecho pero no una sorpresa: primero nos quedamos sin dinero para volver a la luna —ni soñar con viajar a Marte—, después nos quedamos sin dinero para transbordadores espaciales y ahora también podríamos quedarnos sin dinero para seguir rastreando los cielos en busca de mensajes de otros planetas. Quizá importe poco si alguien más habita el Universo o no, porque en la práctica y si desaparecen los programas como el SETI, podríamos estar condenados a creernos solos para siempre. Durante cincuenta años la humanidad ha intentado localizar compañeros en la galaxia, pero en el 2011 podríamos estar tirando la toalla. Pero, ¿de verdad no hay nadie allí fuera o es que no hemos sabido dónde buscar?

Como niño con catalejo nuevo

“¿Dónde están?”  (Enrico Fermi, premio Nobel de física)

El programa SETI comenzó sus actividades en los años sesenta pero no ha sido un sistema homogéneo y constante de búsqueda de vida extraterrestre. Su forma de trabajo siempre ha dependido de la tecnología del momento y de la disponibilidad de los grandes radiotelescopios, estructuras muy caras cuyo uso está muy solicitado por diversas ramas de la ciencia. Durante muchos años SETI usó recursos que, vistos desde hoy, parecen bastante rudimentarios. Aun con todas las limitaciones, se ha conseguido rastrear una buena porción del espacio visible en busca de señales de radio de posible origen artificial, que son el rastro que suponemos (o suponíamos) producirían las civilizaciones avanzadas. El humo de las hogueras alienígenas que esperábamos divisar con nuestro catalejo.

Explosión atomica 1963
Enrico Fermi pensaba que las civilizaciones avanzadas terminan autodestruyéndose. En la foto, prueba nuclear en los años sesenta: periodistas y curiosos contemplan la explosión en la distancia.

En aquellos alegres años sesenta los científicos se mostraban muy optimistas con la posibilidad de recibir algún tipo de señal radiofónica emitida por una civilización lejana. Aunque todavía no existían pruebas de la existencia de planetas extrasolares, el sentido común dictaba que debía haberlos y además en abundancia (hoy ya sabemos que, al menos en esto, acertaban). Se pensaba que, por pura probabilidad, la existencia de otras civilizaciones tecnológicas en nuestra galaxia de cien mil millones de soles debía ser relativamente abundante. Esta idea se plasmó en la famosa “ecuación de Drake”, que cifraba —de una manera razonable según los conocimientos científicos de entonces— unas posibles 10.000 razas tecnológicamente avanzadas habitando la Vía Láctea. La ecuación de Drake era una especulación como cualquier otra, aunque la cifra de 10.000 posibles civilizaciones a casi nadie le parecía una estimación exagerada. Algunos científicos podían estar más de acuerdo que otros, pero como cifra de consenso resultaba perfectamente aceptable. Se adoptó ese número como un estándar aproximativo. Diez mil civilizaciones equivalían a diez mil posibilidades de captar señales de radio.

El programa SETI comenzó a rastrear las estrellas en busca de esas señales, una tarea similar a la de encontrar una aguja en un pajar… aunque cuando pensamos que en el pajar podría haber diez mil agujas, el aliciente para continuar buscando es importante. Teniendo en cuenta el número de estrellas a indagar y la supuesta abundancia de culturas avanzadas, se pensaba que en no más de unas décadas podría localizarse algún tipo de señal de radio alienígena. De hecho, en los años sesenta y setenta no era rara la creencia de que para comienzos del siglo XXI ya habríamos detectado a los extraterrestres. No, no era una veleidad de los excéntricos de turno: científicos muy serios consideraban que el optimismo no estaba fuera de lugar. No podía garantizarse un plazo concreto, pero tampoco se conocían motivos para pensar que la búsqueda tendría que alargarse más de treinta o cuarenta años.

Y bien, han transcurrido esos “treinta o cuarenta años” y no hemos encontrado absolutamente nada.

El silencio de Dios, la paradoja de Fermi y la hipótesis de la Tierra Especial

“Somos como los habitantes de un valle aislado de Nueva Guinea que se intentan comunicar con las sociedades de los valles vecinos —sociedades bastante diferentes, debo añadir— mediante corredores y tambores. Cuando se les pregunta cómo se comunicaría una sociedad muy avanzada, puede que supongan que mediante un corredor extremadamente rápido o unos tambores extremadamente grandes. No podrían imaginar una tecnología que vaya más allá de su comprensión. Y sin embargo, en ese mismo instante, un vasto tráfico radiofónico internacional pasa sobre ellos, alrededor de ellos y a través de ellos…” (Carl Sagan)

Tierra y Luna
Si pensamos en el binomio Tierra-Luna como en un sistema planetario doble, surgen preguntas interesantes: ¿acaso habitamos un lugar excepcional?

Las décadas transcurrieron y en ningún rincòn del firmamento se localizó el más mínimo indicio de emisiones de radio artificiales. La búsqueda de SETI ha resultado completamente estéril. No hemos localizado emisiones de radio artificiales o cuya naturaleza resulte lo bastante ambigua como para despertar esperanzas. Por lo que a nosotros respecta, el cosmos está vacío de comunicaciones inteligentes. Esto ha obligado a replantear algunos de los supuestos sobre los que se trabajaba a la hora de evaluar la existencia de razas alienígenas avanzadas.

Por un lado estaba la famosa “paradoja de Fermi”: el premio Nobel de física Enrico Fermi creía que, de existir otras civilizaciones en la galaxia, deberíamos poder detectarlas de algún modo. También pensaba que la aparición de dichas civilizaciones era muy probable. Dado que no eran detectadas, cabía suponer que las civilizaciones avanzadas tienden a autodestruirse, de lo cual era un buen indicador el desarrollo de armas nucleares en el que Fermi contribuyó decisivamente. El estúpido desarrollo de un arsenal nuclear era signo de que la raza humana, única civilización tecnológica conocida, muestra esa tendencia a autodestruirse. Fermi, pues, extrapolaba ese comportamiento a otras civilizaciones. Hoy en día podemos seguir pensando con motivo que las culturas avanzadas están condenadas a provocar su propia extinción, pero también es cierto que no necesariamente deberíamos ser capaces de captar señales de radio procedentes de ellas, como Fermi pensaba. Dicho de otro modo, la ausencia de señales de radio no significa necesariamente que no estén ahí fuera.

A principios del siglo XXI, el uso masivo de emisiones de radio como medio de comunicación principal de la humanidad está empezando a decaer y es posible que en unas décadas la Tierra se vuelva radiofónicamente silenciosa. Las ondas de radio son sustituidas por comunicaciones digitales y los terrícolas sólo habremos emitido ondas de radio al espacio durante un brevísimo periodo de no más de cien años, si es que llega. En otros planetas podría suceder lo mismo y por eso no recibimos señales radiofónicas. Si otras razas han desarrollado sistemas similares a Internet y las comunicaciones digitales, y si al igual que nosotros han terminado considerando que la comunicación por radio está obsoleta, nunca detectaremos el más mínimo rastro de su presencia en el cosmos. Al menos mientras sigamos buscando ondas de radio.

Pioneer 10
La sonda Pioneer 10 lleva un mensaje diseñado por Carl Sagan, para hipotéticos alienígenas que la pudiesen encontrar . Actualmente la sonda se dirige a la estrella Aldebaran, donde llegará tras un millón de años de solitario viaje.

Pero aparte de los problemas técnicos de comunicación, hay quien piensa que la vida inteligente podría no ser tan común como se pensaba antes. Es la hipótesis de la “Tierra especial”, que afirma que el planeta Tierra reúne por pura casualidad una serie de condicionantes para el desarrollo de vida inteligente que tal vez no se produzcan habitualmente en otros mundos. Es decir: la vida inteligente en la Tierra sería producto de una carambola cósmica. Por poner sólo un ejemplo: la tierra goza de cierta estabilidad —climática, electromagnética, gravitatoria— gracias a la presencia de la luna, que equilibra su eje (además de servir de escudo para los meteoritos). Pero la luna no es un satélite cualquiera: si nos fijamos en los demás planetas del sistema solar, ningún otro planeta tiene un satélite tan grande en relación a su propio tamaño. De hecho, los satélites son siempre diminutos en relación a los planetas en torno a los que giran: fijémonos en Marte, que tiene por satélites unos meros pedruscos capturados por su campo gravitatorio. Incluso Ganímedes, el mayor satélite del sistema solar —de algo menos del doble de tamaño que nuestra Luna— es minúsculo, apenas otro pedrusco, comparado con el gigante Júpiter en torno al que gira. En cambio, nuestra luna es enorme en comparación con lo que debería ser un satélite “regular” del planeta Tierra. La luna es tan grande y está tan cerca de la Tierra que es capaz de mover nuestros océanos e incluso determinar nuestros ciclos vitales.  De hecho, puede decirse que Tierra y Luna, más que ser únicamente un planeta y su satélite, forman un sistema planetario doble.

Así pues, la Tierra, el tercer planeta del sistema solar y el único donde ha surgido una civilización tecnológica, es un planeta doble. Pero por lo que vemos en nuestro sistema solar, un planeta doble es la excepción, no la regla. Podríamos deducir que los planetas dobles tampoco son muy abundantes en otros sistemas solares. Si por ejemplo se necesitase esa condición de planeta doble para desarrollar una civilización, las probabilidades de que aparezcan razas tecnológicamente avanzadas en el espacio podrían reducirse considerablemente. Este es sólo uno de varios ejemplos de factores que harían de la Tierra un lugar “especial”. Sin embargo, la teoría de la Tierra Especial es tan buena, o tan mala, como cualquier otra. Ya creamos en esta teoría o en cualquier otra, siempre nos encontramos con el mismo problema: sólo sabemos de un lugar donde haya surgido vida —nuestro planeta— y no tenemos criterios de comparación como para afirmar qué condiciones son realmente necesarias para que la vida surja; mucho menos para que surja la vida inteligente. Ni siquiera sabemos exactamente cómo surgió la vida aquí en la Tierra. Es un misterio dentro de un enigma envuelto en un interrogante.

Una de cal, otra de arena… y otra de Carbono, Hidrógeno, Oxígeno, Nitrógeno, Fósforo y Azufre

“La vida existe en el universo únicamente porque el átomo de carbono posee ciertas propiedades excepcionales” (James Jean, astrónomo)

Experimento Miller
El experimento Miller demostró que se puede crear fácilmente materia orgánica (la sustancia parda en la foto) a partir de una sencilla mezcla de agua y gases. Esta probeta contiene una de las claves para la posible vida extraterrestre.

Lo que sí sabemos desde los años cincuenta es que la materia orgánica aparece con extrema facilidad a partir de la materia inorgánica más común. El norteamericano Stanley Miller, en uno de los experimentos más célebres, simples y bellos de la historia de la ciencia, introdujo algunos gases simples y algo de agua en una probeta, simulando los elementos comunes presentes en los principios de la Tierra, y aplicó una corriente eléctrica a la mezcla. El resultado fue una especie de barrillo pardo de aspecto no muy interesante, pero que contenía, como por arte de magia —esa magia llamada química—, diversos aminoácidos orgánicos, esto es: los componentes básicos de la vida. Miller, pues, obtuvo materia orgánica a partir de la inorgánica. Demostró que esa materia orgánica podría formarse continuamente en muchas partes del universo a partir de los elementos más abundantes. Y la experiencia parece demostrar que así es: ya hemos localizado materia orgánica en otros puntos del sistema solar, más allá de la Tierra.

Pero materia orgánica no es sinónimo de vida. La materia orgánica que Miller fabricó o la que hay en otros planetas es el equivalente de los ladrillos que forman la vida, pero nada más: no contiene vida en sí misma. La materia orgánica surge con facilidad pero la vida, al parecer, no. Es como decir que los ladrillos surgen con facilidad en el universo… pero de tener un montón de ladrillos a tener una casa completa, hay un largo trecho. Jamás se ha creado vida en laboratorio. No sabemos qué es lo que convierte los ladrillos en una casa. Podemos suponer razonablemente que a lo largo de miles de millones de años y tras trillones de trillones de reacciones químicas, hubo un día en que sobre la faz de la Tierra un montón de ladrillos dio lugar a la primera casa. ¿Por qué motivo? Imposible decirlo. ¿Qué hace falta para ello?  Pues… agua líquida, algo de energía, los elementos fundamentales de la vida (que son como decimos los más abundantes del universo) y algún otro factor que por ahora se nos escapa. Pero al menos nos consta que la materia orgánica no es producto de una coincidencia milagrosa. La hay en otros mundos. Incluso nos lleva a pensar que en planetas como Marte pudo haber vida en otro tiempo. No tenemos pruebas, ni tan siquiera indicios, pero baste decir que en el suelo marciano podrían plantarse vegetales, porque la tierra marciana es como la tierra de jardín. Alcalina, no tóxica, repleta de nutrientes… perfecta para la vida. Sabemos que en otros tiempos corrió el agua por la superficie de Marte y el planeta rojo tuvo una atmósfera más densa: ¿hubo también árboles y hierba junto a esos ríos? Quizá sí, quizá no, pero lo importante es que pudo haberlos. No es imposible ni inconcebible. Una buena noticia para la vida: la Tierra es especial, pero no tanto. También Marte es, o fue, un buen candidato.

Planetas Extrasolares
Imágenes de varios planetas extrasolares, que aparecen como pequeños puntos junto a sus respectivas estrellas. En alguno de ellos podría haber vida.

Más buenas noticias: ya sabemos con seguridad que existen planetas en torno a otras estrellas. Varios cientos de planetas extrasolares han sido descubiertos desde los años noventa y unos cuantos de ellos podrían contener agua líquida, si atendemos a la temperatura media estimada de sus superficies. También sabemos que los elementos fundamentales de la vida están presentes por todo el cosmos, incluidos esos mundos que reciben la energía necesaria de sus respectivos soles. El cosmos es una especie de gran experimento de Miller… así que la deducción más razonable es que varios de esos planetas contengan materia orgánica en abundancia. Pero, ¿habrá vida? Eso ya es otro cantar: si la hay, es tan grande la distancia que nos separa de aquellos mundos que no tenemos forma de averiguarlo. Esos planetas están demasiado lejos como para estudiarlos con tanto detalle y bien podrían estar, en este preciso momento, cubiertos de densas selvas y habitados por dinosaurios… sin que tengamos la más mínima noticia de ello.

Y ahora las malas noticias: ni siquiera conociendo la ubicación concreta de nuevos planetas se han podido localizar señales susceptibles de tener origen artificial, así que, en el fondo, las buenas noticias astronómicas han terminado propiciando la agonía del programa SETI. Hemos confirmado que existen muchos otros planetas pero también hemos confirmado que desde ellos no llega mensaje alguno. No parece haber nadie ahí fuera con capacidad o deseos de comunicarse… y el interés por seguir financiando el programa SETI ha sufrido las consecuencias. La crisis económica ha hecho que retire su apoyo uno de sus mayores benefactores, el gobierno de California. Incluso el multimillonario Paul Allen, cofundador de Microsoft y que financió el famoso radiotelescopio ATA —bautizado así por él: Allen Telescope Array— parece haber pedido la motivación para seguir invirtiendo dinero en la causa. No corren buenos tiempos para el programa SETI. Podría terminar en el baúl de los recuerdos, como le sucedió al programa lunar y a los planes para visitar Marte.

Si Mahoma no va a la montaña…

“Hasta donde yo sé, en cada historia donde se habla de inteligencias alienígenas que interactúan con los seres humanos lo hacen como iguales, ya sea como amigos o como enemigos. Se asume que esa inteligencia alienígena será amistosa, ansiosa por comunicarse y comerciar, o que será un enemigo que combatirá, matará o posiblemente esclavizará a la raza humana. Pero hay otra y más humillante posibilidad: las inteligencias alienígenas son tan superiores a nosotros, tan indiferentes, que quizá ni se den cuenta de que existimos. Ni siquiera codician la superficie del planeta en el que viven, porque ellos habitan la estratosfera. Nuestras más grandes obras de ingeniería son para ellos como formaciones de coral, es decir: o bien no las perciben o bien no las consideran importantes. Para ellos no somos ni siquiera una molestia. Y ellos no son una amenaza para nosotros, excepto porque su ingeniería podría perturbar ocasionalmente nuestro hábitat, así como la construcción de una autopista perturba las madrigueras de las ardillas” (Robert A. Heinlein, escritor de ciencia ficción)

Pensemos un momento en la posibilidad de que los extraterrestres nos visiten. ¿Es algo que realmente queremos que suceda?

Platillos
Un día cualquiera vamos por la calle, levantamos la vista y vemos naves extraterrestres sobre nuestras cabezas. Es un suceso improbable, pero si llegase a ocurrir, nada nos garantiza que sean amistosos.

Stephen Hawking piensa que los extraterrestres podrían ser peligrosos y no le faltan motivos: la única civilización tecnológica que conocemos, la humana, es bastante destructiva e impredecible. De hecho, Hawking ha abogado recientemente por no enviar señales al espacio, porque no sabemos quién las va a captar y si serán capaces de llegar aquí o con qué intenciones. Enrico Fermi, en cambio, pensaba que los alienígenas se autodestruirían antes de ser remotamente capaces de visitar la Tierra. Y como vemos en la cita del escritor Robert A. Heinlein, otros creen que los alienígenas podrían no tener ningún interés en conocernos y les resultaríamos básicamente indiferentes. Aunque hay otros, los más optimistas, que sostienen que si una muy raza avanzada ha sido capaz de sobrevivir a los peligros que indicaba Fermi, sería síntoma de que han desarrollado un evolucionado entramado ético que les convertiría en seres compasivos y amistosos. Para nuestra suerte, si es que decidiesen visitarnos.

Quédense ustedes con la posibilidad que más les guste. Sea como sea, da lo mismo: actualmente no tenemos más motivos para esperar la visita de los alienígenas que para esperar la visita de los Reyes Magos. El viaje interestelar no es estrictamente imposible, pero sus condicionantes (cantidades de tiempo empleado y de recursos necesarios) son tan prohibitivos que resulta difícil imaginar una nave tripulada apareciendo en nuestro planeta de repente, trayendo emisarios de estrellas lejanas. Quizá, y sólo quizá, podría aparecer una sonda no tripulada. A fin de cuentas los terrícolas ya hemos enviado alguna sonda no tripulada al espacio… pero hasta hoy no ha habido ni rastro de sondas alienígenas tampoco. Salvo para quienes quieran creer en la historia de Roswell y similares, claro.

Basándonos en nuestros actuales condicionantes tecnológicos, la idea de que nos visiten otras civilizaciones es muy improbable, por no decir irrazonable. Sin embargo y siempre sobre el papel, muchos científicos no descartan la posibilidad de que existan fenómenos físicos y cuánticos que no conozcamos en profundidad y que permitiesen algún tipo de viaje interestelar por ahora impensable, pero eso es algo que entra en el terreno de la pura especulación. Si alguna de esas teorías es cierta, los alienígenas podrían habernos visitado, aunque no a bordo de un platillo volante (en pleno 2011 y hablando de viajes espaciales basados en agujeros de gusano y demás, el clásico “platillo volante” empieza a parecer el equivalente del Seat 600 cósmico) sino de maneras que escapan a nuestra imaginación. Pero por el momento todo esto es poco más que ciencia-ficción. Como toda especulación, es opinable y también cada cual puede escoger la posibilidad que le haga más feliz, pero no existe prueba de que hayamos sido visitados alguna vez. Porque si existen esas otras formas de viaje espacial y efectivamente los alienígenas pudiesen venir a la Tierra, ¿por qué no se manifiestan abiertamente? Es una pregunta con muchas posibles respuestas: no se manifiestan porque no les importamos, o no se manifiestan porque la realidad es tan triste como parece y el viaje interestelar es una empresa casi imposible.

Así que los extraterrestres, que sepamos, no han venido ni vienen a visitarnos y quién sabe si vendrán alguna vez. Lo único que podemos hacer es lo que ahora estamos haciendo: mirar al cielo y decidir si queremos seguir escuchando o no. Pero parece evidente que las señales de radio no son lo que debemos rastrear si queremos localizar otras culturas en otros planetas. Quizá los extraterrestres envíen señales al espacio cuya naturaleza sobrepase a nuestra tecnología o a nuestra imaginación, como insinúa la cita de Carl Sagan sobre la tribu que intenta comunicarse mediante tambores mientras las ondas de radio atraviesan sus propios cuerpos sin que sean conscientes de ello, porque carecen de la tecnología que les permita captarlas. O quizá los extraterrestres se parecen tanto a nosotros que no envían señales porque están demasiado ocupados con sus versiones alienígenas de la Blackberry, el iPhone y el Facebook, como para preocuparse de que alguien más en la galaxia sepa de su existencia.

Solaris
Podríamos encontrar señales de vida evolucionada y aun así no ser capaces de reconocerla. En la imagen, el océano inteligente de "Solaris", película basada en la novela de Stanislaw Lem que expresaba la idea de la imposibilidad de comunicación entre dos formas de inteligencia surgidas en mundos diferentes.

¿Debemos continuar buscando?

Había una vieja historieta de cómic  en la que un hombre miraba el televisor, sentado en un sillón, con un vaso de agua y una caja de pastillas junto a él. En su época la raza humana ya había descubierto el vuelo interestelar, había explorado hasta el último rincón del universo y no había encontrado a ninguna otra criatura inteligente. En la televisión el locutor daba una mala noticia: se había visitado el último planeta que quedaba por explorar y tampoco en él había vida inteligente. La conclusión era ya definitiva: el ser humano estaba completamente solo en el universo. El hombre del sillón, al escuchar la noticia, echaba un par de pastillas efervescentes en el vaso de agua y se lo bebía… mientras el locutor confirmaba que se estaba produciendo una catastrófica ola de suicidios sobre la Tierra, porque la ausencia de otra raza inteligente había matado la esperanza. Una historia un tanto oscura pero que ejemplifica a la perfección una de las necesidades básicas de la raza humana: la necesidad de tener preguntas que responder y la esperanza de que las respuestas a esas preguntas le muestren un mundo más rico, más complejo y más atrayente.

Marte
Imagen real de la superficie de Marte: el planeta rojo es sorpredentemente parecido a la Tierra, su suelo es cultivable y pudo haber albergado vida en formas complejas, aunque su débil campo magnético impide que la haya hoy.

Decía el escritor polaco Joseph Conrad que durante su infancia, allá a mediados del siglo XIX, solía tomar algún atlas de la estantería para contemplar los mapas durante horas, perdiendo la mirada en las regiones más vacías, en las que no había marcados nombres de ciudades ni caminos, Regiones que aún estaban inexploradas y cuyos misterios estimulaban su imaginación. Un buen día, el pequeño Conrad señaló el corazón de África —un territorio ignoto que en el mapa aparecía carente de detalles— y se dijo: “quiero ir allí”. Aquello se convirtió en la motivación principal de su vida durante toda su juventud; el ansia de saciar su curiosidad fue lo que le hizo convertirse en marino. Si bien es cierto que lo que encontró en África y en otros lugares del mundo no se parecía a sus sueños, y a menudo le decepcionó o incluso le horrorizó, habían sido las “manchas en blanco” de los mapas las que habían dirigido su existencia. Le habían dado un propósito, fuerza y esperanza. La misma fuerza y esperanza que hicieron que el pequeño Roald Amundsen durmiera con las ventanas abiertas en pleno invierno noruego: tal era su deseo de estar preparado cuando se convirtiera en adulto y pudiese ir a explorar los polos, cosa que efectivamente hizo. Se convirtió en el primer hombre que pisó el polo sur y todo estuvo originado en aquellas noches heladas en que un tozudo niño noruego se obligaba a soportar el frío, tal era su deseo de convertirse en explorador.

Europa
Europa, uno de los mayores satélites de Júpiter, podría albergar vida bajo su helada superficie, en las cálidas aguas del subsuelo.

La mente es la principal herramienta y seña de identidad de la raza humana. También es nuestro principal motor, y los interrogantes y misterios son su principal gasolina. La curiosidad y la necesidad de respuestas han propiciado todos nuestros descubrimientos y avances. A menudo hemos realizado grandes descubrimientos mientras estábamos buscando otras cosas. En ocasiones, lo que hemos descubierto por puro accidente era mejor y más útil que aquello que pretendíamos descubrir en un principio. Así que cabe preguntarse: ¿qué más da que el programa SETI no haya dado resultados? El mero hecho de observar el espacio en busca de señales nos obliga a hacernos muchas preguntas sobre el origen de la vida, de la inteligencia y sobre posibles formas de comunicación que desconocemos. En una sociedad cada vez más resultadista, la imaginación es desestimada si no produce beneficios inmediatos. Arthur C. Clarke habló de los satélites de comunicaciones en sus novelas cuando aún no habían sido inventados y dicha función era inconcebible; muchos consideraron su ocurrencia una idea estúpida, propia de las revistas de ciencia ficción donde Clarke publicaba y que eran consumidas principalmente por adolescentes. Pero hoy en día no concebimos nuestro planeta sin dichos satélites y la órbita en la que trabajan se llama “órbita Clarke”, en honor del hombre que los imaginó. El hombre que los soñó, en definitiva. Algunos de aquellos adolescentes que corrían al quiosco para comprar su revista barata de historias espaciales se convirtieron después en los técnicos y científicos que fabricaron dichas naves; todo ello como resultado de haber estimulado su propia imaginación.

Un programa como SETI es como nuestra gimnasia científica. La gimnasia es costosa, no siempre apetece hacerla y sus beneficios son cualquier cosa excepto inmediatos. Pero a la larga produce resultados. Abandonar SETI ahora es una triste decisión. Porque SETI nos fuerza a cuestionarnos realidades científicas básicas —a menudo incómodas— y más que ninguna otra actividad nos enfrenta a nuestra propia ignorancia. Además nos otorga perspectiva: nuestras cuitas cotidianas y nuestras pequeñas guerras no significan nada en un universo donde existen estrellas inmensas que podrían devorar al sol en minutos, orbitando a distancias que ningún cerebro humano puede concebir y en donde podrían habitar seres cuya encarnadura, organización social y propósito sobrepasen nuestro entendimiento. El programa SETI genera preguntas y las preguntas, siempre, generan respuestas. Pueden no ser las respuestas que buscábamos inicialmente y puede que no recibamos un mensaje directo de los alienígenas, pero la búsqueda nos obliga a imaginar nuevas formas de comunicación y nos hace preguntarnos por los motivos de que el cosmos esté en aparente silencio. Tal vez seamos como esos indígenas que tratan de escuchar tambores lejanos mientras formas más avanzadas de comunicación les rodean constantemente. En tal caso, merece la pena seguir intentando escuchar: algún día inventaremos nuestra primera radio y tal vez entonces el cosmos dejará de parecernos silencioso. ¿Qué encontraremos? Sólo hay una forma de averiguarlo… larga vida al programa SETI.

“Existen dos posibilidades: que estemos solos en el Universo, o que estemos acompañados. Ambas posibilidades son igualmente aterradoras” (Arthur C. Clarke)