178 pulsos por segundo

Foto: Simon Fraser University. (CC)

Este texto ha obtenido el segundo premio en el concurso DIPC de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2019.

Estaba trabajando el día que le rompieron el corazón.

Tarareaba distraído no sé qué canción, un murmullo constante que se había transformado ya en el hilo musical de aquella mañana en el departamento de Biología de la Universidad Simon Fraser, en Canadá. Estaba tenso. Sabía que hoy era un día importante y que él desempeñaba un papel fundamental en el éxito de la investigación. Tarareaba insistente mientras Gerhard Gries, director del estudio, se concentraba en ultimar los preparativos del experimento y un poco más allá, un estudiante de PhD hundía el flequillo en la pantalla del móvil.

Ajeno a su murmullo y a las tareas de Gries, el doctorando diseñaba cuidadosamente su perfil de apareamiento, tratando de anticipar qué rasgos resultarían más atractivos a sus pares femeninos. Si jugaba bien sus cartas, lograría hacer match y podría iniciar el rito de mensajería que le llevaría, con suerte, al encuentro físico. Cuando estuvo satisfecho con el elaborado sistema de comunicación sexual que había creado, comenzó a deslizar la pantalla, casi siempre a la derecha, filtrando a toda velocidad a sus potenciales compañeras.

La espera se alargaba. Su murmullo de impaciencia estaba a punto de empezar a ser molesto para sus compañeros cuando, de pronto, algo invadió el límite de su ojo izquierdo e instintivamente le hizo girar. Inmediatamente un nuevo haz de luz impacto en su visión, cegándole de dorado unas milésimas de segundo e interrumpiendo definitivamente el tarareo. Un nuevo brillo, delgado pero certero, le golpeó desde el otro lado de la habitación. Varios más le deslumbraron. Al otro lado, ella. Oculta a plena luz.

Se giró hacia sus compañeros. El portátil estaba encendido y Gerhard, ocupado. El estudiante seguía matando moscas a cañonazos en su app de citas, con la vista clavada en los parpadeos del móvil. Aparentemente nadie se había percatado del extraño cortejo que acababa de iniciarse y que le atacaba sin tregua.

El reflejo, rosa y verde de alquitrán, volvió a cegarle. Le buscaba. Él, deslumbrado de púrpura y plata, no podía verla, pero empezaba a imaginarla. En pocos segundos adivinó su juventud, perfiló su intención e intuyó su sexo. Ella insistía. Retaba y suplicaba a la vez. Jugaba a torturarse desde el otro lado de la habitación, con un arma tan fina y etérea que era invisible para los otros. Una danza de luces, solo para él. El código morse de un reflejo en el agua.

Comprendió que habían iniciado una conversación privada. Un juego con un único final posible. Casi juró que su sangre, siempre fría, comenzaba a templarse. A veces, muchas —demasiadas—solo saberse objeto de deseo bastaba para despertar los instintos. Ella le reclamaba. Él quería complacerla.

Los pulsos de luz, cada vez más apresurados. Tal vez seguían el ritmo de la respiración de ella. Tal vez el movimiento de su cuerpo, también acucioso, también invisible para todos los demás. Él obedecía el compás y aceleraba su pulso con cada nueva estela de plata. Deseaba arrojarse —mejor dicho, ya se había arrojado— a una escalada irrefrenable de intensidades, de luces, de golpes. Avanzó hacia ella, completamente ciego.

Avanzó. Y en el mismo segundo en que posó sobre ella una de sus patas, peludas y pegajosas, se sintió estafado. Las sedas de su cuerpo no percibieron la humedad que esperaba. Ni temperatura, ni olor. Frotó sus patas con fuerza, con rabia, como quien sacude un mal pensamiento. Frotó para que nada se interpusiera entre su tacto y el de ella. Trató de sentirla. Nada.

Ella —una esfera negra, reluciente, atérmica— continuaba emitiendo impasible 178 destellos de luz LED por segundo. Imitaba, descarada, la forma en que las hembras jóvenes comparten sus perfiles de apareamiento, reflejando la luz del sol en sus alas para atraer a los machos. Ella, que había comunicado hábilmente su disposición a la cópula, se apagó dejándole sin respuestas.

Gerhard avanzó sonriente hacia ellos. Acababa de demostrar que la frecuencia de los destellos de luz, y no cualquier otra característica morfológica, era la señal de apareamiento de las moscas. ¡Es más, había conseguido atraer a un macho incluso en ausencia de moscas hembra reales! «Esto explica la baja propensión de apareamiento de las moscas en los días nublados», proclamó satisfecho, «¡las moscas son más atractivas en los días de sol!».

Foto: Simon Fraser University. (CC)

Él, aferrado aún a la traicionera esfera negra, trataba de entender. Sus ocelos, cegados de amor, no podían ver a Gerhard, ni cómo sus pupilas chispeaban de admiración ante la inmensa velocidad de procesamiento de los fotorreceptores que le habían hecho volar, al instante, hacia su pareja perfecta.

Gerhard, antropólogo frustrado y entomólogo de profesión, se volvió de pronto hacia el estudiante, que deslizaba impasible la pantalla de su móvil. Siempre a la derecha. «Chico, la próxima vez que te tomes una selfi para tu perfil de citas, asegúrate de tener buena iluminación. Si algo hemos aprendido de las moscas es que una buena iluminación puede ser de gran ayuda para encontrar la pareja que has estado buscando».

Levantó la vista del móvil sin dejar de mover el pulgar y Gries siguió reflexionando en voz alta. «Los humanos, como las moscas, son muy buenos filtrando información a gran velocidad y también usan un elaborado sistema de comunicación sexual para filtrar candidatos incompatibles». Ellas, pensó, baten sus alas para lograr 178 Hz de luz; ellos, 212. Ellas aumentan el número de fotografías en el perfil para presentarse ante el sexo opuesto, mientras buscan en ellos biografías nutridas. Ellos, casi siempre con biografías vacías, buscan hembras fotogénicas.

En total, 26 millones de matches al día entre 50 millones de usuarios. Eso son más de 9000 millones de coincidencias al año, calculó Gerhard mirando de nuevo al estudiante y tratando de adivinar el número exacto de hembras decepcionadas al comprobar que su elección sistemática no se sustentaba en las características reales del sujeto. Volvió a centrar su atención en la esfera negra y en el pequeño don Juan que aún posaba sobre ella. Respiró aliviado y complacido. En la naturaleza en cambio, el mecanismo de las primeras impresiones funcionaba a la perfección y, afortunadamente, nunca, nadie, resultaba decepcionado.

Foto: Simon Fraser University. (CC)


Este artículo está basado en el estudio de Courtney Eichorn et al. (2017) «How flies are flirting on the fly», BMC Biology: DOI 10.1186/s12915-016-0342-6; en las declaraciones de uno de sus autores, Gerhard Gries, recogidas en el artículo «Flirting on the fly: humans can learn a thing or two from blow flies about attraction on dating apps» (14 de Febrero de 2017) en la web de la Universidad Simon Fraser; y en el estudio de Gareth Tyson, Vasile C. Perta, et al. (206) «First Look at User Activity on Tinder».


Género, especie y homenaje

Carolus Linnaeus por Hendrik Hollander, 1853. Systema Naturae (1760/MDCCLX).

En un pasaje de la novela La noche fenomenal, de Javier Pérez Andújar, uno de sus personajes defiende que las palabras no deberían ser clasificadas por categorías gramaticales porque «aúllan, gritan, rugen. Campan a sus anchas en su territorio y fuera de él se hacen raras. También pueden clasificarse por especie, género, familia». Con esta forma de prosopopeya, nos transportamos de la gramática formal de Nebrija de finales del siglo XV a la taxonomía del XVIII de Linné

De este último, y de plantas y animales; de las palabras y su territorialidad; y de la taxonomía formal en latín como forma de esperanto y espacio de libertad para el homenaje hablaremos en este texto.  

Carl von Linné nació en el año 1707 en Råshult, una pequeña villa del sur de Suecia (aunque pasó la mayor parte de su vida en Uppsala; situada unos setenta kilómetros al norte de Estocolmo), y a lo largo de su vida tipificó y clasificó decenas de miles de especies de animales y plantas, estableciendo además la metodología actual para la clasificación de los seres vivos. El botánico, zoólogo y físico sueco dedicó su vida a la búsqueda, descripción y clasificación, publicando entre 1735 y 1768 hasta doce ediciones de su obra más influyente, Systema Naturae. De todas estas, y como obra referencia, tenemos la décima edición en el año 1758, considerada canon de la taxonomía moderna, en la que dispuso un sistema binomial para nombrar y diferenciar los seres. Este binomio está compuesto por género y especie. 

En cualquier caso, lo que uno clasifica y pone en orden en un momento determinado de la historia puede dar lugar a numerosas perversiones antropológicas con el paso del tiempo. Hace más de doscientos cincuenta años de aquello y el ser humano (y sí, en esta categoría incluyo a los científicos) es un animal que tiende a la dispersión.

Aunque parezca mentira, los botánicos, los zoólogos, o incluso los arqueólogos tienen su corazoncito, su sentido del humor y sus gustos musicales. Por lo que en ese extenso y dinámico mundo de la descripción de especies nos encontramos con prodigios como un helecho llamado Gaga germanotta y con un sapo llamado Hyla stingi. Imagino que no es complicado deducir a qué afamados intérpretes se honraba. También se homenajea como cantante (¡como cantante!) a Yoko Ono con la Struszia onoae. Debe ser cosa de justicia divina que se trate del fósil de un artrópodo bastante desagradable.

Curiosamente estos bichos del Paleozoico han dado mucho juego a paleontólogos, como se puede comprobar en la cantidad de descripciones dadas basándose en nombres de músicos, esta vez sí, ilustres: Struszia mccartneyi, por el ex Beatle; Arcticalymene viciousi, A. rotteni, A. jonesi, A. cooki, A. matlocki por los Sex Pistols; Aegrotocatellus jaggeri por Mick Jagger. Es un no parar que no se limita a lo extinto, sino que, como hemos comentado antes, también es común entre botánicos y zoólogos. ¿Cuánto admirarían los entomólogos estadounidenses Jason Bond y Norman Platnick al canadiense Neil Young para nombrar una araña como Myrmekiaphila neilyoungi? Aunque parece que nuestro amigo Norman Platnick era bastante mitómano viendo otras especies de araña que describió como la Calponia harrisonfordi. Harrisonfordi, joder. Y esta fue su primera joyita de ocho patas. Mas tarde, junto a Antonio Brescovit, Norman volvió a vestirse de prócer de la nomenclatura biológica, pero esta vez como víctima inocente. Con intención de premiar a dos científicos argentinos que habían trabajado con ellos, les propusieron que fueran ellos (los argentos) los que decidieran el nuevo género a describir. La propuesta fue Losdolobus. Y así se acuñó ese género de arañas de Brasil.

Quién no tiene recuerdos de su infancia con Los Chalchaleros cantando «Zamba, de mi esperanza, amanecida como un querer» de Cafrune. Pues este mítico cuarteto de folclore argentino fue homenajeado en el año 2000 por Mares, Braun, Díaz y Bárquez con el nombre de una rata: Salinoctomys loschalchalerosorum. La verdad es que puestos a recibir un tributo quizás sería mejor que fuera con una flor rara y breve, o con un insecto tan elegante como la mosca de mayo Paramaka pearljam, descrita por el brasileño Rodolfo Mariano honrando a la fenomenal banda de Seattle.

Uno se puede imaginar que cuando Harvey describió el género Draculoides en el año 1992, estaba pensando en la novela gótica de Bram Stoker. Y así fue confirmado en el año 95 cuando describió otra especie de arácnido del mismo género dándole el Draculoides bramstokeri.

También, por supuesto, ha habido descripciones mucho menos literarias. Una muy célebre es la de la conchita azul, Clitoria tertanea, que el mismo Linneo incluyó en su decimosegunda edición del «Systema Naturae». Solo hay que leer el género y fijarse en la forma de la flor, y uno ya se hace una idea del asunto.

Lo habitual es leer los nombres científicos con el desatino y el desinterés con el que se lee un nombre en cirílico. Un laberinto para la pronunciación en el que el género suele ser el mayor damnificado. A ver, si no, quién lee de carrerilla y sin equivocarse palabros como Oncorhynchus, el género de la trucha arcoíris. Trucha que adorna los mostradores de las pescaderías y que representa un gran problema para el equilibrio ecológico de muchos de los ríos de Europa. Una especie invasora que ha sido repoblada en los ríos de la península con irresponsable abundancia durante décadas. Pero eso es harina de otro costal.

Nos podemos imaginar al entomólogo (y músico) británico Enrico Adelelmo Brunetti partiéndose de risa allá por el lejano año 23 del siglo pasado mientras le endosaba el nombre Parastratiosphecomuia stratiosphecomyioides a una pequeña mosca asiática. Nombre que, con cuarenta y dos caracteres, es el más largo hasta la fecha. Y esto es así gracias a que, con prudencia y buen criterio, la Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica rechazó en al año 1927 el nombre Gammaracanthuskytodermogammarus loricatobaicalensis propuesto para un pequeño anfípodo por el cachondo naturalista polaco Benedykt Dybowski.

Para que nos hagamos una idea del grado de laxitud en las denominaciones científicas, el Código internacional de nomenclatura zoológica, por el que se rige la comisión que acabo de mencionar, recomienda que «los autores deberían ejercer con cuidado razonable y consideración la formación de nuevos nombres, para asegurar que se escogen teniendo a los usuarios en mente y que, en medida de los posible, son apropiados, compactos, eufónicos, memorables, y no causan ofensa». Lo cual debe explicar perfectamente por qué todavía hay un coleóptero que se llama Anophthalmus hitleri, en honor a ese señor tan aficionado a la dominación total y a la eugenesia.

A pesar de la tendencia a mirar con distancia los nombres científicos (también llamados nombres latinos) y de esa visión que se tiene de que solo sirven para alimentar el ego de algunos científicos y cuatro sabiondos, estos son la única tabla de salvación para que los parlantes de un idioma (por no hablar de la obviedad del caso de los hablantes de idiomas distintos) con léxicos locales diferenciados, se puedan entender. A saber: uno va por una calle peatonal del Eixample de Barcelona y le dice a su pareja, cariño, este árbol se llama árbol del amor. A lo que ella contesta: qué dices, si se ha llamado siempre árbol de Judas por aquello de que Judas Iscariote se ahorcó en uno de estos. ¿Cómo salir de esa situación? Pues con el común a todas las lenguas y territorios nombre científico: se trata de un Cercis siliquastrum. Ambos satisfechos y de acuerdo en que saber latín puede salvar estos baches de comunicación. La magia de lo común. 

Igual pasa cuando dos recolectores de setas se encuentran en un bar de carretera y se preguntan mutuamente por cómo fue la jornada. En primer lugar, como sucede con los pescadores, exagerarán, en segundo siempre van a mentir cuando den las referencias del lugar en el que han encontrado las setas, y en tercero, se pueden hacer un lío: he encontrado bastantes hongos. Ya, a eso hemos ido, a buscar hongos. No, no hongos en general; me refiero a la especie. ¿Qué especie? Pues los boletus esos. Ah, ¡porros! ¿Te estás quedando conmigo? Que no, coño, que hablo en serio: Boletus edulis. ¡Ah, sí!

Y aquí paz y después gloria. Se han entendido en latín mientras sorbían sus carajillos en la barra del bar.

Goethe afirmó sobre Linné que «a excepción de Shakespeare Spinoza, no conozco a nadie, de entre los que ya no viven, que me haya influido más intensamente». Así, pero inspirándose en la obra de J. R. R. Tolkien, debió ser para el científico mexicano Juan J. Morrone, que clasificó tres especies de coleópteros bajo los nombres de Macrostyphlus bilbo, Macrostiphlus gandalf y Macrostyphus frodo. 

Linné ha sido uno de los científicos que más impacto han tenido en la historia de las ciencias naturales y se le atribuye habitualmente la magnífica cita «Dios creó, yo ordené», aunque, en honor a la verdad, es muy probable que esta cita sea apócrifa y que quien en realidad dijo (más bien escribió) esto fue D. H. Stövers, en su biografía de Linné (1792): «Deus Creavit, Linnaeus Disposuit». Pero uno, igual que con esa leyenda urbana de «esa gran pintora, Sara Mago», decide qué fantasías se cree por el bien de sus mitos y de su propia relación con el rugido de las palabras y la territorialidad de los significantes.

Los restos de Linné están enterrados en la ciudad de Uppsala y son el tipo nomenclatural del Homo sapiens. Algo así como el ejemplar tipo a partir del cual se describe nuestra especie. No os preocupéis si veis su foto en algún lugar; esto también se hizo a modo de tributo. 


Insectos zombis

Cadáver de una hormiga infectada por el O.unilateralis. Fotografia: David P. Hughes / Maj-Britt Pontoppidan (CC).

No debo abrir la puerta.

Desde que empecé a dedicarme a la entomología, una idea me ha acompañado durante todos estos años: es curioso cómo nuestra civilización se parece a una gigantesca colonia de hormigas con sus montones de arena, acero y cemento acumulándose sobre el suelo; y túneles, cavidades angostas por las que nos desplazamos atravesando el terreno. La humanidad es un hormiguero abarrotado, y las personas no somos más que insectos moviéndose por espacios estrechos con aparente voluntad propia.

Debería… debería alejarme de la puerta.

Sí… y con otro ibuprofeno para la mandíbula y un té caliente me sentiré mejor. Se está más tranquilo aquí, en el salón. Este sofá da a la ventana y está de espaldas a la puerta. Irónicamente hace un buen día. Quién lo diría.

Como todas las sociedades, los hormigueros son vulnerables. Pueden aguantar sequías e inundaciones, depredadores y golpes, pero las amenazas reales son siempre sutiles, invisibles, microscópicas. Se conocen más de mil clases de hongos capaces de infectar y matar insectos. Son organismos que crecen y se multiplican a costa de otros, a veces incluso sin llegar a matar al huésped que parasitan: en ocasiones es mejor que el propio animal viva contaminando al resto de la colonia. Sin embargo, como grupo, los huéspedes no están completamente indefensos: hay insectos sociales como las abejas, las hormigas o las termitas que desarrollan comportamientos higiénicos como acicalarse los unos a los otros cuando detectan esporas del hongo Metarhizium, y este proceso de limpieza también incluye la secreción de sustancias químicas que reducen la proliferación de hongos, como el ácido fórmico que producen algunas hormigas. O las termitas, que durante la construcción de sus nidos también secretan sustancias que dificultan la aparición de infecciones. E incluso algunos insectos enfermos llegan a sacrificarse por el resto de la colonia: las hormigas de jardín, por ejemplo, cuando se infectan con el hongo Metarhizium anisopliae se alejan del nido abandonando cualquier tipo de contacto social horas o días antes de su muerte…

Si unas hormigas pueden hacerlo, yo también debería ser capaz. De camino al baño a por un segundo ibuprofeno paso por la puerta de la entrada. En el espejo del lavabo me veo horrible, como si tuviera la madre de todas las gripes. Abro y cierro la boca intentando relajar la mandíbula. Me vuelvo a mirar en el espejo. Cojo toda la caja de ibuprofenos. Necesito una cerveza.

Y de todos los hongos mata hormigas, el Ophiocordyceps unilateralis es el más hijo de puta. En las zonas tropicales, mientras las hormigas exploran el exterior buscando comida se les adhieren las esporas del hongo y penetran la cutícula del insecto. Transcurridos entre tres y seis días, el individuo muere y de su cabeza crece el hongo generando una alargada estructura desde la cual disemina sus esporas. Lo interesante es que justo antes de morir las hormigas se desplazan a puntos elevados, como el reverso de las hojas de los árboles, muerden la hoja con toda la fuerza de sus mandíbulas, y mueren. Así el cadáver queda fijo en una posición en alto, lo que le da tiempo al hongo para crecer desde el cadáver adhiriéndolo con más fuerza a la superficie. Esto es importante porque si la hormiga muerta cae al suelo se limita la propagación de las esporas por el terreno, pero si se queda agarrada a las superficies de los árboles las esporas caen desde una mayor altura, lo cual facilita que estas se diseminen por la mayor superficie de suelo posible, que es por donde se mueven las hormigas sanas. Incluso en algunas ocasiones se han llegado a encontrar en las selvas grandes concentraciones de hormigas muertas infectadas por O. unilateralis, creando los denominados «cementerios».

Es… sorprendente que algo tan pequeño, un mero hongo, sea capaz de cambiar el comportamiento de otro ser vivo para favorecer su propagación. Es lo que nos llevó a investigarlo por primera vez. Íbamos al trópico, que es donde habita este organismo, y buscábamos hormigas muertas por las selvas de América del Sur, África, Tailandia o Australia. Aunque no cualquier hormiga muerta, porque el O.unilateralis solo infecta a unos tipos muy concretos y de hecho existen subespecies de este hongo especializadas en grupos determinados, llegando casi hasta una proporción de un subgrupo de hongo por clase de hormiga. Esto resulta inusual ya que normalmente estos hongos son capaces de infectar a cientos de tipos de insectos; solo a insectos.

Primer plano donde se aprecia el crecimiento de una estructura fúngica desde la nuca de la hormiga para la diseminación de las esporas. Fotografia: David P. Hughes / Maj-Britt Pontoppidan (CC).

Al menos eso pensábamos hasta que llegaron los primeros casos de gente con comportamientos extraños en varios hospitales tropicales. En todos los informes médicos se mencionaba conductas «anómalas en los pacientes», la contracción creciente de los músculos de la mandíbula y luego, a las pocas horas de la muerte, la aparición de un hongo a través de las cavidades oculares. Cuando vi las primeras imágenes pensé que era una broma, que tenía que ser alguna campaña promocional de The Last of Us 2 o algo así.

Hace dos semanas pusimos en cuarentena a toda la población potencialmente expuesta al patógeno y desde entonces el número de casos está controlado. Pensábamos que entendíamos su modo de propagación pero si yo… si yo estoy enfermo, entonces tiene que tratarse de otra forma, ¿el aire? Ya lo habíamos descartado, pero no se me ocurre qué otra forma puede ser y si es el aire… Joder, debería avisar a Lara, al portero de casa, a… qué coño, debería haber llamado al laboratorio esta misma mañana para que vinieran directamente a buscarme, poner en cuarentena todo el… ¿Qué hago de pie con la mano sobre el pomo de la puerta?

Joder. Lentamente me alejo de la puerta. Tiene que ser el puto hongo, el puto hongo creciendo en mi cabeza haciendo que… arg, mi cabeza: la tensión de la mandíbula me está dando un dolor de cabeza enorme, debería ir a la farmacia a por algo más fuerte. Sí, eso parece una buena idea…

¿Qué coño estoy diciendo? Vamos a ver, céntrate. Respira, inspira, eso es, lentamente. Cógete otra cerveza, trágate dos ibuprofenos más, siéntate en el sofá, eso es… y piensa, ¿qué sabemos del Ophiocordyceps unilateralis? De cómo ha empezado a infectar humanos y les genera los cambios de comportamiento todavía no tenemos ni idea, pero… ¿y en las hormigas? Bueno, aquí tampoco sabemos mucho: está claro el ciclo de infección, pero sobre cómo exactamente controla a las hormigas, ni idea.

Hay varias indicaciones de que cambios bioquímicos en los insectos alteran su comportamiento, por ejemplo se ha visto que el neurotransmisor dopamina contribuye a cambios de comportamiento e interacción social en las hormigas, es más, la administración de dopamina a hormigas provoca que comiencen a abrir las mandíbulas y morder a insectos ajenos. Así que todo indica que la infección del Ophiocordyceps unilateralis altera la bioquímica del sistema nervioso, pero todavía nos falta mucho para saber con exactitud qué es lo que hace y cómo lo hace. Resulta muy complicado averiguar cómo un parásito puede llegar a «controlar» al huésped, aunque el Ophiocordyceps unilateralis no es un caso único. Está el hongo Ophiocordyceps sinensis, que infecta los nidos subterráneos de las larvas de la polilla Hepialus sp y, pasado un tiempo, dirige a las larvas cerca de la superficie y entonces la larva muere, es momificada por el hongo y crece de su cabeza la estructura fructífera del hongo, que al estar cerca de la superficie puede llegar al exterior y propagar sus esporas eficientemente. Y si nos olvidamos de los hongos, están los casos de grillos y saltamontes que cuando son infectados por las larvas del gusano Spinochordodes tellinii se suicidan ahogándose en charcos, que son los sitios donde el gusano adulto vive y se reproduce.

Ejemplos hay bastantes, pero ni idea de cómo lo hacen. La gente nunca se ha interesado por estas cosas: y eso, ¿para qué sirve? Me preguntaban. Pues mira, ahora que estamos al borde de una pandemia a nivel planetario quizás te arrepientes de que la industria investigue más en cosméticos que en entomología y… Me estoy dispersando. Tengo que tomar una decisión. No consigo llamar a nadie: algo me impulsa a detenerme justo antes de marcar el último dígito. Se me tensionan las falanges o tengo la idea de llamar pero algo me distrae. Tampoco es que importe: en el laboratorio no tenemos ninguna cura para esto.

No voy a salir de esta. Es hora de que lo afronte. Joder… joder, ¡joder! Buf… razona, deja las emociones a un lado, respira por la nariz. Piensa: voy a morir, eso no se puede cambiar, pero en algún momento alguien sabrá que algo malo me ha pasado, vendrá, llamará a la puerta hasta que al final decida que hay una emergencia médica y tire la puerta abajo. Entonces es posible que se contamine por las… ¡joder! ¡Lara tiene una copia de las llaves! El hongo crecerá de mi cadáver y liberará las esporas al ambiente, ella las respirará y… pero, pero, ¿y si muero en un ambiente tóxico para las esporas? ¡Eso es! Las hormigas usan sustancias químicas para limitar el avance del hongo. Yo no tengo ácido fórmico pero la lejía mata casi todo, ¿no?

Podría meterme en la bañera, echarme un montón de lejía y matarme… Deja a un lado las emociones, razona, solo razona. Es una chapuza pero es lo que hay. Y es mejor si también dejo una nota escrita pegada al baño explicando todo y echo el pestillo. Así no entrará nadie por error. Sí, eso debería bastar. Voy a la cocinar a por la lejía y luego al despacho a por… mierda, no me queda casi lejía. Bueno, no pasa nada, bajo un momento al súper, compro dos o tres garrafas, mejor cuatro, y me mato.

Sí, eso parece una buena idea.

Este artículo ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2017

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Fuentes:

  • Wichadakul, D., Kobmoo, N., Ingsriswang, S., Tangphatsornruang, S., Chantasingh, D., Luangsa-ard, J. J., & Eurwilaichitr, L. (2015). Insights from the genome of Ophiocordyceps polyrhachis-furcata to pathogenicity and host specificity in insect fungi. BMC Genomics, 16(1), 881.
  • Turnbull, C., Wilson, P. D., Hoggard, S., Gillings, M., Palmer, C., Smith, S., Beattie, D., Hussey, S., Stow, A., Beattie, A. (2012). Primordial Enemies: Fungal Pathogens in Thrips Societies. PLoS ONE, 7(11), 1–4.
  • Shang, Y., Feng, P., & Wang, C. (2015). Fungi That Infect Insects: Altering Host Behavior and Beyond. PLoS Pathogens, 11(8), 1–6.
  • Pontoppidan, M. B., Himaman, W., Hywel-Jones, N. L., Boomsma, J. J., & Hughes, D. P. (2009). Graveyards on the move: The spatio-temporal distribution of dead ophiocordyceps-infected ants. PLoS ONE, 4(3), 1–10.


La miel de Jenofonte

Fotografía: Vipin Baliga (CC)
Fotografía: Vipin Baliga (CC)

Jenofonte fue un historiador, militar y filósofo griego de los siglos V y IV a. de C. Durante el gobierno de los Treinta Tiranos, se unió a un formidable ejército de mercenarios que marcharon a combatir a Persia, la Expedición de los Diez Mil. Estos griegos fueron contratados por el príncipe persa Ciro el Joven —con quien Jenofonte trabó amistad— que se había sublevado contra su hermano mayor Artajerjes II, el rey de Persia.

Ciro murió en la batalla de Cunaxa, lo que produjo la desbandada de su ejército. Los mercenarios griegos, sin embargo, se mantuvieron invictos y unidos bajo el mando del comandante espartano Clearco. En las negociaciones que siguieron con los mandatarios persas, Clearco y los principales comandantes griegos fueron decapitados a traición, por lo que los soldados griegos tuvieron que elegir nuevos líderes. Entre estos estaba el propio Jenofonte de Atenas, quien guio a sus compañeros, abriéndose paso por territorio hostil. Remontaron el río Tigris y atravesaron Armenia por una ruta de casi cuatro mil kilómetros de tierras enemigas, hasta llegar a la colonia griega de Trapezunte (actual Trabzon, Turquía), en la orilla sur del mar Negro. Al alcanzar la costa, los soldados supervivientes empezaron a gritar de alegría: θάλασσα, θάλασσα («Thalassa, Thalassa», «El mar, el mar»). El relato de Jenofonte sobre esta expedición lleva por nombre Anábasis, que significa «subida o marcha tierra adentro», y es su obra más conocida.

Según atravesaban Asia Menor camino del mar Negro, les ocurrió un suceso singular en las tierras de Colchis. Esta región del sur del Cáucaso corresponde a la actual Georgia y era el hogar mitológico de Dionisos, el dios del vino y la locura. El ejército llevaba merodeadores que buscaban comida y que se alegraron al encontrar numerosas colmenas. La miel fue muy bien recibida por los soldados, que la tomaron de postre de su rancho. Sin embargo, entre una y dos horas después de comer, empezaron a comportarse como si hubieran perdido el juicio o hubieran caído bajo la influencia de un hechizo, derrumbándose por cientos. Jenofonte contaba que las hasta entonces orgullosas tropas griegas estaban ahora abatidas y derrotadas, sin poderse levantar del suelo. Al cabo de unos pocos días se fueron recuperando y, aún sintiéndose débiles, reiniciaron su marcha hacia el oeste, hacia las tierras amigas.

Los soldados griegos no lo sabían pero el motivo había sido el tipo de miel, hecha a partir de las flores de los rododendros, en particular de una especie llamada Rhododendron ponticum. Esta planta es abundante en el sur de España, en Portugal y en los alrededores del mar Negro, pero también se encuentra en Nepal, Japón, Brasil y algunas regiones de Norteamérica. En sus tareas de recolección, las abejas consumen los productos tóxicos que pueda haber en el néctar de las flores y entre ellos se encuentran ocasionalmente productos artificiales como insecticidas o fertilizantes, productos naturales que la propia planta sintetiza para defenderse de los herbívoros, y etanol, resultado de la fermentación alcohólica de materia orgánica. En algunos casos los efectos de las sustancias son bastante similares en las abejas y en los humanos: un ejemplo es el etanol, lo que permite que las abejas sean utilizadas como organismo modelo en estudios sobre el alcoholismo. Sin embargo, hay otros productos que son tóxicos para el hombre pero no para los insectos y que pueden por tanto ser recolectados junto con el néctar e incorporados en la miel en una cantidad significativa.

La pregunta es: ¿para qué pone la planta moléculas potencialmente tóxicas en el néctar? Podemos entender que los tenga en las hojas o en los frutos verdes para que no sean comidos por los herbívoros, ¿pero en esa agua azucarada que utiliza para atraer a los polinizadores? Los análisis bioquímicos han podido comprobar la existencia dentro del néctar de alcaloides, terpenos, glicósidos, moléculas basadas en el fenol y otras. La cafeína, por ejemplo, un alcaloide presente en quince géneros de plantas, está en cantidades suficientemente pequeñas para que no sea detectada por los órganos del gusto de los insectos pero suficientemente alta para generar procesos adictivos, algo que conocen bien los forofos de este brebaje aromático. Los insectos polinizadores van más a menudo a plantas cuyo néctar contiene un poco de cafeína que a las que no lo contienen. Además, la cafeína consolida la memoria sobre la planta visitada y eso lo hace reforzando la conexión entre los ganglios cerebrales y las antenas del insecto, que es donde son recogidas y codificadas las moléculas odorantes.

Otros alcaloides, como la nicotina, permiten hacer una cierta selección de insectos. El sabor amargo de la nicotina repele a las abejas carpinteras, que se comerían el néctar sin hacer una polinización. Se ha visto que la planta hace un juego doble en su néctar: por un lado tiene bencilacetona que es fragante y atrae a los insectos. Cuando llegan allí se encuentran que el néctar sabe mal, a nicotina, y se marchan con rapidez. Este sistema consigue que una misma cantidad de néctar sirva para que muchos más insectos pasen por la flor, mejorando sus posibilidades reproductivas.

Plinio el Viejo, que destacó las virtudes de mieles de distintas zonas alrededor del Mediterráneo, advirtió también contra la meli maenomenon, la miel loca del mar Negro. Él fue el primero que habló de la toxicidad traída de los rododendros y otras plantas como las adelfas y las azaleas, que eran conocidas como «mataovejas», «destructoras del ganado» y «asesinas de caballos». Plinio llegó a plantear algunos antídotos como un hidromiel viejo, miel en la que hubieran muerto abejas, o ruda y pescado en salmuera para provocar el vómito. También indicó que la miel solo era loca en primavera, la razón puede ser que los rododendros florecen muy temprano y su néctar se concentra en la primera miel del año.

Busto de Mitrídates VI en el Museo del Louvre. Fotografía: Sting (CC)
Busto de Mitrídates VI en el Museo del Louvre. Fotografía: Sting (CC)

Los soldados de Jenofonte no fueron los últimos en sucumbir a la miel tóxica del Cáucaso. Trescientos cincuenta años más tarde, el general romano Pompeyo se enfrentó a las tropas de Mitrídates VI del Ponto en el 65 a. C. Los aliados de Mitrídates, los heptakometes, colocaron colmenas con miel tóxica a lo largo de la ruta de las legiones. Cuando los legionarios comieron la miel, al igual que los compañeros de Jenofonte, cayeron al suelo en medio de un delirio y náuseas y tres escuadrones fueron rápidamente degollados. En el año 946, los enemigos rusos de la emperatriz Olga de Kiev aceptaron felices varias toneladas de miel fermentada hasta que empezaron a sentir sus efectos y los cinco mil fueron masacrados en medio de su estupor. Por último, una carnicería similar tuvo lugar en el 1489, no muy lejos de donde Olga había eliminado a sus enemigos, cuando un ejército de diez mil tártaros se encontró en un campamento abandonado barriles llenos de hidromiel tóxico que fueron también su perdición pues, tras caer bajo sus efectos, los rusos acabaron con ellos.

Durante siglos se pensó que esas historias de envenenamientos debidos a la miel eran una leyenda y que si hubo problemas fue tan solo por comer en exceso, o por la mala digestión de la miel en un estómago vacío. En 1875, J. Grammer, un cirujano de la Confederación, describió que numerosos soldados del sur se habían intoxicado con miel y detalló algunos de sus síntomas: primero un cosquilleo por todo el cuerpo, después visión borrosa para terminar con un sentimiento de vacío, mareos y unas terribles náuseas. Los soldados no tenían control de sus músculos y parecían estar completamente borrachos.

En 1891, el científico alemán P. C. Plugge encontró un componente tóxico en miel de Trebisonda. Lo llamó andromedatoxina, y ahora se incluye como una grayanotoxina, una molécula presente en los rododendros, las azaleas y otras ericáceas. Las dieciocho grayanotoxinas conocidas son diterpenos cíclicos polihidroxilados. Su modo de acción es unirse a canales iónicos de sodio en las membranas celulares, una de nuestras principales herramientas para la activación e inactivación de células, especialmente abundantes en las células musculares y las neuronas. La grayanotoxina incrementa la permeabilidad de los canales y deja a las células excitables despolarizadas. Las neuronas disparan con facilidad y lo hacen hasta que terminan agotadas. En los insectos esto se traduce en palpitaciones, parálisis y muerte.

Las grayanotoxinas no afectan a todos los insectos por igual. Se ha visto que los abejorros son prácticamente inmunes, que las abejas mineras son ligeramente afectadas y se las ve unos minutos tumbadas en el suelo agitando las patas en el aire, algo que recuerda a la imagen de Jenofonte, mientras que las abejas melíferas mueren. La miel loca del mar Negro sería producida por una subespecie local de abeja melífera que habría desarrollado inmunidad a las grayanotoxinas a lo largo de la evolución.

En los humanos el curso habitual del envenenamiento es una irritación del sistema gastrointestinal, arritmias cardíacas y síntomas neurológicos. Entre los síntomas relacionados con el sistema nervioso, donde los efectos son más potentes, se incluyen una sensación de ardor en la garganta, picor en la boca y la nariz, enrojecimiento de la piel y los ojos, vértigo, dolores de cabeza, náuseas, vómitos, salivación, entumecimiento, dolores abdominales parecidos a calambres, debilidad, visión borrosa, efectos visuales psicodélicos, visión en túnel, fiebre, ataques epilépticos, bradicardia, hipotensión y cambios en la conciencia. En algunos casos se ha encontrado hepatotoxicidad, asístoles, infartos de miocardio y bloqueos atrioventriculares, pero es raro. Los síntomas aparecen, de media, a los noventa minutos de haber ingerido la miel y se tratan normalmente con un poco de atropina.

La miel procedente de flores que contengan toxinas puede ser peligrosa, en algunos casos hasta llegar a producir la muerte, y hay otras plantas que generan néctar tóxico además de las ericáceas. Entre ellas están la datura, la belladona y el eléboro, la Seriana lethalis de Brasil, el Gelsemium sempervirens y la Kalmia latifolia en los Estados Unidos, y la Melicope ternata y la Coriaria arborea de Nueva Zelanda. Un tipo especial es la miel producida cerca de los grandes campos de amapolas de Afganistán, que puede tener propiedades narcóticas.

En la actualidad sigue habiendo casos de envenenamiento con miel loca, en particular en Turquía y otros países limítrofes con el Cáucaso. Curiosamente, la inmensa mayoría de los casos son hombres y prácticamente todos de mediana edad o superior. Un estudio de 2009 encontraba que de veintiún casos, dieciocho eran hombres y la edad media era de 55 años. En otro estudio más reciente, de 2014, sobre dieciséis casos diez eran hombres y la edad media era de 56,3 ± 12,2 años. ¿Se le ocurre alguna explicación? La razón es que la miel de rododendro se usa como remedio natural para algunos problemas de salud como la diabetes mellitus y la hipertensión crónica, pero sobre todo se supone que tiene efectos afrodisíacos, incrementando la actividad sexual. Los hombres de cierta edad son siempre los más esperanzados en algo que mejore su desempeño en la cama aunque haya malas noticias debajo de ese dulzor, el de la miel, me refiero.

Rhododendron ponticum en el Real Jardín Botánico de Madrid. Fotografía: A. Barra
Rhododendron ponticum en el Real Jardín Botánico de Madrid. Fotografía: A. Barra

Para leer más:

Demircan A., Keleş A., Bildik F., Aygencel G., Doğan N. O., Gómez H. F. (2009) «Mad honey sex: therapeutic misadventures from an ancient biological weapon». Ann Emerg Med, 54(6): 824-829.

Mayor A. (1995) «Mad Honey!». Archaeology, noviembre-diciembre, 46(6): 32-40. Enlace

Pain S. (2015) «Sweet deceit». New Scientist , 3018: 42-45.

Yaylaci S., Kocayigit I., Aydin E., Osken A., Genc A. B., Cakar M. A., Tamer A. (2014) «Clinical and laboratory findings in mad honey poisoning: a single center experience». Niger J. Clin Pract, 17(5): 589-593.


De la vida de las cucarachas. Un tratado entomológico-apocalíptico sobre los bichos negros que heredarán el mundo

Fotografía: Matt Reinbold (CC).

Son las cucarachas, y no los humanos, la cima de la evolución. (Mohinder Suresh)

El escritor, filósofo e historiador alemán Ernst Jünger, afirma en su ensayo Sobre el dolor (1934) que «nos parece amenazado en proporciones inimaginables el insecto que va serpenteando a nuestros pies por entre las hierbas como si fuera atravesando los árboles de una selva virgen. Su pequeño camino se asemeja a una ruta de espantos; un enorme arsenal de fauces y pinzas se halla expuesto a ambos lados de ella». Pero si trascendiéramos el punto de vista humano y expandiéramos nuestra mirada al nivel cósmico de los dioses, comprenderíamos que la vida humana es infinitamente más frágil e insignificante que la de cualquier insecto. Y si ese insecto es una cucaracha, apaga y vámonos.

El objetivo del presente texto es demostrar, salvando los tamaños, que la cucaracha ocupa en la naturaleza y en el orden terrestre un rango superior al del ser humano, que le permitirá tomar las riendas del mundo en un futuro próximo. Poco importa que el descomunal ego colectivo de la humanidad proyecte un espejismo omnipotente. Las cucarachas se ocultan en la oscuridad, esperando que el Apocalipsis traiga un nuevo amanecer. Carecen de prisa porque tienen el tiempo en sus patas. Al fin y al cabo, ¿qué significa un puñado de siglos para una especie destinada a reinar durante eones?

Millones de dictiópteros no pueden equivocarse

Existen casi cinco mil especies diferentes de cucarachas. De entre ellas, cuarenta habitan en casas y solo tres soportan climas no tropicales, es decir, templados. Las especies que más abundan en esta cloaca llamada España son la «cucaracha del café» (o Blattella germanica), la «supercucaracha» (o Periplaneta americana) y, sobre todo, la «cucaracha negra» (o Blatta orientalis). Quien más y quien menos se ha tropezado alguna vez con uno de esos bichos negros, brillantes, aplanados, de unos tres centímetros de largo. Dos gruesos pares de alas son su principal escudo y la parte fundamental de su cuerpo: no en vano, el superorden al que pertenecen, los dictiópteros, viene a significar «alas en red». Pese a esas alas, que en el caso de las hembras son mucho más pequeñas, la mayor parte de las cucarachas prefiere moverse por el suelo.

Dice un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, que en cada vivienda española habitan unas cuatro mil cucarachas. Y que por cada espécimen que se deja ver, hay unos cien más escondidos. Más que por miedo, se esconden porque no les gusta la luz; y la inmensa minoría que decide salir, lo hace de noche, en busca de algo que llevarse a la boca. Cualquier migaja del peor comistrajo, por ínfima que sea, es un suculento y generoso manjar para estos insectos. Por eso los exterminadores aconsejan aspirar bien los domicilios, puesto que el barrido y el fregado siempre deja restos de comida invisibles al ojo humano.

En estado salvaje, la materia animal muerta es el alimento principal de los blatodeos, estando los pájaros, los murciélagos y los humanos entre sus carroñas predilectas. Aunque en la película Creepshow (George A. Romero, 1982), cientos de cucarachas devoraban a un viejo misófobo, es difícil que esto ocurra en la realidad, pues es poco habitual que estos cautos insectos se lancen a cazar criaturas vivas. Como bien dice Michael Chinery en su Guía de campo de los insectos de España y Europa (1977), «en cautividad, los blatodeos devorarán de buen grado a sus hermanos y hermanas muertos aunque unos a otros no se atacan y matan para conseguir alimento». Pero a falta de chicha comen de todo, masticándolo gracias a sus fuertemente dentadas mandíbulas. Cables, pegamento, heces, pelo, cuero, desechos radiactivos, piedras, plástico… Las cucarachas no le hacen ascos a nada y, si nada encuentran, son capaces de pasar una eternidad en ayunas, reduciendo sus constantes vitales a la mínima expresión.

Matando blatodeos a cañonazos

Las cucarachas estaban ahí antes de que el hombre fuera hombre y seguirán estando ahí cuando el hombre sea polvo. Los primeros fósiles de blatodeos datan del período Carbonífero, hace más de trescientos millones de años. Al parecer, en la prehistoria las cucarachas llegaron a medir hasta medio metro de largo. Se alimentaban de dinosaurios muertos y estaban por todas partes, hasta el punto de que algunos historiadores califican este período como «la Edad de las Cucarachas». Sin embargo, no empezaron a vivir con los humanos hasta que estos se instalaron en cuevas; las cucarachas encontraron ahí un hábitat tan acogedor, cálido y bien surtido como un hormiguero o un nido. Aunque oliera a humanidad.

A lo largo de los siglos esta incombustible especie ha aguantado hambrunas, glaciaciones y tormentas mil. Lo que no la mató, la hizo más fuerte. Y así ha llegado a la actualidad: menguada en tamaño, pero casi indestructible. Un espécimen común vive entre uno y cuatro años, una eternidad en cronología insectil.

La estructura de su cuerpo convierte a la cucaracha en un pequeño tanque dotado de un potente radar. En su libro The Cockroach Papers (1999), Richard Scheweid explica que estos seres poseen unos pelillos en el abdomen conectados al cerebro que les permiten detectar hasta la más mínima brizna de aire que suponga un peligro. Así, cuando un cerebro humano aún está procesando la luz de la bombilla que acaba de encender, la cucaracha ya ha tenido tiempo de esconderse. Porque esa es otra: las cucarachas corren a metro y medio por segundo, recorriendo en ese tiempo cincuenta veces la longitud de su cuerpo; vamos, como si un ser humano corriera a 320 kilómetros por hora. Una marca que no está al alcance ni de Usain Bolt, un jamaicano color Blatta orientalis que está considerado «el hombre más rápido del mundo».

Fotografía: USGS Bee Inventory and Monitoring Lab (CC).

Pero aunque logres cazarla y la pisotees con todas tus fuerzas, es posible que la cucaracha siga viva y esté haciéndose la muerta, tumbándose inmóvil boca arriba y soltando una sustancia que huele a carne putrefacta. Y ahí se quedará, toda tiesa, hasta que la dejes en paz o la tires a la basura, que para ella es como el paraíso terrenal.

Para asimilar la fortaleza de un blatodeo, nada mejor que decapitarlo y comprobar cómo su cuerpo aguanta varias semanas sin cabeza, vivito y coleando, pataleando y correteando a la deriva hasta morir de inanición. Por su parte, también la cabeza es capaz de vivir sin cuerpo, moviendo ojuelos y antenas durante días hasta quedarse sin fuerzas. Menos grave es para ellas perder una pata, puesto que le volverá a salir más pronto que tarde; por eso resulta tan poco creíble El maleficio de la mariposa (1920), la obra de teatro de Lorca protagonizada por una cucaracha a la que le falta una pata.

Fumigar a las cucarachas con organoclorados, organosfosforados, piretroides y otras sustancias es perder el tiempo, pues ellas son capaces de neutralizar casi cualquier sustancia microbiana o química que se les arroje. Al cabo de un tiempo desarrollan una respuesta protectora a la toxina que las hace inmunes a futuros ataques. Al final, el veneno acaba siendo más perjudicial para el organismo humano que para el de los bichos, por más que la industria insecticida cambie de tóxico con frecuencia.

Por si fuera poco, las cucarachas pueden soportar dosis de radiación quince veces superiores a las toleradas por los seres humanos. Si estallara una bomba nuclear, la mayoría sobrevivirían y reinarían en el subsuelo, mientras que el aire libre se lo repartirían la Drosophila (bestia alada de color marrón amarillento, popularmente conocida como «mosca del vinagre») y la Habrobracon, avispa de hábitos parásitos y larguísimas antenas, que inyecta huevos en el cuerpo de otros bichos para que eclosionen allí y devoren a su huésped.

No resulta difícil, pues, imaginar un mundo futuro plagado de cucarachones, moscones y avispones mutantes pululando por ciudades en ruinas, picoteando nuestros cadáveres y los de otras malas bestias aniquiladas por la radiactividad, reproduciéndose como conejos y defecando a diestro y siniestro.

El excremento como arma de destrucción masiva

Si tomamos una lupa y examinamos una muestra de las numerosas heces de cucaracha que hay en cualquier hogar español, veremos unos ínfimos excrementos negruzcos que recuerdan al café molido o a la pimienta negra, si se trata de cucarachas pequeñas. Si son gordas, encontraremos una especie de cilindritos oscuros. Y si se trata de cucarachas americanas, las deposiciones serán grises, alargadas y poliédricas.

Pero que las cagarrutas de las cucarachas sean insignificantes no significa que resulten inofensivas; entre otros males, provocan alergias, ataques de asma, poliomelitis o salmonelosis.

Al vivir en alcantarillas, desagües, conductos de ventilación, zócalos o vertederos, las cucarachas son también capaces de esparcir con sus patitas al menos treinta y tres tipos de bacterias, seis tipos de gusanos parásitos y siete clases de patógenos humanos.

La gran paradoja es que las terribles enfermedades que transmiten los blatodeos que habitan en ciudades se deben, sobre todo, a la porquería generada por el progreso humano. Una cucaracha de campo (Blaptica dubia) o criada en cautividad no es insalubre, sino todo lo contrario: en muchas culturas antiguas se usaban sus cenizas como antiparasitario, analgésico y digestivo. Y aún en la actualidad se comercializa en algunos países el llamado Pulvis Tarakanae (polvo de cucaracha) como remedio para hematomas e hinchazones.

Fotografía: USGS Bee Inventory and Monitoring Lab (CC).

Además, las cucarachas sanas pueden comerse sin problema. Hasta la ONU ha recomendado, con no poco cinismo, el uso de blatodeos como alimento para luchar contra el hambre en el mundo. En este sentido, el encargado del museo de entomología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Bery Almendares, asegura que «estos insectos tienen entre un 40 y un 60 % más proteínas que la carne de res, son más fáciles de digerir y bastante más saludables que una hamburguesa». El experto aconseja, no obstante, ingerir los bichos cuando están en estado inmaduro porque tienen más carne y carecen de alas. Cabría también aconsejar olvidarse de cierta leyenda urbana que asegura que un señor se comió una cucaracha hembra, esta puso huevos en su interior y las crías le devoraron las entrañas.

Unas mentes maravillosas

El cerebro de las cucarachas posee un millón de neuronas y una memoria a largo plazo que les permite orientarse en un laberinto y distinguir la derecha de la izquierda, cosa que no todos los humanos son capaces de hacer. Tocan las cosas y esquivan las trampas gracias a sus antenas finas, largas, flexibles, dotadas de pelillos sensoriales y receptores químicos. Y miran con unos ojos compuestos por miles de lentes, que les permiten ver más de una cosa al mismo tiempo, si bien son incapaces de captar la luz roja. La artista japonesa Yoko Ono intentó (que no logró) plasmar la inabarcable mirada blatodea en su obra Odisea de una cucaracha (2007), que presentaba imágenes de la vida moderna desde el punto de vista de uno de estos insectos.

Sin ser tan asamblearias como las abejas o las hormigas, las cucarachas tienen gran facilidad para ponerse de acuerdo entre ellas y tomar decisiones de grupo, cosa que les será muy útil cuando les toque gobernar el planeta. Tal vez en ese momento, comiencen a agruparse en bandos y enfrentarse por el poder, como ya imaginó el historietista underground Gilbert Shelton en su cómic La guerra de las cucarachas (1987). Armas no les van a faltar. La Eurycotis floridiana, por ejemplo, te dispara a los ojos un dolorosísimo chorro formado por cuarenta sustancias apestosas e hipertóxicas si te acercas a menos de quince centímetros de ella. Y las que no tengan armas químicas, quizás empleen carros de combate. De momento, ya existe un pequeño robot experimental de tres ruedas, desarrollado por el artista e investigador Garnet Hertz, que ha sido pilotado por una cucaracha silbadora de Madagascar.

Cuando la guerra de las cucarachas llegue a su fin, los blatodeos desarrollarán una civilización que, sin duda, será más justa y armoniosa que la occidental. Florecerá una suerte de renacimiento cucarachil, que producirá numerosas obras de arte. Steven R. Kutcher, biólogo que pinta cuadros utilizando insectos vivos, ya ha demostrado que la pulsión creativa de la cucaracha puede ser muy superior a la humana, especialmente en el desarrollo de obras abstractas.

Total, que las cucarachas son listas como el hambre. Solo les falta hablar. Y aunque por ahora solo las de ficción han conseguido el don de la palabra (pienso en las blatodeas parlanchinas de películas como El almuerzo desnudo o El cuchitril de Joe) en realidad ya hay algunas especies que chillan y sisean. Démosles un poco de tiempo y montarán tertulias literarias.

Lubricidad y mutación

Como las personas, las cucarachas tienen complejas danzas y ritos de apareamiento para intercambiar feromonas y tirarse los tejos. Eso sí, a la hora de consumar, el macho cucaracha tiene más estilo y aguante que el varón humano. Su coito puede durar hasta una hora, durante la cual el macho extiende sus alas y la hembra se sube a su espalda para ser fecundada. Al cabo de un mes escaso, la hembra expulsará por su abdomen unos cincuenta huevecillos, de los que brotarán un puñado de ninfas blanquecinas que, tras mudar su membrana por un pequeño caparazón, ya estarán listas para la vida moderna.

Si alguien está interesado en contemplar actos sexuales protagonizados por cucarachas, no tiene más que teclear cockroach sex en YouTube y podrá echar un ojo a unos cuantos. En ellos puede verse con meridiana claridad a dos especímenes pegados por sus genitales, crujiendo de placer, cosa que no les impide seguir correteando a gran velocidad para driblar peligros.

Pero hay que escarbar en webs de dudosa reputación para encontrar grabaciones de «cruces» entre seres humanos y cucarachas. www.heavy-r.com, por ejemplo, alberga vídeos pornográficos hechos por y para regocijo de insectófilos, bajo etiquetas como bug porn. Uno de los más extremos es «Cockroachs Attack Penis», protagonizado por un señor que mete su pene en una botella llena de cucarachas. En descarnados primeros planos, vemos a los bichos pasearse lascivamente sobre el erecto miembro viril del individuo, succionándolo y acariciándolo hasta que este eyacula. ¿Qué lodos nos traerán estos polvos degenerados? En el mejor de los casos, la aparición de una nueva subespecie, un híbrido entre hombre y cucaracha que, a diferencia de los malogrados Gregorio Samsa y Seth Brundle, aprovecharía su mutación para trascender la condición humana. Quizá sea este aberrante pero necesario mestizaje el único futuro posible para nuestra especie. Descender al subsuelo. Tener muchas patas. Ser duro y frío. Cubrir el mundo con negros caparazones, pronunciando entre siseos el viejo mantra nietzscheano: «¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vid, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!».

Fotografía: Geoff Gallice (CC).