Éric Rohmer y el agua salada

Éric Rohmer y el agua salada (1) c
Laurence de Monaghan y Jean-Claude Brialy en Le genou de Claire, 1970. Fotografía: Les Filmes du Losange.

La cineasta Agnès Varda (Ixelles, 1928-París, 2019) decía que todos tenemos un paisaje dentro, y que en su caso, si la abrieran lo que se verían serían playas. No se sabe qué pensaría Éric Rohmer (Tulle, 1920-París, 2010) de esa afirmación, pero es probable que el interior del cineasta fueran también playas. De Saint-Tropez a Normandía y Bretaña, su cine está lleno de playas, en parte por su atención a las estaciones y especialmente al verano. Pero no solo hay playas en sus películas consagradas al periodo estival. Quizá las más evidentes sean Pauline en la playa (1983), la película del verano por antonomasia, y Cuento de verano (1996), pero no son las únicas. Está La coleccionista (1967): ahí las tiranteces entre Adrien, Daniel y Haydée transcurren en una villa en Saint-Tropez, y cada mañana, en su propósito de no hacer nada, de abandonarse y no pensar, Adrien baja caminando a una cala privada y allí se baña en un agua cristalina que deja adivinar las piedras del fondo. También los planos en los que se presenta a Haydée en uno de los prólogos suceden en una playa: Haydée larguísima en bikini, las olas rompen en sus piernas, camina a la orilla del mar, imaginamos la sal en su piel. Como sucede en Pauline en la playa, donde el mar está presente en los bañadores, en la ropa ligera, en la ligera quemazón del rostro de los personajes y en el pelo, también quemado por el sol, no hace falta ver la playa para saber que está. Pauline es la historia de iniciación de la adolescente protagonista, que mientras tiene un primer amor de verano es testigo de los tejemanejes de los adultos, cuya hipocresía descubre. La película, rodada en Graville, transcurre en los últimos días de verano, es la última oportunidad de vivir un amor ligero para los protagonistas. Pauline y su prima llegan a la casa de la playa en el mismo coche con el que las vemos irse al final de la película. La puerta de la casa en la que han transcurrido esos escarceos veraniegos entre adultos, y que han tratado de involucrar a los adolescentes, funciona como un telón. 

El bello verano 

Algo de ese espíritu de paréntesis de felicidad, que tiene que ver con el verano, la suspensión de las obligaciones y la apertura de un periodo al que se fía quizá demasiado, está en El rayo verde (1986). Ahí se siguen las peripecias de Delphine, cuyos planes vacacionales se han caído en el último momento y trata de acoplarse a los de otros con resultados insatisfactorios. El mar aquí protagoniza el plano final: el destello del rayo verde, que provoca el sol al ocultarse sobre el mar, un fenómeno natural sobre el que Delphine oye al azar que al ver el «rayo verde se es capaz de leer nuestros propios sentimientos y los de los demás», según escucha a un grupo de personas que comentan la novela de Julio Verne que comparte título con la película de Rohmer. 

Cuento de verano (1996) es la última película veraniega que rodó Éric Rohmer y se abre en el mar: una lancha en el mar seguida de gaviotas de la que se baja Gaspard, vestido inapropiadamente para la playa y el verano: negro total, vaqueros y cazadora. Además, lleva una guitarra al hombro. Llega a Dinard, donde espera encontrarse con su novia, se hace amigo de Margot y tiene un breve escarceo con Solène. De todas las indecisiones de Gaspard con respecto al amor, ligero o no, es testigo el mar: con las tres mujeres («Eres como un millonario», le dice Margot, la camarera) se encuentra, pasea, se besa, rompe, coquetea, duda en el mar, surcándolo, con él de fondo, mientras las olas rompen de manera suave en la playa inmensa. También a bordo de una barca un acordeonista toca una canción popular mientras Gaspard y Solène le ponen la letra («Voy siempre hacia delante surcando los aires como un cisne»). 

Una promesa de felicidad

Cuento de invierno (1991) comienza con una idílica historia de amor en una playa —el principio de Grease es una versión puritana de ese idilio—. La pareja vive el romance al que todos deberíamos tener derecho: comen pescado, se bañan desnudos en la playa —sin que se meta arena por ningún hueco— y el sexo parece divertido y placentero, lo bastante para que se enamoren al menos. Los dos son guapos y están bronceados pero no quemados y el sol les ha quemado las puntas del pelo y son maravillosos. Eso sí, la chica se equivoca al darle su dirección y, después de las vacaciones, el reencuentro quedará en manos del azar. 

Queda todavía otra playa en la filmografía rohmeriana: la del final de Mi noche con Maud (1969), esta rodada en blanco y negro. Jean-Louis Trintignant es un puritano que una noche tiene un escarceo con Maud; él es católico y trabaja en Clermont-Ferrand, donde Rohmer fue profesor de literatura. Toda la película transcurre en esa ciudad del centro de Francia. Pero acaba en la playa, con la feliz familia que el protagonista ha formado, cinco años después de la noche con Maud. Ahí se encuentran de nuevo los personajes, en el camino a la playa, descubren que el azar es más caprichoso de lo que imaginaban, pero no importa: el mar todo lo lava, y las letras de fin aparecen en la pantalla mientras la familia corre hacia el agua. Para entonces quién se acuerda de las discusiones sobre Pascal del principio. 

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Eric Viellard y Emmanuelle Chaulet en L’ami de mon amie, 1987. Fotografía: Les Filmes du Losange.

La mer, qu’on voit danser

Rohmer, al que acusaron de ser un cineasta literario, en parte por el uso de la voz en off, a propósito de los «Cuentos morales» (ciclo al que pertenecen La coleccionista y Mi noche con Maud), que aparecieron reunidos en un volumen —la edición española es de Anagrama—. Rohmer se defendió en «Carta a un crítico»: «Muestro a gente que actúa y habla. Eso es todo lo que sé hacer, pero ahí está mi verdadera intención. El resto, estoy de acuerdo, es literatura». Sobre esa serie, Rohmer explica en esa misma carta que pensó «muy ingenuamente que podría mostrar bajo una nueva luz algunas cosas —sentimientos, intenciones, ideas— que hasta entonces solo habían recibido una iluminación literaria». También que son morales «porque todo se desarrolla en la cabeza del narrador». Comedias y proverbios, serie a la que pertenecen Pauline en la playa y El rayo verde, es, para Carlos Heredero y Antonio Santamarina, autores del monográfico de Cátedra dedicado a Rohmer, «un fresco casi documental en torno a las costumbres y usos amorosos de la juventud francesa de los años ochenta, y toda la serie está impregnada de un cierto hedonismo característico de la década». 

Rohmer se interesaba por sentimientos e ideas, pero también sabía que el paisaje es importante. En una entrevista dijo que en sus películas la meteorología era un factor muy importante: siempre rodaba a la hora en la que se suponía que sucedían las cosas en la película y procuraba no falsear. «Mi necesidad de hacer cine nace de una necesidad de filmar los fenómenos naturales, (…) el amor profundo por la naturaleza y el deseo de representarla». Dedicó un cuarteto a las estaciones, cuatro películas, una por estación. En algunas de sus películas se percibe un interés también antropológico, como lo hay en filmar el paisaje urbano o rural, y también la naturaleza. 

Romain Gary escribió que «nada que no sea antes que nada una obra de la imaginación merece la pena ser vivido, si no, el mar solo sería agua salada». No sé si Rohmer buscaba algo en el mar, más allá de filmarlo y de contar historias que sucedían en las playas. No creo que proyectara nada en él ni lo hiciera símbolo de nada. Lo filmaba sabiendo que no era solo agua salada. Tampoco todos los personajes esperaban lo mismo del verano ni de sus días a la orilla del mar. De todos los baños que aparecen en las películas de Rohmer, quizá los que más envidia dan sean los de Adrien en La coleccionista, en parte porque es una cala privada a la que se llega andando desde la villa que le han prestado. En la versión literaria, que la película recoge, escribe: 

Al fin estaba solo ante el mar, lejos del rito de los cruceros y de las playas, poniendo en práctica un carísimo sueño de mi infancia, diferido de año en año. (…) Me abandonaba a la mera fascinación de los movimientos de sombra y de luz, sobre el fondo tapizado de erizos violetas y de algas de color marrón, hasta entrar en un letargo que el baño prolongaba. Me gustaba flotar relajado, avaro de mis gestos, y dejarme arrastrar al capricho de las mil pequeñas corrientes que animan el agua del golfo. Este estado de pasividad, de disponibilidad total, parecía hecho para proseguir mucho más allá de la especie de euforia en que introduce el primer contacto anual con el mar. 

Y solo ahí puede que Rohmer sí fuera el personaje. 


Verne, Rohmer, un rayo verde y dos mujeres

rayo verde
Foto: L’Observatoire de La Silla. (CC)

Realidad y ficción son dos caras de la misma moneda. La una no puede existir sin la otra, se retroalimentan y muestran lo que llamamos realidad, que normalmente tiene poco de real. El rayo verde es una de esas cosas a medio camino entre lo real y lo imaginario, cuyo alcance en la ficción y en la realidad es poco conocido. 

Este rayo esmeralda no es otra cosa que un fenómeno parecido al arcoíris, pero mucho menos común y más difícil de ver, ya que deben darse unas condiciones atmosféricas idóneas para su observación. 

Puede verse justo cuando sale o se pone el sol y solo durante uno o dos segundos, según reportan los afortunados que lo han observado momentáneamente. Ocurre debido a la dispersión de la luz blanca del sol en los colores del arcoíris (rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta). Los más fáciles de ver son los tonos rojizos, anaranjados y amarillos, que son los clásicos de una puesta de sol. Pero, si se cumplen los parámetros necesarios, la atmósfera actuará como una suerte de prisma y el color verde ascenderá por encima del rojo siendo el último destello que despida el astro sol. 

Intentar ver el rayo verde es complicado. Muchos niegan su existencia, aludiendo, precisamente, a que es cosa de leyendas y fantasías. Dicen que lo que realmente se puede ver es un punto verde justo cuando el sol se esconde. Rayo o punto, hay miles de fotografías y vídeos en internet que muestran este fenómeno. 

Para verlo es necesario que el día sea claro, que no haya nubes o bruma ni viento y que las capas atmosféricas más cercanas al horizonte actúen como prisma. Es más frecuente verlo en el mar y si se está a cierta altura, básicamente para poder observar un horizonte amplio en el que no se interponga nada. No obstante, también puede verse en otros lugares y a cualquier altitud. Eso sí, no intenten verlo en alguna azotea alta de Madrid en un día sin nubes porque la contaminación lo va a impedir, no pregunten por qué lo sé. 

Las historias de Elena y Delphine

Viajamos a Escocia para conocer la historia de Elena Campbell, una huérfana aristócrata y caprichosa que vive con sus tíos (que le consienten todo) y a la que se le mete entre ceja y ceja que, antes de casarse con el hombre propuesto por sus tíos, tiene que ver el rayo verde. 

A partir de ahí, los tíos hacen las maletas y siguen a Elena por varias islas de Escocia a la caza de un rayo que ni siquiera saben a ciencia cierta si existe o no. Lo que Elena mantiene en secreto es que quiere ver este fenómeno porque la leyenda dice que, gracias a su observación, las personas pueden entender con total claridad sus sentimientos y los de aquellos que las rodean. 

Finalmente, en el trascurso del viaje, la sobrina conoce a un joven mucho más similar a ella que el candidato de sus tíos, que no es más que un pedante marisabidillo que tiene la necesidad de parametrizarlo todo en términos científicos. Cuando, tras muchos intentos, consiguen el lugar y las condiciones atmosféricas y meteorológicas precisas para ver el rayo verde, Elena y su nuevo amor se lo pierden por estar mirándose el uno al otro. A pesar de ello, el fenómeno óptico ha cumplido con su cometido, que Elena aclare sus sentimientos y sepa identificar los del chico que conoce durante el viaje. 

Esta novela de Julio Verne, titulada, cómo no, El rayo verde, se publicó en 1882 y es una de las menos populares de entre todas las del escritor. Es complicado vencer a títulos como Veinte mil leguas de viaje submarino, La vuelta al mundo en ochenta días o Miguel Strogof, más aún teniendo en cuenta que, a pesar de que la aventura está presente en la narración, no deja de ser una historia de amor. 

Aun así, más de cien años después, en 1986, aparecía una película homónima escrita y dirigida por el cineasta francés Éric Rohmer. Esta vez la aventura se desarrolla entre París y la costa francesa. Un cuento mucho más mundano y cercano a nosotros. 

Al contrario de lo que se pueda pensar, el largometraje no es una adaptación del libro, ni hay ningún personaje de la novela, ni el argumento es remotamente similar, a priori porque realmente las protagonistas de sendas obras son muy parecidas en el fondo, si bien no en la forma. 

En El rayo verde de Rohmer, Delphine se queda sin plan para sus vacaciones de agosto porque una amiga la deja colgada. A partir de ahí, sus quince días de reposo no hacen sino estresarla más que el trabajo. Va a la costa con una amiga y vuelve desencantada porque se siente incomprendida, va a la montaña y antes de llegar al alojamiento se da media vuelta y regresa a la ciudad, va de nuevo a la playa y conoce a una sueca que vuelve a hacerla sentir incomprendida y, finalmente, a tan solo diez minutos para el fin del metraje, conoce a un chico en la estación de tren. Casi por casualidad, acaban delante del horizonte esperando para ver el rayo verde y vaya si lo ven, esta vez sí. 

Las casualidades pueblan el cine de Éric Rohmer en cada escena y en cada historia, El rayo verde no es menos y, además, comparte esto con la novela. Elena Campbell finalmente no ve ese destello debido a una multitud de infortunios que se le interponen, mientras que Delphine acaba viéndolo justo por lo mismo que Elena no lo ve: por casualidad. 

Elena y Delphine son muy similares y tremendamente diferentes. Ambas buscan. La primera busca conscientemente ese rayo que le dé claridad a sus sentimientos, la segunda ni siquiera sabe qué desea encontrar, simplemente vaga perdida. Pero las dos quieren lo mismo, dar respuesta a una necesidad, a un vacío. 

Tanto a Elena como a Delphine las increpan para que se emparejen. Los tíos de Elena le buscan un marido, el repelente Aristobulus Ursiclos. Mientras que las amigas de Delphine no entienden cómo ha podido pasar tanto tiempo sola desde su última relación, como si algo estuviera mal con ella, y le recomiendan que salga a conocer hombres. 

Al final de la película, Delphine cuenta realmente por qué está sola. El resumen: porque mejor así que mal acompañada. No quiere tener relaciones superficiales que no le aporten nada y acaben desestabilizándola. 

Las dos mujeres son itinerantes durante el relato, van y vienen, buscan, no encuentran y se vuelven. Hasta que al final ambas, cada una de una forma, encuentran justamente lo que necesitaban: un consuelo para su desesperación. 

Verde que te quiero verde 

En una de las excursiones solitarias de Delphine a la playa, un grupo de mujeres y un hombre están sentados hablando sobre Julio Verne. La protagonista se queda escuchando cómo hablan de la novela y descubre así lo que es el rayo verde. Supongo que, para poner en contexto al espectador, este simpático grupo explica el argumento del libro de Verne y también el fenómeno óptico en términos de física. 

Las señoras de la película llegan a la conclusión de que los personajes de la novela buscan. Y sí, literalmente están buscando ver el último rayo del sol, pero ¿qué cosa puede significar el rayo verde sino esperanza? 

En las dos obras el rayo es un símbolo, es el objeto preciado de las protagonistas, aunque en el caso de Delphine sea inconsciente y no sepa lo que busca hasta el último momento. Ese último destello, con una carga poética y metafórica brutal, no es otra cosa que la esperanza. 

Elena conscientemente y segura de sí misma, Delphine insegura y tímida, no cejan en su empeño, ninguna de las dos, de encontrar algo de esperanza en un mundo que, ya desde 1882, se presentaba como algo hostil y feo. 

En el capítulo tres de la novela, Verne escribe: «¡Si en el paraíso existe el color verde, seguramente es ese, el verdadero color verde esperanza!».

Aristobulus Ursiclos sería tremendamente escéptico a esta afirmación, pues para él ese último destello verde del sol tiene una explicación lógica, sin nada de magia o poesía. Con él, Verne interpela a nuestra parte más racional, nos hace odiar a Ursiclos y abrazar la locura de Elena Campbell para que sintamos la misma emoción que ella por ver el esquivo rayo durante solo uno o dos segundos. 

La vida es tan complicada, y tiene tantas idas y venidas, que a veces dejar ciertas decisiones al azar, a la elección de un fenómeno natural, al verde esperanza, no tiene por qué ser una mala idea. Verne y Rohmer lo sabían, Elena y Delphine nos lo enseñaron. 


4×4: Los mejores discos de 2011

Siempre ocurre en estas fechas. Los medios llenan sus espacios felicitando las fiestas, con inocentadas (en el más amplio sentido de la palabra) y con listas de lo mejor del año. Lo de las listas es un acto de masoquismo gratuito que desde fuera comprendo que sea difícil de entender. Gente bienintencionada se inmola ofreciendo a los lectores sus más íntimas preferencias para que éstas sean pisoteadas sin piedad. Es imposible quedar bien porque nadie va a coincidir con sus propuestas; inevitablemente, va a venir alguien a intentar sacarte los colores poniendo en duda tu criterio. O peor aún, que tras una sesuda disección de los 5000 mejores LPs de música post-folk electrónica del año, llegue un fulano a los comentarios y suelte un lapidario “puta mierda” o “imperdonable olvidarse de la obra maestra del atormentado músico uzbeko Perico el de los Palotes”.

A pesar de ello, cuatro de nuestros redactores que durante los cursos de formación que Jot Down ofrece a sus empleados han acudido al mismo postgrado de Elaboración de Listas Anuales Definitivas que los críticos musicales de las revistas especializadas de mayor arraigo y tradición nacional e internacional, se retratan con los que a su parecer, son los discos más destacables de este año 2011. Al menos, tienen la vergüenza de reconocer que no han escuchado todos y cada uno de los LPs que se han publicado en el mundo a lo largo del 2011 y que han escogido sus cuatro discos tras mirarse fijamente los genitales durante unos minutos. Puede que no opinen que sean los mejores, tal vez ni siquiera sean los que más han sonado en sus equipos de música, pero son los que han decidido reseñar y justifican su elección con unas breves líneas. Y si alguien tiene algo que decir, les esperan en los comentarios con el teclado entre los dientes.

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Great State, de We Are Standard (Mushroom Pillow, 2011)

Para aquellos que ya conocían a WAS por sus dos trabajos anteriores tal vez convendría que sonase un clarín anunciando cambio de tercio. En este EP, aunque conservan el poso de aquel grupo que nos hizo bailar como malditos con On the floor u Other lips, other kisses con la inconfundible la voz de Deu Txakartegi y la percusión frenética, han evolucionado hacia lo que unánimemente se lee por ahí como un sonido más luminoso, más pop, más madchesteriano al parecer, por lo que tal vez se ajuste más la palabra involución a los nuevos derroteros musicales del grupo vasco, en lo que se intuye como un intento claro de inmersión hasta las orejas en el mercado internacional. He de reconocer que he necesitado varias escuchas para decidirme si me gustaba el disco o no, oportunidades que les he dado debido a que siento una debilidad por ellos desde sus inicios. Y lo han aprovechado, porque el cambio de registro gana con cada reproducción: al reducir la velocidad de los temas se han convertido de algún modo en más escuchables que bailables. 07.45 Bring me back home, Let’s say I am in love, Summer, Good ones, Love me… Sí, solo cinco canciones, pero qué canciones. Bien mirado, es de agradecer que no metan morralla y descartes hasta alcanzar la cifra mágica de 12 pistas que justifiquen el nombre (y el precio) de un LP.

Yuck, de Yuck (Fat Possum, 2011)

Implícitamente, destacar el primer disco de Yuck es una reivindicación del sonido indie rock de los 90. Se rumorea que si elaboras una lista con Dinosaur Jr, Teenage Fanclub, Pavement, Yo la Tengo y Yuck y la reproduces en modo aleatorio mientras tarareas desnudo Corrientes circulares en el tiempo frente a un espejo, llega un momento en que todo te suena igual y ves la vida desde otra perspectiva. Y es que esa una de las grandes críticas a este grupo, que no hacen nada nuevo, como si todos los días se inventase la rueda en el mundo de la música. También se dice que sí, que el disco tiene un puñado de (muy) buenas canciones sueltas pero que en conjunto no tienen la personalidad suficiente como para considerar el LP más allá de una curiosidad dentro del revival de finales del siglo pasado. Bien, puede ser. Pero un disco que contiene pequeñas joyas como Get away, Sunday, Holing Out o Georgia, temas sencillamente deliciosos (porque al final, de eso se trata: de hacer canciones bonitas, ¿no?), merece un lugar destacado entre la producción del 2011.

Los pilotos, de Los Pilotos (El Volcán Música, 2011)

Dentro de la deriva flamenca de los últimos discos de Los Planetas, encontramos en su último trabajo (Una ópera egipcia) dos temas con una componente mucho más electrónica (La Veleta y Los Poetas) al parecer fruto de la influencia de Banin, al que siempre le ha ido la marcha con los teclados y sintetizadores. Fuera de los corsés del inefable grupo granadino, lo que comenzó siendo una experimentación de Florent y Banin con algún que otro bolo por ahí, se fue tornando en algo más serio y que ha cobrado forma en este primer (¿y último?) LP del dúo. Mezclas, arreglos, samplers y riffs de guitarra que crean bandas sonoras de accidentadas salidas nocturnas u obsesivos ritmos que te envuelven en penumbras psicodélicas… ehm… bueno, es lo que tiene la música instrumental, que cada uno la interpreta como quiere. Dentro de algún tiempo puede que nos riamos por este experimento gracias al que, por una temporada, Los Pilotos fueron los Azul y negro de la música indie. Mientras tanto, podemos disfrutar bailando en modo hinchador de colchonetas con temas como Cero en blanco y Vuelo rasante con ametralladora o poniéndonos melancólicos mirando la lluvia por la ventana mientras suena la más planetaria Felinos a la mar.

Belong, de The Pains of Being Pure at Heart (Slumberland / Play It Again Sam, 2011)

Había ganas de escuchar el segundo largo de este grupo neoyorquino gran amante del kalimotxo tras el par de buenos EPs que sirvieron de puente desde su aclamada (dentro de su orden de magnitud) primera entrega homónima. Rodearse de productores que trabajaron conThe Smashing Pumpkins, Depeche Mode, The Jesus & Mary Chain o My Bloody Valentine inquietó a más de uno, temerosos de que la frescura y el tono alegre y desenfadado se pervirtieran en el reverso tenebroso de ese gran coco que es el mainstream. Tras la escucha del single de presentación sí que se apreció que se les había ido un poco la mano en la producción (la gente, que es muy mala, los rebautizó como The Pains of Being Smashing Pumpkins) pero fue una falsa alarma; el LP continua la línea ascendente del grupo con grandes canciones como My Terrible Friend, The Body o Heart In Your Heartbreaks, tal vez perdiendo un poco de la chispeante inocencia de sus primeros temas pero asentando las bases para una larga y fecunda trayectoria profesional con un sonido más pulido.

Tirso Montañez

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No time for dreaming, de  Charles Bradley (Daptone Records, 2011)

Este eterno imitador de James Brown, para muchos el mejor de todos con diferencia, ha llegado al gran público tras más de cuarenta años moviéndose en el mundo de los “homenajes” al más puro estilo de los millones de Elvis en Las Vegas. Esta maravilla está llena de pedazos de la vida de Charles, una vida que comenzó en la calle y que cambió por completo el día en que su hermana lo llevo a ver a James Brown al teatro Apollo, actuación que le hizo dejar las calles y dedicarse en cuerpo y alma a ser como Brown. Pero el camino no iba a ser fácil y Bradley no disfrutó de apenas oportunidades, lo que en parte le llevó a ir atesorando vivencias que se han convertido en verdaderas maravillas funk y soul. Es inevitable escuchar este disco y que no te venga El Padrino del Soul a la mente, y eso es un honor para cualquier mortal. Una de esas voces llenas de historia que suena más actual que Brown pero que sigue sonando eterna. Sin ninguna duda esta obra realizada por este soñador es uno de los indispensables del año.

Barn doors and concrete floors, de  Israel Nash Gripka (Continental Song City, 2011)

De Missouri a la Gran Manzana para madurar como músico, pero al final resultó no ser el lugar ideal para crear el último trabajo de Gripka. Este disco nace en el estado de New York, pero en un  lugar completamente diferente a la jungla de asfalto y cristal que es Manhattan. Nace en las montañas Catskill, entre ríos, árboles y enormes campos, empapado del más puro sonido Americano. Con influencias como The Band o Neil Young (a quienes es imposible no recordar cuando se le escucha), Nash Gripka es uno de los llamados a ser grande en la música yankee. Suena americano, a barras y estrellas, a duras acústicas, a bourbon, a folk, rock, americana y lo que quiera. Con armónica o con lapsteel, con banda o en solitario, sus temas llegan y suenan perfectos. En una época en la que parece que los sonidos añejos tienen más fuerza que nunca y en la que a los nuevos grupos parece que los conozcamos de toda la vida, Gripka viene para quedarse siendo ya un grande.

El camino, de The Black Keys (Nonesuch Records, 2011)

Disco nuevo y vuelta a superarse, Dan Auerbach y Patrick Carney lo han vuelto a hacer: nos han dejado otro imprescindible (y ya van unos cuantos). Los de Akron (Ohio) nos demuestran que dos son suficientes para hacer rock & roll (algo que ya nos decían los desaparecidos The White Stripes). Este disco tiene tintes rock, blues, garage, surf, glam y de lo que les dé la gana porque lo hacen todo bien. Si a todo esto le sumamos la ayuda de Danger Mouse en la producción, obtenemos un coctail perfecto. Guitarras que suenan añejas y sucias acompañadas de ritmos más actuales, nos atrapan desde el primer corte hasta el último. A pesar de sonar guitarreros, Auerbach y Carney siempre han dicho que sus influencias no se quedan en el rock y el blues, es más, llegan de estilos que en principio creeríamos alejadísimos de su música como pueden ser el Hip-Hop o la electrónica. Este El Camino es un regalo perfecto para terminar y empezar bien el año.

En la imaginación, de Sílvia Pérez Cruz & Javier Colina Trio (Nuba Records/Producciones Contrabaix, 2011)

Dos nombres en la portada pero cuatro virtuosos en sus entrañas. Sílvia Pérez (Voz), Javier Colina (Contrabajo), Marc Miralta (Batería) y Albert Sanz (Piano) con la colaboración en algunos cortes de un impresionante Perico Sambeat (Saxo Alto) nos han dejado una de las grandes obras jazz del año. España es un país con músicos de jazz con renombre internacional (no hay más que ver los aquí mentados) pero que no acostumbra a tenerlos en las listas de destacados (por desgracia esto pasa con demasiados músicos y estilos) cuando de este país salen verdaderas joyas como este En la imaginación. Tanto voz como instrumentistas están simplemente perfectos y con ello consiguen embarcarnos en un viaje que en diez pistas nos lleva hasta el Spanish Harlem de mediados del siglo pasado. Una delicia que merece aparecer en al menos una lista este año y que todo amante de las cosas bien hechas debería escuchar.

Alain Raya

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David comes to life, de Fucked Up (Matador, 2011)

Fucked Up es esa ruidosa banda canadiense que trae de cabeza a los redactores del New York Times cuando estos se las han de ver haciendo  malabarismos absurdos para reseñar conciertos y noticias de la formación sin escribir el (para la editorial) ofensivo nombre del grupo. Decisión que  conlleva hilarantes resultados, como citarlos en el propio NYT como “********”  en algunos casos y en otros referirse a ellos como “aquella banda canadiense cuyo nombre no será publicado en este periódico hasta que el presidente lo diga por error.”

Locuras de la corrección política aparte, David comes to life se instaló en el radar de todo el mundo gracias a su demente propuesta —una ópera rock de 80 minutos, algo insólito en el punk—, dividida en cuatro actos de trama enrevesada y metareferencial: a principios de los ochenta un trabajador de una fábrica de bombillas (David) se enamora de una desconocida (Veronica) y ambos deciden fabricar una bomba con fatales consecuencias. Según avanza la función todo se enajena hasta tal punto que el narrador de la historia llega a pelear con el protagonista por el control de la trama e incluso adquirir el rol de villano. Y a partir de su meridiano se ofrecen nuevos puntos de vista de la desgracia. Si uno no está por la labor para seguir el hilo no tiene importancia, la cosa funciona igual de bien como disco cañero. Y sí, Damian Abraham parece que ha hecho gárgaras con lava y más que cantar los versos los ladra en medio de una tormenta de guitarras atronadoras, pero ese es exactamente el encanto de un disco que rebosa rabia musical y tanto te vuelve loco con una función inverosímil como te muerde de forma salvaje la cabeza.

Helplessness Blues, Fleet Foxes (Sub Pop, 2011)
Lo peor de estrenarse con un disco cojonudo es que cuando estás horneando el segundo todo el mundo te tiene en la mirilla del fusil y te apunta desde lugares muy, muy elevados. Fleet Foxes consiguieron ponerse por sombrero coronas de laureles con la sencilla y genial propuesta de su disco homónimo de 2008, demostrando entereza artesanal y  autentica pasión por su trabajo. Tres años después y tras un accidentado proceso de gestación (se perdieron irremediablemente pistas grabadas con lo que 60000 dólares se fueron por el retrete, no había forma de cuadrar las agendas de los componentes e incluso la novia de Robin Pecknold le abandonó al no poder soportar el estrés que generaba en él  el proceso de grabación) apareció Helplessness Blues, un disco más oscuro, preciosista, experimental,  de lírica existencial y brillantemente esculpido: hasta el caos eventual del mismo parece estudiado al milímetro. Fleet Foxes abrazan el folk americano y no se dedican a retorcerlo vilmente sino que lo hacen suyo dejándolo fluir, le insuflan corazón entre agraciadas armonías y consiguen lo impensable: que Mumford & Sons a su lado parezcan una orquesta de pueblo.

Hurry Up, We’re Dreaming, de M83 (Mute, 2011)

A lo que más se hace alusión en las reseñas de lo nuevo de Anthony Gonzalez es al carácter de viaje épico premeditado del disco; no en vano el hombre se pasó bastante tiempo diciendo que estaba embarazado de algo muy grande. Del dicho al hecho hay un camino intermedio bastante intrincado y por eso los precavidos decidieron no fiarse demasiado. Entonces apareció Gonzalez con Hurry up, we’re dreaming y su portada ochentera debajo del brazo, y no hubo más que sacar la bandera blanca ante la evidencia. Reinvención de un sonido electrónico moderno con los pies en el clasicismo y melodías que curiosean, con los ojos tanto posados sobre Depeche Mode como MGMT o el aire conceptual de Mellon Collie and the infinite sadness, latidos synths y un esqueleto poco convencional: doble cedé con 22 temas que alargan el viaje nocturno más allá de la hora, con un tracklist de construcción arquitectónica: todo parece estar colocado en su sitio y los setenta minutos se hacen coherentes y cortos a la vez, incluso sabe como tender el cebo desde el principio, una intro evocadora con Zola Jesus y a continuación el espléndido temazo Midnight City. Hurry up we’re dreaming huele a ensoñaciones de madrugadas, a soundtrack de monstruos nocturnos, a extraños lugares y a sensaciones iluminadas por neones.

Strange Mercy, St. Vincent  (4AD, 2011)

Una Annie Clark (hábilmente camuflada bajo el nombre de St. Vincent) que además de entrañable resultó ser talentosa como multiinstrumentalista y letrista, se acercaba al terreno incierto del tercer álbum. Strange Mercy debutó en septiembre de 2011 y la consagró como una de esas voces que han conseguido construir alrededor de sus obras un universo propio reconocible y con aires de renovación musical. En Strange Mercy se atreve a utilizar como estribillo una frase dantesca de Marilyn Monroe (“best, finest surgeon, come cut me open”) durante el tema Surgeon, a pervertir un arranque muy Disney en una amenaza pop (Cruel) decorada con sus característicos riffs distorsionados de guitarra, a no ocultar su romanticismo cinéfilo (Chloe in the Afternoon, la cual realmente solo comparte similitudes con la película de Éric Rohmer en su título) o a convertir la reiteración de un lamento en la primera persona del singular (Cheerleader). Camina entre retazos de Björk, PJ Harvey, Sufjan Stevens o Peter Gabriel sin parecerse ni tener tanto en común con ninguno de ellos. Damas y caballeros, el universo de Annie Clark.

Diego Cuevas

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We Must Become the Pitiless Censors of Ourselves, de John Maus (Upset the rythm, 2011)

John Maus es un doctor en filosofía al que siempre le interesaron la música experimental y las performances. Buena cuenta da de ello en sus conciertos que consisten únicamente en la reproducción del álbum mientras él se dedica a gritar y agitarse con su voz grabada sonando de fondo. Actuaciones que muchos de los asistentes califican directamente de estafa y que ha costado a la organización de varios festivales la emisión de comunicados posicionándose a favor o en contra del contratado. Pese a haber sacado dos álbumes antes que este, es We must become… el álbum que lo ha dotado de fama internacional al saltar al radar de los medios musicales especializados más populares en la red. Centrándonos en los cortes del disco cabe destacar el tema principal, Believer. En él, una serie de efectos indescriptibles y arrítmicos se entremezclan resultando un tema épico en el que la única melodía la aporta el eco de la voz de Maus. Un tema cuyo estribillo (“Me llaman el creyente”) da a entender que habla de la fe; aunque resulta difícil afirmarlo cuando en el resto de la canción solo menciona diversos objetos y personas que dan la vuelta al mundo. También debemos resaltar la apertura del álbum, Streetlight, que supone uno de los mejores cortes, y a la vez uno de los más sencillos, compuesto de apenas un par de acordes repetidos y sólo dos versos. Keep pushing on quizá sea el tema que mayor aceptación recoje al tener una base sin distorsiones bien marcada y un estribillo pegadizo. Todo lo contrario a Quantum Leap, que llega a coquetear con el shoegaze al incluir efectos que no sabríamos decir si provienen de un teclado o de una guitarra y es, sin duda, el tema más ruidoso del álbum. Pero no solo viene cargado de temas enérgicos, ya que en contraste tenemos los calmados And the rain y Hey moon, con unos teclados más calmados que en las anteriores. Bien cargado de sintetizadores, efectos estridentes y voces con eco, el disco recuerda tanto a la electrónica de sonido bruto de Kraftwerk como, por veces, a los toques más experimentales del rock de New Order a principios de los 80.

Bon Iver, de Bon Iver (Jagjaguwar, 2011)

Cuatro años después de su debut For Emma, forever ago, la banda de Justin Vernon volvió por la puerta grande y con un éxito de crítica y público gracias a su homónimo segundo álbum, llegando a conseguir incluso una reciente nominación al Grammy al mejor álbum del año, hazaña poco habitual en una banda independiente. Desde el mismo comienzo con Perth, esa intensidad en ascenso con un tambor marcando el ritmo nos da una pista del amplio espectro musical que abarca el disco. Utilizando como hilo conductor localizaciones del medio-este de los EEUU, origen del cantante, hace un repaso a sus recuerdos amorosos y de la infancia rozando los extremos del ánimo. Así, de la ilusión y alegría con la que recuerda a un antiguo amor en la preciosa Towers, pasa a un duro golpe en la desasosegante Holocene. Y es que a cualquiera se le hiela el alma al escuchar a este hombre lamentarse de aquellos días en los que pudo haber sido magnífico. Quizá el gran mérito de este álbum sea la armoniosa combinación entre distintos tipos de instrumentos clásicos, pues bien cargado va el disco de cuerdas, percusiones y vientos, con los arreglos electrónicos más sofisticados y sutiles. Una combinación de sonidos que se disuelven de manera impecable, amoldándose a la voz en falsete del solista.

Kaputt, de Destroyer (Merge, 2011)

El canadiense Dan Bejar volvió este año con su nada menos que noveno álbum de estudio, y aún no hemos sido capaces de cerrar la boca aquellos que le hemos descubierto con este Kaputt. Desde el maravilloso comienzo con Chinatown, donde el solista nos cuenta su frustración al no ser capaz de encontrar una forma de evadirse, su voz va acompañada de un saxo que aporta un toque funk presente en todo el disco. Sigue con Blue Eyes, un dueto en la línea del Prince de finales de los ochenta que enseguida da paso a Savage Night at the Opera, uno de los temas más electrizantes a medio camino entre OMD y Belle & Sebastian y la Suicide Demo for Kara Walker, donde con tono alegre va narrando un desencanto amoroso. También debemos destacar la peculiar Kaputt, una de las mejores revisiones irónicas que se han escrito acerca del fracaso de un artista, que presentó a principios de año con un videoclip indescifrable. Letras de diversos temas, del amor a la política, la voz contenida de Bejar en contrapunto con la sensualidad de sus compañeras femeninas y, sobre todo, la ya mencionada inclinación a la música negra de hace treinta años, hacen de este disco quizá la mayor sorpresa del año.

James Blake, de James Blake (ATLAS, 2011)

Este jovencísimo debutante inglés apareció a principios de año con un álbum que lleva su nombre y parece que no ha dejado indiferente a nadie con su propuesta. Aficionado a salir borroso en las fotos y en sus vídeos, ha sabido crearse una imagen reconocible a simple vistazo, siempre actuando bajo una luz azul, haciendo gala de un minimalismo que sorprende por poco habitual en el género. Y es que este álbum ha supuesto una vuelta de tuerca en el dubstep que le ha hecho ganarse una minúscula cantidad de detractores y una enorme masa de fans. En los temas del álbum podemos encontrar estrofas repetidas con pocas variaciones acompañando bases sencillas, que no simples, que muestran la gran capacidad de adaptación del artista. Como ejemplo tenemos The Wilhelm Scream, una sola estrofa que cambia una palabra a lo largo de toda la canción y, sin embargo, hace que nos absorba completamente ese envolvente sonido. O Limit to your love, que consigue grabarse a fuego desde la primera escucha gracias a la falta de artificios y lo directo que consigue ser. Sin embargo cabe mencionar también su EP Enough thunder, enteramente acústico con una maravillosa versión del A Case of You de Jonni Mitchell. Gracias a él Blake desmuestra que además de ser una revelación y figura clave a seguir en la música electrónica, sus capacidades musicales no se acaban en ese género y puede llegar a acercarse al polo opuesto, a la sensibilidad de los compositores como Anthony Hegarty o Rufus Wainwright.

Jairo G. C.

Lista de reproducción en Spotify: Mejores discos del 2011.