No puedes convencer a un «escéptico» y eso debería preocuparte

Imagen: DP.

Durante años hemos aprendido y leído con placer y admiración Materia, la sección de ciencia de elpaís.com. Por eso cuando el otro día apareció en portada un artículo titulado «No puedes convencer a un terraplanista y eso debería preocuparte» automáticamente nos preocupamos. Tras leerlo con la máxima atención el resultado fue todavía más preocupante. Por ello decidimos tomarnos el tema muy en serio y analizarlo minuciosamente.

En primer lugar, ese mismo día en la edición digital de elpaís.com el artículo comentado compartía importancia con otros dos artículos que llamaban la atención. En uno el activista James Stern, afroamericano, explicaba cómo había convencido al líder de un grupo neonazi de cederle el puesto, con el objetivo de hacer desaparecer dicha organización. En otro, Cynthia Petrigh, experta en derecho internacional y género, y cuyo trabajo es negociar con criminales de guerra, contaba que tras una charla con rebeldes de República Centroafricana en 2012 uno de ellos le había dicho «También hemos hecho esas cosas, pero ahora que tú nos enseñas que está mal, dejaremos de hacerlo». Si era posible convencer a líderes neonazis y a criminales de guerra, algunos incluso con delitos de sangre a sus espaldas, pero no a un terraplanista, efectivamente estábamos ante un tema preocupante que debía ser estudiado con detalle.

La seriedad del problema quedaba plasmada a lo largo y ancho del artículo: «Es un fenómeno global, […] al que cuesta asomarse sin bromear»; «Es el caso más extremo, el más puro»; «buena parte de los terraplanistas son a su vez antivacunas». Terrible. Era necesario entender con el máximo rigor el fenómeno para poder buscar soluciones o defendernos del tremendo peligro acechante.

En primer lugar, ¿qué provoca que ocurra todo esto? Uno de los motivos y problemas que, al parecer, impiden convencerles, son «mecanismos sicológicos muy poderosos, como el pensamiento motivado» y que «si la ciencia me desdice, es que la ciencia está comprada». Debe ser cierto, porque Adam y Sean, antiguos flat earthers, comentan en las entrevistas que les hacen en el canal de YouTube «Fight the Flat Earth» cómo era estar dentro de dicho movimiento. Sí, el tiempo verbal «era» es correcto. Hablamos del pasado porque ambos contaban cómo lo dejaron. Adam, por cierto, tenía un canal promoviendo el terraplanismo. Ya lo ha cerrado. Lo curioso es que no es complicado encontrar más casos de personas que han abandonado el terraplanismo. Estos hechos resultan extraños. ¿Cómo es posible que hayan dejado el movimiento si no se les puede convencer? ¿Quizá fue de manera espontánea? En el vídeo ambos lo explicaban, pero ¿les convierte eso en un contraejemplo de la premisa de partida del artículo? Ahora teníamos dos vías de preocupación: los mecanismos esos y los fallos en las estrategias de fidelización terraplanista.

El problema de los mecanismos es que no está claro cual es realmente el detonante. Por un lado, parece ser que la principal razón por la que se hace uno terraplanista es porque se convence de forma espontánea, solo, sin ayuda de nadie: «La mayoría de terraplanistas no han sido convencidos, se han convencido al verse incapaces de demostrar que bajos sus pies hay una bola de 510 millones de kilómetros cuadrados». ¿Debemos entonces callar? ¿Es la solución no hablar del tema, no crear contenidos relacionados, y así evitar que nadie intente convencerse y acabe convertido? ¿Es entonces un problema escribir sobre el terraplanismo, aunque sea para atacarlo, porque podríamos motivar que más gente piense sobre el tema y se autoconvenza? ¡Menudo dilema!

Por otra parte, y siempre según el texto, «YouTube es la clave». Un estudio, de momento el único que hemos visto pero seguro que en breve aparecerán más, sirve como conclusión definitiva y probatoria. «YouTube parece ser la amalgama de la comunidad de la Tierra plana». Así que la comunidad terraplanista, creencia de orígenes milenarios, y de la que podemos encontrar referencias de sus versiones modernas en Google Ngram ya a finales del siglo XVIII, debe su poder a YouTube, una plataforma lanzado el 14 de febrero de 2005. Comunidad por cierto que tuvo también un interesante crecimiento, reflejado en la historia reciente de su principal exponente, The Flat Earth Society. Esta llego a finales del siglo XX a tres mil quinientos miembros (o eso decía su líder), pero casi termina desapareciendo por una caída de los miembros abrupta. A día de hoy aparecen registrados unos preocupantes quinientos cincuenta y cinco terraplanistas. Algunos de ellos lo hacen de manera anónima (UNLISTED). ¿Quizá sean incluso investigadores o curiosos, que no apoyan realmente dicha sociedad? Por cierto, me temo que no podemos confirmar ni desmentir si estamos asociados o no.

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A la vista de estos datos parece que la conclusión que debemos obtener del artículo es clara y rotunda: antes el terraplanismo no era un problema tan preocupante, pero ahora sí que lo es, por culpa de YouTube. YouTube es quien provoca que todo aquel que se inicie en el terraplanismo no pueda dejarlo nunca. Bueno, todos salvo Adam y Sean. Y los que no intentamos convencer, claro. Porque si no se les puede desconvencer pero hay desconversos, debe ser porque también se desconvierten solos, de manera espontánea, revirtiendo el proceso de convencimiento autoespontáneo de manera natural. Como podemos comprobar el problema es complicado de entender para los no iniciados.

Si recapitulamos y juntamos las premisas del artículo, llegamos a otra conclusión todavía más preocupante. Primero: se convencen solos, no les convence nadie. Segundo: no se puede convencer a un terraplanista (se entiende de que deje de serlo, digo por la premisa anterior). Esto implica que su número solo puede crecer. Como en un apocalipsis zombi, para hacer una comparación fácil de relacionar. O como rezaba el viejo chiste: «el que entra no sale». Tercero: el motivo por el cual el terraplanismo crece ad infinitum y no puede reducirse es la «amalgama» YouTube. Bueno, también afectan algo ciertos mecanismos sicológicos, conocidos y asociados a menudo a sectas, pero en realidad es YouTube. ¿Es la conclusión entonces que la solución pasa por censurar YouTube? Si es así, cualquier otro canal de comunicación que permita la difusión del terraplanismo también. ¿O no? El problema, ¿se circunscribe solo a YouTube? Estando ante un peligro tan grave cualquier medida preventiva es poca. ¿Y qué hacemos con los ya conversos al terraplanismo? Para evitar que convenzan a otros, ¿les bloqueamos el acceso a YouTube? ¿O directamente los encarcelamos y evitamos cualquier contacto con otros humanos? Dudas que demuestran que el tema es preocupante, y que se hace necesario entenderlo mejor para buscar soluciones.

Para empezar, es posible que una parte del problema se pueda resolver atacando a lo que el artículo considera una de las claves: el algoritmo de YouTube. Reza el texto que «muchos especialistas han denunciado cómo el algoritmo de recomendaciones de YouTube termina convirtiéndose en una espiral descendente hacia contenidos cada vez más extremistas, manipuladores y tóxicos». Desafortunadamente no se aporta ninguna referencia para que podamos revisar los trabajos de estos especialistas. También se argumenta que «Lógicamente, estos mensajes tienen derecho a subirse a la red, pero los algoritmos los están promocionando por encima de contenidos relevantes». De nuevo no encontramos ninguna prueba, referencia o estudio que confirme esta afirmación con datos sólidos obtenidos de YouTube. La mayoría de las pruebas se basan en entrevistas con expertos. No nos arredramos ante la falta de evidencias. El problema es grave así que debemos hacer algo. Por ejemplo, preguntar a YouTube.

Desafortunadamente en el artículo no hay ninguna referencia de la compañía. Desconocemos por qué no se ha preguntado directamente a la fuente del problema, pero seguro que existía una buena razón, motivo por el cual nosotros tampoco lo haremos. Sin embargo, sí nos parece importante entender mejor cómo funciona la plataforma de difusión de contenidos y sus algoritmos. Y hay veces en que, para aprender, mejor que un experto o un académico es una fuente profesional experimentada. Así que preguntamos a 2btube por su experiencia sobre YouTube. Empresa fundada en España a finales de 2014 por Bastian Manintveld y Fabienne Fourquette, actualmente representa a más de quinientos talentos de habla hispana en todo el mundo, y cuenta con oficinas en España, Miami, México, Ecuador y Colombia. Su audiencia global es de más de mil quinientos millones de reproducciones al mes y doscientos sesenta y cinco millones de suscriptores. Preguntados por los principales contenidos que se consumen en YouTube nos dicen que «si solo tenemos en cuenta el número de suscriptores o de visualizaciones mensuales, los youtubers más destacados pertenecen a la categoría de videojuegos y entretenimiento. Sin embargo, hay youtubers en el sector de lifestyle que están muy lejos de alcanzar el número de visualizaciones que obtienen los canales de videojuegos pero, en cambio, son verdaderas celebrities».

Sobre los peligros de YouTube en lo relativo a difundir pseudociencias su visión es clara. «YouTube es, en palabras del propio YouTube, una plataforma con presencia mundial que permite publicar y compartir vídeos a cualquier usuario, desde creadores independientes a grandes organizaciones multimedia. Los espectadores acuden a YouTube para ver una gran variedad de contenido según sus intereses, desde gameplays, maquillaje, ciencia o noticias de política internacional. YouTube es un medio de comunicación completamente democrático, es decir, todo el mundo puede difundir un mensaje siempre y cuando cumpla con sus normativas básicas; global, es decir, no hay fronteras y puedes ver vídeos de creadores de cualquier país; y ajeno a cualquier tipo de programación lineal, es decir, puedes ver lo que quieras cuando quieras y desde cualquier dispositivo conectado a internet. Pero la plataforma revisa los vídeos para comprobar que cumplen con su normativa, y además cualquier persona puede denunciar un contenido si considera que no es apto. YouTube tiene muy en cuenta todas las denuncias y puede llegar a eliminar vídeos e incluso canales. Cuando más activa sea la comunidad de usuarios de YouTube más control habrá de los mensajes emitidos».

Para una empresa como 2btube la capacidad de difusión de contenidos y de llegar a audiencias masivas y de nicho es muy importante, así que les preguntamos por la relevancia de los contenidos pseudocientíficos. «Actualmente se suben a YouTube más de cien horas de vídeo cada minuto. Se ven más de mil millones de horas de vídeo al día en YouTube. En 2015 la empresa afirmaba que eran quinientos millones y un año antes la cifra era trescientos. En la plataforma se comparten miles de contenidos y todos ellos diferentes. Videojuegos, deportes, manualidades, moda, belleza, motor… En YouTube hay de todo y todo tiene cabida. Por tanto, ¿qué es residual y qué es relevante en YouTube? Más bien hablaríamos de contenidos más compartidos o que son tendencia porque, de repente, toda la plataforma se llena de esa temática. Ocurrió con el videojuego de moda, Fortnite, y con el Momo Challenge, por ejemplo. Ciertos contenidos enfocados en ciencia, como por ejemplo el canal de Quantum Fracture, están teniendo muy buena acogida entre los usuarios de YouTube. También otros que van en contra de la comunidad científica están ahí y no pueden ser ignorados».

Analizando con ellos el impacto que pueden tener los contenidos pseudocientíficos para convencer a quienes los consumen, nos comentan que «como cualquier otro medio, ya sea digital, escrito o audiovisual, si la argumentación está trabajada, tiene cierta base científica y la persona sabe de qué va el tema, por supuesto que pueden convencer a los espectadores. También hay temas que los lectores o espectadores no dominan o casos en que se utilizan argumentaciones bien realizadas que pueden engañar al espectador. Nos ocurre diariamente con las fake news o documentales de dudosa credibilidad, por ejemplo».

En conclusión, en YouTube hay una gran variedad y cantidad creciente de contenidos; lo que más se consume es entretenimiento y videojuegos; las modas y tendencias influyen mucho en el tipo de contenido (pero tras su ventana de efervescencia suelen desaparecer); los pseudocientíficos pueden utilizar YouTube para difundir su mensaje, pero la comunidad científica, los usuarios y la propia plataforma de YouTube cuentan con mecanismos para defenderse y controlar que los contenidos cumplan con una normativa. Parece por tanto que YouTube no es tan peligroso como se podía intuir.

Además, si aceptamos la premisa del artículo como cierta, bastaría con cambiar el algoritmo de YouTube para resolver el problema. ¿Qué sabemos del algoritmo? Vamos a intentar entender mejor esta parte del problema. En primer lugar es bastante conocido el concepto de «cámara de eco» (o echo chamber) asociado al mundo de los medios. Se refiere al impacto en las creencias de escuchar y leer siempre los mismos argumentos de la misma gente. Algunos autores lo relacionan con el «tribalismo cultural». También relacionado está el concepto de «filtro burbuja», explicado en su charla TED por Eli Pariser. Y lo que es peor, si solo tenemos contacto con gente que piensa como nosotros podemos llegar a creer que lo sabemos todo, volvernos más extremistas y ser más propensos a la falacia.

Por lo tanto, parece evidente que los algoritmos de recomendación nos pueden influir y sesgar. También que dicha influencia es un problema. Bueno, siempre que sea correcto que nos muestran siempre el mismo tipo de información de las mismas fuentes. Por cierto, este fenómeno lleva ocurriendo fuera del mundo digital miles de años, y se lleva estudiando académicamente su uso por particulares y organizaciones desde décadas antes de la aparición de internet. El fenómeno del marketing de boca a boca o «Word of Mouth Marketing» es ampliamente conocido. Según Francis Buttle, «el boca a boca es reconocido desde hace muchos años como una importante influencia en lo que la gente sabe, siente y hace». Desde Filípides corriendo hasta Atenas, pasando por Paul Revere avisando a los colonos de que difundieran el mensaje de la llegada de los ingleses, hasta nuestros días. Por lo tanto el problema parece que no está en la existencia de una plataforma. Si acaso la plataforma, como otros medios de comunicación más eficientes y masivos a lo largo de la historia, puede servir para amplificarlo.

En cualquier caso, si el problema es el algoritmo, tenemos una buena noticia. Al teclear en el buscador de Google las palabras «YouTube algorithm guide» podemos encontrar casi cuarenta millones de resultados. Igual que en Google, el SEO (Search Engine Optimization) depende de conocer el algoritmo. Y comprenderlo es vital para el negocio de millones de empresas. Por lo que gran parte del funcionamiento del algoritmo, Panda o Penguin o el que toque, es conocido y está disponible en abierto. Algoritmos que en todas las plataformas están cambiando continuamente, no solo en Google o Youtube, también en Facebook. Incluso podemos tener contacto directo con la gente de Google o YouTube por diversas vías para aprender o preguntar. A fin de cuentas YouTube es básicamente un buscador. Es más, en algunos países es el buscador donde más consultas se hacen, por encima de Google. Otros algoritmos de recomendación sin embargo no explican de manera tan abierta el criterio por el que nos recomiendan contenido. Por ejemplo, los de muchos medios digitales utilizan para recomendar artículos de su hemeroteca. En conclusión, el impacto del algoritmo es relevante pero también es cambiante y tendría fácil solución.

Quizá el problema con YouTube esté en otra parte. Seguimos buscando y encontramos que el artículo cita al experto Alex Olshansky, quien nos dice que «un usuario individual de YouTube por ejemplo, sin respeto por la verdad, el rigor o la coherencia, en algunos casos puede llegar a una audiencia comparable». Para ilustrarlo el artículo incluye un gráfico de Google Trends sobre el crecimiento de los contenidos asociados al concepto en inglés «Flat Earth» en YouTube. El gráfico es terrible. Muestra claramente un crecimiento abrupto y sostenido. No olvidemos que estos contenidos pueden afectar a los miles de millones de personas que tienen acceso a YouTube, y que están expuestas a todo lo que esos quinientos cincuenta y cinco miembros de la Flat Earth Society pueden generar. Poca broma con esto.

Para comprender mejor el peligro hacemos, de nuevo, un sencillo experimento en YouTube: buscamos «terraplanismo». Lo primero que nos aparece es el «Trap of the Flat Earth», que cuenta con más de dos millones de visionados y está protagonizado por Jaime Altozano, Quantum Fracture y Martí Montferrer (CdeCiencia). No son terraplanistas, por cierto. Lo segundo, una pieza de Quantum Fracture con más de cinco millones de visionados, titulada «Puedo convencerte de que la Tierra es plana» (supongo que para atraer terraplanistas e intentar convencerlos, imagino que porque el conocido divulgador no sabe todavía que no es posible). En total, de los diez primeros vídeos que YouTube nos muestra seis tienen contenido desmontando el terraplanismo de diversas formas, para un total de más de diez millones de visualizaciones (sin contar los del último resultado de los diez, que es un mix de varios vídeos, comenzando por el trap ya comentado, lo que subiría esta cifra ampliamente). Otros dos que nos aparecen son también de Jaime Altozano, autor del trap anterior, y no parecen relacionados con el tema sino con su canal de divulgación sobre música. Muy posiblemente porque somos fans y «patreonos», lo que demuestra que el algoritmo de recomendación estaba trabajando.

Finalmente hay únicamente dos a favor del terraplanismo: uno de Oliver Ibáñez, publicado en octubre de 2016 y con algo más de 1,4 millones de visionados; y otro con una entrevista que cuenta con treinta y ocho mil visionados. He visto ambos con miedo de terminar creyendo en el terraplanismo, pero consideraba que este artículo merecía el sacrificio (aun así me resisto a incluir los enlaces aquí por pura prevención). El vídeo de Ibáñez tiene 24k votos negativos frente a 16k positivos. ¿Quizá con esto ya podemos concluir científica y sólidamente que hay más de dieciséis mil terraplanistas? Preocupante. Pero afortunadamente, de los más de dieciocho mil comentarios, la mayoría de los primeros, de nuevo, se manifiestan en contra del terraplanismo. La conclusión a vuela pluma, que no científica, pero nos puede dar una buena aproximación, es que ciertamente cada vez hay más contenido sobre el terraplanismo en YouTube. Pero su algoritmo de búsqueda presenta una mayoría de vídeos en contra de esta corriente, vídeos que además son los más vistos con mucha diferencia. La proporción es, más o menos, de 10 en contra por cada 1,5 a favor, en el peor escenario.

Por cierto, para evitar sesgos realizamos la misma búsqueda en otro navegador distinto, limpio de cookies y sin relación con cualquier perfil personal. El resultado fue la desaparición de los dos vídeos musicales de Jaime Altozano y la aparición de más vídeos contra el terraplanismo, esta vez de otros divulgadores. ¿Mirar más allá de las diez primeras búsquedas? Se suele decir que la segunda página de resultados de un buscador es el mejor lugar para esconder un cadáver… porque prácticamente nadie la revisa. Por cierto, a pesar de haber buscado vídeos sobre terraplanismo, días después el algoritmo sigue priorizando todas las temáticas que visionábamos con regularidad anteriormente. ¿Podría ser que para activar la «cámara de eco» hasta niveles peligrosos se necesitan más búsquedas? Seguimos.

Si el problema preocupante no está en YouTube, a la vista del contenido y el funcionamiento de la plataforma, ¿dónde está? Explica el artículo que «Todos los terraplanistas creen en otras conspiraciones». Para confirmarlo enlaza un interesante artículo en el que se hace referencia al estudio titulado «Creationism and conspiracism share a common teological bias». El estudio se sustenta en tres muestras que totalizan más de dos mil respuestas. Parece sólido. Repasando las conclusiones y la metodología por encima se comprueba que las correlaciones son altas en las tres muestras. Tras leerlo una segunda vez vemos que el estudio es interesante y valioso. Resolver un problema sin entenderlo es bastante complicado y este trabajo intenta aportar luz sobre los sesgos que afectan a la gente que cree en conspiraciones. Sin embargo, no somos capaces de encontrar en los datos del mismo ninguna confirmación de que TODOS, el 100%, absolutamente todos, crean en otras conspiraciones. Para resolver la duda nada como preguntar a los autores del estudio. Uno de los autores nos respondió de manera rápida y clara, aportando datos en bruto originales y reveladores:

-De toda la muestra los «flat earthers» eran únicamente ciento treinta y dos.

-Ciento treinta de ellos creían también en otras teorías de la conspiración.

-Solo dos de ellos creían en el terraplanismo y en nada más.

-Esto supone un 98,48%.

-En el resto de las teorías conspirativas la proporción era menor.

-El terraplanismo era la más extrema en este estudio.

-No fue posible determinar si primero fueron terraplanistas y pasaron a otra conspiración, o viceversa.

Nada de esto aparece en el artículo, que se publicó en la sección de ciencia del periódico, no en la de opinión. En ciencia y en divulgación el rigor es importante. Por ejemplo, no es lo mismo que el problema de las adicciones comience por fumar un porro para luego pasar a drogas más duras, que siguiendo camino contrario. Esto es muy importante, sobre todo si queremos buscar soluciones al problema. Si el terraplanismo es la vía de entrada a ser antivacunas, actuaremos de manera diferente para solucionarlo que si son los antivacunas los que se hacen terraplanista como norma. Además, correlación no implica causalidad. ¿No podría quizá ocurrir que los conspiranoicos se suban al carro de todas las teorías absurdas para conseguir más seguidores y detractores, ya que la polémica vende? Finalmente, y en otro orden de cosas, ¿por qué realizar una afirmación tan categórica? ¿Tiene sentido asumir el riesgo de que un único contraejemplo haga caer el castillo de naipes, socave la confianza del lector y aporte argumentos a quienes fomentan los fraudes y conspiraciones? ¿Por qué no tener en cuenta en el artículo estos importantes detalles? Presupongo que, ante el terrible riesgo que pueden suponer los terraplanistas para la supervivencia de la raza humana, se ha preferido en el artículo no entrar en disquisiciones sobre si eran un 98,48% o un 100%, ni si la muestra de ciento treinta y dos sujetos es representativa como para generalizar. La peligrosidad de la situación lo hace comprensible y perdonable.

Porque lo que ya no se puede negar es la gravedad del peligro al que nos enfrentamos, tal y cómo remarca en el texto Olshansky: «En la medida en que el pensamiento conspirativo está generalizado, comienza a plantear un problema para el mantenimiento de una esfera pública racional en la que las discusiones y los debates políticos se basan en evidencias, en lugar de traficar con sospechas de que un grupo manipula los hechos desde las sombras para impulsar una agenda oculta». ¿Está el pensamiento conspirativo generalizado ya? ¿Desde cuándo? ¿En qué medida? ¿Cómo podemos confirmarlo? ¿Con qué métrica lo medimos? ¿Cuántos terraplanistas hay en España? ¿Son esos dieciséis mil del vídeo o hay más? ¿O hay troles en esos dieciséis mil y pincharon por otros motivos? ¿Debemos identificarlos y ponerles algún distintivo para reconocerlos? ¿Cuál es la solución? ¿Aislarlos? ¡Eso iba a costar un dineral!

Precisamente, por dudas como estas cuantificar y medir es vital en estos casos, además de una de las bases de la ciencia. Si la Flat Earth Society aporta número y datos de sus miembros, no debería ser complicado calcular cuántos hay en España y determinar quiénes son, así como su evolución. Oliver Ibáñez debe tener ya casi cuatrocientos mil suscriptores en su canal, así que todas esas cuentas (que no personas) seguro que son terraplanistas, lo que da una cifra todavía más preocupante. Es más, en 2017 tenía apenas ochenta y ocho mil suscriptores. ¿Será posible que el incremento del contenido sobre terraplanismo en YouTube, como el que hemos analizado antes, sea el motivo por el cual ha crecido tanto su número de suscriptores? Terrible. Hay que hacer algo rápido, antes de que esto vaya a más. Por cierto, también hay que entender qué es un suscriptor, que además el hecho de serlo no implica ser un creyente, defensor o amante del contenido, y que además se pueden comprar suscriptores para hacer parecer más relevante a nuestro canal.

Lo que no parece preocupante es la acusación de que un grupo antipseudociencias pueda tener una agenda oculta. Es fácil de evitar: basta una total transparencia sobre los orígenes de los recursos económicos de dichas asociaciones. Es cierto que al no ser sociedades mercantiles su obligación de aportar información sobre ingresos, cuotas, socios, patrocinios o cuentas es diferente. Los que hemos creado y gestionado asociaciones ya conocemos las particularidades de la ley de asociaciones y su rendición de cuentas. Y precisamente por eso, dado que su objetivo es la lucha por la verdad, demostrar con transparencia que no hay ningún motivo económico que pudiera afectar a su credibilidad no es complicado. Esto eliminaría radicalmente el principal argumento de estos detractores. No olvidemos lo importante y grave que es el problema, problema que «hace que aumente la desconfianza hacia gobiernos y expertos».

Puede parecer baladí, pero este asunto de la confianza, sobre todo en los expertos, es de vital importancia. En primer lugar porque la definición de experto varía mucho. Para Niels Bohr un experto era «una persona que ha cometido todos los errores que se pueden cometer en un campo muy estrecho». Pero si revisamos el magnífico documental sobre «la industria de los expertos», descubriremos que es más comúnmente conocido como alguien que aparece en los medios dando una opinión y que incluso se puede formar en escuelas específicas para ello. También que para llegar a ser un experto que sale en medios de comunicación de masas, y poder vivir de ello, un factor importante es ser categórico y no dudar. Lo contrario que un científico o un escéptico. Pero parece lógico si la clave es generar confianza en una audiencia masiva y heterogénea.

Y claro, si conocemos al experto «equivocado» antes que al «correcto», es muy posible que terminemos confiando en la persona equivocada. O si comenzamos a salir con una persona que es terraplanista. O si esa persona consume homeopatía. O si es religiosa. O quizá no pasa nada por encontrar primero al «incorrecto». Campofrío demostró en 2016 que hay casos en que vivir con alguien de creencias totalmente opuestas no tiene por qué cambiar a ninguna de las dos personas, pese a estar en contacto regular y tener una fuerte implicación emocional. Quizá son casos particulares irrelevantes también. Pero como no podemos negar la rotunda realidad del dicho popular, «dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición», y hay casos en que el contacto influye en la «conversión», decidimos analizar el tema del contacto con contenido inapropiado, que es también muy preocupante.

Así lo determina el artículo, apoyado en el reportaje de The Verge sobre moderadores de contenidos de Facebook que terminaban cuestionando la realidad tras enfrentarse cada día a la lectura de teorías de la conspiración y barbaridades varias. A mÍ al principio me preocupó bastante. Leyendo con detalle podemos comprobar que el problema se circunscribe a Estados Unidos y que no había un detalle sociodemográfico sobre las personas que realizan esa tarea, para descartar que pudiera haber otros motivos influyendo (educación, clase social, u otra variable moderadora o mediadora). Además, cualquiera que haya trabajado en atención al cliente, formación y venta al público conoce situaciones y sensaciones parecidas. No solo es la experiencia personal, existe bastante literatura sobre el impacto negativo que tiene en la salud este tipo de actividades en general. Desde el «burnout» (vulgo «terminar quemado»), pasando por impactos emocionales, hasta una mayor agresividad. También sufren problemas los expertos clínicos en tratamiento contra el cáncer, o los psiquiatras. Por no hablar del contacto con secuestradores y el síndrome de Estocolmo. Esperamos que las personas que trabajan para acabar con crímenes terribles contra los niños, entre los que se encuentran diversos cuerpos de seguridad del Estado, y que a menudo buscan en internet y redes sociales imágenes y comentarios para cazar a los malos, no se vean afectados también por la exposición a terribles contenidos como para empatizar con los criminales o comenzar a creer cosas raras. Podemos confirmar de momento que la «transferencia por contacto con el contenido» (por llamarla de algún modo) se presenta en los moderadores de Facebook de Estados Unidos, los terraplanistas en YouTube y los algoritmos de Inteligencia Artificial de Microsoft en Twitter. El problema quedaría de este modo reducido y localizado, lo que ayudaría a evitar que el número de terraplanistas crezca.

Pero todavía nos seguiría quedando sobre la mesa el dilema de qué hacer con todos los terraplanistas a los que no se puede convencer. ¿Esperar que se autodesconvenzan? ¿Quizá enviarlos a un país dónde YouTube esté prohibido para evitar que hagan más daño? ¿O creamos un sistema de castigos como el de China para preservar la integridad del conocimiento? Si están afectados por los mismos mecanismos que quienes entran en una secta, como explican Adam y Sean, es posible que tengamos herramientas para resolver la situación. Aunque eso vaya contra la premisa principal del artículo, pero como buenos escépticos nos hemos en la obligación de hacerlo tras aplicar el pensamiento crítico al análisis del texto.

Los motivos para creer que se les puede convencer son diversos. Explica en el artículo la propia Susana Martínez-Conde, de manera breve pero clara, la base neurocientífica del comportamiento y motivaciones de estos grupos. No difiere mucho de otros grupos y asociaciones parecidos, incluso de los más cerrados como las sectas. Ejemplifica perfectamente el fenómeno del narcisismo colectivo de estas personas que se creen en posesión de la verdad, y que piensan que «los demás son borregos». ¿No sería posible entonces que, paradójicamente, los terraplanistas se refieran a sus detractores como «magufos»? Este tipo de mecanismos no solo sirve para demostrar que ellos tienen la razón y el resto no, también es una herramienta para deshumanizar al contrario, que ya no es una persona sino otra cosa, un ser inferior, al que por tanto se puede insultar, despreciar o incluso cosas mucho peores. Se busca provocar una separación clara entre dos grupos, los buenos y los malos, sin cabida para los independientes que no se alineen con uno u otro.

Y así tenemos por un lado a los que usan estudios científicos válidos frente a los que hacen cherry picking o generalizan a partir de estudios singulares con muestras pequeñas que apoyan sus argumentos tremendistas; a los que fomentan la ciencia y el pensamiento crítico frente a los que no aceptan las críticas aunque vengan argumentadas con datos y referencias; a los que realizan linchamientos digitales a quien les critica mientras se hacen las víctimas de ataques cuando se intenta razonar con ellos frente a los que no; a una élite que se considera dueña y propietaria del conocimiento y la ciencia, enfrentada a los que son un fraude porque no utilizan datos para soportar sus argumentos y se enfocan en las emociones; los que tienen bula y superioridad moral porque están salvando al mundo de los malos, frente a los buenos, que hacen lo contrario obviamente; los que exigen censura frente a los que exigen libertad; los que buscan la muerte social del contrario frente a los que buscan la integración y empatizar. No olvidemos que condenar moralmente a otros señala nuestra virtud, mejora nuestra reputación y se convierte en una forma de autopublicidad. Y cuando entramos en esas dinámicas después cuesta mucho dejarlas. Esto sí es preocupante.

En resumen, mecanismos que llevan a la constante sensación y necesidad de pertenencia al grupo “bueno”, que debe terminar con los “malos”. En esta dicotomía entre ellos y nosotros está el origen del mal. Así explica Pablo Malo la importancia del libro «Becoming Evil», sobre cómo la gente normal puede llegar a convertirse en genocida. ¿Qué es el mal? En el libro el autor lo define como el «daño deliberado de humanos por otros humanos».

Dejo dos párrafos aclaratorios de la gravedad preocupante del problema:

Un aspecto de este pensamiento dicotómico es el moral: nuestro grupo es superior moralmente al grupo exterior. Nosotros somos buenos, ellos son malos. Nuestra causa es sagrada, la de ellos es el Mal. Nosotros somos justos, ellos son injustos. Nosotros somos inocentes, ellos son culpables. Nosotros somos las víctimas, ellos son los victimarios.

Las mentes humanas tienen una tendencia definir los límites de la tribu. Un grupo de los Kung San del Kalahari se llaman a sí mismos algo que quiere decir literalmente «la gente real» y en su idioma las palabras para malo y extranjero son la misma. Otro ejemplo: los habitantes caníbales del área de Irian, en Nueva Guinea, se llaman a sí mismos los Asmat, que quiere decir «la gente», «los seres humanos». A los forasteros los llaman Manowe, «los que se pueden comer». El etnocentrismo es la tendencia a centrase en el grupo propio como «bueno».

A esto falta añadir otro efecto, el del «peer group pressure», que también comenta Adam, por cierto. Una vez estás dentro de un determinado grupo social el coste de abandonarlo no puede ser obviado. No solo puede crecer con cuántas más horas del día ocupe la relación con el resto de los miembros, también con la agresividad del grupo a permitir abandonos. Este es uno de los factores que dificulta convencer a «los otros», sobre todo si las herramientas que se utilizan son el insulto, el desprecio o la ridiculización. Y como toleramos más las conductas que violan normas sociales si quienes lo hacen son de nuestro grupo, ya tenemos el sustrato para una batalla inacabable. Esto incluye comportamientos como el de aplaudir a nuestros amigos y defenderlos incondicionalmente, incluso cuando lo que publican no tiene base científica, esta sesgado, incompleto o directamente equivocado. Si nuestro grupo es el bueno, exterminar al malo puede entrar dentro de lo aceptable. Como explica Pablo Malo, psiquiatra y divulgador de psicología evolucionista, «creerse en posesión del bien y la verdad justifica cualquier cosa, es un cheque en blanco para hacer lo que sea. Si hay personas que se oponen al Bien absoluto tienen que ser realmente malos y depravados y merecen ser castigados». Preocupante.

Tras tanta preocupación y con gran parte del análisis realizado, queremos ser optimistas. Quizá el problema no es tan grave. También creemos que hay otras soluciones que las que parecen deducirse de las conclusiones del artículo y que hemos comentado antes. Para empezar existen herramientas para ayudar a personas a salir de las adicciones y la sectas, y sobre todo a no caer en ellas, herramientas que podrían ser de aplicación en estos casos. Por ejemplo, sacarles de su entorno o crear un tejido social de apoyo que dificulte la iniciación o la recaída, y que facilite dejarlo sin ser visto como un apestado. El problema es el coste de conseguir implementarlo, y que además sea sostenible como para crear una hábito que suponga una barrera.

Las fluctuaciones históricas, sobre todo por factores económicos como se comenta en el artículo, también influyen. Es más probable que los terraplanistas vuelvan a estar a punto de desaparecer como colectivo organizado a que se conviertan en una secta que intente provocar el fin de la humanidad, algo que hasta ahora no hay evidencias de que hayan intentado. Si acaso han atentado contra su integridad física (lanzándose con un cohete casero a comprobar la forma del planeta), o contra su bolsillo (fletando un barco para ir a los confines de TierraDisco), no contra otros.

Paradójicamente, esos riesgos los han tomado para confirmar o refutar con sus propios ojos su creencia en el terraplanismo, lo cual es una característica de científicos y escépticos. ¿Es posible que sean simples maniobras de distracción para que olvidemos que en realidad están tramando un malvado plan para terminar con la ciencia y la humanidad? ¿Qué Oliver Ibáñez no sea el típico caso de alguien que diciendo burradas ha conseguido audiencia, y ahora lo hace profesionalmente porque le hacen caso y gana dinero con ello, sino un líder moderno con un minucioso plan para destruir los cimientos de la civilización? ¿Está quizá el artículo infiriendo que las personas que creen en teorías de la conspiración no son casos aislados, sino grupos y asociaciones organizadas, con acceso al poder político, y que conspiran en listas de correo y foros de internet privados, buscando imponer su visión a los demás porque creen que están salvando a la humanidad? Echamos de menos más pruebas al respecto para demostrarlo, al ser una alternativa realmente preocupante. Entre otros motivos porque si es cierto lo que concluye el estudio anteriormente comentado sobre creacionistas y conspiraciones, rápidamente pueden pasar a creer en muchas nuevas conspiraciones más. También nos preocupa generar una excesiva alarma social contra un colectivo sin sólidas pruebas de su peligrosidad, ya que normalmente los resultados de estas acciones no son precisamente positivos, pudiendo llevar el linchamiento digital al mundo real.

Una herramienta más que creo puede ayudar a solucionar el problema es la empatía y la aceptación de la diversidad. Ya hemos comentado que estar solo con gente que piensa como nosotros puede tener un impacto muy negativo. Leer y debatir con personas que piensan de manera opuesta ayuda a tener una sociedad más sana. Atacar las creencias produce el efecto contrario al deseado, insultar no hace que la gente cambie de creencias, y los datos o los argumentos racionales solo funcionan si se utilizan con el colectivo adecuado, como por ejemplo los escépticos o los científicos.

En resumen, aceptar a los que son y piensan de manera diferente facilita empatizar y anima a hacer uso, no solo de datos, sino también de las emociones, tal y como explicaba en el artículo Susana Martínez Conde. Por cierto, consultada al respecto la reconocida neurocientífica, confirmaba que la conclusión de que no es posible el cambio de ideas es del periodista, no de ella. En ningún momento de la entrevista se le hizo esa pregunta concreta.

Finalmente, aunque seguro que no era necesaria la aclaración, hemos titulado este artículo usando como referencia el original, pero cambiando la palabra «terraplanistas» por «escépticos», entrecomillada. El objetivo era ampliar el análisis sobre la imposibilidad de convencer a individuos y miembros de determinados colectivos que, presentándose como defensores de la ciencia, la lógica, la razón y el pensamiento crítico (ergo escépticos), en realidad muestran un comportamiento que se aleja clara, sobrada y completamente de dicha definición. A fin de cuentas, una pregunta que nos hacemos siempre ante cualquier tema es:¿qué datos, argumentos o pruebas nos podrían hacer cambiar de opinión? Y sé que un verdadero escéptico jamás se hubiera dado por aludido, jamás hubiera parado hasta encontrar la verdad, nunca se hubiera alterado sin antes leer hasta el final. Así que tras este análisis afrontamos el futuro desconocido con un sentimiento de esperanza. Porque si un Adam, un terraplanista, puede aprender el valor de cambiar de opinión, tal vez el resto de nosotros también podamos.


Escéptico sobre lo escéptico

Imagen CC.
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El año pasado estaba en Madrid asistiendo a una charla sobre divulgación científica cuando el ponente, José A. Pérez Ledo (@mimesacojea), comentó algo que me llamó mucho la atención. Aunque el grueso de la temática era Órbita Laika, en un momento dado habló sobre otro programa que había dirigido para Eitb, Escépticos. Concretamente comentó que, de poder volver a hacerlo en ese momento, lo haría de otro modo. Puso el ejemplo del capítulo sobre homeopatía. El inicio de dicho capítulo ataca directamente la base conceptual de la homeopatía lanzando una bola de naftalina a un pantano del País Vasco. Si la teoría homeopática es correcta, al diluir en grandes cantidades de agua un causante de la diarrea como la naftalina, todos los que beban agua del pantano no sufrirán dicho mal nunca más.

La cuestión es que este inicio atacaba la base de la homeopatía ridiculizándola. Reductio ad absurdum. Y aquí radicaba la base del problema. ¿Cuál era el objetivo del programa? ¿Que la gente entienda y deje de usar la homeopatía? ¿Era ridiculizar a quien la usa la manera de conseguirlo? El director comentaba que en ese momento consideraba que habría perdido a gran cantidad de audiencia, sobre todo usuarios de homeopatía, lo cual era una pena porque mucha de esa gente quizá hubiera cambiado de opinión en caso de llegar al minuto veinticuatro del programa. En ese punto se realiza en la UPV/EHU un análisis detallado del producto con un espectrómetro de resonancia magnética nuclear, máquina capaz de analizar la estructura molecular de una sustancia, demostrando que un producto homeopático era básicamente azúcar y agua (reforzado en el minuto treinta y cuatro). Claro, cada una de estas «resonancias» cuesta varios miles de euros y no se ven todos los días. Ese dato, el gráfico y la explicación (como recomienda Guido Corradi aquí) no llegaron a la audiencia objetivo. Bueno, si ese era el objetivo, claro.

En ese capítulo se escucha una frase importante. «El método científico es la única forma de separar la verdad demostrable de la especulación sin fundamento». Decidí usar pues el método científico, y comencé por tener curiosidad y hacerme preguntas para entender el fenómeno del movimiento escéptico.

Lo primero en toda investigación es su motivación. Demostrar que es importante investigar esa temática. Lo que llevó a la primera pregunta que me hacía: ¿por qué se ataca a empresas como Boiron pero no a tabaqueras? ¿Cuántas personas han muerto por culpa de la homeopatía y cuantas por culpa del tabaco en los últimos cinco años? Boiron facturaba en todo el mundo 607 millones de euros en 2015, con una leve caída respecto a 2014. Phillip Morris International Inc. facturaba 67 700 millones de dólares, unas cien veces más, pero representando apenas un 14% del mercado mundial. ¿Cuestión de prioridades? ¿O como ya está claro que el tabaco mata y crea adicción no merece la pena el tema? ¿Es porque no son «magufadas»? Hombre, las cremas milagro sí han recibido algo de atención, así que quizá el tabaco debería. O el alcohol, que se ha demostrado provoca cáncer. ¿Hay una unidad centralizada que decide en qué temas enfocar el escepticismo? ¿Son solo aquellos que dan titulares, no hacen mucho daño a quién los ataca y permiten ridiculizar sin peligro, así como vivir de ello? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por qué unos tanto y otro tan poco?

Ojo, no me parece mal informar y sensibilizar sobre una estafa. O dejar claro que se vende azúcar y agua como si fuera otra cosa gracias al poder del marketing. ¿Por qué digo esto si es obvio? Pues por la que se me viene encima. Thomas Paine decía que «argumentar con una persona que ha renunciado a la lógica es como darle medicina a un hombre muerto». El debate abierto por Fermín Grodira (@grodira) aquí y su defensa ante los ataques aquí ha empezado a hacer pensar que algunos de los que defendían el escepticismo se han vuelto «talibanes de la ciencia». No todos, por supuesto, pero parece que hay que remarcar esto de «no todos» a cada frase. Merece la pena al respecto leer las respuestas de Javi Burgos (@javisburgos) o del blog Qué mal puede hacer. El problema es que algunos empiezan a utilizar las mismas técnicas que criticaban, las de aquellos a quienes atacaban. Para ser los buenos hacen falta malos. Son ellos o los demás. No hay punto medio. No hay grises. «La ciencia no es debatible» argumentaba en un tuit un firme defensor de lo escéptico, tras llamar idiota a Fermín Grodira en una sana demostración más del tono del debate. ¡Manda huevo!

Pero no solo eso, en algunos casos incluso empieza a usarse el victimismo: los verdaderos escépticos no se enfrentan a otros escépticos, sino a haters. Bueno, en realidad no todos los escépticos. Hay categorías. Es más, hay «movimientos», asociaciones, líderes, jerarquías. No estaría escribiendo esto tampoco de no ser porque no hace mucho un buen amigo me comentaba una preocupante anécdota. Un contacto común escribió una carta contra las pseudociencias que fue publicada en un medio relativamente especializado; al poco recibió una llamada de un «líder del movimiento escéptico» para decirle que quién era para enviar esa carta, que para eso ya estaba él. ¿Pero el objetivo no era aportar luz y hacer un mundo mejor gracias a la difusión de la ciencia de manera que la oscuridad fuera aclarada? ¿Ahora no vale hacerlo si no es siguiendo las premisas de un amado líder y esperando turno o permiso? Este tipo de actitudes son las que hacen dudar sobre este tipo de movimientos. Igual que Greenpeace fue una organización que aportó mucho en su momento actualmente ha perdido la coherencia en muchos sentido, incluso vendiendo semillas de una empresa que demonizan continuamente. El negocio es el negocio. Es ley de vida, ha pasado históricamente en gran cantidad de ocasiones. Los valores y objetivos fundacionales se van perdiendo por diversos motivos: cambios de líder, crecimiento de la organización, falta de nuevos miembros en las bases, mayor presencia en medios o más recursos… Y claro, hemos llegado al «o conmigo o contra mí».

Volviendo sobre la ciencia, un aspecto clave del método científico es la falsabilidad de las premisas. Normalmente no demostramos que algo es como creemos sino que refutamos lo contrario. Si no es posible aportamos más evidencias sobre nuestra hipótesis para reforzarla pero sin ser necesariamente concluyentes. En la famosa escena del bar de la película Una mente maravillosa John Nash no dice que «Adam Smith se equivocaba» sino «Incomplete». La teoría estaba incompleta. Funcionaba dentro de un marco específico, con unas condiciones de contorno, pero no explicaba muchos otros casos que él amplió en una arrolladora tesis de veintisiete páginas, basada en únicamente dos referencias bibliográficas, y centrada en los juegos no cooperativos. La cuestión es que los juegos del «movimiento escéptico» no son precisamente «cooperativos».

Pero sigamos con la ciencia. ¿Puede demostrarse entonces que su estrategia va a terminar con la gente que consume homeopatía? ¿O con la que cree en los ovnis o en las ciencias ocultas? Para conseguirlo primero debemos entender por qué las personas creen en ello. Me encanta el libro de Michael Shermer Por qué creemos en cosas raras. Creo que todo el mundo debería leerlo pero sé fehacientemente que gente que escribe sobre el tema no conoce esta obra. Pero sea esta o muchas otras obras importantes sobre la temática, en ciencia uno primero se pone al día con el «estado de la cuestión» (la temida revisión de la literatura o llegar a los límites del círculo). En cualquier caso, aún sin leer ni ponerse al día del estado del arte habrá algún modelo, alguna teoría, alguna premisa para explicar por qué la gente cree en la homeopatía o en los chemtrails. Cómo y por qué adoptan esa creencia y (lo más importante) cómo a partir de este conocimiento se puede conseguir que la «abandonen» o entender por qué no la abandonan ni lo harán nunca.

Mi abuela falleció de cáncer de mama. El motivo básicamente fue que terminó en las manos de un curandero. Buscaba confianza, ayuda. Quizá incluso seguiría viva hoy de no haber sido así. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pasó en la consulta del médico para que decidiera seguir otro camino? ¿O fue mucho antes, por algo que aprendió durante su niñez? Sin tener respuesta a estas y otras preguntas similares buscar una solución parece fútil. Es más, a menudo pienso que los escépticos buscan el equivalente a convertir a un ultra sur del Real Madrid en boixo noi del Barcelona gracias a la fuerza de la razón, la ciencia y el inapelable poder del tiquitaca. Ni la sabermetrics más moderna, ni el poder de los Elo Ratings históricos podrían conseguirlo, como toda persona normal sabe. Y si alguien lo intentara pensaríamos que lo que hace no tiene sentido. Al final va a resultar que la ciencia y el escepticismo se están «roncerizando» también. O que mi abuela murió porque no la ridiculicé lo bastante a ella o al curandero que le dijo que el bulto en el pecho se quitaría con friegas de ortigas.

Pero no elucubremos más. Volvamos a la ciencia. A la vista de los hechos el objetivo principal parece ridiculizar (o reducir al absurdo, también me vale) hasta la victoria final. Últimamente no tanto a los «creyentes» sino a quienes les engañan. ¿Pero realmente funciona y llevará a la salvación? ¿En un mundo normal se puede conseguir que todo el mundo deje de creer en algo? ¿Qué dice la ciencia al respecto? Quizá hay un grupo de gente que necesita creer en algo y siempre va a necesitarlo. Quizá son adictos a la primera creencia que les convenció. Si es así, ¿es la solución el insulto, el ataque o el ridículo? ¿No provocará esto que se radicalicen más y ahonden más en esas posturas? ¿No es dar gasolina a quienes les engañan, dando por buenos sus postulados de «los malos los otros y los buenos nosotros»? Postulados que por cierto empiezan a utilizar también unos cuantos «escépticos».

No hace mucho me planteaba que quizá una buena estrategia sería quitar cuota de mercado a estas creencias con nuestras propias creencias. Adiós homeopatía, hola «nutriolos». Si no puedes vencerlos, ¡únete a ellos! Y una vez que la gente está contigo quizá puedas convencerlos poco a poco. A fin de cuentas la gente necesita creer. No sé, quizá en realidad es algo que ya se está haciendo. Era solo una idea porque a fin de cuentas la gente que va a despedir Boiron tras la caída de ventas tendrá que buscar otro trabajo, por lo que podrían pasarse a la venta de «nutriolos» o a vender replicas de la zapatilla de Brian. Pero supongo que como buena gente de ciencia conocedora de los sistemas complejos ese pequeño impacto sin importancia también lo habrán analizado y tendrán una solución. O una propuesta. O una alternativa. O quizá simplemente les parece que los miles de personas que trabajaban en Boiron son todos culpables de crímenes contra la humanidad, sabían todos lo que hacían y merecen la peor de las suertes. No lo tengo claro, de esto no se habla mucho, la verdad. ¿Será por falta de liderazgo? ¿O transparencia? ¿O no es un tema relacionado con el entorno escéptico el impacto de sus acciones? Me dicen por aquí que quizá me he pasado con el ejemplo. Vale, pongamos otro caso hipotético más sencillo. Supongamos un escéptico hipotético de un hipotético movimiento que trabaja para un periódico que incluye un horóscopo. O para un canal de televisión que anuncia productos de esos que te reconfiguran el ADN como ya quisiera la oveja Dolly. ¿Debería dejarlo por coherencia? ¿Debería hablar de ese medio para el que trabaja en los mismos términos y con la misma intensidad que habla de otros casos similares? ¿O hay excepciones a la norma y en estos casos no pasa nada? ¿Hasta qué extremo se debe radicalizar ese tipo de comportamiento?

Pero antes de tener excepciones debemos tener la norma, debemos validar el modelo. La cuestión es que en ciencia diseñamos un experimento de manera que sea reproducible por otros. Para ello buscamos predecir el futuro en gran medida. Y en el proceso necesitamos medir. ¿Cuál es el impacto esperado de las acciones de los movimientos escépticos? Aparte de conseguir que se cancelen las charlas y másteres de homeopatía en instituciones públicas, que es bien, ¿qué otros objetivos tienen con lo que hacen? ¿Cómo están midiendo si realmente consiguen alcanzar dichos objetivos? ¿Hay algo más allá de ridiculizar y salir en los medios que todos vemos? ¿O todo se basa en lo que decía John Wanamaker sobre que «la mitad del dinero que gasto en publicidad se desperdicia; el problema es que no sé cuál es esa mitad»? Vamos, que la mitad de lo que hace el formalmente reconocido como movimiento de asociaciones de escépticos quizá no aporta nada, pero cómo no sabemos qué mitad sigamos así.

No lo creo. Si «el escepticismo se basa en no creer en nada sin pruebas», ¿no debería haber casos demostrados de personas que tras ver y/o leer los tuits, posts, artículos o contenidos que sean han cambiado su postura abandonando sus falsas creencias o no han llegado a adoptar las mismas? ¿Alguien que haya dejado de ser un desgraciado? ¿Existen? ¿Podemos tocarles? ¿Sabemos cuántos son? ¿Han cogido un cenicero? Medir el impacto esperado es importante en ciencia y en otras disciplinas. Lo que no se puede medir no se puede mejorar, y a menudo tampoco justificar. 

Tener un contrapunto a las pseudociencias y falacias es necesario, y el debate debe enfocarse en su justa medida como planteaba John Oliver. Pero eso no quita para que existan dudas, como en cualquier disciplina. Esas y otras dudas similares son las que creo que Fermín buscaba responder, y lo hacía porque básicamente cada vez más gente las tiene. Es posible que el titular de su artículo no fuera el más acertado, pero como muchos periodistas saben no siempre el autor del artículo los puede escoger ni influir en ellos. Pero eso no quita que transmita algunas de las cosas sobre las que él, igual que yo y otros tantos, somos escépticos. Tanto como para plantear dudas sobre ciertos aspectos del movimiento escéptico, tales como sus objetivos y el impacto de sus acciones, por ejemplo. Pero quizá para ser auténticos escépticos lo que debemos hacer es no dudar, no hacernos preguntas, no intentar entender los objetivos o el impacto y simplemente creer y confiar en el «movimiento» porque es bueno y hace el bien mejorando el mundo y a la humanidad, motivos por lo cual se le debe perdonar todo. Personalmente me cuesta bastante hacerlo así, que permítanme dudar por mucho que quiera creer.

Imagen CC.
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