Ser viejo es una mierda, siempre

Fotografía: Mario Mancuso (CC).

—Entonces, ¿piensas que, como dijo Bernie, estamos engañando a la naturaleza?
—Sí.
—Bueno, te digo que, por la forma en que la naturaleza nos ha estado engañando, no me importa engañarla un poco.

(Cocoon. Ron Howard, 1985)

Ser viejo es una mierda. ¿O quizá lo que es una mierda es envejecer? O quizá las dos cosas sean una mierda. Juntas y por separado. Porque una cosa es hacerse mayor y aprender, y mejorar, y ganar experiencia y recuerdos, y conocer gente, y hacerse más fuerte, y más inteligente, y más alto, a veces más guapo. Y otra cosa es envejecer, que significa que perdemos nuestras propiedades con los años: la salud, la fuerza, la inteligencia, la memoria, la destreza o todo junto también, que es posible. Y que conste que eso no lo digo yo:

¡Qué penoso es el fin de un anciano! Se debilita día a día; su vista disminuye, y sus oídos se vuelven sordos; sus fuerzas declinan; su corazón ya no conoce descanso; su boca se vuelve silenciosa y no habla. Sus facultades intelectuales disminuyen y le es imposible recordar hoy lo que fue ayer. Todos los huesos le duelen. Las ocupaciones a que se entregaba antes con placer solo se cumplen con dolor y el sentido del gusto desaparece. La vejez es la peor de las desgracias que pueda afligir a un hombre. La nariz se la tapa y no puede oler más.

Este es el primer texto occidental que trata el asunto de la vejez. Lo dejó escrito el poeta egipcio Ptahhotep en el 2500 antes de Cristo. Y es que la vejez ha sido siempre temida desde el comienzo de la historia. En muchísimas de las culturas y civilizaciones hay referencias a la vejez, y en casi todas no muy buenas. A veces se refieren a ella como un conflicto entre generaciones —como lo hace la mitología de Sumer y Acad—, en el que los dioses al envejecer se vuelven malos y perversos y, en otras ocasiones, como una enfermedad mortal. Así la veían los egipcios.

Estos, al considerarla como una dolencia, le dieron muchas vueltas a cómo vencerla. Por eso buscaron con ahínco las formulas médicas que erradicasen sus síntomas —la calvicie, la sordera, las arrugas…—, para así hacerla desaparecer. Ese era el modo en que consideraban que podría curarse.  

Pero mucho antes de eso, en las sociedades agrícolas o en las nómadas, cuyos recursos eran insuficientes, se optaba por sacrificar a los viejos. Eran un lastre.

Para los judíos el privilegio divino inicial hacia los ancianos se fue transformando en un respeto a la tradición a través de los escritos de la Torá, más que a la voluntad por el cuidado de los viejos. Así, un fragmento del Levítico dice: «Delante de una persona canosa te levantarás y honrarás al anciano».

Entre los griegos y los fenicios fue un tema conflictivo. Platón escribió en la República: «Los más viejos deben ordenar, los jóvenes obedecer». Y también: «Aquel que nada tiene que reprocharse abriga siempre una dulce esperanza en la vejez». Pero pronto se crearon leyes para proteger a los ancianos; también fue en la Grecia clásica donde se crearon los primeros centros para el cuidado de los mayores. Signos, ambos, que evidencian una falta de consideración hacia las personas mayores, especialmente por parte de los jóvenes, siempre al acecho del poder y preocupados de su propio devenir. Más, si cabe, en aquellas ocasiones.

Lo ocurrido en el periodo romano es similar a lo anterior. Al comienzo se les dedicó atención y bastante respeto a los ancianos. Pero más adelante los jóvenes observaron cierto abuso de poder en algunos de ellos y los criticaron por ello —más a la persona que a ese periodo de la vida—, y se propusieron derrocarlos. Además, con el cristianismo llegó una fuerte crisis pues, en cierto modo, instaba a abandonar y a desobedecer a los viejos.

Durante la Edad Media la vejez ni siquiera suponía un grupo específico, sino que los ancianos estaban incluidos dentro del grupo de los desvalidos y, por tanto, dependían de la solidaridad familiar para la subsistencia.    

En el resto de periodos históricos, hasta la actualidad, su situación no fue mejor. Sin embargo, en sociedades orientales como en la india, las opiniones y la aprobación de los ancianos son indispensables. Por ese motivo los hindúes suelen arrodillarse ante los mayores y tocar sus pies en señal de respeto.  

En China, ya desde tiempos de Confucio, se consideraba la vejez como la etapa suprema de la vida, donde más sabiduría se acumula. Zhuangzi, filósofo chino del siglo IV antes de Cristo, dijo: «Fatigados del mundo después de mil años de vida, los hombres superiores se elevan a la categoría de genios». Pero ese paso trascendente no se produce por el mero hecho de envejecer, pues también dejó apuntado que: «La vejez que no tiene más primacía que la del tiempo, no es verdadera primacía. Ser hombre y no aventajar a los demás con hombría de bien no es más que vejez».

En cierto modo se puede decir que en las sociedades y culturas que tratan de evolucionar, que tienen algún afán de desarrollarse de la manera que sea, y donde crecer es el fundamento, la vejez es un incordio. Los viejos estorban pues prima la fuerza y, por tanto, la juventud. Esto, evidentemente, es un problema exclusivo de las clases dominantes.

Mientras que en las sociedades donde lo importante y primordial es la supervivencia, la tradición y no hay intención de cambio, como la China de Confucio por ejemplo, la experiencia es fundamental y se venera. De ahí el respeto por los ancianos que son el símbolo de ese conocimiento.

Algo similar ocurre en el África subsahariana, donde los ancianos son el nexo de unión con los dioses.  

Pero ¿qué es ser viejo?  

Fotografía: Chris Marchant (CC).

La vejez es un fenómeno biológico que acarrea ciertas consecuencias físicas y psicológicas y que modifica la relación de los individuos con el mundo que los rodea. Hasta ahí todos podemos estar más o menos de acuerdo. Por eso quizá lo más pertinente sea hacernos esta otra pregunta: ¿cuándo consideramos que alguien es viejo?

En ese punto ya no existe una definición de «viejo» o de «vejez» universal, porque ese estadio de la vida depende de múltiples factores que cada cultura, y cada individuo por sí mismo, considera o evalúa. Ya sea la condición física, cognitiva, emocional, funcional, social o espiritual.

«La sociedad asigna al anciano su lugar y su papel teniendo en cuenta su idiosincrasia individual, su impotencia, su experiencia; recíprocamente, el individuo está condicionado por la actitud práctica e ideológica de la sociedad para con él», explica Simone de Beauvoir en su ensayo La vejez. Sobre esto la filósofa francesa deja muy claro su punto de vista, negándose a aceptar ninguna definición de vejez que no tenga en cuenta esta reflexión:

En el curso de la historia, como hoy, la lucha de clases decide la forma en que un hombre es dominado por la vejez; un abismo separa al viejo esclavo del viejo eupátrida, a un viejo obrero con una pensión de un Onassis. La diferenciación de la vejez tiene también otras causas: salud, familia, etc. Pero la oposición de explotadores y explotados crea dos categorías de ancianos: una extremadamente vasta, la otra reducida a una pequeña minoría.

Por ese motivo la vejez ha sido vista con mucho más rechazo desde las clases más desfavorecidas que desde las que, de alguna forma, han gozado de cierta opulencia o seguridad económica. Esto es lo que le responde el anciano Marco Catón a Escipión en una conversación recogida en el libro Sobre la vejez, de Cicerón, acerca de su buena predisposición y aceptación de la vejez:

Pues no es cosa tan difícil, me parece a mí, la que os admira. Para quienes no tienen ningún recurso interior con el que vivir bien y felizmente, cualquier edad es pesada; en cambio, a los que buscan en sí mismos todas las cosas buenas, no puede parecerles malo lo que la naturaleza les proporciona de forma ineludible. Entre todas estas cosas está la vejez: todos desean alcanzarla y, una vez que lo han hecho, se quejan de ella. Tan grande es la inconsecuencia y la extravagancia de la estupidez humana.  

Quizá sea importante matizar que hasta el siglo XIX no era muy habitual que los pobres llegasen a ser viejos pobres. Es decir, que la condición de ancianos, la longevidad, estaba casi exclusivamente reservada a las clases altas y privilegiadas y, dentro de estas, mucho más a los hombres que a las mujeres. Y si dentro de las clases bajas había viejos pobres, normalmente eran marginados y acababan viviendo en la calle o en hospitales —como hemos dicho antes—, o las condiciones de salud también les hacían sufrir sus últimos años.

Simone de Beauvoir nos proporciona dos imágenes arquetípicas de los ancianos. Solo dos, ni una más ni una menos: el sabio y el loco. Con respecto a la imagen del anciano honorable —la del viejo Gandalf o Yoda, por ejemplo—, se podría relacionar con el anciano rico sentado en una hamaca al calor de la hoguera, leyendo un libro o fumando en pipa; quizá reflexionando sobre su vida ya casi concluida. Por otro lado, la imagen del viejo loco que chochea, aislado y solitario —muy utilizada para las comedias y los chistes— la podríamos relacionar con el viejo pobre denigrado y marginado.

Pero todo esto no aclara la pregunta que había lanzado al comienzo: ¿cuándo consideramos que alguien es viejo?

Vejez o envejecimiento

Fotografía: Mario Mancuso (CC).

Hoy en día en Occidente, y en España concretamente, consideramos de forma burocrática que una persona es vieja cuando sobrepasa los sesenta y cinco años, que es la edad de jubilación. Y de esas cada vez hay más —el 18,7% de la población—. Pero ¿son realmente viejos o solo están envejeciendo?

En estos tiempos, como en todos los periodos históricos, a una persona que realmente ha envejecido se la aparta, se la recluye, se la aísla —son miles los centros geriátricos donde no hay plazas y solo se puede acceder con lista de espera, después de meses, o incluso años, si la residencia es de las buenas y el trato más amable y cercano—. Hoy, como siempre, se sigue temiendo la vejez, porque lo de ser viejo es una mierda, recordemos. Pero se la teme, más que como a un periodo de la vida concreto, como un proceso, como un estado físico y mental. Antes de ser viejos, es decir, achacosos, pasamos por un estado intermedio que se ha creado durante los últimos años. Existe una adolescencia a la inversa, previa a la vejez, donde todavía no se es viejo del todo y por lo tanto aún no vemos la vejez, no la tocamos.

A día de hoy se llega a los sesenta y cinco años en plenitud de condiciones físicas y psíquicas en la mayoría de los casos. Y esas personas aún son muy útiles al sistema y, por lo tanto, todavía no se las desecha. Porque con esa edad todavía se cuida de los hijos y también de los nietos; se viaja mucho y por lo tanto se consume mucho; se va a la universidad si se desea, o al gimnasio. Se tiene un perfil en Facebook, Twitter o Instagram y se presume de ello. Aunque, por otro lado, las personas de la tercera edad, de más de sesenta y cinco años, ya no son los portadores exclusivos de la experiencia de vida que antes solo ellos atesoraban y tanto se veneraba en algunas culturas. Ahora internet, Google y Wikipedia les han quitado el trabajo. Ya no filtran, ya no son consultados. Solo a veces, solo por algunos. Pero tampoco importa, porque eso sería signo de que se ha envejecido y «mientras uno se siente joven, lo será», no hay discusión con eso. O sí, o así le parece a Simone de Beaovoir, que considera que quien piense eso «ignora una compleja verdad», que es que uno es viejo, aunque no quiera verlo. Y es que «la vejez se presenta con más claridad a los demás que a uno mismo […] El individuo envejece y no lo nota […] Los montajes, los hábitos permiten paliar durante mucho tiempo las deficiencias psicomotrices», explica la filósofa francesa.

Todavía hoy se mira a los viejos como algo inferior, cuando todos llegaremos a ello. A veces se achaca a problemas de salud lo que son solo consecuencias del paso del tiempo. Por eso se habla de envejecimiento activo para ensanchar la vida en la tercera edad y que consigamos con ello ver en esa etapa posibilidades que en otros momentos de la historia se habían negado o ni siquiera se habían planteado.  

Envejecer es en sí un proceso natural y un hombre de sesenta y cinco o setenta y cinco años, si no pretende ser joven, está perfectamente sano y es tan normal como otro de treinta o de cincuenta. Pero por desgracia no siempre se está de acuerdo con la propia edad, a menudo nos apresuramos internamente y con mayor frecuencia nos quedamos atrás… y entonces la conciencia y el sentimiento de la vida están menos maduros que el cuerpo, nos defendemos contra sus manifestaciones naturales mientras le exigimos algo que de por sí no puede prestar.

Este es un pensamiento de Hermann Hesse, autor de Siddhartha o El lobo estepario. Que llegó a vivir hasta la edad de los ochenta y cinco años y también dejó escrito este poema:

Ser joven y hacer el bien es fácil,
Y estar lejos de todo lo vulgar;
Pero reír cuando el pulso se retarda
Es algo que hay que aprender.

Y quien lo logra no es viejo,
Luminoso aún se yergue entre llamas
Y con la fuerza de un puño doblega
Por entero los polos del mundo.

Al esperar anhelosos la muerte,
No nos quedemos quietos.
Queremos transigir con ella,
Queremos expulsarla.

No está la muerte ni allí ni aquí,
Se alza en todos los senderos.
Está en ti y está en mí
tan pronto como traicionamos la vida.


La guerra de Yugurta (I): el peor amigo de Roma

SPQR, acrónimo de la frase latina Senātus Populusque Rōmānus, en referencia al gobierno de la antigua República romana. Fotografía: Marco / Zak (CC).

Escribió Pascal que de haber tenido la reina Cleopatra una nariz distinta la faz del mundo hubiese cambiado para siempre. Porque la legendaria belleza de la reina de Egipto se interpuso en los planes de los líderes romanos envalentonados por su superioridad militar, pero subyugados en cuanto se encontraban frente a ella. Así, la más famosa nariz de todos los tiempos se convirtió en el emblema del personalismo en el análisis de la Historia; los cronistas antiguos tendían a pensar que un único individuo podía desviar el curso de las cosas tanto como lo puede la conjunción de otros muchos factores, por lo que concebían la Historia como un tejido hecho de nombres propios. Hoy creemos que para llegar al momento en que un único individuo marque la diferencia han debido producirse antes muchos otros acontecimientos que no siempre tienen que ver con él. Los historiadores modernos juegan con un sinnúmero de circunstancias y estudian desde los sistemas culturales y religiosos hasta la economía y el clima. Pero nada de esto, en el fondo, desmiente a Pascal. Por qué no, Cleopatra pudo hacer uso de su atractivo; quizá, unida a su astucia, su nariz sí tuvo influencia sobre la política romana.

Varias décadas antes que Cleopatra, hubo otro rey africano que  había marcado su nombre a fuego en la memoria de Roma. Generaciones enteras de romanos recordarían a este rey extranjero como el demonio que contribuyó a acelerar el declive de la República, sistema político que había perdurado durante siglos. Yugurta (en latín Iugurta y, por lo general, transcrito como Jugurta en la historiografía española tradicional) fue el tercer rey de Numidia y una figura desconcertante, combinación de aliado y enemigo, que convirtió su reino en un Vietnam para los romanos. No porque los derrotase —al contrario, fue Yugurta quien salió peor parado de aquella guerra—, sino porque su hábil juego de espionaje causó varios escándalos de enorme magnitud que sacudieron la política republicana hasta los cimientos. Para intentar salirse con la suya, Yugurta recurrió a sobornos y asesinatos, desestabilizando una corrupta estructura de poder que estaba ya muy desprestigiada. Al conocerse sus manejos entre bastidores, los ciudadanos romanos empezaron a perder la paciencia con sus líderes. Como aliado de Roma, que lo fue, Yugurta resultó molesto y poco digno de confianza. Después, como enemigo, nunca causó un gran daño militar porque no podía soñar con vencer a los romanos sobre el campo de batalla como sí hacían los bárbaros del norte, que estuvieron cerca de acabar con la República. Pero, aunque Yugurta se limitó a defenderse en su propio territorio y nunca intentó invadir territorio romano, el daño que causó fue más duradero, porque no fue un daño físico, sino moral.

El texto canónico que narra el conflicto entre Yugurta y Roma fue escrito varias décadas después de los hechos por el político e historiador romano Cayo Salustio Crispo. Titulado Bellum Iugurthinum (La guerra Jugurtina), es un relato muy revelador que nos habla, más que de batallas, de los destrozos que Yugurta consiguió causar en la percepción que los romanos tenían de su propio sistema político. Salustio no deja de subrayar la maldad y falta de escrúpulos del rey númida, pero también describe las instituciones republicanas con tintes muy oscuros. Es verdad que Salustio estaba muy preocupado por la deriva de Roma en su propio tiempo —murió apenas diez años antes de que la República desapareciera para siempre—, así que insistía en que los males del sistema eran antiguos y provenían desde varias generaciones atrás. Si Salustio era un «indignado» de su generación, la guerra de Yugurta le sirvió para ejemplificar todos los males que él percibía en Roma. Pese a lo evidente de las intenciones moralizantes de Salustio, su relato es consistente en la descripción de cómo los dirigentes romanos permitieron los desmanes de Yugurta en el reino satélite de Numidia, dejándose comprar sin disimulo alguno hasta que Yugurta empezó a incurrir en provocaciones que Roma ya no pudo tolerar (y aun así, todavía los hubo que accedieron a ser sobornados). Salustio describió a un Yugurta que había sido un hueso duro de roer en el campo de batalla, pero sobre todo fuera de él. Apresado en el año 106 antes de nuestra era, Yugurta fue cargado de cadenas, exhibido como trofeo en un grandioso desfile triunfal y ejecutado en una mazmorra. Pero su venganza póstuma fue proverbial: unos veinte años después de su ejecución, los dos dirigentes romanos que se habían atribuido su captura se enfrentaron en una guerra civil que desembocó en un reinado de terror. Tiempo después, una segunda guerra civil terminó imponiendo la dictadura de Julio César, hecho que marcó el final de la democracia romana y abrió las puertas al establecimiento del despotismo imperial. La República, como sistema, ya había estado en declive antes de la llamada «guerra de Yugurta», pero aquel ambicioso y astuto númida puso mucho de su parte para acelerar su final.

Yugurta, el amigo de los romanos

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Une moneda argelina emitida en 1994 donde se representa la efigie de Yugurta y una balanza que equilibra los símbolos de Roma (izq.) y Cartago (dcha.) sobre un mapa de Numidia. Imagen cortesía de Anabases.

¡Oh Roma, ciudad en venta! ¡Cuán breve sería tu existencia si hallases un comprador! (Yugurta).

No se puede entender la peculiar relación que existió entre Yugurta y sus aliados romanos sin explicar el importante papel que jugó Numidia en la consolidación de Roma como primera potencia europea. En el año 218 a.C. estalló la segunda de las «Guerras Púnicas» entre Roma y Cartago. Ambas potencias llevaban tiempo disputándose el dominio del Mediterráneo, pues el mar era clave para la consolidación de un poder que hoy llamaríamos internacional. Los númidas ocupaban un territorio (la actual Argelia) que podía ser clave en la guerra, pues era contiguo a los dominios centrales de Cartago (en la actual Túnez). Numidia ni siquiera era un reino cuando empezó la Segunda Guerra Púnica, sino una pléyade de tribus guerreras cuyos líderes peleaban entre sí con ahínco; varios de ellos simpatizaban con los cartagineses por lógicos motivos de afinidad geográfica y cultural, pero fue uno, Masinisa, quien demostró mejor olfato político cuando decidió apostar por el bando latino (un olfato hereditario, pues era el abuelo de Yugurta). Masinisa unificó las tribus númidas bajo una única corona y después decidió combatir junto a los romanos. Participó en la importantísima batalla de Zama, donde Publio Cornelio Escipión venció al por entonces principal enemigo de la República romana, Aníbal, consiguiendo que los cartagineses firmasen una paz humillante. Gracias a esta hazaña, Escipión se ganó el honorable sobrenombre de «el Africano» y la gloria eterna. Los cartagineses tuvieron que posponer sus planes expansionistas y durante bastantes años estuvieron ocupados lamiéndose las heridas. Mientras tanto, Masinisa dispuso de tiempo y tranquilidad para terminar de organizar su nuevo reino, sabiendo que una reforzada Roma le garantizaba protección contra cualquier enemigo exterior.

La paz duró dos generaciones. No hubiese podido prolongarse mucho más. Cartago y Roma eran incapaces de conciliar sus respectivas ambiciones. Aunque los cartagineses fundaban su poder en la navegación y Roma era una potencia terrestre que mostraba poco interés por el agua, ambos necesitaban dominar la cuenca mediterránea y ninguno estaba dispuesto a tolerar la existencia del otro. En el año 149 volvieron a enfrentarse en la tercera y última Guerra Púnica. Un anciano Masinisa que todavía se sentaba en el trono hizo honor a su condición de fiel aliado de Roma y se unió a la guerra. Murió poco después sin llegar a conocer el resultado; su hijo Micipsa heredó la corona y continuó la misma política de alianza con Roma. La guerra se encaminó a su final cuando las legiones romanas consiguieron asaltar Cartago. Tardaron toda una semana en controlar la ciudad y tuvieron que hacer frente a una feroz resistencia. Pelearon casa por casa. Cuando vencieron, no mostraron piedad alguna. La poderosa ciudad de Cartago fue arrasada. Los romanos perpetraron una matanza casi sin precedentes: del millón de habitantes que tenía la capital cartaginesa antes de ser capturada, apenas sobrevivieron cincuenta mil que fueron convertidos en esclavos. En cuanto a la arquitectura , casi todo lo que todavía permanecía en pie fue destruido. Incluso se decía que los legionarios habían arrojado sal sobre los terrenos circundantes a la ciudad para que no pudiesen ser cultivados de nuevo, aunque esto parece una exageración producto de la leyenda, sobre todo porque ¡ya no quedaban cartagineses que pudiesen cultivar aquellos terrenos! Cartago fue, pues, literalmente borrada del mapa, cumpliendo el famoso reclamo del político Catón el ViejoDelenda est Carthago!, «¡Cartago debe ser destruida!». Roma se erigió, por fin, como la potencia hegemónica del Mediterráneo occidental. El territorio cartaginés de Túnez fue convertido en una nueva provincia a la que llamaron Africa Proconsularis. Allí, los romanos reconstruyeron y repoblaron la ciudad de Cartago como una base propia, estableciendo un contingente militar y edificios para las diversas instituciones del gobierno provincial. Al otro lado de la frontera, en la actual Argelia, la fiel Numidia continuó estando bajo protección romana, casi como un Estado satélite. Aunque sobre el papel Numidia era independiente, su política exterior quedaba subordinada a la política exterior de la República. Los romanos no tenían ningún interés en que Numidia dejase de ser un reino independiente mientras pudiesen comerciar con libertad y contar con su apoyo militar. Además se consideraban legitimados para intervenir si había problemas internos en Numidia, algo que los númidas sabían y aceptaban no con resignación, sino con una realista aceptación del statu quo. Dicho de otro modo: la romanización de Numidia avanzaba con rapidez, sobre todo en el aspecto cultural.

El rey Micipsa tenía dos hijos pequeños, Hiempsal Aderbal, que eran los herederos legales del trono. Sin embargo, el príncipe favorito de los númidas era su sobrino Yugurta. Apenas entrado en la adolescencia, ya destacaba como jinete y arquero, y esa desenvoltura en los deportes guerreros le confería una enorme popularidad entre un pueblo que no hacía mucho estaba dividido en tribus guerreras. Yugurta era hijo ilegítimo de un hermano de Micipsa, por lo que no contaba en la línea sucesoria; aun así, al rey le inquietó que su sobrino fuese tan querido (y más cercano a la mayoría de edad) que sus propios hijos. Debió de sospechar que si moría y Yugurta reclamaba el trono anteponiéndose a los dos herederos legítimos, el pueblo lo aprobaría con entusiasmo. Así, en lo que parece un intento de apartar a Yugurta de las ambiciones dinásticas, pero podía ser interpretado como un paso conveniente en su formación militar, Micipsa lo envió a la península ibérica para que combatiese junto a los aliados romanos. Quizá albergaba la esperanza de que Yugurta decidiese seguir una carrera militar en las legiones, o que incluso decidiese mudarse a Roma para llevar la vida cómoda de un dignatario aliado.

Si esas eran las intenciones de Micipsa, se equivocó. Enviar a Yugurta a Hispania fue un serio error de cálculo. Los años que pasó sirviendo junto al alto mando del ejército romano le sirvieron para aprender muchas lecciones valiosas que emplearía en el futuro. Primero se empapó de la organización militar y la estrategia de las legiones, ya que participó en muy instructivos episodios bélicos. Por ejemplo, cuando tenía veintiséis años estuvo en el famoso sitio de Numancia comandando tropas auxiliares enviadas por Micipsa. Y no solo aprendió de los romanos; también observó que los celtíberos, pese a enfrentarse a un ejército más avanzado y disciplinado que el suyo, se estaban mostrando muy capaces de oponer una férrea resistencia. Eran quizá inferiores en tecnología y organización, pero usaban el terreno en su favor, evitando combatir en campo abierto, donde nadie podía esperar vencer a la máquina bélica romana sin tener una gran superioridad numérica. Los celtíberos se internaban en bosques y montañas, atrayendo a los legionarios para tenderles emboscadas. Atacaban de manera inesperada a las columnas y se dispersaban rápidamente, huyendo por una orografía que hacía muy difícil cualquier intento de persecución. Aquella fue de hecho una de las primeras guerras de guerrillas de la Historia y una dura prueba para los romanos, que no estaban tan preparados para las escaramuzas en terreno difícil como para la batalla convencional. La guerrilla, de hecho, exasperaba a los generales romanos. Afectaba a la moral de los legionarios e incrementaba mucho los costes económicos de las operaciones militares. Yugurta tomó buena nota de todo esto.

Con todo, la lección fundamental que aprendió en su trato directo con los romanos fue la de poder conocer de cerca su mentalidad. Como oficial y príncipe de una nación aliada, hizo muchos amigos importantes entre los líderes romanos de Hispania y pudo entender cómo funcionaban las cosas en aquella sociedad que todavía era tan distinta de la sociedad númida. Yugurta procedía de un reino donde imperaba una monarquía que mantenía rasgos de caudillaje tribal; en Numidia, el poder vertical de un único individuo no era discutido. Roma era una sociedad mucho más compleja, cuyo sistema político había sido construido a lo largo de siglos para evitar precisamente un retorno a ese tipo de monarquía vertical. Los romanos de aquella época, en su mayoría, abominaban del despotismo. Su democracia, aunque muy imperfecta, estaba basada en propósitos nobles y lógicos. Su mentalidad, muy pragmática, subdividía las funciones del Estado de manera muy similar a como hacemos hoy, con un sistema de check and balance, en el que los distintos poderes se vigilaban unos a otros. Sin embargo, toda aquella complejidad institucional tenía su punto débil: la República era una telaraña de intereses personales donde cualquier decisión importante era susceptible de generar manejos ilícitos. El soborno y el cohecho eran habituales. El cultivar amistades importantes y el llenar los bolsillos indicados eran las dos principales armas para influir en el devenir político. Yugurta entendió que, pese a la elaborada legislación, en Roma no había mecanismo más rápido para abrirse camino que un buen cofre de oro. De esto también tomó buena nota. En el futuro, ese conocimiento se convertiría en su más peligroso arma.

Juego de tronos

Algunos de los reyes más significativos de Numidia. Imagen cortesía de Mythologie Berbère.
Algunos de los reyes más significativos de Numidia. Imagen cortesía de Mythologie Berbère.

Yugurta, además de inteligencia, hacía gala de un carácter combativo que, junto a su sólido entrenamiento militar, le permitió hacerse un nombre durante las campañas de Iberia. Combatió de manera distinguida junto al general romano Publio Cornelio Escipión Emiliano, también llamado Escipión el Joven, que era nieto adoptivo del legendario Publio Cornelio Escipión el Africano (en la historia de Roma se da con mucha frecuencia esta coincidencia de nombres dentro de una misma dinastía, lo cual se presta a confusión entre personajes cuando leemos las antiguas crónicas). Escipión el Joven envió una carta a Micipsa en la que elogiaba la valentía de Yugurta, prometiendo que hablaría de sus virtudes ante el Senado con el fin de reforzar la simpatía de los ciudadanos romanos hacia Numidia. Esta carta, sin duda, ayudó a cambiar el concepto que Micipsa tenía de su sobrino. No podía subestimar el hecho de que los romanos tenían a Yugurta en tan alta estima, así que decidió adoptarlo como hijo y lo incluyó en su testamento. Esto equivalía a sancionar su condición de posible aspirante al trono, así que para evitar conflictos entre sus tres herederos Micipsa decretó que a su muerte deberían dividir el reino en tres partes. En el año 118, cuando Yugurta había cumplido cuarenta y dos, el anciano Micipsa murió. Según Salustio, el rey agonizante les habló a sus dos hijos biológicos sobre las virtudes de Yugurta, el príncipe amado por Roma, a quien debían tratar como a un hermano mayor y un ejemplo a seguir. Micipsa murió tranquilo porque, sobre el papel, la división de Numidia parecía la mejor manera de evitar una lucha por la sucesión. Sin embargo, Micipsa había subestimado la ambición de Yugurta.

Muerto el rey, los tres herederos programaron una reunión para acordar los detalles prácticos en la aplicación del testamento. Había muchos asuntos que discutir, como el reparto del tesoro real y el trazado de las fronteras entre los tres nuevos reinos. Yugurta empezó la reunión sorprendiendo a sus dos hermanos adoptivos al proponer la anulación de los decretos que el difunto Micipsa había promulgado en los últimos cinco años de su reinado. Según Yugurta, esos decretos habían sido dictados cuando el rey estaba ya senil. Sus hermanos adoptivos asintieron con entusiasmo porque entre aquellas decisiones «seniles» se contaba la de nombrar heredero al propio Yugurta. Es posible que Yugurta notase que sus dos hermanos adoptivos lo consideraban un advenedizo; al menos según Salustio, lo trataron con una altivez rayana en el insulto. Pero incluso en caso de que eso no sucediese, es fácil entender que surgieran tensiones entre los dos príncipes por línea biológica que habían esperado heredar la totalidad del territorio númida y el adoptado Yugurta que iba a quedarse con una tercera parte solo porque era el mejor amigo de los romanos. Aun así,  consiguieron llegar a un acuerdo preliminar sobre la división del tesoro, con lo que las negociaciones parecían bien encaminadas. Los tres príncipes tenían buenos motivos para hacer las cosas de manera civilizada pues al otro lado de la frontera, en el África Proconsular, los romanos observaban con mucho interés el proceso de sucesión del que era su aliado más importante en África.

El primer día de la negociación había transcurrido de manera prometedora, pero Yugurta tenía sus propios planes. Durante aquella misma noche decidió de manera unilateral que la negociación había terminado. Aprovechando que sus dos hermanos adoptivos dormían en la misma ciudad, reunió a sus soldados y los envió a capturarlos. Los hombres de Yugurta se dirigieron a la mansión donde dormía Hiempsal; registraron todo el edificio y no lo encontraron, pero masacraron a casi todo su séquito. Después supieron que Hiempsal se había ocultado en la choza de una esclava, donde lo localizaron, lo asesinaron y le cortaron la cabeza como prueba de que habían cumplido su misión. El alboroto no tardó en extenderse y el otro hermano, Aderbal, supo lo que estaba pasando. Entendió que él iba a ser el siguiente. Consiguió salir de la ciudad y se dispuso a reunir tropas para lo que parecía una guerra civil inminente. Así, Numidia quedó dividida en dos mitades y sumida en una guerra civil. Aderbal tenía un ejército mayor en número, pero Yugurta disponía de los mejores soldados, quienes además respetaban su amplia experiencia militar, así que tenía serias posibilidades de victoria. Aderbal, aterrorizado, apeló a Roma mediante mensajes urgentes donde solicitaba ayuda recordando que tenía la ley de su lado. No hubo tiempo para que llegase una respuesta romana. Yugurta, pese a la inferioridad numérica de su ejército, atacó de inmediato, sorprendiendo a su hermano adoptivo y derrotándolo de manera instantánea. Aderbal pudo huir por segunda vez, esta vez al África Proconsular, provincia romana donde Yugurta jamás se atrevería a entrar para darle caza.

En un abrir y cerrar de ojos, Yugurta se había convertido de facto en el rey de toda Numidia. Sin embargo, eso no significaba que podía dormirse en los laureles. El siguiente paso era intentar evitar que los romanos lo echasen del trono; no es que les preocupase quién reinaba en Numidia, ya que tanto Yugurta como Aderbal eran prorromanos y asumían que el suyo era un reino tutelado. Sin embargo, parecía inconveniente que hubiese tanta inestabilidad en un territorio donde los negocios prosperaban para la cada vez mayor afluencia de comerciantes italianos. Así pues, aunque Yugurta fuese famoso y respetado en Roma, la República debía salvar la cara manteniendo, como mínimo, un simulacro de neutralidad. No solamente ofrecieron refugio a Aderbal, sino que le permitieron hablar ante el Senado. El desesperado alegato del exiliado príncipe númida es quizá el momento más intenso y emotivo en La guerra de Yugurta de Salustio, quien quizá pudo reconstruir el espíritu del discurso con ayuda de anotaciones de los archivos senatoriales a los que tuvo acceso, pero que también puso mucho de su prosa, la cual ganaba enteros precisamente cuando recreaba los discursos de otros. Según Salustio, Aderbal recordó a los senadores que él era legítimo heredero del trono y subrayó la magnitud de la traición de Yugurta y su carácter criminal por haber ordenado el frío asesinato de su propio hermano adoptivo. También recordó que Numidia era la mejor compañera de Roma, aunque eso le hubiese granjeado a los númidas adversarios por todo el Mediterráneo, así que los romanos tenían una responsabilidad para con su aliado. Aderbal llegó tan lejos como para admitir que la dinastía númida se limitaba a administrar un territorio que en realidad «os pertenece a vosotros». Todo aquel discurso de Aderbal, aunque bello y extenso, puede resumirse en unas pocas palabras: soy vuestro amigo, soy casi vuestro siervo, y, si os queda algo de honor, debéis ayudarme a recuperar el trono.

Las palabras de Aderbal provocaron conmoción en el Senado, donde fueron la causa de un acalorado debate. Algunos senadores pedían que Yugurta fuese castigado por sus crímenes, como exigía el honorable papel que se le suponía a Roma como amiga y tutora de Numidia. Otros, en cambio, defendían a Yugurta y recordaban su larga lista de méritos, entre los que se contaban importantes servicios en las campañas españolas. Al final, estos últimos se impusieron y el Senado se negó a enviar una expedición de castigo contra Yugurta como Aderbal había anhelado. ¿Por qué el Senado decidió en favor de Yugurta? Por dos motivos. Uno, que los romanos eran demasiado pragmáticos como para embarcarse en una guerra dinástica que parecía tener poca trascendencia con respecto a sus intereses.Y dos, que Yugurta había enviado mensajeros bien provistos de oro para agasajar a varios de sus amigos importantes en el Senado y otros ámbitos del poder. Con todo, los romanos se tomaban demasiado en serio su condición de garantes de la justicia como para no hacer nada. Incluso los amigos de Yugurta debían admitir en público que Aderbal era un rey legítimo, pues así lo decía le testamento del difunto Micipsa. Roma optó por una solución salomónica: en el año 116, una comisión de senadores viajó a África para acabar con el conflicto dividiendo el reino de Numidia en dos partes que adjudicaron a los dos contendientes. Resulta muy significativo que la mitad más fértil y rica del país fuese para Yugurta, pero podía decirse que el reparto respondía a las circunstancias. Es muy posible que Yugurta hubiese recurrido a nuevos sobornos para quedarse con la mejor mitad del país, pero tampoco hay que olvidar que se había impuesto sobre el campo de batalla, lo cual le situaba en una posición superior a ojos de los romanos. Aderbal había sido derrotado y dos veces había salvado la vida por muy poco, así que bien podía considerarse afortunado al poder recuperar su trono para gobernar en la otra parte del reino. Con esta decisión, los romanos consideraron resuelto un asunto que para ellos resultaba más molesto que trascendente. El problema residía, claro, en el hecho de que el carácter ambicioso ºde Yugurta no había cambiado en lo más mínimo.

Avispero en África

Detalle de un mapa de las provincias romanas de Mauritania Tingitana, Mauritania Cesariense y parte de Numidia. Imagen: H.Kiepert, Atlas antiquus (DP).
Mapa de las provincias romanas de Mauritania Tingitana, Mauritania Cesariense y parte de Numidia. Imagen: H.Kiepert, Atlas antiquus (DP).

La paz impuesta por el Senado duró poco más de tres años. Yugurta iba perdiendo la paciencia ante el molesto hecho de que únicamente reinaba sobre la mitad de Numidia. No le gustaba la idea de hacer una declaración de guerra contra Aderbal porque eso podía molestar a los romanos, así que buscó formas más subrepticias de desencadenar un conflicto. En el 113 empezó a incurrir en toda clase de provocaciones para intentar que fuese Aderbal quien le declarase la guerra a él. La caballería de Yugurta entraba en la otra mitad de Numidia para someter las zonas fronterizas al pillaje. Sus soldados mataban, robaban y violaban con total impunidad, incendiando poblados enteros. Después volvían a cruzar la frontera y retornaban a sus campamentos. Aderbal manifestó su indignación, pero no respondió a las provocaciones. Volvió a recurrir a lo que consideraba la opción más sensata y envió una petición de socorro a los romanos. Estos, sin embargo, continuaban con una actitud de laissez faire militar porque pensaban que las intervenciones militares con fines pacificadores eran honorables, pero demasiado caras. Además, estaba surgiendo una nueva amenaza que los tenía más entretenidos: los bárbaros del norte, que llegaban en enorme cantidad, pues sus ejércitos superaban en número a las legiones que les hacían frente. Los bárbaros sí constituían una auténtica amenaza, mientras que Yugurta era un pequeño problema de opinión pública.

Aderbal seguía evitando iniciar una nueva guerra, pero los romanos parecían más preocupados mirando a los bárbaros y el impaciente Yugurta consideró que aquella era su gran ocasión. Lanzó a un ataque abierto contra su hermano adoptivo. Aderbal perdió la batalla y por tercera vez consiguió escapar in extremis de las garras de Yugurta, refugiándose junto a sus hombres tras los muros de la ciudad de Cirta. Allí estaría seguro durante un tiempo, dado que la ciudad era muy difícil de tomar por asalto. La única manera de obtener una rendición de la ciudad parecía la victoria por hambre, algo factible pero que requería mucho tiempo. Yugurta sabía que podría pasarse meses y meses sitiando Cirta antes de que esta se rindiese. Lo cual presentaba una grave contraindicación: en Cirta vivían o estaban de visita unos cuantos comerciantes procedentes de Italia, entre los que había no pocos ciudadanos romanos (por entonces, recordemos, no todos los italianos tenían la ciudadanía republicana). Aquello complicaba mucho los planes de Yugurta, quien sin duda temía provocar la intervención de las legiones. Cómo no, volvió a su táctica favorita: enviar a Roma emisarios cargados de oro para intentar evitar una posible intervención. Mientras tanto, necesitaba encontrar la manea de capturar Cirta con rapidez.

En el Senado continuaba imperando la indecisión. Los partidarios de Yugurta no cejaban en su defensa; si había algo que el revoltoso rey númida tenía en abundancia, era oro para sobornarlos. Pero tampoco esta vez podía el Senado optar por la inacción. Como medida preliminar para evitar males mayores se envió una embajada a Cirta con el fin de exigir a ambos contendientes que cesaran las hostilidades. Los embajadores se embarcaron y fueron hasta el cerco de Cirta, pero solo pudieron hablar con Yugurta. Este les recordó su completa fidelidad al pueblo y el Senado romanos, acusó a Aderbal de conspiraciones varias contra su persona y presentó aquella guerra civil númida como un mal que no se había podido evitar. Pese a recibir el mandato senatorial de levantar el sitio de Cirta, Yugurta se negó. Ni siquiera permitió que los embajadores romanos pudiesen hablar con Aderbal. Ante todas estas insolencias, los emisarios del Senado hubiesen tenido motivos más que suficientes para quejarse en Roma, pero no lo hicieron, puesto que Yugurta los untó a conveniencia. Retornaron a Roma con la versión de la historia que les había dado Yugurta y con los bolsillos más llenos.

Yugurta parecía haberse salido con la suya una vez más, aunque surgió un inesperado inconveniente. Aderbal, atrapado entre las murallas de Cirta, consiguió que dos de sus hombres atravesaran el cerco portando una misiva para el pueblo romano, que fue leída en el Senado, donde provocó un nuevo y fogoso debate. Algunos senadores ya no tenían duda de que Yugurta era un insurrecto peligroso que ahora, para colmo, tenía sitiados a algunos ciudadanos romanos, lo cual les parecía inadmisible por pura cuestión de principio. Otros senadores, en cambio, insistían en desdeñar el asunto como una cuestión dinástica en la que no merecía la pena inmiscuirse.

Donde ya no había tanto debate era en la opinión pública de Roma. Fuera de la Curia, la gente común estaba muy inquieta por la situación. Había ciudadanos romanos que tenían parientes o amigos entre los sitiados en Cirta, y hasta quienes no los tenían se sentían escandalizados. ¿De qué servía la estrecha alianza con Numidia si los propios romanos no podían confiar en hacer negocios allí sin arriesgarse a quedar encerrados tras unos muros? ¿Acaso iba a permitir el Senado que los comerciantes sitiados pasaran hambre y privaciones? La gente de la calle pensaba que la única solución aceptable era forzar que Yugurta deshiciera el cerco. O, como mínimo, que dejase salir a todos los romanos e italianos que estaban prisioneros en la ciudad. El Senado terminó captando el sentir popular y envió una nueva comisión hacia África. Esta vez viajaban algunos nombres muy ilustres y famosos de la sociedad romana con la esperanza de que Yugurta entendiese de una buena vez que la cuestión estaba adquiriendo mayor importancia y que había líneas que no se podían cruzar. Así pues, la situación de Yugurta se complicaba por momentos. Pero él seguía en sus trece. Todavía pensaba que el problema se solucionaría por sí solo en cuanto consiguiera matar a Aderbal.

Cuando la nueva comisión senatorial llegó a Numidia, Yugurta volvió a desplegar el mayor de sus encantos: su dadivosidad con el oro. Sobornó a los enviados para que estos autorizasen in situ un asalto violento de Cirta. Lo autorizaron. La noticia de que una invasión era inminente y contaba con la aquiescencia de los embajadores traspasó los muros y llegó a oídos de Aderbal quien, como es lógico, se sintió perdido. Los comerciantes italianos atrapados en la ciudad parecían convencidos de que Yugurta se comportaría de forma magnánima debido a la creciente presión del Senado y consiguieron que Aderbal superara su más que comprensible recelo y aceptara rendirse.

Aderbal se rindió. La ciudad abrió sus puertas. Pero si Aderbal había esperado que Yugurta tuviese piedad, había cometido un grueso error. Yugurta no tuvo ninguna piedad y asesinó a Aderbal después, según parece, de haberle sometido a crueles torturas. Así se aseguraba de que Numidia entera quedaba bajo su mando. Pero también Yugurta cometió un gran error o, lo que es lo mismo, permitió por omisión que lo cometiesen sus hombres. Sediento de venganza y como castigo a la ciudad por haberse resistido, Yugurta hizo degollar a todos los varones mayores de trece años. Esta matanza, aunque terrible, no hubiese bastado para provocar una reacción de Roma, pero los soldados de Yugurta no hicieron distinciones y también pasaron a cuchillo a los varones romanos e italianos. Es verdad que los italianos habían participado en la defensa de la ciudad, pero, aun así, resulta difícil explicar por qué Yugurta cometió semejante error de cálculo. Matar a ciudadanos romanos (o a sus aliados de la confederación italiana) no encajaba bajo ninguna lógica en sus planes y era algo que iba contra sus propios intereses. Quizá el error se debió a la fogosidad homicida de sus hombres, es muy probable, pero parece extraño que Yugurta no hubiese tomado alguna precaución de antemano. También es posible que sobrestimase el pragmatismo de los romanos sabiendo lo muy ocupados que estaban con los bárbaros, o que confundiese el carácter de los dirigentes republicanos con el del pueblo romano y creyese que, si compraba a los dirigentes, los ciudadanos callarían. En cualquiera de estos casos, Yugurta acababa de traspasar una línea roja. La matanza de italianos en Cirta levantó una tremenda polvareda en Roma, agravada cuando algunos políticos realizaron acusaciones públicas sobre la recepción de sobornos en el Senado. La tensión en las calles llegó a tal punto que el Senado no tuvo más remedio que declarar la guerra a Yugurta. El rey númida pasó de famoso héroe militar y apreciado aliado a ser un enemigo de la República. Sin embargo, quienes pensaban que con una guerra se iba a obtener por fin una solución rápida al problema estaban condenados a sufrir una amarga decepción. Aquella guerra africana no iba a conllevar los desastres militares que ya había empezado a producir la invasión de cimbrios y teutones por el norte, pero sí tenía el potencial para dinamitar los cimientos de la credibilidad de la República. Los escándalos que Yugurta ya había provocado eran un juego de niños en comparación con los que estaban por venir. La República romana ganaría la guerra sobre el campo de batalla, pero las consecuencias fuera de él iban a ser catastróficas.

(Continúa aquí)


Bitácora improbable del curioso Alexander von Humboldt

 Alexander von Humboldt retratado por Friedrich Georg Weitsch, 1806. Imagen: DP.
Alexander von Humboldt retratado por Friedrich Georg Weitsch, 1806. Imagen: DP.

Están las hojas raídas y el pulso es errático, imposible de entender por momentos, pero el hallazgo es muy valioso. Un diario lanzado a través de doscientos años de distancia a la inalterable velocidad del polvo que se posa, la página que amarillea, la tinta que declina. Este cuaderno de bitácora recompone —de su puño y letra— la vida debidamente manipulada de Alexander von Humboldt (1769-1859), geólogo, geógrafo, naturalista, explorador empedernido, hombre de Luces con mayúsculas. No sé cómo apareció realmente. Alguien dejó este documento en mi ventana y desapareció con toda mala intención. No sé si es auténtico. No sé si debo fiarme de él.

1776. He encontrado un nuevo tipo de escarabajo. Tiene extremidades rojas y se mueve como un gusano. Lo descubrí cuando curioseaba detrás de los matorrales. La lluvia lo ha dejado todo embarrado. Entiendo que son escarabajos de humedad o algo parecido. En esta época del año llueve mucho en Tegel. Me ha dado tiempo a dibujarlo antes de que madre me llamara a cenar. Oscurece muy pronto en esta época del año.

1789. Las noticias llegan con retraso, y son confusas. Algunos hablan de incendios y saqueos. Otros, incluso, de que el rey ha ordenado a su séquito que haga inventario y disponga carruajes y caballos para dejar Versalles por la gatera. Reconozco que el corazón se me aceleró cuando leí estas noticias. Madre dice que son rumores sin fundamento y admito que tiene algo de razón. Francia arde en deseos revolucionarios, de eso no tengo dudas. Pero un anhelo más intenso y secreto anida en mi estómago, el de una turba que se alce también en otras partes del continente. Duermo poco. Hago preguntas y planeo algún viaje improbable. Acaso lo habitual.

1790. Georg Forster lleva un bigote ridículo y patillas de marinero. Me cae bien. Le invitaría a unas pintas aunque no me agradara solo para que me siguiera contando sus historias del capitán Cook. Forster me ha llevado a conocer Londres y a su amigo Joseph Banks, hombre de plantas. Él también ha viajado con Cook a los confines del mapa. Pese a la diferencia de edad, creo que he tendido con estos dos hombres algo parecido a la camaradería. Hemos pasado por París a la vuelta. ¡París! Ha de ser en nuestra época como la Roma capitalina de los tiempos de Escipión. Allí, en Francia, hemos planeado una travesía transoceánica de miles de leguas. He regresado a casa para concretar mis preparativos, pero madre ha insistido en mis responsabilidades, donde no cabe el capitán Cook. Prusia se ha cerrado sobre mí como una zarpa, aunque no tengo grandes lamentos. Trabajo para el Gobierno en una mina y estudio piedras y estratos. Indago inventos fallidos, atrasados o lunáticos.

1796. Madre ha muerto. Viva madre. El espíritu del capitán Cook ha venido a buscarme a las mismas ceremonias. Yo lo he aceptado entre sollozos. Llegué a ignorar por completo que aún guardaba su fiebre en mis carnes. En mi caso, si la metáfora no es frívola en este momento, el tapón de la bañera ha sido descorchado por la mano de la muerte. Tengo planes. Viajes improbables. Lo que siempre quise realmente, no es ningún secreto. Mi revolución está en los mares distantes y en las tierras remotas. En mis cuadernos y mis carboncillos. El mundo es salvaje. Mi espíritu lo espera tenso como la cuerda que aguarda al virote.

1796. Hoy maldigo la Revolución. Al menos la de las armas. El Directorio francés no quiere financiar mi expedición, por los requerimientos de la guerra.

—La Revolución es gravosa.

Quién sabe si los Borbones lo hubieran hecho. Me dispongo a averiguarlo. Viajo a la corte española y consigo entrevistarme con Carlos IV. Necesito su permiso para viajar libremente por el Nuevo Mundo, por sus colonias de ultramar.

—Sea—, me indica el monarca sin más.

Sobre la cuestión del dinero, no pido nada. Decido financiarlo con la abultada herencia que dejó madre. Estos ingresos inesperados son una oportunidad irrechazable, si no es vulgar ponerlo en estos términos. Quiero indagar en la unidad de la naturaleza, en el vínculo umbilical que lo conecta todo: mis matorrales, mis lluvias y mis escarabajos. Creo que de algún modo responden a una misma cosa y se influyen entre sí. Espero largos y prósperos viajes que calmen esta sed. Todo lo que tengo que hacer es no enfermar ni conjurar absurdamente al riesgo.

1799. Las gentes de La Coruña nos han despedido con peculiar entusiasmo.

—Pero a dónde vais.

Es 5 de junio de 1799. La tripulación está de buen ánimo. La nave se llama Pizarro y me pregunto si es un buen o mal presagio. Aimé Bonpland (con ese nombre no podía ser sino botánico) dice que pésimo. Será mi principal compañero de viaje. Me encomiendo a él y a mi atolondrado entusiasmo. Para su información, diré que cuento treinta años. La Pizarro guarda en sus bodegas hasta cuarenta y dos cajones llenos de instrumentos científicos.

Humboldt y Aimé Bonpland
Humboldt y Aimé Bonpland en la selva amazónica (óleo de Eduard Ender, hacia 1850). Imagen: DP.

Julio de 1799. Primero nos dirigimos a las islas Canarias para estudiar el antiguo volcán Teide. ¡Afortunadas! Desde mi juventud he soñado con pisar Tenerife. Desde la época de los griegos y los romanos, esta isla es célebre por su aspecto. Hago numerosas anotaciones. Tomo bocetos. Registro algunas especies de plantas extrañas, de afinidad volcánica que no entiendo muy bien. Luego ponemos rumbo al Caribe. Nuestra suerte se trunca y sufrimos a bordo un brote de fiebre tifoidea. Eso nos hace precipitar un nuevo destino. No atracamos en Cuba sino en la localidad atlántica de Cumaná. Tanto da. Estábamos ansiosos por volver a tocar tierra y escarbar.

Noviembre de 1799. En Llanos, en la llamada cordillera de los Andes, hemos hecho un descubrimiento singular. La morena es un pez abundante en la zona, peligroso y eléctrico, lo que nos deja atónitos. Si por casualidad te electrocuta antes de poder herirla o dejarla exhausta, el dolor y el entumecimiento es tan intenso como difícil de describir. Trabajo mucho. Bonpland también, y de vez en cuando separamos caminos para encontrarnos en algún punto pactado más adelante.

Diciembre de 1799. Anoto más hallazgos que espero conmuevan a las gentes cuando sean divulgados. Hemos encontrado una cueva magnífica de al menos cientos de kilómetros de perímetro, donde además vive un extraño pájaro, feo, de grandes ojos opacos y negros y hábitos completamente nocturnos. Lamento, por otro lado, que mis comentarios en esta bitácora sean cada vez más cortos. No he podido cazar al pájaro pero sí observarlo de cerca.

Febrero de 1800. La gente que no ha navegado los grandes ríos de la América equinoccial apenas puede hacerse una idea de cómo, a cada instante, sin descanso, los insectos te torturan. Además, aparecen para beber los jaguares, los tapires, los pecaríes… No les dan miedo las canoas y cruzan el río y luego se pierden en la maleza. El río Orinoco se alza ante nosotros como una corriente interminable que nos arrastra hacia lo profundo. No puedo decir que no me guste ni que no sienta miedo. Esta mañana unos aborígenes nos han enseñado un remedio contra las flechas venenosas que usan las tribus.

Marzo de 1800. Nuestro guía indio dice: «Es como el paraíso». El placer viene no solo de la curiosidad como naturalista sino también por venir de otra civilización. Antímano, Valencia, Puerto Cabello, Aragua, Calaboza… Nueva Granada es interminable. Te ves en un nuevo mundo, salvaje, indómito, y todo tipo de animales aparecen, un día tras otro. Me duelen las manos de articular el pulso para anotar y dibujar sin soporte firme. La humedad me cala los tendones, pero mi ánimo es una terca corriente de agua.

Noviembre de 1800. Cuba, por fin, más de un año después. He conocido al botánico John Fraser. Su colección me ha dejado sin habla. Precisamente, es un hombre que habla sin parar. Hasta hemos planeado viajar a Veracruz, Nueva España, pero otra circunstancia se ha interpuesto en el camino. Un periódico cualquiera ha caído en mis manos con notable desfase. Lo peor ha ocurrido: la expedición francesa que traté de armar en su momento ha zarpado de Europa. No me resigno. Quizá aún pueda unirme. Leo que se dirigen a Australia y estoy seguro de que fondearán primero en Lima. Allí viajaremos sin tiempo que perder recorriendo las tierras que dan al Pacífico.

Abril de 1801. Nuestra entrada en Santafé fue una especie de marcha triunfal. El arzobispo nos había enviado su carroza, y con ella vinieron los notables de la ciudad, por lo cual entramos con un séquito de más de sesenta personas montadas a caballo. Como se sabía que íbamos a visitar a José Celestino Mutis, procurose por consideración a él dar a nuestra llegada cierta solemnidad. Mutis había mandado habilitar para nosotros una casa cerca de la suya, y nos trató con extrema afabilidad. Es un anciano y venerable sacerdote de unos setenta y dos años, muy rico además. Desde hace quince años trabajan a sus órdenes treinta pintores; él tiene de dos mil a tres mil dibujos en folio, parecidos a miniaturas. Excepto la de Banks, de Londres, nunca he visto una biblioteca más nutrida que la de Mutis.

Febrero de 1802. Hemos cruzado gargantas colosales y montañas inmensas para llegar a Perú. Lector: no presumas retórica alguna en mis palabras. Han sido muchos meses y solo hay una cosa en verdad decepcionante: los franceses han seguido la ruta opuesta, por el cabo de Buena Esperanza. Maldición. Pareciome que por primera vez estoy decaído de espíritu. Por primera vez me pregunto qué hago allí, cargado de instrumentos a los que no puedo atribuir efectividad cierta, que me hacen caminar encorvado y con una cantidad de muestras y ambiciones que me obligan a estudiar el doble y comer la mitad. Me hago, en fin, algunas preguntas. Pero oigo un nombre: Chimborazo. Suena como avalancha. Una montaña cerca de Riobamba que causa pavor en las gentes de la zona. He visto balbucear a campesinos al hablar de sus tormentas, a exploradores torcer el paso ante su sombra. He visto que su vegetación cambia a medida que subimos, metro a metro, ladera a ladera. Tenemos que escalarlo del todo.

Octubre 1802. Lamento no escribir demasiado. Créeme: hay veinticuatro tipos distintos de ciempiés en los humedales cercanos a Cuzco. Y más hacia la costa un sistema de corrientes entre acuíferos que no consigo resolver todavía, pero que estoy seguro de que inciden sobre el clima. No es fácil concentrarse. Dicen los lugareños que es culpa de la altitud. Hace meses que abandoné unas lecturas con las que me entretenía las noches y los tránsitos. Eran demasiado pesadas. Pongo al día mi correspondencia con Herr Goethe. Europa sigue siendo un lugar parturiento.

Abril 1803. Acapulco es una tierra extraña. Nueva España es vasta pero fértil en gentes hospitalarias. La cojera de mi pierna no ha mejorado que se sepa. Me llegan noticias del poder creciente de Napoleón y de cómo ni Prusia ni las otras monarquías pueden vencerle por más coaliciones que armen. Ese hombre y yo hemos nacido el mismo año, y ciertamente, compartimos idéntico cometido emancipador. La mina de Guanajuato me ha fascinado como construcción, aunque sus condiciones son indignantes. Pachuca, Chilpancingo, Veracruz… El mundo no es solo Europa y su ensimismada guerra.

Junio de 1804. El tacto de las alfombras es firme y cierto como un trazo recto de escuadra y cartabón. Mis ropas huelen bien. Mi comida está caliente y condimentada. Thomas Jefferson me recibe en Washington y percibo en él un sincero interés por mis viajes. Hablamos de mareas, de jaguares y de la nieve en el Perú. Me agasaja con detalle y escruta mis mapas durante días. Sus ojos centellean sobre el papel. También viajo a Virginia. Mi estancia en los Estados Unidos de América es corta pero reveladora de una joven nación aislada pero orgullosa. Alguien me dice que Jefferson ha dicho: «Von Humboldt es el mayor científico que he conocido jamás». Me pregunto qué entiende exactamente por científico. Es un concepto resbaladizo.

Agosto de 1804. Es 3 de agosto y Burdeos nos recibe con honores pero un cierto desapego. Yo también lo haría si viera a una decena de tipos de dudoso aspecto bajar de un barco nauseabundo. Hace cinco años que no pisamos suelo del Viejo Mundo y mis sensaciones son contradictorias. La guerra no descansa en Europa. La Francia napoleónica resiste. Dicen que van a coronarle emperador. ¿Y eso para qué sirve exactamente?

Abril de 1805. En Berlín se resienten de que establezca mi domicilio en París. Qué querían. Ninguna corte puede competir con el emperador Bonaparte en el corazón de un modesto revolucionario. Y yo siempre he sido un afrancesado. Aunque debo confesar que de un tiempo a esta parte se atisban claramente en Napoleón los peores vicios del Rey Sol. Acaso un residuo despótico de su grandeza. Una amenaza para su obra.
**A 13 de octubre de 1810: busco esta entrada para añadir lo relevante: se me hace saber que Napoleón me quiere fuera de Francia. No lo conseguirá. Mi fama no palidece ante la suya.

Essai sur la géographie des plantes (1805), de A. de Humboldt. Fotografía: DP.
Ilustración de Essai sur la géographie des plantes (1805), de A. de Humboldt y Aimé Bonpland. Imagen: DP.

Febrero de 1816. Toman cuerpo los treinta y ocho mil kilómetros que hormiguean aún bajo mis pies. Se llama Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente y se publica en francés. A Bonpland no le gusta el nombre, pero las imprentas ya no pararán. Empleo todo lo que me queda —las ilustraciones han costado una fortuna— pero tardaremos años en completar y publicar todo en varios volúmenes. Me acuerdo de madre y del capitán Cook. Me hallo impotente ante una comprensión y aprovechamiento tan limitado de tal caudal de hallazgos e información, pero ha sido un proceso divertido, después de todo. Mi frustración está en Asia, donde me gustaría replicar mis aventuras. Maldigo a reyes y emperadores, clérigos y capataces, mercenarios y diplomáticos. Ninguno está por la causa de los descubrimientos.

1827. Vuelvo a Prusia. A Berlín. Supongo que es una capitulación biográfica. Me reclama el rey Federico Guillermo III, sobrino nieto de Federico el Grande. Su argumento es poderoso: reconocimiento tardío y una generosa pensión. Seré chambelán del rey sin grandes ataduras. Ahora todos me llaman académico y me reclaman para orar y divulgar. Aún realizo no obstante una expedición por Rusia para el zar y apuro Asia hasta más lejos que Alejandro, tocando China y las estepas de Gengis Khan. Continúo mis correspondencias y sigo escribiendo. Tengo en la mente una obra transversal que totalice toda mi indagación intelectual. Una aproximación audaz y definitiva a la unidad natural de las cosas. Temperaturas, corrientes marinas, aves, magnetismo… En la gran cadena de las causas y los efectos, ningún factor puede estudiarse de manera aislada.

1839. He recibido la calurosa admiración de este incipiente investigador llamado Charles Darwin. Me envía El viaje del Beagle tras su largo periplo, que ha despertado en mí mis más intensas nostalgias. Galápagos, Hornos, Tahití… Es más audaz que Lamarck. Discrepo en varias de sus conclusiones sobre adaptación y desarrollo de especies y así se lo he hecho saber, pero hay algo decididamente revolucionario en él; algo, si no es presuntuoso decirlo, incluso continuador de mis viajes. Tiene un gran futuro por delante, mas ojalá corrija al tiempo sus pueriles equivocaciones.

1859. Muero y unos meses después se publica El origen de las especies. Mi vida ha sido útil a la ciencia no tanto por mi contribución particular sino a través de mis esfuerzos para que otros aprovecharan las ventajas de mi posición. Me gusta pensar que, aunque por mi curiosidad pequé al intentar abarcar demasiados intereses científicos, he dejado tras de mí cierto rastro.

1869. Escribo desde otro mundo, como es evidente. Es por un motivo fundado y noticioso. En el primer centenario de mi nacimiento la noble prensa de Estados Unidos ha glosado mi figura. Todas las historias de portada del New York Times tratan sobre mí. Pero eso no es todo. En Nueva York se ha celebrado un gran desfile, un banquete y la inauguración de una estatua ante más de veinticinco mil personas. Otras ciudades del país como Boston, Memphis, Albany, Baltimore o Cleveland han replicado estos actos. ¡Y me cuentan que también en otras naciones del mundo! Me siento honrado, pero ciertamente, Dios no me ha librado del día de las alabanzas.

1969. Rescato este diario del limbo de mi memoria fracturada y distante para anotar una última entrada, seguramente llevado por la nostalgia pero confío en que también por un razonable sentido de la justicia. Los fastos de 1869 quedan lejos y mi nombre se ha difuminado como la estela de la nave Pizarro sobre aquel mar de 1799. Pese a que cientos de aves, plantas, calles y pueblos llevan mi nombre y pese a fundamentales hallazgos como las isotermas. Mis dominios científicos han sido ocupados y prolongados por aquel Charles Darwin, en dicha esté, y mi obra ha encontrado una gozosa derivación recreativa en la robusta imaginación de Julio Verne. Figúrese mi embargo con la historia que Prusia ni siquiera es ya nación alguna. Nikola Tesla no pierde ocasión de envenenarme con estos pensamientos, como también hace Louis Le Prince, olvidado pionero del cine. Yo templo ánimos con buen espíritu, pues necesito cierta calma para explorar estos infinitos confines que algún día conocerás, la inabarcable sima después de la muerte. Supongo que no tiene sentido prolongar esta correspondencia, pero no se deshaga de ella, se lo ruego. Imploro, como ulterior voluntad, que algo de estas palabras y pensamientos pueda llegar a publicarse. Y que yo, Alexander von Humboldt, modestamente, no acabe reducido a un simple busto… como el capitán Cook. Se lo ruego y de veras confío en ello.


La lucha contra las barbas: una perspectiva histórica

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Imagen: Cortesía de beardtoken.

Les confesaré una cosa: no me gustan las barbas. Nada. Ni un poquito. Tranquilos, no se asusten, no se vayan tan rápido. Soy tolerante en lo que a una descuidada barbita de tres días se refiere. Lo que no soporto es la invasión de las barbas tupidas, de semanas, ¡meses incluso! a la que nos vemos sometidos últimamente. Pueden imaginarse que con la fiebre barbuda que coloniza nuestra sociedad de un tiempo a esta parte, por la cual se ha negado a las mujeres el derecho a conocer el rostro de quien las corteja, mi postura no es especialmente popular. Barbas con flores, artículos sobre por qué enamorarse de un hombre con barba, material y más material online sobre cómo cuidar, recortar, acicalar y mantener perfecto el peludo accesorio nos acechan por todas partes, y aquellos felices años en los que la imagen del hombre atractivo incluía siempre un perfecto afeitado se alejan tristemente hacia el pasado.

Dadas las circunstancias, parece que la lucha contra la invasión velluda podría ser propia de unos cuantos pognófobos exaltados (pognofobia: persistente, anormal e injustificado miedo a las barbas). ¿Pero y si les digo que nombres tan importantes para la historia como pudieron serlo Alejandro Magno, Enrique VIII de Inglaterra, o el zar Pedro I el Grande fueron también simbarbistas, y gobernaron en consecuencia? Les invito a hacer conmigo un repaso de la historia y a conocer a quienes pusieron su granito de arena por conseguir una sociedad afeitada.

Comencemos nuestro recorrido por la cuna de nuestra civilización: la antigua Grecia. Pero antes de observar directamente a sus habitantes, hagamos un pequeño rodeo para ver qué encontramos por el Olimpo. Es cierto, Zeus era quien manejaba el cotarro y poseía sin duda una frondosa barba. ¿Pero se pararían ustedes ante una estatua suya, salivando ante su abrumador atractivo? Quiero pensar que no. ¿Y si les hago esta misma pregunta, pero sustituyendo a Zeus por Apolo? ¿A qué entonces cambian las cosas? Díganme ahora… Este tal Apolo, ¿lleva barba? Exacto. El dios de la belleza masculina de la antigua Grecia lucía un perfecto afeitado. Y ahora, dejemos tranquilos a los dioses para volver al mundo terrenal.

La barba era común en la sociedad griega, donde su existencia se consideraba un símbolo de sabiduría, y su ausencia una señal de afeminamiento. Los grandes sabios y filósofos de la época solían llevar largas barbas, y en ocasiones, se utilizaba el afeitado como castigo para los delincuentes, al ser este visto como una forma de humillación. Las tornas comenzaron a cambiar ante la aparición del primer simbarbista de la historia: el gran conquistador Alejandro Magno. El soberano macedonio, a quien al contrario que a sus antecesores siempre vemos representado afeitado, fue entre muchas otras cosas el fundador del simbarbismo, al hacer que todo su ejército se armase… de navajas de afeitar. Alejandro consideraba que el vello facial podía poner a sus soldados en situación de desventaja en las batallas, ya que si sus enemigos tiraban de sus barbas en pleno combate cuerpo a cuerpo esto distraería la atención del combatiente, y podría ser aprovechado para asestar un golpe mortal. Espero que si usted está leyendo esto mientras se atusa la barba, corra raudo y veloz a su proveedor de cuchillas de afeitar más cercano. Recuerde: es por su seguridad, estar afeitado no solo le hará más guapo, sino que alargará su vida.

Caricatura del Siglo XVII, sobre el impuesto de llevar la barba. (DP)
Caricatura del Siglo XVII, sobre el impuesto de llevar la barba. (DP)

Existen muchas similitudes entre la cultura griega y la romana, pero precisamente las barbas fueron uno de los símbolos que los habitantes del Imperio romano utilizaron para diferenciarse, y es que en Roma el hecho de ir afeitado pronto se convirtió en un signo de ser ciudadano romano y no griego. Esto no fue así desde el principio, sino que debemos agradecer tal cambio a Publius Cornelius Scipio Aemilianus Africanus (Escipión el Joven para sus amigos), conocido por haber sido elegido cónsul por aclamación pese a ser demasiado joven según la legalidad vigente que las leyes duerman por esta noche», se dijo entonces), y por haber llevado a cabo la conquista de Cartago. Su verdadero legado para la historia, sin embargo, no es otro que el de haber sido en el siglo II a.C. el primer cónsul que se afeitaba a navaja a diario. Pronto se impuso la sensatez, y Escipión no hizo sino crear una tendencia que duraría siglos, hasta que el emperador Adriano (casualmente un tipo tirando a feo cuya cara estaba repleta de cicatrices), que gobernó el Imperio entre el 117 y el 138 , decidió volver a la barba, imponiendo con esto una nueva moda que permanecería durante casi dos siglos. Señal de que los romanos eran simbarbistas de corazón es la anécdota que nos cuenta que, cuando el senador M. Livius volvió a Roma tras años retirado de la ciudad, solo fue autorizado a entrar en el Senado cuando se hubo librado de su aspecto poco higiénico y, por supuesto, de su barba.

Uno de los argumentos más repetidos por los amantes de las barbas hoy en día, es que el vello facial contribuye a dar a quien lo porta un aspecto más masculino que si llevase el rostro al descubierto. Sin embargo, en la sociedad romana se sostenía todo lo contrario, siendo tradición el que los adolescentes dejasen crecer su barba hasta el momento de proclamar su entrada en la edad adulta. El pelo recortado era entonces ofrecido a los dioses, y el nuevo afeitado se interpretaba como un símbolo de masculinidad. En esta línea está también la tribu germánica de los Catti, cuyos jóvenes no estaban autorizados a afeitarse hasta haber matado a su primer enemigo y ser verdaderos adultos.

Recapitulando: la ausencia de barba aumenta la esperanza de vida, hace que los hombres sean más apuestos, da un aspecto limpio y, es además, señal de masculinidad.

Es hora de avanzar en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XVI, y concretamente hasta la corte de Enrique VIII. El monarca inglés ha pasado a la historia por haberse casado con hasta seis mujeres, separando la Iglesia anglicana de la católica de Roma por el camino. Sin embargo, los libros de historia tienden a olvidar que fue el primer soberano en establecer un impuesto sobre las barbas. Ya en 1447 Enrique VI había impuesto la prohibición de los bigotes, decretando el afeitado obligatorio del labio superior al menos una vez cada dos semanas, pero no sabemos si esta ley aplicaba al resto del vello facial. Es en 1535 cuando Enrique VIII, pese a ser portador de una frondosa barba, establece una sumptuary law por la cual se imponía una sanción monetaria a los ciudadanos que se negaran a afeitarse. Esta ley seguirá vigente hasta ser derogada en el año 1560, ya durante el reinado de Isabel I, aunque se desconocen los motivos por los que dejó de aplicarse.

El impuesto más famoso que conocemos en contra de las barbas se estableció en la Rusia de principios del siglo XVIII. Su artífice fue el zar Pedro I, el Grande, quien se ganó este sobrenombre no solo por su altura (medía dos metros y cuatro centímetros), o por haber occidentalizado en gran medida su país durante su zarato, sino sobre todo por la expansión de la cultura simbarbista a lo largo y ancho de su imperio. En 1697, el soberano ruso emprendió un viaje de incógnito por Europa con el objetivo de buscar aliados contra el Imperio otomano. Su empresa como tal fue un fracaso, ya que los países del oeste europeo estaban por aquel entonces entretenidos con la Guerra de Sucesión española, y tampoco les convenía renunciar a la paz establecida con el sultán otomano. Sin embargo, el viaje fue fructífero ya que propició que el Zar entrase en contacto con las más avanzadas costumbres occidentales, entre las que se contaba, cómo no, el afeitado regular. Así, a su regreso, ordenó a toda su corte afeitarse sus largas barbas, para que tuvieran un aspecto más europeo. Esta medida fue aceptada en su mayoría sin protestas, salvo por parte de los boyardos, que estaban al parecer muy orgullosos de ir por la vida con felpudos en la cara. Entra así en vigor el primer impuesto simbarbista del zarato, que gravaba con cien rublos anuales a los boyardos que quisieran guardar sus barbas.

En 1705, Pedro decide ir más lejos, y exige que todos los hombres se afeiten y se vistan de modo occidental. Esto disgusta profundamente a un grupo de fieles tradicionalistas, más conocidos como los viejos creyentes, que comienzan a referirse a él como «Pedro Belzebubovich»: Pedro, hijo del diablo, y se niegan a afeitarse. Lejos de echarse hacia atrás, Pedro comienza a poner en práctica una serie de medidas para quitar poder a la Iglesia ortodoxa, lo que enfada aún más a los viejos creyentes. Tras años de disputas, en 1722 se establece finalmente un impuesto anual para todo aquel que quisiese continuar llevando barba; que obligaba además a quienes lo pagasen a llevar un medallón con la inscripción «las barbas son ornamentos ridículos».

Medallón simbarbista. Imagen: Cortesía de beardtoken.com
Medallón simbarbista. Imagen: Cortesía de beardtoken.com

Nos acercamos ya hacia nuestros días, y al evento que supuso la democratización del afeitado: la invención a finales del siglo XIX de la maquinilla de afeitar por King Camp Gillette. Hasta entonces, los hombres que deseaban afeitarse debían hacerlo utilizando navajas, lo cual requería especial destreza y podía provocar más cortes de los deseados. En el año 1901 se crea la American Safety Razor Company (posteriormente Gillette Safety Razor Company) y se comienzan a popularizar las primeras maquinillas. Durante la Primera Guerra Mundial, el ejército americano llega a comprar hasta tres millones y medio de maquinillas, y treinta y dos millones de cuchillas de afeitar. A partir de este momento, asistimos a grandes campañas de marketing que promocionan la imagen del hombre afeitado, y las barbas descienden en popularidad, comenzando a relacionarse solo con sectas y grupos marginales. Héroes de películas, grandes estrellas, políticos y otros referentes de la sociedad lucían un perfecto afeitado. La sociedad había visto la luz.

Casi un siglo más tarde, y pese a la irrupción de grandes avances como el acero inoxidable o las cuchillas de hoja múltiple en el mercado de las maquinillas, las barbas amenazan con volver. Pero estemos tranquilos. Siempre habrá un simbarbista esperando para luchar contra las tinieblas de la Oscuridad Velluda.

Patente de la maquinilla de afeitar. (DP)
Patente de la maquinilla de afeitar. (DP)