En Bahamas, la libertad

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Detalle de The Bahamas from Slavery to Servitude, 1783-1933, de Howard Johnson.

Fueron doce personas. Habían formado un comité para exigirle al Parlamento Británico la abolición de la esclavitud. La iniciativa partía de una petición firmada por trescientos cuáqueros, pero los miembros de este culto no tenían derecho a ser diputados. Por eso en el comité se sentaron tres anglicanos, Thomas Clarkson, Granville Sharp y Philip Sansom. El grupo se denominó oficialmente Sociedad para la Abolición de la Trata de Esclavos. Como ocurre ahora, el detonante fue una noticia impactante, el caso del Zong, un barco que se dedicaba rutinariamente a la venta de esclavos, pero que había contraído un seguro por la carga y decidió cobrárselo cometiendo un fraude: tirar «la carga» al mar y dar media vuelta. Murieron ciento treinta personas. Cuando el seguro se negó a pagar, llegó el escándalo. 

La Sociedad se creó un 22 de mayo de 1787. En un principio no estaba orientada a acabar con la esclavitud, sino con el comercio internacional de esclavos. Su actividad fue sobre todo informativa. Publicaron libros, carteles propagandísticos y emprendieron largas giras por localidades de todo el territorio británico dando discursos y organizando actos para concienciar a la población. Fabricaron medallones con la leyenda «¿No soy un hombre y un hermano?» que llegaron a hacerse muy populares, se convirtieron en una moda. Lentamente, el movimiento logró a reunir los apoyos necesarios para que, en 1807, el Parlamento Británico aboliera el comercio internacional de esclavos. 

Las consecuencias fueron inmediatas en todo el mundo. Gran Bretaña tuvo que indemnizar al resto de imperios, ya que una de sus actividades más lucrativas, el secuestro y venta como esclavos de personas, además de su explotaciones agrícolas con este tipo de mano de obra en sus colonias, se verían seriamente afectadas. La abolición amenazaba tanto a la economía de las colonias portuguesas y españolas como a sus gobiernos corruptos, en Mozambique los negreros dominaban todo el aparato del Estado. Allí la cuestión era especialmente complicada. Algún intento de abolir la esclavitud había tenido como respuesta amagos secesionistas. Era muy real la amenaza de que Angola y Mozambique se independizaran del Imperio portugués para unirse a uno brasileño basado en la trata. 

España, por ejemplo, recibió cincuenta millones de reales como indemnización por la abolición del comercio. Un pago que dio lugar a un caso de corrupción que nunca ha llegado a ser aclarado del todo. Con ese dinero, Fernando VII compró a Rusia unas fragatas que, a su llegada, fueron declaradas inútiles y hubo que desguazarlas y revenderlas como leña. 

La prohibición también dio lugar al delito, que permitió lucrarse a las oligarquías que manejaban las rutas comerciales y tenían muy pocos escrúpulos. La regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias y su marido tenían un cartel con empresarios esclavistas en los territorios españoles y cobraban por cada esclavo que entraba en Cuba. Este tipo de negocios, que en el caso de la regenta rendían al 1000 %, crearon una clase que luego tuvo gran importancia en el país. Con el objetivo de posponer la abolición de la esclavitud en las colonias españolas, a pesar de las presiones internacionales en este sentido, financiaron a los partidos que defendiesen sus intereses. Durante todo el siglo XIX, la batalla fue política y diplomática, pero también naval. Es un episodio poco recordado de la historia, pero la Marina Real Británica se dedicó a interceptar barcos cargados de esclavos. 

Los cónsules británicos, repartidos por todo el mundo, investigaron las redes de comercio de esclavos y aportaban la información al Foreign Office. Cuba fue uno de los territorios más disputados. No solo por los negreros españoles, sino por el expansionismo estadounidense, que también vio, en una aventura promocionada por los propietarios de esclavos del sur, la oportunidad de conquistar otro paraíso esclavista. La trata ilegal aportaba ganancias como un narcoestado moderno. Los propios diplomáticos británicos también eran untados con sobornos de toda clase. En los años 40 del siglo XIX, la economía cubana llegó a contar con casi 350 000 esclavos en las plantaciones. Los sobornos que pagaban los traficantes llegaban desde lo más alto de la administración de la isla hasta al soldado más raso. 

Para los británicos el problema se planteó cuando patrullando el mar encontraban barcos cargados de personas secuestradas en África. Lord Castlereagh, secretario de Estado de Relaciones Exteriores, y el Foreign Office, pronto se dieron cuenta de que tenían un problema. Cada barco que incautaban tenía una carga y era de seres humanos que, según su nueva legislación, eran libres. Entre otros lugares, su destino fue Bahamas. 

En la actualidad, el archipiélago es un destino turístico de ensueño, pero en estas islas paradisiacas también ocurrió un fenómeno extraordinario hace doscientos años. La Royal Navy fue asentando a todos los esclavos que liberaba, que comenzaban aquí una nueva vida. Estas personas, que no pudieron ser repatriadas cuando las liberaban los ingleses, llegaron también a Guayana Británica, Trinidad, Jamaica, pero Bahamas fue el destino más empleado porque estaba justo en la principal ruta de navegación con Cuba que seguían los traficantes. 

Muchos africanos liberados se alistaron en el ejército, personal de aduanas y en los servicios navales. Como población asentada, fueron claves para la cohesión del país a la hora de repeler una posible invasión estadounidense. Aunque existieran graves discriminaciones durante años después de la emancipación, surgió una clase media procedente de África con quienes habían asumido la libertad y la responsabilidad de su propia manutención. De ahí surgirían figuras como Alfred Adderley, prominente abogado que llegó a ser presidente del Tribunal Supremo en 1951, o Milo Butler, líder del Partido Liberal Progresista, que fue gobernador de Bahamas entre 1973 y 1979, reconocido con la Orden de Héroe Nacional de Bahamas. 

Además, en el mismo año 34 de la emancipación, aparecieron en Bahamas las Sociedades de Solidaridad. Su principal objetivo era proporcionar asistencia a los trabajadores en los periodos de enfermedad, vejez y los gastos de su funeral y pensiones para los familiares que perdían a su padre. De hecho, los afrodescendientes presumían ante el rey de que, con las formaciones de este tipo de sociedades, propias de la Inglaterra industrial, habían asumido los valores británicos como propios. Sin embargo, según el historiador Howard Johnson, estas agrupaciones en realidad reflejaban valores culturales africanos, ya existían en su tradición organizaciones similares para el autocuidado de la comunidad. 

Con la crisis del cultivo del algodón en el XIX, teniendo que buscarse el sustento por sí mismos, con las Sociedades de Solidaridad, los antiguos esclavos ahora liberados salieron adelante en una economía deprimida proporcionándose a sí mismos recursos para sobrevivir en condiciones de igualdad. No fue una historia idílica, tuvo muchas dificultades de todo tipo, pero es suficiente como para tener en cuenta que Bahamas, además de un entorno privilegiado, alberga en su pasado uno de los episodios de mayor humanidad de la historia. 


Abolida la esclavitud de las personas se inventó la esclavitud de los países

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Henry Morton Stanley en 1872. Foto: Smithsonian Institution (DP)

Hubo una vez un periodismo épico, aventurero, extravagante. Con la excusa de desvelar lo desconocido, colorear el mapa en blanco del corazón de África, conquistar lectores y hacer fortunas, diarios como el New York Herald y el London Daily Telegraph financiaron expediciones que cautivaron la imaginación de millones de personas. Era el siglo XIX, el de los inventos, las máquinas, los imposibles; también fue el siglo de la esclavitud, la explotación de las personas, las injusticias, el cultivo de los odios y horrores que dominarían el XX.

Eran tiempos de hazañas, utopías e inventos como el telégrafo que permitían una cierta sensación de instantaneidad; eran tiempos de viajes al centro de la Tierra y a la Luna, de las grandes óperas italianas, de un nacionalismo romántico en el que los hombres mataban y morían embriagados por banderas e himnos. Fue época de fronteras en movimiento, sangre y conquista: hacia el oeste de Estados Unidos, por encima de los nativos americanos; en el interior de África, sin preguntar a los africanos. 

Aquellas historias de salvajes y heroísmo, de generales Custer y misioneros perdidos en la selva, fueron narradas por los vencedores: los blancos, los ricos. Ellos decidieron qué era salvaje y qué progreso; quién tenía voz y quién enmudecía.

Los grandes exploradores financiados por periódicos, sociedades geográficas, científicas y supuestamente filantrópicas, millonarios, reyes y reinas remontaron el río Congo, viajaron de costa a costa a través de selvas peligrosas infestadas de caníbales, animales salvajes y enfermedades mortales; descubrieron montañas, volcanes, ríos y lagos y dieron nombre extranjero a lo que tenía nombre nativo. 

África se transformó en El Dorado, el epicentro de una carrera por hacerse con el control de territorios y riquezas: marfil, oro, minerales, madera. ¡Y aún faltaba el petróleo! Miles de sacerdotes se adentraron en las selvas y forestas decididos a convertir a los nativos. El nuevo dios quebró estructuras, allanó el camino para el lucro y el exterminio. El efecto llamada no era la supervivencia, como ahora, fue la codicia.

No abunda en esta historia el punto de vista del otro, el de los aplastados; quizá el del escritor Chinua Achebe en su Todo se desmorona, la gran novela africana que explica un continente a la deriva entre dos mundos, el salvaje y el moderno.

Fueron años terribles para una población traumatizada por una pesadilla de siglos: la esclavitud. El siglo XIX sentó las bases de la relación de desigual entre el autoproclamado primer mundo y el que sería tercero, el último, condenado al expolio y al genocidio.

Abolida oficialmente la esclavitud de las personas, se inventó la esclavitud de los países. 

Los diez mil reinos africanos, sobre los que escribe Ryszard Kapuscinski en Ébano, fueron reducidos, unificados, simplificados en el Congreso de Berlín, en 1885. Lo que se presentó como una reunión de bienintencionados en la defensa de África fue un burdo casino, un zoco sin sentimientos ni principios en el que las potencias coloniales se repartieron las áreas de depredación. Se dividieron tribus (mandinga, masai, tuareg…) y se unieron otras que arrastraban odios ancestrales (hutu y tutsi; hemas, lendus). 

Británicos, franceses, belgas, alemanes e italianos copiaron el patrón español en América Latina, la leyenda negra, e impusieron la sumisión y la muerte a millones en nombre de un dios redentor, de una civilización pretendidamente superior, de la modernidad.

Uno de los mayores déspotas de aquella época siniestra, retratada casi periodísticamente en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, fue Leopoldo II de Bélgica. Un rey que merece un lugar destacado en la historia universal de la infamia junto a los principales criminales del siglo siguiente: los Hitler, Stalin, Pol Pot

Pocas biografías resisten la prueba de arrancar el personaje de su época, de su contexto, de la forma de pensar de los años en los que vivió, para someterlo a una revisión desde el pensamiento del siglo XXI, con los derechos humanos y la democracia como luminarias. Es el caso del galés Henry Morton Stanley, el gran explorador occidental del XIX con permiso de Richard Burton, el hombre que hablaba setenta idiomas y dialectos, y Hanning Speeke.

Antes de ser el que conocemos, el descubridor de la región de los Grandes Lagos, Stanley trabajó en la guerra de Secesión de EE. UU. para James Gordon Bennett, creador y editor del New York Herald, el precedente del International Herald Tribune. En esa época demostró hechuras de corresponsal y un gran coraje, determinación y sangre fría. 

Se bautizó en África en 1867 en una operación británica contra el rey etíope Teodoro II. Stanley viajaba como periodista y fue el primero en anunciar la caída de la fortaleza de Magdala, capital del reino. Era astuto: sobornó a los responsables del telégrafo de Suez  para ser el primero en transmitir la noticia.

Dos años después, mientras se encontraba en París, Stanley recibió uno de los telegramas más célebres de la historia del periodismo. Gordon Bennet escribe: «Quiero que busques al doctor Livingstone en África [perdido años atrás]. Pero antes debes ir a la inauguración del canal de Suez, a Jerusalén, Constantinopla, Crimea e India a través del Cáucaso, Irak y el río Éufrates». El sueño de todo periodista: un viaje con los gastos pagados que lo aleje de las redacciones y la vida monótona.

Con el rodeo propuesto por su director, Stanley tardó cerca de dos años en arrancar en Zanzíbar la expedición que en noviembre de 1871 localizaría al misionero escocés en Ujiji, a orillas del lago Tanganica (hoy Tanzania). De aquel encuentro nació otra frase legendaria: Doctor Livingstone, I presume?, «¿El doctor Livingstone, supongo?»

Stanley se distrajo de las labores del periodismo y se lanzó a las más lucrativas en dinero y fama de la conquista del África que pisaba. No fue un hombre de porfavores; era duro, implacable, esculpido en una infancia de maltratos. A su regreso a la Inglaterra victoriana con las noticias del desaparecido Livingstone muchos dudaron del relato de sus hazañas. 

Stanley organizó una segunda expedición con el apoyo del Herald y del Telegraph con el objetivo de resolver la disputa entre Burton y Speeke sobre las fuentes del Nilo. En 1874 circunvaló el lago Victoria y confirmó que estaban donde había dicho Speeke, muerto poco antes en un accidente de caza sin el reconocimiento que se merecía. 

Después, Stanley encontró el río Congo y comprobó que giraba al oeste. Tras remontarlo y bautizar unas cataratas con su nombre, cruzó el continente por zonas jamás transitadas por el hombre blanco. De los trescientos cincuenta y seis que partieron de la isla de Zanzíbar sobrevivieron ciento catorce. Stanley fue el único occidental en conseguirlo. Los africanos le apodaron Bula Matari, «el que rompe las piedras».

En un nuevo viaje al centro de África, Stanley escogió al peor mecenas posible: Leopoldo II de Bélgica. Le ayudó a hacerse con la propiedad de lo que hoy son la República Democrática de Congo, Ruanda y Burundi, donde el rey y sus funcionarios cometerían uno de los mayores genocidios del siglo. Creó el Estado Libre del Congo, el más esclavo de todos.

Tras la búsqueda de otro desaparecido, el gobernador de Equatoria, Emin Bey, el aventurero se retiró a Londres a escribir sus libros, a recibir honores en una sociedad victoriana que premiaba la épica y el heroísmo sin preguntar demasiado por la letra pequeña. Stanley murió en 1904 convertido en leyenda a los sesenta y tres años, sin noticias de arrepentimiento o mala conciencia. Era muy religioso y estaba convencido de haber cumplido su deber. 

Faltaban diez años para el estallido de la Gran Guerra; treinta y cinco para el inicio de la Segunda, para el Holocausto: decenas de millones de muertos en un nuevo siglo en que el hombre viajó a la Luna y se olvidó de la Tierra.

Ya no existe ese periodismo épico, extravagante, aventurero; tampoco existe el de la Segunda Guerra Mundial, el del desembarco de Normandía con los Robert Capa y Martha Gellhorn arrastrándose sobre la arena de Omaha; ni el de la guerra del Pacífico con Ernie Pyle. Ya no existe el periodismo de Vietnam ni el de la guerra civil de Líbano ni el de Bosnia-Herzegovina. 

Hoy, la aventura es individual, free lance, con una épica sin seguro de vida ni chalecos antibala ni garantías de pago. Ya no existen los Gordon Bennet ni las Irena Tarlowska, la redactora jefa que mandó a Kapuscinski de viaje a la India con un ejemplar de Herodoto bajo el brazo. 

No son buenos tiempos para el periodismo; tampoco para la aventura. Las redes sociales, internet, la fotografía aérea, los satélites crean la sensación de que nada se escapa al ojo occidental, de que todo ha sido descubierto, cartografiado y clasificado. No hay Livingstones ni Stanleys ni editores locos. 

Ha pasado más de un siglo de la muerte de Stanley pero ese Congo maldito sigue atrapado en guerras, violaciones masivas de mujeres, reclutamiento forzoso de niños soldado y hambrunas. La esencia no ha cambiado: muerte a cambio de materias primas. Pero aún tenemos esperanza.


Zombie Beach y otras historias de Antigua

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Una mujer vende camisetas en la playa de Saint John, Antigua, 2012. Fotografía: Getty.

Antigua is beautiful. Antigua is too beautiful. Sometimes the beauty of it seems unreal. Sometimes the beauty of it seems as if it were stage sets for a play.

(A Small Place, Jamaica Kincaid)

«Antigua es bonita. Antigua es demasiado bonita. A veces su belleza parece irreal. A veces su belleza parece el escenario de una obra de teatro». Se necesita algo más que tiempo y dinero para conocer Antigua; el escenario y a sus actores. A unos pocos extranjeros la isla los deja penetrar en ella lentamente. Se revela con cautela, a su propio ritmo, sin prisas. Pero, otras veces, se marchan sin haberla conocido.  

A su llegada, lo primero que ve el turista es un edificio enorme color crema detrás de la rotonda que hay a la salida del aeropuerto. Es la sede central del banco Stanford International. Recibe el nombre de su fundador, Allen Stanford, encarcelado en Norteamérica por ser el artífice de una estafa Ponzi. Muy cerca hay un estadio de críquet —el deporte más popular—, también erigido por Stanford. No ha sido el único mangante con intereses en esta pequeña isla de tan solo 280 km² y unos 68 000 habitantes. Proyectos notables para este lustro son los del grupo chino Yida International Investment, y los de Royalton Property y Robert de Niro; juntos suponen una inversión de más de mil quinientos millones de dólares americanos. El lujo, por supuesto, no es nada nuevo aquí. Incluso se puede conseguir la ciudadanía si se tiene medio millón para invertir y entrar a formar parte del grupo de potentados que deciden lo que se hace con la isla. 

Han decidido que se hacen luxury resorts. De camino a uno de estos complejos, pongamos que eres un alien que un día decide ver cómo es el de Jumby Bay, «transitas por una carretera muy mala … Te sientes genial y dices, “Vaya cambio esta carretera comparada con las autopistas tan buenas a las que estoy acostumbrado en Norteamérica”. (O peor, Europa)» —la escritora antiguana Jamaica Kincaid, en su librito titulado A Small Place, se ha metido en tu mente, y en la de la gente local—. Menos mal que las distancias son cortas y se tarda nada en llegar. En llegar a la playa, porque el resort está en una isla privada adonde solo se puede ir en barco, privado también, y no puedes hacerlo. Es espacio frecuentado por famosos como Will Smith, Kevin Spacey y Paul McCartney.

Como eres un alien listo te imaginas correctamente que el de Jumby Bay es probablemente como el resto de complejos, con villas escondidas entre cocoteros, plátanos y buganvillas, y con espacio de sobra entre villa y villa como para poder tener conversaciones y practicar sexo sin ser oído. Lo que puede que los huéspedes no sepan es que jumby, en creole de Antigua, significa fantasma, zombi, espíritu juguetón, espíritu maligno. Cerca del complejo hay un molino de azúcar en ruinas, vestigio de la época en que los afroantiguanos fueron esclavos, en torno al cual vagan jumbies y, ocasionalmente, los empleados del resort, que contemplan complacidos cómo al subir la marea los detritus salen a flote en la playa de aguas transparentes donde se bañan los ricos. Para el local, zombi o vivo, «el turista es un ser humano feo». El local recela del turista capitalista: «¿Sabes por qué la gente como yo no se siente cómoda siendo capitalista? Verás, es porque nosotros, desde que os conocemos, hemos sido capital, como las balas de algodón y los sacos de azúcar, y vosotros habéis sido los capitalistas crueles al mando, y la memoria de esto es tan fuerte, y la experiencia tan reciente, que no podemos comulgar con esta idea». Si algo te queda claro a ti, al alien, es que el local envidia la capacidad del turista para convertir la banalidad y el aburrimiento en que el local vive instalado en una fuente de placer.   

Dos mundos conviven en Antigua. Por un lado, el capital, las playas de arena blanca y aguas cristalinas. Por otro, la historia, el lado oscuro, la Antigua auténtica. Como muchas islas cercanas, Antigua cambió de manos varias veces. Los siboney y los arawaks fueron los primeros pobladores. Por algún motivo desconocido, la isla quedó posteriormente deshabitada, aunque los caribes la consideraban de su propiedad e hicieron frente a los ataques de los españoles a finales del siglo XV y principios del XVI . Finalmente, fueron los ingleses quienes consiguieron penetrar en la isla y que sus asentamientos prosperaran, a pesar de la feroz oposición de los caribes, en el siglo XVII. La invasión fue rápida. En 1640, la población no llegaba a 1000. En 1676, ya había 3500 pobladores y en 1678, 4480: 2308 de origen europeo y 2172 de origen africano. Tres años antes, solo 500 eran esclavos africanos.

Fue en este periodo de tiempo, el último cuarto del siglo XVII, cuando la economía de la isla, hasta entonces diversificada, comenzó a depender del monocultivo de la caña de azúcar, para lo que se importaron africanos esclavizados como mano de obra principal. En menos de cien años, los esclavos llegaron a ser el 90 % de la población. Antigua se convirtió en una gran fábrica de azúcar. La tierra se acumulaba en manos de una élite relativamente pequeña, la plantocracia. En sus haciendas, los esclavos trabajaban agrupados en cuadrillas y una jerarquía de amos, capataces blancos y capataces negros organizaba, dirigía y controlaba la producción. A los esclavos recién llegados se los distribuía en las barracas de los esclavos nacidos en Antigua para que estos los formaran y les enseñaran el idioma. Con ellos convivían algunos blancos pobres. Esto es importante porque en la organización económica y social de las grandes plantaciones se origina la estructura de la pirámide social y económica que ha perdurado en Antigua durante más de tres siglos. Sustituyamos plantócratas por empresarios. Sustituyamos plantaciones por resorts. Los supervisores, blancos y negros, continúan en su sitio. Sustituyamos esclavos por trabajadores en condiciones precarias, muy precarias; sus vidas valen menos que las de los esclavos, porque cuando uno muere el empresario no pierde un bien. «Cambiemos de sitio los barracones de las plantaciones», debieron de pensar los esclavos tras la emancipación en 1834, «y fundemos pequeñas poblaciones». 

Moverse por Antigua es viajar por carreteras —de doble sentido y llenas de baches— que no conducen a ninguna parte. Solo las vallas publicitarias disipan un poco la impresión de soledad, mientras un sol de justicia madura sobre la tierra sin cultivar —no llueve, solo cuando hay huracanes—. De pueblo a pueblo hay diez minutos en coche. Pueblos fundados por exesclavos analfabetos que, para su diseño, tenían como único modelo y fuente de inspiración los barracones de las plantaciones de las que fueron expulsados sin bienes ni dinero al conseguir la libertad. Es el siglo XXI y siguen viviendo apelmazados en pequeñas casas de madera, a veces sin servicios sanitarios y sin agua corriente o electricidad. Old Road, al sur de la isla, fue donde prosperaron los primeros asentamientos de europeos y donde increíblemente los locales saben indicar el lugar donde se encontraba una antigua plantación de tabaco, anterior al boom del azúcar. Bethesda es donde por primera vez los esclavos recibieron una educación formal. Liberta tiene una historia ligada a los misioneros de la hermandad de Moravia, como recuerda su preciosa iglesia. Cada pueblo tiene su historia, y todos se componen de casitas de madera como las cabañas de las plantaciones, puestos de comida callejeros, un bar o dos, iglesias en cada esquina y, en la parte más próspera, algunas viviendas de hormigón con techo plano. 

Desde la época de la esclavitud, las iglesias han estado en el centro de la vida de las comunidades afroantiguanas. Lugares de refugio, reunión, catarsis, cohesión. Iglesias metodistas, anglicanas, católicas, pentecostales, adventistas… —hay tantas denominaciones— fusionadas con antiguas tradiciones africanas cuyo objetivo es mantener una relación armoniosa con la naturaleza y los seres sobrenaturales, incluidos espíritus, dioses y ancestros. Junto a las historias de la Biblia los niños aprenden las historias de Anansi, un espíritu muy sabio, originario de la zona del Golfo de Guinea en África, que para comunicarse con los humanos adopta forma de araña. Tienen tanto que aprender de Anansi como de la Biblia. Creen en la obeah, conocido en otras islas como vudú. En el interior no es raro ver a feligreses cantando y bailando porque Usain Bolt sigue siendo el corredor más rápido de la historia o rezando para que otro Vivian Richards —el mejor jugador de críquet del mundo— nazca en Antigua. El ambiente es festivo. No tanto en los bares de al lado. La verdad es que la entrada en un bar local es darse de bruces contra una realidad para la que el alien no está preparado. Es difícil ver tanto patetismo concentrado en algo tan cotidiando como tomar una copa. La iluminación indirecta sobre las paredes sucias acentúa el ambiente espectral. No hay mujeres, solo hombres bebiendo ron o durmiendo con la cabeza apoyada sobre el mostrador. Gente ignorante, sin perspectivas, sin ningún gusto ni respeto por la vida, trigger happy —de gatillo fácil—, escuchan un dancehall estridente y consideran que el vino tiene muy poco alcohol. Ahí se bebe ron. No se puede ver nada parecido en una ciudad como Barcelona, donde el existencialismo es un teatrillo montado para los turistas.    

La ciudad, Saint John’s, es como la suma de todos los pueblos de la isla. Una ciudad hecha a remiendos, sin pies ni cabeza, sin una zona que se identifique claramente como centro de la ciudad. No es fácil conseguir datos de la cantidad de dinero invertido en la infraestructura, si es que se ha invertido algo, pero los resultados están a la vista —no existen los seguros de responsabilidad civil—. Imposible obtener datos de los Gobiernos que llevan mandando en la isla desde hace más de cincuenta años. Los padres de la independencia de 1981. Los miembros de una familia que «ha acaparado el poder político durante tantos años podrían no renunciar fácilmente al mismo, podrían no renunciar ni aun viéndose derrotados en las urnas, podrían no dejarse vencer en las urnas, podrían no permitir que hubiera urnas». La familia Bird. Lo que sí pudieron es prohibir la venta de A Small Place. El turista que llega a St. John’s en crucero verá enseguida un busto enorme del Bird que consiguió la independencia. Parece una falla valenciana.

Mejor no perder el tiempo y ver el museo —la antigua corte de justicia, y ocasionalmente salón de bailes, del siglo XVIII— y la catedral, que pese a ser anglicana tiene su entrada flanqueada con estatuas de tradición católica, el trofeo robado a un barco francés que se dirigía a Martinica en el tiempo de una de las guerras entre Inglaterra y Francia. En la congestión del tráfico de la ciudad no hay un coche que no sea nuevo. «¿Cómo se permiten esos coches tan buenos? ¿Y viven en casas tan lujosas como esos coches? Pues no». Pero algún lujo se tenían que permitir. Además, un coche puede durar más de diez años, mientras que las casas se las llevan los huracanes. Hasta el alien comprende la mentalidad del local. El choque de culturas en la isla es obvio, pero hay, sin embargo, pequeños lugares donde conviven locales, expats, caribeños, europeos, norteamericanos…  donde se saludan con una sonrisa y beben vino mientras la belleza del paisaje se apropia de sus consciencias. Un mundo muy pequeño, en un lugar pequeño, Antigua. 


Los Peones Negreros: más se perdió en Cuba

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Proclamación de las Cortes de Cádiz en 1812. (DP)

La historiografía tradicional española sobre la guerra de Cuba, en su versión más extendida, incide mucho en el abuso que los pérfidos estadounidenses cometieron sobre una pobre pequeña potencia de segunda fila, arrebatándole por la fuerza bruta su queridísima colonia aprovechándose de un conflicto interno; nos sabemos bien la película, pero solo a partir del incidente del Maine y las operaciones bélicas de 1898. También hace mucho hincapié en toda la histeria literaria de después de la previsible derrota, el pesimismo y el lamento del regeneracionismo, con ese sentido del pathos tan nuestro, que si la «España sin pulso», que si los nacionalismos, que si la fiesta terminó y hay que fregar los platos. Este análisis sesgado es mitología pura y dura que pasa de puntillas por un buen montón de factores clave sin los cuales es incomprensible todo el proceso. Entre otras cosas porque dejan en no muy buen lugar a unos cuantos «padres de la patria», pero sin los que no se entiende cómo y qué fue lo que realmente se perdió en Cuba; en la liquidación de los saldos del imperio hubo un grupo crucial para comprender no solo este turbio asunto, sino los convulsos acontecimientos de la política peninsular: el poderoso lobby negrero.

Cádiz, 1812. En plena Guerra de la Independencia, los liberales españoles, ante el vacío de poder dejado por Fernando VII, proclaman una constitución; es el principio del fin del Antiguo Régimen. En el texto se define España como la «reunión de los españoles de ambos hemisferios», lo que insinuaba algún cambio de estatus de los habitantes del imperio colonial hispano. Sin embargo, años más tarde, en la Constitución liberal de 1837 y ya independizada la mayor parte de las colonias, la cuestión se aplazaba sine die. Olvido deliberado que obedece, cómo no, al interés económico. Durante la época de la independencia americana, la isla de Cuba se mantuvo bajo dominio español, dado que era básicamente una enorme base de operaciones militares sometida a férreo control: estaba comandada por un capitán general nombrado desde la península, que reunía en su persona todos los poderes de un auténtico virrey. También era un gran negocio: su economía estaba orientada a la producción de tabaco y azúcar, procesado en complejos llamados «ingenios», que hacían amplio uso de la mano de obra esclava. Estos sumaban una cuarta parte de la población de Cuba, prueba viviente de que la importación de negros era también una apetitosa fuente de ingresos. Tráfico que por otra parte era ilegal desde principios de siglo, pequeño detalle que no impedía a una oligarquía peninsular —que iba desde negreros como Julián Zulueta hasta la propia familia rea— amasar enormes fortunas al amparo de esta indefinición política.

Así que hasta mediados de siglo más o menos, Cuba era un vacío legal que tenía a todo el mundo contento; los terratenientes criollos con sus plantaciones y esclavos, los empresarios peninsulares llevándoselo crudo con el transporte de negros, aranceles hiperproteccionistas y la exportación de azúcar. No se movía ni una leve brisilla en el Caribe español. Esta prosperidad cerrada a cal y canto era observada atentamente por la enorme y emergente república vecina, cuyos sucesivos intentos de comprar Cuba deberían haber puesto en guardia a las autoridades españolas. Pero por el momento, el balance de potencias permitía graciosamente a España mantener la soberanía: Gran Bretaña y Francia no querían una Cuba estadounidense, ni los norteamericanos una isla británica.

Este equilibrio interesado se iba a romper hacia mediados de siglo. El primer paso fue la liberalización del comercio, abriéndose la exportación a otros países. Pero el mercado europeo optará por el azúcar de remolacha, convirtiéndose los Estados Unidos en el principal cliente de los productores cubanos (en 1890 compraban más del noventa por ciento del azúcar isleño). Además, era una nación que toleraba la esclavitud, por lo que algunos criollos acariciaron la idea de la anexión, buscando mayor autonomía, menores impuestos y sus negros garantizados. Todo este sueño incongruente de una extraña república liberal esclavista se hundirá cuando los confederados pierdan la Guerra de Secesión en 1865. A partir de aquí, optaron por la vía reformista (dado que España el asunto de los esclavos no lo tocaba) para mejorar sus condiciones económicas. El rechazo del régimen de Isabel II a conceder cualquier tipo de autonomía a los propietarios cubanos arrojó a unos cuantos a las filas independentistas.

La revolución democrática de septiembre de 1868 en España —la Gloriosa— que echó a la reina del país, parecía que iba a traer por fin un estatus legal de provincia española a la isla, con la concesión de derechos civiles y abolición de la esclavitud, todo prometido por los revolucionarios. Sin embargo, a esas alturas pocos cubanos creían en las promesas de la administración española, que les había negado todo eso durante décadas. Los vientos de reforma llegan tarde: Manuel Céspedes, un hacendado criollo, proclama la independencia cubana desde su ingenio de La Demajagua, en lo que se conoce como el Grito de Yara. Además, promete la emancipación de los esclavos que se le sumen. El primer independentismo cubano estará por tanto formado por dos sectores sociales: los negros y mulatos en busca de su liberación, y los pequeños propietarios criollos pidiendo derechos. Las guerrillas insurgentes comenzaron una feroz guerra de saqueos, sabotajes y emboscadas. El capitán general Lersundi contaba con tan solo siete mil hombres en la isla, que empleó a fondo para ahogar en sangre la revuelta, pero la rebelión crecía y los independentistas pronto controlaron las provincias Oriental y Camagüey. Justo en el peor momento posible para el flamante gobierno peninsular, que verá cómo el asunto cubano le explota en la cara.

Una de las reivindicaciones principales de las clases populares que se sumaron con entusiasmo a la Gloriosa, punto fuerte del programa reformista de Prim, era la supresión de las odiadas «quintas». Se trataba de levas obligatorias de reclutas que el Estado sancionaba cuando necesitaba tropas; después de décadas de guerras carlistas e intervenciones en Marruecos, Cochinchina o México, la población estaba muy cansada ya del carísimo tributo de sangre que pagaba y las diputaciones hacían todo lo posible por buscar dinero con que eximir a sus chicos del combate. Con el inicio de las hostilidades, Prim tuvo que ciscarse en su promesa y decretar una «quinta» de veinticinco mil hombres para Cuba, lo que provocó que las mujeres madrileñas salieran a protestar airadamente. Por otro lado, el nivel de motivación, eficacia y entrenamiento de esta clase de tropas era muy dudoso.

En estas circunstancias, las familias burguesas con intereses en Cuba y los negocios negreros decidieron buscarse la vida por su cuenta para acabar con la rebelión. Frontalmente opuestos a cualquier modificación del status quo, desde el Banco de la Habana movieron sus abundantes capitales. Gente como Güell, Antonio López o Colomé por parte de la burguesía catalana, o negreros como Sotolongo o Pulido formaron el «partido español» y se dedicaron a reclutar los llamados «Voluntarios del Orden» por dieciséis reales cada uno (más del doble de lo que cobraba un peón albañil). Estos batallones de grato recuerdo en toda la isla se dedicaron a combatir a los independentistas, incendiando o saqueando casas y haciendas y cometiendo todo tipo de tropelías contra los civiles «sospechosos».

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Guerra de Cuba, el embarco en el puerto de Barcelona de los voluntarios catalanes en 1870, de Ramon Pedro Pijoan.

Prim veía con claridad que la solución pasaba por una mayor autonomía, otorgar la ciudadanía española y abolir la esclavitud, términos que negociaba con los Estados Unidos, siempre presionando al gobierno español. Así llegó a Cuba el general Dulce, con la misión de negociar con los sublevados y pacificar la isla. Esto no lo podía consentir de ninguna manera el «partido español» de los negreros, así que se dedicó a sabotear los esfuerzos por pactar con Céspedes —asesinato del general Arango—. Dulce salió de Cuba echando pestes de los salvajes «voluntarios españoles» que «ensuciaban la bandera» patria dejando al gobierno en una curiosa paradoja. Por una parte, deseaba aplicar en Cuba la Constitución de 1869 y convertirla en provincia, pero por otra se veía atado de pies y manos ante los intereses del lobby negrero, que a fin de cuentas estaba pagando la guerra.

En este contexto, los ministros demócratas responsables de la cartera de Ultramar, Manuel Becerra y Segismundo Moret después, intentaron sacar adelante un proyecto de ley abolicionista, que se presentó al Congreso en 1870. La ley Moret preveía la libertad de vientres (los hijos de esclavo nacían libres), así como un impuesto especial a la esclavitud, la liberación de los ancianos, de los esclavos del Estado o de aquellos que ayudaran a las tropas españolas. Era una ley escalonada, con mucho jabón para no perder apoyos de aquellos que en definitiva estaban financiando la lucha. Aun así, la oposición fue firme, destacando especialmente en su labor obstruccionista en el Parlamento los diputados Cánovas del Castillo y Romero Robledo.

Mientras todo este jaleo tenía lugar en el Congreso, los del «partido español» seguían haciendo negocietes no muy limpios aprovechándose del conflicto: Manuel Calvo, copropietario de la naviera Antonio López y Compañía continuaba con el transporte de negros. Firma que además tenía la concesión exclusiva del traslado de tropas españolas a la isla; ingreso doble para el Marqués de Comillas. Manuel Girona, director del Banco de Barcelona, recaudaba fondos para contratar «voluntarios españolistas» y con la otra mano hacía préstamos a la Diputación barcelonesa para pagar la redención de los quintos de la ciudad. Estos eran el bando de los «patriotas». Pero esto no es lo peor; en su huida hacia adelante, no se detendrán ante nada.

En diciembre de 1870 Prim fue asesinado, posiblemente por instigación del duque de Montpensier, candidato al trono que ocuparía Amadeo de Saboya y que podría ocultar intereses cubanos detrás, aunque solo sea por la curiosa coincidencia de que nada más diñarla el militar catalán, el nuevo ministro de Ultramar, Ayala, paralizó la Ley Moret. Pero con el apoyo del nuevo monarca los gobiernos no cejaron en su propósito reformista: en 1872, el gabinete de Ruiz Zorrilla insistió en presentar al Congreso otra ley abolicionista. Aquí los negreros sacaron las uñas y las carteras, afilaron sus colmillos y echaron espumarajos por la boca: por todo el país se fundaron los llamados «Círculos Hispano-Ultramarinos» (Barcelona por los Güell, Madrid por el marqués de Manzanedo, Valencia, Sevilla, Jerez, etc.), asociaciones de empresarios con intereses en Cuba que formaron una red de presión política nunca vista hasta la fecha.

Con una contumacia sin límite, se dedicaron a difundir la idea de que abolir la esclavitud era «antipatriótico», desatando una oleada de histeria vociferante a través de los periódicos que controlaban. La campaña contra el gobierno arreció; la medida era el hundimiento económico de la nación, la traición a la patria y la fractura de España. Los «Círculos» y la posterior «Liga Nacional» de productores exigía dimisiones y mano dura con un gobierno que llevaba a España al desastre, los diputados conservadores trabajaban duro en las Cortes… Este brutal acoso al Ejecutivo se cobró sus frutos: coincidiendo con un alzamiento carlista y el descontento de los federales republicanos, el rey se vino abajo ante la presión negrera y abdicó, huyendo de este país de pesadilla. En 1874 estaban íntimamente conectados con los sectores políticos que conspiraron para derribar a la I República, siendo los alfonsinos, los militares y los negreros las tres caras de una misma moneda. La pieza que amalgamaba todo era el papá de la Restauración Monárquica, Antonio Cánovas del Castillo, muy implicado en el lobby cubano; emparentado con los Sotolongo, su hermano José era director del Banco Español de Cuba y su cuñada Mercedes Tejada O’Farrill procedía de una ilustre familia negrera. Su colega político Romero Robledo estaba casado con la hija del mencionado Zulueta.

Aunque había sido ministro de Ultramar y conocía a la perfección el problema cubano, Cánovas optó por favorecer a sus amiguetes con más inmovilismo, adornado eso sí con alguna que otra reforma. Con cien mil soldados ya en la isla, el general Martínez-Campos llegó en 1876 para terminar la guerra, cosa que logró tras negociar con los rebeldes la Paz de Zanjón dos años después. Para ello tuvo que hacer concesiones reformistas: España se comprometía a otorgar a Cuba un estatus similar al de Puerto Rico, abolir la esclavitud, implantar la libertad de prensa, ayuntamientos, autorizar la formación de partidos políticos e incorporar diputados cubanos al Parlamento. Pero cuando Martínez-Campos defendió en el Congreso lo que había firmado en Zanjón, los antiabolicionistas hicieron lo de siempre y el general quedó con el culo al aire sin poder cumplir lo pactado.

Tras la Guerra Chiquita (1879-80), el independentismo se retiró a sus cuarteles de invierno y se dedicó a organizarse políticamente. En 1892 José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano, cuyo objetivo era evidente. La secesión era un proceso imparable, más habida cuenta de la torpe e interesada visión de Cánovas sobre el asunto: Cuba era innegociablemente suelo español y por ello una cuestión de orden interno y no un problema internacional, ficción que mantenía a pesar de las continuas injerencias estadounidenses. No aceptaría presión o mediación alguna de otras potencias y se negaba a negociar con los rebeldes cualquier tipo de acuerdo autonomista. Así las cosas, en 1895 volvió a estallar la guerra, en plena minoría de edad de Alfonso XIII.

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Asesinato de Antonio Canovas del Castillo en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa), por el anarquista italiano Michele Angiolillo, 8 agosto 1897. (DP)

Al general Martínez-Campos le tocó dirigir las operaciones, y cruzó toda la isla con sus tropas, por entonces la abrumadora cifra de trescientos mil soldados desmoralizados, mal armados y en muchos casos enfermos. Pero los cubanos obtenían suministros y voluntarios de los Estados Unidos, estaban mejor preparados, altamente motivados y jugaban en casa; contraatacaron la retaguardia española con emboscadas que rápidamente se ocultaban en la manigua. Martínez-Campos se dio cuenta de que no podría ganar la guerra sin tomar medidas drásticas contra los civiles simpatizantes y dimitió. Cánovas decidió mandar entonces a un tipo hoy muy popular en Cuba, un general pequeñajo y bigotón con muy malas pulgas: Valeriano Weyler. Este pedazo de animal reagrupó a las tropas españolas y tuvo la feliz idea de dividir la isla abriendo trochas transversales de norte a sur, dotándolas de redes de torretas y blocaos que impedían el tránsito de la población. Los cubanos debían «reconcentrarse» en las áreas designadas a tal efecto. Sí, como suena, el visionario de Valeriano tiene el dudoso honor de inaugurar la infausta moda de los campos de concentración que tanto éxito tendrá en el siglo XX.

Obviamente la opinión pública internacional —sobre todo Estados Unidos— no se quedó quieta mirando. En mitad de un clima de agresivo imperialismo, con España sin un triste aliado debido a su «autismo» en política exterior y el comercio del azúcar colgando de un hilo, el gobierno del presidente McKinley pasó a decidir la intervención en la isla de una santa vez. Con fuerte apoyo de la opinión pública y una campaña de prensa que se hacía eco de los atropellos de Weyler (los reales y los inventados), los intereses económicos prevalecieron; los norteamericanos no podían permitirse más destrucciones en la isla, la paralización del comercio del azúcar y las pérdidas que conllevaba la incertidumbre en Wall Street, en vista de que España era inoperante para resolver el temita. Solo había dos finales posibles para impedir la entrada de los Estados Unidos en el conflicto y perder la isla: o se ganaba YA a guantazos (Cánovas), o se concedía YA la autonomía (Sagasta). Cánovas le puso la decisión a la regente María Cristina encima de la mesa y esta optó por la primera opción. Pero en verano de 1897 el líder conservador se tomó unas vacaciones en el balneario de Santa Águeda. Eternas, puesto que fue asesinado por un anarquista italiano, aunque de nuevo se sospecha de intereses cubanos. A Sagasta le tocó tragarse el sapo de la previsible crisis final y consumación del archifamoso desastre.

La concesión de autonomía llegaba, otra vez, muy tarde. Estados Unidos tenía decidida la ocupación; en febrero de 1898 el Maine cumplía su «misión» de fabricar un casus belli estallando en el puerto de La Habana. En contra de lo que se suele creer, todos los políticos españoles eran perfectamente conscientes de que era imposible resistir a los norteamericanos y deseaban una rápida derrota lo más indolora posible. Tenían muchísimo miedo de que entregar la isla sin lucha desairase a los militares, así que perderla manu militari ante una superpotencia era una salida honrosa que no pondría al régimen de la Restauración en riesgo de caída. Los empresarios que tan furiosamente habían defendido no conceder ni el más mínimo cambio colocaron sus bienes lo mejor posible ante el previsible cambio político. La prensa y la Iglesia desataron una furibunda campaña patriotera tras la declaración de guerra de abril del 98, pero la respuesta popular no fue tan entusiasta. Al contrario, el español de a pie estaba hasta el moño de la guerra cubana, de ver a sus familiares morir o volver con enfermedades crónicas y del tremendo coste económico que soportaban; las derrotas fueron recibidas con indiferencia por la población. Tras una heroica e inútil resistencia de los famélicos campesinos de uniforme que defendían la isla, por los acuerdos de París, España reconocía a Cuba como Estado independiente, vendía a Estados Unidos las islas Filipinas por veinte millones de dólares y las Palaos, Carolinas y Marianas a Alemania por veinticinco millones de pesetas.

Tras el último acto de este drama que en definitiva padecieron en sus carnes las clases bajas españolas y cubanas, se abrió un lúgubre y desmesurado debate sobre el Desastre. Muchos políticos, intelectuales y escritores (Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Joaquín Costa, y un largo etcétera) hicieron gala de un pesimismo sin límites y se dedicaron a hablar en términos exagerados de la degeneración de España y de la necesidad de modernizarla, sanearla y ponerla bonita y reluciente. En el fondo la realidad no era tan fúnebre como pueda parecer: el sistema político de la Restauración sobrevivió intacto, e incluso se le dio un impulso con las reformas regeneracionistas. La crisis había comenzado mucho antes y no tenía que ver con Cuba, sino con el difícil encaje que tenían las fuerzas políticas emergentes como el obrerismo, los partidos al margen del sistema de turnos o los nacionalismos periféricos.

Cuba no fue arrebatada por los estadounidenses, sino por la avaricia inflexible de un grupo de sinvergüenzas que tenían en la isla su particular gallina de los huevos de oro, y la incapacidad de los gobiernos españoles para dar salida a las aspiraciones de unos súbditos que tampoco pedían más de lo que se disfrutaba en España o terminar con el penoso tráfico de seres humanos. ¿Los empresarios del lobby negrero? Pues después de forzar una abdicación, de estar detrás de nada menos que cuatro conflictos y posiblemente un par de magnicidios, cerraron el negocio de la trata y siguieron con sus otras actividades empresariales como si nada. A otra cosa mariposa. Mención de honor para la burguesía catalana, que tras la guerra decidió que Madrid no había hecho suficiente para defender sus intereses y se arrojó en brazos del catalanismo de la Lliga Regionalista. Nada nuevo bajo el sol.

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Manifestación en las Ramblas de Barcelona a favor de la guerra de Cuba conta Estados Unidos (DP).


Una historia amarga

Cortadores de caña en Jamaica. Década de 1880. DP.

A comienzos de 1802, una potente fuerza expedicionaria de más de treinta mil hombres arribó a las costas de Saint-Domingue. La comandaba Charles Leclerc, general de brigada de la máxima confianza de Napoleón Bonaparte, pues no en vano estaba casado con su hermana Pauline. El todavía primer cónsul y futuro emperador había decidido recuperar el control de su colonia más preciada, la parte occidental de la Española, donde once años atrás se había desencadenado una masiva insurrección de esclavos. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, momentáneamente triunfantes en Francia pero ignorados en sus posesiones del Caribe, habían alentado esta revuelta liderada por el negro liberto Toussaint Louverture, que había establecido un régimen leal a la metrópoli pero autónomo y basado en el trabajo asalariado.

Menos de dos años después, los sueños coloniales de Bonaparte se habían trocado en pesadilla. La fiebre amarilla había aniquilado las tropas francesas, incluyendo a Leclerc, y tan solo una cuarta parte de sus soldados seguía con vida. Pronto serían definitivamente derrotados en la batalla de Vertieres y expulsados de la isla. Su única huella perdurable consistiría en un brutal rastro de muerte y devastación que terminaría por empujar a los insurgentes hacia la barbarie. Bajo el gobierno de Louverture, la minoritaria clase hacendada blanca había conservado sus plantaciones en propiedad. Pero este había sido capturado, y resultado muerto tras un breve encarcelamiento en la región más fría de toda Francia, y su sucesor, el antiguo esclavo Jean-Jacques Dessalines, se había mostrado mucho menos tolerante. La inminente proclamación de independencia de Haití vendría acompañada del exterminio de los pocos europeos que todavía permanecían en su territorio.

Hoy en día, esta nación antillana es la más pobre de todo el continente americano, al tiempo que una de las más densamente pobladas. Pero no siempre fue así, no al menos lo primero, pues poco antes del levantamiento de los esclavos aportaba la cuarta parte de la riqueza de su metrópoli. De hecho, la todavía francesa Saint-Domingue se convirtió en el paradigma de las economías extractivistas que los países europeos instauraron en la América tropical durante la Edad Moderna. Lo logró, eso sí, a costa de la deforestación de sus bosques y la subsecuente erosión de sus suelos, problema que aún arrastra, y la constante llegada de carne fresca procedente de África. El extenuante ritmo de trabajo en sus plantaciones requería un suministro continuo de esclavos, cuyo número en esta colonia rebasaba al de ciudadanos libres blancos en veinte a uno. Todo con el único fin de que Europa recibiese puntualmente los bienes que pedía: algodón, índigo, cacao, café, tabaco y, sobre todo, azúcar, mucho azúcar.

Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que la tan humana pasión por el dulce fue la principal fuerza motriz del proceso de migración forzosa más grande de la historia. Entre 1500 y 1840, el Nuevo Mundo recibió unos 11,7 millones de esclavos nativos del África Occidental. Nueve de cada diez de ellos lo hicieron para faenar en sus plantaciones, donde la caña de azúcar ocupó un lugar estelar. La razón es simple: no había cultivo más lucrativo ni con mayor demanda. Aunque tampoco uno que conllevase mayores tasas de mortalidad debido a las durísimas condiciones de trabajo que implicaba. Como prueba, basta remitirse a la Historia de las Indias de fray Bartolomé de Las Casas, que ya a mediados del siglo XVI escribió: «Antiguamente, antes que hubiese ingenios, teníamos por opinión en esta isla, que si al negro no acaecía ahorcalle, nunca moría, porque nunca habíamos visto negro de su enfermedad muerto, porque cierto hallaron los negros, como los naranjos, su tierra, la cual les es más natural que su Guinea, pero después que los metieron en los ingenios, por los grandes trabajos que padecían y por los brebajes que de las mieles de caña hacen y beben, hallaron su muerte y pestilencia, y así muchos dellos cada día mueren; por esto se huyen cuando pueden a cuadrillas, y se levantan y hacen muertes y crueldades en los españoles, por salir de su captiverio cuantas la oportunidad poder les ofrece».

La presencia de la caña de azúcar en América es tan antigua como el propio descubrimiento de este continente por parte de los europeos. El mismo Cristóbal Colón la transportó allí en su segundo viaje de exploración, al igual que hicieron los portugueses en cuanto tomaron posesión de las costas de Brasil. Para entonces, esta planta ya había recorrido un largo camino, pues se había domesticado en la lejana isla de Nueva Guinea diez mil años antes y, con escalas en la India y el Oriente Próximo, había llegado al mundo mediterráneo bajo el influjo de la dominación árabe. Un largo trayecto durante el cual se fueron desarrollando las técnicas de elaboración que finalizan en los cristalinos granos de dulzura concentrada que por aquel entonces solo deleitaban a los más pudientes, así como poniendo de manifiesto que la rentabilidad de este cultivo está íntimamente ligada al establecimiento de grandes producciones. Los portugueses propiciarían un gran, y nefasto, salto en este sentido poco antes de su desembarco americano, al utilizar por primera vez esclavos africanos como principal mano de obra en sus cañamelares de la isla de Madeira.

La entronización del azúcar como el rey de los bienes de consumo con destino a Europa, sin embargo, no sucedería hasta pasada la mitad del siglo XVII, una vez que ingleses, holandeses y franceses aprovecharon la debilidad del Imperio español para establecerse en distintas zonas del Caribe. Estos países llevarían el régimen implantado por Portugal en sus posesiones de Madeira y Brasil hasta sus últimas consecuencias y convertirían a Barbados, Jamaica, la parte occidental de la Española y las Guayanas en inmensos sistemas de plantaciones basados en el trabajo esclavo. Llegaban los tiempos del famoso comercio triangular, un negocio tan espléndido para las metrópolis como a la larga ruinoso para sus colonias americanas y el África occidental.

Barbados, 1914. Fotografía: Nationaal Museum van Wereldculturen. CC BY-SA 3.0

De Europa a África artículos manufacturados, de África a América esclavos, «piezas» según el argot de la época, y de América a Europa los frutos de la agricultura comercial caribeña, con el azúcar a la cabeza. Así quedó configurado este triángulo absolutamente irregular pues, mientras el primer vértice pudo lustrar su Siglo de las Luces potenciando su industria, el segundo se desangró y el tercero se vio atrapado en un modelo que no le permitió desarrollarse económicamente. Hay que decir, en cualquier caso, que la estampa que se conserva de reyezuelos de las Guineas aceptando baratijas a cambio de sus capturas en el interior es totalmente falsa. Sabían bien qué pedir, armas y textiles principalmente, y las negociaciones se producían de igual a igual. En este sentido, nos encontramos ante un nuevo ejemplo de las miserias del ser humano. Mal que nos pese, el expolio africano se hizo en connivencia con la parte de ese continente que se vio beneficiada con el intercambio. La esclavitud como institución estaba plenamente asentada en ambas sociedades y ni compradores ni vendedores ponían reparos morales a la trata de seres humanos.

Tampoco las tenía nuestro país que, sin embargo, se mantuvo bastante al margen de este comercio. Durante los siglos XVII y XVIII, España importaría muchos menos esclavos que Portugal, Inglaterra y Francia, a pesar de la vasta extensión de sus dominios americanos. Hasta el final de esa segunda centuria, además, no autorizó a sus súbditos la adquisición de esclavos fuera de sus fronteras, si no que concedió licencias, los llamados asientos, a traficantes de otras nacionalidades para que se encargasen de los envíos. La razón debemos buscarla en su persistencia en continuar con un modelo económico que se estaba quedando caduco. Y así, al tiempo que fuera de la península ibérica el libre mercado se iba imponiendo y grandes sociedades mercantiles crecían a costa de la trata, la corona española siguió ejerciendo un férreo control sobre su sistema productivo y privilegiando los monopolios. Una disparidad que tiene mucho que ver con las propias riquezas de los territorios españoles ultramarinos, pues de Potosí, Guanajuato y Zacatecas se extraían cantidades ingentes de plata. Las fecundas minas del Perú y Nueva España marcaron para bien y para mal la agenda de nuestro país, que concentró sus esfuerzos alrededor de su explotación y no prestó excesiva atención a las posibilidades de sus posesiones antillanas.

Por ello, España apenas sucumbió a la fiebre por cultivar caña de azúcar que sí afectó al resto de potencias coloniales y que provocaría un vuelco en los patrones de consumo europeos. Y es que, una vez que ingleses y franceses establecieron sus sistemas de plantaciones en el Caribe, la misma sustancia que hasta ese momento había tenido categoría de especia de lujo pasaría a considerarse en pocas décadas un alimento de uso común. A mayor producción, menor precio, pero un negocio igual de boyante al haber cada vez más personas capaces de comprarla habitualmente. Y como la pasión humana por el dulce no está sujeta a modas ni clases sociales, una demanda siempre creciente que obligó a su vez a ir aumentando la mano de obra al otro lado del océano Atlántico.

Según los ingenios azucareros se multiplicaban, también lo hacían los trabajadores necesarios para acometer las penosas tareas que requería su explotación. En el campo, había que roturar el suelo, y eliminar selva para plantar nuevos cañaverales, sembrar los esquejes y regarlos periódicamente, y cosechar manualmente a base de machete. Todo ello bajo un sol tropical implacable y con la labor añadida de cultivar sus propios alimentos en las escasas horas libres de que disponían. Luego, en los trapiches, tocaba moler las cañas y hervir su jugo en grandes calderos de cobre, hasta obtener un jarabe que se depositaba en los moldes de cerámica donde el azúcar cristalizaba al enfriarse. Y aún quedaba procesar la melaza sobrante, fermentándola y destilándola, para elaborar el ron que tan importante resultaría para el Imperio británico. Sus tropas llegaron a consumir veinte millones de litros en un solo año.

Curiosamente, al menos de inicio, los esclavos africanos no soportarían en solitario los rigores de estas duras actividades. Al lado de ellos, sobre todo en las colonias inglesas, tuvieron a europeos libres emigrados a América bajo la figura del sirviente por contrato. Estos normalmente eran infortunados que no podían pagarse el pasaje y saldaban su deuda trabajando sin remuneración por un periodo determinado, habitualmente entre cuatro y siete años. Y aquí topamos con una extraña paradoja que nos habla del porqué de un fenómeno tan cruel, y al mismo tiempo tan insólito, como la trata de negros transatlántica. A pesar de que los esclavos africanos presentaban serias desventajas con respecto a los braceros europeos, como no hablar la lengua de sus patronos o carecer de incentivo alguno para realizar sus faenas de forma eficiente más allá del látigo de nueve colas, acabarían por convertirse, muy a su pesar, en la mano de obra preferida de las plantaciones.

Existen varios motivos que explican esta elección que llevó a morir esclavizados a millones de seres humanos. El primero lo encontramos en los propios condicionantes de la época. El siglo XVII fue un periodo terrible para Europa, lleno de hambrunas, guerras y conflictos sociales, entre otras cosas porque el enfriamiento provocado por la llamada Pequeña Edad de Hielo se mostró particularmente acusado a mitad de esa centuria. Estas calamidades generaron multitudes dispuestas a emigrar para huir de la miseria, circunstancia que se daría en menor medida durante el más apacible siglo siguiente. Pero uno segundo, acaso más importante, hemos de buscarlo en dos minúsculos polizones que, sin nadie advertirlo, acompañarían a los desdichados africanos que atravesaron el océano Atlántico amontonados en las bodegas de un barco negrero.

Cuba, ca. 1908. Fotografía: Library of Congress. DP.

Cuando los europeos penetraron en América acarrearon consigo una batería de enfermedades infecciosas que desencadenaron una verdadera catástrofe demográfica. El Nuevo Mundo había permanecido aislado del bloque euroasiáticoafricano por más de quince mil años y sus habitantes no contaban con las defensas necesarias para luchar contra unos gérmenes desconocidos en el continente hasta ese momento. La viruela, la peste, el sarampión e incluso la gripe provocaron tales estragos que la población indígena llegó a verse reducida en nueve décimas partes. Pero es que, además, en cuanto comenzó la trata de esclavos con la que los conquistadores intentaron paliar los efectos de la hecatombe en la fuerza de trabajo disponible, se inició una segunda fase de este macabro intercambio colombino que cambió para siempre las condiciones de vida de amplias zonas de sus trópicos. Esta nueva etapa sería protagonizada por la malaria y la fiebre amarilla, dos asesinos silenciosos procedentes del África occidental para los que los esclavos oriundos de esta región presentaban importantes ventajas adaptativas.

Contra la malaria eran fundamentalmente genéticas, fruto de la convivencia de sus ancestros con esta enfermedad durante milenios. Y contra la fiebre amarilla adquiridas, pues la habían padecido en su niñez, edad a la que esta infección vírica resulta mucho más benigna, y habían quedado inmunizados. Sea como fuere, una vez que estas dos plagas se asentaron en el Caribe, toda la región se volvió tremendamente insalubre para los europeos y los indígenas americanos, pero no para los africanos. Mientras que unos se enfrentaban por primera vez a estos males, y sufrían por ello una gran mortandad, los otros continuaban en un ambiente patogénico al que estaban habituados y que acabó por granjearles una fama de invulnerabilidad que sería su perdición.

Porque ellos también morían, como pudimos comprobar en el texto de fray Bartolomé de las Casas. Las horrendas condiciones de trabajo a las que eran sometidos terminaban por minar su salud. Por eso se revelaban con frecuencia y escapaban en grandes grupos para formar quilombos que lograban oponerse con éxito a sus antiguos amos. La mayoría de estos negros cimarrones poseían experiencia militar, no en vano muchos habían sido esclavizados como prisioneros de guerra, y su resistencia constituyó un auténtico quebradero de cabeza para las administraciones coloniales. Buen ejemplo de ello es el proceso de emancipación de Haití, si bien su triunfo le salió caro. El sangriento desenlace del levantamiento esclavo horrorizó de tal modo a las potencias europeas que sus gobernantes decidieron dejar a la joven nación completamente fuera del concierto internacional.

La independencia haitiana supondría además un importante punto de inflexión en el mercado del azúcar, al servir de detonante de un descubrimiento que iba a alterar de manera sustancial la oferta disponible de este edulcorante. Tras la pérdida de su antigua colonia, Francia se vio obligada a encontrar una alternativa para saciar el ansia de dulce de sus súbditos, con el agravante añadido de tener las comunicaciones marítimas cortadas debido al bloqueo de la armada británica. Hablamos de un problema que alcanzaría el estatus de asunto de Estado, pues el propio Napoleón Bonaparte se involucraría en su resolución. Primero envió una comisión a Prusia, donde poco antes se había descubierto el potencial de la remolacha como fuente azucarera y ya existía una refinería que rendía pequeñas cantidades del compuesto. Y luego, en 1811, promulgó un edicto que ordenaba el cultivo a gran escala de esta planta, al tiempo que encomendaba a sus científicos la búsqueda de fórmulas que mejorasen el proceso. Incluso ofreció el nombramiento de barón del Imperio como recompensa al primero que lograse este objetivo, premio que finalmente recayó sobre el banquero y naturalista aficionado Benjamin Delessert.

Tras las guerras napoleónicas, buena parte de los países europeos se sumaron a la apuesta francesa por la remolacha y para finales del siglo XIX la mayoría del azúcar consumida en el continente se originaba en sus campos gracias a esta planta. No sería este el único cambio que acontecería en aquella época de enormes transformaciones, aún ocurriría otro más importante: el fin de la institución que había sostenido el sistema de plantaciones. Reino Unido daría el primer paso, al prohibir en 1807 la trata de negros en sus territorios y abolir totalmente la esclavitud tres décadas más tarde, concretamente en 1834. Con ello, más que ofrecer al mundo un bello gesto de índole humanitaria, reconocía de una vez por todas las indudables ventajas de recurrir a los servicios de trabajadores libres asalariados, y por tanto sujetos a incentivos capaces de mejorar su rendimiento. A partir de ahí, el ejemplo británico cundiría en el resto de naciones europeas, si bien unas se resistirían más que otras. Verbigracia, nuestro propio país, que curiosamente iba a utilizar durante este periodo más esclavos que en los años dorados de su imperio. La razón de nuevo debemos buscarla en el azúcar. Una vez que sus posesiones americanas quedaron reducidas a Cuba y Puerto Rico, España se acordó de las posibilidades económicas de este compuesto y adoptó hasta una fecha tan tardía como 1886 el mismo modelo esclavista que ya había perdido vigencia en el resto de islas caribeñas.

Hoy en día, el comercio de seres humanos que una vez formó parte de nuestro acervo cultural nos es totalmente ajeno. Pero no sucede lo mismo con la pasión por el dulce que lo espoleó. Esa permanecerá siempre a nuestro lado, incapaces de satisfacerla plenamente. Si hace dos siglos se producían mundialmente alrededor de medio millón de toneladas de azúcar al año y hace uno habían aumentado a seis millones, actualmente rebasan las ciento se sesenta millones. Tres cuartas partes de ellas salen de cañamelares tropicales, donde ya no trabajan esclavos pero sí braceros que se afanan de sol a sol por sueldos míseros, si bien Europa mantiene su confianza en la remolacha. Ni siquiera las crecientes evidencias científicas que relacionan el consumo excesivo de esta sustancia con distintas enfermedades han frenado su escalada. Todos queremos nuestra ración de este sabor tan asociado al placer como incitador a la desmesura.


Bibliografía

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Diamond, J. 2007. Colapso. Editorial Debolsillo.

Piqueras, J. A. 2011. La esclavitud en las Españas. Los libros de la catarata.

Castro, N.; Villadiego, L. 2013. Amarga dulzura. Carro de combate.

Mann, C. C. 2013. 1493. Una nueva historia del mundo después de Colón. Katz editores.

Spary, E. C. 2014. Feeding France. Cambridge University Press.

Morgan, K. 2017. Cuatro siglos de esclavitud transatlántica. Editorial Crítica.


Barracoon: la historia de Kossola y el porqué de sus 87 años de silencio editorial

Zora Neale Hurston (1903-1960). Fotografía: Carl Van Vechten / Cordon.

Zora Neale Hurston sabía que estaba inmersa en una etnografía, esa versión ralentizada, pacífica e intencionada del reporterismo, cuando por fin pudo viajar a entrevistarse con Kossola, un anciano reticente, muy herido y de peor memoria, que había vivido la peor de las historias y no iba a ponérselo fácil. Hurston, que escribiría un libro tras sus encuentros, no estaba dispuesta a aceptar pactos más que con él. A quienes superan todos los impedimentos que les pone la vida es difícil hacerles cambiar de opinión sobre por qué hacen lo que hacen, para qué y cómo lo hacen. Sea cual sea el precio a pagar. Era mujer. Era afroamericana. Había escrito ficción y a los treinta y cinco años había logrado una beca para estudiar Antropología en una escuela vinculada a la Universidad de Columbia.

En la Nueva York de 1927 no debió de ser fácil para ella que uno de los fundadores de la antropología norteamericana, Franz Boas, le encargara su primer acercamiento a la tarea de recolección de cultura popular negra del sur de Estados Unidos por la que ha pasado definitivamente a la historia. Como tampoco debió de ser fácil convencer a la mecenas que financió sus viajes y escritura durante cuatro años, Charlotte Osgood, para que creyera en su proyecto y apoyara su intención de no modificarlo, aun cuando ambas fueran conscientes de que pagarían su coherencia con el vacío y un silencio de décadas.

El libro que escribió, Barracoon, acaba de ser publicado tras ochenta y siete años inédito.

Cuenta la historia de aquel anciano, Kossola, a quien se suponía último superviviente del Clotilda, el último transporte de cautivos de África a Estados Unidos. Con apenas dieciocho años, Kossola, nacido en 1841, acababa de llegar a Banté, actual Benín. Iba a casarse. No pudo. Un grupo de amazonas negras al servicio del rey de Dahomey le secuestró junto a ciento quince personas más. Tras sobrevivir a la captura, a las cabezas cortadas del combate perdido, a la destrucción de su gente, de su pueblo, de su mundo y a varios meses encadenado en el barracón que da título al libro, fue vendido al capitán estadounidense William Foster. Tras una travesía por el Atlántico que duró setenta días y que Kossola pasó encerrado en un espacio de menos de metro y medio de alto, lo desembarcaron en Alabama y lo entregaron a una plantación. Sobrevivió al trabajo esclavo. A la guerra civil. A las leyes de segregación racial y a la Gran Depresión, y alcanzó a contar su historia sesenta y siete años después del día en que fue hecho prisionero.

Para escuchar a Kossola, Hurston atravesó Estados Unidos de norte a sur tres veces en dos años. Pasó más de tres meses en total sentada y caminando junto a una persona que muchos días decidía no hablar por una mezcla de agotamiento, tristeza, trauma e incluso desconfianza. Además había que llevarle comida. Y no solo comida. También dinero. Tuvieron que pagarle para que aceptase seguir adelante. La historia de Kossola —Cudjo, para quien no podía o no quería pronunciar su nombre y lo rebautizó como Cudjo— era conocida. Por eso Hurston había sabido de él. Otros antropólogos habían escuchado sus cuentos, centrados en recuperar cómo era la vida diaria de los pueblos africanos. La prensa viajaba a Africatown, Alabama, y lo contaba al público. A la prensa de hace un siglo ya le encantaban los últimos de cualquier batalla convertida en esa anécdota de su propia escasez. Hurston no descubría nada nuevo. No buscaba una exclusiva ni una investigación trepidante que la llevara a la gloria. Aceptó todo lo que tuvo que aceptar menos cambiar de intención. Aceptó incluso que Kazoola, de ochenta y seis años, desesperado, vendiera a veces las notas de la antropóloga a la prensa sensacionalista del momento. Pero ni Hurston ni su mecenas, de apoyo inquebrantable, tiraron la toalla. Porque sabían lo que estaban haciendo.

Cudjo Lewis, Kossola, 1914. Imagen: Historic Sketches of the South (Knickerbocker Press, 1914), de Emma Langdon Roche (DP).

La antropóloga tardaría tres largos años en dar forma a las ciento diecisiete páginas en las que condensó aquellos meses de conversaciones que no verían la luz hasta hoy. Una vez terminada la escritura, las editoriales la rechazaron porque no aceptaron que Hurston decidiera limitarse a transcribir el vocabulario y la gramática del hombre y lo hiciera en primera persona. En la de él. No aceptaron el movimiento por el Hurston convertía su antropología en un instrumento para dar voz a Kossola, en la voz y la expresión de Kossola, en vez de adaptar el texto al inglés estandarizado. La autora no quiso darle una línea de traducción, contexto o valoración más allá de lo estrictamente necesario para que se entendiera. Sin ahorrarle una gota de esfuerzo al lector. Hurston nunca se plegó a las dificultades logísticas, a los dilemas éticos ni a la indiferencia del mercado. Se mantuvo firme en su criterio.

Quizás porque era mujer, afroamericana y antropóloga, sabía que tenía que contar a Kossola como Kossola se contaba a sí mismo. Sabía que a quien había sido esclavizado, convertido en objeto y propiedad de otro ser humano, no podía hurtársele hasta su posibilidad de contarse. Sabía que su intención, explícita desde el principio, era limitarse a colaborar con él. Escuchar algo que era de Kossola —la historia de su vida, probablemente su posesión de más valor— y ejercer el poder del oyente que transcribe para convertir esa historia en bien común, con intención redistributiva, hacia la sociedad y su mejora, pero siempre al servicio de Kossola, no al de la antropóloga ni al de editorial alguna. Aunque por eso nunca se publicara. Su acto de resistencia fue ese. O se hacía como ella consideraba que tenía sentido, o prefería dejarlo.

De ahí que comience con la escenificación de un acto simbólico de entrega del bastón de mando del relato. Barracoon recogerá tu voz, en tu forma y con tu intención, parece decirle Hurston a Kossola al transcribir esto: «I want tellee somebody who is, so maybe dey go in de Afficky soil some day and callee my name and somebody dere say ´yeah, I know Kossula. I want you everywhere you go to tell everybody whut Cudjo say, and come I in Americky soil since 1859 and never see my people no´mo». (‘Quiero que si alguien va a África y dice mi nombre alguien responda que me conoció, que cuentes lo que dije, que vine aquí en 1859 y nunca más vi a mi gente’).

El resto está en el libro.

Hurston viviría tres décadas más y moriría sola y en la pobreza, limpiando casas en Florida; está enterrada en una (coherente) tumba sin nombre.


Canciones con historia: «Amazing Grace»

Aretha Franklin. Foto: Cordon.

El 17 de junio de 2015, un terrorista entró en una iglesia de la ciudad de Charleston, en Carolina del Sur. Impulsado por su ideología racista y dispuesto a provocar una guerra civil entre blancos y negros —aquella iglesia era frecuentada por miembros de la comunidad negra local—, vació el cargador de su pistola sobre los asistentes. Nueve de ellos murieron. Entre las víctimas estaba Clementa Carlos Pinckney, senador estatal y relevante miembro del Partido Demócrata, que trabajaba en la campaña electoral de la candidata presidencial Hillary Clinton. El ataque, por descontado, conmocionó a la nación por su brutalidad, y la muerte de un respetado político le añadió un extra de resonancia mediática. En el multitudinario funeral por la memoria de Pinckney, celebrado en la cancha de baloncesto de la universidad de Charleston, participó el entonces presidente Barack Obama. Si vieron los noticiarios en aquellos días, recordarán el momento en el que Obama empezó a cantar un himno religioso. En España puede sorprender esta actitud en un funeral, pero hablamos de una canción que la comunidad negra asocia a la esperanza y la alegría, incluso en los peores momentos y ante la propia muerte. De ahí las sonrisas que lucieron de inmediato quienes compartían el estrado con él.

El que todo un presidente entone una canción durante un acto que casi tenía carácter de funeral de Estado es algo que no sucedería aquí, pero que tiene mucho sentido en los Estados Unidos. «Amazing Grace» es uno de los himnos religiosos más relevantes de todos los tiempos y seguramente el más importante en aquel país. Una canción, hay que decir, que no es americana. Proviene del Reino Unido, donde es también una pieza muy popular. Pero no es lo mismo. En los Estados Unidos ha alcanzado categoría de hito cultural de primer orden. Es un estándar musical recurrente, pero esto sucede también con otros temas del góspel o de la música folclórica; lo que distingue «Amazing Grace» de cualquier otra canción es que tiene una significación especial para diversos grupos étnicos. Para la comunidad negra es una canción emblemática. Muchos artistas afroamericanos la han grabado en disco o la han interpretado sobre los escenarios, y siempre con un cuidado especial. El texto de la canción, para ellos, expresa la progresiva superación de todos los agravios que han sufrido, y todavía sufren, en muchos ámbitos. ¿Lo más chocante? Que ese texto fue escrito por un inglés blanco que, para más inri, fue traficante de esclavos. Aunque esto contiene menos ironía de lo que pueda parecer a primera vista, desde luego llama la atención. Pero hay más: este hecho es quizá menos conocido, pero «Amazing Grace» se ha convertido también en el himno nacional de los indios cherokee, lo cual, como es fácil de deducir, también tiene una historia detrás.

Viajemos al siglo XVIII para conocer a John Newton, un personaje cuya biografía es digna de alguna novela de Robert Louis Stevenson o Joseph Conrad. El autor de la canción cristiana más importante del mundo anglosajón fue, al menos durante su juventud, cualquier cosa excepto un individuo beatífico. De hecho, era toda una pieza, un vividor sobre el que alguien debería rodar una película o una miniserie; de momento, ya le han dedicado un musical en Broadway, así que cabe esperar que HBO o Netflix recojan el guante. John Newton nació en Londres en 1725. Se crio en una familia burguesa y puritana; su madre, Elizabeth, murió cuando él tenía siete años y le transmitió unas enseñanzas religiosas que él, según sus propias palabras, tardó décadas en tomarse en serio. Su padre, también llamado John Newton, era capitán de la marina mercante; con la esperanza de que continuase su camino y terminase también capitaneando un barco, se lo llevó consigo de grumete a muy temprana edad, recién cumplidos los once años. La disciplina era muy rígida, la vida en un buque precaria, y el trabajo de marinero raso muy duro, propio de gente muy pobre que no tenía mejores perspectivas en tierra firme, pero John contaba con la ventaja de estar tutelado por su padre. Para llegar a capitán había que provenir de una buena posición social, pues el puesto requería estudios y contactos, y la oficialidad estaba plagada de hijos de familias adineradas que habían recibido una educación exquisita. Así, John podía empezar a aprender desde abajo y convertirse en aspirante a oficial apenas terminada la adolescencia. Ese era, al menos, el plan paterno.

El joven John, pues, creció en el mar. Sin embargo, para disgusto de su progenitor, comenzó a mostrar una fuerte personalidad marcada por la rebeldía y una conducta desordenada muy impropia del hijo de un capitán. El chaval se estaba pareciendo más a los marineros de origen proletario que a su propia familia, así que su padre, para intentar domarlo, lo devolvió a tierra y lo ingresó en un internado. Esa medida, en el siglo XVIII, no era poca cosa. El castigo físico era la norma en las escuelas británicas, como ilustraba un elocuente refrán de la época: «Los ingleses quieren más a sus perros que a sus hijos». La situación era aún peor en los internados, y John se vio sometido a un duro régimen que incluía palizas y toda clase de maltratos; un régimen cuya severidad tal vez excedía lo que su padre había pretendido. Lo único que le permitió sobrellevar aquello fue su habilidad para el aprendizaje de las lenguas clásicas, un talento que atrajo la atención de uno de sus tutores y le supuso un cierto nivel de protección frente a la violencia indiscriminada del resto del profesorado. El paso de John por aquella escuela carcelaria duró solamente dos años, los únicos en los que recibió algún tipo de educación reglamentada durante su infancia y primera juventud, algo insólito para un muchacho de su estrato socioeconómico.

Al finalizar aquel agobiante periodo escolar, volvió a navegar junto a su padre. Pocas cosas habían cambiado. Su actitud seguía siendo la misma, o peor. El capitán Newton, no sabiendo muy bien qué hacer con su insurrecto retoño, depositó sus esperanzas en una posible carrera administrativa. Usando sus contactos, convenció al director de una plantación de caña en Jamaica para que tomase a John como aprendiz. Aquella hubiese sido una salida profesional con buenas perspectivas y muy apropiada para su posición social pues, de llegar a administrador de la explotación azucarera, podía ganar mucho dinero. Pero él no parecía pensar igual. Cuando faltaban pocos días para zarpar hacia el Caribe, John visitó a unos parientes lejanos de su madre, cuya casa quedaba de camino al puerto. Una de las hijas de la familia, Mary Catlett, a la que todos llamaban «Polly», le provocó una honda impresión. Polly era casi tres años menor, pero John decidió que iba a ser la mujer de su vida. Sin avisar a su padre, prolongó su estancia en la casa… mientras el barco con rumbo a Jamaica levaba anclas sin él, haciendo añicos la posibilidad de conseguir su prometedor empleo. Suponemos que cuando su padre recibió la noticia debió de sentirse atónito y furioso. Pero también se rindió a la evidencia: su hijo no quería ser oficial, ni tampoco comerciante. Como ya se había jubilado, habló con sus conocidos y lo colocó en otro buque mercante.

El chaval ya no gozaría del privilegio de ser el hijo del capitán, lo que justificaba cierta esperanza de que tuviese que someterse a la dura disciplina marinera y que eso le hiciese madurar con rapidez. Tal vez, con el tiempo, John entendería que era preferible la vida más cómoda de un capitán a las penurias propias de un marinero raso. Pero tampoco esto funcionó. Pronto destacó por ser uno de los tripulantes más descontrolados, aficionado a la bebida y la juerga. También destacaba por su apoteósico uso de las blasfemias. Era tan, tan malhablado, que uno de sus capitanes diría que nunca había escuchado a otro marinero soltar tantas y tan variadas maldiciones de manera tan continuada. Imaginen las barbaridades que John tenía que soltar por su boca para conseguir asombrar ¡a un capitán de barco del siglo XVIII! Eso sí, no había dejado de ser un romántico. La pizpireta Polly seguía ocupando su corazoncito. Al finalizar uno de sus viajes, su padre le había concertado una importante entrevista como último intento de que obtuviese un puesto más acorde a lo que se esperaba de su estatus social, pero John se fue a visitar a su chica y sencillamente ignoró que tenía aquel compromiso profesional, al que no se dignó presentarse. Su padre, exasperado, decidió que había tenido suficiente. Volvió a usar sus contactos para colocar a su hijo en un oficio que lo disciplinase, pero esta vez no se anduvo con bromas: pidió a la Royal Navy que expidiese una «requisición» a nombre de su hijo. La requisición, una orden forzosa de reclutamiento que solía emplearse en tiempos de guerra para obligar a los marineros mercantes a engrosar las tripulaciones de los navíos militares, no podía ser evitada, pues las autoridades no necesitaban justificación ni cabía recurso alguno. John, al recibir el fatídico documento, entendió que no tenía escapatoria. Se vio obligado a zarpar en el HMS Harwich, un buque de cincuenta cañones. Ahora era militar y, al menos sobre el papel, se habían acabado las tonterías.

Era uno de los marineros más jóvenes del Harwich, pues acababa de cumplir los diecinueve, pero llevaba ya seis años navegando y ese experiencia fue valorada, por lo que se le otorgó un puesto de confianza. En un buque de guerra ya no cabía hacer el gamberro y John trabajó bien mientras estuvo en el puesto, pero claro, no tardó en meterse en problemas. Durante una escala en Londres, pidió un permiso de veinticuatro horas para ir a visitar a su novia. Como de costumbre, se pasó varios días junto a ella, haciendo caso omiso al plazo establecido. En el barco se preguntaban qué demonios le había pasado. Cuando por fin regresó, solamente el buen servicio que había prestado le evitó un castigo severo. Pero hubo más. John supo que el HMS Harwich iba a realizar una misión en la India, lo cual significaba que pasaría cinco años sin retornar a Inglaterra. ¡Todo un lustro sin ver a su enamorada! Aquello era algo que no podía asimilar. Antes de zarpar, el capitán lo puso al mando de un bote para recoger pertrechos del puerto y John, aprovechando la ocasión, decidió que iba a desertar. Se escabulló en los muelles y trató de escapar, pero el capitán envió a los marines en su busca —los buques de la Royal Navy solían llevar soldados armados a bordo—, y estos no tardaron en localizarlo y traerlo de vuelta. Una vez en cubierta, lo ataron a un poste y le propinaron varias docenas de latigazos ante la mirada del resto de la tripulación. Hundido, el joven Newton supo que ya no podría evitar el viaje de cinco años y llegó a contemplar la posibilidad de asesinar a su capitán, aunque finalmente entró en razón y se contuvo, porque aquello lo hubiese llevado directo a la horca. Al final, sin embargo, la suerte estuvo de su lado. Se libró del viaje gracias a una inesperada carambola: un acuerdo entre la Royal Navy y una empresa comercial, por el cual el HMS Harwich iba a transferir parte de la tripulación a un barco mercante. John rogó a su capitán que lo incluyese entre los hombres que iban a cambiar de nave. El capitán, quizá ponderando si merecía la pena aguantar las estupideces de Newton durante los cinco años del periplo asiático, le concedió ese deseo. De este modo, John abandonó la Royal Navy y volvió a la flota civil. Imaginamos que su padre, al saberlo, debió de tirarse de los pelos una vez más.

Su nuevo buque se llamaba Pegasus y se dedicaba a un negocio muy siniestro, pero que en aquellos tiempos no todo el mundo veía con malos ojos: el tráfico de esclavos en África. El buque compraba personas en la costa africana, las llevaba a Estados Unidos y las intercambiaba por mercancías que después vendía en Europa. Como cabe imaginar, la catadura moral de la tripulación distaba de ser ejemplar, pero incluso así se las arregló John para poner a todo el mundo de los nervios. Su comportamiento se volvió a ser imprevisible: bebía aún más, se mostraba pendenciero y con demasiada querencia por las bromas pesadas, y su lenguaje atroz e irreverente seguía arqueando cejas incluso en marineros crecidos en los peores barrios. Debía de ser un jovenzuelo insoportable porque, harto de él, su capitán lo encadenó en la misma bodega donde viajaban los infortunados esclavos. Después, al hacer escala en Sierra Leona, vendió a John a Amos Clowe, el traficante que conseguía los esclavos para el buque. Clowe pensó que aquel joven inglés sería un buen regalo para su esposa africana, Peye, princesa de una etnia local. La mujer estaba acostumbrada a los lujos y no veía con malos ojos el inhumano negocio de su marido europeo; de hecho, poseía unos cuantos esclavos tan negros como ella, a los que trataba bastante mal. Newton se convirtió en siervo de la princesa Peye, y aunque cuenta la leyenda que fueron amantes, eso no le sirvió para evitar los crueles caprichos de su nueva dueña. A sus veintitrés años, John Newton, un inglés de buena familia, era el sirviente de una princesa africana. Fue el peor momento de su vida; llegó a pensar que nunca saldría de allí.

En Inglaterra, su padre empezó a preocuparse por la ausencia de noticias. Indagando en el mundillo marinero, no tardó en averiguar que John ya no formaba parte de la tripulación del Pegasus, y se temió lo peor. Envió a un capitán amigo a buscar a John; lo encontró y lo rescató tras año y medio de cautiverio. El viaje de vuelta a Inglaterra, sin embargo, guardaba nuevas sorpresas. Frente a las costas de Irlanda, una terrorífica tormenta —como aquellas que habían diezmado la Armada Invencible sigo y medio atrás— sorprendió al buque mientras la tripulación dormía. Horrorizados, los marineros vieron un agujero en el casco: el buque se estaba inundando. Aquello suponía una muerte segura. John Newton, desesperado, se acordó de Dios por primera vez desde su infancia, y le rogó que le salvase la vida. De repente, una ola sacudió el buque con tal fuerza que parte del cargamento se volcó y, milagrosamente, quedó encajado en la vía de agua con tan buena suerte que la nave pudo sobrevivir a la tempestad. John decidió que Dios le había escuchado. Pensó que era hora de convertirse en un devoto cristiano, como su madre le había enseñado.

Aunque era más fácil decirlo que hacerlo; una vez en tierra, resultó que su conversión no era tan profunda como lo había pensado al contemplar la muerte ante sus ojos, y aunque se apuntó a una congregación evangélica, él mismo reconocería que por entonces seguía sin ser un verdadero creyente y que su religiosidad necesitó años para convertirse en algo sólido. Eso sí, había empezado a madurar lo bastante como para aceptar, por fin, que su padre le buscase un puesto como oficial que ahora parecía dispuesto a ejercer como una persona adulta. ¿El problema? Que el puesto era en un barco esclavista. Y John, pese a haber experimentado en carne propia el horror de ser encadenado y vendido como sirviente, no parecía ver nada malo en ello. Décadas después recordaría que era un «despiadado hombre de negocios», y que el trato inhumano que se les daba a los esclavos le parecía algo normal. De hecho, llegó a ser capitán de un barco esclavista. En el cristianismo de la época, al menos en Inglaterra, no había ningún precepto contra la esclavitud; la Biblia la sanciona en algún que otro pasaje, y el tráfico de seres humanos estaba generalmente aceptado. Había, eso sí, una parte de la sociedad inglesa que empezaba a contemplar ese negocio con aprensión (y eso que no conocían los detalles) pero para John era una buena fuente de ingresos. Cuando tuvo que dejar de navegar a causa de una apoplejía sufrida a edad bastante temprana, veintinueve años, continuó relacionado con el tráfico de esclavos como inversionista.

Los años pasaron y su visión del mundo empezó a cambiar, no obstante. Se casó con su amada Polly, y adoptó como hijas a dos sobrinas que habían quedado huérfanas. Empezó a involucrarse cada vez más en su congregación, hasta el punto de estudiar griego para poder leer los Evangelios en su lengua original, y hebreo y sirio, para comprender mejor el Antiguo Testamento. Llevaba una vida ordenada y se había convertido en un hombre culto. Terminó siendo ordenado como pastor protestante. Aceptó un puesto de predicador en una tranquila comunidad rural. El que en otro tiempo había sido un bocazas bebedor y gamberro, empezó a atraer multitudes con su oratoria, que según parece, era verdaderamente conmovedora. Su iglesia pronto tuvo que preparar bancadas de más para atraer a todos los que querían escuchar a John Newton. Algo muy creíble, si uno atiende a las magníficas letras de los himnos que empezó a escribir por aquellos tiempos. Por entonces ya había renunciado a su participación en el tráfico de esclavos, aunque lo hizo de manera discreta y sin pronunciarse en público sobre ello. Ocultó su pasado como esclavista durante buena parte de su vida. Pocas personas de su entorno conocían ese hecho, y él, más avergonzado cuanto más entendía que la esclavitud era una atrocidad, evitaba recordar aquel periodo de su juventud.

Entretanto, publicó un libro de himnos titulado Olney Hymns, con canciones escritas por él y algunos otros, entre ellos su amigo, el poeta William Cowper. Allí apareció la letra de «Amazing Grace» por primera vez. La intención de Newton era la de componer himnos con un lenguaje sencillo que la gente de campo pudiera entender y sentir como propio. Al contrario que algunos otros escritores de himnos de la época, Newton no intentaba imitar la solemnidad bíblica mediante símbolos grandilocuentes, sino encontrar palabras con las que cualquiera pudiera identificarse: «Asombrosa Gracia, ¡qué dulce el sonido!, que salvó a un desgraciado como yo. Estuve perdido, pero ahora me he encontrado. Estuve ciego, pero ahora puedo ver». Como sucede siempre con los grandes letristas, Newton consiguió que cada persona pudiera adaptar el himno a sus propias circunstancias; para los cristianos evangélicos, sobre todo, el concepto de conversión, o «renacer», era similar al de recuperar la vista tras un periodo de oscuridad. El propio Newton, que ya era un individuo admirado por su entorno, entendía mejor que nadie el proceso de cambio que experimentaban muchos creyentes en su madurez. Eso sí, la íntima vergüenza por su pasado esclavista continuó atormentándolo.

No fue hasta pasados los sesenta años de edad, siendo ya un respetadísimo pastor y un exitoso escritor de himnos, cuando decidió publicar un librillo —menos de cuarenta páginas— titulado Pensamientos sobre el tráfico de esclavos en África. Escrito tres décadas después de subir por última vez a un barco, el libro hacía una tétrica descripción de todo lo que había visto de primera mano y exponía la verdad sobre la conducta del hombre blanco en el continente negro: «Esta confesión llega demasiado tarde y siempre será motivo de humillación para mí: fui un instrumento activo en un negocio ante el cual, hoy en día, mi corazón se estremece. Mis tercas pasiones y mis locuras me hundieron, durante mi juventud, en una sucesión de dificultades y privaciones que, a la larga, me redujeron a tener que buscar refugio entre los nativos de África. Allí, por el espacio de unos dieciocho meses fui yo mismo, en efecto, aunque sin llevar ese nombre, un prisionero y un esclavo. Me deprimí hasta el grado más bajo de la desgracia humana. Es posible que no hubiera sido tan completamente miserable si hubiese vivido entre nativos nada más, pero residí con hombres blancos». Las más de treinta páginas de dramático relato de la compraventa de seres humanos terminaba de manera rotunda, sabiendo Newton que iba a chocar con los sectores más conservadores: «Aunque no quiero ofender a nadie, en esta causa no debo de temer el ofender a muchos por declarar la verdad. ¡Si, como así es, puede haber muchos cuyo interés pueda prevalecer hasta el punto de contradecir el sentido común de humanidad, al defender un comercio tan inicuo, tan cruel, tan opresivo, tan destructivo, como el tráfico de esclavos africanos!».

Newton describía con pelos y señales el trato inhumano que se daba a los esclavos en «la Costa», Costa de Marfil, donde casi todos los esclavistas los compraban. Pese a que habían transcurrido décadas, aseguraba que aquellas imágenes estaban tan grabadas en su memoria que no se lo podía acusar de malinterpretar su memoria: cómo se hacinaba a los esclavos en las bodegas «cual libros en un estante, para aprovechar el máximo espacio posible», y cómo parte de los infortunados prisioneros morían durante el viaje. Recordaba que eran frecuentes los motines, y que él mismo, cuando era capitán, había situado armas de fuego frente a la puerta de la bodega para disuadir a los esclavos de que intentasen rebelarse. «La condición de los infelices esclavos está en un continuo progreso de lo malo a lo peor». Aseguraba que la esclavitud que algunas etnias africanas sufrían en sus propios países parecía «un estado de calma» en comparación con lo que se encontraban a bordo de los buques. Denunciaba la visión racista que se tenía de los africanos y contradecía lo que algunos famosos libros como Spectacle de la Nature, usado por los esclavistas para justificar moralmente su negocio, contaban en Europa: «Se me ha dicho a menudo, con gravedad, como prueba de que los africanos, con independencia de la dureza del trato que se les dé, merecen poca compasión. Que son gente tan desprovista de afecto natural que es común, entre ellos, que los padres vendan a sus hijos y los hijos a sus padres. Y, creo yo, una acusación de esta clase se levanta contra ellos por el respetable autor de Spectacle de la Nature. Pero tiene que haber sido mal informado. Nunca escuché un solo ejemplo de tales cosas mientras estuve en la Costa. (…) Porque, con pocas excepciones, los ingleses y los africanos, recíprocamente, consideran a los otros como villanos consumados que están siempre buscando oportunidades para hacer el mal. En pocas palabras, nosotros tenemos, me temo que muy merecidamente, una imagen muy desfavorable en la Costa. Cuando alguna vez he acusado a un negro de injusticia y deshonestidad, me ha respondido con aire de desdén: “¡Qué! ¿Piensas que soy un hombre blanco?”».

Su transición de esclavista a abolicionista militante fue tan progresiva como su transición de vividor amoral a pastor puritano, pero nadie duda de que fue sincera. Newton tenía una reputación intachable cuando hizo público su pasado ante mucha gente que lo desconocía, y en principio no tenía ninguna ganancia personal que obtener cuando dio ese paso. Por entonces, en 1788, el pensamiento abolicionista estaba ganando seguidores en la sociedad inglesa, pero no tenía una gran influencia sobre el poder. Pensamientos sobre el tráfico de esclavos en África no solo se convirtió en un éxito editorial, sino que sacudió la opinión pública. El diputado William Wilberforce, principal defensor de la abolición de la esclavitud en el Parlamento, quedó muy impresionado; se puso en contacto con Newton y declaró que deseaba dejar la política y ponerse bajo su enseñanza para convertirse en reverendo, pero Newton le respondió: «Debes servir a Dios allí donde estás ahora». Wilberforce siguió en el legislativo y encabezó una campaña en pro de la prohibición de la esclavitud, de la que Newton fue uno de los grandes referentes. La larga pelea social y política duró dos décadas. El 25 de marzo de 1807, cuando Newton tenía ya ochenta y dos años, dio por fin sus frutos y el Parlamento aprobó la llamada «Ley de Abolición del Tráfico de Esclavos», que tenía efecto inmediato en todo el imperio británico. John Newton murió unos meses después, a cuatro días de la Navidad de aquel mismo año. La campaña fue narrada en una película de 2006 donde aparecía el hoy famosísimo Benedict Cumberbatch; pues bien, la película se titulaba precisamente Amazing Grace.

El éxito de «Amazing Grace» a finales del XVIII, sin embargo, era independiente de todo esto. Aunque hoy es inevitable asociar la letra con la biografía del autor, la canción no menciona la esclavitud de manera explícita, ni aun mediante metáforas. Olney Hymns ya conocía varias ediciones a ambos lados del Atlántico cuando Newton hizo saber que había sido un esclavista. No fue el mensaje abolicionista lo que impulsó la fama de sus himnos religiosos, sino a la inversa. Sucedía que «Amazing Grace» era el más apreciado de todos, pero la noción de que Newton expresaba arrepentimiento por su pasado como traficante de seres humanos, si bien cierta en concepto, no puede extraerse directamente de la letra y es más bien una interpretación posterior sobre una canción que ya era famosa por sí misma. Eso sí, no sabemos cómo sonaba cuando Newton la cantaba en su iglesia. Siempre que hablamos sobre canciones antiguas cabe recordar que en los siglos XVIII y XIX, los cancioneros populares y religiosos rara vez incluían partituras. Si sabemos cómo sonaban las sinfonías y óperas, por ejemplo, se debe a que las partituras eran reproducidas por y para músicos. O para familias ricas, las únicas que podían permitirse dar a sus hijos una educación musical formal. La gente pobre rara vez sabía leer el alfabeto, no digamos la notación musical, aunque entre ellos hubiese muchos instrumentistas y compositores con talento. Por eso, es habitual que las canciones populares se expandiesen con rapidez gracias a las recopilaciones impresas de sus letras, pero también que la melodía cambiase de un lugar a otro. La melodía que conocemos hoy proviene de otra canción titulada «New Britain». Alguien combinó ambas, probablemente en el sur de los Estados Unidos, lo cual fue todo un acierto. En 1835 el musicólogo americano William Walker recogió esa versión en su recopilación de canciones populares llamada The Southern Harmony and Musical Companion, que sí incluía partituras. Si les suena el título, es porque los Black Crowes titularon así (¡maravillosa idea!) su extraordinario segundo disco.

Poco a poco, el himno se convirtió en uno de los favoritos en las iglesias americanas. La biografía de Newton lo convirtió en un canto contra la esclavitud, y los negros estadounidenses del siglo XIX solían entonarlo para sobrellevar su triste condición. Entre 1830 y 1850, además, se produjo un éxodo masivo de nativos, que fueron desalojados de sus tierras y forzados a moverse en reservas —más pobres, menos fértiles— en el oeste de los Estados Unidos. De este proceso, conocido como el «Sendero de Lágrimas», fueron víctimas tribus de diversas naciones indias: los seminolas, los creek, los choctaw, los chicasaw. Y los cheroquee, que empezaron a cantar «Amazing Grace» de manera similar a los negros, para afrontar su tragedia, aunque a menudo con una traducción de la letra a su propio idioma. Aquella época los marcó tanto, que terminaron adoptándola como himno nacional:

La canción tenía una significación especial para los negros, los indios, y los cristianos evangélicos de los Estados Unidos, pero aún estaba lejos de ser, como decía el título de un libro que repasaba su historia, «la canción más querida por los americanos». Esto se produjo más bien en la segunda mitad del siglo XX, por una conjunción de factores. La primera grabación de que se tiene constancia data de 1922; la publicó Brunswick Records, una discográfica que hace poco ha cumplido un siglo de vida. La cantaba el grupo coral Sacred Harp que, con distintas formaciones, también ha permanecido vivo hasta hoy. La melodía de aquella grabación es la de «New Britain», la misma que aparecía en The southern Harmony and Musical Companion, que es la estándar y que es básicamente idéntica a la que se sigue interpretando ahora. Un rasgo muy curioso de esta versión es su ambiente casi fantasmal, propio de grabaciones corales de aquella época. Como se registraban con un único micrófono muy rudimentario, solía producirse ese efecto casi de ultratumba:

Por entonces «Amazing Grace» ya llevaba muchísimo tiempo siendo un estándar en las iglesias estadounidenses, pero todavía no era tan famosa como lo es ahora. Aun así, en paralelo con el auge de la industria discográfica durante los años veinte y treinta, apareció en unos cuantos discos, por lo general grabados por intérpretes negros. Algunos son bastante difíciles de encontrar hoy. El reverendo J. M. Gates, que solía grabar canciones entremezcladas con sus sermones, como era costumbre en muchos discos de góspel, dejó una breve y estridente versión. Aunque el propio Gates canta bastante bien, resulta obvio que no está acompañado por un coro profesional. Aun así, por descontado, tiene un enorme encanto. Si uno quiere escuchar cómo sonaba la canción en una congregación religiosa de clase trabajadora, no hay nada más verídico que esto. Al tratarse de un góspel, casi todas las grabaciones tempranas son a capela. La primera versión con acompañamiento instrumental la registró en 1930 un músico blanco, el violinista de country Fiddlin’ John Carson. No he encontrado un enlace para que la escuchen ustedes (ni siquiera en la página de la Biblioteca del Congreso, donde puede uno toparse con auténticas joyas) pese a que otros de sus discos sí son fáciles de encontrar, incluso en YouTube. Aun así, cabe comentar un hecho interesante: Carson no cantaba la letra sobre la melodía más conocida, sino sobre otra distinta, sacada del himno religioso «At The Cross». Este cambio de melodía, como he comentado antes, era un fenómeno habitual en la música popular cuando todavía no estaban extendidos los discos o la radio. Y la letra encaja también, como es fácil comprobar.

Estos discos y otros similares no ayudaron a sacar la canción de las iglesias, porque no sonaban mucho en la radio (había emisoras religiosas, pero no tantas como ahora). Hay que adelantar hasta después de la Primera Guerra Mundial para ver «Amazing Grace» convertida en un éxito de ventas. El cual, cómo no, llegó de la mano de Mahalia Jackson. La «Reina del Góspel» grabó el tema en 1947, y su versión fue la que marcó un antes y un después. La melodía es la tradicional, la de «New Britain», pero Mahalia le dio el tono perfecto y después de ella, casi todos los artistas están influidos por su versión, lo sepan o no. De hecho sería imitada muchas veces, con gran respeto; en especial, por algunas célebres cantantes femeninas que crecieron escuchándola. La suya, eso sí, era una interpretación menos lineal de lo acostumbrado, con un elegante desarrollo de la melodía principal que no llega a hacerla irreconocible, pero casi. Por descontado, es hipnótica. Mahalia rara vez se descolgaba con gorgoritos innecesarios; lo suyo era sentimiento constante en cada nota. No en vano hablamos de una de las voces más bellas del siglo XX y de una mujer que tenía un extraordinario buen gusto como intérprete

El éxito de Jackson estableció el tema como un referente discográfico y radiofónico. En 1963, el grupo vocal Soul Stirrers, en el que años atrás había militado nada menos que Sam Cooke, hizo una curiosa interpretación, más alegre y cercana al pop negro de la época, donde imitaban el estilo que el propio Cooke estaba haciendo en solitario. Las cosas estaban cambiando mucho en la industria musical: unos años antes, semejante versión hubiese sido considerada casi una blasfemia por los cristianos más devotos, en especial los evangélicos. No olvidemos que Sam Cooke provocó un pequeño escándalo entre sus seguidores cuando decidió dejar el góspel para cantar pop y rhythm & blues. En los sesenta, sin embargo, ya había caído esta barrera. Otros músicos de góspel, como Ray Charles, habían seguido el ejemplo de Cooke y se habían convertido en grandes estrellas interpretando música secular. Esto facilitó que la fama e importancia «Amazing Grace» despegase en aquella década, porque empezó a sonar lejos de las congregaciones religiosas, en voz de artistas que poco o nada tenían que ver con el góspel.

«Amazing Grace» hizo su entrada en los discos de artistas blancos de vanguardia mediante una de esas peculiares carambolas que se dan en el ámbito musical. El himno empezó a sonar en las manifestaciones del movimiento por los derechos civiles. La activista negra Fannie Lou Hamer, por ejemplo, solía entonarla durante las marchas de protesta. En una de esas marchas estaba Judy Collins, una joven artista de folk procedente de Seattle, que se la escuchó cantar a Hamer en persona. Impresionada por el efecto que aquella música tenía sobre los asistentes, Collins empezó a tocarla en todos sus conciertos. La hizo suya; aquella canción, según sus propias palabras, la ayudó a superar una etapa de severo alcoholismo. Tras varios años de rodarla en sus giras, terminó grabándola en 1970, durante una bonita sesión en la que aprovechaba la reverberación natural de una iglesia, acompañada por un celestial coro.

También la cantaba Joan Baez, a quien hay que reconocerle el instinto para captar la relevancia histórica de determinadas canciones antes de que sean consideradas hitos por la crítica. Curiosamente, eso sí, Baez tardó en percatarse de que aquello era una tonada eclesiástica y no simplemente una canción reivindicativa. La canción protesta usaba con frecuencia metáforas espirituales cuya simbología provenía de la religión, pero más que nada como un recurso literario, no como una expresión de fe. La letra de «Amazing Grace», por el contrario, no contiene imaginería bíblica y podía ser interpretada como simple poesía. A través de Judy Collins el movimiento contracultural se había apropiado del tema, confiriéndole un significado social y político, así que la confusión de Baez es fácil de explicar. Joan Baez quedó muy sorprendida al saber que aquello era un himno cristiano con dos siglos de antigüedad, y ella misma lo explicaría divertida más adelante. Siguiendo con la era hippie, Arlo Guthrie, hijo del legendario Woody Guthrie —el mismo que llevaba en su guitarra aquel cartelito que decía «Esta máquina mata fascistas»—, la interpretó en Woodstock, en 1969.

El éxito de Collins no solo inspiró a los melenudos idealistas, sino también, agárrense, al ejército británico. Dos años después de que la cantautora estadounidense hubiese editado su versión en disco, la banda de gaiteros de la Guardia de Dragones escocesa adaptó la canción. La fuerza de la melodía en el sonido de las gaitas, apoyadas por otros instrumentos de viento (el momento en que entra toda la banda al arrancar la segunda estrofa es tremebundo) hizo que, pese a tratarse de un típico disco de banda militar, llegase al número uno de las listas de ventas en países como el Reino Unido, Australia o Canadá, y al número once en Estados Unidos. Sí, amigos, la British Army también tuvo hits en las listas de Billboard. Esto contribuyó a que, además de ser un estándar en las iglesias y una herramienta de protesta política, «Amazing Grace» pasara a sonar con bastante frecuencia en actos oficiales que requiriesen de solemnidad. Esa versión militar también fue la responsable de que no pocas orquestas sinfónicas empezasen a interpretarla, a veces acompañadas por una sección de gaitas.

Volvamos a la discografía civil. La década de los sesenta elevó «Amazing Grace» a su máximo grado de popularidad, y esto se notó en el aluvión de versiones que se produjeron durante la década siguiente. Elvis Presley publicó varios discos de música religiosa. Como sabemos, había crecido cantando góspel y lo interpretaba con total naturalidad (escúchenlo aquí, a los veinte añitos, cantando música de iglesia junto a un todavía desconocido Jerry Lee Lewis, al que le habían presentado ese mismo día). Quince años después, con treinta y cinco años, su voz era bastante más desgarradora, e interpretaba himnos cristianos con una profundidad emocional remarcable. En 1972 editó el álbum cristiano He Touched Me, donde está su interpretación de «Amazing Grace». Con cuidadísimos arreglos y una extraordinaria profundidad emocional por parte de Presley, esta es, en mi opinión, una de las mejores y más impresionantes versiones que se han hecho, junto a la de Mahalia Jackson y, por descontado, junto a la de Aretha Franklin. No lo digo yo, ahí está la opinión de las coristas de Aretha, que trabajaron varias veces con él, y que estaban asombradas por su capacidad para llevar la canción espiritual a otro nivel. Olviden por un momento al Elvis de Las Vegas e imaginen que este es un desconocido que canta en una iglesia. Elvis captó a la perfección el tono emocional del tema, como si lo hubiese escrito él sobre su propia vida. Pone los pelos de punta, sobre todo cuando canta solo, sin el coro detrás.

Y vamos con Aretha. No menos impresionante es lo que hizo por aquella misma época con la canción. Ambas versiones, la de Elvis y la de Aretha, son muy diferentes entre sí, pero creo que están fuera del alcance de los mortales. La interpretación de Presley era contenida e intimista, mucho más estudiada desde un punto de vista puramente musical y concebida como una pieza en la que cuidar cada compás y cada acompañamiento. La de Aretha era más propia de una congregación dominical y, por el contrario, estaba basada en sus características explosiones vocales, más pirotécnicas. Lejos de ser intimista, buscaba la catarsis. Lo que no vamos a descubrir ahora es que el rango e intensidad vocales de esta mujer es simple y llanamente increíble. Por muchas veces que uno lo haya escuchado, nunca deja de sorprender. Sus coristas lo resumían así: Elvis Presley estaba a tope de intensidad emocional incluso en los ensayos, como si estuviese siempre viviendo cada canción a tope, pero Aretha podía hacer lo que le daba la gana con su voz. Literalmente, lo que le daba la gana.

Igualmente impresionantes, o más, son sus interpretaciones en vivo. Cantando góspel, Aretha tiene un fabuloso sentido de la dinámica; más, creo yo, que cuando canta música secular. Imaginen lo que debían de sentir quienes la oían cantar de jovencita en la iglesia: es obvio que esta mujer iba a ser una estrella, sí o sí. Si quieren poner a prueba su templanza —les aconsejo tener unos pañuelos cerca—, escúchenla cantando en el funeral del cantante Luther Vandross. Por la edad, y por tratarse de un acto luctuoso, Aretha chilla menos, pero puede ablandar el corazón de una puñetera estatua.  Siguiendo con leyendas, Johnny Cash grabó la canción en 1975; la orquestación era un poco demasiado melosa, al menos para mi gusto, aunque su voz suena tan bien como de costumbre. Otro icono del country, Willie Nelson, la ha registrado en estudio un par de veces. Una de ellas, muy fiel a la versión tradicional, demuestra la insondable habilidad de Willie para conferirle vida y espíritu a lo que canta, pese a que no tiene, objetivamente hablando, una garganta privilegiada. Recordemos que empezó como compositor de éxito y le costó dar el paso de atreverse interpretar sus propios temas, entre otras cosas porque más de una vez le dijeron «olvídalo, Willie, no sabes cantar». Y bien, Willie no es Elvis o Aretha, pero en su maravillosamente endeble voz cualquier tema es una belleza. Otra de sus grabaciones es también muy digna de mención porque modifica la melodía, cambiando las armonías mayores habituales por armonías menores, muy tristonas, e incluyendo un solo disonante de su querida guitarra Trigger. Y funciona, claro, porque Willie no suele equivocarse con estas cosas.

También en los setenta la grabó el gran Ralph Stanley, una de las voces más legendarias del bluegrass, un estilo de música originario de Kentucky que remodeló los esquemas de la música tradicional de aquel estado, más o menos como el jazz hizo con el blues en Lousiana. Stanley cantaba con el tono agudo y triste característico del high lonesome, también típico de Kentucky, y su interpretación nos sugiere cómo podía sonar este himno en las congregaciones rurales de aquella tierra. Siguiendo con un enfoque campesino, aunque desde el otro lado del Atlántico, Rod Stewart la grabó con aires folk. El antiguo compañero de banda de Stewart, el mítico guitarrista Jeff Beck, hizo una versión instrumental para un disco navideño, aunque no es tan inspirada como acostumbran a ser sus versiones instrumentales de temas ajenos. Menos inspirada, y esto duele decirlo, es la que apareció en un disco del gran Ray Charles, aunque la orquestación pomposa, que en la versión de Johnny Cash ya sonaba un tanto fuera de lugar, aquí es todavía más exagerada y transforma el tema en algo más propio de Disney. Lástima, porque resulta obvio que Ray, sin necesidad de arreglos pomposos y con el único acompañamiento de un teclado, ya se hubiese bastado para hacer algo inolvidable con esta melodía. Le hubiese venido bien un Rick Rubin a la producción, porque este hombre merecía registrar una «Amazing Grace» más en consonancia con su grandeza.

Hablando de teclados, es un placer escucharla en las manos de Billy Preston, quien, además de ser un Beatle honorario, un gran cantante, un excelente compositor, y además de tener una gran discografía repleta de maravillosas joyas de soul y funk, está justamente reconocido como uno de los organistas de góspel por excelencia. Otra voz mítica del soul es Al Green, reconvertido en reverendo desde hace muchos años, cuando decidió aparcar su exitosísima carrera y empezar a predicar en una iglesia en la que aún sigue. Su grabación sufre también de una orquestación innecesaria y cierto tono mecánico, no se parece mucho a lo que suele interpretar en su propia iglesia. Para captar la exquisita sensibilidad con la que canta góspel este individuo, es mejor verlo haciéndolo en directo, en alguna de las raras ocasiones en que ha vuelto a subir a un escenario. También la cantaba Whitney Houston, a quien conocemos por sus éxitos pop. Se nota que también creció cantando en una iglesia, aunque la verdad es que está por debajo de lo que hacían Mahalia Jackson o Aretha Franklin. Y no olvidemos a Diana Ross, que puede sorprender a más de uno interpretando el tema con voz aterciopelada y una contención y elegancia exquisitas.

Como verán, «Amazing Grace» es una pieza a la que muchos músicos han querido rendir tributo en algún momento de sus carreras, siendo conscientes de su enorme significación espiritual. Desde los años sesenta, sobre todo, la canción ha ido ganando importancia en los Estados Unidos y puede decirse que es equivalente religioso del «Star Spangled Banner». En España, insisto, no tenemos un equivalente, una canción que haya sido tan importante para tanta gente por tantos motivos. Pero siempre podemos admirar la grandeza de aquel cántico que un día escribió un traficante de esclavos arrepentido.


Una enfermedad llamada libertad

Atlanta, Georgia, USA --- Atlanta, Georgia-The slave market in Atlanta, GA, during the Civil War. Ca. 1860-1865. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Mercado de esclavos de Atlanta, Georgia, 1864 (detalle). Fotografía: DP.

Ray Charles nació en Georgia y versionó una bellísima canción titulada «Georgia on My Mind», compuesta por Hoagy Carmichael y Stuart Gorrell, que usted debería poner de fondo mientras lee esto. En Georgia en el siglo XIX se editaba una revista médica mensual titulada The Georgia Blister and Critic. En el número 7 de su primer volumen se publicó un artículo del cirujano y psicólogo de Luisiana Dr. Samuel A. Cartwright titulado «Enfermedades y peculiaridades de la raza negra» donde describía una nueva enfermedad mental: la drapetomanía. Cartwright, un profesional prestigioso, la definía como un trastorno que «inducía al negro a escapar del servicio y es tan enfermedad de la mente como cualquier otro tipo de locura mental y, como regla general, mucho más curable».

Cartwright escribía:

Si el hombre blanco trata de oponerse a la voluntad de Dios, intentando hacer del negro algo más que un ser sumiso con la rodilla hincada (lo que el Todopoderoso declaró que debía ser) intentando elevarlo al mismo nivel que él; o si abusa del poder que Dios le ha dado sobre otro hombre siendo cruel o castigándolo presa de la ira, o descuidando su protección frente a los abusos arbitrarios de los demás sirvientes y todos los demás, o negándole las necesidades y comodidades comunes de la vida, el negro se escapará; pero si [el propietario] mantiene [a su esclavo] en la posición que hemos aprendido por las Escrituras que debe ocupar, esto es, en posición de sumisión; y si su dueño o capataz es bondadoso y misericordioso al escucharle, aunque sin condescendencia, y al mismo tiempo le suministra sus necesidades físicas y lo protege de los abusos, el negro permanece cautivo y no intenta escapar.

Cartwright aclaraba que la drapetomanía era desconocida para las autoridades médicas pero que tanto los dueños de las haciendas como los capataces de los esclavos la conocían muy bien. Su principal síntoma era el absentismo laboral, los negros intentaban escapar, y la causa era que los dueños tenían demasiadas familiaridades con los esclavos y les trataban como a iguales.

Si son tratados con amabilidad, bien alimentados y vestidos, con suficiente leña para mantener ardiendo toda la noche un pequeño fuego —separados por familias, cada familia teniendo su propia casa—, no permitiéndoles salir de noche para visitar a sus vecinos, recibir visitas o beber licores embriagantes, sin hacerlos trabajar en exceso ni exponerlos demasiado a la intemperie, se controlan fácilmente —más que otros pueblos en el mundo—. Si cualquiera o varios de ellos, en cualquier momento, están inclinados a levantar sus cabezas al mismo nivel que su dueño o capataz, la humanidad y su propio bien precisan que sean castigados hasta que caigan en el estado de sumisión que les fue destinado ocupar. Deben ser mantenidos en ese estado, y tratados como niños para prevenir y curarlos de la fuga.

Además de identificar la drapetomanía, Cartwright prescribió un tratamiento en dos fases. En primer lugar, las recomendaciones «médicas» que antes hemos detallado. Así, con «adecuado consejo médico, seguido estrictamente, este problemático hábito de fugarse que tienen muchos negros puede prevenirse casi por completo». Si eso no era suficiente o en el caso de esclavos «reincidentes e insatisfechos sin razón» —una peligrosa señal de que una fuga podía ser inminente— Cartwright prescribía «sacarles el demonio a latigazos». Otro remedio, preventivo también, era amputarles los dedos gordos de los pies para que no pudieran correr muy rápido y fuesen más fáciles de atrapar. Cartwright argumentaba que azotar a los esclavos era algo apoyado por la Biblia o, en sus palabras, era el «deseo del Creador». Iba más allá y afirmaba que el Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento

… declaran la voluntad del Creador con respeto al negro; que debe ser un sumiso arrodillado. En la conformación anatómica de sus rodillas, vemos genu flexit escrito en su estructura física, siendo más flexionado o doblado que cualquier otra clase de hombre.

La esclavitud duró dos siglos y medio en América y doce millones de personas murieron en África en expediciones de captura de esclavos y guerras tribales, y otros tantos fueron llevados al Nuevo Continente, de los cuales un 15 % murió durante el viaje. La colonización del continente se hizo por europeos: portugueses en el este de Sudamérica, franceses e ingleses en el este de Norteamérica y españoles en el resto de Sudamérica, Norteamérica y Centroamérica. Los nuevos territorios eran inmensos, el trabajo era duro y las enfermedades que diezmaron a la población autóctona hicieron que faltase mano de obra. Las primeras oleadas de colonos fueron blancos no abonados, gente joven, normalmente de menos de veintiún años, que pagaban su pasaje trasatlántico comprometiéndose a trabajar durante un tiempo, normalmente de tres a siete años. Recibían transporte, alimentación, ropa, hospedaje y las demás necesidades básicas durante el transcurso de su contrato, pero no percibían un salario. Eran tanto hombres como mujeres y solían ser ayudantes de granjas y haciendas, aprendices de oficios o sirvientes domésticos. Sin embargo, su número fue pronto insuficiente, así que a comienzos del siglo XVII un barco holandés introdujo una solución y un problema en el territorio de los actuales Estados Unidos: esclavos africanos. Los esclavos fueron especialmente abundantes en las grandes plantaciones sureñas donde las cosechas eran muy lucrativas pero necesitaban numerosa mano de obra, como las de tabaco.

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Patrón y trabajadores de una plantación de West Point, Mississippi, 1908 (detalle). Fotografía: DP.

En la época de la independencia de los Estados Unidos, la esclavitud había dejado de ser rentable en el norte mientras que en el sur su rentabilidad era cada vez más dudosa, pues el precio del tabaco fluctuaba y caía. Sin embargo, en 1793, Eli Whitney inventó un molino de algodón, una máquina que permitía a las fábricas textiles trabajar con un tipo de algodón que se daba muy bien en el sur. El algodón reemplazó al tabaco como la principal cosecha sureña y la esclavitud volvió a ser un buen negocio. Aunque la mayoría de la gente de los Estados del sur no tenía esclavos, en la época del aberrante artículo de Cartwright la idea general era que la economía sureña era imposible sin los esclavos.

Aparecieron todo tipo de justificaciones para la esclavitud. Los propietarios blancos decían que los negros eran como niños, incapaces de hacerse cargo de ellos mismos y que la esclavitud era una institución benevolente que los alimentaba, los vestía y les daba una ocupación. La mayoría de los norteños no tenían dudas de que los blancos eran superiores a los negros, pero no creían en esa supuesta benevolencia. Frederick Douglass, un esclavo fugado —un drapetomaníaco— logró una educación, «cuando aprendas a leer serás libre para siempre», y habló y escribió elocuentemente contra la esclavitud.

Me han preguntado a menudo cómo me sentí cuando por primera vez pisé suelo libre. Y mis lectores pueden compartir la misma curiosidad. Hay muy pocas cosas en mi experiencia sobre las que pueda dar una respuesta más satisfactoria. Un nuevo mundo se había abierto para mí. Si vivir es más que respirar y una «rápida vuelta de la sangre», yo viví más en un día que en un año de vida como esclavo. Fue un tiempo de excitación y alegría que las palabras apenas llegan a describir. En una carta escrita a un amigo al poco de llegar a Nueva York le decía: «Me siento como alguien que se hubiera escapado de una guarida de leones hambrientos. La angustia y la tristeza, como la oscuridad y la lluvia, se pueden representar, pero el contento y la alegría, como el arco iris, desafían la habilidad de la pluma o el lapicero».

Su caso se convirtió en un ejemplo vivo en contra de los que decían que los esclavos no tenían la capacidad intelectual para vivir como ciudadanos independientes.

En realidad, el trato iba de paternalista a sádico, las familias eran separadas a capricho y el castigo físico brutal era la norma. Hubo también retrocesos legales: el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que los esclavos eran una propiedad subhumana sin derechos de ciudadanía y no podían protestar sobre el trato que recibían. En el sur se temía una rebelión como la que había convertido a Haití en el primer país gobernado por antiguos esclavos, pero los enfrentamientos multitudinarios eran muy raros. No obstante, los esclavos fingían estar enfermos, organizaban huelgas encubiertas, saboteaban las máquinas y a veces incendiaban alguna propiedad o asesinaban a algún propietario. Escapar era común, pero normalmente no llegaban muy lejos.

La guerra civil cambió el destino de la nación. Fue un conflicto para preservar la Unión y no una guerra para liberar a los esclavos, pero pronto quedó claro que ambos aspectos irían de la mano. Muchos esclavos escaparon al norte al comienzo de la guerra y varios generales de la Unión abolían la esclavitud en el territorio sureño que conquistaban para sumar soldados y derrumbar la economía local. El Congreso aprobó leyes que permitía la confiscación de los esclavos propiedad de los rebeldes confederados. El 22 de septiembre de 1862, tras la dramática victoria de la Unión en Antietam, Lincoln presentó la Proclamación de la Emancipación Preliminar. Este documento decretaba que, por el poder de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, todos los esclavos que estuvieran en zonas rebeldes cien días después de la fecha serían «desde entonces y para siempre libres». Además, Lincoln estableció un sistema para que los negros emancipados pudieran unirse al ejército, una pequeña revolución en la época. Las tropas de color de los Estados Unidos sirvieron en muchos frentes de batalla, ganaron numerosas medallas del honor y fueron un factor importante en la victoria final. El 6 de diciembre de 1865, ocho meses después del final de la guerra civil, los Estados Unidos aprobaron la 13.ª Enmienda a la Constitución, la abolición de la esclavitud.

En esos últimos años el artículo de Cartwright fue sistemáticamente reimpreso en el sur, que consideraba que daba un toque científico a sus prejuicios y sus maltratos, mientras que en el norte, por su parte, era satirizado y ridiculizado. Frederick Law Olmsted publicó una evaluación sarcástica en otra revista médica, el Buffalo Medical Journal, donde recalcaba que los trabajadores no abonados blancos también se escapaban con frecuencia, así que hipotetizó, de coña, que la drapetomanía era en realidad una enfermedad de origen europeo y que los mercaderes blancos la debían haber contagiado a la población africana.

Cartwright identificó otra enfermedad, la disestesia etiópica, que era «denominada insolencia por los capataces» y se caracterizaba por cierta insensibilidad parcial de la piel, una letargia que hacía que la persona pareciera medio dormida y por las quejas frecuentes. Según él, casi todos los negros libres que no habían conseguido que algún blanco les dirigiera y se hiciese cargo de ellos estaban afectados de este trastorno. Cartwright, ese «benefactor» de los negros, proponía también un tratamiento para curar esta enfermedad y la insensibilidad de la piel:

La mejor forma de estimular la piel es, primero, hacer que el paciente se lave con agua tibia y jabón; luego untarlo todo con aceite, y hacer penetrar el aceite en la piel golpeando con una ancha correa de cuero; luego poner al paciente a realizar algún tipo de trabajo duro al sol.

Con eso el esclavo estaría agradecido al hombre blanco que le había permitido «recuperar sus sentidos y disipar la niebla que obnubilaba su intelecto».

Hay quien piensa que la historia no ha terminado, no tanto por la esclavitud, que sigue vigente de forma solapada en numerosas zonas del mundo, sino también por tratar como enfermos a los diferentes o insumisos, la patologización de la disidencia. Hoy, frente a los americanos de origen europeo, los negros de Estados Unidos tienen peor salud psicológica, son más frecuentemente víctimas de violencia, delincuencia y abuso de drogas, muestran en mayor medida síndrome de estrés postraumático, son ingresados con más frecuencia en hospitales psiquiátricos y tratados con medicación psicoactiva en contra de su opinión, son etiquetados como deficientes mentales, presentan sentimientos de opresión, desigualdad y violencia oficial, y les son aplicados una serie de estándares, pruebas y criterios hechos a medida de las personas de origen europeo.

Ray Charles, con el que empecé este artículo, dijo una vez:

Mi versión de «Georgia» se convirtió en el himno estatal de Georgia. Fue algo grande para mí. Realmente me conmovió. Ahí está el estado que solía linchar a gente como yo declarando que mi versión de una canción es su himno. Es conmovedor.

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Retrato de Mollie Williams, con 84 años, nacida esclava y ya libre, 1937 (detalle). Fotografía: Library of Congress (DP).

Para leer más:

  • Bankole K. K. (1998), Slavery and Medicine: Enslavement and Medical Practices in Antebellum Louisiana. Garland, Nueva York.
  • Cartwright S. A. (1851), «Report on the Diseases and Physical Peculiarities of the Negro Race». The New Orleans Medical and Surgical Journal 1851: 691-715.
  • Hunt S. B. (1855), «Dr. Cartwright on “Drapetomania”». Buffalo Medical Journal 10: 438-442.
  • Pedersen P. B., Lonner W. J., Draguns J. G., Trimble J. E., Scharron-del Rio M. R., eds. (1996) Counseling Across Cultures. Sage Publication, Thousand Oaks, Calif.


El explorador que miraba y no veía

Château d'Abbadia Fotografía: Ander Izagirre
Château d’Abbadia Fotografía: Ander Izagirre

El explorador Abbadie levantó un castillo tintinesco en la costa de Hendaya, repleto de tesoros africanos y mensajes enigmáticos en los catorce idiomas que hablaba. Un hueco atraviesa las paredes del castillo y la biografía entera de Abbadie, un hueco acompañado por un lema: «No vi nada, no aprendí nada».

El porteador Bitawligne subía la montaña canturreando lamentos: ¡Ay, pobre de mí! ¡Mi patrón camina hacia las nubes! ¡Ay, madre mía, acaso me pariste para que yo caminara hacia las nubes!

Era el 13 de mayo de 1848 y los demás porteadores se habían plantado unas horas antes, asustados por la nieve, en el borde de los precipicios de esa montaña altísima a la que nadie subía jamás: era el territorio de los espíritus. En la cima se adquirían conocimientos poderosos pero el acceso estaba prohibido a los humanos. Bitawgline seguía, qué remedio, al Abba Diya, al padre del caballo blanco, hombre sabio, brujo europeo. Al Abba lo recibían en las cortes abisinias, le pedían bendiciones y trucos de magia, le pedían que adivinara el futuro, que hiciera de embajador para llevar a las hijas de los reyes a casarse con los hijos de reyes enemigos, le regalaban esclavos para sus expediciones misteriosas por el país.

El Abba Diya era Antoine d’Abbadie, explorador, cartógrafo, físico, astrónomo, etnógrafo, lingüista, nacido en Dublín en 1810, de madre irlandesa y padre vascofrancés. Y sí: perseguía un conocimiento que solo podía obtenerse en la cumbre del monte Bwahit.

Pero ese conocimiento le fue prohibido. Las nubes le impedían ver nada, ningún otro punto en las montañas, ningún horizonte para hacer sus triangulaciones y seguir cartografiando la cordillera etíope del Simen. Con una bruma tan espesa, el sextante y el teodolito que había acarreado Bitawgline hasta la cumbre no servían de nada. Abbadie le ordenó que encendiera un fuego y pusiera un cazo de agua a calentar. Luego sacó el hipsómetro de su estuche: un termómetro especial para sumergirlo en agua hirviente. El agua hirvió a 85,5 grados, así que Abbadie dedujo que la cima del Bwahit alcanzaba los 4 600 metros. En realidad mide 4 437 metros y es la tercera montaña más alta de Etiopía. Dos días después Abbadie escaló el techo del país: el pico Ras Dejen, a 4 553 metros. Se entusiasmó. No por ningún afán deportivo: simplemente, en el monte más alto de Etiopía, esa tarde, no había tantas nubes. Pudo medir un tour d’horizon casi completo, una panorámica en la que determinó varios puntos lejanos con sus alturas.

Como temían los porteadores abisinios, la ascensión de Abbadie a las cumbres desató una maldición. El explorador estaba fascinado por los pueblos abisinios, pasó allí diez años, escribió el primer diccionario de la lengua amárica con quince mil términos, cartografió doscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados —el equivalente a media península ibérica—. Los diez mapas de Etiopía fueron su aportación más perdurable a la ciencia, casi la única que no se desmoronó con el paso de los años. Pero esos mapas vinieron de maravilla a los generales del ejército italiano en su primera invasión de Abisinia, en 1895. «Debieron de ser muchos más los abisinios que murieron víctimas de los mapas de Abbadie que los que él pudo salvar del hambre y la enfermedad financiando las misiones», escribió su biógrafo Iñigo Sagarzazu.

Antoine d’Abbadie emprendió una de las exploraciones más apasionantes del siglo XIX, puso en marcha experimentos ingeniosos, hizo miles de observaciones, casi todo le salió mal. Aprendió que la mayoría de las veces no se ve nada, no se aprende nada.

Abdullah, luz del castillo

Fotografía: ec-jpr (CC)
Biblioteca. Fotografía: ec-jpr (CC)

El castillo de Hendaya le salió bastante bien. Abbadie pasaba ya de los cincuenta años, quería un refugio en el que retirarse del mundo y de sus lecciones amargas, pero también una biblioteca y un observatorio en los que seguir su investigación minuciosa para entender el funcionamiento del universo. Compró terrenos en el promontorio de Santa Ana, en Hendaya, en unos prados costeros que terminan de golpe, en el borde de unos acantilados que se desploman cincuenta metros hasta el mar. Es el último promontorio de los Pirineos antes de desaparecer bajo el Atlántico. Y fue el último intento de Abbadie por encontrar algunas verdades antes de que todos sus descubrimientos fueran desmentidos y fueran desapareciendo, línea a línea, en cada nueva edición de las enciclopedias.

El arquitecto Violet le Duc le construyó un castillo neogótico y Abbadie añadió los toques africanos: unas palmeras esmirriadas que sufren con el salitre cantábrico, unos cocodrilos, elefantes y serpientes que se han adaptado mejor —porque son de piedra—. La serpiente repta por una de las paredes traseras, los elefantes vigilan desde las esquinas, dos cocodrilos flanquean las escaleras de la entrada. En el dintel del castillo, entre tréboles irlandeses, una inscripción gaélica dice Cead mile failte («cien mil bienvenidas»). Junto a la puerta hay un hueco en la pared, de unos veinte centímetros de diámetro, ahora condenado con cemento, y una inscripción en euskera que apunta al primer misterio de este castillo: Ez ikusi, ez ikasi («no ver, no aprender»). Abbadie vio mucho, vio muchísimo, vio tanto que comprendió que había muchísimas cosas que no conseguía ver.

En el vestíbulo del castillo, nada más entrar, tampoco se ve mucho. Las paredes están pintadas de negro, con esmaltes de azul y oro, y la luz solo llega a través de unas vidrieras muy altas. Abbadie nunca quiso instalar ese invento moderno de la luz eléctrica. Era científico, era inventor, pero también era un romántico, un orientalista decimonónico, y la luz de las antorchas le evocaba los tiempos duros y felices de las aventuras africanas.

Una escalera majestuosa lleva a la planta superior, donde la luz de las vidrieras ilumina ocho frescos murales con temas abisinios: la partida del guerrero, la comida del príncipe, las mujeres elaborando pan, los niños en la escuela, la pantera acechando a los antílopes… Son escenas sencillas, muy limpias, de líneas nítidas y colores planos, con un aire de cómic, casi parece que Tintín va a asomarse entre los personajes en cualquier momento.

En lo alto de la escalera aparece uno de esos buenos y humildes ayudantes, esos pequeños nativos que Tintín salvaba de alguna injusticia y que luego lo acompañaban durante el resto de la aventura. Abbadie también tuvo el suyo: Abdullah, «un bellísimo niño de seis años» que un rey etíope le regaló como esclavo. Abbadie le dedicó la estatua que corona la escalera de honor, la estatua de un joven abisinio que levanta una antorcha —ahora, ay, una lámpara eléctrica— y que ilumina la entrada al castillo. Abbadie siguió las rutas de los mercaderes de esclavos por el mar Rojo, habló con los cautivos, escribió sus historias y las contó después en los salones europeos, donde defendía la abolición de la esclavitud. Al pequeño Abdullah se lo trajo al País Vasco, donde vivió hasta los diecieste años. Luego el mozo se escapó a vivir sus aventuras, se alistó como zuavo —que, además de un insulto habitual del capitán Haddock, es el nombre que se les daba a los argelinos enrolados en el ejército francés—, participó en las batallas de Magenta y Solferino, anduvo por los circos de Francia rompiendo cristales con su voz aguda —lo cual hace sospechar que lo castraron de niño, como a tantos eunucos de las cortes orientales—, acumuló deudas jugando a cartas, se metió en peleas, escribió un arrepentimiento a Abbadie y murió fusilado mientras participaba en la insurrección de la Comuna de París en 1871.

La antorcha que portaba la estatua de Abdullah era la única arma que empleaba Abbadie durante sus viajes: para espantar a los leones. Llevaba armas de fuego en su caravana, pero solo para cazar, nunca para apuntar a una persona.

A los setenta y un años, en el tramo final del camino, Abbadie impartió en Venecia una conferencia titulada Credo de un viajero viejo. Dio algunos consejos: aprender el idioma del país (no nos podemos fiar de los intérpretes), viajar sin armas (a un viajero armado lo matarán por la espalda, es mejor el bastón de caminante), olvidarse de las costumbres europeas (no hay que lavarse a diario, nada de comida ni ropa occidental), viajar sin prisas (mejor aún: viajar despacio).

A los veintiséis años, en el principio del camino, puso los cimientos del resto de su vida. Aquel año le cundió mucho. Publicó con Chaho los Estudios gramaticales de la lengua euskariana, viajó a Brasil para medir las variaciones del magnetismo terrestre, y se hizo muy amigo de un hombre que subió corriendo a su mismo barco transatlántico, un fugitivo «sin sombrero y sin equipaje»: el futuro emperador Napoleón III. También se entrenó para su gran expedición africana. Nadaba en el mar de Biarritz, caminaba durante horas, dormía al raso en la montaña de Larrún, practicaba tiro y esgrima, seguía una dieta estricta de huevos y legumbres. Leía, leía, leía: relatos de exploraciones, manuales de geodesia, informes arqueológicos, estudios sobre el origen de los negros. Quería abarcarlo todo. Pero, por encima de todo, perseguía un sueño: descubrir las fuentes del Nilo.

Vengo a respirar el aire de vuestras montañas

Frescos de inspiración etíope en la entrada del castillo. Fotografía: Bernard Blanc (CC)
Frescos de inspiración etíope en la entrada del castillo. Fotografía: Bernard Blanc (CC)

Abbadie viajaba despacio, sí. En octubre de 1837 desembarcó en Alejandría, donde ya estaba su hermano Arnaud. En El Cairo pasaron dos meses organizando la caravana, contratando guías, eligiendo dragomanes, comprando camellos, empaquetando fardos de cien kilos en los que llevaban, por ejemplo, caftanes de seda azul, turbantes, camisas, calzoncillos, pantalones turcos, pantalones de terciopelo, morfina, ungüento mercurial, mechas para las lámparas, brújulas, binoculares, cuchillos y una biografía de James Bruce, el escocés que se pasó doce años buscando las fuentes del Nilo. Para aguantarse la impaciencia y distraerse, Abbadie subió a la pirámide de Keops y desde arriba tomó las primeras mediciones geodésicas. No era época de selfis.

Antoine y Arnaud bebieron un trago del Nilo y se prometieron beber otro trago en las fuentes del río. Les iba a costar un rato: nueve años y tres meses.

El viaje se alargó tanto, entre otras cosas, porque al cabo de dos años Abbadie confirmó que sus mediciones no cuadraban de ninguna manera: el subsuelo volcánico de Etiopía imantaba las agujas de sus instrumentos geodésicos. Aquello era un desastre. Así que se volvió a casa a por otros aparatos más fiables. Y se pasó dos años deambulando por Europa, reuniéndose con científicos para que le prestaran los instrumentos más avanzados, dando conferencias en París, Londres y Roma, recibiendo homenajes y medallas, incluso reuniéndose con el papa Gregorio XVI para hablar del mitológico reino cristiano del Preste Juan, que Abbadie esperaba encontrar en alguna parte de Etiopía. Luego volvió a África, a reencontrarse con su hermano y reanudar la expedición.

Durante la marcha, Abbadie anotó cuál era la composición de las rocas, hasta dónde se extendían los palmerales, qué aspecto tenía la orina de los camellos; escribió que el pueblo de los duhul se dedicaba a pescar perlas en el mar Rojo, que los jayto solo comían carne de cocodrilo, que el manjar más apreciado por los waea en las grandes ocasiones eran los pechos de mujer asados. En el puerto de Yeda, donde confluían miles de peregrinos camino de La Meca, apuntó: «Desde la cisterna hasta la puerta de la ciudad, he medido con pasos 300 metros, y luego 562 hasta la casa de Malim Yusuf».

Aquel blanco que curioseaba por todos los rincones despertó recelos. Y la expedición se convirtió en un juego de la oca, plagado de casillas trampa. Se le echaron encima los guerreros que cobraban peaje a las caravanas de mercaderes, y Abbadie se negó a pagar porque él no era un comerciante: el grupo tuvo que pasar dos meses acampado junto a una charca, rodeado de hienas, hasta que consiguieron un salvoconducto. El gobernador inglés de Adén ordenó capturar a Abbadie, acusado de ser espía francés, y el pobre emprendió una huida loca de puerto en puerto. Escribió que prefería estar entre bárbaros que entre ingleses. El príncipe de Tigré, que acababa de descuartizar a seis monjes protestantes, dio audiencia a los hermanos Abbadie para decidir qué hacer con ellos. Arnaud hizo la siguiente presentación: «El hombre pálido es mi hermano. Él estudia los aires, las aguas y las estrellas. Yo, por mi parte, vengo a respirar el aire de vuestras montañas, a beber el agua de vuestras fuentes y a buscar amigos entre vosotros». Añadieron unos trucos con agua efervescente de Seltz y con un cronómetro, y la cosa funcionó. El príncipe les dio escolta para el tránsito por sus territorios.

A las fuentes del Nilo, a las supuestas fuentes del Nilo, llegaron el 19 de enero de 1847. Habían remontado el cauce a través de las selvas ecuatoriales, hasta encontrar una cascada que caía del monte Bora, a 2 650 metros de altitud. Allí plantaron la bandera francesa. Mandaron cartas a las academias científicas y a las autoridades de París para comunicar el descubrimiento, y al regreso recibieron medallas, fiestas, honores. Duró poco. Otros exploradores, sobre todo los británicos, cuestionaron la reivindicación de Abbadie: lo que él había descubierto eran las fuentes del Nilo Azul, que vale, que no están mal, pero el Nilo Azul es un afluente del Nilo, que en realidad nace en el lago Victoria.

La vida pasa como el humo

Fptpgrafía: Bernard Blanc (CC)
Habitación del emperador Napoleón III en el Château d’Abbadia. Fotografía: Bernard Blanc (CC)

Del Nilo queda poca huella en el castillo de Abbadie: los cocodrilos de piedra que custodian la entrada y el libro Lo que yo he visto, que el explorador escribió a los ochenta y dos años, porque al final algo sí que vio. En ese libro, con una irritación evidente, se preguntaba por qué la longitud debe ser el criterio para decidir cuál es el río principal y cuál el afluente, por qué no el caudal, las crecidas o la altitud; y seguía, bastante picado, preguntando por qué había que dar la razón siempre a los británicos, esos arrogantes que iban por el mundo eliminando los nombres nativos de las montañas, los ríos y los lagos, para imponer los suyos, esos avasalladores que llamaban Victoria a treinta lugares del planeta. Si aquel gran lago era de verdad la fuente del Nilo, como decían los británicos, en fin, había que ser ridículo para llamarlo Victoria.

«La vida pasa como el humo», dice una inscripción en latín en la chimenea del gran salón del castillo. En las vigas, un verso en inglés de Buchanan invita a la calma, el silencio, el sueño.

Así se fue enroscando el viejo Abbadie en su castillo, encogido por los cansancios y las decepciones, en este refugio con escaleras de caracol, puertas secretas detrás de las camas, torres, sótanos, pozos. Se encogió en la nostalgia del salón árabe, del fumadero de cachimba, de la habitación de Etiopía, la habitación de Jerusalén, la habitación del emperador Napoleón III —que iba a venir a poner la última piedra del castillo y nunca vino: queda el hueco de esa piedra en un balcón—. Imagino a Abbadie caminando despacio por los pasillos sombríos, mientras su mente evoca las pisadas en la nieve etíope, mientras suena «This is the end», de The Doors —perdón—; lo imagino caminando entre los escudos africanos y las cornamentas colgadas en las paredes, entre armarios chinos, butacas tapizadas con sedas indias, chimeneas de mármol negro, estatuas de santos, jarrones de porcelana, la carabina cuyo disparo defectuoso le dejó ciego durante meses en Etiopía y Arabia.

En el comedor, entre sus paredes forradas de cuero de búfalo, Abbadie debió de distraerse a veces ordenando las sillas. Cada una lleva una letra del alfabeto amárico bordada en el respaldo. Y cuando se colocan todas las sillas alrededor de la mesa, en un determinado orden, componen una frase: «Que no haya un traidor entre nosotros».

En el comedor a veces volaba un pajarraco insolente. Virginie de Saint-Bonnet, la esposa de Abbadie, se paseaba con una cacatúa calva en el hombro, de nombre Coco, que se lanzaba sobre la mesa cuando los sirvientes traían las bandejas con la comida. Virginie se excusaba con los invitados: «Perdonen a Coco, es un alma del purgatorio». Y la cacatúa repetía a gritos: «¡Purgatorio, purgatorio!».

La habitación de Virginie tiene un balconcito privado, que cuelga sobre la capilla de la planta inferior, para que ella siguiera la misa desde la altura. Los Abbadie escribieron al papa Pío IX para pedirle este privilegio, y lo obtuvieron. En el tocador de Virginie hay un huevo fosilizado del extinto pájaro elefante de Madagascar. Y en las vigas del cuarto hablan otros versos en alemán: «Triple es el paso del tiempo. Dudando y misterioso, el futuro viene hacia nosotros. Rápido como la flecha, el presente huye. Inmutable y eterno, el pasado permanece».

Abbadie murió en París, a los ochenta y siete años, aferrándose al pasado. Quiso morir en la misma casa en la que había muerto su idolatrado Chateaubriand. Cuando Abbadie era adolescente, un adolescente aplicado, apasionado por la química y la astronomía, solo faltó a la escuela una vez. Una noche, cuenta su biógrafo Sagarzazu, sufrió una infección lacrimal de tanto llorar por la novela Les Natchez, y al día siguiente tuvo que quedarse en la cama. Era una novela de Chateaubriand sobre los indios norteamericanos natchez, una historia romántica, un relato aventurero en paisajes majestuosos, el mundo noble en el que Abbadie quiso vivir.

El hueco taponado

Fotografía. Bernard Blanc (CC)
Fotografía. Bernard Blanc (CC)

A Antoine en 1897 y a Virginie en 1901 los enterraron en una cripta bajo el altar de la capilla. Fue el último hueco cerrado en el castillo.

El penúltimo hueco es el que se ve, taponado con cemento, junto a la puerta de la entrada. El hueco redondo que lleva el lema «No ver, no aprender». Ya dentro, en el vestíbulo, la pared de enfrente tiene otro hueco igual. En la siguiente estancia, junto a unas escaleras, hay otro hueco en otra pared. Los huecos están alineados. Y si seguimos la línea, encontraremos más huecos que atraviesan los muros del castillo hasta el observatorio.

Este observatorio fue la última trinchera de Abbadie. Se refugió aquí en Hendaya, rumió sus decepciones, pero nunca se rindió. Pasó temporadas en París, presidiendo la Academia de las Ciencias. Viajó a Noruega, Castilla y Argelia para observar eclipses y estudiar la composición del sol. Con setenta y dos años se fue a Haití para estudiar el paso de Venus delante de la estrella. Con setenta y cuatro años recorrió de nuevo el Mediterráneo y Oriente Próximo. Volvía siempre al castillo de Hendaya, que no es la cueva de un ermitaño que se aleja del mundo: está diseñando para seguir profundizando en el universo. Tiene una biblioteca de dos alturas, con olor a cuero, madera y pergamino, en la que reunió diez mil obras científicas y literarias, incluida la mejor colección de libros en euskera —Abbadie también fue el patriarca del renacimiento cultural vasco: publicó estudios sobre la lengua, organizó certámenes culturales en los pueblos, pagó escuelas, apadrinó a los escritores más brillantes—. Y junto a la biblioteca está el observatorio, el espacio más amplio y diáfano del castillo.

Allí está el telescopio meridiano: Abbadie abría la trampilla del techo y observaba el paso de las estrellas por el meridiano de su castillo, anotaba sus coordenadas y trazaba, poco a poco, una cartografía celeste.

Allí está también el tubo vertical y transparente, con un rayo láser verde en su interior, un aparato moderno que recuerda otro de los grandes empeños fracasados de Abbadie: fijar la línea vertical, observar sus movimientos y así estudiar los desplazamientos de la corteza terrestre a causa de los microterremotos, las influencias de las mareas, de la luna, del sol. Abbadie construyó aquí mismo una nadirane: una torre de cemento de ocho metros de alto, con un hueco por el que caía un hilo de plomo (digamos: el abuelo del rayo láser actual). En el fondo del pozo, el hilo de plomo se hundía en un baño de mercurio. Cualquier movimiento de la tierra inclinaba ligeramente el líquido. Y así el mercurio reflejaba la imagen del hilo con una ligera inclinación respecto del propio hilo: Abbadie medía esos ángulos. Hizo tres mil observaciones, captó seísmos minúsculos, imperceptibles. También detectó cierta regularidad de las inclinaciones del mercurio relacionados con las mareas, pero a menudo interferían otros movimientos de origen desconocido para Abbadie, que le chafaban las medidas. Podían ser desplazamientos mínimos del terreno, aguas subterráneas, quién sabe. Y los experimentos se estropearon del todo con la llegada del ferrocarril a Hendaya: las vibraciones del tren trituraban las medidas y los nervios de Abbadie.

¿Y por qué mandó perforar todas las paredes del castillo, con esos huecos alineados desde la entrada hasta el observatorio? Porque quería enfocar con un telescopio la cumbre del monte Larrun, el punto más alto y lejano que se puede ver desde el castillo. El observatorio está en el extremo noroeste del edificio, el monte queda hacia el sureste, así que, para mirarlo con el telescopio, Abbadie perforó los muros con esos agujeros alineados y revestidos de nácar. Quería medir la refracción: un rayo de luz cambia ligeramente su dirección cuando atraviesa medios de distintas densidades (el agua, el aire frío, el aire caliente…). Quería probar que el monte Larrun está en un punto y que nosotros, desde lejos, lo vemos en otro punto, un poco movido por las distorsiones de la atmósfera. Y quería medir esa diferencia. Pero le salió mal: al atravesar todos esos huecos, durante tantos metros, las ondas de la luz sufrían la difracción, se desviaban, proyectaban una imagen borrosa y oscura, más borrosa y más oscura después de cada hueco. Y al final, en el telescopio, Abbadie ya solo veía una mancha negra.

Mandó tapar el agujero de la entrada con cemento y talló la frase «Ez ikusi, ez ikasi». No vio, no aprendió. Nunca dejó de mirar.

*

Visita al castillo

Fotografía: Ander Izaguirre
Fotografía: Ander Izaguirre

El castillo se puede visitar por libre o con guía (en francés y, a veces, en castellano). Los horarios y los días de visita cambian según la época del año Se pueden consultar en www.chateau-abbadie.fr

La entrada cuesta 7,90 € para un adulto. Y para una familia (dos adultos y hasta tres niños), 20 €.


Alberto Vázquez-Figueroa: «El mundo en el que estamos viviendo se basa en la esclavitud de una manera o de otra»

1

Es conocido como prolífico escritor que vende libros como churros y como polémico inventor que se queja de que por culpa de la corrupción de los políticos no se llevan a cabo sus ideas. Pero Alberto Vázquez-Figueroa (Santa Cruz de Tenerife, 1936) también recorrió el mundo en la época del periodismo «romántico» de Televisión Española. Estuvo presente en guerras y desastres naturales y, además, se codeó con el glamour del mundo del cine. Fue testigo privilegiado del siglo XX, una época en la que nuestro mundo, bajo una mirada actual, parece otro planeta.

Su familia quedó destruida por la Guerra Civil.

Sí, nací en octubre del 36. Cuando vine al mundo mi padre ya llevaba tres meses preso en un campo de concentración. Fue de los primeros que cogieron en Tenerife. Luego le deportaron a África. Todas estas crueldades provocaron que mi madre sufriera mucho y falleciera. Después, mi padre enfermó de tuberculosis, estuvo seis años en un sanatorio y se salvó de milagro. Mi hermano se fue a Venezuela y a mí me tuvieron que mandar a vivir con unos tíos al desierto del Sahara.

Cómo fue pasar la adolescencia en el desierto.

Al principio me pareció horrendo, monstruoso, con tanto calor. Y a mis tíos no les había visto nunca antes. Mi madre acababa de morir quince días antes de que yo llegase, mi padre estaba en el sanatorio de tuberculosos, que era en aquella época como la antesala de la muerte, mi situación era verdaderamente espantosa. Pero puedo decir que llegué al desierto llorando y al cabo de los años me fui llorando. Porque luego me iba con mi tío de expedición, con doce o trece años me pasaba todo el día con los tuaregs y los camellos cazando y pescando, ya que estábamos cerca de la costa. Era una vida libre y feliz como no ha tenido ningún niño. Si exceptuamos que era huérfano y que echaba de menos a mis padres y a mi hermano, fue maravillosa.

En el desierto su familia tenía un esclavo.

Teníamos un muchacho alto, grande, enorme, que ayudaba en casa. Se ocupaba también de la granja, donde había avestruces, gacelas, gallinas y conejos. Hacía todo. Hasta jugaba conmigo, con un tren de cuerda que tenía yo. Me acuerdo de que un día le vi llorando, le pregunté por qué y me contestó que estaba llorando de alegría. Mi tío le había adelantado el sueldo de un año para que comprase la libertad de su novia. Él había comprado la suya propia hacía años, pero ahora necesitaba la de la mujer con la que se iba a casar. Todo esto quiere decir que en 1952, en pleno franquismo, había esclavitud.

Y no podían denunciar su situación a las autoridades españolas. Había ley del silencio. Si lo denunciaban, su familia recibía un castigo. Era algo que estaba en la tradición de esos países. Viene de milenios.

Este era de origen senegalés, pero creo que ahora mismo, el 90% de los niños que recogen el cacao en Costa de Marfil, donde se produce el mejor cacao del mundo, son esclavos. Han sido comprados en Mali o en Níger. Tienen ocho o nueve años y tienen que cortar la piña del cacao con unos machetes tales que luego la mayoría de ellos acaban mancos. Esto está ocurriendo ahora mismo. Todos los días. No debe extrañarnos, es propio de África. También pasa en Sudamérica. Contratan a un trabajador y con las cosas que le dan el primer día para vivir y trabajar le cobran tanto que nunca podrá pagar la deuda. No deja de ser lo mismo que nos está ocurriendo a los españoles. El banco nos pone unas condiciones para tener una casa que nunca acabaremos de pagar. Siempre serás un esclavo. El mundo en que estamos viviendo se basa en la esclavitud de una manera o de otra.

¿Cómo fue el regreso del desierto a Tenerife, de la libertad total a un colegio de curas de los de entonces?

Tenía dieciséis años y me pusieron a estudiar con chicos de mi edad. Había cosas que no podía saber. Mi tío tenía una gran biblioteca y yo sabía mucho de historia, de geografía o de literatura, pero no tenía ni idea de latín, matemáticas o química. Concretamente, mi latín era monstruoso, ¿pero sabes una cosa? A los pocos meses yo era el que mejor hacía las traducciones. Tan bien que el cura se ponía detrás de mí para ver cómo copiaba. Le tenía muy mosqueado porque yo no sabía ni declinar. Entonces un día me dijo que si le confesaba mi truco para copiar, me aprobaba lo que quedaba de curso.

Le dije. Mire, lo que hago es que me he dado cuenta de que siempre pone traducciones de la Guerra de las Galias, de Julio César, y en un mes me aprendí el libro en latín y en español. Le reté a que abriera el libro por donde quisiera que se lo traducía de corrido. Me contestó que vale, pero que en el examen de grado llevase cuidado. Ese día el que cuidaba el examen empezó a escribir en la pizarra y antes de que acabara yo ya le había entregado el examen. «¿Qué pasa, te retiras?» —me preguntó—. Y yo: «No, que ya he acabado». En toda mi vida solo he recibido una matrícula de honor, esa.

Pero oye, después de tantos años, creo que tengo mejor capacidad para entender el latín que los que se tuvieron que estudiar las declinaciones una por una. A mí todavía me suena todo lo que me aprendí de memoria, pero ellos que estaban como en La vida de Brian con el romano corrigiendo…

La conclusión es que hay que recurrir a caminos diferentes. Eso es lo que he hecho yo en esta vida. Hace unos años me llamaron para dar una conferencia a catedráticos de ciencias en la universidad, y yo de matemáticas ya te digo que no tengo ni idea, que para multiplicar siete por nueve me lo tengo que pensar y de las raíces cuadradas, ni idea. Pero me querían ahí porque se habían dado cuenta de una cosa. Habían seguido mis inventos y se veían que yo llegaba a mis conclusiones empleando la lógica, que es lo que es la matemática, la lógica por excelencia. Querían que les explicase cómo mezclaba mi imaginación con la lógica. Cómo llegar donde los demás no llegan con ideas que en principio pueden parecer absurdas.

En los cincuenta llegó a Madrid a estudiar Periodismo.

A Madrid llegué con mil pesetas. Me las tuvo que enviar mi hermano desde Caracas. Mi padre quiso que estudiara Arquitectura y le dije que si yo hacía un edificio se caería y morirían todos dentro. Como en el desierto había leído mucho, lo que quería era ser escritor. Soñaba con escribir. La opción que tenía era estudiar Periodismo. Entré en la escuela de Zurbano, en el curso del 59, fuimos los últimos antes de que pasara a la universidad. No veas qué hambre pasé en Madrid.

La ciudad era hambre y frío. Vivíamos en una pensión que era un sótano, en Modesto Lafuente, 12. Teníamos derecho a una ducha de agua caliente una vez a la semana. Cuando vieron que yo me duchaba todos los días me dijeron que si estaba enfermo me tenía que ir a mi casa. Le tuve que explicar a la señora que yo me duchaba todos los días. También teníamos derecho a un huevo frito a la semana, el resto eran garbanzos y lentejas. Los días que no teníamos clase nos quedábamos en la cama para no gastar calorías. Tuve suerte, que logré meterme en lo del buceo.

2

Con Jacques Cousteau.

Un día me encontré con que pedían buenos nadadores en una prueba para estudiar con Cousteau. La pasé porque yo nadaba bien y fuimos a una escuela de buceo en Valencia. En el barco comía excelentemente y vivía bien. Ser buceador entonces estaba genial, era como decir que eras astronauta. Y empezaban a llegar las primeras extranjeras a la Cosa Brava…

Cousteau era un hombre extraordinario, pero con muy mal carácter como militar. Era brillante y duro. Pero tenía razón, decía que los que aprobaran con él y dieran clase de buceo a otros debían ser absolutamente profesionales porque si no mucha gente iba a morir. De hecho, mucha gente ha muerto por hacer mal uso de sus escafandras. Cousteau nos tenía firmes.

En su escuela la última prueba que nos hacían era cortarnos el aire a cincuenta metros. El susto que te llevabas era de muerte. Lo que querías era salir a toda velocidad y ahí te suspendían, porque tenías que subir lentamente, a esa profundidad la presión en el interior de tu cuerpo sigue siendo grande y si subes rápidamente revientas. Era el último examen.

El buceo era realmente peligroso. En el primer congreso mundial de actividades subacuáticas todos buceamos en una cueva, se nos fue la luz y pasamos mucho miedo. Juramos todos no volver a meternos jamás en una cueva. Y el catedrático de Oceanografía de la Universidad de San Diego volvió a meterse, en Las Calanques de Cassis, en Marsella, y desapareció. No lo encontramos hasta un año después.

Lo bueno es que me libré del servicio militar con esto del buceo. Un día lo hice, juré bandera y me dieron la paga de golpe, fue como si me tocara la lotería. La gente pasándolas putas en el ejército un año y pico y yo haciendo lo que me gustaba en el barco.

Pero le tocó rescatar los cadáveres de la catástrofe de Ribadelago, en Zamora.

Un día estaba en la Escuela de Periodismo y me vino un profesor preguntándome qué había hecho, que me estaban esperando dos policías. En el año 59 dos policías secretos preguntando por ti era muy grave. Era para ponerse nervioso, digamos. Pero me dijeron que no me preocupara, que había habido una inundación que había arrasado un pueblo. Que sabían que yo era de los pocos profesores de buceo que había en España y me necesitaban para organizar un equipo de rescate de los cadáveres.

Reuní a quince de la escuela de Valencia y salimos al día siguiente en coches escoltados por la policía con sus motos. Imagínate lo que era una carretera a Zamora por aquel entonces. Fue una noche infernal. Llegamos al amanecer y el pueblo estaba completamente destruido. La primera imagen que vi nada más llegar fue una señora gritando desesperada: «¡Aquí vivían mis hijos y mis nietos y no queda nada!».

No se veía nada debajo del agua, era todo barro. Y estaba casi a cero grados. En aquel tiempo no había trajes de inmersión y lo pasé muy mal, la verdad. Al salir del agua tenía que meter las manos en un cubo de agua caliente porque no podía tocar nada del dolor. Sacábamos solo pedazos de cadáveres, nunca los cuerpos enteros porque estaban mezclados con otras cosas. El ejército protegía para que la gente y los curiosos no vieran lo que sacábamos. Salíamos, echábamos trozos de personas en un saco y volvíamos. Diez días. Hasta que decidí que íbamos a morir si seguíamos buscando a los que quedaban, que ya iban a estar en avanzado estado de descomposición. Se prohibió pescar en el río durante dos años, que había unas truchas tremendas, y nos fuimos.

Fue una experiencia horrible. Ibas a tientas, a los cinco minutos ya estabas tiritando, tocabas un cadáver, se revolvía una trucha y te dabas un susto de muerte. Muy desagradable. Estuve varios días sin dormir, pero decidí que no iba a volver a pensar más en eso. Y no lo hice. Solo cuando volví al lago cincuenta años después, porque me llamaron. Pero en esta vida, haciendo estas cosas, o ser corresponsal de guerra, tienes que distanciarte totalmente de lo que haces. En la guerra, veas lo que veas, al día siguiente tienes que olvidarte.

Si como corresponsal de guerra terminas alcohólico o drogadicto para olvidar las barbaridades que has visto, si para resistir la profesión tienes que refugiarte en eso, mejor dedícate a otra cosa. Es como si a un médico porque se le ha muerto un enfermo en el quirófano esa noche se tiene que emborrachar. Al día siguiente se le mueren todos.

Sus primeras entrevistas fueron personajes como Pío Baroja, Hemingway…

Sí, pero no te creas que Baroja me pareció especialmente interesante. Me gustó mucho más Wenceslao Fernández Flórez, que era muy inteligente, brillante. Vivía en una casa de esas antiguas, viejísimas, todo estaba oscuro, y ahí estaba él en un sillón, con una chispa y una gracia… Y a Hemingway lo entrevisté en un hotel que hay en El Escorial. No me gustó. Salí mosqueado con él. No me gustó personalmente. Además, fui un apasionado de su literatura hasta que leí que mató a un búfalo y se regodeó disparándole en los pulmones para que tardase en morir y poder describir su agonía. Si tienes que cazar, y yo he cazado mucho, ya sea por necesidad, porque hay que controlar una plaga, siempre hay que ser lo más rápido posible. Lo que no puede ser es que para describir una agonía, para que te lean, mates. Ya sea un búfalo, una persona o lo que sea. Ahí me acabó de decepcionar del todo y eso que era uno de mis héroes.

3

Usted cazaba elefantes.

Yo era regulador. En África hay épocas en las que hay demasiados elefantes, se vuelven viejos, pierden dos juegos de muelas y atacan los poblados y se comen el maíz y la yuca. En una noche, te arrasan un poblado. Y se vuelven, como todos los viejos, de mal genio y matan. En los poblados les atacan con armas de bajo calibre, pero yo he visto elefantes matar a personas. A uno de mi compañeros. En estas circunstancias hay que perseguirlos y matarlos. A veces hay que elegir entre un elefante y cincuenta animales distintos, jirafas, leones… porque un elefante bebe y come por veinte animales diferentes y arrasa. Los elefantes pueden ser encantadores, pero también pueden abusar y los demás animales no tienen la culpa. Eso de que el rey de la selva es el león, ¡por aquí!

Una vez cazando nos salió un gorila en el Monte Chocolate, en Camerún. Y Mario, mi compañero, que era un gran cazador, se quedó quieto. Con un gorila delante que había salido de la nada. Yo: ¡tírale, tírale! El gorila gritando. Me cagaba por la pata abajo, pero al rato se dio media vuelta y se marchó. Me dijo Mario: «Llevo el arma cargada con balas de elefante, al que tienes que tirar con balas de acero con punta afilada y darle en la sien o en la frente, porque si no es como si le dieras una patada en el culo, viene y acaba contigo en el acto. Sin embargo, si le tiras a un gorila con bala de acero de estas, lo atraviesas, ni lo nota, y viene y te aplasta la cabeza de un manotazo. Al gorila le tienes que tirar con bala de plomo y abierta». El tío sabía dónde iba.

Es como la guerra. Si vas a una a campo abierto, coge un jeep con el depósito bien cargado de gasolina por si tienes que salir de najas, que no sabes dónde podrás parar. Pero si estás en una batalla en la ciudad, coge un coche pequeño, mejor si tiene el motor atrás, y que vaya siempre con la gasolina justa para ir y volver, porque es muy posible que una bala le dé al depósito. Y si te matan, mejor que te disparen, que no te enteras, que quemarse vivo, ¿no? Son cosas que uno tiene que aprender.

A mí en la batalla del Puente Duarte en la República Dominicana me pegaron un tiro y no me enteré hasta que llegué al hotel. Me dijeron nada más verme: «Oiga, está sangrando mucho». La bala me había atravesado la pierna. Pero en el momento ni te das cuenta. La adrenalina es muy alta… Pero yo estaba deseando que hubiese guerras para ir.

¿Cómo?

Sí, por la experiencia que adquiría para poder escribir. Hombre, si me hubiera quedado en Madrid habría escrito dos libros, tres, pero llega un momento en el que se te acaba la experiencia. Y también que ganaba mucho dinero. Tenía un coche deportivo blanco, descapotable, el único que había en Madrid. Aparcaba donde me daba la gana. En mitad de la Gran Vía…

En República Dominicana dio una exclusiva mundial para La Vanguardia.

Allí conocí al político más decente que he visto en toda mi vida, Héctor García Godoy, que por supuesto fue envenenado. La primicia mundial fue una entrevista con Juan Bosch, presidente depuesto por un golpe de Estado a los seis meses de ser elegido. Con esa exclusiva, precisamente, conseguí comprarme el deportivo. Durante la revolución contra los militares golpistas, recuerdo que la ciudad estaba dividida. A un lado los de izquierda y del otro los militares. Había un guerrillero, «Comehombres», cuya familia se había quedado del lado controlado por los militares. Este había matado a no sé cuánta gente, era muy valiente. Pero también muy simpático. Una vez [risas] un tío haciéndose el valiente se puso enfrente de él, como haciéndose el pistolero del Oeste, se apoyó en el revólver y se disparó en el pie sin querer. Mira… qué risa. Bueno, pues una noche Comehombres fue a visitar a su familia. Cruzó la línea que dividía la ciudad, entró en su casa y le estaban esperando. Se armó un tiroteo enorme. Los periodistas fuimos con monseñor de Agostini, el nuncio de su santidad. Había un tiroteo del diablo y nosotros nos metimos corriendo debajo de los coches. Pero el nuncio no, se puso en medio de ellos gritando: «¡Hijos míos, hijos míos, no os matéis!». Y se oyó una voz que decía: «¡Coño! ¡Un cura! ¡mátalo, mátalo!».

En la África que conoció usted todavía había leprosos… caníbales.

Los leprosos estaban por todos los lados. En la calle, pidiendo limosna, en cualquier poblado. Pero si te preocupabas de eso no podías ir a África. Allí hace calor, hay serpientes, mosquitos y… leprosos. Si te estás preocupando por todas estas cosas no vas. He visto leprosos sin manos, sin ojos, pero estás allí, ¿qué vas a hacer?, ¿levantarte la falda y salir gritando? Lo de los caníbales fue distinto. Se comieron a un amigo mío. Pero fue una cuestión ritual. Él era un gran cazador, muy valiente, también era muy apuesto, tenía mucho éxito con las mujeres, y en su pueblo le mataron para comerle el corazón. Fue más un rito, no fue por hambre. No conozco en África casos de uno que se coma a otro por el placer de comérselo, era más ritual religioso.

Estuvo en varios terremotos.

El terremoto de Perú, por ejemplo, fue más duro que una guerra. Fuimos a un pueblo que se supone que estaba en lo alto de una montaña y cuando llegamos arriba no había nada. Había fango y alguna roca. Aparecieron unos indios, les preguntamos por el pueblo y dijeron que estaba ahí. Completamente sepultado. Como el lago de Sanabria, pero a lo bestia. Acabó con veinte mil muertos. Fue duro. Luego viví otro en Chile y otro en Guatemala. En el de Guatemala me desperté de repente y me di cuenta de que la cama estaba donde la puerta y no podía salir de la habitación. Logré bajar a preguntar qué pasaba y me dijeron: «Ha habido un terremoto del diablo, todo el mundo ha salido a la calle, ¿no se ha enterado? Pues bendito sueño tiene». Estaba dormido como un ceporro. Y en Chile, iba conduciendo y de repente vi cómo la carretera se ondulaba como una ola, la pasé y seguí. Los terremotos dan una impotencia…

Le gusta ir a Las Vegas a jugar.

He ido alguna vez, ya menos. Solía ir a Las Vegas y también a Polinesia, a Bora Bora. Las Vegas me gusta mucho, me divierte. Es un lugar curioso, hay mucha gente rara. Me encanta su historia. Pero tampoco es algo que me vuelva loco. Al tercer día estoy deseando irme. Solo una vez me fui ganando dinero. Un día me volvía ya a España y en el aeropuerto me di cuenta de que me quedaban todavía dos horas. Cogí un taxi, que conducía un mexicano, y le dije: «Llévame a Caesar´s y ven a buscarme a tal hora sin falta». Comí, me puse en la ruleta y empecé a ganar y ganar y ganar. De pronto, apareció el taxista y me dijo que me tenía que ir, que tenía el equipaje en el avión. Me tuvo que arrancar de la ruleta y así me fui ganando mucho dinero de un casino por primera vez en mi vida. Si hubiera seguido, me lo habría gastado. Le di cien dólares de propina al taxista y me dijo rápidamente: «¿A qué número estaba jugando?».

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También se dejaba usted ver mucho por el Festival de Cannes.

En el mundo del cine, el productor Giovanni Bertolucci era como mi hermano. Con él hice Tuareg y Océano. Y Bernardo era muy amigo mío también. Siempre estaban juntos, venían a pasar las Navidades a Lanzarote. Cuando murió Giovanni, para mí fue como perder a un hermano. Creo que fue mi mejor amigo. Lo sabía todo sobre el cine, era una enciclopedia. Había producido a Visconti y no veas qué historias te contaba. Esa época de los grandes productores se acabó. Ahora son todos ejecutivos. Antes un productor creía en las películas, se involucraba en ellas.

También yo era amigo de Berta, la mujer de Ilya Salkind, uno de los mayores productores independientes del mundo. Un día en Cannes me invitaron a comer en la playa y me dicen: mira arriba. Empezaron a aparecer aviones. El primero llevaba un cartel detrás que ponía: «Ilya Salkind presenta». Y el de detrás: «Superman». Y otro avión más: «Superman». Y otro y otro. Luego en la cena le dijo a todo el mundo: «Señores, con ustedes, Superman». Corrió una cortina y apareció Christopher Reeve vestido de Superman. Solo con esa presentación y con que Marlon Brando hacía el papel del padre, ya vendió la película. Ganó una fortuna en un día.

Allí se hacían las cosas así. A mí una noche en el casino me llegó Georges-Alain Vuille y me dijo: «Me he leído su novela, quiero hacer una película grande, muy importante. ¿Me vende los derechos? ¿Le parece bien cien mil dólares?». Le dije que sí, fuimos por la noche al hotel y firmé. Después, a las cuatro de la mañana me encontré al productor español Emiliano Piedra, que había venido conmigo. Le dije: «Emiliano, Emiliano, oye, que he vendido los derechos de Ébano por cien mil dólares». Y me contestó: «Joder, y luego me dicen a mí que soy un borracho» [risas].

Esta película la quería hacer Franco Cristaldi, el productor de Fellini, pensando en que la protagonizara su mujer de entonces, una etíope bellísima. Pero en cuanto me ofrecieron tanto dinero acepté en el acto. Negociando con Cristaldi, recuerdo que íbamos en el coche por Roma y señalándome una esquina me contó: «Ahí empezó mi suerte. Yo era jefe de producción y cruzando la calle me atropelló un coche. Lo conducía un chófer con un hombre muy rico detrás. Desde el principio, se dieron cuenta de que era culpa de ellos. Estuve ingresado un año, me rompieron todos los huesos, y este hombre vino a verme constantemente. En el hospital, me dijo: “Has perdido un año de trabajo. ¿Qué quieres que haga por ti, cómo puedo compensarte?”. Y contesté: “Tengo un guion que me gusta mucho y hay una actriz que lo puede hacer, quiero que me deje el dinero para producir la película”». Y esa película era La chica con la maleta, con Claudia Cardinale, que encima Franco terminó casándose con ella. Así llegó a ser el productor que más Óscar y premios en Cannes ha conseguido en todo el mundo. Entre otras cosas, porque hizo las de Fellini.

El mundo del cine era muy divertido. El de los editores de libros es mucho más aburrido, son gente demasiado intelectual. Aunque ahora la gente del cine se ha convertido en tíos que llegan y suman, dicen dos más dos son cuatro. Es decir, una película con fulano, fulano y fulano, suman, y restan, coches que vamos a romper, explosiones, balas… ¿argumento? Me da igual. Echan la cuenta y dicen: Vamos a ganar un 6%. Pues vale. La hacemos. No tiene nada que ver con antes, con esos productores con una visión romántica del cine, que o se hacían millonarios o se arruinaban con una película. Siempre digo que un amigo mío se hizo millonario jugando al parchís. Sí, tenía veinte millones de pesetas e hizo la película del grupo Parchís. Ganó mil millones. Mil millones, la vendió por todo el mundo. Otros amigos míos han invertido mil millones y se han arruinado.

Ébano tuvo un cartel de lujo: Michael Caine, Peter Ustinov, Omar Sharif.

Con Michael Caine no tuve mucha relación. Peter Ustinov, sí, era un tío muy inteligente. Y Omar era excepcional. Uno de los hombres más inteligentes que he conocido en toda mi vida. Le podías dar un libro en cualquier idioma, se lo leía en una noche y al día siguiente lo sabía todo sobre la historia. A las mujeres cuando le veían se les caían las bragas.

Polanski también fue amigo suyo.

Era mi vecino y solía hablar con él. Tenía su casa al lado de mi chalé en Gstaad, en Suiza. Una vez me invitó a una fiesta que organizó. Nada más entrar, a mi mujer, que estaba embarazada, le dijo: «No puedes comer de esto, ni de esto, ni de esto». Resulta que toda la cena, los pasteles, las ensaladas, todo, estaban cocinados con cocaína y hachís. Al terminar de cenar, todo el mundo estaba bailando. Helmut Berger me quería sacar a bailar a mí. Me dijo: «¡Soy la mujer de Visconti!». Lo que sí era fue un absoluto indeseable, un chapero de lujo. Mi amigo Giovanni lo odiaba, había trabajado con él y decía que era una niña caprichosa. Nos fuimos de la fiesta. Porque una cosa es ser un mujeriego y otra ser un crápula. Yo jamás he probado el mundo de la droga ni me gusta el alcohol. Por eso dentro de ese mundo, tanto los drogadictos como los alcohólicos se me vuelven muy pesados. Son aborrecibles, incluso amigos muy valiosos que tengo, se beben dos copas y cambian completamente. Por eso yo no me he metido ni un pito de marihuana. Todo lo que me pueda cambiar no me gusta, porque no eres libre de ser tú mismo. Con las mujeres también te vuelves loco, pero de otra manera mucho más divertida.

Pérez Reverte es fan suyo.

En una cena me dijo que leía mis libros y que con quince años quería ser como yo, corresponsal de guerra y escribir. Le dije que si eso era lo que quería lo estaba haciendo muy bien. Y, de hecho, lo está haciendo muy bien. No es como otros escritores que van de escritores y son unos cuentistas. Porque en este mundo de los escritores los hay que viven de la novela pero son más los que viven del cuento.

En una entrevista reciente en El País titulaban que usted había dicho: «He escrito mucha mierda en mi vida».

El País para esa entrevista envió a una periodista de cotilleo. No me di cuenta y nadie en el periódico me lo advirtió. Y me pareció muy mal que cuando sale una novela mía, me envíen a una periodista de cotilleo. Poner eso como titular ya te indica que su capacidad como periodista es muy mala, que lo que quiere es llamar la atención. ¿Y lo que dijo de que tenía en mi estantería un homenaje a mí mismo porque estaban todos mis libros? ¿Pues qué voy a tener? ¿Cómo no voy a tener todos mis libros? Es mi vida. Ni siquiera he leído la entrevista que ha publicado. Todo esto me lo han dicho. Las críticas tampoco las leo nunca. Si quieres llegar a algo en este mundo, tienes que librarte de lo que piensen los demás. Yo escribo y si gusta, gusta, y si no, pues nada. ¿Qué voy a hacer, lo que dicen los críticos que hay que hacer? Pues mejor que escriban ellos las novelas, ya que saben tanto. Claro, que luego te encuentras con casos como la novela que escribió un crítico que dio el paso e iba sobre una esclava. Ponía «En el silencio del poblado del desierto, tan solo se escuchaba el resonar de los cascos del camello contra el empedrado». Madre de dios. Ni los camellos tienen cascos, ni los poblados del desierto empedrado. Qué tipo, ni siquiera se había molestado en ir al zoo a ver cómo es un camello.

Conoció a los grandes políticos de los ochenta, a González, a Suárez.

A Suárez más que a Felipe. A González lo conocí en una cena y la recuerdo porque me dijo que todo el mundo pensaba que los socialistas tenían grandes planes, que estaban haciendo una gran política y me confesó que no. «Yo lo único que hago es tapar agujeros», dijo. «El día a día, que surgen muchos problemas. Lo único que hago, siguió, es que para cada asunto procuro poner a la gente que más sabe de cada cosa». Y esto, hay que reconocérselo, lo hacía a diferencia de otros políticos que he conocido después que creen que se las saben todas. Pero yo no le tenía especial simpatía a Felipe. A Suárez sí. Porque fue mi jefe en Televisión Española, salíamos mucho con él a comer y a cenar, a tomar copas. Hace unos años me encontré en una cena a su hijo y me comentó que le había dicho a su padre «Papá, eres el mejor», y le había contestado «No soy el mejor, soy el presidente». Pero que ya no se acordaba. Qué enfermedad más terrible. Muchos amigos míos la sufren. Ahora dicen que Jack Nicholson, con quien por cierto también estuve cenando en Cannes.

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Ha defendido en varias ocasiones la pena de muerte para los políticos corruptos.

Sí. Pero creo que mejor deberían condenarles a trabajos forzados. No puede ser que señores que han hecho las barbaridades que han hecho en España terminen en una cárcel con su televisión. No, cuando te han pillado, coges y te vas a destruir la mierda de aeropuerto que has hecho, a dejar todo esto como estaba. Porque ya no es lo que roban, sino lo que destruyen para robar. Son aluniceros, que se llevan cuarto bolsos que no valen gran cosa pero te destrozan la tienda.

Cada vez que usted saca un libro aparece también con una gran idea, que si había descubierto una forma de atentar fácilmente en cualquier ciudad de España, que si un invento para convertir el agua del mar en agua potable gratis, otro para apagar los incendios forestales en al acto, ahora la solución al hambre en el mundo… esto lo que parece es una forma de promoción…

No. Dije que se podía desalinizar el agua y, de hecho, se puede. El Gobierno español demostró que era posible. Y en mi novela Delfín hablaba de submarinos para llevar la droga a Estados Unidos y a los tres años lo estaban haciendo los colombianos, ¿por qué? Porque era lógico. Y lo del atentado qué era, pues que entonces se podría prender fuego a todo Madrid por muy pocas pesetas. Le escribí una carta a Ruiz Gallardón, creo que era. Antes, en España había muchas gasolineras donde podías sacar la gasolina sin ningún tipo de control, solo metiendo las monedas. Había una al lado del palacio de la Ópera. Yo escribí mi novela y me pregunté por qué coño los etarras se arriesgaban robando la dinamita en Francia, jugándose la vida, cruzando la frontera, para llegar a Madrid camuflados escondiendo no sé cuántas mil cosas para hacer un atentado. Si lo único que había que hacer era ir una noche a las dos de la mañana a una de estas gasolineras, coger una cerilla y a tomar por culo. Les dije que cerrasen ese tipo de gasolineras que yo iba a escribir mi novela y lo cambiaron al día siguiente de enviar yo la carta. Me contestaron que no se habían dado cuenta. ¿A quién se le ocurre que tú puedas echar gasolina con una manguera? ¿Cómo no lo veían? ¿Eran imbéciles? Y los propios etarras eran los más imbéciles del mundo. ¿Qué pasa, que soy el único que piensa en este país?

¿Es cierto que Esperanza Aguirre le prometió poner en marcha su invento de las desaladoras?

Me llamó el que ahora es presidente, Ignacio González, para decirme que Esperanza quería hablar conmigo. Quedamos y me anunció que iba a ser ministra de Medio Ambiente, acababa de ganar las elecciones Aznar. «Lo primero que voy a hacer como ministra es su desaladora», me dijo Esperanza Aguirre. Pensé que era una señora muy lista, pero al final la que salió fue Isabel Tocino. Aguirre se fue a Cultura. Luego la volví a ver y me dijo que lo sentía, que me había hecho un flaco favor, que le había comentado a Tocino que si quería resolver el problema del agua en España empleara mi desaladora y le había respondido con malos modos que se metiera en sus asuntos. Ya vimos entonces que las desaladoras no se iban a utilizar aunque vieran que era la solución.

Esas desaladoras tenían una caída de seiscientos metros, una obra muy costosa como para que saliera agua «gratis».

Los que dicen eso no saben de la misa la mitad. Luego se evolucionó el modelo. Se llevaba el agua a la montaña. Mira [abre un armario y saca varios informes]. Todos estos estudios son de Tragsa, que es el Estado español. Con esto el agua salía gratis, pero entre dos o tres políticos se llevaron una comisión de un proyecto de tres mil millones que nunca se terminó. Empezaron cincuenta y tantas desaladoras y creo que solo han terminado tres y que no funcionan del todo. Y se le deben mil millones a la Unión Europea. Contra los políticos no se puede luchar.

En otro de sus proyectos posteriores, Babilonia 2000, la ciudad sostenible, una pirámide para cincuenta mil habitantes que funciona con energía solar y eólica. Solo un detalle, dice usted en el gráfico que el aire para la energía eólica entra por unos tubos que, estrechándose, hacen que el aire salga con más presión. ¿Presión? ¿No será con más velocidad? Porque esto es como decir que si yo saco un embudo a la ventana por el pitorro me va a salir aire comprimido…

Claro que sale con más presión. Con más presión y más velocidad, sí, pero sobre todo más presión. Tú metes agua en una tubería ancha y si la vas estrechando la presión va aumentando. Es una ley hidráulica que se aplica a todos los fluidos.

Dejémoslo ahí. Contemplando su estantería con todos sus libros, ha escrito ochenta y tantos, veo que usted, como escritor, crisis de creatividad, pocas.

Me dicen eso de que los escritores tienen miedo al papel en blanco. Mira, el papel no hace nada. A mí nunca me ha mordido un papel en blanco. Igual una heridita en el dedo, pero ahora ni siquiera eso, que ya no es papel, es ordenador. Hay argumentos por todas partes, los ves en los medios constantemente y lo que hay que hacer es cogerlos y darles una vuelta. Unas veces te sale bien y otras, no una mierda como tituló la otra, pero sí una basura o menos bien. No hay que preocuparse por ello. No puedes jugar a la lotería y que te toque siempre.

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Fotografías: Guadalupe de la Vallina.