El ajedrez en el espacio estelar

ajedrez en el espacio

Como es arriba, es abajo

Esa es una de las enseñanzas del hermetismo. Sus cultores tienen como referente a Hermes Trismegisto quien, además de la alquimia, pudo haber inventado el ajedrez conforme el relato mitológico.

Así en el cielo como en la tierra

Es sabido que el ajedrez puede practicarse en todo tiempo y lugar. Ayer, y desde que una versión del juego ingresó a la Ctesifonte de Cosroes I en el siglo V procediendo desde un reino indio ubicado al este del imperio persa, supo estar presente en las cortes medievales (como en las de Leonor de Aquitania), en ominosos sitios (cárceles, guetos, campos de concentración o gulags) o en refinados cafés (como el de la Régence de Paris. Se lo practicó y practica en clubes, escuelas, en el espacio público y hogares, facilitado esto último desde hace un tiempo por el desarrollo de los medios virtuales. También se lo acaba de ver en una ExpoDubái que, queriendo atrapar al futuro, fue testigo de un magno Carlsen ratificando su dominio universal en el milenario juego. 

Si todo esto, y tantísimo más puede suceder en la tierra, hay que imaginar que el hombre en su insaciable sed de expandir los límites podría llevar su juego de tablero favorito a los cielos. Y ese hito se produjo un 9 de junio de 1970, cuando desde la nave espacial soviética Soyuz-9, que se hallaba en su noveno día en órbita alrededor del planeta, los cosmonautas Andriyan Nikolayev y Vitaly Sevastyanov disputaron una partida que terminará en tablas contra una dupla de científicos del Centro de Control en la Tierra.

Para ello se utilizó en la nave un tablero que tiene mucho más de arte que de tecnología, con incisiones en su superficie previéndose que los trebejos se desplazaran sin salir de la cuadrícula incluso en el supuesto de una pieza capturada, evitándose de ese modo que volaran por el aire por efectos de la microgravedad y pudieran dañar el instrumental de a bordo. En el Museo de Ajedrez de Moscú se exhibe ese dispositivo tan efectivo como ingenioso.

ajedrez en el espacio
Tablero de ajedrez utilizado en la Soyuz 9 exhibido en el Museo del Ajedrez de Moscú. Foto de Hugo Orlando López.

Siendo esa la primera, no será la última vez en la que el ajedrez aparezca en espacios extraterráqueos. En el 2008 el astronauta canadiense Gregory Chamitoff, un buen aficionado al ajedrez, desde la Estación Espacial Internacional ubicada en la órbita terrestre baja, a la que accedió mediante el transbordador espacial Discovery, enfrentará en diversas ocasiones a rivales ubicados en nuestro hogar planetario.

¿La ficción precede a la realidad? Julio Verne parece indicarnos que esa es la secuencia temporal correcta: en efecto, quien imaginó viajes a la Luna o en submarinos de gran autonomía, en su calidad de clarividente presentará al ajedrez fuera de la superficie terrestre en su novela Hector Servadac. En ella se aprecia a viajeros de los vastos espacios entreteniéndose con el ajedrez en una experiencia que es del todo inquietante a poco que descubramos que Servadac, visto en espejo en idioma francés, es una palabra que significa «cadáveres», por lo que cabría colegirse que los tripulantes del espacio en realidad estaban incursos en su viaje escatológico.

Así en Marte como en la Tierra 

Es bien conocido que uno de los primeros en mostrar en la literatura fantástica la existencia de vida en Marte fue H. G. Wells quien, planteando una invasión alienígena, generó pánico en la ciudad de Nueva York cuando su influyente relato de La guerra de los mundos fue leído en la radio por un muy convincente Orson Welles.

El escritor no fue precisamente complaciente sobre un juego que en su mirada podía ser «…la más absorbente de las ocupaciones, la que menos satisface los deseos, es una excrecencia sin rumbo de la vida». Sin embargo no se privará de incluirlo en El huevo de cristal, donde el tablero aparece en un escaparate de una tienda en la que también se exhibe el mentado huevo de cristal. Este encerraba un universo dinámico, que no era otro que el planeta Marte, al que se consideraba habitado; a partir de ese momento se estableció una especular relación vigilante-vigilado de inquietantes consecuencias.

Será Edgar Rice Burroughs quien en El ajedrez viviente de Marte, además de concebir vida marciana como Wells, comenzará un camino proponiendo que sus habitantes podían tener un juego de estrategia: estamos en presencia del jetan (ajedrez marciano), que se juega en un tablero con piezas vivientes al estilo de la Alicia que atravesó el espejo de Lewis Carroll o de Harry Potter y sus amigos en la saga de J. K. Rowling. Por lo pronto resulta proverbial que en cada jugada se pone en evidencia las hazañas personales y la vida e historia de los integrantes que en tanto trebejos forman parte de la partida-batalla, por lo que podríamos concluir que el ajedrez marciano más que reflejar la vida se integra a ella, con la posibilidad cierta de perderla conforme el transcurso que tenga la crucial partida.

El atanj presentado por Stephen Stirling es otro juego marciano que se disputa en un tablero de extraños sesenta y dos escaques (por lo que en principio se pierde el efecto cuadrícula) con el aditamento de dados, tal cual sucedía en el original chaturanga, aquel protoajedrez originado en el subcontinente indio. Se lo considera como «juego de la vida»: el desenlace depende tanto de la estrategia propia como por la fuerza del azar (la del destino) y la propia existencia queda regida por el decurso del juego. 

Philip K. Dick imagina en Strange Eden un mundo virgen y edénico habitado por una mujer de once mil años de edad que junto a su hermano tenían como deporte principal al ajedrez, que había sido introducido por ellos desde la Tierra a través de los ancestrales brahmines. De nuevo un vínculo entre juegos extraplanetarios con el milenario y muy terrestre chaturanga. Por su lado Eando Binder en The Chessboard of Mars plantea que en el planeta rojo se creó un sistema de comunicación a distancia que permitía a los marcianos controlar los movimientos de personas, grupos y naciones enteras de la Tierra, manipulando los acontecimientos de acá casi como si sus habitantes fueran trebejos de un juego interestelar que les era ajeno. 

Antes de abandonar el planeta rojo, recordemos que Julio Cortázar, en un cuento aparecido póstumamente, registró la existencia de un ajedrez marciano con piezas bien exóticas (tractores, globos, casas subterráneas) y con la genial paradoja de que cada jugador debía mover su pieza conforme le indicara su oponente.

Así en otros puntos del cosmos, como en Marte

Caissa es la diosa del ajedrez que la Tierra ofrece como deidad del universo. Así lo pensó seguramente John Norman cuando imaginó que en el planeta Gor, que aun estando nuestro sistema solar no podía ser detectado (ya que está justo al otro lado del Sol), existe un juego denominado kaissa que se practica sobre un tablero de cien escaques con piezas tan extrañas como las que representan a asesinos y esclavos. Una curiosidad: en inconveniente taxonomía no puede ser practicado por mujeres y esclavos.

ajedrez en el espacioEn Calisto, uno de los satélites de Júpiter, Lin Carter asegura que sus habitantes se entretienen con el darza (ajedrez tanatoriano o ajedrez mortal) en el que, siguiendo el modelo del jetan, los jugadores pueden perder la vida. Alan Burt Akers imagina que en Kregen, lejano planeta ubicado cerca de la estrella Antares, la más brillante de la constelación de Escorpio, existe un ajedrez asimétrico al que bautiza jikaida donde, de nuevo, personas reales asumen el rol de piezas para conseguir objetivos personales (no ser muerto) o sociales (bloquear una ciudad, una isla o hasta la propia nación).

En Los hombres paradójicos, de Charles Harness, se advierte que en una estación orbital el aislamiento y su consiguiente estado de melancolía podían ser parcialmente remediados con el juego. Por su parte la habilidad y la concentración son claves para ser exitosos en el ajedrez de Velda, planeta en donde los procesos de desarrollo en la vida y la propia muerte dependen de un juego que se disputa en un tablero de 13×13 conforme lo indica Philip K. Dick en Cosmic Checkmate. 

Poul Anderson fue uno de los escritores del género que más utilizó el ajedrez colocándolo fuera de la órbita terráquea: por caso en Circus of Hells ya desde la presentación anuncia que estaremos en presencia de «Una infernal partida de ajedrez en una luna abandonada donde cada movida era un jaque mate».

Si hablamos de escritores de fantaciencia, no hay modo de omitir a Isaac Asimov, que aseguró ser «el más horrendo jugador de ajedrez de la historia». A pesar de ese carácter, o quizás precisamente por la fascinación que le causaba una actividad que sentía que excedía a una mente tan brillante como la suya, en su prolífica obra lo habrá de incluir con fruición. Se lo descubre en Un guijarro en el cielo, cuando se  habla de un match a cincuenta partidas que disputaban Schwartz y Grew, ya no en el espacio exterior sino en la propia Tierra (aunque siete mil años en el futuro): allí se presentan varios tipos de ajedrez multidimensionales y otro bidimensional en el que se sortea la colocación de las piezas en el momento de la salida (clara anticipación del ajedrez randomizado propuesto alguna vez por Bobby Fischer). 

Ya fuera de los límites de la Tierra, en Nightfall presenta Asimov un juego para seis contendientes en perfecta sintonía con el hecho de que los habitantes de Lagash solo presumían la existencia de ese número de estrellas en toda la galaxia (volvemos a la idea de «como es arriba, es abajo»). También ahí hay un ajedrez estocástico en el que, como su nombre indica, las estadísticas desempeñan un rol central. 

Si en la literatura las menciones a tipos de ajedrez fuera de la órbita terrestre son numerosas y diversas, hay que asegurar que lo propio acontece en el lenguaje audiovisual. ¿Quién no recuerda las imágenes de 2001: Odisea en el Espacio en donde una díscola computadora juega con la tripulación (y no solo al ajedrez)? Relato inspirado en la novela de Arthur C. Clarke, notable referente del género de ciencia ficción que supo también en su saga Rama presentar al ajedrez en territorio marciano. 

En la tan popular serie y películas Star Trek se aprecia al capitán Kirk y al señor Spock jugar una partida validos de un hermoso ajedrez tridimensional y también a este último dirimir supremacías ajedrecísticas en un encuentro en que tuvo de rival a un alienígena.  

Como siempre es posible extender los límites, máxime que el ajedrez invita a abrazar la idea de infinito y de eternidad, recordemos que en los relatos Leyenda de los Héroes Galácticos de Yoshiki Tanaka, que incluso fueron llevados al mundo de los videojuegos, se consagra que en algún punto del espacio interestelar existe un complejísimo e inimaginable ajedrez de nueve dimensiones en el contexto de una saga ambientada en el siglo XXXV. Será cuestión de aguardar un poco y viajar lejos para poder comprobarlo.

Así en el plano metafísico, como en la realidad y la literatura

Si el ajedrez podía estar aquí o allá, ayer, hoy y siempre, cabe preguntarse cuál puede ser su origen preciso. ¿Es de nuestro planeta como resulta del todo intuitivo y en una primera mirada constatable, o se puede dar un paso más y comulgar con Eduardo Lizalde quien llega a plantear «… si el origen mismo del hombre no es, científicamente hablando, terrenal ¿por qué ha de ser terrenal el origen del ajedrez?». 

Jorge Luis Borges, como siempre, se acercará a la mejor respuesta al procurar abrevar la cuestión al terreno de la metafísica. Al concebir Tlön imaginó un planeta donde importa más el asombro que la verdad y en el que priman las ideas por sobre el materialismo, por lo que dirá: «El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles». 

Un ajedrez insondable que conmueve en lo más profundo a escritores de ciencia ficción, poetas, cineastas y a todos quienes se acercan a su magia. Un ajedrez insondable por la profundidad intrínseca de un juego que ofrece la posibilidad de que se propongan infinitas partidas posibles y de ser apropiado por la cultura en su multifacético valor metafórico. Un ajedrez insondable que puede llegar a cualquier recoveco de la Tierra y del espacio. Un ajedrez para el que solo basta con caer rendido a su ontológica y milenaria fascinación. 

En cualquier caso, nunca se tratará meramente de «mover maderitas» ocurra ello en la Tierra, en el espacio interestelar, o en otros mundos. Ya el ajedrez, en prueba de su potencia, ha comenzado a acompañarnos en las primeras exploraciones fuera de casa. Con el tiempo muy probablemente nos sorprenderemos con vida extraplanetaria y sus propios juegos de estrategia (autóctonos para ellos, exóticos para nosotros) que puedan remitir al terrenal ajedrez.  

En la exploración del cosmos estamos solo comenzando el camino. En este viaje estelar incipiente de una humanidad sedienta de extender sus fronteras y la búsqueda de conocimiento el ajedrez, como siempre, nos seguirá acompañando.


Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.


Las ciudades del espacio

Conceptualización artística de una colonia espacial para diez mil habitantes, 1975. Imagen: NASA / Cordon Press.

Todo el mundo desea vivir mucho tiempo, pero ningún hombre quiere hacerse viejo.

(Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver)

La humanidad no conquistará la galaxia en naves de la NASA.

(Alejandro Jodorowsky, en preparación de su adaptación no realizada de Dune)

A las 06:07 horas del 12 de abril de 1961, el coronel Serguéi Koroliov pronunció las siguientes palabras en el intercomunicador de la sala de control del cosmódromo de Baikonur: «Fase preliminar… intermedia… principal… ¡despegue! Le deseamos un buen vuelo. Todo va bien». Desde el interior de la Vostok 1, modelo 3KA-3, el también coronel Yuri Gagarin respondió: «Poyekhali!». ¡Allá vamos!

Una hora y cuarenta y ocho minutos más tarde, tras completar una órbita alrededor del planeta, Gagarin fue eyectado de la cápsula y desplegó su paracaídas. Diez minutos después, a las 08:05 horas, el cosmonauta aterrizó suavemente a unos veintiséis kilómetros al suroeste de la ciudad de Engels. El trayecto ni siquiera alcanzó las dos horas, pero Gagarin se había convertido en el primer ser humano en visitar el espacio. De hecho, ese «Poyekhali!» fue elevado al podio de las frases históricas: la palabra que lanzó a la humanidad a la era espacial.

El espacio, la última frontera

En ese mismo año 1961, el colectivo británico Archigram imprimió su primera publicación: Archigram I. La cosa no tuvo especial difusión, esencialmente porque se trataba de poco más que un panfleto en blanco y negro editado por un puñado de arquitectos treintañeros —y alguno veinteañero— sin predicamento ninguno en el mundo de la arquitectura académica del momento. Sin embargo, en sus páginas había ideas que no se habían visto nunca y que, en realidad, no se verían nunca en ningún sitio porque lo que Peter Cook, Ron Herron, Michael Webb y los demás componentes del grupo proponían no era ni remotamente una visión realista del futuro de la arquitectura o el urbanismo; lo que había dentro de Archigram I era un torbellino de gráficos y esquemas, de collages y señalética, de hipertecnología modular asociativa, optimismo consumista y cápsulas espaciales. Es decir, algo que tenía bastante más que ver con Popular Science o la versión más amable de Amazing Stories que con la revista oficial del Royal Institute of British Architects. Y aún faltaba lo gordo, que llegaría tres años después.

En 1964, Archigram dio a conocer la Walking City, proyecto estrella de Herron y símbolo instantáneo tanto de la arquitectura radical de los sesenta como del propio colectivo. La Walking City era una megaestructura polimórfica de edificios y calles montadas sobre un sistema de patas telescópicas que tocaban el suelo en unos pocos puntos. Aunque estaba dibujada con un detalle exquisito, lo cierto es que no resolvía los problemas estructurales, constructivos o sociopolíticos que el concepto lanzaba porque el propio concepto, desde el nombre, era tan potente que se llevaba por delante casi cualquier objeción. Una ciudad que no había crecido en el terreno, que no respondía a un entorno geográfico o paisajístico, que no dependía de accidentes orográficos. Una ciudad móvil, autónoma y autosuficiente. Una ciudad que camina.

Mientras, y por muy rápido que fuese —y desde luego que lo hacía—, la carrera espacial no tenía más remedio que adaptarse a las limitaciones de la realidad tecnológica de la época. Digamos que, en 1964, el hito de la NASA fue poner en órbita el primer satélite geoestacionario, el Syncom 3. Por su parte, los soviéticos lanzaron la Voskhod 1, el primer vehículo espacial con una tripulación de más de dos miembros. Parece muy poca cosa comparada con el futurismo militante de Archigram, pero si pensamos que, un año antes, Valentina Tereshkova había entrado en la historia como la primera mujer cosmonauta, no es difícil atar los cabos del futuro del viaje interestelar. Ya saben, un hombre en el espacio y una mujer en el espacio pueden engendrar, al menos en teoría, a un niño espacial. Claro que la minúscula Voskhod, o la minúscula Estación Espacial Internacional, no son ni de lejos el entorno idóneo para formar una familia, por muy bravos pioneros que sean sus integrantes.

Walking City, Ron Herron, 1964. Imagen: Archigram.

Vivir donde no se puede vivir

Es sabido que la carrera espacial tuvo mucho de marcar paquete armamentístico entre rusos y americanos y algo menos de romanticismo explorador, pero, como el ser humano lleva toda la historia de la civilización abriendo caminos y descubriendo mundos, la fría realidad no impidió que los cohetes y los transbordadores se convirtiesen en ensoñaciones de un futuro en el que el hombre colonizaría el espacio. El problema es que, en el espacio, las cosas están muy lejos.

Nos hemos acostumbrado a ver representaciones gráficas del sistema solar donde los planetas parecen a una distancia aceptable. Donde la Tierra y la Luna son como dos bolitas puestas una al lado de la otra cuando, en realidad, en los 384 400 kilómetros que nos separan de nuestro satélite cabrían todos los planetas del sistema solar juntos, y aún nos sobrarían más de 8000 kilómetros. Lógicamente, recorrer esos trayectos a bordo de ingenios terrestres convierte al viaje en una odisea impensable fuera de las páginas de una novela de ciencia ficción pulp. Si la Mars Curiosity tardó más de dieciocho meses en llegar a Marte y la Voyager 1 necesitó más de trece años para acercarse a la órbita de Saturno, el resultado es que, si usamos tecnologías de propulsión convencionales, tardaremos la bonita cifra de ochocientos mil años en llegar a Alfa Centauri, el sistema estelar más cercano al nuestro. Esto es, más tiempo del que lleva el hombre sobre la Tierra. 

Ante lo inconcebible de la empresa, durante las pasadas décadas se han llevado a cabo varias investigaciones, independientes y más o menos utópicas, sobre sistemas de propulsión que acorten el tiempo del trayecto. Uno de los más famosos es el exótico —y peligrosísimo— modelo matemático que el físico mexicano Miguel Alcubierre publicó en 1994, según el cual se podrían alcanzar velocidades superlumínicas, si bien no resuelve los problemas de disipación de la energía en el frenado que provocarían dichas velocidades, los cuales no solo pondrían en peligro la vida de los hipotéticos colonos que habitasen las naves, sino que serían capaces de desencadenar cataclismos de escala planetaria. 

Otro de los sistemas, también teórico pero bastante más apegado a la realidad científica, es el motor de propulsión nuclear de pulso. Iniciado en los años cincuenta con el proyecto Orion, continuado en los setenta con el Daedalus y en la actualidad con el programa Icarus Interstellar, este tipo de impulsor podría alcanzar velocidades en torno al 9 %-12 % de la de la luz y conseguiría que el viaje a Alfa Centauri se redujese a apenas dos o tres centenares de años, abriendo así la puerta al único vehículo razonablemente plausible con el que el ser humano colonizará la galaxia: la nave generacional, el arca interestelar.

Porque viajar rodeado del vacío asesino del espacio durante un par de siglos es una locura, pero es una locura asumible siempre que entendamos que el contenedor de los viajeros no es una cápsula. Es un lugar que habitarán centenares de colonos, quizá miles. Un lugar donde varias generaciones de seres humanos nacerán y morirán; pero también vivirán. Por eso, el arca interestelar nunca será un vehículo; será una casa, y aún más, una ciudad. 

¡Allá vamos!

En 1966, el doctor en física Gerard K. O’Neill se presentó como candidato al cuerpo de astronautas de la NASA, una vez que la agencia permitió el acceso a civiles a sus programas. Si bien se sometió al intenso entrenamiento físico y psicológico necesario, finalmente no fue aceptado. Sin embargo, la experiencia sirvió para apuntalar su entusiasmo por la colonización espacial. Como afirmaría años más tarde: «Estar vivo y no participar en esto me parecía algo terriblemente miope». Y participaría, aunque nunca subiera a un cohete e incluso aunque el «esto» hubiese perdido el favor de la gente.

A principios de 1970, y pese a que Neil Armstrong había pisado la superficie lunar menos de un año antes, el clima de aceptación del programa espacial estaba en sensible deterioro. La guerra de Vietnam era un foco de realidad demasiado doloroso y los universitarios del país no estaban dispuestos a que el Gobierno lo tapara con banderas colocadas a cuatrocientos mil kilómetros de distancia. Así que O’Neill le dio la vuelta a la desilusión e hizo a sus alumnos de Princeton la siguiente pregunta: «¿Es la superficie del planeta realmente el lugar más adecuado para una civilización tecnológica en expansión?». Como la Tierra parecía un sitio cada vez más hostil hacia la humanidad, la respuesta de los alumnos fue, efectivamente, que no.

O’Neill recabó varias docenas de trabajos con las distintas propuestas de los estudiantes, las reajustó, las destiló, las amplió, y con el resultado escribió un paper que tituló «La colonización del espacio». Lo presentó a revistas científicas como Science y Scientific American pero fue rechazado en todas. Como el tipo no era de desánimo fácil, siguió presentándolo a todas las publicaciones del ramo que conocía y, a la espera de que fuera aceptado, en mayo del 74 organizó un pequeño simposio de dos días en la universidad con el nombre de «Primera conferencia sobre colonización espacial».

La convención fue un éxito. Entre el público asistente se encontraban futuros astronautas, futuros ingenieros aeroespaciales, representantes de la NASA y también el decano del periodismo científico estadounidense Walter Sullivan, quien escribió un artículo que aparecería en la primera página del New York Times del 13 de mayo con el título «Los científicos consideran propuestas factibles para la colonización humana del espacio». Cuatro meses después, Physics Today publicó el paper que lo inició todo y, en 1975, la misma NASA inyectó quinientos mil dólares para financiar los estudios de O’Neill. El 23 de julio de ese mismo año, este realizó una declaración ante el Subcomité de Ciencia Espacial y Aplicaciones del Congreso y, en enero del 76, hizo lo propio ante el Subcomité de Tecnología Aeroespacial del Senado. 

Con ese moderado apoyo gubernamental, O’Neill recopiló todo su trabajo en un libro que publicaría en 1977. Se llamaba The High Frontier: Human Colonies in Space, traducido al español con el nombre Ciudades del espacio. El volumen apareció en todas las librerías, se publicaron más de diez ediciones y marcó el pico de la popularidad de Gerard O’Neill. Poco después llegaría la crisis del petróleo y, a ojos de parte de la opinión pública, la exploración espacial se convirtió en un enemigo del bienestar en la Tierra. 

Pero The High Frontier permaneció. Quizá porque la ilusión pervive en reductos más o menos impermeables, quizá por las magníficas ilustraciones del volumen. Probablemente porque proponía las posibilidades más realistas y más minuciosas de eso que Archigram dibujó doce años antes en forma de boutade: una ciudad autónoma y autosuficiente, tan despegada del terreno que ni siquiera está apoyada en ningún terreno. O’Neill las llamó Island One, Island Two y Island Three.

Las islas de The High Frontier son hábitats espaciales que debían funcionar bien como residencia permanente, bien como naves generacionales. Para que las propuestas fuesen consistentes no se trataba solo de echarle imaginación, había que resolver todos los problemas asociados a lo ambicioso del planteamiento: alimentación y suministro de aire respirable, pero también trabajo y ocio. Y, por encima de todos ellos, la condición ineludible para el sostenimiento físico de cualquier arquitectura y orgánico de todos los seres humanos: la gravedad.

Con esas premisas, las islas de O’Neill eran incluso más que ciudades, eran verdaderos continentes orbitando el vacío espacial. Micromundos con calles y edificios, árboles, campos de cultivo y hasta ríos artificiales, que albergarían poblaciones de entre diez mil y diez millones de personas.

La Island One era una esfera de Bernal, basada en el diseño que John Desmond Bernal propuso en 1928 y que el doctor Robert Enzmann había redefinido en 1964 cuando acuñó el término «arca interestelar». Como su propio nombre indica, se trata de una esfera hueca ocupada en sus paredes interiores. La gravedad se conseguiría gracias a fuerza centrífuga de la rotación sobre su eje, si bien las condiciones óptimas tan solo se darían en el ecuador. Gracias a los bosques se solucionaría el problema del aire y, de alguna manera, los habitantes vivirían más o menos igual que en la superficie de la Tierra. Con sus casas, sus comunidades y sus empleos.

Conceptualización artística de una estación espacial con la forma de una esfera de Bernal. Imagen: Rick Guidice / NASA Ames Research Center.

La Island Two eliminaba las dificultades gravitatorias del modelo de Bernal al acotar su superficie a la del segmento ecuatorial, adoptando así la forma de un toro. Se le llamó toro de Stanford y, aunque a priori se reducía la cantidad de suelo disponible, en la práctica, el ancho del segmento podría alcanzar dimensiones de cientos de metros e incluso kilómetros en función de su radio. De igual manera, el toro resolvía los problemas de soleamiento y, por tanto, suministro de energía solar que presentaba una esfera esencialmente opaca. De hecho, al estar constantemente expuesta a la luz solar, el toro debería emplear mecanismos artificiales de sombreado para simular los periodos de día y noche y no desestabilizar los ritmos circadianos de los colonos.

Conceptualización artística de una estación espacial con la forma de un toro de Stanford. Imagen: Rick Guidice / NASA Ames Research Center.

La Island Three se erigía en el modelo más avanzado, recibiendo el nombre de su creador: el cilindro de O’Neill. Se trata esencialmente de un toro extruido o cilindro hueco que, de este modo, aumenta enormemente la superficie aprovechable manteniendo las condiciones óptimas de gravedad, habitabilidad y soleamiento en todos sus puntos.

Conceptualización artística de una estación espacial con la forma de un cilindro de O’Neill. Imagen: Rick Guidice / NASA Ames Research Center.

Los diferentes diseños de hábitats espaciales bebían de la ciencia ficción y, a su vez, inspiraron numerosas narraciones del género. El Mundo Anillo que describía Larry Niven en su novela homónima de 1970 es un toro de Stanford, como también lo es la estación orbital Elysium de la película del mismo nombre dirigida por Neill Blomkamp en 2013. De igual manera, la enigmática nave alienígena descrita por Arthur C. Clarke en Cita con Rama es un cilindro de O’Neill, si bien la novela se publicó en 1972, tres años antes de que O’Neill pusiese nombre a su modelo. 

El ejemplo más reciente y más conocido de cilindro de O’Neill aparecía en los minutos finales de Interstellar, el filme de Christopher Nolan estrenado en 2014, donde más allá de chiripitifláuticas disquisiciones sobre el amor como dimensión física, el equipo de diseño de producción y efectos visuales echó el resto al edificar —siquiera para la pantalla— la Estación Cooper: un bellísimo paisaje de valles y granjas curvados, de carreteras y ríos curvados, de parques, plazas y centros comerciales curvados. De vidas bajo un cielo que a la vez es un suelo curvado en el interior de un asteroide hueco en órbita alrededor de Saturno.


Pensar el espacio

Doegas goemine enteg: (Cuando el mundo estaba firme)
Expresión de los balineses para referirse al periodo anterior a la llegada del hombre blanco.
(Bateson, 1998: 146)[1]

Toda la información necesaria para afrontar el análisis de cualquier problema está en el contexto. Bateson analizó los mitos de distintas culturas relacionados con el origen del mundo y concluyó que estos no se refieren al origen de la materia sino al origen del orden de las cosas en el escenario de la vida[2].

En realidad, lo que evoluciona es el contexto. El césped fue la respuesta evolutiva de la vegetación a la evolución del caballo[3].

La orientación del ser humano en el contexto le posibilita sentir su lugar en el mundo.

La atención orientada al exterior se refiere a los siguientes aspectos esenciales:

  1. El primero está relacionado con la percepción que tenemos del espacio que ocupamos cada uno de nosotros y el resto de los seres vivos y objetos que nos circundan.
  2. El segundo aspecto tiene que ver con el lugar que adoptamos para ver el mundo y los cambios que se producen en nuestro pensamiento con el cambio de perspectiva.
  3. El tercero está relacionado con la percepción del tiempo.

El espacio conserva tiempo comprimido. El espacio sirve para eso.
(G. Bachelard, 1965: 38)[4]

«El pozo»

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que solo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después, mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en su interior.

Este es un mundo como otro cualquiera, decía el mensaje.

(Luis Mateo Diez, Piezas sueltas)

Pensar el espacio

Entre las cosas separadas entre sí hay siempre una distancia, sea grande o pequeña; esto es, algo extenso.
(J. Raphson, 1697)[5].

Según distintas culturas como la irania, sumeria, india y mesopotámica, para que algo sea real debe ser reflejo del espacio celeste. Platón recogió estas ideas y las formalizó en su pensamiento. La creación de la realidad tiene que ver con transformar el caos inicial en cosmos[6], en darle forma al territorio antes de ser habitado. Y ello se hace a partir de marcar un centro para después determinar su periferia. Se parecería al viejo concepto ya de formatear el dispositivo electrónico antes de introducirle información.

El simbolismo del centro del mundo es uno de los mitos en los que se asienta la idea de civilización. Lugares como la montaña sagrada donde se reúne el cielo y la tierra, los templos, palacios o ciudades sagradas, así como los lugares sagrados que conectan Cielo, Tierra e Infierno, se hallan en el centro del mundo y acceder a él supone una consagración.

El segundo elemento de conversión de caos en cosmos consiste en que el ser humano disponga de un lugar en el mundo. Esta idea se apoya en una sensación física. Las personas intercambiamos permanentemente información con nuestro entorno inmediato, medimos visualmente la distancia entre el lugar en el que nos encontramos y los límites de nuestro espacio circundante. En la antigüedad se tenía una conciencia permanente de la posición del sol en cualquier momento del día.

Los balineses, por ejemplo, no pueden funcionar si no están orientados geográficamente en los puntos cardinales del espacio. No pueden bailar, ni siquiera seguir una conversación [7].

Su lugar en el mundo depende en gran medida de la percepción visual de los límites de su entorno. Para comprobarlo haga el siguiente ejercicio.

Mantenga el equilibrio de su cuerpo sobre un solo pie. Cuando se sienta equilibrado mantenga la posición y cierre los ojos.

Por regla general, en pocos segundos la persona perderá el equilibrio. Ello se debe a que la percepción permanente del espacio nos da la información necesaria para mantener el equilibrio. Ese contraste continuo entre lo que percibimos y nuestra percepción de equilibrio es lo que permite nuestro modo de estar en el mundo.

Percibir el espacio circundante es un entrenamiento que realizan actores y bailarines para posicionarse en la acción de la escena. Sensibilizar este aspecto nos aporta una información sobre el contexto de distinta calidad a la conceptual. Hay que sentir como si una cantidad infinita de gomas de chiclé se tensaran y destensaran desde nuestro cuerpo a una infinidad de puntos límites del espacio en el que nos movemos, a los compañeros, etc.

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.

(Matsuo Basho)

Los niños juegan a fijarse en el espacio existente entre los objetos, a dibujar la silueta que queda dibujada entre las figuras de una lámina o de la realidad que están observando. Este juego, que se va olvidando cuando crecemos es un patrón básico para conectar con nuestra inteligencia inconsciente.

Los profesionales que se dedican al teatro y la danza trabajan mucho sobre la percepción del espacio escénico.

Existen distintas áreas espaciales alrededor de nuestro cuerpo con diversos significados y la percepción que tenemos del mismo afecta a nuestro estado personal. Muchas tribus de nativos norteamericanos comparten un sencillo ritual: no abandonan su casa sin sentir por un moment, que un mínimo espacio que circunda su propio cuerpo se lo llevan allá donde vayan durante el día. Y con ese escudo protector invisible abandonan su hogar para empezar la jornada[8].

El progreso en arte no consiste en ampliar los propios límites, sino en conocerlos mejor.
(Braque)

Es interesante pensar por qué algunos profesionales de asistencia domiciliaria como educadores, psiquiatras o trabajadores sociales, que trabajan con clientes de economía psíquica y social precaria, son más propensos que otros a las agresiones físicas de los usuarios que atienden en los barrios marginales en los que trabajan. La presión psicológica a la que están sometidos estos profesionales es muy alta y la población a la que prestan sus servicios suele estar relacionada de algún modo con el uso de la violencia. El resultado de la investigación apuntó a que los profesionales que habían sido más agredidos se sentían muy inseguros cuando abandonaban su centro social y salían a la calle. No podían sentir como propio ningún espacio ajeno y ello afectaba negativamente su estado emocional. La ruptura de patrones de sintonización emocional con los jóvenes era lo que crispaba la relación y, en consecuencia, el riesgo de introducción de la violencia como patrón de conducta, era mayor. Estudios similares realizados con vendedores ambulantes confirman este hecho.

El solo hecho de salir de Nueva Orleans me altera considerablemente. Tras los límites de la ciudad empieza el corazón de las tinieblas, la auténtica selva.
(Ignatius Reilly)[9]

La proxémica es la disciplina que estudia la regulación de la distancia y nos indica la base de muchos comportamientos y reglas de contacto social. Trata esencialmente de la noción de distancia fuera del campo de la conciencia.

Los descubrimientos de los especialistas en etiología y psicología animal sugieren que cada organismo vive en su mundo subjetivo, que está en función de su aspecto perceptual y en consecuencia, una separación arbitrariamente expuesta entre el organismo y su mundo modifica el contexto y falsea así la significación. La línea de demarcación entre el medio interno y externo del organismo no puede establecerse con precisión. El feed-back entre organismo y medio debe comprenderse como un proceso en permanente equilibrio sensible (Hall, E.T. 1993)[10].

Los monos tienen treinta y dos funciones de territorialidad, algunas muy importantes relativas a la protección y evolución de la especie como la que les proporciona una base residencial, o les facilita la protección frente a animales de presa. También les favorece la cría selectiva debido al refuerzo de la dominancia de los más capaces para fundar territorios. Otras funciones relacionadas con la protección de nidos y crías o la identificación de zonas de eliminación de desperdicios, entre otras.

Sin embargo, una de las funciones más importantes de la proxemia es la del espacio, que protege contra la excesiva explotación de aquella parte del medio del que vive una especie.

En consecuencia, es esencial sentir y pensar el espacio para mantener la vida. Existe una falaz afirmación que dice que la vida del planeta está en peligro. En realidad lo que está en riesgo es la vida de los seres vivos en la tierra.

Cuesta empinada
Árboles sin hojas
Delante de la casa

(Masaoka Shiki)


NOTAS

[1] Gregory Bateson. (1998): pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: lolhé-lumen.
[2] Bateson. Op. Cit.: 23
[3] Bateson. Op. Cit: 183
[4] Gaston Bachelard (1965): la poética del espacio. B. Aires: fondo de cultura económica.
[5] Alexander Koyré. (1989): del mundo cerrado al universo infinito. Madrid: siglo xxi.
[6]  Mircea Eliade. (2001): El mito del eterno retorno. B. Aires: Emecé
[7] Bateson. Op. Cit. 1998: 142
[8] Will Mc Donald. (1996): Curso de hipnosis y patrones ericksonianos. Taller 1º. Notas y apuntes. Instituto Gestalt de Barcelona:. Noviembre,1996. Barcelona: material multicopiado.
[9] Personaje de la obra de John Kennedy Toole. 1992: La conjura de los necios. Barcelona: RBA
[10] Edward Hall (1972): La dimensión oculta. Buenos Aires: Siglo XXI.


Pedro Miguel Echenique y Pedro Duque: «La ciencia necesita largo plazo, pactos de Estado, inversiones sostenidas, libertad y la capacidad de asumir riesgos»

A primera vista, se diría que Pedro Miguel Echenique (Isaba, 1950) y Pedro Duque (Madrid, 1963), solo tienen en común el nombre. Echenique sería un arquetipo del académico de Cambridge, su alma mater, de no ser por la temperatura de la sangre navarra, que corre por sus venas un par de grados por encima del nivel de ebullición en Sajonia. La primera impresión de Duque confirma el talante calmoso, casi panteísta del astronauta que ha visto nuestro pálido globo azul desde el espacio. Y sin embargo, cuando los entrevistadores pronuncian la palabra mágica, ciencia, académico y astronauta resuenan, apasionadamente.

Ginés Morata, genetista español, señala que la cultura del siglo XXI va ser una cultura científico-técnica como ya lo ha sido en gran parte en el siglo XX. Si aspiramos a formar parte del grupo de países avanzados es necesario que la sociedad en general y nuestros políticos en particular tomen conciencia de la gran importancia de este hecho y promocionen el desarrollo científico y tecnológico. ¿Estáis de acuerdo?

Duque: Sí, es absolutamente necesario. La gente que con su trabajo proporciona los fondos públicos debe saber y estar de acuerdo en la manera en que esos fondos se invierten, en particular en el área del desarrollo científico, de fomento de la innovación etc. Sí que es cierto que tenemos quizá algo de carencia. La gente no entiende del todo por qué utilizar dinero en estas cosas es bueno para ellos. Hay que empezar por esa base para que podamos luego reivindicar que se aumenten los fondos.

Echenique: Yo estoy de acuerdo con Morata, de hecho, esa cita me la sé de memoria (ni corto ni perezoso, la repite de cabo a rabo).

No por casualidad. Está sacada de uno de tus textos.

Echenique: Pues es una frase muy acertada. El siglo XXI, como ya lo fue en gran parte el siglo XX, va a ser científico-tecnológico y aquellas sociedades que sean conscientes de ello y en las que sus dirigentes actúen en consecuencia serán más dueñas de su futuro que las que no lo vean. Yo creo que la sociedad española y en particular políticos y empresarios no son tan conscientes de la importancia de la ciencia y la tecnología porque la consideran un instrumento, como decía Churchill: scientists must be on tap but not on top (los científicos deben estar disponibles bajo demanda pero no dirigir). Pero no se dan cuenta que no solo es un instrumento clave de desarrollo económico, sino que es una parte esencial de la cultura del siglo XXI. No ha sido siempre así, claro. En el año 1986, bajo el gobierno del Partido Socialista, se dio un salto cualitativo en la inversión española en ciencia. Parece que ahora existe la voluntad de hacer lo propio, ojalá sea cierto. Por otra parte, para que los políticos puedan ejercer esta labor es bueno que el entorno social sea consciente y lo apoye. Por eso, además de otras muchas cosas, es tan importante la comunicación científica.

Duque: Por otro lado, también es cierto que no solo es informar a la gente sino comprender que la cultura es un bien compartido, una serie de cosas que nos sirven de base para la conversación. Para que el desarrollo científico en España sea pleno hace falta que la gente tenga más presente la ciencia en su día a día.

Echenique: Actualmente se intenta convencer a la sociedad de la necesidad de la ciencia con argumentos que suelen resaltar el aspecto utilitario sin caer en la cuenta que la gente no solo se mueve por utilitarismo. La ciencia es utilitaria pero también es la cima del humanismo clásico. Las preguntas de los griegos se contestan en los laboratorios de física de hoy y además es estéticamente hermoso. A mí me gustaría transmitir el concepto de que la ciencia es económicamente decisiva, pero también es culturalmente importante y estéticamente hermosa. Una sociedad científicamente informada es más libre y más capaz de tomar decisiones.

Quizás la ciencia del espacio sea un ejemplo donde se ve inmediatamente ese aspecto que estamos comentando. Cuando la sociedad civil apoya ir a Marte no es porque los ciudadanos piensen que vamos a encontrar uranio allí. Es porque nos parece necesario y esa necesidad tiene mucho de estético.  ¿Qué opina de esto un astronauta?

Duque: Sí, claro. Hay áreas de la ciencia o de desarrollo de tecnología que por lo que sea caen más en la épica de lo que resulta fácil de apoyar casi sin necesidad de explicación, y por supuesto la exploración espacial es una de esas cosas. Yo diría que toda la exploración goza de gran simpatía entre los ciudadanos, desde los oceanógrafos que se aventuran en las fosas submarinas hasta los programas que envían sondas a los confines del sistema solar. Por otra parte, esa exploración requiere avances, a menudo enormes, en ingeniería, que a su vez dependen del desarrollo de la física, la química y en general las ciencias básicas… Otro ejemplo similar es la salud, no hace falta gran poder de convicción para que se apoye la lucha contra el cáncer, pero a su vez esto requiere el desarrollo de la bioquímica, la biofísica, la informática, la instrumentación médica… Creo que lo que tenemos que hacer es conectar correctamente esos grandes temas que preocupan al ciudadano con la armazón científico-tecnológica que hace posible que se aborden. Solo las sociedades avanzadas, con una potente inversión en ciencia y tecnología podrán viajar a Marte o curar el cáncer.

Echenique: En realidad la gente se enamora de los extremos, de lo más grande, como son las ondas gravitacionales que nos llegan como consecuencia del colapso de dos agujeros negros, o lo más pequeño, como el bolsón de Higgs o los neutrinos. Hofmann hablaba del encanto de los extremos y Carl Sagan fue un genio a la hora de transmitir ese encanto, pero hay también el encanto de lo complejo. Cierto, es mucho más fácil trasmitir la necesidad de ir a Marte que la de entender el efecto de un átomo de rutenio que se mueve en una superficie de platino y sin embargo ambas tareas son igualmente importantes, es más, complementarias.

Hablando de Sagan, sus libros y series atrajeron a generaciones de jóvenes a la astronomía, la astrofísica, el programa espacial y la física de partículas…

Duque: Algo que Sagan dejaba muy claro en sus programas es el tamaño enorme del universo. Fíjate, acaba de descubrirse la existencia de un planeta posiblemente habitable en Alfa de Centauri, la estrella más próxima a nuestro Sol, que está «solo» a cuatro años luz de aquí. A la velocidad que podríamos aspirar a mover una nave espacial, no te digo con la tecnología actual, sino con la de dentro de un siglo o dos, posiblemente nos costaría decenas de miles de años llegar… Cuando uno entiende eso, cuando comprende que la exploración a la que siempre le hemos dado tanta importancia no es tan fácil, que incluso llegar a la estrella más cercana puede ser imposible en la práctica, empieza a considerar la necesidad de cuidar del propio planeta y eso nos hace tomarnos en serio grandes fenómenos como el cambio climático. Hay que buscar un balance. Soñar con explorar otros mundos está muy bien, pero puede que la humanidad no salga nunca del sistema solar. Y si ese es el caso, cuidar de lo complejo, el equilibrio delicado del planeta que estamos alterando es esencial, nos va en ello nuestra propia supervivencia.

Vivimos en una sociedad que depende de ciencia para todo, desde la medicina a las comunicaciones, y sin embargo la formación científica de los ciudadanos no es del todo buena y eso nos lleva  a menudo a posiciones contra avances científicos de los que dependemos, como los movimientos antivacuna.

Duque: Yo creo que son movimientos minoritarios. Lo paradójico es que la razón por la que algunos pueden permitirse el lujo de no vacunar a sus hijos es porque viven en el seno de una sociedad científicamente avanzada donde el resto de los niños sí están vacunados y por tanto las enfermedades contra las que se les vacuna están casi erradicadas en la práctica. Esa gente no se da cuenta de que para llegar al estado actual de la tecnología de vacunas, hemos pasado por unas etapas de mortandades infantiles inmensas, hemos pagado un precio colosal en sufrimiento, para alcanzar un desarrollo del que ellos se benefician a la vez que actúan en su contra.

¿Hay una correlación entre la politización de la ciencia y el rechazo a la base científica? Por poner dos ejemplos. Es fácil correlacionar la oposición a la energía nuclear y a los transgénicos con ciertas posturas políticas de izquierda y no menos fácil correlacionar la oposición a la teoría de la evolución o la negación del cambio climático con ciertas posturas políticas de derechas.   

Duque: Es imprescindible luchar contra ese fenómeno, porque ataca a la seguridad de las conclusiones a las que ha llegado la ciencia. Ese fenómeno cuestiona las conclusiones de la ciencia como si fuesen un tema debatible, como si fuera un debate de domino, tu ignorancia es igual de válida que mi conocimiento. Eso es algo que hay que evitar a toda costa y exige una especie de pacto por la ciencia que se extienda a todo el espectro político.

¿Te parece posible?

Duque: Te pondré un ejemplo. Cuando se creó la cuenta de Podemos en Twitter, no tardaron en aparecer cuentas como Podemos Homeopatía, Podemos Antivacunas, etc., que se arrogaban la prerrogativa de que ser de la nueva izquierda era estar en contra de las conclusiones de la ciencia. Pues bien, me costa que cuando Pablo Echenique se enteró, cortó eso de tajo. Yo creo que pueden encontrarse dirigentes políticos decididos a defender la ciencia contra la manipulación y las supersticiones en todo el espectro político.

Hemos leído tuits de nuestro ministro de ciencia asegurando a los escépticos que la Tierra es redonda.

Echenique: También hay gente que cree en la descripción literal sobre la creación del mundo que viene en la Biblia. ¡Que la Tierra es esférica lo sabían los jónicos, hace dos mil quinientos años, y Eratóstenes ya estimó su radio!

La discusión sobre la forma en la que la teoría de la evolución de Darwin se ha puesto en entredicho en Estados Unidos es significativa.

Duque: Quizás lo que se debería haber hecho es establecer alianzas con intelectuales conservadores pero ilustrados, que combatieran desde dentro de sus propios sectores esas tendencias que difícilmente se pueden atajar desde fuera.

Echenique: Esto nos lleva la importancia de la comunicación científica. La obligación que tienen los científicos es de ser ciudadanos responsables y también de participar en el debate social y no encerrarse en su laboratorio. Una sociedad científicamente informada es más libre y por tanto es más difícil de manipular por grupos de presión, o de ceder ante modas y supersticiones. Y esa sociedad científicamente informada exige tres cosas: primero, ampliar el conocimiento de los principios generales de la ciencia, de tal manera que el ciudadano no tenga problema en discernir que un electrón no es más grande que el ADN, o que el CO2 es un gas de efecto invernadero necesario para la vida en el planeta, el exceso de CO2 puede ser un problema, pero el gas en sí no es un veneno, como mucha gente cree. Segundo, es importante discernir qué es ciencia y que no. Y la tercera es que hay que ser consciente de cuáles son las consecuencias sociales y económicas de la ciencia. A los grupos antivacuna habría que recordarles que la viruela fue una enfermedad horrorosa que ha matado a trescientos millones de personas y hoy se ha erradicado. Entonces, sin sacralizar la ciencia porque también la ciencia puede tener problemas, es necesario ser firmes. Recuerdo un debate sobre este tema en el que mi oponente me dijo.  «Es que usted y yo tenemos diferencia de opinión» y le contesté:  «No, usted y yo tenemos diferencia de conocimiento».

Duque: Por poner las cosas en contexto, en la última encuesta de percepción social de la ciencia, el 3,3 % de los españoles decía que tenía poca o ninguna confianza en las vacunas.

Echenique: No es mucho.

Duque: Luego un 20 %  decía utilizar tratamientos alternativos a los médicos y un 5 % en sustitución de los convencionales. Yo creo que los números no son muy malos.

En España ha habido un movimiento contra la homeopatía que no ha habido en Alemania o Francia, si bien es cierto que desde las direcciones sanitarias se ha adoptado una actitud muy firme en contra de equiparar homeopatía con «fármacos alternativos».

Echenique:  La firmeza me parece imprescindible aquí. A menudo tendemos a ser tolerantes con la homeopatía, argumentando que «un poco de agua no le hace daño a nadie», pero cuando estos «remedios» se convierten en sustitutivos nos encontramos con casos de pacientes de cáncer que mueren por rechazar la quimioterapia, por culpa de estas supersticiones demasiado toleradas. La ciencia no tiene respuesta siempre a todas las preguntas, pero se progresa continuamente basándose en el trabajo y los resultados antecedentes. La homeopatía del siglo XVIII y XIX, y la del XXI es, esencialmente la misma. La medicina no tiene nada que ver. Hahnemann podría pasar un examen de homeopatía hoy sin grandes dificultades. Los más grandes médicos entre sus contemporáneos como Lister, Virchov, suspenderían los exámenes finales de medicina.

Duque: Una de las cosas importantes aquí es que la ciencia tiene que ser extremadamente cautelosa con meter la pata. No podemos expandir a los cuatro vientos que se ha encontrado una partícula que viaja más rápido que la luz sin haber primero hecho buenas comprobaciones.

Por otra parte la prisa y la presión mediática es ahora más grande que nunca.  

Echenique: Cierto, pero es imprescindible saber sustraerse a esa presión. Ahora bien, la ciencia fomenta una actitud escéptica que alimenta un mecanismo autoregulador capaz de corregir errores, a menudo a corto plazo. Los científicos somos humanos como los demás y cometemos errores, pero esos errores no suelen perdurar gracias a los mecanismos de arbitraje científico y a la capacidad de reproducir experimentos. Tanto el caso de los neutrinos superlumínicos como el de la fusión fría son buenos ejemplos. Se trata de errores, amplificados, dicho sea de paso, por los medios ya que las afirmaciones de los artículos científicos eran mucho más cautas de lo que se publicaba en la prensa, pero al final el sistema científico revela que lo son y nadie se llama a engaño. Las falsedades se perpetúan basándose en el deseo de la gente, no en los hechos. Un enfermo de cáncer quiere curarse con una receta mágica que no duela y no le perjudique, en lugar de someterse a los tratamientos a menudos imperfectos de la ciencia moderna como la quimioterapia o la radioterapia. Pero estos últimos pueden curarle y el primero, con toda certeza, no.

El progreso en ciencia necesita disponer de suficientes recursos y libertad para investigar. Y sin embargo la sociedad moderna tiende a regatear inversión, restringir libertades y aumentar trabas. Da la sensación que estamos haciendo todo lo posible por matar la gallina de los huevos de oro de la ciencia

Echenique: Totalmente de acuerdo, hay un peligro tremendo. Para mí la ciencia necesita largo plazo, pactos de Estado, inversiones sostenidas, libertad y la capacidad de asumir riesgos. Siempre que se intenta hacer algo nuevo se corre el riesgo de equivocarse, pero para eso están los mecanismos de autorregulación que ya hemos mencionado. Particularmente dañino es el aumento descontrolado y asfixiante de la burocracia. Y, naturalmente está la política real, lo que se puede y no se puede. Un nuevo ministro de ciencia, aunque tenga una gran preparación y las ideas muy claras, necesita un apoyo fortísimo del gobierno de turno para poder sacar las cosas adelante, es algo que yo he vivido en persona. Esto nos lleva a que hay que ir poco a poco, con transformaciones graduales, sería ingenuo pensar que se puede transformar el sistema de la noche a la mañana. Creo que una prioridad en España ahora mismo es garantizar que los investigadores ya probados puedan hacer su trabajo bien, para lo cual hace también falta aumentar la inversión, pero también hacerles la vida lo más fácil posible, procurando acotar las trabas inútiles y las cortapisas burocráticas. Creo que todo esto sí es posible, aunque costará esfuerzo.

Duque: La medidas que hay que tomar están claras, como está claro que la financiación es muy inferior de lo que debería ser. Desgraciadamente el problema viene de una década entera de tomar decisiones erróneas con respecto a qué hacer con la inversión en investigación y desarrollo en un momento de crisis. Cuando llegó la del 2008, solo uno entre los grandes países Europeos tomó la decisión de recortar en ciencia y ese país fue España.  De esos polvos vienen estos lodos. Por otra parte, en España la regulación tiende a asumir a veces que el ciudadano es culpable a no ser que demuestre lo contrario y eso resulta en trabas y falta de confianza que desgraciadamente se ve justificada en más de una ocasión por los casos de corrupción. Y sin embargo, no se puede combatir la corrupción asfixiando el desarrollo. Necesitamos cambiar la cultura del país, convencernos de que el ciudadano es responsable hasta que no se demuestre lo contrario. A la vez, tenemos que hacer examen de conciencia; es cierto que las reglas tienen que hacerse flexibles y razonables, pero también que debemos dejar de intentar eludirlas casi por principio. Tenemos que romper un círculo vicioso de falta de confianza. Y no es fácil, pero creo que puede hacerse.

Qué me decís de las restricciones éticas en Europa, por ejemplo en investigación en IA o en asuntos tan escabrosos como la clonación. ¿Implican un retraso con respecto a otros países como China o Estados Unidos?

Duque: No necesariamente. Las restricciones éticas pueden resultar en un retraso puntual en ciertas áreas, pero si es así, creo que debemos asumirlo porque las cuestiones éticas son importantes, y si China las ignora, no por eso debemos emularlos. Europa no puede abandonar sus criterios éticos sin dejar de ser Europa. Y sinceramente, creo que a la larga nos va a ir mejor manteniendo esos criterios éticos y que otros países como China acabarán por adoptarlos a la larga.

¿Reivindicas Europa?

Duque:  Reivindico el ecosistema de libertad y ético que Europa defiende y que creo que beneficia también al desarrollo científico. En la antigua Unión Soviética, en un momento dado a Stalin le dio por negar la evolución y eso generó un retraso en biología evolutiva del que todavía no se han recuperado. Las sociedades demasiado jerarquizadas son funestas para el desarrollo científico.  Yo creo que Europa tiene que seguir siendo Europa y nos irá bien.

Echenique: Estoy de acuerdo con el ministro, la ciencia no solo aporta libertad sino que necesita libertad. Fíjate que en la Unión Soviética florecieron muchas áreas de la física teórica (toda la escuela de Landau) que no se encontraron con conflictos ideológicos, pero aquellas que se dieron contra ellos, como la relatividad o la biología se hundieron. Por otra parte, Europa tiene que estar atenta para no incurrir en otra variante de esos prejuicios ideológicos, como puede ser el caso en lo que se refiere a la  investigación y uso de  transgénicos.

Duque Ahí no veo tanto un problema de ética como de influencias de determinados grupos de presión que terminarán desapareciendo.

Echenique: El concepto ético fundamentalmente es que no todo lo que es posible es deseable. Y por lo tanto la sociedad en su conjunto hacen bien en poner límites a la ciencia y uno de esos límites es la ética. Cómo se implementan esos límites es otra cuestión,  pero yo creo que sí, que Europa lo hace bien.

Otra cuestión un poco relacionada: Europa en general y España en particular parece obsesionada con la investigación aplicada en contraste con la fundamental. ¿Cómo se consigue un balance entre ambas?

Duque: Creo que Europa es el mejor sitio del mundo ahora mismo para la ciencia básica, no hay ningún otro lugar donde se financie una proporción mayor de ciencia básica. Un argumento buenísimo que yo utilizo relacionado con el programa espacial es el de la industria de la ciencia. Simplemente el hecho de ir encadenando cada vez experimentos más sofisticados que a su vez necesitan aparatos cada vez más complejos, proporciona un desarrollo industrial que implica un retorno muy grande. Es muy bonito mandar un cohete a Marte, pero para eso hay que desarrollar el cohete, las turbinas, el combustible, los materiales, los computadores de a bordo, el software… Todo eso implica un desarrollo industrial enorme y muy puntero.

Echenique: Un ejemplo precioso es cómo se han descubierto que las ondas gravitacionales provienen de la colisión de unos agujeros hace miles de años. Esto solo ha sido posible gracias a una tecnología de láseres que es la que te permite medir distancias de aquí a Alpha Centauri con la precisión de un cabello. Es decir, un descubrimiento fundamental de ciencia básica se hace posible gracias a un avance formidable en ciencia aplicada.

Un ejemplo lo tienes en Galileo, que perfecciona un instrumento, el telescopio, y revoluciona de un golpe la astronomía y la cosmología. Otro ejemplo, la tecnología de tubos de vacío, que te permite descubrir el electrón en 1897. Los avances en física atómica hacen posible que estemos construyendo ya ordenadores cuánticos. Los avances en instrumentación nuclear, que se hicieron para buscar nuevas partículas elementales, producen escáneres médicos que salvan vidas. Lo aplicado y lo básico están relacionados y muchas veces la aplicación no solo ayuda a responder a la pregunta básica sino que abre nuevas preguntas, creando un círculo virtuoso.

Duque: Mi tesis es que desde los poderes públicos solo tenemos que poner los incentivos adecuados y los científicos se arreglan ellos solitos; si les proporcionamos una salida cómoda que permita la utilización comercial de sus experimentos o les damos ayudas para comercializar sus patentes, lo van a hacer sin duda. Lo que tenemos que crear es un ecosistema en el cual la ciencia básica se va transfiriendo a la sociedad.

Echenique: Una forma de resumir eso sería un gran desarrollo armónico de las diversas partes del sistema que favorezca la interrelación. La clave es que sea armónico.

Duque: Pero nosotros lo que fomentamos son las condiciones. Por ejemplo, acabamos de aprobar un sexenio de transferencia que hace posible que la transferencia a empresas y la divulgación también cuente en el currículo de los científicos. Poco a poco vamos a facilitar que los científicos se preocupen no solo por hacer buena ciencia, sino por divulgarla y por sus aplicaciones.

Echenique: A mí la idea me parece buena, pero sin olvidar los individuos. Habrá científicos punteros que no tengan ni la inclinación ni la necesidad de preocuparse de las aplicaciones prácticas de sus investigaciones, considera el caso de Einstein por ejemplo. Y otros que quizás encuentren un nicho excelente en esas aplicaciones, que se especialicen en transferencia. Yo creo que la mejor política científica es crear oportunidades en abundancia para los jóvenes creativos tanto en ciencia básica como aplicada. Y en eso estamos fracasando, no estamos creando bastantes oportunidades para los jóvenes, de hecho les estamos maltratando con carreras mal pagadas, precarias, con futuro muy incierto y mientras la clase científica sigue envejeciendo.

La forma en la que se hace ciencia está cambiando. La gran ciencia, con equipos de centenares o miles de científicos, cada día es más importante.  ¿Cómo se organiza uno en estos casos?

Duque: Uno de los problemas que te encuentras en países con una financiación insuficiente como el nuestro es la dificultad de financiar o contribuir a la financiación de proyectos muy grandes. Ahí sí que tenemos un problema. Si a las agencias de financiación se les da suficiente margen presupuestario, yo creo que el sistema funcionará tanto para los grandes proyectos como para los pequeños.

¿Las agencias de financiación se adaptan a los nuevos tiempos?

Duque: Yo creo que sí, es mucho trabajo y no exento de complejidad, pero los buenos proyectos y los buenos científicos siguen pudiendo evaluarse correctamente, creo yo.

Echenique: Por otra parte, cuando hay grandes proyectos y con la métrica actual, la relevancia de la contribución de cada científico individual es más difícil de medir. Por ejemplo, nuestra métrica de citas no sabe como sopesar el peso relativo de cada autor en artículos como los de los experimentos del CERN, con miles de firmantes. Es necesario entonces afinar cada vez más para identificar las contribuciones individuales.

¿Cómo facilitamos el dialogo entre ciencia y empresa en España?

Duque:  La más obvia son las aplicaciones, es decir, la investigación descubre materiales o técnicas  que hacen que ciertos productos se puedan fabricar de manera más eficiente y por lo tanto mejoran el negocio de las empresas. Esto se tiene que complementar con que las empresas se convenzan de que invertir en I+D+i les reporta beneficios a no muy largo plazo. Para conseguir ambas cosas, nuestra labor es  fomentar ese círculo. Para ello disponemos de varias herramientas. Una muy interesante es lo que llamamos compra pública innovadora: facilitamos la creación de productos que provienen de la ciencia y resulten atractivos para los inversores, por ejemplo, nuevos aparatos de imagen médica, o sistemas de IA para tratamiento de datos. Se trata de transferir el conocimiento que poseen los científicos a la sociedad mediante estas compras públicas, que a su vez motivan a las empresas e inversores. La compra pública innovadora se realiza a través de empresas, no de instituciones académicas. Por otra parte, dado el carácter innovador de las propuestas, las empresas tienen toda la motivación del mundo para trabajar estrechamente con los científicos.

Echenique: Hace falta diálogo. No basta con prometer a los empresarios que  «la ciencia os va a ser muy rentable». Yo creo que es más bien lo contrario, si hay un foro en que empresarios y científicos se puedan encontrar, te pongo por caso jornadas ciencia-empresa, lo que yo propondría es que cada uno le cuente al otro lo que le entusiasma de su campo. Me ha pasado a menudo que cuando hablo con amigos empresarios de la belleza de la ciencia, o les explico los conceptos de simetría, el criterio de verdad, etc., se entusiasman. Y a mí me ocurre algo parecido con ellos. Un empresario que quiere poner en el mercado un nuevo aparato de imagen médica, como comentaba antes el ministro, no está pensando solo en lo rentable que le va a salir, yo creo que lo que más le importa es crear ese producto nuevo y útil para todos y lo hace con la misma ilusión que el científico. Hace falta diálogo. Que nos conozcamos las dos comunidades. Para eso hace falta tiempo y un buen entorno, unas reuniones apresuradas dirigidas a como las partes pueden obtener beneficios son mucho menos efectivas que un programa de encuentros en el que esa convergencia surja de manera natural.

Duque: En el mundo de la empresa hay que contar también con la responsabilidad social corporativa, las empresas no se mueven de manera tan ágil como los científicos. Pero sí es posible incentivarles a que inviertan en ciencia.

¿Todavía estamos anclados a lo que inventen ellos?

Echenique: No. Yo creo que no hay que ser tan pesimistas. España tiene grandes grupos internacionales de ciencia. Es verdad que no es un país grande en ciencia. ¿Por qué? Por la ausencia de una política a largo plazo, algo que hemos sufrido de manera aguda en la última década. Y también por una estructura que impide que la gestión de los fondos sea lo más eficiente posible. Pero todo se puede mejorar. No hay que ser tan pesimista.

Duque: Está claro que la última década ha sido una década de decisiones erróneas por una parte de los gobiernos de España, pero a base de esfuerzo y sufrimiento por parte de mucha gente se ha mantenido un buen nivel e incluso se ha subido en algunos indicadores. Por ejemplo España es el país que más proyectos conjuntos con otros países lidera dentro del programa Horizonte 2020. Yo estoy convencido de que aún estamos a tiempo de rescatar la ciencia en España si empezamos ya a revertir la situación.

Echenique: Creo que es esencial que las clases políticas y la sociedad en general asuma el hecho de que el conocimiento es la materia prima de la nueva economía con una ventaja respecto a las otras materias primas, ya que el conocimiento siempre crece y de hecho crece más cuánto más lo usas. Al revés que con el jabón. El conocimiento es inagotable

Duque: Totalmente de acuerdo, el único activo con valor real es el conocimiento, por lo tanto incrementar el conocimiento es la única inversión verdaderamente sostenible a largo plazo.

Siendo tan importante el conocimiento, ¿cómo es posible que el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades no esté hiperfinanciado por nuestro propio bien?

Duque: Espérate que tengamos presupuesto y veremos a ver cómo quedamos (risas).

Duele, pero también asombra que se haya regateado la inversión en ciencia, dado que se trata de partidas bastante modestas. Estamos hablando de inversiones anuales equivalentes a lo que cuesta el traspaso de un par de jugadores de fútbol de élite.

Duque: Tienes razón, es bastante asombroso, y además España es el único país que ha hecho esto en Europa, como ya he comentado. La situación me recuerda la de esas empresas, en las que, frente a una crisis, se deja la dirección al contable. Siempre se hunden. Esto es literal, me lo decían mis amigos empresarios. Cuando manda el contable, quiere decir que la empresa está en tal grado de falta de futuro que lo único que le importa es conseguir caja, por lo que ni se te ocurra invertir en ella.

¿Y tenemos la fe de que esto va a cambiar?

Duque: Sí, yo creo que sí.

Desde luego, debe de haber una razón por la que han nombrado un ministro de ciencia por primera vez en ocho años. Hay una toma de posición muy clara

Duque: Yo tengo esperanza. Si verdaderamente tenemos un período de suficiente estabilidad por delante, conseguiremos relanzar la ciencia y la innovación en España.

Nanotecnología, neurociencia, nanociencia, computación cuántica, inteligencia artificial, manipulación genética. ¿Estamos en el umbral de un Brave New World?

Duque: No creo que estamos en una situación radicalmente distinta de la que hemos estado durante el resto de la historia del desarrollo científico tecnológicos. Nadie sabía dónde nos iba a llevar la posibilidad de enviar gente al espacio. Y, bueno, hemos intentado utilizar esos avances de la mejor manera posible. Todo esto sí que es cierto que produce un desplazamiento del foco y que ahora mismo muchísimas cosas que creíamos que sabíamos, de ciencia de materiales, por ejemplo, se han quedado obsoletas mientras que creamos otros nuevos inimaginables hace un par de décadas.

Echenique: En realidad siempre ha ocurrido eso. Cada avance hacia lo desconocido siempre se ha visto con miedo. La gente siempre quiere seguridad, el avance rompe esa seguridad. En los primeros tiempos del ferrocarril se especulaba que los viajeros podían quedarse ciegos debido al exceso de velocidad, por ejemplo. Por otra parte lo que es nuevo de los tiempos que vivimos es la aceleración del cambio, que cada vez es mayor —vivimos en tiempos exponenciales—, y naturalmente crea incertidumbre. Creo que no nos queda otra que aprender a vivir con ella. La evolución de la IA por ejemplo, unos lo ven como una amenaza, incluyendo científicos muy prestigiosos, otros de no menos prestigio la ven como una bendición. Lo mismo podría decirse de la manipulación genética o la nanotecnología. Vamos a vivir una ética de incertidumbre

Duque: Por supuesto que en toda la historia el movimiento siempre ha sido cada vez más acelerado, pero el tiempo que vive una persona siempre es  parecido y ahora mismo lo que ocurre es que en casi todas las ramas de la ciencia, las personas se tienen que reciclar dos y tres veces a lo largo de su carrera, cosa que hace medio siglo no ocurría, y eso es un desafío considerable para la universidad. Las clases hay que revisarlas como mínimo cada cinco años. Los apuntes que tenía un oncólogo que estudió, digamos en 1980, están completamente obsoletos. Eso quiere decir que la sociedad del conocimiento de la que hablábamos antes, también es la sociedad del conocimiento acelerado, que exige una universidad mucho más dinámica y adaptable.

Echenique: Muy cierto, pero a la vez  hay que acertar en los conceptos básicos de cada disciplina, en los troncos esenciales de los que se van a derivar las especializaciones, en otro caso nos arriesgamos a caer en una situación en la que se sabe de mucho pero se entiende poco. Entender va más allá que saber, entender significa apropiarse de lo que uno sabe para que una vez dominado se convierta en un instrumento de creatividad, y para eso hace falta un plan de estudios que seleccione lo básico de cada disciplina, algo muy difícil con el sistema actual. Si la universidad de Barcelona hiciese el plan de estudios de la de Madrid y la de Madrid el plan de la de Barcelona, estaríamos mucho mejor al no condicionarnos a intereses locales.

Nuestras universidades no sacan muy buenas notas en los rankings internacionales…

Duque: A ver, lo primero es que tampoco leemos esos rankings del todo bien. Hay muchas universidades españolas que están en posiciones muy destacadas, en determinados campos. Lo que no tenemos en España es universidades que destaquen en todos los campos. Pero es que el sistema español no está diseñado así. Nuestro sistema se diseñó para que hubiera universidades cerca de los grandes núcleos de población, lo que hace muy accesible a los ciudadanos la educación pública. Por otra parte, la investigación se fomenta con proyectos de investigación públicos y ahí, las áreas de mayor excelencia son las que mejor lo aprovechan. Es decir, no tenemos universidades que están en el top de, digamos, Shangái, en todas las áreas, porque no las diseñamos para eso; muchas de las que lo están son empresas privadas cuyo objetivo es diferente al de las universidades públicas españolas, solo tienes que comparar lo que cuesta la matrícula. Sin embargo, nuestro sistema de financiación sí permite que en las áreas que interesan a los mejores grupos de investigación seamos tan buenos como el que más.

En ese sentido, un estudiante con motivación y capacidad en España puede escoger la universidad que mejor se adapte a lo que quiere hacer, aunque no sea la que le pilla más cerca. Para eso, también es necesario mejorar es el sistema de becas, de tal manera que ese estudiante brillante y motivado pueda desplazarse si elige otra universidad. La cantidad que le damos a los becarios para vivir en un área de España que no sea suya es demasiado pequeña. Ahí tenemos que trabajar. Y es cierto que tenemos que incentivar que en la universidad entre savia nueva a todos los niveles. Es muy difícil que eso ocurra, pero creo que sí es posible diseñar unas reglas generales que vayan encaminando esa evolución a todos los niveles.

Estamos pensando cómo podrían ser estas nuevas reglas, esta ley orgánica, de manera que no nos metamos con las competencias de las comunidades. Pero que hagamos lo racional a un nivel de regulación completa desde arriba de tal manera que no tenga que hacerse a nivel personal. Por ejemplo, no puedes esperar que la decisión de que un tribunal de oposición tenga una mayoría de personas de fuera de la universidad salga de la propia universidad. Es una medida correcta, pero muy difícil de proponer desde dentro.

Echenique: Y sin embargo en Harvard o en Oxford, el profesorado se selecciona internamente. La razón es que en esas universidades los departamentos quieren seleccionar a los mejores y por tanto no necesitan regulación alguna. Y la razón de este interés es que si un departamento no selecciona a los mejores y se queda atrás, se arriesga a que lo cierren. La universidad española no está especialmente interesada en seleccionar a los mejores porque no le resulta especialmente rentable. Habría que pensar cómo conseguir precisamente eso, que fuera rentable para las universidades españolas escoger a los mejores. Y eso no es nada fácil, dado el sistema de gobierno de la universidad.

Por otra parte tampoco hay que engañarse, la inversión en las universidades de élite a la cabeza de los rankings es enorme comparada con la inversión en las universidades españolas, estoy seguro de que si normalizamos los resultados a la inversión por alumno, quedaríamos estupendamente bien. Otro efecto importante que no hay que olvidar es la dispersión, en España ninguna universidad se va mucho del valor medio, todas son razonables, como ha dicho el ministro, algunas destacan en un campo particular, otras en otro, pero el nivel medio de todas ellas no es muy dispar. En cambio, en Estados Unidos la dispersión es mucho mayor y solo nos fijamos en las mejores. Hay una anécdota muy conocida en la que le preguntaron al embajador de Estados Unidos si las cien mejores universidades del mundo estaban en Estados Unidos y este contestó «No estoy seguro, posiblemente muchas sí, pero de lo que no me cabe duda es de que las cien peores sí están en Estados Unidos». El sistema norteamericano tiene diversidad y heterogeneidad de las instituciones, mientras que el sistema español tiende a la uniformidad. Esto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. La Universidad Autónoma de Madrid, o la de Barcelona, o la de Euskadi, no son Harvard ni Yale, pero un chico o una chica de familia trabajadora con pocos ingresos lo tiene mucho más fácil para estudiar en esas universidades, a un coste asequible, de como lo tendría para estudiar en universidades de categoría equivalente en Estados Unidos, no digamos ya en Harvard o Princeton. Así que nuestro sistema tampoco está tan mal si se pone todo en la balanza. No obstante, es imprescindible motivar la necesidad de excelencia desde dentro de la universidad y eso, ya lo hemos dicho, es muy difícil. Para que eso ocurra tiene que ser rentable hacerlo bien.

Duque: En toda esta combinación entre incentivo y norma hay que utilizar el mínimo de normas y el máximo de incentivos personales, institucionales, de grupo, etc. Por otra parte,  tenemos que encontrar una manera de transmitir los incentivos a lo largo de la cadena jerárquica, que es lo que se hace en las empresas normalmente. Si cada departamento es una entidad independiente de las facultades, que también son independientes, resulta dificilísima la cadena jerárquica.

El DIPC organizó en septiembre el festival sobre educación científica más grande del país, del País Vasco, de España y quizá de Europa.

Echenique: Estamos muy orgullosos de Passion for Knowelege. Es una apuesta decidida por acercar el conocimiento a la sociedad. La verdad es que fue una semana maravillosa, no solo por la calidad de los invitados que trajimos, entre los que se cuentan muchos premios nobel, pero también muchos científicos jóvenes muy punteros. Te pongo ejemplos, este año trajimos a Barry Barish, premio nobel por las ondas gravitaciones, a científicos españoles tan destacados como Ginés Morata o Juan Ignacio Cirac, pero también a científicas jóvenes muy punteras como María Martinón-Torres o a la flamante rectora y excelente investigadora de la UPV/EHU, Nekane Balluerka. Pero P4K, ofrece mucho más, divulgación, humor, espectáculo, arte… Queremos llevar esa pasión a la sociedad y creo que lo estamos consiguiendo.

¿Coincidís en que en España no solo tenemos fe en la ciencia sino esperanza?

Echenique: A mí me parece que el pesimismo, sobre todo en público, es estéril. Flagelarse, y no digamos ya flagelar a los demás, no conduce a nada. Ha habido una mejora sustancial, es verdad. Es una pena lo que ha pasado en la última década, pero sí, tengo fe que este retroceso no es irremediable. Construir requiere muchos años. Destruir se puede hacer en pocos.

Duque: Hay mucho potencial en este país y mucha esperanza. Tenemos que continuar con las reformas en todas las áreas que sean de competencia de los poderes públicos. Hemos tenido apoyo desde presidencia. Si perseveramos en un modelo de moderados y asumibles pero decididos podemos perfectamente tener un futuro brillante todavía.

 


El entusiasmo espacial y la arquitectura soviética

La Soyuz MS-05 (2017). Fotografía: NASA (CC).

En 2011 la editorial Taschen publicó el libro CCCP (1), Cosmic Communist Constructions Photographed, del fotógrafo francés Frédéric Chaubin. En la introducción el libro habla de las intenciones de su autor de documentar su particular investigación de arqueología del presente y estos edificios, según él, olvidados y desconocidos. Desde el punto de vista occidental, como también por el lamentable estado de conservación de algunos de ellos, estos grandes equipamientos públicos construidos en las últimas dos décadas de la existencia de la URSS constituyen una especie de cementerio de formas arquitectónicas espectaculares como si se tratara de una lejana civilización desaparecida. Ciertamente, CCCP no es la única publicación con el mismo planteamiento que, a través de preciosas fotografías, presenta la decadencia del mundo socialista, pero tiene la particularidad de acercarse, aunque de manera retórica, al impacto que tuvo la conquista del espacio en la cultura y arquitectura soviética. Aun así, en él no aparece ni el monumento a Yuri Gagarin, inaugurado en 1980, ni el Museo de la Cosmonáutica de 1981, que ocupa la base del Monumento a los Conquistadores del Espacio, el obelisco de 107 m de titanio, en su momento el más alto de mundo (entre las construcciones de titanio).  

La fascinación por el desarrollo científico y la conquista del espacio han estado presentes en todas las etapas de la URSS. La Revolución socialista conllevaba una gran promesa para el futuro y los discursos políticos hacían guiños a la utopía de progreso que, aparte de la supremacía nacional, les acercaría los «otros mundos». La ciencia ficción rusa, muy popular ya en los años prerrevolucionarios, había preparado el terreno y la sociedad sabía que la electrificación e industrialización darían paso a la era del espacio. En su Estrella roja de 1908, Aleksandr A. Bogdánov describió una sociedad socialista y la situó en Marte, y unos años más tarde, en La fiesta de la inmortalidad, describió el mundo del futuro: «Ya no existían ciudades como antiguamente. Gracias a la facilidad y universalidad del transporte aéreo, la gente no temía las distancias y se instalaba por todo el planeta en lujosas villas rodeadas de flores y vegetación. Cada villa tenía un espectroteléfono que las mantenía en contacto con los teatros, periódicos e instituciones públicas. Cualquiera podía disfrutar en su propia casa con la actuación de sus cantantes favoritos, ver en su pantalla de cristal pulido una representación teatral, escuchar los discursos de distintos oradores, charlar con sus conocidos…».

Varios proyectos arquitectónicos daban cuenta de este sueño del futuro. En Vkhutemas, la nueva escuela de arquitectura fundada en 1920 por decreto de Lenin, en paralelo a la más conocida Bauhaus de Alemania, se habían pensado las ciudades sobre muelles que se movían según gira el Sol o que se concentraban en edificios largos sobre pilares para mantener intacta la naturaleza debajo. El proyecto de Georgy Krutikov, con el que se graduó en 1928, fue más allá (2). El proyecto, conocido como la Ciudad Voladora, especulaba sobre el asentamiento humano; en él, la zona de trabajo —complejos industriales y explotaciones mineras— junto con el comercio y el ocio estarían situados sobre la superficie terrestre, mientras que la zona residencial, con los equipamientos educativos y culturales, formaría estructuras flotantes, una especie de colmenas en el aire. Los ciudadanos estarían en movilidad permanente, viajando en sus cápsulas individuales, que se acoplaban a las viviendas. Colonizar el espacio era la mejor manera para solucionar la crisis de la vivienda heredada y desprenderse definitivamente de la ciudad burguesa.

Stalin utilizó el interés popular en los temas relacionados con la ciencia y la exploración del espacio, aunque sus investigaciones no eran prioritarias en los primeros planes quinquenales. En la era pre-Sputnik, los científicos y los astrofísicos se consideraban héroes y su trabajo se utilizaba en los discursos nacionalistas para enaltecer el poder soviético por encima del occidental. El 1 de mayo de 1935, Konstantín Tsiolkovski, el teórico de la astronáutica y conocido como el abuelo del programa espacial de la URSS, dio un discurso desde la Plaza Roja de Moscú en el que habló sobre el futuro de los viajes espaciales de los humanos. El discurso fue trasmitido en todo el país (a sus once zonas horarias) y tuvo un gran impacto social.

En los tiempos de las grandes purgas estalinistas, algunos ingenieros importantes fueron encarcelados acusados de sabotaje, espionaje o actividad contrarrevolucionaria. Serguéi Koroliov, director del programa espacial soviético desde los años cincuenta, pasó seis años en un gulag, algunos meses en el durísimo campo de Kolyma, de los cuales su salud cargó con secuelas permanentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, al ver que su industria aeronáutica quedaba por detrás de los avances del Tercer Reich, Stalin redujo las condenas de los ingenieros y los confinó a Sharashka, un campo de trabajo intelectual, conocido como el gulag de los ingenieros, situado cerca de Moscú. Koroliov trabajó junto a varios especialistas de aeronáutica bajo la dirección de Andréi Túpolev en el diseño de aviones y bombarderos que llevaron su nombre.

La muerte de Stalin en 1953 cambió el rumbo de la cultura y tecnología soviéticas. En arquitectura se revisó el estilo monumental del estalinismo, que produjo edificios de gran escala y un particular estilo neoclásico revolucionario. Se consideró excesivo, parte del culto a la personalidad del líder y culpable de grandes despilfarros de material y mano de obra que no ayudaron a solucionar la endémica falta de viviendas. Como remedio, se impuso la industrialización general del proceso constructivo y la preferencia por sistemas prefabricados en la edificación de grandes complejos residenciales. Al mismo tiempo se emprendió el programa espacial, resultando en el lanzamiento del primer satélite Sputnik el 4 de octubre de 1957, que puso a la aeronáutica soviética por delante de la estadounidense.

(Clic en la imagen para ampliar). Estudio para el interior de la Soyuz realizado por Galina Balashova (1970–1974).  Imagen: Archiv Galina Balaschowa publicado en Balashova: Architect of the Soviet Space Programme.

Especialmente desde el viaje de Yuri Gagarin alrededor de la Tierra el 12 de abril de 1962, los temas cósmicos empezaron a formar parte de la vida diaria. Los astronautas se convirtieron en héroes nacionales y en Moscú se construyó el monumento de titanio a Gagarin. Los motivos espaciales empezaron a inspirar los objetos cotidianos, así aparecieron los modelos de aspiradoras Chaika y Saturnas, mientras que los nombres de Sputnik, Laika o Kosmos también se convirtieron en marcas de cigarrillos. La popular revista Tehnika Molodezhi (‘técnica para los jóvenes’), que se publica mensualmente desde 1933, empezó a partir de 1950 a publicar cada vez más artículos e imágenes sobre exploración espacial. Durante la década de los sesenta y especialmente desde el viaje de Gagarin, la revista se dedicó a publicar proyectos utópicos de asentamientos humanos en la Luna, en Marte o en Venus, con naves, vehículos de superficie dura, robots y otras máquinas imprescindibles e inexplicables. Los diseños eran de ciencia ficción y de cómic al mismo tiempo: coloridos, de líneas simples, de formas aerodinámicas y curvadas, con edificios-burbuja y construcciones que desafiaban la gravedad.

La arquitectura de los años sesenta, de la era Jruschov, pretendía ser más funcional que espectacular y, sobre todo, economía era el imperativo para evitar los excesos de Stalin. Se llevaban a cabo numerosas investigaciones en el campo de materiales y elementos modulares para su producción masiva en la industria, pero la forma arquitectónica tardó más de una década en adoptar la espectacularidad de la era espacial. Los años setenta y ochenta, cuando la carrera espacial ya había terminado, fueron tiempos de más extravagancia formal y fue cuando se construyeron obras como el Sanatorio Druzhba en Yalta, el edificio ministerial en Tiflis o la Academia de las Artes y Ciencias de Moscú.

Galina Balashova estudió Arquitectura en Moscú y en 1961 —con solo veintiséis años—  fue empleada por el Instituto de Investigación y Desarrollo, Oficina OKB-1 de Diseño Experimental, el núcleo del programa espacial soviético. En  plena era Jruschov, Balashova era la única arquitecta que se dedicaba a diseñar los interiores de las naves espaciales, preparando la flota soviética para vuelos tripulados. Su jefe directo era Serguéi Koroliov o «el Diseñador Jefe», como solía ser identificado en clave.

El legado de Galina Balashova es espectacular y hasta hace poco desconocido por el secretismo que envolvía la investigación espacial: en 2015 fue expuesto en el Museo de Arquitectura de Frankfurt y se publicó en el libro Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme (3). Su trabajo consistía en crear unos interiores habitables en las naves espaciales, así que participó en proyectos para las naves Soyuz, el transbordador Burán y la estación Mir. La particularidad del diseño consistía en dotar de humanidad y calidez a los espacios reducidos de las cápsulas y hacer que estos espacios, altamente tecnológicos, fueran psicológicamente aceptables para que los astronautas pudieran pasar allí más tiempo. Esto pasaba por domesticar visualmente estos espacios llenos de tubos, botones y palancas y dotarlos de sentido de orientación, diferenciando con claridad el suelo de las paredes y del techo, algo a priori innecesario en el espacio sin gravedad. Gran parte del éxito de Balashova residía en el uso de formas sencillas y reconocibles del mobiliario doméstico: sofás, sillas, escritorios, cajones o armarios, en la transformabilidad de los elementos, como también en la aplicación de un sistema de colores muy actual en su época: verdes, azules claros, ocres, marrones y naranjas que ha ido variando en todos sus diseños.

El Museo de Cosmonaútica de Moscú (4) exhibe las naves Mir y Soyuz y, aparte de su abrumadora complejidad tecnológica, también se puede apreciar la simplicidad acogedora de sus interiores. A pesar de estar rodeada durante años de astronautas, Galina Balashova no se sentía atraída por los viajes espaciales. Para la única arquitecta realmente cósmica, la arquitectura, la creación de espacios armoniosos y funcionales, siempre ha sido mayor desafío que la carrera espacial.

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(1) CCCP hace alusión a las siglas en cirílico de la URSS: Сою́з Сове́тских Социалисти́ческих Респу́блик.

(2) En 2015 la editorial Tenov de Barcelona publicó este proyecto en el libro Gueorgui Krútikov. La ciudad voladora, utopía y realidad, de Selim Omárovich Jan-Magomédov. Traducción de Miquel Cabal Guarro.

(3) Meuser Philipp. Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme. Berlin: Dom Publishers, 2014.

(4) La página del Museo ofrece un tour virtual donde se pueden ver estas naves.


Un diminuto punto de luz en la negrura

Iniciación

Cien personas se han reunido para la ceremonia de iniciación de Yuka. El día es frío incluso para los estándares de la taiga, y la niña tirita a pesar de su abrigo de piel de caribú. Está muy nerviosa. Hoy conocerá el secreto al que los adultos solo se refieren en susurros, y nunca delante de los niños pequeños. Solo tras la ceremonia se le permitirá a Yuka salir del círculo delimitado por los cuatro kilómetros cuadrados en que ha transcurrido su vida, entre las yurtas, el glaciar y el lago. Los ancianos visten a Yuka con el traje ritual, grueso e incómodo. Después le cubren la cabeza con un enorme casco opaco. Durante un buen rato Yuka no va a ver nada.

Guiada por los ancianos, Yuka camina hasta que le ordenan detenerse. Escucha unos fuertes sonidos metálicos difíciles de interpretar. Y, tras un instante que parece eterno, Yuka se siente flotar. Pierde contacto con el suelo, como si estuviera nadando bajo el lago, y siente amables empujones de los ancianos. Al cabo de unos minutos oye un zumbido eléctrico y su casco se vuelve transparente. Yuka mira a su alrededor… Y se descubre flotando en el vacío inconmensurable del espacio interestelar, una negrura infinita punteada por incontables estrellas, galaxias, nebulosas. Yuka (cuyo nombre significa ‘estrella brillante’ en inuit) grita aterrorizada sin escuchar las palabras tranquilizadoras que los ancianos susurran por la radio de su traje de vacío. Se tambalea, ingrávida, y ve a su espalda una estructura plateada en forma de doble toroide, una nave que flota, como ella, en el espacio. Comprende que sus cuatrocientas hectáreas de taiga no son más que una pequeña porción de esa gigantesca embarcación. Entiende, en una sobrecogedora epifanía, que esa nave es una diminuta isla de vida en un océano muerto, oscuro y frío.

Exploración

A finales del siglo XX todo rincón de la Tierra quedó ya cartografiado. A los viajeros del siglo XXI hambrientos de lugares nuevos les quedará el sistema solar: colonizar las lunas de Saturno, tal vez terraformar Marte. ¿Y después? ¿Qué quedará por explorar?

Todo apunta a que el límite de la velocidad de la luz es infranqueable, a no ser que alguien logre crear objetos con masa negativa. Sin embargo, no es imprescindible viajar más rápido que la luz para llegar a las estrellas más cercanas. Hay métodos científicamente válidos para acelerar hasta el diez por ciento de la velocidad de la luz: explosiones nucleares controladas, como en el teórico Proyecto Orión de los años cincuenta, o navíos espaciales a vela propulsados por láseres o viento solar. Estas velocidades son lo suficientemente lentas como para limitar los efectos relativistas, y lo bastante rápidas como para llegar a las estrellas más cercanas empleando, eso sí, una considerable cantidad de tiempo. Por ejemplo, para llegar a los recién descubiertos exoplanetas de TRAPPIST-1 habría que invertir cuatrocientos años.

Descartando la hibernación de los tripulantes, la ultralongevidad o métodos transhumanistas como descargar la conciencia en un robot inmortal, la solución más sencilla para un viaje interestelar es crear vehículos capaces de albergar varias generaciones de humanos. Para ello hace falta un gigantesco ecosistema o, mejor aún, una unión de biomas complementarios que aseguren una cierta diversidad ecológica capaz de albergar pueblos y ciudades, bosques y tierras de cultivo. Hábitats artificiales en los que decenas de miles de personas puedan nacer, crecer, reproducirse y morir con una calidad de vida aceptable. En suma: naves generacionales con las que los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de nuestros hijos puedan conquistar las estrellas.

La idea rondó el inconsciente colectivo desde finales de los años treinta, aunque la primera historia de ciencia ficción que la exploró a fondo fue El viaje que duró seiscientos años, de Don Wilcox, escrita en 1940. En ella una nave llamada Flashaway pone rumbo al planeta Robinello, llevando dieciséis parejas de colonos a bordo (no las suficientes como para evitar una grave endogamia redneck, pero corramos un tupido velo por ahora). El narrador actuará como Conservador de las Tradiciones, un cruce entre sheriff y alcalde que pasará la mayor parte del viaje en hibernación, siendo despertado unos meses cada cien años para comprobar cómo progresa la sociedad de la nave y devolverla al camino recto si fuera necesario. Esta novela breve no ha envejecido bien, pero hay que reconocer que empleó muchos recursos narrativos que otras narraciones sobre naves generacionales exprimieron durante las décadas siguientes.

Tras el primer siglo en la Flashaway, la población se multiplica por encima de lo prudente: el aburrimiento ha hecho presa en la ciudadanía y el sexo es uno de los pocos pasatiempos entretenidos. Al haberse escrito la historia en los Estados Unidos de los años cuarenta, la posibilidad de usar anticonceptivos ni se contempla… Así que el Conservador opta por un autoritarismo reproductivo de supervivencia: esterilizaciones forzosas y restricciones draconianas a la natalidad que acabarán creando castas, desigualdades, descontento crónico y, finalmente, motines y guerras entre familias. Cuenta el Conservador: «la guerra degradó a la población al salvajismo, aunque esa comparación sería un insulto a los salvajes. Con la destrucción de las bibliotecas y depósitos de conocimiento, las creencias dieron paso a las supersticiones, y los recuerdos de la historia pasada degeneraron hasta convertirse en leyendas».

Muchísimas historias de ciencia ficción juegan con involuciones similares. Una de las primeras fue Huérfanos del espacio, de Robert A. Heinlein, en que los pobladores de la inmensa nave generacional Vanguardia han olvidado por completo su propósito inicial, e incluso el hecho de que viajan en una nave espacial autosuficiente. Lo mismo les ocurre a los pobladores de Non-Stop, de Brian Aldiss, que olvidan todo su pasado y crean una mitología propia para explicar su presencia en la jungla en que se ha convertido su nave. Los colonos de la deprimente Buscar en el cielo, de Frederik Pohl y C. M. Kornbluth, no han olvidado del todo su propósito, pero se han convertido en salvajes que recurren al infanticidio masivo como método de control de población.

Pero volvamos a la Flashaway, la nave de la historia seminal El viaje que duró seiscientos años. Permítanme un leve spoiler: los colonos guiados por el Conservador de Tradiciones llegan finalmente a su objetivo, el planeta Robinello, en el año 2666 (¡a Roberto Bolaño le hubiera encantado!). Pero allí, en un mundo que esperaban encontrar deshabitado, son recibidos por una colonia terrestre que les ha adelantado por el camino. La tecnología ha avanzado durante esos seis siglos, hasta el punto de que el viaje de la Tierra a Robinello puede hacerse ahora en menos de una década… Vaya chasco. Y es que no es sencillo elegir el mejor momento para lanzar una nave generacional. El físico Andrew Kennedy ha calculado el momento óptimo para emprender el vuelo sin miedo a ser adelantado, aplicando una fórmula que tiene en cuenta, entre otras cosas, la media anual de desarrollo tecnológico. Vale la pena considerar estos cálculos o se puede acabar como los colonos de A hombros de gigantes, de Robert J. Sawyer, que encuentran ya ocupado su destino y acaban abandonando la galaxia, encadenando un viaje tras otro en busca de un planeta al que llamar hogar.

Supervivencia

En ocasiones no es el ansia de explorar lo que mueve a la humanidad a crear arcas generacionales, sino el puro afán de supervivencia. Ante una catástrofe cósmica que afecte la capacidad de la Tierra para albergar vida, una de las pocas soluciones disponibles sería abandonar el planeta en una o varias naves autónomas, sea para colonizar otros mundos o para esperar el tiempo suficiente hasta que la Tierra vuelva a ser habitable. Esto último es lo que sucede en Seveneves de Neal Stephenson: tras explotar la Luna por motivos desconocidos, el bombardeo de fragmentos lunares sobre la Tierra la volverá inhabitable durante cinco mil años. El poco tiempo disponible antes del desastre no permite la creación de bonitos ecosistemas naturales, sino apenas el lanzamiento de unas cuantas miniarcas modulares, con una ISS remozada como centro de operaciones. Las perspectivas son pesadillescas para los supervivientes: siglos y más siglos atrapados sin remedio en delgadas latas de aluminio y aerogel.

Los terrícolas del futuro en «El arca espacial», una de las mejores historias de la etapa clásica de Doctor Who, tienen algo más de tiempo para preparativos antes de que unas erupciones solares dejen inhabitable el planeta… Curiosamente también durante cinco mil años, que debe ser la duración estándar de una tragedia cósmica. La tripulación del arca entra en una apacible hibernación apenas interrumpida por insectos caníbales alienígenas, como suele suceder en estos casos. En otro capítulo más reciente de Doctor Who llamado «La bestia de abajo», la estrategia de huida de los ingleses ante una catástrofe inminente es particularmente radical: arrancar las islas británicas de la corteza terrestre y convertirlas en una gargantuesca nave espacial. Un brexit cósmico en el que todo el Reino Unido se convierte en una nave generacional, con la excepción de Escocia, que prefiere construir su propia nave.

Seguir esa línea de pensamiento nos llevaría al siguiente nivel: construir motores con la potencia suficiente como para convertir un planeta entero en un arca móvil. ¡No puede haber un ecosistema más autosuficiente que ese! En Mundo Anillo de Larry Niven, los titerotes son una raza alienígena que lleva esta estrategia al extremo, alineando cinco planetas en torno a una pequeña estrella artificial. Para huir de la radiación procedente de una cadena de supernovas en el núcleo galáctico, ese sistema solar sintético se acelera a una velocidad altísima, rumbo a la nube de Magallanes… Una flota de mundos llevando en su interior a todos los miembros de una raza. Y es que no basta con sobrevivir: hacerlo con estilo da puntos extra.

Despertar

El ritual de iniciación recreado al principio de este artículo es una de las tradiciones de la nave generacional que imagina Kim Stanley Robinson en Aurora.

Es esta una novela peculiar, escrita con un objetivo iconoclasta reconocido por el propio autor: destruir el sueño de la colonización interestelar. Con la implacabilidad de un dios malvado, Robinson desencadena sobre sus viajeros rumbo a Tau Ceti un torbellino de calamidades: desde el peligro constante de los rayos cósmicos hasta la imposibilidad física de una eficiencia total en el reciclaje, lo que acaba desembocando en carencias graves de elementos químicos imposibles de obtener en pleno vuelo («¿Bromo? ¿Quién iba a pensar que necesitaríamos más bromo?»). Otro problema gravísimo es la diferencia en los ritmos evolutivos de las diferentes especies confinadas en un espacio cerrado. Las bacterias mutan (y, por tanto, evolucionan) a un ritmo muy superior al de animales y plantas, lo que acaba resultando devastador para un hábitat aislado: plagas en las cosechas, mortandad en el ganado, enfermedades incurables en los humanos… Estas superbacterias serán uno de los factores causantes de la «involución de zoo», la degeneración progresiva que en estudios de antropología insular se ha observado en todo ecosistema cerrado y endogámico. Sin contacto con el exterior y remezcla de genes y experiencias, cada generación resulta un poco menos inteligente, sana y capaz que la anterior.

Robinson presenta también una batería de dilemas éticos. Para empezar, resulta problemática la estructura social autoritaria y protofascista que se tiende a adoptar en circunstancias extremas de supervivencia. Además, los colonos originales consintieron enrolarse en una misión peligrosísima con pocas posibilidades de supervivencia, pero sus descendientes, los críos que nacerán, vivirán y morirán en la nave sin poder pisar jamás la Tierra, no tendrán esa misma elección.

Ante todo esto, los personajes de Aurora se preguntan: ¿Por qué no puede la humanidad contentarse con el sistema solar? ¿Qué desmedido orgullo nos hace apuntar a las estrellas cuando aún no hemos resuelto los problemas de nuestro propio planeta? Es difícil no ver cierta hibris en este fragmento de la antes mencionada A hombros de gigantes: «Nos fuimos de la Tierra por la misma razón por la que el Homo sapiens sapiens cruzó el estrecho de Gibraltar. Es lo que tocaba que hiciéramos como especie, y por eso triunfamos sobre los neandertales. Necesitábamos ver lo que se escondía tras el otro lado del estrecho, tras la siguiente colina, tras las estrellas lejanas. Es lo que nos dio dominio sobre nuestro planeta natal, y es lo que nos convertirá en reyes del espacio infinito». Esta visualización de la humanidad como dueña del universo es enormemente popular, aunque a mí siempre me pareció más acertada la definición que Bill Hicks da de la raza humana: «un virus con zapatos». La colonización de las estrellas como una infección autorreplicante, destruyendo planetas a su paso. Hay quien ya considera Marte como un «planeta B» en que los ricos y poderosos podrán refugiarse de las catástrofes ecológicas que amenazan a la Tierra. Es inevitable pensar en Wall-E y el Axioma, su nave generacional: un hotel galáctico de lujo en que la humanidad engorda indolente mientras la Tierra se tambalea entre toneladas de basura.

En el cuento Padres fundadores, de Stephen Dedman, los únicos que se toman la molestia de colonizar otros mundos y no volver jamás a la Tierra son los grupos radicales que desean alejarse de la sociedad: anarcocapitalistas, amish, supremacistas blancos. Un personaje de Aurora medita: «Cuando la vida se vuelve lo suficientemente inteligente como para abandonar su planeta, también es demasiado inteligente como para querer irse. Porque sabe que no funcionará, así que se queda en casa. Disfruta de su hogar. ¿Por qué no iba a hacerlo? Ni siquiera se molesta en tratar de contactar con otros planetas. ¿Para qué? Nunca oirían respuesta». Esa es la respuesta de Robinson a la paradoja de Fermi, la que se pregunta por qué no hemos recibido noticias de ningún extraterrestre a pesar de vivir en un universo en que la vida es estadísticamente probable. Sencillamente las civilizaciones están alejadas por distancias tan inimaginablemente enormes que resulta imposible el contacto.

¿Renunciamos pues a las naves generacionales? Bueno, no del todo. No hace falta añadirle motores cósmicos a la Tierra para que la consideremos una nave espacial natural. ¿No es acaso el vehículo que nos sostiene y alberga en nuestro viaje enloquecido por un cosmos en perpetua expansión? ¿No es la propia Tierra una diminuta isla de vida en un universo gigantesco que, por lo que sabemos, es en su mayor parte árido, muerto y frío? Un personaje de Aurora reflexiona sobre esto con una variación sobre un poema de Cavafis que servirá para terminar este viaje:

No hay nuevo mundo, amigo mío, ni nuevos mares, ni otros planetas, no hay adónde ir. Estás ligado por un nudo que no puedes deshacer, cuando comprendes que la Tierra es una nave también.


¿Cuál es la mejor canción sobre el espacio?

En días como estos, con los medios hablándonos del hallazgo de planetas parecidos al nuestro, qué inspiradoras y memorables siguen siendo aquellas palabras del alcalde de Sevilla: «Es fundamental que haya astronautas, porque qué sería de nosotros los astronautas si no nos dijeran los astrólogos o los astrónomos cómo son las cosas, qué es lo que nos podemos encontrar allí, en el más allá. O qué podríamos desarrollar nosotros los que estamos allí, los que nos pisamos el suelo de la realidad de las cosas. Qué sería de nosotros si no existieran los astrónomos y los astrólogos». Tal vez pronunciadas en un momento en el que su mente viajaba muy rápido por el espacio-tiempo, solo cabe añadir que además de astronautas, astrónomos y astrólogos, no deberíamos dejar de mencionar a los músicos. Qué sería de nosotros sin todas aquellas canciones que nos hablan de viajes siderales, alienígenas y planetas lejanos que prometen ser un segundo hogar. Así que allá va nuestra selección para que voten o la amplíen con los temas que prefieran.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Echoes», de Pink Floyd

Existe el rumor de que Kubrick tanteó en su día a Pink Floyd para trabajar en la banda sonora de 2001. Tres años después del estreno de la película la banda publicó «Echoes», y como su duración es similar al cuarto y último acto, «Júpiter y más allá del infinito», entonces hubo quienes ataron cabos y quisieron ver en ella una banda sonora no oficial. Juzguen ustedes si la música se adecúa tanto a cada escena como algunos dicen. En cualquier caso la letra habla de olas y cuevas de coral, pero a partir del minuto doce comprendemos que en realidad ese océano es de otro planeta, el nuestro no suena así.

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«No Time For Caution», de Hans Zimmer

Al final Kubrick se decantó por la música clásica con un resultado sorprendentemente bueno. Tal vez sea el tipo de música ideal para evocar la armonía y eternidad que nos inspira una noche estrellada. Así que cuando a Hans Zimmer le encargaron la banda sonora de Interstellar tuvo la genial idea de ir al órgano de la iglesia del Temple en Londres; no se puede imaginar mejor instrumento para acompañar imágenes de agujeros negros y naves estallando en pedazos. De hecho también ha habido quien ha sincronizado esta música con el citado acto de 2001.

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«La nave estelar», de Juan Perro

Si hablamos de Interstellar no podemos dejar pasar este tema de Santiago Auserón, que en contra de lo que pueda parecer no es que esté fuertemente inspirado en ella, pues se publicó tres años antes de su estreno. Y a su vez la película tampoco se basó en la canción pues su producción comenzó unos cuantos años antes. A veces simplemente las grandes mentes trabajan de forma simultánea.

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«’39», de Queen

No queremos darles más la lata con esta película ¿pero qué podemos hacer si todas las canciones hablan de ella? Como recordarán, una parte fundamental de la trama aborda la dilatación del tiempo según el observador, una idea que nos resulta contraintuitiva pero que es fundamental en la teoría de la relatividad y hace posible que el padre llegue a ver a su hija como si fuera su abuela al regresar del viaje espacial. Eso es exactamente lo que se describía aquí: «For so many years have gone though I’m older but a year / Your mother’s eyes from your eyes cry to me». Teniendo en cuenta que el guitarrista Brian May es doctor en astrofísica sabían bien de lo que hablaban al componerla.

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«Supernova», de Liz Phair

Bueno, solo una más. Si en Interstellar nos terminan colando que el amor es la quinta dimensión… ¿no funciona mucho mejor como metáfora una supernova, como propone Liz Phair?

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«Calling Occupants of Interplanetary Craft», de Klaatu

Este grupo canadiense formado en los setenta se hizo llamar por el nombre del alienígena protagonista de Ultimátum a la Tierra, lo cual ya era un buen indicio de por dónde iban sus intereses. Por si alguien no lo tenía aún claro publicaron este tema sobre el contacto telepático con los extraterrestres, «we are your friends» les dicen. Viendo la clase de gente que más empeño pone en contactar con ellos final no es de extrañar que nos rehuyan, con tales emisarios los humanos debemos tener una fama malísima allá por el espacio.

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«Intergalactic», de Beastie Boys

Por bien intencionados que sean esos mensajes no garantizan una respuesta equivalente, el espacio es también el lugar del que provienen la mayoría de las amenazas para la ciencia ficción. Es el caso de este enorme robot llegado de Urano para sembrar el terror en un vídeo magnífico, todo un homenaje a las películas japonesas de monstruos gigantes o Kaiju.

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«Space Oddity», de Chris Hadfield & David Bowie

Ya que incluir este tema era inevitable, permítannos al menos que sea en la versión del comandante Chris Hadfield. Se puede discutir si resulta mejor en el aspecto musical que la de Bowie, pero desde luego el lugar de grabación es insuperable…

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«Gagarin», de Public Service Broadcasting

Esta banda londinense de música electrónica presentó el disco, titulado The Race for Space, dando un concierto en el National Space Centre de Leicester. Aquí tenemos uno de sus temas, dedicado a tan ilustre astronauta.

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«Space Monkey», de Patti Smith

Hay bastante consenso en que aquí la madrina del punk, si habla del espacio, es de forma metafórica. Más que nada del mundo como un espacio a rebosar de violencia social. Pero es Patti Smith y en la canción salen monos y ovnis con forma de plátano brillante, no la podemos pasar.

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«Mr. Spaceman«, de The Byrds

No podía faltar la fantasía recurrente de ser abducido por los extraterrestres y así lo cantaron The Byrds en 1966. Según nos cuentan «Woke up this morning, I was feeling quite wierd / Had flies in my beard, my toothpaste was smeared / Over my window, they’d written my name / Said, So long, we’ll see you again». O nos ocultan información o los alienígenas por entonces aún tenían decoro.

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«Space Truckin’», de Deep Purple

En el disco que contenía la conocidísima «Smoke on the Water» la banda británica incluyó también este otro tema en el que a la manera de Roy Batty nos contaban que han roqueado por la Vía Láctea, que se lo pasaron en grande en Marte y que fueron con su camión espacial por todo el Sistema Solar.

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«Hello Earth», de Kate Bush

Esta canción pertenece a la segunda cara del disco Hounds of Love, titulada The Ninth Wave, un miniálbum conceptual dentro de la obra que penetra en los pensamientos de una mujer ahogándose tras un naufragio. La identificación del mar con el  espacio es clara, sobre todo cuando entre esos cantos de folk georgiano con aire fúnebre la protagonista se hunde y su alma se eleva, saludando a la Tierra desde las estrellas.

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«Across the universe», de The Beatles

La frontera entre la ciencia ficción y la psicodelia es particularmente tenue en el ámbito musical, de forma que muchas canciones describen viajes por el cosmos sin más vehículo que una mente bajo los efectos de alguna sustancia. Esta de Los Beatles es una de las más reconocidas, que tiene además la particularidad de haber cruzado el universo literalmente. El 5 de febrero de 2008 la NASA la retransmitió desde sus instalaciones en Madrid a la estrella Polaris. Debido a la distancia, tendrán que pasar un mínimo de ochocientos cincuenta y cuatro años hasta que nos llegue un mensaje del tipo «pues me ha gustado, mandad otra».

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«Serenade from the stars», de Steve Miller Band

Drogas aparte, contemplar tumbados una noche estrellada es lo más parecido que tenemos los terrícolas de a pie a viajar por el espacio. De eso trata uno de los temas más celebrados de Steve Miller Band, que nos sitúa en un entorno en el que sopla el viento, el sol va a amanecer y tenemos el tiempo por delante para adueñarnos de nuestras vidas. El grupo M-Clan hizo posteriormente una versión en castellano, «Llamando a la tierra», cuya letra remite más bien a las óperas espaciales.

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Los niños invisibles: Alba y la geografía del miedo

Ilustración: Vera Ortín Ballester
Ilustración: Vera Ortín Ballester

Alba vivió una niñez aislada, una desconocida enfermedad la mantuvo ensimismada. Se curó con medios primitivos, no se sabe quién la ayudó. Pasó la pubertad como una convalecencia de su infancia. De aquello le quedó la costumbre de observar su cuerpo. Se entrenó en cosas como saber qué músculo es el primero en moverse para ponerse de pie, para tumbarse, para componer su equilibrio, qué zonas musculares intervienen en la lucha cuerpo a cuerpo y qué otras debe relajar para sacar ventaja en el combate. Fue una luchadora prácticamente imbatible en los juegos y cuando le tocó medirse de verdad su problema era otro: le desagradaba de igual modo vencer como ser vencida.

Solía notar los ojos de la comunidad como un aura de vigilancia que la inmovilizaba. En su poblado y los aledaños que frecuentaba se la percibía como distinta a los demás, despertaba emociones entre la fascinación y el rechazo. Siempre fue así, desde niña tuvo que explicar su existencia, como si tuviera que merecer lo que otros obtienen gratuitamente. Entre unas cosas y otras prefirió por lo general volcarse hacia dentro de sí misma.

A menudo, ni el amor ni otras formas de motivación lograron estimular su alma. Parecía no necesitar nada de su entorno. Sin embargo, esto no mermó su gran vitalidad. Siguió senderos del chamanismo en versión local y alcanzó cierto estatus de curandera. Más que querida fue respetada a distancia o, mejor dicho, temida en silencio.

Mi abuela la conoció en 1930 en el norte de Castellón y me habló de sus ojos grandes y emisores. Ojos que eran capaces de mirar hacia fuera y hacia dentro de sí misma durante la conversación. A veces adentro y fuera de su interlocutor… y parecía que lo hiciera a la vez, habilidad que espantó a más de un visitante que se acercó a su casa. Cuando el sanador busca información, a menudo lo que hace es aportarla, darle dimensión al discurso del consultante y eso hace temer por lo imprevisible y por lo excesivo.

Existe un aspecto extraño en la vida de Alba, algo sombrío que corrió de boca en boca, pero que casi nadie pudo contemplar en directo, algo que contrastaba con esta fuerte personalidad y que quedó grabado en el inconsciente colectivo como una leyenda.

Se la vio presa de una terrorífica paralización. A veces quedaba hechizada por un fantasma que le impedía el menor movimiento. Su quietud daba miedo, como si anunciara desde la paralización un inesperado y fatal movimiento. En esos momentos en los que no podía articular palabra, su piel pálida mostraba la palpitación extrema del corazón. Parecía estar en presencia del peor de los monstruos. Tras un breve clímax de contacto con la locura, su cuerpo se recomponía pasando por un temblor como transición a la recuperación de la calma.

Su síntoma llegó a convertirse en el único puente para relacionarse con el mundo. Analizaba su vida en función del comportamiento de su propio miedo. Ese momento fue el que eligió para aislarse en la cabaña de la montaña. Pensó que su remedio era vivir como los antiguos, procurándose lo más básico, el agua, la comida, el fuego durante el invierno y la sombra contra el calor. Buscaba la quietud como pócima de fondo para su curación.

La regularidad del paso del tiempo hizo su papel, la monotonía se abría paso en el pensamiento circular y en cada vuelta deshinchaba la fuerza de las obsesiones. Pasaron los años y Alba llevaba una vida centrada en el régimen de visitas de sus fantasmas, se había acostumbrado a ellos y podía convivir con su presencia mientras recogía las hierbas de la montaña para preparar sus remedios. Pero nunca abandonó su cabaña.

Crear el mundo para ocuparlo

En culturas como la sumeria, india o mesopotámica, para que algo sea real debe ser reflejo del espacio celeste. «Así en la tierra como en el cielo», reza la oración. Platón recogió estas ideas y las formalizó en su pensamiento. La creación de la realidad tiene que ver con transformar el caos inicial en cosmos, en darle forma al territorio antes de ser habitado. Y ello se hace a partir de marcar un centro para después determinar su periferia (1).

El simbolismo del centro del mundo es uno de los mitos en los que se asienta la idea de civilización. Montañas, templos, palacios y ciudades especiales son espacios sagrados que conectan Cielo, Tierra e Infierno. Son el kilómetro cero y acceder a ellos supone una consagración.

El segundo elemento de conversión de caos en cosmos consiste en que el ser humano disponga de un lugar en el mundo. Esta idea se apoya en una sensación física. Las personas intercambiamos permanentemente información con nuestro entorno inmediato, medimos visualmente la distancia entre el lugar en el que nos encontramos y los límites de nuestro espacio circundante. Por eso es difícil mantener el equilibrio con un solo pie y con los ojos cerrados, porque así perdemos esa referencia.

Estudios realizados con comunidades balinesas muestran que estos no pueden bailar, ni siquiera seguir una conversación, si no están orientados geográficamente en los puntos cardinales del espacio (2). El escenario que rodea nuestro cuerpo posee significado y la percepción que tenemos del territorio afecta a nuestro estado personal. Muchas comunidades de indios norteamericanos comparten un sencillo ritual: no abandonan su casa sin sentir el espacio que circunda su cuerpo. Y se lo llevan allá donde van ese día. Aproximadamente metro y medio de diámetro de espacio personal constituye su suelo protector para afrontar la jornada (3). Cuando decimos de alguien que parece que está como en su casa, seguramente es porque notamos esto en esa persona.

Algunos profesionales de asistencia domiciliaria como educadores, psiquiatras y trabajadores sociales, que trabajan con clientes de economía psíquica y social precaria, son más propensos que otros a las agresiones físicas de los usuarios que atienden (4). La presión psicológica a la que están sometidos estos profesionales es muy alta y la población a la que prestan sus servicios suele tener dificultades adaptativas. Uno de los factores predictores de este fenómeno radica en que los profesionales que son agredidos con mayor frecuencia se sienten muy inseguros cuando abandonan su sede laboral y salen a la calle. No logran sentir como propio ningún espacio ajeno y ello se refleja en su comunicación. La ruptura de sintonización emocional con los atendidos crispa la relación e induce la violencia del atendido. Estudios realizados con vendedores ambulantes confirman esta misma hipótesis.

El solo hecho de salir de Nueva Orleans me altera considerablemente. Tras los límites de la ciudad empieza el corazón de las tinieblas, la auténtica selva. (Ignatius Reilly. La conjura de los necios)

La proxemia estudia la regulación de la distancia y nos indica la base de muchos comportamientos y reglas de contacto social. Trata esencialmente de la noción de distancia fuera del campo de la conciencia.

Los descubrimientos de los especialistas en etiología y psicología animal sugieren que cada organismo vive en su mundo subjetivo, que está en función de su aspecto perceptual, y, en consecuencia, una separación arbitrariamente expuesta entre el organismo y su mundo modifica el contexto y falsea así la significación. La línea de demarcación entre el medio interno y externo de la persona no puede establecerse con precisión. El feed-back entre organismo y medio debe comprenderse como un proceso en permanente equilibrio sensible.

Los monos tienen treinta y dos funciones de territorialidad (5), algunas muy importantes relativas a la protección y evolución de la especie: proporcionan una base residencial, facilitan la protección frente a los depredadores, favorecen la cría selectiva de los más capaces para fundar territorios, protegen nidos y crías, identifican zonas de eliminación de desperdicios, entre otras. Sin embargo, una de las funciones más importantes de la proxemia es la de proteger el espacio contra la excesiva explotación del medio en el que vive una especie.

La geografía del miedo

Todo problema se da en un contexto. La rememoración del espacio remite inmediatamente al conflicto. Esto mismo es el camino del antídoto si cuando la persona manifiesta tener un problema es capaz de recordar un lugar en el que el problema se manifiesta más suavemente o ni siquiera se produce.

El miedo tiene una dimensión territorial. Muchas personas manifiestan no poder alejarse de lugares que viven como seguros: su casa, su barrio, su ciudad. Este es el poder transformador de la metáfora de la vida como un viaje. El mero cambio de aires y hábitos produce cambios en muchos casos. La metáfora del caminante, del aventurero no arraigado en ningún lugar, nos remite a la imagen arquetípica de la libertad.

Cualquier lugar es bueno para pasar de largo.
[Oído en películas de vaqueros (6)]

Las personas que sufren de miedo inexplicable suelen experimentarlo en ciertas áreas geográficas (7). Temen alejarse de su espacio de seguridad y notan en su cuerpo exactamente el límite que no pueden traspasar: angustia, ahogo, sensación de peso en los hombros o cualquier otro tipo de molestia.

El progreso en arte no consiste en ampliar los propios límites, sino en conocerlos mejor. (Braque)

Los espacios tienen memoria

Los cultivadores del arte de la memoria creaban escenarios con la ubicación de lugares y objetos para ejercitarla. Quintiliano, orador clásico, dice que lo primero es imaginar un edificio con el que el lector esté familiarizado. Debe ser espacioso, pero no muy grande, con buena iluminación, ni demasiado oscuro ni demasiado claro. Debe ser lo más variado posible, con patio interior, salones, alcobas, gabinetes y demás dependencias, con hornacinas, estatuas y adornos.  A continuación hay que ir recorriendo el edificio en su imaginación depositando objetos en ciertas partes específicas: anclas, anillos, talismanes… Cada imagen responde a un asunto o punto concreto que el orador desea nombrar. Mientras pronuncia el discurso  el orador debe ir recorriendo el edificio de manera ordenada recobrando en la mente cada uno de los objetos en su lugar asignado (8).

Otras técnicas hacen referencia a países, ciudades, barrios, casas y habitaciones para conectar con las distintas ramas del discurso que debían recordar.

La creación de meticulosos escenarios teatrales con gran profusión de rincones, cajones y escondrijos también facilitaba la conexión del orador con el hilo discursivo (9).

En el terreno alegórico, una de las metáforas espaciales más potentes es la casa. La casa natal, por ejemplo, es el albergue de nuestros ensueños, supone una sombra más allá del pasado verdadero y más grande que este. El recuerdo de la infancia es más grande que la historia ocurrida en aquella época.

El desván y el tejado alojan la edificación de los sueños y el sótano alberga los poderes subterráneos, la acción del inconsciente (10).

Dice Jung que la conciencia se conduce como el hombre que oye ruidos sospechosos en el sótano (inconsciente) y corre al desván (coartadas del consciente) para descubrir que allí no hay ladrones (11).

Un ritual adecuado para vencer el miedo se basa en caminar desde el centro de seguridad hasta la frontera del miedo, caminando hasta el umbral en el que el cuerpo avisa de la situación de amenaza. Entonces darse la vuelta para dar un paso hacia atrás, de modo que conquistamos, sin verlo, un paso al territorio del miedo. Al día siguiente, caminar de frente hasta el nuevo paso ampliado y darse la vuelta otra vez para dar un nuevo paso hacia atrás, conquistando cada día un paso nuevo a la frontera del miedo hasta que este se disuelva.

Si pudiera quitarme
esta piedra de la nuca
que duele tanto
me elevaría hacia el aire
volaría hasta el sur
y allí
me disiparía
como se disipa una duda

(Trinidad Ballester)

Notas

(1) Eliade, M. 1951. En Eliade 2000. El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza.

(2) Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen, pág. 142).

(3) McDonald, W. (1996): Curso de hipnosis y patrones ericksonianos. Notas y apuntes. Instituto Gestalt de Barcelona: noviembre, 1996. Material multicopiado.

(4) Estudio citado por John McWhirter en (1998): Curso de Developmental Behavioural Modelling (DBM). Madrid: Material multicopiado.

(5) Hall, E. (1993): La dimensión oculta. Madrid: Siglo XXI.

(6) Ver el libro Más allá del Oeste. Fernández-Santos, A. 1988. Editorial Debate. Madrid.

(7) Nardone, G. (2012): Miedo, pánico, fobias. Ed. Herder. Barcelona.

(8) Frances Amelia Yates (2005). El arte de la memoria. Siruela, pág: 17.

(9) Catalá, J. M. (1993): La violación de la mirada. Madrid: Fundesco, págs. 39-40.

(10) Bachelard, G. La poética del espacio (1965: 46). Edit. Fondo Cultura Económica.

(11) (op. cit. 49).


La increíble y triste historia de la Zambia libre y sus heroicos afronautas

02-HAMBA
Fotografía: Cristina de Middel.

El 12 de septiembre de 1962, ante treinta y cinco mil personas y en el estadio de fútbol de la Universidad de Rice, en Houston, Texas, John F. Kennedy dijo: «Hemos decidido ir a la Luna. Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer lo demás, no porque sean metas fáciles, sino porque son difíciles, porque ese desafío servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese desafío es un desafío que estamos dispuestos a aceptar, uno que no queremos posponer, y uno que intentaremos ganar, al igual que los otros».

Esas palabras trataban de responder a los hechos. El 4 de octubre de 1957 el Sputnik se convirtió en el primer objeto humano lanzado al espacio. Un mes después, la perra Laika fue el primer ser vivo en el espacio, donde estuvo cinco horas; Laika fue la primera de los doce perros que la URSS envió al espacio, cinco de los cuales regresaron vivos. En 1959 los rusos enviaron varias sondas que consiguieron fotografiar la Luna, y así se pudieron ver las primeras imágenes de su cara oculta. Todo ello hizo posible que el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar al espacio exterior, donde estuvo durante ciento ocho minutos; tripulaba la nave Vostok 1. Y, para colmo, en junio de 1963, una mujer, Valentina Tereshkova, fue enviada al espacio y dio cuarenta y ocho vueltas alrededor de la Tierra durante tres días.

¿Es que en Estados Unidos no tenían Lo que hay que tener, según el largo reportaje que publicó en forma de libro en 1980 Tom Wolfe (1)? «El Sputnik 1 se había convertido en el segundo acontecimiento decisivo de la guerra fría. El primero había sido la fabricación de la bomba atómica soviética en 1953. (…) El Sputnik 1 adquirió una dimensión mágica», dice Wolfe, y añade las palabras de Lyndon B. Johnson, jefe de la mayoría en el Senado: «El Imperio romano controló el mundo porque era capaz de construir caminos. Más tarde —cuando se trasladó al mar— el Imperio británico pudo dominar porque tenía barcos. En la era aérea fuimos poderosos nosotros porque teníamos aviones. Ahora, los comunistas han logrado asentar un punto de apoyo en el espacio exterior». Para el New York Times EE. UU. estaba en una carrera por su supervivencia.

Y la primera respuesta tras el lanzamiento del Sputnik fue el intento de colocar en órbita un satélite, el 6 de diciembre de 1957, dos meses después del éxito ruso. El cohete Vanguard TV3 que llevaba el ingenio se elevó apenas quince centímetros y explotó en directo, en televisión. La prensa tituló al día siguiente «¡Kataputnik!».

Pocos meses después nació la NASA. Y uno de sus primeros éxitos fue un logro menor: en la nave Mercury Redstone 2, Alan Shepard, el primer astronauta estadounidense, despegó el 5 de mayo de 1961, veintitrés días después del vuelo de Gagarin, para hacer un vuelo suborbital de quince minutos, es decir, sin dar una vuelta completa a la Tierra, menos relevante que el de Gagarin, que había sido orbital. Tras él voló, el 21 de julio de 1961 y sin llegar tampoco a orbitar la Tierra, Gus Grissom, quien, por cierto, murió en el accidente que sufrió en un entrenamiento de la misión Apolo 1, el 27 de enero de 1967, junto a los astronautas Roger Chafee y Ed White. Finalmente, EE. UU. consiguió el vuelo orbital el 20 de febrero de 1962 con la nave Friendship 7, tripulado por John Glenn, quien dio tres vueltas completas al planeta en cuatro horas y cincuenta y cinco minutos. Aquello, finalmente, subió la moral de los estadounidenses y el trato a Glenn, a diferencia del dado a Shepard y Grissom, fue de héroe, con recepción en la Casa Blanca y desfile desde la parte baja de Manhattan hacia Broadway. En septiembre de ese mismo año, 1963, Kennedy pronunció su famoso discurso prometiendo la Luna.

Queda patente, pues, que lo que nos llevó a la Luna fue la ideología modelando a la física y a la ingeniería. En palabras de Yuval Noah Harari, «Hay que tener en cuenta que las fuerzas ideológicas, políticas y económicas [son las] que han modelado la física, la biología y la sociología, y las han impulsado en unas determinadas direcciones al tiempo que ignoraban otras».(2)

Entonces, el 24 de octubre 1964, Zambia proclamó su independencia. Había sido hasta entonces Rodesia del Norte, el nombre que le había dado el empresario colonizador, Cecil Rhodes, que la había hecho británica a finales del siglo XIX. Y ese mismo año Zambia lanzó su programa espacial, que pretendía superar a los rusos y los norteamericanos y enviar a la Luna y a Marte a doce zambianos y diez gatos.

El impulsor de la idea era Edward Makuka Nkoloso, un visionario, traductor y profesor, un combatiente por la independencia que había estado preso por ello en 1956 y que formó parte del grupo que elaboró la Constitución de Zambia. Era profesor de ciencias naturales en Lusaka, la ciudad más poblada del país y su capital. En 1960 había fundado la Zambia National Academy of Science, Space Research and Philosophy, de donde salió el primer programa espacial de Zambia. Pretendía dejar atrás a Estados Unidos y a Rusia en la carrera espacial: «Nuestro pensamiento está cinco o seis años por delante del de ellos», aseguraba Nkoloso a la prensa.

Si se estudian con detalle los informes de la época resulta todo demasiado artificial, al menos, si uno se limita a los papeles oficiales, los conocidos, los que se hicieron públicos. Incluso se hicieron entrevistas en televisión a Edward Makuka Nkoloso en las que llama la atención lo poco profesional que parecía todo. ¿Era realmente así? ¿No había nada más? Nkoloso habla de sistemas derivados de catapultas, de hombrecitos en Marte de una civilización primitiva a los que habían visto con su telescopio y que el misionero que iría en el cohete convertiría al cristianismo «solo si ellos querían», de barriles lanzados cuesta abajo para simular el movimiento del cohete, de gatos trepando por un cuerdas y dejados caer para que sintieran la ingravidez.

La historia oficial dice que la aventura quedó pronto en agua de borrajas, que la joven de dieciséis años Matha Mwamba, destinada a ser la primera mujer de color en Marte, quedó embarazada y todo se fue al traste. A todo el mundo le vino bien que se echara tierra al asunto porque era demasiado ridículo, demasiado difícil para ser verdad. Y, sin embargo, era cierto, y llegó mucho más lejos de lo que nadie pudo llegar a imaginar. Documentos recientemente descubiertos así lo atestiguan.

¿Eran las fotos que publicó entonces la prensa las únicas que había? La fotógrafa Cristina de Middel, recogiendo antiguos apuntes ahora aparecidos, ha recreado el reportaje fotográfico de aquella aventura inconclusa. «Di con el tema de manera casual mientras me documentaba para otra serie que ha quedado pospuesta de momento. Se me abrieron literalmente las puertas del cielo. Con esta serie de fotos reconstruyo las escenas que podrían haberla documentado entonces y refuerzo su veracidad añadiéndole a esa certeza mi carga personal y el fruto de mi imaginación».

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Fotografía: Cristina de Middel.

¿De verdad no había nada más, era solo un sueño? D-503 es un personaje de la novela Nosotros, del escritor ruso Yevgueni Zamyatin (1884-1937). Nosotros (3) es la primera novela distópica y tuvo una enorme influencia en el 1984 de George Orwell. Pese a haber sido escrita en ruso, se publicó por primera vez en Londres y en inglés, en 1924. Relata una sociedad futura dirigida por el Benefactor, una sociedad controlada y en la que no existe la vida privada; de hecho, los edificios son de cristal para que nadie pueda esconderse. Escrita como crítica a la sociedad zarista, pero también a la soviética, incluye un viaje espacial y, de hecho, este es el principio de la novela:

Dentro de ciento veinte días quedará totalmente terminado nuestro primer avión-cohete Integral. Pronto llegará la magna hora histórica en que el Integral se remontará al espacio sideral. Un milenio atrás, vuestros heroicos antepasados supieron conquistar este planeta para someterlo al dominio del Estado único. Vuestro Integral, vítreo, eléctrico y vomitador de fuego, integrará la infinita ecuación del Universo. Y vuestra misión es la de someter al bendito yugo de la razón todos aquellos seres desconocidos que pueblen los demás planetas y que tal vez se encuentren en el incivil estado de la libertad. Y si estos seres no comprendieran por las buenas que les aportamos una dicha matemáticamente perfecta, deberemos y debemos obligarles a esta vida feliz. Pero antes de empuñar las armas, intentaremos lograrlo con el verbo.

En nombre del Bienhechor, se pone en conocimiento de todos los números del Estado único:

Que todo aquel que se sienta capacitado para ello, viene obligado a redactar tratados, poemas, manifiestos y otros escritos que reflejen la hermosura y la magnificencia del Estado único.

Estas obras serán las primeras misivas que llevará el Integral al Universo.

La novela fue prohibida en la URSS y no ha alcanzado nunca una gran popularidad, entre cosas porque 1984 la devoró. Sin embargo, según se acaba de saber en los archivos desclasificados del KGB, un físico e ingeniero ruso se convenció de ser él mismo D-503, el constructor de Integral, el cohete que surcaría el universo. De hecho, se desconoce su nombre real porque se hacía llamar D-503. Era el alma y la cabeza del proyecto espacial zambiano, del que Edward Makuka Nkoloso era una tapadera. Si quieres que algo no se vea, que no se investigue sobre ello, ponlo a la luz.

La Academia de Ciencias y su disparatada presencia pública, esas entrevistas sobre la vida de poblaciones primitivas en Marte, el misionero que les acompañaría… todo estaba perfectamente calculado por la fría mente de D-503 para que resultase un disparate monumental en el que nadie creyera. Pero era una tapadera detrás de la cual estaba el ingeniero y físico desconocido, D-503, autor de un auténtico proyecto para ir a la Luna, no a Marte.

Así, la historia oficial nos cuenta que el programa espacial zambiano era un sencillo disparate de mandar doce astronautas y diez gatos a la Luna y Marte, superando así el reto que se habían propuesto Estados Unidos y la Unión Soviética en plena carrera espacial. Estaba claro que solo unos pocos optimistas apoyarían la peregrina idea de Nkoloso, el profesor de secundaria que era la cabeza visible del proyecto. Nkoloso había sido sargento en una unidad de comunicaciones en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, y de ahí deriva su prestigio y los cascos que sus afronautas llevaban puestos todo el día. Ni la Unesco ni Naciones Unidas respondieron a las cartas de esta Academia. De hecho, el ministro de Industria de Zambia en aquella época, E. N. Kamuyuw, habló desdeñosamente del proyecto, pero era una carta para incrementar las habladurías.

El cohete de Nkoloso se llamaba D-Kalu 1, la sempiterna D, pero era, también, un nombre en clave tras el que se escondía la auténtica nave, el Integral. Nkoloso pidió siete millones de libras a la Unesco y esperaba recaudar casi dos millones más de fuentes privadas. El término afronautas también nació de su fértil mente. La partida estaba prevista para el 24 de octubre de 1965, la celebración del día de la independencia, y se haría desde el estadio nacional, el Independence Stadium.

Edward Festus Makuka Nkoloso murió en 1989 y en su país le enterraron con honores de presidente. Es uno de los siete únicos no soviéticos que recibió la Medalla del Jubileo Cuarenta años de la Victoria en la Gran Guerra Patriótica 1941-1945. ¿A qué se deben tantos honores, nacionales e internacionales, a alguien que, aparentemente, se había desacreditado a sí mismo de esa manera? A su silencio. Pese a que cuando el programa se fue al traste denunció en la prensa que había sido víctima de un complot internacional, la verdad es que eso duró muy poco y que pronto se dedicó a otros menesteres. Su silencio le salvó la vida y le permitió los reconocimientos al llegar a la vejez.

Y es que la verdadera historia, revelada en los documentos desclasificados en Moscú, es que el cohete llegó a despegar y fue abatido a los diez minutos de vuelo en una operación conjunta del KGB y de la CIA. D-503 fue detenido por fuerzas especiales rusas y llevado al cosmódromo de Baikonur, donde fue puesto a disposición de Serguéi Pávlovich Koroliov, la persona a la que el líder soviético, Nikita Jrushchov, había hecho responsable máximo del diseño de naves del programa espacial ruso. Juntos idearon las naves Soyuz, al menos la primera.

La ventaja que los rusos habían adquirido en la carrera espacial se mantenía a mediados de los años sesenta y así, la cápsula Soyuz 1 iba a permitir, acoplándose a la Soyuz 2 (soyuz en ruso significa ‘unión’), dar un paso importante en la carrera hacia la Luna. Pero la Soyuz 1, que despegó el 23 de abril de 1967, se estrelló en su regreso a la Tierra, el día siguiente, por un cúmulo de fallos técnicos y su piloto, Vladimir Mijailovich Komarov, se convirtió en el primer ser humano muerto tras estar en el espacio.

El accidente de la nave Soyuz 1, tres meses después del del Apolo 1, fue el primero de envergadura en el programa espacial soviético y fue causado por un buen número de problemas, empezando por un panel solar que no se abrió tras el despegue, lo que limitó la capacidad de las baterías para alimentar la nave y permitir a Komarov maniobrarla, y terminando por que el paracaídas principal no se abrió porque el paracaídas guía no hizo la suficiente fuerza sobre él, así que se estrelló a doscientos kilómetros por hora contra el suelo, momento en el que se incendió debido a que se pusieron en marcha los retrocohetes, que tenían que haber funcionado antes para disminuir la velocidad de caída. Ahora se ha sabido que todos esos fallos no fueron casuales: era la venganza de D-503, que fue fusilado a los pocos días del accidente.

D-503, desde luego, no había perdonado a los rusos que eliminaran su cohete zambiano, el Integral. En los papeles desclasificados se dice que la trayectoria no era la prevista y que probablemente se hubiera estrellado él solo, pero la verdad es que fue alcanzado por tres misiles SA-2E de la serie V-750AK lanzados desde Vietnam del Norte, donde estaban instalados desde pocos meses antes.

El día, efectivamente, fue el 24 de octubre de 1965. El Integral despegó a las 9:33, hora local, desde la base secreta en Kawbe, una ciudad en el centro del país, al norte de Lusaka. Ahora hay ahí un campo de golf, el Kawbe Golf Course. Desde hacía tiempo el KGB y la CIA seguían la operación de manera conjunta, tal y como ahora sabemos que ocurría con cierta frecuencia, como en el complot mongol que ha puesto de manifiesto Rafael Bernal (4), un intento de asesinato en México del presidente de EE. UU. más o menos en las mismas fechas. Uno de los afronautas era un espía que informaba a las agencias de inteligencia, que no tuvieron dificultad para saber el día y la localización del despegue. A bordo iban el afronauta Chisamba Nkausu Lungu y dos gatos. A treinta y cinco kilómetros de altura el impacto no fue percibido por nadie. En África nadie miraba al cielo; nadie echó de menos a los afronautas.

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Fotografía: Cristina de Middel.

1. Lo que hay que tener, Tom Wolfe, Anagrama, 1981, pág. 63.

2. De animales a dioses, Yuival Noah Harari, Debate, Barcelona, 2014, pág. 304.

3. Nosotros, Evgueni Ivánovich Zamiátin. Cátedra, Madrid, 2011.

4. El complot mongol, Rafael Bernal, Libros del Asteroide, Madrid, 2014.