Haz arder a todos los mentirosos

Frances Farmer
Fotografía: Ray Jones.

Octubre de 1942. Un apagón obligatorio decretado por las autoridades estadounidenses —el «apagón de guerra»— mantiene la costa de California en la más completa oscuridad para que, en caso de ataque japonés, el enemigo no pueda distinguir sus objetivos. El alumbrado público está apagado, las ventanas de las casas deben permanecer cerradas. Nada perturba la tiniebla, hasta que en Santa Mónica una patrulla policial divisa dos pequeñas luces desplazándose en la distancia. Es un automóvil que circula con los faros encendidos. Alguien se está saltando la directiva bélica.

Ordenan al coche que se detenga. La conductora es una mujer joven, de unos treinta años. Llama la atención, porque es excepcionalmente bella; tanto, que parece una actriz de Hollywood. En efecto, no solamente lo parece, lo es. La «nueva Greta Garbo», que así la llamaban antes de que su carrera empezara a tambalearse. Esta noche ha bebido, como tantas otras. No está pasando por una buena época. En los últimos meses se ha divorciado de su primer marido y el estudio para el que trabajaba, la Paramount, ha rescindido su contrato porque el carácter indómito de la actriz no encaja con la actitud servil y sumisa que los ejecutivos esperan de sus estrellas. El mismo carácter indómito que en esta carretera la hará enfrentarse, como de costumbre, a la autoridad. Los agentes le piden el permiso de conducir. No lo lleva consigo. Notan que está ebria. Además, se muestra desafiante. Se resiste, por lo que terminará pasando el resto de la noche en una celda. Es su primera detención. Tras pagar la mitad de la fianza y prometer ante un juez que dejará de beber y se presentará ante un agente de la libertad condicional, la dejan marchar. No cumplirá ninguna de las dos promesas. Tampoco pagará el resto de las multas que componen la fianza. Es más, una peluquera de la película en que está trabajando la denuncia por haberle dislocado la mandíbula de un golpe. Mientras la ley intenta localizarla, protagoniza una pelea en el vestíbulo de un hotel. Cuando la policía llega allí, ella lleva ya rato en su habitación. Llaman a la puerta. Nadie responde, así que entran por la fuerza y encuentran a la actriz tumbada en la cama, completamente desnuda; una imagen que, como dirá con escasa elegancia algún periódico, «los agentes no olvidarán jamás». Una vez más, se resiste al arresto, y todavía sin ropa intenta huir hacia el corredor. Pero no lo consigue; la obligan a vestirse y la llevan al calabozo. 

Después, sentada en el banquillo de un tribunal, el juez le pregunta si había bebido, incumpliendo el mandato de un juez anterior. Ella responde con sorna: «Me bebí todo lo que pude encontrar». También se le pregunta si se había peleado en el vestíbulo, como afirman los testigos, y con su característica acidez responde: «Sí, estaba peleando por mi país». La sala irrumpe en carcajadas, pero el tribunal no lo encuentra divertido. Se la declara culpable de violar la libertad condicional, lo que le supondrá medio año de cárcel, a sumar a posibles condenas futuras por agresión. Solicita hacer una llamada, pero el juez se lo deniega; ella, enfurecida, arroja un tintero hacia el estrado. Los alguaciles la agarran y, como testimonia una infame fotografía, se la llevan a rastras. Mientras patalea intentando liberarse, dice a gritos en dirección al juez: «¿Es que a usted nunca le han roto el corazón?». No será fácil contenerla. Cuando ve un teléfono en un pasillo, golpea a dos policías; a uno le produce una herida, a otro lo llega a tumbar. La prensa compondrá una colorida y sensacionalista crónica del incidente: «La tempestuosa carrera en Hollywood de Frances Farmer alcanzó ayer un nuevo y violento clímax cuando la actriz, con un aspecto que se puede definir de cualquier forma menos glamuroso, fue condenada a seis meses de cárcel». Tenía solamente treinta años, pero su carrera cinematográfica, cuyo declive había sido quizá salvable hasta ese punto, salta por los aires definitivamente. El director de la película que está rodando anuncia que el estudio ha decidido despedirla y que será sustituida por otra actriz.

Su cuñada, quizá intentando con buenas intenciones que no cumpla la condena, alega que Frances tiene problemas psicológicos y consigue que en vez de encarcelarla la ingresen en un hospital. A partir de ahí, todo irá cuesta abajo. Primero se le diagnostica un trastorno bipolar; dictamen apresurado. Esto hace que la trasladen a un centro psiquiátrico, donde recibe otro diagnóstico, incluso más severo y desde luego mucho más dudoso: esquizofrenia paranoide. Oficialmente, Frances Farmer, uno de los proyectos de superestrella con mayor proyección, acaba de ser declarada loca. Son los años cuarenta, infausta época para alguien a quien se ha declarado esquizofrénico. Se la somete a un brutal tratamiento: el shock de insulina, que además de intensas náuseas y padecimientos físicos, provoca estados de coma transitorios. Soporta nueve meses de penosas inyecciones (dirá más tarde, «cuando te tratan como una paciente, empiezas a comportarte como una paciente») hasta que, harta, decide escapar. Vuelve a Seattle, su ciudad natal, para vivir con su madre, Lillian. Siempre habían mantenido una relación muy conflictiva, pero eso es mejor que seguir siendo objeto de experimentos, y el hogar materno es el único que ha conocido. Por deseo de su madre, un hospital local examina a Frances y declara que está «curada», lo que en otras palabras significa que no encuentran signos de esquizofrenia. Está cuerda. 

Los problemas continúan, a pesar de todo. La tóxica convivencia con su madre agota su paciencia; en su ciudad no ha encontrado la paz que buscaba y con la excusa de ir a visitar a su padre, que vive lejos, en Nevada, Frances abandona Seattle y desaparece. Durante un tiempo se dedica a deambular haciendo autoestop, buscando quizá alejarse de todo —incluyendo a la maligna prensa, ansiosa de rebuscar en el fango—, hasta que la policía vuelve a detenerla, esta vez bajo la acusación de «vagabundeo». Un nuevo escándalo, más titulares carroñeros. Con la entusiasta colaboración de su madre, volverá a ser internada en un psiquiátrico. Vuelve a caer sobre ella el pesado yugo del diagnóstico de esquizofrenia. Pasará en aquella institución cinco interminables años, embutida en una camisa de fuerza o encadenada en una celda acolchada. Se le aplicarán numerosas sesiones de electroshock y otros tratamientos que la aterrorizan. Aún peor; varios celadores y médicos, para «celebrar» que tienen a toda una starlette de la gran pantalla sometida a su voluntad, la violarán a diario, convirtiéndola en una «esclava» sexual, como narrará en su brutal autobiografía ¿De verdad habrá una mañana? Afirmaría que llegaron a obligarla a comerse sus propias deposiciones. Pese a todo, aquellos cinco años de maltratos, humillaciones y «terror insoportable» no acabaron con ella. No se le llegó a practicar una lobotomía, como se suele afirmar (y como se cuenta por ejemplo en la película Frances, protagonizada por Jessica Lange), porque su padre, horrorizado, se negó en redondo a firmar la autorización. Pero hubo otras muchas aberraciones, médicas y criminales, que no trascendieron los muros de la institución y que podrían haber enloquecido, o podrían haber matado, a personas menos fuertes que ella. Frances Farmer sobrevivió. Nunca volvió a ser la misma. Pero sobrevivió.

Su compleja personalidad, que los psiquiatras habían preferido reducir a una etiqueta antes que intentar entender, era producto de algo mucho más difícil de resumir que un rutinario diagnóstico de manual. Frances Farmer fue una persona excepcional entre gente mediocre. Fue una mujer que vivió fuera de su época. Fue una inadaptada; su honestidad intelectual la llevó a sentirse sola desde muy joven y ni siquiera su diabólica madre salía en su defensa. Nunca tuvo apoyo emocional, aunque era una niña divertida, con sentido del humor, y amante de los animales. Gozaba de un cerebro privilegiado. En el instituto ganaba todos los concursos de debate a los que se presentaba, y una revista dedicada a rastrear el talento de adolescentes superdotados le concedió un premio por haber escrito un ensayo titulado «Dios muere», influido por la obra de Nietzsche, en el que confrontaba la idea de un supuesto Dios bondadoso con la naturaleza caótica del mundo. Aquel premio provocó un pequeño escándalo local, el primero al que tuvo que enfrentarse en su desdichada vida: ¡una chiquilla que se atrevía a poner en duda la existencia de Dios! Frances no consiguió entender el revuelo. Siempre motivada por la precisión intelectual, ya desde edad temprana, negó ser atea y se definió como agnóstica: «Estas son las mismas dudas que expresó Nietzsche, solo que él lo hizo en alemán». Tras conseguir un brillante expediente, se marchó a Nueva York para estudiar Periodismo y drama. Estando en la universidad ganó otro concurso de ensayo, organizado esta vez por una revista de izquierdas. El premio, un viaje a la URSS. Hasta su madre, feroz anticomunista, se encargó de levantar una polvareda, intentando que Frances rechazase el galardón. No lo rechazó. Viajó a Rusia. Y Lillian pintó a su hija poco menos que como una fanática al servicio de poderes extranjeros. Ni su propia madre conseguía entenderla. Estaba sola, como de costumbre. 

Mentirosos
Fotografía: Warner Bros.

Frances amaba el teatro, aunque su vocación de actriz se manifestaba de manera peculiar. Uno de sus profesores de arte dramático recordaría que Frances parecía un poco fuera de lugar en la escuela: «Sabíamos que el talento para actuar estaba ahí, pero ella era la más lenta de la clase en desarrollarlo. Era una intelectual». De hecho, le atraían poco las bambalinas de la gran pantalla y nunca mostró intención de intentar trabajar en el cine. Fue el cine el que se empeñó en ir a buscarla. Descubierta a los veintidós años por un cazatalentos, que quedó impresionado por su belleza y por sus dotes, accedió de mala gana a grabar una prueba de pantalla. La filmación impactó tanto a los ejecutivos de Paramount que, pese a su total inexperiencia en el mundillo, le ofrecieron un contrato de siete años. Estaba claro que querían atarla para que ningún otro estudio se la robase. Era, decían, la próxima Greta Garbo. A Frances no le impresionaba nada lo que el cine tenía que ofrecerle desde el punto de vista artístico, pero sí le impresionó el salario que le ofrecían, así que firmó. Empezó a trabajar en películas de pequeña importancia, el periodo de entrenamiento y formación al que los estudios sometían a sus diamantes en bruto. Rodó junto a Cary Grant, Susan Hayward, Gene Tierney, Bing Crosby o John Garfield. Pero no era feliz en Hollywood. Paramount la estaba curtiendo con papeles secundarios en producciones propias o prestándola a estudios más pequeños para probarse en papeles protagonistas en producciones pequeñas, pero Frances, cuya ambición inicial había sido la de interpretar clásicos del teatro, se sentía infeliz haciendo papeles poco interesantes para los que era elegida por su imponente físico. 

Desprovista de astucia y de un sentido diplomático que la pudiese ayudar en la profesión, desdeñaba abiertamente los trabajos que le ofrecían y hablaba en términos muy despectivos de aquella industria que le parecía estúpida y superficial. Con aquella actitud, como es lógico, no hizo demasiados amigos entre los hombres de traje que dominaban el cotarro. Aceptaba los trabajos de mala gana y ni siquiera se molestaba en fingir que estaba agradecida por la oportunidad. Es verdad que la alienación, los desengaños amorosos y una personalidad de difícil encaje en las necesidades rutinarias de los rodajes la habían convertido en una bebedora de humor imprevisible, pero había otras estrellas que bebían, se drogaban o tenían conductas erráticas, y los estudios las manejaban como podían. Lo que de verdad molestaba de Frances era su desprecio hacia los mandamases del negocio. Hollywood todavía no estaba sumido en la paranoia anticomunista —cuando Frances labraba su carrera allí, la preocupación eran los alemanes y los japoneses—, pero estaba claro que una joven actriz ácrata, izquierdista e indómita no encajaba en aquel negocio.

Frances apenas había llegado a la treintena cuando estallaron los escándalos que terminaron con su carrera y la arrastraron a la siniestra estancia en psiquiátricos, pero lo cierto es que incluso antes de sus primeras detenciones ya nadie en la industria confiaba en hacer de ella un reclamo para las marquesinas. Sí, tenía talento y presencia, pero cada vez que abría la boca era para desprestigiar a Hollywood. Su conducta era impredecible y su vida sentimental descarrilaba de continuo, pero los posteriores encontronazos judiciales fueron solamente una excusa perfecta que los estudios usaron para quitársela de en medio. Peores asuntos que involucraban a otros actores habían sido acallados por aquellos mismos ejecutivos cuando les había convenido. Frances Farmer era una empleada incómoda. Demasiado culta e inteligente; demasiado honesta, demasiado real. Era la única que señalaba la desnudez del emperador. Desprovista de su aureola de estrellato y olvidada por un Hollywood que se libraba de ella con alivio, Frances fue arrojada a la trituradora de unas instituciones de «salud» mental ancladas en el Medievo. Etiquetada una vez como «loca», perdió sus derechos civiles —que solo pudo recuperar después mediante procedimiento judicial— y padeció aquellos años de tratamientos inhumanos, humillaciones, torturas y violaciones, mientras el mundo se olvidaba de ella. 

Cuando pudo recuperar la libertad, ejerció toda clase de empleos para salir adelante. Empezó desde abajo, trabajando en una lavandería. Después fue secretaria. Después fue recepcionista de un hotel, donde la reconoció un periodista que no pudo reprimir la tentación de airear la «impactante» historia de la antigua estrella de Hollywood que ahora, ¡oh!, se ganaba la vida como cualquier otra persona anónima. Eso, sin embargo, le sirvió para ganarse el cariño del público. Cuando tenía cuarenta y cinco apareció en un famoso programa televisivo llamado Esta es tu vida. Lúcida, maravillosamente elocuente, elegante, con la prestancia de una princesa, nadie con dos dedos de frente podría creer que era esquizofrénica. Aunque por entonces todavía bebía, habló con una apabullante claridad, sin rastro de titubeos. Era escuchar a la intelectual que siempre fue. Una mujer que tenía un discurso impecable, una dicción perfecta, una refinada manera de gesticular y acompañar sus palabras con suaves giros de cabeza. En su rostro no se percibía la huella del tiempo, no más que en cualquier mujer de su misma edad, ni de los innombrables sufrimientos que había experimentado. Su cara soportaba el peso de los años como si hubiese vivido siempre una despreocupada existencia en un palacio, en vez de aquellos terroríficos encierros en manicomios. Estaba, eso sí, la indescriptible tristeza de su mirada. Cada vez que el presentador, con vergonzante falta de delicadeza, recordaba los traumas de su pasado, los ojos de Frances se oscurecían. Parecía mirar a profundas simas que estaban más allá de lo que muchos de los espectadores podían siquiera concebir. Solamente de vez en cuando, al exhibir una cándida y encantadora sonrisa, se vislumbraba la mujer que pudo haber sido —una mujer feliz— si el mundo la hubiese tratado de otra manera.

«Nunca he sido una alcohólica», dijo ante la cámara con una digna serenidad cuando el presentador hacía referencia a su fama de bebedora. Mentía, por recato, con una diplomacia desconocida en sus años más jóvenes. Pero su gentileza ante el entrevistador no ocultaba un trasfondo de protesta al oír hablar de sus trastornos mentales: «Cuando alcancé el éxito debía tomar muchas decisiones importantes, pero no dispuse de la paz ni del tiempo para pensar en ellas, así que sufrí un colapso nervioso». Unas breves palabras para desmentir los arbitrarios diagnósticos médicos que habían convertido su existencia en un tormento. Hay algo descorazonador en aquellas imágenes de una elegante belleza de modales aristocráticos, que bien podría ser confundida con una princesa, pero cuyos ojos carecen de brillo. Hay algo desgarrador en sus casi imperceptibles mohínes de sufrimiento cuando escuchaba hablar de sus padres.  

Su redescubrimiento alimentó a la prensa sensacionalista, pero ahora la gente estaba de su lado. Trabajó en televisión y en algunas películas. Regresó al teatro, donde vivió momentos mágicos, como aquel en que la audiencia, conmovida por su interpretación, permaneció en silencio durante varios segundos, congelada, antes de irrumpir en una tumultuosa ovación. Pero nada de esto la llenaba. Vivía todavía consumida por sus demonios. El alcohol continuaba siendo su refugio. Sus fracasos matrimoniales la afectaron mucho, y sobre todo un aborto al que se había sometido años antes y que le producía desgarradores sentimientos de culpabilidad. Eso, y sus traumas, le impedían alcanzar la paz. 

La felicidad le parecía vedada para siempre. Encontró la fuerza para vivir de manera tardía, en un trance digno de novela de Dostoievski, cuando la hija pequeña de una amiga le dijo al oído: «Te quiero mucho, porque eres muy buena». Aquel momento, narrado después por la propia Frances, fue como una conversión religiosa. «Nunca nadie me había dicho algo así antes. Probablemente nadie lo había pensado, en realidad, y fue ahí, en ese momento, cuando un corazón tallado en piedra se derritió». Después de escuchar a la niña Frances fue incapaz de contener el llanto durante muchos minutos. Todo acababa de cambiar para ella. Poco después se hizo bautizar por el rito católico y dejó la bebida. Aquellos últimos años fueron los únicos en que pudo vivir en paz, o en algo que se parecía a la paz. Murió en 1970, a los cincuenta y seis años, víctima de un cáncer provocado por el único vicio que no había conseguido abandonar: el tabaco. Hoy Frances Farmer es un icono del reverso tenebroso del superficial mundo del espectáculo, una santa patrona de los inadaptados, un símbolo de las injusticias que se cometen incluso contra personas que pueden parecer privilegiadas a simple vista. De cara al exterior, Frances Farmer lo había tenido todo: inteligencia, talento, éxito, dinero, belleza. Solamente le faltó todo lo demás. Quizá por ello se sintió tan identificado con ella un paisano de su misma ciudad, Kurt Cobain, que llamó Frances a su propia hija y le dedicó, además, una de las canciones más bellas de su repertorio, cuyo título era bien elocuente: «Frances Farmer tendrá su venganza en Seattle». Cobain, que también lo tuvo todo excepto lo importante, reivindicó a Frances Farmer con una profecía cargada de furia: 

«Volverá en forma de fuego, para hacer arder a todos los mentirosos, dejando una alfombra de ceniza». 

Así sea.


Ficción virtual

Matrix (1999). Imagen: Warner Sogefilms.

El ser humano siempre se ha cuestionado los límites de la realidad. Es una cuestión tan natural que es imposible no planteársela algún día. ¿Cómo puedo saber si lo que ven mis ojos, o lo que percibo con mis otros sentidos, es real? Todos hemos sido alguna vez engañados e incluso hemos confundido los sueños con la realidad. ¿Cómo puedo saber entonces si estoy dormido o despierto? Incluso el más racionalista habrá dudado en algún momento. Filósofos, místicos y científicos han dedicado toneladas de papel a este tema. Si el mundo, o parte de él, no es real, ¿qué pasa con nosotros? Esta pregunta se ramifica dando lugar a una miríada de nuevas preguntas de difícil respuesta. «¿Quién, cómo y por qué?» son sin duda las más obvias. Las implicaciones son complejas, tanto a nivel colectivo como individual. No es fácil seguir con tu vida cuando sabes que tu pareja es producto de la imaginación de alguien, o un sueño, o una simulación realizada por una cultura superior.

Muchos creadores han tomado varias de estas preguntas como punto de partida para sus historias. Así nos encontramos con Bastian leyendo la Historia interminable (Die unendliche Geschichtesin saber que se vería dentro de la misma. Alicia y Dorothy tampoco tenían nada claro si lo que les ocurría era real o producto de su imaginación. Ni siquiera el lector, habitualmente más conocedor de lo que sucede que los personajes, podía apostar con seguridad.

Por supuesto, en esto hay niveles, como en todo en la vida. No es lo mismo estar parcialmente engañado a que toda tu vida sea una farsa. Tampoco es lo mismo si el engaño se basa en la realidad a si es algo totalmente fantástico.

Muchos son los ejemplos de realidades ficticias (o ficciones reales) que nos podemos encontrar. Veamos algunos.

1. El mundo real

Empecemos por el contraejemplo que nos sirve para comenzar a construir nuestra jerarquía. En el nivel cero se encuentra el mundo real, suponiendo que sea como pensamos que es.

Casi todas las obras de ficción tratan de gente viviendo en un mundo que de una manera u otra conocen. Por supuesto, hay que aceptar un cierto nivel de engaño dado que eso ocurre en el mundo real. Madame Bovary no es considerada una novela sobre los límites del conocimiento a pesar de que el pobre Charles no sepa que su mujer anda de picos pardos. También se incluyen aquí las novelas de espías, que suelen estar basadas en el engaño. Incluso podemos contar la ficción fantástica como El señor de los anillos (The Lord of the Rings), o la ciencia ficción, siempre que los protagonistas de las mismas sean conscientes del mundo en el que viven.

A partir de aquí comienza la irrealidad.

2. El engaño

En la primera planta de nuestro edificio nos encontramos la ficción donde los protagonistas, o incluso todo el mundo, viven en un engaño. Por supuesto, el engaño debe ser suficiente como para hacernos dudar de la realidad en sí. No basta para entrar en este nivel con un engaño puntual, o con las fake news que nos dicen que nos podemos curar el cáncer oliendo un limón.

La idea de la manipulación masiva es casi tan antigua como la prensa. En 1949 el autor inglés George Orwell publicó la novela  distópica 1984. En ella el protagonista, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad y su labor es precisamente modificar los periódicos pasados para adaptarlos al momento. El cambio de la historia permite al Gobierno, representado en el omnipresente Gran Hermano, modificar la realidad para perpetuarse en el poder. Se podría alegar que esto ocurre en la realidad, y que estamos todos manipulados, pero es difícil pensar que tanto nivel de manipulación sea realizable con los medios actuales.

En otras obras, la manipulación se da a un nivel más íntimo. Menos global. No es necesario que todo el mundo viva engañado para que una obra trate principalmente sobre el engaño. El ejemplo más popular es sin duda la película El show de Truman (The Truman Show). En este caso se trata de un personaje que vive fuera de la realidad. Todos los que le rodean no solo no viven engañados, sino que participan activamente de la trama. El resto del mundo sabe bien la verdad, ya que la vida de Truman constituye el programa de televisión más popular del mundo. Sin embargo, para Truman todo es engaño, por lo que vive una vida muy diferente a la real. El comportamiento de sus amigos, sus padres, o su pareja; lo que ve por televisión o el periódico que lee; incluso el clima, todo está calculado para subir audiencias.

Un ejemplo menos popular es el cortometraje Te lo mereces, dirigido por Felipe Jiménez Luna. Es un corto muy similar a El show de Truman, pero estrenado dos años antes.

Si la película se inspiró en el cortometraje es algo que me temo que nunca sabremos.

3. Alucinaciones

Continuando en la línea de lo que es factible nos encontramos con la idea de un desequilibrio mental, antes llamado locura, que nos haga creer como ciertas cosas que no lo son. La esquizofrenia es una enfermedad que afecta en torno al 1% de la población americana, con porcentajes algo menores en otros países del primer mundo. Otras enfermedades mentales, como la bipolaridad, también pueden causar alucinaciones.

Esta es la idea central de la obra maestra de la literatura española. Hablamos, claro está, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La escena más popular de esta obra es sin duda la de los molinos de viento, que es un buen ejemplo del nivel de desapego de la realidad que tiene el protagonista.

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vió, dijo a su escudero:

—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves —respondió su amo— de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho—, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino.

—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

El coprotagonista, Sancho Panza, hace las veces de ancla que mantiene a don Quijote en el mundo real. A medida que avanza la novela, sobre todo la segunda parte, Panza se va volviendo más idealista, mientras que su amo se va volviendo más realista. Este juego entre la ficción y la realidad de los personajes los mantiene siempre entre dos mundos.

Más desapego respecto a la realidad tenía Trevor Reznik, protagonista de la película El maquinista (The Machinist), interpretado por Christian Bale. Reznik sufre de un permanente insomnio producto de un evento traumático. Esto le provoca, además de una extrema delgadez, una mezcla de recuerdos e imaginaciones que confunde con la realidad. Dado que la película está contada desde el punto de vista del protagonista, es difícil incluso para la audiencia distinguir qué es real y qué no.

Dentro de este campo también hay ficción basada en la realidad como Una mente maravillosa (A Beautiful Mind), que cuenta la vida del matemático esquizofrénico John Nash.

Al igual que en el caso del engaño, aquí nos movemos dentro de lo plausible. Esto es usado como recurso para involucrar a la audiencia en la obra. Tanto Una mente maravillosa como El maquinista formulan muy elegantemente la siguiente pregunta: «¿Cómo podemos estar seguros de que todas nuestras experiencias diarias son reales?».

4. El sueño

La idea de confundir los sueños con la realidad es también muy antigua, y ha sido tratada por numerosos filósofos. Platón conjeturó que el hombre vive en un estado similar al sueño, entre tinieblas que le permiten solo intuir la realidad.

Al ser este tema bastante tópico, hay numerosas obras que lo tratan. En la literatura española el ejemplo arquetípico es La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Esta obra se mueve entre este nivel y el primero, ya que gran parte de lo que ocurre se debe al engaño. El rey Basilio, padre de Segismundo, no se fía un pelo de su hijo, al que abandonó. Para ponerlo a prueba decide llevarlo dormido a palacio y ver su comportamiento, pero guardándose la posibilidad de hacerle creer que todo es un sueño. Segismundo, que no es muy avispado, cree que su vida anterior ha sido un sueño y decide comportarse de la manera más despótica posible, asesinato incluido. El rey, al ver su comportamiento, decide hacerle ver que todo ha sido un sueño, y Segismundo se cree la treta, terminando su famoso monólogo de la siguiente manera:

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Hay engaño, eso es cierto, pero el tema principal de la obra es la dificultad de distinguir la realidad de los sueños.

Origen (2010). Imagen: Warner Bros.

Dentro del campo de la ciencia ficción nos encontramos con la película Origen (Inception), dirigida por Christopher Nolan. La mayor parte de la trama no trata sobre este tema. Hay gente que se infiltra en los sueños para robar información, pero ni ellos ni la víctima confunden necesariamente el sueño con la realidad. Sin embargo, hay una trama oculta que poco a poco se le revela al espectador. Antes de comenzar los hechos que narra la película, el protagonista, Dom Cobb, pasa un tiempo psicológicamente extenso en un sueño. Le acompaña su mujer, Mal, interpretada por la brillante Marion Cotillard. El tiempo que pasan en el sueño se les hace tan largo que Dom no tiene más remedio que hacérselo más llevadero a su mujer inoculándole un pensamiento, que ese mundo es real. El problema llega al despertar, cuando la pobre Mal se vuelve incapaz de reconocer el mundo real, y piensa que es entonces cuando sueña.

Volvemos entonces a la pregunta original. Todos hemos vivido sueños tan reales que hemos tardado en recuperarnos de ellos después de despertar. Algunos incluso nos han hecho intentar dormirnos de nuevo con la esperanza de recuperarlos y no tener que enfrentarnos con la realidad.

5. La realidad virtual

En este nivel ya nos salimos de lo que nos podemos encontrar en nuestro mundo actual (si tal cosa es real) y nos metemos de lleno en el mundo de la ciencia ficción. Nos referimos a tecnología que pueda llegar a engañar nuestros sentidos, haciéndonos dudar de lo que vemos, oímos o sentimos.

Para entrar en este nivel necesitamos encontrar obras en las que parte de lo que ocurra sea creado por ordenador, y que se confunda con la realidad. Así que no nos referimos a la realidad virtual que ya existe. Si juegas un rato a matar marcianos con tus gafas 3D, no deberías luego confundirte mientras estés conduciendo. Solo cuando el nivel de realismo llegue a ciertos límites deberíamos preocuparnos, y eso es lo que ha explorado la ciencia ficción.

Una película ya clásica se encuentra entre este nivel y el anterior. Hablamos de Desafío total (Total Recall), película estrenada en 1990 pero que se basa en un relato de Philip K. Dick de 1966 (Podemos recordarlo todo por usted). En esta grandiosa película podemos ver a Arnold Schwarzenegger en el papel de Douglas Quaid, un obrero de la construcción cuyos sueños le animan a ir de turismo a Marte. Como no sabe si sus sueños se basan en algo real volvemos al nivel anterior, los sueños. Como es pobre, y su mujer no le apoya, decide «viajar» con la empresa Memory Call. Esta compañía se dedica a implantar falsos recuerdos para crear la sensación de haber vivido una aventura. La cosa se complica cuando la intervención hace aflorar lo que parecen ser recuerdos reales de una vida pasada. Para más sorpresa, en esa vida el humilde obrero es un espía de élite que colabora con la resistencia marciana. El resto de la película es una apoteosis de violencia gratuita, mutantes con tres pechos, terroristas buenos y complots. Genial. Durante toda la trama la idea de si lo que ocurre no es real está muy presente, de modo que nos encontramos en el camino intermedio entre un mundo virtual y un sueño confundido con la realidad (y viceversa). Incluso durante el desenlace el espectador no tiene del todo claro qué es real y qué no.

Los videojuegos también son un buen caldo de cultivo para explorar la relación entre la realidad virtual y la realidad real. Una no muy conocida película sobre el tema es Juego mortal, viaje interactivo (Brainstorm). Esta película, a pesar de no ser una gran película y de competir por el Óscar a la peor traducción de un título al español, explora de manera entretenida el tema de los videojuegos y la realidad. La idea es sencilla: un estudiante de dieciséis años compra un nuevo videojuego que le permite, por medio de hipnosis, cometer un asesinato. El problema viene al día siguiente cuando descubre que el asesinato ha ocurrido en realidad. Similar trama tiene «Playtest», un reciente capítulo de la serie británica Black Mirror (temporada 3, episodio 2).

Se puede alegar que los videojuegos no entran dentro de esta categoría, ya que uno accede a ellos de manera voluntaria. No obstante, aunque sepas lo que estás haciendo, si la ilusión es suficientemente realista es probable que seas confundido. El saber que en el tren de la bruja no hay monstruos de verdad no te evita el susto.

6. La simulación

Un caso extremo de realidad virtual sería el de la simulación, todo un mundo generado por ordenador en el que vivimos inmersos sin ser conscientes de ello. Pueden habernos borrado nuestra memoria anterior, o podemos vivir en él desde que nacemos, pero no somos conscientes de cómo es el mundo real.

Siguiendo esta idea, en 1999 las hermanas Wachowski estrenaron The Matrix. Nada volvió a ser lo mismo. Los noventa fueron una década de películas de acción, incluyendo al James Bond de Pierce Brosnan saltando de una avioneta montado en una moto. En medio de toda esa ficción basada en violar las leyes de la física, las Wachowski encontraron la excusa perfecta para crear una película de acción donde salirse de la realidad no fuera un problema. El tema central es cómo toda la humanidad vive engañada en un mundo virtual. Solo un selecto grupo de rebeldes conoce el mundo real y trata de salvar a sus congéneres.

El caso de Matrix es más extremo que la simple realidad virtual. En Matrix no entra uno voluntariamente. Directamente desconoces el mundo real. Se podría ir incluso más allá. Matrix es un mundo creado a semejanza al real, pero podría incluso ocurrir que no tuviera nada que ver. Quizás este mundo es una simulación de otro en el que no hay ni seres humanos, ni ordenadores, ni máquinas.

7. El universo parcial

Tomorrowland (2015). Imagen: Walt Disney Pictures.

Puede ocurrir también que lo que veamos sea real, pero solo parcialmente, de modo que vivamos engañados. Por supuesto, no nos referimos al mero hecho de no ser omniscientes. Sin duda hay mucho que desconocemos. Nos referimos más bien a que vivamos en un engaño en cuanto que la realidad que vemos sea solo una pequeña parte de una historia que es controlada o conocida por otros individuos.

De nuevo, esta idea es muy antigua, y podemos retroceder hasta Platón y su mito de la caverna (1). Según el filósofo griego lo que vemos no es la realidad en sí, ya que nuestros sentidos y prejuicios nos lo distorsionan. Es por eso necesario cultivar el uso de la razón y el estudio para poder alcanzar una visión más real de las cosas. La idea de un mundo más extenso al que perciben nuestros sentidos es también algo común a prácticamente todas las religiones.

Esto es un tema muy recurrente en la ficción que trata con temas místicos. Un ejemplo reciente sería la película de Marvel Dr. Strange, así como toda la ficción asociada a este personaje. El Dr. Strange, junto a un grupo de selectos magos, son los únicos que pueden interaccionar con la dimensión astral. Así, nuestro mundo es solo parcialmente real y los fenómenos paranormales forman parte natural de esa realidad extendida.

Dejando el misticismo a un lado, también puede ocurrir que nos oculten la realidad. La idea de un complot multinacional para mantenernos engañados no es nueva, y tampoco tiene por qué ser falsa. Un ejemplo es el mundo de Tomorrowland, una película entretenida, con una fotografía preciosa, pero con un guion lioso y sin mucho fundamento. En ella podemos ver un mundo alternativo en que los mayores avances tecnológicos de la humanidad son negados a la mayoría y confinados a una ciudad secreta. Otro ejemplo sería la divertida Men in Black, y con ella casi todas las películas sobre extraterrestres en las que se decide ocultar la presencia de estos a la población. Parece que los guionistas y cineastas no tienen mucha confianza en nuestra capacidad para convivir con seres de otros planetas. Estos ejemplos entrarían también dentro de la categoría del engaño masivo, pero su principal característica es la existencia de una sociedad paralela que prefiere mantenerse en el anonimato.

8. El multiverso

¿Y si el universo es el que es, pero existen otros? Esta es una idea que, aunque parece un poco loca, los científicos serios se han planteado (2). Volvemos de nuevo a movernos entre distintos niveles, ya que el caso de Dr. Strange podría encuadrarse en este nivel. Sin embargo, aquí vamos a hablar solo de copias, más o menos fieles, de nuestro propio universo. Por supuesto, tiene que haber algún tipo de interacción entre los otros universos y el nuestro, si no, la cosa no daría para mucho.

Los ejemplos que podríamos dar son innumerables, pero nos centraremos en los más recientes. Poco después de que Matrix hiciera historia salió la inefable película El único (The One). Intentando aprovechar la ola de la obra maestra de las Wachowski, James Wong creó una película en la que hay ciento veinticuatro copias de uno mismo, repartidas por distintos multiversos. El policía interdimensional Gabriel Yulaw (Jet Li), en un arranque de egocentrismo multidimensional, se dedica a matar a sus copias para absorber así su energía vital. Eso da pie a vibrantes escenas de acción, pero la historia en sí carece de credibilidad.

Más reciente (y mejor) es la serie Rick and Morti, nuevo objeto de culto de los frikis del mundo. En esta, un abuelo científico, Rick, y su nieto no muy brillante, Morti, viajan por un infinito multiverso. Se encuentran con sus alter egos en numerosas ocasiones, y llegan incluso a sustituirlos o matarlos cuando las cosas se complican. A pesar de un humor soez, se trata de una serie con un contenido en ciencia ficción muy profundo, y con la que pensar sobre el significado mismo de la realidad.

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(1) Que en realidad no es un mito, más bien una metáfora o alegoría.

(2) Para quien quiera leer un poco de la ciencia detrás de este tema hay un artículo antiguo pero muy bueno, «¿Existe el Multiverso?»Investigación y Ciencia, octubre 2011, página 421.


Canciones con historia: «What’s the Frequency, Kenneth?»

Dan Rather, presentador de las noticias nocturnas de la CBS durante los ochenta. En un universo paralelo, también era conocido como Kenneth Burrows. Imagen: CBS.

Nueva York, 4 de octubre de 1986. Las once de la noche, más o menos. El famoso presentador de televisión Dan Rather, el rostro de las noticias nocturnas en la cadena nacional CBS, caminaba por la famosa calle Park Avenue, de camino a su casa. Cuando pasaba junto al Rockefeller Center, oyó que alguien levantaba la voz. Dos individuos de aspecto convencional, a quien describió como «bien vestidos», se le acercaron. Uno de ellos, visiblemente alterado, se estaba dirigiendo directamente a él, aunque empleando otro nombre y haciéndole una extraña pregunta: Kenneth, what is the frequency? («Kenneth, ¿cuál es la frecuencia?»). El periodista, sorprendido, respondió que debía de estar confundiéndolo con otra persona. Sin previo aviso, el desconocido tumbó a Rather de un puñetazo en la mandíbula; una vez tendido en el suelo, el presentador recibió más golpes y patadas. El atacante continuaba repitiendo la incomprensible pregunta: What’s the frequency, Kenneth? What’s the frequency, Kenneth? El segundo desconocido, al parecer, no participó en el ataque, aunque tampoco hizo nada por detenerlo.

El portero del edificio contiguo vio la escena desde el portal y usó su intercomunicador para avisar a Bob Sestak, su jefe de conserjería. Sestak apareció corriendo y salió a la calle para socorrer a Rather; el agresor huyó al verlo aparecer. No se lo pudo atrapar y nadie consiguió identificarlo. Tampoco se supo más de la persona que lo estaba acompañando. Dan Rather fue tratado en un hospital, aunque se le dio el alta con rapidez; por fortuna, las heridas físicas no eran lo graves que podían haber sido. Un ojo morado, rozaduras y una hinchazón en la mandíbula, pero ningún hueso roto ni hemorragias internas. El presentador, aunque comprensiblemente aturdido por el inexplicable asalto, quiso volver de inmediato al trabajo. La CBS, tras concederle unos días de reposo, lo reincorporó a su puesto; fue enviado a Islandia para cubrir la cumbre soviético-estadounidense de Reikiavik, el entonces vital encuentro entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov. Entre tanto, la nación recibía con interesado pasmo los detalles del suceso.

Todo el mundo quería saber quién, y por qué, le había dado una paliza a unos de los periodistas más famosos del país, y qué había querido decir con aquella misteriosa pregunta sobre una frecuencia. Un portavoz de la policía dijo a la prensa que no era posible sacar conclusiones con la información de la que se disponía: «Podría tratarse de un ataque aleatorio, o podría ser que el señor Rather fuese el objetivo premeditado; no lo sabemos todavía». Desde la CBS supusieron que se trataba de un malentendido, y portavoces de la cadena recordaron que el asaltante no se había dirigido al presentador por su nombre, sino por el nombre de «Kenneth», que no tenía ninguna relación aparente con él. Siendo un presentador tan, tan famoso, era poco probable que un estadounidense de a pie lo hubiese confundido con otra persona, aunque esa parecía ser la única opción que explicaba la extraña frase que había acompañado la paliza. El propio Rather afirmaba no tener ni la más remota idea de lo que había provocado la agresión: «¿Quién sabe por qué suceden estas cosas, verdad?», dijo.

Antes de la era de internet y de los memes, el misterioso ataque captó la atención del público y se convirtió en insólita discusión de primera plana. Los detalles proporcionados por Rather eran tan raros que mucha gente pensó que se los había inventado, aunque Bob Sestak, el hombre que lo había auxiliado, ratificó su versión. En especial, era la misteriosa pregunta What’s the frequency, Kenneth? la que excitó la imaginación del público. La frase era tan sonora y sorprendente que se convirtió en objeto de chascarrillos televisivos y chistes varios. Nadie sabía en qué sentido había sido usada (como veremos más adelante, el significado era mucho más alucinógeno de lo que nadie podía haber supuesto), así que había interpretaciones para todos los gustos, y hasta terminó introduciéndose en el acervo popular. No solo era llamativa, sino que las iniciales de what’s the frequency eran W. T. F., la mismas usadas para la frase what the fuck («pero qué coño»). Así pues, la frase terminó siendo el equivalente de what the fuck, Kenneth?, y el propio nombre «Kenneth» fue usado, de forma jocosa, como sinónimo de tonto o despistado, de alguien que no se está percatando de nada.

Del lenguaje común, la frase pasó a la música gracias a Michael Stipe, cantante de la banda R.E.M. Se sentía muy intrigado por el proceso que había transformado un incidente inexplicable en una parte de la cultura popular. Dando por hecho que el agresor había confundido a Dan Rather con algún otro individuo, Stipe dijo: «Es el principal acto surrealista sin resolver del siglo XX. Un malentendido terroríficamente aleatorio, amplificado por los medios, y simple y llanamente chocante». Aquel interés se tradujo en una letra, y sus compañeros de grupo se encargaron de ponerle música. Titulada así, «What’s the Frequency, Kenneth?», se convertiría en el primer sencillo de su nuevo álbum, Monster. Era 1994, y habían pasado unos ocho años desde el suceso, pero por entonces los R.E.M. eran uno de los grupos de rock más exitosos del mundo, así que el que usaran aquella frase refrescó la memoria del incidente para una nueva. En realidad, Stipe no escribió la letra para describir el asunto Rather, sino que, a su manera, utilizó la conocida frase para ilustrar la desconexión entre la mentalidad de una persona de edad madura y la de los más jóvenes. En España, claro, el título nos sonaba aún más extraño. Recuerdo bien escucharla por primera vez; no tenía ni idea del incidente de Dan Rather, y el título del tema me pareció raro de narices, pero las letras incomprensibles eran algo habitual en R.E.M., así que pensé que «What’s the Frequency, Kenneth?» era otra más de sus ocurrencias sin sentido. En cualquier caso, la canción me gustó, y me sigue gustando, mucho.

Como curiosidad, la propia grabación del tema fue también accidentada. Aunque es difícil percibirlo si no se presta atención, quizá logren notar que el ritmo es un poco más lento en la parte final que al principio. Esto resulta bastante sorprendente, porque lo habitual es lo contrario, que se busque acelerar un tema hacia el final, ya que eso ayuda a reforzar la sensación de clímax, y también suele ocurrir de forma natural cuando se graba en directo. La leve, pero perceptible, ralentización de la canción era una anomalía. Y resultó que los R.E.M. no la habían buscado a propósito. Fue el bajista Mike Mills quien comenzó a tocar más despacio mientras grababan la toma. Los demás, incluido el batería, se acomodaron a su ritmo. Además notaron que el rostro de Mills estaba adoptando una mueca extraña. Cuando terminaron de tocar, resultaba evidente que el bajista estaba sufriendo un intenso dolor. Se lo llevaron al hospital, donde le diagnosticaron una apendicitis y le operaron de urgencia. Cuando se recuperó, el grupo ya tenía una gira programada y nunca volvieron al estudio para regrabar el tema, que se quedó así, y así fue publicado en disco. Cuando escuchen la parte final, pues, admiren el hecho de que el pobre Mills fuese capaz de tocar su parte hasta el final, mientras se retorcía presa de un repentino dolor. Otra curiosidad, esta vez referente al videoclip, es que la guitarra que Peter Buck llevaba colgada había pertenecido a Kurt Cobain, que se había quitado la vida unos meses antes. Era notoria su amistad con los miembros de R.E.M., y Courtney Love le regaló la antigua a Buck. Este la lució en el videoclip como homenaje, aunque tenía que tocarla boca abajo y con las cuerdas cambiadas, porque la guitarra de Cobain era para zurdos.

El LP Monster fue número uno en Estados Unidos y algunos otros países, repitiendo el enorme éxito de los dos anteriores álbumes de la banda: Out of Time, el que los había convertido en una atracción de primer orden gracias al bombazo internacional de «Losing my Religion» (lo más viejos recordarán que sonaba, ¡en todas partes!), y Automatic for the People, que había consolidado ese impacto gracias a temas como «Man on the Moon» o la balada «Everybody Hurts». Así pues, el que R.E.M. titulasen un tema con la frase pronunciada por el hombre que lo había atacado tenía que llegar a oídos de Dan Rather. Quizá algunos esperaban que el presentador se lo tomase a mal, porque era sabido que tenía bastante mal genio entre bastidores, lo cual llegó a causarle problemas con sus superiores en más de una ocasión. Pero eso no sucedió: Rather dijo que la canción le gustaba mucho y también elogió el resto del álbum, calificándolo como «monstruoso», en referencia al propio título del disco.

No solamente se lo tomó bien, sino que, tiempo después, accedió a aparecer junto a la propia banda en televisión, cantando él mismo algunos versos del tema. El pobre Rather hizo lo que pudo; es obvio que la música no era lo suyo, y resulta gracioso ver a Michael Stipe marcándole las entradas con un «one, two, three, for», y gesticulando para que Rather consiga meter la letra a tiempo. En cualquier caso, a Rather casi no se lo oye. Primero porque, visiblemente nervioso, canta a un lado del micrófono y no delante del mismo (hablamos de un presentador de televisión, así que lo hizo más por miedo que por desconocimiento). Y en segundo lugar, porque los técnicos le habían puesto el volumen muy bajo, quizá previendo que empezase ya de primeras con algún gallo. Bien, Rather no tenía sentido de la melodía o el ritmo, y desde luego parecía apabullado por la idea de aparecer en pantalla junto a uno de los grupos más famosos del planeta, pero haciéndolo demostró bastante sentido del humor. La aparición se produjo en el programa de David Letterman (años atrás, había sido el primero en dar a los R.E.M. la oportunidad de salir en la televisión nacional), quien no anunció qué era lo que iban a ver los espectadores, y se limitó a presentar la miniactuación diciendo: «Vean esto y díganme si no se trata de algo extraño». Fue sin duda un momento entrañable.

Cuando Dan Rather y R.E.M. aparecieron juntos interpretando la canción el misterio sobre el ataque continuaba sin resolver, pero se avecinaban novedades. Rather no había vuelto a sufrir asaltos, así que la cosa había quedado como una anécdota desagradable rodeada por una fascinante aureola de leyenda urbana, pero sin mayores consecuencias… al menos que supiera la opinión pública.

Un par de años después, un periodista llamado Frank Bruni reveló la supuesta identidad del atacante en un artículo publicado por el New York Times: «Durante una década», escribió Bruni, «la frase What’s the frequency, Kenneth? evolucionó desde ser una incomprensible declaración pronunciada durante un crimen inexplicable (…) hasta formar parte del núcleo del folclore kitsch, inmortalizado como título de un popular éxito por la banda de rock R.E.M. (…) Algunos detractores injustamente la desecharon como apócrifa, y se convirtió en una rareza sin sentido y un misterio sin resolver». Después de una década de conjeturas, Bruni señalaba a un tal William Tager como autor de la agresión. Había dado con su identidad porque Tager había sido detenido bajo otra acusación —en este caso mucho más grave: un asesinato—, y durante los interrogatorios y exámenes psiquiátricos, confesó que había sido él quien le había propinado la paliza a Dan Rather. Cuando, a raíz del artículo, se le mostraron fotografías de Tager a Dan Rather, el presentador lo reconoció al instante y declaró: «No tengo duda alguna de que es él».

La historia de William Tager dejó a todo el mundo atónito, porque parecía sacada de una novela de Stephen King. Si el asunto había parecido un misterio extraño, se tornaría aún más extraño al ser desvelado.

En 1994, el año de publicación del disco Monster, Tager había intentado colarse en los estudios de la NBC en Nueva York. Un empleado de la cadena lo vio, se interpuso en su camino y trató de echarlo. De repente, Tager sacó una pistola y disparó: la víctima falleció a causa de los balazos. Cuando Tager fue detenido, la policía notó que parecía sufrir de delirios paranoides, así que lo pusieron en manos de un médico para que realizase un informe pericial. Un psiquiatra forense lo entrevistó para descubrir sus motivaciones. Y Tager dio unas aberrantes explicaciones para sus agresiones: aseguraba que las cadenas de televisión estaban metiéndose en su cabeza mediante la emisión de ondas, y todo por orden de su archienemigo, el vicepresidente del gobierno mundial que imperaba en el año 2265, de donde él mismo aseguraba proceder. Había intentado colarse en la NBC para intentar averiguar la frecuencia concreta de las ondas con las que lo obligaban a escuchar mensajes amenazantes llegados del siglo XXIII.

Sus delirios resultaron ser dignos de un fascinante argumento de ciencia ficción. Según su relato, en el futuro estaba en la cárcel, mientras el mundo entero era dominado por un régimen autoritario global. Ese gobierno había pasado ciento cincuenta años desarrollando un ambicioso proyecto para crear un portal interdimensional que permitiese viajar en el tiempo. Cuando por fin terminaron la construcción del portal, Tager se ofreció voluntario para realizar el peligroso viaje inaugural hacia el pasado, a cambio de que su condena carcelaria fuese conmutada en el momento en que lograse regresar de su viaje. Para ello, el gobierno lo sometió a un exhaustivo entrenamiento. Poco antes de emprender el viaje, Tager recibió la visita del vicepresidente del gobierno mundial, a quien describió como «un tejano de cabello oscuro y sonrisa alienígena», auténtico eje del gobierno y el hombre más poderoso del mundo. El vicepresidente advirtió a Tager de que estaba obligado a regresar del pasado para ofrecer un informe completo del viaje; no debía ceder a la tentación de quedarse viviendo en el siglo XX, pues se le había implantado un chip que podía ser utilizado para enviar mensajes a su cabeza y así obligarlo a volver. Solo si regresaba se le quitaría el chip y se le ofrecería el perdón total.

Así, el intrépido viajero dio un salto de casi trescientos años, apareciendo en Nueva York el 1 de enero de 1986. Empezó a explorar un mundo que para él era desconocido. Y todo iba bien, hasta que un día cometió el error de intentar meter monedas en un parquímetro que ya no estaba en servicio, lo cual, según su versión, fue motivo bastante para que la policía lo detuviese y un tribunal lo sentenciase a treinta días de prisión. Tager, el viajero del tiempo, protestó airadamente ante el tribunal: si lo mantenían en una celda durante todo un mes, no podría regresar al futuro en la fecha prevista, y el futuro gobierno mundial usaría el chip insertado en su cerebro para martirizarlo. Sorprendido ante tan sentida y aberrante protesta, el juez ordenó un examen psiquiátrico de Tager. Como era patente su desorden mental, la sentencia (suponemos que en realidad impuesta por resistencia a la autoridad o por intentar retirar monedas en vez de meterlas, como contaba él) fue reducida a la mitad. Eso no impidió que Tager perdiese la primera oportunidad de volver al futuro, puesto que el viaje debía emprenderse en unas ventanas temporales determinadas. Salió de su celda pero, dada su tardanza, un enfurecido vicepresidente comenzó a enviarle aterradores mensajes telepáticos, insultándolo y amenazándolo. Sumido en un terrible estado de ansiedad, mortificado por la voz en su cabeza, Tager apenas podía dormir por las noches. Todavía le quedaba un tiempo hasta que se abriese una nueva «ventana» para regresar al futuro, y entretanto tendría que padecer aquella insoportable tortura. Dedujo que necesitaba averiguar la frecuencia concreta en la que le eran enviados esos mensajes, para poder neutralizarlos y obtener algo de paz.

Diez meses después de su aparición en el siglo XX, el crononauta William Tager caminaba por Manhattan cuando, incrédulo, vio a su archienemigo caminando por la calle. Era él, que había venido del futuro para intentar llevárselo de vuelta, o tal vez para matarlo. Allí lo tenía, en carne y hueso: el vicepresidente del gobierno mundial del año 2265, Kenneth Burrows.

Desesperado, Tager empezó a gritarle: «¡Kenneth! ¿Cuál es la frecuencia, Kenneth?». Y Kenneth, con su pelo oscuro y su acento tejano, fingió no conocerlo: «Creo que me está confundiendo con otra persona». Tager lo golpeó, y siguió golpeándolo, preguntando por la frecuencia en que eran enviados los mensajes, pero Burrows no soltaba prenda. Al final, cuando apareció gente para ayudar al vicepresidente, Tager huyó. Poco después se dio cuenta de que, seguramente, aquel no era el verdadero Kenneth Burrows. El vicepresidente nunca se hubiese sometido a los riesgos de un viaje en el tiempo. Tenía que ser un doble, un clon que Burrows utilizaba para vigilarlo. Tager había cometido un error, y además se sentía algo confuiso por el hecho de que el vicepresidente se pareciese tanto al presentador Dan Rather. Aterrorizado, Tager comenzó a deambular por la ciudad. Pasaron los días. Se dio cuenta de que, en su confusión, había dejado escapar la última «ventana», la última oportunidad para regresar a su época. Los mensajes telepáticos, pues, empeoraron. Tager vivía como un vagabundo, robando comida allá donde podía; de vez en cuando era detenido por esos robos, y encerrado durante una temporada en algún hospital psiquiátrico. Así pasó varios años, entrando y saliendo de celdas, sin encontrar un modo de volver a su siglo, perdido en un mundo hostil y extraño, con la amenazante voz de Burrows siempre metida en el cráneo.

Decidido a poner fin a su calvario, visitó varias bibliotecas, buscando información sobre ondas electromagnéticas. Entendió que los mensajes del futuro tenían que estar siendo enviados a su cabeza mediante las emisiones de televisión, aunque ningún espectador, salvo él, podía oírlos, ya que hubiesen necesitado un chip del futuro para captarlos. En su alucinada mente, la conclusión caía por su propio peso: en alguna de aquellas emisoras tenía que esconderse un cómplice de Burrows, como aquel Dan Rather clónico al que había atacado años antes, pero que manejaba las ondas entre bastidores. Empezó a merodear por los alrededores de los estudios. Un día, mientras acechaba las instalaciones de la NBC, las caóticas diatribas telepáticas del vicepresidente cambiaron de naturaleza, y se convirtieron de repente en mensajes pregrabados que se repetían cada veinte minutos. Así, Tager supo que estaba cerca de su objetivo. Todo lo que necesitaba era entrar, y podría descubrir al autor material de las retransmisiones. Un empleado de la NBC salió a su encuentro, impidiéndole acceder al recinto. Tager sacó la pistola que llevaba consigo y le disparó. Cuando llegó la policía, se declaró culpable. En su imaginación enferma, había matado al cómplice de una futura dictadura planetaria.

Imagen: Warner Bros. Records.

El caso de William Tager conmocionó al país, y más aún cuando se comprobó el parecido y la coincidencia en el tiempo con otro crimen sucedido en Canadá, donde un individuo llamado Jeffrey Arenburg también se presentó en la entrada de una emisora de televisión, armado con un rifle, y disparó a uno de los presentadores más queridos de la cadena, el periodista deportivo Brian Smith, que murió como consecuencia de las heridas. Tras su detención, Arenburg aseguró que la televisión estaba enviando señales a su cabeza. Se había presentado varias veces en los edificios de emisoras locales y hasta en el parlamento canadiense, exigiendo entrevistarse con determinadas autoridades o periodistas, aunque siempre lo habían expulsado. La noche del crimen llevaba con él una lista de presentadores, y al parecer disparó a Smith porque este fue el primero al que reconoció; el pobre Brian Smith tuvo la mala suerte de salir del edificio en el momento equivocado. Arenburg fue exonerado del crimen debido a que padecía esquizofrenia y no estaba en posesión de sus facultades mentales. Lo internaron en un psiquiátrico, y ya de paso en Canadá se discutió mucho sobre la necesidad de aumentar el control sobre la tenencia de armas, porque había quedado patente que cualquier desequilibrado podía tenerlas en casa.

En cuanto a William Tager, su apoteósico relato y el hecho de que mostraba claros síntomas de esquizofrenia sirvieron como atenuante durante el juicio por asesinato; fue sentenciado a un mínimo de quince años de prisión. En su celda, Tager pasaba el tiempo escribiendo textos y dibujando cómics en los que desarrollaba una y otra vez los mismos delirios. En 2007, con un informe psiquiátrico favorable, solicitó la libertad condicional, que le fue denegada. En el 2010 se presentó a otra revisión y esa vez sí le permitieron salir a la calle. Tenía por entonces sesenta y tres años. A día de hoy, que se sepa, sigue viviendo en Nueva York. Siempre ha declinado hablar con la prensa y no se sabe mucho sobre él, excepto que fue liberado bajo una cláusula especial de buen comportamiento, y con la obligación de cumplir a rajatabla varias condiciones: no puede conducir, no puede beber alcohol (ni siquiera puede poner un pie en un bar donde se sirva bebida), ha de realizarse pruebas periódicas para detectar un posible consumo de alcohol u otras sustancias, tiene una hora límite para volver a casa, y ha de presentarse a las sesiones de terapia estipuladas. Hoy, si es que sigue vivo, es un hombre septuagenario que, hasta donde se sabe, no ha vuelto a causar problemas. Eso sí, nunca se lo ha acusado formalmente de agredir a Dan Rather, quien supongo tenía más bien pocas ganas de remover el asunto presentando una demanda, no fuese que Tager volviese a verlo convertido en el malvado Kenneth Burrows. En fin, como ven, la realidad supera la más rara de las letras de canciones. Siempre me he preguntado qué piensa William Tager sobre la canción. Quién sabe si alguna vez se haya colado entre el público de un concierto para escuchar en directo la más famosa frase que pronunció en su vida.


La percepción y el diablo

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Vánitas, de Jacques Linard, 1640 – 1645. Imagen: DP.

La  percepción es el proceso que tiene nuestro cerebro para entender el mundo externo. Nuestro sistema nervioso organiza la información que llega a través de los sentidos, la identifica y la relaciona para conseguir una interpretación razonada de nuestro medio ambiente. La percepción puede parecer un proceso pasivo pero en realidad está modulada por el aprendizaje, la memoria, las expectativas y la atención. La mayor parte de la percepción sucede fuera de la consciencia y solo en ocasiones nuestra corteza cerebral toma el control, se centra en un objeto de interés y nos damos cuenta de lo que estamos percibiendo.

En el tricentenario de la muerte de Johannes Kepler, Albert Einstein dijo «Parece que la mente humana primero tiene que construir formas de manera independiente antes de que pueda encontrarlas en las cosas». Einstein se refería a la asombrosa deducción por parte de Kepler de que las órbitas de los planetas alrededor del Sol eran elípticas y no circulares como se había creído hasta entonces, pero en cierta manera fue una premonición de lo que sabemos en la actualidad sobre la percepción y el cerebro. Aún hoy comprendemos poco sobre cómo la materia cerebral, esos mil cuatrocientos gramos de materia gelatinosa dentro de nuestro cráneo, consigue integrar la información sensorial y construir pensamientos, imágenes mentales, sueños, emociones, acciones, recuerdos y todo la panoplia de fabricaciones mentales con las que el sistema nervioso responde a la percepción del exterior.

La clave del proceso perceptivo parece ser la predicción. Como se deduce de las palabras de Einstein nuestros cerebros construyen formas, imágenes, patrones, escenas y luego las encuentran, más o menos parecidas, en la información sensorial. Esa cantidad ingente de información, ese caos de ondas luminosas que impactan en nuestra retina, moléculas que entran en nuestra nariz y en nuestra boca, vibraciones que agitan nuestra cóclea, presiones sobre nuestra piel y un largo etcétera son ordenadas mediante la creación de modelos, de pronósticos, sobre qué es y cómo es lo que genera esas señales sensoriales que llegan hasta nosotros.

En la actualidad tenemos un modelo claro y unívoco de la percepción. Los órganos de los sentidos reciben la información exterior y la envían al cerebro donde es procesada e interpretada y comparada con esos modelos endógenos, construyendo una estimación del mundo a nuestro alrededor. Pero antes de la ciencia, el proceso perceptivo era más abierto o más difuso, no se pensaba en las evidencias sino que se construía un modo de explicar el mundo en el cual lo percibido y el perceptor se transmitían información de forma biunívoca, en ambos sentidos. Más aún, los objetos podían tener por su composición, por su fabricación o por su historia cualidades morales o espirituales de las cuales las personas obtenían beneficios o perjuicios. La hostia elevada durante la consagración en la misa beneficiaba a todas las personas que la veían, poseer una reliquia era bueno para la salud del cuerpo y la salvación del alma y, del mismo modo, las posesiones de un hereje, un acólito del demonio, podían dañar a quienes las tocasen, estaban contaminadas y, entrando por los sentidos, podían transmitir su negro influjo a la salud física o espiritual de las personas.

Mi ejemplo favorito de objeto maligno que afecta al futuro de su perceptor es el llamado sillón del diablo que se conserva en la actualidad en el Museo de Valladolid. Esta silla de cedro, de respaldo y reposo de cuero marrón y brazos desmontables fue, según la leyenda, propiedad de Andrés de Proaza, de veintidós años de edad. Este joven de origen portugués había ido a estudiar Medicina a Valladolid, atraído por la fundación de la primera cátedra de Anatomía Humana en España, encargada al cirujano Alfonso Rodríguez de Guevara y beneficiada además de un privilegio real que permitía, por primera vez, hacer disecciones de los cadáveres no reclamados en el Hospital de Corte y el Hospital de la Resurrección.

La leyenda cuenta que pocos meses después desapareció un niño de nueve años mientras que los vecinos de Proaza, una casa cerca del río Esgueva, oían gemidos, llantos y ruidos que parecían surgir de su sótano. La evidencia final fue el desagüe de la casa al Esgueva, que «llevaba teñidas sus aguas de rojo, como de sangre que en él se hubiera vertido y se hubiera coagulado en largos filamentos, que flotaban y se perdían en la corriente». Como si fueran hilitos de plastilina, pero de sangre.

Los vecinos avisaron a las autoridades y  el registro por la guardia de la casa del portugués encontró un escenario truculento: el cuerpo descuartizado del niño en una mesa y varios cadáveres de perros y gatos en la misma disposición. Proaza confirmó, probablemente tras la tortura, que había hecho la disección en vivo del niño y que tenía un pacto con el diablo a través de ese sillón, donde se sentaba a escribir historias inspiradas por él, notas de las autopsias y recetas de magia negra. Sentado en aquella silla frailuna, el diablo le ofrecía no posesiones ni poder, sino conocimiento, toda la sabiduría médica del mundo.

Proaza fue castigado por la Inquisición y ejecutado, sus bienes fueron confiscados y acabaron, según comentaron porque nadie los quiso comprar por la fama de nigromante del propietario, en manos de la Universidad de Valladolid. La leyenda es aún más elaborada y se dice que el portugués realizó una maldición explicando que sentándose en esa silla se recibían «luces sobrenaturales para la curación de enfermedades», pero quien se sentara en él y no fuera médico moriría, así como quien destruyese el sillón. Al parecer un bedel se lo llevó para descansar durante la larga espera entre clase y clase y allí sentado lo encontraron muerto, corriendo la misma suerte el bedel que lo sustituyó. Se recordaron entonces las palabras de Proaza y se acordó colgar la silla del techo de la capilla de la universidad, con las patas para arriba para que fuese aún más difícil sentarse. Así estuvo durante siglos. Las universidades, que siempre se han preocupado de la salud laboral de su personal.

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Auto de fe de la Inquisición, de Francisco de Goya, 1812-1819. Imagen: DP.

La historia me encanta aunque tiene un sabor agridulce. Recuerda el mito prometeico, aquel que se aleja de los dioses seducido por el conocimiento, el ansia de saber, por despojar a la naturaleza y a la salud de sus secretos, por ayudar a los hombres y hacerlos menos dependientes del favor o el capricho de la divinidad, una perversión que al parecer merece el más duro de los castigos. De hecho, fuimos expulsados del paraíso por comer el fruto del árbol del conocimiento. Si no te entregas a Dios, te entregas al diablo, y el estudio y la experimentación pueden ser un camino hacia lo diabólico, la herejía y la muerte. Una disciplina tan peligrosa como la anatomía, con las disecciones vedadas por la Iglesia durante siglos, una época de libros prohibidos, de autos de fe, de quema de herejes, donde junto a la Universidad de Salamanca estaba la Cueva de Salamanca, la cripta donde daba clase el mismo Diablo, también sentado en su sillón, un mensaje admonitorio hacia el hombre de la silla, el chairman, el catedrático. Una época en la que Felipe II prohibió que los universitarios españoles estudiaran fuera de las universidades del reino por miedo a que se contagiaran de las ideas reformistas. Una época, la misma del sillón, en la que el doctor Agustín de Cazalla era condenado en solemne auto de fe en Valladolid, aunque al abjurar de sus errores se le concedió la gracia de ser estrangulado antes de quemarle, donde sus hermanos Francisco, Beatriz y Pedro también fueron procesados y condenados a la pira y para otros dos hermanos, Constanza y Juan, la condena fue tan «solo» de sambenito y cárcel perpetua. La casa de los Cazalla fue derribada y el cadáver de su madre fue desenterrado y arrojado a la hoguera. No debía quedar rastro.

La percepción y ese flujo de beneficios y perjuicios morales y espirituales procedentes de lo percibido tenía una influencia en la vida de las personas que ahora nos resulta imposible imaginar. Los fieles se agrupaban junto a los altares y sepulturas el altar suele tener una pequeña cavidad donde se coloca alguna reliquia que lo «impregna» de santidad; peregrinos, romeros y palmeros viajaban durante meses a Santiago, Roma o Jerusalén, para estar cerca de los lugares donde había estado Jesucristo o santos principales y contagiarse de ese influjo. Aún hoy juramos tocando un libro sagrado para garantizar la verdad de lo que se está diciendo, el vere-dicto.

Tenemos muy claras estas mitologías de nuestra cultura occidental sobre la percepción y la comunicación mediada por objetos, pero somos menos conscientes de que algo similar sucede en otras culturas. Mukendi, un predicador de lo que hoy es la República Democrática del Congo, contaba en sus memorias tituladas Arrebatado de las garras de Satán que fue destetado por una sirena y consagrado al diablo por su padre, un brujo. Mukendi relata sus visitas al lugar donde viven los hechiceros y videntes, un sitio maligno situado bajo el agua. Allí hay instituciones fundadas por estos seres del mal como universidades, instituciones científicas y un aeropuerto internacional que se extiende por debajo de Kinsasa, la capital del país. Según él, todas las ciudades y pueblos del mundo tienen lugares subacuáticos parecidos donde se desarrollan actividades ocultas y allí es donde las personas que en vida fueron controlados por los demonios se juntan y se comunican con los brujos y magos, allí se alimentan de carne humana y se disfrazan, a menudo de hombres blancos, para participar incluso en instituciones diabólicas internacionales. No sé si alguno de nuestros partidos políticos incluido. No solo eso, también allí, bajo el suelo, fabrican objetos demoníacos incluyendo «coches, ropas, perfumes, dinero, radios y televisores que venden luego arriba» y con los que «distorsionan o destruyen las vidas de los que compran esos objetos». De nuevo, objetos capaces de dañar, una fuente del mal para los que los poseen, la percepción como ruta para la posesión del mal.

Como en ese mundo organizado en zonas superpuestas, las subterráneas, las subacuáticas y las de superficie, el cerebro actúa como una estructura jerarquizada verticalmente donde las predicciones fluyen desde las áreas corticales superiores a regiones cada vez más inferiores y las señales de error vuelven desde las zonas más profundas hacia arriba, corrigiendo la predicción. Existiría también un flujo horizontal en cada capa, completando la información con distintas entradas sensoriales y aportando información del pasado (memorias) y del futuro (predicciones). Los errores pueden tener mayor o menor credibilidad según el contexto y al final nuestro cerebro intenta minimizar la incertidumbre, conseguir que nuestro mundo cerebral sea una imagen razonable y fiable del mundo real, y afianza las predicciones que mejor encajan con las entradas sensoriales.

Pero va más allá, el cerebro también puede generar datos similares a los sensoriales por su cuenta, independientemente de la verdadera información de los sentidos. Con esa capacidad de crear mundos, nuestro encéfalo imagina, sueña y viaja tanto despierto como dormido en el tiempo y el espacio. Y esos mundos creados, que no dejan de ser modelos predictivos también, nos permiten vivir nuevas experiencias, enfrentarnos a nuestros miedos o a nuestras esperanzas en situaciones sin riesgo, tener una vida interior más rica y diversa que si fuéramos meros intérpretes de la realidad exterior.

Las percepciones pueden tener también un lado oscuro. Pueden ser aberrantes, peligrosas, injustas, pueden llevar a delirios y alucinaciones, a los ecos terribles de la esquizofrenia. Ahí, percepciones y predicciones están desenfocadas, la información creada por el cerebro está desajustada y se confunde con la real, hay «voces» internas en las que algunos encuentran la obra del mal, una presencia maligna que te pide en ocasiones hacerte daño o hacérselo a los demás. En un artículo publicado en la revista Journal of Religion and Health en 2014, M. K. Irmak planteaba la sorprendente teoría de «considerar la posibilidad de un mundo demoníaco» para explicar la esquizofrenia. Los demonios, según él, «son criaturas inteligentes e invisibles que ocupan un mundo paralelo al de la humanidad». Tienen la «habilidad para poseer y controlar las mentes y cuerpos de las humanos», en cuyo caso «la posesión demoníaca puede manifestarse en una serie de comportamientos extraños que pueden ser interpretados como un número de diferentes trastornos psicóticos». En un párrafo del artículo dice:

[…] hay similitudes entre los síntomas clínicos de la esquizofrenia y la posesión demoníaca. Síntomas comunes como las alucinaciones y los delirios pueden ser el resultado de que los demonios en la vecindad del cerebro generen los síntomas de la esquizofrenia. Delirios de la esquizofrenia como «mis sentimientos y movimientos están controlados por otros en cierta manera» y «ponen pensamientos en mi cabeza que no son míos» pueden ser pensamientos que nacen de los efectos de los demonios en el cerebro […]. Las alucinaciones auditivas expresadas como voces discutiendo una con otra y hablando al paciente en tercera persona pueden ser el resultado de la presencia de más de un demonio en el cuerpo.

Resulta sorprendente que algo así se pueda publicar en el siglo XXI en una revista internacional con revisión por pares, pero es que nuestro mundo es mucho menos racional y científico de lo que creemos. La famosa frase del poeta Paul Eluard «Hay otros mundos pero están en este, hay otras vidas pero están en ti» puede definir muy bien nuestra actividad cerebral, combinando percepciones y predicciones, mundos soñados y mundos presentes, la cruda realidad y construcciones imaginarias que existen porque tú las has creado en tu mente. Y todo eso sin necesidad de meter a los demonios por medio.

El sillón del Diablo, conservado en el
El sillón del Diablo, conservado en el Museo de Valladolid. Fotografía: Rastrojo (CC).

Para leer más:

  • Ellis S., ter Haar G. (2004) Worlds of Power: Religious Thought and Political Practice in Africa. Hurst & Co., Londres.
  • Irmak M. K. (2014) «Schizophrenia or possession?». J Religion Health 53: 773–777.
  • Roache R. (2014) «What if schizophrenics really are possessed by demons, after all?». Practical Ethics. University of Oxford. Enlace.
  • Woolgar C. (2016) «The medieval senses were transmitters as much as receivers».  Aeon. Enlace.


Maternidad y salud mental: el último tabú

Fotografía: « м Ħ ж » (CC).
Fotografía: « м Ħ ж » (CC).

¿Puedo ser buena madre si tengo un trastorno mental? ¿Cómo afectará la medicación al feto?¿Heredará mi hijo el trastorno? ¿Cómo voy a cuidar de un niño si yo misma necesito que me cuiden a veces? ¿Tendré más posibilidades de sufrir depresión posparto? ¿Cómo le explicaré a mi hijo mi enfermedad? Miles de mujeres se hacen este tipo de preguntas cuando el instinto de ser madres choca con el estigma social y el autoestigma.

Albert, ¿tú sabes lo que le pasa a mamá?

Con estas palabras, Ino Moya encaró una de las conversaciones más difíciles de su vida. Fue el día en que explicó a su hijo mayor, en términos que pudiera entender a sus once años, que padece un trastorno bipolar y que estuvo ingresada en su día.

— ¿Has estado en el manicomio?
— Se llama psiquiátrico.
— ¿Pero estás mal de la cabeza?
— No, hijo. Mamá tiene un trastorno mental, pero puede hacer todo lo que quiera.

Ino, contable, «terapeuta de reiki y especialista en bioneuroemoción», decidió revelarle a su hijo su enfermedad, pues está convencida que los secretos influyen en el desarrollo de los niños. Más tranquila y segura, se lanzó tiempo después a contárselo al pequeño, de siete años, y la conversación fue sensiblemente más corta:

Ferran, ¿tú sabes lo que le pasa a mamá?
— Sí. Que estaba mal de la cabeza, pero ya está bien.

«Yo nunca había querido ser madre, pero mi primer hijo me dio la vida», reconoce Ino, que tuvo a Albert con treinta y dos años, cinco años después de ser diagnosticada con un trastorno mental. «La enfermedad supuso un punto de inflexión en mi vida, pero tener a mi hijo, ¡eso sí que fue un antes y un después!», exclama. «Me ayudó a darme cuenta de que yo era capaz de hacer lo que cualquier persona, y me dio una fuerza impresionante», añade.

Cuidar y ser cuidada

«¿Seré capaz de cuidar de un hijo si a mí me han tenido que cuidar?». Esta pregunta daba vueltas en la cabeza de Ino cuando empezó a sentir ganas de ser madre, y es la misma duda que reconocen haber tenido las demás mujeres con trastorno mental consultadas para este reportaje. «Hablé con mi marido y lo consultamos con mi psiquiatra, que nos dijo que no habría problema, porque ya llevaba bastante tiempo estabilizada. Me dijo que sería cuestión de dejar la medicación unos meses antes de la gestación, ya que puede dañar al feto». Ino cuenta que pudo dejar de tomar sin problemas el litio, un estabilizador del estado anímico, pero le fue imposible con el ansiolítico, así que la psiquiatra optó por sustituirlo por otro más indicado para el embarazo. «En ese momento, me arriesgué a que mi vida se desequilibrara, porque había algo dentro de mí que me movía a hacerlo», relata.

No es el caso de Sonia Avellaneda, una pedagoga social diagnosticada de trastorno límite de personalidad (TLP). Con cuarenta y dos años ya no se plantea tener hijos. «Quizá ya sea tarde. Me faltaría una vida para ser madre», confiesa. Durante una época trabajó en un Equipo de Atención a la Infancia y la Adolescencia (EAIA) y vio muchos casos de madres con problemas de salud mental que habían perdido la custodia de sus hijos. «Una vez tuve que evaluar si una madre con el mismo trastorno que yo podía tener visitas con su hijo», explica. «¡Yo, que por aquel entonces escondía en el trabajo mi diagnóstico!», revela. «En esa época aumentó mi miedo a la maternidad: me traumatizó ver a niños tutelados, abandonados. Me ha podido más el miedo a no ser buena madre que las ganas de tener hijos», confiesa.

Y no es para menos. Un 45 % de los padres con trastorno mental acaban perdiendo la tutela de sus hijos, y casi un 40 % de los hijos de personas con trastorno precisan ayuda de servicios sociales o de salud mental, según datos facilitados por Raquel del Amo, directora y psicóloga del Proyecto Casa Verde, una iniciativa de la Fundación Manantial que se dedica al seguimiento de hijos de personas con trastorno y al apoyo a los padres para compensar los posibles déficits durante la crianza. No obstante, Del Amo aclara que «tener un trastorno mental no implica que las personas vayan a ser malos padres, pero es una población de riesgo y hay que prevenir y apoyar a los hijos y a los padres para que pueda desarrollarse un vínculo emocional estable».

El vínculo del apego

Según Del Amo, el miedo de las personas con trastorno a no ser buenos padres, que «en principio podría constituir un factor de riesgo para el cuidado de los hijos, en realidad muchas veces funciona como factor de protección, porque estos padres no quieren que sus propios hijos pasen por sus mismas experiencias, y mucho menos que desarrollen una enfermedad mental».

Anna, publicista de cuarenta años y diagnosticada de trastornos de ansiedad y TLP ha sido madre hace un año y medio. Nunca se había planteado si su problema de salud mental sería un impedimento en la maternidad, y cuando se sintió preparada dio el paso. «Sobre todo, porque no lo hice sola: llegó el momento y estaba con la pareja adecuada, pero como tenía ya treinta y ocho años, nos costó mucho». Hacía cuatro años que no se medicaba, así que no necesitó ayuda profesional, pero al reincorporarse al trabajo tras el embarazo, tuvo problemas laborales que la desequilibraron anímicamente y pidió ayuda: «Decidí estar bien, sobre todo por mi hijo, y el psiquiatra me recetó un antidepresivo que se puede tomar durante la lactancia».

Precisamente por su experiencia de salud mental, Anna no quiere que su hijo reproduzca patrones y por ello está haciendo un tipo de crianza «muy consciente, muy cercana y amorosa», explica. «Quiero que tenga una base emocional muy sólida y a través del juego le educo para que empiece a adquirir la seguridad de la que yo carecí durante mi infancia», remacha.

La psicóloga de la Fundación Manantial coincide en la importancia de las relaciones tempranas del bebé con sus cuidadores: «Es en la relación con la madre donde el niño aprenderá su manera de amar, así como adquirirá la seguridad que tendrá posteriormente en su futura vida de adulto», explica Del Amo. «Este vínculo es el que llamamos apego, y es fundamental para el desarrollo del ser humano». Según ella, que una persona con trastorno mental pueda criar hijos vendrá determinado de «si son capaces o no de establecer un vínculo de apego».

Estigma y autoestigma

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Fotografía: Ed Beard (CC).

Las cuatro mujeres consultadas para hacer este reportaje aseguran haber contado con el apoyo de sus respectivos psiquiatras al preguntarles por la posibilidad de ser madres. Sin embargo, en muchos casos, la presión social ha sido un problema. «Socialmente, te capan como mujer cuando te diagnostican un trastorno mental», explica Sonia. «A menudo he oído: “bastante tienes con cuidarte a ti misma, no te puedes encargar de nadie más”, y eso me ha pesado durante muchísimos años», reconoce.

Por su parte, Mónica Civill, una psicóloga de treinta y nueve años diagnosticada de trastorno bipolar y que no tiene hijos, señala: «la sociedad te dice que eres normal si estudias, trabajas, tienes una pareja y luego hijos… y cuando aparece un trastorno mental, todo eso se rompe». Así, mientras «el resto de la gente tiene hijos sin pensárselo tanto ni ser consciente de lo que supone», la sociedad pone a las personas con trastorno «todas las trabas del mundo» para la maternidad.

A ello se suma el autoestigma, un fenómeno tan paralizante como el estigma social. «Tus propios prejuicios y las creencias que tienes interiorizadas respecto a tu trastorno pueden ser un impedimento mayor que el trastorno mismo», señala Ino, quien asegura que «con información y ayuda», se puede vencer ese miedo.

«La persona que más me ha estigmatizado a lo largo de mi vida he sido yo misma», reconoce Mónica, que hace algún tiempo estuvo cerca de intentar tener hijos con una pareja anterior. «Me dijeron que debía dejar la medicación tres meses antes de la gestación y después volver a introducirla, cosa que no me pareció nada segura para la salud del feto, ya que la medicación puede provocar malformaciones. Además, puesto que llevo tantos años tomando, tuve miedo que también fuera un factor de riesgo para el feto», recuerda. Otro tema que le preocupaba era la depresión posparto: «si tienes un trastorno mental, seguro que tienes muchos números de padecerla». Ahora, Mónica podría animarse a ser madre con su actual compañera sentimental. «Al ser mi pareja una mujer, se me abre una nueva oportunidad», confiesa, «es un tema muy delicado y serio, pero ya no solo depende de mí el embarazo. Si ella se queda embarazada, habría menos riesgos».

¿Mi trastorno es hereditario?

Otro de los miedos recurrentes tiene que ver con la posibilidad de que el hijo herede el trastorno mental. Un riesgo que varía en función de la enfermedad de que se trate: algunas, como el trastorno bipolar, no son hereditarias, pero otras pueden serlo en mayor o menor medida. «El riesgo de que el hijo desarrolle esquizofrenia si uno de sus padres la padece es del 10 %, y del 30 % si la tienen ambos padres», explica Del Amo, quien añade que «los hijos de padres con depresión tienen un riesgo de alrededor del 50 % de padecer una depresión».

Anna reconoce este miedo, pues por parte de ambos padres tiene familiares con problemas de salud mental. «Pero mi marido es diabético y también tengo miedo a que tenga un problema con el azúcar», relativiza Anna, quien considera clave la normalización de estas problemáticas. «Y si algún día tiene dificultades, me gustaría que pudiera hablar conmigo y pedirme ayuda, porque a mí me costó mucho hablar con mis padres sobre mis problemas de salud mental», confiesa.

Para casos así, la adopción podría ser una solución, aunque el asunto es bastante complejo al estar sometido a legislación nacional y también autonómica, por lo que varía en función de la región. En cualquier caso, el hecho de tener un trastorno mental suele conllevar la denegación del certificado de idoneidad para adoptar.

Según Nuria Miranda, una psicóloga que ha trabajado nueve años en el campo de la adopción, «no todos los trastornos son iguales ni afectan de la misma forma a la vida de las personas». Indica que la decisión final está en manos del departamento encargado en cada comunidad autónoma de determinar si un aspirante es o no apto para adoptar. «Se tendría que valorar cada caso como único, teniendo en cuenta también si se trata de una pareja y qué tipo de soporte familiar o social tienen», señala. La cosa se complica aún más en el caso de la adopción internacional, ya que, además de la normativa española y autonómica, hay que tener en cuenta la del país de procedencia del menor.

Sea como sea, señala Mónica, «si ya es difícil adoptar para cualquier persona, si tienes un trastorno mental, es imposible: se nos cierran todas las vías», lamenta. Sonia cree que «es un sistema injusto si no se acepta que seas madre de adopción aunque tu pareja no tenga ningún diagnóstico: parece que todo el peso recae en la mujer únicamente», denuncia.

El embarazo y el posparto

Preguntada acerca de los períodos más críticos en la crianza, Del Amo señala «la concepción del hijo, el embarazo, el parto y sobre todo los primeros años de la vida del niño». Bajo su punto de vista, «durante el proceso de convertirse en madre, ocurren importantes procesos en la mujer, a través de los cuales su identidad y rol sufren importantes transformaciones». Y si a esto se añade la ingesta de medicación psiquiátrica, el riesgo de desarrollar un desequilibrio mental aumenta.

Quizá por eso, para Ino su primer embarazo fue «agridulce, entre mucha ilusión y mucho miedo, tanto que no podía dormir: mi marido me leía libros para que cogiese el sueño». Para más inri, la Seguridad Social le cambió a su psiquiatra por uno nuevo que decidió quitarle el ansiolítico que seguía tomando, lo cual incrementó su miedo a que la medicación pudiera haber afectado al bebé. Tampoco le ayudó la infructuosa búsqueda de alguien con trastorno bipolar que también hubiera pasado por un embarazo y pudiera aconsejarla. Todo ello, aumentó su estrés hasta desembocar en «una crisis impresionante» que afortunadamente pudo superar tras acudir a una psicóloga privada.

Tras el parto y estando en su casa, se le abrió la herida de la cesárea y tuvo que estar un mes sin coger a su hijo, porque le mandaron reposo absoluto. Esto desencadenó una pequeña depresión posparto. Pero «a partir de entonces, todo fue fantástico: recuerdo con mucha emoción los primeros meses, saliendo a la calle con el carrito, toda radiante», recuerda Ino, «Me hizo tanto bien que cuatro años después me animé a tener el segundo».

Actualmente, tanto Ino como sus hijos conviven con su trastorno mental. «A veces es complicado, hay días en los que me meto en la cama y soy incapaz de levantarme», reconoce. Pero entonces, sus hijos la apoyan y alimentan esa fuerza que en su día le brindó la maternidad. «El pequeño, que es un amor, cuando me ve en la cama me trae un osito: “toma mamá, para que te haga compañía”».

Fotografía: Phalinn Ooi (CC).
Fotografía: Phalinn Ooi (CC).


La enfermedad de Nash

John Forbes Nash. Foto: Peter Badge (CC)
John Forbes Nash. Foto: Peter Badge (CC)

El pasado 23 de mayo fallecieron en un terrible accidente de tráfico el matemático John Forbes Nash y su esposa Alicia Hardé. La muerte de Nash, el más famoso de los matemáticos, nos ha arrebatado la posibilidad de conocer algo más sobre una de las personalidades más enigmáticas de los últimos tiempos. Su vida se tejió entre tantos fulgores, oscuridades y contradicciones que acabaron por difuminar la esencia de un personaje que, más que a las matemáticas, debió el reconocimiento social a su recuperación de la esquizofrenia, la más grave de las enfermedades mentales.

Siendo ya famoso tras haber ganado el Premio Nobel en 1994, fue la película Una mente maravillosa dirigida por Ron Howard en 2001 la que se encargó, con la potencia emocional que arrastra la imagen, de lanzarle al estrellato. Hollywood no desperdició la oportunidad de rentabilizar tan conmovedora historia y apuntalar uno de sus temas más queridos: el que trata de unir la genialidad con la locura, la capacidad creativa con los demonios personales. Así, gracias a la impostura pergeñada por Ron Howard, J. F. Nash (vía Russell Crowe) pasó a pelear por el trono de «genial orate» con el pintor Vincent Van Gogh, «el loco del pelo rojo», que siempre será para nosotros el actor Kirk Douglas. Es cierto que bajo el sufrimiento mental se atisban a veces chispas de excelsa creatividad pero esto no contradice el hecho mucho más frecuente de que la mayoría de los grandes creadores lo son pese a esa clase de problemas y no gracias a ellos.

A John Forbes Nash le dieron el Premio Nobel en 1994 cuando tenía sesenta y seis años, básicamente por una tesis doctoral de veintisiete folios presentada en 1949, a la edad de veintiún años. En dicho trabajo, con aportaciones geniales al decir de los expertos, Nash revolucionó la llamada «teoría de juegos» y la teoría económica del momento: el llamado «equilibrio de Nash» pasó a explicar lo que Adam Smith llamaba «la mano invisible de los mercados». Esos mismos expertos sostienen que muy probablemente no le hubiesen dado el Premio Nobel si no hubiese mediado su recuperación de una enfermedad mental grave.

En 1998, la escritora Sylvia Nassar, especializada en economía, publicó una biografía sobre J. F. Nash titulada Una mente prodigiosa. Dicha biografía, realizada con un notable respeto por los hechos y un gran esfuerzo investigador pero con muchas cuestiones no resueltas sigue siendo la principal fuente de conocimiento para acercarse a saber quién fue un día J. F. Nash como persona. Nash, que no concedió ni una sola entrevista a la autora, desautorizó el trabajo de Nassar aunque sí colaboró con ella su esposa Alicia, que luego también la criticaría.

Sobre la obra de Nassar creció la película de Ron Howard, que, protagonizada por Russell Crowe, ganaría cuatro premios Óscar en 2001, entre ellos el de mejor película, y convirtió a J. F. Nash en un héroe de leyenda. John Nash y su señora se mostraron mucho más conformes con el trabajo de Howard. La película se convirtió en un emblema en el ámbito de los trastornos mentales para profesionales, familiares y enfermos. Pero la mixtificación que en la cinta se hace de la figura del matemático junto con ciertas ocultaciones de su pasado generaron un clima de desconfianza y de misterio en torno a la verdadera historia de John Forbes Nash. En palabras del crítico de cine Ángel Fernández-Santos: «un asunto tan delicado como la demencia de John Nash es una tarea que pide jugar limpio y con las cartas boca arriba. Pero Howard lo hace con las cartas boca abajo y marcadas». Los años han demostrado que Fernández-Santos aún se quedó  corto calificando el desatino ficcional del avispado cineasta Howard.

Hay tres situaciones de las que Sylvia Nassar da cumplida cuenta en su libro que Ron Howard no toca en su película y que John Nash siempre negó u ocultó: la muerte de un amigo durante la adolescencia, su presunta inclinación homosexual y la culpa que su madre le endilgó sobre la repentina muerte de su padre. El problema es que estos «olvidos» de Howard no tienen que ver con un simple maquillaje del personaje sino que niegan algo tan básico como la influencia de los acontecimientos vitales estresantes en la conducta humana y por ende, en la génesis de los problemas mentales. Nos queda así, también según Fernández Santos, «el drama de una vida vivida que se sufre bien hasta la lágrima final». La realidad es que, según Sylvia Nassar y la mayoría de coetáneos, la vida de Nash y de sus familiares transcurrió casi siempre bordeando ora el sufrimiento ora el espanto.

John Forbes Nash nació en Bluefield, Virginia occidental, en 1928. Su infancia se corresponde con la de lo que hoy llamamos «un niño superdotado» para los estudios: fáciles aprendizajes y pocos amigos. Así, en su adolescencia solo mantenía relación con dos compañeros de su edad. Un día el joven Nash, que tenía interés por la química, instaló en el sótano de su casa un laboratorio donde fabricó explosivos. No se sabe bien cómo uno de sus dos amigos se puso manipular a solas aquellos preparados. La mezcla hizo explosión y lanzó unos cristales contra el muchacho seccionándole la arteria femoral. Murió desangrado. Los padres del otro amiguete lo enviaron a una academia militar con la expresa intención de que dejase de tratarse con Nash, que tenía entonces quince años. Este episodio tan desasosegante para un adolescente no lo incluye Howard en su película. Al año siguiente, Nash se traslada al Instituto de Tecnología de Pittsburgh. Los problemas se agudizan y empieza a presentar alteraciones emocionales y conductas infantiles, llamadas «regresivas» en lenguaje técnico, sobre todo en lo que concierne a una sexualidad que vive como confusa o ambigua, algo muy típico de las psicosis. Parece ser que sus compañeros empiezan a llamarle «Homo». Pero su gran proyección como científico «genial» le permite ir salvando la cara ante las relaciones sociales, para las que se muestra muy limitado. En 1948 opta entre varias universidades que le pretenden y se va a Princeton para dedicarse a las matemáticas. Allí coincidirá con Von Neumann, padre de la teoría de juegos, con Einstein y con Oppenheimer, creador de la bomba atómica. Pero presenta excentricidades y retracciones autísticas cada vez más frecuentes. En 1949 lee su tesis doctoral que causa una gran impacto entre los matemáticos y que le reporta una fama tras la que oculta su aislamiento social. Finalizada la etapa universitaria se traslada como profesor al MIT. Allí se le conocen varias relaciones homosexuales aunque acaba estableciendo una relación con una enfermera, Elaine Stier, con la que tendrá un hijo en 1953, John David, del que se desentiende. Al poco, Nash es rechazado en la atractiva corporación RAND para científicos por «escándalo público», lo que le supone un duro golpe. Sigue dando clases en el MIT y en 1957 se casa con una de sus alumnas, una estudiante de Físicas salvadoreña llamada Alicia Larde. Poco antes de la boda los padres de John se enteran de que tiene un hijo del que no se ocupa. Su padre intenta por todos los medios que el estirado y autista profesor reconozca al pequeño John David, a lo que se niega. El padre sufre un infarto de miocardio y fallece. Su madre le acusará de ser el causante de esa muerte.

En 1958 Alicia queda embarazada y nace su primer y único hijo, John Charles.

En 1959 la esquizofrenia estalla con todos sus síntomas y Nash ha de ser ingresado en un hospital psiquiátrico casi dos meses. Creía, entre otros disparates, que le perseguían unos comunistas y que estaba destinado a ser el emperador de la Antártida. Su precaria estabilidad se desmorona. Pasa varios años entre terrores persecutorios que le llegan como alucinaciones auditivas o ideas delirantes. Son frecuentes los ingresos en hospitales psiquiátricos, algunos de ellos involuntarios, solicitados por Alicia. Le aplican los remedios de la época: electroshock, comas insulínicos y las incipientes medicaciones neurolépticas. Nada parece dar resultado. En 1962 Alicia se divorcia, aunque hacia 1970 volverá a admitir al enfermo en su casa de Princeton Junction. En la biografía de J. F. Nash aparece como crucial el papel de Alicia Lardé, la mujer que tomó las decisiones más importantes para él, su hada guardiana, la eterna cuidadora que no solo hubo de recogerle de la calle en estado casi vegetativo y soportar sus desplantes y demás alteraciones conductuales sino afrontar el hecho aún más terrible de que el hijo de ambos, John Charles, sufriese la misma enfermedad que el padre.

Russell Crowe como John Nash en Una mente maravillosa. Imagen: Universal Pictures.
Russell Crowe como John Nash en Una mente maravillosa. Imagen: Universal Pictures.

Durante dos décadas, los años setenta y ochenta del siglo pasado, Nash se hunde en el autismo y en el abandono. Es un personaje marginal que pulula por el campus de Princeton, recogiendo colillas o pidiendo unos dólares. Su presencia era tolerada por respeto a su pasado. Los matemáticos más jóvenes, aunque conocían su trabajo, lo daban por «muerto». Son, sin embargo, lo que Alicia definirá como las «decádas de la vida tranquila». Así hasta 1989, año en que su conducta comienza a variar. Poco a poco vuelve a entablar diálogos coherentes y educados con la gente. Vuelve a interesarse por las matemáticas. Contacta con antiguos compañeros que asisten atónitos a su resurrección. Hasta que, una tarde de octubre de 1994, su amigo Harold Kuhn, tal vez su compañero más constante, le dice en su despacho de Princeton que a la mañana siguiente recibirá una llamada de Estocolmo donde se le anunciará que ha ganado el Premio Nobel junto con otros dos sabios: Selten y Harsanyi.

Nash recibe la noticia sin demasiado alboroto pero su vida ya no será la misma. En la ceremonia de entrega de los premios, en Estocolmo, se niega a hablar de su vida y de sus problemas mentales.

La primera vez que Nash habla abiertamente de su recuperación es en el X Congreso Mundial de Psiquiatría celebrado en Madrid en 1996. Nash pasó a ser el referente de la campaña contra el estigma social de las enfermedades mentales de la Asociación Mundial de Psiquiatría. Así lo proclamó la entonces presidenta de la WPA, la coreana Felice-Lieh-Mak, al denominarlo «símbolo de esperanza» para todos los que sufren dolencias similares.

Nash habla en Madrid de su enfermedad pero lo hace para cuestionar lo que los demás llaman recuperación. Él, en el fondo, aunque es consciente de su mejoría, no se siente recuperado porque no puede volver a trabajar en lo que le siempre le ha gustado. No puede volver a producir trabajos originales. Y a la vez hace patente el terrible dolor que sufre quien recobra la razón y recuerda los abismos visitados.

En el año 2001, tras el engolado biopic de Ron Howard, la vida de J. F. Nash sufrirá otro y aún más importante cambio. Las demandas de conferencias y de apoyo a la causa de los enfermos mentales son incontables. Se suceden los viajes de ambos, casi siempre acompañados por su hijo John Charles, también brillante matemático y también enfermo de psicosis esquizofrénica desde 1986.

John Forbes Nash visitó España con cierta frecuencia. Un servidor tuvo la oportunidad de verle intervenir en Madrid en congresos de Psiquiatría al menos un par de veces más: en el año 2006 y en el año 2008, traído por Juan José López Ibor. En el año 2007 estuvo en Santiago de Compostela para hablar de su tema, de la «teoría de juegos en economía».

Durante los últimos años el matrimonio Nash ha seguido dedicado a esparcir por el mundo ese «símbolo de esperanza» en que se transformó el Premio Nobel de Economía. Últimamente su gran preocupación era que su hijo John Charles tuviese la mejor asistencia sanitaria posible porque también sufrió un cáncer. Estaban muy involucrados en varias asociaciones de apoyo a los enfermos mentales. Alicia se convirtió en una buena portavoz de la necesidades de estos pacientes generalmente desfavorecidos por el sistema sanitario. A ese respecto es muy ilustradora la entrevista que le hizo Susan K Livio en el año 2009.

En ella Alicia enfatiza la importancia de reforzar en Estados Unidos la atención psiquiátrica a cargo de equipos de tratamiento asertivo comunitario, que fue la terapia que recibió su hijo durante los peores años de su enfermedad con buenos resultados. La salud de John Charles y, sobre todo, qué sería de él cuando ellos faltasen pasó a ser la diaria obsesión de unos padres ancianos. Y así les sorprendió la muerte.

Desde el punto de vista psiquiátrico la evolución clínica de John Forbes Nash cae dentro de los parámetros esperables. Los estudios de seguimiento de enfermos con esquizofrenia se hacen durante periodos de veinte a treinta años. Y la mayoría de ellos informan de recuperaciones en un 60-70% de los casos. Así pues el caso de Nash no es un caso raro en cuanto a la estadística aunque sí lo fue en cuanto a la forma de producirse, tras muchos años de una evolución maligna. Ello nos informa del relativo poder de predicción que tiene un diagnóstico de esquizofrenia, que no puede ser un diagnóstico definitivo ni lapidario.

En cuanto a la calidad de dicha recuperación surge la controversia. En este sentido John Nash ha sido sincero, aunque la imaginación de Hollywood se empeñase en hacerle enloquecer dos veces mostrándole como «totalmente curado». Nash siempre dijo que había mejorado pero no lo suficiente para volver a un nivel de funcionamiento similar al de los compañeros de su edad. Las veces que yo le vi y escuché en persona, y es una impresión compartida, la realidad no desmentía sus declaraciones al respecto.

Lo que la adulteración ficcional de Howard lanzó al ruedo tiene el peligro añadido de fomentar dos tópicos tan falsos como manidos en el terreno de la asistencia psiquiátrica, especialmente desde la proliferación de las redes sociales: la no existencia de la enfermedad mental y el hecho de que los tratamientos farmacológicos destruyen las neuronas. Lo que no es moco de pavo.

En la diseminación acrítica de este último meme tiene cierta responsabilidad el propio John Forbes, que afirmó en repetidas ocasiones que «desde 1977 no tomó ni un solo psicofármaco y que su curación se debió tanto al control racional de sus ideas delirantes como a los cambios hormonales propios del envejecimiento», aspectos ambos indemostrables. Es lo que su esposa Alicia englobó en su famosa frase de que «la curación se debió sobre todo a llevar una vida tranquila».

Este es uno de los momentos en los que, revisando sus declaraciones, parece que John Forbes Nash no manejó bien la fama y dejó muchos cabos sueltos en terrenos que requieren de una especial cautela a la hora de hacer afirmaciones. Como cuando hablaba de que buscando la racionalidad como ideal encontró la locura o de que la locura es un sueño del que se entra y se sale. Chorradas geniales, pero chorradas. El hecho es que ya no podremos aclarar ciertos interrogantes sobre la personalidad de Nash y sobre el verdadero alcance y duración de su dolencia. Dudas que si estuviesen resueltas evitarían muchas discusiones entre pacientes, familiares y profesionales. Y, en parte, la sombra de la duda nos acompañará porque tratábamos más a menudo con «el personaje creado por un prestidigitador que mezcló sin tino a seres reales con fantasmas interiores» (Ángel Fernández-Santos, otra vez) que con un ser humano de carne y hueso. Ya nunca sabremos cuándo actuaba John Forbes Nash y cuándo le dominaban las «esquinas sombrías de su alma».


Roky Erickson: padre de la psicodelia, superviviente al electroshock y… alienígena

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Casi siempre tendemos a recordar a los músicos con un somero resumen. Prueba a preguntar en un bar con la música a tope por una canción que te ha gustado y no sabes de quién es. Te darán una referencia breve, normalmente atenta a los aspectos macabros. Casi como una reacción automática. Así Bon Scott es el primer cantante de AC/DC, el que murió borracho ahogado en su propio vómito. Cass Elliot, la voz de The Mamas & The Papas, la que pesaba 100 kilos y falleció atragantándose con un bocadillo —un falso rumor pero que nunca está de más recordarlo—. Y Skip Spence, por citar otro ejemplo, el tío de Moby Grape, sí, el que en un mal viaje de ácido intentó asesinar a sus compañeros entrando con un hacha de bombero en el estudio de grabación y acto seguido le ingresaron en el psiquiátrico. Así hasta la saciedad.

Roky Erickson, por su parte, entraría en esta última categoría lisérgica. Te dirán: es el autor del histórico hit You’re gonna miss me, y el buen hombre que, tras detenerle la policía con un porro de marihuana, fue ingresado en un manicomio donde le dieron electroshock hasta destrozarle el cerebro para terminar firmando, diez años después, una especie de declaración jurada dirigida al Gobierno de Texas en la que aseguraba ser un alienígena del espacio exterior. Cosas que pasan.

Humano o extraterrestre, lo cierto es que la obra de Roky, que nos visitó a finales del año pasado, es una de las trayectorias más brillantes de la historia de la música popular. Y hay que subrayar que sus trabajos más notables vinieron cuando ya tenía el cerebro frito y deshecho por el electroshock e incluso estaba frisando la indigencia. ¿Es esto posible? Sí, señora.

Hay un documental de 2005 que lleva el título de su canción más famosa: You’re gonna miss me. Dirigido por Keven McAlester, el reportaje relata la pelea por la custodia legal de Roky a principios de la década pasada entre su madre y su hermano, que es como si litigaran por cuidarte Sasa Curcic y Paul Gascoigne. La muy religiosa madre es partidaria de no medicarle y dejarlo a su aire. El hermano, que se gana la vida tocando la tuba en una orquesta, es un new age que quiere que haga la misma y extravagante psicoterapia que él.

En las primeras escenas vemos cómo era un día normal en la vida de Roky mientras le cuidaba su madre. Enciende todos los aparatos eléctricos que hay en su casa, pone a tope la radio, la televisión y un organillo que tiene en el salita. Se sienta, se acomoda bien en el sillón, se pone unas gafas de sol y entonces se relaja por fin. Es lo único que puede hacer para no escuchar las voces que hay en su cabeza gritándole.

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Junto a otro descartado para Barry Lyndon, GG Allin.

Dice la sabiduría popular que todo el mundo puede tener una patología mental grave en estado latente y que, determinadas circunstancias, ya sea la droga o el estrés, te la pueden activar. Si esto que se dice en los bares para justificar determinados arrebatos o idas de pinzón es cierto, está claro que Roky tenía un dado vital en el que en sus seis caras salía dibujado un embudo y una trompeta. Veámoslo.

Su padre era alcohólico. Y por lo que dicen las diferentes versiones, un borracho peculiar. No hablaba. Su exmujer confiesa que se sentía como si se hubiera casado con una piedra. Solo había silencio y mal rollo en esa casa y a Roky, el mayor de los cinco hermanos, le tocó hacer de pararrayos. No es extraño que como todos los niños raros de la época pronto pasara del cristianismo y los musicales de Broadway de su madre a volcarse en su mejor amiga, la radio. Abrazado al aparato conoció y empezó a amar el rock and roll, especialmente el de otro tejano que marcaría su música de por vida: Buddy Holly. Pero también a Bo Diddley, Little Richard y James Brown. En una entrevista con el periodista Allan Vorda, Roky describió así al padrino del soul: “Actuó una vez en Austin, empezó a tocar su órgano y, lo digo como un cumplido, aquello me horrorizó. Escucharle me aterrorizaba, porque estaba como totalmente entregado a su órgano ¡Y cómo gritaba! ¡No podía creerlo!”. También le influyó un poquito más tarde lo que llegaba de Inglaterra, Keith Richards, John Mayall y las  dos formaciones legendarias de los Yardbirds, la de Eric Clapton y luego la de Jeff Beck.

Con este credo y expulsado del instituto por no querer cortarse el pelo un mes antes de la graduación, Roky se centró en su grupo, The Spades. Con ellos sacó un single y dio a conocer en directo su gran composición, You’re gonna miss me, que había escrito con 15 años. Tras unos movimientos por la escena local, terminó en los 13 Floor Elevators. Un proyecto tutelado por un poeta beatnik, Tommy Hall, y su mujer, Clementine. La pareja, de mayor edad que el resto de músicos, les introdujo en los alucinógenos y les dio de leer a Nietzsche, a Crowley y demás elementos. También dicen los papeles que el nombre del grupo se debía a que en la mayoría de edificios altos de Estados Unidos nunca hay piso número 13, se pasa del 12 al 14, y que la eme de marihuana es la letra decimotercera del alfabeto. Puede parecer rebuscado, pero para ellos, que se estaban metiendo a tope en una droga que les llegaba fácil del país vecino, el peyote, y la que se estaba poniendo de moda, el LSD, era toda una declaración de intenciones.

Son varios los aspectos musicales por los que pronto lograron marcar la diferencia pero, esencialmente, el que ha pasado a la historia es el jug. Se trata de un instrumento que empleaban los grupos de country y bluegrass de la época que no es otra cosa que una simple botella, aunque por ahí la llamen jarrón eléctrico y cosas parecidas. Tommy Hall acercaba el micrófono al cuello de la misma, soplaba y pronunciaba incongruencias que, amplificadas con el invento, se convirtieron en sello distintivo del grupo. Y lo sigue siendo, aunque, personalmente, confieso que la primera vez que escuché entero un recopilatorio de los 13 Floor Elevators casi tiro el disco como un frisbee hasta las narices de la botellica.

En realidad, la voz a veces desquiciada, a veces inquietante, y también dulce de Roky y la forma de tocar la guitarra de Stacy Sutherland eran mucho más vanguardistas y bastante menos onerosas que el jug. Billy Gibbons, el de ZZ Top, que por aquel entonces andaba en un grupo no tan rústico, The Moving Sidewalks, dice en el citado documental que toda la escena estaba mamoneando con el folk hasta que escucharon a los Elevators y en muy poco tiempo cambiaron su sonido. Fue una revolución bien conocida. La primera vez que se ponía a unos pelanas la etiqueta de rock psicodélico.

Con mezcalina para desayunar, LSD para cenar y el resto del día solucionado a base de marihuana, fueron descubiertos por Lelan Rogers, hermano del ínclito Kenny. Su primer LP, con You’re gonna miss me, Fire Engine y sus sirenas, o Roller Coaster, es un disco que está en todas las listas de la década, de pioneros, de álbumes históricos, de lo que quieras. Dice una biografía que cuando su estilo musical ya estaba despegando hacia la otra dimensión, Grateful Dead todavía hacían versiones de Motown y gracias. También Gimme shelter de los Stones, afirman los entendidos, tiene unos cuántos préstamos de Reverberations, otro diamante de ese primer disco.

Por aquel entonces, una titi que estaba empezando, Janis Joplin, fue su telonera un par de veces. Lo suficiente como para absorber de Roky como una esponja. De hecho, estuvo a punto de entrar en el grupo, pero finalmente se fue con sus Big Brother and the Holding Company. La crítica especializada también insiste en que sus gritos son made in Roky.

Pero siguiendo el arquetípico guión biográfico de tantos grupos de los 60, llegó el mal viaje que puso un punto de inflexión. El batería John Ike Watson lo cuenta en el documental. Hall se pasó con la dosis de ácido para ensayar. Las paredes se empezaron a derretir, la batería se le comía, se cayó, casi se rompe el cuello, tuvo que salir del local, estaba muerto de miedo y se percató de un detalle que marcaría el futuro de la formación: los demás estaban encantados. Se negaban a reconocer que era un mal viaje, estaban a gusto así. Él abandonó el grupo. El bajista Ronnie Leatherman tampoco pudo con ese ritmo y le siguió.

rokyEl otro punto de inflexión lo puso la policía. Al principio las autoridades no le prestaron demasiada atención al auge de la droga entre la juventud, pero cuando la cosa pasó a mayores decidieron meter mano dura. Eso de al derecho por el hecho tan propio de nuestros sistemas democráticos garantistas. El grupo se convirtió en un objetivo prioritario y les marcaron de cerca hasta que, finalmente, un día  fueron detenidos todos cuando estaban fumando hachís en el apartamento de Hall. Tuvieron suerte y les dejaron en libertad vigilada, pero era el primer aviso.

Antes de la desbandada de los miembros del grupo que no querían morir jóvenes y convertirse en la obsesión de la brigada antinarcóticos, su segundo disco, Easter Everywhere, había sido otra gema. Incluso mejor que el debut. En la biografía del grupo de Paul Drummond viene que se rumorea que Bob Dylan piensa que la versión de su It’s all over now, baby blue es su favorita de todas las que le han hecho. Pero lo que es una certeza es que muestra todo lo que puede transmitir Roky en una canción. Pone la piel de gallina a poco que no estés muy sordo. Podía haberse convertido en un cantante de referencia, pero a partir del verano del amor nada volvió a ser lo mismo.

Clementine Hall recuerda que a partir de julio del 68 Erickson empezó a escuchar voces dentro de su cabeza. Le decían cosas horribles. Y él estaba harto, lloraba pidiendo que pararan, gritando lo feliz que sería si dejase de oírlas por un instante. En San Francisco, le tuvieron que meter en el mar a ver si con el impacto de las olas en su cara recuperaba la consciencia. Efectivamente, el diagnóstico fue esquizofrenia. Y parece ser que la mejor medicina que encontró fue meterse en el caballo. Ese salto es al menos el que da el documental, que tras narrar este problema pasa a un testimonio de su primera mujer, Dana Gaines, que parece sacado de El Pico 2: “Roky me dio 13 dólares para que le comprara heroína. No es dinero suficiente. Una chica me llevó a la casa del camello y dijo: esta chica viene a comprar heroína para su novio con 13 dólares. Todos se rieron. Me metieron en una habitación, cerraron la puerta detrás de mí, me cogieron el brazo y me pusieron una dosis. Tuve un subidón increíble, empecé a decirles a los dos tíos que tenía enfrente que les amaba, que les quería, hasta que me puse a vomitar, fatal, muerta de miedo. Uno de ellos dijo: tiene una sobredosis. Entonces me tuvieron andando en círculos durante horas. Me salvaron la vida. Y luego me llevaron a casa y me dieron la dosis de heroína que había ido a buscar para Roky. Cuando se la pasé, me dijo: ¡pero cómo has tardado tanto!”.

Las idas de olla pasaron a ser una dinámica continua. La propia de una persona que toma LSD habitualmente y DMT, una variante con efectos mucho más potentes. La discográfica intentó que bajara un poco el pistón. Sobre todo en una ocasión en la que desapareció varios días con su coche. Pero al final el toque se lo dio la policía. Le cogieron con un porro de marihuana y el fiscal pidió diez años de cárcel. Su abogado preparó una defensa un tanto extraña. Alegó que su cliente en los últimos años  había tomado 300 dosis entre LSD y todo tipo de drogas y no regía, que era mejor mandarlo a un sanatorio mental. Allá fue, a uno de máxima seguridad.

roky7El Ruck State Hospital era famoso porque en una revuelta reciente los internos, en venganza, le habían aplicado al médico el electroshock al grito, literal, de: “¡Vamos a darle electroshock hasta que se cague!”. Siendo un recluso más, Roky trató de aislarse de ese ambiente. Sentado en un rincón, se dedicaba a componer música. Pero su psiquiatra en el centro revela en el documental que al final terminó formando un grupo de rock con otros internos: “El bajista había matado a dos niños, violó a la madre, la acuchilló con un bolígrafo y le sacó un ojo, el guitarrista había matado a sus padres y otro había violado a un niño y lo había asesinado después”, recuerda el doctor.

Estuvo ahí metido cerca de tres años. Recibió electroshock y un tratamiento a base de thorazina, un antipsicótico. Al cabo de tres años, la presión de su familia, la de un abogado que le dio por investigar qué hacía un tío condenado por llevar un porro en el bolsillo entre los asesinos más peligrosos del país, y que Roky empezó a mostrar interés en Jesucristo, todo eso, sirvió para que saliera. Pero ya no era el mismo. Decía que era un alienígena.

En la historia del pop hay otro músico que también se las vio con el electroshock y salió vivo para contarlo, Lou Reed. En las primeras páginas del imprescindible Por favor mátame de Legs McNeil y Gillian McCain, lo cuenta John Cale y el propio protagonista lo confirma: “Te meten esa cosa por la garganta para que no te muerdas la lengua, y te ponen electrodos en la cabeza. Es lo que recomendaban por aquel entonces en el condado de Rockland para reprimir los sentimientos homosexuales. En realidad, pierdes la memoria y te conviertes en un vegetal. No puedes leer un libro, porque cuando llegas a la página 17 tienes que volver a la página uno”.

Roky, ya en libertad y presumiblemente con estas secuelas que describe el guitarrista y cantante de la Velvet, cambió todas las referencias a la Biblia en sus canciones por menciones al diablo, las llenó de blasfemias. El nombre de su nuevo grupo no podía ser más elocuente con lo que él creía que era, un extraterrestre blasfemo: Blieb Alien. En una entrevista televisada dijo que en su vida había pasado por tres fases: “Primero, un cristiano; después, un demonio, le vendí mi alma al diablo y, por último, por fin supe quién era: un monstruo, un gremlin, un goblin, un vampiro,  un fantasma y  un alienígena con el cerebro gigante”. —Sí, todo a la vez.

letras de canciones

Ocurrieron dos sucesos determinantes en los 70 tras su salida del manicomio hecho un cuadro: una, que intentó rehacer su vida gracias a una medicación que le iba bien. La que fue su pareja, Holly, lo relata como que todo era ideal, una maravilla de relación durante una temporada muy larga, hasta que un día se encontró las pastillas debajo de la almohada y que Roky se había escapado por ahí a ponerse de speed. Le dejó en el acto y él fue cuesta abajo desde entonces; la otra, para nosotros más importante, es que en esta deriva mental siguió componiendo canciones de una calidad exquisita.

Dejemos definir la magnitud de esas composiciones a los que saben. El crítico Byron Coley opina: “es asombroso que un tío pudiera hacer discos increíbles en los 60, en los 70 y en los 80, casi nadie logró eso”. Thurson Moore, de Sonic Youth, le da la razón y explica que lo más curioso de todo es que nada en la evolución musical de Roky parecía calculado. Si bien siempre estaba recurriendo a los mismos temas y obsesiones en las canciones, “sencillamente, todo parecía realmente libre”.

Digamos que no son pocos los músicos de los 60 que tuvieron que reinventarse forzosamente con el paso de las décadas, las modas, la evolución de los estilos y la aparición de otros nuevos. En bastantes casos, con resultados ridículos, otras veces pobres y en algunos resultones y hasta dignos. Pero Rocky es distinto. Pionero del rock de los 60, cuando aparece en los 70 y principios de los 80 todas las vueltas de tuerca que habían dado Led Zeppelin, por ejemplo, él las introduce en su música de forma completamente natural, sin artificios. Sigue siendo lo mismo de antes, pero es completamente nuevo. Fresco, actual. Podría ser un adolescente que surge rompedor a mediados de los 70.

De hecho, en esas fechas vivió cierto auge gracias a explosión del punk y la Nueva Ola. Pero en las canciones que grabó durante todo este tiempo no hay corsés de época, hay rock and roll clásico, hay hard rock, hay psicodelia, hay pop, actitud punk (inherente en este caso). Es espectacular lo que apunta el tío de Sonic Youth, lo estudiados que suenan esos discos, cuando en realidad Roky andaba por ahí despendolado, con unas barbas enormes, preocupado de afirmar ante notario que él era alienígena. No en vano, la carta donde lo hizo no puede ser más clara y estar mejor estructurada. Si fuese un comentario de texto tendría un 9,5.

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Claramente, tenía las neuronas como coches de choque de feria ambulante. En su disco Live at the Ritz 1987 de New Rose hay una entrevista que le hicieron a principios de los 80 en San Francisco —que transcribió el Ruta 66 nº 105 de marzo de 1995— que muestra de forma bastante poco discutible cómo andaba de la azotea al comenzar los años 80. Aquí va un pequeño resumen:

“Rocky: Hace unos años les brindamos You are gonna miss me y, ahora, todos los fans de Roky Erickson deben ponerse a dar botes y anunciar que los marcianos han aterrizado una vez y otra vez (…) Soy el amigo del Llanero Solitario, el Hombre Lobo de Woodstock, aaaauuu! En Austin me llaman el bromista, aquí se me conoce por Apestoso. En verdad os digo, con toda mis sangre fría, que mataré a todos los del pueblo, una y otra vez, porque allí no hay nada. ¡Matadles, otra vez y otra vez! Yo los mataré en orden alfabético, para que no escape ni uno. Nada frenará el terror en el estudio esta noche.

Locutor: Estabas en los 13 Floor Elevators ¿no?

Roky: Sí, creo que dos cabezas deberían rodar escaleras abajo. Si pudieras tener un montón de cabezas, rodando escaleras abajo con mucha rapidez, a la gente le gustaría mogollón verlo. Si haces una fiesta, debes divertirte (…) Me han dicho que Lou Reed está en la ciudad, busquemos a unos tipos duros y vamos a darle un curro.

Locutor: ¿Te gusta Lou Reed, Roky?

Rocky: Soy el único que puede tener a Lou Reed en la palma de la mano. Si te gusta Frankestein, y a mí me gustó mucho, no hay problema. Hace un rato hemos estado tirándonos cerebros aquí en el estudio. Uno se cayó al suelo y rebotó.

(Dan paso a las preguntas de los oyentes)

Roky: ¡Pero si yo ni siquiera tengo un teléfono en casa, no podrán llamarme! Uh, una vez me llamó Bette Davis y me dijo que me iba a cortar la cabeza. Esto… no sé si contestaría al teléfono si fuera Jack el Destripador quien llamara.

Oyente: ¿Qué has estado haciendo desde tu último concierto en San Francisco?

Roky: ¡El mundo se acabará antes incluso de empezar! Yo he tenido un montón de encuentros con marcianos. Me gustaron mogollón Encuentros en la tercera fase y La guerra de las galaxias, una película sobre marcianos que se dan de hostias unos a otros. Yo era un marciano, ya no lo soy, pero también dije que si tuviera una pistola no la utilizaría contra nadie.

Oyente: ¿Qué opinas de la new wave?

Roky: ¿Qué si me gustaría matar a un negro? ¡Oh, sí, adelante! Yo digo: ¡mata a ese negro, mata a ese hijo de puta, una y otra vez! Es una película de La noche de los muertos vivientes, aunque no estoy seguro. (…) Hey tíos, si llamáis no me peguéis un tiro por teléfono! Me gustan los Sex Pistols, me gusta mogollón su canción Hot cars.

Oyente: ¿Cómo se llama tu grupo de ahora?

Roky: Les hago ir por ahí disfrazados de cobra. Los Aliens. Puedo cazarte si no me cazas tú antes. ¡Tíos, mi micrófono no funciona! ¿Hey, en qué emisora estamos?

Locutor: Roky ¿quieres cantarnos algo?

Roky: I walked with a zombie, i walked with a zombie, bam-bom-bi, bam-bom-bi, ¡Zombie, zombie!…

Pues de esa cabecita que ven ahí, que muy bien pudo haber enviado a Karanka a la entrevista, salieron canciones de toma pan y moja; canciones a ritmo de guitarrazos que imponen verdades irrefutables… aunque luego en las letras se nos hable de que si él nunca tuvo un martillo ensangrentado, que si el perro con dos cabezas, que si la criatura del cerebro atómico…

En el Ruta 66 nº93 de noviembre de 1987, Dr. Rawk describía así esta trayectoria en solitario: “es un desvarío continuo hecho de pesadillas y cambios de humor, que va de lo acústico a la más furibunda electricidad, y de la lucidez a la demencia con incesante vitalidad de poseso ¡Y Ozzy Osbourne se cree loco! Nadie interesado en el aspecto patológico del rock debería perdérsela”.

Hay bastantes discos editados tras los Elevators. Quien quiera acercarse a su magna obra con lo que tiene que hacerse es, concretamente, con I think of demons (1980), Don’t slander me (1986) y True love cast out at evil (2010). Ahí está todo lo imprescindible. Y una vez digeridos estos tres álbumes, ya puede uno sumergirse en el océano de directos y acústicos. Pero es solo una humilde sugerencia. Hay quien con lo que más jondamente se emociona es con la vertiente no eléctrica.

Después de firmar el acta notarial en la que afirmaba provenir de otro planeta, Roky se alejó de la música. Pertenecen a ese exilio las imágenes del documental en las que le han arrestado por robar el correo constantemente a todos sus vecinos, donde juega con Mr. Potato con su madre. Demencia y demencia hasta que es rescatado y vuelto a medicar por su hermano en 2005. Aunque, al fin y al cabo, oye, no tuvo tan mala suerte. A Stacy Sutherland, tras encadenar adicciones de toda clase durante años, le mató su mujer ‘accidentalmente’ de un disparo durante una trifulca doméstica. Danny Galindo, el bajista de Easter Everywhere, murió de hepatitis C. Y Benny Thurman, también bajo pero en el primer LP, quien dijera que nadie quería entrar en los 13 Floor Elevators porque aquello era “muy raro, una casa de locos haciendo un estilo de música como ‘el armageddon en tu mente’”, nos dejó en 2008.

Concluiremos volviendo a otro Ruta 66. Número 241 de noviembre de 2007. Iván López Navarro reflexiona sobre la condición mental del protagonista: “Siempre ha parecido poseer una especie de humor negro que parecía alejarlo de sus demonios interiores (…) sus entrevistas siempre parecen alejarlo de esa imagen de artista pusilánime y sufridor que tanto mola en la comunidad indie. Aunque resulta extraño que Erickson no haya entrado en esa mitificación del artista torturado que tanto gusta en ciertos sectores. Sectores que ponen de manifiesto esa concepción tan cristiana y ridícula de sufrir por el arte, como si eso fuera un marchamo de calidad para una obra”.

A mí, personalmente, los Elevators me parecen un grupo muy bueno, de un valor histórico que no admite discusión, pero las canciones que no dejo de pinchar cada pocos meses son las de Roky en solitario. Pasan los años y nunca me canso de él. Siempre me marco mi semanita Erickson de cuando en cuando. Hasta su último disco, cuestionado por parte de la crítica a causa del grupo que le acompaña, Okkervil River, me hace tiritar los parpadillos.

Con ese mismo grupo de acompañamiento vino a finales del año pasado al Festival Purple Weekend de León. Desgraciadamente no pude ir. Investigando qué tal había estado, me hizo mucha gracia leer en ipunkrock que, según un forero, hubo gente entre el público quejándose de que Roky estaba gordo, a lo que otro usuario le contestó preguntándose si es que ahora a los conciertos va la gente a hacerse pajas. Particularmente, un vimeo me ha despejado las dudas sobre la actuación de marras: tuvo que estar como el mismísimo Dios que es.


Volverse loco

¿Qué es volverse loco? ¿Qué sucede cuando uno se vuelve loco? ¿Cómo se enloquece? Sorprende la variedad de respuestas que la gente corriente da cuando se le pregunta su opinión sobre este tema tan específicamente humano. La mayor parte del imaginario popular al respecto arranca de la ficción, sobre todo del cine. El poder de la imagen ha hecho que la mayoría del público tenga una idea de la locura tan errónea como infamante. Películas como Psicosis, El resplandor, Alguien voló sobre el nido del cuco o la patética Recuerda han contribuido poderosamente a alejar al ciudadano medio de lo que de verdad sucede cuando una persona tiene la desgracia de perder la razón y sufrir un episodio psicótico. Por otra parte, tampoco la ficción literaria ha acertado a tratar con rigor lo más notorio del proceso pese a que Don Quijote de la Mancha sea un loco muy querido. Algo es algo, pero por mucho leer y poco dormir no se convierte nadie en paranoico y hace años que no funcionan los molinos de viento.

Tal vez la primera descripción literaria afortunada de la esquizofrenia, la forma más común de locura, sea Lenz, la novela que Georg Buchner escribió en Estrasburgo hacia 1835. Buchner, que poco más tarde firmaría la obra teatral Woyzeck, tuvo acceso a una especie de diario personal escrito por el sacerdote Oberlin que cuidó al poeta romántico Reinhold Lenz durante su primer ataque de locura a los 27 años de edad. La desesperación, la pérdida de energía vital, el hundimiento de las certezas más simples del pobre Lenz llegan hasta nosotros conservando toda su vigencia gracias al trabajo de Buchner. “Parecía muy lúcido; hablaba con la gente, hacía todo lo que todos hacían, pero había en él un vacío atroz, ya no sentía angustia ni anhelo; su existencia le era una carga necesaria. Así siguió viviendo.” Así es la locura, tan dolorida y silenciosa como corrosiva. Pero casi nunca estridente, ni violenta ni irreversible.

Una pena que Hitchcock, Kubrick, Forman y compañía prefiriesen especular emocionalmente con el tema faltando al rigor técnico. Porque han hecho mucho daño a los enfermos con sus bromas. Como lo sigue haciendo el poeta Panero exhibiendo su ruina subvencionada e hipócrita. Entre medias, es de agradecer la forma tan sutil en que Ariadna Gil perdía la razón en Lágrimas negras (1999), de la mano de Ricardo Franco, trasunto fiel de la locura de la actriz Jean Seberg, un amor imposible del director español. O la formidable interpretación de Michael Shannon en Take Shelter (2011) de Jeff Nichols. Por cierto, que Shannon se negó a ver a películas sobre la locura para construir su atormentado personaje. De ahí su acierto.

Tal vez fuese un cierto aroma expresionista a lo Buchner lo que me hizo recalar en el blog Última carta que el periodista Sergio González Ausina mantiene abierto desde hace casi un año y donde va escriturando su pasado sobre un drama sucedido en su propia familia. Sergio, paciencia y prudencia, intenta reconstruir la figura de su tío Vicente G. L. que murió en 1977 tras arrojarse al tren cuando contaba apenas 24 años de edad. Dos años antes le habían diagnosticado de “esquizofrenia”. El suicidio de su tío permaneció oculto para el autor del blog hasta hace pocos años y el periodista se pregunta ahora el porqué de ese tabú. Entre medias va descodificando el léxico familiar en el que se envuelven ciertos dramas para que no hagan demasiado daño. El tiempo embalsama y aminora pero no borra los recuerdos. Hace unos pocos días, el periodista González Ausina colgó una entrada en su blog titulada Habréis tenido miedo… donde relata minutísimamente el momento exacto en que su tío Vicente supo que estaba loco, que el mundo se hundía bajo sus pies. El momento en que el actor Vicente González Luelmo venció la fiebre de las candilejas, descorrió los cortinajes y entró en escena. La fría y precisa apuntación fiscal del periodista González Ausina en la causa que instruye sobre su tío recoge todo el sufrimiento imaginable, todas las raciones de miedo que pueda soportar un perseguido pero, contra lo que ha sembrado el dislate ficcional, no hay ni un solo grito, ni una sola amenaza. Porque la retracción autística, la angustiada búsqueda de soledad, es el reflejo cardinal de la locura. “Él no decía nada”, recuerdan los testigos que aseguraban que Vicente en los últimos tiempos había engordado, fumaba uno tras otro y su cabeza era una intermitente conspiración. Volverse loco es algo tan terrible como simple y prosaico. Y que, para colmo de apocalípticos, nunca es eterno.

 


Arte esquizofrénico: cuando la locura va a los museos

Lo vi hace muchos años, en un reportaje en la televisión. Trataba el tema de la esquizofrenia, y mostraba a pacientes en instituciones mentales cuyas actitudes iban —dependiendo de la gravedad de su estado— de un ensimismamiento autista repleto de movimientos extraños a la capacidad de mantener una conversación bastante normal. Los esquizofrénicos que aparecían en pantalla no eran algo que yo hubiese visto en la vida real, y causaban una mezcla de curiosidad y cierto miedo. De todos modos, todo aquello no era algo que un televidente impúber pudiese entender muy bien.

Pero entonces comenzaron a mostrar algo que, creo, cualquier niño puede captar rápidamente: dibujos. Eran las pinturas de algunos de aquellos pacientes; no recuerdo ya prácticamente ninguna, pero hubo una que por alguna razón se me quedó grabada: la figura de un hombre con traje y corbata, perfectamente normal, pero cuya cabeza era una bombilla eléctrica. Después mostraron otros dibujos del mismo paciente: siempre aparecían aquellos hombres con traje, corbata y cabeza de bombilla. El arte pictórico de aquellas mentes enfermas podía contener una extraña fuerza; más tarde, al hacerme mayor, descubrí que —lógicamente— no había sido el primero en notarlo y que incluso se habían fundado corrientes artísticas enteras bajo la influencia del arte esquizofrénico.

Freud o el exorcismo de la locura

Retrato de Edward James, por René Magritte
Retrato de Edward James, por René Magritte

Las teorías psicológicas de Sigmund Freud lo cambiaron todo. Incluso el arte. La locura había sido durante siglos una condición maldita: incluso cuando no era considerada una posesión diabólica —postura desgraciadamente muy común— provocaba incomprensión y rechazo. La gente podía asustarse incluso de sus propios sueños, cuando estos eran demasiado extraños, porque no entendían los mecanismos mentales que había detrás. El loco, en la literatura o el arte, era siempre una figura trágica; el bufón de Dios, cuyas ideas aberrantes eran objeto de burla, de ocultamiento o de piedad, pero nunca de imitación. A nadie se le hubiese ocurrido que las ideas nacidas en la locura podrían servir de inspiración —al menos directa— para el arte.

Freud mostró al mundo que las ideas aberrantes no eran necesariamente producto de una maldición: explicó los sueños, por ejemplo, y lo de menos es que su explicación fuese certera o no. Lo importante era la idea de que el consciente no es el único dueño de la mente, y que existe un subconsciente irracional dentro de todos nosotros. Algo que produce los sueños y, en aquellas personas cuyas barreras entre realidad y fantasía se rompen, también las alucinaciones y delirios. Una explicación científica que permitía aceptar la locura.

Los literatos y especialmente los pintores fueron quienes con mayor fervor recibieron este nuevo concepto de la locura. Ahora que los desvaríos del subconsciente —aberrantes para la razón— ya no eran obra de Satán o de una condenación contagiosa, sino el mero resultado de procesos explicables de la mente, podían ser observados sin miedo, aceptados e incluso imitados. Los artistas empezaron a sentirse atraídos por la originalidad, la variedad y el sorprendente abanico de símbolos y temáticas que residen en el subconsciente. El auge de corrientes artísticas como el expresionismo invitó a muchos de esos artistas a explorar la cara oculta del alma en busca de inspiración. Los sueños eran la fuente más inmediata y natural; otros recurrían a las drogas alucinógenas o la absenta para provocarse esos delirios que desembocasen en imágenes inspiradoras. Otros no tardaron en descubrir que los pacientes mentales dotados de habilidades artísticas producían por sí mismos imágenes tan originales e impactantes como las que estaban buscándose en el mundo onírico del sueño o como resultado del consumo de estupefacientes. Los locos habían sido, desde tiempos inmemoriales, los pioneros del surrealismo. Sólo que nadie les había prestado atención hasta entonces.

Los esquizofrénicos fueron el principal objeto de culto por parte de los artistas que buscaban llevar los productos del subconsciente a sus lienzos. Los pintores empezaron a visitar las instituciones psiquiátricas en busca de inspiración. Evidentemente no todos los pacientes mentales son capaces de dibujar o pintar; como entre las demás personas los hay que tienen talento, y los hay —una mayoría— que no. Pero incluso quienes no eran especialmente hábiles dibujaban temas sorprendentes y figuras de retorcida originalidad que eran muy cotizadas por los artistas. Si la imaginación es la capacidad para generar imágenes en nuestra mente, qué duda cabe que los esquizofrénicos tienen una imaginación florida: el único problema es que no la pueden controlar.

Giorgio de Chirico Comedia y Tragedia
La Comedia y la Tragedia, por Giorgio de Chirico

Dibujar o pintar es una actividad relajante, que servía a muchos esquizofrénicos para centrarse y al mismo tiempo expresar sus obsesiones y fantasmas. Cuando no tenían síntomas, podían realizar pinturas con temas perfectamente normales. Pero cuando dejaban traslucir sus trastornos, sus mentes quebradizas producían todo tipo de imágenes de cruda espontaneidad, que según la gravedad de sus síntomas variaba desde escenas que combinaban el naturalismo de la realidad con ciertos elementos aberrantes surgidos de la fantasía, hasta incomprensibles galimatías geométricos destinados a mitigar su ansiedad.

De lo primero —pinturas más o menos realistas donde se cuelan elementos irracionales— se nutrieron abiertamente un buen número de pintores surrealistas. René Magritte, por ejemplo, solía abundar en conceptos como la disociación (figuras cuyo rostro se separaba del cuerpo; edificios a oscuras con luces nocturnas frente a un cielo diurno), la confusión (barcos hechos del mismo océano sobre el que navegan, manzanas en lugar de cabezas) o el cambio de propiedades de la realidad (rocas flotantes, hombres caminando sobre el aire, espejos con refracciones anómalas). Estos curiosos simbolismos pictóricos eran muy similares a los que se presentan en la obra de ciertos esquizofrénicos; aunque algunas drogas y en menor medida los sueños pueden producirlos también, no aparecen con la misma abundancia ni son tan concretos como los que causan los procesos de enfermedad mental. Hoy en día hemos contemplado casi un siglo de arte surrealista y puede parecernos que no son ideas especialmente originales, pero en su momento suponían una auténtica ruptura porque provenían de uno de los pocos ámbitos que el arte no se había atrevido a explorar: la locura. Otros grandes surrealistas como Max Ernst, Giorgio de Chirico o Salvador Dalí solían ofrecer, sin embargo, una versión más elaborada del surrealismo, generalmente más cercana al mundo onírico que a la pseudorrealidad quebrada de la esquizofrenia, pero incluso ellos se sentían atraídos e influidos por las derivaciones pictóricas de la enfermedad mental. Chirico, particularmente, introducía elementos esquizoides —como la sustitución de partes corporales por objetos o huecos— en algunos de sus cuadros, como La comedia y la tragedia o Las musas.

Pero si hubo alguien que convirtió esa atracción en toda una corriente pictórica nuevo fue Jean Dubuffet.

Adolf Wölfli
Adolf Wölfli

Art Brut: el arte que viene de los márgenes

Con el antecedente del fauvismo de Henri Matisse —un uso crudo, infantil, de los colores— y el apogeo del expresionismo y el surrealismo, ambos atraídos por los productos del subconsciente, era cuestión de tiempo que alguien proclamara su interés por una pintura completamente alejada de la academia, producida por seres artísticamente inocentes no contaminados por las influencias del mundillo pictórico.

Paul Gosch
Paul Gosch

Esto es, artistas a quienes no se reconoce como artistas porque producen su obra fuera de los márgenes de la cultura oficial —niños, pacientes mentales, o personas anónimas de todo tipo— ya no eran simplemente una influencia para los surrealistas y demás, sino autores perfectamente respetables con obras dignas de ser estudiadas por sí mismas.  El impulsor de ese nuevo interés fue Jean Dubuffet, quien no se limitó a recoger la influencia de esos artistas no reconocidos; quiso reconocerlos directamente, sacarlos a la luz.

El mundo empezó a descubrir que los pacientes mentales producían toda clase de dibujos y cuadros tan fascinantes como los de ciertos grandes artistas que se inspiraban en ellos. Desde las figuras surrealistas producto de visiones y delirios que había imitado Magritte hasta intrincadas obsesiones geométricas y extraños juegos de perspectiva que solían ser producto de fases avanzadas de la esquizofrenia. Algunos de aquellos individuos alcanzaron cierto renombre entre los círculos pictóricos y aún hoy se les cita en libros de arte, pese a que no pertenecen a ninguna corriente concreta (Art Brut es más una etiqueta colectiva que descriptiva). Aunque a menudo las obras de estos pacientes mentales tienen algunas características comunes —como la fijación por al barroquismo geométrico, los rostros y los ojos— son lo bastante diferentes entre sí como para poder englobarlas en un estilo determinado. Se fue descubriendo las interesantes obras de gente como el alemán Paul Gösch, un esquizofrénico que pintaba composiciones coloristas y muy complejas, en donde aprovechaba rincones de la pintura para incluir escenas en miniatura casi a modo de viñetas (algo que algunos esquizofrénicos, especialmente los más hábiles artísticamente, hacen a veces). Su cromatismo infantil y las superposiciones de figuras con entrelazados y transparencias eran, si no pictóricamente sólidas, al menos sí muy interesantes; por desgracia, Gösch murió en un campo de exterminio durante una de las “limpiezas” eugenésicas del régimen nazi.

Madge Gill
Madge Gill

El que los artistas del Art Brut fuesen “artísticamente inocentes” no significaba que fuesen inocentes también en otros aspectos. De hecho, algunos de estos pintores y dibujantes despertaron fascinación por su obra pero eran individuos más bien poco recomendables. Adolf Wölfli fue un psicótico de turbulenta vida y personalidad agresiva cuyos dibujos a lápiz mostrando las habituales obsesiones esquizoides por los ojos, las caras y un abigarrado barroquismo geométrico traspasaron los muros de la clínica donde estaba recluido y llegaron a los círculos artísticos, causando bastante impresión entre los pintores del momento. Había tenido una infancia traumática, en la que fue objeto de abusos sexuales y posteriormente entregado a un orfanato. En su edad adulta fue acusado varias veces de abusar sexualmente de niños y terminó recluido en un sanatorio mental, cuyas celdas de aislamiento visitaba a menudo a causa de sus arrebatos violentos. Pese a su terrible personalidad, Adolf Wölfli era y aún es considerado un artista influyente, y puede considerársele una de las figuras claves del Art Brut. Sus dibujos, hechos generalmente con lápices de colores, tienen un estilo muy característico y han servido de inspiración a no pocos artistas contemporáneos y posteriores. Sus composiciones geométricas típicamente esquizoides, que en ocasiones incluso recuerdan a ciertas artes tribales, están entre lo más pictóricamente interesante del “arte marginal”.

También interesante es la obra de Madge Gill, una inglesa que creía estar en contacto con los espíritus del Más Allá y cuyos dibujos en blanco y negro son una expresión de esos supuestos contactos. Sus apretujadas celosías de líneas, tras el aspecto inicial de garabatos, muestran un apreciable gusto para la composición y un admirable sentido del equilibrio. Pese a llevar una vida relativamente normal (incluso formó una familia) aseguraba estar guiada por un espíritu —llegaba a firmar sus obras con el nombre de ese espíritu— y pese al interés de terceros en promocionar su trabajo y dar a conocer su talento, siempre fue reticente a exponer y se negaba en redondo a vender sus obras, la mayor parte de las cuales no fueron de acceso público hasta que Madge murió. Otro gran descubrimiento fue el del mexicano Martín Ramírez, un paciente esquizofrénico cuyos dibujos —sencillos pero extrañamente inquietantes— mostraban una constante obsesión por puertas, vanos, arcos y espacios vacíos que traslucían la profunda inseguridad e incertidumbre de su estado mental. Sus juegos de perspectivas con túneles, columnas y raíles fueron muy apreciados en los círculos artísticos y siguen causando gran impresión hoy; es uno de los artistas esquizofrénicos más originales y característicos (si es que no lo son todos en cierto modo, evidentemente).

Martín Ramírez
Dos dibujos de Martín Ramírez

No menos impresionante es la obra póstumamente descubierta de Felipe Jesús Consalvos, un cigarrero cubano cuya familia se trasladó a los Estados Unidos, donde de manera anónima realizó la mayor parte de su trabajo. Durante su vida, totalmente al margen de los círculos artísticos, Consalvos produjo extraordinarios collages utilizando fotografías, etiquetas de tabaco y fajas de puros, generalmente en formato de cuadro, aunque también las usó para forrar algunos objetos tales como instrumentos musicales. Como ocurre a menudo en estos casos, sus impresionantes collages fueron descubiertos por el público tras su muerte. Su obra es tan impactante y demuestra un talento tal, que se le considera uno de los “artistas marginales” más grandes y reconocibles del mundo. Se sabe bien poco sobre su figura, aunque el estilo abigarrado de sus collages, su expresividad tan directa y la fijación con determinados temas parecen indicar que Consalvos pudo sufrir algún tipo de trastorno mental, o como mínimo una angustia intensa que necesitaba mitigar centrándose en tan milimétricos y complejos trabajos.

Felipe Jesus Consalvos
Collage de Felipe Jesús Consalvos

El canadiense William Kurelek llamó mucho la atención por sus cuadros que basculan entre diversos estilos; aunque una de las obras en las que más claramente se trasluce su esquizofrenia es El laberinto, un enorme mural representando un cráneo tirado en el suelo, en cuyo interior —un poco al modo de Paul Gösch— pueden verse diversas escenas de tristeza o acontecimientos traumáticos. Quizá sea su cuadro más célebre por lo impactante del contenido (y por su tamaño), pero casi toda la obra pictórica de Kurelek merece mucho la pena. Willem Van Genk era un holandés diagnosticado de esquizofrenia y autismo, cuyas composiciones sobre ciudades, estaciones abarrotadas de gente, dirigibles, aviones, barcos o puentes recuerdan por su colorismo y complejidad a los collages de Consalvos, aunque también tiene algunos dibujos de tono más naturalista. Como el artista cubano, Van Genk también tenía pasión por decorar profusamente objetos, entre ellos algunos tan curiosos como  una colección de impermeables.

Más allá de la pintura

El “art brut” o arte marginal, evidentemente, terminó sobrepasando los límites de la pintura. Tiene incluso su vertiente literaria: por ejemplo, Richard Sharpe Shaver fue un artista norteamericano cuyos delirios resultaban tan fascinantes que el editor de la revista de ciencia ficción Amazing Stories los publicaba en forma de relatos, dando a Shaver a conocer a los lectores habituales de la publicación. Shaver sufría toda clase de paranoias muy elaboradas: había comenzado un buen día a escuchar los pensamientos de quienes le rodeaban, lo cual fue sólo el comienzo de una serie de revelaciones fabulosas. dijo haber descubierto el primer idioma de la Tierra, el “mantong”, que le permitía hallar significados ocultos tras los sonidos y las palabras. Había averiguado que en profundas cuevas habitaba una antiquísima raza, la mayoría de cuyos integrantes había salido al espacio para huir de la radiación solar, pero de los que aún quedaban algunos en el planeta Tierra, embrutecidos por los siglos de encierro, aunque poseían naves espaciales y estaban en estrecho contacto con civilizaciones alienígenas muy avanzadas. Según Shaver, determinadas piedras (“libros de roca”) contenían mensajes de aquella antigua raza. Las historias e ilustraciones de Shaver, aunque estuvieron siempre rodeadas de polémica —hubo quien acusó a la revista de haberse inventado un personaje ficticio como reclamo publicitario—alcanzaron bastante repercusión y fue una curiosa figura que anticipó la fiebre OVNI desatada en 1947.

Darger
Una de las escalofriantes ilustraciones de Henry Darger

Bastante más perturbadoras son las ilustraciones de Henry Darger, quien como en otros casos similares vivió su infancia entre orfanatos e instituciones mentales, pero después llevó una vida aparentemente anodina, obsesionado con la religión —iba a misa varias veces al día— y aquejado por un síndrome de Diógenes que le hacía recoger toda clase de basura inservible de las calles. Su monumental obra se descubrió sólo después de su muerte, cuando se encontró en su habitación un alucinógeno manuscrito de 15.000 páginas con el largo y enrevesado título La Historia de las Chicas Vivian, en los llamados Reinos de lo Irreal, sobre la Guerra-Tormenta Glandeco-Angeliniana causada por la Rebelión de los Niños Esclavos. Aunque casi nadie se ha leído entera la enorme novela —que al parecer no es más que una insensata sucesión de sobrecargadas mitologías, aunque no sin interés por lo extravagante del universo que crean— se sabe que La Historia de las Chicas Vivian representa uno de los lados más oscuros del “arte marginal”. El libro narra unas guerras en un mundo fantástico donde los niños tienen un gran protagonismo, y describe numerosas veces las horribles torturas y muertes a que son sometidos. Aunque no se conoce que Darger cometiese actos violentos contra niños (se sospecha a veces de que pudo asesinar a una niña, aunque no hay pruebas para afirmarlo y podría tratarse de una simple habladuría causada por su fijación por las noticias de crímenes con víctimas infantiles) las numerosas ilustraciones con que acompañó su manuscrito ponen, en ocasiones, los vellos de punta. No sólo por las frecuentes escenas de desnudez sólo aparentemente inocente —no dibujaba escenas sexuales pero parece evidente una fascinación fuera de lo normal por los cuerpos de niños y niñas de corta edad— sino por las sangrientas representaciones de violencia y torturas de todo tipo. Además, uno de los rasgos más extraños es que suele dibujar a las niñas con órganos sexuales masculinos: se dice que podría deberse a que Darger desconocía la naturaleza de los genitales femeninos, porque nunca habría tenido relaciones con mujeres temiendo que alguna de ellas fuese su hermana, a la que se había dado en adopción y cuyo físico él no conocía. Tampoco habría consumido pornografía debido a sus fijaciones cristianas. En todo caso, Darger es verdaderamente un artista marginal: no sólo fue conocido de modo póstumo, sino que el conjunto de su obra pictórica es demasiado extraña en el fondo —y no lo bastante en la forma— como para causar imitación más allá de la mera contemplación o del merio estudio psicológico. Sus dibujos son buenos, pero salvo por sus temas, menos impactantes que los de otros artistas marginales.

Cheval
Ferdinand Cheval posando frente a su Palacio Ideal. A la derecha, el mausoleo que construyó para sí mismo y donde está enterrado.

Uno de los casos sin duda más sorprendentes es el de Ferdinand Cheval, un cartero rural francés que un buen día encontró una piedra y, repentinamente inspirado por no se sabe muy bien qué, vio en ella la forma básica de una construcción. Diariamente, en su trayecto para repartir el correo, recogía piedras que después iba añadiendo a esa construcción. Fue haciéndolo día tras día, ignorado por sus paisanos, que le consideraban poco menos que el tonto del pueblo. Cheval siguió con su obra durante muchos años y a principios del siglo XX su “Palacio Ideal” fue descubierto con absoluto pasmo por artistas de la talla de Pablo Picasso. El barroquismo de su espontánea arquitectura, que recuerda tanto al estilo Gaudí como a ciertos templos orientales, despierta asombro incluso hoy en día: además de su célebre palacio, es buena muestra de su talento el mausoleo que, durante siete años, construyó para sí mismo en el cementerio.

El hombre que pintaba a los gatos

Louis Wain
Louis Wain, antes de sufrir enfermedad mental, junto a uno de sus gatos.

La mayoría de los pintores esquizofrénicos fueron descubiertos cuando ya se había diagnosticado su enfermedad y su obra conocida ya estaba marcada por la misma. Pero lo ideal para observar la influencia de los estadios más graves de la esquizofrenia sobre el arte sería el que hubiese un individuo que hubiese empezado a pintar mucho antes de declararse el trastorno mental. Y tal personaje existe: Louis Wain. No puede considerársele propiamente un representante del “art brut”, ya que tenía una formación académica y fue un artista normal, metido en los círculos comerciales durante bastante tiempo  antes de caer mentalmente enfermo. Gran amante de los gatos, durante años dibujó simpáticas ilustraciones que tenían muy buena aceptación entre el público victoriano y que aparecían en periódicos, revistas, libros infantiles, tarjetas, etc. Era un ilustrador exitoso con un estilo convencional, amable y en absoluto experimental.

Pero a principios del siglo XX se le diagnosticó una esquizofrenia progresiva que empezó a minar su estado mental. Hasta entonces había sido un perfecto caballero, tranquilo y bien educado, si bien detrás de su encanto personal la gente siempre le había considerado un tanto peculiar. Pero la enfermedad le hizo cambiar radicalmente, volviéndole paranoico y de conducta imprevisible, hasta que su familia no tuvo más remedio que ingresarle en un sanatorio.

Allí, los dibujos de Wain empezaron a mostrar la progresión de su enfermedad. Sus gatos, antaño retratados como figuras plácidas y simpáticas, aparecían ahora con una expresión de alarma, pintados con colores más chillones y con algunas figuras geométricas en el fondo, en vez de los paisajes habituales en su obra anterior. La ansiedad de Wain, evidentemente, se estaba plasmando en su obra. Conforme su estado empeoró, los gatos pasaban de aquella expresión de alarma provocada por alguna amenaza externa a tener ellos mismos una expresión amenazante hacia el pintor. Después, conforme el artista perdía el contacto con la realidad, las obsesiones geométricas se apoderaban de su obra y los rostros de los gatos se fueron descomponiendo en intrincadísimas celosías fractales en las que finalmente resultaba imposible reconocer a un gato, pese a que, a ojos de Wain , el gato seguía estando allí.

Evolucion de Louis Wain
Louis Wain: arriba, dos ilustraciones de su etapa mentalmente sana. Abajo, evolución de sus retratos de gatos durante las etapas progresivamente más graves de su esquizofrenia.

La evolución de la obra de Wain es reveladora. Siempre he sido poco partidario de atribuir los méritos artísticos de una persona a un trastorno mental. Wain tenía talento por sí mismo, como cualquier otro artista esquizofrénico lo tendría de no haber caído enfermo. Pero aparte de mostrar la tendencia de los psicóticos a sentirse fascinados por patrones geométricos complejos, el estilo de Wain, una vez liberado de las convenciones normales, terminó siendo extrañamente revolucionario. Se adelantó en décadas al arte fractal e incluso al arte psicodélico, y desarrolló todo un estilo abstracto paralelo al que estaba evolucionando en el mundo exterior, más allá del manicomio en donde estaba internado. La creciente pulsión que le llevaba  a calmarse mediante la confección de laberínticas composiciones era sólo una parte de la forma en que su pintura mostraba la degeneración de su relación con la realidad. En su etapa sana retrataba una realidad amable, idealizada: la que pedían sus compradores. Con el comienzo de la enfermedad, la realidad empezaba a mostrarse angustiosa y amenazante; más tarde era mostrada como una realidad extraña aunque aún con rasgos reconocibles, y finalmente como algo totalmente incomprensible. Evidentemente, si Wain no hubiese sido previamente un artista, sus delirantes dibujos tardíos no hubiesen tenido más interés que el puramente psiquiátrico, pero en su caso tienen, además, el aliciente de mostrar cómo un artista daba un salto evolutivo incluso a pesar de sí mismo. Su talento no desapareción con la enfermedad, sólo que ya no pudo elegir qué pintaba: la esquizofrenia le dictaba lo que tenía que hacer.

Hay muchos otros ejemplos de artistas mentalmente enfermos cuyo trabajo es digno de mención, pero quedan para otro artículo. Mientras, nos quedamos con la definición que Jean Dubuffet hizo del “arte en bruto”, resumen de lo que algunos amantes del arte buscamos en la obra de algunas personas que, precisamente al no estar condicionadas por el arte establecido, ofrecen algo verdaderamente nuevo y sorprendente:

«Intentamos mostrar la obra producida por aquellos que no han sido tocados por la cultura artística, en la cual la imitación apenas tiene un papel en la forma en que el artista dibuja (tema, selección de materiales, proceso creativo, formas de expresar una idea, ritmos, etc.) desde sus propias profundidades y, al contrario que los intelectuales, no desde las convenciones del arte clásico o del arte que está de moda. »

Kurelek
"El laberinto", de William Kurelek