El fabuloso reino de Poyais: venga a morir a la Costa de los Mosquitos

Gregor MacGregor retratado por George Watson, ca 1804. Imagen: National Gallery of Scotland.

El principado de Poyais era un lugar fabuloso. En todos los sentidos. Situado en la costa de la actual Honduras, constituía un entorno privilegiado, protegido de los posibles invasores por pequeñas cadenas montañosas. Su tierra era tan fértil que las plantaciones de maíz producían tres cosechas al año en vez de la cosecha única —o dos, en condiciones muy excepcionales— que era posible obtener en otros lugares. El lucrativo tabaco crecía casi por sí solo. Abundaba el pasto para el ganado. La caza y la pesca eran tan abundantes que, en una única y ligera jornada, un hombre podía procurar el alimento semanal para toda su familia, y más. Los ríos y arroyos que discurrían por zonas agrestes llevaban consigo pepitas de oro. Había vetas de plata esperando a los más intrépidos. Una colonia británica, próspera pero insuficiente, apenas daba de sí para explotar todos estos recursos. Todo lo que Poyais necesitaba para convertirse en un enclave cardinal del Caribe era nuevos inversores y colonos. A principios de la década de 1820 un militar escocés llamado Gregor MacGregor recorría Gran Bretaña buscando con afán esos inversores. Recaudó ingentes cantidades de dinero con la venta de bonos de deuda pública de aquella Jauja americana y de concesiones para establecerse allí.

El problema era que Poyais no existía. Es decir, MacGregor sí había adquirido un territorio situado en la costa caribeña de la actual Honduras y cuya superficie era algo mayor que la de Galicia o Valencia. Pero no se parecía en nada al país maravilloso que describían sus coloridas campañas publicitarias. Era un extenso, sí, pero impracticable pedazo de selva en la Costa de los Mosquitos donde no podía plantarse y donde el ganado no tenía nada que comer ni manera de sobrevivir. No había oro ni plata, ni nada digno del esfuerzo de pelear contra el entorno hostil y las enfermedades exóticas para las que los organismos europeos no estaban preparados. Ni siquiera había establecimientos; en el pasado, los pocos intentos de mantener bases o colonias en el lugar habían fracasado con estrépito. Poyais era un infierno tropical. Con él, MacGregor ganó el equivalente de cientos de millones de euros mediante una de las mayores estafas de todos los tiempos. Ya de paso, envió a un puñado de colonos a una muerte prácticamente segura, mientras él se revolcaba con regocijo en su recién adquirida fortuna.

La accidentada carrera militar de Gregor MacGregor

Nacido en una familia no muy rica pero de origen ilustre —el clan Gregor, al que había pertenecido el legendario rebelde Rob Roy— e hijo de un capitán de la marina mercante, Gregor MacGregor descubrió bien pronto que la aburrida vida de pequeñoburgués en la gris Escocia no era el tipo de vida que quería llevar. Con solo dieciséis años y fallecido su padre, ingresó en el ejército británico gracias al esforzado desembolso económico de su familia, que le compró un puesto por el equivalente de unos cuarenta mil euros actuales. Era una manera de asegurar su futuro, una práctica común por entonces. Su entusiasmo le valió el nombramiento como teniente en cuestión de apenas unos meses. Para continuar ascendiendo con rapidez, sin embargo, necesitaba comprar los galones; el ejército británico, clasista y nada meritocrático, funcionaba mediante un sistema de venta de rangos destinado a evitar que los militares de clase baja acaparasen los puestos de mando. Para ascender a capitán solo por los méritos un teniente de clase baja requería cumplir un mínimo siete años de servicio y esperar a que llegase el nombramiento. Con dinero, sin embargo, ese nombramiento se podía obtener tan pronto hubiese un puesto disponible.

Sin dinero ni influencias, pues, MacGregor estaba condenado al ostracismo militar. Solucionó este inconveniente gracias a su aspecto distinguido y sus maneras refinadas o, dicho de otro modo, contrayendo matrimonio con María Bowater, hija de un almirante de la Armada Real y familiar directa de un miembro del Parlamento. María venía acompañada de una sustanciosa dote, ingresos regulares asegurados y contactos con las altas esferas militares y políticas. Poco después MacGregor pudo comprar el ascenso a capitán, que no era barato: el equivalente de ochenta y cinco mil euros. Destinado a una guarnición de Gibraltar, el jovencísimo oficial se hizo notar por su afición por los signos externos del escalafón: uniformes, insignias, medallas. Esto provocaba hondas antipatías entre los soldados y hasta entre algunos de sus colegas oficiales, pero la obsesión por la apariencia sería un rasgo que mantendría durante toda su carrera y con el que engañaría a mucha gente.

En 1809, tras algunos años en la guarnición del peñón, fue trasladado a Portugal para luchar contras las tropas napoleónicas. En la primavera de 1810 participó en la batalla de Albuera, donde el 57º Regimiento de Infantería, en el que servía como oficial, se ganó el legendario apodo de los Die-Hards, los «duros de matar». Sin embargo esto le sirvió de poco; unos días después fue «invitado» a abandonar el ejército por desavenencias con otros oficiales. Se le devolvió el dinero que había pagado por su puesto y su ascenso. Según parece sus superiores directos estaban hartos de él. Durante su carrera militar los testimonios de sus colegas fueron de lo más diverso. Algunos lo consideraban valioso; para la mayor parte era un individuo petulante, insoportable e inútil

Regresó a Inglaterra para presumir de sus hazañas militares, que solía describir con pintoresco colorido, exagerando su papel en ellas. Sin embargo, cuando su joven esposa murió al cabo de un año, MacGregor se quedó sin su sustento económico y sin su principal apoyo en la sociedad londinense. Sin conocer otra vida que la militar y sin experiencia alguna en algún otro oficio, no tenía manera de salir adelante excepto, quizá, retornar a Escocia y hacerse cargo de una pequeña propiedad que había heredado, lo cual lo hubiese condenado a esa gris vida de campesino que quería evitar. Se fijó en las guerras de independencia que estaban estallando en la América española. En Londres había conocido al general Francisco de Miranda, líder de la revuelta venezolana y personaje carismático que había recorriendo Europa causando una gran impresión allá donde iba. Decidido a ofrecerle sus servicios, MacGregor vendió lo que tenía —mayormente, aquella modesta propiedad familiar en Escocia— y embarcó con destino a América.

Hizo escala en Jamaica, donde tuvo tiempo de desbabarse contemplando la cómoda y lujosa existencia que llevaban los administradores de las plantaciones y puestos comerciales, pero supo que allí no había sitio para él porque, para prosperar en Jamaica, se necesitaba de buenas referencias, en especial cartas de recomendación firmadas por personajes influyentes de la sociedad inglesa. MacGregor ya no disponía de ese tipo de contactos. A su pesar continuó el trayecto hacia Caracas. Llegó a una Venezuela sumida en el caos. Para empezar, la propia Caracas había sido arrasada por un terremoto apenas unas horas antes de que MacGregor desembarcara. Por otro lado, la guerra no le iba bien al bando republicano de Miranda, que además estaba perdiendo apoyo popular y amenazaba con desbaratarse por causa de las disensiones internas. Aun así, Miranda era su única oportunidad para forjar una nueva carrera, así que MacGregor le pidió un puesto como estaba previsto. Embelleció su pasado, recordando que había pertenecido a los famosos «duros de matar» y aireando la supuesta recepción de la cruz de la Orden de Cristo que las autoridades portuguesas, según él, le habían concedido por su distinción en la lucha. Miranda, impresionado, lo reclutó y lo puso al mando de un batallón de caballería. MacGregor tuvo suerte: su primera intervención fue exitosa y produjo una gran primera impresión entre sus superiores, aunque sus desempeños militares iban a ser bastante irregulares en el futuro. Su carrera se convertiría en un ir y venir de un lugar a otro, siempre buscando algún escenario bélico en el que hacerse un nombre, y cayendo en una creciente e inexplicable espiral de egolatría.

El seductor escocés aseguró su posición contrayendo segundas nupcias con Josefa Aristeguieta, prima de otro de los principales generales rebeldes, Simón Bolívar. Gracias a este enlace MacGregor fue ascendido a general de brigada. Sin embargo la guerra iba de mal en peor. Miranda fue hecho prisionero y terminó firmando un armisticio con la corona española, rendición que no fue aceptada por el nuevo líder de la revolución. Un desencantado Bolívar huyó a la isla de Curaçao para planear la manera de salvar la causa. Necesitaría algo de tiempo para recomponer su ejército y regresar al continente para intentar un segundo asalto.

MacGregor debió de sentir que la inactividad lo perjudicaba, pues no tardó en buscar nuevas aventuras en las Provincias Unidas de la Nueva Granada, la fugaz y caótica república colombiana que duró solo cinco años y que hoy es recordada como la «Patria Boba». Las actividades militares de MacGregor allí fueron, como de costumbre, recordadas de forma contradictoria según la fuente. Para algunos de quienes sirvieron junto a él fue un oficial valioso por su experiencia en las guerras napoleónicas y su formación militar moderna. Para otros era un fanfarrón insoportable. En todo caso no hizo cosas dignas de mención. La república neogranadina se estaba derrumbando.

Por fin le llegaron las buenas noticias de que Bolívar había conseguido reunir un ejército con el que había conquistado Caracas. MacGregor pensó que era buen momento para regresar a Venezuela. Al poco de llegar resultó que también esta segunda intentona de Bolívar se estaba viniendo abajo. Las tropas españolas estaban haciendo retroceder a los rebeldes en todos los frentes. El escocés, al mando de un grupo de soldados, se vio obligado a retirarse a la ciudad de Cartagena, que pronto fue sitiada por los barcos del bando realista. Los rebeldes huyeron a bordo de varios cañoneros, rompiendo el cerco español sin perder ninguna nave, una hazaña en la que MacGregor tuvo un papel destacado. Mientras esto sucedía Bolívar era derrotado de nuevo. Y de nuevo Bolívar se puso a la tarea de recomponer su ejército.

Cuando Bolívar reunió una fuerza importante entró por tercera vez en la lucha. Le dio a MacGregor un nuevo puesto como general de brigada. Como ya era costumbre, las tropas realistas contraatacaron con éxito la ofensiva de Bolívar. MacGregor decidió retirarse con las suyas propias, recorriendo varios cientos de kilómetros hasta la ciudad de Barcelona. Fue una huida digna de película; con tropas escasas y la sola presencia, como aliados, de un grupo de combatientes indígenas armados con arcos, MacGregor era perseguido muy de cerca por la caballería española. Se vio obligado, incluso, a abandonar a los heridos durante la marcha. Por fin consiguió tender una trampa a los jinetes enemigos, conduciéndolos hacia un pantano donde la principal ventaja de la caballería, la capacidad para cargar a toda velocidad, quedaba inutilizada por completo. Con sus monturas inmovilizadas en el fango, los realistas vieron cómo caía sobre ellos una lluvia de flechas. Indefensos ante el ataque final conducido por MacGregor, terminaron desbaratados. Aquella fue la mayor hazaña militar del escocés y una de las pocas sobre la que no hay dudas razonables respecto al papel que desempeñó. El propio Bolívar quedó impresionado al saber de lo sucedido y, durante un periodo, tuvo a MacGregor en muy alta estima.

Medalla de la Isla de Amelia, 1817. Imagen: John J. Ford Jr. Collection (DP).

La siguiente misión del ahora famoso MacGregor consistía en capturar algún puerto en Florida, posesión española desde la que los rebeldes podrían crear un valioso canal de suministros y comercio con Norteamérica. MacGregor viajó a los Estados Unidos para recaudar fondos y conseguir reclutas; un número de estadounidenses se alistaron en su unidad bajo la promesa de buenos salarios y recompensas. En 1817 MacGregor se embarcó con apenas un puñado de hombres, dejando a la mayoría de sus reclutas estadounidenses atrás, y tomó rumbo a la isla de Amelia, que forma parte del archipiélago que, a modo de barrera natural, bordea la costa de Florida. En Amelia, una isla insignificante, había una guarnición española minúscula y una comunidad de piratas y delincuentes que se refugiaban allí cuando no estaban cometiendo fechorías en otros lugares. Los soldados españoles, pensando que MacGregor llegaba acompañado de los varios miles de hombres que había reclutado, huyeron. El escocés, con unas pocas decenas de efectivos, tomó una isla medio vacía sin pegar un solo tiro.

Con la captura de Amelia se dispararon sus delirios grandilocuentes. Se empeñó en convertirla en el primer territorio de lo que, en sus cada vez más febriles visiones, debía ser la «República de las Floridas». MacGregor estaba decidido a convertirse en el Bolívar de la región. Diseñó una bandera —cruz verde sobre fondo blanco— y declaró la independencia. Casi nadie le hizo caso. Los piratas, que constituían el grueso de sus nuevos «súbditos», no vieron con buenos ojos que pretendiese ponerles impuestos y se limitaron a hacer como si MacGregor no estuviese allí. Los traficantes de esclavos se disgustaron cuando el autoproclamado gobernante les arrebataba a los esclavos para revenderlos. Los propios soldados de MacGregor estaban también descontentos porque su jefe les había prohibido el pillaje; todo bien valioso debía ir a las arcas de su nueva revolución. Para colmo, MacGregor empezó a pagarles en «dólares amelianos» acuñados por él mismo y cuyo valor resultaba más que dudoso; era el principio de una costumbre que ya rara vez quebraría, la de no pagar a sus hombres.

Un contingente español (ahora sí, más importante) empezó a reunirse en la costa opuesta. El enemigo era bien visible desde la isla, porque apenas los separaban unas decenas de metros de aguas poco profundas. MacGregor supo que la corta vida de su República de las Floridas había llegado a su fin. Entonces inauguró otra de sus costumbres funestas: la de abandonar a una parte de sus hombres a su suerte mientras él emprendía la huida. Dejó una guarnición en Amelia, comandada por uno de los estadounidenses a quienes había conseguido liar en su insensata empresa. Después, entre los gritos e insultos de sus supuestos conciudadanos republicanos, subió a un barco para marcharse. Mientras los soldados de la isla Amelia trataban de defenderse del asalto español, MacGregor se relajaba en las Bahamas, dedicado a encargar medallones conmemorativos dedicados a sí mismo, en los que podían leerse lemas tan tragicómicos, dada la situación, como Veni Vidi Vici o Duce Mac Gregorio Libertas Floridarium («MacGregor, líder libertador de Florida»). Estaba permitiendo que la fantasía sobre sus supuestas hazañas se impusiera sobre la triste realidad de sus derrotas y su cobardía.

Llegaron nuevas órdenes: debía participar en la conquista de Panamá. Desde Bahamas regresó a las Islas británicas, donde reclutó un millar de soldados ingleses con las habituales promesas de buenos sueldos y premios varios. La primera parte de su misión consistía en la toma del fuerte costero Porto Bello. Haciendo gala de gran astucia la cumplió sin pegar un solo tiro, durante la noche, esquivando las barricadas que los defensores realistas habían situado en torno a la pequeña localidad. Las tropas españolas habían esperado un enfrentamiento directo y, para su sorpresa, se vieron despojadas del fuerte en cuanto amaneció.

En Porto Bello MacGregor parecía ya por completo absorbido por una manía egocéntrica que le hacía verse como una figura legendaria destinada a pasar a la historia. Pensaba en volver a Nueva Granada para liberarla y convertirse en el gran líder de lo que hoy es Colombia. Sin embargo parecía haber desarrollado un pánico cerval ante la idea de volver a enfrentarse cara a cara con los españoles. Pese a tener ordenes de continuar su marcha hacia la ciudad de Panamá se quedó en el fuerte, dedicado al diseño de nuevos medallones. En su cabeza estaba creando una cofradía caballeresca, encabezada por él mismo, cuyo emblema sería una cruz verde sobre fondo blanco: la misma bandera que había ondeado en la ya extinta pseudorrepública floridana que había pretendido fundar en la isla Amelia. Se inspiraba en la Orden de Cristo portuguesa, cuya historia se remontaba a la edad media.

Enfrascado en los diseños de medallas y uniformes, se desentendió de todas las labores de mando efectivo y ni siquiera se molestaba en pagar el salario de sus soldados. Solo evitó un motín generalizado cuando repartió, por fin, algo del dinero que les había prometido. Por lo demás, nada parecía preocuparle excepto sus fantasías neotemplarias. Ni siquiera estableció mecanismos de vigilancia en torno al fuerte y cuando, como era de prever, las tropas españolas regresaron para intentar recapturar el fuerte, se encontraron —para su sorpresa— el camino completamente despejado. MacGregor solo supo del contraataque porque le despertó el ruido de los disparos. Lanzó su colchón por la ventana de su habitación, que daba a una playa, y saltó sobre él. Después quedó inconsciente en el agua y fue rescatado, de manera milagrosa, por uno de sus barcos. Cuando recuperó la consciencia y vio la que había liada en tierra, lejos de retornar en ayuda de los soldados y oficiales que no habían conseguido salir de Porto Bello, ordenó que su barco huyese hacia alta mar. Poco después destituyó al capitán del buque, una medida muy extrema que podía constituir un crimen penado con la muerte y que incluso altos mandos debían evitar en lo posible; ni siquiera un general solía atreverse a discutir el mando de un capitán, máxima autoridad cuando estaba a bordo de su buque. MacGregor justificaría la acción por la «indisciplina y ebriedad» de la tripulación.

Nadie le exigió explicaciones por aquella destitución, pero su exiguo ejército iba quedando diezmado por la incapacidad del escocés para cumplir con el pago de los sueldos. Incluso las raciones flaqueaban. Sus planes grandilocuentes para liberar Nueva Granada y convertirse en el Bolívar de la actual Colombia amenazaban con venirse abajo cuando quedó claro que casi nadie quería seguir bajo su mando. Los soldados pasaban hambre y privaciones mientras MacGregor diseñaba nuevos uniformes para los oficiales y premiaba a sus favoritos con la inútil medalla de «la Orden de la Cruz Verde».

El miedo a enfrentarse a los españoles hizo que, cuando llegaron a Nueva Granada y uno de sus oficiales desembarcó para tomar el fuerte colombiano de Río de la Hacha, MacGregor no quisiera abandonar el barco. Cuando la bandera rebelde ondeó en el fuerte tampoco quiso desembarcar, aduciendo que podría tratarse de una trampa de los españoles. Solo aceptó pisar tierra cuando su oficial retornó en persona para decirle que, en efecto, habían conquistado el fuerte. MacGregor obtuvo un recibimiento no muy cariñoso de los soldados, que lo acusaban de cobardía y cubrieron su caminata de insultos y escupitajos. Refugiándose una vez más en sus fantasías, MacGregor empezó a referirse a sí mismo como «Su Majestad el Inca de Nueva Granada», repartiendo cruces y absteniéndose de intentar imponer cualquier rutina o disciplina entre sus hombres. Cuando los españoles retornaron huyó de nuevo, dejando a un número de sus soldados abandonados a una más que segura matanza. Sus oficiales, o los que aún no se habían marchado o habían caído en manos realistas, no entendían cómo era posible que semejante individuo hubiese alcanzado una tan elevada reputación militar. Uno de ellos, al regresar a Inglaterra el año siguiente, escribió un libro titulado Memorias de Gregor MacGregor, en el que narraba la sucesión de despropósitos de que ahora se autodenominaba Inca. El libro no tuvo gran circulación, suponemos, o nadie hubiese vuelto a confiar en MacGregor jamás.

Si en el Reino Unido nadie sabía de su incompetencia, en América su reputación sí terminó hecha añicos. En Jamaica había una orden de captura contra él por piratería. Su mujer Josefa y su pequeño hijo Gregorio, que aún residían allí, habían sido desahuciados y solo por la mediación de un oficial habían podido esconderse en la choza de unos esclavos. El propio Bolívar, a quien ya habían llegado los informes sobre la cobardía y desobediencia de MacGregor, lo tildó de traidor y ordenó que, de retornar a Venezuela, se lo ahorcase sin juicio previo. Las guerras de independencia había terminado para el escocés, pero no así sus sueños de convertirse en el reyezuelo de algún territorio.

Proscrito por Bolívar, MacGregor huyó a Centroamérica. Se estableció en la Costa de los Mosquitos, así llamada como referencia a la población local, los miskitu sambu o «miskitos», a quienes los españoles habían apodado «mosquitos zambos». Los miskitos eran mestizos («zambos»), descendientes de una mezcla de indígenas y esclavos africanos. Su líder era el rey George Frederic Augustus I, que solo era rey a nivel simbólico, pues el supuesto reino de los miskitos pertenecía al Imperio británico. Aunque el rey George gobernaba, en la práctica muchos de los asuntos estaban en manos de la habitual troupe de funcionarios y administradores que actuaban en nombre de la corona inglesa. Aun así, George podía decidir sobre las concesiones de tierras. Cuando MacGregor llegó a la corte de George Frederic traía consigo botines varios. Pagando con joyas y un cargamento de ron requisados durante sus andanzas consiguió que el rey de los miskitos le cediera la propiedad de un amplio territorio selvático de la costa, que no interesaba a nadie porque no había nada que hacer en él. Años antes los ingleses habían intentado crear alguna base colonial, pero el lugar era demasiado inhóspito e insalubre, y se habían marchado dejando tras de sí unas cuantas tumbas. En 1800, antes de que MacGregor comprase el territorio, también los españoles habían pretendido establecer una colonia, pero habían sido masacrados por los nativos.

Aquella selva tropical era inhabitable para los europeos y para los criollos, que seguían siendo también, en su forma de vida, fundamentalmente europeos. MacGregor, sin embargo, imaginó un país rico y avanzado. Decidió bautizar el territorio como «Poyais» por el nombre de una tribu nativa, los payas. Y volvió a Gran Bretaña para presumir de su nueva posesión.

Un dólar, Banco de Poyais (ca. 1820). Imagen: National Museum of American History.

La estafa más grande de la historia

Aquella venta le otorgaba la propiedad privada del terreno, pero no conllevaba privilegios administrativos ni ningún título civil o nobiliario concomitante. Sin embargo MacGregor retornó a Inglaterra y empezó a presentarse en sociedad como el «cacique» de Poyais. Aunque el término tiene hoy connotaciones negativas, en la época era un título equivalente al de «príncipe», alguien de rango intermedio entre un gobernador y un virrey. Era un término que los españoles habían tomado de los indios taíno, que se referían a los líderes tribales como cakchiqueles o cakchicuanes. A ojos europeos un cacique americano era una figura colonial importante y, sobre todo, una puerta para inversiones comerciales en territorios aún por explotar.

MacGregor había obtenido gran experiencia como recaudador de fondos en Estados Unidos, durante la preparación de su fallida campaña de conquista de Florida, y en Inglaterra, durante la preparación de su también fallida campaña de liberación de Nueva Granada. Había hecho un uso nefasto de aquellos fondos y recursos, pero los detalles sobre el ignominioso fin de su carrera militar no eran conocidos en las islas británicas, pese a las advertencias de algunos de sus antiguos oficiales. El escocés, con un gran dominio de las relaciones públicas, consiguió que se lo asociara no con sus fracasos sino solo con su antigua pertenencia a los legendarios Die-Hard de las guerras napoleónicas o con la heroica retirada hacia Barcelona. Su amor por el oropel, los títulos falsos y las medallas conmemorativas lo convirtieron en una atracción muy cotizada en los salones londinenses y no había anfitrión de veladas elegantes que no quisiera invitarlo como parte del espectáculo.

Sus delirios de grandeza resultaron ser contagiosos en Inglaterra. La alta sociedad estaba fascinada por las descripciones que MacGregor hacía de Poyais, desde el diseño de los uniformes de su supuesto ejército hasta un sistema político de tres cámaras (frente a las dos que existían en Inglaterra) englobado en una constitución farragosa y altisonante.

En 1821, cuando MacGregor empezó con su campaña publicitaria sobre Poyais, sus mentiras eran creíbles. El continente americano se estaba atomizando en el caos de las guerras de independencia y los nuevos Estados aparecían y desaparecían de la noche a la mañana. Figuras como el administrador colonial o el virrey eran habituales, así que un militar escocés que se presentase como cacique de un territorio ultramarino no tenía nada de raro. Desde Inglaterra era difícil comprobar cuánto de verdad había en los relatos de MacGregor. Debía de ser obvio que su descripción contenía exageraciones, como la abundancia de oro (que de todos modos no era tan increíble) o las tres cosechas de maíz por año; pero en cualquier campaña publicitaria se asumía, ya por entonces, cierto grado de hipérbole. En conjunto no sonaba inverosímil que un territorio americano fuese fértil, rico y prometedor. Había muchos ejemplos y las riquezas americanas formaban parte del paisaje europeo desde mucho tiempo atrás. La famosa «plata española», que procedía de América y llevaba siglos circulando por Europa, se había convertido en el estándar monetario internacional incluso en Asia. Por ejemplo, el que los chinos empezasen a acumular plata española, sumiendo al Imperio británico en un peligroso déficit comercial, fue la causa primaria de las célebres Guerras del Opio. América era vista como una inmensa mina y, por qué no, Poyais era uno de tantos territorios que ofrecían oportunidades nuevas. MacGregor incluso inventó una capital, San José, en la que había un teatro, una catedral, mansiones y paseos pavimentados adornados por columnatas. Todo lo que había visto en las ciudades más prósperas de América lo incluyó en su elaborada mentira, Y todo era creíble. Se sabía que ciudades así existían de una punta a otra del Nuevo Mundo.

Tan verosímiles eran las mentiras que MacGregor consiguió que el banco de Escocia imprimiese una tanda de dólares de Poyais; en su momento a nadie se le ocurrió que aquella moneda no sirviera para nada. También obtuvo enormes préstamos bancarios a cuenta de las inexistentes riquezas de Poyais. Y, lo más lucrativo de todo, empezó a emitir bonos de deuda pública cuya rentabilidad (un 6%) era superior a la que ofrecían los bancos centrales de las naciones europeas. También esto era creíble. Aunque los bonos de deuda de las nuevas repúblicas sudamericanas como Perú o Chile inspiraban menos confianza porque el futuro de estos Estados era todavía incierto, su elevado interés conseguía atraer a los compradores. En caso de que esos Estados sobrevivieran, los bonos ofrecerían no solamente un retorno de capital apreciable, sino la posibilidad de obtener una entrada preferente en los negocios y concesiones de los nuevos países. Por entonces, para alguien que no conocía de cerca la situación americana, invertir en Poyais no parecía más alocado que invertir en Venezuela.

Las patrañas de MacGregor encontraron especial eco en su tierra, Escocia. Los escoceses carecían de imperio colonial, aunque en 1698 habían intentado asegurarse un papel importante en el comercio mundial con la conquista de una parte de Panamá, a la que llamarían Nueva Caledonia y en la que establecerían una ruta terrestre que uniese los océanos Atlántico y Pacífico (por supuesto, todavía no existía un canal entre ambos océanos). El intento escocés se topó con la oposición española y, en una guerra marcada por las fiebres tropicales que afectaron a ambos bandos, los españoles vencieron. Aquello había causado tal desconsuelo y pesimismo en Escocia que, en 1707, apenas diez años después de la debacle, el parlamento escocés aprobó la unión con el reino de Inglaterra.

Ahora, más de un siglo después, Gregor MacGregor ofrecía la posibilidad de que los escoceses pudieran tener, por fin, una colonia propia. Como a MacGregor no le bastaba el dineral que estaba obteniendo con los préstamos y bonos, puso a la venta concesiones de tierras en Poyais. Muchas familias vendieron lo que tenían para obtener una oportunidad en aquel país fértil y rico que MacGregor publicitaba con folletos, ilustraciones y hasta canciones. Hasta apareció un libro titulado Sketch of the Mosquito Coast, including the Territory of Poyais, escrito por Thomas Strangeway, aunque obviamente encargado por MacGregor. Es una lectura fascinante que, en un estilo elegante y científico, describe durante más de trescientas páginas las bondades de la región (está disponible de manera gratuita, por si alguien quiere pasar el rato hojeándolo). Todo esto servía para engañar a gentes de toda condición. Entre los compradores de licencias para establecerse en Poyais no había solo pobres o campesinos, sino también artesanos, médicos y hasta un banquero. Cuando la demanda de concesiones crecía, MacGregor aumentaba los precios. Pero seguía vendiendo, y pronto había ya varios cientos de personas dispuestas a emigrar. La carencia de escrúpulos de MacGregor a la hora de engañar a los futuros colonos era tal que hablaba de Poyais como de una tierra «saludable» y muy indicada para la constitución física de los europeos; tanto, que sus balnearios estaban repletos de colonos procedentes de otros rincones del Caribe que acudían a Poyais descansar y reponerse de los males tropicales.

A finales de 1822 el primer barco con colonos llegó a Poyais; en concreto, a un supuesto puerto establecido en la desembocadura del río Negro. Atónitos, varios centenares de hombres, mujeres y niños desembarcaron en una costa «que complace a los ojos», pero en la que no había ni rastro del puerto. No había colonos, ni casas, ni muelles, ni tierras cultivables. No había nada. Todo era jungla. Se establecieron como pudieron en las playas y enviaron algunas expediciones para encontrar civilización, ante la posibilidad de que hubiesen desembarcado en un sitio equivocado. Solo encontraron los cimientos de un antiguo edificio, reducido ya a escombros. Y, hallazgo tétrico, un improvisado cementerio. Empezó a cundir el pánico. El líder de la expedición, un coronel llamado Hall, zarpó para intentar localizar a las autoridades de la inexistente ciudad de San José y avisarles de que los nuevos colonos habían llegado. En primavera de 1823 llegó el segundo contingente de ilusionados escoceses, que se unieron al campamento con la misma sensación de perplejidad y angustia. Poco después Hall regresó con las chocantes nuevas de que no había ni rastro de la capital ni de otro tipo de civilización. Habiendo comprobado que las autoridades británicas no habían efectuado ningún movimiento para rescatarlos, Hall partió de nuevo para contactar con George Frederic Augustos I, el rey de los miskitos.

Las circunstancias de los colonos eran malas, pero habían sobrevivido los primeros meses gracias a sus reservas de provisiones y medicinas, además de por la presencia de algunos doctores en el grupo. Sin embargo con la estación de las lluvias empezaron a llegar los más peligrosos habitantes de la región: los mosquitos. Además de soportar un clima terrible con fuertes vientos y constantes tormentas, los infortunados colonos empezaron a enfermar debido a las picaduras; la malaria y la fiebre amarilla se extendieron entre ellos con rapidez. Los médicos no podían hacer nada frente a estos males tropicales. El campamento se transformó en un escenario de pesadilla, repleto de sufrimiento y agonía. Uno de los colonos, incluso, se suicidó con la pistola que había llevado consigo.

Días después quiso la casualidad que los colonos fuesen encontrados por un buque en el que viajaba Marshall Bennet, un rico comerciante que ejercía como magistrado jefe —un alto cargo colonial, semejante al de gobernador— en Belice. Incrédulo, Bennet contempló el dantesco espectáculo del campamento y escuchó los terribles relatos de los colonos. En los días pasados, le dijeron, habían muerto diez personas, incluidos tres niños. Les respondió que no existía el país de Poyais, ni la ciudad de San José, ni un cacicado legal en la zona, que era un pedazo de jungla inhabitable. Al saber que el barco de Hall estaba por regresar en cualquier momento, les rogó que no perdiesen tiempo y abandonasen aquella costa, asegurando que todos morirían si se quedaban.

Hall, en efecto, reapareció tres días después, acompañado por el rey de los miskitos, que había escuchado con estupor la noticia de que una colonia se estaba organizando en aquel mortífero litoral y había querido verlo con sus propios ojos. George Frederic les dijo a los colonos que jamás había concedido título alguno a MacGregor y que, por tanto, las concesiones vendidas por el escocés eran inválidas y todos estaban allí en condición de inmigrantes ilegales. Anunció que, en vista del engaño, había decidido expropiar las tierras que había vendido a MacGregor. Los colonos fueron embarcados con rumbo a Belice, excepto medio centenar de ellos, tan enfermos que no estaban en condiciones de viajar y, por decirlo como es, fueron abandonados a la muerte en aquella playa. Al desembarcar en Belice varios de los supervivientes tuvieron que ser llevados en brazos porque no podían ni caminar. Muchos murieron allí. Un oficial local, horrorizado, hizo zarpar un buque con destino a las islas británicas para comunicar a los futuros colonos que lo de viajar a Río Negro era una locura.

Vista del puerto del Río Negro en el territorio de Poyais (Costa de los Mosquitos) realizado por Thomas Strangeways en 1822 (DP).

Siete buques más habían zarpado ya con rumbo a Poyais. Uno de ellos llegó a Río Negro parta encontrar un campamento abandonado y repleto de cadáveres; al verlo, el capitán decidió tomar rumbo a Belice, donde desembarcaron los viajeros a la espera de decidir qué hacer. Otro barco llegó a Belice para hacer escala; no llevaba pasajeros, pero sí pertrechos y materiales destinados a Río Negro. Las autoridades locales comunicaron a su capitán que no había colonia a la que llevar su cargamento, así que este fue vendido en Belice mediante subasta. En las islas británicas la armada tuvo que organizar una búsqueda de emergencia para intentar localizar a los cinco barcos que todavía navegaban con rumbo a Río Negro. Por fortuna para sus ocupantes los cinco barcos fueron detenidos a tiempo.

En octubre de aquel mismo año 1823 estalló el escándalo. Regresaron a Gran Bretaña los primeros supervivientes del desastre de Poyais. El relato que hicieron conmocionó a la nación. MacGregor huyó a Francia, estableciéndose en París mientras la prensa inglesa describía los detalles más sórdidos de su descomunal estafa. Aun así algunos de los colonos supervivientes pensaban todavía que MacGregor era inocente y que habían sido sus ayudantes quienes habían perpetrado el engaño. El propio MacGregor inició una de las primeras campañas masivas contra la prensa —lo de fake news viene de antiguo—, asegurando que Poyais existía de verdad y amenazando con presentar denuncias por calumnia contra los principales periódicos británicos.

Desde París, a despecho del escándalo organizado en su país —por entonces estas noticias no viajaban con rapidez, si es que viajaban en absoluto— y sin importarle que su estafa hubiese causado la muerte de varias decenas de personas, trató de involucrar a instituciones e inversores españoles en un nuevo intento de colonizar Poyais. Ocultando su antigua colaboración con Miranda y Bolívar, pues su currículum revolucionario no quedaba muy bien ante el rey hispano, llegó a escribir a la corte de Fernando VII con la oferta de convertir Poyais en un territorio de la corona. En España, sin embargo, la experiencia con esta clase de aventureros era bien amplia y antigua. Había, en general, un mayor conocimiento acerca de cómo solían funcionar las cosas en el Caribe y, como era de esperar, nadie respondió a los ofrecimientos del escocés.

En Francia tuvo más éxito. Consiguió liar a Nouvelle Neustrie, una empresa cuya principal aspiración era la de establecer bases comerciales en América, en el proyecto de fundar una nueva colonia. Para no constar como administrador de la colonia —algo que lo convertiría en el responsable de cualquier previsible desastre—, vendió a Nouvelle Neustrie un terreno de dos mil kilómetros cuadrados en el que establecer su puesto comercial. Así MacGregor podía decir que se había limitado a vender el terreno y que el uso que después se hiciera del mismo no era asunto suyo. Por lo demás, inició una campaña publicitaria similar a la que tan bien había funcionado en su país, incluyendo la publicación de una nueva constitución de Poyais, tan rebuscada y pomposa como a él le gustaba. Esta vez, sin embargo, no emitió falsos bonos de deuda pública, quizá porque en los mercados financieros ya debía de ser conocida la estafa anterior. Pero el público de a pie desconocía el asunto inglés, y casi un centenar de franceses habían caído ya en la trampa de soñar con una vida mejor en el fabuloso país de Poyais y habían comprado licencias de ocupación de tierras.

Las autoridades galas empezaron a olerse que algo no iba bien. Esto quizá se debía al carácter más exhaustivo y estructurado de la burocracia francesa. A los funcionarios que expedían los pasaportes les extrañó la repentina oleada de peticiones de documentos o sellos con destino a un país llamado Poyais, de cuya existencia no tenían constancia. Elevaron sus sospechas a sus superiores. El gobierno francés contactó con Nouvelle Neustrie y ordenó que un barco que estaba ya a punto de partir para llevar a decenas de colonos a Poyais permaneciese en puerto. Poco después, el secretario personal de MacGregor y uno de sus socios fueron detenidos en París. El propio MacGregor se ocultó en la campiña durante tres meses, pero al final fue encontrado y detenido también.

A la espera de la detención de otro de sus cómplices —un francés apellidado Lehuby, que había huido a Holanda— para poder juzgar a todos los acusados en conjunto, MacGregor pasó varios meses en prisión preventiva, pero no dejó de hacer ruido desde su celda. Primero intentó convencer al juez de que, como cacique de Poyais que era, gozaba de inmunidad diplomática. Cuando esto no funcionó, escribió un apasionado manifiesto en el que aseguraba que la prisión preventiva «bajo cargos de los que el acusado no tiene noticia» contravenía los derechos humanos. Cuando tampoco esto hizo efecto, se revistió con sus antiguas escarapelas revolucionarias y aseguró que su encarcelamiento era parte de una conspiración española para impedir que Poyais se convirtiese en protectorado francés (esto lo decía el mismo hombre que, solo unos meses antes, le había ofrecido Poyais a la corona española). Una vez celebrado el juicio, los tres jueces del tribunal decretaron la absolución de MacGregor. Esta sorprendente decisión se debió a la ausencia del cuarto acusado, Lehuby, a quien los abogados defensores cargaron con todas las culpas para eximir a sus propios clientes. Además, Lehuby se había llevado consigo o había destruido varios documentos clave para el caso. La fiscalía, a pesar de que MacGregorya había organizado una estafa semejante en el Reino Unido, no encontró pruebas de que no hubiese sido engañado por Lehuby.

Pocos días después de su absolución, sin embargo, llegó la noticia de que las autoridades francesas habían conseguido la extradición de Lehuby desde Holanda, posibilitando la repetición del juicio. Esto supuso que MacGregor fuese condenado a trece meses por falsificación, aunque, de manera igualmente inexplicable, se libró de todos los demás cargos.

MacGregor se marchó con su familia a Inglaterra, donde fue detenido al poco de poner pie en tierra. Salió de entre rejas tan rápidamente como había entrado. No se sabe por qué se le detuvo, ya que no hubo lista de cargos de por medio. Es posible que la detención se produjese de manera automática por algún tipo de deuda elevada que MacGregor mantenía con alguien y que se lo liberase enseguida porque, al poco de ser detenido, hiciese frente a esa deuda en metálico (dinero para pagar no le faltaba). En cualquier caso, el asunto de Poyais ya no estaba de actualidad en las islas. Envalentonado, MacGregor comenzó a emitir nuevos bonos de deuda, pero no conseguía venderlos porque los siempre molestos periódicos se empeñaban en recordar la estafa anterior. El escocés también trató de vender nuevas concesiones de tierras, pero tuvo que dejarlo cuando el nuevo rey de los miskitos, Robert Charles Frederic, puso a la venta las suyas propias que, estas sí, eran por completo legales.

MacGregor volvió a vivir a Escocia y, dado que no sabía hacer otra cosa y el ejército británico le estaba vetado, durante los siguientes trece años continuó intentando vender bonos y concesiones, aunque con un éxito cada vez menor. En 1836 redactó la última de las constituciones de Poyais, cuyo territorio estaba ya reducido a una minúscula república que solo ocupaba el imaginario puerto de Río Negro y en la que no existía ya la ciudad de San José. En aquella constitución se proclamaba ya no cacique, sino presidente. Cuando su esposa Josefa falleció en 1838, MacGregor embarcó hacia Venezuela, cosa que pudo hacer porque Simón Bolívar, que detestaba con pasión al escocés, había muerto ocho años atrás. Sin Bolívar de por medio la orden de ajusticiar a MacGregor había sido olvidada.

Solicitó la ciudadanía venezolana y la restitución de su rango de general en el ejército. El presidente José Antonio Páez y el ministro de defensa Rafael Urdaneta, ambos veteranos de la guerra de independencia, apoyaron su causa, sin duda porque no habían tenido que estar bajo su mando. Los que los venezolanos recordaban de MacGregor era, sobre todo, su heroica retirada hacia Barcelona. El resto de su vergonzosa carrera militar parecía ser solo conocido por quienes la habían sufrido en primera persona. En una nación nueva y necesitada de parafernalia épica, todo icono era bienvenido. En 1839 Gregor MacGregor se convertía en ciudadano de Venezuela y en general de división en la reserva, lo que le daba derecho a una pensión. Durante los siguientes seis años, los últimos de su vida, residió en Caracas, donde era considerado un icono revolucionario. Gregor MacGregor murió en 1845. Su funeral, celebrado con todos los honores en la catedral de Caracas, fue propio de un héroe de guerra y un hombre de Estado. Escoltando su ataúd desfilaron el nuevo presidente del país, los ministros y los altos mandos del ejército.

Hoy, el país imaginario de Poyais continúa siendo un pedazo de selva indómita.


El árbol del espagueti y otras bonitas mentiras

Panorama, 1957. Imagen: BBC.

Richard Dimbleby era uno de los periodistas más respetados del Reino Unido en los años cincuenta. Había sido el primer corresponsal de guerra de la BBC, emitiendo desde las históricas batallas de El Alamein y Normandía e incluso desde los bombarderos de la Royal Air Force en pleno ataque sobre Berlín. Previamente había trabajado como reportero para un par de periódicos y, a su regreso de la Segunda Guerra Mundial, condujo las noticias en la cadena pública británica. Entre 1955 y 1965, año en que falleció, fue el presentador del histórico espacio de documentales Panorama, que todavía hoy sigue en parrilla.

En 1957, el programa dedicó uno de sus reportajes a «La cosecha del espagueti en Suiza». Mientras se proyectaban imágenes de una familia del cantón del Tesino recolectando espaguetis en una plantación doméstica, Dimbleby iba comentando las ventajas de la labranza tradicional del árbol del espagueti en comparación con su cultivo a nivel industrial: «La cosecha de espagueti aquí en Suiza no tiene nada que ver con la que se realiza a gran escala en Italia. Muchos de ustedes habrán visto fotos de las vastas plantaciones de espagueti en el Valle del Po. Para los suizos, por el contrario, tiende a ser un asunto más familiar».

Su tono era serio y profesional. El tema era tratado con el rigor periodístico habitual del programa. Dimbleby continuaba explicando las imágenes aportando interesantes datos sobre la cosecha: «Otra razón por la que este año podría ser extraordinario está relacionada con la desaparición del gorgojo del espagueti, la diminuta criatura cuyas tropelías han causado tantas preocupaciones en el pasado». Uno de los colaboradores del programa se preguntaba con escepticismo cómo era posible que, tratándose de un alimento que crecía naturalmente en los árboles, todos los espaguetis tuviesen la misma longitud, a lo que Dimbleby respondía que era el resultado de muchos años de esfuerzo por parte de los cosechadores del pasado, quienes habían logrado producir el espagueti perfecto.

El famoso presentador incluso incidió en la frágil situación en la que se encontraban los granjeros a finales de marzo, ya que las heladas tardías podían arruinar sus cosechas o, como mínimo, perjudicar el sabor del espagueti, dificultando su venta a un buen precio en los mercados mundiales. Para finalizar el programa, comentó, dirigiéndose a la audiencia: «Para todos aquellos que amen este plato, no hay nada mejor que unos buenos espaguetis cultivados en casa».

Las llamadas telefónicas al programa comenzaron a sucederse esa misma noche y arreciaron durante todo el día siguiente. Por aquel entonces la pasta no era un alimento habitual en la dieta de los británicos, y fueron cientos los espectadores —de los ocho millones que vieron el programa— que quisieron asegurarse de que los espaguetis, en efecto, crecían en los árboles. Muchos otros, sin embargo, llamaban para averiguar cómo cultivar sus propios espaguetis en casa, a lo que los telefonistas de la BBC contestaban siempre lo mismo: «Coloque usted una ramita de espagueti en una lata de salsa de tomate y espere lo mejor».

Ante el revuelo generado, Richard Dimbleby apareció de nuevo en las pantallas de los británicos al día siguiente para aclarar que se había tratado de una broma con motivo del April Fool’s Day. Charles de Jaeger, el cámara del programa, le había comentado unas semanas antes a su director, Michael Peacock, que uno de los profesores que había tenido de niño en Viena solía meterse con sus alumnos acusándolos de ser lo bastante tontos como para creer que los espaguetis crecían en los árboles. Una idea que sirvió de inspiración a Peacock para llevar a cabo el primer falso documental de la historia.

Imagínense la decepción del pueblo inglés al descubrir que el ingrediente principal de un plato tan exótico podía fabricarse ahí al lado, en cualquier nave industrial del condado de Warwickshire, como si fuese vulgar comida británica. Los espaguetis, lejos de ser recolectados directamente de los árboles en bonitas plantaciones alpinas, no eran más que masa de cereal estirada y cortada en tiras. No muy distinta, en realidad, de su porridge o cualquier otro mejunje de trigo o avena. Lo que Dimbleby había hecho era contarle a su país una bonita mentira para, tan solo veinticuatro horas después, tirarla al suelo y pisotearla con la punta del zapato. Con lo fácil que habría sido respetar la ilusión de los británicos y mantener el engaño para siempre.

A veces la sinceridad es una forma de traición. Uno vive feliz contemplando un mundo falso y perfecto a través de un cristal amañado y de repente alguien aparece y lo rompe de una pedrada. Como si, de antemano, todos prefiriésemos saber la verdad en lugar de vivir equivocados. En 1998, por ejemplo, miles de personas acudieron a los restaurantes de la cadena Burger King para solicitar la nueva hamburguesa especialmente diseñada para zurdos que habían visto anunciada el día anterior a toda página en USA Today. Cómo se les debió de doblar el orgullo al averiguar que la Left-Handed Whopper era una farsa del tamaño del lago Míchigan. Qué les costaba a los dependientes venderles una hamburguesa cualquiera y fingir que la vida es boba y amable.

Miles de clientes pidieron aquel día «la hamburguesa normal para diestros». El anuncio de Burger King estaba dirigido a los treinta y dos millones de zurdos que vivían en Estados Unidos en aquel entonces, pero no había motivos para que un diestro se comiese una hamburguesa que estaba construida al revés. Porque en eso consistía el invento, precisamente. Se trataba de la Whopper original, con lechuga, tomate, cebolla, pepinillo y carne, pero tenía la particularidad de que su interior había sido rotado 180 grados, «con lo que se redistribuye el peso del sándwich de modo que la mayor parte de los ingredientes se desvía hacia la izquierda, reduciendo así el riesgo de que la lechuga y otras coberturas se derramen por el lado derecho de la hamburguesa». El anuncio especificaba que incluso las semillas de sésamo habían sido meticulosamente dispuestas para garantizar la distribución de pesos de tal forma que la hamburguesa no se desequilibrase mientras uno se la estaba comiendo. Pocas verdades se me ocurren más completas que semejante mentira.

Y es que hay engaños que son mucho más admirables que la verdad. En los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, un joven alemán llamado Norbert Sudhaus se incorporó a la maratón poco antes de que Frank Shorter, el estadounidense que corría en primer lugar, finalizase la prueba. En pantalones cortos y con un dorsal falso colocado en la espalda, Sudhaus entró victorioso en el estadio, siendo jaleado al instante por el público asistente. Estaba a punto de ganar una maratón olímpica recorriendo apenas trescientos metros al trote; sin sudar. En mi opinión, el mero hecho de intentarlo le hacía merecedor de la medalla de oro. Los jueces, sin embargo, no pensaron lo mismo y lo interceptaron poco antes de que lograse cruzar la línea de meta. Unos metros más atrás aparecía entonces Shorter, el auténtico campeón, que observaba atónito cómo se llevaban de la pista a un corredor que nadie sabía de dónde había salido. Cuál sería la sorpresa del atleta estadounidense cuando el público, que había comprendido lo que sucedía, comenzó de repente a aplaudir a Sudhaus y a abuchearle a él, cuyo único pecado había sido recorrer los cuarenta y dos larguísimos kilómetros de la maratón en lugar de saltar a la carrera en las cercanías del estadio. Los alemanes, que sabían que algunas mentiras son mejores que la verdad, consideraban mucho menos meritorio el sacrificio de Shorter que la estratagema de Sudhaus. Por ridícula e irrealizable que fuese.

En otros casos, la mentira es tan razonable y sólida que, en realidad, es una verdad indiscutible. Algo así debieron de pensar los responsables de la industria del huevo en Holanda en el año 1973, cuando, ante una evidente caída en las ventas, llegaron a la conclusión de que la causa residía en la excesiva pulcritud con la que se presentaba el producto. Aquel aspecto impoluto, casi cerámico, proyectaba una imagen tan artificial que desmotivaba al comprador. La solución no podía ser ignorar los procedimientos de higienización del huevo, ya que se pondría en peligro la salud de la población, pero sí podía simularse que todos provenían directamente del gallinero. Bastaba con presentarlos como si así fuese. Se añadió, por tanto, una nueva fase al proceso de fabricación que consistía en pegar a la cáscara algo similar al estiércol y el barro una vez se había llevado a cabo su obligatoria limpieza, de tal forma que el producto final parecía completamente natural, ajeno al tratamiento industrial. Era el único modo de que aquellos huevos aparentasen ser tan reales como eran, a pesar de su aspecto artificial. Toda aquella porquería de mentira los convertía en los huevos caseros que más escrupulosamente cumplían con la normativa sanitaria industrial. En los huevos caseros falsos más auténticos de la historia.

Visto así, no le faltaba razón al premio Nobel islandés de literatura Halldór Laxness cuando escribía en su novela Bajo el glaciar que una buena mentira es a menudo mucho más significativa que cualquier verdad dicha con toda sinceridad. Aunque esta máxima sea, en esencia, una trola muy gorda, que es de lo que se trata. De ahí que unos huevos ensuciados a propósito resulten más convincentes que unos huevos impecables: porque una buena mentira tiene más consistencia y disposición que cualquier verdad mustia, por muy cierta que sea. En 1925, la realidad era que París no podía afrontar los gastos de mantenimiento de la Torre Eiffel, un monumento temporal que se había levantado a propósito de la Exposición Universal de 1889 y que las autoridades llevaban desde 1909 queriendo trasladar a otra parte. Cuánto más creíble sonaba, sin embargo, que el Gobierno prefería vender la gigantesca torre como toneladas de chatarra.

El estafador Victor Lustig encontró su oportunidad hojeando las páginas del periódico, donde se relataba el problema que comenzaba a suponer para París la torre del Campo de Marte. Al enterarse de que el Gobierno francés pensaba deshacerse de ella, pensó que tampoco hacía daño a nadie si él obtenía algún beneficio en la operación. Así que se hizo pasar por el subdirector general del Ministerio de Correos y Telégrafos y citó en el Hotel de Crillon a seis conocidos comerciantes de la industria metalúrgica, negocio muy provechoso por aquel entonces. Les comentó que se trataba de una reunión confidencial porque nadie debía enterarse de que el destino de la torre era el desguace, y procedió a ofrecer el cadáver de la misma al mejor postor.

En la calle les esperaba una limusina que les conduciría a la Torre Eiffel, donde se cerraría el acuerdo. Lustig aprovechó el viaje para comprobar cuál de los seis era el más ingenuo y decidió que su presa sería André Poisson, el menos experimentado de todo el grupo de empresarios y el que más deseaba apuntarse un tanto en el competitivo mundo de los negocios parisinos. Organizó otra reunión con Poisson y le explicó que su posición en aquella operación era la de un funcionario mal pagado al que le había correspondido la responsabilidad de adjudicar la adquisición de la torre, no teniendo inconveniente en que su decisión se viese incentivada de alguna forma. Poisson captó el mensaje y entregó a Lustig una cantidad de dinero a modo de soborno, además de abonarle el total por la compra de la Torre Eiffel.

A las pocas horas, Victor Lustig y la persona que en todo momento se había hecho pasar por su secretario, el estafador estadounidense Robert Arthur Tourbillon, se estaban subiendo a un tren con dirección a Viena y efectivo suficiente para varios años. Poisson, timado y humillado, jamás acudió a la policía. ¿Qué podría contarles, al fin y al cabo? ¿Que un tipo más listo que él lo había estafado con una mentira mucho más creíble que la triste verdad?

Poisson ignoraba que hay mentiras tan elaboradas, tan redondas y perfectas que, en el fondo, no son mentira. Como que los holandeses prefieren huevos sucios o que Francia, en 1925, quería vender la Torre Eiffel. Otras mentiras, sin embargo, se alejan mucho más de la verdad, pero vale la pena sostenerlas en el tiempo, aunque sea por puro placer. Como la de los niños pequeños y los Reyes Magos, la de Ricky Martin y la mermelada o la de aquel italiano que decía vender ralladura de queso parmesano pero en realidad eran mangos de paraguas triturados. Si es que aquello resultó ser falso.

Otra gran mentira que su autor mantuvo hasta el final fue la que se le ocurrió a Graham Chapman, célebre miembro de los Monty Python —para que se ubiquen: interpretó a Brian en La vida de Brian—, y que su compañero John Cleese rememoró entre risas durante su funeral. Como cuentan el propio Cleese y Terry Gilliam en Monty Python: casi la verdad, durante sus últimos años de vida, el aspecto físico de Chapman era cada vez peor. Parecía más cansado, más viejo, definitivamente enfermo. Él solía apaciguar los temores de sus amigos recordándoles que era médico y que, por lo tanto, si su salud no fuese buena, él lo sabría.

Poco tiempo después, cuando ya no pudo ocultarlo más, terminó reconociendo públicamente que sufría un cáncer terminal, pero decidió gastar su última broma. El perfecto ejercicio de humor negro. Algo que se podía permitir porque el que se estaba muriendo no era otro, sino él. Se puso en contacto con uno de los principales periódicos del Reino Unido y les explicó que había logrado curarse y que estaría dispuesto a revelar cómo lo había hecho a cambio de una cuantiosa suma de dinero. En el periódico aceptaron, colocaron a Chapman en portada, le dedicaron una entrevista a doble página e ingresaron un buen pellizco en su cuenta bancaria. Con cierta nostalgia, Cleese contaba durante el funeral cómo Chapman describía en la entrevista el método que había seguido para superar la enfermedad y lo fantástico que era su estado de salud una vez había logrado curarse.

«Murió un mes después», dijo Cleese al terminar de contar la historia. Y todo el mundo en la iglesia se partió de risa.

Monty Python. Foto: Cordon.


Bioneuroemoción y alzhéimer

Fotografía: Corbis
Fotografía: Corbis

El alzhéimer es una enfermedad neurodegenerativa caracterizada por una pérdida progresiva de memoria, asociada a atrofia y muerte neuronal, y donde observamos dos huellas características en los cerebros de los pacientes; las placas amiloides y los ovillos neurofibrilares. Hasta el momento no se conoce la causa exacta de esta enfermedad neurodegenerativa y tampoco se ha podido encontrar un tratamiento que prevenga o cure el mal de Alzheimer.

O por lo menos eso es lo que pensábamos hasta ahora.

La bioneuroemoción o biodescodificación nos da otra explicación que ni tan siquiera imaginábamos antes de que esta nueva medicina alternativa hubiera emergido. La nueva medicina germánica, como la llaman, ofrece una serie de explicaciones sobre las diferentes causas de las enfermedades humanas. Y el alzhéimer no es una excepción. Resulta que la causa de este trastorno neurodegenerativo no son los depósitos de amiloide, ni los ovillos neurofibrilares, ni la muerte de las neuronas. Atención. El alzhéimer es debido al «deseo de abandonar el planeta» y a la «incapacidad de enfrentar la vida tal como es». Pues eso.

Nos ilustra una tal Mónica Barbagallo en la página web Ciudad virtual de la gran hermandad blanca. Es cierto, el nombre de la web acojona. En una tabla podemos discernir entre las diferentes enfermedades y la causa emocional que las origina. Podemos descubrir el origen de grandes pandemias del siglo XXI, tales como la acidez (debido al «miedo, miedo paralizante», que una vez miedo vale, pero dos asusta), codos (como teórica patología debida a la «incapacidad en la vida de abrirse paso y luchar», lo que a priori parece de lo más obvio, para qué sino sirven los codos), eructos (causa: «agresión contra el exterior, afán por tragarse la vida con demasiada rapidez»), o polio (cuya causa parece deberse a los «celos paralizantes» y al «deseo de retener a alguien», por supuesto sin referencia alguna al virus con el mismo nombre), entre un largo listado de enfermedades reales y de otras presuntamente verdaderas o decididamente fantásticas. La lista es insuperable, no solo en su extensión, sino en su capacidad de sorprender al lector.

Centrémonos, por ejemplo, en el ano. Como enfermedad, se entiende. Hay cinco sintomatologías, a saber: grietas (debido a la «cólera en relación con aquello que uno no quiere soltar», es decir, algo así como la avaricia de la mierda), picor («culpa por el pasado, remordimiento», no datan si el pasado es de la noche anterior o va más allá), dolor (pasamos a mayores, aquí la causa es «la culpa, deseo de castigo, no sirvo para…»; nunca unos puntos suspensivos fueron tan enigmáticos), fístula («alguien se aferra al pasado», o a otra cosa diría yo) y, redoble de tambores… hemorragia («cólera y frustración», o el acabose).

Pero no nos desviemos del tema y volvamos al inicio. Hablemos del alzhéimer causado por el deseo de abandonar el planeta (aviso para astronautas) y a la incapacidad de enfrentar la vida tal como es. La solución parece pasar por realizar la siguiente acción positiva: «La recta acción del proceso de la vida se da en el momento adecuado». Es verdad, yo tampoco sé qué significa esto.

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Señales, 2002. Imagen: The Walt Disney Company / Divisa Home Video

Pero sigamos. Sugiero contrastar la rigurosísima información previa con el Diccionario de Enfermedades Emocionales que recoge la web Sánate y sana, que podemos adquirir en formato de tapa dura por tan solo veintidós dólares más gastos de envío. Veamos qué nos dice sobre las causas del alzhéimer: «Por desgracia, es común que quien padece esta enfermedad no tenga interés en sanar. Son más bien las personas que la rodean quienes se preocupan porque se alivie. La persona enferma cree que es el único medio de que dispone para vengarse. Sufrió en silencio una situación y ahora tiene una buena excusa para conseguir sus propósitos». Es decir, la causa del alzhéimer es la venganza… ¿Se puede ser más retorcido? Pero ojo, que también nos dan la solución: «Acepta la idea de que puedes ser una persona importante y querida aun cuando ya no quieras hacerte cargo de todo ni acordarte de todo. Habla de tus vivencias actuales y de las pasadas. Mira los años tan hermosos que tienes por delante si verdaderamente estás decidido a vivir». Canelita en rama. Así que mirando para adelante se cura el alzhéimer. Mientras tanto miles y miles de neurocientíficos seguimos perdiendo el tiempo y gastando recursos en buscar terapias, fármacos y herramientas diagnósticas.

Por motivos escatológicos y sexuales no me resisto, de nuevo, a analizar las enfermedades anales de este diccionario. Selecciono en este caso, probablemente por la imagen que subyace, la comezón anal. Bien, pues parece ser que «las comezones se relacionan con remordimientos y la culpabilidad en relación con mi pasado». ¿Con qué sino? Parece ser que culpa, culo y ayer son términos relacionables. «Algo me come o me pica y me siento culpable en lo que debo retener o soltar». Ya saben, la culpa estriñe. Recomiendo la lectura de webs de este pelaje para los momentos personales de bajón.

Volvamos al alzhéimer, que se nos va el santo al culo. Perdón, al cielo. Veamos otras causas de esta tremebunda enfermedad neurodegenerativa (ahora según los grupos de Facebook del movimiento): «Si yo soy una persona que presenta alzhéimer significa necesariamente que durante toda mi vida me he exigido hacer algo que nunca me gustó realmente hacer. Significa que toda mi vida he vivido agredido por alguien y que busco separarme de eso de manera urgente. Simultáneo a esto, estoy viviendo un conflicto de separación de alguien a quien amo muchísimo». En esta entrada ejemplifican la causa contando una historia de una mujer a la que su marido le obliga a abandonar su pueblo, le fuerza a tener hijos y a abandonarlos y luego le pega. La consecuencia de todo esto es… ¡bingo!, el alzhéimer.

Vayamos a definiciones más concretas y, sobre todo, a sus iluminados autores. La gurú Louise L. Hay nos dice que la causa del alzhéimer es «negarse a enfrentar la vida, la desesperanza y el desamparo, y la cólera». No, no es una renombrada investigadora de un centro de referencia mundial con cientos de artículos científicos publicados. Se trata de una modelo de alta costura reconvertida a escritora de libros de autoayuda tras superar un cáncer, parece ser que milagrosamente. Por cierto que recomienda como tratamiento para el alzhéimer la cromoterapia y abusar del morado, ya que este color resulta ser curativo para esta enfermedad neurodegenerativa. Curioso que el color coincida con el usado por la Alzheimer’s Association para visibilizar la enfermedad.

Esquema de un corte frontal de dos cerebros. A la izquierda un cerebro sano y a la derecha uno que padece alzhéimer. Imagen: DP
Esquema de un corte frontal de dos cerebros. A la izquierda un cerebro sano y a la derecha uno que padece alzhéimer. Imagen: DP

Pero hay más, existen diferentes terapias bajo el paraguas de la bioneuroemoción, tales como la sanación holística, la programación neurolingüística, el reiki magmático, el uso de campos morfogénicos, la sofrología, la radiación luminosa, las constelaciones familiares, la hipnosis ericksoniana, el árbol transgeneracional o los ciclos biológicos memorizados. Uno de la lista me lo he inventado. Apuesto a que les cuesta encontrarlo.

Pero sigamos con los grandes gurús de la bioneuroemoción y sus aportaciones al campo de la biomedicina y a la cura de las enfermedades humanas (desde anales hasta cerebrales). Podríamos hablar del ¿doctor? Ryke Geerd Hamer, por ejemplo, que resulta ser uno de los padres de este movimiento, con aportaciones tan reveladoras como las que realizó en los años ochenta cuando descubrió que todas las enfermedades que abarca la denominación «cáncer» son provocadas o por envenenamientos o por conflictos causados por uno mismo. Parece ser que Ryke todavía está pendiente de leer la tesis doctoral. Eso sí, está buscado por la justicia por haber provocado la muerte a algunos enfermos de cáncer tras convencerlos de que abandonaran las terapias convencionales. El doctor Bruce Lipton es otro de los grandes promotores de estas terapias, al cual se le atribuye el descubrimiento de la epigenética, nada menos. Apuesto a que el día que un científico reciba el premio Nobel por la epigenética, cosa que ocurrirá, el galardón no recaerá en este caballero. Parece ser que tras una buena carrera científica, Bruce sufrió una crisis personal que le hizo abandonar la universidad, fundar una banda de rock y definir las bases de la «nueva biología», volviendo a la vida académica de la mano de la biología emotiva, llamémosla así. Ahora se dedica a dar charlas, seguro que no baratas, donde hace afirmaciones tan estrafalarias como que los medicamentos «están matando a mucha más gente de la que ayudan». Con dos cojones. Podríamos hablar también de Sallomon Sellam, descubridor de la psicosomática clínica humanista (¿mande?) que postula que las causas de las enfermedades son la herencia transgeneracional a partir de mapas genealógicos; o Helen Schucman quien escribió una de las biblias del movimiento, Un curso de milagros, que utiliza el ínclito Enric Corbera para diseminar tan peligroso dogma a lo largo y ancho de nuestra piel de toro. Cuenta Helen que una voz en su cabeza le dictó el libro durante los siete años que tardó en escribirlo. Para que luego digan del pajarito de Nicolás Maduro. Parece ser que antes de morir (de un cáncer de páncreas, causado seguramente por un «conflicto de contrariedad indigesta» no resuelto) dijo que aunque no creía en dios, todo lo que había escrito era cierto. Manzanas traigo. O Jean Pierre Garnier Malet, que propugna una curiosa teoría acerca del desdoblamiento del tiempo, afirmando sin tapujos que podemos viajar en el tiempo con nuestros pensamientos. La lista es larga. Pero dejémoslo aquí.

Estos señores y señoras también tienen explicación para otras enfermedades del sistema nervioso. Por ejemplo, la esclerosis múltiple se debe a rigidez mental, dureza de corazón, voluntad de hierro, inflexibilidad y miedo. O el párkinson, cuya causa se atribuye al miedo e intenso deseo de retener a alguien o a algo, y por esa razón, comienza en las manos. Incluso la epilepsia, que se da en personas que se acusan mucho a sí mismas. Ahora bien, si la epilepsia es infantil es porque la enfermedad tiene como objetivo que el niño reciba atención y afecto, por lo que la culpa es de los padres.

Creo que si han llegado hasta aquí leyendo habrán descubierto que el título de este artículo es un fake. No se puede curar el alzhéimer con bioneuroemoción. Entre otras cosas porque la bioneuroemoción no es nada. Si acaso es algo, es una tremenda estafa a nivel planetario orientada a esquilmar el dinero de incautos o de desesperados, mintiéndoles veladamente mediante el uso de rudas estrategias verbales, piruetas pseudológicas y términos científicos confusamente imbricados. Todo ello asociado a una fuerte dosis de generación de culpa (versión new age del pecado). Y este cóctel parece resultar tan potente y mortífero que hasta se ha conseguido colar en universidades, hospitales o ayuntamientos, donde estos chamanes sacaperras sin escrúpulos han conseguido acceder, tal vez por ignorancia de sus anfitriones, tal vez por mercadeo académico. Pero recuerden ustedes que la ignorancia no es gratis. Como decía un tal Albert Einstein: «Si la educación te parece cara, prueba con la ignorancia».


Charles Ponzi, el Bernie Madoff de los años 20

Dolar Ponzi
Imagen de celebritydollarbills.com

“Llegué a este país con dos dólares y medio en el bolsillo, pero con la esperanza de ganar un millón. Nunca abandoné esa esperanza” (Carlo Ponzi).

“Carlo Ponzi era un perdedor. Él lo sabía. Todo el que lo conocía lo sabía. Pero estaba desesperado por ser algo más. (…) La gente se interesó en su inversión porque para ellos tenía sentido, aunque no pudiera funcionar” (James Walsh).

Los números, que en economía muchos consideran un argumento incontestable, pueden sin embargo convertirse en una herramienta perfecta para camuflar el engaño. A poca gente se le ocurre discutirlos cuando se imprimen en negro para representar unos cuantiosos beneficios, incluso aunque después esos mismos números milagrosos puedan conducir al desastre. Esto es algo que todos experimentamos en nuestras propias carnes desde aquel 15 de septiembre del 2008, fecha en que el gigante Lehman Brothers fue a la quiebra provocando una crisis de confianza financiera y arrastrando consigo a buena parte de la economía mundial, en una cascada que quienes no entendemos mucho de estas cosas contemplamos con perplejidad. Lehman Brothers, como otras firmas del estilo, había edificado un castillo de naipes que casi nadie osó discutir mientras produjo números… hasta que cayó cuando la mera fuerza de la gravedad desbarató sus etéreos cimientos. No ha sido el único ejemplo de gran espejismo financiero a gran escala; por citar otro bien conocido podemos recordar al coloso estadounidense ENRON, que cayó después de que su fraudulenta prestidigitación contable fuese unánimemente ensalzada durante años por toda la prensa especializada. ENRON fue presentada como un ejemplo a seguir en el mundo empresarial y se le dedicaron loas, artículos, columnas y comentarios favorables hasta que empezó a hacer aguas cuando el artículo entrometido de una periodista se cuestionó el origen de sus fastuosos beneficios (quien todavía no haya visto el extraordinario documental ENRON: The Smartest Guys in The Room, ¡debería verlo cuanto antes!, pasará un buen rato rememorando las hazañas de sus directivos corsario y sus agentes tiburón). Otro buen ejemplo ha sido el superbroker Bernard Madoff, durante varias décadas establecido como uno de los mercaderes más exitosos y respetados de Wall Street. Se necesitaron años para cubrir que había terminado embarcándose en una partida de poker financiera, otro enorme castillo de naipes que vendía humo a cambio de amasar una espectacular fortuna con todo el establishment financiero sancionando su éxito con inane aprobación. El caso de Madoff ha sido especialmente revelador, ya que su modo de operar era una estafa a gran escala basada en el llamado “esquema Ponzi” o “pirámide Ponzi”. Pero, ¿qué es un esquema Ponzi? Para aclararlo deberíamos rastrear ese apellido. Viajaremos a los años 20 y narraremos las andanzas de Carlo Ponzi, un joven inmigrante italiano que pisó América con dos dólares y medio en el bolsillo pero también con la firme intención de hacerse rico. Y lo consiguió, a su manera, aunque para ello causó la ruina a miles de personas. Una historia chocante en su momento, pero que hoy en día —por desgracia— no nos resulta completamente desconocida y que se parece más de lo deseable a ciertos usos de las grandes finanzas actuales. A Ponzi, sin duda alguna, le hubiese encantado vivir en nuestro tiempo.

El hombre que no podía hacerse rico

Carlo Ponzi, santo patrón de (algunos) bancos de inversión.
Carlo Ponzi, santo patrón de (algunos) bancos de inversión.

Carlo Ponzi llegó a Estados Unidos siendo apenas un adolescente. Pero ya entonces tenía ínfulas de ganador; se consideraba destinado a algo importante. Comenzando, cómo no, por el atuendo. Pensaba que para que el éxito llegue uno tiene que vestirse como alguien que ya disfruta de ese éxito… aunque en la realidad no tenga un céntimo. Así pues, gustaba de adornar su breve estatura con buenos trajes como él mismo recordaba en su poco fiable aunque entretenida autobiografía: “lucía el aspecto de un millonario recién salido de la universidad”. Bien, quizá fuese cierto que nada más apearse del barco que lo trajo de Italia lucía aspecto de acomodado burgués, pero la realidad no entiende de trajes, porque al principio su existencia fue exactamente idéntica a la de millones de recién llegados al nuevo continente. Tuvo que salir adelante como buenamente podía en empleos no particularmente boyantes: ejerció de camarero, lavaplatos, mozo de almacén e incluso de intérprete de italiano: “trabajos que detesté y que me daban asco. Trabajos en donde me pagaban menos de lo que necesitaba pero más de lo que merecía”. Como se ve, el joven Carlo tenía las ideas claras. Lo de andar de aquí para allá agachando la cabeza y siempre explotado por patrones inmisericordes empezó a resultarle insoportable. Además, uno difícilmente puede comprarse un traje elegante siendo un vulgar asalariado; aún menos siendo un asalariado poco cualificado en un país extranjero. Como lavar platos no era la mejor manera de financiar sus aspiraciones vitales, no tardó en sentirse atraído por procedimientos más rápidos de hacer dinero. Dicho de otro modo: en unos pocos años terminó acumulando un interesante historial delictivo. Lo suyo era el mundo de la estafa; descubrió que poseía varias de las cualidades básicas en un con man, un “artista de la confianza”. Esto es: carisma, labia y capacidad de convicción. Haciéndose pasar por acaudalado señorito, se dedicaba a pagar sus compras con cheques falsos y a realizar transacciones fraudulentas por correo. Hasta se enroló en una red que ayudaba a que inmigrantes ilegales europeos pudiesen ingresar en EE. UU. burlando la vigilancia de las autoridades. Con todos estos manejos se costeaba aquellos bonitos trajes a la última moda que tanto le gustaban. Eso sí, no siempre le fue bien y en más de una ocasión llegó a dar con sus huesos en una celda. Pasó una temporada de vacaciones a la sombra en Atlanta. Incluso llegó a saborear las bondades hospitalarias de una cárcel canadiense después de entrar en un banco y, tras comprobar que el responsable de la sucursal se encontraba ausente, firmar alegremente cheques como si él fuese el director.

Pero los años fueron pasando y la juventud iba quedando atrás. Cuando estaba ya bastante entrado en la treintena, Ponzi no había conseguido hacerse rico. Estaba cansado de dar tumbos de cárcel en cárcel, así que se estableció en Boston decidido a sobrevivir con un trabajo honrado para evitar nuevos problemas legales. Estaba convencido de que tenía un talento especial para los negocios —aunque los hechos, la verdad, le habían demostrado numerosas veces lo contrario— y seguía esperando una gran idea que lo sacase de pobre.

Boston parecía ser el lugar ideal. La capital de Massachusetts era una ciudad culta, rica y europeizada. Pero no europeizada a la manera de la tumultuosa y caótica New York, porque si uno se paseaba por Brooklyn podía ver a decenas de miles de inmigrantes europeos reconstruyendo sus ruidosas costumbres ancestrales en las atestadas calles salpicadas de puestos de mercadillo. New York, aun con todo su esplendor cultural y económico, incluso habiéndose transformado en el ombligo del planeta, no dejaba de ser una ciudad proletaria. Boston, en cambio, había sabido adoptar lo mejor del viejo continente: un atildamiento clásico y elegante, una arquitectura señorial, un refinado gusto por lo más exquisito de la producción cultural del momento. Gente bien vestida, bien educada e incluso en ocasiones con ciertas ínfulas aristocráticas. Aquella burguesía acomodada y grandilocuente —y con los riñones bien cubiertos del frío— era el espejo en el que Carlo Ponzi se contemplaba. Eso era en lo que siempre había aspirado a convertirse.

Pero a sus 37 años parecía ya tener pocas posibilidades de dar el salto. Y no puede decirse que no lo intentó. Quiso convertirse en agente comisionado de comercio internacional, pero fracasó estrepitosamente cuando se dio cuenta de que no tenía contactos. No resultaba fácil integrarse en los círculos de negocios de la ciudad. Una vez más, tuvo que resignarse y se enroló en un trabajo como administrativo del montón, enviando circulares al extranjero para promocionar la venta de una guía de comercio internacional. Básicamente respondía las cartas que solicitaban un ejemplar y su rutina diaria resultaba bien simple: abrir un sobre, leerlo, responder. Abrir otro sobre, leerlo, responder. En aquello consistía ahora la Tierra de las Oportunidades para Carlo Ponzi. Prisionero en una oficina sin futuro, no podía evitar seguir dándole vueltas a la cabeza en busca de alguna revelación. Seguía pensando en una forma de enriquecerse sin tener que volver a probar el desangelado menú de una prisión.

Los cupones postales iban a ser la respuesta a sus plegarias.

Una carta de España

Cupón postal, base del negocio piramidal de Ponzi.
Cupón postal internacional, base del negocio piramidal de Ponzi.

Como muchos otros inmigrantes, Carlo Ponzi recibía cartas de sus familiares de Italia, por lo general contándole lo mucho que anhelaban cruzar el Atlántico y abandonar aquel país depauperado y sin perspectivas de futuro en el que ya se estaba gestando el inminente auge del fascismo populista de Benito Mussolini. Ponzi leía sus misivas y les escribía de vuelta. Pero los sellos para enviar correo trasatlántico eran caros, y si bien Ponzi podía costearse la correspondencia internacional gracias a su salario estadounidense, sus familiares europeos apenas tenían dinero y no les convenía gastar demasiado en sellos. Así pues, Ponzi les facilitaba la tarea: en sus cartas de respuesta incluía un cupón de correo internacional emitido en Estados Unidos. Ese cupón podía comprarse en cualquier oficina postal americana, pero al recibirlo sus allegados podían canjearlo por sellos italianos para franquear sus envíos. Este sistema estaba muy extendido entre los emigrados en América y ayudaba a que sus seres queridos pudieran comunicarse con ellos más fácilmente. Carlo Ponzi todavía no lo sabía, pero aquellos cupones iban a servir para labrar su fortuna… y también su desgracia.

¿Cuándo se le ocurrió la gran idea? Parece ser que sucedió en el trabajo. Un buen día abrió una carta procedente de España que llevaba varios días sobre su escritorio. Era una carta como cualquier otra, en la que un español solicitaba un ejemplar de aquella guía de comercio internacional que Ponzi promocionaba. Resultó que el remitente había incluido uno de aquellos cupones postales como los que Ponzi enviaba a su familia, para facilitar que la empresa estadounidense le enviase la publicación. Carlo contempló el cupón y se dio cuenta de que el precio de venta —escrito en castellano, porque el cupón se había emitido en España— era de 30 centavos o céntimos de peseta. Realizó un rápido cálculo: una peseta, unidad monetaria española, equivalía a 15 centavos estadounidenses. El cupón se intercambiaba por el mismo valor en sellos en ambos países, pero resultaba mucho más barato comprarlo en España. Así que, ¿y si compraba cupones españoles para revenderlos en América? Pero los cálculos le demostraron que el negocio no merecía tomarse la molestia: comprar y vender cupones españoles le proporcionaría como mucho un 10% de beneficio. Pero entonces se fijó en una moneda mucho más depreciada: la lira. Comprando cupones de Italia y revendiéndolos en EE. UU., el beneficio ya no sería del 10%, sino que podría sobrepasar el 230% de la inversión inicial. Una bombilla se iluminó sobre su cabeza. Acababa de encontrar el gran negocio de su vida.

Su ocurrencia resultaba tan prometedora que a finales de 1919 se decidió a fundar una nueva empresa, Securities Exchange Company. Excitado por las posibilidades de su gran idea comenzó a buscar inversores, al principio entre sus propios familiares y amigos. Les explicaba el mecanismo de su negocio con ayuda de un ejemplar de la Guía Postal de los Estados Unidos (en el que se podía comprobar el precio oficial de los cupones y sellos), y con el periódico del día, donde figuraban los tipos de cambio monetario. Números impresos sobre papel a los que nadie conseguía encontrar una objeción. Él describía lo que había bautizado como “el Plan Ponzi”; desde luego, el beneficio de la compraventa de cupones parecía asegurado. Además, Ponzi se mostraba generoso con sus posibles inversores: prometía dividendos de un 50% de rentabilidad a quienes le prestasen dinero a 45 días, y nada menos que un 100% a quien se lo prestase a 90 días. Dicho de otro modo: estaba poniéndoles en bandeja una manera rápida e infalible de multiplicar por dos el dinero invertido en apenas tres meses, tiempo suficiente para que los cupones encargados llegasen por barco. ¿Qué ganaba él? Pues incluso cediendo aquellos impresionantes dividendos, Ponzi se llevaría más del 100% de cada inversión realizada. Sobre el papel, todos ganaban y nadie perdía. El plan parecía perfecto.

De este modo, mediante préstamos garantizados por pagarés que firmaba con personas de confianza, reunió los primeros 150 dólares de capital (unos 1300 euros actuales) y puso en marcha su negocio. Compró cupones europeos y los puso a la venta cuando llegaron a EE. UU. La operación resultó todo lo rentable que había previsto y sus primeros inversores, efectivamente, recuperaron su dinero con creces. Empezó a correr la voz entre sus conocidos, y más adelante entre desconocidos. Ponzi, que había americanizado su nombre y ahora se hacía llamar Charles, estaba ofreciendo una rentabilidad fuera del alcance de cualquier banco o bono de inversión.

Edificando la pirámide

El rumor siguió extendiéndose hasta sobrepasar las fronteras de su entorno. Pronto se supo de su negocio en toda la ciudad. Después en todo el estado de Massachusetts. Y algo más tarde incluso en los estados adyacentes. Quien ponía su dinero en manos de Charles Ponzi, lo multiplicaba por dos. Algunos reinvertían los beneficios, con lo que al final multiplicaban la inversión inicial por cuatro. Limpiamente y en tres meses. El boca a boca provocó un creciente aluvión de inversores. Estalló una fiebre inversora hasta el punto de que Ponzi ya no podía atender por sí mismo todas las peticiones de participación en el negocio y abrió unas oficinas, contratando a agentes que hiciesen el trabajo por él. La entrada de dinero se incrementaba semana tras semana. Muchas personas utilizaban todos sus ahorros para formar parte de aquel negocio seguro. Algunos incluso hipotecaban sus casas. En un país como Estados Unidos, donde había mucho dinero pero donde la vida podía ser dura como en cualquier otra parte del mundo, no cabía desperdiciar semejante oportunidad de duplicar o cuadruplicar el propio capital. Especialmente para aquellos que se rompían el lomo día tras día para salir adelante y que —pese a no tener ni idea sobre finanzas— sabían que sus existencias podían aligerarse considerablemente subiéndose al carro del milagro Ponzi. También personas adineradas y más conocedoras del mundillo de los negocios se sintieron atraídas por la súbita explosión de rentabilidad de Securities Exchange Company. Eso sí, la gran mayoría de los inversores no tenía demasiado claro en qué consistía exactamente el negocio, y quienes sí lo sabían lo veían como algo tan simple que no podía fallar. Durante los primeros meses nadie se preguntó si no existiría algún fallo en aquella milagrosa trama que, de tan perfecta, resultaba sospechosa para quien se tomara la molestia de pensar dos veces sobre ella.

Durante un tiempo la fortuna sonrió al ambicioso Ponzi.
Durante un tiempo la fortuna sonrió al ambicioso Ponzi.

Como consecuencia de la fiebre inversora, Charles Ponzi comenzó a amasar una fortuna. En el transcurso de apenas ocho meses de funcionamiento de Securities Exchange Company ya tenía en el banco diez millones de dólares de la época, que serían el equivalente a unos 100 millones de euros actuales. Su gran sueño de hacerse rico se había cumplido y empezó a tener miras más altas. Comenzó a verse a sí mismo como un gran hombre de negocios, como un futuro potentado de las finanzas. A fin de cuentas estaba funcionando prácticamente como un banco de inversión así que, ¿por qué no tener su propio banco? Depositó varios millones de dólares en un banco de Boston que jamás había recibido tanto dinero de golpe. Ponzi quería convertirse en su principal cliente; es más, en su cliente fundamental. Así, en un futuro, podría ejercer presión para que le permitiesen entrar en el consejo de administración del banco y finalmente hacerse con el control de la entidad.

Por otra parte, supo responder a toda la atención suscitada. Tenía madera de estrella y ahora que lo veían como a uno de los hombres de negocios más exitosos de Boston, estaba decidido a interpretar el papel a la perfección. Tan amante como era de pavonearse, adoptó la viva imagen de un potentado de tebeo: solía dejarse ver ataviado con los trajes más caros del mercado, sosteniéndose con bastones chapados en oro. Adquirió una suntuosa mansión de numerosas habitaciones. Su ambición no conocía límites e intentó embarcarse en un negocio de magnitud extravagante. Cuando leyó en un periódico que el Gobierno estadounidense quería vender como chatarra nada menos que 3000 buques de la marina mercante, se le ocurrió una nueva idea. ¿Qué tal si los compraba él mismo y los subarrendaba a compañías de transporte? El problema era que todavía no disponía de los 200 millones de dólares que el Gobierno pedía por la flota, pero los ingresos diarios que recibía Securities Exchange Company eran ya tan elevados que no debería tener problemas en conseguir un gigantesco préstamo avalado por la apabullante marcha de su negocio de los cupones. Hizo sus cálculos para convencer a los bancos: pagaría 200 millones por los buques, pero podría alquilarlos a terceros por unos 70 millones de dólares anuales. En cinco años, pues, ya habría devuelto su préstamo con intereses y al sexto año estaría obteniendo unos tremebundos beneficios.

Nunca pudo poner en marcha su faraónico plan naviero, así que nunca sabremos si hubiese funcionado. Podemos imaginarlo, pero solo eso. Sin embargo, Ponzi jamás dejó de insistir en que su intención había sido “patriótica”: quería impedir que empresas navales extranjeras se encargasen de sustituir la capacidad de transporte naval que Washington pretendía malvender a precio de chatarra. Ponzi, que afirmaba sentirse ya completamente americano, afirmaba que “solo estaba interesado de manera secundaria en el aspecto lucrativo del asunto. Mi primer interés era el de restaurar el prestigio de la marina mercante estadounidense”.

Pero, al margen de sus sueños oceánicos, comenzaron a aparecer algunos nubarrones en el horizonte. Pese a sus esfuerzos por reforzar su imagen pública o por convertirse nada menos que en el respaldo naval de la nación, algunos observadores comenzaron a sospechar de las fabulosas rentabilidades ofrecidas por Securities Exchange Company. El pistoletazo de salida fue la demanda de un comerciante que había vendido muebles a Ponzi meses atrás, muebles que Ponzi no había podido pagar en su momento. Ahora, sin embargo, el vendedor comprobaba que aquel moroso que le debía una factura era mencionado en los periódicos como el millonario más de moda en la ciudad, así que le puso una demanda. A Ponzi no le costó arreglar el asunto, claro, pero hubo quienes empezaron a preguntarse si no resultaba demasiado extraño que un individuo que menos de un año atrás no podía costearse un sillón estuviese ahora habitando una mansión señorial. Comenzaron a correr rumores. ¿Realmente había conseguido algo así con la única ayuda de los cupones postales? ¿Era el negocio tan seguro como parecía? De ser así, ¿por qué no existía otro negocio tan rentable? Algunos inversores, preocupados por las habladurías, comenzaron a indagar sobre los mecanismos con los que Securities Exchange Company hacía tanto dinero. Ponzi logró acallar a los más curiosos retornándoles sus beneficios de inmediato, pero los rumores son difíciles de extinguir, especialmente cuando el dinero de tanta gente estaba en juego.

La pirámide se hunde

Esa gente todavía no lo sabía, pero el gran plan de Charles Ponzi estaba condenado al fracaso. Se había dejado llevar por la avaricia e, ignorante de las reglas básicas de las finanzas, había aceptado muchísimas más inversiones de las que podía satisfacer mediante la compraventa de cupones. Había varios factores que Ponzi no había tenido en cuenta, como que el número potencial de compradores de cupones no era infinito o que las autoridades habían limitado el tráfico internacional de aquellos cupones, descontentas con una especulación respaldada en sellos oficiales. Tampoco había previsto que el transporte naval —el único disponible en la época— no garantizaba que los cupones llegasen siempre a tiempo; con frecuencia se producían retrasos en la entrega, con lo que los plazos de reparto de beneficios eran sobrepasados. Pero este era el menor de sus problemas.

Lo realmente grave era precisamente la enorme magnitud que había adquirido su empresa en tan poco tiempo y con la base de un único producto, los cupones. A causa de no haber contenido la explosión de su negocio, la inconsistencia de su funcionamiento interno llegó a unos extremos surrealistas. Si el número total de cupones postales en circulación, aquellos que constituían el núcleo del “plan Ponzi”, era de unos 30.000 ejemplares en todo el mundo, se necesitaba un total de más de 150 millones de cupones en circulación para que Ponzi pudiese repartir todos los beneficios a los que ya se había comprometido. Es decir, por cada cupón real que Ponzi compraba y vendía, se hubiera necesitado de otros 6000 cupones postales… los cuales se jamás se habían impreso en ninguna parte del mundo.

Securities Exchange Company estaba, pues, al borde de la bancarrota. Ponzi había estado prometiendo beneficios sobre la base de la venta de millones de cupones que ni siquiera existían. No había buscado otras fuentes de rentabilidad, más allá de su ocurrencia de adquirir la flota mercante desechada por Washington. Y aunque guardaba una fortuna de diez millones de dólares en sus cajas fuertes, aún debía pagar beneficios a sus inversores por valor de 15 millones. Cuanto más dinero recibía de los inversores, más beneficios prometía y por lo tanto más dinero debía… dinero que no podía devolver sin convencer a nuevos inversores para que le diesen el suyo. El exitoso Ponzi se las había arreglado para deber cinco millones de dólares de la época en menos de un año. Y dado el crecimiento exponencial de la trama, la situación empeoraba cada semana, incluso cada día. Su negocio se había convertido en una estafa piramidal en toda regla, que pagaba beneficios a unos inversores con el dinero aportado por los nuevos, sin que el negocio por el que invertían produjese un solo dólar. Es esto lo que hoy se conoce como “esquema Ponzi”.

La teoría de Ponzi: si quieres tener éxito, viste como un hombre exitoso.
La teoría de Ponzi: viste como un hombre exitoso y el éxito vendrá a ti.

Una vez empezaron a correr los rumores, lo único que se necesitaba para desenmascarar la trama era consultar al servicio de correo estadounidense y preguntar por el número total de cupones postales que había en circulación: una vez se conocía la cifra, quedaba claro que la empresa de Ponzi no podía sostenerse únicamente basada en la compraventa postal. Los periodistas empezaron a meter las narices; le preguntaron qué hacía exactamente con el dinero de los inversores y cómo lo convertía en tan pingües beneficios. Pero Ponzi se negaba a responder. Afirmaba que no quería revelar su “secreto” (por descontado, el auténtico secreto era que no había ningún “secreto”), excusándose en que otros hombres de negocios podrían robarle la idea. Eso no convenció a los reporteros, por descontado, y la misma prensa que durante un tiempo había elogiado su éxito comenzó a cuestionar abiertamente sus métodos: ¿de dónde salían sus beneficios? ¿Salían realmente de alguna parte, o solo se dedicaba a darles a unos inversores el dinero de otros? Cuando esa posibilidad se publicó en negro sobre blanco en las páginas de los diarios, cundió el pánico entre los clientes de Securities Exchange Company. En la sede de la compañía se produjo un verdadero tumulto cuando una muchedumbre de bostonianos se arremolinaron reclamando la inmediata devolución de su dinero. La cosa parecía a punto de terminar en disturbio cuando el propio Charles Ponzi acudió ante la multitud para defender la bondad de su negocio. Convenció a los atribulados inversores de que todo marchaba bien, pagándoles sus beneficios en el momento: desembolsó dos millones de dólares ¡en un único día! Después los agasajó con un tentempié y consiguió que se tranquilizasen. Eran tales su carisma y poder de convicción que incluso hubo quienes renunciaron finalmente a retirar su dinero porque Ponzi había vuelto a ganarse su confianza.

Pero para entonces ya era tarde; la liebre había saltado y una vez estallada la burbuja solo era cuestión de tiempo que la realidad de todo el asunto terminase revelándose con toda su crudeza. La situación financiera de Ponzi —que seguía debiendo a sus inversores varios millones más de los que tenía en el banco— era tan desesperada que hasta sus hombres de confianza le dieron la espalda. El agente de publicidad que había contratado para hacer frente al vendaval mediático se topó con documentación que demostraba la insolvencia de su jefe; ni corto ni perezoso, el tipo vendió la noticia al Boston Post. Aprovechando el tirón, la prensa también sacó del baúl los viejos encontronazos de Ponzi con la ley, incluidos sus encarcelamientos por fraude. El verdadero Charles Ponzi estaba quedando al descubierto y los inversores comenzaron a entender que no solamente no habría beneficios, sino que nunca recobrarían su dinero inicial. Ponzi también entendió que no podía mantener durante más tiempo la comedia. Era cuestión de días, tal vez de horas, que las autoridades reclamaran su presencia ante un tribunal. Consciente de que estaba a un paso de la detención, fue él mismo quien se entregó a la policía.

Se lo acusó de fraude postal. Sin embargo, su actitud de colaboración —y, por qué no decirlo, su habilidad para ganarse las simpatías de todo aquel que se cruzaba en su camino— hizo que pese a la enorme relevancia social del caso, el juez dictaminase libertad condicional con una fianza de 25.000 dólares. Charles Ponzi volvió a la calle.

Pero fue por poco tiempo. La prensa hizo pública la auditoría definitiva del desastre de Securities Exchange Company y se supo que las pérdidas iban a ascender a un total de 20 millones de dólares (¡eso serían cerca de 200 millones de euros actuales!) en una empresa que había existido durante apenas un año. Una catástrofe que iba a arrastrar consigo la economía doméstica de miles de inversores. El agujero, pues, era todavía mayor de lo previsto. Ante la tétrica situación el juez cambió de opinión y retiró la fianza. Ponzi fue nuevamente detenido y sometido a juicio. Se le declaró culpable y se le impuso una condena de cinco años de prisión.

Ponzi, el incorregible

“Me he buscado problemas. Y problemas son lo que he encontrado”.

Durante casi cuatro años, Charles Ponzi tuvo tiempo más que suficiente para reflexionar sobre sus errores mientras daba vueltas en el camastro de su celda. Esperaba el momento de abandonar la prisión, ayudado por su buena conducta y (como de costumbre) la simpatía de las autoridades que trataban directamente con él. Finalmente llegó el día de la libertad. Ya pasados los cuarenta volvió a pisar la calle. Quizá ahora podría vivir con algo más de tranquilidad. Sin embargo, las cosas no iban a salir como había esperado: la tranquilidad era algo a lo que ya no tenía acceso.

Tras salir de la cárcel descubrió que los problemas judiciales no habían terminado para él ni mucho menos. Había cumplido condena por una acusación federal —esto es, nacional—, pero también el estado de Massachusetts pretendía empapelarlo bajo sus propias leyes, en este caso bajo una nueva acusación de apropiación indebida. Charles Ponzi se desayunó con la noticia de que tenía pendientes nada menos que diez nuevos juicios. Intentó librarse como pudo, alegando que aquello significaba que iba a ser procesado dos veces por los mismos hechos, lo cual vulneraba el derecho básico y lo sumía en una terrible indefensión jurídica. Presentó una apelación y el caso llegó al Tribunal Supremo, pero aquellas artimañas legales de poco le sirvieron. El Supremo dictaminó que el proceso federal (por el que ya había pagado su pena) y el estatal (por el que estaba a punto de ser juzgado) se originaban efectivamente en el mismo episodio, pero que en realidad basaban su acusación en delitos distintos bajo legislaciones diferentes. Así pues, Ponzi tuvo que sentarse de nuevo en el banquillo.

Tras su estancia carcelaria, no tenía dinero. Al menos no tenía dinero que pudiese ser rastreado legalmente, porque parte de su fortuna no había sido encontrada y se sospechaba que la hubiese podido conservar de alguna manera. Pero nadie pudo demostrar nada y Charles Ponzi estaba oficialmente arruinado. Como no podía pagarse un abogado, organizó y ejecutó su propia defensa hablando personalmente ante el tribunal. Y no le fue mal, al menos al principio. Con ayuda de su labia y su habilidad para manipular a sus oyentes, incluidos los jueces, salió indemne no de uno sino de los dos primeros juicios estatales a los que fue sometido. Ciertamente, la habilidad de Ponzi para evadir los problemas empezaba a parecer mágica. Pero su racha iba a terminar: en la tercera de las vistas el juez no pareció simpatizar demasiado con él ni tampoco quedó hechizado por su carisma. Se limitó a condenarlo a nueve años más de cárcel no sin antes calificarlo como “vulgar ladrón”.

Ponzi presentó una apelación frente a la sentencia y quedó libre bajo fianza hasta que la apelación fuese resuelta a favor o en contra. Volvía a estar en la calle, al menos temporalmente. Pero en Boston era ya un hombre marcado. Tuviese escondido o no el dinero que se sospechaba desaparecido, no podía utilizar un solo dólar sin despertar sospechas. Y todo el mundo sabía quién era y el daño que había causado, así que en aquella ciudad tenía muchos enemigos. ¿Cómo salir adelante allí? Cuando las circunstancias apretaron demasiado, se mudó a Florida e hizo lo que le pedía el cuerpo: volver a las andadas.

Puso en marcha otro plan delictivo para ganar dinero rápido, nuevamente basado en la estafa piramidal. Empezó a convencer a nuevos inversores —quienes obviamente no conocían su identidad— para que aportasen dinero en un prometedor negocio de compraventa de tierras. Esta vez ofrecía una rentabilidad incluso mayor que la de los cupones postales; el problema volvía a ser el mismo: detrás no había un producto rentable capaz de sostener aquellos dividendos. Las tierras de las que Ponzi hablaba a sus inversores efectivamente existían (al contrario que la mayoría de sus antiguos cupones) pero se trataba de terrenos pantanosos, la mayoría cubiertos por el agua y completamente inútiles para cualquier uso excepto el de ser habitados por alimañas. Pero trabajando con algo menos abstracto que los cupones —ya que cualquiera podía comprobar fácilmente que aquellos terrenos con los que especulaba eran pura cochambre— el fraude no tardó demasiado en ser descubierto. Una vez más fue detenido y tuvo que sentarse ante un tribunal, esta vez en Florida. Fue condenado a un año de prisión, aunque volvió a salir libre bajo fianza después de presentar una nueva apelación. Con dos condenas estatales pendientes de apelación —una en Massachusetts y otra en Florida— su situación pendía de un hilo.

Y el hilo se cortó. Pronto supo que la primera apelación había sido desestimada en Boston, así que oficialmente era ya un fugitivo de la justicia. Pero eso no era todo: indagando en su pasado, las autoridades descubrieron que pese a llevar muchos años en el país, Carlo Ponzi no había adquirido la nacionalidad y no tenía ningún tipo de permiso de residencia, así que se lo consideró un “ilegal indeseable”. Tenía pues sobre su cabeza una orden de detención de Massachusetts, una orden de deportación de Washington y muy probablemente una futura orden de detención en Florida. Su futuro en Estados Unidos pintaba muy negro, así que se decidió a tomar la única salida que le quedaba: huir del país y regresar a su Italia natal. Su esposa, que no quería dejar América, pidió el divorcio. Sabía que Ponzi se convertiría en un prófugo y esa era una clase de vida que ella no estaba dispuesta a llevar. Para él no quedaba otra opción, sin embargo.

Pero no podía viajar legalmente a Italia como cualquier otro ciudadano. Tenía que salir del país de incógnito, así que sencillamente se cortó el pelo, se dejó crecer un poblado mostacho y embarcó en un mercante italiano bajo identidad falsa. Una vez en el barco se sintió seguro: el buque levó anclas, ya estaba de camino a Europa. Pero…

La caída

“Yo ya era americano en todo, excepto en mis papeles”.

Hay que parecer elegante hasta en la foto de la ficha policial.
Hay que parecer elegante hasta en la foto de la ficha policial.

La buena fortuna de Charles Ponzi se había esfumado para siempre. A partir de aquel instante, las cosas en su vida siempre tendieron a torcerse. Empezando por la trayectoria del barco en el que pensaba escapar a su país natal, que tenía que hacer escala en Louisiana antes de tomar definitivamente rumbo al corazón del océano Atlántico. Fue una escala breve pero suficiente para demostrarle a Ponzi que si había pretendido ser más listo que las autoridades, ahora las autoridades probaban ser más listas que él. Su presencia en el barco fue descubierta por la policía y Charles Ponzi fue nuevamente detenido cuando estaba rozando la libertad definitiva con la punta de los dedos. Esta vez, su paso por los tribunales fue tan veloz como determinante: tras un intento de fuga ningún juez estaría predispuesto a su favor nunca más. Fue condenado a nueve años más de prisión. Ponzi volvió a entrar en la cárcel.

No abandonó su celda hasta casi una década después, cuando ya contaba 52 años de edad, pero descubrió que aunque hubiese pasado mucho tiempo, la gente no lo había olvidado. Cuando los periódicos mencionaron su liberación una furiosa multitud de antiguos estafados lo esperó a las puertas de la prisión, aunque la presencia policial impidió que Ponzi fuese linchado allí mismo. Los periodistas dieron buena cuenta del tenso episodio y el mayor estafador de América admitió que toda aquella situación era una consecuencia lógica de su conducta. Los estadounidenses ya no se dejaban engañar por su carisma y ahora era visto como un enemigo del pueblo. De todos modos ya no podía permanecer en EE. UU., porque continuaba siendo un inmigrante ilegal y continuaba pendiente sobre su persona una orden de expulsión. Fue deportado a Italia. Ponzi regresó a su país natal tres décadas largas después de haberlo abandonado.

Pero no albergaba propósito alguno de enmienda. En Italia intentó reproducir la estafa piramidal, pero no tuvo suerte y al borde de los 60 años tuvo que volver a tragar sapos y conseguir un trabajo honrado. Se enroló en una compañía aérea como agente comercial y fue destinado nada menos que a Brasil. Durante una corta temporada pareció que aquello le garantizaría la subsistencia y que su vida en Rio de Janeiro iba a ser pacífica. Pero, como decíamos, su buena suerte se había esfumado. Fue entonces cuando estalló la II Guerra Mundial: Italia decidió combatir al lado de Alemania y Brasil se posicionó con los aliados, así que las líneas aéreas italianas para las que trabajaba en Rio fueron intervenidas y desmanteladas. Ponzi se quedó sin empleo. Repentinamente desocupado, sin saber apenas hablar portugués y sin amigos en tierras brasileñas, dedicó el tiempo libre a escribir su poco fiable autobiografía —en la que no se arrepentía demasiado de sus fechorías del pasado, hay que decir— e incluso se dejó entrevistar por un periódico, declarando con orgullo que su enorme fraude había sido el mayor espectáculo en la historia de los EE. UU. “desde la época de los peregrinos” y afirmando que sí, que había merecido la pena ganar 15 millones de dólares en un año, aunque después hubiese tenido que pasar media vida entre rejas.

Su altanería presuntuosa no puedo evitar que el último de sus enemigos se cebase sobre él: la mala salud. Empezó a padecer serios problemas cardíacos, incluido un infarto de miocardio. Un accidente cerebral le paralizó la mitad del cuerpo. Además su visión comenzó a deteriorarse progresivamente hasta dejarlo prácticamente ciego. Incapaz de valerse por sí mismo y sin medios económicos, pasó sus últimos años en manos de los médicos de un hospital de beneficencia, donde murió a los 66 años, inválido y en la más absoluta ruina. Aquella misma ruina a la que había conducido a mucha gente años atrás.

Pero hizo historia. Su apellido se convirtió en un concepto y el “esquema Ponzi” nunca ha dejado de resultar efectivo como herramienta de fraude. La posibilidad de obtener un rendimiento cuantioso y aparentemente seguro siempre ha atraído a muchos ingenuos hacia quienes supieran presentar bien la idea. Hay algunos casos muy célebres que quizá algunos lectores recordarán, como el de Maria Branca Dos Santos, aquella carismática “Dona Branca” que muchos bautizaron con entusiasmo con el épico apelativo de la “Banquera del Pueblo” y que fue vista como una heroína hasta que la caída de su tremebunda estafa piramidal causó una verdadera conmoción en Portugal. Hay más casos, desde luego, y no solamente pequeños inversores desconocedores de los básicos financieros han caído en este tipo de tramas. También hemos citado a Bernard Madoff, en el que estaban implicados grandes nombres de inversores supuestamente más avezados pero que cayeron igualmente deslumbrados por unos dividendos sospechosamente fáciles.

Lo más curioso es que, en esencia, el “esquema Ponzi” no necesariamente viola las leyes de la oferta y la demanda, aunque obviamente vulnera casi siempre, o siempre, las leyes penales de las naciones donde tiene lugar. El propio Carlo Ponzi basó su fraude más famoso en un intercambio perfectamente legal, la compraventa de cupones. Solo se transformó en estafa cuando permitió que se siguiese financiando su negocio más allá de sus límites. En su autobiografía, de hecho, Ponzi se permite insinuar que también las autoridades tenían su parte de culpa por haber restringido la emisión de unos cupones que estaban resultando tan rentables. Sí, Carlo Ponzi tenía la cara muy dura. Aunque, conociéndolo, de haber vivido en nuestro tiempo no resultaría extraño que hubiese sido capaz de acogerse a los planes de rescate bancario ejecutados por nuestros gobiernos. Quién sabe. Y con mucha probabilidad tendría “su” dinero a buen recaudo en un paraíso fiscal y no hubiese tenido que expiar sus pecados en un hospicio brasileño. Pobre Carlo, nacido en una época equivocada.

No había ninguna ley o regulación que yo pudiese romper con el tráfico de cupones tal y como lo expongo aquí. Muchos dirán que podía ser poco ético. Pero quebrantar la ética no equivale a quebrantar la ley.

(Palabra de Charles Ponzi).

Ponzi Hz

Libros para saber más:

The rise of Mr. Ponzi, libro de memorias de Charles Ponzi.
The Ponzi Scheme Puzzle, de Tamar Frankel.
Ponzi’s Scheme, de Mitchell Zukoff.
You can’t cheat an honest man, de James Walsh.
Encyclopedia of White Collar Crime, de Jurg Gerber y Eric L. Jensen.