De la necesidad del tiempo improductivo

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Si hay unos valores que definen a las sociedades capitalistas actuales, son sin duda alguna la eficiencia y la productividad. Extraño es el día en que no nos llega algún mensaje —institucional o no— recordándonos la importancia de cultivar estas artes, artículos y consejos sobre cómo ser más eficiente utilizando todo tipo de planificadores, metodologías y apps para el móvil, de cómo crear impacto inmediato o alertando de los peligros de una baja productividad. Debemos plantearnos una carrera profesional aspirando a «aportar valor» dando lo mejor de nosotros mismos y a la vez prepararnos para una formación que durará toda la vida. Y un largo etcétera de ideas razonables y sanas —mantenernos en forma, comer bien, reproducirnos— que uno no puede evitar pensar si no habrá algún tipo de motivación más utilitaria detrás, como podría ser mantenernos laboralmente aptos hasta edades avanzadas.

Este clima social tiene su reflejo en la consulta del psicólogo, donde es bastante habitual encontrarse con personas que a cada rato comentan que «no pueden perder el tiempo». Personas que tienen que «hacer algo con su vida» o necesitan una fórmula mágica en pocas sesiones que les aleje de la terrible posibilidad de verse sin nada que hacer. Personas en estado de estrés crónico que confiesan «no saber parar», arrastrando cuadros de ansiedad o depresión, a las que su cuerpo está mandando avisos serios y que, cuando se menciona el descanso, te miran con cara de «no puedo permitirme eso». Personas, en definitiva, cuya mayor preocupación es caer en la improductividad, antesala de males mayores como el aburrimiento. Tan peligroso enemigo es este estado de ánimo que hemos desarrollado una floreciente industria del ocio destinada a cubrir cualquier franja temporal con la más variada oferta de entretenimiento.

Sin embargo, ¿qué sería en realidad tiempo improductivo? Una de las dificultades más curiosas aparece a la hora de diferenciar el tiempo de descanso del aburrimiento, frontera que parece más bien borrosa cuando se trata de estados completamente distintos. Alguien realmente eficiente y productivo sabe que el correcto descanso es imprescindible para rendir de manera óptima, y es capaz de permitírselo. Probablemente, tendrá una visión realista de lo que puede dar de sí un cuerpo humano en un día y será capaz de administrar sus periodos de esfuerzo máximo. Lo que es seguro es que no catalogará sus ratos de ocio y relax como «tiempo improductivo», ni tampoco como una pérdida irreparable de horas que podría dedicar a otros menesteres. Es por reconocimiento de esta necesidad de descansar que las vacaciones, los fines de semana y los turnos laborales son obligatorios en las empresas. Las consecuencias para la salud de la falta de descanso son graves para el organismo, y si además se toman estimulantes para forzar al cuerpo a continuar más allá de sus fuerzas, mucho peor. Más que nada porque se corre el riesgo de añadir algún tipo de adicción de la que después pueda ser difícil salir.

Cuando descansamos, no realizamos ningún esfuerzo mental. Ya sea mediante una actividad placentera o automática que no me requiera estar atento, o simplemente divagando y dejando la mente fluir; nuestro cerebro pasa a una especie de modo «sin tarea» (Cristoff y cols., 2009, Fox y cols., 2015). El circuito relacionado con este estado incluye el cingulado posterior, el precúneo y el córtex prefrontal medial, regiones que se activan cuando estamos pensando en las musarañas, coloquialmente hablando. Un modo necesario para recargar pilas antes de volver a dedicarnos a cualquier actividad que nos implique algún esfuerzo cognitivo.

Sin embargo, el tedio es otra historia diferente. Según la definición intuitiva y genial de Leon Tolstói, el aburrimiento es el deseo por los deseos. La investigación científica le ha acabado dando la razón al legendario escritor ruso: el aburrimiento es una sensación desagradable, una señal clara de insatisfacción. Tan evidente que los niños la aprenden muy rápido: «Mamá, me aburro» es una de las frases estrella a lo largo de la infancia. Esta señal de nuestro cuerpo se relaciona con una red neuronal totalmente distinta a la anterior, conocida como salience network (SN) o red de atención, conectada con la red central ejecutiva del cerebro y cuya región clave es la ínsula (Andrews-Hanna, 2012).

¿Qué nos está indicando el aburrimiento? Para resumir mucho, que no estamos encontrando una actividad que nos enganche, en la que podamos emplear nuestras habilidades cognitivas. Habilidades que aquí, a diferencia de los periodos de descanso, sí están listas para la acción (Danckert, 2018). En otras palabras, queremos estar atareados con algo, pero no encontramos ninguna propuesta válida entre las que tenemos al alcance. Así que sería una especie de alerta fisiológica que nos indica que estamos infrautilizando nuestras capacidades. Se podría pues hacer otra distinción más entre el aburrimiento y la apatía: la persona que se encuentra apática tampoco está conectada con su entorno, pero no siente esa insatisfacción típica de cuando nos aburrimos.

Hay varios factores circunstanciales que favorecen esta sensación de hastío, como la monotonía —no tener nada que hacer— y la obligatoriedad —situación que cualquiera que haya tenido que estudiar para un examen particularmente pesado o apretando tornillos durante horas y horas conoce bien—, pero no explican por sí solos este mecanismo: si nos mandan realizar una tarea que nos apetezca, la influencia de la obligatoriedad es nula. Muchas personas encuentran satisfacción en actividades tan repetitivas como clasificar colecciones de los más diversos objetos u ordenar los libros de la estantería por títulos, colores y temáticas. La cuestión central reside en que, en ese momento de activación cognitiva, no hay a nuestro alcance nada que queramos hacer. Por lo tanto, evitaremos este estímulo aversivo si encontramos alguna razón para comprometernos con lo que estamos haciendo: la motivación interna nos ayuda a vencer el aburrimiento. Pero si no lo conseguimos, lo más normal es que intentemos escaparnos de esta desagradable sensación como sea. En este efecto consiste la mala fama del aburrimiento: su aparición conlleva un peor rendimiento en aquello en lo que estamos enfrascados, ya que buscaremos con afán digno de mejor causa alguna alternativa que nos distraiga. Y aquí han venido a ocupar un papel central las innumerables posibilidades que ofrece internet y las redes sociales para ello.

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En efecto, es mucho más fácil obtener una recompensa inmediata para esta incómoda experiencia mirando un vídeo o discutiendo con alguien por Facebook, enviando un mensaje o tuiteando furiosamente, que buscando una solución más duradera o comprometida. Motivarse para terminar un artículo centrándonos en la futura satisfacción de verlo publicado nos coloca la recompensa más lejos y más difusa, aunque pueda ser mayor. En esta capacidad de atraer nuestra actividad mental, que huye de las tareas que se le presentan y no le acaban de convencer, se basan las adicciones a las redes sociales. Un ambiente virtual que fomenta la dispersión de nuestros recursos mentales y dificulta la capacidad de concentración durante un tiempo prolongado, y cuyos efectos perniciosos todavía están insuficientemente estudiados.

¿Para qué sirve el aburrimiento, pues? Hay una idea intuitiva de bastante éxito que relaciona el estado de aburrimiento con la capacidad creativa. La psicología ha tratado de comprobar si hay alguna base científica para esta afirmación, más allá de evidencias anecdóticas de artistas o escritores, aunque los resultados son poco alentadores. Larson (1990) encontró que los estudiantes que referían niveles altos de aburrimiento entregaban trabajos de menor calidad, lo cual parece evidente, pero la ciencia también cuestiona obviedades en ocasiones. Mann y Cadman (2014) sometieron a sus sujetos a tareas de lectura y escritura de números hasta aburrirlos mortalmente y después les propusieron una actividad creativa. El resultado fue que se les ocurrían más ideas que al grupo de control, pero no más originales. De cualquier manera, parece una metodología discutible, ya que resulta difícil discernir si este aumento de aportaciones se debe a que han dejado de aburrirse de golpe con el cambio de ocupación o a la propia naturaleza creativa de la tarea propuesta. Haager (2016) llegó a la llamativa conclusión de que dedicarse a una tarea creativa por un tiempo lo bastante prolongado llevaba a las personas a aburrirse: cuanta más práctica tenemos en algo, más aumenta la fluidez, pero también el tedio que nos provoca, aunque no sean variables relacionadas. Hunter (2016) propone que la tendencia al aburrimiento solo se relaciona con la variable de la curiosidad, pero no de la creatividad, que dependería más de rasgos de personalidad como la apertura a la experiencia o la extroversión. En lo que sí parece que es crucial el aburrimiento es en favorecer la búsqueda de alternativas para mover el «motor» cognitivo en alguna dirección, un motivador que a las personas creativas las puede llevar muy lejos en su labor de evitar su aparición.

No solo las mentes creativas tratan por todos los medios de esquivar el fatal aburrimiento. Hay otro término muy de moda que encabeza la lista de conductas indeseables y del que todos los coaches y gurús de la productividad nos quieren librar porque es terriblemente maligno: la procrastinación. Que es sospechosamente similar a lo que antaño se conocía como pereza y estaría relacionada con la conocida técnica evasiva de ir aplazando aquello que no queremos hacer. Dicho de otro modo, se trata de una estrategia para evitar caer en el aburrimiento. Los numerosos estudios realizados sobre desdichados estudiantes universitarios —una cantidad considerable de experimentos en psicología tienen como cobayas a los pobres alumnos— son la antesala de las más variadas técnicas para eliminar este hábito.

Sin embargo, empiezan a verse matices dentro de la mala fama general de la procrastinación: Choi y Moran (2009) establecen una interesante diferencia entre procrastinación activa y pasiva (Kim, 2015). La primera sería aquella en la que el sujeto elige deliberadamente aplazar una tarea hasta las últimas fechas disponibles, a sabiendas de que bajo presión rinde mejor. El resultado de los experimentos de Kim (2017) indica que los estudiantes que usan esta técnica obtienen un buen rendimiento académico. Pero no todo el mundo puede usarla: las personas con neuroticismo elevado no pueden soportar ese nivel de estrés, y tienden a aplazar por simple aversión a la tarea —procrastinación pasiva—. Esta técnica está reservada, por tanto, únicamente a aquellos con una elevada confianza en sus propias posibilidades, ya que implica un uso arriesgado —aunque eficaz— del tiempo de trabajo.

En resumen, sería deseable que desecháramos la idea de que el tiempo de descanso es improductivo, porque la evidencia es la contraria: descansar correctamente favorece la eficiencia y la productividad. El temor a excederse en la cantidad de tiempo que dedicamos a recuperar energía o a relajar la mente proviene de un peligroso sesgo por el cual nos veríamos arrastrados a la molicie sin remedio, atascados en una inexistente y ficticia carrera hacia… ¿alguna parte?, ¿no quedarse atrás?, ¿con respecto a quién o a qué? Todo el mundo asume que un teléfono móvil ha de recargar su batería de forma periódica, pero cuando hablamos de un ser humano el asunto parece que no está tan claro. Ahora bien, al cuerpo eso le da igual: cuando se estresa o se agota, va dando avisos, cada vez más evidentes. Por muy intensamente que pensemos lo contrario e ignoremos nuestras limitaciones, acabaremos recibiendo el mensaje de una forma u otra.

También es clave perderle el miedo al aburrimiento. Es una experiencia vital humana a la que estaremos expuestos en algún momento de nuestras vidas, incluso estando muy ocupados, así que no nos libraremos de ella tan fácilmente. Si no hay nada interesante que hacer, esa molesta señal nos llevará a algún sitio mucho más inspirador si sabemos interpretarla y manejarla bien. Incluso nos puede ayudar a plantearnos si estamos yendo por el camino que queríamos. Las sensaciones corporales, aun incómodas, no son un problema, simplemente son. La cuestión es lo que hacemos en consecuencia.

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Bibliografía

Danckert J., Mugon J., Struk A., Eastwood J. (2018) «Boredom: What Is It Good For?». In: Lench H. (eds) The Function of Emotions. Springer, Cham.

Haager J., Kuhbander C., Pekrun, R. (2016) «To Be Bored or Not To Be Bored—How Task-Related Boredom Influences Creative Performance». The Journal of Creative Behavior, Vol. 0, Iss. 0, pp. 1–10.

Hunter, Jennifer A., Abraham, Eleenor H., Hunter, Andrew G., Goldberg, Lauren C., & Eastwood, John D., «Personality and boredom proneness in the prediction of creativity and curiosity». Thinking Skills and Creativity. Volume 22, December 2016, Pages 48-57.

Kim K., Seo E. (2015) «The relationship between procrastination and academic performance: A meta-analysis». Personality and Individual Differences 82 (2015) 26–33

Kim S., Fernández S., Terrier L. (2017) «Procrastination, personality traits, and academic performance: When active and passive procrastination tell a different story». Personality and Individual Differences 108 (2017) 154–157

Mann S., Cadman R. (2014). «Does Being Bored Make Us More Creative?», Creativity Research Journal, 26(2), 165–173, 2014

Christoff, K., Gordon, A. M., Smallwood, J., Smith, R., & Schooler, J. W. (2009). «Experience sampling during fMRI reveals default network and executive system contributions to mind wandering». Proceedings of the National Academy of Sciences, 106, 8719–8724.

Choi, J. N., & Moran, S. V. (2009). «Why not procrastinate? Development and validation of a new active procrastination scale». The Journal of Social Psychology, 149, 195–211.


Neurociencia de la tortura

Fotografía: JP Davidson (CC)
Fotografía: JP Davidson (CC)

Las historias de ficción, en el cine, la literatura y la televisión, nos enfrentan a las contradicciones reales que implica la práctica, más o menos oculta, de la tortura en nuestras sociedades, obligándonos como espectadores pero también como ciudadanos a cuestionarnos su validez y su permisividad. Estas ficciones, en las que a menudo se manipula emocionalmente al espectador, suelen instarnos a elegir entre unos principios morales que creemos incuestionables y la posibilidad de salvar las vidas de un grupo incierto de personas inocentes. Generalmente todo suele salir bien, la tortura se mantiene dentro de los límites de lo aceptable, a menudo basta con la amenaza, y el prisionero confiesa dónde han puesto la bomba y entrega a sus secuaces. Pero la realidad no suele ser así. Nunca es así.

Estos días, en los que aún estamos conmocionados por los recientes atentados en París y la escalada de alarma y peligro que han conllevado en nuestro entorno, se alzan las voces que piden medidas excepcionales para hacer frente a la amenaza terrorista: declaraciones de guerra, cambios en los códigos penales, restricción de derechos civiles, bombardeos preventivos o de castigo y un largo etcétera. El uso de la tortura con el fin de obtener información que permita evitar atentados o perseguir células terroristas es uno de estos límites, un límite marcado claramente por la Declaración de Derechos Humanos y otros convenios y que, sin embargo, ha sido ignorado y pisoteado repetidamente en situaciones como las que hoy vivimos.

Es necesario alertar de los peligros que implican para los ciudadanos, para nuestro Estado de derecho y para las libertades que son nuestro principal patrimonio, prescindir a conveniencia de nuestros principios éticos. También la ciencia, pese a que algunos aún la consideren como una mera herramienta, puede y debe participar en este debate en el que se ve inmersa nuestra sociedad, aportando argumentos y reflexiones, así como sus herramientas más valiosas, la objetividad, el espíritu crítico y el análisis y la contrastación de los datos. Veamos, por tanto, qué pueden decirnos sobre la tortura y su pretendida efectividad —principal argumento de quienes la defienden— los estudios realizados desde el campo de la neurociencia, ese área de la ciencia especializada en el sistema nervioso y, por tanto, en el cerebro.

En diciembre de 2014 se hizo público el resumen de una investigación impulsada por el Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las prácticas de tortura cometidas por la CIA en los primeros años de esta llamada guerra contra el terror. Las conclusiones son espantosas y aunque solo se ha hecho público un sumario de quinientas páginas de las más de seis mil del informe, el extracto asegura que se torturó a más personas y de forma más brutal de lo que se había admitido hasta entonces, que la CIA manipuló a la opinión pública y a la prensa, engañó al poder legislativo y que, en contra de algunas declaraciones interesadas, de todo ello no salió ninguna información provechosa, nada. Además, la reputación internacional del país quedó gravemente dañada, el incumplimiento de los tratados internacionales, patente, y las posibilidades de ser un agente principal para una evolución positiva en el mundo islámico quedaron prácticamente anuladas. Una lección que los defensores de «el fin que justifica los medios» no deberían olvidar.

No hay estudios científicos, es decir, realizados en un entorno controlado y siguiendo las pautas establecidas para poder contrastar resultados, sobre la tortura. La ética lo impide, incluso si hubiera voluntarios. Desgraciadamente hay numerosas víctimas en las que se han podido explorar sus efectos físicos y psicológicos y también se han dedicado muchos esfuerzos a estudiar la tesis de si la tortura produce información veraz y si esta práctica terrible es realmente más eficaz que un interrogatorio normal. Estas son las principales conclusiones:

El cerebro torturado no funciona con normalidad

Los neurocientíficos saben que el sistema nervioso central reacciona al miedo, al estrés, al dolor, a las temperaturas extremas, al hambre, a la sed, a la privación de sueño, a la privación de aire, a la inmersión en agua helada, es decir, a todas las prácticas asociadas a la tortura. El estrés prolongado provoca una liberación excesiva de hormonas como el cortisol. Estas hormonas dañan el hipocampo —una estructura cerebral clave para codificar y recuperar memorias—, incrementan el tamaño de amígdala —otra zona cerebral que une un componente emocional a la memoria, dirige la atención y se comunica con otras regiones cerebrales— y afecta negativamente a la corteza prefrontal —que se encarga de la toma de decisiones, el juicio y el control ejecutivo—. Estas intervenciones generan problemas en la memoria, alteran el ánimo y nublan  la claridad mental y la toma de decisiones racionales.

Los torturadores esperan destruir la resistencia de la persona y obtener información fiable de un sujeto que no desea colaborar, pero el cerebro del sujeto está alterado en algunas de sus funciones básicas, con lo que es lógico suponer que su capacidad de proporcionar información fiable está gravemente alterada también.

Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)
Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)

La tortura altera los recuerdos

Con frecuencia el dolor y el estrés afectan al proceso de consolidación de lo que el detenido ha visto y vivido, es decir, distorsionan su memoria, haciendo que se incapaz —incluso aunque lo desee de recordar aquello sobre lo que se le pregunta. Las víctimas privadas de dormir están desorientadas y confusas y pueden convencerse a sí mismas de lo que los interrogadores están sugiriendo, creando pistas falsas. El sistema de muchos interrogatorios, repetir y repetir una historia bajo condiciones de estrés, es uno de los métodos más eficaces para introducir falsos recuerdos entre las memorias reales. Una investigadora lo comprobó con un grupo de personas, convenciéndoles de que siendo niños se habían perdido en un centro comercial. Comenzó diciéndoles, individualmente y de forma casual, que uno de sus padres se lo había comentado, después sugirió que imaginaran cómo podría había sido. Tras varias sesiones, un tercio de los voluntarios eran capaces de «recordar» cómo había sido esa experiencia que nunca existió.

La tortura pierde eficacia rápidamente

El dolor es un mecanismo de defensa que sirve para evitar al organismo un daño mayor. Cuando el daño ya es terrible, el dolor simplemente se apaga, algo que conocen muchas víctimas de un accidente de tráfico. Una tortura demasiado rápida causa normalmente que la persona pierda la sensibilidad o se desmaye. Además, diferentes personas tienen distintos umbrales para el dolor y algunos tipos de dolor enmascaran otros por lo que, aunque suene terrible, no es posible torturar de una forma científica, no hay forma de medirla y mantenerla dentro de unos límites. El torturador avanza a ciegas sobre las sensaciones de su víctima, las distintas sesiones suman abyección pero no avanzan en ningún sentido.

No hay niveles de tortura

Los torturadores lo saben y por eso siguen normalmente dos estrategias: aplicar el máximo dolor que su víctima pueda soportar, yendo al límite casi desde el comienzo y, en segundo lugar, explorar distintas técnicas, distintos tipos de agresión y dolor, intentando localizar las fobias y debilidades específicas de su víctima. Un resultado evidente es que las posibles normas sobre el grado de violencia aceptable se saltan siempre, no hay niveles aceptables de tortura, no hay nunca un uso limitado y medido, hay tortura y punto.

La tortura corrompe a la organización que la realiza y a todos los que participan

Los senadores norteamericanos, ante las conclusiones del informe, quedaron asombrados de la incompetencia de la CIA, con actuaciones que llevarían a la ruina a cualquier ferretería, como no saber dónde estaban las personas bajo su custodia, no atender a las quejas de sus empleados ni llevar a cabo estimaciones fiables del resultado de sus procedimientos. Rejali, un investigador dedicado al tema de la tortura, ha escrito que las instituciones que torturan, sea el ejército francés en Argelia, el ejército argentino en Argentina o la CIA en su lucha contra el terrorismo internacional, disminuyen su profesionalidad al mismo tiempo que hunden su estatura moral.

La tortura degrada también a las personas que colaboran

Un grupo de directivos de la American Psychology Association se asociaron con oficiales de la CIA y el Pentágono para evitar que la principal organización profesional de los psicólogos estableciera normas éticas que habrían impedido o dificultado la participación de estos profesionales en los «interrogatorios coercitivos» de Guantánamo. Tras la colaboración de estos directivos de enorme prestigio con las agencias de defensa existían intereses económicos, algo que ha sido un escándalo dentro de la profesión. Cuando estas actuaciones fueron conocidas, Nadine Kaslow, otra directiva de la APA, declaró que «sus acciones, políticas y falta de independencia respecto a la influencia gubernamental demuestran que no se estuvo a la altura de nuestros valores. Lamentamos profundamente, y pedimos perdón, por el comportamiento y las consecuencias que se derivaron. Nuestros asociados, nuestra profesión y nuestra organización esperaban, y merecían, algo mejor».

La tortura impide la recogida voluntaria de inteligencia

El factor principal, tanto para resolver un asesinato como para hacer caer a una red terrorista, es la cooperación de la población. La tortura rompe la confianza entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad —el respeto y la afección hacia estas últimas disminuye y el miedo no sirve de puente— y hace que lo que antes era una investigación normal, bajo un paraguas de colaboración y reconocimiento mutuo, sea ahora mucho más difícil y mucho menos provechosa.

Las víctimas de la tortura aportan información que casi nunca es fiable

Información que además para los servicios de inteligencia es muchas veces contraproducente, haciéndoles gastar tiempo, dinero y recursos humanos y materiales en callejones vacíos y pistas falsas. Los prisioneros rápidamente aprenden que cuando hablan no les tienen la cabeza debajo del agua; es decir, hablar significa menos sufrimiento. Por lo tanto, hay que hablar a toda costa y no importa si lo que se dice es cierto o no lo es. Algunos detenidos intentarán dirigir a los torturadores hacia antiguos enemigos suyos, muchos mentirán y dirán cualquier cosa con la esperanza de que la tortura termine. El informe del Senado encontraba numerosos casos en ese sentido. De hecho, cuando el interrogado daba información veraz, a menudo no era creído, algo que le pasó al senador John McCain, uno de los impulsores del informe, cuando fue prisionero de guerra en Vietnam del Norte. Los estudios realizados demuestran que las agencias torturadoras son incapaces de distinguir la información falsa de la fiable.

La tortura daña la causa del torturador

La disonancia cognitiva necesaria para infligir daño conscientemente a un semejante desarmado genera unos síntomas parecidos a los del trastorno de estrés postraumático. Según el libro None of Us Were Like This Before (Verso, 2010) de Joshua Phillips, muchos de los veteranos estadounidenses que realizaron torturas en Irak experimentaron una intensa culpa, cayendo un alto porcentaje en el consumo de drogas. Los ingleses que torturaron en Irlanda del Norte también declararon que lo que habían hecho estaba mal, con lo que ello implicaba de caída de la moral y confianza en la propia causa.

Un prisionero Viet Cong aguarda al interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
Un prisionero Viet Cong aguarda el interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)

Muchos torturados son inocentes

Un estudio del programa Phoenix, un proyecto de la CIA bajo cuyo amparo se torturó y asesinó a miles de personas durante la guerra de Vietnam, encontró —según Ryan Cooper— que por cada guerrillero del Viet Cong torturado se torturó a treinta y ocho inocentes. Otros estudios han encontrado que la proporción era incluso mayor, de setenta y ocho a uno.

La tortura es en ocasiones una vía hacia el enriquecimiento personal

No solo tenemos el caso de los directivos de la APA que mencionábamos anteriormente. Los responsables sudvietnamitas del proyecto Phoenix eran a menudo burócratas incompetentes que se lucraron con las pertenencias de sus víctimas, dándose casos en los que incluso aceptaron sobornos para liberar a detenidos que sí eran realmente miembros del Viet Cong. Algunos militares argentinos obligaban a los secuestrados bajo su custodia a firmar contratos de compraventa de sus propiedades a su favor. La tortura es el negocio del torturador.

Por todo ello, más allá del ataque frontal contra los principios y valores sobre los que hemos construido todo aquello que hoy queremos defender, la tortura es un método burdo y de malos resultados para obtener información. Las fuentes de error son sistemáticas e imposibles de erradicar. Las memorias verídicas se borran, se distorsionan y se alteran por culpa de la propia tortura. Se ha llegado a decir que disparando al azar en una multitud hay más posibilidades de acertar a un enemigo que siguiendo las pistas obtenidas con la tortura de un detenido.

Así, más allá de los estudios científicos pero reforzados por estos, la perspectiva que nos proporcionan los últimos catorce años de lucha contra el terrorismo islámico nos dice claramente que en ningún caso debemos dejar en segundo plano los valores éticos y morales que nos constituyen como sociedad y como individuos, que lejos de sacrificarlos en pro de un bien mayor debemos reforzar nuestro compromiso con los derechos humanos y que la tortura nunca, jamás, es el camino. La tortura está prohibida porque es inmoral, cruel e inhumana, pero además es inútil, mina la autoridad moral de quien la practica, hace avanzar la causa de los terroristas y daña profundamente los estados de derecho.

Para leer más:

  • Childress S, Boghani P, Breslow JM (2014) «The CIA Torture Report: What You Need To Know». Frontline 9 de diciembre. Enlace.
  • Cooper R (2014) «Why torture doesn’t work: A definitive guide». The Week 18 de diciembre. Enlace.
  • Harris LT (2015) «Neuroscience: Tortured reasoning». Nature 527: 35–36.
  • O’Mara S (2015) Why Torture Doesn’t Work: The Neuroscience of Interrogation. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.


¿Es la psicología una ciencia?

Laboratorio de psicología experimental, 1896. (PD)
Laboratorio de psicología experimental, 1896. (PD)

¿Es la psicología una ciencia?

Ojo, que esta es una pregunta trampa. Claro que la psicología es una ciencia, y lo voy a ejemplificar con tres historias que espero, y en este orden, sorprendan, estremezcan y estimulen. Porque este artículo trata de tres experimentos científicos relacionados con la psicología y sus métodos. Y no me vengan los ortodoxos de lo cuantitativo y el laboratorio a confundir términos como el psicoanálisis con la psicología, que la primera es una disciplina psicoterapéutica de aproximación clínica y la segunda una disciplina científica que la engloba y clasifica.

Antes de entrar propiamente en los ejemplos les introduzco los tres métodos más habituales en psicología para adquirir conocimientos, y así podremos hablar con propiedad el resto del tiempo sin que algún lector se arranque por peteneras en los comentarios. Estos métodos son el método experimental, el correlacional y el método clínico. Las tres aproximaciones al fenómeno que se estudia se basan en el método científico-natural y parten de la observación de la conducta, a partir de la cual se hace una generalización, se formulan hipótesis y se propone una teoría explicativa. En las tres aproximaciones es fundamental que las observaciones puedan ser replicadas y las hipótesis contrastadas por otros investigadores.

La indefensión aprendida

No hace falta explicar el concepto después de ver el vídeo. La indefensión aprendida se basa en el hecho de que si nos encontramos ante un evento incontrolable nos preguntamos a qué es debido, y la respuesta que nos daremos determinará en gran medida nuestra reacción. La interpretación que hará cada persona de este suceso incontrolable dependerá del estilo atribucional propio, el cual viene dado por tres dimensiones (interno-externo, estable-inestable y global-específico). Una persona con estilo atribucional optimista (tendencia a explicar las causas de un suceso manera optimista) atribuye los sucesos positivos a factores internos, estables y globales y los sucesos negativos a factores externos, inestables y específicos. Por el contrario una persona con estilo atribucional negativo (tendencia a explicar las causas de un suceso manera pesimista) se caracteriza por el patrón contrario, atribuyendo los sucesos negativos a causas internas, estables y globales, y los sucesos positivos a causas externas, inestables y específicas. Este estilo representa un factor de riesgo para la indefensión y la depresión, y la estabilidad y la globalidad son las dimensiones más relevantes en el desarrollo de la misma, puesto que serían las responsables del mantenimiento de los déficit a lo largo del tiempo y en diferentes situaciones. La siguiente tabla ejemplifica las reacciones de una persona que suspende un examen en función de las tres dimensiones enunciadas:

estiloatribucional
Tabla sobre estilos atribucionales extraída del manual Psicología del aprendizaje de la UOC

Como podemos ver en el vídeo la autoestima de los alumnos disminuye cuando no son capaces de hacer frente a un problema —que en su caso es irresoluble— y eso les influye negativamente en la realización de la última pregunta mientras el resto de los compañeros sí pueden resolverla (indefensión personal). La autoestima no se verá reducida  en caso de que nadie pueda resolver el problema (indefensión universal).

Bien, este experimento nos muestra la existencia de este fenómeno que denominamos indefensión aprendida, pero probar que la respuesta de cada persona al experimento tiene relación con un estilo atribucional específico es harina de otro costal. Lo podremos hacer mediante una aproximación correlacional al fenómeno. En términos generales, la aproximación correlacional estudia a los individuos, sin modificar ni el entorno ni el sujeto, como organismos únicos. El objetivo es conocer si determinado rasgo, basándose en la covariación de las respuestas, está relacionado estadísticamente con el fenómeno tal como se postula. Es decir, estudiaríamos mediante cuestionarios el estilo atribucional de los alumnos y junto con la respuesta obtenida mediante la inducción de la indefensión aprendida analizaríamos si la relación entre ambas variables tiene significancia estadística. Las limitaciones de la aproximación correlacional son que abusa de los autoinformes como instrumentos de evaluación centrándose en el rendimiento de los sujetos y que no estudia la causalidad, describiendo en su lugar relaciones de asociación entre variables. En Gaussianos explican muy bien que la correlación no implica causalidad. Los experimentos iniciales que realizó Seligman para postular su teoría sobre la indefensión aprendida se hicieron bajo un diseño experimental triádico englobado en la metodología experimental.

Bruce o Brenda

El vídeo con la dramática historia de David Reimer dura cuarentea y cinco minutos. Si prefieres leerla en cinco minutos puedes encontrarla aquí.

David siempre se sintió atraído por las mujeres, incluso antes de la reasignación, cuando todavía era Brenda Reimer. Son espeluznantes las consecuencias de este tipo de experimentos que parten de una actitud prepotente y egoísta de profesionales —ahora no los llamaríamos así— que anteponen su carrera o sus ideas al cuidado de las personas que tratan. Cierto es que se trata de un caso límite, y que aunque podemos encontrar muchos más —igual o más terroríficos, recuerden a Mengele— tanto en medicina como en psicología son todos de hace unos cuantos años. Gracias al desarrollo de la ética en las profesiones clínicas, es imposible que la sociedad en general y el propio estamento científico acepten este tipo de prácticas. Y cuidado con las operaciones de fimosis (es broma).

No obstante John William Money no fue un loco, sino todo lo contrario, fue un investigador pionero en su campo que creía en la teoría de la tábula rasa y por eso se lanzó a la reasignación sexual de Reimer sin pensar en las consecuencias para el chico. Esta teoría postula que las diferencias psicológicas de sexo son totalmente culturales y no innatas. En la actualidad determinadas marcas neuroquímicas permiten asegurar que la identidad de género puede ser innata y vienen determinadas por la diferenciación sexual provocada por la acción de los esteroides sexuales, sobre todo durante el periodo perinatal. Además diferentes observaciones neuroanatómicas revelan que la anatomía del cerebro está asociada con la orientación sexual y la identidad sexual. Se ha observado que mediante la administración de sustancias estrogénicas y androgénicas a hombres y mujeres heterosexuales se generan patrones diferentes en la activación hipotálamica, por lo que la ciencia en este momento hubiera podido ayudar a David mediante un estudio de las regiones cerebrales que se activan diferencialmente según si la persona tiene una orientación homosexual o heterosexual, en respuesta a diferentes estímulos, sin tener que hacer reasignaciones basadas en análisis subjetivos. A continuación una imagen del tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior —INH3—, una de las zonas del cerebro en las que se puede observar una estructura dimórfica según la identidad sexual.

inah-3
INAH3 en un cerebro heterosexual (izquierda) y un cerebro homosexual (derecha)
Fuente: «A Difference in Hypothalamic Structure Between Hetereosexual and Homosexual Men» Science, 253, pp. 1034-1047, 1991, American Association for the Advancement of Science.

La investigación clínica implica el estudio sistemático, en profundidad, de los individuos y se basa en el famoso «ojo clínico» de los médicos o los terapeutas. Como se puede ver en este caso arriba descrito, el análisis del problema siempre es subjetivo y trata con multitud de factores, muchos de ellos altamente complejos. La principal limitación de la aproximación clínica es la dificultad de replicar sus datos, por lo que en el caso de Reimer, las estrategias terapeúticas no podrían aplicarse del mismo modo a otra persona —afortunadamente—. Otras limitaciones son las interpretaciones subjetivas de los datos por parte del terapeuta y que las observaciones son asistemáticas. La principal ventaja es que estudia al individuo en profundidad, en su contexto, y se acerca a la relación real entre la persona y la situación.

¿Tienen memoria los peces?

Este original experimento que ha desarrollado la empresa española de biotecnología Neuron Biopharma pone de manifiesto que los peces sí tienen memoria en contra de la creencia popular de lo contrario. Específicamente el experimento pone de manifiesto que existe un hipocampo de los peces que les permite memorizar caminos de una forma similar a como lo hacemos los humanos. En Neuron Biopharma utilizan los peces cebra para el estudio del Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas. Otros de los experimentos que se han realizado con los peces cebra están relacionados con la ansiedad. ¿Tienen los peces ansiedad? Parece que también. Si colocamos a un pez cebra en una pecera circular, al inicio de su estancia el pez nada siempre pegado a los bordes, a medida que pasa el tiempo y el pez se encuentra más tranquilo comienza a moverse por el centro de la pecera de tal forma que el tiempo que pasa en cada punto de la misma es de igual duración. Si golpeamos la pecera el pez cebra se pone nervioso y vuelve a nadar por los bordes, pero ¿y si le añadimos al agua un poquito de Diazepam o similar? Pues que entonces vuelve a pasar el mismo tiempo en cualquier punto de la pecera. El pez cebra se ha convertido en un modelo animal para investigar diferentes procesos biológicos y sus cualidades genéticas y embrionarias se aprovechan para buscar nuevos medicamentos que permitan estudiar diferentes aspectos de las enfermedades neurodegenerativas.

Este experimento se ha realizado mediante el método experimental en el que la investigación supone la manipulación sistemática de variables para establecer relaciones causales; en contraste con la investigación clínica y correlacional hay un control experimental directo sobre las variables que interesan al investigador. El método experimental se realiza en el laboratorio y se controla al detalle todo lo que sucede. Las limitaciones de la aproximación experimental son que son pocas las variables que se pueden estudiar, la situación experimental se realiza en laboratorio por lo que no se puede generalizar a contextos más complejos y que por la propia naturaleza del método hay muchas variables que no se pueden controlar aunque se pretenda.


Tsevan Rabtan: Un programa para el cambio mental

Hace muchos años leí, en un libro de Matt Ridley si no recuerdo mal, sobre las consecuencias de la autoestima en los niveles de cortisol. El asunto tenía su mala leche: en los grupos de primates, el macho dominante no sólo es el que más fornica, sino que además es el que está menos estresado. Digamos que, usando terminología comercial, se encuentra bien consigo mismo, sigue una dieta sana, es el rey de la república independiente de su familia y le gusta conducir. Como el cortisol se segrega en situaciones de estrés, los otros primates —los más pringadetes— tienen niveles más altos de esta hormona. Lo curioso del asunto es que el estrés, que es una respuesta natural para situaciones concretas de peligro, se convierta en una respuesta permanente que a su vez te haga sentir peor, más débil, y que eso te haga entrar en la senda de la depresión, convirtiendo eso de ser un pringado en un círculo vicioso que se retroalimenta. Esto tiene su reverso: si el primate goza de autoestima, es más probable que su organismo reaccione correctamente, estará más sano y fuerte, será más guapo y todos le considerarán un triunfador. Y esa sensación repercutirá en sus niveles de estrés y, en consecuencia, le introducirá en una senda de “crecimiento positivo”.

Bueno, no sé qué tiene esto de cierto, pero la tesis me gusta por su lado positivo. Eso de que el triunfo es en parte una cuestión mental. Tenemos que conseguir que se reduzca el estrés, amigos. Ya, ya sé que los machos dominantes del norte de Europa se ríen de nosotros porque no llegamos a fin de mes. Y además, cada día descubrimos que nuestro estado de salud se deteriora, que no dormimos y estamos irritables, que no nos podemos concentrar en nada útil y que empezamos a perder la memoria. No les negaré que hay alguna noticia que facilita el aumento de la situación de ansiedad permanente, pero quizá estemos reaccionando en exceso, y eso tiene que ver con cómo nos vemos. El primate España aún recuerda los tiempos en los que una dieta rápida y el uso de drogas de diseño y anabolizantes —¡cómo circulaban esas pastillas azules llamadas “crédito fácil”!— nos permitieron conseguir récords asombrosos. Comparar a ese rutilante dueño de la noche con el esmirriado actual deprime a cualquiera. Y así andamos todos, como Toni Montana, con la cabeza metida en kilos de harina —no da para más—, recordando los viejos buenos tiempos de hace apenas un lustro. Como verán, no pretendo que volvamos a esa estafa piramidal que nos hicimos a nosotros mismos mientras bailábamos la conga camino del desfiladero.

Un amigo, en ese momento de clarividencia que aparece en medio de una noche de borrachera, me dijo “los hijos de los ricos son más guapos”. Cuando le objeté, insistió: “fíjate, mira bien, yo no sé a qué se debe, pero son más guapos, más altos, más sanos”. Lo curioso es que, años más tarde, cuando ya era padre, negó haber afirmado eso, y yo no diré que su amnesia tenga que ver con el aspecto poco simétrico de sus hijos, pero me quedé con la copla. Leí que, cien años más tarde de su muerte, los descendientes de Gengis Kan eran, en su mayoría, altos y con ojos azules, y que el mérito de la mejora física se debía a la elección por el conquistador mongol de las mujeres más bellas de Asia. Gengis Kan era un aristócrata, ya lo sé; pero un aristócrata mongol, en el momento de su nacimiento, era el equivalente a un “conde del funky”, para que me entiendan. Los feos de la tierra podemos convertirnos en machos alfa; ese es el mensaje de la gesta “procreatoria” del gran mongol. 

Expulsar al mono dominante de su sitio o, al menos, conseguir que nos haga hueco, depende fundamentalmente de un cambio mental. Sin ese cambio mental previo no podremos ponernos en forma. Tenemos que querer quedarnos con el premio gordo y pensar que somos capaces de conseguirlo. Nadie mueve el culo del asiento si piensa que está derrotado. Napoleón afirmó que lo moral se encuentra, respecto de lo material, en una relación de tres a uno. ¡Y era bajo y feo! Metternich —que, por cierto, se llamaba Clemente, dato este que suele ignorarse y que me parece capital—, cuando María Luisa, hija de Francisco I de Austria, se negaba a aceptar el matrimonio con Napoleón por su origen plebeyo, dijo aquello de “¿Qué prefiere Su Majestad, que se folle a una archiduquesa o que se folle a Austria?” Esto es lo que puede conseguir un enano feo cuando se pone en forma y tiene buena actitud.

Quizá les parezca que mi artículo es frívolo y que estos momentos de incertidumbre exigen análisis sosegados y realistas. Si es así, les pido disculpas y les recomiendo el servicio de “publicaciones” del Banco de España. Allí encontrarán todos los análisis que quieran. Sin embargo, si deciden seguir mi recomendación y cambiar su actitud mental, pueden ponerse en contacto con Jot Down Magazine y solicitar el Programa completo para el cambio mental de Tsé por unos módicos 30 euros. ¡Un momento! Si lo piden en los treinta minutos siguientes a que salga publicado este artículo recibirán además un facsímil con las obras completas de Sócrates.

Y luego habrá quien diga que es caro.