Cronología de un caos: el último partido de Estudiantes en la ACB

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En 2004, el Adecco Estudiantes fue finalista de la liga ACB. En sus filas estaban, entre otros, Nacho Azofra, Carlos Jiménez, Felipe Reyes y un jovencísimo Sergio Rodríguez. Cuatro años después, ese mismo equipo pero con otro patrocinador, MMT, se jugaba el descenso en las últimas tres jornadas de liga. Tenía que ganar los tres partidos —Granada, Menorca y León— y los ganó.

La campaña del «No bajamos» se repitió otros cuatro años más tarde, como una recurrente cita electoral, pero esta vez sin éxito. El Asefa Estudiantes acababa la temporada penúltimo, con once victorias en treinta y cuatro partidos. El descenso se evitó en los despachos: ni Menorca ni Canarias consiguieron reunir el dinero para pagar la inscripción en la ACB y tanto Valladolid como Estudiantes se quedaron en la máxima categoría.

Aquello fue más que un toque de atención al club y a la liga. Fue la constatación de que estábamos ante un doble proyecto imposible: el del Estudiantes, asediado por las deudas y las continuas luchas internas, y el de la ACB, donde solo sobreviven económicamente con cierta holgura unos cinco o seis equipos y el resto se limita a aplazar pagos y acumular acreedores, a menudo entre los miembros de su propia plantilla.

De hecho, la situación se repitió el siguiente año y el siguiente y el siguiente… La renuncia del Lucentum Alicante hizo que el Canarias pudiera comprar su plaza y evitar así pagar el famoso canon, pero en 2013 no subió ni un solo equipo LEB: el propio Alicante tuvo que volver a renunciar, igual que el Burgos. Evitaron el descenso Gipuzkoa y Manresa. En 2014 descendió el Valladolid, que ya llevaba varios años en la quiebra y sin pagar a nadie. Su puesto lo ocupó el Morabanc Andorra. El Manresa repitió penúltima posición pero tampoco bajó. De nuevo, el Burgos se quedó fuera.

Por último, en 2015, más de lo mismo: otra vez el Gipuzkoa y, como novedad, el Fuenlabrada ocupaban plazas de descenso antes de que la ACB decidiera no inscribir ni a Orense —lo que le costó un recurso judicial que obligó a la liga a admitirle para la temporada 2016/17— ni al Burgos por tercer año consecutivo. Tres ascensos deportivos sin premio alguno.

Este año ya sabemos que el Gipuzkoa ocupará por tercera vez puestos de descenso. Intuimos que le acompañará, por segunda vez en cinco años, el Estudiantes, en esta ocasión con Movistar como patrocinador. Lo que pasa es que este año la cosa puede ir en serio: el Orense tiene, en principio, la plaza asegurada, aunque de vez en cuando surjan rumores más o menos interesados sobre una posible renuncia por problemas económicos. El Palencia ha conseguido ya el ascenso pero no sabemos si puede hacer frente a los requisitos de la ACB. Ni siquiera sabemos si los requisitos de la ACB son legales porque la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia se ha pronunciado en contra y ha exigido su retirada.

Nadie sabe nada. Los partidos se siguen jugando con diferencias abismales de presupuesto, decenas de jugadores y entrenadores siguen sin cobrar o sin cobrar en tiempo y forma y el espectáculo continúa. La posibilidad de que la ACB acabe como ha acabado la ASOBAL, es decir, en una ruina conjunta donde solo uno o dos equipos se salvan parece cada día más cerca. La liga de The Walking Dead. Y entre todos los zombis, uno con sesenta años de historia en la primera categoría del baloncesto nacional: el agónico Estudiantes.

El mismo perro con distinto collar

Hablar del caso de un paciente sin prestar atención a la enfermedad en su conjunto sería absurdo, así que sirva el anterior epígrafe como contexto: nadie tiene dinero, todo sigue como por inercia y las deudas no dejan de crecer ante la imposibilidad de cuadrar presupuestos. Estudiantes no es el único club en esta situación, pero es uno de ellos. A su deuda con Hacienda hay que añadir impagos o retrasos a jugadores, exjugadores, cuerpo técnico, trabajadores del club e incluso proveedores. De repente, un día llega dinero y algunos cobran todo y otros cobran una parte y esperan. Luego, la vida sigue igual.

Eso lleva siendo así años y puede, de hecho, que forme parte de la idiosincrasia de un club que fue semiamateur durante décadas. Si uno repasa la historia del Estudiantes —y merece la pena hacerlo— ve a menudo este tipo de problemas, casi siempre coincidentes con grandes baches deportivos. Eso sí, nunca como lo de estos años. Si en 2012 el Estudiantes «descendió» con once victorias, esta temporada solo ha sumado ocho a falta de dos partidos: ante el líder, el Barcelona, en casa, y ante el Gipuzkoa, el colista, en San Sebastián.

El problema es que no se ven soluciones y las que se toman fallan con estrépito. El infierno siempre son los otros: tal jugador, tal entrenador, tal directivo, tal presidente, tal parte de la afición… La impaciencia lo anega todo. Por ejemplo, si a finales del año pasado alguien hubiera hecho una encuesta entre los socios del club para determinar responsabilidades por el mal juego del equipo, sus continuas malas clasificaciones y la sensación de estancamiento, más de la mitad habría culpado al entrenador, Txus Vidorreta, un hombre que mantuvo a Estudiantes en ACB durante tres temporadas a costa —según muchos y ahí me incluyo yo— de limitar la progresión de los canteranos, repartidos por el banquillo o por distintos equipos de la LEB.

La directiva opinó igual y decidió no renovar al técnico vasco y abrir la subasta de entrenadores. Muchos sonaron pero solo uno aceptó: Diego Ocampo. La premisa era hacer un proyecto barato, con jóvenes, apoyado en dos o tres veteranos de nivel y una buena pareja de extranjeros. En resumen, lo que se lleva anunciando desde la vuelta de Pepu Hernández en 2011 y lo que nunca se consigue.

Resultados y formación. Ahí estábamos todos de acuerdo y por primera vez en mucho tiempo el aficionado estudiantil afrontaba la temporada con ilusión de al menos pasar un buen rato y ver a sus chavales jugar minutos. Visto en perspectiva, parece mentira que no anticipáramos la que nos iba a caer encima. Los canteranos eran buenos y lo demostraron, aunque con una cierta irregularidad: ya en la tercera jornada, Juancho Hernangómez conseguía 25 de valoración en solo trece minutos de juego. En la quinta, Darío Brizuela le metió 25 puntos al Tenerife en lo que sería la primera victoria de la temporada. Le valió para ser nombrado mejor jugador de la semana.

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Junto al escolta Brizuela y el alero alto Hernangómez, destacaba el base Jaime Fernández, por fin consolidado como amenaza exterior con muchos minutos en pista. De Edgar Vicedo y Fran Guerra sabíamos menos, pero había un rato para ellos en cada partido. Parecía la receta perfecta, solo que los resultados seguían sin llegar: de los diez primeros partidos, Estudiantes solo ganó uno, el citado en Tenerife. Los veteranos no aportaban seguridad alguna: Javi Salgado, Nacho Martín, Stefan Bircevic… no podían suplir las importantísimas bajas de Aradori, Van Lacke, Rabaseda o Simpson, pero lo peor no era eso. Lo peor, con diferencia, eran los americanos elegidos para guiar al equipo.

Cronología de un caos

Repasemos todo lo que pasó en verano de 2015 y después del verano de 2015. Según cuenta la directiva, el acuerdo de patrocinio con Movistar establece que los pagos se hagan a principios del año natural y no cuando empieza la temporada. En otras palabras, que llega julio, agosto, septiembre, octubre… y no hay un duro para pagar a agentes y jugadores. Puede ser verdad, pero el problema de no tener un duro para fichar viene de muy lejos y ya se lo hemos oído a muchos directores deportivos. Alguno incluso me contó personalmente que era imposible negociar con nadie porque a algunos jugadores se les debían sueldos de años y años atrás… y sus agentes no estaban dispuestos a jugársela otra vez.

Al grano: el 21 de agosto se anuncia el fichaje de Zach Graham, alero de 1.98 y veintiséis años que viene de promediar once puntos por partido en la poderosa liga de Puerto Rico. Dos semanas después conocemos que su compañero será Brandon Thomas, otro alero, también de 1.98 pero ya treinta y un años, que tuvo un cierto momento de gloria en Alemania pero viene de jugar unos pocos minutos en el Nanterre como temporero y sin hacer grandes números.

Quizá conscientes de que al equipo le faltan muchas cosas y, desde luego, le falta juego interior, la directiva anuncia públicamente el fichaje de Ike Ofoegbu, pívot estadounidense de origen nigeriano que viene de ser nombrado mejor hombre alto de la liga israelí. El fichaje tiene muy buena pinta. Tanta que no llega a pisar Madrid. Ofoegbu no se presenta a ninguno de los entrenamientos y, muy ofendido, el Estudiantes anuncia que «renuncia a sus derechos». Ofoegbu acaba en el Maccabi Tel-Aviv menos de un mes después.

Ocampo ya se ha hecho a la idea de competir en ACB con un juego interior formado por Hernangómez, Guerra, Bircevic y Martín cuando surge la posibilidad de incorporar a Vladimir Stimac. Stimac es un pívot duro, correoso, internacional con la selección serbia y habitual de los equipos de Euroliga, entre ellos el Unicaja de Málaga. Es otro muy buen fichaje con muy buena pinta y en esta ocasión, sorprendentemente, incluso llega a jugar tres partidos con el Estudiantes. Los tres acaban en derrotas. El primero, ante Laboral Kutxa, con un sonrojante 24-54 al descanso.

En cualquier caso, Stimac no dura más de esos tres partidos. Juega ante el Valencia, otro partido en el que Estudiantes llega a ir 25 puntos abajo al final del tercer cuarto, y se va al Estrella Roja, dejando al equipo de nuevo con un boquete bajo el aro. Su contrato reflejaba esa posibilidad de huida a costa de unos cincuenta mil euros de indemnización. Se corrió el riesgo y salió mal. A empezar otra vez de cero. Quedan, por tanto, Graham y Thomas como los encargados de tirar el carro. Para que se hagan una idea de su eficacia, en el mismo partido en Tenerife en el que Brizuela es nombrado MVP, los tres canteranos del Estudiantes —Hernangómez, Fernández y el propio Darío— suman 50 puntos y 69 de valoración. Graham y Thomas se quedan en 9 y -4 entre los dos.

Cunde el pánico. Xavi Rey está a disgusto en Tenerife y el Estudiantes le ficha por unos treinta mil euros, casi el mismo precio de Stimac. Es el tercer pívot en un mes y medio. Como por fuera sigue sin haber una referencia, el club tantea a Reggie Williams y ficha el 23 de noviembre a Tony Mitchell, elegido MVP de la Lega italiana el año pasado, un gran jugador que llega con la etiqueta de conflictivo. Justo lo que necesita la plantilla: un tío conflictivo que han echado de Rusia por su falta de disciplina. En su primer partido hace 1 de valoración. Dura un mes, ni un día más. En ese tiempo, el equipo solo gana un partido: en Bilbao, un milagro con parcial de 19-33 en el último cuarto.

A los pocos días de la marcha de Mitchell, se consigue llegar a un acuerdo con Graham, que seguía en el equipo aunque sin jugar, para que se desvincule del club. En su lugar llega la última ganga del mercado: Nicolás Laprovittola. El base argentino viene cabreado del Lietuvos Rytas porque no le dejan jugar en su posición y acepta fichar por el Estudiantes, un equipo en el que los bases son de lo poco que funciona. En la rotación, Fernández pasa a jugar de escolta. En algunos partidos, incluso de alero, con su 1.90. Brizuela va desapareciendo poco a poco. Hernangómez se diluye entre cantos de sirena. El equipo acaba la primera vuelta 3-14 y Diego Ocampo cesa en su cargo.

El canto del cisne

Hay que buscar un entrenador nuevo y la directiva piensa a lo grande: Dusko Ivanovic. Los medios anuncian una oferta de tres años por un dineral que sobrepasa incluso lo establecido en convenio. No tiene ningún sentido. ¿No hay dinero ni para fichar a alguien mejor que Thomas y sí lo hay para fichar a Ivanovic? El técnico serbio tampoco se lo cree del todo y acaba prefiriendo la seguridad del Khimki. El presidente, Fernando Galindo, va a por Óscar Quintana, un veterano de los banquillos complicados. El secretario técnico, según algunas versiones, veta el fichaje. Quintana ha tenido algunos problemas con la afición del Estudiantes en el pasado y no parece el adecuado para el puesto. Se rompen las negociaciones.

El siguiente en la lista es Sergio Valdeolmillos, pero rechaza el encargo: lleva años sin entrenar en España y está cómodo en Venezuela después de pasar por la selección de México. No hay más alternativas. Se puede optar por un entrenador de la casa, pero no hay confianza alguna. Al final, no se sabe por qué, Valdeolmillos reconsidera la situación y acepta fichar. Sus prioridades son defensivas: hace falta un alero atrás y un pívot intimidador. También hace falta un tirador pero solo si surge la oportunidad.

Mientras tanto, Brandon Thomas vuelve al equipo. Juega treinta y dos minutos en Badalona y anota 4 puntos. El equipo pierde. El 10 de febrero se anuncia el fichaje del Pavel Pumprla, un ex del Obradoiro, para ocupar la posición de alero, y de Diamon Simpson, que había abandonado el equipo justo el verano anterior, para dominar la pintura. Pumprla llega a debutar pero no así Simpson. Cuando ya está con los billetes de avión en la mano, el representante aborta el fichaje: le deben aún dinero de comisiones pasadas. Habrá que esperar al 1 de marzo para que esos flecos se solucionen.

Para entonces, el Estudiantes ya va 4-17 después de una dolorosa derrota en Andorra. Tras conseguir por fin la rescisión del contrato de Brandon Thomas, otro que tampoco jugaba pero también seguía en la plantilla, el club le tiende las redes a Kirk Penney… pero Penney pide tiempo para acabar la liga australiana y el Estudiantes no tiene de eso. Cada semana se anuncia en los foros la inminente llegada de un tirador extranjero pero nunca llega. No llegará, de hecho.

Con todo, el equipo remonta. Dentro de lo que cabe. Tiene un aire más serio y una rotación más establecida. Por supuesto, se vuelve a los tiempos de Vidorreta —todo esto para esto—. Vicedo desaparece casi por completo, Brizuela pasa a ser un jugador marginal y Hernangómez tiene que jugar de alero, una posición donde se le nota incómodo. Solo Fernández es capaz de soportar la tensión —lleva ya seis años en el primer equipo pese a su juventud— y de aportar cuando se le necesita.

Estudiantes gana dos partidos seguidos: ante el Bilbao en casa y en Valencia. Del 4-18 pasa al 6-18, abandona el último puesto de la clasificación y acecha a Obradoiro, Manresa, CAI Zaragoza y compañía. Laprovittola asume y responde. Simpson es un pívot como dios manda y su conexión con la Demencia es palpable. Hay química. Poco después, llegan otras dos victorias consecutivas, en el Palacio, ante Unicaja y Obradoiro.

La de Obradoiro es especialmente importante pero significativa: aunque sirve para adelantar a los gallegos y salir de los puestos de descenso por primera vez en toda la temporada, lo cierto es que el partido es horrible. Los de Santiago merecen ganar y si no lo hacen es por una bandeja fallada por Pepe Pozas sin oposición alguna. Un tiro libre de Jaime Fernández sella la victoria, aunque no así el basket-average. Estudiantes tiene una victoria de ventaja pero en caso de empate se irá al pozo. El calendario le es relativamente favorable.

El angustioso camino a la nada

Solo que, sin saber por qué, el equipo entra en barrena. La lesión de Nacho Martín, cuando por fin estaba en su mejor momento de forma, no ayuda. Estudiantes va al campo del Sevilla, uno de los tres equipos a los que derrotó en la primera vuelta y cae apalizado. De nuevo los rumores de impagos, de nuevo las peticiones de dimisión. Hernangómez anuncia que se presenta al draft de la NBA, Salgado recibe pitos en casi todos los partidos.

Vuelven los nervios y la impaciencia: para suplir a Martín se ficha a Levon Kendall, un buen jugador interior pero que se tuvo que retirar el año pasado del baloncesto por los problemas de salud de su hijo y cuya vuelta a las pistas en Puerto Rico no augura nada bueno: 8 puntos y 6 rebotes en veintiséis minutos. Es el décimo fichaje de la temporada: uno no llegó ni a entrenar, otro duró tres partidos y otros tres ya no están en el club.

Quedan cinco partidos y el equipo está en puestos de descenso, aunque empatado con el Obradoiro. El siguiente rival es el Fuenlabrada, en casa. Tras una horrible segunda mitad, se confirma la segunda derrota consecutiva. El posterior viaje a Gran Canaria termina en desastre: después de ir perdiendo por más de 15 puntos, Estudiantes consigue ponerse por delante en el último cuarto y tiene la última posesión a falta de ocho segundos, dos abajo en el marcador. No es capaz ni siquiera de tirar a canasta.

Con ocho victorias y veintitrés derrotas, y contra todo pronóstico, el Estudiantes aún está vivo. A un triunfo del Obradoiro y a dos del Manresa. Si gana dos partidos y alguno de sus dos rivales pierde todos, salvará la categoría. Para eso hay que ganar al Murcia en casa. Exactamente la situación que se dio en 2012, cuando el primer «descenso». Para rematar la faena, Estudiantes tiene que jugar solo cuarenta y ocho horas después de volver de Canarias. Es el único partido adelantado de la jornada por coincidencia en el mismo pabellón con el Real Madrid. Da igual. Ha llegado ese momento en el que todo da lo mismo. El equipo anota solo 7 puntos en el segundo cuarto y el Murcia pronto empieza a coger ventajas por encima de los 15 puntos. No hay ni capacidad de reacción. El Palacio enmudece, los jugadores se resignan.

El Estudiantes no está descendido aún. Quizá lo esté para cuando este artículo se publique pero ahora mismo no lo está. Lo «único» que tiene que hacer es ganarle al Barcelona y al Gipuzkoa y confiar en que ni Obradoiro ni Manresa ganen un solo partido más. Obviamente, no va a suceder. Ni lo primero ni lo segundo. Visto lo visto, lo más probable es que los del Ramiro de Maeztu pierdan los dos y acaben decimoséptimos con ocho victorias, tres menos que hace cuatro años.

¿Cuáles serían las consecuencias de un descenso? A corto plazo, el club tiene un acuerdo de patrocinio con Movistar que cubre la próxima temporada. No parece probable que ese acuerdo vaya a renovarse con el equipo en una categoría que no existe para los medios de comunicación. La gente seguiría yendo a los partidos masivamente, o por lo menos al principio. Si se renuncia a hacer una plantilla competitiva o se pide el reintegro del fondo de garantía —un fondo para los descensos que no está muy claro si Estudiantes puede reclamar porque nunca llegó a ponerlo— quizá pueda ir pagando poco a poco su deuda con Hacienda.

A medio plazo, sin embargo, el club tal y como lo conocemos desaparecerá. Puede que haya una refundación en la EBA bajo otro nombre, solo con jugadores del instituto a un nivel amateur, pero no creo que sea sensato aspirar a más. Para el baloncesto, sería desolador, pero «el baloncesto» no tiene la culpa de los desmanes del Estudiantes. Profesionalmente, no habría grandes novedades: hace tiempo que esa parte del trabajo la hacen otras canteras en España e incluso en Madrid. Formativamente, eso sí, sería un desastre. La cantera de Estudiantes no son los tres que suben al primer equipo cada dos años. Son los cientos de niños y niñas que aprenden a jugar y a disfrutar de este deporte, aunque probablemente nunca lleguen a tener un nivel que les acerque a ninguna liga de entidad.

Habrá que aceptarlo. Habrá que ponerles a esos chicos otra camiseta y buscarles otros entrenadores. O confiar en que los que lo hacen ahora lo sigan haciendo gratis, que, por otro lado, es lo que ya pasa en muchos casos. Se volverá al ba-lon-ces-to y al patio de colegio y desde ahí veremos al resto de zombis ir cayendo uno a uno hasta que Europa se convierta en lo que ya es la NBA: veinte o treinta franquicias a lo sumo que pueden mantener plantillas competitivas sin perder demasiado dinero.

Estudiantes intentó seguir el ritmo en los noventa y en los dos mil. Puede que fuera un error, pero al menos lo disfrutamos. Ahora queda la parte fea, la de dejar la casa, cambiar la cerradura y esperar a que algún amigo te ayude con las maletas. La intemperie. La LEB o ni siquiera eso. La nada.

Lo curioso es que, hablando con otros aficionados, parece haber cierto consenso en que, después de todo, puede que la nada tampoco esté tan mal.


La novena Copa de Europa del Real Madrid, la sexta del Ramiro de Maeztu

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Felipe Reyes alza el trofeo al aire, entre el confeti y la algarabía que invade el Palacio de los Deportes de Madrid. Así culminan tres años luchando por ser los mejores y termina una espera de veinte años para un club que ganó siete Copas de Europa de baloncesto hasta 1980 y desde entonces solo ha levantado dos. Por supuesto, es un éxito tremendo del Real Madrid: de su director deportivo, Alberto Herreros; de su entrenador, Pablo Laso, y de todos los jugadores: los más veteranos como Llull y el propio Reyes, los que llevan suficiente tiempo como para haber vivido de primera mano esa montaña rusa que es siempre la sección de baloncesto de un club de fútbol —Sergio Rodríguez, Rudy Fernández, Jaycee Carroll, Marcus Slaughter— y sobre todo es un éxito de los recién llegados, los que despertaron las primeras críticas por su bajo rendimiento olvidando que no se les había fichado para jugar bien contra el Fuenlabrada sino contra el Olympiakos en una final: los KC Rivers, Maciulis, Ayón o, sobre todo, Andrés Nocioni.

Pero es también, irónicamente, el éxito de un colegio madrileño. Un colegio en el que, cuenta la narrativa, se odia a muerte al Real Madrid. Felipe Reyes levanta el trofeo como capitán madridista, sí, pero lo hace también como exalumno del Ramiro de Maeztu. También Sergio Rodríguez cursó estudios en dicho colegio aunque fuera fugazmente, a su llegada de Tenerife. Incluso el padre de Sergio dio clases como profesor. No es una excepción a ninguna regla: en seis de las nueve Copas de Europa del Real Madrid de baloncesto han participado no ya jugadores criados en Estudiantes sino directamente alumnos del Ramiro.

No sé si habrá algún colegio en Serbia o en Croacia que pueda presentar un palmarés semejante. Quizá el que tuvo a Zeljko Obradovic como alumno. El trasvase de jugadores entre el Ramiro y el Madrid viene de lejos, por supuesto, sesenta años ya casi del fichaje de Antonio Díaz Miguel por el club de Raimundo Saporta, pero conviene pararse en la importancia que muchos de ellos tuvieron en el club blanco. Una importancia decisiva.

Empecemos por los hermanos Ramos. José Ramón, el mayor, le ganó a Ferrándiz con el Estudiantes la Copa de 1963 y a los tres años ya estaba vistiendo de blanco. Jugador exterior de posición indefinida, no como ahora que cada uno vive en su compartimiento estanco, José Ramón Ramos llegó a un club que, liderado por Luyk y Emiliano, ya había ganado las Copas de Europa de 1964 y 1965. Eran años de dominio soviético, primero del ASK de Riga y posteriormente del TSKA de Moscú, el equipo del ejército rojo que basaba su éxito en reclutar a todo aquel que destacara en cualquier lugar de la URSS.

José Ramón era un tío muy del Ramiro, y de hecho volvería a Estudiantes cuando sus condiciones físicas no le dieron para competir al más alto nivel en el Real Madrid. Junto a Brabender y posteriormente Aiken, ganó las Copas de Europa de 1967, ante el Olimpia de Milán, y de 1968, contra el Spartak de Brno, exponente del por entonces muy pujante baloncesto checoslovaco.

Aquel 1968 llegó otro chico del Ramiro al Bernabéu. Se trataba de Vicente Ramos, hermano pequeño de José Ramón. Vicente era otro purasangre del Ramiro, miembro insigne de la llamada «Claque» —lo que tiempo después y con otros usos se vino a llamar «Demencia»— y un enfebrecido aficionado del Estudiantes. Compañero de clase y de equipo de Aíto García Reneses durante años y años, solo dio el salto al eterno rival cuando vio que las aspiraciones de los colegiales se le quedaban pequeñas. Vicente había sido clave en la liga que perdió el Madrid en 1967 al caer en el último partido en La Nevera ante Estudiantes. No tan clave como Emilio Segura, pero esa sería otra historia.

Ferrándiz, obsesionado hasta entonces con Juan Martínez Arroyo y ante las constantes negativas del internacional español, decidió fichar a Vicente, también olímpico aquel año en México, y el impacto fue inmediato: sucedió a Lolo Sainz como base del equipo y formó a lo largo de los setenta una tripleta de lujo junto a Carmelo Cabrera y Juan Antonio Corbalán, fijos para el ya seleccionador Díaz Miguel y herederos del legado del gran Nino Buscató.

Sin su hermano José Ramón, ya de vuelta en el Ramiro, Vicente ganó las Copas de Europa de 1974 y 1978, aunque de ambas guarda un mal recuerdo: en la primera, ante el mítico Varese de Dino Meneghin, en Nantes, se rompió un diente justo en el entrenamiento anterior a la final. El dolor era inmenso y aunque no se lo dijo a nadie para que no le dejaran sin jugar, lo cierto es que rindió a un nivel bajísimo y apenas disputó minutos en la cancha, dejando para el jovencísimo Corbalán los honores de consagrarse como héroe de aquella final en los últimos segundos.

La segunda fue aún peor: era aquel su último año como jugador y el rival, de nuevo, el Varese —los italianos jugaron hasta diez finales seguidas, coincidiendo en cuatro de ellas con el Madrid, de hecho el pique entre ambos equipos se va aún más atrás, con la famosa autocanasta de Alocén, y un poco más adelante, con los tres tiros libres fallados por Luis Mari Prada en 1979—. Ni Ramos ni Luyk jugaron un minuto aquel día pero las genialidades de Cabrera y la solvencia de Walter, Brabender y Rullán hicieron el resto: la séptima Copa de Europa para el Real Madrid, la cuarta con alumnos del Ramiro en sus filas.

A partir de aquí, la cosa se detiene un poco. Bastante, diría.

De Fernando Martín a José Miguel Antúnez

En 1980, el Real Madrid consigue su séptima Copa de Europa, en Berlín, ante el Maccabi de Berkowitz y Aroesti. Es toda una sorpresa porque el equipo está en plena transformación: Llorente ha ocupado el lugar de Cabrera en la plantilla después de un año descomunal en el Tempus, filial blanco de aquella época; Iturriaga empezaba a tomar responsabilidades ofensivas y Romay acompañaba a Rullán en la pintura, junto al irregular Randy Meister. Aquel fue el último año de Walter Sczerbiak y Wayne Brabender empezaba a pedir ayuda desde el perímetro a sus treinta y pico años.

Justo esa temporada entraba en el equipo junior de Estudiantes un chico salido del colegio San José del Parque llamado Fernando Martín. La vinculación de Martín con Estudiantes fue corta pero intensa: solo jugó una temporada en el equipo del Ramiro y lo llevó de la nada al subcampeonato de liga junto a Vicente Gil, Alfonso del Corral, Slab Jones y Charly López Rodríguez. Después de esa única temporada, fichó por el Real Madrid, cobrando un auténtico dineral.

Sin embargo, no podemos incluir a Fernando Martín como alumno del Ramiro pues nunca lo fue, y en cualquier caso, lo más cerca que quedó de ganar una Copa de Europa fue la final de 1985 que su equipo perdió contra la Cibona de Petrovic. De hecho, hubo que esperar quince años para que el Madrid volviera a dominar Europa y consiguiera su octavo entorchado: fue en 1995, en Zaragoza, contra el Olympiakos. De aquel equipo y de aquella Final Four todo el mundo recuerda a Arvydas Sabonis y Joe Arlauckas. Es lógico porque era una pareja interior descomunal, dos jugadores muy distintos que compenetrados ganaron todo con el Madrid. Sin embargo, es justo recordar al «tercer hombre» de aquellos días en Zaragoza: José Miguel Antúnez.

Antúnez jugó dos de los mejores partidos de su vida en el momento indicado —el año anterior, contra el Limoges, había pasado justo lo contrario— y fue la pieza exterior clave en la que apoyarse cuando las ayudas llovían sobre los interiores. José Miguel no solo fue al Ramiro sino que fue uno de los cinco hermanos Antúnez en hacerlo. Jugó en Estudiantes desde la categoría de minibasket hasta la profesional, el único en pasar por todos los equipos de cantera junto a Gonzalo Martínez y Nacho Azofra.

La marcha de Antúnez al Real Madrid había tenido lugar en 1991, cuando el Estudiantes decidió no renovar su contrato y aceptar gustoso la indemnización por derechos de formación que el Madrid tenía que pagarle, unos cien millones de pesetas, una barbaridad para la época. La afición estudiantil no se lo tomó a bien, precisamente: por fin su equipo competía de tú a tú con el Madrid y la chequera les arrebataba de nuevo a uno de sus puntales.

Tampoco pareció sentar bien entre sus compañeros. Cuando el Estudiantes, sin Antúnez, se proclamó campeón de la Copa del Rey de 1992, Alberto Herreros, buque insignia de aquel equipo, dedicó el título «a los que se han ido a ganar trofeos», en clara alusión a su excompañero. Cosas del destino, Alberto se fue a ganar trofeos solo cuatro años más tarde, en 1996, y aquel fue probablemente el momento culminante de la rivalidad entre los dos grandes equipos de la capital, con episodios realmente lamentables, propios de un culebrón de serie B.

Herreros, al igual que Martín, era un producto ajeno al Ramiro. En concreto había estudiado en el Menesianos, y, al igual que Martín, se quedó sin saborear la Copa de Europa, ya llamada Euroliga. No jugó nunca una Final Four y su palmarés en los nueve años que estuvo en el Madrid se limitó a dos ligas, una recopa y un triple maravilloso en Vitoria para acabar su carrera por todo lo alto.

En aquel equipo de 2005, por cierto, ya estaba Felipe Reyes.

Felipe, el «Chacho» y la revolución de Pablo Laso

Felipe Reyes es otro miembro de una extensa familia ramireña: fue al instituto de la calle Serrano como habían ido sus hermanos, incluido Alfonso, otro jugador de Estudiantes que pasó al Real Madrid en los últimos años de su carrera. El traspaso de Felipe tuvo varios capítulos: se anunció en 2001, se anunció en 2003… y se ejecutó definitivamente en 2004, cuando Estudiantes se vio incapaz de pagar la cuantiosa renovación que había firmado con el jugador y decidió aceptar los casi dos millones de euros de traspaso que ofrecía el Real Madrid.

Felipe ya era una estrella cuando llegó al club blanco. Un jugador descomunal que aunaba garra en el rebote y en la defensa con una movilidad impresionante en ataque, buen tiro de cuatro metros y mucha facilidad para sacar faltas en penetración. Esta progresión quedó algo estancada cuando Maljkovic, Plaza y sus sucesores le encasillaron en el rol que ocupaba en la selección española: pívot fajador encargado de coger rebotes de manera compulsiva. Cuando tienes a los hermanos Gasol delante, quizá no te quede más remedio que asumir ese rol, pero en el Madrid seguro que se le podría haber dado más libertad.

Felipe fue el infiltrado del Ramiro en el Madrid durante muchos años, hasta el punto de llegar a convertirse en capitán del equipo, pero su palmarés, de nuevo, no estuvo a la altura de su calidad: dos ligas y una copa ULEB hasta la llegada de Pablo Laso al banquillo. Ahí, todo cambió: con Laso de entrenador, el Madrid ha ganado una liga, dos copas y una Euroliga que compensa las dos perdidas in extremis en los años anteriores.

El papel de Felipe ha sido decisivo hasta el punto de ser elegido para formar parte del mejor quinteto de la Euroliga, rozando el MVP a sus casi treinta y cinco años.

Sin embargo, la marca diferencial del equipo de Laso, el hombre que cambió el club de arriba abajo y que es el más querido por los aficionados es sin duda Sergio Rodríguez, MVP de la Euroliga en 2014. «El Chacho», tinerfeño, pasó por el Club Siglo XXI antes de firmar por Estudiantes, venirse a Madrid y, como decíamos al principio, estudiar en el Ramiro. No sé si considerarlo un producto del Ramiro como lo fueron los Ramos, los Reyes o los Antúnez, pero al menos estuvo matriculado un año, así que cuenta para la lista.

Con el triunfo en mayo, el Madrid lograba su novena Copa de Europa, sí, pero el Ramiro, o los estudiantes del Ramiro, que es lo que cuenta, lograban la sexta.

Estambul y la maldición de Aíto García Reneses

Lo curioso es que ninguna de esas seis las haya conseguido el propio Estudiantes. Lo más cerca que estuvo fue en 1992, cuando llegó a la Final Four de Estambul. En aquel equipo estaban Azofra, Pablo Martínez y el propio Alfonso Reyes como representantes del colegio. Irónicamente, les acompañaban tres canteranos del Real Madrid como Juan Aísa, Pedro Rodríguez y Juan Antonio Orenga, aparte de los dos extranjeros y el citado Alberto Herreros.

Si el Madrid siempre ha sido un equipo volcado hacia Europa, Estudiantes ha estado volcado hacia su ciudad, rescatando talentos de los distintos colegios para incluirlos en sus filas. Habrá quien piense que, al fin y al cabo, es lo mismo que hace el Madrid con el Estudiantes pero a pequeña escala… y tendrá razón. En ese contexto más humilde y con mucho menos dinero, Estudiantes solo tiene una final europea que llevarse al palmarés: la de la Copa Korac de 1999 que perdió ante el Barcelona, cuyo capitán era otro canterano de Estudiantes, Rodrigo de la Fuente.

Rodrigo, sin embargo, no estudió nunca en el Ramiro, y su formación se completó en la NCAA antes de fichar directamente por el Barcelona. Jugó su último año como profesional en Estudiantes, aquel fatídico 2012 en el que el equipo descendió en la pista y se salvó en los despachos. Por eso mismo, aunque podríamos atribuirle a la cantera del Estu la Euroliga que Rodrigo ganó en 2003, no tendría sentido añadirla al palmarés del colegio.

Un palmarés, por cierto, que podría haber sido mucho más amplio de no ser por la maldición que ha acompañado durante años y años a otro ilustre ramireño: el compañero de clase de Vicente Ramos, don Alejandro García Reneses. Aíto jugó en Estudiantes cuatro años, formando parte del equipo que derrotó a los de Ferrándiz en 1967 quitándoles la liga. Curiosamente, el Madrid ganaría todas las ligas posteriores hasta 1978, cuando volvió a perderla en una de las últimas jornadas al caer derrotado en la pista del Cotonificio de Badalona, entrenado, cómo no, por Aíto García Reneses.

Ya con su fichaje por el Joventut y luego por el Barcelona, la rivalidad se multiplicó: Aíto acabó con el dominio del Real Madrid de los ochenta con cuatro títulos consecutivos, a los que luego sumó otros cinco entre 1995 y 2001, además de la famosa Korac del 99 ante su exequipo.

Sin embargo, la Copa de Europa siempre se le resistió: el apogeo del Barcelona de Epi, Solozábal, Jiménez y Norris coincidió con el de la Jugoplastika de Kukoc, Radja, Savic, Ivanovic y Perasovic. En 1989, los yugoslavos les derrotaron en semifinales. En 1990 y 1991, en la final. Tras rearmar el equipo a mediados de los noventa con jugadores menos espectaculares pero más trabajadores y alguna estrella puntual como Djordjevic, Aíto volvió a jugar la final de la Euroliga en 1996, cuando el famoso tapón de Vrankovic a Montero en una de las jugadas con más irregularidades de la historia le dio el título al Panathinaikos.

Volvería al mismo escenario el año siguiente, su cuarta final de Euroliga, pero sumaría una cuarta derrota ante el Olympiakos de un imparable David Rivers. Desde entonces, su trayectoria le ha llevado a equipos como Joventut, Sevilla o Gran Canaria, donde ha cumplido su labor con creces pero no ha podido siquiera acercarse al gran título europeo por lógicas cuestiones de presupuesto.

En resumen, la historia de los grandes es a menudo la historia de los pequeños y bueno es que se recuerde. Sin la base no existe la pirámide. El Ramiro de Maeztu, movido por los principios de la Institución Libre de Enseñanza, la misma que llevó la educación integral en el deporte al Colegio Estudio por poner un ejemplo, apostó desde un principio por el baloncesto, llenando sus amplias instalaciones de canastas y pabellones. Sin esa decisión, quizá Saporta o Ferrándiz o Sainz o Herreros habrían encontrado sus campeones en otros colegios y otros equipos, pero la realidad es la que es y no la que suponemos: el Ramiro de Maeztu levantó su sexta Copa de Europa y es un registro impresionante.

Fíjense si lo será, que en Europa, aparte del Madrid por supuesto, solo le igualan el Panathinaikos, el Maccabi y el CSKA de Moscú. Es momento de celebrar sin envidias ni rencores. Y de agradecer, por supuesto. Un mundo así es un mundo mejor.


Cuando el Barça se trajo a su propio Bill Laimbeer

David Wood en 2001. Foto: Cordon Press.
David Wood en 2001. Foto: Cordon Press.

David Wood bajó del avión, dejó sus cosas en el hotel y para cuando llegó al entrenamiento ya se había dado cuenta de que estaba en medio de una formidable guerra civil. Corría el mes de noviembre de 1989, Audie Norris acababa de lesionarse la rodilla por enésima vez y a Steve Trumbo lo operaban del hombro en Estados Unidos. Todo el plan de Aíto García Reneses para conseguir su cuarta liga consecutiva parecía venirse abajo y no se puede decir que cierta prensa barcelonesa no lo estuviera disfrutando.

Todo empezó meses antes, cuando Aíto se alejó de la fórmula de sus dos últimos títulos y prefirió que el extranjero que acompañara a Audie Norris fuera un alero, en concreto Paul Thompson, en lugar del Eugene McDowell o el Grenville Waiters de turno. Para la decisión se contaba con la madurez de la eterna promesa Ferrán Martínez, la solidez reboteadora de Trumbo y la salud de Norris, más la capacidad de Jiménez para alternar las posiciones de alero y de ala-pivot.

En cualquier caso, era una decisión arriesgada y que afectó a la relación de Aíto con medios y grada del Palau. La llegada de Thompson no solo implicaba una pérdida de poderío interior para el Barcelona sino que arrastraba la salida del equipo de uno de los grandes ídolos de los ochenta, Cándido «Chicho» Sibilio. Es cierto que el dominicano ya no estaba al nivel de sus mejores años, pero el pragmatismo con el que se afrontó su salida molestó al jugador y afiló aún más los cuchillos de un entorno que no tragaba al entrenador madrileño, afincado en Barcelona desde su fichaje como jugador en 1968 proveniente del Estudiantes.

La marcha de Sibilio al Taugrés de Vitoria no gustó, pero se aceptó en aras de un nuevo triunfo. El problema era que el nuevo triunfo cada vez se veía más lejos. Con Epi entre algodones, Jiménez tocado y el bajo rendimiento de Thompson, nada que ver con aquel Kenny Simpson que se sacó Aíto de la manga en 1986, el Barcelona acumulaba derrotas y sobre todo acumulaba tensión, nada nuevo en un equipo que acostumbraba a vivir al filo durante seis meses de competición para arrasar en el último trimestre a un nivel físico muy superior al resto.

Las bajas de Norris y Trumbo fueron un contratiempo y a la vez un alivio: la plantilla podía volver a su cordura triunfadora. Con Thompson aún en el equipo, Aíto no tuvo problemas en ir probando sustitutos temporales de Norris que pudieran compartir después pintura con él. Uno de ellos era David Wood,; el otro, Mike Gibson, llegado pocos días antes al Palau Blaugana. Ninguno era la primera opción del técnico ni de Salvador Alemany, responsable de la sección, pero es que la primera opción jugaba en los Utah Jazz, tenía complicado romper su contrato y además exigía un dinero con el que ni Wood ni Gibson soñaban. Se trataba del portorriqueño José «Piculín» Ortiz, que finalmente acabaría fichando por el Real Madrid.

Eran los tiempos en los que Cruyff exigía que ningún jugador de la sección de baloncesto cobrara más que cualquiera de sus futbolistas y a Núñez le parecía bien. Con Ortiz ya descartado, por el dinero y por la urgencia para presentar a la FIBA una lista de inscritos para la liguilla de la Copa de Europa, la cosa quedaba entre Gibson y Wood. La prensa, satisfecha, estaba convencida de que ambos resultarían un fiasco.

La primera batalla vencida

La ventaja de ser un desconocido es que no hay expectativas. David Wood venía de jugar la anterior temporada en el Livorno italiano, un equipo que sorprendentemente había estado a punto de ganarle la liga a la todopoderosa Philips de Milán de Mike D´Antoni, Bob McAdoo y compañía. Tan a punto estuvo que llegó a celebrar la victoria en su campo después de que la mesa diera por válida una canasta local en el último segundo. Días después, en los despachos, el título voló de la Toscana a la Lombardía.

Wood era un jugador relativamente marginal en el equipo subcampeón, algo poco habitual en un americano que jugara en España pero más común en un equipo italiano. Salía, hacía su trabajo durante unos veinte minutos, metía unos diez puntos, cogía cinco rebotes, defendía como un cosaco y hacía a sus compañeros mejores. Como dijo el propio Aíto al poco de llegar este evangelista con la Biblia siempre cerca: «La verdadera estrella es el que hace a su equipo subcampeón y no el que mete treinta puntos y su equipo queda el último». Esa frase, por otro lado, era el resumen de su ideario como técnico.

David tardó tres entrenamientos en enamorar a su entrenador y sus compañeros. No había firmado aún el contrato cuando ya tuvo que ir al hospital porque le habían volado un diente luchando por un rebote. Con todo, el amor tardó en llegar a la prensa, que en sus columnas insistía en la duda: «Es un peón de brega al que no se le puede pedir más de lo que va a dar», «el tiempo dará y quitará razones», «doctores tiene la iglesia» o incluso «solo se entiende como cortina de humo para el verdadero extranjero». Wood tenía veinticinco años y pocas ganas de hacer amigos. Además, tenía prisa, porque las guerras o se ganan desde el principio o no se ganan.

El Barcelona le inscribió finalmente para la Copa de Europa junto a Norris, y a Paul Thompson se le empezó a poner cara de maleta. Cohabitaron unos pocos partidos, los que tardó «Atomic Dog» en recuperarse de la rodilla y después de un tropiezo ante el CAI de Zaragoza y una sólida actuación reboteadora en la victoria contra el Estudiantes de Antúnez y Herreros, llegó por fin su debut en casa, ante el BBV Villalba, un partido ideal para sacudirse la mala racha.

El peor debut posible

Efectivamente, el partido fue un paseo, un contundente 97-73 sin demasiada historia. Sin embargo, ese día nadie estaba al baloncesto. Era imposible. Pocos minutos antes de comenzar el encuentro, se confirmaba la muerte de Fernando Martín en la M-30 madrileña. Martín, compañero de selección durante años de la mitad del equipo azulgrana y rival dignísimo desde que, él también, dejara el Estudiantes camino del Bernabéu, era algo más que un jugador, era un icono de la cultura pop de los ochenta en España, con su propio juego para ordenador incluido en el que se tiraba ganchos pixelados en un eterno uno contra uno.

La ACB amagó con suspender la jornada pero al final —solo faltaba se limitó a suspender el partido del Real Madrid. Los demás jugaron como pudieron. En el caso del Barcelona, quizá afectado por la destensión y la melancolía reinante, David Wood tuvo un debut horrible: cuatro puntos y nueve rebotes en veintitrés minutos plagados de faltas y tiros fallados: en concreto seis de los siete que intentó.

Quedaban apenas dos semanas para empezar la liguilla de la Copa de Europa y el equipo marchaba séptimo de la A-1 con seis victorias y siete derrotas, cinco más que el Real Madrid de George Karl. El puesto de Aíto estaba más que discutido y solo una reacción inmediata podía evitar el seísmo. Lo que nadie esperaba, quizá, es que esa reacción la encabezara el recién llegado, un tío que se echó el equipo a la espalda y que enganchó inmediatamente con el espectador.

Efectivamente, Wood no era un artista. No era Audie Norris ni lo intentaba ser. Le llamaban «el gladiador» y a él le encantaba. Cada partido era una batalla. Hablamos de los tiempos en los que los Detroit Pistons entraron en nuestras vidas y aquel hombre era una mezcla de Dennis Rodman y Bill Laimbeer. Reboteaba y forzaba faltas en ataque como el primero. Repartía leña y tiraba triples como el segundo, con un acierto poco visto antes en un pívot.

Wood parecía sacado de aquella película de principios de los noventa, Los blancos no la saben meter. Si hubiera que elegir en una cancha callejera, él probablemente sería el último en encontrar equipo. Su tiro de tres con los dos pies juntos, sin saltar, y flexionando las rodillas, casi siempre frontal, desarmaba a los rivales que suficiente tenían con frenar a Epi y a Jiménez o a un sorprendente Xavi Crespo, que hizo de perfecto sustituto de Sibilio aquella temporada.

Las victorias empezaron a llegar, coincidiendo precisamente con la llegada del Taugrés de «Chicho», Marcelo Nicola, Pablo Laso, Ramón Rivas y un montón de futuras estrellas. Días antes, el 10 de diciembre de 1989, el RAM Joventut derrotaba al equipo de Aíto en su viejo campo de Badalona. Fue la última vez que alguien ganó a aquel Barcelona en liga: treinta partidos consecutivos que le permitieron pasearse por la segunda fase de la liga y ganar los play-offs invicto, con contundentes 3-0 ante Estudiantes en semifinales y de nuevo el Joventut en la final.

Pocas veces se ha visto a un equipo tan dominante en ACB y desde luego no fue ninguna casualidad que esta racha coincidiera con el regreso de Audie Norris y la marcha ya definitiva de Paul Thompson. España, por cuarto año consecutivo, era del Barcelona. Quedaba, tan solo, el reto europeo.

El gladiador no habla yugoslavo

El primer partido europeo de la pareja Norris-Wood fue, curiosamente, en Split, ante la Jugoplastika de Kukoc, Radja, Ivanovic, Savic, Perasovic y ese largo etcétera. Un equipo en el que Petar Naumoski era el undécimo jugador antes de dominar Italia y Turquía durante unos cuantos años. El Barcelona venía de perder el año anterior las semifinales en Múnich ante prácticamente el mismo equipo pero la prensa se empeñaba en ponerle el manto de favorito. Aquel partido lo ganaron los yugoslavos 86-73, preludio de lo que vendría más adelante.

Mientras, David Wood seguía enamorando a su manera, una especie de antihéroe, un tío al que detestas cuando juega en el equipo contrario y amas cuando juega en el tuyo, el pelo rojo revuelto, los ojos casi fuera de sus órbitas, la gesticulación constante… en el recreo algunos jugaban a ser Dominique Wilkins y otros jugábamos a ser David Wood, cada cual según sus posibilidades.

Pronto, la marcha triunfal pasó de España a Europa. Tras esa primera derrota en Croacia, el Barcelona encadenó doce victorias en trece partidos y fue el primero de la liguilla, por delante de Jugoplastika, Limoges y Aris de Salónica, precisamente su rival en semifinales. Los griegos apenas aguantaron el ritmo de la máquina barcelonista, y cayeron 104-83.

Aquella Final Four se jugaba en Zaragoza, la patria chica de Epi, y todo estaba diseñado para que, a la segunda, el Barcelona ganara su primera Copa de Europa.

El propio Epi lideró a los azulgrana en semifinales, con veinticuatro puntos, más veiituno de Ferrán Martínez. Wood se quedó en doce puntos y cuatro rebotes y, eso sí, utilizó sus cinco faltas, como solía ser habitual. Aquel año, solo en liga, le expulsaron en ocho partidos y acabó con cuatro faltas en otros nueve. No hacía prisioneros. En la final, Wood, Norris y Ferrán tenían algo serio a lo que enfrentarse: Dino Radja, Zoran Savic y Goran Sobin. El cuarto pívot era un tal Zan Tabak.

Cumplieron. No con excelencia, pero cumplieron. Entre los tres sumaron  treinta y seis puntos y veinte rebotes en un partido en el que el Barcelona acabó con sesenta y siete. Wood paró bien a Radja y Savic, pero de nuevo acabó pagando su agresividad con cinco faltas y el banquillo. El desastre vino por fuera, donde menos se esperaba: Epi se quedó en diez puntos, Solozábal en cinco y Andrés Jiménez sumó ocho con horribles porcentajes de tiro. La presencia de Crespo fue testimonial, pues Aíto prefirió jugar casi todo el partido con dos bases para que Quim Costa intentara parar a Perasovic.

En cualquier caso, todo fue en vano ante el mejor Kukoc de aquellos años: veinte puntos saliendo desde el banquillo, siete rebotes y tres triples en los momentos decisivos. Él rompió el partido cuando parecía que el Barcelona remontaba y dejó de nuevo a los barcelonistas sin la guinda del pastel. En el club tenían claro que hacía falta algo más, algo que no fuera solo trabajo y exigencia. Aíto aceptó dar un paso al lado y se empezó a cerrar el fichaje de Maljkovic.

El hombre con el que nadie contaba: una vida de jornalero

A Aíto le gustaban los jugadores como David Wood, y al Maljkovic de años venideros le hubiera encantado. ¿Quién no imagina a Wood rebañando rebotes en el Limoges de 1993 o 1995? Sin embargo, en el club había cierto miedo a que su nombre se hubiera quedado «marcado» en la mente de los árbitros. La final contra el Joventut se llenó de acusaciones al respecto por parte de determinados jugadores de la Penya y el propio Wood excusó su eliminación en el tercer partido con un «No he podido defender como me hubiera gustado, por todo lo que se ha dicho».

En veintisiete minutos de media, anotó más de catorce puntos y cogió más de ocho rebotes. Añadan defensa y un acierto en triples que rondaba el 50%. Añadan, también, la sincronización total de la grada con su gladiador.

No bastó. Del tema se habló un tiempo en los periódicos, con cierto entusiasmo, pero ni Wood quería dejar pasar la oportunidad de la NBA ni el Barcelona estaba dispuesto a pagarle como la estrella silenciosa que era. Se le dejó marchar y cuando Ferrán Martínez anunció por sorpresa que se iba al Joventut, Alemany y Aíto quisieron repescarle pero sin éxito. Tantearon también a un tal Corny Thompson pero al final se quedaron con el que siempre habían querido, «Piculín» Ortiz.

Como decíamos, Wood prefirió la aventura. Iba en su carácter. La estancia en Houston fue un fracaso, el Taugrés le repescó en 1992 para jugar media temporada con relativo éxito y después se abonó a la figura del «temporero». Su evangelio pasó por San Antonio, Golden State, Dallas, Milwaukee y la CBA durante siete años de idas y venidas. Ya con treinta y cuatro, volvió a Europa: unos meses en el Unicaja, unos meses en el Limoges de Ivanovic, unos meses en Murcia y en Canarias y, por fin, algo de estabilidad en el Fuenlabrada, el equipo ideal para un jugador como él, pareja de baile de Salva Guardia, su clon.

Wood era por entonces un tipo más fondón y más listo. Igual de limitado en lo físico y quizá menos agresivo. Religioso como el que más porque hay cosas que nunca cambian. A los treinta y nueve años decidió que era buen momento para dejar de jugar al misionero conflictivo. Aíto, por entonces, andaba descubriendo a Rudy Fernández. Aquel año, Bill Laimbeer llevaba a las Detroit Shock a su primer título de la WNBA.


El día que Pablo Martínez Arroyo llevó al Estudiantes a Estambul

Quedan cinco minutos para acabar la primera parte y lo que se oye es el miedo. Unas quince mil personas muertas de miedo, con sus chilabas, sus pancartas, sus gargantas roncas desde antes de empezar el partido. Si han estado en una situación parecida, saben de lo que les hablo. Si no, les costará, porque el miedo no se ve nunca en televisión, siempre hay alguien gritando. En el campo, sin embargo, es fácil: lo sientes, lo ves, está por todos lados.

El miedo no suele tener que ver con la derrota, es otra cosa. Algo parecido a dejar de ganar, para ser más exactos. La diferencia entre que no te guste algo y te disguste. Aquella tarde, en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, tanto nombre para algo tan desgastado, lo que hay es un miedo atroz a no vencer, a no celebrar, a la sensación de ridículo que deja disfrazarte para una fiesta y que se cancele a última hora, el sombrero empapado por la lluvia.

Lo que está en juego es el pase a la Final Four de Estambul, o al menos eso es lo que está en juego para el Maccabi. El Estudiantes directamente está ya jugando la final porque su objetivo nunca fue levantar la copa sino simplemente llegar a Turquía, poder decir: «lo conseguimos» y sonreír como estúpidos. Eso supone una tensión exagerada: un equipo juega los cuartos de final a su ritmo y el otro equipo está de los nervios echándose la responsabilidad de un título ficticio sobre los hombros.

Han sido quince minutos infames, de fallos en el tiro, ataques lentísimos, precipitación constante… El Maccabi, para sorprender, ha salido sin pivots y en vez de perder potencial interior lo que consigue es agilizar el juego cerca de canasta. El Estudiantes se pierde en el bloqueo y continuación, Orenga o Pinone turnándose para dejarle espacio a Azofra, que no consigue conectar nunca con Herreros ni Winslow, perfectamente defendidos por Jamchy, Daniel o Henefeld.

Si en el primer partido Estudiantes había anotado 97 puntos y en el segundo, 98, hoy lleva 23 en el último cuarto de la primera mitad. La proyección les lleva a los 50-55. Herreros está completamente desquiciado, Winslow solo aparece en el rebote y por primera vez en ocho años, Pinone empieza a parecer viejo. Solo Orenga aguanta, a su manera, tiros de tres-cuatro metros alrededor de la zona y defensa de anticipación. Lo único bueno de la situación es que el rival solo lleva tres puntos más, 26. Nos hemos acostumbrado a cosas así, pero por entonces, año 1992, aquello es realmente inusual.

La anterior vez que Estudiantes se ha jugado los cuartos en un partido de este tipo ha sido un par de semanas antes, en Granada, final de Copa del Rey contra el CAI que acaba con victoria por 61-56. Algo está cambiando. Maljkovic aún no entrena al Limoges, pero la nube negra se acerca. Pese al antecedente, los analistas coinciden: jugando a tan poca puntuación, el equipo más experto gana… y el equipo más experto es, con mucho, el Maccabi. Más que nada porque es la primera vez que Estudiantes juega la Copa de Europa en su historia. Más que nada porque cuando Miguel Ángel Martín, el entrenador, decide cambiar el ritmo no le queda más remedio que recurrir a dos chavales de veinte años: Juan Aísa y Pablo Martínez Arroyo

Recuerdos de una Copa del Rey improbable

La importancia de los dos jugadores ha ido creciendo a lo largo de la temporada. Aísa ha llegado del Real Madrid en verano, algo estancado por falta de minutos en el primer equipo, y Pablo Martínez Arroyo está en progresión desde que volviera de una lesión de tobillo que le ha tenido dos meses fuera de los terrenos de juego. Juan es impredecible, rápido, valiente… ha anotado el triple decisivo en los cuartos de final de la Copa del Rey contra el Madrid y la canasta en Milán que le daba la ventaja campo al Estudiantes en los play-offs.

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Pablo Martínez Arroyo también ha tenido sus momentos de gloria: penúltimo exponente de una saga mítica —tan mítica que todo el mundo le llama por los dos apellidos de su padre y no por sus dos apellidos propios: Martínez Martínez—, el pequeño base que apenas llega al metro ochenta decidió el partido de semifinales de la citada Copa del Rey y revolucionó el anterior partido, también contra el Maccabi, iniciando la ruta de una victoria fácil, la que nos ha llevado hasta aquí.

La estructura de los equipos de principios de los noventa hace que los titulares jueguen mucho y los suplentes tengan que ser muy precisos. Hacer lo que se les pide. En eso, Pablo es muy bueno. De él se espera que distribuya bien el balón, que piense, que ordene en la pista, que despiste al rival con esa apariencia física enclenque, de niño bueno que no quiere mancharse la ropa… y eso es exactamente lo que hace partido tras partido: manejar el ritmo, acelerarlo o ralentizarlo según corresponda, buscar el tiro de tres y forzar las jugadas con la temeridad de la juventud demostrando que todos los prejuicios son falsos y que si hay que mojarse, él es el que salta primero al charco. Sus rodillas darán fe de ello a lo largo de su carrera.

Con los dos en el campo, el Estudiantes pasa por un momento crítico, cuando Maccabi se adelanta 24-30 pero al descanso la ventaja es de solo dos puntos y algo habrá visto Martín, «El Cura», para que Pablo salga de titular en la segunda parte. Con 32-35 y el partido aún enfangado con triples puntuales de Jamchy y desaciertos constantes de Goodes, el extraño base rival, Martínez Arroyo hace una de sus jugadas típicas: amaga que va a pasar el bloqueo por un lado, se da la vuelta y suelta su zurda. Triple. Estudiantes empata mientras en el televisor Joan María Gavaldá más que comentar el partido lo rearbitra jugada a jugada.

Es un espejismo. Maccabi enseguida vuelve a ponerse por delante con cinco puntos de ventaja, Pablo abusa de las jugadas individuales porque el juego en equipo se ha hecho imposible, demasiadas camisetas agarradas, demasiadas muñecas que tiemblan… y a diez minutos del final, Azofra vuelve a salir, a intentar dar el último empujón.

El problema es que Azofra no está para jugar. Le duele el codo. Toda su recuperación ha tenido un punto milagroso, como la temporada de su club. Diez días antes apenas podía entrenar y veía los partidos vestido de calle. Cinco minutos en la final de Copa, cinco minutos históricos, propios del Cid, hicieron pensar que el chico había vuelto, pero no, sigue molesto, no consigue botar bien, no puede lanzar con comodidad. Está incómodo y frustrado y en la pista se nota. Goodes lo nota, el público lo nota y hasta el entrenador lo nota. Cuatro minutos después de haber salido a la cancha, vuelve al banquillo. En su lugar, de nuevo, Pablo Martínez

Los treinta segundos que cambiaron la eliminatoria

Ya solo quedan seis minutos y no hay silencio porque no hay miedo, solo adrenalina. Primero te paralizas y luego sales corriendo. Eso es lo que está haciendo la Demencia, lo que está haciendo el Palacio: huir hacia adelante, protestar todo, silbar cada ataque rival, desesperarse en cada ataque propio. El Estudiantes vuelve a empatar, esta vez a 45, luego a 47 con un «uno más uno» de Alberto Herreros, el ídolo local. Pinone hace la quinta falta y sale Pedro Rodríguez, el jugador con más años en el equipo, un hombre de poco más de dos metros capaz de robarle un rebote a cualquier torre.

¿Qué le queda al Estudiantes, a cuatro minutos del logro más importante de su historia, con su jugador más experto eliminado y el otro extranjero esperando un momento que no llega nunca? Le queda la locura, le quedan treinta segundos que consagran a un jugador en la memoria de toda una generación. Pablo bota el balón, pasándosela de la mano izquierda a la mano derecha como es habitual, buscando espacios que no existen, hasta que decide enfrentarse él solo contra el mundo y el mundo vuelve a ganar. Quedan diez segundos de posesión y el Estudiantes saca de banda. Ahí empieza el espectáculo: primero, tira el balón contra el pie de un rival para conseguir una posesión completa de treinta segundos, luego anota un triple de nuevo tras engañar en el bloqueo y en la siguiente defensa roba el balón y fuerza una falta que corta el contraataque.

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La palabra es «euforia». Ganar es la leche pero ganar con un chaval de la cantera de veinte años es sublime. Herreros y Goodes se pelean. Chicos de sangre caliente. En medio de toda la agitación, como si el partido no fuera con él, con esa distancia que le ha acompañado desde que tuviera que debutar como junior fuera de casa después de hacer las maletas y dejar en el último momento la concentración de la selección española sub-20, Pablo lanza dos tiros libres y los anota: 52-47. El Maccabi está KO. Tan aturdido que Mitchell falla sus lanzamientos y Alberto Herreros deja la diferencia en siete puntos a falta de 2,47.

En la grada una pancarta reza «Con la espada de Alá cortaremos la mano de Elías», los chavales del Ramiro se abrazan y olvidan los granos y los exámenes. El comentarista da el partido por acabado y el «Que nos vamos a Estambul, chim-pum» resuena por todo el pabellón, las escaleras cortadas por riadas de gente que no encuentra un sitio libre, todo el mundo de pie, incapaz de aguantar tanta tensión sentados, los vigilantes del Mosad atentos a cualquier exaltación mal entendida.

El Estudiantes tiene ganado el partido pero pocos saben que aún hay tiempo para que, anfitrión bien educado, lo regale.

El resbalón de Jamchy, el agosto de las agencias de viaje

Rickie Winslow falla. En el primer partido anotó un montón de triples pero esa no es su especialidad. Si en ese partido se está anunciando la decadencia de Pinone, de algún modo es también el inicio de la incomodidad de Winslow, la dificultad de pasar de anotador compulsivo y jugador decisivo, uno de los mejores americanos que jugaron en la ACB, a pieza de complemento a la sombra primero de Herreros y el año posterior de Danko Cvjeticanin.

No parece grave: siguen los siete puntos y quedan solo dos minutos… pero Vargas, el enorme y negrísimo Vargas, con esos ojos de Kurtz al otro lado de las tinieblas, anota y en la siguiente jugada, nada más sacar de fondo, Pablo Martínez se deja robar el balón por Goodes en una jugada muy confusa, tan confusa que ni siquiera sale en televisión, solo la voz de Gavaldá insistiendo en que el partido está acabado y que el Maccabi no tiene nada que hacer hasta que, de repente, la constancia del robo y el realizador que vuelve justo para que veamos cómo Goodes anota la bandeja y pone el 54-51 y vuelve el silencio porque vuelve el miedo, claro, la adrenalina ya gastada y enterrada bajo esa sensación de «no puede ser, no puede volver de nuevo la lluvia».

Herreros intenta la canasta pero le taponan. Winslow vuelve a tirar de tres y vuelve a fallar. Quedan cuarenta segundos y Mike Mitchell, el elegantísimo ala-pivot de treinta y cinco años, estrella de los Spurs en los primeros ochenta, dispone de dos tiros libres. Mete uno y falla el otro… pero el Maccabi consigue el rebote y cuando Vargas va a machacar, Orenga le tumba. El banquillo visitante pide la intencionada pero los árbitros FIBA no quieren líos en canchas calientes. Dos tiros libres sin más: de nuevo, acierto en el primero y fallo en el segundo.

El rebote va para Winslow, que se la da a Azofra, que recibe falta. De Pablo no se ha vuelto a saber y ahora ambos bases comparten la pista. Azofra y su dolor de codo. El codo que necesita flexionar para lanzar tiros libres. Se masca la tragedia. Estudiantes gana por solo un punto, 54-53 y quedan veintiún segundos y tres décimas. Son los tiempos en los que si fallas el primer tiro libre no tiras el segundo, así que del todo se puede pasar a la nada en un santiamén y no está la afición como para irse con los bolsillos vacíos.

El primer tiro libre va dentro, Azofra celebra como si fuera perfectamente consciente de que lo normal habría sido fallarlo. De hecho, el segundo solo toca aro. La ventaja es de dos puntos y para evitar el triple, Martínez Arroyo hace falta al temido Goodes. A Goodes no le duele el codo pero le puede la presión y calca la dinámica de sus compañeros y rivales: mete el primero, falla el segundo. El rebote lo toca Winslow pero se le escapa, Vargas va a por el balón, que bota en el suelo cuando Pedro Rodríguez se lanza desesperadamente a por él, llevándose a dos jugadores por delante consiguiendo tan solo que se vaya por la línea de fondo.

¿Quién saca? Los árbitros dudan, el palacio calla de nuevo. La moneda cae del lado del Maccabi.

Quedan seis segundos. «El Cura» se pone nervioso y pide un tiempo muerto, luego lo anula. Son momentos de caos y nadie ve nada, un montón de cuerpos tapando la visión de otros cuerpos. Saca el Maccabi, corta Jamchy, se despista Winslow, carga el pase Goodes… y en ese momento el alero que va a recibir solo para asesinar un sueño con un triple en parada a dos pies se resbala y se cae mientras el balón, como en las películas de high school, pasa por delante de sus ojos sin que pueda hacer nada y se acaba estrellando contra la publicidad.

   

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Cuenta la leyenda que lo que tumbó a Jamchy fue el sudor no secado de Pedro Rodríguez. Lo cuenta la leyenda y lo cuenta el propio Pedro Rodríguez, aunque en realidad donde cae Jamchy no es donde cayó Pedro sino donde cayó Goodes en la misma lucha por el rebote. Puede que el sudor le mojara la zapatilla y el resbalón llegara más tarde. Puede que apoyara mal. Da igual. Estudiantes saca y gana el partido, no hay tiempo para más. Han sido cuarenta minutos de agonía que se saldan con una visita masiva a agencias de viaje para reservar hotel en Estambul, lo que pase ahí, sinceramente, no importa.

Cuarenta minutos de los que, con el tiempo, hemos aprendido a recordar solo treinta segundos: el triple, el robo y los dos tiros libres que rompieron el partido. Aquel hombre improbable que decidió seguir la corriente, por no molestar —a él tampoco le gusta que le molesten— y aceptar los cuatro ases con que le puntuó al día siguiente el periódico.

Los mismos ases que hacían que Martínez Martínez se convirtiera definitivamente, ya de manera oficial, en Martínez Arroyo.


Aíto García Reneses: «Los mismos que decían que no me gustan las estrellas votaban a mis jugadores como los mejores de la ACB»

Aíto García Reneses para Jot Down 0

Descubridor de Andrés Jiménez en el Cotonificio, forjador del Joventut de Villacampa, Jofresa y Montero, nueve veces campeón de liga con las distintas versiones del Barcelona: la de Epi, Norris y Sibilio, la de Djordjevic, Xavi Fernández y Derrick Alston o la de Navarro, Pau Gasol y KarnisovasAíto García Reneses representa la historia del baloncesto español y europeo en los últimos cuarenta años, tanto en sus victorias —añadan una plata olímpica y un buen montón de triunfos en su segunda etapa en el Joventut de Ricky Rubio y Rudy Fernández—como en sus derrotas constantes en la Copa de Europa, especialmente ante la Jugoplastika de Toni Kukoc y su némesis, Boza Maljkovic.

A sus sesenta y siete años, Aíto nos recibe tranquilo, tableta en mano, en el hotel de concentración de su equipo, el Cajasol de Sevilla, el día antes de enfrentarse al todopoderoso Real Madrid, rival que le ha acompañado desde que debutara como jugador en el vecino Estudiantes. Por supuesto, Aíto es serio y cuidadoso en sus respuestas, pero mucho menos frío de lo que aparenta en los medios: sonríe, bromea sobre Arlauckas y su entrevista en Jot Down, habla sobre fotografía, su gran pasión, y se dispone con calma a una batería de preguntas que podría prolongarse durante horas, porque este hombre lo ha vivido absolutamente todo.

Vio usted nacer a la ACB desde primerísima fila y fue uno de sus máximos protagonistas en los primeros años… Tal y como están las cosas, ¿cree que también va a verla morir?

No, no creo. Lo que hay que pensar es que la liga española era la 20.ª del mundo, por decir un número, hace treinta años, y desde hace mucho tiempo es la segunda. En un momento de dificultad como este, es necesario echar la mirada hacia atrás y ver de dónde veníamos.

¿Qué soluciones tienen los clubes para evitar deudas e impagos y volver a una cierta normalidad institucional?

En mi equipo, el Cajasol, está todo en orden en el tema de salarios, pero es cierto que estamos en medio de una crisis bastante general y que todo viene de un momento en el que las cosas empezaron a ir para arriba, para arriba, para arriba… y las deudas no importaban, hasta que el negocio se estancó y ahí sí empezaron a importar. Cuando llegan estos problemas, los clubes que han estado al día se mantienen, mientras que los que han ido tirando estos años con parches lo tienen más difícil, aunque a lo mejor sigan compitiendo en la ACB.

¿Qué le pareció deportiva y mediáticamente el fichaje de Lamar Odom?

Me pareció muy poco importante. Para los medios, sí, pero deportivamente, nada. Está claro que un jugador de treinta y cuatro años que lleva un año sin jugar es muy difícil que vuelva a jugar bien en un plazo corto de tiempo, así que nunca le di ninguna importancia.

Pero una de las grandes batallas del baloncesto es ganar espacio en la prensa y aquí al menos su club, el Caja Laboral, consiguió aparecer en todos lados. ¿Fue una medida inteligente para ellos?

No sé. Inteligente es lo que funciona. Lo inteligente para Baskonia es lo que ha estado haciendo durante años: viniendo de una ciudad pequeña estar durante más de veinte años en lo más alto. Eso es lo inteligente y no fichar a Lamar Odom, tenga más o menos impacto mediático. El fútbol por una parte tiene mucha más tradición y por otra parte para los medios es como una inversión: hablan sobre fútbol y a cambio reciben del fútbol, cosa que con el baloncesto no les pasa. Para planificar el futuro, si algún día volvemos a tener un presidente de la ACB [N. del R. Desde el anuncio de retirada de Eduardo Portela, fundador de la ACB, hace ya casi un año, los clubes no han conseguido consensuar un sucesor, hasta el punto de que el cargo ahora mismo está vacante], lo importante será construir una base que no sea de barro. Que el poco barro que pueda haber ahora no nos ciegue.

Dicen que nunca se ha llevado usted muy bien con las estrellas, ¿cuánto hay de mito y cuánto de verdad?

Más concretamente, lo que se ha dicho es que «no me gustaban», y los que lo decían eran los mismos que luego votaban al mejor jugador del año y curiosamente estaba en mi equipo. Es comprensible que a alguien que no esté muy, muy, muy al tanto de lo que es el baloncesto lo que le suene sean más los «nombres estrella», pero luego viene un Lamar Odom, como hemos dicho, y, ¿para qué sirve? Para nada. Otra cosa es el verdadero «jugador estrella», y lo de que no me gustan está desmentido con los hechos. Yo he tenido en mi equipo a Epi, a Norris, a Xavi Fernández, a Roberto Dueñas, a Ricky, a Rudy… jugadores que luego eran elegidos mejores jugadores de la ACB o mejores jugadores de Europa… pero cada uno es muy libre de pensar lo que quiera.

¿Realmente hubo posibilidades de fichar a Toni Kukoc a principios de los noventa? ¿Habría encajado en aquel Barça y habría servido de continuidad para competir con Joventut y Real Madrid?

Bueno, el dominio del Joventut y el Real Madrid tenía mucho que ver con que manejaban unos presupuestos impresionantes, pero impresionantes de verdad… y en cuanto a lo de Toni Kukoc, finalmente aceptó otra oferta económica.

¿Solo fue un problema de dinero?

Sí, porque el fichaje estaba prácticamente ya hecho y de repente el agente del jugador, que lo estaba subastando todo el rato, nos dice que no, así que entiendo que es porque tenía una oferta superior de la Benetton de Treviso.

¿Y Petrovic? ¿Es cierto que Ramón Mendoza se lo «robó» a Núñez cuando el croata vino a firmar por el Barcelona?

Eso te lo puedo contar con más detalle: yo fui el que dije «oye, hay que saber cómo está el mercado». Cualquier jugador interesante había que controlarlo, y entre ellos estaba Drazen Petrovic. Lo que pasa es que alguien dentro del club se emocionó con este jugador y quiso hacerle un precompromiso, y ese precompromiso incluía que jugara un año más en la Cibona una vez firmado y yo me negué. Que esté jugando en otro club un jugador al que estás pagando tú y que pueda llegar a enfrentarse contigo en un partido de Copa de Europa, por ejemplo, es un problema grave para todos. De todas formas, como el club ya había firmado ese precompromiso y se había creado un cierto conflicto interno, al final cedí porque el año para el que lo fichaban era un año en el que yo ya no tenía contrato así que podían hacer lo que quisieran aunque quería que constara que yo me oponía por esas razones.

Por otra parte, aunque luego hay que reconocer que Petrovic cambió a positivo en su comportamiento, en aquel momento tenía unas formas que eran naturales en su país pero aquí no, como escupir a los árbitros. Luego, ya digo, cambió mucho y a bien, pero en aquel momento, con dudas sobre su comportamiento, con la historia del año que se quedaba en su club y yendo en contra de lo que estábamos haciendo en el Barcelona, que era un equipo serio, trabajador, ordenado… habría sido contraproducente.

Ese tipo de apuesta por equipos «serios, trabajadores, ordenados», por exitosa que fuera, ¿es lo que ha hecho que tenga esa fama de frío y distante entre el público y parte de la prensa?

Esa pregunta no la puedo contestar yo. He tenido problemas con un cierto tipo de prensa que dominaba y ha dominado mucho en Barcelona y lo que puedo hacer es mantenerme al margen y seguir con lo que yo creo que es lo que tengo que hacer como entrenador y lo demás, como no está en mi mano, alguna vez he agradecido el trato de la prensa y otras veces, simplemente, me he tenido que aguantar.

¿Qué hace Aíto cuando no está entrenando?

Cosas que sirvan para conocer el baloncesto: leer, entrenar minibasket, juveniles, ir a Estados Unidos, ir a clinics. Pero al margen he hecho cosas que me sirven para no estar las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año pensando en baloncesto: me encanta la electrónica, llegué a fabricar en los años ochenta unos marcadores que llegaron a más de treinta campos de España, marcadores electrónicos cuando en aquella época se usaban marcadores eléctricos…

¿Cuál es la diferencia, para no perdernos?

Van basados en relés, los americanos los hacían ya pero muy caros y yo los ofrecía más baratos. Por ejemplo, los marcadores de treinta segundos de posesión, que ahora son de veinticuatro, costaban un dineral y nadie los quería poner pero los míos resultaban más asequibles.

Ingeniería informática pura y dura.

Sí, yo estudié ingeniería de telecomunicaciones aunque no la llegué a terminar, pero no lo hacía para buscarme un porvenir sino para distraerme de alguna manera del baloncesto. También me encanta la informática o juego a otros deportes como el tenis. Otra pasión es la fotografía (al final de la entrevista, Aíto compartiría con Lupe, la fotógrafa, varias de sus fotos de pájaros recogidas en su tableta, con una enorme sonrisa de orgullo en la boca), cosas que me hagan olvidarme un poco de la presión del baloncesto profesional.

Aíto García Reneses para Jot Down 1

Hablando de informática, ¿somos conscientes de cómo ha cambiado el mundo en estos treinta años?

Fíjate si ha cambiado todo, que yo me dedicaba a esto de los marcadores y a tomar estadísticas de cada jugador ya cuando estaba en el Joventut en 1984, cuando nadie lo hacía. ¡Y ahora lo hace todo el mundo! Esto ha sido un proceso muy divertido, al principio la gente decía «yo nunca utilizaré un móvil», luego decían «solo lo utilizaré para hablar» y ahora todo el mundo está enganchado a su teléfono para cualquier cosa.

Empezó su carrera como jugador en el Estudiantes, ¿nunca se ha sentido tentado de volver al Ramiro de Maeztu?

Ya hubo tanteos cuando entrenaba al Cotonificio de Badalona a principios de los 80 y luego ha habido más tanteos… pero nunca han fructificado.

¿Qué habría hecho falta?

Donde he trabajado, siempre he estado a gusto, y cuando he cambiado ha sido porque me había tomado una pausa, no porque pensara en ir específicamente a otro sitio. En cuanto a Estudiantes, siempre ha coincidido que o yo estaba contento en un club o que había alguien trabajando en Estudiantes que merecía mi respeto, así que andar ahora con «a mí el Estudiantes me ofreció tal año…» quedaría mal. Por supuesto, tengo mucho cariño a todos los clubes donde he trabajado y al Estudiantes aún más porque fue donde empecé y estuve diez años y medio como jugador.

Después del Estudiantes, cinco años en el Barcelona. ¿Qué clase de jugador era?

Era un jugador de una capacidad técnica mediana, de una condición física mediana… Un jugador que pensaba, eso sí, pero ni era un buen tirador ni era muy rápido y por eso a los veintiséis años me di cuenta de que era mejor dejarlo.

Pero llegó usted a ser capitán en el Barcelona.

Sí, sí, lo que pasa es que el Barcelona de la época no era el de ahora. Dominaba el Real Madrid sobre todo y a veces el Joventut… el Barcelona nadie sabía quién era, a veces quedaba incluso séptimo u octavo, no era lo de ahora ni mucho menos.

Su primera gran oportunidad como entrenador le llega en el Círculo Católico de Badalona, luego conocido como Cotonificio.

Tuve un amago con el Esparraguera, el equipo del pueblo; les ayudaba mientras era jugador con el Barcelona, iba a algunos entrenamientos, les echaba una mano… pero ya había hecho lo mismo en el Estudiantes con los equipos de minibasket, había dirigido a la selección catalana de minibasket y había sido ayudante de la selección española junior… cuando me retiro es cuando a los dos-tres meses me llega la oferta del Círculo Católico de Badalona pero realmente la mentalidad de entrenador la tengo desde el principio.

¿Cómo se vivió jugar una Korac con un equipo tan pequeño y llegar a semifinales?

Cuando llegué, éramos el segundo equipo de Badalona, ¡y a veces el tercero porque estaba el Sant Josep! Pero, poco a poco, en los últimos cinco años de existencia fuimos de promedio el tercer equipo de España. Nuestro mejor resultado fue cuartos, pero si contamos el promedio de esos cinco años, la regularidad, fuimos los terceros de todo el país, debido al empuje de una directiva, unos técnicos y unos jugadores en unos tiempos en los que la ilusión podía más que cualquier otra cosa.

Del Círculo Católico, justo el primer año de la ACB, pasa al Joventut de Badalona, el único equipo que plantaba cara, con sus limitaciones, a los monstruos Real Madrid y Barcelona, ¿notó mucho el cambio?

Deportivamente, no hubo mucho cambio, porque aunque tenía más tradición, los dos años anteriores había quedado por detrás del Cotonificio. Lo que pasa es que el «Coto» desaparece por problemas económicos y yo pensaba que después de diez años allí me quedaba en la calle y me tenía que dedicar a otra cosa, pero el Joventut, que ya había tanteado otros años, me hace una oferta y en principio mi idea es decir que no porque quería aprender más y tomarme un descanso, pero ese año se produce el cambio de un americano a dos americanos por equipo y a mí me da la impresión de que es un año clave y que no me lo puedo perder si quiero seguir entrenando en el futuro, así que acabo aceptando. Por entonces, lo de los americanos era muy importante por una cuestión deportiva y cultural. Ahora nos da igual porque puedes tener dos checos, dos serbios, un letón… pero entonces sí que era importante y no me lo podía perder porque luego podía notar una falta de experiencia en el manejo del vestuario.

En aquel Joventut se encuentra a un joven Jordi Villacampa, a Rafa Jofresa, a Jose Antonio Montero, a veteranos como Margall… y se trae del Cotonificio a Andrés Jiménez. De séptimos el año anterior pasáis a terceros, ¿sabía ya por entonces que estaba usted ante una generación que iba a cambiar la historia del club?

Margall era el único veterano y esa era una decisión de la directiva tras ver la trayectoria del Coto: sacar jugadores de la casa y establecer una continuidad, no ir fichando veteranos de aquí y de allá como habían hecho en los años anteriores. En cuanto a los jóvenes, había cierta incertidumbre con los Jofresa, Montero o Villacampa pero no con Andrés Jiménez, que ya había sido internacional en el Mundial de 1982. Siempre tienes esa incertidumbre de si un jugador llegará o no llegará, pero aquí sí se veía bastante claro que iba a ser así.

Aíto García Reneses para Jot Down 2

Aquel año el equipo empieza como un tiro, luego tiene un bajón pero acaba jugando las semifinales ante el todopoderoso Real Madrid de esa época. ¿Cómo se vivía desde dentro ese inicio de la era ACB? ¿Hubo de verdad un cambio de poder de Madrid a Barcelona?

Yo creo que eso no se notó. Se notó el cambio de dinámica organizativa, el cambio a la línea de tres puntos, que provocó una enorme división entre los que decían que sí y los que decían que no…

¿En serio? Si eso ya existía en la NBA desde hacía años…

Bueno, imagínate que de repente dicen que un gol de falta vale dos… todo el mundo se quejaría. También decían que no se podía jugar desde tan lejos, que había que jugar desde dentro. Lo que pasaba es que la línea de tres puntos podía servir para abrir espacios a los de dentro porque las defensas tenían que andar con más cuidado. Aquel año el equipo que más triples lanzó y el que segundo mejor porcentaje tuvo fuimos nosotros, aunque teniendo a Margall, a Montero o incluso a Villacampa no era complicado.

Y así, en 1985, vuelve al Barcelona, esta vez como entrenador en medio de una cierta polémica.

El Coto había desaparecido por problemas económicos, y el Joventut también andaba con problemas, así que tenía miedo de que pasara lo mismo y desapareciera —luego no pasó, al contrario, menos aún en la época de Montigalá, Mario Conde y compañía…—. De modo que cuando el Barcelona me hizo la oferta pensé que no me quedaba más remedio que aceptarla porque era una gran oportunidad para ir a más. Hubo polémica por los aficionados del Joventut, que les daba rabia que me fuera al Barcelona, pero sobre todo la hubo por parte de la prensa del Barcelona. Había un tipo de prensa en Barcelona que era muy del Barça porque los periodistas eran muy amigos de los jugadores… y como yo les había ganado con el Cotonificio y sobre todo con el Joventut, no les hacía ninguna gracia que me fuera allí. Me recibieron con los brazos abiertos pero para cerrarlos como una tenaza, así que no estaban muy a favor del fichaje, no.

En su segundo año en Barcelona se vuelve a llevar a Andrés Jiménez, en plena reconversión del puesto de ala-pivot al de alero puro. ¿Cuántas broncas con Antonio Díaz-Miguel le costó ese movimiento?

No, no hubo ninguna bronca con eso. Con alguna otra cosa sí, pero no con eso.

Pues él no se cansaba de decirlo, que igual la reconversión a alero le estropeaba como jugador.

Ya, pero de verdad que no hubo ningún problema: yo tenía mucha confianza con él y la primera vez que se lo llevó, en el Mundial de 1982, fui yo quien le convenció… y luego fue un jugador importante. Jiménez fue primero un «cinco» en Cotonificio, luego lo saqué un poco al puesto de «cuatro», luego un «cuatro» con poste alto… y luego ya fue alternando pero hubo épocas en el Joventut y en el Barça en el que jugadores del Real Madrid como Biriukov o Iturriaga declaraban que no podían ganarle al Barça porque no podían parar a Andrés Jiménez cuando jugaba por fuera: que él sí podía defenderles a ellos, pero ellos no le podían defender a él. Si recuerdas, mediáticamente, se decía siempre que el Real Madrid quería fichar un «anti-Jiménez», aunque en realidad siempre acabó jugando más de «cuatro» que de «tres».

¿Considera que el fichaje de Audie Norris marcó ese período, que obsesionó a sus rivales por encontrar un antídoto?

Yo vi a Audie Norris en San Diego cuando España estaba concentrada para los Juegos Olímpicos de 1984 y me quedé impresionado… y dos años más tarde le veo jugando en Italia, ¡en la segunda división! Estaba en la Benetton de Treviso, que por entonces jugaba en segunda. Su fichaje marca una diferencia porque fue un grandísimo jugador, con un gran carácter pese a sus problemas con las rodillas, porque si no habría estado en la NBA. Era un jugador básico sobre el que pivotaba el equipo salvo el mes o mes y medio que se perdía cada año por lesiones.

¿Cómo era Norris fuera del campo, era fácil de manejar por el entrenador?

Muy fácil. No tuvimos ni un problema. Ni conmigo ni con nadie. A él le gustaba jugar al baloncesto y jugar fuerte, intenso. Se llevaba bien con todo el mundo en el vestuario y fuera.

Se dice que aquel Barcelona jugaba una defensa «karate-press» y que su filosofía era hacer cincuenta faltas para que te pitaran solo treinta. ¿Cómo le sentaron esas críticas?

Mira, lo del «karate-press» se lo inventa la prensa cuando yo estaba en el Cotonificio y si ves cómo se defiende ahora, aquello da risa, porque defendíamos a un metro. ¿Qué pasó? Que nosotros en el Barcelona nos adelantamos a un juego más físico, con defensa más fuerte, y había mucha gente que se unía a la crítica porque ganábamos, y después de que el Madrid hubiera ganado veintitrés de las veinticinco ligas anteriores había que buscar excusas.

Esos comentarios se acentuaron en 1989, cuando el Madrid fichó a Drazen Petrovic y todo el mundo habló de «la liga de Petrovic». ¿Cómo convenció a sus jugadores de que una tercera liga era posible?

Él tenía un talento prodigioso, y además un talento que convence a mucha más gente que el talento que podía tener Norris… Hacía maravillas como las que puede hacer Sergio Rodríguez, la gente estaba prendada, y la verdad es que nosotros no podíamos pararle, no solo por él sino porque los otros jugadores estaban más libres al acaparar tanta atención. Lo que hicimos los últimos meses de la temporada fue practicar en secreto un tipo de defensa que era un «1 y 4» [N. del R. un tipo de defensa que consiste en que cuatro jugadores se colocan en zona mientras el quinto se pone en individual con la estrella rival], y la pusimos en práctica en el quinto partido de la final, de manera que ellos atacaban con cuatro porque a Petrovic ni le buscaban. Piensa que Petrovic venía de meter 62 puntos en la final de la Recopa y eso a mucha gente del Madrid no le había gustado y querían tener su parte de protagonismo, así que ese día, como tenían más oportunidades, se la jugaba Martín o se la jugaba Villalobos o se la jugaba Biriukov. Eran muy buenos, pero no eran Petrovic. Pasó de tener siempre el balón en las manos a no tenerlo y en esa dinámica conseguimos ganarles. Solo tenía que convencerles de que esa táctica era buena y era posible… aunque, ojo, ya les habíamos ganado antes sin el «1 y 4». En la última jornada de la liga regular les ganamos en su campo y por eso conseguimos la ventaja campo en la final. Antes de ese partido, eso sí, nos ganaban siempre y teníamos que aguantar que la prensa empezara con el «1-0, 2-0, 3-0, 4-0, 5-0…» que eran todas las veces que nos había ganado Petrovic.

¿Ha vuelto a ver el arbitraje de Neyro en aquel partido?

Sí, pero yo estoy completamente en contra de que ese arbitraje tuviera influencia en aquel partido, lo que pasa es que hay que situarse en ese momento, muy difícil para él, y ahora lamento no haber salido en su defensa, aunque no me correspondía, porque no intervino. Lo que pasó es que no buscaban nunca a Drazen, jugaban los demás, ese fue el problema. No tuvo ninguna incidencia el arbitraje de Neyro, que en paz descanse.

Aíto García Reneses para Jot Down 3

¿Qué papel tienen los árbitros en un partido de baloncesto?

Puede ser muy decisivo y a mí no me importa nada que sea decisivo por un error, que es en lo que la mayoría de la gente se fija, sino por una tendencia de pitar a unos más que a otros. Eso es lo que puede marcar una diferencia.

Recientemente, Juan Carlos Arteaga ha denunciado en Marca que le intentaron sobornar antes de una final europea y que «le consta» que otros hubieran aceptado, ¿ha tenido usted esa sensación a lo largo de su carrera?

Bueno, vamos a ver… si nos remontamos a los tiempos de la FIBA, sí, pero no puedo decir nada porque no tengo ninguna experiencia que pueda probar. Es verdad que se notaban cosas raras, lo que no quiere decir que se comprara o no un partido sino que había «otros intereses» más políticos que influían cuando el baloncesto era menos profesional.

Es imposible hablar de aquel Barça de los ochenta y noventa sin hablar de la Jugoplastika. ¿Tan superior era a su equipo o era una cuestión más bien mental, algo parecido a lo de Federer con Nadal?

La Jugoplastika no era conocida para la gente de entonces y lo fácil era ponernos a nosotros de favoritos, pero es que esta gente tenía a Tabak o a Naumoski de jugador número once o doce y los titulares eran Toni Kukoc, Dino Radja… aunque no tuvieran el cartel que teníamos nosotros. Por otra parte, hay que decir que José Luis Núñez, que ayudó muchísimo a la sección, tenía una máxima y era que ningún jugador del equipo de basket podía cobrar más que un jugador del equipo de fútbol. Eso evitaba muchos fichajes y dificultaba hacer un equipo más competitivo.

¿Y a qué jugador le hubiera gustado fichar que no pudo?

[Sin dudarlo] A Sabonis. Al final se fue al Fórum y luego al Madrid y lógicamente no fue porque nosotros no le interesábamos, sino porque pusieron más dinero.

Aparte de Kukoc, ¿qué otro jugador de la Jugoplastika le hacía la vida imposible?

Pues Dino Radja, Ivanovic, Perasovic cuando salía… Cuando tienes un jugador del talento de Toni Kukoc te pasa algo parecido a lo que pasaba en Valladolid cuando jugaba Sabonis, que los demás compañeros parecían maravillosos aunque no lo fueran tanto.

Ficharon a Savic y a Maljkovic y pasó usted a los despachos, ¿fue una decisión suya o no quedó más remedio?

Lo propuso Salvador Alemany, el director de la sección. Había mucho ambiente en contra y me pidió que hiciera yo de general manager y ficháramos a otro entrenador y en este caso fue Maljkovic.

¿Qué pasó exactamente con Maljkovic, por qué la cosa se enquistó de aquella manera tan desagradable?

Se enquistó porque Maljkovic debía de pensar que triunfar en el Barça era automático y cuando vio que no era verdad empezó a pedir fichajes como loco y, claro, la Jugoplastika en Yugoslavia fichaba a quien quería en aquel momento pero el Barcelona en España no podía fichar a quien quería sin más, no es como ahora, que hay mucho más mercado. Entonces había muchos equipos con suficiente presupuesto como para defender sus jugadores y sus plantillas. No se podía fichar como él quería y la pagó conmigo, echándome la culpa a mí.

¿Han limado asperezas con los años o siguen sin hablarse?

Seguimos sin hablarnos.

La salida del club de Iñaki Solozábal tampoco fue ejemplar.

Hay que ponerla en contexto: cuando sale en 1992, la ley del deporte obligaba a los clubes a convertirse en Sociedades Anónimas Deportivas salvo que tuvieran superávit… y si se convertían en SAD, los directivos tenían que avalar. En el Barcelona no querían y había que hacer una reducción impresionante de presupuesto. Además, después de un año y medio en el que el club había visto mi pelea con Maljkovic desde dentro, no desde fuera, y sabía quién había aguantado a quién, decidieron como agradecimiento darme de nuevo el banquillo. Eso fue el año del tercer extranjero, todos tenían uno y nosotros queríamos fichar a Mike Jones, pero ya te digo que no había dinero así que había que prescindir de gente y como teníamos a Galilea y Montero, confiamos en ellos y prescindimos de Solozábal. Se montó un zipizape impresionante en la prensa pero el hecho era ese: si queríamos que se quedara Solozábal no podíamos fichar a Mike Jones y de hecho nos quedamos con un equipo muy flojo pero que dio un rendimiento buenísimo, uno de los mejores de mi historia en el Barça.

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¿Compensó echar a Solozábal para traer a Mike Jones?

Lo que no podíamos era competir con un extranjero menos que los demás. Todos ficharon un tercer extranjero y nosotros también teníamos que hacerlo, hubiera sido una desventaja aún mayor.

El otro problema de la 1992-93 fue aquella bronca con la prensa con Joaquim Costa de por medio, ¿no cree que se podría haber manejado la situación de otra manera?

Ojo, que la bronca con la prensa es del primer día, desde que fiché en 1985… Fíjate, tenía una señora de pelo blanco detrás del banquillo que me gritaba en todos los partidos: «Madridista, madridista» y ya ves, yo puedo ser madrileño, pero madridista no, que yo soy del Estudiantes. Lo que pasa con Joaquim es que cuando yo vuelvo al Barcelona les digo que no voy a hacer entrevistas con determinado medio de Barcelona.

¿Qué medio?

No lo voy a decir, no tiene importancia. Es un medio que mentía sobre mí y que incluso cuando le mandamos una grabación que desmentía una noticia suya se negó a publicarla. Lo tenía incluso en el contrato, que no tenía obligación de atender a la prensa, pero la ACB al cabo de dos o tres jornadas me dice que es obligatorio que el primer entrenador dé rueda de prensa después de cada partido y yo tuve aquella idea, que reconozco que fue un error, de que Costa apareciera como primer entrenador del equipo y diera él las ruedas de prensa. Digo que fue un error porque no sirvió para nada y siguieron haciendo lo mismo… aunque con el tiempo yo creo que en el fondo la señora de pelo blanco acabó rectificando y muchos de mis enemigos han acabado reconociendo mi trabajo, lo cual es un elogio para ellos

Veníamos de dos años de dominio del Joventut y cuando vuelve usted el Madrid ficha a Sabonis y tiene todo un equipo por reformar: Norris se va a Grecia, Solozábal ya no está y en su lugar encontramos a chavales como Galilea, Esteller, Oliver Fuentes… ¿cómo enfoca la reconstrucción del equipo?

La idea era que si no podíamos ganar, al menos que los Montero, Galilea, Esteller… pudieran crecer como jugadores y formar una base.

Poco a poco, va «endureciendo» el equipo, con fichajes como Quique Andreu, Tony Massenburg, Salva Díez…

El caso de Salva Díez es paradigmático de aquel momento: Salva Díez jugaba en el Valencia y el Valencia no lo quería ni entre sus diez mejores, así que ni siquiera era endurecimiento como tal sino buscar estabilidad dentro de nuestras limitadas posibilidades. Gente con menos talento pero más asentados.

¿Cómo era jugar contra Sabonis en esas circunstancias?

Terrible. Me acuerdo de una vez que jugábamos en Madrid y yo tenía a un americano que era buenísimo en el terreno personal, se llamaba Peplowski

¡El mítico Mike Peplowski!

Ese. Bueno, pues Peplowski antes de jugar contra el Madrid dijo en la prensa que no le asustaba jugar contra Sabonis porque él había jugado en la NBA y Sabonis, no. Fíjate la mentalidad de aquella época. Pues luego, Peplowski metió 4 o 6 puntos y Sabonis, 32 [risas]. Aunque también hay que decir que gracias al trabajo de equipo, Peplowski incluido, aquel año el Barcelona le gana la liga al Real Madrid…

Lo suyo con Sabonis es verdadera admiración.

Pues sí. Mira, te voy a contar una cosa: una vez dirigí a la selección europea contra la Jugoplastika y seleccioné a Sabonis, que por entonces jugaba en el Valladolid y, no sé por qué motivo, si tenía molestias o qué, pero Stankovic, el presidente de la FIBA no me dejó llevarlo. Y no pude volver a tener una oportunidad… Es más, te voy a contar otra cosa de Sabonis: yo iba a Estados Unidos a las ligas de verano y en los ochenta había un entrenador especializado en defensa, ahora no recuerdo el nombre, que hacía técnica individual con Norris y era famoso por coger hombres altos y convertirles en mejores jugadores trabajando muy duro con ellos. Por entonces, para ellos, fuera de Estados Unidos el baloncesto no existía, pero este hombre había ido a los Juegos Universitarios de Japón y había visto a Sabonis y delante de cinco o seis entrenadores de la NBA me preguntó: «¿Tú crees que Sabonis podría llegar a jugar en la NBA?» y yo le dije: «Si se adapta a la vida americana, no solo podría jugar sino que se convertiría en uno de los cinco o seis mejores pivots de la liga» y entonces el tío se gira y suelta: «¿Veis? ¡Lo que yo os estoy diciendo!».

Eran los tiempos en los que ningún europeo había llegado a debutar siquiera sin haber pasado por una universidad americana, entiendo.

Sí, sí. Sabonis era excepcional. Era un base con una altura enorme y si no se hubiera lesionado en el tendón de Aquiles habría triunfado mucho más de lo que ya triunfó cuando fue con treinta años. Jugaba de todo, de lo que quisiera.

Aíto García Reneses para Jot Down 5

¿Cuántas veces ha visto repetido el tapón de Vrankovic a Montero?

Algunas veces… pero no de manera obsesiva, por lo que te he dicho antes de los árbitros. Hay mucha gente que me critica por no haber ganado la Copa de Europa, la que hubiera sido la primera del Barcelona. Yo eso lo respeto pero también valoro otras cosas… en aquel momento los árbitros reconocieron que se habían equivocado y siendo una jugada puntual pues ya está, a cualquiera le podría haber pasado.

¿Le dio la mano a Maljkovic después de esa final?

Supongo que sí, supongo que sí… ¿Había entrenado ya al Barcelona por entonces?

Sí, sí, de ahí que se vendiera también como un pique Maljkovic-Aíto.

Ah, pues entonces no [ríe].

Al año siguiente repite final, la cuarta de su carrera con el Barcelona, y vuelve a perder ante el Olympiakos de David Rivers, ¿sintió en ese momento que el sueño de la Copa de Europa se le escapaba para siempre?

No, no, porque hay equipos que en un momento determinado llegan a lo máximo y luego desaparecen, pero el nuestro no era así. Mis equipos nunca han sido así. Ni con el Joventut ni con el Barcelona. Incluso cuando yo me voy van a mejor, no es en plan «yo quemo las naves y que sea lo que sea». No, no, sabíamos que tarde o temprano el club lo conseguiría porque estábamos trabajando para ello.

Cuando regresa al banquillo tras otro año sabático, hay dos chavales prometedores que empiezan a entrenar con el primer equipo: Juan Carlos Navarro y Pau Gasol, ¿se veía tan claro que serían las estrellas que iban a ser?

En cuanto a lo del año sabático, la verdad es que estaba cansado de tanta crítica, era todo un poco horrible. Ahora me elogian más, pero entonces me estaban machacando todos los días y era inaguantable, así que decidí retirarme un año para volver luego. De Navarro me acuerdo que las metía desde cualquier lado. Su hermano jugaba en el junior y en el descanso él salía al medio campo a tirar; la pelota era más grande que él pero empezaba «bum-bum, bum-bum, bum-bum» y las metía todas. ¡Y eso que era un mico! A Pau le recuerdo como un jugador muy delgado y muy alto… y que era muy inteligente. Los entrenadores de cantera trabajaron mucho con él en técnica individual y tuvo probablemente la ventaja de que, al no ser fuerte, pues jugaba tanto por dentro como por fuera, incluso más por fuera, eso hizo desarrollar su talento en vez de ponerle a coger rebotes y ya está. Es uno de los jugadores más inteligentes que hay, muchas veces la gente piensa que lo importante es meter puntos, coger rebotes, poner tapones… pero lo importante es la inteligencia, saber con quién juegas, cómo son tus compañeros, tus rivales. Eso Pau lo veía desde el principio y en eso el entorno familiar también ayudaba mucho. Es verdad que había que estar a veces un poco encima de él en la intensidad porque era muy de «a mi ritmo», pero trabajaba una barbaridad, tenía técnica individual a las siete de la mañana y al salir de clase, casi por la noche.

Es curioso porque con usted empezó jugando de alero y en la NBA ha hecho casi toda su carrera de pívot puro, incluso se queja cuando no recibe abajo.

Yo creo que su posición ideal es la de «4» y de hecho ahí acabó jugando en el Barcelona. Es cierto que al principio empezó de alero porque no era muy fuerte y nos ayudaba en el rebote, en llevar el contraataque… incluso le quitó el sitio a Gurovic. Pero ya el año de su explosión jugó de ala-pivot y si no hubiera tenido aquella apendicitis muy probablemente habríamos sido campeones de Europa, pero es que en el partido decisivo de aquella edición, contra la Benetton, no solo teníamos fuera a Pau Gasol sino que además se lesionó Jasikevicius.

¿Cómo se tomó Pau que dijera que no estaba preparado para la NBA cuando dio el salto en 2001?

Pau tenía veinte años y no había ido nunca a Estados Unidos, por eso lo dije, pero tuvo la suerte o el acierto de ser el número tres del draft, un récord para un europeo por entonces, y caer en un equipo que no estaba muy bien y le necesitaba. Luego él lo hizo muy bien y estamos todos muy orgullosos.

¿Fue Rony Seikaly su Lamar Odom particular?

En cierta medida, sí, también llevaba un año sin jugar, un poco aparte del baloncesto… Hacía partidillos, poco más. A mí me gustaba cómo jugaba y en el club estaban buscando un fichaje espectacular. Por mucho que cuenten, a mí si me dicen que me fichan a LeBron James, yo encantado, así que les dije «Venga, vamos a intentarlo», pero, claro, es un jugador que lleva un año parado y que ya en la pretemporada se ve que no rinde bien y menos en competición. Si él hubiera tenido más humildad, si hubiera seguido trabajando, si hubiera aceptado otro rol… habría podido continuar, pero el equipo se jugaba los cuartos en la Copa de Europa y no podíamos contar con él.

Todavía en 2007, andaba DJ Seikaly diciendo que era usted el peor entrenador que había conocido con diferencia, ¿qué demonios le hizo para que le tenga tanta manía?

Muy bien, estupendo, habrá tenido a entrenadores muy buenos. ¿Qué le hice? No sacarle en el partido de Londres, eso es todo [Seikaly jugó doce minutos en aquel encuentro contra los London Towers pero no anotó ni un punto, se negó a viajar con el resto del equipo y ya negoció directamente la rescisión de su contrato].

Aíto García Reneses para Jot Down 6

En 2002 deja el Barcelona con nueve ligas en su palmarés y justo al año siguiente, el club gana por fin la Copa de Europa. ¿Qué sensación tuvo? ¿Le dio un poco de rabia?

No, lo que pasó es que ya no estaba Núñez y el año anterior nosotros pedimos a Fucka pero no lo pudimos fichar, y ese año no solo trajeron a Fucka sino también a Bodiroga.

¿Por qué se decide a aceptar la oferta del Joventut para volver a los banquillos en 2003 después de haberlo ganado todo y ya a los cincuenta y siete años?

Me decidió el proyecto porque se parecía mucho al que habíamos puesto en marcha en los años ochenta incluso con exjugadores de entonces como Villacampa ahora como directivos: apostar por los jóvenes con algunos veteranos como apoyo.

En ese equipo no están Gasol y Navarro sino Ricky Rubio y Rudy Fernández.

Bueno, cuando yo llego, Ricky todavía va con chupete [risas]. El que sí estaba era Rudy, que fue una sorpresa tremenda porque jugaba en el junior y no había jugado casi en ACB. Tomamos la decisión de quedarnos con Paco Vázquez y no con Juan Alberto Espil precisamente para dejar espacio a Rudy y pasó de ser un buen jugador que se quedaba por la zona un poco perdido intentando robar algún balón a jugar al mejor nivel en la Copa del Rey de 2003, convertirse en una estrella inmediatamente de la liga y conseguir el MVP de aquel año incluso perdiendo la final, que es algo complicadísimo y muy inhabitual, más con diecinueve años.

¿Los jóvenes talentos le aparecen casi por azar o tiene un sexto sentido para encontrarlos?

Obviamente, he trabajado mucho con jóvenes y he estado en equipos donde siempre han apostado por los jóvenes: en el Barcelona, las dos etapas del Joventut, ahora en el Cajasol. Si no se dieran esas condiciones, no se podría apostar por los jóvenes, ni yo ni nadie, nunca sabríamos hasta dónde podrían llegar porque no jugarían directamente.

¿A qué jugador siente que no consiguió sacarle todo lo que llevaba dentro? ¿Cuál es su espina clavada?

No te puedo decir ninguno en concreto, pero la mayoría ha sido por falta de cabeza, no de talento. Por no querer sufrir, no querer trabajar… muchos que prometían mucho viéndolos pero no tenían la mentalidad necesaria. Al revés, sí me ha pasado: pensar que alguien no iba a llegar y luego acabar de titular fijo. Me pasó en el Coto, que necesitaba a un jugador secundario, de quince minutos por partido y era complicado, porque por entonces los jugadores estaban acostumbrados a jugar cuarenta minutos y adaptarse a tan poco tiempo requería mucho esfuerzo. Bueno, pues me quedé con Francisco Pascual pensando que él sí iba a adaptarse a esos pocos minutos… y acabó de titular y jugando casi todo el partido porque lo hacía de maravilla.

Un amigo mío me ha dicho: «Pregúntale a Aíto por qué no dejó madurar a Ricky, por qué no dejó que fuera el jugador que parecía que iba a ser». Visto desde una distancia de casi diez años, ¿hacerle debutar tan pronto cortó su trayectoria o la disparó?

Tiene que seguir progresando pero en su momento le vino muy bien. Un chico que debuta en ACB con catorce años en un desplazamiento y es decisivo, que a los dieciséis ya es titular indiscutible, finalista en unos Juegos a los diecisiete… Es fabuloso, y además va a seguir progresando porque si de Pau decíamos que era inteligente, Ricky lo es aún más.

¿Conseguirá mejorar el tiro de una vez?

Si te fijas, va mejorando cada año su porcentaje. Esto es un sambenito que le cayó en su último año en el Barcelona pero en los dos años anteriores con el Joventut y también en el Barça había superado el 40% en triples… y en los últimos años en la NBA va mejorando poco a poco y estoy seguro de que seguirá mejorando.

2008 es otro de sus grandes años: el Joventut gana ULEB y Copa del Rey y la FEB le elige para entrenar a la selección en los Juegos, ¿cómo vivió la polémica entre Sáez y Pepu Hernández? ¿Le resultó desagradable?

Pues lo vi como un espectador externo, pero cuando ya fue un hecho y contaban conmigo y yo vi que era un buen momento para ir a la selección, decidí aprovecharlo y dejar a un lado las circunstancias anteriores.

Una de las cosas que se filtraron era que Pepu tenía un acuerdo con Unicaja y por eso no se centraba en la selección… pero quien en realidad acabó fichando por el club malagueño fue usted, ¿por qué se enturbió todo tanto?

Cuando yo llego a la selección hablo con Pepu y él me explica muchas cosas sobre el equipo que a mí me ayudan mucho luego a hacer mi trabajo. Me quedo con eso, lo que ande diciendo la prensa a mí me da igual, que digan lo que quieran.

¿Los jugadores no estaban un poco en estado de shock? Porque en el mundo del baloncesto desde luego hubo una marejada importante.

Pero dentro del vestuario, no. No percibí absolutamente nada: entrenaron maravillosamente y compitieron mejor.

Vamos a los Juegos, ¿qué chip cambió en la plantilla para pasar de perder por cuarenta en la primera ronda ante EE. UU. a estar a punto de ganarles en la final?

Yo creo que tuvimos unos Juegos Olímpicos muy regulares. La gente no entiende cómo puedes perder un día y luego ganar otro y volver a perder y luego ganar… pero cuando llevas muchos días fuera de casa y llevas días conviviendo, es muy fácil hablar pero más difícil hacerlo. Tuvimos muy buen nivel todo el campeonato, y el día de Estados Unidos en la liguilla no teníamos ninguna motivación porque lo importante era clasificarse y ya estábamos clasificados. Otra cosa era la final, porque podíamos estar contentos solo por estar ahí pero algunos conseguimos convencer al grupo de que si teníamos un 1% de posibilidades de ganar había que jugar por ese 1% y estuvimos a punto de conseguirlo.

Alrededor de la selección sabe que hay leyendas de todo tipo, ¿cuánto hay realmente de autogestión en ese equipo?

Conmigo muy poco, desde luego. Antes de empezar, hablé con Pau y dentro del campo yo no noté ninguna diferencia con otros equipos que había entrenado. Cuando hablamos de autogestión podemos hablar de dos cosas: una es que el jugador sienta una cierta libertad para hacer las cosas, que eso es bueno, demuestra inteligencia y confianza y hay incluso que fomentarlo… Otra cosa es no hacer caso al entrenador, pero es que yo contaba con la ventaja de haber trabajado ya con Ricky, Rudy, Navarro, Pau, Mumbrú… y ya conocían cómo respiraba yo y yo conocía cómo respiraban ellos.

A Scariolo le han metido palos por todos lados y en cuatro años ha ganado dos Europeos y una plata olímpica.

Todo el mundo puede juzgar lo que quiera, pero lo que luego hay que hacer es mirar los resultados. Puedes jugar más brillante, menos brillante… Este verano ha pasado lo mismo: han jugado sin Navarro, Ibaka, Pau, con Marc Gasol casi como único pívot, bueno, junto a Xavi Rey… y ya la gente cree que por el mero hecho de haber ganado vas a ganar siempre y se critica una medalla de bronce. En los últimos quince años, la selección ha sido siempre la segunda mejor selección del mundo, su nivel es casi casi inmejorable.

Después de España, Unicaja. Un equipo con posibilidades, buenos jugadores, buen presupuesto, campeón de ACB un par de años antes con Garbajosa de estrella… que además se refuerza con Carlos Jiménez, al que usted pasa al puesto de ala-pivot, ¿qué le faltó a ese equipo para conseguir más cosas?

El club tendría que haber definido mejor lo que quería. El equipo había sido campeón dos años antes, pero venía de quedar octavo en la liga regular aunque jugara la Euroliga. En mi primer año quedamos terceros en liga regular y perdimos la final de Copa en Madrid en la prórroga [contra el Tau Vitoria, 98-100]. Yo escribí entonces un artículo en mi blog que se llamaba «Y yo que estaba tan contento…», porque aquello me parecía extraordinario, pero no todo el mundo pensaba igual. Y no hablo del público sino más bien del club. Les ha faltado una estabilidad y creer en una línea de trabajo: al año de echarme a mí echan a Chus Mateo y después vuelven a echar a Luis Casimiro para traer a Paco Segura y así sucesivamente…

Cuando le despiden en 2011, ¿tiene la sensación de que el baloncesto profesional ha acabado para usted?

Yo siempre que he dejado un club he tenido esa sensación, lo que pasa es que al cabo del tiempo me vienen y me ofrecen algo. Me voy del Barcelona y me ofrecen el Joventut. Me voy de Málaga y me ofrecen Sevilla…

¿Qué es lo que le atrae de ese proyecto?

De entrada era la oferta que tenía. No es verdad, tenía otras ofertas y muy interesantes, pero no me quería ir al extranjero.

Perdone que le interrumpa, ¿nunca ha tenido grandes ofertas de clubes extranjeros en los ochenta o en los noventa?

¡Y de españoles! Pero yo siempre estaba con equipo y si estoy a gusto en un equipo, no me voy. Y cuando lo he dejado yo han aparecido Joventut y Cajasol, que es un equipo estable y además tiene una línea clara con los jóvenes: fichan a Satoransky, que cuando llega aquí hace cinco años no era nada, ni siquiera físicamente, o a Porzingis, que venía de jugar un europeo junior. A mí me traen para que esos chicos aprendan y cuando aprenden, si me parece oportuno, los puedo vender por mucho más dinero y si no se quedan y que sigan aprendiendo.

¿Será Satoransky su siguiente aportación a la NBA?

No, a la NBA yo no quiero aportarle nada, ¡a mí la NBA me da igual! Yo quiero aportar jugadores al baloncesto. Ha habido jugadores buenísimos que no han estado nunca en la NBA, como Bodiroga, y han sido una aportación al baloncesto. Satoransky tiene unas virtudes claras pero que estaría bien que las complementara con otras que todavía tiene que perfeccionar. Por ejemplo, físicamente es extraordinario, pero en comprensión de juego tiene que ir mejorando todavía.

Cuando todo esto acabe, ¿dónde le gustaría pasar su jubilación: en su Madrid natal, en su Barcelona de adopción o en la Andalucía que le ha acogido estos últimos años?

De momento, hasta final de temporada espero seguir en Sevilla, luego ya dependerá de qué quiere el club y qué quiero yo. Pienso a un año vista, pero igual hago como Nacho Pinedo y muero con las botas puestas, en la cancha de baloncesto, la verdad es que no lo he pensado…

Aíto García Reneses para Jot Down 7

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Guillermo Ortiz: El último zarpazo de John «Oso» Pinone

Nadie ha remontado jamás un 2-0 en play-offs y Estudiantes se enfrenta a la vez a la historia y a su mayor enemigo, el Real Madrid. Estamos en el Palacio de los Deportes, la cancha que comparten ambos equipos, solo que esta vez el local es el club blanco, media la segunda parte, y los chicos de Caja Postal-Argentaria empiezan a subirse a las barbas de los anfitriones anotando triple tras triple: Vecina, Cvjeticanin, Vecina de nuevo y por último Alberto Herreros. Es el último baile de una generación llamada a plantar cara a los grandes pero que sorprendentemente va rumbo de quedarse en casi nada. La euforia de Estambul y la Copa del Rey de Granada.

La media de edad sigue siendo insultantemente baja: ni Azofra, ni Herreros, ni Pablo Martínez, ni Juan Aísa, ni Alfonso Reyes alcanzan los veinticinco años. Junto a ellos, Winslow está en veintiocho, igual que Vecina; Orenga en veintiséis, el carismático «Yeti» en veintinueve… y el único que supera la treintena es el capitán, un hombre fornido tirando a barrilete, el pelo rubio ya casi desaparecido de la coronilla y manos de leñador: John Pinone, quien, a los treinta y dos años, afronta el que puede ser su último partido con el que ha sido su único club en Europa.

Pinone, estrella universitaria en Vilanova, mundialista con la selección de Estados Unidos en Colombia 1982, había sido la representación del jugador de Estudiantes durante los años ochenta, el «espíritu del Magariños»: un tío limitado físicamente, pero lleno de coraje e inteligencia. Un pillo. Un hombre que bajaba la mano cuando tenías el balón agarrado debajo del aro, listo para el mate y te arrancaba de un zarpazo todo lo que pillara por el camino, cara de incredulidad y brazos en alto pidiendo una personal que los árbitros no van a pitar porque es Pinone y punto y mejor no haberte metido ahí con él.

A John ya le llamaban el Oso en Vilanova por su enorme físico y el apodo gustó mucho entre la Demencia, combinándolo en un «Pinoso» que se repetiría en las gradas durante nueve temporadas. El año anterior había sido elegido MVP de la Copa del Rey y levantó la copa de campeón. Fue algo testimonial. Un homenaje. Pinone hacía tiempo que no era el jugador más valioso de la liga ni de su equipo, era simplemente el hombre en el que se anclaba todo el armazón, la base para que los Herreros, Winslow y compañía anotaran sin desmayo.

El problema es que a Pinone el futuro le ha pillado relativamente joven. Un año perdió algo de velocidad lateral y al siguiente apenas podía defender en condiciones ni generarse sus propios tiros. El baloncesto moderno se llenó de pívots más altos y a la vez más ágiles. Pinone se las había visto con grandes moles sin demasiada habilidad y había competido con tipos bajitos y listos, sí, pero siempre menos que él. Lo de ahora es otra cosa. Lo de ahora es una sucesión de Joe Arlauckas tirando de cinco metros como máquinas, corriendo contraataques, machacando el aro y saltando como aleros.

Pinone ha envejecido demasiado rápidamente y en la prensa se habla de su retirada, una retirada que tiene que ver con una directiva que se niega a renovar al alza un contrato ya de por sí muy jugoso. Son los tiempos en los que las Cajas dan y no miran, pero no conviene estirar demasiado la cuerda: Estudiantes ya tiene un pívot inteligente en Rafa Vecina y algo parecido a una estrella defensiva en Juan Orenga. Por detrás, llaman a la puerta Alfonso Reyes, Iñaki de Miguel o Ángel Castilblanque… y Miguel Ángel Martín no ha ocultado en todo el año su deseo de hacerse con uno de esos nuevos ala-pívots tipo Harper Williams que asombran en equipos de mitad de tabla. Al talento había que añadirle físico para ser competitivos, piensan en la calle Serrano… pero se equivocan.

Al Estudiantes siempre le fue bien esa mezcla de talento y picardía y no hay más motivos para cambiar que esa insatisfacción constante del nuevo rico que no sabe dónde colocar el jarrón chino. Eso piensa Pinone en el banquillo, viendo como sus compañeros remontan ante el Madrid, los Ojos del Tigre silenciados ante la artillería colegial, los chicos de la Demencia en el último aro del Palacio, recluidos en una esquina, cortesía de los anfitriones, que quisieron colocarles —y con razón, aquí se están jugando una final— lo más lejos posible del campo, donde no se les pueda oír, donde dejen a sus chicos más solos que nunca en el peor momento.

Ante todo, seguro que piensa Pinone, ese equipo aún necesita un líder. Todo el mundo está convencido de que a su retirada como jugador, llegue cuando llegue, le seguirá una carrera fructífera como técnico. Todo el mundo, de nuevo, se equivoca. Pinone sueña con seguir un año más y, si no, volver a su país, perderse en alguna ciudad pequeña con su familia, montar su propio negocio y como mucho entrenar en el colegio o el instituto de su hijo, como hacen en las películas.

En cualquier caso, tiene razón: el Estudiantes necesita un líder porque no lo tiene, porque Azofra está a punto de marcharse al Caja San Fernando, porque Winslow ha dimitido, celoso, tras darse cuenta de que Cvjeticanin es el alero preferido por el entrenador y porque ni Herreros ni Orenga ni Vecina tienen el carácter necesario para echarse a un equipo a las espaldas. No es su punto fuerte. Excelentes soldados sin intención alguna de convertirse en caudillos. Chicos demasiado jóvenes o recién llegados que no pueden hacerse con el mando de una plantilla con un entrenador dando sus últimas boqueadas y unas expectativas dentro y fuera del club desmedidas, agobiantes.

El baloncesto, da la sensación en ocasiones, ha dejado de ser divertido, y eso es lo único que el Estudiantes no se puede permitir…

… Lo que no quiere decir que no haya momentos excelsos, de euforia. El momento, por ejemplo, en el que Alberto Herreros anota desde una esquina, golpea en la mesa de anotadores con rabia porque no está teniendo su mañana, y vuelve a defender encorajinado porque quedan siete minutos y el Estudiantes va ganando por cinco puntos de ventaja, una diferencia casi testimonial pero que invita a soñar con lo que hemos dicho que es un milagro: remontar un 2-0 en play-offs y eliminar al primer clasificado de la liga regular en su propio campo. El Real Madrid de Sabonis, Rickie Brown, Mark Simpson, Chechu Biriukov, Antonio Martín y el muy odiado José Miguel Antúnez.

Hartos de ver cómo el partido se escapa por el juego exterior, Clifford Luyk pide tiempo muerto y reorganiza el ataque recurriendo a lo básico: tienes a Sabonis, ¿no? Pues dale la bola a Sabonis y si Antúnez se ve incapaz de hacerlo, pues que lo haga José Lasa. La carga del Madrid va de afuera adentro y funciona pese a que Orenga tiene maña para defender al gigante lituano, probablemente sea el que más se acerca a un anti-Sabonis de toda la liga, especialmente por su capacidad para anticiparse a la recepción, defender por delante sabiendo que por detrás hay muy poco que hacer. Esta vez la defensa también es buena, pero Sabonis se va a diecinueve puntos y diez rebotes. Esa desidia suya con la que alcanza la excelencia. Un caso irrepetible.

Si Vecina mantiene al equipo con el tiro exterior, sacando a Brown o a Martín de posición, y Orenga tiene que cebarse con Sabonis, ¿qué sitio hay para Pinone en el campo? Ninguno. Es un momento triste porque en el fragor de la batalla nadie se da cuenta de que el héroe no está y en ese momento, obviamente, el héroe ha dejado de ser héroe y tiene que ceder la capa, el antifaz y hasta los calzoncillos. Pinone arenga toalla en mano desde el banquillo, juega unos pocos minutos y vuelve inmediatamente porque el Madrid se escapa y él no es capaz de generar juego alguno: cuatro puntos en poco más de veinte minutos, mucho menos de lo que jugarán sus dos compañeros de rotación. Una canasta en cuatro intentos. ¡Una canasta, qué broma es esta!

Pinone empezó su carrera en el Estudiantes allá por 1984 debutando contra el Real Madrid en el Pabellón de la Ciudad Deportiva y en el banquillo ve cómo terminan sus años europeos también contra el Real Madrid, también en tierra extraña. ¿La diferencia? Aquel Estudiantes venía de luchar por evitar el descenso en el último partido y este es el cuarto mejor equipo de España, semifinalista por cuarto año consecutivo. Cuando el último arreón no llega y la lógica se impone 81-77, el Madrid de Sabonis a un paso del doblete liga-copa que conseguirá tras batir en cinco partidos al Joventut de Badalona, la afición madridista aplaude satisfecha y por los altavoces suena, como al principio del partido, el «Eye of the tiger» de la película Rocky traducido a capón, a la española, como «El ojo del tigre» en vez de «La mirada del tigre».

En su reducto, arriba del todo en una esquina, la Demencia sigue pidiendo que los toreros salgan… y los toreros, lógicamente, salen. Derrumbados, agotados, anticipando que la siguiente temporada será una cuesta arriba constante, pero salen. Cuando ya han vuelto a los vestuarios, el Palacio vacío, la policía esperando para llevarse a los chicos a los autobuses y evitar los habituales incidentes de principios de los noventa con Orgullos Vikingos o semejantes, el cántico se transforma en un «Que salga Pinoso» y posteriormente, medio en broma, como si no se nos hubiera acabado de romper el corazón, un «Si no sale Pinoso, no nos moverán» a un ritmo que recuerda más a Pancho y Julia en Verano Azul que a Joan Baez.

Y Pinoso se hace de rogar, como si estuviera aún negociando su renovación antes de salir de la ducha, una renovación que no llegará, que todos sabemos que no llegará y él también, así que para qué hacer esperar a los chavales. Pinoso sale, aguanta las lágrimas, aplaude, y por un momento todo el campo es suyo; por un momento vuelve a ser el héroe. Ni Sabonis ni Biriukovs ni Lasas. Él. El hombre de la única canasta es el más querido de esa mañana de domingo. El más querido de los últimos nueve años. Un día, en un partido de esa última temporada, alguien me dijo: «Si la afición vuelve a silbar a Pinone, a mí no me ven más por aquí».

Pinone, el hombre insilbable. El hombre antifutboleros. El paso atrás desde cinco metros y el gancho de un oso enorme, de bosque de Connecticut, procurando que el cazador sienta el miedo y a la vez la atracción de abatir algo que se muestra y se esconde.

Lo que viene a ser, en resumidas cuentas, una leyenda.


Guillermo Ortiz: El último triple de Alberto Herreros

Alberto Herreros

Herreros se fue del Estudiantes con una maldición sobre los hombros y una canción que le perseguía en cada derbi: “¿Y los trofeos, Alberto, y los trofeos?”. Nos hemos acostumbrado a los tiempos felices: 12 años de medallas de oro, plata y bronce, jugadores descomunales en todas las posiciones, anillos NBA, finales olímpicas… pero si alguien sostuvo el baloncesto español desde la marcha de Epi hasta la llegada de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, ese fue Alberto Herreros, un escolta a la vieja usanza que solo entendía del tiro desde cualquier posición, un tiro fluido, casi perfecto, que podía ensayar desde cuatro metros tras parada en dos tiempos, desde cinco a la salida de bloqueo o desde lo alto de la zona, triples frontales que acababan irremediablemente dentro del aro contrario.

Para la afición del Estudiantes, Herreros lo era todo. El gran ídolo. Era Casillas y Diego López juntos. Mourinho y Valdano. “Alberto, un templo para seguir tu ejemplo”, le cantaba la Demencia mientras Alberto se cansaba de que pasaran los años, los pagos se retrasaran y los títulos no llegaran nunca, solo una Copa del Rey en 1992 y una sucesión de semifinales invariablemente perdidas ante Real Madrid y Barcelona. Su fichaje por el club blanco, en 1996, fue traumático, absolutamente traumático y el odio se multiplicó, un odio visceral mostrado partido a partido mientras el de Fuencarral intentaba acomodarse a su nuevo equipo, con Arlauckas, Bodiroga y compañía. Acostumbrarse a ser la tercera o cuarta opción en el ataque y ser señalado como un lunar en defensa.

Los primeros años de Herreros en el Madrid no fueron felices en cuanto a resultados: ganó una Recopa nada más llegar ante un rival menor y pasó tres años en blanco hasta que en 2000, junto a Sergio Scariolo y su inseparable Alberto Angulo logró su primer título de liga tras 12 temporadas de profesional en aquel quinto partido jugado en el Palau Blaugrana con Djordjevic como estrella. Herreros se acostumbró a ser uno más en el Madrid, el hombre al que recurrir cuando la estrella de turno se borraba, y a deslumbrar cada verano con la selección, siendo máximo anotador de varios Europeos y consiguiendo la medalla de plata en 1999 y en 2003, ya con 34 años.

Sin embargo, los problemas de Alberto, probablemente el mejor tirador que he visto en mi vida, tenían que ver con su compromiso defensivo o, más que con su compromiso, pues eso parece implicar que no le apetecía defender, tenían que ver con su capacidad para la defensa, un talento que se tiene o no, como otro cualquiera y que a jugadores como Navarro les ha costado años y años perfeccionar sin terminar de conseguirlo del todo. Su estigma como mal defensor fue probablemente lo que hizo que el propio Scariolo le despidiera de mala manera en 2002, cuando inició una purga en el vestuario que acabó con el propio entrenador como máximo perjudicado.

Me atrevería a decir que el peor momento de la carrera de Herreros no fue ese sino el 13 de abril de 2004, cuando su equipo intentaba romper otros cuatro años en blanco —valga la redundanciafrente al asequible Hapoel de Jerusalén. El Real Madrid no solo perdió sin discusión posible sino que el entrenador israelí Sharon Drucker le clavó una puya a Alberto que le dejaba en ridículo ante todo el baloncesto europeo: “Nuestra táctica en ataque era simple: darle el balón al jugador que defendiera Alberto Herreros”, dijo Drucker ante la rabia del de Fuencarral, con un punto de mal estilo que podía haberse ahorrado.

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Herreros cumplió 35 años y las molestias y lesiones le llevaron de ser un jugador clave en el equipo en esa misma final se fue por encima de los 30 minutos a ser uno más en la rotación del nuevo entrenador, Bozidar Maljkovic. No quedaba nada de aquel Herreros jovial y con pelo rizado que debutara en el Estudiantes, el gamberro del autobús, el que se ponía su bufanda del Atleti y se iba a Zaragoza a celebrar dobletes del equipo de toda su vida. Alberto era un hombre avejentado, con el pelo rapado para ocultar su alopecia, y con la maldición de los trofeos aún a cuestas. Había debutado en 1988 y, 17 años después, ¿cuál era su balance? Una Copa con el Estudiantes, una Recopa con el Madrid, una liga, también con el Madrid, en una final que apenas pudo disputar por lesión.

Tres títulos en 17 años más dos medallas con la selección no era un palmarés a la altura del mejor jugador español de los 90. Es una pena que los chavales de ahora no sepan apreciar lo que era ser baloncestista en los tiempos en los que el baloncesto se pudría en los cuartos de final. Alberto era un hombre maldito y Boza prefirió apostar por la juventud de Bullock y Gelabale, con bastante éxito. El equipo quedó segundo en la fase regular de la ACB de aquel año, solo detrás del descomunal Tau Vitoria de Prigioni, Calderón, Macijauskas, Scola, Kornel David y Splitter. Los números de Herreros dejaron que desear, muestra de una decadencia que le haría poner fin a su carrera ese mismo verano: de jugar casi 30 minutos por partido pasó a hacerlo poco más de 20 y de anotar 12,5 puntos pasó a menos de 9.

En play-offs, en parte por sus continuas molestias en articulaciones y espalda, algo propio del deportista de élite a esa edad, su aportación fue aún menor: 7,5 minutos por partido y 4,1 puntos.

Tras eliminar, no sin mucho esfuerzo, a Joventut y Estudiantes, el Madrid se plantó en la final ante el Tau, ganando el primer partido (82-84) pese a que Alberto solo jugó cuatro minutos y no anotó ni un punto. El segundo lo ganó el Tau con doce minutos de Herreros y el tercero también fue a manos baskonistas, ya en el Palacio de Vistalegre (82-83) con seis puntos en ocho minutos de nuestra estrella. La final quedaba, por tanto, donde todo el mundo preveía: 2-1 para el Tau, que tenía dos oportunidades para ganar la liga por segunda vez en su historia. El cuarto partido se disputaba también en Vistalegre y Bullock no se rindió, con 22 puntos, llevando a su equipo a la victoria (88-82).

El problema de Herreros, sin embargo, no era Bullock. Durante la liga regular habían jugado juntos y se habían complementado. Por supuesto, la estrella era Louis, un jugador superlativo fichado aquel verano del Unicaja de Málaga, pero Herreros podía ser un buen escudero hasta que Maljkovic decidió fichar a Justin Hamilton, un base-escolta que era todo lo contrario a Alberto: mal tirador, con problemas para generarse sus lanzamientos… pero un defensor rocoso que, junto a Jay Larrañaga, limitaba aún más los minutos de Herreros de manera algo incomprensible para el aficionado pero perfectamente lógica para un técnico que hacía de la defensa su prioridad en el campo.

Y así llegamos al último partido de la serie, el último partido de la carrera de Alberto Herreros. Se espera de él que juegue sus 6-8-10 minutos y anote cuando se le necesita. Del trabajo sucio se encargarán sus compañeros. El partido discurre igualado, un duelo entre Macijauskas y Hamilton, que juega su mejor encuentro de la final y pone a su equipo por delante durante tres cuartos… hasta que llega la reacción baskonista con su habitual público enfervorecido. A falta de 2:44 el Madrid pierde 64-58 y no encuentra manera de meter una canasta. Lo peor de todo es que Bullock acaba de cometer su quinta falta personal y tiene que irse al banquillo. Las caras de los jugadores son un poema y Maljkovic, a la desesperada, recurre a Herreros para salvar los muebles. Son sus primeros minutos en el partido.

Herreros sale a la cancha con la muñeca vendada, la izquierda, la que le viene dando guerra en las últimas jornadas, y casi lo primero que hace es perder un balón y hacer una falta antideportiva. Estupendo. Un broche de oro a su trayectoria. Queda poco más de un minuto y el marcador es 66-61. En realidad, casi nada es culpa suya sino de Fotsis que le dobla un balón imposible que Alberto pierde en la lucha ante Macijauskas, agarrándole posteriormente y obligando al árbitro a pitar una falta que el jugador no puede creerse. Es el final. El público grita “Campeones, campeones” y los jugadores del Tau se van a la banda a hablar con Ivanovic para controlar lo que queda y que no se les escape. Un año luchando para esto, pensarán ellos. 17 años luchando para esto, pensará Alberto.

Macijauskas anota los dos tiros libres y coloca el 68-61. Queda poco más de un minuto. Calderón y Prigioni soban la bola hasta que encuentran a Scola solo, que se va a por el mate y encuentra una falta contundente de Sonko. El argentino falla el primero pero anota el segundo. 69-61 y 50 segundos por jugarse. El Madrid no pierde la calma y el Tau parece descentrado, loco por irse a celebrar cuanto antes. En un despiste con los cambios, Gelabale se queda solo en la esquina derecha del ataque y anota de tres, 69-64 y 38 segundos. Presión en toda la cancha para que el Tau no consiga sacar de fondo… pero Calderón encuentra a Macijauskas y ahí se debería acabar el partido, ahí “Mache” debería aguantar la pelota hasta que le hicieran falta o limitarse a moverla hasta que el partido prácticamente se extinguiera por sí mismo. Sin embargo corta hacia la zona porque está solo y dobla el balón a Luis Scola, quien, sin oposición, se empeña en hacer un extraño rectificado y falla un tiro sencillísimo.

Lo peor no es el fallo. Lo peor, con diferencia, es que el Tau solo ha gastado 8 segundos en este ataque frenético y le deja 30 por delante al Madrid, que emplea 11 en conseguir una canasta por medio de Hamilton, penetración que nadie se atreve a molestar no vaya a ser que el árbitro pite falta y todo se complique aún más. 69-66, 19 segundos. De nuevo la presión y de nuevo la salida aparentemente fácil. El balón lo recibe Prigioni pero no se lo queda, no espera a que vengan a hacerle falta, ahora quiere que pase el tiempo y mover la pelota tranquilamente con su compañero Calderón, pero Calderón no espera el pase picado y se resbala viendo cómo el Tau pierde la posesión a falta de 17 segundos.

El Madrid está a tres puntos y tiene a Herreros en la cancha. Ivanovic deja bien claro que, si la posesión del Madrid se alarga, hay que hacer falta. Los aficionados se echan las manos a la cabeza. Sacan los de negro en el día de hoy e, incomprensiblemente, los jugadores del Tau van a cazarles buscando la falta inmediata. No es lo que les ha dicho el entrenador. El entrenador ha pedido que defiendan un rato y luego hagan la falta, cuando quede menos tiempo, antes de que a nadie le dé por lanzar y empatar el partido. Da igual. La situación sigue siendo buena. Quedan 14 segundos y el equipo local gana por tres puntos de ventaja, todo depende de ellos. Prigioni se va al banquillo por cinco faltas y sale Splitter, un adolescente que apunta buenas maneras, para cerrar el rebote.

Sonko falla el primer tiro libre, el público explota. Anota el segundo y vuelve la presión… solo que esta vez el encargado de sacar es el adolescente. ¿A quién se le ha ocurrido la idea? Splitter corre por la línea de fondo con el balón en las manos buscando un compañero pero solo ve enemigos. El árbitro cuenta hacia atrás los cinco segundos que tiene cualquier equipo para poner el balón en juego y cuando la cuenta se acerca al final lo que hace es tirarlo hacia adelante, que lo coja quien pueda. Es un error descomunal porque no solo supone la pérdida de balón sino que permite al Madrid sacar desde debajo de la canasta vitoriana porque nadie ha tocado la pelota.

Le toca el turno a Sonko, que saca con problemas: se la bombea a Fotsis, lejos de la línea de tres puntos, que a su vez se la da a Herreros, loco por pasar a la historia. Mira el marcador y se la pasa a Hamilton, que penetra tímidamente y dobla el balón a la esquina donde Herreros debería buscar un compañero porque está completamente marcado. Tan convencido está todo el mundo de que esa es la secuencia lógica que la mano de Macijauskas llega un poco tarde al tiro inesperado del escolta de Fuencarral. El balón vuela y entra por una esquinita como en el golf. Quedan seis segundos y lo mejor que sabe hacer el Tau es mandar a Calderón contra el destino.

El destino le recibe en forma de tapón de Fotsis.

Ha ganado el Madrid. Ha ganado el Madrid con un triple de Herreros en el último segundo. Su segunda liga, la segunda liga del club en once largos años. Herreros grita de rabia, los compañeros le abrazan. Si Bullock no hubiera hecho cinco faltas, jamás habría salido al campo. Si Prigioni y Splitter no hubieran tirado el balón fuera, los nervios de punta, el partido jamás le habría dado esa oportunidad. Pero todo pasó como si estuviera escrito y, ¿qué quieren que les diga? Como aficionado al Estudiantes, no puedo evitar decir que ese jugador se merecía ese final.


Ganar es de horteras

Ganar es de horteras
Guillermo Ortiz (prefacio a cargo de John Pinone)
Cestos de Melocotón, S.L.
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Ganar es de horteras. Una frase contundente de connotaciones derrotistas. Que triunfen otros, que nosotros preferimos perder con estilo. Desde luego, si no se tiene la costumbre de levantar copas, lo mejor es conformarse con objetivos menos ambiciosos. Al final se trata de convivir con la diversión y el sufrimiento proporcionados por tu equipo del alma. Por ejemplo, el Estudiantes.

Ganar es de horteras es una frase, y también el título de un libro curioso. Una obra definida por su autor, Guillermo Ortiz, como la versión española de Fiebre en las gradas: “Es un intento de convertir al Estudiantes en lo que pudo ser el Arsenal para los lectores de Nick Hornby. Que los seguidores del club abusen de la nostalgia y los que no conozcan a un solo jugador estén ante una historia divertida, bien contada, que resume no solo el baloncesto sino la vida de un chico nacido en los setenta”. La idea de fondo es muy semejante, en efecto. El hilo argumental discurre en torno a la infancia, la adolescencia y la madurez de un aficionado leal (Guillermo Ortiz) al histórico club colegial. Un periplo existencial plagado de altibajos, como la vida de cualquier persona. Con una particularidad notable. Las buenas y las malas experiencias individuales aparecen constantemente relacionadas con las gracias y las desgracias del Estudiantes, esa institución entrañable, de “patio de colegio”, que diría Pepu Hernández. Ese equipo con una tendencia histórica e inevitable a rozar la gloria sin llegar a apresarla, porque ganar sin más es una horterada.

El nombre de la obra, mencionado varias veces en estas líneas, quedó impreso en la mente de Guillermo después de asistir a unos cuantos partidos del Estudiantes con su tío, otro aficionado devoto. La frase comenzó como un consuelo para el sobrino desolado tras una de esas frecuentes derrotas a las puertas del cielo. No tardó en ser adoptada como una manera de aglutinar, en pocas palabras, los sentimientos contradictorios que produce la adhesión a un equipo tan peculiar. A unos colores que, por encima de algunas victorias épicas y de varias derrotas trágicas, son sinónimo de pasión, fidelidad y, sobre todo, BA-LON-CES-TO.

Como ya habrán adivinado, Pepu Hernández es uno de los protagonistas del libro. No podía ser de otra manera. También hay muestras de elogio encendido, mezclado con admiración sincera, para los nombres propios de una secuencia cronológica iniciada a finales de los ochenta con David Russell, John Pinone (autor del prefacio) y Ricky Winslow. Una línea sucesoria que acaba en Carlos Jiménez tras pasar por Alberto Herreros, Nacho Azofra, Chandler Thompson o los hermanos Reyes. Una serie inolvidable de jugadores que dejaron huella, pero cuyo rastro, en algunos casos, ha sido borrado por una sencilla y aplastante razón: varios de ellos acabaron enrolados en el Real Madrid. En las filas del enemigo.

Durante las 191 páginas de la obra, Guillermo ejemplifica cómo los amores y los desamores, las alegrías y las frustraciones, los éxitos y los fracasos y, en general, las vivencias familiares son indisociables de la sufrida rutina de un adepto a la causa del Estudiantes. El lector aprende que es posible relacionar en la misma frase a Alfonso Reyes y Xavier Zubiri. Que hay espacio y tiempo para triunfos claves en Liga Europea y títulos memorables de Copa del Rey, no solo para decepciones inasumibles en la Copa Korac. También comprende, por supuesto, que ser del Estudiantes no es lo mismo si no has pasado por las aulas del Ramiro de Maeztu, si no te has puesto en algún momento un turbante con el fin de integrarte mejor en una masa heterogénea de seguidores unidos por una feliz locura. La Demencia.

Guillermo, en su condición de estudiantil irredento, es muy crítico con los problemas recientes del club, culminados con el descenso (finalmente no ejecutado) del curso anterior. El verdadero aficionado se implica con el deporte, pero queda sumergido en el hastío cuando llega el turno de sociedades anónimas, cambios de pabellón, variaciones en el color de la camiseta y mutaciones de plantilla que bordean lo grotesco. Así no era el Estudiantes.

Ganar es de horteras porque lo que de verdad importa es el sentimiento, el afecto a unos colores en la victoria y la derrota. De eso sabían mucho los irreductibles espectadores que abarrotaban el mítico Magariños antes de la mudanza al Palacio de los Deportes. A ellos no les importaba tanto ganar o perder como mantenerse unidos en un sueño. El sueño de un club de instituto. Por este motivo, el recurrente cántico “Somos el primer equipo de Madrid” es inmune a la estadística contra el eterno rival. Las derrotas unen más y mejor que las victorias, porque los sentimientos auténticos se ponen a prueba en las caídas sonadas.

Qué quieren que les diga. A mí me ha convencido. Cuando el autor me habló de la inminente publicación del libro, allá por septiembre, reconozco que la idea no me emocionó en exceso. Guillermo insistía en la comparación con Fiebre en las gradas, una referencia en el sector. Yo pensaba que un club como el Estudiantes, con sus vitrinas semivacías, no daba para tanto. Ahora, recién acabada la lectura de la obra, puedo decir que las historias del Ramiro, del Magariños, de chilabas y pancartas, americanos comprometidos e ídolos canteranos que acaban pasándose al blanco sí ofrecen mucho juego. De eso se trata al fin y al cabo. De jugar. Porque ganar es de horteras.


Pinone, Russell y Winslow, cuando el baloncesto era otra cosa


John Pinone cogió un avión y se plantó en Madrid. Su carrera en la NBA había acabado casi antes de empezar, como sucedía con tantos y tantos proyectos universitarios. Hablamos de los tiempos en los que no había 30 equipos profesionales sino apenas 23 y por lo tanto muchas menos plazas para los jornaleros que no se adaptaban rápidamente a sus nuevos entrenadores. Pinone había sido algo parecido a una celebridad como universitario, de manera casi incomprensible: apenas rebasaba los dos metros pero jugaba de pívot en la Universidad de Vilanova. El baloncesto universitario no tiene demasiado que ver con el de la NBA y muchos jugadores, especialmente blancos, lo notan. Aquel fajador que fuera el máximo anotador de su equipo ya desde el primer año, llegando a ser seleccionado en el tercer mejor equipo universitario y ganándose una plaza en el Mundial de Cali de 1982, apenas duró siete partidos en la NBA con los Atlanta Hawks.

Después de medio año en la CBA, comprendió que su futuro y su dinero pasaban por Europa, que rebañaba ansiosamente todos los descartes americanos, porque generalmente el nivel de cualquier descarte ya servía para que el equipo girara a su alrededor. Eso, ahora mismo, sería inconcebible y, de hecho, el proceso ha dado la vuelta: son los europeos los que llenan Estados Unidos con proyectos de jugadores que en ocasiones apenas si han debutado en sus ligas nacionales.

El caso es que ahí estaba Pinone preguntándose qué sería de su carrera profesional, si tendría el más mínimo éxito en Europa y qué era eso de Estudiantes, cuando al llegar al aeropuerto de Barajas, le recogieron y le llevaron al Magariños para que charlara con Paco Garrido, el entrenador, y conociera a sus nuevos compañeros. Entre ellos, llegado del Joventut después de que en Badalona no se acabaran de fiar de sus condiciones físicas, un espigado estadounidense llamado David Russell… a quien Pinone conocía perfectamente, no en vano Vilanova y Saint John´s eran rivales habituales.

Corría la jornada número tres de la temporada 1984/85 y el Estudiantes venía de estar a un partido del descenso, salvado por un inmenso Pedro Rodríguez y un genial Terry Sttots en el agónico segundo partido de play-off en Huesca. El primer encuentro que le tocó disputar a Pinone fue contra el Real Madrid. Por supuesto, ganaron los blancos, la norma en la época, pero el binomio perfecto ya estaba formado: Russell-Pinone, el espectáculo y la constancia, la magia y la inteligencia.

El equipo acabaría con 20 victorias y 13 derrotas, clasificado para play-off. Su rival en cuartos de final fue el Real Madrid, de nuevo. Por tocar las narices, les llevaron hasta el último partido. Una vez hecha la travesura, perdieron 116-98.

Los americanos de la ACB en los 80

Ya hemos comentado antes que, salvo excepciones, la gran mayoría de los equipos europeos —y desde luego los españoles de presupuesto limitado— dependían de sus extranjeros y, dada la escasa formación física de los jugadores nacionales en aquellos días, solían cogerlos altos, fuertes y dominadores bajo el aro. En la temporada 1984/85 la primera de Pinone y Russell en el Ramiro de Maeztu, estos eran algunos de los americanos que componían las plantillas de la ACB: Austin y Robinson (RCD Español), Dikemam y Philips (Licor 43), Riley y Johnson (CAI Zaragoza), Davis y Howard (FC Barcelona), Cornelius y Jones (Cacaolat Granollers), McDonald y Mitchel (Collado Villalba), Jenkins y Budko (Lucky Canarias), Philips (Cajamadrid), Allen y Wright (Breogán-Caixa Galicia), Schultz y Kazanowsky (Ron Negrita Joventut), Singleton y Trumbo (Fórum Valladolid), Caldwell y Cross (Caja de Ronda), Davis (Clesa Ferrol), Hollis y White (Caja de Álava) y Brian Jackson y Wayne Robinson (Real Madrid).

Por entonces, la liga era de dieciséis equipos, divididos en un grupo par y un grupo impar. Los mejores clasificados pasaban a la A-1, para jugarse el orden en los play-offs, y los peores clasificados se iban a la A-2 , luchando entre sí por evitar el descenso.

Si la importancia de todos estos extranjeros era vital, en el Estudiantes lo era aún más. Al equipo le sobraba juventud, garra, intensidad y afición… pero le faltaba talento y puntos. Vicente Gil, Javier García-Coll, Carlos Montes, Pedro Rodríguez, Abel Amón, Imanol Rementería, Guillermo Hernangómez, “El Chino” Sanz, “Chinche” Lafuente… todos ponían su punto demente y luchador, pero el balón tenía que pasar por las manos de Russell y Pinone, dos jugadores tremendamente distintos pero igual de resolutivos.

Pinone, con sus 2,02 (si llegaba), se tenía que buscar las habichuelas ante pivots más rápidos y más fuertes que él. Incluso siendo la segunda referencia anotadora del equipo, el de Connecticut se fue a los 19,8 puntos de media por partido en su primera temporada y subió a los 23,6 en la segunda. ¿Cómo lo conseguía? Todo el juego de Pinone se basaba en la utilización correcta de sus carencias. Estaba gordo y era lento… muy bien, pues entonces bastaba con colocar el cuerpo entre el balón y el defensor para que nunca pudiera llegar a taponar. Pinone no machacaba jamás, se limitaba a tirar medios ganchos, bandejas desde la tripa, tiros de cuatro metros echándose hacia atrás para que la propia cadera hiciera de obstáculo para el rival… Le veías meterse en la zona contra dos torres negras y lo siguiente que sabías era que había conseguido lanzar el balón hacia arriba, contra el tablero, y anotar dos puntos más.

Sin embargo, si por algo destacó Pinone fue por su compromiso con el club. Los americanos de la época, los mejores al menos, seguían soñando cada verano con una llamada de algún equipo de la NBA para marcharse. En el mejor de los casos, eran profesionales que aportaban su número de puntos y rebotes, cobraban el cheque y cuando recibían una oferta mejor se marchaban. Hablo de la mayoría, pues siempre hubo americanos que conectaron con la grada más allá de los mates puntuales y se involucraron en el club, como los posteriores Audie Norris, Joe Kopicki, Anicet Lavodrama —centroafricano—, Mike Schlegel o muchos otros.

David Russell, por ejemplo, era uno de los que entraban en el primer grupo, el de los pasotas. Probablemente el mayor talento anotador de los 80, nunca se molestó en aprender español —Pinone incluso chapurreaba el euskera con Imanol Rementería—, mostraba un desinterés total en la cancha cuando no tenía el balón en las manos y se limitaba a pasar un buen rato esperando el momento en el que los New York Knicks, sus amados New York Knicks, le llamaran para irse por fin a Estados Unidos, donde realmente pertenecía.

Hablamos de un zurdo con una habilidad prodigiosa, que no llegaba a los dos metros pero podía saltar encima de un niño si se lo proponía. Doble campeón del concurso de mates de la ACB en los orígenes de la competición, Russell podía meter incluso 50 puntos en un partido con aparente sencillez y repitiendo constantemente la misma jugada: desborde en el uno para uno, reverso si aparecía una ayuda y doble impulso en el aire para acabar en una bandeja, un tiro muy cercano al aro o un mate descomunal si no encontraba resistencia. Era simple pero imparable, la única solución era dejarle tirar, ahí Russell bajaba sus prestaciones… pero si eso sucedía, si David estaba demasiado cansado de la noche anterior o no podía enfrentarse continuamente al uno contra tres, ahí aparecía Pinone para meter un par de tiros desde cuatro metros y abrir la defensa o para hacerse hueco con uno de esos bloqueos descomunales que le hicieron ganarse el apodo de “El Oso” —“The Bear”, en su versión de Vilanova— y que tan de los nervios ponían a sus rivales, lo mismo que los manotazos violentos en defensa que solían acabar con el balón fuera del control del contrario mientras éste pedía falta como loco al árbitro de turno.

La primera temporada, el neoyorquino se fue a los 31,7 puntos de media por partido. Una locura.

Russell necesitaba el balón y Pinone, no. Russell solo disfrutaba anotando y Pinone podía prescindir de ello. Uno pensaba en la jugada individual en cada ataque, el otro intentaba involucrar al resto del equipo, oficiando cada vez más, conforme avanzaba su carrera, de falso base.

Los años de Paco Garrido

Una de las ventajas de la pareja era su juventud: Pinone y Russell debutaron con el Estudiantes a los 23 años. De hecho, ambos habían nacido en 1961 con apenas un mes y medio de diferencia. Si las lesiones o las grandes ofertas no se interponían en su camino, la pareja estaba llamada a durar muchos años en el club y, aunque ambos eran estrellas indiscutibles, lo cierto es que nadie quería arriesgarse con dos jugadores así: Pinone, como pívot, creaba dudas. Él las disipaba año tras año pero los entrenadores de los mejores equipos de Europa seguían viendo a un armario blanco, lento y prematuramente calvo.

Russell no tenía tiro, parecía indolente, no cesaba de amenazar con la marcha a Estados Unidos en cualquier momento y algunos informes médicos hablaban de unas rodillas castigadas por tanto salto que en cualquier momento podían reventar. En su primera temporada ya tuvo una molesta lesión en el pie que casi le deja sin play-offs y esos inconvenientes físicos se seguirían repitiendo hasta que en 1988 tuviera que dejar el club y la práctica del baloncesto al más alto nivel, cuando solo contaba con 27 años.

A eso llegaremos después. La conexión de los dos americanos hizo que el Estudiantes pasara de un equipo que luchaba por no descender a ser un contendiente a los play-offs y un incomodísimo rival para los grandes. Refugiados en el mítico Magariños, donde la Demencia pasó sus mejores años y el parqué hacía envidiar al del Boston Garden, el equipo se convirtió en lo que El País tituló un día como “un cojo, un manco y tres dementes”. En cada partido había bajas y podía pasar cualquier cosa: desde perder con un rival muy flojo a ganar a Real Madrid o Barcelona con remontadas brutales.

Durante cuatro temporadas seguidas, el Estudiantes se mantuvo en la élite del baloncesto español: de la 1984/85 a la 1987/88. El entrenador seguía siendo Paco Garrido —por entonces, el club no había llegado al gilismo de contar con siete técnicos en cinco años— y el futuro prometía: Antúnez apareció para dar minutos a Vicente Gil, Orenga cambió el Cajamadrid por el Ramiro para enderezar una carrera marcada por las lesiones, y en los equipos inferiores, Azofra y Herreros empezaban a dar mucha guerra, llamando a las puertas del primer equipo.

Las expectativas se cumplían, sin estridencias. Del Magariños se pasó al Palacio de los Deportes, un recinto mucho más frío pero que mostraba el crecimiento del club y del deporte en España. Eran los tiempos de esplendor de la selección española y la cobertura mediática del baloncesto pasaba incluso por los “carruseles” especializados y la retransmisión entre semana de partidos de la Copa de Europa en horario estelar. Fernando Martín había ido a la NBA y había vuelto. Aíto machacaba a Lolo Sainz en los banquillos. Jesús Gil se trajo a Walter Berry, uno de los mejores jugadores que ha pisado España, y el TDK Manresa se atrevió a fichar a George Gervin justo antes de su retirada. Bancos y cajas se lanzaron a patrocinar equipos sin reparar en gastos, como es su costumbre… pero ahí seguían Pinone y Russell con sus 50 puntos y 15 rebotes de media conjunta por partido. Uno bloqueando y el otro saltando por encima de todos para coger el rechace o machacar el aro.

Nadie en el entorno pedía más. Al menos, hasta que llegó el terrible año 1988.

De David Russell a Rickie Winslow

La temporada 1988/89 pasará a la historia de la Liga ACB por el fichaje de Drazen Petrovic y su posterior huida del Real Madrid a los Portland Trail Blazers. Para los seguidores del Estudiantes, sin embargo, aquel año supone la ruptura de una pareja mítica.

Los problemas empiezan el 13 de octubre, cuando Russell tiene que pasar por el quirófano por unas molestias en su rodilla. En principio, la operación es un éxito y se prevé que el jugador —que, recordemos, apenas cuenta con 27 años— pueda estar de vuelta en dos meses. Es una importante baja, pero el club ficha a un excelente sustituto: Albert Irving, ex jugador de los Warriors y que viene de ser uno de los máximos anotadores en la liga francesa. Irving ficha por los dos meses de rigor y en sus primeros partidos demuestra cualidades de sobra para suplir al ídolo de la Demencia… hasta que solo dos semanas después de firmar el contrato, se rompe los ligamentos cruzados en el Palau Blaugrana y tiene que decir adiós a la temporada.

Estamos en la jornada cinco y el Estudiantes ya ha perdido cuatro partidos. En el club se piensa en jugar solo con un extranjero —Pinone— hasta la esperada vuelta de Russell, pero la precaria situación deportiva desaconseja una decisión así. Con el pase a la A-1 en serio riesgo, se ficha a Eric White, un jugador por debajo de las expectativas y que además pronto muestra problemas de adaptación, quedándose en el banquillo durante toda la segunda parte de un encuentro de Copa ante el Joventut de Badalona.

Poco dura White en el Estudiantes y aún menos dura Paco Garrido, que es despedido ese mismo mes y sustituido por Miguel Ángel Martín, un hombre de la casa. Martín tardará apenas un par de partidos en enfrentarse con su capitán, Vicente Gil, y revolucionar por completo el equipo: Antúnez, como base titular, y Azofra como suplente ocasional, Herreros y Montes en las alas y por dentro, Orenga como referencia junto a Pinone. Russell vuelve en diciembre de su lesión, el Estudiantes se mete en la A-1 y todo parece volver a ir bien… pero no, las cosas van incluso a peor.

La tensión entre la vieja guardia y la nueva guardia es constante. Russell vuelve pero a un nivel que no recuerda en nada al anterior a su lesión. El Estudiantes se despide de la lucha por los play-offs definitivamente y le pide a su estrella que descanse y recupere sus rodillas por completo. La directiva “peina” el mercado y piensa en Larry Spriggs como sustituto, pero su elevado precio y su pasado madridista echan atrás la apuesta. En su lugar, llega Rickie Winslow, un chico de 23 años que viene de jugar unos meses en el Cajacanarias con muy buenos números. Un fichaje que cambiaría la historia.

Winslow llega como sustituto temporal, confiando siempre en una recuperación de Russell que no llegaría. Su integración en el equipo es rápida y encaja perfectamente con la filosofía de Miguel Ángel Martín: juego rápido, tiro exterior, búsqueda constante del rebote ofensivo… Winslow demuestra en seguida que puede ser tan espectacular como Russell, pero que es más completo. Algunos de sus mates parecen calcados a los de David, y, como él, como cualquiera que haya pisado los playgrounds de Estados Unidos, basa su juego en el uno contra uno, en el reverso, en el doble rectificado… solo que Winslow, además de mates y rebotes, aporta triples, una diferencia decisiva.

Sin ser un excelente tirador, Winslow sí amenaza desde esa posición, no se le puede flotar sin más y no permite que la defensa exterior se centre en la gran estrella emergente, Alberto Herreros, un adolescente que empieza a jugar con asiduidad y demuestra un acierto en el tiro de tres puntos nunca visto antes en el Magariños. WInslow ayuda dentro y fuera mientras Herreros sentencia desde lejos. En medio, queda Pinone, dirigiendo la transición, ayudando a los jóvenes y calmando a los mayores, encontrando su nuevo rol en esa sociedad. Winslow, como Russell, tiene la cabeza en la NBA, no aprende español y vuelve loco a “El Cura” Martín en demasiadas ocasiones con sus faltas de disciplina o sus despistes… pero es demasiado bueno, joven y atlético.

La interminable temporada termina con un puesto en la mitad de la tabla y la clasificación para Europa. Es el principio de la mejor etapa de la historia del club.

Estambul, Granada, los años gloriosos…

En el verano de 1989, el club anuncia la marcha de David Russell, que todavía intentaría el regreso posteriormente en varios equipos de segunda división. No son solo las rodillas, que también, sino el hecho de competir con un nuevo americano que encaja más con las preferencias del entrenador. Es un verano de cambios traumáticos: dejan el equipo Gil, García-Coll y Rementería. Azofra, Herreros, Alfonso Reyes y Arranz empiezan a contar para la primera plantilla. Pinone ya tiene 28 años y está en su sexta temporada en el club. De él ya no se espera que meta 20 puntos por partido porque eso lo pueden hacer Winslow, Herreros e incluso Antúnez. Se espera liderazgo, cordura y saber jugar los momentos clave.

La temporada empieza con un triunfo en el Palau Blaugrana, el campo del campeón vigente, y continuaría por una línea espléndida que llevaría al equipo a las semifinales de la ACB por primera vez desde que se refundara la competición. La gran estrella, indiscutible, es Winslow. En ocasiones, es imparable, con partidos de 35, 40 puntos, alternando rachas increíbles de tiro con noches negras de no meter un lanzamiento. El juego gira a su alrededor y se va a los 25 puntos por partido con excelentes porcentajes.

Son los años de las estrellas yugoslavas y lituanas que vienen a España ante la incipiente descomposición de su país: Tikhonenko, Grbovic, Ivanovic… El baloncesto de los 90 es un baloncesto más táctico, menos espectacular, más preciso: Ray y Mike Smith arrasan en el Mayoral Maristas, Arlauckas y Rickie Brown forman un dúo espectacular en el Caja de Ronda, Kevin Magee vuelve al CAI junto a Mark Davis, Lockhart y Jackson acaban recalando en el Caja San Fernando después de años en Bilbao y Huesca, respectivamente…

El rol del americano en la liga sigue siendo preponderante pero ya no es vital… y los técnicos están dispuestos a tolerar menos. El profesionalismo ya no consiste solo en asistir a los partidos sin fugarte cada dos semanas a tu país, sino en entrenar, en comprometerse, en ser capaz de defender duro. David Wood, en el Barcelona, una especie de Pinone con mejor tiro y más altura, cambia el paradigma por completo: se puede ser decisivo sin ser un anotador compulsivo.

La sociedad Pinone-Winslow hace crecer a los jóvenes alrededor. Tienen en quién confiar. El hermano blanco y el hermano negro, mascando chicle y dejando caer la muñequera de su mano derecha con el mismo gesto de Michael Jordan, dos gotas de agua en lo físico. La siguiente temporada, el Estudiantes llega a la final de la Copa del Rey, que pierde ante el Barcelona por una cuestión de inmadurez, con una primera parte atroz de Winslow, y llega de nuevo a semifinales de la ACB, también contra el Barcelona, en la ACB, perdiendo en cuatro partidos, también con varios errores garrafales de Rickie.

Winslow, como se ve, es imprevisible, pero eso no importa. Ante su imprevisibilidad está la previsibilidad de Pinone y la constancia de Herreros. La marcha de Antúnez al Real Madrid no afecta en nada a la química del equipo ni a sus resultados. Al empezar la temporada 1991/92, el Estudiantes cuenta con Azofra, Herreros, Winslow, Pinone y Orenga como cinco inicial. La progresión de Orenga como pívot dominante y sobre todo defensor libera al Oso de responsabilidades. Ya no está para grandes esfuerzos en los dos lados de la cancha y los chicos que llegan de fuera cada vez son mejores y más rápidos. A su vez, la confirmación de Herreros como estrella nacional hace que Winslow no necesite irse a los 30 puntos. Basta con 15-20, siempre que sean en los momentos clave.

Por ejemplo, en la final de Copa del Rey de Granada contra el CAI Zaragoza, donde anota seis puntos seguidos para darle la vuelta al partido, con la ayuda de un renacido Azofra. Aquel título supone el primero para el Estudiantes en casi treinta años y el MVP del torneo se lo lleva John Pinone. ¿Ha sido el mejor jugador? Probablemente, no, pero ha sido el líder, el que dirigía todas las operaciones. El Estudiantes era una extensión de Pinone y ni Martín ni sus compañeros parecían sentirse a disgusto con la situación.

Pinone controla el juego y Winslow anota seis triples y más de 30 puntos en Tel-Aviv, paso previo a las dos victorias en el Palacio de los Deportes y el viaje a Estambul para jugar la Final Four. Ocho años antes, John estaba en un avión sin saber si iba a poder dedicarse profesionalmente al baloncesto, llegando a un equipo que luchaba por el descenso y ahora estaba a dos partidos de ser campeón de Europa. A Winslow no parecía importarle demasiado. Su calma era a veces irritante y otras veces balsámica.

Aquella final a cuatro tenía que llevar a Europa lo que ya estaba consolidado en España y consagrar a Pinone y a Winslow como una de las mejores parejas de extranjeros del baloncesto continental… pero no pudo ser. Si somos sinceros, las razones hay que centrarlas en lo deportivo: no eran una de las mejores parejas de extranjeros del baloncesto continental así que difícilmente podían demostrarlo. Rickie era maravilloso, un talento puro… pero demasiado inconsistente en la alta competición, nunca pareció importarle la victoria lo suficiente como para llevarse a sí mismo al límite. John era un pívot inteligente, desde luego, pero con carencias físicas demasiado evidentes. Tenían que competir con la Philips de Gorilla Dawkins, el Joventut de Pressley y Thompson o el Partizán de Djordjevic y Danilovic.

Simplemente, estaban a otro nivel. Sus rivales estaban programados, concebidos para ganar… mientras para el Estudiantes cada partido era una fiesta. La aventura turca acabó con dos derrotas contundentes y un montón de dementes emborrachándose y comiendo kebabs. El Joventut fue también el encargado de cortar el paso de los Herreros y compañía en las semifinales de la ACB de aquel año tras cinco agónicos partidos. Si el Estudiantes quería dar un paso más, si quería aspirar al título, y más tras el fichaje de Sabonis por el Real Madrid, probablemente necesitaría cambios. La cabeza los pedía, el corazón los negó.

La inevitable decadencia

El Estudiantes era el equipo de moda en Madrid. Carrascal invitaba a la Demencia a su telediario de la noche y hasta Pedro Ferrándiz apareció en la revista Gigantes del Basket con un turbante viendo un partido. El Palacio de los Deportes se llenaba en cada partido y lo que siempre había sido un equipo “simpático” estaba a un paso de convertirse en una especie de Deportivo de la Coruña el segundo favorito de los aficionados y el primero de muchos que huían de un Real Madrid que, desde la marcha de Petrovic, no había vuelto a contestar títulos a Barcelona ni a Joventut.

En ese estado de alegría infinita, con Argentaria poniendo dinero para renovaciones millonarias y Hacienda esperando tranquilamente para meter el cuchillazo, la directiva optó por la continuidad. Era lo lógico. El club venía de la mejor temporada de su historia y uno no cambia todo eso con el riesgo que supone: haces algo mal y toda la culpa es tuya. Si se mira con frialdad y distancia, el Estudiantes podía seguir permitiéndose a Winslow pero difícilmente a Pinone. Ahora bien, el Estudiantes siempre ha destacado por su falta de frialdad y distancia y si uno hubiera preguntado a cualquier aficionado de la época, todos habrían contestado: “Pinoso se va de aquí cuando él quiera”.

Y así, Pinone empezó su novena temporada, ya con 32 años, una alopecia evidente y la veteranía como mayor recurso para mantenerse competitivo. Lo suyo no fue un declive en picado, ni mucho menos, sino más bien un apagarse con elegancia, los números reducidos a poco más de 10 puntos y unos 5 rebotes, compitiendo por el puesto con Rafa Vecina, otra mente privilegiada de las canchas, que había fichado ese mismo verano sustituyendo al mítico Pedro Rodríguez, el penúltimo icono de los 80.

Fue un año convulso en la ACB. La regla de los dos extranjeros se amplió a un tercero y eso produjo una nueva oleada de jugadores provenientes sobre todo del este de Europa, después de la apertura definitiva de fronteras deportivas en las ya inexistentes URSS y Yugoslavia. Fruto de ese éxodo balcánico, llegó a Madrid, Danko Cvjeticanin, un excelso tirador croata que había acompañado a Drazen Petrovic en su segunda Copa de Europa con la Cibona de Zagreb y que era habitual de las convocatorias de la selección de su nuevo país. De hecho, llegó a jugar la final de los JJOO de Barcelona ante el mismísimo “Dream Team”.

Las llegadas de Vecina y Cvjeticanin añadieron más profundidad pero también hicieron necesario un cambio de roles. Pinone y Winslow tenían que porfiar con un nuevo enemigo en casa y además un enemigo muy bueno, que de inmediato se ganó el cariño de la afición. Su apodo fue “El Yeti”, ante la incapacidad de pronunciar un apellido así. El año empezó casi como el anterior, con ocho victorias consecutivas, pero pronto empezaron los problemas: en Europa las cosas no marchaban bien, con el Madrid de Sabonis como muro infranqueable, y en la Copa, tras una final y un título consecutivo, el Estudiantes caía a la primera contra el Natwest de Zaragoza (75-91).

Lo desolador no fue la derrota sino los números de Pinone y Winslow, que se combinaron para sumar cuatro puntos y tres rebotes en 39 minutos de partido, con una canasta de diez intentos entre los dos. Cvjeticanin cumplió, 12 puntos en 16 minutos, pero el croata se suponía que tenía que ser un complemento, no un jugador franquicia.

En el global de la temporada, Pinone apenas bajó sus minutos de juego (31,2 por partido, lo que sería una barbaridad en estos tiempos) pero sí bajó en anotación (12,3) y sobre todo en rebotes (4). Hablamos de un hombre que se mantuvo nueve años en la élite promediando 18,6 puntos y 6,6 rebotes a lo largo de 332 partidos, así que, como decíamos, sin convertirse en un lastre, digamos que sus prestaciones estaban claramente a la baja. Peor, sin embargo, fue lo de Winslow: en su primer año completo con el Estudiantes promedió 23,8 puntos por partido; el segundo bajó a 19,1, lógico teniendo en cuenta la progresión de Herreros. En la 91/92 había terminado con 21,4 en pleno esplendor de su carrera y de repente un año después estaba en 13,9.

Winslow no solo anotaba casi ocho puntos menos por partido sino que ya apenas frecuentaba la línea de tres puntos y se había convertido en un jugador obcecado y con menos recursos en ataque. Por supuesto, la llegada de Cvjeticanin le afectó pero estamos hablando de un jugador que promediaba casi 30 minutos por partido, que no es ninguna tontería. Acostumbrados a los tiempos felices de Pinone y Russell o Pinone y Winslow, cuando podían promediar 45-50 puntos por partido, los 26,2 de esa temporada se quedaban en nada.

El equipo lo notó, claro. Acabó la liga regular con 21 victorias y 10 derrotas y perdió su primer partido de play-off, en casa, contra el TDK Manresa (67-68), de nuevo con 6 puntos de Pinone… y solo uno de Winslow, completamente descentrado. Aunque fueron capaces de remontar la eliminatoria en Cataluña, estaba claro que al equipo le faltaba frescura y atrevimiento. Había una cierta torpeza y cansancio que invadía toda la atmósfera y hacía soñar con tiempos mejores cuando solo habían pasado meses de su asalto a la cúspide. Los cuartos de final enfrentaron al Estudiantes con el Caja San Fernando, que también le llevó a los tres partidos y que solo claudicó cuando Cvjeticanin sacó su fusil con 33 puntos y 5/7 triples.

Lo fuerte iba a llegar en semifinales, ante el todopoderoso Real Madrid de Sabonis, Brown, Simpson y la vieja guardia de Biriukov, Cargol, Antonio Martín… más, por supuesto, el tránsfuga Antúnez. Los dos primeros partidos, en campo madridista, fueron muy competidos pero se saldaron con victoria local: Pinone mantuvo el tipo ante el eterno rival mientras Winslow seguía en su depresión habitual, con 9 y 3 puntos en cada uno de los encuentros. Los dos siguientes, con factor cancha para el Estudiantes, pusieron el empate en la eliminatoria, gracias a un Cvjeticanin excelso.

El quinto partido se jugaba de nuevo en el Palacio de los Deportes —ambos compartían cancha, lo único que cambiaban eran los abonados entre el público— y los rumores apuntaban a que podía ser la despedida de Pinone. Los aficionados tenían un sabor agridulce: fichar a Harper Williams, por ejemplo, probablemente fuera lo mejor deportivamente, pero despedir a Pinoso era un trance dolorosísimo. ¿Se podía entender el Estudiantes sin él? El tiempo diría que solo a medias, y por su puesto pasó una sucesión de jugadores que no llegaron a cuajar del todo. Además, también se comentaba que el propio Pinone estaba negociando un año más de contrato. ¿Por qué no? Aún podía ser un tercer extranjero muy decente y a la hora de despedir a uno, la cosa estaba clara: Winslow, que se había borrado por completo.

Aquel quinto partido fue épico. Real Madrid y Estudiantes se fueron turnando en el marcador hasta que Sabonis mandó parar. Cvjeticanin lideró la anotación estudiantil con 19 puntos, seguido de Vecina, Herreros y Orenga. Para encontrar a Winslow había que irse al sexto lugar, con 9 puntos —y teniendo un buen día—, y Pinone, en su despedida, se quedó en cuatro, con una sola canasta en 21 minutos. Si realmente tenía intención de renovar, probablemente en ese momento vio claro que no lo iba a tener fácil.

La Demencia se quedó casi una hora esperándole en un rincón del Palacio al grito de “Si no sale Pinoso, no nos moverán”… pero Pinoso no salía. Algunos siguen diciendo que la razón era que él se negaba a que ese fuera su último partido, pero el caso es que al final no le quedó más remedio que salir, siempre sobrio, saludar, aplaudir y volver a entrar en el túnel de vestuario. Era el fin de una época que había durado una década. Pinone se volvió a Connecticut y abandonó el baloncesto profesional para pasar más tiempo con su mujer y sus hijos. Winslow, aún joven, se marchó a Italia, luego a Francia, pasó por Zaragoza brevemente y acabó en Turquía, donde se ganó una carrera más que decente bajo el nombre nacionalizado de Resat Firincioglu.

Epílogo

Los años siguientes, la era post-Pinone, fueron traumáticos para el Estudiantes. Por el club pasaron en un año Ouspenski, Sanders, Schlegel y Kotnik. Como ninguno funcionó, fueron reemplazados por Michael Smith, Harper Williams, Mikhailov, Andre Spencer y el noruego Torgeir Bryn. Miguel Ángel Martín cesó como entrenador y fue sustituido por su segundo, José Vicente, “Pepu” Hernández. Nueve extranjeros en dos años, más Cvjeticanin que se mantuvo durante el primero. Eso lo dice todo de los zapatos que tenían que llenar.

La obsesión por repetir un binomio parecido al Russell-Pinone ha sido una constante en la historia posterior del Estudiantes. Obviamente, era un reto casi imposible. Lo más parecido, quizá, fuera la pareja Chandler Thompson-Shaun Vandiver: un anotador compulsivo y saltarín más un pívot limitado físicamente, grandullón, pero de una enorme inteligencia. Juntos llevaron al equipo a un buen montón de semifinales, la final de la Korac en 1999 y la Copa del Rey de Vitoria 2000. El último título a día de hoy para el club madrileño.

En cualquier caso, Pinone y alrededores no solo simbolizan una época de un determinado club, sino toda una etapa del baloncesto español, aquel en el que extranjeros improbables venían a buscarse la vida y deslumbraban con facilidad ante un público que nunca había visto algo parecido. La época de los 100 puntos por partido, los ataques casi sin sistemas y una especie de “sálvese quien pueda” táctico que beneficiaba la inteligencia de los mejores jugadores. Tiempos que no se repetirán jamás, por supuesto, pero que forman parte de nuestra educación deportiva.


Arvydas Sabonis, el hombre que pudo reinar

El 8 de abril de 2004, el Zalgiris viajaba a la cancha del Maccabi de Tel-Aviv. Duelo habitual en los 80, el partido tenía un atractivo impresionante: el ganador se clasificaría para la Final Four que precisamente tendría lugar en la capital administrativa del estado de Israel. En la ida habían ganado los lituanos con solvencia, pero un despiste en casa, la semana anterior, ante el Pamesa Valencia, les había dejado en esa situación de todo o nada. Al frente, como capitán, un tal Arvydas Sabonis, 39 años para 40, MVP de la fase regular de aquella Euroliga y MVP del Top 16 previo a las semifinales.

Sabonis ya lo había ganado todo en Europa, tanto a nivel de clubes como de selección, pero un éxito más al borde de la cuarentena sería una despedida excelente de la competición. En 1986, Petrovic le impidió alzarse con la Copa de Europa en uno de los pocos momentos en los que el zar lituano perdió los papeles y acabó lanzándole un alevoso puñetazo a Nakic. En 1993, fue Maljkovic y su correoso Limoges los que le separaron de la Euroliga con una tela de araña defensiva que volvió loco al Real Madrid en las semifinales de Atenas. Solo dos años después, en Zaragoza, junto a Joe Arlauckas, pudo Sabonis redimirse. Después viajó a la NBA. Ahora, de vuelta, tenía la Final Four a apenas 40 minutos de distancia.

El partido fue bien para los de Kaunas. Prontas ventajas, mucha tensión en el Maccabi, que se jugaba la temporada y un Arvydas Sabonis imparable, 29 puntos, 9 rebotes, 3 asistencias, 4 triples y 36 de valoración antes de quedar eliminado por faltas. A falta de dos segundos, la clasificación podía darse por hecha: el Zalgiris ganaba por tres puntos de diferencia (91-94) y Giedrius Gustas disponía de dos tiros libres para sentenciar el encuentro. Lo que necesitaba el Maccabi no era un solo milagro sino una sucesión improbable. Lo que necesitaba el Maccabi era que Gustas fallara los dos tiros libres, que en el segundo no hubiera rebote y no se perdiera tiempo porque Tanoka Beard hubiera entrado en la zona, y que del saque de fondo posterior saliera un pase de béisbol de unos 25 metros para que Derrick Sharp anotara un triple desesperado, sin equilibrio, con una mano delante, sobre la bocina.

Lo que necesitaba el Maccabi era exactamente lo que terminó sucediendo.

La cara de Sabonis en el banquillo era de una incredulidad total. Con el pelo cortado a cepillo, sin el bigote que se afeitara años atrás, claramente avejentado por más de 20 años de baloncesto profesional, el pívot más importante del baloncesto europeo contemporáneo quería matar con la mirada a Gustas, a Beard, a Sharp… a todos los que se habían conjurado para quitarle la gloria. El Zalgiris no fue rival en la prórroga y el Maccabi no solo ganó aquel partido sino que se paseó en la final para ganar su primer título europeo en 23 años.

Sabonis abandonó el Nokia Arena —“La Mano de Elías”, para los nostálgicos— cojeando como siempre y con la idea de la retirada en la cabeza. No se oficializaría hasta el año siguiente porque el lituano era un hombre sin prisas. Un genio calmado por la vida y las lesiones. Soviético de la vieja escuela, fervoroso patriota lituano, en su última temporada en Europa —la que cualquier otro se hubiera tomado como una gira de aplausos y reconocimientos— había promediado 16,7 puntos y 10,7 rebotes para una valoración media de 26,3; la más alta de todos los competidores.

De nuevo, Sabonis había conseguido que lo difícil pareciera fácil, esa fue siempre su principal virtud. Su falta de aparatosidad, su dominio del juego en lo colectivo y en lo individual. Un hombre que te ganaba con un mate, un rebote, un tapón, una asistencia o un triple. Un año después de la retirada, charlando con el recién nombrado seleccionador español, Pepu Hernández, no pude evitar preguntarle cuál era el mejor rival al que se había enfrentado nunca entrenando al Estudiantes. Puede que esa pregunta ahora no tenga mucho sentido, pero hablamos de los años en los que el Estudiantes jugaba Final Fours. Su respuesta, sin dudarlo, fue: “Sabonis. No había manera de pararlo”. No, no había manera. No la había en 1982 y no la había en 2004, aunque obviamente el jugador ya no era el mismo.

Del Mundial de Colombia al Mundial de España: la explosividad juvenil

Sabonis era un chico de 17 años que superaba los 2,10. Era complicado que pasara desapercibido, incluso dentro de un modelo que producía constantemente hombres interminables como Tkachenko: rocosos, fajadores, hieráticos… en una palabra, ordenados soviéticos con la presión de las autoridades siempre detrás. Como juvenil había deslumbrado en una gira por los Estados Unidos ante distintas universidades, siendo proclamado por el legendario Bobby Knight como “el mejor pivot joven no americano”. Su debut en la primera división soviética, con el Zalgiris de Kaunas, había sido bastante impresionante: titular casi desde el principio, un soplo de aire fresco dentro del siempre enrarecido ambiente de la liga de la URSS. Durante décadas, el CSKA de Moscú, no solo dominaba en las canchas sino en los despachos, haciéndose con los mejores jugadores de los demás equipos y sirviendo de base para la selección soviética.

El Zalgiris tenía que vivir con ello y, de hecho, no ganaba un título desde los años 50. En 1980 fue subcampeón de la URSS y eso sirvió para poner al baloncesto lituano de nuevo bajo los focos. Todo ello sin duda ayudó a que Aleksandr Gomelski decidiera seleccionar a Sabonis para el Mundial de Cali. Los soviéticos tenían muchos más reparos que los yugoslavos a la hora de tomar riesgos, pero aquella selección tenía margen de error: en plena transición del equipo que, liderado por Belov, ganara la medalla de oro olímpica en 1972, la Unión Soviética había parado a la generación de oro balcánica en los Europeos de 1979 y 1981, aunque hubiera caído ignominiosamente en sus propios Juegos Olímpicos de 1980, y se presentaba como gran candidata al título de Campeón del Mundo, con la única resistencia que la selección estadounidense de Doc Rivers y John Pinone pudiera ofrecer.

Sabonis ya era por entonces un jugador impresionante: pese a su juventud, aquel chico estaba perfectamente formado. Alto, delgado, fibroso y ágil, un rasgo poco común entre los pivots soviéticos, el adolescente disfrutó en Colombia de sus primeros minutos de fama, aunque fueran muy escasos, pues la rotación soviética estaba bien definida: Lopatov, Tkachenko, Tarakanov, Belostenny… Su única derrota en todo el torneo llegó ante Estados Unidos en la liguilla clasificatoria, pero en la final se tomaron cumplida revancha con un agónico 95-94. El papel de Sabonis, como decíamos, fue testimonial, pero su sola presencia ya anunciaba algo grande.

El aprendizaje continuó en los años siguientes, con los ojeadores estadounidenses ya tras sus pasos. Repitió convocatoria con la selección para el Europeo de 1983 tras su gran actuación en el Mundial Junior de Palma de Mallorca pero su papel volvió a ser discreto. En 1984, la decisión de Andropov de boicotear los JJOO de Los Angeles nos privaron de observar su evolución de primera mano y hubo que esperar a Sttutgart, en 1985, para ver la versión más atlética y poderosa de Sabonis: la URSS no solo ganó el torneo con cierta suficiencia sino que Arvydas fue elegido MVP con solo 20 años, constituido en el eje del triángulo lituano que formaría con Kurtinaitis y Chomicius y que tantos éxitos le daría a la selección y al Zalgiris. Años después, se sumaría un jugador clave, diferenciador: Sarunas Marciulionis.

En aquel Europeo, Sabonis abrumó con su juventud y su potencia. Era distinto incluso en su aspecto: melena al aire, contundente bigote propio de la aldea gala de Asterix. El veinteañero podía taponar, rebotear y tirar de tres con facilidad… pero su punto fuerte era la agilidad y la capacidad para culminar el contraataque. Verle correr la cancha botando desde sus 2,20 o recibir el balón en la línea de tiros libres en plena transición para acabar en un violento mate apuntaba a un estrellato inminente, el más brillante que ningún jugador europeo hubiera alcanzado jamás. Los Atlanta Hawks le seleccionaron en el “draft” de la NBA aquel verano, pero, al ser menor de 21 años, la elección se anuló, para provecho de los Portland Trail Blazers, que consiguieron sus derechos un año después utilizando su primera ronda, algo casi inédito en los tiempos en los que los europeos eran auténticos apestados en Estados Unidos y ni siquiera Drazen Petrovic conseguía la atención que se merecía.

En solo un par de años, Sabonis pasó de ser una promesa ilusionante al segundo jugador más dominante del continente: su Zalgiris acabó con la dictadura del CSKA y consiguió tres ligas consecutivas: 1985, 1986 y 1987. Precisamente el primero de esos tres títulos permitió a Sabas jugar la Copa de Europa por primera vez y su debut no pudo ser mejor: gracias a su victoria contra el Real Madrid de Corbalán, Wayne Robinson, Brian Jackson y compañía, los lituanos se plantaron en la final ante la todopoderosa Cibona de los hermanos Petrovic. Frente a frente quedaban los dos mejores post-adolescentes surgidos en décadas: Drazen frente a Arvydas. El campeón frente al aspirante. El histrión frente al hombre calmado y silencioso.

La victoria fue para los balcánicos. Meses después de aquella final, Petrovic y Sabonis volverían a encontrarse, esta vez en las semifinales del Mundobasket de España, en el Palacio de los Deportes de Madrid. La historia, entonces, sería diferente.

Una carrera en peligro: las misteriosas lesiones de 1986 y 1987

Pese a contar con solo 21 años, Sabonis era ya una referencia mundial. El juego de la URSS giraba a su alrededor y su paso a la NBA se daba por hecho, solo obstaculizado por la eterna burocracia soviética, que acababa de ver cómo un joven Mijaíl Gorbachov llegaba a la presidencia del país prometiendo cambios tranquilos. Los rumores de lesiones y molestias aparecían de vez en cuando, obligándole a llevar una aparatosa rodillera, pero él seguía destrozando tableros y corriendo como un gamo. En el último partido de la final ante el CSKA de Moscú, parece que sintió algo distinto, doloroso: un golpe seco en la parte de atrás del pie, el tendón de Aquiles. Nadie le dio importancia entonces, pero aquello era un primer aviso.

Llegó a España en el verano de 1986 con su melena juvenil que recordaba a los cantantes de Bon Jovi, Europe, Guns and Roses… Olía a espíritu adolescente. Había afeitado su bigote y el rojo le sentaba de maravilla. Como eran los mágicos 80 madrileños, aquella época de reacción a la reacción, Sabonis y la URSS pronto fueron acogidos como héroes locales. Si Sabonis estaba lesionado, no lo parecía. Cierto es que el coronel Gomelski limitaba en ocasiones sus minutos de juego pero es que aquel equipo tenía demasiada calidad como para fijarla en un solo quinteto: a los ya conocidos Kurtinaitis, Chomicius, Belostenny , Valters, Tarakanov… había que sumar a Volkov, Sokk o Tikhonenko, un tirador letal.

La Unión Soviética se plantó en semifinales después de ganar sus diez partidos en Ferrol y Barcelona, con unas diferencias y unas anotaciones escandalosas. En la capital esperaba Yugoslavia, su bestia negra de los 70. Petrovic era el hombre más odiado del planeta y Madrid era el epicentro de ese odio. Los yugoslavos estaban también en plena transición, incorporando jóvenes jugadores como Divac o Vrankovic, a los que luego se juntarían los Paspalj, Kukoc, Radja y compañía.

Yugoslavia ganaba fácil: nueve puntos arriba a falta de un minuto, pero el público seguía animando a la URSS. Los jugadores plavi celebraban en el banquillo cuando Sabonis anotó a tabla un triple a priori intrascendente… Nada más sacar de fondo, con la mente ya en la final, Tikhonenko robaba y anotaba otro triple desde la esquina. En un abrir y cerrar los ojos, la URSS se colocaba a tres puntos con algo más de medio minuto por jugar. Eran otros tiempos: Yugoslavia podía permitirse agotar la posesión a base de forzar faltas y negarse a tirar tiros libres. Los soviéticos se desesperaban: una falta, dos faltas, tres faltas… La presión era constante pero poco fructífera, los yugoslavos se manejaban como peces en el agua en estas situaciones.

Hasta que Cutura cometió un error impropio a falta de 15 segundos y ese error no fue otro que sacar de fondo y pasarle el balón a Vlade Divac, 18 años, nervioso como un flan. Divac recibió y se lio a botar. Tanto se lio que cometió dobles. En la jugada posterior, Valters aprovechó un bloqueo directo de Sabonis para empatar el partido. En la prórroga, la URSS se impondría cómodamente y ganaría el pasaporte para disputarle a los Estados Unidos el título, como en Colombia… solo que esta vez David Robinson, Tyrone Bogues y sus chicos conseguirían llevarse la victoria.

Nadie podía imaginarlo pero aquel verano de 1986 fue el último en el que vimos al gran Sabonis.

Sobre cómo se produjo la rotura definitiva del tendón de Aquiles se han oído muchos rumores. Según la prensa soviética se cayó por unas escaleras; según otros, la caída se produjo motivada por la rotura previa. Se echó la culpa a la mala suerte por no reconocer una obviedad: a aquel chaval se le venía forzando por encima de sus posibilidades. A los 21 años, Sabonis había disputado dos mundiales y dos europeos, no había tenido el descanso necesario durante el verano y acusaba el lógico aumento de peso y musculatura que sus articulaciones no podían soportar con la misma facilidad.

Empeñados en negar la realidad, ese hábito tan soviético, Sabonis siguió jugando partidos sueltos a lo largo de la temporada 1986/87, aunque visiblemente mermado. Los tratamientos “conservadores” no parecían funcionar para desesperación de los directivos de Portland, enfrascados en una eterna negociación con las autoridades rusas por su fichaje. El empeño en explotar al caballo de carreras hasta el último aliento fue desolador: Sabonis se perdió el Eurobasket de 1987 y solo cuando sus problemas se habían extendido a talón, tobillo y rodilla y su carrera realmente estaba en peligro, la Unión Soviética autorizó su viaje a Portland, donde se le operó, colocándole una prótesis que le acompañaría el resto de su vida y que dificultaba muchísimo sus movimientos.

Sabonis regresó a casa en 1988 dispuesto a prepararse para los Juegos Olímpicos de Seúl, los primeros para su selección en ocho años. Pocos tenían confianza en que aquel jugador de apenas 23 años pudiera ser una sombra siquiera de lo que había sido en 1985.

La vuelta por todo lo alto: Seúl y el Fórum Filatélico

Mucho se ha hablado de cómo llegó Sabonis a los Juegos Olímpicos de Seúl. Por un lado, los problemas políticos de Lituania ya estaban presentes. La “perestroika” de Gorbachov había dado rienda suelta a reivindicaciones políticas y nacionales de todo tipo, agravios que venían del estalinismo y el leninismo y que por fin encontraban un cauce. Las repúblicas bálticas empezaban a formar los parlamentos que después declararían su independencia de manera unilateral y aquel equipo soviético dependía por completo de sus estrellas lituanas.

Sin embargo, ni las lesiones ni el desafecto político iban a detener a Sabonis. En 1980 era un crío y en 1984 se encontró con el boicot. 1988 era su año y se encontraba con tres rivales: la Yugoslavia de Petrovic, más los chavales de Jugoplastika y Partizán; los Estados Unidos encabezados por Dan Majerle, Danny Manning o David Robinson… y las serias dudas sobre su estado físico. La URSS podía ganar con un Sabonis al 100% pero nadie esperaba que estuviera siquiera al 50%.

La cosa se quedó en un punto medio. Sabonis no arrasó pero sí fue decisivo en aquellos Juegos Olímpicos. Lo fue especialmente en las semifinales ante Estados Unidos, donde anotó 13 puntos y cogió 13 rebotes, complementando perfectamente a Marciulionis, la verdadera estrella de aquel campeonato, y se fajó con David Robinson todo lo que pudo, aunque el estadounidense se fue a los 19 puntos y 12 rebotes en solo 23 minutos. Aquel Sabas, de nuevo con bigote, de nuevo con melena, pero mucho más limitado en el uno contra uno, con dificultades para atacar el aro más que recibiendo el pase doblado de un compañero, tenía que reinventarse a los 23 años y aquel fue el primer paso.

La medalla de oro, frente a Yugoslavia en la final, el último gran partido que perderían los Kukoc y compañía en cuatro años, fue la culminación de un trabajo titánico. Solo estar en Corea ya era un éxito para Sabonis; volver con el oro a Kaunas después de 20 puntos, 15 rebotes y 3 tapones en el partido decisivo, un sueño. Aquellos Juegos cambiaron por completo el baloncesto contemporáneo. Estados Unidos se dio cuenta de que no podía seguir compitiendo con universitarios a ese nivel y decidió empezar a dar forma al proyecto “Dream Team” que fructificaría con la exhibición de 1992. Por otro lado, los jóvenes jugadores soviéticos y yugoslavos empezaron a saltar progresivamente a la NBA. Primero, Marciulionis, Volkov, Petrovic y Divac, luego Radja y Paspalj… Kukoc esperaría hasta 1993 y el propio Sabonis hasta 1995.

Mientras tanto, el lituano tenía otros planes: asentar su físico para volver a dominar Europa y huir cuanto antes de la Unión Soviética.

Lo primero lo consiguió rápidamente: la temporada 1988/89 fue de transición en el Zalgiris. Sabonis era un jugador más inteligente aún, muy consciente de sus limitaciones y que necesitaba descansos prolongados, pero aún imparable cuando estaba fresco físicamente. Mejoró su tiro de tres, su capacidad de pase y sus movimientos defensivos. En lugar de rendirse, luchó para ser otro jugador pero igual de infranqueable. En el verano de 1989, la URSS viajó a Zagreb para intentar hacerle frente a la anfitriona Yugoslavia en el Eurobasket pero cayó en semifinales ante la Grecia de Nikkos Gallis, la misma que le había derrotado en la final dos años antes. Sabonis cumplió, como siempre, pero se palpaba la desgana, la desmotivación, la disidencia. Aquella bandera no era su bandera, aquel país al que representaba era el enemigo potencia del país que le había criado.

Después de muchos años intentándolo, ese verano, por fin, el lituano pudo salir de la URSS, aunque no se permitió su marcha a los Estados Unidos, todavía el gran enemigo político. A cambio, un hábil empresario, Gonzalo Gonzalo, presidente del modesto Forum Filatélico de Valladolid y posteriormente del equipo de fútbol de la misma ciudad, consiguió que la gran estrella europea se fuera a jugar a la ACB junto a su inseparable Valdemaras Chomicius, al que luego sustituiría Tikhonenko. Alrededor de ellos dos, construyó un equipo más que interesante, con la vuelta de Juan Antonio Corbalán a las canchas después de dos años retirado, o la presencia de jóvenes estrellas como Miguel Ángel Reyes, Lalo García o el polémico Miguel Juane.

En Valladolid se pellizcaban y no se lo creían. De la noche a la mañana tenían un equipo que era la envidia de Europa y que estuvo a punto de conquistar una Copa Korac ante el todopoderoso Il Messagero de Roma encabezado por Dino Radja. Sabonis tuvo tres años esplendorosos, con bigote y sin bigote, con melena y sin melena, sus dos rodilleras siempre acompañándole, algo hinchado pero más listo que nunca. El primer año promedió 23,3 puntos y 13,4 rebotes más casi 4 tapones por partido. Todo esto, visiblemente cojo. En su segunda temporada se fue a los 18,4 puntos y 10,5 rebotes, aunque con algún problema de lesiones, y se despidió de Pucela con una última temporada magnífica: 21,8 puntos, 13,3 rebotes y una media de 31,1 de valoración por partido.

Con 27 años, Sabonis tenía que volver a plantearse si ir a Estados Unidos o quedarse en Europa. Valladolid se le quedaba pequeño, pero las dudas de Portland seguían presentes: ¿Aguantarían sus rodillas y tobillos la exigencia de 82 partidos de liga regular más play-offs?, ¿merecía la pena correr el riesgo? Instalado ya en España, habituado a una cultura tan distinta de la báltica y liberado ya, como su Lituania natal, del yugo soviético, Sabas encontró un punto medio ideal: el Real Madrid, al que acudiría como salvador después de seis temporadas sin conseguir la liga, algo inédito en la historia del club. Ramón Mendoza necesitaba un héroe para su sección de baloncesto, alguien que pudiera revitalizarla y lo apostó todo por el lituano. A posteriori, queda claro que hizo muy bien.

Los años del Real Madrid: Liga, Copa y Euroliga

El Sabonis que llegó a Madrid en el verano de 1992, después de debutar con la nueva selección lituana en los Juegos Olímpicos de Barcelona y conseguir una meritoria medalla de bronce, no recordaba en nada al que rompía tableros en los Torneos de Navidad ocho años antes. Pesaba más, estaba más lento, tenía vendas en cada parte de su cuerpo y la arrogancia de sus mates juveniles había dado paso a un liderazgo silencioso, mágico, indurainesco. Aquellos tres años en el Real Madrid fueron probablemente los mejores de su carrera, desde luego no a nivel físico, pero sí en cuanto a comprensión del juego, a dominio de cada faceta del deporte.

En mi vida de aficionado al baloncesto, incluso como aficionado al Estudiantes, el eterno rival del Madrid, nunca he visto nada parecido. Sabonis se ganaba el respeto de todos, anotaba incluso desde el suelo, reboteaba como un animal, siempre a base de ganar la posición con inteligencia, manejaba su cuerpo a la perfección, pasaba con una mano, con dos manos, en bote, en suspensión. Aquel hombre era una exhibición táctica en cada partido y todo sin hacer ruido, sin más aspavientos que su desesperación cada vez que dos o tres defensores se le colgaban encima y la falta le acababa cayendo a él.

Sabonis no solo imponía respeto, imponía miedo. Consiguió en el Real Madrid lo que Petrovic no pudo en su día: ganar la liga, en cinco partidos, al Joventut de Lolo Sainz y Jordi Villacampa. También ganó la Copa, ante el mismo rival. En la Euroliga, se clasificó para la Final Four y solo la trampa táctica de Bozidar Maljkovic le derrotó en un partido infame de todo el equipo. Sus números lo dicen todo de aquel año, jugando en uno de los grandes de Europa: 17,1 puntos, 11,5 rebotes en liga regular… y 18 puntos con 13,7 rebotes en play-off, rozando los 30 de valoración.

El equipo se había quedado a dos partidos del triplete. Clifford Luyk dirigía al equipo desde el banquillo, Isma Santos se ocupaba de la estrella rival y Antonio Martín encabezaba un grupo de españoles veteranos del que también formaban parte los Biriukov, Romay, Llorente y compañía. En la temporada 1993/94 llegó Joe Arlauckas y se formó probablemente la mejor pareja de extranjeros de la historia reciente de la liga ACB. Arlauckas era todo lo contrario a Sabonis y por tanto su complemento ideal: agresivo, retador, furioso, anotador compulsivo y en ocasiones egoísta, un competidor descomunal que bien tiraba de cuatro metros como machacaba a una mano un contraataque de manera rabiosa.

La conexión Arlauckas-Sabonis dio otro título de ACB al Real Madrid y le daría una Euroliga al año siguiente, la primera en 15 años, la última hasta la fecha. El lituano estaba en su plenitud, con partidos como el del Coren Orense donde alcanzó los 66 de valoración (32 puntos y 27 rebotes), pero la cabeza de todo el equipo, ya con Zeljko Obradovic en el banquillo, estaba en la defensa. Una defensa encabezada por Santos y García Coll, dos jornaleros, más Antúnez, otro portento físico, y Jose Lasa, un base cerebral. El ataque quedaba en manos de Joe y Arvydas y con eso bastaba. El Madrid no ganó la ACB pero Sabonis consiguió sus mejores números de su carrera en España: 22,9 puntos y 13,2 rebotes para una media de 34,2 puntos de valoración por partido.

Nadie ha vuelto a hacer una animalada semejante.

En Europa, como ha quedado dicho, Obradovic volvió a llevar al equipo a la Final Four, esta vez en Zaragoza. El rival, como dos años antes, el Limoges, al que batió fácilmente, dejándolo en apenas 49 puntos. La final le enfrentaba al multimillonario Olympiakos de Volkov, Tarlac, Sigalas y el anotador compulsivo Eddie Johnson. No fue un partido brillante, pero tampoco fue necesario: el Madrid dominó de principio a fin y se impuso 73-61. Arlauckas anotó 16 puntos, Sabonis, 23 con 7 rebotes y una gran defensa sobre Fassoulas y Tarlac. El “Zar” había ganado un Mundial con 17 años, un Europeo con 20 y unos Juegos Olímpicos con 23. Ahora tenía en su palmarés, por fin, la Euroliga, la que el fallecido Petrovic le quitara en 1986. ¿Qué reto le quedaba en Europa? Ninguno.

Tras un Eurobasket 1995 espectacular, en el que Marciulionis y él plantaron cara hasta el final a la todopoderosa Yugoslavia de Djordjevic, con 20 puntos, 8 rebotes y amargas lágrimas en la cara tras su expulsión por una técnica dolorosísima que a punto estuvo de provocar la retirada de los lituanos del partido, Sabonis, a punto de cumplir los 31 años, se decidía por fin a dar el salto a la NBA.

La NBA, o cómo dejar claro que habría podido ser el mejor pívot de su época

Era extraño ver a un rookie treintañero y con tantos títulos a sus espaldas. Un rookie que provocara tanto respeto en todos lados. Sabonis había derrotado a los Estados Unidos en Seúl y los había puesto contra las cuerdas en España. Su nombre sonaba para los Blazers desde el verano de 1986, diez temporadas esperando la llegada del hijo pródigo, quien, por inseguridades, lesiones o simple comodidad se negaba a dar el salto. Ahora, después de la mejor temporada de su vida, sí se sentía preparado y en Portland le esperaban con los brazos abiertos.

Aquellos Blazers seguían la estela del equipo que fue dos veces finalista en 1990 y 1992 y contaba con excelentes jugadores como Rod Strickland o Cliff Robinson pero tenía grandes problemas en la pintura y sobre todo en la lectura del juego. Sabonis complementaba las exuberancias físicas de sus compañeros con sentido común y trabajo en equipo. Había pasado por todo eso antes: a diferencia de Petrovic, que necesitaba el protagonismo continuamente, la lesión obligó a Sabonis a confiar menos en sí mismo y más en sus compañeros.

Pese al respeto, da la sensación de que en la NBA no eran conscientes de lo bueno que seguía siendo Sabonis. Probablemente lo habrían visto en los Juegos Olímpicos durante su época de espigado y fibroso y se sorprenderían al verlo más lento y fondón, pero Sabas dejó las cosas claras desde el principio: como rookie, promedió 14,5 puntos y 8,1 rebotes… ¡en 23 minutos! PJ Carlesimo, su entrenador por entonces, le regulaba lo máximo posible porque era imposible que un hombre de 220 centímetros, 125 kilos y los pies destrozados aguantara el ritmo de toda una temporada si se le forzaba como le forzaron en sus años de juventud en la URSS, que tanto lamentaría después. Si no fuera por esa limitación de minutos, a nadie le cabe duda de que Sabonis habría conseguido el galardón de novato del año por delante de Damon Stoudemire. Pese a todo, sí entró en el quinteto ideal.

Sabonis siguió creciendo como creció su equipo. A la juventud imperante se le fueron añadiendo talentos puros como Rasheed Wallace, Steve Smith, Brian Grant, Bonzi Wells, Scottie Pippen… El lituano era la referencia de orden en un equipo que llegó a ser conocido como los Jail Blazers por los continuos problemas de sus jugadores con la justicia. Su mejor temporada sería la 1997/98, con 17 puntos, 10 rebotes y 3 asistencias de media. La única en la que superó los 30 minutos de juego. ¿Se imaginan dónde habría llegado este jugador con 24 años, los pies sanos y 40 minutos por partido? Esa será siempre la gran pregunta.

Aquella temporada fue la última a altísimo nivel. La siguiente tuvo que lidiar con algunas molestias y la inevitable competencia de talentos más explosivos bajo los tableros. Sabonis tenía ya 35 años pero nadie se atrevía a quitarle su posición en el quinteto inicial. Ganador de todo en Europa, nunca estuvo más cerca del anillo que en 2000, cuando los Blazers estaban a un solo cuarto de eliminar a los Lakers en su propia cancha y acceder a la final contra los Pacers cuando se vinieron estrepitosamente abajo y desperdiciaron definitivamente su talento. A partir de entonces, el entusiasmo se acabó. Sabonis parecía un abuelo resignado entre tanto tiroteo y posesión ilegal de drogas, entre tanto gangsta rap, individualismo y técnicas de niñatos. Sus códigos eran otros. Sus códigos eran los soviéticos de 1982. En 2001 dijo basta y se retiró durante un año. Firmó con el Zalgiris pero no llegó a jugar ni un partido. Ese era el final de Sabonis para todos, merecido… Sin embargo, cuando los Blazers le llamaron en 2002, el lituano volvió a Portland para un último baile.

Blazers y Zalgiris, un adiós por todo lo alto

Los Blazers no conseguían encontrar un pívot mejor que Sabonis en ningún lado. Pese a sus lesiones, pese a su ya evidente lentitud en defensa, nadie podía dar 20-25 minutos de mayor intensidad que aquel veteranísimo de 38 años. En la mente de Paul Allen, el multimillonario propietario de la franquicia, estaba acabar por fin con la racha de los Lakers de Shaq, Kobe y Phil Jackson. Seguía teniendo a los Wells, Wallace, Davis, Stoudamire… y había añadido a dos jóvenes refuerzos: Zach Randolph y Ruben Patterson.

No funcionó.

Se fueron a las 50 victorias de nuevo pero cayeron en primera ronda de play-offs ante los Mavericks. Sabonis tampoco estuvo a la altura de las expectativas. Solo fue titular en un partido, su media de minutos bajó a 15, con unos promedios de 6 puntos y 4 rebotes. Fue una despedida amarga, un poco innecesaria, algo parecido a lo que hiciera Jordan con los Wizards. En total, como treintañero lesionadísimo, Sabonis jugó 521 partidos en la NBA. Sus promedios: 12 puntos y 7 rebotes en uno de los mejores equipos de la competición.

Volvió a Kaunas y se apuntó de nuevo al Zalgiris, sin saber si esta vez jugaría o no. Como hemos visto al principio, jugó y vaya si jugó. Se esperaba un Sabonis como el de su última temporada en la NBA: torpón, lento, desmotivado… pero no, Sabonis en Europa era Sabonis en Europa. MVP de la primera fase, MVP de la segunda, si no hubiera sido por aquel triple imposible de Sharp, ¿quién sabe si no hubiera ganado su segunda Euroliga justo el año de su retirada? Casi 17 puntos y 11 rebotes por partido justo antes de cumplir los 40, es decir, 22 años después de su imponente aparición en Cali.

Estuvo un año más deshojando la margarita. Te tiene que gustar mucho el baloncesto para soportar tanto dolor partido tras partido, año tras año. Te tiene que encantar. Lo que uno echa de menos en algunos de los jugadores actuales es ese divertimento, esa pasión. Para Sabonis el baloncesto lo era todo. Ganar lo era todo, o al menos competir hasta el final. Se planteó un nuevo regreso con 40 años. Sus estancias en Málaga, donde sus hijos crecían, levantaron rumores de un posible fichaje por el Unicaja, pero nunca se materializó.

Sabonis, sin hacer ruido, como casi toda su carrera, anunció su retirada, se otorgó a sí mismo un puesto más o menos testimonial en la directiva del Zalgiris y se dedicó a la buena vida. En septiembre de 2011, la vida le dio un nuevo susto en forma de infarto. Se recuperó rápidamente. El mundo del baloncesto respiró aliviado. Sabonis fue primero una bestia física, después fue un competidor brutal, pero siempre se distinguió como un jugador noble, respetuoso, admirado por todos. Una de esas figuras que trasciende su equipo y su deporte. La camiseta roja de la CCCP volando por encima del aro en busca de otro tablero que estallar, melena al aire, bigote poblado, el 11 ó el 15 a la espalda y por debajo de la camiseta roja otra camiseta roja, por si había dudas.