Deporte español y dopaje: hasta que la muerte nos separe

Foto: Cordon.

Lo que son las cosas. Alejandro Valverde se ha proclamado campeón del mundo de ciclismo a sus treinta y ocho primaveras, nueve años después de que el Comité Olímpico Nacional Italiano asociara el ADN de Valverde, conseguido en una jornada de descanso en tierras italianas durante el Tour de Francia de 2008, con plasma conseguido durante la Operación Puerto. Es significativo que tengan que ser unos italianos, con material conseguido durante una ronda francesa, los que consigan las pruebas suficientes como para culpar a un deportista español, implicado en la que es posiblemente la mayor trama de dopaje habida en tierras españolas. Hay que puntualizar lo de «posiblemente»: es por lo menos la mayor trama de dopaje en España que se haya hecho pública, y seguramente lo seguirá siendo, porque lo de Barcelona 92 queda ya muy lejos.

Gracias al hallazgo italiano Valverde fue suspendido durante dos años, entre 2010 y 2012. Fue durante ese lapso de tiempo, concretamente el 10 de enero de 2011, cuando apareció pendiendo del techo de su domicilio el cadáver de Alberto León, colgando de una soga al cuello. Exciclista profesional, decidió sumirse en las alcantarillas del deporte de la mano de Eufemiano Fuentes. León fue imputado por tráfico de sustancias estupefacientes tanto en la Operación Puerto como en la subsiguiente Operación Galgo desde 2006. Dicho de otro modo, hacía de correo de Eufemiano, que despachó con esta displicencia las preguntas sobre León en el juicio sobre la Operación Puerto dos años después de su muerte:

Las maletas del piso de Alonso Cano eran de Alberto León. No se abrieron nunca. Ni sabía que había medicamentos. Alberto León limpiaba, llevaba cajas y las traía. Le pagábamos ciento cincuenta euros semanales.

El piso de la calle Alonso Cano al que hace referencia Eufemiano es un apartamento en el que el médico adulteraba la sangre de sus clientes para centrifugarla, enriquecerla con sustancias dopantes, y finalmente congelarla para un uso futuro. Eufemiano trabajaba, de acuerdo con sus propias declaraciones, con deportistas de toda índole: ciclistas, futbolistas, atletas, boxeadores… no había disciplina alguna que se resistiera ante las tentaciones de las artes del médico canario. Había mucho en juego en la Operación Puerto. No podía permitirse en modo alguno que alguien cantara. Y menos un desgraciado al que se le pagan ciento cincuenta euros semanales.

Mucho en juego. Como es el caso de Marta Domínguez, esa atleta cuyo mejor rendimiento vino curiosamente ya pasados los treinta años, como el ciclista con el que abríamos este artículo. Célebre fue su portada en Marca proclamando su inocencia, tan célebre como su portada en el mismo diario, apenas siete meses antes, proclamando su culpabilidad. No es de extrañar el rotundo cambio de punto de vista entre ambas portadas, conociendo la trayectoria del diario y sabiendo además que el partido político al que servía Eduardo Inda —el entonces director de Marca— es el mismo que terminó acomodando a Domínguez en sus filas. Porque así es como premia el Partido Popular a los imputados en tramas de dopaje y otros corruptos. Un puesto de senadora por Palencia y portavoz popular de Educación y Deporte en la cámara alta de la mano del único partido posible en la vieja Castilla. Hizo falta que el TAS, ya en 2015, anunciara definitivamente su dopaje, sancionándola con tres años sin competir (aunque por entonces Domínguez ya estaba por cumplir los cuarenta) y anulando sus resultados logrados entre 2009 y 2013, para que el PP no tuviera más remedio que echarla del partido, porque en la lógica de los populares es admisible ser un corrupto y un sinvergüenza, otra cosa es que te pillen.

Pongamos un claro ejemplo de esta ofuscación general en cuanto se toca el tema del dopaje, como es el caso de las alegres declaraciones de Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español, feliz porque de los once mil controles que hizo el COE en 2012, solo el 1,2 % dieron positivo. Esto es, ciento treinta y dos positivos en solo un año detectados por el Comité —sin mencionar ya otros controles—. Y el presidente dice que esto es un muy buen dato. Así es España.

Hay mucho en juego. Como la reputación del deporte rey. En los papeles de Eufemiano Fuentes aparecen las siglas «RSOC» aludiendo a la Real Sociedad, algo corroborado por ni más ni menos que Iñaki Badiola, expresidente del club, que afirmó que el club trabajó con Fuentes llevando una contabilidad B con la que pagaban sustancias dopantes. Nada de eso ha bastado como para que siquiera se plantee la posibilidad de la existencia de una trama de dopaje en el fútbol profesional español. La única postura vislumbrable ante el dopaje futbolístico es la más rotunda negación. Y no solo por parte de los clubes o la prensa, sino por los organismos que deberían combatir el dopaje, como la Comisión Antidopaje de la Real Federación Española de Fútbol, una comisión en todo caso puramente testimonial, que cuenta con cinco miembros, todos ellos designados por el presidente de la RFEF, no fuera a ser caso que se cuele alguno que quiera hurgar donde no debe. El mismo Lance Armstrong, que de otra cosa tal vez no pero de dopaje en España sabe un rato, dejó caer que grandes clubes de fútbol influyeron en la decisión final de la Operación Puerto.

Tal es el cachondeo que Eufemiano Fuentes, al ser preguntado si la denominación «RSOC» tenía relación con la Real Sociedad, contestó apenas conteniendo la risa que a lo mejor RSOC era el nombre de un buen vino. Se ríe de nosotros porque puede, porque se lo permiten. En otros países Eufemiano no tendría licencia para ejercer la profesión médica y estaría cumpliendo condena en la cárcel. Vayamos más allá: cualquier deportista que se pusiera en contacto con él sería automáticamente sancionado en países como Francia o Alemania. Pero en España Eufemiano salió del juicio de la Operación Puerto airoso y riéndose de nosotros, sin tener que pisar la cárcel, y por supuesto cualquiera puede contactar con él o con cualquier otro camello de su calaña sin que ninguna autoridad deportiva en España mueva un dedo ni levante la más mínima sospecha.

Pero no es solo que no se castigue a los criminales. Es que tampoco se premia a los muy extraordinarios casos de implicados que se vuelven en contra del mundo de dopaje que les rodea, renunciando a su vida tal y como la conocen para denunciar las irregularidades. Es el caso de Jesús Manzano, ciclista madrileño que denunció el sistemático dopaje en el ciclismo español, aportando multitud de datos y describiendo el lamentable panorama entre los bastidores del ciclismo profesional: médicos que inyectan a los ciclistas sustancias de cualquier tipo sin que los deportistas sepan qué les están haciendo y un caos de transfusiones en el que a un ciclista se le puede inyectar sangre de un grupo incompatible, causándole de este modo hipersensibilidad tipo II, que puede llevar a trastornos e incluso a una muerte súbita. Jesús confesó que llegaron a meterle hemoglobina de origen canino, bovino o lo que fuera, con tal de oxigenar la sangre. Y dominando todo este festival politoxicómano estaba el equipo, Kelme en este caso pero con tantos iguales en el deporte, que arrinconaba a los ciclistas diciéndoles que si no quieren trucar el motor se van a ir a la calle.

Manzano aportó numerosas pruebas que demostraban la veracidad de sus palabras, e inculpaban al equipo Kelme de los años 2001, 2002 y 2003, además entregó sustancias dopantes como EPO, la hormona de crecimiento o la testosterona. Aportó documentos firmados por médicos, entre los cuales destacaba Eufemiano Fuentes, entonces camello del Kelme. Adelantó los centrifugados de sangre y su congelación que años después se destaparían en la Operación Puerto.

Podría pensarse que tras semejante testimonio, especialmente dado el volumen de pruebas aportado, el mundo del ciclismo se vendría abajo y los imputados irían en masa a la cárcel.

Pero esto sucedió en España. De modo que el juez que lo interrogó, Guillermo Jiménez, decidió no abrir una investigación formal dado que el dopaje no era un delito según la legislación española.

A cambio, lo que recibió Manzano no fue un puesto en la Agencia de Protección de la Salud en el Deporte, ni en la Comisión de la Salud y Prevención del Dopaje de la RFEC, que es lo que probablemente merecería. Lo que recibió fue el más profundo desprecio por parte del mundo del ciclismo profesional y un corte de mangas de la prensa generalista, además de numerosas amenazas de muerte.

Incluso después de la Operación Puerto, que demostró la veracidad de sus acusaciones, no ha recibido compensación alguna por parte del deporte ni disculpa por los que en su momento lo acusaron de mentiroso.

Así es como España premia a los que tratan de luchar por la justicia en el deporte.

También ha recibido varias amenazas de muerte José Luis Korta, exremero y entrenador de la Kaiku de Sestao. Destapó una trama de dopaje en el mundo del remo relacionada con, albricias, Eufemiano Fuentes y otro médico estrella, Marcos Maynar. Este Maynar fue entre otras hazañas el responsable de velar por la salud del ciclista portugués Bruno Neves, que murió en plena etapa de un paro cardiaco. Con veintiséis años de edad. En Vizcaya no llegó a matar a nadie, pero sí trabajó con el club de remo bilbaíno Urdaibai, montando un festival de la droga incluyendo EPO y enmascarantes. Cuando Maynar empezó a inyectar a los remeros en 2010, Urdaibai pasó de cosechar malos resultados a conquistar la liga y ganar la Bandera de la Concha por primera vez en su historia. Según uno de los remeros de aquel equipo, Maynar preparaba multitud de jeringuillas para cada remero que, junto a una enfermera, administraba después de los entrenamientos y antes y después de cada prueba. El doctor había sido prometido una buena cantidad de dinero si conseguía drogar a los deportistas lo suficiente como para ganar la Concha, y así fue. En 2015 fue mandado a juicio junto a los demás responsables del dopaje planificado, pero fue absuelto a pesar de las numerosas pruebas presentadas, desde sustancias dopantes hasta el testimonio protegido de uno de los remeros. Marcos Maynar no solo no ha sido sancionado si no que sigue vinculado con el deporte, actualmente como médico del club de fútbol Cacereño.

¿Y cómo castiga España a los que usan el deporte para su propio provecho delinquiendo? Cojamos por caso la trama destapada por el periodista Carlos Ribagorda, el cual se infiltró en el equipo paralímpico español de baloncesto que participó en los juegos de Sídney 2000. Ribagorda jugó en el equipo de minusválidos pese a no tener ninguna discapacidad y sin necesidad de pasar un solo control médico. De hecho, solo dos de los doce integrantes del equipo eran discapacitados. Esto no solo se limitó al baloncesto paralímpico, sino que también afectó a otras disciplinas. No es de extrañar que España consiguiera treinta y ocho medallas de oro, más que Estados Unidos. Todo esto fue llevado a cabo bajo el consentimiento y promoción de la Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales (FEDDI), cuyo amor por el deporte limpio es mucho menor que el amor por las subvenciones derivadas de los premios y el mamoneo resultante. De entre todos los procesados, solo fue condenado Fernando Martín Vicente, presidente de la FEDDI por entonces, a pagar una miserable multa de cinco mil cuatrocientos euros. Ni una sola persona del equipo de psicólogos o médicos que debían de haber hecho los controles, ni el vicepresidente, ni su delegado ni el director médico de la FEDDI, ni cualquier otro de los que dieron el beneplácito para que semejante cerdada se llevara a cabo, ha sido condenado en modo alguno.

Pero ahí está el cadáver de Alberto León, colgando de su piso en El Escorial, que sirve de testimonio mudo de una realidad que más tarde o más temprano va a tener que salir a la luz pública, a pesar de los amparos jurídico, gubernamental, periodístico y —lo que es peor— deportivo de los que está gozando el dopaje en España.

La prensa ha tratado por todos los medios de echar arena sobre el cadáver de Alberto León. Sirva como ejemplo de la desesperación con que esto se llevó a cabo un artículo en el ABC del 11 de enero de 2011, firmado por José Carlos J. Carabias, en el que el autor se saca varias declaraciones cuanto menos sospechosas, sin citar jamás fuente alguna, como que Jesús era de «temperamento frágil y quebradizo según cuentan las personas que han convivido con él». De las cuales sabemos nada, por supuesto. Culmina su lamentable artículo con un bombazo que «no sorprendió a antiguos conocidos», siendo este que «ya había pensado más de una vez en el suicidio».

— Buenas, Alberto, cuánto tiempo, ¿qué tal todo?

— Pse, tirando, aunque he pensado más de una vez en el suicidio últimamente.

El típico comentario que uno suelta como quien no quiere la cosa. Diálogo de ascensor.

Jesús Manzano fue amenazado de muerte por destapar algo que no era entonces delito. ¿Qué no podría haberse hecho con Alberto León cuando el dopaje sí pasó a ser considerado una actividad delictiva? Un tipo que lo sabe todo de la trama, que tiene mucho que perder pero poco que ganar —y por ciento cincuenta euros semanales dudo que estuviera eternamente agradecido a la organización criminal que lo empleaba—.

Esa es la pregunta que permanece en el aire y que nunca encontrará respuesta. Porque la deslumbrante ilusión importa más que la asquerosa realidad, cuando el éxito de Valverde y la muerte de León no son sino dos caras de la misma moneda, la cara y la cruz de la Operación Puerto.


Yates aprende a ganar, Mas empieza a surgir: hechos y olvidos de la Vuelta 2018

Simon Yates, ganador de La Vuelta 2018. Foto: Óscar González / Cordon.

El 14 de septiembre del año 2003 la Vuelta a España rinde visita al Port de Envalira, el paso de montaña más alto de los Pirineos. José María Aznar es el presidente del Gobierno, el Barcelona acaba de fichar a Ronaldinho y Walter Herrmann ha sido el último MVP de la ACB. Aquel día, hace tanto, ganó Alejandro Valverde. Su primera victoria en la carrera más importante del país. Lo hizo al esprint, como (casi) siempre. Detrás entraron Darío Frigo, Unai Osa, Leonardo Piepoli, Francisco Mancebo, Félix Cárdenas o Isidro Nozal. Escalofriante…

El 14 de julio de 2013 el Tour de Francia hace terminar una etapa, día de fiesta señalado, en la cima del Mont Ventoux. Allí, en el gigante de la Provenza, en ese cachito de luna cuyos bosques surcaron los mares bajo pabellones genoveses, destaca el colombiano Nairo Quintana. Chris Froome lo acaba adelantando, pero su esfuerzo le sirve para escalar posiciones en la general. Terminará la carrera segundo, y con la sensación de que lo mejor está por venir.

El mismo 2013, mientras Quintana se batía el cobre con los mejores del mundo, mientras Valverde celebraba los diez años de su primera victoria en la Vuelta, Simon Yates se proclamaba campeón del mundo. En la pista, óvalo de madera hacia el que dirigía por aquel entonces sus piernas. También  empezaba a destacar en el asfalto. Etapas en el Porvenir, el campeonato de su país. Una buena promesa.

Cuando Valverde ganó en Envalira, Enric Mas tenía ocho añitos. Igual lo vio por la tele, o a lo mejor le pilló en la calle, la cara llena de mocos, la sonrisa puesta en el rostro. Hasta 2016 no pasó a profesionales. Trece años más tarde de aquella tarde mágica en el gigante de Andorra. Tres veranos desde el Mont Ventoux. Un soplo. Apenas nada.

Estos cuatro hombres (generaciones distintas, cuerpos diferentes, caracteres disímiles) cruzaron sus destinos en el monte Oiz. Un momento especial. Allí, en Oiz, uno supo que no iba a ganar la Vuelta a España del año 2018, otro temió que podía perderla y dos soñaron conquistarla.

Tardó en llegar, sí, pero todo tiene un principio.

Primer acto: decepción

La Vuelta a España 2018 empezó con una participación de campanillas. Varios de los mejores vueltómanos del mundo (Nibali, Porte, Quintana, Yates), jóvenes promesas (De PlusTao Goeghegan, Buchmann), todoterrenos y esprinters (Peter Sagan, Viviani, Bouhanni), nacionales dispuestos a todo (Valverde, De la Cruz, Mas) y un grupo de escaladores de diferentes características que garantizaban el espectáculo (Kruijswijk, Miguel Ángel López, Fabio Aru). A priori, un menú envidiable.

El problema es que ya en la segunda etapa, la primera en línea, se tacharon muchos de esos nombres. Bastó un final tendido en un puerto de tercera categoría, menos de doscientos metros de desnivel, para enseñar vergüenzas. Demasiadas. Nibali, a un mundo. Richie Porte, a dos. Aru, sufriendo como un perro, solo que este lleva así todo el año y ya ni sorprende. Las promesas se quedan en futuros. Los esprinters se guardan para el llano, y quienes tienen hechuras de clasicómano ni siquiera asoman en un terreno que les podría ir bien.

Por pura mala idea, destaquemos dos nombres. Richie Porte llegó a la Vuelta lloroso. Se había caído en el Tour de Francia, que era su único objetivo del año, y parecía tomarse la ronda española como un castigo gordo. Consulten mis datos de entrenamiento y verán que no estoy en forma, gritaba a los periodistas, demostrando que en este mundo tecnificado cada vez es más difícil guardar secretos. Sobre todo si quieres que sean públicos. El problema con Porte es que solo parece interesarle una carrera al año, y en esa jamás ha pasado del quinto puesto. Se cae, no tiene dominio de la bici, y demuestra bastante poca ambición. Quizá tenga oportunidades mejores en el futuro para estrenar su palmarés en grandes vueltas, pero parece complicado que llegue a ocurrir jamás. Y, mientras tanto, va perdiendo años completos.

Otro a quien se esperaba ese primer día es Peter Sagan. Llegaba a la Vuelta después de tres años. Lo último que le había pasado en España es ser atropellado por una moto de la organización. Mal precedente. En aquel momento Sagan era un ciclista marcado por la fatalidad, gran promesa que parecía haberse estancado y era un fijo de los lugares nobles en cada sitio donde competía… pero sin ganar en casi ninguno.

Volvió vestido de arcoíris, el tercero, y con las victorias de Flandes y Roubaix en su entrada de Wikipedia. Pero, sobre todo, retornaba como la gran figura del ciclismo mundial, el hombre cuya imagen, cuya sonrisa, trasciende a las páginas deportivas. Sagan es una estrella del rock que da pedales. Lo sabe y le gusta. Le encanta. Solo que en la Vuelta destacó más por esa labor de showman que por su desempeño en la carretera. Superado sistemáticamente por Viviani en los esprints, sin noticias de los test en montaña que anunciaba iba a realizar, la imagen de Sagan en esta carrera quedó ligada a sus caballitos en monte Oiz, a su amabilidad con los fans, a su carácter bromista e inocente, de niño grande. Quizá sea poco en lo deportivo, pero su mera presencia enriquece cualquier competición. Y siempre le quedará el Mundial.

Así que eso… no iban doscientos kilómetros de carrera y buena parte de los favoritos habían dejado de contar para otra cosa que no fueran las fotos y los artículos a mala baba. Suele ocurrir en la Vuelta, pero lo de este año resultó especialmente llamativo.

La etapa la venció Valverde con su clásico esprint. El mismo con el que se imponía en esta misma prueba hace ya quince años. Década y media, nada menos. Un récord, el de más tiempo entre victorias en una misma Gran Vuelta, compartido con Gino Bartali y Fausto Coppi. A los italianos les pilló por medias la Segunda Guerra Mundial, parón forzoso de un lustro. Valverde también tuvo el suyo, entre 2010 y 2012. Fue por dopaje. Una llegada a Pratonevoso, un perro pastor alemán que se llamaba Piti, un nombre en los papeles de Eufemiano Fuentes y un código genético que coincide. Sanción. Luego volvió, y siguió ganando. Seis años después, con treinta y ocho, se ha impuesto en dos parciales de la Vuelta, y mantuvo hasta casi el final la ilusión por vencer en Madrid.

La victoria de Valverde trajo, también, el liderazgo para Michal Kwiatkwoski, el corredor del SKY. Y saltaron las alarmas, claro, porque de un tiempo a esta parte parece que en SKY cualquiera puede ganar la prueba que se proponga, da igual el nombre o la importancia de la misma. Pero fue solo eso, un espejismo. El supuesto líder de los británicos, De la Cruz, anduvo persiguiendo al pelotón por media península para acabar buscando un poco de gloria con escapadas lejanas. El polaco reventó, igual que la nueva perla británica Tao Goeghegan. En España no hubo tiranía sobre el pelotón, pero el terror estuvo latente durante varios días.

Al menos hasta La Covatilla. Primera llegada en alto seria y primera decepción. Etapa para Ben King, un temporero del pelotón que se va de la Vuelta con el zurrón lleno, y apenas movimientos entre los mejores. El maillot de líder caía en las espaldas de Simon Yates. Demasiado pronto, decían algunos, esbozando una sonrisa. Demasiado pronto.

Nairo Quintana, La Vuelta 2018. Foto: Cordon.

Segundo acto: confirmación

Lo cierto es que a Yates le perseguía su pasado. Ese que hace unos pocos meses le hizo hundirse en una etapa del Giro, la que terminaba en Bardonecchia, después de tener amarrada la general durante toda la prueba, exhibiciones en el Gran Sasso y Sappada incluidas. Pero aquel día, subiendo Finestre, mientras Froome sentenciaba la carrera de una forma literalmente increíble, Yates se sumía en la agonía. Perdió casi cuarenta minutos y un carro de confianza. No eran pocos quienes pensaban que en la Vuelta todo seguiría la misma senda.

Claro que esto es diferente. Desde hace unos años, y coincidiendo más o menos con la llegada de Javier Guillén a la dirección de la prueba, la Vuelta a España tiene una personalidad bien definida. El «modelo», como muchos lo llaman, está bastante claro. Etapas cortas y nerviosas. Finales en alto de grandes porcentajes pero, normalmente, escasa longitud. Eliminación casi completa de los puertos de paso. Poca contrarreloj, y quebrada a ser posible. Todo orientado, en general, a conseguir dos efectos: que casi cada día haya algo que mostrar en la lucha por la general (aunque sean fuegos de artificio o diferencias cifradas en segundos) y que la emoción por saber el ganador final se mantenga hasta la última etapa.

Es una idea quizá arriesgada, basada en atraer al espectador ocasional pensando (con razón o sin ella) que el aficionado de toda la vida no abandonará su vicio. Por unas u otras razones (y el azar también influye) esos objetivos se suelen conseguir, pero dejan tras de sí algunos problemas.

En esta edición el más evidente fue que a la altura de la etapa catorce, con dos tercios de la prueba disputados, la relación de fuerzas entre los favoritos (los que aun quedaban) todavía no se había mostrado en ningún momento. Por falta de terreno, quizá. También, en ocasiones, por falta de actitud, que no todo va a ser echar la culpa al empedrado.

La segunda semana de la Vuelta fue una continua espera. Al tríptico de montaña. Solo que tampoco eran tan de montaña. Tríptico sí, porque equivocarse con los números ya es cosa complicada. Pero lo otro… veamos.

Hasta llegar allí se van sucediendo días entre el bostezo y el interés. De las primeras no decimos nada, por no abundar. Las segundas tienen en Ribeira Sacra su punto culminante, con un recorrido pestoso y una valiente fuga de Thibaut Pinot que podía poner en jaque la general. Al final solo una hermosa batalla, coronada con un pequeño detalle: a menos de un kilómetro de la llegada Nairo Quintana lanzaba un ataque «para ver si cogía a alguien desprevenido», según sus propias palabras. Era la primera de varias decisiones bastante erráticas en el equipo Movistar.

Pero hablábamos del tríptico que no fue tal. El maillot rojo descansaba sobre las espaldas de Jesús Herrada, escapada mediante, pero era un líder prestado. Los favoritos seguían siendo los mismos. Quintana, Yates, Valverde, Kelderman, Kruijswijk, Miguel Ángel López. Pero, ¿quién estaba mejor y quién flojeaba? Imposible saberlo. En La Camperona, pendientes imposibles para llegar a un repetidor, no hubo más noticia que la victoria de Óscar Rodríguez, un navarro que corre para el Euskadi-Murias y consiguió estrenar a su equipo en la ronda española. Fue solo un destello, pero la forma en que resolvió la fuga ante ciclistas mucho más experimentados hace pensar en un futuro interesante para este chaval de veintitrés años.

Al día siguiente, en Les Praeres, más de lo mismo. Murazo de impacto precedido de un recorrido interesante que los favoritos desaprovecharon por temor a reventar en los tramos superiores al 20 % del final. Allí se impuso Simon Yates, que reconquistó el maillot rojo de líder. Allí empezó a asomar, también, Enric Mas, uno de los grandes protagonistas de la Vuelta. Pero, siendo sinceros… aún nada.

El momento fue en La Huesera. Los Lagos de Enol y la Ercina, la subida mítica ochentera, tan pop ella, tan «Me estoy volviendo loco». Ecos de Lejarreta, de Perico, de Lucho, de Pino. Todo eso. Y, al final, resulta que ahí siguen, desvelando miserias. Fue en La Huesera, digo, donde cayeron las máscaras y quedaron los más fuertes. Yates, Mas, Valverde. El holandés Kruijswijk, también Miguel Ángel López. Y, a trompicones, Nairo Quintana. Nairo Quintana, que sentenció aquí su victoria de 2016. Que estaba llamado a ser el ganador este año. El que mejor pedigrí tenía, el más solvente. Apenas podía aguantar, se descolgaba, cerraba huecos. Fue el principio del fin para él, aunque muchos no quisieran verlo.

Tercer acto: sublimación

A principios del año 2018 el equipo Movistar presentaba un plantel temible para las grandes vueltas. A los dos grandes líderes clásicos de la estructura (Quintana y Valverde) se venía a sumar un Mikel Landa que clamaba libertad tras su paso por SKY. También pululaban por allí nombres como Amador (cuarto en un Giro), Carapaz y el joven Marc Soler. Parecía una estructura pensada para vencer allí donde fuera. El ejército de Atila.

Nueve meses después los resultados son dignos de los osos amorosos. Cuatro etapas en total, con un cuarto puesto en el Giro como mejor clasificación. El primer error fue concentrar todos los esfuerzos en el Tour de Francia. Allí se vio que los tres líderes no terminaban de congeniar bien sobre la carretera, y los resultados no fueron los esperados. La dirección, desconcertante, ha seguido sin arrojar frutos en esta Vuelta a España.

Lo de Covadonga había sido un claro aviso. Allí ganó Thibaut Pinot, un tipo ciclotímico, depresivo, que se asusta con las bajadas y vuela, algunos días, en los ascensos. Alguien que parecía predestinado a grandes cotas pero que se ha quedado «solo» en uno de los mejores escaladores del mundo para días sueltos. No es poco. En la Vuelta se impuso en dos grandes etapas. Buen botín el suyo.

Con todo, la imagen del día no fue la del francés brazos en alto, sino la de Quintana pidiendo con el brazo a Valverde que pasase para tirar de un pequeño grupo. Fue innecesario (ahí tenía que tirar el líder Yates, no un Movistar), apenas una anécdota, pero tan reveladora… La Vuelta a España de Nairo Quintana ha sido un auténtico desastre para el corredor que fascinó por su facilidad en la escalada hace no tantos años. Ahora su estrella parece apagarse lentamente, y su postura excesivamente conservadora en carrera no hace sino aumentar esa impresión. Durante muchos días, incluso, parecía que Valverde había sacrificado sus opciones de victoria por ayudar al colombiano. Luego vimos que ni uno ni otro estaban para más de lo que hicieron. Fracaso total para un equipo donde se impone cierta reflexión al final de esta temporada…

La contrarreloj de Torrelavega, en este contexto, parecía el momento ideal para dejar colocadas las piezas antes de la traca final. Lo cierto es que decidió poco, aunque reafirmó bastante. Que Quintana no iba, que Kruijswijk estaba creciendo. Y Mas. Sobre todo Mas. Un chaval de veintitrés años que en su segunda Vuelta a España parecía sentirse cada vez mejor. Él mismo decía que soportó un pequeño catarro en la primera semana, que incluso debió tomar antibióticos. Un relato épico, orientado a engrandecer el resultado final. Cierto o no, su rostro, su gesto de «esfuerzo sonriente», sus pómulos marcados coronando un cuerpo extraordinariamente delgado empezaban a hacerse familiares para el aficionado.

Y al día siguiente, la que parecía etapa clave de la Vuelta. Llegada a la cima del monte Oiz, más arriba del Balcón de Vizcaya. Recorrido rompepiernas, sin mayor encanto. Pero pendientes acusadas, un kilómetro final que parecía medir dos mil metros, hormigón agarrando las ruedas de los ciclistas. Y algunos ingredientes adicionales. La niebla que cubría de misterio un deporte cada vez más medido, más mecanizado. Y el calor de la afición vasca, tan entendida y respetuosa como siempre. Fue poco tiempo, fueron, otra vez, apenas chispazos de gloria, segundos de diferencia, afirmaciones de lo ya sabido… Pero, siendo todo eso cierto, resultó salvaje y hermoso.

En Oiz ganó Michael Woods, un antiguo atleta de mediofondo que lloraba desconsoladamente en meta, recordando su hijo muerto, las horas entrenando con ese sabor en el paladar, las ganas de no salir jamás. A todos nos encogió un poco el alma, porque a veces estas cosas no son solo de dar pedales y luego contarlo. En Oiz creyó Valverde que podía ganar la vuelta. Liberado ya de la bicefalia con Quintana, el murciano aprovechó un acelerón en los últimos metros para recortar a Yates. Quedaba a veinticinco segundos, apenas nada si tenemos en cuenta que restaban dos etapas de montaña, con sus bonificaciones y demás.

¿Podría perder nuevamente todo Simon Yates a pocas jornadas del final? Seguramente era imposible, y, viéndolo en perspectiva, lo sorprendente era siquiera planteárselo (también fue ese el mérito de Valverde, ojo). El inglés ha sido sin duda el más fuerte a lo largo de las tres semanas, solvente desempeño contra el crono incluido. Su Giro (obviando dos etapas) y esta Vuelta parecen confirmar la llegada de un nuevo campeón, alguien ambicioso y con ciertos toques de megalomanía que garantizan espectáculo de cara al futuro.

Un inciso. Debemos dejar apuntado el hecho de que el ciclismo británico ha ganado las cinco últimas grandes vueltas. Con tres ciclistas diferentes, además. No habrá muchos ejemplos en la historia del deporte en los que un país sin apenas presencia pase a dominar su disciplina en unos pocos años. El equipo SKY, los Juegos Olímpicos de Londres, Sir Dave Brailsford y el Velódromo de Manchester (donde inició su carrera el propio Yates) están en el origen de esta efervescencia. Las coincidencias son tantas que también Simon Yates tuvo, como Froome, un problema con un medicamento broncodilatador. Fue en 2016, y la cosa quedó en una sanción de solo cuatro meses. El Imperio controla a todos los niveles, y no tiene pinta de ser algo que vaya a cambiar en un futuro cercano.

Pero habíamos dejado la Vuelta a falta de su traca final. Dos etapas en Andorra. La primera con solo un puerto, el que hacía meta. La segunda sin llegar a cien kilómetros. Emoción reconcentrada, píldoras de consumo rápido ciclista. Antes, camino de Lleida, una imponente victoria de Jelle Wallays con el pelotón pisándole los talones demostró que las jornadas llanas también deparan, a veces, espectáculos de primer orden.

No importaba, todo parecía el prólogo de algo grande. Tres semanas, casi, y los seis primeros andaban en poco más de dos minutos. Tantas esperanzas. Tantos temores. Cambió el paisaje camino de Naturlandia. Donde parecía que nada iba a pasar, todo acabó pasando. Un ataque lejano de Kruijswijk y el omnipresente Pinot. Un contraataque del líder Yates a más de diez kilómetros a la meta. Distancia tristemente lejana en los tiempos que corren. Por detrás el hundimiento de algunos, las dudas de otros. Yates logra un minuto adicional de ventaja y sentencia la Vuelta donde nadie le esperaba. Como los grandes campeones.

Al día siguiente se terminó por definir el pódium. Menos de cien kilómetros, un sube y baja constante en una distancia de salida cicloturista. Ataque de Miguel Ángel López, que al fin da la cara y se lanza con todo, en busca de un pódium que conseguirá gracias a su desempeño en Andorra. Enric Mas que responde, el líder también, aunque siempre a cierta distancia. Y Valverde se hunde. Cada uno de sus treinta y ocho años empiezan a pesarle en sus piernas. Se retuerce, apenas avanza. Nairo Quintana lo acompaña en su calvario, siempre mirando atrás, intentando que su ya líder no quedase completamente roto. El hombre que soñó con ganar la Vuelta en Oiz será al final quinto en la general.

Por delante… nace una estrella. Enric Mas se impone a Miguel Ángel López al esprint. Con esa victoria garantiza el segundo puesto en el pódium de Madrid. Es un botín valiosísimo, impensable un mes antes para este ciclista de solo veintitrés años. Pero lo mejor no es eso, sino su actitud, la sensación de que aun queda potencial en sus arrancadas, en su corazón. Es, sin duda, el gran descubrimiento de la Vuelta. Ahora Enric Mas se ha convertido en una estrella nacional. Habrá que ver si sabe convivir con esa presión, con ese grado de interés mediático y personal. Posiblemente en eso radique su futuro como gran campeón, porque madera tiene de sobras.

Aunque también tendrá rivales en su generación. Uno de ellos, quizá el más peligroso, se llama Simon Yates y ha sido el merecido ganador de esta Vuelta a España 2018.

Enric Mas, La Vuelta 2018. Foto: Yuzuru Sunada / Cordon.


Danilo Di Luca o el dopaje después de Lance Armstrong

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En el penúltimo capítulo de Bestie da vittoria —la autobiografía del exciclista Danilo di Luca, campeón del Giro de Italia de 2007 entre muchas otras carreras—, Alessandro Spezialetti, su fiel gregario durante años y años, le echa en cara que haya dado positivo por segunda vez en su carrera, condenándole a una sanción de por vida. La conversación va como sigue:

Él me dice: «Qué chorrada». Después, se lanza al ataque: «Según tú, es normal meterte una microdosis (de EPO) a las doce de la noche y abrirles a los del control antidoping a la mañana siguiente… ¿Para qué haces eso?» Se está calentando…

Le contesto: «Si todos beben no puedes no beber porque eres el primero que se muere de sed».

Eso no le para: «No me vengas con tonterías. Sé perfectamente cómo funciona el ambiente. Te estoy preguntando por qué “esa” microdosis». Se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación. «Se te habían vuelto a abrir las puertas del mundo, de la vida… Estabas a punto de entrar de nuevo en el World Tour». Parece un animal enjaulado. «Me pongo enfermo cuando lo pienso, no soporto verte fuera de nuestro mundo».

Le interrumpo: «Pero, ¿qué mundo, Spe? ¿Qué mundo? Nuestro ciclismo está muerto y enterrado. Cuando nosotros empezamos, el Giro era humano, los primeros cien kilómetros se hacían a treinta o treinta y cinco por hora y charlábamos, nos reíamos, nos parábamos a tomar un helado, luego íbamos a tope en los últimos ochenta kilómetros y ahí se disputaba la carrera de verdad. Ahora tienes que ir a rastras como un animal durante veinte días, a doscientos cincuenta kilómetros el día. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se hace sin recurrir a medicamentos?

El libro es interesante a muchos niveles y los repasaremos, pero este diálogo es brutal… porque se produce en 2013. Casi todo lo que habíamos leído antes sobre arrepentidos, condenas, dopajes de equipo, necesidad de «hacer el trabajo» en el sentido más mafioso de la expresión… venía de antes de Armstrong o, como mucho, de la Operación Puerto. Años 2005-2006. De hecho, no hay autobiografía que valga más que la propia investigación de la USADA con sus más de mil páginas de llamadas, cobros, confesiones, etc.

Lo sorprendente del llamado «caso Armstrong» es que se cerrara con su primera retirada en 2005. Nadie quiso investigar qué había pasado después, cuando volvió en 2009 junto a los mismos sospechosos habituales: Bruyneel, José Martí y el añadido de Vinokourov, un hombre con su propio historial de dopaje en el Telekom y en otros equipos. De hecho, Astana fue el equipo en el que Alberto Contador dio positivo en el Tour de 2010 y el que acumuló casos y casos de dopaje en 2014 tras su exhibición en el Tour de Francia que ganó el italiano Vincenzo Nibali.

No solo eso, en el mismo 2013 le hizo una jugosa oferta a Di Luca, ya a los treinta y siete años, para que se uniera al equipo. El positivo paró toda la operación. El otro interesado era el Katusha. Lo mejor de cada casa.

Armstrong y el US Postal hicieron de dique como lo hizo en su momento el escándalo de Festina del Tour de 1998. La promesa de la redención, del deporte nuevo, del deporte limpio. Cuando se habla de dopaje en ciclismo siempre hay dos tótems que no se tocan: uno, ya lo hemos dicho, los años posteriores a la Operación Puerto. El otro, los primeros noventa, los años triunfantes de Miguel Indurain… como si la EPO se hubiera popularizado en 1995 y las autotransfusiones hubieran desaparecido misteriosamente cuando la guardia civil entró en la consulta del doctor Eufemiano Fuentes.

Di Luca nos dice que no. Que al revés. Que su ciclismo —justo el que va entre Indurain y Armstrong, el de las macrodosis de EPO, la hormona de crecimiento, la testosterona, la cocaína, las anfetaminas, incluso la insulina en determinados casos…— era humano y que ya ni con eso se sentía capaz de competir en 2013. Las medias de velocidad, año tras año, le dan la razón. La escasez de controles positivos viene a desmentirle: desde el positivo de Contador en 2010 y su sanción en el Giro de 2011, no ha vuelto a haber un escándalo de grandes proporciones. Ningún ganador de una gran vuelta ha sido desposeído a posteriori de su título e incluso los conspiranoicos han tenido que recurrir al «dopaje mecánico» —los famosos motores ocultos en las bicicletas— ante la falta de novedades en el convencional.

Los riesgos de una muerte prematura

He iniciado el artículo con ese diálogo porque me parece lo más original del libro. Lo que abre una puerta a investigar qué demonios estaban tomando los Di Luca de turno en esos años oscuros del «ciclismo a pan y agua». Vendrán más libros y sabremos más cosas. De momento, lo de siempre, silencio absoluto, y al que diga algo, piedras e indignación.

Sin embargo, el libro es mucho más. Es la historia de un gran campeón que no reniega del dopaje ni en sus primeros años. Normalmente, todos los arrepentidos quieren salvar algo de su carrera, algún triunfo de juventud, algo de lo que se sienten especialmente orgullosos y que prefieren mantener al margen de su historial farmacológico. No así Di Luca. Di Luca no solo está orgulloso de doparse con casi cuarenta años —«era mi trabajo»— sino que reconoce que lo hacía de neoprofesional y que incluso antes de entrar en profesionales ya sabía que había que pasar por eso, y estaba bien dispuesto porque no quería que le ocurriera lo que a otros tantos prodigios juveniles: que de repente el asno de turno se convirtiera en purasangre y le dejara a él atrás.

No, Di Luca habla del dopaje como una parte más de su carrera, inseparable de la misma. Parte todo el rato de la tesis de que «todos los demás lo hacían» aunque es cierto que no da ni un solo nombre ni aporta ninguna prueba. Eso es de chivatos y si no lo hizo ante el CONI cuando se lo pidieron para rebajar la sanción, menos lo va a hacer en un libro de divulgación. Incluso se regodea en su saber casi farmacéutico. Mientras Hamilton o Landis o Gaumont o incluso el tibísimo Millar daban la lista de fármacos como una condena, Di Luca la da como si fuera la lista de la compra, con una naturalidad asombrosa.

Es más, farda de ello ante las autoridades. Se deleita al ver que los expertos se miran con cara de «¿cómo puede saber este tío para qué sirve cada fármaco, cuánto tiempo tarda en eliminarse de la sangre, cuánto de la orina, qué efectos secundarios tiene…?». Tampoco rehuye las consecuencias. Di Luca, como Manzano, intuye que va a morir joven. O que tiene muchas posibilidades. Admite que sin adrenalina no puede vivir, que sin competición no es nadie y que el precio a pagar es ese: una enfermedad degenerativa, un cáncer, un infarto a los cuarenta años (a menudo, desgraciadamente, antes).

Y no solo eso, creo que también por primera vez en este tipo de libros, habla de un tema clave: el efecto que el dopaje tiene en la vida ordinaria de los ciclistas. No solo durante sus años de competición sino después, cuando lo dejan, cuando se convierten definitivamente en muñecos rotos.

Pantani y el Chava Jiménez, ¿la punta del iceberg?

En una reciente entrevista al diario El Mundo, el propio Di Luca afirmaba —y el periodista aprovechó para titular— que «Pantani y el Chava se pasaron con la coca». Sí, eso es obvio. Sobre Pantani se pueden urdir las tramas de conspiración que se quieran, pero sus últimos días de autodestrucción siguen siendo dramáticos. La admiración de Di Luca por «il Pirata» es enorme. «Pantani, con todos dopados, era el número uno; Pantani, con todos limpios, habría sido el número uno también». No es cierto, pero bueno. Cuando lo importante es la farmacia, la diferencia la marca el farmacéutico y no todos pueden tener el mismo.

En cualquier caso, sobre Pantani y el Chava se ha hablado mucho y son dos ejemplos muy potentes pero que ocultan otros casos menos espectaculares: cuando te acostumbras a que una inyección lo solucione todo, a que si estás bajo de forma te puedas meter esta pastilla o esta otra, a atiborrarte de somníferos cuando necesitas dormir pero estás aún bajo los efectos de la cocaína o las anfetas… es casi imposible que no acabes sufriendo algún tipo de adicción.

Di Luca dice que no es su caso. Puede que no lo sea, pero habla desde una proximidad alarmante. Debe de ser el caso, por tanto, de muchos de sus compañeros. Necesitas la competición, necesitas la adrenalina y necesitas las sustancias que te hacen disfrutar de todo eso al máximo. Cuando se acaba la bicicleta, la vida sigue y hay que buscar formas de recuperar las sensaciones perdidas.

La idea del ciclista como un yonqui es injusta, por supuesto. Estoy seguro de que muchos ciclistas compiten limpios —no solo el apestado Christophe Bassons— e incluso los que se dopan no tienen por qué convertirse inmediatamente en unos toxicómanos en su vida diaria. Sin embargo, no deja de ser un problema al que atender. Convendría ver la cantidad de ciclistas que efectivamente han muerto a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta… Quizá no por consecuencia directa del dopaje sino por los hábitos de vida a los que el dopaje invita.

De ahí la importancia del tema, de ahí que cada seis meses más o menos les vuelva a dar la tabarra con esto de la EPO o la hormona o la autotransfusión: porque no es solo un problema deportivo, es un problema social. Es un problema que hay que investigar, que hay que tratar y que hay que erradicar caiga el ídolo que caiga. Di Luca, en ese sentido, lo tiene claro: «El dopaje acabaría en el momento en el que las farmacéuticas pusieran sustancias detectables en sus productos», es decir, lo que normalmente se llama «trazas».

«Ahora, a veces las ponen y a veces, no, por eso a veces te pillan y otras no y no hay manera de explicárselo». Sí, puede que al final el problema sea ese: no solo la enorme ambición del deportista, no solo la falta absoluta de escrúpulos de los que le rodean —directores técnicos, médicos, cuidadores…— sino de las propias mafias que se encargan de repartir esos productos. Un negocio que nadie tiene interés en poner fin.

A Di Luca le costó como mínimo una carrera y un divorcio. Él tiende a querer dar pena con ese rollo de «nos tratan como a criminales» pero en ningún momento reniega de su condición de criminal, sobre todo en un país como Italia en el que el dopaje, desde principios de siglo, es un delito. Le echa algo de morro, vaya. Habrá quien piense que sí, que tiene razón, que todo el mundo se dopa todo el rato y que si lo hacían en 2013, ahora mucho más. Habrá quien diga que era una oveja negra, que si ganó cosas fue precisamente por ir hasta arriba y que no merece más consideración.

La verdad, probablemente, esté en un punto medio. Lo interesante sería que alguien se pusiera a investigar y a buscarlo.


Kenteris, Thanou y el suero del supersoldado

Konstantinos Kenteris ganando la medalla de oro en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis
Konstantinos Kenteris ganando la medalla de oro en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis

El dopaje, además de una lacra para la imagen del deporte profesional, es una fuente inagotable de diversión y espectáculo. Y no nos referimos a lo que las ayudas químicas suponen para la competición, ya sean musculaturas superlativas o cantidades de glóbulos rojos en sangre medibles en camiones cisterna, sino a las explicaciones de los dopados cuando los pillan con el carrito de los helados, que suenan como si tu pareja intentara elaborar sobre la marcha una excusa cuando vuelve a casa de una cena de empresa y al pasarle la luz negra brilla como un Gusiluz.

La argumentación e inventiva en el deportista de élite es una rara virtud, por lo que cuando se hacen públicas ciertas explicaciones a lesiones confusas, como que se rompió un frasco de perfume y el vidrio seccionó un tendón de la pierna o que se cayó una plancha y la cogió en el aire con las dos manos por la parte que quema, solo queda la sospecha y el escepticismo. Pero en particular, el tema del dopaje es una cosa formidable. Hay varias escuelas distintas (los del «Me han echado droga en el Cola Cao», los del «¡No sabía que contenía productos dopantes!», los del «Somos lo que comemos», etc.), aunque todos comparten una premisa: ¡soy inocente! Hay otro grupo, en los inicios muy aceptado pero hoy en día en vías de extinción, que defiende la técnica ninja: cuando hay que hacer control antidopaje son los que tiran una bomba de humo al suelo y desaparecen. Pero no adelantemos acontecimientos.

Retrocedamos hasta el año 2004. Los Juegos Olímpicos se van a celebrar en Atenas y estaba previsto que la efervescencia local llegara a su punto álgido con el atletismo, donde los griegos contaban con fundadas opciones de medalla en carreras de velocidad: en 200 y 100 metros lisos, en categoría masculina y femenina respectivamente, con Konstantinos Kenteris y Ekaterini Thanou. Recientes adaptaciones al cine de batallas históricas, con profusión de abdominales hipertrofiados en posproducción, pueden llevar a engaño, pero hace siglos que los griegos no son conocidos especialmente por su exuberancia física. Es más, en los últimos años, los mayores portentos del deporte heleno en este aspecto se personifican en los baloncestistas Giannis Antetokounmpo o Sofoklis Schortsanitis, que de oídas parecen pertenecer a familias griegas cuyas raíces se pierden en la historia helenística, pero cuando ves su fotografía te puedes llevar cierto desengaño.

Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)
Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)

Kenteris y Thanou tenían bastante en común: eran griegos, blancos, velocistas con un físico espectacular, compartían entrenador, eran esquivos con la prensa y triunfaban en los campeonatos internacionales donde en las últimas citas se subían al cajón: en el palmarés de Thanou destacaban el oro europeo (en Múnich 2002) y las platas olímpica (en Sídney 2000, aunque volveremos a esto más adelante) y mundial (en Edmonton 2001), mientras que su compatriota había dominado el doble hectómetro siendo campeón olímpico, mundial y europeo en esas mismas citas. Es decir, Kenteris aprovechó el vacío de poder dejado por Michael Johnson tras Atlanta 96 para dominar la distancia. Hablemos de Johnson, «el expreso de Waco», «el chico de las zapatillas de oro»; quien no lo recuerde, era aquel atleta objetivamente paticorto con un tremendo tren superior. Una aparente desventaja genética —tener las piernas cortas en proporción a su cuerpo— resultó una ventaja competitiva porque, según diversos estudios biomecánicos, su centro de gravedad bajo y su zancada corta apoyada en unos glúteos pétreos le permitían trazar con más eficiencia las curvas, de ahí que explotara al máximo su talento en 200 y 400 metros, donde logró récords mundiales. Otro tanto se decía de Michael Phelps, cuyo torso exageradamente grande favorecía su comportamiento hidrodinámico, lo que se tradujo en veintidós medallas olímpicas. O los pies enormes y flexibles, como aletas de buceador, que lucía el nadador australiano Ian Thorpe, otro coleccionista de preseas. Pero ser blanco, en pruebas de velocidad, más que una ventaja competitiva coincidiremos en que es un hándicap. No era algo que se dijera abiertamente en el mundillo o en la prensa puesto que podría sonar racista, pero extrañaba que dos atletas de esta raza procedentes de un país sin tradición velocista asaltaran así, de la noche a la mañana, el podio de las competiciones más prestigiosas. Además, no era frecuente verlos en mítines en el extranjero ya que solían andar desaparecidos realizando intensos y misteriosos entrenamientos en los confines del mundo. Por si fuera poco, su entrenador Jristos Tzekos había tenido problemas por algún asuntillo con productos dopantes. Vamos, que el tema olía bastante mal, si bien todos los controles antidoping a los que se les había sometido habían resultado negativos.

Estábamos en el verano de 2004. A finales de julio, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) intenta localizar, infructuosamente, a Kenteris y Thanou en Tel Aviv, donde habían comunicado que se encontraban ultimando su preparación para los Juegos. Lo mismo sucede los días 10 y 11 de agosto en Chicago, el nuevo destino en el que supuestamente se hallaban. Un día más tarde los inspectores, cansados de que les dieran plantón, se presentan en la Villa Olímpica. Tampoco les pueden localizar en sus estancias y tienen los móviles apagados. Preguntado por su paradero, Tzekos alega que se habían ido a sus casas de Atenas, a unos cuarenta kilómetros, a por unos efectos personales que habían olvidado. El caso es que, unas horas más tarde, Kenteris y Thanou dan señales de vida en un hospital: están ingresados por las heridas producidas en un accidente de moto a treinta kilómetros de Atenas. El escándalo es mayúsculo.

A las puertas del hospital acampan decenas de periodistas haciendo guardia como cuando un Borbón rompe aguas o la cadera. Para animar la espera, viejos recortes salen a la luz: estas desapariciones del último mes no son hechos aislados. Un año y medio antes ya tuvieron algún problema porque dijeron estar volando de Qatar hacia Creta y de repente, tal vez por un despiste en una escala, Kenteris apareció en Irak alentando a las tropas griegas. Los rumores son incesantes y trasciende que los atletas tienen lesiones que, si bien no son graves, no les van a dejar competir.

Pasados varios días del accidente, en una comparecencia pública, Kenteris y Thanou anuncian oficialmente que no van a participar en los Juegos. El primero hace una declaración vagamente institucional: «Por sentido de la responsabilidad e interés nacional, me retiro de los Juegos Olímpicos. Insisto en que soy inocente: no fui informado de que tenía que pasar un test antidoping». Además, incide en que había «pasado más de treinta controles en los últimos cuatro años sin problemas». Hay quien lo vio como una maniobra desesperada por escurrir el bulto: al entregar sus acreditaciones el Comité Olímpico Internacional (COI) técnicamente no podía echarles mano. Pero sí el IAAF, quien a instancias del COI tomó cartas en el asunto. Y aquí comenzó una larga lucha judicial, tanto a nivel penal como deportivo.

Acreditaciones olímpicas de Tzekos, Thanou y Kenteris, Thanou. Foto: Corbis
Acreditaciones olímpicas de Tzekos, Thanou y Kenteris.
Foto: Corbis

Entre tanto, los Juegos dan comienzo tras encenderse el pebetero, aunque no es Kenteris el último relevista tal y como se rumoreaba: obviamente, no estaba el horno para bollos (curiosamente, Thanou había portado la antorcha en su llegada a Atenas desde Olimpia y había encendido el fuego ceremonial previo al recorrido mundial de la llama). Los aficionados griegos, que tenían al velocista por un semidiós, no encajan bien su ausencia, de hecho muchos creen que todo se trata de un complot, y lo vitorean mientras abuchean a los finalistas de los 200 metros lisos.

Nos vemos en los juzgados

A medida que se van desarrollando los diversos procesos judiciales se van conociendo más detalles. Según la versión de la defensa, los atletas no fueron informados del control que tenían que pasar en la Villa Olímpica y continuaron con sus recados. Cuando al fin se enteraron de que los estaban buscando, les entró el pánico por su posible eliminación de los Juegos y volvieron los dos en moto a toda pastilla creyéndose la reencarnación de Sete Gibernau (uno de los pilotos más carismáticos del momento). Y vaya si lo clavaron: tuvieron un accidente. A pesar de sus heridas, en el hospital se mostraron en todo momento con voluntad de colaborar e incluso de pasar allí el test que, como todos los que habían hecho hasta ahora, resultaría negativo pues ellos estaban limpios.

Por su parte, la versión de la acusación era bien distinta: contaban con el testimonio de uno de los representantes de la delegación griega, Manolis Kolimpadis, quien declaró que habló con Kenteris y Thanou un par de horas antes de que llegara el requerimiento oficial del test de antidopaje y los notó atemorizados y «temblorosos como palomas». Momentos después desaparecieron de la Villa Olímpica. Además, no se encontraron testigos viables que presenciaran el supuesto accidente (con una moto que curiosamente pertenecía a Tzekos), el cual, por cierto, era complejo de explicar basándose únicamente en el sentido común: la motocicleta presentaba daños en el lado izquierdo mientras que los atletas sufrieron heridas en su lado derecho. En cuanto a su ofrecimiento de facilitar muestras de sangre y orina en el hospital, este fue desechado por el COI porque aquel era un entorno donde se podía enmascarar fácilmente un positivo. Por si fuera poco, en los registros que se realizaron en algunos almacenes de Tzekos durante la investigación, se encontraron más de seiscientas cajas de productos farmacológicos con efedrina, una sustancia dopante. En fin, el mejor resumen de esta historia rocambolesca lo leí hace años en un extinto foro de internet, donde se realizó un certero análisis resumido en una frase: puto descojono la fuga del Kenteris.

En diciembre de 2004, la IAAF decide suspender provisionalmente durante dos años a los atletas mientras se finaliza el proceso que está llevando la Federación Griega de Atletismo (SEGAS) contra Kenteris y Thanou por haber eludido varios controles antidopaje en la antesala de los Juegos de Atenas. En marzo de 2005 salta la sorpresa: la SEGAS declara inocentes a los velocistas, si bien condena a cuatro años de inhabilitación a Tzekos por distribuir sustancias prohibidas. La IAAF, simple y llanamente, flipa pepinillos con esta sentencia y pone el caso en manos del Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS, por sus siglas en francés), manteniéndoles, eso sí, la suspensión de dos años. En junio de 2006, para llegar a un acuerdo con la IAAF, Kenteris y Thanou reconocieron haber evitado deliberadamente los controles citados de Tel Aviv, Chicago y Atenas. Así, el TAS finalizó el procedimiento, se evitaron más investigaciones (seguramente no les convendría rebuscar en la basura) y los atletas podrían volver a competir a finales de diciembre de 2006.

Pero en Grecia tenían abiertos sendos procesos penales desde noviembre de 2004 por el paripé del presunto falso accidente. Tras multitud de vistas y aplazamientos, en ¡mayo de 2011! se les condenó a treinta y un meses de cárcel (se enfrentaban a una pena de cinco años). Los atletas apelaron y en septiembre del mismo año ¡fueron exculpados de fingir el accidente! Como para no apelar. Tzekos, no obstante, fue condenado a un año de cárcel aunque quedó libre bajo fianza.

Hay un par de notas a pie de página, en paralelo a la causa principal, que son despachadas discretamente: la vinculación de Kenteris y Thanou con el mastodóntico caso BALCO (tal vez el mayor escándalo de dopaje destapado hasta el momento) y la financiación estatal del programa químico de Tzekos. En la primera de ellas, salieron a la luz varios correos electrónicos entre Victor Conte, fundador de los laboratorios BALCO, y el entrenador Ken McDaniel, donde se menciona a Kenteris y Thanou como consumidores de sus productos. Los velocistas griegos fueron exculpados por falta de pruebas. En cuanto a la implicación del Gobierno griego en la formación de superatletas mediante las ayudas farmacológicas de Tzekos, se produjo un mínimo revuelo, unas tibias amenazas de quitar la inmunidad a exministros o diputados para investigar a fondo y, al final, como todos esperábamos, quedó en nada.

Thanou, en segundo plano, entra a meta tras Marion Jones en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis
Thanou, en segundo plano, entra a meta tras Marion Jones en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis

Mientras se dilucidaba este culebrón, otro llegó a su fin: en 2007 Marion Jones confesó su dopaje sistemático y le fueron retiradas sus medallas… sí, incluso la de oro en 100 metros lisos de los Juegos de Sídney. ¿Recuerdan quién quedó en segunda posición? Exacto, Thanou, quien no tardó en pedir que, como en el resto de pruebas, la expulsión de Jones le otorgara el oro. El COI ni olvida ni perdona y los 100 metros de Sídney fueron la única prueba del caso Jones en la que dejaron el oro sin asignar. Por si este agravio fuera poco, Thanou volvió a competir tras la sanción (Kenteris se quedó en un discreto segundo plano) y consiguió la marca mínima para los Juegos de Pekín, pero no fue admitida por el COI por «conducta impropia o por causar descrédito a la competición olímpica» con su performance con motocicleta de cuatro años atrás.

Para finalizar, evitaré el obvio paralelismo entre Tzekos y Eufemiano Fuentes y sus ayudas médicas (la hemeroteca es cruel) para incidir en otro más vistoso: Kenteris y Thanou eran oficiales del ejército griego (marina y aviación, respectivamente). Hay un personaje de cómic que también pertenecía al ejército y al suministrarle el suero de supersoldado se transformó en un prodigio físico. Es raro que nadie haya apodado sarcásticamente Capitán y Capitana Grecia a Kenteris y Thanou.


El sorprendente caso de Quimera

Quimera de Arezzo. Fotografía: Alex Berger (CC).
Quimera de Arezzo. Fotografía: Alex Berger (CC).

En la mitología griega, quimera (Χίμαιρα) significa «animal fabuloso» y era un ser feroz que vagaba por las regiones de Asia Menor aterrorizando a las gentes y devorando sus rebaños. Era un monstruo híbrido del que hay descripciones diferentes, la más común dice que tenía la cabeza de un león, el cuerpo de una cabra y la cola de serpiente o de dragón. A veces tenía también alas o escupía fuego por la boca pero siempre era un mal fario y, si no fuera suficiente con los estragos que causaba por su cuenta, solía ser avistada antes de naufragios, tormentas y erupciones volcánicas. Afortunadamente, el héroe Belerofonte montado en Pegaso acabó con ella metiéndole una flecha con plomo por la garganta que, al derretirse por su fuego bucal, obstruyó sus vías respiratorias y la asfixió.

Lydia Fairchild aprendió sobre las quimeras muy a su pesar. Esta mujer estaba embarazada de su tercer hijo cuando ella y su marido, Jamie Townsend, se separaron. Cuando ella le reclamó una pensión alimenticia en 2002 para sus hijos, Townsend pidió una prueba de ADN que demostrara que era el padre. Los resultados de los test confirmaron que sin duda él era el padre de los dos muchachos, pero indicaban también algo sorprendente: que ella no era la madre. Inmediatamente el juez tomó cartas en el asunto y acusó a la Sra. Fairchild de buscar beneficios usando a los hijos de otra persona o de participar en un engaño usando falsos embarazos o madres de alquiler. Aunque las historias clínicas de sus visitas al hospital recogían las revisiones ginecológicas durante los embarazos, no fueron tenidas en cuenta. La fiscalía pidió que la custodia de sus dos hijos mayores pasase a los servicios sociales y el juez ordenó que un testigo independiente estuviera presente cuando diera a luz al tercer niño y cogiera en ese momento muestras de sangre del bebé y de la madre. Dos semanas después del parto los test de ADN indicaban algo aún más sorprendente: que tampoco era la madre de ese niño al que había dado a luz bajo vigilancia judicial.

En 1998, Karen Keegan, una mujer de cincuenta y dos años, fue a ver a su médico, la Dra. Margot Kruskall, con su vida patas arriba. Necesitaba un trasplante de riñón y sus familiares más cercanos se habían hecho pruebas para ver si había algún donante compatible. Los test de ADN mostraban que su marido era sin duda el padre de sus tres hijos pero ella no era la madre de dos de ellos. Las primeras posibilidades pensadas fueron un error en los test, que rápidamente fueron repetidos y los resultados confirmados, o algo aún más aterrador cuando tus hijos son mayores: que fueron cambiados en el hospital por el hijo de otra mujer. Sin embargo, la probabilidad de que eso sucediera dos veces en la misma familia parecía ínfima. Pero es que además los muchachos eran hijos de su marido, con lo que ya la pobre mujer no sabía qué pensar. Los médicos examinaron otros tejidos, incluyendo folículos pilosos, células epiteliales del interior de la boca e incluso analizaron muestras archivadas de pequeñas operaciones quirúrgicas anteriores pero nada parecía encajar. Kruskall envió los datos a varios colegas y las explicaciones planteadas fueron pintorescas: uno propuso que Keegan había tenido un tratamiento de fertilidad a escondidas con una donante de óvulos; otro proponía que ella y su marido habían pactado con una hermana de ella que tuviera hijos con esperma de él y ahora les hacían pasar por suyos. El matrimonio negaba con rotundidad todas estas conspiraciones y los médicos, que conocían bien a la paciente, no creían en esas explicaciones retorcidas, pero había un problema básico, el ADN de ella no encajaba con el ADN de sus dos hijos.

Finalmente, los médicos encontraron la explicación: Karen Keegan era un quimera. En biología, una quimera es un organismo que presenta células procedentes de dos o más zigotos; es también por tanto una mezcla, un ser híbrido procedente de al menos dos seres. Una quimera es el resultado normal de una transfusión de sangre o de un trasplante de órgano, pero también puede producirse de forma congénita, por ejemplo por la fertilización de dos óvulos por dos espermatozoides y la agregación de los dos cuando son zigotos o blastocistos. El resultado es un organismo aparentemente normal pero constituido por células mezcladas que varían en su genética, una mezcla. Las quimeras parecen ser especialmente abundantes en los tratamientos contra la infertilidad.

En la mayoría de los casos, una persona quimérica puede vivir toda la vida sin saberlo ya que las diferencias pueden ser muy sutiles —ojos de diferente tono o tener más vello en un lado del cuerpo que en otro—, o ni siquiera eso y no mostrarían ninguna diferencia observable. No obstante, si los dos zigotos son de diferentes sexos y las proporciones entre las dos líneas se mantienen equilibradas, cosa que muchas veces no es así, pueden producirse anomalías en los órganos sexuales o cambios en la pigmentación de la piel.

ADN. Fotografía: MIKI Yoshihito (CC).
ADN. Fotografía: MIKI Yoshihito (CC).

En el caso de Keegan parte de sus células tenían unos genes y otras tenían otros. Todas sus células sanguíneas eran de la misma línea celular pero en otros tejidos había dos líneas mezcladas. La explicación es que en realidad su cuerpo era un híbrido de dos hermanas gemelas, concebidas simultáneamente pero que se habían fusionado muy pronto en el útero y se habían desarrollado y crecido como un solo organismo.

Uno de los miembros de la fiscalía en el juicio de Lydia Fairchild se enteró del caso de Keegan y se lo comunicó al abogado defensor de esta. Inmediatamente invitaron a los investigadores de Boston a que estudiaran su caso y tras las pruebas necesarias y los análisis de ADN vieron que esa era también la explicación, ella era también una quimera. Fairchild era la madre pero sus hijos provenían de óvulos de uno de los gemelos iniciales y su sangre o el epitelio bucal, lo que usaban para el análisis genético, del otro, y por eso no coincidían. Aquello fue un golpe al uso jurídico de las técnicas de ADN que se consideraban de una fiabilidad del 100% y son de amplio uso en los juzgados. «¡El ADN no miente!». De hecho, rompía con uno de los principios milenarios del derecho romano, «Mater semper certa est» («la madre siempre es segura»), algo que las técnicas de fertilización ya habían complicado pues ahora podía una mujer ser la donante del óvulo, otra la propietaria del útero donde se había desarrollado y una tercera la que había planificado y pagado todos los procedimientos y era la destinataria final del niño.

Lo más llamativo es que el quimerismo podría ser muy abundante, aunque no lo sepamos. Las quimeras al parecer no son raras sino que raramente se descubren.  Sin contar con que la gran mayoría o quizá todos llevamos mezclada entre las nuestras alguna célula de nuestra madre, se calcula que una de cada ocho concepciones son gemelares, dos espermatozoides se fusionan con dos óvulos, pero el número de gemelos que nacen es mucho menor por lo que mucha gente llevaría incorporado a su gemelo en las células de su cuerpo sin tener ni idea. Además, la proporción de las células en el organismo adulto no tiene por qué ser 50%-50%, sino que en muchos casos una de las dos líneas domina sobre la otra. Un estudio holandés decidió hacer una prueba sencilla: buscar células masculinas fáciles de identificar por la presencia del cromosoma Y— en el organismo de mujeres que no hubiesen tenido un trasplante. Los resultados fueron sorprendentemente altos: en veintitrés mujeres estudiadas se encontraron células masculinas quiméricas en los riñones de trece, en los hígados de diez y en los corazones de cuatro.

No sabemos qué hacen estas células, pero aun así es un tema importante. El quimerismo podría ser un factor a considerar en las transfusiones de sangre o en los trasplantes para evitar riesgos. Es posible que en algunos momentos pueda ser la causa de las enfermedades autoinmunes, cuando el cuerpo ataca a parte de sus células como si fueran extrañas, o que pueda ser un factor que determine el éxito o el rechazo de un trasplante. También puede causar problemas al fusionarse dos programas celulares diferentes en un organismo único y podría estar implicada en algunas asimetrías cerebrales, defectos en el tubo neural, defectos congénitos de corazón o en los paladares hendidos. Otra hipótesis planteada es que las células madre fetales presentes en la médula ósea podrían servir como una reserva a largo plazo de células jóvenes, útiles para reparar órganos dañados e incluso ser la explicación a una de esas incógnitas importantes que no hemos conseguido desvelar: ¿por qué las mujeres viven más que los hombres?

El quimerismo ha llegado a las dos grandes pasiones de las últimas décadas: la televisión y el deporte. En CSI hay un episodio donde Grissom y sus chicos consiguen en el último momento evitar que un violador escape impune cuando se dan cuenta de que es una quimera y que por eso no encaja el ADN de su boca con el del semen encontrado en la víctima. En House, un muchacho que cree haber sido abducido por extraterrestres tiene que enfrentase a algo más mundano y realista: es una quimera con distintas líneas celulares en su organismo. El quimerismo aparece en novelas, películas, series de manga e incluso en juegos para ordenador.

Tyler Hamilton en el Tour de Francia de 2003. Fotografía: Corbis.
Tyler Hamilton en el Tour de Francia de 2003. Fotografía: Corbis.

Con respecto al deporte, en un control antidopaje fuera de temporada se encontró que Tyler Hamilton, un ciclista norteamericano que había ganado la medalla de oro olímpica en la contrarreloj individual en Atenas 2004 y compañero de Lance Armstrong durante los Tours de 1999, 2000 y 2001, presentaba pruebas de transfusión sanguínea, un método básico de aumentar el transporte de oxígeno y que está prohibido por la legislación deportiva. Desgraciadamente, la muestra sanguínea de reserva había sido congelada por la oficina antidopaje griega, por lo que ya no era fiable, y el Comité Olímpico Internacional le permitió quedarse la medalla a pesar de las protestas de los rusos de que la medalla correspondía al medalla de plata Viatcheslav Ekimov. Sin embargo, Hamilton corrió la Vuelta a España de 2004 y los laboratorios antidopaje detectaron de nuevo poblaciones mezcladas en su sangre, y la agencia antidopaje americana le acusó de juego sucio. Hamilton se defendió diciendo que era una quimera, pero encargaron un estudio a Ross Brown, un científico australiano que analizó las muestras del ciclista concluyendo que no era cierto: si fuera una quimera no tendría sentido que Hamilton mostrase unas veces células mezcladas y otras no. Las células transfundidas desaparecen al cabo de un tiempo, por lo que todo encajaba con haber hecho trampas. Los jueces del tribunal antidopaje le condenaron, en una votación 2:1, con una prohibición para correr durante dos años, la máxima condena para un primer positivo. Mientras los científicos discutían las posibilidades de un quimerismo, con algún investigador de su parte, y sugerían que habría que analizar a su madre y a otros familiares, El País publicó que Hamilton había pagado a Eufemiano Fuentes por las transfusiones de sangre según se desvelaba en la Operación Puerto. En 2009 Hamilton volvió a dar positivo, en este caso por esteroides, y fue condenado a ocho años de suspensión, lo que fue la fea manera de terminar su carrera. En 2012 publicó un libro titulado The Secret Race donde admitía que él era el cliente 4142 en los documentos de Fuentes, lo que fue la palada de tierra final en la tumba de su supuesto quimerismo.

Para leer más:

Ainsworth C. (2003) «The Stranger Within». New Scientist 180 (2421): 34-37.

K. Koopmans M., Kremer Hovinga I. C., Baelde H. J., Fernandes R. J., de Heer E., Bruijn J. A., Bajema I. M. (2005) «Chimerism in kidneys, livers and hearts of normal women: implications for transplantation studies». Am J Transplant 5: 1495–1502.

Wolinsky H (2007) «A mythical beast. Increased attention highlights the hidden wonders of chimeras». EMBO Rep 8(3): 212–214.


El día que Indurain dio positivo

Foto: Darz Mol (CC)
Foto: Darz Mol (CC)

El 28 de agosto de 1994, Luc Leblanc se convirtió en el séptimo francés en ganar un campeonato del mundo de ciclismo en ruta. Fue el primero de su país en hacerlo desde el ya lejano 1980, cuando el caimán Bernard Hinault se hizo con el jersey arcoíris. Fue una tremenda alegría para una Francia algo huérfana de triunfos ciclistas en los últimos diez años. Sin embargo, la gran noticia al día siguiente era otra. El mejor ciclista del último lustro tenía problemas. Y el dopaje era la razón.

El camino a Burdeos

En la temporada 1994, Miguel Indurain eligió, una vez más, disputar el Giro de Italia en detrimento de la Vuelta a España, que por entonces se corría también en el mes de mayo. Unipublic, la empresa organizadora de la ronda española, montó en cólera.

Amenazó al Banesto con impedir al equipo al completo tomar la salida de aquella edición. El desencuentro con Unzué y Echávarri, patrones del conjunto navarro, a cuenta de la recurrente ausencia de Miguel desde 1991 en la principal prueba del país, era bien conocido. Finalmente, la promesa de que el campeón de Villaba disputaría la Vuelta al año siguiente («salvo causa de fuerza mayor») sirvió para apaciguar los ánimos. Cosa que terminaría no sucediendo, y que además provocaría la triste estampa de Indurain dos años después, esta vez sí, en el pelotón de la Vuelta pero a disgusto, bajándose de la bici… para siempre. Pero esa ya es otra historia.

Como preparación a un Giro de 1994 donde Induráin buscaba su tercera maglia rosa consecutiva, hito solo antes alcanzado por Eddy Merckx y Alfredo Binda, Miguel disputó una pequeña carrera de tres días cerca de París: el Tour de l’Oise (ahora llamado Tour de Picardie). En la crono final, sector vespertino del última día, Indurain se impuso por cinco escasos segundos al francés del GAN Eddy Seigneur y se llevó la prueba. Objetivo cumplido. No obstante, el corredor español pagó en el Giro las consecuencias de una preparación algo ajustada por culpa de una tendinitis en primavera. Miguel claudicó aquel año en Italia y fue tercero tras un portentoso Eugeni Berzin y un precoz Marco Pantani.

En cualquier caso, más de tres meses después de l’Oise y ya con el cuarto Tour consecutivo en el bolsillo, el ciclista navarro se preparaba en verano para un nuevo desafío que causó especial sensación en la época: el récord de la hora. La especialidad consiste en la distancia que un corredor es capaz de recorrer durante una hora, generalmente en un velódromo cerrado. Desde el 27 de abril de 1994, el récord pertenecía al escocés Graeme Obree (peculiar personaje con artículo aparte; de excéntrica y revolucionaria postura en la bicicleta, bipolar y homosexual reprimido) y estaba en 52 kilómetros y 713 metros.

Hablamos de una especialidad, obviamente, para contrarrelojistas y rodadores. Pues bien, el supertetracampeón del Tour pretendía batirlo, y para ello se entrenó durante el mes de agosto renunciando al Mundial de Agrigento. Sin embargo, cinco días antes del día señalado en el óvalo de Burdeos, coincidiendo con el oro de Leblanc, la prensa francesa difundió una impactante noticia.

«Una movida un poco rara»

Foto: Eric Houdas (CC)
Foto: Eric Houdas (CC)

El 15 de mayo de 1994, el último día del mencionado Tour de l’Oise, Miguel Indurain dio positivo por una sustancia llamada salbutamol. Bueno, para hacer justicia a aquel teletipo de France Press del 28 de agosto, a las diez de la noche, Indurain había dado, literalmente, «positivo»; estaba escrito con comillas.

El salbutamol es un broncodilatador contenido en el Ventolín, autorizado cuando se usa como aerosol y cuando media autorización médica. Se utiliza básicamente para respirar mejor y paliar crisis respiratorias. Al parecer, Indurain, como muchos otros compañeros de pelotón, era asmático declarado, además de alérgico al polen, y aquel día se lo suministraron tras una crisis común en dicha época del año. Con la correspondiente justificación terapéutica.

Sin embargo, la Federación Francesa filtró el suceso cien días después del positivo (y coincidiendo con el intento de récord de la hora de Indurain) alegando un criterio diferente al de la Unión Ciclista Internacional. El salbutamol sí estaba en la lista gala de productos prohibidos. Exigían el arbitraje de una comisión médica propia que examinara el caso. Pero ni la UCI ni el Comité Olímpico Internacional consideraban el salbutamol como dopaje siempre y cuando existiera prescripción (el famoso TUE o AUT), como era el caso. «Adjuntamos todas las explicaciones e incluso el médico se extrañó porque no hacían falta tantas cosas», declaró entonces Eusebio Unzué. La Universidad de Navarra envió además un dossier exhaustivo que acreditaba el asma de Indurain.

El presidente de la comisión médica del COI, el príncipe Alexandre de Merode, declaró: «Después de treinta años de lucha contra el dopaje, los criterios del COI son razonables y claros. Indurain nunca debió haber sido declarado positivo». Unzué no dudó en manifestar: «Quieren añadir un positivo al historial de Indurain. Solo mencionarlo ya es muy grave porque no es cierto». Joan Serra, presidente de la Federación Española de Ciclismo, afinó con los verbos: «Llevo una semana sin dormir, desde que me enteré de lo que estaba tramando la Federación Francesa». Por su parte, el aún por entonces compañero de Indurain, Pedro Delgado, se despachó a gusto: «Hace unos años fueron a por mí porque era el mejor. Ahora no saben qué hacer para frenar a Indurain. Está claro que los españoles no estamos bien vistos en Francia».

De cualquier modo, los nervios cundieron en el Banesto cuando, diez días antes del comienzo del Tour de 1994, en el mes de junio, el positivo fue comunicado por la Federación gala al equipo. Reclamaban un posible caso de dopaje en suelo francés y exigían una justificación más severa pese a la documentación presentada y la mencionada diferencia de criterio con los organismos mayores. La UCI tranquilizó en todo momento al equipo navarro, pero la preocupación fue una procesión inevitable y confidencial. Hasta aquel 29 de agosto.

«Está claro que quieren dañar la imagen de Miguel. No me gusta pensar mal y recurrir al ataque. Pero parece como si les doliera a los franceses que hayamos ganado cinco Tours en siete años», denunció Echávarri, ya con el caso destapado, acordándose de Perico y su conocido positivo por probenecid (un enmascarador) cuando iba de amarillo en el Tour de 1988. «No sé cómo habrá reaccionado Miguel a todo esto. Cuando tuvo las primeras noticias antes del inicio del Tour se indignó y quizá por ello su rabia salió a relucir más de lo habitual por algunas etapas. A lo mejor ahora sucede lo mismo», continuó Echávarri.

Por su parte, el campeón navarro se escudó en idénticos argumentos que su equipo y dejó una peculiar cita: «Todo esto es una movida un poco rara». El 6 de septiembre, Indurain fue exonerado por la comisión de disciplina de la Liga de Ciclismo Profesional Francés («no se ha probado que no hubiera justificación terapéutica») y la causa quedó archivada. También había conseguido batir, cuatro días antes, el deseado récord de la hora.

El asma y sus hijos

La cuestión del asma y las alergias en el ciclismo es un asunto polémico que merece comentario. Se estima que prácticamente la mitad del pelotón alega alguna vez problemas respiratorios de este tipo. Según la revista Journal of Allergy, un 45% de los ciclistas se presentaron con alguna forma de asma (ya sea alérgica, de origen; o inducida por el esfuerzo continuado de la práctica deportiva) en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, cuando la media, tanto poblacional como en deportistas, está en torno al 10%. El propio COI hizo público un año después que había detectado hasta un 10% de casos falsos en dichos Juegos. Por otro lado, el pasado 28 de diciembre se publicaba en el Reino Unido que un tercio de los corredores del Team Sky son asmáticos en alguna variante de la enfermedad.

Curiosamente, al tiempo que el caso de Indurain agitaba el planeta ciclista, otros positivos por la mencionada sustancia salían a la luz. El suizo Tony Rominger tuvo problemas cuando La Gazzetta dello Sport publicó que se habían encontrado en su orina trazas de salbutamol tras el prólogo del Tour de 1994. La justificación terapéutica le libró de castigo. Por su parte, el italiano Franco Ballerini, tercero en la París Roubaix de ese año, tuvo idéntico «contratiempo» aunque también fue absuelto después de alegar razones médicas. Laurent Madouas en el Tour del Mediterráneo de 1994 o Bo Hamburger en el del Porvenir de 1993 también fueron señalados por dicha sustancia y también se libraron de una sanción.

El caso de Alex Zülle es algo más interesante. En plena disputa de la Vuelta Ciclista a España de 1994, con el jersey de líder y en pleno ascenso personal como joven sensación extranjera, se hizo público el hallazgo de salbutamol en un control de la Vuelta al País Vasco de esa temporada. El resultado es el que están pensando (tampoco hubo castigo), pero se supone que el caso se supo mediante la filtración de… un médico de la Federación Española.

Ahí no termina el recorrido del salbutamol por la historia de positivos (o no negativos) del ciclismo mundial, pues los casos de Alessandro Petacchi en 2007 (alegó un inhalador defectuoso como razón de una dosis aspirada excesiva), Igor González de Galdeano (en pleno Tour 2002 y vestido de líder) o Diego Ulissi, el pasado año (destacado doble ganador de etapa en el Giro), son dignos de mención. La literatura al respecto es abundante. Y ellos sí tuvieron sanción.

«El salbutamol logra una dilatación de los bronquios muy rápida que apenas tiene efectos adversos en otros territorios del organismo», nos cuenta Jaime Javier Muruzábal, médico vallisoletano apasionado del deporte. «Sobre la enorme cantidad de deportistas con AUT (Autorización para Uso Terapéutico) por asma se ha escrito infinidad, con argumentos que tratan de justificar la enorme diferencia en la prevalencia del asma con respecto a la población general. Yo considero que aun teniendo en cuenta los factores que se aportan (básicamente relacionados con una mayor exposición a alérgenos) la cifra de AUT sigue siendo disparatadamente alta, y un bochorno que la Agencia Mundial Antidopaje tolera», opina Muruzábal.

Además, Jaime Javier ilustra con detalle: «En cada inhalación se administran 120-150 microgramos de salbutamol. En crisis pueden usarse hasta cuatro inhalaciones, puede que incluso más. Para dar positivo (1000 gr/ml) se necesitaría un número de inhalaciones aproximado de 7-9. Por ejemplo, Ulissi dio 1900 ng/ml, que equivaldrían aproximadamente 12-14 inhalaciones». Aunque existe cierta discusión médica acerca de si el salbutamol aporta un mejor rendimiento en todos los casos y para todos los ciclistas, todo lo anteriormente expuesto no deja muchas dudas sobre la penetración de la sustancia en el mundo de la bicicleta.

La sombra sobre Miguel

Volviendo, de nuevo, a Indurain, varias son las razones que le vinculan a especulaciones de dopaje; su trabajo con Sabino Padilla, médico del Banesto y señalado sobre todo tras su trabajo posterior en el Athletic Club de Bilbao y el positivo de Gurpegui; su posible vinculación —por probar, y que el ciclista niega— con Eufemiano Fuentes, el gran gurú del dopaje en España y más adelante alma mater de la Operación Puerto; o sus registros de rendimiento improbable, como se encargó de analizar el controvertido exmédico suizo del equipo Festina Antoine Vayer en su libro Le preuve par 21, donde calificaba, según los vatios generados en el pedaleo de Indurain (verdadero catecismo del ciclismo moderno), de «mutante» su triunfo en el Tour de 1995, por encima incluso de las increíbles victorias de Riis (1996), Ullrich (1997), Pantani (1998) o Armstrong (2001).

Quede, en cualquier caso, el «positivo» (como escribiría la agencia France Press en aquel extraño mes de agosto) de Miguel en el Tour de l’Oise de 1994 como hecho documentado para el análisis que cada uno desee hacer y como pasaje no tan conocido de la brillante carrera de Indurain. La última gran figura inmaculada en la peor época del ciclismo mundial.


El Tour de Andy Schleck

Andy Schleck. Foto: Cordon Press.
Andy Schleck. Foto: Cordon Press.

El pasado jueves 9 de octubre Andy Schleck (Ciudad de Luxemburgo, 1985), aspecto de Tintín lorenés, anunció su retirada del ciclismo sin ocultar la enorme decepción de una carrera deportiva agotada antes de tiempo. Dejar la élite con veintinueve años no es frecuente en casi ningún deporte y mucho menos en una disciplina que suele ofrecer a los treintañeros el mejor punto de maduración y rendimiento. Ni siquiera la precocidad de Andy (ya era subcampeón de Giro y Tour con apenas veinticuatro años, allá por 2009) hace su carrera dilatada en modo alguno. Desaparecido de la vanguardia desde 2011, congelado el palmarés, su anuncio ha sido la crónica de una muerte anunciada hace demasiado.

Sobre la mesa de dicha rueda de prensa, visiblemente desangelada y a la que el propio corredor llegó más de media hora tarde, tres cosas sobrevolaban de forma implícita o explícita. Uno, su rodilla, motivo oficial de su retirada; como cuenta David Vilares en este magnífico texto, al parecer ya casi sin cartílago. Dos, su desigual trayectoria, que lo hizo un ciclista de extraños claroscuros, discutibles compañías y ocaso prematuro. Y tres, la vitola cruel de segundón que, al modo de un ligero Jan Ullrich, le acompañó tantas veces en su carrera por varios segundos puestos y la ausencia de grandes victorias. Como el alemán, Andy solo ganó un Tour de Francia (2010), pero el corredor de Luxemburgo lo tuvo que hacer en los despachos, más de un año y medio después de la finalización de la prueba, por la descalificación por dopaje de Alberto Contador.

A la pregunta de si se sentía ganador de ese Tour, la respuesta de Andy es clara: «No». Y añadía por entonces: «Saldré en el libro de oro como ganador del año 2010, pero solo si consigo ganar este año [2012] me consideraré el vencedor». No lo hizo. Ni siquiera llegó a disputar la carrera por culpa de una caída en el Dauphiné y una fractura del hueso sacro. A partir de entonces, multitud de abandonos, muchas ausencias y ni una sola prueba entre los veinte mejores hasta la fecha, a excepción de los modestos campeonatos de su país.

Izoard y el reloj

Es complejo emitir un juicio sobre un corredor top con solo cinco años pujantes (2007-2011), dos descorazonadores (2012 y 2013) y uno residual (2014). Es difícil etiquetar a un hombre de fama frágil, entorno siniestro (Riis, Bruyneel, Andersen), extraño carisma evanescente y ciclismo efímero de grandes tardes. La del Izoard y Galibier fue la mejor de todas, como sobra incluso señalar. En poquísimos casos recientes puede usarse con solvencia el tópico del ciclismo antiguo que, de repente, tan añorado, vuelve.

Andy Schleck fue hombre de al menos dos Tours como Ocaña fue hombre de tres, si se puede sostener tal cosa. Diversas circunstancias alejaron al corredor luxemburgués de su objetivo por escaso margen. En 2011, por empezar por el final, reventó la carrera al modo del ciclismo de tubulares al pecho. En la penúltima etapa de montaña arrancó cuesta arriba a más de sesenta kilómetros de meta sin que, primero, nadie se decidiera a seguirle y, segundo, nadie entendiera muy bien qué estaba pasando. Fue un movimiento iconoclasta. Lo siguiente fue Andy en la cima del Izoard con más dos minutos de ventaja sobre el grupo de los mejores y después en la meta del altísimo Galibier (2 642 metros) siendo capaz de mantener dicha renta, siempre en solitario con el sol a la espalda. Solo Cadel Evans terminó por emplear todas sus fuerzas en perseguirle sin pedir relevos, para taponar una hemorragia que comprometía un Tour que el australiano tenía ganado a los puntos.

Andy Schleck en el Tour de 2013.  Foto: Cordon Press.
Andy Schleck en el Tour de 2013. Foto: Cordon Press.

La aritmética de la carrera señalaba a Evans como hombre fuerte de la general teniendo en cuenta la contrarreloj larga de cuarenta y cinco kilómetros, en Grenoble, que aguardaba antes de los Campos Elíseos. Ese fue el cálculo que hicieron todos y ese fue también el cálculo de Andy, que no dudó, en su condición de rodador más débil, en jugarse el todo por el todo en la montaña. El maillot amarillo premió su valentía pero a la postre fue completamente incapaz (cedió dos minutos y medio en total) de mantener contra el reloj su corta ventaja de cincuenta y siete segundos. Acabó, en fin, perdiendo un Tour accesible (similar al de Carlos Sastre en 2008; con Voeckler de líder casi hasta el final como medida de calidad) por ser, solamente, un escalador notable (alto) sin desempeño rodador.

El otro Tour de Andy, el de 2010, tuvo en el reloj, sin embargo, uno de sus mejores momentos personales. Contador y Schleck decidieron en dicha especialidad una edición realmente reñida hasta el final, uno de amarillo, el otro de blanco. En Pauillac, Andy sembró el pánico y la sorpresa al paso de los primeros parciales cronometrados, pues la ventaja raquítica de ocho segundos del español, bastante más especialista, no aumentaba sino que menguaba peligrosamente. En el ecuador de la etapa el luxemburgués llegó a ser líder virtual según la referencia GPS, pero todo quedó en un susto para el madrileño, que, empujado por el viento y la distancia, terminó aventajando a su rival en treinta y un segundos. En el podio de meta, Contador era un guiñapo de nervios, lágrimas y alivio.

Ceder solamente medio minuto en cincuenta kilómetros de esfuerzo plano era una sonora declaración de intenciones del pequeño de los Schleck. Las crónicas fueron unánimes al señalar a Andy como rival de Contador durante años. Nada de eso le consoló. Los treinta y nueve segundos con los que perdió el Tour eran, precisa y exactamente, los treinta y nueve segundos perdidos el día del Port de Balès, cuando un problema con su cadena le hizo perder un tiempo precioso contra un Contador que sacó provecho y luego pidió perdón. Muchos meses después, clembuterol mediante, el Tour de 2010 se convirtió en un Tour de asterisco. Para el pequeño de los Schleck fue una recompensa testimonial sin relación alguna con la carretera.

El juicio del Tour

Como tantos de su generación, la talla de Andy Schleck se mide probablemente según el patrón de la gran carrera francesa. Así lo dicta su palmarés y así lo dictan sus ambiciones, siempre centradas en la Grande Boucle a excepción de sus brillantes participaciones en las clásicas de las Ardenas (una Lieja-Bastogne-Lieja, media Flecha Valona) o su amargo quinto puesto (luego cuarto tras la descalificación de Rebellin por su positivo por CERA) en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, puñetazo al manillar incluido, donde llegó al sprint con los mejores y no consiguió medalla. Contra Samuel Sánchez lograría, precisamente, una particular revancha y su primera victoria de etapa en el Tour, en una estupenda llegada a Avoriaz en 2010 contra el corredor del Euskaltel con el resto de favoritos pisándoles los talones. Poco más puede apreciarse en el historial de un ciclista fiado, por suerte o por desgracia, a la gloria rigurosa del Tour de Francia.

Como un cruel epitafio a su carrera, Andy no dudaba ya en reconocer hace años que «todo el mundo sabe que mi punto débil es la contrarreloj», al principio de un documental personal que la televisión danesa emitió antes del crucial Tour 2011. Al punto, Andy comparte el sino amargo de los escaladores a los que faltó aprender a marchar también sobre terreno tendido. Sin dicha habilidad ganar una gran vuelta es doblemente difícil.

Resulta, en fin, la figura de un corredor de brillo intenso pero escaso recorrido, con un palmarés mellado y un buen número de seguidores enganchados a su estela de piernas curvas y pedaleo principesco. En la hora de su despedida planean sobre él todos los asuntos que adornan su carrera, como la influencia de su hermano Frank, mayor que él, protector y menos talentoso, cliente demostrado de Eufemiano Fuentes y positivo por un diurético en el Tour 2012. O la fama inveterada de Andy como niño acomodado sin capacidad de sacrificio suficiente para el ciclismo. «Me gustaría ser como Bach o Beethoven», declaró una vez sin empacho.

En otro guiño irónico de la vida, como cuenta Pablo de la Calle, el hijo de Fran Contador, hermanísimo y mánager de Alberto, se llama Andy. Las carreras del pinteño y el luxemburgués están en efecto unidas por un peculiar hilo conector, cosa que siempre han reconocido públicamente con cierto afecto. Pero el caso del pequeño Schleck concentra muchas más incógnitas y amarguras. En el Tour, su carrera fetiche, está concentrado el relato de su fugaz trayectoria.


Vincenzo Nibali y la sombra del dopaje en el Tour 2014

Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.
Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.

A finales de mayo, Chris Froome bajó por fin del Teide y explotó en su cuenta de Twitter: «Tres favoritos al Tour entrenando en el mismo sitio durante dos semanas y ni un solo análisis antidoping». Chris Froome, el hombre que apareció de la nada en 2011 para quedar segundo en la Vuelta, luego segundo en el Tour y finalmente ganar la ronda francesa en 2013, a los veintiocho años, parecía realmente indignado. «Para aclarar las cosas, yo soy uno de esos tres favoritos, y cuando nos pregunten a cualquiera de los tres si nos han hecho pruebas y tengamos que contestar que no vamos a resultar poco creíbles», dijo posteriormente, aún caliente, a la revista Cyclingnews.

¿Qué habría visto Chris Froome en el Teide para reaccionar de esa manera? Como él mismo comentaba en la entrevista, había estado ya antes cinco o seis veces y probablemente se encontrara con medio pelotón en cada una de sus visitas pues es uno de los centros de peregrinaje habituales al menos desde que Michele Ferrari estableciera ahí sus campos de entrenamiento y dopaje masivo de los que tanto se aprovechó el US Postal de Lance Armstrong, un habitual de la zona.

Entrenar en el Teide puede estar bien sin necesidad de doparte: está la excusa de la altitud, la tranquilidad canaria, una buena comunicación aérea… pero es imposible, sabiendo lo que sabemos, obviar que todos los que suben al Teide bajan como motos y que hay demasiados médicos en la zona, factores que se suman a la tradicional y notoria falta de interés de las autoridades españolas a la hora de combatir el dopaje con controles continuos y eficaces. Miren cuántos ciclistas además de entrenar en las Canarias viven en Girona o en Andorra y luego intenten no ser suspicaces.

En cualquier caso, las declaraciones de Froome iban un paso más allá porque Froome no es ningún santo. Tanto él como su equipo como su hagiógrafo, David Walsh, quieren pasar por ello, pero las dudas están ahí: ¿Cómo es posible que un corredor que fue expulsado en 2010 por agarrarse de un coche subiendo el Mortirolo en pleno Giro, un tipo sin talento alguno para vueltas de tres semanas, se convirtiera de la noche a la mañana en el mayor especialista del mundo, atacando en la montaña sin apenas levantarse de la bicicleta?

Poco después de estallar en Twitter, Froome se fue a Francia a correr la Dauphiné-Libéré. Justo antes del último puerto de la segunda etapa, se vio a Froome inhalar de un respirador tipo Ventolin. Aquello fue inaudito porque el salbutamol y sus derivados están prohibidos y no se pueden utilizar en plena carrera… salvo que tengas una autorización médica de la UCI. Froome nunca había presentado problemas de asma anteriormente así que la sorpresa fue aún mayor: el chico ganó la etapa por delante de Alberto Contador y cuando el vídeo se propagó por internet, incluso su novia salió a decir que para eso no hacía falta autorización ninguna.

Obviamente, era mentira. Su equipo y la UCI fueron más listos y se sacaron de la manga una autorización exprés firmada por el ínclito doctor Zorzoli, que lleva dirigiendo la política médica del ciclismo mundial desde los tiempos del Festina y buen amigo de Lance Armstrong. La polémica, sin embargo, no dejó indemne a Froome: pocos días después apareció una lesión que le hundió en la general y un par de caídas le dejaron fuera del Tour al poco de empezar. Incluso en TVE se asombraron al ver con qué decisión se subía al coche tras la última de ellas.

El Astana del pavé, como la Gewiss de los locos años noventa

Dejemos una cosa clara: se puede ganar el Tour sin doparse. Se puede incluso ganar el Tour con ocho minutos de ventaja sobre el segundo sin doparse aunque eso requiera un talento descomunal. Lo que está en duda aquí es si se puede ganar el Tour con ocho minutos de ventaja recién bajado del Teide y con Vinokourov como referente de tu equipo.

Cuando Froome hablaba en su tuit de «tres favoritos a la victoria» hablaba de sí mismo, hablaba de Alberto Contador, cuyo pasado está ahí por muy difícil que sea de asimilar para el aficionado español, y hablaba de Vincenzo Nibali, el corredor de Astana, equipo kazajo de una reputación más que dudosa. Fundado a rebufo del Liberty Seguros tras la Operación Puerto, el Astaná de Vinokourov ha estado involucrado en decenas de casos de dopaje, empezando por su «alma mater», que no contento con aparecer en la investigación de dopaje masivo del Telekom de Ullrich y en la Operación Puerto, dio positivo por una autotransfusión en 2007.

Perdonado por todo aquello, aunque sin reconocer nunca su culpabilidad, Vinokourov aún tuvo tiempo para, como corredor, ayudar a Contador a ganar el Tour del clembuterol y hacerse con el oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, probablemente uno de los momentos más bochornosos del ciclismo contemporáneo.

Por otro lado, la concentración de Astaná en el Teide no tenía nada de novedoso. Como he dicho antes, es una práctica demasiado habitual en el ciclismo. Junto a Nibali acudieron, según La Opinión de Tenerife, sus compañeros de equipo Jakob Fuglsang, Fredrik Kessiakoff, Alessandro Vanotti, Lieuwe Westra y Andrei Grivko. Kessiakoff se quedó fuera de la lista para el Tour y el papel de Vanotti ha sido más bien testimonial pero algunos de ellos protagonizaron el, para mí, momento más escandaloso del ciclismo en muchos años.

Quinta etapa del Tour: la lluvia torrencial obliga a la organización a anular tres tramos de pavé en un día que pretende ser algo así como una París-Roubaix veraniega. Las caídas son constantes, incluyendo la citada de Froome, que le obliga a abandonar. Pese a la amenaza del pavé, el verdadero peligro se da antes de los tramos o en los kilómetros intermedios, cuando el pelotón va como loco. Delante se ha formado una escapada con corredores como Gallopin, Tony Martin o Marcus Burghardt y detrás los especialistas quieren aprovechar su oportunidad.

Contador se queda cortado, Valverde se queda cortado, Talansky hace un Talansky y se cae… de pronto nos damos cuenta de que, llenos de barro, quedan unos diez corredores delante, en medio del caos. Está Cancellara, el gran favorito; está Peter Sagan, el chico que no se rinde nunca; están todoterrenos como Kwiatkowski o especialistas en carreras de un día como Trentin o Keukeleire. Más atrás, intentando cerrar huecos, amenaza Vanmarcke.

¿Quién coge la responsabilidad entonces? El Astana. Después de cien kilómetros de escapada, Westra hace el último servicio y pone el trenecito en marcha. Tras él, pura potencia, ni un solo ataque, todos sentados en sus bicicletas, Fuglsang y Nibali. Es un momento casi cómico: ninguno de los tres ha corrido nunca sobre pavé, pero llevan a todos los especialistas con el gancho hasta que el grupo se rompe: los tres Astana delante, el resto del mundo menos Lars Boom, que demarra en última instancia para unirse al expreso, detrás, impotentes. Parece una repetición de la Flecha Valona de 1994, cuando tres corredores de la Gewiss coparon el podio.

El médico de aquella Gewiss-Bianchi, la que alimentaría en su seno a Berzin o Riis, era Michelle Ferrari. Suya fue la frase después de la carrera: «Tomar EPO es tan malo como tomar zumo de naranja, solo te pone en peligro si la ingieres en grandes cantidades».

La buena noticia de Hautacam

Veamos el lado positivo, más allá de lo que no dejan de ser más que lógicas sospechas. Lógicas al menos para cualquiera que entienda lo que ha pasado en el mundo del ciclismo —y no solo del ciclismo, no seamos inocentes en los últimos años. Veamos un dato que es elocuente por sí mismo y que nos lleva mucho más adelante en el Tour de Francia, concretamente a la etapa decimoctava, la que termina en Hautacam, al lado del santuario de Lourdes.

Hautacam es una de esas cimas malditas del ciclismo de los noventa. Es el puerto donde Bjarne Riis decidió dar su exhibición en 1996 para ganar el Tour a los treinta y dos años. Riis, apodado «Mr. 60%» por sus valores habituales de hematocrito antes de que se instaurara el límite del 50% para poder competir, es la personificación del dopaje masivo de aquellos años locos: el hombre que nunca había destacado y que, de repente, dejaba a rueda a Induráin y a quien hiciera falta. Años después, obligado por la investigación de Friburgo, reconocería el dopaje. Por entonces, dirigía aún el CSC, donde Tyler Hamilton asegura que mandaba a todos sus corredores a la consulta de Eufemiano Fuentes, antes de pasarse al Saxo Bank de Alberto Contador y Rafal Majka.

Y es que Majka es importante en esta historia porque es de los primeros en atacar rumbo a Lourdes. Es un ataque que tiene como fin asegurarse el primer puesto en la clasificación de la montaña y, si eso, ganar su tercera etapa de montaña. Majka, polaco de veinticuatro años de indudable talento, viene de quedar sexto en el Giro de Italia después de coquetear con el podio. Acabó la ronda italiana tan agotado que decidió descansar con las miras puestas en la Vuelta hasta que Riis le llamó apenas una semana antes del Tour para sustituir a Kreuziger, cuyos valores «anómalos» en el pasaporte biológico le impedían participar.

La reacción de Majka estuvo a la altura de la de Froome al volver de Tenerife: «El equipo no se preocupa de mi salud», reacción que obviamente mitigaría en los días siguientes porque Oleg Tinkov es mucho Oleg Tinkov. Sea como fuere, el corredor que acabó el Giro agotado y que no había hecho sino descansar hasta junio, se mostraba como el más fuerte en los Alpes y en los Pirineos. «No me gustaría ser la vena de Majka», decía Sergio en su blog con su habitual ironía y el caso es que ahí seguía el polaco, en persecución de Mikel Nieve, el único superviviente de la escapada del día, cuando detrás se produjo lo que todos temíamos: un ataque de Horner que parecía tener como único objetivo lanzar a Nibali, como si sintiera que aún le debía algo después de quitarle la Vuelta 2013 en la penúltima jornada a los cuarenta y dos años.

Cuando Nibali aprovecha el rebufo de Horner para lanzar su propio ataque quedan más de diez kilómetros de meta. Los malpensados se echan a temblar: Riis tardó 34 minutos y 38 segundos en subir Hautacam en 1996, medio minuto menos de lo que tardaron Leblanc e Induráin en 1994. Viendo a Nibali subir a ese ritmo, superar a Nieve, luego a Majka, aumentar la ventaja sobre sus supuestos «iguales»: Peraud, Pinot, Bardet, Van Garderen… es inevitable suponer que el récord del danés está en peligro. Sin embargo, no es así, ni mucho menos. Nada más terminar la etapa, la cuarta en el zurrón del italiano, Ammattipyöräili, la referencia en estas cuestiones, descubre que ha tardado 37 minutos y 23 segundos, casi tres minutos más que Riis. De haber corrido en los noventa, Nibali habría perdido tiempo incluso con Fernando Escartín.

El segundo Tour más rápido de todos los tiempos

De acuerdo, son fechas distintas y exigencias distintas. En los noventa, Hautacam solía ser el único puerto de la etapa y en 2014 se llegó tras subir ni más ni menos que el Tourmalet. Además, es obvio que Nibali no forzó porque no lo necesitaba: el Tour y la etapa eran suyos sin necesidad de forzar. Con todo, hay algo que nos tranquiliza y es que, sea lo que sea lo que están tomando ahora los ciclistas no es lo que tomaban sus directores deportivos en los locos noventa. No es ni siquiera lo que tomaba Armstrong en los 2000.

Con todo, sería muy inocente pensar que en un vagón lleno de carteristas todos los bolsos llegan intactos a casa. El principal problema de Nibali se llama Vinokourov igual que el principal problema de Majka se llama Riis. Con esta gente metida en el deporte en puestos de responsabilidad es imposible fiarse de lo que estamos viendo y no en vano la UCI ha llamado a declarar a ambos no se sabe muy bien para qué.

¿Es Nibali superior a sus rivales? Por palmarés, por técnica, por talento… sin duda. ¿Es ocho minutos mejor que todos los demás, separados todos por apenas dos-tres minutos? No lo sé. ¿Es el mejor en todos los terrenos, todos los días, sobre pavé, en montaña, incluso contra el reloj? Si a sus casi treinta años se ha convertido en una superestrella, pues igual sí. Supongo que uno tiene tres semanas buenas y se le va la mano a veces…

Si quitamos los años de Armstrong, el de Nibali es el segundo Tour más rápido de la historia. Pese a la lluvia, pese a los Vosgos, pese a los Pirineos, los Alpes, la presencia testimonial de la contrarreloj, la media de la carrera ha sido de 40,679 kilómetros por hora, solo por detrás de la edición de 2006 cuando un Floyd Landis hasta las cejas fue desposeído de la victoria por dopaje. Contando a Armstrong, sería el cuarto más rápido. Supongo que eso se puede explicar por las mejoras técnicas en bicicleta y entrenamiento, pero los datos son los datos para lo bueno y para lo malo.

La duda, por tanto, sigue. Sigue con Nibali, sigue con Peraud, que a los treinta y siete años logra su primer puesto relevante en una carrera de tres semanas, sigue con Valverde, que a los treinta y cuatro y con la Operación Puerto detrás estaba convencido de que iba a hacer ahora el podio que no pudo hacer en sus años con Fuentes, y sigue incluso con el silencioso Haimar Zubeldia, que ha pasado por el Euskaltel de Jesús Losa y el Discovery Channel de Johan Bruyneel sin hacer ruido para acabar octavo en la general a los treinta y siete años. Detrás de ellos, el vacío del ciclismo español, solo amortiguado quizá por la promesa de Mikel Nieve si sale pronto del Sky… o si el Sky le lleva a Tenerife en condiciones y le concede las «ganancias marginales» que hicieron de Chris Froome todo un ganador de Tour de Francia.

¿Cuál es el futuro?, ¿ciclismo o Pressing Catch?

Antoine Vayer, gran azote del dopaje, extécnico del Festina de los prodigios noventeros, es optimista. Él cree que la lacra ha quedado atrás. Yo, insisto, estoy de acuerdo en parte siempre que no olvidemos la otra parte. Vayer acostumbra desde hace años a calcular la energía que tiene que desarrollar cada corredor según su peso para hallar indicios razonables de dopaje. En sus radares han pitado prácticamente todos los ganadores, con estrépito Induráin, Riis, Ullrich, Pantani y Armstrong. Otros años podía haber tres, cuatro o cinco corredores cuyas actuaciones podían calificarse de «sospechosas», «sobrehumanas» o directamente «mutantes». Este año, solo uno ha corrido por encima del límite de la sospecha: ha sido Vincenzo Nibali y por los pelos.

Puede que el mismo hecho de que el ciclismo francés haya repuntado sea una buena noticia. Puede que, como ellos han pregonado siempre, sus fracasos se debieran simplemente a un «ciclismo de dos velocidades (médicas)» y que desaparecidos los médicos haya reaparecido la igualdad. Puede, insisto, pero no olvidemos que la última vez que el ciclismo francés repuntó fue en 1997-1998, con Virenque, Brochard, Jalabert, Moreau, Rinero, o ese pionero del US Postal llamado Jean-Cyril Robin. Prácticamente todos ellos eran unos tramposos. Yo no les voy a decir que no tengan héroes ni que no se emocionen. Solo quiero dejarles claro que durante años no han estado viendo una competición deportiva sino una especie de espectáculo a lo WWE en el que el ganador lo determinaba un señor con consulta en la Toscana o en la calle Caídos de la División Azul.

Si eso ha dejado de ser así, hay motivos para alegrarse mucho. Tengo la sensación de que Chris Froome no lo tiene del todo claro.


Peio Ruiz Cabestany: «Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando»

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 0

Peio era un chaval donostiarra de diecisiete años que salía de casa a escondidas, con la bici, para disfrutar de unas horas de libertad y marcharse adonde le diera la gana. Un día, en el puerto de Andazarrate, se unió a un grupo de ciclistas y fue el único que resistió la rueda de Usabiaga, el campeón de Guipúzcoa. Lo ficharon para el equipo.

Peio es ahora una especie de chaval de cincuenta y dos años que sale de casa con su bici, ya sin esconderse, para disfrutar de unas semanas de libertad y atravesar Chile, Indochina o Etiopía a pedales.

Entre Andazarrate y Etiopía, Peio tuvo tiempo para ser Ruiz Cabestany, uno de los ciclistas más destacados del pelotón internacional en los años ochenta y principios de los noventa. Nos habla de algunas de las batallas más memorables de aquella época, de las tramas y alianzas ocultas de las carreras, del dopaje, de directores, médicos y ciclistas, de sus alegrías y sus agobios.

Ruiz Cabestany (San Sebastián, 1962) ganó carreras prestigiosas pero cree que si fue un ciclista popular se debió, sobre todo, a su manera de correr: atacaba, montaba emboscadas, daba sorpresas, intentaba jugar. Con apenas veintitrés años coronó escapado el col del Tourmalet y allí arriba, entre la niebla, atravesó quizá una línea divisoria: en el momento de diversión más pura, el director del equipo bajó la ventanilla y le ordenó pararse.

Aquella etapa pirenaica del Tour de 1985 se pone siempre como ejemplo de una estrategia perfecta, una jugada de pizarra. Tres grandes puertos, tres ciclistas del Seat Orbea en un ataque escalonado y triunfo de Perico…

Es gracioso cómo se vendió. Esa etapa pasó a la historia del ciclismo, se cuenta así, pero yo me escapé para ganar en Luz Ardiden. No para esperar luego a Perico Delgado y llevarle. A Perico nadie le mandó atacarme. Lo decidió él.

¿No lo teníais planeado?

Hombre, si quieres te digo que sí. Queda más bonito.

Delgado lo cuenta así en su libro A golpe de pedal: «Planeamos que José del Ramo atacaría en el Aspin. Luego atacaría Cabestany. Del Ramo le esperaría para llevarle hasta el Tourmalet. Cabestany tendría que mantener la ventaja y yo atacaría en la parte final del Tourmalet. Él me esperaría y me llevaría a rueda hasta las faldas de Luz Ardiden, la última subida».

Txomin Perurena es uno de los mejores directores que he conocido, pero no creo que nunca diga que planeó así la etapa. Salió de maravilla, parece que fue planeada, pues fenomenal.

¿Cómo ocurrió, entonces?

Del Ramo iba escapado en el Aspin pero perdía ventaja rápidamente, a pesar de que el pelotón subía tranquilo. A mí nadie me dijo nada, no había ningún plan: decidí atacar. Entonces no había pinganillos, los corredores podíamos improvisar. Yo salté y alcancé a Del Ramo. El hombre iba muy fundido, apenas pudo acompañarme un tramo. Me fui solo Tourmalet arriba.

¿Qué se siente subiendo escapado el Tourmalet?

Buaaaaah… [Sacude la cabeza, se queda un rato callado]. Es lo máximo. Sufría como un perro pero no sufría. Iba disfrutando tanto, saboreando semejante momento, escapado en un puerto mítico como el Tourmalet, en la montaña que yo veía de niño en las fotos de la revista Miroir du Cyclisme, el mismo escenario de los grandes campeones… Subí el Tourmalet como un niño, me sentía jugando. Se echó la niebla y yo subía por un pasillo de gente, entre el griterío, iba flotando. Allí estaban además mis padres y mis amigos.

Llevaba unos tres minutos de ventaja y los mantuve. La situación me favorecía porque el grupo de favoritos subía tranquilo: el líder, Bernard Hinault, iba tocado porque se había roto la nariz días atrás; el segundo, Greg Lemond, era de su equipo y tampoco iba a moverse; y al escalador más explosivo, Lucho Herrera, lo tenían en el redil.

Sí, fue el año en que a los colombianos pasaron de llamarlos «escarabajos» a «escarabajos peloteros», porque andaban al servicio de Hinault.

A ver, no es que Hinault comprara a Herrera. No es así. Lo que hizo fue un pacto: Lucho, tú no atacas desde lejos, no me revolucionas la carrera, subes a ritmo conmigo, y luego mi equipo te ayuda cuando saltes a ganar las etapas o los puntos de la montaña.

Lucho Herrera ganó dos etapas y la montaña. Fabio Parra ganó una etapa y el maillot blanco. Bernard Hinault ganó el Tour.

Pues eso. Son pactos legítimos, habituales, inteligentes.

Total, que subías el Tourmalet con tres minutos de ventaja…

y como detrás no se movía nadie, atacó Perico Delgado. A Perico nadie le mandó escaparse. Yo estaba ya coronando el Tourmalet, eufórico, emocionado, pensando que iba a recuperar fuerzas en la bajada y que luego iba a subir Luz Ardiden a muerte, a por la victoria…

y entonces vino el coche del segundo director del equipo, bajó la ventanilla, me dio un chubasquero para abrigarme y me dijo: «Peio, tienes que pararte, tienes que esperar a Perico, que viene solo». «¿¡Qué!?». «Que sí, que viene Perico, párate».

Me entró una llorera terrible. Bajé muy despacio, mirando atrás, sollozando como un niño. Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando.

En ese momento fue como si le dieran al interruptor y me apagaran las luces. Yo iba pletórico, estaba en el centro del escenario, protagonista del Tour, y de repente alguien le da al interruptor y yo paso de ser una estrella a no ser nadie, paso de ser una figura a ser solo un ciclista al que pagan para obedecer. Me bajaron de golpe a la tierra.

No sé cuánto tardó Perico en alcanzarme, muy poco, pero a mí se me hizo eterno. Luego lo di todo. Lo tenía claro: el equipo era lo más importante, las órdenes había que cumplirlas y además Perico era amigo mío. Una vez que me ordenaron parar, yo sabía lo que me tocaba hacer. Bajé a tope, sin tocar el freno en las curvas, con Perico a rueda. Empezamos a subir Luz Ardiden y tiré a muerte, todo lo que pude. No sé cuántos kilómetros tiré de Perico pero me acuerdo perfectamente de la curva en la que reventé. Si me llevan ahora, la reconozco.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 1

Entre el Tourmalet y Luz Ardiden apenas hay terreno para que un ciclista ayude a otro.

Efectivamente: terminas de bajar el Tourmalet y empiezas a subir Luz Ardiden. No hay un metro llano. Pero el director aplicó la ortodoxia: no puedes tener a un ciclista de tu equipo escapado y a otro persiguiéndole. Perurena tenía que parar a alguno de los dos: parar a Perico, para que siguiera en el pelotón, vigilando a Lucho Herrera y compañía, cubriéndome las espaldas; o pararme a mí. Al tiempo pregunté a Perurena por qué me paró a mí: «Hombre, Peio, porque contigo tenía más confianza».

¿Ahí se enfrió tu relación con Delgado?

No, no. Yo me alegré de su triunfo en Luz Ardiden. Porque él era compañero de equipo y además amigo. Era un tipo con inquietudes, listo, dentro del mundillo ciclista era de los más interesantes. Nos entendíamos muy bien. Fuimos amigos verdaderos.

Además, con los roces de las carreras eres más tolerante, aceptas que alguna jugada te perjudique, lo asumes como parte de tu oficio. Yo me distancié de él con el tiempo, cuando ya dejamos la bicicleta. Me perjudicó dentro de Televisión Española. Los dos éramos comentaristas, allí dentro él decía cosas contra mí, cada vez que estaba con Perico me volvía a casa y me encontraba con un puñal en la espalda. Me decepcionó.

Pero ya está, sin acritud. Con los años, me quedo con la gente con la que estoy a gusto y no me apetece acercarme a quien me perjudica. Corto la relación y punto.

¿Cómo fue ese aprendizaje en el mundo profesional, con veintidós o veintitrés años? Fuiste un chaval que ganaba montones de carreras y que las ganaba jugando, atacando, contraatacando, inventando sorpresas. El ciclismo era divertido. Y de pronto te pagan un buen sueldo, debes respetar una jerarquía, cumplir órdenes…

Para mí, con quince años, la bici fue el descubrimiento de la libertad. De chaval practicaba natación, atletismo, competía en esquí de fondo, salía a la montaña, pero siempre dependía de que alguien me diera dinero para el autobús o me llevara. Con mi primera bici podía escaparme con los amigos, pasar la tarde por ahí, sin dar explicaciones a nadie.

Mi hermano Jordi competía en amateurs, luego pasó a profesionales. Le miraba con envidia, yo también quería competir, pero él me decía que ni hablar: «Ni se te ocurra andar en bici, que es muy duro». Además él tenía problemas con mi padre, porque dejó los estudios para ser ciclista. Y a mí en casa me prohibieron expresamente la bici. Yo me entrenaba a escondidas, pero tampoco era muy difícil: mi padre y mi madre trabajaban, nosotros éramos siete hermanos, nos buscábamos la vida, teníamos que prepararnos nosotros la comida… Así que era fácil escaparse.

Empezaste a competir por fin en juveniles.

Y en mi primer año como ciclista me seleccionaron para el Mundial de México de 1980. Para mí fue impresionante. De repente me llevan varias semanas a otro continente, con dieciocho años, a competir en carretera y en pista.

¿Y cómo te fue?

Me eché una novia: Lupita.

No, cómo te fue en el Mundial.

De las carreras no me acuerdo nada, la verdad. Me acuerdo de Lupita: era una chica que estaba de espectadora en el velódromo, me escribía cartas con corazoncitos. Sus padres pidieron permiso a Ramón Mendiburu, el seleccionador, para que me dejara salir con ellos de la villa olímpica. Entonces venía Lupita con sus padres, me recogían en el coche y me llevaban de excursión a un lago. Todos juntos, Lupita, sus padres y yo. Era todo muy casto.

En aficionados eras la estrella del equipo Orbea, junto con Jokin Mujika, y pasasteis en bloque a profesionales.

Fue un paso muy cómodo. El mismo grupo de chavales que corríamos en aficionados nos convertimos a la vez en profesionales: Jokin Mujika, Valentín Dorronsoro, Santi Izuzkiza… En el Orbea éramos una cuadrilla. Y ficharon a algunos un poco más veteranos como Felipe Yáñez o Imanol Murga, que me abrió los ojos en el ciclismo de élite. Era un tío muy especial.

¿En qué sentido?

Estaba chalado. Pero tenía la locura de una persona muy inteligente, la locura a la que llegas por una clarividencia excesiva. Murga me explicaba las tripas del mundo profesional, todas las barbaridades que ahora cuentan los ciclistas retirados en sus libros, los excesos, los desfases, todo eso me lo contaba con absoluta naturalidad. Él aceptaba ese mundo tal cual era y se metía a fondo, también se divertía.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 2

¿A qué excesos te refieres?

Bueno, las cosas que hacía en los hoteles, en las concentraciones, no me atrevo a contártelas. Él las cuenta con toda normalidad, pregúntaselas y te lo dirá. Es difícil que te cuente una anécdota que no sea macabra o excesiva. Son cosas suyas, eso ya sería meterme…

pero en las carreras, por ejemplo: si estábamos preparando la llegada para nuestro esprínter, en la última curva Murga se tiraba al suelo y organizaba una montonera tremenda, para eliminar a los rivales y que ganara nuestro compañero. Muy bestia.

Dentro de esa locura excesiva, de él aprendí algunas cosas muy buenas. Murga siempre estaba contento, feliz, le divertía todo. Yo procuraba compartir siempre habitación con él. Porque te levantabas una mañana, veías que diluviaba, que hacía frío, que soplaba un vendaval, que tenías por delante un infierno de etapa, te entraba una depresión… y Murga pegaba gritos de alegría: «¡Hoy la vamos a liar! ¡Hoy estará todo el mundo jodido!». Y así era: empezaba la etapa, los demás ciclistas solo pensaban en aguantar el día como mejor pudieran, y Murga y yo empezábamos a atacar una y otra vez, gritábamos y nos reíamos bajo la lluvia, y los demás nos miraban alucinados. Para Murga el ciclismo era un juego.

Para ti también.

Sí, yo en el ciclismo me divertía. En aficionados salía a divertirme en todas las carreras, a atacar, a meterme en todas las escapadas, a liarla… Pero eso fue decayendo, en una evolución normal: en profesionales te pagan, te exigen, tienes que cumplir unas reglas, entras en un mundo de tramas complejas… Aun así, yo procuré seguir divirtiéndome todo lo que pude. Y creo que el público enganchó mucho conmigo, más de lo que sería esperable por mis resultados deportivos, porque de verdad me divertía. Tú ves a un deportista que se divierte, a Carlos Vela en la Real Sociedad, y da gusto. En el ciclismo actual es muy difícil que un ciclista improvise, que sorprenda, todo está muy controlado con los dichosos pinganillos.

También empezaste a conocer a otros personajes clave del ciclismo. En la estación pirenaica de Font Romeu, durante la concentración invernal del Orbea en 1985, apareció un médico joven que llegaba en su Porsche y que empezaba su trayectoria en el ciclismo: Eufemiano Fuentes.

¿Entonces tenía ya un Porsche?

Un Porsche Carrera.

¿Sí? De eso no me acuerdo. Eufemiano es ahora un demonio, un monstruo, pero yo tengo buen recuerdo de él. Me pareció un hombre muy correcto, muy inteligente y respetuoso con el ciclista.

Yo de joven era absolutamente reacio a los medicamentos. No tomaba una aspirina ni aunque tuviera la cabeza a punto de reventar. Me interesaba el asunto de lo natural, la agricultura orgánica, quería ser ingeniero agrónomo, esas cosas. Ahora vuelvo a ser así, evito los medicamentos… Hombre, durante una época de mi vida tuve que aparcar esas ideas, tuve un lapso de varios años [se ríe].

Pero yo llegué a profesionales y solo tomaba el famoso Prevalón, que eran unos sobres de complemento vitamínico, y alguna cafiaspirina [un analgésico con cafeína]. Suena a tópico pero es así: no tomaba nada.

Mi primera conversación con Eufemiano fue muy clara: sé que estoy en el ciclismo profesional, me pagan, tengo que cumplir, y si debo tomar algo, vale, pero que sea lo mínimo posible. Le planteé unos límites y ya está.

¿Cuáles eran esos límites?

Yo no quiero dar positivo ni tomar cosas que me destruyan la vida. Si tengo que dejar el ciclismo, lo dejo, pero no quiero mierdas. Quiero que me cuides médicamente. Si tengo que tomar algo en una vuelta, para recuperarme, vale, pero que no sea perjudicial.

Eufemiano siempre decía que él buscaba mejorar el rendimiento de un deportista dentro de las posibilidades que le dejaba la ley. Yo no sé si luego otros ciclistas le pedían «dame todo lo que tengas». Y él, con el paso de los años, entró ya en unos temas que… Yo creo que se le fue la olla. El problema es que hubo médicos que empezaron a ganar más dinero que los mejores ciclistas. Eso fue grave. Aparecían médicos que manejaban mucho presupuesto y que tampoco tenían tantos conocimientos, pero venían al olor del dinero del ciclismo y te ofrecían de todo. Tenían que justificar sus sueldos con victorias, su prioridad no era la salud de los ciclistas. Venían y te lo ofrecían con una naturalidad que a mí me dejaba flipado. «Tengo esto, esto y esto otro». Yo decía: «¿Pero tú sabes que eso está prohibido y que es peligroso?». «Bueno, es de uso común». «Pues será de uso común, pero yo no quiero saber nada». Una vez entró un médico en mi habitación con una jeringuilla, para convencerme de que me la pinchara, porque me iba a recuperar muy bien, porque iba a andar mejor al día siguiente, pero sin decirme lo que era. Lo eché del cuarto.

¿En qué equipo?

Eso fue en años posteriores. Nunca diré qué médicos eran ni qué ofrecían. Por eso digo que Eufemiano es el demonio oficial, pero yo he conocido a cada médico que me cago en la leche… Lo injusto es que metan a todos en el mismo saco, porque también he conocido médicos honrados, muy buenos, que se preocupaban por tu rendimiento y por tu salud.

El problema no sería solo la codicia de los médicos.

No, claro. No es tan sencillo como decir «es que lo organizaba el médico» o «lo organizaba el director». Los ciclistas también tienen mucha culpa. Cuando se sienten débiles, cuando ven que otros de repente andan más que ellos, van a buscar al médico y algunos le piden lo que sea.

La primera vez que fui al Tour, justo después de ganar la Vuelta al País Vasco y de andar disputando el triunfo en la Vuelta a España, las pasé canutas hasta para ir en el pelotón. Yo no entendía nada, cómo volaban así. Pero nunca me gustaba pensar que si alguien andaba más que yo era porque se dopaba. Porque entonces entras en un círculo… Quiero pensar que en el Tour están los mejores del mundo en su mejor momento de forma, quiero pensar que no todo el mundo se mete de todo, quiero pensar que el dopaje es una ventaja pero tampoco tan crucial… No sé. Es lo que quiero pensar. Hombre, la historia muestra que casi todos los que han andado muy bien han recurrido a ayuda farmacológica prohibida, en mayor o menor cantidad.

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Tú fuiste sancionado una vez por dopaje, en la Vuelta a Asturias de 1990.

Me sancionaron dos veces. Una en aficionados, otra en profesionales. En aficionados fui al Campeonato de España, pillé un catarro y el médico de la Federación Guipuzcoana, Eduardo Escobar, me dio un jarabe normal y corriente. Digo el nombre del médico porque él mismo salió a reconocerlo: fue un error suyo, se equivocó, me dio un jarabe que tenía efedrina y me sancionaron. Me sentí fatal viendo mi nombre en los periódicos por un asunto de dopaje, me dio mucha rabia, me planteé dejar el ciclismo. No toqué la bici durante unos meses. Ramón Mendiburu, el seleccionador, y Peli Egaña, fundador del equipo Orbea, me convencieron para seguir. Fui a la Vuelta a Sevilla de aficionados y los ciclistas se cachondeaban de mí, me gritaban en el pelotón: «¡Cabestanyyyy, pero cómo eres tan gilipollas, pero cómo das positivo con efedrina! ¡Si te pillan, que sea por lo menos con anfetaminas!». Gané aquella vuelta. Por pura rabia.

El positivo en profesionales fue con la ONCE: terminé segundo la Vuelta a Asturias, los jueces decidieron que pasara control pero nadie me avisó. Llegué a meta, me fui al hotel, me duché y como teníamos varias horas antes de coger el avión, salí a dar una vuelta con una amiga asturiana. Cuando aparecí en el aeropuerto, vinieron todos los del equipo, histéricos, gritándome: «¡Peio, que te buscan, que tienes que pasar el control!». Me subí a la moto de Enrique Cima, periodista, antiguo ciclista, y fuimos volando a buscar a los jueces a la estación de tren. Estaban a punto de marcharse a Madrid. Compré un billete y me subí con ellos al tren, viajé hasta Madrid para pedirles que me dejaran mear, que me hicieran el control. Me dijeron que no, que ya no podían abrir las neveras con las muestras. La mañana siguiente fui a la Federación, pedí que me hicieran un control, lo pagué yo y dio negativo. Pero ya no valió, estaba fuera de tiempo y me lo contaron como positivo.

Cuando pienso en aquello, siempre me acuerdo de cómo salió Gómez Navarro, secretario de Estado para el deporte, a defender a Perico Delgado cuando aquel positivo del Tour que al final no fue positivo. O cómo han salido federativos, ministros y hasta algún presidente a defender a deportistas cuando estaban bajo sospecha, como Marta Domínguez o Contador… Y a mí en la Federación no me dejaron ni mear y me sancionaron sin dudarlo, nadie me defendió. Cada vez que pienso en aquello, me entra una rabia…

Y quiero pensar que lo del equipo fue un despiste, que realmente se les olvidó avisarme, que no lo hicieron adrede.

¿Adrede?

Bueno, no creo que fuera adrede.

Luego hablamos de tu historia tormentosa en la ONCE. Pero la sanción de 1990 fue un mes sin correr y doscientas mil pesetas.

Sí, entonces las sanciones eran leves, pero me jodió muchísimo. Yo di dos positivos absolutamente injustos. Te lo digo como también te digo que igual alguna vez pasé otros controles en los que podía haber dado positivo.

¿Tenías que haber dado positivo?

No lo sé. Puede que sí.

Más enseñanzas del ciclismo profesional: en el pelotón se teje una trama enrevesada de alianzas, deudas, favores y leyes no escritas que el ciclista debe conocer. Y que el espectador a menudo no conoce.

Yo ya sabía cosas por mi hermano Jordi, que tuvo que dejarse ganar una etapa de la Vuelta de 1980 por un intercambio de favores. Jordi corría en el equipo FlaviaGios. La víspera, su compañero Elorriaga se metió en una fuga de doce ciclistas, pero no prosperaba porque con ellos iba José Luis Laguía, del Reynolds, bien clasificado en la general. Reynolds aceptó que Laguía se descolgara voluntariamente de la fuga. Entonces el pelotón dejó de perseguirlos, los escapados llegaron a meta y ganó Elorriaga. Al día siguiente se escapó mi hermano y se le pegó Dominique Arnaud, que era… del Reynolds. El equipo Flavia tenía que devolver al Reynolds el favor de la víspera, así que mi hermano recibió la orden de dejarse ganar. Por eso se llama ciclismo profesional: te pagan y tienes que obedecer.

Yo también aprendí rápido esos juegos de intereses. En mi primer año como profesional, en la Vuelta a España de 1984, quedé segundo en el prólogo, detrás de Francesco Moser. A los pocos días, Moser montó una coalición con otros equipos italianos, atacaron a la vez, nos pillaron despistados a Gorospe y a mí y perdimos unos cuantos minutos. Más adelante, en la etapa de Santander, llegamos un grupo pequeño a los últimos kilómetros y yo calculé la situación: el mejor esprínter del grupo era Moser, pero no llevaba compañeros, tampoco había otros equipos organizados, así que ataqué y abrí hueco. Sabía que Moser no podía tirar a por mí y luego ganar el sprint del grupo. Llegando ya a meta, miré atrás convencido de que podía levantar los brazos… pero venían lanzados y me pasaron a veinte metros de la llegada. Ganó Moser. Él había convencido a dos italianos de otros equipos para que me persiguieran. No necesitó pagarles, no los compró. Simplemente les pidió un favor o les reclamó alguna deuda pendiente. Yo asumí pronto que el ciclismo profesional no es un campo abierto para que gane el mejor. Hay muchas tramas. A veces te perjudican, a veces te favorecen. A mí me tocó negociar muchas veces, porque hablo francés y el director me mandaba a proponer pactos a otros.

Aprendiste rápido. En la siguiente Vuelta, en 1985, te aliaste con un equipo rival para atacar por sorpresa en una zona de avituallamiento. Eso se supone que está feo…

Se supone que en el avituallamiento hay una tregua, pero eso es discutible. La carrera está abierta desde la salida hasta la meta, cada uno ataca cuando quiere. El año anterior varios equipos atacaron en el avituallamiento y yo perdí el segundo puesto. Esos pactos implícitos se respetan hasta que dejan de respetarse: si lo quiebras, puede empeorar tus relaciones con el resto del pelotón, eso tienes que tenerlo en cuenta.

En cualquier caso, aquel ataque se coció entre directores: lo organizaron Txomin Perurena, nuestro director en el Orbea, y Luis Ocaña, del Fagor. Mientras los demás frenaban para coger las bolsas de comida, nosotros arrancamos en tromba: seis ciclistas del Fagor, tres del Orbea Zúñiga, Perico Delgado y yo y dos rusos. El problema de atacar en el avituallamiento es que te quedas sin comida para el resto de la etapa y te puede entrar una pájara. Entonces estaba prohibido dar comida desde el coche, solo se podía dar bebida. Pero Ocaña y Perurena eran muy zorros. Se acercó el coche del equipo, Perurena me pasó un bidón por la ventanilla y me dijo: «La comida está dentro». Habían cortado los bidones por la mitad, habían metido la comida y los habían cerrado de nuevo con esparadrapo. Quité el esparadrapo, abrí el bidón y saqué la comida. Al final nos cazaron, pero la persecución duró setenta y cinco kilómetros, yo llegué a ser líder virtual y le pegamos un buen susto al líder, Robert Millar.

Y dos días más tarde, tu compañero Pedro Delgado ganó la Vuelta de la manera más rocambolesca.

En el ciclismo nunca ha vuelto a ocurrir una cosa así. Y ya es imposible que ocurra. Era la última etapa de montaña. Perico estaba sexto, a más de seis minutos del líder, sin ninguna opción en la general. Atacó desde lejos porque quería ganar la etapa en Segovia, en su casa. En teoría solo optábamos a la Vuelta los tres primeros: el escocés Millar, el colombiano Pacho Rodríguez y yo, que estábamos separados por pocos segundos. Subimos el alto de los Leones, el último puerto de la Vuelta, repartiéndonos hachazos. Pero llegamos los tres juntos a la cima. Ya solo quedaba bajar hasta Segovia. Me acerqué a Millar y le felicité, le estreché la mano, le dije que ya había ganado la Vuelta… Mientras tanto, Delgado iba por delante con Pepe Recio, llevaba cuatro minutos de ventaja, luego cinco, luego seis… y Millar seguía tan tranquilo, no se enteraba. Su director tampoco.

En la tele se vio el momento en que yo charlaba con Millar. Luego se contó que lo hice para entretenerle, pero en ese momento ni se me ocurría que Delgado pudiera llevarse la Vuelta. Solo me interesaba que la carrera ya no se moviera, para que Delgado ganara en Segovia.

De repente avisaron a Millar y se puso a tirar él solo, desesperado, pero ya era demasiado tarde. Delgado le ganó la Vuelta por medio minuto.

Tú te quedaste sin podio.

Hombre, y me pareció fantástico. Caí del tercer puesto al cuarto, a cambio de que Perico ganara la Vuelta. Ninguna duda.

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¿Cómo viviste eso de convertirte en una figura tan popular? Porque en 1985 hiciste esa Vuelta a España tan buena, un mes antes habías ganado una Vuelta al País Vasco espectacular contra campeones como Lemond, Lejarreta, Delgado o Kelly, eras el ciclista de moda y solo tenías veintitrés años.

La Vuelta al País Vasco tuvo una repercusión enorme. Era mi segundo año como profesional, gané en casa a los mejores del mundo, los aficionados lo vivieron con locura. Te podría decir que no me cambió, que no me hizo creerme nada… pero me veía en las portadas de los periódicos, los aficionados me rodeaban en las salidas, me llamaban de todas partes, entrevistas, reportajes, celebraciones. Te ponen los focos y es inevitable que eso te marque, que te sitúes en otro plano.

Y pusiste la guinda ganando una etapa en el Tour de 1986. Una victoria agónica, con el pelotón pisándote los talones, sin tiempo ni para levantar las manos…

Es que si levanto las manos, me pasan. No había visto esas imágenes en más de veinte años, y cuando me las pusieron, sentí angustia: que me pillan, que me pillan… Hice el último kilómetro a bloque, con los esprínteres lanzados a por mí, pero no calculé bien. La llegada picaba un poco para arriba. Hay un instante en que ya no puedo sufrir más, reviento, me siento en el sillín. No llego a meta. Me pregunto cómo pude ir todavía un poco más allá de ese límite del sufrimiento, cómo conseguí apretar otra vez hasta la línea. Fue un triunfo explosivo, angustioso, la gente lo vivió con mucha intensidad. Y a mí me costó asimilarlo.

Eso sí: me dio galones. Si ganas una etapa en el Tour, en el pelotón te tratan con un respeto especial. Eso se nota. También se crean unas expectativas altas, empiezas a sufrir cada vez más presión. Tienes buenos contratos, te exigen resultados, la prensa y los aficionados están pendientes…

¿Te pesó mucho esa presión?

A veces sí. En la Vuelta de 1986 me daban como favorito, todos me decían que la iba a ganar, me pasé el año preparándola, y en los días previos sentía pánico por decepcionar. Pensaba que si flojeaba un solo día, en un solo puerto, lo perdería todo. Estaba muy nervioso, no dormía. Además ese año el Orbea tenía dos líderes: Marino Lejarreta y yo. Teníamos que demostrar quién de los dos merecía que trabajaran para él. Aprecio a Marino, es un hombre muy honesto, serio, recto, pero teníamos caracteres muy diferentes, no éramos cómplices.

Yo ya no salía a la carrera a divertirme, a atacar, despreocupado. No hice mala Vuelta: terminé sexto. Marino fue quinto. Pero a mitad de Vuelta me sentí fatal. Iba muerto, no podía seguir al pelotón y le dije al director que me retiraba. Me convenció desde el coche, me dijo que terminara la etapa como pudiera, que luego me llevaría al hospital. Fui, me hicieron unas pruebas y no tenía nada. Me dijeron que era una crisis de ansiedad. Los aficionados no conocen esas cosas: terminé sexto, una buena posición, pero nadie supo lo fatal que lo pasé.

Hay ciclistas muy buenos que no llegan a campeones porque no soportan esa presión. Es un deporte en el que basta un solo momento de debilidad para perder todo el trabajo de varias semanas o de todo el año. Indurain fue un grandísimo campeón por su físico extraordinario pero también porque tenía una coraza: no le afectaba nada. Era muy tranquilo, tenía una cabeza de ciclista privilegiada, nunca perdía la concentración en las carreras y todo lo demás le resbalaba.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 5

En el Tour ganaste una etapa y participaste en algunos episodios legendarios. Por ejemplo: en 1986 fuiste testigo de lujo en una de las escapadas más raras de la historia. Lemond lleva el maillot amarillo. Su compañero de equipo Hinault va tercero y ataca en la bajada del Galibier, acompañado por Bauer, también de su equipo. Lemond salta a por sus dos compañeros… y tú te metes en aquella guerra interna del equipo La Vie Claire.

Lemond arrancó cuesta abajo, a tope, yo le seguí y nos quedamos solos persiguiendo a Hinault y Bauer. Teníamos por delante un tramo llano hasta el inicio de la subida a la Croix de Fer. Entonces Lemond me ofreció dinero por darle relevos en la persecución. No recuerdo cuánto, pero era en dólares…

Seguro que te acuerdas.

… en el mundillo yo no tenía fama de que me pudieran comprar así. No era raro que un ciclista te pidiera ayuda para perseguir a un rival, a cambio de devolverte el favor más adelante. O en última instancia te podía ofrecer dinero, eso tampoco era frecuente, pero lo puedo entender. Lo que me dejó alucinado es que un ciclista me ofreciera dinero para perseguir a otro de su propio equipo.

Dijiste que sí.

Pues sí, porque yo iba a tirar de todas maneras. Sabía que en el Tour no podía hacer nada, que no iba a ganar esa etapa, pero disfrutaba muchísimo de estar metido en el ajo, de participar en la batalla más gorda de aquel Tour, de estar en una escapada histórica. Yo quería seguir allí.

Al final cazasteis a Hinault y Bauer. Así que subiendo la Croix de Fer ibais en cabeza los tres ciclistas de La Vie Claire que andaban atacándose y tú.

Sí, era una escapada alucinante. Bauer fue el primero en descolgarse. Yo intenté aguantar a Hinault y Lemond, pero a la mitad de la Croix de Fer reventé. Me da mucha pena porque, con todo lo que pasó después, me habría encantado seguirles al menos hasta el pie de Alpe d´Huez. Mientras ellos se disputaban el Tour, yo hubiera ido a rueda como un espectador. Qué pena, me habría encantado vivirlo. Lo intenté, sufrí como un perro, pero no pude.

Hinault y Lemond subieron juntos Alpe d’Huez. En la meta se abrazaron, sonrieron, celebraron la victoria. ¿Qué pensaste, cuando viste esas imágenes más tarde?

Me reía en la habitación del hotel. Pero tampoco creas que me escandalizó tanto. ¡Te hablo de una época en la que se compraban y vendían equipos enteros! Venía un equipo holandés a la Vuelta a España, dejaba escapar a un ciclista y cuando ya tenía una buena ventaja, se ponían a tirar a por él. Querían que fueras adonde ellos, a ofrecerles dinero para que dejaran de tirar. Eso ya no ocurre. Ahora los patrocinadores son firmas muy importantes, es impensable que inviertan tanto dinero y que luego sus ciclistas trabajen para otro equipo a cambio de un sobresueldo. Ya no se toleraría. Claro que hay acuerdos entre ciclistas, pero los equipos no se venden así.

¿Y cómo se saldaban luego esas deudas? ¿Lemond fue a tu habitación con un sobre, mandó a alguien o cómo funcionaba eso?

Lemond no me pagó nunca.

¡No te pagó!

No, no, no. Alguna vez me comentó algo, más tarde… Pero al final nada.

Otro personaje que montaba batallas, otro personaje importante y polémico: Manolo Saiz, director de la ONCE. Nos ha quedado pendiente un comentario tuyo, receloso con este equipo.

Manolo Saiz era un director peculiar, muy moderno, innovador, rompió muchos esquemas. Tenía una capacidad de trabajo impresionante y abarcaba todos los aspectos del ciclismo: no solo era un director deportivo que fichaba corredores, además se encargaba de la preparación física, de las bicicletas, preparaba al detalle las estrategias de carrera… Llegaba a un punto de obsesión. Era un gran director pero demasiado personalista, a menudo se llevaba el protagonismo de las victorias por encima de los corredores. Luego otros imitaron ese estilo.

Manolo diseñaba los planes de entrenamiento de todos sus ciclistas. En el primer año de la ONCE, en 1989, yo también los seguí. Pero luego preferí volver con José Luis Pascua Piqueras, que había sido mi entrenador muchos años. Se lo expliqué a Manolo Saiz: «Mira, que prefiero seguir con Pascua…». Y él me dijo: «Pues vale». Nada más. Yo no me di cuenta de su tono pero se ve que le molestó y que me la guardó.

¿Por eso vivisteis una Vuelta a España tan tensa?

La Vuelta de 1990 fue una consecuencia de todo esto. Manolo no me dijo nada de frente, yo no me enteraba, pero de pronto empecé a notar cosas raras. Me puse líder pero el equipo no defendió mi maillot amarillo. En la etapa de Ubrique se marchó aquella famosa escapada con muchos ciclistas, entre ellos Gorospe y Giovanetti, y por lógica le tocaba a la ONCE tirar del pelotón para controlar la fuga. Pero Manolo decidió que no tiráramos. Gracias a aquella ventaja, Giovanetti acabó llevándose la Vuelta. Yo gané una contrarreloj a dos días del final y me quedé a veinticuatro segundos del italiano, pero ya había visto que el hombre preferido de Manolo en el equipo era Anselmo Fuerte, no yo. Llegué a pensar que Manolo prefería perder la Vuelta que ganarla conmigo.

Hombre, imagino que si me hubiera puesto de amarillo en esa crono, no habrían tenido más remedio que apoyarme. Pero al día siguiente pagué los esfuerzos, lo pasé mal en la subida a Abantos y Manolo ordenó que adelante, que siguieran apretando. Me descolgaron. No me ayudó nadie del equipo, me dejaron solo en los kilómetros hasta meta, preferían meter a Fuerte en el podio que a mí. Perdí tiempo y acabé cuarto.

¿Te fuiste de la ONCE por eso, porque apostaban por otro ciclista?

En realidad me echaron. Al acabar la Vuelta me fui del pico en una entrevista con José María García: me puso el micrófono y yo dije que mi equipo no me había defendido, no sé qué cosas dije. Entonces vino Manolo Saiz: «Me ha llamado Miguel Durán [el director general de la ONCE] y me ha dicho que te eche inmediatamente». Tuve una reunión con Manolo y con Pablo Antón, el mánager del equipo. Les pedí perdón, les dije que me iba a portar bien… Me bajé los pantalones. Es que, si no, me quedaba en la calle en mitad de la temporada. Pero bueno, me han echado de tantos sitios…

Saltaste de equipo en equipo.

Bueno, pero de los equipos no me echaron. El Kas desapareció. En el Clas me dijeron que iban a fichar a Rominger y que me daban la baja para ahorrarse mi ficha, me parece bien, estaban en su derecho. En el Gatorade tuve una experiencia estupenda, había muy buen ambiente, compartía equipo con campeones como Fignon o Bugno y además en Italia yo estaba mucho más tranquilo. Ni la prensa ni los aficionados andaban ya tan pendientes de mí. Y además hice algunas cosas bonitas: fui líder de nuevo en la Vuelta, gané una etapa en la Euskal Bizikleta… Cumplí dos años con ellos y pensaba retirarme ya.

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Entonces nace el equipo Euskadi, en 1994, y tú corres con ellos tu última temporada. Eso qué fue, ¿como las figuras del fútbol que en el último año se van a Qatar, a buscar un buen contrato final?

No. Era una historia bonita, un concepto novedoso en el ciclismo: un equipo que no se financia con un patrocinador sino con pequeñas aportaciones de empresas y de socios, de aficionados que ponen dinero y montan un equipo del país. Luego eso cambió, claro, el equipo funcionó con patrocinadores, como todos, y con ayudas públicas. Pero en el principio la idea era original. Buscaban un ciclista vasco con nombre, para liderar el primer año del equipo, y me llamaron. Yo dije que sí, acepté rebajar mucho mi ficha, porque me parecía bonito.

Aquel año no me sobró como ciclista pero tuvo sus claroscuros. Había varios grupos que querían controlar la Fundación Euskadi. Al final el director fue Miguel Madariaga. Pero al principio también estaba Jaime Ugarte, que controlaba el ciclismo guipuzcoano, y se enfadó mucho conmigo. Se enfadó porque ese año no corrí las Seis Horas de Euskadi, una prueba que él organizaba. Justo en esas fechas Madariaga me mandó a correr la Vuelta a Mallorca y Ugarte me exigía que me plantara, que le dijera a Madariaga que yo tenía que correr las Seis Horas. Oye, y yo qué le voy a hacer, si a mí me paga Madariaga… Pues Ugarte me puso la cruz: «Te voy a cerrar todas las puertas en el ciclismo en Euskadi». Así me lo dijo.

De la bici pasaste a la tele.

Empecé como comentarista de ciclismo en Televisión Española. Pero enseguida se acabó, porque no quise soltar la guita a la mafia. Tenía que renovar el contrato por intermediación de una gente que andaba allí en la tele, tenía que darles una parte y yo me negué. «A mí que me contrate directamente el productor de Televisión Española». Entonces cerraron la carpeta de un golpe, delante de mis narices, ¡plas!: «¿Ah, sí? Pues tú mismo. Hasta luego».

¿Quiénes eran esos intermediarios?

Pregunta cómo funcionaba Televisión Española en aquellos años, pregunta. Aquello era una cosa… Y se ganaba mucha pasta, eh. Si hubiera pasado por el aro, si me hubiera tapado la nariz… Pero así funcionaba todo, no es un asunto del ciclismo. No sé cómo será ahora en Televisión Española, ¿eh? Yo te hablo de 1995.

En Eurosport duraste más.

Estuve nueve años de comentarista pero también me echaron. Por hablar mal de un esquiador de fondo. Dije que no tenía nivel para estar en una prueba de la Copa del Mundo. Corrió dos pruebas, quedó último en las dos y yo dije que era un milagro que ese esquiador estuviera compitiendo allí, que era algo extraño que lo llevaran. Pues resulta que el esquiador no era un fontanero: era un guardia civil. Me llamaron al día siguiente y me dijeron que a ver cómo se me ocurrió hacer ese comentario. No sé, yo conozco a muchos guardias civiles esquiadores, coincido con ellos entrenando en Candanchú, pero aquel… pues no sé. Alguien importante debió de hacer una llamada para que me echaran.

Trabajaste dos años en la dirección administrativa del Tour y luego te ficharon como jefe de prensa en el equipo Festina en 1998: el epicentro del mayor escándalo.

Yo estaba en la salida del Tour con el equipo, en Irlanda, cuando detuvieron al masajista Willy Voet en la frontera francobelga con el coche lleno de sustancias dopantes. En los días siguientes, ya en Francia, detuvieron al director, a los ciclistas… los detuvieron a todos en pleno Tour. Nos quedamos el de logística y yo, sin saber ni qué hacer, con toda la plantilla en comisaría. A partir de ese momento, un abogado de París me mandaba los comunicados oficiales del equipo, yo los fotocopiaba y los repartía a la prensa.

Pero tú debías de conocer lo que pasaba en el Festina.

A mí me fichó Bruno Roussel, el director del equipo, un tío cojonudo. Acabó en la cárcel y lo pusieron como a un demonio, pero a mí me pareció un director muy bueno, honrado. Él vio que los ciclistas se le dopaban todos, que cada uno se lo montaba por su cuenta, y entonces les puso un médico para controlar un poco aquello. Le acusaron de dopaje organizado y acabó en la cárcel.

Yo tenía conversaciones con Rijkaert, el médico del Festina. Él decía que su trabajo consistía en aplicar la medicina hasta el límite en el que no le pillaran; yo le respondía que había que conseguir que los ciclistas no recurrieran a productos. Luego supimos que la policía nos vigilaba hace tiempo, que nos grababan esas conversaciones, y de hecho la policía a mí ni me buscó, sabían lo que yo opinaba y sabían que yo no pintaba nada en aquel jaleo.

Más tarde te metiste en La selva de los famosos, aquel reality show en pleno Amazonas, con cantantes, deportistas, actrices…

Es que me apunto a un bombardeo, me gusta salsear en otros mundos, y el programa me gustó. No era morboso como otros, estaba bien, me lo creí. Y claro, me quedé sorprendido con el dinero que pagaban.

Para mí fueron unas vacaciones pagadas y una experiencia muy interesante en el Amazonas. Sobrevivir con lo mínimo, buscar la comida, andar por la selva con el machete y las pirañas… Es una situación más o menos controlada, sí, te dan el agua mineral, vale. Pero algunos participantes sufrían mucho, sufrían de verdad, había situaciones límite y riesgos reales. Porque veías las serpientes y pensabas: desde que me muerde, hasta que llega el médico… Me pregunto cómo no pasaron cosas graves.

Ahora viajas una vez al año con la bici y las alforjas. Y a menudo tú solo. Has recorrido Etiopía, Chile, Centroamérica, Indochina… ¿Por qué viajas así?

Los primeros días siempre me pregunto qué carajo hago allí, con lo bien que estaba en casa, con todas las comodidades a mano. Pero luego pasan los días y me encuentro en una vida muy sencilla y muy libre: estoy solo, pedaleando a mi aire, buscando un sitio donde acampar, feliz de la vida.

Con la bici el viaje es mucho más interesante. Me dijeron que ni se me ocurriera meterme por unos caminos costeros de Nicaragua, que me iban a asaltar, que estaba loco… Llegaba pedaleando a los pueblos y venían los chavales a curiosear, a hablar conmigo, la gente me llevaba a comer, me buscaba sitio para dormir… Si hubiera llegado en coche, ni se me habrían acercado. Viajar solo también ayuda: vas más vulnerable, más dependiente, más humilde. Y con más ganas de hablar, de acercarte, de preguntar. La gente acoge con mucho cariño a un ciclista que viaja solo.

Otra vez llegué al último pueblo de Laos, una aldea perdida en las montañas, camino de Vietnam. Me quedaba un buen tramo hasta la frontera, sin pueblos ni nada de nada, y en aquella aldea pregunté a unos chavales si había algún sitio para comer. Se rieron. Me dijeron que les siguiera y me llevaron a una chabola. Allí estaba la familia entera, sentada en el suelo, con la bandeja de arroz en el medio y comiendo todos con la mano. Me sentaron con ellos y a comer. De la bici me quedan recuerdos así, que llevo conmigo para siempre.

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Fotografía: Juan G. Andrés


El dopaje en España: una historia de amor y muerte

Carlo Petrini mira a la cámara, a un punto medio y perdido entre el objetivo y el periodista, es decir, a un punto medio y perdido entre el documental y el testimonio, y dice, muy serio: «Cuando yo jugaba, disputábamos unos cuarenta o cuarenta y cinco partidos y nuestro ritmo era el de un FIAT 500; hoy, estos muchachos juegan sesenta o setenta partidos a ritmo de un Ferrari de Fórmula Uno. ¿Cómo pueden resistirlo? Dímelo tú». Y ahí el «tú» deja de ser Gaby Ruiz, periodista de Informe Robinson y pasa a ser el aficionado que recibe la pregunta como un bofetón imprevisto. «¿Cómo lo hacen?», insiste Petrini, «juegan cada tres días y no son diferentes a mí, físicamente son como yo. No tienen dos corazones, dos hígados o seis pulmones…».

¿Cómo lo hacen?

Cuando hace esta confesión a Canal Plus, Petrini está ya enfermo de un tumor cerebral que le ha dejado prácticamente ciego. Es de los pocos que habla. Habla tanto que se le ha dejado de escuchar. Habla sobre enfermedades neurológicas y extraños tipos de cáncer que han alcanzado a determinados exfutbolistas como Bruno Beatrice o Gianluca Signorini. Habla sobre la maldición del Estadio de Como pero habla sobre todo de la esclerosis lateral amiatrófica, la enfermedad degenerativa que mantiene en aquel 2009 a Stefano Borgonovo, exdelantero de Fiorentina y Milan, postrado en una cama escribiendo con las pupilas.

El reportaje causa un gran impacto en España. Es lógico. La palabra doping sobrevuela nuestro vocabulario desde hace mucho tiempo pero especialmente desde el fatídico 1988, cuando se coló en julio, con el positivo a medias de Pedro Delgado en el Tour de Francia, y volvió a irrumpir en septiembre, durante los Juegos Olímpicos de Seúl, con Ben Johnson cargado de esteroides. Una palabra, doping, que Petrini pronuncia con naturalidad pero que prefiere esconderla en su alegato final para que aparezca en la mente del otro, el que está ahí, entre el periodista y la cámara. Las consecuencias del dopaje, lo que nunca se cuenta. Algo más que el escándalo y la trampa. La salud.

Petrini morirá tres años más tarde, en 2012, un año antes de que lo haga Borgonovo. Desde entonces, en Italia los rumores de nuevos casos se repiten constantemente, aunque no dejan de ser invenciones, buffala, que dice Gaia Piccardo, la periodista del Corriere della Sera que participó en el citado Informe Robinson. «En Italia no hay casos nuevos, se habló de Batistuta, con pasado en la Fiorentina, pero era un invento. El problema ahora mismo es que el Gobierno ha recortado las ayudas a los enfermos y estos han amenazado con dejarse morir frente a las puertas del Palazzo di Governo», afirma, mientras promete investigar que hay de cierto en el caso de Fernando Ricksen.

Ricksen, defensa holandés que triunfó en el Glasgow Rangers, anunció en octubre de 2013, a los treinta y seis años, que estaba afectado por la ELA, un desorden neuronal también conocido como enfermedad de Lou Gehrig por haber afectado al histórico jugador de béisbol de los años treinta. No es el primer caso que se conoce en Glasgow, donde el mito del Celtic, el otro gran equipo de la ciudad, Jimmy Johnstone, ya murió en 2006 por la misma enfermedad. En el historial de Ricksen, aparte de muchos años de fútbol, una larga lista de excesos con drogas y alcohol, incluyendo varias visitas a clínicas de rehabilitación.

¿Qué parte de estas consecuencias tiene que ver con el dopaje y qué parte tiene que ver con el abuso de sustancias legales? Recientemente, Rafael Nadal declaró que tuvo que tomar antiinflamatorios antes de todos y cada uno de sus ochenta y dos partidos de la temporada 2013. ¿Hasta qué punto el deporte profesional es algo completamente insalubre? Sergio, el nombre detrás del blog Ciclismo 2005, elogia a los italianos en ese sentido: «Allí al menos los deportistas se toman en serio las consecuencias. En España, ni eso». Algo de verdad hay, desde luego, incluso en un país donde Berlusconi, en plena campaña electoral de 2001, declaró: «El doping es un invento de la izquierda» y se quedó tan ancho.

El enfoque español

Eufemiano Fuentes. Foto Cordon Press
Eufemiano Fuentes. Foto: Cordon Press.

¿Es cierto que en España no hay conciencia de los riesgos del dopaje? El juicio de la Operación Puerto parece apuntar en esa dirección, si creemos el testimonio de Jesús Manzano y los informes de la Guardia Civil acerca de transfusiones en hoteles de carretera, hemoglobina de vaca o de perro utilizada en humanos, estancias sospechosas en hospitales al borde de la tiritona… Carlos Arribas, periodista del diario El País y reciente biógrafo de Luis Ocaña, apunta a la temeridad juvenil: «No hay conciencia del peligro porque son jóvenes y todo joven piensa que va a ser inmortal». La relación entre España y el dopaje viene de lejos y no es un orgullo para este país saber que buena parte de sus médicos deportivos están bajo sospecha o que cualquier candidatura va a tener que soportar preguntas incómodas por parte de tal o cual miembro del COI.

Quizá los deportistas españoles no teman las consecuencias porque no las ven. O si las ven no las comentan en público, desde luego. «En España no se conocen casos de exdeportistas con problemas serios de salud», dice José Andrés Ezquerro, el joven periodista del diario As que destapó el caso Badiola y la presunta relación de la Real Sociedad con Fuentes durante la temporada 2002/2003. «No se sabe nada de eso, nadie habla de consecuencias más allá de las que tienen que ver con la adicción a lo que se llaman drogas sociales». Aguja llama a aguja. Las adicciones son frecuentes entre exdeportistas y han estado detrás de la muerte o el suicidio de algunos de ellos, pero desgraciadamente no es algo exclusivo de futbolistas o ciclistas y el concepto de «juguete roto» no se acuñó pensando solo en José María Jiménez. ¿Cuáles son, entonces, las verdaderas consecuencias de un doping sistemático?

«Los anabolizantes invitan a la depresión y muchos la combaten con cocaína y Prozac, recetada incluso por los mismos médicos que organizan el dopaje», afirma Carlos Arribas. «En los noventa y en los dos mil era habitual la hemocromatosis, un exceso de hierro en la sangre provocado por el manejo excesivo de transfusiones, que creaba problemas hepáticos de todo tipo… pero ya en los sesenta y en los setenta era habitual que los deportistas tuvieran hepatitis por compartir jeringuillas». La lista de peligros para la salud aumenta cuando hablamos con Enrique Gómez Bastida, Victoria Ley y Jesús Muñoz Guerra, expertos de la Agencia Española de Protección de la Salud en el Deporte, centro clave en la lucha antidopaje en España: «Hay muchas sustancias que llegan a manos de deportistas o su entorno directamente del mercado negro, sin haber sido correctamente testadas por los laboratorios, como por ejemplo el AICAR, una sustancia endógena que engaña al organismo haciéndole creer que está ejercitándose, de manera que puedes hacer deporte sentado en el sofá y que se ha demostrado que es altamente cancerígeno. Lo mismo sucede con los factores de crecimiento muscular o los moduladores de receptores androgénicos».

Hablando con la Agencia, queda claro que el objetivo, por mucho que eso desespere a la prensa y a las autoridades extranjeras, no es solo encontrar positivos —«van por delante de nosotros, es muy complicado encontrar casos en laboratorio», afirma Jesús Muñoz Guerra— sino intentar que lo que tomen los deportistas sea lo más «sano» y controlado posible a través del concepto de «inteligencia» al que volveremos más tarde. El propio Jesús remite a un estudio del doctor José Viña según el cual un ciclista del Tour de Francia tiene una expectativa de vida más alta que la del ciudadano medio, aunque Enrique Gómez Bastida matiza: «Lo que habría que ver es en qué condiciones».

Precisamente, el nombramiento de Bastida como director de la Agencia ha sido el último sobresalto dentro de un organismo relativamente joven: fundado en 2009 como Agencia Estatal Antidopaje antes de cambiar significativamente de nombre, ha tenido en los últimos cinco meses hasta tres directores distintos: Ana Muñoz Merino, quien pasara en octubre de 2013 a ser directora general de Deportes en el CSD; Manuel Quintanar, fichado este mismo mes de enero por la Liga de Fútbol Profesional para hacerse cargo del departamento de «integridad» y el propio Bastida, exresponsable de inteligencia de la AEPSAD, cuyo conocimiento y experiencia en la lucha contra el dopaje parece mucho mayor que el de sus predecesores. A sus treinta y seis años, Bastida fue el encargado de instruir la Operación Puerto llevada a cabo por la Guardia Civil, cuerpo del que fue nombrado recientemente comandante.

La dudosa eficacia del pasaporte biológico

Marta Domínguez. Foto Reuters Cordon Press
Marta Domínguez. Foto: Reuters / Cordon Press.

Para detener a los tramposos pero sobre todo para controlar los excesos, la Unión Ciclista Internacional fue la primera en instaurar hace unos años el llamado «pasaporte biológico». La AEPSAD lo considera una buena herramienta de monitorización pero, a la vez, un arma de doble filo que desgraciadamente no combate la trampa todo lo bien que uno podría desear: por un lado, los valores que se registran en ese pasaporte son fácilmente manipulables, salvo que se aplique a muestras retroactivas, como la IAAF hizo con Marta Domínguez y el Mundial de atletismo de 2009, por ejemplo, caso que, una vez más, sigue en el limbo administrativo español.

Por otro lado, este control tan estricto ha hecho que cada vez aparezcan más «balas perdidas», tipos que quieren triunfar a toda costa y que son capaces de buscar cualquier sustancia indetectable en cualquier lado, sin importarles las consecuencias. «Gente como Riccardo Riccò», apunta Bastida, haciendo referencia al ciclista italiano que estuvo a punto de morir por hacerse sus propias autotransfusiones de sangre con derivados de EPO (Eritropoyetina) de dudosa procedencia. En ese sentido, la AEPSAD ve este problema como algo parecido al de la drogadicción: si se cortan los suministros «seguros» de sustancias dopantes y se analiza constantemente al deportista, la mayoría entenderá que ese no es un camino viable, pero siempre habrá una minoría que se eche a la calle y busque su droga en cualquier esquina.

«El problema, de todos modos, no está en el deporte profesional, que tiene buenos médicos y buenos controles. El problema de verdad es el mundo de las competiciones amateur, el que está debajo de la pirámide, que apenas podemos controlar. Se dice que hay verdaderas animaladas, que la gente toma unas cosas sin control en pruebas Master de ciclismo, por ejemplo, que son un verdadero riesgo para la salud y que muchas veces ni nosotros sabemos qué son ni dónde las han encontrado. La hormona del crecimiento y sus derivados, por ejemplo, tienen un amplio mercado clandestino», apunta Muñoz Guerra.

Obviamente, el pasaporte biológico tiene sus problemas y tienen que ver con la propia sofisticación del dopaje, que cuenta con excelentes médicos y excelentes farmacéuticos cobrando mucho dinero por su trabajo: muchas de las sustancias que se utilizan en la actualidad son endógenas, las genera el propio cuerpo, de ahí que se hable de «dopaje genético». En palabras de Jesús, «no son como el clembuterol, que o viene de fuera o no puede estar en el organismo. Hay muchas sustancias que, para detectar si esconden un caso de dopaje, exigen mucho tiempo, muchos voluntarios, la medición de metabolitos en distintas situaciones para ver si un aumento o un descenso es natural o no…».

Sin embargo, si el pasaporte, con sus peros, ha servido para limpiar en parte la imagen del ciclismo profesional, ¿por qué no se ha instaurado en otras disciplinas? A principios de 2013, la ITF y la ATP mostraron su intención de desarrollar un sistema parecido en el circuito de tenis profesional. Un año después, la intención probablemente siga ahí, pero avances no ha habido muchos. Arribas está convencido de que para jugar al tenis no hace falta EPO y los expertos de la AEPSAD no lo incluyen entre los llamados «deportes de esfuerzo» sino de técnica, lo que le haría estar fuera del mercado de las sustancias más habituales en ciclismo. Si eso es verdad o no, imposible saberlo: pese a las insistentes quejas de numerosos jugadores, encabezados por Roger Federer, en 2012 se hicieron 63 controles de sangre fuera de competición, por 5218 en el mundo del ciclismo, a pesar de contar con un número similar de deportistas profesionales y muchas más competiciones.

El dopaje en el fútbol: la sombra de Eufemiano Fuentes

Considerado también un deporte «técnico», el fútbol ha conseguido mantenerse al margen de las recientes polémicas sobre dopaje bajo la habitual excusa de que no hay sustancia que te haga meter el balón en la escuadra. Eso es cierto, pero también es cierto que puede haber una sustancia que te permita hacerlo en el minuto ochenta y nueve con la claridad del minuto uno o al menos eso insinuó varias veces el difunto Petrini. «Yo no debería estar hablando con usted», decía el exjugador de Torino, Milan y Roma, para ejemplificar la omertà o «ley del silencio» dentro de este deporte.

Con esa ley no escrita se topó José Andrés Ezquerro cuando desveló el citado caso Badiola a raíz de la investigación de la Operación Puerto. En el sumario de dicha investigación se encontraba un papel, entre muchos otros, con unas cuentas de dinero entregado bajo el nombre «RSOC» y otras tantas bajo el de «ASTI». Badiola confesó a Ezquerro —y aportó documentación bajo notario a la AEPSAD— que dichas cifras encajaban con gastos en negro de la Real Sociedad cuando su presidente era José Luis Astiazarán. Badiola creía que había motivos suficientes para pensar que esos gastos no justificados podrían haber sido pagos a Eufemiano Fuentes por servicios prestados en forma de sustancias dopantes.

El caso mereció un par de portadas en el As y una cierta agitación mediática durante una semana o así, lo que tardó Astiazarán en marcharse de la presidencia de la LFP, pero no se ha vuelto a saber y no hay constancia de que nadie esté investigando dicha relación. Sí se sabe que Eufemiano Fuentes ha colaborado con otros equipos de fútbol de Primera División. Oficialmente, fue médico de la Unión Deportiva Las Palmas durante la temporada 2001/2002 y el Universidad de Las Palmas anunció su contratación como asesor médico a finales de la temporada 2010/2011, cuando el caso de la Operación Puerto parecía haber sido archivado definitivamente.

Fuentes, quien ya aparece en las hemerotecas como referente médico de la preparación olímpica española en los Juegos Olímpicos de 1984, 1988 y 1992, y habitual colaborador de equipos ciclistas como Orbea, BH, Vitalicio y sobre todo ONCE y Kelme en sus distintas denominaciones, fue el primero en mostrarse sorprendido por el empeño en reducir la trama de la Operación Puerto al ciclismo. «He tratado a deportistas de alto nivel de todo tipo de disciplinas, incluidas fútbol y tenis», afirmó tras su detención sin que ninguna autoridad le haya pedido oficialmente que especificara qué deportistas eran y a qué nivel les elevaba. Movido por lo que parecía un intento de colaborar con la lucha antidopaje, el periodista Stephane Manard, del periódico francés Le Monde, fue a Gran Canaria para entrevistar al polémico ginecólogo reconvertido a médico de familia. Según Manard, y así lo publicó, Fuentes no solo confirmó su relación con el fútbol sino que mencionó concretamente a Real Madrid y Barcelona entre otros clubes de primera y segunda división, aportando supuestamente material documental al respecto.

En dicha entrevista, además, Fuentes afirmaba haber recibido dos ofertas del Barcelona, una de ellas en 1996, negándose a revelar la otra «porque ya me han amenazado de muerte si hablo». Manard contó la historia sin caer en un detalle decisivo para todo periodista: no tenía copias de los supuestos documentos ni evidencias suficientes en caso de demanda. Esa demanda cayó, por supuesto, y Le Monde la perdió, teniendo que pagar a los dos grandes del fútbol español una indemnización de trescientos mil euros.

El «café anisado» de Juanito

contra el barcelona. Foto Cordon Press.
Juanito en un partido contra el barcelona. Foto: Cordon Press.

Más comedido en sus palabras pero igual de directo es José Ramón de la Morena, un hombre que lleva más de treinta años en el mundo del ciclismo y del fútbol y que ha visto de todo. De entrada, se muestra tajante: «Yo, de dopaje en el fútbol, no sé nada, no conozco casos de dopaje organizado», pero luego va reconociendo informaciones que ya había hecho públicas en su momento en su programa El Larguero. En concreto, sobre Eufemiano Fuentes, afirma recordar una conversación con Javier Mínguez en la que el exdirector de BH y Vitalicio, y actual seleccionador nacional de ciclismo, le cuenta que, reunido con el doctor en su casa de Las Palmas, la casa que la Guardia Civil nunca registró durante la Operación Puerto, salió por fax todo tipo de informaciones sobre jugadores de «un equipo que quedó segundo de la liga ese año y no la ganó de casualidad». Hablaríamos de 2003, la época en la que Badiola afirma que hubo pagos sin justificar que coinciden con las cuentas de RSOC en el sumario judicial.

También nos habla de Sabino Padilla, íntimo amigo y posterior enemigo, quien fuera médico personal de Miguel Induráin y que después lo fue del Athletic de Bilbao. «Ten cuidado, Sabino, que el fútbol no es como el ciclismo», le dijo el locutor a Padilla, quien, pese a todo, tuvo que enfrentarse al positivo por nandrolona de un por entonces juvenil Carlos Gurpegui. Según De la Morena, «Fuentes rechazó una oferta del Barcelona de mucho dinero (probablemente se refiere a la de 1996 que mencionó el propio Fuentes a Le Monde) y tras la negativa, Núñez fue a por Padilla, pero José María Arrate, presidente del Athletic Club por entonces, le convenció con menos dinero pero mejores condiciones personales».

De la Morena refiere también un encuentro casual con el doctor Michele Ferrari en Málaga, aunque prefiere no precisar mucho más. En cualquier caso, aclara, no cree que el fútbol esté manchado por el dopaje —«siempre se ha hablado de cosas sueltas, como el café con sabor raro, como anisado, que decía Juanito que tomaban en el Burgos [N.del R. En entrevista al diario Marca del año 1979, Juanito reconocía haber tomado centramina de manera habitual durante su etapa en el club castellano], pero no se sabía bien qué era aquello ni si era ilegal»— y exonera al deporte español en general: «Estoy cansado de que se hable de España como un paraíso del dopaje. Era algo que en su momento, en los noventa, hacía todo el mundo, y los españoles simplemente tenían más dinero y más medios». Para el locutor de la SER, el verdadero caso grave de dopaje es el de Marta Domínguez, absuelta como traficante en la Operación Galgo, grabada por la Guardia Civil en unas cintas que el juez no considera válidas en conversación con Fuentes y que recientemente, como decíamos, ha tenido problemas con su pasaporte biológico. «¿Qué pasa con la senadora?», dice Joserra, mientras afirma que el verdadero problema del fútbol son las apuestas.

En la misma sintonía se mueve Javier Tebas, presidente de la LFP, quien, pocos días antes de que se anuncie el fichaje de Manuel Quintanar, nos asegura que el doping no es un gran problema en el fútbol y que nunca habrá algo parecido a un caso Armstrong, en referencia al siete veces exganador del Tour, aunque «no reconocer que existe sería absurdo. Donde hay dinero, siempre hay pillos… ahora bien, hemos pasado a ser bandera de la lucha contra el fraude deportivo y así lo percibo en el exterior». Algo más tibio se muestra con la comprensión del pasado: «Sí, algunos jugadores tomaban centramina pero no lo consideraban hacer trampa, eran valores de la época, como si nos ponemos a juzgar la esclavitud con los valores actuales: obviamente, nos repugna, pero en el siglo XVI era algo normal».

Extrañas comparaciones aparte, Tebas critica lo que él llama «trivialización del engaño» para referirse a años y años de trampas. «Cuesta mucho encontrar gente que nos hable de dopaje o de amaños, nadie quiere ser el chivato», afirma Tebas, «para eso hace falta mucho tiempo, aprendizaje, cambiar toda la mentalidad no ya del fútbol sino del país, que la gente deje de pensar que amañar un partido no es como robar un banco. Sí que lo es, es un delito. Además, nos gustaría que se pudiera sancionar deportivamente a quien conozca un caso de fraude y no lo denuncie, aunque no tenemos competencia para ello».

Los arrepentidos necesarios

Jesús Manzano. Foto Cordon Press.
Jesús Manzano. Foto: Cordon Press.

Cuando Manuel Quintanar se hizo cargo de la Agencia Nacional Antidopaje en sustitución de Ana Muñoz Merino pronto se filtró que su tesis doctoral en Italia tenía que ver con la figura penal del arrepentido en relación con la mafia. «Lo que no se explicó bien», advierte Carlos Arribas, «es que su conclusión era contraria a que tuvieran beneficios, algo que dificulta mucho su colaboración». En cualquier caso, los llamados «arrepentidos» han sido clave para conocer las prácticas de dopaje sistemático en las últimas décadas. Como dice Sergio, de Ciclismo 2005: «Son fundamentales. Ten en cuenta que estamos hablando de una sociedad secreta con sus propias leyes y castigos, por lo que cualquier desafecto ayuda a iluminar nuestro conocimiento. Hemos aprendido más con Manzano, Landis, Frei y Sinkewitz de lo que jamás podrán decir Muñoz Merino, la UCI, la AMA o el Espíritu Santo».

Efectivamente, si la propia AEPSAD reconoce que los controles van por detrás de las prácticas médicas y que incluso el pasaporte biológico puede ser manipulado con una cierta pericia, la única manera de detectar casos de dopaje y controlar sus efectos sobre la salud sería recurrir a la citada «inteligencia», es decir, la colaboración con Policía y Guardia Civil y aquellos que quieran confesar sus pecados pasados, que en España son más bien pocos por no decir que es solo uno: Jesús Manzano, exciclista de Kelme-Comunidad Valenciana, cuyas declaraciones al diario As sirvieron para cerrar un poco más el cerco en torno a Eufemiano Fuentes y sus auxiliares.

De ahí que la figura de Bastida al frente de la Agencia encaje mucho más que el perfil eminentemente político de Quintanar.

Y es que en los últimos ocho años, la Guardia Civil ha llevado a cabo, entre otras, las siguientes «Operaciones» más o menos publicitadas mediáticamente: en mayo de 2006, la famosa Operación Puerto, con varios detenidos, entre ellos Manolo Saiz, director deportivo del Liberty Seguros, y el propio Eufemiano Fuentes; en abril de 2010, la Operación Galgo, que acabó con la detención de la atleta Marta Domínguez, vigente campeona del mundo de los 3000 metros obstáculos, su entrenador, el mítico Manuel Pascua Piquera, y Alberto León, acusado como «correo» de Eufemiano Fuentes e imputado también por la Operación Puerto. León se sucidaría en enero de 2011. Su cuerpo apareció colgado de una soga en casa de su hermano. Tenía treinta y siete años.

En noviembre de 2009 ya había caído el exdoctor del equipo Comunidad Valenciana, Walter Virú, cuyo destino azaroso merecería un artículo individualizado, en la llamada Operación Grial, con el marchador Paquillo Fernández como principal cliente, y aproximadamente por esas fechas era investigado el médico Jesús Losa, como parte de la Operación Chinatown, a raíz de los positivos por EPO de Maribel Moreno, ciclista olímpica, y Moisés Dueñas, quien participara como testigo protegido en la operación y cuyo destino ejemplifica lo distinto que se trata el arrepentimiento en España comparado con, pongamos, Inglaterra, donde David Millar, quien también recurrió a Losa para doparse según su autobiografía, es poco menos que un héroe nacional desde que reconoció sus trampas.

Esa es la pata que le falta a la «inteligencia»: conseguir que los deportistas hablen y no se sientan amenazados. Si de verdad quieren ser considerados víctimas del negocio y la codicia ajena, lo normal sería abrir la boca y denunciar la situación antes de dar positivo… o al menos después. Todo lo contrario sucedió durante el juicio de la Operación Puerto, en el que, mientras ciclistas extranjeros como Jaksche o Hamilton daban detalles de sus planes de dopaje, todos y cada uno de los españoles subidos al estrado, con la citada excepción de Manzano, negaban siquiera conocer dichos planes y no asumían ni una sola responsabilidad.

Si tenemos en cuenta que los que han confesado, como Manzano o Dueñas, inmediatamente han sido apartados del mundo del ciclismo y los que no han confesado en muchos casos han podido seguir con sus carreras, son jaleados en cada cuneta y encuentran con facilidad puestos de responsabilidad en distintos equipos una vez retirados o en la propia organización de las distintas vueltas ciclistas, uno podría pensar que confesar que te has dopado en España sale muy caro. «No solo eso», apunta Gómez Bastida, «es que además de quedarse sin trabajo, se les humilla, se les machaca, lo pierden todo». Igual que apuntaba Tebas para referirse al fútbol y las apuestas, Bastida recalca: «Nadie quiere ser el chivato y quedar así» y Carlos Arribas coincide: «A lo mejor es una cuestión cultural, por ser España un país de tradición católica, pero aquí la confesión pública se ve muy mal, como una deshonra».

«Hay padres que nos dicen cosas sobre sus hijos en edad amateur, confesiones anónimas, peticiones de que investiguemos a este o al otro», afirma Victoria Ley, también de la AEPSAD, «pero no es fácil saber cuáles de esas filtraciones son interesadas y cuáles no». Parece haber un consenso en que la figura del arrepentido merece más cuidado, pero no lo hay a la hora de definir qué se podría hacer para incentivar el arrepentimiento: un mejor trato de la prensa, un puesto de trabajo ajeno al deporte o dentro de él pero lejos del mundillo en cuestión y sus vicios; incentivos económicos, deportivos… Algunos piensan que lo mejor es que se les reinserte cuanto antes deportivamente o se reduzcan sus sanciones y otros piensan lo contrario, que un solo positivo ya debería conllevar la sanción de por vida.

Con todo, hay una duda: si el doping es tan peligroso, si tantas secuelas deja, ¿cómo es posible que nadie se niegue a doparse y denuncie esa actividad? En la AEPSAD lo tienen claro: «No pueden, hay una ley de silencio impuesta y no pueden salirse de ella». Jesús Muñoz Guerra es incluso más concreto: «Está el caso de José Luis Rubiera, que no ha dado positivo nunca pero estaba en el US Postal que según la USADA seguía un plan de dopaje sistemático y masivo. Bueno, pues Rubiera es médico [en realidad, Rubiera es ingeniero técnico industrial, pero desde luego su formación no parece la de un ignorante, NdR], sabe perfectamente los riesgos que corre con una sustancia y con otra, pero no ha dicho nada en público al respecto. La única que nos ha reconocido que sí, que se dopó, y no ha puesto pega alguna, es Virginia Berasategui, la triatleta vasca que dio positivo por EPO el año pasado. Le han llovido palos por todos lados: la prensa, los compañeros… Si se hubiera callado y hubiera dicho que era todo una persecución se habría retirado por todo lo alto».

Cabe matizar que era la segunda vez que Berasategui daba positivo y que en la primera, en 2005, no se mostró tan colaboradora.

¿A la fuerza ahorcan?

Lance Armstrong. Foto Everett Collection Cordon Press.
Lance Armstrong. Foto: Everett Collection / Cordon Press.

Si, al menos en España, está claro que no se puede contar con la figura del arrepentido y las investigaciones de la Guardia Civil —la más reciente, el 10 de enero de 2014, acabó con la detención de cuarenta traficantes y la incautación de 380.000 dosis dopantes— son muy fecundas a la hora de pillar a los «camellos» como dice Ezquerro, pero muy poco productivas a la hora de descubrir a quién iban dirigidas esas dosis —y 380.000 dan para mucho—, habrá que confiar en el análisis retrospectivo de muestras almacenadas, lo que sirvió por ejemplo para descubrir que Lance Armstrong había utilizado EPO en todas las etapas en las que fue testado durante el Tour de 1999 o para reconocer quince años después el uso generalizado de esta sustancia en el Tour de 1998 por parte de al menos una veintena de corredores, entre ellos Laurent Jalabert, Marco Pantani, Abraham Olano, Erik Zabel o Mario Cipollini.

La continua propagación de sustancias nuevas hace que los métodos de detección puedan ir hasta con varios años de retraso. Volvamos al ejemplo de la famosa eritropoyetina: ahora sabemos que ya a finales de los ochenta se utilizaba con cierta frecuencia y que en los noventa, al menos en ciclismo, atletismo y fútbol, era casi el pan nuestro de cada día. Sin embargo, la sustancia fue indetectable hasta el año 2000 y lo único que se hizo para evitar abusos fue introducir a finales de los noventa un límite del 50 % en el valor del hematocrito, indicativo por sí mismo de un probable uso de EPO. La introducción de ese límite tuvo consecuencias perversas: por un lado dio la impresión de que si no llegabas al 50 % y demostrabas así que tu salud no estaba en riesgo, no te habías dopado, reforzando el adagio del mundo del deporte: «Si no hay positivo, no hay dopaje». Por otro lado, los corredores eran simplemente retirados de la competición durante un cierto tiempo sin una acusación concreta, solo por razones estéticas disfrazadas de sanitarias, reforzando una sensación de falso castigo.

Recientemente, se ha sabido que los laboratorios de Colonia y Moscú están reanalizando muestras de 2012 y que los positivos se cuentan por centenares. Cuando salió la noticia se especuló mucho con que esas pruebas podrían estar centradas en los Juegos Olímpicos de Londres y que se llevarían por delante a varios grandes nombres. Eso mismo quiere pensar todavía José Andrés Ezquerro, que sigue el tema con innegable curiosidad, a la espera de que el listado sea definitivo y que el COI tome cartas en el asunto. Todo lo contrario opina Carlos Arribas, para quien los positivos que se están descubriendo demuestran un «dopaje de segunda clase», poco más que combinados de esteroides propios de países sin suficientes medios para un dopaje eficaz.

En cuanto a las nuevas drogas que se están utilizando, todos coinciden en que la citada y cancerígena AICAR lleva demasiado tiempo en el mercado y sin ningún control médico, así como el AICAr, una sustancia endógena que actúa sobre el ARN y que engaña al músculo haciéndole pensar que se está ejercitando, ideal para especialidades en las que no hay tiempo material para entrenar como es debido o cuando una lesión te impide hacerlo de forma constante. «Mucho ruido y pocas nueces», viene a decir Arribas, que cree que se está hablando demasiado de esas nuevas sustancias como si fueran revolucionarias pero no mejoran lo que había antes.

Arribas, precisamente, es de los que creen que la cosa está mejor ahora que antes. Desde luego, peor que en los noventa no va a estar. Antoine Vayer, periodista francés, lleva examinando desde hace más de treinta años el rendimiento de los ciclistas en las ascensiones de las grandes vueltas calculando la energía que desarrollan en watios por kilo, una fórmula que es la base de la programación física del doctor Michele Ferrari, la mano derecha de Lance Armstrong y de medio pelotón en los últimos veinte años. Según los números de Vayer, publicados en su revista La Preuve par 21 el resultado más irregular, calificado de «propio de un mutante», fue el del Tour de 1995, que ganó Miguel Induráin por delante de Alex Zülle y Bjarne Riis, hombre que, hemos sabido después, era apodado «Mr. 60 %» por estar habituado a correr con el hematocrito por encima de ese nivel, costumbre que compartía con Marco Pantani.

No parece por tanto, según los expertos, que los análisis retroactivos de Colonia y Moscú —la historia del laboratorio de Moscú es al menos tan rocambolesca como la del doctor Virú— vayan a cambiar en algo la historia reciente del deporte. Si ahora hay menos doping o no, no lo sabemos, lo que parece claro es que hay menos positivos. «Nada cambiará hasta que alguien que ha quedado segundo, diga: oiga, que el primero iba hasta arriba y yo me merecía ganar», dice Ezquerro, quien convive con el pelotón en las grandes vueltas y asegura que las sonrisas pícaras y los comentarios del tipo: «Cómo va fulanito, parece extraterrestre» son habituales, pero siempre con la prudencia de no acusar directamente.

Porque acusar, queda claro, resulta caro. Más caro que las consecuencias que tu cuerpo pueda padecer dentro de, ¿cuánto?, ¿veinte, treinta, cuarenta años? El interés por pillar a los tramposos, su propia consideración de tramposos, parece estar ahora mismo en un segundo plano. Con que no se destrocen la vida con sustancias improbables parece suficiente. El control de los médicos sigue siendo total. Jesús Muñoz Guerra, de la AEPSAD, pone el acento en el gran fraude: «Si un mismo médico lleva a cuatro o cinco deportistas y les cobra diferente, ¿quiere decir que lo que les da es diferente?, ¿que, en igualdad de condiciones, el que decide quién gana es él?». No queda ahí la cosa: Guerra insinúa que el propio médico es el que te puede tender una trampa y hacerte dar positivo cambiando una dosis o una sustancia por cualquier tipo de desencuentro personal o deportivo, de ahí la incredulidad de cada deportista cuando le pillan en un control si nunca le habían pillado antes.

La legislación ya no es la de antes y de algo han tenido que servir los tres intentos infructuosos de Madrid por albergar unos Juegos Olímpicos: con la ley en la mano, el dopaje en España no solo es fraude deportivo sino que es delito y se ha de perseguir penalmente tanto al traficante como al médico como al deportista. ¿Se persigue de verdad o nos limitamos a controlarlo como se controla el tráfico de cocaína? Esa es la gran pregunta que se hace el aficionado y, como habrán visto, es muy compleja. Tan compleja como la de Petrini, que ahí sigue, flotando en el aire.