Gödel y Eurípides: anagnórisis e indecidibilidad

Antígona, de Frederic Leighton, 1882. DP.

Frágil y transparente
como el cristal, fue la más fuerte
sin más arma que la piedad. Tomen ejemplo
Aquiles y Odiseo,
Heracles y Jasón, los propios dioses.

(Epitafio de Antígona)

El primer teorema de incompletitud de Gödel demuestra que un sistema formal de una cierta complejidad no puede ser a la vez consistente y completo: siempre habrá en su seno enunciados imposibles de demostrar o de refutar a partir de los axiomas del sistema (si dichos axiomas no se contradicen entre sí); es decir, siempre habrá enunciados indecidibles.

La ética es un sistema formal basado en unos axiomas —denominados principios— a partir de los cuales podemos inferir si una afirmación o conducta es correcta o incorrecta. Y si una ética es consistente, contendrá afirmaciones y conductas indecidibles en su marco axiomático.

En la práctica, los modelos éticos no están definidos con la precisión de los sistemas formales, y tanto las situaciones ambiguas como las posibles lagunas e inconsistencias del modelo pueden dar lugar a proposiciones o conductas indecidibles: los consabidos dilemas morales, de los que la literatura lleva siglos alimentándose; sobre todo, a partir de la tragedia griega.

En un principio, la tragedia clásica intenta eludir el conflicto moral como tal disfrazándolo de fatalidad. El héroe no es responsable de su hamartia (error fatal) porque no controla plenamente la situación o carece de la información necesaria, y por tanto no puede decidir libremente. Solo con la anagnórisis (descubrimiento súbito de una verdad terrible) se vuelve plenamente consciente, pero ya es demasiado tarde. Por lo tanto, Edipo no merece el castigo que se autoinflige (ni el que le ha infligido la posteridad dando su nombre a un complejo).

Pero Antígona sabe perfectamente lo que hace, y al enterrar a su hermano viola la ley con plena conciencia. Nunca mejor dicho, pues no solo actúa con pleno conocimiento de causa, sino que además lo hace desde la plena obediencia a su conciencia moral. En realidad, el dilema no es suyo, sino del sistema, y para superarlo —como ocurre con las proposiciones indecidibles de los sistemas formales— ha de remitirse a un modelo más amplio. Un modelo en el que la última palabra no la tiene la ley promulgada, sino la conciencia personal. Eso explica que Antígona sea el personaje de la tragedia griega que más ampliamente ha rebasado su marco histórico y más presencia tiene —y mantiene— en el teatro universal, como lo atestiguan las versiones de Anouilh, Brecht, Espriu, Hasenclever, Marechal… Y no solo en el teatro, sino también en la música, el arte, la narrativa o el ensayo.

Tampoco es casual que Antígona sea mujer. Y no porque Sófocles y Eurípides fueran feministas, y menos aún los anónimos elaboradores del mito que inspiró sus tragedias, sino porque una rebeldía tan radical es propia de los más oprimidos, y las más oprimidas, en la incipiente democracia griega (como en casi todas las sociedades conocidas), eran las mujeres; además de los esclavos, obviamente, que también llegarían a desempeñar un papel singular en la literatura grecolatina.

Llegados a este punto, puede que alguien piense que este artículo debería titularse, en todo caso, «Gödel y Sófocles», puesto que fue este quien dio forma teatral al mito de Antígona, y aunque Eurípides también lo abordó, de su versión solo nos han llegado fragmentos. Pero la superación de la anagnórisis como camuflaje del dilema ético (y, en última instancia, de las contradicciones internas del sistema) fue, sobre todo, obra de Eurípides, que se distanció claramente de sus predecesores.

Pese a ser contemporáneos, Esquilo (525 a. C. – 455 a. C.), Sófocles (496 a. C. – 406 a. C.) y Eurípides (484 a. C. – 406 a. C.) representan tres etapas bien diferenciadas de la tragedia griega. Y si los dos primeros definieron las características formales y los temas recurrentes del género, Eurípides le confirió una nueva dimensión ética —como hizo Sócrates con la filosofía— al poner el acento en la conciencia y la responsabilidad personales, lo cual implicaba cuestionar el papel de los dioses y el destino, problematizar los mitos y humanizar a los héroes. No hay leyes absolutas e inmutables, ni divinas ni humanas, y la ética ha de ser un diálogo permanente entre las normas vigentes y la conciencia personal.

El segundo teorema de incompletitud afirma que un sistema formal no puede demostrar su propia consistencia. Por consiguiente, en tanto que conjunto de normas sujetas a una lógica interna, ninguna propuesta ética concreta puede demostrar su propia validez, por más que a menudo se intente apelando a tautologías encubiertas o a supuestas evidencias. Veamos un ejemplo:

En su libro Las fronteras de la persona. El valor de los animales, la dignidad de los humanos, la prestigiosa catedrática de ética Adela Cortina afirma que «si no contamos con un concepto de naturaleza humana anterior al pensamiento moral, quedamos inermes ante la voluntad de los legisladores y no tenemos ninguna base firme para exigir que se legisle en un sentido u otro, si no es por la pura presión social, que nunca puede ser un criterio de legitimidad». ¿Y de dónde sale ese firme y legitimador «concepto anterior»? A no ser que nos limitemos a hablar de biología, un concepto de naturaleza humana predialógico, previo a la cultura y al pensamiento moral, es un oxímoron, algo tan contradictorio —o tan dogmático— como la supuesta «ley moral natural» propugnada por Tomás de Aquino y que según la Iglesia subyace al decálogo. Pero Cortina, al igual que su maestro Kant, ha decidido creer en Dios «porque no podemos pensar que la injusticia que domina la historia sea definitiva», en palabras de Victor Hugo; puro pensamiento desiderativo: como me muero de sed, ese espejismo tiene que ser agua. Si alguien decide organizar su vida en función de un supuesto mandato divino, allá él, o ella; pero no se puede articular un discurso ético-filosófico a partir de la fe sin advertir que, en última instancia, se está hablando de religión.

Nos guste o no, no tenemos más base (para exigir que se legisle en un sentido u otro) que el contrato social. Es una base resbaladiza y menos firme de lo que quisiéramos, en eso hay que darle la razón a Cortina; pero la única alternativa es el dogma, que es, por definición, la muerte del diálogo, es decir, del pensamiento mismo. Como Tomás de Aquino o el propio Kant, Cortina pretende demostrar lo indemostrable y edulcorar el despiadado antropocentrismo heredado de la Biblia, para la que somos los «reyes de la creación» con derecho a convertir a los demás animales en nuestros esclavos y nuestra comida.

La reflexión y el mito

Como dice Hölderlin, la mente humana se debate entre la reflexión y el mito. La reflexión parte de la duda y vuelve a ella. El mito nace del miedo y busca refugio en la certeza; un miedo que puede ser el de toda una sociedad o el de una clase —o un género, o una especie— que teme perder sus privilegios.

Dentro de cada individuo y dentro de cada sociedad se libra una batalla más o menos encarnizada entre la certeza y la duda, entre el mito y la reflexión, y tanto la historia de la filosofía como la del teatro se pueden contar en los términos de esta batalla esencial, que tiene en Sócrates y Eurípides, respectivamente, sendos hitos fundamentales. Ambos influyen —y confluyen— en Platón, padre y maestro mágico de la filosofía occidental, que a su vez abona el terreno para el florecimiento de la lógica aristotélica y la sistematización del conocimiento objetivo: un poderoso legado que se mantuvo casi intacto durante más de dos milenios (Whitehead llegó a decir que la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página a la obra de Platón).

Solo muy recientemente, dramaturgos como Bertolt Brecht, Samuel Beckett o Alfonso Sastre (con su teoría y práctica de lo que él denomina «tragedia compleja») dan un salto cualitativo con respecto a Eurípides, y matemáticos como Gödel trascienden el marco de la lógica aristotélica (lo cual no significa refutarla, sino situarla en un marco más amplio). La milenaria batalla —no siempre cruenta— entre la reflexión y el mito se libra en muchos frentes, a veces tan aparentemente alejados entre sí como la lógica matemática y el teatro. Es una batalla ética, estética y epistemológica. Es una batalla ideológica, en el buen y en el mal sentido del término. Una batalla en la que todas/os participamos en uno u otro bando, y no siempre en el mismo.


Sobre el árbol genealógico de los Buendía

¿Recuerda usted haber leído la historia de Edipo? Ya no el Edipo rey de Sófocles; cualquier otra versión, o incluso una película. ¿A que no? Entonces, ¿cómo es posible que sepa usted cómo acaba la historia? Que Edipo asesina a su padre y se casa con su madre. ¿Cómo, si no la ha leído?

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Los primeros lectores de Cien años de soledad no sabían que estaban leyendo un Edipo; quizá (solo quizá) ni siquiera Gabriel García Márquez sabía que estaba escribiendo uno. Tiene sentido que en la primera edición del libro y en la mayoría de las que siguieron no se incluyera el árbol genealógico de la familia Buendía; por más necesario que resultase para seguir la sucesión de Aurelianos, Úrsulas y Arcadios, un gráfico revelaría que al final, en la séptima generación, el incesto se consuma. Conocer esto por adelantado, debieron decirse García Márquez y su primer editor, Paco Porrúa, arruinaría la lectura. 

Sin embargo, a los antiguos griegos que llenaban los teatros para ver las obras relacionadas con Edipo (Sófocles hizo al menos tres, Esquilo cuatro y Eurípides dos) les pasaba como a usted: que conocían el desenlace de antemano. Más aún, conocían al dedillo la dinastía familiar integrada por Layo, Yocasta, Creonte, Edipo y Antígona, entre otros, que nutría los mitos fundacionales de Tebas, con siglos de antigüedad. Pero iban igualmente al teatro y disfrutaban de la obra, y seguramente más que nosotros en esta época saturadísima de ficciones. No pesaba entonces esa convención sobre la ficción (la convicción de que desconocer el final hace más provechoso el consumo de la historia) ni lo hizo hasta el siglo XX. Ejemplo: en La dama de las camelias, escrita en 1848 por Alejandro Dumas (hijo), se anuncia en la tercera frase que la heroína morirá al final. Igual que Cien años de soledad es un Edipo, La dama de las camelias es un Orfeo.

Salman Rushdie, seguramente uno de los mayores exégetas que tiene García Márquez, explica que cuando publicó su primera novela, Grimus, en 1975, pronto se comentó la «profunda influencia» que el colombiano tenía en su escritura. Aunque fuese ya un libro superventas, Rushdie no había leído Cien años de soledad, que se había publicado ocho años antes, ni nada de García Márquez.

Si García Márquez leyó o no el Edipo rey de Sófocles, eso no lo sabemos (aunque parece probable: hasta su Melquíades cumple con el papel que tiene Tiresias en la tragedia clásica). Pero podría ocurrir perfectamente que no lo hubiese hecho, como Rushdie no lo había leído a él antes de escribir Grimus, como Dumas no pudo leer al menos el Orfeo de Esquilo (Las basárides, que se perdió en la Antigüedad). Así ocurre con las historias que adquieren proporciones gigantescas: se cuelan en la cabeza incluso de quienes no las han leído. Y en las cabezas de los más fértiles engendran nuevas historias.

Aquello que pocos anticipaban en 1967 hoy resulta una obviedad: Cien años de soledad es una de ellas, y quizá la mayor que se ha escrito en castellano desde el Quijote. Pero todavía hoy muchos defienden la idoneidad de que los primerizos no consulten el árbol genealógico de los Buendía para que desconozcan el final antes de leerlo. Como si acaso fuera posible. Como si la tragedia de los Buendía no se representase hace veinticinco siglos en las funciones teatrales de Tebas. Como si usted no conociera el desenlace de la historia de Edipo incluso sin haberla leído. 

Es axiomático: ninguna Arcadia lo es en presente de indicativo, solo en pretérito perfecto, cuando ha sido perdida. Y Macondo lo era en tal medida que hasta su fundador, Arcadio, se llamaba como ella. Si no ha leído usted Cien años de soledad y quiere nuestro consejo, debe hacer como Orfeo: rendirse y mirar. El árbol genealógico no arruinará la sorpresa porque la sorpresa no es posible; usted ya sabe cómo acaba Cien años de soledad. Y lo que es mejor: así se goza verdaderamente de esta historia. Algunos cuentos hacen eso, anuncian primero el final y se cuentan desde entonces: muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento. Y la aventura es llegar, precisamente aquello a lo que más ayuda el árbol de los Buendía. Fue así durante siglos y solo en el nuestro dejó de serlo. Habíamos olvidado que así se lee realmente, pero García Márquez se ocupó de recordárnoslo. Y por eso, seguramente, Cien años de soledad es Cien años de soledad.


Nonas de octubre: el día que Roma prohibió las bacanales

Bacchanale devant une statue de Pan, Nicolas Poussin, 1633.

El asunto comenzó con la llegada a Etruria de un griego de bajo nacimiento que no poseía ninguna de las numerosas artes que difundió entre nosotros el pueblo que con más éxito cultivó la mente y el cuerpo. Era una especie de practicante de cultos y adivino, pero no de aquellos que inducen a error a los hombres enseñando abiertamente sus supersticiones por dinero, sino un sacerdote de misterios secretos y nocturnos. Al principio, estos se divulgaron solo entre unos pocos; después, empezaron a extenderse tanto entre hombres como entre mujeres, aumentando su atractivo mediante los placeres del vino y los banquetes para aumentar el número de sus seguidores. Una vez el vino, la noche, la promiscuidad de sexos y la mezcla de edades tiernas y adultas calentaban sus ánimos, apagando todo el sentido del pudor, daban comienzo los excesos de toda clase, pues todos tenían a mano la satisfacción del deseo al que más le inclinaba su naturaleza […].

Una vez los misterios hubieron asumido aquel carácter promiscuo, con los hombres mezclados con las mujeres en licenciosas orgías nocturnas, no quedó ningún crimen y ninguna acción vergonzosa por perpetrarse allí. Se producían más prácticas vergonzantes entre hombres que entre hombres y mujeres. Quien no se sometiera al ultraje o se mostrara remiso a los malos actos, era sacrificado como víctima. No considerar nada como impío o criminal era la misma cúspide de su religión. Los hombres, como posesos, gritaban profecías entre las frenéticas contorsiones de sus cuerpos; las matronas, vestidas como bacantes, con los cabellos en desorden, se precipitaban hacia el Tíber con antorchas encendidas, las metían en las aguas y las sacaban aún encendidas, pues contenían azufre vivo y cal. Los hombres ataban a algunas personas a máquinas y las echaban en cuevas ocultas, y se decía por ello que habían sido arrebatadas; se trataba de quienes se habían negado a unirse a su conspiración, tomar parte en sus crímenes o someterse a los ultrajes sexuales. Era una inmensa multitud, casi una segunda población, y entre ellos se encontraban algunos hombres y mujeres de familias nobles.

Tito Livio, Historia de Roma, 39. Traducción de Antonio Diego Duarte Sánchez.

Habría que haberle visto la cara a Espurio Postumio Albino, de profesión cónsul de Roma, cuando se encontró con semejante pastel en el 186 a. C. «Una inmensa multitud» de ciudadanos libres, «casi una segunda población» de la capital, se daban citan regularmente en el bosque de Simila, cerca del Aventino, y al abrigo de la noche se entregaban secretamente a estos «excesos de toda clase» que cuenta Tito Livio, tan prudente él con los adjetivos.

No cuesta mucho imaginar la escena, ¿verdad? No después de aquella Calígula que escribió Gore Vidal, por ejemplo, con todo aquel felpuderío setentón al compás de Prokófiev, o después del Satiricón que hizo Fellini. O de toda la pornografía rasa que se ha ambientado en la era romana, sin ir más lejos, animada precisamente por episodios históricos como el de estas bacchanalia, que hoy llamamos bacanales, convertidas casi en la metonimia misma del estilo de vida en aquella civilización que duró más de mil años, en particular —y equivocadamente— cuando se trata se glosar su final. Ahí están, si no, los cuadros de Alma-Tadema, de Levêque o de Couture, que cuando quiso pintar sus Romanos de la decadencia en 1847 no se rompió la cabeza y las retrató a ellas enseñando los pechos bailongos, a ellos coronados de hojas de vid —lo que quiere decir que pedo como piojos— y revolcándose afanosamente los unos con los otros.

Lo sencillo sería decir que exageramos confiriéndoles a los romanos esta reputación, pero es que según Tito Livio, bastante más romano él que cualquiera de los presentes, no solo no exageramos, sino que hasta podríamos quedarnos cortos. En el siglo II a. C., escribió en sus Ab Urbe condita libri —los Libros desde la fundación de la Ciudad, que así es como tituló originalmente su Historia de Roma—, incluso muchos patricios de noble cuna le habían cogido el gusto a las bacanales, reuniones tres en uno de botellón, misa y cruising en el bosque que se celebraban en honor al dios Baco por celebrarlas en honor de alguno, más que nada, ya que allí, según el historiador, se iba fundamentalmente a lo que se iba. Cuando el mondongo llegó a oídos de la República, la suma sacerdotisa de estas bacanales, una tal Paculla Annia, había tenido que cambiar ya el rito para acomodar el aforo de la capital y celebrarlas no tres veces al año, como empezó haciéndose, sino cinco veces al mes. Tito Livio cuenta que, cuando el Senado las prohibió ese mismo año, descubrió que estaban en el ajo siete mil ciudadanos, de los que podría haberse ejecutado a seis mil. Que se dice pronto.

Pero los hechos son una cosa, como todo el mundo sabe, y otra bien distinta las interpretaciones. La razón del éxito de estas bacanales no está, como dice el historiador, en que los allí reunidos fueran, sin más, más marranos que el agua de fregar. La causa de semejante congregación la explicó y muy bien san Juan de la Cruz, por citar el ejemplo que nos pilla más cerca, cuando su esposa del Cántico espiritual habló de ir a amar al esposo mejor «al monte o al collado, do mana el agua pura» y a entrar «más adentro en la espesura»: no hay amor más perfecto que el que acontece entre el follaje, valga la redundancia, y con el primero que pase, en particular cuando lo que uno pretende con ese amor es hacérselo al mismo dios. Es algo en lo que han coincidido reveladoramente los místicos —aquellos que buscan la unión en vida con el dios— de todos los siglos y religiones, desde San Juan de la Cruz a los pitagóricos griegos, y que los bacantes de Roma se tomaban con bastante más literalidad que la mayoría, seguramente, porque unirse a un dios no solo no era algo herético —«no considerar nada como impío […]  era la misma cúspide de su religión», nos explica Tito Livio—, sino porque, además, los latinos eran gente animista, lo que funde en uno los conceptos mismos de naturaleza y divinidad.

Las tinieblas son sagradas

Para entender la entidad religiosa de las bacanales, sin embargo, hace falta irse a Grecia y rebobinar varios siglos en la historia hasta el momento legendario —fíjense si habremos rebobinado— en el que el músico Orfeo paseaba una buena mañana por los montes de Tracia y un grupo de bacantes, mujeres todas entregadas al culto a Dionisos —el correlato griego de Baco—, le propusieron allí yacer como yacían las bacantes, que era con mucho arrebato y mucha pasión y muy como Demi Moore en Acoso, para hacernos una idea. Orfeo rechazó la oferta, bien porque había jurado castidad tras su intento fallido de rescatar a Eurídice del Hades, según la versión del mito más extendida, bien porque «para los pueblos tracios fue el autor de transferir el amor hacia los tiernos varones», según reseña Ovidio en las Metamorfosis, e incluso porque fuera hijo, sacerdote, discípulo o amante del mismísimo Apolo, un dios enfrentado a Dionisos en el plano cosmogónico. El caso es que las bacantes —o ménades, ninfas que adoraban al mismo dios— se ofendieron, lo sometieron al sexo igualmente y acabaron despedazándolo.

Pura ficción, claro. De hecho, Orfeo es un personaje que muchos paleolingüistas e historiadores creen haber encontrado en textos teológicos de varias civilizaciones indoeuropeas, entre ellas el Poema de Gilgamesh y el Mahábharata hindú, de modo que sería ingenuo considerar que su legendario asesinato tuviera algo que ver, aunque fuese remotamente, con un hecho real ocurrido en Tracia. Para acabar de rematar la sospecha de que estamos ante una ficción elaborada ex profeso, la historia de su muerte —que no mencionan los autores más antiguos, como Homero o Hesíodo— es la anécdota mítica en la que se fundamentó el orfismo, un culto mistérico al que se atribuye si no la invención de las bacanales, sí su perpetuación a través de los siglos. Fuese litúrgicamente y delegando el rito en símbolos —que es lo que harían los orfistas en sus ritos mistéricos— o de modo más o menos literal —y en este caso muchos autores prefieren atribuirlo al dionisismo, un culto emparentado estrechamente con el orfismo—, una bacanal no consiste más que en  escenificar la muerte del legendario poeta a manos de las sacerdotisas de Dionisos.

Según Eurípides, que habría conocido el rito de primera mano durante su exilio en Macedonia, este constaba antiguamente de tres partes, o así es como lo retrató en su tragedia Las bacantes. La primera era la oribasia, el retiro de las mujeres al monte para celebrar orgías sagradas, algo que conocemos también a través de la propia religión olímpica dominante, que en algunas de sus antiguas fiestas religiosas agrarias —las Leneas áticas o las Thyiadas en Delfos— conservaba vestigios de este ritual órfico. La segunda parte de la bacanal, cuando las bacantes son presa ya del paroxismo y el frenesí —algo que los expertos de hoy no saben si achacar al sexo, la droga o la sugestión, cuando no a las tres a la vez— es el diasparagmos, el sacrificio de un animal, normalmente una cabra que representa a Dionisos a través de su relación con el dios Pan y que conmemora la muerte de Orfeo. La tercera y última es la homofagia, la ingesta de su carne cruda. En Las bacantes Eurípides pone en boca del mismísimo Dionisos la naturaleza hermética del culto en su honor —«está prohibido que los mortales no iniciados» lo conozcan, especifica el personaje— y la condición nocturna de sus ritos: «Las tinieblas», le dice el dios, «son sagradas». El secreto, en otras palabras, era consustancial a las bacanales.

Pese al oscurantismo con el que trató Tito Livio la llegada a Italia de estas celebraciones —que comenzaron, según él, «con la llegada a Etruria de un griego de bajo nacimiento»—, en realidad es lo menos enigmático de todo el asunto. Fue en las colonias helenas en Italia, en la Magna Grecia y Sicilia, donde el orfismo acabó sobreviviendo a la regresión que experimentó en Grecia durante la época clásica y a los posteriores episodios de persecución. De hecho el prófugo religioso más célebre de la época, Pitágoras, eligió Crotona para refundar en cierto modo esta religión, cuya doctrina incorporó al pitagorismo del que sería epónimo y en el que conjuró ciencia y razón, filosofía y el culto esotérico a Orfeo. Estamos en el año 522 a. C., a solo trece años y seiscientos kilómetros de la expulsión en Roma de Tarquinio el Soberbio y de la reconversión de la ciudad en una próspera república. Lo de los siete mil romanos haciendo el guarro en el Aventino ocurrió poco más de trescientos años después, que en esta cronología de milenios es como decir un plis.

Roma sí paga a traidores

A Tito Livio, de hecho, conviene no hacerle tampoco demasiado caso porque los cronistas romanos de la época tenían el tic de aquello que no supieran, inventárselo. Para ellos la historia no era una disciplina académica sino fundamentalmente política y recordar, para más funfún, que aunque el episodio de las bacanales ocurriera en el 186 a. C., los Ab Urbe condita libri donde lo describe se empezaron a publicar en el 27 a. C., justo cuando Roma se convirtió en imperio. Estamos en la misma época, para hacernos una idea, en la que Augusto, el primer emperador, le encargó a Virgilio una gran epopeya fundacional —la Eneida— que otorgase a Roma una misión trascendente en el mundo, el famoso imperium sine fine, que justificase a su vez el sistema imperial. La Historia de Roma de Tito Livio, en otras palabras, empalma con la Eneida y cuenta la historia romana desde Eneas vendiendo la burra política que se impuso en la transición imperial. En este caso se trataba de asegurar que Roma había sufrido en el pasado una epidemia moral de enormes proporciones cuya reedición podría atajar con más facilidad un emperador que una lenta y burocrática cámara de gobierno.  

Sin embargo el propio texto de Livio, de finales del siglo I a. C., traiciona esta dramatización moralista de los hechos al consignar las razones que el cónsul Postumio expuso ante el Senado en el 186 a. C. para atajar las bacanales, que fundamentalmente aludían al tamaño de la convocatoria, a su carácter secreto y a su condición subversiva. «A menos que toméis precauciones», clamó ante los senadores entonces, «a esta asamblea convocada legalmente por un cónsul a la luz del día se enfrentará otra que se reúne en la oscuridad de la noche». Por una copia que se encontró en 1648 y que se expone hoy en el Museo de Historia del Arte de Viena, sabemos también que cuando la cámara decretó su feroz Senatus Consultum de Bacchanalibus para neutralizar las bacanales, en realidad no prohibió la promiscuidad ni el consumo de psicofármacos en Roma, sino la reunión de más de cinco bacantes.

Es más: una de las grandes benefactoras de la represión de estas celebraciones, a la que Roma recompensó después con 100.000 ases y privilegios políticos, fue una prostituta liberta de nombre Fecenia Hispala. Fue ella quien delató a los bacantes ante los cónsules cuando su amante, un muchacho libre llamado Publio Ebucio, iba a ser iniciado en los misterios de Baco. Tito Livio nos cuenta que a ella, que participó siendo joven en las bacanales, le espantaban los «ultrajes inconcebibles» a los que se vería sometido él, y así ambos acabaron denunciando las celebraciones secretas ante el mismísimo cónsul. ¿Eran tan terribles estos ultrajes? Seguramente no. Para empezar, era la propia madre de Ebucio quien pretendía iniciarlo en el culto y sabemos que incluso la suma sacerdotisa de Baco había iniciado a los suyos, Minio y Herenio Cerrinio, en los misterios. Fuese una maniobra interesada o simples celos —tratándose de romanos podemos descartar el fanatismo religioso—, lo cierto es que la delación de Fecenia Hispala desató el horror en Roma. «Hubo un gran pánico en toda la ciudad, y no solo confinado a los límites de Roma, pues el terror se diseminó por toda Italia», cuenta Tito Livio. «Muchos fueron cogidos tratando de escapar y traídos de vuelta por los guardias apostados en las puertas. Otros, hombres y mujeres, se suicidaron. Se dijo que en la conspiración había implicadas más de siete mil personas».

Como explica Antonio Escohotado sobre este asunto en su Historia general de las drogas, el verdadero interés de estos hechos radica en el empeño puesto en la Roma imperial en declarar las bacanales «peste moral» y «crimen contra la salus publica» y justificar así el mecanismo para atajarlo, «que parece basado en el derecho y la razón civil, pero desencadena una suspensión general de la juridicidad y el raciocinio en favor de métodos simplemente fulminatorios». No mucho tiempo después Roma, hasta entonces un pueblo más bien tolerante cuando se trataba de la vida privada de las personas, desplegaría estos mecanismos que legitimó en su represión de los bacantes en una persecución que los milenios hicieron bastante más conocida: la de los cristianos. Unos adoraban a Cristo con solemnidad y los otros a Baco en fiestas de vino, sexo y promiscuidad, pero ambos recibieron el mismo trato. En el fondo, queda claro, no estamos hablando de cosas tan distintas.


Rosa María Mateo contra el ruido y la furia

Archivo RTVE

Ha sido una de las profesionales más importantes de la historia de la televisión de España. En los cerca de cuarenta años que estuvo en antena demostró que se puede informar con rigor y compromiso —sin desprenderse de su propia personalidad— en los servicios informativos de Televisión Española y Antena 3 Televisión. Sin embargo, en 2003 desapareció de forma repentina de la pequeña pantalla.

Su popularidad fue inabarcable desde que empezó a presentar Informe semanal en 1974, «el único programa informativo que ha ganado dinero en la televisión, porque los programas informativos pierden dinero siempre», cuenta la propia Rosa María Mateo. Ahora vive en paz, en Boadilla del Monte, junto al actor Miguel Rellán. Modera coloquios, debates, participa en conferencias, rueda cortos como actriz y cuida del jardín de su casa. Es común verla en los llamados Encuentros con el Público del Teatro Español. «El otro día pusieron Las troyanas, de Eurípides. Lo estuve leyendo y me di cuenta de que seguimos siendo igual. Creo que los seres humanos, desde que nos bajamos de árbol, hemos cambiado muy poquito», apunta reflexiva.

Los años universitarios del teatro

Su vida fue un cambio constante desde el principio: a los quince días de vida (nació en Burgos, en 1942) su familia se la llevó a Madrid siguiendo el destino que le correspondía a su padre, militar de profesión, que también hizo que fuese a Valencia tres años después. Allí empezaría a estudiar Derecho.

Cuando entró en la facultad tuvo claro que quería hacer teatro, así que preguntó quién era el director del TEU (Teatro Español Universitario). Resultó ser Pepe Sanchís, estudiante de Filosofía. Se acercó a él y le contó lo mucho que le apasionaba subirse a las tablas. Un día, Pepe montó Antígona. «A mí me dijo que si quería hacer de Ismene, la hermana de Antígona, pero me parecía una imbécil absoluta y una cobarde. Antígona respondía al tipo de joven que lo quiere todo ya». Allí coincidió con el cantautor Raimon, que hizo de Heón, el novio de Antígona. «En los ensayos cantaba “Al vent” con la guitarra. Todavía estaba en la facultad estudiando Filosofía», detalla.

Estudiando Derecho solo había diez mujeres. Corrían los años sesenta. Rosa María Mateo, con una clara postura feminista, recuerda que la cifra no varió en todo el tiempo que estuvo en la facultad: «En general, las mujeres estudiaban Magisterio o Periodismo. Y la Iglesia tenía una carrera de Periodismo que duraba tres años, pero yo creo que la establecieron para tener controlada a la gente que iba a escribir en los periódicos». De entre todas, Filosofía era la carrera en la que más mujeres había: «Creo que eso es porque era una carrera más femenina y Derecho una más masculina. Además, en Filosofía se podía ser profesora y tener otro tipo de salidas. Se suponía que la cultura era menos productiva económicamente, por eso los chicos no querían estudiar Filosofía, porque no era una carrera con grandes salidas, entonces iban a ganar menos dinero. Las mujeres siempre se han dedicado a las profesiones peor pagadas».

Ahora lo piensa y confiesa que le hubiera gustado más estudiar Filosofía, pero también piensa que Derecho es una carrera bonita, salvo algunas asignaturas: «El derecho administrativo, por ejemplo, me parece un peñazo absoluto», reconoce con hastío. Se preparó las oposiciones y tuvo que terminar en Madrid dos asignaturas que le quedaron. Hasta que acabó, pasaron diez años. También se examinó en la Escuela Oficial de Cinematografía: «Hice el examen embarazada. Fue en octubre o noviembre y mi hijo nació en enero». Pasó el examen, pero se aburrió y acabó marchándose después de un tiempo.

La primera vez que pisó un estudio de Radio Nacional de España no fue en calidad de periodista, sino de actriz de radioteatro, en Valencia. «Como lo hacíamos por la noche tenía que acompañarme mi hermano, porque mi padre no me dejaba salir de casa a esas horas (entre las nueve y las diez)».

Érase una vez… una locutora de continuidad

Archivo RTVE

Al aprobar las oposiciones, Rosa María Mateo inicia en 1966 una nueva etapa en la segunda cadena de Televisión Española como locutora de continuidad. «Era una tontería de trabajo. Entraba a las seis de la tarde o así y me marchaba a las doce de la noche. Estaba en una salita pequeña con las niñas de la primera cadena. Me quedaba sentada, pintadita, esperando a que empezara la emisión para contar los programas que iba a haber. Si se estropeaba la tele y ponían la carta de ajuste —una cosa maravillosa—, yo decía: “Disculpen la interrupción…”». Al poco tiempo entró su compañera Elena Martí.

A pesar de no recordarlo, también hizo de modelo ocasional en Luz verde, presentado por Natalia Figueroa. «Te juro que me ponen en un interrogatorio con gente expertísima y no podría decir nada», se defiende. Por su memoria aparecen programas como Buenas tardes, con Raúl Matas, pero otros, como La segunda cadena informa o De la A a la Z, se esfumaron del recuerdo. Fue entre 1972 y 1973 cuando condujo el concurso basado en cuestiones sobre el uso del vocabulario castellano.

Cuando sus compañeras hablaban del tiempo que llevaban trabajando en TVE pensaba que no iba a poder aguantar tanto tiempo allí. «Me gusta hacer las cosas bien: si cuido el jardín, por ejemplo, quiero que esté bien, y me indigno conmigo misma si lo hago mal. Siempre he intentado hacerlo lo mejor que pude en televisión y lo más honestamente posible, pero no me gustó nunca trabajar en televisión».

Burladeros en los pasillos de RTVE

Carta de amor de un asesino, 1972. Imagen: Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L.

El entorno y ambiente de la televisión no eran de su agrado, a excepción de algunos momentos. «Como decía un viejo periodista: “Lo único que faltaba en Televisión Española eran burladeros en los pasillos”, porque los cuchillos volaban por el aire. Había enemistades, gente que quería ser más… Esas cosas terribles que pasan en los trabajos». Otra isla de felicidad, además de la época de Informe semanal, fue la que abarcó la última edición del Telediario, con Pedro V. García de director: «Es un ser absolutamente adorable. Formamos un equipo muy bueno, muy a nuestro aire». Pero la felicidad nunca es permanente. «La vida tiene muchos ratos en los que no eres feliz. Pues en la tele pasaba un poco igual. No todo el tiempo yo era desgraciada, pero tampoco era feliz, salvo en esos pequeños momentos aislados», añade.

En medio de toda la vorágine pudo rodar la película Carta de amor de un asesino (1972), dirigida por Francisco Regueiro y con José Luis López Vázquez. Ella hacía el papel de Charo. «Me pareció una película muy floja después. Sentía que yo no servía para eso. Creía que todo el mundo lo hacía muy bien y que yo era un pato. No era mi sitio y no iba a ser actriz». La película no llegó a estrenarse, aunque pudo emitirse más tarde, en diciembre de 1988. «Ahora he rodado un corto y lo he pasado muy bien. Todo lo contrario de lo que me sucedió aquella vez». ¿Con el tiempo se ven mejor las cosas? «No. Con el tiempo les das menos importancia a las cosas y te das menos importancia». Tras la frase, Miguel Rellán se despide; saldrá un momento de casa.

En los setenta, Rosa María Mateo ya se sentía herida: «Pensaba que la carrera de periodista no era más importante que la de Derecho, sobre todo porque no me interesaba nada lo que hacía. Yo estaba allí porque quería ser independiente, aunque en ese momento ya tenía un hijo y tenía que ganar dinero para mantener mi casa, porque me separé muy pronto de mi marido. Es lo que me hizo permanecer en televisión», explica con sinceridad.

Del Telediario a Informe semanal

Lo que le gustaba a Rosa María de Televisión Española eran los informativos. En 1973, Juan Luis Cebrián, entonces director de informativos, tuvo el ojo de ponerla en el Telediario, pero en 1974 ya pasó a presentar Informe semanal, dirigido por Pedro Erquicia. «En aquel momento fue muy importante, porque era el único programa que analizaba en profundidad determinadas noticias. Podían ser desde las fiestas de un pueblo hasta el fenómeno Elvis Presley. No era solamente una cosa política, aunque tenía temas nacionales e internacionales. Los nacionales con mucho cuidadito, porque teníamos un censor, pero Pedro Erquicia sabía manejar muy bien esas historias».

El sábado 31 de marzo de 1973 nacía Semanal informativo, título que fue sustituido por Más allá de la noticia hasta el 16 de noviembre de 1974, cuando pasó a llamarse tal y como se le conoce hasta la fecha. El propio Erquicia lo recordaba en una entrevista: «Estaba dirigiendo la primera edición cuando el director de informativos me pidió que pensara en un programa para los sábados por la noche. Analicé la programación de Televisión Española de los últimos seis años y había una laguna muy clara: nunca se había hecho un programa de primera hora con reportajes de temas tratados con profundidad. Existía Primera plana, una copia del programa de la televisión francesa Cinq colonnes à la une, pero nada más». Informe semanal, finalmente, se basó en el 60 Minutes de la CBS.

Rosa María Mateo trabajó con un equipo de reporteros, pero sobre todo de reporteras: Ana Cristina Navarro, Carmen Sarmiento, Soledad Alameda… También estaban Antonio Gasset, Javier Basilio, Ramón Colom o Baltasar Magro, aunque ellos dos entraron un poco más tarde. Colom llegó a dirigir y a presentar el programa en los ochenta. Después, en 1990, fue nombrado director de Televisión Española.

Magro, en su caso, salió para estar en los informativos diarios. «Baltasar era un reportero nato. Me dio mucha pena que dejara de hacer reportajes y pasara a los informativos. Hizo un reportaje fantástico sobre Yoyes. Recuerdo que aquel programa lo vi en la redacción, en un monitor, al lado de Mario Onaindia». ¿Y qué ha pasado ahora? «No lo sé. Era otra cosa. Franco vivía, aunque estaba a punto de morir. Todavía no habíamos hecho la Transición y estaba como entre aguas: el final del franquismo y el principio de lo que fue luego la Transición. La gente tenía muchas ganas de ver y de hacer cosas. Ahora creo que todo está muy mediatizado», dice, poniendo como ejemplo de esta mediatización a las empresas. España seguía siendo España.

Archivo RTVE

Ruido de sables (I)

A pesar de la entrada en vigor de la Constitución española el 29 de diciembre de 1978, España seguía siendo un país con más dudas que certezas. «Desgraciadamente, el franquismo ha marcado demasiado a nuestro país. Tienen razón cuando dicen eso de que Franco lo dejó todo atado y bien atado. España sigue dividida de una forma muy agresiva y en dos bandos irreconciliables. Los políticos del Partido Popular critican que la izquierda siga hablando de los muertos y de la guerra diciendo que eso ya había pasado hace mucho tiempo. Y no, mire, porque precisamente ellos están hablando en un tono que demuestra que no pasó hace tanto tiempo».

La crisis, mociones de censura… Las espadas estaban en alto, pero ¿quiénes, además del entorno político, podían saberlo? Los periodistas: «Había ruido de sables en el ambiente porque el diario Arriba publicaba unos artículos terribles (creo que en algunos debían hablar en clave). Ahora, de eso a que hubiera un golpe de Estado… Había un ambiente, como un tufo, y es verdad que, quizá, la gente de a pie no se enteraba, pero los periodistas sí. Pero no puedes salir y asustar a la gente diciendo que hay unos militares que quieren abortar la democracia». La información puede volverse distorsionada por el camino, como en el juego del teléfono escacharrado; por eso es importante ver venir los acontecimientos, quizá por supervivencia.

Leopoldo Calvo-Sotelo fue elegido como candidato a presidente por el rey Juan Carlos I el 10 de febrero de 1981. Rosa María Mateo había estado entrevistándolo en su casa el 22 de febrero, un día antes de ser investido en el Congreso de los Diputados. La entrevista, de hecho, debía emitirse al día siguiente.

Ruido de sables (II)

El 23 de febrero, la periodista se encontraba en los sótanos de la Casa de la Radio, en el departamento de maquillaje. En un paréntesis de la sesión, se acercó a los monitores internos para seguir la votación. Cuando era el turno del diputado del PSOE Manuel Núñez Encabo, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el salón del Congreso gritando «¡Quieto todo el mundo!» y disparando al aire. «En aquel momento, cuando estás viviendo una situación así, piensas que puede pasar lo peor. Pero estás informando y olvidas el miedo», aclara, antes de explicar una de las órdenes que recibieron de los mandos militares: «No querían que diéramos en televisión las imágenes de lo que estaba ocurriendo en el Congreso de los Diputados». Era, además, una grabación de rutina y no se estaba emitiendo en directo, pero los golpistas destrozaron las cinco cámaras de Televisión Española menos una. El realizador Pepe Marín observaba atónito los acontecimientos desde las unidades de televisión situadas en la plaza de las Cortes.

No obstante, las imágenes de lo sucedido pudieron ser vistas por los españoles al día siguiente, después de que soltaran a todos los congresistas. Podía ser una medida para salvarlos: «No sabíamos si los iban a matar. Cuando por la noche sacaron a algunos de ellos y se los llevaron pensamos que los iban a fusilar. Ahí estábamos preocupados, pero no por nosotros mismos, sino por lo que estaba ocurriendo». Los truenos se escuchaban a lo lejos, pero la tormenta ya estaba encima.

«Buenas noches. En el contexto de los hechos ocurridos esta tarde en el Congreso de los Diputados, Televisión Española quiere informar que, al filo de las ocho menos cuarto de la tarde, fuerzas militares con material blindado y a las órdenes de un capitán ocupaban las instalaciones de RTVE», anunciaba Iñaki Gabilondo (director de informativos) en un avance.

El destacamento miliar llegado a Prado del Rey fue, en primer lugar, al despacho del director de Televisión Española (Miguel Ángel Toledano) para darle la orden de continuar con la emisión con toda normalidad. Después se dirigieron al despacho del director general (Fernando Castedo), que se encontraba en la Casa de la Radio. A él le ordenaron poner música militar por Radio Nacional. «Un compañero y yo —rememora Rosa María Mateo— nos acercamos a un soldadito que estaba en la puerta del director general para preguntarle si él era de los buenos o de los malos». El militar, al que le temblaba hasta el fusil, ni siquiera supo qué contestar.

La noche de los transistores

A través de su secretaria, Castedo pudo ponerse en contacto con Jesús Picatoste (subdirector general) para hablar con el director de Televisión Española y después con el secretario general de Zarzuela (Sabino Fernández Campo). Era preciso que el rey hablara por televisión para pedir serenidad y poner orden constitucional (dentro de la legalidad vigente), pero había que salir de Prado del Rey e ir al Palacio de la Zarzuela. Algo más de quince kilómetros separaban un punto de otro

El periodista Jaime Olmo reproducía en Infolibre las palabras que el propio Fernando Castedo le había dado en una entrevista, en los ochenta, sobre cómo él y Jesús Picatoste consiguieron grabar el mensaje del rey después de haber hablado con Fernández Campo: «En la primera llamada me pide que mande a alguien que filme a su majestad, y le digo a Toledano que prepare dos equipos y que se pongan al mando Picatoste y Erquicia, para ver cuándo pueden salir hacia Zarzuela». De manera posterior, Fernández Campo pide que le pasen por teléfono al capitán que mandaba a los militares que ocupaban Prado del Rey para que estos abandonaran las instalaciones de televisión. «En un primer momento, el oficial niega obedecer otras órdenes que las de su inmediato superior, pero tras conectar con su unidad deciden por fin retirarse de Prado del Rey. Eran poco más de las nueve de la noche e inmediatamente digo a Iñaki Gabilondo que se ponga delante de la cámara e informe de lo que está pasando, mientras los equipos salen hacia Zarzuela en dos coches, ya que entonces no teníamos enlace fijo con el Palacio».

En otro avance informativo, Rosa María se dirigía a los españoles: «Estamos a la espera de poder ofrecerles las palabras de su majestad el rey don Juan Carlos sobre los acontecimientos que se están desarrollando en el Congreso de los Diputados donde, como ya les hemos informado, un grupo de miembros de la Guardia Civil, al mando del teniente coronel Tejero, ha ocupado la Cámara y mantiene retenidos a la totalidad de los miembros del Congreso». La emisión del mensaje del monarca era clave, ya no por su contenido, sino por la tranquilidad de los ciudadanos y ciudadanas que, tal vez, no escucharon a tiempo el ruido de sables. A las nueve y diez, las fuerzas militares abandonaron RTVE. «En el transcurso de la hora y media que duró la ocupación, el oficial que mandaba las fuerzas militares mantuvo varias conversaciones telefónicas con otros mandos. El personal de Radio Televisión Española se mantuvo en sus puestos con absoluta calma y sin que se produjera el más mínimo incidente», contaba ya entrada madrugada.

La tranquilidad llegó cuando entraron los GEO (Grupo Especial de Operaciones de la Policía Nacional) y se pusieron allí, de pie. «Estos pisaban fuerte: O nos mataban o nos salvaban, pero desde luego teníamos muy claro que hacían muy bien lo suyo».

Archivo RTVE

No tan buenas noches

El 27 de febrero, cuatro días después del fallido golpe de Estado, Rosa María Mateo leía delante del Congreso de los Diputados el emblemático comunicado firmado por los cuatro partidos principales: Alianza Popular (AP), Partido Socialista (PSOE), Unión de Centro Democrático (UCD) y Partido Comunista (PCE). Según datos publicados por El País, en Madrid hubo alrededor de un millón y medio de personas manifestándose. Todas estaban para defender lo mismo que estaban defendiendo los políticos, entre los que se encontraban Manuel Fraga Iribarne y Santiago Carrillo.

Es distinto hablarles a millones de personas a través de una cámara que en persona. «Pensé que no era la persona adecuada para salir ahí y que no iba a poder hablar, porque no había hablado nunca en la calle», confiesa. Pero la angustia desapareció cuando echó a andar la marcha. «No me imaginaba que pudiera haber tanta gente. Cuando pasamos por Atocha y vimos que todo estaba lleno se me saltaron las lágrimas. ¿Cómo no iba a hablar? Ahí tuve muy claro que me iba a salir la voz y que no importaba nada. Tenía que leer el manifiesto. Fue la gente la que me dio la fuerza porque, como ellos, también estaba pidiendo democracia y libertad».

No hubo un antes y un después en su carrera profesional tras la lectura del manifiesto, pero sí cambiaron otras cosas: «Aquella noche, cuando volví para hacer el Telediario, mis compañeros no me dijeron absolutamente nada. Nadie dijo nada en la redacción. Durante muchos años esas imágenes no aparecieron en Televisión Española». ¿Por qué motivo? No sabe qué contestar. Entonces se lanza otra pregunta: ¿Celos profesionales? «Sí», responde. «Pero es igual. Cuando se celebró el vigésimo quinto aniversario de Informe semanal se prohibió que se me nombrara».

Así conocí a Fidel Castro

Joaquín Sabina dice que fue Rosa María Mateo quien le hizo la primera entrevista —en televisión— de su vida. De todas las personalidades que ha entrevistado, Rosa no puede olvidar la vez que sufrió con una actriz italiana enfadadísima a la que tuvo que tranquilizar por una demora de dos horas debido a que algo del equipo se había estropeado. También entrevistó a la sexóloga Shere Hite, pero tiene «el vago recuerdo» de que le cayó mal. Y con Raísa Gorbachova, esposa de Mijaíl Gorbachov, hubo acercamiento, pero se quedó en intento: «Fuimos al Pardo y los rusos nos trataron un poco mal. Nos tuvieron que salvar dos diplomáticos españoles porque estos otros nos fusilaban al amanecer». Con cada entrevista, una lección aprendida.

Fila 7, dirigido por Manolo Pérez Estremera, era un espacio sobre cine que presentaba Rosa María en la segunda cadena de TVE. En 1984 le tocó ir a Cuba para cubrir el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. «Le dije al director de informativos que probablemente íbamos a ver a Castro: “Si consigo una entrevista con él, ¿se emitirá? Porque si no ni me molesto”. Y me respondió: “¿Tú qué vas a conseguir una entrevista?”». El ninguneo estaba a la orden del día: «Era chica e imbécil, porque ser chica e imbécil es lo mismo», apostilla con sarcasmo.

En La Habana se acabaron juntando dos equipos de TVE por la celebración del veinticinco aniversario de la revolución. Allí se encontraba el periodista Vicente Botín con el realizador Antonio Gasset. «En un momento determinado —según Botín— me acerqué al comandante y comencé a hablar con él. Yo había ido a La Habana con un equipo de Televisión Española para hacer un reportaje sobre el veinticinco aniversario de la revolución y me sabía de memoria su vida y milagros. […] Lejos de sentirse incómodo, Fidel Castro se mostró sorprendido de que llevara la conversación al terreno personal y me preguntó de sopetón: “Chico, ¿quién tú eres?”. Yo le dije el motivo que me llevó a Cuba con la promesa, aunque incierta, por parte de su embajador en Madrid, de que quizás podría hacerle una entrevista. “Pues nadie me ha dicho nada, chico. No sabía que había aquí un equipo de Televisión Española y mucho menos que tuvieras la pretensión de entrevistarme”. Se quedó un momento en silencio y luego llamó a su secretario particular, José Miyar Barruecos. “Chomi, apunta el nombre de este compañero, que mañana vamos a conversar”», detallaba en un reportaje publicado en la web de RTVE con el título Y en eso, llegó Fidel. Historia de una entrevista.

Rosa María Mateo, por su parte, cuenta otra versión de los hechos y se indigna al escuchar la de Vicente Botín: «Siento decirle a mi compañero que eso es mentira. Yo me iba a ir de la fiesta (llevaba tacones y nunca los he soportado) y un político me llamó: “Hay una fiesta más pequeña y el Comandante quiere que estés en ella”». Y entró. En ese evento también conoció al escritor Eduardo Galeano, quien recordaba parte de la conversación en El libro de los abrazos.

En un momento de la fiesta se acercó a Castro para llamarle la atención, educada «pero como una guasa». Alguien, tal vez del equipo de seguridad, quiso apartar a la periodista: «Como ve, Comandante, me están quitando de aquí porque soy incómoda, porque he debido decir alguna cosa que no debía», dijo. Ahí empezaron una charla. «Me preguntó de dónde era y qué estaba haciendo allí. Le respondí que había ido para hacerle una entrevista». Pero Fidel Castro no concedía muchas entrevistas. En realidad, muy pocas o ninguna. «Tengo pedidas muchas entrevistas de todo el mundo», se excusaba Castro, aunque Rosa María no cejaba en su empeño: «Pero el “no” ya lo tenemos, Comandante». Al final, el presidente cubano aceptó hacer una entrevista y Rosa María pensó en compartir el trabajo con sus compañeros. «Le dije a Vicente Botín que fuéramos a preparar la entrevista, pero se negó en redondo; íbamos cada uno por nuestro lado».

Ella no quería salir en aquella entrevista, pero salió. «Estaba de espaldas. Creo que no se me veía la cara y llevaba el pelo largo y un lacito». A la vuelta del viaje, ya en Prado del Rey, fue a la sala de montaje. Allí se encontró con Botín: «Me echó de la sala de montaje porque pedí que me quitaran de la entrevista. No quería aparecer en ella. “Te quedas tú con la entrevista, pero no me importa”, le dije. Yo tenía tanta responsabilidad en esa entrevista como él, así que quería estar presente en la sala de montaje. “Aquí el periodista soy yo”, me contestó Vicente Botín antes de echarme». Luego fue a hablar con el director de informativos para quejarse, pero este no le hizo ningún caso. «Estoy hasta las narices de que la gente cuente tantas mentiras», protesta Rosa María para poner punto y final.

En portada

La entrevista a Fidel Castro se emitió el 5 de enero de 1984 en el estreno de En portada, un programa de reportajes y actualidad similar a A toda plana. «Fue un desastre —analiza— y una mala entrevista, tanto por parte de Vicente como por la mía. No estaba bien hecha. Ahora me avergonzaría de hacer esa entrevista, pero no porque fuera el comandante Fidel Castro y de izquierdas y comunista, sino porque estaba mal hecha, profesionalmente hablando y desde mi punto de vista. Estoy contando las cosas como pasaron». Fidel Castro, detalla, tampoco dejaba hablar: «Cuando le preguntaban una cosa él no contestaba, sino que terminaba la perorata que estaba haciendo y respondía al cabo de media hora».

Rosa María Mateo vio la entrevista con su hijo en casa. «Me tuvo que dar la mano porque estaba muy indignada. Pillé un cabreo terrible. Yo no quería aparecer en aquella entrevista por todo lo que había pasado por dentro». Para colmo, todas las críticas se las llevó ella: «No fue Vicente Botín al que llamaron “comunista” ni dijeron que se le caía la baba. Fue a mí, que además estaba de espaldas. Me pusieron a caer de un burro», dice, aludiendo a la crítica publicada por el diario ABC el jueves 16 de febrero:

La babeante entrevista que Rosa María Mateo hizo al dictador cubano Fidel Castro la ha desacreditado definitivamente entre los profesionales del medio. Hay una Rosa María Mateo antes de Fidel y otra después. Ahora, los profesionales dicen de ella que desprestigió a la profesión al adoptar ante Fidel Castro la actitud de propagandista y no la de periodista. «Solo le faltó —dicen— limpiarle los zapatos. La Mateo colocó en un altar a Castro y le adoró sumisa obsequiándole con nubes de incienso. Una vergüenza para ella y para toda la televisión».

(Reseña completa publicada en ABC)

Adiós, Televisión Española

Cuentan que presentó su dimisión en 1984 porque no estaba de acuerdo en cómo se iba a dar la noticia de la segunda visita a España del papa Juan Pablo II, pero en realidad no dimitió, sino que dijo que no iba a darla tal y como estaba escrita: «Parecía la hoja parroquial. Era un panfleto, no una entradilla de telediario. Además, el papa ya no estaba en Madrid; se había ido el jueves y nosotros estábamos ya en sábado o domingo. Cuando me puse a corregir oí una voz que dijo: “No se toca ni una palabra”. Me dio la risa: “Eres el que ha escrito esto, ¿no? ¿Quién eres?”. Resulta que era el director del telediario. No la quise leer pero tenía que hacerlo por narices. Entonces cogí el papel y lo leí», explica poniendo su mano frente a la cara, como si fuera un folio. Cuando salió del plató la discusión ya estaba servida.

En aquella época, Jesús Hermida y Rosa María Mateo compartieron Crónica 3, donde entrevistaron, entre otros, a Raphael. En 1989, pero en RNE, presentó con Diego A. Manrique Modernos populares. En un encuentro digital de El País, en 2014, Diego respondía a un usuario que le preguntaba por los audios de los programas. «No creo que sea posible recuperarlos: hace unos años investigué en la fonoteca de RNE a ver cuántas ediciones de Modernos populares se conservaban. Y fue desolador: solo habían guardado un par de ellos. Tengo todas las sospechas de que Diego Carcedo mandó que se destruyeran. Era entonces el capo de RNE y tenía unas ideas un tanto peculiares sobre el programa: decía que poníamos demasiada variedad de música, que prefería que no saliéramos de la discografía de Joan Manuel Serrat y los Beatles. Como no le obedecimos, nos quitó el programa. ¿Moraleja? Ojo con los progres», advertía Manrique.

«Puede ser», contesta Rosa María al conocer la opinión de su compañero. «Yo no sé qué le pasó a Diego Carcedo. Cuando volvió de Estados Unidos teníamos una buena relación de compañeros, pero no he logrado saber nunca por qué dejó de dirigirme la palabra». Eran cosas que pasaban en televisión.

¿Todo este cúmulo de situaciones fue lo que hizo que se fuera de TVE? «Fue otro cúmulo, pero ese ya no lo voy a contar. Es privado, pero laboral. Me pusieron en una situación en la que dije: “Se acabó. Al primer trabajo que pase me marcho de esta casa”. Fue la última patada en la boca. Llega un momento en que no aguantas más y dices que se las den a sus padres, si quieren, pero que a ti ya no te dan más patadas».

Antena 3

Hola, Antena 3 Televisión

El fichaje de Rosa María Mateo por Antena 3 Televisión fue una casualidad: si no le salía otra cosa, iba a tener que quedarse en Televisión Española. No tenía más remedio, pues era su trabajo y comía de ello. Pero a los quince días llamó el productor de cine y televisión Pedro Costa y le dijo que quería hablar con ella.

Costa estaba preparando un programa y quería saber quién podía ser la persona adecuada para presentarlo. «Fui a cenar con él, hablamos del programa y le di nombres de gente que podía hacerlo. Al volver a casa me preguntó: “¿Y tú?”. Pero a mí no me interesaba un programa de sucesos. Entonces me dijo: “Pues piénsatelo”. Me fui a casa y de pronto pensé: “Acabo de decir hace quince días que yo me marchaba con el primer trabajo que me ofrecieran fuera de Televisión Española”. Llamé a Pedro Costa y le dije: “Lo hago”». Hablaron con Antonio Asensio (Presidente del Grupo Zeta) y la transición de cadena se hizo realidad.

El 29 de abril de 1993, a las nueve y cuarto de la noche, se presentaba Al filo de la ley, pero fue cancelado el 25 de agosto de ese mismo año. «No me gustaba el programa que estaba haciendo, no me sentía cómoda hablando de estas cosas. Creo que la única cosa que me interesó de todo el tiempo que estuve en Al filo de la ley fue la entrevista a Ramón Sampedro. Estuve con él, en su casa, en A Coruña. Fue un día muy especial y la única cosa positiva que saqué del programa», concluye. Después pasó a presentar los informativos del canal hasta 2003.

Las consecuencias (todo vale en la guerra)

El 11 de septiembre del 2001, en un avance informativo de las noticias de la noche de Antena 3, Rosa María Mateo hacía balance del atentado —reivindicado por Al Qaeda— en el World Trade Center de Nueva York: «Señoras y señores, muy buenas noches. Hoy se ha producido el atentado más grave de la historia en tiempos de paz. Un ataque múltiple contra las Torres Gemelas de Nueva York, contra el Pentágono de Washington y contra Camp David. Los seis aviones civiles, secuestrados y estrellados contra distintos objetivos o derribados por la aviación norteamericana, cambian el estado de las cosas. No solo en Norteamérica, sino en el resto del mundo».

La respuesta del entonces presidente de los Estados Unidos George W. Bush a los atentados que había sufrido Norteamérica no se hizo esperar. Además de reforzar la seguridad con la aprobación de la USA Patriot Act (conocida como Ley Patriótica), Bush empezó la «guerra contra el terror». La ofensiva —operación Justicia Infinita al principio y Libertad Duradera después— comenzó el 7 de octubre de 2001 con la invasión a Afganistán.

El 8 de octubre, Antena 3 Noticias emitía un especial presentado por Ernesto Sáenz de Buruaga sobre el conflicto. En los puntos más calientes estaban los siguientes corresponsales: Emilio Sanz (Afganistán), Carlos Hernández de Miguel (Paquistán), Ricardo Ortega (Nueva York), Carmen Vergara (París), José Ángel Abad (Londres) y Francisco Medina (Gaza). «Estas veinticuatro horas han sido, sin duda, las más largas de la vida del presidente [Pervez] Musharraf», relataba Carlos Hernández desde Peshawar (Paquistán). Fue de los primeros periodistas en llegar al país fronterizo con Afganistán.

A finales de octubre, Carlos Hernández regresa a España desde la frontera entre Paquistán y Afganistán. Con él va el cámara Diego Contreras y el realizador Alfonso Molina. El azar quiso que el avión llegara a Madrid con bastante demora. El equipo, antes de reencontrarse con sus respectivas familias, debía ir a Antena 3 Televisión, en San Sebastián de los Reyes. Rosa María Mateo, que presentaba el informativo de medianoche, los esperaba en la redacción. «Uno a uno nos abrazo, nos felicitó y nos dijo que habíamos hecho un trabajo admirable. Que un mito como ella nos dijera eso, con todo lo que ella había hecho en su vida, fue muy emocionante», recuerda Hernández. Pero la vuelta al hogar iba a tener que esperar todavía; le pidió a Carlos, como último favor, que se quedara, porque quería tenerlo en directo en el plató. «Obviamente acepté y me volví a quedar congelado cuando, en pleno directo, al presentarme, me dijo: “¿Me dejas que te dé un abrazo?”. Y nos abrazamos delante de las cámaras».

Por motivos profesionales

En el año 2003, Antena 3 Televisión presenta un ERE autorizado por el Ministerio de Trabajo (con Eduardo Zaplana al frente). Doscientos quince trabajadores de la cadena iban a quedarse sin empleo. Rosa María, al igual que Carlos Hernández, fue despedida y se enteró por una compañera. En su momento declaró: «Estoy muy orgullosa de que me despidan no como a una estrella ni como a una figura sino como a una trabajadora de televisión». Carlos, pasado el tiempo, reconoce que fue todo muy duro: «Muchos éramos conscientes de que aquel ERE no era una herramienta para sanear las cuentas de la empresa. De hecho, Antena 3 Televisión ganaba dinero en aquellos momentos».

Aquel ERE resultaba ser un punto de inflexión en el que se daba por finiquitada una época y se abría otra. «Querían acabar con la estabilidad laboral, los salarios dignos y también con buena parte de la libertad que gozábamos los periodistas. Su objetivo era que todos fuéramos subcontratados y generar unas condiciones laborales que impidieran a los periodistas, cámaras o productores, realizar su trabajo con dignidad y con libertad». Por ese motivo fueron muchos los trabajadores que se opusieron frontalmente al ERE. «Perdimos la batalla, pero en la derrota se demostró que teníamos razón. El hecho de que despidieran a Rosa María probaba que no se trataba de que sobraran malos profesionales sino de otra cosa bien diferente: había llegado la época de los tiburones empresariales que solo buscan ganar la mayor cantidad de dinero posible aunque para ello tuvieran que vender sus informativos al Gobierno de turno», espeta Carlos por correo electrónico.

Rosa María Mateo iba a cumplir treinta y ocho años en antena cuando se enteró de su despido. «Fue un sábado por la noche. Miguel [Rellán] y yo estábamos sentados en el sofá y sonó el teléfono. Era una compañera —a la que quiero muchísimo— de Antena 3. Me dijo: “Rosa, estás en la lista”. A mí nadie me había llamado para decirme que me iban a echar. Es más: los subdirectores de informativos, cuando el viernes por la noche yo estaba haciendo el informativo de las dos de la mañana, ya sabían que me iban a echar, pero ninguno tuvo la valentía de decírmelo. Fueron unos cobardes absolutos. La gente es miserable», lanza con amargura.

Después de colgar el teléfono, Rosa María le comunica a Miguel Rellán que había sido despedida. El actor se preocupa por ella: «¿Estas bien? ¿Quieres que salgamos a tomar un gintonic?». «Miguel no bebe, pero nos fuimos a tomar un gintonic y se acabó. Ese fue mi problema con Antena 3. Y ya nunca volví». Carlos Hernández insiste en que son los hechos los que apuntan a que no fue una operación legítima, ni justificada, «sino más bien una chapuza que solo pudo llevarse a buen término por la connivencia gubernamental», matiza, y además pregunta: «¿Alguien cree que se puede despedir a Rosa María Mateo por motivos profesionales? Pues eso dijeron». No hay mucho más que añadir.

Siempre quedará París

Jacques Brel ha sido el único hombre al que Rosa María Mateo ha dedicado una poesía. Los días 14 y 15 de julio de 1989 el Telediario 2 iba a hacerse desde París por la conmemoración del segundo centenario de la Revolución francesa. Fue el primer informativo de la televisión en España que se emitía en directo y en exteriores. Rosa María y Ana Castells se encargarían de conducirlo.

En 1978 presentó con Isabel Bauzá, Jana Escribano, Isabel Tenaille y Marisa Abad el debate sobre el texto de la Constitución. El primer tema a tratar fue el machismo en la Constitución. Así abrió Rosa María Mateo el especial: «El martes pasado, a esta misma hora, estuvieron en sus pantallas unos compañeros que trabajan aquí, en televisión: Jesús Hermida, Martín Ferrand, [Miguel] De la Quadra-Salcedo, [Pedro] Macía y [Félix] Rodríguez de la Fuente. Todos ellos acompañados de Joaquín Soler Serrano. En aquel momento, Jesús Hermida dijo que aquello era discriminatorio, que faltaban mujeres. Bueno, pues aquí estamos las mujeres». Después de treinta y seis minutos de debate, el programa se acaba. Para despedirse, Rosa María vuelve a tomar la palabra: «Rogamos que nos perdonen si en algún momento les hemos molestado».

Matías Prats dice de su compañera que es «una referencia dentro del periodismo español». Incluso una pionera si se tienen en cuenta ciertas fechas de la historia de la televisión. En esa línea, Borja Terán (crítico y periodista especializado en televisión) explica que «los ochenta fueron muy revolucionarios y se posicionaron en Televisión Española unos rostros que luego serían muy importantes en los noventa: Rosa María Mateo, María Escario, Olga Viza o Concha García Campoy. Fueron años —en la televisión— en los que las mujeres tomaron la relevancia periodística que se merecían. Después se ha optado más por la cara bonita, el busto parlante, pero no por el periodista —da igual el sexo— de presencia». Sin embargo, Borja reconoce que sí hay periodistas con más fuerza editorial, como Vicente Vallés. «Me cuesta más buscar mujeres que de verdad transmitan esa fuerza editorial, más allá de Cristina Pardo o Ana Pastor», concluye.

¿Tendría cabida Rosa María Mateo en los informativos actuales? O, mejor dicho, en los informativos que están por llegar: «El público demanda gente que le mastique mejor la información. Gente que no lea lo que ya ha visto en todos los medios digitales y redes sociales. Gente que le explique el contexto. Rosa María tiene esa fuerza de explicar el contexto con cierto carisma». Para el periodista de La Información, «la mirada propia y ser auténtico es un plus en la televisión» que traspasa la pantalla.

No son pocos los galardones que ha recibido Rosa María Mateo a lo largo de su trayectoria, pero después de todo, y ante las expectativas de futuro, ¿en qué cree? Cuando la noche de invierno cae sobre la tarde, la histórica periodista contesta por última vez: «Yo creo en las personas, no en las profesiones».

Archivo RTVE.

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Bibliografía y hemeroteca:

El País, 7 de noviembre de 1983

ABC, 16 de febrero de 1984

El País, 2 de febrero de 1993

Cadena SER, 10 de noviembre de 2003

El País, 11 de noviembre de 2003

«Dos estrellas paradas. Crónica», El Mundo, 16 de noviembre de 2003

«La mujer a las cinco de la tarde», Juan Cruz. El País, 16 de noviembre de 2003

El Mundo, 18 de junio de 2008

La Vanguardia, 14 de enero de 2011

«El 23F y el inexplicado retraso en emitir el mensaje del rey». Infolibre, 25 de agosto de 2013

Juego de espejos. RNE, 7 de octubre de 2013

Jenesaispop, 4 de junio de 2014

Hoy empieza todo. RNE, 10 de julio de 2017

Blog Carta de ajuste, Alejandro Macías

Archivo RTVE

Archivo Antena 3 Televisión


Hic futui: pornografía pompeyana

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Fotografía: Marie-Lan Nguyen / Museo Archeologico Nazionale di Napoli (DP).

Quisquis amat valeat, pereat qui nescit amare. / Bis tanto pereat quisquis amare vetat.

(Que quien ame prospere, que muera quien no sepa amar / Y que muera dos veces quien prohíba el amor). 

Grafiti pompeyano.

Una tórrida mañana de agosto de 2014, uno de los vigilantes jurados que patrulla las ruinas de Pompeya oye un gemido en las Termas Suburbanas. Tratando de no pensar en historias de fantasmas, aparta la cortina que protege el tepidarium y se topa con tres jóvenes desnudos, dos mujeres y un hombre, a punto de embarcarse en un trío bajo la atenta mirada de los frescos eróticos de las paredes. Si yo hubiera sido el guarda habría preguntado si podía unirme a la fiesta, pero incomprensiblemente la juerga acabó en comisaría.

Es extraña esta fama pompeyana de ciudad del pecado. No hay en realidad tantas pinturas eróticas en Pompeya como se suele creer, aunque sus habitantes no se limitaron a decorar con pornografía los burdeles sino también baños, villas y jardines, con variados propósitos que iremos desentrañando en este artículo. Para ello empezaremos remontándonos al pasado, a otra mañana de agosto mucho más trágica…

Una ciudad congelada en el tiempo

Una estela negra y espesa se nos venía encima, como un torrente vertido sobre la tierra para perseguirnos. 

Plinio el Joven, carta a Tácito.

Amanecer del 24 de agosto, 79 d. C. El joven Cayo Plinio traduce textos griegos en una villa de Miseno, a treinta kilómetros del Vesubio. De repente se oyen dos estampidos prodigiosos y una nube gigantesca con aspecto de árbol llena el cielo. Plinio permanece en su habitación tomando notas; un visitante de Hispania rezuma españolidad echándole la bronca por leer mientras arde el mundo. El almirante y naturalista Plinio el Viejo, su tío, zarpa en un rapto de heroísmo y curiosidad científica al frente de sus barcos de guerra, tratando de rescatar a los habitantes de las villas costeras. Llueve piedra pómez, cenizas, pedruscos ardientes. Los barcos deben refugiarse en la playa cerca de Estabias.

Cae una oscuridad más negra que la noche. Se oyen gemidos, llantos, gritos. Plinio el Joven escribe: «pensé que perecía junto con todas las cosas, y que el inmenso mundo moría al mismo tiempo que yo».  Al amanecer del día siguiente empieza lo peor. Seis corrientes piroclásticas, tsunamis de gases ardientes y ceniza a 300 grados de temperatura, surgen del Vesubio a sesenta metros por segundo. Una de ellas entierra Pompeya, otra Herculano. Plinio el Viejo, corpulento y con dificultades respiratorias, muere mirando fijamente a la nube que se abate sobre Estabias. Mueren unas quince mil personas. La ceniza conserva sus cadáveres abrasados en la misma postura en que la ola volcánica les atrapa. El tiempo se congela.

Hic futui

Arphocras hic cum Drauca bene futuit denario. 

(Aquí Harpócrates folló muy bien con Drauca por un denario). 

Grafiti pompeyano.

En 1599 una cuadrilla de obreros que cavaba un canal topó con un muro repleto de pinturas. Se llamó al arquitecto Domenico Fontana, que desenterró varios frescos y objetos de contenido pornográfico. No está claro qué ocurrió entonces: parece ser que las pinturas le impactaron lo suficiente como para ordenar que se volviera a enterrar el conjunto, sea por haberse escandalizado, sea como acto de preservación de las obras a la espera de tiempos menos conservadores.

Pasaron un par de siglos hasta que otra casualidad permitió redescubrir Pompeya. En el siglo xviii el príncipe Elbeuf mandó cavar un pozo cerca de su casa y encontró ruinas en muy buen estado. Un constructor español medio las hubiera tapado con hormigón antes de que se enterase el Ayuntamiento, pero el príncipe accedió a esperar mientras el descubrimiento era examinado. Se puso a cargo de las excavaciones al coronel del cuerpo de ingenieros de Nápoles, un mentecato que causó un daño incalculable hasta ser sustituido. Nada más llegar descubrió una gran inscripción en relieve, y mandó arrancar las letras del muro sin copiar antes las palabras. Se metieron las letras mezcladas en una cesta y así fueron enviadas al rey de Nápoles… Nadie pudo averiguar qué significaban, aunque durante años estuvieron expuestas y cada cual podía ordenar aquella sopa de letras según su imaginación le dictase.

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Fotografía: Marie-Lan Nguyen / Museo Archeologico Nazionale di Napoli (DP).

En otra decisión lamentable movida por la pacatería, se cubrió con yeso un fresco del dios Príapo con su enorme pene erecto: no fue redescubierto hasta 1998 y gracias a la lluvia. También se clasificaron como pornográficos objetos inofensivos: amuletos protectores en forma de pene o móviles de viento fálicos con campanillas llamados tintinabulum, decoración de buen gusto en la época. En 1819 se agruparon en el Museo Arqueológico de Nápoles ciento dos frescos, esculturas y mosaicos dentro del «Gabinete de objetos obscenos», cambiado poco después a «Gabinete de objetos reservados» hasta que Alejandro Dumas, ya en 1860 y comisionado por Garibaldi, se dejó de eufemismos y lo llamó «Colección pornográfica». Solo se permitía entrar en ese gabinete a hombres «maduros y de costumbres respetables» que se avinieran a pagar una tarifa extra… El último intento de censura lo llevó a cabo el mismísimo Mussolini, por suerte sin éxito, y hoy en día pueden verse todas las piezas sin problemas.

En cualquier caso, Pompeya se había ganado una injusta fama de Sin City del Mediterráneo. Por ejemplo, los primeros arqueólogos clasificaron como burdel todo edificio que contuviera frescos eróticos, con lo que contabilizaron treinta y cinco burdeles para una ciudad con poco más de tres mil hombres adultos. Una locura. Métodos posteriores algo más sensatos usaron parámetros como la presencia de falos grabados en las aceras, que guiaban a los transeúntes al burdel más cercano, o los grafitis en las paredes de algunas casas. Hic ego puellas multas futui («aquí me follé a muchas chicas»), que suena a la típica fardada napolitana; el autoexplicativo Myrtis, bene felas Myrtis, la chupas bien»); o mi favorito: Hic ego, cum veni, futui, deinde redei domum («Aquí llegué, follé y me volví a casa»), una versión porno y casera del veni, vidi vici de César. Incluso con estos criterios más restrictivos aparecen nueve o diez burdeles, más teniendo en cuenta que varias tabernas o incluso particulares alquilaban una habitación (cella meretricia) a prostitutas ocasionales.

A las prostitutas, en su mayoría esclavas griegas, se las llamaba lupas («lobas»), pero solo un edificio de Pompeya acabó siendo conocido como el Lupanar con mayúscula, o Lupanare Grande: un burdel situado en el cruce de dos calles secundarias. Tenía diez habitaciones divididas en dos pisos: una planta baja con incómodas camas de piedra destinadas a clientes pobres; y cinco habitaciones en el primer piso con balcón y entrada independiente. Los precios eran variables, pero sabemos por los grafiti que solían ser baratos: entre dos ases (el coste de dos vasos de vino) hasta varios sestercios, nunca precios exagerados porque los verdaderamente ricos tenían concubinas en sus casas. La prostitución no era exclusivamente femenina: en una pintada leemos Maritimus cunnu linget a(ssibus) quattuor / virgines ammittit, es decir «Maritimus te lame el coño por cuatro ases / se admiten vírgenes»…  Aunque hay arqueólogos que creen que esas pintadas eran más bien insultos a los hombres mencionados, como hacen pensar grafitis ambiguos que suenan a invectiva política cutre, como «Vota Isidoro para edil, es el mejor comiendo coños».

Las paredes del Lupanar están cubiertas de pinturas eróticas, empezando por un Príapo bifálico que sostiene sus dos penes erectos sobre la entrada principal. En las entradas de las habitaciones hallamos varios frescos literalmente pornográficos: pornographía significa «retrato de prostituta».  No está claro cuál era su objetivo, si calentar a los parroquianos o informar del tipo de servicios que llevaba a cabo cada lupa; en cualquier caso, la variedad de posturas representada nos permite asomarnos a la complicada vida sexual romana.

¿Prefieres un more ferarum o una Venus pendula?

Suspirium puellam Celadus thraex.

Celadón hace suspirar de placer a las mujeres.

Grafiti pompeyano, probablemente escrito por Celadón.

Varios frescos eróticos del Lupanar muestran parejas hombre-mujer copulando en la postura del perrito, el actual y un tanto ridículo nombre de la posición a cuatro patas, el coito a tergo o, en denominación romana, more ferarum, «al modo de las bestias». Esta postura en que una parte domina y la otra se deja hacer era muy del gusto romano, cuya moralidad consideraba infame la pasividad sexual. Esa misma postura puede emplearse para la sodomía, y en un fresco aparece representada con una variante en que se levantan más las nalgas. La palabra culibonia significaba experta en sexo anal, una especialidad habitual para evitar embarazos… Aunque las matronas romanas usaban otro anticonceptivo, insinuado por Julia la Mayor: nunquam enim nisi navi plena tollo vectorem («solo acepto pasajeros cuando la bodega está llena»). El verbo para «penetrar analmente» es pedicare, usado frecuentemente con ánimo amenazante o chulesco como en el famoso verso de Catulo: pedicabo ego vos et irrumabo, o en traducción literal, «os sodomizaré y os follaré la boca».

Otros frescos muestran coitos en la postura de la Venus pendula, también llamada mulier equitans o equus eroticus… Vamos, con la mujer encima, la posición favorita de la altísima Andrómaca en Troya, apodada «la jinete de Héctor». Esta postura ha sido interpretada de modos muy diferentes. El historiador Kenneth Dover sostiene que representa una emancipación sexual de las mujeres romanas, al ser una posición que les permite  cierta independencia de movimientos durante el coito. Sin embargo, Pascal Quignard en El sexo y el espanto la interpreta de otra manera: el pater familias se queda tendido en el lecho porque es el amo y no tiene por qué esforzarse, mientras que la matrona se sienta sobre su cuerpo desnudo como en un sillón correspondiente a su rango. A veces incluso una esclava se coloca sobre el hombre, en ningún caso para dominarlo (la sumisión es impúdica para el hombre libre), sino para ofrecerle placer molestándolo lo menos posible. Es fácil considerar la sexualidad romana como machista desde los ojos actuales, aunque nada es tan sencillo: ahí está por ejemplo el Ars amandi de Ovidio dando consejos sobre orgasmos femeninos… Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

Termas, dormitorios y clubes sexuales privados

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Fotografía: Marie-Lan Nguyen / Museo Archeologico Nazionale di Napoli (DP).

Apollinaris, medicus Titi imperatoris hic cacavit bene. 

Apolinario, médico del emperador Tito, cagó bien aquí.

Grafiti pompeyano.

Los jóvenes con que abríamos este artículo no intentaron consumar su pasión en el Lupanar, sino en las Termas Suburbanas, cerca de la Puerta Marina. Los frescos sexuales de esas termas no tienen un propósito claro: hay quien cree que informaban de que había prostitutas disponibles en la primera planta, pero los actos mostrados no son realistas como los del Lupanar, sino más bien exagerados o paródicos. Un fresco muestra un trío de dos hombres y una mujer; otro representa un cuarteto en que una mujer le practica un cunnilingus a otra, que a su vez está felando a un hombre que es sodomizado por un cuarto personaje  que mira directamente al espectador con aire triunfante. Un tercer fresco muestra un cunnilingus: una matrona lo recibe complacida, mientras el lamedor tiene una expresión furtiva y asustada. Mi teoría favorita sobre el porqué de estas pinturas es la de la arqueóloga Luciana Jacobelli, según la cual las pinturas son viñetas chocantes para identificar los vestuarios («¿Dónde dejé mi toga? ¡Ah, sí, en la cesta bajo el comecoños!»).

También encontramos frescos eróticos decorando dormitorios de casas particulares, como en la Casa de los Vettii y sus pinturas de mujeres semidesnudas. Pero al menos en una ocasión, en la lujosa residencia llamada Casa del Centenario, los frescos parecen esconder algo más. En esta mansión encontramos piscina, baños privados y hasta un nymphaeum o monumento dedicado a las ninfas. Los frescos de sus paredes son magníficos y detallados: la representación más antigua conservada del Vesubio, por ejemplo… Pero para el propósito de este artículo resultan más significativas otras pinturas más inaccesibles.

Una de las habitaciones se encuentra extrañamente escondida en un rincón de la mansión, y en su interior se han encontrado detallados frescos pornográficos de mayor calidad que los del Lupanar. Ese rincón erótico-festivo fue bautizado como «habitación 43» por poco imaginativos arqueólogos y el misterio sobre su uso aún perdura hoy en día. Se cree que el cuarto era un club sexual privado, un cuarto oscuro en el que los dueños de la casa entretenían a sus invitados con fiestas subidas de tono en que los participantes daban rienda suelta a sus deseos. Una pequeña abertura de la pared podría haberse utilizado para observar desde fuera lo que ocurría en el interior: una invitación al voyeurismo y quién sabe si un proto-glory hole. ¿Para qué aventurarse en el sórdido barrio de los burdeles si puedes traerte el lupanar a casa? Estos clubes privados de lujo no eran infrecuentes en las ciudades romanas. El historiador Valerio Máximo describe así una de esas fiestas: «¡Cuerpos desvergonzados en total sumisión, listos para un juego de sexo borracho! Un banquete no para honrar a cónsules y tribunos, sino para denigrarlos». Claro que otros académicos quizá menos proclives a la fiesta piensan que la habitación 43 era simplemente un dormitorio decorado con pinturas eróticas para diversión de los dueños de la casa. Nada sabemos con seguridad.

¿Qué ocurría en la Villa de los Misterios?

Hay un desorden inexpresable bajo la superficie del orden social. 

Eurípides.

Las pinturas más intrigantes de Pompeya se encuentran en una lujosa villa de las afueras. Sobre un fondo rojo intenso, una pintura en friso muestra un extraño ritual formado por escenas de una iniciación dionisíaca. A la izquierda una matrona se sienta en un sillón. Un niño desnudo lee un antiguo ritual. Varias sacerdotisas llevan cestas con pasteles. Una fauna amamanta a una cabrita. Una mujer de pie, con la cabeza echada hacia atrás, retrocede con el espanto grabado en su cara. El dios Baco, completamente borracho, se apoya en Ariadna. Una mujer arrodillada retira el velo que cubre un objeto que no vemos, probablemente un fascinus, un pene erecto. Un demonio femenino de grandes alas negras azota con un látigo a una joven aterrorizada, apoyada en las rodillas de una nodriza. Una bailarina desnuda vista de espaldas danza girando sobre sí misma mientras entrechoca los címbalos… Es una ménade («mujer loca»), sacerdotisa del dios del extravío.

El culto mistérico de Dionisio siempre fue visto con desconfianza por el poder político, en parte por estar dirigido por un clero femenino fuera del control de la religión oficial. En El sexo y el espanto, Quignard interpreta el fresco de la Villa de los Misterios como un reflejo de las antiguas prácticas paganas del sacrificio humano: la bacchatio original consistía en castrar a un hombre, desmembrarlo (sparagmos) y comérselo crudo (omophagia). Con el tiempo se sustituyó al hombre por una cabra, y más adelante el sacrificio devino rito sexual. Pero bajo el velo de la sociedad civil se escondía la ferocidad de las bacantes descuartizando a Orfeo cuando no quiso bailar con ellas… En el 186 d. C., Livio escribió sobre las bacanales: «Cuando la bebida, las palabras lascivas, la noche y la mezcla de los sexos habían extinguido toda modestia, empezaban los actos de libertinaje. Toda persona encontraba a su alcance el tipo de disfrute al que estuviera dispuesto por la pasión predominante en su naturaleza».

Nunca conoceremos los misterios de Dionisio, los órgia de Eleusis. Aristóteles explicó que los misterios tienen tres partes: tà drómena (lo que hacen los personajes), tà legómena (lo que lee el niño, el fatum) y tà deiknýmena (las revelaciones). Es decir: teatro, literatura, pintura. Sea lo que sea lo oculto en la Villa de los Misterios de Pompeya, está relacionado con todas las artes humanas, y en particular con la muerte y el sexo.


El inevitable fracaso de los intelectuales metidos en política

Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.
Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.

Mientras leía vuestra carta conseguía olvidar mi infeliz estado, y me parecía volver a aquellos manejos en los que en vano invertí tantas fatigas y tiempo. (Nicolás Maquiavelo, 29 de abril de 1513)

El esquema parece repetirse una y otra vez a lo largo de la historia: alguien movido por la ambición personal o por el deseo de ver hechas realidad las ideas sobre las que ha teorizado se mete en la arena política, gracias a su talento logra ascender en la jerarquía, aproximándose cada vez más a ese poder que tanto ansía y le deslumbra, hasta que cual Ícaro ascendiendo al Sol o polilla que se acerca demasiado a la bombilla termina siendo achicharrado sin piedad. Entonces, derrotado políticamente, renegado por sus antiguos aliados, expulsado de su cargo, partido, ciudad o país, encarcelado o hasta condenado a muerte, recapacita en sus últimos días sobre qué es lo que ha fallado, qué hubiera cambiado de tener una segunda oportunidad o incluso sobre qué sentido tiene todo: la política, el poder, los ideales, la libertad, la vida misma. Podría decirse que una parte considerable de la literatura, teoría política y filosofía occidental son los restos de una larga serie de naufragios personales. ¿Por qué? ¿Cuánto hay de causa o de consecuencia? ¿Fracasaron como políticos por pensar demasiado o fue ese fiasco el que los dejó meditabundos? Decía Eurípides que los sabios tienen dos lenguas, con una dicen la verdad y con la otra lo que conviene a cada momento, ¿acaso les sobraba una de las dos para medrar en la política? Quizá un breve repaso de alguno de los nombres más significativos nos ayude a entenderlo.

El fundador de esta larga dinastía de pensadores caídos en desgracia tras acercarse al poder fue, naturalmente, Platón. Pionero en este como en tantos otros campos, podría decirse que su experiencia política en Siracusa es una idea platónica al respecto de la que las posteriores son una pálida sombra, lo que seguramente le habría encantado. En el año 387 a.C. visitó por primera vez a esta ciudad situada en la isla de Sicilia, un viaje que repetiría más adelante en otras dos ocasiones. Su pretensión era hacer del tirano que gobernaba allí, Dionisio, un gobernante-filósofo a la manera en que teorizó en su obra La República. Pero el alumno le salió díscolo: no sabemos si porque no le entendió, o porque le entendió demasiado bien, terminaría desterrándolo y vendiéndolo como esclavo en una ciudad vecina. Posteriormente lo intentaría de nuevo con su hijo y sucesor en el poder, Dionisio II, y nuevamente terminaría decepcionado. Su sociedad utópica era perfecta en todos los aspectos salvo en el pequeño detalle de que resultaba irrealizable en la práctica, pero al menos su intento de hacerla realidad no le costó la vida.

Tres grandes pensadores romanos como Cicerón, Séneca y Boecio no tuvieron esa suerte. El primero fue un jurista, filósofo y, ante todo, excepcional orador, que dejó para la posteridad una serie de discursos en torno a la amistad, los dioses, la política… Empleó a fondo su elocuencia para defender la república y granjearse poderosos enemigos que le llevaron en cierto momento de su vida a decir «estoy profundamente arrepentido de vivir, nadie ha sido jamás víctima de una calamidad tan grande; para nadie ha sido más deseable la muerte». Terminó exiliado en su residencia de Tusculum dedicándose a la escritura pero la llegada al poder en el 43 a. C. de Marco Antonio —contra el que había dedicado inspirados discursos— supuso su final de una de las peores maneras imaginables: le cortaron la cabeza y las manos, que fueron exhibidas públicamente en Roma.

Y no decimos la peor porque ahí está el caso de Séneca. Otro destacado filósofo que alcanzó un gran poder en el Senado romano, por lo que estuvo a punto de ser condenado a muerte por el emperador Calígula y luego por Claudio, aunque este último conmutó la pena por el destierro a Córcega. Fue allí donde nuestro pensador escribiría algunas de las obras que le dieron la inmortalidad. Tras ocho años de exilio regresó a la política convirtiéndose en el tutor y consejero de Nerón (y gobernante de facto del imperio), pero viendo que al emperador su presencia cada vez le resultaba más molesta, Séneca terminó retirándose de la vida pública. Momento que de nuevo le serviría de inspiración literaria, hasta que de todas maneras Nerón terminó ordenando su muerte, cría cuervos… Como buen romano, Séneca prefirió entonces el suicidio cortándose las venas primero, bebiendo cicuta después sin lograr que hiciera efecto y tomando un baño caliente en el que finalmente le llegaría la muerte.

La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez
La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez.

El tercero en desgracia fue Boecio. Nacido en Roma en el año 480, su ascenso político fue fulgurante: llegó a ser senador a los veinticinco, cónsul a los treinta, y apenas una década después consejero del rey Teodorico el Grande, un cargo en el que tuvo un considerable poder político y que le permitió atribuir sendos cargos de cónsules para sus hijos. Pero ese mismo rey terminó enviándolo a prisión bajo la acusación de conspiración. Había llegado a lo más alto con presteza y ahora de forma aún más rápida lo había perdido todo ¿Cómo había sido tal cosa posible? En sus largos meses de soledad en la celda, mientras esperaba el momento de su ejecución, pensó en ello obsesivamente hasta darle forma en un libro que le sobreviviría, Consolación de la filosofía. Escrito de acuerdo a los cánones romanos de las consolaciones y a modo de libro de memorias, de especulación filosófica y teológica, narra en él su desgracia («yo que en mis mocedades componía hermosos versos, cuando todo a mi alrededor parecía sonreír, hoy me veo sumido en llanto, y ¡triste de mí!, solo puedo entonar estrofas de dolor») y llega a la conclusión de que hay que sobrellevar los vaivenes de la vida con estoicismo, pues la diosa Fortuna es caprichosa:

Hago girar con rapidez mi rueda, y entonces me deleita ver cómo sube lo que estaba abajo y se baja lo que estaba en alto. Súbete a ella, si quieres, pero a condición de que cuando la ley de mi juego lo prescriba, no consideres injusto el que te haga bajar.

Así le habla cuando se aparece ante sus ojos en prisión, creando una imagen que arraigaría con firmeza en la cultura europea durante los siglos posteriores, como ya vimos aquí. Se diría a la luz de los ejemplos que estamos viendo que esta diosa generosa y cruel juega con todos nosotros, aunque parece tener especial predilección por aquellos que se lanzaron al ruedo político.

Otro autor que influiría considerablemente en el imaginario occidental fue Dante Alighieri. Nació en torno a 1265 y desde joven estuvo inmerso en las intrigas políticas que dividían a los florentinos primero entre güelfos (partidarios del Pontificado) y gibelinos (partidarios del Sacro Imperio Romano Germánico) y —una vez fueron derrotados los segundos— entre güelfos blancos y negros. Inicialmente la diosa Fortuna lo hizo ascender a un alto cargo como magistrado y embajador de la ciudad pero en el año 1302 se deleitó en hacerlo caer estrepitosamente: los equilibrios políticos que le habían beneficiado dieron un brusco giro y junto a otros seiscientos güelfos blancos fue condenado al exilio para el resto de su vida. Su caída en desgracia y su resentimiento hacia quienes le traicionaron fueron sin embargo muy inspiradoras para su faceta de escritor, pues apenas dos años después comenzó su gran obra, La divina comedia. En este monumental poema se retrata a sí mismo caído en el infierno, que irá recorriendo en sus nueve círculos acompañado por el poeta Virgilio. En cada nivel descubrirá un tormento distinto para las almas allí atrapadas, como espantosos ríos de sangre en los que se ahogan eternamente, torbellinos, lluvias de fuego, fosos de resina hirviente, cementerios con las almas enterradas hasta la cintura… y en cada lugar casualmente va encontrándose a los diferentes enemigos políticos que tuvo en Florencia. Esa parte, la del infierno, fue la primera que escribió de La divina comedia —se estima que entre 1304 y 1307 y fue la más brillante, la que le hizo entrar en el Olimpo de la literatura universal. Más adelante en las cánticas del purgatorio y del paraíso retrató a quienes les debía gratitud, como el señor de Verona, que lo acogió en su exilio. Pero ya no era lo mismo.

Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)
Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)

Dos siglos después nacería otro florentino con un destino similar en ciertos aspectos, como si no hubiera vidas originales para todos y a algunos les tocase una repetida. Estamos hablando de Nicolás Maquiavelo. Su gran oportunidad política llegó con la expulsión del poder de los Médici en 1494. Fue entonces cuando comenzó su carrera de funcionario que le haría ascender cuatro años después a canciller y secretario de la Segunda Cancillería. Ejerció de embajador para su ciudad-estado ante reyes, príncipes y papas, observándolos como un entomólogo a sus insectos. Analizaba meticulosamente su comportamiento, escrutando cuándo decían la verdad o iban de farol así como intentando prever su próxima jugada (y lo hizo a menudo con gran acierto). Pero en 1512 el papa Julio II impuso el regreso de los Médici al poder, haciendo acabar así la república florentina y con ella la carrera política de Maquiavelo, que fue sometido a torturas acusado de conspiración y posteriormente condenado al exilio. En su retiro en una pequeña propiedad rural además de leer a Dante comenzó a escribir inspirándose en su vida anterior, plasmando sobre el papel sus observaciones sobre el poder. Nacería así El príncipe.

Si Maquiavelo es una de las figuras que encarnan el Renacimiento, Baltasar Gracián lo es del Barroco. Los jesuitas han sido considerados tradicionalmente como gente astuta y vinculada al poder y Gracián es un buen ejemplo de ello. Formado en la orden de los jesuitas, tuvo siempre grandes ambiciones políticas que le llevaron primero a trabar amistad con Vincencio Juan de Lastanosa, un noble aragonés conocido por su mecenazgo cultural. Pero más adelante quiso probar suerte en la Corte de Madrid, una experiencia que terminó en un doloroso fracaso… y que de nuevo fue motivo de inspiración literaria. Posteriormente escribiría obras como El Criticón, El Político y Oráculo manual y arte de prudencia. Este último influyó notablemente en filósofos como Schopenhauer y Nietzsche, aunque hoy día se haya convertido en un libro de autoayuda para ejecutivos al estilo de El arte de la guerra de Sun Tzu. Es una colección de aforismos con los que aconseja al lector cómo ser un buen cortesano arribista. Todos ellos giran en torno a ser taimado, mentiroso, traicionero y manipulador hasta tal extremo de refinamiento y perversidad que algunos críticos posteriores lo han considerado una sutil parodia y una crítica implacable a las intrigas cortesanas que tanto le escarmentaron y en general al ambiente imperante en cualquier centro de poder. Todo político que se precie hoy día parece seguir su máxima «ni por el hablar en la plaza se ha de sacar el sabio, pues no habla allí con su voz, sino con la de la necedad común, por más que la esté desmintiendo su interior». Y cualquier ciudadano en consecuencia merece estar advertido por este otro:

Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve, extravagantemente se oye; raras vezes llega en su elemento puro, y menos quando viene de lejos; siempre trae algo de mixta, de los afectos por donde passa; tiñe de sus colores la passión quanto toca, ya odiosa, ya favorable. Tira siempre a impressionar: gran cuenta con quien alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo de antemano de qué pie se movió.

Tras el Barroco llegó la Ilustración, y con ella un nutrido grupo de intelectuales que cuestionaron el poder vigente y se subieron al carro de la Revolución. En realidad el mismo concepto de «intelectual» podría decirse que tiene aquí su nacimiento, en lo que tiene de escritor que influye en la opinión pública en favor de alguna causa política. Podríamos mencionar varios nombres pero un ejemplo paradigmático lo tenemos en el caso de Nicolás de Condorcet. También recibió formación de los jesuitas, lo que le permitió aprender sus argucias y combatirlos luego de manera infatigable. Su aguda inteligencia le hizo destacar en varios campos, siendo nombrado inspector general de la Moneda. Pero su protagonismo llegaría con la Revolución Francesa, con él como uno de sus principales ideólogos, ejecutores y, finalmente, víctima de ella. Participó en la Asamblea legislativa, y por su posicionamiento moderado se ganó la hostilidad de los jacobinos, que le obligaron a permanecer oculto tras la orden de arresto que dictaron en su contra. Durante ese periodo aprovechó para escribir Esbozo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, cuyo optimista título parecía una amarga ironía en relación con la precaria situación en la que vivía. Finalmente fue capturado por las autoridades y murió en su celda, aparentemente por suicidio, en el año 1794.

La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.
La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.

Si el siglo XVIII supuso la invención del intelectual, el XX los llevó a su máximo apogeo. Algunos se distinguieron por apoyar la democracia frente al fascismo, como en el caso español sin ir más lejos, con figuras como Unamuno o Lorca, con un coste personal ya conocido: arresto domiciliario y asesinato. Otros se posicionaron según las modas o las conveniencias en un sentido u otro a lo largo de la guerra fría cultural, pero la mayoría se manifestaron encendidamente partidarios de los totalitarismos de diverso signo. Los motivos de esta cerrada adhesión a regímenes que han llevado la tiranía y la muerte a millones de individuos por parte de personas cultas e inteligentes —que ingenuamente cabía suponer que apoyarían ideales ilustrados— han sido objeto de profundos análisis (El opio de los intelectuales, de Raymond Aron o Pasado imperfecto, de Tony Judt) y requerirían otro artículo. La lista sería interminable, pero una figura muy interesante y cuya trayectoria vital tuvo algo que ver con otras que hemos mencionado es la de Albert Speer, que tras ser el arquitecto de Hitler y su ministro de Armamentos, terminó cumpliendo condena en la cárcel de Spandau tras los juicios de Núremberg. Allí escribió sus memorias, un libro de lectura sencillamente imprescindible en el que volcó con mucho detalle y a veces también cierta autoindulgencia su paso por el epicentro mismo del Tercer Reich. Y ya que mencionamos el nazismo, para concluir este breve recorrido regresando a los orígenes no podemos dejar de citar la conocida anécdota sobre el filósofo Martin Heidegger, cuando ocupó de nuevo su cátedra universitaria tras haber apoyado al nazismo de forma entusiasta y un colega le preguntó burlonamente «¿de vuelta de Siracusa?».


De Antígona a Excalibur

Foto: Shaun Che (CC)
Foto: Shaun Che (CC)

La historia es conocida: tras el exilio y la muerte de Edipo, Eteocles y Polinices, hijos de su matrimonio incestuoso con Yocasta, reinan en Tebas en años alternos. Pero al término de su mandato Eteocles se niega a ceder el poder a su hermano. Polinices se alza entonces contra él, marcha al exilio y regresa al frente de un ejército. Los hermanos se enfrentan en la llanura frente a la ciudad y mueren ambos en la batalla. Creonte, el tío de los caídos, asume el poder y decreta que Eteocles reciba sepultura con los debidos honores, pero que el cuerpo de Polinices quede en el campo como alimento para las alimañas, en castigo por haberse rebelado contra la ciudad. Pero Antígona, hija también de Edipo, se rebela contra la decisión de Creonte e insiste en dar sepultura a su hermano. Incapaz de hacer triunfar su causa, Antígona acaba enterrando ella misma el cuerpo de Polinices y, en la versión más conocida del mito, la de Sófocles, la tragedia acaba con los suicidios y desgracias de rigor entre los protagonistas y sus seres queridos.

El tema central de Antígona (de las muchas Antígonas) es el enfrentamiento entre la ley de la ciudad (el Estado), la de Creonte, y la ley natural o de los dioses, la norma consuetudinaria que determina el anhelo por dar sepultura a Polinices según la costumbre de los mayores y el respeto debido a los muertos. Conviene siempre pisar con cautela los terrenos del mito y la literatura antiguos, porque el anacronismo y el presentismo acechan tras cada interpretación, pero la dialéctica entre la vida urbana y la familia o tribu es una constante en la cultura clásica mediterránea: ciudades como Atenas o Roma participan en su organización tanto de elementos abstractos como de instituciones que remiten a vínculos de parentesco reales o fabulados. Y, en la medida en que, como otros mitos clásicos, Antígona parece representar algún conflicto esencial de la naturaleza humana o la vida en sociedad, ha servido de inspiración para incontables autores a lo largo de los siglos, especialmente desde que fue posible volver a concebir un enfrentamiento entre la ley divina y otro tipo de razones.

Aunque existen obras tan prolijas como Antígonas (1987) de George Steiner, quizá sea útil seguir un ensayo más modesto pero también más sintético, como el que el escritor holandés Cees Nooteboom dedica a Antígona y Creonte en El desvío a Santiago (1992), su libro de viajes por España. Y un signo de la plasticidad del mito (o quizá no tanto) es que Nooteboom lo emplee para reflexionar sobre el entierro de un etarra en la España de, precisamente, 1987 —resulta tentador pensar que es el volumen de Steiner lo que inspira la reflexión—. Un ensayo donde (sorpresa), el etarra muerto en un accidente laboral sería Polinices; sus conmilitones y el inevitable cabeza de lista de Herri Batasuna, Antígona; y el Estado español, un paradójico Creonte que, en lugar de prohibir unas honras contrarias a su ley y su moral, mira hacia otro lado.

Nooteboom, siguiendo a Bernard-Henry Lévi, nos recuerda que la perspectiva desde la que se transmite la historia en Sófocles no es la de Antígona, sino la de Creonte: el rey-sacerdote representa algo más alto que la mera razón de Estado, una verdadera mediación entre los dioses y los hombres; y, por tanto, oponerse a su dictamen es una locura que Antígona y otros pagarán con la vida. La versión de Eurípides, hoy perdida, introducía la posibilidad de un «final feliz» por intercesión de Dionisos, es decir, manteniendo la historia en el marco de lo religioso. Muchos siglos después, otros reflexionan sobre el mito, lo «desencantan» de cualquier resabio sobrenatural y lo exprimen a su gusto. Hegel, previsiblemente, observa con simpatía a Creonte, un «poder ético» que enfrenta la ley del Estado a las leyes de la familia; pero, a la vez, «comprende» a Antígona en la medida en que esta no sigue de manera ciega e inerte el destino como su infortunado padre Edipo, sino que se enfrenta a él. Para Goethe, sin embargo, el gobernante comete un «crimen de Estado».

Al mismo lado de la divisoria, aunque por otros motivos, se sitúa Brecht: Creonte es un símbolo de la dominación del hombre por el hombre, que desde la ideología de la emancipación solo se puede condenar. Y esta simpatía por los oprimidos —los «de abajo», diríamos ahora según la última moda política— debe de ser determinante en la popularidad y actualidad de Antígona. Porque esto solo ha sido un brevísimo repaso a algunas lecturas y relecturas. Por ejemplo, en el preciso año de 1939, Salvador Espriu escribe una Antígona en el que la heroína habla de reconciliación en nombre de los vencidos de la Guerra Civil (la pieza no se publicará hasta 1955). En fechas tan recientes como 2008 se estrena un documental llamado Las voces de Antígona que, invirtiendo la lectura de Nooteboom, se refiere al padecimiento de las víctimas de ETA. Y si creen que la cosa acaba ahí, pueden googlear en el idioma que más les apetezca.

Sería por tanto cualquier cosa menos original aplicar la plantilla del mito griego a cualquier dilema presente en el que se enfrenten la razón de Estado y alguna lógica o moralidad privada. Un acontecimiento como, digamos, el sacrificio de un perro que podría ser portador de una enfermedad mortal…

En un artículo reciente en esta casa, Octavio Medina repasaba modalidades de control y desobediencia a las normas, y la necesidad de estos mecanismos informales de escape para «reexaminar» las reglas de las que nos dotamos como sociedad.  Creonte y Antígona son posiciones extremas, representantes de verdades morales más elevadas —la ley, la razón de Estado, la familia, la ética personal— que, sin embargo, en la vida política real deben avenirse a negociar, a descender al matiz y la transacción. En la España de los ochenta que retrata Nooteboom, el propio Estado que luchaba con el terrorismo de ETA permitía la presencia de Herri Batasuna en las instituciones, y actos tan contrarios a su propia esencia como el entierro descrito en El desvío a Santiago. Una lectura maniquea del mito y del dilema subyacente aconseja simpatizar de forma automática solo con Creonte o solo con Antígona. Tanto si pensamos que la ley impersonal de la ciudad hace más por el progreso y la libertad que la ley familiar o tribal, o que los gestos de resistencia al Creonte de turno son imprescindibles para evitar el despotismo, la dialéctica que escenifican ambas posturas no se puede desterrar de la política de un plumazo; y quizá sigamos representándola y escribiendo sobre ella dentro de otros dos mil quinientos años.


Donald Worst: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

ἆρ᾽ ἐν παννυχίοις χοροῖς
θήσω ποτὲ λευκὸν
πόδ᾽ ἀναβακχεύουσα

en danzas que duran toda la noche
pondré mi blanco
pie poseída por Baco

Con estos tres versos se desencadena el coro de mujeres presas del furor dionisíaco en el estásimo tercero de la obra póstuma de Eurípides, Las Bacantes. Es sorprendente que el más moderno de los poetas trágicos griegos, así considerado no por llevar gafas de pasta sino por haber insuflado una cierta profundidad psicológica a los generalmente pétreos personajes del género y por haber reflejado en sus diálogos los artificios retóricos propiciados por las tensiones políticas que se respiraban en la Atenas de su tiempo, culminara su vida y su obra con semejante desparrame telúrico. Pues lo que anuncian estos versos es la caza y descuartizamiento de Penteo, rey de Tebas, a manos de una turba de ménades enloquecidas y cegadas por el dios entre las cuales está su mismísima madre, Ágave. Y este desenlace no es ni más ni menos que el relato de un sacrificio propio del culto dionisíaco —la caza de la víctima tras desenfrenada carrera por el monte y el despedazamiento e ingestión de su carne cruda, lo que los griegos llamaban σπαραγμός y ὠμοφαγία—, pero siendo en este caso la víctima un rey que ha intentado impedir el culto en su ciudad, que es precisamente la ciudad natal del dios. Este acto de impiedad ha provocado lo que cierto significativo sector de nuestros lectores no dudaría en llamar una perturbación en la Fuerza, pues Dioniso y sus bacantes no son más que la manifestación y celebración de la fuerza desencadenada de Cibeles, la Madre Tierra, de cuyos embates solo la sensatez, la prudencia, la discreción, en fin, la σωφροσύνη, puede proteger a los frágiles y efímeros seres humanos. Σωφροσύνη es precisamente de lo que carece Penteo, que, empecinado en su error y cegado por la divinidad, se dirige a su perdición, perdición que no por anticipada a lo largo del desarrollo de la obra resulta menos sobrecogedora para el lector o espectador.

 ἴτε θοαὶ Λύσσας κύνες ἴτ᾽ εἰς ὄρος,

id, veloces perras de la Rabia, id al monte,

Nadie sabe por qué Eurípides, que anteriormente había puesto en cuestión las convenciones del género y que según algunas fuentes había sido incluso acusado de impiedad, escribió una obra de tan primigenia religiosidad. Sabemos que la compuso ya lejos de Atenas; incomprendido por sus conciudadanos, blanco del pitorreo de Aristófanes y asqueado de la degradación política de su polis, consecuencia de la interminable guerra del Peloponeso, acabó sus días retirado en la corte del rey Arquelao I de Macedonia, que era muy bruto pero a la vez ilustrado. Es muy posible que allí asistiera a rituales báquicos más primitivos y arrebatados que los de Atenas, que habían adquirido ya unos tintes casi funcionariales, y que esto lo moviera a escribir la más catártica y sobre todo la más esencial de las tragedias conservadas. Más allá de estos datos, lasciate ogni speranza; solo encontraréis una batalla campal de filólogos de distintas corrientes de pensamiento enfrentadas entre sí, asegurando los unos que Las Bacantes es una alegoría crítica de la derrota de la razón a manos del oscurantismo religioso, proclamando los otros que es la confesión del arrepentimiento tardío del viejo poeta que experimenta una revelación mística tras una vida de escepticismo e impiedad, y así hasta la náusea. Yo optaría por dejar a los sabios atrincherados en sus cátedras escupiéndose con voz campanuda sus tesis contrapuestas y disfrutar del texto en bruto, porque Las Bacantes es una de esas raras obras que remueve los más profundos estratos del subconsciente y abre las trampillas de esos sótanos de mortecina luz violácea que sabemos que están abajo a la izquierda de nuestro cráneo y que solo intuimos, antes de que se desvanezcan de nuestra memoria, durante esos segundos de transición entre el sueño y la vigilia en los que podemos sentir la recomposición del propio Yo. Representa un estado de conciencia más allá de su estructura argumental y vocación didáctica y resulta a la vez una contundente introducción al relato de los infortunios de la casa real de Tebas; no olvidemos que entre la descendencia de Penteo encontraremos a Edipo, Yocasta, Creonte, Eteocles, Polinices y Antígona, los protagonistas directos o indirectos de algunas de las más canónicas piezas del teatro griego y que ponen el broche de oro al que posiblemente sea el más enrevesado árbol genealógico de toda la mitología ya desde el accidentado episodio de la unión de Zeus con Sémele mencionado en la obra que nos ocupa y que implica, entre otras cosas, a unas cuñadas envidiosas, un embarazo interrumpido por los rayos divinos y una ulterior gestación secreta del feto superviviente en el muslo de Zeus, y a propósito del cual, varios siglos después, el irreverente Luciano de Samosata puso en boca de Poseidón, en respuesta a Hermes, que no le permite el paso a las habitaciones de Zeus por estar éste reponiéndose tras haber dado a luz, con la frase

οὐκοῦν ἀμφότερα τοῦ Διονύσου τούτου καὶ μήτηρ καὶ πατὴρ ὁ ἀδελφός ἐστιν;

Entonces, ¿mi hermano es al mismo tiempo madre y padre de ese Dioniso?

 “Ese Dioniso” fue sin duda una presencia muy familiar para otro ilustre e irreverente descreído del siglo XX, Luis Buñuel. Porque Luis Buñuel, más allá de su papel como pilar del cine del siglo XX e icono de la vanguardia surrealista, era básicamente una Fuerza de la Naturaleza: un señor de Aragón que en su niñez se había dejado la piel de las manos tocando el tambor en Calanda, que tomaba cada día a la misma hora un Dry Martini en lo que posiblemente fuera su más sagrado ritual y que por extrañas carambolas del azar acabó ostentando la nacionalidad de uno de los países en cuyo día a día más fácilmente se puede respirar la religiosidad en sus más paganas manifestaciones, México.

La Ilusión Viaja en Tranvía no es ni la más famosa ni la mejor considerada ni la más vanguardista de sus películas, pero si algo la hace ideal para ser proyectada durante la lectura de Las Bacantes es la pasmosa facilidad con la que, bajo la apariencia de una comedia amable y por medio de un mosaico de personajes arquetípicos, nos da un paseo sobre raíles, bajo los chispazos de la catenaria y con el traqueteo de un tranvía de madera como música de fondo —mi particular magdalena de Proust, como probablemente algunos de ustedes ya sepan— por los comportamientos colectivos y rituales de nuestra especie. La película, de perfecta composición circular, transcurre en 24 horas y en ella asistimos al robo de un tranvía —uno de mis más turbadores sueños húmedos— por parte de dos empleados de la compañía borrachos que acaban de representar a Dios y al Diablo en una pastorela de barrio.

Los que no hemos estado en México es muy posible que confundamos simples detalles de la vida cotidiana expuestos al natural con genialidades surrealistas del director, pero la acumulación de escenas delirantes que Buñuel nos regala es como para despegar del suelo. Maño hasta decir basta, era muy poco amigo de hacer interpretaciones de los elementos más absurdos y paradójicos de sus películas, así que yo me lo imagino trabajando con los guionistas como en un frenesí creativo, cada vez más desatado, y colocando, uno detrás de otro, cada uno de los elementos que hacen de La Ilusión Viaja en Tranvía un catálogo de la imaginería buñueliana. El demonio que caza al Espíritu Santo a tiros en la pastorela inicial, la imagen de Cristo flagelado sobre el regazo de dos señoras beatas que se persignan al temer ser violadas por la turba de trabajadores del matadero de Ciudad de México que han llenado el tranvía de cabezas de cerdos y vacas que cuelgan de los asideros, estos mismos trabajadores que regalan a los protagonistas sesos y vísceras en agradecimiento por no haberles querido cobrar el viaje, la sombra del vehículo proyectada contra vallas y edificios de remotos suburbios durante su viaje nocturno —tal vez el tranvía mejor fotografiado de la historia del cine—, los desoladores parajes en tierra baldía en los que los raíles incrustados en el suelo representan el único vínculo con la civilización, el avance de Lupita hacia el tranvía, con espléndido taconeo de maggiorata, mientras sortea un rebaño de borregos, son solo algunos ejemplos de por qué esta película es necesaria e imprescindible. La abre y la cierra una voz en off, de la misma manera que en el teatro griego un prólogo narrativo ponía en antecedentes al espectador y un epílogo resumía la enseñanza o conclusión de la obra. Qué más puedo decir.


Pilar Rahola: “Twitter es el Gran Hermano”

Es una de las figuras más conocidas —hoy diríamos “mediáticas”— del periodismo de opinión en España. Feminista, catalanista, antitaurina… son sólo algunas de las etiquetas ideológicas que el público suele asociar a su nombre, pero hay mucho más. Hablamos de su paso por el mundo de la política —cuyo funcionamiento interno describe en términos bastante sórdidos— pero también, y profusamente, de su faceta como escritora (en concreto de su último libro, La república islámica de España, publicado recientemente), de sus afinidades  filósoficas y literarias, de los nombres que más han influido en su pensamiento, de la influencia de Internet, del poder de los medios, de lo que significó el siglo XX europeo en la Historia o de lo que significa ser aficionado del Barça. Una intensa conversación en la que pudimos escucharla citando nombres como Spinoza, Klaus Mann, Proust, Lincoln o Malatesta. Nos citamos con ella en las plácidas instalaciones del Club de Polo de Barcelona y este fue el resultado.

Pilar Rahola, figura política, figura mediática. ¿Es posible comprender la una sin la otra?

La verdad es que mi etapa política fue una transición. Aunque la recuerdo con intensidad —porque fue intensa— nunca pensé que fuera una profesión. Creo que fundamentalmente soy periodista. O comunicadora, opinadora, como quieras llamarlo. Lo que ocurre es que, en el mundo en que vivimos, esa capacidad de influir y opinar se hace a través de diversos medios. Entre ellos la televisión, que siempre es más superficial… aunque si tuviera que escoger y quedarme sólo con algo, me quedaría siempre con la palabra escrita. Fundamentalmente soy alguien que se hace preguntas.

Entonces, ¿cómo valoras tu etapa política?

La política fue más bien producto del azar. Yo no quería estar en política. Había tenido ofertas en su época, por ejemplo de Jordi Pujol, y siempre había dicho que no. Estaba ya en el periodismo y me gustaba. Después, cuando hubo la opción de defender valores republicanos y de defender el ser mujer, ser catalana, ser antitaurina, y de hacerlo en una España que era muy machista, que era monárquica, que era taurina… en fin, la verdad es que resultaba bastante divertido. Al final me lié la manta a la cabeza. Era, además, el partido de mi familia, históricamente hablando. En el proceso descubrí lo mejor y lo peor de la política. Lo mejor es la defensa de unas ideas, a veces en situación difícil. Lo peor son las guerras internas de poder. No valgo para eso. No valgo ni para lo uno ni para lo otro, porque esto de tener que defender cosas debido a que el partido las imponía nunca me gustó. Me ponía muy nerviosa ese dogmatismo que se da a veces en la disciplina de partido, y creo que realmente no sirvo para la política. Fue una etapa de mi vida a la que no volvería ni loca. Pero ni loca, ¿eh?

En cuanto a esas guerras de poder internas… ¿la política es aún más oscura de lo que ya piensa el ciudadano de a pie?

Las guerras internas de poder son lo más oscuro que he experimentado en cincuenta años de vida. Lo más oscuro. Vale todo. Mira, cuando te peleas con un adversario de otro partido político… recuerdo que en mi época discutía mucho con Vidal-Quadras, por ejemplo. Él era mi antítesis; él y el Partido Popular en general. Pero eso, en su dureza, era limpio. Era la pelea limpia entre dos adversarios políticos que tienen dos modelos radicalmente contradictorios a la hora de ver las cosas. En cambio, las luchas internas por el poder tenían más que ver con dossiers secretos —por supuesto enfermizos y mentirosos—, con tergiversaciones y manipulaciones, con criminalizaciones de personas, con utilizar la vida privada… y todo era siempre anónimo. Todo era con pasamontañas. De manera que lo peor que he vivido nunca es lo que he vivido allí. En Esquerra Republicana viví lo mejor —defender la república y Cataluña— y lo peor, que es lo que puede llegar a hacer un republicano catalanista por llegar al poder. Qué asco. Te lo diré de otra forma: en Esquerra Republicana había muchos reyes con vocación de Rey Sol y con mucha afición por la guillotina.

¿Los sigue habiendo?

Sí, sí, lo que pasa es que el Rey Sol se ha quedado sin cabeza.

Cuando vas por ahí a tomarte algo, ¿la gente intenta discutir de política contigo?

No. Bueno, la verdad es que llevo la cara puesta… como soy muy conocida siempre hay alguno que me dice cosas. Tengo que decir que en Cataluña la gente es bastante prudente; normalmente se acercan para elogiarte: que si me ha gustado este artículo, que si estuve de acuerdo con este otro, que si el otro día en la televisión no sé qué… si te quieren criticar, es raro que se te acerquen. Fuera de Cataluña, especialmente en Madrid, es bastante más divertido porque te encuentras de todo: uno que de repente dice “¡viva el rey!” o “¡viva el Real Madrid!”, y yo me lo tomo a coña, la verdad. Cuando alguno dice “¡viva Franco!” me cabreo más. En Madrid la gente es más suelta, se te acercan y dicen “ah, pues el otro día me gustó, pero de todas formas pienso que tal y tal”… la pequeña tertulia de calle, la tertulia de semáforo, la vivo más en Madrid que en Barcelona.

¿En Madrid son más abiertos para bien y para mal?

Los catalanes somos un poquito más demócrata-cristianos. Es decir: “cuidado, esto no lo toques, esto no lo digas”. En Madrid son más desinhibidos a ese nivel, lo cual tiene ventajas e inconvenientes. Al final uno se acostumbra a todo y tengo que decir que normalmente voy por la calle muy tranquila y muy bien. Habrá alguna vez en que te digan alguna cosa más antipática, pero es minoritario.

Tu último libro es La república islámica de España. Para quien no lo haya leído todavía: ¿cuál es el mensaje que pretendes transmitir?

Es un libro a favor del Islam, pero es un libro a favor del Islam libre. Después de casi quince años de seguimiento del tema he llegado a conocer —por suerte para mí y a través de viajes, del mundo internáutico que ahora es tan útil, y de muchos encuentros— a hombres y mujeres musulmanes extraordinarios. Auténticos héroes de nuestro tiempo. En el libro hablo de que algunos de los hombres y mujeres del Islam son los Nelson Mandela del siglo XXI. Por tanto creo que la gran lucha por la libertad, que en el siglo XX estuvo en Europa, en este siglo XXI está en el Islam. No tender la mano a esta gente, jugándotela un poco, diciendo “voy a hablar claro contra los fanáticos, los misóginos, los que alimentan el odio, los intolerantes, los que están contra una sociedad civilizada, los que quieren volver al siglo VIII”… no alzar la voz contra esto es una irresponsabilidad y un acto de profunda traición a la libertad.

¿Qué piensas, por ejemplo, de estas mujeres que en Francia se oponían a la prohibición del burka?

 Prefiero pensar en las muchísimas mujeres musulmanas, la mayoría de ellas exiliadas iraníes y algunas muy notorias argelinas, que han alzado la voz contra el burka y contra el hiyab. Hay una muy famosa que participó en la comisión de educación del senado francés que decía “poner un velo a una niña de ocho años es ponerla  en el mercado del matrimonio… y a partir de ese momento, todo el mundo podrá con ella”. Y esto no lo decía Pilar Rahola o cualquier otra occidental feminista, esto lo dicen mujeres musulmanas. Por supuesto, el opresor siempre encuentra oprimidos que defiendan la opresión. Los esclavistas encontraban negros que defendían la esclavitud. El Islam integrista, el Islam fanático, encuentra mujeres oprimidas que defienden la opresión pero nunca van a ser mis interlocutores.

Angela Merkel ha dicho que en Alemania el multiculturalismo ha fracasado por culpa de la minoría turca, el primer ministro David Cameron ha dicho algo parecido respecto al Reino Unido, ¿compartes este análisis?

El multiculturalismo ha fracasado. ¿Por culpa de quién? No sabría decirte. En todo caso, quien ha puesto en evidencia que el multiculturalismo ha fracasado ha sido el islamismo radical. ¿Dónde fracasa el multiculturalismo? En los atentados del metro de Londres, cuando se descubre que todos los terroristas han nacido en Londres. Son vecinos del Londonstan, que tienen pasaporte inglés, que son ingleses de pleno derecho, que han estudiado en escuelas inglesas… y que quieren destruir la sociedad inglesa para llevarla al siglo VIII. Entonces se descubre que el multiculturalismo ha sido un mal negocio para la democracia. Evidentemente, entre la inmigración musulmana hay de todo: hay gente que ama la libertad desde su propia identidad, porque es perfectamente compatible. Tener unos orígenes, rezar a un dios, ayunar de determinada forma, hacer las fiestas… y ser demócrata. Ser musulmán no significa estar contra la democracia. Ser un militante radical islamista, sí. El multiculturalismo ha creado guetos donde los imanes radicales se han convertido en auténticos reyes, en gobernadores de territorios. Hoy en día, en España por ejemplo, nos estamos encontrando con mezquitas donde se está defendiendo la aplicación de la sharia en suelo español. Con policías religiosos, con imposición, con violencia, con agresiones, etc. etc. Esto ocurre en España. Tanto en Inglaterra como en Alemania y Francia existen estos problemas. Y en Holanda, no olvidemos Holanda, donde murió asesinado Theo Van Gogh, donde Ayaan Hirsi Ali ha tenido que huir porque el gobierno no podía garantizar su vida, donde asesinaron al político Pym Fortuyn… Holanda es un país roto, absolutamente roto, que hoy tiene clarísimo que el multiculturalismo lo ha destruido. Es evidente que Europa nos está diciendo que por ese camino no vamos bien. Quede claro sin embargo que no hablamos ni de sociedad única, ni de pensamiento único, ni de religión única, ni nada parecido. Al contrario: hablamos de civilización libre en la que caben todos, pero con unas reglas de juego legales que son las que nos garantizan la libertad.

Cambiando un poco de registro, ¿crees que la crisis económica que estamos viviendo puede estar gestando algún movimiento cultural o artístico que aún no se ha manifestado?

Estamos viviendo un cambio de paradigma que, desde mi punto de vista, no va a llevarnos a una sociedad mejor sino peor. El tema no es la crisis económica en el mundo occidental —Europa o Estados Unidos— que resulta evidente que va a ser peor y más grave. El tema es que las economías emergentes que van a dominar el mundo no creen en las libertades. Lo que me preocupa es esto: el siglo XX europeo nos trajo el nazismo, el colonialismo, el estalinismo. Europa fue un desastre en el siglo XX, es un siglo para tirarlo a la basura. Sin embargo, ese mismo siglo XX europeo nos trajo el estado del bienestar, que significa jubilación, escuela y sanidad públicas, derechos laborales, derechos para la mujer… a ese siglo XX hay que ponerlo en el podio, en el museo de las grandezas. Bien, pues ese mundo occidental que ha creado derechos fundamentales y que ha basado su economía —a pesar de ser en muchos aspectos una economía salvaje— en una cierta solidez de esos derechos sociales y laborales, está en absoluta caída libre. Hoy en día, las economías más fuertes del planeta son países como la India, que basan su economía en que cien millones de extremadamente ricos viven por encima de novecientos millones de extremadamente pobres. Sin clases medias, sin autónomos, sin dinamizadores, sin prácticamente derechos igualitarios. No hay derechos ecológicos, ni laborales, ni sociales… eso no importa; importa que sea una economía fuerte. China es un caso parecido y también las mafias rusas derivan hacia ahí. Brasil, a pesar de ser una gran democracia, no tiene prácticamente derechos laborales garantizados. Está cambiando el mundo y el paradigma hacia el que vamos, que probablemente pondrá a China en el podio de la hegemonía mundial, ¿garantiza una sociedad más igualitaria o una sociedad peor? Yo creo que vamos a peor. En ese cambio de paradigma tan trágico y complejo, no hay duda de que los creadores van a ser los grandes pensadores de los próximos tiempos. Desde que el mundo es mundo, la creación siempre se ha basado en la crisis. Cuando acaba la Edad Media y comienza el Renacimiento aparecen los grandes en la filosofía, el pensamiento, etc. En el 1900, en el ámbito en que aparece Hitler, aparecen también Thomas Mann, Freud, Einstein. Los momentos más frágiles y vulnerables de la humanidad —donde hay más interrogantes, donde todo se trastoca— son donde los creadores crecen y se multiplican de manera extraordinaria. Por tanto estoy convencida de que hay una generación que está por despertar y que va a aportar muchísimo a la creación… pero porque el mundo está peor.

¿Crees que en estos tiempos el arte, la literatura, la filosofía todavía son un motor de evolución del ser humano?

No. El gran motor de cambio—y cambio no ha de ser evolución, puede ser regresión— del ser humano en el siglo XXI es, sin ninguna duda, Internet. La gente joven, mi hijo por ejemplo, no tiene televisión en su habitación. No la necesita. No la ve. Su mundo es Internet. El otro día escribí un artículo en La Vanguardia titulado El Facebook de mi sobrina. Mi sobrina tiene quince años: le pido una foto y me mira con cara de “¡vieja loca que no sabe dónde están las fotos!”. Porque, evidentemente, las fotos están en Facebook. Su mundo es mucho más virtual y claro, esto me preocupa en algunos aspectos: mi sobrina dice que tiene doscientos amigos y yo me pregunto si tiene uno sólo.

Esto en cierto modo podía ocurrir también antes de Internet, ¿no?

Pero yo creo que el mundo internáutico nos hace más solitarios. Pero bueno, tampoco quiero hacer un discurso nostálgico. Lo que sí es cierto es que la gran revolución mental de los ciudadanos en el mundo, a nivel global, es la mundialización de las autopistas de la información. El hecho de que lo que alguien escriba ahora lo estén leyendo, defendiendo y atacando en cualquier lugar del mundo —si entienden el idioma, pero ahora que los traductores empiezan a ser buenísimos, aún más— es un hecho que ha cambiado el mundo. Para bien, porque nos interconectamos, tenemos más información que nunca, todo es más rápido, más vivaz y dinámico, quizá más creativo. Para mal, porque lo peor de la humanidad también está más interconectado: hay más pederastas que nunca, están más interrelacionados que nunca. Hay más discursos totalitarios que nunca… puedes hacer una bomba mirando en Internet cómo se fabrica. Como pasa siempre en todo gran proceso de cambio, se magnifica lo bueno y se magnifica lo malo. Imagínate a Thomas Mann, o a Spinoza, con Internet… ¡wow! Pero, ¿te imaginas a Goebbels con Internet?

Preocupante. Sería uno de los que más provecho le sacaría a Internet, probablemente.

Ahí estamos. De hecho, de eso se aprovecha, por ejemplo, Irán. Sus contactos con Hezbollah en Sudamérica se producen a través de Internet, ya no hacen falta servicios secretos. O la Venezuela de Chávez. Que son personajes que, al menos a mí, me disgustan profundamente. Es Spinoza y Miguel Ángel, pero también Hitler.

Ahora que has citado a Spinoza, ¿qué filósofos o artistas han tenido influencia en tu vida, en tu forma de pensar, en tu forma de ver el mundo?

¡Oh! Soy una lectora voraz. Y un poco “psicópata”: hubo una época en mi vida en que cualquier libro que me pasaba cerca lo leía, y además, si no me gustaba, lo acababa. Uno de mis primeros libros complicados fue El hombre unidireccional de Marcuse, que lo leí con catorce o quince años… y no entendí el título. Me acordaré toda la vida, porque ¡me pasé medio libro intentando entender el título! Pero yo leía y leía como una loca. Recuerdo que en la biblioteca de mi padre había un libro de Menéndez Pidal, un estudio filológico sobre el Quijote… ¡y me lo leí! Evidentemente, hoy en día estas locuras ya no las hago. Ahora soy muy selectiva: si un libro no me interesa… ya sé dejar los libros, como ya sé dejar los amores. Es que uno se hace mayor, ¿no? Ahora sé decir que no a un libro, pero eso sí, todavía miro todo lo que me llega. Como he leído mucho y a veces muy en aluvión, en cada momento de mi vida ha habido gente que me ha influido mucho. En la adolescencia me influyeron muchísimo los franceses y especialmente la literatura. Tuve una época muy Proust, A la recerca del temps perdut me la leí entera, la disfrutaba y la releía. Leía ensayos sobre Proust, sobre el concepto de la memoria… me interesaba mucho. Leí mucho también a Stendhal, el concepto del espejo que va por el mundo me parecía algo extraordinario: yo quería ser una mirona y llevar un espejo… en realidad al final he hecho un poco eso, ¿no? Lo que pasa es que me he metido en el espejo. Y luego tuve una época Flaubert muy intensa. También Durrell, El cuarteto de Alejandría me influyó una barbaridad. Tuve mi época Kafka. Y también tuve mi época rusa, sobre todo Nabokov, que lo leí entero y del cual sólo hay un libro que no me gusta nada: Lolita. Es un libro que odio porque me parece una apología de la pederastia.

Sin embargo mucha gente opina que es uno de sus mejores libros.

Sí. Lo que ocurre es que cuando leo una buena obra literaria —y sin ninguna duda Lolita es un ejercicio literario extraordinario— no puedo evitar proyectar una cierta moral. Lo que subyace en esa mirada literaria, a mí que soy madre de una hija, me pone muy nerviosa… no puedo evitarlo. Es un libro que rechazo. Evidentemente nunca lo prohibiría ni lo sacaría de la biblioteca… es más, yo lo tengo. Pero no puedo evitar rechazarlo. Es como Hemingway: me cuesta leerle —a pesar de que he leído con placer El viejo y el mar, que es una obra extraordinaria—debido a ese gusto que tiene por la sangre y la violencia. Era un apasionado defensor de los toros, y no solamente eso. Me repugna profundamente. Tengo un problema ético que es culpa mía, no lo hago exportable. Como para gustos hay colores, de Nabokov me quedo con Ada y el ardor, del que soy una entusiasta, hasta el punto de que mi hija pequeña se llama Ada por Nabokov. Un pequeño homenaje. Y bueno, evidentemente siempre me han acompañado por la vida los autores castellanos y catalanes. Si me tuviera que quedar con un sólo autor de literatura española me quedaría sin ninguna duda con Valle-Inclán, y en cierta medida con el mejor Vargas Llosa. Pero también he tenido mi época García Márquez… no sé, es que son tantos. De catalanes, quizá me quedaría con Baltasar Porcel. Y también un poco con Mercé Rodoreda, y no precisamente con La plaça del diamant, sino con Mirall trencat… esa idea de que la verdad es un espejo roto y todos tenemos un trozo. Ese concepto de la realidad rota me parecía fascinante. También he leído mucha poesía. De grandes pensadores, también ahí he sido bastante promiscua. Soy promiscua con las ideas, sobre todo. Te sorprenderá quizá, pero tuve mi época Chomsky, que ahora es un autor que rechazo profundamente.

Sorprende un poco, sí.

Sí. Pero la tuve. Hubo una época en mi vida en que me interesó una barbaridad. He sido gran lectora de textos libertarios: de Kropotkin, de Bakunin… me los leí casi todos. Y por supuesto Malatesta, quizá de todos ellos el que me interesó más. Aún me siguen interesando. Te diré más: a diferencia de algunos textos importantes del comunismo que ya no me aguantan, algunos textos libertarios sí se sostienen. En el fondo la mirada libertaria del mundo, que nunca fue dogmática, resiste más el paso del tiempo que la mirada comunista, que es más dogmática. Y bueno, Klaus y Thomas Mann han sido también importantes escritores para mí. Los románticos alemanes, a nivel de poesía, también me han gustado mucho. ¿Filósofos? He leído también, bastante en aluvión, a casi todos. He tenido una época Kierkegaard, una época Nietzsche… pero al final me quedaría con Spinoza. No ha sido casual cuando lo he mencionado antes. También me quedaría con Camus. Nunca Sartre. Leí a Sartre y hay algunos textos de Sartre como Huis Clos (A puerta cerrada) que aún me sirven hoy en día: ese concepto, fíjate, de que el infierno son los otros. Qué cosa, ¿no? Pero Camus es el tipo que defiende la libertad en todo momento y cuando Sartre dice “viva Stalin” él responde: “no, Stalin no, por ahí no vamos bien”. Es un faro de luz.

Hablando de personajes e influencias, ¿a qué personaje histórico te hubiese gustado encontrarte para sentarte a cenar y conversar?

¡Uau! Qué cosa tan fascinante, hay tantos personajes históricos que me atraen tanto… (piensa durante un instante) Erasmo de Rotterdam. Porque vivió una época de crisis terrible y porque fue un pensador que cambió el mundo. No atacó a su emperador porque era quien le proporcionaba las lentejas, por tanto fue también pragmático, de otro modo no hubiésemos tenido sus textos. Pero dejando a un lado esa servidumbre inevitable, fue un tipo de una lucidez extraordinaria. Y a pesar de ser un antisemita y un misógino, como todos en su época, también me gustaría encontrarme con Voltaire. Y con Descartes.

Si pudieras viajar en el tiempo  y presenciar cualquier episodio de la historia humana…

El momento en que Moisés sube a la montaña, habla con alguien y le dan las tablas de la Ley. Ese día se fundó la civilización moderna. El momento en que alguien le dice a su pueblo “no matarás, porque no está bien. No robarás. Respetarás a tu padre y a tu madre”. Y crea un código de conducta civilizado, crea la modernidad. Quizá ese momento. Es un momento inexistente en realidad (risas), es una metáfora. También viviría la salida de la cárcel de Nelson Mandela. He presenciado momentos históricos: viví la caída del Muro de Berlin en la propia Berlín, estaba en la ciudad esa misma noche. Viví las revoluciones bálticas, el asalto del parlamento lituano —también estaba allí—, viví la guerra de Bosnia… que no fue demasiado bonita, la verdad. He vivido algunos momentos interesantes, pero si tuviera que vivir algo fuerte… el momento en que Lincoln llega a la presidencia americana. Eso también cambió el planeta. O el día en que unos cuantos tipos con una radio están escuchando la independencia de Israel. También me gustaría vivir el momento en que los palestinos pongan su bandera y crean un estado propio. Significará que ha terminado un conflicto terrible.

¿Lo viviremos?

No, lo viviremos mal. No creo que lo veamos en esta vida. Quizá lo viviremos de manera virtual, con una resolución en la ONU: mal hecha, con países en contra y países a favor, con fronteras imposibles… estamos lejos de solucionar el conflicto. Pero me gustaría vivir ese día, porque significaría que el mundo está mucho mejor. Y me gustaría muchísimo, muchísimo, vivir el día en que una mujer saudita se saca el velo completamente y en medio de la plaza de Riad dice: “soy libre”. Eso sí que no lo voy a ver.

Hablando de la situación de la mujer no ya en el Islam sino en España, hace poco entrevistamos a Arcadi Espada y nos dijo que el “techo de cristal” del que hablan las feministas es inexistente.

Yo no estoy de acuerdo con él. Arcadi Espada es de estas personas a las que a veces mataría, pero a las que siempre quiero leer. Porque me enriquece la gente inteligente incluso cuando estoy en discordancia. Y a veces lo estoy, sin duda. Otras no, ¿eh? Pero yo creo que se equivoca: el techo de cristal existe inequívocamente, entre otros muchos motivos porque hemos cambiado las leyes pero no hemos cambiado el paradigma social, porque no tenemos conciliación familiar, porque el peso de la familia recae en la mujer, porque la mujer que es competitiva profesionalmente tiene muchos más problemas y menos recursos, porque a pesar de tener los mejores currículums no avanzamos en las jerarquías sociales, porque todavía ganamos menos… cuidado. Pensar que esto no existe es pensar que hemos resuelto dos mil años de historia en dos días. Existe y es muy duro, ¿eh? Pero le daré la razón en una cosa: una parte importante de los constructores de ese techo de cristal son las propias mujeres. En mi generación, y en la generación anterior a la mía, las mujeres luchábamos por la igualdad. Pero las mujeres de la generación siguiente quieren volver a ser madres. Conozco a muchas mujeres que dicen “no” a un trabajo porque no es compatible con el horario de los niños, etc. La principal enemiga de la mujer a la hora de recortar sus aspiraciones profesionales, a veces, es ella misma, que se carga de culpa. Es verdad que la sociedad no ha cambiado el chip, pero tampoco las generaciones jóvenes juegan fuerte. Por tanto hay una responsabilidad femenina considerable, ciertamente. Las mujeres también hemos sido, en algunos temas, un poco inquisidoras. Por ejemplo, estoy a favor de la Ley contra la Violencia de Género, pero me preocupan mucho los abusos que esa ley ha facilitado contra muchos hombres. Me preocupan las acusaciones falsas. Me preocupa que un hombre, si una mujer dice que es un violador le cae toda la culpa del mundo y luego explícate y demuestra que no lo eres. Hay un sobrepeso de culpa en el hombre, y eso tampoco es bueno.

En otra entrevista, César Vidal defendía la definición incluida en el diccionario de la Academia de la Historia, en la que se dice que Franco no era totalitario. ¿Caben los matices lingüísticos en esta clase de discusiones?

Decir que Franco era medio dictador es como decir que uno puede estar medio embarazado. Uno, o defiende la libertad, o es un dictador. Franco utilizó los recursos legales, económicos, militares, policiales y sociales para oprimir a todo un pueblo. Fundamentó su dictadura en unos primeros años de matanzas indiscriminadas sin juicio. Mató a miles de personas, encarceló a otros miles, envió al exilio a centenares de miles, y destruyó completamente el futuro de un país. ¿Que después se volvió más blandito y mató menos? Dígame usted: ¿un asesino es menos asesino porque mata menos y se vuelve un poco más blando? Murió matando. Hasta el final firmó condenas a muerte políticas. Por tanto, sin ninguna duda, es un dictador totalitario. De lo peor que le ha pasado a España después de los Reyes Católicos. Fue, desde mi punto de vista, un auténtico constructor de odio. Me pasa con César Vidal lo mismo que con Arcadi, con algo más de diferencias. Yo leo a César Vidal, pero me cuesta mucho encontrar puntos de acuerdo. En estos temas sobre todo. Estoy de acuerdo con él en otros asuntos, pero no en el tema del franquismo.

Hablando de totalitarismo, ¿qué cara pondría George Orwell si levantara la cabeza y viera que su expresión “Gran Hermano” se utiliza para titular un “reality show”?

Pensaría que él acertó (risas). En realidad vivimos con el Gran Hermano. Mira, una cosa es un “reality show” de la televisión. Pero es que el Twitter es el Gran Hermano. El otro día estaba con mi madre y con mi hija en el dentista, le comenté a mi madre cómo serían las vacaciones… cuando salí del médico lo vi colgado en Twitter: “he estado al lado de Pilar Rahola en el médico y he oído que decía esto y aquello”. Yo me siento vigilada. Y como yo, cualquiera. Todos vivimos con el Gran Hermano. Mi sobrina, cuando cuelga sus fotos, no sabe quién las está viendo ni qué harán con ellas. No sabe que su vida la pueden controlar. Somos la aldea global. El libro de Orwell, como pasaba con Jules Verne, es una especie de anticipación del mundo que vendrá. Más que novelistas fueron casi visionarios. Por tanto, Orwell diría: “¡caray, qué desgracia haber acertado!”

Siguiendo con totalitarismo y medios, hay una frase de Eurípides que dice que frente a una multitud, los mediocres son los más elocuentes.

Sin ninguna duda. Los mediocres y los malos. Nietzsche ha escrito mucho sobre ello, quizá es quien ha escrito más y mejor. La masa es informe, siempre. Informe y deforme. En la masa, el individuo desaparece. Por eso me preocupa la mundialización de las cosas, la opinión global, el pensamiento único; cada día soy más disidente de todo, hasta de mí misma. Quiero disentir, quiero preguntarme, no quiero dogmas, me horroriza todo este mundo. Odio profundamente a los inquisidores del pensamiento, a los que les gustan las listas negras. Había una concejal de Iniciativa que pidió que me expulsaran de la televisión porque lo no le gustó lo que dije. Y yo digo: claro, es que la tía quiere resucitar al Pravda. Esto me parece horroroso. Vamos hacia un mundo de pensamientos únicos y sobre todo de estigmas para quienes no piensen igual. La masa siempre tiende a anular la personalidad, la individualidad, la iniciativa… es lo peor que existe, las masas, que siempre son deformes y monstruosas.

En la película Ciudadano Kane se muestra la fina línea que separa al periodista del inquisidor, del político, del hombre que busca poder. ¿Hay algún ciudadano Kane en España?

El problema es que los periodistas también buscan el poder, de manera que quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. Frase que nos recuerda que la lapidación ya era bíblica, que era la forma de matar a todos. Se convierte en la forma de matar mujeres en la Penísula Arábiga —aún no era Arabia Saudita— a finales del siglo XVIII. Hasta ese momento no se lapidaban mujeres. Pero bueno, hecha esa disertación (risas), creo que demasiadas veces el periodista quiere: primero, estar cerca del poder. Y segundo, tener más poder que el poder político. Si no lo tiene, acercarse. Y si puede, tenerlo él y marcar las pautas del ministro, del diputado, del alcalde… hay muchos aprendices de ciudadano Kane en la política y en el periodismo en España.

¿Es difícil que existan periodistas que resistan esa tentación?

Mira, la única forma de mantener unos ciertos criterios de libertad en el periodismo es depender de muchas casas. Porque puedes decir “bueno, si este me falla…” Yo es lo que practico, la verdad. Practico una cierta promiscuidad de jefes, lo cual me da unos niveles de libertad muy envidiables. Al final eres de todos y no eres de nadie. Eres de ti mismo. Es siempre el dilema de Erasmo de Rotterdam: para poder decir que el mundo va mal, no puedo criticar al emperador, porque es él quien me da la capacidad de decir que el mundo está mal. Evidentemente, tú intentarás no meterle el dedo en el ojo a tu jefe de turno, y por eso aguantas. Pero si no dependes de uno sólo tienes bastante más libertad. He escrito artículos críticos sobre el rey en el grupo Godó, he hecho discursos críticos sobre TV3 en la propia TV3, le he dicho cosas a Julia Otero o a Jordi Gonzalez en sus programas. Quizá es que tengo la suerte de trabajar con gente que me da mucha libertad pero también tiene que ver con que no soy de nadie. Por ahí tendríamos que ir todos… pero a veces no se puede, claro.

Personajes como Gandhi o Martin Luther King murieron asesinados, lo cual es muy llamativo: ¿el promulgar cambios pacíficos es una mejor manera de buscarse enemigos que el ser violento?

Murió Gandhi asesinado, murió de forma violenta King, murió Kennedy por lo que murió, pero también murió Anwar Al Sadat porque firmó la paz. La paz siempre tiene un enemigo feroz que es quien ama la guerra, es decir, los que quieren imponer su razón por la vía de la espada, que siempre matan a la razón. Es la espada y la palabra. A pesar de todo, los grandes movimientos que han luchado por entenderse, por convivir, por tolerar y por imponer mediante vías no violentas han acabado triunfando de alguna forma, aunque generalmente dejando mártires. Los caminos de la paz siempre tienen mártires.

Si el paso del tiempo transforma la tragedia en comedia, ¿también transforma las ideologías políticas en chistes?

Es que niego la mayor: yo creo que hay tragedias que nunca son cómicas. El nazismo nunca lo será, Auswitchz nunca será una comedia. Te diré más, cuando Charles Chaplin hace su parodia de Hitler aún no sabe que existen los campos de exterminio. Estoy convencida de que nunca habría rodado El gran dictador después de conocer los campos de exterminio, porque Hitler fue cómico hasta un cierto punto. Y como esto te diría tantas cosas… la lapidación nunca será cómica, no me imagino un sketch sobre la lapidación.

Pero en La vida de Brian hay un gran sketch sobre la lapidación.

Sí, pero a mí no me hace reír. No, puede haber humoristas que se rían del mundo, de todo, ¿eh? Pero yo tengo límites con eso como los tengo con la literatura.

¿Crees que el humor debe tener límites?

Bueno, yo no los pondría legalmente. Pero si yo fuera por ejemplo dibujante de cómics, tendría límites. Nunca me reiría de un maltrato, por ejemplo. No podría. Me repugnaría profundamente. Hay tragedias que nunca me harán reír, pero puedo entender que la creación tiene que ser muy libre. Muy libre. Y muy rupturista a veces. Por tanto, puede ser muy provocadora y creo que el siglo XX europeo tuvo que ver con la ruptura de cosas, con el surrealismo, el quiebro y el romper todas las convenciones. Y no todo me gusta, pero ahí está, y en ese sentido defiendo la libertad creativa. Yo, personalmente, tengo límites. Bueno, también me preguntabas si el paso del tiempo convierte las ideologías políticas en chiste. Las ideologías del siglo XX que querían cambiar el mundo ya son un chiste. Son una caricatura y quienes aún defienden determinados dogmas de fe son payasos. Chávez, por ejemplo, es un payaso. Pero en cambio me preocupa que la sustitución de las ideologías sea el establecimiento de una única ideología que es la del pensamiento correcto. Todo el mundo tiene que pensar lo mismo, acerca de todo, en todas partes. Lo políticamente correcto es hoy la ideología que censura más y que crea más problemas a la libertad. Me preocupa más —en mi sociedad, recalco— la inquisición de lo políticamente correcto que la extrema derecha, porque la extrema derecha no tiene capacidad para taparme la boca pero lo políticamente correcto sí. O la extrema izquierda, que los extremos se tocan: no hay nada más parecido a un fascista que un fascista de izquierdas. Pero ya no hablo de fascismos en el sentido del espectro ideológico, te hablo de gente muy normal que convierte lo políticamente correcto en una forma de censura. Y esa es otra forma de ver el mundo, es otra ideología, y me preocupa.

Viendo la marcha que lleva el mundo, ¿deberíamos olvidar lo que hemos aprendido durante muchos siglos, retornar a La República de Platón o a las Analectas de Confucio y volver a empezar de cero?

Siempre releo a los griegos, de hecho tengo una muy buena colección: la Bernat Metge, desde mi punto de vista la mejor que hay para leer a los clásicos, con traducciones de gran categoría… cada traducción es una obra de arte. Alguien decía que, cuanto más mayores nos hacemos, más releemos y menos leemos. Me debe pasar un poco esto, porque permanentemente releo a los clásicos y casi nunca me fallan. Y bueno, el concepto de La República de Platón está vigente, pero absolutamente vigente: uno mira cómo está la política actual y dice “vamos otra vez a Aristóteles”, y en él encontramos lo básico. Como vamos al catecismo o a las Tablas de la Ley, como quieras llamarlo —hablo en términos cívicos y no religiosos— y encuentras lo básico. Te vas a una isla desierta, te llevas los Diálogos de Platón… y vuelves a fundar la civilización moderna. O te llevas las Tablas de la Ley: diez mandamientos… “usted, al vecino no le haga esto ni esto ni aquello”. Oye, pues el mundo iría un poco bien si haces caso. Quizá sí, quizá hay que volver a lo básico.

¿Hemos evolucionado demasiado?

Bueno, lo que menos ha fracasado de la evolución es la medicina y la ciencia, globalmente. Porque ha cambiado la cara al mundo para bien… aunque también nos ha traído el calentamiento global y la bomba atómica. Es el Ying y el Yang, siempre. Quizá sí que hay que leer a Confucio.

Hablemos un poco de fútbol. Nos decía Alfredo Relaño en su entrevista a este medio que el Barça es el nuevo equipo del régimen, ¿estás de acuerdo?

De qué régimen. ¿Sabes qué pasa? Creo que ni el Barça ni el Madrid son los equipos de ningún régimen porque, por suerte, no hay un régimen. Hacer este tipo de metáforas de una época  que fue trágica no me gusta. El Barça es un equipo muy influyente, como lo es el Madrid. Son equipos grandes que se basan en la pura irracionalidad: si tú me preguntas racionalmente por qué soy del Barça, no te lo puedo decir. Porque no tiene ninguna lógica. No tiene ninguna lógica que me vuelva una loca gritona viendo a once tipos en calzoncillos detrás de una pelota. No tiene lógica intelectual, ni tiene valores profundos, ¡no tiene nada! Pero me pasa.

¿Es folklore?

Es el cerebro reptiliano, que es el que vence ante el fútbol (risas), tiene que ver con los instintos primarios, con lo básico… que, si no haces daño a nadie, si no es violento y si es un divertimento, por qué no. También el sexo es muy primario. En el fondo, un orgasmo futbolístico y un orgasmo sexual se parecen bastante. Los dos son bastante irracionales. Yo, que soy muy culé, lo interpreto como una faceta muy irracional de mi propia personalidad. En mi vida tiene mucho peso lo racional, en todo: siempre me pregunto todo, me lo pienso e incluso los sentimientos pasan a veces por la razón. Después tengo este divertimento que es bastante irracional y me parece fantástico. Si no se me descontrola, ¿eh? Eso no me impide tener grandes amigos del Madrid: si lo derivas hacia el odio o la intolerancia, vamos mal. Eso no me pasa. Creo que el Madrid tiene que ser un gran equipo para poder ganarlo siempre, porque si fuera una mierda de equipo iríamos fatal y perdería la gracia. Pero bueno, hablando en esos términos tan poco racionales el Madrid ha sido durante mucho tiempo no el equipo del régimen —porque vivimos en democracia—, pero sí el equipo del poder. Ahora lo comparte un poquito, que no está mal.

¿Cuál es actualmente tu libro de cabecera?

Estoy leyendo en inglés Nomad, de Ayaan Hirsi Ali. Lo compré casualmente porque la conocí en Nueva York. Estoy a punto de acabarlo y tengo esperando La Barcelona progre de Xavier Rius, un buen amigo; es un libro que me interesa mucho. Pero en agosto sólo leo clásicos.

¿Qué harías si Pedro Almodóvar te ofreciese un papel en una película?

Por supuesto le diría que se ha vuelto loco. Soy una pésima actriz. Nunca sería una “chica Almodóvar” pero no por él; para mi suerte o mi desgracia soy auténtica, no tengo doblez, lo cual significa que si tuviera que hacer un papel lo haría fatal. Yo sólo podría hacer de Pilar Rahola. Hombre, si me ofreciera hacer de Pilar Rahola…

Por ejemplo.

No sé, ¿eh? No me veo. Aunque igual me divertiría. Tendría que pensarlo. Si me divirtiera, quizá. Pero lo veo raro, eh, lo veo raro.

Ahora un pequeño ejercicio: te digo unos títulos de unas películas, y tú me dices qué personajes públicos de cualquier ámbito te imaginas protagonizando estas películas.

¡Uau!

“Toma el dinero y corre”

Sin ninguna duda, los cabecillas de Gürtel.

“Dos tontos muy tontos”

Cualquier militante de grupos de extrema izquierda o de extrema derecha.

“El hombre que nunca estuvo allí”

Zapatero (risas)

“El resplandor”

Si me baso en el título tengo una idea, pero si me baso en el argumento tengo otra. Si sólo me baso en el título El resplandor, te diría que el nuevo presidente de Sudán del Sur: ha nacido un país y ha acabado una sangría. Resplandece. En el otro sentido, el torturado y terrible y maléfico… creo que Francisco Camps, que cada día está peor. Me lo imagino enloquecido gritando “¡mis trajes los he pagado yo!”.

“Misión imposible”

¿Misión imposible? Rubalcaba.

“El doctor Jeckyll y Mr. Hyde”

Un maltratador: puede amarte hasta la locura y puede matarte.

“El bueno, el feo y el malo”

El bueno es Bono. Le tengo un gran cariño y creo que ha sido muy injusto todo lo que le ha ocurrido. El feo es Salgado, sin ninguna duda, porque es muy feo todo lo que dice, así no vamos bien. El malo es Zapatero, ha sido un desastre.

Ahora una breve opinión sobre algunos personajes: Félix de Azúa.

Un tipo al que hay que leer siempre. Uno de los grandes. A veces cuando habla del catalán me pone muy nerviosa, pero es uno de los grandes.

Quim Monzó.

Me interesó más cuando era adolescente que ahora, curiosamente. Pero me gusta el articulista. Y es un gran escritor. Es un gran relatista.

Iván Tubau.

Un tipo libre, un heterodoxo. Divertido.

Jiménez Losantos.

Me parece un manipulador al que no le importa arrasar con todo. Un tipo que criminaliza gente, demoniza e impide el diálogo.

Salvador Sostres.

A veces cabalga en caballos muy inteligentes y bravos, a veces baja a los infiernos. Demasiado dual, me tortura.

Pérez Reverte.

Un buen escritor y un perverso opinador. Es histriónico, es barroco, es salvaje y sobre todo es indecente cuando escribe opinión. Le es igual, arrasa con todo. No me interesa nada como opinador, pero me interesa como escritor. Me pasaba también con Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte es un monumento literario y en cambio sus opiniones eran las de un misógino, carca, antiguo, retrógrado e insoportable. Pérez Reverte se le parece: es un misógino insoportable, pero un buen escritor.

Tenía a César Vidal en esta lista, pero ya me has dado tu opinión sobre él.

Es un tipo que a veces me interesa mucho y a veces me cabrea mucho. Diría que, sobre todo, mi problema con César Vidal es por mi condición de catalana y por mi condición de antifranquista. En otros temas… es un tipo al que escucho. En cualquier caso, me interesa.

Fotografía: Sergi Fuster