Edurne: «Hay que estar preparada para, además de esforzarse, recibir todas las críticas y opiniones de la gente»

Edurne para JD

Edurne García Almagro (Madrid, 1985), más conocida como Edurne, es modelo, cantante y actriz, además de compositora y presentadora. Tras acabar su primer año en la universidad, donde estudiaba Veterinaria, sus amigos la animaron a que se presentara a un casting de Operación Triunfo, lo que acabaría cambiando su vida.

Aprovechando su paso por Sevilla para promocionar su nuevo álbum, hemos quedado con ella en Torre Sevilla, el edificio más alto de la ciudad, para conversar ante unas espectaculares vistas del Guadalquivir. Hablamos sobre sus inicios y de cómo un casting al que no estaba apuntada le acercó al mundo de la música y de la televisión, de su paso por Operación Triunfo y su participación en Eurovisión, que le proporcionó críticas y elogios. Y, también, de cómo de su pequeña Yanay le ha descubierto una parte más personal donde el amor de madre lo puede todo o casi todo.

Tu afición por la música viene desde muy pequeña, ya que con siete años formabas parte del grupo musical Trastos. ¿El nombre ya prometía? 

Sí, con nueve años. Fíjate que esto es un tema del que siempre hablamos en mi casa. Mi hermano sí que era muy trasto, pero yo creo que no. Creo que he sido muy buena con alguna cosilla como cualquier niño. Trastos fue mi primera experiencia musical y donde me di cuenta de que lo mío era la música.

¿Cómo surgió?

Yo estaba en una agencia de publicidad. Es la típica historia que se cuenta pero que en mi caso fue verdad. Mi madre tiene una amiga que llevaba a su hija a hacer castings para anuncios, series… y un día mi madre la acompañó conmigo. Yo no estaba ni apuntada para esa prueba y de repente me vieron y me dijeron: «¿Por qué no haces la prueba para un anuncio?». Y me cogieron a mí en lugar de a mi amiga.

¿Y sigue siendo tu amiga?

[Risas] No, la verdad es que perdimos la relación. No se perdió en aquel momento, pero ya sí que se ha perdido. Pero bueno, a raíz de ahí esta agencia quiso montar un grupo musical infantil de tres niños y tres niñas. Fue mi primer casting musical.

Llegasteis a grabar tres discos, apareciendo incluso en programas como Música sí y en la cabalgata de los Reyes Magos. ¿Este primer contacto con el mundo audiovisual despertó tu interés por la televisión?

Fue mi primera experiencia, pero para nada pensaba dedicarme al mundo de la tele. Es verdad que era un mundo muy diferente y la música sigue siendo mi prioridad. Lo que pasa es que me considero una mujer de retos y de ir probando diferentes cosas, para descubrir por mí misma qué puedo hacer y qué no.

Empezaste la carrera de Química y no te gustó. El amor a los animales te llevó a Veterinaria.

Pues sí, empecé Química porque yo fui de las chicas que terminaron los estudios y dije: «¿Ahora qué hago?» No lo tenía muy claro la verdad. Me metí a Química porque se me da bien y me gustaba mucho, pero más la parte práctica que la teórica. Al final decidí cambiar de estudios y, como mi pasión eran los animales, me fui a Veterinaria. Fui feliz el primer año hasta que entré en Operación Triunfo.

¿Crees que vamos mejorando en el reconocimiento de los derechos de los animales?

Yo creo que sí, se van consiguiendo cosas, aunque genere mucho debate. Las cosas más graves que hay, como tradiciones antiguas, sí se van cambiando. Creo que es la evolución y lo que tiene que hacer la sociedad. Todavía hay mucho por cambiar y no solamente con los animales, ya que en la vida hay que ir evolucionando. Hay que hacer las cosas con lógica y con ética moral. No es tan difícil.

Una persona tímida como eras tú se presenta a un programa como Operación Triunfo. ¿Cómo te lo planteaste?

Fue al terminar el primer año de Veterinaria. Estaba con mis amigos leyendo el periódico y vimos que se hacía un casting y me animaron a que me presentara. Yo pensaba que con toda la gente que iba a haber no me iban a elegir. Al final decidí ir. Me fui muy pronto para hacerlo la primera y ya quitármelo de encima. Cuando llegué, ¡había ya como tres mil personas! Yo vivía a las afueras de Madrid y pensé ya que he venido, me quedo y pruebo a ver. Al final fue todo muy bien y así surgió.

Ya se habían celebrado varias ediciones y por el camino se habían quedado algunos «juguetes rotos». ¿Valoraste el riesgo o te arrastró la pasión?

Fue más la pasión. Al final nunca sabes lo que te va a ofrecer la vida, por eso, a pesar de estar en un grupo infantil, seguí mis estudios. Porque nadie me aseguraba nada. Ahora mismo habría acabado Veterinaria, estaría haciendo otras cosas, pero mi pasión era la música y yo quería intentarlo. Pasar por Operación Triunfo no te lo da todo, al contrario, muchas veces no sabes si va a ir bien o no va a ir tan bien. En mi caso me ha ido muy bien, estoy muy contenta y agradecida, pero sé que no siempre es así. Quizás por eso lo valoro más.

Háblame del tema «lloro» en Operación Triunfo con David Bustamante como máximo exponente. ¿Por qué ese contagio de emociones en el programa?

[Risas] ¡Es que es una experiencia y una vivencia que solamente los que hemos pasado por esa academia sabemos lo que es! Tienes que pensar que nosotros estamos tres meses metidos en un sitio sin saber nada del exterior, entonces todo se magnifica muchísimo más… los sentimientos, echar de menos a tu familia. Todo se magnifica mucho, pero además es verdad que soy muy emocional.

Al ver imágenes a posteriori te habrás preguntado por qué lloraste tanto.

Recuerdo una de las anécdotas más curiosas que me pasó: antes de que nos dijeran los seleccionados, nos grababan justo cuando entrabas en un pasillo tú solo y tenías que leer si estabas dentro o no. Pues estábamos en una sala y cada vez que se iba alguien, se iba llorando. Yo pensaba, ¿pero por qué se van llorando si lo peor lo hemos pasado?, ya que fueron tres días muy duros de castings. Pues en el momento que estaba yo preparada para entrar en ese pasillo, ¡fui un mar de lágrimas! y no sabes por qué, pero de repente te viene como un sofocón increíble [risas]. Hay que llorar, creo que está bien llorar. De hecho, a veces, incluso hoy en día, busco momentos o películas que me hagan llorar porque creo que es una forma de desintoxicar emociones. 

¿Eres de lágrima fácil entonces?

Sí. Me emociono muchísimo con todo. En Got Talent se me ve que a nada me emociono. El otro día, por ejemplo, estaba haciendo una firma en Bilbao y una de las fans me regaló un dibujo con mi niña, y eso a mí me emociona mucho. Que la gente te haga ese tipo de regalos con ese cariño y ese amor… 

En Operación Triunfo, ¿qué es lo que no se ve en el programa y debería verse? ¿Y al contrario?

Es muy diferente cada edición. En la mía en general se veía todo. Al final es una academia, pero hay cámaras que están retrasmitiendo veinticuatro horas en un canal, aunque creo que no nos sacaban durmiendo. Yo creo que se veía todo y toda la preparación. Lo que no se ve quizás es lo que hacen los profesores, que son los que van y vienen. Algo que se ve y no debería… pues quizás que se centrasen solo en las clases y que la convivencia no se viera tanto, pero claro, también es una de las cosas que le gusta a la gente. Cómo vamos evolucionando y cómo en tres meses somos un grupo de alumnos que aprende. 

¿Cómo te sentó tu eliminación?

Siempre que te eliminan de un sitio no te gusta, porque quieres seguir. Suena a tópico, pero es verdad que todos éramos muy buenos amigos y al final me daba pena por mí, pero por ellos también. Sobre todo, más que pena o rabia era el momento de la incertidumbre, ese ver qué pasa, porque estás aislada tres meses y era como un salto al vacío el salir a la realidad, que es muy heavy.

¿Os preparan a vosotros mientras estáis en esa burbuja? ¿Cuando salís os dan algún tipo de consejo o de recursos?

Había una persona que cuando te eliminaban, hablaba contigo y te preparaba, pero, aunque te preparen para la realidad y te cuenten lo que pasado fuera, salir es un golpe. Es como si pararan el tiempo tres meses, sales y te has perdido tres meses de vida. Es muy fuerte.

Tú no eres consciente de que eres personaje público hasta que sales a la calle, ¿no?

Efectivamente. Yo me acuerdo de salir y toda la gente esperando en la puerta, gente en el aeropuerto que me traían una bota de cowboy porque la canción de «These Boots Are Made For Walking» fue al parecer una revolución y yo no sabía nada. ¡No entendía nada! Es complicado dar ese paso sin que vaya progresivamente. 

Solamente tu entorno más cercano sabía que ibas a Operación Triunfo, ¿no? 

Sí. El momento de encender el móvil después de tres meses es una bomba. Todos muy sorprendidos y sobre todo mensajes de cariño, que eso siempre se agradece.

Edurne para JD

Sales de OT y firmas con Sony con diecinueve años, publicando tu primer álbum, Edurne. ¿Cuál fue tu reacción al conseguir lo que habías soñado? ¿Se te subió a la cabeza o te dio vértigo por si esperaban mucho de ti?

No, el momento en el que me dieron el primer disco en la mano fue una sensación que no te puedo ni describir. Fue una felicidad máxima. No me lo podía creer, porque siempre había soñado con tener mi disco, mi música y mis canciones. Sales de la academia y nunca sabes si te va a ir bien o no. De repente, Sony te ficha, sacas el primer disco y, como dices, se te puede ir la cabeza con tanto cambio, pero para mí uno de los pilares fundamentales de mi vida es mi familia. Siempre lo ha sido y lo seguirá siendo de por vida. Ellos han tenido un papel muy importante para ayudarme con ese proceso y ese cambio. Es normal que te agobies porque vas a una tienda y todo el mundo te está mirando. Es un cambio que no pensé demasiado, me vino de golpe. 

El disco funciona muy bien, alcanzando el número 3 de ventas en la primera semana. 

Fue increíble, fue un estreno en la carrera musical buenísimo. Tengo muy buenos recuerdos.

Grabas el tema principal de Yo soy Bea. ¿Te acercó a un público que no era el tuyo?

Fue una experiencia en un trabajo que yo no me había planteado. Yo lo que quería era mi música, subirme encima de un escenario y dar mis conciertos. Esta fue de las primeras experiencias de hacer algo que, aunque tiene relación con la música, es distinto a lo que siempre había sido lo mío, ponerle banda sonora a una serie. El tipo de gente que está viendo esa serie es muy variada, gente mayor y joven. En los primeros años cantaba este tema. A día de hoy a la gente le encanta esta canción y a veces tengo que improvisar. Tengo preparados a mis músicos, porque si la piden la tocamos, y la piden en cada concierto.

¿Qué filtros utilizas cuando te llegan proyectos como este?

Es lo que te decía, me considero una mujer de retos. Es verdad que todas las cosas que estén dentro de la música bienvenidas sean, y todo aquello que me pueda aportar y curtir como artista y darme una experiencia nueva es bien recibido también.

En 2007 sacas Ilusión, tu segundo disco, a la vez que estás coqueteando con la Ttele en Castilla la Mancha y Baila con Edurne en Nickelodeon. ¿Tuviste miedo de perder el objetivo de tu carrera musical o a que no te tomaran en serio como cantante?

No, en ese momento no, porque seguía con mi carrera musical y estaba sacando mi segundo disco y lo podía compaginar. No veía que dejara mi música de lado para centrarme en otra cosa. Es lo que te decía, tener un abanico de cosas que pueda hacer una artista que toca diferentes palos creo que es mucho mejor, pero en España no está bien visto esto. Si tú cantas, solo cantas o si bailas, solo bailas. Luego te vas a otros países y ves a artistas que bailan, cantan y actúan. Cuantas más cosas hagas es mejor. Creo que aquí ha ido cambiando un poco, pero todavía está mal visto que hagas diferentes cosas porque parece que no haces bien nada. Te dicen que te centres en una cosa. 

Como dice el refrán «aprendiz de mucho, maestro de nada».

Sí, pero yo no estoy de acuerdo con eso, porque creo que cuanto más puedas aprender mejor, y quizás destaques en alguna materia, pero puedes compaginarlas con otras, como en los musicales, donde la gente canta y baila.

¿Qué tienes tú de Sandy [Grease]?

Antes sí tenía más, era más inocente cuando era más joven. La evolución que hace Sandy en Grease es similar a la mía, yo era antes era más inocente y al final con la vida vas aprendiendo. 

¿Cómo fue la experiencia de protagonizar un musical tan conocido como Grease?

La experiencia fue muy buena y dura, porque no solamente tienes que cantar, sino cantar e interpretar. Para mí fue un reto bastante grande.

¿Es más exigente que un concierto?

Si, es diferente, pero es más exigente porque tienes que estar todos los días haciendo lo mismo y a veces con doblete. Había sábados y domingos que tenía una función a las cuatro y luego a las nueve. Pasas todo el día en el teatro y hay días que estás tocada de la voz y tienes que seguir para adelante y son dos horas y media, muy intensas, que dura la función. Un concierto también lo es, pero te da más libertad para improvisar, por ejemplo, si quieres cambiar un tema y cantar otro. En cambio, un musical es lo mismo siempre. Es verdad que la gente al principio decía «¡Uy! Edurne en un musical, ella que no ha hecho musicales en su vida», pero bueno, al final salió bien porque me considero muy profesional y perfeccionista. Cuando me meto de lleno en un proyecto que no es lo mío, me gusta prepararme y trabajar, no ir a ver qué tal. Trabajé muy duro y me preparé muchísimo. Hay ciertos comentarios que, estoy segura, ha hecho gente que no ha ido al musical. Etiquetas a un artista que no has visto en directo y das una opinión. Yo creo que eso lo hace mucha gente en general en España, donde todos sabemos de todo. No pasa nada si no te gusta, pero cuando la gente opina sin ir a verte…

¿Qué crees que tienen los musicales como formato para que funcionen tan bien?

Creo que lo que mucha gente quiere es pasar un rato en familia, llevar a los niños a hacer actividades o ir a ver cosas como un musical, que es una manera de mezclar el teatro con la música. Ver actores de teatro y musicales es una experiencia maravillosa. Hay musicales muy bonitos.

Con esta inercia del musical lanzas Première en 2008 donde vas versionando canciones de otros musicales.

Compaginar un disco con el musical es muy complicado, porque un musical te exige muchísimo. Yo creo que libraba los martes y actuaba de miércoles a domingo. Estaba muy metida en el mundo musical. Para mí fue un descubrimiento e introducirme en todo lo que hay detrás del musical me enamoró. Decidimos poder enlazar esas dos cosas, tanto los musicales como mi carrera discográfica y sacar Première.

Haces un parón y te vas a varias ciudades de Reino Unido a seguir formándote a la vez que mejoras tu inglés. Aquí sale el embrión de tu siguiente disco, Nueva piel, donde tu implicación comienza a ser mayor, empezando por el diseño de la portada. Cuéntame eso del body painting. ¿Quince horas de pintura?

[Risas] Si, fueron muchas. Me gusta hacer que los discos, aunque tengan la esencia y mi estilo, incluyan cosas diferentes que aporten. El body painting me inspiró y pensé que podía quedar bien y potente en una portada. Estoy contenta con el resultado.

Ahí cambiaste el estilo. He visto que incluso dijeron que abrazabas el dance pop.

Yo siempre he sido muy pop. Es cierto que lo he ido compaginando con música más electrónica o más rockera, como el primer disco. He ido evolucionando. A mí lo que más me gusta es haber ido evolucionando musicalmente y no haberme quedado estancada solamente en un estilo. 

En un país de extremos, donde se pasa del amor al odio en un periquete, ¿te costó tomar la decisión de ir a Eurovisión?

Yo lo tenía claro, pero también tenía clarísimo que no podía ir con cualquier canción.

Tú sabías que tu candidatura iba a levantar muchas críticas. Y el resultado también las levantó.

En Eurovisión, hagas lo que hagas, lo van a criticar. Si te levantas un día con el pie derecho en vez del izquierdo también te van a criticar. Sabía que me metía en un mundo en el que estás representando a toda la gente de España. Es muy arriesgado y quizás la experiencia de Eurovisión ha sido curtirme más con las críticas.

¿Repetirías?

Repetiría, pero de otra manera, sabiendo lo que conlleva Eurovisión. No me importaría, pero hay mucha gente y muchos artistas, fíjate en la variedad de intérpretes que han acudido este año el Benidorm Fest. Es una maravilla y cuanta más variedad mejor. Creo que hay muchos artistas que merecen tener esa experiencia, pero claro que repetiría. 

¿Tú crees que los españoles somos justos con la gente que va a Eurovisión?

No quiero generalizar, porque no somos todos, pero hay muchos españoles que lapidan, muchísimos, también hay muchos otros que no. Creo que tendríamos que cuidar y apoyar un poco más a nuestros representantes. Todo el mundo es libre de decir que le gusta o que no. Si no te gusta no pasa nada, pero no hace falta lapidar. Para los que estamos ahí es una ilusión y lo hacemos con todo nuestro amor y todo nuestro cariño, intentando defenderlo de la mejor posible. Estoy contenta. Creo que he tenido más mensajes de cariño que críticas, y mira que han sido muchas críticas, pero que después de Eurovisión alguien me diga que «estoy orgulloso de cómo nos has representado»… Para mí eso ya es ganar. 

¿Cómo se prepara un evento como este?

Con mucha paciencia, con la cabeza muy fría y trabajando mucho. Mentalmente hay que estar preparada para, además del esfuerzo, recibir todas las críticas y opiniones de la gente, de fuera y de dentro que vas a recibir. Y sobre todo, estar segura de lo que vas a defender.

¿Fue cómo te lo imaginabas?

Fue más intenso y duro. Es muy bonito, porque para mí Eurovisión es uno de los mayores festivales que existen a nivel mundial. Creo que es increíble estar allí con artistas de otras culturas y países. Es maravilloso compartir la música. Te das cuenta el lenguaje universal que tiene.

¿Crees que sigue teniendo hoy sentido que siga existiendo Eurovisión con su deriva friki? 

Yo creo que nunca ha sido friki, pero aquí se ha visto como friki. Aquí no se ha cuidado tanto como en otros países y ese es el problema, aunque ahora se está cuidando un poco más. Me da pena que aquí se tenga ese concepto friki de Eurovisión.

Háblame del momento braga que tanto alborotó formó, ¿dos bragas mejor que una?

¡Con dos bragas te curas en salud! [Risas]. Con esos movimientos que se hacen en el escenario pensé que: si se rompe una que haya otra por si acaso, porque no es plan de dar el espectáculo y que me recuerden por eso [risas]. Al final vas ensayando y vas probando todas las cosas. Igual que el momento en el me quitaba la capa en los ensayos y me caía para atrás… ¡pensaba que si eso pasaba en directo me iba a dar algo! Hay que ser precavida.

Edurne para JD

Fuiste testigo en primera persona del «mercadeo» de puntos entre países, algo que te llevó a quitarte los zapatos…

¡Total! Llevaba desde muy temprano con los zapatos puestos y ya me estaban sufriendo los pies. En un momento me asomé para ver las puntuaciones y cuando vi cómo se movía las cosas me descalcé y dije: «Se acabó», aunque yo estaba muy feliz con el cariño de la gente.

«Amanecer» fue elegido para la Vuelta Ciclista y lo incluiste en tu siguiente disco, Adrenalina. Por cierto, ¿sigues sintiendo las cosquillas antes de subirte al escenario?

Sí, por supuesto. Yo pienso que eso es algo que no hay que perder. Si no se siente eso es que no te importa lo que haces. Me daría mucha pena perderlo y ojalá no lo pierda nunca. Te hace estar viva y pendiente de lo que vas a hacer.

El disco Adrenalina lo desarrollaste en parte a la par que te preparabas para Eurovisión.

Creo que lo preparé a la par, porque fue terminar Eurovisión y sacar el álbum. Mi vida se puede resumir en adrenalina pura porque es que siempre estoy así, me organizo muy bien, pero es pura adrenalina.

En el disco hay temas en español e inglés. ¿Necesitabas otro idioma para expresarte o es un guiño a otros mercados?

No, es verdad que hay discos anteriores, no solo en Adrenalina, en el que ya cantaba algún tema en inglés. Siempre me ha gustado cantar tanto en español como en inglés para que gente de fuera pudiera escuchar mi música. También es verdad que hay canciones que suenan mejor en inglés. En este último disco es todo español porque me he metido cien por cien en la composición de los temas, ya que anteriormente no había tenido tanta libertad en ese aspecto. Había temas que venían de fuera e intentaba adaptarlos al español y no me gustaban. También se llevó esa moda de cantar tanto en español como en inglés, pero ahora ya me centro en español, que es mi idioma y si los ingleses quieren, ahora que están tan metidos en el tema latino, pues que escuchen música en español.

Incluye «Soñar», que es una canción de la banda sonora de Cenicienta.

Sí, es que yo soy muy Disney [risas]. Me encantan todas las películas de Disney y más estas de ahora en las que todo ha evolucionado. Las películas Disney tienen un mensaje muy bonito y me hizo mucha ilusión ponerle la banda sonora a Cenicienta. Un tema, además, precioso.

Tardas casi cinco años en sacar el siguiente disco, Catarsis, donde digamos que te encuentras en el momento más maduro profesionalmente porque ya participas en todos los aspectos de la creación de un disco… Y nos pilla la pandemia. 

Sí, nos pilla esa catarsis que yo creo que no hay mejor título para la situación. Cinco años y para mí este momento de mi vida te podría decir que es un antes y un después. Estos cinco años me hubiera gustado que hubieran sido menos, pero me sirvió para reflexionar, para hacer una catarsis en muchas cosas de mi vida y de mucha gente de alrededor, centrándome en lo que yo quería, qué camino quería coger, oxigenarme y ahora mismo estoy plena. Tengo cien por cien libertad en cualquier aspecto en mi vida profesional, y eso antes no lo tenía. Estoy feliz y orgullosa de mi carrera pasada, pero creo que ahora tengo otra energía diferente: la manera de defender un disco, la música, la composición, la producción, el diseño del disco, todo. Tener esa libertad plena para poder mostrar realmente tu trabajo es indescriptible. Estoy muy feliz. Sigo siendo la Edurne de siempre, pero es un antes y un después. 

Ya vas sin Sony y alcanzaste el número 1 en ventas.

Alcance el número 1 en ventas en plena pandemia. Después de cinco años pensé «me pilla la pandemia, no puede ser». Decidimos sacarlo en junio, aunque estaba previsto para abril, pero de una manera diferente a la que a mí me hubiera gustado. Ha ido muy bien. Fue número 1 en ventas y la gente lo recibió con mucho cariño a pesar de estar cinco años esperando. Un trabajo que para mí es el más especial o de los más especiales que he hecho en mi carrera, y adaptándonos a la situación. Todavía sin gira y deseando cantar en directo los temas. Pero feliz de que la gente también pudiera tener música nueva.

Le haces un tema a tu pareja, «Tal vez». ¿Cómo se lo tomó? ¿Él no sospechaba nada?

Fue una sorpresa. David es muy importante para mí, al igual que mi familia en general. Mi música siempre intento enseñarla y recibir diferentes opiniones. Me gusta ver cómo se ve desde fuera, porque muchas veces tú lo ves desde una perspectiva y desde fueran te dicen algo de lo que no te has dado cuenta. A David me gusta enseñarle todas las canciones porque él tiene mucho gusto a la hora de escuchar música y no sospechaba nada. Le dije «mira a ver este tema que he compuesto si te gusta, a ver qué te parece». Empezó a escucharlo y ya se dio cuenta de que era para él. No se lo esperaba para nada y le hizo mucha ilusión. Después de tanto tiempo, es un regalo que quería hacerle.

Te quedaste con la espinita de hacer una buena presentación del disco y ahora publicas una reedición de Catarsis, edición deluxe.

Sí, pensando como todos, que la pandemia iba a terminar en 2022, ¡pero aquí seguimos! Yo era de las que pensaban que iban a ser quince días. 

Incluyes seis temas inéditos con dos canciones dedicadas a tu hija Yanay, abres el disco con un dueto con Antonio José, tienes colaboraciones con Carlos Baute, Efecto Pasillo, Belén Aguilera, Andrés Suarez. Has puesto toda la carne en el asador.

Lo mejor que podía hacer, lo he hecho. Estoy muy feliz y orgullosa de tener estos temas en el disco y aparte estos amigos, compañeros que son maravillosos. Estoy feliz de que me acompañen en esta nueva etapa y aventura. Cada uno con su esencia, artistas muy diferentes entre sí. Creo que de las cosas tan diferentes surgen las cosas más mágicas. La gente a lo mejor no se arriesga mucho, pero es que hay que probar las cosas, hay que intentarlo, a veces sale mal, pero a veces sale bien.

¿Cómo fue componer a tu hija? ¿Te dio vergüenza expresar ese amor tan íntimo?

No, es maravilloso. Lo que me pasó fue que me quedé corta. ¿Cómo puedes explicar el amor a un hijo? A mi antes me lo decían y yo pensaba pues sí, un amor muy intenso, pero es que no hay palabras que lo definan. Tenemos que inventar una palabra que defina ese amor tan intenso. Para mí, mi hija ha sido una fuente de inspiración tremenda y me ha hecho descubrir otro amor.

Descubrir otro amor y la falta de sueño…

No he visto tantos amaneceres desde que fui a Eurovisión [Risas].

Hablemos del embarazo y la conciliación. ¿Estás pudiendo conciliar el trabajo con la crianza de la peque?

Estoy pudiendo. Sé que no todos los casos son así.

¿Te consideras afortunada?

Me considero más que afortunada de poder compaginarlo, de tener a mis padres que están con la peque y de poder contar con ayuda en casa también. El día de mañana espero que se venga conmigo cuando sea un poco más mayor, pero tengo la suerte de no haber tenido que dejar de lado mi profesión para dedicar tiempo a mi peque. Sé otras mujeres no han tenido esa posibilidad, así que me siento muy afortunada y lo valoro muchísimo.

Edurne para JD

¿Los futbolistas suelen coger la baja por paternidad?

No, deberían, yo ya lo he dicho. 

Son un referente para muchos jóvenes, pero no se cogen cuatro o cinco meses.

No hace falta cuatro o cinco meses, pero por lo menos un mes sí que deberían. Es verdad que tuve suerte de que David pudiera estar conmigo unos días, no muchos, y me hubiera gustado que fueran más. 

Se tiende a dulcificar el embarazo y esconder los momentos más duros. ¿Tú los tuviste?

Por supuesto, pero creo que es lo normal. Tener un hijo es lo más maravilloso que te puede pasar, pero es duro porque tu vida cambia por mucho que te preparen o te cuenten. Eso no quiere decir que seas mala madre por decir que es duro, es la realidad. Yo he tenido un buen embarazo, también te digo. No he tenido dolores, he tenido un embarazo sin náuseas ni nada, he trabajado hasta el último momento. La vida te cambia y es duro. Es duro adaptarse a esa nueva vida, aunque es maravilloso y yo no lo cambio por nada. Es la mejor experiencia de mi vida.

¿El amor de una madre lo puede todo?

Todo.

Entonces, ¿estás preparada para que tu hija descubra la habitación de los funkos?

[Risas] La verdad es que no, no estoy preparada para nada. En ese momento no sé qué va a pasar. Lo acabará descubriendo, porque tengo una hija que es muy lista. 

Tampoco creo que sea fácil esconder más de cuatrocientos sesenta funkos, según le confesaste a Buenafuente.

Sí, alguno tengo más porque desde que fui a Late Motiv han caído unos cuantos, y más en Navidad y cumpleaños. Doy por hecho que lo descubrirá. Ahora que lo estoy pensando creo que puede ser bonita introducirla en el mundo funko. De esa colección el día de mañana ella tiene que ser la heredera y me la tiene que cuidar [risas].

Eres la más veterana de Got Talent.

Bueno, junto con Santi, pero del jurado sí.

¿Cómo es ser jueza de un programa como este?

La experiencia de ser jueza, de juzgar talento, es una maravilla. El poder descubrir tanto talento que tenemos en España, de diferentes tipos, hacerme una experta en el tema magia que yo era de las más inocentes que me creía todo y ahora no me la cuelan [risas].

¿Tú eres consciente de la ilusión que tiene la gente?

¡Total! Tengo mucha empatía con la gente que pasa por Got Talent. A la hora de valorar sufro mucho al decir que no. Yo he pasado por eso, por estar frente a un jurado, que te estén juzgando, hacer un casting. Yo sé lo que es la ilusión con la que vas a un casting. A veces es duro y me cuesta, pero sé que un no en un momento indicado puede ayudar a mucha gente, aunque esa gente no lo vea y más los niños. Esta edición me ha cambiado todo al ser madre. Antes a un niño le decía que no con mucha pena, pero ahora pienso en la ilusión del niño y de los padres. Te cambia mucho pero siempre intento ser justa con mis sensaciones y con lo que yo siento y si tengo que decir que no en algún momento pues hacerlo con una crítica constructiva y con todo el cariño del mundo.

¿Una artista nace o se hace?

Es una combinación de ambas. Se puede nacer muy artista, pero tienes que hacerte. Cuando me piden consejos yo les digo que se preparen, que estudien y trabajen. Yo de pequeña daba clases de guitarra, de solfeo, de canto, me iba a los Jerónimos en Madrid todos los findes, iba a coro, baile, sevillanas, ballet, de todo. Yo me preparé muchísimo, no porque en ese momento fuera consciente de todo lo que había que trabajar, pero me gustaba y quería empaparme y tener formación. Que trabajen y que no pierdan la ilusión son mis consejos. 

Dicen que si mencionas el nombre de Risto tres veces en voz alta se te aparece con la ceja torcida. ¿Cómo es trabajar con Risto?

[Risas] Es maravilloso. Yo entiendo que mucha gente no esté de acuerdo con las valoraciones que hace o con las maneras que tiene, porque yo también me enfado a veces con sus valoraciones por no entenderle, pero Risto como persona, como amigo, como compañero en la televisión, es de las personas más generosas y buenas que he conocido en este mundo. 

¿Y cómo es la persona sin el personaje?

Es tal cual, de verdad. Es una persona con un corazón enorme. La gente que tenemos la suerte de conocerle bien y conocerle sin esas gafas que se pone sabemos que es maravilloso de verdad. Es una persona espectacular, y yo le admiro mucho y me siento afortunada de tener a una persona como él cerca. Son muchos años con él, pero sigo aprendiendo de su manera de valorar y de hablar y ¡cómo escribe! Hay valoraciones que le estoy mirando y pienso ¡joder, qué bonito lo que acaba de decir! Es maravilloso, es una persona que a mí me aporta mucho y que pienso que es fundamental en el programa, y en la vida, porque aparte de compañero es amigo.

Tienes mucho éxito en las redes sociales, sobre todo en TikTok, donde tienes más de dos millones de seguidores, pero las redes también te han dado algún dolor de cabeza sobre todo con temas relacionados con tu pareja. ¿Cómo lo trabajas?

Para mí TikTok ha sido un descubrimiento. A muchos nos salvó en la pandemia de estar en casa sin saber qué hacer. Ahí descubres también toda la creatividad de la gente. A mí se me pasan las horas mirando los tik tok de la gente. Pero sí, con las redes sociales creo que ha llegado un punto que hay que hacer algo. Está muy bien que la gente tenga libertad de expresión, pero hay cosas que no se pueden decir ni permitir, por salud mental. Yo soy una persona mentalmente fuerte ahora mismo, pero otras no lo son. No saben el daño que pueden hacer.

Estamos conociendo que la combinación de redes más confinamiento ha provocado una oleada de personas, generalmente adolescentes, con problemas de salud mental. ¿Eres consciente de la influencia que tienes, sobre todo en los jóvenes?

Totalmente. Yo he intentado cuidar las redes sociales y llevarlas por mi trabajo, sobre todo, pero también me gusta que la gente vea el día a día y piensas que te ve mucha gente joven, pero yo sé cómo soy y al final no creo polémicas. Creo que siempre he sido muy consciente. Con respecto a las críticas, las barbaridades machistas que a mí me han llegado a decir por mi pareja…. eso se lo dicen a otra persona con dificultades o problemas y pasa lo que pasa. Las redes sociales están bien porque tienes libertad de expresión, pero creo que se ha llegado a un punto en que la gente no tiene límite. Se le da libertad a gente que no sabe usar esas redes.

¿Tú eres capaz de recibir las críticas con perspectiva?

Sí, yo no le doy valor. Después de todo y de tantos años, la edad y el haber ido madurando poco a poco te da esa libertad de decir esto no tiene importancia y es un porcentaje muy pequeño de la sociedad. Parece que tienes cien comentarios buenos y el malo es el que te afecta. A mí, mientras mis amigos no me digan un mal comentario no le doy importancia a lo que se publique.

¿Hay machismo en las redes?

Hombre, sí.

¿Y en la industria audiovisual?

Sí, a las artistas femeninas no se les trata muchas veces como a los hombres. Y tú miras en la industria musical y también, siempre son hombres los que llevan el cotarro y hay muy pocas mujeres. No es en contra de los hombres, pero sí se podría compensar. No solamente en la música, sino en la vida en general. ¡Encima si eres novia de un deportista ni te cuento! Que yo sea Trending Topic porque el equipo de mi pareja está perdiendo… y diciéndome barbaridades. Cuando ganan yo no aparezco en ningún lado. 

¿No te sientes sometida a la dictadura del like

No, de hecho, ahora lo he dejado con la niña porque no me da tiempo y solo lo uso por mi trabajo, pero tengo que ir poniendo cosas y a veces me da pereza, aunque me gusta porque me permite mantener el contacto con la gente.

¿Cómo se plantea la gira con el panorama actual?

Pues deseando subirme a los escenarios con mis músicos y cantar este disco tan especial.

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¿Qué actuación española en Eurovisión mereció quedar en una posición mejor?

Da la impresión de que en España vemos mal la televisión cuando emiten el Festival de Eurovisión. Si en los últimos años hubiéramos puesto la pantalla al revés, España casi siempre estaría entre las cinco primeras en la tabla de la clasificación.

España es un país que no triunfa en Eurovisión. Sí suele hacerlo en ciertos deportes, pero se ve que enviar canciones para que compitan a nivel europeo no es lo nuestro. Como pertenece al «Big Five» (los cinco países europeos que más aportan económicamente al festival), no compite en las semifinales. Viendo los resultados que suele obtener en la final, quién sabe si más de un año se quedaba sin disputarla. Ahora bien, ¿tan mal lo hacen los representantes de España para que su última victoria se remonte a 1969? Baladas románticas, canciones excéntricas, moviditas… no funciona nada.

Preguntamos qué actuación española en Eurovisión mereció quedar en una posición mejor. No hablamos de ganar, eso es otro nivel, sino de mejorar el resultado. Si crees que las diez opciones que proponemos quedaron el puesto que merecían y que es otra la que hizo méritos por tener un resultado mejor, puedes añadirla en los de comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


«Yo soy aquel», de Raphael (1966) – 7ª posición y 9 puntos

Raphael quedó séptimo, una posición que hoy supondría todo un éxito. Entonces, en el festival participaban dieciocho países (ahora son veintiséis), así que no fue un gran triunfo. También es cierto que en ese año aún no había comenzado la meteórica trayectoria musical de España en Eurovisión (ganó en 1968 y 1969) que duró dos años. En aquella ocasión, Raphael puso toda la voz que tenía sobre el escenario, pero no fue suficiente. Más de cincuenta años después, su canción sigue sonando y él sigue cantando. Ese éxito no se lo puede quitar nadie.


«Canta y sé feliz», de Peret (1974) – 9ª posición y 10 puntos

1974 fue el año en que ABBA ganó con su «Waterloo», así que el resto de países lo tenía bastante difícil. Peret fue al Festival de Eurovisión a por todas, con el embrujo de su guitarra, un coro espléndido y una canción feel good que no cuajó. Fue una gran idea ponerle el micrófono enganchado en la corbata para facilitar que el cantante tocara la guitarra y se moviera.


«Quién maneja mi barca», de Remedios Amaya (1983) – 19ª posición y 0 puntos

La última ocasión en la que España no obtuvo ningún punto fue con Remedios Amaya. «¡Eso te pasa por andar descalza!», dirían las madres. La cantante actuó sin calzado, pero se movió con desparpajo sobre el escenario y tuvo los pies en el suelo en todo momento. Qué pena que no valoraran más la buena actuación de España en 1983 y esta se fuera a la deriva como la barca.


«La fiesta terminó», de Paloma San Basilio (1985) – 14ª posición y 36 puntos

Hacía nueve años que España no conseguía tan pocos puntos (excluyendo la edición en la que participó Remedios Amaya). No se puede negar que Paloma San Basilio le puso garra y voz. Sin embargo, España actuó en quinto lugar, y decir constantemente «la fiesta terminó» con catorce actuaciones aún pendientes no debió de sentarles bien a los miembros del jurado.


«Bandido», de Azúcar Moreno (1990) – 5ª posición y 96 puntos

«Bandido» es historia de la música. No solo por la canción en sí misma, sino también por la accidentada actuación. Azúcar Moreno inauguraba Eurovisión aquel año y hubo unos minutos en que la música venía y no venía, y ellas entraron, salieron del escenario y volvieron a entrar. Los momentos de confusión terminaron con su actuación, que les valió el quinto puesto, pero ¿merecieron algo más?


«Europe’s Living a Celebration», de Rosa López (2002) – 7ª posición y 81 puntos

Y Rosa López es historia de España. La expectación aquel año fue total, y la interpretación de la cantante estuvo a un buen nivel. ¡Y vaya coro! Cantaron con el corazón, pero no fue suficiente para alcanzar un puesto más alto. España no consigue una posición tan buena en la clasificación desde el «Europe’s Living a Celebration», así que aún hay quien mira al año 2002 con nostalgia. ¿Y si enviamos a Rosa para que nos represente otra vez?


«Bloody Mary», de Las Ketchup (2006) – 21ª posición y 18 puntos

Quizás Las Ketchup deberían haber participado con «Aserejé» en lugar de con «Bloody Mary». Quién sabe si habrían arrasado, pero dicen que no está bien hacer comparaciones, así que no sigamos por ahí. De todos modos, no sé qué tiene esta canción que hechiza. Las Ketchup debieron de acabar agotadas de tanto sentarse y levantarse de las sillas y caminar hasta donde estaban los soportes de los micrófonos, aunque la ocasión bien lo merecía. No funcionó y volvieron a casa con un resultado amargo. ¿Merecieron más?


«Quédate conmigo», de Pastora Soler (2012) – 10ª posición y 97 puntos

Era el año de Loreen, vale, pero Pastora Soler sí que despertó la euforia entre los espectadores. La cantante inundó el escenario con su interpretación, ¡qué despliegue de voz! A partir de este año, algunos (muchos) empezaron a pensar que Europa nos tenía manía, y con razón, porque Pastora Soler merecía mucho más que un décimo puesto en la clasificación.


«Dancing in the Rain», de Ruth Lorenzo (2014) – 10ª posición y 74 puntos

¿Querían probar con una canción cuya letra estuviera mayormente en inglés? Lo hicieron, y tampoco funcionó. Otra voz que desbordó y que no obtuvo el resultado que merecía. Ruth Lorenzo lo acaparaba todo. Sola en el escenario, demostró a los espectadores que podía ser candidata a ganar Eurovisión. Aunque tuvo rivales difíciles, quizás merecía más puntos (Portugal no le dio ni uno, no lo olvidemos). Hay quien se conforma porque Ruth Lorenzo quedó en décimo lugar, pero ¿mereció una posición mejor?


«Say Yay!», de Barei (2016) – 22ª posición y 77 puntos

Creo haber visto un vídeo donde los miembros de un país que participaba en Eurovisión bailaban esta canción en el backstage. Cuando actúa España, muchos jijís y jajás, muchos bailes y aplausos, pero luego nadie les vota. La música era muy pegadiza y jugaron con un apagón y una caída de Barei. La cantante se recorrió todo el escenario, y hay momentos en que se nota que le falta el aire. Lo dio todo, pero no rompió la barrera de la posición 20ª de la que España no ha conseguido pasar desde 2015 hasta ahora.


Rosa López en el Festival de Eurovisión de 2002. Imagen Unión Europea de Radiodifusión.
Rosa López en el Festival de Eurovisión de 2002. Imagen: Unión Europea de Radiodifusión.


Pase lo que pase… panta rei y Singin’ in the rain

La gran belleza. Imagen: Indigo film.

La seriedad solo es estimable en los niños. En los hombres sabios es el reflejo de la renuncia. (Ennio Flaiano)

Una de las mejores cosas que se pueden decir de Italia es que en ocasiones parece que la vida allí no va en serio. También es una de las peores, pero no vamos a perder el tiempo ahora hablando de eso.

Las generalizaciones de sujeto múltiple («los españoles son…», «los franceses son…») llevan en sí mismas la promesa de un reduccionismo absurdo, de una generalización inane. Un ejemplo: los italianos poseen una ligereza desinhibida que los hace felices. Ya, ya, la realidad es más compleja, sí. También tozuda e irreductible a los límites de nuestros prejuicios y manías. Pero precisamente para esos reduccionismos tenemos nuestras sensaciones, y la sensación que yo tengo cuando voy (cosa muy frecuente) a Italia es que la gente, incluso la más aparentemente seria, conserva toda la vida un lado infantil y alegre. Es muy significativo allí, por ejemplo, que la tercera edad se manifieste a veces en profusión de bronceados imposibles, peinados a la moda y cuellos del polo subidos. La única regla de las acciones italianas es que reporten siempre una cierta satisfacción, y por eso el país genera un tipo de persona por lo general desacomplejada en lo que a los pequeños placeres se refiere. Ello le permite, por ejemplo, disfrutar de la música, el cine o la literatura sin atender a su presunta respetabilidad artística, sin establecer barreras separadoras entre lo banal y lo elevado. Sin asignar etiquetas inútiles, el italiano se recrea por igual entre lo sublime y lo trivial, siempre que obedezca a sus propósitos. Y lo más importante: tampoco mira continuamente alrededor, clasificando sin descanso no ya a los objetos, sino también a los sujetos. Por eso en Italia no abundan las chanzas a cuenta de los frikis. Tampoco existe la palabra «cultureta».

Esta sensación mía, subjetiva y discutible, se resume en que la actitud de un italiano ante El amor victorioso de Caravaggio parece en ocasiones no ser muy diferente de la que reserva a «Com’è bello far l’amore» de Raffaella Carrà. Esto puede verse como la enésima concesión a la vulgaridad por parte del país que por herencia y patrimonio menos debería abandonarse a la superficialidad, pero yo prefiero entender como una forma de sabiduría ese darse cuenta de que Caravaggio y la Carrà reservan cada uno sus propias recompensas, sus maneras no divergentes de disfrutar de la vida. Y además la Carrà es la Carrà, perdone que le diga.

No poner barreras al disfrute es una manera de sabiduría. Renunciar a la indignación estéril, a las batallas perdidas de antemano, es otra. Una de las fuentes de amargura más comunes del hombre contemporáneo es la actitud de los millennials y demás gente que el ciudadano indignado percibe como perdida en su propio onanismo en las redes sociales. Hay un tipo de persona que sufre ante la plaga de selfis, fotos de magdalenas, perros y pies derechos tatuados que invade la red. Que rechaza por hipócritas las calculadas identidades paralelas que sus amigos crean en Facebook. Que está harto de que cualquier «mindundi» pretenda sentar cátedra en Twitter diciéndose cargado de razón inapelable por haber encontrado algo en Google. Que cree que ha muerto la inteligencia, que el ser humano se degrada. Que el mundo se va a la mierda, vaya.

Ese ciudadano protesta desde su púlpito con medios muy elaborados, perora en el vacío y cuando nadie le escucha se justifica en que la gente no sabe leer más de ciento cuarenta caracteres. Pero olvida que pretender luchar contra eso es bastante difícil. También lo más importante: que a veces el único que no se divierte es él. De eso hablamos. De eso y de que, volviendo a Italia, allí han dado este año con una manera de reírse un poco del «homo smartphone» sin faltar al respeto, parodiando el estado de las cosas con menos literatura y más alegría. Sumándose a la fiesta y sentando cátedra desde púlpitos más populares:

«Occidentali’s Karma», la canción de Francesco Gabbani que Italia manda este año a Eurovisión, es todo un fenómeno nacional desde que ganó el Festival de Sanremo el pasado mes de febrero. Puesta rápida en situación: sepa que en Italia hay tres cámaras, Congreso, Senado y Sanremo. El festival es el evento televisivo del año, paraliza el país una semana entera (son cinco noches seguidas en prime-time con picos de share delirantes) y a veces parece concebido para calibrar el estado de la nación. De hecho el día después de la final vi un debate en RAI1 en torno a la pregunta «¿Qué Italia sale de Sanremo?». A ojos españoles puede resultar cómica tanta relevancia sociológica dada a un grupo de guaperas más o menos cursis cantando «ti amos» varios, pero Sanremo tiene también algo de celebración alegre y desinhibida de afirmación nacional, llena de positivismo y buen rollo desde el eslogan : «Tutti cantano Sanremo». También su punto rancio, cómo no. Hay italianos ajenos al fenómeno que se dicen hartos de convivir desde hace sesenta y siete años con ese barómetro vivo de la nostalgia nacional compartida. Y sin embargo no dicen que el festival sea «casposo», porque ni que decir tiene que esa palabra tan fea no existe en italiano.

Fabio Ilacqua, el autor de la letra de «Occidentali’s Karma», se ha divertido riéndose de esa supuesta superficialidad contemporánea de la era del smartphone, y lo ha hecho copiándole el lenguaje, tirando él mismo de las citas más masticadas de Shakespeare, Karl Marx, Andy Warhol o Heráclito para construir una canción-renuncia que huye de la seriedad como de la peste, parodia el mundo actual e invita al mismo tiempo a subirse a una marea cambiante que no es tan nueva ni moderna, pues esto del mundo lleva toda la vida en permanente mutación y esta es solo una más de ellas. La puesta en escena del tema abraza la presunta involución humana actual con una sonrisa, y presenta toda una filosofía de vida y un camino del conocimiento en gloriosa síntesis visual: hacia el final de la canción un tipo disfrazado de simio sube al escenario y se marca un bailecito junto a Gabbani al grito de Pase lo que pase panta rei («todo fluye», ya sabe) and Singin’ in the rain. Así, sí.

Desmond Morris, el autor de El mono desnudo referenciado en la canción, ha dicho al respecto: «He estudiado durante años el lenguaje gestual del mundo, y el de Gabbani sobre el escenario es extraordinario por cómo combina y armoniza culturas y referencias diferentes. Luego he leído la letra y me ha fascinado su belleza, su cultura, si riqueza de citas. Nunca había oído algo así, a lo mejor solo en Bob Dylan o John Lennon».

A lo mejor Morris exagera su buen pelín, pero sí es cierto que la canción no solo es una carcajada amable a cuenta de las identidades sociales online calculadas y autoimpuestas, la plaga de selfis o el cacareado fin de la inteligencia. También se ríe brillantemente de otra debilidad contemporánea: la interpretación entrañablemente simplista, tamaño tuit, que Occidente hace a veces de siglos de sabiduría oriental, y materializada en emoticonos de manitas juntas haciendo «Om», en estatuas de Buda decorando terrazas de Ibiza, en camisetas con mandalas para bajar a la piscina o en clases de yoga de barrio, de regalo por inscribirse a pilates, convenientemente compartidas en Instagram.

Aquí tiene a Gabbani y al simio en acción en la final de Sanremo. Debajo del vídeo, la letra traducida:

Ser….o tener que ser. La duda de Hamlet
Tan contemporáneo como el hombre del Neolítico
Estás en tu jaula de 2×3, ponte cómodo
Intelectuales en los cafés
Internetología
Socios honorarios del grupo de selfísticos anónimos
La inteligencia está démodée
Respuestas fáciles
Dilemas inútiles

AAA
Se buscan historias con un gran final… se esperan
Pero pase lo que pase …. panta rei y Singin’ in the rain
Lecciones de Nirvana, Buda en fila india, una hora de aire para todos, y de gloria
¡Alé!
La multitud grita un mantra, la evolución se tropieza
el mono desnudo baila el karma de los occidentales

Llueven gotas de Chanel sobre cuerpos asépticos
Ponte a salvo del olor de tus semejantes
Todos son todólogos con su web
Cocaína de los pueblos
Opio de los pobres

AAA
Se busca….una humanidad virtual, sex appeal
Pero pase lo que pase… panta rei y Singin’ in the rain

Cuando la vida se distrae, caen los hombres
Es el karma de los occidentales
El mono renace
¡Namasté, alé!
Ommmmmm

Dicen que Gabbani parte entre los favoritos para la gala del sábado, lo cual no deja de tener su gracia porque la historia de Italia en Eurovisión dice mucho del clásico pragmatismo nacional. Hubo un tiempo en que en España se especulaba con que RTVE mandaba a propósito lo peor de lo peor al festival para ahorrarse el trago de tener que organizar el cotarro al año siguiente, pero es que los italianos directamente dejaron de ir por lo que pudiera pasar: entre 1997 y 2010 (también antes) la RAI pensó que para qué asumir siquiera el riesgo, y ni siquiera mandó representante. Había ahí un desprecio subyacente bastante justificado: piénsese que Eurovisión nació a imagen del más longevo Festival de Sanremo, pese a lo cual Italia tuvo que ver como algunos de sus primeras espadas ganaban en casa pero al cruzar la frontera volvían sin premio. En 1958 mandaron a Domenico Modugno con su «Volare», nada menos, y perdió. Como para no plantarse.

Quién sabe, a lo mejor el sábado se activa a última hora algún mecanismo de contingencia para evitar el desastre, o se opta por la democracia como última línea de defensa y vemos como el televoto del sufrido contribuyente italiano apoya en masa a los franceses, por si acaso. Poco importa: lo interesante es que en Italia se ha pillado muy bien el chiste de la canción de Gabbani: el otro día en Turín entré en una Feltrinelli, una de las principales cadenas de librerías del país, y la sección de libros de espiritualidad y religiones orientales, donde se agolpan las Upanishads, el I Ching o Krishnamurti, había sido rebautizada con sorna como «Occidentali’s Karma».

Porque hay que sonreír ante el chaparrón (no queda otra). Al menos en esta vida (y no hay otra). Así que ya sabe: la próxima vez que sienta que la inteligencia está démodée dese la razón si quiere, pero no se olvide de bailar. Porque pase lo que pase… panta rei y Singin’ in the rain.

Imagen: Metro Goldwyn Mayer.


¿Cuál es la canción más endiabladamente pegadiza?

Llevamos las últimas semanas siendo bombardeados por informaciones sobre Syriza, la troika y el dichoso Varoufakis con toda clase de amenazas, descalificaciones y tiras y aflojas y parece que nadie se atreve a ponerlo sobre la mesa. Digámoslo claro de una vez: o Grecia paga su deuda íntegramente o no la dejamos participar en Eurovisión. Sin contemplaciones. Como saben, apenas quedan ya unos días para la celebración de este prestigioso acontecimiento musical. ¡Qué nervios! Y en fin, ya podrán perdonarnos que flaquee nuestro patriotismo pero en esta edición no podemos desear otra victoria que la de los finlandeses Pertti Kurikan Nimipäivät. Además de un nombre algo más comercial alguien podría señalar que les falta algo… tal vez un estribillo realmente pegadizo. Sí, eso es. Una de esas melodías virales que una vez se te meten en la cabeza ya no hay manera de olvidarlas. Se nos ocurren unos cuantos ejemplos, así que ahí va una selección de música de la buena para ir abriendo el apetito hasta el próximo domingo. Voten o añadan las ausencias imperdonables.

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Mahna Mahna, de los Teleñecos

Poca gente sabe que originalmente esta canción pertenecía a la banda sonora de una película porno sueca de los años sesenta, véase qué forma tan sutil y perversa de corromper la mente de los niños. Aquí está la prueba, pinchen y escandalícense fuerte. La cuestión es que poco tiempo después esta composición de Piero Umiliani fue interpretada por estos muñecos peludos tan entrañables y esa es la versión que quedó en el imaginario colectivo. Retamos a cualquiera a que escuche diez segundos y luego no canturree ni una sola sola vez el maná-maná a lo largo del día. No se puede.

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Suspiros de España

El pasodoble que Antonio Álvarez Alonso compuso a comienzos del siglo XX ha tenido multitud de versiones desde entonces y todas ellas memorables, desde la de Estrellita Castro hasta la de el Cigala, pero la que nos deja la carne de gallina y retumba contra nuestras neuronas como la bolita del Arkanoid es la que entonó este almeriense inmortal que fue Manolo Escobar.

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El puente sobre el río Kwai

La que sin duda es una de las mejores películas del cine bélico obtuvo siete Óscars, correspondiendo uno de ellos a su conocidísima banda sonora. Esa melodía con la que los prisioneros acompañaban su trabajo se contagia a la manera de un bostezo obligándola a silbar a todo aquel que la escucha, no hay manera de resistirse. Era originalmente «La Marcha del Coronel Bogey», a la que la propaganda británica añadió durante la Segunda Guerra Mundial la letra:

Hitler has only got one ball,
Göring has two but very small,
Himmler has something sim’lar,
But poor old Goebbels has no balls at all.

Aquí podemos ver en otra película a Steve Buscemi cantándola.

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The Final Countdown, de Europe

Ese piribi-pi-piribi-pipi se introduce hasta el fondo del cerebelo con tanta facilidad que puede llegar a ser una melodía realmente odiosa, pero hay que aceptarla y aprender a convivir con ella porque hasta el esperemos lejano día de nuestra muerte tendremos que oírla varios miles de veces más. Probablemente nunca haya sido mejor versionada que por el organillo gitano que le añadió Gigatrón.

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Una vaina loca, de Fuego

El reguetón no podía faltar y el día que en Eurovisión todas las canciones pertenezcan a este estilo seremos plenamente dichosos. Miren qué contento baila Van Damme en esta versión que podrán escuchar durante diez horas seguidas.

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La barbacoa, de Georgie Dann

Los franceses han sabido siempre venderse a sí mismos como representantes de la alta cultura, pero que Georgie Dann es uno de los suyos no lo dirán, no. Si nos ponemos a enumerar sus grandes éxitos podría llenar él solo esta lista; queda por ver si es debido a un talento prodigioso o es que al fin y al cabo siempre canta el mismo tema pero cambiándole el nombre. «La batidora», «La cerveza», «Los huevos», «El dinosaurio»… qué cabrón, este te compone una canción mientras espera que el semáforo se ponga verde. Como Pau Donés, pero en bueno. En el caso que hemos seleccionado nos narra una historia de la vida cotidiana de forma sencilla, sin florituras ni aspavientos, aunque ese remate de «barbekiú» en inglés le da un toque cosmopolita y moderno que siempre nos ha fascinado.

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Mercadona

Cualquiera que haya visto The Manchurian Candidate sabe que esa música aparentemente inocente es una perversa técnica de control mental para generar respuestas automatizadas en los clientes. Luego uno llega a casa y se pregunta cómo pudo haber echado al carro tantos productos Hacendado. No es por su precio ni sabor, créannos.

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Aserejé, de las Ketchup

Si Emilio Botín, que en gloria esté, cantase el tema «Rapper’s Delight» el resultado sería el «Aserejé», que tuvo un éxito gigantesco y vendió un gritón de copias en todo el planeta. Puede que alguien felizmente haya conseguido olvidarlo con el paso de los años, pues aquí lo recordamos.

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Sweet Home Alabama, de Lynyrd Skynyrd

Este grupo de rock sureño de peculiar nombre ha tenido una larga y accidentada trayectoria aunque su éxito con esta canción fue desorbitado. De las versiones que se han hecho cabe destacar «Miña terra galega» de Siniestro Total.

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Movie Record

Nunca llegamos a enterarnos de qué era exactamente esto de Movie Record, simplemente es algo que suena en el cine antes de una película y cuyo fiú fiú como de rayo láser da ganas de imitar con la voz. El compositor es Antonio Areta, todo un genio de la música dado que es también el autor de «Vamos a la cama», una sintonía grabada a fuego para quienes ya tengan una edad respetable.

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I Wanna Be Sedated, de los Ramones

Si descuidadamente han ido pinchando todos los vídeos de esta encuesta, sus cerebros serán ahora mismo un pandemonio de melodías imposibles de extirpar. Pues bien, dejamos esto para el final. De la amplia producción de melodías vocales de los punkrockers neoyorkinos destacamos el estribillo de esta canción. Prueben a canturrear el pam-pam-pampam-pampam-pam-pampam del estribillo y notarán cómo sustituye a esa otra canción de la que no se podían despegar.

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Julio Iglesias, el embajador universal

Fotografía: Cordon Press.

Desde niño, siempre he tenido la costumbre, quizá mala (buena no es), de fisgar entre los libros y discos de la gente nada más entrar en sus hogares. Se aprende mucho de sus criterios, aspiraciones y, a veces, algo sobre sus simpatías políticas. A pesar de tan sólido aprendizaje en encasillar a los demás por sus gustos o predilecciones culturales, cuando llegué a España durante mi año Erasmus no estaba preparado para la casi enfermiza politización de la cultura en todas sus manifestaciones. Si se encuentra un CD de Tom Jones y las memorias de Jackie Collins en las estanterías de una casa británica, es más probable que los propietarios sean partidarios de David Cameron que si tienen la novela homónima del tigre de Galas de Henry Fielding y un vinilo de Bob Dylan; aún así, la ciencia es menos exacta que, por poner unos ejemplos que vienen al caso, el tropiezo con los grandes éxitos de Julio Iglesias y la biografía de la reina Sofía en comparación con la última novela de Juan Goytisolo, y una grabación de Camarón de la Isla en directo.

No es una exageración afirmar que he podido fraguar una carrera a base de esta observación y su relación con idiosincrasias tanto mías como de los españoles que rayan en vicios. Hice mi tesis doctoral sobre la puesta en escena y recepción de los grandes dramaturgos del teatro áureo en la España contemporánea; una de mis conclusiones fue que la apropiación del Siglo de Oro por ciertos sectores de la derecha española ha tenido mucho que ver con el hecho de que hay más montajes de Shakespeare que de Calderón de la Barca, Lope de Vega y Tirso de Molina en su conjunto. Mientras el genio de Stratford se ve como popular en el buen sentido de la palabra, a sus homólogos españoles los tildan de populistas, un adjetivo que asume connotaciones mucho más negativas en España que en el Reino Unido; hay muchas explicaciones para este fenómeno, pero la apropiación de la cultura popular por parte de la dictadura franquista junto con la hegemonía de la doctrina marxista entre los intelectuales de oposición es clave. Por poner un ejemplo sobre la mesa, si nos fijamos en Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goytisolo, el polémico escritor despotrica contra lo que considera como el opio de las masas: tanto lo más rancio —ahora diríamos casposo— de la cultura nacional, entre lo cual figuran manifestaciones tan diversas como la exuberancia del barroco y los fans de Raphael, como lo que interpreta como una cutre invasión anglosajona a través de productos que van desde la Coca-Cola hasta los Rolling Stones. Se olvida muchas veces que la llegada de los Beatles a la España de 1965 —y la muy comentada posibilidad de que iban a rodar una película con Manuel Benítez, el Cordobés fue peor vista por la disidentes que por los fieles al régimen.

Un par de décadas más tarde, una colega mía coincidió con Goytisolo en una cena en un colegio de la Universidad de Cambridge; se quedó estupefacta ante la manera en que don Juan entabló la conversación con una curiosa pregunta retórica: «¿Qué piensas de la julioiglesiasificación del mundo?». Tampoco sabría contestar a tal interrogatorio: la superestrella siempre me ha dejado indiferente, pero no conviene ver los toros desde la barrera cuando la bifurcación entre los que quieren y los que odian a Iglesias es igual o mejor que muchas definiciones o explicaciones de «las dos Españas». Cuando se celebró un concierto en el Liceo en 2011, hubo ecos de antiguos y empedernidos conflictos de clase en el contraste entre la gente guapa dentro del auditorio burgués por antonomasia y los okupas de la plaza Catalunya en pleno fervor 15M.

Julio diría que la política platica con el cerebro y él canta para las almas; una afirmación de esta índole no solo da fe de sus raíces gallegas sino que también es buena prueba de la regla general de que el que se autoproclama como apolítico suele ser de derechas. De hecho, es el camaleón perfecto, un encantador maquiavélico del siglo XX. Recibió la primera oportunidad de salir a la palestra musical porque su padre, el celebrado ginecólogo Dr. Iglesias, tenía importantes amiguetes dentro del Movimiento Nacional, quienes tuvieron el poder para seleccionar a su hijo como candidato español para el Festival de Benidorm. Según el antiguo mayordomo, Antonio del Valle, Julio se trasladó a Miami entre otros factores porque no pudo aguantar el rumbo democrático que tomaba España después de la muerte de Franco; eso no evitó que el cantante diera un concierto de masas, subvencionado por el Estado, para coincidir con la celebración de la Copa Mundial en su país natal. El cantante ofreció varias galas en Sudáfrica durante el apartheid; a medida que fue mejorando su fama en los mercados occidentales y empeorando la imagen de la segregación racial se arrepintió y, en 1985, prometió que no volvería a actuar allí hasta que cambiara la política del país —como resultado, las Naciones Unidas le quitaron de una lista negra de cantantes que no acataban las sanciones que habían impuesto.

Eurovision 1970. Fotografía: Nationaal Archief (CC).

Aunque nunca le ha tocado el papel de mariachi luchador metido en un golpe de Estado —como hacía Enrique, el benjamín del matrimonio Iglesias-Preysler, junto con Antonio Banderas en Once Upon a Time in Mexico, película de Robert Rodríguez—, la música de Julio casi constituyó la banda sonora de las dictaduras militares para muchos latinoamericanos. Los trabajos de Katia Chornik, una investigadora de la Universidad de Manchester, han revelado que solían torturar a muchos presos políticos en Chile con la música del español puesta a tope; aunque sería injusto echarle la culpa por los gustos de los matones de Pinochet, tampoco se debe olvidar que disfrutó de un trato personal y privilegiado del régimen dictatorial, bajo cuyo amparo volvió una y otra vez. Julio no ha dejado de ofrecer galas en países represivos en pleno siglo XXI; incluso ha llegado a cantar en directo con la hija del dictador de Uzbekistán. Ahora que se ha apagado un poco su estrellato en el llamado primer mundo, se puede notar un fenómeno bastante consistente en sus giras: cuanto menor es el PIB del país y peor su historial de vulneración de los derechos humanos, más cuesta una entrada para un concierto de Julio Iglesias. Para explicar este fenómeno hace falta entender su valor como icono de la supuesta modernidad y sofisticación.

Mi primer encuentro con su música fue cuando encontré uno de sus discos en las estanterías de la casa de mi tía; cuando le pregunté quién era, ella me contestó: «El hombre con quien debí de haberme casado en vez de tu tío». Hasta hace más o menos diez años, no había cena en su casa sin aceitunas y un disco de Julio, ambos buques insignia de cierto espíritu aventurero y cosmopolita que a ella le parece que la separaba de la mayoría de mis parientes más paletos. Tanto Raphael como el teatro del Siglo de Oro disfrutan de renombre internacional dentro de ambientes muy dispares, pero el caso de nuestro cantante es distinto y único: se ha convertido en un símbolo universal. Julio Iglesias era la marca España antes de que se le ocurriera a nadie acuñar tal término. Le pagaron dieciocho millones de dólares por aparecer en una campaña de Coca-Cola; su álbum Momentos vendió más ejemplares que Thriller de Michael Jackson en Brasil y a partir de su primer concierto en Beijing en 1988, visto por más de cuatrocientos millones de televidentes, Julio —o 胡利奥·伊格莱西亚斯, en mandarín— se ha convertido en el artista extranjero con más ventas en China; ha actuado en recepciones oficiales para presidentes tan diversos como Reagan, Chirac y Clinton. Digan lo que digan sobre Coca-Cola, los chinos o la Casa Blanca, saben invertir bien el capital tanto económico como simbólico, y Julio se ha convertido en un blanco atractivo y lucrativo. Para bien o para mal, el exportero de Real Madrid es, junto con la revista Hola, lo más parecido a la Coca-Cola made in Spain. Pero, ojo, el hecho de que algo o alguien sea un símbolo universal no quiere decir que signifique lo mismo en todos los sitios; a los guiris, por ejemplo, siempre nos parece raro que a veces haga falta en los menús del día pagar un suplemento por un refresco: no entra en nuestra mentalidad que una cerveza o un vino puede ser más económico que una Coca-Cola.

Cuando anunciaron que iba a dar un par de conciertos en Londres para coincidir con la entrega de un galardón por ser el artista latino con más éxito de todos los tiempos, hice el peregrinaje al Royal Albert Hall no solo para ver al español más universal en su salsa sino para observar la variedad entre la homogeneidad, es decir a su(s) público(s). Arrancó con «Amor», una de las canciones más emblemáticas en español para el mercado anglosajón. El público, muy entregado desde el principio hasta el final, quería que todo fuese apoteósico pero resultó obvio que algo no iba bien a pesar del apoyo incondicional de los fieles seguidores: casi no pudimos ni oír ni ver al gran ídolo, quien se ha quedado cojo y afónico. En una reseña de The Daily Telegraph, Neil McCormick, uno de los críticos más importantes y respetados de Gran Bretaña, echó la culpa a la mala acústica de la sala y dedicó elogios a la actuación en sí. Mi impresión, sin embargo, fue que los desajustes de sonido se hicieron adrede —no había problemas durante el recital del telonero, el aún más casposo Carlos Núñez— en lo que se puede interpretar como un sorprendente acto de humildad por parte de la estrella. Dio la impresión de haber trabajado mucho por disimular sus limitaciones: la aparición continua de un par de bailarines de tango sirvió para distraer la atención de su falta de movilidad; mientras que el bajo volumen de su micrófono durante la mayoría de la actuación permitió que una intepretación de «Hey» pareciera poderosa a base no tanto de las cuerdas vocales sino por la amplificación, muy bien manejada por su equipo de sonido. Un inciso: una pregunta que me surgió con la abdicación del rey Juan Carlos fue qué habrá sido de Hey, el cachorro de león que Julio compró para sus majestades a principios de los años ochenta.

Como acto de protocolo, el concierto no tenía parangón: todos supimos y desempeñamos nuestros papeles a la perfección. La canción del cachorro fue un desahogo emocional antes de que el público se pusiera en pie para la recta final, de temas más animados; también dio la oportunidad para un despliegue de hombres de seguridad, quienes iban a ser necesarios cuando una mujer bien entrada en años intentó subir al escenario para abrazar a su latin lover. Constituyó una versión esperpéntica del famoso cameo que hizo para un especial del día San Valentín del programa norteamericano The Golden Girls. El celebrado efecto que Julio inspira en mujeres de cierta edad ha sido apuntado por The Guardian, que ha comentado que da miedo a cualquier hombre cuya mujer ha mirado en los ojos de un camarero italiano más de lo estrictamente necesario. Sería un escándalo entre sus lectores si hicieran un comentario parecido sobre un rapero africano, y es muy llamativo que el periódico más políticamente correcto del Reino Unido no tenga reparos en mezclar lo italiano con lo español, reproduciendo en vez de desmitificar la facilona sexualización de los cuerpos y voces latinos por los anglosajones. Es solo un ejemplo entre muchos —el ejemplo más emblemático sería The Minstral Show— de cómo lo exótico puede conceder cierto protagonismo, pero siempre conlleva el riesgo de convertir al exótico en un payaso pendiente de los caprichos del público que manda. No sé hasta qué punto es verdad pero dicen que el galán italiano Eros Ramazzotti ya maneja el inglés demasiado bien y tiene que asistir a clases de enunciación para seguir hablando con el acento foráneo que exigen sus admiradoras; Julio no dejó de dar juego con su deje inglés durante todo la actuación y, antes de una canción típicamente latina según él, prometió que todas las mujeres del público iban a quedar embarazadas después del concierto y eso a pesar del hecho de que más del setenta por ciento del público femenino ya había pasado la edad en que incluso el doctor Iglesias hubiera podido facilitar los, digamos, trámites necesarios.

Iglesias en el Royal Albert Hall el pasado mes de mayo. Fotografía: Cordon Press.

Si uno se fija en los comentarios y las críticas de sus conciertos en las páginas web de Ticketmaster, muchos se quejan de que Julio cante demasiados temas en español. Hasta cierto punto, el cantante debe ser consciente de este chovinismo anglosajón: pasó por alto algunos de sus grandes éxitos en castellano —«De niña a mujer», «Soy un truhán, soy un señor»— para ofrecer versiones bastante mediocres de canciones ya anodinas de George Michael o The Cars. No es casualidad que sea en Benidorm donde hay un auditorio nombrado en honor de Julio, junto con una estatua: como la ciudad, es un cóctel que compagina lo familiar con lo exótico, y hace hincapié en las diferencias, pero siempre dentro de un discurso universal mezclado con idiosincrasias locales. Así invita a Carlos Núñez, quien ya había insistido en el espíritu celta de sus gaitas, para que vuelva al escenario para hacer juntos «Un canto a Galicia»; y antes de cantar —o, mejor dicho, susurrar— su tema más famoso en Inglaterra, «To All the Girls I’ve Loved», presenta a un joven desconocido estadounidense, quien reemplaza a Willie Nelson, como un «yanqui» —una palabra que no he oído desde la última vez que vi una película de John Wayne.

Soy consciente de que quizás he dado la impresión de que el concierto fue una birria total; hasta cierto punto lo fue y, según la prensa, un gran porcentaje del público en su siguiente concierto en Dublín pidió, sin éxito, que el promotor les devolviera el dinero. Sin embargo, en ningún momento me aburrió. En primer lugar, me quedé fascinado por la gente que había a mi alrededor: dos chinos adinerados, unas chicas cursis de Valladolid y dos abuelitas inglesas. Pero, más que nada, me sorprendió lo que había de entrañable y patético en la figura de Julio: se nota que es adicto al escenario y, en contraste con Bob Dylan —quien es igual o peor de voz, pero da la impresión de que no le importa para nada—, parece que echa mano desesperadamente de todos los limitados recursos a su alcance para que el público se lo pase bomba. Más que nada me recordó al protagonista de la película The Wrestler (El luchador), y no acabo de decidir si el cantante es más o menos patético que el personaje de Mickey Rourke por ser un multimillonario. Quizás el momento más trágico llegó cuando alguien tiró una bandera española al escenario y le costó mucho esfuerzo recogerla; minutos después durante una absurda pero pegadiza interpretación de «Bacalao» (si nunca has visto el videoclip para esta canción, merece la pena echarle un ojo en YouTube), una ayudante le colgó otra más pequeña en la solapa. Se hubiera podido preparar y defender una tesis doctoral sobre las distintas connotaciones que conllevó la bandera nacional durante aquel acto. Curiosamente, en estos momentos, la sonrisa y movimientos de Julio, acartonados por la edad y el exceso de cirugía plástica, me trajeron a la mente las figuras de Micky Mouse o el Pato Donald que andan por la Puerta del Sol.

A nivel anecdótico y sociológico, la experiencia me ha venido de perlas para hacer reír a la gente tanto británica como española después de un par de cañas. Pero soy funcionario y el Estado paga mis nóminas: ¿se puede justificar como trabajo? Contestaría que sí, tanto en lo que respecta a la investigación como a la docencia; lo digo no solo porque he llegado a la conclusión de que no solo es la cultura popular digna de nuestro estudio y respeto, sino también porque me gustaría sugerir, y sin ningún afán iconoclasta, que, como intentaré demostrar a continuación, no supone una exageración afirmar que no se puede entender cabalmente la Transición a la democracia sin tener en mente figuras como Julio Iglesias.

Existe una relación muy estrecha entre la política y la cultura popular en España. Después de haber trabajado para Adolfo Suárez como asesor personal y acuñado el eslogan electoral «Contigo, yo puedo» —una frase que serviría igual de bien para el titulo de una canción de Julio Iglesias—, Alfredo Fraile se convirtió en el representante del cantante durante quince años. Su siguiente trabajo importante: ser asesor personal de Silvio Berlusconi. Mientras redacto estas hojas estoy metido en una investigación sobre cómo y por qué el Ministerio de Turismo e Información apoyó las actuaciones de Raphael en la antigua Unión Soviética en 1971 cuando se habían roto las relaciones diplomáticas entre los dos países décadas antes. Otro tema que me fascina es la posible existencia de documentación que daría constancia de las airadas acusaciones de que el régimen franquista ofreció sobornos para garantizar la victoria de Massiel sobre Cliff Richard en Eurovisión. Estos son solamente un botón de muestra de la importancia que concedieron altas figuras del Estado español a la apropiación de las estrellas y los acontecimientos masivos por lo que solemos llamar en inglés soft power, es decir el uso de productos culturales para cultivar las relaciones internacionales.

Marina Pérez de Arcos, una joven y muy prometedora doctorando de la Universidad de Oxford, está sacando ahora mismo importante material sobre las relaciones bilaterales entre España y los Estados Unidos durante los años ochenta. Dentro de este material, hay una serie de telegramas entre miembros del National Security Council sobre Manuel Fraga y su obsesión con conseguir una foto con Ronald Reagan en 1983 —así, la disponibilidad que Aznar demostró para perder la dignidad a cambio de aprovecharse de cada oportunidad por salir en los medios con George W. Bush tiene un antecedente.

Fraga y Reagan en 1985. Fotografía: RTVE.

Lo que los estadounidenses denominan «the Fraga Saga» es un auténtico sainete en el que el entonces líder de Alianza Popular queda muy mal parado; pero lo que más me llama la atención es que, en vez de solicitar la reunión a través de la Embajada española en los EE. UU. o la embajada americana en Madrid, emplea a Julio Iglesias como alcahuete. No cabe la menor duda de que el «Celestino» de la canción causó mejor impresión entre la flor y la nata de la sociedad estadounidense que el líder de la oposición; sus relaciones públicas también aseguraron que ganara a Camarón de la Isla, un competidor musical con mucho más talento pero mucha menos tenacidad o ambición. En una tertulia del club taurino de Londres —una organización que merece otro artículo— Roberto Elms, un locutor de la BBC, me contó cómo su amigo representó durante una época al gitano gaditano en los EE. UU. Organizó un concierto en el Radio City Music Hall en Nueva York con la esperanza de que su talento fuera de serie convencería a Quincy Jones —quien acababa de de producir Thriller— para que colaborara en su próximo disco. Al final de un concierto verdaderamente apoteósico, había una cola de gente que quería felicitarle. Camarón ya había saludado a Aretha Franklin cuando le tocó a Quincy Jones. En vez de darle la mano, soltó: «¿Quién es este moro?». El mismo año, la colaboración entre Diana Ross y un español más diplomático salió en todas las emisoras principales del país más poderoso del mundo.

Si a mí el año de Erasmus me supuso un gran número de choques culturales, es lógico suponer que funciona de una manera parecida para los que embarcan en el camino inverso. Entre las sorpresas que les espera a los españoles destinados a Leeds, imagino que entra el hecho de que van a estudiar a personajes como Julio Iglesias, Corín Tellado, Paquirri y Alaska; esto sería casi imposible en una universidad española. ¿Quién tiene razón? Si soy sincero, honestamente, no lo sé. Hice una carrera de Filología pura y dura en Oxford, y esto me ha facilitado los recursos tanto económicos como intelectuales que me permiten consultar no solo las confesiones del mayordomo de Julio Iglesias sino también las actas de las Jornadas del Teatro Clásico de Almagro cuando paso por la Biblioteca Nacional. Es decir, me parece más factible defender una tesis sobre Lope de Vega y después hacer investigaciones sobre Isabel Preysler que al revés; y esto es algo que la veneración de los llamados Cultural Studies —tan en boga en las universidades anglosajonas— no suele tomar en cuenta. En el peor de los casos, funciona como una enseñanza antidemocrática en la que un hereje consagrado reserva todo su conocimiento más ortodoxo para sí mismo, y se dedica a hablar con los alumnos sobre temas más guays como los reality shows que, en la mayoría de los casos, ya formarán parte de su vida cotidiana y de los cuales sabrán mucho más los chavales que el maestro.

Quiero que mis estudiantes sepan que «Quijote» no es solo una canción de Julio Iglesias sino también un personaje de Miguel de Cervantes. Bromas aparte, forma parte de mi vocación docente no solo exponer a mis estudiantes a la belleza del arte, entre comillas, culto, sino también facilitarles las herramientas para explorar la cultura popular desde una perspectiva crítica. No aspiro para nada a que dejen de escuchar música pop o ver películas de Hollywood por mis clases; lo que sí espero es ofrecerles una visión más global de la cultura que les deje elegir según sus propios criterios y ver que hay óperas buenas, malas y mediocres, como en el caso de las canciones melódicas. Incluso en el muy poco probable e hipotético caso de que la canción ligera sea mala en su totalidad, solamente podemos y debemos decirlo con conocimiento de causa; como constata el aforismo, tan añorado tanto por los marxistas como por los punkis, know your enemy, o sea, «conoce a tu enemigo». Por este razonamiento, me dan vergüenza ajena tanto los supuestos intelectuales que presumen de no tener una televisión en casa como los ignorantes de verdad que se burlan de cualquier cosa que se aparta un poco de lo corriente. En España, este fenómeno se exagera por el hecho de que la gran mayoría de los profesores y autodenominados intelectuales suelen infra y sobrevalorar la cultura popular nacional a la vez. Según ellos, la cultura de masas no es digna de la palabra cultura, pero a la vez funciona como un somnífero para casi la totalidad del país; para que fuera verdad eso, la gente tendría que ser mucho más tonta de lo que es. Este cuento ya viene de lejos: si lees los muchos ensayos y artículos sobre el fenómeno Raphael a principios de los setenta, la narrativa dominante es que su éxito es un síntoma de una combinación de la pobreza cultural del país y la pervivencia de un Estado autoritario; para bien o para mal, el niño de Linares sigue siendo aquel y, en una de estas contradicciones que parece inverosímiles, encabeza el cartel del festival indie Sonorama este verano en Aranda de Duero. Por un lado, este fichaje es el resultado del hecho de que, como Lope, Raphael es un verdadero monstruo de la naturaleza —tiene tablas de verdad, y sus conciertos no tienen nada que ver con los de Julio Iglesias— y, por otro lado, el pasotismo de la posmodernidad que ha dado pie al auge inexorable de la nostalgia. Yo estaré allí, entre otros motivos, porque me parece que acabar con el binomio culto/casposo es una de las grandes asignaturas pendientes, no solo de las humanidades dentro de la universidad española, sino también de la implementación de los valores democráticos en la sociedad en su conjunto.

Fotografías: Mayor’s Office, City of Boston (CC).

 Duncan Wheeler, doctor por la Universidad de Oxford, es profesor titular de la Universidad de Leeds y profesor invitado de la Universidad de California y de la Universidad Carlos III de Madrid.