Besugos, hostias y pelotaris gigantescos: el retorno de los gentiles

retorno de los gentiles
Fotografía: Humberto Bilbao. gentiles

Hace ya casi de ochenta años, la historia de la humanidad presenció un suceso que apenas duró unas pocas horas, pero que después se alargó de una manera trágica y desoladora por medio mundo durante cuatro años más. Ha sido mil veces reflejado y otras tantas malinterpretado por todas las artes que deleitan a las civilizaciones que actualmente habitan el planeta.

Para saber de qué planeta hablamos, tendremos que esperar a la aparición de un genio intelectual hasta ahora nunca visto, pues aún no se ha llegado a un consenso al respecto; pero sí podemos afirmar sin mucho temor a ser reprendidos por ninguna autoridad, ya sea civil o militar, que el cine, el teatro, la literatura, la fotografía, la historiografía y las tertulias radiofónicas matinales y vespertinas, cada una a su particular manera, han intentado explicar aquel arrebato de locura imperial que fue el ataque a Pearl Harbour mediante una serie de argumentos que, hasta hoy mismo, no han sido discutidos con la debida consistencia. Casi todos basados en ciencias respetables como la militar, la política o la sociología.

A quienes lo quieran ver, pues es suficiente con abrir bien los ojos, les resultará claro que todo aquel episodio no fue más que la manifestación de un intento desesperado por lograr la hegemonía gastronómica mundial; un plan que únicamente la intrincada mente oriental es capaz de comprender, pues sin duda está dotada por la naturaleza de un instinto expresamente desarrollado para idear torturas y proyectos enrevesadísimos que los habitantes de más allá de la falda occidental del monte Ararat no somos ni siquiera capaces de empezar a adivinar.

Y a pesar de su aparente fracaso, no está muy lejos el día en que un besugo de Orio (Gipuzkoa), uno de esos besugos que tanta ruina para varias generaciones de hosteleros ha supuesto el asarlo mediante la metodología de prueba y error necesaria para lograr servirlo como lo sirven allí —errores que se manifiestan en forma de incendios, indigestiones, intoxicaciones y otras patologías más crónicas como la hipertensión o la gota— y que además ha desatado toda una serie de guerras conocidas como los sucesivos «Incidentes del Besugo» o Bisiguaren Gertakaria, cada una con sus muertos, sus héroes y sus traidores a la Fe del Besugo (la muy rígida Bisiguaren Fedea), guerras que se han declarado a lo largo de los siglos, sin una periodicidad discernible para nadie, entre Orio y sus rivales por la excelencia en el asado del pescado, que no son pocos; no está muy lejana la ocasión, insisten los sociólogos más puntillosos, en que esos afamados espáridos no sean más que un lejano recuerdo de una época arcádica en la que una bandeja de rollitos de salmón crudo envuelto en algas y granos de arroz tan solo fuera una pesadilla pasajera, que sin embargo no podía dejar de generar leyendas sobre el fin del mundo y cosas aún peores, como por ejemplo la cocina tecno-emocional o las piscinas comunitarias.

Hasta que culmine este plan, que por supuesto aún sigue vigente y al que el adjetivo maquiavélico se le queda muy corto, el País Vasco seguirá siendo el lugar del mundo donde mejor se come. Si toda ciencia o arte necesita experimentar una evolución de varios siglos para lograr su más elevada expresión, como todo el mundo parece estar de acuerdo en reconocer, y por tanto el cénit siempre se alcanza en aquellos lugares en los que se lleva más tiempo practicando la disciplina en cuestión —o la indisciplina; siguiendo un razonamiento análogo también existirá un lugar, que algunos sitúan en los espacios que se extienden detrás de la ventanilla de atención al contribuyente de cualquier ministerio, en el que sin mucho esfuerzo podremos encontrar altas dosis de caos destilado— entonces no es difícil situar en el País Vasco el origen mismo de la humanidad. La ciencia nos dice que es necesario ingerir alimento antes de llevar a cabo cualquier actividad fisiológica; antes de no solo evacuar aguas mayores y menores, sino de que ni siquiera se nos pase por la cabeza aliviarnos de la ausencia de compañía de modos que no todos aprueban, ni siquiera hoy en día. Lo primero que hizo el ser humano fue comer, y por tanto allí donde mejor se cocina, donde mejor se asan besugos, sapitos y chuletones, es donde más tiempo lleva el ser humano dominando sobre la bestia.

Hay otros indicios que pueden convencer a los escépticos de esta antigua teoría antropológica. Aunque uno de los testimonios históricos más antiguos que nos habla de un partido de pelota se refiere al que tuvo lugar en Nantes en 1590 entre Enrique IV de Francia (1589-1610), que acababa de conquistar la ciudad, y los más habilidosos pelotaris del gremio de panaderos, quienes no solamente le sacaron los cuartos sino que además, lógicamente, se negaron a concederle la revancha, no conviene olvidar que Enrique era a su vez rey de Navarra (1572-1610). Navarro, pelotari y no buen perdedor; si el primer capricho que tuvo después de que la plaza se le rindiera fue liarse a pelotazos con los panaderos locales, el segundo fue bajarles el precio del pan a dos ochavos, originando de este modo abundantes peticiones de audiencia por parte de los maestros del gremio que, en caso de ser atendidas, recibieron una profunda carcajada como respuesta más clemente. El humor de los Borbones. Y pasando de la era histórica a la prehistórica, tenemos diseminados por todo el País Vasco los claros indicios que nos dejaron los gentiles (o jentilak) en forma de jentilarrik, dólmenes, cromlechs o rocas a las que solo los más cegados por la teoría darwiniana podrían atribuir un origen que no se remontara a nuestros primeros ancestros.

Los jentilak fueron unos seres gigantescos poseedores de una fuerza descomunal que, si tenemos en cuenta los deportes vascos más populares, es sin duda el atributo más apreciado entre cualquier euskaldún de bien o de mal. Si la lingüística ignora estas pruebas y quiere perder el tiempo siguiendo el hilo de esa teoría que sostiene que todo el lenguaje hablado parte de una primera palabra que se usó para hacer referencia a nuestras manos, en lugar de considerar el vasquísimo vocablo «hostia» como la palabra primigenia, no es culpa nuestra.

También hay gente que sospecha que la Tierra está hueca o que descendemos del mono; incluso se conoce una rama escindida de esta corriente que defiende que la Tierra está interiormente habitada por una civilización de monos-luciérnaga, así que no debemos sorprendernos. ¿La gallina o el huevo? ¿La mano o la hostia? Nosotros, que nos hemos paseado por la carretera que une Mutriku con Ondarroa, nos decantamos por la segunda opción. Allí, en la ladera occidental del monte Mendibeltzuburu, a doscientos metros del sitio llamado Mendibeltza, se encuentra la peña Axbiribil. Cualquiera que manifieste en voz demasiado alta que no se trata de una piedra que, como su nombre indica (piedra redonda), fue utilizada a modo de pelota por los gentiles para poder dar rienda suelta a su fogosidad disputando un partido de pilota, levantará serias dudas entre los habitantes locales sobre el caudal y presión del riego sanguíneo en sus hemisferios cerebrales.

Amigo, esa piedra no es un fenómeno único. La peña llamada Txoritekoa, en las afueras de Zerain, fue lanzada por los gigantes desde el monte Aizgorri al Aralar, y debido a los avatares de la gravedad, y quizás a un zaguero poco competente, terminó involuntariamente donde ahora descansa, probablemente para siempre jamás. Y es famosa la historia de los pelotaris a los que mientras jugaban en el antiguo poblado de Murumendi se les acercó un gentil, les pidió permiso para unirse al juego y, al recibir una negativa, agarró la piedra de saque y la lanzó hacia Aralar. Durante el vuelo la roca se partió en dos; una mitad cayó a los pies de la peña Gaztelu y la otra a los de la peña Alotza, donde quedó interrumpiendo un sendero de pastores. Estos, haciendo gala de un sentido descriptivo que envidiarían muchos articulistas, y también de poca iniciativa a la hora de cambiar el trazado del sendero, encontraron oportuno ponerle el nombre de Saltarri, y con ese nombre es todavía conocida hoy.

Todas estas pruebas empíricas, que aguantarían el análisis del comité científico más repelentemente escrupuloso, dejarían en mal lugar a los incrédulos. Si no están acompañados por testigos que puedan dar fe de un estado de embriaguez que pudiera justificar la insensatez que supone dudar de estas historias, probablemente recibirán un tratamiento de psicoterapia rural que, aunque inicialmente parezca placentera, después de unos días les hará considerar una lobotomía como si fuera una estancia reparadora en un balneario. Chuletones de más de un kilo para desayunar (tres veces), almorzar y cenar. Piscinas enteras rebosantes de natillas, requesón y arroz con leche en su justo punto de consistencia, donde morir ahogado más que un suplicio sería una bendición, aunque no está claro quién sería la autoridad religiosa que la impartiría. Tortillas de patatas cocinadas en unos recipientes específicamente diseñados para la preparación del plato, unas sartenes de una geometría no del todo euclidiana que nadie atribuiría a la casualidad; tortillas que en condiciones de consumo moderadas serían dignas de un Te Deum, pero que en esta inmersión cultural vasca pueden ser la gota que colme el vaso de nuestra salud física y mental. Galones de sidra y txakoli que, por ahorrar tiempo, se pueden consumir embocando directamente la espita del barril, que no deja de verter su contenido ni un solo instante. Sopas de pescado que solo podrían darnos mayor satisfacción si nosotros mismos hubiéramos cazado el kraken o cachalote que forman la base de su caldo, y si lo pedimos es probable que se nos brinde la oportunidad de hacerlo. Lenguados, txangurros, kokotxas, angulas…

En los poco más de treinta kilómetros que separan Usurbil de Zumaia estará completo el tratamiento. Los conspiradores que desde Honshu, Kyushu y Shikoku (pero no Hokkaido) fletan cargueros repletos de contenedores de sake y tofu celebrarán juntas de emergencia en las que el recuerdo de Midway estará muy presente, aunque no será mencionado. La fe del japonés medio en su emperador alcanzará niveles de escepticismo nunca vistos, y en todos los dohyo del país los luchadores de sumo locales serán derrotados sin esfuerzo por sus rivales mongoles e incluso bielorrusos.

Y mientras todo el ciclo vuelve a empezar, porque el enemigo no descansa y una nueva generación de infieles se dispone a entrar cada día en un restaurante japonés del Antiguo, el Viejo o Gros; al salir de Bedua con la plena satisfacción de haber superado la prueba y entablado conocimiento con la Verdad Revelada, nuestro paciente ya recuperado haría bien en dirigirse dando un paseo hasta el centro de Zumaia, y desde allí subir a Arritokieta. La excusa, si es que es necesaria, puede ser la descongestión de las arterias o visitar el cementerio municipal, donde podrá reconocer el apellido de varios difuntos si antes ha tenido la oportunidad de leer cierta revista cultural, que podría o no estar ya olvidada en todas las librerías y bibliotecas públicas y privadas. Pero es un cementerio pequeño, y es muy probable que pase de largo y siga ascendiendo por la angosta carretera que deja a mano derecha la ermita de Santa Clara.

Cuando se dé cuenta de su error, dará la vuelta y llegará a un recodo del camino desde el que el mar, que en esta tierra siempre está presente aunque no se encuentre a la vista, se vuelve a hacer visible. Allí lo verá golpeando siempre con fuerza, unas veces con nobleza y otras a traición, batiendo las olas grandes y pequeñas una vez tras otra, como lo ha hecho desde siempre, desde que los gentiles jugaban a pelota y le arrojaban los restos de los banquetes de sus bodas paganas, desde los días en que nuestros familiares empezaron a habitar el suelo y se mezclaron con el moho, los detritus y los gusanos, solo unos metros por debajo de nosotros, aquí mismo en Arritokieta o a cientos de kilómetros de distancia. Lo verá y lo oirá durante todo el descenso de vuelta al pueblo, y durante todo el viaje de vuelta a casa, sea eso donde sea, y todavía mucho más allá.


Y Bilbao se oscureció

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Las calles de Bilbao en las inundaciones de 1983. Foto: Archivo Histórico BBVA.

Las tragedias no tienen medida. No distinguen entre mucho o poco. Simplemente suceden, rompen la estabilidad del ser burlando esa línea de seguridad que creemos permanente a nuestro alrededor. Son de hecho las experiencias que con mayor intensidad nos hacen cuestionar el mundo y toda esa presunta dimensión trascendente de la vida.

Hay una sorda distancia entre ellas y nosotros cuando no nos afectan directamente. Y para ese muro no hay edad. La percepción es unánime de por vida. Una tragedia ajena, no nuestra, es como un silencio. En cambio una tragedia vivida, padecida en carne propia, figura un alarido que solo el tiempo es capaz de atenuar pero nunca de desaparecer. 

Tiende nuestra semántica a identificar los excesos con la ebriedad, como banquetes que proponer a la existencia, como paréntesis a la anodina tibieza que también es vivir. Y sin embargo nada más excesivo que una tragedia y su repentina agresión a la vida. 

Hay sin embargo en la tragedia la posibilidad de ocupar una extraña provincia. Un lugar intermedio entre la distancia remota de la tragedia ajena y la carnal de la propia. Un tramo a medio camino que permite, al superviviente, haber pasado por allí sin daño físico, lo que dota a la experiencia de un valor no menos absurdo pero a la memoria de una huella imborrable.  

Por eso el viernes 26 de agosto de 1983 es una fecha que nunca podré olvidar. Aquel fatídico día viví junto a mi familia una situación que para un chiquillo a dos semanas de los diez años queda grabada para siempre. Mis padres, mi hermana y yo regresábamos de unas vacaciones por Galicia y lo hacíamos en el Talbot Horizon que un año antes relevó al viejo Simca 1000 rojo que cada verano, así como en El Puente (1976), tomaba el pulso a la geografía de la transición. Para evitar los habituales mareos de los hijos mi padre había eludido volver por la costa tomando, como llamaba, la carretera de Castilla. A medio camino paramos a comer unos bocadillos, tras lo cual retomamos la marcha. Hasta que a eso de las cuatro de la tarde, cerca de Vitoria, el cielo se hizo noche y la lluvia, una lluvia persistente y cerrada, se nos echó encima apoderándose de la carretera. 

Poco después los coches se detenían en todos los carriles, parecía imposible avanzar y la lluvia arreciaba cada vez con más fuerza. «Vaya, hay tormenta», lamentaba mi padre, a quien antes de partir mi abuela había informado desde Barakaldo de que llevaba toda la semana cayendo un tozudo sirimiri que parecía aprontar el final del verano. Pero aquello, qué pronto lo supimos, no era una tormenta normal. 

Recuerdo con cruda nitidez cómo me pegué a los asientos delanteros y hasta donde se divisaba en la dirección que seguíamos el cielo era negro, completamente negro, como si nos aguardase el infierno. Dentro del coche los nervios de mi madre no ayudaban y hubo un momento en que pareció que cogíamos algo de velocidad, como para poder meter tercera. Pero fue un espejismo. Enseguida nos detuvimos otra vez en colas interminables bajo una lluvia sin medida. El cielo más tenebroso imaginable descargaba agua a chorros que rompían en las lunas del coche amenazando con aplastarnos y el miedo, un miedo contagioso, nos invadió de veras. Por Altube el agua caía por las laderas con tal virulencia que formaba cataratas que en algunos tramos caían directamente a la autopista, por una de cuyas orillas pudimos ver cómo la fachada de un caserío corría a la deriva por la riada. Recuerdo que mi padre encendió la radio, que nos devolvía chirridos por el enjambre de relámpagos que nos asolaban como a nuestra misma altura. Temiendo que las aguas fueran a tragarnos a todos poco podíamos hacer salvo apretarnos contra los asientos, avanzando apenas unos metros cada quince o veinte minutos. Cada vez que tronaba mi madre perdía los nervios y, no sé si obra del miedo, yo me orinaba sin poder aguantar hasta tener que hacerlo dentro de un pequeño termo de café. 

Lo que menos puedo olvidar es ver a gente fuera de los coches, hombres histéricos llegando a suplicar gasolina. «Los túneles de Malmasín están anegados. ¡Repetimos! ¡La carretera está cortada!», informaba la radio. Supimos que las autoridades, el Gobierno Civil o quien fuese decidieron abrir el peaje de Amorebieta y dejar paso a los  vehículos que en la A-8 sufrían serio riesgo de ser arrastrados. En uno de aquellos coches viajábamos nosotros.

Con motivo del veinticinco aniversario de lo ocurrido, el diario El Correo habilitó un blog abierto a los ciudadanos que tuvieron la desgracia de sufrir aquel infierno. De entre los cientos de comentarios el más próximo a mi experiencia lo firmaba alguien bajo el nombre de Unai. «Había cumplido cinco años, venía de vacaciones con mis padres de Burgos, y nos tuvimos que quedar toda la noche y parte del día siguiente en el peaje de Llodio de la A-68. Yo estaba muerto de miedo porque la gente que estaba en el peaje estaba loca. Abandonaban los coches y se iban corriendo hasta Llodio entre gritos y sollozos». El lehendakari Garaikotxea, de vacaciones en Zarauz, expresaba algo parecido de regreso urgente en un todoterreno: «Durante el trayecto fui testigo de escenas desesperadas, con gente perdida que no sabía dónde ir». 

Se me agolpan las imágenes, algunas ya muy frágiles, pero recuerdo las siguientes horas cerrando los ojos y rogando al destino que nos liberase de aquel abismo hasta que, por fin, cerca de las once de la noche, conseguimos llegar a Barakaldo. Seguía lloviendo con fuerza, como si nunca fuese a parar. Pero cuando abrimos la puerta de casa un alivio sin medida nos invadió a todos. Mi abuela (q.e.p.d), que vivía en la calle Zaballa, había llamado a la familia de mi padre en Lugo, de donde veníamos, más de veinte veces. Y ellos trataban de calmarla por lo que repetían los boletines de radio, que aún no hablaban de víctimas. No pude dormir. Y a eso de las cuatro de la madrugada, tras un atronador relámpago, sentí que el cielo descargaba con más fuerza que nunca, como si algo muy grande se hubiera conjurado contra el rincón que ocupábamos en el mundo. 

No todos tuvieron nuestra suerte. Por eso yo no soy el protagonista de esto. Lo son los miles de personas que de verdad padecieron un infierno aquella madrugada, las decenas de ellas que perdieron la vida y las decenas de miles que ayudaron a reconstruir una ciudad ahogada por el diluvio

Entre las tardes del 26 y 27 de agosto de 1983 Euskadi sufrió la ruina y la desolación a un extremo sin paralelo en tiempos modernos. Se tardarían años en levantar lo que las aguas destrozaron en unas pocas horas, durante las cuales la ría de Bilbao no pudo soportar los más de tres mil metros cúbicos de agua por segundo que recibió. En menos de un día cayeron más de quinientos litros por metro cuadrado. En el triángulo formado por Bilbao, Durango y Llodio, el área más castigada, tres tormentas consecutivas descargaron con increíble virulencia mil quinientos millones de toneladas de agua. En unas horas cayó sobre Euskadi cien veces más volumen de agua que el que contiene toda la bahía de la Concha. Sobre Bilbao se abatió en veinticuatro horas más agua que toda la que se precipita sobre Vizcaya en un año de lluvias. El fenómeno meteorológico conocido como «gota fría» debió de adquirir entonces un alcance insólito. «Llegó una corriente de aire cálido mediterráneo y entró desde Francia al golfo de Vizcaya, que es una fuente de calor y humedad —explicaba en la prensa un especialista—. Se topó con una masa de aire subpolar en altura especialmente fría, de unos 61 grados bajo cero. El aire frío es más denso y pesa más, por lo que cae empujando hacia arriba a la masa cálida de la superficie —ese día hubo entre 18 y 25 grados—, que se enfría al ascender. Entonces se produce la condensación, se forma la nube, que crece y alimenta otras cargándolas de agua. (…) Porque aquí se mezcla la temperatura alta del aire y del agua con la humedad que aporta el mar y una orografía que retiene la tormenta». Paradójicamente hasta aquel mes de agosto el año 1983 había sido en Vizcaya el más seco de los últimos cuarenta años.

Aquel mes de agosto la Aste Nagusia, en su tierna sexta edición, se había iniciado con lluvia, una fina lluvia que como sirimiri regó la ciudad hasta la violenta irrupción de aquel viernes maldito. Por entonces las txosnas se montaban como de costumbre en la plaza del Arenal y el entorno del Arriaga. Hay algo profundamente macabro, algo que las imágenes ratifican, en que el epicentro de lo ocurrido tuviera lugar allí, en el corazón mismo de la fiesta. 

A eso de las cuatro la lluvia dejó de tener gracia comenzando a inquietar en El Arenal a los comparseros que como cada jornada se habían dado cita alrededor del Arriaga. «Era viernes de disfraces; íbamos de punkis con la cara pintada, las crestas y demás; de repente vimos cómo se nos emborronaba la cara. Y seguía lloviendo. Nos dimos cuenta de que a lo mejor nos teníamos que empezar a preocupar», recordaba Juan Carlos de Rojo, de Radio Bilbao. «El primer aviso llegó cuando estábamos comiendo. Fue la Policía Municipal la que alertó de la gravedad de la situación. Salimos del restaurante Mandoya donde comíamos y vimos cómo se desbordaba la ría a la altura del mercado de La Ribera. El agüilla no tardó en llegar hasta donde estábamos nosotros. Nos aseguraron que la cosa iba a ser gorda y empezamos a desalojar el recinto ferial» (Andoni Olivares, programador festivo Ayto. Bilbao). Pero de fiesta es difícil tomar algo en serio. Por eso en las txosnas, aquellas embrionarias y flacas de mecanotubo, la fiesta, aunque empapada, seguía a lo suyo. «Seguíamos con la fanfarria haciendo risas de cómo llovía. Nos reíamos de que el agua nos llegase a los tobillos. Pero cuando comprobamos que seguía subiendo y que nos cubría por la rodilla…» (Leonero Bilbao, miembro de Txomin Barullo).

«Nos comunicaron que el desbordamiento de la ría era inminente y que teníamos que evacuar cuanto antes a la gente de las txosnas. Claro, vestidos de comparseros te puedes imaginar el caso que nos hicieron» (Txema Amantes, Moskotarrak). Como a las cinco y media el nivel de la ría era tal que el agua bajaba amenazadora golpeando las orillas de La Naja y el Arenal. Y la música y el júbilo se apagaron. La gente comenzó a acudir al puente y aledaños, elevados a prudente altura, seducidos por un espectáculo que pronto presentaría su rostro más aterrador. 

Cuando la oscuridad lo cubrió todo el cielo seguía descargando sin piedad. En La Peña las aguas llegaron a alcanzar los doce metros de altura, el mayor nivel de todo Bilbao. En Galdakao el agua alcanzó los casi diez metros, destruyó edificios y puentes, y durante días la Policía rastreó la zona con un cañón de luz y un megáfono en busca de vecinos aislados. En Basauri el agua alcanzó los nueve metros; en Etxebarri, los once. Sondika, Bakio, la parte baja de Barakaldo y así hasta más de cien localidades quedaron a merced de las aguas. 

Una de las imágenes arquetípicas de aquella tragedia tuvo lugar la misma tarde: las aguas rompieron las amarras del buque Consulado. Durante unos minutos interminables el buque quedó a la deriva y se temió lo peor: que impactara contra el puente de Deusto y lo derribara. Antes de llegar al puente de La Salve, a la altura del Edificio Albia, el buque se hundió. El mercado de la Ribera quedó bajo las aguas. En la plaza de Santiago, junto a la catedral, tuvo lugar uno de los fenómenos más increíbles de aquella tragedia. El agua alcanzó en este punto, el más bajo del Casco Viejo, los seis metros de altura. Allí confluían todas las calles de alrededor y se formó un espectacular remolino que a modo de vórtice lo absorbía todo. 

La carretera de San Ignacio sufría multitud de cortes. El puente de Rontegi, erigido aquel año para unir las dos márgenes de la ría, no pudo padecer peor estreno. En Llodio, apurando las fiestas de San Roque, las aguas llegaron hasta el segundo piso. A media tarde se habían cortado las comunicaciones telefónicas y cinco horas después ya no se podía salir ni entrar del pueblo. Pero ninguna área sufrió más que El Peñascal. Sobre el barrio dormitaba una vieja cantera en desuso que vomitó ladera abajo miles de toneladas de peñascos, rocas, escombros y lodo. 

Muchos de los jóvenes que horas antes habían entrado en el Casco Viejo ya no pudieron salir. Quedaron totalmente aislados y la gran mayoría fue alojada por los vecinos antes de que el Casco se convirtiera en un foso que en lugar de siete calles era de siete ríos. A su paso por Erandio la enfurecida ría destrozó el puente. Además de árboles y bidones los recodos que las aguas habían abierto en la carretera estaban atestados de caballos y vacas muertas. La noche iba a ser un infierno.

En la calle Tendería tuvieron que formar cadenas humanas para poder salvar a la gente. En la calle Jardines un bloque entero se vino abajo. Al fondo de la calle Somera, que finaliza en una curva, ocurrió algo que pudo terminar en una desgracia mucho peor. Allí se formó un tapón con ramas, troncos, basuras, enseres y mobiliario. A ello se sumó una gigantesca bombona de gas propano que primero chocó contra la iglesia de San Antón y luego fue navegando hasta detenerse en los escombros. Los vecinos asustados daban el aviso con linternas. Y pasó una eternidad hasta que, coordinándose a gritos desde las ventanas, consiguieron deshacer a golpes el tapón por uno de los lados de la calle. Cabe imaginar el terror de aquella operación improvisada que despidió a la bombona entre la oscuridad. Aquel gigante de propano no era el único. Había miles de bidones de cianuro, carburo y ácidos, la mayoría rotos, navegando libres corriente abajo. Durante la riada innumerables pequeñas y medianas industrias fueron arrasadas y muchos de sus productos tóxicos quedaron a la deriva. 

Radio Bilbao fue la única emisora que pudo emitir noticias y llamadas de auxilio aquella fatídica jornada. Hasta que a las cuatro de la madrugada estalló una tormenta aún mayor que parecía concentrarse en el bajo Bilbao, desde la parte alta del muelle de Urazurrutia hasta Zorroza, con brutal intensidad sobre el Casco Viejo. Y la radio quedó muda. 

Horas después, sin luz, agua ni teléfono, no había noticias de Bermeo, Bakio o Mundaka, y en los alrededores de Bilbao sobrevolaban rumores inquietantes. Uno de ellos afectaba directamente a la ciudad. Al parecer había expresa orden de dinamitar el puente del Arenal si las aguas hacían tapón allí, lo que habría sido definitivo para el Casco Viejo. Otro hablaba de evacuar Barakaldo, la localidad más poblada del Gran Bilbao, por el riesgo que entrañaba la ruptura de una presa. Pero el rumor más delirante de aquellas trágicas horas sugería que la localidad pesquera de Bermeo podía haber desaparecido bajo las aguas. A la mañana siguiente dos navíos de la Armada consiguieron llegar a su bahía. La dimensión de la catástrofe en Bermeo era indescriptible. La emisora de la Cruz Roja marítima había lanzado un SOS que recogieron en el puesto de voluntarios de la Cruz Roja en Zumaia. Cuando llegaron por mar una gigantesca masa de coches se apilaba en el puerto. Para evitar infecciones las autoridades decretaron que tan solo en Bermeo se enterraran en cal viva ciento cincuenta mil toneladas de bonito. Los miles de voluntarios que participaron en el desescombro fueron vacunados contra el tifus y el tétanos.

Eran los años del plomo, cuando el terrorismo apretaba con mayor intensidad. Y sin embargo la respuesta nacional fue conmovedora. El Gobierno de Felipe González delegó en Carlos Garaikotxea y su Lehendakaritza la organización de las labores de auxilio en todo el territorio vasco. En multitud de puntos los alimentos básicos no llegaron hasta el tercer día. Camiones y helicópteros llevaron a numerosas localidades los víveres: una barra de pan y un litro de agua por persona era el racionamiento establecido. Uno de los símbolos de aquellos fatídicos días, obra del alcalde de Miravalles, aparecía escrito en una pizarra que presidía el pueblo. «A quien se sorprenda saqueando o aprovechándose de la lamentable situación que padecemos será objeto del más enérgico castigo que la ley permita». Porque como en una de esas pesadillas apocalípticas los actos de pillaje en los días siguientes se sucedieron y patrullas vecinales, fuertemente armadas, se vieron obligadas a proteger sus bienes en numerosos puntos de Bilbao y alrededores. «Cuando llegamos a La Peña una patrulla de vecinos nos recibió con escopetas en mano. Nos informaron de que allí no había llegado ninguna ayuda» (Juan Carlos de Rojo, Radio Bilbao).

La Armada trasladó por mar alimentos y antibióticos. Dos destructores llegaron desde Santander para trasladar provisiones hasta el muelle de Abando. Aunque se cifraron entre doscientos mil y quinientos mil millones de pesetas, las pérdidas fueron con seguridad mucho mayores. Incluso las treinta y nueve pérdidas humanas se antojaban una cifra corta ante la magnitud del desastre. Los miles de voluntarios que se sumaron a la reconstrucción volvieron a demostrar que tal vez lo más valioso del ser humano despierta en las catástrofes.

En agosto de 2008 Bilbao conmemoraba los veinticinco años del desastre. Una serie de gigantescas fotografías fueron colocadas en diversos puntos de las Siete Calles, varios programas de radio y la emisión de dos documentales en ETB, especiales en El Correo, Deia y El Diario Vasco, vinieron a recordar el espanto de aquellos días. El Ayuntamiento de Bilbao se sumó a la iniciativa con una recogida de fotografías y testimonios sin precedentes desde la tragedia. Sin embargo fue la exposición en la planta baja del Edificio del Ensanche, convertida en improvisado museo, la que con mayor hondura y precisión inmortalizaba los hechos: fotografías, crónicas, testimonios escritos por los ciudadanos, documentos sonoros y un sinfín de archivos hacían de la visita una experiencia estremecedora. Nada como escuchar a los veteranos visitantes con los que uno tenía la suerte de coincidir allí, abuelos con txapela y alma de hierro, bilbaínas arrugadas que suspiraban cuando aquellos hombres evocaban la desventura que encerraba cada imagen, a cual más siniestra. Fue hora y media de profunda emoción. 

Es probable que muchos nativos rescataran entonces el recuerdo a través de estos actos y, sobre todo, del doble documental emitido por ETB. Pero de seguro otros muchos lectores ni sabrán de aquellos días en los que Bilbao estuvo al borde de la muerte. Basta subir al monte de Artxanda para echar un vistazo desde allá arriba y comprobar que Bilbao, nuestro adorado Bilbao, es tal y como reza su apodo de Botxo, un agujero.  

Han pasado casi cuarenta años. En algún momento del día siguiente la lluvia cesó. El recuerdo nunca lo hará. 


Clavos en los tacones

Fotografía: Mstyslav Chernov (CC BY-SA 3.0)

Faldas negras con mucho vuelo, camisetas de lycra y zapatos de tacón. En un abrir y cerrar de ojos, y sin dejar de hablar de los planes para el fin de semana, las siete bailaoras ya se habrán cambiado de ropa. Estíbaliz Calabria, Estíbaliz Craf, Rocío Cortés, Joana Cabel, Marta Colomino, Haizea París y Garazi Ajuria llevan ocho años ejecutando la misma operación cada sábado, siempre a las tres de la tarde. Comparten el pequeño vestuario con una docena de coloridas sillas de enea, pero se apañan bien. Las mayores, que rondan los cuarenta, comenzaron a bailar flamenco durante los «años de plomo» en Llodio, un pueblo alavés gobernado a relevos por HB y el PNV. Cuando alcanzaron la adolescencia lo dejaron «por distintos motivos». El ambiente también pesaba.

Pasaron los años, volvieron a reunirse y formaron el grupo de baile Algarabía aquí, en el Centro Andaluz de Llodio. Hablamos de una localidad que pasó de ser un núcleo de cuatrocientos caseríos en 1930 a acoger a siete mil quinientas familias en la segunda mitad del siglo XX. Durante las décadas de los cincuenta y sesenta el tejido industrial estaba en plena expansión y se necesitaba mano de obra. Acudieron a la llamada miles de gallegos, andaluces, castellanos, extremeños y riojanos. El pueblo, que tradicionalmente había vivido de la ganadería y la agricultura, se transformó: un urbanismo rápido y desordenado engendró los denominados barrios «de aluvión», lo mismo que en Amurrio, Vitoria, Sestao, Santurce, Bilbao, Portugalete, Barakaldo, Mondragón, Rentería…  El dinamismo empresarial y social fue tan frenético que el valor del producto interior bruto del País Vasco se triplicó entre 1960 y 1973. Algunas empresas enviaban autobuses a los pueblos para atraer mano de obra, y en las estaciones de tren siempre había hombres que se acercaban a los recién llegados para ofrecerles trabajo. 

Y aquellos no eran los únicos cambios de calado. La literatura en euskera volvió a resurgir: Harri eta Herri, un extenso poema social de Gabriel Aresti, publicado en 1964, simbolizó la renovación. Surgió la nueva canción vasca, y los Oteiza, Chillida o Basterretxea irrumpieron en el arte mientras las ikastolas pasaban de la clandestinidad a una frágil legalidad. El pueblo vasco quería afirmar una identidad aplastada por el franquismo, justo cuando el contexto sociopolítico cambiaba de forma vertiginosa. Y todavía faltaba lo peor de ETA, décadas muy convulsas en las que miles de vascos, hijos de emigrantes, tuvieron que forjarse una identidad y reconocerse como vascos, como españoles, o como vascos y españoles.  

«Me ha costado años ir vestida de flamenca a la plaza cuando nos tocaba bailar», confiesa Rocío Cortés, atenta a ajustarse bien la falda. Rocío es madre de dos hijos, Eneko y Nerea, tiene cuarenta y un años y trabaja en un supermercado del pueblo. «Vengo a ensayar sin comer, pico cualquier cosa en el trabajo», explica, «y menos mal que cuento con el apoyo de mi marido, si no, no podría bailar». Joana, que ha cumplido treinta y cuatro años y dirige un centro de medicina estética, retoma: «Hace poco fuimos incluso al Haitzulo (un bar del centro) a tomar unas copas después de bailar vestidas así», añade. No es poco.

Las mujeres de Algarabía se suben al escenario en el que ensayan. Un vinilo de la aldea del Rocío preside la estancia. Tienen dos horas por delante: primero harán unos ejercicios de calentamiento, después, zapateados, y, por último, machacarán unas alegrías y unos tientos. Cuando terminen, a algunas les dolerán los pies, a otras los dedos de las manos —están trabajando con las castañuelas—. Ese es el peaje de vivir el flamenco con intensidad. «Es un sentimiento, como las mariposas en el estómago cuando te enamorabas de adolescente», explica Joana.

Fotografía: Ivan Peplov (CC BY 2.0)

Flamenco, toros y Franco

El Centro Andaluz de Llodio se fundó en 1970, estrenando local en el centro del pueblo, muy cerca de la plaza de Abastos. Fueron las terribles inundaciones de 1983 las que provocaron su traslado a uno de esos barrios de aluvión. Desde su terraza se ve el Centro Castellano Leonés; a unos metros está el Centro Extremeño y al otro lado de las vías se encuentra el Centro Gallego. Basta darse una vuelta por allí para comprobar que el grueso de los socios de esas casas regionales va envejeciendo. O, lo que es lo mismo, que los hijos de los inmigrantes ya no sienten esos lugares como punto de encuentro. Hay que decir que el Centro Andaluz está más vivo gracias al baile: hay siete grupos nutridos de hijos de andaluces, pero también de otros vecinos del pueblo que no tienen raíces en el sur. En una de las mesas de la terraza está el padre de Joana, Vicente. Jubilado tras una vida entera de encofrador, dice que se siente muy bien en Euskadi. Llegó con catorce años: «Todo lo que tengo se lo debo a mis sudores y al País Vasco», subraya. 

Loli Solís, la vicepresidenta del Centro, se suma a la conversación. Nació en Euskadi, tiene cincuenta y seis años y bastante memoria. Afirma contundente que sí, que sus padres tuvieron que oír que les llamaran «maquetos» o «coreanos». 

«Cuando el cierre de ACEROS, hubo quien dijo que echaran primero a los de fuera», recuerda. «El ambiente estaba enrarecido, y la dictadura hizo mucho daño también porque se tendía a vincular, muy injustamente, flamenco, toros y Franco». Del mismo modo, reconoce que los andaluces se cerraban mucho, que no hacían amistades fuera de sus círculos. «Los prejuicios eran recíprocos», concluye. Loli también recuerda a los que se avergonzaban de sus orígenes andaluces, e incluso intentaban ocultarlos. Quizás eso explique que un choque cultural tan importante tenga un reflejo tan escaso en la ficción literaria vasca, sea en euskera o en castellano. Pero hay excepciones. En Cacereño, Raúl Guerra Garrido relata las vicisitudes de un extremeño emigrado a Euskadi, algo parecido a lo de Ramiro Pinilla y sus vivencias de un emigrante leonés en Antonio B. el Ruso. El bertsolari (improvisador de versos en euskera) Jon Maia reivindicaba sus orígenes extremeños en la novela Riomundo, e Iban Zaldua explora el tema en el cuento Bizilagunak. Más recientemente, Uxue Alberdi ha incorporado en su novela Jenisjoplin algunas páginas reseñables dedicadas a esta realidad. 

Donde la fusión cultural sí ha eclosionado es en la música. Ya no sorprende que el aurresku, un baile solemne y honorífico, se complemente con la aportación de bailaores, ni resulta impensable que gitanos vascos, como sucede con Sonakay, canten en euskera. El cantaor bilbaíno, hijo de andaluces, Juanjo Navas cree que es normal unir las dos culturas en su expresión artística: «Al final cantas tus vivencias e influencias y mis vivencias son tanto andaluzas, por lo que me trasmitieron mis padres y mis abuelos, como vascas, por lo que yo he vivido y por las influencias de mis amigos, mi pareja, mis hijos…». Navas, que se arrancó con una saeta en euskera durante la última Semana Santa de la capital vizcaína, presentó hace unos meses Reflejos de Andalucía, un álbum en el que pone música y quejío a las letras del poeta Beñat Arginzoniz

Raíces

El ensayo llega a su fin. La energía eléctrica del flamenco cesa y las bailaoras ya pueden descansar. La próxima actuación será en una boda en Gernika. «El novio es sevillano y la suegra quiere darle una sorpresa», aclara Joana, nada más bajarse del tablao. «Hace unos años todo esto era impensable», añade, mientras se seca el sudor de la frente con un pañuelo. Con o sin bodas, Algarabía siempre tiene la agenda llena. De las siete del grupo, Haizea y Garazi no tienen ningún vínculo familiar con el sur, mientras que las otras cinco son hijas de emigrantes llegados de Aldeaquemada (Jaén). «Era habitual que viniéramos muchos del mismo pueblo porque, si un familiar emigraba, luego íbamos más», explica el padre de Joana. Tanto ella como Rocío se reivindican como vascas, pero también como andaluzas. Tienen claro cuál es el momento más especial que han vivido como integrantes del grupo Algarabía:

«Fue precisamente cuando actuamos en Aldeaquemada. Nos sentimos muy orgullosas de llevar allí nuestro baile y de ver a nuestros padres y a nuestros familiares orgullosos de nosotras. Recibir el cariño de todo el pueblo fue increíble». En el viaje de vuelta, dicen, no pudieron dejar de llorar por la emoción. «Ahora es cuando están empezando a venir de allí a conocer esto señala Joana. Antes les daba miedo». Al hilo de esa experiencia puntual, las bailaoras recuerdan que, a menudo, nos las consideraban ni de un sitio ni de otro. «A veces, en el pueblo, nos llamaban etarras», dice una de ellas. El resto asiente. Tras casi tres décadas de desarrollo industrial, en los años ochenta llegó una profunda crisis que propició una regresión demográfica. Sin embargo, la mayoría de los que se establecieron en Llodio en las décadas anteriores no regresó a sus lugares de origen más que para las vacaciones. 

El vestuario vuelve a abarrotarse y ahora son los vaqueros, las camisetas y las zapatillas de deporte los que adquieren el protagonismo. En los años que llevan bailando juntas les han pasado muchas cosas. «Nerea, la hija de Rocío, nació cuando ya éramos Algarabía», apunta Haizea. Nerea estudia en euskera en la ikastola, pero escucha flamenco en casa. «Yo quiero que aprenda a bailar dice su madre—, aunque sea unas sevillanas». Al meter los zapatos en las bolsas de deporte, los clavos de las puntas y del talón brillan. Cuando bailan pasan inadvertidos, pero alteran la percepción del zapateado: suena mejor, más limpio. 

«Puede que no nos miraran mal, que fuera cosa nuestra», añade Rocío, mientras apura un vaso de agua en la barra del Centro Andaluz. «Quizás no fuera algo visible o demasiado llamativo, pero lo sentíamos así». 

Fotografía: Mstyslav Chernov (CC BY-SA 3.0)


Leche, leche fresca

Marc Madiot y Julián Gorospe, 1989. Fotografía: Cordon Press

El puerto de Sollube era la última dificultad que tenían que afrontar los corredores participantes en la Clásica de Bermeo. Las cunetas de la parte alta del puerto estaban atestadas de aficionados que esperaban, ansiosos, el paso de los ciclistas. Era una simple carrera amateur, pero allí no faltaba nadie con sus neveras repletas de bebidas y bocatas en un ambiente festivo, pasando el día y mirando las estribaciones del puerto por donde ascendía, retorciéndose, la carretera. Todos esperaban el gran duelo entre los dos ídolos del momento: Jokin Mujika, guipuzcoano de diecinueve años, y Julián Gorospe, vizcaíno de veintiuno.

El pelotón comenzaba a subir las primeras rampas del puerto y todos los ciclistas esperaban el ataque de los dos favoritos. Jokin decidió colocarse a rueda del «veterano» Gorospe, y este último resolvió no atacar mientras tuviera a su rival a rueda. Al rato, un corredor se atrevió a arrancar y se marchó hacia adelante y, tras él, otro, y otro, y otro, mientras Gorospe y Jokin continuaban vigilándose. Así ascendieron gran parte del puerto, perdiendo cada vez más tiempo con respecto al resto de corredores, y perdiendo todas sus opciones en la carrera. Hasta que decidieron retirarse, decepcionando a seguidores y al resto de aficionados, a los que privaron del esperado duelo.

Como decía, no eran profesionales; no se ganaban la vida con el ciclismo. Aun así, al día siguiente llenaron páginas de periódicos y protagonizaron encendidos debates en los programas deportivos de todas las emisoras de radio. Quizá fue un día especial, sí, pero cada semana los medios de comunicación del País Vasco daban cuenta de lo que habían hecho estos dos corredores —y otros— en la carrera del anterior fin de semana. La prensa no hacía este seguimiento porque quisiera promocionar el ciclismo, que también, lo hacía porque el público vasco demandaba y buscaba información sobre las gestas de los ciclistas.

Jokin Mujika, nacido en el pequeño pueblo de Itsasondo, en el Goierri, fue mi compañero de equipo en la categoría de aficionados, y pasamos juntos a profesionales. En el equipo también estaban Betegui, de Urretxu, Izuzkiza, de Gabiria, Etxezarreta, de Zaldibia, y Dorronsoro, de Bidania. Yo era el único de ciudad; alguno me llamaba, entre bromas, kaleume, que quiere decir algo así como urbanita, o niñato de ciudad. De hecho, en mi ciudad solo dos ciclistas han corrido y terminado el Tour de Francia: mi hermano Jordi y yo. No quiero decir con esto que el arraigo de la afición al ciclismo en el País Vasco provenga mayoritariamente del mundo rural; muchos grandes ciclistas vascos provienen de la ciudad de Bilbao o de Vitoria-Gasteiz, pero sí creo que la pasión por el ciclismo tiene que ver, y mucho, con los deportes rurales.

Jokin estudiaba FP en Tolosa, pero tenía que ayudar en las labores del caserío; no les sobraba de nada, pero nunca les faltaba comida. Tenían que segar la hierba, alimentar a las vacas, cuidar la huerta y demás trabajos, pero «mi padre tenía mucho cuidado en no ponernos tareas los domingos», contaba. Cada año, cuando se disputaba la Clásica de Ordizia profesional, a escasos cinco kilómetros de Itsasondo, iba a ver a su ídolo ciclista, Txomin Perurena. Empezó con el ciclismo a los dieciséis años, tarde en comparación con otros chavales, pero su contacto con la bicicleta ya venía de bastante antes. Desde los diez años hasta los diecisiete salía a diario desde el caserío, con su bicicleta, a repartir la leche de las vacas. Llevaba dos marmitas de diez litros, una a cada lado del manillar, y un cazo para medir y servir. Leche fresca, claro, como ha sido siempre.

Julián Gorospe y Jokin Mujika arrastraban aficionados a las carreras ciclistas, fomentaban discusiones y rivalidades, protagonizaban páginas enteras en los medios de comunicación y llenaban horas de radio, siendo solamente aficionados. Lo pedía la gente. Gorospe lo siguió haciendo siendo ya ciclista profesional; Jokin no pudo adaptarse del todo al terreno profesional a pesar de su calidad, lo mismo que otros muchos corredores como Etxabe, Gastón, Lejarreta o quien esto escribe. Pero antes de llegar nosotros, la afición vasca no perdía detalle de los triunfos de Perurena y Lasa, o de Galdós, en el Giro. Y antes, en los sesenta, todo el mundo se volcaba con el mítico equipo Kas, o el Fagor, y con Antón Barrutia, Momeñe, Errandonea o Gabica. Y aún antes, el aficionado se enfervorizaba con la rivalidad entre Loroño y Bahamontes, o con Dalmacio Langarica. Y si nos remontamos todavía más atrás, a los años treinta, la afición vasca vibraba con Montero, Mariano Cañardo o Federico Ezkerra. Estos, y otros muchos que no he nombrado, alimentaban esa pasión de los vascos por el ciclismo. Pero la afición vasca valora y anima a todos los ciclistas por su entrega, por su sufrimiento, por la épica y por muchas otras razones, sean estos de donde sean. La opinión de los ciclistas sobre la afición vasca se mueve siempre entre «la mejor afición del mundo» y «una de las mejores aficiones». Tenía un compañero de equipo llamado Anastasio Greciano, modesto gregario, que siempre me decía riendo: «En mi pueblo ni saben que soy ciclista, y cuando corro en el País Vasco me reconocen y me animan jaleando mi nombre».

A pesar de que ganó unas cuantas carreras, Jokin Mujika no cumplió con las expectativas que se habían puesto en él. En el ciclismo profesional no llegó al nivel de su gran rival en aficionados, Gorospe. A veces pasa eso, y lo contrario también. Había dejado de estudiar y de realizar las duras tareas del caserío. También dejó de salir a repartir leche con sus dos marmitas colgando del manillar de la bicicleta. Quizá, si hubiera seguido haciéndolo, hubiera creado otra modalidad de deporte rural vasco. Ya existe uno parecido, las txingas, que consiste en correr con dos pesos colgando de cada mano, y su origen está en el trabajo de las ferrerías. Pero, tranquilamente, podría tener su origen en el reparto de leche. En el País Vasco los trabajos se acabaron convirtiendo en deportes.

Fotografía de Humberto Bilbao.

Los segalaris empezaron apostándose algo a quién cortaba más hierba; los aizkolaris, a quién cortaba más rápido el tronco. Lo mismo con los que levantan piedras. Incluso las más conocidas regatas de traineras tienen su origen en el trabajo de los pescadores que salían a por ballenas. Otros dicen que viene de atoar barcos, pero, para el caso, es lo mismo; era trabajo. Cuando se divisaba una ballena se daba el aviso, y salían las traineras del puerto con el arponero en la proa. El que llegaba primero y arponeaba se llevaba la mejor parte del animal. Cuando se extinguieron las ballenas en el Cantábrico las tripulaciones de las traineras siguieron retándose, pero ya sin la recompensa de la pieza; quedó el reconocimiento del público.

El público vasco, amante del buen comer y del buen beber, y atraído hasta el límite por los deportes extremos y agónicos y por los deportistas duros y sacrificados. Esta querencia por los deportes más duros, unida a la atracción por viajar o por subir a las cimas de los montes y montañas, por las apuestas y por los retos cada vez más difíciles, convierten al ciclismo en el deporte más seguido. Después del fútbol, claro, pero eso es algo bastante más vulgar.

Jokin ganó varias carreras como ciclista profesional, y tomó parte en cinco ediciones del Tour de Francia, con un 30.º puesto como mejor resultado en 1986. Una carrera a la que acuden miles de aficionados a ver a los corredores, vascos o no, en las rampas de los puertos pirenaicos. Como si de una tradición legendaria del mes de julio se tratara, hasta allí se desplazan cuadrillas de amigos y familias enteras para acampar, comer y beber, mientras esperan durante horas el paso de los ciclistas. La primera edición del Tour se remonta al año 1903, con seis etapas, cuatro de las cuales superaban los cuatrocientos kilómetros. En el reglamento se les prohibía a los corredores cualquier tipo de ayuda externa, mecánica o alimentaria, y tenían que cubrir el recorrido por encima de los veinte kilómetros por hora si no querían ser descalificados. Por caminos de tierra y con bicicletas rudimentarias, los ciclistas pasaban de diecisiete a veinte horas pedaleando. Con semejante panorama, las narraciones de las gestas de estos deportistas no tardarían en calar entre los vascos. El primero en intentarlo fue el bilbaíno Vicente Blanco, el Cojo, en 1910. Según el reglamento, los premios y dietas no se pagaban a los corredores hasta que no hubieran terminado el Tour. Vicente Blanco no tenía medios y tuvo que ir desde Bilbao hasta la salida en París pedaleando sobre su bicicleta. Solo pudo aguantar hasta la tercera etapa antes de retirarse, pero fue el que señaló el camino a otros muchos ciclistas.

Patxi Alkorta, alias Panadero, presidente de la Sociedad Deportiva Danena de Zizurkil, fue el «padre» deportivo de Jokin. El mío también, pero sin duda tenía más querencia por Jokin, al que tuvo en su equipo desde juveniles; yo empecé más tarde a correr en bici. Patxi era el panadero de Zizurkil, y dedicaba todo su tiempo libre a la S. D. Danena, al ciclismo y a los ciclistas. Trabajaba muy duro y disfrutaba mucho también, siempre de manera altruista. Como Patxi Panadero, hay cientos de personas en el País Vasco que dedican su tiempo de ocio a dirigir clubes, crear escuelas de ciclismo, sacar equipos ciclistas de categorías inferiores u organizar carreras para la chavalería. Patxi tenía un equipo juvenil, pero consiguió crear otro equipo en la categoría superior, la de aficionados, para que Jokin, ya con dieciocho años, no se fuera a otro sitio. Allí nos juntamos los Betegui, Izuzkiza y compañía. Al cabo de tres años de competir en aficionados y de ganar carreras, ya estaba bastante claro que, tanto Jokin como yo, estábamos llamados a ser corredores profesionales. Entonces ocurrió lo excepcional. En lugar de fichar por un equipo profesional, Patxi y el capacitado grupo de gente de la que se rodeó en la S. D. Danena consiguieron patrocinadores y crearon un nuevo equipo profesional. Los chavales de Itsasondo, Urretxu, Gabiria, Bidania y el kaleume, junto a corredores fichados de otros lugares, nos vimos en el equipo del Panadero de Zizurkil corriendo la Vuelta a España y el Tour de Francia. Por supuesto, también participamos en las carreras que clubes y sociedades deportivas organizaban en el País Vasco, que siguen adelante con la ayuda de muchos voluntarios. La Clásica de Ordizia, la carrera que iba a ver Jokin de pequeño y cuya primera edición se remonta a 1922, o el Gran Premio de Getxo y la Vuelta al País Vasco, con origen en 1924, que fueron escenario de nuestros sueños infantiles, se convirtieron en escenarios de nuestras gestas adultas.

No creo que exista una única razón por la que el ciclismo goce de tanto arraigo y predilección en el País Vasco. Es difícil de explicar, como lo es descifrar el porqué de esa pasión por subir a los montes más altos o de disfrutar viendo a unos pelotaris dando manotazos a una pelota dura como una piedra. Hay muchas cosas que son comunes en otras partes del mundo o sentimientos parecidos que hacen que no parezcamos diferentes, pero tampoco iguales. Muchas pequeñas cosas que, unidas, marcan una característica.

Salgo con mi amigo David a rodar con la bicicleta. Él es de la nueva hornada de apasionados del ciclismo; le gusta comer y beber, arrastra muy dignamente su barriguita sobre la bici. No se pierde una carrera ciclista en la tele, pero le gusta también salir, como a otros muchos miles de vascos. Le pregunto mientras rodamos juntos:

—¿Por qué hay una afición tan especial al ciclismo en el País Vasco?

Y no duda un instante: 

—Porque no follamos.

—¡Venga, en serio! —replico.

—En serio te lo digo. Fin de la conversación.

Al menos alguien lo tiene claro.

Hay lugares en el mundo en los que tienen una predilección por el ajedrez, aunque también les guste el ciclismo. En el País Vasco esa predilección es por el ciclismo, a la vez que existe afición por el ajedrez. Eso sí, si este se jugara sobre un tablero del tamaño de un campo de fútbol, con piezas de cincuenta kilos que se tuvieran que mover en un tiempo limitado, sería un deporte de masas.

Fotografía de Humberto Bilbao.


El desafío de Jonás

Fotografía: Andoni Lubaki

De las construcciones, ¡qué pocas tienen cúpulas como las de San Pedro! De las criaturas, ¡qué pocas son tan vastas como la ballena!

Herman Melville, Moby Dick

Dice que le llamaban la atención las barcas, barcos y botes desde crío; los de madera, eso sí. Los de verdad. Imaginen a un chaval zampándose un cucurucho de karrakelas (‘bígaros’) con la mirada perdida en el casco rojo del Ozentziyo. Se llama Xabier Agote, y contempla desde el muelle de San Sebastián el último atunero de verdad que faenó en estas aguas. Adelantamos ya que esta es una historia que empieza y acaba en el mismo rincón del Cantábrico, pero que atraviesa el Atlántico varias veces. Durante ese periplo, Xabier ha cumplido cincuenta y tres años y, en su santuario de la bahía de Pasajes, hoy son los barcos los que parecen mirarle como si de un padre se tratara. Podría ser porque o los ha construido él, o ha enseñado a otros a hacerlo. Su hijo pródigo es la réplica aún en construcción del San Juan, un pecio vasco del siglo XVI encontrado en Terranova en 1978. Tiene una altura de cuatro pisos, pero no lo veremos hasta el final porque antes hay mucho que contar.

Sin despegar sus intensos ojos azules del Maribeltz, un pequeño batel vasco aún en construcción, Agote recuerda que son las olas y las corrientes las que moldean los barcos, que por eso son tan distintos un pesquero gallego y una faluca egipcia. Dice haber sido testigo de cómo una maestría dictada por los elementos y recogida por los hombres durante siglos sucumbía bajo un poliéster ramplón ajeno a todo legado histórico-antropológico. Quiso aprender; se llama «carpintería de ribera», o «construcción naval de madera». Pero el oficio estaba en las últimas, así que se plantó en Maine con veintipocos. Fue en el museo marítimo del extremo nororiental de Estados Unidos donde Agote se convirtió en constructor.

Selma

Antes de todo aquello, probablemente mientras Agote ensartaba karrakelas con un alfiler frente al atunero, Selma Huxley, historiadora marítima canadiense —e hija de un primo de Aldous Huxley, por si se lo han preguntado— rebuscaba entre los fondos de Oñate (Gipuzkoa) información sobre la presencia vasca en Terranova. Había miles de documentos sobre la pesca del bacalao y la ballena, los puertos y asentamientos en la costa del Labrador y Quebec y, por supuesto, la presencia de galeones vascos hundidos en aquellas gélidas aguas. «Creo que aquí hay algo», exclamó el buzo que inspeccionaba el fondo marino de Red Bay (Terranova). En el verano de 1978, las coordenadas que Selma había rescatado de entre el polvo y las termitas de aquellos archivos dieron con el pecio del San Juan, un ballenero vasco hundido en el invierno de 1565.

Siete veranos de trabajo incesante, catorce mil horas de inmersión, veintidós mil fotografías y mil doscientos dibujos y mapas reconstruyeron la embarcación del siglo XVI más completa hasta la fecha. Hay muchas otras naves hundidas en el Caribe y otras aguas más calientes, pero ninguna tan bien conservada como la protegida por el hiperbóreo mar de Terranova. El resultado de aquel trabajo de arqueología subacuática se publicó en 1985 en National Geographic. Ahora es cuando nos imaginamos a un Agote ojiplático ante la portada que muestra a un buceador sobre la cubierta sumergida del San Juan. Coincidió, además, con su partida a Maine.

También se excavó en tierra, o al menos en la parte que permitía el permafrost de Red Bay. Resulta que la ensenada debe su nombre al color de las tejas que habían traído los balleneros desde el otro lado del Atlántico. Dicen que servían de lastre para estabilizar el barco en su travesía hacia el oeste, y que luego se usaban en la construcción de casas y estructuras portuarias. Permanecerían en pie hasta que una nueva tormenta las reventara contra la bahía, allí donde decenas de miles de cantos rodados de teja se fundían con la sangre de las ballenas que troceaban en tierra. En aquellas excavaciones de finales de los setenta también descubrieron los hornos donde se derretía la grasa de los cetáceos. Luego se almacenaría en barriles que ocupaban el lugar de las tejas, y vuelta al Cantábrico. Hasta ocho mil litros de aceite se podían obtener de una ballena franca, un total de cuarenta barricas cuyo precio equivalente actual sería de unos tres mil euros por unidad. La ballena daba dinero, y este era el acicate para aguantar campañas de entre tres y cuatro meses en continua lucha contra los elementos. Con el aceite se hacía jabón, lubricantes y, sobre todo, se iluminaban las casas. Lo que tocó de muerte al sector fue el uso de keroseno en los candiles en el transcurso del siglo XIX. Caladeros como el de Red Bay desaparecerían entonces del mapa para dejar sitio a lugares en aquel tiempo tan ignotos como Texas o Bakú.

Los indios

Siglos de explotación ballenera al otro lado del Atlántico habrían sido impensables de no haber contado los vascos con la colaboración de los locales. De que la relación entre europeos e indios algonquinos fue fluida dan fe no solo la cantidad de topónimos vascos en la zona, sino también el número de vocablos que la población amerindia incorporó a su lengua: arria, txikota, txalupa, balea, anaia, satan beltza… En 1625, Lope Martínez de Isasti aporta este sorprendente testimonio:

… en región tan remota como Terranova han aprendido los salvajes montañeses con la comunicación que tienen con los marineros, que van cada año por el pescado bacalao, que entre otras cosas preguntándoles en vascuence: nola zaude, como [sic] estás, responden graciosamente Apaizac obeto, los clérigos mejor, sin saber ellos qué cosa es clérigo, sino por haberlo oído.

Los nativos ofrecen pieles de castor a cambio de codiciados calderos de cobre, o incluso hachas conocidas como «vizcaínas», valoradas por los locales hasta el punto de que muchos se hacen enterrar con ellas. Para comunicarse recurrían a un pidgin, una lengua franca en la que se mezclaban su variante del algonquino y el vasco, y que facilitaba intercambios comerciales. También se podía echar mano de un traductor, generalmente un crío que los balleneros dejaban al cuidado de los indios hasta su vuelta. Aunque esto no siempre funcionaba:

«El invierno ha sido tan duro que los nativos de la zona de Gaspe se han comido al muchacho que habían dejado los vascos», dejaba escrito en su bitácora de 1651 el misionero jesuita francés Paul Le Jeune. Los vascos que perdían la vida en aquellas aguas heladas, o en un accidente laboral mientras procesaban las capturas en tierra, eran enterrados en la pequeña y vecina isla de Saddle, donde se han encontrado tumbas con grupos de siete. A las tripulaciones de aquellas chalupas desde las que se arponeaba al cetáceo se las enterraba en la misma fosa.

De la presencia ballenera vasca por el Atlántico norte hablan también dos glosarios del siglo XVII que se conservan en un instituto de Reikiavik. Son setecientas cuarenta y cinco palabras del primer diccionario en otra lengua, después del latín, en la historia de Islandia. En cualquier caso, las relaciones con los nórdicos insulares no eran, ni de lejos, tan fluidas como las que habían entablado con los indios. Hubo que esperar hasta abril de 2015 para que Islandia derogara una ley de 1615 que permitía el asesinato de vascos en el distrito de los Fiordos Occidentales; cuatrocientos años de un edicto emitido cuando un caudillo local, un tal Magnusson, conminó a sus súbditos a matar a una treintena de balleneros vascos que acababan de sufrir un naufragio. Hasta la fecha, aquella sigue siendo la mayor masacre en la historia de Islandia.

Hemos mencionado antes que la irrupción del keroseno en el mercado desbancó al aceite de ballena, pero lo cierto es que, para entonces, la población de cetáceos había sido diezmada. Al principio, ese descenso solo se notaba en Terranova, pero en el siglo XVII ingleses, holandeses, portugueses y daneses se sumaron al grupo de depredadores marinos, rompiendo así el monopolio de los vascos. En 1610, el ballenero inglés Jonas Poole lamenta haber avistado un gran banco de ballenas en Spitsbergen —un archipiélago inhóspito a mil kilómetros del polo norte— y no haber podido cazar ninguna. «Solo los vascos conocen las artes de la pesca de la ballena», recoge el británico en su libro de navegación. En el que es hoy el asentamiento humano permanente habitado más septentrional del globo existe una ‘península de los vizcaínos’, Biscayarhalvøya, y también un glaciar al que llamaron Biscayarfonna.

No obstante, navegar cada vez más hacia el Ártico era más difícil, más caro y, por supuesto, menos rentable, por lo que muchos de aquellos buques que habían sobrevivido a los embates más brutales del Atlántico norte acabarían pudriéndose en puerto. Los más afortunados pasaron de explorar el indómito Ártico a languidecer en la ruta Burdeos-Londres. Las antiguas barricas de aceite de ballena irían ahora rellenas de vino francés.

El bosque

Antes de que los vascos llegaran al Nuevo Mundo, la pesca de cetáceos era común a toda la costa cantábrica. El paso invernal de la ballena franca mantenía a toda la cornisa vigilante desde atalayas sobre el mar. Desde Coruña hasta Gipuzkoa, un avistamiento se podía anunciar con un fuego, tañendo una campana o, simplemente, voceando montaña abajo y las chalupas saldrían inmediatamente después en busca de su presa. Ya habrán adivinado que este es el origen de las traineras. No se sabe si fue la ausencia de presas o una codicia insaciable lo que llevó a los vascos a liderar una aventura de esa envergadura. Sea como fuere, Agote habla de una cultura marítima vasca que quedó a la sombra, dice, «de esa imagen pastoril que este pueblo heredó del romanticismo del siglo XIX».

Sabemos que los vascos se echaron al océano, pero también que este rompió tierra adentro. La chalupa ballenera y el propio leviatán se reproducen en sellos medievales y dinteles de caseríos, pero el mar llega mucho más allá de los pueblos cercanos a la costa. Paseando por bosques como los de la Sakana (Navarra) no hace falta ser un gran observador para fijarse en que muchos de los árboles presentan formas extrañas a primera vista. Vistos a contraluz hasta nos parece que veamos a alguien pidiendo ayuda, levantado los brazos entre la espesura. Se les llama ipinabarro y son árboles manipulados en busca de la forma de la parte del barco en la que se convertirían. Piensen en los años que necesitan robles y hayas para hacerse mayores y les dará una idea de las raíces que tenía una industria cuya materia prima era cortada y moldeada por los nietos, o los nietos de los nietos. En muchos de esos bosques repiqueteaba el sonido del martinete; el de las ferrerías que producían clavos, cadenas, pernos y anclas para los buques, así como todo tipo de armas. En el siglo XVI se calcula que el 10 % del hierro que se producía en Europa procedía del País Vasco. Solo en Bizkaia y Gipuzkoa se contaban alrededor de trescientas ferrerías.

Probablemente desconfíen al leer que las sidrerías eran igualmente importantes, pero tengan paciencia. Sigan leyendo. Dado que el agua no resiste tantos meses en una barrica, la sidra, de baja graduación alcohólica, era una buena alternativa. Además de hidratar aportaba una inestimable cantidad de vitamina C que, entre otras cosas, impedía que los marineros sufrieran de escorbuto. Al igual que ocurría con la madera o el hierro, la producción era industrial. No es casualidad que la mayoría de las sidrerías vascas se concentren en el rincón oriental del Cantábrico.

La factoría

Necesitábamos dar este rodeo transoceánico para entender algo mejor el lugar en el que nos cita el constructor. Mencionábamos cierto «santuario» al comienzo de este viaje. Se llama Albaola. Vivimos tiempos extraños, en los que se reconstruye un galeón vasco del siglo XVI justo al lado de un barco de vapor de los años treinta abandonado. Si buscan el lugar en Google Earth verán la preciosa draga Jaizkibel languidecer a las puertas de la factoría, como si se tratara de un perro viejo al que han dejado en la calle. Los barcos una vez fuera del agua son objetos inútiles que, además, ocupan demasiado espacio. El galeón, sin embargo, resulta útil ya antes de ser botado.

Albaola cuenta con una exposición: maquetas, infografías, diaporamas y, sobre todo, esas figuras de marineros vascos del siglo XVI a tamaño real sobre una chalupa que uno no puede dejar de mirar. Todo el conjunto contribuye a ilustrar la aventura oceánica cuyas líneas generales ya hemos trazado. Es aquí donde nos enteramos también de que el legado arqueológico de Red Bay fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2013, y que también cuenta con un museo. Con sus más de cien habitantes, es uno de los pocos pueblos que ha sobrevivido al éxodo de los terranovenses. Soportaron las tormentas y ventiscas con las que les castigaba el Atlántico norte durante siglos, pero el saqueo del bacalao a manos de arrastreros extranjeros, a finales del siglo XX, acabó por despoblar una isla ya de por si inhóspita.

Dejando atrás la exposición accedemos al taller. Agote explica que ha intentado trasladar el modelo de Maine, sin clases teóricas que mantengan a los aprendices lejos de sus herramientas. Maza de haya en mano, Javier Bizkaia asegura que estudiar un oficio que ya no existe no le genera incertidumbre alguna.

«El jefe de taller lleva dieciocho años en esto. Además, lo que conseguiré es una maestría en carpintería que me puede abrir otras puertas», dice este bilbaíno de treinta y ocho años.

Bizkaia lleva un año en el taller, pero es este mes de septiembre cuando arranca el primer curso de los tres que habilitarán a nueve futuros carpinteros de ribera. Entre los matriculados hay griegos, un belga, un francés, un feroés, e incluso un madrileño. Además de los futuros constructores, Agote habla de cuatrocientos voluntarios que participan activamente en la construcción del San Juan. Jackie Tostivint, bretona de treinta, admite que desconocía por completo este mundo. Oyó hablar de este sitio por pura casualidad mientras atravesaba Francia en autostop. Dice que se quedará al menos dos semanas. A su lado, Antoine Duquoi, historiador hendayés de veintitrés años, lleva ya dos meses trabajando la madera pero también se atreve con las visitas guiadas. Conoció el proyecto a través de Thalassa, un programa de la televisión pública francesa dedicado al mar que lleva más de cuarenta años en antena.

La nave

Se ha hecho esperar, pero ya casi estamos. Agote habla de «algo sin precedentes en la recuperación de embarcaciones». Por supuesto, no hay más planos que los dibujados sobre esas veintidós mil fotografías obtenidas bajo el agua —el pecio sigue allí—. También se han usado los materiales originales: robles de la Sakana, abetos de Zaraitzu, cáñamo del valle del Ebro y la pez de Quintanar de la Sierra (Burgos). Enara Novillos, responsable de comunicación de Albaola, ya nos había dicho que fue una de las que se apuntó a aquella caminata de dieciocho días acompañando al carro de bueyes que traía el alquitrán. El obsesivo escrúpulo histórico con el que se reconstruye el San Juan tiene su explicación:

«El objetivo no es el barco en sí mismo, sino aprender los secretos tecnológicos de nuestros antepasados», subraya Agote, justo antes de hacernos una demostración práctica del método para convertir hilos de cáñamo en cabos. La máquina, un entramado de poleas y engranajes de madera que acciona una única manivela, también la han construido aquí. Un minuto más tarde, y ya desde el reservado más exclusivo de la factoría, el San Juan se muestra finalmente ante nuestros ojos. Recuerda al esqueleto intacto de una enorme ballena a la que, poco a poco, le devuelven su piel. ¿Sabían que la de un bicho de estos es más fina que la de un bebé?

Accedemos al barco por la cubierta superior y observamos a Peter Dayton mientras lucha por incorporar una pieza en el castillo de popa con la ayuda de una sierra japonesa. Dice que era trabajador de la construcción en su Florida natal. Un día se cansó, y decidió viajar sin rumbo. Recaló aquí, visitó la factoría y se quedó. Y ya han pasado cuatro años.

Agote nos invita a bajar a las entrañas del leviatán donde se apilaban las barricas de aceite y las de sidra, justo encima de esas tejas que darían nombre y color a una bahía gris de Terranova. Le pedimos que pose para la foto. Podría ser el mismísimo Jonás en el vientre de la ballena de no ser porque sigue dispuesto a desafiar a Dios.

«Calculamos que lo botaremos en dos años», espeta.

¿Y luego?

«Luego a América, aunque todavía no sabemos cómo. Hace mucho que nadie cruza el Atlántico en un barco del siglo XVI».


Surf y ambición: la bella y la bestia

Biarritz. Fotografía: CC0.

Hemingway amaba profundamente la mar (así, en femenino), pero las olas las disfrutaba como los toros, ya saben, desde la barrera. Y así, mientras el americano acompañaba a un equipo de Hollywood en busca de localizaciones para el rodaje de The Sun Also Rises (Fiesta), alguien sacó una tabla, se tiró al agua y se incorporó sobre las olas de Biarritz. Aquella mañana de 1956 fue la primera en la que un ser humano se deslizaba de pie sobre el Cantábrico. No han pasado tantas mareas desde entonces, pero los cambios han sido vertiginosos para un pasatiempo que nació en alguna remota isla polinesia y llegó hasta nuestra costa desde California. En el siglo XXI, el surf parece haber sido asimilado por la cultura del dinero; otra máquina más de crear postales pop.

Antes de seguir recordemos que, en esencia, el surf es simple y llanamente un gran placer. Los indígenas hawaianos lo disfrutaron durante más de cuatro siglos antes de que llegara el capitán Cook en 1778. «Aquellos salvajes de ambos sexos parecían vivir el más supremo placer mientras la mar los conducía rápida y suavemente», escribió su teniente en el cuaderno de bitácora. El mismísimo Jack London probó el surf en Hawái con cierto éxito y lo definió como «un deporte real para los reyes naturales de la tierra». Y es que la acción de surfear siempre transmite frescura, júbilo, entendimiento con la naturaleza y, sobre todo, libertad, o sensación de libertad. Los norteamericanos lo vieron enseguida: tras apropiarse de Hawái y del surf, lo explotaron a través de Hollywood en innumerables películas, e incluso lo emplearon en la guerra fría como arma de seducción ideológica; desde películas surferas proyectadas en Moscú hasta campeonatos en países asiáticos.

Cuando llegó al Cantábrico, el surf venía de ser contracultura en la California de los sesenta; era cosa de pijos y hippies porretas que no querían hacer la mili, y menos en Vietnam. Mostraban desdén por el trabajo y poca ambición materialista, pero soñaron con la posibilidad de vivir —o sobrevivir— de su pasión. Y no serían ni los primeros ni los últimos. A finales de los sesenta, Patxi Oliden, un artesano de traineras y remos, abrió en Orio el primer taller de fabricación de tablas de surf de la Península para hacer sus Itxas Tresna (‘herramientas de mar’). La costa vasca vio nacer los primeros campeonatos, tiendas, escuelas y revistas de surf. Todo eso atrajo mucha atención mediática pero también derribó estereotipos: para hacer surf no hacía falta ser rubio, ni ser hijo de papá; las olas buenas son en invierno, los Beach Boys no surfeaban y las drogas no eran imprescindibles. Tampoco había que irse hasta Hawái para coger olas gigantes. Ibon Amatriain descubrió y estrenó olas en el golfo de Bizkaia que parecían imposibles de surfear; Eneko Acero fue el primer surfista profesional de España y Aritz Aranburu es, hasta el momento, el primer y único surfista estatal en acceder al top mundial. Y aún hay unos cuantos más.

Entre olas y surfistas surgen más marcas locales, más tiendas, más escuelas y campeonatos. Dice el escritor Eduardo Illarregui que el País Vasco, con su franja costera de apenas ciento setenta y seis kilómetros, atesora una de las mayores concentraciones por metro cuadrado de surfistas de élite, shapers (fabricantes artesanos de tablas), artistas y empresarios relacionados con la industria del surfing del planeta. En tan solo seis décadas, el surf ha calado hondo en una sociedad volcada a la mar desde antiguo. Los vascos ya convirtieron la pesca de la ballena en la primera industria en la historia de América del Norte en el siglo XVI. En los tiempos de Instagram se trata de seguir explotando la mar a través de otros medios. Eso sí, no basta con coger olas colosales o hacer maniobras increíbles. También hay que demostrar flow en internet. Los surfistas profesionales y wannabes —aquellos que pretenden serlo— trabajan su personal branding; las grandes marcas y los medios venden la postal y el postureo, y todo el mundo quiere su foto.

Durante la primera década del siglo XX, el número de personas que practicaban surf se multiplicó dos veces por dos: en 2002 se calculaba que eran unos cinco millones en todo el mundo, y en 2010 ya eran veinte millones. La masificación se ha convertido en el gran problema del surf: cuanta más gente surfea, menor es el placer. Mundaka sigue bombeando olas de clase mundial, pero cada año son menos las posibilidades de hacerse allí un buen tubo. Las olas surfeables adecuadas son ya un recurso natural limitado y todas las playas comienzan a estar saturadas de surfistas compitiendo entre sí. Hasta la mar tiene sus límites, pero no importa: las olas artificiales amenazan con convertirse en fábricas de surfers principiantes. William Finnegan, surfista y premio Pulitzer 2016 por Barbarian Days (Años salvajes), fantasea con la idea de que algún día el surf pudiera pasar de moda. «Y cuando llegue ese día, tal vez millones de novatos dejen de surfear y dejen las olas a los surfistas recalcitrantes».

Hay en el País Vasco tanto cluster de surf, tantos cursos de marketing del surf, tantas empresas especializadas en turismo surf… Algunos surfistas creen que colegas suyos están vendiendo el alma al diablo. El surf ha perdido soul, está muriendo de éxito y quizá sea necesario imponer algunos límites también a la ambición humana. Cuando todo parecía perdido, en plena desnaturalización y con la industria tratando de centrar la narrativa del surf en los campeonatos, aparece en escena un viajero de Getxo con sus tablas bajo el brazo y una cámara para grabar y contar sus aventuras. Kepa Acero es hoy uno de los exploradores de olas más renombrados del globo, al que medios norteamericanos presentan como «la versión moderna de Vasco de Gama». Con sus viajes y vídeos ha recordado a todo el mundo que no todo son maniobras espectaculares y campeonatos. La industria quiere ídolos y fans, circo y más ventas, pero la competición en el surf no deja de ser algo impostado. Matt Warshaw, autor de The History of Surfing y The Encyclopedia of Surfing, recuerda que solo el dos por ciento de los surfistas participa en campeonatos, que el noventa y mucho por ciento de las competiciones son silly entertainment, y que los mejores momentos del surf suceden casi siempre lejos de los campeonatos.

Nos disponemos a entrar en un nuevo tiempo. Si el surf era puro disfrute y divertimiento, ya nos encontramos en otra fase: llega la era del postsurf. Cori Schumacher, tres veces campeona del mundo de tabla larga, defiende la necesidad de deconstruir, redefinir y reconstruir este pasatiempo venido a más, y propone comenzar por «desplazar del centro al surfista masculino competitivo profesional». Hoy gozamos de mejores tablas y trajes, predicciones marítimas precisas, vuelos más o menos económicos, etcétera, pero, como dice la socióloga Kristin Lawler, los surfistas viven «con un profundo sentimiento de paraíso perdido». Parece que los mejores tiempos para surfear ya se fueron, y no van a volver.

Nos queda la mar. El frío y duro invierno de la costa cantábrica, con sus marejadas y vientos del sur. Y nos queda la ambición, que es también bella y bestia. Ojalá sea para recuperar el equilibrio.


El cuponazo, más allá del mito

Fotografía: DP.

El asunto de la creatividad en el eslogan da lugar a variadas, hilarantes y también falaces aristas en la vida política. Resume también a la perfección la crisis de verosimilitud política. Pero la gente encripta los mensajes-eslogan sin preocuparse de indagar la verdad, por lo que pretender desmontar prejuicios es prácticamente imposible. La propaganda es una de las armas más modernas. Su innegable malicia narrativa puede hacer zozobrar cualquier intento de explicación, pero esta siempre debe encontrar su lugar entre la ciudadanía responsable.

Los medios de comunicación han servido de caja de resonancia a la idea del cuponazo para referirse al concierto económico vasco, etiqueta que ha pasado a la jerga común con facilidad nada sorprendente. En este caso, el denominado cuponazo obedece más al arte de la elipsis informativa que a la metáfora, pues capta la realidad a través de una sensibilidad muy susceptible y ofrece un juicio de valor en bruto subjetivo. No obstante, la propaganda irreverente e irónica, a la vez que lúcida y escéptica, es uno de los grandes revulsivos políticos de nuestro tiempo. Como sostiene Zygmunt Bauman, el reemplazo de las rígidas ortodoxias por la heterodoxia y el relativismo es habitual. Pero la atmósfera de tolerancia se tambalea cuando están en jaque postulados partidistas interesados en demasía.

La tarea de la propaganda consiste en interesar a las masas sobre acontecimientos concretos y ganar su cooperación. Y para maximizar sus efectos debe omitir, distorsionar y desviar la atención. Por eso atacar con una etiqueta descalificadora es una fórmula habitual. El sarcasmo y la ridiculización son parte del ritual. Para mayor confusión, los conceptos políticos desplazan el sentido de la realidad histórico-política. Y esto genera reacciones simbólicas muy contradictorias. Entre ellas, la vedettizacion del «estado-espectáculo». Pero decidir una estrategia supone una elección de valores. Y ninguna estrategia está exenta de costes. No es baladí recordar, por tanto, que el sentido común debe primar en un dirigente.

Un eslogan sonoro

Memoria, realidad y deseo a veces se confunden. En torno al 20 de noviembre de 2017, la mayoría de la prensa publicaba que en el Congreso de los Diputados se acusaba al Gobierno de «pasar por encima de la igualdad» y haber entrado «en un cuarto oscuro» para pactar con el PNV. Convendría partir de datos fehacientes y situar el tema sobre supuestos histórico-políticos reales.

De entrada, el marco histórico que vincula el acuerdo residual no debiera obviarse. La abolición de los fueros vino de la aprobación de la Ley de 25 de octubre de 1839 (General Espartero), tras la victoria conseguida en la primera guerra carlista. En el artículo 1 de aquella ley, se decidía la vigencia de los fueros de las Provincias Vascongadas y de Navarra «sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía». Esa coletilla supuso el declive de los fueros, que tuvo su primera plasmación en la llamada Ley Paccionada de 1841 por la que Navarra perdió su condición de «Reyno», pasando a ser una provincia más aunque con un Estatuto especial, que dio origen a su Convenio Económico. 

El concierto —recordémoslo— es una institución singular y diferenciadora de la autonomía vasca y la «clave de bóveda» sobre la que se asienta la misma. Una institución que posibilita definir las capacidades tributarias y financieras del País Vasco, en una relación bilateral con el Estado español, a diferencia de la que establecen las quince comunidades autónomas no forales, que es multilateral.

Ese decisivo «pacto», en lo que se refiere al primer concierto, tras la aprobación del Estatuto de Gernika, se hizo en 1979 de la mano del Consejo General Vasco, aunque no llegó a acordarse formalmente ningún texto. Negociado a lo largo de 1980, la comisión negociadora estuvo integrada por seis representantes del nuevo Gobierno Vasco y de las Diputaciones Forales, por un lado, y otros tantos de la Administración del Estado, en el otro lado de la mesa. El último de los artículos acordados se firmó el lunes 29 de diciembre de 1980, a las 22:30 horas, según recuerda P. L. Uriarte.

Dos sistemas y un Estado

En verdad, de los dos sistemas de financiación del Estado, en el régimen común, donde el recaudador es el Estado, este aplica la normativa fiscal y distribuye. En las comunidades forales estas legislan impuestos, gestionan, recaudan y pagan un cupo al Estado. La caja se mantiene en los Gobiernos autonómicos, y los impuestos son concertados con el Estado para su gestión, salvo una parte relativa a cuestiones de carácter estatal y europeo (aduanas, IVA, etc.). En las comunidades forales existe, obviamente, una legislación que mimetiza la del Estado; pero la recaudación corresponde al propio Gobierno autonómico, de igual manera que el Estado la ejecuta en el régimen común.

Los impuestos directos están, por tanto, sometidos a la normativa autonómica, actuando de acuerdo con principios de solidaridad. Desde una explicación muy somera, ha de tenerse en cuenta —en sentido estricto— que el sistema común sigue la vía orgánica del Estado, pero muchas autonomías que tienen este perfil en cuanto a su financiación adoptan lo que un amigo mío define, aunque parezca heterodoxo, como «la postura del egipcio». Un perfil que, mano hacia adelante y extendida hacia atrás, visibiliza una metáfora, cuya interpretación material no deja de ser igualmente provocativa. Es decir, el Estado da y puede compensarte mediante fondos de reequilibrio que solventan hipotéticos déficits.

El régimen foral parte de una legislación y una disponibilidad de «caja» mediante impuestos concertados y otras actuaciones que permiten distinguir una tipología diferenciada en materia fiscal, pero implica un riesgo unilateral: recaude o no, debe pagarse el cupo estipulado.

Evidentemente, cualquier ciudadano puede señalar en tono crítico las ventajas de una gestión más flexible, o las facilidades recaudatorias del régimen foral. Lo cual técnicamente es cierto. Pero históricamente, antes y después de 1981, se ha confirmado la eficacia del sistema recaudatorio, tanto en la fórmula de convenio de Navarra como mediante el concierto económico vasco. Es difícilmente cuestionable la calidad gestora demostrada en ambos casos. Pero, incluso siendo así, algunos nacionalistas muestran su insatisfacción por la autoimposición de un techo de gasto, con lo que hipotéticamente se cercenan las posibilidades de poder hacer más.

Con lo que recaudan las haciendas forales y con otras fuentes de ingresos, las instituciones del País Vasco desarrollan sus propias competencias (educación, sanidad, servicios sociales, seguridad ciudadana, carreteras, etc.). Pero hay otra serie de servicios públicos que desarrolla el Estado y se paga por ello. Esa cantidad importante es el llamado «cupo». La comunidad autónoma del País Vasco tiene la obligación de contribuir con un determinado porcentaje —el 6,24 % fijado en la negociación cerrada el 29 de diciembre de 1980— y que hoy todavía se mantiene.

Considérese ahora la cara oculta e interesada del asunto y la de quienes descalifican al sistema. En primer lugar, hay una dimensión del cupo que pocas veces se menciona.

Si el sistema recaudatorio falla o es menor, el cupo debe pagarse siempre al Estado. Exista superávit o no, toca literalmente aguantarse. Hay que pagarlo.

Consiguientemente, y a riesgo de que mi valoración parezca favorable a ultranza, también he de advertir que el denunciado cuponazo parte de un supuesto discutible: tachar de desigual al sistema, cuando no lo es en la práctica. Resulta bastante despiadado conceptuar la fórmula como si se tratase de una bicoca, cuando en el sistema de régimen común existen fondos de compensación que ni el País Vasco ni Navarra reciben.

Para dar algo de luz al asunto es preciso recordar que la negociación del cupo, según lo estipulado constitucionalmente, se lleva a cabo quinquenalmente como acuerdo bilateral, y constituye una ley del Estado tramitada en el Parlamento español. Cualquier modificación en materia impositiva (incluidos los impuestos creados por Europa) exige este trámite.

El cupo negociado es —literalmente— un pago a los servicios del Estado. El porcentaje contribuye a la totalidad de las competencias no transferidas (desde gastos de la Casa Real hasta la financiación de las Fuerzas Armadas o la representación exterior, entre otras). En el País Vasco se mantienen sin transferir desde el Estado treinta y siete competencias. En el supuesto de transferirse nuevas competencias al Gobierno autonómico, el cupo sería renegociado, lógicamente.

¿Cuarto oscuro?

A nadie se le oculta que la hipótesis de modificar la Constitución resuena entre los descontentos de muy distinto signo político, por unas y otras razones. Al calor de argumentos muy contrastados, la manera de negociar bilateralmente entre el Gobierno del Estado y el Gobierno Vasco ha sido criticada por su falta de transparencia.

La prensa especializada recogía no hace mucho las dudas formuladas sobre el cálculo del cupo y lo que supone el País Vasco en relación al producto interior bruto (aproximadamente un seis por ciento). La conclusión para algunos críticos era que, como mínimo, debería aportar unos cuatro mil millones de euros. Sin embargo, el PIB del País Vasco ha cambiado y sus gobernantes piden rebajar el porcentaje del cupo.

¿Es el síndrome del hijo pródigo? No. Es el hijo pequeño que durante ciento cuarenta años se ha visto obligado a resolver utilizando los mecanismos legales y políticos a su alcance.

Cualquier alusión a privilegios constitucionales resulta poco sostenible. Lo inmediato ante una actitud que imputa al sistema fallos sería preguntarse también cómo se calculan las inversiones del Estado por el Gobierno central y qué resultados se obtienen.

Pagar el 6,24 % de lo que gasta el Estado implica no hacer trampas de ninguna clase, al ser una cantidad pactada que el propio Estado estipula. Algo que, dicho con franqueza, contrasta con lo acontecido en otras autonomías, en las que el fondo de liquidez autonómica es —como se ha demostrado— un saco sin fondo.

Pagando lo que toca, según el sistema de concierto, se subvenciona también al resto del Estado. Y, al respecto, el desinterés demostrado por algunas autonomías sobre la posible aplicación de un sistema similar pone al descubierto otros intereses. ¿Café para todos? Algunos Gobiernos autonómicos como los de Andalucía, Extremadura y la misma Galicia han venido a demostrar en su conducta un «no, gracias».

Evidentemente, la negociación en coyunturas políticas tan dispares como las gestionadas por las administraciones Suárez, González, Aznar, Zapatero o Rajoy, es decir, fuera quien fuera el partido dominante, ha puesto de manifiesto que era preciso un pacto. Si durante el régimen del concierto en la política del siglo XIX las conexiones políticas de los partidos —aquí y allá— se mostraron favorables para alcanzar el consenso gubernativo, en el régimen constitucional de nuestros días se exige otro tipo de estrategias. Por ello, los prejuicios de quienes no manifiestan deseo alguno por explicar en totalidad la clave del sistema son una estrategia como otra cualquiera. Expandiendo eslóganes como «España nos roba» o «el cuponazo vasco» solo se consigue despistar, pero a la larga la historia no absuelve a quienes mienten, se diga lo que se diga.

Otra cosa es el blindaje de las normas forales, pero el debate franco, evitando la visceralidad del que embiste más que piensa, lleva a la gran pregunta. ¿El mantenimiento de un sistema de financiación divergente va contra el principio de igualdad? Los defensores del concierto económico razonan de este modo: yo contribuyo, quiero que se gaste el dinero para cosas útiles para la sociedad, por ejemplo, cubriendo servicios de sanidad eficazmente; no construyendo aeropuertos innecesarios… Priorizando, en suma. ¿Y qué es desigual? ¿Cualquier trato diferencial es discriminante? Algo que es diferente no siempre resulta discriminatorio. Resolver los problemas de las diecisiete autonomías no implica considerar a todos por igual. Eso sería negar la legitimidad histórica de un pasado incuestionablemente distinto entre las distintas comunidades autónomas, sostienen sus partidarios. Argumento que aún aflora pese a que quien lo desmonta apela a postulados políticos de carácter totalmente divergente en materia de modelo de Estado.

En la Constitución se diseñó inicialmente un texto que hacía compatible la existencia de dos sistemas, reconociendo dos «nacionalidades» y «regiones». Ese federalismo asimétrico no hacía más guapos ni más altos a unos que a otros. Toda la concepción de una nueva ciudadanía para la España democrática implicaba la identificación inevitable de elementos diferenciales. Para muchos, seguramente, el término diferencial chirría y prefieren sustituirlo por el de discriminatorio. Sin embargo, no puede olvidarse que la disposición adicional primera de la Constitución española reconoce este trato diferente.

De modo que, siempre que no se haga trizas por interés espurio esta disposición adicional primera, la virtualidad de esta cláusula —la cláusula angélica, al decir de los juristas, ante su interpretación plagada de ambigüedades—, el sistema no tendría por qué ir hacia una deriva mayor que la que Cataluña ha experimentado al tratar estos y otros asuntos.

Hay que leer hasta el final el texto de la Constitución, me decía un experto foralista, y llegar a esta deducción: si el Estado te necesita… negociemos.

En definitiva, existe una legislación especial para las comunidades autónomas forales. El marco legal se justifica y esta disposición adicional en la legislación española establece un amparo innegable para los fines previstos. Al menos hasta la actualidad.

Si se fuerza una modificación constitucional, el futuro de este régimen especial, que no funciona como un privilegio como tal, acarrearía, muy probablemente, efectos que repercutirían en todo el conjunto definido constitucionalmente como autonomías. Y, puestos a hablar de apuestas, cualquier jugador sabe que si juegas a la primitiva siempre existe un riesgo. Más aún, confiar ante la falta de aciertos en atinar al menos con el joker es confiar en una probabilidad aún más incierta.


Fútbol grande en el territorio exiguo

Charles Dias de Oliveira, del SD Eibar, celebra su gol ante el Real Betis en el estadio de Ipurua, 2017. Fotografía: Cordon Press.

Cualquiera que viaje por la A-8, de Behobia a Bilbao, comprenderá la importancia de la geografía en el fútbol y la tenacidad que se exige para resolver dificultades que parecen insuperables. La sinuosa autopista se mueve entre los estrechos valles guipuzcoanos y sobre las pequeñas localidades que los pueblan. Eibar está en la linde con Bizkaia, equidistante de Bilbao, San Sebastián y Vitoria, encajonada de una manera tan radical que desde la carretera no hay nada plano que observar, excepto una pequeña mancha verde que se sostiene en la ladera, por debajo de la carretera. Es el campo de Ipurua, sede del Eibar, equipo de un pueblo de treinta mil habitantes, destacable, entre otras muchas cosas, por su potente vinculación con el deporte, desde el balonmano (el Arrate) hasta el atletismo, pasando por el frontón (al viejo Astelena se le conoce como «la catedral de la pelota vasca») o el ciclismo. Se podría pensar, a la vista de su verticalidad y estrechez, que no es lugar para el fútbol, pero la historia lo desmiente y la realidad también.

El caso del Eibar, que milita en la primera división desde hace tres temporadas, es un caso de máximo empeño. Fundado después de la Guerra Civil, en la construcción del campo trabajaron prisioneros republicanos, encargados de nivelar los escombros que ocupaban la ladera del barrio de Ipurua. Sus pequeñas dimensiones (103 x 65 m) testimonian las dificultades para encontrar espacio en el valle. Es una victoria contra el desafío orográfico. También representan el éxito de un modelo que se considera laminado: el de lo pequeño, familiar, sin pretensiones de grandeza. Aunque Eibar ha producido futbolistas de primera fila desde que el fútbol es fútbol en España —Ciriaco, Muguerza, Roberto Echevarría y José Eulogio Gárate, entre otros—, el destino de todos ellos, y ahora de jugadores como Oyarzabal o Susaeta, ha pasado por los grandes clubes vascos —Athletic y Real Sociedad— o de Madrid, caso de Gárate, el mítico delantero del Atlético. La frecuente presencia del equipo en segunda división tampoco permitía presagiar el salto a una de las ligas más exigentes del mundo. Hasta en segunda, el Eibar era una brillante rareza.

Es cierto que el del Eibar no es un caso novedoso. Villarreal tiene diez mil habitantes más que la localidad guipuzcoana y su equipo se ha convertido en una de las instituciones más potentes del fútbol español. La diferencia radica en el modelo. El Villarreal representa la culminación del sueño empresarial de Fernando Roig, magnate de la industria del gres, perteneciente a una de las familias más adineradas de España. La crecida del Eibar es un ejemplo de tenacidad popular, sobriedad económica, buena gestión y excelentes ideas. Nadie le esperaba en primera división. Ni tan siquiera fue bienvenido. Su presupuesto, apenas tres millones de euros, le impedía el ascenso administrativo. Necesitaba una ampliación de capital que resultaba inalcanzable para el equipo y su entorno económico. Su principal patrocinador era Hierros Servando, empresa local cuyo vínculo con el equipo tenía algo de poético.

La solución fue tan ingeniosa como sencilla. Hace tiempo que el fútbol camina desbocado hacia la megalomanía, pero el hincha común aprecia el esfuerzo, el trabajo bien hecho y una dosis de singularidad. El Eibar reunía todas estas condiciones y las dio a conocer al mundo. Requirió dinero por todo el planeta y lo encontró, en pequeñas fracciones, en todos los continentes. En un mes de campaña, el club reunió el capital suficiente para ingresar en primera y disponer de miles de socios.

El Eibar se ha impuesto a la orografía, a la escasez de recursos y a los peores pronósticos. No se sabe cuándo terminará su optimista recorrido por la liga o si mantendrá su firme trayectoria. En cualquier caso, resume un paisaje futbolístico muy particular, definido por una aparente contradicción entre lo escaso del territorio y su enorme influencia en el fútbol español. Desde que el fútbol irrumpió en España, el País Vasco ha sido una potencia de gran calado. Con una extensión de 7200 kilómetros cuadrados, es la comunidad multiprovincial más pequeña del Estado. Tiene una población de 2,2 millones de habitantes. Su ciudad más grande es Bilbao, con 345 000 habitantes (11.ª de España). La capital vizcaína ocupa 60 kilómetros cuadrados de extensión, diez veces menos que Madrid. De alguna manera, Bilbao se enfrenta a problemas orográficos parecidos a los de Eibar: no puede crecer, limitada por las montañas a izquierda y derecha del Nervión. Muchos de los campos de sus barrios también están situados en laderas, desniveles o reducidos espacios planos. A San Mamés, al viejo y al nuevo, siempre le encontraron un sitio preferente. Ha sido desde hace más de un siglo uno de los orgullos de la ciudad, el símbolo físico de un equipo sustancial en España. El estadio se eleva ahora sobre la ría de Bilbao con un orgullo indisimulado.

Hace noventa años se disputó la primera liga, el comienzo de un tiempo diferente: el profesional. El campeonato reunió a diez equipos: dos de Madrid (Real y Atlético, sucursal del Athletic de Bilbao hasta 1923), tres de Cataluña (Barcelona, Espanyol y Europa), cuatro vascos (Athletic, Real Sociedad, Arenas de Getxo y Real Unión de Irún) y el Racing de Santander. La nómina ofrece una idea de la configuración del fútbol español en aquellos días, dominado por el norte y especialmente por los equipos del País Vasco. Muy poco después la influencia se extendería al sur. El Betis, con una mayoría de jugadores vascos, ganó la edición de 1934-1935.

El fútbol vasco aprovechó todos los factores que le beneficiaban: una potente burguesía fuertemente vinculada al Reino Unido —inventores del fútbol— o a Francia, en el caso de San Sebastián, el carácter fronterizo de ciudades como Irún, el impacto del puerto de Bilbao en todo el norte de España, la gran tradición competitiva en deportes locales —pelota, remo, etc.—, el entusiasmo de la creciente clase obrera por el fútbol y el papel difusor de una prensa en estado de ebullición en las principales ciudades vascas. En 1924, el escritor Jacinto Miquelarena fundó Excelsior, primer diario deportivo en territorio español. La influencia del periodismo llegó hasta la médula del fútbol: el bilbaíno José María Mateos Larrucea creó la sección de deportes de La Gaceta del Norte y fue seleccionador español en un periodo de esplendor que incluyó la victoria sobre Inglaterra en 1929, primera derrota de los ingleses fuera del Reino Unido.

Un siglo después, el factor vasco sigue vigente en el fútbol español, ni mucho menos desde la posición casi dominante de los primeros años de la liga —el Athletic ganó cuatro títulos entre 1929 y 1936—, pero sí con una presencia constante en el campeonato. El Athletic, como el Real Madrid y el Barça, no ha descendido nunca a segunda división. La influencia de la Real Sociedad también ha sido capital para la buena salud del fútbol español, tanto por la calidad del equipo como por su capacidad para adiestrar jugadores inolvidables. A pesar de su pequeña extensión, Euskadi todavía es —casi dobla a Cataluña— la comunidad que más jugadores ha aportado a la selección española desde 1920, fecha del estreno del equipo nacional.

Puede hablarse de una tradición indeleble, de la penetración del fútbol hasta el más recóndito de los valles, del orgullo competitivo que se genera en un territorio donde las rivalidades son incandescentes, de una gestión económica que en los últimos tiempos ha regresado a la sensatez o de una adscripción emocional que todavía impide ver más camisetas de Messi que de Aduriz, De Marcos, Illarramendi o Xabi Prieto, puede explicarse, en definitiva, el fútbol vasco desde mil vertientes, incluida su tenaz lucha contra una orografía adversa, y no acabar de entender el milagro por el que cuatro equipos —Athletic, Real Sociedad, Alavés y Eibar— disputan la liga española, la misma cifra que hace noventa años. Y los que vengan.


Aitor Esteban: «Ahora Otegi quiere ser hombre de Estado, se ha puesto el traje de Gerry Adams»

En España hay un problema territorial desde hace cientos de años. Se ha abordado desde todos los puntos de vista en los últimos dos siglos. Desde las declaraciones de independencia o la rebelión cantonal a las dictaduras militares con estados unitarios. En la II República el asunto se abordó en una época demasiado convulsa, en la Transición la prioridad era la democracia y luego ya se iría viendo. En el siglo XXI lo estamos viendo. El debate territorial acapara gran parte de la actualidad política desde hace años. En este contexto, el PNV es el partido que ha sido capaz de llegar a acuerdos con todo el arco parlamentario. Su portavoz, Aitor Esteban (Bilbao, 1962) ha asegurado que su partido hablará «con el extremo más izquierdo y con el extremo derecho». Acudimos a la sala de reuniones de su grupo parlamentario en el Congreso para escuchar su análisis sobre la situación actual.

¿Tienen preocupación ante la posibilidad de que PP, Ciudadanos y VOX lleguen al poder con un pacto como en Andalucía?

Nos preocupa, pero qué le vamos a hacer. En peores situaciones hemos estado y mares hemos navegado. Tomaremos nuestras medidas e intentaremos seguir navegando. Creo que sería un desastre, pero no solo para Euskadi. Con los discursos de Rivera, el que hace día tras día Casado, agresivo contra el autogobierno, derechos y libertades, y con el franquismo ya purísimo que es VOX, el enfrentamiento iba a ser constante. Pero creo que también será muy perjudicial para España. Va a ahondar en sus problemas estructurales, porque estarán otra vez con la cabeza bajo tierra, haciendo la del avestruz. Para muchos asuntos de ámbito social o que han ido evolucionando con la sociedad sería terrible. Vamos a ver qué pasa, yo confío en el sentido común de la gente.

¿Qué nivel de protección tiene su autogobierno? Han dicho ustedes que está en «alerta naranja». Reformar la Constitución o el Estatuto será complicado pero parece que el concierto sí que se puede tocar como una ley orgánica, con mayoría absoluta nada más.

Cambiar la Constitución he visto hacerlo en una semana. ¿Y qué nivel de protección tiene el autogobierno cuando el Tribunal Constitucional nos lo ha estado machacando año tras año, y más en la última década? Al final uno pacta en términos claros y luego resulta que «¡Ay! Es que no quería decir eso». Además, resulta que luego el árbitro no es neutral, porque no lo es, que lo nombra quien lo nombra. Sin un arbitraje serio, al final nos encontramos siempre con recortes. Luego tenemos recuperar un poquito, después otra vez nos mandan atrás…. C’est la vie.

No creo que tuvieran la mayoría necesaria para hacer un cambio de calado.

Depende de lo que quieran modificar. Sigue estando el Estatuto de Autonomía, que es bien claro. Tendrían que tumbarlo, su modificación supone eso. Fíjese en qué fregado nos metemos. Ánimo, que lo intenten, si algo va a haber que una más a la sociedad vasca es ese tema. Por encima de sentimientos nacionales e ideologías.

Porque aquí seguro no hay nada. Las generaciones actuales dan todo por garantizado o que ya está hecho. La educación, la televisión vasca, Osakidetza —el sistema de salud—, el euskera… Yo he vivido cuando no había absolutamente nada. Ha costado mucho asentarlo. Parece que no se va a mover nada, pero nadie diría hace ocho años que iban a entrar en la cámara Podemos o Ciudadanos con los escaños que tienen. O hace dos años preguntas si VOX iba a tener diputados y habríamos respondido que no. Por lo tanto, yo siempre estoy preparado con el escudo y a ver qué es lo que pasa.

Igual ahora en campaña están compitiendo a ver quién es más duro y luego la cosa cambia. El PNV es el partido de España que ha llegado a más acuerdos con gente más dispar…

Y en Euskadi. En el Estado y en la comunidad autónoma

Conocidas son sus facultades negociadoras. ¿Habrá posibilidad de entendimiento con estos tres partidos?

Lo veo prácticamente imposible. Hay gente, y cada vez más, en el ámbito político que piensa que la política es un acto teatral. Una vez que se acaba el primer acto comienza el segundo, y no tiene nada que ver con el primero. Es otra obra. Se pueden tirar diciendo barbaridades… Rivera supongo que es consciente de las que va soltando. Casado, desde que preside el PP, ¿cuántas lleva? Casi, casi una al día. ¿Que luego dirá que no quería hacer una ley de lenguas única para toda España, que el 155 no, que la ertzaintza no va a tener que estar subordinada a la policía nacional, que lo del aborto no lo he dicho? ¿Esto luego se borra y yo no he dicho nada?

Como Ciudadanos, que dice que no va a pactar con el PSOE e igual luego Rivera hace un intento. Hombre, entonces, no hables. No hay seriedad. Es un puñetero desastre. Tenemos una gran desconfianza, y si entra VOX no le quiero ni contar. No veo posibilidades de acuerdo inmediatas. Ahora, tomar la temperatura hay que hacerlo siempre, incluso en la peor de las situaciones. Para saber cómo están los temas siempre hay que hablar con unos y con otros. Acordar… eso puede ser imposible, sobre todo viendo la que se avecina. No creo que la mejor manera de hacer amigos sea estar amenazando constantemente, más allá de un concepto de sociedad que no cuadra con el nuestro.

Urkullu actuó como mediador en la crisis catalana por petición, primero, de Puigdemont, luego del PSE… Tras su declaración en el juicio, Puigdemont dijo que Urkullu se guardó cosas para sí, que no lo dijo todo.

Conozco a Urkullu desde que éramos chavales. Tiene una manía, apuntar absolutamente todo en unos dietarios. A estas alturas no le deben de entrar en casa. Tiene todo desde los tiempos de EGI, la organización juvenil del PNV. Urkullu en el juicio, que además fue llamado por la defensa, contestaría a lo que le preguntaran. Si no le preguntaron algunas cosas no las diría.

Puigdemont dijo: «No fue así (…) estoy convencido de que Urkullu cuando explique la integridad de las conversaciones, [se] sabrá [que] al único acuerdo que yo estaba dispuesto a llegar era convocar elecciones si había garantías explícitas de que no se aplicaría el 155, si se retiraba la policía enviada extraordinariamente a Cataluña para dar miedo, si se levantaba la intervención de las finanzas de la Generalitat y si se paraba la represión».

No tengo ni idea. Yo con el lehendakari no he hablado de estos temas; ni tengo intención de hablar, ni hablé en su momento. Lo que puedo asegurar es que lo tiene todo muy documentado y que contestó a lo que le preguntaron. Ahora bien, todos los documentos los ha depositado en tres sitios: el Archivo Nacional de Euskadi, la Fundación Sabino Arana y el Archivo de Poblet. En el momento en que eso se abra y los investigadores accedan ya se verá. Ahora no se puede porque estamos en pleno juicio.

Dijo Urkullu que la CUP era un mal compañero de viaje para los independentistas, y usted que «echaron los dados al aire». Deduzco entre líneas que lo que quieren decir es que esa actitud de que el que ceda es que ha flaqueado o se ha rendido, es débil o menos patriota, es un poco estéril.

Es estéril. Por eso también me parece ridícula la actitud de la derechona española, esa de a ver quién es más antiautonomista y más Hernán Cortés, por decirlo de alguna manera. Estoy absolutamente de acuerdo con Urkullu en que la CUP tenía sus propios objetivos, que no coincidían con los nacionalistas, patriotas catalanes o independentistas, como quiera llamarlos. Buscaban otra cosa: una revolución.

Desestabilizar.

Claro. Y dejar en sus manos todo, todas las decisiones, todo el proceso… Lo de tirar los dados es evidente. Aquí [en el  Congreso] tenían la ecuación de otorgar la mayoría al Gobierno, pero tú tienes que saber hasta dónde puedes hacer que se mueva el Gobierno. Hay rayas que ni les salen rentables, ni creen en ello, ni es el momento, ni circunstancialmente… La política consiste en eso: en darte cuenta de cómo están las cosas.

A veces te equivocas, evidentemente, pero esto era tan sencillo como: tengo los dados, soy el que puede inclinar y en un momento en el que parece que va a ganar la derecha, eso al menos decían las encuestas, coges y tiras todo. ¿Por qué? Ellos sabrán.

El juicio del procés pesa mucho, pero creo que a la gente siempre hay que hablarle claro y decirle la verdad, lo posible y lo no posible. Una cosa es lo que tú pienses, pero no puedes hacer creer que la realidad es lo que no es. Ellos tenían el control y deberían haber intentado moverse en esa situación, porque si no lo haces, no vas a tener el control. ¿Buscas que se te venga toda la derecha? Igual algunos sí, pero yo sé que muchos no.

¿Buscan la profecía autocumplida?

Si viene la derecha, que todo este clima la alimenta, si viene una inestabilidad absoluta o si, simplemente, la derecha se hace con el control mayoritario del Gobierno español y de las instituciones españolas, no va a venir una solución. Si alguien piensa que del caos va a venir una solución para Cataluña, sigue engañándose. Tampoco para Euskadi ni para el Estado.

Necesitamos estabilidad e intentarnos encontrar más o menos en la mitad. Cada uno utilizará sus argumentos, su peso democrático, etcétera. Pero hay que hacer política. Estamos en el siglo XXI, no solo eso, en Europa occidental, que ya no es una serie de países, es un mercado único, instituciones únicas, una moneda única. Del «choque de trenes»… ¿Qué pasa con el Reino Unido ahora? Es complicado prescindir de ello. Tienes que leer también todo eso y saber qué apoyo o fuerza tienes.

No soy quién para decirles lo que tienen que hacer, pero yo lo vi desde el primer momento, semana y media antes, lo vi clarísimo, porque hablas con la gente, ves cómo está el patio, y me sorprendió que se echaran los dados al aire; lo único que podía salir era una jugada peor. Nunca una mejor.

¿Le parecen proporcionadas las acusaciones que afrontan en el juicio?

Absolutamente desproporcionadas. No tienen ni pies ni cabeza. Es más, no tiene ni pies ni cabeza la prisión provisional. Y sí son presos políticos. Y sí hay una mayoría de la sociedad española que quiere dar un escarmiento. Les da igual si se han infringido leyes o no. Si es un motivo para que estén en la cárcel o no. Si es una multa o no. Les da igual que una mayoría amplísima de la sociedad catalana quiera que estas personas estén fuera, porque necesitan ese escarmiento. Los partidos españoles deberían ser didácticos por su propio país, por intentar una sociedad más armoniosa.

La idea de judicializar el asunto ha sido mala. Fue un desastre y ya se lo dijimos al PP. Luego los jueces han cogido vida autónoma, como Llarena, el que metió a Turull el día después de la primera votación para ser presidente y eliminó la posibilidad de un interlocutor político. Intuyo, por una información de la que no puedo estar plenamente seguro, que esto se ha hecho a disgusto del PP, que no esperaba ese movimiento. Porque no ayuda, tensiona todo.

Hay quien opina que Rajoy estuvo más preocupado durante esta crisis de resistir las presiones que le llegaban por la derecha que de los movimientos de Puigdemont. De hecho, ahora en el PP los suyos han sido apartados por el ala más dura y ha aparecido VOX.

Por mi experiencia diría que Rajoy no quería aplicar el 155. Le parecía una medida que iba a complicar las cosas, las iba a tensionar. Y porque creía, y de esto puedo decirle que yo también me sorprendí, que no iba a poder controlar la administración catalana. Sin embargo de ahí no se fue nadie. Se quedaron todos, eh. Lo cual me sorprendió. No voy a decir qué hubiera pasado en otros lugares, porque no ha pasado, pero me sorprendió que se quedaran todos, incluso los cargos políticos de designación. Más pasivos o menos pasivos, pero la cosa siguió funcionando.

Fueron inteligentes al no apretar el pistón, pero sí me consta que él quería quitarse el 155 cuanto antes. Luego se complicó al entrar la gente en la cárcel. Hay un juego del ratón y el gato. Él no quería, pero al final lo judicializó. Entiendo que hubo presiones, pero el 155 lo aprobó Rajoy y Sánchez también, y Rivera. Todos de común acuerdo.

Podría hablar largo y tendido del 155 y sus consecuencias, sobre todo las constitucionales, porque no estaba pensado para disolver un parlamento, ni para tomar el control. De hecho, se planteó en el debate constitucional y se rechazó. Ahora algunos pretenden hacer creer que el 155 supone que en el momento en el que el Senado quiera, a petición del Gobierno, se suspende una autonomía. Oiga, que no, que una autonomía no se puede suspender.

¿Cómo se define el PNV en la cuestión independentista? Porque…

Se lo defino con una palabra. Pregúnteme: ¿Es usted independentista? Respuesta: sí. Por eso estoy en el PNV.

Pero las declaraciones que hacen no son tan claras. Tenemos a Egibar con su lazo amarillo, usted dijo hace poco «querremos decidir», pero Urkullu en 2018 dijo que la independencia de Euskadi no es una  prioridad.

Ojalá nos dieran la posibilidad de hacerlo. Urkullu y Egibar en eso coinciden. Ahora bien, me imagino que no va a pasar mañana por la mañana.

La izquierda abertzale lo ve como que están en el sí pero no.

La izquierda abertzale, cuando el procés estaba en lo alto y todo eran días de vino y rosas, se pasó el día diciendo que nos teníamos que meter. Han forzando manifestaciones, nos han dicho al PNV que teníamos que abrir un segundo frente. Pero nosotros sabíamos cómo iba a evolucionar esto. No sabíamos cómo iban a evolucionar algunas personas, pero hemos tenido una interlocución con todos y eso nos ha dado una atalaya buena. Una panorámica.

Nosotros hemos defendido, y yo mismo desde la tribuna, la causa catalana. Creo en ella. Tienen derecho a decidir su futuro, y si Cataluña fuese independiente no pasa nada. ¡No pasa nada! España seguiría y Cataluña sería otro país independiente. Seguramente, en un país que se va a llamar Europa en un futuro si las cosas van bien, crucemos los dedos, con temas comunes, espero, como el ejército, defensa, fronteras, etcétera. Siendo un país diferente no pasaría nada.

Les hemos defendido a capa y espada, pero su estrategia no era la nuestra. La de la izquierda abertzale parece que sí, pero ahora ya no lo dicen tanto. Ahora Otegi quiere ser hombre de Estado. Se ha puesto el traje de Gerry Adams y es el que va a negociar, el que hablará con Sánchez… ya. Hace dos días decía otra cosa. Porque estos tíos siempre llegan tarde. Primero era independencia, luego autodeterminación, después ni se sabía, independencia y socialismo, matar, tal, no, apoyar a ETA… siempre llegan tarde a todo.

Algo que se debatió fue que una independencia de España supondría salirse de la Unión Europea. Urkullu ha pedido en Bruselas una directiva de claridad que permita que se haga un referéndum de independencia y declararla no suponga salirse de la Unión.

Formalmente supondría una salida de la UE. Es una manera que tienen los Estados europeos de decir: «Cuidadín, no te muevas». Pero ahora seamos sinceros, ¿se puede permitir Europa un país no integrado? Estamos intentando integrar todo el este y la Europa balcánica, ¿y se puede permitir Europa que un país cuyos ciudadanos tienen una voluntad absolutamente europeísta, que ya han formado parte de la Unión, y cuya economía no supondría ningún problema para la UE; se puede permitir el lujo de mantenerlo fuera? Sería para un ratito.

¿Y formulado al revés? ¿Se puede permitir la UE que todas las regiones que están mejor puedan reestablecerse como Estados?

No se confunda. No es estar mejor. No estoy de acuerdo con eso. Si algunas están mejor es porque han tenido un dinamismo propio, lo cual quiere decir que se han sentido nación. Hablemos en serio, yo creo que Galicia es una nación, pero en Galicia tiene mayoría absoluta el PP. Hoy por hoy. Mañana no sé qué va a pasar, pero hoy no está reivindicándose.

Hoy, Euskadi, Cataluña, Flandes, Escocia y quizá Gales en un futuro son los que están buscando su propio espacio en Europa. Eso de decir que luego va a ir el Valle de Aosta pues, oiga, vamos a ver… No. Seamos serios. No sé si en el futuro se unirá la Bretaña francesa o quien sea, pero evidentemente, si hay una mayoría social hay que dar una respuesta. ¿Cuál sería? Que Europa se lo plantease.

No le estoy pidiendo que acepte o que haya una ley, porque sé además que es imposible en una primera estancia que acepte una segregación e integración automática. Pero sí creo, y es a lo que iba Urkullu, que Europa tiene que plantearse que no vale decir «esos organismos de regiones y entes locales», la Asamblea de Municipios y Regiones. Hay otras comunidades autónomas de España, las hay con más peso poblacional y económico que Euskadi, pero no tienen un problema nacional. Todo el mundo se siente español, está muy orgulloso de ser español y quiere seguir siendo español. Tenemos que hablar de donde hay verdaderamente problemas.

Euskadi no es Ródano o no es Extremadura. Tenemos que arbitrar algunos espacios en los que haya lugares que no son Estado para buscar mejor empaste social, porque yo también sé que mi sociedad es plural, aunque en esto seguramente tendríamos una mayoría muy grande, que haya unos planos donde puedan tener mayor presencia en Europa, perteneciendo a España o a Bélgica, se lo tiene que plantear Europa porque tiene un problema nacional interno. Europa debería enfrentarlo ya.

¿Cuál era el mantra de los que estaban en contra de la secesión de Quebec en Canadá? La ley de Claridad. El PSOE trajo aquí a su autor. Hablaba de pregunta clara, mayorías cualificadas, qué territorios, todo. Y yo digo: Vale, estoy de acuerdo. Pero ellos dijeron entonces que Ley de Claridad ya no. Decían que sin violencia todo será posible, pero ¡ay, amigo! ya no hay violencia y no es posible.

Una frontera, aunque sea dentro de la UE, siempre tiene consecuencias económicas, que pueden ser malas para los que se quedan de un lado.

La Unión Europea tendría que arbitrarlo. Hablamos sobre categorías genéricas que no van a ninguna parte, pero luego la práctica nos pone a todos en nuestro sitio. Evidentemente, los nacionalistas catalanes no pueden obviar, igual que los vascos, que estamos dentro de la UE, donde hay una geopolítica diferente, que estamos en el siglo XXI, pero tampoco puede España obviar que estamos en el siglo XXI y que esto no se soluciona con un «aquí mando yo porque tengo más tribunales y gobierno y porque tengo más cañones».

Es una cuestión aritmética que si dentro de un Estado se independiza la parte que está mejor puede empobrecer a la que se queda. ¿Ese enfoque no es pertinente?

¿Y por qué la fórmula genial es la de España? Porque si vamos por enriquecimiento, porque necesitamos zonas ricas, que España anuncie la anexión con Alemania. Así tendremos mucha más pasta todos, más regiones ricas. O con Francia. Si de lo que se trata es de tener más dinero y vivir mejor, pues nos juntamos Francia, España y Portugal, aunque no creo que quieran los portugueses ¿Aquí los nacionalistas somos solo nosotros? Y una gaita.

Hay que admitir que un éxito absoluto del independentismo catalán y vasco es que se confunda el derecho de autodeterminación con el derecho a que todo pueblo tenga su propio Estado.

Sí, no es exactamente así.

Esa visión primordialista del derecho de autodeterminación ha conseguido que hasta PP y PSOE la asuman cuando hacen declaraciones.

El derecho de autodeterminación tiene varias facetas. Digamos que la última fase sería la del Estado propio. Un Estado o un estatus.

En España, con las instituciones autonómicas actuales se puede decir que el derecho de autodeterminación es efectivo y se cumple

Ese cuentíbiris, no. El derecho de autodeterminación cuando se habla en crudo es el derecho de autodeterminación externo, el derecho a decidir tus relaciones con el resto. Incluso el interno tampoco está aquí tan claro, porque tu forma de gobierno está limitada por la Constitución. No te permite determinadas cosas sobre cómo debe ser tu parlamento o tu gobierno.

Mire, de lo que hablamos es de la autodeterminación externa. Los nacionalistas vascos cuando hablamos de esto no nos olvidamos de que hay una parte del País Vasco que está en Francia. Y para mí también es Navarra, pero acepto que en Navarra tendrá que ser una mayoría amplísima la que lo quiera, porque con que lo piense yo no vale.

Soy muy consciente de todo esto y de la variedad de mi país y sus diferentes ideologías, pero creo que en Euskadi hay una mayoría para que haya más autogobierno y una plaza diferente a la de cualquier otra comunidad autónoma en el marco de la Constitución. España no creo que debiera sentirse amenazada. El que tiene un concepto de España uniforme y centralizada, sí, pero hay que moverse en esos términos.

Los países que nos rodean son más restrictivos. En Portugal, por ejemplo, la Constitución prohíbe los partidos de obediencia regional…

Portugal es uniforme. Lo único que podría querer es anexionarse Galicia o los gallegos a Portugal, que no creo que quieran hacerlo ni unos ni otros.

Francia.

Sí, Francia lo tiene prohibido en la propia Constitución. No me ponga ese ejemplo. La Carta de Lenguas europea no la ha ratificado Francia. Una auténtica vergüenza. Ese concepto de «una lengua, un parlamento, una ley» que viene con la Revolución Francesa es el que luego importa España a sus propias constituciones. En Francia choca, pero emplean la guillotina, deportaciones… y España, al final, fíjese qué siglo XIX más convulso. Esa idea de una ley y una lengua choca con unos territorios durante siglos y siglos. Unos se amoldan más, y otros seguimos aquí.

Y en Italia, el año pasado por primera vez, el sardo entró en la escuela y tímidamente; las demás lenguas siguen en la calle. Solo quiero decir que viendo nuestro entorno europeo, igual usted tendría que decirles a ellos: «¡España es un prodigio!».

Sí, pero como yo no le digo a los catalanes a lo que tienen que aspirar, les respeto y creo que tiene que estar en sus manos lo que ellos desean, ni usted ni yo podemos, ninguno podemos decir a los demás: «a usted ya le vale, usted ya tiene». Es que igual yo lo que quiero es esto: «A usted le parece que con el plato de natillas tengo suficiente, pero es que en realidad tengo buena barriga y necesito dos». ¿Esto quién lo tiene que juzgar?

En España ¿hay autonomía, hay autogobierno? Claro, claro. El problema que tenemos es que no hay un árbitro neutral. Lo que hay es que hemos firmado un estatuto de autonomía que no está todavía cumplido. Hay competencias que todavía no han sido transferidas. Entonces la excusa era ETA, ahora te dicen que no. Contestas que viene en el Estatuto y no. «Es que nos equivocamos». ¿Pero no está en la ley? España mucho tal pero luego no se cree ni su propia ley, que te la van recortando.

Además, ha pasado una nueva generación, yo no tenía edad para votar la Constitución española, tenía dieciséis años, y para el Estatuto tampoco. Empiezo a pensar ya más en cómo va a quedar la jubilación que en otras cosas. Si quisiéramos un nuevo estatus y una nueva ley, si ya somos otra generación ¿no podemos negociar? El mundo ha cambiado. Y la respuesta es no. O lo que ha dicho Casado, que hay que recentralizar.

En la Transición catalanes y vascos estuvimos reivindicando las autonomías, en caso contrario no las habría habido. Así de claro. Ahora bien, lamentablemente, en una gran parte de la sociedad española y sus partidos políticos, ese espíritu del autogobierno, de dejar hacer, de las diferencias, no existe. Sigue la misma idea de la teórica España eterna.

Con el concierto hay quejas de que el gasto público en Euskadi es más del doble que en otros lugares, especialmente del sur.

No lo sé, puede ser.

¿A usted le parecería admisible que hubiera esa desigualdad dentro de Euskadi, entre Álava y Gipuzkoa, por ejemplo?

La hay. En el ámbito social hay municipios que reciben menos que otros. Los de Álava creo que tienen más por habitante.

¿Serán desigualdades tan acentuadas?

No lo sé, pero lo que quiero decir es algo de lo que la gente no se da cuenta. Eso de que los vascos tienen más pelas y se las reparten como les da la gana entre ellos porque el PNV es un mago de las finanzas y le roba a todos los presidentes españoles la pasta, no. Nosotros no recibimos dinero del Estado, lo recaudamos y luego pagamos. Durante todos estos años que se ha estado haciendo el AVE a Sevilla, Málaga, Galicia, Valencia, Barcelona… nosotros hemos pagado el 6,4% de ese AVE y a Bilbao o a Donostia, ni siquiera a Vitoria, todavía no ha llegado. Se invierta o no en Euskadi, nosotros pagamos un porcentaje, igual que en otros temas.

Luego hay opciones. ¿Quién se gasta qué en qué? Nuestra prioridad ha sido siempre educación y sanidad. Ahí ha ido un montón de tela. Coja proporcionalmente a la hora de hacer el reparto qué se dedica a sanidad y qué a otras cosas y eso son opciones políticas. No voy a poner ejemplos, pero se pueden poner con nombres y apellidos de amigos y no tan amigos: ¿quién es el responsable del desastre de gestión que ha habido en tantas y tantas comunidades autónomas durante todo este tiempo? Los dos grandes partidos españoles, el PP y el PSOE.

Esto de «¡bajamos los impuestos!», otro de los mantras cachondos que me alucinan. Si tú eres el que tiene que recaudar, si verdaderamente eres responsable, eso no lo puedes decir tan fácilmente. Tendrás que calcular. Si algún impuesto lo bajas, será  porque vas a recaudar más de otra manera o porque vas a subir otro impuesto. El discurso no es tan sencillo como ese. Nosotros tenemos que ser responsables, hacer que ese dinero circule bien, que tenga un rendimiento, no dispararnos con nuestra deuda pública. Igual ocurre porque somos responsables de recaudar nuestro dinero, pero también hay una gestión detrás. Esto de que viene Aitor con el tractor y Andoni Ortuzar con la varita y Urkullu que es un mago, pues no. Eso es un discurso muy simplón.

Felipe González ha dicho que la única solución es el Estado federal.

Yo, de Felipe, ya paso.

Pero lo ha puesto sobre la mesa.

No sé, como ha dicho tantas cosas sobre Cataluña… Pero mire, el Estado federal es que no lo quieren en otros lugares de España. Si es Euskadi, con Navarra con su estatus foral y Cataluña con Madrid, sí, pero el resto… Es como el Senado, donde se iba a discutir la política territorial y solo están los grandes partidos repartiéndoselo todo. Nosotros somos una minoría ante dieciocho comunidades autónomas y siempre va a ser que no.

Nadie está pensando en una España federal. Si hay comunidades autónomas que han propuesto devolver las competencias al Estado, como la sanidad, que nunca las pidieron, que se la dieron los grandes partidos al alimón. Si están planteando la devolución de educación. ¿En Euskadi o en Cataluña alguien te va a devolver la sanidad o la educación? Evidentemente que no. Dejemos de hacernos trampas al solitario. Enfrentemos el problema en serio. Lo del café para todos no cuela. Una descentralización es importante, pero si consiste en cambiar el título de Estado de las autonomías a Estado federal, para eso…

Mi enfoque es que el dinero son habas contadas: donde pones, quitas de otro lado. Ahora, por ejemplo, con los recursos que demanda lo que se llama España vaciada, ¿cómo se podrían enfrentar las reformas federales?

Me alegro de que me hable de la España vaciada. Muchas veces se me ocurren iniciativas, pero no las digo porque me dirían que meto la nariz en los asuntos de otros. Para empezar: Madrid es una aspiradora. En Madrid es donde está el paraíso fiscal español. Es una auténtica vergüenza. Nosotros tenemos con el concierto un nivel impositivo superior a la media, pero es que Madrid es una aspiradora y no pasa nada. Todos los gobiernos españoles han pensado solo en Madrid, como si Madrid fuera el gran centro de la granja desde el que se controla todo y se gobierna todo.

¿Cuándo se ha pensando en desarrollar algún tipo de industria? ¿Cuándo se ha dicho vamos a desviar algún desarrollo educativo que vaya asociado a este tipo de tejido productivo porque va muy bien por la zona o por la ubicación? Si además no tienes una autonomía real porque no recaudas…La forma de concebir España, todo el día con ¡España, España! en la boca, pero luego es Madrid. ¿Alguien ha pensado en un desarrollo de país? No, y hay lugares que son más dinámicos.

Cuando nosotros cogimos el concierto económico había un 28% de paro en Euskadi con toda la siderurgia destrozada, todos los astilleros al cuerno, toda nuestra industria se había ido al garete, hubo que reinventarse. Bilbao era una ciudad gris de industria parada y obsoleta. Nosotros optamos por el concierto por eso de «oiga, yo me fío de mí mismo». Cuando elegimos el concierto los catalanes nos dijeron «¿Estáis locos? ¿Dónde vais a recaudar si se os está cayendo toda la industria? Además, recaudar es lo más impopular del mundo, lo popular es gastar». Pero lo cogimos y sacamos la economía adelante.

Ahora vemos que la cosa funciona, que se ha hecho una buena gestión y no ha venido Madrid a echarnos un cable. Además, hemos tenido todo el handicap de ETA que ha ahuyentado el desarrollo del país más allá del daño familiar y social. Hemos tenido grandes dificultades y porque haya habido una buena gestión a través de nuestros recursos, que ahora se diga… es una lectura muy poco profunda.

Respecto a paraísos fiscales, el caso de Rafael Nadal, que sus sociedades tributaban en el País Vasco sin tener allí su actividad, ¿es una excepción?

Supongo que sí, porque las haciendas vascas han sido investigadas hasta por la Unión Europea. Estamos homologados absoluta y perfectamente. Si hay algún superchollo de esos, que me lo cuenten, que igual hasta me puedo apuntar yo… No, nunca lo haría. No sé qué haría él, qué fórmula emplearía.

Nosotros no aparecemos en la lista de paraísos fiscales. El propio concierto dice que los impuestos tienen que ser iguales o superiores a la media estatal. Si hubiera habido de eso habría salido en prensa echando betún, aunque tal vez debería mirarse un poco en el espejo la hacienda española, que ya se ve qué legislación había con Ronaldo, etc…

El modelo educativo vasco tiene diferentes opciones según el euskera que se quiera como lengua vehicular. Mayoritariamente, se escogen las opciones con más euskera. Con un sistema flexible como este, ¿qué visión tiene de la inmersión catalana?

Creo que estamos en dos situaciones lingüísticas diferentes. Nosotros siempre hemos optado por esta porque recuerdo que se criticó por parte de PP y PSOE que la opción D iba creciendo en detrimento de la A y era porque el gobierno estaba desviando… pero llegaron ellos al poder y siguió creciendo la D. Algo que es normal, si así tu hijo va a  dominar un idioma más, por qué no. Es un proceso natural.

Nuestra lengua no es latina, es difícil de comprender, tiene una sintaxis absolutamente contraria a la del castellano. No es tan sencilla de aprender. La lengua materna de mis hijos es el euskera, y en la ikastola con dos añitos se juntaban con dos o tres de los que tenían de lengua materna el euskera, y había otro grupito de diez que se les notaba que no era su lengua materna porque aquello no funcionaba. Pero, poco a poco, a estos se les fueron dando clases especiales, van cogiendo, van aprendiendo de niños, y al final en dos añitos estaban todos integrados. Hemos desarrollado toda una pedagogía.

El catalán es una lengua latina. Yo a veces me pongo a hablar en catalán con ellos y no lo he estudiado en mi vida. He mirado un poquito la gramática y, si te pones a ello, no sé si en seis meses, pero en ocho meses… y no te digo nada si sabes francés, si sabes francés y español. La mayoría de la población allí sabe catalán. El proceso natural es que los críos se escolaricen en ese idioma. Como parece que el proceso natural en Castilla sea el castellano.

Lo que llama la atención es que se pida que también sea en castellano, porque hay mucha gente en Cataluña que no habla catalán. Sí que hay gente que no lo habla, pero yo diría que no precisamente los críos y las personas jóvenes. En Cataluña el idioma tiene una presencia muy generalizada. Además nunca ha estado en cuestión y fíjese si lleva años. Ahora bien, yo tampoco soy quién para defender o dejar de defender el catalán. Yo le encuentro esa lógica. Nosotros hemos optado por la nuestra y funciona bien.

La opción D, la opción en euskera, se coge mayoritariamente en todas las fases de la educación. En primaria, secundaria, etc… menos en una. En Formación Profesional la más elegida es la opción en castellano, ¿por qué?

En Formación Profesional tenemos un problema con el cuadro de profesorado. Y depende. Siempre es verdad que en este proceso hay una gente que controla perfectísimamente el idioma y otra que no acaba controlando al cien por cien todas las herramientas del idioma. Puede estudiar, entiende perfectamente, lee, puede escribir, pero igual le cuesta expresarse o buscar la expresión correcta a la hora de escribir. Eso se va notando al cabo del tiempo. Formación Profesional se adopta ya con una edad y supongo que ahí también hay un grupo de gente que se ve con menos herramientas.

Aunque la Formación Profesional en Euskadi tampoco es la hermana menor de nada. El FP actualmente tiene un nivel universitario. Pero también le diría váyase a la formación dual en Eibar, Mondragón y toda esa zona, todas las máquinas tienen sus letreros en euskera y todos sus alumnos hablan en euskera. No sé lo que darán esas estadísticas, pero yo le diría que hacer la generalización de que los tontos o los menos capacitados ni aprenden euskera y encima los mandamos a FP en lugar de la universidad, si me está diciendo eso, le digo que no es verdad. Hay gente que luego se pasa al castellano en bachillerato, en los últimos cursos.

Hay una cosa que los castellanos no entienden porque nunca han visto a su lengua en peligro. De hecho se vanaglorian de que sea la segunda o tercera más hablada del mundo. Pero cuando hablas de idiomas en Euskadi, se ponen ¡no, es que el castellano está desapareciendo! Pero qué va a desaparecer, si está por todas partes. Pero para el euskera o el catalán, su presencia en la educación o en el sistema educativo, que sea una lengua que no sea de aprender y que luego no sirva para nada, sino una lengua que tenga una utilidad, es fundamental para su supervivencia, y eso los españoles no se dan cuenta.

Las críticas que se pueden leer en este sentido, que piden más flexibilidad, creo que van más por el hecho de que la Unesco recomienda la enseñanza en lengua materna porque en caso contrario puede tener consecuencias en el aprendizaje del alumno, sobre todo para el alumno con dificultades. Pero no lo dice para España, sino para todo el mundo.

Estoy de acuerdo, y yo creo que hay que poner apoyos. En Euskadi pueden elegir el modelo y en Cataluña seguro que hay apoyos. Yo estoy de acuerdo con lo de la lengua materna, me imagino también que en algún barrio de Madrid es necesario el idioma wólof o el tamazight. Si lo queremos llevar al extremo, llevémoslo al extremo. Yo no me opondría. ¿Dónde está el mayor fracaso escolar en España? En Ceuta y en Melilla, y estoy convencido de que más allá de la desestructuralización y la pobreza el problema es el idioma. Yo dije que pusieran clases los tres primeros años en bereber en Melilla y en árabe en Ceuta, que luego al quinto año pasen a castellano, que no pasa nada, pero den ese apoyo para que los chavales puedan pasar. Eso lo he dicho yo aquí y ni puñetero caso.

Le veo con impulsos de gobernar un poco España.

Lo haríamos mejor, lo que pasa es que no tenemos ninguna vocación. No queremos hacer ninguna Operación Roca como los catalanes aquella vez. Nosotros solo queremos que España nos deje a nosotros gobernarnos; Madrid a lo suyo y nosotros a lo nuestro.

Cuando salieron las cuentas de los partidos en julio de 2007 con la Ley de Financiación de Partidos Políticos, se vio que el PNV recibía más donaciones anónimas y privadas que el PP, siendo uno un partido autonómico y el otro estatal.

Es cierto. También hemos tenido donaciones de patrimonio importantes y es resultado del trabajo de los batzokis. Pero más allá de eso creo que somos el único partido político que tiene consolidadas todas las cuentas, las de todas sus organizaciones. Cada vez que pasa el Tribunal de Cuentas eso es como un ejército que te paraliza la contabilidad durante un montón de tiempo. Lo que siempre he echado de menos en el Tribunal de Cuentas es que dentro solo hay dos familias políticas. ¿Por qué no dejamos que al menos uno de sus miembros lo proponga cada partido político? Así nos vigilamos todos y andamos todos con más cuidadito. Porque unos andamos más vigilados y otros al menos tienen interlocución.

Cuando entró Bildu en Gipuzkoa, dijo Egibar que parecía que había llegado la Stasi por cómo fiscalizaron sus cuentas pasadas.

Claro, porque la obsesión de Bildu es sentarse en nuestra silla. Todo lo que crean que van a encontrar en nuestra contra lo quieren utilizar. Pero no encontraron nada.

En mayo llega la sentencia del Caso De Miguel, calificado como «el caso de corrupción más grande jamás juzgado en la comunidad vasca».

Pues es la leche porque son cuatrocientos mil euros de daño público, ya me dirá usted comparado con todos los casos que hay en España. Pero la gran diferencia no es esa, sino que el PNV actuó inmediatamente. En cuanto se supo, les pidió el carné, les separó del partido y se les quitaron todas las responsabilidades que tenían. Eso no se lo he visto hacer a ningún partido. Desde luego quedó acreditado que no hay acusación contra el PNV como organización política y, por lo tanto, en esta segunda parte del juicio no se está dilucidando eso. Es contra unas personas. Vamos a ver en qué queda eso. Se pueden tomar todas las medidas contra la corrupción que se quieran, pero lo importante es que desde la cúpula del partido se tomen medidas. Dar un plastazo. Ahora, si es la cúpula la que está implicada… Por eso algunos no pueden dar plastazos, porque se los darían a sí mismos.

Arzalluz ha fallecido este año. En el recuerdo ha dejado muchas frases que yo creo que ya es tópico darle más vueltas. Sin embargo, hay una vivencia suya que contó Carlos Garaikoetxea que es poco conocida y que a mí me parece muy relevante. En sus memorias políticas, Euskadi: La transición inacabada (Planeta, 2002), el exlehendakari Garaikoetxea escribió que Arzalluz dijo, y que él lo tenía grabado en una cinta, que llegó a un «pacto de caballeros» con el rey Juan Carlos, quien le propuso cambiar al lehendakari, desalojarlo de Ajuria Enea, apelando al peligro de involución por parte de los militares, ya que ponía dificultades al entendimiento entre Madrid y Euskadi, entre otras cosas, como que no ondease la bandera española en la sede del Gobierno vasco.

No viví la escisión en las entrañas. Si esto fuera un ejército, lo viví como un sargento o un teniente. Un compañero, Mikel Legarda, tiene una frase muy ilustrativa al respecto. Suele decir que en las peleas, y más en las internas de los partidos, los más agresivos suelen ser los soldados y los sargentos y nunca los generales. Porque los generales saben de qué va la cosa. En cambio, normalmente, la gente cree a pies juntillas todo lo que transmite la persona en la que tú crees y te lo tomas más visceral. Las peleas internas de los partidos son lo más desagradable que puede haber nunca. Pero a Garaikoetxea no lo sacó el rey. ¿El rey qué pinta aquí? ¿Y el rey con Arzalluz?

Le leo un poco: «Existía un impulso regio para desestabilizar mi gobierno y sacarme a mí de Ajuria Enea, así como una exigencia de abandono de nuestra acción política en Navarra»… «varios problemas, para algunos de los cuales pedía su colaboración en una especie de pacto de caballeros». Esto lo dijo Arzalluz a La Vanguardia, le llegaron las grabaciones a Garaikoetxea, que las mandó a la Casa Real a ver si eran ciertas y como no recibió respuesta alguna les dio carta de veracidad.

Porque no lo desmintió… Personalmente, no tengo ni idea. No estuve en el intríngulis de esto. Algunas cosas las he conocido después. Garaikoetxea se va porque son dos egos importantes. El de Xabier también, pero sobre todo el de Garaikoetxea, al que la bicefalia se le hacía muy difícil. Intentó hacer un movimiento en el que el gobierno se impusiera en el partido y eso en la tradición nacionalista vasca es muy complicado y se lleva muy mal. Era un movimiento en detrimento de las diputaciones forales. Esto, mezclado con las filias y las fobias de unos y otros, más un momento determinado en Navarra, eso va a ir generando un clima en el que al final todo se convierte en intereses personales. ¿El rey qué interés podía tener ahí? ¿El gobierno de Garaikoetxea le hacía daño al rey? El rey estaría pensando en dónde iba a pasar las vacaciones y a qué animalito se iba a cargar el mes siguiente. Me parece que es darse demasiada importancia.

Como lo plantea, lo leo al exlehendakari en sus memorias y me parece una fuente autorizada y un asunto importante; el rey maniobrando para cargarse un gobierno vasco y lograrlo. Lo suficiente como para que al menos lo comentemos.

¿Y cuál es el interés de Xabier para darle lo que quiere al rey y montar un pochocho en el partido de campeonato? Se me escapa.

La verdad es que la bandera española no ondeó en Ajuria Enea hasta 2009, y por sentencia judicial.

Fíjese, él se fue mucho antes. ¿Para qué va a hacer Arzalluz un pacto con el rey contra su partido? ¿Estamos tontos? Es una tontería, una sandez.

Euskadi ahora está en una fase de postconflicto. Una situación que se dé donde se dé es complicada de manejar. Las críticas que están recibiendo ustedes son que están situando en el mismo plano el discurso de las víctimas y el de los terroristas.

Hacer un relato único es imposible, cada uno lo vivió como lo vivió. Sectores ligados al PP quisieron hacer una verdad única y verdadera. Hacer una verdad, con tantas historietas, como la que me acaba de contar, pues son muy complicadas. Por no decir imposibles de construir.

Personalmente creo, y puedo discrepar de mi partido o de las instituciones vascas, que necesitamos poso y reposo. Algunos lo que tienen que hacer es mirarse al espejo, ver lo que hicieron. No pueden ir encima sacando pecho. Un respeto.

Pero la sociedad vasca ha respirado. Cada uno pensará cómo lo vivió, cómo se sintió, qué debería haber hecho, qué no. Si actuó, si no actuó. Desde todos los puntos de vista habría que verlo. El relato único oculta las torturas, los desmanes policiales, las policías políticas. Si quieres hacer algo conjunto tendrías que hablar de eso, pero si lo haces te acusan de no querer la verdad, de blanquear a ETA.

La primera manifestación contra la violencia y contra ETA la hizo el PNV el 25 de octubre de 1978. Nosotros. La izquierda abertzale contraprogramó otra manifestación. «Por los gudaris de ayer y de hoy», decía, que para mí ETA nunca han sido gudaris. Aquí hay muchas historias familiares, personales, nosotros necesitamos reposo y que se vaya pasando el tiempo. Yo tengo mis dificultades para mantener diálogos sosegados con determinada gente porque hemos vivido cosas y conocemos. Sabemos. Olvidar ni para unos ni para otros va a ser fácil, cada uno desde su ideología.

ETA ha sido una fuente de problemas para el país, de sufrimiento en las familias, también para las suyas propias. Han causado auténticos dramas, al final para nada. Para hacer una lectura de que «nosotros somos la élite, nosotros sabemos lo que conviene y esto va a ser así». Se han equivocado siempre una y otra vez, siempre desde la imposición y con métodos totalitarios. Yo no creo, sinceramente, en un relato único. A los hechos individuales hay que llamarlos por su nombre.

ETA practicó el terrorismo y era lo que era, ahí está la historia. Pero pretender que esa sea la verdad absoluta y que no haya habido torturas policiales y Lasas y Zabalas… Hay cosas que al Estado le deberían dar vergüenza, el Estado no puede entrar en los mismos métodos en los que la organización terrorista se ha degradado.

No tenemos ninguna duda de lo que hizo el gobierno, pero lo seguirá negando en público. Es verdad que hay crímenes de ETA sin investigar o aclararse, ¿pero cuántas cosas hay también que se hicieron desde el propio gobierno o la policía? Ministros del Interior y secretarios de Estado han acabado en la cárcel, por algo sería. Nos acordamos de la X y todo aquello. Nosotros sufrimos un atentado en el que mataron a seis afiliados nuestros en un bar y estamos preguntando constantemente. Sabemos que la pista era policial, pero nadie encuentra un papel de nada. ¡Nada! No hay nada en ningún sitio, ni en los juzgados ni en el Ministerio del Interior. Alucinante. Dentro de cien años aparecerán, pero en cien años todos calvos.

En cuanto al postconflicto como intento político de que los enfrentamientos de los abuelos no se transmitan a las nuevas generaciones, ¿la Transición española qué valoración le merece?

Las cosas hay que contarlas, lo que quiero decir es que mi folio no será el mismo que el de María San Gil, y tampoco que el de Otegi. Los dos se iban a cabrear mucho con mi folio. Por eso creo que hay que contar las cosas, cada uno desde su punto de vista, pero contarlas. Y de la Transición no se ha contado todo. Igual un día conseguimos cambiar la ley de secretos oficiales.

Yo pensaba en la guerra civil.

Aquí se echaron paladas. En España siguieron los mismos jueces, la misma policía, los que se habían quedado con negocios, los Franco siguen siendo personajes de la prensa rosa, con sus propiedades… al rey lo nombró Franco. Con el ejército muchos se tuvieron que callar, pero después de cuarenta años algunos ni siquiera aceptan que se puedan decir algunas cosas. A mí no me parece modélica la Transición española. Se hizo bajo la presión de los sables con el miedo a que podía darse un golpe de Estado. Por eso digo lo de la ley de secretos oficiales. Aquí se han creado leyendas que sinceramente no me las creo.

En el documental El fin de ETA (de Justin Webster), que entrevista a Rubalcaba, a Eguiguren, a Otegi… Mi impresión es que todos los testimonios ponen de manifiesto que se logró acabar con ETA, aparte de por el trabajo policial, explotando las contradicciones de la izquierda abertzale. Ustedes unos años antes propusieron como solución al conflicto el libre Estado asociado del Plan Ibarretxe.

Hubo muchas circunstancias. La izquierda abertzale siempre ha jugado a lo mismo. Ahora nos decían que iban a pactar presupuestos, pero era marear la perdiz para al final hacer caer el presupuesto. Siempre es lo mismo. Vamos a hablar, vamos a tal, pero al final tiene que salir lo mío.

Nosotros hicimos un intento sincero. Tomamos la temperatura en todos los sitios siempre. Pensamos que había posibilidades serias de dejar la violencia, pero luego se vio que no era así, desgraciadamente.

Luego a ETA la ha ido derrotando su propio camino. Yo creo que la sociedad vasca estaba hartísima del asunto. Se ahogaron sus finanzas, le ahogó el 11S y luego el 11M, cambió la colaboración policial europea.

Después del 11S y el 11M planificaron sus atentados más sangrientos, al por mayor, que por suerte fueron todos frustrados.

ETA hacía barbaridades ya desde el año ochenta. El gran salto absolutamente indiscriminado fue Hipercor. Luego lo de Blanco fue otro salto terrible. Capacidad operativa siempre han tenido. Pero al final, el día que se quite la careta la dirección de ETA, la mitad serán guardias civiles, porque tendrían que estar ya muy infiltrados, debían estar como un queso gruyere. Y hubo un momento en que Francia jugó a no dar información a España, pero cuando colaboró, ETA lo pasó mal.

También hubo un movimiento de la izquierda abertzale cada vez mayor que no le veía salida a la violencia. Todo se va cerrando y, de hecho, en el tema económico yo seguiría votando que no a la Ley de Partidos, pero tengo que reconocer que les hizo daño. En términos políticos fue inaceptable, pero eso dificultó su acción. Impidió a su expresión política tener representación.

El problema de una ley de partidos de ese tipo es cogerle gusto.

Hay algunos que hasta la quieren ampliar.


Ir a la ikastola en Idaho

Boise, 2018. Fotografía: Urtzi Urrutikoetxea.

La carretera más larga de Estados Unidos se llama US 20 y recorre 5415 kilómetros. Ocho estados después de salir de Boston en dirección oeste, entra en Idaho para transformarse en la avenida Broadway ya en la capital, en Boise. Atravesamos la tradicional zona suburbana de cualquier ciudad estadounidense: grandes casas y urbanizaciones ajardinadas, centros comerciales, hamburgueserías, taquerías mexicanas, pizzerías italianas, un restaurante mongol, otro de comida vietnamita y un letrero que, frente a lo que parece una casa unifamiliar típica, indica que se trata de una ikastola. Y no es un espejismo, están cantando en euskera: «Batu batu, den-dena batu, jostailuak ere atsedena behar du» (‘Hay que recoger todo, los juguetes también necesitan descansar’). Más canciones populares y luego a la mesa, donde todo vuelve a ser americano entre pizzas y sándwiches de crema de cacahuete. Las paredes también se hacen eco de esa doble influencia. Mapas, pueblos o postales del País Vasco se mezclan con referencias al estado de Idaho así como al resto del oeste americano.

Estamos en la única ikastola del mundo fuera del territorio del euskera. Hasta aquí vienen una treintena de niños y niñas de hasta seis años. «La mitad más o menos provienen de familias de origen vasco, y la otra mitad de diferentes familias que optan por la ikastola», explica Annie Gavica, la directora del Museo y Centro Cultural Vasco de Boise que también gestiona la ikastola. Lo dice como si enviar a tus hijos a una escuela infantil que enseña en una pequeña lengua hablada a nueve mil kilómetros fuera algo de lo más normal. En cierto modo, sí que lo es en Boise, «una verdadera isla vasca en Estados Unidos», en palabras de Irune Sánchez. Nacida en Berriz (Bizkaia), lleva ya más de una década en Idaho, adonde llegó con la intención de trabajar de maestra en la ikastola. «Había estado en Cuba, en Miami… Buscaba algún sitio y, al ver lo cercano que me resulta todo, me enamoré del lugar al instante. Siempre me trataron estupendamente, y aquí sigo». Irune ya no trabaja en la ikastola, pero sigue colaborando con el Centro Vasco. Por supuesto, está en el barrio vasco, el Basque Block, justo en el corazón de la ciudad y a pocos metros del Capitolio y el Ayuntamiento. Se trata de una manzana de la calle Grove entre la 6.ª y Capitol Boulevard, con lauburus —símbolo vasco tradicional— rojos pintados en el suelo y bares y restaurantes con nombres como Gernika o Gure Leku. El museo vasco también está aquí, obviamente.

Boise, 2018. Fotografía: Urtzi Urrutikoetxea.

Un tío fuerte

Boise es una ciudad verde en parques y jardines que contrasta con el amarillo de las montañas y las colinas de los alrededores. Desde el aire se aprecia perfectamente la línea entre colores, sin apenas matices entre ambos: verde a la orilla del río —se llama como la capital— y en los parques y urbanizaciones con regadíos, y amarillo seco fuera de la ciudad. Así lo percibiría seguramente Barack Obama cuando aterrizó en el Air Force One en enero de 2015. Junto al presidente, el también demócrata Dave Bieter, alcalde de este rincón del oeste. Dicen que a Obama le tocaba dar inicio a una serie de conferencias tras el discurso sobre el estado de la unión, y la primera parada era en Idaho. El alcalde tenía que regresar también, por lo que compartieron avión presidencial y limusina. Al comenzar su charla en la Boise State University, Obama preguntó: «¿Está aquí el alcalde Bieter?». La audiencia respondió al presidente con una ovación. «Ahí está». Obama bromeó sobre el vuelo: «Hemos venido juntos, y no ha roto nada». Luego dijo que el alcalde Bieter le había contado una «historia alucinante», acerca de su abuelo, un inmigrante del País Vasco que se pasó cinco años pastoreando ovejas en la montaña y bajaba a la ciudad algo así como dos meses al año. El resto lo pasaba allá arriba. «Imagino que tu abuelo era un tío fuerte, porque allá arriba hace mucho frío». Y así se planta el presidente en mitad del oeste americano, sonriente frente a una masa que le aclama, y bromeando sobre la generación de los pastores vascos que hace un siglo emigraron allá.

Aquellos vascos fueron pioneros de la trashumancia que caracterizó el pastoreo de corderos en el oeste americano. La actividad duró siglo y medio pero fue decreciendo —datos de 1970 hablan de apenas un centenar de pastores—. En cualquier caso, sus descendientes no solo siguen manteniendo su identidad vascoamericana, sino que esta parece haberse visto reforzada.

«Aquí en Boise casi toda la comunidad tiene origen vizcaíno», comenta Annie Gavica. La directora, originaria de Nevada, reúne las dos principales ramas de la emigración vasca: «Por parte de mi bisabuela, eran de Ispaster y Berriatua, en Bizkaia, y la otra rama provenía de Aldude, en Baxenafarroa». Los valles navarros a ambos lados de la frontera como Baigorri o Baztan también vieron cómo muchos de sus hijos cruzaban el océano para instalarse en su caso en California o Nevada. Al igual que Obama, Gavica también recuerda que «los que vinieron fueron pastores, un trabajo duro. La siguiente generación ya tuvo ranchos y ganado, y ya las siguientes, como mi hermana o yo, vinimos a la capital». Una capital, Boise, que, según Forbes, tuvo el mayor crecimiento demográfico de todo el país en 2017, con un aumento del 3,08 % en su área metropolitana. Otros indicadores de empleo y salarios también juegan a su favor, pero los precios de la vivienda se dispararon. Había que pedirle cuentas de todo aquello a un alcalde que protagonizaba un chiste común entre periodistas hasta hace poco: «¿Cuál es el único alcalde de capital en el mundo que hable euskera?». Hasta 2011, ninguno de los alcaldes de Bilbao, Vitoria, San Sebastián o Pamplona dominaban la lengua vasca (hoy los cuatro la hablan), pero sí que lo hacía el de Boise. No en vano pasó temporadas de su juventud en el País Vasco recuperando la lengua de sus abuelos de Lekeitio y Larrabetzu.

Boise, 2018. Fotografía: Urtzi Urrutikoetxea.

Ciudad abierta

Diez meses después de la visita de Obama, Dave Bieter volvió a arrasar en las elecciones municipales de 2015, pocos meses después de inaugurar el edificio actual de la ikastola en la avenida Broadway. «Un sueño hecho realidad», era el comentario más extendido entre la multitud que se acercó al acto. Lo remarcaba por ejemplo John Bieter, hermano del alcalde y fundador de la ikastola junto a su mujer, guipuzcoana, Nere Lete. «Fue cosa de mi marido, eso tan americano de querer algo y creer que nada es imposible. Esa mezcla curiosa del espíritu estadounidense y la tenacidad vasca hicieron posible reunir a algunas familias de la comunidad vasca, buscar un local y poner la ikastola en marcha».

La hija de ambos, Madalen, perteneció a aquella primera promoción. Nacida en 1994, empezó con tres años en la ikastola. «Era pequeña y no me acuerdo de mucho, pero sí de la nap-ordua, la hora de la siesta», dice mezclando las palabras en inglés (nap, ‘siesta’) y euskera (ordua, ‘hora’).  Aprendió euskera en casa y, pese a ser muy activa en la comunidad, reconoce que la fuerza del inglés prevalece frecuentemente. También habla español. Sabía algo desde pequeña y luego se fue a estudiar a Puerto Rico. Ahora se prepara para comenzar una nueva carrera de Fisioterapia en Missoula, Montana. «En aquella primera clase éramos ocho y sigo manteniendo la amistad con ellos. Eran hijos de amigos de mis padres, y ahora los hijos somos amigos también». Le encanta la nueva ikastola, aunque admite con cierta nostalgia que «ahora ha crecido mucho, mucha gente de fuera de la comunidad también matricula a sus hijos. Y se siguen haciendo las mismas actividades, los espectáculos de primavera…». Si bien otros lugares con importante presencia vasca como Argentina también tienen cursos de euskera y actividades para impulsar la lengua, Boise es la única ciudad con una ikastola como tal, con una educación diaria en euskera. Madalen Bieter explica las razones del éxito de esta experiencia única.

«Aquí hay muchas escuelas bilingües en diferentes idiomas, la mayoría en español, pero nadie se extraña por mandar a los hijos a una escuela que no sea en inglés. Esta es una ciudad muy abierta en ese sentido». Y es que, aunque Idaho suele presentarse como un estado de los más republicanos del país, se parece mucho a sus vecinos progresistas de Oregón y Washington. Boise, tercera ciudad del noroeste, es una urbe abierta y cercana psicológicamente a Seattle y Portland, pero cuyo progresismo queda a menudo a la sombra de la mayoría rural y conservadora del resto del estado de Idaho. Cuando Dave Bieter habla de sus abuelos vascos no se refiere solo a su cultura; también trasluce su mensaje a favor de los inmigrantes, de la tolerancia y la integración, y ya desde mucho antes de la llegada de Trump al poder. Lo cierto es que, a pesar de tener la población vasca más numerosa e influyente de los Estados Unidos, en términos absolutos la comunidad vasca no es especialmente grande, apenas unos pocos miles de ciudadanos, muchos menos actualmente que los ciudadanos de origen mexicano. Pero, si bien su proporción cuantitativamente se ha reducido, su peso social y político sigue siendo muy importante en la ciudad y el estado. «Aquí la comunidad vasca es muy influyente, tiene poder y está muy organizada», subraya Irune Sánchez. «Es la única comunidad organizada como tal en la ciudad, y al mismo tiempo es muy abierta. Todo Boise, la gran mayoría sin orígenes vascos también, están muy orgullosos de esta especificidad».

Y así, un sábado cualquiera de verano en el oeste americano, Boise se despierta para el mercado semanal, pero todo se transforma en una fiesta enorme. El Athletic de Bilbao juega en la capital de Idaho, gracias al tesón de la comunidad para traer al equipo vizcaíno para un partido amistoso. ¿Que no hay estadio de soccer en la ciudad? Una legión de voluntarios convierte el Albertsons, el emblemático campo de fútbol americano de los Broncos Boise con el terreno de juego azul, en un estadio con césped. Se invita también a los Xolos de Tijuana, de la primera división mexicana, y la comunidad latinoamericana se vuelca en el evento. Da igual que uno tenga orígenes vascos, mexicanos o pertenezca a esa gran mayoría que desconoce exactamente si sus antepasados llegaron de Irlanda, Escocia o Corea. Se forman colas para pintarse las caras con la ikurriña y toda la ciudad se viste de rojo, blanco y verde; mexicanos y vascos comparten colores.

Boise, 2018. Fotografía: Urtzi Urrutikoetxea.