Muérete

Muérete
Thelma & Louise. Imagen: MGM.

Ni la vida son dos días ni siempre se van los mejores: dejar de existir es una de las ideas más liberadoras que uno puede tener. Hay que morirse. Y cuanto antes, mejor.

Es conocida la cita y particular «muérete» de Camus, quien escribió en El mito de Sísifo que el único problema filosófico verdaderamente serio era el del suicidio. Ante una existencia absurda y dolorosa —como la de Sísifo, condenado a empujar una gigantesca roca hacia la cima de una montaña una y otra vez—, no es extraño que en breves momentos de lucidez la muerte se nos aparezca en el horizonte ya no como una amenaza, sino como un remanso de tranquilidad y esperanza, la única solución razonable a la tiranía de vivir. Ya se sabe: aquello de la luz al final del túnel, descansar en paz, todo eso.

Y de poco importa si tiene usted fe o carece de ella. Si en algo está de acuerdo la moral religiosa con cierto tipo de existencialismo es en la idea de la muerte como liberación. El perdón absoluto. Un sentido amnésico de la responsabilidad y del compromiso. Ya nada importa, todo queda atrás, como cerrar la puerta sin mirar. Nos referimos, en definitiva, a la levedad que supone dejar de estar vivo. Y qué va a hacer uno sino dar la razón. Sí, sí, sí y mil veces sí. Palmarla está genial. Está de coña. Hay que morirse. Y cuanto antes, mejor.

Nota bene: sepan los lectores más entusiastas que para irse al otro barrio no es necesario coger el atajo del suicida. ¿Acaso no reza la máxima que las únicas dos cosas seguras en la vida son la muerte y los impuestos? Tampoco es cuestión de precipitar los acontecimientos. 

¿Y entonces?

Una idea muy valiosa

Cuando uno tiene la visión del suicidio, la conserva para siempre. Vivir con esa idea es una cosa muy interesante. Incluso diría que estimulante. (Emil Cioran)

Cierto día, Emil Cioran topó con un hombre que quería suicidarse. Después de un largo tira y afloja por los parisinos jardines de Luxemburgo, Cioran arguyó que valía más la pena que el tipo atrasara su suicidio, que en el fondo esa era una idea muy vital que había que conservar. Una vez tomada la decisión, decía, de algún modo el hombre ya se había liberado de la vida. No era necesario llevarla a cabo. El filósofo sabía bien de lo que hablaba, puesto que la idea fúnebre siempre sobrevoló su cabeza, aunque —y es importante apuntarlo— nunca llegó a materializarse. Cioran era un hombre muerto que, daba la casualidad, todavía no había fallecido. O como él mismo dijo en uno de sus aforismos: «Sin la idea del suicidio, hace tiempo que me habría matado».

Morir, entonces, se convierte más en una decisión que en un acto. Una actitud más que un fenómeno. Un estado de ánimo liberador que se puede saborear incluso en vida. Y no tiene por qué ser desagradable o funesto. En este sentido se recomienda tomarse un tiempo para familiarizarse con la idea de la propia muerte, tanto como sea posible. Hay que empezar a morir pronto para morir bien. Diñarla pero de buenas. Sobre todo, no ser uno de esos distraídos a los que les da por estirar la pata a última hora y con prisas, como si les pillara desavisados. Un cadáver a deshora, un last-minute fiambre. Esos son los peores, porque hacen ir de cabeza a los demás, y luego todo son disgustos. «Tenía tanto por delante…». Pues mire, no.

Se suele decir que solo se vive una vez, pero es mentira. Mentira cochina. Se vive constantemente, en infinidad de ocasiones hiladas una detrás de otra, de ahí la falsa sensación de uniformidad. La muerte, en cambio, sí que dispone solo de una ocasión, un único tránsito que hay que preparar a conciencia. Una única bala, si se me permite la expresión. Así, el buen moridor deberá dejarlo todo dispuesto con el mimo de las grandes citas, que es exactamente para lo que nos estamos arreglando. Y no hablo de testamentos ni otros postureos post mortem, sino de un auténtico y sincero desapego vital. 

Cuando pienso en el desapego, pienso en todos aquellos globos de helio que hacían levitar la casa de Up. El desapego vuelve el aire más liviano y transparente y hace que no nos tomemos a nosotros mismos tan en serio. Esta disposición del espíritu, que tan natural resulta una vez se ha transido, nos empieza a parecer tanto más complicada cuanto más vivitos y coleantes nos encontramos. Por eso, también en la muerte, la elegancia siempre tiene algo de descuido.

La juventud y la muerte

La juventud es desperdiciada en los jóvenes. (George Bernard Shaw)

Escribe el poeta Pere Gimferrer que solo existen dos edades: la juventud y la muerte. Por lo común, nos gusta pensar que ambos bloques se excluyen, que se ignoran mutuamente como el agua y el aceite. Nada ilustra mejor la necedad de la juventud que esos niños que corren con la cabeza vuelta hacia atrás, directos y ciegos hacia el inminente bordillo. Por eso toda la mitología de la muerte joven nos produce esa fascinación morbosa y casi cautivadora: el Club de los 27, los sonados casos televisivos de niños desaparecidos, 13 Reasons Why y el problema del suicidio adolescente, la leyenda negra de los hikikomori… La convicción que subyace es que no estamos diseñados para morir temprano. La muerte joven es abominable y deslumbrante. Una excepción, desde luego. Algo decididamente antinatural. 

Liberar la existencia pasa por un trazo más difuso de la frontera que marcamos entre este barrio y el otro. Para ser justos, no siempre somos tan herméticos. Ya existen territorios de consenso, lugares a medio camino cohabitados por ambos reinos. Nadie se escandaliza, por ejemplo, cuando un anciano dice que morir viene siendo lo suyo a partir de cierta edad. O a partir de cierto grado de enfermedad. Somos mayoría quienes decimos sí a la eutanasia. Y a quién no le encandila la literatura de los epitafios grouchianos, aunque sean falsos.

A este respecto, y porque siempre queda simpático citar a los clásicos, Marco Aurelio ofrece unas palabras de consuelo en sus muy manoseadas Meditaciones. La muerte iguala a todos los hombres —dice el emperador— sin importar la edad ni los nombres; el botín que se lleva tiene el mismo valor para todos ellos: su momento presente. La muerte de un niño, por tanto, no es una tragedia mayor que la de un anciano.

Si lo sé no vengo

Si desde el principio se nos diera a elegir, habría sido preferible no haber nacido. (Aristóteles)

Es ineludible que hablar de libertad supone también hablar de su opuesto, es decir, de esclavitud, de servilismo. De lo que viene siendo, en fin, eso que llaman vivir. Pero esto no lo digo yo. Hay toda una doctrina llamada antinatalismo que se remonta siglos atrás, desde Aristóteles a Schopenhauer, pasando por aquel indio que en 2017 denunció a sus padres por haberlo engendrado.

Y si me preguntan, diría que Julio Cortázar ya apunta en esa dirección, de un modo mucho más sutil, en su Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj. Cuando te regalan un reloj —explica el argentino con esa manera tan suya de arrastrar la erre— te regalan la necesidad de darle cuerda todas las mañanas, te regalan la obsesión de atender la hora exacta, te regalan el impulso de compararlo con otros relojes, te regalan el miedo de perderlo. La terrible conclusión es que sin saberlo no te están regalando ningún reloj: tú eres el regalo de cumpleaños del reloj.

De manera parecida al reloj de Cortázar, uno tampoco es dueño de su propia vida. Cuando te dan la vida —¡dar la vida!— en realidad nada te dan, sino que tú eres la dádiva, el sacrificio que ha sido ofrendado a la historia para que disponga de ti. Porque vivir es por definición obedecer. Se obedecen unos principios, unas leyes, tal vez unas pautas de conducta. Se obedecen unas relaciones, una determinada clase social, unas expectativas depositadas, un contrato laboral. Incluso cuando uno se rebela, lo hace obedeciendo a otros preceptos o ideales sustitutos. Más bien, parecería que es la vida quien es dueña de uno. Y en tanto que súbditos, nada, absolutamente nada, nos pertenece. Lo único que se tiene en posesión, guardado en el cajón más escondido del sótano, el único acto genuino de desobediencia del que se dispone, es la propia muerte. Nuestro último reducto de libertad. Si vivir es obedecer, dejar de hacerlo es la supresión de ese sometimiento.

Pensemos por un momento en los fantasmas. La tragedia del fantasma es la del alma que no puede ser libre, ni siquiera una vez fallecida. El alma en pena ha sido castigada porque todavía arrastra asuntos por resolver en vida. El fantasma (también llamado muerto viviente o no-muerto) resulta terrorífico precisamente porque implica la negación última de nuestra libertad. Se le retrata triste, atormentado, desmerecedor de cualquier tipo de placidez mortuoria. La otra vida, dicen. Ese es el castigo. Como si no bastara con la primera. ¿Otra vida? Por favor, no. Otra vez no.

Saber morir

Seamos honestos. Ni la vida son dos días ni siempre se van los mejores, aunque sea bonito creerlo así. La figura ejemplar del fantasma nos recuerda que hay que cultivar la muerte tanto o más que la vida. Para empezar, porque es más duradera y por lo tanto más importante. Cuántas vidas dignas se han visto empañadas por un mal final (véanse los premios Darwin), y cuántas vidas mediocres han encontrado consuelo eterno en una muerte que estimaban apreciable (¿no es esa la gloria del terrorista?). Felicítese toda la tropa de románticos ilusos y alegres fantaseadores que —como quien escribe— tiende a buscar en las películas la inspiración mortal de la que carece, puesto que la ficción también nos nutre de buenos ejemplos a seguir o evitar, según el caso. 

Uno de los finales más icónicos de la historia del cine, el de Thelma & Louise, es precisamente una de esas muertes liberadoras; escapando de una vida de opresión a la que no piensan volver, frente al Gran Cañón, las dos heroínas —al volante de un espléndido Thunderbird— pisan el acelerador hacia el abismo, cogidas de la mano y con lágrimas en los ojos, que el espectador debe entender que son de felicidad. Nada que ver, por cierto, con el panoli de Into The Wild, que fracasa buscando su libertad donde no toca —en la vida—, y lo único que encuentra es una estúpida muerte por indigestión en un autobús de lo más hortera (morir en Alaska ya de por sí tiene algo de inapropiado). Si me dan a elegir, puestos a irse de esta vida, quién no querría hacerlo con un toque cursi, como el protagonista de Tu vida en 65’, donde sus últimas palabras le sirven de epitafio: «¿Alguna vez os habéis sentido tan, tan felices que no vale la pena vivir más?».

Llegado el momento, es pregunta obligada si sabremos mirar a la pálida dama directamente a los ojos. Si tendremos la entereza y la dignidad necesarias para despedirnos de nuestras carcasas de hueso y convertirnos así en polvo, en alma, en recuerdo o en nada. El hecho de que todos los aquí presentes sigamos vírgenes de muerte no deja de ser el síntoma de lo aterradora que se antoja la libertad en su valor más absoluto; de la comodidad que se nos acurruca en el fondo del pecho cuando, con alivio, vemos nuestra determinación ligeramente acotada por la maquinaria vital. Y suponiendo que todo esto es verdad, tal vez lo más oportuno sea preguntarse quién, en su sano juicio, desea realmente libertad.


Miedo a morir, miedo a vivir

Imagen: HBO.

(Si usted no ha visto la serie A dos metros bajo tierra, le recomendamos no solo verla porque es una de las mejores piezas de televisión de nuestros tiempos sino también no leer este artículo ya que contiene spoilers). 

El final de una buena serie de televisión o una película que te llega a las entrañas te deja la existencia aturdida. Una honda sensación de tristeza, el estómago revuelto, el cerebro centrifugando pensamientos y la piel del revés. En muchos casos es inevitable la descarga de lágrimas, pero con A dos metros bajo tierra (Six Feet Under) el guantazo emocional es colosal, porque la obra de arte de Alan Ball es un retrato de la muerte en constante presencia de la vida misma y de la vida misma en constante presencia de la muerte. Es cuando te das cuenta de que te morirás. No, no los clichés de «todos moriremos algún día» o «lo único que no tiene remedio es la muerte» desprovistos de reflexión al estar repiqueteados. Sino que sientes en lo más profundo de tu alma que morirás, cómo será ver morir a los tuyos y cómo se sentirán los tuyos cuando mueras.

A dos metros bajo tierra representa el gran miedo del ser humano occidental: morir. La muerte presentada de forma brutal, franca, honesta, frívola, hilarante, cálida, fría y sincera. Porque, al fin y al cabo, tal como se titula el último episodio: todos nos están esperando (en donde quiera que usted crea). O no. Una obra de arte extraña, real, mágica, sin puntos y comas, que manifiesta la necesidad de encontrar un sentido mínimo a cada detalle de nuestro entorno y nuestra existencia. Es el tipo de serie que habla directamente a todos y cada uno de nosotros. Alan Ball creó una familia, los Fisher, a la que te vinculas emocionalmente de tal manera que al final no solo estás diciendo adiós a un grupo de personajes con los que has convivido durante cinco temporadas tal como ocurre en cualquier otra serie, sino que ves pasar delante de tus ojos tu propia vida, la de carne y hueso, diciendo adiós a tus seres queridos y a ti mismo. Porque todos somos Nate, David, Claire, Ruth y Brenda, en la vida real. 

Somos Nate, escapando de la muerte, siempre preocupados por la insignificancia o existencia de la vida, de lo que no hemos conseguido, quién podríamos ser y lo que realmente queremos. Quizá George no pudo definirlo mejor en la palabras del funeral: «Nate era un idealista. Luchó toda su vida por ser un buen hombre. No era perfecto, ¿pero quién lo es de nosotros? Y nunca se dio a sí mismo por perdido, ni a la gente que amaba, ni al amor mismo, en todas sus desconcertantes formas.». (Y disculpenme por introducir una nota personal al sentirme del todo identificado con este personaje).

Somos David, neuróticos, inseguros de quiénes somos, pero a la vez sinceros, auténticos y sensibles. En el epitafio de la cuarta temporada, en una de las habituales escenas en la que los Fisher visionan encuentros con su padre fallecido, Nathaniel, David, agotado y exhausto de su trauma del secuestro, intercambia con su padre las palabras más transparentes que pueden decirse dos seres humanos:

—Nathaniel: No lo estás entendiendo. 

—David: No hay nada que entender, ¿verdad?

—Nathaniel: Déjate de chorradas existenciales. Lo tienes delante de tus narices.

—David: Lo siento pero no lo veo.

—Nathaniel: Ni siquiera estás agradecido, ¿no?

—David: ¡Agradecido! ¿Por la peor experiencia de mi vida?

—Nathaniel: Te aferras al dolor como si significase algo, como si valiese para algo. Pero voy a decirte una cosa: no vale una mierda. Déjalo ir. 

(Pausa)

—Nathaniel: Tantas opciones y lo único que eliges es lloriquear.

—David: ¿Y qué se supone que debo hacer?

—Nathaniel: ¡Lo que quieras! ¡Estás vivo!

(Pausa)

—Nathaniel ¿Qué es el dolor comparado con eso?

—David: No puede ser tan simple…

—Nathaniel: ¿Y si lo es?

No es solo la muerte la omnipresencia en A dos metros bajo tierra, también el dolor. «La vida es dolor. Hazte a la idea», le dice Lisa a Nate en uno de sus sueños. Por eso todos somos Ruth, quizá quien encarna el dolor con más crudeza en toda la serie. Un madre arrepentida de no haber podido tener elecciones en la vida (¿y cuál de nuestras madres no lo está?), que se agarra a la nostalgia del pasado («era la época en la que había esperanza», le contesta a su hijo David tras la muerte de Nate cuando este se pregunta por qué nos aferramos de forma tan desesperada al pasado), pero también con el optimismo y la lucha de la matriarca de una casa (¿y cuál de nuestras madres o abuelas no lo son o eran?): «Tenemos ese maravilloso regalo de la vida y es tan terriblemente efímero, que precisamente por eso es importante seguir viviendo y no abandonar la esperanza». 

Todos somos Claire, buscando nuestro lugar en el mundo dando bandazos de aquí a allá. Cínicos («solo me preparo para lo peor para que cuando ocurra no me sienta tan mal») pero seguimos siempre intentando averiguar cómo deberíamos vivir nuestras vidas: «Si vivimos nuestras vidas de la mejor forma que creemos, entonces cada simple cosa que hagamos es una obra de arte». 

Todos somos Brenda. Cargados de traumas, arrastrándolos, rebozándonos en el barro y autodestruyéndonos hasta alcanzar la frontera del nihilismo. Hay una conversación en la segunda temporada entre Nate y Brenda esclarecedora:

—Brenda: Desde los seis años llevo preparada para morir cuando me levanto cada mañana.

—Nate: ¿De verdad?

—Brenda: Sí, de verdad.

—Nate: ¿Por qué desde los seis?

—Brenda: Porque leí un artículo sobre los efectos de la guerra nuclear en el mundo, y en ese momento me quedó bastante claro que en algún momento iba a ocurrir.

—Nate: ¿Con seis años?

—Brenda: Y me levanto cada día sorprendida de que todos sigamos aquí.

—Nate: La verdad que no puedo entender cómo puedes vivir así. 

—Brenda: La verdad que creía que todos vivíamos así.

Personajes magníficamente detallados y dibujados al milímetro por los guionistas que te hacen plantearte temas vitales concretos de la vida. Te hacen llegar a una profundidad de tu ser que ni te imaginabas que tenías o que simplemente conocías, pero que se destapa como una olla a presión. Todo ello aderezado con una dirección atrevida, audaz y psicológica. El recurso de las escenas surrealistas de los sketches, las conversaciones con el padre fallecido, y las imaginaciones (de esas situaciones que todos tenemos cada día cuando estamos en la inopia) son magníficas. Todos somos ellos porque esperamos esas señales de la vida y preguntarnos el por qué.

Imagen: HBO.

Pero el por qué no tiene respuesta. 

Como cultura occidental no nos sentimos cómodos con la idea de la mortalidad. Quizá por eso el escenario del Los Ángeles desangelado, «la capital mundial de la negación de la muerte» como dijo Alan Ball, es el mejor posible para el retrato de la muerte en constante presencia de la vida misma y de la vida misma en constante presencia de la muerte. En un excelente artículo titulado «Pensar en la muerte» publicado en los comienzos de esta revista, Miguel U. se adentra en las visiones de la muerte histórica, religiosa, cultural, social y antropológicamente. ¿Y le puede a usted servir para algo esa lectura? Puede ser usted budista y creer que la muerte no es un final, sino otra etapa donde se libera y reencarna. Puede ser usted cristiano, y esperar pedirle las llaves del reino de los cielos a san Pedro para reencontrarse con los suyos. O puede ser usted un simple fiel a la ciencia para concebirse como un mero ente biológico hecho de carbono que devolverá este elemento a la tierra cuando críe malvas. Puede usted proyectar lo que quiera, pero aquí y ahora, como dice Miguel U: «A la gente le acojona morir». 

«¿Por qué la gente tiene que morir?», le pregunta con el corazón sobre la mesa una viuda a Nate en el último episodio de la primera temporada. Yo quiero justificarme, como la respuesta de Nate, que es «para hacer que la vida tenga sentido». Que esta existencia tiene un valor, que no somos simples extraterrestres lanzados a este planeta amnésicos de nuestra estancia durante el parpadeo de la vida. Lo dijo Lupe sacándose las entrañas sin anestesia en «Ustedes van a morir»: «Por eso miro con incredulidad cómo la gente organiza su vida cotidiana al margen de estas evidencias, construyendo un auténtico andamio para sortear al gran elefante que ocupa toda la estancia».

Pero ya «nacemos heridos de muerte. Sí, aquí estamos, por un momento, vivos, vamos a morir, pero cada uno de nosotros secretamente creemos que no lo haremos», dice el personaje de Philip Seymour Hoffman en una excelente escena de la obra maestra Synecdoche, New York. Se lo recuerdo, si a estas alturas usted no quiere acordarse: va a morir. «Vivimos. Morimos. Pero al final nada significa nada. ¿Cómo podemos vivir así», le dice Nate a Brenda. «¡Muchos no lo sabemos, nos levantamos jodidamente vacíos, a veces con pocas ganas de vivir, otras con ganas de ni siquiera haber nacido! ¿Pero qué otra opción tenemos?», responde Brenda. 

La idea de la muerte puede llegar a ser pavorosa, pero lo que ocurre es que la vida puede dar más miedo aún. Porque la vida duele. Y el dolor es aterrador. Vamos quedando erosionados por las experiencias y el tiempo como cuentan Brenda y su hermano Billy tras la muerte de Nate:

—Brenda: Solía pensar que tendría más gente en mi vida al pasar el tiempo.

—Billy: No funciona así.

—Brenda: Empiezo a darme cuenta.

—Billy: Es como si al hacernos mayores, el número de gente que realmente nos entiende encogiera. 

—Brenda: Cierto. Hasta que quedamos tan marcados por nuestras experiencias… y por el tiempo que…

—Billy: …nadie más nos entiende.

Sí. «All alone is all we are»: El epitafio de Nate con Nirvana de fondo.

Tenemos todas las de perder, «de aquí no saldrá nadie vivo» dijo Tolstoi, así que hay que sacar lo máximo de lo que tenemos. Digo yo. Incluso la nihilista Brenda es capaz de mirar la moneda existencial desde la otra cara: «Todo lo que tenemos es este momento, aquí mismo, ahora mismo. El futuro es un jodido concepto que utilizamos para evitar estar vivos hoy». Es la puta verdad, aunque suene a frase de taza de café. Prefiero quedarme con la pragmática amiga de Ruth, Bettina: «Si tienes miedo de algo probablemente significa que debes hacerlo». Como le dijo el Nate muerto a su hermana Claire, de lo que más se arrepentía era de haberse pasado la vida asustado, temiendo no estar listo, no ser adecuado o no sabiendo quién debía ser. 

Y si es usted de los que una buena hornada de palabras positivas le entran por un oído y le salen por el otro, un médico que vive con la muerte como compañera de trabajo se lo explica. El crítico de televisión Matt Zoller Seitz entrevistó a Alan Ball hace unos años en el Festival de Cine de Tribeca. Seitz le habló de la muerte de su mujer diez años atrás: «Llegué al hospital un minuto después de que falleciera. El médico me preguntó a qué me dedicaba y le dije que crítico de televisión. Me respondió: ¿Ha oído hablar de la serie A dos metros bajo tierra? Según él era lo único que había visto que capturara los detalles de cada día con la muerte paseando por el hospital». 

Esto depende de cómo quiera usted ver el vaso de esta existencia: medio lleno o medio vacío. O incluso medio vacío pero regocijándose del agua que ya se ha bebido y dispuesto a saborear la que le queda. 

A dos metros bajo tierra, en la catarsis de los últimos tres episodios y particularmente la orgía de muerte de los últimos diez minutos (probablemente los mejores minutos de la historia de la televisión), puede interpretarse como un final lleno de esperanza, «una reconexión con la vida» como dijo el creador de la serie, incluso una «ayuda para hacer sentir a la gente más viva a tomar decisiones sobre su vida», como afirmó Peter Krause, el actor que interpreta a Nate. O puede sumirle en el realismo del final, hacerle plenamente consciente de la aflicción que sufrirá durante la vida al ver marchar a los suyos, incluso adelantarle el dolor del momento que ocurra, o cómo será el horrible sentimiento de duelo de los suyos si es usted el que se marcha antes. Por esta explosión incontrolable de lágrimas hemos pasado muchos con ese excelente montaje final con el Breath Me de Sia.

El final de A dos metros bajo tierra es su propia existencia. En la mejor crítica que se ha hecho sobre esta serie en inglés y español, Fernando Navarro nos da esa voz para encontrar el aliento y seguir adelante: 

[…] Claire había metido la marcha y arrancado el coche, y nadie tuvo que decirme que yo también estaba a punto de meter la marcha y arrancar. Digamos que sé qué se siente al mirar por el retrovisor y ver a la persona que quieres alejarse a pesar de que corre y corre. La misma persona que te dice que te levantes de la cama, que vela por tus sueños, es la que se aleja por ese retrovisor. Al principio, nadie está preparado para la muerte, ni siquiera en la familia Fisher, que se dedicaba al negocio funerario. A Claire nadie le explicó que la muerte sería muy distinta a lo visto en las películas y oído en boca de otras personas, que acudían a la funeraria que llevaba el apellido de su padre. Pero qué más da que alguien lo hiciera, porque más importante que eso era estar preparada para la vida. Y eso sí que tuvo que aprenderlo. Eso sí que tenemos que aprenderlo. Y no se puede conducir mirando todo el tiempo por el retrovisor. No se puede. Si lo haces, acabarás estrellado, tirado en la cuneta, serás tu propio cadáver. Pero es inevitable hacerlo de vez en cuando, hacerlo por instinto en cuanto arrancas y pones la primera marcha. Recuérdalo: esa persona está corriendo hacia ti pero se aleja. Estrictamente, esa persona se aleja, y eso duele. En lo más hondo, te derrumba. Caes al vacío hasta sentir que te ahogas en un pozo de lágrimas. […] Comprendí con dolor que la ruta está llena de curvas, paradas, accidentes o acelerones pero siempre debe seguir su camino. De ti depende conducir en una dirección o en otra, o simplemente conducir. Aún con lágrimas en los ojos, debes agarrar el volante y poner rumbo en esa ruta […] 

«No puedes sacar una foto de esto», le dice el Nate muerto a Claire antes de arrancar el coche e irse. No podemos. Ya pasó. Así que elija su propia aventura.

—Algún día todos estaremos muertos, Snoopy— dijo Carlitos.

—Cierto, pero todos los demás días no— respondió Snoopy.


El trasfondo filosófico de «La fiesta de las salchichas»

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

«¡Renovarse, renovarse!» gritaba el público asistente al Carrusel, un rito sacrificial en el que todos aquellos que habían cumplido treinta años participaban creyendo ingenuamente que alcanzarían la reencarnación. La cruda realidad es que era simplemente una medida de control de la población en una ciudad-burbuja del futuro donde todos sus habitantes vivían felices mientras no hicieran preguntas… que es justo lo que comenzó a hacer el protagonista. Muchos de ustedes sabrán que estamos hablando de La fuga de Logan, una de las películas de estética más desquiciadamente setentera jamás rodadas (cada época imagina el futuro como una exageración de lo ya existente, por eso raramente aciertan). Pero quienes no la conozcan también habrán encontrado familiar dicho argumento, pues con variantes lo habrán visto en La Isla, Matrix, El show de Truman, Plan Oculto, Zardoz o Están vivos, entre tantas: alguien sale de la caverna, queda deslumbrado por la verdad, luego vuelve adentro para rescatar a los demás de ese mundo de sombras pero no encuentra manera de que le crean, vaya por Dios. Para ellos esa es la realidad y él solo un pobre loco. Quién no ha sentido alguna vez algo parecido al intentar compartir su entusiasmo o indignación ante algún hallazgo para acabar estrellándose con la indiferencia ajena, «pero si está ahí, ¿es que no lo veis?».

Pues bien, de todo esto y algunas cosas más nos habla Sausage Party, que es la expresión anglosajona equivalente en castellano a «campo de nabos» y que en este caso es una descripción literal. Frank es una salchicha que sueña con meterse hasta el fondo de un panecillo de perrito caliente llamado Brenda y si alguien encuentra ahí una connotación sexual es porque, efectivamente, la hay. Y no es la única. Resulta sorprendente la habilidad de esta película para hacer pornografía a partir de los alimentos, lo que unido a ciertas escenas gore y al uso constante de lenguaje soez han hecho de ella la primera de animación por ordenador clasificada R (solo para público adulto y menores acompañados). La etiqueta es bien merecida, así que no cometan la imprudencia de llevar a sus hijos o sobrinos pequeños a verla. El mérito de todo ello corresponde a quien le pone la voz a Frank en la versión original, que es también el guionista, Seth Rogen. A él le debemos algunas escenas de Borat, así como Superfumados, Supersalidos, Juerga hasta el fin o Virgen a los cuarenta, entre otras. Vale, puede que no todas ellas sean grandes obras del séptimo arte, pero tienen sus momentos. La fiesta de las salchichas es de todas formas mejor que cualquiera de ellas, incluso ha logrado ser definida por el crítico del New York Times como «un film sobre la angustia existencial».

Es un proyecto en el que ha estado implicado durante ocho años, desde que al alumbrar la idea inicial tuviera que convencer a los productores de que no les estaba tomando el pelo. Supongo que una película de animación para adultos sobre una salchicha que toma conciencia de sí misma e incluye orgías, decapitaciones y existencialismo no es algo fácil de vender. Pero lo logró. Tras ciertas dificultades con el equipo de producción por motivos laborales, finalmente este verano se ha estrenado con un buen resultado en taquilla pese (o tal vez gracias) a esa R que limita su distribución al tiempo que sirve de reclamo. Así que una vez vista cabe decir que su humor es bastante efectivo, aunque desde luego no brilla por su sutileza. Que nadie espere aquí esa inteligencia sublime con la que se resuelven ciertas escenas en otras películas de animación, me temo que solo Pixar sabe hacer películas de Pixar. Lo que sí tenemos en cambio es una fábula moral a la altura de Rebelión en la granja que analizaremos a continuación, de manera que que si aún no la han visto y piensan hacerlo les recomiendo detener aquí mismo la lectura. (SPOILERS a partir de ya).

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

La historia comienza mostrándonos un supermercado en el que sus productos están dotados de vida, aunque esta resulte imperceptible para los clientes y empleados del lugar, que son llamados «dioses» por ellos. Cada mañana, nada más comenzar el día, entonan una plegaria en coro en la que dan gracias a esos dioses que de vez en cuando los escogen para llevarlos al más allá, un lugar que se promete paradisíaco aunque nadie ha vuelto de él para contarlo… hasta que un bote de miel-mostaza es devuelto por un cliente y revela la espantosa verdad: ¡es todo mentira! ¡Los dioses son en realidad monstruos que devoran a sus criaturas! Todos le toman por loco salvo Frank, la salchicha protagonista, en cuya mente se instala la semilla de la duda. ¿Por qué esa creencia común ha sido dada por cierta hasta ahora? ¿Por qué se desdeña la experiencia directa de quien ha regresado de aquel lugar? Él sí está dotado de la curiosidad y la honestidad intelectual suficiente como para plantearse esas preguntas, así que partirá en busca de la verdad. Y esta le llegará en dos fases. La primera cuando contacta con los Alimentos No Perecederos, un grupo que vive en las catacumbas del supermercado que le desvela cómo la canción con la promesa de inmortalidad la inventaron ellos, con el fin de dotar de esperanza a la comunidad y preservar el orden social… a costa de convertir a todos esos alimentos en borregos que acuden mansamente al matadero, desperdiciando sus días en las estanterías a la espera de una gran promesa que nunca se cumplirá. Es inevitable recordar aquí las palabras que Nietzsche atribuyó a su Zaratustra cuando habló en el mercado:

¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan! En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también esos delincuentes. ¡Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra y apreciar las entrañas de lo inescrutable más que el sentido de la tierra!

Así que todas las creencias que ha tenido hasta ahora sobre el más allá eran mentira, de acuerdo, ¿pero cómo es entonces realmente?, ¿de qué manera puede él comprobar que los Alimentos No Perecederos le están diciendo la verdad? La más obvia es dejándose capturar por un dios en la estantería, pero la gracia de descubrir algo es poder contarlo después, así que hay otra menos arriesgada que es la que este extraño grupo de alimentos-sacerdotes le revela: caminando hacia la otra punta del supermercado, allí encontrará las evidencias que necesita. Emprende entonces el viaje y lo que termina hallando es sencillamente pavoroso. El horror en estado puro. Un libro de cocina en el que se muestra, página tras página, a los alimentos siendo troceados, triturados, hervidos y quemados sin la menor compasión. Esa era la prueba que necesitaba. A continuación acude a un circuito cerrado de televisión y mediante las pantallas de los pasillos muestra a toda la comunidad dichas imágenes… pero tal como ocurrió con el bote de miel-mostaza nadie le cree.

Al fin y al cabo todos esos productos envasados son obra humana y comparten con nosotros nuestra naturaleza. Nuestros cerebros están hecho para el mito, no para la verdad. Decía el escritor Upton Sinclair que es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda. Y se quedaba corto, porque a menudo ni siquiera entenderá aquello que comprometa no ya su sueldo, sino su posición social, su código moral y hasta sus esperanzas. Basta mirar cómo nos manejamos en las redes sociales. Una mentira que se ajuste a nuestros prejuicios la compartimos y alcanza miles de retuiteos, pero cuando luego aparece su desmentido apenas logra la décima parte de difusión. Escogemos a quien seguir en función de que diga aquello que queremos oír y compartimos con nuestros seguidores aquellas noticias o artículos que reafirman nuestra opinión, que suponemos cierta porque está sustentada por dichos textos que a su vez damos por ciertos por coincidir con nuestra opinión… De manera que nos guiamos entre la verdad y la mentira a la manera del barón Munchausen cuando salía de un hoyo a base de tirarse de su propia coleta. Por tanto el error fundamental de Richard Dawkins y de otros autores inscritos en eso que algunos denominan «nuevo ateísmo», está en su insistencia en apelar a las evidencias científicas, a los hechos históricos y a los argumentos racionales como si las creencias religiosas fueran una cuestión epistemiológica, una percepción de la realidad desajustada que se corrige aportando conocimiento exacto y arreglado, como quien sustituye un mapa antiguo por uno más reciente. ¿Y qué hay de la esperanza, el sentido de la vida y el miedo a la muerte? El creyente no cree en el paraíso a la manera en que considera que el Atlántico está más allá de Finisterre o que el kiwi además de una fruta es un tipo de ave. Por otra parte ridiculizarlo y mostrarse arrogante ante él no es la mejor manera de convencerle de nada, como acaban constatando Frank y sus amigos, así que optan por otra estrategia.

Siguiendo la clásica doctrina revolucionaria de acción-reacción, buscarán provocar al poder para que la represión indiscriminada subleve a la población. O ateniéndonos al contexto de la película, drogarán a los humanos para que puedan ver a los alimentos cobrando vida ante sus ojos y su respuesta sea cualquier cosa menos pacífica. Desde sus estanterías todos aquellos productos envasados contemplan horrorizados a sus hasta el momento adorados dioses destrozando a sus iguales. Ya no es posible cerrar los ojos a esa evidencia y seguir creyendo en el más allá al que supuestamente ellos los guiaban benévolamente poniéndolos en sus carros y bolsas de la compra. Como admite san Pablo en la primera epístola a los corintios: «Y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe». Así que una vez comprueban que no hay otra vida pierden la fe, y abandonada esta ya nada les retiene para seguir sometiéndose al orden establecido. Estalla la rebelión, muere mucha gente y finalmente los alimentos se hacen con el control del supermercado. Han asaltado los cielos, según la expresión usada por Marx para definir a la comuna parisina de 1871, porque Frank y sus amigos comprendieron que solo podrían movilizar a los suyos no negándoles la esperanza que tenían sin nada a cambio, sino prometiéndoles otra: la alternativa al paraíso celestial era la promesa del paraíso en la tierra. Ahora que los dioses han muerto todo está permitido, así que sin más dilación se entregan a una monumental orgía experimentando con todas las posturas, orificios y combinaciones posibles. ¿Cuánto tiempo más podrían vivir en esa entrega al hedonismo antes de que una Santa Alianza de humanos aplastase la revolución, o bien de que a la manera de Rebelión en la granja los nuevos líderes se conviertan en tiranos? No nos lo muestran, esos caminos narrativos ya están trillados y la conclusión de la fábula es otra vuelta de tuerca que nos hace replantearnos lo visto hasta ahora.

Chicle toma conciencia de que en realidad todos ellos son dibujos animados de una película hecha para divertir a los humanos, de manera que crea una puerta dimensional hacia una realidad en la que puedan tener una vida propia. Es decir, al final sí hay un más allá, un plano de existencia superior, trascendente. Ávidos de sentido último, Frank y Brenda se lanzan a él aceptando únicamente la palabra de Chicle como nuevo profeta de unos pocos elegidos ¿Y si esa puerta sin posibilidad de vuelta en realidad los destruyera? ¿No demuestran una fe y determinación equivalente a la del mártir dispuesto a morir porque setenta y dos vírgenes le esperan al otro lado? Quién sabe, la película no nos muestra qué hay al otro lado. Previamente nuestro protagonista había admitido no tener todas las respuestas, una actitud menos dogmática de la que adoptó inicialmente y que daba lugar a una mayor tolerancia a diversas creencias y puntos de vista. Aunque el guionista Seth Rogen es judío parece tener claro a qué público mayoritario se dirige, pues la fábula no es un alegato contra toda creencia metafísica sino contra la manipulación ideológica, el chantaje y la servidumbre que pueden traer consigo las religiones organizadas. A Lutero le gusta esto.

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.


Esto es absurdo

Albert Camus, por Eduardo Pola. (DP)
Albert Camus, por Eduardo Pola. (DP)

En cualquier esquina la sensación de absurdo nos golpea la cara. En 2014, durante la manifestación del Primero de Mayo en Sevilla, tres mujeres llevaron, a modo de procesión, un coño insumiso de cerca de dos metros de altitud. En noviembre de 2015 un espectador invadió un campo de fútbol, se sacó el pene e intentó golpear con él a la árbitro asistente durante el partido correspondiente a la Segunda División Andaluza Sénior que enfrentaba al CD Abes y al Gabia CF. En 2014, el ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, concedió la más alta condecoración del Cuerpo Nacional de Policía a Nuestra Señora María Santísima del Amor. En 2011 un internauta convocó a través de la red social Facebook una fiesta rave en el aeropuerto de Castelló, abierto al público y sin aviones, y más de seis mil personas se apuntaron a esta concentración. La vida es compleja, mezcla lo normal y lo absurdo en combinaciones a menudo desorientadoras.

Lo absurdo es una parte inseparable de la condición humana. Si rechazamos la ayuda engañosa de la religión o de la filosofía existencialista, entonces tenemos que reconocer que el mundo es un caos, una anarquía, un universo despojado de ilusiones donde el hombre es un extranjero, un extraño, un absurdo.

Inevitable no pensar en Albert Camus, claro, que insistía en que siempre hay que mantener una distancia irónica entre un significado inventado de la vida y el conocimiento de lo absurdo de esta misma vida, no sea que el significado ficticio tome el lugar del real. Una idea interesante, sobre la cual mi opinión personal es que la vida es demasiado corta para preocuparse por ello.

Así que vayamos a lo más grueso. Muchas personas creen que el problema filosófico fundamental radica en la siguiente pregunta: ¿cuál es el sentido de la existencia? Albert Camus pensaba que la vida no tiene sentido y por lo tanto hay algo profundamente absurdo en la búsqueda humana de encontrar un significado. Ciertamente la religión parece proporcionar comodidad a muchas personas, pero esto no sirve para darle un significado genuino a la vida porque se trata de una ilusión. O Dios existe o no. Si no existe, entonces es obvio por qué no puede ser el origen del sentido último de la vida. Pero si Dios existe, teniendo en cuenta todo el dolor y el sufrimiento que hay en el mundo, la única conclusión racional acerca de Dios es que es un imbécil o un psicópata. Por lo tanto, la existencia de Dios solo puede hacer la vida más absurda, no menos.

Aceptemos pues que la vida es absurda y buscarle sentido más absurdo aún. ¿Cómo vivimos si asumimos que la vida es así, que nunca podrá tener un significado? Esta es precisamente la pregunta que Camus se hace en su famosa obra El mito de Sísifo. Él dice que solo hay una solución realmente seria a este problema filosófico, y es el suicidio. Seguramente sea la única respuesta racional a lo absurdo de la vida. Solo que es probable que no sea la más agradable. Antes de que el lector se deprima del todo, pensemos en algunas de las posibles soluciones al problema. Vamos a suponer, como Camus, que buscar el sentido de la vida es absurdo. Vamos a admitir también que cualquier disquisición que intentemos para encontrarle un sentido al mundo va a ser en vano. Todo nos lleva a callejones sin salida, por así decirlo. ¿Cómo podemos evitar la conclusión de que el suicidio sea la respuesta? Pues en que el héroe absurdo no se desespera, abraza abiertamente lo absurdo de su condición. Sísifo, condenado por toda la eternidad a empujar una roca por la pendiente de una montaña solo para que ruede hasta el fondo una y otra vez, reconoce plenamente la inutilidad y falta de sentido de su tarea, pero de buena gana empuja la roca por la montaña cada vez que rueda hasta abajo.

Ya sé que no parece una solución, pero seamos serios, tengamos una confrontación honesta con la sombría verdad y, al mismo tiempo, posicionémonos desafiantes negándonos a que la verdad nos destruya la vida. Lo absurdo no es una huida de la realidad, como plantea en cierta manera Nietzsche en sus teorías al respecto, sino una aceptación de la verdad y una reacción de supervivencia. Tal vez mi comprensión de las teorías de existencialistas, fenomenológicas, postestructuralistas y posmodernas sea limitada (confieso que ni siquiera sé lo que significan exactamente alguna de estas palabras), y seguramente mi conclusión no resulte reconfortante, pero se puede resumir en: esto es lo que hay.

¿Podemos vivir en un planeta absurdo? Este es un mundo donde se sigue matando en nombre de un Dios de bondad y donde la mitad de la riqueza es propiedad de menos de cien personas. Se necesita una dosis importante de mala fe para negar lo absurdo de nuestra sociedad. Así que sí, sí es posible vivir en un mundo absurdo y de hecho no se está tan mal.

Tampoco nos queda otra. Etimológicamente, absurdum significa contrario a la lógica aceptada. ¿Un mundo completamente lógico sería más habitable? No, estoy convencido de que los implacables hombres lógicos finalmente mueren de aburrimiento. Uno puede preguntarse lo que queda del deseo humano si seguimos las enseñanzas de los epicúreos y estoicos, que nos seducen por su lucha común contra el sufrimiento humano, considerando absurdo evitar seguir los preceptos racionales y razonables. Pero ¿el sufrimiento se debe evitar siempre? Hemos aprendido más sobre nosotros mismos del sufrimiento que de la felicidad. Lo absurdo es lo que nos ayuda a soportar la banalidad de la vida cotidiana. Incluso diría que no hay nada más hermoso que el absurdo amor a tu enemigo, un absurdo que Cristo vivió hasta su extremo. Credo quiam absurdum, las famosas palabras de Tertuliano, esconden bajo su apariencia extravagante una verdad fundamental: el hombre no debe ser esclavo de la lógica.

¿Debemos, pues, en nombre del sufrimiento o de la locura que le espera al que desea lo imposible, al absurdo, al absolutamente irracional, negar la posibilidad de que ese deseo nos permita evolucionar a mayores cuotas de satisfacción?

Lo absurdo vive en la intersección de significante y significado, en una brecha destructiva; consiste en plantear un conflicto permanente, es una contradicción y una lucha. Gracias al absurdo empecinamiento en nuestros deseos rompemos techos de cristal. ¿O es que la imposibilidad es objetiva? Lo que es imposible hoy en día puede no serlo mañana, y si no lo es, será gracias al deseo absurdo de alguien. Sí, es absurdo desear lo imposible, pero no hay nada imposible si somos lo bastante absurdos para desearlo.


In my beginning is my end: T. S. Eliot, un poeta en busca de la eternidad

T. S. Eliot en 1925. Fotografía: Houghton Library / Harvard University (DP).

In my beginning is my end. In my end is my beginning.

Hay libros que te pueden cambiar la vida, libros cuya lectura resulta de una intensidad tal que tu manera de ver y de experimentar las cosas, el entorno, el mundo, deja de ser la misma que antes; libros, en definitiva, que te tocan en lo más hondo del alma y logran, silenciosamente, cambiar tu percepción en cuanto a todo lo que te rodea. Uno termina de leerlos y queda sumido entre la plenitud y la felicidad más placenteras, con el único deseo de poder cobijarse y reposar de nuevo entre sus líneas, de vivir de sus palabras y beber de su lenguaje una vez más, y cuando se vuelven a leer —esta es la prueba de fuego definitiva— es como si nunca se hubiesen leído: ante el lector se extiende un horizonte completamente nuevo, augurando un redescubrimiento que sugiere y promete aún más que el anterior.

Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot, es uno de esos libros. No tendría yo más de diecisiete años cuando un profesor del colegio, que ya antes me había prestado un ejemplar de 1942 de La tierra baldía en versión original y con las páginas amarillentas, me lo recomendó encarecidamente como si de una valiosísima joya se tratase. Claro que, por entonces, la poesía suponía para mí —al igual que, desgraciadamente, para la mayoría de los mortales— un mundo absolutamente extraño y desconocido; mi empeño por comprenderla solía ser en vano por muy buenas que fueran mis intenciones. Poco recuerdo de esa torpe e inexperta primera lectura, aunque la sensación generalizada fue de una gran impresión, como si me encontrase ante un monumento, imponente y lleno de significado, al que me esforzaba por entender. Pero, si bien era imposible no sentirse perdido, como un ciego buscando el interruptor a tientas, en ocasiones se me antojaba que no hacía falta entenderlo todo ni mucho menos; con simplemente leer las palabras impresas en la página, al margen de elucubraciones e interpretaciones, era suficiente para darme cuenta de su envergadura poética y humana. Provisto, esta vez sí, de cierta madurez —tanto vital como literaria— volví al libro por segunda vez hace no mucho, como quien se reencuentra con un viejo amigo al que nota cambiado; y, sobre todo, con ojos distintos. Dicha relectura, claro está, supuso una experiencia nueva, tan rompedora como reveladora.

Cuatro cuartetos es la obra cumbre de Eliot y una de las piedras angulares de la poesía moderna. Escritos por separado a lo largo de ocho años, los poemas se publicaron conjuntamente en 1943, en Nueva York (gracias a la editorial Harcourt, Brace & Co.), y un año después en Londres, en Faber & Faber. El volumen final, glorioso broche final a su gran carrera de poeta, quedó así compuesto por los poemas «Burnt Norton» (1936), «East Coker» (1940), «The Dry Salvages» (1941) y «Little Gidding» (1942), todos los cuales hilvanan un minucioso análisis poético de los vínculos del hombre con el tiempo y la eternidad, la inmortalidad y lo divino, temas sobre los que Eliot medita, tal y como apunta Helen Gardner en La composición de cuatro cuartetos, tomando sus propias experiencias como fuente principal. Fue la última colección de poemas que publicó Eliot, logrando así despedirse al contrario de como acaba su poema «Los hombres huecos» (1925), con sus célebres versos finales con un bang en lugar de un gemido. Citando a un poeta contemporáneo, la poesía de Eliot es como un martillo al lado de la ventana de emergencia; Cuatro cuartetos se presenta así como un libro de cabecera al que acudir en casos de auxilio o penuria intelectual, un perfecto manual de autoayuda en verso.

La poesía de Eliot, considerado el mejor poeta en lengua inglesa del siglo XX y uno de los privilegiado pater familias del modernismo literario anglosajón (sin olvidarnos de Joyce, Woolf, etc.), siempre fue descrita como una poesía de ideas. Que su poesía resulta impecable desde el punto de vista de la forma es del todo indudable, y es en parte gracias a esto que Eliot logra transmitir una sensación de trascendencia de principio a fin; se trata de pura poesía metafísica, anclada en lo terrenal y comprometida, a su vez, con una constante búsqueda de las inquietudes, espirituales o no, que separan al hombre de lo animal. Cuatro cuartetos, que él mismo consideraba su obra maestra y razón principal por la que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1948, conforma la tesis definitiva acerca de sus preocupaciones poéticas. Pero no nos dejemos abrumar por estas observaciones: a pesar de la temática del poemario —manifiestamente densa— el lenguaje empleado es tan lúcido como sencillo.

Durante su juventud el precoz Eliot ya apuntaba maneras; basta con leer «La canción de amor de J. Alfred Prufrock» («Let us go then, you and I…»), para darse cuenta de ello. Con este intrincado monólogo de stream of consciousness, a través de las contemplaciones de un narrador que se asoma a la vejez y, por ende, a la muerte, el escritor de St. Louis logró poner el mundo poético patas arriba: escribió la mayoría del poema con tan solo veintidós años y, en 1915, lo publicó en la revista Poetry gracias a la intervención de Ezra Pound, con quien mantuvo una potente amistad que duraría toda una vida. Al margen de sus evidentes cualidades literarias y sorprendente madurez, el poema asombra por la habilidad con que se adentra en lo profundo a raíz de imágenes cotidianas (restaurantes con serrín, atardeceres, cucharillas de café, mujeres que conversan sobre Miguel Ángel, etc.), dando lugar a reflexiones que marcaron el inicio del afán poético de Eliot por todo aquello que nos transciende, aquello que se halla fuera del tiempo y del espacio.

Unos años después, en 1922, se publicó La tierra baldía y el panorama poético, como es bien sabido, quedó alterado para siempre. En parte debido a su influencia, su naturaleza esquiva y a las continuadas reinterpretaciones en torno a ella, no resulta extraño que permanezca como la obra más conocida del autor hoy en día. Sin embargo, quizá sea Cuatro cuartetos su visión más madura y cohesiva, puesto que mientras La tierra baldía se muestra en ocasiones forzosamente complicada y escurridiza, cual código impenetrable, Cuatro cuartetos aboga por la claridad, no solo en cuanto a la forma, sino también y sobre todo como finalidad última: claridad es, de hecho, lo que Eliot persigue a través de estos cuatro poemas. Claridad como fin; claridad como meta vital. Fue precisamente en su discurso de aceptación del Nobel donde Eliot recalcó que, si bien el lenguaje constituye una barrera, la poesía misma nos proporciona un motivo para tratar de superar dicha barrera. De esta forma, con Cuatro cuartetos Eliot consigue expresar mediante palabras lo que estas a duras penas dan a entender por sí solas, sobreponiéndose así a sus limitaciones intrínsecas y revelando lo que se esconde tras ellas con pasmosa destreza, si bien, como confiesa de manera contrita en East Coker, solo ha aprendido a dominar las palabras para decir lo que ya no tiene que decir.

Las palabras de Eliot bullen en todo momento con ansiedad por encontrar algo superior a lo meramente humano. En «Burnt Norton» parte de la premisa de que «la Humanidad no puede soportar mucha realidad» y por ello se esfuerza, a lo largo de las cuatro composiciones que siguen, en elevar a la persona, imperfecta en todo su ser, a la perfección anhelada. Eso sí: consciente de lo mundano y de lo terrenal, y sin perder de vista todo aquello —tanto sus limitaciones como sus aspiraciones ulteriores— que hacen del individuo, de la persona, algo tan particular. En su día dicha obra fue criticada por ser abiertamente cristiana, lo cual resulta un tanto desconcertante; si Cuatro cuartetos es «cristiana» se debe en esencia a que es poesía humana, y no al contrario. Entre algunos de los más críticos con esto se encontraba el gran George Orwell (en un artículo publicado en Poetry London, número octubre-noviembre 1942) que renegó de los poemas con el descriptivo «deprimidos y deprimentes». En todo caso, insinuar que el anhelo por la inmortalidad o la eternidad —o su mero concepto siquiera— es algo que pertenece en exclusiva a los devotos es un craso error, más aún teniendo en cuenta que lo que dota a estos poemas de muchos de sus rasgos cualitativos es su descarada universalidad. No nos encontramos ante un mero panfleto teológico, sino ante una obra poética de gran profundidad. 

Pero esta claridad que tan trabajosamente persigue Eliot, ¿dónde se encuentra? La problemática del tiempo y su relación con el hombre es el tema que más peso ocupa en los poemas. Las reflexiones de Eliot sobre aquel, concebido como irredimible e irreversible en su constante movimiento, destacan por su belleza y sensibilidad: «Only through time time is conquered», pero el tiempo no fue ni será, simplemente es («And all is always now»), moviéndose perpetua e inexorablemente: «If all time is eternally present / All time is unredeemable». Eliot nos recuerda que poco podemos hacer al respecto, con lo que únicamente nos queda vivir con ello en el momento actual («What might have been and what has been / Point to one end, which is always present»), a la espera del momento que Eliot aguarda esperanzadamente: la eternidad, ese presente sin futuro. Muchos han sido los poetas de tradición anglosajona que describieron, si no condenaron, al tiempo y su irreparable flujo como un asesino sin escrúpulos: Shakespeare, Shelley, Keats, Yeats, Dylan Thomas, y un largo etcétera. De ahí que la eternidad, momento anhelado durante toda una vida, suponga por tanto la muerte del asesino, ese asesino de agujas que matan lenta y despiadadamente; y, por ende, la victoria del hombre sobre lo que, paradójicamente, le hace hombre. Parafraseando a William Blake, aquel quien besa la joya cuando esta cruza su camino vive en el amanecer de la eternidad. Es esa joya la que, sin fatiga y con ilusión, busca Eliot.

Atento a todo lo imperfecto que le rodea y ávido, a su vez, por alcanzar la perfección inalcanzable, Eliot cree que la humildad —y no la soberbia—, el reconocimiento de nuestra naturaleza fallida, probablemente sea la vía idónea para seguir dicho camino: «The only wisdom we can hope to acquire / Is the wisdom of humility: humility is endless». Así, la verdadera virtud yace en el intento honesto y no tanto en el resultado final, momento que, por mucho que nos duela, no depende de nosotros: solo nos queda intentarlo, aunque sea una y otra vez y a rastras («For us, there is only the trying. The rest is not our business»). No obstante, Eliot no desiste en ningún momento, consciente de que lo eterno está ahí, en alguna parte, animándonos a ello. Tal y como escribe, no cesaremos en la exploración y el fin de todas nuestras búsquedas será llegar adonde comenzamos, conocer el lugar por vez primera. En último término, su poesía es un reflejo perfecto de dicha pretensión y, ante todo, un bellísimo canto a lo contradictorio e incomprensible de la vida y la muerte, de lo humano y lo divino, del tiempo pasado, tiempo presente y tiempo futuro.

Así las cosas, es fácil imaginarse a Eliot colocando la pluma sobre el escritorio al terminar de escribir tras esos ocho largos años y, pudiendo por fin convertir en suyas las palabras de Rimbaud, declamando triunfalmente:

¡La hemos vuelto a hallar!
¿Qué?, la Eternidad.


Las mejores películas sobre el sentido

Una escena de La gran belleza. Imagen: Wanda Visión.

Es probable que si han pagado ustedes la entrada para ver La gran belleza en un cine pertenezcan a uno de estos dos grupos: el de los que roncaban a pierna suelta y con toda la potencia de la que eran capaces sus pulmones o el de los que se pasaron las dos horas y media de la película con la piel de gallina. Y es que si una película ha marcado durante los últimos años la frontera entre seres humanos y mostrencos con la sensibilidad de un cactus cholla esa es La gran belleza. Por supuesto, no tengo ningún argumento racional para defender tal afirmación: estas cosas se pillan o no se pillan y no tiene mucho sentido intentar convencer a nadie de lo contrario. Mi consejo, eso sí, es mantenerse alejado de todo aquel que diga haberse aburrido como una ostra durante el pase de la película. Es mala gente, no tengan ni la más mínima duda. Empezará hirviendo a su gato por placer, continuará leyéndose un libro de Paulo Coelho y acabará riéndose a mandíbula batiente mientras suena el Alina de Arvo Pärt.

Lo interesante de La gran belleza es precisamente lo que NO es. No es una película religiosa. No es una película cristiana. No es una película metafísica. Y no es una película filosófica. Es todo eso al mismo tiempo. La gran belleza es, en definitiva, una película sobre el sentido. No sobre el sentido de la vida. Sobre el sentido. Que no es exactamente lo mismo.

Así que la siguiente no es una lista de películas estrictamente religiosas, cristianas, metafísicas o filosóficas, aunque todas ellas lo sean en cierta medida. Es una lista de películas sobre el sentido. Y por eso han quedado fuera de la selección elecciones obvias como La pasión de Juana de Arco (Carl Dreyer), Diario de un cura rural (Robert Bresson), El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini), Matrix (Andy y Lana Wachowski), El séptimo sello (Ingmar Bergman) o Pi (Darren Aronofsky), entre muchas otras. No cabían todas y la lista la hago yo.

30. Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004).

30

Resulta raro leer en las críticas de cine el término «romántico» acompañado del sustantivo «comedia». Tanto hemos banalizado el amor, quizá el sentimiento más trágico, desesperado y absoluto jamás inventado por el hombre moderno, que ya no somos capaces de soportar su visión si no es acompañado de unos cuantos chistes de mariquitas, putas y cojos. Pero el amor contemporáneo, ese amor torpe, infantiloide y egoísta nada tiene que ver con el amor de los siglos XVII, XVIII y XIX. Que era un amor tiránico y atormentado pero aun así inocente y esperanzador. ¿Lo pillan? ¡Es la definición exacta de la fe! Pero no desesperen. Aunque parezca mentira, se han cantado canciones de amor que no avergüenzan el alma. Por ejemplo Ne me quitte pas, de Jacques Brel, que a fin de cuentas es la historia de un calzonazos. Así que hacerse, se puede. En el terreno cinematográfico, ni Cuando Harry encontró a Sally, ni Casablanca, ni Annie Hall. La película romántica por excelencia es Olvídate de mí. Inevitabilidad, arrebato, rutina, despecho, memoria y vuelta a empezar. En el punto exacto en el que lo dejaste e, idealmente, con la misma persona: amor verdadero.

29. Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957).

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Veinteañeros, ni os molestéis: nadie que no haya cumplido como mínimo los cuarenta va a entender ni siquiera los títulos de crédito de esta película. Que, a fin de cuentas, habla del tiempo perdido durante la juventud y de la amargura que comporta esa pérdida una vez llegada la vejez. Paradójicamente, es una película optimista. Pero eso tampoco se entiende antes de llegar a los cuarenta (los adolescentes suelen confundir el optimismo con las expectativas).

28. Sacrificio (Andrei Tarkovski, 1986).

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Otras dos películas de Tarkovski podrían aparecer en esta lista (Stalker y Solaris) pero la escogida es Sacrificio por su bizarra mezcla de surrealismo y misticismo. En realidad, el título español malinterpreta el mensaje de la película. Porque lo que Alexander, el protagonista de Sacrificio, lleva a cabo para evitar el exterminio de la humanidad no es un sacrificio sino una ofrenda. Que por algo es el título original de la película en sueco (Offret). Aunque puestos a enmendar la plana, lo de Alexander no es tanto una ofrenda como una renuncia. A su familia, su casa y su vida. Acérquense con cautela porque si alguna vez se ha filmado una película densa e impenetrable hasta decir basta esa es sin duda alguna Sacrificio.

27. Up (Pete Docter, 2009).

27

Rondaba yo hace una semana por la FNAC de Barcelona cuando un grupo de chavales que debían rondar los quince o dieciséis años se acercó vacilón a la sección de cine de autor. El primero de ellos leyó el rótulo en voz alta, se lo pensó un segundo y dijo: «Esto es…». Las opciones en mi cabeza para el final de la frase, teniendo en cuenta la edad del zagal y el hecho de que hubiera varias chicas en el grupo, eran varias: «…un puto coñazo», «…una puta mierda», «…un puto horror». Pero el chaval remató «…cine». Y añadió: «Esto es cine y el resto son películas». Por poco le doy un abrazo. El caso es que los primeros quince minutos de Up son cine y el resto solo una (excelente) película. Que ya es mucho. Porque ese cuarto de hora inicial que cuenta la historia de amor del sobrio Carl y de la aventurera Ellie, la pérdida de su hijo, la muerte de ella y la posterior decisión de él, a sus setenta y ocho años y decenas de corbatas más tarde, de arrancar por primera vez en su vida los pies del suelo y echar a volar son los más conmovedores que un servidor ha visto en mucho tiempo. Harían bien en ver Up con ojos de adulto porque la lección que encierra merece la pena.

26. Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (Kim Ki-duk, 2003).

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Solo un hotentote con la sensibilidad de un canto rodado podría confundir esta preciosa fábula budista sobre la culpa, la redención y el eterno ciclo de la vida con un curso de autoayuda para adictos a las espiritualidades orientales. Pero de todo tiene que haber en la viña del señor: uvas, pámpanos y agraz.

25. Shutter Island (Martin Scorsese, 2010).

25

Scorsese, perro viejo, plantea en Shutter Island el reverso oscuro de la cuestión neurálgica de Matrix. Dada la posibilidad de elección, ¿quién no optaría por el mentiroso consuelo de la locura frente a una realidad atroz?

24. Una historia verdadera (David Lynch, 1999).

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Bienvenidos a la película más malinterpretada de los últimos veinte años. «La menos lynchiana de todas las películas de David Lynch», decían muchos. Pues no: la más lynchiana y cruel de todas ellas. ¿Es Una historia verdadera una tierna fábula protagonizada por un abuelo entrañable que, tras avistar el final de sus días, decide recorrer centenares de kilómetros a bordo de una segadora para reconciliarse con su hermano? Pues no. Una historia verdadera es el retrato de un hombre malvado atormentado por la culpa, un alcohólico violento que destrozó a su familia y provocó su desbandada, que causó el incendio en el que uno de sus nietos fue abrasado (una constante en el cine de Lynch) y que más tarde logró que los servicios sociales arrebataran de las manos de su hija al resto de sus nietos. Un hombre que niega su pasado y que explica su historia, convenientemente mutilada de detalles claros, concretos e inculpatorios, a todos aquellos desconocidos con los que se encuentra. Y de ahí la ironía del título.

23. La carretera (John Hillcoat, 2009).

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La carretera tiene varios niveles de lectura pero el que me interesa por lo que respecta a este artículo es el siguiente: aun en un mundo atroz abandonado a su suerte por dios es posible encontrar minúsculos destellos de bondad. Quién les iba a decir que fuera posible hacer una lectura medianamente optimista de ese pozo de cenizas físicas y morales que es La carretera, ¿cierto?

22. Conan el bárbaro (John Milius, 1982).

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A estas alturas de la vida a nadie le va a pillar por sorpresa conocer que Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Solo diré, para que se entienda de dónde vienen los tiros, que el personaje interpretado por John Goodman en El Gran Lebowski es una parodia, bastante fiel a la realidad por cierto, de John Milius, guionista de Harry el Sucio y Apocalypse Now y director de Amanecer Rojo, probablemente la película más filosóficamente derechista de la historia del cine. Pero por si acaso alguien ha vivido en la inopia durante los últimos treinta años, ahí va la noticia bomba: Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Obviamente, ni el bushido ni el Übermensch de Nietzsche tienen excesivo sentido para el hombre occidental del siglo XXI, pero si anda usted buscando el sentido de la vida en espacios intelectuales, digamos, peculiares, Conan el bárbaro es su película.

21. El topo (Alejandro Jodorowsky, 1970).

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Andarle buscando el sentido a una película abiertamente surrealista es en cierta manera como aprender a nadar por YouTube: una subversión del concepto original. Pero puestos a divagar, digamos que El topo es la historia de un Jesucristo pagano a la búsqueda del sentido de su vida. El mejunje de cristianismo, filosofía oriental y otros desvaríos macarrónicos es de órdago. Pero, más de cuarenta años después de su rodaje, El topo sigue siendo considerada una de las grandes películas de culto de la historia del cine, así que algo debe de tener el agua cuando la bendicen.

20. Umshini Wam (Harmony Korine, 2011).

Difícil saber si el corto Umshini Wam, que por cierto es el nombre de una canción de protesta zulú, es una tomadura de pelo o algo bastante más complejo. Pongamos una historia de amor bizarro a cargo de una pareja de dementes (Ninja y Yolandi de Die Antwoord) abandonados por Dios a su suerte y cuya filosofía vital se resume en «si eres lo suficientemente vieja como para tener la regla y procrear eres lo suficientemente vieja como para reventarle los dientes al prójimo con un ladrillo mientras duerme». Si acaso, échenle un ojo y decidan ustedes mismos.

19. Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1979).

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En realidad la muy atmosférica Picnic en Hanging Rock no es tanto una película sobre el sentido sino sobre el misterio. Su peculiaridad es que ese misterio, como suele ocurrir en la vida real, queda sin resolver al final de la película. Lo cual, por cierto, provocó cabreos sin precedentes entre la audiencia de la época y dio pie a su aura de película de culto. Si buscan mensaje en Picnic encontrarán algo muy parecido a esto: no hay sentido, solo misterio.

18. Waking Life (Richard Linklater, 2001).

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La pretenciosa, en el buen sentido de la palabra, Waking Life es el equivalente de El mundo de Sofía para la generación de los nacidos durante la década de los ochenta. Aunque, en realidad, la película de Linklater está más bien a medio camino de la filosofía y el psicoanálisis. A disfrutar en una sesión doble de cine de animación con pretensiones metafísicas junto a la también muy onírica Paprika, de Satoshi Kon.

17. El club de la lucha (David Fincher, 1999).

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La versión nihilista de La gran belleza. ¿O es que pensaban que El club de la lucha habla de otra cosa que no sea del sentido? Eso sí: el de La gran belleza es el camino de la cruz (la esperanza) y el de El club de la lucha el de la espada (el nihilismo). Lo que por cierto emparenta esta película con la siguiente de la lista…

16. La misión (Roland Joffé, 1986).

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El mensaje de La misión está resumido en ese plano final en el que un grupo de niños indígenas que han sobrevivido a la masacre de su pueblo carga un instrumento musical en una canoa. Dicho de otra manera: algo queda. Pero por el camino hasta ese final Joffé ha reflexionado sobre la culpa y la redención a través de la historia de dos personajes basados en el misionario peruano Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652) y que optan por dos caminos distintos, el de la violencia y el de la fe, para la consecución del mismo fin. Y es que ya lo dijo el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo: la pólvora contra los infieles es incienso para el Señor.

15. Rompiendo las olas (Lars von Trier, 1996).

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Ninguna de las ideas legadas por el cristianismo supera en belleza a la del sacrificio por amor. Que, por cierto, y por aclarar dudas, nada tiene que ver con el martirio, la abnegación y la tortura (ideas heredadas de ese tenebrismo católico al que tanto y tan eficazmente aportamos los españoles en su momento). Por resumir: Rompiendo las olas es a los melodramas de Douglas Sirk, la filosofía de Søren Kierkegaard y la filmografía de Dreyer lo que Mark Millar a Los 4 Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby: un más rápido, más alto y más fuerte a cargo del alumno aventajado de la clase.

14. Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

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No es Blade Runner el primer nombre que viene a la cabeza cuando se piensa en películas religiosas. Pero los simbolismos abundan. Especialmente en el personaje de Roy Batty, ese ángel caído que tras rebelarse contra sus creadores osa cometer el crimen supremo: el deicidio. Su búsqueda de la fecha de su muerte (el conocimiento prohibido) no es más que una metáfora de la rebelión del hombre contra la arbitrariedad de Dios. Al final de su huida, y tras adquirir consciencia de la imposibilidad de escapar del destino programado para él, Batty muestra la compasión de la que carecen sus perseguidores humanos. Blade Runner, en definitiva, se pregunta qué es lo que nos hace humanos. Y se responde: la empatía… y la memoria.

13. De latir mi corazón se ha parado (Jacques Audiard, 2005).

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Si se fijan con atención en las películas de esta lista encontrarán un rasgo común a todas ellas. Es la dualidad. El bien y el mal, el escepticismo y la fe, lo atroz y lo sublime, la violencia y la mansedumbre, la naturaleza y la civilización… En De latir mi corazón se ha parado esa dualidad se encarna en las manos del protagonista, que tan pronto sirven para tocar el piano con exquisita sensibilidad como para partirle el alma a un moroso. En palabras de Lupe de la Vallina, que es quien me sugirió este título para la lista, De latir mi corazón se ha parado es «aconfesional y muy sutil, además de una gran película. Trata de la búsqueda del sentido a través de la belleza». No encontrarán mejor definición.

12. La vida de Brian (Terry Jones, 1979).

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Incluir La vida de Brian en esta lista es el equivalente de ponerse a tocar la zambomba en medio de un concierto de Le Mystère des Voix Bulgares. Pero no incluirla sería hacerse trampas al solitario. A fin de cuentas, ¿hay algo más nihilista que el humor?

11. Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975).

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El Dersu Uzala real era un cazador de la tribu china hezhen que profesaba el animismo y que se relacionaba con la naturaleza de su entorno en un hipotético plano de igualdad. Y, de hecho, en la película de Kurosawa puede verse a Dersu llamar «personas» a las plantas, los animales e incluso al fuego, al que ordena callar cuando crepita con fuerza. Quizá la principal diferencia de la película con el libro del explorador ruso Vladimir Arseniev de 1923 en el que se basa es que Kurosawa pone el acento en el contraste entre civilización y naturaleza hasta el punto de que hace responsable a la primera, en forma de un rifle de mira telescópica, de la muerte de Dersu. Y es que de buenas intenciones está el infierno empedrado. La metáfora es poderosa, pero van a tener que ver la película para entender el mensaje completo.

10. American Beauty (Sam Mendes, 1999).

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Si resumo la película en una sola frase me va a salir un preocupante ramalazo a escritor de libros de autoayuda, pero ahí va y que sea lo que dios quiera: afortunado aquel que ha desistido de perseguir sus sueños porque ha sido capaz de encontrar la belleza en todo lo que le rodea. Hala, ya lo he dicho.

9. Hasta el fin del mundo (Wim Wenders, 1991).

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Supongo que la elección obvia para esta lista habría sido El cielo sobre Berlín, pero el mensaje de Hasta el fin del mundo, una película criminalmente infravalorada desde el mismo día de su estreno, me convence mucho más: a ese futuro en el que la sobredosis de estímulos visuales se ha convertido en la norma estamos llegando mucho más rápido de lo que nuestra endeble naturaleza humana puede asimilar.

8. Adiós muchachos (Louis Malle, 1987).

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Aquí no digo nada excesivamente original, pero Adiós muchachos es la película que debería analizarse en todas las escuelas de cine para incrustar en la mollera de los estudiantes la diferencia entre ñoñez y sensibilidad. Como la mayoría de las películas de esta lista, Adiós muchachos habla de un mundo en el que los viejos valores, en este caso los de la fidelidad o la solidaridad, aún no habían muerto. Es decir de un mundo que jamás ha existido. Pero como bien explica Albert de Paco en este (imprescindible) artículo, lo que importa no es tanto el hecho de que ese utópico mundo con valores haya existido o no en algún momento de nuestro pasado, sino el horizonte moral que suponían esos valores. Y eso sí es algo sobre lo que merece la pena reflexionar.

7. Arizona Dream (Emir Kusturica, 1993).

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Me voy a limitar a traducir unas declaraciones de Emir Kusturica sobre su película porque lo explican todo mucho mejor de lo que podría hacerlo yo: «Está película trata de un hombre joven que deambula por el infierno existente entre dos mujeres de vida trágica. Quizá esta película es mi visión de la civilización occidental. Surge de la filosofía que he desarrollado después de treinta y cinco años viviendo en este planeta. Yo creo que los seres humanos pertenecen a la naturaleza, no a la civilización. Veo a los seres humanos como peces que cruzan una gran ciudad. El pez no entiende nada de la gran ciudad, simplemente flota a su través».

6. Gattaca (Andrew Niccol, 1997).

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En una lista como esta habría sido obligatorio incluir alguna película arquetípicamente uplifting, una de esas palabras sin traducción sencilla al español (sería una mezcla de edificante, optimista, inspirador y estimulante). Por cierto: que uplifting no tenga traducción directa ya dice mucho de nuestra filosofía vital, ¿no es cierto? En cualquier caso, la película uplifting por excelencia es Qué bello es vivir. Pero incluirla aquí habría sido comodón. Una manera como otra cualquiera de remolonear en esa zona de confort por la que suelen moverse los periodistas perezosos. Así que en su lugar he escogido Gattaca, el Qué bello es vivir de la década de los noventa. ¿Su tema? La batalla contra el determinismo biológico. ¿Y qué tiene eso de uplifting? Pues muy fácil: la idea de que esa batalla puede (y debe) ser ganada.

5. El día de la marmota (Harold Ramis, 1993).

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La versión amable, que no diluida, de las películas de Tarkovski, Bergman y Dreyer. ¿Exagerado? Ni de lejos. Mencionen otra película que incluya las ideas de que 1) a vivir se aprende, la de que 2) ni el hedonismo ni el nihilismo ni el cinismo justifican nuestra existencia, y la de que 3) solo mediante la renuncia a la batalla contra nuestras circunstancias se puede avanzar por el camino del conocimiento. De uno mismo y de los demás. Y de ahí a la empatía, la sabiduría ¡e incluso la felicidad! Si alguna vez desean recomendarle a alguien una película humanista en el sentido más profundo del término, escojan El día de la marmota.

4. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968).

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«Moralmente pretenciosa e intelectualmente oscura». Así definió el historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger Jr. 2001: Una odisea del espacio tras su estreno. Se le olvidó lo de provocadora: difícil pensar en otra película en la que se defienda tan explícitamente la idea de que el motor del progreso y la vía de acceso a estados evolutivos superiores no es otro que la inteligencia… aplicada a la violencia.

3. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013).

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«Fauna humana grotesca». «Seres perdidos en sus propias mentiras y vidas impostadas». «Excentricidad superficial». «Frívola existencia». Esto se ha escrito en los medios de este país sobre La gran belleza. Pues sí y no, caballeros: grotescos y perdidos y ridículos y superficiales… pero también bellos. Y fascinantes y entrañables. Pero sobre todo humanos. Que de eso va La gran belleza. Lo que, por cierto, emparenta de un modo bizarro a Sorrentino con Eric Rohmer e incluso con Sofia Coppola. Directores para los que la superficialidad más banal e intrascendente es una de las dos caras de la moneda de la belleza. La otra es, por supuesto, la búsqueda de Dios. Que ambas caras, la del sentido y la de la cháchara, son no solo compatibles sino también complementarias es la lección de Jep Gambardella. A fin de cuentas, ¿qué sería de la trascendencia sin la intranscendencia? Y si no se entiende esto es que no se ha entendido La gran belleza. Lástima: igual no estaban ustedes destinados a la sensibilidad.

2. La palabra (Carl Theodor Dreyer, 1955).

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Incluida en la lista de las cuarenta y cinco mejores películas de la historia del cine según el Vaticano (en la lista también figura, agárrense que vienen curvas, 2001: Una odisea del espacio), la confrontación entre fe formal, fe verdadera y razón científica de la que habla La palabra puede parecer caduca a los ojos del espectador moderno, ese cuyas preocupaciones cotidianas andan tan lejos de las ideas de Søren Kierkegaard como de los agujeros negros de la galaxia Andrómeda. Se estarán perdiendo ustedes una de las grandes películas metafísicas de la historia del cine si caen en ese error.

1. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011).

Inabarcable y oceánica, ninguna otra película ha reflexionado de una forma más exquisita sobre la verdadera naturaleza de ese dios cristiano dual encarnado en una madre tierna, compasiva y de extraterrenal belleza, pero también en un padre autoritario, feroz e inclemente, aunque justo en su aparente arbitrariedad. Y quizá esa reflexión, la de El árbol de la vida, sea más estética que filosófica, pero si han leído esta lista con atención ya habrán advertido que la belleza es uno de los posibles caminos hacia la divinidad, si no el principal. Mención aparte para esos sublimes quince minutos en los que Malick muestra la creación del universo (y de la vida) a los sones del Lacrimosa de Zbigniew Preisner y mientras una voz le pregunta al vacío «¿qué somos para ti?». Y, por supuesto, para la escena del dinosaurio agonizante: el nacimiento de la piedad, la compasión y la moralidad. De la capacidad de elección entre el bien y el mal. El momento en el que un ser vivo se proyecta más allá de los confines de sus instintos primarios y muestra, por primera vez en la historia del universo, amor por un semejante. La huella de dios.


Feria del Libro 2011: La Odisea

Los libros al poder. Durante quince días editoriales librerías, distribuidores y, cómo no, también organismos oficiales —anhelamos ver qué nos puede ofrecer la caseta del Ministerio de Economía y Hacienda en pleno periodo de pago de impuestos— se adueñan del Paseo de Coches; echan de allí —deseamos que con violencia desmedida— a las hordas de desalmados fanáticos del correteo que, bien en solitario o formando grupos perfectamente sincronizados, plagan las calles, paseos, jardines y hasta el último rincón del Parque del Retiro cualquier día laborable o incluso festivo. Pues al parecer hay quien cree sinceramente que correr sin ser perseguido por nada más tangible que una marca cronométrica es una forma de ocio. Para los demás, para ese epsiloniano porcentaje de ciudadanos que lee libros con una cierta regularidad, los últimos días del mes de mayo y primeros de junio son siempre una suerte de bacanal al tiempo que una declaración de principios. Fuera de aquí, cuerpos saludables; largaos, aurículas y ventrículos inmaculados, arterias diáfanas contra natura y otras expresiones del culto al deporte y su falsa promesa de longevidad. Id a remover conciencias a otra parte, la Feria del Libro os destierra.

Este año la Feria celebra su septuagésima edición y el país invitado es Alemania. Ja, sehr gut! O no tanto, pues todos andamos con el asunto del pepinazo detrás de la oreja y estamos muy susceptibles, así que la primera expresión de menosprecio nos llega nada más leer el lema que el Instituto Goethe de Madrid ha aprobado para promocionar su literatura: Ale-manía! descubre Alemania con 50 autores. A un precio más que competitivo, esta redacción se ofrece a desarrollar al menos una docena de eslóganes con los que poder promocionar la literatura alemana sin generar sentimientos de compasión; no duden en ponerse en contacto con nosotros. De lo que sí nos sirve la propuesta del Instituto es para medir las dimensiones de nuestro vacío cultural. En esa lista de 50 autores reconocemos a Bertold Brecht, Hertha Müller y W.G. Sebald; hemos leído la fascinante historia del espía Richard Sorge contada en forma de novela gráfica por Isabel Kreitz, a Bernhard Schlink, Patrick Süskind y, sudando la gota gorda, a Günther Grass… y para de contar. El resto son al parecer lo más granado de un panorama literario que las mentes mejor dotadas no vacilarán en afrontar sin tomar precauciones. Y las que adolezcan de falta de audacia intelectual, como por ejemplo las nuestras, tienen a su alcance numerosas conferencias a las que asistir para que les sirvan de guía. Buen karma y Atrévete con la literatura infantil son dos ponencias que aquellos que sufrimos las secuelas de haber intentado leer El hombre sin atributos, no digamos ya comprenderlo, no deberíamos pasar por alto.

Pero a la Feria se viene principalmente a adquirir una ingente cantidad de libros que no seremos capaces de leer antes de que llegue la próxima edición. Y menos aún si son pesos pesados de la literatura alemana. Para que quede claro que nos adentramos en un vergel del consumismo, la primera caseta que nos encontramos a mano derecha es la de El Corte Inglés. Quizás haya algún acto más abyecto que el comprar un libro en este puesto, pero nosotros no lo conocemos. Le deseamos lo peor. Más adelante, ya hacia mitad del recorrido, pasados los espacios coloreados de amarillo que corresponden a los distintos ministerios, institutos oficiales y, sorprendentemente, Hungría y los Países Nórdicos —unas posiciones que más tarde aprenderemos que son las más temidas por los expositores pues la facturación final que se logra en ellas tiende peligrosamente hacia el cero absoluto, y al enterarnos no podemos dejar de experimentar cierta condolencia mientras recordamos la sonrisa neutra que dirigía hacia la nada el represente húngaro del número 4—, pasado este trámite inicial, decíamos, y las tiendas de facsímiles de gran formato, llegamos al centro neurálgico de la Feria, aquella parte que le da cierto sentido a nuestra visita.

Sólo si se tienen unas habilidades organizativas dignas de las legiones de la antigua Roma y el genio militar de sus generales más laureados, puede uno intentar planificar un recorrido medianamente coherente a partir del plano oficial. Son famosos los casos de demencia provocada por intentar encontrar una lógica a la disposición de los puestos; lo mejor es pasear y detenerse según lo dispongan su ánimo, la pertinaz lluvia y las visitas escolares. Vayan a la caseta de Valdemar y háganse con no menos de treinta títulos, ya lo saben. Acérquense a El Acantilado y pregunten si ya han publicado la nueva novela de Isabel Allende. Si no han matado del disgusto al editor y aún le pueden compensar de alguna forma, llévense Historia de un Estado clandestino de Klaus Karski, por ejemplo. Deténganse en todas y cada una de las editoriales de ciencia ficción y comprueben que el comprador medio de literatura fantástica sí que tiene muchos de los síntomas que se asocian con los desórdenes mentales más extravagantes y, por tanto, usted que lleva un año leyendo a Stanislaw Lem, Canción de Hielo y Fuego y los Cuentos Completos de Philip K.Dick y que ahora adquiere con deleitación el tercer tomo de la narrativa completa de Fredric Brown —el que contiene la descacharrante novela ¡Marciano vete a casa!—, es por tanto una persona esencialmente rara. Si tienen suerte y coinciden con la visita oficial de alguna Autoridad, comprueben cómo se detiene exclusivamente en todas y cada una de las editoriales infantiles, tengan o no hijos dichos dignatarios. Acudan al taller Encuentro con autor y taller pinta caras y traten de no gritar. Pásense por la caseta de la Editorial Mujeres y verifiquen empíricamente que el tinte para el pelo está reñido con algún principio básico del feminismo y por tanto, a partir de ahora,  se pueden ahorrar un dineral en horas de peluquería. Cuenten el número de personas que esperan a que les firme un libro Julia Navarro y experimenten un nivel de angustia de la que sólo habían tenido una idea marginal leyendo los textos canónicos del movimiento existencialista. Nosotros hemos hecho todo eso y además nos hemos llevado media docena de títulos de la editorial Errata Naturae prácticamente juzgándolos por la cubierta y por el grado de seducción del personal que nos atendió; varios libros musicales sobre géneros absolutamente dispares en la librería El Argonauta y, por fin, Nosotros, de Zamyatin, en la editorial Akal. No digan que no tienen opciones, así que compren, compren; aunque después, exactamente igual que nosotros, absolutamente nadie lea y sin embargo todos terminemos por volver el año que viene.