Invasión: nos atacan los alienígenas pero nadie lo sabe

Invasión. Imagen: Apple TV +
Invasión. Imagen: Apple TV +

Aquella atrevida versión de La guerra de los mundos que Orson Welles retransmitió en la radio y que tanta popularidad le granjeó tenía un punto de pureza que ya no existe. Y es que, a pesar de las advertencias previas, muchos oyentes pensaron que estaban siendo invadidos por extraterrestres y reaccionaron en consecuencia a esa noticia. En el momento en el que lo escucharon, lo experimentaron. 

Y digo que hay algo puro en eso porque en todos los relatos posteriores que hemos recibido desde la ficción, nosotros, los espectadores, los lectores, ya nos identificamos como audiencia y sabemos que los retos a los que se enfrentan los personajes tienen que ver con la venida de seres de otros mundos. Nosotros somos conscientes porque hemos leído las sinopsis, hemos visto los anuncios y sabemos cómo se titula la historia. E.T., La llegada, La guerra de los mundos… tenemos claro a qué vamos. Ellos, los seres de la pantalla, no tienen ni idea de que protagonizan un relato de ataques alienígenas.

A la hora de establecer una narración, siempre hay que pensar en cómo se administra la información. Si los personajes saben más que la audiencia, lo que ocurre es confuso y, si esta sensación se alarga en el tiempo, el público puede acabar claudicando por aburrimiento e incomprensión. Si saben menos, se genera un suspense que mantiene el interés. Es el fundamento de la intriga. Como esto puede durar lo que el relator desee, se corre el riesgo de estirar demasiado la goma y romperla, de que el espectador, harto de tener tanta información y de que nadie en la ficción se entere de nada, decida abandonar. Es complicado, por ejemplo, empatizar al cien por cien con la confusión que invade a todo un planeta cuando no dejan de pasar cosas raras y ningún ser humano se entera de la misa la mitad. 

Bienvenida, sin embargo, Invasión. Porque tras cuatro horas de televisión, los personajes siguen sin saber exactamente qué está pasando… y no importa. O, al menos, no importa todavía porque interesa descubrir qué hace cada una de estas personas, escasas de información, cuando la situación les lleva al límite, cuando se enfrentan a lo desconocido y cuando lo desconocido les fuerza a colocarse frente al espejo.

Hace años, Damon Lindelof estrenó en HBO The Leftovers, una narración que ya le daba la vuelta a las catástrofes. A pesar de tener un planteamiento distópico —el dos por ciento de la población desaparece de repente y somos testigos del desconcierto que ahoga a los supervivientes—, la serie de Lindelof nunca quiso aclarar, sino realizar un estudio del ser humano y su comportamiento tras vivir algo inexplicable. En realidad, ya lo había intentado antes, en Perdidos. En ese caso, el éxito obligó a retorcer la trama y elaborar respuestas a cuestiones que nunca se deberían haber planteado. The Leftovers, en cambio, se mantuvo en sus trece y decidió no resolver la pregunta inicial —por qué ha pasado eso— sino dar testimonio de qué ocurre después, qué hacen aquellos que se han quedado en tierra, metafórica y literalmente. 

No es culpa solo del compositor Max Richter que Invasión remita, irremediablemente, a The Leftovers. Además de música y ambientación parecidas, ambas comparten un objetivo común: el efecto que lo extraordinario tiene sobre lo que parece ordinario.

Creada por Simon Kinberg (productor de Marte o Logan) y David Weil (guionista de Solos y Hunters, entre otras), Invasión intercala múltiples historias que suceden en diferentes partes del mundo: Estados Unidos, Japón, Afganistán, Reino Unido… En cada uno de estos microcosmos, la realidad de los protagonistas ya está bordeando el conflicto: un sheriff se tiene que jubilar pero no quiere, una feliz madre de familia descubre que su marido no es quien parece ser, una pareja cuyo amor está mal visto en la sociedad a la que pertenecen se enfrenta a una separación, un soldado estadounidense destinado en Afganistán vive en riesgo cada día y un adolescente que sufre abusos en el colegio se enamora de una compañera. Todas las tensiones que generan esas situaciones individuales se ven exacerbadas por el hecho de que… bueno, les invaden los marcianos. Pero no lo saben. Solo saben que está ocurriendo «algo más» y que no tienen control sobre ello. Nosotros absorbemos una perspectiva global, pero cada uno de ellos solo tienen su punto de vista local para intentar resolver los interrogantes. «Qué ocurre» no es tan importante como «qué hago yo frente a esto». 

En una escena del segundo capítulo, cuando Aneesha Malik (el personaje interpretado por Golshifteh Farahani, una de las caras más «famosas» del elenco) quiere abandonar su casa para ver qué demonios está pasando fuera, su marido la retiene. «No es seguro salir a la calle», alega, apelando a lo desconocido. «¿Y es seguro quedarme en casa?», replica ella, devolviendo la discusión al hogar. El intercambio remite al que realizan los personajes de Jude Law y Natalie Portman en Closer, de Mike Nichols. Invasión, en determinados momentos, es igual de cruda que ese filme lleno de tensiones y sentimientos. Llevados al límite, los personajes son tan impredecibles como humanos. De hecho, aquí no hay efectos especiales abrumadores como si esto fuese Independence Day, sino que las explosiones y las bolas de fuego suceden en un segundo plano o directamente en una elipsis. Es como si los creadores asumiesen que la audiencia ya sabe cómo va esto y no hiciese falta deleitarnos otra vez con un ataque extraterrestre. 

Porque, a pesar de los dineros que se ha dejado Apple+ en el rodaje de esta serie, se ha apostado al verdadero caballo ganador, el que retiene a los espectadores en su sofá: los personajes en quienes invertimos nuestro preciado tiempo.

Así, de momento, Invasión no epata ni parece necesitarlo. Porque, aferrada a las historias personales, funciona.


¿Cuánto sabes sobre los extraterrestres?

Y si quieres saber más sobre alienígenas recuerda que el próximo 10  de mayo tendrá lugar en la Rambleta un nuevo capítulo de la expedición al Futuro Imperfecto, en la que pondremos negro sobre la blanco la existencia de civilizaciones extraterrestres con los científicos Juan José Gómez Cadenas, Fernando Ballesteros y la escritora Laura Fernández.

 


Por qué creemos en conspiraciones

Señales (2002). Imagen: Divisa Home Video.

Yo he visto armarse teorías conspirativas. Es quizás lo más divertido que he sacado de internet: ver cómo se levantaban conspiraciones donde yo sabía, con certeza, que no había motivos.

En 2010 me junté con gente que escribía en internet para montar un blog. Nos conocíamos de leernos y dejarnos comentarios —que era una cosa que se hacía—, pero la mitad ni nos habíamos visto en persona. No éramos de una asociación, no compartíamos universidad, ni vivíamos en la misma ciudad. Escribíamos de política con datos y a veces citando papers. Entonces llegó el 15M, la política rejuveneció y se puso de moda, Twitter creció… y de repente nos leía más gente. Nunca mucha, pero más.

Desde el principio empezaron a circular historias locas. Leía teorías conspirativas sobre nuestro «proyecto» —¿qué proyecto?—, sobre nuestra «agenda» —¡¿qué agenda?!— o sobre quién había realmente detrás. Cuando uno de nosotros dejó el grupo, leí una explicación exhaustiva sobre cómo otro compañero, molesto, había logrado que le echáramos. Primera noticia. Una noche, saliendo de un bar en Barcelona, se me acercó un chaval con una pregunta que, me dijo, discutía con sus amigos: ¿quién nos financiaba? Me quedé asombrado; ¿financiar? No teníamos ni gastos ni ingresos. Así se lo dije. No lo vi convencido. Supongo que la verdad era una historia peor: éramos siete veinteañeros que escribían por gusto y por ego. Después hemos sido más cosas, pero fue por accidente. Años después me sigo viendo en historias falsas. Siempre fui escéptico de las teorías conspirativas, pero nunca pensé que las vería en directo.

* * *

Una teoría conspirativa es una explicación que hace referencias a fuerzas ocultas. Sirven para responder preguntas sin ofrecer argumentos, sin pruebas, sin nada. Un atentado, una epidemia y una injusticia pueden explicarse si uno asume que detrás hay siempre voluntad y culpables. La pobreza existe porque alguien quiere. El cáncer no tiene cura porque no conviene. El cambio climático no es un problema, es un invento para dañar a los Estados Unidos.

¿Por qué tienen éxito estas teorías? Localizar un culpable parece ser reconfortante. Como si la idea de un mundo caótico nos incomodase más. Preferimos creer en villanos antes que aceptar que el mundo está, en parte, en manos del azar y la incertidumbre. En cierto modo es comprensible: si existiese un culpable, bastaría eliminarlo para tener una solución.

Pero el motivo principal encuentro que es otro: estas teorías eliminan las dudas. Las personas odiamos las preguntas sin respuesta. Creer en teorías conspirativas es un fenómeno casi religioso. Sus creyentes construyen una cosmovisión donde nada ocurre sin motivo. Cuando las piezas encajan, se cargan de razón. Cuando chirrían, apelan al argumento circular: «Eso quieren que creas». Es un sistema total de pensamiento porque cualquier fisura puede taparse añadiendo un nivel extra de conspiración. Una sucesión de deus ex machina elimina cualquier herejía. Creer es una forma de ver el mundo: «El mejor predictor de creer en una teoría conspirativa es creer en otras teorías conspirativas», dice Viren Swami.

Explicarlo todo está en nuestra naturaleza. En términos evolutivos, debió de sernos muy útil conectar causas y consecuencias rápidamente. Si después de comer unas bayas anaranjadas tuviste vómitos, mejor creer que no fue casualidad. Y, si el ruido en la maleza suena como un león, mejor correr. Nuestro cerebro toma muchos atajos así. Sufrimos también de patternicity, encontramos patrones. Nos pasa mirando ruido: si enseñas a una persona una serie de números aleatorios y le dices que son las ventas anuales de refrescos, encontrará motivos para explicar cada altibajo.

Además, nos embalamos. Cuando tenemos una teoría favorita, por todas partes encontramos nuevas piezas. Es lo que se conoce como sesgo de confirmación: aceptamos mejor la información que confirma nuestros prejuicios (y olvidamos rápido la que los contradice). Lo habréis visto en cosas mundanas. Cuando tu pareja la toma con alguien, por ejemplo. Entra en guerra silenciosa: de golpe todo lo que hace el otro esconde un motivo. «¿Has visto lo que ha dicho? Como queriendo decir…». Y da igual que le expliques que tú crees que no lo decía por eso. «No le defiendas». Cuanto más lo piensa, más encaja todo: «Y fíjate lo que hizo ayer…».

La tentación conspirativa la sufrimos hasta con objetos inanimados. El coche se estropea «justo hoy», pensamos. «Todo me pasa a mí», sentimos. Como si el universo estuviese contra nosotros. Sabemos que no es verdad, pero lo sentimos. Solo pensamos en la suerte cuando nuestra moneda cae del lado desafortunado. Nadie da las gracias por vivir en el mejor de los tiempos, ni por nacer en un país o una familia privilegiada. Todo eso lo pasamos por alto (o peor: lo confundimos con el mérito).

Nadie está salvo de creer en conspiraciones. Hay algunas enormemente populares. Un 16 % de los estadounidenses cree que el 11S fue orquestado por su Gobierno, y un 7 % de la población mundial culpa a Israel. Un tercio de los americanos cree que Obama nació en Kenia, y el 31 % cree que las vacunas causan autismo pero se oculta. En Europa, hay un 22 % de ciudadanos que creen que los muertos del Holocausto se han exagerado. Hay teorías conspirativas para todos: no importan tu edad ni tu ideología.

El éxito de estas teorías a veces nos sorprende, pero quizás no debería. Mucha gente cree en cosas locas. Un 20 % de las personas sobre la Tierra cree que los aliens viven entre nosotros disfrazados. Lo creen especialmente los hombres, los jóvenes y los universitarios.


Aliens: ¿dónde están todos?

Arrival, 2016. Imagen: Sony Pictures Releasing.

En 1950 una conversación entre Edward Teller (físico de origen húngaro, 1908-2003), Herbert York (físico nuclear americano, 1921-2009), Emil Konopinski (científico nuclear de origen polaco, 1911-1990) y Enrico Fermi (físico italiano, 1901-1954) dio como resultado la pregunta de este último que daría pie a la paradoja de Fermi: ¿dónde están todos?

Se refería, desde luego, a los alienígenas. El hombre que contribuyera a la creación de la bomba atómica se preguntaba dónde están nuestros vecinos espaciales si la vida en el universo es una probabilidad difícil de cuestionarse. Si hay tantos millones de galaxias, y tantos posibles planetas similares a la Tierra (no se sabía entonces, pero las actuales teorías hablan de cientos de miles de planetas similares el nuestro solo en nuestra galaxia), y siendo el carbono (la base de nuestro ADN) uno de los elementos más comunes en el universo, ¿por qué no ha venido todavía nadie a visitarnos? ¿O, al menos, por qué no hemos encontrados signos irrefutables de su existencia?

La paradoja de Fermi, que se encuentra con un importante punto de apoyo en la hipótesis de la Tierra especial (que postula que el surgimiento de vida pluricelular en la Tierra se debe a una serie de coincidencias extremadamente difíciles de repetir), surgió en una época en que los avistamientos de platillos volantes proliferaron en Estados Unidos con obsesiva continuidad. El autor italiano Tommaso Pincio (seudónimo de Marco Colapietro) recoge en su libro Gli Alieni (2006) la curiosa anécdota de los platillos volantes y los cubos de basura. Ante el robo de cientos de cubos de basura propiedad del ayuntamiento de la ciudad de Nueva York y la oleada de avistamientos de platillos volantes, el dibujante satírico Alan Dunn decidió unir ambos hechos: los ovnis robaban cubos de basura. ¿Por qué, para qué? Que nadie ose cuestionarse los métodos alienígenas. Y, aunque disparatada y jocosa, esta historia tiene su doloroso reverso: el hecho de que no hay manera de ponerse en contacto con otra raza galáctica señala que, tal vez, no la haya. Se establece una conexión entre dos hechos, en apariencia igual de absurdos.

Así pues, no es de extrañar la pregunta de Fermi: ¿dónde están todos?

La respuesta, de momento, es desalentadoramente clara: en la ficción.

Los científicos en general no son ni ajenos ni escépticos al poder de la ficción. El propio Carl Sagan estableció muchas de sus teorías de contactos con alienígenas en su novela Contacto (1985, editada en nuestro país por el sello Nova de Ediciones B). De las múltiples teorías sobre lo que ocurriría si la humanidad contactara con una raza de otro planeta, la actual ciencia ficción, tanto en literatura como en cine y videojuegos, ha adaptado las nuevas líneas de pensamiento científico a sus historias. De este modo nos hemos encontrado con El problema de los tres cuerpos del autor chino, ganador del premio Hugo, Cixin Liu (1963), cuya extravagante teoría de un mundo con fluctuaciones de clima extremas que empuja a sus habitantes a una invasión interplanetaria se vio curiosamente «demostrada». No, no estamos sufriendo una invasión alienígena, que sepamos, pero las fluctuaciones en Próxima Centauri (la estrella más cercana a nuestro sistema solar y, curiosamente, lugar donde se ubica el planeta extraterrestre en la citada novela) afectan de manera increíble al planeta Próxima B, descubierto en 2016 y del que se dijo, en un principio, que se encontraba en la zona habitable de su sistema. En la novela, las violenta acometidas de la enana roja que tiene el planeta por estrella, unido a la gravedad simultánea de tres cuerpos celestes, da como resultado un mundo en que las estaciones no tienen una duración determinada y se mueven en grandes extremos: un invierno puede durar unos meses, y el verano unos segundos. En este escenario la vida parece complicada, pero el autor fabula con una raza que vive en este clima extremo y planea la invasión de un cercano planeta cuyas condiciones son mucho más amables: la Tierra.

Aprovecha el autor chino para saldar una cuenta pendiente con la humanidad. Alejar el fenómeno alienígena de Estados Unidos y establecerlo en una China comunista herida aún por su pasado. La tradición de considerar a Estados Unidos como eje central de la actividad ovni se estableció en 1947, con la primera mención a un «platillo volador» por parte del piloto Kenneth Arnold. Desde entonces, se ha presupuesto que si hay un contacto con otras razas será allí.

No mucho se aleja el autor Jeff VanderMeer (1968) de Estados Unidos con su trilogía Southern Reach, adaptada recientemente al cine por Alex Garland (1970). En esta obra, editada en España por Destino y compuesta por tres libros que no se regalan en páginas, se narra la caída de un ente extraterrestre a la Tierra, dando como resultado una zona de cuarentena en que la flora y la fauna se ven terriblemente afectadas por el contacto con el ser de otro mundo. El resultado es una mezcla de ADN entre lo terrestre y lo extraterrestre y una incontinencia creativa por parte de la naturaleza que acaba por afectar, inevitablemente, a los humanos. Aunque la película de Garland, estrenada en Netflix y protagonizada por Natalie Portman (1981), se centra casi exclusivamente en el primer libro, Aniquilación, establece algunas de las bases de las que somos testigos en la lectura del resto de la saga. El resultado es una atípica historia de contacto extraterrestre cuya naturaleza no queda del todo clara en las novelas: VanderMeer juega al despiste, a no terminar de explicar nada, y aunque la película ahonda en el tema alienígena, tal vez los lectores de los libros debieran coger esta explicación con pinzas.

Lo que sí queda definido es el Área X, esa porción de tierra con una loca naturaleza que parece querer adueñarse de todo, y que mezcla animales con plantas o con restos humanos al libre albedrío. Una reminiscencia a otra gran obra sobre contactos extraterrestres; una que pone la interrogación en nuestro papel como especie en el universo: Stalker, de Boris y Arkadi Strugatski (1933 y 1925), la novela en que se basa la famosa película de Andréi Tarkovski (1932) estrenada en 1979. En esta historia, reeditada recientemente por Gigamesh, los extraterrestres vinieron, pasaron el rato y se marcharon, y el resultado son unas zonas en que un montón de basura alienígena se ha convertido en auténticos tesoros por los que se paga una fortuna. Los stalker son los encargados de adentrarse en las zonas y extraer la chatarra que puedan. ¿Esa es la posición que nos reserva el universo a la raza humana? ¿Chatarreros y carroñeros de otras razas superiores? Tal es el mensaje que parece destilar de gran parte de la obra de ficción enfocada en el contacto con seres de otro mundo; el de la inferioridad humana. La muerte completa de las ideas antropocéntricas.

La cara más amable recientemente la pone la película La llegada (Denis Villeneuve, 2016) y basada en el relato corto «La historia de tu vida» del autor Ted Chiang (1967). Aquí los extraterrestres (una especie de gigantescos calamares) tratan de enseñarnos a usar su idioma, que es la clave para percibir el tiempo como un todo, un círculo, en lugar de la forma lineal en que lo concebimos los seres terrenales. El contacto con estos seres resulta tremendamente beneficioso para la humanidad, que crece y se desarrolla hasta límites insospechados gracias al descubrimiento.

En España han aterrizado pocos extraterrestres antes y después de El milagro de P. Tinto (Javier Fasser, 1998). No podemos olvidarnos de Extraterrestre (2011), la cinta dirigida por Nacho Vigalondo (1977) que imagina una invasión de platillos volantes en mitad de un trío amoroso. España no se prodiga en espectacularidad en lo que a asuntos ajenos a la Tierra se refiere, pero en literatura tiene bastante más que decir. Como en Arañas de Marte (Valdemar, 2017) la novela de Guillem López (1975) en que los aliens nos invaden a través de la mente. Una narración que vuelve a moverse en supuestos, que no deja clara ninguna respuesta y se puede entender desde el prisma de una invasión, de un amistoso contacto, o de la locura de una serie de personajes que se imaginan cosas.

Más surrealista, aunque también más alejado de los convencionalismos, resulta el contacto imaginado por Laura Fernández (1981) en El show de Grossman (Aristas Martínez). Aquí, el planeta Rethrick es fan de la Tierra; de su cultura, de su basura, de sus maneras y de sus absurdos; presentando personajes perdedores y perdidos de ambos mundos. Parece que no siempre vamos a ser nosotros los impresionados con una raza alienígena superior. Aquí una escritora de ciencia ficción ha sido condenada al ostracismo y la indiferencia del público terrestre, mientras en el otro planeta es una auténtica best seller. Paradojas del espacio, oiga.

Pero, volviendo a Fermi y a su maldita pregunta: ¿dónde están? La obsesión por esa respuesta ha alimentado nuestra (ciencia) ficción desde que el ser humano dejó atrás ciertas creencias y perdió la manía de quemar a astrónomos en plazas públicas bajo la atenta mirada del clero. La respuesta más extendida actualmente es que las distancias en el universo son demasiado grandes; exageradamente imposibles de abarcar por la raza humana y, probablemente, por ninguna otra raza por muy avanzada que esté. Deberíamos ser vecinos y encontrarnos a muy pocos años luz para poder establecer un contacto. Por eso, la ficción es lo que nos queda. Uno puede mirar a los telescopios, los instrumentos del SETI («La gran oreja») e imaginar el tremendo silencio que están captando. La naturaleza en movimiento: colisiones, planetas muertos, órbitas, luces. Y continuamente lanzamos un mensaje, pero nadie responde. Por eso, volvemos a los libros, las películas, el arte, capaz de crear otros mundos que sí estén habitados. Pero, ¿bastará con eso? Hay otros mundos, pero están en este, que decía el poeta Paul Éluard.

Y mientras artistas de todas las épocas y razas siguen componiendo historias de contacto entre especies de otros mundos, anhelando que la suya sea la aproximación más certera, en la Tierra seguimos preguntándonos lo mismo desde hace más de medio siglo: ¿dónde están todos?


Queridos extraterrestres, queremos que existáis

El astronauta Yuri Gagarin. Foto: Cordon.

El gran interés del público de los siglos XIX y XX por las exploraciones del planeta, y la admiración por sus grandes figuras, Aducen, Livingstone, y los demás, cesó como moda mayoritaria al comenzar la guerra fría. Y ello porque ahora había un lugar mucho más grande y exótico que contemplar: el espacio. La última frontera, como se encargaba de anunciar una voz en off al inicio de cada capítulo de Star Trek. La ciencia ficción cobró a partir de la década de 1950 un protagonismo inédito en la cultura, debido en parte a la contienda entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Las dos primeras victorias soviéticas en la carrera espacial fueron aplastantes, y aterradoras para los estadounidenses. Su enemigo había sido capaz de poner en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik, y también de demostrar que un ser vivo, la perrita Laika, podía sobrevivir en el espacio, abriendo el camino a la exploración humana. Cuatro años después iba a ser el ruso Yuri Gagarin el primer ser humano en abandonar la Tierra y viajar al espacio. Aunque para entonces el Gobierno estadounidense ya había agrupado sus esfuerzos mediante la creación de la NASA, por lo que un mes después de Gagarin hubo también un astronauta norteamericano en órbita.

Pero la NASA no solo iba a orientar los esfuerzos técnicos que pondrían al hombre en la Luna, asegurando su supremacía sobre los rusos. También iba a convertirse en una poderosa arma de propaganda que presentaría resultados atractivos para el gran público. Los políticos estadounidenses la emplearían para atraer el voto ciudadano, los de la Unión Soviética para desalentar a sus enemigos. En Estados Unidos se recuperó el talento y la organización propagandística de la Segunda Guerra Mundial, para reconvertirlos en gabinetes de relaciones públicas y lobbies al servicio del Gobierno. Los cuales dedicaron gran parte de sus esfuerzos a influir en la cultura de la nación. Y lo hicieron alimentando los sueños de sus ciudadanos, ofreciéndoles algo más que una sucesión de hitos en la carrera espacial. Era necesario asegurarles que en un futuro próximo vivirían en un edén tecnológico donde sus problemas serían resueltos por robots, y su necesidad de trabajar posiblemente también. Un modo de acallar cualquier oposición a un millonario gasto público que afectaba a otras partidas como la sanidad, la educación o la lucha contra la pobreza.

Pronto cesaron las críticas, y la sociedad civil se contagió del entusiasmo hacia los viajes espaciales, y de la posibilidad de que existieran sociedades futuras muy avanzadas tecnológicamente. Los cómics y las novelas pulp fiction de temática espacial fueron, en los años cincuenta, las primeras manifestaciones culturales de esta tendencia. Género infantil los primeros, y literatura de consumo para un público con educación básica las segundas. Pero no tardaron en cobrar relevancia obras literarias tan sólidas como las de Isaac Asimov, Phillip K. Dick, Arthur C. Clarke y Ray Bradbury. Sus argumentos no solo comenzaban a ser aceptados como un género para adultos, sino ampliamente demandados. El desarrollo de la televisión aprovechó este interés por los asuntos galácticos y futuristas para lanzar en 1966 Star Trek, que a día de hoy sigue constituyendo un hito. Su capacidad de recreación de los viajes interestelares y la exploración de las galaxias marcaron definitivamente el camino a seguir por la ciencia ficción. Algo que se trasladó al cine en los años setenta y ochenta con grandes éxitos comerciales como la saga de La guerra de las galaxias, que generó una ola de admiración solo equivalente a su predecesora Star Trek. También el documental científico televisivo tuvo su auge con Carl Sagan y sus programas sobre el espacio.

Aunque llegó un momento, a partir de la década de 1970, en que los esfuerzos propagandísticos gubernamentales y el desarrollo cultural se disociaron. La película Apolo XIII protagonizada por Tom Hanks refleja bien ese ambiente de desinterés social. Era la séptima vez que se viajaba a la Luna, y todos daban por hecho que era una operación rutinaria. Tan solo ese «Houston, tenemos un problema» suscitó algo de interés entre el gran público, que ahora prefería los mundos fantásticos del cine o la novela de ciencia ficción. A principios de los ochenta Alien, el octavo pasajero, mezcló el género con el del terror, haciendo prevalecer una idea ya anticipada por las novelas, el peligro de aniquilación por extraterrestres. La película era además una muestra de la aceptación social de los viajes espaciales en el futuro, pues el argumento arranca en una nave, con tripulantes sacados de la hibernación, sin que haga falta explicar dónde están ni qué hacen. Desde entonces hasta el día de hoy las sagas de Alien, La guerra de las galaxias, o Star Trek despiertan mucho más entusiasmo que las fotos del Curiosity en Marte o las del rover chino Yutu en la Luna. Cuando la Unión Soviética dejó de existir se canceló también la guerra fría, y la NASA quedó como única agencia relevante en las conquistas espaciales. Pero algo muy importante había cambiado para siempre en la mentalidad de todos nosotros.

Tan importante como que los científicos que hoy exploran el espacio crecieron de niños soñando con las obras literarias, películas y series de televisión que prometían conquistar las galaxias. Ello podría explicar por qué hace poco realizaron un anuncio poco convencional, del que se han hecho eco medios de todo el mundo. En torno a la estrella KIC 8462852, popularmente conocida como Tabby, se había detectado una posible megaestructura alien. La primera gran posibilidad de vida extraterrestre. No se habían vuelto locos, ni exagerado su afición por la nave estelar Enterprise o los caballeros jedi. En realidad estaban barajando la hipótesis científica formulada por Freeman Dyson. Un físico y matemático de gran prestigio que se guía por la máxima de que los planteamientos de la ciencia deben ser siempre subversivos o no aportarán avance alguno. Consecuente con ello, se inspiró para una de sus ideas más famosas en la lectura de una novela de ciencia ficción, Star Maker, publicada originalmente en 1937. Esta maravilla del género explora el concepto de los humanos como seres de origen de una Tierra anterior y más antigua, la creación genética de especies o la mente colectiva conectada mediante telepatía. Anticipa muchos temas tratados después debido a la influencia que ejerció sobre Asimov, Arthur C. Clarke o H. G. Wells. Y añade además un trasfondo filosófico, conforme a la profesión de su autor, Olaf Stapledon, filósofo. Pero lo que más llamó la atención del científico Dyson fue la asociación entre necesidades energéticas y desarrollo tecnológico. Y así es como formuló su hipótesis, llamada esfera de Dyson, basada en principios matemáticos, astronómicos y físicos.

La esfera de Dyson es una megaestructura que rodea una estrella y aprovecha toda su energía. Es un planteamiento consistente con civilizaciones capaces de viajar entre galaxias, pues precisarían una cantidad de energía que hasta donde sabemos solo puede obtenerse de esta manera. Dyson imaginó que si tal estructura existía podríamos detectarla mediante observaciones astronómicas desde la Tierra. Y ello porque la ingeniería de los alienígenas iba a generar irregularidades en la radiación de la estrella. Algo así como si contempláramos un tubo de neón estropeado que se apaga y enciende caprichosamente antes de fundirse por completo. En 2015 las observaciones del telescopio Kepler de la estrella Tabby demostraron ser consistentes con la hipótesis de Dyson. Allí estaba la indicación de vida extraterrestre.

El hallazgo no fue casual. Una generación de científicos más parecidos a los protagonistas de la serie de televisión The Big Bang Theory que a los serios profesores del pasado estaba buscando activamente vida extraterrestre. Gracias al satélite telescopio Kepler lanzado por la NASA en 2009 y a los datos obtenidos en el Observatorio Europeo Austral de La Silla, Chile, han podido saber con toda certeza que sistemas como el nuestro, con varios planetas orbitando alrededor de una estrella, son lo común, y no la excepción, en nuestra galaxia. Un diez por ciento de ellos están situados además en la llamada zona de habitabilidad y, como la misma Tierra, reúnen las condiciones para albergar vida. No hay más que buscarla, y puede que en Tabby la hubieran encontrado.

Las observaciones sugieren que las inusuales señales luminosas de KIC 8462852 son fragmentos de cometas polvorientos que bloquearon la luz de la estrella cuando pasaron frente a ella en 2011 y 2013. Recreación: NASA.

Y ahora llega el momento de enfriar los ánimos. Nuestra cultura, heredada de la guerra fría y la carrera espacial, nos ha hecho mirar aquello que queremos ver. La estrella KIC 8462852 es llamada Tabby por Tabetha Boyajian, la astrónoma que reparó por primera vez en la anormalidad de este cuerpo celeste. Pero en el artículo científico que ella firmó junto a otros muchos colegas no aparece la esfera de Dyson sino otras posibles explicaciones del fenómeno, indicando que la más probable sea una nube de miles de cometas en caprichosas órbitas alrededor de la estrella. Quizá el producto de la colisión de dos planetas. Teorías que dejan, sin embargo, muchas cuestiones por explicar. Como el hecho de que Tabby lleve oscureciéndose un siglo y que haya perdido un 3% de su luz en los últimos años. El único modo de responderlas es seguir buscando más sistemas como el solar, y analizar individualmente los datos de cada estrella, cotejando unos con otros. Cualquier lector que haya mirado arriba en una noche estrellada en mitad del campo comprenderá que es como buscar una aguja en un pajar. Especialmente porque KIC 8462852 tiene una anormalidad que jamás se había observado, así que debemos encontrar otras similares para sacar conclusiones. Y como ni el telescopio Kepler de la NASA ni el europeo de La Silla pueden centrarse en esa única tarea, la propia Tabetha Boyajian ha impulsado la asociación Planet Hunters. Una red de voluntarios que contemplan durante horas los gráficos extraídos de observatorios de todo el mundo. En la web del mismo nombre pueden marcar con puntos rojos las estrellas cuyas oscilaciones lumínicas puedan indicar la existencia de planetas orbitando alrededor de ellas. No hace falta ser un experto, solo leer las instrucciones en inglés y ser lo suficientemente friki como para querer pasar allí las horas muertas.

Así que, aunque la megaestructura alien sea una hipótesis demasiado aventurada, lo cierto es que responde a una búsqueda real. Estamos intentando encontrar vida extraterrestre, y estamos haciéndolo desde mucho tiempo atrás. Incluso con cierta inconsciencia por nuestra parte. Las sondas Voyager, la primera de las cuales fue lanzada en 1977, contenían discos de oro con sonidos de la Tierra, saludos en varios idiomas humanos, fotografías y otros datos. Su objetivo era que, de ser leídos en su conjunto por una civilización extraterrestre, esta comprendiera la existencia humana en nuestro planeta y nuestra historia. En principio no iban dirigidas a ningún lugar lejano de la galaxia, sino a los planetas de nuestro sistema solar. Porque, aunque hoy nos parezca impensable que alberguen vida inteligente, en la década de 1970 no estaban tan seguros. La guerra de los mundos de H. G. Wells era una posibilidad científica, y quién sabe si los marcianos pondrían en algún tipo de tocadiscos aquellas grabaciones, caso de llegarles. Una acción un poco irresponsable si consideramos las advertencias que nos hace últimamente Stephen Hawking. De acuerdo con su pensamiento, una civilización extraterrestre capaz de llegar a la Tierra nos encontraría en una condición de inferioridad tecnológica muy similar a la que tenían las civilizaciones americanas cuando llegaron los españoles. Recordemos que no conocían el uso de los metales, y menos aún las armas de fuego. Por no hablar de que las enfermedades llegadas de Europa los diezmaron tanto o más que las guerras de conquista. Por tanto, lo más prudente es observar si existe vida en otros planetas y, caso de hallarla, guardar silencio. Mandar un «hola» interestelar es, según Hawking, la peor idea posible.

Pero la pregunta es si estamos buscando algo que no existe debido a la influencia de una cultura que nosotros mismos creamos. La intuición estadística nos lleva a concluir que, dada la existencia de mil millones de planetas en la parte del universo que podemos observar, alguno de ellos tiene que albergar vida. Ahora bien, si buscamos una vida similar a nosotros, capaz de viajar al espacio, usar la tecnología y dejar rastro de ella para ser detectada desde otros puntos de la galaxia, la cosa se complica. Especialmente porque solo podemos mirar al momento presente, y existe la posibilidad que otras civilizaciones alcancen su desarrollo mucho después de que nosotros nos hayamos extinguido, o que lo hayan hecho mucho antes. Es una cruda verdad que de momento estamos sujetos a la Tierra, y especies muy evolucionadas y bien adaptadas a su entorno, como los dinosaurios, sufrieron una extinción masiva por algo tan inevitable como la caída de un meteorito. No fue la única desaparición de especies en nuestro planeta, y la geología indica que habrá más en el futuro. Cabe la posibilidad de que seamos capaces de colonizar las estrellas y perpetuarnos en otros lugares, pero de momento eso sigue siendo ciencia ficción. Si nos extinguimos, simplemente no estaremos aquí cuando lleguen los aliens.

Por el momento nuestra búsqueda de extraterrestres continúa, y cada vez con más empeño. En 2018 entrará en funcionamiento el telescopio espacial James Webb Space de la NASA, destinado exclusivamente a estudiar atmósferas de planetas potencialmente habitables. Técnicamente, el espectro de los gases producidos por seres vivos puede ser identificado desde la Tierra, puesto que aquí los tenemos como producto de la respiración de las plantas, la putrefacción de los cadáveres, y otros procesos biológicos. En caso de localizar su espectro sobre un planeta indicaría que allí hay vida, y una vez establecida esa posibilidad, podríamos buscar además emisiones de radio procedentes de ellos. Las cuales indicarían una civilización tecnológicamente avanzada. El problema es, una vez más, saber hacia dónde tenemos que mirar en la infinitud espacial. Un reciente descubrimiento, el de la estrella Trappist-1, parecía haber resuelto este problema.

Trappist-1 es un sistema planetario muy parecido al nuestro. La estrella es más pequeña y emite menos energía que el Sol, pero de los siete planetas que orbitan en torno suyo, unos cuantos podrían reunir las condiciones para albergar vida. Al menos esas eran las primeras observaciones, porque nuevos datos han permitido saber que las tormentas solares de la estrella posiblemente harían imposible a ningún ser vivo sobrevivir allí. Si esto se confirma, tendremos que seguir buscando.

Desde un punto de vista meramente científico, aún no podemos afirmar ni desmentir que exista vida extraterrestre. Ambas posibilidades son correctas y los experimentos de búsqueda tendrán que decirnos si descartamos una de ellas. Dos astrónomos, Behroozi y Peeples, han combinado los datos del telescopio Kepler y del Hubble hasta concluir que hay un 92% de posibilidades de que existan civilizaciones alienígenas. Para añadir a continuación que será más probable que existan en el futuro, dado que la duración estimada del Universo es de cien mil millones de años, y nosotros hemos surgido en los primeros trece mil ochocientos millones. En teoría hemos nacido demasiado pronto, aunque no hay que descartar que otros hayan existido antes y ya no estén. Meros conjuntos de posibilidades que abren preguntas sin respuestas. La única certeza es que seguimos buscando, y mientras lo hacemos estamos defendiendo la posible existencia de otros seres. Porque, después de más de un siglo de novelas, películas, series de televisión y documentales, el problema no es si existen o no los extraterrestres. Es si queremos dejar de creer en ellos.

La guerra de los mundos, 1953. Imagen: Paramount Pictures.


Caos, entrelazamiento cuántico y algoritmos de Monte Carlo

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Imagen: Nova Libros.

Desde que leí El tío Petros y la Conjetura de Goldbach, compro compulsivamente cualquier novela o cómic cuyo título tenga como referencia algún concepto matemático con la vana esperanza de volver a disfrutar con su lectura tanto como lo hice con el famoso best seller de Apostolos Doxiadis. Desde La soledad de los números primos del físico Paolo Giordano a La fórmula preferida del profesor de la japonesa Yoko Ogawa, casi todo lo leído hasta ahora no ha logrado excitarme tanto como lo hizo la novela del griego. Hoy vengo a comentar una fantástica excepción; se trata de El problema de los tres cuerpos de Cixin Liu.

El problema de los tres cuerpos es un desafío matemático que busca encontrar una fórmula para determinar las posiciones y velocidades de tres cuerpos, de cualquier masa, sometidos a atracción gravitacional mutua y partiendo de un estado inicial concreto. Un ejemplo especial lo constituye el sistema Sol-Tierra-Luna. Con este problema de fondo, la novela, galardonada en 2015 con el premio Hugo, nos presenta a una civilización extraterrestre a punto de desaparecer si no consigue predecir las órbitas de los tres soles que conforman su sistema estelar.

La historia da comienzo a finales de los sesenta, durante la Revolución Cultural China, con la muerte de un eminente físico de partículas a manos de cuatro adolescentes revolucionarias. Este arranque forma parte de una de las tramas principales que nos acompañará mediante flashbacks a lo largo de toda la novela. Uno de los planteamientos más novedosos de esta space opera —es una trilogía, aunque en España solo se ha traducido el primer volumen está en la elección de China como centro de contacto alienígena en lugar del sempiterno Estados Unidos de América con su cansino geocentrismo. La perspectiva oriental de Cixin Liu nos hará disfrutar con inesperados pasajes que solo a los asiáticos se les podría ocurrir imaginar y describir, alcanzando su apogeo con la coreografía de Von Newmann.

El astrofísico y divulgador Daniel Marín cuenta en Naukas que no considera esta novela como Hard SCI-FI, al contrario que el resto de la crítica internacional. Basa su opinión en alguna licencia técnica como el amplificador de radio solar, pero no tiene en cuenta el desarrollo y la aproximación que hace el autor para encontrar una solución al problema de los tres cuerpos mediante el muy socorrido Método de Montecarlo. Desde mi punto de vista es indudable que se trata de Hard SCI-FI, al menos si tomamos como referencia Mundo Anillo de Larry Niven. Los extraterrestres también son originales, como vemos en lo poco que se dejan conocer en este primer volumen. Son destacables sus logros científicos, tan atrevidos que ni siquiera aparecen en las predicciones más locas de Michio Kaku.

Dimensiones atómicas, entrelazamiento cuántico, caos en el sentido físico, nanomateriales y algunos otros ingredientes conforman un texto repleto de referencias a la ciencia. Sin embargo, de los muchos mensajes que subyacen e impregnan todo el libro me quedaría con dos: la importancia de la ciencia básica como principal motor de la evolución humana y que hay que desconfiar de los talibanes ecologistas. El problema de los tres cuerpos es una fascinante y atípica novela de ciencia ficción que hará las delicias de cualquier lector del género, más aún si como yo es fetichista de los títulos con nombre de desafío matemático irresuelto.


¿Cómo debería ser el fin del mundo?

Hace unas semanas David Cameron ya nos avisó de la tercera guerra mundial que se avecinaba y, por si alguien lo había olvidado, el otro día el presidente búlgaro nos lo volvió a recordar. Pues nada, estaremos atentos. Últimamente se han vuelto muy frecuentes estas premoniciones apocalípticas y ya no hay en ningún país candidato, partido u opción en algún referéndum que no traiga consigo el desplome de los cielos. Oiga, así no hay quien se acerque a una urna. El caso es que pocos temas han generado más interés en la ficción —sea esta cine, novelas, cómics o mitos religiosos— que el Armagedón. Simplemente nos fascina. Descrito de las formas más coloristas, siempre nos ha gustado imaginarlo como una estruendosa traca final, al menos hasta que llegó el aguafiestas de T. S. Eliot a explicarnos que en realidad «así es como acaba el mundo / no con un estallido sino con un quejido». Veamos algunas opciones y votemos nuestra favorita, o seamos creativos añadiendo nuevas formas de completa destrucción.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Cae un meteorito

Imagen de Lux Films.
Imagen de Lux Films.

Melancholia, Deep Impact, Armaggedon, Buscando un amigo para el fin del mundo, Cuando los mundos chocan, The End of the World, Meteoro, La morte viene dallo spazio… Que a los dinosaurios se los llevara por delante un meteorito es un golpe que no hemos terminado de encajar pese al tiempo transcurrido. Se ve que nos identificamos con ellos como especie dominante sobre la Tierra y nos inquieta sufrir un destino semejante, así que hay una buena ristra de películas —y muy taquilleras— en torno a la posibilidad de que la muerte venga de allá arriba, tal como dice aquella película italiana de 1958 con tan bonito cartel. De todas ellas la más original diría que es Buscando un amigo para el fin del mundo, que pasó injustamente desapercibida. Nos hace pensar en este apocalipsis como el más conveniente, pues nos da un margen para reflexionar sobre qué vida hemos llevado y en qué compañía queremos pasar los últimos momentos, tal como hacen los protagonistas.

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Rebelión de las máquinas

Imagen de De Laurentiis.
Imagen de De Laurentiis.

Según la leyenda el rabino Elijah Ba’al Shem fue el primero en crear una máquina —un golem, concretamente— que a punto estuvo de escapar de su control y destruir el universo entero. Luego vendría Mary Shelley para hablarnos de Frankenstein y su criatura, y más adelante llegarían 2001: Una odisea del espacio, Terminator, Número 9, Colossus: The Forbin Project, Matrix, Blade Runner, Electric Dreams, Yo Robot, Autómata, Maximun Overdrive o Galactica, que nos muestran cómo las máquinas en el momento en que toman conciencia de sí mismas se vuelven terriblemente ingratas con sus creadores.

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Rebelión de los animales

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Cuando ruge la marabunta, Los pájaros, Rebelión en la granja, El planeta de los simios, Mimic, White God, Ovejas asesinas, Sharknado… la historia del cine está repleta del clásicos en torno a una u otra especie que un día se planta y dice hasta aquí hemos llegado. A partir de ahí empieza la escabechina y la especie humana vuelve a la base de la cadena trófica.

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Congelación del planeta

Imagen de Entertainment One.
Imagen de Entertainment One.


En El día de mañana mediante una carambola en las corrientes marinas el calentamiento global termina provocando una nueva y muy repentina glaciación. Mientras que en The Colony unas grandes máquinas construidas para combatir dicho calentamiento terminan dejándolo congelado, con solo unos pocos supervivientes encerrados en colonias subterráneas. Prácticamente el mismo argumento que en Snowpiercer, aunque aquí la colonia se mantiene dentro de un enorme tren, que circula sin pausa por todo el planeta y en cuyos vagones se vive una lucha de clases digna de la Asturias de los años treinta.

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Pandemia

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

De todas las calamidades con las que el cine suele azotar a la humanidad esta parece una de las más factibles, pues cuando los medios no nos alertan sobre el zika es para meternos miedo sobre el ébola. Contagio, Estallido o Infectados han abordado la posibilidad de una pandemia sin entusiasmar en su resultado, y sobre las fallidas adaptaciones que tuvo la novela de Richard Matheson Soy leyenda ya hablamos en este artículo. Cabe concluir entonces que la mejor del subgénero es La amenaza Andrómeda.

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Apocalipsis zombi

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Estrechamente vinculada con la categoría anterior, qué decir de esta: la plaga que vivimos hoy día no es de zombis sino de películas y series sobre ellos. Tenemos zombis que se enamoran, zombis que corren como alma que lleva el diablo, zombis que se fugan de parques temáticos en las Islas Canarias, zombis que bucean, zombis de Gran Hermano, zombis atómicos, zombis nazis, hasta un Zombinator. De todos los personajes de terror este es el más democrático: los vampiros son aristocráticos, los hombres lobo son alfas atléticos y con pelazo, las momias faraónicas (ejem) y los monstruos mutantes irrepetibles en su grotesca singularidad. Pero ser un zombi está al alcance de cualquiera, es el hombre-masa por definición, su peligro no está en su personalidad sino en su número. De ellos ya hablamos aquí con detalle.

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Diluvio universal

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

«Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra. Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera. Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura. Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta del arca a su lado; y le harás piso bajo, segundo y tercero» (Gén 6:13-16). Véase que Dios tiene poder suficiente para arrasar el planeta pero no se molesta en construirle el barco a Noé —un hombre ya viejísimo por entonces— limitándose a darle los planos. En cualquier caso estamos ante un mito sobre el fin del mundo común a muchas culturas, que contó recientemente con su adaptación al cine y que inspiró 2012.

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El sol se apaga o nos achicharra

Imagen de Fox Searchlight Pictures.
Imagen de Fox Searchlight Pictures.

En Sunshine el sol corría el riesgo de apagarse, lo que lleva a organizar una expedición espacial para reavivarlo mediante una detonación nuclear. Justo lo contrario que ocurría en Señales del futuro, en la que una llamarada solar terminaba con todas nuestras preocupaciones. La bellísima escena final pueden verla aquí.

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Fallo en la corteza o el núcleo terrestre

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

En ¿Hacia el fin del mundo? un equipo de científicos ubicado en Tanganica (paisajes que en realidad eran las afueras de Madrid) lanza una bomba de gran potencia por un agujero en la Tierra, y sorprendentemente, algo sale mal. Han fracturado la corteza terrestre y el mundo amenaza con partirse por la mitad, algo que según el cartel promocional «podría suceder el día de mañana». Aquí dejamos la idea para cualquier líder político con ganas de alarmar a la población. Por su parte, en The Core, el núcleo terrestre dejaba de girar y había que reactivarlo mediante unas cuantas bombas nucleares. Valen para todo, qué maravilla.

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Ceguera generalizada

Imagen de Security Pictures.
Imagen de Security Pictures.

En El día de los trífidos, que podrán encontrar en castellano en YouTube, un paciente de un hospital se despierta rodeado de gente cegada por el resplandor de unos meteoritos. Un argumento que recuerda vagamente a Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, sobre una epidemia que se cobra la vista de sus víctimas, y que también contó con adaptación al cine, A ciegas.

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Invasión alienígena

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

En Invasores de Marte, Están vivos y La invasión de los ladrones de cuerpos veíamos cómo los extraterrestres se infiltraban entre nosotros subrepticiamente y poco a poco nos iban sustituyendo sin que nadie pudiera percibirlo. Mientras que en la serie V se hacían notar pero disfrazando sus intenciones bajo una apariencia cordial. Lo más habitual, sin embargo, suele ser que caigan sobre nosotros con estruendo y dispuestos a fumigarnos hasta el último. Si tuviéramos que quedarnos con una película al respecto, al menos de los últimos años, probablemente sería Al filo del mañana.

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Holocausto nuclear

Imagen de Carolco.
Imagen de Carolco.

El hongo nuclear es una de esas imágenes icónicas que no pueden faltar para referirnos al siglo XX y la tecnología moderna, pero al mismo tiempo con su inmensa tormenta de fuego castigador nos remite al Antiguo Testamento. No hay duda de que resultaría una experiencia poco agradable, pero como colofón para la humanidad sería un espectáculo apoteósico. Además tal vez no fuera necesariamente el final: acerca de cómo sobrevivir a algo así ya escribimos aquí. Sobre su retrato en la ficción los ejemplos son innumerables, desde el cine hasta los videojuegos, pues buena parte del subgénero posapocalíptico se ambienta en un mundo que ha sufrido una guerra atómica.

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Todo ha sido un sueño (no necesariamente de Resines)

Imagen de Legendary Pictures.
Imagen de Legendary Pictures.

El giro argumental definitivo. Toda la realidad que nos rodea sería solo una ilusión que se acabaría cuando nosotros, o la persona que nos soñase, despertara. Tiene múltiples variantes e incluso hay quienes como Elon Musk sostienen que nuestras vidas solo serían un videojuego de gran detallismo jugado por seres de una civilización muy avanzada. La idea es sugerente, aunque un alienígena que se divirtiera llevándonos al dentista o haciéndonos rellenar documentos en Excel debe tener una vida personal realmente aburrida…

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La droga para ver fantasmas y alienígenas

Dante y Beatriz en el Paraíso, grabado de Gustave Doré. (DP)
Dante y Beatriz en el Paraíso, grabado de Gustave Doré. (DP)

De entre el variado repertorio de comportamientos animales que nos muestran los documentales y los vídeos de YouTube uno de los más entrañables es sin duda verlos drogándose y en estado de ebriedad. Ya sea delfines sacudiendo a peces globo para que liberen su deliciosa neurotoxina, elefantes devorando frutos maduros hasta que apenas pueden coordinar sus cuatro patas, lémures mordisqueando milpiés venenosos que acaban con la mirada perdida y un hilillo de baba colgando, monos que beben cócteles robados a los turistas hasta no distinguir arriba de abajo… Nos resultan familiares e inevitablemente nos remiten a experiencias propias, esos momentos que jalonan casi todas las biografías en los que la gravedad parecía jugar caprichosamente con nosotros mientras a nuestro alrededor todos los demás de forma misteriosa lograban mantener el equilibrio; aquel otro día en que uno se oía hablar a sí mismo y al cerrar la boca un leve atisbo de lucidez le hacía preguntarse qué cojones acababa de decir (esto en realidad me pasa muy a menudo, para qué engañarnos); o cierta memorable ocasión en la que todo tenía un color tan vivo que parecía que hubiéramos escapado de un mundo en blanco y negro. Así que usamos las drogas y abusamos de ellas seamos o no humanos, vivamos aquí o allá, en una época u otra. Se diría que es la experiencia universal por antonomasia, como si tener conciencia equivaliera a querer alterarla y jugar con ella.

Y es que, permítanme la obviedad, si las drogas nos producen efecto es porque tenemos receptores para ellas. Nuestro cerebro chapotea con regocijo en una miríada de neurotransmisores que él mismo segrega para mantenerse activo y comunicado entre sus diversos departamentos, de manera que cuando llegan suplementos desde el exterior son asimilados con naturalidad, modificando levemente el perpetuo estado de ebriedad en el que vivimos inmersos. Eso es lo que el psiquiatra investigador Rick Strassman sostiene respecto a la llamada N,N-dimetiltriptamina, algo más conocida por sus siglas, DMT. Se trata de una sustancia presente en nuestro organismo en pequeñas cantidades, concretamente en la glándula pineal, el lugar que el filósofo Descartes creía que servía de conexión entre el cuerpo y el alma. Aunque su función no se conoce con exactitud, se cree que podría estar relacionada con los sueños que tenemos mientras dormimos y, según su hipótesis, con las experiencias cercanas a la muerte vividas por algunas personas. Esa descripción casi tópica del espíritu separándose del cuerpo para unirse a una luz que se percibe en el fondo de un túnel sería, en realidad, la alucinación fruto de una sobredosis de DMT producida por el cerebro en un momento crítico. En nuestro día a día, sostiene Strassman, esos bajos niveles de este compuesto químico podrían servir para «sintonizar» el cerebro con la realidad percibida por nuestros sentidos. Es decir, podría estar vinculada a la noción de conciencia. Ahora bien, ¿qué ocurre si aumentamos artificialmente los niveles de ella en nuestro organismo, si, en definitiva, nos drogamos con DMT?

Eso es lo que se propuso investigar Strassman a principios de los noventa. Tras una kafkiana batalla burocrática que hubiera hecho rendirse a cualquiera con menos determinación, nuestro científico logró la aprobación de todas las instituciones americanas dedicadas a impedir con un paternalismo muy poco liberal que sus ciudadanos se coloquen como les venga en gana y, por fin, llevar a cabo su experimento en un hospital de Albuquerque. Con todas las suspicacias que despertó su proyecto para someter a humanos a altas dosis de DMT, debía planear con todo detalle el procedimiento y evitar las consecuencias imprevistas que pudiera provocar una sustancia tan común y al mismo tiempo de una potencia tan formidable. Al fin y al cabo, tenía muy presente el testimonio de uno de los primeros psiquiatras que experimentaron con ella, que tuvo la imprudencia de consumirla en un apartamento a solas con un amigo, este empezó a tener un ataque de pánico y el psiquiatra, en el momento de inyectarle el antídoto, no podía discernir dónde aplicar la aguja… porque se había transformado ante sus ojos en una gigantesca serpiente. Dios sabe dónde acabaría pinchándole. Así que esta vez durante los viajes psicodélicos habría personal sobrio vigilando —el propio Strassman y las enfermeras de su equipo—, llevarían a cabo una medición continuada de las constantes vitales del psiconauta (incluyendo una sonda rectal, que ya son ganas de fastidiarle a uno la experiencia mística) y este sería seleccionado de entre todos los voluntarios que se prestasen teniendo en cuenta su equilibrio psicológico y su historial médico. Además, las sesiones comenzarían con dosis muy bajas e irían incrementándose según la respuesta que se obtuviese, aprovechando así la ventaja que proporciona frente a otras drogas enteógenas: su efecto casi inmediato y su corta duración, de entre cinco minutos y media hora como máximo, sin provocar apenas efectos secundarios o resacas de ningún tipo. Todo ello, así como los resultados obtenidos, quedaría minuciosamente descrito en su libro posterior DMT: La molécula del espíritu.

N,N-dimetiltriptamina (DP)
N,N-dimetiltriptamina (DP)

Y bien, ¿qué se encontró? A lo largo de 1991 fueron doce los sujetos que participaron en el experimento, aunque en los años siguientes se incrementaría su número, y con todos ellos acordó que, apenas terminara su viaje interior, le describirían con el mayor detalle posible lo que habían visto. Un informe que se complementaría con otro por escrito que le entregarían unos días después, una vez superada la impresión inicial y tras haber rumiado bien la experiencia. Así que los voluntarios eran llevados a una habitación llamada 531, allí se tumbaban, charlaban amigablemente unos minutos para crear un ambiente distendido y de confianza, los conectaban a varias máquinas, les tapaban los ojos con una venda negra —pues si los abrían se superponían las imágenes con las que se creaban en su imaginación— y les inyectaban la dosis. A partir de ahí, y en menos de dos minutos, a volar. Las reacciones mesurables desde fuera eran un repentino aumento del ritmo cardíaco, de la presión arterial, de la temperatura corporal y de la dilatación de la pupila (si no llevaban la venda, claro). La percepción subjetiva era descrita como ser atravesado repentinamente por un tren de mercancías o ser disparado por un «cañón nuclear», un golpe que los dejaba literalmente sin aliento. A continuación llegaba una vibración muy intensa que atravesaba todo su ser y que hacía temer a algunos participantes que les hiciera «reventar la cabeza», peculiares sinestesias en ocasiones como «siento todo el cuerpo como el sabor pimienta», seguidas siempre por la sensación de que su cuerpo había dejado de existir. Pasaban a ser «pura conciencia».

Esto me parece particularmente interesante, dado que nuestra experiencia cotidiana es la de percibirnos como una conciencia levemente separada del cuerpo, como si este nos colgara de ella de manera que los pies nos llegaran al suelo. Lo cual no deja de ser algo ilusorio, pues en realidad no es que «tengamos» un cuerpo, sino que «somos» uno. Pero esa percepción es la que hace que prácticamente todas las religiones del mundo hagan una distinción entre el organismo físico y una entidad llamada espíritu, alma, mente o energía que habitaría en él y que, según bastantes cosmovisiones, una vez queda inutilizado el recipiente emigra a otro o bien se traslada a un plano de existencia superior. O inferior, si nos hemos portado mal. De forma que el DMT parecía poner al 100 % algo que habitualmente funciona a media potencia, y esa conciencia ahora percibida como totalmente libre traía consigo la representación de un caleidoscopio, con colores increíbles y formas geométricas apabullantes. A menudo también se abandonaba la percepción normal de las dimensiones, de manera que ya nada estaba arriba o abajo, delante o detrás, así como se suspendía el paso del tiempo. Lo que a algunos les resultaba lo más fascinante que jamás habían vivido y para otros suponía una experiencia aterradora. Pero en algunos casos ocurría algo más, eran testimonios que en palabras de Strassman:

Son los más insólitos y difíciles de comprender. Son los más extraños y a los que más comúnmente evito referirme cuando la gente me pregunta «¿Qué encontraste?». Cuando vuelvo a consultar las anotaciones que hice, constantemente me produce sorpresa ver cuántos de nuestros voluntarios «hicieron contacto» con «otros seres». Por lo menos la mitad de los sujetos tuvieron este tipo de experiencia, de una forma u otra. Para describirlos usaban expresiones como «entidades», «seres», «extraterrestres», «guías» y «yudantes». (…) Se trataba de situaciones tales que los modelos que tenía de la mente, el cerebro y la realidad empezaron a parecerme muy limitados para aprehender y retener la naturaleza de lo que estaban experimentando esos voluntarios.

Se trataba casi siempre de seres no humanos con los que interactuaban, según unas descripciones eran elfos, dioses africanos, cactus con aspecto humanoide, fantasmas de antepasados, androides con el aspecto de las tropas imperiales de La guerra de las galaxias, muy a menudo también payasos o bufones, y las más de las veces extraterrestres que los investigaban. Es curioso que cerebros distintos tengan alucinaciones comunes, y respecto a esto último Strassman lanza una conjetura muy interesante: ¿no podrían ser los testimonios de abducciones alienígenas vivencias de personas que han sufrido un repentino aumento de sus niveles de DMT? A menudo tendemos a considerarlos farsantes o trastornados, pese a que en bastantes casos son personas sin historial psiquiátrico y perfectamente integradas en la sociedad. Y lo son, dice nuestro autor, simplemente hubo un día en que por las circunstancias que fueran sus cerebros vieron alterado su delicado equilibrio químico. Quién sabe.

En cualquier caso, respecto a los testimonios recabados en dicha investigación, resulta coincidente en todos ellos que hubo algún tipo de comunicación con esos seres, una de significado muy profundo aunque difícil de describir con palabras. Lo más perturbador es que dicha percepción resultaba para los voluntarios tan poderosamente real que, en algunos casos, negaban que fueran simplemente fruto de la imaginación. De hecho, varios de ellos, tiempo después de haberse sometido al experimento, formaron un grupo para mantener el contacto entre sí y hablar de lo que vivieron. Según decían «porque no puedo hablar con nadie de estas cosas, nadie me entendería. Es simplemente muy extraño». Strassman sin pretenderlo por poco crea una secta… y quién sabe si en el futuro aparecerán algunas en torno a algo así, al fin y al cabo los misterios eleusinos de la antigüedad clásica incluían una iniciación con sustancias enteógenas, al igual que otras muchas creencias de diversos lugares del mundo. Es una posibilidad que deja abierta, preguntándose en las conclusiones de su libro sobre futuras investigaciones: ¿qué sucedería con el estudio de los reinos espirituales si pudiéramos acceder a ellos con facilidad mediante moléculas como la DMT?

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada a los fantasmas #JD15


Colony: la dictablanda extraterrestre

Imagen: USA Network.
Imagen: USA Network.

La ciencia ficción debe de ser el género más difícil de rodar, al menos en televisión, porque suele decepcionar. Y créanme, estoy más que dispuesto a recibir cualquier serie de ciencia ficción con los brazos abiertos. Pero en los últimos diez o quince años hemos visto aparecer multitud de ideas interesantes que prometían mucho y acabaron quedándose a medias, sobre todo cuando hay extraterrestres de por medio. Creo que suele deberse a que la ciencia ficción televisiva, salvo contadas excepciones, olvida que el género tiene o debería tener un marcado contenido filosófico. Los conflictos descritos por la ciencia ficción tal vez sucedan en un entorno poco realista, pero hablan casi siempre de asuntos dolorosamente humanos, y esa ha sido siempre su principal justificación artística, así que en términos formales y más allá de los elementos fantasiosos propios del género, esos argumentos no deberían ser desarrollados de forma ligera o superficial. Ojo, tampoco hay que pasarse con el drama, o uno termina abandonando el género para entrar no se sabe dónde, como sucede con The Leftovers. Pero vamos, en la buena ciencia ficción, lo que de verdad interesa es el análisis del ser humano y sus circunstancias. ¿Recuerdan Battlestar Galactica? No era una serie con mucha acción, pero los personajes, que iban adquiriendo una gran dimensión, y las retorcidas relaciones entre ellos terminaron capturando la imaginación de un amplio público. Claro que también hemos tenido cosas como Flash Forward, que, partiendo de una premisa sumamente intrigante, se quedaban en nada con la rapidez de una cerveza expuesta al sol.

Pues bien, Colony es uno de tantos programas que parte de una idea que, sin necesidad de ser original (de hecho no es original en absoluto), por lo menos prometía un acercamiento bastante adulto a tenor del asunto tratado. Muestra las vicisitudes de los habitantes de Los Ángeles después de que una invasión alienígena haya aislado la ciudad, rodeándola con murallas enormes e impidiendo la comunicación con el exterior, donde hay otras «colonias» parecidas, aunque suponemos que el resto de las ciudades ha sido destruido o vaciado. En esa nueva Los Ángeles la población vive sometida a un constante control y un toque de queda continuo impuesto por un gobierno dictatorial. No vemos a los alienígenas, o por lo menos no los hemos visto cuando la primera temporada ya ha superado la mitad, y solamente se intuye su presencia mediante unos drones voladores cuya función parece ser la de acudir allá donde hay problemas para vigilar desde el aire, en plan helicópteros. También intuimos a los extraterrestres mediante lo que parecen lanzamientos de alguna nave espacial que se ven de vez en cuando en la distancia. Por lo demás, en el Estado policial son seres humanos los que, con tal de ganarse el favor de los invasores, someten a otros seres humanos bajo una bandera que, con poco disimulo, rememora a la del régimen nazi. Entre tanto, un movimiento de resistencia (según sus miembros) o terrorista (según el gobierno) trata de combatir la ocupación, o de sembrar el caos en el Estado policial, según se mire.

La idea de base, como digo, era interesante. Se prestaba mucho a analizar la psicología del colaboracionista y en el guion se nota, al menos, que han intentado introducir matices en las respectivas posiciones de los personajes. Es decir, en algún momento tenemos a miembros de la resistencia que dudan de sus métodos, o a colaboracionistas que intentan justificar su actitud recordándonos que no hay manera posible de resistirse a la especie invasora, mucho más avanzada tecnológicamente. También tenemos personajes que esconden secretos unos de otros, incluyendo a la pareja protagonista, un matrimonio donde él es colaboracionista y ella está en la resistencia. Hasta aquí, todo correcto. Incluso prometedor. El problema es que esas intenciones iniciales no han sido llevadas al extremo, no sé si porque alguien decidió que la serie debía ser más asequible que su premisa, o sencillamente por falta de habilidad. Si pusiéramos las fotos de los personajes en una pizarra y trazásemos las relaciones entre ellos, obtendríamos una red argumental que da para mucho. Imaginaríamos algo como The Americans en versión marciana. Pero la serie, una vez vista, no alcanza esas expectativas. Es correcta, pero no tiene vida. Los personajes no terminan de convencer y la verdad es que me cuesta localizar el problema. Quizá radica en que ha sido escrita de manera muy formularia, sin tomar ningún riesgo ni afilar ninguna arista. Hasta ahora solamente he visto un momento en que se ha intentado algo original, en un episodio donde algunos minutos se dedicaban a mostrar el punto de vista subjetivo de los guardias que trabajan para la ocupación. Esos minutos funcionaban, porque descolocaban al espectador y le proporcionaban nuevos elementos para construir el contexto. El resto de la serie, por contra, siempre deja al espectador en su zona de confort. Todo es previsible y aunque sobre el papel parece que buscaban evitar el cliché, acaban cayendo en él. Son los personajes quienes sufren los dilemas, pero nosotros, como televidentes, no nos hacemos cargo de ellos. Tampoco ayuda el que los personajes estén trazados a grandes rasgos, o debería decir brochazos, cuando queda claro que se prestaban a dejar mostrar múltiples matices. A fin de cuentas hablamos de una historia que sucede en un régimen totalitario en el que casi todo el mundo tiene algo que esconder o de lo que huir. Ni siquiera necesitan jugar la baza de los extraterrestres. Aunque sí da la impresión de que se están tomando más tiempo de la cuenta a la hora de ir deshojando las diferentes margaritas de la historia.

Imagen: USA Network.
Imagen: USA Network.

Uno de los aspectos que quizá perjudica a la serie es la falta de dureza. Es como si no se atrevieran a traspasar ciertos estereotipos. El protagonista masculino, Will, es un antiguo militar que se une a la represión estatal, pero lo hace por motivos nobles y prácticamente obligado por un chantaje (los marcianos, o sus esbirros, mantienen secuestrado a uno de sus hijos aunque él no sabe dónde). Su mujer, Katie, se une a la resistencia por idealismo y se lo oculta a él, pero en sus tareas como resistente antepone siempre el bienestar de su marido, es más, hace que sus compañeros combatientes lo antepongan también. La hermana de Katie acepta trabajar para los colaboracionistas de la parte rica de la ciudad, pero lo hace porque su pequeño hijo es diabético y necesita encontrar insulina, que escasea en Los Ángeles. No sé si me siguen: todo es demasiado conveniente para que los protagonistas hagan lo que hacen con su justificación de cara al espectador. Es un ejemplo de cómo funciona la serie. No es que las líneas argumentales estén mal definidas, es que carecen de elementos que añadan tensión moral, o exceden en elementos que apacigüen esa tensión moral. Y en una serie que trata sobre una ocupación, con su debida resistencia y con su colaboracionismo, se necesita una buena carga de tensión moral que haga sentirse incómodo al espectador. No es malo que el espectador, en algún momento, repruebe a los protagonistas, aunque el objetivo final de la serie sea hacerle simpatizar con ellos.

Otro problema es la falta de perspectiva. Es decir, antes de que finalice la primera temporada ya tenemos a los dos protagonistas codeándose con los respectivos meollos de sus respectivos bandos, lo que, convendrán conmigo, le quita emoción al asunto porque hubiera sido más absorbente verlos inmiscuirse lentamente, paso a paso, dejándonos tiempo para recrearnos en la anticipación de las posibles consecuencias de sus actos. También hemos visto desenmascarados a algunos personajes que eran importantes en la trama, pero sin que la susodicha trama parezca haber dado ningún giro importante. En otras palabras: ha habido bastantes balas de fogueo. Las cosas arrancan.. y después han avanzado poco, porque ya quedan pocos sitios a donde avanzar, al menos hasta que los guionistas jueguen el as de oros y nos digan cómo son los alienígenas, si es que existen, y qué pretenden. O alguna otra revelación brutal. Ya que hemos nombrado The Americans, esa es una serie que, al menos hasta cierto punto, plantea una situación similar. Tenemos a dos espías rusos que se hacen pasar por estadounidenses sin que nadie, ni siquiera sus hijos, tengan la menor idea. Hay ocultaciones y peligro porque cualquier pequeño descuido puede lanzar a algún personaje al abismo. Pero amén de ser mucho, mucho mejor, The Americans es atrevida y duraNos muestra detalles escabrosos de los protagonistas, ya sea reviviendo su pasado o mostrándolos en el presente, realizando cosas que al espectador, a veces, le cuesta bastante asimilar. Solamente para que veamos que el tipo de vida que llevan es difícil y exige de ellos muchas renuncias, incluso ciertas renuncias morales. En Colony estaba la semilla para algo parecido, pero esa semilla nunca llegó a crecer porque nadie se atrevió a regarla.

Formalmente, desde el punto de vista del estilo, la serie sufre unos males parecidos. Está rodada de manera demasiado convencional. Baste decir que los tres primeros episodios están dirigidos por Juan José Campanella, pero aun así dan la impresión de ser producto de un encargo realizado sin demasiado ímpetu. Quizá la naturaleza algo descafeinada del guion se haya trasladado a los rodajes. Tampoco se han esmerado demasiado en la ambientación; entiendo que no se necesitaba mucho artefacto, pero hubiese ayudado un tratamiento distinto de la iluminación, no sé, algo que nos recordase de vez en cuando que estamos ante una dictadura, más allá de ver la banderita pseudonazi colgada por ahí. En cuanto al reparto, es correcto. La pareja protagonista está interpretada por Josh Holloway, el Sawyer de Lost, que no termina de convencerme. Su compañera es Sarah Wayne Callies, a la que vimos en Prison Break y en The Walking Dead. En esta última interpretaba a un personaje tan puñetero que mucha gente le pilló manía a la actriz, pero esto demuestra que es buena en su trabajo y aquí, aunque sin grandes alardes, lo hace bastante bien. Aunque quizá lo mejor sean Peter Jacobson, que interpreta al ladino gobernador de Los Ángeles, y Paul Guilfoyle, que sin apenas gesticular interpreta al líder visible de la resistencia; la verdad es que no les resulta difícil destacar, porque sus personajes son de los pocos que el guion nos presenta con algún matiz interesante. También aparecen Amanda Righetti,  de El Capitán AméricaAdrian Pasdar, cuyo personaje todavía no he conseguido distinguir de Nathan Petrelli, el sonriente político de Héroes. Como detalle altamente entrañable, también podemos ver a Carl Wathers. Sí, el único, eterno e insustituible Apollo Creed, el hombre que pintó la Capilla Sixtina en la cara de Rocky Balboa. Aunque aviso, su papel podría haber dado mucho más de sí si le hubiesen concedido más minutos y más cosas que hacer. Regla número uno de las series: cuando tienes al puñetero Apollo Creed en tus filas, ¡tienes que sacarle partido!

En definitiva, una serie que puede servir como entretenimiento ligero si no tienen alternativa o si han de rellenar ratos de insomnio, pero que les producirá la inquietante sensación de que a ustedes mismos se les hubiera ocurrido maneras mejores de mostrar determinadas cosas, o de rodar determinadas escenas. Yo, que últimamente ando de un optimista subido —y eso que no hace mucho vi el catastrófico último episodio de la décima temporada de Expediente X, sigo confiando en que algún giro a final de temporada haga que la cosa pueda levantar cabeza de cara a una segunda. Pero si no es así… bueno, el mundo tampoco se habrá perdido nada, excepto otra oportunidad perdida. Y van…

Imagen: USA Network.
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Universos paralelos, explosiones cósmicas y la paradoja de Fermi

Antenas del Gran Conjunto Milimétrico/submilimétrico de Atacama (ALMA). Fotografía: ESO / B. Tafreshi (CC).

Antes del año 1995 solo conocíamos una estrella que tenía planetas a su alrededor: el Sol. El delicado equilibrio del sistema solar, el hecho de que un sistema gravitatorio de más de dos cuerpos sea altamente inestable, caótico, donde cualquier pequeña perturbación (como mover Mercurio unos centímetros) puede desestabilizarlo todo, hacía pensar que no tendría que ser muy común tener planetas alrededor de estrellas, aunque en una galaxia haya tantas estrellas como granitos de arena en una playa. En esa época muy pocos astrónomos pensaban que sería posible encontrar planetas como la Tierra, Marte o Júpiter girando alrededor de otras estrellas. Todo esto cambió dramáticamente en el año 1995 con el descubrimiento del primer planeta fuera de nuestro sistema solar (exoplaneta) por Michel Mayor y Didier Queloz, orbitando la estrella Pegasi 51, una estrella no muy diferente de nuestro Sol. (En realidad unos años antes otros dos planetas fueron encontrados alrededor de una estrella  de neutrones —un púlsar—, pero la radiación del púlsar y la órbita tan cercana del planeta hacen este sistema incapaz de hospedar vida y, por lo tanto, menos interesante).

Aunque previamente se habían formulado especulaciones por parte de astrónomos acerca de la existencia de exoplanetas, fue el año 1995 el que trajo la primera confirmación clara e inequívoca de que existen otros mundos más allá del sistema solar. A día de hoy se han descubierto aproximadamente unos dos mil exoplanetas y, en un centenar de casos, se han descubierto sistemas planetarios.

Uno de nosotros recuerda muy bien cuando en el año 1994, mientras observaba en los telescopios de la ESO (European Southern Observatory) como parte de su tesis doctoral, los astrónomos del observatorio comentaban sobre un «viejo» astrónomo suizo (Michel Mayor) que intentaba medir el bamboleo de las estrellas. Si una estrella tiene un compañero, aunque sea invisible, la fuerza de la gravedad hace que los dos cuerpos celestes giren alrededor de un centro común, como dos bailarines bailando un vals. La estrella entonces parece tambalearse, y así también se tambalea su espectro: la señal que la estrella deja en los instrumentos del telescopio. Este pequeño desplazamiento del espectro de la estrellas era lo que quería observar Mayor.

En un principio, los compañeros invisibles que Mayor buscaba eran otras estrellas, mucho más pequeñas que el Sol y por eso invisibles —enanas marrones—, pero quedó sorprendido al descubrir algo mucho más peculiar: el primer exoplaneta. Es un ejemplo maravilloso de cómo la ingenuidad del ser humano le capacita para hacer descubrimientos asombrosos.

Hoy sabemos que aproximadamente una de cada tres estrellas en nuestra galaxia (la Vía Láctea) tiene al menos un planeta que gira alrededor de ella: los planetas son comunes.

Bien, si es así, la cuestión más interesante para muchos lectores sería: ¿lo es también la vida? Es una cuestión de una importancia fundamental para la humanidad ya que nos indicaría si estamos solos o si la Vía Láctea, y por ende el universo, están llenos de vida. ¿Estamos solos? Es uno de los problemas filosóficos más antiguos y tiene implicaciones fundamentales para nuestra manera de  concebir la humanidad.

Es, sin embargo, importante distinguir lo que entendemos por vida, ya que esta tiene un amplio espectro, desde seres unicelulares hasta seres complejos como el ser humano. En este artículo consideraremos que un virus no es una forma plenamente viva al necesitar de un organismo vivo para reproducirse. El clasificar a un virus como no vivo no es obvio, ya que contiene material genético (DNA o RNA), y algunos investigadores consideran que podrían definirse como organismos vivos. Sin embargo, el hecho de que no se puedan reproducir por sí mismos los cualifica más bien como grandes moléculas. También vamos a definir como vida compleja aquella correspondiente a seres multicelulares, desde medusas hasta seres humanos.

De hecho, en este artículo nos vamos a centrar más bien en la vida compleja como la de los seres humanos. En particular, el summum de la complejidad, y lo que nos diferencia como seres humanos, es la inteligencia. ¿Es la vida inteligente abundante?

El gran físico Enrico Fermi intentó responder a esta pregunta en el año 1950 planteando la siguiente paradoja: ¿dónde están los extraterrestres?

Así procede el razonamiento de Fermi: si existen cien millardos de estrellas en nuestra galaxia y, asumiendo que nuestro sistema solar no es una excepción, casi todas tienen planetas, muchas de ellas entonces tendrán vida, algunas tendrán vida inteligente que con el tiempo se habrá extendido a través de la galaxia… Si es así, ¿por qué no los vemos? ¿Dónde están? ¿Por qué no han contactado con nosotros?

Enrico Fermi era un físico prodigioso. Era notable su capacidad para hacer cálculos al momento en su cabeza sobre procesos físicos y su respuesta nunca estaba muy equivocada cuando se comparaba con el cálculo exacto. Además de esto, fue el último físico completo en el sentido de que deslumbró tanto en la física experimental como en la teórica, además de ser ganador de un Premio Nobel. Él fue el científico clave en el desarrollo de la bomba atómica en los Estados Unidos, pero quizá otra faceta más desconocida para el gran público sea su labor como formador de una escuela italiana de físicos de élite: los famosos «i ragazzi di via Panispermia». Fueron físicos de tal nivel los que formó Fermi que casi todos descubrieron algo acerca de la naturaleza que mereció un premio Nobel. Esta gran escuela de física de Fermi fue crucial para el posterior desarrollo de la física italiana en los siguientes cincuenta años. En España su equivalente sería el genial Ramón y Cajal en la rama de medicina. Ojalá hubiese habido un Ramón y Cajal también en la física española.

Desde que Fermi formuló su pregunta ha habido múltiples respuestas. Las hipótesis son variadas, quizás entre las más descabelladas se encuentran aquellas que postulan que los extraterrestres ya han llegado y se esconden en forma de famosos de la prensa del corazón o presidentes de los Estados Unidos. En cualquier caso, la pregunta de Fermi merece una explicación científica. Es aquí donde los libros de Vilenkin (1), Goldberg (2) y Livio (3) van a servir como excusa para conectar dos aspectos de nuestro universo aparentemente dispares y sin conexión alguna, que sin embargo pueden ayudarnos a entender algunos de los misterios más profundos del universo.

Explosión de una supernova. Ilustración: Greg Stewart/SLAC National Accelerator Laboratory (CC).
Explosión de una supernova. Ilustración: Greg Stewart/SLAC National Accelerator Laboratory (CC).

Algunos lectores estarán familiarizados con el concepto de una explosión de supernova. Debido a que las estrellas masivas —aquellas que tienen masas diez veces mayores que el Sol— finalizan su vida con las reacciones nucleares que dan lugar al hierro, estas colapsan en sí mismas, rebotando contra el núcleo de neutrones y liberando una gran energía en forma de explosión. En realidad, el 99% de la energía liberada en la explosión de una supernova es en forma de neutrinos, partículas que no son visibles ni interaccionan con la materia normal; solamente el 1% de la energía de la explosión de una supernova se utiliza en energía mecánica en su explosión. Aun así hablamos de explosiones de tamaño cósmico.

Las supernovas son muy comunes, de hecho explota una cada cien años en nuestra galaxia. Todavía más espectaculares, aunque más raras, son la explosiones de rayos gamma (ERG). Estas explosiones ocurren cuando estrellas muy masivas, como las supernovas, desarrollan una agujero negro en su interior que está rotando. Durante el colapso de la estrella se forma un disco de acreción que extrae energía del agujero negro, provocando un chorro de materia que a su vez genera rayos gamma, es decir, radiación muy energética como la que se emite en procesos radiactivos: una central nuclear o la explosión de una bomba atómica.

La novedad de la que nos hemos dado cuenta en los últimos años es que las explosiones de rayos gamma pueden ser altamente dañinas para la vida. ¿Por qué es esto así? Resulta que no son los rayos gamma los que producen directamente la destrucción de la vida, sino su efecto derivado de la destrucción de la capa de ozono del exoplaneta.

Cualquier planeta, para poder desarrollar vida, necesita condiciones estables por largo tiempo. Además, para desarrollar vida compleja el planeta necesita protección estable y continuada de la radiación dañina de su estrella, en particular protección de la radiación ultravioleta, cosa que proporciona la capa de ozono de la atmósfera (la Tierra tiene una buena capa de ozono y aun así tenemos que ponernos crema solar en verano). Sin la capa de ozono recibiríamos radiación ultravioleta muy perjudicial, que dañaría nuestro ADN y provocaría mutaciones con efectos catastróficos para la vida. Por ejemplo, se cree que Marte y Venus en el pasado pueden haber tenido condiciones favorables a la vida (agua líquida y una atmósfera placentera) pero estas condiciones no duraron lo suficiente.

Cuando una estrella masiva ERG explota lo bastante cerca del exoplaneta, sus rayos gamma pueden destruir la capa de ozono. Con una capa de ozono débil o inexistente, la radiación ultravioleta de la estrella daña el ADN de las células provocando mutaciones y muerte celular. En el marco de un ecosistema complejo, que inevitablemente tiene que estar desarrollado para que haya vida compleja, y a lo mejor inteligente, esto significa extinción masiva de vida por lo menos en la superficie del planeta y repercusiones para toda la cadena alimenticia. La capa de ozono tarda decenas de años en reformarse después de su destrucción. Esto significa que para que un planeta pueda desarrollar vida inteligente tiene que estar protegido de estas explosiones por un muy largo intervalo de tiempo.

Solo recientemente nos hemos dado cuenta de que la Tierra está situada lo suficientemente lejos de zonas de alta concentración de explosiones de rayos gamma como para evitar extinciones masivas que pongan en peligro la continuidad de la vida compleja, pero quizás estas explosiones sí que han tenido influencia en algunas extinciones como la Ordoviciana, hace quinientos millones de años. Parece que la Tierra está situada en una posición privilegiada en las «afueras» de la Vía Láctea para estar protegida de las explosiones de los rayos gamma. Aun así, los cálculos de los astrónomos predicen que debería haber extinciones debido a explosiones de rayos gamma cada millardo de años.

This magnificent 360-degree panoramic image, covering the entire southern and northern celestial sphere, reveals the cosmic landscape that surrounds our tiny blue planet. This gorgeous starscape serves as the first of three extremely high-resolution images featured in the GigaGalaxy Zoom project, launched by ESO within the framework of the International Year of Astronomy 2009 (IYA2009). The plane of our Milky Way Galaxy, which we see edge-on from our perspective on Earth, cuts a luminous swath across the image. The projection used in GigaGalaxy Zoom place the viewer in front of our Galaxy with the Galactic Plane running horizontally through the image — almost as if we were looking at the Milky Way from the outside. From this vantage point, the general components of our spiral galaxy come clearly into view, including its disc, marbled with both dark and glowing nebulae, which harbours bright, young stars, as well as the Galaxy’s central bulge and its satellite galaxies. As filming extended over several months, objects from the Solar System came and went through the star fields, with bright planets such as Venus and Jupiter. For copyright reasons, we cannot provide here the full 800-million-pixel original image, which can be requested from Serge Brunier. The high resolution image provided here contains 18 million pixels.
Panorámica en 360 grados de la Vía Láctea vista de canto desde nuestra perspectiva en la Tierra. Fotografía: ESO / S. Brunier (CC).

Sin embargo, planetas en el centro de la Vía Láctea sufren constantemente las explosiones de rayos gamma, así que parece muy improbable que la vida compleja se pueda desarrollar en ellos. Por lo tanto, para que un planeta esté protegido de las explosiones de los rayos gamma no debería estar en zonas de muy alta densidad estelar. Por otro lado, sabemos que la producción de elementos pesados como el oxígeno y el carbono por parte de las estrellas masivas es crucial para que se formen planetas rocosos como la Tierra, que puedan tener una superficie sólida y albergar vida. Parece, por tanto, que es necesario un delicado equilibrio entre estar lejos de las estrellas masivas pero tampoco mucho, ya que los elementos pesados que producen son cruciales para la vida. Las afueras de las galaxias como la Vía Láctea parecen satisfacer este equilibrio, y ser «barrios residenciales» para la vida compleja.

Si las explosiones cósmicas juegan un papel crucial en limitar la abundancia de vida en nuestra galaxia, ¿podría ser esta una explicación de la paradoja de Fermi? La conexión entre explosiones cósmicas y la paradoja de Fermi se vuelve todavía más curiosa cuando exploramos las consecuencias cosmológicas de las explosiones cósmicas.

Resulta que las galaxias grandes, como la nuestra, que son las más propicias a albergar metales pesados y, por lo tanto, exoplanetas rocosos, tienen a su alrededor galaxias pequeñas. Estas galaxias tienen entre mil y diez mil veces menos masa que la Vía Láctea. Ocurre que es en estas galaxias pequeñas donde las explosiones cósmicas de rayos gamma suceden más frecuentemente. Estas explosiones son tan potentes que sus efectos dañinos llegan fácilmente hasta los barrios residenciales de las galaxias más grandes. Por lo tanto, tener galaxias pequeñas alrededor de una grande es lo peor que le puede suceder a los exoplanetas desde el punto de vista de la preservación de la vida compleja; su presencia es fatal.

Lo normal es que las galaxias grandes tengan muchas galaxias pequeñas alrededor, pero la configuración de la Vía Láctea resulta no ser común en el universo, sino algo peculiar. Curiosamente, sucede que nuestra Vía Láctea no está rodeada por esas pequeñas galaxias. La galaxia pequeña más cercana que tenemos son las nubes de Magallanes, y estas están demasiado lejos para representar un riesgo por explosiones de rayos gamma. Es así que uno se puede plantear una paradoja de Fermi a nivel cosmológico: ¿dónde están las otras galaxias? ¿Por qué no hay más galaxias pequeñas alrededor de nosotros? ¿Estamos en un lugar especial?

Esto nos lleva a conectar con otro tema aparentemente dispar y sin relación. Uno de los grandes triunfos de la cosmología en los últimos treinta años ha sido el descifrar el origen del universo y sobre todo de la estructura que hay en este. Sabemos que muy probablemente el universo sufrió un periodo inflacionario, lo que llamamos el big bang, que hizo que este creciese desde el tamaño de un átomo hasta su tamaño actual casi instantáneamente. Durante este proceso, y debido al proceso de incertidumbre de Heisenberg, se formó algo a partir de la nada: las fluctuaciones del vacío. Por lo tanto es sorprendente que el hecho de que la mecánica cuántica sea una ley de la física, y por lo tanto que haga regir la incertidumbre en nuestra descripción de la naturaleza, sea la razón de la existencia de galaxias en el universo. En definitiva: somos la consecuencia de la nada gracias a la incertidumbre.

Como nos cuentan Vilenkin, Goldberg y Livio, este mismo proceso para describir el universo primigenio tiene una consecuencia ineludible: la inflación se hace eterna y se generan otros universos paralelos al nuestro, que están desconectados entre ellos. Se describe este fenómeno de multiverso como el summum de la revolución copernicana: no solo no somos el centro del universo sino que nuestro mismo universo es uno más de un infinito de universos. Muchos científicos se muestran escépticos sobre tal descripción de la naturaleza; la crítica va más o menos así: si estos universos están desconectados, nunca podremos hacer medidas experimentales, por lo tanto, la teoría no puede ser falsada nunca y no pertenece al reino de la ciencia sino, más bien, al reino de la creencia. Aunque pueda parecer que esta crítica es fatal, como veremos, puede haber maneras de comprobar la teoría del multiverso y ver si tiene sentido.

Progresiones cíclicas del universo. Imagen: KronicTOOL (DP).
Progresiones cíclicas del universo. Imagen: KronicTOOL (DP).

Mientras que la teoría del multiverso, basada en la teoría de la inflación eterna, tiene una base teórica sólida, su ratificación experimental es más complicada. La razón fundamental es que no podemos salir de nuestro propio universo y ver si hay otros. Para ello habría que poder desplazarse más rápido que la velocidad de la luz, en contra de las leyes de la física, y, por lo tanto, es imposible. Para encontrar pistas de que existen otros universos tenemos que ser un poco más sagaces y desarrollar medidas indirectas. Una posibilidad es buscar signos de que los universos interaccionaron unos con los otros en la época temprana antes de su expansión exponencial. También hay otra forma de verificar su existencia; esta está íntimamente relacionada con la naturaleza de la constante cosmológica: la causante de la expansión del universo hoy día.

Resulta difícil explicar por qué la constante cosmológica de hoy en día es tan pequeña pero no es exactamente cero. Desde el punto de vista de la física debería ser ciento veinte órdenes de magnitud más grande. Puede que haya alguna simetría fundamental que todavía no hemos descubierto que la hace cero, pero ¿por qué tan pequeña y no cero?

Aquí es donde el multiverso resulta muy útil. Una predicción del multiverso indica que en realidad cada universo tiene un valor de esta constante cosmológica y que para cualquier valor de la constante cosmológica hay, por lo menos, un universo en el multiverso. La constante cosmológica que medimos nosotros los humanos en este universo tiene el valor que tiene simplemente porque permite que haya observadores inteligentes como nosotros mismos.

Por lo tanto, si la constante cosmológica fuera muy grande, el universo se expandiría a un ritmo tan grande que no se podrían formar las galaxias ni, por ende, las estrellas y los planetas. Es por lo tanto necesario que la constante cosmológica sea pequeña. Pero ¿podría ser mucho más pequeña?, ¿podría también ser cero? Sin embargo, hasta ahora no había ningún argumento por el cual se podían excluir valores mucho más pequeños que el actual, o incluso negativos. Así, aunque se habían excluido valores muy grandes, había un número infinito de valores permitidos que eran pequeños o negativos.

Es en este momento cuando entran en juego las explosiones cósmicas. Como habíamos comentado al principio de este texto, las explosiones de rayos gamma constituyen un riesgo para la vida compleja. Resulta que cuantas más galaxias pequeñas hay alrededor de una galaxia grande, más peligrosas son las explosiones de rayos gamma. La parte más sorprendente que los astrónomos han descubierto recientemente es que el número de galaxias pequeñas alrededor de una grande depende del valor de la constante cosmológica: cuanto más pequeño es el valor de la constante cosmológica, más galaxias pequeñas hay alrededor de una grande. Por lo tanto habrá más explosiones de rayos gamma y la supervivencia de la vida compleja será más difícil.

La curiosa conclusión es que las explosiones cósmicas están gobernadas (indirectamente) por el valor de la constante cosmológica y esto pone un valor mínimo. Considerando este valor mínimo y el valor máximo anterior, se obtiene un rango que incluye confortablemente el valor que medimos.

Lo que estamos aprendiendo es que fenómenos locales como las explosiones cósmicas, la vida y fenómenos universales como las leyes fundamentales de la física podrían estar íntimamente relacionados. Habría universos con valores ligeramente más altos que la constante cosmológica donde la vida podría estar más protegida de las explosiones cósmicas y donde quizás no hubiese paradoja de Fermi. Si realmente nuestro universo no es más que uno de tantos (infinitos) otros, habríamos entendido que nuestro lugar en este multiverso es simplemente casual. Las mismas fluctuaciones del vacío, es decir de la nada, que dieron lugar a las galaxias, también fueron las causantes de la aparición de múltiples universos. La conclusión final es que toda la estructura que vemos y nuestra propia vida no sería más que el resultado del azar: la existencia del principio de incertidumbre de Heisenberg en mecánica cuántica. Quizás tiene razón Stephen Hawking cuando dice: «Así que parece que Einstein estaba equivocado por partida doble cuando dijo: “Dios no juega a los dados”. No solo Dios juega definitivamente a los dados, sino que a veces nos confunde tirándolos donde no se pueden ver».

Notas:

(1) Many Worlds in One: The Search for Other Universes, de Alex Vilenkin.

(2) The Universe in the Rearview Mirror: How Hidden Symmetries Shap e Reality, de Dave Golberg.

(3) The Accelerating Universe: Infinite Expansion, the Cosmologica l Constant, and the Beauty of the Cosmos, de Mario Livio.