Danzad, malditos, danzad

danzad malditos
Imagen: CNC3.

Marcaban los calendarios el mil novecientos y pico cuando a un tipo alemán llamado Thomas Mann se le encendió la bombilla. «Todo es política», dijo con la emoción de quien logra aparcar el culo en el metro en hora punta. Era escritor y un espabilado. Uno de esos adelantados a su tiempo. Tenía razón, pero no era el momento. A los rostros entendidos que le rodeaban, le faltaban todavía un par de vueltas para llegar conceptualmente hasta el mismo lugar. «Todo es política». Hoy nadie tuerce el gesto al escuchar la revelación de Mann; ni si quiera el más distraído. Ayer. Hoy. Todo es política. O, más bien, todo es (y ha sido siempre) susceptible de serlo. Todo. Incluso la danza. 

«Muévete y devuélveme el poder»

Año 2010. La caribeña nación de Trinidad y Tobago se preparaba para celebrar elecciones a la presidencia. Se enfrentaban los dos principales partidos del país: el UNC (United National Congress) —apoyado por la población hindú— y el PNM (People’s National Movement) —que reunía los votos de la mayoría de los afrocaribeños de la región—. No se preveían, sin embargo, unos comicios normales. El UNC, también conocido como «Partido Indio», tenía un plan: que la empresa británica Cambridge Analytica hiciese magia y le devolviese el poder. Sí, magia. La larga lista de precedentes exitosos de dicha compañía —autodefinida como «agencia de cambio de conducta»— provocó que todos los miembros del partido aplaudiesen (y mitificasen) sus capacidades del mismo modo que un devoto lo hace con el poder del dios de turno. 

Con la mirada (siempre) fija en las posibilidades de cosechar una victoria más, los cabecillas de Cambridge Analytica tuvieron claro desde el principio que rechazar la petición de trabajar para el UNC no era una opción. Trinidad y Tobago les abría una nueva oportunidad de reafirmar su paradigma. Uno que parecía no fallar nunca. Cambridge Analytica peleaba siempre por ganar; por los intereses de sus clientes, pero también por los suyos propios. Porque sí, Cambridge Analytica se beneficiaba (también) en cada caso en el que intervenía con mucho más que dinero; rostros adulados dispuestos a repetir, alimento para seguir engordando el mito,  y —en el caso particular de Trinidad y Tobago— el encuadre indirecto de un mensaje dirigido al mundo entero: «ni el rincón más recóndito del planeta se nos resiste». 

Aceptada la petición, los tipos y tipas de Cambridge Analytica se concentraron en trazar el plan perfecto para darle al UNC lo que quería: ganar. Tras el pertinente y concienzudo estudio sobre el terreno, comprendieron que no podían basar su estrategia en la prototípica captación de votos; de esa manera, las posibilidades de que el UNC se hiciese de nuevo con el poder sin sobresaltos por el camino eran casi nulas. Con los sondeos y análisis sobre la mesa, la superagencia no tardó en llegar a la conclusión de que la clave de su éxito en esos lares pasaba por aumentar la apatía social hacia el genérico hecho de votar. Sobre todo entre los más jóvenes, que no tenían esa «conciencia» respecto a la importancia de acudir a las urnas que sí presentaban sus predecesores. Nada de tratar de convencer con promesas y eslóganes a los paisanos para que votasen por el UNC. El objetivo era uno y único: conseguir movilizar a los jóvenes para que no votasen. La cosa, claro, no era tan fácil como ir pandilla por pandilla diciendo «oye, tú, no votes». Tenía que ir mucho (muchísimo) más allá y Cambridge Analytica lo sabía. Siempre lo sabía. El truco estaba en conseguir que los sujetos-objetivo en cuestión comprasen la idea y la interiorizasen de tal manera que sintiesen que lo hacían única y exclusivamente por convicción propia. Cuando no. 

Con planificación y mucha psicología, la empresa británica dibujó su hoja de ruta para lograr su objetivo estratégico de abstención mayoritaria. Con precisión milimétrica. Tanta, que un mismo movimiento (el de los antebrazos formando una cruz) constantemente repetido, una serie de danzas y un lema («Do so») resultaron suficientes para lograrlo. Las redes no tardaron en recordar el nombre de «ese país perdido del Caribe» por los bailes y consignas del movimiento «Hazlo (no votes)». La estrategia perfecta. No solo por los resultados, sino por el acierto de trazar un plan casi imposible de relacionar con las intenciones de las que partía. Todo un logro; hacer y deshacer mientras nadie se daba cuenta. 

Logo del movimiento «Hazlo».

Cambridge Analytica convirtió el baile en un arma. Un arma que ponía a la gente en bandeja la posibilidad de pertenecer a algo grande. De ser parte del «movimiento» del momento. Uno masivo y también —a pesar de que nadie se dio cuenta en su momento— político. A la sociedad le daba igual la política, pero bailaba. Y bailando, cruzando los brazos y gritando: «hazlo», se sentía en el montón correcto. Cambridge Analytica consiguió emplazar la danza como un sanador de la inconsciente necesidad de pertenecer al grupo (esa que un tal Maslow situó un día en el tercer escalón de la hoy de sobra conocida pirámide de necesidades básicas) y triunfó. Y lo hizo en silencio; porque nadie sospechaba que detrás de la victoria del UNC existiese nada más que un milagro. 

Cambridge Analytica se preocupó por conocer los entresijos más profundos de la realidad de Trinidad y Tobago para poder operar con la máxima eficiencia. No tardó en darse cuenta de que los jóvenes del país presentaban una gran desconexión hacia la política. Votaban, pero no tenían interés. Entendieron que la campaña no podía ser política; que la llave del éxito era crear una contralucha, la «resistencia» contra los políticos y votar en general. Sabían que los jóvenes hindúes que por arraigo y costumbre obedecían las órdenes de sus padres sin réplica, votarían sin vacilar a su partido, el UNC. Por lo tanto, lograr convencer a los jóvenes no hindúes (afrocaribeños en su mayoría) era lograr disminuir potencialmente los votos del PNM. Una estrategia (lanzada a un target muy específico) rebuscada: adiós a los votos que no queremos. 

El resultado fue extraordinario. Una variación del cuarenta por ciento en la participación electoral de los jóvenes con edades comprendidas entre los dieciséis y los treinta y cinco años; que se tradujo en la suma de seis diputados más para el UNC y su consecuente victoria en las elecciones presidenciales. A golpe de cadera, al final y valga la redundancia, sí lo hicieron. 

Un par de históricos bailes más 

La historia de Cambridge Analytica, recién rescatada por Netflix con el documental The Great Hack (muy recomendable, por cierto), no se reduce —ni de lejos— a las ya desgranadas elecciones del país caribeño. Hasta que llegó el momento de su muerte y destrucción, la empresa se servía de su página web para presumir de haber trabajado en más de cien campañas políticas a lo largo de los cinco continentes; incluyendo países de América Latina como Argentina, Brasil, Colombia o México. De esas cien campañas, poco se sabe. Y es que, de conocerse de manera explícita los contratantes que se encuentran detrás de ese centenar de casos reconocidos por la empresa, pasarían cosas. Cosas, como la que pasó en 2018 con Facebook tras la publicación de varias investigaciones que probaban que Cambridge Analytica había adquirido información personal de más de cincuenta millones de sus usuarios en Estados Unidos de forma «indebida»: la red social perdió treinta y siete mil millones de dólares en un día. Una caída aproximada del siete por ciento de sus acciones. 

La obtención de esos datos se llevó a cabo en el plano de la carrera a la presidencia estadounidense en el año 2016. Cambridge Analytica fue contratada por el Partido Republicano con el objetivo de hacer llegar a Donald Trump al Despacho Oval. Lo consiguió. Las filtraciones irregulares de la red social de Zuckerberg tuvieron, claro, gran parte (si no toda) de la culpa de que el neoyorkino consiguiera teñir de rojo los estados clave. ¿A quién le importa la ética en el campo de batalla? A Cambridge Analytica no y a Trump tampoco. El procedimiento para hacerse con los datos fue algo estudiado. Aleksandr Kogan, profesor de la Universidad de Cambridge, diseñó un test de personalidad con un formato adecuado para Facebook. Más de 265 000 personas respondieron al test, que al complementarlo exigía permiso para acceder a información personal de la persona y de su red de amigos sin su consentimiento. Cambridge Analytica compró a Kogan la información de todas esas personas y sus círculos. Pagó por tener acceso a la información más íntima (incluidos chats privados) de aproximadamente el catorce por ciento de la población de Estados Unidos y la utilizó para inferir perfiles psicológicos de cada usuario. Cambridge Analytica logró así saber cuál debía ser el contenido, tema y tono de los mensajes para cambiar la forma de pensar de los votantes de forma casi individualizada. Un hecho que se aleja de la persuasión para irse de boca contra la ilegalidad. «Deformar la percepción de los votantes sin su consentimiento o conocimiento es una violación básica de su autonomía para tomar decisiones libres, porque están votando en función de cosas que creen que son reales pero no necesariamente lo son», reconoce Christopher Wylie, científico de datos y exempleado de Cambridge Analytica en The Great Hack al ser preguntado por el empleo de datos personales obtenidos de Facebook por parte de la agencia. Tras la investigación iniciada por la supuesta filtración ilegal de datos, a mediados de 2019, La Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos (FTC) impuso a Facebook una multa de cinco mil millones de dólares por mala praxis. Una de las mayores multas jamás impuesta a una empresa por violar la privacidad de los consumidores.

Cambridge Analytica trabajó también en Reino Unido, en la campaña pro-Brexit. Una campaña más silenciosa que el resto, de la que no han quedado demasiadas pruebas; más allá de los testimonios de algunos empleados, como Brittany Kaiser, una de las protagonistas del documental de Netflix. En estos casos de realidades tan complejas, si no hay intención por parte del cliente de que ese dato salga a la luz o investigaciones como en el caso de Facebook que lo destapen, son asuntos que tienden a permanecer enterrados. Siempre hay pocas pruebas cuando lo que se busca hacer no es del todo lícito. Lo reconocía uno de los directivos de la empresa en un vídeo filtrado a una cadena británica hace un par de años: «Trabajamos en la sombra».

En Trinidad y Tobago, por ejemplo, el Partido Indio negó en todas las ocasiones la vinculación de su victoria con Cambridge Analytica. Uno de los partidos que integraban la coalición del UNC, Congreso Popular, sí admitió sin embargo haber mantenido conversaciones con la agencia. Del resto de campañas llevadas a cabo en suelo latinoamericano se conoce poco. Carole Cadwalladr, la periodista del diario The Guardian que publicó las primeras informaciones sobre casos de la agencia (filtradas por Christopher Wylie), ha afirmado en varias ocasiones que «todas las campañas que hicieron en el mundo en vías de desarrollo buscaban poner en práctica nuevos trucos o tecnologías para convencer a la gente, para reducir o aumentar la participación. Una vez conseguido esto, añade, dijeron: “vale, ya sabemos cómo va esto, ahora vamos a usarlo en Reino Unido y Estados Unidos”». Que Cambridge Analytica emplease esos países como ratas de laboratorio con las que probar «a ver qué tal esto y lo otro», es en realidad suficiente para responder al porqué se conoce tan poco de ellas. 

Según los propios exdirectivos, en los últimos años en los que la empresa estuvo activa, se llevaron a cabo una media de diez campañas al año para presidentes y primeros ministros de todo el mundo. Campañas en las que, como es fácil comprobar, todo estaba aceptado. Nada, sin embargo, que haya pillado por sorpresa. Años antes de los grandes escándalos, la cadena de televisión británica Channel 4  hacía públicos unos vídeos en los que se podía ver a Alexander Nix, analista financiero y fundador de Cambridge Analytica (suspendido por dichas declaraciones de la junta directiva de la empresa), hablando con otros directivos sobre los trucos sucios que empleaban en la agencia para conseguir los objetivos que perseguían en cada caso. Entre ellos, el uso de prostitutas para vincular a candidatos en escándalos sexuales o la difusión de mentiras de acuerdo con las peticiones de sus clientes. La compañía no tardó en desdecir las palabras de Nix. Desde que el mundo es mundo se dice eso de «cuando el río suena agua lleva». Quizá si hubiésemos sabido escuchar ahí, nos habríamos librado de las estrategias de una empresa que hoy muchos de sus empleados consideran la madre de «un paradigma de manipulación muy peligroso». Claro que las cosas no salen nunca como queremos. 

Con todo, subrayen lo más importante de esta historia y aprendan. Bailando o sin bailar, abran bien los ojos. Nunca tendrán la certeza de que detrás de un baile pegadizo, de una canción, o de un —a simple vista— inocente test, no se esconda una cabeza tomando notas con un cuaderno para sabe Dios (o quién sea) qué. Cuídense, siempre, de lo que sus caderas puedan provocar. Por favor se lo pido. 


Un viejo de dieciséis años

viejo de dieciséis años
Cien figuras de cartón con la cara de Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook, instaladas por Avaaz frente al Capitolio de Estados Unidos en 2018. Fotografía: Getty. viejo

Me abrí mi cuenta de Facebook en 2008. Estaba en casa de una amiga en el barrio de Gracia de Barcelona. Los dos estábamos solteros y Facebook parecía aún algo pretencioso, de modernos. Pero aquel invento que llegaba con tanto ruido tenía que servir para ligar, al menos. No sé por qué recuerdo el día preciso en que me creé mi cuenta de Facebook. No ha sido importante en mi vida. Mi Twitter ha sido central y creo que no lo sé, quizá porque lo hice solo. También Twitter llegó más tarde. Si no habías estado en Friendster o MySpace, como yo, Facebook era la primera red social. El primer lugar para el voyerismo digital de tus amigos. 

Poco más de una década después, escribo sobre su decadencia. Es un poco absurdo. Facebook es el país más grande del mundo. Es una de las empresas más exitosas. Los cambios en sus políticas siguen llenando titulares, como cualquier cosa que diga su fundador, Mark Zuckerberg. Sus boicots provocan caídas en Wall Street. ¿Cómo puede ser algo así decadente?  

Facebook es la tele de internet. Nadie admite que la mira mucho, pero sigue mandando. Pero como la tele, sus competidores han provocado que parezca viejo. Viejo no es inútil ni terminal ni feo. Viejo es viejo, y es un adjetivo más bien negativo. Pero hay cosas viejas deslumbrantes. Si Facebook lo será está por ver.

Para mí es fácil escribir sobre la decadencia de Facebook. Nunca ha sido central en mi vida. Pero no hay que equivocarse. Es central en la vida de nuestras sociedades. Durante las semanas de coronavirus miraba a diario CrowdTangle, la herramienta que la misma red tiene para ver los posts que más se comparten, comentan o reciben más interacciones. Miraba qué dominaba en español y en España. Era sobre todo emocional, visceral. Había cuatro cosas que estaban siempre muy arriba. Uno, posts positivos: en Nueva Zelanda ya no hay covid-19, estos gemelos se han salvado de un cáncer en plena covid-19, la persona más enferma se ha curado milagrosamente. Dos, consejos básicos que al compartirlos o al dar like denotan tu posición sobre algo: ponte la mascarilla, qué bonito es aplaudir, vivan los médicos. Tres, religión: toca en esta imagen y nuestro santo te cuidará, reza el rosario con nosotros contra la pandemia, el papa ha dicho esto. Cuatro, peleas políticas o ideológicas: mira lo bien que lo hace este gobierno, mira cómo nos critican los fachas, mira los datos de Trump. En los cuatro casos ayudaba que hubiera futbolistas, actrices, youtubers o cantantes implicados, gente famosa. En Instagram, la participación de famosetes es, por ejemplo, indispensable. Son redes distintas. 

Vale la pena recordar el nacimiento de Facebook para valorar cómo se ha convertido en un lugar al que miles de usuarios van a tocar sus estampitas de santos preferidas. Facebook nació en 2004 como un lugar para saber qué hacían tus colegas de facultad: qué asignaturas escogían, de quién eran amigos, dónde iban de fiesta. Todo cosas esenciales para un universitario. «Mucha gente quería saber a quiénes conocían otras personas. No existía nada igual», dijo Zuckerberg años después. 

Es verdad. Siempre ha sido algo esencial saber qué hace tu amiga. El problema de Facebook hoy es que ha evolucionado a muchas otras cosas que lo han convertido en una extraordinaria máquina de hacer dinero, pero sirve mal para saber qué hace tu amiga. Yo tengo hoy trescientos sesenta amigos en Facebook y setenta y una peticiones de amistad, algunas con años de antigüedad. La mitad de toda esa gente no sé quién es, con lo que su vida apenas me interesa. Luego, la mayoría de la gente que hoy sube historias a mi newsfeed en Facebook escribe chapas tremendas sobre su visión de la vida, todas llenas de pretenciosidad barata sobre cómo funciona el mundo. Apenas hay alguna graciosa sobre una madre conocida agobiada porque su hija no quiere salir de casa o de alguien que se ha puesto enfermo. 

Lo que hacía Facebook en sus inicios ahora lo hace la mensajería privada. Allí está claro con quién compartes qué y cómo: WhatsApp, iMessage o Messenger. La tranquilidad y ventaja para Facebook es que son propietarios de dos de esas y también de Instagram. Pero eso es Facebook la compañía, no la red social. La red social quiere seguir ese camino. Fue el gran anuncio de 2019 de Zuckerberg: predominio de grupos o comunidades y mensajes cifrados en Messenger. Facebook seguirá teniendo una enorme ventaja durante años: es donde está todo el mundo. Pero un post allí no lo ve todo el mundo. Lo ve «alguien», no sabemos quién. Si el post es viral, lo ve más gente. 

Uno de los peligros de las redes sociales es dejarnos hablando solos en el vacío. Twitter tiene ese problema. Sin seguidores, parece que estés en una habitación solo. Facebook ha resuelto históricamente eso con uno de sus grandes asaltos a la privacidad de sus usuarios: la herramienta «gente que quizá conozcas». No se sabe aún con certeza cómo Facebook adivina a quién «quizá» conocemos, pero ahí ha aparecido gente que no debía estar: los cientos de psiquiatras o prostitutas o el examante del novio. Sin embargo, eso permitía que cuando alguien se da de alta enseguida encuentro conocidos. Eso aviva parte del interés. 

Pero de ese territorio personal, Facebook pasó a ser un poco como Twitter cuando nació. Promovió links y páginas para seguir a gente, ya no solo era cosa de amigos. Zuckerberg ha ido retorciendo su invento para comerse a los proyectos que se parecían pero no se dejaban comprar. 

Una de las leyes básicas para crear un gigante de internet, según Evan Williams, fundador de Twitter y Blogger, es coger algo que la gente quiere realmente hacer y conseguir que hacerlo sea diez veces más fácil. El último ejemplo es Zoom. Amazon, Google, Facebook, WhatsApp y YouTube son todos grandes ejemplos de ese principio. 

Estos serán probablemente los pioneros de internet algún día. La competencia en internet será tan grande que mantener a los usuarios en una plataforma será un reto. El problema diferencial para Facebook es cómo escoger qué post poner delante de alguien en su newsfeed. Yo solo puedo juzgar el mío. No todos mis trescientos sesenta«amigos» cuelgan cosas cada día. Hay un pequeño grupo que habla mucho, demasiado. A esos Facebook les tiene que premiar de vez en cuando con likes para que no paren de postear. Mantienen vivo el fondo de armario. Pero de la gente que cuelga poco, ¿qué es interesante?, ¿todo? Y luego, ¿qué es postear poco? Lo fácil es decir que nacimientos, bodas y posts con mucha reacción son los buenos. Pero de eso no hay cada día. Todo lo que viene detrás es imposible de adaptar. 

Facebook sabe que debe mandarme alertas cuando postea una amiga italiana porque me interesa saber qué pasa en Italia. Pero desde hace unos días sus posts son menos interesantes. Dejaré de clicar. Facebook probará con otro amigo. Es una tirada eterna de anzuelo para captar mi atención y llevarme ante sus anuncios. En realidad, y esto Zuckerberg lo ha dicho muchas veces, los anuncios en Facebook deben ser «interesantes». Facebook me tiene suficientemente bien perfilado como para saber que soy de bicicletas, camisetas lisas y zapatillas. Allí veo marcas que ni idea que existían. Pero también es un manantial que se seca: he visto esos anuncios varias veces. 

El problema central de qué pone Facebook delante de tus narices es que hay alguien que toma esa decisión por ti. El follón político que tiene la red sobre dónde pone las líneas rojas al considerar qué es discurso de odio se debe a esto. Es uno de los debates de nuestro tiempo. Facebook no es un medio de comunicación, es algo nuevo. Decide qué pone en su red, pero no entre doscientos periodistas que escriben solo para él, como un periódico, sino de cientos de millones de usuarios. ¿Cómo filtrar la basura de ahí? ¿Cómo destacar lo útil? De la respuesta dependerá la rapidez de la decadencia de Facebook.

¿Qué puede ofrecerme a mí? A mí, poco, ya lo he dicho. Prefiero ver qué cuelga gente que no conozco en Twitter. Pero seguirá habiendo gente que matará su tiempo en Facebook cuando no tenga ningún mensaje para ellos, o cuando hayan salido de Instagram o de TikTok, o cuando el último vídeo que querían ver o el último pódcast que querían escuchar haya terminado. Facebook seguirá ahí. Pero es difícil imaginarle un futuro imparable. Es más fácil verlo como una red vieja a sus dieciséis años. 


Futuro Imperfecto #42: Sobre qué tenemos que hablar

Repartidores de Glovo en una protesta por sus derechos laborales. Foto: Cordon Press.

Lo advierte el Reuters Institute, especializado en investigación sobre periodismo: los lectores están más que hartos de oír hablar del coronavirus. Tanto es así que cae el número de visitas a medios y su confianza en los mismos. Ahora solo el 36 % de los españoles se fía de lo que dicen las noticias. Ocurre aquí y en el resto del mundo, y la pérdida de lectores alcanza tal magnitud que grandes cabeceras como The Washington Post han inaugurado secciones con historias de personas que se sobreponen y adaptan su vida a la pandemia. Contradiciendo así la primera norma del periodismo, que las buenas noticias no son noticias. Con estos datos sobre la mesa la pregunta no es solo de qué tenemos que hablar, sino si la enfermedad nos está haciendo pasar por alto lo que sucede en el resto de ámbitos de la sociedad.

El gobierno acelera, o lo intenta

Esta estaba siendo la legislatura de la inacción. Ni cambios en la ley mordaza, ni derogación o cambios en la reforma laboral, ni el resto de promesas se habían concretado. La oposición parecía acertar al decir que la gran coalición de la investidura no funcionaba. Pero ha habido un acelerón, que comenzó con el anteproyecto de la ley de memoria democrática y sus once puntos fundamentales. Fue el arranque de un mensaje nuevo por parte de la coalición de gobierno, que parece dispuesta a arrancar un proyecto legislativo cada semana. Además de para reconciliarse con el pasado, para arreglar el presente. 

Esta semana ha tocado la ley para la regularización del teletrabajo, que sí parece responder a una necesidad actual, pero que tiene poca trascendencia. Regula un acuerdo voluntario y reversible entre trabajador y empresario, y excluye a quienes ya estén teletrabajando. Que es tanto como decir que no está hecha para la pandemia. Cabe pensar que beneficia a los trabajadores, al haber sido criticada por el presidente de la CEOE, que ya amenazaba: si se regula el teletrabajo contratarán fuera de España, que es más barato. Exageraciones de Garamendi: eso ya se practica, igual que contratar falsos autónomos para abaratar costes. 

Algo que podría cambiar a raíz de una sentencia del Tribunal Supremo a favor de un repartidor de Glovo, y suponer una reforma más radical que la del gobierno. Reconoce que los repartidores no son profesionales libres, lo que en teoría aplica a todo el colectivo, incluidos Uber, y tantas otras empresas tecnológicas. Que ya han visto dictámenes judiciales similares en Francia o California, a la que ahora intenta seguir Nueva York

Ha habido también otros acelerones que no merecieron titulares, como el plan de adaptación al cambio climático, cuya mayor virtud es conectar los sectores de la actividad económica con la protección al medio, energía verde, etcétera. Con suerte nos subiremos al tren de la tendencia mundial, siempre y cuando la infraestructura de empresas privadas e iniciativas públicas aprovechen los 140 000 millones inyectados por la UE. No es nada sencillo, desde 2014 solo hemos gastado el 34% del dinero que nos ha dado el presupuesto europeo y necesitamos, de forma urgente, una reforma estructural y administrativa. O ese dinero no nos llegará nunca.

Volvimos a oír a hablar del ingreso mínimo vital, del que se han modificado las condiciones de acceso para continuar sin darlo. Ahora puedes esperar seis meses en lugar de tres, y no tienes que apuntarte al paro desde el momento de solicitarlo. Lo que nos recuerda aquella señora de derechas entregando unas monedas al pobre y diciéndole «tome, buen hombre, no se lo gaste en vino». Los pobres, en España, siempre son presuntos culpables, incluso con un gobierno de izquierdas que se elogia a sí mismo por hacer lo que ninguno hizo antes. Pero sin prisas.

El ejemplo de la ley de alquiler catalana

La vivienda es otro de esos acelerones pendientes de resolver. La ley de alquiler catalana ha entrado en vigor, limitando la subida de los precios en sesenta ciudades. Un gran avance a imitar, pero que no solventa el problema de fondo, la imposibilidad de comprar viviendas y beneficiarse de cuotas hipotecarias mucho más económicas en relación a un alquiler. Una situación que se da porque muchos trabajadores gastan un sueldo si viven en pareja y la mitad de uno si están solos en alquilar, lo que les inhabilita para ahorrar el 30 % del valor de compra de una vivienda. Único modo de que un banco te de una hipoteca, contrato fijo aparte.

En el acuerdo de coalición de gobierno había medidas encaminadas a limitar los precios del alquiler y proporcionar vivienda de alquiler pública. Eso fue en diciembre de 2019

Tenemos que hablar de Facebook

Las redes sociales alimentan su tráfico con cotilleos, sucesos violentos, sexo, asesinatos y exclusivas alarmantes. El mismo contenido que los artículos más leídos en los principales diarios del mundo, aunque sus jefes de edición jamás los lleven a portada. Nos lo explicaba Martín Caparrós en uno de sus últimos artículos en el New York Times. Y si una red social destaca en esta lucha sensacionalista por el clic, esa es Facebook, a quien ha beneficiado extraordinariamente la personalidad polémica de Trump

Mark Zuckerberg felicitaba al presidente en una cena privada por ser el número 1 en su red, con 29,5 millones de seguidores. Y la única en que sus mensajes erróneos, bulos o polémicos no son censurados ni retirados. El magnate de la tecnología ni siquiera es republicano o trumpista, lo único que le importa es el crecimiento de usuarios, y para conseguirlo toleró la injerencia de Rusia en las elecciones de su país; permitió campañas de desinformación como la de la India, tapando la llamada de su primer ministro a masacrar a una parte de sus ciudadanos, los musulmanes rohinyá; y ha dejado que grupos de oposición y gobiernos de todo el mundo difundan campañas falsas. 

Lo ha explicado en una entrevista la exanalista de datos de la compañía Sophie Zhang. Ella detectó campañas ilícitas en Honduras, Azerbaiyán, Brasil, Ucrania, Bolivia y Ecuador. España no es una excepción, aunque aquí esta red no tiene la enorme influencia que alcanza en Estados Unidos o Latinoamérica. En las últimas elecciones el PP fue sospechoso de promover la abstención contra todos los partidos salvo el suyo, y Facebook aseguró que no iban en contra de la política de la compañía. En abril pasado surgió una campaña de mensajes a favor del Ministerio de Sanidad que en realidad formaba parte de una red de extorsión sexual, la cual usó el atractivo de la política para atraer a los usuarios hacia su actividad criminal. 

Y es que salvo nalgas, pezones o desnudos, reales o de museo, Facebook está dispuesto a tolerarlo todo. A Trump todavía más, porque las leyes antitrust de Estados Unidos amenazan desmembrar la compañía ahora que ha comprado WhatsApp e Instagram, acercándose al monopolio. Y es que a esta compañía no le gustan más leyes que las propias. Esta semana, el lunes, amenazaba con marcharse de Europa porque la protección de datos no le permite vender los datos de los usuarios europeos. El miércoles daba marcha atrás. No se irá, tiene 410 millones de usuarios en la UE, sería una pérdida enorme. 

Detrás de este tira y afloja existe un litigio legal con más repercusiones; el Tribunal de Justicia de la UE ha anulado el Privacy Shield, un acuerdo entre Estados Unidos y la Unión que, según dictamen de los jueces, supone una excesiva vigilancia de las autoridades estadounidenses sobre los europeos. Otro nuevo frente de conflicto entre las dos potencias.

Es la contradicción del sistema

El caso Facebook ilustra cómo las redes, las apps, las plataformas, todo lo que usamos a diario nos obliga a prestar atención. Y no tenemos atención para tanto. Jorge Carrión reflexionaba sobre ello al hilo del estreno del docudrama El dilema de las redes sociales en Netflix. Proponiéndonos una potente imagen visual: somos como el perro de Goya, que asoma la cabeza entre el barro, conscientes de las atrocidades del mundo tecnológico y pendientes de él.  

Atrocidades que se concretan en el buenismo cultural de administraciones, organizaciones y artistas que erigidos en críticos y expertos no respetan el trabajo de otros. Esta semana conocimos un clímax de esa ola de estupidez al saber que el ayuntamiento de Getafe (Madrid) ha permitido pintar un edificio de Miguel Fisac. Para quien no lo sepa, Fisac era un grande entre los arquitectos, además de una persona genial que a sus noventa y tantos tenía su estudio abierto a los estudiantes, y seguía investigando y viviendo con pasión la arquitectura. Su gran aportación en España fue la experimentación con el hormigón, que erigió maravillas como esta pagoda desaparecida. Una de sus últimas obras fue el polideportivo de la Alhóndiga, y sus fachadas grises proclamaban sus conceptos e ideas. Ahora, con los colorines, no queda nada de Fisac, solo un buenismo estético que está siendo muy celebrado en las redes. Lo han embellecido, dicen. What a time to live in!


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Black Mirror. Episodio 3×1

Poco a poco, tanto en Europa como en el resto del mundo, los gobiernos de distintos países están invirtiendo muchísimo esfuerzo y energías en desarrollar tecnologías que consigan seguirle la pista a la pandemia del COVID-19 y poder acabar con ella. Pero ¿eso ocurrirá algún día?

Whatsapp, Telegram, Facebook, Twitter y demás redes sociales ya se están llenando de mensajes que solo buscan la inestabilidad y el miedo. Es el mejor momento para jugar con el temor, y máxime si se trata de una amenaza de la que nos llevan advirtiendo durante mucho tiempo: el estado de vigilancia permanente en el que nadie podrá moverse sin que sea permanentemente vigilado.

En el que todas las decisiones que afectan a nuestra vida dependerá de lo que el resultado de esa vigilancia permanente decida.

Billones de euros han sido y están siendo invertidos en esta industria tecnológica que está haciendo que solo unas pocas organizaciones salgan beneficiadas, aumentando la discriminación y la desigualdad, al tiempo que nos venden el volver a sentirnos seguros. Y picaremos.

Y, realmente, lo que queremos es sentir seguridad en todos y cada uno de los escenarios de nuestras vidas. Queremos que nuestras familias estén sanas, queremos mantener nuestro puesto de trabajo, y sentirnos seguros en él. Queremos disfrutar de una vida social de una forma segura, poder estar rodeados de gente, poder tocarnos, decirnos secretos al oído, acceder a espacios y permanecer en ellos de forma segura. Queremos ir por la calle tranquilos. Ir al supermercado sin sobresaltos. Queremos disfrutar de nuestra vida de una manera segura y, al mismo tiempo, no ser discriminados, señalados, estigmatizados o rechazados.

Queremos vivir seguros y en libertad.

Es justo en este momento en el que, en todos los escenarios de nuestra vida, aparecerá la seguridad en forma de tecnología para salvarnos, para hacernos recuperar nuestro trabajo, para poder mantener a nuestras familias sanas, y poder volver a celebrar los cumpleaños y las fiestas en las casas de nuestros amigos. Pero, cuidado. Es una mera ilusión.

Desde el año 2007, en el que ciertas innovaciones acaecidas en Silicon Valley se produjeron y que dieron lugar al Big Data, la tecnología no ha hecho otra cosa que ofrecernos nuevos productos y servicios que han simplificado nuestra vida. No solo eso, han hecho nuestra vida mucho más excitante.

Airbnb nos permitió la magia de prescindir de hoteles y empezar a hospedarnos en las casas y apartamentos que habíamos soñado tener para pasar nuestras vacaciones. Tinder nos dio la oportunidad de buscar y encontrar chicas y chicos con los que ligar y que estaban a unos metros a la redonda. Uber vivir la experiencia de viajar en coches privados sin tener que hacer colas en las paradas. Amazon nos permitía comprar cualquier cosa en cualquier parte del mundo desde casa. Con Netflix teníamos el cine en casa. Con Whatsapp pudimos chatear gratis sin tener que pagar cada SMS, mandar audios, y hacer videollamadas. Ya no era posible dar marcha atrás. La vida se había convertido en una toda una experiencia emocionante a través de servicios tecnológicos increíblemente innovadores. Y esto solo acababa de empezar.

Esto hizo que las más prestigiosas escuelas de negocio del mundo pusieran a estos emprendedores, y sus modelos de negocio, como el ejemplo a seguir. Al puro estilo Silicon Valley. Ganar dinero a toda costa.

Pero la parte que no sabíamos, ni nos habían contado, es que detrás de estos innovadores modelos tecnológicos estaban las mentes manipuladoras más brillantes del planeta. Auténticos genios confeccionando algoritmos con el único objetivo de crearnos dependencia a través de experiencias que hacían que muchos de nuestros sueños se hicieran realidad.

Y esa realidad, de repente, y por la pandemia del COVID-19, ha empezado a desvanecerse. ¿Y qué nos queda? Miles de fallecidos, gente enferma, una sociedad golpeada por la crisis económica, familias destrozadas, negocios arruinados.

Un panorama desolador.

Pero vamos a pensar un momento sobre la situación que estamos viviendo. La pandemia del COVID-19 ha acelerado un problema que estaba ya presente en nuestra sociedad. Y nosotros, saciando nuestra hambre por experiencias nuevas a través de la tecnología, contribuimos. A pesar de que estábamos siendo advertidos. Pero nos dio igual. Lo que nos importaba no era comprar en las tiendas del barrio y así ayudar a la economía local. No. Lo que importaba era vivir la experiencia de que con un clic al día siguiente teníamos cualquier cosa.

Pues así empieza todo. Y, ¿sabes cómo termina? Con el 80% de los negocios de tu barrio, cerrados. Pero hay más. Termina con una sociedad desigual y empobrecida, separada por códigos postales que la tecnología usa para discriminar. ¿Cómo? Muy fácil. La mayoría de las aplicaciones gratis de tu móvil recopilan constantemente tus datos. ¿A que esta canción no paras de escucharla? Pero lo que no sabes es para qué. Para venderlos a otras organizaciones que los usarán para discriminar.

Por ejemplo, ¿sabías que tu geolocalización es usada por muchas organizaciones para discriminar todo tipo de decisiones? ¿Sabes cómo averiguan dónde te mueves? Las apps de tu móvil les venden donde estás en cada momento porque tienen acceso al GPS que tienes activado todo el tiempo. Ese dato puede llegar a ser recopilado desde tu móvil y enviado una media de ciento sesenta y cuatro veces al día.

Dependiendo del barrio en el que te muevas, podrán asumir información como tu raza o tu poder adquisitivo. Y también discriminarte por ser de esa raza, por moverte en ese barrio, y por no tener un poder adquisitivo alto. Este es un ejemplo de por qué los más humildes pagan las peores consecuencias.

Y, de repente, llegó la pandemia. Y resulta que todos somos iguales. Y resulta que la tecnología de las experiencias emocionantes y de la vida fácil no era la respuesta. Falló. Nos falló. Ahora solo queremos experimentar seguridad, y sin el temor a que vuelva un rebrote y tengamos que volver a sufrir la pesadilla que hemos sufrido.

¿Será capaz la tecnología de las experiencias emocionantes, la de los emprendedores billonarios, la que trafica y especula con nuestra información, de salvarnos? ¿será capaz de devolvernos seguridad en nuestro seno familiar, en nuestro puesto de trabajo, en nuestra vida social y en nuestras horas de ocio, sin ser discriminados? No. No será capaz de hacerlo. Porque esta tecnología no fue concebida para eso.

Y, de repente, en medio de toda la pesadilla, mucha gente se puso manos a la obra para aportar soluciones a los problemas que se nos vinieron como el tsunami más salvaje, y para los que se nos vendrán.

Entre esta gente que se volcó a ayudar, surgió en Europa un grupo de ingenieros, abogados, epidemiólogos, desarrolladores, que se pusieron manos a la obra a diseñar una nueva tecnología que tuviese como único objetivo servir, junto con otras medidas, para manejar y parar esta pandemia.

Una tecnología concebida para respetar la privacidad de las personas, que no recopilase datos personales, y menos que especulase con ellos. Un grupo al que se fue uniendo más y más gente, hasta desarrollar un protocolo que muchos de ustedes habrán escuchado hablar, el protocolo DP3T, liderado por una ingeniera española, Carmela Troncoso. Este protocolo no es otro que el usado por las aplicaciones de contac-tracing diseñadas por muchos países europeos. La famosa app.

No solo eso, Google y Apple han llegado a un acuerdo para elaborar una API basada en los mismos fundamentos que el protocolo europeo respetuoso con la privacidad de las personas, DP3T. Es decir, dos de los más grandes gigantes tecnológicos del mundo han entendido que la confianza es lo que prima en estos momentos. Y ser confiable significa respetar a las personas, y demostrarlo.

De repente, la tecnología que nos hará vivir experiencias extraordinarias es una tecnología que nos respeta y no nos discrimina. Una tecnología confeccionada para aportarnos seguridad y con la intención de hacer el bien desde su diseño.

El objetivo principal de este protocolo es simplificar y acelerar el proceso de identificar a personas que han estado en contacto con una persona que ha dado positivo en el test COVID-19.

Y algo a lo que no estamos acostumbrados, no se necesita crear una cuenta, ni ceder ningún dato personal. No accederá a nuestra geolocalización, ni a nuestros contactos porque no le hace falta.

Entonces, ¿cómo funciona? La app transmite a través de bluetooth una identificación aleatoria, anónima y efímera, en el sentido de que cada quince minutos esta identificación aleatoria cambia. A su vez, registra la identificación anónima de otros usuarios que también tienen instalada la app en sus móviles, con los que hemos estado físicamente a menos de dos metros, indicándonos el tiempo que hemos estado a esa distancia, y una fecha aproximada de ese encuentro, como el 23 de mayo.

¿Por qué es descentralizado?

Porque toda esta información se almacena en nuestro móvil, y hay una clave secreta asociada tanto a las identidades anónimas que hemos emitido como las que hemos recibido.

Estas identidades no serán almacenadas en ningún servidor central donde se corre el riesgo de combinar estas identidades aleatorias con otras bases de datos y terminar identificándonos. Este es el caso de la mayoría de las aplicaciones que tenemos en nuestros móviles. Nuestros datos son enviados a servidores centrales, junto con otros millones de datos, fusionados y combinados con otras bases de datos, y usados para tomar decisiones acerca de nosotros.

Y, ahora, imaginemos que nos instalamos la aplicación, ¿cómo funciona el mecanismo desde el lado de las autoridades sanitarias?

En el caso de recibir una notificación que nos informa que podemos estar en riesgo de haber sido contagiados porque hemos estado más de diez o quince minutos y a menos de dos metros de distancia con una persona que ha dado positivo en COVID-19. En la notificación nos informan las medidas que debemos tomar, que son aislamiento y/o test COVID-19.

En ese momento, no tenemos la certeza de que estamos contagiados porque juegan muchos factores, como el haber estado protegido, o desprotegido. Así que solo y exclusivamente personal sanitario autorizado es el encargado de hacernos el test de COVID-19. Y solo podemos verificar que estamos contagiados una vez recibamos el resultado de dicho test.

En caso de dar positivo, el médico o sanitario que nos atienda nos preguntará si tenemos la app instalada, y nos pedirá que le enviemos todas las identidades aleatorias y anónimas recibidas a su servidor backend para activar el mecanismo de seguimiento de contactos.

¿Cómo lo hace?

El personal sanitario autorizado genera un código de autorización, que será decidido por cada país. Puede ser un código QR, o un código formado por nueve o diez dígitos, como ejemplos.  Ese código de autorización permitirá que las entidades anónimas y aleatorias se envíen al servidor backend que, a su vez, verificará el código de autorización, almacenará la clave secreta y las identidades anónimas y aleatorias.

El siguiente paso es mandar la notificación, a través de las apps, a los usuarios que han estado a menos de dos metros, y más de diez o quince minutos contigo.

¿Qué NO almacena? Ninguna otra información personal como puede ser la dirección IP, o cualquier otro dato personal proveniente de nuestros dispositivos, ni tampoco accede a nuestros contactos. No se puede identificar a usuarios a raíz de los datos almacenados, tampoco por el servidor, y tampoco las apps de ningún otro usuario.

La única información que sale de nuestros móviles son las identidades anónimas y efímeras.

¿Por qué se hace este proceso?

Porque solo así se aseguran que solo las identidades efímeras y anónimas de los usuarios que han dado positivo se almacenan en el servidor backend, que tiene por objetivo notificar a las personas que han podido estar expuestas al virus.

Este es un resumen del funcionamiento del protocolo DP3T, pues tiene muchas más especificidades y da muchas respuestas a preguntas sobre privacidad y seguridad.

Y, ¿qué es lo que no puede hacer la app?

La app no puede, por sí misma, indicar cómo es usada en nuestro puesto de trabajo, ni si nos la pueden pedir, o no, cuando accedamos a cualquier espacio físico. Ni tampoco puede prevenir, por sí sola, que otras personas te nieguen la entrada a cualquier lugar porque no tienes la app, o por cualquier otro motivo relacionada con la misma.

Entonces, ¿qué ocurre con el sueño de volver a vivir experimentando seguridad en todos los escenarios de nuestras vidas sin ser discriminados?

Pues aquí entra el papel fundamental del gobierno, y el diseño de toda una estrategia, a la cual la app pertenece.

Seré más concreta. Y lo haré aludiendo al paper que he escrito junto con Virginia Dignum, Ricardo Vinuesa y Andreas Theodorou titulado: «A socio-technical framework for digital contact tracing».

Es un marco ético dentro del cual debe ser ideada, confeccionada y aplicada la app de contact-tracing que los gobiernos realicen. Además, garantiza el balance entre el equilibrio global, que es el de los gobiernos y la efectividad de la app a la hora de cederles datos epidemiológicos, y el equilibrio local, que es el de la ciudadanía, y la utilidad de la app a la hora de servirles, junto con el resto de la estrategia, para vivir seguros en todos los ámbitos de sus vidas sin ser discriminados.

El marco ético y social está compuesto por diecinueve criterios divididos en tres grandes grupos: 1. Impacto en los ciudadanos, 2. Uso de la tecnología, y 3. Gobernanza.

Estos criterios se derivan de diferentes reglamentos y documentos de orientación y de las preocupaciones planteadas por los expertos. Cada criterio se mide en una escala de 0 a 2.

Como ejemplo de aplicación de este marco, el diagrama muestra el resultado de tres aplicaciones: Stopp Corona (la app desarrollada en Austria), NHS COVID-19 (en desarrollo en el Reino Unido) y TraceTogether (que se ha implementado y utilizado en Singapur desde el 20 de marzo de 2020).

Además, también analizamos las directrices del Consejo Europeo de Protección de Datos (EDPB) y evaluamos en qué medida cumplen con nuestro marco. Observamos que todas las aplicaciones tienen puntajes bajos en Gobernanza, y ninguna de ellas cumple con los criterios 15, 17 y 19, que son, a nuestro juicio, áreas importantes para cualquier rastreo de contactos digitales.

Las pautas de EDBP proporcionan una cláusula para detener el uso de este tipo de aplicaciones una vez que la situación vuelve a «normal». Esto puede verse como vago, ya que «normal» está abierto a interpretación considerando los cambios socioeconómicos que trajeron los bloqueos.

Se preferiría una fecha más clara, a menos que se tomen medidas adicionales. Las pautas EDPB también requieren el criterio 19, pero no incluyen ningún requisito con respecto al geoetiquetado (relevante para el criterio 17). También es importante destacar la importancia de utilizar un protocolo descentralizado (criterio 7), una característica que no se muestra en la aplicación NHS COVID-19 y que no es requerida por las pautas de EDPB, mientras que TraceTogether solo lo cumple parcialmente a través de un protocolo mixto centralizado / descentralizado.

Impacto en los ciudadanos

  1. Respeto de los derechos fundamentales de las personas: esto incluye los derechos a la seguridad, la salud, la no discriminación y la libertad de asociación. (2) Información poco clara / solo respetando parcialmente los derechos (1), o no respetarlos (0) no son adecuados.
  2. Privacidad y protección de datos: la recopilación de datos debe cumplir con el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) y respetar la privacidad de la persona. Una evaluación de impacto de protección de datos (DPIA) debe llevarse a cabo antes del despliegue de cualquier sistema de rastreo de contactos. El propósito de la aplicación y los mecanismos para evaluar su uso deben estar claramente definidos. Todos estos requisitos deben cumplirse (2), mientras que cumplirlos solo parcialmente (1) o nada (0) no son adecuados.
  3. Principio de transparencia: incluyen el derecho de los usuarios a ser notificados, a controlar sus propios datos, a la transparencia con respecto a qué datos personales se recopilan y a la explicación del resultado producido por la aplicación. La aplicación debe ser auditable. El cumplimiento de todos los requisitos (2) es adecuado, mientras que cumplirlos solo parcialmente (1) o nada (0) no es adecuado.
  4. Evitar la discriminación: la aplicación debe evitar la estigmatización debido a la sospecha de infección. (2) La información / medidas poco claras para evitar esto (1), o la falta de un plan para abordar este problema (0) no son adecuadas.
  5. Accesibilidad: posibilidad de ser utilizado por todos, independientemente de la demografía, el idioma, la discapacidad, la alfabetización digital y la accesibilidad financiera. Todos estos requisitos deben cumplirse (2), se abordan parcialmente (1) o nada (0) no son adecuados.
  6. Información y tutoriales: asegúrese de que los usuarios estén informados y sean capaces de usar la aplicación correctamente, incluidos, por ejemplo, ayuda en la aplicación o materiales externos, como un sitio web (2), o materiales externos, como una web (1). No hay material (0) no es adecuado.

Tecnología

  1. Protocolo descentralizado: p. Ej. uso de la arquitectura descentralizada de seguimiento de proximidad para preservar la privacidad (DP-3T). Además, la aplicación debe permitir la interoperabilidad. Se prefiere Bluetooth sobre el GPS. Un protocolo totalmente descentralizado es el mejor (2), mientras que los enfoques mixtos (1) o completamente centralizados no son adecuados (0).
  2. Gestión de datos: garantizar el principio de minimización de datos, el uso del almacenamiento local y temporal, y el cifrado, según los principios de protección de datos por diseño. Asegurarse de que solo se traten los datos estrictamente necesarios. Todos estos requisitos son necesarios (2), la documentación es poco clara (1) el incumplimiento de todos ellos (0) o no son adecuados.
  3. Seguridad: autenticación del usuario para evitar riesgos como el acceso, modificación o divulgación de los datos. Utilizar identificadores únicos y pseudoaleatorios, renovados regularmente y criptográficamente fuertes. El cumplimiento de estos requisitos es necesario (2), no está claro (1) o la falta de cumplimiento (0) no es adecuado.
  4. Aplicación fácil de desactivar / eliminar: ya sea a través de instrucciones claras o automáticamente mediante la cláusula de suspensión (2). No está claro (1) o las dificultades para eliminar la aplicación y los datos (0) no son adecuados.
  5. Aplicación de código abierto: desarrollo participativo y multidisciplinario, acceso al código y métodos utilizados para la adaptación a nuevos conocimientos sobre el virus (2). No se recomienda el código de fuente abierta sin la posibilidad de contribuir (1), y el código de fuente no abierta no es deseable (0).

Gobernanza

  1. Propiedad pública: es preferible la propiedad por el Estado (2), mientras que la Autoridad Sanitaria (1), un instituto de investigación (1) o una parte privada / comercial (0) son menos adecuados.
  2. La gobernanza de datos debe hacerse pública: es preferible la gobernanza de datos abiertos (2), mientras que las configuraciones intermedias (1) o privadas / opacas (0) no son adecuadas.
  3. Uso: la descarga de la aplicación debe ser voluntaria (2). Además, el uso de la aplicación no puede ser obligatorio para acceder a ciertos lugares (1) o ser legalmente obligado (0).
  4. Cláusula de extinción: Esto debe especificarse claramente con una fecha y un procedimiento claros (2), mientras que la información poco clara (1) o la falta de dicha cláusula (0) no son adecuadas.
  5. Legislación y política: Marco legal claro y más amplio votado por el parlamento (2), política gubernamental parcial (1) mientras que no es deseable ninguna política o desconocida (0).
  6. Hallazgos incidentales y política de doble uso: los propósitos más allá del rastreo de contactos (por ejemplo, colocar a las personas en escenas del crimen, identificación de patrones de comportamiento) están estrictamente prohibidos (2). De lo contrario, debe existir al menos una política que establezca cuáles son los otros usos potenciales de los datos recopilados (1).
  7. Evaluación del impacto del diseño y proceso de desarrollo abierto: proceso de diseño explícito, que incluye una descripción clara sobre los objetivos y la motivación, las partes interesadas, el proceso de consulta pública y la evaluación del impacto (2). La información poco clara (1) o la falta de dicha evaluación (0) no son adecuadas.
  8. Derecho a no ser objeto de una decisión automatizada. Los usuarios deben poder impugnar las decisiones de la app, o exigir intervención humana (2). El cumplimiento parcial / poco claro (1) o la falta de esta característica (0) no son adecuados.

Figura 1: Aplicación del marco propuesto a tres aplicaciones y las pautas EDPB, como se indica en cada panel. Los números representan cada uno de los criterios, y el cumplimiento de los criterios de los tres grupos principales se muestra en el círculo exterior.

Creemos que este enfoque debe implementarse en cualquier aplicación digital de rastreo de contactos, para garantizar completamente la seguridad de los datos, y la de los ciudadanos.

Todos queremos vivir una vida serena y experimentar seguridad sin ser discriminados, y poder confiar de nuevo en la tecnología sin que nos vuelva a traicionar. Podemos hacer que ocurra.


¿Cuál ha sido el mayor avance de la vida (digital) moderna?

Internet nos ha cambiado la existencia para bien. Aquellos sueños que antes se antojaban lejanos o directamente imposibles, como adquirir una cortina de ducha con la cara de Jeff Goldblum o geolocalizar a compañeros para el cruising sin ni siquiera salir de casa, ahora están al alcance de todos, a solo un clic de distancia gracias a lo portentoso de la tecnología. Por eso mismo, la encuesta de hoy tratará de determinar cuál ha sido el mayor avance (digital) de la vida moderna en una época en la que vivimos rodeados de aplicaciones, medios y plataformas revolucionarias. Se recuerda a los lectores que en la sección de comentarios, ubicada al final del texto, pueden añadir sus sugerencias personales sobre cualquier posible candidato que consideren oportuno pero no figure en esta lista.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Facebook

Sabes que has hecho historia cuando David Fincher te dedica una película y no eres un asesino en serie. Facebook, la monstruosa red social comandada por Mark Zuckerberg, el portal que permitió a cualquier humano reencontrarse con personas que la vida muy sabiamente había mantenido alejadas de su existencia. El principio y el fin de todos los males modernos: las etiquetas no deseadas en fotos humillantes, las discusiones políticas con familiares más allá de la cena de Navidad, los memes ridículos compartidos hasta el hastío y la solicitud de amistad de tu madre aguardando pacientemente con mirada aviesa desde la pestaña de notificaciones. Y, sobre todo, el inmenso sosiego que genera el saber que un neoyorquino de treinta y cinco años sabe perfectamente dónde vives, quiénes son tu familia y amigos, qué comes y a qué dedicas el tiempo libre. A día de hoy, quizás el mayor éxito de Facebook es el ser una aplicación tremendamente eficiente a la hora de recordarle tu cumpleaños a un montón de gente a la que realmente le importas dos pitos y medio.


Grindr

O cómo democratizar y poner orden en el aventurero «Aquí te pillo aquí te mato» gay. Otrora los lavabos de las estaciones de autobuses más selectas de la geografía nacional se erigieron como las principales bases de operaciones donde los señores se dedicaban a cubrir con alegría a otros señores que acababan de conocer. Puntos de peregrinación populares durante aquellas paradas del ALSA en las que el conductor aprovechaba para despegar los muslos del asiento. Unas pausas que los viajeros también utilizaban para rozar sus propios muslos con los de otros desconocidos en el marco incomparable del lugar donde obraban diariamente cientos de personas. Entretanto, el cruising que no era amigo de los servicios de caballeros se instaló, con alevosía y nocturnidad, en los parques con los arbustos más numerosos y/o frondosos. Pero desgraciadamente, en ambos casos el aventurarse hacia aquellas diversiones siempre suponía encarar la incertidumbre y no tener muy claro lo que uno se iba a encontrar al llegar al patio de juegos. Hasta que apareció Grindr y organizó todo el asunto este del cruising, convirtiendo el proceso de selección de una pareja para el coito despreocupado en algo muchísimo más ordenado y premeditado. O una dating app en el bolsillo que por fin permitía planificar las quedadas entre extraños para desfogarse mutuamente en cualquier lugar y contexto imaginable. Desde que existe Grindr ya no es necesario equiparse en Coronel Tapiocca para salir a trotar con ilusión en busca de mambo por los alrededores de El Retiro o la Sagrada Familia. Porque ahora la verdadera felicidad puede estar a la vuelta de cualquier esquina. Y en estos casos, la geolocalización ayuda lo suyo.


Twitter

Si algo necesitábamos como civilización era un medio a través del cual poder contemplar qué opinión esgrime sobre algún tema el último mono del planeta. Porque la democratización de internet era esto: convertir la barra de bar en un evento universal y en noticia de actualidad. Twitter es esa herramienta en la que Hermann Tertsch solo sabe utilizar el botón de bloquear, el videojuego de Donald Trump, la cantina de Arturo Pérez-Reverte, el atril de las personas que suplican casito y la plataforma a la que millares de usuarios se conectan para sentirse ofendidos durante las pausas entre sus partidas al Fortnite.


YouTube

Tres empleados de PayPal (Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim) ensamblaron en 2005 una plataforma que permitía compartir clips de vídeo y desde entonces nada ha vuelto a ser lo mismo. Porque a estas alturas YouTube ya se ha convertido, junto a la Wikipedia, en una de las principales fuentes de información de la sociedad. Un sustituto de la televisión clásica en cuyo interior es posible localizar cualquier tipo de contenido audiovisual: videoclips musicales, retransmisiones en directo y diferido de eventos diversos, tráilers de películas, críticas literarias, canales de música emitiendo non-stop durante las veinticuatro horas del día, ensayos sesudos, documentales, recopilaciones de fails, vídeos de gatitos (la razón principal, junto al porno, por la que existe internet) o tutoriales sobre cualquier tema imaginable, desde clases para aprender a bailar claqué hasta guías sobre cómo sobrevivir en la jungla tirando de un montón de barro y cuatro ramas resecas. Desgraciadamente, esta fabulosa videoteca pública llegó acompañada de uno de los seres más abyectos de la era moderna: el youtuber. Ese espécimen que se define como «creador de contenidos», solo sabe expresarse sobreactuando, tiene una legión de seguidores prepúberes que lo han canonizado a modo de semideidad y vive rodeado de murallas construidas a base de apilar cientos de muñecos funko pop envasados en sus cajas originales.


Google Maps / Google Street View

De las pocas aplicaciones realmente útiles de toda esta lista y también un rarísimo ejemplo de productos que en Google no han tenido que tirar a la basura porque les hayan salido rana. Dos servicios tremendamente eficientes de mapeado, vía satélite y a pie de calle, que sirven tanto para orientarse en las carreteras más recónditas de la España profunda como para encontrar la ruta más apropiada entre las autopistas más transitadas del país. El Street View tiene además la ventaja añadida de ser capaz de oficiar las vacaciones más baratas posibles al permitir a cualquiera callejear por rincones situados en el otro extremo del mundo. En el fondo, una aplicación que permite obtener indicaciones para viajar de un lugar a otro a pie, en coche, en transporte público, en dragón, en carro o a lomos del monstruo del lago Ness no puede sino ser aplaudida.


Instagram

Kevin Systrom y Mike Krieger lanzaron Instagram allá por 2010. Un servicio que proponía sustituir el vetusto álbum de fotos físico, aquel con el que tradicionalmente se daba el coñazo a los familiares cercanos, por un mostrador virtual desde el que sería posible aburrir con nuestras instantáneas privadas al mundo entero. Aquella empresa tenía poco de novedosa, pero sus ideólogos fueron sorprendentemente duchos a la hora de convencer a todo internet de que existía glamur en la gilipollez de hacerse selfis sacando morro y mordiendo carrillos. La jugada les salió redonda hasta el punto de lograr que Fotolog, y otras propuestas similares, pareciesen vestir de chándal a su lado. A día de hoy, los logros de esta aplicación inspirada en las polaroids son tan maravillosos como abundantes: sus contenidos la convierten en un macrodocumental de pies tan exhaustivo como para ser capaz de hacer las delicias tanto de los estudiantes de podología más quisquillosos como de los fetichistas de las pezuñas más pervertidos. Ha creado nuevas profesiones tan estupendas como la de instagramer, favoreciendo así que el mercado laboral del mundo real se libre de tener que lidiar con tanto payaso en potencia. Y en general, es la red social que nos ha descubierto lo ínfimo y vacuo de nuestra existencia al mostrarnos cómo todo el mundo es más guapo que nosotros, come mejor que nosotros, viaja más que nosotros y tiene mejores trabajos de los que nunca tendremos nosotros.


Wikipedia

La principal fuente de saber de la humanidad, la causa por la que se extinguió la raza de vendedores a puerta fría de enciclopedias, la fuente de la que beben todos los periodistas culturales, la barra libre para los estudiantes (y los políticos) que tienen que presentar un trabajo a contrarreloj y el principal medio de consulta para todos aquellos frikis que necesitan saber qué merendaba su personaje favorito en el capítulo 02×23 de la serie de moda. Curiosamente, mientras la versión en inglés luce unos contenidos detallados hasta el absurdo en algunos temas (fruto de la legión de obsesivos de la información que se patrullan el lugar) la información de la edición en español navega entre lo correcto, lo vergonzoso, la fanfiction y los textos copypasteados de mala manera desde el traductor de Google.


LinkedIn

Se rumorea que existe el testimonio de al menos un hombre en el mundo que asegura no haberse topado nunca con spam durante el tiempo en el que estuvo registrado en LinkedIn, aquella plataforma ideada inicialmente para buscar empleo y lucir currículo. Del mismo modo, existe la leyenda (no verificada) de que en cierta ocasión una mujer se dio de alta en dicha página y, durante los meses posteriores, no solo no recibió proposiciones indecentes de otros usuarios sino que además encontró trabajo y todo.


WhatsApp

El Messenger de Windows fue aquella bendición que permitió a las gentes chatear entre sí a través de una línea directa. Algo que resultaba mucho más práctico que enfangarse en los chats públicos y los aquelarres literarios en salas de dudosa moralidad donde los caballeros se engalanaban con nicks tan exóticos como _ruBit4_tet0na19 o CasadaViciosaMAD__. Pero, del mismo modo en el que Messenger se convirtió en el relevo natural del chat, el WhatsApp se estableció como el sucesor del Messenger y el Skype. O la evolución lógica de aquella ventana virtual al patio de vecinos: un programa con el que chatear y poder importunar a cualquiera de tus contactos desde el propio móvil y en cualquier momento del día. Con el bonus añadido de incluir un acuse de recibo en forma de doble check azulado cuyo funcionamiento ha causado más dramas y desgracias que ciertas guerras históricas.


Snapchat

En septiembre del 2011, tres estudiantes de Standford (Evan Spiegel, Bobby Murphy y Reggie Brown) ensamblaron Snapchat como una aplicación de mensajería multimedia cuya mayor virtud era brindar al pueblo llano la posibilidad de remitir misivas efímeras. Mensajes que al estilo de las mejores aventuras de espías se autodestruían en un tiempo determinado establecido por el remitente. Y aquello funcionó estupendamente, porque vivimos en una sociedad donde cualquier cosa ideada para eliminar pruebas comprometidas no puede sino convertirse en un éxito. Snapchat también popularizó la juguetería visual al añadir la realidad aumentada al conjunto y permitir que sus usuarios se vistieran de manera instantánea con orejas de perro, sombreros absurdos o lucieran hermosos vomitando arcoíris pixelados. Sus propios creadores dejaron bien claras que las intenciones de la plataforma iban más allá del postureo de otras apps como Instagram: «Snapchat no se basa en capturar el típico momento Kodak. Porque está más centrado en permitir las comunicaciones a través del espectro completo de emociones humanas, no solo de aquello que aparenta ser perfecto o bonito». En la actualidad, más de doscientos millones de usuarios se comunican entre sí utilizando un inmenso rango de emociones humanas. Y un montón de orejas postizas de animalitos.


Spotify

El negocio de la industria musical se derrumbó cuando la gente descubrió que podía ahorrarse pagar por sus tonadillas favoritas a base de abrazar el MP3 y enrolarse en el mundo de la piratería digital. Con la llegada del streaming, la piratería digital contempló cómo toda su tripulación desertaba para alistarse en las filas de Spotify. Una aplicación que reinventó la emisora de radio ofreciendo un catálogo a la carta (sorprendentemente completo, pero donde todavía existen ciertas ausencias) y logrando que casi la mitad de sus doscientos cuarenta y ocho millones de usuarios pagasen religiosamente al mes para eliminar los ridículos anuncios tocapelotas que mancillaban sus listas de reproducción. El servicio permitía también, gracias a su integración en otras redes sociales, cotillear qué era lo que sonaba en los equipos de nuestros contactos, confirmando así que la mayoría de nuestros seres queridos en el fondo nunca han tenido buen gusto.


eBay

La reimaginación de la sala de subastas en los mundos virtuales, una web que permite a cualquier mindundi sacar a concurso sus más preciados tesoros, y su más selecta basura, para contemplar cómo terceros se pelean pujando por todo ello. O la que, sin ninguna duda, es la tienda definitiva en cuanto a catálogo: en eBay es posible comprar desde cortinas de ducha con la estampa de Jeff Goldblum junto a un monete hasta sándwiches de queso en los que se ha manifestado la jeta de la Virgen María, pasando por fantasmas envasados en un bote, abuelas de alquiler, la frente de una persona para colocar un anuncio, la cabeza momificada de un demonio, fundas de lana para el pito, el secreto de la vida (por la económica cifra de tres dólares con veinte céntimos), una tostada mordida por Justin Timberlake, o hasta un estupendo amigo imaginario.


Tinder

Grindr estableció el concepto de flirteo por geolocalización, pero fueron aplicaciones como Tinder las que lo trasladaron al terreno heterosexual con, en principio, la promesa de favorecer los compromisos románticos más allá del simple acoplamiento. El resultado fue una dating app para móviles que permite a sus usuarios desfilar entre un interminable catálogo de pretendientes aceptándolos o rechazándolos con el simple gesto de deslizar un dedo sobre la pantalla. En la actualidad, las discotecas y similares entornos de parranda nocturna se encuentran en peligro de extinción. Y no es arriesgado aventurar que gran parte de la culpa la tienen herramientas como Tinder, porque nos permiten cometer errores emocionales y conocer a auténticos/as gilipollas desde la comodidad del sofá de casa y durante todo el día, sin necesidad de tener que arrastrase por antros insalubres con música insoportable y garrafón imbebible. El hecho de que el contenido de los perfiles en Tinder haya establecido nuevos tipos de géneros literarios, que van desde la ciencia ficción canallita hasta la comedieta involuntaria, es un valor añadido para quienes se atreven a asomarse a este mundo.


Siri / Alexa

Rocky IV, Los Supersónicos o Salvados por la campana ya nos adelantaron que el futuro implicaba meter el casa asistentes robóticos de un modo u otro. Y hasta el mismísimo Stanley Kubrick nos demostró en 2001: una odisea del espacio las innumerables ventajas que acarreaba tener a una inteligencia artificial tan maja como HAL 9000 a cargo de todo lo gordo. A día de hoy, los robots todavía no son capaces de ejercer de chachas eficientes o propiciar divertidos equívocos. Qué coño, a día de hoy los robots tienen serias dificultades para no escoñarse realizando las actividades más básicas. Pero también es cierto que su alma y su voz ya hace tiempo que se han instalado en nuestras vidas cotidianas gracias a Siri y Alexa, las dos saladas asistentas virtuales facturadas por Apple y Google, respectivamente. Porque no hay nada más útil que tener a una secretaria virtual incansable a la que poder preguntar qué tiempo hará mañana, qué planes ocupan la agenda o cuál es el sentido de la vida. Aunque lo mejor de todo esto sea esa impagable sensación de tranquilidad que proporciona el tener un aparato en casa que está constantemente escuchando todo lo que acontece. Incluso se ha llegado a dar el caso de que la propia Alexa se viese obligada a testificar durante un juicio por asesinato, aprovechando esa manía tan suya de estar con la oreja abierta y la grabadora puesta todo el rato. Con estos antecedentes, lo difícil es no sentirse seguro y arropado por las nuevas tecnologías.



El pingüe negocio de Facebook y sus amigos con los test de personalidad

Mark Zuckerberg, 2018. Foto: Oliver Contreras / Cordon.

Este artículo se publicó originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 33.

Estaban construidos como un agujero negro de datos. Y Facebook no solo lo sabía, sino que lo había diseñado así.

Dicen que es la filtración más importante desde Edward Snowden: Christopher Wylie explicó en el Guardian y el New York Times cómo Cambridge Analytica (CA) había generado perfiles psicográficos con los datos de ochenta y siete millones usuarios de Facebook para las campañas a favor del brexit y Donald Trump. Pero, a diferencia del espionaje de la NSA, les fue muy fácil y lo hicieron a la luz del día. Bastó con un quiz, el test de personalidad que el catedrático de Psicología en la Universidad de Cambridge Aleksandr Kogan puso en Facebook bajo el título This is Your Digital Life. Kogan pagó a doscientos setenta mil usuarios para que hicieran el test. Que venía con unos «Términos de usuario» que no leyeron donde ponía: «Si pinchas OK, nos das permiso para diseminar, transferir o vender tus datos».

Al descargar el test, Kogan consiguió acceso a sus contactos, su feed de noticias, las publicaciones de su muro, a sus posts y hasta a sus mensajes privados. Y también a los de sus amigos, aunque no hubieran hecho el test ni aceptado el contrato. Facebook ha calculado que la cifra de afectados podría ser de ochenta y siete millones de personas, trescientas personas por cada usuario que hizo el test. Solo que Kogan no se inventó la técnica ni hackeó la red social. Cientos de miles de empresas estaban haciendo lo mismo en Facebook años antes de que Kogan publicara su quiz en 2012. Y Facebook lo sabía.

Ya en 2009, numerosas asociaciones de derechos civiles denunciaron que el quiz era una trampa diseñada por granujas de marketing para vulnerar la privacidad del usuario y la de sus amigos. La mayoría de los test eran muy estúpidos: «¿Qué personaje de Star Wars eres?», «¿Eres Carrie o Samantha, Miranda o Charlotte?», «¿Qué color, perro, hamburguesa, superhéroe, rascacielos, teletubbie, salsa picante eres?». Pero tan populares y ubicuos que la CNN incluyó a los quizzeros en su lista de «doce clases de personas más insoportables de la red social».

La American Civil Liberties Union hizo campaña contra Facebook por dejar que los programadores externos se llevaran toneladas de datos, no solo de los que hicieron el test, sino también de sus contactos. La cuestión no es si Kogan tenía derecho o no a engañar a doscientos setenta mil usuarios y llevarse sus datos y los de sus millones de amigos. La cuestión es que Facebook le dejó hacerlo. Y lo hizo porque, como dicen los programadores, el agujero no era un bug sino una feature; no un error del programa sino una característica deliberada diseñada para atraer a sus verdaderos clientes, que no son los usuarios sino las mismas empresas de marketing a las que ahora acusa de robar.

Un, dos, tres, API

Como casi todas las plataformas, incluyendo Google Play, PlayStation o iTunes, Facebook tiene una API para desarrolladores. Sirve para que cualquiera pueda diseñar programas para que funcionen en la plataforma, sin tener que trabajar con los programadores de la casa. La API se ocupa de la integración de las apps, se interpone entre el código ajeno y el propio, al mismo tiempo la puerta y la muralla. Y esa API no es un código salvaje e incontrolable generado de manera aleatoria por fuerzas extrañas a nuestra capacidad de comprensión. Es un conjunto de funciones matemáticas habilitadas de manera deliberada por programadores extraordinarios al servicio de una de las empresas más ricas del mundo. En la naturaleza hay accidentes inesperados, pero no en el código de Facebook. Si Kogan pudo sustraer los datos íntimos de millones de personas a través de su Graph API v1.0 es porque se podía. Y si se podía es que estaba diseñada para hacerlo.

Si hubiese sido un fallo involuntario, Facebook tuvo tres años para corregirlo, especialmente después de las campañas de la Unión de Libertades Civiles y las denuncias repetidas en prensa. Tres años más tarde, la aplicación de Kogan pidió permiso para acceder al read mailbox, el buzón de mensajes privados de millones de usuarios y la API se lo dio, lo que es un completo disparate. Y siguió dándole permiso durante el año y medio que estuvo en el sistema, aunque el usuario hubiera hecho el test solo una vez (o ninguna). La pregunta que hay que hacerle a Facebook es: ¿cuántos otros hicieron lo mismo entre 2008 y 2015, cuando Facebook la sustituyó por la Graph API v2.0., que no es mucho mejor pero al menos no cede los datos de una persona a menos que haya autorizado la aplicación?

No me creo que en este garito se juegue

Zuckerberg ha dicho que el test de Kogan vulneró el acuerdo de desarrolladores que Kogan firmó con Facebook al subir la aplicación. Kogan dice que tampoco lo leyó, porque es decorativo. «Facebook no presta atención ni hace cumplir estos acuerdos. Te dicen que pueden hacer seguimiento y auditorías y que comprobarán tu código y te avisarán si has hecho algo que no está bien. Pero el test estuvo un año y medio entero operativo y jamás tuve noticias de ellos», le dijo en una entrevista a CBSN.

«Si no podemos proteger tus datos, no tenemos derecho a servirte», dijo Zuckerberg en su primera declaración posescándalo. Pero su empresa no solo no protegió los datos de sus usuarios, sino que diseñó una API que facilitaba el abuso de esos datos, y después lo tapó con un acuerdo para desarrolladores donde les decía que no vendieran datos, sabiendo que no lo iban a cumplir.

Dice Facebook que, de los ochenta y siete millones de afectados, setenta millones son estadounidenses. Hace tres semanas mandaron una carta a la Comisión Europea diciendo que los datos de 2,7 millones de europeos habían sido «compartidos inapropiadamente». Gran Bretaña tendría más de un millón de perfiles, teóricamente empujados al brexit a base de luz de gas. En España solo cuarenta y cuatro personas hicieron el test, con una onda expansiva de ciento treinta y siete mil.

Más interesante es la actividad en Indonesia y Filipinas, donde afectó a más de 1,2 millones de personas de cada país. Rodrigo Duterte, que ganó las elecciones en Filipinas hace casi un año, niega su relación con la empresa de microtargeting, pese a haber sido fotografiado comiendo con Alexander Nix, CEO de Cambridge Analytica, junto con los principales miembros de su equipo de campaña antes de ganar. «Si hubiera trabajado con esos idiotas habría perdido», declaró recientemente. Pero SCL Group, la casa matriz de Cambridge Analytica, presume de haber ganado numerosas elecciones en el sudeste asiático. Su fundador, Nigel Oakes, declaró una vez a la revista Marketing: «Usamos las mismas técnicas que Aristóteles y Hitler».

El fundador de Facebook ha prometido una auditoría de «todas las aplicaciones que tuvieron acceso a grandes cantidades de información antes de cambiar nuestra plataforma para reducir drásticamente el acceso a los datos en 2014». De momento, la red social ha suspendido a otras dos: CubeYou, por usar test de personalidad como reclamo para recoger datos personales, y la consultora política canadiense AggregateIQ, por trabajar con Cambridge Analytica. Hay cientos de miles de empresas ahí fuera que han usado las mismas tácticas. Facebook sabe quiénes son y qué han hecho, pero nosotros no.


Doble decálogo para una década mutante

Ilustración basada en El mensajero celeste de Gustave Doré.

1. La mentalidad mecanicista que gobierna la cultura contemporánea proclama una perfidia darwinista: toda innovación es una mejora. Comprended lo que hay de doctrina en este silogismo.

2. Aceptad que el problema es la credulidad. Ninguno de vuestros abuelos se puso en manos de un mercader. Examinaban la mercancía antes de comprarla. Vosotros, sin embargo, creéis que la tecnología no puede engañaros.

3. El elogio a la innovación que difunden los expertos coincide con el manual de instrucciones de los fabricantes, la retórica de sus publicistas, el optimismo de los analistas y la ingenuidad de los usuarios.

4. Abandonad el laboratorio conductista al que os lleva vuestra candidez. Dejad de aplicaros las aplicaciones gratuitas, desconfiad. Decidlo en voz alta: ¡queremos pagar en metálico! ¡Ver la cara del vendedor!

5. Las redes sociales han envenenado la percepción de la política, han canalizado la movilización tribal de los ciudadanos, enervado la conciencia de la soledad y excitado la angustia existencial. El simulacro tecnológico lo ha conseguido.

6. Los promotores de los artefactos anunciaron el advenimiento de las redes como canal abierto, gratuito y universal y prometieron la difusión cultural masiva, la circulación de una información contrastada por el interés general, la participación democrática en la gestión de los grandes asuntos públicos, el intercambio horizontal del conocimiento y la integración igualitaria de las masas en el debate político de la civilización.

7. (¡Confesad cuántas veces lo disteis por bueno!)

8. En realidad, las redes sociales son charcas de palabrería psicótica. Han propiciado el hostigamiento de los individuos, envenenando con furia tóxica el debate social.

9. Necesitamos una poderosa excusa para justificar vuestra credulidad: ¡ha pasado todo tan de prisa! Twiter empieza a expandirse en junio de 2006; a mediados de 2007 Facebook se internacionaliza; en junio del mismo año Steve Jobs pone en escena su flamante iPhone. Apenas han pasado diez años. ¿Qué podíais hacer vosotros, pobres consumidores, huérfanos hermanados en la indigencia espiritual?

10. En esta década mutante ha brotado una figura inédita. Ya no es un ciudadano, ni un interlocutor, ni un lector: es un usuario. No un usuario de los que antes usaban las cosas, las cosas de usar y tirar, sino uno de nuevo cuño: el usuario usado por el artefacto que tiene en las manos.

11. Por su conexión biónica al centro neurálgico de los instintos y su poderoso vínculo a la ilusión de los deseos, el artefacto impone una relación hipnótica y neurótica. Es una herramienta con voluntad propia la que se ha puesto al servicio de quién sabe qué postor.

12. El entusiasmo bursátil por el sector digital ¿no os parece digno de asombro? Tanto dinero invertido en un servicio gratuito: ¿acaso será esta la primera revolución caritativa?

13. Los contenidos que vibran en las pantallas son fugaces, inabarcables e inagotables: mientras incitan la atención insomne del usuario, la dispersan; mientras canalizan la inquietud de una multitud bulímica, la derraman. Su oferta incesante os avergüenza. Su gratuidad os fascina.

14. La seductora fantasía del hombre que obtiene lo que desea ha encontrado su perfecta versión virtual. En lugar de frotar la lámpara, pulsa una tecla. Ignorante de la dependencia que le impone su nueva condición, el ciudadano de la década mutante ensalza la ficción de su autonomía mientras se sumerge en la más innovadora de las servidumbres.

15. Conocemos bien las utilidades de la red, ¡cómo olvidarlas! ¡Hasta los médicos las festejan! Lo que ahora importa es el juicio crítico de sus dominios. Nos urge conocer las patologías que se incuban en el usuario, saber a dónde le llevará la obsesión última de su mente viciosa y cuándo estallará la fragmentación psicótica de su pensamiento.

16. Por el momento ya sabemos que las redes son el canal de la epidemia emocional del odio, el cauce de la difamación, el virus que corroe la integridad, la furia que libera la frustración, el instinto inquisitorial de la muchedumbre, el linchamiento de los disidentes, rivales o adversarios de cualquier causa, el desprestigio orquestado de hombres, ideas e instituciones.

17. Quien no comulgue con sus creencias arderá en la hoguera digital.

18. Las redes os ofrecen la ilusión de una audiencia masiva, seguidores que aplauden vuestro ingenio, máscaras que comparten vuestras fobias, que celebran ultrajar a vuestros adversarios y aplaudir a vuestros ídolos. Esta es la multitud que os vigila.

19. Se os ofrecen las poderosas ficciones de la tecnología a cambio de vuestra privacidad, las secretas afinidades, la vida íntima de los deseos latentes. Lo que rastrea y devora el radar tecnológico. Es la nueva versión del derecho de pernada: perteneceréis al Reino mientras el Robot pueda yacer con vuestra alma.

20. Entendedlo de una vez: las redes solo os sirven para calmar vuestra adicción a las redes.


Autocracia positiva: siga consejos de autoayuda de Vladimir Putin

Jot Down para Editorial Debate

Los analistas de lo que ha denominado Angela Merkel recientemente como «tiempos tempestuosos» advirtieron de que los herederos de los estados comunistas, conscientes de que no podían ganar las guerras, sí que podían ganar las mentes. De esa filosofía surgió un desarrollo de la desinformación sin precedentes en su magnitud. En pocos años el mundo podría cambiar para siempre con estas tácticas, y si eso ocurre hay un hombre que seguro que sonríe y pronuncia alguna frase de Hannibal Smith; ese hombre es Vladimir Putin.

Cuando recogió la Rusia hecha pedazos que le legó Boris Yeltsin, Putin era un hazmerreír. Un individuo anodino, sin carisma ninguno, con un apellido que en castellano se prestaba a simpáticos juegos de palabras. Pero con mano de hierro estabilizó su país, que llevaba diez años de sobresaltos económicos, e instituyó un liderazgo incuestionable que cumple este año dos décadas. Un periodo en el que ha recibido la paradójicamente gloriosa acusación de haber colocado en el poder al actual presidente de los Estados Unidos. Y todo gracias a un arma tan letal y mortífera como el Facebook.  

A la vista de que en los próximos veinte años quizá acabemos con un retrato del susodicho en el salón para no levantar sospechas, por lo que solo queda rendirse ante la evidencia de que nos encontramos ante el maestro de maestros. Eso es al menos lo que ha debido de pensar el escritor Rob Sears antes de publicar Técnicas de coaching de Vladimir Putin (Debate, 2019), un divertido análisis pormenorizado de los rasgos de la personalidad y los hitos de la biografía del presidente ruso de los que extraer sabios consejos para el día a día. Un trabajo no exento de valor, porque satirizar al hombre más temido del mundo requiere cierto aplomo.

La obra comienza señalando su propio peligro. Si todo el mundo sigue página por página los consejos de este manual de autoayuda para el autócrata de hoy, todo el mundo conspirará para ejercer su dominio contra todo el mundo. Sin embargo, eso mismo es lo que ocurre todos los días en las redes sociales. Por lo que cobra especial sentido el valor que le da el autor a su libro: sirve para que no se aprovechen de ti.

En ese aspecto, las vivencias de Putin resultan muy instructivas. Por ejemplo, Sears señala unas palabras de Luidmila Putina, la exesposa del presidente, sobre el carácter del que fuera su marido: «Vladimir Vladimirovich me ha puesto a prueba toda la vida. Siempre he tenido la sensación de que me observaba. Era como si estuviese esperando a ver si tomaba la decisión correcta, si superaría el siguiente test». Nadie dijo que el hombre quisiera resultar simpático.

Los consejos llegan después de cada perla biográfica bajo el epígrafe «Sé más Vlad», ahí se apela a que sepas localizar e identificar tu pequeño Putin interno y logres sacarlo al exterior. Puedes aprender del Putin generoso, el que le regala una cama con dosel a Berlusconi que luego resulta que es en la que tiene encuentros con la prostituta Patricia D’Addario; puedes fijarte en el Putin precavido, el que a través del SORM (System for Operartive Investigative Activies) puede rastrear todas las llamadas teléfonicas, emails, navegación web, transacciones de tarjeta de crédito, mensajes en chats y foros de sus ciudadanos; o el Putin romántico, ese que se casó en los ochenta porque los agentes que permanecían solteros eran puestos inmediatamente bajo sospecha y no podían, entre otras cosas, ascender.

Al lado de cada uno de esos epígrafes Sears muestra su faceta de humorista más descarnada y acompaña cada consejo de un chiste gráfico. Una ilustración en la que explica cómo sería llevar a cabo las enseñanzas de coaching de Putin en la vida real. Putinismo aplicado a la vida en pareja, la oficina, hasta en los transportes públicos se pueden hacer uso de sus enseñanzas.

El consejo más repetido es el de la perseverancia. Aguarda tu momento oportuno, reza una recomendación. Putin se pasó años, la mayor parte de su carrera como oficial subalterno del KGB, recopilando recortes de prensa en Dresde (Alemania Oriental), muy lejos de la verdadera acción de los superespías de la Guerra Fría. Sin embargo, desde ahí, consiguió llegar a lo más alto.

«Si la pelea es inevitable, hay que ser el primero en golpear». Son declaraciones del propio presidente ruso. Así se abrió paso desde las oficinas del gris burócrata hasta una de las salas de máquinas de la geoestrategia mundial. Pero no todo es fuerza. También hubo colaboración. Saber gestionar equipos. En su día trascendió que su amigo Vladimir Litvinenko le redactó la tesis doctoral que Putin presentó con cuarenta y cuatro años en la Universidad Minera de San Petersburgo.

Para hacerse respetar en la distancia corta Putin no ha dado una voz más alta que otra. Recurrió, revela Sears, al viejo truco de las estrellas del rock de estadio, que no es otro que aparecer dos horas tarde. Lo hizo a pequeña escala, su mujer Liudmila recordaba cómo lloraba cuando la hacía esperar en sus primeras citas y utilizó el mismo criterio años más tarde en el Vaticano. Apareció una hora tarde a su encuentro con el papa.

Con Merkel fue más refinado. En un ejemplo de saber emplear bien la información personal que toda persona derrama hoy en día en el ciberespacio se presentó ante ella con un perro labrador, precisamente la raza que atemorizaba a la canciller desde que era niña. Y a Obama supo robarle el protagonismo recurriendo a lo inesperado. Cuando el líder americano pronunció un importante discurso en su visita a Moscú en 2009 después de ser elegido presidente, Putin se llevó todo el share saliendo por televisión al mismo tiempo a lomos de una Harley Davidson rodeado del peligroso clan de moteros los Lobos Nocturnos.

Por si quedan dudas, la verdadera razón de ser de este manual está en el capítulo «Tú elevado a la potencia de Putin». En el cuarto consejo, «confíale tus finanzas a un músico» se habla de Serguéi Roldugin, un violoncelista y uno de sus amigos más antiguos. Los papeles de Panamá pusieron de manifiesto que controlaba un grupo de empresas del que se sospecha que sirve para ocultar la fortuna del presidente. Es ahí donde podemos cuantificar el éxito del personaje y el valor de esta guía de autoayuda. Según Business Insider, la fortuna de Putin podría ascender a 200.000 millones de dólares.


Niñatos de élite esperan con sus millones el fin del mundo

CC0

«Yo nunca he estado en América, pero he visto esas películas, y esas series, como vosotros». Es un frase de Goyo Jiménez en uno de sus monólogos, a la que sigue esta otra de «tú eres el líder, Mike, debes decidir». Con ellas el humorista resume a la perfección a ese protagonista made in USA que salva a su pueblo, nación o planeta del apocalipsis, y el modo en cómo se ha hecho reconocible para nosotros. Lleva medio siglo apareciendo en guiones y narrativa, desde que la Guerra Fría extendió la idea de que podíamos irnos al garete de un día para otro. Ahora que los miedos son otros la élite de empresarios tecnológicos de aquel país ha rescatado las ideas de la ficción para creer a pies juntillas que el mundo está a punto de acabar. Van a ser Mike, y van a ser el líder. Pero esta vez, como en la mejor distopía, no para salvarnos a todos nosotros, sino solo a ellos mismos.

No es un chiste, ni una película. Los creadores de Facebook, eBay, Tesla, y Space X, entre otras, y los altos ejecutivos de la mayoría de empresas tecnológicas creen que un final trágico de la humanidad ocurrirá antes de una década. El cambio climático, la desigualdad económica y nuestra dependencia cada vez mayor de las tecnologías que ellos han desarrollado traerán muy pronto guerras nucleares, desabastecimiento de alimentos, revueltas civiles y apagones energéticos generalizados. Previéndolo han diseñado planes para salvarse, que conocimos inicialmente gracias a la indiscreción de Sam Altman. Este magnate no solo explicó el suyo, indicó también que otros como él estaban preparándose.

Altman es el responsable de que nuestros teléfonos móviles compartan su geolocalización con las apps. Eso le hizo billonario, y luego ha seguido sumando fortuna como CEO de Y Combinator, vivero de empresas con casos de éxito notorios como Airbnb. Pero por encima de eso es el tipo que tiene la moto y la bolsa de supervivencia para cruzar un San Francisco asolado por el apocalipsis. Su plan es esquivar sobre dos ruedas y a lo Mad Max los miles de vehículos que colapsarán las carreteras huyendo del caos. Tiene las armas preparadas en su mochila de emergencia, junto a baterías de repuesto para su móvil y ordenador, algo de agua, y una máscara antigás. A toda pastilla, y a tiro limpio si hace falta, ese día final se reunirá en un aeródromo secreto con Peter Thiel, otro de los millonarios apocalípticos, fundador de eBay, y con unos cuantos más de un grupo cuyos nombres no han trascendido. Un jet privado les conducirá a todos hasta sus búnkeres secretos, que ya tienen construidos y equipados en fincas de Nueva Zelanda.

No ha sido una elección al azar. La nación del Pacífico puede alcanzarse en pocas horas de vuelo desde la costa oeste de Estados Unidos. No tiene valor geoestratégico, ni materias primas importantes en su territorio. Por tanto suponen que nadie intentará conquistarla si se produce una Tercera Guerra Mundial. Confían en que tenga un papel tan neutral como tuvo Suiza en la Segunda. Pero es que además sucesivos gobiernos neozelandeses han desarrollado programas para atraer a inversores que incluyen permisos de residencia. Peter Thiel obtuvo la nacionalidad tras pasar catorce días allí, y desembolsar alrededor de 13,5 millones de dólares. Gran parte de esta cantidad fue destinada a la compra de un rancho de algo menos de 200 hectáreas, que incluye una mansión en su superficie. Y que ahora tiene además un lujoso búnker subterráneo, mandado construir por él mismo en algún lugar de ese inmenso terreno.

Gary Lynh, uno de los principales fabricantes de estas viviendas para el fin del mundo, asegura que otros seis grandes empresarios de Silicon Valley han seguido su ejemplo. Le han elegido a él, asegura, porque construye sus búnkeres con estructura de acero, y ofrece al cliente la posibilidad de fabricárselos como una mansión de lujo. El que supuestamente eligió Thiel incluía, además de un amplio espacio residencial, un cine, gimnasio, piscina, jacuzzi e invernadero. Figura en su catálogo a la venta por ocho millones de dólares, más extras de personalización. Por ese precio te la dejan preparada, amueblada y sepultada bajo tierra, con una entrada secreta y no visible para merodeadores. Y con suficientes reservas de comida, semillas, antibióticos, medicinas y agua potable como para no depender del exterior en largo tiempo.

Thiel, considerado pionero y ejemplo a seguir por la élite apocalíptica, desató la fiebre por esta opción hasta hacerla morir de éxito. El pasado mes de agosto fueron transportados los dos últimos refugios a Nueva Zelanda, antes que el gobierno de ese país vetara nuevas ventas a extranjeros y limitase el programa de visados. Contagiados por el ejemplo de los CEO de Silicon Valley, otros millonarios estadounidenses y chinos han ido adquiriendo propiedades en el país de forma masiva hasta crear un problema de gran envergadura. Hoy las ciudades neozelandesas tienen el precio por metro cuadrado más caro del mundo, impidiendo al acceso a la vivienda de quienes tratan de trabajar y desarrollar su vida allí.

Cabe pensar que esta limitación a comprar su refugio haya irritado a estos billonarios, porque nada les molesta más que someterse a los límites que imponen los gobiernos y sus leyes. En su ánimo de salvarse no hay solo una visión pesimista sobre el presente, sino un deseo de ser los dueños únicos de un nuevo mundo, donde ellos impongan las reglas. El think thank Seasteding anuncia esta visión sin complejos. Aspira a construir nuevas islas en aguas internacionales para que sirvan como naciones donde su población viva con total libertad. Que ellos interpretan como un anarquismo capitalista, donde no se pongan límites a la iniciativa empresarial con tonterías como los derechos laborales, y se paguen cero impuestos. Sus principios son lo más parecido a la Utopía de Tomás Moro desprovista de filosofía y humanismo por un puñado de ególatras. Desde sus islas nación prometen reconstruir el mundo, y quedar a salvo de los que identifican como tres grandes males contemporáneos: la subida del nivel del mar, la superpoblación, y el escaso nivel intelectual de la clase política. Peter Thiel, que les apoya decididamente, debió sugerirles este último punto después de ejercer como asesor de Donald Trump.

Pero no todo consiste en buscar paraísos a los que escapar, también buscan el secreto de la eterna juventud. Apostando fuerte por empresas como Ambrosia Plasma, que promete rejuvenecer tu organismo mediante transfusiones regulares de dos litros de sangre obtenida de jóvenes menores de veinticinco años. Este proceso se comprobó que sucedía en un experimento de 1956, y es denominado parabiosis. A sesenta y nueve parejas de ratones se las unió por el flanco, haciéndolas compartir el sistema circulatorio. El resultado fue que los más jóvenes transmitieron su juventud a los más mayores. Pero esta aparente evidencia científica no lo es, dado que la investigación no ha vuelto a replicarse; no se sabe si funcionaría en humanos, y tampoco hay una ambición científica o investigadora al respecto en Ambrosia Plasma. Su único objetivo es rejuvenecer a personas maduras a ocho mil dólares la transfusión y no hay evidencia de que lo hayan conseguido. Sí han ampliad en cambio el mercado de jóvenes que venden su sangre en Estados Unidos. Allí es legal hacerlo para abastecer las transfusiones de clínicas y hospitales, y numerosas campañas de publicidad se dirigen ya a universitarios prometiéndoles que pagarán con su sangre el coste de los libros de sus asignaturas.

Algunos empresarios han visto la oportunidad en este mercado de millonarios monomaníacos. Es el caso de Kees Mulder, que no tiene reparo en admitir que no cree ni mucho ni poco en el apocalipsis. Sin embargo tiene una fe ciega en que si sus potenciales clientes pueden gastar cien mil dólares en un reloj y medio millón en un coche comprarán sus productos dirigidos al segmento del lujo. Su empresa SpaceLife Origin ha empezado por ofrecer la Mission Ark, con fecha de lanzamiento prevista en 2019. Una esfera que orbitará en torno a la Tierra, preparada para evitar la radiación espacial, el calor de la fricción en su reentrada a la atmósfera, y el impacto de su caída a tierra. Dentro los millonarios podrán albergar sus embriones congelados, que quedarán a salvo de las catástrofes planetarias y podrán ser recuperados para iniciar una nueva humanidad, más selecta. Todo ello por unos asequibles treinta mil dólares, una app para seguir la posición de la bola desde el móvil en todo momento, y la promesa de que esta empresa hará nacer el primer bebé en el espacio en 2024. Es un claro guiño a Elon Musk, que nos anima a conquistar Marte ahora que la Tierra no tiene solución ni remedio, según él.

En inglés ya han inventado un término para definir a este colectivo de apocalípticos, los «preppers». Cuando se profundiza en su mentalidad, enseguida advertimos que sus ideas se las han inspirado el cine y la televisión, no un análisis racional de las posibilidades de que acabemos caóticamente. Yishan Wong, CEO de Reddit, aseguró haber corregido su miopía con láser para no tener que depender de las gafas en el fin del mundo. Sacó la idea de un episodio de la serie televisiva de ciencia ficción The Twilight Zone, emitido en 1959 con el título «Time Enough at Last». Tiempo suficiente, por fin, es lo que tenía su protagonista, único superviviente a un holocausto nuclear, y hasta ese momento oficinista de banca agobiado por su trabajo. Ya estaba a punto de pegarse un tiro, haciéndosele insoportable la ausencia de otros humanos, cuando hallaba la biblioteca municipal sana y salva. Por fin podrá dedicarse hasta la muerte a su verdadera vocación, la lectura. En ese momento sus gafas, por un descuido, caen al suelo, y le dejan en el más borroso de los mundos.

Otro caso similar es el de Antonio García Martínez, ex product manager de Facebook y autor del bestseller Chaos Monkeys: Obscene Fortune and Random Failure in Silicon Valley. Una crítica mordaz a la industria tecnológica que describe dominada por hombres solteros, blandos, débiles, estúpidos y «full of shit», llenos de mierda. A Zuckerberg lo compara con Napoleón, y a las condiciones laborales de su empresa con los regímenes cubano y de Corea del Norte. Esas reflexiones no le impidieron correr a construirse un búnker en su rancho al conocer la victoria de Donald Trump. Con un presidente así, pensó, el fin del mundo era ya una certeza. Acordó también la contratación de una milicia que protegerá su refugio en esos días letales posteriores al colapso.

Hay que señalar que en Silicon Valley se demandan cada vez más a asesores que no planteen soluciones a los problemas globales, sino a cómo desempeñarse en ese escenario final. Una de las mayores preocupaciones es cómo dominar a esa guardia pretoriana contratada para protegerles que, en el apocalipsis, llegará a la lógica conclusión que lo mejor es matar al millonario y quedarse con el refugio y los bienes.

A los que no somos millonarios del 1% solo nos queda como consuelo el verdadero punto débil del razonamiento prepper. En un escenario donde desapareciera nuestra tecnología y nuestra capacidad para generar energía, dos de las claves de nuestro mundo presente, tendríamos que enfrentarnos a la naturaleza para conseguir el sustento. Y siempre estarían mejor preparadas para eso tribus como la de la isla de Sentinel, que lleva setenta y cinco mil años sin tener contacto con otros humanos, o las no contactadas del Amazonas que un millonario en un búnker. Si ese 1% de privilegiados cree en un futuro apocalíptico es porque viven tan alejados de la realidad cotidiana que han olvidado en qué se basa la humanidad. Siempre en colectivos, y rara vez en individuos. Desaparecen culturas, naciones e imperios, pero no los humanos. Colectivamente, y sin considerar el padecimiento que ha entrañado, hemos vuelto a revivir después de guerras espantosas y epidemias devastadoras. Los individuos han muerto, la sociedad ha continuado. La idea contraria parte de unos niñatos hartos de dinero y éxito, que ya solo ven la realidad a través de los ojos de la ficción.


Compost para el Facebook

San Francisco, 1945. Fotografía: Getty.

Los que habían sobrevivido se comportaban como si vivieran con tiempo prestado, y no sentían que habían sobrevivido por alguna razón válida.

Richard Sennett, La corrosión del carácter.

Habla solo, parado en la esquina. También gesticula. No pasa aunque el semáforo está en verde. Se ha convertido en esa persona que veía cuando adolescente parada en la esquina, la que hablaba sola, sin ninguna prisa por cruzar, encerrada en alguna burbuja obsesiva que lo ralentizaba todo, que convertía el tiempo en algo que pesaba como una nube suicida, llamada a implosionar en aguacero.

Dos pasos hacia atrás. Despierta.

Un taxi acaba de levantar un charco y volcarlo convertido en millones de alfileres contra él que, cargado de manía persecutoria y rencor, cree que le están haciendo lo mismo que haría él si supiera ponerse al volante de algo.

Ya están aquí. Las gotas de lluvia le caen desde el toldo de un café y sobre el hombro izquierdo. Apenas cuatro o cinco. Duran poco. Lo que tarda el reflejo en sacárselas de encima. El movimiento —puro espasmo— hace que pasen de refilón junto a su cabeza. La protege porque cuando se le moja el pelo se le agudizan las entradas. La edad golpea. Gafas empañadas que resbalan hasta la punta de la nariz, torcidas. Sobacos sudados. Son las ocho de la mañana y ya lleva lamparón en la camisa. Frunce el ceño. Pelea contra una frase que trata de colonizarle el estado de ánimo. «Triste es como me siento». Se le cruza, la empuja de un codazo. Hace meses, años, que le persigue.

Perdón, dice la vieja que casi le mete la varilla del paraguas por el ojo. En esta ciudad, los paraguas se vuelven marrones al secarse tras la lluvia. Cubiertos por el mismo polvillo que se cuela en los pulmones, que escuece en la garganta al cruzar Reforma o Florencia, o Insurgentes o el circuito en dirección a Polanco.

Responde al paraguas con esbozo de sonrisa. Le gustaría tirarla al suelo. Pero sonríe, educado. Esa vieja, ese encuentro, el único espacio de violencia soterrada que se permite, domesticado por la educación, es su derrota, en un mundo con menos pudores que los suyos, donde comienza cada partida, por no querer usar el silencio y las sonrisas falsas, con varios puntos de cercanía al fracaso. Sigue caminando con el brazo derecho levantado, en tensión, paralelo al cuerpo, el puño junto a la cara, bien pegado a la pared, con ganas, ganas que nadie más que él siente, porque sabe que no lo hará, de empujar a la siguiente. Siempre son mujeres de edad, de las que tratan de pegarse a la pared pese a ir bien cubiertas por el paraguas quitándole el espacio a los que no tienen nada para cubrirse. La vida misma. Siempre hay un momento en el día en el que te abandonas sobre el débil. Aquí el catálogo de posibilidades es amplio.

Sigue caminando. Fuma compulsivamente, tres, cuatro, cinco, antes de entrar en el cubículo. A veces se mete dos tiros de Ventolin entre uno y otro. Sabe que eso le va a matar. Una gota, grande, apaga el cigarro casi a la altura del filtro. Piensa en ellas, en dejarlas solas demasiado pronto. Le dura poco la mala conciencia. Tercer café, malo, de plástico, con dos de azúcar. Para tener excusa y fumarse otro haciendo tiempo en la puerta.

Trata de retrasar lo inevitable. Que no quiere estar ahí sentado. Que hace meses que no quiere ir a trabajar. Hace meses que no quiere ir a trabajar. Que le deprime sentarse en esa mesa. Que le deprime saberse inútil. Que antes le agarraron, le exprimieron, se bebieron el jugo y le tiraron a la basura. Que ni fue tan bueno antes ni es tan malo ahora. Que se acabó igual de rápido que comenzó, despegó, voló a toda velocidad y se estrelló. A la basura. Que se acabó.

***

Siempre llega pronto. Como si ser puntual o inventarle brío al comienzo mejorara la situación. Como si de actitud se tratara. Cuando camina hacia el hoyo en el que se ahoga va pensando que ese día va a ser diferente. Sabe que tiene que serlo. Por su bien. Se engaña y se dice que una sonrisa, que una conversación fútil, que simular que uno está allí para trabajar, recibir un sueldo y esperar que todo pase rápido, podría terminar con la apatía. Normalidad estadística, que no ética. Sabe que si deja de esperar que las cosas mejoren será más feliz. También que eso es algo que ya no va a pasar. Sabe que una vez más terminará proponiendo algo que le parezca lógico y útil para sí mismo y la empresa, batallando, intentándolo. Que perderá. Que terminará protestando por algo. Llevándolo a la espalda en fumadas de esquina, regodeo de nuevo en lo mal que va todo, en que nadie sabe dónde va a acabar esto, en el miedo de saber que ahí fuera quizás no haya nada, en la cobardía, en la parálisis que carcome el carácter, en olerse mal hasta a uno mismo. En apagar la colilla y regresar a la cara de cera que nadie se cree.

Cada vez piensa menos veces en que es culpa suya. En que sea culpa de nadie. Del tiempo quizás, de estar aquí ahora y no hace diez años. De la sonrisa. Del bienqueda, de la política. De su ausencia. Solo de eso. De la época. No hay culpas, solo casualidades. En otro momento había espacio para el esfuerzo. Ahora es la sonrisa, la apariencia y mucho de aleatorio en el reparto de la suerte. No se lleva el dolor. Saberlo nunca ha servido para quitarse nada de encima.

Han triunfado. No hay reglas. La partida dura siempre, todo el tiempo, y comienza de nuevo cada poco. Se ha impuesto el «las cosas son así». Desprovistas de toda lógica. Intocables. Inmutables. Como si fueran el tictac o el ruido de las hojas del calendario los que toman las decisiones y no personas tan egoístas como él, egoístas como todos, solo que con más poder —política— acumulado. El resumen de todo esto. La política de la supervivencia en el juego de las sillas. Desaparecida, negada la posibilidad de conflicto, con la sonrisa como moneda de intercambio en ese mercado. Gente con ganas de recibir sonrisas. Como todos. Pero que además saben cultivarlas.

Eso sí, diversidad. Muchísima. Para elegir todo aquello que no implica confrontación. Las sillas. Cerveza. Terrazas. Todo muy casual. Género, origen, color, tatuajes, los que quieras. Conflicto y confrontación, al ámbito de lo estético. Transgresión de un duro que estremece.

La realidad, en el pasillo que lleva al ascensor, lleno. Al abrirse las puertas, los hombres se organizan en abanico para que las mujeres pasen primero. No lo entiende. No le gusta, trata de pasar, le detienen con suavidad, le miran mal. Las mujeres aceptan caminar primero, indiferentes. Pero lo hacen. Se dejan el mirar el culo —saben que les miran el culo— por hombres que se guiñan cómplices por detrás, sintiéndose además caballeros, educados. La vida misma.

Se dice, cállate, cállate, esta vez no digas nada, cállate, entra, sonríe, pregunta como si te importara, escucha como si te importara, sonríe, pregunta, escucha. Genera empatía. Primer piso, segundo piso, tercer piso. Lo cuenta arriba, al cruzar la puerta. Lo del ascensor. Le miran, se ríen. Esa risa que no significa nada. Ni acuerdo ni desacuerdo. Esa risa de oficina.

Sigue la cadena de inacciones para lo que queda de día. Recibir y enviar e-mails constantes de felicitación a la superioridad y el equipo tan falsos como obligados. Los únicos a responder. La nueva ciencia del mundo de la empresa. Como si quedara alguien que no supiera que esos e-mails los ponen en los libros, los repiten en las charlas, los han vendido como un gran factor motivacional aunque nadie los lea ya con ningún interés más allá de responder con copia a todo el mundo con algún signo de admiración para ser constructivo y reforzar un equipo que nunca existió.

El ascenso fue así: Tres años sin permiso de trabajo, mojado. Saliendo del país cada tres meses, peleando, pasaporte europeo en mano, con oficiales de aduanas y embarques de Avianca. Mintiendo. El blanco puede hacerlo. Para seguir violando la ley mientras escribe, mientras le premian por hacer de controlador para que los demás la cumplan. Hipocresía normalizada. ¿Seguro médico? No, eso es del mundo viejo. Calla. No hay seguro médico. Los contratos, cuando llegan, del tercer mundo. Hasta entre los blancos —no significa nada— hay castas. Castas. Estamentos. Antiguo Régimen. Contrato local, lo llaman. Los españoles, hoy, somos muy de contrato local. Se llevan a precio barato formación nivel estado de bienestar agradecida por tener una segunda oportunidad. Ejército de reserva bien surtido. No se ve el final de la cola. Que pase el siguiente.

Je.

***

Intenta sonar agradable. Sabe que no lo es. Los pies le tiemblan. La espalda, encorvada pero en tensión. Se sienta mal, con la pierna cruzada por debajo del culo. Siempre termina doliéndole todo. Aunque trata de evitarlo, chasquea la lengua cada tanto. Resopla. Siente presión en la sien. Corrosión. Batalla por concentrarse en algo que no le aporta lo más mínimo. Pelea contra las pantallas abiertas. Siente que cada una le quita algo de vida. Las usa como vía de escape. Trata de no levantar la mirada para no cruzarse con la de otro y regalarle el odio que siente, la sensación de injusticia, lo ridículo del cuartucho sin teléfono. Lo ridículo de las redacciones del siglo xxi más caras de lo que valen, de nombre cool y pura pretensión destinada a Instagram. La de la medición, en tiempo real de los resultados. En su novela El círculo, Dave Eggers no se ha inventado nada. Es cualquier cosa menos distópica. Es descriptiva. Esas reglas que los supervivientes defenderán sumisos hasta más allá de la razón como lógica delante del poder y criticarán por detrás. Saben que es la cicuta autoingerida. Defenderlo solo retrasará el momento en que atravesará la glotis. El miedo. Cuánto reduce y humilla el miedo.

La meritocracia no es más que un jarrón de porcelana que hay que tener en la entrada para mostrarlo. Se ha convertido en eso. Solidificado. Cocido hasta ladrillo. Apartamento burgués de principios de siglo pasado. Zona social, un par de cuartos que las visitas pueden ver. El jarrón grande y recargado que repartir como tarjeta de visita, o el reloj de mesa contrachapado en algo que parezca valioso. Se sabe así. Le han arrastrado por pasillos cuando convino, bajo palio, disfrazado de mentira. Dama de compañía de quien sabe circular cubículos. Ornato de plástico. Del de tirar a la basura cuando se vaya el último invitado. Quedaban seis meses para acabar el año, ponte a trabajar en un paquete de Pulitzer —a nadie le amarga un dulce, esto se diseña y planifica—, trabajo a destajo. Medios, tiempo, espacio, cuidado, cariño. No se pudo, pues inversión amortizada. Pasamos a otra cosa. Puedes pasar al montón de gente para reciclar. Y no protestes.

Cambio de empresa: Tres mezcales. Acuerdo verbal. Estamos aquí para aprender. Somos una start up, vamos a ir mejorando, nuestro enfoque es modesto y humilde, le dicen. Hubo que confiar.

Ascot, 1973. Fotografía: Eamonn McCabe / Getty.

Lo único humilde eran los costes. Porque de palabra, venden el mejor producto del mundo. Una marca, un nombre, una apisonadora de la que no saben cuánto más tiempo podrán extraer ese jugo descompuesto que ya no aporta más que el abono, puro compost, para que crezca rápido el analytics, la cicuta, el futuro. Estamos aquí para ir aprendiendo de manera gradual. Juntos. En equipo. Tanto por delante. Tanto crecimiento. Tantos planes. Tantas palabras grandilocuentes. De manual de autoayuda. Letanía, en voz alta. Con palabras clave enfatizadas para que nadie se duerma cuando la mera repetición del mantra deja de surtir efecto, que es pronto.

Para aprender, iría a la universidad. Para aprender, buscaría maestros. Gente que supiera mucho más, piensa. Pero esa gente no va a perder tiempo aquí. Es cara, podría frustrarse por no hacer nada. Como él. O tiene dignidad. La que él perdió. Simulacro y simulación.

Todo es mentira. A Cuenca habría que irse.

No.

Siéntate y calla. Solo te queríamos ahí sentado. No queríamos que hicieras nada más. Somos un equipo, estamos aquí para aprender juntos. Aunque de ti no haya nada que aprender. Aunque todos pasen por encima de ti. Si te contratamos para un puesto que no existía, y eres tan insolente como para protestar, solo podemos pedirte perdón. Y si no te gusta, siempre puedes irte. Solo te hemos engañado. Ni eso. Porque para engañar hay que ser consciente de la diferencia entre mentira y realidad, además de incompetente para ser capaz de asumir delirios como parte de la realidad. Que no falte. Un toque moderno, de ahora, un gordito saltarín que no se quita el sombrero ni bajo techo, de profunda que es su mala —ausente total— educación, formal e informal, cómodo tan solo en el titubeo entre corifeos. Sin más. Estás aquí para aprender. No para hacer lo que sabes. A sonreír y a esperar que a alguien le convenga tocarte con una varita mágica que vender como promoción. Cuando convenga. Cuando les convenga a otros. Cuando la promoción sea la de otro.

No seas víctima. Eres un resentido. Ganas mucho. Todo el mundo quisiera estar donde tú. Mira lo que has conseguido. Ahí fuera hay hostias para sentarse a simular aquí. Dentro también. Simular. Etiquetas. Sonríe, calla, miente. Entra al juego de las sillas. Para la música, corre.

Vomita de nuevo sus quejas, su escozor, la espalda encorvada. El gesto tosco.

Pone la directa. Se aísla. Traduce algo de hace dos semanas para que salga dentro de varias más, edita algo que hace dos días sacaron todos los demás, se convierte así, reciclando —separando orgánico de inorgánico justo cuando empieza a oler, no antes—, en parte fundamental de la vida de un lector tragamierda. Cuenta las horas que le quedan para irse sin hacer nada que vaya a permanecer, que sirva para nada, sin pensar. Sin esperar. Una y otra vez. Un día más.

Y hoy editará una traducción —mala pero cara— de un texto escrito en una mesa de Mordor sobre la libido del oso panda en China. Que traerá clics en Facebook. Que se compartirá y comentará. Que conectará con la audiencia. Que, en los informes del editor y ante los accionistas, dicen, es importante para la vida de la gente. Que no engaña a nadie. Que pagará su sueldo de oficinista.

El síndrome identificado. El delirio, malsano, del reportero pegado a una mesa alimentando Facebook de una manera tan cruel que si Sísifo lo hubiera conocido habría dicho: «Traedme la puta piedra de vuelta ya».

***

Esa piedra llegó, cayó en Nueva York, hizo sangre. Un enero frío, pero sin nieve. Durante una cena con ostras y cerveza mexicana en un pequeño restaurante del Village. Pagamos la cuenta a medias. Salió inmensamente más barata que una sesión real de análisis a precio de mercado. Frank Ochberg es uno de los mayores expertos mundiales en el estudio del trauma. Del estrés postraumático. Hoy defiende un cambio sustancial en la disciplina: que se hable más de «herida moral» (moral injury) que de una enfermedad, una condición médica (postraumatic stress disorder).

Antes de hablar de medicina a Ochberg le gusta contextualizar su formación académica, política, personal. El origen de su relación con las heridas que provoca la violencia. Estudió Medicina en Harvard a finales de la década de los sesenta y se especializó en Psiquiatría en Stanford. Eso, mientras morían asesinados John y Robert Kennedy y Martin Luther King. Aquella época. De principios.

Liberal —se define—, comenzó a reflexionar sobre el trauma y sus consecuencias, sobre la salud de los pacientes, con preguntas que giraban en torno a estos magnicidios. También, como le gusta explicar, a través de sus sesiones con un paciente, judío ortodoxo, superviviente del Holocausto, que se preguntaba una y otra vez dónde estaba Dios cuando más lo habían necesitado. La ausencia de respuesta a los porqués del horror, la violencia o la injusticia puede, a fin de cuentas, atormentar más que el dolor en sí cuando es entendido tan solo como daño físico.

Al comienzo de cualquier conversación, Ochberg deja claro que no fue casualidad que poco después de terminar sus estudios comenzara a trabajar con un grupo de psiquiatras que sistematizaron cómo los soldados que regresaban de Vietnam y habían pasado por las mismas experiencias tenían reacciones en común en su vida diaria. «Pensaban en ello cuando no querían pensar en ello», explica. «La memoria les obligaba a repetir la misma imagen una y otra vez, y cuando pasaba de ser una idea a esa experiencia intensa, profunda, no deseada, física, que salía al exterior, que sangraba, que afectaba a su comportamiento, buscaban ayuda». Así comenzó el estudio de la disciplina. Cuando existía el colectivo. Cuando el común significaba algo en el trabajo, en la vida.

Ochberg suele perder tiempo, todo el que haga falta, haciendo hincapié en uno de los aspectos que cree menos comprendidos en todo lo relacionado con el estrés postraumático. En algo que, pese a evidencias que nadie cuestiona en la comunidad científica, conlleva aún el estigma social: que el estrés postraumático afecta a la función cerebral. Ciertos estímulos llegan a provocar que la amígdala, el interruptor que procesa la respuesta cerebral, deje de hacer su trabajo correctamente y ese estímulo tenga una consecuencia física, una marca. Es decir, que a medio plazo hay diferencias físicas entre el cerebro de quien lo sufre y el de quien no lo sufre.

Y esto tiene que ver con el fin de una idea incorrecta. Es hora de dejar de pensar que algunas personas que han estado en peligro, en alguno de los muchos tipos de peligro que pueden crear trauma, tienen caracteres más o menos ansiosos, nerviosos, inadaptados, resistentes o pesimistas de inicio, no. No los tienen.

Va mucho más allá.

Han sido físicamente heridos y eso les ha afectado. Llega un momento en que se tiene miedo en situaciones en las que no debería tenerse miedo. Porque ver muertos, muchos muertos, oír disparos, muchos disparos, o pasar miedo, demasiado miedo, al detenerse ante un semáforo, creer en algo y ser traicionado, debilita el filtro que teóricamente debe asumir esa experiencia para ponerla en su lugar. Lo hace hasta que ese filtro se deshace, hasta que la respuesta deja de funcionar bien, incluso desaparece. Y se siguen sintiendo los muertos y los tiros y se sigue teniendo el miedo cuando ya no hay muertos ni tiros y eso debilita. Mucho. La memoria se convierte en algo autónomo, independiente de la voluntad, y es necesario tratarla para volver a tener control sobre ella, para limitar el impacto, desbocado, dañino, feo, del pasado en el presente.

Es algo digno de entender sin sentimiento de culpa, ni de fracaso. Tan habituales ambos. Sin señalamientos. Sin dedo acusador, ni victorias o derrotas. La diferencia entre una forma de reaccionar a ciertos estímulos y otra es biológica. Tiene que ver con las situaciones vividas y la resistencia neurológica de quien se ve expuesto a las situaciones. Punto.

Y esto no solo afecta a los soldados. Afecta a los civiles que viven la guerra, a las mujeres que han sufrido abusos, a los niños golpeados, a los trabajadores que intervienen en accidentes de tráfico, a los bomberos. Por supuesto, a algunos periodistas. Solo a algunos. A los que han vivido eso y no han sabido o no han podido sacárselo de encima porque no tenían cómo o porque trataron de hacerlo en la dirección equivocada.

Para ayudarles, Frank Ochberg ha fundado el Dart Center, que en su nombre convoca cada año en la escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia la Ochberg Fellowship. Una semana de debate y sesiones académicas para que un grupo de periodistas comparta experiencias complicadas, violentas, duras, debilitantes incluso. Para hablar del trauma, en todas sus variantes, con algunos psiquiatras y psicólogos de primer nivel mundial expertos en la cuestión.

Un encuentro donde muchos descubrimos un concepto nuevo, otra forma de acercarse a las consecuencias de la profesión: donde hablar de algo que va más allá de los muertos y los tiros —del ejemplo tradicional, el que tanto ha salpicado—. De algo que va mucho más allá de la adrenalina y lo físico. Donde nos enfocamos en lo emocional. En eso que llaman moral injury, la herida moral.

Nueva York, 1963. Fotografía: Getty.

Por ahora, el síndrome de estrés postraumático se considera un trastorno, una condición médica, una enfermedad. Y mucha gente no quiere reconocer que tiene un trastorno. Es evidente. Puede afectar, afecta seriamente, a su futuro laboral. Por eso Ochberg cree que, además de más preciso, el concepto de «herida moral», aporta cierta dignidad a quienes la reivindican ante quienes creen que hay un punto de locura en el origen de ciertos comportamientos.

Escuchen, periodistas, se siente así: «Tu integridad ha sido sometida a un ataque que te ha dejado herido. Se detecta una situación médica, como resultado de una situación que ha sido demasiado para tu capacidad de admisión ha cambiado algo en la fisiología de tu cerebro. Has perdido cualquier esperanza ante el futuro porque el cerebro ha sido sometido a un evento o serie de eventos de tal intensidad que prevés que el futuro no será tan bueno como el pasado. Te sientes como alguien que no sirve para mucho».

Como diagnóstico, para Ochberg, «es evidente que la depresión es una de las consecuencias de la herida traumática» y que hay síntomas como «sensación de alienación, problemas para dormir, ansiedad y sensación de culpa» por «haber sido testigo de acciones que no puedes comprender, con las que no puedes estar éticamente de acuerdo», que «te llevan a un comportamiento agrio, cínico, negativo. Al reconocimiento racional de que ahí, fuera de ti, está el mal, la mezquindad, y que lo has visto cara a cara».

¿Quién no ha sentido, ante la crisis mil veces advertida, analizada, denunciada, de una profesión que, es sabido, hace aguas y está sometida a una transformación de futuro muy incierto, que ha sido testigo de situaciones que violan la ética de la profesión? Por parte de grupos armados, de poderosos corruptos, siempre y primero, como hecho incuestionable, pero, peor aún, también por parte del entorno de la vida diaria, de una redacción o, más en concreto, de su ausencia.

¿Quién, en esta profesión, no ha sentido que se violan en privado, día a día, los principios de independencia, de objetividad, de honestidad, de profesionalidad, de verificación de la información, de sometimiento a los hechos, de eliminación de los dobles raseros, de pago de un precio justo? ¿Que eso sucede mientras en público los golpes de pecho tienen miles de retuits y el doble discurso, el de hechos que contradicen a las palabras, es la norma y el éxito?

¿Quién no siente que nos encontramos inmersos en una crisis económica que se lleva por delante —en la competición feroz y sin cuartel por el clic y la presencia, la supervivencia, en la maraña de la red— muchos de los criterios profesionales, humanos, para los que nos educamos? ¿En la que criterios mezquinos relacionados con la lucha en el barro por los recursos menguantes se llevan por delante la meritocracia mientras triunfan el cainismo y la omertá?

¿Quién no siente que baila sobre el filo, incisivo, dañino, que abren la herida moral y el estrés organizacional de esta profesión, hoy, aquí, ahora, casi cada día? Una herida que ahora tiene que ver con que las expectativas, las creencias, los dichos enunciados en público, con que la utilidad, el porqué del periodismo y los principios que conforman la voluntad que nos mueve a actuar ya no valen más. Con la distancia entre lo dicho y lo hecho. Con encontrarse con una orden y, simultáneamente, la contraria. Con el fin de la seguridad ontológica que te permite ser. Algo que mina profundamente la seguridad depositada en el conjunto de ideas que permiten trabajar.

Herida moral: el mercado expulsa periodistas a miles debido a la crisis. Todos estamos amenazados. Aceptamos nuevas reglas. Lo que sea. Se hace periodismo en redacciones sin teléfono. Donde órdenes, lógicas para quien no ha desarrollado su vida periodística fuera de internet (tantos hoy), pasan por hacer periodismo, por ejemplo, por Skype. Como si un policía o un migrante diesen entrevistas por Skype. Ese fue el día que entendí el mansplaining, así, de frente, y sin estallar de la risa, anulada por la pena que invade por dentro. Alguien cree que está haciendo su trabajo por explicarte una tontería. Por jerarquía. Como si, por ser editor, supiera cómo se reportea. Porque se hace periodismo sin salir de la pantalla. Es más, asumiendo con total naturalidad que hay que llevar la pantalla como en el xix los mineros se agenciaban su propia lámpara. Se hace periodismo sobre informes de parte sin verificarlos por prisa. Se hace periodismo copy-paste. Se hace periodismo sobre lo viral. Se hace periodismo por y para las redes sociales. Se confunden lectores con likes y retuits. Rumores con hechos. Se hace periodismo de reacción inmediata. De titular sensacionalista. Se hace periodismo para engullir dedos que se deslizan por la pantalla. Se hace periodismo que no cuenta el mundo, en una deriva autorreferencial que trata, se identifica demasiado, con la supervivencia de un grupo muy minoritario y demasiado entrelazado entre sí, hasta lo carnal, en un contexto de relaciones humanas de carácter precapitalista ante la ruptura del mercado e invadido por una toxicidad extrema. Hoy deciden cómo hacer periodismo personas que no saben más que de compartir en redes sociales o de llenarse los bolsillos a toda prisa antes de que el barco se hunda del todo.

Cuando se rompe el compromiso ético de la profesión es como si se rompiera el radio de la rueda de la bicicleta. Un radio que provoca que la rueda se debilite e incluso se rompa también. Zas. Al suelo. Se viola el contrato. El periodista lo viola, para sobrevivir. Por miedo, por imposición, por falta de perspectiva. El periodista acaba practicando antiperiodismo. Ha perdido el norte, la brújula que permitía seguir la línea recta. Se habla de la oncología del periodismo, que se presenta en diversos grados de invasión de la capacidad de trabajo y evoluciona de diversas maneras. Debilita, hace caer, deja heridos. Arrebata la capacidad de trabajar, de seguir siendo periodista. Aísla del entorno. En la soledad, surge la herida social. La herida moral. El nuevo estrés postraumático.

Ochberg escribió una comunicación para un congreso médico en Oklahoma hace mucho. A finales del siglo pasado. Antes, incluso, de que internet irrumpiese en el periodismo. «Los tres actos de las noticias y su trauma», se llamaba.

El acto I incluye aquellas historias horribles que, precisamente por horribles, se venden solas, que tratan de saciar y confrontar ese apetito por lo violento y lo cruel que tiene el lector. Generan disgusto, asco, miedo. Decimos que no nos gustan, pero las producimos y las consumimos. Son evidentes. Las identificamos inmediatamente, despiertan la alarma. Al menos, avisan. La sociedad las pide y nosotros se las damos. Tienen un lugar evidente. Somos capaces de superarlas. Suponen la pérdida de la inocencia. Contribuyen al mercado, a las ventas. Sirven para sobrevivir. Hay que hacerlo. Dejar constancia de. Recontar noches de nota roja y cuerpos destazados en alguna ciudad centroamericana. Para decir que se ha estado en el lugar más locamente homicida del planeta. La regla, clara. Nadie se equivoca.

El acto II aporta la moralina. La empatía. Hay historias que, más allá del evento traumático que muestran, educan al lector y desarrollan su conocimiento de una crueldad de la que nunca serán víctimas ni testigos. Generan compasión, aprendizaje, utilidad, reflexión. Se convierten en tragedias clásicas, edificantes incluso. Representan, con sobriedad, un papel en la vida. Sirven. Satisfacen. Las historias del segundo acto sirven como antídoto a las historias del primer acto. Son las de quienes podemos presentar en arco de tensión dramática como héroes que luchan contra la injusticia. Triunfen o no.

El acto III son todas esas historias que tenemos que escribir y no aportan nada. Ni siquiera lo anterior. En lo que se refiere a la violencia, son esas historias que te hacen sentir como un médico que le transmite a la familia que el cáncer está en su última fase y ya solo se puede esperar. Esas historias que se resumen en el reportero que llega y pregunta: «¿Hay alguna mujer que haya sido violada y hable mi idioma?». Exponerse al trauma sin posibilidad de respuesta ni aprendizaje. Que insensibilizan en su repetición. Que no ayudan a nadie para nada en nada. Sucedió y fue el infierno. No tengan esperanza después de leer o ver. No hay nada. Sin mayor implicación. Son una mezcla, dañina, sin significado ni aprendizaje, de los dos actos anteriores.

Aventuro que, de escribir de nuevo en el siglo xxi sobre los tres actos de las noticias y el trauma, Frank Ochberg abriría un espacio para analizar las consecuencias más evidentes de internet: los rumores, los cotilleos, la repetición continua de hechos sin contrastar y sin análisis por parte de tantos medios o los titulares explosivos que conllevan el vacío y la negación de los principios del periodismo: el servicio público, la veracidad, la exposición fundamentada de hechos que violan el contrato social con una intención, solo una: la de la asunción de responsabilidades. Que se llevan por delante la experiencia, el criterio, la incomodidad, periodistas como personas que controlan excesos, que no resultan agradables. Cómo sobrevivir siendo el perro que mira y que, si entras en el jardín, ladra, fiero, para avisar, y no como el gato que arrulla, traidor, antes de arañar por la espalda y conseguir muchos abrazos y fans.

La rendición a la madre de todas las confusiones de esta profesión. La que ha fusionado periodismo y entretenimiento. La quinceañera mexicana que todos replicaron, por ejemplo. Y la que llama periodismo a la propaganda. Los héroes que cubren a Podemos en Madrid y ese comunicado fantasma del lobby más rancio del periodismo madrileño sin pruebas ni fuentes de nada de aquello con lo que estremece. La rendición a lo viral, de consumo rápido, la de las polémicas en redes, la del ruido, la del tráfico, la del servilismo, la de los chicos y chicas cómodos y funcionales —funcionariales— atascados en la mesa, necesarios para la supervivencia de jerarquías de poder, porque no son más que poder a la espera de turno.

Como diría Ochberg, lo que deben superar el periodismo y los periodistas para evitar la herida moral es «todo aquello que distorsiona nuestra percepción y la comprensión del mundo real».

Algo que, no me quedan demasiadas dudas, quizá sea ya imposible cuando sucedáneo y realidad se han mimetizado tanto que solo queda observar el río de sangre que sale de la herida y aplaudir al tiempo que retuiteamos que lo llaman miel.