Brandon Sanderson: «Quiero mostrar en mi obra que hay algo inherentemente bueno en los seres humanos»

Fotografía: Jorge Quiñoa

(English version here)

Antes de empezar la entrevista, el escritor Brandon Sanderson (Nebraska, 1975) come con sus colaboradores del Team Sanderson España y charla sobre Gaudí, los churros con chocolate y el hecho de que este sea el país en que tiene más fans de Europa. Las novelas de fantasía épica de Sanderson incluyen batallas, muertes y algún que otro apocalipsis, pero en conjunto son narraciones optimistas y repletas de personajes honorables, desde Elantris a las sagas de Nacidos de la bruma o la monumental El archivo de las tormentas, diez enormes volúmenes de los que se han publicado dos. También ha escrito novelas infantiles (Alcatraz), juveniles (Los Reckoners, El Rithmatista), cómic (White Sands), novelas cortas (Legion, El alma del emperador) y narraciones para acompañar videojuegos (Infinity Blade). Parece que no sabe estarse quieto. Charlamos amablemente un buen rato («¿Será una entrevista larga? ¡Me encantan las entrevistas largas!») cerca del Arco del Triunfo barcelonés. Después se marcha a toda prisa a una ronda de seis horas seguidas firmando libros en la librería Gigamesh.

Esta no es tu primera visita a Barcelona: en 2006 viniste a recoger el premio UPC de Ciencia ficción por En defensa del Elíseo. Abriste tu discurso diciendo que te considerabas más un narrador de historias que un escritor en el sentido clásico del término. ¿Crees que en el mundo literario se subestima el valor del entretenimiento?

Y no solo el del entretenimiento: también el valor de la emoción se subestima en el mundo literario. De eso trataba mi discurso, de que no solo las ideas son cruciales sino también las emociones. El poder de una historia fantástica es combinar buenas ideas con algo emocionante. Mi esposa les prepara cada mañana un batido a nuestros hijos, y le añade espinacas para que sea verde… Porque a los niños les encanta el color verde, pero también porque las espinacas son buenas para su salud. Si un libro de fantasía es apasionante, divertido y te hace sentir un montón de emociones, y además incluye ideas interesantes que te hagan pensar, tendrá un mayor efecto sobre el mundo que un libro que amontone pesadamente ideas difíciles de expresar en una historia.

Terry Goodkind dijo no escribir sobre fantasía o magia sino «historias que tocan importantes temas humanos». J. K. Rowling afirmó no leer fantasía ni ciencia ficción, y que no se le había ocurrido que los libros de Harry Potter fueran de fantasía. ¿Por qué los autores importantes de fantasía huyen del concepto de literatura fantástica?

No lo sé, la verdad es que me desconcierta y me frustra… Quizás demasiado. He criticado excesivamente a esos autores en el pasado, y a Philip Pullman, que también dijo cosas parecidas. No creo que trataran de resultar insultantes… Me gustaría remitir a los lectores a la maravillosa refutación de Terry Pratchett a J. K. Rowling sobre escribir fantasía. Creo que hay una sensación institucionalizada en nuestras mentes de que la fantasía no puede ser auténtica literatura. Es una sensación completamente incorrecta, pero que perpetuamos en el género cuando un autor afirma no leer literatura fantástica incluso aunque la escriba. Es como si un médico dijera que no sigue lo que hacen otros neurocirujanos, sino que se lo inventa y opera sobre la marcha.

No inspira confianza…

Es difícil criticar a otros autores, ya que vienen de áreas diferentes… Pero considero un modelo a seguir a gente como Neal Stephenson, Terry Pratchett o Ursula K. Le Guin, que están orgullosos de su patrimonio cultural fantástico y han hablado abiertamente de su amor por la literatura de género y lo que puede conseguir. Leer lo que ha escrito Ursula K. Le Guin al respecto te hace sentir orgulloso como lector de fantasía.

Una situación que parece gustarte narrativamente es lanzar a una buena persona al infierno y describir cómo intenta mejorarlo: Kaladin en el Puente Cuatro, Raoden en Elantris… ¿Qué te atrae de este tipo de escenarios?

Cuando nos vemos en circunstancias extremas revelamos mucho acerca de nosotros mismos. Y al contrario de lo que cree la mayoría de la gente, hay muchos ejemplos a lo largo de la historia de momentos extremos en que mostramos nuestras mejores cualidades. En lugar de huir y actuar egoístamente, la mayor parte de la gente se mantiene unida cuando ocurre algo realmente horrible. Vemos lo mejor que puede ofrecer la humanidad en alguno de sus peores momentos… Es un gran contraste. No quiero que nadie tenga que pasar por algo horrible, pero la ficción nos permite escribir historias sobre cómo reaccionan los humanos a situaciones extremas. Yo soy básicamente un optimista. Y no quiero implicar que la ficción pesimista sea mala, de hecho gran parte de mi narrativa preferida es pesimista. Mi cuento corto favorito es Harrison Bergeron, de Kurt Vonnegut, que es magnífico y muy pesimista. Pero cada escritor acaba eligiendo un estilo, y yo quiero mostrar en mi obra que hay algo inherentemente bueno en los seres humanos, y que nos esforzamos para manifestar esa bondad innata. ¡Nos unimos frente a la adversidad! Esa idea aparece una y otra vez en mi narrativa.

¿Crees que los enfoques positivos en tus libros acaban teniendo un efecto positivo en tus lectores?

A los escritores nos gusta pensar eso, pero francamente, no lo sé. Sería algo arrogante por mi parte decir que mi ficción está mejorando el mundo o a la gente… Pero, por otro lado, la ficción que he leído ha mejorado mi vida. El libro que me convirtió en escritor de fantasía fue Drangonsbane, de Barbara Hambly. Es una novela sobre una mujer de mediana edad que puede convertirse en la mayor hechicera de la historia. Sus maestros dicen que es fantástica, pero que necesita concentrarse más en su aprendizaje. Pero ella tiene también una familia, y no puede dedicarse por completo a su magia por su familia.

En la época en que leí este libro mi madre se graduó en Contabilidad, la primera de su clase en un año en que era la única mujer matriculada. Y mi madre siempre tuvo que hacer equilibrismos entre su familia y su carrera. Incluso se tomó un tiempo sabático en su trabajo y aprendizaje para estar con sus hijos cuando yo era muy, muy pequeño… Y de adolescente pensaba que por supuesto, eso es lo que hacen las madres. Pero entonces leí Dragonsbane, con catorce o quince años, y mientras lo leía pensaba que la protagonista debería estar pasando más tiempo con su magia, ¡y le decía en mi cabeza que ignorara a sus hijos y aprendiera los conjuros! Y cuando lo terminé sentí que podía entender cómo es pasar la crisis de la mediana edad siendo adulto, y verse obligado a elegir entre carrera y familia. Leer un libro de fantasía sobre un dragón y al hacerlo entender mejor a mi madre mejoró el mundo, mejoró mi mundo. El mayor poder de la ficción es ayudarnos a entender a otras personas, ver a través de sus ojos.

Escribiste un montón de manuscritos e incluso novelas enteras antes de vender tu primer libro. ¿Qué te decían los editores durante esos años? ¿Cómo mantuviste tus esperanzas ante las cartas de rechazo?

Fue duro, muy duro. Esto te va a encantar… Los editores no paraban de decirme: «¿No podrías parecerte más a George R. R. Martin?». Sin embargo, al mismo tiempo insistían en que mis libros eran demasiado largos. ¡Pero si los libros de Martin son larguísimos! El punto más duro de mi carrera llegó cuando acabé mi duodécimo libro… Escribí trece antes de vender uno. Los libros once y doce fueron mis intentos de escribir como George R. R. Martin, con antihéroes cínicos, fantasía cruda y oscura… Eso no se me da bien de forma natural. Algunos escritores lo logran estupendamente, pero mi especialidad es el optimismo, personajes que encuentran la luz en las peores circunstancias… Así que mis dos libros sombríos y breves resultaron ser malísimos. Me quedé descorazonado, pensando que nunca sería capaz de ganarme la vida con esto.

La gran decisión que tomé entonces fue escribir lo que me encantaba de verdad. Me di cuenta de que si moría a los noventa años con cien manuscritos inéditos en mi armario, lo consideraría igualmente un éxito… Un éxito mayor que si me rendía. Tenía que continuar escribiendo lo que amaba a cualquier precio. Y en ese momento pensé: «¡Escribiré los mayores y más alucinantes libros de fantasía épica que se han escrito! Me dicen que mis libros son demasiado largos, ¡así que los haré más largos aún! ¡Llenos de todo tipo de cosas extrañas y montones de personajes!». Y escribí El camino de los reyes, mi libro número trece, con esa novela le hice un corte de mangas a toda la industria editorial. El año siguiente vendí Elantris. Y es realmente bueno que pasara por ese momento clave de decidir que quería hacer lo que me gustaba porque realmente amaba hacerlo, en lugar de intentar lo que los demás me decían que tenía que hacer.

Tras vender Elantris a Tor, tus novelas inéditas empezaron a encontrar editores, como Mistborn PRIME que sería la semilla de Nacidos de la bruma. ¿Aún utilizas parte de ese material?

Sí, aún picoteo ahí de vez en cuando. He canibalizado la mayor parte para aprovechar ideas… Y reescribiré Dragonsteel en algún momento del futuro.

Me sorprendió leer en los comentarios de Nacidos de la bruma que te ofreces a enviar por correo electrónico la primera versión (Mistborn PRIME) a quien te la pida…

Prefiero White Sands o Aether Night, que son mejores… Así que cuando alguien me escribe intento enviarle esos dos. Pero en cualquier caso no tengo ningún problema en enviar mis libros primerizos a quien los solicite, mientras sean perfectamente conscientes de que no son demasiado buenos.

Hiciste de editor para la revista semiprofesional The Leading Edge durante tus años de estudiante. ¿Qué aprendiste ahí sobre la escritura?

Sobre todo a evitar clichés leyendo un montón de mala literatura, pero también aprendí qué hace que una historia sea buena. Cada narración magnífica entre las pésimas brillaba como un lingote de oro en el barro… Así que trataba de averiguar qué volvía interesante esa historia. ¿Por qué nos encantaba a todos los de la revista mientras que ninguna de las cien anteriores nos había llamado la atención? Fue muy ilustrativo.

¿Recibiste consejos de escritores profesionales durante tus años de formación?

Katherine Kurtz y David Farland se sentaron conmigo algunas veces y me dieron un montón de buenos consejos. No habría llegado hasta donde estoy hoy en día sin el asesoramiento de escritores que me dedicaron tiempo durante convenciones, o que impartían clases en mi universidad. El trabajo de escritor se realiza casi siempre en solitario escribiendo y practicando, pero un poco de mentoría puede resultar una gran ayuda.

Y ahora enseñas escritura creativa en la universidad.

La mayor parte de lo que hago tengo que publicarlo online, ya que no tengo tiempo para leer y comentar escritos individuales. Doy talleres en mis clases, eso sí. Si alguien quiere que lea sus textos  puede volar a Utah, ser aceptado por la Universidad y apuntarse a mis clases. Lo siento, sé que es un buen obstáculo, pero…

Te matriculaste en Bioquímica en la Brigham Young University. ¿Por qué elegiste esa carrera?

Como verás en mis libros, siempre me han fascinado la física y la química… Todas las ramas de la ciencia, en realidad. El problema es que me encantan las ideas, pero odio el trabajo pesado. Cuando tenía que sentarme a revisar páginas y páginas de cálculos siempre me equivocaba y lo pasaba fatal. Me matriculé porque mi madre insistía en que conseguir un buen trabajo como químico me dejaría un montón de tiempo libre para escribir… Intentaba empujar a su nene a ser realista, pero resultó que ser realista era malo para mí.

Algunos escritores tratan de mezclar ciencia ficción y fantasía, como Margaret Weis y Tracy Hickman en la saga La espada de Joram. ¿Cómo pueden coexistir en una historia magia y ciencia, a pesar de sus diferencias?

Mencionas La espada de Joram, donde igual que en Shadowrun la magia y la ciencia son dos caminos completamente diferentes y hay que elegir uno o el otro. Pero en el Cosmere, mi universo compartido de libros, la magia es otra rama de la física. Y admito abiertamente que sacrifico un poco del sentido de la maravilla a cambio de poder acercarme racionalmente a la magia, haciendo que siga un método científico. Magia repleta de pequeñas excentricidades, pero basada en su núcleo en la ciencia. Así trabaja mi cerebro: si pudiera hacer repentinamente algo mágico y reproducible, pensaría que aún no conocemos la ciencia necesaria para explicarlo.

Esa es la idea tras las Leyes de Sanderson sobre la magia dura y la blanda…

¡Exactamente! Mis Leyes fueron traducidas al castellano por una revista, me alegra mucho que lo hicieran.  

Desde el 95 al 97 serviste como misionero para la Iglesia mormona en Corea del Sur. ¿Qué recuerdas más de esa experiencia?

Por supuesto hubo potentes experiencias religiosas, pero si quieres un recuerdo en particular… Era la primera vez en mi vida en que fui la minoría. Una minoría privilegiada, por supuesto, pero minoría igualmente. Ir a un lugar en el que todo el mundo te mira de forma esquinada es muy bueno para cualquiera, en particular para un chico blanco como yo del Medio Oeste americano. Aprender a formar parte de una nueva cultura y ver las cosas de un modo distinto no ha tenido precio para mí.

Terry Goodkind ha sido ha acusado a menudo de empapar sus libros, en particular los últimos, con su propia filosofía política. ¿Es este un peligro para los escritores de fantasía, acabar usando sus mundos como metáforas del mensaje político que quieren transmitir?

Cualquier escritor debería ser libre de usar sus herramientas como quiera. Yo agruparía a Terry Goodkind con C. S. Lewis y Philip Pullman, ya que todos ellos tienen historias y mensajes que quieren transmitir con su narrativa. En mis propios escritos sigo más bien la filosofía de Tolkien. Tolkien y C. S. Lewis eran amigos, y de hecho Tolkien convirtió a Lewis al cristianismo. Los dos eran cristianos incondicionales. Sin embargo, Tolkien creía en contar una historia y dejar que se sostuviera por sí misma sin ser una metáfora directa, de modo que los lectores pudieran extraer de la novela lo que quisieran. Me parece un buen acercamiento. No insinúo que escritores como Terry Goodkind no puedan escribir lo que quieran, ¡por supuesto que pueden! Pero cuando yo escribo quiero contar historias sobre personajes potentes en desacuerdo entre ellos, con buenos argumentos en todos los lados de cualquier discusión. Nos acercamos a la verdad a través de la discusión. Cuando me dices tus ideas y yo te contesto con las mías y los dos nos escuchamos mutuamente, ambos salimos de esa conversación pensando «quizá he estado equivocado y puedo hacer evolucionar mis ideas», o «quizá tenía razón, pero puedo expandir mi modo de pensar para acercarme a lo que otra gente cree». Así es como nos acercamos a la verdad, no repitiendo obsesivamente lo mismo una y otra vez.

Recuerdo una anécdota de mi época de misionero en Corea. Vi a un monje budista, de una secta que exige mendigar por la comida. Así que estaba tranquilamente tocando su tambor en la calle y haciendo reverencias a los paseantes. Y había un misionero cristiano, de una fe que no mencionaré, sosteniendo a su lado una pancarta enorme que decía «EL BUDISMO ES EL INFIERNO». Y esa imagen me ha impactado siempre. Porque cuando les preguntaba a los budistas si podía hablarles de mi religión, un montón me escuchaban amistosamente y decían «¡Oh, Jesucristo fue un gran buda!». Encontraba gente dispuesta a estrecharme la mano y a intercambiar las enseñanzas de guías que significaban mucho en nuestras vidas. No quiero convertirme jamás en la persona que sostiene la pancarta, sea hablando de religión o de política. Cuánto más avanzaríamos si, en lugar de sostener una pancarta así, nos sentáramos al lado del monje para preguntarle sobre su vida y sus creencias. Esa imagen está grabada a fuego en mi mente. Y en realidad Hrathen, de Elantris, vino de esa persona que sostenía la pancarta, esa fue mi inspiración para crear su origen. Hrathen es mi antagonista favorito porque le entiendo muy bien: hay una parte de mí que podría haberse convertido fácilmente en la persona que sostenía la pancarta.

Te he leído describiéndote a ti mismo como creyente, pero también como hombre de ciencia y lógica. ¿Cómo reconcilias estos dos acercamientos a la vida?

Hoy en día está demasiado extendida la creencia errónea de que la ciencia y la religión no pueden combinarse. ¡Tradicionalmente, muchos de los grandes científicos eran también teólogos! En América hay un pequeño grupo político que parece querer reclamar la religión como suya; solo ellos pueden decir que son religiosos. Ese razonamiento es también erróneo. Hay gente religiosa en todos los lados de las discusiones… Personalmente, creo que Dios es un Dios de milagros, y que el mundo natural que estudiamos es el modo en que suceden las cosas a no ser que Dios interfiera. La evolución es un hecho, es la forma en que el mundo es, mientras que la creación de la humanidad por parte de Dios es un milagro, una violación de la ley natural. Decir que la evolución no es real es como pretender que el mar Rojo se abre en dos por sí mismo periódicamente. Dios ha creado la ciencia. Dios ha creado el mundo y nos ha dado cerebros para entenderlo de la mejor manera que podamos y buscar respuestas. Mi creencia en la fe viene de sentimientos en mi corazón. Esa es mi reconciliación: que los sentimientos de mi corazón son mi conexión con un padre en el cielo. Creo en ellos.

Tengo que estar dispuesto a aceptar que quizá son un sesgo de confirmación. Mi cerebro lógico dice que tal vez tengo esos sentimientos porque creo que debería tenerlos. Pero por ahora la única experiencia cartesiana que puedo definir como propia es mi sentimiento personal y mi modo de ver el mundo, y eso tengo que aceptarlo. Cuando leo las Escrituras vivo una experiencia religiosa, siento un sentimiento que no tengo en otros momentos, y he tomado ese hecho, tentativamente, como mi prueba de un Dios. Esto es lo que me hace creer, aunque estoy dispuesto a seguir explorando el mundo, y es posible que se me pruebe que estoy equivocado y tenga que cambiar mi modo de pensar.

Mi personaje favorito en Nacidos de la bruma es Sazed, que está interesado en un montón de religiones diferentes. Veo algo similar en El archivo de las tormentas: fragmentos procedentes de diferentes sistemas de creencias, como el hecho de que el árbol de esencias sea visualmente similar al árbol de la vida de la cábala. ¿Cómo impactan las religiones tu trabajo?

Me encanta explorar cómo interactuamos con lo divino, y me fascina comparar lo espiritual con lo que procede de nuestra tradición. Y lo que me fascina termina apareciendo en mis libros, claro. Mis libros son mi búsqueda de respuestas, pero no me gusta dar respuestas a los lectores. Me gustan los personajes que se hacen un montón de preguntas. Me atraen los personajes que se acercan a la religión de modos diferentes. Quería que Sazed fuera la voz de todas las religiones olvidadas, la voz de todos los que no pueden ya tener una voz propia. Espero que mis exploraciones de la religión signifiquen algo para los lectores, aunque sospecho que significarán algo diferente para cada lector. Recibo un montón de correos electrónicos diciendo que debo ser ateo, porque he descrito tan bien a Jasnah, la atea de El archivo de las tormentas… Siempre me tomo esos correos como un gran motivo de satisfacción personal. Escribo porque quiero explorar las diferentes formas en que la gente ve el mundo. Cuando alguien tiene un sistema de creencias quiero tratarlo bien en mis libros. Odio leer un libro y encontrar un personaje con mis mismas creencias que es tratado como un idiota al que hay que probarle que está equivocado. No quiero expresar las creencias de alguien en mis libros y convertir a ese personaje en «el idiota». Por supuesto que hay gente que se equivoca en todos los lados de una discusión, pero quiero expresar las creencias de los personajes con precisión, del mismo modo en que cada uno las defendería.

En tus libros aparece algún personaje LGBT (Ranette en la serie de Wax and Wayne, por ejemplo). ¿Influye de algún modo el hecho de ser mormón en tu forma de presentar estos personajes?  

Mi filosofía es tener un cuidado especial en contrarrestar cualquier sesgo que pudiera tener y del que no me estuviera dando cuenta. Para asegurarme de que los personajes LGBT están bien caracterizados le pregunto a gente homosexual que conozco: «¿Esto funciona?, ¿estoy representándolo bien?». Debo confiar en ellos. Es importante para mí, porque hay gente religiosa que parece querer ignorar que las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales existen, lo que creo que es inherentemente malvado. Es inmoral desterrar un grupo social entero, o pretender que no son buena gente con buenos argumentos, vidas y pasiones. No representarlos en mi ficción sería algo profundamente inmoral. No estoy seguro de ser la persona adecuada para narrar la experiencia homosexual adecuadamente, pero ciertamente debo hacer todo lo que puedo para asegurarme de que la gente LGBT está adecuadamente representada, porque si no estaría mintiéndole al mundo.

La viuda de Robert Jordan te pidió que terminaras los libros de La rueda del tiempo tras leer un panegírico que le dedicaste a Jordan y el primer libro de Nacidos de la bruma. ¿Qué crees que vio en tu escritura?

Puedo contestar lo que dijo, así que no queda demasiado arrogante que yo lo diga… Harriet pensó que mis caracterizaciones eran tan vívidas que podría hacerle justicia al enorme número de personajes de La rueda del tiempo.

Ahora que el último libro, Un recuerdo de luz, lleva tres años publicado, ¿has ido siguiendo las reacciones del fandom de La rueda del tiempo? ¿Estás contento con lo que escribiste?

Por supuesto hay cosas que cambiaría: la mayor es que no rematé del todo bien lo relacionado con el personaje Padan Fain. Hay detalles como ese que desearía haber hilvanado mejor, pero en conjunto estoy satisfecho con lo escrito y defiendo lo que se publicó. Lo que más oigo de los fans, en realidad, es si voy a escribir más Rueda del tiempo… Y la respuesta es que no. Robert Jordan se sentía muy incómodo con la idea de que otras personas escribieran libros ambientados en su mundo, y tuvo muchas dudas sobre si permitir a alguien terminar su serie. Así que cuando empecé a encargarme de esto, Harriet me preguntó mi opinión al respecto y contesté que no deberíamos hacer nada más que terminar la serie tal como él pidió, porque no creo que yo pudiera escribir más sin convertirse en más mío que suyo. No tengo control sobre La rueda del tiempo, y si Harriet le pide a otra persona que continúe la historia apoyaré por completo su decisión… Pero no seré yo quien lo escriba.

Todos los escritores de fantasía épica son comparados en algún momento con Tolkien… Por ejemplo, los primeros libros de Robert Jordan son muy tolkienianos. ¿Cómo tratáis los escritores de fantasía con la sombra de Tolkien?

Tolkien fundó la fantasía épica y lo hizo magníficamente: aún estamos tratando de entender completamente alguno de sus métodos e ideas. Así que no considero que estemos bajo su sombra, sino sobre los altos y orgullosos picos de la montaña Tolkien, los cimientos que nos proporcionó.

En La rueda del tiempo algunos aspectos de la relación entre hombres y mujeres se ven afectados por la forma en que está dividida la magia, por géneros… ¿Cómo crees que la literatura fantástica puede explorar diferentes dinámicas en la relación de los géneros?

Lo podemos hacer mejor que en cualquier otro género literario. Sí, de acuerdo, hay grandes libros en todos los géneros… Pero la especialidad de la fantasía y la ciencia ficción es la habilidad para tomar un problema del mundo real, trasladarlo a un mundo fantástico, y al hacerlo destilarlo obteniendo la esencia de lo que nos motiva como seres humanos. Robert Jordan creó un mundo con privilegio femenino, lo que puede resultar extraño y difícil de leer para alguien criado en una sociedad inversa, con privilegio masculino. La reacción habitual que puede verse online es que las mujeres de La rueda del tiempo son odiadas, consideradas como belicosas e intimidadoras… ¡Mientras que si todas esas mujeres hubieran sido hombres, se les habría considerado un elenco interesante y variado de personajes! Jordan logró algo muy interesante ahí.

También en El archivo de las tormentas hay diferencias de rol de género: los hombres no saben leer, solo las mujeres estudian ciencias…

La sociedad siempre reacciona de un modo u otro ante todo desequilibrio de poder entre géneros. A veces el género discriminado, casi siempre el femenino, toma posesión de algo que se convierte en su dominio. Eso no significa que la sociedad sea equitativa, sino que hay algo intocable y protegido, como cuando los carromatos hacen un círculo protector en las películas del Oeste. Por otro lado, me fascinó un hecho con el que me topé mientras estudiaba el desarrollo del alfabetismo: durante largos periodos de la historia la gente importante no leía. Tenían eruditos que lo hacían por ellos, leer estaba visto como algo indigno para un rey en varios puntos de la historia. Y jugar con estas ideas es parte de lo que hizo nacer el modo en que se juega con los géneros en El archivo de las tormentas.

Se podría decir algo similar sobre las dinámicas raciales. ¿Cómo te aproximas al racismo en El archivo de las tormentas?

Uno de mis objetivos en El archivo de las tormentas es explorar diferentes acercamientos al racismo. La discriminación basada en el color de los ojos, por ejemplo, está ahí en parte porque encaja con la construcción de ese mundo… Pero también porque si examinas poblaciones en que todo el mundo tiene el mismo color de piel, serían igualmente racistas contra los del barrio vecino, porque tienen un acento diferente. Los humanos encontramos siempre modos para clasificar a la gente en cajas, el color de ojos en el caso de El archivo. También hay en la serie un racismo profundamente problemático en el que una raza entera está esclavizada, lo que es ignorado por muchos lectores en el primer libro porque el hecho de que Kaladin sea un esclavo es el punto focal de la narración.

Otro objetivo en El archivo de las tormentas es que el lector vaya siendo más y más consciente de las injusticias del mundo que le rodea al mismo tiempo que Kaladin. Y no es que el libro trate de la lucha contra la injusticia, sino que muestra un mundo injusto, lleno de gente que perpetúa esa injusticia sin ser consciente de ello. Hay un giro importante cuando los lectores se dan cuenta de que la mayor parte de protagonistas no tienen, probablemente, su mismo color de piel. Muchos lectores tardan bastante en darse cuenta de eso… Me gusta la idea de que a medida que vas leyendo asumes que el desequilibrado Szeth es «el otro» y Kaladin se te parece, mientras que en realidad Kaladin es una mezcla asiática o de medio oriente, y Szeth es caucásico. Aunque por supuesto, si lo lees en Taiwán, entonces los personajes sí se te parecen y Szeth es el bicho raro… [risas]. Por ese motivo, quería que la primera portada no mostrara ninguna cara. Pero es difícil alinear las portadas: en el Reino Unido, la cubierta muestra básicamente a un tipo blanco. No es que los ilustradores no quieran hacerlo, sino que no se dan cuenta o no les transmitimos bien la idea. En el caso de Michael Whelan, estaba tan contento de tenerlo a bordo que no quería ir a decirle: «Por cierto, ¿podrías oscurecerle la piel?». Iremos mejorando en este tipo de cosas a medida que avance la serie.

En Nacidos de la bruma subviertes alguno de los tropos habituales en el género fantástico, como qué ocurriría si el mal ganara. Pero en El archivo de las tormentas pareces tomar una ruta diferente, más tradicionalmente épica, por decirlo así…

Nacidos de la bruma trata de invertir tropos y clichés: qué significa ser el héroe, tener una profecía, todos los lugares comunes de la literatura fantástica puestos patas arriba. Y cuando empecé a trabajar en el segundo borrador de El camino de los reyes, parte de mi cerebro buscaba tropos que invertir. Y eso era muy peligroso para mí, porque toda mi carrera podía convertirse solamente en subvertir lo que otra gente hacía, sin añadir nada al debate. Con El archivo de las tormentas quiero probar que la fantasía épica puede construir mundos como la ciencia ficción, con nuevas ecologías y planetas muy diferentes al nuestro, como en una historia de Frank Herbert. Eso es lo que quería aportar a la fantasía épica, y si me enfocaba demasiado en invertir tropos mi carrera podía acabar convertida en una nota a pie de página.

Alguna otra inversión haré, Los Reckoners subvierten los lugares comunes superheroicos, pero no puedo permitir que ese método domine mi carrera. Me alegra mucho haberme dado cuenta de eso, porque El camino de los reyes es un libro mucho más sólido siendo un ladrillo en la tradición de la fantasía épica, llevándola un pequeño paso más allá, subido a los hombros de gigantes, mejorando ligeramente el género en su conjunto. Y no es que no me guste Nacidos de la bruma, me encanta cómo socava algunas expectativas del género, pero no quiero que eso sea toda mi carrera. Quizá sí funcionaría para otro escritor, Terry Pratchett sería un buen ejemplo. Pero incluso sus libros se volvieron maravillosos cuando empezó a escribir sobre magníficos personajes y la inversión de tropos era el subtexto para una sátira del comportamiento humano. No sé si habrás leído a Pratchett…

¡Por supuesto! Queremos mucho a Pratchett en esta revista.

En los primeros libros de Mundodisco Pratchett hace chistes sobre el mundillo de la fantasía, pero en los posteriores realiza una sátira de toda la humanidad salpimentada con bromas sobre fantasía… Y alguno de esos Pratchetts son obras de arte hermosas, atemporales y sorprendentes que se alzan entre los mejores libros de fantasía jamás escritos, y es porque trascendió simplemente la burla a los clichés del género para empezar a explorar qué significa ser humano.

Varios de tus libros han sido nominados o han ganado el premio Romantic Times a la mejor fantasía épica. ¿Tratas conscientemente de incluir (¡o subvertir!) tropos románticos en tus historias?

Buena pregunta… Cuando gané por primera vez un premio de Romantic Times pensé que era una elección bastante extraña, pero mi agente me contó que son una buena revista, acostumbrada a leer textos más allá de su propio nicho específico. Eso es muy loable. El romanticismo forma parte de nuestras vidas, casi todo el mundo tiene inclinaciones románticas en algún momento de su vida. Casi todos queremos estar con alguien, y parte de lo que nos hace ser felices y sentirnos realizados es encontrar a una persona que nos haga vibrar… Es parte de la experiencia humana, como la religión. En mis libros intento mostrar relaciones familiares y relaciones estables. ¡No se suele ver ninguna de las dos en la narrativa fantástica! En El archivo de las tormentas decidí que mi historia de amor sería entre los dos personajes de mediana edad, no los adolescentes. Kaladin no tiene un romance, Shallan sí pero con un giro argumental… Son Dalinar y Navani los que viven un romance. ¡La gente de cuarenta y cincuenta años se enamora constantemente, aunque los jóvenes pretendan que todo gira a su alrededor! No puedo decir mucho más, porque jugaré con otros tropos y no quiero destripar nada.

Has escrito libros infantiles como la serie de Alcatraz, y libros juveniles como la trilogía de los Reckoners o El rithmatista. ¿De qué modos adaptas tu escritura en cada caso?

Alcatraz es un caso único. Estaba escribiendo los libros de Nacidos de la bruma, y sentí que necesitaba un descanso. Había estado escribiendo demasiado en ese mundo, en parte porque era la primera serie en la que escribía una secuela. Así que me permití libertad creativa completa, un alivio tras las estrictas directrices que me impongo en mis otros libros, y me lancé a una escritura libre. Y salió Alcatraz. He leído bastante literatura infantil: la serie de Artemis Fowl, Eva Ibbotson, Lemony Snicket… Así que no me sorprendió que saliera un libro infantil, aunque no es como si estuviera tratando de escribir expresamente algo así. Es una serie extraña, porque su humor depende mucho del sarcasmo y de juegos de palabras, ambas cosas por encima de lo habitual en muchos lectores infantiles. Así que Alcatraz tiene una audiencia potencial reducida: niños demasiado listos para su propio bien o lectores adolescentes recientes.

Los lectores objetivo serían pues los niños de doce o trece años, y quizá los de ocho o nueve que pillen el sarcasmo. Por su parte, Los Reckoners se publican a menudo en mi línea adulta, como en España o el Reino Unido, aunque en los Estados Unidos se publican como novela juvenil. Es una decisión editorial, ya que los libros están muy en el límite. Pero los escribí como novelas adolescentes: en este caso la gran diferencia reside en que el punto de vista se centra en un solo personaje y su visión del mundo. Reckoners no tiene muchos de los rasgos distintivos de la novela juvenil, porque no está ambientada en un colegio, por ejemplo, y funciona también como adulta.

Tengo la impresión de que algunos libros de fantasía solo pueden disfrutarse si se leen durante la infancia o adolescencia, mientras que otros resultan magníficos a cualquier edad. ¿Qué cualidades hacen que un libro de fantasía resulte atractivo tanto a lectores jóvenes como a adultos?

Los libros con mayor aceptación entre diferentes grupos de edad tienden a ser los que cuentan una historia en múltiples niveles al mismo tiempo. Es el principio Pixar: sacan películas que son obviamente infantiles pero funcionan a todos los niveles, incluyendo el adulto. Inside Out podía resonarle a cualquiera que haya vivido o tratado con la depresión, sin dejar de ser al mismo tiempo una película infantil muy divertida. Eso es muy difícil de conseguir, pero solo así puedes crear algo como El juego de Ender, uno de esos libros que puede resultar significativo a cualquier edad. En mi caso, intento asegurarme de contar con una variedad amplia de personajes en cada libro con diferentes perspectivas de la vida. Eso se le daba muy bien a Robert Jordan. Cuando leí sus libros de adolescente empaticé con los adolescentes, mientras que en una relectura de adulto empaticé con los adultos y pensé que los adolescentes estaban siendo muy estúpidos.

En los comentarios de Nacidos de la bruma dices que un escritor debe tener un cierto grado de arrogancia: «hay que ser arrogante para ser un autor». Pero al mismo tiempo, tus personaje suelen ser humildes sobre sus logros, como tú mismo en varias entrevistas. ¿Cómo reconcilias arrogancia y humildad?

[Risas] No lo sé, esta pregunta es muy difícil para mí… Lo que más me preocupa de mí mismo es que se me suba todo a la cabeza y me convierta en un fanfarrón. Ese sería mi peor defecto. Al mismo tiempo, creo que un artista debe tener confianza innata en que lo que está haciendo es merecedor de que otra gente invierta en ello su tiempo y dinero. Es tan extraño… Hay en ello un contraste natural, lo reconozco. Crear personajes como Sazed, que consigue fácilmente ser humilde, es quizá mi manera de inspirarme a abandonar parte de mi propio ego. Pero no se me da demasiado bien, así que mejor que nadie me tome como modelo a seguir en esta área.  

Marta Rossich, tu editora en España, menciona elogiosamente a tu equipo de colaboradores cercanos, el Team Sanderson… ¿Qué hacen por ti exactamente?  

Su trabajo es liberarme para que yo pueda escribir, les encargo cualquier cosa que pueda acelerar todo lo que no sea escribir libros… Por ejemplo, cuando escribo una entrada en el blog, se la doy a Peter para que la edite en lugar de releerla yo tres veces para corregirla. Peter se la da luego a Adam, que la publica en mi página web. No es que eso me ahorre un montón de tiempo, pero incluso media hora son treinta minutos en que puedo estar escribiendo en lugar de liarme con otras cosas. Isaac se encarga del arte: dibuja las ilustraciones interiores o las encarga, y se asegura de que todas las ediciones tienen buenas portadas, para que no tenga que hacerlo yo. Revisó los dibujos del cómic White Sands cuando llegaron las páginas, le dio el feedback al ilustrador, y así solo fue necesario que yo le echara un vistazo al final. Ese tipo de cosas son muy útiles para mantenerme escribiendo.

Eres copresentador de un podcast sobre escritura creativa llamado Writing Excuses, que ganó un premio Hugo en 2013…

Sí. Ese podcast nació gracias a mi hermano, que estaba matriculado en unas clases de transmedia en la universidad. Quería hacer un podcast guionizado, una historia de la que yo escribiría el guion, que sería interpretado por varios locutores… Pero no tuve suficiente tiempo. Sin embargo, eso me hizo interesarme por el mundo de los podcast y empecé a escucharlos. Pensé que no había nadie haciendo un podcast como a mí me gustaría. Muchos podcast divagan mucho, lo que es divertido y muy propio de internet… Pero yo quería algo informativo, como Grammar Girl pero sobre escritura de novelas. Así que reuní a unos cuantos amigos que pensé tendrían buenas personalidades radiofónicas y lo empecé. Es como mi bebé que ha ido creciendo y convirtiéndose en algo mucho mayor.

He leído que no te interesan especialmente los juegos de cartas coleccionables, pero que adoras Magic: The Gathering. ¿Qué le encuentras de especial?

Magic saca una nueva expansión que cambia completamente el juego cada tres meses, así que seguirle el ritmo a este juego consume todo el tiempo que reservo para jugar. A veces bromeo diciendo que o juegas a Magic o a todo el resto de juegos, porque Magic es muy exigente, no para jugar sino para mantenerse al día. Así que en realidad solo juego cada nueva expansión un par de veces, porque quizá tengo tiempo una vez al mes para jugar un rato y lo que me apetece es probar las nuevas cartas de Magic.  

¿Te gustan también los RPG, como la serie Final Fantasy?

He jugado a todos, y Final Fantasy X es mi favorito. El VII es el que todo el mundo recuerda porque la construcción del mundo es chula. Pero la historia, y lo siento por todos los fans del VII que haya por ahí, era un lío terrible. Había personajes divertidos, y cuando Aeris murió estuve a punto de darle un puñetazo a la televisión, pero fue la historia del Final Fantasy X la que me llegó de verdad, porque se parece a las historias que me gusta escribir a mí.

Se dice que en tus vuelos de larga distancia trabajas en novelas cortas… ¿Cuál has estado escribiendo durante este último viaje?

En este, estoy tan retrasado con la serie de El archivo de las tormentas y el siguiente está resultando un libro tan complejo que he trabajado en él. Así que nada de novela corta esta vez, no me estaba permitido.

Te involucras en bastantes actividades colaterales a la escritura: responder en Reddit, escribir notas o comentar escenas eliminadas de tus libros, mantener una barra de progreso de tus siguientes trabajos en tu web… ¿Por qué esa dedicación?

Siempre he sido un fan de La rueda del tiempo. Y era durísimo durante aquellos años no tener ni idea de cuándo iba a salir un nuevo libro, o qué estaba haciendo Robert Jordan… Entiendo que no todo escritor puede ser transparente: por ejemplo si Patrick Rothfuss habla demasiado de su libro, eso daña psicológicamente su capacidad de trabajar en él… Pero mi psicología se beneficia de la interacción y de tener que dar cuentas, y si tengo que ir informando a los fans de cómo llevo cada proyecto es más probable que los termine a tiempo. Además, soy parte de una generación que creció con internet, así que estoy acostumbrado a encontrar cualquier cosa cuando quiera. Entiendo esa sensación, así que quiero asegurarme de que mis fans, que al fin y al cabo me sostienen y me pagan por existir, tengan toda la información que pueda razonablemente darles.  

He visto dos vídeos muy originales en que apareces escribiendo en tiempo real: la maratón de la Fundación Waygate en la JordanCon de 2014, y la escritura del interludio de Rysn de Palabras radiantes. ¿Por qué mostrar tan abiertamente tu proceso de escritura?

La idea vino de la gente que juega a videojuegos en Twitch, o que hacen demos de dibujo online… Se me ocurrió que podría hacer algo parecido con la escritura. Pero resulta que escribir es mucho más aburrido que jugar a videojuegos [risas]. En los tutoriales de dibujo, el artista puede hablar mientras pinta, pero mientras escribes es dificilísimo ir parando para hablar de qué estás haciendo. Puede que haga algún vídeo más en el futuro, pero caray, fue muy duro.

¿Qué opinas sobre la fan fiction basada en tus personajes y mundos? Autores como Martin o Anne Rice se oponen frontalmente por temas de copyright y para evitar colisión de argumentos… Otros autores no tienen problema con las obras derivadas.

No tengo problema con ellas. Creo que los fans deberían poder hacer lo que quisieran. Cuando leía de adolescente, siempre me divertía mucho insertando mis propios personajes en los libros que estaba leyendo. Creo firmemente que una vez estás leyendo un libro te pertenece, al menos tu versión en tu cabeza, y tienes derecho a cambiarlo en tu mente como quieras. También creo en el poder de la ficción y el arte para inspirar más ficción y arte. Le estamos dando vueltas a algo que publicaremos en la web tras la revisión de los abogados: la idea es dar permiso para crear legalmente fan art, incluso obras derivativas, así que si hay gente que compone música, crea algún tipo de ilustración o algo similar basado en mis libros, debería ser capaz de venderlo porque es una obra de arte diferente. Y no quiero que escriban libros para competir con los míos, pero me honra que alguien quiera escribir fan fiction si es para diversión propia o para publicar online de forma gratuita.

¿Te preocupa la piratería? Lectores que se descarguen por Torrent tus libros sin comprarlos…

No es una gran preocupación para mí. La piratería me preocupa más en países que no tienen aún un gran número de lectores de fantasía y ciencia ficción, porque me preocupa que perjudique a las librerías. Pero en general creo que la preocupación sobre este tema está sobredimensionada. Mi experiencia ha sido que los lectores quieren apoyar las cosas que les gustan, y si pueden apoyar a sus artistas favoritos lo harán. Pero si están en un punto de sus vidas en que no pueden, es mejor permitir que lean las historias que quieran, dejar que desarrollen su vida y sus ideas, y que apoyen a los artistas cuando sean capaces de ello. Así que soy muy fan de dar libros gratis…

Warbreaker está disponible por entero en tu página web…

Y animo a Tor para que regale ejemplares de El camino de los reyes y Nacidos de la bruma en EE. UU. Creo que la gente no debería piratear en la mayoría de los casos, pero no voy a tomar acciones contra ellos. Dejo que sea su propia moralidad la que guíe cómo toman esa decisión… Y me concentro así solamente en escribir mis libros y agradecer a los lectores que me apoyan.


Juego de tronos IV: Tormenta de pavas

El típico niño tonto que asusta a las palomas. Imagen: HBO / Canal Plus.

(Sin rodeos: hacemos SPOILERS de la cuarta temporada de Juego de Tronos y los hacemos desde ya. Si aún no sabe cómo acaba, puede seguir leyendo, pero muerda un palo y aguante. Como dijo Shae, el que avisa no es traidor).

En una letrina, como debe ser. Y sentado literalmente en ella, porque estaba haciendo caca. Así es como deben morir los grandes y así es como ha muerto Tywin Lannister. Quizá con menos chapoteos de los que imaginó originalmente George R. R. Martin, siempre tan folclórico cuando se trata de la biología, pero aun así de forma «gótica». El eufemismo no es nuestro, sino de Charles Dance. Eso dijo de la muerte de su personaje en una entrevista en Sky News. Que moría de forma gótica y que lo sabía a su pesar, porque hubiera preferido no saberlo. Le reventó la sorpresa un fan, porque los fans es lo que tienen, y solo después de hacerlo Dance se animó a conocer cómo sería el final del hombre más poderoso de Westeros, aquel de quien se decía que cagaba oro. Era una mentira más, como Martin aclara en el papel. Obviamente, aquel hombre no cagaba oro.

Acaba de concluir la cuarta temporada de Juego de tronos y en esta santa casa es tradición repasar los puntos flacos y los logros de la adaptación. Y lo hacemos en catorce puntos, siete para lo mejor y siete para lo peor, porque hay que cuidar los detalles y porque a tal grado llega nuestro compromiso con la magna obra de Martin, que adaptan David Benioff y D. B. Weiss. Si no lo sabía, ya lo sabe. Eso y que hablaremos también de los libros pero solo hasta el punto que haya alcanzado la serie de televisión, que dependiendo de la trama es uno u otro. Que no le contaremos nada de lo que vaya a pasar, para entendernos, y que puede pisar con tranquilidad. Procedamos.

Lo mejor

1. La forja de las espadas

Hielo, el histórico mandoble de los Stark, fundido de nuevo en la forma de dos espadas. Acero valirio al rojo, Las lluvias de Castamere de fondo y el patriarca Lannister arrojando al fuego la vaina del arma, de piel de lobo. Sin texto, sin explicaciones y lo que es más determinante: sin que hagan falta. Fue un momento televisivo soberbio.

Tywin siendo malísimo. Imagen: HBO / Canal Plus.

El breve prólogo con el que abrió esta temporada de Juego de tronos constituye un ejemplo de la madurez de la serie, que se puede permitir secuencias así de parcas y conseguir que resulten, recurriendo al término técnico, jodidamente épicas. Si algún momento de esta temporada mereció un aplauso, ese fue el primero.

2. Vomitar fosforito

Aunque los aplausos, como sabrá, se los llevó este otro momento:

«¡Oh my God, esto no se veía venir en absoluto!». Imagen: HBO / Canal Plus.

No nos lo diga: se le hizo corto. A nosotros también, no se crea. Y al resto de Occidente. Un par de minutos extra no hubieran estado mal, en eso estamos todos de acuerdo. Y unos cuantos gorjeos más, quizá acompañados de burbujitas. O que apareciese un águila y le picotease los ojos, por ejemplo. Tres temporadas enteras, tres, llevaba el repelente niño Vicente atravesando la peor edad del pavo que se recuerda desde las gemelas Olsen. Al final fue Olenna Tyrell quien ejerció de improvisada supernanny y el método pedagógico de su elección fue un veneno que, si lo tomas, vomitas fosforito.

Joffrey ha muerto y ha muerto como deben morir las reinas de corazones: sin redención. Y vamos a detenernos a felicitarnos por esto, porque era improbable. La tele conoce sus propias normas y las majors de Hollywood, no digamos. Escribiese lo que escribiese Martin originalmente, es más que probable que por las oficinas de la HBO hayan circulado adaptaciones del guion en las que al final Joffrey, si te fijas, pues tampoco era tan mal chaval. Podría ser incluso la víctima, fíjate lo que te digo. De sí mismo y de sus cromosomas, que no presentan precisamente la divergencia genética que recomienda la Organización Mundial de la Salud. O de su madre, que está como las maracas de Machín, y de su familia en general. Como Tyrion, sin ir más lejos, que a lo largo de esta temporada juega precisamente ese papel, el de víctima de su familia, a cuyo mismo efecto se le han evitado un par de secuencias en las que el personaje más carismático de la serie se comporta como un auténtico enano coñón. Cualquier cosa menos matar al niño, porque a los niños no se les mata. Y, si se les mata, qué menos que dando pena.

Pero no. Si fuésemos una foca, la muerte de Joffrey sería el arenque. Por suerte, ha sido lo que debía ser: un caramelo para los espectadores, el primero que nos dan Martin, Weiss y Benioff en tres libros y cuatro temporadas. Y una feliz violación, de paso, de una de las normas más elementales de la retórica televisiva, lo que siempre es saludable porque la retórica televisiva es mojigata, convencional y muy comercial. Y está poco dispuesta a saltarse sus propias reglas.

3. La insoportable levedad de Sansa

Y ahora que hablamos de normas, hablemos de una de la ficción. Una muy elemental.

Sansa haciendo lo que mejor sabe: mirar al infinito con la boca abierta. Imagen: HBO / Canal Plus.

Es un hecho ampliamente documentado que Sansa es tontísima. Pánfila, muy pánfila. Nos la venden inocente, pero no cuela. Es boba. Tanto que a la mitad de la parroquia nos tenía desquiciados ya, pero eso es lo de menos. El pavo de Sansa comenzaba a ser un problema mismo en la narración, una espina que te saca de la historia y te hace pensar no en lo que te están contando, sino en su porqué. Cualquier narración moderna, y sobre todo Juego de tronos, es a la par el retrato del viaje interior del personaje, de su maduración. Véase la de Arya, la de Jon o esa escena de gloria en la que Catelyn, tan maternal ella y tan cauta que era, le prometía a su hijo la sangre de los Lannister. Daenerys, Bran, Samwell… Incluso Jaime Lannister y Sandor Clegane cambian. Todos lo hacen menos la gilipollas esta.

Hay una buena razón, nadie dice que no: Sansa se lo podía permitir. Al menos, hasta ahora. La trama de Sansa no ha ido realmente sobre Sansa. Ha funcionado como un espacio narrativo contenedor al que recurrían los creadores para acabar sucesivamente con todos los enigmas que arrastraba la serie, fundamentalmente la identidad de los asesinos de Joffrey Baratheon y Jon Arryn. Y su verdadero protagonista, por tanto, ha sido Meñique. En el octavo capítulo, a Dios gracias, Sansa da su primer síntoma de espabile en cuatro temporadas, coincidiendo precisamente con el fin de todas estas revelaciones. Se viste de plumas —en un lugar denominado «Nido de Águilas», para quien se le escape la etiqueta—, se pone un escote de aquí a Braavos que invita a gritar ídem y ejecuta una bajada de escalera que ni las hermanas Duval. Parece que, por fin, va a dejar de darnos absolutamente igual que la casen, la rapten o la operen del apéndice. Y ya iba siendo hora.

4. La buddy movie que no será

Si de este cisco en que se ha convertido Juego de tronos alguien decidiera sacar todavía más rentas y filmar un spin off, en un mundo ideal estaría dedicado a la pareja más carismática de esta temporada:

Flik y Flak, dos en un reloj. Imagen: HBO / Canal Plus.

Cuando una obra literaria se adapta a la pantalla a veces es un acierto restar contenido superfluo, otras sumar ideas que la obra original apuntaba pero no llegaban a desarrollarse. En el caso de Arya y el Perro los productores han optado por ambas cosas, así que tenemos una doble ganadora. Conscientes del potencial de este dúo, no han dudado en eliminar personajes secundarios y hasta terciarios implicados en su trama, consiguiendo que el corpus de personajes no deje en reunión minoritaria la boda de Lolita y dejando espacio para desarrollar a los protagonistas. Arya es uno de los personajes favoritos del público, eso apenas tiene discusión, pero también es cierto que su papel como líder de una banda de niños perdidos en la anterior temporada comenzaba a resultar insufrible. La irrupción de Sandor Clegane, primero como secuestrador y después como figura paterna absolutamente disfuncional, le ha enseñado más lecciones de la vida que todas las traumáticas experiencias anteriores. Que la danza del agua poco tiene que hacer contra una big armour and a big fucking sword, por ejemplo, y que el pollo tienes que ganárterlo con la sangre de la frente de otro. Y que por muy intensa que te vuelvan tus desgracias siempre habrá otro con un pasado más doloroso que el tuyo. Por parte del Perro hemos asistido a una perfecta evolución del personaje, algo desdibujado en la primera temporada, donde más que un rudo guerrero sociópata sanguinario parecía un heavy bonachón, y muy plano en las dos posteriores, donde interpretaba simplemente eso, un rudo guerrero sociópata sanguinario. A lo largo de su trama en esta temporada hemos descubierto que en efecto lo es, pero sabemos por qué, además de presenciar su adhesión a la causa republicana y confirmarnos que junto a Bronn es el único sujeto de la serie digno de usar una billetera que rece la leyenda BAD MOTHERFUCKER. Y si bien el cariño que parece nacer en Arya hacia su captor es solo un apunte velado tras los ojos fríos de quien al fin es una verdadera asesina, y achacable a una especie de síndrome de Estocolmo, el del Perro por su pupila es sincero e indudable.

Quienes leyeron los libros saben que jamás llegaron a encontrarse con Brienne y que Clegane queda moribundo y vestido de torero ante un destino incierto por otra causa, pero esta modificación en el argumento nos ha brindado algunos de los mejores momentos del último episodio. Ese tenso diálogo que el espectador sabe que desembocará irremediablemente en una magnífica manta de hostias, una lucha salvaje que deja al combate del otro hermano Clegane y la Víbora Roja en una simple colección de posturitas y cucamonas. Ese diálogo en el que Sandor se otorga el papel de protector de Arya, sin ironía ninguna en la declaración, con un deje de sincero cariño. Ese diálogo en el que descubrimos, ya sin ninguna duda, que el Perro es humano.

5. Duneizarse

Imágenes: HBO / Canal Plus.

Duneizarse de Dune, se entiende. Esto es siempre una buena idea, estarán de acuerdo. O no, pero aquí vamos a proponer que sí. Es sutil, entre otras cosas porque hay muchos personajes que no cambian de ropa, pero ocurre: el vestuario de Juego de tronos deriva lenta pero inexorablemente hacia el mamarrachismo. Y esa es siempre una fantástica dirección.

6. Peterjacksonizarse

Y otra cosa que siempre es una buena idea: los mamuts. Y los gigantes, pero más los mamuts.

Como se ha dicho y redicho ya en muchas ocasiones, el gran acierto de la Canción de Hielo y Fuego reside en la delicadeza de su mezcla entre realismo y fantasía. Esta fina aleación —nueve partes de realismo, una solo de elementos estrictamente fantásticos— es seguramente la razón por la que ha conseguido atraer al prototipo de espectador que piensa que Bilbo Bolsón es una pedanía de Vizcaya. Es fantasía softcore. Fantasía de amplio espectro.

Esto, por supuesto, es muy fácil de decir pero no tan fácil de hacer. Juego de tronos no es una novela de Murakami, esas en las que lo paranormal asoma solo la puntita y siempre al final, después de novecientos gramos de prosa japonesa. En Juego de tronos hay dragones, caminantes blancos, sortilegios y magos. Hay de todo y en cantidad. No se puede concluir, ni mucho menos, que George R. R. Martin haya diluido la fantasía cuantitativamente. Lo ha hecho cualitativamente. ¿Con qué? Una pista: son peludos y suaves, pero no se dirían precisamente todos de algodón. Y tienen unos colmillos que si te empitonan te ponen a la moda.

El asedio de Minas Tirith, solo que sin Minas Tirith. Imagen: HBO / Canal Plus.

Los mamuts, en efecto. Porque, preguntémonos una cosa: ¿un mamut es un elemento fantástico o uno realista? No se crea que está claro. ¿Y los huargos? Porque son lobos. Grandes, pero lobos. Y lo mismo podríamos decir de los inviernos de Westeros, que son largos y obedecen a reglas enigmáticas, pero son inviernos a fin de cuentas. Y de la leche de amapolas, y de tantas otras cosas. El género por el que planea Juego de tronos no resistiría un análisis de periodismo de datos: salvo dragones, caminantes blancos y cuatro o cinco fetiches más que irían decididamente en el gráfico de lo mágico, todos los demás elementos sobrenaturales tendrían que aparecer en el gráfico de la fantasía con un asterisco.  O quizá en una tercera tabla que se titulase, más bien, «realidad enrarecida». Los mamuts son quizá el ejemplo más claro y ha sido un alivio comprobar que David Benioff y D. B. Weiss no se los han dejado en el tintero. Lo que nos lleva, por cierto, a su siguiente acierto.

7. Eliminar la Puerta Negra

La región Más Allá del Muro no es la Riviera francesa, como sabrá. La gente es muy garrula, los gigantes tienen muy mal café, los zombis están muy muertos y hay unos señores pálidos que no solo se proponen arrasar la civilización humana: es que además tienen la intención de hacerlo en taparrabos. Y del biruji que hace ya ni hablamos. Un circo, vamos. Y para protegernos de él hemos construido un muro de, pongamos, doscientos trece metros de altura. ¿Qué hacemos si queremos franquearlo pero somos un niño parapléjico que disfruta, además, del inigualable confort y las comodidades que ofrece la Edad Media? Fácil: vamos a un fuerte abandonado desde hace doscientos años, nos encontramos de casualidad con un miembro de la Guardia de la Noche que pasaba por allí, descubrimos la puerta mágica que resulta que también estaba allí y que solo puede abrir un miembro de la Guardia de la Noche, mira tú qué cosas, la abrimos y pasamos. Así de sencillo.

Es como lo hace Bran, al menos en los libros. La Puerta Negra del Fuerte de la Noche está enterrada bajo el Muro, es de madera blanca de arciano, emite luz y solo se abre recitando ante ella el juramento de la Guardia. Entonces abre la boca —porque tiene cara y boca, no te lo pierdas— y por ella pasa el interesado, en este caso Bran Stark, Hodor y Jojen y Meera Reed. En la serie, de momento, no la hemos visto cuando tocaba, que fue cuando Samwell Tarly y Eli se cruzaron en las ruinas del Fuerte con la compañía de niños. Ocurrió en el último capítulo de la temporada anterior y Bran, en lugar de por la puerta mágica, accedió al Norte por una cavidad ordinaria practicada en el Muro.

¿Por qué es un acierto su desaparición? Para empezar porque resulta un poco ridícula, para qué nos vamos a engañar. Un poco cueva de Aladdin. Pero, sobre todo, porque el artilugio solo funciona operado por un miembro juramentado de la Guardia, y eso obligaba a Sam y Bran a encontrarse para que el primero abriese la puerta y el segundo pasase. En televisión no lo hizo y aun así se encontraron, pero entonces tal ya no constituyó ninguna pirueta. Bran no necesitó imperativamente a Sam y por eso su encuentro dejó de chirriar, como sí hace en los libros. El que les escribe, en todo caso, temía que la elipsis fuera solo cuestión de economía narrativa y que la puerta mágica solo hubiera desaparecido de la tercera como desaparecieron los mamuts, por ejemplo —cuya aparición definitiva no vimos en televisión cuando correspondía, en el momento en el que Jon Nieve llega al campamento de los salvajes, sino cuando a Benioff y Weiss les resultó más socorrida, en el ataque contra el Muro de esta cuarta temporada—. Por lo visto no ha sido así y la mal llamada Puerta Negra, de momento, ha desaparecido completamente de la serie, probando que Weiss y Benioff no se dedican a adaptar la Canción de Hielo y Fuego solo aligerándola, sino también corrigiéndola. Y eso siempre resulta alentador.

Lo peor

1. Chayanne

Los de Dorne, dando la nota. Imagen: HBO / Canal Plus.

Algo huele a podrido en Dorne. Y a pescaíto frito. Al primer dorniense que hemos visto en Juego de tronos, el príncipe Oberyn Martell, le ha faltado solo decir que en Invernalia serán muy cívicos, reciclarán mucho y tendrán poco paro, pero que se suicidan porque llueve. Eso y que no hay nada como el sol de Lanza del Sol, que a ver si no de qué si iba a llamar así. Sí sabemos que le gustan, al menos, otras dos cosas más de su tierra: el vino y las mujeres, como a Julio Iglesias. Y los hombres, así es él de truhán y de señor, nanana-ná, ama la vida y ama el amor. Y aunque este en particular no vaya a amar ya muchas cosas más, su personaje es el patrón con el que se cortará toda la cultura de Dorne, que estamos a punto de conocer mejor. No descarten que en la quinta temporada, cuando la acción nos lleve al reino del sur, los Martell vivan en mezquitas, tengan duende —quizá también tocotó— y agasajen a sus invitados con una paella gigante, como en el Reto Fairy.

¿Se han columpiado Weiss y Benioff con la hispanidad, ejem, desbordante, de Oberyn? No mucho, en realidad. Dorne es uno de los siete reinos, pero no uno más. Igual que las Islas del Hierro —que mantienen un paralelismo más o menos claro con Escandinavia y la cultura vikinga— o Invernalia —que hace lo propio con Escocia—, Dorne también cuenta con una identidad propia y diferenciada del resto de Westeros, en su caso inspirada en los países mediterráneos. Es cálido, grande y peninsular, como Italia y la península Ibérica, y como ellas está separada del continente por una cadena montañosa. Tiene su idioma propio y en su historia resuenan referentes claros de las Guerras Italianas y de la historia medieval española, particularmente la conquista musulmana y la Reconquista. Cuando una fan le preguntó en su blog por el fichaje de Pedro Pascal como Oberyn, el mismo George R. R. Martin se ocupó de aclarar que el reino de Dorne y la cultura dorniense no tienen tanto que ver con el mundo árabe —que es lo que sugería su contertulia, por cierto una opinión muy extendida— como sí con el sur de Europa. Los dornienses son «de apariencia más mediterránea que africana», precisó. «Griega, española, italiana, portuguesa, etcétera. Ojos y pelo oscuro, piel aceitunada». Y también se permitió denominarlos «salty dornish», por cierto. Que sería algo así como confirmar que tienen eso mismo, salero, arsa, tocotó.

Pero dijo que eran salty, insistimos. No gilipollas. En su gran secuencia final, aquella en la que se enfrenta a la Montaña, Oberyn sorprendió a propios y extraños con un estilo de lucha que a los extraños quizá les pareció muy resultón y Spanish-like, pero a los propios nos pareció Manolete haciendo parkour. Y poniéndose muy tontito con el asunto ese del honor, el duelo y la venganza, para mayor españolidad. Solo le faltó anunciar que su nombre es Iñigo Montoya, que tú mataste a mi padre y que prepárate a morir. Al final de poco le sirvieron los saltitos, como saben, y la Montaña le pintó la raya del ojo a la altura del hipocampo. De los muchos –muchos– parientes de Oberyn no podemos decir lo mismo.

2. El Darth Maul de las nieves

Son iguales, no digan que no. Imágenes: HBO / Canal Plus / Lucasfilm / Disney.

A estas alturas lo sabrá ya, pero no está de más recordarlo. El caminante blanco ese que convierte bebés humanos en miembros de su especie se lo han sacado David Benioff y D. B. Weiss de su mismo arco de Trajano. Podría tratarse, eso sí,  del Rey de la Noche, a quien conocemos por un cuento de la Vieja Tata. O podría no serlo, porque vete tú a saber. De momento su función ha sido solo la de ilustrar cómo las mamás caminante blanco y los papás caminante blanco hacen niños caminantes blancos. Que es sin mamás, por cierto. Cómo se reproducen estas maléficas criaturas es algo que George R. R. Martin no explica en los libros y que nosotros, personalmente, nos podríamos haber muerto felizmente sin saber. En particular si la explicación es esa: que llevan bebés a una fortaleza de la soledad de Superman, pero creepy; que viene un caminante que es mismamente Darth Maul, pero ártico; y que convierte al niño en caminante blanco, pero cuqui. Para contar eso, mejor no haber contado nada.

3. Escarabajos metafóricos

Y otra creación de Weiss y Benioff: el primo de Tyrion y Jaime, Orson Lannister. Ese al que le gustaba matar escarabajos, por lo visto. CUN, CUN, CUN. Seguro que les suena.

Una de las constantes de Hollywood es que todo personaje recuerda en voz alta, venga o no a cuento, alguna anécdota de su infancia cargada de significado. La historia resultará clave para afrontar el inminente desencadenamiento de la acción y cerrará una cuenta pendiente con el pasado. El efecto no siempre está logrado, eso sí, y a veces suena a «aquel verano en Wichita otro niño me robó la bicicleta, por eso no dejaré que ahora este maldito terrorista se salga con la suya». El discurso que se marca Tyrion en la mazmorra acerca de su primo Orson, por desgracia, es un ejemplo de este segundo caso.

Tyrion planeando grandes metáforas porque, claramente, está el horno para bollos. Imagen: HBO / Canal Plus.

Tras golpearse la cabeza, el chaval se dedicaba obsesivamente a aplastar escarabajos mientras Tyrion, nos dice, lo observaba con su agudo ojo antropológico para desentrañar el profundo significado que residía en el gesto. Porque lo tenía, por lo visto. Weiss y Benioff se han preocupado de que nos quede claro, revistiendo la secuencia de solemnidad y gran aparato, quizá prefiriendo decirnos «cuidado, que esto tiene significado» en lugar de dejar que la historia hable por sí misma, cosa que haría si fuese pertinente. Como hace la que le cuenta Oberyn a Tyrion, sin ir más lejos, en esa misma celda, acerca de la ocasión en la que él y su hermana visitaron Roca Casterly, cuando Cersei le retorcía el pito a un Tyrion recién nacido. Gracias a que cuenta esa historia conocemos mejor el empeño de Cersei por acabar con Tyrion y sabemos que Oberyn está al corriente, así que nadie le tiene que convencer de la inocencia del enano. Su decisión de convertirse en su campeón reviste legitimidad gracias a esa anécdota, sencilla, funcional y emocionante. Y justifica la actitud de Tyrion, que de bueno que es, es tonto, pero se dispone a dejar de serlo. Y todo sin necesidad de ponernos estupendos y coelhianos con metáforas de escarabajos.

No es el único tic hollywoodiense que le toca a los hermanos Lannister. El más espantoso de todos tuvo lugar cuando Jaime le dio instrucciones a Tyrion durante su juicio para que se declarase culpable, asegurando que su padre aceptaría perdonarle la vida. Y en lugar de explicarle las razones –total, para qué–, le hace esa pregunta sin sentido, absolutamente convencional y ridículamente hueca que no le ha hecho ningún personaje a otro en toda la historia del cine estadounidense: «¿Confías en mí?».

Por suerte para el personaje y su reputación de gran orador, la lengua de Tyrion ha patinado en esta temporada pero también ha vuelto a brillar. Si decepcionaba al mostrar tanta extrañeza ante el comportamiento habitual de cualquier niño de provincias, lograba compensarlo previamente con el discurso final del juicio. Qué monólogo, señores. Ahí lo vemos enardecido, ni suplicando lastimoso por su inocencia ni cayendo en el error de asumir una culpabilidad que no le correspondía, sino exponiendo su deseo de haber sido culpable. Con rabia pero también con lucidez, creciéndose por momentos y poniendo a todos en su sitio, al primero de ellos a ese padre que nunca lo ha querido por ser tan contrahecho. Cuando sean así, para mejorar tan claramente las escenas del libro original, bienvenidos sean los cambios.

4. El capítulo monográfico de la batalla del Castillo Negro

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Jon Nieve nos ofrece una de sus mejores imitaciones: Popeye. Imagen: HBO / Canal Plus.

Mal. A los diez minutos de empezar, cuando te das cuenta de que te están volviendo a contarla batalla de Aguasnegras, te dan ganas de apagar la televisión y dedicar los cuarenta minutos restantes a alguna actividad más entretenida, como por ejemplo entrar en estado vegetativo terminal. Hay muchas batallas en Juego de tronos, todas se parecen y esta era la enésima. Poniéndose así de machacones con ella, Weiss y Benioff solo han conseguido meternos aún más por los ojos al bastardo de las nieves, para quien ya improvisaron en esta misma temporada una subtrama nueva —su incursión hasta el torreón de Craster— con la misma intención: convencernos de que, por alguna razón, Jon Nieve mola. Y no. Mola más Ser Allister. A quien, por cierto, deseamos una pronta recuperación.

Parece que nos hemos librado, eso sí, de sus escenitas de amor dignas de las peores radionovelas de la posguerra junto a Ygritte, que llevaba una temporada y media poniéndose muy intensa porque una vez le comieron el asunto en una cueva. Aprovechamos la ocasión para pedir urgentemente, por favor, ya mismo, que los guionistas hagan lo propio con Samwell Tarly y no lleven más lejos su relación con Elí, la mujer sin barbilla. Basta. Da igual lo que esté escrito en los libros.

5. La insoportable levedad de Daenerys

Y si sobraba tanta batalla en el Castillo Negro, he aquí un lugar donde se echa en falta: Mereen. Vale, sí. Quien haya leído los libros se puede imaginar por qué Weiss y Benioff han evitado darle carrete al sitio de la ciudad —guiño, codazo—, y a los que no les podemos confirmar que sí, hay una buena razón. Pero una cosa es eso y otra lo que vimos, que fue, bueno, pues nada. Danerys conquistó Mereen sin despeinarse, oye, de un capítulo para otro y como Pedro por su casa. Vino, vio y venció, como Julio César. El problema es que la muchacha más parece Shakira en el videoclip aquel de los caballos que una conquistadora, de modo que un poco de acción ilustrativa, por favor. Queremos creérnoslo, Benioff y Weiss. De verdad que sí. Pero echadnos una mano.

A lo mejor no lo han notado, pero desde que Emilia Clarke decidió que era más grande que Jesucristo y que no iba a hacer más escenas desnuda, se desnuda mucha gente de su cortejo. Lo han hecho Missandei, Gusano Gris y el nuevo Daario Naharis, de cuyo culo excelente hubo hasta un primer plano mientras Daenerys se servía una copa y ejecutaba con fruición su mejor cara de gustarle a una morder el mango bien madurito.

Culo con Shakira y copa. Bodegón. Imagen: HBO / Canal Plus.

¿Por qué? Bueno, pues porque a esta chica no le pasa mucho, en realidad. No en televisión, al menos. Está conquistando las ciudades estado de un continente entero y acabando con el esclavismo, pero a Weiss y Benioff les ha parecido que mira, mejor contarnos las tribulaciones románticas de Jorah Mormont, del propio Daario y de Missandei y Gusano Gris. Románticas y pagafánticas, por cierto, porque aquí mucho lirili pero poco lerele, y al final los únicos que acabado picando no son los que se aman, sino los que se desean. Real como la vida misma, por otra parte.

6. La violación de Cersei

Y hablando de culos: no hemos hablado aún de la escena de la cuarta temporada que ha hecho correr ríos de bits, la de la violación que-se-supone-que-no-lo-era. Esa en la que Jaime Lannister forzaba a Cersei frente al cuerpo mismo de su hijo, que también era hijo de él, en una ciclogénesis explosiva de incesto, depravación, ser muy cochino y hala, dar ya todo igual.

Los hermanos Lannister, todo un ejemplo para la juventud. Imagen: HBO / Canal Plus.

Debe achacarse la polémica a la torpeza del guionista y particularmente del director, Alex Graves. Queriendo filmar una escena de sexo duro, aunque consensuado, acabó filmando llanamente una violación, completamente fuera de lugar e impropia de los personajes, tanto Jaime como Cersei. Lena Headey es una actriz dotada. No era tan difícil pedirle que su lenguaje corporal mostrase la receptividad que de palabra no podía expresar. El propio George R. R. Martin se vio obligado a aclarar públicamente que esa mierda de escena —fue más diplomático— no aparecía así en los libros, en los que las circunstancias son muy distintas: Jaime acababa de llegar a Desembarco del Rey y Cersei lo desea. Lo que se vio en televisión fue algo distinto, y bastante peor.

7. Y Eso

Eso, sí. Con mayúscula. Eso que tenía que pasar y que no ha pasado. Prometimos no contar lo que va a ocurrir a continuación y no lo haremos, de modo que si no ha leído los libros solo le podemos poner la siguiente imagen y decirle una cosa: agüita, amiga.

7 AUSENCIA

Agüita con lo que tenía que ocurrir y no ha ocurrido al final de la serie, y específicamente al final del último capítulo. En Tormenta de espadas tiene lugar en el epílogo, y no por nada. Cuando uno le pone un epílogo a un libro con el mismo volumen que una caja de campurrianas, es por algo. En este caso, para colar el cliffhanger más espectacular con el que cuenta, seguramente, toda la Canción de Hielo y Fuego. Porque es eso, en efecto: un cliffhanger. La puntita, nada más, de algo muy gordo en ciernes. Pero gordo, gordo. Gordísimo. Por eso no importa las razones de economía narrativa que esgriman: el momento era ahora, entre temporadas, y no como presumiblemente será, como colofón de alguno de los primeros capítulos de la próxima, si no del primero. Seguramente Weiss y Benioff —y si no ellos, la HBO— quieran que el giro rinda a efectos promocionales en la próxima reentré de la serie, en 2015, y por eso lo han aplazado. Por eso y porque, obviamente, está empezando a ocurrirles lo mismo que a la otra: por lo visto, son más grandes que Jesucristo.

Coautor 62


El hobbit: La Desolación de Smaug o el gran rorrobo de la jojoya

Una escena de El hobbit: La Desolación de Smaug. Fuente: Warner Bros. Pictures International.

Está la cosa jodida, ¿verdad? Como para ir al cine a lo loco, no digamos ya si es en 3D. Es posible así, oh lector, que el estreno en salas de El hobbit: La Desolación de Smaug le cause un poco de turbación, en particular si el año pasado fue a ver Un viaje inesperado con toda la ilusión del mundo y se quedó al salir igual que como estaba al entrar, solo que con nueve euros menos. En 2012 la primera película de la nueva trilogía de Peter Jackson cosechó lo que suele denominarse «una recepción desigual entre los críticos» y se llevó solo un sesenta y cinco por ciento de reseñas positivas en la web Rotten Tomatoes, una proporción muy ramplona para una película que podría haber costado —y el condicional es porque no son cifras confirmadas— cerca de doscientos treinta millones de euros. La segunda parte, La Desolación de Smaug, habría costado lo mismo pero, si han visto el tráiler, habrán notado que promete más. Más acción, más bichos y más parecerse, en resumen, a El Señor de los Anillos, que es un poco lo que está esperando a estas alturas el aficionado raso a la literatura de J. R. R. Tolkien. Eso y que los enanos no vuelvan a cantar.

No padezca, en todo caso. Para ayudarle a tomar la decisión hoy traemos un picadillo surtido de impresiones sobre la película, nosotros que la hemos visto, que en caso de ser fan incondicional puede obligar a leer también a los seres queridos o conocidos a los que quiera embaucar, a ver si así se animan. Aunque es probable que no la supere nunca, aquí vamos a evitar esa discusión recurrente en El hobbit sobre si Jackson está haciendo una trilogía con un librito de ciento ochenta páginas por integridad artística o solo para ganar más perras, ch-cling, ch-cling, principalmente porque daremos por sentado que lo hace por la segunda posibilidad. También evitaremos los spoilers gordos y no hablaremos de lo que ocurrirá en la tercera película pero, eso sí, trataremos abiertamente la trama del libro, en particular cuando esta difiera de lo que aparece en pantalla. Es un clásico, es buenísimo y se publicó en 1937, quiero decir. Han tenido tiempo de leerlo.

Dos minutos por página

Empecemos por el principio. Todo lo que siempre quiso saber pero nunca se atrevió a preguntar sobre El hobbit: La Desolación de Smaug se lo digo yo ahora mismo en un momento: sí, haga pis antes de entrar. Dura ciento sesenta y un minutos, que se dice pronto. Eso son casi tres horas de desolación, enanos corriendo y Orlando Bloom subiendo los párpados de abajo como si le fuera la vida en ello. Ocho minutos menos que Un viaje inesperado que hasta se agradecen pese a que esta segunda película es, y atiendan que esto sí que es importante, bastante más entretenida que la primera.

En Un viaje inesperado Jackson invirtió ciento setenta minutos en adaptar las primeras setenta páginas de novela —lo que explica en parte aquello tan recordado, y no para bien, de que Bilbo saliese de su casa para «vivir una aventura» a los cuarenta minutos de empezar— y en La Desolación de Smaug hace poco menos que lo mismo: son ciento sesenta minutos de metraje para otras setenta páginas. Hasta ahora, el cineasta lleva un ritmo de algo más de dos minutos de cine por página, más tiempo del que seguramente tardaría cualquiera en leer esa misma hoja, tronistas de Telecinco incluidos.  ¿Cómo es, entonces, que en la segunda cinta pasan más cosas que en la primera y cómo hará el director en la tercera, cuando ya le queden solo cuarenta páginas de El hobbit que exprimir? No lo sabemos, pero a continuación va una pista.

El síndrome de la película en medio…

En La Desolación de Smaug Jackson se ha sacado de la manga personajes, tramas e historias enteras que el bueno de Tolkien nunca escribió, muchas más que en Un viaje inesperado. A ustedes y a mí nos han dicho que es para aliviar lo que a veces se llama middle movie syndrome —o síndrome de la película en medio—, un problema característico de la segunda entrega en trilogías cinematográficas cerradas como esta que consiste, fundamentalmente, en que el guión flojea porque no incluye ni el gran arranque de la saga ni su gran final, sino solo la parte de en medio. El mismo cineasta tuvo este problema en El Señor de los Anillos: Las dos torres y lo solucionó con bastante discreción añadiéndole unos elfos a la batalla del Abismo de Helm —así pudo invocarlos en pantalla, ya que de haber respetado el texto habrían desaparecido por completo de la película—, una serie de flashbacks y sueños que mantuvieron viva la relación entre Arwen y Aragorn a efectos cinematográficos —ya que ambos personajes, pese a su condición razonablemente protagónica, no llegaban a encontrarse en el libro— y un discurso final, el de Sam, que daba bastante vergüencita ajena.

Así las cosas, cambiar la historia parece razonable, ¿verdad? Se trata, a fin de cuentas, de mejorarla y darle esa unidad de la que carece. Una solución no solo justificada, sino incluso deseable, ensombrecida solo por un pequeño detalle: es absolutamente mentira. En la segunda parte de El hobbit a Jackson se le ha presentado el mismo brete y ha decidido solucionarlo a la gornú, seguramente tirando al traste su merecida reputación de buen adaptador.

…y el síndrome de la moto pintada de verde

El cambio más significativo es la aparición en El hobbit de la elfa Tauriel, interpretada por Evangeline Lilly, que el director no ha sobredimensionado hábilmente como hizo en su día con la Arwen de Liv Tyler —un personaje original de El Señor de los Anillos al que decidió conferir más presencia atribuyéndole las funciones de otros, principalmente las de Glorfindel, un elfo que por esa razón desapareció de la narración—, sino que esta vez se lo ha sacado directamente, alehop, de esta chistera que tiene cada vez más grande. Va por su quinta película ambientada en la Tierra Media y se conoce que ha cogido confianza. Y las confianzas, ya se sabe.

TAURIEL
Tauriel, armada y peligrosa y más falsa que un euro con la cara de Popeye. Fuente: Warner Bros. Pictures International.

La presencia de Legolas es también una licencia aunque más razonable ya que su padre, el rey Thranduil del Bosque Negro, sí aparece en la historia original de Tolkien, aunque fuese solo bajo el apelativo de «rey elfo». Del mismo modo Beorn —un cambiapieles muy querido por los fans de Tolkien, capaz de transformarse en oso— pasa solo de puntillas por la adaptación y en cambio el gobernante de la ciudad de Esgaroth, al que interpreta el carismático Stephen Fry, goza de varias y dilatadas secuencias, pese a que el primero juega un papel largo y fundamental en la novela y al segundo Tolkien le dedicó solo unas líneas.

GOBERNADOR
Stephen Fry, cortinilla al viento. Fuente: Warner Bros. Pictures International.

Cambios, repetimos, que presuntamente lo son al efecto de convertir la parte central de la trilogía en una película potable pero, entre ustedes y yo, mentira cochina. Después de tanto arreglo y de tanta vuelta, resulta que la cinta carece de un final ni en su trama principal, la de los enanos, ni en las secundarias, las que protagonizan Legolas, Tauriel, el debutante Bardo —interpretado y muy bien por Luke Evans— y Gandalf. Que no les vendan la burra, porque arranque poco y acaba con un pantallazo en negro y un implícito to be continued incluso más abrupto que el final de la primera cinta de El hobbit, que ya es decir. De quedarte tú mira, tal que así. Muerta en la bañera.

Un ataque de apendicitis

Y hablando de Galdalf llega el primer punto a favor de Jackson, ya que la historia del mago sí está más rematada que las demás, incluso cuando Tolkien no la escribió en forma de narración en El hobbit, sino como simple información enciclopédica en los apéndices de El Señor de los Anillos y solo muy de pasada en el Silmarillion y en los Cuentos Inconclusos de Númenor y la Tierra Media.

Como sabrán, el personaje del mago abandona a los restantes a mitad de la narración de El hobbit sin que el autor revele para qué, de forma parecida a como lo hace en varias ocasiones a lo largo de El Señor de los Anillos. Años más tarde el escritor británico contó en otros volúmenes que durante esta ausencia Gandalf se reunió con Saruman, Galadriel y Elrond para celebrar un encuentro del Concilio Blanco y evaluar los riesgos de la creciente presencia del mal en Dol Guldur, una antigua fortaleza de la región tomada por un oscuro personaje, el Nigromante. A consecuencia de esa reunión el Concilio concluye atacar las ruinas y desalojar al espectro.

GANDALF
Gandalf en una escena de la película. Fuente: Warner Bros. Pictures International.

Así contado no se lo parecerá a quien no haya leído los libros ni visto aún Un viaje inesperado y La Desolación de Smaug, pero lo cierto es que es esta trama la que confiere a la película continuidad con El Señor de los Anillos, ya que reúne a los mismos personajes contra el mismo mal, explica la presencia de los Nazgûl en el norte y anticipa la traición de Saruman y el alzamiento de Sauron en Mordor, al sur de la Tierra Media. Jackson ha tenido el acierto de no adulterarla demasiado y de repartirla a lo largo de sus tres entregas, pese a que en principio debería aparecer solo en la segunda. En la primera película, Un viaje inesperado, ya asistimos a la reunión del Concilio Blanco —a una sola sesión, pese a que Tolkien hablara de varias; integrada solo por Elrond, Galadriel, Saruman y Gandalf, pese a que Tolkien incluyó a otros personajes; que Jackson situó al paso de la compañía por Rivendel en lugar de posteriormente— y en esta segunda veremos a Gandalf enfrentándose a Dol Guldur —de nuevo no en los mismos términos que especificó Tolkien, pero parecidos—, y hasta aquí podemos leer. Sirva solo revelar que el director, consciente del valor de la historia y de que la paciencia de los fans tiene un límite, hasta tiene el detalle de conferirle un papel menor en ella a los dos personajes más sobrerrepresentados de El hobbit: el mago Radagast que interpreta Sylvester McCoy —seguramente salvándolo de que se convierta en el Jar Jar Binks de la Tierra Media, por cierto, trineo de liebres mediante—, y Azog, ese orco pálido y espantosamente digital que Jackson parece decidido a meternos hasta por las orejas.

Orcos como monos de Jumanji

Porque esa es otra. Salvo algunos enanos particular y afortunadamente feos, en El hobbit todo el mundo parece salido del anuncio ese de antiarrugas en el que aparece Jane Fonda interpretando a su propia nieta. Hasta los orcos, no te digo más, son feos como rayos pero el cutis lo tienen, mira tú, fino como el nácar. La magia del digital, claro, que a Jackson se le ha ido muchísimo de las manos.

AZOG
Azog, el constante antagonista de El hobbit. Debajo de toda esa digitalidad está el actor Manu Bennett. Fuente: Warner Bros. Pictures International.

Eso sí: Gollum y los tres trolls de la primera película impecables, como recordarán, seguramente porque son criaturas que por su propia condición necesitan ser creadas informáticamente. Lo mismo le ocurre en La Desolación de Smaug al propio Smaug —el dragón de la Montaña Solitaria— o a las arañas del Bosque Negro, por ejemplificar de nuevo con personajes necesariamente digitales. Sin embargo, esta segunda entrega confirma con creces lo que ya se veía venir en la primera, cuando Jackson fichó nada menos que a Barry Humphries para interpretar al Gran Goblin y lo cubrió, no obstante, con un cutrerío de traje digital bajo el cual poco o nada se veía del humorista australiano. En El hobbit, el cineasta ha decidido recrear digitalmente muchos personajes que no necesitan serlo, empezando por orcos y goblins y acabando incluso por algunos elfos descaradamente CGI. Por supuesto, no constituiría ningún pecado si resultasen creíbles visualmente. La pena, el error gordo que comete, es que en muchas de las escenas no lo son.

Legolas nos abre su corazón y las puertas de su casa

Por su continuidad con El Señor de los Anillos, el mayor exponente de este abaratamiento visual en El hobbit es seguramente Legolas, tan pasado por un intensivo de Photoshop que de repente le faltan solo el velero y los náuticos para haberse escapado del reportaje central de la revista ¡Hola!

LEGOLAS
Orlando Morritos Bloom, el elfo más irresistible del Bosque Negro. Fuente: Warner Bros. Pictures International.

Si su piel élfica resplandecía en la primera trilogía, lo de ahora es casi de auténtico Gusiluz; si hace años Jackson explotaba moderadamente sus «ojos de elfo», ahora le ha calzado unas lentillas azul Zoolander que juraríamos —juraríamos— que hasta están rematadas por ordenador; y si en Las dos torres y en El retorno del rey el elfo se descolgó con algunas escenas de acción particularmente irrisorias, en La Desolación de Smaug lo veremos ya dar unos requiebros, unos saltos y unas patadas voladoras que en sus pueblos de ustedes no sé, pero en el mío se llaman «carabinajos». Y no es el único aspecto en el que El hobbit da la impresión de ser, pese a que no lo sea, una película más barata que las de El Señor de los Anillos.

«Confía en mí»

Lo hemos comprobado, de verdad que sí. Nos hemos descargado El hobbit en PDF, le hemos dado a Control + F y hemos buscado la ocasión en que Tolkien escribió «confía en mí» en alguna de sus ciento ochenta y un páginas. Por si acaso, ya saben, y por no columpiarse. Cosas más raras se han visto.

Pero no lo hizo, por supuesto. Que alguien diga «confía en mí» es uno de los tics más reconocibles de los guiones comerciales de Hollywood, en particular a partir de según qué presupuesto y del grado de pragmatismo del texto, que normalmente es correlativo. En cualquier persecución que aparezca en este tipo de filmes, como sabrán, siempre hay un tipo amante de la obviedad que grita «¡que no escapen!» mientras persigue a los protagonistas, del mismo modo que alguno de estos suele anunciar a gritos que «¡estamos atrapados!» cuando, en efecto, están atrapados. En estas situaciones el protagonista, asimismo, se suele poner intensito cuando urde un plan de escabullida y, en lugar de explicárselo a sus compañeros para que lo ejecuten, recurre a esta frase tan dramática, «confía en mí», para que procedan a, pongamos por ejemplo, tirarse locamente por un puente en llamas y sin hacer preguntas. Y ellos lo hacen, claro, previa mirada severa durante un par de segundos y simbólica entrega final de su confianza, porque es de lo que va todo esto. Con esta artimaña el guionista evita la repetición —la de tener que explicar el plan verbalmente para después hacer que los personajes lo ejecuten— y alivia la acción en su mismo clímax con un pequeño paréntesis emotivo, que nunca viene mal. No tiene ningún misterio.

El problema es que el truco es precisamente eso: un truco. Y un truco que no pasa inadvertido no es un truco, sino una chapuza. En El hobbit: La Desolación de Smaug chirría particularmente por una razón: estamos ante una película fantástica en la que los personajes hablan constantemente en tono épico —e incluso muy épico, dependiendo del pasaje— para que, de repente, uno de ellos suelte una oración de película de Kurt Russell y te saquen del mood mira, tal que así. Los guionistas —Peter Jackson y su mujer Fran Walsh, Philipa Boyens y Guillermo del Toro— han cometido el error de ponerla en boca de Bilbo cuando discurre la manera de escapar de las cavernas del rey Thranduil pero no tiene tiempo de explicarle cómo a sus compañeros, así que nada: suelta la frase, raca, y se queda tan ancho. Y lo peor es que no es el único haiku hollywoodiense que malogra la lírica de Tolkien. Radagast, por ejemplo, advierte a Gandalf antes de que este entre en Dol Guldur de que podría ser una trampa, a lo que el mago responde con gesto severo y mirada al frente que, je, «por supuesto que es una trampa».

Thranduil

Y vamos ya, para ir cerrando, con el siempre necesario punto controvertido, que en el caso de esta película es Thranduil, el padre de Legolas, interpretado por Lee Pace. Aunque ya le vimos de refilón el año pasado, en La Desolación de Smaug el rey del Bosque Negro juega un papel fundamental que se verá ampliado en la siguiente entrega de la trilogía, El hobbit: Partida y regreso. La razón es que, para cualquiera no particularmente interesado en los espesores de la obra tolkieniana, la figura de Thranduil es el mejor asidero del que dispone Jackson para ilustrar las complicadas relaciones que mantienen entre sí elfos y enanos.

Ambos se odian, es cierto, pero también lo es que el odio que hemos visto hasta hoy en pantalla —el que encarnaba la enemistad entre Gimli y Legolas en El Señor de los Anillos— tiene mucho de singular y nace en El hobbit. Como ilustró el prólogo con el que arrancaba Un viaje inesperado, Thranduil –el padre de Legolas– acudió al rescate del rey Thrór —abuelo de Thorin, el líder de la compañía de enanos— cuando el dragón Smaug atacó su reino en Erebor, pero ordenó a su ejército élfico dar media vuelta al ver que los enanos huían de la Montaña Solitaria sin presentar batalla. Es por esa razón que Thranduil —y con él su hijo Legolas— desprecia particularmente a los enanos de Erebor y es por esa razón que Thrór —y con él su nieto Thorin y también su linaje, entre ellos Glóin y su hijo Gimli— odian a los elfos, pero especialmente a los del Bosque Negro.

THRANDUIL
Thranduil, rey del Bosque Negro y reina de los mares. Fuente: Warner Bros. Pictures International.

Como hizo en El Señor de los Anillos, Jackson vuelve a recurrir en El hobbit a esta relación para esbozar algo de información sobre la mitología del legendarium de Tolkien, que nunca está mal. No revelaremos cuál, eso sí, ni contaremos cómo se resuelve el encuentro entre Legolas y Glóin —que lo hay—, aunque sí reseñaremos que Thranduil y Tauriel, por ejemplo, mantienen en La Desolación de Smaug un breve intercambio verbal que permite al espectador conocer un poco mejor la sociedad de los elfos y cómo estos se dividen en diferentes castas. A fin de cuentas, es su naturaleza gigantesca y su grado de espesor lo que hace de la obra de Tolkien una cumbre de la literatura fantástica de todos los tiempos, por lo que no sería justo reprocharle a Jackson que ahonde en estas cualidades. Que para ello necesite sacar un rey elfo vanidoso y pomposo y que lo vista al efecto como Juncal Rivero en Noche de fiesta es, o nos lo parece a nosotros, lo de menos.

Smaug y el gran rorrobo de la jojoya

Y, por último, el dragón. En esta santa casa ya hemos tenido ocasión de hablar en al menos un par de ocasiones —aquí una y aquí otra— del riesgo que entrañan los dragones en pantalla, pero de nuevo, como con Juego de Tronos, vamos a darle al de El hobbit un aprobado que se convierte en alto gracias al vozarrón magnífico de Benedict Cumberbatch. No es que prometiera cuando vimos su breve aparición en el tráiler, pero al final resulta que sí. Y por suerte, ya que lo de Smaug aquí no era ninguna tontería. Toda la novela de El hobbit, a su vez lo primero que el autor publicó, no es más que la reelaboración del mito del dragón que custodia un tesoro por parte de un señor, Tolkien, a quien empezó interesándole simplemente el folclore, pese a que luego se le fuese claramente de las manos.

Y Jackson parece haber comprendido esta trascendencia, así que bien. Como hizo con la escena inicial de la novela en su primera película —la llegada de los enanos a Bolsón Cerrado y la reunión que allí mantienen con Bilbo y Gandalf— y con el encuentro entre Bilbo y Gollum, el neozelandés ha decidido en su segunda entrega darle una cantidad importante de metraje y elaboración al tercer gran momento y clímax de El hobbit, que es el que reúne a Bilbo con Smaug, y respetar más o menos el texto, rimas y tono infantil incluido. Menos mal, porque después de pasar por Beorn de puntillas en el inicio de la película, cualquiera podría esperarse lo peor.

Después de ese encuentro, eso sí, aún veremos a Smaug hacer más cosas —bastantes más cosas, de hecho— de las que Tolkien escribió, e incluso veremos a los enanos meterse en unos jardines que harán que muchos fans de Tolkien acaben amando, por comparación, a Tauriel y las demás elfas buenorras que Jackson acaba sacándose de la manga por hache o por be. Dijimos que no haremos spoilers y no los haremos, pero agüita. U oro, si prefieren. Sabrán de lo que hablamos, si no han leído El hobbit, al final de La Desolación de Smaug, y entonces ya nos cuentan. Hasta entonces siempre tienen tiempo de ponerse, que es muy cortita y se lee en un plis. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

SMAUG
Cucú, te veo. Fuente: Warner Bros. Pictures International.


Cómo convencer a un escéptico de que debería ver Juego de Tronos

— No me lo puedo creer… ¿Aún no has visto ningún capítulo de Juego de Tronos?

Ni uno. ¿Es que debería? Ya sabes que a mí el rollo friki-fantástico a lo Señor de los Anillos no me interesa lo más mínimo…

— No te dejes llevar por las comparaciones facilonas de periodistas perezosos: Juego de tronos tiene poco que ver con El señor de los anillos más allá de compartir una cierta ambientación medieval. Difieren en casi todo lo demás: el tono de la historia, su tratamiento de los elementos fantásticos, los toques de culebrón, las intrigas políticas, la importancia del sexo, el verismo (que no necesariamente realismo) de la ambientación…

— Pero la serie está igualmente basada en novelas de “fantasía épica”, ¿no?

— Sí, una serie de libros muy entretenidos escritos por George R. R. Martin, un muy competente autor de ci-fi, terror y fantasía… Su Sueño del Fevre es una gran novela de vampiros a la vieja usanza: nada de nenazas que brillan bajo la luz del Sol, sino terribles asesinos nocturnos en decadentes barcos de vapor que surcan el Mississippi. Genial. Y soy fan también de Los viajes de Tuf, una especie de mezcla de libro de aventuras y ciencia ficción ecológica. Pero claro, la fama mundial le llegó con la saga de Canción de hielo y fuego.

— ¿No se llamaba “Juego de tronos”?

— Ese es el título de la primera novela de la saga… Y de toda la serie de HBO, claro. Hasta ahora se han publicado cuatro libros, con un quinto a punto de aparecer tras seis angustiosos años de espera… Y es que Martin sufrió una especie de pájara creativa a media redacción de este quinto tomo, y el retraso en la publicación se ha hecho interminable. Muchos fans están (estamos, vaya) acojonados ante la posibilidad de que el pobre hombre la diñe antes de terminar la saga, que está ya algo mayor: se dice que un grupo de fans americanos le han pagado un seguro médico de lujo…

— Los fans de cualquier cosa, que sois raritos. Oye, ¿y no han saltado aún polémicas con los puretas de las novelas sobre las adaptaciones a la tele? Porque recuerdo auténticas batallas con el Señor de los Anillos…

— No tantas como podría pensarse. Cada vez que se adapta un libro a la gran pantalla (o pequeña, en este caso) empiezan a surgir bajo las piedras fans coñazo acusando a los adaptadores de no respetar el espíritu original de la historia, como si cada pequeña omisión o cambio fuera una traición al legado del escritor. En este caso, el hecho de que el propio autor de los libros esté involucrado en la serie ha acallado la mayor parte de estas críticas… Y sin embargo es inevitable que haya pequeños o grandes cambios. Una novela larga y una serie tienen ritmos diferentes, una distribución propia de los clímax, métodos diferentes a la hora de dar profundidad a los personajes… Aunque claro, también es cierto que Juego de tronos juega con ventaja por la forma en que están escritos los libros.

— ¿Qué quieres decir? ¿Que los libros están escritos como si fueran guiones?

— No exactamente. Las novelas están formadas por decenas de capítulos breves escritos en tercera persona pero centrados en un personaje… Vemos cómo van ocurriendo los sucesos de forma bastante cinematográfica, a través de los ojos y pensamientos de cada uno de esos personajes “punto de vista”, como si llevaran una cámara suspendida sobre su cabeza. Cada capítulo tiene su propio tema y estilo, y su correspondiente mini-clímax final… Se nota que Martin tiene experiencia en el mundillo televisivo.

— Ah, ¿había escrito ya guiones antes?

— Sí, para algunos capítulos de Twilight Zone, nada menos… Y también de La bella y la bestia (¿recuerdas esa serie? Qué ochentera y qué chula). Ahora ha vuelto a escribir guiones para la adaptación de Juego de Tronos, al menos un capítulo por temporada… Y es que aunque hacía ya más de una década que no guionizaba para la tele, eso es como nadar: no se olvida. ¡Martin comenta en alguna entrevista que lo que más le costó fue ponerse al día con el software de edición moderno!

— Así que es una adaptación fiel…

— Bastante, sí, no sólo en espíritu sino literalmente: hay muchos diálogos sacados directamente de las novelas. También hay escenas creadas específicamente para la serie, claro: en los libros muchos sucesos ocurren elípticamente entre bambalinas, sobre todo cuando ninguno de los personajes “punto de vista” es testigo directo de los mismos. Y es en estas escenas donde tienen campo libre los creadores de la serie para improvisar y añadir su sello a la serie. Por suerte, porque tienen talento escribiendo… Cuando quieren.

— ¿Quiénes?

— Pues David Benioff y D.B. Weiss… Conozco sobre todo al primero, que escribió hace años una novela chulísima que retrataba la Nueva York post 11-S: The 25th hour, que aquí se tradujo como La última noche. Igual te suena, porque Spike Lee rodó una película que adaptaba esa novela, y que guionizó el mismo Benioff. Una peli que protagonizaba Edward Norton y que contiene un monólogo genial ante el espejo de un bar.

— La he visto, sí. ¿Y por qué dices lo de ser también capaces de lo peor?

— Bueno, más adelante Benioff firmó los guiones de Troya y Wolverine.

— Vaya evolución…

— Lo curioso es que en las escenas añadidas a la serie se nota claramente esta especie de mezcla de auténtico talento para la escritura mezclado con comercialismo ramplón… Algunas son absolutamente brillantes, como la mayoría de las que incluyen al Rey Robert (que no es personaje “punto de vista” en el libro) y que alcanzan un punto shakesperiano realmente notable… Y luego en otras te encuentras con los famosos momentos de sexposition.

— ¿Sexposition? ¿A qué te refieres con eso?

— A ver… En las novelas el sexo tiene un papel importante en la trama, pero en la serie aún se ha magnificado más, por motivos obvios de comercialidad. Nada que objetar a la abundancia de escenas eróticas, al contrario, aunque cuando el añadido de elementos sexuales es torpe, se carga la credibilidad de una escena. Por ejemplo: hasta ahora el único personaje creado específicamente para la serie es una prostituta norteña cuyo papel en varios capítulos es básicamente enseñar carne y contribuir de forma lateral al retrato de algunos personajes. Esto a veces resulta creíble y no chirría demasiado, pero… En una escena allá por el séptimo capítulo un personaje explica gran parte de su background y motivaciones mientras contempla una tórrida escena lésbica entre dos prostitutas desnudas. Y en fin, no sé, llámame raro, pero yo no me pongo a rememorar en voz alta mi atormentada adolescencia mientras dos bellezas retozan a pocos centímetros. Algunos críticos han llamado a estas escenas sexposition (por sexual exposition), y en el fondo no dejan de ser una herramienta más, útil y bonita de ver en ocasiones, torpe y burda en otras. Aunque ahora que lo pienso, igual te refieres a la polémica que surgió en torno a la escena gay.

— ¿Cómo? ¿Polémica por una escena gay? Imaginaba que ya estarían más que superados estos cutre-escándalos…

— La verdad es que el follón resultó muy gracioso. A ver cómo te lo explico sin reventarte nada importante del argumento. Dos personajes masculinos llamados Renly y Loras aparecen en la serie en pleno encuentro homosexual: nada especialmente explícito para los estándares de la HBO, aunque cierto ruidito felador (chuic-chuic) y la abundancia de carne masculina hicieron levantar la ceja a más de uno. Sin embargo la polémica no vino de ahí, sino del hecho de que muchísimos lectores habían captado en las novelas la homosexualidad de Loras (bastante evidente) pero no la de Renly, que estaba insinuada de diferentes formas en las novelas pero no confirmada explícitamente. Y empezaron entonces los comentarios insinuando que HBO había cambiado la orientación sexual de un personaje para poder añadir una escena homo y ganarse al público gay. “¡Qué manera de cargarse a Renly, que en los libros es un machote!”, decían algunos.

— Pero ¿en las novelas es gay o no lo es?

— Yo me llevé esa impresión al leer los libros, pero otros lectores interpretaron de otra forma las pistas al respecto que deja caer el autor. Pero por si a alguien le quedaran dudas, el propio Martin había comentado ya en varias entrevistas que Renly era homosexual, que nunca había pretendido hacer un misterio de ello pero que en una sociedad medieval tampoco era algo que se fuera comentando abiertamente. Y como ninguno de los dos personajes es “punto de vista”, nunca les vemos a solas o entramos en sus pensamientos. Pero, en fin, polémicas absurdas aparte, la verdad es que tengo pocas pegas que ponerle a la adaptación. Bueno, quizás una un poco extraña, que no tiene que ver con cómo la serie refleja los libros sino al contrario.

— ¿Qué quieres decir?

— Martin está colaborando en la serie a muchos niveles: productor, asesor, guionista, promotor… Incluso participa directa o indirectamente en los castings. Algunos fans se quejan del peligro de que tanto trabajo para HBO le deje menos tiempo libre para finalizar la saga de novelas, un asunto espinoso después de un retraso de tantos años en la publicación del quinto tomo. Pero mi duda no va por ahí. Escribir una novela no tiene por qué ser un trabajo a tiempo completo, y ocuparse de la serie le da una oportunidad de replantearse sus personajes, volver sobre su psicología y motivaciones. Seguro que es refrescante.

— ¿Entonces a qué te refieres?

— Mi miedo (probablemente infundado) es que Martin escriba los libros que faltan pensando directamente en la adaptación a la pantalla, y por lo tanto rebaje la épica, el tamaño y la espectacularidad de escenas que serían carísimas o imposibles de filmar. En su blog Martin ha mencionado ya unas cuantas veces los serios problemas con que se está encontrando al escribir el guión de Blackwater, el noveno capítulo de la segunda temporada. Y el recurso de presentar las batallas de forma elíptica, como se está haciendo en los últimos episodios de la primera temporada, sólo puede estirarse hasta un límite… También podría ser, puestos a especular, que escribiera los libros que faltan con los actores en mente, añadiendo o quitando relevancia a personajes en las novelas según lo mucho o poco que le guste su actuación en la serie.

— ¿No se te está yendo un poco la olla?

— Probablemente sí, no me hagas caso. Lo que importa ahora es que tanto la serie como la saga de libros son increíblemente entretenidos, sexys, emocionantes, impredecibles (¡hay casi un giro de guión por capítulo!)… Y que ya tardas en lanzarte, caray, que no sabes lo difícil que es hablar de Juego de tronos sin chafarte el argumento o las sorpresas.

— Me lo estás vendiendo bien, la verdad, pero hay otra cosa que no veo clara. En todas estas historias de fantasía épica me chirrían mucho los toques de magia, dragones, orcos, elfos, hechiceros que resuelven los problemas en plan deus ex machina y demás imaginería fantástica…  El típico “lo ha hecho un brujo” de Xena para explicar imposibilidades e incongruencias, ya sabes: se carga el realismo y queda infantil.

— No creo que eso te resulte un obstáculo para entrar en la serie, la verdad… Y es que Martin ha sido muy inteligente al retratar la magia en sus novelas. Lo que Tolkien creó en su momento fue un mundo en el que la magia se está desvaneciendo poco a poco: cada vez hay menos elfos, menos magos, menos monstruos, y la Tierra Media se va convirtiendo en un lugar muy parecido a la Tierra. Por el contrario, en otros universos de fantasía como el de Dragonlance o Dungeons & Dragons la magia está presente y activa, forma parte de la vida cotidiana y nadie se sorprende al verla… Pero Martin escogió una tercera vía para su mundo: allí la magia existió en siglos pasados pero ya prácticamente ha desaparecido, y la mayor parte de la gente casi ha olvidado su existencia. Esta forma de enfrentarse a lo sobrenatural permite que el núcleo de la serie sea “realista”, pero también ir introduciendo gradualmente fenómenos mágicos de manera que los personajes se sorprendan realmente al ser testigos de ellos… La sensación de irrealidad y miedo al enfrentarse a lo inexplicable es muy creíble porque es similar a la que tendríamos nosotros mismos. Por otra parte, la verdad es que no me extrañaría que Martin introdujera en los últimos libros algún elemento ci-fi que explicase la cosmología de su mundo: las estaciones de duración variable (años enteros generalmente), la construcción del gigantesco Muro de Hielo…  E incluso podría explicar los legendarios dragones como criaturas originarias de una luna ahora destruida: algo que se menciona de pasada en la serie, y que sería similar a lo que ocurre en la saga de los Dragoneros de Pern, de Anne McCaffrey.

— ¿Los Dragoneros de qué?

— Da igual, son unos libros de fanta-ciencia ficción… ¡Te los recomiendo, si no los conoces! Pero por no apartarme del tema, y prescindiendo de mis paranoias personales: en Juego de Tronos sí encontrarás elementos fantásticos, zombis, dragones y fenómenos sobrenaturales, pero distribuidos con cuentagotas a lo largo de las páginas. Si bien en un relativo crescendo a medida que avanzan las novelas.

— Aún hay otro problema que me echa para atrás… No me apetece engancharme a otra serie con tanto hype como ésta, menos si está basada en novelas larguísimas que ni siquiera se han acabado de escribir… No me fío. Aún me dura el desengaño del final de Perdidos: tanto misterio y tantas piezas que debían encajar y terminó todo en un batiburrillo pseudorreligioso…

— Es gracioso que digas ésto, porque precisamente hace unos meses salió a la luz pública una polémica absurda entre Martin y Damon Lindelof, uno de los creadores de Perdidos. Martin acuñó en una entrevista la expresión “hacer un Perdidos” como sinónimo de cerrar mal una serie, dejando cabos sueltos y sin dar explicación a los misterios y tramas pendientes. ¡Dijo Martin que si hacía algo así, los fans vendrían a por él con horcas y antorchas! La verdad es que la reacción de Lindelof fue muy infantil (tweets como “han llamado de los años 90, ¡dicen que les devuelvas el diseño de tu blog!”)… Y todo esto no pasaría de ser una pseudonoticia irrelevante nacida al calor de la estúpida tendencia periodística de fabricar titulares a partir de tweets ajenos, si no fuera porque las palabras de Martin resultan significativas y en cierto modo tranquilizadoras. Y es que Martin se preocupa de no dejar cabos sueltos, de cerrar todas las complejas tramas que inicia (un final ambiguo para una trama es correcto, un final cojo o arbitrario no)… Y si por ello tarda cuatro años más de lo previsto en publicar una novela, pues los tarda: parece inmune a las presiones de editores, fans y productores.

— Bueno, vale, me has convencido… Le daré una oportunidad.

— Ten en cuenta que curiosamente el primer capítulo es quizá el más flojo de la temporada… Pero a partir de ahí empieza un crescendo que me apuesto lo que quieras a que consigue engancharte.

— Y si no, pues a otra cosa.

— Exacto, a otra cosa. Eeeh… ¿Aún no has visto ningún capítulo de Mad Men?