La fascinante historia del experimento de la Tercera Ola

la tercera ola
Escena de Die Welle, película basada en el experimento de la Tercera Ola. Imagen: Constantin Film.

En la primavera de 1967, Ron Jones era profesor de enseñanza secundaria en la Cubberley High School de Palo Alto (California, EEUU). Tenía veinticinco años, era profesor de Historia, impartía la asignatura Mundo Contemporáneo y sus estudiantes no creían lo que él les contaba sobre la Alemania nazi, no podían entender cómo Hitler se hizo con el poder, cómo cambió tanto el país y de qué manera aquella transformación impactó sobre la sociedad alemana. Ron Jones decidió hacer un experimento para enseñarles que aquello no era imposible. Incluso en un grupo sin presiones sociales como eran ellos y en un país democrático como era el suyo era posible que una sociedad libre y abierta cayera bajo el atractivo de una ideología autoritaria y dictatorial, que separase entre «ellos» y «nosotros».

El experimento de la Tercera Ola no tuvo el rigor de un estudio científico, pero fue educativo y se hizo muy popular: inspiró una serie de televisión, un bestseller, un documental, un museo e incluso un musical. El objetivo era presentar el atractivo del fascismo e intentar demostrar con qué facilidad una sociedad civilizada puede transformarse en un Estado totalitario. La teoría de la experiencia era que el ser humano tiene básicamente una naturaleza autoritaria y que le gusta ser liderado y ser seleccionado dentro de una masa anónima. Jones era miembro de los Students for a Democratic Society, una ONG que defendía un activismo de izquierda y apoyaba también a los Panteras Negras. Pensaba que «un espejo es un arma mortal» y que poner a los estudiantes frente a sus contradicciones y a la deriva de sus posibles acciones sería una forma atractiva y potente de conseguir que su mensaje calase.

El primer día Jones, antes de que los alumnos llegaran a clase, limpió profusamente su aula y dispuso los pupitres en filas inusualmente rectas. Atenuó las luces y puso música wagneriana mientras los alumnos entraban en clase. Luego, Jones, un profesor popular que normalmente ignoraba normas sencillas como pasar lista, dijo a sus alumnos que podía darles las claves del poder y el éxito: «La fuerza a través de la disciplina». Introdujo una serie de pequeños cambios en clase, en los que siguió estrategias habituales en las dictaduras y los regímenes totalitarios. Lo primero fue incrementar la disciplina. Convenció a los estudiantes de los beneficios de adoptar una postura determinada en las sillas de clase: los pies tocando el suelo, la espalda recta, las manos en la espalda, las rodillas juntas. Algunos estudiantes dijeron que la nueva postura les ayudaba a respirar mejor y que estaban más atentos en clase. Las explicaciones sobre la conveniencia de esta postura eran una forma sutil para que los alumnos asumiesen unas reglas sencillas y, en realidad, participasen en los primeros pasos de la experiencia. También ordenó que los alumnos entraran al aula y se sentaran en menos de treinta segundos sin hacer ruido. A los pocos minutos, estar correctamente sentado se convirtió en un tema importante y corregían al que no lo hacía bien. A continuación, Jones estableció nuevas normas en la clase, cosas sencillas como que los estudiantes tenían que permanecer sentados y pedir permiso para levantarse, que debían dirigirse al profesor como señor Jones y que cualquier respuesta debía tener un máximo de tres palabras. Sugirió entonces que a través de la disciplina y el compromiso, los alumnos podrían ser elegidos para ser parte de un movimiento. Jones también usó las notas como incentivo: «Si eres un buen miembro del grupo y juegas bien, obtendrás un sobresaliente. Si eres un revolucionario y fracasas, estás suspenso. Si la revolución triunfa, tienes también un sobresaliente»

Con las nuevas reglas asumidas por todos los estudiantes, las interacciones grupales basadas en popularidad y dominancia, típicas de una clase de adolescentes, se fueron difuminando y los estudiantes que antes tenían una escasa participación y vivían en el anonimato vieron aquello como una oportunidad para participar en el nuevo orden del aula, para conseguir roles más atractivos. La participación aumentó y la estructura jerárquica de la clase se volvió más homogénea. Jones también les habló de la comunidad, del grupo como algo más grande que uno mismo, más deseable, más divertido.

En el segundo día, Jones se centró en proporcionar a sus estudiantes un sentido de pertenencia. Escribió en la pizarra frase como «Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo».

A continuación, organizó debates sobre estos temas e hizo que toda la clase leyera en alto esas frases a la vez. Creó un saludo especial para los miembros de la clase (tocar el hombro con la mano del mismo brazo). Este movimiento recordaba una ola, así que fue denominado «el saludo de la Tercera Ola». Este gesto diferenciaba a los estudiantes de Jones de los de las demás clases y les hacía sentirse especiales. Los miembros del grupo se saludaban unos a otros con el nuevo gesto. El nombre del movimiento, la Tercera Ola, se refería a la creencia de que las olas vienen en series y que la tercera ola es la más fuerte, superior a las anteriores. Jones les explicó que el nuevo movimiento eliminaría la democracia, una forma de gobierno que, según él, «tiene muchos aspectos antinaturales, ya que el énfasis se pone en el individuo en lugar de en una comunidad disciplinada e implicada».

La clase de Jones creció con la llegada de otros estudiantes y pronto tenía en el aula más de sesenta chicos. Tras decir a la clase ampliada que «la fuerza está bien, ahora debéis actuar», Jones asignó a cada uno una tarea que debía realizar ese día. Algunos debían memorizar los nombres y direcciones de todos los miembros del grupo; otros debían hacer pancartas, brazaletes y tarjetas de afiliación de la Tercera Ola. Y como el tema de ese día era «La fuerza a través de la acción», todos debían hacer proselitismo. Al final del día, había pancartas por toda la escuela, incluida una de seis metros en la biblioteca. Los estudiantes trajeron a unos doscientos conversos de otras clases para que «juraran».

El tercer día, Jones asignó a algunos estudiantes que se encargaran de que las normas se respetasen y denunciasen a quien las rompiera. También puso «guardias» a la puerta del aula y estableció normas que hacían ilegal que los compañeros se reunieran en grupos de más de tres personas fuera del aula. Había creado un miedo a romper las reglas junto con una policía para controlarlo. Los responsables de seguridad llevaban un brazalete negro que causó aprensión en algunos padres. Algunos llamaron a Jones, que les tranquilizó y les dijo que era solo un experimento escolar. Los estudiantes estaban fascinados por la experiencia y le pidieron continuar. Jones ya no era visto como el profesor, sino como el líder del grupo y gradualmente el simulacro del sistema totalitario que habían inventado empezó a atrapar a los adolescentes. Cientos de estudiantes del instituto pidieron unirse al Movimiento de la Tercera Ola, así que el profesor estableció un procedimiento de admisión en el que los nuevos postulantes tenían que aceptar las reglar y prestar obediencia al líder públicamente. Los estudiantes se lo tomaban muy en serio y asumían sin dudarlo las leyes de la Tercera Ola. Tan solo en tres días, los experimentos habían pasado de una idea del profesor a una nueva realidad en el centro, en el que el debate cada vez era más intenso, al punto que uno de los estudiantes decidió espontáneamente convertirse en guardaespaldas del líder.

Jones se empezó a preocupar por el cariz que estaba tomando el experimento y decidió terminarlo. No era una decisión fácil, porque muchos estudiantes estaban fascinados con esa forma práctica de aprender y tenían una actitud de compromiso con la experiencia docente que cualquier profesor querría en sus alumnos. Sin embargo, la situación comenzaba a tener vida propia y Jones empezó a sentir que escapaba de su control. El padre de uno de sus estudiantes, que había sido prisionero de los alemanes en la II Guerra Mundial, se enrabietó cuando su hijo le contó sobre la experiencia que estaba viviendo, así que fue al instituto cuando no había clases y destrozó el aula. Para entonces, el Movimiento de la Tercera Ola se había expandido por todo el instituto y había sido asumido por muchos estudiantes de otras clases. Los profesores desconfiaban cada vez más de aquel grupo de estudiantes.

El cuarto día, y a pesar de sus dudas, Jones decidió continuar el experimento y les dijo a sus estudiantes que no era un juego, sino la vanguardia de nuevo tipo de gobierno que se implementaría por todo el país en los próximos días. Todos los estudiantes le creyeron y declararon estar dispuestos a ser miembros activos del nuevo orden nacional. Hubo respuestas de personas opuestas al movimiento que dijeron que no creían en él, pero los miembros rebeldes fueron «desterrados» a la biblioteca y se les bajaron sus calificaciones. Hubo también traiciones y delaciones, incluso entre adolescentes que habían sido amigos íntimos desde la infancia. Un grupo de amigos podía compartir un cigarrillo en los aseos del instituto y discutir un plan para «secuestrar» a Ron Jones al día siguiente y cumplir con el requisito del ejercicio para una rebelión triunfante y obtener la mejor nota, pero no sucedía porque alguien, uno de esos dos o tres informaba a Jones del complot. Un grupo consiguió que quinientos padres apoyaran un boicot para destituir a Jones como profesor debido a «un movimiento que no entendían del todo bien»

Su clase de quinto, los mayores, lanzó «el golpe de Estado más exitoso» el miércoles 5 de abril, el último día del movimiento, ya que capturaron a Jones y amenazaron con dar conferencias sobre la democracia a sus clases de segundo año, los mas pequeños. Sin embargo, él los convenció para que lo dejaran ir, diciéndoles que había planeado terminar el movimiento ese día con un mitin en almuerzo. A mediodía, los estudiantes se agolpaban en la sala de conferencias, con la espalda recta y los ojos clavados en un televisor situado en la parte delantera de la sala. Jones les dijo que un programa de televisión iba a anunciar públicamente la llegada de la Tercera Ola, mientras los miembros del servicio de seguridad vigilaban la entrada del aula y unos amigos de Jones se hacían pasar por periodistas y fotógrafos. Jones les dijo que eran una célula local de un selecto movimiento juvenil que reclutaba estudiantes en todo el país. Más de mil grupos de este tipo se alzarían durante un mitin especial al mediodía de ese día para apoyar a un candidato presidencial nacional, uno que anunciaría un Programa de la Tercera Ola Juvenil para traer al país «un nuevo sentido de orden, comunidad, orgullo y acción». A continuación, Jones atenuó las luces, encendió el televisor y abandonó la sala.

Fueron pasando los minutos y los estudiantes esperaron absortos una visión del futuro, pero la pantalla permaneció en blanco. Los estudiantes miraban de un lado a otro sin saber qué hacer. Al cabo de un rato se dieron cuenta de que «no había ningún guardaespaldas, no había ningún Jones, pero estábamos todos sentados en la postura exigida». Algunos intentaron salir y vieron que las puertas estaban abiertas y se sorprendieron al encontrarse con un día normal de primavera a la hora del almuerzo. «Salía música del patio, las flores florecían y soplaba una cálida brisa».

De vuelta al interior, Jones volvió a apagar el televisor y se colocó ante un micrófono en el escenario, mientras un montaje cinematográfico de escenas de la Segunda Guerra Mundial aparecía en una gran pantalla detrás de él. «No hay un movimiento de la Tercera Ola, no hay un líder», dijo al atónito público. «Ustedes y yo no somos ni mejores ni peores que los ciudadanos del Tercer Reich. Habríamos trabajado en las plantas militares. Veríamos cómo se llevaban a nuestros vecinos y no haríamos nada», dijo Jones, refiriéndose a los tres escépticos que estaban exiliados en la biblioteca por el delito de incredulidad. «Somos como esos alemanes. Daríamos nuestra libertad por la oportunidad de ser especiales». Aquello fue el final.

Años después los estudiantes que participaron en el experimento lo recordaban con agrado: «Fue una de las lecciones más valiosas que he recibido en mi vida. ¿Cuántas veces —como joven de dieciséis años— no solo puedes aprender sobre la historia, sino participar en ella?». Otro comentó: «Jones nos ayudó a despertar, y siempre se lo he agradecido. Las buenas experiencias no son necesariamente agradables. He pensado a menudo en ello, y me alegro de haberlo vivido. Me gustaría que mis hijos tuvieran una experiencia similar».

Para saber más:

Klink B. (1967) ‘Third Wave’ presents inside, look into Fascism. The Catamount 21 de abril de 1967, p. 3. 

Weinfield L. (1991) Remembering the 3rd Wave. Ron Jones Website. Archivado del original el 19 de julio de 2011. Recuperado el 25 de julio de 2021.


Gino Bartali: Storia di Ginettaccio

Gino Bartali
Orson Welles y Gino Bartali, 1950. Fotografía: Corbis.

Risultato

El hombre que mira por la ventana aquel 14 de julio de 1948 se siente viejo. Tiene solo treintra y tres años, cumplirá treinta y cuatro en unos días, pero le pesan demasiadas cosas. Allí, en la habitación 112 del Hotel Carlton, Cannes, Gino Bartali nota que su tiempo ha pasado. Quedó atrás, se lo llevó la guerra. Como su hermano, como su hijo recién nacido. 

Como los recuerdos.

Llueve más allá de los cristales. Mañana es la etapa reina del Tour de Francia. Pero ya nada importa. Quizá una pequeña victoria, un tributo menor. Va Gino séptimo de la general, a más de veinte minutos del líder. Louison Bobet, tan joven, tan sonriente, tan moderno. A su lado el transalpino parece un incunable que se puede romper si no lo tratas con delicadeza. 

Entonces, una llamada. Monsieur Bartali, teléfono. Y la historia cambia. Está cambiando.

Gino, soy Alcide.

Sucede a setecientos kilómetros al sur de Cannes. En Roma. Hace calor en la ciudad del papa y las mamme. Dentro de la Cámara de los Diputados la sensación es directamente asfixiante. Sudor y gritos. Violencia soterrada. Se discute sobre las (muchas) armas que aún hay en las casas después de la Segunda Guerra Mundial. Ánimos encrespados, insultos. Las once y media de la mañana. Un descanso.

Palmiro Togliatti mete un dedo entre su brillante piel y el almidonado cuello de la camisa. Tiene irritada la garganta, erizados los nervios. Togliatti es el líder del Partido Comunista Italiano, el más potente de toda Europa occidental. Algunos piensan que será hegemónico dentro de no mucho. Togliatti es carismático, socarrón, un punto de intelligentsia atractiva. Pero ahora, sobre todo, está cansado. Agotado. Salgamos a tomar el aire, le dice a su correligionaria Nilde Jotti (secreta amante… o no tan secreta, que esto es Roma, amigos). Es más, comamos un helado, uno de Giolitti, sí, me encantan, de pistacchio, por favor. Apenas cien metros separan al Palazzo Montecitorio de la que, dicen, es la más antigua heladería de Roma. Togliatti jamás recorrerá esa distancia. Un joven llamado Antonio Pallante descarga cuatro tiros sobre su cuerpo. Pallante lleva un ejemplar de Mein Kampf en su mochila. Togliatti empieza a desangrarse en el suelo.

Gino, soy yo, Alcide. 

Toda Italia queda conmocionada por la noticia. Y algunos se organizan. Las heridas de la Segunda Guerra Mundial (que en la Bota también fue guerra civil), los excesos del fascismo… tan cerca las historias. Una sola chispa y el país explota. Arden las sedes de los principales partidos, las cárceles abren milagrosamente sus puertas, los mineros de Abbadia San Salvatore cortan las comunicaciones, en Pisa un fascista (camisa negra, pelo de brillantina) dispara a caballo sobre la muchedumbre. El caos. Tan cerca del final. Y Alcide hace la llamada.

Alcide es Alcide de Gasperi, un democristiano presidente del Consejo de Ministros de Italia. Y llama a Gino Bartali. Su amigo. Pero (solo) un ciclista. Y le pide, por favor, que haga algo. Mañana, después de la jornada de descanso. Algo. Gino, ¿podrías ganar el Tour? Eso seguro que calma los ánimos. Sí, ya sabes, los éxitos, las fiestas. ¿Lo harás, Gino? ¿Ganarás por la paz de Italia? Jamás sobre los hombros de un deportista se depositó tal responsabilidad. Y Bartali, ontología del héroe, acepta.

Esto cuenta la leyenda, que es tanto como decir la verdad que todos creen. La popular, pues. Hay quienes niegan la llamada. Es el caso del historiador británico John Foot. ¿Cómo habría de gastar Alcide de Gasperi sus comunicaciones, su tiempo, en algo tan aparentemente naif? No, es una construcción posterior, una narrativa ideal que se fue articulando a lo largo de los años, mientras se buscaba un modelo de «hombre bueno católico» para enorgullecerse. Italia, el país de las historias. La patria de todos los mitos.

Hubiera o no llamada, Gino Bartali se comportó como si el destino de todos pesara en sus piernas. Y emprendió un milagro. El hombre cansado volvió a ser joven, Europa tornó a tiempos antes de Torch, antes de Weserübung. No hay Auschwitz, no hay Cassino. Bartali vuela, devora las pendientes de la trilogía clásica alpina (Allos, Vars, Izoard) en un día inolvidable. En mitad de una tormenta alucinante, en un julio dibujado por el mismo Doré. Y las imágenes, los iconos. El Bartali furioso que desfallece cerca de la cima del Izoard, en plena Casse Déserte. La temida pájara que va a echar por tierra el esfuerzo de todo el día. Y entonces una figura que aparece en mitad de la cellisca. Que le ofrece un plátano para calmar su hambre infinita. Vestida de negro. Extemporánea. 

A más de dos mil metros de altitud Gino Bartali recibe fruta de un sacerdote católico. 

Al final del descenso, en Briançon, Bartali gana la etapa. Por los altavoces suena Tosca, de Puccini. Se impondrá también en las dos siguientes (ambas con una meteorología de Asgard que regala estampas de ciclistas desprovistos de la razón, agrediendo a espectadores o acunando a invisibles niños en una cuneta helada) y conquistará el Tour de Francia. Como si fuera importante.

No, lo trascendental ya ha ocurrido. Porque ese 15 de julio de 1948 Italia se consume entre gritos. Pero son de alborozo por la victoria de Gino, del viejo Gino, de Ginettaccio. Todos, camisas rojas y negras por igual, celebran la resurrección del héroe añejo. Lo que parecía un conflicto abierto queda en nada. Nos lo dice la leyenda, la misma que hace palidecer (avergonzada, tímida) la realidad. Gino Bartali ha salvado cientos de vidas. Una vez más. Si ellos supieran, piensa Gino.

Si ellos supieran.

(Ah, Togliatti se recuperó del atentado y siguió liderando el Partido Comunista Italiano hasta 1964).

Approccio

Hubo un tiempo en el cual el Viejo Gino era, solamente, Gino Bartali. Un joven ilusionado, un ciclista con todo el futuro por delante. Seguramente el mejor que nadie había visto hasta entonces, seguramente el llamado a amasar un palmarés jamás soñado. Imbatible cuesta arriba, duro como el pedernal, con una capacidad agonística inigualable. El hombre que todo lo puede. 

L’uomo di ferro

Y dime, Gino, ¿de dónde sacas esa fuerza? 

De la Virgen. Ella es misericordiosa, Ella me bendice cada mañana, Ella hace que no me lastime en la carretera, que la batalla contra mis rivales sea en buena lid, limpia y deportiva. La Virgen me guía.

Sí, Gino Bartali hace gala de sus creencias. Va a misa, habla de Dios en todos sus discursos, agradece a la Madre, al sacerdote de su parroquia. Muchos, en Italia, lo ven como la voz de tantos. Otros miran con recelo. Tiempo de fascismo, de simbología pagana, de hombres nuevos, confianza en el futuro, motores, bombas y aviones. A Mussolini no le agradan todas esas menciones a la Virgen. Demasiado afeminado, dice. Un buen fascista gana por sí mismo, porque es el más perfecto de los seres, no porque reciba ayuda externa. Y encima ciclista, que esos sí que son maricones, con los pantaloncitos ajustados, con la maglia rosa del Giro, que hay que ser poco macho para distinguir al mejor de algo con una prenda de ese color. No, al Duce no le agradaba la bicicleta. Él prefería el boxeo, el fútbol, la lucha. Epítome de virilidad, vaya. 

Solo que…

Solo que Gino Bartali gana. Su fama va creciendo, se ha convertido en uno de los rostros de esa Italia cada vez más aislada. Uno de esos que se podían pasear por el extranjero, porque era exitoso, porque era amable. Así que Mussolini traga. Si Bartali hace continuas referencias a su hermano Giulio (también ciclista, fallecido solo nueve días después de que Gino ganase su primer Giro) «que me guía desde el cielo»… bueno, pues se mira a otro lado. Al fin y al cabo, hace flamear la bandera del país en las competiciones más importantes, ¿no?

En Francia, por ejemplo. Porque el fascio quería domeñar a los galos. Deportivamente, al menos, lo demás ya se irá viendo, que somos jóvenes y tenemos todo el futuro por delante. Así que el plan está claro. Mandemos a este tipo irreductible, a este competidor sobrehumano, al Tour. Y allí, con los mejores medios, que demuestre cuál es la cima de la civilización occidental. Nosotros. Cazzo.

La primera intentona se produce en 1937, y marcha a las mil maravillas. Gino Bartali deja a todo el mundo boquiabierto en el Galibier, el viejo puerto, el preferido de Desgrange. Allí, camino de Grenoble, sentencia la carrera con una exhibición legendaria. «Bartali nunca podrá ser alcanzado», publica L’Auto, el periódico organizador de la carrera. 

Solo veinticuatro horas más tarde los ciclistas descienden vertiginosamente por los asfixiantes senderos alpinos. A la entrada de un puente sobre el furioso Colau, Giulio Rossi, équipier de Gino, resbala y va al suelo. Bartali lo esquiva, choca con el pretil, sale volando, cae en las gélidas aguas del torrente. Tendrá que ser Camusso, otro italiano, el que se lance para salvar la vida de un Gino conmocionado, casi inconsciente, hundiéndose sin remedio. Tiritando, maillot amarillo cruzado de sangre roja y deshielo, vuelve a subirse a la bicicleta. Totalmente mudo, atemorizado de haber visto tan cerca la muerte. Llega a meta, pero abandona dos días más tarde, cuando ya ha perdido un mundo con los mejores. Obligado, dicen, por la Federación Italiana. No podemos permitir que nuestro hombre salga derrotado a ojos del mundo. 

Y lo otro.

Lo otro.

Después de su caída, aún tembloroso, Gino Bartali habla con la prensa. «Le agradezco su ayuda a la Virgen, sin ella me habría matado». Eso no gusta a los dirigentes. Mejor nos volvemos, que se van a pensar en Europa que somos unos meapilas…

Al año siguiente Bartali reincide. Y entonces sí, entonces es totalmente incontenible. Gana con casi veinte minutos sobre el segundo. Pese a estar enfermo, pese a concluir la carrera meando sangre, pese a volverse literalmente loco a causa de las anfetaminas en la gran etapa pirenaica («allí arriba», gritaba, «allí arriba me esperan», y daba golpes en su pecho). Durante el discurso del campeón, París alegre en laureles y fastos, Gino dedica su victoria a todos los italianos, a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santa Madre, a su hermano muerto, a su entrenador, a quienes lo han ayudado desde niño. Ni una palabra a Mussolini, a la gloriosa civilización fascista que ha hecho posible todo aquello. Es la mayor de las provocaciones, pese a no haber sido pronunciada. Los periódicos transalpinos introducen algunas palabras adicionales, por aquello de la corrección política.

La vuelta a su país es casi anónima. Apesadumbrada. Parece que hubiera perdido dignidad en lugar de ganar gloria. Que no haya ni una sola muestra de exaltación, decretan los jerarcas. Al menos hasta que nos alabe. Pero esa no va a llegar, Bartali es hombre fiel a sus ideas. Así que el nueve de agosto de 1938, ni dos semanas desde que se coronó en el Hexágono, la Ufficio Stampa (la oficina de prensa del Gobierno) envía un boletín secreto a todos los medios de comunicación país. De allí en adelante los periódicos solamente podrán hablar de Bartali en su faceta de deportista. Ninguna referencia a su vida como civil, como ser humano. 

El fascismo, que nunca había podido domeñar la férrea voluntad de Gino, lo acaba de convertir en un proscrito.

Nodo

Hola, Gino, soy Elia… ¿te importaría venir al Palazzo esta tarde?

La vida de Bartali gira alrededor de llamadas telefónicas. En la paz, para que no haya guerra. En la guerra, para que no exista barbarie. Aún más. Justo entre los justos, acabarán diciendo de él.

Pasa Bartali la Segunda Guerra Mundial en su Florencia natal. Allí, otoño de 1943, recibe el requerimiento de Elia. Su amigo. Elia Dalla Costa. Cardenal, arzobispo de Florencia. Se tienen que ver. En el Palacio Arzobispal, el maravilloso edificio renacentista de piedra amarilla. Gino, claro, acude. Lo recibe Giacomo Meneghello, sacerdote alto y de pelo blanquísimo. Vamos, señor Bartali, su excelencia espera. 

Dalla Costa tiene setenta y un años, es enjuto, muy delgado, ojos penetrantes de quien ha visto de todo. Desde el principio se mostró crítico con el fascismo, cuentan que durante la visita que hizo Hitler a Florencia en 1938 Dalla Costa se negó a abrir la entrada principal de una iglesia que el Führer quería visitar, obligando al del bigotito y al Duce a entrar por una modesta puerta lateral. Además, se ausentó llamativamente de todos los actos oficiales, faltó en cada una de las fotos, no presentó respetos más que a su Dios. 

Hablemos, Gino, dice Elia. Hablemos. Necesito un hombre con tu temple, también uno con tu fe. Necesito alguien a quien pueda pedir algo que no pediría a nadie si no fuese absolutamente necesario. Necesito, Gino, contarte acerca de los judíos florentinos. 

La historia que Dalla Costa narra a Bartali es trágica. Conocida. El Manifesto della Razza. Los transalpinos tienen raíces «arias, nórdicas y heroicas». Esa es la postura oficial del régimen desde 1938. «Es momento de que los italianos se proclamen abiertamente racistas». Una declaración de guerra antes de la guerra, que se intensificará, claro, durante la guerra. Para los judíos, también para gitanos, homosexuales, protestantes. Eso lo sabes, Gino. Yo te propongo que salvemos a algunos de esos hombres inocentes. Los judíos florentinos forman parte de esa Delasem (Delegazione per l’assistenza agli emigranti ebrei) que ayuda a conseguir una salida discreta del país. Un viaje a otras tierras. Menos amenazadoras. Más amigables. Una organización, claro, ilegal. La idea es proporcionar algo más de tiempo hasta que los amenazados puedan alcanzar Génova y, desde allí, zarpar a puertos seguros. Y para eso necesitamos tu ayuda, Gino. Alguien que pueda recorrer largas distancias en bicicleta, que conozca a la perfección las carreteras de la zona. Llevarás mensajes, documentación. De un enlace a otro. Desde Florencia hasta Asís. No te voy a engañar, Gino, si te interceptan los fascistas o los nazis… bueno, ya sabes. Estás en paz con Dios, eso seguro.

Gino reflexiona. Dalla Costa no lo sabe, pero él mismo está ya comprometido con la causa. De su hogar aparta siempre varias raciones de pan, de grano, huevos, leche o legumbres para llevarlas, en secreto, a un piso clandestino. Allí se esconden los Goldenberg, amigos de infancia. Hambre sobre hambre. Bartali acepta, claro. 

Bartali vuelve a aceptar.

Lo que sigue es un viaje alucinante a través de las montañas toscanas, de esas carreteras blancas que tornan barro níveo cuando llueve. Uno repetido varias veces. Con papeles dentro de los tubos de su bici. En las tijas, en el cuadro, el manillar. Apenas pesan nada, pero cuanto pesan es todo. Bartali es un ídolo, los soldados le piden autógrafos, hablar con él, pero si algo fuese mal… En una ocasión deja la bicicleta aparcada a la entrada de un café. A unos pocos metros cae una bomba. La imagen de hierros retorcidos, de documentos acusatorios flotando en el aire, le llega a Gino con un estremecer. Jamás volverá a separarse de su máquina. Otra vez cae preso de la Banda Caritá, un grupo paramilitar que se ocupa de retorcer carnes y voluntades en Toscana. Lo encierran en la llamada Villa Triste, donde los gritos rompen la noche y los suelos tienen manchas de color pardo. Gino se prepara para morir, y solo la intercesión de un antiguo ciclista, compañero suyo y ahora lugarteniente del cruel Mario Caritá, evita la tragedia. Su ánimo, con todo, no se quebró. 

Eso nunca.

Cuentan que unos ochocientos judíos le deben la vida a este hombre. Nunca quiso contar esta historia. Pudor, modestia quizá. Solo se supo una vez muerto. Hoy es reconocido como Justo entre las Naciones.


Italia: la política como pecado

Fotografía: Corbis.

Peccato. Así, sin nada más. Peccato es una de las interjecciones más habituales en el día a día de Italia. Es un «qué pena», un «vaya por Dios», un «ay, no». La palabra junto a otras atrae irremediablemente las lenguas de los italianos, que se enredan en torno a ella independientemente del tema que se esté tratando en ese momento. En el último siglo, su uso escrito en libros se ha duplicado. Sea de manera seria, irónica, cuestionable, humorística o meramente religiosa, el pecado es un concepto omnipresente en la vida del país.

La política no es una excepción. 

El Vaticano está en el corazón de Italia. No solo el geográfico. El país mantiene una, digamos, intensa relación con la Iglesia católica. Posiblemente sea la más intensa de cuantos países constituyen el llamado mundo occidental. El porcentaje de católicos practicantes se mantiene por encima del resto de naciones de su entorno. El matrimonio homosexual no es un asunto tabú, pero sí muy difícil de tratar, siendo elevada la proporción de personas que lo consideran moralmente cuestionable. Estamos hablando de un lugar que, pese a tener una de las democracias más antiguas de Europa, no abolió los crímenes de honor hasta 1981. Efectivamente, antes de ese año el hecho de asesinar a tu mujer porque te había sido infiel, o a tu hermana por haber tenido relaciones prematrimoniales, podía proporcionarte una rebaja en la pena decidida por el juez de turno. La ley italiana establecía una suerte de jerarquía de pecados sancionada por la Iglesia: matar lo era menos si la lujuria (de la mujer, ¡claro!) estaba implicada y el honor se veía atacado.

Históricamente, la Iglesia ha correspondido a aquellos gobernantes que han protegido tal poder en Italia. Esta cobertura ha llegado incluso a ayudar a tapar ciertos pecados, de aquellos que cuentan con posiciones elevadas en la jerarquía antes mencionada. Pese a sus inicios socialistas, a su carácter polemista con respecto a la existencia de Dios, Benito Mussolini comprendió bien que el fascismo no podía ser un sustituto completo a la religión católica. Así que acogió a la Iglesia en su seno. O se dejó acoger por ella. Lo mismo es. El resultado queda plasmado en la famosa frase del dictador: «Pregare, se non aiuta certamente non nuoce». Rezar, si bien no ayuda, ciertamente no hace daño. Tampoco hacía daño reconocer al Vaticano y establecer, por primera vez desde que Garibaldi forjó la República, relaciones entre Roma y la Santa Sede. Fue en febrero de 1929, en los Pactos de Letrán. El tratado central fundaba de facto el Estado de la Ciudad del Vaticano, definía a la Iglesia como «fondamento e coronamento dell’istruzione» educativa y en cuestiones de derecho de familia, entre otros aspectos que, en fin, convertían la República en un Estado confesional. La jerarquía eclesiástica proporcionaba, a cambio, legitimidad a la dictadura. En maneras más o menos conocidas. En la segunda categoría se encontraba un ejercicio que podríamos tildar de hipocresía posibilista. Las instituciones sociales de la Iglesia se encargaron de custodiar y de apartar de la opinión pública a Ida Dalser, amante de Mussolini en su época socialista, casada después con el dictador, y madre de su primogénito, de nombre Benito Albino. A este, una vez arrancado de la custodia de su progenitora, también se le internó en un centro religioso. Ambos, Ida y Benito, morirían en cautividad antes de que cayese el fascismo.

La intimidad entre Iglesia y Estado no acabó precisamente como Mussolini: ejecutado por partisanos en un pueblo lombardo. Los Gobiernos del cuasihegemónico Partido de la Democracia Cristiana desde el final de la guerra hasta 1992 vendrían más bien a perpetuar una relación de quid pro quo. Además, la Democracia Cristiana y la Iglesia compartían un objetivo: frenar el avance del comunismo. El Partido Comunista fue el segundo más votado en todas las elecciones italianas desde 1948 hasta 1992. Esto es, durante toda la guerra fría. Desde cierto punto de vista, existía una cierta alianza (a veces implícita, otras menos) entre los políticos centristas y la curia para frenar a los rojos. Como también la había, esta menos tácita y más obvia, entre los primeros y las organizaciones criminales. Principalmente la mafia. 

Piove? Governo ladro! Una parodia tiene sentido porque hay algo que merece ser parodiado. En este caso, la frase en su modelo sarcástico viene supuestamente de una viñeta aparecida en 1861 en un semanario satírico turinés, Il Pasquino. El día anterior, un grupo de patriotas republicanos había convocado una manifestación en Turín para apoyar la proclamación de una república italiana. Pero la manifestación fue suspendida por la lluvia. La broma vino sola, y acabó por convertirse en el eslogan de la revista. Pero ya se había oído antes al sur de los Alpes sin un carácter tan burlón: tal vez, lombardos y venecianos la utilizaron a principios del siglo XIX para lamentarse de que la (odiada por ellos) casa de Austria que ocupaba su territorio en ese momento les cobraría más impuestos siempre que lloviese, asumiendo que las cosechas serían mejores. O cualquier otro poder foráneo que mantuviese bajo su yugo a los italianos, un pueblo que en realidad no acabó de existir como tal hasta que Garibaldi y los suyos no lo constituyeron en una República independiente en el último tercio del XIX. Toda la voluntad puesta por revolucionarios, contrarrevolucionarios, conservadores y reformistas desde entonces hasta hoy no sirvió para que la parodia dejase de tener sentido. Al contrario: no haría sino ganar peso, significado, hasta ser indistinguible de una realidad que acabó por transformar la política en el peor de los pecados.

Mussolini fue socialista. Mussolini fue un revolucionario. Mussolini fundó el fascismo, lo convirtió en el yugo bajo el cual dominar la República italiana. Y así terminó una revolución que jamás fue. El fascismo hegemónico borró la política del mapa de lo razonable, de lo que hacía la gente normal, la gente que merecía un respeto. La relegó a aquello que hacen hombres harapientos escondidos en las montañas, personas que odiaban la patria. Eso llenó el hueco de la política entendida como competición abierta entre fuerzas con intereses opuestos: la patria, vestida con una camisa negra. En aquella época, Miguel Primo de Rivera, el «prototipo español de Mussolini» (así lo calificó el embajador británico en nuestro país, según cuenta el historiador Shlomo Ben Ami en El cirujano de hierro), alimentaba el que sería el partido del régimen, la Unión Popular: una «unión de ciudadanos» preocupados por el bien común, alejada de la «política», considerada como aquello que hacían Cánovas y Sagasta (bueno, que hacía Cánovas y que Sagasta se creía que hacía) turnándose en el Gobierno de la nación. A pesar de notables diferencias, si algo unía al ultraconservador militar Primo y al antiguo socialista defraudado Mussolini era la intención de pasar por encima de los políticos, de ir más allá, de borrar para siempre la política del mapa de sus propios países como el peor de los pecados, apoyados por reyes (Víctor Manuel III y Alfonso XIII) entre complacientes y temerosos ante tales aspiraciones.

El fracaso de ambos no pudo ser más estrepitoso, puesto que los periodos que siguieron a ambas dictaduras fueron tan «políticos», tan llenos de conflictos y de opiniones dispares, como un país pueda soportar. De la Segunda República ya mucho se sabe por estos lares, pero tal vez no se ha hablado en demasía del periodo que siguió a la caída de Mussolini en Italia. Fue una fase casi prerrevolucionaria, en que el Partido Comunista Italiano se debatía entre la legitimidad que le otorgó alcanzar ciento cuatro escaños en la Asamblea que escribiría la Constitución italiana en 1946 y la oportunidad de embarcarse en una lucha contra el Estado burgués. El PCI sería expulsado de la Asamblea en 1947, pero se convertiría en la oposición permanente desde el año siguiente. 1948 cerró los años de claroscuros con un equilibrio que tendría como piedra angular la Democracia Cristiana. En él, la pretensión de hacer de la política un pecado se sofisticaría hasta límites inimaginables.

¿Ha habido alguna vez un proceso judicial del cual haya resultado la existencia de una asociación criminal llamada mafia a la cual atribuirle con certeza el mandato y la ejecución de un delito? ¿Existe o ha existido un documento, un testimonio, una prueba, cualquiera que sea, que establezca una relación segura entre un hecho criminal y la así llamada mafia? Faltando tal relación, e incluso admitiendo que la mafia existiese, se podría decir que es una asociación de mutuo socorro secreto, ni más ni menos que la masonería.

Quien habla es un político conservador en Roma, personaje de El día de la lechuza. Leonardo Sciascia escribió esta novela, la novela sobre la mafia, en 1960. Por aquel entonces, el Gobierno (cristianodemócrata) italiano negaba rotundamente la existencia de nada llamado «mafia». Se acusaba a quienes denunciaban su poder en Sicilia de «hacerles el juego a los comunistas». Mientras tanto, en la isla, todas las disputas imaginables, todos los procesos de distribución y asignación de recursos, de gestión de bienes públicos… todo aquello de que se podía encargar el mercado o la política terminaba en manos de la mafia. Pero mencionarla siquiera era un pecado mortal. Literalmente: uno se jugaba la vida al hacerlo. Llegó un momento en el cual negar su existencia era absurdo, pero la ley del silencio, la omertà, se mantuvo. Y sobre todo se mantuvo una doble idea: por un lado, era el crimen organizado quien podía proveer de trabajo, de bienes y servicios a los ciudadanos de muchas áreas de Italia. Por otro, el Estado era incapaz de hacer mucho por evitarlo. Piove? Governo ladro.

Hoy sabemos que no solo fue una cuestión de incapacidad. La Democracia Cristiana empleó a la mafia siciliana, así como a otras organizaciones criminales, para conseguir victorias electorales y consolidar su poder en regiones del sur del país. No fueron los únicos, pero sí los pioneros y quienes se emplearon a la tarea con mayor intensidad. Igual que mantuvieron una relación cuando menos turbia que abarcaba más que los votos: financiación, represión policial, a veces incluso relaciones internacionales.

Giulio Andreotti estuvo en el centro de todo lo que pudo haber pasado, y que aún no se ha aclarado a pesar de miles de horas de juicios desde principios de los noventa hasta casi nuestros días. El director de cine Paolo Sorrentino pone en su boca un monólogo dedicado a la esposa del político, Livia. Es el único momento de sinceridad, de diálogo interior del personaje. En él se desgrana la enorme paradoja que supuso enterrar la política en Italia precisamente para salvar al país de sí mismo.

[Tus ojos] no tienen ni idea de lo que el poder debe hacer para asegurar el bienestar y el desarrollo del país (…) La monstruosa, inconfesable contradicción: perpetuar el mal para garantizar el bien. El ostracismo para desestabilizar al país, para provocar terror, para aislar a las facciones políticas más extremas, para reforzar a los partidos de centro como la Democracia Cristiana… ha sido definido como «estrategia de la tensión». Sería más correcto llamarlo «estrategia de la supervivencia» (…) Todos piensan que la verdad es una cosa justa, pero en realidad es el fin del mundo. Y nosotros no podemos permitir el fin del mundo en nombre de una cosa justa. Nosotros tenemos un mandato. Un mandato divino. Es necesario amar tanto a Dios para darse cuenta de lo muy necesario que es el mal para proteger el bien… Esto Dios lo sabe, y yo también.

Los noventa trajeron a Italia un escándalo de corrupción de proporciones inabarcables. La duplicidad antes mencionada explotaba por sus dos extremos: en uno, el crecimiento y la multiplicación de los beneficios por el tráfico de droga catapultaban a las organizaciones criminales (que ya iban mucho más allá de la mafia siciliana) al mismo tiempo que las hacían competir de manera más y más intensa. En el otro, la falta de capacidad del Estado se hacía más y más evidente. Los italianos se miraban perplejos sin saber adónde ir. Les habían robado la política y no tenían ningunas ganas de recuperarla, ningún deseo de caer en el pecado. Hasta que algo emergió.

La mejor medida de la intensidad de la crisis institucional a la que Italia se enfrentó es el éxito de un hombre: en 1994, Silvio Berlusconi alcanzaba el poder por primera vez. Su Forza Italia partía de una idea clara, concisa, y que encajaba totalmente con el espíritu de la época: hay que limpiar el país. ¿De qué? De políticos, por supuesto. Pese a tener una plataforma de electores claramente alejados de la izquierda, su afiliación conservadora no estuvo, ni está hoy, nada clara. Al fin y al cabo, siempre fue un playboy mal disimulado. Su producción mediática era obviamente machista, pero en el sentido más sexual del término, idolatrando a la mujer-objeto. La pátina de modernidad era necesaria para ganar relevancia frente al fondo de lo viejo, de democristianos y comunistas, todos ellos en definitiva moralistas. Curiosamente, muchos de los pecados originales de la Iglesia perdieron su carácter de pecado (sobre todo aquellos que perjudicaban al hombre heterosexual), mientras que la idea de política como pecado no hacía sino ganar enteros. Los partidarios de Silvio entendían que con él bastaba, no hacía falta nada más. Sus detractores, que ante él poco o nada se podía hacer.

Después de dos décadas de excesos y de una batalla desigual con una gris oposición, Berlusconi lleva ya años fuera del poder. Dario «Lele» Mora es un empresario italiano del mundo del espectáculo; digámoslo así. Es imperativo imaginarlo como un señor alto, corpulento y con calvicie incipiente, embutido en un traje de algún color llamativo. También lo es situarlo en el banquillo de los acusados como presunto intermediario entre Berlusconi y una red de prostitución. Mora es bisexual, según él mismo. Mora también tiene el despacho lleno de souvenirs relacionados con Mussolini. O los tenía en 2011, cuando Ariel Levy, del New Yorker, le entrevistó. A Levy le dijo: «Mussolini hizo muchas cosas buenas por Italia, y sin embargo solo se le considera por algunas cosas feas que su gente hizo, ¡los traidores! Como Berlusconi, quien también tiene muchos traidores que hablan mal de él y le hacen cosas feas». El exportavoz de los Gobiernos de Silvio, Paolo Bonaiuti, tenía un busto de Mussolini en el despacho a modo de «provocación» («The Mussolini of Ass», Devin Friedman para GQ, 9 de junio de 2010). El propio ex primer ministro dijo en 2013 que «La aprobación de las leyes raciales ha sido la peor cosa que hizo Mussolini, quien por otro lado hizo cosas buenas». Quién sabe si estaba pensando en pantanos y carreteras o en haberle allanado el camino para poder alcanzar el poder a costa de «la política». Peccato.


Carme Molinero y Pere Ysàs: «El objetivo de Juan Carlos en la transición era asegurar la monarquía de la manera que fuese»

La transición no es solo un simple periodo histórico, desde hace años su interpretación tiene un valor político de primer orden. Simplificando, podríamos decir que por un lado hay una creencia en que el franquismo derivó en una democracia por su desarrollo económico y buen hacer de Juan Carlos, heredero designado por Franco, junto a unos hábiles políticos surgidos de la dictadura pero que habían evolucionado. Por otro, se difunde exactamente lo mismo, con el añadido de que la dictadura logró amnistiarse a sí misma y se impuso, mediante la violencia, una constitución que no fue más que un trágala. Tan parecidas, pero sirviendo a intereses tan distintos, estas dos versiones sobre lo ocurrido al final del franquismo y en la transición, si por algo se caracterizan, pese a estar tan extendidas, es por prescindir del hecho histórico.

Carme Molinero y Pere Ysàs son dos historiadores de la Universitat Autònoma de Barcelona especializados en este periodo y cuentan con una serie extraordinaria de obras publicadas en las que lo analizan. En 2004, cuando se había intentado colar que la dictadura fue ampliamente aceptada por los españoles y el famoso «Franco murió en la cama», había que leer su Disidencia y subversión (Crítica, 2004) para entender que el franquismo tuvo una fuerte contestación popular que hizo imposible su continuidad. Ahora, es necesario recurrir a La transición, historia y relatos(Siglo XXI, 2018) para no caer en el mito de que la transición estuvo pilotada y planeada por las elites de la dictadura como se intenta difundir desde dos sectores opuestos. La transición fue un proceso accidental, no exento de improvisaciones, donde el único hecho incontestable fue que se cumplieron las demandas y objetivos de la oposición democrática. 

En La captación de las masas, se explicaba que el eslogan de «España una» del franquismo no hacía referencia a la unidad del territorio, sino que reivindicaba una comunidad nacional sin lucha de clases; una forma de anular las reivindicaciones de los trabajadores, al mismo tiempo que se establecían una serie de servicios aparentemente parecidos a los de un Estado asistencial. 

Carme Molinero: Ese libro tenía como objetivo poner en cuestión algo que se afirmaba de manera poco rigurosa. Los primeros trabajos historiográficos sobre el franquismo venían a defender que el régimen había sido una dictadura tradicional, militar, se señalaba en algunos casos. Se convirtió en una tesis fuerte, y cuando se asienta una determinada línea, en aquel caso sin investigación detrás, luego cuesta modificarla. Nuestra tesis, en cambio, fue que el régimen franquista quería construir un nuevo Estado y hacer frente a los grandes retos de la sociedad de masas. España no era diferente al resto y no podían restablecer, que es lo que se pretendía, un orden antiliberal de estricto control social con las herramientas antiguas, que se reducían, si sintetizamos, a la represión, tal y como había ocurrido en décadas anteriores. Por eso, el franquismo, desde el 37, sienta las bases de un nuevo Estado y toma como referencia básica el modelo fascista, que, aunque sea bien diverso, resolvía, desde su punto de vista, los grandes problemas del momento. 

En ese marco, la política social fue un elemento de identificación franquista de primer orden. No se puede entender el régimen franquista sin tener en cuenta la importancia que se dedicó a la retórica de las políticas sociales. No porque hicieran grandes realizaciones, porque no hubo una política fiscal que pudiera crear servicios y el alcance de sus políticas sociales fue escaso, pero el discurso social fue un elemento constitutivo del franquismo, que se presentaba como una tercera vía, algo muy propio de los fascismos. Ni liberalismo ni socialismo, querían superar la lucha de clases a través de la hermandad nacional-sindicalista. 

Además, antes de ese libro, en 1998, publicamos Productores disciplinados y minorías subversivas, clase obrera en la España franquista, donde defendimos que se eliminó la lucha de clases por la vía de la eliminación de las organizaciones de los trabajadores. Pero una cosa es la realidad de la política y otra el discurso, y para el franquismo la cuestión social, retóricamente, fue fundamental. 

¿Qué alcance tuvo ese estado asistencial franquista? En el libro se habla, de todos modos, de que para mucha gente en España fue la primera vez en su vida que veían al Estado preocuparse por sus necesidades. 

C. M.: Con sus instrumentos, ya sea el Sindicato Vertical o la Sección Femenina, en muchos pueblos fue la primera vez que el Estado estuvo presente en la realidad de cada día, ya sea con algo de alimentos, con clases para aprender a bañar a los niños y no sufrir enfermedades, etc. El alcance de esa política asistencial, de todas formas, fue muy pequeño. Sin embargo, habría que distinguir. Los trabajadores industriales catalanes o vascos ya tenían sus seguros, pero para la mayoría de la población eso no existía. El franquismo se presentó como el régimen que se preocupaba por las condiciones de vida de los españoles. Eso tuvo efectos limitados, pero para el discurso oficial resultaba muy potente. Luego, en los sesenta, para el propio desarrollo del país, era imprescindible invertir en educación y sSanidad… la Seguridad Social. El estado del bienestar en España se construyó con la democracia, pero eso no quiere decir que antes no se aplicaran determinadas políticas sociales con un cierto impacto.

Sin embargo, y esta es la cuestión, el régimen no logró amplios apoyos sociales. Como mucho logró la apatía de sectores de la sociedad, pero no la adhesión. 

C. M.: Creo que este es un elemento fundamental para entender la larga trayectoria del franquismo. Eso que se llamó franquismo sociológico en un tiempo de transformación social tan intensa como la que se desarrolla en los años sesenta era gente a la que su propia actividad le absorbía la mayor parte de sus energías. Sí que habría gente para la cual el franquismo era el régimen con el que se identificaban, pero para muchos era, simplemente, el régimen que existía. Evidentemente, también existían sectores no adictos que, sin embargo, no estaban dispuestos a asumir ningún riesgo.

Pere Ysàs: Explicar el franquismo a partir simplemente de unas oligarquías o elites que dominan militarmente a la población es absolutamente insuficiente. El franquismo tuvo apoyos sociales a lo largo de toda su trayectoria. No hay más que ver las elecciones de febrero del 36: el Frente Popular ganó, pero lo hizo por la mínima. Hay un bloque heterogéneo internamente, conservador, tradicionalista, fascistizado o fascista, que cubre casi la mitad del electorado. Son capas de la población que defienden una ideología y una identidad con cierta transversalidad, aunque el golpe de Estado viniera de una iniciativa muy minoritaria de una parte, no de todo, el ejército. 

Cuando se establece el nuevo Estado, hay una continuidad notable a lo largo del tiempo en los apoyos. Aunque luego se fueran erosionando, es cierto que el crecimiento económico de los sesenta jugó un papel neutralizante del posible desgaste. Y al final de la dictadura la sociedad estaba mucho más movilizada, el cuestionamiento del régimen era mucho más amplio, pero este seguía conservando apoyos sociales que no son desdeñables. Eran más pasivos que activos, pero ahí estaban. Es un tema complejo, como casi todo, pero es indispensable para analizar el franquismo tanto en sus orígenes como en su etapa final. 

En los aspectos sociales del régimen, ¿la Iglesia ocupó un espacio que quisiera haber ocupado Falange con sus políticas fascistas? 

C. M.: No creo que se deban confundir los espacios. Las políticas asistenciales eran del Estado, fundamentalmente a través de la Falange. Toda la estructura que generó el Sindicato Vertical actuó a muchos niveles. Ahora bien, hay terrenos donde la Iglesia tuvo un espacio fundamental, como la educación. Precisamente, por la falta de inversiones. Las escuelas públicas, denominadas «nacionales», fueron escasas y de mala calidad durante prácticamente todo el franquismo. No se construyeron institutos de enseñanza media hasta los sesenta. El bachillerato, en una proporción muy significativa, estaba en manos de la Iglesia. Ahora, la Iglesia también intentó tener un espacio universitario y no lo consiguió nunca. Deusto y la Universidad de Navarra son casos particulares y excepcionales. Hasta la democracia la Iglesia no tuvo sus universidades. Sin embargo, pese a ese control de la enseñanza superior, el régimen desde los años cincuenta perdió el control de las universidades, más allá de la estructura, como era el nombramiento de las cátedras, lo cual no era poca cosa. En definitiva, la influencia de la Iglesia en la dictadura fue extraordinaria, porque logró mantener el control del ciclo vital, nacimiento, bautizo, comunión, matrimonio, etc. Algo básico en la vida de los ciudadanos, pero en las políticas sociales hay que distinguir los espacios. 

P. Y.: Hay que tener en cuenta que Falange asumió el catolicismo a diferencia de otros movimientos fascistas. Hubo un amplio margen de acuerdo con la Iglesia en cuestiones fundamentales, pero una cosa es que Falange considerase que el Estado tenía que ser confesional, que la moral católica y el dogma tenían que estar presentes, y otra es que aceptaran otorgar a la Iglesia determinados espacios de poder. Falange quiso afirmar el papel del Estado y el del partido único. En este marco, un punto conflictivo fue la socialización de los jóvenes. Por ejemplo, Falange quiso que se hiciera en el Frente de Juventudes básicamente. Tenían sus asesores eclesiásticos y sus misas de campaña, pero tenía que ser todo en el Frente de Juventudes. 

Ahí hubo elementos de tensión que no se resolvieron favorablemente a la Iglesia, la capacidad de Falange se mantuvo hasta el final. Aunque luego cambiaran los términos, la filosofía era la del Estado totalitario. La educación tenía que ser católica, pero controlada por el Estado, mientras que la Iglesia quería su propia red y expandirla. Esto al final derivó en una brecha clasista muy fuerte. La Iglesia acabó dando la formación a clases medias y burguesas; fuera de la España urbana no había apenas escuelas de la Iglesia. Los pueblos de Andalucía y Extremadura tenían la Escuela Nacional. Se ha dicho mucho que la educación estaba en manos de la Iglesia, pero no fue del todo así. Luego es cierto que, al final de la dictadura, determinadas órdenes religiosas jugaron un papel más progresista, pero aunque fue un fenómeno adaptado al caso español, pasaba a nivel general en todo el mundo católico. 

C. M.: El fascismo español fue católico desde el primer día y así lo definían ellos mismos, que decían que el suyo era un fascismo de tipo católico. Por eso pensaban que el papel de la Iglesia quedaba asegurado con ellos. Lo que pasaba es que la Iglesia lo que siempre había defendido era tener un espacio propio desde el que ejercer influencia social, cultural, en definitiva, política. Tras el año 45, dado el escenario internacional, la posición de la Iglesia se reforzó muy notablemente. Después de la Segunda Guerra Mundial el único aval que tuvo el régimen fue la carta anticomunista y católica. La Iglesia, desde entonces, utilizó aún más esa necesidad que el régimen tenía de ella para defender sus espacios. 

Sea como fuere, en los setenta los trabajadores urbanos le pusieron la proa al régimen, aunque me ha llamado la atención que mencionan en sus trabajos que las amas de casa y los albañiles eran el mayor apoyo del régimen. 

P. Y.: Eso es una encuesta que citamos, pero no significa que sea la realidad. 

Los estudiantes también se rebelaron. Martín Villa dijo en un momento «hemos perdido la juventud», la Iglesia postconciliar empezó a distanciarse y al final al régimen solo le quedó el aparato represivo. 

P. Y.: Una forma muy esquemática y simplificada de presentar el franquismo es como un régimen que pretendía controlar la sociedad por la vía represiva y todo lo demás le importaba poco. Esto no tiene ninguna base, justamente la propaganda sobre la política social consideraba que, como los demás fascismos, había que dar una respuesta propia a los problemas de la sociedad de masas. Pero cuando la situación se hizo más difícil para asegurar el futuro de la dictadura, hubo intentos continuados de desactivar los factores de malestar social y mantener o, si era posible, ampliar apoyos. 

Lo que pasó fue que todas las fórmulas que intentó el franquismo para esos objetivos acabaron fracasando y, en última instancia, no les quedó más remedio que apelar a la represión, que era la última línea de defensa; una represión que fue contraproducente para vender la imagen de que se estaban intentando solucionar los problemas o abrir formas de participación. El ejemplo paradigmático fue la Ley de Prensa que, junto a una mayor tolerancia, hizo más visible la represión y la actuación de la censura. Este fue el drama del franquismo, cuanto más se esforzaba por asegurarse la continuidad y veía que sus fórmulas no solucionaban los problemas, empezó a debatir internamente sobre los cambios a efectuar, siempre con muchas voces advirtiendo sobre el riesgo de desnaturalizarse. Llegó un momento en el que su continuismo tan pensado y preparado no es que fuera imposible, pero casi, y el escenario acabó desembocando en un proceso de transición. 

Franco pronunció en cerro de Garabitas ante los alféreces provisionales eso del «Atado y bien atado». ¿Qué ha pasado con la historiografía que esta frase se utiliza hoy para reflejar algo que es lo contrario de lo que sucedió?

C. M.: La frase del 62 tomó significación desde el 69 una vez que ya había nombrado sucesor a Juan Carlos. Para nosotros, esa fecha está conectada al inicio de crisis del régimen que desemboca en la transición. Otra frase que se utiliza mucho hoy es que «Franco murió en la cama», que sería la continuación del «atado y bien atado» y evidentemente no se corresponden ninguna de las dos con la realidad. Cuando Franco muere, el régimen sufría una crisis profundísima. 1969 se inicia con un estado de excepción por las movilizaciones de los estudiantes. Entre el 62 y el 69 el régimen intenta hacer reformas porque era consciente de que la sociedad estaba cambiando y necesitaba nuevos instrumentos para asegurarse su control y su aceptación. Desde el año 66 crecían las movilizaciones, la oposición y sobre todo la disidencia. Había muchos sectores que, aunque no se movilizasen, reclamaban cambios. El régimen con el estado de excepción quiso mostrar que tenía el control de la situación y dar un aviso a navegantes, pero le salió muy mal. En pocos meses esa movilización se fue desarrollando de forma aún más creciente. 

En la historiografía sobre la guerra civil hay un nivel de estudio yo diría que detallado y muy preciso, pero sobre el franquismo prevalecen estos mitos del «atado y bien atado» o «Franco murió en la cama» con sus connotaciones. ¿En qué estado está la historiografía sobre el franquismo«?

P. Y.: Creo que está en un punto en el que existen grandes acuerdos con discrepancias en los márgenes. La caracterización del franquismo como la variante española de los fascismos de la época está muy aceptada, o su versión como régimen fascistizado que no alcanzó la pureza de los otros, pero estaba impregnado del fascismo y no fue algo transitorio, sino que existió hasta el final. 

La controversia llega por la ciencia política, cuando Linz plantea que el caso español es un «régimen autoritario» complementado con elementos tradicionalistas como la Iglesia. Ahora, la caracterización como régimen conservador creo que está absolutamente fuera de encuadre. También se emplea la expresión de dictadura militar, pero nunca lo fue. Nunca hubo una junta militar que tuviera el poder político. Donde hay un grado notable de acuerdo es en su desarrollo. La formulación la centralidad de la crisis de la dictadura para explicar su final creo que está muy aceptada. Habrá quien dude de que la movilización social fuese más importante o no, pero hay niveles de acuerdo bastante amplios. En la transición ya es otra cosa… 

En este caso, el «atado y bien atado» se refería a la formulación de la monarquía del 18 de julio, que no es la monarquía del 78. Esa formulación franquista es un proyecto fracasado. Después, en lecturas con muy poca base histórica y muy ideologizadas desde el presente, dicen que hay una continuidad de la monarquía y de las elites económicas, pero eso no es el «atado y bien atado» que pretendía el franquismo. Antes, había historiadores que consideraban que la dictadura había sido muy fuerte y la oposición tuvo un papel insignificante, pero cuando se analizan las respuestas que dio la dictadura a la oposición, que están en mi libro Disidencia y subversión, queda demostrado que los grupos de oposición no eran el motor, pero tenían una onda expansiva muy relevante. 

C. M.: Entre los historiadores que estudian estos temas no hay gran discusión. Ahora hay una tendencia a estudiar más otros movimientos sociales, porque las movilizaciones obreras ya están muy investigadas. El otro día me llegó un libro sobre el servicio doméstico en el franquismo. Estamos ya trabajando en temas muy específicos y en lo sustancial hay poca discrepancia. Otra cosa es cuando es un politólogo el que escribe un libro o un escritor se pone a hablar del franquismo y pone lo que él cree que fue, ahí ya no se puede hacer nada. 

P. Y.: Pasa en todos los países. A veces en el discurso político está muy presente la historia reciente y al mismo tiempo hay una gran publicística que no se puede encuadrar dentro de la historiografía, pero que tiene una gran difusión, sobre todo en los grandes medios de comunicación, a veces con una notable simpleza, y hace que según qué formulaciones que la historiografía o no ha defendido nunca o ha superado hace tiempo, sigan presentes o se reproduzcan una y otra vez. Eso nos crea cierto problema a los historiadores. Te encuentras con gente discutiendo cosas que hace muchos años que están fuera de toda duda y tienes que volver sobre ello. Ahora las polémicas con hechos susceptibles de utilización política están cada vez más presentes. 

En los treinta, la facción del PSOE de Largo Caballero y el anarquismo ya decían de la II República que había una continuidad con la dictadura de Primo de Rivera, que nada había cambiado. Básicamente, lo mismo que sucede ahora. 

C. M.: Una cosa es la historia y otra las convicciones de algunos de sus protagonistas. También la izquierda radical tras el 78 ha defendido que había una continuidad con el franquismo. Eso es algo que responde a esquemas políticos, pero no solo de propaganda, sino también de íntimas convicciones.

P. Y.: Pero la historia siempre es cambio y continuidad, continuidad y cambio, no hay…

C. M.: Hay procesos rupturistas como la Revolución rusa… (risas)

P. Y.: ¡Pero hasta ahí hubo elementos de continuidad! Otro ejemplo, el cambio alemán. Alemania año cero, en el 45 ¿no hubo continuidad? Buena parte de la clase política… Claro que hubo desnazificación, pero hasta cierto punto. También hubo continuidades en la Italia postfascista…

La situación al final del franquismo era que la vía inmovilista se había quedado sin futuro y una familia del régimen hablaba de reforma, todo ello en el contexto de que muchos franquistas también consideraban que con el desarrollo económico no tendrían contestación… 

C. M.: En los sesenta había necesidad de cambios y todos los franquistas eran conscientes de que tenían que adaptarse a la nueva realidad, cada uno a su manera. Los falangistas eran los que creían que, controlando siempre la situación, había que buscar medidas que ampliasen la participación. Por ejemplo, para eso necesitaban asimilar Comisiones Obreras, eso nuevo que estaba surgiendo, pero CCOO no se dejó asimilar. De hecho, fueron ilegalizadas. Mientras, Carrero Blanco y los tecnócratas van en una dirección diferente, lo que defendían era un gobierno fuerte como poder fundamental del régimen. Creían que el desarrollo económico traía un aumento del nivel de vida, pero querían mantener el control de la situación porque pensaban que si daban la mano les tomarían el brazo y después de eso sería imposiblemantener el control. 

Todo esto creó contradicciones internas, especialmente a partir de los setenta. Los setenta fueron años muy difíciles para los dirigentes franquistas; surgieron grandes disidencias, y ya después de 1974, tras el asesinato de Carrero, la necesidad de reformas era apremiante, pero el régimen había perdido el control de la situación y la propia represión les impedía realizar esas mismas reformas. El gobierno de Arias Navarro preconiza un programa aperturista, «el espíritu del 12 de febrero», y en marzo es ejecutado Puig Antich

P. Y.: Las dos facciones del régimen fracasaron. Los tecnócratas con su idea de que la clave estaba en el desarrollo económico, porque el bienestar económico no aseguraba la aceptación política. No tiene nada de especial, es algo bastante frecuente. Las movilizaciones sociales no suelen aparecer en las situaciones más críticas, sino cuando hay expectativas de que se puede mejorar sustancialmente. A la sociedad de los sesenta el régimen le estaba diciendo constantemente lo bien que iba todo, el España va bien de Aznar, sin embargo, la gente se lo planteaba al revés. Si todo iba tan bien, los salarios eran muy bajos. Las condiciones de vida en la periferia de las ciudades tras la emigración interior eran extremadamente desfavorables. El gran proyecto de los tecnócratas, asegurar la estabilidad política por esa vía del desarrollo, fracasó. Y los intentos de los falangistas de ampliar la participación dentro de las instituciones existentes, no desactivan la conflictividad o incluso la aumentan. Llegados a los setenta, las dos tendencias para asegurar el «atado y bien atado», aunque fuese por vías distintas, han fracasado ya. Ahí ya se puede especular sobre las dificultades que iba a tener cualquier política de continuidad. Al margen de esto, hay que tener una cosa clara y romper con los estereotipos. Los tecnócratas por muy liberales en la economía que fueran, no eran reformadores políticos. Los reformadores eran los falangistas, que no eran los inmovilistas instalados en los años cuarenta que la gente cree, aunque alguno hubiera, pero sus propuestas políticas fracasaron, entre el continuado recelo de los tecnócratas y el rechazo de la parte más movilizada de la sociedad.

Eso no quiere decir que los falangistas no quisieran el desarrollo económico o que no hubiese tecnócratas que no pensasen que había que flexibilizar el régimen, pero unos y otros pretendían lo mismo: asegurar la continuidad. El inmovilismo absoluto de Carrero Blanco no lo compartían todos. Javier Tusell decía que en el fondo todos eran inmovilistas y todos eran aperturistas. Eran inmovilistas porque no querían acabar con el franquismo y eran reformistas porque todos veían que había que hacer algo para asegurar su continuidad. 

C. M.: Además, el escenario europeo e internacional a partir de 1974 empieza a cambiar. Con la crisis económica, se produce una radicalización del movimiento obrero. Las empresas eliminan las horas extras y eso es un golpe para el poder adquisitivo de los trabajadores de entonces. El gobierno empezó a tomar medidas antieconómicas para que no se notasen las consecuencias de la crisis, trató de retrasar sus efectos, pero en cualquier caso la situación económica empeoró. A la vez, la movilización social tenía como referentes la Revolución de los claveles, la caída de la dictadura en Grecia, al final solo quedaba la dictadura española, y el régimen intentó la «apertura» con el Espíritu del 12 de febrero, pero ya no tenían iniciativa para hacer cambios ni sabían cuáles hacer para que no se les descontrolase la situación. La crisis que es clara desde el año 70 se profundiza en el 74 y 75. 

«No queremos estar solos, pero no le tenemos miedo al aislamiento», se llegó a decir.

C. M.: Tras el decreto ley antiterrorista de 1975 se vio que los gobernantes estaban desesperados y no sabían qué hacer, porque eran conscientes de las consecuencias que podía tener la represión desencadenada. Se podía volver al aislamiento. 

P. Y.: La frase es de Arias Navarro. Después de las ejecuciones, tras la retirada de embajadores y el asalto de la embajada en Lisboa, Arias sale en televisión en una intervención absolutamente defensiva, se vuelve al año 46 con la concentración en la Plaza de Oriente, y pronuncia frases muy duras de queja, de que habían colaborado con todos los países y otra vez volvían a ser maltratados y que si tenían que volver a estar solos, lo estarían para defender su honor. Una visión trasnochada que, como las ejecuciones, lo que expresaba era pura desesperación con tintes de patetismo, con Franco en la Plaza de Oriente hablando del contubernio. 

El régimen intentó atraer para sí a algunos miembros de la CNT para el Sindicato Vertical. ¿Funcionó? ¿En qué quedó?

P. Y.: En nada, es una anécdota. En esa política de ampliar las bases de participación en la política sindical, de eliminar filtros, que se eliminaron y por eso ganaron tantos candidatos de CCOO; en esa misma línea se buscó una interlocución con sectores cenetistas para integrarlos en un Sindicato Vertical que los falangistas pretendían que ganara autonomía del Estado y capacidad de actuación. Hubo conversaciones que no llegaron a ninguna parte, amparadas por Solís, pero el proyecto fracasa. Cuando en el Consejo de Ministros se conoce que se está hablando con CNT, le dan carpetazo en el acto. No hubiera llegado a nada, porque los interlocutores procedían de la CNT, pero no eran representativos. Algunos exmilitantes cenetistas sí que llegaron a ocupar cargos, en el sindicato del metal de Barcelona, por ejemplo, pero no lograron atraer a nadie detrás. No tuvo consecuencias. Por otra parte, la CNT estaba muy desmantelada y los del exilio estaban muy lejos. De hecho, cuando a veteranos militantes de la CNT se les acercaban jóvenes que querían hacer algo, en muchos casos los remitían a activistas de CCOO. 

C. M.: En los sesenta, CCOO era bastante diversa. Actuaba como autor intelectual el PCE, pero su desarrollo fue muy espontáneo, había católicos de la HOAC, incluso gente de la CNT, aunque fueran muy pocos. La CNT se caracterizó en ese periodo por no tener un relevo generacional. La media de edad de los dirigentes va aumentando, es decir, eran los mismos

La transición. Muere Franco, llega Juan Carlos y hereda a Arias Navarro. ¿Qué juicio de intenciones de su papel se puede hacer antes de que designe a Suárez?

P. Y.: Solo tiene una intención, consolidar la monarquía, la institución y la forma de gobierno del Estado español. A ese objetivo se subordina todo. Eso implica adoptar actitudes que van a ser cambiantes y que exigirá que lo que haga el gobierno sea acorde con las cuestiones fundamentales, lo que Juan Carlos avala. En principio, la monarquía tenía el cuestionamiento de la oposición, en la medida en que Juan Carlos es el heredero  de Franco. Luego se ha dicho que si había mostrado actitudes reformistas, pero no fue nada que pasara de lo anecdótico. La sociedad española había tenido actitudes antimonárquicas muy claras en la historia contemporánea y la dictadura estaba en crisis. Asociar la monarquía a la dictadura hubiese sido hacerla partícipe de esa crisis. Esa es la cuestión fundamental y lo que hay que tener en cuenta, más allá de las actitudes y opiniones personales de Juan Carlos. La defensa de la institución pasaba por encima de todo. El objetivo de Juan Carlos en la transición era asegurar la monarquía de la manera que fuese.

C. M.: En ese marco, creo que se puede afirmar a estas alturas que la figura de Arias Navarro fue una imposición. Parece que quería nombrar a Torcuato Fernández Miranda, pero no se diferenciaban mucho ideológicamente…

Para Torcuato, Fraga era un antisistema…

C. M.: Sin entrar en eso, era una cuestión de confianza. Juan Carlos confiaba absolutamente en Torcuato, pensaba que era la opción más favorable para él y quería situarlo en la posición más preeminente. Lo que es cierto es que él llevaba desde 1948 preparándose para ser rey de España, plantearse si lo que quería traer era la democracia es estéril. Como historiadora, creo que no vale la pena entrar en hipótesis sobre cuál era su modelo. Lo que no parece es que pusiera en cuestión las intenciones del primer gobierno de la monarquía. ¿Qué pasó? Que durante esos meses se produjo una movilización extraordinaria que hizo que a partir de marzo de 1976 se viera la imposibilidad de continuar con el proyecto de reforma liderado por Manuel Fraga, que tenía una gran contestación social y política. Cuando se formó Coordinación Democrática, esta reunió a toda la oposición, incluso a Gil Robles, que no era importante en sí, pero sí simbólicamente. 

Mientras se intenta desarrollar el franquismo sin Franco, las movilizaciones, como la de Madrid, que se tiene que militarizar el metro, son las que le ponen un muro de hormigón a cualquier tipo de continuidad. 

C. M.: El continuismo es lo que se pretendía, eso representaba la monarquía del 18 de julio, lo intentaron pero no pudieron. El proyecto de Fraga no pudo romper el muro opositor y eso forzó a Juan Carlos a buscar un personaje que estuviera dispuesto a impulsar cambios mucho más rápido y salir de esa situación. 

P. Y.: Es conocido que Juan Carlos tuvo una mala relación personal con Arias y este tenía una opinión muy poco favorable de Juan Carlos, lo consideraba un niñato. Ahí faltó de todo, física, química y geología. Pero el proyecto del gobierno no era el de Arias, era el de Fraga, y Juan Carlos tenía buena sintonía con Fraga. Sin embargo, el proyecto de Fraga era un modelo de democracia que no era lo que se entendía en el resto del mundo por democracia. 

Muy restrictiva en participación y manteniendo estructuras no democráticas.

P. Y.: Introducir fórmulas más liberales dentro del marco institucional franquista. Las Cortes no serían orgánicas, como en el franquismo; serían elegidas por sufragio universal a partir de unas agrupaciones políticas que previamente el gobierno habría decidido cuáles podían existir y cuáles no; unas Cortes que serían una cámara representativa, pero no un parlamento con capacidad de designar al presidente del gobierno y controlarlo. Por otra parte, con la libertad de expresión muy restringida, etc. Ese era el modelo de su «democracia española». 

C. M.: No se conoce que Juan Carlos pusiera en cuestión ese modelo. 

Si cuela, cuela.

P. Y.: Si funciona… Además, desde Estados Unidos lo que se dice a los dirigentes del régimen es no vayan ustedes muy deprisa, no se dejen influir por los europeos estos. La frase de Kissinger de que «hay que mantener el fuerte», tiene ese sentido. Ese proyecto de «democracia española» de Fraga, con una sociedad desmovilizada que aceptara lo que se dijera desde el poder, habría funcionado, al menos un tiempo, no sabemos cuánto. En los setenta estaba en el debate político internacional el fracaso de las democracias y el auge de las tecnocracias, pero el proyecto del primer gobierno de la monarquía fracasa porque hay una movilización social que no es nueva, tiene antecedentes, pero en 1976 se encuentra en unas condiciones más favorables. De hecho, cuando la policía la reprime lo que demuestra es que no hay ningún proyecto de democratización. El fracaso es inapelable y Juan Carlos es consciente de que no puede asociar la monarquía a un sistema en crisis. Solo tiene claro que eso hay que cortarlo sin tener ni idea de los límites a los que quería llegar. Sabía que para estabilizar la situación política había que ir más más deprisa, pero a un lugar poco preciso. Por otra parte, hay testimonios que muestran sus dudas, como cuando Juan Carlos le dice a un embajador que no estaría mal que en el referéndum para la reforma política hubiera muchos votos negativos para que mostraran que había que ir más despacio. Eso indicaría que su previsión, todavía a finales de 1976, no era una democracia plenamente homologable con las europeas. Otro indicador significativo es el nombramiento de senadores de designación real, en junio del 77; casi todos tenían muy pocas credenciales democráticas. 

C. M.: Algo que era normal por el ambiente en el que se había movido hasta ese tiempo. Lo que pasa es que después se ha construido un relato para alterar la realidad de los hechos. 

P. Y.: Porque nada de esto quiere decir que, a la vista de los hechos, no se fueran modificando sus posiciones hacia actitudes que facilitasen un cambio real. 

C. M.: Cuando Adolfo Suárez vio que para lograr su objetivo tenía que ir cada vez más lejos, ciertamente, contó con el apoyo de Juan Carlos. Sin su apoyo no hubiera podido hacer o no se hubiera ni atrevido a hacer muchas cosas, como la legalización del PCE. Juan Carlos en todo ese proceso ejerció un papel positivo. En el 77, en las conversaciones habituales con los mandos de los ejércitos, trata de tranquilizarlos. 

P. Y.: En otoño del 76 hay sectores militares que empiezan a inquietarse, cuando dimite el general De Santiago. A partir de ahí, Juan Carlos apoya sistemáticamente al gobierno y tranquiliza a los militares. Hasta en la legalización del PCE consigue frenar la dimisión del ministro del Ejército, que sumada a la del de Marina, Pita da Veiga, le hubiera creado una situación muy complicada, que es lo que pretendían muchos militares, crear una crisis de gobierno. 

Suárez es curioso también en este punto. Cuando era secretario general del Movimiento hizo un discurso criticando los cambios que pretendía introducir Fraga, le escandalizaba su intento de instaurar un sistema que, como hemos visto, era muy poco democrático. ¿Experimentó un cambio radical?

C. M.: Tuvo gran olfato político. No tenía un proyecto, pero sí un objetivo: la estabilización de la monarquía e impedir el proyecto de la oposición: la ruptura. Dicho esto, lo que hace Suárez desde el mes de julio del 76 no se puede entender sin el fracaso de la etapa de Arias y Fraga. Lo tiene absolutamente presente. Por otro lado, era muy consciente de la importancia política de los medios de comunicación porque tenía experiencia por su paso por la dirección de TVE. El discurso en el que dice «Si a los españoles les preocupa encontrar un trabajo adecuado o que aumente el paro, a mí también. Si les preocupa, a pesar de todas las explicaciones estadísticas, la subida de los precios, por ejemplo, a mí también»… No dice nada, pero a diferencia de lo que había pasado hasta entonces, rompe la imagen franquista. Logra que la gente le escuche. Sale en el salón de su casa, sonriendo, eso nunca se había visto antes en un político desde que existía la televisión. 

Más allá de la imagen, establecido el objetivo, Suárez debía dar con el procedimiento. Políticamente, lo que más le influyó fue el Informe Ollero, de agosto del 76, donde se decía que había que desnaturalizar el concepto de reforma —que al fin y al cabo siempre implica mantener la esencia de lo anterior, en este caso de la dictadura—, e intentar que la oposición aceptase sus planteamientos. Luego, la cuestión procedimental fue aportada por Fernández Miranda, que planteó realizar todos los cambios en una sola ley para que los procuradores no tuviesen artillería para impedirlos, que es lo que habían hecho seis meses antes. Suárez no sabía hasta dónde se debería llegar, pero tenía ojos en la cara, veía el contexto, sabía que tenía que negociar o hablar con la oposición, algo que Fraga no estuvo dispuesto a hacer. 

P. Y.: Suárez había sido contrario a los cambios, pero la sensación que había dejado el periodo Arias-Fraga fue de un impasse y no se podía seguir así con la movilización social tan importante que había en la calle. Luego, hay que tener en cuenta cómo se desarrollaron los acontecimientos. La primera amnistía, que no fue una amnistía propiamente dicha, se aprobó en el mismo mes de julio del 76. Ahí cree que el tema ya se ha acabado, que ya ha solucionado la demanda más importante y principal de la oposición a la dictadura. Las decisiones se fueron tomando al hilo de la propia situación, que fue muy dinámica. Quería estabilizar la situación política y eso le fue exigiendo ir cada vez más allá de todo lo que se había contemplado antes. Inicialmente no tenía un proyecto en concreto, pero está claro que su proyecto no eran las elecciones del 77 tal y como se celebraron. Pero si lo creía necesario, Suárez no dudaba en tomar decisiones que fueran contradictorias con lo que se le había dicho antes, por ejemplo, a la cúpula militar. De la necesidad hizo virtud, eso se debió a su olfato político, aunque los militares ahí cortaron con él. 

C. M.: Hay que reconocer que fue una persona atrevida.

Quería ir anestesiando a la oposición…

P. Y.: Pero lo que hizo fue ir asumiendo sus demandas. En esta dinámica, llega un momento en que Suárez, al final, lo que hace es aplicar, bajo presión, buena parte del programa de la oposición. 

El hecho histórico es que la oposición democrática puso las siete condiciones encima de la mesa y él, una por una, las cumplió todas. 

P. Y.: Tiene que ceder y actuar conforme a las condiciones que le pone la oposición porque si no sus objetivos políticos irían al colapso. Tiene que ir cediendo y tomando decisiones hasta llegar finalmente a la decisión última de aceptar que no se van reformar las instituciones existentes, sino elaborar una constitución de nueva planta. 

C. M.: Nuestra tesis en este punto, y el tema es importante, es que el gobierno, aunque siempre tiene el control de la situación procedimental, sin la presión de la oposición no hubiera actuado como lo hizo. Porque es la oposición la que impulsa continuadamente la acción del gobierno. No es desde el régimen franquista, ni desde personas salidas del régimen, que, como se ha dicho muchas veces en el discurso político, se trae la democracia a España. La democracia fue el resultado de un proceso muy dinámico en el que la oposición tuvo un papel fundamental exigiendo el mínimo imprescindible para otorgar legitimidad a la acción gubernamental. 

La oposición no pudo tomar el poder en el primer trimestre de 1976, pero las condiciones que puso al gobierno se cumplieron todas. ¿No fue una victoria?

P. Y.: Fue una victoria, ciertamente. Lo que es difícil de comprender es que una victoria evidente se interprete con el paso del tiempo como una derrota. Si se tienen en cuenta los objetivos máximos de los partidos radicales, es cierto, en España no se creó una república socialista autogestionaria. Pero tampoco en Francia después del 68, ni en Italia, ni en ningún sitio. No obstante, incluso en los partidos radicales, aunque tuvieran un horizonte de revolución socialista, en aquel momento su objetivo inmediato era el establecimiento de un sistema democrático que asegurara las libertades, aunque solo fuera para organizarse y poder actuar en mejores condiciones para alcanzar los objetivos máximos de su programa. Esta posición no fue novedosa, es la que había sostenido la oposición durante toda la dictadura franquista, donde se pedía un gobierno provisional para convocar unas elecciones constituyentes. En este caso, tanto para unos como para otros, las elecciones de 1977 fueron las determinantes para lo que se podía hacer y lo que no. 

Quedó un parlamento parecido al actual.

P. Y.: Uno en el que, o había acuerdos, o no había posibilidad de crear un nuevo marco normativo. 

C. M.: Una cosa es lo que ocurrió y otra la relectura de los acontecimientos pasado un tiempo: el desencanto. Buena parte de la militancia antifranquista tenía claro que el objetivo del momento era asentar la democracia, pero deseaban que los cambios fueran más significativos de lo que fueron. Sin embargo, la coyuntura de finales de los setenta no fue el mejor escenario para la obtención de derechos sociales. Para la Constitución sí, porque como ahora nos recuerda Pablo Iglesias, el texto da mucho de sí. Pero justo antes de los ochenta se encadenaron dos graves crisis económicas y desde los ochenta se impuso el neoliberalismo en Europa y en todo el mundo occidental. Ahí, el modelo de democracia participativa que demandaban muchos de los que se movilizaban no pudo salir adelante. 

P. Y.: El cambio político se produjo en un contexto de crisis económica que se tradujo en un aumento exponencial del paro después de quince años de crecimiento y pleno empleo. La percepción de mucha gente fue que la democracia no mejoraba sus condiciones de vida, frustrando las expectativas al respecto. La gente quería libertades, pero también desarrollo y se encontró con desempleo y un paro juvenil, que se convirtió en un fenómeno desarticulador. Cuando la extrema derecha empieza a decir eso de «con Franco vivíamos mejor» no lo dice en términos retóricos, lo dice en término sociales. 

La república era una aspiración que queda desarticulada por el primer resultado electoral. En porcentaje de votos había un empate más o menos, pero en escaños ganaron las fuerzas monárquicas. 

P. Y.: Las elecciones no se plantearon como un referéndum sobre monarquía o república. Además de la posición de UCD y AP, que sumaban la mayoría absoluta del Congreso, hay que tener en cuenta que las derechas nacionalistas subestatales no eran republicanas. El PNV y Convergencia no cuestionaban la forma de gobierno. En definitiva, en las Cortes elegidas había una amplia mayoría favorable a la democracia, pero no a la república. Según las encuestas, tampoco existía una mayoría republicana en la sociedad. 

¿Y la famosa encuesta a la que se refería Suárez con Victoria Prego?

P. Y.: Es una encuesta que nadie ha visto. El mejor biógrafo de Suárez, Francisco Fuentes, dijo que era más fiable hablando del futuro que del pasado. En esa intervención o se inventa lo que está diciendo o hace una composición a partir de retales. Pero, por todo lo que conocemos, se puede afirmar que es absolutamente imposible que las cancillerías europeas le presionaran para que sometiera a referéndum la forma de gobierno y que lo hicieran porque se lo había pedido Felipe González, como afirmó en dicha conversación. Todos los datos que tenemos indican es que la apuesta de todas las cancillerías europeas fue por Juan Carlos y por un proceso de democratización que asegurara la estabilidad política. Giscard o Helmut Schmidt se pronunciaron en esa dirección. Por otra parte, no tiene sentido la afirmación que la inclusión de una mención a la monarquía en la ley para la reforma política la legitimaba. La forma de gobierno se discutió después, cuando se elaboró la Constitución, y se votaron varias enmiendas a favor de la república como forma de gobierno de la naciente democracia española, incluida la del PSOE. Por otra parte, todas las encuestas que se conocen mostraban lo contrario de lo que dijo ahí Suárez. Es más, las tendencias iban en sentido contrario. Era muy importante la corriente que pensaba que el rey tenía que tener algún poder. Hay un artículo de Julián Marías en El País muy significativo, en el que se queja de que para que la izquierda aceptase la monarquía la estaban vaciando de toda función y dejándola como algo meramente testimonial o simbólico. 

Un florero.

P. Y.: Herrero de Miñón defiende en la ponencia constitucional que el rey tenga mayores poderes. Monarquía casi sin monarquía no le satisfacía, creía que lo que se necesitaba era un jefe de Estado con autoridad. Otros diputados y senadores compartían dicha posición. Pero las enmiendas en ese sentido fueron rechazadas en el debate constitucional.

Hablemos de la amnistía, que cuando se plantea en el parlamento es ya la tercera, había habido dos indultos pero ahora esos mismos indultados, elegidos diputados, quieren que la amnistía abarque todavía más.

C. M.: En contra de tantas cosas que se han dicho, la amnistía era una reivindicación del antifranquismo. Tenía un objetivo a corto plazo y otro de carácter general. El general es, si se quiere, simbólico. La amnistía supone demostrar que no es delito aquello por lo que tanta gente ha ido a la cárcel durante tanto tiempo. Por ejemplo, la amnistía laboral era importante para que muchos trabajadores reclamasen su readmisión en las empresas que les habían despedido por haber participado en huelgas. Y luego había un objetivo inmediato, que era acabar con la violencia de ETA. Presos condenados por delitos de sangre no habían podido acceder a los indultos anteriores y esa era la vía con la que se quería acabar con el terrorismo. Con todo lo que sabemos ahora sobre ETA, somos conscientes de que una facción había generado ya su propio mundo, pero eso no era patente en aquel momento. Las decisiones políticas se tomaron con los datos y los elementos que había en ese momento y con la amnistía se buscaba una legitimación de la democracia ante la población vasca. 

En un paper suyo la conclusión era que se pretendía establecer una página en blanco para que a las siguientes generaciones nadie pudiese enmendarles la democracia. 

P. Y.: En el debate parlamentario de la ley de amnistía se expresa muy claramente esa idea. Vamos a acabar con la serie de guerras civiles que ha vivido la sociedad española, incluida la última, la del 36, y empecemos de cero. Aunque tampoco es exactamente así, puestos a buscar matices, no hay que olvidar que los grupos de ultraderecha se quedaron fuera de la amnistía. Se hizo un auténtico encaje de bolillos para sacar a todos los miembros de ETA. La amnistía se aplicaba hasta las elecciones del 77 siempre que las acciones que habían comportado las condenas hubiesen sido para lograr el restablecimiento de las libertades públicas o de la autonomía de los pueblos de España. Es decir, dejaron fuera al terrorismo de extrema derecha, que siguió en la cárcel, pero es que no era aceptable que saliera gente como los autores de la matanza de Atocha. 

La parte que se incluyó relativa a las fuerzas de seguridad del Estado, por la que ahora muchos discursos consideran que el régimen se indultó a sí mismo, en su momento nadie le dio importancia. Incluso los comunistas publicaron en Mundo Obrero que esa era un apartado redundante porque ya se sobreentendía que la amnistía era para todos. Así lo reivindicaba, de hecho, el PNV, que pedía literalmente «perdón de todos para todos». 

P. Y.: Inicialmente, la ley de amnistía no la quería ningún grupo de derecha, ni siquiera UCD, que consideraba que con los indultos del mes de marzo habían cerrado el tema. AP no la apoyó.

C. M.: Pero una amnistía como tal era importante para la izquierda porque servía para deslegitimar el franquismo. 

Ahora mismo es más norma que excepción pensar que los franquistas hicieron la amnistía para ellos. ¿Por qué?

C. M.: A finales del siglo XX y sobre todo en el siglo XXI toma fuerza la justicia transicional, sobre todo con Chile, Argentina… es un cambio de cultura política fundamental. Desde los noventa, toma relieve la figura de la víctima. En ese marco, hay nuevas lecturas de la historia en cada país. En España, apareció con fuerza la reivindicación de lo que se denominó la memoria histórica, una expresión poco ajustada, es mejor memoria democrática. Hasta entonces, no se habían hecho políticas públicas sobre esta cuestión. Los socialistas pusieron su mirada en la modernización, en el cambio social, pero no se actuó en el plano simbólico respecto al pasado dictatorial. En el año 86, la declaración del gobierno por el cincuenta aniversario de la guerra no podía ser más insulsa. No se quiso volver la vista atrás por diferentes causas. 

A finales de los noventa, ya no fue así. Apareció esta reivindicación y coincidió con los precedentes de América Latina contra los aparatos represores del Estado. Ahí, el símil era muy fácil con el caso español. También había torturadores, etc., pero hay que tener presente que la mirada de la oposición en los setenta estaba fijada en el futuro, no en el pasado. En 1956, en su Declaración de Reconciliación Nacional, el PCE habla de agrupar las fuerzas de todos los que estén dispuestos a luchar por la democracia olvidando en qué lado estaban en la guerra civil. Ocurría también que muchos jóvenes que se incorporaban a las filas comunistas y de la oposición en general procedían de familias franquistas. El PCE afirmaba que, echando la vista atrás, ellos eran los que más víctimas tendrían que reivindicar, pero que había que mirar hacia delante. 

Esa declaración del PCE tiene una frase significativa. El mejor homenaje que se puede hacer a los que han muerto por la libertad en España es que haya libertad en España. 

P. Y.: Por eso en el 77 dijeron lo de la redundancia, subrayando que cuando se referían a amnistía era para todo el mundo. Es más, hay algo que se ignora hoy desde cierta sobrecarga ideológica y escasos conocimientos, que es que en la retaguardia republicana durante la guerra también hubo mucha violencia. Una violencia mayoritariamente impune. 

C. M.: El franquismo organizó la Causa General…

P. Y.: Sí, pero la mayor parte de las acciones de violencia en la retaguardia republicana no fueron juzgadas por los tribunales franquistas aunque condenaran a todos los opositores y resistentes que atraparon. Se les acusaba de haber participado en la guerra, de «rebelión» etc., pero no necesariamente de haber matado a alguien en concreto. 

Por otra parte, hay que tener en cuenta la mirada del antifranquismo de los setenta hacia los años treinta, hacia la guerra civil. En el PSOE hubo una ruptura generacional. Cuando el PSOE conmemoró sus cien años, fue con atención a la figura de Pablo Iglesias, no se quiso situar la memoria del partido en la república y la guerra. 

Por su parte, el PCE tenía jóvenes dirigiendo el partido, pero también muchos veteranos y la memoria pesaba mucho. Durante la transición se pidió sin descanso desde determinados sectores derechistas que a Carrillo se le juzgase por Paracuellos y a Federica Montseny por los crímenes anarquistas. Al mismo tiempo, la extrema derecha denunció constantemente la «violencia roja» durante la guerra civil. Por todo ello, eso de que hubo silencio en este periodo sobre el pasado es otro mito, porque no lo hubo. Por eso, pasar la página venía de esa situación y el concepto de justicia transicional todavía no existía. Este concepto no estuvo presente en el final de ninguna dictadura de los setenta, aunque hubiera algún proceso o depuración, pero no era bajo esa teoría y, ni mucho menos, tan exhaustivo. 

Al elaborar la Constitución, ¿qué era la mayoría mecánica?

P. Y.: La que se forma entre UCD y AP cuando el anteproyecto es revisado por la ponencia después de la presentación de enmiendas y que comportó que se modificara el texto en sentido conservador.  Sin embargo, cuando esa mayoría puso en crisis acuerdos esenciales, el PSOE abandonó la ponencia. Entonces, ahí, en UCD se encendieron las alarmas ante el peligro de que la Constitución fuera aprobada por una mayoría parlamentaria, pero con apoyos políticos y sociales insuficientes. Pronto se vio que esa vía no funcionaba. Una cosa era colar artículos y otra cosa poner en peligro todo el proyecto. Entonces UCD tuvo que desandar lo andado con la «mayoría mecánica», volver a reunirse con el PSOE, todas aquellas cenas, encabezadas por Abril Martorell y Alfonso Guerra, y recomponer acuerdos que luego se ampliaron a los demás grupos, excepto AP que los rechaza. 

Ese es un punto clave. A partir de ahí, para redactar la Constitución se decidió que hubiera consenso y, si no era posible, que fuera un consenso que dejase fuera a AP. 

C. M.: Una parte significativa de UCD, pero particularmente Adolfo Suárez, a esas alturas y viendo los resultados electorales, opta por lo que se llaman políticas de consenso. Medidas con un amplio consentimiento en el conjunto de las fuerzas políticas. En la fase de configuración de la democracia y dados los grandes problemas que hay en el país, se habían aprobado los Pactos de la Moncloa. Suárez está convencido de que son necesarias políticas de estabilidad que necesitaban forzosamente el apoyo de la izquierda. Evidentemente, la izquierda exigía que se aceptaran algunas de sus reivindicaciones.

En ese escenario, AP era una pieza suelta. Era la cuarta fuerza parlamentaria, pero todavía se estaba produciendo una discusión interna muy importante en su seno después del fracaso en las elecciones. Los resultados electorales les habían sorprendido y mostrado que el país era muy distinto a lo que ellos pensaban. A partir de ese momento, la opción de Fraga era que no podían quedarse marginados, que tenían que participar, pero no todos entre los Siete Magníficos estaban de acuerdo. 

P. Y.: Vamos a colaborar en la elaboración de una Constitución que no queremos, fue la decisión tomada. 

C. M.: Se dio la paradoja de que muchos personajes de AP, como Fernández de la Mora, según iban aprobando artículos de la Constitución, ellos se iban manifestando en contra. Cuando se vota la Constitución en las Cortes solo lo hacen afirmativamente la mitad de los diputados de AP, el resto se abstiene o vota en contra. En la Junta Nacional de AP la votación quedó casi empatada, y eso que Fraga se esforzó en convencerles de que no podían quedar fuera del nuevo escenario político. 

P. Y.: UCD se sigue presentando hoy como los herederos del franquismo y eso facilita la confusión. Desde la formación de la coalición convertida después en partido, hubo gente que venía de la dictadura, como Suárez, pero también pequeños grupos liberales, democratacristianos y socialdemócratas no marxistas, que eran pocos pero que tenían personajes políticos de gran relevancia, como Fernández Ordóñez, Álvarez de Miranda, que venía del Contubernio de Munich, es decir con antecedentes y actitudes inequívocamente democráticas. De hecho, muchos amigos de Suárez se habían quedado fuera de UCD porque se consideró que estaban demasiado vinculados a la dictadura y que su tiempo político había pasado, pese a que algunos eran relativamente jóvenes. 

Todo ello lleva a que el acuerdo de UCD con AP sea imposible, tanto para la Constitución, como en los años siguientes. Fraga se pasó años pidiendo constantemente un acuerdo porque veía que incluso después del 79 tenían suficientes diputados para una mayoría conservadora y UCD no acepta, incluso con tensiones internas que luego les llevarían a la ruptura. Llegó un momento en que los únicos interlocutores válidos para UCD estaban a su izquierda, así que tanto para los Pactos de la Moncloa, que AP no firmo los de carácter político, como para la Constitución, UCD tuvo que ponerse de acuerdo con la izquierda. 

Presiones a la hora de redactar la Constitución. La Casa Real, la primera, ya mencionada. Su duda inquietante, transmitida por Sabino Fernández Campo, de que les iban a dejar de florero. Dos, las Fuerzas Armadas. La introducción de la indisolubilidad de España como Estado, algo que en realidad solo se hace para poder meter lo importante, que eran las nacionalidades. Tres, la Iglesia. Y cuatro, la patronal, que denuncia que la Constitución española de 1978 consagra el intervencionismo… 

 P. Y.: Hay artículos de la Constitución que permiten una economía socializada. La parte económica de la Constitución permite un modelo más liberal tanto como un modelo más estatal o socializante, depende todo de las mayorías que existan. No hace falta cambiar la Constitución para nacionalizar o socializar, tampoco para tomar medidas neoliberales, aunque en este caso sí que hay límites. Por ejemplo, no se pueden privatizar las pensiones, como se hizo en Chile. Los empresarios quisieron consagrar la economía de mercado y les quedó una puerta abierta a medidas socializantes, eso les dejó muy insatisfechos y Fraga se quejó de que la Constitución permitía sovietizar la economía española. Sin embargo, la virtud con la que fue presentada la Constitución era que ahí cabían actuaciones de derecha y de izquierda según lo que votasen los españoles. 

C. M.: La Iglesia, como es lógico, quiso un mayor papel. Los democratacristiano de la UCD querían que la Iglesia lo tuviera. Pero hubo negociaciones paralelas. Se negoció la cuestión de los centros educativos, que para la Iglesia era muy importante. Aparte, la Iglesia de aquel momento era consciente de los cambios sociales que se habían producido y no tuvieron una actitud beligerante como la que pudieron tener tiempo después. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que el PNV en aquel momento se definía fundamentalmente como democratacristiano, al igual que Pujol. Por eso no hubo ningún problema para introducir en la Constitución una referencia explícita a la Iglesia católica.

P. Y.: Lo más duro fue lo de la enseñanza. El acuerdo al que se llegó fue suficiente para la izquierda y UCD, pero no para AP, que quería asegurar que la financiación de los centros privados no estuviera sujeta a control público, como establece la Constitución. No obstante, para la Constitución, la Iglesia, excepto los sectores más conservadores, no dio la batalla que dio después con otras leyes, como la primera de educación socialista. 

C. M.: Nos quedan los militares. Tenían el poder de las armas, que es mucho, pero no tenían una posición política relevante, por lo que en todo este proceso estaban completamente desubicados. Hubo varios intentos de golpe de Estado, como la Operación Galaxia, etc. En los cuarteles se estaba en contra de la Constitución porque afectaba a una línea roja infranqueable, la unidad de España y la aceptación de las autonomías. La influencia militar se percibe en el artículo segundo que hace referencia a la unidad indisoluble del Estado, pero era absurdo, porque la unidad ya estaba consagrada al señalar que la soberanía reside en el pueblo español. Sin embargo, se introdujo la redundancia para facilitar la referencia a las nacionalidades. Esto no convenció a los militares y todas sus conspiraciones golpistas, hasta la del 23F, tuvieron como objetivo acabar con lo que significaba la Constitución. 

P. Y.: La redacción del artículo segundo, tan retórica, fue utilizada como una fórmula de tranquilizar a los militares, que no querían ni ver la palabra nacionalidades. Hay que tener en cuenta quién influenciaba a los militares. En los cuarteles se leía la revista de Fuerza Nueva y esas cosas. También hubo parte de UCD que estuvo en contra del concepto nacionalidades, pero todo eso entró en los mínimos de acuerdo con la izquierda. Ese es el motivo por el que se añadieron partes redundantes que no aportan nada, aunque en la actualidad se hayan usado como prueba de que el Ejército tomó parte en la redacción de la Constitución. AP rechazó frontalmente el artículo 2.

El derecho de autodeterminación, entendido desde el punto de vista nacionalista primordialista, como en la actualidad, tampoco lo defendía nadie, ni siquiera el PNV o los partidos catalanes. 

P. Y.: Lo cual no impidió que fuera objeto de debate, que se votase y que el resultado lo rechazase muy mayoritariamente. 

C. M.: Se discutió todo.

P. Y.: Otro tópico es que se vetaron temas, pero se discutió todo y se resolvió con las votaciones de las fuerzas presentes. Francisco Letamendia, diputado entonces de Euskadiko Ezkerra, que después se fue a Batasuna, defendió una enmienda con un derecho de autodeterminación que, por otra parte, era muy exigente, establecía que para aprobarse una propuesta de separación era necesario el voto favorable de la mayoría absoluta del censo electoral de cada circunscripción. No de los votantes, sino del censo. Convergencia votó en contra, dijeron que ellos no estaban por eso. El PNV se abstuvo porque su sector más abertzale exigía según qué poses. Y el artículo de que la soberanía residía en el pueblo español no lo discutió casi nadie, sin embargo, era y es el que consagra la unidad. 

¿Qué continuidad hubo entre la Constitución de 1931 y la de 1978? ¿De qué manera los del 78 estaban releyendo y continuando la del 31?

C. M.: Sobre la débil nacionalización española, el fracaso del Estado español, etcétera, hay numerosos estudios. Existe un acuerdo amplio en que ya durante la República quedó asentado que la diversidad de España y sus culturas implicaba que la democracia debía contemplarla autonomía política. Como experiencia, es posible remontarse incluso al Sexenio Democrático. Durante el franquismo, el binomio democracia-autonomía se reforzó entre otras cosas porque el discurso nacionalista de la dictadura era excluyente, y porque el antifranquismo catalán era, en términos relativos, fuerte, y jugó un papel destacado en el impulso a la acción unitaria en otras zonas de España. Además, evidentemente, los ponentes constitucionales tuvieron muy presente la Constitución del 31, tanto en lo que convenía conservar como y, sobre todo, lo que había que evitar de todas, todas. Hasta la UCD era muy consciente de que no se podía prescindir de las autonomías en la Constitución.

P. Y.: Hay que tener en cuenta que mientras se elabora la Constitución se están creando instituciones preautonómicas. Hay algunos casos todavía indefinidos, pero hay creadas juntas en Valencia, Andalucía, Murcia… Excepto la cuestión de Madrid, que quedó para el final y las Castillas, que no estaba claro cómo se iban a configurar, lo demás ya estaba definiéndose. Que el franquismo fuera una dictadura centralista en su máximo grado incrementó más que la democracia fuera acompañada de autonomías. No solo el País Vasco y Cataluña la reclamaban, también, reitero, Andalucía, Murcia, Valencia… aunque fuera en grados distintos. Esto prefiguraba que el sistema democrático comportaría que se estableciera una fórmula de ese estilo, aunque nadie tuviera pensado que saliese el modelo que salió. También hay que tener en cuenta que socialistas y comunistas defendían un modelo federal, con lo cual, la izquierda era tendente a un lenguaje que convergió con sectores nacionalistas y regionalistas. Al mismo tiempo, la Constitución volvía a dejar un modelo abierto. Los ponentes, según sus testimonios, tenían pensado un modelo autonómico fuerte para Cataluña, País Vasco y Galicia, y un modelo más cercano a la descentralización administrativa para el resto. Esas dos vías no impedían que si alguna de las comunidades quería alcanzar la máxima autonomía, tenía abierta la puerta. El marco competencial se fue desarrollando como lo conocemos hoy, pero la Constitución permitía distintas fórmulas. No había nada prefigurado. De hecho, las últimas transferencias de competencias se producen tras un pacto entre PP y PSOE en los noventa que deriva del marco constitucional, pero no del proceso constituyente. 

C. M.: También es muy propio de la cultura española el no aparecer como menos que nadie. En Andalucía eso fue muy importante o en el estatuto valenciano de 2008, donde se puso que lo que tuvieran los demás, también lo tendrían ellos. Forma parte de la cultura política, o quizás de la cultura a secas.

Un momento clave de todo este proceso que trae una democracia plena a España. ¿Se debió al impulso que supuso que Suárez, tras las primeras elecciones, no le debiera legitimidad al dedazo del rey y sí al sufragio universal? ¿No tuvo esto que ver con las tramas conspirativas de golpe de Estado de segunda mitad de los setenta, esas de «hemos perdido el control, hay que hacer algo»?

C. M.: Las distancias entre Juan Carlos y Suárez fueron de otra naturaleza. Hubo quienes insistían ante el rey en que Suárez le había dejado sin papel, que se establecía una monarquía sin prerrogativas, pero en realidad Suárez había logrado constitucionalizar la monarquía, que era lo importante, aunque indudablemente Juan Carlos hubiera preferido tener un mayor papel. Una cosa era no tener los poderes de Franco, que los tenía todos, y otra un papel simbólico, con muy poco espacio, como le había dejado la Constitución. Ahora bien, entre Suárez y Juan Carlos hubo un proceso de distanciamiento desde las elecciones de marzo del 79, cuando desde dentro de UCD se presiona por cerrar la etapa de consenso con la izquierda e ir a políticas de un marchamo mucho más conservador. Suárez, tal vez por su pasado falangista, estaba convencido de que no lideraba una fuerza de derechas, sino realmente de centro. Por tanto muy transversal, y no podía aceptar el programa que trataba de imponerle la CEOE, que presionaba para que llegaran a acuerdos de una vez con AP. 

Adolfo Suárez y sus apoyos más importantes dentro del partido no querían confundirse con AP y eran contrarios a esa alianza. Desde los sectores más conservadores se desarrolló una dura campaña contra Suárez. A Juan Carlos le decían que la situación era de catastrófica e insostenible y que Suárez debía abandonar la presidencia del gobierno. Por otra parte, Suárez perdió el control del partido, como se vio en el congreso de Mallorca, y en sus conversaciones con Juan Carlos percibe claramente que ya no tiene su apoyo. Eso le decide finalmente a dimitir, probablemente para detener una posible moción de censura. Hay que tener en cuenta que, desde las elecciones de 1977, hay conciliábulos en sectores muy conservadores para reconducir una situación que consideran cada vez más negativa.

P. Y.: Lo que sí es cierto es que Suárez ganando elecciones reforzó su posición y empezó a actuar como un gobierno de democracia parlamentaria, no tenía por qué consultar al rey. Hay una relación entre Suárez y Juan Carlos antes de las elecciones y luego otra. Antes, la dependencia del presidente del rey era absoluta, luego ya no. 

¿Entre algunas conspiraciones militares estaban las encaminadas a devolverle poderes al rey?

P. Y.: No, la cuestión no era devolver poderes al rey sino, en los más radicales, acabar con la democracia, y en otros adoptar políticas nítidamente conservadoras y recentralizadoras, incluyendo si era preciso la reforma de la Constitución.

La posición de Armada se situaría en esa segunda opción, en el golpe de timón. Armada fue un liante, habló con mucha gente, a cada cual le dijo lo que quería oír y si obtuvo apoyos fue por lo que dijo, no por lo que quería hacer. Era un personaje que se aprovechó de que todo el mundo le veía como alguien muy cercano al rey. Habló con el alcalde de Lleida y le dijo cuatro vaguedades sobre lo mal que estaba la situación y luego con Milans del Bosch ya habla de otras cosas. Vendía que la situación era muy mala, había violencia terrorista, y hacía falta un gobierno de autoridad con apoyos parlamentarios amplios y que efectuara cambios a los cambios ya hechos. Pero posiblemente Armada era consciente de que no podía volver, por ejemplo, al proyecto de Fraga del 76, que ya era una involución excesiva. Se podía minimizar el papel del parlamento en la línea gaullista, meter al Ejército en el País Vasco si la situación no se controlaba, etc. Pero luego se demostró que Armada no tenía los apoyos de los que presumía. Cuando dimitió Suárez, habría bastado con designarlo a él candidato a la presidencia del gobierno en lugar de a Calvo Sotelo. En el golpe de estado del 81, cuando Armada llega con su plan al Congreso, Tejero lo rechaza porque lo que quería era una junta militar. Y Milans ahí estaba a medias. Pero es muy relevante que todos los capitanes generales dudaran, que su actitud inmediata no fuera la de defender la legalidad. Fue la de ver qué hacía el otro, hablar con la Zarzuela… Lo dijo claramente Quintana Lacaci, el capitán general de la Primera Región Militar: yo obedezco al rey porque me lo ha ordenado Franco, el rey me ordenó parar el golpe y lo paré, si me hubiera ordenado asaltar el Congreso, lo asalto.


El juicio por rebelión a José Antonio Primo de Rivera

José Antonio Primo de Rivera. Foto: DP.

Con el cuerpo de Franco trasladado del Valle de los Caídos se puso fin a un culebrón de una magnitud considerable, pero la historia quedó incompleta. José Antonio Primo de Rivera sigue enterrado en el Valle de los Caídos en un lugar central. Parece que solo se le cambiará de sitio, aunque hubo un amago de debate sobre si el líder falangista era una víctima de la guerra civil o, como el repudiado caudillo, uno de sus promotores. Por lo pronto, lo que es un hecho es que él fue juzgado por rebelión y por ese motivo abandonó el mundo de los vivos, porque la sentencia dijo que era culpable. Las garantías de ese juicio, que duró dos días, ya son harina de otros costal.

Antes, como presentación del personaje, nos valen las palabras de Unamuno en el diario Ahora el 19 de abril de 1935: «Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y ni mucho menos, un dictador. A esto hay que añadir que una de las cosas más necesarias para ser jefe de un partido ‘fajista’ es la de ser epiléptico».

En José Antonio: realidad y mito de Joan Maria Thomàs se apunta a que el escritor estaba molesto porque uno de los motivos para que no le dieran el Nobel pudo ser haber ido a un mitin de Falange. El socialista Luis Araquistáin iba por los mismos derroteros, le calificaba de «señorito», «un mozo criado entre mimos y comodidades», algo que le limitaba como líder fascista porque «el lenguaje demagógico no es posible aprenderlo en los libros». Él mismo dijo, tajante: «serviría para todo menos para caudillo fascista».

En Guerras y vicisitudes de los españoles, las memorias de Julián Zugazagoitia, ministro de Gobernación de Negrín, el socialista consideraba que la ejecución de José Antonio había sido «algo peor que una injusticia, un error». Hubiese sido una baza preciosa para la República haberlo enviado a zona nacional, canjeándolo o dejándolo huir sutilmente, como hizo el ministro Manuel de Irujo con Ramón Serrano Suñer.

Algo que se olvida es que Franco, además de participar en el golpe contra la democracia, también dio un golpe dentro de los golpistas, con el eufemismo de Decreto de Unificación y la fundación de la Falange Española Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, siglas que le costaron la vida, por fusilamiento, a algunos de los suyos que se opusieron. De hecho, como consecuencia, se fundó acabada la guerra en 1939 la Falange Española Auténtica. En la clandestinidad, pero con un acrónimo que desafiaba el marketing incluso entonces: FEA

Esa lucha por el poder desembocó en una reyerta sangrienta entre los dos grupos rivales, lo cual fue aprovechado por Serrano Súñer para silenciar cualquier foco de resistencia a la unificación (…) En realidad, las estructuras jerárquicas de falangistas y requetés desaparecían también porque el supremo jefe, a partir de ese momento, era Franco. (…) Hedilla pasaba a ser un simple vocal de la Junta Política y no solo no aceptó, presionado por los «camisas viejas» (…) El 25 de abril, Hedilla fue arrestado junto con otros falangistas disidentes (…) Hedilla compareció dos meses después ante dos consejos de guerra sumarísimos (…) Hedilla, acusado de «adhesión a la rebelión» y de resistencia al cumplimiento del decreto de unificación, fue condenado a muerte (…) Franco le indultó, pero pasó cuatro años en la cárcel y, según Javier Tusell, «el resto de su vida lo viviría Hedilla en una situación de ostracismo oficial, pensando en una Falange independiente que siempre resultaría imposible». (Julián Casanova, Historia de España en el siglo XX

Franco a Manuel Hedilla se lo pudo hacer, pero a José Antonio no habría sido tan fácil. Para la República, lanzarlo a él en mitad de la zona sublevada hubiera sido más efectivo que cualquier bomba por la división que habría sembrado. De hecho, consta que Primo de Rivera no deseaba en modo alguno una guerra. Le dijo a un periodista estadounidense que le entrevistó en la cárcel que lo que estaba haciendo Franco era «un error».

Pero no fue posible comprobar la hipótesis de si hubiera enfrentado a los cabecillas de la rebelión, la condena a muerte lo impidió. Para Zugazagoitia, el único que salió ganando de quitarle la vida fue Franco, porque se quedó «sin competidores». Además, para él, «la sentencia fue excesiva». Escribió: «El delito de que debía responder Primo de Rivera se había producido con anterioridad a la insurrección de los militares. Se le condenó, no por lo que había hecho, sino más bien por lo que se suponía que hubiese hecho de encontrarse en libertad».

En cualquier caso, misiones del mismo tipo, como el canje posterior, en 1937, de Raimundo Fernández Cuesta, habían fracaso. Al llegar a la zona sublevada se plegaban a las órdenes de Franco, como dejó escrito en sus memorias Azaña.

Ángel Viñas en ¿Quién quiso la Guerra Civil? revela que José Antonio ya pudo estar en las primeras conspiraciones que se iniciaron desde el mismo 14 de abril para destruir el Estado democrático, aunque por esas fechas no fuese todavía un fascista propiamente dicho. Su conversión fue más adelante, cuando fue recibido por Mussolini y financiado a través de su agregado en la embajada en París y el conde Ciano. Se había visto también con Hitler en mayo de 1934 y lo reconoció durante su juicio en Alicante. Aparece, además, en la solicitud de Von Engelbrechten para entrar en las SS, lo anotó como mérito, haber presentado al hijo del general Miguel Primo de Rivera al Führer. No obstante, no hubo grandes relaciones hispano-germanas a través de los falangistas.

Antes de la contienda, sus hombres tomaron parte en lo que Antonio Goicoechea, conspirador de Renovación Española, describió como «necesidad ineludible de organizar un ambiente de violencia». Sus militantes fueron protagonistas de la famosa violencia callejera del 36. En ocasiones como víctimas, en otros momentos como protagonistas de represalias con muertos. Como cuenta Tusell, en las fichas de afiliación se anotaba quién tenía «bicicleta», esto es, «pistola». Sin embargo, sostiene Viñas que con Falange solo se contó en la etapa final de la conspiración y para que aportara la «carne de cañón». Entonces la Falange era un movimiento marginal y nadie pensó en ella como órgano de poder de un nuevo Estado. Según Tusell, «era un partido político de jóvenes universitarios sin fuerza electoral propia ni menos aún implantación en medios sindicales o proletarios».

Alfonso García-Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera en la fundación de Falange en 1933. Foto: DP.

En noviembre del 35, Primo de Rivera ya planteó la necesidad de un golpe de Estado para hacer frente a «una amenaza de un sentido asiático, ruso, contradictoria con toda manera occidental, cristiana y española de entender la existencia», pero, mientras que Calvo Sotelo defendía abiertamente «una reforma totalitaria del Estado», José Antonio en sus últimos textos lo criticó. Escribió: «La enfervorización religiosa de los pueblos no es tarea política». Desde ese año 1935, en los mítines que había dado el pequeño partido hubo un denominador común, la estrategia propagandística era la de explicar su política como «ni de izquierdas ni de derechas». Cuando la derecha hizo la reforma de la reforma agraria, como apunta Ramiro Trullén en España trastornada, Primo de Rivera sorprendió a propios y extraños criticando la medida en el Congreso: «Teniendo en cuenta que la vida rural española era absolutamente intolerable tendrían que atenerse a las consecuencias». En síntesis, su pensamiento lo que sostenía era la necesidad de encauzar las revoluciones porque motivos no faltaban para que se desencadenasen.

No obstante, desde el primer día de la sublevación los falangistas estuvieron ahí. En las órdenes que dio Yagüe en Marruecos se les tenía bien en cuenta: «Conferir el mando del orden público y seguridad en las ciudades a elementos de Falange». En La columna de la muerte de Francisco Espinosa, está documentado que elementos falangistas ya habían recibido el 16 de julio órdenes para actuar en Extremadura.

Él no. Desde el 14 de marzo estaba detenido. Azaña estaba decidido a atajar la violencia ultraderechista y clausuró la sede de Falange por tenencia de armas el 27 de febrero, once días después de ganar las elecciones. El 5 de marzo la policía se incautó de Arriba, su semanario, y no volvió a publicarse. Siguieron medidas de este tipo que expulsaron al partido a la clandestinidad donde, paradójicamente, empezó a crecer en afiliación. El 19 de mayo el presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, proclamó:

Se han acabado las contemplaciones con los enemigos, claros o encubiertos, de la República (…) Hace algún tiempo yo dije que no estaba dispuesto a tolerar una guerra civil. Pues bien, cuando se trata de un movimiento fascista —digo fascista sin determinar esta o aquella organización, pues todos sabemos qué es el fascismo y cuáles son las organizaciones fascistas—, cuando se trata de atacar a la República democrática y las conquistas que hemos logrado junto al proletariado, ¡ah! Yo no sé permanecer al margen de esas luchas y os manifiesto, señores del Frente Popular, que contra el fascismo el Gobierno es beligerante.

Había sido detenido en marzo por posesión ilícita de armas. Su estancia en prisión se alargó cuando le fueron encontradas en la cárcel dos pistolas. En mayo intentó eludir la justicia por la vía de recuperar la inmunidad parlamentaria, al tener que repetirse las elecciones en algunas provincias pensó que podría presentarse y sacar un escaño, pero la Junta Electoral no aceptó nuevas inclusiones en las listas de febrero. Fue trasladado a Alicante en junio.

Recibió cientos de visitas en su cautiverio, con las que trató el proyecto de la rebelión militar. Pero consta que, iniciada la conflagración, desde su «mesianismo», según Thomàs, José Antonio se propuso parar la guerra desde la cárcel. Abogó por un gobierno de unidad nacional con socialistas, intelectuales, conservadores catalanes y que abordase la reforma agraria y, por otro lado, permitiese la educación católica, para satisfacer a ambos bandos enfrentados. Era agosto del 36 y se ofreció para convencer a los generales golpistas. El Gobierno envió al subsecretario Leando Martín Echevarría a la prisión para entrevistarse con él, pero el plan se rechazó.

En 1963, Franco ordenó borrar todo esto del libro que el falangista José María Mancisidor publicó sobre el juicio. El mito que se había construido no iba, precisamente, en esa dirección. En los sesenta, con los veinticinco años de paz, cundió la preocupación en el régimen por su responsabilidad a la hora de haber iniciado la guerra. Es ahí donde surgen todas las teorías ahistóricas e incluso antitéticas para justificar el 18 de julio, o cargarle la responsabilidad a las víctimas. Falsificaciones que aún circulan hoy.

Paradójicamente, mientras José Antonio barruntaba proyectos para unir a todos los españoles, los militantes de su partido dirigidos con entusiasmo por sus jefes provinciales estaban exterminando a los rivales políticos de cualquier nivel. El propio Hedilla tuvo que pedirles un poco de orden y organización a la hora de matar, con escaso éxito.

El 3 de octubre de 1936 la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo nombró a Federico Enjuto Ferrán juez instructor del sumario «por supuestas responsabilidades en la actual rebelión militar» de José Antonio Primo de Rivera. El fiscal era Vidal Gil Tirado, que el 12 de septiembre había condenado a muerte a cincuenta falangistas que habían intentado liberar al preso. Gil sustituyó a Juan Navarro Serna, que pretendía pedir una pena de dos años por conspiración al entender que no podía acusársele de rebelión por estar preso durante el golpe. Un bombardeo sobre Alicante precipitó el relevo, hubo intentos de la población de entrar en la cárcel a lincharle. El propio juez Enjuto tuvo que dormir dentro de la prisión frente a su celda.

La clave del juicio fue que, desde la cárcel de Alicante, José Antonio escribió a mandos militares «animándolos a la acción», en palabras de Tusell. Consta que Rafael Garcerán Sánchez, el 1 de junio de 1936, ofreció a Mola las milicias del partido. En Los fascismos españoles, Thomàs cita que en junio un boletín clandestino de la organización ya decía:

La guerra está declarada y ha sido el Gobierno el primero en proclamarse beligerante. No ha triunfado un partido más en el terreno pacífico de la democracia; ha triunfado la Revolución de Octubre; la revolución separatista de Barcelona y la comunista de Asturias (…) Estamos en guerra (…) El gobierno se da prisa en aniquilar todo aquello que pueda constituir una defensa de la civilización española y de la permanencia histórica de la Patria: el Ejército, la Armada, la Guardia Civil… y la Falange. 

José Antonio Primo de Rivera en 1935. Foto: Cordon Press.

Primo de Rivera se defendió a sí mismo y a su hermano Miguel y su cuñada Margarita, que también estaba detenida desde la sublevación. El domingo 15 de noviembre tuvo acceso al sumario. El lunes 16 comenzó la vista oral, el 18 fue condenado y el 20 fusilado.

El Tribunal Popular (antes Especial) Provincial de Alicante estaba presidido por tres magistrados y un jurado con representantes de partidos y sindicatos. Su estrategia de defensa pasó por seducir a ese jurado con miembros del PSOE, CNT, UGT y PCE, entre otros. Para ello habló del carácter revolucionario de Falange y dedicó horas a explicar su ideario distanciado del conservadurismo y de tintes sociales. Afirmaba que los preparativos de la sublevación se habían hecho «cuidando especialmente que yo no la conociera», pero mientras esto sucedía, sus hombres desde el 18 de julio estaban asesinando sin control. Su teoría era que para que esto sucediera primero tuvieron que ponerle a él en fuera de juego. La culpa era de la República.

La política de las derechas respecto de mi partido ha sido siempre la misma; querer aprovechar el brío combatiente de mis muchachos (…) Eso sí, querían impedir a toda costa, pero a toda costa, que a estos muchachos los dirigiera yo. ¿Por qué? Porque dicen que estas cosas que yo decía de la tierra y demás eran señuelo que yo utilizaba para atraer a las clases obreras, porque las derechas tienen el error de creer que a las clases obreras se las atrae con señuelos (…) Las derechas tienen esa actitud respecto de mí, pero en cambio dicen: «Esos miles de chicos valerosos, arrojados, un poco locos si queréis, esos son utilísimos. Con estos tenemos que contar nosotros». Y entonces me maquinan disensiones dentro de mi movimiento. (…) surge mi encarcelamiento y la ocasión es «pintipirada»: ahora sí que es fácil levantar el coraje de estos chicos magníficos, valerosos y un poco ingenuos, sin que se nos interponga el majadero ese que nos viene con la cosa de la reforma agraria y del Movimiento-Nacional-Sindicalista.

También se apoyó en que en ninguna de las listas que se habían incautado a los militares detenidos en las zonas donde fracasó el golpe figuraba su nombre. Pero añadió:

De mí, por ejemplo, no os voy a decir hipócritamente que no me hubiera sumado a la rebelión. Creo que en ocasiones la rebelión es lícita y la única salida de un período angustioso.

Y posiblemente metió la pata, en el caso de que no estuviera sentenciado de antemano, que lo estaba. Además, negó las noticias que llegaban de los suyos:

Las ferocidades de que el señor fiscal me da ahora la primera noticia; atrocidades que por otra parte me va a permitir que ponga en cuarentena, porque sé que mis camaradas no son capaces de cometerlas. 

Luego su estrategia pasó por exigirle al Tribunal «alguna prueba positiva» de su participación en el golpe de Estado y sus palabras pasaron a ser más dramáticas:

Os digo que prefiero con mucho no morir (…) Si yo no he tenido parte en esto, si no he participado en esto ,¿para qué voy a venir aquí y hacer el papel de víctima? 

Thomàs señala que fue clave para su condena el cambio de gobierno en el que Largo Caballero colocó al anarquista Juan García Oliver como ministro de Justicia. Este convocó al juez para exigirle la condena. Al mismo tiempo, sentencia el historiador: «José Antonio había participado en la gestación del golpe y había implicado a la Falange de pleno en él, aunque judicialmente fuese difícil de probar… ante un tribunal ordinario, dada la endeblez de las pruebas. Pero el Tribunal Popular no era un tribunal ordinario, sino político, y el veredicto condenatorio estaba asegurado».

El jurado deliberó durante cuatro horas y aceptó todos los cargos del fiscal. Cuando se le comunicó, «conmovido», pidió que se le conmutase la pena de muerte por la cadena perpetua. El jurado volvió a deliberar y se lo denegó. El acusado entró en una crisis nerviosa. Largo Caballero firmó el «enterado». Prieto quiso evitar la condena, pero tuvo más peso García Oliver y el socialista acató la sentencia.

Un año antes, en 1935, en un reunión en el Parador Nacional de Gredos, ya hizo planes de golpe de Estado, que luego él mismo presentó en un informe al gobierno fascista italiano que le financiaba. Otro plan que le mostró más adelante a José Moscardó y Franco, jefe del Estado Mayor de la República en ese momento, fue desechado. El 4 de mayo de 1936 escribió su Carta a los militares de España que circuló por los cuartos de banderas pidiendo a los oficiales que se unieran al golpe. En lo relativo a romper la disciplina y subvertir el orden, decía:

¿Habrá todavía entre vosotros —soldados, oficiales españoles de tierra, mar y aire— quien proclame la indiferencia de los militares por la política? Esto pudo y debió decirse cuando la política se desarrollaba entre partidos. No era la espada militar la llamada a decidir sus pugnas, por otra parte harto mediocres. Pero hoy no nos hallamos en presencia de una pugna interior. Está en litigio la existencia misma de España como entidad y como unidad. El riesgo de ahora es exactamente equiparable al de una invasión extranjera. 

(…)

… lo permanente de España que servíais, ha desaparecido. Este es el límite de vuestra neutralidad: la subsistencia de lo permanente, de lo esencial, de aquello que pueda sobrevivir a la varia suerte de los partidos. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así: la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora —ha dicho Spengler—, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización.

(…)

En las demás naciones el Estado no estaba aún en manos de traidores; en España, sí. Los actuales fiduciarios del Frente Popular, obedientes a un plan trazado fuera, descarnan de modo sistemático cuanto en la vida española pudiera ofrecer resistencia a la invasión de los bárbaros. Lo sabéis vosotros, soldados.

(…)

Medid vuestra terrible responsabilidad. El que España siga siendo depende de vosotros. Ved si esto no os obliga a pasar sobre los jefes vendidos o cobardes, a sobreponernos a vacilaciones y peligros. El enemigo, cauto, especula con vuestra indecisión,

(…)

Jurad por vuestro honor que no dejaréis sin respuesta el toque de guerra que se avecina.

(…)

Si así lo hacéis, como dice la fórmula antigua del juramento, que Dios os lo premie; y si no, que os lo demande. ¡ARRIBA ESPAÑA!

Desde la cárcel, el citado Antonio Goicoechea era el que llevaba sus mensajes a los militares. También pidió una donación a Mussolini de un millón de pesetas para sobornar a oficiales indecisos, que le fue negada, apunta Thomàs. En junio escribió artículos quejándose de que los conspiradores querían utilizar a Falange como tropa para el golpe. «¿Pero qué supone esa gentuza? ¿Que la Falange es una carnicería donde se adquieren, al peso, tantos o cuantos hombres? ¿Suponen que cada grupo local de la Falange es una tripa de alquiler a disposición de empresas?». Entendía que lo que estaba en marcha contaba con ellos, en sus palabras, «como comparsa». En una circular de veintisiete puntos ordenó que nadie tomase parte en un levantamiento.

Al final, sus peores temores se hicieron realidad. Cuando llegó el golpe, las bases de su partido se sumaron a él sin dudarlo. Eso sí, de manera subordinada al mando militar, nunca dirigiendo las operaciones. El único lugar donde el golpe tuvo verdadero apoyo civil fue en Navarra, con los miles de voluntarios tradicionalistas de Mola detenidos en Somosierra por milicianos madrileños. Si en ese momento José Antonio había cambiado su postura manifiesta o no y por qué, es un interesante debate histórico. Por lo pronto, solo queda el testimonio del oficial de prisiones, Abundio Gil, citado por Ian Gibson en su obra En busca de José Antonio, que observó que los días 16 y 17 de julio, José Antonio, en su celda, estaba haciendo las maletas.

Entierro de José Antonio Primo de Rivera, 1936. Foto: Cordon Press.


El final de la Segunda Guerra Mundial en España: la desnazificación de Franco

Franco y Hitler en Hendaya, 1940. Fotografía: Cordon Press.

Inicialmente, el nazismo no cuajó mucho en España. A Falange se le atragantaba su doctrina porque la veían poco compatible con el catolicismo. José Antonio Primo de Rivera estuvo en Alemania y no volvió deslumbrado. Tuvo más influencia el fascismo italiano. Sin embargo, todo cambió el 18 de julio de 1936. Cuando el golpe de Estado fracasó y los sublevados se vieron obligados a pedir auxilio a alemanes y italianos para poder derrotar al Estado.

En principio, Mussolini no estaba por la labor. Dijo que no varias veces. Tenía miedo de entrar en conflicto con Francia, que podría intervenir en defensa de la democracia en España. Acababa de terminar la guerra en Etiopía. El 15 de julio el Duce salió al balcón del Palazzo Venezia de Roma para celebrar que la Sociedad de Naciones le levantaba las sanciones. Intervenir en España tres días después era demasiado.

Sin embargo, Francia dejó tirada a España. Al igual que el resto de democracias, consideraron el golpe de Estado y la guerra que le iba a seguir como un asunto interno por miedo a una escalada que les terminase enfrentando abiertamente a los fascismos. Es decir, pánico a que se repitiera la guerra del 14, que hasta entonces era el horror de los horrores. En ese momento, Italia cambió de idea. Le habían dejado vía libre y la posibilidad de un Estado títere en el Mediterráneo. A tal fin colaboró el abuelo del rey emérito, Alfonso XIII, que desde una cacería en el castillo de los Metternich en Checoslovaquia, escribió esta carta a Mussolini para convencerle de que accediera a las peticiones de ayuda de Franco:

Le supongo enterado de la enorme importancia del movimiento español. Faltan elementos modernos de aviación y con objeto de adquirirlos van a Roma Juan de la Cierva (inventor del autogiro) y Luis Bolín, personas de mi entera confianza. El marqués de Viana, portador de la presente, le explicará todos los detalles y la ayuda que espero nos prestará. Aprovecho esta ocasión para de nuevo felicitarle por sus nuevos éxitos que consolidan su labor formidable y gloriosa. Agradeciéndole lo que seguramente hará, quedo su amigo y admirador que le abraza.

Paul Preston pone en duda que hiciera falta convencer a Musolini, Ángel Viñas en La soledad de la República cree que esta misiva «no dejó de tener importancia». Desde Italia salieron los aviones para que Franco hiciera el primer puente aéreo militar de la historia, le seguirían los nazis aportando más aviones en la Unternehmen Feuerzauber (Operación Fuego Mágico) y, de esta manera, en palabras de Preston: «Hitler y Mussolini convirtieron un coup d’état que iba por mal camino en una sangrienta y prolongada guerra civil».

La intervención de los aliados fascistas en España sirvió también para captar adeptos entre las nuevas elites políticas a la causa del nacionalsocialismo. En El Nuevo Orden, a España le correspondería dominar el norte de África y recuperar el liderazgo en América. Volvería al liderazgo mundial de la mano de los nazis. No obstante, nunca llegó a haber una estrecha colaboración. A Hitler las pretensiones de Franco le dejaban frío. A los pocos meses de empezar la guerra civil, los nazis ya estaban intentando explotar en su favor las diferencias dentro de las familias sublevadas. Se sabe que barajaron alternativas a Franco en busca de otro líder más maleable u orientado a sus intereses.

Aunque Himmler vino de visita a España y mencionó a los visigodos y un sin fin de elucubraciones que no buscaban más que sentar las bases para la alianza entre dos naciones originadas, según sus delirios, en la raza aria, el pacto no fue posible. España se declaró neutral, algo que ya había dejado claro en 1938, cuando estuvo a punto de estallar la guerra en Europa, pero las democracias en este caso a quien dejaron tirada fue a Checoslovaquia.

Pese a todo, la colaboración entre España y el III Reich fue estrecha y privilegiada. Como es sabido, de España salió la División Azul hacia la URSS, pero hay facetas menos conocidas. Alemania trabajó en nazificar las elites franquistas y sectores de la sociedad española. Se enviaron trabajadores y estudiantes, hubo una amplia colonia española en el III Reich y la pregunta es ¿Qué pasó con toda esta infraestructura cuando los nazis estaban perdiendo la guerra?

La respuesta está en un libro de 2000, Spaniards and Nazi Germany, de Wayne H. Bowen, hispanista estadounidense. Es un estudio que repasa las figuras de los grandes nazis españoles, sus actividades en Alemania y las relaciones entre ambos países. Cinco años apasionantes desde el punto de vista diplomático, pues España fue neutral de una manera al principio del conflicto diametralmente opuesta a su neutralidad al final.

Un médico inspecciona a un voluntario para la División Azul en julio de 1941. Fotografía: DP.

Sin embargo, la flamante neutralidad aliadófila de toda la vida del franquismo se vio comprometida por los reclutas españoles que seguían alistándose para combatir del lado de Hitler —a pesar de que los aliados ya se acercaban al Rin y al Vístula— y los miles de trabajadores que renovaban sus contratos y seguían en el Reich. Alemania necesitaba desesperadamente trabajadores y soldados. Para captarlos en España, la propaganda de Goebbels explotó la idea de eficacia alemana y el sueño del Nuevo Orden. La huella de que había dejado la Luftwaffe era honda en contraste con la debilidad de las fuerzas armadas españolas y para los supervivientes de la guerra, en un país arrasado con una vida pública mediocre, formar parte de algo más grande, más moderno y más fuerte constituyó un atractivo para mucha gente en edad de hacer algo útil con su vida.

Según Bowen, en su artículo «The Ghost Battalion: Spaniards in the Waffen-SS, 1944-1945» para The Historian: «Aparte de un puñado de suecos, suizos, y los reclutas finlandeses, los españoles fueron los únicos europeos que se unieron a las SS y al ejército alemán sin pertenecer al territorio ocupado por el Eje». Solo en enero del 44, cien españoles se presentaron en la embajada alemana en Madrid para alistarse como voluntarios.

También hubo casos más prosaicos. Miles de trabajadores procedían de regiones devastadas, no tenían más opción para alimentar a sus familias que irse. Al mismo tiempo, cruzar la frontera era la única oportunidad que tenían los delincuentes de para traerse coñac, cigarrillos y café para el mercado negro. Algunos españoles dieron el pelotazo e hicieron fortunas que enviaron fácilmente a Madrid con el sistema de transferencias bancarias que se había establecido entre los dos países.

El 6 de noviembre de 1944, Franco anunció públicamente algo que ya llevaba en marcha varios meses. Se desmarcó totalmente de las fuerzas del Eje cuando, en una entrevista con United Press, declaró que España «ya era una verdadera democracia». Orgánica, naturalmente. En la que se encarnaba «la voluntad general de todos los españoles». Por eso, no había «obstáculos que impidan la colaboración con los principales poderes aliados».

En Berlín, el diario Enlace, controlado por Wilhelm Faupel, exembajador en España, escribió un editorial criticando duramente al Caudillo y comparando esas palabras con sus discursos de hacía tan solo un par de años. A partir del cambio en la diplomacia española, este diario, editado por Martín María de Arrizubieta Larrinaga, cura, abertzale y nazi, dio también un giro antifranquista y llegó a introducir la causa nacionalista vasca en sus contenidos ante la sorpresa de la colonia española en Alemania a quien iba dirigido. Mientras, en España, otro vasco, José Luis de Arrese, secretario general de la Falange, escribió en enero del 45 «Hoy está muy de moda para camuflar a la Falange y vestirla con el estilo democrático más inofensivo».

Bowen también atribuye a este giro las acciones de diplomáticos españoles para salvar judíos. Sostiene que los embajadores de España en Berlín, Bucarest, Budapest y otras capitales pusieron a salvo a miles de hebreos al final de la guerra como consecuencia del giro diplomático. Se anotaron un tanto ante los aliados y la prueba de ello es que no fue invitado ningún representante español al Congreso Internacional Antijudío que se había celebrado en Cracovia en junio de 1944. En diciembre del mismo año, se constató también que las programas de radio nazis para España perdieron oyentes «a un ritmo alarmante».

A finales de año, también cerraron las oficinas de soporte de la División Azul en España. Desde primavera se había ordenado su retirada del frente, pero eso no impidió que mucha gente siguiera saliendo del país para alistarse en las tropas alemanas. Aquí llega una de las mejores paradojas del libro. Comprometido por estos voluntarios, el gobierno franquista dijo a los aliados, primero, que no sabía nada, que se trataría de «rojos» llevados «por el espíritu de aventura y la necesidad económica». Parece un delirio, pero no lo era. El Sicherheitsdienst (SD), el servicio de seguridad de las SS, contó con españoles huidos de Franco. En palabras del historiador: «Algunos de los cuales habían sido reclutados por los alemanes entre los exiliados republicanos españoles, lucharon y espiaron contra los españoles en la resistencia francesa y contra los aliados en Normandía». La embajada española en Berlín sabía que eran no menos de mil quinientos.

No obstante, y aquí viene lo bueno, las autoridades franquistas añadían «su número no puede compararse al de españoles alistados en las tropas aliadas». Es decir, Franco tuvo que recurrir a los republicanos derrotados que ahora luchaban con los aliados para salvar la cara de la neutralidad del país, cuando tenían perfecto conocimiento de la cantidad de españoles que estaban prestando servicios ilegales en la Gestapo y las Waffen-SS en su Spanische Freiwilligen Einheit (Unidad de Voluntarios Españoles), formada de los aventureros citados, veteranos de la División Azul y trabajadores desplazados.

Lucharon en la batalla de las Ardenas y, por ejemplo, las 101ª y 102ª Compañías SS Españolas, integradas en la 24ª División SS de Montaña «Kartsjäger», combatieron en Rumanía contra el Ejército Rojo y, ya bajo el mando del teniente José Ortiz Fernández, se enfrentaron a los partisanos de Tito en los frentes esloveno y croata de Yugoslavia. En el libro The Lion and the Eagle de Conrad Kent, Thomas K. Wolber y Cameron M.K. Hewitt dicen de estas fuerzas: «a diferencia de otras unidades españolas, sin embargo, se ganaron una reputación más turbia, con acusaciones de saqueo y violaciones».

Franco y Hitler en Hendaya, 1940. Fotografía: Cordon Press.

Es curioso también que había dos flujos. Uno de voluntarios que acudían al frente con las SS o tropas legionarias españolas dentro de la Wehrmacht, y a trabajar a las fábricas alemanas, y otro de españoles que ya llevaban tiempo en el III Reich y se olían el percal que se alistaron en la marina mercante alemana con la esperanza de escapar del barco en territorio neutral. Mientras, los familiares y el gobierno español exigían a Alemania la repatriación de todos trabajadores y soldados españoles, pero en el III Reich se lavaban las manos. Contestaban que no podían hacer nada, que eran ciudadanos que estaban en suelo del Reich y habían tomado esta decisión. Un veterano de la División Azul, Miguel Ezquerra, como capitán de las SS, en enero del 45 recibió la orden de reclutar a todos los españoles que pudiera encontrar.

Tampoco los involucrados tenían intención alguna de regresar. Hay casos documentados, como el de Rufino Luis García-Valdajos, de la SS-Freiwilligen-Grenadierdivision-Wallonie (división de granaderos voluntarios de Wallonia SS) del colaboracionista belga Leon Degrelle, que solicitó los permisos a la SS Rasse und Siedlungshauptamt (Oficina Central de Raza y Reasentamiento) para casarse con una mujer alemana que vivía en Berlín, Ursula Jutta- Maria Turcke. Les asimilaron.

El gobierno español solicitó que al menos los trabajadores españoles no construyeran fortificaciones. Por lo visto, a lo que más se dedicaron fue a excavar después de los ataques aéreos para sacar cadáveres y buscar un techo a los indigentes. Los bombardeos aliados también destruyeron los centros de Falange en Stuttgart, Königsberg, Hamburgo y Wiesbaden. Es llamativo que Bowen especifique que murieron decenas de trabajadores españoles en estos ataques «porque se negaron a entrar a los refugios».

Interesante es también el plan de Franco para Francia. Asignó a Jesús Suevos, camisa vieja, que mientras los nazis se retiraban se quedase en territorio francés para servir de enlace con el Parti Populaire Français (PPF) de Jacques Doriot —que muy bien se había exiliado a Alemania desde el desembarco de Normandía— y la nueva resistencia, esta vez blanca y contra De Gaulle. Todavía no estaba clara la derrota total de Alemania, que el III Reich sobreviviera firmando una paz por separado con los aliados occidentales se veía como posible aún en el año 44. De esta manera, el franquismo tuvo una mínima esperanza de que en París se colocase finalmente un régimen más afín o cercano a la dictadura española. Era su único asidero, al menos, para impedir que desde suelo francés se organizasen luego tropas para entrar en España, como efectivamente sucedió, aunque desastrosamente. Sin embargo, el fracaso del plan fue absoluto, y tal y como señala Bowen, Suevos tuvo que quedarse en la capital francesa hasta diciembre de 1945 y asistir a los desfiles de la victoria con la presencia de columnas españolas. La Nueve, ahora por fin célebre en España tras décadas de olvido.

Para el apocalipsis de Berlín, el aludido Ezquerra reunió a un centenar de voluntarios españoles. Lucharon junto a otros extranjeros franceses, noruegos, daneses, italianos, holandeses, rumanos, belgas, húngaros y de otras nacionalidades. Dice el hispanista que los ibéricos se distinguieron por, como de costumbre, «tenacidad en la defensa, imprudencia en el ataque».

Los diplomáticos españoles en la capital alemana tuvieron que abandonar su embajada dejando atrás toda clase de lujosos tesoros en el sótano. Se colocaron en el exterior carteles que señalaban la extraterritorialidad del edificio, su inmunidad diplomática, pero los soldados soviéticos que venían haciendo la guerra desde dos mil kilómetros se los pasaron por salva sea la parte y saquearon todo. Otra curiosidad, el 7 de abril, dice, ya no quedaban diplomáticos en Berlín menos uno, el portugués. Los españoles escaparon hacia Dinamarca. De la embajada, se llevaron consigo solamente la bandera de España, la de Falange, los documentos más importantes, y la película ¡Presente!, el biopic de José Antonio.

Quien más hizo por la colaboración nazi-española, Wilhen Faupel, promotor del Instituto Ibero-Americano de Patrimonio Cultural Prusiano, se suicidó junto a su mujer cuando cayó Berlín. Desde Baviera, Antonio de la Fuente, presidente de la Comisión Interministerial para el Envío de Trabajadores a Alemania (CIPETA) intentó organizar el regreso de los trabajadores españoles. La Barcelona que pocos años antes había recibido a los refugiados de toda España que huían de Franco, ahora se tuvo que preparar para acoger a los miles de refugiados españoles que volvían de Europa tras la derrota del Nuevo Orden.

Finalmente, el punto más complicado que toca es el de la colaboración con los aliados en la entrega de nazis. Bowen, en sus investigaciones, considera que fueron pocos los que encontraron refugio en España porque Franco cumplió con casi todas las demandas aliadas de entrega de alemanes, el más destacado que logró quedarse aquí fue Leon Degrelle, señala. Así consiguió salvar la cara del régimen, que fue respetado en su aislamiento para acabar recibiendo el flotador americano en 1959 por su anticomunismo. Sin embargo, hay que poner en perspectiva esa supuesta colaboración.

Está acreditado que en España se hicieron movimientos para engañar a los aliados y devolver bienes a los alemanes mediante testaferros españoles o, como recoge el libro La caza de nazis en la España de Franco de David A. Messenger (Alianza, 2018) en 1946, de mil seiscientos que le habían pedido que extraditase, envió a ciento setenta. En 1948, la OSS, precedente de la CIA, estaba «librando una batalla perdida», concluye el autor. Phillip Crosthwaite, del Foreign Office, escribió al respecto: «la decencia debería prevalecer sobre la conveniencia», pero la embajada británica, en noviembre de ese año, consideró las entregas un «asunto enterrado».

Imagen de propaganda nazi que muestra la marcha de la milicia fascista de Italia (conocidos popularmente como Camisas negras) con motivo del gran desfile de la victoria después de la toma del poder de Franco en Madrid, España, mayo de 1939. Foto: Cordon Press.


Bebiendo esta sangre yo te hago: fascista

Un hombre enciende una vela frente al retrato de Corneliu Zelea Codreanu, Bucarest, 2008. Fotografía: Bogdan Cristel / Cordon.

Pocos movimientos fueron más pintorescos que los fascismos del siglo XX. Personas vistiéndose todas iguales para perder la uniformidad, con camisas pardas, azules, negras, verdes. Representando símbolos como las esvásticas, los yugos y flechas, las cruces, en ropa y monumentos, en todas partes. Y, unido a todo eso, unas ceremonias de admisión que eran espectaculares ritos de paso. Pocas alcanzaron a la de la Guardia de Hierro rumana. Sus acólitos tenían que beber la sangre de las venas de sus compañeros, tal vez porque uno de sus principales líderes había nacido en Transilvania, no muy lejos de la ciudad de origen de Vlad Tepes, héroe nacional en su país, y vampiro inspirador de Drácula en el resto del mundo.

Hoy casi cualquier persona tiene claro lo que es el fascismo: un insulto. Antes de eso fue una ideología política basada en mitos, defensora de la pureza genética, ultranacionalista y populista. A todas esas premisas, que la Guardia de Hierro cumplía, su fundador Corneliu Zelea Codreanu añadió un misticismo ultrarreligioso plagado de supersticiones. Empezando por su más firme creencia, la de que los espíritus de los muertos caminaban entre los vivos. En su Manual del jefe, el libro de cabecera de los fascistas rumanos, explicaba que las guerras las vencen los líderes capaces de atraer las fuerzas misteriosas del mundo invisible. No es una simple metáfora, explica, porque según él son los espíritus de los antepasados rumanos, los que murieron luchando en defensa de la patria, los que caminan diariamente entre nosotros, ayudando a los nietos y bisnietos. Si el fascista sabe conjurar esas fuerzas, dice, «lanzarán el pánico y el terror entre los enemigos, paralizarán su actividad».

Es difícil no acordarse de los espectros de Juego de tronos, surgidos de los cadáveres dejados por los caminantes blancos en la obra de George R. R. Martin. O de los Muertos del Sagrario, ejército de espíritus perjuros convocado por Aragorn en El señor de los anillos, de Tolkien. La coincidencia no es casual, porque la tradición narrativa rumana es muy rica en esa concepción terrorífica del mundo de los muertos. Muy influido por su cultura natal, Codreanu mezcló su fascismo con extraños ritos y con grandes dosis de beatería. Su movimiento rebasó la política desde su mismo principio para adquirir características místicas. Lo que pedía a sus legionarios, que es como denominaba a sus militantes, era que se ejercitaran en el ayuno, la pobreza, la oración y la obediencia. Petición no muy distinta a la que se hace a los sacerdotes católicos cuando profesan. Y es que su aspiración principal no era establecer un modelo de Estado ni una política estatal totalitaria. Por encima de eso lo que debían conseguir los legionarios era que todos los rumanos resucitaran a la derecha de Dios Padre. O, dicho de otro modo, que alcanzaran el paraíso. Primero ellos, y luego todas las naciones de la Tierra en el nombre de Jesucristo. Lo conseguirían a través de la guerra y la muerte, como en todos los movimientos fascistas, y con el exterminio de judíos. Porque antes incluso de que el III Reich pusiera en marcha su solución final, el general rumano Zizi Cantacuzino, directo colaborador de Codreanu, aseguró que el único modo de resolver el problema judío era matarlos a todos.

Aquellas propuestas no resultaron muy atractivas para sus compatriotas. La Legión de Miguel Arcángel, nombre del partido, consiguió pocos adeptos y escasa influencia política. El ascenso de Hitler y Mussolini fue un empujón, pero solo para rebañar un 3% de los votos en las elecciones generales. Codreanu cayó entonces en la cuenta de que era el medio rural, y no las ciudades, el territorio ideal para el reclutamiento de adeptos. Especialmente si lo hacía mediante una ceremonia con tintes vampíricos. Después de una misa, los nuevos afiliados tenían que beber la sangre de los cortes practicados en los brazos de los miembros veteranos. A continuación, cortándose a sí mismos, estaban obligados a firmar sus votos de disciplina, trabajo, silencio, educación, mutua ayuda y sentido del honor, usando su propia sangre como tinta. Por si hubiera sido poco, los veteranos aprovechaban los cortes de los que habían bebido los demás para verter su fluido vital en una copa, hasta llenarla, y brindar después colectivamente, dando pequeños sorbos. Como símbolo de unidad en la vida y la muerte.

Corneliu Zelea Codreanu en un acto de la Guardia de Hierro, Bucarest, 1937.

Si Codreanu acudía al acto, la representación no acababa ahí. El líder se presentaba ante los nuevos legionarios, pero no de cualquier manera. Hombre alto y atractivo, muchos le habían señalado cierto parecido con la entonces estrella del cine en blanco y negro Tyrone Power. Consciente de ello, y de la fascinación que ejercían esos actores sobre el público, había estudiado a Power y a otras estrellas de Hollywood, copiando sus gestos y sus dramáticas apariciones en escena. Siempre llegaba vestido con el traje tradicional rumano, precisamente porque era un atuendo de gala muy implantado en las localidades a las que acudía. Blanca e inmaculada, esa vestimenta consiste en una holgada camisa, que queda suelta sobre unos pantalones del mismo color, a juego con el chaleco. Solo unos toques de color decoran chaleco y el cinturón, en su caso relacionados con el verde y negro del emblema de su partido. Así vestido, se aparecía sobre un caballo blanco ante todos sus nuevos adeptos y recientes bebedores de sangre, recibiendo la aclamación colectiva propia de un líder fascista. ¿O la de un jefe de vampiros? Para la imaginación de los campesinos rumanos que asistían a aquellas escenificaciones el comportamiento de Codreanu y la bebida de sangre era algo que identificaban con el sagrado poder de los espíritus poderosos. Tanto es así que con este sistema la Guardia de Hierro pasó de tener apenas tres mil afiliados a doscientos ochenta mil.

El siguiente paso de Codreanu fue formar la Guardia de Hierro, el nombre con el que se alude a su partido hasta el día de hoy. Consistía en una milicia que integraban hombres de entre dieciocho y treinta años, y que acabó convertida en una agrupación de células revolucionarias y terroristas, distribuidas por todo el país. Además de cometer muchos otros crímenes, asesinaron al primer ministro Ion Duca, del partido neoliberal, que acababa de ganar las elecciones con el 51% de los votos. Lo había hecho mediante coerciones y compra de votos, temiendo el ascenso de la Guardia, única fuerza política capaz de hacerle sombra. Por eso una de sus primeras medidas fue ilegalizarla, siendo asesinado en represalia. La ilegalización, que no llegó a derogarse, no pudo impedir que el líder refundase su movimiento bajo otros nombres y siguiera ganando adeptos. Tampoco llegó a ser procesado. Así que el rey Carol II, que acababa de hacerse una Constitución a la medida para acaparar el poder, decidió eliminarlo de forma definitiva.

Codreanu fue detenido, juzgado por sedición y condenado a diez años de trabajos forzados. Después, junto a otros catorce líderes fue sacado de la prisión con la excusa de un traslado, para ser ejecutado en secreto. Sus cuerpos fueron disueltos en ácido, y los restos enterrados bajo una pesada capa de hormigón. Pero Carol II ordenó además que la operación se realizara la noche de San Andrés, el 30 de noviembre, tanto para que no hubiera testigos, como para que los legionarios recibieran el mensaje implícito de que los muertos no habían protegido a sus líderes. Lo que el fundador prometía en su Manual del jefe. Y es que, según la tradición rumana, todavía vigente a principios del siglo XX, esa noche los espíritus, los lobos y los vampiros cobraban una fuerza mayor a la del resto del año. Podrían atrapar y hacer daño a cualquiera que encontrasen en la calle, así que la población se encerraba en sus casas, cuidando de poner ajos en puertas y ventanas. No hubo testigos, y sí miedo entre los mismos que creyeron ver en Codreanu un nuevo héroe nacional, un Vlad Drakulea.

El monarca era un modelo de corrupción y despotismo, y por actuaciones como esta acabó en el exilio. Entonces el poder efectivo pasó a manos del general Ion Antonescu, quien además de implantar una dictadura dio al partido fascista la oportunidad de gobernar por primera vez. Horia Sima era su nuevo líder, y la Guardia de Hierro recibió el encargo de formar los ministerios de Educación, Trabajo, Sanidad y Protección Social, Obras Públicas y Asuntos Exteriores. E inadvertidamente también el de Interior, porque el militar nombrado ministro era un legionario de la Guardia en la sombra. Rumanía se denominó Estado Nacional Legionario. Y el resultado fue nefasto, tanto a nivel político como de gestión. Apenas cuatro meses después de haberlos llamado al Gobierno, Antonescu, apoyado por Hitler, decidió apartarlos del poder. Los legionarios se rebelaron provocando una breve revolución que pretendía ser un golpe de Estado y que terminó en fracaso. Horia Sima tuvo que negociar los términos de su rendición con los alemanes. Nueve mil legionarios fueron detenidos y seis mil encarcelados, además de los muchos que murieron en las revueltas. Cientos de ellos fueron ejecutados sumariamente, colgando sus cuerpos, a modo de ejemplo, de las farolas de Bucarest, y de otras principales ciudades, con su fascista camisa verde bien visible. Un aviso a caminantes.

Horia Sima, Bucarest, 1940.

Aquel enero de 1941 la Guardia de Hierro iba a desaparecer también de otro país, España, tan repentinamente como había llegado. Desde el final de la Guerra Civil la prensa franquista se había mostrado entusiasta partidaria de Rumanía. Los diarios Ya, Arriba y ABC dedicaban no menos de dos artículos a la semana a un país hasta entonces desconocido para los españoles. Los ministros y autoridades rumanas, a su vez, se mostraban solidarias con la «España victoriosa de Franco» y aseguraban que las dos naciones compartían una ideología política semejante. Arriba, que era falangista, y Ya, cristiano, se deshacían en elogios hacia la Guardia de Hierro, hacia su ideología tan religiosa, y hacia su fundador Codreanu al que llamaban mártir. Todo eso fue cortado de raíz cuando Antonescu, ayudado por los nazis, purgó el partido de Horia Sima. La censura franquista prohibió cualquier referencia a la Guardia de Hierro, y después, cuando el dictador rumano fue depuesto por los soviéticos, también a Rumanía. Fin del idilio. Pero un fin solo momentáneo.

Los nazis se habían llevado a Horia Sima al campo de concentración de Buchenwald, aunque vivía con un estatus privilegiado, en absoluto parecido al de los que eran quemados en los hornos. De hecho le consideraban una reserva estratégica que usaron en 1944, cuando ya estaban perdiendo la guerra. Le liberaron entonces, a él y a otros legionarios, para formar en Viena un Gobierno Nacional Rumano en el exilio con la esperanza de que fomentara un levantamiento de legionarios en su país, ahora bajo la órbita de la Unión Soviética. Obviamente fue inútil y, una vez que Berlín cayó, Sima fue declarado criminal de guerra nazi. Había sido responsable de ordenar, bajo su gobierno, el asesinato de varios líderes políticos, entre ellos sesenta y cuatro presos de la cárcel de Jilava. Estuvo huyendo durante un año con documentación falsa, cruzando Europa desde Viena hasta entrar a España, que le acogió. Hubo un inicial regocijo por su llegada entre los falangistas, que recordaban las trescientas cincuenta y una noticias publicadas en su prensa sobre la Guardia y sobre Rumanía, pero duró poco. Cuando Franco firmó los Pactos de Madrid de 1953, por los que recibía la ayuda económica de Estados Unidos a cambio de permitir la instalación de bases de la OTAN, el régimen abandonó las referencias al fascismo alejando del Gobierno a sus últimos líderes. El mismo Franco comenzó a vestir de traje civil, y no volvió a ponerse el uniforme falangista. Sima quedó apartado.

Pero el líder transilvano continuó residiendo en Madrid, intentando organizar una oposición al comunismo y viajando periódicamente al extranjero para reagrupar a los legionarios. En los últimos años de la dictadura fue un firme apoyo de Blas Piñar, primero en su editorial Fuerza Nueva S. A. y luego en el partido político del mismo nombre, de ideología fascista. De hecho, esta agrupación política impulsó en 1970 la creación de un monumento en Majadahonda dedicado a los rumanos de la Guardia de Hierro que vinieron a combatir junto a Franco. Solo eran ocho y no hicieron gran cosa, salvo aparecer en el frente de Madrid y retirarse a su país cuando un obús republicano acabó con la vida de dos de ellos, Ion Mota y Vasile Marin. En su regreso a Rumanía fueron homenajeados como héroes, y ese acto fue un impulso más para el partido fascista rumano. En España el franquismo conservó como agradecimiento una cruz y varias banderas españolas, una con el emblema de la Guardia de Hierro, en el lugar en que murieron, la carretera de Boadilla del Monte a Majadahonda, en Madrid. El partido de Blas Piñar añadió a aquello una especie de arco del triunfo de hormigón, intentando con ello encontrar adeptos y votos entre los franquistas más recalcitrantes. En 2015, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, el Ayuntamiento de Majadahonda aprobó su demolición. Pero le fue imposible, porque de pronto los terrenos pertenecían a una asociación dedicada a la memoria de los legionarios rumanos, que estaba al corriente del pago de impuestos.

El final de Horia Sima, como no podía ser menos, está rodeado de un cierto misterio, muy de cuento de vampiros. En los noventa aún viajaba por todo el mundo intentando reorganizar y mantener la Guardia de Hierro. Y lo hacía además con documentación falsa, porque todavía estaba reclamado como criminal de guerra nazi, delitos que no prescriben. El 24 de mayo de 1993 se hallaba alojado en casa del también legionario Filip Paunescu, dentista en Untermeitingen, Alemania. Teóricamente, esa noche falleció, según unos porque se le paró el marcapasos, y según otros a raíz de una inyección anestésica suministrada por el dentista Paunescu. La defunción por vejez o accidente fue admitida, pero ¿qué fue del cadáver? Se decía que lo habían llevado a Rumanía, enterrándolo allí. Blas Piñar había contribuido desde España al equívoco, asegurando que no supo más de Sima hasta que fue llamado por un juez en Madrid. Junto al escritor Luis Jerez Riesco tenía que prestar testimonio ante una comisión rogatoria de la justicia rumana para identificar las fotos de su cadáver. No olvidemos que el líder de la Guardia de Hierro viajaba con documentación falsa, y que posiblemente su país natal quisiera cerrar su expediente como criminal nazi. Si es que estaba muerto. Piñar y Riesco lo identificaron, y se hizo una ceremonia fascista de tributo en su honor. Sima cayó en el olvido, hasta que en 2015 la periodista Montserrat Palau y el político de ERC Josep Bargalló encontraron su tumba en Torredembarra, Tarragona. Según sus investigaciones, unos legionarios rumanos en el exilio que vivían allí la ofrecieron para su fallecido líder. Pero la lápida no tiene nombre, y no hay seguridad completa de que esté allí dentro, ni queda muy claro cómo viajó el cadáver desde Alemania a Madrid, y luego hasta Tarragona. Dado el carácter místico y supersticioso de aquel fascismo rumano que abanderaba, ni siquiera podemos asegurar que no siga entre nosotros, buscando adeptos a los que reclamar su sangre.

Ceremonia en recuerdo de Corneliu Zelea Codreanu, Bucarest, 2008. Fotografía: Bogdan Cristel / Cordon.


¿Qué ocurre si un día te conviertes en lo que más odias? Csanád Szegedi a través del espejo

Csanád Szegedi, a la izquierda, en el documental Keep Quiet (2016). Imagen: AJH Films / Passion Pictures.

En el verano del 2012 Hungría se quedaba impactada al saber que Csanád Szegedi dimitía de su cargo como vicepresidente del partido de ultraderecha neofascista Jobbik. El número dos de la tercera fuerza política del país acababa de descubrir que era judío.

Esta es la historia de dos vidas en una, la de un depredador que se convirtió en presa solo cruzando el espejo.

Retrato de Csanád: Jobbik y la Guardia Húngara.

Csanád Szegedi nació el 22 de septiembre de 1982, él mismo explica en el documental sobre su vida Keep Quiet (2016) que su inclinación política ya estaba decidida desde que en el instituto empezó a leer el Hungarian Forum, un panfleto de propaganda antisemita que, por alguna razón, se distribuía en el ambiente escolar. Csanád mira a la cámara explicando esto con la naturalidad de quien dice que tuvo la mala suerte de estar en un mal momento en el lugar equivocado.

Fuese una epifanía o una mala casualidad, su carrera desde aquí es fulgurante. Durante su época universitaria será un miembro activo de las asociaciones de estudiantes de ultraderecha y por fin en 2003 miembro fundador y número dos del partido político Jobbik (abreviatura de Movimiento por una Hungría Mejor), que ha sido definido como un partido neofascista, neonazi, antisemita, antigitano y homófobo.

Entre 2003 y 2007 el partido se centra en alimentar y apoyar a todos los grupos que se opongan al Gobierno, aplicando la regla de «cuanto peor, mejor» y subiendo gradualmente el nivel de violencia, en una jugada maestra de juego sucio político, hasta que todo salta por los aires en los disturbios de Budapest de 2006. Durante septiembre y octubre Hungría vive un ambiente de guerra civil, disturbios callejeros, agresiones, enfrentamientos con la policía… esto abre a Jobbik la ventana de oportunidad para fundar en 2007 la Guardia Húngara.

Después de haber convocado las manifestaciones, de haber estado gritando en medio de las muchedumbres, de defender en debates políticos el derecho de los magiares (el grupo étnico de Europa del Este con quien se identifica a los húngaros) a autodeterminarse y a expulsar de su territorio a cualquier elemento que fuese contra esa idea idílica de patria perfecta, solo les faltaba un ejército. Un elemento marcial que les quitase ese aire de caos, pues necesitaban transmitir confianza mostrando que estaban dispuestos a defender a quienes habían confiado en ellos.

La Guardia Húngara, de carácter militar y fascista, tenía como intención ser el primer paso hacia una guardia nacional, al estilo de las SA de Hitler. Eso sí, en su web oficial define su propósito con un lenguaje administrativo digno de una calificación cum laude: «Reunir y, basándose en objetivos racionales, organizar a los grupos dispersos en defensa de la Patria».

Csanád, impávido, mira de frente y explica que la fundación de la Guardia significaba para Jobbik hacerse con un brazo armado. Crearon una estética atractiva, un uniforme que les hiciese sentir orgullosos y acogieron a todo tipo de grupos violentos, radicales, con antecedentes penales, ultras de fútbol… no había ningún tipo de control. Solo veinticuatro horas después de fundarse oficialmente, la Guardia Húngara ya tenía otros dos mil nuevos reclutamientos.

«Todo lo que los jóvenes querían era poder y fuerza, la Guardia les dio esa sensación de mandar en algo». No hay dolor en el tono sus palabras, ni siquiera pesar, pero sí un leve rencor de quien ha invitado a copas y ahora no tiene permiso de entrar en el bar.  

La Guardia Húngara fue prohibida en el año 2009 por una sentencia del Tribunal de Estrasburgo, al considerarse que sus miembros contribuían a aumentar el clima de antisemitismo y racismo general. Esto no impidió que Csanád, elegido europarlamentario, asistiese a las sesiones en Bruselas con el uniforme de la Guardia.

Es fácil ser arrogante cuando te crees intocable y, visto desde fuera, es aún más fácil confundir arrogancia con valentía. En las elecciones generales de 2010 Jobbik consiguió el 14 % de los votos; nuestro protagonista tenía menos de treinta años y era vicepresidente de un partido de ultraderecha que contaba con casi cincuenta escaños en la Asamblea Nacional.

Era intocable, o casi.

El hombre que sabía demasiado

Zoltán Ambrus se movía en el ambiente de la ultraderecha húngara y había estado en la cárcel por posesión de armas y explosivos. No se sabe bien cómo, consiguió unos documentos, presumiblemente de los archivos de la policía secreta comunista húngara, que demostraban el origen judío de Csanád. Según él mismo confesó después, fue una maniobra de otro partido político contra el poder de Jobbik, él fue solo un ejecutor.

Un ejecutor que sonríe a cámara como una hiena sádica, parece un mal actor interpretando a un psicópata, lo peor es que no es un actor, es un tipo real tremendamente incómodo de mirar. Describe con alegría cruel cómo se citó con Csanád para informarle de lo que había averiguado, puso delante de él los papeles y grabó el momento en el cual le anunciaba que su abuela materna era una superviviente de Auschwitz.

Durante la conversación, que más tarde fue colgada en internet, Csanád parece realmente sorprendido, y le ofrece dinero o un puesto de asesor en Bruselas junto a él con tal de que no enseñe esos documentos en el partido.

Ambrus rechaza el soborno y saborea el momento de ver a aquel tipo completamente desesperado; es lógico pensar que ya estaría bien pagado por quien contrató sus servicios. No era nada personal, solo negocios. Inmediatamente después se va a las oficinas del partido y suelta la bomba.

En un giro digno de una película de Berlanga, el líder de Jobbik le quitó importancia al hecho, incluso se entusiasmó al saberlo: pensaba que así nadie les podría acusar de antisemitas, que tanto Csanád como su abuela, la superviviente, podrían ser un escudo humano perfecto para el partido. No se le pasó por la cabeza que negar el Holocausto y culpar a los judíos y su mentalidad cosmopolita del supuesto expolio al que estaba siendo sometida Hungría ya era suficiente razón para considerar que fomentaban el odio racial.

El resto de los miembros de su partido, más coherentes dentro de su locura, amenazaron a Szegedi con pegarle un tiro en la cabeza.

De repente, era judío.

En este punto del relato Csanád mira de frente a la cámara con la expresión de un gato a punto de ser atropellado, pierde el ritmo y la prestancia que había tenido hasta ese momento en todo el documental para decir que él no esperaba terminar su carrera política tan pronto. La frase es tan inocente y tan ligera que casi da pena, habla como si fuese un atleta extraordinario que se lesiona y no puede volver al deporte.

Después de ese encuentro devastador con Ambrus, de saber que tenía las puertas del partido cerradas y a todo su equipo en contra, va a ver a su abuela, a pedirle explicaciones. Aquel hombre que había defendido la supremacía húngara y negado las matanzas en los campos de concentración, vio por primera vez el número de Auschwitz tatuado en el brazo de aquella anciana. Ella le explicó por qué llevaba tantos años ocultándolo.

De catorce mil judíos en Miskolc, ciudad natal de Csanád, solo volvieron de la guerra ciento cinco; una de ellos era su abuela. Se casó con otro judío superviviente que había perdido a su mujer e hijos en los campos. Al principio todo fue bien, iban a la sinagoga y guardaban todas las costumbres de los judíos ortodoxos, pero en 1950, con el ascenso de los comunistas al poder, un nuevo brote de antisemitismo con ataques violentos se extendió por el país.

Fue en ese punto cuando la familia decidió que no sería nunca más judía, dejaron de ir a la sinagoga, de comer kosher… y el tema se convirtió en un tabú familiar. La madre de Csanád se casó con un húngaro cristiano, y siguió guardando el secreto incluso cuando vio a su hijo radicalizarse cada vez más. O quizá justamente por eso, nunca lo sabremos del todo.

La abuela, ya tan mayor y casi sorda del todo, mantiene el sentido de alerta de quien ha permanecido escondido. Está convencida de que lo que ella vivió volverá a suceder, por eso le dice al nieto, a modo de única explicación, que si eres judío en Hungría debes quedarte callado y quieto, porque todo el mundo los odia y solo espera el momento justo para volver a atacarlos. Los límites del absurdo saltan por los aires cuando el nieto, recién despertado de su dulce sueño fascista, la mira incrédulo y le dice: «¿Volver a suceder? Eso es imposible».

De Csanád a Dovid

Hoy en día la ultraderecha sigue ganando cada vez más terreno en Hungría. El actual primer ministro, Viktor Orbán, a pesar de contar con mayoría absoluta, considera la democracia un estorbo. Por eso ha tomado medidas para limitar la libertad de prensa y ha recortado el poder de la Asamblea Nacional.

Si todo hubiese seguido su curso natural, Csanád estaría orgulloso de formar parte de este giro cada vez más dictatorial del país. En lugar de eso, los días posteriores a la delación buscaba obsesivamente en internet ejemplos de personas a las que les hubiese pasado lo mismo que a él, necesitaba saber qué hacer, porque lo único que pensaba era en suicidarse. Entonces entendió que no le quedaba más remedio que afrontar lo que era, tenía que ser judío.

Cuando el rabino Köves, director de la Congregación Judía Unificada de Hungría, recibió un mensaje de Szegedi en el que este le pedía que lo llamase porque necesitaba hablar con él, pensó que era una trampa o una broma. Csanád tuvo que insistir unas cuantas veces hasta que finalmente se reunieron y hablaron. El rabí cuenta que se encontró con un hombre «en caída libre, que había perdido todos sus amigos y todas sus certezas», y que, aunque Csanád había hecho cosas horribles, sentía la obligación de ayudarlo. Después de discutir acerca de antisemitismo y fe judía, Köves le recomendó estudio y reflexión. Esto incluía no hacer ningún tipo de declaración a los medios, un aislamiento total.

Ahí nació Dovid, como la identidad secreta de un superhéroe.

Dovid estudia hebreo, se hizo circuncidar, guarda el sabbat, come kosher y va a la sinagoga todos los viernes. Viajó a Israel, visitó el monumento en memoria del Holocausto de Yad Vashem y el Muro de las Lamentaciones.

Csanád ha muerto, dice, y Dovid el devoto es su verdadera identidad.

Como quien da una vuelta al objetivo de una cámara a través del que ver el mundo, Csanád Szegedi pasó de mirar alrededor como un fascista húngaro a tener el punto de vista de un judío ortodoxo, pero siempre con el mismo encuadre, el de un fanático.

Él mismo cuenta que el racismo y la violencia se habían convertido para él en una especie de adicción. Comenzó señalando a los gitanos como causa de los males del país, siguió con los judíos, los homosexuales, la quema de banderas de Europa… pasando niveles como en un videojuego. La progresión de su nueva vida, ahora casi ascética, repite el mismo modelo, esta vez con el sentido de urgencia de quien estuvo en el lugar equivocado los últimos treinta años.

Después de esperar un permiso especial dados sus antecedentes, el director de Keep Quiet lleva al judío recién estrenado Dovid a visitar Auschwitz, porque, a pesar de su conversión, del estudio regular con su rabino y de los testimonios, continúa siendo escéptico acerca de la magnitud del Holocausto. En su visita va acompañado por una superviviente que lo lleva directamente a ver los hornos crematorios, y ahí, con una expresión un tanto estúpida, asiente torpemente y dice que sí, que era justo esto lo que necesitaba ver para darse cuenta de que todo era verdad. Por primera vez en la historia, el arrepentido es a la vez el maestro de ceremonias de su propio auto de fe.

¿Cuánto de lo que creemos de nosotros mismos somos de verdad nosotros? ¿Cuánto es fruto del ambiente o del adoctrinamiento? ¿Cuánto del tabú? Dovid quiere mudarse a Israel y entrar de nuevo en política; Csanád, el que se quedó a las puertas del éxito, estaría orgulloso de él. En el fondo, no estaban tan lejos uno del otro.


Einaudi encendió la luz

(Nota: Este artículo es el primero de una serie sobre memorias de editores)

Italia estaba a oscuras en mitad del fascismo, y Giulio Einaudi y Leone Ginzburg encendieron la luz. Existe un tipo de iluminación que no se inventa de una vez y para siempre, sino que cada cierto tiempo hay que redescubrir. Era 1933, Giulio tenía veintiún años, y una mañana Leone, dos años mayor, fue a verlo a su casa de Turín. Ginzburg, de origen ruso, había llegado a Italia con dos años y estudiado en el liceo D‘Azeglio, al igual que Einaudi, Massimo Mila, Norberto Bobbio o Cesare Pavese. Después se convirtió en profesor de literatura rusa, aunque al no prestar juramento de fidelidad al régimen fascista debió abandonar la docencia. En un momento de la visita, le propuso a su amigo: «¿Por qué no coordinas una editorial?». «¿Y el dinero?», replicó Einaudi. «El dinero se encuentra», respondió Leone, como si las dificultades de la vida se desanudasen solas.

Santorre Debenedetti, filólogo y buen amigo de Leone, fue el primero en escuchar la propuesta. Tenía dinero, ganas de leer cosas que nunca había leído, y les hizo el primer préstamo. Cien mil liras de entonces. «Digamos que serían unos cien millones de hoy», reconocía Einaudi en sus conversaciones con Severino Cesari a finales de los ochenta. El padre de Giulio, el senador Luigi Einaudi, que en 1948 alcanzaría la presidencia de la República, intercederá para que el también senador Luigi Albertini sume su apoyo al proyecto. Si Giulio tuviera que contar cómo se devolvió ese dinero, no podría, pues no se devolvió. Solo así consiguió Einaudi por fin convertirse en editor. La creación de la editorial corrió pareja a la compra de la revista La Cultura, toda una institución del país, y de la que toma un logotipo predestinado: un avestruz con un cincel en el pico, con un lema que dice Spiritus durrissima coquit, algo así como que «el espíritu digiere las cosas más difíciles». La imagen había sido creada en el siglo xvi por Paolo Giovio, y adoptada por Mario Praz para Edizioni de La Cultura.

Cuando registra la editorial en la Cámara de Comercio de Turín el 15 de noviembre de 1933, la sede está en el número 7 de la calle Arcivescovado. «Era un último piso, una gran buhardilla donde teníamos también el almacén, un despacho para mí, otro cuarto para Ginzburg y una sala más grande para la secretaria», Angiola Jolanda Coppa. La escritora Natalia Ginzburg, esposa de Leone y también colaboradora de la editorial, relata en Léxico familiar que el Giulio Einaudi de los años treinta era un joven tímido que «se sonrojaba con frecuencia. Pero cuando llamaba a la dactilógrafa lanzaba un grito salvaje: “¡Coppaaaa!”».

El proyecto contaba apenas con unos meses de vida cuando el 13 de marzo de 1934 se produce la primera detención de Leone, junto a sesenta miembros más del grupo turinés de Giustizia e Libertà. Lo condenaron a cuatro años de cárcel, con una amnistía de dos. En 1935 llegó el segundo golpe. La nueva redada contra el movimiento antifascista, esta vez con doscientos detenidos, incluye a Giulio Einaudi y Cesare Pavese. El primero será puesto en libertad enseguida, aunque bajo ciertas medidas de seguridad. En cambio, el poeta y narrador, y pronto alma de Einaudi, cumple año y medio de confinamiento en Brancaleone (Calabria).

La editorial asimila las desgracias como si fuesen vicisitudes, simple pelusa que se adhiere a la ropa, y en mitad de los fuertes vientos del fascismo, entre los años 1936 y 1940, coincidiendo con el regreso de Leone, publicó títulos de gran importancia sobre historia, ciencia, humanismo y cultura científica. Pese a la noche, ahora se podía caminar a oscuras tranquilamente. Giulio admite que su compañero era «un editor completo, pero también un político, y por ello, sobre todo, comprendía que al público, al lector, había que darle la mejor mercancía posible, hecha lo mejor posible. Aun a riesgo de ser pedantes». Fue Leone quien aconsejó ciertos volúmenes de la Biblioteca de Cultura Científica, como por ejemplo el famoso texto de Pavlov. «¿Quién habría soñado en publicar en Italia un libro como Los reflejos condicionados de no habérmelo señalado él?». Aunque tal vez la gran aportación de Ginzburg al catálogo fue la literatura rusa. Sus conexiones políticas, de hecho, resultaron claves para publicar los escritos de Trotsky o Los cuadernos de la cárcel de Gramsci. En el ámbito de la ficción, propuso entre otros títulos El don apacible de Mijaíl Shólojov, y se encargó directamente de la traducción de Tolstoi, Puhskin y Dostoievski. Lo hacía desde la cárcel, pues al estallar la guerra lo enviaron a Pízzoli como interno civil, con su mujer Natalia y sus dos hijos. «Me había convencido de que contratase a los clásicos rusos, y revisaba esas traducciones, no solo en manuscrito, sino también en pruebas, una o dos veces: me volvía loco. Mandaba postales de Pízzoli, selladas por los carabinieri, donde escribía: “Distinguido señor, respetable editorial. Les envío las terceras pruebas de las cien primeras páginas de Guerra y paz…”», contaba Giulio.

Cuando cayó Mussolini tras la invasión de Sicilia Leone viajó a Roma, al fin libre. Allí se reunió con Natalia. «Pensé que comenzaría una época feliz para nosotros. No tenía motivos para pensarlo, pero lo hice». A los veinte días de su llegada, «fue detenido en una imprenta clandestina. Yo estaba en casa —cuenta su mujer— con los niños en aquel piso que teníamos en los alrededores de la plaza Bologna, y esperaba, y las horas pasaban, y al ver que no regresaba comprendí poco a poco que lo habían detenido». La Gestapo lo torturó hasta matarlo.

Entre tanto, Pavese había tomado la dirección editorial de Einaudi. Ya era un poeta célebre, y un traductor no menos solvente. Por sus manos iban a pasar Sinclair Lewis, Melville, Sherwood Anderson, Whitman, Dos Passos, Faulkner, Joyce o Hemingway. Recalar en Einaudi fue un relato de resistencia. Leone y Giulio habían tardado en convencerlo para que se incorporase. Pavese se oponía empleando su frase favorita: «¡Me importa un bledo!». No necesitaba un sueldo, decía. «A mí me basta con tener un plato de sopa y tabaco». Pero un día su oposición se doblegaría y se incorporó al proyecto de Giulio y Leone, de quien se hizo amigo íntimo. «Solía llegar a nuestra casa comiendo cerezas —cuenta Natalia—. Desde la ventana lo veíamos aparecer por el fondo de la calle, alto, con su rápida forma de caminar: venía comiendo cerezas y arrojando los huesos contra la pared con un tiro seco y fulminante». Muy pronto se convirtió en un empleado puntilloso y meticuloso que gruñía contra los otros dos porque llegaban tarde por la mañana y se iban a comer a la tres. «Él defendía un horario distinto: empezaba temprano y se iba a la una en punto, porque a esa hora su hermana […] llevaba la sopa a la mesa».

El propio Einaudi resaltaba que durante los bombardeos de Turín por parte de los británicos, Cesare acudía a trabajar «entre escombros, limpiaba su mesa de trabajo y se disponía a leer». A él le importaba un bledo que las bombas volasen sobre sus cabezas. Hasta que un mortero destruyó la sede a la que se habían trasladado en la plaza de San Carlo. «Al cabo de veinticuatro horas estábamos trabajando a conciencia en otra sede, con teléfonos, máquinas de escribir, pruebas de imprenta y mesas. Una editorial portátil, desmontable como una tienda del mando militar. Sí, acaso fuera ese entonces, y nada más que ese, “el proyecto”. Seguir con vida, continuar trabajando y así, en cierto modo, oponerse», confesaba Giulio Einaudi.

La editorial se hizo adulta en poco tiempo y se trasladó a una rutilante sede en la avenida Re Umberto. Pavese ya tenía un despacho para él solo. En su puerta había un cartelito que rezaba «Dirección editorial». Allí leía la Ilíada en griego durante las horas de descanso, recitando los versos en voz alta. Si Leone había incorporado los rusos al catálogo, él apadrinaría a los norteamericanos. En el despacho contiguo estaba Giulio Einaudi. En esa época Natalia lo recuerda «guapo, sonrosado, con su largo cuello […]. Ahora tenía muchos timbres y teléfonos en su mesa, y no gritaba “¡Coppaaa!”. Cuando quería llamar a alguien apretaba un botón». Ya no era tímido. «Se había convertido en una fuerza contra la cual los desconocidos chocaban como lo hacen las mariposas deslumbradas bajo una lámpara».

Pavese odiaba recibir a desconocidos. Decía: «Tengo cosas que hacer. No quiero ver a nadie. Que se ahorquen. Me importa un bledo». Y delegaba las visitas en los nuevos empleados: Natalia Ginzburg, Felice Balbo, Italo Calvino, Elio Vittorini, Massimo Mila, Giaime Pintor, Franco Venturi, Paolo Serini o Carlo Levi. Todos ellos consideraban que los desconocidos podían aportar ideas. En cambio, Cesare afirmaba que «¡Aquí no hacen falta ideas! ¡Tenemos ya demasiadas!». Las propuestas y las nuevas ideas eran el fuerte de Felice Balbo, que había participado en la guerra, primero como un suboficial de la Alpini, y luego como miembro de la Resistencia. En Einaudi supervisaba dos colecciones de filosofía. Natalia sostiene que Balbo «carecía de defensa contra las propuestas y las ideas. Todas le gustaban, le interesaban, le ponían en ebullición e iba a exponérselas a Pavese […]. Balbo hablaba y hablaba, y Pavese fumaba su pipa y se enrollaba el pelo alrededor de un dedo. Pavese decía: “¡Me parece una propuesta cretina! ¡Defiéndete de los cretinos!”. Y Balbo respondía que sí, que efectivamente era una propuesta cretina, pero que al mismo tiempo no lo era tanto y que tenía un fondo bueno, vital, fecundo».

Italo Calvino, 1974. Fotografía: Sophie Bassouls / Sygma / Corbis.

El discípulo aventajado de Pavese era Calvino. Italo cuenta que «después de que Pavese me presentó a Giulio y le pidió que me contratara, me pusieron en el departamento de publicidad». Acabada la guerra, Einaudi se había hecho a la idea de que Italo estaba dotado, además de para escribir, también para las actividades prácticas, organizativas y económicas, es decir, que representaba el nuevo tipo de intelectual que él intentaba promover. «Por lo demás, Giulio siempre tuvo el don de conseguir que las personas hicieran cosas que no sabían que pudieran hacer», soslayaba Italo. Fue también idea de Einaudi, tras aceptar publicar la primera novela de Calvino, El sendero de los nidos de araña (1947), lanzar una campaña publicitaria con una amplia pegada de carteles con la cara del autor, algo nunca ensayado hasta entonces. «Se vendieron seis mil ejemplares: un éxito discreto en aquel tiempo», admite el propio escritor en las páginas autobiográficas de Ermitaño en París.

A Italo le gustaba trabajar en equipo. Era modesto, y aun cuando ya abrigaba fama, evitaba levantar la voz. No lo hizo ni siquiera cuando propuso traducir La vie, mode d´emploi de su adorado George Perec y Giulio lo descartó porque resultaba una empresa demasiado costosa. En Einaudi, y tal vez fuera de Einaudi, nadie escribía notas de solapa como Calvino. Las convirtió en un subgénero apreciable, un fulgor que te cegaba. Redactó centenares. Trabajaba con «una exactitud substanciosa», revela en un célebre artículo su compañero Ernesto Ferrero, quien trabajó en la editorial hasta los años ochenta. Daba la información precisa, contaba lo indispensable sin ir más allá, apenas lo suficiente para despertar la curiosidad, ofrecía claves de lectura. «Cristal puro», admitía Natalia Ginzburg. Esta minuciosidad que depositaba en los factores invisibles, casi irrelevantes, lo llevó a escribir miles de cartas a aspirantes a escritores que llenan las editoriales de manuscritos. «A cada aspirante le explicaba lo que funcionaba y lo que no funcionaba —cuenta Ferrero—, lo que podía cambiar; y al mismo tiempo hablaba de sí mismo o de lo que significa escribir».

Einaudi trascendió Turín, incluso Italia, pero su éxito seguía sin estar reñido con la tristeza, y en 1950 Cesare Pavese se suicidó en el Hotel Roma. Había hablado durante años de suicidarse. Basta leer El oficio de vivir, sus diarios publicados póstumamente: «La mayor culpa del suicida es no matarse, sino pensarlo y no hacerlo (6 de noviembre de 1937)»; «Nunca le falta a nadie una buena razón para matarse (23 de marzo de 1938)»… Eligió el verano, «cuando ninguno de nosotros estábamos en Turín», lamentaba en Léxico familiar Natalia, que además de corregir textos se permitía de vez en cuando traducirlos, como con los primeros volúmenes de À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust.

Con los años la editorial consolidó algo parecido a un público einaudi, comprometido con la actualidad, pero que no se conformaba con ella y exigía un pensamiento profundo sobre su contexto y la historia que la hacía posible. Einaudi desarrollaba colecciones para explicar y potenciar la realidad. Así es como empezaron a llegar títulos de Albert Einstein, Max Born, Max Planck, Werner Heisenberg, Sigmund Freud, Enrico Fermi, Hans Reichenbach, Jean Piaget, Stephen Spender, Gregor von Rezzori y Hans Magnus Enzensberger. A los que hay que añadir los grandes nombres de la literatura de ficción, como Thomas Mann, Faulkner, Queneau, Robert Musil, Walter Benjamin, Boris Pasternak, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernest Hemingway, Dylan Thomas, Brecht, Henry Miller, Perec, Proust, Bulgakov

Los años sesenta fueron los de la internacionalización. Giulio consideraba que un editor era alguien que debía estar viajando todo el tiempo. Es entonces cuando establece las primeras alianzas con Gallimard en Francia, con Barral en España, con Rowohlt en Alemania… Suya fue la idea de crear un gran premio que «corrigiese» a la Academia de Suecia que entrega el Nobel: el Prix Internacional des Editeurs. La iniciativa se oficializó en 1961 en la isla de Mallorca, junto a su socios de España, Alemania y Francia, así como otros trece editores entre ingleses, japoneses, norteamericanos y soviéticos. Borges, Saul Bellow, Uwe Johnson o Beckett fueron algunos de los galardonados. En 1967 se concedió por última vez. El premio recayó en Witold Grombrowicz, y no sin épica. Ese año se falló en Grammhart (Túnez). El poeta y filólogo Gabriel Ferrater había sido comisionado por Seix Barral para participar en las deliberaciones. Su paso por la ciudad resultó memorable en varios sentidos. Salvador Clotas, otro de los representantes de la delegación española, en vista de cómo se habían dado las primeras noches, optó por prevenir al camarero del hotel de los hábitos de los editores. El camarero se declaró curado de espantos. Era joven pero ya había visto de todo. Había visto, en concreto, a muy buenos y grandes bebedores. Pero el día que las distintas delegaciones partían hacia sus respectivos países el camarero confesó admirado a Salvador, cuando se despidieron, que después de muchos años, «nunca había visto beber a nadie como al señor de la habitación 53». Es decir, Gabriel Ferrater. Pero su papel fue celebérrimo también por la épica defensa que realizó de Gombrowicz, su candidato al premio. Yukio Mishima era el gran favorito, y contaba con el apoyo de los editores ingleses, estadounidenses y japoneses. Pero Gabriel hablaba diez idiomas y durante los días anteriores a la votación había estado bebiendo y alternando con todas las comitivas. En su peor resaca, durante la deliberación, hizo la mejor defensa de Gombrowicz, el autor por el que había aprendido polaco, para leerlo en su idioma original. Ocurrió lo que nadie aguardaba: Wiltold Gombrowicz se alzó con el premio.

Nuevas décadas trajeron más éxitos y nuevos reveses para Einaudi, como las crisis financieras de los ochenta y los noventa. La última desembocó en la compra de la editorial a manos de Mondadori en 1994. Giulio siguió como presidente durante tres años. En 1999 murió. Pero Einaudi sigue con la luz encendida.


Giorgio Bassani o la memoria para derrotar al fascismo

Giorgio Bassani, Milán, 1964. Fotografía: Getty.

Jorge Semprún se pregunta, en ese monumento contra el olvido que fue su obra La vida o la escritura, si existe forma humana de contar el horror y, a su vez, se responde que «únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad». El escritor e intelectual español pasó un año y medio en el campo de concentración de Buchenwald, tras ser capturado por los nazis cuando combatía entre los partisanos de la Resistencia francesa. Un destino similar estuvo a punto de sufrir Giorgio Bassani (Bolonia, 1916-Roma, 2000), uno de los creadores imprescindibles para interpretar la realidad italiana del pasado siglo. Además, como ocurre con autores como el citado Semprún o su compatriota Primo Levi, los textos de Bassani son un antídoto para preservar la memoria del periodo más oscuro de la contemporaneidad europea; para que el lector pueda imaginar lo inenarrable y que los recuerdos broten desde la ficción hacia la realidad. Para ello sitúa sus obras en Ferrara, el lugar de su infancia; bella y medieval ciudad italiana en la que creció y que se convierte en una protagonista más. Pero esta ciudad bien podría tomar la forma de cualquier otra en la que el pueblo judío fue perseguido hasta la saciedad. El tratamiento literario y narrativo de la soledad y el dolor existencial tras la instauración de las leyes raciales de Mussolini, de 1938, por medio de la memoria afectiva aleja su narración de cualquier sentimentalismo impostado y le otorga una bellísima sutileza. Pero Bassani no tiene en España la importancia y el reconocimiento algo claramente injusto que sí tienen otros autores italianos de su generación, con los que tuvo una enorme amistad y con los que participó en diversos proyectos, como Pier Paolo Pasolini, Italo Calvino o Michelangelo Antonioni, entre otros. Parece un buen momento para que su fresco narrativo se instale en las librerías.

Acantilado edita El jardín de los Finzi-Contini (Il giardino dei Finzi-Contini, en su lengua original), la gran obra del escritor boloñés y la tercera parte de su compendio de novelas sobre la ciudad en la que creció y que denominó como Il romanzo di Ferrara (La novela de Ferrara). Este incluye las originales Cinco historias ferraresas (1956), Los lentes de oro (1958), El jardín de los Finzi-Contini (1962), Detrás de la puerta (1964), La garza (1968) y El olor del heno (1972). Unos años más tarde, uno de los padres del neorrealismo, Vittorio de Sica, la llevaría al cine con el título homónimo. Resultó todo un éxito, pues cosechó el Óscar a mejor película de habla no inglesa en la edición de 1971. No obstante, el filme no gustó nada a Bassani que, pese a haber participado en el guion, pidió tras ver el resultado que lo borrasen de los créditos. Lo único que alabó de la cinta del director de Ladrón de bicicletas fueron los diez minutos finales, que definió como «una obra de arte» y que corresponden, precisamente, a lo que él no cuenta en su novela: la detención final de los Finzi-Contini y su envío a los campos de concentración. No es esto un spoiler, sino algo de lo aquí el escritor avisa en el prólogo de El jardín de los Finzi-Contini:

Y se me encogía el corazón más que nunca ante la idea de que en aquella tumba, edificada, al parecer, para garantizar el reposo perpetuo de quien la encargó —el suyo y el de su descendencia—, uno solo, de todos los Finzi-Contini que había conocido y amado yo, hubiera logrado reposar. En efecto, solo Alberto, el hijo mayor, muerto en 1942 de un linfogranuloma, fue enterrado en ella, mientras que Micòl, la hija segundogénita, y el padre, el profesor Ermanno, y la madre, la señora Olga, y la señora Regina, la ancianísima madre paralítica de la señora Olga, deportados todos a Alemania en otoño de 1942, quién sabe si encontrarían sepultura alguna.

Un decadente y, a la vez, enorme jardín un postulado estético evidente del modernismo es el testigo de las relaciones que establecen el joven judío narrador de la novela sin duda, un alter ego del propio Bassani y los hermanos Alberto y Micòl Finzi-Contini. Estos últimos vivían en una enorme casa a las afueras de Ferrara con sus padres Ermanno y Olga, y su imponente jardín era la envidia de todos los ciudadanos. Pero todo cambió con la aprobación de las leyes raciales de Mussolini, y la población judía tuvo que unirse y juntar fuerzas si quería salvarse, por lo que los muros de los Finzi-Contini se abrieron al exterior, y el joven protagonista ya fue bienvenido. Esta novela sobre el fin de una época y el inicio del mal resulta una pugna entre el amor platónico pues el narrador se enamorará perdidamente de Micòl y la muerte, representada en el cercano futuro amenazante que llegará con los hornos crematorios. El estilo narrativo de Bassani en esta obra puede resultar heredero del ritmo de Proust, como él mismo reconoce, o de Thomas Mann, que también avisó del fatídico destino al que se encaminó la sociedad alemana en su Doktor Faustus. Pero, especialmente, destaca por el exquisito trato que concede a las palabras. El lienzo que pinta el italiano es el de una sociedad transalpina que se desvanece y que se hunde por la pérdida de los valores humanos, lo que resulta en una lúcida reflexión de temas como la marginación, la avaricia o la soledad.

Su narrador es un personaje absolutamente melancólico, plenamente consciente del camino que espera a Europa en los próximos años. Bassani parece usar esta característica, la creciente nostalgia del protagonista, como crítica. Escribió el historiador de arte Erwin Panofsky que la melancolía tenía su causa en la incapacidad de la inteligencia burguesa para remediar de manera positiva la contradicción entre el reino de lo posible y la dura realidad histórica, lo que era un signo de su decadencia. Bassani no dudó en bosquejar una lectura similar en las líneas de El jardín de los Finzi-Contini, pese a que él había pertenecido a este estamento social. Lo cierto es que, como reconoció la hija del escritor, Paola Bassani, Ferrara contaba con una burguesía clasista, rica e, incluso, fascista. De este modo lo puso en evidencia Bassani en las páginas de su mejor obra:

Mussolini y sus compinches estaban acumulando contra los judíos italianos infamias y atropellos de todas clases; el tristemente famoso Manifiesto de la Raza del pasado julio, redactado por diez supuestos «estudiosos fascistas», no se sabía cómo considerarlo: si más vergonzoso que ridículo o al revés. Pero, una vez admitido eso, ¿podíamos decirle, nosotros, cuántos habían sido en Italia los «israelitas» antifascistas antes de 1938? Muy pocos, se temía él, una minoría exigua, si también en Ferrara, como Alberto le había dicho varias veces, el número de ellos afiliados al Fascio había sido siempre elevadísimo.

Pero ni esta última circunstancia le salvó del antisemitismo del fascismo italiano, primero, ni del nazismo posterior tras la llegada a Roma de las tropas alemanas. Por eso, en una de sus visitas a Madrid, en 1981, declaró que la novela fue «una toma de posesión contra el fascismo», según declaró a El País. La propia Paola Bassani, en un congreso que la Universidad Complutense de Madrid le dedicó a su padre en el centenario de su nacimiento, en abril del pasado año, recordó que Giorgio comenzó su movimiento antifascista apenas cumplir la mayoría de edad, y que militó en el Partido de Azione.

Es usual pensar, por tanto, que el protagonista anónimo de la novela es el joven Giorgio Bassani, que perfila su personaje en los límites de la autoficción: un relato de connotaciones autobiográficas que se presenta emparentado con elementos de ficción. El narrador es un joven de clase media que comparte colegio con Micòl y Alberto, aunque no establecerá contacto con ambos hasta años después, cuando las leyes raciales afecten a los tres. Ama los libros y estudiará Letras en la Università di Bologna, en la famosa y empedrada vía Zamboni de la ciudad, con sus bellísimos soportales, y realizará, cada día, el corto trayecto en tren que une Ferrara con Bolonia, al igual que hacía pocos años atrás Giorgio Bassani, que también estudió Letras en su Bolonia natal.

Como el autor de El mundo de ayer, Stefan Zweig, Giorgio Bassani no se imaginaba la auténtica enfermedad que asolaría Europa en forma de guerra mundial y campos de exterminio. El escritor alemán huyó antes de ser apresado, pero, carente de esperanza alguna, se quitó la vida en su exilio brasileño. Bassani, por el contrario, fue detenido por su resistencia antifascista durante unos meses, y encarcelado hasta la caída de Mussolini en 1943. Por suerte, no fue enviado a ningún campo de concentración, a diferencia de Primo Levi o Jorge Semprún. Fue liberado tras la caída de Mussolini y no tardó en huir a Roma, donde vivió hasta el día de su muerte. La detención por la policía ferraresa marcó, como no podía ser de otro modo, al joven Bassani, que ejemplificará su relación de amor y odio hacia la ciudad en sus seis textos que conforman La novela de Ferrara y en su poemario Te lucis ante, publicado en 1947. El constante ataque a la alta burguesía judía, por su ignorancia y prepotencia, contrasta con los bellos párrafos en los que retrata a la gente honesta en su realidad cotidiana. Y también supo describir el silencio de la ciudad, aquel que tan presente está en su obra y que contrasta con el ruido que se genera al paso del fascismo. Así, en esta soledad, en este impertérrito silencio, las calles de Ferrara muestran más por sus ausencias que por lo que enseñan, como ocurre con los lienzos de Giorgio de Chirico. Pero la Ferrara de El jardín de los Finzi-Contini también podría ser una de las naturalezas muertas del boloñés Giorgio Morandi: tanto las palabras de Bassani como los vidrios del pintor se caracterizan por atravesar una emoción y una quietud intensa, como escribió Javier Aparicio. Morandi, al igual que su amigo Bassani, había nacido en Bolonia, y el escritor era un admirador confeso de la obra del pintor transalpino.

Esta quietud citada y la sutileza con la que Bassani denuncia la situación de incómodo silencio que parecía persistir en la sociedad italiana tras las injusticias cometidas durante el fascismo es uno de los grandes logros del escritor. No fueron muchos los que se atrevieron a levantar la voz. El neorrealismo cinematográfico ayudó a mostrar los desastres del periodo de Mussolini y de la posterior guerra, que tanta muerte y catástrofe había producido en Italia. Fue el caso de Roma, città aperta (1945), Paisà (1946) y Germania, Anno Zero (1948), el famoso trío de filmes con el que Roberto Rossellini retrató a una sociedad italiana absolutamente confundida y ciega, que parecía haberse puesto sobre sus caras un velo, como esos cuadros de René Magritte donde nadie hace nada con sentido y sus semblantes aparecen tapados, como Los amantes.

Pero no fue Rossellini el único en filmar la condición degradada de la vida cotidiana que padecieron los italianos en la transición de la guerra a la posguerra. No se puede olvidar La terra trema (1948), de Luchino Visconti, o la ya citada El ladrón de bicicletas (1948), de De Sica. El cine dejaba de ser solo entretenimiento para pasar a analizar el entorno social. Un análisis que retoma Giorgio Bassani en su literatura, pues la sobriedad de su relato busca justamente eso: justicia con la exquisitez de sus palabras. Es por esta razón que Bassani será guionista de algunas de las grandes películas de estos directores con el paso de los años. Véase el guion de la película Senso (1954), que el boloñés escribió para Visconti. Una generación neorrealista que también va a aparecer en la literatura italiana. Fue el caso de Elio Vittorini, que militó al inicio de la década de los treinta en el Partido Fascista Italiano y que, tras su expulsión, se pasó a la Resistenza. Destaca su novela Uomini e no (1945), en la que relata la experiencia de la lucha armada antifascista, y en la que hace dos divisiones: los hombres (antifascistas) y los no-hombres (fascistas). También se ha de citar a Cesare Pavese, uno de los grandes estandartes del cambio que experimentó la literatura italiana en la posguerra, pues dio voz a la realidad popular y campesina en sus textos. Militó en el Partido Comunista Italiano y de su producción literaria neorrealista destaca Il compagno (1946) o La casa in collina (1947).

Tristemente, y con tan solo cuarenta y dos años de edad, Pavese se suicidó en 1950. Previamente llegó a decir: «Todo esto es un asco. No hay palabras. Un gesto. No voy a escribir nunca más». Y, por supuesto, se ha de citar a Primo Levi. Autor de relatos, poemas o memorias, de su creación sobresale su Trilogía de Auschwitz, obra en la que el turinés incluye tres grandes textos que relatan los diez fatídicos meses que estuvo preso en el campo de concentración polaco, y adonde fue llevado en febrero de 1944, tras ser apresado meses antes por la milicia fascista italiana y entregado a los nazis. Liberado por el Ejército Rojo, fue uno de los veinte afortunados que sobrevivió al exterminio, de un total de setecientas personas que habían llegado con él. Al igual que Pavese, Levi se suicidó en 1987. Pero no es una teoría del todo confirmada. El hecho de que no dejase nota de suicidio y que su entorno cercano no previera tal desenlace ha provocado que numerosos historiadores crean que la causa de su muerte no fue voluntaria, sino un desgraciado accidente.

De este modo, como bien supo entender y poner en práctica Pier Paolo Pasolini en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial, la cultura se convirtió en una gran aliada para despertar del letargo y silencio en el que había caído la sociedad italiana tras los desmanes acaecidos desde el ascenso de Mussolini al poder hasta el final del fascismo. Giorgio Bassani, sin duda, fue uno de los más importantes, y El jardín de los Finzi-Contini la obra que mejor lo evidencia. Pero no conviene olvidar su producción literaria restante, pues el tema de la realidad de su país estuvo presente en la mayor parte. En Los lentes de oro ya había tratado la homosexualidad como motivo de discriminación en la Italia fascista previa a la contienda bélica, personificada, además, en un judío burgués que otrora era muy respetado en Ferrara. Además, en su cuento Una noche del 43 retrata la verídica matanza que las fuerzas fascistas hicieron de once ilustres ferrareses tras haber detenido a un total de setenta y cuatro, todos ellos el 14 de noviembre de ese fatídico año. Una desgracia de la que se libró Bassani, según relató su hija Paola, por haber huido de forma previa. Y, por citar otro ejemplo emblemático y realmente simbólico, el caso del breve cuento Una lápida en vía Mazzini, en la que Geo Josz, tras haber estado en un campo de concentración nazi, regresa a Ferrara de forma esquelética, como si se hubiese transformado en una de las características esculturas de Alberto Giacometti, y es repudiado por la población, que prefiere no hacer caso al que antes había sido uno de sus ciudadanos. Josz, por tanto, es un muerto en vida. En este relato se demuestra cómo Bassani supo airear la hipocresía que germinó en buena parte de la ciudadanía en la época de la posguerra. Su voraz pluma fue un gran remedio para combatir ese silencio hostil.

A toda su obra novelística y poética se han de añadir numerosas escrituras más, lo que lo convierte en uno de los más dúctiles autores de todo el siglo XX en Italia, a la altura de Ennio Flaiano. Redactó guiones de importantes películas: no solo la ya citada Senso, de Visconti, sino que también colaboró en la escritura del guion de I vinti (1953), de Michelangelo Antonioni, o de La mano dello straniero (1954), de Mario Soldati, entre otros. Asimismo, como se dijo, colaboró en el guion de Il giardino dei Finzi-Contini (1970), de De Sica, pero pidió no aparecer en los créditos. No ha sido su único trabajo escrito llevado al cine. La matanza de Ferrara del 14 de noviembre de 1943 la convirtió en cinta, con el título de La lunga notte del ‘43, el director Florestano Vancini y, en 1987, Giuliano Montaldo dirigió la adaptación de Los lentes de oro con el título en la cartelera española de El hombre de las gafas de oro. Pese a las reticencias de Bassani, la obra de De Sica es, con diferencia, la de mayor calidad cinematográfica de todos sus textos llevados a la gran pantalla. Además de esta gran faceta cinematográfica, Bassani fue vicepresidente de la RAI, docente de Historia del Teatro en la Academia Nacional de Arte Dramático de Roma y presidente honorífico de Italia Nostra, una asociación que vela por el patrimonio histórico y artístico del país mediterráneo.

Giorgio Bassani falleció en el año 2000 aquejado de demencia senil. Veinte años antes, en su última visita a Madrid, paseó por el Museo del Prado y comparó su escritura con la obra de Francisco de Goya, pues con él compartía, en palabras del boloñés, «la poesía, la inspiración y la verdad». Resulta un bello ejercicio imaginarse el deambular de Bassani por el museo y su reflexión al ver el cuadro Perro semihundido. Este can, que en el óleo del zaragozano parece querer escapar del montón de arena que lo mantiene atrapado, podría ser cualquiera de los personajes que describió en su obra: aquellos que luchan por preservar la memoria afectiva, por escapar de la opresión de la Italia del fascismo. Trágicamente, la memoria por la que tanto había luchado le jugó una mala pasada en los últimos años de su vida.

En un irónico oxímoron, y por suerte para él, esta enfermedad le privó de presenciar con plenitud la lastimosa disputa en la que se vio envuelta su última mujer, la americana Portia Prebys, con la que fuera su primera esposa, Valeria Sinigallia, y sus hijos, Paola y Enrico, por diferentes cuestiones legales y económicas. Pero, por desgracia, olvidó la ternura de Dominique Sanda, a sus veinte años, interpretando a «su» Micòl Finzi-Contini en los paseos en bicicleta con impoluto uniforme blanco en el filme de De Sica. Y también olvidó la alegría enorme que sintió el narrador cuando cruzó por primera vez los muros de la mansión de los Finzi-Contini, o los grandes partidos de tenis que se jugaron en ese espacio de felicidad y verdor espléndido. Y, claro, tampoco pudo recordar sus interesantes charlas con sus amigos Giorgio Morandi, Roberto Longhi o Pier Paolo Pasolini. Todo ello se perdió de su mente, pero quedará en la memoria colectiva. Una memoria que él ayudó a cultivar y conservar en El jardín de los Finzi-Contini y en buena parte de su obra. Será una buena opción la de volver a leer al genio de Ferrara. Para no olvidarlo, para disfrutar de su literatura. Como concluye su gran obra:

Y como esas, lo sé, no eran sino palabras, las habituales palabras engañadas y desesperadas que solo un verdadero beso habría podido impedirle proferir, sean ellas, precisamente, y no otras, las que sellen aquí lo poco que el corazón ha sabido recordar.