La guerra de Flandes (y III): El ocaso de los Felipes

La rendición de Breda, de Diego Velázquez.

(Viene de la segunda parte)

Por si no lleváramos pocas desgracias en el frente de Flandes, en 1589 se había recrudecido la guerra civil francesa entre hugonotes y católicos, tras el asesinato de Enrique III: los primeros se agruparon en torno a la candidatura de Enrique de Navarra, y los segundos formaban una liga encabezada por los Guisa. Hasta entonces Felipe II se había limitado a financiar a estos últimos, pero decidido a impedir que el navarro se hiciera con el trono, se metió en un charco que no debió haber pisado nunca, yendo demasiado lejos en su implicación. Vamos, que metió la pata hasta el cuezo; si bien era estratégicamente correcto evitar un rey protestante en Francia, Felipe tenía ambiciones que iban un poco más allá: colocar a su hija Isabel en el trono.

Consecuentemente y sin siquiera un temblor de ceja, el monarca etiquetó el conflicto de los Países Bajos como «defensivo» y pasó a emplear abiertamente tropas en Francia, en concreto los Tercios de Farnesio. Que imploró, protestó y se quejó todo lo que pudo, tratando de que el rey viera el riesgo de meterse en una nueva guerra sin cerrar la anterior, pero no hubo manera. En 1590 las tropas españolas entraron en Francia y lograron levantar el asedio protestante de París. Al regresar de la excursión, Farnesio se encontró con una ofensiva de los rebeldes, dirigidos por Mauricio de Nassau, que le golpearon bien duro, ocupando Nimega. En estas estaba cuando recibió una nueva orden de partir para Francia, cosa que finalmente hizo en 1591, a pesar de que era perfectamente consciente de que todo el frente del norte estaba en peligro de perderse por la irracionalidad del rey. Quien, por su parte, y en su estilo receloso habitual, ya había perdido la confianza en Farnesio, al que había decidido destituir mientras le aseguraba lo contrario. Afortunadamente Alejandro no llegó a sufrir tal humillación a cambio de sus excelentes servicios, puesto que murió en Arrás en 1592 mientras preparaba una tercera expedición al país vecino.

Así que la torpe política exterior de Felipe, en guerra con nada menos que tres potencias distintas, sin poder ganar ninguna, provocó que estas se aliaran; asistimos a un esfuerzo de guerra imponente pero baldío por el que mientras España irónicamente obtendrá el puerto que necesitaba (Calais), se verá impedida de utilizarlo debido a la falta de recursos (bancarrota de 1596). Desde ese mismo año el nuevo hombre fuerte en los Países Bajos era el archiduque Alberto de Austria, que a pesar de lo que indica su nombre se había educado en España, y que al igual que Farnesio era realista, inteligente y con criterio propio. Lo primero que hizo fue entablar negociaciones de paz con Francia pasando de lo que el rey decía; ni Felipe era tan tonto como para no ver las consecuencias de su política y en 1598 se firmó la paz de Vervins, lo que supuso un alivio para las arcas españolas. Antes de diñarla, el rey dejó al menos asegurado el gobierno de los Países Bajos, casando a Alberto con su hija Isabel, pasando a ser soberanos de un Flandes semiindependiente, que revertiría a la corona española si no tenían descendencia, y al mando de un ejército hispanobelga. Pero seguía en guerra con las Provincias Unidas e Inglaterra, cosa que trató de remediar el archiduque propiciando por iniciativa propia una nueva paz, esta vez con Inglaterra, firmada en 1604. De nuevo quedaban frente a frente españoles y holandeses.

Sin embargo, durante el reinado de Felipe III el escenario había cambiado bastante. En primer lugar, y desde la unificación hispanoportuguesa, los lusos se habían convertido en «objetivo legítimo» de la piratería holandesa que, a falta de recursos para meterle mano a las defensas españolas en América, había encontrado su agosto en el Imperio portugués del Índico. Por otra parte, la situación geoestratégica y financiera de España era mucho más delicada que antes, ya que dependía de demasiados factores externos para poder llevar adelante sus planes bélicos sin dificultades: el funcionamiento del Camino español dependía ahora del beneplácito francés y las operaciones militares de la remesa de plata americana del año, como si de una cosecha de vino se tratara. Pero como el rey estaba decidido a continuar la guerra hasta conseguir una buena posición para negociar algo (lógicamente deseaba obtener algunos resultados después de la brutal inversión realizada), asistimos a unos años de tiras y aflojas donde a resultados magníficos como la captura de Ostende en 1604 a manos del nuevo supersoldado, el brillante general Spínola, le suceden motines de los Tercios (1606) y suspensiones de pagos (1607) desbaratando cualquier campaña militar.

En vista de lo que parecía un interminable intercambio de mamporros, el pragmático Alberto llegó a acordar un alto el fuego con los rebeldes en 1607 que condujo a la firma en 1609 de la Tregua de Amberes, conocida también por la de los Doce Años. Por este tratado, España reconocía la soberanía holandesa mientras durase este, mientras que no conseguía ver asegurados los derechos de los católicos de las Provincias Unidas. A fin de cuentas, era una derrota política, militar e ideológica; el imperio había dejado buena parte de su prestigio enterrado en Flandes. Pero mucho más grave que el prestigio era la irreemplazable cantidad de dinero y hombres que yacía también en aquellos campos; comenzaba a agudizarse el declive y despoblamiento de Castilla, sacrificada por intereses dinásticos. Esto llevó a los castellanos a empezar a pensar que a lo mejor debían también arrimar el hombro otros reinos hispanos, pero esto ya es otra historia que no contaremos aquí. Por último, la cantidad de hombres extraordinariamente capaces que arruinaron sus carreras en aquellas húmedas y lejanas tierras; la política de obstinación e inflexibilidad había complicado un conflicto menor hasta límites insospechados, lección que no aprendió el presidente Johnson unos cientos de años después. Pero por el momento y a pesar de todos aquellos inconvenientes, la tregua parecía el primer paso hacia una pacificación estable. Pero solo lo parecía.

Y ahora viene un tocho explicativo sobre la guerra de los Treinta Años y la política exterior española de Olivares y Felipe IV. Para las fechas en las que expiró la tregua y España y Holanda volvieron a untarse los morros oficialmente, han pasado muchas cosas, entre las cuales la más grande es una guerra europea a gran escala, supuestamente de religión, que había comenzado en 1618 y en la que, cómo no, la monarquía Habsburgo se encontraba implicada. Se ha escrito mucho, especialmente desde el norte de Europa, sobre el catolicismo agresivo y el imperialismo español, motivos a los cuales se atribuye la intervención de España en la guerra, pero un análisis menos partidista desmonta esta versión: el imperialismo implica reclamaciones y apetencias territoriales de las que la corona española carecía. Sus objetivos se limitaban, como no se cansaban de repetir, a defender los territorios europeos patrimoniales de sus monarcas. El problema principal residía en que dichos territorios se situaban en Italia y los Países Bajos, un pelín retirados de la península, por lo que mantener el dispositivo de defensa y las comunicaciones con estas naciones lesionaban los intereses de otras potencias europeas (como Francia).

Así que, una vez estallado el terremoto checo en 1618, el juego de alianzas (en este caso con los Habsburgo austríacos, cuyos objetivos estaban más bien poco alineados con la parentela española) y la defensa de los Países Bajos arrastraron inevitablemente a España a la guerra. La rebelión de Bohemia, el Palatinado y un montón de protestantes más amenazó con interrumpir el Camino español, por lo que en 1620 España prestó ayuda monetaria y militar a los católicos austríacos y maniobró para ocupar el Bajo Palatinado y el paso de la Valtelina; a menos de un año vista de la expiración de la tregua holandesa era vital controlar la vía de Milán hasta Flandes. Por otro lado, era también imperativo mantener Flandes en contacto con territorios aliados católicos. Pero claro, por esta vía se acabó interviniendo en Alemania, rompiendo con Inglaterra, guerreando en Italia y finalmente con Francia. Casi nada.

Naves holandesas embisten galeras españolas en la costa de flamenca en octubre de 1602 (1617), de Cornelisz Hendrick Vroom.

Sí, ya estamos pringados otra vez hasta las cejas y, para colmo, menos de un mes antes de llegar al final de la tregua el rey va y se muere y le sucede un hijo aún más indolente, Felipe IV, que al menos tendrá la decencia de dejar el mando al controvertido Olivares, mucho más capaz que él. ¿Y de los holandeses qué? ¿Por qué reiniciar las hostilidades? ¿No se saltan aquí las motivaciones defensivas y se trata en el fondo de ocupar un territorio? Pues no, o no del todo. Aunque todo el mundo medianamente realista sabía que las Provincias Unidas eran un Estado soberano, estas no habían perdido el tiempo durante los años de «paz», y trataban de minar la posición española en Flandes. Además, se habían dedicado a atacar las colonias imperiales, especialmente las portuguesas, con mucho ahínco; en Holanda existía una poderosa facción partidaria de la guerra, dirigida por Mauricio de Nassau (apoyado por los más fanáticos calvinistas), que se había estado lucrando con estas guerras sucias «comerciales» y que deseaba proseguir con el saqueo a mayor escala. Por su parte, aunque en España seguía doliendo 1609 y existían partidarios de la revancha, se estuvo debatiendo hasta casi el último momento qué hacer. La recomendación de los archiduques gobernadores y de Spínola era convertir la tregua en definitiva ya que con lo que había en la caja y en plena guerra, no se podía ganar la que venía. Pero por una parte los holandeses no fueron demasiado receptivos a las distintas opciones pacíficas, y por la otra la guerra subterránea estaba ahí para quien quisiera verla. Así que como dos no se pegan si uno no quiere, y ambos lo deseaban, se reanudaron las hostilidades.

Esta fase de la guerra la trataremos más deprisita, porque aunque abarque desde 1621 a 1648, nada menos que veintisiete años, está muy mezclada y supeditada a los infortunios de la guerra de los Treinta Años, que terminó con el papel de España como potencia preponderante dejándola casi completamente arruinada. Así que se hablará de cosas que en principio parece que no tengan relación con el konflikto. Hasta 1626, y dado que las remesas americanas habían sido excelentes desde 1624, España empezó muy fuerte: en una espectacular operación se echó a los holandeses de Bahía, donde se habían colado penetrando en territorio brasileño, los corsarios holandeses habían sufrido duras derrotas frente a las defensas españolas (como las de Puerto Rico) y en Europa se logró capturar Breda, cuya rendición reportó a España un cuadro famosísimo y poco más. Olivares había planificado correctamente la guerra con los herejes calvinistas, enfocándola desde un plano económico y se había formado una flotilla que operaba desde Dunkerque para joderles un poquito el tráfico comercial.

Aunque demasiado tarde, porque en cuanto el grifo de la plata americana flojeaba, se constipaba toda la maquinaria bélica. En los años siguientes las desgracias se acumularon; Inglaterra había entrado en guerra en 1625 (haciendo el ridículo frente a Cádiz, por cierto), en 1628 el holandés Peter Heyn capturó en Matanzas a toda la flota de Nueva España en otro episodio de torpeza sin límites, esta vez por parte española. La búsqueda de aliados en el Báltico para conseguir un bloqueo eficiente a los holandeses acabó en fracaso para Olivares (y puso de relieve la poca utilidad de las alianzas Habsburgo), ya que solo consiguió alarmar a Suecia, que entró en guerra del lado protestante y para remate, el valido de Felipe IV se metió en una carísima guerrita dinástica en Mantua que involucró a Francia en el ajo. Cuando un ejército francés amenazaba Milán, Spínola tuvo que trasladarse allá, muriendo en 1630. Sin embargo, aún en pleno desastre financiero y militar, con Olivares y su equipo tratando desesperadamente de exprimir una vuelta de tuerca más a los exhaustos y raquíticos campesinos castellanos, fue posible contener a Inglaterra (paz en 1630) y Francia (paz en 1631) y de mano del cardenal-infante Fernando se consiguió entrar de nuevo en el Bajo Palatinado y arrearle un guantazo impresionante a Suecia (que hasta entonces estaba desequilibrando la guerra a favor de los herejes) en la batalla de Nördlingen. Este éxito se podría haber explotado si el vacilante emperador alemán se hubiera comprometido en la defensa de los Países Bajos y por fin la colaboración entre aliados, a la que tantos esfuerzos había dedicado España, hubiera cristalizado en algo concreto.

Pero no lo hizo, y tras quedar Suecia fuera de combate, en 1635 la Francia del cardenal Richelieu intervino esta vez del todo, irrumpiendo en los Países Bajos. El bruto del cardenal-infante logró rechazarlos y avanzar hacia París, pero desde España no había recursos para abrir un segundo frente en los Pirineos. En 1637 simplemente no había un maravedí más que rascar, y el esfuerzo de guerra de Olivares colapsó. En la década de los cuarenta se produjo una brutal crisis, expresada en las rebeliones catalana y portuguesa, producto una de los intentos de Olivares de implicar a todos en los tremendos gastos de guerra y la otra de una sedición aprovechando la debilidad española, y desde ahí todo se convirtió en una agónica carrera por firmar la paz con todo el mundo tratando de perder lo menos posible.

En 1639 el almirante Oquendo perdió toda su flota frente a los holandeses en el desastre de la batalla de las Dunas y en 1643, el gobernador de los Países Bajos, el portugués Francisco Melo, ni siquiera pudo desplegar una caballería decente en Rocroi porque los caballos eran muy caros. Aprovechando que los demás tampoco andaban muy finos tras treinta años de conflictos bélicos, y sabiendo que España estaba como loca por dejar de recibir hostias, se negoció una paz con los holandeses en Münster en octubre de 1648. Por esta paz, España reconoció finalmente a las Provincias Unidas como Estado soberano e independiente, admitió su derecho a conquistar territorio colonial portugués (aún teóricamente súbditos de la monarquía), no consiguió que tolerasen el catolicismo en sus reinos ni la apertura comercial del Escalda. Eso sí, mantuvo sus posesiones en el sur de los Países Bajos; es decir, el mismo resultado que en 1609. Sin embargo, estaba tan debilitada que era incapaz de defenderlos; tan solo veinte años después los perdía fácilmente a manos de Luis XIV. Para conseguir este buen montón de nada, el imperio se había arruinado por el camino, Castilla estaba en estado lamentable y aún quedaban diez largos años de tortazos con los franceses.

Y de esta triste manera acaba el relato de la guerra de Flandes, en la que España sepultó sus ingresos, sus hombres, su poder y su prestigio. ¿Seguro? Bueno, queda el epílogo. Final del Mundial 2010. Minuto 116 de partido, don Andrés de Iniesta y Luján recibe un pase de don Francisco Fábregas y Soler, batiendo al portero calvinista Stekelenburg de una semivolea imparable. Campeonato del Mundo para España y el conde-duque se sonríe desde el infierno. No dirán que a la postre no valió la pena la historieta.


Malaespina en Nueva Holanda

Retrato de Alejandro Malaspina (detalle), de José María Galván y Candela, ca. 1881.

Malaespina no es un buen nombre para un viajero de leyenda. Sí lo es para el protagonista de una novela picaresca o incluso para un espadachín o un bandolero. Y algo de todos esos géneros hay en la biografía de Alejandro Malaespina Meliluppi, que nació y murió en Italia (1754-1809) aunque pasó a la historia como navegante y militar al servicio de la Corona de España. 

En la carta que le dirigió a Carlos III proponiendo su vuelta al mundo, el viaje que sería conocido como «la Expedición Malaespina» (aunque el liderazgo y el arrojo fuera compartido con José de Bustamente y Guerra), argumentó que Francia e Inglaterra estaban recorriendo los océanos no solo para dominar el planeta con los cañones y con los esclavos y con las mercancías, sino también para cartografiarlo, dibujarlo, investigarlo, coleccionarlo biológica y artísticamente. Y citó a James Cook y sus míticos tres viajes por el Pacífico, entre 1768 y 1779. 

La expedición partió del puerto de Cádiz tan solo una década después de la última travesía del marino inglés, el 30 de julio de 1789 y regresó el 18 de septiembre de 1794 (qué bien supo España esquivar los vientos huracanados de la Revolución Francesa). Las corbetas Descubierta y Atrevida —que sí tenían nombres potencialmente legendarios— llevaban a bordo a doscientos hombres. Entre ellos a científicos y artistas. De modo que mientras recorrieron las costas de las colonias del imperio en decadencia, de América a Filipinas, pasando por China y Australia, levantaron topografías, recolectaron herbarios, estudiaron las corrientes marinas, ensayaron remedios medicinales y dibujaron fauna, paisajes y constelaciones.

Tal vez el país del mundo que recuerda con mayor constancia ese viaje es Australia. Es mucho más habitual encontrarte el nombre de Malespina en los museos de Melbourne o Sídney que en los de Cádiz o Madrid (en el Prado ni siquiera se conserva un óleo a la altura del personaje, sino una copia de finales del siglo XIX). Los barcos españoles estuvieron un mes atracados en la bahía de Sídney, durante el cual la tripulación científica se dedicó a estudiar la costa desde Port Jackson hasta Parramatta. Entre los documentos que nos dejaron de aquella navegación por Oceanía destaca una carta naútica de 1812, firmada por el propio Espinosa y por José Tello, que delinea meticulosamente el contorno de la enorme isla y en su centro vacío inscribe el nombre de Nueva Holanda.

Afirmar que James Cook descubrió Australia es desproporcionadamente injusto con la población aborigen, que llevaba allí unos sesenta y cinco mil años; y bastante injusto con Holanda. En efecto, el documento más antiguo que testimonia un contacto oficial entre Europa y la más grande de las islas de Oceanía es de 1606: certifica que el barco holandés Duyfken atracó en la costa occidental del cabo York. El explorador de los Países Bajos Abel Tasman realizó un mapa de la costa de Van Diemen’s Land en 1642. Y regresó dos años después para bautizar el territorio entero como Nueva Holanda. Los ingleses tenían constancia de todo ello un siglo antes de que Cook partiera para descubrir lo ya descubierto y mapeado y nombrado. Hollandia Nova, en latín.

Mucho más difícil es encontrar en los textos de sala de los museos australianos el nombre de Pedro Fernández de Quirós y el topónimo que forjó: Austrialia del Espíritu Santo (lo cual es solamente un poco injusto, dicho sea entre paréntesis). Su expedición partió de Perú y el 14 de mayo de 1606 el explorador tomó posesión de las tierras en nombre de Felipe III, a quien le informó en una misiva que lo hacía «de toda esta parte del sur hasta su polo, que desde ahora se ha de llamar Australia del Espíritu Santo».

La imaginación europea, desde la Antigüedad, había especulado con la existencia de una gran «Terra Australis Incognita», que debía existir por razones míticas, como la Atlántida, o incluso lógicas, cuando fueron avanzando los siglos, como la ley de compensación de las masas entre el hemisferio norte y el hemisferio sur (si América del Sur contrapesaba la existencia de América del Norte, y África la de Europa, ¿qué gran superficie de tierra habría al sur de China?). Pero el español de principios del siglo XVII (en realidad un portugués al servicio de la Corona) no tenía en mente el concepto de lo austral sino la casa de los Austrias. Su posesión fue fugaz y no tuvo consecuencias. O sus consecuencias fueron sobre todo psicológicas: en Madrid se gastó todos sus ahorros en defender la importancia de su descubrimiento, fue tomado por loco, el poder se lo quitó finalmente de encima y murió en Panamá.

Malaespina regresó con un archivo alucinante de materiales antropológicos, políticos, hidrológicos, artísticos, botánicos, zoológicos y topográficos. Su expedición pasó a la historia. Fue su segunda vida, la de viajero de leyenda pese al apellido inadecuado. La primera había sido de gloria militar, en contra del enemigo recalcitrante, la Corona de Inglaterra: gracias a ese crédito como estratega logró el apoyo real. Su tercera y última vida fue de decadencia. Manuel Godoy lo acusó de conspirador y de traidor. La cárcel. El destierro (en Italia). No es de extrañar, pues es así como trata este país a sus más ilustres ilustrados.


Breve antología del insulto

Luis de Góngora, retratado por Velázquez (1622) / Francisco de Quevedo, retratado por Juan van der Hamen.

Lo sientes nacer en un espacio indeterminado de tu estómago. Lentamente. Al principio es poco menos que un borborigmo amorfo, el equivalente en sonido de las criaturas fungosas de Lovecraft. Poco a poco se va componiendo, de manera lánguida, deliciosa, puliendo las aristas. Dibuja el alcance, paladea el impacto. Asciende desde tus más profundas entrañas, toma aire en los pulmones, saca fuerzas de tu corazón, se encamina hacia tu boca. Subglotis, glotis, epiglotis, cuerdas vocales que cimbrean alegres el adecuado tono. Y llega hasta tus labios. Pam. Seco, sonoro, contundente. Miradas aterradas, pequeños gritos que se ahogan, gestos de incredulidad, a lo mejor cierta sonrisa condescendiente. Notas como si te hubieses quitado un peso de encima. Qué bien sienta.

El insulto.

El insulto en la historia

No manejo el dato, pero tengo pocas dudas de que las primeras palabras expresadas con claridad por la boca de algo que podemos denominar Homo sapiens serían un insulto. Posiblemente llamando feo a su interlocutor, o por el estilo. Y es que si de aguzar el ingenio y forzar las meninges se trata lo de la falta de respeto es campo insuperable…

Lo podemos constatar desde la antigüedad. La Epopeya de Gilgamesh, la narración épica más ancestral conocida, está trufada de insultos. Insultitos, podríamos decir, cosas como «hediondo» apareciendo aquí y allá para solaz de G. R. R. Martin, imagino (o de Cristina Macía, su traductora, vaya). Brota también, de forma paralela, la mímica para acompañar a estas palabras. Ya desde los textos homéricos se coloca la mano abierta con los dedos muy extendidos y separados entre sí, la palma dirigida directamente a quien se está injuriando. Esto se utiliza aún en Grecia, así que cuidado si están de vacaciones y pretenden pedir cinco copas en un pub, porque pueden salir a hostias…

Como les digo, imprecaciones sin mayor maldad, más allá de desear que te pudras en los infiernos y toda tu parentela perezca. Pero sin calidad rítmica, sin magia. Para eso debemos esperar a los romanos, que eran unos tipos mucho más pragmáticos, y con un estilo decadente casi desde el principio que vuelve loco al amante de lo corrompido. Una civilización que deja plasmado, en los famosos restos de Pompeya, el relieve de un pene rodeado por la leyenda HIC HABITAT FELICITAS («aquí se encuentra la felicidad»). Ya ven, los poetas de los urinarios públicos tienen sus propios clásicos. Pues bien, estos romanos sí que nos legaron ciertas creaciones interesantes en el muy noble arte del insulto. Cosas como planissimus (el que se pasa de plano, de llano… el tonto, vamos), verbero (quien merece azotes como castigo, no como placer) o el muy sonoro furcifer, que designa al ladrón (prueben a repetirlo….furciferfurcifer…se le llena a uno la boca). Además serán los romanos quienes entreguen al mundo un insulto aun hoy muy utilizado, aunque desprovisto de su contexto: pathicus. O cabrón, vaya.

¿Echan de menos los muy eufónicos insultos ibéricos? Pues no deberían porque los hay, y conocidísimos. Tenemos idiotas censados desde el siglo XIII (el insulto, no las personas, que aparecen ya en el principio de los tiempos), tenemos imbéciles desde 1524, zoquetes desde 1655 (aunque dado su origen árabe es probable que el término u otro similar se usase durante toda la Edad Media), tarugos desde 1386, y pendejos desde la época de los Trastámara. Por cierto que con este último ha ocurrido algo desafortunadamente habitual cuando del noble arte del insulto hablamos: se ha perdido su significado original. Porque un pendejo es un pelo que brota del pubis. No me negarán que es una bella forma de faltar al respeto.

Pero hay más, algunos con su explicación y todo. El primer gilipollas de la historia de España, por ejemplo, dicen que fue un ministro de Hacienda, inaugurando a juicio de algunos glosadores una larga relación entre el cargo y la consideración. Esto, quede claro, no lo afirma el autor del texto, ¿eh?, no se me vengan arriba.

Resulta que don Baltasar Gil Imón de la Mota tenía un cierto complejo por sus orígenes humildes. Extraño, quizá, porque pese a eso nuestro Gil había logrado ganarse, entre el siglo XVI y el XVII, la confianza de dos reyes (Felipe III y Felipe IV) y otros tantos validos (el duque de Lerma y el conde-duque de Olivares), ascendiendo en la alta sociedad madrileña hasta puestos tan importantes como los de contador mayor de cuentas o gobernador del Consejo de Hacienda. Pero, ay, no tenía un titulazo de esos de poner en la tarjeta de visita y dejar a todo el mundo boquiabierto. Así que, hombre emprendedor, decidió que iba a emparentar con las altas dignidades vía prole. Dos hijas nada menos, Fabiana y Feliciana (otras fuentes dicen que tres), a quienes buscaba casar con alguien de buen copete, por lo que no perdía oportunidad, fiesta o sarao para exhibirlas como si de preciado trofeo se tratasen. Sucede que, al parecer, las muchachas no eran demasiado agraciadas pero, sobre todo, resultaban algo estólidas, por lo que la insistencia de don Baltasar resultaba ya comidilla y chanza entre los pisaverdes (los pijitos…otro insulto a recuperar) de la Corte. Hasta tal punto que cuando se veía aparecer a padre y herederas por la puerta de los bailes todos cuchicheaban. Por ahí vienen don Gil y sus pollas (una forma despectiva de referirse a las muchachas jóvenes en la época), decían. O, abreviando, por ahí llegan los Gil-y-pollas. Ya ven. De ahí al infinito, que se non è vero è ben trovatto.

Ni siquiera los eclesiásticos se libran de ese gustirrinín que deja en el cuerpo un insulto bien lanzado. Lo que no es de extrañar, ojo, que ya la Biblia recoge todo un reguero de imprecaciones dichas con acierto, y hasta el mismo Jesús, nos cuentan los evangelistas, tenía a veces en los labios un «hipócrita», «serpiente» o «malvado» presto a brotar…

Mi intercambio dialéctico preferido en este campo data del siglo VIII, y tiene como protagonistas a Elipando, un arzobispo de Toledo, y a Beato de Liébana, el monje autor de los «Comentarios al Apocalipsis» que luego serán profusamente copiados, e iluminados, durante toda la Edad Media (de hecho esos tomos serán conocidos como Beatos). Todo muy El nombre de la rosa, para entendernos. Pues bien, estos dos tipos tenían una polémica bastante gorda en torno al año 785 (invierno arriba o abajo) sobre una herejía que se llama adopcionismo y que, básicamente, permitía a Elipando vivir cojonudamente en el Toledo musulmán mientras otros cristianos, entre ellos Beato, chupaban frío y humedad en las tierras del norte. Se hacen una idea. El caso es que el amable intercambio epistolar que se dedicaron los sujetos contiene algunas de las mejores muestras de hostias dialécticas que jamás fueran creadas. Elipando dice de Beato que era un milenarista (al parecer esto era cierto, y Beato convenció a la alta sociedad lebaniega para que esperasen el fin del mundo en un monte durante una especie de fiesta rave que acabó con todos satisfaciendo sus apetitos) y Beato le contesta, cuidado, que Elipando es el cojón del Anticristo. Ojo, el Cojón del Anticristo. Detengámonos en el término y analicémoslo. Luego pensemos dónde se sitúa el tal cojón y las cosas que podrá ver durante toda la eternidad. Escalofriante. Elipando, ni corto ni perezoso, dice de Beato que tiene la boca hedionda y es fetidísimo (lo que en la Edad Media parece poca ofensa, la verdad) y después le llama antifrasto, que es un insulto muy elegante y distinguido, demostrando gran inteligencia y una puntería aguda al dirigirlo a quien lleva por nombre Beato (la antífrasis consiste en afirmar lo contrario de lo que se quiere decir, con lo que nuestro Elipando viene a señalar la ironía de que alguien llamado Beato sea un pecador de la pradera). Todo un arsenal, como ven los lectores, de dialéctica postpatrística y mala leche.

Escribiendo faltas de respeto

Si lo del insulto es género literario de por sí, y a estas alturas nos va quedando bien claro, es menester pensar que quienes mejor lo manejen sean los propios escritores, ¿verdad? Y de entre todos podemos destacar a los gigantes del Siglo de Oro español, no en vano reúnen dos grandes facultades que los hacen gigantescos creadores de ofensas: su maravilloso dominio del lenguaje y su gran condición de hijos de puta resentidos, envidiosos y crueles.

Seguramente el más conocido en estos menesteres sea Quevedo, en quien convivían admirablemente todas las características antes señaladas. A Góngora le llamaba desde bujarrón hasta marrano (por tener sangre sucia, no por cerdo…aunque ya entrados en materia al bueno de don Francisco no creo que le importase el equívoco), además de lo de la nariz (también por lo hebraico) y otras pequeñas minucias más mundanas, como comprar la casa donde vivía para luego desahuciarlo, cual si de un banco cualquiera se tratase. Pero no era el único. El mismo cordobés no dudaba en responderle, tachándolo de ignorante, borracho o cojo (acertaba dos de tres). También solicitó, en una ocasión, las traducciones que hacía Quevedo del griego para leerlas con su ojo ciego (el que es poeta es poeta)… es decir, para limpiarse el culo con ellas (con perdón del copista, aclaramos). También reparte a Lope, de quien dice que es un necio, un zote, un tagarote (el escribano de un notario… coincidirán conmigo en que llamar notario a un poeta es el insulto más grave de todos los recogidos aquí). El Fénix trufa sus comedias con perlitas de todo tipo, desde babieca hasta sandio, pasando por zamacuco, tuturuto, sansirolé, mamacallos (razonen el significado específico de este), tolondro, cipote (ejem) o estólido, que es uno de los que más utilizo en mi vida diaria. Ah, también se mete con alguien llamándole zurdo, para que vean cómo cambia la historia. Y de Cervantes qué decir… leer El Quijote es encontrarse con toda una retahíla de desprecios y repulsas. Claro que, como dice Sancho Panza, «no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle». Un poco lo que hacen hoy algunos, que pasan del «usted» al «qué tal, cabronazo» con (insultante) facilidad.

Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós. Imágenes: Arquivo da Real Academia Galega y autor desconocido (DP).

Luego los grandes escritores tienen ese je ne sais quoi que les hace responder raudos con un insulto certero en momentos de máxima tensión. Porque esa, y no otra, es la mayor muestra de genialidad que se puede exponer. Como aquella vez que Emilia Pardo Bazán se cruzó con Benito Pérez Galdós en una escalera (ambos traían detrás toda una historia que acabó mal, porque menudos dos torrentes, amigos) y le espetó, muy digna, «viejo chocho», a lo que don Benito respondió, con toda su tranquilidad y su cara de billete de mil pesetas, lo mismo pero cambiando el orden de los términos.

Claro que el campeón invicto de los insultos fue un belga catolicote y aburrido que firmaba como Hergé. Vale, en las páginas de los veintitrés álbumes protagonizados por el sosainas de Tintín no hay sexo, no hay muerte (y cuando la hay aparece representada con diablillos naíf), no hay demasiada sangre. Pero insultos…vaya, en eso Hergé mostró tener una enorme inventiva, y una mala uva que se agradece un montón. Ambrosía para los paladares más exigentes, sí, cuando Archibaldo Haddock saca a relucir su muy extenso lenguaje, seguramente aprendido en tabernas (igual hasta en burdeles) de barrios portuarios por medio mundo. Un total de doscientos sesenta y cinco insultos hay censados en las quince aventuras donde aparece Haddock, lo que nos da una maravillosa media de casi dieciocho por libro. Extensa lista que destaca, además, por su originalidad: desde anacoluto hasta grotesco polichinela, pasando por Atila de guardarropía, logaritmo, mujik, Mussolini de carnaval, coloquíntido, zapoteca de truenos y rayos o, mi preferido, bachi-buzuk de los Cárpatos. Ojo, muchos de ellos definen realidades poco o nada ofensivas (un bachi-buzuk, por ejemplo, es un mercenario otomano) con lo que podemos inferir otra de las características principales del insulto: su intención. No importa qué llames al otro, sino hacerlo con el tono correcto.

El Hergé español, al menos en cuanto a los insultos, es sin duda (en pie todos, por favor, y aplaudan con fuerza) Francisco Ibáñez. Sus creaciones están salpicadas de ofensas bien dichas, destacando las descacharrantes últimas viñetas que (casi) siempre muestran a sus personajes persiguiéndose en una orgía de violencia física y verbal que hoy sería sin duda censurada por traumática para los niños. Berzotas, merluzo, alcornoque, botarate, mentecato…a uno se le llena la boca de miel solo con decir esas palabras. Lo mejor, háganme caso, es repasar la obra de este artista genial para disfrutar con la luminosidad de sus insultos.

Delicias endémicas

Si hay algo que une a toda la humanidad, por encima de credos, procedencia o ideologías, es su tendencia natural por insultar a sus semejantes. Lo cual no quita, evidentemente, para que cada cultura tenga sus propias formas de cagarse en los muertos ajenos, muchas veces en base a criterios de carácter geográfico, evolutivo o, simplemente, en atención al capricho del momento.

Existen una serie de bases que pueden resultar intercambiables en todo el mundo. Las palabras, por ejemplo, que se refieren al pene (cazzo), a la vagina (figa) o a la vida pública de la progenitora (figlio di puttana), todos en italiano. También, claro, las maldiciones familiares (el serbio «me cago en todos los de la primera fila de tu funeral» me parece especialmente acertado) o las que te invitan amablemente a irte a ciertos lugares o realizar ciertas actividades (en francés te dicen va te faire mettre y claro, como suena tan bien, te cuesta hasta ofenderte).

Pero después hay toda una caterva de particularidades idiomáticas e incluso regionales que merece la pena destacar. Algunas, de tan repetidas, hasta parecen haber perdido su significado original, como las inglesas asshole o motherfucker, con cuya traducción literal quizá deberíamos solazarnos cada vez que las escuchamos en una serie. Los daneses, ese país con unicornios y contratos únicos, tienen una expresión bastante gráfica que es kors i røven, y que significa literalmente «(que te metan) una cruz por el culo». Ya ven, tanto Kierkegaard para esto. En el educadísimo idioma japonés nos pueden decir kuttabare y nos tenemos que joder, o llamarnos manuke y a lo mejor no lo entendemos, por tontos. Y los habitualmente chiflados rusos también extienden esa extravagante visión del universo a sus imprecaciones, con cosas tan llamativas como yob tvoyu mat (que puede significar, dependiendo del contexto, desde el literal «he besado a tu madre» hasta «vete fuera de mi vista»…ya me dirán la relación) o júy (que lo mismo sirve para hablar del pene que para designar a un imbécil).  

Con el otro lado del Atlántico compartimos el uso del castellano y la mala baba para insultar. Ya hablamos, oh sí, de los pendejos, pero también están los boludos, los perros, los huevones, la chingada, el verraco o el chimpapo. Incluso tenemos gozosas expresiones compuestas, hallazgos felicísimos de nuestro maravilloso idioma que, una vez más, usamos sin tener en cuenta su significado literal. Así, que te manden a la «concha de tu madre» o a comer un «pingo» resulta toda una experiencia. Hay que aplaudir desde aquí el esfuerzo que la conocida serie Narcos ha hecho para dar a conocer por todo el mundo alguna delicatesen verbal como «hijueputa» (hay que decirlo más), «gonorrea» o «sapo». Gracias, mil veces gracias, han enriquecido ustedes profundamente mis cenas de amigos.

También tenemos, por último, diferentes formas de entender las faltas de respeto dependiendo de los lugares de estas dos Españas, una te helará el corazón, donde te estén mandando a esparragar. Así, por ejemplo, si aquí en Cantabria le dicen que es usted un palajustrán sepa que lo llaman liante, que sí, que tiene mala idea, algo parecido a un talingón, o a un venigoso; y si lo tildan de mondregote le están haciendo saber que se lo tiene usted muy creído, pedazo de imbécil. Ah, las mujeres tienen sus insultos propios, claro, por lo de la paridad, y así las rámilas son hembras de mucho genio, las lumias son aquellas (sobre todo niñas) algo sabihondillas y repelentes, y bardaliega será la que gusta de pasar mucho tiempo detrás de los bardales o las zarzas, preferentemente en posición horizontal y acompañada…

En Galicia llamarán parvo al poco espabilado, y será babayu cuando pase a Asturias, babarrión en Cantabria o kaiku al llegar a Euskadi. Al mismo tipo le llamarán ababol en Aragón, faba en Catalunya, borinot en Valencia o penco en Andalucía. Si logra arribar, quién sabe cómo, hasta los pueblos de la montaña palentina se referirán a él como aberado, Por el camino le habrán escupido un bolo en Toledo, un fato en Valladolid y un zurumbático si se cruzó con Pérez-Reverte a la salida de la Real Academia de la Lengua. Al final toda una vuelta a España de lo más entretenida y didáctica. Aunque igual ni se ha dado cuenta, el muy estafermo.

Ya ven, mis queridos gaznápiros, que esta es materia extensa y de mucho solaz, por lo que nos apena especialmente tener que dejarla aquí, recién expuestos los grandes principios de nuestras tesis y apenas avanzada la investigación sobre el terreno. Eso sí, la certeza de haber contribuido a un enriquecimiento de su vocabulario más irrespetuoso es recompensa suficiente para nuestro esfuerzo.

Sean originales en sus reuniones familiares y de amigos. Insulten con creatividad.


Especulación inmobiliaria, tradición centenaria

Visión de la procesión de la Cruz de Mayo en Valladolid, autor anónimo.

Un achacoso Miguel de Cervantes, sin trabajo ya en la Administración pública de su tiempo, había regresado a Madrid confiando en que su condición de corte mejorara su situación económica. Era demasiado viejo para seguir creyendo, después de reiteradas denegaciones de cargos de importancia, que fueran a darle algo más que buenos consejos. Tampoco sus pasados intentos de ser escritor habían dado fruto. Llegaba después de haber sido encarcelado injustamente en Sevilla, con una novela bajo el brazo que no quería publicarle nadie. Los libreros, editores de su tiempo, no confiaban en sus ventas, y ningún escritor quiso arriesgarse a prologarla luego de que cundiera el rumor de que Lope de Vega, la gran referencia literaria, había asegurado que era muy mala. Finalmente, el hijo de un librero de Alcalá de Henares, cuyo padre había dado a la luz una novela pastoril de Cervantes veinte años antes, se apiadó de él. El libro era la primera parte del Quijote. Y se iba a hacer internacionalmente conocido gracias a una de las mayores operaciones de especulación inmobiliaria de la historia de España.

Para entenderla, debemos comprender el reinado de Felipe III, uno de los monarcas Austrias menos conocidos. Su principal estrategia política consistió en conseguir que el Imperio español sostuviese el menor número de guerras posible. Y ello con un único objetivo, que la recuperación económica derivada de la reducción del gasto público le permitiera, otra vez, emprender operaciones militares a gran escala. El dinero le urgía tanto como racionalizar la gestión de su enorme Estado, evitando la fiscalización de hasta el último documento, al estilo de su padre, Felipe II. A fin de conseguirlo, instituyó una figura muy similar a la del presidente de Gobierno, el valido, reservándose él mismo un papel superior, que podemos comparar al del jefe de Estado. La situación presenta analogías con la actual Constitución de 1978, y parecida dificultad a la que hoy tenemos para comprender cuál es el papel reservado al monarca. Es por ello que los historiadores han solido interpretar que en realidad Felipe III era un indolente que quiso dedicarse a sus aficiones, el teatro, la pintura y la caza, olvidándose de los problemas del país. En el fondo tratan de ahorrarle la responsabilidad en la corrupción del valido que eligió, Francisco de Sandoval, primer duque de Lerma. Sus ideas para llenar de oro las arcas del rey no solo tuvieron que contar con la aprobación de aquel, sino que además consiguieron sus objetivos. Sandoval obtuvo además beneficio de todas, pero fue el traslado de la corte de Madrid a Valladolid lo que le hizo inmensamente rico, al especular con el precio del suelo.

Trasladar la corte significaba mover de lugar a una enorme cantidad de población. Los nobles con sus extensas familias y su personal de servicio, el alto clero, los embajadores de todo el mundo, y el funcionariado de palacio se verían obligados a trasladarse, lo quisieran o no. Además de ellos, todos los comerciantes y artesanos, los hidalgos sin oficio que vivían de sus relaciones y de conseguir, en función de estas, empleos ocasionales al servicio del Estado, como Cervantes, y una gran cantidad de artistas que procuraban hacer carrera con los encargos del rey y la nobleza. Como muy pocos podían permitirse tener casas en propiedad, ello significaba una ingente cantidad de ingresos para quienes fueran los dueños de los inmuebles en alquiler. Había otras ventajas secundarias que elevarían la calidad de la urbe, como el trazado en cuadrícula que los conquistadores españoles habían aplicado a las ciudades de América, consiguiendo orden, higiene, y fácil circulación de mercancías. Madrid, villa medieval, constreñida dentro de sus murallas, y con un irregular trazado de origen musulmán, tenía que restringir, ya por entonces, la circulación de carros porque las calles eran incapaces de absorber el tráfico. La idea, por tanto, dejando aparte el absolutismo de la medida, podía haber sido incluso beneficiosa, de no haber mediado las corruptelas de Sandoval y el fin último de Felipe III, generar ingresos de forma rápida. El valido recibió en secreto de las autoridades de Valladolid cuarenta mil ducados en oro, unos treinta y cinco millones de euros de ahora, por elegir aquella ciudad, y no otra, para su nueva corte. Después compró la mayor parte del futuro suelo edificable cuando era tan solo terreno baldío o agrícola de escaso valor. Una vez en posesión del mismo, y anunciado el traslado, cedió a terceros la construcción de casas y palacios, a condición de recibir un porcentaje de sus alquileres. Y una vez establecida la corte en Valladolid, se desprendió de todo el suelo adquirido, con sus nuevas construcciones, obteniendo, eso sí, la enorme plusvalía de su nuevo valor urbano. Y no solo lo vendió a familias ricas de Valladolid y del resto de España, sino a la propia corona —y, por tanto, al rey—.

La sede de la nueva corte apenas se mantuvo cinco años, en el transcurso de los cuales se firmó el Tratado de Londres, poniendo fin a diecinueve años de guerra entre España e Inglaterra. Ello iba a facilitar que en las fiestas que se celebraron en Valladolid el verano de 1605, en honor del heredero y futuro rey Felipe IV, el «pasmado», estuvieran los embajadores ingleses, con un séquito de hasta seiscientas personas. Sentados entre el público de la plaza de toros, y en una de las celebraciones más memorables, se encontraban también los grandes escritores del Siglo de Oro, Lope de Vega, Quevedo y Góngora, entre otros. Todos pudieron ver cómo la lidia era precedida por un número cómico, en el que dos actores, caracterizados como Don Quijote y Sancho Panza, representaban uno de los pasajes del libro. Antes incluso de que abrieran la boca, y con su sola presencia, arrancaron la carcajada a todos los presentes. El Quijote acababa de ser publicado, y ya era absolutamente conocido como el mejor libro de humor que se había escrito. Los embajadores ingleses y su séquito le prestaron mucha atención, y fueron los primeros que hablarían de la obra de Cervantes al regresar a su país. Haciéndola tan famosa que, antes incluso de ser publicada en ese idioma, los King´s Men, la compañía de Shakespeare, estrenaron en el teatro Globe una obra en que se hacía alusión al Quijote. Scarborrow, personaje protagonista de The Miseries of Enforced MarriageLas desgracias del matrimonio por conveniencia—, afirma, completamente borracho, «ya estoy armado como para luchar con los molinos de viento». Ninguno de los espectadores londinenses había podido leer la obra cervantina en su idioma, ya que no se tradujo hasta 1612, pero sus anécdotas habían corrido de boca en boca, con ayuda de quienes estuvieron en Valladolid, de tal forma que todos comprendían a qué loco caballero se refería Scarborrow. Y hoy todo cervantista sabe que el Quijote sobrevive, para bien o para mal, gracias a la pasión que despertó, y ha mantenido, entre los hablantes anglosajones, más que por virtud de los españoles, hartos de leerlo.

Francisco de Sandoval estaba también en la plaza de toros aquella tarde, posiblemente más atento a sus negocios de compra de terrenos en Madrid. Completamente devaluados, los solares madrileños eran adquiridos por él a precio de saldo. Al fin y al cabo iba a devolver allí la corte, con la aceptación expresa de su rey, en apenas un año. Iba a ser un segundo pelotazo inmobiliario que dejaría a miles de familias arruinadas en Valladolid, a otras tantas en Madrid, y muchas fortunas de familias nobles españolas enormemente devaluadas. Lo que se deja de contar en la mayoría de las ocasiones es que las arcas reales se enriquecieron en una proporción equivalente a las del propio Sandoval, y que de este modo se cumplía el plan de paz, con vistas a la guerra, de Felipe III. El objetivo era ahorrar para futuras contiendas militares, y con tal idea en mente se organizó también la expulsión de los moriscos. La corona se quedó con sus tierras, que fueron revendidas a la nobleza, obteniendo un gran beneficio sin más coste que ordenar a la población musulmana que se marchara. Así que el motivo último no fue religioso, sino económico. Parecido fin tuvo el tratado de paz con los Países Bajos, aunque a la larga garantizaran su futuro como países y su independencia. Veinte años tardaron los nobles arruinados por esta política y los enemigos que Sandoval se había labrado en demostrar su enriquecimiento ilícito. Pero el duque, gran previsor, se había comprado el cargo de cardenal, por lo que hubiera quedado feo, si no ilegal, procesarle. Además, realizó todas sus operaciones a través de un segundo, Rodrigo Calderón de Aranda, que fue chivo expiatorio, y, este sí, ajusticiado por decapitación con hacha en la plaza Mayor madrileña. Era el año 1621, y a Sandoval se le permitió retirarse, con las manos limpias, a su lujoso palacio ducal en Lerma, construido con su inmensa fortuna, y que superaba en lujos y suntuosidad al triste alcázar madrileño, residencia real. Allí murió, libre, feliz y rico, e iniciador de un linaje, título de grandeza y fortuna que se prolonga hasta nuestros días, actualmente en el XVI duque. Y cuyo origen es una gran operación inmobiliaria.

Ensanche de Madrid (anteproyecto), de Carlos M.ª de Castro, 1857.

Lejos de pensar que este sea un suceso puntual en la historia de nuestro país, el hecho de que alguien aproveche su poder público para enriquecerse ha constituido un problema recurrente. La segunda gran operación de parecidas características a la de Lerma se produjo en el siglo XIX. El beneficiario esta vez fue un personaje muy cercano al poder, y auspiciado también por la monarquía. Se llamaba José de Salamanca y Mayor, y hoy un distrito entero de Madrid lleva su nombre porque su figura, lejos de ser censurada, es presentada como un ejemplo de prohombre. Y para que no quepa duda, en la plaza de su nombre cuenta con una estatua de cuerpo entero, incluido pedestal. Los méritos adquiridos para permanecer así en nuestra memoria son, básicamente, haber enriquecido a la regente María Cristina, a su marido, a su hija Isabel II, y al general Narváez, por no hablar de a sí mismo. El método, manejar información privilegiada obtenida gracias a sus puestos sucesivos de diputado, ministro de Hacienda, presidente del Gobierno de facto, y senador vitalicio.

La fortuna de Salamanca tiene un doble origen público, que comienza por la concesión del monopolio sobre el comercio de sal en España, y continúa cuando se hace amigo del segundo esposo de la reina María Cristina. Esa amistad, junto a la de otros políticos de su tiempo, así como su posición como ministro de Hacienda, le proporcionaron los datos que necesitaba para especular en bolsa. Con la ventaja de saber de antemano las decisiones políticas que iban a influir en los valores negociados, realizó sucesivos pelotazos con la compraventa de acciones, apostando a la baja cuando todos lo hacían al alza, o viceversa, y acertando siempre. En el mayor de todos se embolsó treinta millones de reales, y no por casualidad su amigo el general Narváez, en ese momento presidente del Gobierno, se llevó dos millones para su propio bolsillo. Las palabras con que el entonces señor presidente se refiere a Salamanca nos recordarán las conversaciones privadas de ciertos políticos, hoy encausados por casos de corrupción, manifestándose amor. Las recogió el periodista Ildefonso Bermejo, y en ellas el general dice que Salamanca «es muy salao, y aunque me ha hecho rabiar mucho, soy flaco, le quiero… pero no se lo diga usted, porque enseguida me viene a proponer un negocio en el que vamos a dar a España muchos millones». Medio en broma, medio en serio, Narváez y tantos otros políticos, incluyendo los reyes, se beneficiaron de las operaciones del marqués, pues este se cuidó muy mucho de tenerlos contentos para continuar especulando.

Narváez fue especialmente decisivo para la operación inmobiliaria que Salamanca proyectó en el barrio que hoy recibe su nombre, especialmente en torno a la calle Serrano. La idea de planificar urbanísticamente el crecimiento de las ciudades se había implantado en Europa, impulsada además por lo que el barón Haussmann llevó a cabo en París, expropiando manzanas enteras sobre las que se proyectaron amplias avenidas y nuevos edificios. Ocultas bajo una serie de medidas que pueden ser consideradas de racionalización, higiene, y facilidad de comunicaciones, estuvieron también otras de diferente orden. Haussmann logró calles y distritos fáciles de cerrar con escasos efectivos policiales, donde las cargas de caballería contra las masas de manifestantes resultaban fáciles y muy efectivas. Tenía muy en mente la revolución de 1848 en París, que había obligado al rey Luis Felipe I a abdicar, proclamando la Segunda República francesa. Algo también muy presente en el gobernante de Francia en ese momento, Luis Napoleón Bonaparte, mantenido en el poder gracias a un golpe de Estado.

El Plan de Ensanche de Madrid, ideado por el ingeniero Castro, y que podemos considerar la aplicación del plan Haussmann en la capital de España, también nació en un entorno político de golpe de Estado. El general O´Donell había terminado con el Bienio Progresista y con la Constitución de 1856, que nunca fue aprobada, de tal modo que los amplios derechos políticos y la tolerancia religiosa que auspiciaba no llegaron a ser realidad. Bajo la presidencia de su sucesor, Narváez, se publicó el Real Decreto de 1860, que aprobaba el Ensanche para la capital, incluyendo ciertas condiciones, como que los edificios no tuvieran más de tres pisos, o que cada manzana dedicara el mismo número de metros cuadrados a jardines privados que a superficie construida. Se daba a conocer, además, en qué terrenos iban a proyectarse los nuevos barrios, y casualmente Salamanca se había dedicado a comprar cientos de parcelas en una de sus áreas, además de a proyectar el establecimiento de compañías de tranvías inglesas que organizaran un servicio de transporte adecuado. Y todo con el objetivo de construir palacetes destinados a personajes acaudalados, como él mismo, que se agrupasen en torno a uno de los nuevos barrios del ensanche.

El Plan Castro fue contestado activamente por Ángel Fernández de los Ríos, intelectual de la generación del 68. Este pensador creía en la educación como único camino para crear una sociedad de hombres libres, idea puesta en práctica en su caso mediante el periodismo. De su mano aparecieron por primera vez en la prensa española las noticias internacionales y las de avances científicos junto a las de política nacional, en aras de educar a sus lectores en miras más amplias. Exiliado en Francia por Narváez, escribió un libro titulado El futuro Madrid, que constituye un verdadero tratado urbanístico y que analiza los errores del Plan Castro, atendiendo a que el Ensanche debe realizarse prestando atención a las comunicaciones entre barrios y garantizando que en cada uno de ellos haya mercado, plazas públicas, jardines —equivalente a parques— y escuelas. Eso significaba, frente a lo proyectado, mucho más espacio público destinado a usos generales, y menos rentabilidad para especuladores como Salamanca.

A ambas concepciones acabó imponiéndose una crisis económica, la de 1868, que tuvo su origen en una corrupción sistematizada. Los partidos políticos y los empresarios habían invertido juntos, y se habían financiado, obteniendo concesiones para construir y explotar las nuevas líneas de ferrocarril españolas. A Salamanca, de hecho, lo expulsaron del Gobierno porque proyectaba una millonaria comisión para el marido de la reina María Cristina a cambio de una de estas explotaciones. Las obras de ferrocarril se financiaban, además, con bancos privados creados por los políticos y empresarios. Y el sistema entró en quiebra cuando la demanda de uso de líneas ferroviarias no respondió a las expectativas. Cientos de hombres de negocios y líderes políticos dirigieron entonces un manifiesto a la reina pidiendo que se les rescatara con dinero público. Pero ni la reina ni su Gobierno contaban con suficiente respaldo, lo que retrasó cualquier medida hasta hacer caer en quiebra a bancos y empresas, y provocando paro y hambre entre la población obrera. Salamanca iba a ser uno de los arruinados, y acabaría muriendo al cabo de una década con una deuda pendiente con sus acreedores de seis millones de reales, aunque también con el mismo lujoso modo de vida que siempre ostentó. Prueba de ello es su palacio, hoy sede de exposiciones del BBVA. El Ensanche, por su parte, se prolongó durante décadas, y hasta el año 1939 seguía desarrollándose, cada vez más alterado para beneficiar los intereses de particulares dueños del suelo. En realidad a lo único a lo que seguía fiel era a la concepción elitista de José de Salamanca en la parte del barrio que iba a llevar su nombre, honrándole así como hombre de negocios adelantado a su tiempo, que supo ver las posibilidades del ferrocarril, estableció la primera línea de tranvías entre Sol y su distrito y determinó la que iba a ser milla de oro en Madrid. Objetivamente, todo ello fue posible haciendo un uso interesado de la política y los políticos a su favor.

Vista general de la urbanización de Paco el Pocero en Seseña, 2006. Foto: Andrea Comas / Cordon.

La tercera gran operación urbanística de la historia de España, esta imposible de localizar en un área concreta, o de restringir a un par de nombres o tres, se dio a raíz de la ley del suelo de 1998, aprobada bajo la presidencia de José María Aznar. Más allá de los tecnicismos legales, el gran cambio que propugnaba era variar la tradición urbanística de nuestro país. Como en el caso del Ensanche de Madrid, hasta entonces había siempre un organismo regulador que planificaba el urbanismo, determinando qué suelo sería urbanizable para responder al desarrollo de las ciudades. Con la nueva ley, cualquier área sin especial protección por sus valores culturales, arqueológicos o naturales podía urbanizarse. En teoría, y siguiendo la práctica del liberalismo económico, tal medida iba a facilitar que el precio de los inmuebles bajara, al existir mucha mayor oferta de viviendas construidas. Estaba certificando además algo que ya era realidad en parte: los nuevos barrios de las ciudades ocupaban solares de edificios nuevos cuando aún no existían infraestructuras públicas como las referidas por Fernández de los Ríos, y que hoy estimamos como imprescindibles. En los inicios, las nuevas áreas no disponían de colegios, ni consultorios médicos, ni ningún servicio público más allá de los parques, y todos los vecinos se trasladaban a distritos limítrofes para disfrutar de ellos. Con el tiempo, una vez consolidados los desarrollos urbanísticos, estos servicios iban siendo proporcionados.

La Ley de Suelo de 1998 presenta una importante coincidencia con lo hecho por el duque de Lerma en Valladolid, y por el Plan de Ensanche bajo Narváez. Convierte terrenos sin valor, o con uno muy bajo, en solares que se revalorizan por su condición de urbanizables. El previsto abaratamiento del precio de los inmuebles no se produjo, y ello debido a un factor habitualmente tenido en poca consideración. A finales de la década de 1990 y principios de la de 2000, la generación del boom, nacida en torno a 1970, llegó a la edad de compra de su vivienda habitual. Dispararon la demanda y, de forma involuntaria, el precio del metro cuadrado construido, que se incrementó en un 180%. Llegó a ser habitual, antes de 2006, tener que pagar una media de tres mil euros por metro cuadrado, lo mismo para una casa en el centro de la ciudad que para una en el rincón más alejado de la costa. Con la ley del suelo en la mano, muchos vieron la posibilidad de usar sus terrenos para construir, dando un verdadero pelotazo, esta vez legal, en áreas antes impensables para albergar núcleos urbanos. Dos casos paradigmáticos son, todavía hoy, la ciudad de Valdeluz en Guadalajara y el barrio del Pocero en Seseña.

Valdeluz está junto a la única parada que hace el AVE Madrid-Barcelona en Castilla-La Mancha. Todavía está por dilucidar qué motivó esa estación en mitad de ninguna parte, en lugar de acercarla a la ciudad de Guadalajara. Lo único que puede hoy certificarse es que los terrenos que ocupan las vías pertenecieron al marido de Esperanza Aguirre, Fernando Ramírez de Haro, y que los solares en que fue edificada Valdeluz eran propiedad de una tía de aquel. Ella fue la gran beneficiaria de la urbanización, proyectada para treinta mil vecinos, que hoy solo alberga tres mil. En la actualidad se recupera de su condición de ciudad fantasma, habiendo atraído a personas con menores ingresos el bajo precio de alquileres y compra, si bien los vecinos tienen que resignarse a vivir en un lugar sin apenas servicios, bajo la promesa de que los habrá en el futuro. Mientras tanto, la estación de parada del AVE apenas recibe pasajeros, porque tiene muy mala comunicación con la ciudad, y un precio muy superior a los autobuses Madrid-Guadalajara, estos sí, con gran afluencia de pasajeros.

El conocido como barrio del Pocero en Seseña, Toledo, fue posible gracias a que el alcalde socialista José Luis Martín Jiménez aprobó un plan urbanístico que no tenía la aprobación de Castilla-La Mancha y al que faltaban informes técnicos imprescindibles. Una de las razones de que saliera adelante pudo estar en que varios ediles socialistas, que votaron sí al plan, estuvieron contratados en la empresa del propio constructor, Francisco Hernando, apodado el Pocero. El problema a la larga fue para los vecinos que lo habitaron, sumidos en un limbo legal, porque no podían recibir ningún servicio, ya que legalmente su barrio no era parte del municipio de Seseña. Hoy este obstáculo se ha superado, si bien los problemas que enfrentan sus habitantes son los de la Administración española, segmentada en comunidades. Si van al hospital madrileño de Aranjuez, a veinte kilómetros, les envían factura, porque les corresponde el de Toledo, a cincuenta. Pero tienen donde vivir a un precio razonable, y al igual que Valdeluz, la crisis hace posible lo que la burbuja hizo explotar. Mientras, Francisco Hernando, el Pocero, es uno de los mayores deudores de Hacienda, por lo que podemos considerarlo tan arruinado como Salamanca al final de sus días. En su caso, la corrupción le permitió construir, amparado por la ley del suelo de Aznar y un plan urbanístico facilitado por una alcaldía socialista y no frenado por el Gobierno de Castilla-La Mancha.

A diferencia de los siglos XVII o XIX, lo ocurrido a finales del XX y principios del XXI no puede focalizarse en un par de ciudades, ni siquiera en un conjunto. Siendo Valdeluz y Seseña muy significativos, sus características se han replicado por toda España, sin que haya quedado libre ninguna de las comunidades autónomas ni los que habían sido hasta la fecha partidos mayoritarios, PP y PSOE. A diferencia de la época de Lerma, o la del marqués de Salamanca, ya no podemos restringir la corrupción a unos pocos personajes, ni a una parte del Estado. Pero el entramado empresarial y financiero necesario para llevarla a cabo es el mismo que en el XIX, y la quiebra y nacionalización de las cajas de ahorros es prueba de ello. La diferencia radica en que la democracia está más desarrollada, haciendo más difícil concentrar el poder, como hicieron Isabel II y sus generales o no digamos ya el absolutista Felipe III y su valido. También las libertades públicas contribuyen a que la verdad sea conocida por los ciudadanos, para que obren en consecuencia. Aunque la conclusión es más bien que los españoles somos humanos, y muy humanos, porque, en vez de ser los únicos animales que tropiezan dos veces en la misma piedra, nosotros insistimos e insistimos. Está en nuestra historia, y esperemos que no en nuestra naturaleza.


Románico y sombreros de cowboy: el valle del Arlanza

el-arlanza-y-san-pedro-desde-s-pelayo
El Arlanza y San Pedro desde San Pelayo.

Supongo que cuando en 1966 Sergio Leone eligió para rodar algunas escenas de la mítica El bueno, el feo y el malo en las estribaciones de la sierra de la Demanda y el valle del Arlanza lo haría por los magníficos paisajes, torcales y cañones de la zona. En la película, el Rubio, Angel Eyes y Tuco se enrolan en una carrera por encontrar un tesoro escondido en un cementerio con la guerra de Secesión como telón de fondo. Lo que quizá no sabía Leone es que este lugar había sido, muchos siglos antes, escenario de otras batallas, esta vez reales, y que estuvo habitado por gente dura y recia, gente de frontera, como muchos de los personajes de sus wésterns. Hasta el valle del Arlanza habían conseguido los cristianos recuperar territorio de al-Ándalus allá por el s. IX y aquí nacieron diferentes condados y señoríos, como el de Lara, subsidiarios del reino de León y que le sirvieron a este como tapón antes las incursiones de los vecinos musulmanes. Con el tiempo esos condados se unificaron en uno, el de Castilla, allá por el 931 y de la mano del conde Fernán González. La progresiva independencia de facto del nuevo condado del reino de León culminaría en el s. XI con el nacimiento del reino de Castilla.

Los hombres que repoblaron estas tierras, vascos, cántabros, astures, godos, mozárabes, eran bien conscientes de que la oferta de tierras y fueros tenía como contrapartida poca seguridad y un estado de alerta y guerra casi constantes. Estos hombres y mujeres castellanos aguantaron los embates enemigos muchas de las veces sin aliados, como cuando en el 987 el propio rey leonés Bermudo II puso pies en polvorosa ante la amenaza de las tropas de Almanzor huyendo a Galicia. García Fernández, hijo de Fernán González, y sus hombres fueron los únicos cristianos empeñados en defender su territorio. La pequeña y joven Castilla, llamada así por estar plagada de torres de defensa, se convirtió de este modo en una especie de milagro y en un canto a la resistencia.

Entonces era Castilla toda una alcaldía,
Magüer que era pobre e de poca valía;
Nunca de buenos homes fué Castilla vacía,
De Cuáles ellos fueron paresce hoy en día.
Varones castellanos este fué su cuidado,
De llegar su señor al más alto estado;
De una alcaldía pobre ficiéronla condado,
Formaronla después cabeza de reinado.

(Poema de Fernán González)

Para acercarnos hoy a esta tierra de caballeros y leyendas y conocerla, nuestra primera parada será en la villa ducal de Lerma. Esta villa herreriana y señorial es capital de la comarca del Arlanza. En su parte alta domina todo el conjunto monumental el palacio del primer duque de Lerma, Francisco de Sandoval y Rojas, del que cuentan que engañó al rey Felipe III pidiéndole permiso para hacer en su nuevo palacio dos torres, de tal modo que consiguió que su palacio tuviera cuatro torres, privilegio real, dos por duque y dos por el permiso real. Esta treta del duque queda sin embargo minimizada si tenemos en cuenta que el poderoso valido real pasó a la historia en coplas que recorrieron todo el país, como la que cantaba: «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado». Y es que don Francisco, acusado de meter la mano en las arcas reales y llevárselo muerto, solicitó a la Santa Sede la dignidad cardenalicia para evitar la justicia civil. Hay otra versión reciente en la que el duque no fue sino víctima de una conspiración por parte de sus enemigos en la corte. Sea como fuere, hoy Lerma conserva el magnífico palacio y el halo de villa noble e importante. Al palacio, hoy estupendo Parador de Turismo y excelente lugar para establecer la base de nuestro viaje, hay que sumar la colegiata de San Pedro, los conventos de San Blas y de Santa Teresa o el convento de las clarisas. En Lerma también se encuentra la tumba de Jerónimo Merino, natural de la villa, sacerdote y guerrillero contra el francés: el famoso Cura Merino. Por si siguen teniendo dudas sobre su visita a Lerma, les recuerdo que en los figones de la ciudad se asa el delicioso lechazo churro y que la sede de la denominación de origen Vinos del Arlanza también se encuentra aquí.

Desde Lerma tomaremos la BU-904, siempre con el río Arlanza a nuestra derecha, vigilante: Bascones del Agua, Quintanilla del Agua, Puentedura… son algunos de los pueblos que iremos encontrando en nuestro recorrido, entre las fértiles tierras de labor de la vega y la vegetación ribereña. Las iglesias tardorrománicas y góticas de estos pequeños pueblos se alzan como estandartes de un pasado que estuvo lleno de prosperidad, de lana de la mesta y de hidalguía. En pocos minutos llegaremos a Covarrubias.

Covarrubias

pza-de-dn%cc%83a-sancha-con-torre-de-don-fernan-covarrubias
Plaza de doña Sancha con la torre de Fernán González.

Esta coqueta villa castellana parece remojar sus pies en el Arlanza mientras la sierra de las Mamblas le sirve de asiento. Cuenta la tradición que fue levantada por el rey Chindasvinto pese a que los registros documentales se empeñen en desdecirlo. Lo que sí sabemos es que Covarrubias fue lugar de descanso de los señores de Lara, debido en gran parte al clima suave del que se disfruta en el valle. En el 972 se constituiría aquí el primer infantazgo castellano por el conde García en beneficio de su hija Urraca.

Las casas de arquitectura tradicional, de adobe y maderas vistas han sido tan mimadas y protegidas que parecen formar parte de las páginas de un cuento infantil. Y paseando por las calles de Covarrubias uno tiene la impresión de estar dentro de ese cuento. Casas tradicionales y magníficas casas solariegas que muestran orgullosas sus escudos. De obligada visita es la colegiata gótica de San Cosme y San Damián y su pequeño pero excelente museo. Frente a la colegiata, la estatua que la villa levantó a la princesa Cristina de Noruega, que en 1257 se casó con el infante Felipe de Castilla. Sus restos descansan en el claustro de la colegiata. En Covarrubias hay que pasear por La Solana, junto al río, mientras dejamos que el sol nos acaricie la cara, y hay que tomarse un café en la plaza de Doña Sancha para contemplar lentamente, casi degustándola, la torre de Fernán González, también conocida como torre de doña Urraca. Esta imponente edificación vigila la villa desde el s. X y el arranque de sus paños nos recuerda a una construcción romana. Quizá se aprovecharon los restos de una construcción anterior para erigir la torre. Varias son las leyendas sobre la robusta torre. Una cuenta que en ella fue encerrada doña Urraca, la infanta, porque rechazó el matrimonio con un príncipe leonés, enamorada como estaba de un pastor. Otra tradición habla del pasadizo secreto que la uniría con la llamada casa de doña Sancha, también en la plaza. Sin embargo, ni ha aparecido pasadizo ni la casa pudo ser de doña Sancha, pues ya es del siglo XV. Por aquí pasearon el equipo y los actores de Leone en una mezcla casi surrealista de arquitectura mozárabe y sombreros de cowboy. Hoy en el bar Chumi todavía recuerdan las partidas de billar que Clint Eastwood jugó entre sus paredes.

El corazón de Castilla

Dejamos atrás Covarrubias por la BU-905, siempre a contracorriente del Arlanza. Enseguida la sierra de las Mamblas hace que el paisaje suave de ribera cambie para convertirse en un zigzagueante cañón donde los torcales sirven a los buitres y alimoches de miradores perfectos. Cambia el paisaje, cambia la comarca, pues entramos en la Demanda, y cambia el olor. Huele de repente a bosque de sabinas, de enebros, de rebollos y quejigos, huele a tomillo. Y súbitamente, tras un recodo, como agazapado, lo encontramos: San Pedro de Arlanza, al que llaman cuna de Castilla. Cuna y corazón.

Según la leyenda, recogida en el poema de Fernán González, fue este el fundador del cenobio. Cuenta el poema que, estando el conde de cacería tras un jabalí, acabaron ambos, jabalí y conde, en una gruta. En semejante lugar vivían tres monjes ermitaños y el conde les pidió disculpas por aquel asalto al sagrado lugar al tiempo que les rogó ayuda contra su enemigo musulmán. Uno de los monjes, llamado Pelayo, profetizó entonces:

Dijo don fray Pelayo al conde su señor,
«O te hago, buen conde esto sabedor,
que quiere tus acciones guiar al Críador:
Vencerás el poder del moro Almanzor».

Tras la profecía, el monje pidió al conde ayuda para su pobre comunidad:

«Mas ruégote amigo y te pido de grado,
que cuando hubieras la batalla ganado,
acuérdate de este convento dañado,
y no se olvide el tan pobre hospedado»

(Poema de Fernán González)

Pero el artífice de San Pedro no pudo ser Fernán González, pues tenemos noticias del monasterio en el 912, cuando Fernán no había nacido. Tampoco lo que hoy conocemos como San Pedro fue lo fundado tan tempranamente. Miren al farallón rocoso que se alza a la derecha de San Pedro. Ahí arriba, dominando la curva del río, está la ermita de San Pelayo, también llamada monasterio San Pedro el Viejo. Por un sendero de unos trescientos metros es posible subir hasta la ermita y disfrutar de magníficas vistas. La enorme roca que hace de cimiento de la pequeña iglesia tiene en su base varias oquedades y grutas que efectivamente pudieron alojar a una comunidad de ermitaños, tal y como cuenta la leyenda. Hoy la ermita es una ruina de una sola nave y planta de salón en la que se superponen lo mozárabe de la cabecera cuadrada seguramente del s. IX, lo románico de su puerta sur, lo gótico de su ventana con la vista más bella del monasterio «nuevo» y lo barroco.

san-pelayo-desde-la-torre-de-san-pedro
San Pelayo desde la torre de San Pedro.

Digo «nuevo» pues si los orígenes de San Pelayo seguramente se encuentren en el s. IX, los de San Pedro hay que buscarlos en el X, cuando en torno al 912 el conde Gonzalo Fernández y su esposa Muniadona promueven su construcción. Pero lo que hoy vemos en San Pedro de Arlanza nada tiene que ver con la fundación original. Probablemente la comunidad benedictina no bajó al valle hasta el s. XI, cuando las fronteras y los peligros habían a su vez bajado más al sur. La iglesia románica de San Pedro está datada en el 1080-1081 y fue de las más tempranas del románico castellano. Hoy debemos completar en nuestra imaginación las tres majestuosas naves y la cabecera porque San Pedro, cuna de Castilla, ha pasado desde la desamortización de Mendizábal por un auténtico calvario. Pese al estado de ruina, la visita a San Pedro es obligada. Obligada y sobrecogedora. En la cabecera aún pueden verse los huecos donde los condes Fernán González y su esposa doña Sancha pidieron descansar eternamente. Cuenta la leyenda que cada vez que los ejércitos castellanos entraban en batalla los huesos del conde se removían en el sepulcro, como queriendo guiar a los suyos y luchar junto a ellos desde el otro mundo. Hoy los sepulcros de ambos se encuentran en la colegiata de Covarrubias. Pero tras incendios, derrumbes y expolios todas las joyas del monasterio han corrido igual o peor suerte: su excelente biblioteca se hizo pedazos y se repartió de mala manera, con las llamadas Glosas Silenses, que están en Inglaterra; el sepulcro del caballero Mudarra, en la catedral de Burgos; los maravillosos frescos románicos se conservan entre el MET de Nueva York y el MNAC de Barcelona, y la estupenda puerta románica de la fachada occidental, en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid. Y esto es lo que sabemos. Cuánto ni siquiera sabemos dónde está. Como ven, desde la exclaustración hubo más buitres que los alados que habitan los torcales que dieron buena cuenta del cadáver.

san-pedro-cabecera-2
San Pedro.

Hoy quedan las ruinas, sí, pero también algún capitel de estilo arcaico, las impostas ajedrezadas y los arcos ciegos de la cabecera. Y esos arranques de pilares cruciformes que parecen cortados a sierra y que desde la torre se asemejan a enormes flores. Asoma también la que fue la primera reforma del monasterio, ya en el gótico: el recrecido de la nave central y su cubierta con bóvedas de crucería, obra de Simón de Colonia. El conjunto eclesial está vigilado por una imponente torre del siglo XIII que es lo mejor conservado del conjunto y desde la que se ve nítidamente todo el plano del monasterio. Del que fuera el claustro románico únicamente queda un espejismo de la sala capitular en forma de un par de arcos de medio punto, encajonada entre el ábside derecho y el claustro herreriano. Sobre esta sala del capítulo hubo una sala palatina decorada con magníficas pinturas, sobre todo de animales mitológicos y fantásticos, como el grifo que se conserva en Barcelona. El claustro que sustituyó al románico se construyó ya en el s. XVII. Debieron ser buenos tiempos para el monasterio, pues no solo se levantó este claustro mayor, sino otro más, adosado, para los hermanos legos. La mayoría del resto de dependencias monacales data también de este periodo.

El abandono de este maravilloso lugar de cientos de años quedó, por un breve espacio de tiempo, roto. Fue en 1966, cuando Leone convirtió San Pedro en la misión San Antonio en su película. Este es el lugar en el que Clint Easwood se recupera de sus heridas acompañado del Tuco. En una de las escenas incluso asoma por la ventana la pequeña ermita de San Pelayo.

Benedictinos, condes, caballeros, reyes y pistoleros reunidos en el corazón de Castilla. Y siguiendo sus pasos, nosotros, entre baños en el río y paseos por los bosques. La película de Leone termina con el duelo, o, mejor dicho, trielo, de los tres protagonistas en el cementerio de Sad Hill, lugar donde se halla el codiciado oro. Hoy, gracias a la Asociación Amigos de Sad Hill y con motivo de los cincuenta años del filme, el cementerio, muy cerca de San Pedro, en el pueblo de Contreras, ha visto sus tumbas restauradas y el resultado es espectacular. Recuerden que en una de ellas se encontraba el tesoro, la meta de los protagonistas durante toda la película. Sin embargo, nosotros sabemos que los verdaderos tesoros estaban en el valle del Arlanza y la sierra de la Demanda desde hace siglos y que, pese a las vicisitudes, todavía hoy podemos seguir disfrutando de ellos. Disfrutando del corazón de Castilla.

sad-hill-2
Sad Hill.

Fotografía: Pepe Herrero

___________________________________________________________________________

Pistas

Para dormir:

Parador de Lerma
El palacio del Duque de Lerma, magnífica e imponente construcción herreriana.
Plaza Mayor, 1, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 177 110
www.paradores.es

Casa Rural Las Mamblas
Amplia y equipada casa rural en el centro de Covarrubias. Estupenda para familias o grupos de amigos.
Tlf.: 947 40 65 52
http://www.casagalin.com/casarural/

Para comer:

Asador Casa Brigante
Estupendo lugar para tomar lechazo churro rodeados de uniformes, armas y objetos de la guerra de Independencia.
Plaza Mayor, 5, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 17 05 94

Restaurante Galoria
Cocina renovada, excelentes tapas y vinos, y un patio encantador.
Calle Mayor, 21, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 15 07 07

Fonda Caracoles
Especialistas en preparar las excelentes setas de la zona.
Calle Don Luis Cervera Vera, 10, 09340 Lerma, Burgos.
Tlf.: 947 170 563
www.asadorfondacaracoles.es

Restaurante Casa de Galo
No hay que irse de Covarrubias sin probar su chuletón.
Calle de Monseñor Vargas, 10, 09346 Covarrubias, Burgos.
Tlf.: 947 40 63 93


Isabel Barreto, la reina de Saba de los Mares del Sur

Sanlúcar de Barrameda 22 de Abril "La expedición ha servido para que todo el mundo conozca al español Juan Sebastián de Elcano y también para que los tripulantes de la nao, que zarparon como novatos, vuelvan como unos veteranos", afirmó José Luis Ugarte (Getxo, 1928), el experto marino responsable de la navegación de la nao Victoria, sobre la cubierta de la misma, atracada al muelle de Sanlúcar de BarramedaLa nao Victoria, que zarpó de Sevilla el 12 de octubre de 2004, ha repetido el viaje que el 10 de agosto de 1519 iniciaran también en el puerto hispalense los cinco barcos que componían la expedición de Magallanes con el objetivo de encontrar un paso que uniera el Atlántico con el Pacífico y llegar a través del mismo a las islas Molucas, productoras de las entonces valiosísimas especias 171/Cordon Press
Réplica de la nao Victoria, de la expedición de Magallanes, un diseño similar al usado por Mendaña. Fotografía: Cordon Press

De siempre la historia de España que se enseñaba en las escuelas ha tenido graves carencias, omisiones y deformaciones, pero si hay un contexto especialmente mutilado es sin duda la época de los grandes descubrimientos y lo que los hispanoamericanos llaman «la Colonia». Colón, Cortés, Pizarro, Magallanes y directamente pasamos a las independencias americanas, deprisa y corriendo. Tres siglos despachados de un salto más largo que los que daba Carl Lewis en las Olimpiadas. Como si el imperio colonial no hubiera influido en la historia peninsular más allá de la plata de Indias; mapas con extensiones enormes que pasaban fugazmente por la pizarra y a otra cosa, mariposa. Mariposa europea, por supuesto.

La Conquista, eso sí, servía para enardecer los valores patrios (todo lo que podía enardecerse en chavales más preocupados por la jornada de liga) con historias de recios españoles barbudos con casco que metían indios en cintura a espadazos y los traían a la fe católica. Hoy en día sigue siendo un periodo condenado al ostracismo, en este caso por lo incómoda que resulta para ciertas ideologías pujantes y el rechazo consciente de las carpetovetónicas. Llama la atención la atonía con que se trata comparado con las historias de piratas. Porque… ¿a qué chaval no le gustan las historias de piratas? Pues bien, sin irnos muy lejos, la casi desconocida exploración del Pacífico por los españoles le da veinte patadas a cualquiera de ellas.

En concreto, hay una expedición asombrosa por varios aspectos únicos más allá de aventuras, pasiones y traiciones en paisajes exóticos; el segundo viaje del adelantado Álvaro de Mendaña a las islas Salomón. No solo es el viaje más largo realizado en el Pacífico con esos cascarones de madera de apenas trescientas toneladas que llamaban naos, sino que además acabó siendo dirigido por su esposa, doña Isabel Barreto, primera almirante de la historia de España, además de gobernadora y adelantada. Nada menos.

oie_26144123ZKL9mnKb
Álvaro de Mendaña y Neyra, explorador y descubridor de las islas Salomón. Imagen cortesía de Kuviajes

La figura femenina ha pasado prácticamente desapercibida en el relato colonial, en el que el conquistador típico era un varón soltero de unos treinta años, a pesar de que se calcula que aproximadamente uno de cada cuatro colonos españoles en América era mujer. Esto se debe a que en las crónicas, la mayoría escritas por frailes o misioneros, se las suele omitir salvo que destacaran en roles tradicionalmente masculinos, lo cual ocurría muy ocasionalmente. El caso es que existe una larga tradición hispana de mujeres acompañando a sus soldados, pero es lo que tienen los prejuicios, que se perpetúan. Por esto, la figura de Isabel Barreto es excepcionalmente interesante. Bueno, por esto y porque además ejemplifica un proceso muy ilustrativo de construcción de nuevos mitos; en un intento de recuperar su memoria se han escrito algunas novelas con años de investigación detrás que, sin embargo, han llenado las grandes lagunas documentales con una imagen idílica muy estilo Disney-Pixar que poco tiene que ver con lo que se conoce.

Y aquí llega lo mejor del asunto… lo que se conoce viene escrito por mano de un enemigo acérrimo, el piloto mayor de la expedición, el portugués Pedro Fernández de Quirós. Pocos placeres hay más deliciosos que tratar de reconstruir un personaje histórico de mano de una crónica tremendamente hostil, leyendo entre líneas y confrontando omisiones y contradicciones en que suelen caer los amanuenses devotos de su propia causa. Y Quirós se presta alegremente a hacer de Procopio de su Teodora particular, como veremos. Mucho más entretenido que los cronistas pelotas, dónde va a parar.

Isabel nació en Pontevedra en 1567, en el seno de una rica familia de exploradores y gobernadores portugueses, los Barreto. En algunos sitios leerán que era bella y sensible, pero esto no se sabe muy bien de dónde sale, pues ni siquiera se conserva ningún retrato suyo. Su padre decidió que recibiera una educación más próxima a la de sus hermanos que a la que socialmente le estaba reservada: para entendernos, en la escala Stark estaba más cerca de Arya que de Sansa. La familia se trasladó al virreinato del Perú, donde formaron parte de la alta sociedad limeña. Allí conoció en 1585 a Don Álvaro de Mendaña, que con cuarenta y cuatro años le doblaba la edad, y con el que se casó. Mendaña había descubierto las islas Salomón en su primer viaje y desde entonces había dedicado la friolera de veinticinco años a obtener la autorización pertinente para volver y poblarlas, además de aprestar la expedición. Para que luego se quejen si Hacienda tarda dos meses en devolverles la renta.

Sin duda, en estos preparativos ayudaron los cuarenta mil ducados que puso doña Isabel de su dote (que al cambio actual equivalen a un montón de dinero, más o menos) y la llegada del nuevo virrey don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, que dio todas las facilidades del mundo para la realización del viaje. No solo vendió de saldo a Mendaña tres naves, que curiosamente fueron equipadas con el material incautado al pirata Richard Hawkins, sino que facilitó el reclutamiento de más de doscientos soldados. Que este y no otro era el motivo principal del virrey: deshacerse de un buen número de hombres de armas ociosos y pendencieros; hay que recordar que las guerras civiles entre conquistadores habían terminado tan solo treinta años antes y era imperativo mandarlos a molestar a otra parte.

Finalmente, en 1595 la pequeña flota se hizo a la mar desde El Callao en busca de las míticas Salomón, de donde supuestamente salió el oro para construir el famoso templo bíblico. Formaban parte de ella casi trescientos hombres entre feroces soldados y supersticiosos marineros, que protestaron amargamente por la presencia de noventa y ocho mujeres y niños a bordo. Los hermanos de Isabel se enrolaron como capitanes mientras que el maestre de campo, oficial al mando de las tropas, era Marino Manrique, un veterano de unos sesenta años con la rara habilidad de pelearse con todo el mundo. Con esta combinación explosiva no es de extrañar que pronto empezaran los problemas; los realities de supervivencia ya los inventaron los españoles siglos antes de la televisión.

156368-944-651
Serie El corazón del océano. Imagen: Globomedia / Antena 3 Films

Al principio la singladura discurrió plácidamente. Lo más destacable para Quirós es el ritmo al que se sucedían las bodas en los navíos —hasta quince cuenta el portugués—, que más parece una versión antigua de Arcabucero busca esposa, aunque no debería extrañarnos demasiado; en la época de la Conquista era habitual que mujeres solteras escogieran un marido entre los miembros de la hueste con la esperanza de prosperar socialmente. Las primeras islas que encontraron las bautizó Mendaña como islas Marquesas en honor del virrey y aquí tuvieron el primer intercambio cultural con unos indios guapos y rubios (siempre según nuestro cronista luso), que acabó como el rosario de la aurora cuando estos se mostraron muy rápidos de manos a la hora de llevarse souvenirs de España. También se mostró rápido Manrique, pero en este caso de gatillo, lo que ocasionó las primeras discusiones entre el adelantado y los militares.

En la siguiente etapa del viaje el nerviosismo aumentó varios niveles, pues los días pasaban, la comida se consumía, pero ni rastro de las dichosas islas, a pesar de que su localización era conocida. El piloto mayor se convirtió en el centro de todas las críticas, aunque hay que decir que no era culpa suya, sino del deficiente sistema de cálculo de la longitud usado en la época. Quirós, que era un marino experimentado, aprovecha aquí para hacerse un poco la víctima, tónica que irá repitiendo a lo largo de su relato alternándola con la desenvoltura con la que se presenta como un alma noble y piadosa, exenta de ambiciones personales. Hay que puntualizar que Pedro había nacido en Évora, capital de los franciscanos portugueses, y había bebido de la fuerte religiosidad y misticismo de estos; era partidario del plan de convertir los territorios descubiertos en un piadoso reino de Dios en la Tierra que ríase usted de la Cataluña que promete Junts pel Sí. Así que aspiraciones sí tenía.

En estas, al mismo tiempo que encuentran la isla de Santa Cruz, a tan solo trescientos kilómetros del destino original, la nave almiranta se pierde. Como sea que la isla es grande y los nativos parecen amistosos, se hacen planes para establecerse y buscar a los extraviados. El maestre y los soldados bajan a tierra y comienzan a construir un fuerte en donde les parece, mientras el adelantado y la familia Barreto permanecen aún en las naos; el enfrentamiento está servido y la opinión de Isabel es muy clara. Es necesario deshacerse de Manrique, pues los soldados no paran de quejarse y conspirar para marcharse. Al parecer, en cuanto vieron que nada de oro, de tesoros o templos que saquear, y que lo de poblar aquel lugar iba en serio, hicieron todo lo posible por sabotear el intento. Para ello, Manrique empleó una técnica tradicional hispana de gran éxito que aún se emplea en la actualidad para privatizar empresas públicas rentables: la metodología CELPO —cagar en la propia olla—. Esperando forzar a Mendaña (que se encontraba enfermo) a abandonar el proyecto, provocó un levantamiento indio quemando sus pueblos y asesinando alevosamente al cacique Malope, amigo de los españoles.

Sin embargo, los Barreto reaccionaron y mataron a Manrique por traidor. Los soldados implicados en la muerte de Malope también fueron ejecutados, pero esta represalia no satisfizo a los indios. Mientras tanto, la enfermedad se iba propagando por el campamento español: Álvaro de Mendaña fallece y deja en su testamento a su esposa Isabel todos sus títulos. Lorenzo Barreto es nombrado almirante, pero muere también días más tarde en una patética y macabra escena en la que el vicario no puede ir a darle la extremaunción por estar agonizando, así que Quirós no sabe a quién trasladar, si al religioso o al almirante. Isabel se convierte de golpe y porrazo en la jefa de todo.

Con el grupo dividido y arrinconado por los indios, esta es la «herencia recibida» por la flamante nueva gobernadora, que rápidamente ve que la expedición es un fracaso y decide poner rumbo a Manila. Aquí es donde Quirós empieza a ser muy deshonesto en su crónica, pues aunque no lo diga, a estas alturas de la película lo único salvable son los derechos de una futura exploración y el marino portugués lo sabe perfectamente. Así que se dedicará a cuestionar todas las decisiones de Isabel, a la que presenta como «varonil, autoritaria y despótica». Se me escapa de qué otra manera podría haber sacado adelante Isabel Barreto la situación, imponiendo su criterio a un grupo de hombres tan peligrosos. Desde luego, siendo empática y comprensiva no. Es llamativa la comparación con el destino de doña Inés de Atienza, mujer del adelantado Pedro de Ursúa, que fue pasando de mano en mano durante el siniestro y surrealista episodio de Lope de Aguirre por el Amazonas hasta su trágico final.

An aerial view of Marovo Lagoon in the Western Province of the Solomon Islands. Flying over the lagoon and the province’s main town of Gizo, Secretary-General Ban Ki-moon was able to observe the effects deforestation, climate change and natural disasters.
Vista aérea de la laguna de Marovo en las islas Salomón. Fotografía: United Nations Photo (CC)

Quirós quiere abandonar los dos galeones menores, en mal estado, y reciclar el material para la nao capitana, mientras que Isabel ordena salir con las tres naves. Ni que decir tiene que Pedrito la pone a parir, pero tampoco aclara cómo pensaba alojar a tanta gente en un solo barco. La Barreto pone los suministros bajo llave, aísla a los enfermos en una de las naves y la expedición abandona Santa Cruz. A pesar de los ruegos, chantajes, conspiraciones y presiones, Isabel mantiene un férreo control de la comida y el agua, lo que le granjea todo tipo de epítetos por parte del piloto. La situación es desesperada y la adelantada se angustia como todos los demás. Se suceden las protestas, los llantos, los rezos frenéticos. Isabel es muy criticada por usar en una ocasión agua para lavar su ropa. Quirós se convierte en portavoz de los descontentos por el riguroso racionamiento. Y sin embargo, en el momento crítico el milagro se produce: tierra.

En las islas de los Ladrones, los españoles se proveen de los víveres imprescindibles para llegar a las Filipinas. La nao capitana acaba entrando en la bahía de Cobos (Cobo Bay), en donde los indios venden comida a los exhaustos expedicionarios. Isabel, temiendo un motín o una desbandada, prohíbe desembarcar sin su permiso. Un soldado casado —alguna historia posterior se inventa también un hijo pequeño, son los problemas de confundir novela con fuentes históricas— baja a comprar saltándose las órdenes y es condenado a muerte por la gobernadora, que cede ante las súplicas de Quirós. Sin duda son medidas draconianas, pero probablemente sin esta exhibición de dureza nadie la habría tomado en serio. Compárese con la suerte de las otras dos naos, que se perdieron casi al final del viaje: la de los enfermos acabó a la deriva con todos los tripulantes muertos y la otra, que decidió desertar, desembarcó en un lugar controlado por los españoles. Acabaron liándola parda y el gobernador los mandó a Manila encadenados. Este era el material humano con el que se manejó Isabel.

Faltaba el capítulo final, la llegada a Manila. Quirós hizo notar que la nao estaba en muy mal estado (para ello despacha varias páginas en esa lengua romance incomprensible que es la jerga marinera) y sugirió desembarcar artillería, enseres y personal, que ya iría él con los marineros a buscar ayuda «y si eso ya vuelvo». La Barreto, naturalmente, no tragó con esta sucia maniobra, pues eso suponía dar campo libre al piloto para acceder al gobernador Luis Pérez de las Mariñas en solitario. La carrera por una nueva cédula real había comenzado. Contra el pronóstico de Quirós, el barco resistió y el 11 de febrero de 1596 entraba triunfalmente en el puerto de Cavite la «Reina de Saba de los Mares del Sur», como la llamaron, recibida con honores y salvas de artillería. Isabel se casó enseguida con Fernando de Castro, un sobrino del anterior gobernador de Filipinas, ya que necesitaba un marido adecuado para hacer valer sus derechos ante la burocracia Habsburgo.

En este empeño se pierde la pista de Isabel Barreto, pues hay quien dice que viajó con su marido de Perú a España a reclamar, muriendo finalmente en Galicia, y hay quien la ubica de nuevo en Lima, donde fallecería dejando un testamento típico de la alta sociedad hispanoamericana: haciendas, encomiendas y esclavos domésticos. Quirós se movió más deprisa y usó sus contactos con la Iglesia para que el nuevo monarca, Felipe III, le concediera una cédula de exploración. En 1607 descubrió las islas Vanuatu y se especula aún si llegó a tocar tierra australiana, palabra que al parecer acuñó al unir «Austria» con «Austral». Es paradójico si tenemos en cuenta que con el criterio de Quirós, partidario de abrir el acceso a los víveres a gentes poco fiables, es posible que no hubiera vivido para pleitear derechos. La imagen que retrata de Isabel Barreto es partidista e injusta, aunque no puede ocultar los hechos: fue precisamente la «actitud varonil», es decir, la capacidad de liderazgo de la gobernadora sobre subordinados tan difíciles, la que mantuvo la disciplina necesaria en ese trance. Isabel no era una princesa Disney moderna. No sabemos si soñaba o era sensible, pero sí que, a pesar de su lógico miedo y del hándicap de ser mujer en el siglo XVI, supo tomar decisiones controvertidas y valientes, prevaleciendo allí donde muchos homólogos varones habían perecido. Como la gran exploradora que fue.