En Maderuelo se pintó el Paraíso

Vista de Maderuelo. Fotografía de José Javier Martín Espartosa (CC).

Debí ir hace más de veinte años pero no lo hice hasta la primavera pasada. Lo más curioso o extraño es que sin haber ido nunca este lugar era, es, de mis sitios preferidos. Creí que no me hacía falta ir hasta allí y es que me lo habían «traído», o eso pensaba yo, al lado de casa.  Por extraño que suene la montaña había venido a Mahoma. Y, sin embargo, la pasada primavera me obligué a ir. Fue como un deber que arrastraba desde hacía ya demasiado tiempo.

Allí estaba, un racimo de casas de piedra sobre un teso de la meseta castellana. Casas de buena piedra, con sus blasones y con sus sillares dorados, como dorado es el paisaje de trigales que rodea a la villa en mayo. Casas apretadas tras una pequeña muralla que nos da una pista del también dorado pasado del pueblo. «Ve esa casa, era una carnicería; ahí enfrente estaba la botica, y aquella casa de la plaza es el médico. Aquí íbamos a escuela». Esto me respondió el único habitante que encontramos aquella mañana soleada en Maderuelo cuando le saludé con un «qué pueblo tan bonito tienen ustedes». El anciano agradeció el cumplido y me dio buena cuenta de todo lo que hubo en el pueblo mientras caminábamos por la calle principal, desierta como solo un lunes por la mañana puede estar una calle. «Ya no queda nada», repetía con tristeza levantando el cayado.

Estamos en Maderuelo, el que fuera repoblado por el conde Fernán González en el siglo X tras su reconquista, y el que fuera cabeza de la comunidad de villa y tierra del mismo nombre. El esplendor de Maderuelo llegó, como ven, muy temprano; su decadencia también. Ya en el siglo XIII la necesidad de población en zonas más meridionales de la península hizo que la villa empezara a declinar lentamente. Por fortuna nunca lo hizo del todo y todavía podemos ver los recuerdos de su pasada gloria: su puerta almenada, los restos del castillo, las casas blasonadas, la plaza señorial y dos iglesias.

La primera que encontramos, la de san Miguel, reformada en el siglo XVI, formó parte del recinto defensivo y todavía se aprecian en ella las hechuras románicas. La segunda, la de Santa María del Castillo, en la plaza, conserva restos románicos, góticos y mudéjares pese a estar reformada debido a un incendio en el siglo XVI. Y en su lateral un mirador desde el que se descubren los ríos Riaza y Aguisejo embalsados y orondos por las copiosas lluvias de primavera en el pantano de Linares. Al otro lado, cruzando el puente y medio escondido en una tímida arboleda, el lugar que debí visitar hace más de veinte años. El lugar que todos debemos visitar: la ermita de la Vera Cruz.

Una ermita. No se trata nada más que de una pequeña y humilde ermita que se alza a orillas del embalse de Linares. Bajo sus aguas quedó el pueblo del mismo nombre y un puente medieval por el que se llegaba al templo y que asoma en época de sequía. Una ermita, nada más y nada menos. Se cree que el templo que hoy vemos, del siglo XII, sustituyó a una iglesia anterior, seguramente visigoda. De una sola nave y con una cabecera recta y arcaizante fue levantada casi en su totalidad en calicanto con algunas partes de sillería. Vendida en 1896 por el párroco de Maderuelo para pagar obras necesarias en la parroquia del pueblo, fue «redescubierta» y publicada en 1907 por Pedro Mata y Álvaro. Pocos imaginarían que en su interior guardaba un auténtico tesoro. Un tesoro compuesto por uno de los mejores conjuntos de pintura románica patria. Nada menos.

En 1924 se declaró monumento nacional evitando de este modo que corrieran la misma suerte que las pinturas de la vecina San Baudelio. Sin embargo, años después, en 1947, las pinturas tuvieron que ser arrancadas y pasadas a lienzo. El enemigo ahora no era un marchante de arte sin escrúpulos, sino el proyectado pantano de Linares. Las pinturas se llevaron al Museo del Prado, donde se instalaron en 1950 en una capilla de madera que reproduce exactamente su colocación original en el templo. La montaña fue a Mahoma. Por eso nunca tuve prisa por visitar Maderuelo, creí que con el traslado de las pinturas no había aliciente para viajar. Qué error.

El día que llegué las aguas del pantano se habían desbocado y habían entrado en la ermita. La puerta estaba abierta y dentro había algo más de una cuarta de agua. Entré con los pantalones remangados porque quería ver dónde, para qué lugar se habían pintado los frescos que tantas veces disfruté en el Prado. El agua segoviana, helada, me entumeció los pies pero mereció la pena. Todavía se distinguen las improntas de los murales y desde 2011 también pueden verse reproducciones de las pinturas originales.

Las pinturas de la Vera Cruz

La Magdalena. Pintura mural de la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo, anónimo, s. xii. Imagen: Museo del Prado.

Los murales conservados cubrían la cabecera de la ermita. Una cabecera cuadrada y cubierta con bóveda de cañón. En la bóveda, en su clave, aparece un Cristo en majestad con el libro y bendiciendo. Es un Cristo fuera del espacio y del tiempo y a la vez dueño de ambos. Enmarcado en la mandorla mística a la que portan dos ángeles, las cenefas que lo rodean remarcan ese estar fuera de nuestra realidad mundana, de nuestro tiempo humano y de nuestro espacio limitado. Cristo es aquí señor del tiempo y juez, Cronocrator y Pantocrátor. Y entorno a esta Maiestas Domini el resto de pinturas forman un conjunto perfecto de forma y significado. Como el Tetramorfos que aparece en los arranques de la bóveda. Un Tetramorfos de cuerpos humanos y cabezas de animal sobre bandas de color y escoltado por ángeles y querubines turiferarios con los cuerpos y las alas llenos de ojos. Aquí tenemos la miniatura mozárabe, sus modelos iconográficos, llevados a la pared, aumentados.

Esta bóveda del testero forma dos espacios en forma de luna, una en la propia pared de la cabecera, la otra en el espacio tras el arco triunfal. En este luneto aparecen dos escenas divididas por un extraño árbol de ocho ramas (quizá una palmera): a la izquierda la Creación con un Adán levantándose del suelo con ayuda de su creador junto a un frondoso árbol.  A la derecha, el pecado original con los desnudos más maravillosos del románico pleno español, casi me atrevería a decir que del románico. La conceptualidad del románico está toda en esos desnudos, despojados absolutamente de de carnalidad o sexualidad, y sin embargo tan expresivos en su antinaturalismo. Adán se lleva la mano a la garganta donde ya se aloja el fruto del pecado. Y ese árbol ponzoñoso entre Eva y él para dar más contexto si cabe: la ponzoña, las ramas retorcidas; el pecado, en definitiva.

En la pared opuesta, en el luneto  del cabecero, el Agnus Dei, otro motivo propio de los beatos hispanos y, cómo no, la cruz, titular del templo, sujeta por dos ángeles: en la ventana, la paloma personificando al Espíritu Santo. El Cordero apocalíptico no es otro que Cristo, ante el que se postran a un lado Abel y al otro Melquisedec. Representan a los justos pero además son prefiguraciones en el Antiguo Testamento del propio Cristo. En las jambas de los laterales de la ventana la redención representada con la pecadora Magdalena lavando los pies a Cristo a un lado y al otro la Virgen con el niño al que un rey rinde pleitesía. La mujer culpable del pecado original, Eva, la pecadora arrepentida, Magdalena, la mujer madre del Salvador. La mujer como principio y fin, protagonista para mal y para bien.

Los muros laterales que sujetan la bóveda se dividen en dos registros, pero desgraciadamente el inferior se perdió. En el que se conserva aparece una galería de arcos, seis a cada lado, donde se aloja un apostolado en el que se ve a san Pedro vigilante de la puerta de la muralla. Por ella asoman tres cabezas que podrían ser pecadores, incapaces de atravesarla pues la puerta de la muralla no es sino la puerta de la Jerusalén celeste, la Jerusalén apocalíptica. Cuadrada como cuadrada es casi la cabecera, tal y como se indica en el texto juanino. La simetria del espacio es maravillosa: el Paraíso perdido detrás, y, hacia el este, lugar por donde nace la luz, la promesa del Paraíso futuro, la Parusía. Del pecado a la redención y por tanto a la salvación y en ese camino, Dios observa desde la bóveda, porque solo a través de Él se alcanza esa salvación. En esa bóveda, lo circular simboliza el cielo, los muros, la cuadrada Jerusalén, la tierra. En la Vera Cruz está la unión perfecta, «la cuadratura del círculo», la perfección. Porque aquí se pintó el Paraíso, el terrenal y el celeste, el perdido Edén y la Jerusalén prometida, la nueva, donde Dios vivirá entre los hombres y todo será felicidad y belleza.

Por esto hay que ir a Maderuelo pese a que ya no estén las pinturas. Por la belleza del pueblo, declarado uno de los más bonitos de España. Por las bellas leyendas, como la de la doncella muerta, cuya momia puede verse todavía en la iglesia de santa María, o la del maestre templario al que la tradición hizo responsable de llevar hasta Maderuelo el lignum Crucis para el que se levantó la ermita. Por la belleza de la naturaleza como las hoces del río Riaza para las que Maderuelo ejerce de puerta y de campo base perfecto. Porque junto a la ermita, a orilla del pantano, se entiende mucho mejor el conjunto pictórico de la Vera Cruz ya que por un momento, por un instante creeremos estar en el Paraíso. Un paraíso donde Maderuelo se eleva tras la ermita y se refleja en las aguas que también reflejan los rayos de sol.

Ese momento, esa belleza y esa felicidad se convertirán en eternas para nosotros, como la belleza y la felicidad eternas de la Jerusalén celeste que se pintaron en los muros de una humilde ermita.

Información

Pinturas de la Vera Cruz de Maderuelo.

Hay que visitarlas en el Museo del Prado

Ermita y Villa de Maderuelo

Lo mejor es llamar al ayuntamiento para confirmar  los horarios de visita: tfno  921 55 61 10

Para comer/reposar:

Restaurante Veracruz, junto a la ermita, con terraza casi sobre las aguas del embalse. Las vistas son maravillosas.

Pasaje El Molino S/N. Carretera Ayllon Km 29. Maderuelo, 40554

Tfno. 619 75 29 73


Románico y sombreros de cowboy: el valle del Arlanza

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El Arlanza y San Pedro desde San Pelayo.

Supongo que cuando en 1966 Sergio Leone eligió para rodar algunas escenas de la mítica El bueno, el feo y el malo en las estribaciones de la sierra de la Demanda y el valle del Arlanza lo haría por los magníficos paisajes, torcales y cañones de la zona. En la película, el Rubio, Angel Eyes y Tuco se enrolan en una carrera por encontrar un tesoro escondido en un cementerio con la guerra de Secesión como telón de fondo. Lo que quizá no sabía Leone es que este lugar había sido, muchos siglos antes, escenario de otras batallas, esta vez reales, y que estuvo habitado por gente dura y recia, gente de frontera, como muchos de los personajes de sus wésterns. Hasta el valle del Arlanza habían conseguido los cristianos recuperar territorio de al-Ándalus allá por el s. IX y aquí nacieron diferentes condados y señoríos, como el de Lara, subsidiarios del reino de León y que le sirvieron a este como tapón antes las incursiones de los vecinos musulmanes. Con el tiempo esos condados se unificaron en uno, el de Castilla, allá por el 931 y de la mano del conde Fernán González. La progresiva independencia de facto del nuevo condado del reino de León culminaría en el s. XI con el nacimiento del reino de Castilla.

Los hombres que repoblaron estas tierras, vascos, cántabros, astures, godos, mozárabes, eran bien conscientes de que la oferta de tierras y fueros tenía como contrapartida poca seguridad y un estado de alerta y guerra casi constantes. Estos hombres y mujeres castellanos aguantaron los embates enemigos muchas de las veces sin aliados, como cuando en el 987 el propio rey leonés Bermudo II puso pies en polvorosa ante la amenaza de las tropas de Almanzor huyendo a Galicia. García Fernández, hijo de Fernán González, y sus hombres fueron los únicos cristianos empeñados en defender su territorio. La pequeña y joven Castilla, llamada así por estar plagada de torres de defensa, se convirtió de este modo en una especie de milagro y en un canto a la resistencia.

Entonces era Castilla toda una alcaldía,
Magüer que era pobre e de poca valía;
Nunca de buenos homes fué Castilla vacía,
De Cuáles ellos fueron paresce hoy en día.
Varones castellanos este fué su cuidado,
De llegar su señor al más alto estado;
De una alcaldía pobre ficiéronla condado,
Formaronla después cabeza de reinado.

(Poema de Fernán González)

Para acercarnos hoy a esta tierra de caballeros y leyendas y conocerla, nuestra primera parada será en la villa ducal de Lerma. Esta villa herreriana y señorial es capital de la comarca del Arlanza. En su parte alta domina todo el conjunto monumental el palacio del primer duque de Lerma, Francisco de Sandoval y Rojas, del que cuentan que engañó al rey Felipe III pidiéndole permiso para hacer en su nuevo palacio dos torres, de tal modo que consiguió que su palacio tuviera cuatro torres, privilegio real, dos por duque y dos por el permiso real. Esta treta del duque queda sin embargo minimizada si tenemos en cuenta que el poderoso valido real pasó a la historia en coplas que recorrieron todo el país, como la que cantaba: «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado». Y es que don Francisco, acusado de meter la mano en las arcas reales y llevárselo muerto, solicitó a la Santa Sede la dignidad cardenalicia para evitar la justicia civil. Hay otra versión reciente en la que el duque no fue sino víctima de una conspiración por parte de sus enemigos en la corte. Sea como fuere, hoy Lerma conserva el magnífico palacio y el halo de villa noble e importante. Al palacio, hoy estupendo Parador de Turismo y excelente lugar para establecer la base de nuestro viaje, hay que sumar la colegiata de San Pedro, los conventos de San Blas y de Santa Teresa o el convento de las clarisas. En Lerma también se encuentra la tumba de Jerónimo Merino, natural de la villa, sacerdote y guerrillero contra el francés: el famoso Cura Merino. Por si siguen teniendo dudas sobre su visita a Lerma, les recuerdo que en los figones de la ciudad se asa el delicioso lechazo churro y que la sede de la denominación de origen Vinos del Arlanza también se encuentra aquí.

Desde Lerma tomaremos la BU-904, siempre con el río Arlanza a nuestra derecha, vigilante: Bascones del Agua, Quintanilla del Agua, Puentedura… son algunos de los pueblos que iremos encontrando en nuestro recorrido, entre las fértiles tierras de labor de la vega y la vegetación ribereña. Las iglesias tardorrománicas y góticas de estos pequeños pueblos se alzan como estandartes de un pasado que estuvo lleno de prosperidad, de lana de la mesta y de hidalguía. En pocos minutos llegaremos a Covarrubias.

Covarrubias

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Plaza de doña Sancha con la torre de Fernán González.

Esta coqueta villa castellana parece remojar sus pies en el Arlanza mientras la sierra de las Mamblas le sirve de asiento. Cuenta la tradición que fue levantada por el rey Chindasvinto pese a que los registros documentales se empeñen en desdecirlo. Lo que sí sabemos es que Covarrubias fue lugar de descanso de los señores de Lara, debido en gran parte al clima suave del que se disfruta en el valle. En el 972 se constituiría aquí el primer infantazgo castellano por el conde García en beneficio de su hija Urraca.

Las casas de arquitectura tradicional, de adobe y maderas vistas han sido tan mimadas y protegidas que parecen formar parte de las páginas de un cuento infantil. Y paseando por las calles de Covarrubias uno tiene la impresión de estar dentro de ese cuento. Casas tradicionales y magníficas casas solariegas que muestran orgullosas sus escudos. De obligada visita es la colegiata gótica de San Cosme y San Damián y su pequeño pero excelente museo. Frente a la colegiata, la estatua que la villa levantó a la princesa Cristina de Noruega, que en 1257 se casó con el infante Felipe de Castilla. Sus restos descansan en el claustro de la colegiata. En Covarrubias hay que pasear por La Solana, junto al río, mientras dejamos que el sol nos acaricie la cara, y hay que tomarse un café en la plaza de Doña Sancha para contemplar lentamente, casi degustándola, la torre de Fernán González, también conocida como torre de doña Urraca. Esta imponente edificación vigila la villa desde el s. X y el arranque de sus paños nos recuerda a una construcción romana. Quizá se aprovecharon los restos de una construcción anterior para erigir la torre. Varias son las leyendas sobre la robusta torre. Una cuenta que en ella fue encerrada doña Urraca, la infanta, porque rechazó el matrimonio con un príncipe leonés, enamorada como estaba de un pastor. Otra tradición habla del pasadizo secreto que la uniría con la llamada casa de doña Sancha, también en la plaza. Sin embargo, ni ha aparecido pasadizo ni la casa pudo ser de doña Sancha, pues ya es del siglo XV. Por aquí pasearon el equipo y los actores de Leone en una mezcla casi surrealista de arquitectura mozárabe y sombreros de cowboy. Hoy en el bar Chumi todavía recuerdan las partidas de billar que Clint Eastwood jugó entre sus paredes.

El corazón de Castilla

Dejamos atrás Covarrubias por la BU-905, siempre a contracorriente del Arlanza. Enseguida la sierra de las Mamblas hace que el paisaje suave de ribera cambie para convertirse en un zigzagueante cañón donde los torcales sirven a los buitres y alimoches de miradores perfectos. Cambia el paisaje, cambia la comarca, pues entramos en la Demanda, y cambia el olor. Huele de repente a bosque de sabinas, de enebros, de rebollos y quejigos, huele a tomillo. Y súbitamente, tras un recodo, como agazapado, lo encontramos: San Pedro de Arlanza, al que llaman cuna de Castilla. Cuna y corazón.

Según la leyenda, recogida en el poema de Fernán González, fue este el fundador del cenobio. Cuenta el poema que, estando el conde de cacería tras un jabalí, acabaron ambos, jabalí y conde, en una gruta. En semejante lugar vivían tres monjes ermitaños y el conde les pidió disculpas por aquel asalto al sagrado lugar al tiempo que les rogó ayuda contra su enemigo musulmán. Uno de los monjes, llamado Pelayo, profetizó entonces:

Dijo don fray Pelayo al conde su señor,
«O te hago, buen conde esto sabedor,
que quiere tus acciones guiar al Críador:
Vencerás el poder del moro Almanzor».

Tras la profecía, el monje pidió al conde ayuda para su pobre comunidad:

«Mas ruégote amigo y te pido de grado,
que cuando hubieras la batalla ganado,
acuérdate de este convento dañado,
y no se olvide el tan pobre hospedado»

(Poema de Fernán González)

Pero el artífice de San Pedro no pudo ser Fernán González, pues tenemos noticias del monasterio en el 912, cuando Fernán no había nacido. Tampoco lo que hoy conocemos como San Pedro fue lo fundado tan tempranamente. Miren al farallón rocoso que se alza a la derecha de San Pedro. Ahí arriba, dominando la curva del río, está la ermita de San Pelayo, también llamada monasterio San Pedro el Viejo. Por un sendero de unos trescientos metros es posible subir hasta la ermita y disfrutar de magníficas vistas. La enorme roca que hace de cimiento de la pequeña iglesia tiene en su base varias oquedades y grutas que efectivamente pudieron alojar a una comunidad de ermitaños, tal y como cuenta la leyenda. Hoy la ermita es una ruina de una sola nave y planta de salón en la que se superponen lo mozárabe de la cabecera cuadrada seguramente del s. IX, lo románico de su puerta sur, lo gótico de su ventana con la vista más bella del monasterio «nuevo» y lo barroco.

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San Pelayo desde la torre de San Pedro.

Digo «nuevo» pues si los orígenes de San Pelayo seguramente se encuentren en el s. IX, los de San Pedro hay que buscarlos en el X, cuando en torno al 912 el conde Gonzalo Fernández y su esposa Muniadona promueven su construcción. Pero lo que hoy vemos en San Pedro de Arlanza nada tiene que ver con la fundación original. Probablemente la comunidad benedictina no bajó al valle hasta el s. XI, cuando las fronteras y los peligros habían a su vez bajado más al sur. La iglesia románica de San Pedro está datada en el 1080-1081 y fue de las más tempranas del románico castellano. Hoy debemos completar en nuestra imaginación las tres majestuosas naves y la cabecera porque San Pedro, cuna de Castilla, ha pasado desde la desamortización de Mendizábal por un auténtico calvario. Pese al estado de ruina, la visita a San Pedro es obligada. Obligada y sobrecogedora. En la cabecera aún pueden verse los huecos donde los condes Fernán González y su esposa doña Sancha pidieron descansar eternamente. Cuenta la leyenda que cada vez que los ejércitos castellanos entraban en batalla los huesos del conde se removían en el sepulcro, como queriendo guiar a los suyos y luchar junto a ellos desde el otro mundo. Hoy los sepulcros de ambos se encuentran en la colegiata de Covarrubias. Pero tras incendios, derrumbes y expolios todas las joyas del monasterio han corrido igual o peor suerte: su excelente biblioteca se hizo pedazos y se repartió de mala manera, con las llamadas Glosas Silenses, que están en Inglaterra; el sepulcro del caballero Mudarra, en la catedral de Burgos; los maravillosos frescos románicos se conservan entre el MET de Nueva York y el MNAC de Barcelona, y la estupenda puerta románica de la fachada occidental, en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid. Y esto es lo que sabemos. Cuánto ni siquiera sabemos dónde está. Como ven, desde la exclaustración hubo más buitres que los alados que habitan los torcales que dieron buena cuenta del cadáver.

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San Pedro.

Hoy quedan las ruinas, sí, pero también algún capitel de estilo arcaico, las impostas ajedrezadas y los arcos ciegos de la cabecera. Y esos arranques de pilares cruciformes que parecen cortados a sierra y que desde la torre se asemejan a enormes flores. Asoma también la que fue la primera reforma del monasterio, ya en el gótico: el recrecido de la nave central y su cubierta con bóvedas de crucería, obra de Simón de Colonia. El conjunto eclesial está vigilado por una imponente torre del siglo XIII que es lo mejor conservado del conjunto y desde la que se ve nítidamente todo el plano del monasterio. Del que fuera el claustro románico únicamente queda un espejismo de la sala capitular en forma de un par de arcos de medio punto, encajonada entre el ábside derecho y el claustro herreriano. Sobre esta sala del capítulo hubo una sala palatina decorada con magníficas pinturas, sobre todo de animales mitológicos y fantásticos, como el grifo que se conserva en Barcelona. El claustro que sustituyó al románico se construyó ya en el s. XVII. Debieron ser buenos tiempos para el monasterio, pues no solo se levantó este claustro mayor, sino otro más, adosado, para los hermanos legos. La mayoría del resto de dependencias monacales data también de este periodo.

El abandono de este maravilloso lugar de cientos de años quedó, por un breve espacio de tiempo, roto. Fue en 1966, cuando Leone convirtió San Pedro en la misión San Antonio en su película. Este es el lugar en el que Clint Easwood se recupera de sus heridas acompañado del Tuco. En una de las escenas incluso asoma por la ventana la pequeña ermita de San Pelayo.

Benedictinos, condes, caballeros, reyes y pistoleros reunidos en el corazón de Castilla. Y siguiendo sus pasos, nosotros, entre baños en el río y paseos por los bosques. La película de Leone termina con el duelo, o, mejor dicho, trielo, de los tres protagonistas en el cementerio de Sad Hill, lugar donde se halla el codiciado oro. Hoy, gracias a la Asociación Amigos de Sad Hill y con motivo de los cincuenta años del filme, el cementerio, muy cerca de San Pedro, en el pueblo de Contreras, ha visto sus tumbas restauradas y el resultado es espectacular. Recuerden que en una de ellas se encontraba el tesoro, la meta de los protagonistas durante toda la película. Sin embargo, nosotros sabemos que los verdaderos tesoros estaban en el valle del Arlanza y la sierra de la Demanda desde hace siglos y que, pese a las vicisitudes, todavía hoy podemos seguir disfrutando de ellos. Disfrutando del corazón de Castilla.

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Sad Hill.

Fotografía: Pepe Herrero

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Pistas

Para dormir:

Parador de Lerma
El palacio del Duque de Lerma, magnífica e imponente construcción herreriana.
Plaza Mayor, 1, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 177 110
www.paradores.es

Casa Rural Las Mamblas
Amplia y equipada casa rural en el centro de Covarrubias. Estupenda para familias o grupos de amigos.
Tlf.: 947 40 65 52
http://www.casagalin.com/casarural/

Para comer:

Asador Casa Brigante
Estupendo lugar para tomar lechazo churro rodeados de uniformes, armas y objetos de la guerra de Independencia.
Plaza Mayor, 5, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 17 05 94

Restaurante Galoria
Cocina renovada, excelentes tapas y vinos, y un patio encantador.
Calle Mayor, 21, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 15 07 07

Fonda Caracoles
Especialistas en preparar las excelentes setas de la zona.
Calle Don Luis Cervera Vera, 10, 09340 Lerma, Burgos.
Tlf.: 947 170 563
www.asadorfondacaracoles.es

Restaurante Casa de Galo
No hay que irse de Covarrubias sin probar su chuletón.
Calle de Monseñor Vargas, 10, 09346 Covarrubias, Burgos.
Tlf.: 947 40 63 93