Más raro que un Mundial sin Italia

Francesco Totti y Michael Ballack en el Mundial 2006. Foto: Cordon.

Hacía mucho tiempo que no nos tomábamos una cerveza. La última recuerdo que fue en Campo de’ Fiori, en Roma, delante de la estatua de Giordano Bruno. Él venía de Nápoles extasiado por la devoción de la ciudad partenopea hacia Diego Armando Maradona. Aquella noche romana, en las pantallas, televisaban el Alemania-Polonia del Grupo C de la pasada Eurocopa en Francia, que terminó 0-0 en Saint-Denis. Esta semana, con la excusa de que iba a pasar unos días en España, después de un tiempo sin quedar, coincidiríamos. Admiro mucho de mi amigo Juan Antonio Pineda cómo convirtió la pasión por el célebre esférico en un oficio vital. Estoy seguro de que para él, igual que para mí, la vida se divide en Mundiales. Una década después de conocernos, hoy trata el fútbol con la misma seriedad que ayer: «Si trabajas en algo que te gusta, no trabajarás ningún día de tu vida» es una de sus máximas. Hoy es periodista de Radio Marca en Sevilla.

«¡Que sean dos!», le dice él al camarero. Tras actualizarnos acerca de cómo nos van las cosas, pedimos las primeras tapas, que me sentarán tan bien como a él su última amatriciana. Inevitablemente, terminamos hablando del deporte rey. Y de nuestros primeros recuerdos futbolísticos. El suyo es de 1994. Era mediados de julio y se encontraba en la costa de Málaga, de vacaciones con su familia. Su padre, que seguía el Mundial de Estados Unidos, le contó a su hijo, en varias ocasiones, la importancia de la nueva final, que será esta vez entre Brasil e Italia. Según su padre, con razón, eran «las selecciones que más títulos habían ganado en la historia». Efectivamente, tres Copas del Mundo para Brasil (1958, 1962 y 1970) y tres para Italia (1934, 1938 y 1982). «Aunque tuviera solo cinco años, ese día intuí, en el salón junto a mi padre, que países como Brasil o Italia, de alguna u otra manera, siempre son importantes en los Mundiales», dice Pineda. Pero en esa jornada, sin embargo, el destino no estuvo a favor de Italia: tanda de penaltis y lanzamiento por encima del larguero para Roberto Baggio, ante la alegría de Taffarel. Eran las tres de la tarde, hora de Los Ángeles. Aquel 17 de julio, la Italia de Arrigo Sacchi abandonaba el sueño de establecer una continuidad con los azzurri de Dino Zoff del Mundial de España en 1982. Y tardará una década en recuperarse.

Tras otro par de cañas, hablamos del Mundial de Rusia. Como si le tocara de cerca, veinticuatro años después de aquella final en el Rose Bowl de Pasadena, California, Pineda me suelta: «¿Qué raro un Mundial sin Italia, no?». Ante mi indignación, como para animar, asegura: «Un Mundial sin Italia no es un Mundial». La noche que la azzurra fue apartada de esta Copa del Mundo, a mediados del pasado noviembre, jugaba contra Suecia. En ningún momento había seguido personalmente las clasificatorias para Rusia: en fin, la —mala— costumbre de participar siempre de las selecciones grandes. Así pues, cuando tuvo lugar ese partido decisivo, esa noche estaba en el cine. Al salir, el taquillero está mirando fijamente una pequeña televisión, sin pestañear. Veo que hay un partido y le pregunto: «¿Qué ha pasado?», dando por descontado de que se trataba de un club. «Italia está fuera del Mundial», me contesta. Creía que era una ironía, una alusión a un futuro lejano si nadie le ponía remedio. «¡Venga ya! Está de broma…». Que no, que no. El señor, indignado, señala a la pantalla: «Como le digo, Italia está fuera del Mundial». La primera imagen que veo es la de Buffon, el portero de los récords, llorando. Efectivamente, no podrá hacer historia participando en su sexto Mundial. Ninguna selección italiana, en los últimos sesenta años, ha protagonizado un Mundial desde el sofá.

La prensa italiana e internacional dará noticia de lo ocurrido al día siguiente como un auténtico fenómeno histórico y social, más allá de lo deportivo. ¿Por qué? ¿Acaso no falta también Holanda en este Mundial? No es lo mismo. Una Copa del Mundo rompe con la tradición si faltan Alemania, Brasil, Italia o Argentina. Son las que más han ganado, suman quince Mundiales juntas. Son las que siempre dan miedo, aunque por supuesto no sean invencibles.

¿Tanto peso puede tener el pasado en el fútbol? Un equipo con los mismos once jugadores titulares en teoría es idéntico, aunque sea en dos partidos distintos. Sin embargo, en el fútbol, cada alineación y su comportamiento es diferente en cada encuentro. Como las células de un mismo cuerpo humano, que cambian dejándonos iguales. Por ello, el pasado en el fútbol cuenta y mucho. Las gestas heroicas corren por las piernas de cualquier sucesor: en un descampado o en el césped, entre amigos o ante una eufórica hinchada. Son el estímulo que une pasado y futuro en una misma esencia. De ahí la importancia del gol de Torres en 2008 y el de Iniesta en 2010. Son los precedentes necesarios para quienes vengan detrás, algo que España nunca tuvo. Como diría el gran maestro Arrigo Sacchi: «Es el indiscutible peso de la historia».

En el imaginario popular, la bestia negra de España, hasta hace bien poco, era Italia. Un símbolo de ello fueron aquellos cuartos de final de Estados Unidos 94, con el famoso codazo de Tassotti a Luis Enrique. Por cierto, los italianos no saben de qué estamos hablando. En serio. Salvo que se trate de forofos del balompié con memoria envidiable, la gran mayoría de los transalpinos apenas conoce que hubo una nariz que hizo correr ríos de sangre por el rostro de un centrocampista español. A menos que tengan un amigo español justamente resentido. El codazo de Tassotti será el emblema de que España, incluso físicamente, no merecía llegar nunca a una semifinal. Todo cambiará para la Roja a partir de 2008, con aquellos cuartos de final contra Italia en la Eurocopa de Austria y Suiza. Antes de los penaltis, el temor de «no pasar de cuartos» era real y fundado. Pero, tras el gol acertado de Fábregas, esa victoria sabía ya a media copa. En ese mismo instante, España abatió el muro de su propia historia. En comparación, la final con Alemania era pan comido —sic—. Luis Enrique, catorce años después, tuvo su revancha mirando la pantalla. Y su tabique nasal también.

Muchos equipos tienen su propia bestia negra, no solo España. La de Italia, por ejemplo, siempre fue Francia. Una aclaración: para Italia, Alemania fue, es y será siempre el eterno rival: respetado, apreciado, temido y a menudo vencido. Con el tiempo, el mérito ha repartido gloria a partes iguales entre Roma y Berlín. «Italia 4 – Alemania 3», de la semifinal de México 70 se ha convertido en un icono del fútbol del siglo XX, un sinónimo de clasicismo: Riva, Rivera y Mazzola frente a Beckenbauer y Müller. El célebre periodista deportivo italiano Gianni Brera (1919-1992) calificará el partido el día siguiente con estas palabras: «El fútbol jugado ha sido mediocre desde una óptica técnica y táctica. Pero desde el punto de vista competitivo, y por tanto también sentimental, ha sido una verdadera exquisitez». Hoy en día, en una placa conmemorativa en el Estadio Azteca de Ciudad de México se puede leer: «Homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3), protagonistas en el Mundial de 1970 del Partido del Siglo». La final la ganará Brasil 4-1. Con Pelé.  

La diferencia entre un eterno rival y una bestia negra está en la forma en la que el mérito juega o no su propio papel, en detrimento de la suerte, para desafiar el destino. Frente a una bestia negra hay solo que esperar lo mejor y ya está. Y la bestia negra de Italia, en ese sentido, siempre fue Francia. Todo empezó en México 86, cuando la Francia de Platini elimina a Italia, entonces campeona del mundo, en octavos de final por 2 a 0. La siguiente tortura para los azzurri será en 1998, con Cesare Maldini como seleccionador —y entrenador de su propio hijo, Paolo, que merecería un reportaje aparte—, en el Mundial que vio a los galos anfitriones de la Copa del Mundo con Zidane, Blanc y Djorkaeff como embajadores. Así pues, cuartos de final en el Stade de France con un 0-0; y tanda de penaltis con un Di Biagio que, a diferencia de su predecesor cuatro años antes en Pasadena, esta vez fallaba dándole de lleno al larguero. Para la alegría del portero francés Barthez.

En la Eurocopa del año 2000, organizada por Bélgica y Holanda, Italia se enfrenta a ambos anfitriones. Primero fue un 2-0 con Bélgica en la fase de grupos y luego una apasionante semifinal con la Holanda de Cocu, Davis, Kluivert, Bergkamp y los hermanos De Boer. Para variar, el 0-0 llevará a los azzurri nuevamente al fatídico punto blanco colocado a once metros de la portería. No sin razón, los italianos hablan ya, desde hace años, de los maledetti rigori. Pero la suerte parece apoyar a los transalpinos, que se sienten cada vez más seguros. Icono de esa seguridad será por ejemplo Francesco Totti, quien ejecutará a la perfección un penalti a cucchiaio, es decir, a lo Panenka. El portero holandés Van der Sar no dará crédito. Italia, así pues, estará nuevamente en una final después de seis años… con Francia. Del Vecchio marcará en el minuto 55, pero el entrenador italiano, Dino Zoff, sigue impasible como de costumbre, por si las moscas. Llegados al minuto 90, se conceden otros cuatro de descuento. Y precisamente a unos pocos segundos del final del partido Wiltord dará otra posibilidad a Francia. Italia se derrumbará moralmente y en el minuto 13 de la prórroga Trezeguet sellará el gol de oro —muy parecido al de Zidane en la final de Champions contra el Bayer Leverkusen, dos años más tarde— que le permitirá a Francia ser la primera selección en ganar Mundial y Eurocopa seguidos. Por cierto, menos mal que quitaron los goles de oro. Eran demasiado crueles para los derrotados. Benditas prórrogas completas.

Estos hombres de leyenda necesitan una frase para ellos solos, aunque sea de solo dos palabras. Gianluigi Buffon. Fabio Cannavaro. Alessandro Nesta. Gennaro Gattuso. Andrea Pirlo. Luca Toni. Filippo Inzaghi. Alessandro Del Piero. Francesco Totti. Marcello Lippi. Así, sin unas comas que los conviertan en un mero listado. Todos ellos, juntos, dibujaron en 2006 una nueva Copa del Mundo para Italia. Su mejor partido será, cómo no, con su eterno rival, Alemania. Klose, Schweinsteiger, Metzelder, Ballack y Podolski serán los anfitriones para un Mundial ende Alemania. El Westfalenstadion de Dortmund será un escenario casi enteramente blanco, en una semifinal intensa que se mantendrá en el 0-0 incluso durante toda la prórroga. Falta un minuto para empezar la enésima tortura de los penaltis e Italia, por obvias razones, estaría sola. Sin embargo, en tan solo un minuto tendrá lugar todo aquello que hará de este partido el mejor encuentro de Italia en el siglo XXI. Buscadlo en Youtube, en serio. Solo cuatro nombres: Pirlo, Grosso, Gilardino y Del Piero. Dos goles en un minuto y pasaporte para la final en Berlín. Un partido único, digno sucesor del 4-3 de 1970. La semifinal de 2006, así pues, será más importante que la propia final, donde Italia ganará finalmente a Francia en los penaltis, para variar, neutralizándola como bestia negra. Atrás quedarán los maledetti rigori. Y de paso también el cabezazo de Zidane en el pecho de Materazzi.

Los últimos doce años de la selección italiana, marcados en esencia por la falta de grandes leyendas —a excepción de Pirlo—, han oscilado entre la calidad sin resultados y la mediocridad por la falta de espíritu. Italia estuvo muy cerca de una nueva copa en 2012, pero el 4-0 de la final de Kiev contra la Roja hará de España, definitivamente, la nueva bestia negra de Italia. Quién lo iba a decir. España, así pues, pasará a la historia por ser la primera en conseguir el trío Eurocopa-Mundial-Eurocopa. La última Eurocopa de 2016 dio nuevas esperanzas a la azzurra entrenada por Antonio Conte, consciente de la virginidad futbolística internacional de muchos de sus integrantes. El grupo por él creado será sólido y deseoso. Sin embargo, por cosas del destino, Italia cayó, cómo no, en los penaltis y de la mano de su eterno rival. Diez años después de la hazaña de Grosso y Del Piero en el Mundial germano, los alemanes tuvieron su justa y merecida revancha en los cuartos de final. Quitando los pésimos penaltis fallados por Pellè y Zaza, objeto de mofa nacional en su país, muchos italianos se preguntaron si ese equipo podría haber sido realmente una buena promesa.

Lo cierto es que es increíblemente raro asistir a un Mundial sin Italia, como bien dice mi amigo Pineda. Por supuesto no es el único que me ha transmitido su extrañeza por una Copa del Mundo sin la azzurra. Es como organizar una fiesta sin ese alguien que sabemos que nos gusta. Es curioso, porque es precisamente en Italia donde sus futboleros son los primeros que, en el relativismo extraordinario que los caracteriza, viven el Mundial con normalidad, teniendo claro que la vida sigue, faltaría más. Están demasiado acostumbrados a la mediocridad en política como para que el Calcio no sea algo serio. Si no se hacen bien los deberes, es mejor no estar. Al final va a ser verdad que este año Italia brillará por su ausencia.


Fernando Torres: «Galicia ha marcado mi vida entera»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 11.

Recuerdan los treintañeros de Corcubión —un pueblecito en el corazón de la Costa da Morte— a un niño madrileño con pecas que gastaba agosto jugando al fútbol frente al mar gallego. Solía participar en los torneos de fútbol sala que se celebraban todos los veranos y competía con chavales tres y cuatro años mayores que él. «El cabrón —dice un vecino— no hacía nada espectacular, ninguna filigrana especial. Pasaba desapercibido, pero acababa el partido y el niño aquel había metido ocho goles». «Es que no sé hacer esas cosas», dice aquel niño, hoy convertido en jugador profesional e ídolo inapelable del Atlético de Madrid. «No sé hacer chilenas, espuelas y esas cosas. Yo juego al fútbol y marco goles. Me lo decía Luis Aragonés: «niño, usted clink, clink. A marcar goles. Olvídese del resto». Se trata de reducir a la máxima sencillez la complejidad del juego. Y así entiende también el resto de su vida Fernando Torres. Reduce preguntas con aspiraciones complejas a respuestas sencillas como un remate. «El Niño» recoge la pregunta, encoge los hombros, amaga una sonrisa y responde a gol. No rehúye un solo balón. Se puede llamar madurez. La madurez del Niño a quien, con diecisiete años, le dijeron que tenía que salvar al equipo de sus sueños.

Me explicaba Juan Tallón, gran atlético y mejor escritor, que tu carrera se puede sintetizar en un esquema de nombres propios de grandes entrenadores: Luis Aragonés, Rafa Benítez, Roberto Di Matteo, José Mourinho y Cholo Simeone. Y sin embargo tú siempre has dicho que el que más te ha marcado ha sido tu entrenador en juveniles, Abraham García.

A veces te encuentras gente en el camino que en ese momento son importantes solo hasta un punto. Pero con el tiempo te das cuenta de que no los olvidas, que las cosas que te quisieron enseñar y no entendiste, las entiendes más adelante. Me pasó con Luis Aragonés y con Rafa Benítez, pero sobre todo con Abraham García, tal vez por ser el primero. Tengo treinta y un años y setecientos partidos como profesional y me sigo acordando de él. Fue muy importante: yo era cadete y jugaba con los juveniles del Atlético de Madrid y de ahí salté al primer equipo, que estaba en segunda división. Algo que debería haber llevado bastantes años yo lo hice en menos de dos. Fue fundamental tener a alguien como Abraham, que me hablase de lo que iba a pasar. Quizá en ese momento no sabía bien lo que me decía. Fue el primero que me habló de cuidar mi imagen, de la importancia de ser un buen compañero, de hacer caso a mis padres. El fútbol empezaba a cambiar y Abraham lo sabía. Yo no entendía de qué me hablaba, tenía dieciséis años y solo quería marcar goles. Pero él me puso en alerta de lo que venía y lo tengo muy presente. Además me enseñó a jugar al fútbol.

¿Te refieres a que te enseñó a ver más cosas además de meter goles?

A pensar. Me enseñó a pensar. El futbolista madura con la edad. Cuando tienes veinte años no piensas como con treinta. Tienes más condiciones físicas entonces, pero la experiencia te la dan los partidos. Él me enseñó muy temprano a moverme, a entender el juego, a saber por qué la pelota va a un sitio y no a otro y a estar ahí para llegar antes. A observar a los compañeros y entenderlos. Me pasó lo mismo con Luis Aragonés. Me decía cosas que yo no entendía y luego, llegaba un partido o una jugada y decía «coño, esto ya me lo había explicado Luis hace años». Hablaba de una manera que no se refería a un momento puntual, sino que puedo aplicarlo años después a muchas situaciones. Cosas que se me han quedado en la cabeza.

Si tuvieras que escribir un reportaje sobre tu carrera, ¿con qué imagen abrirías el texto? ¿Con qué descripción?

Yo con cinco años tirando tiros a mi hermano, que era portero, y sin ganas. Obligado por él [se ríe]. No me gustaba el fútbol de pequeñito. Nada. Tampoco lo seguía. Mi padre es gallego y seguíamos un poco al Deportivo porque veraneábamos siempre en la Costa da Morte, pero me empezó a interesar de verdad por mi abuelo. Tenía en su casa un platito con un escudo del Atlético y yo le preguntaba: «Abuelo, ¿y esto?». Le veía irse a escuchar el partido por la radio a la calle y no podía ver al Atleti por la tele porque se ponía muy nervioso. Y fue el que me hizo despertar mi curiosidad por el fútbol.

Pero entonces te interesó antes el Atleti que el propio fútbol.

Sí. Me llamaba la atención por qué tenía ese escudo en aquel plato si no podía ver los partidos por la tele. Empecé a verlos por él y me hice del Atleti. Y solo entonces me empezó a gustar el fútbol, cuando los otros niños llevaban años coleccionando cromos o jugando a las chapas de futbolistas.

Y en ese proceso de acercamiento al fútbol también Galicia es importante.

Galicia ha marcado mi vida entera. De ahí es mi padre, allí conocí a mi mujer, nació mi hija… Cada verano suponía el momento que estaba deseando que llegara desde que se acababa agosto. Por la mañana iba a la playa de Cee con mis amigos y por la tarde al pabellón de Corcubión a apuntarnos a los torneos. Ese mes lo pasaba increíble.

Has dicho en alguna ocasión que, de tu pandilla de amigos de Madrid, tú eras el peor técnicamente. Y sin embargo eres el único que ha llegado a profesional. Dice bastante de cuántos factores se necesitan conjugados para llegar a la élite, más allá de las condiciones innatas.

Es que yo creo que condiciones tiene todo el mundo al que le guste el fútbol. Si algo te gusta y tienes interés, vas a hacerlo bien. El problema es que bien no es suficiente, porque hay mucha gente. Siempre hay alguien mejor que tú, en todo. Se trata de hasta dónde quieres llegar. Hay un momento en el que tienes que ser consciente de que no puedes pasar de ahí y en la mayoría de casos ese límite impide llegar a profesional. Yo de pequeño nunca pensaba en llegar a nada. Es que yo nunca he sabido hacer estas cosas que hacen los jugadores, de la pierna por arriba y malabares y esas cosas. Luis Aragonés siempre me decía: «Niño, usted no aprenda a hacer esas cosas que eso no vale para nada. Usted clink, clink. Gol, gol, gol». A mí nunca me han llamado la atención esos jugadores que la controlan de tacón. O esos pases mirando para otro lado. Ni de pequeñito. Sentía que se perdía tiempo y que al final el fútbol era otra cosa. Desde los seis años que empecé a jugar al fútbol hasta los diecisiete que debuté, he conocido a muchísimos compañeros con muchas más condiciones que yo, pero no entendían lo que era el fútbol. El fútbol no es eso. Eso son complementos. Si los tienes son un tesoro, porque es un recurso, pero no es fútbol. Y muchos niños se equivocan con eso porque al final esas cosas son las que están todo el día en las televisiones. En los anuncios que nos hacen hacer, tacones, chilenas y esas cosas. El fútbol no es eso.

¿Qué es entonces lo que necesita un jugador más allá de la técnica para dar ese salto entre amateur y profesional?

Depende de la posición y de la persona. Hay muchísimos factores. Creo incluso que hay jugadores de primera división en España que nunca podrían jugar en la primera de otras ligas como Inglaterra o Italia. Y viceversa. Es que ese salto es muy difícil. No vale solo con ser técnico: hay que ser competitivo, hay que ser fuerte, hay que entender lo que pide cada partido… Y aprovechar la oportunidad, que es lo más difícil.

¿Y el factor psicológico? Supongo que no es lo mismo jugar una pachanga que en un estadio con sesenta mil personas. Y en tu caso más: debutaste con el primer equipo del Atlético con diecisiete años y saltando directamente desde el juvenil.

Yo pasé de estar un fin de semana en la grada viendo al equipo a estar el siguiente en el campo. Yo jugaba en los juveniles, me lo pasaba bien, marcaba goles, pero no tenía el reto de llegar al primer equipo. No lo veía como algo cercano ni me obsesionaba. Si llegaba, llegaba. Para mí jugar un solo partido con el primer equipo hubiera sido suficiente. No tenía presión ni en casa se hablaba de eso. Si en alguna categoría hubiera estado en el banquillo, lo hubiera dejado, porque no me hubiera merecido la pena hacer dos horas de autobús para ir a entrenar. Me habría ido al equipo del barrio y jugado allí. Yo no tuve tiempo para asimilar que estaba en el primer equipo. Llegó de repente y creo que eso me ayudó. Cuando me di cuenta de dónde estaba metido ya era tarde para echarme atrás. Cuando comprendí todo lo que conlleva un club profesional, cuánto sufre la gente, ya estaba metidísimo y por eso no me dio vértigo. Otros chicos tienen marcada esa fecha como un reto y cuando llega se dan cuenta de que hay muchísimas más cosas aparte de jugar. Y les puede.

¿Y cómo se gestiona eso? ¿Cómo se maneja la cabeza de un chaval de veinte años al que todos adoran, en el que todos confían y que se convierte en un icono?

Eso me lo decía Luis Aragonés. Cuando yo coincidí con él con diecisiete años me decía, «Niño, no lea la prensa. No les haga caso porque están construyendo un pedestal y cuando le tengan arriba de todo le van a dar un hachazo en la base y se va a dar cuenta de lo que es la realidad». No entendía muy bien a qué se refería hasta que estuve fallón dos o tres partidos, no jugué bien y dije «Mira, era esto lo de Luis». Efectivamente, veo chavales muy confundidos. Con presión en casa, que los padres no les dejan disfrutar, les exigen. O con ídolos o ejemplos de jugadores que no son los mejores.

Hay una corriente creciente de aficionados que se posicionan —nos posicionamos— en contra del llamado fútbol moderno, este fútbol-negocio de hoy en día supeditado a las televisiones, los fichajes y el marketing que hace que los estadios se vacíen y la esencia se pierda poco a poco.

El fútbol es un negocio. La ley de la oferta y la demanda. Hay muchísima oferta y mucha gente que saca partido. Sin embargo, desde el punto de vista del futbolista el fútbol es de los futbolistas. Y si alguien se tiene que llevar lo que produce el fútbol son los futbolistas, que son los protagonistas. El problema es que los futbolistas no controlamos la liga. Ni los horarios: a nosotros nos encantaría jugar un partido por semana nada más, jugar a las cinco de la tarde con el campo lleno y con precios asequibles. Pero no mandamos. Las televisiones en España controlan todo. En Inglaterra es distinto. He estado allí y sé cómo funciona. ¿Por qué la gente llena los campos? ¿Por qué los equipos llevan cuatro mil o cinco mil aficionados visitantes? Porque no pueden ver a su equipo en la televisión. O van al campo o no lo ven. Y si no lo ven, no pueden ver los resúmenes hasta el lunes. Allí, si tú quieres disfrutar de tu equipo, tienes que ir a verlo. Eso es el fútbol. Todo lo demás es otra cosa. En España hay cultura de ver el partido siempre y en cualquier sitio. Es un gran negocio. No es fútbol. El fútbol está en el estadio.

¿Entonces en España el fútbol está perdiendo su esencia?

Lo puedes comprobar en la televisión, cada vez que ves un campo vacío. Deberíamos devolver el fútbol a la gente porque ellos son los que producen todo, los aficionados.

Sinceramente, ¿hasta qué punto es importante la hinchada para un jugador profesional? Decía Molina, exportero del Atlético y del Deportivo, que a él le daba igual jugar en casa que fuera.

A mí me encanta jugar en casa. La afición influye mucho en mí. Yo considero importante meterte en el partido en el campo y en la grada. Contagiarte del entusiasmo cuando están apretando o saber aislarte si hay pesimismo. Hay que interpretar también lo que hacen los hinchas. Y lo mismo fuera: cuando tienes a cuarenta mil aficionados en contra cuesta más aguantar el balón, no escuchas al compañero, no conoces el campo. Parece una tontería, pero no te resultan familiares los colores, no estás acostumbrado a la iluminación… es un sitio que no controlas. En tu campo estás con tu gente. Y cuanto más te apoye tu afición y más te perdonen los fallos, más opciones tienes de hacerlo bien.

Un tema delicado que afecta al mundo de las gradas es el de los grupos ultras. Los jugadores no soléis hablar de ello. En España hay una demonización pero la mayoría de clubes siguen considerando a estos grupos muy importantes.

Para mí es muy sencillo: lo que no puede haber en un campo de fútbol son delincuentes. Ya está. El resto, bienvenido. Gente que viene a animar o que el equipo es una religión para ellos, bienvenidos.

Y sin embargo las medidas actuales de la liga no atañen solo a los posibles delincuentes, sino que también prohíben banderas, bufandas, ciertos cánticos o hasta ver el fútbol de pie.

La gente ahora se burla de las medidas y las hinchadas cambian palabras en los cánticos a modo de broma para que no les sancionen. Pero esto no es ninguna broma. No me parece ninguna tontería. A mí me da vergüenza ver a alguien insultando a un jugador. Muchísima vergüenza y pena si tiene un niño al lado. Yo lo veo cada vez que juego en un campo rival: nos insultan con niños de la mano. ¿Pero en qué país vivimos? Eso no es fútbol. Yo ahora tengo niños y no sé si quiero que vayan a un campo de fútbol. Eso en Inglaterra no lo he visto, llevaría a mis hijos a un partido en Inglaterra sin problema. Lo que tampoco puede ocurrir es demonizar a todos, llamar ultra a alguien porque vea el fútbol de pie en el fondo del estadio. Allí hay de todo, desde abogados a profesores pasando por fontaneros. Yo he ido al fondo del Calderón de crío y no era ningún delincuente.

Tras siete temporadas en el Atlético de Madrid, convertido casi en leyenda, te vas a Inglaterra, al Liverpool. ¿Por qué?

Igual que fue cumplir un sueño debutar en el Atlético y pasar de la grada al campo, fue complicado vivir los últimos años. Me tocó una época de muchos problemas, con una intervención judicial, con problemas sociales y deportivos, con un equipo de media tabla… Yo lo aceptaba encantado porque estaba viviendo mi sueño, pero de pronto se convirtió en responsabilidad. Veía que no podía cambiar la situación, sentía la necesidad de cambiar todo y no podía. Y era un peso enorme. Llegué a sentir que el club se estaba centrando demasiado en mí y yo obstaculizaba que el equipo pudiera mejorar. Era muy extraño. Yo quería seguir, pero estaba seguro de que si me iba el equipo iba a dar un empujón para arriba.

Y así fue.

Y así fue. Yo pude crecer y el club pudo crecer. Sentí un alivio tremendo. Igual fue azar, pero lo que tenía en la cabeza que iba a pasar si me marchaba, pasó.

Allí coincidiste con Rafa Benítez como entrenador.

Rafa me cogió en un momento muy bueno. Estaba en paz conmigo y con el Atleti. Todos mis sentidos estaban en crecer y disfrutar. Su aportación fue distinta a la que experimenté con Abraham o Luis.

¿Muy distinto un vestuario inglés de uno español?

Bueno, es que en el Liverpool había mucho español. Estaba Xabi Alonso, Reina, Arbeloa y argentinos como Mascherano, Insúa… Y todo el staff de Benítez era español. Entonces el ambiente no era tan diferente. La gran diferencia para mí fueron los entrenamientos. Eran muy, muy profesionales. Cada entrenamiento parecía un casting que había que hacerlo perfecto para entrar en la siguiente alineación.

Y estaba Steven Gerrard.

Hasta que lo conocí yo nunca me había puesto una meta. Debuté en el Atleti, jugué en primera, me fui a Liverpool… Iba quemando etapas y dando pasos, pero sin un objetivo claro. Solo quería disfrutar y hacer goles. Gerrard me cambió la manera de entender las cosas. Recuerdo que en mi primer año en Liverpool quedé tercero en el Balón de Oro y fui con él a la gala porque él también estaba en el once ideal de la FIFA. En el avión de vuelta me dijo que no me preocupara, que yo ya ganaría muchas más cosas y que podía ganar el Balón de Oro. Estuvimos hablando todo el viaje y yo sentía que de verdad pensaba que yo podía ganar todo lo que quisiese. Y a partir de ahí, vi que tenía que intentar llegar a todos los objetivos. Ver que él creía en mí me hizo cambiar. Jugué mis mejores años. Solo saber que él estaba en el campo me hacía mejor. De los ochenta o noventa goles que marqué aquellas temporadas, el 90 % son gracias a él.

Hay jugadores que solo con su presencia ya ayudan al equipo.

Hay jugadores distintos. Que los árbitros y los rivales miran de una manera diferente. Que cogen la pelota y tienen tres tíos alrededor y nos dejan a los demás libres. Son jugadores con los que tienes que asociarte. Yo vivo de esos jugadores. Vivo de jugadores como Gerrard o como Xabi. Miran hacia adelante y ya sabes que ellos te ponen la pelota donde les pidas. Donde y cuando quieras.

Es que a veces los aficionados ven a los futbolistas como figuras iguales y hasta deshumanizadas. A uno le sale un mal partido y ya se especula con que si es malo o que no sirve. Igual es que la noche anterior durmió mal. O le dejó la novia. Eso nunca lo piensa el aficionado.

Es que eso pasa en todos los oficios del mundo. Hay muchísimos factores que influyen en un partido, lo que pasa que hay que dejarlos a un lado porque a nadie le importan. La gente está esperando algo de ti y le tienes que dar eso. No hay otra opción. Imagínate que salgo y digo «hoy jugué mal porque mi niño estuvo toda la noche llorando y no pude dormir». Impensable. Me comen.

Pero a veces ocurren cosas así.

Claro que ocurren. Pero te las comes, como cualquier otro trabajador que va a su puesto sin dormir porque el crío le dio la noche. Lo mismo. Lo que pasa que a nosotros se nos mide por un solo día: el del partido. Igual has entrenado espectacular toda la semana y el día de partido no te salen las cosas. Pues has perdido una oportunidad.

Hay un añadido en vuestra profesión que sí os hace diferentes: la tremenda atención de la prensa. Si en tu trabajo no te salen las cosas o en un torneo de tu barrio no das una, pues apechugas tú. Pero vosotros tenéis que leer o ver las críticas públicas al día siguiente. ¿No te pasa eso por la cabeza mientras juegas?

A mí no. Es verdad que con veinte años acabas el partido, lo analizas y dices: «Mañana la que me va a caer». A estas alturas ya me importa poco. Lo que sí me afecta es que afecte a mi familia. Que se preocupen por mí.

Pero a veces la prensa tiene mucho poder. Y puede llegar a hacer daño a algún futbolista.

Sí. Si tienes a cincuenta mil tíos en la grada que leen todos los días cosas malas de un jugador, pues están condicionados. Eso sí lo notas. Compañeros que salen incómodos, que pierden la pelota y se escucha un rumor. Eso afecta porque a veces la prensa crea realidades sin fundamento. Si tú mañana escribes en este reportaje que me has visto triste, mañana otro periodista me va a preguntar si estoy triste y otros medios hablarán de que si estoy triste. Y de pronto, una historia inventada se convierte en real. Es muy difícil controlar eso.

¿Qué opinas de la prensa deportiva española?

[Sonríe ampliamente]. Hay de todo. Va un poco en paralelo a los futbolistas: hay jugadores a los que les gusta mucho el fútbol, a otros no, a otros les gusta todo lo que conlleva… Los periodistas supongo que lo mismo: habrá a los que les encante el fútbol, habrá otros dolidos porque no han llegado a ser futbolistas y critican, otros forofos… Pues habrá de todo.

Más allá del fútbol, ¿qué te ha dado Inglaterra?

Un idioma. También una manera diferente de ver las cosas. La gran diferencia para mí es que en Inglaterra la gente vive más su vida que la de los demás. En la España que yo dejé no ocurría eso. Ahora creo que ha cambiado: la gente es más consciente de lo que necesita, de lo que de verdad es importante.

¿Crees que el fútbol es importante?

¿Para qué?

Para una sociedad. ¿Es importante que exista una competición de fútbol?

Cualquier deporte que despierte sentimientos es importante. Se pueden conseguir muchas cosas a través de los sentimientos y el fútbol despierta muchísimos. Pero hasta ahí. Yo a la gente que viene llorando a hacerse una foto o a amigos que se fascinan con el fútbol les digo: «Yo solo juego al fútbol. Nada más. Y eso no es importante».

¿Por qué los futbolistas no hablan de política?

Mira, yo llevo jugando al fútbol desde que tenía diez años. Mi vida ha sido el fútbol. Con diecisiete años ya tenía un trabajo y una responsabilidad. A mí no me ha dado tiempo a pensar en política. Derecha, izquierda… no me ha afectado. Yo he empezado a trabajar tan temprano que un partido u otro no me va a cambiar la vida. Y además, los pocos futbolistas que se han pronunciado han sido duramente criticados.

Hay una percepción, sobre todo entre la gente a la que no le gusta el fútbol, de que los futbolistas son tontos. No quiero ofenderte, pero esa idea existe.

Creo que tiene que ver con la edad. Esa gente que dice que somos tontos, tendrían que dar una rueda de prensa con dieciocho años para tres millones de personas. Pues probablemente se confundan mucho. Se equivoquen en el mensaje o en la manera de decirlo porque no tienes formación, ya no digo académica, sino de madurez. Yo ahora veo ruedas de prensa que di con dieciocho años y pienso: «Madre mía, vaya joyita». Con treinta años es otra cosa. En cualquier caso, como en todas partes, hay de todo. Yo conozco a futbolistas muy, muy inteligentes.

Decía en una entrevista Rio Ferdinand, jugador inglés, que los futbolistas profesionales se aburren. Entrenan dos horas al día y el resto del tiempo no hacen nada.

Creo que el futbolista profesional tiene demasiadas cosas demasiado pronto. Y puede relajarse. ¿Quién no lo haría? Con los años aparecen las inquietudes, y muchos empiezan a estudiar, montan un negocio o practican otro deporte.

Del Liverpool te fuiste al Chelsea, otro club inglés. Allí te entrenó José Mourinho, una persona que siempre da que hablar.

Mi experiencia con él fue muy buena. Es un entrenador fantástico y un tío con el que puedes hablar. Me gusta la gente con la que puedes discutir, aunque no llegues a un acuerdo. Me parece gente de diez. Mourinho es así: tienes un problema con él y su puerta está abierta. Puedes hablar con él lo que quieras que te va a responder lo que él piensa. Va de cara. No hay que tener recelo ni miedo de las personas que van de cara.

Y regreso a casa. Con Simeone de míster.

Con el Cholo es diferente porque hemos sido compañeros. Imagínate que tienes un compañero y ocho años después es tu jefe. Siempre existen un montón de anécdotas, convivencias y experiencias que a veces es difícil medir. Debo pensar que es mi entrenador, no puedo ir y hacerle una broma que le hacía hace ocho años porque no procede [se ríe]. Pero lo mismo que Mourinho: es un tío que va de cara. Como lo ve la gente en la rueda de prensa, así es el Cholo.

¿Los jugadores son conscientes de lo que supone su juego o el de su equipo? Por ejemplo, la selección española campeona o el Barça de Guardiola: ¿los futbolistas se paran a pensar en lo que están dando al fútbol o el capítulo que están escribiendo en la historia del juego? ¿O se dedican solo a jugar y eso queda para los analistas?

Creo que eso lo da el tiempo. Todavía no se sabe a qué nivel hemos podido cambiar la historia del fútbol con el juego de la selección española. Hicimos algo que no ha hecho nadie en la historia del fútbol pero está muy reciente. Yo desde que nací he escuchado siempre hablar de Pelé y Maradona; no los he visto jugar nunca, pero están ahí, presentes. Marcaron una época. Y los años los va mitificando. Creo que pasará lo mismo con la selección española. Quedarán nombres y momentos y quedarán los títulos. Y se olvidarán los malos momentos.

Al Mundial de Sudáfrica en 2010 llegaste lesionado y fuiste casi en modo «por lo civil o por lo criminal». Dijiste incluso que ibas aunque fuera lo último que hicieras. ¿Por qué?

Porque sabía que íbamos a ganarlo. Me sentía parte muy importante de ese equipo y quería estar con mis compañeros. Porque habíamos vivido cosas muy malas antes de la Eurocopa 2008. Estábamos disfrutando muchísimo y sabíamos que íbamos a ganar. Arriesgué todo lo que tenía y lo volvería a hacer.

Ese momento del gol que marcas en la final de la Eurocopa 2008 contra Alemania. Si tuvieras que explicar cómo fue…

Te diría que pensaba que iba fuera. Gracias a que el campo estaba mojado, el balón, con el giro, no se va para fuera. El caso es que aquel gol fue tan temprano, que no piensas que va a ser el gol definitivo. No es esa sensación de final de partido que dices «la que hemos liado aquí». Tenía la sensación de que iban a pasar muchas más cosas y de hecho en la piña celebrando se oían cosas del tipo «tranquilidad, falta mucho». Fue diferente al que metí en la Euro 2012, que era el 3-0 y el partido terminado y fue una explosión.

Después de tantos años y éxitos, ¿entiendes el fútbol de otra forma? ¿De una forma más madura, tal vez?

Totalmente. Cambian las prioridades. Llegar a casa después de un mal partido y que tus niños te vengan a dar un abrazo, pues… Pues eso hace que te olvides de lo demás y comprendes qué es lo importante. Partidos de fútbol hay más: juegas mal pero a los tres días tienes otro. Pero cada día de tu niño… eso no vuelve.


Iniesta, el jinete pálido

Andrés Iniesta, Liga 2011 – 2012. Fotografía: Cordon.

Antes de rematarlo, Andrés ya tenía la certeza de que aquel balón acabaría en la red. «Escuché el silencio y sabía que ese balón iba adentro», contó en el programa de Michael Robinson. Tuvieron que transcurrir unos segundos, sin embargo, para que los demás nos convenciésemos de que algo muy gordo estaba pasando. Aquel muchacho pálido de Fuentealbilla ya había empezado a correr fuera de sí, con los brazos abiertos y la cara desencajada por la emoción y nosotros, suspicaces porque los mundiales, Cardeñosa, Eloy, Al-Ghandour o Roberto Baggio nos habían hecho así, aún no nos creíamos que España fuera a ser campeona del mundo: a ver si es un efecto óptico y el balón ha golpeado la parte externa de la red (imposible, por la trayectoria del balón); espérate, que va a pitar «orsay»; verás, que aún quedan dos minutos y nos la clavan en un córner, pensaba quien más y quien menos, hasta que una voz atronadora nos sacó de ese tránsito por los oscuros ensueños del escepticismo: «Iniesta de mi vida», cual Júpiter tonante, gritaba Camacho. Un locutor argentino —el del «barrilete cósmico, de qué planeta viniste», por ejemplo— se hubiera adornado con un epíteto épico, pero ¿qué iba a hacer Camacho, sacarse de la manga un «duendecillo albino, de qué bosque de la Mancha saliste?».

Curiosamente, las dos imágenes por las que más se recordará a Iniesta, el gol de la final del Mundial y el de las semifinales de Champions contra el Chelsea, no serán  las más iniestescas. En Sudáfrica, los hados escribieron recto con renglones torcidos para que él anotara ese tanto, pero lo lógico es que hubiera sido Fernando Torres el que hubiera estado en el lugar en el que se encontraba el de Fuentealbilla. Lejos del área grande, escorado a la izquierda, el madrileño intentó una acción que evidenciaba que ese, sobre todo si no hay espacio para correr, no era su lugar en el mundo: un mal pase, que nació cadáver ya, fue resucitado por un jugador holandés; este entregó el esférico a Cesc, que, aun siendo centrocampista, tenía en esa selección un papel más de llegador que de asistente, pero Cesc hizo lo que le tocó hacer, asistir a Iniesta, y el resto nos lo sabemos de memoria. Más inistiesco hubiera sido un pase definitivo de Andrés para que otro, Torres o Cesc, por ejemplo, finalizara cómodamente la acción, o una llegada al área combinando en corto con un nueve que no estuviera en el ala oeste. Más inistiesco hubiera sido también que en Stamford Bridge, tras recibir el balón de Messi, Andrés, más confiado en su habilidad técnica que en un golpeo que no destaca por potente, en vez de decidir chutar desde la distancia a la que lo hizo para rescatar a un Barça agonizante, hubiera intentado regatear o sortear rivales mediante una pared con el argentino para acercarse a la meta rival.

Así, un tipo que se pasó la vida acariciando con deleite la pelota consiguió curiosamente con dos golpeos contundentes que muchos alcanzáramos el éxtasis. Pero si la épica de Andrés Iniesta nos ha hecho estremecer de gozo, su lírica es la que nos ha cautivado día a día. Que sus hazañas en momentos de tensión dramática no nos impidan ver sus delicadas conquistas cotidianas. Es imposible olvidarse de Sudáfrica o de Londres, pero sería injusto que estos hitos empequeñeciesen otras exhibiciones suyas, como la de aquel partido del Bernabéu del 2-6. Allí escribió mucha poesía. Gago y Diarra, que lo probaron, lo saben. Como poesía hay en esa foto en la que cinco jugadores italianos lo acorralan, víctimas de su embrujo, o en sus desbordes por velocidad a rivales que son bastante más rápidos que él. Parece inexplicable, puede que hasta paradójico. Será una cuestión de coordinación de zancada, de obstaculizar con su cuerpo la trayectoria del rival, o de iniciar la carrera en el momento justo. O será magia. La misma magia que hay en sus regates imposibles, sus croquetas en espacios que no existen, entre marañas de piernas que constituyen cuerpos uniformes y sólidos que los postulados de la física te dicen que no se pueden traspasar. Iniesta los ha traspasado. Igual que ha traspasado los muros de las leyes tácitas del odio entre aficiones: hay que ser muy especial para que te aplaudan, siendo culé, los aficionados del Espanyol o para que te ovacione la hinchada de un equipo que va perdiendo 5-0 en una final. Hay que ser muy especial para, cuando has perdido la cabeza porque estás celebrando un momento de una intensidad que ha superado toda expectativa, acordarte de tu amigo fallecido y llevar a cabo ese precioso homenaje mostrando al mundo entero una camiseta en la que, en los momentos previos al partido más importante de tu vida, tuviste el detalle de escribir su nombre. Y hay que ser muy especial para seguir siendo normal haciendo las cosas que hace este chico, habiendo conseguido todo lo que ha conseguido.

Por esto, porque se le ve normal aunque se le sepa especial, se ha puesto tanta gente de acuerdo para quererlo, e incluso para sentir una rabia solidaria por ese Balón de Oro, galardón impúdico en el ámbito de un deporte de equipo como el fútbol, que nunca ganó. Aunque muchos, sin rubor, utilizan ahora esta supuesta injusticia a Iniesta para embarrar la polémica comparativa entre Messi y Cristiano Ronaldo, un tipo que sabe tanto de fútbol como Andrés estará seguro de que desde que el argentino juega al fútbol no hay discusión sobre quién es el mejor del mundo. Igual que el de Rosario sabe que si ha conseguido ser sublime es en gran parte por haber tenido cerca a Iniesta. Quizás pensaba en eso Messi cuando, con los ojos cerrados, abrazaba al manchego tras el gol de este en la final de la Copa del Rey, última obra de arte a dúo, consciente de que sin Andrés, Leo hubiera sido menos Messi y de que todos los balones de oro que ha ganado, no solo aquel de 2010, son también en cierto modo de Iniesta.

Andres Iniesta y Lionel Messi en la final de la Copa del Rey 2018.

Aun con toda esa poesía y esa magia, Andrés no ha sido reacio al trabajo menos sutil. A pesar de su quebradiza complexión y su propensión a las lesiones musculares, siempre se vació sobre el terreno de juego, y su labor en el Barcelona fue más sacrificada de lo que parece. Es algo de lo que no se habla pero que me gustaría resaltar. Iniesta ha hecho muchos kilómetros, sobre todo en estas últimas temporadas, cuando el equipo culé, sin Xavi, ya no es aquel de los porcentajes de posesión de balón escandalosos de antaño. Sin el monopolio de la pelota, los centrocampistas se han visto obligados a pegarse unas buenas palizas para recuperar el esférico, teniendo en cuenta que los jugadores de arriba, a veces hasta tres (este año han sido casi siempre dos), aportan muy poco en tareas defensivas. Iniesta, consagrado ya como un jugador exquisito y con los galones que otorga el brazalete de capitán, pudo haberse acomodado. No sería el primero que en una situación como la suya, con una jerarquía incuestionable dentro del equipo, solicitase para sí un rol menos exigente, un trabajo más «de oficina». Es muy complicado, habiendo estado disputando dos partidos semanales desde los diecinueve o veinte años, mantener con treinta y tres la intensidad futbolística de Andrés Iniesta, si se espera de él que llegue a la línea de fondo del área rival y  que, después de eso, acuda a ayudar a su equipo en defensa, pretendiendo además que conserve la frescura y la inspiración necesarias para seguir inventando versos y hechizos. Por eso, aunque su nivel haya disminuido, quizá su mérito haya sido mayor, porque hasta el final, en mayor o menor medida, nos ha seguido deleitando. Quién sabe si hubiéramos podido disfrutarlo más si se le hubiera dosificado, no tanto en cuanto a minutos, sino más en cuanto a esfuerzos.

Su salida del Barça no deja de tener cierto simbolismo. Se va el emblema de la Masía, de la Masía no solo como cantera, sino de ese edificio en el que desde pequeños conviven las promesas de fuera de Barcelona de las categorías inferiores. Después de Guillermo Amor y Pep Guardiola, se puede decir que Andrés Iniesta (junto con Carles Puyol) cierra un ciclo de tres etapas, cada cual mejor en lo deportivo y en lo relativo a la definición de un estilo futbolístico y unos valores. Coincide su despedida con un momento complicado en la cantera culé, lo cual, con lo que esta significa para el club, es como decir que asoma una crisis de identidad institucional. Hace unas semanas, por primera vez en muchos años, el Barça alineó un equipo sin canteranos. Es la peor noticia de la temporada para los culés, por encima incluso de la vergonzosa eliminación ante la Roma. Un partido pésimo admite el debate de si lo que ha ocurrido ha sido un mero accidente, pero que un encuentro como el de Balaídos, en el que por tener un amplio margen de error te puedas permitir el lujo de dar descanso a todos tus jugadores titulares, no se haya considerado la posibilidad de recurrir a varios jugadores del filial o del equipo juvenil obliga a la reflexión. No se puede aspirar a que cada cinco años debute un Iniesta, porque los genios nacen cada mucho tiempo y que lo hagan en un pueblo de Albacete a cuatrocientos kilómetros de Barcelona, con lo grande que es el mundo, es una bendita casualidad. Pero sí se puede pretender que, en una entidad como el FC Barcelona, en los lugares que ocupan futbolistas como Paulinho, André Gomes, Alcaçer o Semedo figuren jóvenes formados en La Masía. Algo mal se tiene que estar haciendo, ya sea en los procesos de selección o de formación, para que no asomen jugadores con un nivel similar a estos, y que cuenten además desde que son adolescentes con esa mentalidad blaugrana tan específica. A esa mentalidad no es fácil adaptarse de la noche a la mañana (que se lo digan a Dembelé) y por eso traerla de serie es un plus. Sería un error esperar a que los chicos del filial alcancen un nivel parecido al de Iniesta para abrirles las puertas del primer equipo, pero un error mayor sería no proyectar la imagen de Andrés para marcar el rumbo de los jóvenes jugadores y hacerlos identificarse con unos valores deportivos y humanos que el Barça debe conservar a toda costa, si anhela mantener la esencia que lo ha convertido en una institución especial en los últimos veinticinco años y que lo ha llevado a conseguir los mayores éxitos de su historia.

Iniesta, como los grandes jugadores, siempre ha visto lo que va a pasar en un campo de fútbol antes que la mayoría, y por eso tuvo el privilegio no solo de anotar el gol definitivo en Sudáfrica, sino de saberse campeón del mundo antes que nadie. En esa clarividencia —«ya no podré dar lo mejor de mí en todos los sentidos»— se fundamenta su decisión de decir hasta aquí. Igual que nos costó asimilar aquel gol en el minuto cinco mil de la prórroga, no es fácil aceptar que el jugador más emblemático de la historia del fútbol español se nos vaya (se nos venga, si finalmente recala en el Chongqing, puesto que escribo desde China) a otra competición. Si alguien puede hacer que aquí se valore como es debido un exquisito control de balón, una pulcra conducción de pelota, una finta o una pared ese es Andrés. Porque en este fútbol y en otros que todavía se encuentran en periodo de efervescencia marketiniana, lo que se espera de una estrella son goles, remates acrobáticos o chuts potentes desde cuarenta y cinco metros, pero si Iniesta —junto con los Xavi, Villa, Navas o Messi— fue capaz de que cambiáramos el discurso del «no vamos a ningún lado con tan poco cuerpo» al del «da gusto ver jugar a estos pequeñitos», quién sabe si revolucionará también las sensibilidades de otras latitudes futbolísticas, y en unos meses estaremos oyendo decir en chino, o en cualquier otro idioma, «¿de qué bosque de la Mancha saliste, duendecillo albino?» mientras en España echamos de menos al Iniesta de nuestras vidas.


Los jugadores de la final en tres gráficos

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

El sábado, Real Madrid y Atlético de Madrid se disputan la final de la Champions League. Hemos querido analizar a sus protagonistas y compararlos con mil seiscientos jugadores de las cinco grandes ligas del continente.

Empecemos por la producción ofensiva. El primer gráfico representa los goles y los disparos de cada jugador.

G1

En Europa el líder en goles y disparos es Zlatan Ibrahimovic, del PSG, que ha marcado 38 goles en la liga francesa. El sueco ha marcado 1,34 goles por cada 90 minutos de juego. Detrás de Ibrahimovic vemos un grupo con ocho grandes delanteros, en el que aparecen tres jugadores del Real Madrid que participarán en la final.

Benzema, Bale y Cristiano Ronaldo disparan dos veces a puerta cada 90 minutos y marcan un gol. La producción ofensiva de esta BBC es la gran baza de los blancos. Aunque los datos evidencia también algo que se ve sobre el campo: al Real Madrid no le sobran rematadores fuera de la BBC.

Los dos arietes del Atlético —Torres y Griezmann— tienen una producción menor, otro dato de la capacidad del equipo de Simeone para sacar lo máximo de sus goles: hace mucho marcando poco.

Pasemos ahora a analizar las dos actividades propias del centro del campo. El gráfico siguiente representa el número de ocasiones que produce cada jugador —los pases que acaban en un disparo de un compañero—, y el número de recuperaciones que consigue, ya sea interrumpiendo un pase o robando un balón al contrario.

G2

El gráfico captura una de las características del fútbol moderno: su especialización. Vemos que algunos jugadores crean ocasiones y otros se dedican a destruir las del rival. Por eso el gráfico tiene forma de triángulo: no hay jugadores capaces de destacar a la vez por crear y destruir. No existe el «mediocampista total». Los especialistas en crear ocasiones recuperan pocos balones; los grandes recuperadores crean poco.

Observemos primero a los grandes recuperadores de Real Madrid y Atlético. Casemiro es una pieza clave del esquema defensivo de Zidane: es el jugador que más recuperaciones consigue, bien por delante de Ramos o Marcelo. Pero Casemiro está rodeado por jugadores rojiblancos que enfrentará el sábado: Godín, Filipe Luis, Ñiguez o Gabi son grandes recuperadores. De los cuatro, solo uno es un centrocampista, lo que da una pista sobre el sistema defensivo de Simeone: muchos balones se recuperan desde la propia defensa.

El Atlético también destaca por la capacidad recuperadora de sus jugadores de ataque. En especial la de Griezmann, que recupera casi el doble de balones que Bale y mucho más que Benzema y Cristiano Ronaldo.

Pero la historia es distinta con la creación de ocasiones. El Atlético de Madrid carece de jugadores que se destaquen por la creación —con la excepción de Koke–, mientras que el Real tiene media docena. Entre Koke y el segundo máximo creador colchonero –Griezmann—, el Real Madrid presenta ocho jugadores: James, Bale, Isco, Modric, Benzema, Kross y Marcelo.

Los mejores creadores de Europa son los sospechosos habituales: Özil, del Arsenal, Payet, del West Ham, o Kevin de Bruyne, del Manchester City. En recuperaciones, un líder se destaca claramente: N’Golo Kanté, que en su magnífica temporada ha promediado más de ocho recuperaciones.

Veamos ahora la capacidad destructora de los jugadores. El último gráfico representa el número de pases interceptados y los balones robados, o tackles, para cada jugador.

G3
Si comparamos los jugadores que disputan más minutos —los puntos más gruesos—, es evidente que los rojiblancos superan a los blancos en la faceta recuperadora. Godín, Filipe Luis, Gabi, Giménez y Ñigues son buenos en intercepciones y robos. Todos mejoran a Ramos en robos y a Marcelo en intercepciones.

Además el Real Madrid tiene un problema en la esquina inferior izquierda: Benzema y Cristiano Ronaldo apenas recuperan balones. Bale es algo mejor, pero sigue claramente por debajo de Griezmann. El único jugador Atlético liberado en tareas defensivas es Torres, y juega relativamente poco minutos.

* * *

Estos datos ayudan a entender el juego de Real Madrid y Atlético de Madrid. Nos sugieren qué jugadores serán claves el sábado y en qué circunstancias: quién creará las ocasiones, quién hará los goles, quién tiene por misión anular al rival. Otras características de los dos equipos no pueden verse en estos datos, porque emergen de la combinación de jugadores. Sobre esas características ya hablamos: el Real Madrid es el equipo con mejor producción ofensiva —genera muchos remates y necesita pocos para marcar goles—, mientras que el Atlético sobresale en defensa: exige veintiún disparos por cada gol que concede.


Marc Ros: «La Responsabilidad Social Corporativa es un departamento para quedar bien y tiene que morir»

Marc Ros para Jot Down 0

«¿Vais a hacer fotos durante la entrevista? Dadme un segundo, que cambio las botellas de agua por otras de uno de nuestros clientes». Así empezó la entrevista y así podría haber terminado, porque no hay mejor ejemplo para comprender hasta qué extremo lleva Marc Ros Samsó (Barcelona, 1971) la comunicación de marca. De formación publicitaria clásica (o sea, que no estudió Publicidad, sino Económicas), su carrera empieza con Joaquín Lorente y sigue, veintisiete años después, con Risto Mejide, su socio en Aftershare.tv. Juntos están cavando la tumba de la publicidad tradicional, molesta e intrusiva, sobre la que pretenden que arraigue el branded content, extraño concepto con el que se describe, en pocas palabras y a la espera de que la RAE nos dé una alternativa, la creación de contenidos de entretenimiento por parte de las propias marcas. Por su dedicación a la causa es, desde hace unas semanas, el flamante presidente de la no menos flamante división española de la Branded Content Marketing Association. Como de los éxitos todo el mundo reclama la paternidad, él reflexiona constantemente sobre el fracaso. Quizá para seguir evitándolo, como hasta ahora.

¿Casi todo lo que sabes de publicidad se lo debes a…?

No hay mejor inicio que el título de un buen libro. ¡A Joaquín Lorente! Él le puso ese título al mejor libro sobre publicidad que he leído. Y él fue la persona que me dio la primera oportunidad. Le tengo muy presente. Un día, no hace mucho, reordenando la casa, rescaté el Casi todo lo que sé de publicidad (Ediciones Folio, 1987). Es el libro que siempre recomiendo, el que siempre conviene releer. Lo he dejado en el salón, junto a otro de David Ogilvy, de la misma época y editorial. Ahora que todos nos llenamos la boca con nuevos «palabros», gente como Joaquín Lorente son más actuales y necesarios que nunca. Él fue la primera persona que me influyó y le debo mucho, sí.

¿Te influyó Lorente o lo que decía Lorente?

A mí me convenció el libro, porque a él no le conocía. Es más, un minuto antes de empezar a leer el libro, a los diecisiete años, no sabía lo que era la publicidad. No sabía que existían empresas que no se llamaban empresas sino agencias, ni directores creativos, redactores o directores de arte. No sabía que además había un director de la cuenta o un planificador de medios. Reconozco que leí el libro en dos horas, me atrapó. Y al terminarlo, recuerdo perfectamente el momento y el lugar, decidí ser publicista y dedicarme al mundo de la comunicación. Tenía diecisiete años. Y decidí, además, empezar haciéndolo con Joaquín Lorente.

Risto Mejide, tu socio, nos contó que empezó a trabajar con Toni Segarra a base de insistir. ¿Tu historia es parecida?

A partir del 89 llega un día en el que decido perseguir a Lorente allá donde fuese. No se me ocurrió otra estrategia, o mejor dicho, me pareció la más obvia. Lo de enviar un CV con una chorrada no era lo mío. Creo bastante más en el verbo estar.

Vaya par de psicópatas…

Un día Joaquín se planta en Tarragona para dar una conferencia, me ve y me dice: «Oye, acabemos con esto». Y me propone regresar a Barcelona con él, en su flamante Jaguar granate. Imaginaos, ¡es como si ahora Bill Gates me dijera «Vuelve en mi jet privado»! Yo tenía dieciocho o diecinueve años y me acojoné tanto, tanto, que le tuve que decir que no. «¿Qué hago con este hombre, una hora, atrapado en un coche?». Me bloqueé, era demasiado. «Prefiero seguir persiguiéndole» [Risas]. Al cabo de seis meses pasé al nivel dos, que fue enviarle ramos a su secretaria, Ana Mari. Recuerdo que tenía diecinueve años y mis padres no se creían que las flores eran para la secretaria de Joaquín Lorente. Después de muchas persecuciones y muchos ramos, me concedieron una entrevista, y la aproveché para regalarle un libro que había escrito yo mismo durante todo ese tiempo. Mi libro se llamaba Lo poco que sé de publicidad, y pretendía ser el reverso del suyo. Lo encuaderné y se lo regalé. Un libro. Dedicado a él. ¿Entiendes ahora por qué recibir un CV me sabe a poco? El libro existe aún, es un libro hecho a mano, porque en aquella época apenas existían ordenadores, maravillosamente encuadernado. Fue entonces cuando Joaquín Lorente me dio la primera oportunidad, en el 90, en una agencia que entonces era la mejor del país, con un equipo titular formado por creativos de la talla de Carlos Holemans, Jordi Carreras, José María Pujol, Muntsa Dachs, Jerónimo Campins, Víctor Morales, Ángela Becerra o un director creativo recién llegado que se llamaba Carlos Ruiz Zafón. Eso era Lorente en los noventa. Y eso era la publicidad en el siglo pasado.

¿Mereció la pena la persecución?

¡Mucho! Hay cosas que solo se aprenden estando al lado de personas como Joaquín. El otro día escuchaba a Jack Ma, fundador de Alibaba, hablando de las etapas de la vida profesional. Contaba algo así como que de los veinte a los treinta tienes que aprender y equivocarte, de los treinta a los cuarenta tienes que pegarte a alguien muy bueno, de los cuarenta a los cincuenta darlo todo en lo que más sabes, y de los cincuenta a los sesenta empezar a pensar quién hará el trabajo por ti. Bien, yo tuve la suerte de pegarme a alguien muy bueno, si no el mejor, a los veinte. Gané diez años de ventaja. De él, y de todos los citados, aprendí la pasión, el rigor, la exigencia, y sobre todo la responsabilidad que supone que alguien te preste su dinero para que le ayudes a vender. Como decía Joaquín «cada peseta que te ceden es un milagro». Tanto mi socio como yo, como mucha gente que está hoy con nosotros, seguimos creyendo en esa filosofía y seguimos trabajando bajo esos principios.

¿Alguien ha hecho contigo lo que tú hiciste con Lorente?

Sí. Y me he sentido especialmente identificado cuando alguien lo ha hecho como lo hice yo: perseguir, literalmente, una oportunidad, sin pedir dinero. Sin pedir más a cambio que una mesa y un encargo. Acabamos de contratar a una chica que ha hecho exactamente lo que hice yo. Hay gente muy confundida. Yo estuve dos años sin cobrar ni un duro. Tenía muy claro que esto es un oficio antes que un negocio. Por eso cuando alguien persigue una oportunidad y no un sueldo soy mil veces más sensible. Incluso más débil. Y tenemos ejemplos aquí de gente que realmente ha buscado una oportunidad para desarrollar su oficio, sin pedir nada a cambio, y que se ha encontrado con todo por parte de la empresa.

Mejor una buena persecución que la presentación más creativa.

Hay que distinguir entre llamar la atención y ser relevante. Una cosa es llamar la atención, pensar que todo vale con tal de que esa persona vea mi currículum. Y otra es ser relevante, que es llamar la atención, pero despertando algún tipo de interés. Hay que buscar la credibilidad, no la creatividad. Hay mucha gente que quiere ser muy creativa pero que con ello lo que consigue es ser muy poco creíble. Esto le pasa a las personas que buscan trabajo y a las marcas que buscan clientes. Para mí es un error entender la creatividad como un objetivo en sí. La creatividad tiene que ser un medio para conseguir un fin, que es la credibilidad o la autoridad.

Lorente dijo «Si usted dice que no es creativo se está poniendo barreras, usted lo es si se lo propone, tiene que convencerse, tiene la capacidad». ¿Tú compartes este enfoque coelhiano de las habilidades, eso de que todo el mundo es capaz de hacer cualquier cosa?

Yo no sé si todo el mundo es capaz de hacer cualquier cosa, y menos por el mero hecho de decirlo, pero lo que sí creo es que hay algo en lo que una persona puede destacar más que los demás, y que eso puede traducirse en una habilidad que, con esfuerzo, rigor y tiempo, debería convertirse en un oficio. Cuando alguna persona, sobre todo joven, me pide consejo sobre su carrera laboral, yo acudo a lo básico. Primero «piensa con qué oficio crees que te podrías ganar la vida ahora mismo, hoy». Y para mí, «oficio» tiene que ver con algo muy artesanal, muy de habilidad. El otro día lo comentaba con alguien: si ahora me quedase sin trabajo, ¿a qué podría dedicarme? Lo primero, en mi caso, sería hacer caricaturas, tengo una habilidad para dibujar que tiene que ver mucho con mi día a día. Mi día a día se basa en diseñar planes estratégicos para las empresas, que nacen siempre de un papel en blanco, ya sea un A3 o una pizarra, que se va llenando con casillas, flechas, nombres y números, y qué mejor que ayudarse de la capacidad visual de componer esquemas, mapas, planes… Cada persona puede destacar en algo y, a partir de ahí, debería desarrollar su habilidad y evidentemente su oficio. El negocio es lo que viene después. Siempre después.

¿Has pasado por la experiencia de una quiebra en alguna de tus empresas? ¿Es tan útil como se dice?

Hemos pasado por todo tipo de momentos en muchos proyectos, porque estamos en muchos frentes. Por quiebras no, pero cierres, sí, por supuesto. Cerrar un proyecto o una empresa te ayuda mucho a ir con más cuidado al iniciar otro. Ley de vida. Descubres cosas que nunca más volverás a hacer y que son imposibles de aprender de otro modo. Son experiencias saldadas. Negativas, pero saldadas.

¿La norma es tener una segunda oportunidad?

Y una tercera. ¡Cada oportunidad es un regalo! Lo lamentable es que percibo que no existe la idea de segunda oportunidad en nuestro país, está muy mal visto. Y no lo entiendo, porque quienes buscan una segunda oportunidad son un tesoro, una oportunidad en sí mismos, porque te van a entregar el doble. Es evidente. Incluso en las relaciones personales: cuando alguien reconoce que está en una segunda oportunidad, el punto de partida es muy distinto. En la primera oportunidad todo vale, pero en la segunda ya no. Cuando has tenido un fracaso en la vida, sea una ruptura o una quiebra, hay una parte que siempre se pierde, pero también hay otra parte que se transforma positivamente. Tienes una actitud y unos valores completamente distintos. Quizá no vienes con lo bueno por dar, eso nunca se sabe, pero al menos vienes con una parte muy importante de lo malo aprendida.

Pero el fracaso cuesta dinero y se dice poco. ¿Cuántos fracasos se puede permitir un emprendedor?

Mi amigo, y socio, Carlos Blanco, dice que cualquier proyecto hay que empezarlo con un Excel. Está muy bien la filosofía y las ideas para cambiar el mundo, pero ¿con qué productos?, ¿a qué coste?, ¿a qué precio?, ¿para cuántos? Tú empieza el Excel y coloca en cada casilla un número, luego ya le meteremos toda la prosa. Con el Excel vas a especular con lo que puedes ganar, lo que vas perder, lo que te vas a jugar. No calculamos bien porque el factor emocional se confunde con la intuición. Si no sabemos lo que cuestan los fracasos, jamás va a venir un éxito. Jamás. Porque el coste del fracaso es una de las claves más importantes del aprendizaje. Hay que dedicarle tiempo a los fracasos, entre otras cosas, porque cada vez tenemos más. El otro día escuchaba a Juan Roig, presidente de Mercadona, comentar que es imposible en un partido de baloncesto encestarlas todas, que la clave es fallar las menos posibles, porque fallarlas, las vas a fallar. El fallo, la equivocación, el fracaso, existe, está ahí. Y hay que trabajar para minimizarlo. Cada día aparecen miles de proyectos de los cuales al final solo hay unos pocos que ven la luz. Hay que tener una visión de proyecto y enmarcarla en tus posibilidades globales. Por falta de realismo, he visto, y hemos cometido, muchos errores evitables. Ojalá tuviéramos un banco de experiencias al servicio de los demás. Lo importante es aprovechar al máximo cada oportunidad y saber gestionar los ciclos en los proyectos. Los supermercados tienen muy en cuenta el coste de los alimentos que no se venden y a dónde van antes de caducar. Vivimos en una economía en la cual los remanentes forman una parte muy importante del éxito empresarial. Saber gestionarlos bien y aprender de ellos puede ser la clave.

Marc Ros para Jot Down 1

No todo el mundo puede permitirse fracasar: o tienes capital o tienes capacidad para endeudarte.

Es que la primera reflexión que tiene que hacer un emprendedor es «¿Cuánto puedo apostar?», en tiempo y en dinero. Porque si no puede apostar nada, lo que tiene que hacer es buscar un trabajo. Y no pasa nada. Y tampoco tiene por qué apostar uno su capital. Aquí, el pedir dinero está mal visto. Pero captar financiación es y debe ser lo más natural en un proceso de constitución de una empresa. Más importante que tener o pedir dinero es la capacidad de emprender, el equipo y elegir bien el sector.

Pero el mensaje dominante es el contrario: todo el mundo puede, incluso debe, emprender. Muy coelhiano, de nuevo, pero más peligroso.

Lo primero necesario para emprender es exactamente lo mismo que se necesita, cuando me lo preguntan, para poder trabajar en nuestra empresa: un cliente. Si tienes un cliente, o crees que lo puedes tener, entonces puedes emprender. Porque cuando tengas muchos clientes, ya tendrás una empresa. Más allá de preguntarte a qué te podrías dedicar, pregúntate quién podría ser tu cliente y por qué motivo. Cuando pienses quién te puede comprar y por qué, piensa entonces en qué puedes ser útil, qué aportas o qué mejoras sobre lo existente. Lo que te llevaría a preguntarte qué habilidades tienes, en qué eres un poco distinto a los demás… Por eso son tan importantes las habilidades personales y los oficios, como decía antes. Busca un cliente y ve a por él; eso es emprender. Lo mismo les digo a los que quieren trabajar aquí: «Tráeme un cliente y estás contratado».

¿Le llevaste tú uno a Lorente?

¡Ofrecerse a trabajar gratis es llevar un cliente! Justo cuando llegué, la agencia iba a descartar un cliente que pudo conservar gracias a que entré yo. Mi primer cliente, el Sabadell. No el banco, sino el club de fútbol, que acababa de ascender a Primera División. Era un cliente demasiado pequeño para la agencia, pero enorme para mí. La agencia se quedó con él y conmigo. Todos hicimos un buen trato. Ese cliente me pagó mi primer y segundo sueldo. Y lo empleé en comprar mis dos primeros asientos en el Camp Nou.

¿Dos asientos en el Camp Nou? ¿En serio?

Sí, mi sueño era poder ir a los partidos junto a mi padre. No hemos fallado prácticamente ni un día en veinticinco años. Hoy vamos, además, con mis hijos. Y cada vez que me siento, me sirve para pensar dónde y cómo empezó todo esto.

Todo el mundo quiere saber por qué los proyectos acabaron bien pero no se dedica el mismo tiempo a preguntarse por qué otros quedaron por el camino.

Hace dos meses hablaba con mi socio de montar el «Congreso del Fracaso», le estamos dando una vuelta.

Cuenta con nosotros, nunca se sabe.

Podemos montarlo juntos. ¡Y así seguro que será un éxito! [Risas] Es verdad, la gente suele hablar de las cosas que van bien. Esto va a más y ahora se potencia con las redes sociales. Mostramos básicamente la cara buena de la vida. Buscamos likes. Somos likes. Deberíamos hablar del «fra-caso». Fíjate que dentro ya está la palabra «caso». Gente que cuente por qué fracasó, qué no salió bien, si fue por tal o cual cosa. Mucha gente se ha quedado en el camino y otros están sufriendo mucho. Pero creo que, cada vez más, hay algo maravilloso: la voluntad de compartir, de buena fe. Es decir, compartir algo con alguien porque sabes que, si lo compartes, va a salir algo bueno, algo mejor. Lo creo de verdad. Y es un principio de nuestra empresa, mucha gente de dentro y de fuera puede dar fe. Si uno llega pero noventa y nueve se quedan en el camino, quizá haya que compartir las experiencias de esos noventa y nueve, porque sumadas harán que de los próximos cien, al menos dos sean un éxito. Habría que hacerlo incluso en el plano educativo. Yo estoy a favor de que a los niños se les inculque el valor de emprender, pero también hay que hablarles del fracaso desde el primer día. Una asignatura sobre fracaso.

No me imagino el temario.

Mira, este verano, mi hija de doce años se puso a vender pulseras y yo le tuve que prestar diez euros para que empezase. A ella le parecía «superinjusto», expresión suya, claro, que me los tuviese que devolver. Estaba indignadísima, no me habló en un tiempo. Pero luego, cuando recuperó treinta euros dijo: «Qué bien, esto lo vamos a hacer cada verano». Eso es algo que hay que enseñarles desde pequeños. Pero claro, también tuve que enseñar a mi hija qué es lo que hubiera pasado si no conseguía devolverme el dinero que le presté, las consecuencias. El fracaso es muy jodido. Y los niños nacen sin considerarlo. Para los niños no existe el fracaso. Es cuando somos adultos cuando lo descubrimos, en muchos ámbitos. Cuando ves gente que está en el límite, gente que ha metido dos años de su vida en un proyecto al que le queda un mes y ya no hay más caja…

Parece que describas el día a día de muchas pequeñas empresas.

Nosotros somos una PYME. Y hemos tenido años de todo. Es nuestro día a día buscar el éxito pero estar preparados para el fracaso.

Andreu Buenafuente nos contó que «En este país, si tienes una empresa, piensan que eres un hijo de puta». ¿También lo vivís así?

No, pero le entiendo. Parto de la base de que a mí me importa muy poco lo que diga la gente. Estoy muy convencido de lo que hago, y sobre todo de por qué lo hago. Y como además puedo demostrarlo, más convencido todavía. Pero desde las administraciones y algunos sectores de la sociedad, se ha valorado muy poco la figura del empresario. Pagar una nómina es en muchos casos un milagro, para mí, la mejor acción social que existe. Y, sin embargo, se habla muy poco de ello. Creo que hace falta un plan realista y pragmático de apoyo a las PYMES, que somos el motor de la economía.

Participas en Conector, una aceleradora de startups. ¿Has visto triunfar ya alguna?

Dicen las estadísticas que el periodo para recuperar la inversión en una startup es de tres a cinco años en EE. UU. y de cinco a siete años en Europa. Iniciamos Conector hace dos años y tenemos empresas que han ido creciendo con una propuesta muy sólida, con clientes y facturación, y empresas que, efectivamente, se han quedado en el camino. Contamos con buenos socios, un universo de mentores de Champions, y un equipo gestor muy implicado en el día a día que hacen que intentemos minimizar los errores y que determinados emprendedores lo aprovechen para dar un salto en su proyecto. Tendremos que esperar todavía dos o tres años para ver si realmente cumplimos la regla del treinta por ciento de éxito de una startup bien acelerada, respecto el diez por ciento medio.

Mójate y dinos cuáles van a ser esas tres entre diez que sobrevivan.

Están en periodo de captación de inversión, no soy nadie para privar a una startup de más o menos repercusión, echad un vistazo a la web. Insisto, hay proyectos muy sólidos. Hay empresas con muchos clientes y mucha facturación. Estos proyectos ya han conseguido captar, en su conjunto, casi cinco millones de euros y la valoración de todos ellos ya ronda los veinte.

Con la excusa de la emprendeduría y las startups también se ha vendido mucho humo. Se vende, de hecho.

Sí. Y no creo que sea porque haya mucha gente con mala fe o ganas de engañar a nadie. Creo, al contrario, que ha habido más autoengaño, gente que ha perdido mucho tiempo y dinero y su entorno no ha hecho nada por detenerla o advertirla.

¿Sabemos distinguir entre la buena publicidad y la mala?

La gente no busca buena comunicación o buena publicidad. La mayoría de marcas tienen que pagar para que la gente las escuche. Eso es la publicidad. La gente, lo que busca, son marcas, compañías que les hagan mejores propuestas. Y me temo que la publicidad y la comunicación son cada vez más un estorbo con menos valor. La gente no busca publicidad innovadora, no busca comunicación innovadora, no busca buenos anuncios, campañas o spots. Lo que nosotros procuramos es ayudar a las marcas a que se den cuenta de que tienen que decir menos y hacer más. Las personas buscan propuestas que les ayuden en algún aspecto de su vida, y si esas propuestas no van acompañadas de ninguna floritura casi mejor. De hecho, cuando se habla de cuáles son las marcas más reputadas o reconocidas por los consumidores, muchas de ellas son las que hacen menos publicidad pero mejor comunican con su propuesta. La gente quiere buenos productos y baratos. El resto es adorno.

¿Qué te parecen las técnicas de neuromarketing para estudiar el comportamiento de los consumidores? ¿Podrían mejorar la comunicación?

Yo soy un creyente acérrimo de las buenas ideas y considero que, al final, son las que mueven al mundo, no las máquinas o los electrodos. Y con la llegada del mundo digital más, porque internet nos iguala a todos y una buena idea vale todavía más. Dicho esto, todo lo que ayude a comprender por qué pasan determinadas cosas, perfecto, pero jamás podrá sustituir a una buena idea. Al final el neuromarketing es como los tests o las investigaciones, pueden aportar, pero jamás sustituir.

Decía John Sculley, expresidente de Pepsi, que «ninguna gran decisión de marketing se ha realizado nunca sobre datos cuantitativos», mientras que en el CCCB se exponía «Big Bang Data» en la que, entre otras cosas, se preguntaban cómo el big data iba a cambiar el futuro de la publicidad.

Lo de big data está confundiendo mucho. Parece que sirva para todo. Yo creo en lo que aquí llamamos «datos creativos», que son aquellos datos que te ayudan a ver las cosas de una forma útil, y que son comunicación per se. Que te ayudan a entender los negocios, las empresas, las marcas o las personas de una forma diferente. Generalmente, esos datos son pocos y muy relevantes, y las empresas y las marcas que saben utilizarlos y compartirlos bien obtienen mucho beneficio por parte del consumidor.

Marc Ros para Jot Down 66

David Ogilvy, otro de tus referentes, decía al respecto que «el uso que le dan a la investigación los malos directores de marketing es el mismo que el de los borrachos a las farolas: para agarrarse en lugar de iluminarse».

Cada Mercadona recibe cada día varias entregas de pescado fresco directamente de las lonjas. Dos o tres. Esto es un dato. Te podrá gustar más o menos pero hay una empresa que se preocupa tres veces al día, cada cuatro horas, de que llegue el pescado fresco. Yo creo en los datos creativos que, primero y evidentemente, deben ser ciertos; segundo, deben ser útiles; y tercero, que es muy importante, deben ser datos que, como decimos, pasen «la prueba de la noche». Es decir, que tú llegues a casa por la noche y los puedas contar, que sean datos transmisibles, resonantes. Esos son los datos que nos importan a la hora de trabajar.

¿Más datos significan más ruido? ¿Al final tu trabajo consiste en discriminar cuáles son los realmente relevantes para luego tener una buena idea?

Sin duda. Los clientes nos pagan para tener una cierta distancia de su negocio, como la tiene el consumidor medio, pero con unas bases de conocimiento, como lo tendría el vendedor medio. Nuestro trabajo va de ordenar, sintetizar y conectar.

También se puede investigar a posteriori. John Wanamaker se quejaba a finales del siglo XIX de que «malgasto la mitad del dinero que invierto en publicidad; el problema es que no sé qué mitad». Él, a diferencia vuestra, no tenía herramientas para medir el impacto de las campañas.

Aquí nos encontramos con un dilema: todo el mundo pregona el largo plazo y luego todo el mundo vive pendiente del corto. Las marcas se construyen a largo plazo, no hay otra forma de hacerlo. Sin embargo, estamos en un mundo en el que se nos exige cortoplacismo. Y lo hay de dos tipos: el cortoplacismo que simplemente es cortoplacismo, y el que está al servicio del largoplacismo. Es parecido a las relaciones personales: tú tienes que saber distinguir si esto va de mero interés o de verdadera amistad. La amistad, la confianza, requiere tiempo. Con las marcas pasa lo mismo. Te pueden pedir algo, pero si no ofrecen algo, y no lo hacen de forma sostenida en el tiempo, es muy difícil que se ganen tu confianza. Y la medición capta el corto, pero no el largo, no hay manera de hacerlo por anticipado. A eso le llamo intuición, o atrevimiento, o riesgo. Cada vez es más difícil medir algo tan determinante como es el largo plazo. Seguimos viendo campañas maravillosas o marcas que nos hablan con conceptos maravillosos. Pero nos parecen maravillosos porque llevamos conviviendo mucho tiempo con ellos. Por ejemplo, ayer veía un spot de BMW, el de «cuando conduzcas, conduce», de SCPF. Y me alegré. Es una compañía que lleva muchos años de comunicación consistente bajo el mismo concepto de marca. ¿Cómo se midió esto el primer día? Ni ellos lo saben. La mejor intuición es la que trabaja el largo plazo. Lo importante hoy en día es gestionar bien el cortoplacismo porque si no te puedes encontrar con uno, dos o tres años perdidos de tu vida en términos de marca, de compañía e incluso como persona. Que el corto no te impida ver el largo.

«La publicidad siempre es el fracaso de un producto».

Lo repetimos mucho aquí. Cuando alguien viene pidiéndonos ayuda para vender un producto es porque básicamente cree que la comunicación le va a ayudar. Si ese producto no se vende solo en un mundo en el que todos tenemos la capacidad de hablar con todos, es porque algo falla. Muchos productos se venden sin anuncios, y no estoy ahora hablando de Zara o Mercadona, hay muchos otros ejemplos a otras escalas. Los problemas de las marcas son muy básicos. Las «cuatro P» del marketing y poco más. Lo primero que intentamos es averiguar qué falla. Y lo segundo, renunciar, como punto de partida, a pensar que con un spot un producto o una marca vaya a ser mejor. Mejor no contar con ello. A partir de aquí, todo vale.

¿Dónde se esconden hoy las audiencias?

¡Nos llamamos Aftershare! ¡Vamos detrás de las audiencias! El problema es identificar las verdaderas audiencias. Las audiencias se siguen concentrando mucho en medios tradicionales, que sirven para que las marcas nos recuerden que están ahí. Se habla mucho del boom digital pero se consume más televisión que nunca. Estar en la tele ayuda a vender, y mucho. Pero como solemos decir, la diferencia respecto a hace cinco años es que ya no basta solo con eso. Se está consumiendo mucho más internet y el consumo vía smartphone crece de forma exponencial. Las audiencias estarán cada vez menos en las plataformas y más en los contenidos. Por eso, el rol de las marcas consistirá cada vez más en generar contenidos y no en estar en espacios de interrupción. Las marcas deben ser auténticas creadoras, gestoras y distribuidoras de contenidos de calidad para la gente, eso es el branded content. Los medios van a tener que entrar cada vez más en el mundo de los contenidos porque van a ser juez y parte: lo hace Netflix, lo hace YouTube, lo hace Movistar y cada día lo harán más plataformas de distribución.

Se te ve convencido. Tanto que, supongo, por eso te has convertido en el primer presidente de la Branded Content Marketing Association en España.

Sí, bueno, la presidencia es lo de menos. Javier Regueira y Pablo Muñoz me lo propusieron y dimití hasta tres veces antes de resignarme. Lo importante es crear un equipo capaz de reflexionar sobre el rol y las necesidades de las marcas a la hora de generar contenidos que les ayuden a vender. Una plataforma que aproveche los recursos, experiencia y conexiones de la BCMA internacional. Estamos muy contentos porque somos un grupo de miembros fundadores muy inquietos y comprometidos, ojalá podamos ayudar a mucha gente, ya sean comunicadores o consumidores. Desde aquí, animo a los profesionales interesados a que nos conozcan.

En Branducers, tu socio le espetó al youtuber Valentí Sanjuan «¿Para qué quieres un canal cuando tienes a la audiencia?». El que tiene la audiencia tiene hoy el poder de negociación.

Las audiencias van a seguir siendo muy caras, y los medios que puedan garantizarlas será porque tengan un buen contenido detrás. Y si no que se lo pregunten a los youtubers, blogueros, influencers, tuiteros… Las audiencias estarán donde haya contenidos de calidad. Yo en esto aplico la ley del submarinista: o estás en la superficie o estás abajo de todo. Las audiencias estarán o en los grandes medios que apuesten por la calidad, por producir, comprar, proponer y gestionar contenidos de calidad, o estarán abajo de todo, en las rocas, cerca de la profundidad, donde habrá una infinidad de cuerpos vivientes y cada uno peleará por sus audiencias. Valentí es un buen ejemplo porque sus contenidos han evolucionado y tiene mucha más audiencia ahora en las redes que la que tenía en televisión. El contenido va primero, y eso es lo que las marcas deben entender. Valentí Sanjuan es un buen ejemplo de calidad, coherencia y conexión.

Visto así, La 2 debería tener más audiencia que Telecinco. ¿O no? ¿Qué es la calidad?

Audiencia no tiene nada que ver con éxito, ni éxito con calidad. Analízalo desde el punto de vista comercial. Puedes tener mucha audiencia, y poca capacidad de prescribir una marca. Por el contrario, puedes tener poca audiencia pero ser una autoridad en un sector. Y la calidad del contenido es estratégica, no artística. Una buena producción ya no te asegura nada. Por el contario, hay millones de contenidos domésticos que arrastran audiencias entregadas. Telecinco puede ayudar a prescribir unos productos, y La 2 otros, nada más. Para mí la calidad es un concepto estratégico, tiene que ver con la credibilidad, la oportunidad, el tono. Es un tema de fondo, de cultura casi, no de forma. La calidad para alguien que tiene mascotas serán vídeos divertidos, novedosos y auténticos sobre mascotas. Desde el momento en el que se multiplican los medios y los contenidos, la calidad es, formalmente, un concepto cada vez más subjetivo. Aunque creo que el mundo digital ha supuesto una oportunidad, por ejemplo, para extender el buen gusto, el buen diseño, y un cierto criterio gráfico. Steve Jobs decía: «El gusto sí importa». El circuito de chips y la contrachapa de sus ordenadores tenía que estar perfectamente alineado y diseñado, aunque no la viese nadie. Es como el fondo de un mueble, le decía su padre, aunque nadie lo vea, tu vas a saber que está bien hecho. Si algo ha hecho el mundo digital es extender el buen gusto y creo que cada día el concepto de calidad está en manos de más gente. Cada vez más gente es capaz de crear, desarrollar e interpretar algo con gusto y me parece que eso es uno de los grandes avances de los últimos tiempos. No depender de presupuestos para hacer un buen trabajo es el gran cambio en la industria de la creatividad.

El gusto también es un concepto subjetivo.

No lo sé. Hasta cierto punto, al menos en comunicación. Calidad, gusto, diseño. Dieter Rams decía «el diseño es cómo tratas a tus clientes». Nuestro trabajo debe ser cuidar a los consumidores y en ello el diseño, la calidad y el gusto son claves. Y sí, podríamos decir que son subjetivos, pero nuestro trabajo es hallar denominadores comunes para hacerlos objetivables y asociables a determinadas marcas. ¿Apple se ajusta al gusto de la gente, o es la gente la que se ajusta al gusto de Apple? Las marcas proponen. Comunicar es decidir. Las marcas deben decidir su «cómo». Las marcas son conceptos más objetivos de lo que creemos, me temo.

Pero tampoco existe un «cómo» universal. Hace un tiempo pusieron a Carlos Boyero a ver vídeos de youtubers y dijo: «Se me escapa la sensibilidad de los nuevos tiempos, pero no la quiero para nada».

Tengo conversaciones con muchos directores de marketing que me dicen: «Tengo un comité al mes con mi equipo para presentar, discutir y tomar decisiones, pero el resto del tiempo estoy perdiendo millones de oportunidades porque no me estoy enterando de lo que pasa ni estamos tomando decisiones». Hemos pasado de una visión lineal, preconcebida, planificada de la vida, a asumir que tenemos que ir permanentemente refrescando nuestras decisiones, como lo hacemos con las pantallas de nuestros iPhones y nuestros ordenadores. Una marca ya no es un PowerPoint. Hoy es más un grupo de Whatsapp.

Marc Ros para Jot Down 3

«Cuando vamos a un chino estamos eligiendo una manera determinada de fabricar y de explotar a la gente (…) detrás de esa decisión de compra se esconde una decisión ideológica». Son palabras de Toni Segarra que unifican el qué y el cómo. ¿Las compartes?

Por supuesto. Cada vez más, la gente se preocupa de conocer lo que hay detrás de los productos, aunque luego mira su bolsillo, lo balancea y ve hasta dónde puede llegar. En la intersección de esa preocupación y de lo que tiene en el bolsillo estaría el mundo perfecto. Volvemos a lo mismo: el cómo cada vez influye más sobre el qué, porque los qués son muy parecidos. ¿Por qué elegir un banco u otro? Al final, nadie lo sabe, es verdaderamente muy complejo. Como tenemos mucha información, nos tenemos que quedar cada vez más con pocas cosas y el cómo te ayuda a diferenciarlas, a sintetizarlas. Puede ser cómo ha sido fabricado un producto, cómo ha sido distribuido, o cómo es consumido. Por eso hay empresas que hablan de sus empleados, del origen de sus productos o de su labor social. Si me permitís, llegado a este punto, me hago yo la siguiente pregunta.

Adelante.

¿Adelante? ¡Eso es un eslogan de un banco que creé yo hace doce años! [Risas] A lo que íbamos: y aquí, ¿qué papel tiene la responsabilidad social corporativa ? La RSC es aún hoy un departamento para quedar bien y tiene que morir. La RSC es la empresa, es lo que hace la empresa y es cómo lo hace. La RSC no es un área, no es un plan. No deberían ni ser tres siglas. Es un comportamiento: cómo se comporta la empresa con la sociedad, con la naturaleza, con el empleado, con los hijos de los empleados, con los abuelos de los empleados, con los consumidores, con los animales y con quien sea. La RSC hay que meterla dentro del producto, del servicio y debe estar siempre presente en la relación con el consumidor. Al final, la mejor RSC es hacer buenos productos y ofrecer un buen trabajo. Muy poco más.

¿Hasta qué punto el consumidor tiene poder real sobre las marcas? Cuando McDonald’s pinta sus restaurantes de verde, ¿lo hace para vender más o reacciona a una cierta presión social?

Lo hace para vender, sin duda. No basta con escuchar. Tampoco basta con reaccionar. Si McDonald’s cambia algo es porque lo cree firmemente y porque lo cree a corto, medio y largo plazo. Y estoy convencido, y lo digo de verdad, de que cualquier empresa, por mastodóntica, burocrática y multinacional que sea, en una medida u otra es consciente de que no solo hay que escuchar sino que hay que sorprender al consumidor. Hemos pasado de marcas que responden a marcas que preguntan. De marcas que complacen a marcas que cuestionan. La reacción social es algo táctico. Vender debe ser algo permanentemente estratégico.

¿Todas las empresas actúan, o pueden actuar, así?

Un consumidor puede decidir mañana ir a una web y comprar un producto a un payés en vez de una tienda, o alquilar un viaje en un coche en vez de un taxi. Pero otra cosa es si las leyes y el entorno le facilitan a este payés o a ese chófer las mismas condiciones que a otros agentes del mercado. Lo que hay que revisar no es la voluntad del consumidor, que será la que le dé la gana, sino el entorno legal para que cada vez más cualquier agente que tenga algo que ofrecer esté en igualdad de condiciones con el resto y ofrezca un producto o servicio de garantías.

Dices que la voluntad del consumidor será la que le dé la gana. ¿No tienen poder las marcas sobre él? Se dice que el concepto «celulitis» lo propagó en 1968 la revista Vogue: ¿Moldea la publicidad el cuerpo de los hombres y las mujeres?

Sí, pero eso no es propio de la publicidad, sino la comunicación en sí. Y no de las marcas, sino de las propias personas. Cuando nosotros compartimos una foto, antes la hemos pasado por quince filtros porque todos queremos estar bien. Vivimos en una sociedad en la que cuando compartimos contenidos estamos influyendo y siempre hacemos todo lo que podemos por parecer lo mejor posible. La publicidad sigue teniendo un papel importante, pero creo que cada vez es menor. ¿Por qué? Porque esa influencia ya no es propiedad única de la publicidad, es una influencia compartida entre las personas. Hoy en día en Instagram pasamos más filtros de los que pasaba una foto en Vogue en los años sesenta, por lo tanto, nosotros mismos estamos fomentando más ese intento de parecer mejores que una revista hace cuarenta años. Otra cosa es cuando hablamos de los menores. Ahí, en publicidad, comunicación, como en educación, ya no todo vale.

La comunicación es negocio.

Sin duda. La comunicación nace en el momento en el que alguien tiene algo que ofrecer a otro, es transmitir para convencer. Probablemente la comunicación nació en la segunda frase de la historia, porque la primera seguramente fue muy inocente. La segunda, en cambio, seguro que ya tenía una intención, un sentido: dar la razón, no darla, distraer, obligar… El germen de la comunicación es compartir y convencer y, por lo tanto, siempre hay un negocio de por medio. Incluso cuando, a menudo, mezclamos comunicación y arte.

Bassat dice siempre que una campaña óptima es la que vende el producto, construye la marca y hace algo bueno por la sociedad. ¿Qué porcentaje de esa comunicación encaja en este «óptimo»?

Cada acción de comunicación debe hacer algo por mejorar la vida de las personas. Si lo hace, el producto se vende y la marca se aprecia. Creo en aquello de que si haces algo bueno para la sociedad, la sociedad te lo devuelve. Y acabas ganando siempre tú. Y este principio se aplica a todo. Por ello decimos que las marcas tienen que abanderar causas, en mayúsculas. En el fondo, la gente acude al espacio de la comunicación con esa esperanza. Una búsqueda en Google es el acto de comunicación más realizado en el mundo. ¿Y cómo se llama? Búsqueda. La gente está buscando, siempre busca. Los agentes que estamos en la comunicación tenemos que entender que nuestra labor es ayudar a la gente a solucionar problemas, a encontrar soluciones. Por eso decimos que nuestro competidor, y aliado al mismo tiempo, es un respuesta de Google.

¿Un periódico hablando bien de los libros publicados por su misma empresa editora es branded content?

Si la empresa editora de libros no ha pagado, sí. Porque significa que ese contenido interesa y no interrumpe. Probablemente sea más convincente leer una crítica interesante y completa de un libro que ver un anuncio del mismo. Pero la crítica tiene que estar muy bien hecha, porque de lo contrario, medio y marca van a perder. En el fondo, existen millones de contenidos y, más en el fondo, todos ellos contienen una marca, pero muy pocos van a ser vistos y parece que aquellos que ocupen espacios pagados tienen más probabilidades. Esto es la publicidad.

La línea es fina y se corre el riesgo de engañar al consumidor. Vosotros en Bebé a bordo (Divinity) por lo menos dejáis claro que hay una marca detrás.

La base fundamental del branded content es que el consumidor tenga muy claro que hay una marca que le está facilitando ese contenido. Cuando Red Bull produce una película o un documental, te lo dice, no lo esconde. Si la marca no aparece de una forma explícita, clara, existe la posibilidad de engaño, o de malentendido, o de ineficacia. Estamos en una época en la que las marcas no tienen por qué avergonzarse, tienen que dar la cara, saltar al primer plano, exponer lo que hacen bien y reconocer lo que hacen mal, y contarle a la gente lo que están haciendo por ellos. Y esto es lo que persigue Bebé a bordo, de Bezoya: ofrecer un ecosistema de contenidos para las madres primerizas, con multitud de ventanas en televisión e internet, que convierte su comunicación en una herramienta al servicio de una causa y un colectivo. Llevamos ya tres temporadas en televisión, algo nada fácil, porque la audiencia lo ha querido. Por ello digo que Bebé a bordo es uno de los pocos ejemplos claros de branded content. Lo que se reedita es contenido. Lo que no, anuncio.

Es que si no lo hacen, alguien lo va a contar por ellas.

Por supuesto. Cuéntalo tú antes de que lo cuenten los demás, porque vas a ganar el doble. Si antes de que tú me digas a mí que he hecho algo mal, te lo digo yo a ti, es mucho más fácil que luego nos vayamos a entender. Eso es algo que las marcas tienen que asumir. El consumidor está esperando eso de las marcas, un mayor reconocimiento. Por eso consideramos que la idea de contar las cosas de una forma directa, explícita y clara a través de contenidos es mucho mejor que contarla a través de anuncios. Yo no estoy en contra de la publicidad tradicional, porque garantiza seguir llegando a espacios donde hay mucha gente más o menos predispuesta a ver un mensaje. Yo estoy en contra de la «visión de anuncio» de la comunicación, en la que dentro no hay nada, en la que las empresas se creen que con un modelo, un decorado, una música y un eslogan, el producto ya es mejor.

Una vez dijiste: «Ojo con los community managers, son la desgracia del siglo XXI».

[Risas] Dejar el tono, la voz, la conversación, el criterio de una marca en manos de una persona es extremadamente delicado. Creo que es un oficio demasiado nuevo e importante como para dejarlo a según quién, como para no darle la importancia que merece. Y en estos momentos hay un boom de community managers con serios desconocimientos de comunicación. Dije eso.

Marc Ros para Jot Down 4

¿Qué te parece la cuenta de Twitter de la Policía Nacional, entonces?

Un caso tan brillante como necesario. Partiendo de la base de que a nadie le interesaba darse de alta en esa cuenta, lo primero era conseguir que mucha gente la leyera y eso se logra buscando una personalidad, un tono, creando una conversación propia, que aporte reputación y que contribuya a la relevancia. Es la teoría de las tres erres. La primera es intentar ser relevante, decir algo que le interese a la gente, algo sobre la gente, no sobre ti. Lo segundo, reputación: que lo que tú hagas ayude, que sea útil, que sirva. Y la tercera, la resonancia, es decir que lo que tú hagas luego sea comentado. Que ahora mismo estemos hablando aquí sobre la cuenta de la Policía puede conseguir que gane uno, dos, diez o cien seguidores más. Cada empresa tiene que encontrar su propuesta, su tono, su estilo, porque la teoría es replicable, pero la práctica no. También podría haber pasado que lo estuviéramos comentando porque hubiese hecho el ridículo, claro. Pero alguien tomó una decisión de riesgo y en vez de poner mensajes de teletipo decidió jugársela. Podría haber fracasado, se podría haber llevado millones de críticas, podría haber sido titular en los editoriales de los principales medios de este país, pero salió bien.

¿La publicidad política es la peor publicidad de todas?

Me contaron hace poco que el nivel de influencia de una campaña de publicidad en la campaña global de un candidato político no supera el 5%. Fíjate si funciona poco que, con la crisis, los políticos solo contratan a aquellos medios que ya tienen a su disposición, o sea que están rellenando espacios. Si la publicidad fuera verdaderamente útil, como es lógico, comprarían más medios. Pero no lo hacen. Porque no aporta. Por lo tanto, el peso de una campaña de publicidad política es ínfimo. Lo que funciona en un político son muchas otras cosas y la mayoría suceden antes de la campaña. Lo máximo que puede aportar una campaña es una anécdota convertida en hit. Un giro inesperado en el guion. Pero eso no lo consigue un anuncio. La publicidad, a lo máximo que puede aspirar, es a presentar un ángulo distinto del candidato, con los riesgos y las oportunidades que ello presenta. Vamos, que lo mejor que puede suceder es que no parezca el anuncio de un político. Es triste, pero es así. Y ello no significa que no debiera serlo.

Es ya un tópico que los políticos achaquen todos sus problemas a la comunicación.

Cierto, a menudo se escudan en que «ha fallado la comunicación», pero nunca dicen «a lo mejor va a fallar la comunicación». No hace falta que les pase a los políticos: todos hemos tenido algo muy interesante que contar y ese día no hemos sido capaces de transmitirlo de forma correcta. Claro que un candidato tiene la parte clave de su comunicación concentrada en quince días, y si te falla un instante puedes perderlo todo. Todos recordamos casos. Un candidato a la presidencia del Barça en un debate, un presidente de un país en una entrevista radiofónica. La pregunta que hay que hacerse es si hay que salir a no perder o salir a intentar ganar. Los candidatos deberían asumir cada vez más que se van a equivocar muchas, muchas veces, y que eso les hará humanos, próximos, espontáneos. Y cuando acierten, lo harán por todos sus errores y mucho más.

Siguiendo con el paralelismo entre políticos y empresas, hace más de treinta años que Blumenthal teorizó sobre la «campaña permanente» en política, pero parece que aquí lo tienen más claro las empresas que los partidos.

Hablábamos antes de que las marcas se construyen a largo plazo, y no en sprints de quince días. Los partidos, los políticos, siguen considerando la campaña como eso, una campaña, pero desligada de la marca. Desaprovechan muchos minutos durante casi cuatro años. La comunicación es el sentido común ordenado en el espacio y distribuido en el tiempo. Probablemente el político que esté permanentemente comunicando, cuando llegue a las elecciones no estará sujeto a ese 5% de influencia de la campaña porque la gente ya tendrá el voto muy decidido. Una marca, en el fondo, es como un político: la gente tiene que llegar al supermercado con el voto decidido, mucho antes de ver tu marca en el lineal.

¿Trabajar con políticos ha perjudicado a la agencia?

No solo no me consta, sino que en nuestro trabajo creativo se ha reconocido una voluntad de hacerlo de un modo diferente. Ahí están las campañas. Y en cualquier caso, siempre hay un motivo personal, más allá del económico, que también es lícito. En nuestro caso, este 2015 hemos colaborado con un candidato en Barcelona y con otro en Madrid, de partidos diferentes.

¿Ni siquiera ellos se quejaron?

Ninguno. Son dos personas con las que tenemos una buena relación personal, fueron informadas y cada una atendida desde una oficina y un equipo distinto.

¿Contentos con los resultados?

Lo mejor de colaborar en una campaña política es que siempre ganas porque todos ganan. [Risas]. En un caso fueron satisfactorios y en el otro no, sinceramente, aunque creo que nuestro trabajo, a medio plazo, contribuyó positivamente en el candidato. Tampoco era fácil y lo sabíamos.

¿Cuántos negocios habéis hecho gracias a Risto? ¿Y cuántos habéis perdido por su culpa?

No nos hemos planteado jamás esta pregunta, en serio. Desde que empezamos a trabajar Risto y yo en 1997, y con Aftershare desde 2007, lo hemos hecho siempre, siempre, todo del mismo modo, bajo los mismos principios, sin contar con ningún tipo de externalidades. ¿Cómo afecta tener a una personalidad pública en la empresa? Nosotros vivimos de lo que hacen nuestros clientes y ahí no aparece nunca la foto de Risto. Aparecen nuestras ideas, aparecen nuestras propuestas, aparece nuestro trabajo, que es el trabajo de muchísima gente, en Barcelona, en Madrid y en Valencia, y por supuesto aparece todo el talento creativo de Risto, con una visión muy particular de las marcas y la comunicación, que es lo que más me seduce y lo que más aporta a los clientes.

Pero el riesgo de que pase, existe.

Sí, igual que existe en otras empresas cuando conoces a alguien personalmente. Nos caen bien o mal personas que conocemos en una reunión y en nuestro caso te puede caer bien o mal alguien que has conocido antes, por otros medios. Aunque nunca nadie me ha dicho: «No habéis ganado el concurso por culpa de este tío» o «lo habéis ganado porque queremos un autógrafo». No aceptaríamos ninguna de las dos respuestas. Me parecería un insulto.

Hubo un tiempo en el que las campañas de publicidad se firmaban, pero ya no. ¿Cómo podéis defender vuestro trabajo si no se sabe que es vuestro?

Quien nos conoce, lo sabe: no invertimos ningún esfuerzo en divulgar todo lo que hacemos. Todo el mérito, el demérito o lo que sea, al final, es de las marcas para las que trabajamos. Jamás ha sido nuestra obsesión ocupar un lugar en los créditos de nada. Nos gusta ser reconocidos, por supuesto, y que la gente nos valore, como a todo el mundo, pero no ha sido nuestra prioridad potenciar nuestra marca, aunque quede mal decirlo porque nos dedicamos a ello. Le dedicamos muchas horas al día a trabajar para y con nuestros clientes, y consideramos que esa es nuestra mejor, y casi única, comunicación. No hacemos anuncios de nosotros, hablan nuestros contenidos.

En casa del herrero, cuchillo de palo.

Somos consecuentes con nuestra visión. Consideramos que hacer un anuncio sirve para lo que sirve y que lo que tenemos que hacer es mejorar la vida de las personas, que en nuestro caso son nuestros empleados y nuestros clientes. Así que concentramos todos nuestros esfuerzos creativos, estratégicos y de trabajo en mejorar nuestra forma de trabajar y nuestro producto. Un ejemplo: los martes, con las Tuesday Sessions, montamos una comida de pizza y todos, del primero al último, compartimos los casos de comunicación y marketing más relevantes, innovadores y sorprendentes de la semana. Este es un ejemplo de nuestras prioridades.

¿Cómo se lleva que a Risto le reconozcan en todas partes pero tú pases totalmente desapercibido?

Bueno, el problema lo tiene él. Como yo ya nací así, lo llevo perfectamente [Risas].

Y encima te llamas igual que el cantante de Sidonie. Es difícil reconocerte hasta en Google.

Es que, además del cantante de Sidonie, también hay un tercer Marc Ros, un empresario de éxito de Barcelona vinculado al turismo y la movilidad. Y me da rabia, claro. No solo no soy famoso como mi socio, si no que además tengo competencia [Risas].

Cuando te solicitamos la entrevista nos dijiste que no estabas seguro de tener nada interesante que contar. ¿Era falsa modestia o es que ya te has acostumbrado a que tu socio dé la cara por ti?

Me llaman poco y tal vez por ello la respuesta. Tengo poca experiencia en entrevistas y ello me hace pensar que no tengo muchas cosas interesantes por compartir. Y encima en Jot Down, que parece que te exija más.

Los magos Penn and Teller llevan juntos treinta años y dicen que su secreto es ser compañeros de trabajo sin llegar a ser amigos.

Mi socio y yo somos amigos desde hace dieciocho años. Habíamos trabajado juntos en muchísimas empresas y en muchísimos proyectos, pero no fue hasta 2007 cuando decidimos compartir un proyecto y pasar a ser socios. Le considero más que un amigo, pero no somos los típicos socios que lo hacen todo juntos. Llevamos vidas personales bastante separadas, pero siempre sabiendo que estamos muy cerca el uno del otro. Tenemos una visión absolutamente compartida de la comunicación y sin embargo Risto consigue sorprenderme ante cada nuevo reto. Es lo que más valoro. Y sí, discutimos, casi cada día, pero lo importante es que, por la noche, buscamos un motivo para volvernos a ver a la mañana siguiente [Risas]. Una vez un piloto me dijo, para tranquilizarme, que los problemas son como las turbulencias en un avión: mientras haya turbulencias es que hay aire circulando. Que son buenas, vamos. O muy buenas. Porque, además, las turbulencias obligan al piloto a estar atento. Ese día el vuelo fue mucho más agradable y la gestión de la empresa también.

¿La marcha de Risto a Atresmedia supuso una turbulencia para vuestra productora?

Por un lado, lo más importante es la carrera de Risto como presentador porque es lo que le hace feliz. Pero por lo que respecta a 60dB, hemos adquirido la parte de Mediaset y ahora es cien por cien nuestra. Esto nos permite trabajar y colaborar con quien queramos: con Mediaset, con Antena 3, o con cualquier otro medio de comunicación.

Marc Ros para Jot Down 5

Antes hablabas de tu hija. Además de prometedora comerciante, también es una escritora precoz. ¿Lo sería si no fuera tu hija?

Mi hija Nieves tiene doce años. Empezó a escribir a los diez, porque un día ella así lo decidió. Sin más. Yo hice lo que creo que debe ser el rol de un padre o una madre, que es estimular su autoestima. Que tenga las herramientas para pensar que cualquier cosa es posible. Canalizar sus habilidades y capacidades. Ser parte de sus proyectos. Se puso a escribir y al tercer día llegó el primer problema: quiso dejar de escribir. Así que le dije: «Si lo terminas, vamos a imprimir y a publicar tu libro». Quién diría en la época digital que el premio sea un objeto tangible. Ese fue el primer estímulo de mi hija: saber que en algún momento lo tendría en sus manos; «un libro de verdad», como decía ella. Cuando llegó la segunda crisis, porque ya se sabe que los momentos malos no vienen solos, le hice una segunda propuesta: «te haré yo los dibujos». Ella me pasaba las indicaciones y yo iba haciendo los dibujos. A medida que se acercaba la fecha final y veía que podían aparecer los últimos contratiempos, le dije que, además de imprimirlo, estaríamos el día de Sant Jordi en la Rambla, en un puestecito, para venderlo. Flipó, fue el no va más. El Pare Manel nos dejó un esquinita en su parada, frente al Liceo, aprovecho para agradecérselo desde aquí. Más allá del componente intelectual, creativo, artístico, que supone escribir un libro, Nieves también entendió lo que significaba emprender. Entendió cuánto costaba cada libro, a cuánto teníamos que venderlo, incluso hicimos una donación a Pallapupas —payasos que trabajan en hospitales con niños con cáncer—. Vendimos ciento cincuenta libros, una pasada. ¿Que qué hay que hacer ahora? Pues estimularla para que escriba la siguiente novela. De momento, ya tenemos el tema: una historia sobre el bullying, para concienciar a los niños sobre esa problemática real que hay en las escuelas. Lo ha elegido ella, como no podía ser de otro modo.

Eres un entusiasta del deporte, como practicante y como espectador.

En el deporte debe haber una primera ley: te tiene que divertir. Tanto si lo practicas como si lo ves. Me asusta esta cultura de hacer deporte porque hay que hacerlo o porque hay que compartirlo. La segunda ley, no obsesionarse. Estar siempre unos kilos por encima de tu peso ideal [risas] es buena señal. La tercera, que te permita conocer gente interesante, saber rodearte de gente sana y, si puede ser, fuera de tu ámbito profesional. Y por último, que te permita escalar retos en función de tus posibilidades. No que te mantenga en máxima tensión, pero sí un cierto miedo antes de determinadas pruebas.

De joven jugaste al fútbol.

Sí. Un año y medio después de iniciar mi carrera de futbolista y habiendo superado las pruebas del Barça, con trece años, vi que no disfrutaba, entre otras cosas porque no era de los mejores. Pasé de ser capitán a estar en el banquillo. Entonces supe perfectamente que no debía seguir ese camino. Era bueno, pero no tenía capacidad para ser de los mejores. Punto. Sin dramas. Y mi familia me ayudó a cambiar el objetivo.

Tú eres muy culé, pero luego bien que haces campañas con Casillas. Como agencia, ¿tenéis que tomar más distancia en estos casos que con la política?

También hemos trabajado con Rafa Nadal, que es un acérrimo seguidor del Real Madrid, o con el Córdoba Club de Fútbol. De hecho, hemos trabajado para la LFP y la Liga BBVA y, por lo tanto, para todos los clubes del país. Nos gusta la comunicación deportiva, porque nos gusta el deporte. Y tenemos muchos clientes para los cuales trabajamos en el ámbito deportivo.

Samitier decía que si el fútbol fuese un negocio estaría en manos de los bancos. Hemos visto clubes endeudados, comprados, vendidos…

Creo que dijo Fernando Torres que el fútbol es lo que pasa en el estadio y lo que pasa fuera es negocio. Yo creo que ya ni eso. Donde haya una conexión wifi ya será negocio. Atrae público, marcas, poderes… es un negocio. Al menos a partir de los catorce o quince años. Pero lo importante no es si atrae o no atrae, lo importante es para qué se aprovecha. El deporte tiene que ser una plataforma para conectar con cosas más importantes que el deporte. Lo hemos visto cuando una marca utiliza inteligentemente a un deportista. Y no me refiero a utilizar a un deportista para que te diga que hagas deporte.

Haciendo este tipo de campañas, ¿no piensas ni por un instante que los deportistas quizá tengan demasiada relevancia social?

Todos desearíamos que los médicos, los científicos y los profesores ocupasen ese espacio, pero al final la realidad es la que es. La gente opina si le parece bien o mal que el Real Madrid haya perdido catorce millones con Illarramendi con una rara familiaridad, como si fueran suyos. Nos preocupan mucho los fichajes de los equipos y sus balances, y a veces no estamos tan pendientes de sesenta euros que nos ha cobrado un proveedor, un cliente o el banco, o de un recorte de cien millones en I+D.

Bueno, tú alguna vez has citado una frase de Shimon Peres que decía que el tiquitaca puede llevar la paz al mundo…

El fútbol tiene una capacidad insuperable de movilizar a la gente. Y lo creo de verdad. Aunque también creo que está más al servicio de los negocios que de las personas. Escuché esa frase en directo, en un viaje a Israel, y sí, me quedó, porqué vi jugar a palestinos e israelíes, y todos con la misma camiseta, la de Messi.

¿Algún momento deportivo que recuerdes especialmente?

Un Barça-Real Sociedad jugado en el Camp Nou, de principios de los ochenta. Terminó empate a uno. Tenía diez u once años y era la primera vez que entraba en el campo del Barça. Ví a Arkonada en directo. Recuerdo el olor, el griterío. Y podría añadir la primera final de Champions League que pude ver con mi hijo, en 2009, en Roma. Los dos. Los abrazos. La felicidad.

¿Qué te parece que un club como el Barça tenga un nivel de implicación política como el que algunos le atribuyen —y le critican—?

Se penalizan más las banderas que las bengalas. Eso es lo que me parece. El resto, titulares. El Barça es «més que un club» porque representa muchos sentimientos, el del pueblo de Catalunya, el de los emigrantes de otros lugares de España, el de muchísimos habitantes del planeta. Por eso es y siempre será «més que un club».

¿Qué les falta a los deportes minoritarios para triunfar a nivel popular y comercial? Vosotros habéis trabajado para el mundo del baloncesto, que no acaba de arrancar en España a pesar de ganar medallas y disponer de iconos globales.

El mundo digital es una gran oportunidad para los nichos, pero no suficiente. Les recomiendo que sean valientes con sus propuestas a los patrocinadores.

¿El boom del atletismo popular ha sido espontáneo y las marcas han sabido aprovecharse de ello? ¿O lo han provocado? ¿Crees que esta moda ha llegado para quedarse?

Ha llegado para quedarse porque cada vez somos más los que vivimos más y mejor, en términos de salud. Y porque supone una nueva forma de socializar y de extender nuestras relaciones. El deporte cada vez ocupa más espacio en nuestras vidas y, como no puede ser de otro modo, las marcas están ahí.

¿Tú por qué corres? En 2013 te operaron del tendón de Aquiles y durante seis meses no pudiste hacerlo. ¿Alteró muchas de tus rutinas?

Corro para sentirme bien. Nada más. Me rompí el tendón de Aquiles, que es la peor lesión que existe, y me sirvió para pasarlo muy mal, conocerme mejor y marcarme nuevos retos. No fue una queja. Fue una excusa.

Para acabar, danos una idea para mejorar Jot Down.

Dadme un motivo para hablarle bien de vosotros a un amigo esta misma noche.

Marc Ros para Jot Down

Fotografía: Jorge Quiñoa

Documentación: Loreto Igrexas


Sid Lowe: “Veo las mismas trincheras en España que hace 80 años”

Historiador y filólogo hispánico, Sid Lowe es ante todo un loco del deporte, que podría hacer suya la frase de Albert Camus: “Todo lo que sé del hombre lo aprendí en el fútbol”. Hambriento por matizar cada frase, buscar un inicio y una explicación en cada respuesta, Sid se desespera con un sándwich mixto infame que le han servido en una terraza del madrileño parque de El Retiro. ¿Cómo presumir ahora de nuestra cocina española? Viene de un par de semanas fastidiado con una conjuntivitis vírica, entre viaje y viaje a Londres para hablar con jugadores del Chelsea, y hay en sus palabras algo que le saca de la pose del hispanista que da lecciones, seguramente porque sabe que siempre hay un riesgo de que se le malentienda. Como verán en la entrevista, queda claro que, si Sid odia algo, son precisamente los malentendidos.

Háblanos de tus inicios como corresponsal en España. ¿Te costó integrarte en la cultura y la forma de vida? ¿Qué fue lo que más te llamó la atención al principio?

Vine a España para hacer una tesis doctoral, no para ser periodista. Hay gente que me dice: “Oye, ¿qué hay que hacer para llegar a ser periodista?”, y les respondo que no hagan lo que hice yo. Yo venía a estudiar. Ya escribía alguna que otra cosa desde Inglaterra sobre el fútbol español, y ese interés en España y su fútbol me abrió la puerta del periodismo. Había vivido un año en Oviedo hacía tiempo…Justo en el momento en que The Guardian quería tener cierta visión europea, yo andaba por ahí. Me preguntaron si me apetecía hacer una crónica semanal de lo que estaba pasando en España y les dije que sí. El primer año escribía desde Sheffield, pero viajaba mucho, ya que también estaba con la investigación previa a la tesis. Luego llegué a Madrid.

¿De qué año estamos hablando?

Viví en Oviedo en el curso 96-97. Fue el año de Ronaldo en el Barcelona. Y el año de Oli en el Oviedo, para situarnos (risas). Un año en el que marcó muchos goles y se fue al Betis. Volví a Inglaterra para terminar el curso, estuve un año en Sheffield y luego hice un master para el que viajé mucho a España, sobre todo a Madrid, para investigar en la Biblioteca Nacional y la Hemeroteca. Después volví a Inglaterra, supuestamente un año, pero seguía viniendo mucho a España. Ya no volví a Inglaterra para escribir la tesis. Eso fue ya en 2000-2001. Vine para un año y hasta ahora.

¿Qué fue lo que te llevó a elegir España como objeto de investigación?

En parte por el interés que tiene el país. Volviendo al principio, cuando tenía 12-13 años, en el colegio me obligaban a dar francés. Luego te daban la posibilidad de elegir otro idioma. Y elegí el español. No sé por qué. Con 13 años nos fuimos a hacer un intercambio a Lorca. Me quedé dos semanas con una familia y luego los de Lorca vinieron a Londres. Fíjate qué cambio. ¡Nosotros a Lorca y ellos a Londres! La familia que me acogió en Lorca me recomendaba que volviese para ver la Semana Santa, porque decían que era una cosa de locos. Y lo era. Volví y me quedé un par de semanas con esa familia. Me di cuenta de que no me costaba tanto aprender castellano y ahí empezó el interés en todo lo español. Luego seguí estudiando castellano, y en la universidad hice un curso de Historia y Filología Española, con un interés especial en la Guerra Civil, el franquismo, la Transición… Eso, directa o indirectamente, me llevó a hacer la tesis doctoral sobre los orígenes de la Guerra Civil y las raíces sociales y políticas del régimen de Franco (la derecha en los años 30, durante la República). No es el camino normal del periodista deportivo, pero salió bien.

Esta fascinación de los británicos hacia España, y en concreto hacia ese periodo de la Guerra Civil y el franquismo, ¿de dónde crees que viene? Giles Tremlett, tu compañero en The Guardian, ya escribió un libro fantástico, Ghosts of Spain.

En la presentación de su libro, la gente le decía que qué hacía un inglés diciendo a los españoles cómo era su historia y su sociedad actual. Y yo decía que, precisamente por ser inglés, tenía otra perspectiva. Igual era mala, pero al menos el enfoque era diferente. Además, sobre España han escrito Hugh Thomas o Paul Preston, y americanos como Stanley Payne… La fascinación por España y su historia política tiene que ver también con que la historia inglesa es muy aburrida para estudiar. No te encuentras guerras civiles o dictaduras. ¿Por qué hay tanto interés en estudiar el régimen nazi? Porque es algo casi imposible de entender humanamente. El afán por intentar entender es muy estimulante para el estudioso. A nivel personal, no sabría contestar con exactitud. Me acabé interesando por entender el país al que llegué, por mis amigos españoles…

En los libros de periodistas e hispanistas ingleses se detecta cierta atracción por el exotismo que desprende España. Cuando te estableciste aquí, ¿sentiste una especie de desilusión al ver que era un país normal o sigues pensando que “Spain is different”?

Desde luego, “Spain is different”, pero no tan “different” como era. España es un país europeo como muchos, con una economía que es un desastre como muchas otras. También a Inglaterra le tocará la crisis, aunque quizá no tanto porque no tiene el problema del euro. Para mí, España sigue teniendo una gran fascinación. Tiene mil cosas que te atraen, pero otras que te echan para atrás. Al final es un país al que llegas, te gusta, la gente es muy buena. 

¿Cómo vemos los españoles a los británicos? ¿Vemos en Michael Robinson al paradigma de periodista británico, excéntrico, divertido, como venido de otro planeta?

Mi padre me preguntó si creo que los ingleses aceptarían que un español comentase los partidos de la Premier. Le dije que quizá no. Pero Michael Robinson terminó por cambiar la mentalidad. En ese sentido, por mucho que todas la semanas algunos me digan que me vaya a mi país, la aceptación en general es tremenda. Es increíble que me den la oportunidad de comentar partidos de la Liga española. Les estoy muy agradecido. Pero también es curioso, porque a veces me pregunto qué pinto yo aquí. También puede que exista fascinación por el acento inglés o la visión inglesa del fútbol que cuida tanto la historia y las tradiciones. Creo que en general españoles e ingleses nos llevamos bien. Tenemos una fascinación mutua con matices. 

Te hiciste aficionado del Oviedo en tu estancia en la ciudad. También eres del Liverpool. ¿Por qué sigues a los “Reds”?

Que sea del Liverpool es una aberración. Casi todos mis amigos son del Tottenham, y los que no, del Arsenal. Cuando era niño quería ser del Queens Park Rangers, como mi hermano mayor. Mi hermano, que es idiota, me dijo que no podía ser de su mismo equipo. No entiendo por qué: a mí me hubiera encantado tener un hermano pequeño que compartiese mi afición. Entonces le pregunté cuáles eran los equipos que jugaban de rojo. Me dijo que el Arsenal, que hubiera sido la elección más lógica, el Manchester United, el Liverpool…Yo le pregunté que quién era el mejor de todos, me respondió que el Liverpool y me hice del Liverpool. Me compraron una camiseta roja y mi madre me cosió el escudo. Con un bolígrafo puse el 7 de Kenny Dalglish a la espalda. Lo bueno es que, viviendo en Londres, podía ver jugar al Liverpool en muchos estadios. 

No es buen momento para ser del Liverpool y el Oviedo. ¿Te has acostumbrado a sufrir con tu equipo?

Lo bueno de ser del Oviedo es que en España evito la acusación de “glory hunter” (“ir con el que gana”, diríamos en castellano), que me podría perseguir en Inglaterra por ser del Liverpool siendo de Londres. Yo nunca me cambié de chaqueta. Lo bueno de ser del Oviedo es que no te pueden acusar de buscar la gloria. De todas formas soy un oviedista un poco extraño, porque no odio al Sporting. Es más, no quería que bajara.

¿Cómo se explica que el Liverpool sea una referencia en Europa (dos finales de Champions League en los ocho últimos años) y en Inglaterra no haya ganado aún la Premier League?

La mejor respuesta es comentar la canción que canta la afición del Liverpool cuando juega contra el Chelsea. “Fuck off Chelsea F.C., you ain’t got history” (“vete a la mierda, Chelsea, no tienes historia”). 18 Ligas y cinco Copas de Europa. La historia cuenta, y mucho. Sobre todo para que la gente se enganche a un equipo. La historia europea del Liverpool es muy sencilla. Las cuatro Copas de Europa de finales de los 70 y principios de los 80 y la época de Benítez. Es como el Madrid, que estuvo 32 años sin ganar la Copa de Europa y aun así sigue siendo el Madrid.

Pero el Madrid ganaba Ligas mientras fracasaba en Europa.

Sí, es verdad. Cuando el Liverpool ganó en Estambul la Champions (2005), la afición era muy consciente de que no era ni de lejos el mejor equipo de Europa. La afición del Liverpool tiene una necesidad de ganar la Liga mayor que la que tiene cualquier otro equipo, sobre todo porque el Manchester United ya les ha adelantado. Esa circunstancia dolió mucho. Entonces cambió el discurso, y la gente decía que seguían teniendo más Copas de Europa. Eso sí, en el fondo, la gente del Liverpool sabe que la Liga lo es todo. Conozco a muchos españoles que fueron a Anfield y volvieron impresionados con The Kop o el You’ll never walk alone. Los del Liverpool presumimos de estadio, mientras que los demás dicen que Anfield es una leyenda, que no es para tanto. Luego, van los españoles allá y dicen “sí, sí es para tanto” (risas).

¿Cómo ves el futuro del Liverpool tras la marcha de Kenny Dalglish? ¿Luis Suárez continuará después de sus problemas de comportamiento? ¿Gerrard seguirá siendo importante? Menudo desastre el fichaje de Carroll…

Sí (ríe). Si juegas con Carroll te ves obligado a jugar con un estilo determinado, y el Liverpool es de los pocos equipos ingleses que ha presumido de identidad, de estilo. “Get, give, move” (recibe, da y muévete). Un poco como lo de Guardiola (“I have the ball, I pass the ball”). El fichaje de Carroll igual no encajaba en esto. El futuro creo que pasa por los dueños. Por su capacidad para entender lo que es el club, de modernizarlo sin que pierda su esencia. Cuando hablas de una causa o una idea suena a superioridad moral, como pasa con el F.C. Barcelona aquí en España. ¿Suena a superioridad decir que el Barcelona tiene filosofía? Puede ser, pero es así. El Liverpool tiene algo parecido. 

La continuidad de Luis Suárez dependerá de que el nuevo entrenador le convenza, pero es difícil mantener a alguien tan bueno si a su alrededor no hay un gran proyecto. Si él se fuera, el Liverpool seguiría, pero a los aficionados nos da miedo esa posibilidad porque creo que es el mejor jugador que tenemos.

¿Quién suena como futuro entrenador?

En general la afición querría que fuese Benítez. Benítez, más allá del estilo de fútbol, captó lo que es la ciudad y el club. El hecho de que Benítez siga viviendo al lado de Liverpool, que supiera manejar la parte emocional del club…Por ejemplo, en el caso de la tragedia de Hillsborough, hizo una donación de dinero a su asociación de víctimas. 96.000 libras. Mil por cada persona fallecida. En ese sentido, la afición está muy agradecida, más allá de que ganase la Copa de Europa, que es algo espectacular. De todas formas, creo que Benítez no llegará; los dueños le tienen miedo por el control deportivo que exige y quieren buscar otro perfil de entrenador. Se habla mucho de Roberto Martínez, que me provoca una sensación buenísima, aunque no sé si tiene lo que necesita para ser entrenador del Liverpool. Se habla también de Brendan Rodgers, que ha hecho un trabajo fantástico con el Swansea, pero Rodgers ha dicho que no. Luego vi un reportaje que decía que el Liverpool dudaba entre Capello o Guardiola. Si no sabe a por quién ir de los dos es que no sabe lo que quiere.

En el fútbol español, ¿qué efectos crees que tiene la hegemonía deportiva, económica y mediática del Real Madrid y el F.C. Barcelona?

Creo que estos dos equipos, que son clubes sin igual en el mundo, fantásticos en muchas cosas, tienen su parcela mala. Es bueno que estos dos clubes sean muy fuertes, pero creo que el fútbol español se está comiendo a sí mismo. No es por quitarle méritos al Madrid, porque 100 puntos son 100 puntos, pero en otra liga no sería posible. Y no es bueno que sea posible, al menos más de un año. Llevamos tres años consecutivos en los que el tercer equipo, el Valencia, acaba más cerca del descenso que del título. Cuando José María del Nido dice que es una liga “de mierda” no tiene razón, pero sí que deja mucho que desear a nivel de posibilidades de competir con los grandes. Es problemático, porque al final esta situación también le quita méritos a los dos. El Madrid y el Barcelona quieren ganar la Liga, pero no una Liga en la que ganan 6-0, 5-0, 4-0, sino una en la que cuesta ganar como visitante, en la que un empate no es una derrota. Eso lo aprendió Mourinho, que en su último año en el Inter empató diez veces y ganó la Liga. También es problemática la Liga española como organización, porque es un conjunto de clubes en el que 18 votan y dos deciden cómo repartirse el dinero. Los votos los manejan dos o tres, y alguno del que no me fío demasiado. Es una pena, porque a largo plazo todo esto también le hace daño al Madrid y al Barcelona.

Como comentarista de LaSexta, ¿hasta qué punto piensas que se puede sostener un modelo televisivo a partir de una Liga en la que sólo tienen interés los partidos del Madrid o el Barcelona?

En Inglaterra, un partido entre el cuarto y el quinto clasificado tiene más interés que en España. El trabajo de historiador, aunque no estés de acuerdo, se basa en tener empatía con lo estudiado, y yo entiendo que el Madrid y el Barcelona lleguen y le digan a los demás equipos: “Sin nosotros no sois nada”. Entiendo que digan eso, porque es verdad. Los demás equipos hacen su día del club cuando les visitan el Madrid y Barcelona, ven su estadio lleno con la visita de los dos o los ven millones de espectadores por televisión. También es verdad que es fácil atacar a Madrid y Barcelona, pero hay una realidad social clara. Creo recordar que una estadística señalaba que el 62% de la población española era de uno de los dos. Luego hay otro fenómeno, que no existe en Inglaterra, y es que muchos aficionados de otros clubes, además de ser de sus equipos, simpatizan con el Madrid o el Barcelona. Alguien puede ser del Oviedo, y también del Madrid o el Barcelona. Esa afinidad por uno de los dos nunca cambia. Sin embargo, yo soy del Oviedo, pero hoy igual quiero que gane el Barcelona y dentro de cinco años el Madrid. Esa es la neutralidad real. Y no existe en España.

¿Crees que esta bipolarización futbolística es un reflejo de la sociedad española?

Esta pregunta se la haces a un historiador de la Guerra Civil (risas). En Inglaterra me toman el pelo porque utilizo mucho la palabra “caveat” (matiz), que suena a intelectual. En esta cuestión hay mil matices. Pero dentro de estos matices hay una especie de bipolaridad en España que a veces incluso me da miedo. Yo no presumo de saber todo lo que pasa en España, pero veo las mismas trincheras que hace 80 años.

¿Estas posiciones encontradas se perciben desde fuera como exageradas o es algo común en otros países?

En Twitter pones “Messi ha marcado 45 goles” y a los dos minutos alguien pone “¿Y Cristiano cuántos?”. A mí me da igual cuántos ha marcado Cristiano, porque acabo de poner que Messi ha metido 45. Parece que no se puede mirar a uno sin referirse al otro. Y eso pasa en todo. Funciona mucho el “y tú más”. Por ejemplo, la rivalidad Madrid-Barcelona es una rivalidad con muchos ingredientes. En ella todo es inamovible. Y eso pasa también en otras muchas cosas. Coges la prensa deportiva, y la no deportiva, y te sorprendes, más siendo inglés. No hay posiciones intermedias. Pero vuelvo a lo de la empatía. Hay que entender que un director de un diario deportivo sabe que si gana su equipo venderá 10.000 ejemplares más. ¿Quién es culpable, la prensa o la sociedad? ¿O las dos? Yo desde luego echo de menos muchas cosas. Creo que se podrían hacer cosas diferentes pero la sociedad, para bien o para mal, es la que es. 

En España, con el PP y el PSOE, también hay choque de posturas en política. Una figura como la de Nick Clegg, que desde aquí se ve como mediadora, ¿tendría sentido en España? ¿Podría encontrar su equivalente en este país?

Al final Nick Clegg, o ha querido o se ha visto obligado a saltar a la cama con otro, así que deja de estar en el medio. ¿Tendría sentido en España? Probablemente. Hay matices con las políticas catalana o vasca, que no encajan totalmente porque falta otro enfoque. También a nivel nacional Rosa Díez lo está intentando, pero hay un sistema bipartidista. Asimismo, en Inglaterra llevamos años hablando de que tenemos un sistema de dos partidos donde no cabe una tercera vía. Tony Blair siempre hablaba de la “Tercera Vía”, que es la frase de Anthony Giddens, el sociólogo. Cuando lo leía pensaba “¿Tú sabes quién es el último que ha hablado de una tercera vía que no es ni capital ni trabajo?”. Era propio del fascismo, que termina siendo una mentira. En cosas fundamentales, lo que parece otra opción termina siendo más de lo mismo, con matices. El famoso libro de Paul Preston, Las tres Españas del 36, refleja que había gente que no quería la guerra. El problema es que una Guerra Civil te obliga a borrar la tercera vía. Sólo hay dos opciones. No tienes más remedio que elegir un bando, ya sea por cuestiones geográficas, ideológicas o de mera supervivencia. Con esto no quiero decir que España vaya camino de otra Guerra Civil, pero existen ciertas divisiones.

Es curioso que en un país en el que se vive tan bien haya este cainismo.

Te digo una cosa. No hay un solo español que me conozca que no me diga “joer, qué bien se vive en España”. Y es verdad.

¿Cómo se explica desde fuera esa insatisfacción, esa necesidad de tener enemigos?

Para mí es muy difícil llegar como si fuese a solucionar España. Parece que presumo de tener las respuestas para todo. Pero te digo una cosa: si me dan seis meses con control absoluto, en el fútbol español arreglo varias cosas. En la sociedad es mucho más complicado. La tendencia, presente en el libro de Giles (Tremlett), es buscar los motivos de las cosas. Luego puedes pensar que todo lo que ocurre en España es a causa de la Guerra Civil. Es una tentación peligrosa, pero, utilizando la terminología de Giles, son “fantasmas” que existen. No explican todo, pero sí algunas cosas. Quizá expliquen esa dicotomía de la que hemos hablado antes, al menos en parte. La insatisfacción no viene solo por cuestiones materiales, sino por aspectos espirituales, políticos, culturales… Todos tenemos miedo de lo que puede pasar por la crisis, pero yo vivo en España contento. Estoy a gusto. Aun así, hay cosas que me tocan los huevos. Creo que la insatisfacción es normal, lo que me llama la atención es que en España sea tan rígida. En esta cuestión, como en muchas otras, no hay una contestación fácil. Pasa también con la Ley de Memoria Histórica. Se olvidaron muchas cosas para que la Transición fuese un éxito. Y la Transición en Inglaterra se ve y se veía como algo modélico. Pero si dejas cabos sueltos, llegará un momento en el que la gente te diga “¿Y qué pasa con esto?”. La gente quiere saber qué pasó y eso provoca una reacción contraria desde el otro lado. En Sudáfrica hubo una búsqueda de la verdad con el objeto de reconciliar que en España no existía. Existe ahora, y a la derecha le parece peor, porque piensa que se hace con el afán de remover. Pero es que no sé si quieren remover o quieren saber. Yo como historiador quiero saberlo todo, y no por cuestiones ideológicas, pero es problemático.

¿Hay algo de artificial en la conversión del tema de la Memoria Histórica en debate político actual? Cuando Zapatero llegó en 2004 colocó el asunto en el centro de la discusión, dejando de lado otras cuestiones, como la económica.

Exacto. Pero para que algo se convierta en centro del debate político necesita provocar una reacción importante. Yo tengo un amigo inglés muy de derechas, que siempre me decía que Zapatero era un resentido que solo quería sacar capital político de la Memoria Histórica. Le decía que quizá sólo quería desagraviar a la gente y honrar la memoria de su abuelo, y que el resto lo hizo la reacción pública. Me contestaba que tenía que estar pendiente de la economía, pero un gobierno tiene que estar pendiente de muchas cosas. Es trabajo del Gobierno sacar una Ley de Memoria Histórica, aunque quizás no sea el principal cometido. Luego se hicieron algunas cosas mal. Me decían que sólo veían las víctimas de un lado. Sí, pero durante 45 años… Es muy difícil. También me acusaban de no investigar a los dos bandos por igual, pero sólo hice una tesis doctoral. Es imposible que pueda abarcar todo lo que pasó. Tienes que elegir un enfoque.

¿Qué opinas de la polémica originada con los pitos al himno en la final de la Copa del Rey?

Podemos decir que no hay que mezclar política y deporte, pero hay que ver en qué país estamos. Es una realidad que hay política en el fútbol español. Respecto al himno, me da miedo meterme en ese tema por el hecho de ser inglés y lo que pueda pensar la gente de mí. Igual me equivoco en mi apreciación, pero por lo menos aporto una perspectiva diferente. Con el himno me parece que se montó un pollo demasiado grande. Cuando oí las palabras de Esperanza Aguirre, pensé: “Esta tía es tonta”. Pero de tonta tiene muy poco. Será que ella supo que así cerraba filas con los que la apoyaban. Incluso puede que consiguiese más apoyos, mientras que los que siempre la han atacado volvieron a hacerlo esos días. Esta apreciación supone que sus palabras fueron meditadas. Quizá le salieron de dentro y fue sólo una opinión, pero una opinión importante por ser quien es. Luego dijeron que se debería suspender la final si pitan el himno. Más allá de cuestiones políticas, ¿realmente se debería suspender un partido de fútbol con 55.000 personas en las gradas por unos pitos? Me parece un poco exagerado. Si ponen el himno inglés y lo pitan, yo no me iré del estadio. Entre otras cosas porque no me siento representado por el himno inglés. Dice “Dios salve a la Reina” y yo soy republicano y ateo. Además, las aficiones en España e Inglaterra han hecho cosas peores y no se han suspendido partidos. También dijeron que si se suspendía el partido se debería jugar en otra ciudad. ¿Se puede pitar el himno español en otra ciudad pero no en Madrid? Otra cuestión es si deben jugar la final de la Copa del Rey dos equipos cuyos aficionados vayan a silbar al Rey. Yo me pregunto si realmente pitar al himno equivale a pitar al Rey. Reconozco que es una contradicción pitar al Rey y jugar la Copa del Rey, pero si no, ¿qué Copa quieres que jueguen? Además esa Copa ha sido la Copa de la República o la Copa del Generalísimo. ¿Realmente representa al Rey o representa al estado español? Y me dicen que esos aficionados no quieren formar parte del estado español, pero son solo algunos los que no quieren. De todas formas, aunque no quieran, forman parte de España: si se independizan ya tendrán sus competiciones. Hay otro matiz que me parece importante: para un vasco o catalán no es lo mismo pitar el himno inglés que pitar el himno de un estado que, según ellos, les tiene sometidos.

También hay algo psicoanalítico en todo esto. Hay personas que creen que España es un país opresor, pero mantienen un modo de vida español. Pitan el himno porque es una parte que no les gusta.

Claro. Quieren liberarse de esa parte que se les impone. Yo soy inglés, y aunque no sea nacionalista, me siento inglés. Pero no me siento representado por ese himno. No lo voy a pitar, pero tampoco me importaría que alguien lo pitase. También me molesto mucho con la gente que dice que es lo mismo pitar un himno que hacer cantos racistas. Con matices, tampoco creo que sea lo mismo proferir gritos racistas que decir otros insultos como “ese portugués, hijo p… es”. Hacer gritos racistas es quitar la humanidad a alguien. Es insultar a una persona por el color de su piel, no por su nacionalidad y lo que esta representa. Para los vascos y catalanes, tengan razón o no, lo que representa España les provoca una respuesta negativa. 

¿Se piensa desde el extranjero que el deporte español tiene un problema de racismo? En los últimos años ha habido episodios polémicos, como la campaña de la selección de basket para los Juegos de Pekín o las palabras de Luis Aragonés a Reyes hablando de Henry.

Tristemente creo que sí se piensa. En España se puede percibir, pero de otra manera. Yo también intenté en Inglaterra (y creo que fracasé) matizar esas acusaciones sobre el deporte español. Que vengan los ingleses a decir a unos aficionados al fútbol cómo deben comportarse es la leche. Esa sensación de superioridad moral inglesa tiene que ser muy difícil tragarla, pero los ingleses ven que España tiene otra actitud respecto al racismo. Puede que esa diferencia tenga que ver con las oleadas de inmigración. La inmigración en Inglaterra empieza en los años 50. En ese sentido España está a 40 años de Inglaterra. Las actitudes que había en Inglaterra se cambiaron en función del enfrentamiento con gente negra. A partir de ahí, Inglaterra se convirtió en un país muy sensibilizado con el tema del racismo. Quizá por esto ve con frecuencia muestras de racismo en otros países que igual no son tales, lo que curiosamente también es una forma de racismo.

Después del famoso partido contra Inglaterra en el Bernabéu (2004) hubo muchos comentarios en España que decían que Inglaterra buscaba una cortina de humo con el tema del racismo porque había jugado muy mal ese día o porque Rooney había perdido los papeles. Pero no fue por eso. Los gritos racistas de aquel partido escandalizaron de verdad a los ingleses. Amigos míos fueron al campo y dijeron que no habían visto nada igual desde los años 70. Con lo de Luis Aragonés también hubo polémica. Se dijo que la frase se sacaba de contexto si se sacaba de España, pero se tenía que sacar, porque se hablaba de Henry, un futbolista francés que jugaba en Inglaterra. Además las palabras venían del seleccionador español. Creo que Luis Aragonés se equivocó diciendo eso, pero Luis no tenía la intención de atacar a Henry.

En cuanto al tema de la selección de baloncesto, ahí sí que me equivoqué. En el artículo que escribí, no fui capaz de matizar como tenía que haber matizado que el gesto de los ojos rasgados en España no tiene por qué ser ofensivo. También hubo un párrafo que había escrito que no salió publicado en el periódico por cuestión de espacio. Yo no tengo la maquetación, sino que mando el texto a la redacción y ahí lo editan. Y quitaron un párrafo en el que decía que el gesto se puede ver como una muestra de simpatía y de abrazarse a la cultura china, pero que no se suele ver así.

Otro problema que se suele asociar al deporte español, guiñoles franceses aparte, es el dopaje. De hecho, fue uno de los factores que jugaron en contra de Madrid la última vez que aspiró a organizar unos Juegos Olímpicos. ¿Crees que España combate el dopaje lo suficiente en relación con otros países?

Sinceramente no lo sé, pero veo ciertas cosas que a veces te hacen pensar que se podría hacer más. También se tiende a politizar el tema, lo que me parece problemático. Para mí es difícil dar una respuesta porque en los medios ingleses se tratan dos o tres deportes normalmente, y entre ellos no está el ciclismo, que es un poco el foco de todo. Tengo amigos italianos que dicen que en Italia los controles son mucho más serios. El tema de Eufemiano Fuentes, por ejemplo, clama al cielo, aunque no conozco todos los detalles de la cuestión del dopaje en España.

Hablando de los Juegos Olímpicos, ¿cómo se está viviendo la experiencia en Londres?

Con mucha ilusión. La gente en general está muy animada, aunque siempre haya algunos que están en contra. A esos les digo que los Juegos serán fantásticos. Yo estuve en Atenas 2004 y fue una experiencia tremenda. Creo que será muy bueno para Londres. Y la gente está empezando a ver que puede ser una fiesta. Gran Bretaña siempre se ha tomado muy en serio los Juegos Olímpicos. Luego saldrá el tema de los gastos, pero creo que hay que disfrutar de los Juegos.

Tenemos la imagen de los ingleses como gente a la que sólo le preocupa lo suyo. ¿Hay verdadero interés, entre los organizadores de los Juegos y los habitantes de la ciudad, por transmitir buenas sensaciones al resto del mundo o eso es secundario?

Sinceramente, no lo sé. La frase de que los Juegos son para proyectar una imagen al mundo se ha dicho muchas veces. El caso de Barcelona, por ejemplo, es clarísimo. Pero no sabría decirte porque Londres es otra cosa. Estuve la semana pasada en Londres con Juan Mata para hacerle una entrevista con vistas a la final de la Champions. Juan está en su salsa. Está visitando todo y le fascina. Yo, que soy londinense, tengo la ciudad muy vista, pero es un sitio internacional de verdad. Quizá eso reduce la necesidad de proyectarse como ciudad en los Juegos, porque ya está proyectada.

Hablamos de Atenas 2004 y hay que ver cómo ha acabado Grecia. ¿Tiene sentido que Madrid siga pujando por unos Juegos?

Yo también me lo he preguntado. Pienso que si Madrid se ha quedado dos veces a las puertas de los Juegos por algo será. Igual la candidatura actual es muy buena a base de pulir errores del pasado. Tiene sentido presentarse otra vez si realmente Madrid quiere organizar unos Juegos, porque igual el problema de las candidaturas anteriores estaba más en las ciudades rivales que en la propia candidatura. La situación económica en España es terrible y estamos planteando una solución a la crisis basada en la austeridad. No presumo de político ni de economista, pero pelear por unos Juegos es buscar otra solución absolutamente opuesta. Es gastar para que la economía se mueva. Yo soy más partidario de esa política que de las medidas de austeridad.

¿Cómo se vive en Inglaterra, aunque esté fuera de la “zona euro”, el dominio del eje franco-alemán, las políticas de Merkel y el nuevo escenario abierto con la victoria de Hollande en Francia?

Se vive con sensación de alivio por no haber entrado en su momento en el euro. Y eso que en aquel momento no entendía que Inglaterra no entrase, pero claro, no soy economista. En Inglaterra siempre ha habido una corriente contraria al europeísmo, a ceder soberanía a instancias ajenas. Ahora también vive, como todos, con miedo a lo que pueda pasar en Europa.

En Inglaterra encontramos varios políticos de posiciones antieuropeas como Nigel Farage, un hombre que en sus planteamientos populistas se acerca a posiciones ultranacionalistas.

Sí. Otra de las preocupaciones derivadas de la crisis es el aumento de popularidad de personas y grupos políticos que crean más conflictividad. Buscan culpables entre los que no son culpables. Podemos decir que los culpables de la situación económica son los sudamericanos y que hay que echarlos del país. ¿Pero son realmente los culpables? Claro que no.

¿Cómo interpretas las revueltas callejeras del verano pasado en el norte de Londres? ¿Eran protestas contra una situación social y racial convulsa o una simple algarada de niños irresponsables que querían robar un iPad? ¿Algún término medio como explicación?

Hubo un poco de todo. Algo así ocurre por factores como la desigualdad económica, muy pronunciada en Londres. Eso está en el fondo. Luego también hay un matiz racial, aunque no tan fuerte como el económico. Eso sí, no nos olvidemos que el desencadenante de todo es el suceso de Tottenham, que tiene tintes raciales. Después, una vez provocado, hay un momento de oportunismo absoluto. Si hay una revuelta, tengo la oportunidad de robar una televisión de plasma y estoy seguro al 100 % de que no me va a pasar nada, quiero pensar que yo no llegaré a robar el televisor… pero se puede entender que muchos sí lo hagan. Esos días salieron unas imágenes de dos chicas que vieron una joyería con la puerta destrozada. Una dijo: “¿Qué hacemos?”, y la otra replicó: “¡Coger unos relojes!”. Pero los factores de fondo responden a una problemática social importante.

¿Por qué crees que esos sucesos no se han trasladado a países sacudidos por la crisis, a excepción de Grecia?

En España, por ejemplo, la imagen de los “indignados” del 15-M es en ocasiones una imagen violenta, sobre todo cuando la policía intenta desalojarles. Es un enfado real, pero es bueno que pocas veces haya desembocado en violencia. Hay una violencia latente que podría explotar en algún momento. Pero no sé por qué no se ha llegado a lo de Londres.

Pero es curioso que, por ejemplo, en un país tan partidario de la acción directa como España las protestas hayan sido en general pacíficas.

El caso del 15-M, por ejemplo, a mucha gente le molesta, pero yo creo que sus promotores han manejado la protesta de una manera casi ejemplar. Ha habido ocupaciones, pero pacíficas. También ha habido enfrentamientos, pero pocos. El problema es que, como es una protesta generalizada, le falta un enfoque o una reivindicación concreta. Es difícil satisfacer sus exigencias, porque no piden algo concreto. Quieren vivir en un mundo mejor, claro, como todos. Hay una necesidad de encauzar estos deseos, que para mí son absolutamente respetables. Es más, los comparto.

Se acerca la Eurocopa. Hace cuatro años, Sky Sports sacó un divertidísimo vídeo en el que animaba a hinchas de Inglaterra, Gales, Escocia y las dos Irlandas (ninguna de sus selecciones se habían clasificado para la Euro 2008) a que animaran a España porque, total, “ellos también la cagan en cuartos”. Después de ganar Eurocopa y Mundial, ¿cuál es la percepción en Inglaterra del fútbol español?

Ha cambiado mucho en los últimos años. Ya de por sí, a la selección española se le tiene mucho cariño en Inglaterra. En la pasada Eurocopa, mi periódico hizo un sondeo para conocer la selección a la que iban a apoyar los aficionados ingleses durante el torneo. Holanda quedó primera y España segunda. El anuncio de Sky iba un poco en esa línea, con una intención cariñosa. El fútbol español se sigue con mucho interés en Inglaterra y España es un país que cae muy bien allí, aunque a veces pueda parecer lo contrario. Eso sí, el éxito en la Eurocopa y el Mundial ha cambiado la perspectiva respecto a España. Ahora España gana, también a nivel de clubes, y jugando a otra cosa. Es como si fuera una revelación. Ves a unos tíos que ganan pasándose la pelota (risas). También es verdad que como los ingleses somos en el fútbol un poco brutos, a veces las alabanzas excesivas provocan una contrarreacción. Tanto oír hablar bien del Barça y la selección española acaba por hartar a algunas personas, pero la sensación generalizada es que los españoles son los mejores y que además juegan a otra cosa.

¿Cómo ha influido en esa visión tan positiva la llegada a la Premier de jugadores como Silva, Mata o De Gea, y anteriormente Cesc, Alonso o Torres?

Ha influido bastante. Sólo hay que ver cómo se les quiere en Liverpool a Xabi Alonso o Álvaro Arbeloa. Este año, David Silva ha sido uno de los tres o cuatro mejores jugadores de la Premier. Juan Mata ha sido elegido jugador del año por los aficionados del Chelsea. La carrera de Fernando Torres se ha torcido un poco, pero en el Liverpool era un ídolo.

¿Qué le pasa a Fernando Torres? ¿Crees que la prensa inglesa está siendo injusta con él?

Yo creo que se precipitó un poco al cambiar de club. Pensó que era su última oportunidad y quizá no lo era, aunque es verdad que la situación del Liverpool era difícil. Este año ha tenido problemas físicos y cuando se ha recuperado las cosas tampoco le han acabado de ir bien. Quizá el estilo del Chelsea no le venía bien. Es muy difícil hablar de una persona cuando no estás con él todos los días, pero tengo la sensación de que ha sido un curso emocionalmente complicado para él, con problemas para encajar en el vestuario del Chelsea. Un cúmulo de factores han jugado en su contra. Yo soy muy de Fernando. Además, es una gozada entrevistarle porque siempre habla con inteligencia y elocuencia. Ojalá tenga una Eurocopa muy buena.

¿Cuál es tu pronóstico para el torneo?

Creo que España no la ganará. Tiene dificultades que no tuvo en los torneos anteriores. Varios jugadores se han incorporado con retraso al haber disputado la final de la Copa del Rey. Esa circunstancia no ha ocurrido en otras selecciones, como Italia o Inglaterra. Me parece increíble que hayan permitido a la Federación Española hacer una mala planificación una vez más. Esta situación le ha hecho un daño terrible a la selección. Me gusta que la final de Copa sea el último partido de la temporada, pero que sea un poquito antes. Además, noto cansancio mental y físico en algunos jugadores. La ausencia de Puyol es enorme. Quizá la gente no la ha valorado en su justa medida, aunque Sergio Ramos me ha gustado mucho como central este año. Luego está la ausencia de Villa y los problemas físicos de Xavi, que para mí es el mejor futbolista español de todos los tiempos. Ojalá me equivoque, porque soy muy de la selección española, también por la bondad que transmiten sus jugadores. Los futbolistas de Inglaterra, sin conocerlos demasiado, no transmiten lo mismo.

¿Qué esperas de Inglaterra con Roy Hodgson?

Hay una frase que es “England expects” (Inglaterra espera). Pero por primera vez en muchos años Inglaterra no espera nada.

España tampoco esperaba nada en 2008.

Sí, quién sabe lo que puede pasar. Tenemos la ausencia de Jack Wilshere, que era el futbolista diferente. Seguimos sin encontrar solución al problema LampardGerrard, con el que llevamos un montón de años. Rooney no jugará hasta el tercer partido. Roy Hodgson es una incógnita que no transmite ilusión, aunque a mí no me desagrada para nada. Creo que tenemos muy pocas posibilidades. No creo que pasemos de cuartos de final, donde nos podríamos cruzar con España.

El Chelsea no tenía muchas posibilidades de ganar la Champions y la ganó. ¿Ves paralelismos entre el estilo de juego que ofrecieron los “Blues” y lo que puede mostrar Inglaterra en la Eurocopa?

Puede ser. El Chelsea de todas formas tenía a Drogba, que no es inglés. Hay gente que dice que también tenía a John Terry, pero Terry apenas jugó en la vuelta contra el Barcelona por la estupidez que hizo, y tampoco disputó la final de la Champions. También parece que hay mala relación entre los internacionales del Manchester United y del Chelsea, Rio Ferdinand no ha sido convocado… Como aficionado no tengo demasiada fe en este equipo. 

¿Quiénes son los favoritos para ocupar el trono de España?

Alemania es una selección que me gusta mucho, pero tengo amigos alemanes que me dicen que no es para tanto. Luego están Holanda, Francia, Italia… sin descartar a España, claro. Pese a sus problemas, es una de las máximas favoritas.

¿Será la Eurocopa de Cristiano Ronaldo? Se habla mucho del rendimiento de Messi con Argentina, pero Cristiano tampoco brilla con Portugal.

Ese me parece un matiz importante. Se critica mucho a Messi con el tema de la selección, pero Ronaldo con Portugal ha hecho muy poco. Eso sí, fue muy importante en la eliminatoria contra Bosnia que clasificó a Portugal para la Eurocopa. A mí me gustaría que Cristiano hiciese un gran torneo. Entiendo que haya acciones de Cristiano que molesten a la gente. Le acusan de prepotente, pero yo digo que si alguien se ha ganado el derecho a ser prepotente es Cristiano Ronaldo. Además, ese toque de arrogancia es lo que hace que sea tan bueno. A mí Ronaldo me parece un escándalo de futbolista. El tipo es bueno (risas).

Se ha comentado la posibilidad de que Guardiola sea seleccionador inglés a corto o medio plazo. ¿Lo ves posible?

No sé si le interesaría a Pep. Desde luego, es un reto. A mí me encantaría, porque tengo una admiración bastante grande hacia Guardiola. Creo que sería interesante verle en un entorno diferente al del Barcelona.

En general, ¿no es excesivo todo lo que rodea a Mourinho y Guardiola? El forofismo a su alrededor potencia y a la vez desactiva la crítica: si dices cualquier cosa mala de ellos, porque a veces se equivocan como todos, es que les odias.

Sí. Es una extensión más de lo que hablábamos del Madrid y del Barcelona, o de Messi y Ronaldo. Tú dices que Mourinho se equivoca y quedas como anti-mourinhista. Dices que Guardiola se equivoca y te llaman madridista. Esta es una de las cosas que más me incomodan del fútbol español. Escribo bien y mal del Madrid y del Barcelona según lo que veo. Será que no soy de ninguno de los dos. Hay una frase que dice que la belleza depende de quien la ve, no de quien la tiene. Curiosamente, nunca nadie me ha acusado de ser aficionado de su equipo. El que me llama madridista es culé, y viceversa. En este sentido, os doy la respuesta de Michu: “¿Madrid o Barcelona? Oviedo”. En función de su juego, me puede gustar más uno u otro. Los dos tienen futbolistas que me encantan y otros que no me gustan tanto. También la gente quiere ver la neutralidad y la objetividad en la igualdad. Si le atacas al Madrid cinco veces, tienes que atacarle al Barcelona otras cinco. Y eso no es así. Hay que alabar y criticar a cada uno las veces que se lo merezca. Por ejemplo, lo del dedo de Mou en el ojo de Tito Vilanova no estuvo bien. Y no soy culé por decir que Mourinho no debió hacer eso. Si lo hubiera hecho Guardiola, que por cierto no lo hizo, también estaría mal.

¿Por qué los periódicos sensacionalistas tienen tanta aceptación en Inglaterra? ¿Qué opinas de ese estilo de periodismo?

Creo que nos ha hecho mucho daño. Tiene algunas cosas buenas, porque pelean mucho por cada noticia, pero también inventan, exageran y enturbian las relaciones con los futbolistas. Voy a poner un ejemplo español, pero vale también para Inglaterra. Cuando Gago dijo el año pasado que el Barcelona era mejor que el Madrid y que la afición no lo quería admitir, dijo la verdad. Aceptó una realidad banal y evidente y se le atacó mucho por eso. Luego es normal que los futbolistas no quieran hablar. Ese sensacionalismo nos hace daño a todos. Cuando quiero hablar con un jugador, tiene miedo de soltarse. Eso viene por los periodistas y por los lectores, que quieren leer ciertas cosas. Me parece una pena, pero volvemos a los de antes. Los periódicos no se hacen en un vacío. Se hacen según su entorno y lectores potenciales.

¿La crisis actual de los medios de comunicación es sólo económica o también de contenidos?

Las dos cosas. Hay una crisis económica y además la gente busca otro tipo de contenido. Existe una crisis de credibilidad. Por eso apoyo proyectos que intentan hacer algo nuevo. La excusa siempre es la misma: “Si haces algo diferente y de calidad no hay quien lo compre”. Bueno, primero vamos a hacerlo a ver si alguien lo compra. El problema es que cuesta dinero. The Times pone un firewall para que la gente pague por el contenido y la gente se pasa a otro medio. En ese sentido, The Guardian actuó de una forma fea, porque llamó la atención de los lectores del The Times diciendo que en su página los contenidos eran gratis. Actuó mal porque todos debemos apoyarnos en esto. Hay que sacar dinero de alguna manera, porque, si no, nadie podrá viajar para hacer la crónica de un partido desde el campo.

¿Crees que tiene futuro el modelo de pago por contenidos en Internet?

Los medios tienen que buscar alguna manera para que tenga futuro, porque si no estamos en una situación muy, muy complicada. La publicidad no es suficiente. Mi periódico está buscando fórmulas para que funcione el pago por contenidos. Quizá ofreciendo algunos contenidos extra de pago y que el resto sea gratis. La modernidad tiene su lado negativo. El periodismo se hace cada vez más rápido, y por tanto peor. Eso sí que es problemático. Todo el mundo puede ofrecer información, así que los periodistas tienen que mantener la credibilidad para que la gente los lea. Cuando la gente deja de fiarse de alguien, ya no leerá lo que escribe esa persona. Eso no significa que todo el mundo tenga que estar de acuerdo con tus opiniones.

¿Qué utilidad tiene Twitter en tu labor periodística?

Me metí en Twitter porque un amigo del The Guardian y otro de Eurosport me dijeron que me hiciese una cuenta. Poco después, a este último le mandé un mensaje y le puse: “Te odio”. Me llamó extrañado y le dije que era el hijo de puta que me había insistido para que me metiese en Twitter. Es una adicción tremenda. Está muy bien, aunque la gente a veces es muy bestia. Me mete cada viaje…

¿Twitter te ha ayudado a ser más conocido?

Más conocido sí, pero no creo que me haya hecho mejor periodista. Eso sí, te ayuda a entender lo que está pensando la gente. A veces preguntas cosas y tus seguidores te dicen cosas que no esperabas. Y eso te abre los ojos. También hay que tener cuidado para no escuchar a los que más gritan, sino a los que dicen cosas más interesantes. Tienes que saber filtrar. Hablando de filtraciones, yo he bloqueado a mucha gente. No por enfado o castigo, sino para seleccionar lo que tengo que leer. No lo digo con maldad, pero si uno me manda 100.000 mensajes que no me interesan nada le bloqueo. Yo si voy al quiosco no compro La Razón, porque normalmente no quiero leer ese periódico. Si bloqueo a alguien en Twitter es porque no quiero que esté en mi quiosco. No pasa nada, pero algunos se lo toman como algo dramático. Se abren otra cuenta y me insultan porque les he bloqueado.

¿A qué periodistas te gusta leer en castellano?

En castellano, soy muy fan de las crónicas de Juanma Trueba en As. Parece que es imposible no decir Segurola, pero es que, además de ser muy bueno, conmigo se ha portado siempre fenomenal. No le conocía y un día me dijo que le gustaba mucho cómo escribía. Ahora mismo estoy preparando un libro y él me ha ayudado muchísimo. Es un tipo fantástico. Además, si quieres saber lo que está pasando en el Barcelona, no hay nadie como Luis Martín. Muchas veces no estoy de acuerdo con Roberto Palomar, pero me encanta cómo escribe y su personalidad. Empecé a leer El Mundo los lunes sólo por la columna de David Gistau, aunque no siempre estemos de acuerdo. A los madridistas no les va a gustar oír esto, pero también leo a Diego Torres. Tiene una visión diferente. Hay alguno de sus textos que igual no me agrada tanto, pero por ejemplo me gustó mucho lo que escribió Diego durante el último Mundial. Hizo crónicas muy buenas de Chile o de Argentina. Otros de los que no puedo olvidarme son Rubén Uría o Martí Perarnau.

¿Y en inglés?

Es curioso, porque estoy tan volcado en el periodismo español que no le presto tanta atención al inglés. En The Guardian tengo compañeros muy buenos, como Daniel Taylor. También tenemos muy buenos reporteros, como Dominic Fifield o Andy Hunter, que además son buenos amigos míos. Además soy muy fan de mis compañeros que cubren el fútbol español, como Graham Hunter, que escriben fantásticamente bien.

Hay un libro maravilloso sobre el primer año de Beckham en el Madrid: El Becks: A season in the sun, de Alex Leith.

Con Alex he pasado mucho tiempo y tengo varias anécdotas. Su libro es muy bueno, igual que el de Simon Kuper, Football against the enemy. Simon es un tipo fascinante, con un montón de ideas en la cabeza.

¿Cuáles son tus obras literarias de cabecera?

No he leído demasiadas obras de ficción, porque mi enfoque, como historiador, siempre ha sido más realista. Me encantó El señor de las moscas, todo un clásico. También 1984, una obra con la que creo que la gente se equivoca. Todos nos quedamos con la imagen del Gran Hermano, pero, para mí, la clave de este libro de Orwell es el concepto de “neolengua”, la manipulación. Eso es mucho más importante que la vigilancia de un “Big Brother”. Es la capacidad de reescribir la historia, cosa que se ve mucho en el fútbol español.

¿Alguna española?

Leí la colección de cuentos de Manuel Rivas, ¿Qué me quieres, amor? Incluye La lengua de las mariposas, que se llevó al cine mediante una película fantástica. No me di cuenta hasta la segunda vez que la vi que el niño y el profesor habían ganado. La colección de Manuel me encantó. Pero eso sí, me gustan más los libros históricos. Me hizo gracia uno que escribió Alberto Reig Tapia llamado Anti-Moa. Es un guantazo en toda regla a Pío Moa. Un libro brillantísimo.

¿Qué nos puedes decir para defender la comida británica? A los españoles no nos acaba de convencer.

A mí me encanta la comida británica. De hecho, compro productos británicos en España. El plato típico británico es el curry, que es un plato indio (sonríe). No hay ningún español que no me haya dicho, casi siempre a los cinco minutos de conocerme, que la comida inglesa es mala. Yo siempre les digo que, sobre todo estando en Londres, la comida inglesa es la mejor del mundo. Allá tienes la mejor comida india, la mejor china, la mejor italiana, desde hace unos años la mejor española… La comida inglesa es fantástica, aunque la española también está muy bien. Por algo estoy aquí (risas).

También se habla del humor inglés como algo que sólo se entiende en las Islas Británicas.

Hay diferencias con el estilo de humor español. En España son admirados los Monty Python, que hacen multitud de estupideces y de locuras. El humor inglés se basa más en la capacidad que tenemos de reírnos de nosotros mismos, que quizá sea mayor que en el caso de los españoles. Por afinidad lingüística soy más de humor inglés. Me encantan las comedias.

Has sido traductor de Beckham, Owen o Gravesen. Incluso de Alex Ferguson o Valdano en momentos concretos. Tendrás alguna anécdota curiosa.

Traducía sólo en ruedas de prensa, y una vez tuve una muy graciosa con Michael Owen. Michael estaba hablando de Frank Lampard y se refería a él como un futbolista fantástico. Yo le fui traduciendo: que era un gran futbolista, que estaba mejor de lo que pensaba, que está buenísimo… En ese momento, la gente se partió de risa. Michael me miró y me preguntó qué había dicho. Entonces caí en la cuenta que en español existen los verbos “ser” y “estar”, mientras que en inglés el verbo “to be” lo abarca todo. Al utilizar el verbo “estar” acababa de decir que a Owen le gustaría acostarse con Lampard. Michael lo negó al instante (risas). La escena salió en todos los informativos. También apareció en Don Balón con el título “¿Michael Owen es gay?”. En las primeras líneas del artículo estaba la contestación: “No, pero igual su traductor sí”. Luego, cuando Michael fichó por el Newcastle, fui a Inglaterra a hacerle una entrevista. Estaba con su padre y Michael me dijo que le comentase lo que había dicho de Lampard. Con todas las traducciones buenas que hice, se quedó con esa (risas). Además, Michael siempre me decía que él quería decir lo menos posible en la sala de prensa. Y a mí me tocaba traducir lo poco que decía.

¿Cómo es Ferguson en las distancias cortas?

Sólo coincidí con él una vez. Traduje sus palabras haciéndole un favor, así que conmigo fue un encanto. Me han dicho que es muy educado, aunque siendo del Liverpool me cuesta ser imparcial. Mis amigos me decían de broma que tenía que haberle clavado un cuchillo por debajo de la mesa. A Ferguson le tengo mucha admiración, aunque a veces ha hecho cosas que me han parecido mal. Su voluntad, su amor por el fútbol, la manera de reconocer la superioridad del Barcelona en la final de la Champions… Es futbolero al cien por cien.

Johan Cruyff, Luis Aragonés, Josep Guardiola y Vicente del Bosque. ¿Podrías definir brevemente a cada uno y ordenarlos según su importancia para el fútbol español?

Lo malo es que el entrenador que quede el último parecerá que no ha hecho nada, y todos han hecho mucho. Pondría primero a Cruyff, porque trajo una nueva mentalidad y un estilo diferente acompañado de triunfos. También ha influido en la selección española actual. Johan casi va de la mano con Luis Aragonés. En un momento en el que la gente dudaba del fútbol de toque, Luis insistió hasta que llegaron los resultados. Tercero quedaría Guardiola, que tuvo su importancia en la selección como jugador y ha complementado al estilo de Cruyff como entrenador. Termino con Del Bosque, lo cual me parece una injusticia tremenda. Vicente hizo cosas en el Mundial muy interesantes, pero la gente le mata con piropos. Dicen que es buena gente como si no tuviera méritos como entrenador. Del Bosque sabe muchas cosas, además de ser un técnico con mucha mano izquierda. A mí siempre me ha tratado de manera fantástica.

Y para terminar, una frase (o dos, aquí el espacio nunca falta) para cada uno de estos nombres relacionados con el fútbol:

Florentino Pérez.

Más madridista y mucho más forofo de lo que parece.

Sandro Rosell.

Como presidente, sigue en busca de su identidad. Laporta continúa estando presente.

Leo Messi.

Quizá el mejor futbolista que he visto en mi vida. Lo más alucinante de Messi es que hace que lo absolutamente anormal parezca normal semana tras semana. Ya lo dijo Pep: “No escribas sobre él, mira cómo juega”.

Cristiano Ronaldo.

Una bestia. El triunfo de las ganas, de la voluntad, de la fuerza. También del talento, pero sobre todo del talante. Le tengo una gran admiración, aunque a veces le falle el carácter. Como anécdota, decir que juega con botas de todos los colores y no desentona, porque es un jugador especial. Presume de ser brillante, que es lo que es.

John Terry.

Ni la mitad de bueno de lo que hemos querido ver estos años, pero sigue siendo un buen futbolista.

Howard Webb.

El árbitro” (¿y no tenemos otro?).

Antonio Esteva.

Un crack. Ya lo conocía de antes, pero este año en LaSexta ha aumentado mi admiración y mi cariño por él. Podéis llamarme pelota, pero me ha protegido en los momentos malos. Fuera de la pantalla maneja una cantidad brutal de información y de variables. Además, imprime mucha velocidad a las narraciones de los partidos. Y todo eso, con las limitaciones de medios que tiene.

Enrique Ortego.

Es una persona muy futbolera, con un gran interés por los pormenores del juego. Yo a veces me pierdo con sus análisis tácticos, y se lo digo (risas). Con Quique me llevo muy bien, aunque tampoco presumo de conocerlo mucho.

Marcos López.

Es del Oviedo. Con eso está dicho todo (risas). Tiene una perspectiva muy didáctica del fútbol, aunque no siempre entiendo sus comentarios.

Informe Robinson.

Chapeau”. Me quito el sombrero. No conozco a nadie con el corazón más grande que Michael Robinson. Ha tenido el coraje, la inteligencia y la visión para insistir en un programa así. Eso sí, el equipo que le rodea es impresionante. Muy, muy bueno.

John Carlin.

Alguien tremendamente inteligente. Impresiona la variedad de temas sobre los que ha escrito.

Fotografía: Felipe Hernández Durán


Vicente del Bosque: “El Real Madrid no me debe nada”

El ojo periodístico contempla a Vicente Del Bosque retrepado sobre un sillón del hotel Eurobuilding de Madrid. La cita es a las nueve y media de la mañana y el seleccionador español de fútbol ha llegado con diez minutos de adelanto. La mirada calmada del ojo periodístico ante la presencia del protagonista se altera ante un personaje que cruza en diagonal por delante del seleccionador. Es Jorge Valdano. ¿Se saludarán? —se pregunta la curiosidad  periodística, quizá ávida de saber si hay algo de relación, si impera la educación o de si aquella no renovación de Del Bosque en 2003 firmó una ruptura en la que no caben ni los formalismos—. Por un momento parece que no habrá saludo, el ex director general del Real Madrid parece vestir su rostro con la mirada del ciego que no quiere ver porque ya ha visto. Pasa un par de metros de largo. Del Bosque también parece haber adoptado la mirada ciega de quien fue uno de los integrantes de aquella primera junta directiva de Florentino Pérez que decidió que un ciclo ganador se había agotado en medio de la victoria; de que aquel bigote setentero y la planta desgarbada de Del Bosque iban de la mano de un libreto obsoleto. Puede que por la presencia del elemento periodístico, al final hay un apretón de manos. Valdano se para, da un par de pasos hacia atrás y Del Bosque se yergue y avanza hacia su ex jefe. Un saludo y unas palabras banales en menos de 30 segundos. “Por qué no íbamos a saludarnos. Yo no tengo nada contra Valdano, aunque formó parte de la decisión de no renovarme. Que no siguiera en el Madrid puedo hasta entenderlo, pero las formas…”, asegura Del Bosque. Su salida del club en el que estuvo 26 años aún colea, tanto que su negativa a recibir de manos de Florentino Pérez la condición de socio de honor causó un gran revuelo mediático. De esta cuestión, de la Eurocopa, de la formación de los jóvenes, de la derrota del PSOE, del estado general del fútbol, de Urdangarín, de su sucesor… habla Del Bosque. Conciso, cortito y al pie.

Su única gran competición internacional fue la Eurocopa del 80.

Sí, fui titular durante casi toda la fase de clasificación, pero no llegué en las mejores condiciones físicas. Tenía unos problemas de pubis de los que me operé al término de esa Eurocopa y también había una gran competencia. Casi todos los jugadores de la Real Sociedad estaban en plenitud y eran la base de aquella selección. Sólo jugué el partido que perdimos ante Bélgica (2-1).

Zamora salió de aquella Eurocopa como uno de los mejores centrocampistas del mundo.

Hizo un gran partido ante Italia, que eran los anfitriones y favoritos. Empatamos a cero, pero merecimos ganar y Zamora estuvo magistral en la dirección. Aquella selección fue luego la base de la del Mundial 82 al que tampoco fui. En el del 78 no acudí a Argentina por una lesión de peroné que precisamente me produjo Zamora en el viejo Atocha. No me recuperé a tiempo o, si me recuperé, Kubala estimó que debían ir otros.

¿Cómo era Kubala?

Muy buena persona, muy generoso, muy altruista, un tío más pendiente de los demás que de él mismo, no digo que fuera malo para él porque no… No hay nadie que hable mal de él.

¿Ese perfil de entrenador ya no existe?

Eso no puede extinguirse nunca, es como las buenas maneras en todos los órdenes de la vida. Son valores intemporales; el conocimiento, la capacidad, el esfuerzo… deben ir acompañados de humanidad, sin eso es muy difícil liderar un grupo humano. El autoritarismo creo que ya no existe, me da la impresión de que el camino es el de toda la vida, el de las buenas relaciones humanas.

Ese paternalismo no aparece en los registros de muchos de los nuevos entrenadores.

No es paternalismo (se rebela ante esa expresión). Un padre que tiene que dirigir una familia debe educarla y orientarla bien e intentar exigirle a sus hijos. En este caso estamos hablando de deportistas de élite, por tanto el entrenador debe ser exigente y a la vez humano. ¿Por qué no puede ser así?

¿Qué recuerda de la concentración de la Eurocopa 80?

Ufff, han pasado de 30 años, no tengo ni idea; sí que recuerdo que el último partido lo jugamos en Nápoles. Teníamos una buena selección, pero no sé si en el pasado estábamos marcados por un cierto negativismo o mala suerte. De aquel campeonato recuerdo principalmente a la selección belga, que impuso un modo de juego muy parecido a lo que hacían los holandeses en su tiempo: adelantaban líneas y provocaban el fuera de juego, con un Gerets extraordinario. Me quedé menos con Italia, que luego fueron campeones del mundo, y con los alemanes, que conquistaron esa Eurocopa, que con los belgas. Bélgica presentó algo relativamente novedoso.

Ha hablado de mentalidad, ¿antes el deportista español salía acomplejado?

Hablo por mí y creo que sí. En relación a otros países teníamos un cierto complejo, pero no sólo en el deporte, sino a todos los niveles. Afortunadamente España lo ha subsanado, creo que estamos al nivel de Europa en cualquier actividad de la vida. Se ha producido un progreso. Antes los entrenadores españoles salían por Europa a ver las diferentes escuelas; los yugoslavos, los alemanes, los italianos, los rusos, los franceses… Ahora vienen ellos aquí. Raro es ver un partido de categorías inferiores en las que no se note la mano del entrenador.

¿Sigue yendo a ver partidos de juveniles?

El otro día fui a ver un torneo juvenil de regional preferente en Castellón. Nunca me alejaré del fútbol amateur.

¿Ha renunciado a algo por ser seleccionador?

En lo personal no y en lo deportivo tampoco, estoy donde quiero estar. No ambiciono más que la responsabilidad que tengo y trato de cumplir como cualquier empleado. Los que llevamos tanto tiempo tenemos la obligación de defender nuestro deporte. Creo en el deporte y en el fútbol limpio, aunque traten de contaminarlo. Ni a nivel de árbitros, ni del dopaje, por lo menos lo que yo conozco; en el fútbol no hay síntomas de preocupación, a lo mejor soy un incauto. No digo que no haya casos aislados que yo desconozca, pero en lo que he vivido yo no he conocido nada.

¿Por qué entonces esas declaraciones de Noah e Hinault?

No sé, no sé… El cambio al éxito se produce por algo. No es que de la noche a la mañana ya seamos buenos en todo. Ha habido un progreso en los entrenadores, una mejor formación, por todo el país hay instalaciones deportivas de primer nivel… En el fútbol, por ejemplo, ahora exportamos jugadores y entrenadores. Lo de Benítez en el Liverpool ha sido impresionante. Todos los auxiliares están muy preparados, no son solo voluntarios, aunque aún hagan falta en determinados deportes o escalafones del fútbol.

Volviendo a esa Eurocopa del 80, en la fase de clasificación ante Rumanía, usted hizo un regate pasándose el balón por encima de la cabeza de espuela, el mismo que hace Ardiles en la película Evasión o victoria. Es un regate que no se ha vuelto a ver y eso que ahora futbolistas como Thiago o Nilmar abanderan eso que se llama el free-style por las virguerías que hacen con el balón.

Ese regate lo aprendí con 13 años de Saro, un extremo del Salamanca que tenía mucha calidad. Se lo vi hacer y lo copié. Recuerdo que lo hice en ese partido con Rumanía y alguna vez en el Bernabéu y Miljanic, una persona a la que aprecio mucho, me dijo que ese regate era para el circo. Tampoco abusé de él, es un recurso más, en el fútbol vale todo si es eficaz.

O que no humille al rival.

Humillar no, era un regate en una situación extrema en el que no tienes otra salida.

¿Y cuando Cristiano hace esas virguerías?

A mí no me disgustan siempre y cuando se hagan en un tono de normalidad. Aquellos que están dotados técnicamente para hacer estas cosas… Casi todo el fútbol está compuesto de acciones sencillas y su belleza son esas acciones distintas. Me quedo con la sucesión de acciones técnicas de un partido, es lo más bonito del juego para el espectador.

¿No hay victimismo encubierto en el enfado de los que sufren esas virguerías?

No se enfadarán solo por una cuestión técnica hecha en unas circunstancias determinadas del juego, supongo que habrá algo más.

Se acaban de cumplir seis años de la muerte de Best, representaba como pocos el fútbol callejero. ¿Hay algún futbolista en la actualidad que conserve esa esencia?

El jugador más de calle que representa el fútbol de cuando jugábamos en la calle es Messi. De cuando muchas veces éramos tres, uno era el portero y los otros dos se encaraban. Así se aprendía a regatear.

Sin embargo, Messi ha tenido poca calle. Desde muy pequeño ingresó en La Masía.

Sí, pero las condiciones innatas están ahí y le hacen ser el más natural.

Ya no se juega en la calle.

No se puede ir en contra del progreso, nosotros teníamos un balón y ahora los chicos tienen la videoconsola. Pero es bueno que el fútbol se vaya organizando; hay escuelas, hay campos de hierba artificial, campus de verano.

¿Y hay negocio?

Creo que no, los clubes pequeños tienen que cobrar a los alumnos, ya está bien de vivir de las rifas; cobran igual que las cuotas que paga el que hace judo o natación. No creo que se lucre nadie con eso.

No se trata de vivir de rifas, pero sí hay un maltrato al hincha con los estadios llenos de palcos exclusivos y el precio de las entradas. Ir al fútbol se está convirtiendo en un consumo de lujo.

El fútbol es una gran industria, parecía que la llegada del marketing no iba suponer un encarecimiento de las entradas pero ha sucedido. No es nada bueno pero claro, hay grandes contratos y todos los espectáculos a los que vayas valen dinero; y el fútbol, sin perder su esencia de deporte, lo es.

La dimensión que ha alcanzado el fútbol no se contempla sin las clases menos pudientes para las que ahora es difícil ir al estadio.

Sí, sí, aunque imagino que para el que es socio y hace sus previsiones de todo el año no sé si es tan gravoso, lo que sí se ha puesto desorbitado es el precio de una entrada para un partido. Para el socio creo que entra dentro de lo tolerable a pesar de las dificultades de todo el mundo. Cuando hablo de la balanza del fútbol hablo de la parte deportiva, pero la crisis se está notando mucho. El Salamanca, por ejemplo, atraviesa una grave dificultad. Se han perdido sponsors y la crisis inmobiliaria también le ha afectado por presidentes que se dedicaban a ello.

Como director de cantera del Madrid que fue, ¿no es demasiado duro y exigente sacar a un niño de su entorno familiar y meterlo en la residencia de un club?

Nosotros éramos refractarios a sacar chavalines de provincias muy jóvenes, tampoco tuvimos una experiencia muy positiva en eso. Messi es un caso aislado. Aunque los tiempos han cambiado, los clubes se preocupan de su formación y el que es buen estudiante lo sigue siendo en su casa o en un club. No creo que sea duro, son tiempos felices, yo tengo un recuerdo imborrable de esos años en Madrid. De mi formación en el invierno, de ir a clase, de los veranos en los que nos llevaban a Cedeira para hacernos más fuertes en los que nos daban carne, pescado y leche gallega… Naturaleza, montaña.

En uno de sus últimos partidos como jugador en el Bernabéu, Maradona marcó ese gol en el que se paró en la línea de portería y dejó pasar a Juan José.

Una obra que dice el jugador que fue.

¿Mejor que Messi?

No creo que tenga que posicionarme por uno o por otro, no se pueden comparar. A mí me encanta Messi, pero no se puede olvidar todo lo grande que fue Maradona.

¿Qué análisis hace del Messi estelar del Barça al menos decisivo con Argentina?

Hay cuestiones en fútbol que son inexplicables, como cuando un equipo no juega bien y se buscan eufemismos como la actitud porque no sabemos explicarlos. No creo que sea el estilo porque él lo marca, no le encuentro ninguna lógica.

¿Ni siquiera que Argentina no tiene centrocampistas como Xavi o Iniesta?

No digo que no sea eso, pero no es fácil demostrarlo.

¿Y a Torres qué le pasa?

Es otra cosa inexplicable. Ha tenido un recorrido en el Liverpool fantástico, ha cambiado de equipo, supuestamente le debe haber servido de estímulo por haber cambiado de rutina de club. Puede haber una falta de adaptación… no sé. Vamos a esperar estos seis meses a ver cómo va.

¿Peligra su puesto en la Eurocopa?

Tenemos un grupo bastante estable entre los que está él, pero eso no quiere decir que sea intocable. Intocable no, porque tenemos que ser justos con todos los que compiten con él.

¿Será una lista por estados de forma o habrá una mezcla?

Habrá de todo, no quiero ser radical en algunas cosas. Si fulano no juega no viene… A lo mejor ha jugado pocos partidos pero ha jugado bien. Puede que hasta nos venga bien gente que llegue fresca y con reservas. No será lo de “el que no juega no viene”; es relativo.

Ha señalado a Alemania como la gran amenaza.

Siento una gran admiración por el fútbol alemán. Sin perder sus valores de toda la vida han evolucionado, ahora tienen centrocampistas de la misma clase que los nuestros y Löw ha sido el artífice. Además me cae bien, tuvo un comportamiento muy deportivo en la semifinal del Mundial.

¿Percibe que se está copiando el estilo español?

No sé, me parece que si miramos para nosotros sí hay un mimetismo de todas las selecciones inferiores con la absoluta, eso va a ser bueno. Si cuando llegué yo el camino estaba marcado, no creo que cuando en el futuro venga otro entrenador lo cambie.

¿El futuro es Milla?

Claro que puede ser, me cae bien Luis. Creo que lo está haciendo bien y nos llevamos bien, es buen chico y humano, con buenos conocimientos; me alegraría que fuera él pero con esto no quiero decir que tenga que ser, hay muchos entrenadores que también están capacitados.

Milla tiene la ventaja de que se crió en La Masía y fue precursor como jugador del estilo del Barça y del que ahora tiene la selección.

Sí, y lo interpreta bien, lo ha hecho en el campo como jugador; pero no solo es eso, también hay que saber transmitirlo.

De los rivales en la Eurocopa, ¿quién es más Italia ahora? ¿Irlanda con Trapattoni, o los italianos bajo la dirección de Prandelli que apuesta por jugadores más técnicos, incluso bajitos como los españoles?

Trapattoni es admirable, después de tantos años en la élite de los clubes ha devuelto a Irlanda a una gran competición aunque por mucho que quiera no creo que vaya a ir en contra de las características de los jugadores irlandeses. Irlanda va a jugar como siempre un fútbol rápido, agresivo, más o menos estético, pero de gran fuerza y eficacia. Italia ha hecho un relevo generacional, ya tuvimos la experiencia de Bari que en el primer tiempo nos dominaron

Esos cambios de estilo también han llegado a un club por el que tiene simpatía como es el Athletic. ¿Qué le parece Bielsa?

Puedo hablar de la imagen que da. Me falta contenido, no sé cómo trabaja, pero todos los comentarios son positivos, es un entrenador apasionado. El Athletic ha tomado una dirección y la gente que le conoce me habla muy bien de él.

¿Es osado Bielsa al tratar de cambiar un estilo muy arraigado en San Mamés?

Vamos a ver, ya desde hace muchos años el Athletic no era el Athletic que representaba el fútbol vasco, no sé poner la frontera, no sé si fue cuando Iñaki Sáez se hizo cargo de las categorías inferiores. Tampoco se puede hablar de un cambio de hace tres o cuatro años, no digo que algunas veces no hiciera un fútbol más directo. Lo que tiene desde hace tiempo son jugadores de calidad que elaboran fútbol.

¿Ha notado la mano de Bielsa en Llorente y Javi Martínez cuando los tiene en la selección?

No se puede ir contra las características de Fernando, pero es evidente que pueden hacer más cosas. En cuanto a Javi Martínez, es un cambio de posición y también creo que puede jugar perfectamente de central.

Hay una línea imaginaria que identifica entrenadores que tiene que ver con los cambios de posición. Los que se preocupan más de la defensa adelantan a los centrales, Clemente a Hierro, Mourinho a Pepe, y los que piensan más en construir los retrasan, Bielsa por ejemplo a Javi Martínez, Muniain, De Marcos. Guardiola a Busquets y Mascherano…

Normalmente los jugadores tienen un proceso de retroceso, yo empecé de delantero centro, Iñaki Sáez de extremo y acabó de lateral. Lo más normal es que vayan hacia atrás, pero cuando hablamos de Hierro… Más allá de la amistad que nos une… Algunos se echarán las manos a la cabeza, pero para mí ha sido mejor que Beckenbauer en todo; defensivamente, en construcción, como goleador. Él y Pirri, de los centrocampistas defensivos, los más completos que ha habido.

Hierro fue fundamental en Suráfrica porque aportó su experiencia en mundiales para manejar todo aquello que no trasciende en una convivencia. ¿Cómo suplirá ese vacio?

Sería de tontos negar eso, Fernando lo hizo muy bien, formamos un gran equipo, pero como todo en la vida, todos somos importantes y nadie imprescindible.

La victoria en el Mundial no se utilizó políticamente, pero sí se habló de una inyección de optimismo ante una crisis económica que ya asomaba y a la hora de construir un país menos tenso.

No se puede negar que tuvo una repercusión tremenda, pero pretender que de golpe y porrazo por ganar un Mundial el país se una es una bobada.

¿Intuye que ante la dura primavera que le aguarda al país con los recortes que afrontará el gobierno de Rajoy se les cargue con la responsabilidad de darle alegría a un país con más de cuatro millones de parados?

Es normal, vamos a intentarlo, pero esto es solo deporte y el que no lo entienda así es que está muy alejado de la realidad. Por la calle los chavales nos dicen que hay que ganar la Eurocopa. Hay veces que pienso,  joder, estamos criando malos chavales que sólo piensan que la vida es ganar. Vamos a luchar por ganar, claro, pero también hay que educar a los chavales sabiendo perder.

¿La derrota educa más que la victoria?

Hay ocasiones en las que sí, pero también hay que saber ganar, que no es fácil, no herir. En ese sentido, esta selección ha sabido ganar, tanto en 2008 como en 2010.

Hablando de derrotas, ¿qué lectura hace un hombre de izquierdas de la del PSOE en la últimas elecciones generales?

Había una corriente de difícil solución para el Partido Socialista porque hubo un desgaste por la crisis económica que en España afectaba al PSOE en forma de una gran pérdida de votos y que en Italia, por ejemplo, ha afectado a la derecha hasta el punto que han alterado la soberanía al tener que sustituir a Berlusconi por un técnico como Monti. Quiero decir que todo esto no responde a una ideología, sino a la situación económica que se vive en todo el mundo y en Europa especialmente.

¿Sabe que es una prima de riesgo?

Sí, claro, aunque soy profano, pero de algo me entero.

¿Qué le parecen las agencias de calificación?

Pues imagino que son expertos. Creo en las buenas intenciones. Creo en los políticos, por ejemplo; algunos niegan al político por principios, yo no. Creo en muchos de ellos, sobre todo algunos que llegan a ciertos niveles que en la empresa privada ganarían más dinero. En este país la corrupción no es tan llamativa —aunque ha habido—; los grandes líderes, los que nos han dirigido, de uno y otro lado, no se han beneficiado.

Hablando de corrupción, ha estallado el caso Urdangarín, ex deportista de élite y miembro de la familia real.

Tiene una lectura muy positiva: nadie está exento de cumplir las obligaciones con la justicia. Es un hecho relevante de salud.

¿Qué le parece el 15-M?

Son movimientos que siempre que se hagan desde las buenas intenciones, que se intente transformar a la gente y la sociedad sin utilizar la violencia, hay que apoyarlos.

¿En qué punto se encuentra la prensa deportiva?

Prefiero no jugar a eso… Tengo mi opinión, pero no quiero entrar. Tengo periodistas de referencia, hay gente válida, y hay otros que no son referentes, pero que también son ejemplo de lo que no se debe hacer. Soy más de radio, aunque también sigo alguna tertulia televisiva. Tengo mis preferencias, aunque no tengo a nadie proscrito. Creo que es una virtud saber escuchar.

¿Su rechazo a la insignia que le ofrece Florentino Pérez?

No es una insignia, es ser socio de honor. El Madrid no me debe nada de nada, es un asunto que me incomoda, me entristece enormemente y algunos de una forma cerril no se enteran, pero no puedo luchar contra eso y no quiero convencer a nadie. Tengo mi propio pensamiento y no voy a intentar justificarlo ni a decir “lo hago por esto, por esto y por esto”. No voy a entrar a eso. Tengo mis propias manías y a lo mejor no debía de ser así.

¿Pero refleja una fricción con el club?

Con el club ninguna, me lo ha dado todo, es que me parece mentira. A mí nadie me puede enseñar qué es el madridismo porque he luchado por un balón o por ir a por un chaval a las tres de la madrugada, yo que sé. No tengo que dar lecciones a nadie, pero tampoco me las tienen que dar a mí. No quiero roces, pero sé cómo es la vida, tengo mi propio conocimiento de lo que es querer a un club. Quiero dejar sentado que el Madrid no me debe nada, al contrario, hay muchos del club que han hechos cosas por mí impagables e imborrables.

Siempre habla del club, no de sus actuales dirigentes.

Claro, porque el club está por encima de todo, por eso digo que nadie me debe dar lecciones de nada; pero ya sabemos la contaminación que hay en este asunto.

Para finalizar y aliviar tensiones, un poco de gustos personales y, cómo no, su visión a posteriori de el clásico. ¿Le gustan los toros?

Bueno, tampoco me disgustan, no soy aficionado ni un entendido, aunque de chavalín sí me gustaban.

¿Qué opina de su prohibición en Cataluña?

Es un tema complicado, sería bueno que dejaran libertad para el que quiera ir, que se tuviera la posibilidad individual de decidir. Malo es siempre imponer.

¿Y el boxeo?

De pequeño en Salamanca había muchas veladas e iba. Es un deporte en el que hay que dominar una cierta técnica.

¿Era más de Ali o de Frazier?

Me gustaba mucho Ali, que además era un personaje por todo lo que significaba socialmente. Aquí también había granes boxeadores como Pedro Carrasco, o Urtain, a quien conocí. No me imagino que ahora se llene un pabellón como entonces. Recuerdo que ya en Madrid yo vivía en Iglesia e íbamos andando de noche a los combates del Palacio de Deportes.

¿Ferran Adrià o Arguiñano?

De cocina sólo entiendo la de mi madre y la de mi mujer, prefiero los platos tradicionales.

¿Qué lee ahora?

Estoy leyendo un libro de Unamuno, de Salamanca, de su historia. Mi padre siempre me llevaba al cementerio una semana antes de los Santos y siempre pasábamos por la tumba de Unamuno. Desde entonces es un personaje que me ha llamado mucho la atención, un hombre liberal, con respeto hacia los que no pensaban como él.

¿Cómo analiza el clásico?

A mí me encantó, creo que al Madrid le falto ese vértigo de otros días y que el Barcelona supo domar poco a poco el partido.

Guardiola hizo hincapié en el juego de pie de Valdés pese a su error.

Si, y lo comparto. Es como el portero que no va bien por arriba y se queda, yo prefiero que salga.

Suponiendo que Valdés por estado de forma o por lesión desbancara a Casillas, ¿incorporaría a la selección ese arma para jugar desde atrás o lo prohibiría?

Si es iniciación de juego, mientras se pueda me identifico plenamente. Es uno de los detalles que reafirma el estilo, en el Barça hay una falta lejos de su área y no busca un balón largo; y aunque estén rodeados de contrarios sacan en corto. Es su estilo, que lo representa principalmente el medio del campo, y sí hace falta Valdés. Aunque Iker no nos cambia el estilo de la selección.

¿Xabi Alonso se ahoga ante el centro del campo del Barça?

Xabi Alonso está haciendo una temporada fantástica y jamás le echaría la culpa de lo que pasó.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina