David Bowie: Five Years

David Bowie Five Years
David Bowie. Imagen: RCA.

Un toque autobiográfico: en el especial navideño de 1994-95, en el fanzine donde yo comencé a escribir, Mondo Brutto, hace ya veintisiete años, incluía mi tercer artículo sobre artistas pop. Y este era David Bowie. En él, y ante las burlas de mis compañeros —ja, ja, ja, el ojo pipa— hacía todas las cosas que yo creo no se deben hacer en un texto sobre personajes pop, —decenas de alusiones personales, que no venían a cuento, y que estaban ahí porque estábamos en un fanzine— y otras que estaban bastante bien, teniendo en cuenta que no existía internet. Pero ahora mismo estoy en Jot Down, llevo muchos años escribiendo, estoy recuperándome de una enfermedad, y sé qué es lo que no procede poner. Y como se cumplen cinco años de la muerte de David Bowie, voy a hacer este artículo que pensé que no podría hacer nunca más. Bueno, este y ninguno más, pero me dolía especialmente el de Bowie.

No sé cuál fue el primer tema que escuché de Bowie, no estoy segura de sí fue este, pero da igual, esta canción me marcó a fuego cuando la escuché por primera vez, y continúa haciéndolo. Es un tema que empieza como una historia de denuncia y después cambia a una historia de amor y al final une las dos de forma vibrante. Hiciste muchas de esas. Que empezaban por un tema cualquiera y de repente, se convertían en una canción de amor.

Qué sabio, en 1972, ya sabías que nos quedaban cinco años. A todas luces, en cualquier momento, se puede empezar ese recuento de cinco años, a un sitio que desde luego nada bueno nos va a llevar. Que la tierra se estaba muriendo es un hecho cada vez más patente (otros también lo dijeron), y en aquellos años no hacían patochadas como las de Davos. Afortunadamente. Pero tú, inspirado por un sueño en el que se aparecía tu padre y te advertía, ya lo dejaste escrito y cantado, abriendo ese elepé que para muchas es el Disco de los Setenta. Ese disco que contiene tantos temas que se han quedado en mi memoria (y no se han ido, gracias a Dios: las influencias de John Lennon en «Soul Love», el glam y folk de «Moonage Daydream», la rollingstoniana «It Ain’t Easy», las glamrock «Lady Stardust» (obvia declaración de amor a Marc Bolan) y «Star»; la glam que empieza siendo un rocanrol y termina como power pop antes del power pop, «Hang On To Yourself», la crucial «Ziggy Stardust» (el personaje principal de este disco, y en quien se encarnaba Bowie: una estrella del rock alienígena y bisexual que trae mensaje mensajes de seres extraterrestres, y que se hace humano, muy humano. Las letras del disco están relacionadas con este personaje y hay en ellas menciones a estrellas del rock reales, todas ídolas suyas: de Lou Reed, Jimi Hendrix, a Iggy Pop, pasando por Jim Morrison y Mick Jagger). La propia letra de Ziggy Stardust es un compendio de cosas que ser y deber tener una rock star, relacionándose con su banda Las Arañas de Marte, así como el final que toda estrella debe tener:

Haciendo el amor con su ego

Ziggy le hizo la pelota a su mente

Como un mesías leproso

Cuando los niños hubieron mataron al hombre

Yo tuve que disolver el grupo

Se cierra el disco con dos temas impresionantes. «Suffragette City», la glam por excepción del disco («Ohhh, wham bam thank you ma’am») cuando él y el grupo se juntan de verdad, con ese cierre falso y otra vez vuelta a la canción, para cerrar bruscamente. Y, por último, que no el último para una adolescente que miraba un poster de Bowie en una alcoba llena de peluches, colillas de cigarrillos y libros, y cantaba a voz en grito estas palabras que salían del disco, mientras mi padre daba golpes en la pared, y mamá me vociferaba: «Niña, deja ya el disco de Elvis», una y otra vez: 

Tú, no estás solo

Te estas mirando con demasiada exigencia, eres demasiado injusto

Tienes la cabeza completamente liada

Pero si solo pudiera hacer que te importara

¡Oh no, cariño! Tú no estás solo

No importa qué o quién has sido

No importa cuándo o dónde has estado

Todos los cuchillos parece que te laceran el cerebro

He tenido mi parte de dolor, te ayudaré con el tuyo

¡No estás solo!

David Bowie hablaba del final de Ziggy Stardust, del final de un ciclo en su carrera, de pasar de la juventud a la madurez, sí, pero el sentido dramático de la canción, y como siempre, el desdoblarse a sí mismo, y hablar al oyente, la convirtieron en la canción que millones de personas entendieron como una canción para ellos (no había —hasta entonces— en el rock una melodía semejante, un dramatismo igual, con unas palabras tan concluyentes). Desde que Bowie murió, no puedo escucharla sin derrumbarme.

Y cinco años que han pasado, y tu imagen, tu recuerdo, que se ha agrandado, no para bien precisamente, según me parece a mí, sino para tras-convertirte en un meme, una sombra enorme: colecciones y colecciones de libros sobre su vida, que dicen todas lo mismo, pero se llenan con fotos y fotos, a cual más grande y más satinada. Y por supuesto, discos y discos, no me pregunten el número exacto, debe ser unos dieciocho, y las cajas, no sé si cinco o más. Y por supuesto la exposición, David Bowie Is, que rodó por todo el mundo con sus trajes y cosas, rompiendo los récords de entradas de los museos. ¡Ah¡ y su música ya está en Tik Tok, que no sé qué significa, salvo imagino un montón de dinero, para su niña y su afligida viuda. Aparte de otros hijos y deudos varios.

David Bowie era un hombre preocupado por el tiempo. No exactamente por el paso y su efecto en el físico, sino a nivel más profundo. Quería saber qué le deparaba y si este, de alguna manera, se podía doblar, para que pudiera seguir ahí, en la curva siempre. No hay duda de que lo ha conseguido, aunque sea de esta manera extraña, bizarra. También era una persona muy celosa de sus cosas, muy controladora (grabaciones, trajes, fotos) y según iba haciéndose rico, fue comprando todas las que andaban en otras manos, y ahora se nota en ese chorreo de discos, expos, etc. Aunque, ahora que ya no está y el control de esas cosas están en otras manos, las publicaciones quizá —y esto es una apuesta mía— no fuesen de su agrado. Porque se ha visto cada lanzamiento (por ejemplo Brilliant Live Adventures) que dejan al más fan realmente estremecido. Mejor nos quedamos con el single que salió hace unos meses con versiones de Lennon —«Mother»— y Dylan —«Trying to Get to Heaven»—, homenajeando a las dos figuras claves en su desarrollo musical.

Porque tú no te limitaste a ser una rockstar cualquiera. Además de sorprendernos —para bien o para mal— en cada disco que salía, película que participaste (fueron todas muy malas, pero te resarciste con tu aparición, haciendo de ti mismo, en Zoolander), en obra de teatro, videoclip, etc., tú estabas interesado en todas las cosas que salían nuevas a tu alrededor. Internet, en 1999, ya era para ti lo que es ahora para todos, una realidad aparte, un mundo alienígena llegado a nosotros para trastocar las relaciones entre los que hacen música y los que la siguen, desmitificando a ambos, y en general con todo tipo de relación humana. Cuando yo estaba tecleando en mi primer ordenador con procesador 386, tú seguías tu carrera que considerabas «caótica y nihilista» gracias a internet.

Porque al año siguiente de estas declaraciones, Bowie lanzó BowieNet en los Estados Unidos, con dos empresas de Internet, Concentric Network Corp y UltraStar. Fue el primer artista que montó un servicio de internet, y como él mismo lo definía: «El objetivo de BowieNet es la interactividad y la comunidad —simple y llana— donde cada uno tenga una voz». Este espacio te daba un nick, [email protected], 5MB para hacer tu propia página web, y acceso a múltiples salones de chat, incluso con el propio Bowie, todo por 19,95 dolares al mes. No era nada asequible. Además, a través de este servidor, Bowie ponía novedades de discos, videoclips, etc. Sobrevivió con muchos problemas hasta 2006, pero no fue hasta 2012, cuando aludiendo a la profecía de los mayas o directamente a la acción de unos gremlins, Bowie la dio por cerrada.

Otra vertiente de Bowie, no relacionada con el mundo de la música, ni las posibilidades de internet, fue su relación —muy profunda— con las finanzas. Sí, aunque no lo se crean, Bowie era un verdadero tiburón del dinero. En 1997, se le ocurrió emitir un bono de celebridades sobre su tesoro: sus canciones. Y consiguió cincuenta y cinco millones de golpe, que soportaban los royalties futuros de sus discos (esto es, doscientas ochenta y siete canciones antes de 1990). Estos bonos se habían aplicado antes para hipotecas o coches, pero era la primera vez que un artista los usaba para sus canciones. Esto también era posible porque él era el propietario de todo su repertorio. Tener asegurados los derechos de sus discos le dio cancha a Bowie para conseguir liquidez sin vender totalmente su trabajo o esperar años para que los pagos se realizaran. Estos Bowie Bonds fueron comprados por la aseguradora Prudential Insurance, a quien los vendieron por un generoso 7,9% a diez años. Pero cuando nació Napster y la piratería en internet, estos bonos se fueron hundiendo, hasta que los liquidaron en 2007.

Bowie también creó un banco online, nada menos que en el año 2000, es decir, cuando nadie había hecho semejante cosa: BowieBanc ofrecía a sus clientes cheques y tarjetas de crédito adornadas con su cara, pero después de tres meses, solo tenía tres mil ochocientos clientes, y no siguió, pero fue una cosa absolutamente pionera al ofrecer un servicio de banca por internet en un momento en que esta estaba en pañales.

Blackstar

En el día de su cumpleaños, el 8 de enero de 2016, se publicó su vigésimo elepé, que ya había anunciado el 25 de octubre de 2015 en Bowie.net., y del que ya había ciertas noticias que lo equiparaban en estilo al último de Scott Walker. Salió y todas nos quedamos enmudecidas por la belleza y extrañeza que salía de las canciones y la presentación tan fúnebre del disco, pero nos duró dos días, porque tuvimos que llorar la noticia de su muerte con ese «Lazarus» y, por ende, con todos sus discos. Este disco fue recibido con gran entusiasmo, y a todos los niveles, crítica y público. Los críticos, lo entiendo: recibieron un disco que excedía con mucho los límites del pop y los propios de su creador, era un paso tan grande que Bowie se quedaba muy lejos de su propia música. El disco es extremo y poético, excesivo y emotivo, un elepé extraordinario, que pone a Bowie muchos pasos más allá en lo que se considera el pop. En su último trabajo, consigue ponerse en vanguardia de todo. Más todavía que los discos de los setenta, como Low

Es un disco de despedida, está todo preparado para llevarte a decirle adiós. Con influencias de krautrock, rock industrial, y Kendrick Lamar, además de un toque de jazz experimental, principalmente, Bowie y sus músicos montan sus canciones en torno a estas premisas. La portada, y el interior, todo, diseñados por Jonathan Barnbrook (ya había hecho la anterior, la del fabuloso Next Day, y alguna más), y ya se encargó de decir que era un concepto sobre los «tiempos oscuros». Como si no quedaba patente, nada más verla.

1. «Blackstar» (con símbolo de estrella en el disco:) es una autobiografía sobre sus últimos días, muy tremenda, pero el final es más dulce. Comienza con sonidos que recuerdan a Radiohead, pero enseguida ponen drum and bass mezclados con canto gregoriano, y David Bowie canta como agotado. Empieza con una alusión a la villa de Ormen, legendaria ciudad que tiene relación con Hermione, aquella novia y pareja artística de Bowie. Pero luego recobra el aliento al final y canta con decisión que él es una Blackstar, porque ha sido toda su vida una star, de hecho lo ha cantado continuamente, y ahora será, por siempre, Blackstar («Soy una Blackstar, no una ganstar/ Soy una Blackstar, una blackstar/ No soy una porno star, no soy una estrella errante, Soy una Blackstar, Soy una Blackstar»).

2. «´Tis a Pity She Was a Whore». Esta canción ya la conocíamos de un álbum de rarezas, Nothing Has Changed. Es rock sin tener absolutamente nada de rock en ella. Con una batería muy presente, y el saxofón sustituyendo a la posible guitarra(s). El título y la letra los sacó de una obra de teatro de Tom Ford, autor del siglo XVII. 

3. «Lazarus». En esta canción, central en el disco, se oyen los pasos de Ian Curtis y Joy Division, y vuelven las experimentaciones con el jazz. Bowie hace un ejercicio de autoconciencia de la muerte y le sale esta obra maestra. La escribió para una representación del off Broadway, en la que se revisaba el personaje de Thomas Gerome Newton, el extraterrestre que cayó en la tierra, treinta años antes.

Pero es mucho más que eso, es la despedida del hombre/estrella de la tierra: «Miradme aquí, estoy en el cielo/ tengo cicatrices que no podéis ver/ tengo drama que no podéis comprar/ ahora me conoce todo el mundo/ mira hacia arriba tío, estoy en peligro/estoy tan puesto que el cerebro me hierve/ tiré mi teléfono allí abajo/ ¿No hay nadie como yo?».

Pues no, no habido nadie. Tú has sido un genio, que traspasabas los simples círculos del pop, y has cambiado las vidas de mucha gente. Como Kubrick, pero con la gracia física de Milla Jovovich, y un saber mirar hacia adelante, más lejos que los demás.

4. «Sue (Or in a Season of Crime)». Esta canción está inspirada en unos versos de Browning, y es una preciosa balada re-regrabada después de haberla metido en el disco anterior, de rarezas, Nothing Has Changed. Pero aquí suena más contundente, más fiera. Más jazz experimental, con arreglos a lo Kendrick Lamar pero mucho más: arreglos de sonidos espaciales, capas de guitarras, saxofones, y la voz de Bowie, estremecedora.

5. «Girl Loves Me». Tiene la curiosidad de estar escrita en nadsat y polari; el primero, el vocabulario que inventó Anthony Burgess para su Naranja Mecánica, y el segundo, un vocabulario slang, utilizado en la subcultura gay. Bowie utiliza ambos porque está hablando de amor y no tiene suficientes palabras para describirlo. También hay una mención al Chestnut Tree, el bar de 1984, de Orwell, por la misma razón de no encontrar suficientes, ahora emociones, para el amor. Musicalmente, es un track marcial, y casi robotizada la voz de Bowie.

6. «Dollar Days». Una balada más, de los cientos que ha hecho Bowie en su carrera, con el saxofón predominante y ortodoxo, aunque la letra es interesante. En ella, el autor hace una reflexión sobre su situación, que ya no tiene vuelta atrás y ya está todo hecho.

7. «I Can’t Give Everything». Y engancha con esta, íntima y delicada, con sonidos de armónica que recuerdan al disco Low, y en la que declara, al final:

Ver más y sentir menos
Decir no pero querer decir sí
Esto es todo lo que quiero decir
Ese es el mensaje que quiero mandar

Solo puedo darlo todo
Solo puedo regalarlo todo

Mi disco está más usado que algunos de Bowie de épocas anteriores. Primero, por la escucha compulsiva: los vecinos de mi piso comenzaron a mirarme de forma rara, las pocas veces que me veían salir. Mi marido decía que era porque no me veían mucho, pero yo sabía la razón: el disco sonaba a todas horas por encima de sus músicas, y en alguna ocasión ellos las subían, pero a mí no me importaba: mi aparato de sonido es más potente que sus teléfonos móviles. Tampoco lo hacía por ofenderlos, solo quería escuchar a Bowie en sus últimos momentos, que le habían quedado geniales. Y también está muy gastado por intentar ver las cosas que decían se veían en la portada, y en el booklet, qué vaya lío, pero al final con una luz negra se veía la estrella.

Creo que lo voy a dejar aquí, porque si me pongo con los videoclips, no termino, y además, ese tema lo controlan muchísimos especialistas, mucho más preparados que yo.

Solo diré que menudo regalo nos dejó al morir, qué bien organizado todo, y qué buenas esas fotos distribuidas a unos días de saberse el fallecimiento. Lo tuvo todo controlado, hasta los más mínimos detalles, aunque, eso sí, no pudo burlarla. Nadie, ni siquiera Bowie pudo. Pero sus canciones estarán ahí, sus declaraciones, su sonrisa, hasta que me vaya yo.

Agradecida por tantas emociones que recibí y que compartí. Y seguiré hasta el final.


Márchate de Bayas

Bayas
Una estatua romana sumergida frente a las costas de Bayas. Fotografía: Antonio Busiello / Getty.

Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral nº36 especial Mar.

Mientras tú, Cintia, veraneas en pleno centro de Bayas, (…) ¿te preocupas de evocar noches, ay, que se acuerden de mí? (…). Márchate lo antes posible de Bayas, la corrompida. Esas playas, que fueron funestas para tantas mujeres en el pasado, serán fatales en el futuro para una gran cantidad de parejas de enamorados. ¡Ay! ¡Ojalá los baños de Bayas, insulto hecho al amor, desaparezcan para siempre!

Elegías, Propercio.

Lo que no sabía Sexto Propercio, poeta romano del siglo I a. C., es que aquello precisamente es lo que iba a acabar ocurriendo. Es más: Bayas ya había comenzado a hundirse lentamente en el mar cuando él escribió sus Elegías. Y desde entonces no ha dejado de hacerlo. Hoy descansa sumergida a quince metros de profundidad frente a las costas de Campania, en Italia. Quedan algunos restos arqueológicos emergidos en el pueblo que todavía lleva su mismo nombre, pero son poquita cosa. Casi toda la ciudad, unas ciento setenta hectáreas de mosaicos, calzadas y peristilos, se encuentra bajo el agua. El gran resort vacacional de la antigua Roma simplemente ya no existe. Se lo ha tragado el mar Tirreno. 

Sabemos bien cómo ha pasado, eso no es ningún misterio: por efecto del bradisismo. Etimología: βραδύς (lento) y σεισμός (seísmo). Se trata de un fenómeno característico de la zona que comporta el ascenso o el descenso del suelo a un ritmo lento si se compara con la vida de un ser humano, pero muy acelerado desde el punto de vista geológico. A veces, de varios centímetros al año. Estaba ocurriendo ya durante la era de esplendor de Bayas, en los últimos años de la República romana y en los primeros años del Imperio, pero entonces lo hacía a una velocidad sostenida y más lenta que en la actualidad. Se cree que la inmersión del suelo se aceleró de golpe entre los siglos III y V d. C. y que la mayor parte de la ciudad alcanzó la altura de cero metros sobre el nivel del mar en torno al siglo VIII. La causa ulterior de este movimiento, por supuesto, son los cambios de presión en la inmensa cámara de magma que hay en el subsuelo de la zona. Estamos en los Campos Flégreos, una comarca de diez kilómetros de largo y diez kilómetros de ancho donde se concentran nada menos que veinticuatro cráteres volcánicos. Es la región que linda al sur con la ciudad de Nápoles. 

Eso sí: a Propercio, que nada sabía de todo esto, no debemos tenerle en cuenta que pidiese la desaparición de Bayas con tanta ligereza. En realidad, él se habría conformado con que Cintia, su amada, se hubiera marchado de la ciudad, donde estaba pasando el verano, y que hubiese regresado a Roma, donde él la estaba esperando. El poeta temía que su amada se viese con otros hombres en aquel destino tan lujoso donde los patricios ricos y poderosos acudían a veranear y donde tenían todos una villa o un palacete cada cual más ostentoso. Y Propercio, para qué nos vamos a engañar, hacía bien albergando aquel temor, porque Cintia, plot twist, ni era su amada ni se llamaba Cintia; en realidad se llamaba Hostia, era prostituta de lujo y lo más probable es que hubiera acudido a Bayas precisamente a eso, a verse con otros hombres de la jet set romana. A trabajar, como no consta que hacían durante el verano muchos profesionales del ramo procedentes de toda Italia1.

Propercio no fue el único literato que se dedicó a echar pestes de Bayas. Al contrario, casi cuesta encontrar a alguno con algo bueno que decir sobre la ciudad. Varrón, por ejemplo, comenta en sus Sátiras menipeas que allí «los ancianos rejuvenecen hasta parecerse a los muchachos, muchos muchachos actúan como si fuesen muchachas y las muchachas se convierten en mujeres públicas»; Marcial dice en sus Epigramas que las mujeres llegaban a la ciudad prudentes y castas como Penélope y que allí adquirían el vicio de Helena (es decir, el de practicar el adulterio con hombres más jóvenes que su marido); y Ovidio cuenta en Ars amatoria que en Bayas eran tantos los puntos donde las meretrices se ofrecían a sus clientes que «sería más fácil contar los granos de arena de la playa». 

Estaban todos de acuerdo, eso está claro. Que dijesen la verdad es otra cosa distinta. ¿Era Bayas como la pintaron los literatos y los poetas romanos, una Sodoma a la latina, una meca del desmadre donde no ocurría nada bueno? ¿O acaso exageraban y contaban solo la historia a medias, quizá por no tener acceso ellos mismos a los lujos y el desparrame que solo podían costearse los superricos? De todo hay, eso podemos anticiparlo. Lo más importante que debe comprender el visitante contemporáneo es esto: Bayas, para bien y para mal, era un lugar verdaderamente extraordinario.

Un insulto hecho al amor

Si una mujer no casada abre su casa a todo género de voluptuosidades; si públicamente se dedica a la vida de meretriz y asiste a convites con hombres que ninguna relación tienen con ella, creo que hará en el campo y en los baños de Bayas lo mismo que en Roma.

En defensa de Celio, Cicerón2.

En la región donde está Bayas, no muy lejos del monte Vesubio, hay un lago donde tenía lugar un fenómeno extrañísimo: los pájaros, al parecer, eran incapaces de sobrevolarlo. Cada vez que uno lo intentaba, caía muerto al agua. 

Los griegos llegaron a la costa de Campania en el siglo VIII a. C. Según Estrabón, los primeros en hacerlo fueron colonos eubeos que se instalaron en Pitecusas, una pequeña isla volcánica diez kilómetros mar adentro3. Aunque aquel emporio insular logró implantarse y prosperar, sus moradores lo abandonaron debido a la actividad sísmica de la isla y fundaron una nueva ciudad en tierra firme en torno al año 750 a. C. Así fue como nació Cumas, la polis más antigua de toda la Magna Grecia. La nueva ciudad se levantó no muy lejos del lago aquel que los pájaros no podían sobrevolar, al que los cumanos llamaron, sencillamente, Ἄορνος λίμνη, el Lago sin pájaros. Cuando los romanos conquistaron los Campos Flégreos varios siglos después tomaron el nombre griego de aquella masa de agua y lo transliteraron, sin más, a su propio idioma: Avernus lacus, el lago Averno. En realidad, el Averno es un cráter volcánico colmado de agua del que emanan gases tóxicos ocasionalmente.

Bayas
Los Campos Flégreos y la bahía de Nápoles.

Los griegos pensaban que allí, en las inmediaciones del Averno, se abrían una serie de cuevas y pozas por las que se podía descender hasta el Hades, la región subterránea donde moraban los espíritus de los muertos. De hecho, las leyendas decían que este era el punto de la Tierra donde Odiseo había emprendido su famoso descenso a los infiernos. Como en las otras puertas de entrada al inframundo que había esparcidas por el Mediterráneo, en esta también se erigió un plutonio (un santuario consagrado a los dioses infernales) y se estableció un oráculo donde una sibila inhalaba los gases procedentes del subsuelo y luego emitía vaticinios. La Sibila de Cumas, la mayor de las diez que incluye el recuento mitológico tradicional, la misma que pintó Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina, era precisamente la que oficiaba en este lugar, en la ribera del Averno. Por cierto: el «antro horrendo» de la Sibila cumana, por usar el calificativo que le ponía Virgilio en la Eneida, se redescubrió en 1932 y puede visitarse en la actualidad. 

¿Y Bayas? Bayas era el puerto de Cumas, eso piensan hoy en día la mayor parte de los expertos. Eso y que, hasta entonces, solo acogía un pequeño santuario levantado sobre la tumba de Bayo, compañero de Odiseo y timonel de su propio barco. Según las leyendas griegas, había muerto en aquel lugar. Debemos imaginar una ensenada redondeada, no muy grande, con laderas escarpadas que se hundían abruptamente en el océano. La bahía tendría una profundidad generosa que permitiría el fondeo de naves de cierto calado y contaría con dos brazos de tierra, uno a cada lado, que dibujaban una boca de entrada y la protegían del mar abierto. En otras palabras: debemos imaginar un puerto natural estupendo4. Y luego imaginemos que, en ese enclave, en las laderas de la ensenada y alrededor, habría un sinfín de pozas termales y piscinas naturales de las que manaba un bien escasísimo, prácticamente prohibitivo en la Edad del Bronce: agua caliente en cantidad. Lo que no hay en este enclave aparentemente paradisíaco es un recurso más prosaico, pero imprescindible en cualquier asentamiento humano: agua dulce normal y corriente, de la de beber. Por eso creemos que este lugar acogió mucho trasiego marítimo y rindió durante mucho tiempo como fondeadero temporal, pero no atrajo, de entrada, a los pobladores y los colonos5. Hizo falta que apareciera otra localidad cerca y que Bayas, entonces, se convirtiera en su distrito portuario y de recreo. 

En todo caso parece seguro que Bayas, localizada en el extremo de un golfo, nació y creció pareja a Cumas, el asentamiento griego original, y a Dicearquía, una localidad situada en el otro extremo del mismo golfo, a la que los romanos pusieron el nombre Puteoli (que significa «Pocitos» o «Pequeñas pozas» en latín, una alusión a las termas naturales). Hoy se llama Pozzuoli y conserva un patrimonio arqueológico importante, incluido el mayor mercado del mundo romano6. A unos pocos kilómetros más al sur, en la porción de costa ubicada en las mismas faldas del Vesubio, estaba el lugar donde había muerto Parténope, la sirena enamorada de Odiseo. Los griegos cumanos fundaron en ese punto otra localidad más, quizá a la vez que Bayas y Dicearquía o acaso un poco después de aquello, a la que llamaron con ese nombre, Parténope, y más tarde Neápolis, «Nueva ciudad». Hoy la llamamos Nápoles. 

¿Se da cuenta? Bayas no fue jamás una localidad independiente, siempre ejerció como barrio residencial y como destino de recreo para otra ciudad más grande. Primero para Cumas y luego para Pozzuoli, ambas muy cerca de ella; más tarde para Nápoles, unos pocos kilómetros más al sur; después para Capua, una ciudad originalmente etrusca ubicada a treinta kilómetros de distancia (que llegó a convertirse, con el tiempo, en la ciudad más grande de Italia después de Roma); y, finalmente, para la propia Roma. Bayas ya era un destino muy popular entre los ricos y poderosos de la capital a finales del siglo I a. C., durante los últimos años de la República, pero su verdadera consagración llegó inmediatamente después de aquello, en los primeros años del Imperio. En aquel tiempo varios emperadores tomaron afición por Capri, también en el golfo de Nápoles, y transformaron aquella pequeña isla en una especie de segunda residencia imperial, al menos de forma oficiosa7. Bayas, cuyo puerto ejercía como conexión natural entre Capri y el continente, dejó de ser entonces un lugar que sencillamente ofrecía prestigio y se convirtió en una condición: para ser alguien de verdad, para pertenecer genuinamente a la alta sociedad romana, debía tenerse una villa en Bayas8.

La mansión de los vicios

Existen parajes que el sabio debe evitar como enemigos de las buenas costumbres. Por esta razón, el que quiera vivir retirado (…) no irá á Bayas, porque esta es la mansión de los vicios. Aquí es donde la impureza se permite mayores licencias, como si la localidad obligara á la disolución (…). ¿Qué necesidad tengo de ver a gente embriagada vagando por la costa, las orgías de los marineros, los lagos que retumban con la música de las orquestas y todos esos excesos que el desorden más desenfrenado puede ostentar en público?

Cartas a Lucilio o Epístolas morales, Séneca.

Muchos romanos detestaban Bayas y ninguno lo hacía más que Séneca. El filósofo, político y orador se refirió muchas veces a la ciudad y nos legó algunos pasajes verdaderamente hilarantes en los que pormenorizaba el sinfín de groserías que podían verse en aquel sitio, desde los folleteos incesantes que tenían lugar por todas partes hasta los gritos que pegaban los hombres que visitaban sus famosos baños, fuesen los atletas que acudían a fatigarse «moviendo las manos con pesas de plomo», los impostores y los vanidosos que acudían solamente «para dar la impresión de fatigarse» o aquellos que proferían «gritos estridentes cuando les son depilados los sobacos». Y eso que Séneca todavía no sabía lo más importante de todo: que Bayas acabaría siendo la causa de su ruina.

Séneca acabó sus días salpicado por la famosa conjura de Pisón, un complot para asesinar al emperador Nerón que tuvo lugar en el año 65 d. C. En un primer momento, los conspiradores planeaban apuñalar al emperador en la villa de Cayo Calpurnio Pisón en Bayas, que Nerón visitaba con frecuencia, pero luego cambiaron de parecer y decidieron que el magnicidio tuviera lugar en Roma. Aquel cambio, por lo visto, resultó decisivo en el descubrimiento de la conjura. El complot no tuvo éxito y Séneca ni siquiera estaba involucrado en él, pero al emperador y a sus socios eso les daba igual; solo necesitaban una excusa para quitárselo de en medio y esa fue la que pusieron. Su condena a muerte le fue notificada con anticipación, un privilegio que tenían los patricios. Séneca decidió quitarse la vida por sí mismo en lugar de que le fuese arrebatada. 

Bayas
Un submarinista entre las ruinas romanas ubicadas frente a las costas del cabo Miseno. Fotografía: Antonio Busiello / Getty.

Aquella villa se encuentra hoy a ciento cincuenta metros de distancia de la costa y a ocho metros de profundidad. Es uno de los puntos que más frecuentan las compañías de tours submarinos que alquilan equipos a los turistas y los guían hasta las ruinas sumergidas de Bayas. La villa de los Pisones, de cerca de dos mil metros cuadrados, tiene algunos de los mosaicos mejor conservados del litoral bayano y unas instalaciones que rivalizaban en tamaño y sofisticación con las residencias imperiales de Roma y Capri. Sabemos que Nerón confiscó este palacete después de que su dueño pretendiera atentar contra su vida y que el complejo fue remodelado un siglo después de aquello, ya en época de Adriano. Si debemos llamarlo «palacio imperial» o no, ahí no entramos. Es un debate muy viejo y los arqueólogos e historiadores no han alcanzado ningún consenso todavía. Los límites entre la propiedad pública y la privada, mucho más difusos en Roma que en nuestro tiempo, lo eran incluso más en Bayas.

Otra rareza: parece que Bayas no contaba con los espacios públicos que caracterizaban casi a cualquier localidad romana, como un foro, una basílica o un anfiteatro. Ni los menciona ningún autor ni aparecen por ninguna parte entre los restos de la ciudad. Eso, que es chocante por sí mismo, todavía lo es más si se tienen en cuenta las inversiones formidables que sí hizo la administración estatal romana en Bayas: la Piscina Mirabilis, el depósito de agua dulce más grande del mundo en su momento, en el que desembocaba el Aqua Augusta o Acueducto de Serino; y el Portus Iulius, un macropuerto militar con un muelle de cerca de cuatrocientos metros de longitud, canales que lo conectaban por vía marítima con los lagos Lucrino y Averno y una red de túneles que lo comunicaban a pie con Cumas9. Nerón incluso intentó conectar Bayas con Roma mediante un canal navegable, la Fossa Neronis, que partiría del Portus Iulius y recorrería doscientos kilómetros hasta llegar a la capital. No lo consiguió, pero, intentarlo, lo intentó.

Otro punto con mucho trasiego de submarinistas está en el litoral de la Punta Epitaffio, en el llamado ninfeo del emperador Claudio. Pregunta: ¿Ha estado usted alguna vez en un restaurante de kaitenzushi? Si no, seguro que ha visto alguno en televisión. Son esos establecimientos japoneses donde el sushi se sirve en una pequeña cinta transportadora que lo lleva entre los comensales para que cada cual elija las piezas que más le apetecen. Pues bien: eso mismo, salvando las distancias, es lo que había aquí, en el ninfeo de Claudio. Se trataba de un lujosísimo triclinio (la sala de las viviendas romanas que ejercía como comedor) equipado con un estanque central de grandes proporciones. Los platos se colocaban en pequeñas réplicas de barcos o de hojas de nenúfar y se ponían a circular de un lado al otro del estanque, de modo que los comensales, ubicados alrededor, podían coger el que fuera de su gusto cuando pasase cerca de ellos. Conocemos el funcionamiento de esta atracción gracias a la descripción que nos legó Plinio el Joven, otro asiduo de Bayas10. Fue el arqueólogo alemán Bernard Andreae quien reconoció el famoso triclinio después del redescubrimiento de esta sección del yacimiento submarino en 1981.

Le proponemos un ejercicio mental que ayuda a comprender Bayas: que piense en los jardines de la Alhambra, en las enormes canalizaciones que surcan el desierto de Mojave para surtir de agua a Las Vegas o en las islas artificiales de Dubái, esas que tienen forma de palma datilera y unos campos de golf más verdes y lustrosos que los de Escocia. El lujo se escribe de esta forma, desperdiciando el agua con fuentes, estanques y regadíos inútiles. Y si algo abundaba en Bayas era precisamente eso. Uno de los mejores ejemplos no ha acabado en el océano, todavía sigue al aire libre en las laderas que rodean la bahía: se trata del famoso teatro-ninfeo de Bayas, que también podría considerarse una especie de teatro acuático. ¿Cómo describirlo, Dios mío, a alguien que nunca haya visto una mamarrachada tan estupenda? Imagine un teatro romano con una piscina en el centro, donde habitualmente estarían la orchestra y el proscenio; e imagine que en las gradas hay también pequeños espacios distribuidos regularmente a lo largo de las cáveas para tomar baños mientras se disfruta de la función o el concierto que esté teniendo lugar. Está en el complejo de ruinas aterrazado que recibe el nombre de Termas de Sosandra, un balneario localizado en las laderas de la bahía que seguramente formaba parte de un complejo palaciego mayor, aunque no sabemos cuál.

Podríamos seguir durante páginas y más páginas, así de abundantes son las maravillas que encierra esta pusilla Roma, esta «pequeña Roma» o esta «Roma en miniatura», como la llamaba Cicerón. Ya solo su padrón histórico es una cosa que quita el sentido: Pompeyo, Julio César, Marco Antonio, Augusto, Nerón, Calígula, Adriano, Septimio Severo… Incluso se cuenta que Cleopatra estaba en Bayas durante los idus de marzo del año 44 a. C., el día que fue asesinado Julio César. Y que fue en este punto donde Calígula ordenó alinear barcos y más barcos para lograr cruzar el mar trotando a caballo11. El asesinato de Agripina, uno de los crímenes más recordados de la Antigüedad, se perpetró en este lugar. Debe ir y verlo, incluso si es incapaz de practicar el submarinismo y no se propone descender hasta el lecho marino. Visite usted las terrazas, los llamados templos de Venus, de Diana y de Mercurio y luego los museos arqueológicos de la zona, tanto el de los Campos Flégreos como el de Nápoles, donde se apilan los tesoros que han aparecido en el litoral. Piense que algún día el mar cubrirá también todo esto y que entonces, ya sí que sí, de Bayas no quedará nada más que el recuerdo. Y ya no será posible marcharse de ella, como recomendaba Propercio de forma tan encarecida; será ella, la propia Bayas, la que se habrá marchado del mundo.

Bayas
Una estatua de Mercurio en la zona emergida del yacimiento arqueológico de Bayas. Fotografía: Getty.


Notas

(1) En la poesía latina de la época era habitual asignar un pseudónimo a la mujer amada. Solía tratarse de un sobrenombre evidente, que no pasaba inadvertido, con el que se pretendía probar al lector que se estaba hablando de una persona relativamente conocida a la que no se quería delatar. El ejemplo más recordado es la Lesbia de la que hablaba Catulo. No se tienen demasiadas certezas acerca de la Cintia a la que interpelaba Propercio, pero suele considerarse que se trataba de una cortesana. Hasta donde sabemos, él era un pesado que ni siquiera pretendía pagar por sus servicios. En esas mismas Elegías, poco antes de que Cintia se marche a Bayas, él describe su historia de amor con ella de esta forma tan elocuente: «¡He ganado: se rindió a mis ruegos insistentes!».

(2) Cicerón tenía una villa en la ribera del lago Lucrino, a las afueras de Bayas. En la actualidad estaría en el suelo municipal de la localidad adyacente, Pozzuoli. Usamos el tiempo condicional porque esa villa ya no existe: fue destruida por la erupción volcánica del Monte Nuovo en 1538.

(3) Estrabón también da cuenta de un mito que decía que aquella isla reposaba sobre el cuerpo del gigante Tifón, abatido por Zeus, y que esa era la razón de su vulcanismo. También habla de una serie de cataclismos que tuvieron lugar en esta región durante el pasado remoto, entre los cuales se incluyen terremotos, erupciones volcánicas y el hundimiento del suelo en el mar. Aunque en el siglo I debía de sonar fantasioso, en nuestra época resulta imposible pasar por alto que esos mismos fenómenos sí tuvieron lugar en la región después de que Estrabón publicase su Geografía. En general, el pasaje que dedica a toda esta zona (vol. V, cap. IV, sec. 9) constituye una lectura muy sugerente.

(4) La descripción más precisa de la orografía de esta zona es la que hace Dion Casio en Historia de Roma, vol. XLVIII, p. 50.

(5) Antes de acoger una población humana permanente, esta bahía debió de ser un refugio habitual para los piratas. De hecho, sabemos que los romanos acudían a Bayas a tomar baños termales desde tiempos muy antiguos, pero su popularidad inmobiliaria entre los romanos ricos de la capital no llegó hasta los años sesenta del siglo I a. C., específicamente después de la famosa y exitosísima campaña de Pompeyo contra los piratas. Fue a partir de entonces cuando empezaron a construirse grandes villas y palacetes en la localidad.

(6) En Pozzuoli ocurrió exactamente lo contrario que en Bayas: que el suelo se elevó. En Pozzuoli se encuentra el Monte Nuovo, la montaña más joven de Europa. Se trata de un volcán que se formó en tan solo una semana, del 29 de octubre al 6 de 1538. Véase la nota 2.

(7) Hablamos especialmente de Augusto, el primer emperador, y de su sucesor, Tiberio, que incluso llegó a desentenderse del gobierno del imperio en el último tramo de su vida y se retiró a Capri.

(8) Por cierto: la mala reputación de Bayas no mejoró al verse asociada con Capri en el imaginario colectivo romano. Más bien, ocurrió al contrario. Suetonio cuenta en sus Vidas de los doce césares que «en su quinta de Capri, Tiberio tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus “maestros de voluptuosidad” (spintrias), formaban allí entre sí una triple cadena, y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos. Tenía, además, diferentes cámaras dispuestas diversamente para este género de placeres, adornadas con cuadros y bajo relieves lascivos, y llenas de libros de Elefantidis, con objeto de tener en la acción modelos que imitar. Los bosques y las selvas no eran así más que asilos consagrados a Venus, y se veía a la entrada de las grutas y en los huecos de las rocas a la juventud de ambos sexos mezclada en actitudes voluptuosas, con trajes de ninfas y silvanos. A causa de esto, el pueblo, jugando con el nombre de la isla, daba a Tiberio el de Caprineum».

(9) El puerto se convirtió en la base permanente de la Classis Misenensis, la mayor flota del imperio, hasta entonces atracada en Ostia. Aquellas instalaciones, sin embargo, solo pudieron acoger naves militares durante poco más de veinte años: los cambios en la profundidad del suelo a causa del bradisismo hicieron que dejase de ser seguro para el amarre de las naves mayores. El Portus Iulius fue una de las primeras partes de Bayas que quedaron completamente hundidas en el mar, algo que podría haber ocurrido ya en el siglo IV. Según Casiodoro, los muelles, ya impracticables, se desmontaron a principios del siglo VI con el objetivo de reutilizar sus piedras en la reparación de las murallas de Roma.

(10) En el ábside de aquella estancia había un grupo escultórico monumental con tres figuras: el cíclope Polifemo, Odiseo y Bayo. Polifemo no ha aparecido, se lo debe de haber tragado el mar. Las estatuas de Odiseo y Bayo, por el contrario, todavía estaban allí, tal cual, cuando empezaron los trabajos arqueológicos submarinos en la década de los sesenta. Hoy se encuentran en el Museo Arqueológico de los Campos Flégreos, localizado en el Castillo Aragonés de Bayas. Lo que hay ahora en el mar son réplicas, lógicamente.

(11) Aquel puente de pontones, de unos tres kilómetros y pico, habría conectado Bayas y Pozzuoli directamente sobre la bahía. Suetonio escribió lo siguiente en la sección dedicada al emperador en sus Vidas de los doce césares: «Sé que la mayoría ha creído que Cayo [Calígula] imaginó este puente para rivalizar con Jerjes, el cual provocó una gran admiración cuando cubrió de forma similar el Helesponto, que sin embargo es bastante más estrecho; y que, según otros, su intención era atemorizar con la fama de alguna obra grandiosa a los germanos y britanos, a los cuales hostilizaba. Pero cuando yo era niño, oía contar a mi abuelo que el motivo de esta obra, revelado por los esclavos personales del emperador, habían sido las palabras del astrólogo Trásilo a Tiberio, cuando se hallaba angustiado a propósito de su sucesor y más inclinado hacia su verdadero nieto, asegurándole que Cayo [Calígula] tenía tantas posibilidades de ser emperador como de recorrer a caballo el golfo de Bayas». Es frecuente que se confunda aquel puente flotante con un puente sólido, también llamado «de Calígula», que habría estado trazado sobre aquel mismo lugar y cuyos pilares todavía sobresalían del agua en el siglo XVIII.


Buenos tiempos para el baile y la filosofía

baile filosofía
Eva Ryjlen en el videoclip de «Bailas». Imagen: SonoSuite. baile

Habrá quien ya lo haya borrado de su mente (y no podemos culparles), pero, cuando explotó la burbuja de la pandemia y descubrimos que Occidente era tan vulnerable a la amenaza vírica como Oriente, un grupo de organizadores de eventos idearon un traje para asistir a festivales y a bares de copas llamado Micrashell. Dando rienda suelta a su imaginación, y viendo que la distopía había llegado —presumiblemente— para quedarse, diseñaron una prenda de corte ciberpunk, con su escafandra con un código QR bien grande, su entrada para vapear (sí, en serio) junto a otra para introducir no-se-sabe-muy-bien-cómo bebidas alcohólicas, sus guantes de limpiar el baño hasta los codos y, en fin, todos sus avíos con luces led y mucho fluorescente para que la fiesta no pare. Porque una cosa es que el mundo se acabe, y otra, muy distinta, es que rompamos la promesa del profeta Sabina y no nos pille bailando. O, peor, que le quitemos la razón a Fredric Jameson cuando decía aquello de que «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

Bromas y ordinarieces aparte, la loca propuesta de un EPI festivalero fue, quizás, la segunda señal de un nuevo síntoma comunitario traído por la expansión del SARS-CoV-2, que no se hospedaba en los pulmones, sino en la visión de nuestro entorno y el futuro. Como si el tiempo hubiese sido definido ya para siempre en torno a la pandemia, como si se hubiese detenido, con carácter retroactivo, haciendo del futuro una repetición en bucle del ahora enfermo: como si fuese más fácil pensarnos bailando con bolsas de plástico en la cabeza (como peces recién sacados del centro comercial más cercano), antes que volviendo a la «antigua normalidad». 

La primera señal, sin duda, fueron las prisas que les entraron a los participantes de Sopa de Wuhan (VV. AA., 2020) por volcar un análisis a contrarreloj de lo que estábamos viviendo y lo que nos quedaba por venir, como si quisieran ganarle la partida al tiempo, al futuro, o, simplemente, intentar dejarnos fatal a todos los que todavía nos excusamos de llegar tarde a los temas de actualidad arguyendo que, sin perspectiva ni distancia temporal, no hay posibilidad de análisis certero. En fin, que siempre ha habido dos clases: los nostálgicos y los futurólogos. Los creadores de Micrashell son ambas, a todas luces.

Lo curioso de estos dos ejemplos, que hemos mencionado juntos y consecutivos, es que la filosofía, en principio, parece contraponerse al baile. Y, si no lo creen, intenten imaginarse a Agamben, a Žižek, o, yo que sé, a Nietzsche, bailando. Aunque este último reconociera que «solo creería en un dios que supiera bailar». Y, por esa aparente contraposición, imaginamos que Robe Iniesta ha marcado como segundo movimiento de su última obra maestra, Mayéutica, una canción que, sin tapujos, se llama «Mierda de filosofía», y que, a modo de himno generacional de los boomers y los millennials, nos hace cantar con él lo de: «no quiero asomarme al borde del abismo, que tengo que acercarme y pierdo el equilibrio. Que no quiero asomarme ni al fondo de mí mismo, que pierdo el equilibrio y yo solo quiero hacerte bailar, bailar, bailar, bailar como una puta loca». Mientras se paladean a fuego lento estas últimas palabras, pesadas en contraste con la ligereza del mensaje y de la música que le sigue, podemos pasearnos por los primeros comentarios de YouTube de la canción para ver cómo la justicia poética se abre paso a través de las impresiones de los oyentes, quienes, deleitados por las letras y los giros de guitarras eléctricas de un rock apisonador, viviendo en presente la esperada sensación orgiástica postmascarilla, no dudan en hablar de, y desde, sus abismos y otras formas de espiritualidad .

Algo parecido a lo que pasa dentro de la canción de Eva Ryjlen, «Bailas», también lanzada este año dentro del álbum Onírica, en la que se rompe la expectativa del título al no ser mencionada explícitamente la acción de moverse al ritmo de la música ni una sola vez, pero sí sus efectos: la sensación de armonía del cosmos y de los danzantes en el lapso de un baile que viene a restituir el significado religioso de los espasmos corporales. Los mismos efectos curativos que pone a nuestra disposición Zahara en el estribillo de «Berlín U5» (adivinen el año de publicación): «Llévame a bailar, como si aún fuera real, como si fuéramos ese animal, como si el mundo no se fuera a acabar, como si el universo no tuviera un plan. Aunque quiera llorar, tú solo llévame a bailar». 

Que nadie se alarme, que no es nuestra intención decir aquí que con la pandemia se ha inventado la música de baile (no electrónica) como vía de escape de una realidad cada vez más pesada y difícil de digerir. No somos tan jóvenes como para no haber escuchado a Chubby Checker, ni tan viejos como para negar el reggaetón. Ni, tampoco, pretendemos proclamar que se ha abierto una nueva dimensión entre baile e intento de superación del pesimismo, porque hemos tenido la suerte de corear las canciones de los Burning o de los Zigarros, y de dejarnos llevar con el Pájaro en su solemnemente exquisito «Yo fui Johnny Thunders». Pero sí parece que esta situación límite nos ayuda a recordar la función corporal enfatizada de acercamiento radical al otro, la necesidad de ese contacto carnal donde es el lenguaje no verbal el que marca las reglas del juego sin tener que verse privado, por ello, de la falta de reflexividad. Es decir, que esta situación pone otra vez sobre el tapete lo primario del baile como un «estar de acuerdo en reorganizar lo que uno ha sido hasta ese momento», que diría Ramón Andrés en Filosofía y consuelo de la música (2020). La parte lúdica, que en las últimas décadas solíamos asignarle al baile, queda relegada a un segundo, si no un tercer, plano al habernos visto privados de ella por fuerza mayor, obligados a volver a tomar asiento en el espacio del espectador distante, propio de la ópera, virtualmente callado y quieto en su butaca —aunque en la realidad esté buscando la patata con más colorante en el fondo de una bolsa de formato familiar—, porque para el que crea y/o disfruta frente a él, no hay nadie en frente, no hay otro y, por tanto, no hay opción a estar creando algo común.

Y es entonces cuando el baile desenfrenado, lejos de desaparecer por convertirse en una versión renovada del 4’33’’ de John Cage, muta a su forma pasada, desconocida para la mayoría de los presentes, en la que el deseo por volver a bailar con un otro distinto a los convivientes, o al reflejo en el espejo, es deseo por encontrar un relato coherente con la memoria de uno y, a la vez, la de todos. Adentrarnos en una catarsis similar a la de los bailes tribales y religiosos pudiendo desentendernos, justamente, de lo físico, por cederle la responsabilidad de coordinación a un motor inmóvil que mueva nuestros pasos, cuasi poseídos, para redescubrirnos en el goce interior que provoque el peso de nuestro cuerpo contra el suelo o contra otros cuerpos en movimiento. Dicho de otro modo, que el tiempo de las coreografías y de la estética del baile parece haber quedado, por ahora, en suspenso, pues lo que apremia es el anhelo de sentirse a salvo, de sentir que somos dueños, por lo menos, de nuestro papel en el teatro del mundo, y de la esperanza en un futuro mejor. Mejor en lo más básico que se despacha en cuanto a dignidad humana: pensar que se pueden llegar a generar nuevos símbolos y recuerdos, idénticos en frecuencia cardiaca a los de antes de la pandemia. 

Porque, verán, el problema no radica, como ciertos sectores de la sociedad se empeñan en defender, en las restricciones de movilidad según la tasa de incidencia covid, sino en que, dentro del espacio que tenemos para movernos, no nos sentimos libres de poner en práctica «la necesidad espontánea de bailar el mundo» (Santiago Bolaños, 2020); ni tampoco para sabernos parte de una sociedad de la que nos sintamos orgullosos («Cantando y bailando se manifiesta el ser humano como miembro de una comunidad superior». Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, I), porque lo único que parece unirnos, ahora que no hay verbenas, ni festivales, ni ferias de pueblo, es el coexistir en una sociedad vulnerable y enferma. El carácter retroactivo de la percepción temporal y vivencial que nos aprieta, que mencionamos unos párrafos atrás, nos lleva a evocar cierto temor por haber dado por sentado que no nos podían quitar lo bailao.

A lo mejor, desde esta intuición comunitaria, es de donde surge la paradoja de poner en las letras, de manera explícita, lo que le estaba reservado a la música instrumental, a sabiendas de que esas canciones nunca podrán ser interpretadas en directo como antes, porque el horizonte de posibilidad cercano parece, como hemos dicho, incapaz de soltarse de la situación actual. De modo que, si no podemos saltar, si tenemos que permanecer sentados, podamos imitar el éxtasis de un baile con la voz y con el movimiento de la imaginación, dándole cuerpo a los recuerdos que tal vez nunca lleguen a materializarse tal y como los pensamos, pero que funcionen como renovación de la esperanza en pause.

Y, por si todavía no se ve claro, la filosofía únicamente se contrapone al baile en su embalaje, en la forma, o en el músculo ejercitado de apertura a la experiencia, si lo quieren. Porque, aunque se entienda que la filosofía es un acto concienzudo, serio, muy serio, de la más alta gravedad, de mirada cínica (o sea, perruna; o sea, como el perro con mirada sospechosa de los Simpsons) y semblante oscuro, cuando el filósofo, o la filósofa, o la persona que se pone a filosofar, se sumerge en el pensamiento, está asistiendo a su propio baile de ideas. Bucea en su memoria para seleccionar al bailarín principal y, luego, este, se encarga de encontrar las parejas más insospechadas, así como cadencias que no siempre se corresponden a lo que en un primer momento había sido orquestado. Como el baile que realizan las extremidades piernas-brazos, la tarea de pensar supone un esfuerzo por sacar a la superficie algo que solo preexistía hasta ese momento como intuición, haciendo del cuerpo, por un lado, el medio para religar lo íntimamente nebuloso de la mente con lo extenso soleado del mundo exterior; por otro, sabiendo que es fin en sí mismo, en tanto que ser es, también, ser cuerpo, y que pensar en él es ponerlo, de algún modo, en movimiento. Y puede darse en la mente el baile frenético que quiere adelantarse a los acontecimientos futuros para preparar al cuerpo propio y al ajeno a lo que vendrá; y a la par, el pausado, que busca la conexión con los latidos ya vividos para afianzar los pasos del baile, organizados, memorizando el papel y la partitura a representar. Pero, vamos, que todo esto tampoco es nuevo, porque estaba ya en Platón

—¿Y qué no? — dirá alguno que haya leído al Ateniense o a Whitehead.

—Pues también es verdad — habrá que contestarle.

Decía Platón que tanto a los recién nacidos como a los enfermos o extasiados hay que mecerlos constantemente, «que si fuese posible, sería preciso que estuviesen en casa como en una barca en el mar» (Platón, Leyes, VII, 790d), porque con ello se templa el alma, y permite al perdido encontrarse, ubicarse de nuevo en el mundo como danzante. Es decir, habiendo conquistado la virtud de traducir los pensamientos en gestos significativos y sanadores. ¿No os suena esto a lo que narran los comentadores del último disco del Robe?

Pero, sintiéndolo mucho por los fans de Platón, si alguien lo expresó de manera cristalina, ese fue Silvio Fernández Melgarejo al afirmar que «hay que tener rock, roll, hasta para llevar un paso, porque es la única manera de que no te pese nada». En ese ir hacia adelante y hacia atrás que representa el rocanrol se encuentran la filosofía y la música hermanadas, siendo, cada una de ellas, partes distintas de un mismo bálsamo, que nos conectan con lo primario y dan algo de orden al fragmentarismo claustrofóbico que nos acecha tras el silencio de las salas de conciertos vacías.

En fin, que parecen buenos tiempos para el baile y la filosofía, o, mejor dicho, para reflexionar sobre la potencialidad del baile (como recientemente también mostró Paula Ramos en su análisis político «Danzad, malditos, danzad»), sin distraernos con movimientos de cadera, o midiendo cuán bajo se llega al perrear y cuánta dignidad ha quedado al subir. Habrá que aprovechar, porque cuando nos dejen de nuevo menear el bullarengue, seguramente, el contenido de este artículo quede en agua de borrajas al vernos demasiado ocupados, ya sea como víctimas de un nuevo episodio comunitario de coreomanía, o abrazando cabras, como marca en un nuevo imperativo categórico postpandémico Rigoberta Bandini en «Fiesta». Con suerte, sin Micrashell mediante, que las cabras no tienen culpa de nada.


Diccionario práctico del vestuario de fútbol

diccionario fútbol
Fotografía: Presse Sports. Cordon Press.

Si por casualidad usted se ve alguna vez encerrado en una habitación húmeda y estrecha, cargada de vapores y sudor espeso, no se alarme: sepa usted que se encuentra en un vestuario de fútbol. Cabe la posibilidad de que sea de algún otro deporte, pero —créame— lo más seguro es que sea un vestuario de fútbol. Y diré más: de fútbol amateur. En ese caso, el lector hará bien en notar que en ese nuevo y hostil entorno, el personal —a partir de ahora y para siempre «compañeros de equipo»— maneja un lenguaje vivo, luminoso, inaprensible. 

Recogemos aquí una muestra abreviada de este peculiar argot, con la esperanza de que le resulte de utilidad al recién llegado. Suponiendo, claro, que alguna vez llegue usted a encontrarse en un vestuario de fútbol, o de lo que sea.

Diccionario práctico del vestuario de fútbol

(A-Z)

abuela

f. Parienta del entrenador que, al parecer, podría hacerlo mejor que los jugadores.

acta

f. Misterioso DIN A4 repleto de indescifrables grabados rúnicos.

(Entradas relacionadas: árbitro)

afición

f. Colección inolvidable de personas en paro, jubiletas, niños asalvajados y amigotes que animan incondicionalmente a tu equipo. A veces, tu padre.

árbitro

Tb. arbi, árbit

m. Mártir. Patrón de los masoquistas.

balón

m. poét. Pelota, bola. Desde Oliver y Benji, nunca nadie jamás, bajo ningún concepto, ha dicho «balón». (Pásame el balón).

balón dividido

m. Única salvedad.

banda

1. f. Línea lateral.

2. f. Equipo desgarbado, posiblemente con jugadores de más de cuarenta años y/o con sobrepeso. (Menuda banda…).

barrera

f. Bloque de jugadores que, llegado el momento y pese a la insistencia del portero, se van a apartar.

bota

f. Accesorio de lujo, de aspecto similar a la purpurina. Antes era negra, pero solo porque entonces las televisiones no eran a color.

botiquín

Véase. Reflex.

calambre

m. Dolor simulado para tomar aire en mitad de un partido. Es posible que nadie, nunca, haya tenido realmente un calambre.

capitán

Tb. capi

m. Jugador que lleva en el club desde benjamines. Al llegar saluda a todos y da la mano fuerte, como tiene que ser.

carga

f. Excusa polivalente que se da para justificar cualquier infracción, aunque sea una patada al tobillo: la carga siempre es legal. (¿Falta? ¡Pero si es carga legal!).

chándal

m. Orgullo de club, cortesía de Umbro. Extrañamente parecido al de los demás equipos.

chupón, na

Más usado en f.

adj. Compañero que jura y perjura que no te ha visto.

club

m. Sueño empresarial que se sostiene gracias a la venta de lotería de Navidad.

conserje

m. Hombre viudo y taciturno, venido a menos, encargado de preguntar, un martes a las doce de la noche, si «han salido todos ya del vestuario».

crack

m. Monstruo, máquina, figura, toro, fiera.

derbi

Tb. derby

m. Partido especialmente agitado contra el equipo del pueblo vecino (es decir, que la mitad de los partidos de toda la temporada son derbis). Para algunos no es lo mismo si no acaba viniendo la policía.

ducha

f. Aspersor intermitente, capaz de oscilar entre el frío antártico y el magma volcánico en una décima de segundo. Criadero de hongos.

entrenar

v. intr. Dejarse ver entre semana. (Se entrena como se juega).

equipo

m. Lo primero. Después de uno mismo, claro.

cena de equipo

f. Aquelarre.

espalda

f. Reprimenda comúnmente usada después de encajar un gol; siempre como reproche, jamás como advertencia. (¡Candela, hombre, la espalda…!).

fácil

adj. Orden que se da a los demás, pero que no necesariamente tiene por qué aplicarse uno mismo. (Fáaacil, jugamos fácil…).

fair play

loc. ingl. 

m. Secuencia estudiadísima que consiste en tres sencillos pasos: balón fuera, devolver pelota, aplausos tímidos.

(Entradas relacionadas: calambre)

sin falta

loc. adv. Recomendación insistente que se le hace al defensa justo antes de que cometa falta.

fútbol

Tb. futbol

m. Drama en dos actos. Razón tautológica que resuelve todas las contrariedades de la vida. (Esto es fútbol, el fútbol es así).

gol

interj. Éxtasis orgiástico en el cual se pierde la capacidad del habla y, de paso, las recias fronteras de la heterosexualidad.

golazo

m. Lance fortuito e irrepetible.

grúa 

f. Jugador que, por la gracilidad de sus movimientos, recuerda al mejor Christoph Metzelder. 

(Sinónimos: tractor, tronco).

hueco

m. Balón perdido en el vacío, espacio invisible que solo existe en la imaginación del pasador.

seguimos igual

expr. U. después de encajar un gol en contra. A ver si cae otro, se entiende.

intensidad

f. Término popularizado por el Atleti de Simeone, pero en realidad más antiguo que Amedeo Carboni. Eufemismo de dar leches.

internacional

adj. Lo que estamos haciendo del portero rival.

invicto, ta

adj. Se dice del equipo que ha ganado las dos primeras jornadas de liga.

juego aéreo

m. Estilo en el que priman los codazos por arriba.

juego subterráneo

m. Estilo en el que priman las patadas por abajo.

jugada ensayada

f. La única que hay. Pese a todo, nunca falta quien mira a los demás con cara de «qué hay que hacer».

killer

Voz ingl.

m. Tío que las mete sin querer. La temporada que viene no sigue en tu equipo.

ladrillo

m. Piedra, roca, fuego amigo. Pase a la altura de la espinilla que te hace alguien a quien no le caes del todo bien.

(Entradas relacionadas: jugar de primeras).

leñero, ra

m y f. Afectuoso amigo de las carantoñas y los arrumacos. Necesitado de cariño.

liga

f. Luces y sombras. El precio por participar es arruinarte todos los domingos del año. (No, no puedo quedar contigo, ese día tenemos liga).

malísimo

U. más en pl.

adj. Lo que son los jugadores del equipo rival. Empleado sobre todo al descanso, después de ir perdiendo la primera parte.

míster

m. Tipo que no tiene ni idea de fútbol, salvo cuando te saca a jugar a ti. Malabarista. Antes de los partidos dice cosas como «pierna fuerte» y «cojones». (La culpa es del míster, que no me pone).

misto

m. Pifia que se intenta disimular alegando que «no me ha cogido el efecto» o bien que «me ha dado un bote raro».

niño

m. Compañero de equipo, sin importar que esté ya calvo, tenga treinta y nueve años y dos hijos. (¡Bien, niño, bien!).

olla

f. Jaula de vale tudo donde no existe el VAR. (¡A la olla!).

padres

m. y f. En los partidos de categorías inferiores, encargados de enseñarles a sus hijos lo que es la vergüenza ajena.

palmar

v. tr. Obtener el resultado que se esperaba. (Este año lo hemos palmado casi todo).

palo

primer palo

m. Córner que se ha quedado corto.

segundo palo

m. Córner que se ha pasado de largo.

palomero, ra

m y f. Arquetipo que demuestra que a menudo la pereza también da sus frutos.

partido

m. Día de resaca para muchos. Hora y media de insufrible sopor para el aficionado, que tampoco tiene nada mejor que hacer ese fin de semana.

patrocinador, ra

m y f. Bar Los Álamos.

penalti

m. Cada vez que un jugador de tu equipo tropieza y/o cae en el área contraria. 

(Antónimos: nada, nada).

peto

m. Arma química empleada por el club para mantener a sus jugadores a raya. La fetidez hecha objeto. Se han dado peleas en entrenamientos por ver quién se lo pone.

pipero, ra

adj. Resignado lamedor de semillas saladas. Sea en la grada o en el banquillo, acostumbra a dejar el suelo perdido de cáscaras.

pizarra

f. Carpetita blanca cuyas fichas imantadas no dejan de caer al suelo. Fuente de caos y confusión.

presi

m y f. Dios Todopoderoso. Se le piden regalos para final de temporada, como a los Reyes Magos.

protestar

v. intr. Sentir nostalgia por el amarillo de las tarjetas.

qué

adj. interrog. Tentativa de comunicación con un jugador rival, mostrando interés en su situación. (¿Qué? ¿Qué te pasa a ti?).

¿qué pitas?

expr. U. para rebatir cualquier decisión arbitral, incluida el final del partido.

reflex

m. La panacea del utillero. Desde un golpe en la espinilla hasta un dolor de muelas. Navaja suiza.

revulsivo

m. Término tramposo y engañador para que los suplentes se sientan protagonistas.

rondo

m. Ejercicio de alevines popularizado por el Barça. Sadismo por fuera, suplicio por dentro. El saque es libre.

salimos

expr. U. como grito comodín que acompaña a todos los patadones para arriba. Celebración del despeje.

solo

Más usado dos veces (¡solo, solo!).

adj. Lo último que oye el delantero que encara a portería antes de enviar el balón a las nubes.

stage

Voz ingl.

m. Vacaciones de pretemporada.

tolla 

f. Paquete. El jugador más flojo del equipo rival. (Apretamos a la tolla).

túnel

1. m. Caño, sotana, porra. Humillación última y absoluta, después de la cual solo queda irse del campo y no volver más.

2. m. Vida extra.

una

pron. f. Lo que no da el árbitro.

uñazo

m. Golpeo de puntera, moralmente aceptable solo en fútbol sala.

utillero

m. Mascota. Señor entrañable al que, después de tanto tiempo, nadie se atreve a decirle que deje de venir. Si no fuera por esto, a saber dónde andaría. 

vestuario

m. Cubículo prefabricado cuya llave, por motivos inexplicables y por más grande que sea el llavero, siempre se pierde. (¿Quién ha cerrado último el vestuario?).

veterano, na

m y f. Tipo que podría ser tu padre. Asegura que una vez jugó contra Tamudo.

victoria

f. Situación excepcional que se da las raras veces que el equipo rival es todavía peor que el tuyo.

volea

f. Espectacular golpeo capaz de salir del estadio.

voy

expr. U. por el portero para informar que, efectivamente, va, y que si no te quitas por las buenas te vas a enterar por las malas, rodilla mediante.

zaguero, ra

m. y f. Jugador que no llega a dar diez toques seguidos.

Si echa usted en falta algún vocablo o expresión, hágalo saber en los comentarios. Siempre y cuando —y disculpe que insista— haya tenido usted la entrañable oportunidad de pisar un vestuario de fútbol, o de lo que sea.