Los empleos más arriesgados para tu salud: ¿tienes alguno de ellos?

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Cuánto peligro corres un lunes. Puede que vayas a morirte de aburrimiento en la oficina, o que te estrese desde primera hora ese penetrante olor a colonia de cierto colega. O que la lista de éxitos se atasque mientras conduces y repita una y otra vez «I Got You, Babe». Como le ocurría a Bill Murray en Atrapado en el tiempo. Ya sabes, el Día de la Marmota. Pero qué pasa si tienes uno de esos empleos donde tienes que mantener tu atención bien despierta para regresar a casa sin percances.

Imagínate ser extractor de veneno de serpientes, instalador de líneas de alta tensión en China a cien metros del suelo, el actor al que le toca recibir las patadas de Jean-Claude Van Damme, un jugador de fútbol americano, o técnico especialista en hidrógeno líquido en una clínica de criogenización. Seguro que te parecen empleos demasiado exóticos como para haber respondido, de pequeño, a la pregunta qué quieres ser de mayor. Pero si recorremos el mundo podemos encontrar a personas que se ganan la vida en las ocupaciones más variopintas. Y un buen puñado de ellas requieren, además de preparación, formación y habilidades, tener un buen seguro de vida, que según qué casos podría cubrir alguno de estos supuestos.

Cuando eres Homer Simpson todos los días

Quién se atrevería a bromear con una central nuclear si no es un descerebrado muñeco amarillo. La gracia del empleo de Homer es precisamente esa, que ningún técnico nuclear se comporte de forma tan loca. Precisamente por ser el empleo más peligroso del mundo, para ti mismo, la población que rodea a la central, y en realidad casi el mundo entero, es también uno de los más seguros. El índice de accidentes es mínimo y la mortalidad, cuando se produce, de uno por cada tres mil. Aunque desde luego esos accidentes acaban siendo los más famosos de todas las profesiones, con diferencia.

Si heredas un viñedo francés o italiano, a lo Russell Crowe

El peligro común de la Toscana italiana y de la Provenza francesa es producir continuas tramas románticas en forma de libro o película. Pocos oficios de la Tierra habrán sido rodeados de tanto romanticismo como la viticultura. Pero poca broma con ella, pues como el resto de oficios agrícolas el manejo de tractores, cosechadoras y otras maquinarias es de los más peligrosos del mundo. Lo que llega a nuestra mesa suele tener tras de sí un largo reguero de accidentes, a veces fatales.

¿No había deportes donde elegir, Tom?

Es raro no haber oído hablar en los últimos tiempos de Tom Brady, un deportista bien conocido por haber prolongado su carrera más allá de los cuarenta compitiendo al máximo nivel. Por retirarse recientemente y anunciar que volvía tras unas semanas en casa. Justificó su retiro explicando que quería estar más tiempo con su familia, y quizá la experiencia no fue completamente satisfactoria. Pero nada de esto es insólito. Lo realmente raro es que lleve veintidós años jugando al fútbol americano y no haya sufrido ninguna lesión de importancia. El fútbol americano ocupa el puesto seis de diez entre las profesiones más peligrosas del mundo.

Trabajar junto a un pez espada sin estar en un acuario

Y por qué esto debería ser un trabajo. Los especialistas en submarinismo a gran profundidad están muy demandados, y muy bien pagados. Para una enorme variedad de ocupaciones, desde mantenimiento de equipos de comunicación o científicos en el fondo marino, a experimentos de la NASA en las profundidades oceánicas, o arqueología marina. El mayor peligro ahí abajo son los peces espada, un animal bastante nervioso y capaz de desarrollar una velocidad explosiva, de cero a cien en menos de un segundo, para empalarte con su apéndice nasal. Lo hacen muy a menudo con los buzos, y hasta con embarcaciones donde quedan clavados sin poder separarse. Felizmente los fallecimientos por esta causa suelen ser raros, aunque las lesiones graves no tanto.

Imaginar a gente que se levanta a diario para hacer todo esto nos llevará a pensar en la muerte. Pero ese no es el único peligro de estos empleos. Superando al fallecimiento en gran medida están las coberturas seguro de vida: incapacidad, enfermedad grave, invalidez, etc. No es lo mismo trabajar en una cosa que en otra, así que si hay algo con lo que salen todos estos empleados de casa es con una póliza. 

Pero quizá la mayor paradoja de todas sea la propia estadística laboral de un día cualquiera. Los accidentes con incapacidad permanente, muerte, o enfermedad de por vida se producen hasta en los oficios menos peligrosos del mundo. En personas que eligieron un modo sostenible de desplazarse al trabajo: la bicicleta. Por una salud cardiovascular que no avisa, pero que si ocurre en el lugar de trabajo computa como accidente laboral. Infarto con el último clic. Como los accidentes domésticos, lo insólito ocurre también, aunque prefiramos no pensarlo.


Miedo al terror

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Foto: Surizar (CC) miedo

Martin Luther King era un ávido trekkie. Entre otros asuntos de Star Trek, King amaba cómo era y lo que representaba la teniente Uhura, la oficial de Comunicaciones de la USS Enterprise. Nacida en el año 2239 en los Estados Unidos de África, Uhura era una mujer negra con extraordinarias competencias profesionales, el único personaje femenino de peso en la serie. En el episodio emitido el 22 de noviembre de 1968, Uhura y el capitán Kirk, junto con el resto de tripulación de la Enterprise, son capturados por los eternamente aburridos platonianos, unos humanoides inmortales y sádicos que se caracterizaban por ir vestidos con túnicas y sandalias, según los cánones griegos. Para entretener su ocio abismal, los platonianos deciden usar sus poderes paranormales y fuerzan al capitán Kirk y a la guapa teniente a besarse. Las palabras de Uhura antes de sucumbir en los labios del brioso capitán fueron «no tengo miedo». Ese fue el primer beso interracial de la historia de la televisión norteamericana. Una revolución en su tiempo, una nimiedad ahora. 

A Martin Luther King probablemente le hubiera encantado ese episodio, pero se lo perdió: murió asesinado siete meses antes en Memphis. Fue hasta Tennessee para apoyar a los basureros negros que luchaban por conseguir mejores sueldos y un trato un poco más humano. Aún ahora no se sabe a ciencia cierta quién lo asesinó: lo que está claro es que fue alguien —persona o institución— que temía lo que la labor de King podría llegar a representar. En su último discurso, el día antes de su muerte, el doctor King parecía estar escribiendo atisbos del guion del episodio trekkie de los platonianos: habló de Grecia y de Platón, de la lucha por los derechos civiles en Johannesburgo, en Nairobi, en Accra, en Nueva York, Atlanta, Jackson o Memphis —una especie de Estados Unidos de África en la mente de todos—, afirmó que no tenía miedo a morir y seguidamente recordó las palabras de Franklin D. Roosevelt: «lo único que debemos temer es al miedo mismo». 

No hay conspiraciones, no hay teorías aquí. Simplemente, señalar que esa es la actitud: el miedo es un mito a derribar a martillazos. El terror a lo desconocido, a lo diferente, a los demás, a la vida y a la muerte solo lleva a la parálisis o a la violencia extrema. La cultura del miedo, de raíces intrincadas y profundas, es un foco de luz negra a combatir sin dilación. Un punto de inflexión en su perfil más contemporáneo se da desde el último cuarto del siglo pasado en adelante, cuando la lucha por intentar vivir en otro mundo, por lograr los derechos y la libertad de muchos —el feminismo, el pacifismo, los derechos civiles de la población negra, las reivindicaciones del colectivo LGTBI— se intenta amordazar en nombre del terror rojo, en nombre de los esfuerzos de contención del supuesto avance imparable de la influencia soviética. La implacable lógica de la guerra fría, la necesidad de combatir a los malos desde las fuerzas del bien, quiso imponerse a todo tipo de movimientos sociales.

Para esta construcción narrativa de los neoconservadores americanos fueron inestimables las aportaciones de Leo Strauss, profesor de Ciencias Políticas de la Escuela de Chicago, cuya serie televisiva favorita era Gunsmoke La ley del revolver, se tituló en castellano—, protagonizada por un solitario pistolero que se enfrentaba a diferentes matones que representaban la maldad. Nada nuevo: es la lucha de la pureza contra la noción de peligro. Según la antropóloga Mary Douglas, tras la aparente diversidad de escalas de valores y relaciones entre el individuo y su propia sociedad, en realidad aún subyacen muy pocos modelos de pensamiento y conducta. Y en esa tesitura seguimos. Así, de 1989 en adelante, la lógica del bien contra el mal (soviético) mutó de rostro y empezó a dibujarse la lucha contra el terror (islamista). Este nuevo relato de horror cuajó, alimentado a la perfección en la figura de la yihad islámica y su miedo visceral a que la sociedad occidental contamine la pureza de las supuestas verdaderas comunidades islamistas. Fue tal el éxito en la construcción del nuevo mito terrorífico, que en 1997 el gasto total mundial en ejércitos y armamento fue un tercio más elevado que diez años antes, al final de la guerra fría. La guerra contra este nuevo terror empezó y, tiempo después, cayó el malvado Sadam Hussein, y después el otro rostro del lado oscuro, Al Qaeda, y su jefe máximo y ultravillano barbado, Bin Laden. Eran malos, y la lucha contra ellos y lo que representaban se considera que bien valió la guerra de Irak y de Afganistán, y su más de un millón de muertos civiles afganos e iraquíes. Nadie sabe la cifra exacta de mujeres, niños, ancianos y hombres no combatientes que murieron por ello, ni los heridos, ni las nefastas consecuencias de crecer y vivir en guerras así. Nadie sabe tampoco —excepto los que los ganaron, claro—, los incontables millones de dólares gastados en ello. Ahora es tiempo de volver a dejar espacio para volar la imaginación. De repente, un extraño nuevo clima de miedo —quizás con el impenetrable rostro de Putin en el horizonte— querrá imponerse a la fuerza de las movilizaciones civiles que piden otros vientos de cambio. 

Desde hace ya demasiados años se ha ido creando un clima emocional en el que la esperanza, los ideales, las ansias de transformación —conceptos que en muchas personas producen una incómoda sensación que baila entre la sonrisa condescendiente y la vergüenza ajena— fueron cediendo espacio al desconcierto, la desconfianza y, finalmente, el miedo. En un macabro ranking, en ese lapso de tiempo no ha ocurrido nada que pueda superar el grado superlativo de horror que caracterizó, por ejemplo, la Primera y la Segunda Guerra Mundial y el holocausto judío. No obstante, de repente, parece que comenzaron a llover, primero con cuentagotas y, después, torrencialmente, monográficos de desolación y muerte. Un flujo regular de hechos espeluznantes. Infortunios, tragedias, dramas y desastres sin fin en forma de atentados terroristas, guerras, y también huracanes, accidentes aéreos, riesgos derivados de la comida, el tabaco, del alcohol y otras drogas peligrosísimas, epidemias, vertidos químicos, o simplemente crímenes sádicos. Hechos reales y trágicos. También altamente improbables en nuestras cómodas vidas, de un porcentaje de impacto bajísimo. Según el sociólogo Eduardo Bericat, autor de un estudio sobre la cultura del horror en las sociedades avanzadas, del impulso por crear algo pasamos al impulso por librarnos de algo. Un análisis pormenorizado llevado a cabo por Bericat sobre el porcentaje de noticias de horror publicadas en The New York Times arrojó una cifra siniestra: si en 1970 se publicaban cinco noticias de este tipo, en el año 2000 la media era de unas veinte diarias. Así se teje la cultura del horror. 

Los políticos afirman protegernos, rescatarnos de pesadillas, de cosas que no vemos, que no podemos entender y que suceden en sitios extraños, según el periodista Adam Curtis. Eso vale para Estados Unidos, para ReinoUnido y para muchos otros países, incluida España. Hace tiempo que el miedo ha penetrado en el ADN de las sociedades hipermodernas. Vivimos más años, con estilos de vida más seguros y confortables y, a la vez, sufrimos un miedo inexplicable.

Alfred Hitchcock, maestro en estas lides, afirmaba que el terror nunca se da en el momento temido, sino en su anticipación. En Estados Unidos, el Pentágono monopoliza la formulación y aplicación de la política exterior americana —y, por extensión, la de muchos otros países— y es uno de los mayores vendedores de armas. «Si no lo hacemos nosotros, lo harán otros», afirman, una reflexión equivalente a decir «si no vendo cocaína yo, otro lo hará», según subraya Chalmers Johnson, autor de Blowback, costes y consecuencias del imperio americano, un libro publicado el año 2000 que anticipó el ataque del 11S. Mientras, en Estados Unidos casi el 20 % de los adultos sufren crisis de ansiedad. Pero el peligro no son los islamistas, no son los exsoviéticos: muchas veces son los que dicen velar por ti, con la inestimable ayuda de tu propio miedo. Los verdaderos peligros, allí y en el resto del mundo, son la desigualdad extrema y la pobreza, fatalmente ligadas a la total desesperanza y, por extensión, al nihilismo. 

David Simon, periodista y héroe televisivo por sus obra maestra The Wire, afirma que el capitalismo ya ha ganado la batalla a los sindicatos y a la calle, y que finalmente se ha erigido ya en la única autoridad moral para imponer lo que es bueno y lo que no lo es para nosotros. Su tesis es que el último asalto del capital es conseguir controlar la democracia, el proceso electoral, la última posibilidad de reforma que aún está en manos de las personas. En esas estamos. Según Simon, el objetivo de The Wire era retratar la vida de un tipo de gente considerada cada vez más prescindible, que ha dejado de contar para nadie. Simon calcula que, ahora mismo, un 10 o un 15 % de la población de Estados Unidos ya no es en absoluto necesaria para la rueda económica y que, por tanto, simplemente, se les deja agonizar y caer. Eso, que pasa en demasiados sitios, sí que es una buena historia de horror. 


Monegros: mujeres en primera línea de campo

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Elena Alcubierre en su granja de Lanaja. Foto: Laureano Debat.

Monegros explota en colores durante las primaveras lluviosas. Las amapolas bordean las carreteras y los caminos, devolviéndole la circulación sanguínea a una tierra agrietada por la sed. Pero cuando el agua falta hasta las chicharras se quedan afónicas. Por eso, la llegada del regadío supuso un antes y un después en una zona cuyos cultivos dependían de la clemencia del cielo. Aunque no fue fácil: los gobernantes que debían dar luz verde al canal de Monegros se mostraron vacilantes y su construcción se vio paralizada, así como también las esperanzas de un baldío que necesitaba el agua para comer. Fueron las mujeres, procedentes de varios de los tramos por donde debía pasar el canal, quienes se movilizaron un 25 de febrero de 1915 para pedir que se concluyeran las obras que ponían en jaque las oportunidades de sus municipios. Llegaron de noche a Huesca, las hospedaron en posadas y, al amanecer, el gobernador civil pidió que las sacaran de la ciudad. Demasiado ruido. Sin embargo, las canalistas de Lanaja no se fueron, resistieron a las puertas de la ciudad defendiendo su propuesta. Y el canal continuó construyéndose.

Cien años después, el tablero del juego ha cambiado. La entrada en la Unión Europea y los avances tecnológicos y sociales han hecho que se produzcan innovaciones no solo en las formas de trabajo sino también en las oportunidades generadas. Aragón también es una región abatida por la despoblación en el medio rural: el 50 % de sus habitantes viven en las ciudades, donde las mujeres hallan una mayor tasa de inserción laboral. Es por ello que desde la Universidad de Zaragoza han desarrollado el Estudio de la Situación del Mundo Rural Aragonés desde una perspectiva de género, con datos actualizados hasta 2020. Porque resulta imprescindible abrir un debate que aborde la igualdad de oportunidades en el medio rural. En Monegros, el empleo en la agricultura y ganadería durante el año pasado representó el 17,22 % del total de los puestos de trabajo, de los cuales un 32 % fue para las mujeres. 

Esta comarca ha sido tierra de montes negros, de tiros cruzados por los bandos en la guerra. De sol y campo. Quizá muchos de los que ahí viven no sepan que en otro tiempo fue mar y obvien el hecho de que alguna de las piedras que lanzaban cuando eran niños son animales fosilizados hace millones de años. Un lugar donde los campos cambian de color sin avisar: del gris invierno al verde primavera, del amarillo de verano a los naranjas de otoño. Pendiente de la lluvia y dependiente de los nuevos sistemas de regadío. Tierra domesticada a brazo arremangado. Territorio construido y contado con sustantivos masculinos, que ha olvidado que también sus nombres son femeninos. 

Ole tus lunares

El día que Esperanza Valero puso un pie por primera vez en Robres junto a sus 5 Magníficos, puesta y dispuesta a ser el centro de la orquesta de las fiestas, no sabía que entre el frío acurrucado de febrero iba a encontrar el amor. Un amor que primero sería de carne y hueso y que luego también tomaría a la tierra. 

El 22 de marzo cumplió setenta y cinco. Lleva viviendo aquí más de cuarenta y siete años, que son los que tiene su único hijo. Nos atiende en la plaza frente de su casa, rodeada de tanques de la guerra civil que ahora solo son escultura y memoria. Nacida en un pueblecito de Cuenca, su familia se mudó a Manresa cuando ella tenía diez años. Allí había muchas fábricas y con tan solo doce años empezó a trabajar haciendo hilo para los telares. «Yo era así de alta, me parece que me he encogido. Si venía una inspección me decían: tú di que tienes dieciocho». 

El suyo es un viaje con efecto bumerán. Se fue del pueblo para acabar siendo adoptada por otro, pero eso sería más adelante. Primero anduvo cantando por los matinales radiofónicos con catorce o quince años, donde coincidió con Peret, Rudy Ventura y el Gato Pérez. Giró de forma altruista por hospitales y orfanatos a través de la asociación Arte, Alegría y Caridad de Manresa hasta que la fábrica cerró. Entonces su altura y su edad se habían equiparado: con dieciocho años cumplidos le surgió la posibilidad de dedicarse profesionalmente a la música con el grupo Esperanza Valero y Los 5 Magníficos. 

Así fue como llegó a Robres para la fiesta de San Blas. «Yo en la orquesta iba a trabajar, se piensa la gente que solo ibas de fiesta. No. Es un trabajo y duro. Íbamos a Navarra, País Vasco, Aragón, Cataluña, menos Andalucía anduve por toda España. Y en Manresa aún hoy ponen mis discos, allí soy muy conocida». En la fotografía de la portada del disco Ole tus lunares comprobamos el impacto de sus ojos oscuros, la belleza y el desparpajo de la joven cantante. Y cuesta poco imaginar cómo Lorenzo cayó rendido a sus encantos el día que la conoció, trayéndola y llevándola al camerino situado a las afueras del pueblo. 

Un año después de conocerse, escribirse cartas y visitarse esporádicamente, se casaron y Esperanza se instaló definitivamente en Robres. Seguramente su llegada al pueblo monegrino no dejó indiferente a nadie. «Supongo que alguna diría pues a los cuatro días se marchará esta». Pero no se marchó, al contrario: compatibilizó sus aprendizajes de madre primeriza con la construcción de su primera granja de cerdos en un campo de su marido, quien nunca había mostrado especial interés en el sector primario y trabajaba por cuenta ajena en la fábrica de lácteos RAM.

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speranza Valero en el portal de su casa en Robres. Foto: Laureano Debat.

Con el mismo entusiasmo con el que recuerda la noche en que acompañó a Julio Iglesias en una actuación en Barbastro, nos habla de cómo su emprendimiento rural fue creciendo. Empezó con una granja de cerdas madres para criar lechones, la amplió a quinientas plazas y la integradora para la que trabajaba se echó para atrás. «Nos dijeron que tenían que ser de mil para arriba. Pues entonces dijimos: vamos a pasarlo a cebo. Con aquello se ganaba mucho dinero pero se trabajaba mucho. Pero a mí me gustaba, los cogía, les daba besos, todo». 

Para poder ir y venir a la granja tuvo que aprender a montar en bicicleta, pero en las gélidas noches de invierno de Monegros no parecía un buen plan, así que se sacó el carnet de conducir y se compró un Panda. «Me llamaban la viuda, no sabían que tenía marido. Como él no venía a cargar el camión. Yo misma con un saco y una tabla me cargaba cien cerdos y, además, en media hora. Y cuando llegaba ahí, a la primera vez que venían a cargar para los mataderos decían: oh una mujer, una mujer. Y yo decía: pues me cago en la mar, sí, una mujer, una mujer. Y luego ya no me decían nada porque los cargaba igual o mejor que ellos». 

Hoy, a sus setenta y cinco años, después de sostener la economía familiar cuando su marido cayó enfermo, de enseñarle el oficio a su hijo con una empresa en funcionamiento y de trabajar como restauradora en la iglesia del pueblo, Esperanza Valero es una parte fundamental de Robres. Siempre llena de vitalidad y de humor, partiéndose de risa hasta cuando cuentas cosas como esta: «Una vez salíamos de misa con la cartera, Mariflor, la pobre que se murió. Nos metemos en el bar a tomar un vermú y nos sentamos en una mesa. Era todo hombres. Y dice uno: ¿y estás, qué hacen aquí? Y hace el otro: déjalas, que estas trabajan». 

Brazo ejecutor

Nadie mejor que Belén para definir quién era Angelines Aguín: «Mi madre ha sido una curranta nata y eso no se lo quita nadie. Pero curranta, curranta».  La voz de la hija en pretérito perfecto nos confirma que aunque hace cinco años que falleció, Angelines sigue muy presente. Hija de colonos de San Juan del Flumen, trabajó mano a mano con su padre en el campo. La apodaron la «chica-chico» porque siempre estuvo en primera fila en el sector de la agricultura, en un terreno muy masculino que para ella fue de lo más normal. En su intervención televisiva en el programa Aragón en Abierto lo dejaba claro: «Yo soy como soy, un hombre a mi lado puede hacerlo igual que yo o yo igual que él, ni no soy ni más ni menos». Acudimos a su hija y a su marido para que nos ayuden a revivirla desde los ojos de quien la ve como un referente y desde la mirada de su compañero de vida. 

Salvador Andrés nos recibe en la casa familiar que compartió con Angelines, cuya imagen aún persiste en los portarretratos de las estanterías. «Éramos un equipo. Yo llevaba más las cosas de contabilidad y sulfatos, los temas teóricos. Ella era más dicharachera, le gustaba más charrar, ir para aquí con el camión o el tractor, ir a los talleres le encantaba. No me he sentido en ningún momento discriminado ni nada, pero cuando íbamos de viaje a algún sitio me tocaba a mí coger coche, fíjate tú. Pero el camión siempre lo ha cogido ella». 

Con Belén tomamos algo en un bar de Zaragoza y nos cuenta que su madre viene de una familia que siempre se dedicó a la agricultura, que no conoció otra cosa, probablemente, porque antes tampoco había mucho más formas de salir adelante en Monegros. Habla de ella como lo que fue: una pionera y una luchadora. Aunque desde fuera pudiese ser anómalo, Belén nos lo deja claro: «Mi madre se encontraba muy a gusto en un mundo de hombres. A mi madre no la mandes a la Asociación de Mujeres, a ella no le gustaba estar ahí». 

Angelines y Salvador empezaron dedicándose a la hortaliza, sobre todo a la lechuga, que ellos mismos cultivaban, recogían, envasaban y llevaban al mercado. En aquel entonces hacían falta brazos y a Belén también le tocaba ir a echar una mano con doce años. «Mi padre era el que pensaba y mi madre el brazo ejecutor», recuerda. Después primó el tomate, pasaron al pimiento hasta llegar a la cebolla. Fueron creciendo sin intermediarios, haciendo todo ellos mismos. Angelines se levantaba a las siete de la mañana, iba al campo, envasaba, recolectaba y a la noche salía para el mercado a llevar la mercancía, regresando a casa cerca de las dos de la madrugada. Dormía poco, madrugaba mucho y no perdonaba, eso sí, su hora de siesta. 

De una hectárea de cebollas pasaron a tener más de cien. Y con esta hortaliza hicieron dinero y montaron una empresa exportadora que solo se vio frenada cuando sus hijos se hicieron mayores. Belén no fue educada para dedicar su vida al campo: «Sí que a mi madre le hubiese gustado que mi hermano se dedicara a la agricultura y a mí me decía siempre que me fuera, que aquí no me quedara. Es un poco contradictorio, porque ella no defendía tampoco que sean solo los hombres los que deben trabajar en la tierra». 

Pese a la insistencia de Salvador, Angelines nunca dejó de fumar y un cáncer de pulmón se la llevó a los sesenta años: «No nos ha ido mal, hemos trabajado mucho y ahora tenemos un patrimonio decente para vivir. Y sin más. Y ahora que empezábamos a vivir bien y que no íbamos a jubilar pasó esto. Pues ¿qué le vamos a hacer?», nos dice, borrando la sonrisa que le ha acompañado durante toda la entrevista.

En Mercazaragoza aún se deben acordar de aquella Angelines vital y decidida, que saludaba a los puesteros y hacía bromas y le resbalaban las miradas masculinas que se preguntaban qué hacía una mujer sola entrando en ese recinto sacrosanto de la testosterona. Una mujer que siempre se hizo respetar en un mundo de hombres y que despertaba admiración y, seguramente envidia, entre muchas mujeres de la zona. Porque en San Juan aún se dice que no había nadie como ella.  

Descalza en el arroz 

«Algunas veces me hablaban como la secretaria de ATRIA y yo tenía que aclarar que no, que soy la técnico». María Carmelo lleva desde los años noventa como técnica de la Agrupación para Tratamientos Integrados en Agricultura. Nos lo cuenta en el patio de su casa en San Lorenzo del Flumen, el pueblo de colonización al que sus padres llegaron cuando ella tenía cuatro años. Su futuro siempre estuvo vinculado a tener una formación académica, pero su relación con el campo surge tras abandonar la carrera de Medicina. 

Los dos años que pasó decidiendo cómo continuar su formación, estuvo trabajando junto a su padre en la producción de fruta. Pero Monegros no es precisamente una zona frutícola y la falta de infraestructura dificultaba el desarrollo de esa actividad. Era demasiado trabajo: controlaban las plagas que podían dañar los árboles, contrataban cuadrillas para que les ayudasen a recolectar la fruta que luego guardaban en una cámara frigorífica, su madre se encargaba de prepararla para la venta y María con su padre la llevaban al mercado. «A mí lo del tractor  y la maquinaria no ha sido lo que más me ha gustado. Iba a hacer los tratamientos sanitarios, coger la fruta y clarear».

Entonces se marchó a la Almunia de Doña Godina a estudiar Ingeniería Técnica Agrícola. Toda esa experiencia acumulada hizo de María una estudiante privilegiada: «Muchas de las cosas que veía en la facultad ya las conocía y las sabía de sobra, mientras muchos de mis compañeros o compañeras no tenían ni idea. Por ejemplo, distinguía perfectamente una rama de manzano de la de un peral en la prueba de identificación de maderas frutales con verla». Durante el tercer año de carrera, un profesor le propuso encargarse de un estudio sobre el arroz para investigar una plaga que estaba obstaculizando su cultivo en la zona de Monegros y su nivel de especialización la llevó hasta la que ha sido su ocupación principal. 

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María Carmelo en el patio de su casa en San Lorenzo del Flumen. Foto: Laureano Debat.

María entraba en los campos de arroz descalza porque con botas de tacos se corría un alto riesgo de quedarse agarrada en el fango, eso se lo había enseñado su padre: «Yo lo primero que hacía era quitarme los zapatos y entrar al agua. Ya si te veían entrando al agua era otra cosa». No almacena malos recuerdos asociados a un trato machista por parte del entorno, pero sí que reconoce, como otras entrevistadas, que tuvo que demostrar su valía porque la ponían a prueba todo el tiempo: «Tú vas a un campo que tiene un problema y un agricultor que se ha dedicado toda la vida a eso va a decir: y este ingeniero va a venir a enseñarme a mí. Independientemente de si eres chico o chica, pero si eres chica hay mucho más reparo. También, si eres chica, parece que siempre tienes que demostrar algo más, que tienes que saber más. A mí han venido con una hierba a decirme a ver qué tal este arroz y eso no era arroz ni nada, era una hierba». 

Hoy es una profesional muy reconocida dentro del sector primario. Fue la primera y única mujer en integrarse en el Consejo Rector de la Cooperativa de Sariñena (1995-1999), concejala del ayuntamiento de Lalueza por el PSOE durante ocho años, miembro del Sindicato de Riegos y, en la actualidad, es representante del sector del arroz a nivel nacional y en Bruselas a través del COPA COGECA. No concibe la figura del agricultor con poca o ninguna formación. Nos dice que hay pocos sectores que conozcan tan bien el funcionamiento de la Unión Europea como los agricultores, que saben de normativa y su aplicación y que actualmente están aumentando sus reivindicaciones ante la falta de trasparencia sobre los cambios que habrá en la política agrícola común a partir del 2023. El sector ha cambiado, se ha profesionalizado, pero sigue siendo muy dependiente de la intervención pública y, eso a fin de cuentas, como la misma María reconoce, lo convierte en algo muy burocrático y lento. 

Viaje a la semilla 

«Eso me hizo cambiar el chip. Hay gente que está dispuesta a llevarse este producto cueste lo que cueste», dice Ana recordando uno de los primeros días en la panadería:

—Quiero un bollo.

—No quedan de hoy, son de ayer. Estarán buenos, pero ya que vienes a comprar no te quiero vender un bollo de ayer.

—Dámelo.

—Pues te lo regalo.

—No, no. Te lo voy a comprar y te lo voy a pagar porque quiero seguir comiendo este bollo toda mi vida. Y si no apuesto por vosotros y si nos regaláis todo, no seguiréis aquí. 

Era al principio. Acababan de abrir y vendían poco y nada. Había que convencer a la gente para que comprara y hacerla probar, ver, testear el producto. Y muchos de sus clientes esperaban a que mejoraran la fórmula, porque los primeros panes salían mal. Pero la gente apoyaba: «No importa, lo llevo igual. Ya os saldrá mejor». 

Los olores y sabores son memoria, a veces engañándonos con nostalgia, otras veces con recuerdos certeros. Juan José Marcén, en el pueblo de Leciñena, se preguntó un día que por qué el pan que comía no sabía como el de antes. Generalmente preguntas así suelen acabar en callejones sin salida que se conforman con el pan de ahora.  La diferencia es que Marcén se empeñó en buscar el camino de vuelta. Y lo encontró. 

Veinticinco años después, su sobrina Ana Marcén recuerda cuando su tío Juan José les hacía probar el pan que horneaba con la semilla de trigo Aragón 03, que se creía perdida para siempre pero que un matrimonio de jubilados de Perdiguera, a cinco kilómetros de Leciñena, seguía cultivando. «Lo hacían por romanticismo, porque había alimentado a toda su familia y no la querían perder. Entonces tenían un poco de campo sembrado con eso», cuenta Ana, la actual gerente de Ecomonegros, la empresa familiar que impulsó la recuperación de este tipo de trigo original y que volvió a hacer el pan como antes. 

Ecomonegros abrió en 2006 como una panadería en Leciñena con obrador de panes y bollos preparados con trigo Aragón 03. Quince años después es una empresa con tres panaderías en Zaragoza, una tienda online y el obrador de Leciñena con su despacho y centro de operaciones de una firma que vende trigo, harina, pan y repostería, y que da trabajo a quince personas a jornada completa y a dos freelances. Hay otros molinos que cultivan este mismo trigo y lo muelen, panaderías en Sevilla que les compran la harina para hacer el pan y hasta comunidades de Mallorca que les compran la semilla para cultivar Aragón 03 para autoconsumo. Incluso el cocinero norteamericano Dan Barber, famoso por explotar una vertiente claramente ecologista en su cocina, vio un reportaje sobre Ecomonegros en BBC World y los contactó para conseguir el trigo Aragón 03, al que ha juntado con otra variante autóctona de Estados Unidos para crear el denominado trigo Barber. 

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Ana Marcén en el obrador de Ecomonegros Foto: Toni Galán.

Ecomonegros abre doscientos treinta y siete días al año y treinta y seis horas a la semana. «Hay mucha gente que se queda sin pan y nos dicen que lo tenemos que cambiar. Y yo les digo que no, que para que sigan comprando este pan yo tengo que tener calidad de vida para que quiera seguir haciéndolo. Tiene que ser un winwin: yo gano en salud mental y física, tú ganas en un buen pan», dice Ana, que también canta y compone bajo el nombre artístico de AMA y ahora está en plena grabación de su cuarto disco. También tiene dos libros publicados: una biografía de su abuelo (que aún vive) y otro titulado Cómo hacer todo lo que quiero hacer a estas alturas

Es madre de una niña de cinco años y su jornada laboral empieza cuando la deja en la escuela y acaba cuando la recoge. Fue duro llegar a este equilibrio, incluso antes cuando tuvo aprender a ser emprendedora y vencer sus miedos. «Llega un momento en el que dudas de ti misma. Y tuve que hacer un aprendizaje a todos los niveles, no solo empresarial sino también personal, porque si no era imposible dirigir una empresa con quince personas». Pasó episodios de ansiedad, estrés y depresión que empeoraron cuando fue madre. «Me vine abajo. Yo no podía dedicarle todas las horas del mundo a mi empresa porque me sentía superculpable de abandonar a mi hija. Y guardar ese equilibrio, hablar de por qué yo quiero estar con mi hija en el parque en lugar de estar trabajando, eso no lo entendían. Una gerente no está en el parque cuidando a su hija y no cuelga a un proveedor el teléfono porque su hija está con fiebre y no quiere hablar con nadie».

Para mucha gente comer el pan de la empresa de Ana Marcén representa un fenómeno de magdalena proustiana con emociones dobles, a veces contradictorias: puede haber tanta felicidad como dolor en el recuerdo. «Una señora probó un bollo un día y se echó a llorar. Nos dijo que desde que se había muerto su madre que no había probado un bollo como este». Pero, a veces, vuelven traumas. «Cuando mi abuelo era joven el pan no se hacía como ahora, se usaban trigos muy malos, era la guerra. Entonces, los recuerdos que mucha gente tiene del pan con Aragón 03 no son muy buenos, porque se hacía con mezcla de centeno, de cebada, vete a saber lo que le echaban». Y se acostumbraron al pan blanco porque era cosas de ricos, porque hablar de pan negro, de semilla Aragón 03 ahora es oportunidad y emprendimiento, mientras que antes fue resignación y necesidad. 

Vacaciones a regañadientes

La granja de Isabel Atarés está situada en las inmediaciones de Curbe, la tierra de sus abuelos colonos. Cinco años antes, cuando vivía en Huesca, no pensaba que se apasionaría tanto por este trabajo. «Me he ido no sé si dos o tres veces de vacaciones. Y a regañadientes. Y este año pasado que me operaron», dice mientras mete trozos de paja en la boca de sus terneros, que sacan sus cabezas entre las rejas. Estando de viaje se lo pasó todos los días llamando, con el sentimiento de haber dejado a un hijo. La operación también supuso una pausa en el trabajo y, pese a las recomendaciones de que tenía guardar reposo, no pudo evitar ir a echar un vistazo y  controlar que todo estuviese como es debido. 

A lo que parecería ser completamente una adicción al trabajo y un placer inigualable por estar ahí, hay que sumar también la explicación comercial: «Una granja de terneros no es lo mismo que una granja de cerdos, un ternero no vale lo mismo que un cerdo. Un ternero no se pone malo y se le deja o se le mata, aquí hay que sacarlo adelante como sea». Ella cobra por ternero y día, si se le muere uno al día siguiente ya no lo cobra. Es como un hotel en el que el tiempo promedio que pasa un ternero es entre dos y tres meses. Y de aquí van a la granja de cebo, donde se les da un pienso especial para el engorde. 

A toda la familia les gustaba el campo y decidieron irse a vivir a Curbe hace cinco años. Isabel había estudiado formación profesional superior de Administración y Finanzas y en Huesca era empleada en una oficina. Al llegar al pueblo se planteó cómo podría ganarse la vida y, cuando su marido barajó la posibilidad de la granja, ella se negó rotundamente, aunque poco a poco empezó a ceder y ahora no se imagina en ningún otro lugar que no sea este. Un reto que decidió afrontar en solitario, su marido sigue con su trabajo de montador de equipos de riego por aspersión y algún fin de semana la ayuda en tareas puntuales, cuando ella lo necesita. Dar la leche, cuidar a los terneros, revisarlos y todo el mantenimiento diario de la mamonería lo hace ella sola y a diario. Y está feliz: «Nunca se sabe las vueltas que da la vida, pero no me veo volviendo a la vida en una oficina o en el ritmo de una ciudad». 

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Isabel Atarés en su granja de mamones. Foto: Laureano Debat.

Un día normal de trabajo para Isabel Atarés comienza a las siete de la mañana, cuando ya está en la granja para poner la caldera a calentar, echar un vistazo a los terneros y asegurarse de que estén todos bien y no haya ninguno malo, prepararles la leche y dárselas. La leche que beben los animales es agua caliente con polvos especiales para el crecimiento. Cada uno tiene su bidón y una tetina de goma por donde chupan: viendo todos estos aparatos en fila parecen biberones gigantes. Una vez que desayunan, les echa pienso y paja y se va a casa. Por la tarde, se repite el mismo ritual. Entre medio, hace la compra, limpia su casa, cocina y se encarga del papelerío, que suele ser también mucho trabajo. Todo esto de lunes a domingo, de enero a diciembre, todos los días. «Una de las ventajas es que yo me organizo como quiero, aunque esto es un negocio muy sacrificado porque ellos llevan su horario, la leche es a una hora por la mañana y a una hora por la tarde fija. Pero si tengo que llevar a mi madre o al crío al médico puedo levantarme una hora antes y hacerlo, irme a mitad de mañana». 

Y otra de las ventajas es tener a su madre en Curbe, que le ha ayudado en los cuidados de su hijo, que tenía cuatro años cuando se instalaron en el pueblo. «Cuando yo empecé a trabajar en esto ella era la madre y yo la abuela. Recuerdo llegar a casa a las mil de la noche y mi madre gritándole al crío es que no sé qué y yo chica, mamá, déjalo al pobre crío. Y digo: aquí hemos cambiado los papeles, es verdad, lo cuidaba más ella que yo». Ahora Isabel tiene más tiempo, se organiza mejor y sabe cómo administrarse para tener más disponibilidad. Además su hijo ha cumplido nueve años, una edad que lo hace menos dependiente que antes. 

Se siente muy bien tratada y valorada por sus compañeros del sector y niega rotundamente haber sufrido situaciones de machismo. Aunque reconoce que al principio sufrió algo de menosprecio por su falta de experiencia y soportó actitudes prejuiciosas «de gente mayor por la inexperiencia de ser más joven, por haber empezado hace poco, pero hay gente que lo hace bien de toda la vida y gente que lleva toda la vida y lo sigue haciendo mal». Dice que se ha tenido que hacer de otra manera desde que emprendió este negocio, pero se siente orgullosa de descubrirse tan echada hacia delante. Procrastinar no cabe en sus planes, sobre todo porque pagar una hipoteca cuesta tanto y cuando, además de cuidar terneros, hay que sacar adelante una tierra difícil: diez hectáreas que heredó de sus abuelos colonos y que Isabel usa para agricultura. «La tierra que le tocó a mis abuelos es malísima, pero con los años y con el riego se iba volviendo a bien, pero hay que mimarla mucho, hay que saber qué cultivos pones para tratar la tierra y que vaya hacia adelante. Este secarral es salitre puro». 

Granjas y corazones con rotulador 

Elena Alcubierre tiene veintiséis años y es la más joven de todas las entrevistadas. Nos costó dar con ella, que nos hiciera un hueco, lo que da buena cuenta de lo ajetreada que la tiene su trabajo: una semana porque estaba regando, después porque le venían a descargar terneros y, al fin, puede recibirnos una mañana de domingo en la que Monegros se ha despertado lloviendo y los olores de la tierra nos atraviesan y nos calman, a partes iguales, en este pedazo de monte del pueblo de Lanaja. 

«A mí lo que más me gusta es dar la leche. Me levanto, vengo aquí a las siete y media, ocho de la mañana, preparo la leche y les doy de beber, más o menos dos horas por la mañana, dos horas por la tarde. También tienes que echar paja y a veces se puede complicar por alguna baja o hay que medicar, pincharlos porque están malos». Elena usa una plataforma llena de tetinas para que varios terneros puedan desayunar a la vez y, mientras nos cuenta esto, está terminando su jornada matutina.  

Nos mira con sus redondos y vivaces ojos marrones por encima de su mascarilla y nos cuenta que ella vivió en Huesca durante toda su infancia, pero los fines de semana los pasaba en Lanaja, de donde son sus padres. Cuando acabó bachillerato se marchó a Zaragoza a estudiar Trabajo Social y, antes de acabar la carrera, ya tenía claro su futuro: «Surgió la oportunidad de incorporarme a la agricultura por las tierras que tenían mis padres y me lo propusieron, porque a mí me gustaba mucho el campo. A mi hermana, por ejemplo, ni se les ocurrió proponérselo». A pesar de que le encantaron sus estudios en la universidad, confiesa que nunca se vio trabajando de ello, que estar encerrada en una oficina no entraba en sus planes: «Y dije: ¿por qué no me hago una granja, si me  gustan los animales? Y mis padres: ¿pero estás segura de que quieres hacer eso?  Y yo sí, la verdad es que me gustaría. Y ellos me apoyaron desde el inicio».

Sus amigos universitarios se lo tomaron a broma, no se creían que ella iba a estar a cargo de una granja de terneros mamones en medio de Monegros. «La gente de Huesca o de Zaragoza tampoco conocen mucho. Sí, la agricultura, la ganadería, pero no saben exactamente al cien por cien lo que es». Al final, acabaron entendiéndola.

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Elena Alcubierre en su granja de Lanaja. Foto: Laureano Debat.

En el pueblo fue más difícil. La gente de Lanaja asumió desde el inicio que sería un proyecto para su padre, a punto de jubilarse como funcionario. No se imaginaban a Elena como la vemos ahora, con su mono color caqui, una cinta sobre el pelo recogido en una coleta y sus botas de goma, manejándose con soltura entre la maquinaria y los animales, apasionada y desenvuelta, demostrando en cada gesto que este es un proyecto suyo y de nadie más. «Mucha gente se incorpora a la agricultura, pone a la mujer como agricultora y la mujer no se dedica a la agricultura, lo que pasa es que, como te dan una subvención, pues la meten ahí y ya está. La gente quizá se pensaba que era más eso: incorporarme yo por ganar una subvención o lo que sea, y que en realidad se iba a dedicar mi padre». 

Aquellos comentarios le sentaban bastante mal y tampoco entendía del todo por qué esos prejuicios de género. «Las mujeres hace cincuenta años a lo que se dedicaban era a la agricultura y a la ganadería. Y, además, la casa. Pero eso sigue invisibilizado, no se ve reflejado en ningún sitio. Y a esas mismas mujeres les sigue pareciendo raro que una mujer se dedique a esto, siendo algo que toda la vida lo llevan haciendo», dice mientras reconoce que esto de hacer entrevistas le da vergüenza, pero que ha entendido su parte de responsabilidad. Quiere que se deje de ver como algo extraño a una mujer trabajando en el campo y que ya no sea necesario dar explicaciones por ser emprendedora en el sector primario.  

Para Elena, este trabajo es más goce que sacrificio. «La granja no me ata veinticuatro horas, tengo tiempo para todo». Una integradora le lleva el alimento y los terneros, ella solo pone la paja y el trabajo. Recibe la remuneración cada mes y sin brecha salarial: «Me pagan a mí lo mismo que le podrían pagar a un hombre. En ese sentido es totalmente igual». Pone el énfasis en la ilusión puesta en algo que le gusta de verdad y reivindica que «porque seas mujer no tienen que machacarte de esta manera, tanta presión, porque cuando un hombre se incorpora con una granja de cerdos no pasa nada, es su trabajo y ningún problema». 

Desde hace un rato un ternero marrón le está lamiendo la mano. Ella la mueve con naturalidad y le devuelve el cariño sin apenas darse cuenta. Tenemos que parar la entrevista y hacer unas fotos. Elena mira hacia atrás y dice: «Un dato curioso. El otro día estaba mirando agendas que tenía de bachiller, cuando aún estaba estudiando en Huesca, y ya tenía dibujado cómo sería una granja. O sea, que ya me rondaba desde el instituto». Y se echa a reír.  ¿Y no dibujabas corazones? «Sí, claro. Corazoncitos también». 

Coautor 4149


«El Caso», un sombrero tejano y un mono tití

Foto: Cordon Press.

A cualquiera le gusta un buen crimen, siempre que no sea la víctima.

(Alfred Hitchcock)

La noche antes de ser ejecutado en el garrote vil, José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris la pasó bebiendo whisky y fumando. Era la madrugada del cuatro de julio de 1959 y Eugenio Suárez, director de El Caso, le había hecho llegar a su celda en la cárcel de Carabanchel una caja de puros en señal de agradecimiento. Aunque parezca imposible, a veces, que tu destino se cruce con el de un asesino múltiple puede ser un golpe de suerte parecido a que te toque la lotería. 

Antes de que Jarabo asesinase a cuatro personas a sangre fría, el récord de periódicos vendidos en España lo ostentaba el diario Marca, trescientos mil ejemplares por el gol de Zarra en Maracaná contra Inglaterra en el mundial del 50. La portada de los crímenes de Jarabo vendió cuatrocientos ochenta mil en un solo día. Se agotó el papel. Hubo reventa de ejemplares. Lo nunca visto.

La expectación durante el juicio fue tal que la cola para conseguir entrar a la sala llegaba a la calle, dicen que por allí pasó Sara Montiel, algún torero y gente de la alta magistratura. La ocasión no era para menos, por primera vez en España se escuchó la palabra psicópata para referirse a un asesino y nadie quería perdérselo. Además, el acusado no era un desgraciado que intentaba sobrevivir, sino un vividor conocidísimo en Chicote, un habitual de las terrazas de la Gran Vía que se paseaba con un sombrero tejano y un mono tití sentado en el hombro. El niño rico, extravagante y toxicómano, sobrino del presidente del Tribunal Supremo. Un villano sofisticado, hijo de emigrantes, que había crecido en el hampa de Nueva York, guapo, dandi y viajado. Un auténtico criminal último modelo con todos los extras.

Jarabo no defraudó a su público, que abarrotó la sala durante los cuatro días que duró el juicio. Apareció cada día con un traje nuevo, impecable y perfumado, sonriendo a las señoras que suspiraban por él entre el público, consciente de que estaba en el último acto de su propia obra. 

A veces, los momentos de gloria hacen perder la perspectiva de todo el trabajo que hay detrás. Para estar un día en el lugar y el momento justo, es preciso haber estado muchas veces en el lugar equivocado, y en la redacción de El Caso lo sabían todo sobre los lugares equivocados.

El primer semanario de sucesos de nuestra historia nació como nace casi todo lo que acaba siendo importante, como una apuesta suicida. Eugenio Suárez funda El Caso sin un duro, convence a una empresa de relojes suizos para que le adelanten el importe de seis páginas de publicidad y, con eso, siente que tiene bastante para meterse en la maraña burocrática de solicitar la autorización para crear un medio de comunicación en plena dictadura. 

La Dirección General de Prensa ve una oportunidad de, a través de El Caso, divulgar la idea de que el régimen vela por la seguridad y el orden en el país. La autoridad da el visto bueno con una única condición: no pueden difundirse más de dos delitos de sangre por semana. 

El 11 de mayo de 1952 sale a la venta por dos pesetas el primer número con el titular «Crimen en el Plantío», un dibujo a portada completa de dos hombres huyendo de un chalé y el pie de página explicando: «Por esta ventana saltó la muerte». Dieciséis páginas a cinco columnas, impreso en rojo sangre y negro sobre papel barato. La primera tirada, de doce mil quinientos ejemplares, vuela de los quioscos a las manos de unos lectores ávidos de historias. Una población que ese mismo año verá el fin de las cartillas de racionamiento, parece también hambrienta de historias que no sean partes de guerra ni homilías.

Solo cuatro semanas después de su estreno, la Dirección General de Prensa llama urgentemente a Eugenio Suárez; preocupados por el éxito de los primeros números deciden reajustar los términos del permiso: El Caso solo podrá publicar un crimen a la semana.

En este punto llega el momento en el que hay que elegir qué delitos merecen ser contados por encima de otros. Será inevitable que muchos hechos sangrientos queden ocultos o simplemente silenciados, porque literalmente no habrá espacio para hablar de ellos. Algunas veces será posible esquivar a la censura sacando más de una edición en distintas ciudades y colocando de protagonista un crimen distinto según sea más interesante geográficamente. 

Las ediciones avanzan aumentando las ventas y sobrepasando niveles de dificultad como un videojuego. Aun así, el ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, insistía en cerrar El Caso porque, según él, sus contenidos y el tratamiento de los temas iban contra la moral cristiana. Viendo el peligro y sabiendo lo celosa que ha sido siempre la Iglesia con sus propios asuntos, Eugenio Suárez hace una nueva pirueta suicida y se presenta en el Obispado de Madrid para pedir un censor eclesiástico. Por supuesto, el señor obispo le dice que a quién se le ocurre que puede ponerse en el lugar de la Iglesia para decidir qué es o no moral, que claro que le enviará un censor acreditado, faltaría más. El director de El Caso lo pone en plantilla y le da un sueldo que le endulce los sinsabores de tener que corregir inmoralidades. 

A partir de aquel día, el señor censor sobrevuela con su lápiz rojo las pruebas de impresión, tachando la palabra «semidesnudos» y escribiendo en el margen «semivestidos», sustituyendo la palabra «aborto» por el eufemismo casi burocrático «interrupción del embarazo», mandando cubrir los escotes de las señoras y bajar los dobladillos de las faldas de los dibujos. 

Irónicamente, la censura eclesiástica resultó más fácil de sortear que la del gobierno, quizá porque la fe puede con todo pero la política, aunque sea autoritaria, sabe que tiene los pies de barro y, por tanto, mucho más que perder. La Iglesia sirve de contrapeso y aval ante el ministerio de Información y Turismo, al que a partir de ahí solo le queda vigilar que no se incumpla ninguna norma explícita.

Ajeno a estas maniobras, el público seguía comprando en masa El Caso. El que llamaban con desprecio «el diario de las porteras» se vendía aunque casi nadie reconociese comprarlo, aunque lo ocultasen para leerlo entre las páginas de algún diario convencional. Las cifras eran abrumadoras. La consistencia de vender cien mil ejemplares por semana en una época, finales de los años cincuenta, en que estaban censados treinta mil televisores en todo el país, significaba un nivel de audiencia como no se había visto jamás. 

A cientos de pueblos por todo el país llegaba un solo ejemplar que encargaba el cartero de la zona, y era habitual, en este tipo de entornos rurales, ver a la gente reunida alrededor de una persona más instruida, normalmente el cura o el maestro, leyendo El Caso para todos sus vecinos como se lee el evangelio o la lección. Al fin y al cabo, el mundo se ha educado a sí mismo a costa de contarse sus propias tragedias una y otra vez.

En una de esas entrevistas que nos helaban la sangre en los ochenta, Margarita Landi contaba cómo Eugenio Suárez la llamó para colaborar en El Caso cuando ella trabajaba para una publicación de moda y alta sociedad. Él estaba convencido de que a los policías les resultaría mucho más difícil poner límites al trabajo de una periodista mujer, era una época en que la caballerosidad podía usarse a favor para que no te echasen de donde no debías estar o, incluso, para hacer preguntas incómodas sin consecuencias. 

La que luego se llamaría oficialmente la Dama del crimen, simultaneó durante al menos dos años las dos publicaciones antes de quedarse definitivamente en la crónica negra. Llegaba a uno de aquellos eventos de la flor y nata después de haber estado en una sala de interrogatorios o en una escena del crimen y las señoras de sociedad le pedían, entre sorbo y sorbo de té, que contase aquellos detalles escabrosos que no podían ser publicados en «el diario de las porteras», aquel que nadie reconocía leer.   

Los años pasan y, justamente porque es obligatorio publicarlos de uno en uno, los crímenes no dejan de acumularse esperando ser contados. La redacción de El Caso se va convirtiendo en una especie de tebeo de Ibáñez, una novela negra de Berlanga donde conviven periodistas que fuman, beben y organizan timbas de cartas para pasar las noches de guardia. 

Con el dinero que saca por los casi quinientos mil ejemplares vendidos del Jarabo, Eugenio Suárez se compra un Morris Minor americano con el que participa en persecuciones con un inspector de la brigada criminal de copiloto y dos policías armados en el asiento de atrás. En cada bache y en cada curva, el director les grita a los agentes que se tambalean detrás con las ametralladoras Mauser en las manos: «¡Que no me apuntéis a la cabeza, joder!».

Redactores, fotógrafos y policía no solo comparten coche, sino también información, porque el público, colaborador devoto de El Caso antes que de la autoridad, muchas veces prefiere llamar para contar lo que ha visto a la redacción en lugar de a la comisaría más cercana. 

Margarita Landi y Enrique Rubio, dos de los reporteros estrella, mantienen una competencia entre ellos que les hace mentirse mutuamente y saltarse los límites de sus zonas asignadas, con tal de llegar los primeros a los lugares de la noticia. 

La primera, y durante mucho tiempo la única, mujer periodista de sucesos de España llega a los lugares del crimen conduciendo su propio deportivo y nunca se sabe si va a sacar del bolso una polvera, una pistola o una pipa. Durante el tiempo en que simultaneó su trabajo en El Caso con La moda en España no era extraño que apareciese en una detención vestida como si acabase de acudir a una recepción con la condesa de Romanones. A veces no tenía tiempo de pasar por su casa para cambiarse.

La guinda es que la mascota de la redacción fuese un cocodrilo, que viviera en un terrario en el despacho del director y se llamara Leopoldo en honor al obispo de Madrid. 

El problema de contar lo anecdótico es el riesgo de pasar por alto lo importante. Cualquier trabajo de investigación se sostiene gracias a una labor seria y sistemática que resulta casi siempre invisible, especialmente si quien la hace son individuos que podría encarnar Tony Leblanc en una película de Pedro Lazaga

A pesar de su trabajo sólido durante treinta y cinco años, El Caso no consiguió el reconocimiento que merecía, ni siquiera por parte de la mayoría de sus lectores, que en público negaban leerlo. La crónica negra sigue arrastrando hasta hoy la mala fama y el cuestionamiento de si es o no verdadero periodismo. 

Apelar al sensacionalismo cuando se habla de temas sangrientos es una obviedad, sin embargo el interés morboso es tan antiguo como el propio ser humano. Resulta irónico que seamos nosotros, los que vivimos en la generación más voyeur de la historia, los que más nos escandalicemos. Nosotros, los amantes de los reality shows

Quizá deberíamos preguntarnos cuánta de la información que nos rodea no está empapada de sensacionalismo, o si es que tal vez el nivel de saturación es tan abrumador y la velocidad tan enorme, que solo lo percibimos cuando está manchado de sangre. Cuántas de las palabras que leemos están utilizando su debido significado o, más bien, son una fórmula para designar otra cosa. 

El Caso nos dejó, a las generaciones posteriores, una crónica impagable de la vida cotidiana durante uno de los periodos más complicados de nuestra historia reciente. Una labor extraordinaria de documentación y de narración de nuestra propia historia. El problema es, seguramente, el mismo que su virtud: que se parece demasiado a nosotros. Las voces de sus páginas suenan tan cercanas que resulta incómodo mirarse en ese espejo. 

¿Qué consideración tendríamos por El Caso si su redacción, en lugar de estar en Madrid, hubiese estado en Chicago o en Nueva York? Lo más probable es que fuese una publicación de culto para coleccionistas, y la famosa portada de Jarabo, la de los cuatrocientos ochenta mil ejemplares, un póster kitsch. Los más cool tendríamos una camiseta con una foto de Javier Bardem, caracterizado en una película de Tarantino, mirando de frente a la cámara con un sombrero tejano y un mono tití en el hombro.